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Inmigracion, causas y perspectivas

Vicente Gozálvez explica en las líneas que siguen el fenómeno de la inmigración según el contexto europeo. A pesar de que nuestro país dibuja una parte importante de la frontera meridional de Europa, esas oleadas migratorias no son exclusivas de España, sino que constituyen un problema compartido con nuestros vecinos comunitarios.

La inmigración extranjera en España es tema de actualidad permanente desde la promulgación en 1985 de la «Ley de Extranjería», al mismo tiempo que se le augura protagonismo en el siglo entrante. Aunque los extranjeros procedentes de países desarrollados aún son casi la mitad del total de los que residen en España —349.000 de un total de 720.000 en 1998—, los inmigrantes originarios de países en desarrollo (africanos, latinoamericanos, asiáticos) son los que concentran la atención y las actuaciones no sólo de la Administración, sino también de los medios de comunicación pública. Los africanos son, sin duda, los protagonistas de estas atenciones, debido tanto a hechos que se producen en España —su rápido incremento o las dificultades sociales y económicas que padecen— , como a las situaciones en el país de origen que favorecen su expatriación, es decir, un fortísimo crecimiento demográfico y unas perspectivas socioeconómicas negativas. La débil fecundidad de España, en constante retroceso desde 1977, el envejecimiento demográfico y sus hipotéticas repercusiones negativas en el bienestar futuro, añaden nuevas dimensiones al protagonismo de la inmigración extracomunitaria en España.

EL INCREMENTO DE INMIGRANTES

Las cifras de residentes en España con nacionalidades de países en desarrollo se han incrementado desde 69.000 en 1985 a 370.000 en 1998; los aumentos relativos de los africanos casi duplican a los de latinoamericanos y asiáticos (cuadro 1). No obstante, su peso relativo en la población española es aún muy débil —0’5% si nos referimos sólo a los africanos, 1’5% si consideramos al conjunto de los extranjeros—, aunque las bajas proporciones globales deben ser matizadas desde el punto de vista geográfico, ya que los africanos, y también los latinoamericanos y asiáticos, ofrecen llamativas concentraciones en Madrid, Barcelona y el litoral mediterráneo. Por otra parte, son evidentes las dificultades para evaluar el número de estos inmigrantes en España, debido a los altos contingentes que se encuentran en situación irregular, permanentemente renovados.

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Después de la regularización extraordinaria de 1991, que tanto afectó positivamente a los africanos, este colectivo continental ha continuado con incrementos muy intensos en España, de 16’1% anual entre 1991 y 1998. Los marroquíes, que sólo eran 5.817 según cifras oficiales de 1985, en 1998 suman 140.896, con lo que son la nacionalidad extranjera más numerosa en España, seguidos a distancia por los ingleses, 74.419, o por los peruanos, 24.879, segundo colectivo entre los que proceden de países en desarrollo (cuadro 1).

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Todos los países de Europa occidental muestran actualmente tendencias similares en sus censos de población extranjera. Ésta acrecienta su presencia absoluta y relativa, al mismo tiempo que diversifica sus procedencias, bien que los magrebíes y turcos suelen ser las nacionalidades más numerosas en cada país. Los datos del cuadro II ilustran lo indicado: pese a las generalizadas políticas restrictivas a la inmigración extracomunitaria, entre 1988 y 1997 los extranjeros residentes en países de Europa occidental se han acrecentado de 15 a 20 millones, es decir del 4% de la población total al 5’3%, a los que hay que añadir otros 5 millones de extranjeros que se han nacionalizado durante esta misma década (cuadro III). Del total de extranjeros, un tercio proceden de los países de la Unión Europea (cuadro II), aunque la importancia de estas procedencias es muy variable según países, lo que tiene trascendencia desde la perspectiva social que generan los extranjeros. Los inmigrantes surmediterráneos se estiman en más de 6 millones, aunque las estadísticas oficiales ofrecen notables subregistros, pese a la importancia política, económica y social que los países desarrollados conceden actualmente a estas inmigraciones. Por países, las proporciones más altas de población extranjera en 1997 se encuentran en Luxemburgo (35%), Suiza (19%), Austria (9’1%) y Alemania (9%), mientras las más bajas corresponden a los países mediterráneos y Finlandia. España es el país de Europa occidental con menos presencia de extranjeros, bien que durante la última década mantiene las cifras de incremento más altas.

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ATENCIÓN A LA HISTORIA

Las trayectorias que han seguido las migraciones internacionales de España, en el pasado, en el presente, y sin duda en el futuro, en ningún momento han constituido tendencias peculiares, sino que se han producido dentro de flujos internacionales más amplios, que afectan simultáneamente a numerosos países europeos. Igualmente estos países también comparten, con lógicas diferencias temporales o de intensidad, los principales factores que desencadenan las migraciones internacionales en circunstancias políticas normalizadas.

Así, las migraciones internacionales se producen cuando concurren las siguientes causas: 1) excedentes relativos de población en los países de partida, originados tanto por los procesos de transición demográfica —que producen fuertes incrementos naturales de población a resultas de un descenso más temprano de la mortalidad que de la natalidad—, como por devenir insuficiente el sistema económico que debía sustentar a esa población en crecimiento rápido; 2) atractivos económicos relativos en los países de destino; 3) funcionamiento de las redes migratorias, que actúan sobre los emigrantes tanto en la etapa premigratoria como en la posmigratoria; los vínculos relacionados con el trabajo, los familiares y los socioculturales, son determinantes; 4) facilidad relativa para el transporte o desplazamiento.

En el pasado, estos cuatro factores explican la emigración masiva de españoles durante el último cuarto del s. XIX y primer tercio del s. XX, con destino fundamentalmente transoceánico. Esta emigración formó parte de la gran diáspora internacional europea, que afectó profundamente a Reino Unido, Italia, Alemania, España, Irlanda, Portugal, Austria-Hungría, Rusia o Suecia. Según cifras oficiales —siempre muy inferiores a las reales, dada la importancia que tuvo la emigración clandestina—, entre 1850 y 1930 salieron más de 50 millones de emigrantes, que modificaron sustancialmente el poblamiento, la demografía y la economía de numerosos países de América y Oceanía. La crisis económica de los años treinta y sus efectos sobre el empleo dieron paso, en los países americanos, a políticas antiinmigratorias ampliamente generalizadas.

En la actualidad, los mismos factores indicados también explican la inmigración que recibe el continente, y por tanto España, pues aquellos se adaptan cíclicamente a las sociedades de cada época y lugar, aunque coyunturalmente pueden ser frenados o potenciados por otras causas. Las actuales potencialidades emigratorias de los países africanos y latinoamericanos resultan tanto de sus dificultades económicas extremas, como de los efectos de sus transiciones demográficas; éstas son causa universal y decisiva de tales migraciones.

LAS TRANSICIONES DEMOGRÁFICAS

Los países europeos desarrollaron sus procesos de transición demográfica a lo largo de más de un siglo, cuyos inicios oscilaron entre 1815 en los países nórdicos y hacia 1875 en la mayor parte del resto del continente, mientras tales procesos concluyen uniformemente en torno a 1965. Las décadas de máximos crecimientos naturales se sucedieron, según países, entre mediados del s. XIX y 1930, con tasas que se situaron entre 1’6% anual para los países nórdicos y 1’2% en los países meridionales de Europa. Los abundantes excedentes demográficos originados por estas transiciones demográficas obligaron a elevados flujos emigratorios desde Europa, como se indicó.

Los países africanos y latinoamericanos, principales emisores de los inmigrantes que recibe actualmente España y otros países europeos meridionales, sufren presiones demográficas muy superiores a las europeas de la segunda mitad del s. XIX y primer tercio del s. XX, pues sus transiciones demográficas son más tardías, de duración más corta y sobre todo originan crecimientos demográficos mucho más intensos. En efecto, estos países iniciaron sus transiciones a lo largo de la primera mitad del siglo XX, mientras el final del proceso se prevé durante el primer cuarto del siglo XXI. El rápido descenso de sus tasas de mortalidad —ayudas de los países desarrollados— y la permanencia de natalidades muy altas —matrimonios más precoces y plenos que en Europa, etc.—, producen crecimientos naturales siempre muy superiores a los que registraron los países europeos, pues en los latinoamericanos y africanos oscilan entre 2% y 4% anual —1’2 a 1’6% en Europa—.

Los actuales protagonistas de la emigración de los países en desarrollo —población entre 20 y 35 años de edad— corresponden a las generaciones nacidas en el periodo central o más intenso de sus transiciones demográficas. Además, aunque durante los últimos años desciende la fecundidad en estos países —mucho menos en el África subsahariana, aún con medias superiores a seis hijos por mujer—, su potencial emigratorio no se aminora en la misma proporción, pues el rápido descenso de la mortalidad infantil y juvenil en estos países permite que sus generaciones lleguen «intactas» a la edad de procrear.

Si durante el siglo que precede a la II Guerra Mundial Europa fue un continente emigratorio, después de 1945 todos los países de Europa occidental han alcanzado paulatinamente balances inmigratorios, primero los más desarrollados y más recientemente también los meridionales. No obstante, este gran foco de inmigración actual que es Europa occidental, no ha eliminado su carácter de centro emigratorio internacional, pues a principios de los años 1990 se estiman en 10 millones los europeos que residen fuera de Europa.

LAS DESCOLONIZACIONES

Un importante hito en la historia migratoria europea son las migraciones inducidas por las descolonizaciones (británicas, francesas, belgas, holandesas, portuguesas y españolas), sin duda de gran interés explicativo para los flujos que actualmente recibe Europa. Estas migraciones en un primer momento afectaron fundamentalmente a las poblaciones de origen europeo instaladas en las colonias y que retornaron a Europa, aunque también arribaron contingentes indígenas estrechamente unidos al poder colonial. En total con estas migraciones de «retorno» llegaron entre 5’7 y 8’5 millones de personas a lo largo de treinta años, mientras se producían las descolonizaciones políticas. En el caso de España los retornos afectaron entre 220.000 y 290.000 habitantes, procedentes del Protectorado español de Marruecos (1956), Ifni (1969), Guinea Ecuatorial (1968) y Sáhara (1975).

La distribución territorial de los grandes flujos migratorios que llegan a Europa occidental guardan estrecha relación con los territorios anteriormente colonizados por cada país, por lo que aquellos hay que contabilizarlos —al menos en parte— como un efecto de las colonias europeas, pues entre éstas y las metrópolis se establecieron estrechos lazos culturales y de dependencias políticas y sobre todo económicas. Profundizar en esta dirección sin duda enriquecería el balance de la colonización europea, y podría encontrar claves explicativas a las situaciones problemáticas que actualmente viven los Estados surgidos de las excolonias.

En este sentido hay que destacar dos grandes aspectos que a su vez pudieron impulsar la emigración posterior Sur-Norte. Así, la independencia de los nuevos Estados supuso, con frecuencia, la emigración de una parte importante del personal técnico que gestionaba la economía y la administración en las colonias. En segundo lugar, la independencia de las colonias posibilitó un auge brusco de las migraciones interiores desde las áreas rurales hacia las ciudades de los nuevos Estados. Este acelerado proceso de urbanización, con frecuencia sin sentido económico, es actualmente pieza clave para explicar la emigración hacia Europa occidental desde el Magreb y desde Turquía, los dos grandes abastecedores de inmigrantes europeos.

LAS MIGRACIONES LABORALES

Entre 1960 y 1973 los flujos migratorios europeos son esencialmente laborales: la Europa del NW es la gran área de recepción de trabajadores, y los países europeos del sur —Italia, España, Portugal, Yugoslavia— son los grandes proveedores. No obstante, desde el principio el espacio europeo de inmigración laboral amplió su área de reclutamiento a los países de la ribera sur del Mediterráneo, a donde se ha trasladado actualmente el epicentro de la inmigración europea.

En torno a 1970 los países más inmigratorios de Europa occidental (Alemania, Francia, Suiza, Benelux y Reino Unido) sumaban, según cifras oficiales, 4’6 millones de inmigrantes de la Europa meridional, unos 900.000 africanos y algo menos de 600.000 turcos. La estabilidad laboral y residencial lograda por la inmigración surmediterránea que llega a Europa antes de 1973, es la que proporciona la base sobre la que se orienta y explica la inmigración que continúa llegando después de la crisis económica iniciada en 1973, pese a las políticas restrictivas de la inmigración extracomunitaria.

LA INMIGRACIÓN ACTUAL

La inmigración posterior a 1980, cuando se reanudan las llegadas masivas de inmigrantes extracomunitarios, cambia sustancialmente su estructura sociodemográfica, al mismo tiempo que se amplían tanto las áreas de atracción de inmigrantes como las de acogida, que ya incluyen a los países europeos mediterráneos. Es decir, la inmigración de trabajadores reglada que predominó entre 1960 y 1973 ha sido sustituida por otra de carácter familiar y político, así como por la inmigración irregular de trabajadores.

Así, entre 1980 y 1985 las tasas de crecimiento alcanzadas por los marroquíes y turcos residentes en Europa occidental se elevan a 9,7% anual y 5’9%, respectivamente, tasas que, además, se refieren a contingentes ya muy elevados (509.000 marroquíes y 1.527.000 turcos en 1980). Después de 1985, el Magreb y Turquía ya son los dos grandes abastecedores de inmigrantes a Europa occidental, aunque durante los últimos años la atracción también se extiende a los países del África subsahariana, además de los asiáticos y latinoamericanos. Después de un incremento aminorado durante la segunda mitad de los ochenta, los inmigrantes surmediterráneos en Europa persisten en fortísimos incrementos, con más de 5’0% anual durante 1990-95, y cifras absolutas superiores a seis millones. La crisis de 1973 no paraliza la inmigración surmediterránea, sino que la inmigración regular de trabajadores es sustituida por la reagrupación familiar y la inmigración irregular.

LA REAGRUPACIÓN FAMILIAR

La inmigración de reagrupación familiar y de mujeres con fines matrimoniales se ha desarrollado principalmente en los países europeos del NW, los mismos que durante el periodo 1960-1973 habían recibido elevados contingentes de trabajadores surmediterráneos: la relativa antigüedad de esta inmigración de trabajadores, su estabilidad residencial y laboral en los países europeos de acogida y la falta de perspectivas económicas satisfactorias en sus países de origen, coadyuvan al desarrollo de esta inmigración familiar.

