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Ver productosEstamos ante los umbrales de una nueva encrucijada histórica que algunos han definido como la nueva sociedad del conocimiento. A comienzos del siglo XIX tuvo lugar la primera revolución industrial, que se caracterizó, sobre todo, por la máquina de vapor, capaz de suministrar una energía hasta entonces desconocida. A finales del siglo XIX y en los primeros años de este siglo, se desencadenó la segunda revolución industrial, presidida por los grandes inventos de la época: la electricidad, la primera oleada de sistemas de telecomunicación, el automóvil, los carburantes líquidos (petróleo y sus derivados), el cine, la radio y la televisión. En los últimos años de este siglo, está teniendo lugar la nueva y gran revolución tecnológica, que alumbra el nacimiento de una nueva economía y una nueva sociedad. Es la revolución de la microelectrónica, las telecomunicaciones de banda ancha en una red mundial, el diseño de nuevos materiales y la biotecnología, que están transformando todas las facetas de nuestra vida.
No es fácil, ciertamente, acertar con el camino. Los individuos, las empresas y las naciones andan a tientas en este nuevo modo de producir, de vender, de transportar o de vivir. Por primera vez en la historia, el mundo es verdaderamente un mercado global, no teórico, sino real y posible. Las empresas pueden comprar en cualquier lugar del planeta, buscar sus recursos financieros en cualquier mercado y ofrecer sus productos y servicios en cualquier parte del globo. Asistimos a un proceso imparable y creciente de alianzas, fusiones y adquisiciones como jamás se había visto hasta ahora, y los gobiernos se sienten desconcertados y, a veces, incapaces de controlar el sistema económico.
Todo esto, ¿es bueno o es malo? ¿Cuál es el papel del Estado ante estas nuevas realidades que desbordan los patrones y conceptos con los que estábamos acostumbrados a convivir? No es fácil hacer predicciones, ni mucho menos pretender encorsetar bajo normas prohibitivas o permisivas lo que es fruto de la creatividad y la libertad en la que se mueven hoy, afortunadamente, las sociedades. Lo que está claro es que las posibilidades de desarrollo personal, profesional y cultural que hoy se ofrecen a las jóvenes generaciones en los países libres no han existido jamás. Estamos ante un nuevo mundo en el que la información y el conocimiento están al alcance de quienes los buscan; un mundo en el que la nueva base de la riqueza ya no son los recursos naturales o los activos físicos de que un país disponga, sino su capacidad de generar, desarrollar y aplicar el conocimiento que posean sus ciudadanos. La educación y la innovación —no sólo tecnológica, sino también social y organizativa— se han convertido de nuevo en la clave del éxito personal, empresarial o nacional. Y lo que debe hacer el Estado es diseñar las reglas del juego, ofrecer infraestructuras, promover la competencia entre los servicios, incentivar la investigación y abrir las puertas de la educación a todos los ciudadanos en todos los niveles.
Venimos de un mundo en el que estábamos acostumbrados a descansar en brazos del Estado, sin correr grandes riesgos ni asumir grandes responsabilidades. La enseñanza, la salud, la vivienda, el transporte, la cultura, el ocio y el deporte: todo estaba confiado al Estado, que se hacía cargo de todo —economía incluida— vaciando previamente los bolsillos de los ciudadanos. Estos tenían que acudir una y otra vez a la ventanilla pública para obtener una beca para el chico, un viaje para el abuelo, una plaza en el hospital, un préstamo para la vivienda, una ayuda para un concierto o una bolsa de viaje para acudir a un congreso. Todo pasaba por las manos providentes de los funcionarios. A cambio de servidumbre, se obtenía protección, en un extraño pacto de vasallaje. La socialdemocracia, imperante en toda Europa, era lo contrario a una sociedad libre y creativa: aceptaba el mercado, pero en un mercado controlado; afirmaba la libertad, pero una libertad vigilada, dirigida, pastoreada por la Autoridad ministerial; decía proteger a los ciudadanos mediante la provisión de aquellos servicios que les aseguraban la vida desde la cuna hasta la sepultura, pero todo ello a través de un modelo burocrático, estatalizador y monopólico que les impedía cualquier elección. El resultado de todo ello ha sido un Estado absorbente y una sociedad dependiente, semiparalítica.
Pues bien, todo ello está ahora en revisión. Los nuevos modelos de actuación, que se implantan hoy en el mundo entero, atienden justamente a lo contrario: a devolverle al ciudadano la posibilidad de elegir. Los países más abiertos —es decir, más libres— se han convertido en el motor de la humanidad. Estados Unidos ha desplazado a Japón en el liderazgo de este nuevo mundo en el que estamos entrando, mientras Europa presenta síntomas alarmantes de parálisis. En un libro reciente de Lester Thurow (Creación de riqueza, Harper-Collins, Nueva York, 1999) se hace un diagnóstico certero del momento en que vivimos, duro pero innegable: mientras América se renueva en sus procesos de creación de riqueza, Europa sigue impasible el viejo camino con alguno destellos de adaptación a la nueva economía, pero a gran distancia de los norteamericanos, con un entorno empresarial rígido, sin creatividad, sin capacidad para alumbrar y engrandecer nuevas compañías. En Estados Unidos, ocho de las veinticinco compañías más grandes de 1998 no existían o eran insignificantes en 1960; y en la última década, Norteamérica pasó de tener dos a tener nueve entre las diez compañías más grandes del mundo. En Europa, en cambio, las veinticinco compañías más grandes de 1998 ya lo eran en 1960; ni una nueva. Y entre las diez primeras, tenía una en 1989 y tiene una hoy, siempre la misma: Royal Dutch Shell. Resulta evidente que Europa no es líder en la creación de las nuevas industrias —las industrias del saber— del siglo XXI, y la prueba más clara de ello es que la última fábrica europea de ordenadores, Siemens Nixdorf, tuvo que ser vendida a Acer, una compañía de Taiwan, porque era incapaz de competir en los mercados mundiales. «¿Cómo puede una zona ser líder empresarial en el siglo XXI —se pregunta Thurow— y estar totalmente fuera del negocio de los ordenadores?».
La parálisis empresarial de Europa resulta algo inexplicable. Mirada desde fuera, en teoría, Europa debería ser el gran motor de la economía mundial. Con una población que está entre los 500 y los 800 millones (según se delimite la realidad europea), con un nivel educacional alto y una base tecnológica de larga tradición, con cultura, ahorro e inversión, con amplias clases medias y sistemas políticos estables, Europa debería ser cuna del progreso y la innovación, como lo fue antaño. ¿Por qué, entonces, es hoy un continente rezagado en lo que se refiere a la creación de riqueza? ¿Por qué los empresarios innovadores que deberían existir no existen? Esta es una gran cuestión a la que hay que dar respuesta. En la última Cumbre de Portugal, los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea quisieron levantar esta bandera de la innovación, pero todo son bellas palabras. La explicación y la respuesta que habría que dar a Thurow es ésta: Europa, sencillamente, no existe. Mientras se mantengan las golden shares, las ayudas encubiertas a través de sistemas de propiedad pública, el cerramiento de fronteras por la inexistencia de redes transfronterizas, un mercado laboral rígido, atado y bien atado, toda una batería de medidas anti-OPA para protección de las empresas, un intervencionismo constante de los Gobiernos en el mundo empresarial (imponiendo condiciones, vetando fusiones y sometiendo a un sinfín de licencias y autorizaciones cualquier actuación); mientras todo esto suceda y cada Estado miembro vaya a lo suyo, intentando conservar sus «campeones nacionales», Europa —y cada una de sus partes— seguirá paralítica, incapaz de abrirse camino en el mundo, frente al gigante norteamericano.
