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Más allá de la primera era de Internet

Los que nos hablan de Internet, cada día lo hacen más, pero se repiten en lo básico. En que el número de usuarios de Internet, ya por encima del centenar de millones, crece con una rapidez sin precedentes. En que está apareciendo, con el respaldo de inversores de todo tipo, una nueva generación de negocios construidos a partir de Internet, que también crecen a toda velocidad. En que en un futuro más o menos inmediato, todos nosotros y casi todas las máquinas alrededor nuestro estaremos conectados a Internet. Y en que quien no se apunte a Internet corre el riesgo de quedar excluido de este Nuevo Mundo. Porque, como les gusta repetir a sus devotos, en el Universo Internet el tiempo corre mucho más deprisa que en el mundo convencional.

Pero soslayan algo fundamental. Aceptemos que, dado que Internet se considera ya inevitable, se hará inevitable de todos modos. Pero si el paso del tiempo convencional y sus consecuencias nos preocupan, a veces hasta la angustia, ¿cómo hemos de vivir este tiempo acelerado de expansión de Internet y de la previsión de los cambios que produce?

Ciertamente, los mensajes más generalizados nos incitan a subir al carro de Internet cuanto antes y sin reflexionar; con el acicate añadido de que los primeros tendrán, según nos dicen, más oportunidades de disfrutar, sea como usuarios o como empresarios, de las ventajas de la sociedad conectada.

Como receta vital, ésta parece insuficiente. Los humanos sabemos, además con certeza absoluta, que hemos nacido y que habremos de morir; pero no nos conformamos con vivir de cualquier modo ni abandonarnos al destino. Necesitamos también herramientas para conducirnos por la vida.

Lo mismo en lo relativo a Internet. Al fin y al cabo Internet está impulsado por humanos y su evolución afecta a seres humanos y a organizaciones y sociedades formadas por seres humanos. Vivir en Internet deberá ser, en primera instancia, vivir. Y de esto, algo ya sabemos.

Nuestras actitudes ante los cambios que genera Internet pueden ser tan variadas como las que adoptamos ante la vida. Descartando de entrada evadirnos en cualquiera de las múltiples adicciones a nuestro alcance, o pedir ayuda al Prozac, nos quedarían dos opciones básicas: la religión y la reflexión.

Es notable que las actitudes de muchos que proclaman las bondades de Internet y su impacto se aproximen tanto a lo religioso; que se nos presenten de modos tan afines a los propios de devotos, apóstoles, fundamentalistas y oficiantes. Esta conexión entre tecnología y religión, que David Noble1 ha abordado en un libro reciente, no es nueva ni exclusiva del ámbito Internet. Merece un reflexión más detallada, pero habremos de posponerla para otra ocasión.

Fuera de la religión, las herramientas de que disponemos para manejarnos en los procesos de cambio son el pensamiento, la reflexión y el método científico. Ellas son también necesarias para desarrollar el estado de conciencia que necesitaremos para enfrentarnos responsablemente a las consecuencias del cambio.

De la observación de la vida, sabemos que el cambio vital es cuantitativo, pero también cualitativo. Crecer no es sólo cambiar de tamaño; en general, crecer es también desarrollarse, y esto implica una evolución estructural.

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La espiral evolutiva, representada en la figura, intenta capturar la esencia de los cambios estructurales que se producen en el curso del desarrollo de muchos sistemas complejos. Incluye tres grandes ciclos de evolución, separados entre sí por periodos de crisis.

La primera fase de formación representa un periodo de crecimiento sobre todo cuantitativo y un impulso vital hacia la acción, en el que lo emocional o vocacional prima sobre lo racional. El qué se hace domina sobre el cómo, y también sobre el por qué.

En la fase posterior de especialización, en la que predomina el cómo, se escoge desarrollar preferentemente algunas funciones o capacidades que gobiernen a las restantes. Es un periodo marcado por el predominio de lo racional.

Pero la especialización excesiva provoca hipertrofia, falta de adaptación al medio e incluso parálisis. La crisis resultante da lugar, si se supera, a una fase de integración, en la que se busca un equilibrio que podríamos calificar de holístico. En esta etapa, en la que lo moral domina sobre cualquier otra consideración, el por qué se presenta como la cuestión fundamental a la que responder de un modo articulado.

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Este esquema, pese a su simplicidad, parece capturar lo esencial de la evolución de entes vivientes muy variados, incluyendo el propio ser humano2 , empresas y organizaciones3 y también, nada sorprendentemente, algunos desarrollos tecnológicos recientes (ver tabla).

La espiral de la evolución es especialmente intuitiva cuando se aplica a nuestro propio desarrollo. Y el mismo esquema es también muy útil para caracterizas la evolución de las organizaciones. En la fase pionera, la empresa crece siguiendo el impulso del emprendedor; el entusiasmo y la intuición predominan sobre la estrategia y la organización. Más tarde se desarrollan, no sin esfuerzo, las estructuras habituales: comercial, producción, control, etc. Más adelante, el peso excesivo de la burocracia o cambios en el entorno obligan a redefinir a fondo estrategia y estructura. Como mínimo, este esfuerzo conlleva un proceso de reingeniería4; en muchas ocasiones exige una transformación completa de la empresa5.

En cualquiera de estos casos, el análisis del desarrollo basado en el arquetipo de la espiral evolutiva resulta de gran utilidad práctica. Está, por ejemplo, en el sustrato de las técnicas de desarrollo personal basadas en la reflexión sobre la propia biografía. En el terreno empresarial, ayudan a la reflexión a largo plazo sobre cómo renovar la estrategia y la actuación sin perder la identidad esencial que toda organización debe mantener.

Utilizando el mismo esquema, Internet aparece por una parte como culminación de desarrollos anteriores en la informática y las comunicaciones, supera las redes aisladas especializadas al constituirse como una red universal y confiere una nueva dimensión a la evolución del ordenador personal.

El propio Internet, sin embargo, está apenas intentando salir de la infancia. En el ámbito de las empresas, la mayoría de las que se conectan a Internet (muchas aún no lo hacen) no integran todavía las comunicaciones en su operativa diaria. Y cuando tienen una web, ésta es muchas veces poco más que un folleto electrónico. Una minoría, que incluye significativamente las organizaciones más evolucionadas y mejor gestionadas, empiezan a operar Intranets, redes Internets privadas que conectan los diversos departamentos, y a veces con sus principales clientes y/o proveedores. Muy pocas empresas, en su mayoría las nacidas ya en la era Internet, son realmente negocios electrónicos que se apoyan en Internet para todas sus operaciones fundamentales.

El análisis de quienes se presentan como pioneros de los negocios Internet, las ya tópicas «punto com», arroja un resultado similar. Como los recientes avatares de la Bolsa han puesto de manifiesto, muchas de estas nuevas empresas responden a un modelo de negocio simplista, basado en patrones de actuación no muy distintos de los de los pioneros del Lejano Oeste: marcar un territorio y desarrollar una imagen de triunfadores que encandile a los clientes y desanime a la competencia potencial. Su dificultad reconocida en predecir cuándo y cómo obtendrán beneficios no es sino un reflejo de este modo de actuar; el buscador de oro al que se sometiera a la misma cuestión tampoco sabría responderla, se limitaría a resaltar que nunca tendría beneficios si no estuviera ahí.

En paralelo, las empresas ya establecidas están todavía iniciando el desarrollo de estrategias adaptadas a las que se entiende serán las reglas de competencia en un mundo interconectado por Internet. Tienen a favor el disponer de marcas consolidadas, clientes fieles, experiencia en gestión y recursos de todo tipo. Los devotos de Internet, sin embargo, pueden poner en duda si serán capaces de alcanzar la madurez sin pasar de nuevo por la inocencia y el aprendizaje sin prejuicios de la infancia.

En la práctica, ganarán las empresas que consigan ejecutar mejor la conjunción del desarrollo en ambos planos: el del aprovechamiento máximo de la tecnología y el de la evolución de la cultura de la empresa. Significativamente, el actual énfasis en los desarrollos verticales B2B (Business to Business) en lugar de los todavía primarios B2C (Business to Consumer) apunta a que la evolución acabará por atravesar las tres etapas de la espiral: el nacimiento de nuevos negocios electrónicos; la especialización en mercados verticales, dejando en segundo plano las actividades orientadas al consumidor; y la integración finalmente de ambos modelos en un nuevo sistema empresarial con patrones de segmentación o de integración vertical muy distintos de los tradicionales.

La evolución de lo relativo a Internet se someterá probablemente, a corto plazo, a una racionalización y especialización mucho mayores que hasta ahora. Esta especialización, como todas, se llevará a cabo poniendo en juego, por lo general de modo aislado, vocaciones y cualidades concretas. Al igual que hacemos al inicio de la madurez, cuando escogemos desarrollar algunas de nuestras facetas y postergar otras.

En relación a Internet, lo que resulta especialmente significativo es que el desarrollo de nuevas organizaciones en la red pondrá de manifiesto, posiblemente con una virulencia sin precedentes, los opuestos cuya tensión mueve al mundo. En efecto, Internet puede hacer más accesible la cultura y el arte, pero también la pornografía; hará más fácil la educación permanente, pero también formas de ocio banal más poderosas que la TV actual; facilita nuevas formas de relación entre personas, pero también que éstas se desarrollen bajo la falsedad o la impostura.

Manejarnos cada uno de nosotros en medio de estas tensiones entre opuestos exigirá, más que nunca, tanto a los individuos como a las instituciones, el recurso a lo que se ha dado en llamar la técnica moral: esto es, la capacidad de, guiados por criterios morales, conseguir que ocurra lo que merece ocurrir y combatir lo opuesto. Dada la velocidad del tiempo Internet, desarrollar esta técnica moral antes de que acabe la etapa de especialización que ahora se inicia no es sólo importante: es de extremada urgencia. Porque, lo que no podemos permitirnos perder en la vorágine de Internet es la conciencia de la propia identidad y de la responsabilidad moral que lleva aparejada.

 

Notas:

1. David F. Noble, La religión de la tecnología, Paidós, 1999.
2. Livegoed, Phases, The Spiritual Rhytms of Adult Life, Rudolf Steiner Press, 1993.
3. Ronnie Lessem, Development Management, Basil Blackwell, 1990.
4. M. Hammer y J. Champy, Reengmeering the Corporation, Harper, 1993.
5. G. Hamel y C. K. Prahalad, Competing for the Future, Harvard University Press, 1994.