La reagrupación familiar supone aumento de la feminización de las colonias de inmigrantes en Europa occidental y con ello su mayor estabilidad en los países de acogida, al mismo tiempo que aumentan tales colonias por crecimiento natural y propician el necesario desarrollo de las políticas de integración de los inmigrantes. Estas últimas son necesarias no sólo para los inmigrantes que permanecen con nacionalidad extranjera, sino también para los nacionalizados, en rápido incremento durante los últimos años: en Europa occidental los nacionalizados en 1988 eran 243.000, pero en 1994 ascienden a 600.000 y a 620.000 en 1997, con un total de 4’8 millones de nacionalizados durante la década 1988-1997. Como muestran las cifras del cuadro III, Alemania, por su volumen de inmigrantes, aporta la cifra absoluta de nacionalizados más alta, aunque Suecia y Holanda son los países que practican una política de nacionalizaciones más activa; en el extremo opuesto se sitúan España e Italia.

La importancia extrema de la inmigración de reagrupación familiar queda patente con las siguientes cifras: en 1986 por cada trabajador magrebí permanente que llegaba a Francia, lo hacían 23 reagrupantes familiares; los reagrupantes familiares marroquíes en Francia sumaron 32.000 entre 1963 y 1971, mientras son más de 235.000 entre 1972 y 1990. Entre los tunecinos, los reagrupantes familiares en Francia eran el 19% del total de estos inmigrantes en 1973, el 51 % en 1974 y entre el 91% y 97% entre 1977 y 1993. Para el caso de la inmigración turca, actualmente con más de 3 millones de residentes en Europa occidental, la reagrupación familiar también alcanza proporciones extremas; entre 1983 y 1994 llegan a Europa occidental 1*6 millones de inmigrantes turcos, de los cuales el 76% son reagrupantes familiares, el 22% peticionarios de asilo político, el 1% trabajadores y el 1% estudiantes

LA INMIGRACIÓN IRREGULAR

La inmigración irregular de trabajadores es una constante que se produce en las migraciones europeas durante el último siglo. No obstante, como problema migratorio para Europa occidental, surge durante las últimas décadas, cuando los Estados desarrollan políticas para impedir la inmigración a resultas de las elevadas tasas de paro existentes en Europa, y también por temor a los conflictos sociales y xenófobos que esta inmigración puede desencadenar. Si la inmigración familiar se ha desarrollado más en los países de la Europa del NW, por la antigüedad aquí de la presencia de trabajadores extranjeros, la inmigración irregular es más característica de los países europeos meridionales o nuevos países de inmigración, especialmente Italia, España y Grecia.

Entre las causas más importantes de la inmigración irregular en España hay que destacar la cercanía geográfica al Magreb, de donde proceden mayoritariamente estos inmigrantes, el desarrollo de la economía informal, la falta de trabajadores agrícolas autóctonos, o la debilidad de las estructuras para controlar estos flujos. La inmigración irregular se realiza singularmente a través de las «puertas» que para este tipo de inmigrantes representan el Estrecho de Gibraltar y la agricultura intensiva del litoral mediterráneo. Esta agricultura se ha convertido casi en la única alternativa laboral para los varones magrebíes, que la utilizan a la espera de ser regularizados y pasar, así, a los apetecidos sectores económicos secundario y terciario. En los países surmediterráneos las causas de la emigración irregular derivan de su fuerte crecimiento demográfico, muy concentrado en la población con menos de 25 años de edad —fuerte descenso de la mortalidad infantil y juvenil y permanencia de elevada fecundidad— y un desarrollo económico escaso, inestable y mal repartido socialmente, además de las condiciones especialmente favorables a la expatriación que se crean con la urbanización incontrolada que padecen.

Durante los últimos años los países europeos mediterráneos totalizan 1’9 millones de inmigrantes irregulares que se han beneficiado de trece operaciones extraordinarias de regularización, con la siguiente distribución por países: Francia dos regularizaciones con 199.000 inmigrantes regularizados, Italia cuatro con 864.000, España cuatro con 375.000, Grecia una con 374.000 y Portugal dos con 61.000. Así pues, las operaciones de regularización extraordinaria y los inmigrantes afectados evidencian cómo la inmigración irregular es una «alternativa» muy utilizada frente a las políticas europeas restrictivas a la inmigración de trabajadores extracomunitarios.

Las perspectivas de inmigración en España, singularmente desde los países situados al sur del Mediterráneo, son sin duda de flujos más o menos elevados durante los próximos años. Esta conclusión se deduce tanto de la dinámica seguida después de 1960 por la inmigración extracomunitaria en los países de europeos del NW y del Sur, como sobre todo de los numerosos factores que continúan impulsando dicha emigración en los países de origen: grandes diferencias de renta económica con los países de acogida, fuerte crecimiento demográfico a resultas de su transición demográfica, débil creación de empleo, acusado éxodo rural e incremento de la urbanización en situación muy precaria, influencia de los medios de comunicación, aumento del nivel de instrucción, frecuentes inestabilidades políticas, amplias redes sociales ya establecidas en Europa, etc., además de la relativa cercanía geográfica.

Frente a las políticas migratorias restrictivas en los países de acogida, los inmigrantes pueden continuar utilizando formas alternativas a la inmigración laboral y reglada, como la inmigración irregular y sobre todo la reagrupación familiar. La insuficiente fecundidad y los problemas del envejecimiento en España, y en otros países europeos, junto con sus hipotéticas repercusiones en el bienestar futuro, sin duda abren nuevas perspectivas a la inmigración extracomunitaria, al mismo tiempo que se erige con fuerza la necesidad de políticas de integración efectivas de estos inmigrantes, que naturalmente deberán involucrar tanto a la población foránea como a la autóctona. En este sentido, la aún muy escasa presencia relativa de extranjeros y de nacionalizados en España subraya el estadio inmigratorio inicial del país y las posibilidades de desarrollar procesos aceptables de integración de inmigrantes. El desarrollo económico de los países al sur del Mediterráneo es el horizonte ineludible y prioritario tanto para las sociedades emisoras como para las receptoras de estos emigrantes, actualmente «forzados», y como tales en situaciones no aceptables ni para los países de inmigración ni, sobre todo, para los de emigración.

Ciberdemocracia, el mito ya realizable

Internet cambiará la vida de la gente porque la era de las audiencias mediáticas pasivas ha pasado a la historia, o está a punto de pasar.
[E. Rogers, 1986:31/R. Davis, 1999:10]

El eterno mito de una comunidad de ciudadanos en permanente diálogo global y directo dispone ya de los instrumentos técnicos con los que Edevenir en práctica. Desde la asamblea de unos pocos convocados con la periodicidad que los desplazamientos a caballo o en diligencia permitieran, el ejercicio de la democracia deliberativa fue pasando por las vicisitudes que los medios convencionales de comunicación masiva y los mecanismos regulatorios de la teoría política fueron generando. En todas esas etapas precedentes, la democracia y su comunicación política acabaron resignadamente por entenderse como una transacción desigual y sincopada entre esferas separadas: las minoritarias y exclusivistas, por una parte, de los poderes constitucionales y sus satélites (diputados, Administración, partidos políticos…), y por otra, la genérica y difusa amalgama de los ciudadanos de a pie, simbolizados, y hasta cierto punto condensados, en la denominada «opinión pública». En medio de ambas esferas, los medios y profesionales de la información periodística ejercerían de puentes o revulsivos críticos para los trasvases recíprocos o la observación distanciada entre los habitantes de ambos territorios.

La democracia así «mediada» y mediatizada constituyó la tónica hasta ahora, y la expresión de su máxima devaluación vino de la mano de la era de la televisión. En consecuencia, el mito de un dinámico y pleno pluralismo democrático tuvo que sustituirse por apellidos más resignados, tales como «democracia de masas», «democracia espectáculo» o «videodemocracia», finalmente. Un epiléptico ataque de finisecularidad nos podría llevar a pensar que todo eso acabara de desaparecer en explosión megatónica; surgiendo, por el encanto de la esquina doblada hacia el nuevo milenio, otra realidad política virginalmente ignota, diáfana y de distinta belleza. No es de extrañar, en refutación de dicho delirio, que las innovaciones de las páginas webs, los chats electorales y los medios digitales, recién incorporadas por nuestros partidos y candidatos, simplemente hayan sido adoptadas e interpretadas como nuevas modas de publicidad o propaganda política, cuya eficacia incluso importaría menos que el halo frivolo de juvenil progresismo que reportarían. Se trataría, sin más, en macluhiana perspectiva, de nuevas prolongaciones de las anteriores extensiones tecnológicas del mono (y la mona) demoparlantes. Todos esos webs, sites, usenets o chats de contenido político, denominados provocadoramente así para despertar mayor asombro, han capturado la atención de los periodistas y se han incorporado al repertorio de los asesores de imagen y los recursos políticos parafernales, con el innegable propósito de continuar, por otros medios, el tradicional objetivo de la escenificación política para espectadores incautos.

Pero tras ese primer aluvión de prácticas electrónicas, todavía dependientes del eco mediático convencional, hay todo un vendaval de transformaciones que pueden ir colándose a través de la brecha abierta e imposible ya de cerrarse. La nueva era de la ciberpolítica está teniendo en las campañas electorales en Internet un primer escaparate. Pero tanto sus contenidos actuales como su escasa diversidad de aplicaciones presentes podrían parecemos un juego de niños a la vuelta de muy pocos años. Incluso hoy -y cada vez en más países-, la ciberpolítica ofrece ya una amplitud de formas que, de manera sucinta, voy a intentar reseñar.

EL «CIBERRASTREO»1 PERSONAL DE NOTICIAS (SURFING)

Los periódicos de edición diaria en la red son ya un recurso cotidiano, apenas imaginable cuando en 1990 el San José Mercury News primero, y el USA Today algo más tarde, empezaron a colocar de manera experimental parte de sus textos en formato electrónico. Tanto en el caso estadounidense como en el resto de países, incluido España, la novedad del formato cibernético ha atravesado varias etapas a gran velocidad. Al principio sólo ofrecían un resumen o la portada de su contenido; después han ido aproximándose a la reproducción del contenido completo de su edición en papel, y están pasando ya a explotar el valor añadido de documentos de ampliación, bancos de textos o plataformas de diálogo entre los lectores y el medio. Todo lo que, en definitiva, la nueva tecnología facilita para convertir la experiencia del seguimiento de la actualidad en una actividad tan personal y diferenciada como las diversas expectativas, niveles culturales y tiempo disponible que cada miembro de la audiencia demande.

Pero desde el punto de vista de la transformación de la vida política de las democracias hay un rasgo todavía mucho más potente en la nueva situación de la mediación periodística. Se viene insistiendo hasta la saciedad en los nefastos efectos de la «globalización», en cómo la «nueva economía» facilita y propende a las macroconcentraciones corporativas, donde unos pocos «tiburones» habrán devorado a muy corto plazo todo vestigio de pluralidad, diversidad o localismo. En el campo de los medios se asiste, en efecto, a la expansión de unas pocas «arañas mediáticas» que van rodeando con su «tela» a buena parte de los pequeños negocios de la información.

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Sin embargo, tal visión pesimista se asienta, como casi toda visión apocalíptica, en un presupuesto miope e idílico respecto al pasado. Parte de dar por sentado que la multitud empresarial anterior conllevaba una pluralidad, libertad y variedad de recepción en los lectores de prensa y audiencias audiovisuales. Cuando, bien al contrario, la realidad solía consistir en infinidad de pequeños mercados controlados en régimen de oligopolio por unos cuantos caciques locales. En un Estado como el español podía haber más de cien empresas diferentes de información periodística. Pero a la hora de la verdad, el lector local siempre se limitó al estrecho margen de un par de cabeceras locales y a lo sumo otras tres o cuatro de los diarios nacionales (en realidad sólo los madrileños). En la radio y la televisión sucedía algo incluso peor, donde grandes extensiones rurales quedaban a merced de alguna emisora con repetidores en exclusiva para llegar a esa zona. Internet ha puesto patas arriba esa situación y un ciudadano de Cádiz, por ejemplo, puede confeccionarse cada día su peculiar menú informativo echando un vistazo -también- a un diario catalán, un par de europeos e incluso cualquier sudamericano. Lo global, además, no sólo no acaba con lo local, sino que -como Manuel Castells entre otros ha sabido captar- se contrapone y enfrenta a nuevas formas vigorosas de acción comunicativa particulares y minoritarias. En el terreno periodístico o informativo, la sencillez de creación de «páginas electrónicas» pone al alcance de la mano de cualquier ciudadano crítico o colectivo social políticamente motivado, un instrumento de difusión mundial. La vieja idea, otra vez de Marshall MacLuhan, de que la fotocopiadora situaba en plano de igualdad al pequeño activista con el gobierno todopoderoso, es realmente ahora cuando se hace tangible gracias a Internet. Es evidente que sin los presupuestos de publicidad de los grandes grupos multimedia, el pequeño órgano de denuncia de una asociación de ciudadanos no podrá competir con el eco de un New York Times, pero disfrutando ambos de la misma capacidad tecnológica, hay tan sólo que esperar a comprobar cómo el «boca a boca electrónico» acaba haciendo milagros, para desesperación, por ejemplo, de los convocantes de la conferencia de Seattle.

LOBBIES ELECTRÓNICOS

En consonancia con lo anterior, y en una dimensión mucho más transformadora políticamente que la mera disponibilidad de una variedad planetaria de productos periodísticos industrial/profesionales, la política virtual se abre a la participación de activistas sociales y políticos de todo signo, que pueden o bien captar la atención de cibernavegantes dispersos, pero temáticamente sensibilizados, o bien ejercer una acción estratégicamente planificada de «lobby electrónico» ante las instituciones y grupos políticos convencionales.

Académicos como Richard Davis (1999) y Sara Bentivegna (1999), especializados en la indagación sobre las iniciativas de algunos de estos pioneros, han recopilado significativas evidencias de cómo algunos ciudadanos, hasta poco antes característicos de la bóvida quietud de la sociedad de consumo, han creado, tras un cataclismo personal, movimientos de presión política en la red. Candy Lightner, por ejemplo, fundó el MADD (Mothers Against Drunk Driving) tras morir atropellado su hijo.