No creo que sea necesario destruir el «Estado del bienestar» (aunque sí revisarlo), pero es claro para mí que los Gobiernos, en Europa, deben ceder el protagonismo económico, invasivo de las empresas, que hoy tienen. Lo mejor que pueden hacer para favorecer la innovación no es pretender liderarla, sino crear un marco legal —y fiscal— que permita a las empresas nacer y crecer sin tantas trabas, generar infraestructuras, físicas y tecnológicas que lo hagan posible, y promover un sistema educativo libre y competitivo, no estatalizado como el actual. Lo demás es propaganda.
La construcción de la sociedad del conocimiento supone un salto cualitativo respecto a la sociedad de la información, concepto con el que estamos algo más familiarizados. La diferencia radica en que la sociedad de la información considera a los ciudadanos y ciudadanas como sujetos receptores, y por ello en buena parte agentes pasivos del sistema comunicativo imperante. La ciudadanía de la sociedad del conocimiento ha de ser muy diferente: debe ser capaz de diferenciar entre información y comunicación, impulsar su espíritu crítico y sobre todo desarrollar capacidad de discernimiento para poder estar en condiciones de escoger. Capacidad de elección es, sin duda, la clave que define la sociedad del conocimiento.
Aunque esta transformación de la sociedad va a ser global, será en las ciudades donde se materializará con mayor fuerza. Por las citadas razones demográficas, pero sobre todo porque va a ser una absoluta necesidad para la configuración de una sociedad urbana con correcta cohesión social y adecuado desarrollo sostenible y duradero. En efecto, un equilibrado tejido urbano requiere fundamentalmente tres actividades: residencia, ocio-cultura y producción.
En el caso de Barcelona, si dejáramos que la iniciativa privada actuara libremente con la visión puesta sólo en el corto o medio plazo, acabaríamos convirtiéndonos rápidamente en un modelo basado fundamentalmente en promoción residencial y en actividad lúdico-turística-comercial, con el que conviviría el residuo de la tradicional actividad productiva postindustrial, que mayoritariamente tiende a instalarse en las periferias urbanas. Inmediatamente podemos apercibirnos que éste sería un modelo sin futuro, descohesionado e insostenible, pues exigiría que todas las comarcas nos visitaran con sus coches para comprar en el centro de la ciudad, que todos los autobuses de turistas del mundo circularan por el Paseo de Gracia o La Rambla, y que todos los jubilados de los países con más poder adquisitivo se instalaran aquí, atraídos por nuestro clima y calidad de vida mediterránea. Pocos podríamos y desearíamos vivir en una ciudad así. Entre otras cosas, porque los que no se dedicaran al mantenimiento de esta ciudad, convertida en un pseudoparque temático, trabajando en el mundo inmobiliario y en los servicios turístico-culturales, estarían obligados a largos desplazamientos en busca de otros trabajos y seguramente acabarían viviendo allende las fronteras naturales de la ciudad. Por ello, y evidentemente por otras muchas razones, como por ejemplo velar por que la irrupción de las nuevas tecnologías no acreciente la exclusión social que el excesivo criterio mercantilista conlleva, las administraciones —todas, pero sobre todo la municipal— tienen una responsabilidad histórica: pilotar con sensibilidad la transformación de nuestra sociedad hacia la era del conocimiento.
La ciudad de Barcelona no puede mantener una actitud pasiva ante esta Revolución del Conocimiento. De ser así, estaríamos perdiendo ventaja competitiva respecto a otras ciudades o, incluso, resultaríamos excluidos de ese nuevo mundo que empieza a tener forma. La ciudad debe asumir la Revolución del Conocimiento y, ¿por qué no?, ser uno de sus motores. Nuestra aspiración y, por tanto, nuestra acción de gobierno, va encaminada a que Barcelona ocupe una posición de liderazgo en este importante cambio que se está produciendo. Debemos construir —de hecho, ya hemos empezado a hacerlo— un modelo de ciudad en la que convivan la residencia, el ocio, la cultura, el atractivo turístico y, sobre todo, una actividad productiva y de servicios propia de ciudad central, de ciudad-portal de la Europa del Sur y del Mediterráneo, de puente con Latinoamérica, siempre con la voluntad integradora que nos ha caracterizado.
A medida que avanzan las redes inter o transnacionales, se reafirma aún más el papel de la ciudad como centro de conocimiento. A diferencia de lo que corrientemente se admitía en los años setenta y ochenta sobre la dinámica territorial de la producción, las grandes metrópolis de países desarrollados presentan en los últimos años ventajas en la localización de las actividades productivas más densas en conocimiento, en torno a las tendencias típicas de los años setenta y ochenta, que indicaban un crecimiento superior en las ciudades medias. En particular se detecta un proceso de recentralización de estas actividades productivas estratégicas tanto en Estados Unidos como en Japón. En nuestro caso, frente a estos dos países, estamos en condiciones de añadir un valor extraordinario: la riqueza de nuestra multiculturalidad europea.
La ciudad resurge como centro de producción. No de producción material, probablemente, sino de producción de conocimiento. Si bien se trata de un fenómeno que se está produciendo per se, la ciudad puede también apostar por asumir su dirección y aprovecharse así de los potenciales que conlleva. Richard V. Knight, economista de gran influencia en el desarrollo de la economía basada en el conocimiento y, en concreto, en el diseño de políticas de ciudad, concluye que el desarrollo urbano basado en el conocimiento necesita de ciertas condiciones indispensables. Entre ellas, que el conocimiento sea definido y percibido como una forma de riqueza, que la naturaleza y papel de los recursos de conocimiento sean entendidos por el público en general, que los recursos de conocimiento estén pensados en términos regionales, y que la ciudad incentive las actividades ricas en conocimiento e impulse sus centros de excelencia. Esta ha sido la estrategia que ya se lleva a cabo en algunas ciudades europeas, tales como Ámsterdam o Estocolmo, que ahora despuntan en el ámbito del conocimiento.
INFRAESTRUCTURAS Y SUELO
En el año 1997, las grandes preocupaciones de la ciudad eran las infraestructuras: el aeropuerto, el tren de alta velocidad, el transporte público y las telecomunicaciones. El aeropuerto, porque no había ambición suficiente ni una idea clara sobre la función estratégica que éste debería cumplir. El tren de alta velocidad, porque preocupaba que enlazara con Francia. Respecto al transporte público, porque preocupaba la falta de ambición y la constatación de que Madrid estaba haciendo un esfuerzo espectacular muy por encima del que estábamos haciendo nosotros. En la red de telecomunicaciones, porque su importancia era evidente… Tres años después, podemos decir que tenemos parte de estos temas bien encarrilados, aunque no sin dificultades, que sólo la firme voluntad del gobierno municipal consigue superar.