Bases para una nueva y única economía

  1. Con independencia de la carga de escepticismo con que se acojan las explicaciones más audaces sobre el comportamiento de la economía estadounidense (sobre la excepcional longevidad de su fase expansiva y su compatibilidad con tasas de inflación y de desempleo también históricamente reducidas) y las implicaciones de aquéllas sobre el estado del conocimiento económico, es difícil obviar la consideración del impacto sobre el crecimiento de algunas transformaciones en las formas de producción, distribución, comercialización y en la organización de las empresas, como consecuencia de la extensión de las nuevas tecnologías de la información y de las telecomunicaciones: del espectacular aumento de la capacidad de computación y su rápida conexión en una red cada día más amplia y poblada. Los exponentes más sobresalientes de esa «nueva economía» (ahorros de costes, crecimiento de las ganancias de productividad, nuevas vías de comercialización, etc.) no son exclusivos de las empresas ubicadas en esos nuevos sectores, más inequívocamente próximos al manejo del conocimiento como input básico, sino también, y quizá en mayor medida, en aquellos otros más directamente representativos de la vieja economía. Esta nueva revolución tecnológica, probablemente la más intensa y extensa de una amplia secuencia que se remonta a finales de los años cincuenta, se presenta en mayor medida que las anteriores asociada a ese igualmente largo pero más discontinuo proceso de integración económica y financiera internacional, al manido proceso de globalización, también más explícito que aquel otro vigente desde el inicio del último tercio del siglo XIX hasta la I Guerra Mundial.

La estrecha interacción entre la dinámica de difusión de las tecnologías de la información y la que gobierna las relaciones comerciales y financieras internacionales, es la que ampara los ejercicios de optimismo sobre la permeabilidad geográfica del excepcional comportamiento de la economía estadounidense en los últimos diez años. La nueva economía, sus fundamentos tecnológicos, con independencia de que haya tenido en EE.UU. su extensión más explícita, acabará arraigando en amplias partes del mundo, también en Europa, a poco que se propicie esa asimilación: que se adopten las políticas correctas. La estimación de la distancia con EE.UU., las posibilidades de estrechamiento de la misma y el ritmo al que se lleve a cabo, son hoy razonablemente uno de los principales centros de atención, dentro y fuera de Europa. Sobre la base de la identificación de los principales factores de contraste deberían asentarse las decisiones de las empresas, tendentes a asimilar las transformaciones de distinto tipo que permitan esa inserción en la red global de la nueva economía de la información, las políticas públicas que las faciliten y aceleren esa transición. No se trata sólo de decisiones favorecedoras de la transmisión tecnológica, por otro lado ya ampliamente observable fuera de EE.UU., sino de aquellas otras que posibiliten la incorporación de éstas a los usos más eficientes y productivos. Y esto es algo más que las políticas propias de los ministerios sectoriales.

Siendo importante, no es precisamente la distancia tecnológica la más difícil de salvar. Los distintos indicadores más directamente expresivos del gap tecnológico entre ambos bloques (el número de ordenadores personales, el grado de penetración de Internet, el volumen de comercio electrónico en sus distintas modalidades, la extensión de la telefonía celular, etc.) se han de interpretar con dosis importantes de provisionalidad, en la medida en que, a diferencia de otras innovaciones tecnológicas, las incorporadas en esta revolución digital admiten una más rápida y también más barata difusión. Distintas estimaciones sitúan la correspondiente equiparación en términos de dotación tecnológica en periodos de tiempo relativamente cortos, inferiores a tres años en promedio y, en la medida en que las tecnologías de las telecomunicaciones móviles incorporen todas las posibilidades hoy asociadas a Internet, es altamente probable que Europa se instale en la vanguardia de esa nueva generación tecnológica y siga avanzando en su grado de penetración, tal como ya está ocurriendo en los países nórdicos.

Lo más relevante no son, por tanto, esas diferencias en dotación tecnológica en el momento actual, sino la utilización que se haga de la misma, de su traducción en la asimilación de las transformaciones que han dado lugar a la nueva economía. Y ello nos remite necesariamente a los dos pilares básicos de ésta: la generación de proyectos empresariales suficientes y adecuados a esas posibilidades tecnológicas y la disposición de los sistemas financieros a otorgarles la cobertura necesaria. Ámbitos en los que las diferencias a ambos lados del Atlántico son más significativas, y su reducción requiere algo más que la mera intensificación del gasto en esas tecnologías.

A diferencia de lo ocurrido en EE.UU., donde la mayoría y, en todo caso, los más importantes proyectos en torno a las nuevas posibilidades ofrecidas por la red han sido protagonizados por empresas de nueva creación, nacidas de la nada muchas de ellas; en Europa las más importantes —desde los propios proveedores de acceso a Internet a los principales vendedores en los canales de comercio electrónico— son empresas desgajadas de otras preexistentes, ya se trate de grandes operadores de telecomunicaciones en transición desde posiciones de poder de mercado y propiedad pública hacia entornos más competitivos, o de organizaciones comerciales largamente asentadas en la «vieja economía». La capacidad para emprender, la tasa de natalidad empresarial, está en el origen de cualquier proceso de innovación, de la creación de nuevos productos y servicios y de nuevos procesos y métodos operativos, y ésta ha encontrado en la mayoría de los países de Europa menores incentivos a los existentes en aquella otra economía. La distinta actitud hacia la asunción de riesgo, y hacia el fracaso, está en la base de esa desigual capacidad de generación, de innovación, susceptible de explicar, a través de múltiples factores, desde los más fácilmente observables (trámites en la creación de empresas, fiscalidad, sistema educativo, menores recursos asignados a la difusión del conocimiento, defensa de la competencia, etc.), hasta los más arraigados en las actitudes sociales y culturales. Obstáculos muchos de ellos que han impedido no sólo el crecimiento en el número de empresarios, sino lo que sin duda es más importante, que la asignación de nuevos talentos a la función para emprender haya sido en Europa mucho menor que la observada en EE. UU. Por tópico que resulte, no deja de ser significativo el contraste en las proporciones de licenciados en administración de empresas que, a uno y otro lado del Atlántico, optan por crear sus propias empresas, frente a los que mantiene la aspiración de trabajar en grandes organizaciones, incluidas las de naturaleza pública.

En la explicación de esas diferencias el papel que desempeñan los respectivos sistemas financieros, la desigual capacidad para adecuar su estructura institucional y operativa a la dinámica de innovación es, sin duda, uno de los factores más importantes. El menor peso específico de la intermediación bancaria tradicional, más exigente con la existencia de garantías concretas como respaldo a la inversión crediticia, y el mayor protagonismo de los mercados de capitales en todas sus formas, reduce en ocasiones esa insalvable distancia que en la mayoría de las economías continentales existe entre la concepción de un proyecto y su entrada en funcionamiento. Si la existencia de amplios mercados de acciones y una no menos extensa base de inversores institucionales e individuales sigue siendo un rasgo diferenciador significativo, no lo es menos la proliferación de instituciones específicamente orientadas a la financiación de proyectos con mayor riesgo, con activos menos tangibles que ofrecer como colaterales, o de aquellas otras dedicadas al fortalecimiento de la gestión de las empresas recién nacidas, a albergarlas en «incubadoras» en las que la cooperación con las escuelas de administración de empresas facilita esa necesaria transición entre el sistema educativo y la realidad empresarial. Esa mayor facilidad para la transferencia del ahorro hacia la inversión en proyectos con riesgo, su más directa vinculación con la creación de nuevas empresas por nuevos emprendedores, susceptibles de remover las posiciones adquiridas por las empresas de toda la vida.

En la existencia de esas más propicias condiciones para la innovación en su más amplia acepción, es difícil minimizar el papel de los gobiernos. Contrariamente a lo que se presume como propio del sistema económico estadounidense, la contribución de su administración es esencial, no sólo en términos de definición de las condiciones del entorno, a través de políticas macroeconómicas adecuadas o de regulaciones propicias, sino de la intervención activa en los procesos de innovación. La actitud de los distintos gobiernos en las últimas décadas no ha sido precisamente la del distanciamiento, ni siquiera la de limitarse a la disposición del entorno regulador necesario para que las empresas, instituciones y mercados posibilitaran la emergencia de esa nueva economía. Las inversiones públicas en investigación básica y en educación han sido suficientemente importantes, en términos absolutos y en relación con otros países, como para contribuir de forma determinante a la configuración de un capital intelectual, humano y financiero estimulador de la utilización eficiente de esas tecnologías de la información. Junto a ello, la formulación de reglas adecuadas, la flexibilización de los mercados y un celo especial en la defensa de las condiciones competitivas ayudan a explicar ese liderazgo y su traducción en la fase expansiva más singular de la historia económica.

Ese inventario de factores diferenciales entre ambas economías quedaría incompleto si no se destacara la capacidad de las empresas, en particular las ubicadas en la vieja economía, para adaptar sus estrategias a las transformaciones en curso. Desde hace años, los procesos de reestructuración en la dirección de una mayor flexibilidad organizativa y la intensificación de la inversión, especialmente en equipamiento especifico para aprovechar las ganancias de eficiencia asociadas a la nueva economía de la red, han permitido aumentos significativos en la capacidad de oferta y, con ellos, la emergencia de tasas de crecimiento de la productividad olvidadas. En el mismo periodo, 1990-99, en el que las empresas estadounidenses doblaban en términos reales el valor de sus inversión, las del área euro lo hacían tan sólo en un 16%. La significación de estas diferencias es tanto mayor cuanto que una parte de ese impulso inversor de las empresas americanas se concretó en tecnologías de la información sobre las que hoy descansan las nuevas formas de producción, distribución y comercialización.

Europa no sólo está a tiempo de asimilar esas prometedoras transformaciones, sino que existen evidencias suficientes como para anticipar la posibilidad de su arraigo definitivo y la generación de ventajas equivalentes a las observadas en la economía estadounidense. La complicidad del ciclo económico, la progresiva consolidación del proyecto de unificación monetaria y su reflejo en unos mercados que reducen rápidamente su segmentación nacional y obligan a los operadores financieros a una no menos explícita adaptación competitiva, favorecen la reducción de algunas de esas limitaciones diferenciales frente a la economía estadounidense. De la disposición de los gobiernos nacionales a asumir el espacio comunitario como el relevante para la propagación de esas transformaciones económicas dependerá su definitiva cristalización. Si los enunciados de la pasada cumbre de Lisboa, su mera convocatoria y el reconocimiento de algunas de las limitaciones estructurales que subyacen en sus sistemas económicos, permitieron albergar la esperanza de adopción de una estrategia común orientada a la reducción de esas diferencias, las reacciones de algunos gobiernos a movimientos empresariales de concentración en sectores próximos a las tecnologías de la información, siguen siendo expresivas de excesivas cautelas nacionalistas, propiciatorias de vías de fragmentación del mercado adicionales a las que impone la diversidad de culturas y lenguas, del alejamiento de la necesaria unicidad de su mercado para constituir una verdadera economía paneuropea en la red. Si las tecnologías de la información y de las telecomunicaciones constituyen la soldadura del proceso de globalización, el mercado único europeo debería constituirse en el microclima más propicio para albergar aquellas estrategias empresariales tendentes a reforzar esa dimensión paneuropea de la nueva economía. Ambos procesos, la consolidación del proyecto de unificación económica y financiera en Europa y la definitiva asimilación de la revolución digital, son absolutamente complementarios y de la sincronía con que ambos se conduzcan va a depender, en gran medida, la satisfacción de ese objetivo de pleno empleo para el año 2010, enunciado en Lisboa. 