Éste y otros muchos ejemplos demuestran, en mi opinión, dos cosas. En primer lugar, que la capilaridad comunicante de Internet está facilitando un cierto grado de eficacia en la acción política de nuevos grupos y movimientos, que nunca antes pudieron soñar con competir con los grandes partidos e instituciones. La agilidad del agrupamiento virtual se revela como recurso de calidad superior, en ocasiones, frente a la lentitud parsimoniosa de los grupos políticos convencionales. ¿Acabarán desapareciendo los partidos ante la mayor contundencia social y política de estas nuevas formas de «guerrilla virtual» ? En segundo lugar, se pone de manifiesto que la baja motivación de los electores posmodernos para intervenir más activamente en sus asuntos públicos, no sólo tiene causas atribuibles al atontamiento televisivo y consumista, sino que hunde sus raíces en las formas de vida cotidiana que el desplazamiento por las grandes ciudades, la organización del trabajo y hasta los problemas que el nuevo tipo de familia unicelular y agobiada obligan a adoptar. ¿Quién dispone de tiempo para acudir a la sede de un partido, ejercer activamente una militancia, reunirse en asociaciones de vecinos, etc.? La diferenciación social parecía haber acabado con la comunidad. Pero vuelve a aflorar toda una larga serie de cultivos de la vida asociativa, que los consumidores contemporáneos parecían definitivamente haber olvidado como tentación viable -aunque virtual-, y a cambio de un esfuerzo personal mínimo, desde la pantalla de ordenador del cuarto de estar.

CIBERACCESO AL PARLAMENTO, FOROS POLÍTICOS Y LA ADMINISTRACIÓN

Las vías sencillas y asequibles para devolver a los ciudadanos una participación democrática intensa y extensa alcanzan incluso al diálogo directo entre representantes y representados. El viejo ideal democrático de que el delegado mantuviera un fluido contacto con los electores de su circunscripción, mediante el mantenimiento operativo de una oficina local permanente, se ha convertido en muchos países en una enmohecida posibilidad de presentación de correspondencia en las sedes locales de los partidos. En cambio, el correo electrónico y la página electrónica del propio Congreso o Senado, donde aparecen públicamente reflejadas dichas direcciones (no en todos los países y no de forma generalizada dentro de un mismo Parlamento), permiten visualizar – invitando a utilizar- la forma más dinámica y bidireccional del diálogo entre quienes representan y quienes se supone que son representados. Aún es pronto para evaluar el nivel y sentido de uso que se impondrán para esta nueva herramienta, pero de nuevo la conciencia cívica de la gente de a pie puede verse incentivada ante la sola posibilidad de pedir aclaraciones o realizar propuestas mediante un mecanismo electrónico de conexión inmediata y sin obstáculos físicos engorrosos. Puede que la lógica institucional lleve a «filtrar» y «atemperar» estas nuevas puertas entreabiertas, pero los ciudadanos más críticos y los propios especialistas de la teoría democrática tendrán aún mucho que decir y reivindicar en defensa de una herramienta que apunta como pocas hacia la cercanía real entre el público y las Cámaras.

Los foros políticos en la red son el complemento y el respaldo de esa primera comunicación política a veces necesaria, pero también a menudo demasiado ineficaz por individualizada. Los foros de «ciberdebate» han surgido en ocasiones desde los propios parlamentos -como fue el caso en la anterior legislatura española de la comisión de Internet del Senado, o el proyecto «Democracia.web» del Parlamento Autonómico de Cataluña, mantenido a su vez mediante la colaboración de algunas entidades privadas-, y su incremento en el caso español parece confirmarse, como demuestra el anuncio de constitución dentro del Senado de una plataforma de este tipo para cada una de las comisiones instauradas para la nueva legislatura. Pero en ocasiones también consisten en «listas de distribución» o «grupos de noticias» que de manera privada, aunque asociativa, diversos conjuntos de personas ponen en marcha para contactar con otros ciudadanos e intercambiar entre ellos ámbitos de preocupación política e ideológica.

La propia Administración, en toda su prolija red de ministerios y secciones departamentales, ha empezado a abrirse a la imagen de innovación cibernética que proporcionan las páginas de información electrónica y la posibilidad de rellenar impresos o realizar consultas vía Internet. Los funcionarios públicos y sus dirigentes puede que estén viviendo una etapa similar a la atribuida al inicio de este artículo a las maquinarias electorales, en el sentido de buscar simplemente un maquillaje cibernáutico con el que emular formalmente a otras Administraciones y entidades privadas. Pero pronto la nueva cercanía experimentada por los ciudadanos empezará a hacer notar a estos la enorme distancia antidemocrática que todavía existe entre lo que las nuevas tecnologías podrían ayudar a conocer y lo poco que las Administraciones de muchos países como el nuestro están dispuestas a revelar respecto a sus procedimientos internos, sus criterios de resolución de trámites o sus bases de datos. Todavía en España prima la vieja concepción política del Estado como custodio exclusivo e invigilable de los datos y expedientes de todos los individuos, que habrán de confiar ciegamente en el benéfico proteccionismo de los arcana imperii, para salvaguardar así la privacidad e intimidad de cada ciudadano.

Otras sociedades, con mucha más experiencia democrática y tecnológica, hace tiempo que han comprendido que si los documentos públicos, digitalmente almacenados y procesados, constituyen en sí mismos un enorme poder y conocimiento sobre todos nosotros, ese poder no puede convertirse en el privilegio de actuación inmoderada de los burócratas y de la élite política que los dirige. Mientras la teoría política popular parece aún estancada en España en la defensa a ultranza de un principio de privacidad e intimidad, que confiere a la Administración el supremo derecho de negar cualquier acceso informativo incómodo, en otras sociedades los ciudadanos ya comprenden y practican otra interpretación bien distinta de los principios democráticos: aquélla según la cual lo que se denomina «público» es de todo el público, y su revelación o acceso informativo no puede quedar al arbitrio de unos funcionarios, habitualmente orientados a evitar que cualquier irregularidad interna, abuso de poder y favoritismo administrativo puedan salir a la luz.

Si bien la coartada usualmente esgrimida apela al celo protector de la intimidad de los datos de los individuos administrados, el nuevo avance democrático denuncia esas prácticas y sus coincidentes legislaciones-mordaza en la «protección de datos», como intentos, en realidad, de borrar el peligroso ejercicio de la fiscalización directa por los propios ciudadanos. Las páginas electrónicas de la Administración en gran medida sólo son todavía una fachada de diseño publicitario. Pero tras las leves indicaciones de tantos departamentos, archivos, negociados, etc., el usuario va a empezar a aprender a toda velocidad cómo seguirle el rastro a su expediente, se asombrará de por qué le está vedado averiguar qué méritos o características reúnen los depositarios de los restantes expedientes en competencia con el suyo, y la curiosidad frustrada mediante tanta apelación a la privacidad (¿de los funcionarios y sus intereses seguramente privados?) puede ponerles en la pista de reclamar otra práctica de libre flujo por las autopistas de la información administrativamente cegadas.

«CIBERCAMPAÑAS» Y «SITIOS VIRTUALES» DE LOS PARTIDOS

En 1996, al acabar el primer debate presidencial entre Clinton y Dole, éste hizo algo que -según narra Richard Davis (1999, p. 85)- nunca nadie había hecho antes: anunció la dirección de la página electrónica de su candidatura. Esa misma campaña presidencial fue ya testigo del despliegue de toda una batería de comunicación «net-electoral»: las páginas oficiales de los dos principales partidos y candidatos, otras páginas de simpatizantes y afiliados para apoyar y recaudar fondos para sus líderes, la creación de foros de discusión y análisis de asociaciones educativas por «una actividad electoral inteligente» y hasta la aparición, en fin, de nuevas «net-empresas» de rastreo informativo sobre datos políticos, para prensa, universidades y grupos interesados, que periodistas de investigación autónomos (como Dwight Morris, ex director de proyectos especiales del Los Angeles Times, con su «Politics Now»>) lanzaron al mercado de los cibernautas.

La variedad de recursos de campaña electoral en Internet ha crecido a un ritmo frenético, no sólo en términos cuantitativos, sino también cualitativos. Y así, la innovación más espectacular de las campañas celebradas en diferentes países en los últimos cuatro años ha sido la proliferación de las charlas en la red, en tiempo real, con los candidatos. Si bien había sido antes, el 13 de enero de 1994, cuando el Vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, se convertía en el primer político de un gobierno que celebraba una cibercharla de este tipo con ciudadanos.

A las puertas del tramo final de la campaña presidencial de 2000 en Estados Unidos, la maduración del nuevo soporte electrónico de la actividad electoral se utiliza ya para una amplia variedad de cometidos. Dichas páginas proporcionan, por ejemplo, noticias sobre las ruedas de prensa e intervenciones públicas de los candidatos; extractos de sus intervenciones en las cámaras legislativas federales o estatales -cuando han ocupado ya dichos cargos-, sus votos particulares a las diferentes proposiciones de ley, etc.; biografías personales y galerías fotográficas de su recorrido público; vídeos electorales y grabaciones sonoras de discursos; solicitudes y formularios para recabar fondos y tramitarlos directamente desde la pantalla; correo electrónico para enviar mensajes al candidato o al partido; material de refuerzo y entretenimiento para los simpatizantes, como salvapantallas con emblemas del partido o fotos del candidato; y finalmente -cómo no, en un entorno de intensa utilización de la publicidad negativa agresiva mediante anuncios televisivos-, todo tipo de parodias, chistes o información de ataque contra los candidatos contrarios.

Las estrategias de ataque electoral en la red han ido alcanzando una sofisticación cada vez mayor. En ocasiones, el contenido negativo no aparece en la página oficial del partido o candidato, para mantener así una imagen de «caballerosidad» y distanciamiento respecto a las «malas artes». Pero son las páginas de grupos de simpatizantes -cuya dirección puede venir anunciada en el «sitio» del candidato- las que se ocupan del juego sucio. Las acciones de «ciberataque» llegan al extremo de crear falsas páginas del político o partido adversario -habiendo reservado previamente «dominios» con la reserva legal a partir del nombre del contrincante-, en las que el visitante internáutico va a encontrar, para su sorpresa, todo tipo de descalificaciones y rechiflas. Un ejemplo ya célebre de dicho recurso fue la aparición, en la campaña estadounidense de 1996, de una falsa página del republicano radical Pat Buchanan, en la que sus atacantes habían reproducido el diseño de la página oficial de ese político, pero con la única «variante» de la inserción en lugar bien notorio de la bandera nazi.

Por lo que se refiere a España, la primera eclosión notable de campaña electoral en la red fue la desplegada durante la convocatoria de comicios autonómicos catalanes, en octubre de 1999. En esa ocasión empezó a destacar la originalidad y uso «a la americana» mostrados por el candidato del partido socialista, Maragall, y «grupos de simpatizantes» del mismo, que crearon sus propias páginas de respaldo a aquél (con grandes dosis de sátira contra sus adversarios). Los medios periodísticos convencionales empezaron a hacerse eco informativo de esta nueva actividad entrando a cumplir -aunque todavía de forma muy leve- la función involuntaria de servir de amplificación del mensaje expresamente diseñado por los equipos electorales de los partidos. Con la llegada de la campaña para las elecciones generales celebradas el pasado marzo, no sólo todos los grandes partidos y bastantes de los pequeños crearon su propio dispositivo de alimentación y mantenimiento de su «cibercampaña», sino que asistimos también a la aparición de «páginas personales» de algunos líderes, como elemento añadido a la página general del partido y en claro proceso de intensificación del personalismo presidencialista, que modifica de forma encubierta el sentido de un sistema regulado como parlamentarista.

Por lo que respecta al juego de acaparar «dominios» legales con los nombres de los candidatos adversarios, nuestros últimos comicios fueron también testigo de todo tipo de triquiñuelas, como quedó reflejado en las falsas páginas «Aznar.com» o «Jalmunia.com», entre otras. Los medios periodísticos, por su parte, descubrieron definitivamente el filón de novedades noticiosas de la actividad de los partidos en Internet y aunque se centraron más en las curiosidades, a medida que la campaña avanzaba dedicaron cada vez más espacio a la plataforma internáutica, haciéndose muy presente así, ante el gran público, que existe ya una paralela campaña virtual, cada vez con mayor pujanza.

Más allá de una descripción más minuciosa de campañas concretas, parece oportuno fijarse en las previsiones de fondo que sobre la transformación de la comunicación electoral surgen de la experiencia acumulada en diversos países. Entre las optimistas, algunos anuncian la quiebra de la tiranía de la «mediocracia», donde los gestos puramente escénicos y la limitación de los argumentos a espectaculares «bocadillos declarativos» de diez segundos, son la tónica de la llamada «videopolítica». Hay también quienes pronostican una nivelación de recursos para captar la atención pública entre los partidos o candidatos ricos (o mayoritarios) y los pobres (o minoritarios), pues el bajo coste de la nueva herramienta y su flexibilidad de uso podrían facilitar la realización de campañas de notable incidencia, con una drástica reducción de gastos en viajes, encuentros con periodistas y otros montajes escénicos. La interactividad entre candidatos y electores podría generar también un nuevo enriquecimiento de la comunicación electoral, con fórmulas como la empleada por el Partido Popular en su sitio electrónico de la pasada campaña, con foros de recepción de mensajes de cualquier ciudadano y con acceso público a los contenidos así recogidos. Finalmente, frente a quienes recuerdan que las cifras de usuarios de Internet, o bien son aún ridículas -como sucede en España-, o bien se orientan masivamente hacia contenidos alejados de la política, los pronosticadores de un mayor protagonismo de la plataforma virtual de las elecciones señalan el efecto multiplicador que los medios convencionales están teniendo y seguirán incrementando, en la medida que toda una serie de polémicas y actuaciones novedosas en la red obligue a los periodistas, cada vez más, a dirigir su atención hacia la nueva fuente.

Los escépticos, en cambio, señalan la escasa atención o respuesta que el ciudadano de a pie dispensa ahora y supuestamente seguirá concediendo en el futuro a esta otra plataforma electoral. Insisten en que los visitadores de las páginas de cada partido o candidato son casi siempre acólitos o simpatizantes del propio grupo, por lo que sólo cabe esperar una función de refuerzo en un sector asimismo minoritario de los previamente convencidos. Respecto a la supuesta contribución de esta modalidad al abaratamiento de las campañas o a la reducción de las diferencias entre partidos grandes y pequeños, los escépticos señalan que, sin reducir el resto del capítulo de gastos, sólo servirán para incorporar uno más, aunque este último resulte pequeño. Finalmente, las notables diferencias entre los grandes partidos y los marginales también se advierten en la comparación entre las flamantes, extensas y permanentemente renovadas páginas electrónicas de los grandes grupos, y las puramente presenciales y de escasa calidad formal y mínimo contenido de los pequeños.

Por extraño que parezca, ambas posturas aciertan en sus diagnósticos y convergen en un dictamen que, por encima de los aspectos contradictorios, descubre el indudable «valor añadido» que convertirá la campaña internáutica en un instrumento de profunda transformación de la concepción y desarrollo de las futuras campañas electorales de las democracias. Qué duda cabe que el principal motivo por el que todos los grupos políticos se apuntan a utilizar la nueva herramienta radica en la positiva imagen de modernidad, inmediatez, progresismo y cercanía democrática que refleja. No disponer de presencia en la red equivaldría, por contraste con los demás competidores, a ser considerado trasnochado y miope frente a los nuevos tiempos. Por ello, la mera presencia en Internet actúa como refuerzo secundario de una buena imagen ante los periodistas, quienes agradecerán además el nuevo filón informativo y el servicio rápido de complemento documental que de esta manera obtienen.