Así como en las infraestructuras estamos ahora en un momento razonablemente bueno (aunque con alguna asignatura pendiente para septiembre), ahora hace falta que, de cara al siglo XXI, afrontemos una serie de paradigmas nuevos. Existe un cambio evidente en la naturaleza de nuestra economía. Nuevos sectores emergen con fuerza y esto está modificando la estructura productiva de nuestra sociedad y también la estructura urbana de nuestra ciudad. En Barcelona tenemos 60 millones de metros cuadrados de techo residencial, 12 millones de techo industrial, 5 millones de techo terciario y, además, 10 millones de techo en equipamientos. Esta es nuestra estructura, que forma parte de toda una tradición. Pero en los próximos años, Barcelona tiene que hacer un esfuerzo muy importante para invertir algunas de estas proporciones, ganando ventaja competitiva respecto a otras ciudades. La estrategia que hemos de adoptar ha de repercutir necesariamente en nuestro beneficio, tanto para aumentar la calidad de vida de cuantos vivimos y disfrutamos de Barcelona, como para que las capacidades de nuestra ciudad se traduzcan también en resultados económicos, en índices de ocupación, en proyección internacional, en atracción de inversión, etc.
Se está produciendo ya una gran transformación, en la que la manufactura y muchas actividades industriales se van del centro y dejan espacios sujetos a la presión de otros usos, y de una forma muy dominante al uso residencial. ¿Debemos mantenernos impasibles y dejar que este uso residencial sea el que predomine en el modelo de ciudad que queremos construir? Actuar así sería, cuando menos, una insensatez. Ya lo hemos dejado bien claro… Derivaríamos, con toda probabilidad, hacia una especialización excesiva de la ciudad y a una segregación del territorio en funciones demasiado diferentes, las cuales generan un crecimiento exponencial de la demanda de la movilidad y obligan, necesariamente, a una gran inversión pública en transporte colectivo. Un modelo costoso, reñido con los estándares de sostenibilidad que desearíamos para nuestra ciudad y, en definitiva, con pocas expectativas de futuro.
Así pues, la ciudad debe asumir un nuevo papel. La ciudad, que tiene que tener una función industrial, una función comercial, residencial, etc., se debe especializar en actividades de alto valor añadido, compatibles con la centralidad. Estas actividades son las intensivas en conocimiento.
LA NUEVA BARCELONA
Existen muchas razones que justifican el papel proactivo que ha decidido tomar el Ayuntamiento de Barcelona para impulsar y dirigir la ciudad en su adaptación a la sociedad del conocimiento. Corregir la presión del mercado para la utilización, con fines residenciales, del suelo que deja libre el desplazamiento de la industria es una de estas razones principales, ya lo hemos visto. Además hemos de ser capaces de pilotar la adaptación a la «cultura del conocimiento», pues no toda la población tiene la misma capacidad para adaptarse a las nuevas formas de funcionamiento: el uso de las nuevas tecnologías, la comprensión y utilización de los conocimientos científicos y tecnológicos, las oportunidades que ofrecen las redes de telecomunicaciones para emprender nuevos negocios, etc. En cada revolución que ha tenido lugar en la historia —desde que empiezan a detectarse los primeros indicios de cambio hasta que éste se instaura plenamente en la sociedad— se calcula que, al menos, dos generaciones no pueden adaptarse a los cambios. La Administración debe, pues, mantener una política activa para que el proceso se realice en igualdad de oportunidades por parte de todos los sectores sociales y generacionales.
Desde el Gobierno municipal tenemos la obligación de construir la ciudad no sólo de pasado mañana, sino —como mínimo— la del siglo XXI, al tiempo que colaboramos en que nuestros hombres y mujeres se conviertan en auténticos ciudadanos y ciudadanas del conocimiento. Para ello es fundamental que impulsemos —si es posible, en consenso con las otras administraciones— la educación y la formación cultural continuada, que transmitamos los valores de la sociedad del conocimiento que ya poseemos, y que, en lo posible, mejoremos el mundo de la formación profesional, el universitario y el de la investigación. De este modo, la transformación del tejido productivo de la ciudad no sólo creará riqueza inmediata, sino que se convertirá en esa tercera actividad indispensable para que podamos hablar de una ciudad con futuro. Una ciudad, en suma, en la que las iniciativas autóctonas tengan salida y en la que se puedan acoger aquellas que vengan de fuera, atraídas además por las otras muchas cualidades que, por suerte, ya posee Barcelona.
Este discurso, que algunos podrían interpretar como excesivamente teórico, tiene una clara traslación en todo el territorio municipal e incluso más allá, en la ciudad metropolitana. Algunos podrían pensar que la ciudad del conocimiento es un proyecto que se ha de diseñar y construir. Nada más lejos de la realidad. La Barcelona, ciudad del conocimiento, hace tiempo que se está fraguando y configurando y hoy es parte esencial del discurso estratégico del Alcalde de Barcelona, que se despliega en todas las áreas del Gobierno municipal y que cuenta además con el consenso de todas las fuerzas políticas, incluidas las de la oposición.
Porque la ciudad del conocimiento no surgirá como una nueva Villa Olímpica. En buena parte ya está ahí, diseminada por la ciudad: nuestras universidades, nuestros centros de investigación, nuestra actividad editorial y el largo etcétera que acompaña a todas las actividades, grandes o pequeñas, que facilitan la transición a una sociedad del conocimiento. Pero también en buena parte está por hacer, con nuevas actuaciones urbanísticas como la emprendida con el proyecto 22@BCN, al contar con la ocasión única de poder transformar un distrito, Sant Martí, y más concretamente Poblenou, que nació con la revolución industrial y que renacerá de la mano de la sociedad del conocimiento. Nuestra voluntad firme es que esos aproximadamente un millón de metros cuadrados de suelo que hemos heredado de la revolución industrial sean invertidos en la nueva revolución del conocimiento. Por ello, simbólicamente hemos escogido que la calificación de 22a, que les confiere el Plan General Metropolitano como suelo industrial, se modifique a 22@ de «suelo del conocimiento». Progresivamente, con respeto para sus habitantes actuales pero con la firme voluntad municipal de preservar este suelo para que se puedan desarrollar en él las nuevas actividades que requiere una ciudad del conocimiento coherente. Aspiramos a que en Poblenou nazca la «Rambla del Conocimiento» que asegure la cohesión social y económica de la Barcelona del siglo XXI. Y a la que hay que sumar otras iniciativas en toda la ciudad que ya van transformando nuestra sociedad hacia la era del conocimiento.
Iniciativas, autóctonas y foráneas, que contribuyen a configurar una Barcelona que permita acoger confortablemente a los ciudadanos y ciudadanas de la sociedad del conocimiento, los actuales y los que deberán venir procedentes de nuestras nuevas generaciones y también de la inmigración. Porque la ciudad del conocimiento deberá ser la ciudad del respeto al otro y la de la extraordinaria riqueza que aporta la diversidad cultural. Porque ciudad del conocimiento ha de ser sinónimo de ciudad de la convivencia.
Late con fuerza el espíritu humano. Viene de lejos, vuela alto. Un torrente de creatividad, de innovación, de imaginación aplicada retumba y cala sobre la superficie de la Sociedad. Este nuevo soplo del espíritu humano nos reintroduce en nuestros sueños. Apoyados en este darwinismo tecnológico «que mezcla tan bien» y que está produciendo relevantes e impredecibles cambios sociales de gran profundidad, no se invalidan, sin embargo, las grandes cuestiones.