Cumbre de Lisboa, esbozo de una economía del conocimiento

De entrada, concurría al Consejo una nueva generación de líderes, en su mayoría al frente de gobiernos de signo socialdemócrata. Entre ellos, José María Aznar era la excepción más destacable, como gobernante de un partido de centro-derecha. Han pasado ya a la historia de la construcción europea los Kohl, Mitterrand y González que, junto con Delors y Santer como Presidentes de la Comisión, forjaron el mercado interior, determinaron los criterios de la cohesión y pusieron las bases de la moneda única. Los nuevos dirigentes europeos han llegado al poder en un clima económico radicalmente diferente al de los primeros años noventa. El nuevo ciclo expansivo plantea cuestiones nacidas de un entorno mundial que registra mudanzas considerables. Entre ellas figura un amplio consenso en torno a las políticas favorables al libre mercado, que ya ningún político europeo con responsabilidades de gobierno cuestiona.

Por otro lado, las históricas tasas de crecimiento económico que vienen registrando los Estados Unidos al amparo de importantes aumentos de productividad, consecuencia en buena medida del uso de nuevas tecnologías, precisaba una pausada reflexión por parte de la cúpula dirigente europea. En parte, se impone la necesidad de competir en los mercados globalizados frente a los productos norteamericanos pero, y con independencia de ello, también la sociedad europea en su conjunto necesita adoptar una orientación distinta para poder afrontar sus problemas sociales más acuciantes. Me refiero a la creación de empleo y la supresión de la marginalidad que nace de la exclusión social, es decir, una suma de pobreza y desempleo (a las que en algunos casos se asocia también la delincuencia), cuyos costes se han evaluado entre un quinto y un octavo del PIB europeo

Por otra parte, Europa es la región del mundo desarrollado con mayor número de parados y en donde menos puestos de trabajo se han creado en los últimos 25 años (18,7 millones frente a los 50,9 de Estados Unidos, en el periodo 1970-1997). Sin embargo, lo cierto es que el «modelo renano» de economía, que ha servido de referencia en nuestro continente, se ha caracterizado por una serie de leyes, prácticas administrativas, instituciones, e incluso costumbres y valores que han calado hondamente en la ciudadanía europea. Seguramente, un proyecto político ajustado a estas realidades debe tratar de corregir los obvios excesos y disfunciones del «Estado del bienestar» mediante la introducción de medidas liberalizadoras que lo modernicen. A esto parece ser que se refirió en Lisboa el Consejo Europeo al hablar de «modernización del modelo social» o de «Estado del bienestar activo». Estos eran, en definitiva, los parámetros que enmarcaban los trabajos de la Cumbre de Lisboa.

Con carácter previo, la Comisión europea había definido sus objetivos estratégicos para el periodo 2000-2005. En ellos se reflejaban dos preocupaciones esenciales: cómo mejorar las formas de gobierno europeo al tiempo que se incremente la competitividad de la economía de la Unión y se cree empleo, sin olvidar la necesaria respuesta europea a las cuestiones derivadas de la globalización y del nuevo clima geopolítico. Además, la Comisión había elaborado un documento de trabajo que se planteaba como objetivo sostener una sana política macroeconómica.

A su vez, esta finalidad y los nuevos retos deberían encontrar respuesta en torno a dos ejes fundamentales. De un lado, la prosecución de las reformas económicas encaminadas a la «nueva economía». De otro, la adopción de medidas para consolidar el modelo social europeo y fomentar la inversión en capital humano. Como suele ocurrir en los documentos programáticos de la Comisión, subyace en ellos el intento de síntesis entre planteamientos liberales y socialdemócratas, que son, a la postre, las dos grandes filosofías políticas predominantes en el panorama europeo.

En lo tocante a la reforma de las estructuras económicas, la Comisión lanzaba la iniciativa «e-Europa», destinada a crear una «sociedad de la información» para ciudadanos y empresas. Además, se esbozaba una porción de medidas, tales como la adopción de directivas para perfeccionar el mercado interno antes del año 2004, la plena integración de los mercados financieros antes del 2005, el estudio de los instrumentos financieros de la Comunidad con vistas a asegurar su compatibilidad con las prioridades políticas que se establecen en ellos, la creación de un «espacio de integración» antes del 2002, o la llamada «Promoción de Empresa Europa», sistema de evaluación dirigido a crear las condiciones que permitan fomentar la iniciativa privada en la Unión.

Este conjunto de programas de alcance económico se complementa con una serie de prioridades dirigidas a asegurar y modernizar -ambas finalidades deben concebirse hoy como interdependientes- los sistemas de protección social y a aumentar la inversión en educación y formación para una «economía del conocimiento». De este objetivo destaca la aspiración a dotar a todas las escuelas europeas de una conexión a Internet antes de finales de 2001, y promover la formación a lo largo de toda la vida profesional.

Con motivo de la Cumbre, el Presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, declaraba que era preciso adoptar en Lisboa «objetivos y plazos concretos para liberalizar los sistemas productivos y poner en marcha la economía del futuro, basada en el conocimiento y la comunicación, con la finalidad de avanzar hacia el pleno empleo». En una carta conjunta, los dos primeros ministros español y británico urgían a sus colegas a diseñar una reforma económica y laboral a través de un pacto que contemplase «resultados prácticos y concretos», alcanzados mediante un calendario que estableciese fechas límite para completar las reformas económicas.

La carta Aznar-Blair venía a apoyar las propuestas de la Comisión, respaldadas a su vez por la Presidencia portuguesa, y orientadas a conseguir una liberalización de los mercados de la electricidad, los hidrocarburos y la aviación (propuesta ésta que se encontró con objeciones por parte de Francia) y a fomentar el uso de la informatización en las escuelas y en la Administración pública (Administración on line). Esto último reposa en el fomento de Internet. Para lograrlo, se pretende un abaratamiento de las tarifas de las operadoras locales de la red y la instauración de un nuevo marco regulador del comercio electrónico. Se trataría de que Europa adoptase las fórmulas de éxito en las que se ha basado el exponencial crecimiento de la economía norteamericana, es decir, aumentos de productividad basados en una mayor competencia, en la liberalización de los sectores productivos y en el uso intensivo de las nuevas tecnologías.

Esta expresión de nuevo cuño, la «economía del conocimiento», pretende representar un nuevo concepto: el de un entramado económico que refuerce las ventajas comparativas europeas en un mercado global, principalmente la riqueza que supone contar con una población altamente educada en su conjunto, que precisa, no obstante, adaptarse a puestos de trabajo que requieren el uso intensivo de la informática y de otras tecnologías de vanguardia, porque, entre otras razones, es precisamente en estos sectores donde existe una mayor demanda de mano de obra. Entre las propuestas más ambiciosas que figuran entre las aprobadas por los Quince dentro de este rubro, cabe señalar también la puesta en funcionamiento de una red transeuropea para las comunicaciones científicas electrónicas, que conectaría centros de investigación con universidades y bibliotecas, así como la identificación de una lista de centros europeos «de excelencia» en investigación y desarrollo. Esta lista de medidas se completa con la creación de un sistema europeo de patentes único, barato y fácil de obtener. Un espacio europeo unificado de investigación vendría a reforzar este programa de innovaciones.

Con todo lo anterior, el Consejo Europeo pretende alcanzar un objetivo ambicioso: conseguir que, para el año 2010, la tasa de paro haya descendido del 10%, en que se sitúa la media europea, hasta el 4%, al mismo tiempo que se aumenta la tasa de actividad del actual 60% al 70%. Ello supondría crear veinte millones de empleos nuevos.

Para controlar el desarrollo de las resoluciones adoptadas en Lisboa, el Consejo Europeo acordó celebrar cada primavera una Cumbre extraordinaria dedicada al análisis y seguimiento de temas económicos. En definitiva, se trataría de reforzar las bases económicas del espacio económico integrado, innovador y competitivo que el continente europeo precisa para llegar a tener una entidad propia.

Es cierto que, en el programa de Lisboa, sólo se habla de «coordinación» de las medidas nacionales, porque los políticos europeos no están en posición de renunciar a las soberanías nacionales en materia económica y laboral. Además, algunos de los proyectos enunciados chocan con promesas electorales en algunas de las grandes potencias comunitarias, como Francia, Italia o Alemania. Cabe, por tanto, hablar de objetivos europeos que habrán de perseguirse fundamentalmente con medios nacionales, que no pasará de lo que el eufemístico lenguaje comunitario llama ahora «una coordinación abierta». De otro lado, el eje franco-alemán, tradicional motor de los cambios en la historia de las Comunidades, ha sido sustituido por una alianza informal de líderes de países periféricos: Aznar, Blair, D’Alema y Guterres llevaron la voz cantante a la hora de proponer innovaciones en el seno de la Unión, frente a un tándem franco-alemán claramente renuente a algunas de las propuestas liberalizadoras.

¿Podríamos hablar de un nuevo «funcionalismo» en la construcción europea? Una vez eliminadas las trabas a la libre circulación de medios de producción, de mercancías y de servicios, habiéndose dotado de normativas jurídicas sectoriales obligatorias para todos los países socios, y tras la adopción del Euro como moneda común, se precisa llevar a cabo reformas que afecten a las mismas estructuras económicas y sociales europeas que conocemos, si Europa quiere mantener la viabilidad de un capitalismo con perfiles propios. Para ello será imprescindible unificar todo el territorio de la Unión en un espacio económico integrado, así como dotarse de las instituciones y de los recursos que permitan afrontar adecuadamente el milenio en el que entramos.

Y para la política, no hay profetas

»Un tiempo espléndido avanza, avanza aceleradamente, es como unmar-azul-mahónel viento!».
Blas de Otero

Durante el siglo XX nos acostumbramos a pensar que la teoría política (la ideología) debía anteceder siempre a la práctica política, que primero había que diseñar un proyecto de «mundo mejor» y después, acto seguido, construirlo. Los últimos tiempos nos están demostrando que la praxis ideológica tiene que adaptarse, en muchas ocasiones, a una realidad que circula más rápida que nuestra imaginación, de modo que todos nuestros planes y programas de mejora de la sociedad (¡nuestros prejuicios ideológicos!) se vienen abajo empujados por una Historia que no se queda quieta, que no se queda parada esperando que la contemplemos.