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Las «ciberpáginas» electorales sirven, en efecto, para facilitar información adicional y más detallada sobre propuestas, declaraciones, análisis políticos, etc., no sólo para esos pocos ciudadanos muy involucrados, sino para los propios periodistas que, sobre todo en el caso de los medios locales, no siempre disponen de las plantillas y recursos suficientes para acudir a todos los puntos de interés electoral. A partir de aquí, los candidatos y partidos empiezan a descubrir también que el recorte y reducción de sus declaraciones, conforme a las limitaciones de tiempo y espacio del tratamiento mediático convencional, pueden ser superadas en una nueva forma de contacto amplio y sin intermediarios con los ciudadanos. Nuevas vías para la recaudación de fondos en la medida que así lo permita en España la futura ley sobre financiación de partidos-, e incluso el descubrimiento de un nuevo recurso para pulsar con celeridad y economía las reacciones de los electores… Todas estas novedades hacen suponer que, a medio plazo, se habrá producido un profundo cambio en la mentalidad de los políticos y de los sectores más influyentes de los ciudadanos.

El principal «efecto Internet» de las campañas no se refiere, en consecuencia, a si dichos mensajes pueden conquistar o hacer perder muchas intenciones de voto -cuestión esta que, en términos de influencia directa, apenas afectará a los resultados, por el momento-. Estas cibercampañas no van a prevalecer o sustituir -en bastante tiempo- a los recursos tradicionales de la publicidad política o la presencia televisiva, pero un uso inteligente de la «ciberpolítica» puede incidir indirectamente en todo el proceso y revelarse como pieza clave del marketing electoral, en consonancia con una nueva forma de entender la comunicación política global de las democracias del siglo XXI. Como ha advertido Richard Davis (1999, p. 120): «Esta nueva tecnología no revolucionará el resultado electoral, pero sí cambiará la forma de hacer campañas».

A lo largo de la Historia todas las tecnologías de la información-comunicación verdaderamente innovadoras (escritura, imprenta, transmisión de ondas…) han transformado de raíz la actividad y los procesos sociales, no sólo en los aspectos materiales, sino mucho más incluso en las formas y resultados del pensamiento y la representación simbólica. Si bien los enormes cambios introducidos han requerido de un prolongado tiempo para revelar su significado completo. Bastante tiempo después de la aparición de la imprenta, por ejemplo, algunos de los más reputados pensadores de la época seguían considerando el invento de Gutenberg como un artilugio de importancia secundaria. Es el caso de Thomas Hobbes, quien en su Leviathan, escrito en 1651, sostenía que «la invención de la imprenta, aunque ingeniosa, no es gran cosa si la comparamos con la invención de las Letras (escritura alfabética)», tal y como recuerdan DeFleur y Ball-Rokeach (ed. 1993, p. 300). Estos mismos autores comentan que tal miopía, característica de muchos grandes pensadores enfrentados a las radicales innovaciones de su tiempo, se debe a un acercamiento a las nuevas realidades desde una base intelectual anclada en el pasado.

En lo que atañe a la teoría política y a las formas que podrá adoptar la vida democrática futura, los horizontes hacia los que apuntan estos nuevos ensayos de comunicación política interactiva, global e inmediata, apenas empiezan a insinuar sus más potentes consecuencias.

NOTA

1 • En diversos momentos voy a proponer neologismos que, sin perder la evocación de los términos originales en inglés, intentan superar la mecánica invasión del castellano por expresiones carentes de la menor naturalización a nuestra lengua.

7 razones para seguir leyendo

Mientras editores y libreros discuten sobre la polémica liberalización del precio del libro, ya se han recogido los mejores productos tempranos de la cosecha literaria española de este año tan redondo. Un puñado de buenas novelas que desmienten el pretendido éxito de la última moda editorial, consistente en «descubrir» a autores jóvenes y primerizos: la fuerza de los hechos y del sentido común van poniendo las cosas en su sitio. Nadie puede poner en duda que, en estos meses, la calidad ha venido de la mano de escritores ya rodados, que no necesitan de ningún peinado previo para dar a conocer su talento y su excelente oficio.

Cinco novelas destacan, a mi juicio, en la desmedida producción actual: tres que responden a las convenciones del género (las de Juan Marsé, Manuel de Lope y Lorenzo Silva) y dos «artefactos literarios» -en expresión de Ignacio Vidal-Folch- que rompen los límites y se sitúan en el territorio comanche fuera de las leyes clásicas (Enrique Vila-Matas y Juan Manuel de Prada). Dos modos distintos de crear, con mayor o menor riesgo, que conviven pacíficamente y demuestran que ni la novela está muerta, ni la experimentación ausente del nervio de nuestros mejores escritores.

DOS NOVELAS DE POSGUERRA Y UNA DE DETECTIVE

Desde El embrujo de Shanghai, una de las mejores novelas de los últimos años, se esperaba laS siguiente aparición de Juan Marsé en las librerías. Y Rabos de lagartija (Debate) no ha defraudado. El escenario se repite una vez más: la Barcelona de posguerra. La originalidad de la historia radica, en primer lugar, en la arriesgada apuesta por un narrador que observa mudo los acontecimientos: instalado en el vientre de su madre, una costurera que vive con su hijo mayor, puede relatar la historia desde su privilegiado observatorio. Un policía comienza a frecuentar su casa con la excusa de averiguar dónde se encuentra el marido, huido tras sospechosas actividades. Los tres personajes centrales -la madre, el hijo adolescente y el policía- aparecen tratados con mano maestra, formando un triángulo de amor y desamor que acabará en tragedia. Marsé se muestra aquí más duro que en su anterior novela al retratar la crueldad de algunos comportamientos, con un afán quizá excesivo por reflejar lo más sórdido de la realidad (sobran, por ejemplo, algunas blasfemias). Pero no cabe duda de que resulta casi insuperable en algunas páginas de intensa fuerza lírica, en los diálogos vivos y rápidos, en la recreación del mundo de la infancia, con sus ensoñaciones, sus héroes y su insobornabilidad.

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El madrileño Lorenzo Silva ha obtenido el Premio Nadal al segundo intento: finalista en 1997 con La flaqueza del bolchevique, ha resultado ganador este año con El alquimista impaciente (Destino). La historia sigue el esquema clásico de la novela negra, trasladada a uno de los elementos más genuinos de lo español: la Guardia Civil. Esta trasposición, estrambótica a primera vista, funciona sin embargo con fluidez, amenidad y simpatía. La «pareja» formada por el sargento Bevilacqua y la guardia ENSAYO Chamorro está especializada en homicidios. Investigan en este caso la denigrante muerte de un ingeniero, empleado en una central nuclear de Guadalajara, cuyo cadáver aparece en un motel de carretera. Nadie se explica cómo aquel hombre discreto y de ojos tímidos ha podido «pasarse de la raya» en una noche loca de alcohol, drogas y desenfreno. La investigación avanza lentamente y nos muestra el corrupto mundo de las inmobiliarias, del dinero fácil y de la peligrosa afición al poder. La sobriedad del narrador, que echa mano de una épica de andar por casa, arremete contra muchos tópicos y defiende algunas posturas excéntricas: entre ellas, la de la profesionalidad e independencia en el trabajo, la del control de las propias emociones y sentimientos, la del interés por las personas, la de la azarosa y a menudo poco gratificante búsqueda de la verdad. En medio de tanta truculencia, predomina un tono optimista, que aspira a no abdicar del propio modo de ver el mundo. La alquimia, como la vida, es un oficio peligroso, pues consiste en la maestría de mejorar las cosas, no de empeorarlas.

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La última novela de Manuel de Lope también se ajusta a los cánones clásicos, con ese modo faulkneriano de plantear sus historias que tiene el escritor burgalés. La sangre ajena (Debate) es una novela de genealogías y generaciones, que arranca en vísperas de la Guerra Civil y enlaza con el presente a golpe de recuerdos. Situada en el País Vasco, recrea la vida gris de María Antonia Etxarri, una chica violada al comienzo de la guerra y puesta luego a servir en casa de Isabel, una joven viuda. El salto al presente nos sitúa en esa misma casa, con una María Antonia ya anciana que acoge durante unas semanas al nieto de su antigua señora, necesitado de calma para preparar sus oposiciones a notario. El vecino de la casa es un viejo doctor cojo y soltero, que ha asistido discretamente, durante los últimos cuarenta años, al paso de las generaciones en la vivienda vecina. La llegada del nieto, con quien tratará de congeniar, provoca en el mediocre médico el desbordamiento de las compuertas del «potente caudal de sus recuerdos». Las desgracias de la guerra se observan desde una perspectiva algo distanciada, sin que falte algún tópico prescindible. Lo que interesa a Manuel de Lope es profundizar en una de tantas historias personales que la contienda trajo consigo: la irrupción de la muerte que trunca un matrimonio recién contraído, la soledad que se instala en medio de cañonazos y batallas, la confusión de genealogías, sangre y filiación provocada por los incendios de archivos y registros. Enseguida se advierte que existe un enigma que abarca a María Antonia, a su señora ya fallecida, al nieto recién llegado y al mismo doctor. La prosa de Manuel de Lope se demora en captar estados de ánimo, miradas, reacciones y recuerdos, focaliza momentos clave y logra en ocasiones páginas de gran eficacia e intensidad emotiva. De fondo se adivina una ternura contenida, confundida a veces con el odio, que sólo se plasma plenamente al concluir estas páginas cargadas de dolor.

DOS EXPERIMENTOS

Bartleby, el inolvidable personaje de Melville, sirve de comodín a Enrique Vila-Matas para su última inmersión en el mundo de los «raros»: Bartleby y compañía (Anagrama). A los shandys de su Historia abreviada de la literatura portátil siguen ahora estos bartlebys que imitan el «Preferiría no hacerlo» del famoso y apático oficinista del cuento de Melville. Vila-Matas ve en él el paradigma del No aplicado a la escritura y repasa a los eximios representantes del silencio literario. El propio narrador ha sufrido ese síndrome: dejó de escribir tras un desgraciado incidente con su padre. Pero, años después, logra liberarse de la enfermedad a base de redactar estas «notas a pie de página» que comentan el texto invisible de quienes se negaron a seguir escribiendo, o lo hicieron ocultos en seudónimos o hurtando su rostro y su vida privada a curiosidades ajenas. Por aquí se pasean Rimbaud, Salinger y Gracq, Rulfo y Alfau, Pynchon y Felisberto Hernández, que nunca terminaba sus cuentos. El narrador indaga en las razones profundas del abandono, que no son otras que las que tienen que ver con la «moderna» desconfianza en las palabras. Quienes piensan, como los bartlebys o el propio Vila-Matas, que ya está todo dicho, sólo pueden aspirar a la repetición, la glosa o el espionaje. El escritor catalán, fiel a su estilo fronterizo, continúa su arriesgada exploración literaria, llena de humor, sorpresas, guiños y acrobacias. El texto se abre en muchas direcciones, los géneros se mezclan y se suceden, la atmósfera de complicidad crece. El ingenio de Vila-Matas multiplica las connotaciones bartleby: hay desfallecimientos bartleby -como el que impide a Tolstói concluir la última frase de su diario-, hay escritores antibartlebys -el caso de Simenon, a novela por semana, o el de Valéry, bartleby arrepentido-, y existen también bartlebys en el momento de la despedida de la vida y de la literatura, como Cervantes en el emocionado Prólogo del Persiles. Al fondo, Vila-Matas cree ver a Dios que calla, «maestro del silencio», que escribe, sin embargo, a través de persona interpuesta.

También arriesga Juan Manuel de Prada en Las esquinas del aire (Planeta), la historia de la búsqueda de una mujer singular. El narrador, un escritor en ciernes, aliado con el librero Tabares y la joven Jimena, emprende una indagación casi obsesiva para encontrar a Ana María Martínez Sagi, un personaje real y fascinante que practicó el tenis, el esquí, el lanzamiento de jabalina… y la poesía. Un poemario publicado en 1929 y varias entrevistas y artículos componen las únicas pistas, que se pierden con la Guerra Civil. La historia avanza en dos frentes: primero a través de los vericuetos de las averiguaciones y después con la propia voz de Ana María, cuando la encuentran en un pueblo catalán.Nonagenaria ya, habla «durante días» del periodo oculto de su historia: sus crónicas para El Tiempo de Bogotá desde la columna Durruti, su exilio en Estados Unidos, su vuelta a España treinta años después. «Extranjera de la vida», Martínez Sagi es un cualificado testigo de la evolución del siglo XX español y una abanderada nada fanática de la lucha de la mujer por alcanzar sus derechos a través de una vía excéntrica: el deporte y la literatura. El talento de Juan Manuel de Prada brilla en algunas páginas de manera singular: resulta memorable, por ejemplo, la aparición de poeta Pere Gimferrer en un enloquecedor diálogo telefónico que parece no tener fin.

RECUPERACIONES

A falta de espectaculares descubrimientos, el buen olfato de algunos editores resucita dos excelentes novelas de casi obligada lectura. La más lejana en el tiempo es Helena o el mar del verano (El Acantilado), publicada en 1952 por un auténtico bartleby: Julián Ayesta (1919-1996). Esta breve y única incursión en la narrativa de su autor figura con justicia entre las mejores novelas españolas del siglo por su rara perfección en el retrato del mundo adolescente, y comparte gloria con otras dos estupendas recreaciones de ese final de la niñez aparecidas también en los cincuenta: Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, y La vida nueva de Pedrito de Andía, de Sánchez Mazas. En apenas cien páginas que recorren dos veranos y un invierno, el niño que está dejando de serlo relata su amor por su prima Helena. La maraña de sus confusos sentimientos, enmascarados en juegos infantiles, se va decantando hacia el descubrimiento de las grandes preguntas: su ingenuidad, aún infantil, argumenta de manera divertidísima y llena de verdad, con una «alegría rabiosa» que se gana desde el principio la simpatía del lector. Novela de aprendizaje, siguiendo el tópico, Helena convence por su riqueza expresiva, su buen humor y una profundidad que tiene a Dios como último y cercano testigo.