No hay dudas sobre transformaciones exponenciales, hechos irrefutables, retos calculables, problemas sobrevenidos, o desafíos impensables; se trata de distintas manifestaciones o de plurales respuestas, en su caso, a la explosión de la técnica y al carácter multidisciplinar que encierra, per se, esta revolución tecnológica basada en la convergencia de las telecomunicaciones y la informática.
El consenso político hacia un imparable proceso de liberalización —mundialización de mercados— encuentra un aliado formidable en la evolución y convergencia tecnológica, al aumentar no sólo la velocidad y la calidad de la información necesaria para transaccionar, sino por el propio incremento de la eficiencia, de la productividad que en la producción de bienes y servicios posibilita la aplicación, en los procesos productivos, de las innovaciones tecnológicas.
Menores costes, mejores precios, mercados universales, más demanda, más competitividad, necesidad de jugadores globales, aptos para dar servicio en cualquier lugar del mundo.
Olvidémonos, sin embargo, por un momento del discurso tecnológico y centrémonos en las consecuencias que nos interesan mucho. Globalización económica y fragmentación social son el contrapunto abrupto (como el día y la noche) del Nuevo Tiempo.
Es paradójico pensar que nunca estuvimos los seres humanos tan cerca —por la conectividad que ofrece la tecnología— y, sin embargo, cunde la sensación, como en las embarcaciones que imperceptiblemente arrastra la corriente de un río, de que nos vamos alejando de los otros, de los demás, de aquellos que quizá albergaban la esperanza de que les ayudáramos a cruzar hasta la orilla.
Este mundo ancho y ajeno, veloz e impávido, circunstancial y casuístico tiene víctimas, víctimas desprovistas de color, de etiquetas y de cargos. Víctimas y cunetas. Es la vida desatenta.
El espíritu humano y la luz y la esperanza que emanan de él, deberán descollar por encima de los interrogantes que, sobre la condición humana, plantea el incesante y en origen neutral, progreso técnico sobre todo cuanto éste influye sobre los distintos campos de la actividad humana, y nos puede llevar a disquisiciones morales y éticas de primera magnitud, como ignorar el dilema de recurrir a la emigración, sólo como una necesidad, dado el pertinaz envejecimiento de las sociedades más desarrolladas, y no por la oportunidad de ofrecer a miles de seres humanos una vida digna y libre para él y sus familias.
Por qué no hablar de los avances de la genética, a los cuales no debemos renunciar, porque nunca se debe volver la cara al progreso, pero que en determinadas fases nos plantearán evidentes encrucijadas éticas; o cómo negar los derechos de la infancia en ese mundo con problemas de sobreexplotación, desde todos los ámbitos, pero en cuyo origen está el satisfacer demandas no éticas. En fin, surgirán al calor del progreso, esta vez exponencial, problemas nuevos, y ¿dónde estará el hombre? ¿Arrollado por el medio? ¿Arrodillado ante la inmensidad en su propia insignificancia? ¿Perdido en un océano infinito remando en la dirección convenida? ¿Desatendido de todo lo que no sea su hábitat más inmediato o incluso de éste?
Tal vez no tengan mucha importancia estas preguntas porque nada podrán: el hombre no se podrá librar de sus heridas —la memoria, la identidad, la razón—. Son algunas preguntas, quizá en busca de una al final del camino: la verdad. Pero al principio fue la palabra. Palabras esculpidas en columnas griegas, signos de la historia, pertenecientes a héroes anónimos que entregaron su vida, quizá, por una palabra. Corazón y razón. Palabras sin respuesta pronunciadas en los Babeles de la historia, aptas para construir los monumentos de la incomprensión y de los desencuentros. Palabras vacilantes, después de la batalla, palabras de amor, claras y profundas. Palabras para impulsar la emoción humana, para elevarnos sobre nosotros o sobre las ruinas. Palabra, idioma, lenguaje. Comunicación y entendimiento en el espejo de la palabra. Piedras de la memoria: las palabras. Centro de gravedad de nuestra libertad y de nuestros proyectos. El lenguaje nos hace propietarios de nuestro destino, nos desvela que el mensaje somos nosotros: los hombres. Recuperemos las palabras, reeditemos al hombre.
La red que hay que tejer, día a día, es la del compromiso con los demás para que el hombre sea mensaje y no medio. No busquen, no aparece en los manuales de instrucciones. Es la red de la integración, de la fraternidad, de la educación para todos, de la cultura entendida como esa gran carpa que, a través del lenguaje, de las palabras, del sentimiento, nos transporta a un mundo nuevo, donde poder navegar, sin negar la mano a los náufragos, donde el fin es el hombre, y el medio todo lo demás, donde los muros de lo inmediato se derrumban y renace el horizonte de lo trascendente.
Las preguntas siempre estarán ahí, pero el sentido instrumental de la técnica y la necesidad que tiene el hombre de alcanzar su felicidad situando el aliento del espíritu humano por encima de ésta, nos hace sentirnos seguros, confiados y responsables para mantener con fuerza el timón con el rumbo elegido por nosotros mismos. Este humanismo de viejo cuño y altas miras no debe ser desdeñado por el rodillo inerte de maquinarias infalibles. El hombre seguirá aplicando su inteligencia y su voluntad sobre sus propias creaciones materiales.
Miedo al futuro nunca, y por ello, para garantizarlo con buen tino y en su más recto y noble sentido, mantengamos la capacidad de reflexión y de crítica intacta, en este mundo vertiginoso y extraño donde, sin embargo, el hombre puede volver a renacer. Una vez más todos los hombres, haciendo el hombre nuevo. La libertad humana es insobornable.
Anunciemos este renacimiento e impulsemos desde las empresas, la sociedad y la propia responsabilidad cívica la trascendencia de la obra humana; por cierto, plenamente compatible con una saneada cuenta de explotación. La respuesta a las preguntas está en nosotros, especialmente en los jóvenes que no dejarán desiertas ni las calles ni los campos.
LAS TECNOLOGÍAS DE LA INFORMACIÓN
El consumo de Tecnologías de la Información (TT. II.) ha tenido un crecimiento espectacular desde 1995. En 1999 la tasa de crecimiento del mercado interno ha sido del 17%, lo que demuestra que es el sector más dinámico de la economía española.
Pero a pesar de ello, seguimos siendo uno de los países en la cola de la UE en la utilización de las TT. II. Mientras que en España el consumo de TT. II. representa un 1,93% del PIB, en la UE la cifra media es del 2,71%. Lo que tiene dos lecturas: una es que si nosotros crecemos, nuestros vecinos también crecen y las diferencias se mantienen, lo que representa una desventaja competitiva para la empresa española, ya que la competitividad, hoy, está basada en un alto grado en la utilización interesada de las TT. II. La segunda lectura es que este retraso, repecto a la media de la UE, junto con la voluntad de superarlo, manifestada reiteradamente por el Gobierno, hace prever que estos altos niveles de crecimiento en el consumo de las TT. II. van a mantenerse, si no superarse, en los próximos años.