Llamamos, con cierto desdén, «maquiavelismo» a la realización más pragmática de la acción de gobierno. «Maquiavélico» es el gobernante que adopta sus decisiones según la conveniencia de las circunstancias y no según un plan ideológico bienintencionado y preconcebido. Pues bien, si tenemos en cuenta que nuestra vida presente empieza a no ser previsible y que no disponemos, en estos momentos, de una doctrina política capaz de anticipar o programar los caminos más justos del porvenir, la ausencia de reflexión política sobre Internet bien podría interpretarse como el inicio del maquiavelismo político a gran escala, provocado antes por nuestra incapacidad de imaginar el porvenir que por la voluntad racionalizada de nadie. En otras palabras, de la política de la ideología (de las respuestas pensadas) podríamos estar pasando a la política automática (de las respuestas inmediatas); de una política que se sentía obligada a apoyarse en proyectos filosóficos previos, podríamos estar pasando a una política que, a duras penas, se adapta a las necesidades del día a día. Y no es que queramos que las cosas sean así, es que, simplemente, las cosas son así, y sorprende que no hagamos cotidianamente el esfuerzo de reconocerlo.

Quizá ésta sea la primera vez en la historia de los seres humanos en que sus dirigentes estén gobernando sin un universo imaginario previo que justifique la cruda realidad «tal cual es» y, al mismo tiempo, prometa a los desfavorecidos una nueva realidad futura, mejor y más justa, si no se quiebra el «estado natural de las cosas», si cada uno cumple con su función social. En la medida en que nuestras biografías empiezan a avanzar más rápido que nuestra imaginación y que, por lo tanto, no puede hacerse filosofía o doctrina política que justifique por qué las cosas son como son, podríamos estar llegando a un punto en el que tampoco hubiera programas, proyectos o propuestas políticas que garantizasen a ninguno de sus seguidores cómo las cosas podrían llegar a mejorarse. Por eso, nuestros políticos, hoy, son más administradores que filósofos, más funcionarios que ilustrados, más Diocleciano que Marco Aurelio.

Sea como fuere, lo cierto es que hay algunas consecuencias políticas claramente provocadas por Internet y por la multiplicación de redes que ya pueden detectarse y que, sin ánimo de ser exhaustivo, podrían ser las siguientes:

1. Internet está poniendo de manifiesto la incapacidad de los Estados para actuar en el espacio global. Los Estados y las organizaciones supranacionales compuestas por Estados son institutos demasiado pequeños para ejercer su influencia sobre la maraña inmensa de la que está compuesta la red. Es como si una Comunidad Autónoma, o mejor una Diputación Provincial, quisiera regular la malla de carreteras de toda España, así de incompetente se manifiesta cada Estado cuando quiere dictar una ley sobre Internet. Los problemas que plantea Internet son planetarios y los instrumentos de los que disponen las administraciones para afrontarlos tienen siempre ámbito regional o, incluso, local.

Cada día son más frecuentes las grandes fusiones de empresas internacionales (ya sean del sector del automóvil, del bancario o del de las telecomunicaciones) y sin embargo, paradójicamente, también son más frecuentes las disoluciones de Estados y Naciones por movimientos separatistas, nacionalistas, regionalistas o localistas. Parece como si el poder económico tendiera a concentrarse al compás de la agrupación de mercados que está produciendo Internet, mientras que, en el mismo acto y en sentido inverso, el poder político tendiera a disgregarse, ignorando la concentración de culturas y sociedades que está produciendo Internet.

2. Internet ha abierto un nuevo espacio planetario en el que los poderes privados son infinitamente más poderosos que los poderes públicos. La red ha sido diseñada, desarrollada y se sostiene por la actuación y los productos de grandes compañías multinacionales a las que las administraciones públicas del planeta sólo han ayudado indirectamente y de forma desigual. La tecnología que hace posible que exista la «aldea global» es de propiedad privada, las vías por las que circula la información son de propiedad privada y también la mayor parte de los datos que circulan son de propiedad privada. Si un conjunto de Estados del mundo quisiera alterar el desarrollo de Internet e intervenir decisivamente en las cosas que suceden en el «ciberespacio» le resultaría tan difícil como a un río endulzar el agua del mar. Sin embargo, cualquier persona medianamente informada es capaz de citar por lo menos el nombre de cinco empresas transnacionales que, sólo retirando sus productos del mercado por ejemplo, podrían colapsar, romper, retrasar o modificar el crecimiento y el mantenimiento de la red tal y como la conocemos. Toda la doctrina político-jurídica sobre el Estado de Derecho, la división de poderes públicos, el sometimiento de todo poder privado a la actuación neutral de la Administración o la atribución al Estado en exclusiva de toda actuación coactiva sobre la libertad de las personas, está quedando claramente en cuestión por la peculiar forma en la que Internet está haciendo de la comunidad de naciones un solo pueblo internáutico.

3. Internet ha provocado una nueva separación por castas entre los seres humanos, entre personas conectadas y personas desconectadas, y esta división cada día será más patente y más dramática. Si acceder a la red significa disponer de más y mejores oportunidades para el empleo, para la cultura, para el ocio o para relacionarse con los demás, lo lógico, desde el punto de vista del principio de igualdad, es que todos tengan las mismas posibilidades de acceso y, sin embargo, es obvio que hay continentes enteros, por no hablar de regiones o poblaciones rurales que, hoy por hoy, ni están conectadas ni lo estarán en mucho tiempo. El acceso a Internet debe ser igual para todos, sin que pueda existir discriminación por razón de la capacidad económica, de origen geográfico o de ancho de banda en la red, de otro modo dividiríamos la raza humana en dos clases de personas: la de aquellos que tienen oportunidades y derechos y la de aquellos que, sencillamente, no se enteran.

4. Internet pone en cuestión la existencia de intermediarios en la vida política (como hace con el resto de las actividades humanas) y abre, por lo tanto, con una amplitud insuficientemente valorada por ahora, un debate sobre la pertinencia de la democracia representativa cuando la democracia directa se ha hecho técnicamente posible. La transmisión de datos a través de las redes está eliminando a los intermediarios comerciales, financieros y culturales, y la pregunta a la que nadie ha respondido aún es la siguiente: ¿y por qué no a los intermediarios políticos? ¿Por qué no suprimir los representantes políticos cuando las nuevas tecnologías hacen factible la posibilidad de una democracia directa? Es verdad que la democracia directa no tiene por qué ser mejor que la democracia representativa, incluso es verdad que para grandes colectivos humanos la democracia representativa es mucho más justa que la democracia directa, pero lo cierto es que, tal y como están creciendo las vías de comunicación masivas y las redes de transmisión de datos, los sistemas democráticos de representación política necesitan ya en este momento de una justificación teórica nueva y adaptada a las exigencias del tiempo que transitamos.

5. Internet hace que pasemos de un estado de escasez de información a un estado de sobreabundancia de información. En Internet el número de productores de información es igual al número de receptores de información. Ya no hay unos pocos medios suministrando información a millones de lectores o televidentes, en Internet; hay tantos medios de comunicación como lectores o televidentes dispuestos a atenderles. Esto quiere decir que la competencia entre los medios de comunicación es infinitamente mayor, pero también que el valor de la información se deprecia: primero, porque la fiabilidad de la información sobreabundante es menor que la fiabilidad que le atribuíamos a las noticias dadas por los medios de comunicación tradicionales; y segundo, porque tener acceso a información ya no es un privilegio, el privilegio ahora mismo es tener acceso a «información filtrada». Para los medios de comunicación el problema en Internet ya no es: «¿cuántos me escuchan?», sino: «¿realmente me escucha alguien?». Para el receptor de información el problema en Internet ya no es dónde está la información sino qué información desechar.

En estas condiciones, los pensadores de lo político deben replantearse cómo seguir sosteniendo una opinión pública homogénea que permita mantener estables a grandes grupos humanos y permita adoptar decisiones democráticas a grandes colectivos de personas. Si, tal y como ya está ocurriendo, la información que recibimos cada día está más y más personalizada, llegará un momento en el que aquél que sólo desee recibir noticias de deporte no leerá ni verá ninguna otra información que no trate sobre «su tema», igualmente, el que sólo se interese por los ecos de sociedad no sabrá cómo habrá quedado el equipo español en la última competición europea y su opinión versará únicamente sobre los aspectos sociales. ¿Qué pasará cuando estas dos personas, con «sus temas» personalizados, coincidan en el rellano de la escalera mientras esperan el ascensor? Pues no pasará nada, no hablarán de nada, no se comunicarán. Lo que ocurrirá es que no tendrán un referente común sobre el que dialogar, porque lo que hoy conocemos como opinión pública y que forma parte de nuestro referente social habrá desaparecido, las individualidades se acrecentarán y será imposible entrar en el universo particular que cada uno se haya creado. Ante esta situación, los pensadores de lo político no podrán «conectar» con aquellos a los que, precisamente, va dirigido su mensaje.

6.Internet sustituye al individuo por la red y la creación individual por la inteligencia colectiva, por el pensamiento en red. Sustituye al sujeto por la comunidad, es el llamado «espíritu del enjambre». Son muchos los autores que hablan de la red como una nueva sociedad y conciben Internet como una gigantesca comunidad virtual compuesta por millones de adhesiones voluntarias. Esta idea resulta muy sugerente, porque si así fuera, estaríamos asistiendo al nacimiento de un nuevo pueblo tal y como lo soñaron los teóricos del contractualismo. Los internautas serían los nuevos ciudadanos de esta nación compuesta por todos aquellos que, huyendo del «estado de naturaleza», han decidido asociarse para construir un conjunto fuerte y autosuficiente.

 

Internet ha nacido de la voluntad individual de millones de ciudadanas y de ciudadanos de sumarse, de añadirse, a una vía común de comunicación e intercambio. No ha nacido de la decisión unilateral de ningún Estado u Organización Internacional. Podría incluso decirse que ningún Estado u Organización ha tenido hasta la fecha excesivo interés en fomentar la internacionalización de la Malla Mundial y que su crecimiento, como el de los grandes movimientos históricos, se ha producido de modo autónomo e inevitable. Es lo más parecido a una adhesión masiva al «contrato social» que hemos visto nunca.

Algunos conceptos que creíamos firmemente asentados, como el de propiedad intelectual o el del conocimiento universal, son francamente cuestionados por Internet y por los internautas. La pertenencia al enjambre empieza a ser una nueva forma de pertenencia a la sociedad, la forma en que se es ciudadano de la nación Internet.