Otra buena noticia es la de la recuperación por parte de la editorial Tusquets de buena parte de la obra narrativa del barcelonés Juan Miñana, que comienza con la nueva edición de El jaquemart, su segunda novela, publicada en 1991. Concebida como una fábula sobre el tiempo y su paso inexorable, la historia se sitúa en la Barcelona de los últimos años del reinado de Felipe IV, cuando una terrible peste invade la ciudad. En un hospital que recoge a los apestados coinciden los protagonistas principales: Buenaventura Deulocrega, un médico que pretende curar la enfermedad con nuevos métodos, y Juan de Ameno, relojero del rey que está proyectando un jaquemart -uno de esos autómatas que vigilan y marcan el paso del tiempo- para el reloj de horas de la catedral. La extraña amistad que surge entre estas dos fuertes personalidades provocará la rememoración de sus vidas, en un esfuerzo por afrontar el futuro interpretando los signos del pasado. Además de una magnífica reconstrucción histórica, El jaquemart es una reflexión profunda y certera sobre la brevedad de la vida, el papel de la vanidad en las artes y las ciencias, y la innata rebelión del hombre ante la vejez y la muerte. La lucha contra el tiempo admite diversas estrategias, desde la anestesia del olvido al frenético volcarse en la actividad exterior. Pero quizá, como advierte al final Deulocrega tras muchas disquisiciones, «el único modo posible de vencer al tiempo era a través de un acto de amor, o siquiera de un acto de generosidad». Novela de una rara intensidad, cuidada hasta los detalles, que revela a un narrador con un firme dominio de la escritura y una capacidad de construcción de personajes fuera de lo común.

Lasso de la Vega, la novela de la poesia

Por fin y para siempre, el nombre y la obra de Rafael Lasso de la Vega tienen una especie de domicilio fijo, algo más cierto que el lugar del aire propio de las leyendas errantes. El sitio donde encontrar a Lasso es un cuadrilongo y compacto objeto ideado por Andrés Trapiello que es pero no es exactamente un libro; resulta más bien una suerte de caja cúbica que no hace falta abrir siquiera para que uno se sienta inquietado por la doble mirada —especular y significativamente invertida en cubierta y sobrecubierta— del negro autorretrato que el supuesto Marqués de Villanova fechó en 1916 (aunque sólo sepamos de él en 1942, en la «cuarta» edición de su libro Prestigios, del que nadie, además, ha visto nunca ninguna de las ediciones anteriores).

Esta es, pues, la única seña de ese errante enigma, al menos hasta que Juan Manuel Bonet entregue para hacer compañía a su magnífica edición poética su prometida novela A Quest for Lasso. Pero eso será ya una novela de Bonet, a la caza, quizá, de una presencia, y en la que una voz transitará entre filas de ecos ausentes, como si se tratara de un largo poema. De momento tenemos algo que parece ya eso, parecen poemas, poesía, y, sin embargo, ocurre como si el juego —que no es una mera pejiguería clasificatoria de géneros— se diera la vuelta y nos obligara a comprender que por muchos motivos estamos ya ante algo parecido a la novela no escrita, que la tenemos ahí, en la reunión definitiva de las poesías, porque antes no existían la persona ni el personaje esquivo —que no siempre coincidió con aquélla— entre los que quedó diseminada, repartida, acaso derrochada, la intimidad de un alma extraña a sí misma en la aventura a que fue expuesta una identidad, tal y como lo fue la de Lasso. Y esto podría muy bien ser novela.

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Por lo pronto, la poesía de Lasso de la Vega, leída entera, nos parece verla avanzar, antes que nada, hacia el drama, y me refiero al drama moderno de la voz poética, una voz ajena para el propio poeta que a partir de un determinado momento ya no se reconoce en una única voz cantante. (Por eso, decir que Lasso no tiene voz será acaso entenderlo, pero no comprenderlo). César González-Ruano, uno de sus pocos fieles, pidió un día la novela de Lasso, pero en realidad estaba pidiendo sólo que alguien escribiera «su vida», novelesca, claro, como ninguna. Más que de esa novela, deberíamos acordarnos de la que en el Libro del desasosiego Fernando Pessoa da poco menos que por perdida: «Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. (…) Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea, y deshecha sin haber sido…». «En este mundo novela», como decía Pessoa, lo que quedaba de la voz cantante de Lasso se preguntó muchas veces, con el enorme portugués, «Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo?», mientras su sombra cruzaba el escenario del teatro de la realidad, infinitamente añorante de un incierto y también apócrifo ayer («en un tiempo no vivido», «en la ciudad que no existe», en la «memoria del futuro») donde el mundo había sido, al parecer, real. Y ésa es la verdadera novela de Lasso de la Vega, una novela no escrita por nadie en la que la pregunta por la identidad vaga sin cuerpo sobre el fondo del teatro. Esa conciencia y ese guiñol recurren a veces en los mismos poemas, sobre todo a partir de Prestigios, el libro donde hace su aparición «Don Diego de Noche», un personaje, más apócrifo que heterónimo, en el que desde luego se proyecta Lasso. Es en ese libro donde la comedia del parque, el carnaval y sus  desfiles, tan caros al modernismo, dan un paso más allá en la ficción que acabará por ocupar la realidad entera. «Día», un poema dedicado a Cádiz, comienza así: «La seducción del mundo proyecta su aparato de magias verdaderas — El día es un teatro». Y en Oaristes (Venecia, 1940), repite: «un recinto me ciñe con constante insistencia— / yo mismo circundado de mi propia presencia», «cuál de mis vidas fue más cierta?»; pero ese asunto está ya inevitablemente unido al otro, al del espacio imaginario de la voz funámbula: «Y yo soy un teatro de actos desconocidos». Así que el teatro de la realidad y el de la identidad personal —y eso si los dos no fueran el mismo para Lasso— terminarán por constituirse en espacio de la poesía, bien que inverso al que en la tradición poética hacía del poema lugar significante, capaz de servir de alojamiento al sentido.

Otra novela mientras tanto —otra ficción—, la de la historia literaria, ha preferido fijarse hasta ahora exclusivamente en el autor de dos libros de estela modernista, Rimas de silencio y soledad (1910) y El corazón iluminado y otros poemas (1919), sus dos únicos libros de firma y fecha normales, es decir, manejables, encasillables; y hablar luego de un estrafalario afiliado al ultraísmo y al cubismo poéticos, y ahogar, en suma, al poeta en el retrato de un bohemio más, de un falsario o de un raro. Y Lasso, a la lectura de la obra entera y verdadera (si la verdad no resultara en su caso, como resulta, un episodio de la imaginación, claro), no es un raro más, anegado por el gas letal de la burbuja bohemia. Esos libros contienen poemas de encantadora persuasión, pero más parecen, vistos en la novela entera, una suerte de «borradores silvestres» del poeta-síntoma, del poeta ni mayor ni menor sino todo lo contrario, que lo fue, precisamente, por ser el borroso, el falso, si se quiere, protagonista de algo más parecido a una life in progress que a un work in progress juanramoniano. En esos libros hay fontanas eternales, deliquios, unciones de aromas, y también hay otras gotas epocales de teosofía y de esa clase de espiritismo frecuente en otros que, como el propio Pessoa, desdeñaron por entonces la mera experiencia de la subjetividad intimista a la búsqueda de algún infinito anamnésico, no vivido y sin embargo recordado, de una quimera anterior a lo anterior que, platónica o no, pudiera dar visos de una objetividad natural, allí donde «todo nombre es vano» (y ésta es la huida de la ilusión del lenguaje y del conocimiento a la que, moderna y a trechos mallarmeanamente, parece aspirar Lasso).

Ocurre, por tanto, como si aquella subjetividad romántica y simbolista se fuera mostrando también insuficiente, se fuera multiplicando, que es lo que sucedió en el caso del drama pessoano. Sea como fuere, en la poesía de Lasso se asiste desde entonces a la desposesión moderna y a la pluralidad de la conciencia poética (en las Rimas… se encuentra, por ejemplo, ese poema, «El espía»: «—¿Qué espíritu a mi lado me persigue y me nombra?»). Y se puede decir que, de Bécquer, a quien está dedicado El corazón iluminado…, a Juan Ramón, ese trayecto de la consciencia poética apenas cuenta con apeaderos por los que la poesía de Lasso no pasara alguna vez. Es como si leyendo sus versos nos pareciera estar leyendo, como en una cartografía completa, toda la poesía, o mejor, como si nos fuera dado leer la novela entera de la poesía, una novela sincrónica en la que poco importa ya qué precede o sucede a qué, una novela acaso no escrita en realidad por ningún autor personal. Bécquer, en quien Juan Ramón, como se sabe, veía el origen, tiene su eco («Yo sé un himno gigante y extraño…»), acoplado a veces al de Darío, en versos que hacen dimitir al poeta de la vieja condición en la que el lenguaje daba muestras suficientes de su poder apropiatorio de la realidad. «Yo conozco el poema que no se ha escrito nunca», dirá en Presencias; pero bien sabe ya que ese sentimiento de la divina armonía sobre su pecho no tendrá palabras justas, exactas, no podrá ser encerrado en un «rebelde, mezquino idioma». Y no lo podrá ser porque la voz está ya disuelta en una multiplicidad de ecos. Esto es tan evidente en Lasso que su vida en marcha terminará quedando reflejada en una obra que viene a ser, como decíamos, novela total de la poesía, de sus ecos, desde luego que sin voz (eso es, precisamente, más que una carencia de poeta menor, su hecho significante positivo). En los versos de Lasso podemos oír también a Antonio Machado («la sombra vaga de una sombra vieja»). Y, más adelante, ya en la plena ficción bibliográfica y existencial que el poeta fue construyendo a partir de Pasaje de la poesía (planteado en 1936 como antología de lo escrito entre 1911 y 1927, en la que el autor «demuestra» sus hechuras de adelantado al ultraísmo de Huidobro, al coloquialismo de Moreno Villa o al popularismo de Alberti), nos podemos encontrar con un eco de Guillén («…la vida en clara escultura; / el mundo en redondo fin»), con alguno de Cernuda («La soledad se llena de mí mismo…»), con uno de Alberti («Desde la orilla del mar / he visto un barco pasar / Quién fuera su capitán»), con uno de Lorca («Y yo qué extraño en toda esta presencia»), con otro de Bergamín («Este nuestro no decirnos nada / de lo que nos decimos dentro»)… Pero esos ecos no son, sin embargo, préstamos poéticos, faltas; para que lo fueran haría falta una voz central que los hiciera suyos. No dejan nunca de ser eso, ecos, porque en el personaje ya desidentificado tienen ellos más verdad que la voz, más la sombra que la figura, más la niebla que la clara y falsa luz con la que una conciencia única se apropia de una imagen del mundo.

A comienzos de los años veinte, Lasso colaboró muy asiduamente en las revistas ultraístas, entre ellas en Grecia, que dirigía el Isaac del Vando-Villar corresponsal de Pessoa. De esos poemas podríamos decir que si el Lasso becqueriano y modernista llegó a tener bastante clara la insuficiencia de las palabras y su última aspiración al silencio, el Lasso de la «impostura» vanguardista toma conciencia de la agotada subjetividad del «yo» romántico. El Lasso que asevera que «la turbamulta romántica se lamenta de pasiones que no sintió nunca» viene a ser un nuevo personaje que se vuelve contra su propia tesitura anterior, persuadido del nietzscheanismo que se hace transparentemente en «Universos», el poema que habla de cantos «claros, ligeros y diáfanos», de pureza, de agilidad, de juventud, de que «la vida es voluntad alegre y bella». Podría haber sido, quizá, una salida para su poesía; ésa fue en un determinado momento su lectura de lo vanguardista, más allá de la propiamente decorativa; una lectura propiciada por su de siempre inclinación hacia lo no manchado de excesiva humanidad. Sin embargo, no lo fue; fue otro episodio, que no deja de arrojar luz, como siempre, sobre la novela entera de la poesía, y desde el que —leyendo «Alas» y, sobre todo, «Enigmas»— podríamos, a lo mejor, mitigar, por ejemplo, la originalidad de los poemas enumerativos de Borges, probablemente en deuda secreta con su aventura vanguardista; evocar —a la luz de ese verso: «Mientras vago mis ángeles trabajan»— la muy conocida frase de Bretón acerca del sueño laborioso de los poetas, sobre todo cuando un postrero poema de 1957, precisamente titulado «Pasos perdidos», comienza diciéndonos de «El paraguas abierto en el vestíbulo / y el par de guantes negros en la silla…»; y más acá, pero en la misma novela, podemos comprender mejor por qué Valente llamaba neodecadente a Gil de Biedma; constatar el poso de un Cernuda de modernismo inconfesado entre las advocaciones veladas de los novísimos; pensar en Baudelaire y en Aloysius Bertrand cuando volvamos a leer —a la luz de ese poema en prosa, «Fischer», de Hotel del UniversoDiana y el mar muerto, de Juan Perucho; pensar, en fin, no sin vértigo, en la sincronía de la novela sin autor ni fecha de la poesía.

La salida —salida del laberinto de la ficción— no fue, sin embargo, aquella sobrehumanidad, sino, casi fuera de la novela y de la poesía, el amor. Lasso, el Marqués de Villanova, Don Diego de Noche, el Espía, sea quien fuere, se enamoró de Anna Bonetti, la hija del dueño del hotel de Florencia en el que desde 1942 se alojaba el poeta con su mujer. Y a lo mejor tenemos que pedir perdón porque no nos interese demasiado lo biográfico de Lasso, sino el itinerario de esa novela que únicamente encuentra su conclusión, digamos que su salvación, en el amor. Sólo allí —si el amor fuera un lugar— todos aquellos ecos serán voz, todos aquellos nombres serán persona, todas aquellas mentiras múltiples serán única verdad. En «Pantomime des étoiles», uno de los poemas «modernos», él mismo pronosticaba: «Y ser en lo demás / para siempre / uno mismo y distinto». Se trata desde luego de la eternidad distinta hallada ante un «tú» capaz de romper la galería de espejos de la cárcel personal. Fortuna y lástimas de amor es el desnudo, leve, verdadero diario poético que Lasso-Lasso dedicó a su amor y que por primera vez edita Bonet. Sólo allí los ecos pueden remontar al fin hacia la voz primera, antenatal —«Te conozco desde antes que nacieras»—. Sin el amor, la conciencia vuelve a ser la de un desconocido. Con él, «el mundo es mundo / el hombre es hombre», y la novela, al fin, se niega a sí misma.

Y sólo espero que todo esto no sea confundido con el elogio de un autor, sino de una edición que roza el prodigio de las mentiras verdaderas.

Anna

«Azul el cielo y dulce el aire, / flores llenas de rocío y de olor
y por la noche baile y diversión, / ¡es más que demasiado!
».