Si analizamos con más detalle el crecimiento del consumo de TT. II. en 1999 vemos que la aportación más importante la proporcionan el software y los servicios informáticos que, con unos crecimientos anuales del 28% y 27%, respectivamente, representan casi un 75% del crecimiento total. El efecto 2000 y la adaptación al Euro han sido oportunidades de renovación y actualización de las infraestructuras existentes, magníficamente aprovechados por las empresas. Asimismo, los proyectos emprendidos por la Administración y que se recogen en la Iniciativa Estratégica Info XXI, muestran también el decidido apoyo que el Gobierno concede a estos temas.
Todos estos factores hacen que las previsiones para nuestro país sean muy positivas, con un crecimiento diferencial del 2% respecto a la UE. Creo que esto es muy positivo, pero que debiéramos entre todos, sector privado y Administración, apretar aún más el acelerador y aprovechar estos años de crecimiento generalizado para acercar nuestras posiciones con la UE de forma más destacada.
Hay que tener en cuenta no sólo los crecimientos cuantitativos antes comentados, sino también los cualitativos. Es decir, aquellos que son inductores de nuevas aplicaciones y, por lo tanto, de mayor crecimiento futuro. Por ejemplo, la utilización de Internet para la declaración de la renta, que ha puesto en servicio la Agencia Tributaria y que se ha hecho acreedora de uno de los nueve premios mundiales que concede la WITSA. Este desarrollo no sólo permite un ahorro de costes a la Administración y un mayor acercamiento al ciudadano, sino que facilita la introducción de las nuevas tecnologías en los usos cotidianos de la sociedad, acelerando así la introducción de nuevas aplicaciones como el comercio electrónico.
La Administración tiene que aprovechar los incrementos de consumo de TT. II., necesarios para su modernización, en incrementos cualitativos que favorezcan el desarrollo de la sociedad hacia lo que se denomina la Sociedad de la Información.
El sector de las TT. II., por su parte, debe hacer llegar a los usuarios las tecnologías más avanzadas y con la menor demora posible para facilitar el desarrollo de los nuevos usos, especialmente los relativos al mundo de las empresas. En las empresas hay un elevado margen de competitividad que puede conseguirse con la introducción de las TT. II. y, en especial, con la aplicación del e-business en la modalidad B2B (Business to Business).
En efecto, la permanente modernización de las infraestructuras tecnológicas en las empresas, en especial en las PYME, se va a basar, en los próximos años, en la introducción masiva de aplicaciones fundadas en Internet. Lo que conllevará no sólo mejoras en la eficacia en la gestión, sino también, y especialmente, en el acceso a nuevas formas de comercialización antes insospechadas. La rapidez con que se pueda introducir esta revolución en las PYME condicionará la competitividad global de nuestro tejido productivo y de servicios.
LA SITUACIÓN DE ESPAÑA
El desarrollo de los aplicativos B2C (Business to Consumer) tiene características muy diferentes que vale la pena comentar. En primer lugar, para que tengan éxito, es necesario disponer de una infraestructura de equipamientos en los hogares que permita el acceso a los consumidores.
El número de los PC en España es del 23%, de los cuales un 7,9% están conectados con Internet. Una cifra pequeña en relación con la del 15%, que es la media en la UE. Aunque sí vale la pena destacar que más del 50% de las conexiones en España se han realizado en 1999, lo que muestra el gran interés suscitado en este tema a nivel social.

Estudios recientes indican que, a pesar de estar en la cola de la UE en equipamientos en el hogar, la utilización de Internet para la realización de gestiones con la Administración es notablemente elevada: un 1,5% de las gestiones están realizadas por los ciudadanos y un 8,1% por las empresas. Lo que nos sitúa por encima de países como Alemania u Holanda, aunque son tasas siete veces más pequeñas que las de Estados Unidos, demostrando así, una vez más, el gran potencial que tenemos por desarrollar en este campo.
Las medidas realizadas en la liberalización de las telecomunicaciones en nuestro país y los esfuerzos que se están realizando en el despliegue del cable, de la telefonía celular y del acceso por radio al hogar, permiten augurar que vamos a situarnos en una buena posición en relación con la UE en la disposición de ancho de banda y precios competitivos, lo que permitirá el despegue efectivo del mercado de las aplicaciones B2C. Sin embargo, precisamente la mayoría de las estructuras de telecomunicación y de equipamiento en los hogares, que hacen posible el incremento de transacciones comerciales en la red, también hacen posible el que estas transacciones se realicen hacia fuera de España.
El bajo desarrollo tecnológico de nuestro país actuaba como barrera de entrada en este mercado. En 1998 el incipiente comercio electrónico se componía de un 30% de compra en España frente a un 70% procedente del exterior, mientras que en países de la UE la proporción es 80% interior y 20% exterior. Por lo tanto, el crecimiento del B2C debe venir acompañado necesariamente de una mejora de la proporción de compra en España. Y esto sólo puede conseguirse mediante una incorporación rápida de esas tecnologías en las empresas españolas y una utilización intensiva en la innovación para atraer a los compradores españoles y, naturalmente también, extranjeros, en un nuevo mercado donde la competencia está en un click away de nuestros escaparates, ahora llamados «portales». Todo un reto para las empresas españolas.
Lo que más se compraba en España en 1998 a través del comercio electrónico era el HW (Hardware) y SW (Software), que justificaba el 50% del total. El año pasado ya eran los libros y la música los que estaban en cabeza, seguidos de cerca por los viajes. Ya se ve que en la oferta existente en nuestro país, en estos temas, no cubre la distribución antes mencionada, pero con un crecimiento cercano al 200% anual estas distribuciones variarán profundamente.
FORMACIÓN VERSUS FUGA DE CEREBROS
Por último, quiero referirme al que hoy representa el mayor freno para el desarrollo del avance hacia la Sociedad de la Información en nuestro país: no es la disponibilidad de tecnología, como lo ha sido hasta hace muy poco, sino la capacidad de manejarla. En estos momentos empiezan ya a notarse los primeros síntomas de carencia de profesionales para soportar el crecimiento actual y previsible de las TT. II. en nuestro país.
El crecimiento de empleo de profesionales en el sector en 1999 ha sido de 8.000 técnicos, lo que representa un 12% de incremento sobre el año anterior. Pero este crecimiento se ha cubierto, por primera vez en muchos años, con mayor volumen de personal no titulado que titulado. Lo cual indica que el desfase entre oferta y demanda se está supliendo con un esfuerzo de formación adicional soportado por las propias empresas del sector.
Este desfase se ha producido también en otros países europeos, como Alemania e incluso Estados Unidos, donde se han tenido que habilitar permisos especiales de inmigración para personal capacitado en estas tecnologías para los próximos años.
A corto plazo, la única solución, en nuestro país, es la formación aplicada para la preparación del personal necesario. Esfuerzo en formación que se ha de añadir al que ya se realiza por las empresas para poder mantener el propio nivel competitivo de sus profesionales, adaptándolos a la rápida evolución de la tecnología.
Asimismo, la globalización de los mercados lleva también a la globalización en el empleo y las carencias de nuestros vecinos más poderosos pueden provocar la fuga de nuestro personal más preparado.