Realmente ha llegado la hora de que empecemos a pensar en la nueva política del nuevo milenio. Los principios ideológicos elaborados a lo largo de los siglos XIX y XX tienen, en estos momentos, frente a Internet, el mismo valor que un texto del siglo XIII o del siglo XV. Un nuevo tiempo se avecina, y la defensa de la libertad y de la igualdad nos exigirá otra vez nuevos instrumentos teóricos para afrontarlo y vencerlo. No podemos conformarnos con lo que pensaron nuestros mayores para la Europa del racionalismo y de la modernidad cuando nos estamos adentrando en el planeta de la intercomunicación, del mestizaje y de la pluralidad. La historia de España nos demuestra que es mucho más peligroso permanecer al margen de las revoluciones tecnológicas que participar confiadamente en ellas.

¿Quién gobierna Internet?

Partamos de que nadie ha creado esta tecnología, sino que ha aparecido casi espontáneamente. Es cierto que Internet tiene su origen en un programa de investigación del Departamento de Defensa de EE. UU., que a partir de 1966 trató de establecer un sistema seguro de comunicaciones entre ordenadores, que sobreviviera a un ataque nuclear. Pero enseguida la red primitiva pasó a manos de investigadores de otros ámbitos, atraídos por las posibilidades de comunicación del invento y favorecidos por ordenadores cada vez más potentes y baratos.

Desde ese momento inicial, Internet se basa en un acuerdo entre los miembros de distintas redes de adherirse a un protocolo que les conecta entre sí. Los usuarios de estas redes no conocen ni controlan el funcionamiento de la red de redes, y su protocolo y estructura técnica evoluciona a través de mejoras creadas y pactadas por los propios usuarios.

SIN GOBIERNO Y SIN LEY

Los creadores y primeros navegantes en la red eran sobre todo profesores universitarios, ingenieros e investigadores, muchos con talante libertario y opuestos a que ningún gobierno regulase la nueva tecnología. Llegaron a definir la red como un opt out de cualquier gobierno. Tenían mentalidad de pioneros, de haber descubierto un territorio nuevo: el ciberespacio. Internet era un continente sin explorar, abierto a todos y que no pertenecía a nadie en particular. Las especificaciones técnicas y el software puesto en Internet debían ser accesibles y gratuitos. Cualquier persona podía beneficiarse de la red y, a partir de una capacidad técnica elevada, contribuir a su desarrollo o mejorar su estructura.

La red de redes creció entre 1969 y 1997 a través de este sistema abierto, con una mínima intervención del Gobierno de EE. UU. y gracias al clima de innovación y capacidad de experimentación creado a su alrededor. El ejemplo de creatividad más citado de este periodo experimental es el de Linus Torvald, estudiante de la Universidad de Helsinki, quien en 1991 puso en la red el borrador de un nuevo sistema operativo para ordenadores, por si alguien podía desarrollarlo. Varios investigadores usaron el modelo de Torvald para mejorar enormemente otro sistema ya existente y el resultado de esta colaboración, de uso público, ha servido para desafiar nada menos que el sistema operativo de Microsoft.

Durante esta etapa experimental, se explicó el modelo político de la red en términos utópicos. Se empleó la imagen de la construcción de un granero, según la tradición alternativa de algunas comunidades rurales norteamericanas que emplean el trabajo colectivo y voluntario en beneficio de toda la comunidad. Se desarrolló también, a través de un consenso imperfecto y evolutivo, un cierto código de buenos modales en la red.

Pero cualquier aspecto comunitarista de gobierno de la red chocaba desde el principio con la idea de neutralidad sobre lo que cada uno hiciera con Internet, algo también muy presente en la tradición libertaria de los fundadores de la red, y muy conforme con la anarquía y la evolución democrática -de abajo arriba- de la estructura y de los contenidos de la red. Además, la apertura de la red a nuevos usuarios e ideas servía para limitar, mediante la competencia, el poder de cualquiera de los participantes en ella o de sus emergentes comunidades de usuarios.

Aunque no ha existido ni existirá un gobierno formal de la red, desde el principio se han establecido normas sociales no escritas, relaciones de poder entre los usuarios y una cierta autorregulación a través de múltiples y cambiantes organizaciones de usuarios. Al principio, estas entidades estuvieron en mayor o menor medida tuteladas o incluso subsidiadas por el Gobierno de EE. UU., como la dedicada a la adjudicación de dominios y direcciones.

Las organizaciones de autorregulación se han dedicado al establecimiento de estándares técnicos que permiten que la red funcione y crezca. Asimismo, se han aplicado a resolver las apelaciones sobre estos estándares, coordinar la investigación sobre la red, solucionar problemas mediante el contacto entre expertos en la red y estudiar el desarrollo de Internet en todas sus vertientes, aspectos técnicos y políticos incluidos. Todas estas organizaciones han oscilado entre el logro de la representación efectiva de la creciente diversidad de intereses de los usuarios y la concentración en los aspectos técnicos de la red.

En todo caso, la arquitectura técnica de Internet no es neutral, sino que privilegia ciertos intereses y valores, y a algunos actores sobre otros.

Durante los años iniciales de su funcionamiento, buena parte de la autoridad ha residido en individuos creativos, reconocidos por las comunidades de usuarios. Con la comercialización de la red, han ganado influencia en el diseño de Internet empresas con notable capacidad de captura de las organizaciones de autorregulación. La complejidad técnica deja todavía hoy en una posición secundaria al usuario medio, que puede ver cómo su libertad de expresión, su vida privada o su derecho de propiedad se ven afectados negativamente mientras navega, comercia o se educa en la red.

Pero volvamos a nuestra cronología. En 1988, una vez conseguido un desarrollo técnico suficiente, se abrió el uso de Internet a particulares y empresas. En 1997 todos los países del mundo estaban conectados. Entre estas dos fechas se produjo la transición a una nueva etapa de Internet, distinta de su primera fase experimental y romántica. El profesor Andrew Shapiro califica este nuevo periodo como «instrumental», ya que la red pasó a ser un instrumento para hacer de todo: socializar, trabajar, vender, comprar, informarse, opinar o participar en política.

EL PERIODO INSTRUMENTAL

Shapiro explica que la nueva etapa ha hecho desaparecer la sensación de que Internet es un lugar autónomo de nuestro mundo real. La red ya no es un lugar soberano, aunque a veces lo parece, sino una tecnología que transforma nuestra sociedad occidental.

Los fraudes en las ventas de acciones por Internet, la posible utilización por terroristas de esta vía de comunicación, la difamación en la red, la falta de protección de la infancia o la desaparición de los derechos de autor son realidades que han planteado con toda crudeza en estos años recientes el debate del gobierno de Internet.

Así, la segunda generación de usuarios se encuentra alejada de la actitud extrema antigobierno de algunos fundadores de la red. Sin embargo, hay varias circunstancias que hacen que no sea posible un control gubernamental clásico de la red, ni tampoco tratar a Internet como una tecnología de comunicación más.

Numerosas empresas han descubierto el filón económico de hacer negocios a través de la red y tratan de preservarla como un espacio de libertad, sin normas escritas ni impuestos, desde el que crecer y también presionar a sus gobiernos para la liberalización de otras partes de la economía real. No pocos reguladores admiten este discurso (Clinton ha definido la red como «un gran área de libre comercio») y aceptan que la intervención gubernamental puede hacer que la red pierda su dinamismo y su extraordinaria capacidad de innovación tecnológica y creación de oportunidades empresariales.

DESCENTRALIZACIÓN

Pero el problema principal a la hora de plantearse el gobierno de la red no es ideológico, sino estructural. El diseño descentralizado de la red de redes impide un control central. No hay un punto de Internet por el que pase toda la información. Así, existe la posibilidad real de que los sometidos a las reglas cambien de jurisdicción siempre que lo necesiten y busquen reglas más favorables a sus intereses ante cualquier intento de regulación gubernamental. La existencia de múltiples jurisdicciones deriva en la práctica hacia una inquietante ajurisdicción. En la red, en buena medida, son irrelevantes las fronteras físicas o la localización física de los usuarios y proveedores. De este modo, no puede funcionar el «centralismo legal», basado en un solo gobierno y un mecanismo central de aplicación de sus normas.

A cambio, nos encontramos con un libre mercado de reglas, matizado por la autosanción, los contratos entre usuarios y la organización de fuerzas sociales dentro de la red con más o menos formalidad. Y a la hora de introducir una necesaria dimensión pública, por ejemplo de derecho penal o para garantizar la seguridad en las transacciones comerciales, tropezamos con la necesidad de coordinación entre todos los gobiernos, que tienen que hacer frente a costes de transacción muy altos para aplicar sus normas a esta nueva tecnología de comunicación. La primera de estas barreras es la enorme dificultad de fijar, desde todos los gobiernos, estándares comunes de protección de los mismos bienes jurídicos, que eviten el forum shopping.

REGULACIONES NACIONALES

Mientras tanto, cada país proyecta en la red sus valores cuando regula, por su cuenta, algún aspecto de esta nueva tecnología. La sentencia del Tribunal Supremo de EE. UU. de 1997, que declaró la inconstitucionalidad de una de las primeras leyes norteamericanas de protección de la infancia en Internet -la Communications Decency Act– es un ejemplo de los problemas de una regulación unilateral, por su falta de eficacia. El Supremo norteamericano, en nombre de la libertad de expresión, decidió que el estándar de lo publicable en Internet era el mismo que el de la prensa escrita en EE. UU., pero no explicó cómo garantizar ese estándar mínimo, ni justificó su legitimidad fuera de su territorio nacional.

Por fortuna, a la hora de resolver los problemas comunes originados por el desarrollo de Internet, existen precedentes de regulaciones flexibles y multilaterales y de coordinación exitosa entre los gobiernos de todo el mundo. El enfoque regulador, en todo caso, debe ser sectorial, consensuado con usuarios y proveedores, y basado en el objetivo de garantizar todos los derechos fundamentales de cada persona cuando utiliza la red. Internet presenta problemas mayores que otras tecnologías de comunicación a la hora de definir una dimensión de gobierno. Pero conviene tener presente que los intereses y valores dominantes en la red están transformando de forma acelerada a la propia sociedad occidental, que debate sobre el significado del ciberespacio.

Las nuevas tecnologías y el Tercer Mundo, una oportunidad

Alrededor de 140 millones de individuos son usuarios de Internet en todo el mundo. Es preciso señalar que un solo país, Estados Unidos, cuenta con la mitad de ellos. En un mundo de profundas diferencias sociales, una nueva legión de excluidos está emergiendo: los marginados por la tecnología, aquellos que, por falta de acceso a las nuevas tecnologías, permanecen al margen de una sociedad impulsada por la información. Buen ejemplo de ello nos lo proporciona Brasil, donde sólo un 2,5% de la población total es usuaria de la red. De esta pequeña proporción, el 16% pertenece al grupo social C y sólo el 4% al D.