Así cantaba alegremente, una luminosa mañana de domingo, Anna, la joven criada, mientras al mismo tiempo se empleaba con energía en la limpieza de los cacharros de cocina y de la leche. En ese momento pasó ante ella, vestido con una bata de damasco verde, el barón von Eichenthal, a cuyo servicio estaba desde hacía seis meses, un hombre joven pero trabajado por la vida, todo hipocondria y caprichos.

-¡A qué viene todo ese griterío! -le gritó deteniéndose frente a ella- .¡Sabe que no soporto la frivolidad!

Anna enrojeció hasta la raíz del pelo; se acordaba de que hace algunas noches al severo señor le hubiera gustado encontrarla frivola en el cenador del jardín; tenía una palabra áspera en la punta de la lengua, pero, reprimiéndose con violencia, echó mano a un tazón de sopa de porcelana blanca y lo dejó caer al suelo, luchando enérgicamente con la intrepidez que le era propia. La valiosa pieza se quebró en mil pedazos, y el barón, que ya se había alejado algunos pasos, se volvió con el rostro encendido por la ira.

-¿Cómo? -exclamó en alta voz, aproximándose a la muchacha-. ¿Acaso este ratón malicioso pretende enfriar su rabia en la vajilla de mi madre, porque su obstinación no le permite aceptar con calma, como corresponde, un bien merecido reproche?

Y diciendo esto empezó a darle pescozón tras pescozón a derecha e izquierda, entre gritos e insultos, mientras ella le miraba petrificada igual que un niño, privada del habla y casi del sentido, sosteniendo aún en una mano el asa del tazón y apretando la otra involuntariamente contra el pecho. De ese estado lindante con el desvanecimiento la sacó la burlona carcajada de la doncella Friederike, que, más complaciente que ella, dejaba gustosa que el barón, tonteando lujurioso, le pellizcara las mejillas y jugueteara con los rizos de su pelo. Sarcástica, la descarada sirvienta alzó la vista hacia ella y le gritó:

-¡Eso te abrirá el apetito para la fiesta mayor, doncella estrecha!

Pero el barón, riendo a carcajadas, puso los brazos en jarras y dijo:

-Que se le pasen las ganas de bailar y jugar; retiro el permiso otorgado por mi madre. Que cuide de la casa. ¿Acaso no habrá nada en qué ocuparla hoy? -prosiguió, deliberando consigo mismo.

Friederike le susurró algo.

-¡Cierto! -exclamó él alzando la voz-, que carde lino hasta entrada la noche, ¿lo oyes?

Anna, en total confusión, asintió con la cabeza y después, sin fuerzas, cayó de rodillas; al mismo tiempo, instintivamente, agarró un recipiente de latón y empezó a pulirlo mientras las lágrimas le brotaban ardientes e incontenibles. Entonces el jardinero, que, fresca y floreciente como ella era, le había estado persiguiendo largo tiempo, aunque en vano, y había visto de lejos la escena anterior, pasó ante ella, saludó y preguntó, malicioso, qué tal le iba.

-¡Oh, oh! -gimió ella con un estremecimiento convulsivo, se puso en pie de un salto y aferró por el rostro y el pecho a quien de tal modo se burlaba de ella.

-¡Rabiosa! -gritó él sorprendido, y la rechazó de un empujón, apartándola con toda su fuerza varonil. Como si no supiera lo que había hecho, ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos; luego, como volviendo en sí, tornó al trabajo que había interrumpido, sollozando a veces sin darse cuenta, y siguió dedicada a él hasta que a mediodía la llamaron a la cocina para la comida. Allí se vio recibida por rostros de indisimulada alegría por el mal ajeno y risas y risitas más o menos contenidas, que se fueron haciendo cada vez más sonoras y desconsideradas al ver que ella, con las mejillas encendidas, bajaba los ojos al plato y no respondía una palabra a ninguna de las alusiones. Las criadas, algunas ya arregladas para la fiesta, se burlaban charlando entre sí, pero refiriéndose sin disimulo a ella, de los novios que habían conseguido o pensaban conseguir; y el pinche de anchas narices, animado por los guiños del capataz y el cochero, preguntó a Anna si no podía prestarle su delantal de flores rojas y el sombrero de cintas de colores que Friedrich, el criado del mayor, le había regalado en Navidad; al fin y al cabo no iba a necesitarlos en el almacén, y esperaba poder atraer con ellos a alguna muchacha que no tuviera adornos semejantes.

-¡Granuja! -gritó ella con labios pálidos y temblorosos-, cuando estés enfermo y nadie te preste atención, no esperes que vuelva a prepararte caldos.

Echó su plato a un lado y, cogiendo el vacío cubo del agua, salió a llenarlo al pozo.

-¡Vaya! -dijo Johann, un viejo criado al que, después de toda una vida al servicio de su padre, el barón von Eichenthal mantenía por compasión-, ¡no está bien amargarle la comida a la chica con esas maldades!

-¡Bah! -repuso el jardinero-, no le harán mal; desde que Friedrich, ese flaco baboso, corre detrás de ella, está tan arrogante como si hubiera enganchado a un noble.

-¡La arrogancia precede a la caída! -dijo Liese, la pequeña y robusta cocinera, lanzando una tierna mirada al flemático capataz-. ¿Sabéis que lleva corsé?

-¿Y por qué no iba a ser arrogante? -dijo el cochero-. ¡Al fin y al cabo es la hija del maestro!

Friederike, la doncella, entró en la cocina con el rostro encendido.

-¿No está Anna? -preguntó, secándose la frente con el pañuelo de seda-. El señor acaba de acostarse, estaba de muy buen humor -en este punto tosió, porque los otros la miraban significativamente y reían-, y me ha encargado que le diga que empiece enseguida a cardar y -añadió por su cuenta- no lo deje hasta las diez de la noche.

-¡Yo se lo diré, Rike! -repuso Liese.

Friederike volvió a irse, bailoteando.

-¿Llevará también ella corsé? -preguntó el capataz.

-Bueno, bueno -murmuró Johann, dando confusos golpecitos con el tenedor en el plato.

Anna entró en la cocina con su carga de agua.

-Anna -empezó Liese, diligente-, debo decirte…

-Ya lo sé -replicó Anna secamente, en tono firme-, me he encontrado a la mensajera. ¿Dónde está la llave del almacén?

-¡Ahí, en ese clavo! -repuso la cocinera, señalando el sitio con el dedo. Anna, tranquila, porque estaba destrozada en lo más íntimo, cogió la llave y se fue apresuradamente al almacén, cuyas ventanas daban al patio del castillo y a la carretera, mientras los otros se precipitaban hacia sus baúles para terminar de vestirse delante de un espejo de dos reales. Se sentó al trabajo, con el rostro vuelto a la ventana, de forma que podía ver a todos los que, felices, iban desde el pueblo a la fiesta mayor, y escuchar sus alegres conversaciones; empezó su tarea con sorda aplicación, aunque a veces se hundía en inconscientes cavilaciones, para sobresaltarse enseguida, como picada por una serpiente o una tarántula, y proseguir su tarea con un celo renovado, casi antinatural. Sólo en una ocasión durante toda la tarde se levantó del duro taburete, en el momento en que sus compañeros cruzaban el patio sentados en un cómodo carro tirado por rápidos caballos; pero riendo en voz alta, como para burlarse de sí misma, volvió a sentarse, y aunque estaba de tal modo sedienta por el calor y el polvo que la lengua se le pegaba al paladar, ni siquiera bebió el café que la vieja Brigitte, que en ocasiones como la presente solía cuidar la casa en lugar de los criados, le había traído, compasiva, a las cuatro o las cinco. Cuando fue cayendo la noche se dirigió, sin retirarse los rizos que caían despeinados en torno a su rostro, a la cocina, donde, sin responder a la amable invitación de Brigitte de quedarse allí y compartir con ella una sabrosa sartén de patatas asadas, cogió una vela y, protegiendo la llama del viento con la mano, regresó al almacén. No pasó mucho tiempo antes de que llamaran a la ventana, y cuando abrió la puerta entró apresuradamente Friedrich, bañado en sudor.

-Tengo que verte -dijo casi sin aliento, abriéndose el chaleco-. ¡Murmuran toda clase de cosas!

-¡Ya ves! -respondió Anna con rapidez, pero luego se detuvo y se ajustó el peto, que se le había torcido.

-¡Tu señores un canalla! -rugió Friedrich, rechinando los dientes.

-¡Sí, sí! -dijo Anna.

-Me gustaría encontrármelo ahí fuera, en la ladera -exclamó Friedrich-. ¡Oh, es espantoso!

-Qué caliente estás -dijo Anna, cogiendo su mano con suavidad-. ¿Has estado bailando?

-He bebido vino, cinco, seis vasos -repuso Friedrich-. Ven, Anna, vístete, vas a venir conmigo, por encima de cualquier demonio que se nos cruce.

-¡No, no, no! -dijo Anna.

-¡Sí! -gritó Friedrich, y le pasó el brazo por el talle-. ¡Sí!

-No puedo hacerlo -replicó Anna con suavidad, abrazándolo con ternura.

-Debes hacerlo, quiero que lo hagas -gritó Friedrich, y la soltó. Sin responder, Anna cogió el cepillo de cardar y bajó la vista.

-¿Quieres o no? -apremió Friedrich, acercándose a ella.

-¿Cómo podría? -repuso Anna, poniéndole la mano en el corazón mientras le miraba confiada a los ojos.

-Bien, bien -exclamó Friedrich-. ¿No quieres? ¡Que Dios me condene si vuelvo a verte!

Se precipitó al exterior, rabioso.

-¡Friedrich! -gritó Anna a sus espaldas-. ¡Quédate, quédate un momento, oye cómo sopla el viento!

Quiso correr tras él, y entonces su vestido rozó la vela, puesta sobre un tocón de madera; cayó y prendió el lino, que ardió rápidamente en grandes llamaradas. Friedrich, embriagado por el vino y la ira, se forzó, como ocurre en momentos así, a cantar una canción mientras salía hacia la noche, que se había vuelto muy desapacible; la conocida melodía de su canto de salvaje alegría llegó hasta Anna.

-¡Ah, ah! -sollozó desde lo más profundo de su pecho.

Sólo entonces advirtió que medio almacén estaba ardiendo. Se arrojó dando manotazos y patadas contra las devoradoras llamas, que ardientes le devolvieron el golpe y la hirieron. Entonces gritó -la voz de Friedrich se apagaba a lo lejos en un último resonar-: «¡Eh, qué estoy haciendo, fuera, fuera!» y cerrando la puerta con fuerza a sus espaldas salió corriendo mientras profería una risa espantosa, tomando sin querer el mismo camino que Friedrich había seguido a través del jardín. Pronto se derrumbó en una pradera cercana, sin fuerzas, casi inconsciente, y lanzando un sonoro gemido apretó el rostro contra la hierba fría y empapada. Así estuvo durante largo tiempo. Entonces resonaron sordas y espantosas, cerca y lejos, las campanas de alarma por el fuego. Se incorporó a medias, pero no miró a su alrededor; sobre su cabeza, el cielo estaba ensangrentado y lleno de chispas; un calor antinatural se expandía, creciendo de minuto a minuto: rugir y ulular del viento, crepitar de llamas, gritos y lamentos. Volvió a tenderse en el suelo cuan larga era, como si pudiera dormir, pero al instante siguiente la arrancó de ese estado similar a la muerte la conversación de dos que pasaban corriendo, de los que uno gritaba:

-¡Dios mío, el pueblo está ardiendo!

Entonces, haciendo acopio de fuerzas, se rehízo y corrió con los cabellos al viento hasta el pueblo, pegado a la parte incendiada del castillo, donde los tejados de paja, fáciles de prender, ardían ya en más de un lugar. El viento se alzaba con creciente fuerza; la mayoría de los vecinos, exceptuando los niños y los viejos y débiles, estaban en la fiesta, a más de cuatro millas de distancia; aunque su dotación hubiera estado presente, los tristes carromatos de los bomberos sólo hubieran podido ofrecer vana resistencia a los dos terribles elementos unidos; incluso faltaba el agua, porque el verano estaba siendo inusualmente seco. La desgracia, el peligro, la confusión crecían de minuto en minuto; un chiquillo corría gritando:

-¡Dios, mío, Dios mío! ¡Mi hermanita!

Cuando le preguntaron: «¿Dónde está tu hermana?», el niño, como si, incapaz de cualquier pensamiento claro, no hubiera entendido la pregunta, empezó de nuevo a proferir sus espantosos gritos. Una anciana tuvo que ser obligada a abandonar su casa; se quejaba:

-¡Mi gallina, mi pobre gallinita!

Y en verdad resultaba conmovedor ver cómo el animalito revoloteaba aterrado de un lado a otro, en medio del humo asfixiante, sin que su ama lograra hacerla salir por la puerta abierta, acostumbrada en tiempos mejores a no cruzar ese umbral. Anna, con la osadía de la desesperación, llorando, gritando, golpeándose el pecho, riendo luego, se precipitaba allá donde había más peligro, salvaba, apagaba, y resultaba a todos los demás objeto a un tiempo de asombro y admiración e inquietante enigma. Por último, cuando el apocamiento general hizo que se abandonara la esperanza misma de poner coto al fuego, que se extendía cada vez más y amenazaba con reducir el pueblo entero a cenizas, la vieron caer de rodillas dentro de una casa incendiada y mirar al cielo con las manos entrelazadas. Entonces el párroco gritó:

-¡Por el amor de Dios, salvad a esa heroica muchacha, el tejado se va a desplomar!

Al oír sus palabras, Anna, todavía de rodillas, le sacó la lengua con un gesto del más profundo asco, y se echó a reír como una loca. En ese momento apareció Friedrich, que apenas la vio en tan espantoso peligro de muerte se lanzó, pálido como la cal de la pared, hacia la casa que amenzaba con desplomarse. Pero en cuanto ella lo vio se puso en pie de un salto y gritó, espantada:

-¡No! ¡No! ¡Friedrich! Yo tengo la culpa, allí… allí…

Y señalando con la mano hacia el castillo corrió hacia la escalera, ya incendiada, que llevaba al desván de la casa, con el fin de hacer imposible cualquier rescate. La escalera, ya muy consumida por el fuego, se quebró bajo su peso, arrastrando consigo el tejado de paja, como un muro de llamas; todavía se oyó un grito que llegó hasta la médula de quienes lo oyeron, luego se hizo el silencio.

Llegó el barón von Eichenthal. En cuanto Friedrich lo vio, corrió a su encuentro, y antes de que el barón pudiera defenderse, le dio una patada en el vientre, derribándolo al suelo; luego dejó hacer tranquilamente a los campesinos que, siguiendo las órdenes del alcalde, se apoderaron de él.