El problema es especialmente preocupante en las PYME, donde los recursos disponibles para la inversión en formación son más escasos y donde el tramo de desarrollo profesional que pueden ofrecer a los profesionales es más limitado. Lo que conduce a que las tensiones ocasionadas por las escasez de personal preparado sean mucho más elevadas en este tipo de empresas.
En definitiva, nos encontramos con un sector vigoroso y con fuertes oportunidades en un futuro próximo, donde todos los productos y servicios relacionados con Internet van a ser los principales vectores del desarrollo y en su incidencia en el crecimiento económico, pero que van a exigir también la superación de importantes retos a toda la sociedad para poder conseguirlo.
Imaginemos un superviviente de una catástrofe universal. Un solo representante del género humano que milagrosamente se levantara de un mar de escombros y desolación y sacudiéndose la ropa, comenzara a darse cuenta de su situación. Ni casas, ni coches, ni electrodoméstico alguno. Todos los ordenadores desaparecidos, toda la información del mundo, de todo el mundo y de todos los tiempos ha dejado de existir. Tan sólo ha quedado un cerebro humano y la información de que dispone ese cerebro.
De pronto, nuestro hombre descubre entre sombras y humo un grupo de seres de aspecto primitivo que se acercan hacia él con actitud solícita y comienzan a interrogarle sobre su civilización. La electricidad, la energía atómica, la informática; las leyes, la democracia, los medios de comunicación; la música, la literatura, el pensamiento de todos los filósofos; las vacunas, los trasplantes, los antibióticos… En definitiva, todo el saber y sus consecuencias sociales y humanas pasaba por su imaginación y por su palabra ante la atónita mirada de sus interlocutores. Pero todo se quedaba ahí, en la narración de lo que su memoria y sus escasos conocimientos eran capaces de alcanzar. Ni uno sólo de los «porqués» ni los «cómo» tenían respuesta alguna, toda una civilización que había llegado a expresarse de un modo rotundo como sociedad de la información y sociedad del conocimiento había desaparecido sin dejar rastro en la mente de uno de sus representantes.
La narración imaginaria podría concluir de modo semejante independientemente de la formación y de la capacidad intelectual de nuestro protagonista. Incluso podría tener el mismo resultado si los supervivientes fueran varios, de diferentes profesiones y procedencias. Todo esto nos lleva de inmediato a una primera reflexión: ¿estamos construyendo la sociedad de la información a la medida del ser humano? Y de ahí inevitablemente nos tenemos que dirigir a otras preguntas más inquietantes: si no es así, ¿a la medida de quién, entonces?
Viene a mi memoria la frase con la que Jean-François Revel comienza su libro El conocimiento inútil: «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo, es la mentira». A partir de aquí, de un modo inexorable y brillante, Revel va dando un repaso pormenorizado y con datos de casos documentados a todas las patologías de la sociedad de la información, pero se olvida de una, quizá la más importante: la deshumanización de la información.
No estamos procesando la información a la medida del hombre. No estamos asimilando la información de modo eficaz. Es posible que una de las causas principales sea precisamente que la mentira —como dice Revel— siga siendo la primera de todas las fuerzas, aunque más bien habría que pensar que el problema radica en que la mentira se pone siempre al servicio de algo o de alguien que no soporta la verdad y que habitualmente se reviste de poder y lo ejerce.
¿Qué se sabe sobre lo que se sabe? ¿Qué sabemos hoy acerca del conocimiento? Sería interesante en un número como éste, dedicado a la gestión del conocimiento, analizar pormenorizadamente lo que entendemos por información especializada, y qué relación tiene hoy este concepto con el de globalidad, no obstante, y ateniéndonos disciplinadamente al espacio previsto, nos queda sólo apuntar algunas reflexiones para que el lector de Nueva Revista establezca los puntos de encuentro entre esos dos conceptos aparentemente contradictorios.
LA GLOBALIZACIÓN COMO SÍNTESIS CULTURAL
Se habla quizá en exceso de globalidad o globalización y en realidad la mayoría de las acepciones del término están relacionadas con la economía como fin y las tecnologías de la información como medio. Es verdad que las fronteras cada vez ocultan menos cosas y se resisten menos a los mercados, pero también es cierto que sigue habiendo infinidad de problemas, llamémosles «locales», sigue habiendo gestos insolidarios que enseñan a encoger los hombros mientras se dice: «ése es su problema».
Para la economía se recurre a la globalidad como principio, porque precisamente el valor radica en eso, en abrir nuevas vías a la comercialización, mientras que los derechos humanos a veces no pasan de la puerta del vecino. En cualquier caso, hemos de dar una dimensión filosófica o ideológica a la globalidad, intentando abrir el término a una compensación universal, a una macroscópica síntesis cultural que afecte de un modo semejante a toda la humanidad, tanto en intensidad como en extensión.
Vista así la globalidad como síntesis cultural, no sería la primera que vive la humanidad, por mucha vitola de modernidad con que se quiera interpretar el término. En realidad, globalidad supone visión global, coherencia, identidad universal compartida y eso es, en definitiva, lo que aportaron las síntesis culturales, unidad de pensamiento y principal motor de la acción.
Podemos colegir de este razonamiento dos cosas: que han existido verdaderamente más de una globalización a lo largo de la historia, a las que han sobrevenido siempre una etapa de especialización y parcialización del conocimiento, y que la actual globalización tiene todavía mucho de ámbito compartido —virtual o real—, pero poco de síntesis cultural.
Fuera de la filosofía y la teología, la humanidad no había vuelto a vivir una síntesis cultural hasta que la respuesta ideológica a la primera revolución científica introduce el racionalismo cartesiano y el positivismo comptiano como principios rectores del pensamiento humano. De unitate intelectus, el modo de ver la globalidad en la Edad Media, permitió vivir una síntesis cultural que los científicos experimentales no fueron capaces de romper, sino los filósofos que interpretan su modo de iluminar el mundo.
Pero siguiendo la estructura de las revoluciones científicas de Kuhn, identificamos una nueva revolución que los físicos asimilan con un cambio de mecánica: de la mecánica clásica a la mecánica cuántica, y los químicos con un cambio en la representación del átomo: de la representación sencilla de Böhr a la ecuación de ondas de Schröedinger. Einstein, Planck o Heisenberg terminan de completar el cuadro revolucionario en el que aparecen terminologías difíciles de admitir en el vocabulario positivista, como relatividad, probabilidad, indeterminación… Los científicos experimentales vuelven, así, a enfrentar al hombre con el misterio y todavía no se ha producido ninguna respuesta ideológica.
Los filósofos no han sabido o no han querido establecer la vinculación de la ciencia con el pensamiento, como lo hicieron sus predecesores con la primera revolución. Y ahora estamos entrando en el nuevo concepto de globalidad sin visión global, desprovistos de síntesis cultural.
LA INFORMACIÓN ESPECIALIZADA
La sociedad de la información, de la que veníamos hablando hace años, no parece alumbrar a la sociedad del conocimiento, aunque algunos se muestren partidarios del uso indistinto de los términos como sinónimos. Eliot lo ha sabido decir de un modo certero y bello, al distinguir entre información, conocimiento y sabiduría de modo que nadie pudiera llamarse a engaño: pero seguimos con el señuelo de haber alcanzado la globalidad con la que llamamos sociedad de la información.