A comienzo de este año, pudimos presenciar en nuestro país el boom del acceso gratis a Internet, en el momento en que algunos grandes bancos privados hicieron esta oferta a sus clientes. La promoción estaba orientada por la expectativa de ganar una alta cuota de participación en el mercado, pero es innegable, al mismo tiempo, que el avance de las modernas tecnologías de democracia informativa se realiza en todo el mundo gracias al libre acceso a Internet. Todavía más recientemente, la prensa se ha hecho eco de las grandes inversiones que las compañías telefónicas han realizado en estos abastecimientos gratuitos. También en este caso, el objetivo de la optimación económica era evidente, pues es imprescindible tener instalada una línea de teléfono para poder conectarse a la red. Del mismo modo que el acceso gratuito a la web es importante para el proceso democratizador de la tecnología informativa, una movilización de esfuerzos coordinados para implantar ese acceso viene exigido tanto por las empresas como por el Gobierno y la sociedad en general, con objeto de crear las condiciones necesarias para la universalización de Internet. Esta democratización debería llevarse a cabo proponiéndose como objetivo muy especial la inclusión de los «tecnológicamente marginados», haciendo más fuerte la conciencia social de las empresas de telecomunicaciones y de nuevas tecnologías. ¿Por qué no desarrollar un sistema de conexión gratuita para entidades educativas, o proporcionar la infraestructura adecuada, reducir los costes de equipamiento y facilitar un espacio de acceso y entrenamiento, que permitan disminuir el gap digital entre los ciudadanos?

Lo cierto es que todavía tenemos que afrontar ciertas dificultades que obstaculizan los esfuerzos para proporcionar acceso a la red a las clases menos favorecidas. Tengo la impresión de que cargamos aún con el peso y la amarga memoria de los tiempos jurásicos de la protección de mercado en el terreno de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones. En el Committee for Democracy in Information Technology (CDI), al que pertenezco, hemos podido experimentar en carne propia este problema: hemos creado una innovadora cooperación con la UNESCO, Starmedia Foundation, SSI Server y la compañía Exxon Petroleum, para conectar a Internet a 130 escuelas municipales en 14 demarcaciones territoriales brasileñas. Después de dos meses de instalación y puesta a punto, contando con la ayuda de Telemar (una compañía telefónica regional), han sido conectadas 16 escuelas de Ciencia Informática y Ciudadanía en diversos barrios de Río de Janeiro, que en la actualidad intercambian e-mails y se ofrecen sus respectivas actividades.

Como «organización digital» que somos, sin embargo, nos gustaría que este proceso avanzara con pasos más decididos, especialmente porque ya tenemos las fuentes de financiación para poner en práctica en todo el país esta oportunidad única de facilitar a las comunidades menos favorecidas la tecnología digital de vanguardia. En CDI creemos que, además de proporcionar la caña, es necesario enseñar a pescar, y a administrar e innovar la industria pesquera.

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Establecer el marco adecuado para universalizar Internet en Brasil significa aumentar su potencial de consumo en el mercado y crear el espacio necesario para ejercer una nueva forma de ciudadanía: la ciudadanía digital. En cinco años de trabajo, CDI ha acumulado numerosos casos tan significativos como el de Romildo. Este muchacho de Río de Janeiro perdió a su madre y a sus abuelos siendo un niño y, como si estas desgracias fueran pocas, tuvo que afrontar los problemas de drogadicción de su padre. Cuando tenía 16 años, una tía suya, en colaboración con el Consejo Municipal de Educación, envió a Romildo a un pensionado municipal, institución que acoge a muchachos y niños en situaciones críticas y les facilita la oportuna asistencia. Romildo vivó allí durante dos años y se inició en el mundo de la IT en nuestro EIC, un proyecto tecnológico socio de CDI. Romildo fue seleccionado posteriormente, junto con otros graduados de EIC para participar en un curso especial de diseño en la red, organizado también por CDI, y en la actualidad trabaja para una de las grandes compañías de IT de Río de Janeiro.

Éste y otros casos demuestran el potencial del mundo web, que puede ser empleado como un instrumento para generar resultados económicos, pero también como un medio para transformar las vidas. Y aún hay muchas personas pendientes de esa transformación.

El español y la red

El desarrollo de los medios de comunicación comporta un cambio en el canon. La lengua escrita (y, por tanto, también leída) ya no es la lengua literaria, más cuidada, sujeta a las convenciones retóricas tradicionales. Los hablantes reciben una avalancha de información lingüística desde su nacimiento, sobre todo de lengua oral, a través de la radio y la televisión, pero también de lengua escrita, a través de libros escolares y periódicos. A ello se añade ahora Internet.

A medida que Internet va desplazando a la televisión como ocupación a la que los adolescentes dedican mayor número de horas, a medida que va ocupando más espacios escolares y penetra más en las empresas, su papel lingüístico como soporte de textos crece, y lo hace hasta alcanzar una dimensión que obliga a nuevas actitudes.

No cabe duda de que, para buena parte de los hispanohablantes, palabras como «navegar», «bajar (se)», «descargar», tienen nuevas acepciones; otras palabras son homónimas de otras bien asentadas, como «chatear», que no tiene relación con chato, «vaso de poca altura», sino con el inglés chat, «conversar por Internet». Préstamos crudos, como hardware y software, están perfectamente instalados en la lengua.

INCREMENTAR LA PRESENCIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

La palabra clave para el incremento de la presencia del español en Internet es «contenidos». El uso de una lengua depende del volumen de información que transmita y la información, por su parte, está determinada por su utilidad: se usa porque se necesita. Los campos que exigen unas aplicaciones lingüísticas van desde el más simple, como es el acceso a la información, pasando por la educación y los métodos de enseñanza, hasta el más complejo y de mayor incidencia económica, el de la industria, el comercio y el manejo del dinero a través de la red.

Nuestra reflexión quiere ir más allá del tratamiento de la lengua española en Internet. Nos importan, especialmente, qué tendencias se observan en la relación de Internet y la lengua española. Seguimos con ello nuestra reflexión sobre los mitos y los ritos del español en la telaraña mundial o, por decirlo de otra manera, la lucha en defensa de ciertas verdades y contra algunas mentiras que están condicionando la presencia y participación de la «lengua hispana» en el ciberespacio.

Está claro que cuando hablamos de castellano, español o habla hispana, nos referimos a la misma lengua. Lo que no está tan claro es si se trata de la misma norma.

Los observadores europeos suelen considerar la actitud de los hablantes de español desde la perspectiva del idioma que se habla en España, lo que introduce en sus apreciaciones sobre estos fenómenos un serio elemento discordante. Así, sorprenderse porque los hispanohablantes parezcan haber despertado de pronto con un gran interés por la construcción correcta, por «hablar bien» y usar bien el español en la red, es mucho menos llamativo para quien lee habitualmente en los diarios hispanoamericanos las frecuentes cartas al director o las notas sobre construcciones gramaticales, que para quienes sólo tengan costumbre de apreciar la actitud hasta hace poco más relajada de los hispanohablantes europeos.

Los profesionales de la lingüística han de estar muy atentos ante estos fenómenos de lingüística popular o la creciente participación de los legos en estas discusiones. Para la lengua, como para los dolores de cabeza, todo el mundo tiene recetas. Sin embargo, cuando la causa del dolor es seria, sólo el especialista debe intervenir, los remedios bien intencionados de la tía Etelvina no hacen más que agravar la situación.

Los usuarios suelen hacer hoy planteamientos marcadamente normativos. Se debe, nos parece, más a un interés por la unidad lingüística que a una veneración por la gramática. El patrón unificador que se busca no suele ser la autoridad, sino el uso. Por esa razón, las cuestiones léxicas predominan, sobre todo si tenemos en cuenta que las propiamente gramaticales suelen aparecer en relación con un elemento léxico. Los partidarios del uso siempre tienen enfrente a los defensores de la pureza lingüística, que, sobre todo en América, se designa muchas veces como hablar castizo. El resultado se refleja en las actitudes contrapuestas ante los préstamos, especialmente los del inglés, en la terminología de las telecomunicaciones. Las discusiones gramaticales son, en general, subsidiarias de las léxicas.

Una norma es, sencillamente, una selección que los hablantes hacen entre las posibilidades que les brinda el sistema lingüístico, la lengua. La norma culta, durante siglos, ha sido la más cercana al habla de Madrid; pero esa tendencia se alteró a lo largo de este siglo en favor de una doble norma, la castellana o de Madrid (es obvio que simplificamos muchísimo) y la norma hispánica. Sobre esa norma hispánica se basa el habla hispana.

LA INCIDENCIA DE INTERNET EN EL MUNDO HISPÁNICO

Si, como elemento representativo, tomamos el incremento de los hispanohablantes, estos datos tienen un valor relativo, primero porque no incluyen el volumen de comunicación en español que se genera en Internet y, segundo, porque la pertenencia a los dominios de la red marcados con las indicaciones de los países (como «punto es» para España) no corresponden necesariamente a nódulos situados en esos países. Es decir: a través de los nódulos con dominios que corresponden a países nódulos en Internet de los países hispanohablantes circula información en otras lenguas, al mismo tiempo que circula información en español por otros nódulos no pertenecientes a esos dominios y, para completar la dificultad del análisis exacto, puede que un nódulo tenga el dominio «punto es» y no esté en España. Toda apreciación estadística, por tanto, ha de interpretarse como un mínimo, a veces notablemente separado del máximo.

En la saturación de las estadísticas, tampoco tiene demasiado interés pormenorizar sobre el crecimiento de la red o el de los distribuidores de servicios Internet. Más interesante es la comprobación de que los ordenadores educativos, aunque ya han cedido el primer puesto a los comerciales, siguen teniendo una notable presencia en la red. En cuanto a los proveedores de servicios, su aumento es tan espectacular, que hace imposible todo cálculo. Muchos de ellos tienen vida efímera, pero constituyen una novedad llamativa en los últimos dos años en todos los países hispánicos.

La red no permite centralizaciones ni concentraciones, al contrario, vive en la dispersión. Todo lo que se quiera hacer en el sentido de distribuir la información a grandes masas de usuarios ha de hacerse, necesariamente, mediante servidores multiplicadores del contenido, espejos (mirrors), en un entramado de duplicación progresiva de la información distribuida. Los usuarios deben estar preparados para exigir que se dé esa duplicación de hecho, para asegurarles el acceso a servicios que, en muchos de esos casos, deben ser públicos, puesto que se han financiado con dinero público. Los administradores deben estar también informados de ello.