Cuando el barón se enteró a la mañana siguiente de lo que había ocurrido con Anna, ordenó que sacaran sus huesos de entre los escombros y los arrojaran a un muladar.

Y así se hizo.

Traducción de Carlos Fortea

Bolsa e Internet, una estrecha relación

Tres son los aspectos en los que Internet ha venido a influir en el comportamiento de las Bolsas mundiales: la contratación de valores, la información sobre ellos y la cotización de las empresas de Internet en las Bolsas de Valores. Las tres han producido ya efectos y pueden producir muchos más en el fututro.

Respecto al primer aspecto, observamos cómo desde hace ya más de tres años la contratación de acciones a través de Internet se ha multiplicado de manera extraordinaria. Aunque las cifras no son del todo fiables, figura que un porcentaje superior al 15% de las comisiones cobradas en Estados Unidos se están efectuando por operaciones a través de Internet. De todos los sectores en los que funciona la red es en el que se ha llegado a un mayor porcentaje de ingresos .

Esto constituye toda una revolución en el sistema de contratación bursátil, ya que está llevándose a cabo de manera diferente, no sólo en un aspecto, sino en varios, y está teniendo repercusiones en el funcionamiento de las Bolsas como tales.

Efectivamente, una orden dada por Internet se transmite por medios informáticos desde cualquier lugar del mundo de manera instantánea y con ella pueden suceder varias cosas:

a) Existe un sistema de casar órdenes en el mismo sistema Internet. Por tanto, puede cumplimentarse en él. La diferencia de precios con el de la Bolsa donde cotice el valor puede ser grande y producir una dispersión de precios poco deseable. En este caso, la liquidez se dispersa en consecuencias tampoco deseables.

Para que esto suceda, tiene que existir un método de liquidación que permita transferir la propiedad con garantías.

b) Existe un sistema de contratación electrónica y, por tanto, la orden dada en Internet puede entrar en el circuito informatizado de órdenes como una más de las que envían al sistema los miembros del mercado.

Como puede apreciarse, la influencia de las órdenes de Internet es muy diferente según sea la organización de la Bolsa. Si las órdenes se cumplimentan en el parqué, como en la Bolsa de Nueva York, las probabilidades de que se halle contrapartida en el propio sistema de Internet son grandes, y pueden producirse los efectos negativos descritos.

Cuando el sistema de la Bolsa es de precios, la situación puede ser más complicada. Se llama sistema de precios a aquél en que los miembros del mercado ofrecen un precio de compra y otro de venta en todo momento y, en consecuencia, tanto las compras como las ventas se hacen con el broker y no con otro inversor que quiera hacer la operación contraria, como en el caso de las Bolsas que funcionan por órdenes. En este caso, la orden de Internet debería elegir la mejor contrapartida que ofrecen los brokers en ese momento. Pero estos, para ofrecer sus contrapartidas, tienen en cuenta las órdenes contrarias que existen en el mercado, y si éstas están en Internet son conocidas de todos y es difícil mantener el margen de compra-venta que mantienen los brokers y que supone su ingreso. Por tanto, en la medida que las órdenes de Internet sean más importantes, forzarían a esas Bolsas a transformarse en Bolsas de contratación por órdenes en vez de por precios. Nada menos que un giro copernicano.

Funcionan por precios en la actualidad NASDAQ y, en parte, la Bolsa de Londres, y tienen un sistema de parqué tanto la Bolsa de Nueva York como la de Tokio. La importancia del fenómeno Internet es, por tanto, difícil de exagerar.

Pero los efectos son también importantes en las Bolsas que contratan por medios informáticos, en las cuales las órdenes de Internet se unen al flujo de órdenes que informatizan los miembros. Ese es el caso de la Bolsa española y de casi todas las Bolsas continentales europeas.

La primera consecuencia es, sin duda, favorable. En 1997, en la Bolsa española se hacían al mes cerca de 300.000 operaciones. En lo que llevamos del año 2000 la media de operaciones es de más de 1.600.000 al mes. Es verdad que el número de inversores ha crecido de modo extraordinario debido a las privatizaciones y otras ofertas públicas, pero es indudable que hay un componente importante de órdenes de personas que utilizan Internet en ese crecimiento tan extraordinario.

En el caso español, y en el caso de otros países también, la persona que utiliza Internet para dar sus órdenes tiene, por el momento, características especiales. Fundamentalmente, son inversores preocupados y conocedores de la Bolsa, que la siguen constantemente y son aficionados a ella. No son inversores que se mantienen largo tiempo en los mismos valores y, por tanto, para el nivel de sus inversiones dan un gran número de órdenes de compra y de venta. Cuando funcionaban únicamente los corros en la Bolsa de Madrid, alrededor del estrado de los agentes se agolpaba un número de inversores que actuaban al momento, según los precios que se estaban negociando en ese instante. En el argot bursátil se les llamaba «barandilleros».

Internet ha logrado que esas docenas de personas se conviertan en miles, que habría que llamar «ciberbarandilleros». Hay que advertir que los inversores a corto tradicionales podían hacerlo gracias a la información al segundo que poseían, porque estaban en la primera línea del mercado. También esa función de información inmediata se realiza ahora por Internet. Además, mucho más completa, ya que el inversor no sólo sabe los precios que se están produciendo, sino también datos de las empresas, de otros mercados financieros y de otras Bolsas. Incluso las recomendaciones de los analistas más distinguidos sobre los valores. Esta información completa, rápida y universal a poco coste es una revolución en los mercados financieros de mayor calado a largo plazo, ya que va a permitir integrar a todos los ahorradores, estén situados cerca o lejos de los centros tradicionales de los mercados.

Por último, pero no de manera poco importante, las Bolsas se han visto conmocionadas por la llegada a su cotización de empresas cuyo negocio es la explotación de la red. En Estados Unidos comenzaron a cotizar con gran éxito algunas empresas de Internet que se convirtieron, al cabo de unos pocos años, en empresas de gran capitalización y negociación. En un tiempo mucho más reciente, apenas hace un año, empresas promovidas por grupos financieros poderosos comenzaron a cotizar en las Bolsas europeas, también con gran éxito. Las empresas que llegan a los mercados, como otras de innovación tecnológica, no tienen aún beneficios, ya que estos dependen de la aceptación por los consumidores de los servicios que ofrecen, también como el resto de las empresas innovadoras.

La situación en los mercados europeos era un poco diferente. Es verdad que había mercados específicos dedicados a empresas tecnológicas, pero éstas eran relativamente pequeñas, aunque ya había algunas de tecnología de comunicaciones e incluso de Internet. El mercado español sufrió además el impacto más significativo, ya que Terra es una de las empresas de mayor dimensión de las que cotizan en las Bolsas europeas y ha llegado rápidamente al conocimiento de todo tipo de inversores. Sus proyectos de fusión hacen además que esta situación de primacía se conserve durante algún tiempo, por lo menos.

La atención que se presta a las sociedades Internet tiene que ver con la importancia que las tecnologías de la comunicación van a tener sobre la economía de los servicios y de la industria en el futuro. De hecho, ya está teniendo una importancia extraordinaria en estos momentos. El desarrollar esta afirmación no es el objeto del presente artículo y debemos aceptarla como tal.

El que el sector vaya a ser y sea ya muy importante no garantiza que las empresas de Internet terminen siendo superrentables, por lo que las dudas sobre su nivel futuro de capitalización se mantienen y los altibajos sobre sus cotizaciones también.

Específicamente, en la Bolsa española la cotización de Terra y los anuncios de otras empresas similares que están ahora en marcha en otras empresas cotizadas, hacen que todo el conjunto se mueva según las valoraciones de los analistas más expertos. La idea, ampliamente difundida, de que el análisis de estas empresas es diferente de las tradicionales, aunque falsa, no contribuye a la estabilidad.

Por tanto, Internet influye en las Bolsas de manera extraordinaria en su funcionamiento, su difusión e incluso en la movilidad de sus índices. Es un efecto natural, si se piensa que Internet tiene una gran importancia en el desarrollo de los servicios, y los servicios financieros son cada vez más importantes en sociedades desarrolladas con un gran volumen de ahorro.

La vieja Europa y el Nuevo Mundo

Estamos ante los umbrales de una nueva encrucijada histórica que algunos han definido como la nueva sociedad del conocimiento. A comienzos del siglo XIX tuvo lugar la primera revolución industrial, que se caracterizó, sobre todo, por la máquina de vapor, capaz de suministrar una energía hasta entonces desconocida. A finales del siglo XIX y en los primeros años de este siglo, se desencadenó la segunda revolución industrial, presidida por los grandes inventos de la época: la electricidad, la primera oleada de sistemas de telecomunicación, el automóvil, los carburantes líquidos (petróleo y sus derivados), el cine, la radio y la televisión. En los últimos años de este siglo, está teniendo lugar la nueva y gran revolución tecnológica, que alumbra el nacimiento de una nueva economía y una nueva sociedad. Es la revolución de la microelectrónica, las telecomunicaciones de banda ancha en una red mundial, el diseño de nuevos materiales y la biotecnología, que están transformando todas las facetas de nuestra vida.

No es fácil, ciertamente, acertar con el camino. Los individuos, las empresas y las naciones andan a tientas en este nuevo modo de producir, de vender, de transportar o de vivir. Por primera vez en la historia, el mundo es verdaderamente un mercado global, no teórico, sino real y posible. Las empresas pueden comprar en cualquier lugar del planeta, buscar sus recursos financieros en cualquier mercado y ofrecer sus productos y servicios en cualquier parte del globo. Asistimos a un proceso imparable y creciente de alianzas, fusiones y adquisiciones como jamás se había visto hasta ahora, y los gobiernos se sienten desconcertados y, a veces, incapaces de controlar el sistema económico.

Todo esto, ¿es bueno o es malo? ¿Cuál es el papel del Estado ante estas nuevas realidades que desbordan los patrones y conceptos con los que estábamos acostumbrados a convivir? No es fácil hacer predicciones, ni mucho menos pretender encorsetar bajo normas prohibitivas o permisivas lo que es fruto de la creatividad y la libertad en la que se mueven hoy, afortunadamente, las sociedades. Lo que está claro es que las posibilidades de desarrollo personal, profesional y cultural que hoy se ofrecen a las jóvenes generaciones en los países libres no han existido jamás. Estamos ante un nuevo mundo en el que la información y el conocimiento están al alcance de quienes los buscan; un mundo en el que la nueva base de la riqueza ya no son los recursos naturales o los activos físicos de que un país disponga, sino su capacidad de generar, desarrollar y aplicar el conocimiento que posean sus ciudadanos. La educación y la innovación —no sólo tecnológica, sino también social y organizativa— se han convertido de nuevo en la clave del éxito personal, empresarial o nacional. Y lo que debe hacer el Estado es diseñar las reglas del juego, ofrecer infraestructuras, promover la competencia entre los servicios, incentivar la investigación y abrir las puertas de la educación a todos los ciudadanos en todos los niveles.

Venimos de un mundo en el que estábamos acostumbrados a descansar en brazos del Estado, sin correr grandes riesgos ni asumir grandes responsabilidades. La enseñanza, la salud, la vivienda, el transporte, la cultura, el ocio y el deporte: todo estaba confiado al Estado, que se hacía cargo de todo —economía incluida— vaciando previamente los bolsillos de los ciudadanos. Estos tenían que acudir una y otra vez a la ventanilla pública para obtener una beca para el chico, un viaje para el abuelo, una plaza en el hospital, un préstamo para la vivienda, una ayuda para un concierto o una bolsa de viaje para acudir a un congreso. Todo pasaba por las manos providentes de los funcionarios. A cambio de servidumbre, se obtenía protección, en un extraño pacto de vasallaje. La socialdemocracia, imperante en toda Europa, era lo contrario a una sociedad libre y creativa: aceptaba el mercado, pero en un mercado controlado; afirmaba la libertad, pero una libertad vigilada, dirigida, pastoreada por la Autoridad ministerial; decía proteger a los ciudadanos mediante la provisión de aquellos servicios que les aseguraban la vida desde la cuna hasta la sepultura, pero todo ello a través de un modelo burocrático, estatalizador y monopólico que les impedía cualquier elección. El resultado de todo ello ha sido un Estado absorbente y una sociedad dependiente, semiparalítica.

Pues bien, todo ello está ahora en revisión. Los nuevos modelos de actuación, que se implantan hoy en el mundo entero, atienden justamente a lo contrario: a devolverle al ciudadano la posibilidad de elegir. Los países más abiertos —es decir, más libres— se han convertido en el motor de la humanidad. Estados Unidos ha desplazado a Japón en el liderazgo de este nuevo mundo en el que estamos entrando, mientras Europa presenta síntomas alarmantes de parálisis. En un libro reciente de Lester Thurow (Creación de riqueza, Harper-Collins, Nueva York, 1999) se hace un diagnóstico certero del momento en que vivimos, duro pero innegable: mientras América se renueva en sus procesos de creación de riqueza, Europa sigue impasible el viejo camino con alguno destellos de adaptación a la nueva economía, pero a gran distancia de los norteamericanos, con un entorno empresarial rígido, sin creatividad, sin capacidad para alumbrar y engrandecer nuevas compañías. En Estados Unidos, ocho de las veinticinco compañías más grandes de 1998 no existían o eran insignificantes en 1960; y en la última década, Norteamérica pasó de tener dos a tener nueve entre las diez compañías más grandes del mundo. En Europa, en cambio, las veinticinco compañías más grandes de 1998 ya lo eran en 1960; ni una nueva. Y entre las diez primeras, tenía una en 1989 y tiene una hoy, siempre la misma: Royal Dutch Shell. Resulta evidente que Europa no es líder en la creación de las nuevas industrias —las industrias del saber— del siglo XXI, y la prueba más clara de ello es que la última fábrica europea de ordenadores, Siemens Nixdorf, tuvo que ser vendida a Acer, una compañía de Taiwan, porque era incapaz de competir en los mercados mundiales. «¿Cómo puede una zona ser líder empresarial en el siglo XXI —se pregunta Thurow— y estar totalmente fuera del negocio de los ordenadores?».