En la actualidad, la información es especializada, puesto que el conocimiento es especializado. Pero esa especialización proporciona enormes dosis de incomunicabilidad y se convierte por tanto, por paradójico que resulte, en una herramienta inútil para el hombre, si no en un instrumento perverso al servicio de la principal fuerza que mueve hoy el mundo, el servicio de la mentira y de los mentirosos.
Hoy no basta con calificar con Ortega y D’Ors a la especialización de barbarie, en un intento culto por recuperar la estética del saber; no sólo es barbarie, son un riesgo y una amenaza cada vez mayores para la humanidad, en la medida que aceptamos la concentración y el uso de esa información especializada.
¿Cuál es entonces el camino de la accesibilidad a la información especializada y, por lo tanto, el camino de la auténtica globalidad? Obviamente es complejo y puede ser diverso, pero sólo es posible imaginarlo a través de los medios de comunicación.
ACTUALIDAD PERIODÍSTICA Y CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
El ámbito periodístico impone la actualidad como principal reclamo de los contenidos, pero no nos engañemos: la actualidad la pueden crear los mentirosos y la actualidad se acopla con enorme dificultad a la información especializada. Hay que intentar definir y desarrollar una información periodística especializada, como expresión moderna de una sociología del conocimiento capaz de establecer cauces sociales de acceso al conocimiento especializado.
La decimonónica versión de la sociología del conocimiento europeo, heredera directa de la ilustración, desemboca en unas vías alambicadas y susceptibles de definir cauces manipulables. Así, Marx o Durkheim están más cerca del despotismo ilustrado que de algunos modernos sociólogos norteamericanos que, como Merton, sólo conciben la sociología del conocimiento a través de los medios de comunicación de masas.
Desde ese punto de vista se hace necesario y urgente un acceso del periodismo a la especialización, hay que lograr especializar al periodismo para luchar contra la especialización del conocimiento, definiendo de este modo una teoría de la divulgación que permita interpretar la realidad a la luz de todo el conocimiento del que disponen hoy los especialistas, y no sólo a partir de los acontecimientos que marcan la actualidad periodística. Este nuevo reto planteado en el periodismo, exige un nuevo enfoque doctrinal de los principios teóricos de la información de actualidad, que permita —ayudado por las tecnologías actuales y futuras— incurrir en modos diferentes de orientar la profesionalidad periodística tanto en los aspectos jurídico-deontológicos como en los puramente operativos y funcionales.
Hablar de periodismo sin tener en cuenta el modus operandi de los diferentes medios de comunicación es un ejercicio completamente inútil. Así, se puede especular de modo recurrente sobre los contenidos y su calidad, pero aunque resulte tópico, es preciso recordar que la diferencia entre un trabajo editado y otro sin editar siempre es infinitamente mayor que entre uno de alta calidad y otro de baja calidad. Por eso hay que contar siempre con un factor protagonista en el periodismo, que es el factor tiempo. Trabajar en determinadas condiciones no es algo que modifique el modo de operar: es que lo supedita de forma contundente y le da unas características propias a ese trabajo, sobre todo, si esas características no son modificables, sino consustanciales con él.
CONTRA LAS RUTINAS PERIODÍSTICAS
Algunos autores han querido recoger estos modos de ejercer el trabajo periodístico con un término, poco apropiado desde mi punto de vista, que viene una vez más a poner de manifiesto la necesidad de una mayor profundización del desarrollo científico del periodismo. Me refiero a la palabra «rutinas». En primer lugar, esta palabra viene a ser expresión peyorativa que evoca una cierta actitud displicente y poco reflexiva. Las rutinas a veces son más difíciles de romper por pereza que por falta de alternativas, y eso no es muy apropiado para unirlo al trabajo cotidiano y voraginoso de un profesional del periodismo.
Por otra parte, se están estudiando las rutinas como el que estudia una rueda dentada de un perverso mecanismo, para poder acoplar en él nuestros propios puntos de vista o nuestros intereses. Así, es muy frecuente encontrarnos convocatorias de ruedas de prensa que se acomodan a los horarios de los informativos de televisión o a los horarios de cierre de los periódicos.
Pero en las rutinas pueden entrar también prejuicios, «tics» ideológicos, hábitos de todo tipo, que no se corresponderían con un periodismo nuevo, más comprometido con la realidad y con la información de los especialistas.
Entrar en las rutinas profesionales del periodismo con la información especializada supone un reto apasionante y lleno de dificultad, que obliga a desarrollar, bajo el concepto de información periodística especializada, una nueva disciplina que pueda unir los planteamientos de una teoría de la divulgación, con las metodologías operativas más ambiciosas e innovadoras, aplicando, además, las tecnologías más sofisticadas.
Durante los últimos años se han acuñado terminologías de periodismo que han intentado ejercer una imagen de innovación. El así llamado periodismo de investigación prometía ser un buen instrumento para el periodismo especializado, pero no pasó de un cambio metodológico, difícil de incluir en las rutinas de la mayoría de los medios y susceptible, además, de perversiones por el uso y el abuso de dossieres poco identificados con el interés general.
A finales de los años ochenta apareció con fuerza el periodismo de precisión de Meyer, que sí proponía ya procedimientos informativos y estadísticos aplicables al trabajo cotidiano de los periodistas especializados, pero que se centró demasiado en el periodismo político. Sin embargo, todavía puede desarrollar más y mejor sus propuestas para adaptar el modelo a la información periodística especializada.
En definitiva, de la inicial contradicción entre globalidad y especialización informativa, hemos llegado al periodismo como lugar de encuentro. Sólo haciendo periodística la información especializada podremos llegar a la globalidad como síntesis cultural. En esto radica para mí el principal reto de nuestra sociedad de la información, si queremos que llegue a ser sociedad del conocimiento e incluso sociedad sabia. Habríamos superado entonces las viejas aportas a las que nos había conducido la sociología del conocimiento tradicional, para llegar a definir una sociología de la sabiduría, una, en definitiva, sociología de la verdad.
«Tendremos que acostumbrarnos a vivir en la inestabilidad»
Manuel Castells está reconocido mundialmente como el intelectual que mejor y más en profundidad ha logrado explicar la sociedad del cambio de milenio. Su teoría general sobre «La era de la información», recogida en tres volúmenes, ha sido un éxito científico y literario con un impacto económico, social y político sólo comparable al de las obras de Adam Smith, Carlos Marx o Max Weber. En la actualidad es Catedrático en la Universidad de California (Berkeley), un observatorio privilegiado para analizar los más recientes fenómenos de la Nueva Economía.
MANUEL CAMPO VIDAL • Profesor Castells, las turbulencias bursátiles de esta primavera han provocado que los inversores, sobre todo los pequeños inversores, recelen de la Nueva Economía y se pregunten si las empresas de las nuevas tecnologías y relacionadas con Internet son realmente sólidas. ¿Puede estallar la llamada «burbuja Internet»?
MANUEL CASTELLS • La noción de burbuja financiera no es adecuada en este caso. Existe burbuja cuando los valores están sobrevalorados por especulación, por intereses infundados. De repente explota y entonces se vuelve a una situación en la que los valores de las empresas encuentran su justo equilibrio. O sea, la idea de la burbuja es la idea de lo anormal y lo normal. Pues mire, vamos a vivir siempre, en los próximos diez, quince, veinte años, en una economía de burbuja constante, de burbujas que se hacen y se deshacen.