Es ingenuamente optimista presentar a los consumidores como capaces de acceder a los servicios de Internet, con una variedad de opciones. El crecimiento de las posibilidades de los usuarios es, ciertamente, una de las tendencias de Internet; pero, en estos momentos, la red se infrautiliza, se usa principalmente para intercambiar mensajes electrónicos y para leer el periódico en el ordenador de la oficina, o acceder a ciertos servicios de distintos tipos y calificaciones morales. La mayoría de los usuarios tienen serias dificultades para adjuntar un fichero a una nota electrónica o para mover información por la red por medio de protocolos de transferencia de archivos (ftp). Basta leer los suplementos informáticos y las secciones de consultas del lector de los grandes diarios, en España y en Hispanoamérica, pero también en los Estados Unidos o Alemania, por ejemplo, para percibir esa situación con claridad.

Se tiende a rellenar los huecos que la falta de preparación de los usuarios actuales deja abiertos, algo que sería conveniente encauzar con una política educativa adecuada. Del crecimiento del uso de la red para banca y comercio electrónicos y para distribución de programas de entretenimiento ya se encargan las compañías comerciales correspondientes, que se preocupan cada vez más porque el usuario acceda con interfaces muy cómodas, que no exijan ningún aprendizaje. Esta evolución, que ha favorecido decisivamente a las industrias del idioma, como venimos diciendo desde hace años 1, tiene que repercutir, más de lo que lo hace actualmente, en la formación universitaria, porque es una fuente de trabajo que puede paliar los niveles de paro de los licenciados en el campo tradicional de las letras. La edición electrónica debe ser materia que se incluya en los programas de estas carreras.

Los estudios lingüísticos necesarios para mantener el potencial económico del mercado actual requieren un fuerte componente computacional, un terreno en el que los planes de estudio avanzan en toda Hispanoamérica (España incluida) con mucha lentitud. La flexibilidad progresiva del mercado de trabajo tiene que imponer una flexibilidad progresiva de los programas de educación superior. De lo contrario, serán estudiantes de otros países los que ocupen esos puestos de trabajo, como son mayoría las empresas de países no hispanohablantes las que se benefician del mercado de habla hispana. Ésta es una reforma urgente.

Aunque la mayor parte de las transmisiones de la red fueran en inglés (y lo son en términos relativos), la red es capaz del más amplio multilingüismo y se abre por tanto a los contenidos que las características de la cultura hispánica, con su fondo humanista, pueden proporcionarle. En ese entorno cultural, el peso de España entre las naciones hispanas es muy fuerte. La contribución al establecimiento de rasgos culturales hispanos en Internet es, por ello, una de las contribuciones de los españoles al desarrollo del mundo hispánico.

CONCLUSIÓN

Internet es una realidad que se ha impuesto. El eje económico ha dado paso a un nuevo tipo de sociedad, la del conocimiento. La presencia en ella de las lenguas es esencial para su supervivencia y para el mantenimiento de las maneras de representar la realidad que cada una supone. No se puede dejar al azar, sino realizar un esfuerzo que exige planificación, cooperación y, en el mundo hispánico, también generosidad, para que todos lleguemos juntos, porque todos nos necesitamos. 

N O T A S

1· Recogimos lo anterior a 1994 en Informática y Humanidades, Madrid, Gredos, 1994. A partir de entonces, pueden añadirse, hasta 1996, los datos recogidos en El comentario filológico con apoyo informático, Madrid, Síntesis, 1996; «»Hablo sin faltas de ortografía»: las peculiaridades lingüísticas hispanoamericanas», Amado Alonso. Español de dos mundos. Insula, 599, 1996, Noviembre, pp. 14-15; «El idioma español ante el reto de las redes globales», II Congreso Nacional de Usuarios de Internet e Infovía, Madrid: Asociación de Usuarios de Internet, 1997, 1, pp. 455-463; «Edición crítica electrónica» en José Romera Castillo, Francisco Gutiérrez Carbajo y Mario García-Page (eds.) Literatura y Multimedia, Actas del VI Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED, Cuenca, U1MP, 1-4 de julio, 1996. Madrid: Visor Libros, 1997. pp. 91-148. «El español en Internet» Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, 44, abrilmayo 1996, pp. 158-178; «El español, entre América y Europa» Fundesco, 176, mayo 1996, pp. 9-10; «En la vida de la lengua: llegamos a Kahlahtahyood», Dos maestros, Insula, 616, abril 1998, pp. 9-12; «Rojo bobo, rufo curvo: paradigma léxico, estructura semántica y cambio fonético desde un análisis informático de diccionarios», Lexicografías iberrománicas: problemas, propuestas y proyectos, ed. Teresa Fuentes Morán y Reinhold Werner, Frankfurt: Vervuert & Madrid: Iberoamericana, 1998, pp. 201-211; «La no arbitrariedad del signo lingüístico», Teoría/Crítica, (Alicante), 3, 1996 [1998], pp. 283-298; «Presente y futuro de la Filología Electrónica en la recuperación de la Colección Foulché-Delbosc de la Biblioteca Nacional Argentina», Boletín de la Academia Argentina de Letras, LXIU, 1998 [1999], pp. 15-52; «La lengua española e Internet», Semiosfera, 9,1998, pp. 5-14. «La educación lingüística en una España plurilingüe», Tarbiya, revista de investigación e innovación educativa, 21, 1999, 89-108; «El español en Internet», Leer, Extra Navidad, 1999, pp. 208-209. Para referencias y puestas al día remitimos a nuestra página en Internet: www.lllf.uam.es/fmarcos/informes/reportix.html o a la del Laboratorio de Lingüística Informática de la Universidad Autónoma de Madrid: www.lllf.uam.es/index.html

La hora de la Sociedad de la Inteligencia

No es la primera vez que sucede, ni será la última. Lo que hace unos años era recibido con sonrisas de conmiseración, hoy está en boca de todos. La ingeniosa ocurrencia de unos pocos ahora corre el peligro de convertirse en un tópico superficial, en algo que muchos repiten y en lo que casi nadie se para a pensar. Hasta el menos interesado en cuestiones sociológicas habla ya de «sociedad del conocimiento». Pero son contados los que entienden bien, a mi juicio, cuál es el meollo del cambio que se presenta ante nosotros.

Para cruzar los umbrales de la sociedad del conocimiento, necesitamos una silenciosa sabiduría práctica. Hemos de entrar en ella con el anhelo y el cuidado que pondría el aprendiz de artesano al pisar por vez primera el taller de un consumado alfarero. Para ser certeros en este tránsito por un periodo de entre épocas, es preciso -en primer término- aclarar lo que no es ese conocimiento del que, por ventura, ya se comienza a reconocer que será la médula de un nuevo tipo de organización social que está llamando a nuestras puertas.

INFORMACIÓN Y SABIDURÍA

La primera confusión que hemos de evitar es la de tomar el rábano por las hojas y creer que ese saber se identifica, sin más, con la información.

La información es algo externo, que se halla a nuestra disposición. El conocimiento, en cambio, es un crecimiento interno, un avance hacia nosotros mismos, un enriquecimiento de nuestro ser práctico, una potenciación de nuestra capacidad operativa. Mientras que la información sólo tiene valor para el que sabe qué hacer con ella: dónde buscarla, cómo seleccionarla, qué valor posee la que se ha obtenido y, por último, cómo procede utilizarla.

Confundir la información con el conocimiento equivale al «vulgar error» -como diría Baltasar Gracián- de tomar los medios por los fines, de creer que es cualitativo lo que no pasa de ser cuantitativo, de pensar que tener algo equivale a serlo. En definitiva, se trata del error primordial de confundir el modo de ser de las personas con el modo de ser de las cosas.

PRIMACÍA DEL FACTOR HUMANO

El paso hacia la sociedad del conocimiento consiste, sobre todo, en darnos cuenta de que la energía de los talentos humanos es incomparablemente superior a la fuerza de la materia y de todas sus posibles transformaciones. Si acudimos, por ejemplo, al terreno empresarial, resulta que en nuestras organizaciones tenemos un caudal impresionante de potencialidades por estrenar, que no son otras que las respectivas inteligencias y libertades de las mujeres y los hombres que integran tal comunidad de trabajo. Y no basta, para aprovechar el estallido de esas fuentes de energía, con enfatizar la categoría de nuestros «recursos humanos», discurso que tantas veces oculta mucho de paternalismo y un poco de mala conciencia. Sin pretender molestar a nadie ni cambiar un uso establecido, confieso que me parece inadecuada la expresión «recursos humanos», porque las personas no son precisamente recursos, sino más bien fuentes de descubrimiento y generación de recursos. En La Odisea, no se le ocurre a Homero decir que Ulises era un recurso: nos muestra narrativamente cómo, en la ardua y enigmática empresa de su retorno a Itaca, Ulises se manifestó como «fértil en recursos».

La clave de la economía moderna es, precisamente, la relevancia teórica y práctica de la «fertilidad de recursos». Ya Adam Smith, que pasa por ser el padre del capitalismo doctrinal, advirtió que la riqueza de las naciones no consiste -como pretendía el mercantilismo- en el territorio sobre el que los Estados ejercen su soberanía ni en el conjunto de bienes naturales y culturales que estas tierras atesoran. El gran hallazgo de Adam Smith consiste en haber descubierto que la riqueza de las naciones estriba en la creatividad de sus ciudadanos, en su capacidad de acometer proyectos que deparen un beneficio económico a los individuos.

APRENDER Y SABER

A su vez, el nuevo paso que supone el advenimiento de la que Peter Drucker llama «sociedad poscapitalista» viene a ser el caer en la cuenta de que ese dinamismo interno de la economía tiene su nacedero en la innovación de los conocimientos, y que tal creatividad elevada a la segunda potencia ya no está limitada ni esencialmente condicionada por las mercancías, por sus intercambios, por las capacidades financieras, ni siquiera por la disponibilidad creciente de información que deparan las nuevas tecnologías. Lo más serio es, ahora mismo, la educación, el aprendizaje, la investigación.

Y es que lo característico de la sociedad del conocimiento no es que en ella se disponga de un gran flujo de información, ni siquiera que en ella se sepa mucho. Lo definitorio de tal tipo de organización social consiste en que en ella siempre es necesario saber más. Ahora bien, la capacidad de llegar a saber más no se puede remitir a algo objetivo, a los propios datos o a sus combinaciones y recombinaciones más o menos automáticas. La capacidad de saber más apela en directo al sujeto del conocimiento, es decir, a la persona humana. Lo que nos permiten los ordenadores e ingenios telemáticos es descargarnos de las tareas rutinarias de buscar información, almacenarla y -en alguna medida- organizaría y procesarla. Quedamos así en franquía para ponernos a realizar esa misteriosa operación de lo que sólo nosotros, los seres humanos, somos capaces: pensar.