La parálisis empresarial de Europa resulta algo inexplicable. Mirada desde fuera, en teoría, Europa debería ser el gran motor de la economía mundial. Con una población que está entre los 500 y los 800 millones (según se delimite la realidad europea), con un nivel educacional alto y una base tecnológica de larga tradición, con cultura, ahorro e inversión, con amplias clases medias y sistemas políticos estables, Europa debería ser cuna del progreso y la innovación, como lo fue antaño. ¿Por qué, entonces, es hoy un continente rezagado en lo que se refiere a la creación de riqueza? ¿Por qué los empresarios innovadores que deberían existir no existen? Esta es una gran cuestión a la que hay que dar respuesta. En la última Cumbre de Portugal, los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea quisieron levantar esta bandera de la innovación, pero todo son bellas palabras. La explicación y la respuesta que habría que dar a Thurow es ésta: Europa, sencillamente, no existe. Mientras se mantengan las golden shares, las ayudas encubiertas a través de sistemas de propiedad pública, el cerramiento de fronteras por la inexistencia de redes transfronterizas, un mercado laboral rígido, atado y bien atado, toda una batería de medidas anti-OPA para protección de las empresas, un intervencionismo constante de los Gobiernos en el mundo empresarial (imponiendo condiciones, vetando fusiones y sometiendo a un sinfín de licencias y autorizaciones cualquier actuación); mientras todo esto suceda y cada Estado miembro vaya a lo suyo, intentando conservar sus «campeones nacionales», Europa —y cada una de sus partes— seguirá paralítica, incapaz de abrirse camino en el mundo, frente al gigante norteamericano.

No creo que sea necesario destruir el «Estado del bienestar» (aunque sí revisarlo), pero es claro para mí que los Gobiernos, en Europa, deben ceder el protagonismo económico, invasivo de las empresas, que hoy tienen. Lo mejor que pueden hacer para favorecer la innovación no es pretender liderarla, sino crear un marco legal —y fiscal— que permita a las empresas nacer y crecer sin tantas trabas, generar infraestructuras, físicas y tecnológicas que lo hagan posible, y promover un sistema educativo libre y competitivo, no estatalizado como el actual. Lo demás es propaganda.

Barcelona, la ciudad del conocimiento

La construcción de la sociedad del conocimiento supone un salto cualitativo respecto a la sociedad de la información, concepto con el que estamos algo más familiarizados. La diferencia radica en que la sociedad de la información considera a los ciudadanos y ciudadanas como sujetos receptores, y por ello en buena parte agentes pasivos del sistema comunicativo imperante. La ciudadanía de la sociedad del conocimiento ha de ser muy diferente: debe ser capaz de diferenciar entre información y comunicación, impulsar su espíritu crítico y sobre todo desarrollar capacidad de discernimiento para poder estar en condiciones de escoger. Capacidad de elección es, sin duda, la clave que define la sociedad del conocimiento.

Aunque esta transformación de la sociedad va a ser global, será en las ciudades donde se materializará con mayor fuerza. Por las citadas razones demográficas, pero sobre todo porque va a ser una absoluta necesidad para la configuración de una sociedad urbana con correcta cohesión social y adecuado desarrollo sostenible y duradero. En efecto, un equilibrado tejido urbano requiere fundamentalmente tres actividades: residencia, ocio-cultura y producción.

En el caso de Barcelona, si dejáramos que la iniciativa privada actuara libremente con la visión puesta sólo en el corto o medio plazo, acabaríamos convirtiéndonos rápidamente en un modelo basado fundamentalmente en promoción residencial y en actividad lúdico-turística-comercial, con el que conviviría el residuo de la tradicional actividad productiva postindustrial, que mayoritariamente tiende a instalarse en las periferias urbanas. Inmediatamente podemos apercibirnos que éste sería un modelo sin futuro, descohesionado e insostenible, pues exigiría que todas las comarcas nos visitaran con sus coches para comprar en el centro de la ciudad, que todos los autobuses de turistas del mundo circularan por el Paseo de Gracia o La Rambla, y que todos los jubilados de los países con más poder adquisitivo se instalaran aquí, atraídos por nuestro clima y calidad de vida mediterránea. Pocos podríamos y desearíamos vivir en una ciudad así. Entre otras cosas, porque los que no se dedicaran al mantenimiento de esta ciudad, convertida en un pseudoparque temático, trabajando en el mundo inmobiliario y en los servicios turístico-culturales, estarían obligados a largos desplazamientos en busca de otros trabajos y seguramente acabarían viviendo allende las fronteras naturales de la ciudad. Por ello, y evidentemente por otras muchas razones, como por ejemplo velar por que la irrupción de las nuevas tecnologías no acreciente la exclusión social que el excesivo criterio mercantilista conlleva, las administraciones —todas, pero sobre todo la municipal— tienen una responsabilidad histórica: pilotar con sensibilidad la transformación de nuestra sociedad hacia la era del conocimiento.

La ciudad de Barcelona no puede mantener una actitud pasiva ante esta Revolución del Conocimiento. De ser así, estaríamos perdiendo ventaja competitiva respecto a otras ciudades o, incluso, resultaríamos excluidos de ese nuevo mundo que empieza a tener forma. La ciudad debe asumir la Revolución del Conocimiento y, ¿por qué no?, ser uno de sus motores. Nuestra aspiración y, por tanto, nuestra acción de gobierno, va encaminada a que Barcelona ocupe una posición de liderazgo en este importante cambio que se está produciendo. Debemos construir —de hecho, ya hemos empezado a hacerlo— un modelo de ciudad en la que convivan la residencia, el ocio, la cultura, el atractivo turístico y, sobre todo, una actividad productiva y de servicios propia de ciudad central, de ciudad-portal de la Europa del Sur y del Mediterráneo, de puente con Latinoamérica, siempre con la voluntad integradora que nos ha caracterizado.

A medida que avanzan las redes inter o transnacionales, se reafirma aún más el papel de la ciudad como centro de conocimiento. A diferencia de lo que corrientemente se admitía en los años setenta y ochenta sobre la dinámica territorial de la producción, las grandes metrópolis de países desarrollados presentan en los últimos años ventajas en la localización de las actividades productivas más densas en conocimiento, en torno a las tendencias típicas de los años setenta y ochenta, que indicaban un crecimiento superior en las ciudades medias. En particular se detecta un proceso de recentralización de estas actividades productivas estratégicas tanto en Estados Unidos como en Japón. En nuestro caso, frente a estos dos países, estamos en condiciones de añadir un valor extraordinario: la riqueza de nuestra multiculturalidad europea.

La ciudad resurge como centro de producción. No de producción material, probablemente, sino de producción de conocimiento. Si bien se trata de un fenómeno que se está produciendo per se, la ciudad puede también apostar por asumir su dirección y aprovecharse así de los potenciales que conlleva. Richard V. Knight, economista de gran influencia en el desarrollo de la economía basada en el conocimiento y, en concreto, en el diseño de políticas de ciudad, concluye que el desarrollo urbano basado en el conocimiento necesita de ciertas condiciones indispensables. Entre ellas, que el conocimiento sea definido y percibido como una forma de riqueza, que la naturaleza y papel de los recursos de conocimiento sean entendidos por el público en general, que los recursos de conocimiento estén pensados en términos regionales, y que la ciudad incentive las actividades ricas en conocimiento e impulse sus centros de excelencia. Esta ha sido la estrategia que ya se lleva a cabo en algunas ciudades europeas, tales como Ámsterdam o Estocolmo, que ahora despuntan en el ámbito del conocimiento.

INFRAESTRUCTURAS Y SUELO

En el año 1997, las grandes preocupaciones de la ciudad eran las infraestructuras: el aeropuerto, el tren de alta velocidad, el transporte público y las telecomunicaciones. El aeropuerto, porque no había ambición suficiente ni una idea clara sobre la función estratégica que éste debería cumplir. El tren de alta velocidad, porque preocupaba que enlazara con Francia. Respecto al transporte público, porque preocupaba la falta de ambición y la constatación de que Madrid estaba haciendo un esfuerzo espectacular muy por encima del que estábamos haciendo nosotros. En la red de telecomunicaciones, porque su importancia era evidente… Tres años después, podemos decir que tenemos parte de estos temas bien encarrilados, aunque no sin dificultades, que sólo la firme voluntad del gobierno municipal consigue superar.

Así como en las infraestructuras estamos ahora en un momento razonablemente bueno (aunque con alguna asignatura pendiente para septiembre), ahora hace falta que, de cara al siglo XXI, afrontemos una serie de paradigmas nuevos. Existe un cambio evidente en la naturaleza de nuestra economía. Nuevos sectores emergen con fuerza y esto está modificando la estructura productiva de nuestra sociedad y también la estructura urbana de nuestra ciudad. En Barcelona tenemos 60 millones de metros cuadrados de techo residencial, 12 millones de techo industrial, 5 millones de techo terciario y, además, 10 millones de techo en equipamientos. Esta es nuestra estructura, que forma parte de toda una tradición. Pero en los próximos años, Barcelona tiene que hacer un esfuerzo muy importante para invertir algunas de estas proporciones, ganando ventaja competitiva respecto a otras ciudades. La estrategia que hemos de adoptar ha de repercutir necesariamente en nuestro beneficio, tanto para aumentar la calidad de vida de cuantos vivimos y disfrutamos de Barcelona, como para que las capacidades de nuestra ciudad se traduzcan también en resultados económicos, en índices de ocupación, en proyección internacional, en atracción de inversión, etc.

Se está produciendo ya una gran transformación, en la que la manufactura y muchas actividades industriales se van del centro y dejan espacios sujetos a la presión de otros usos, y de una forma muy dominante al uso residencial. ¿Debemos mantenernos impasibles y dejar que este uso residencial sea el que predomine en el modelo de ciudad que queremos construir? Actuar así sería, cuando menos, una insensatez. Ya lo hemos dejado bien claro… Derivaríamos, con toda probabilidad, hacia una especialización excesiva de la ciudad y a una segregación del territorio en funciones demasiado diferentes, las cuales generan un crecimiento exponencial de la demanda de la movilidad y obligan, necesariamente, a una gran inversión pública en transporte colectivo. Un modelo costoso, reñido con los estándares de sostenibilidad que desearíamos para nuestra ciudad y, en definitiva, con pocas expectativas de futuro.

Así pues, la ciudad debe asumir un nuevo papel. La ciudad, que tiene que tener una función industrial, una función comercial, residencial, etc., se debe especializar en actividades de alto valor añadido, compatibles con la centralidad. Estas actividades son las intensivas en conocimiento.

LA NUEVA BARCELONA

Existen muchas razones que justifican el papel proactivo que ha decidido tomar el Ayuntamiento de Barcelona para impulsar y dirigir la ciudad en su adaptación a la sociedad del conocimiento. Corregir la presión del mercado para la utilización, con fines residenciales, del suelo que deja libre el desplazamiento de la industria es una de estas razones principales, ya lo hemos visto. Además hemos de ser capaces de pilotar la adaptación a la «cultura del conocimiento», pues no toda la población tiene la misma capacidad para adaptarse a las nuevas formas de funcionamiento: el uso de las nuevas tecnologías, la comprensión y utilización de los conocimientos científicos y tecnológicos, las oportunidades que ofrecen las redes de telecomunicaciones para emprender nuevos negocios, etc. En cada revolución que ha tenido lugar en la historia —desde que empiezan a detectarse los primeros indicios de cambio hasta que éste se instaura plenamente en la sociedad— se calcula que, al menos, dos generaciones no pueden adaptarse a los cambios. La Administración debe, pues, mantener una política activa para que el proceso se realice en igualdad de oportunidades por parte de todos los sectores sociales y generacionales.

Desde el Gobierno municipal tenemos la obligación de construir la ciudad no sólo de pasado mañana, sino —como mínimo— la del siglo XXI, al tiempo que colaboramos en que nuestros hombres y mujeres se conviertan en auténticos ciudadanos y ciudadanas del conocimiento. Para ello es fundamental que impulsemos —si es posible, en consenso con las otras administraciones— la educación y la formación cultural continuada, que transmitamos los valores de la sociedad del conocimiento que ya poseemos, y que, en lo posible, mejoremos el mundo de la formación profesional, el universitario y el de la investigación. De este modo, la transformación del tejido productivo de la ciudad no sólo creará riqueza inmediata, sino que se convertirá en esa tercera actividad indispensable para que podamos hablar de una ciudad con futuro. Una ciudad, en suma, en la que las iniciativas autóctonas tengan salida y en la que se puedan acoger aquellas que vengan de fuera, atraídas además por las otras muchas cualidades que, por suerte, ya posee Barcelona.

Este discurso, que algunos podrían interpretar como excesivamente teórico, tiene una clara traslación en todo el territorio municipal e incluso más allá, en la ciudad metropolitana. Algunos podrían pensar que la ciudad del conocimiento es un proyecto que se ha de diseñar y construir. Nada más lejos de la realidad. La Barcelona, ciudad del conocimiento, hace tiempo que se está fraguando y configurando y hoy es parte esencial del discurso estratégico del Alcalde de Barcelona, que se despliega en todas las áreas del Gobierno municipal y que cuenta además con el consenso de todas las fuerzas políticas, incluidas las de la oposición.

Porque la ciudad del conocimiento no surgirá como una nueva Villa Olímpica. En buena parte ya está ahí, diseminada por la ciudad: nuestras universidades, nuestros centros de investigación, nuestra actividad editorial y el largo etcétera que acompaña a todas las actividades, grandes o pequeñas, que facilitan la transición a una sociedad del conocimiento. Pero también en buena parte está por hacer, con nuevas actuaciones urbanísticas como la emprendida con el proyecto 22@BCN, al contar con la ocasión única de poder transformar un distrito, Sant Martí, y más concretamente Poblenou, que nació con la revolución industrial y que renacerá de la mano de la sociedad del conocimiento. Nuestra voluntad firme es que esos aproximadamente un millón de metros cuadrados de suelo que hemos heredado de la revolución industrial sean invertidos en la nueva revolución del conocimiento. Por ello, simbólicamente hemos escogido que la calificación de 22a, que les confiere el Plan General Metropolitano como suelo industrial, se modifique a 22@ de «suelo del conocimiento». Progresivamente, con respeto para sus habitantes actuales pero con la firme voluntad municipal de preservar este suelo para que se puedan desarrollar en él las nuevas actividades que requiere una ciudad del conocimiento coherente. Aspiramos a que en Poblenou nazca la «Rambla del Conocimiento» que asegure la cohesión social y económica de la Barcelona del siglo XXI. Y a la que hay que sumar otras iniciativas en toda la ciudad que ya van transformando nuestra sociedad hacia la era del conocimiento.

Iniciativas, autóctonas y foráneas, que contribuyen a configurar una Barcelona que permita acoger confortablemente a los ciudadanos y ciudadanas de la sociedad del conocimiento, los actuales y los que deberán venir procedentes de nuestras nuevas generaciones y también de la inmigración. Porque la ciudad del conocimiento deberá ser la ciudad del respeto al otro y la de la extraordinaria riqueza que aporta la diversidad cultural. Porque ciudad del conocimiento ha de ser sinónimo de ciudad de la convivencia.