Utilizo aquí la palabra «pensar» en el sentido de discurrir, de pasar de unos conocimientos intelectuales a otros, es decir, de adquirir conocimientos nuevos. Y pretendo llamar la atención sobre algo tan obvio como fundamental: que para saber, hay que llegar a saber. Dicho de otro modo menos oscuro: que saber y aprendizaje son inseparables. No hay saber innato ni automáticamente transmisible. Porque el conocimiento no es una cosa bruta que esté contenida en alguna parte -por ejemplo, en un libro o en la memoria de un ordenador o en un banco de datos-, sino que es siempre vida humana: el logro o rendimiento más característico y propio de esos vivientes dotados de habla que son las personas. Para llegar a saber, cualquier mujer y cualquier hombre necesitan aprender aquello que llegan a saber. De ahí que el mejor sinónimo de «sociedad del conocimiento» no es otro que «sociedad del aprendizaje».

ORGANIZACIONES INTELIGENTES

Y sucede que esa fulguración del avance y transmisión del conocimiento sólo acontece en comunidades de aprendizaje, que presuponen una institucionalización, la presencia de algunas reglas, la adquisición de ciertos hábitos, el ejercicio de determinadas virtudes y la práctica de un esfuerzo compartido. Por eso las empresas actuales han de ser «organizaciones inteligentes», es decir, comunidades capaces de llegar a saber más, de aprender siempre de nuevo. Llevar a la práctica este ejercicio institucional de la inteligencia es la tarea más difícil con la que se ha enfrentado hasta ahora el oficio de gobernar. Pero algo es cierto: sólo las organizaciones capaces de actuar de manera corporativamente inteligente serán capaces de navegar en el espacio del conocimiento abierto por la nueva sociedad. El destino de las que no lo logren serán los museos de arqueología industrial o burocrática.

La tarea de disolver confusiones y de orientar esfuerzos es larga. El primer paso que en ella hay que dar consiste, quizá, en advertir que lo importante no es enseñar, lo importante es aprender. Lo cual equivale a decir que la dirección empresarial está ordenada al trabajo, y no a la inversa. Porque la única finalidad de la enseñanza es el aprendizaje, así como el único objetivo de la dirección es la mejora de la calidad del trabajo.

Gobernar hoy equivale a hacer operativo un saber reconocido -una auctoritas, diría Álvaro d’Ors- en la comunidad correspondiente. Pero como ningún gobernante puede ni debe saberlo todo acerca de la vida de su corporación, el ejercicio de su saber consiste en enseñar a que otros aprendan, en establecer las condiciones de posibilidad para que sus colaboradores (ya no subordinados) lleguen a aprender lo que necesitan saber. Según ha señalado Leonardo Polo, lo que acontece aquí es una retroalimentación en virtud de la cual el que obedece -es decir, el que aprende- envía, a su vez, órdenes al que manda -o sea, al que enseña-. De manera que los límites entre el trabajo directivo y el trabajo operativo se desdibujan, y cada vez es menos necesaria una específica función de control, porque todos los que conjuntamente laboran ejercen un autocontrol dialógico. Esto no quiere decir, como se ha repetido en los últimos años, que las jerarquías desaparezcan y sólo queden las redes. Quiere decir que las jerarquías se establecerán en función del saber: en función de los lenguajes que cada uno domine.

El saber es un empeño histórico, en el que sólo se puede participar en la medida en que se aporta activamente a la empresa común. Una organización inteligente es aquélla en la que la mayoría de sus miembros están integrados -como diría Maclntyre- en la narrativa del dinamismo de progreso en el saber. Cada uno en su nivel, debe estar continuamente dialogando con los que con él trabajan, para ir descubriendo cómo hacer las cosas con mayor calidad, de manera más eficaz y fecunda. Se convierten así en protagonistas de una historia compartida. De suerte que el trabajo en equipo ha dejado de ser solamente una manera de motivar a la gente y disminuir conflictos, para transformarse en una condición imprescindible para la buena marcha de cualquier comunidad.

Todos han de investigar a su nivel. El papel de quien gobierna es el de un catalizador de tal innovación del saber. A él le corresponde que el proceso de aprendizaje no se detenga, sino que sea cada vez más fluido y dinámico. No le compete decir a los demás lo que deben hacer, porque son ellos mismos los que conjuntamente han de descubrirlo. Tiene la responsabilidad de que no cesen de indagar, de reforzar sus ocurrencias acertadas, y de cuidar que sus innovaciones no tropiecen con rigideces burocráticas o con autoritarismos formales. Como dirían los clásicos, su función es «arquitectónica», ordenadora, que encauce las múltiples iniciativas responsables hacia el bien común.

Toda ciencia, y especialmente toda profesión, son originariamente un oficio, un craft: tienen mucho más de artesanal de lo que la pedantería académica o la vanidad social están dispuestas a reconocer. Llegar a dominar, con talento, un oficio implica un trabajo continuado, realizado en una comunidad profesional interdisciplinar, donde se está innovando continuamente el conocimiento. Para decirlo de manera intencionadamente añeja, una organización inteligente tiene mucho de «escuela de artes y oficios». Y lo que tal tipo de corporación necesita con urgencia es la presencia de «maestros», más en el sentido en que atribuimos esta expresión a un «maestro albañil», a un «oficial» (como se decía en castellano antiguo), que en la acepción que se adscribe ampulosamente a un famoso director de orquesta.

La diferencia entre una persona creativa y un soñador es que la primera sabe cómo materializar sus ideas, cómo hacer operativos sus proyectos. Y esto lo logra por una especie de conocimiento por connaturalidad, porque el latir de su propio conocimiento vibra con el mismo ritmo que el latir de esa realidad. Quien domina un oficio posee una especie de empatia con la realidad sobre la que trabaja, de manera que es capaz de distinguir enseguida lo esencial de lo accidental y saber cuál es el quid de la cuestión, eso que los anglosajones llaman the point. Lo cual, desde luego, no aparece en la pantalla del más sofisticado ordenador.

LA INFORMACIÓN Y LOS VA LORES

En la sociedad del conocimiento se aprecia más claramente que en ninguna otra configuración cultural anterior el hecho de que no podemos prescindir de las reglas morales, por más permisivos que pretendamos ser. La ética constituye el fundamento y la orientación de toda sabiduría práctica, porque ella misma no es un armatoste de reglas constrictivas, sino el saber para una vida lograda, que sólo puede adquirirse por medio del logro dinámico de esa vida cabal. La confianza mutua, basada en la veracidad, es el límite que ninguna corporación ha de vulnerar, porque entonces se haría internamente vulnerable. Nada hay más deletéreo -menos inteligente- que el disimulo, el engaño, la opacidad o el miedo a decir lo que se piensa. Vuelven así a aflorar viejos valores de la mano de las tecnologías más avanzadas. ¿De qué nos servirían los más sofisticados sistemas telemáticos si lo que se transmitiera por medio de ellos resultara, sencillamente, que no es verdad? Estaríamos en la gran ceremonia de la manipulación, del imperio de los simulacros, que viene a ser el riesgo característico de la sociedad del conocimiento.

Toda corporación, del tipo que sea, ha de ser hoy una comunidad educativa. Pero el propósito de la educación no es la simple transmisión de unos contenidos, sino el cultivo de hábitos intelectuales y prácticos. Al fin y al cabo, la ciencia misma y la propia tecnología son hábitos, es decir, enriquecimientos operativos que permiten a quienes los poseen derivar conclusiones a partir de unos principios y, a su vez, plasmar esas conclusiones en sistemas funcionales. Lo cual se aprecia sobre todo cuando se considera, no tanto la ciencia y la técnica ya hechas, sino la ciencia y la tecnología en su propio hacerse. Las grandes mutaciones científicas y tecnológicas han acontecido precisamente cuando un modelo epistemológico ha entrado en crisis y ha tenido que ser sustituido por otro que inicialmente se le oponía sin éxito o que ha sido preciso descubrir. En tales tesituras históricas, se observa claramente que el resorte del cambio no es «lo sabido», sino «el saber». Esta primacía de la capacidad de «saber más» sobre el cúmulo de las cosas que ya se conocen es la clave para entender qué es eso de la sociedad del conocimiento, articulada por organizaciones inteligentes.

En la sociedad del conocimiento, la quiebra y sustitución de paradigmas científicos y tecnológicos es permanente. Vivimos, como vio Drucker, en la «era de la discontinuidad». Lo que en ella da continuidad comunitaria a las organizaciones es precisamente la capacidad científica y tecnológica ya conquistada, así como la operatividad ética adquirida, que se traduce en prudencia para tomar decisiones sabias ante los nuevos retos y oportunidades que se suscitan una y otra vez. Estamos -por utilizar una expresión de Dahrendorf- en la sociedad de las «oportunidades vitales».

La capacidad, potenciada por lo hábitos teóricos y prácticos, de llegar a saber cosas nuevas y aprender a realizarlas es lo que da el índice de competitividad de una empresa en la sociedad del conocimiento. Una organización inteligente es capaz de aprender continuamente saberes nuevos, potencialidad que no se puede restringir a unos pocos especialistas o a un departamento (o ministerio) de innovación, sino que tiene que permear la empresa de arriba abajo e impregnar la sociedad entera. Esto es lo que, en términos microsociales, podemos llamar cultura corporativa, y a lo que, en el plano propiamente social, designo como humanismo cívico.

Señalemos, finalmente, que en la sociedad del conocimiento la investigación no es un lujo institucional, ni algo que se pueda encomendar sólo a organismos o departamentos especializados. La esencia de la industria misma ya no es la producción, sino la indagación científica y tecnológica. Pero es que hoy, no solo la industria, toda empresa de bienes o servicios -también la educativa- es constitutivamente investigadora. Ya no hay distinción estricta entre dirección e investigación, porque la propia función directiva consiste en poner a todos los miembros de la organización a pensar en lo que hacen, para hacerlo de modo nuevo y mejor.

Ésta, y no otra, es la «revolución» que esperan las sociedades occidentales, las cuales todavía parecen, en algunos aspectos, como atascadas: es la «revolución de la inteligencia» que sería inviable sin la «revolución de la solidaridad». Pero el sentido de la palabra «revolución» ya no es arrogantemente político o ideológico, como si hubiera alguien que tuviera la fórmula para resolver todos nuestros problemas (llámesele «tercera vía», «gobierno progresista» o «inteligencia emocional»). Precisamente porque ahora ya sabemos que no existe la fórmula definitiva de la eficacia y el bienestar, hemos de estar buscando habitualmente soluciones cambiantes, procedimientos oportunos, respuestas operativas a las perplejidades que se nos plantean; perplejidades que ahora siempre son nuevas y cuya respuesta, por lo tanto, no se encuentra en ninguna parte: sólo se halla en el propio proceso de investigación práctica cuyo motor no es otro que el ejercicio implacable de la propia inteligencia.