MCV • ¿Quiere decir que no es mera especulación lo que está sucediendo con los valores tecnológicos?
MC • Los valores tecnológicos y de las empresas de Internet son valores buscados por los inversores. Pero no de una forma artificial. Esta atracción responde a la expectativa fundada de que casi todo lo que hacemos en la sociedad se va a hacer a través de Internet: comprar, vender, relacionarnos… cualquier tipo de cosas. Es como si, a finales del siglo XIX, nos hubieran dicho: «la semana que viene salen a Oferta Pública las acciones de las primeras eléctricas». Pues muy tontos seríamos si no nos precipitásemos a comprarlas. Y no hay unas pocas eléctricas, sino cientos y cientos de eléctricas, o sea, de Internet, que es la electricidad de la era de la información. Es normal la expectativa de que su valor vaya a crecer. La idea de que los valores tecnológicos son valores rentables es una idea fundada. La idea de que la economía va a aumentar de valor en su conjunto, y no sólo en lo tecnológico, también está fundada en los incrementos de productividad y en el crecimiento económico de los últimos años. Por tanto, las expectativas son expectativas relativamente fundadas.
MCV • ¿A qué responde entonces este estado permanente de inestabilidad en las Bolsas?
MC • La inestabilidad de los mercados financieros es una característica básica de la nueva economía. Nos acompañará siempre. Acaba de publicarse un libro, en marzo, en que varios autores, como Giddens, George Soros, Paul Volcker y yo mismo, analizamos las características del nuevo capitalismo global. Paul Volcker, que fue el antecesor de Alan Greenspan en la presidencia de la Reserva Federal de Estados Unidos, una persona por tanto con gran conocimiento de los mercados financieros y nada alarmista ni radical, escribe en este libro que «los mercados financieros no trabajan sobre realidades económicas, sino sobre percepciones». Más aún, dice Volcker, «la percepción es la realidad».
MCV • ¿Se refiere a la percepción construida sobre la información y la forma en que llega a los mercados?
MC • Naturalmente. La percepción es la realidad. Yo, en mi propio análisis, lo llamo la determinación de los valores en el mercado financiero por las turbulencias de información, por toda una serie de cosas que pasan en el mundo y que son transmitidas al mercado financiero: problemas políticos, problemas psicológicos, problemas ecológicos, declaraciones de personalidades importantes, o simplemente que el presidente de un banco central se enfada con su mujer esa mañana, hace una declaración salida de tono a un periodista y provoca una reacción de pánico en los mercados financieros. Esto siempre ha sido así. Pero, en el momento actual, esa turbulencia se amplifica por razones tecnológicas. Las informaciones circulan a extraordinaria velocidad. Los sistemas de inversión, organizados en redes informáticas, reaccionan instantáneamente a cualquiera de esas turbulencias y se preparan para anticiparse a la tendencia del mercado. Tienen el gatillo preparado para disparar a la baja, para vender, en cuanto hay un mínimo riesgo de descenso de las cotizaciones. Pero, además, estamos en una economía en la que uno puede negociar en Bolsa desde su casa, con su ordenador, durante todo el día. Tenemos cientos de miles, y pronto habrá millones, de lo que se llaman los negociantes del día. Personas que se levantan por la mañana, ponen un paquete de dinero encima de la mesa y empiezan a negociar hasta el final del día. Al final del día cierran y hacen balance.
MCV • Los negociantes de día si son especuladores…
MC • Sí, estos inversores son claramente especuladores, pero en un sentido diferente al habitual. A diferencia de la inversión que juega a la baja o a la alta, pero con tendencias más amplias, estos inversores reaccionan al segundo a todo lo que ocurre porque tienen muy poco capital, no se pueden permitir perderlo, y tienen el día por delante, sólo el día por delante. Son mariposas de día que se queman al anochecer… Pues bien, el conjunto de estos factores es lo que provoca la extraordinaria volatilidad de los mercados, su extraordinaria inestabilidad. Y esto no va a cambiar. Vamos a vivir —y esa es la conclusión de este libro colectivo de Soros, Volcker, Giddens y mío—, vamos a entrar en un mundo de inestabilidad.
MCV • ¿Tendremos que acostumbrarnos en la nueva economía a más inestabilidad de la ya sufríamos en la vieja economía?
MC • Absolutamente. La nueva economía está basada en los mercados financieros globales, y los mercados financieros globales son, sistémicamente, inestables.
MCV • Una de las crisis de valores más espectaculares fue la de abril pasado. ¿Es posible explicar sus causas concretas en función de los mecanismos
MC • ¿Qué pasó exactamente ese 14 de abril del año 2000? Primero: hacía dos semanas que se estaban acumulando turbulencias informativas. Tony Blair y Bill Clinton declararon que había que controlar la biología para que la biología no nos controlara a nosotros. Eso hizo caer las acciones de las empresas biotecnológicas. En segundo lugar: Microsoft recibió, al fin, el castigo a su arrogancia y fue condenada por prácticas de monopolio. Eso hizo ver a la gente que las empresas tecnológicas no son invulnerables ante la ley. Y tercero: cientos de miles de personas, en Estados Unidos, estaban invirtiendo en valores tecnológicos con dinero que habían pedido prestado. En el momento en que empezaron a bajar las acciones, los bancos reclamaron los préstamos, por lo que pudiera pasar. Por lo tanto, cientos de miles de personas fueron obligadas a vender súbitamente, a la baja. Esto provocó una estampida. Y en cuanto alguien grita «fuego, fuego» en la sala del teatro, la gente se agrupa en la salida y hay muchas víctimas… Aún así, la caída de valores tecnológicos no es espectacular en términos históricos. El índice NASDAQ cayó de enero a abril de 2000 en un 34%, pero había aumentado en el año 1999 en un 84%, de forma que en el momento más bajo, el NASDAQ todavía estaba más alto que en noviembre de 1999.

MCV • Comprenderá, profesor, que a mucha gente le parecerá que su aná-lisis es excesivamente optimista a tenor de lo que leen y oyen todos los días.
MC • Bueno, es que hay dos precisiones que atemperan este optimismo. Por un lado, a quien le toca, le toca. Es decir, aunque no se hunda la economía mundial, o una economía en particular, no quiere decir que muchísima gente no pueda quedar arruinada, y que muchas empresas quiebren. Lo cual, en cierto modo, es normal después de la euforia inicial. Todo lo que era Internet ganaba, por definición, y ahora hay que distinguir entre lo que sube, lo que baja, lo que merece la pena y lo que no. Por otro lado, el efecto más duradero y, en el fondo, más negativo de la crisis bursátil de abril de 2000, es que se ha roto la confianza psicoló-gica. Los inversores se han dado cuenta de que no todo sube siempre, porque eso desafía la ley de la gravedad económica. Y, por consiguiente, muchos se han quemado y muchos piensan que se pueden quemar, con razón. Y eso es mucho más grave en países como España, que acababan de inaugurar su boyante nuevo mercado. Esta dosis de realismo, de golpe, puede hacer que mucha gente se retraiga y que, en una típica manifestación del temperamento ibérico, se pase de la exhuberancia a la depresión.
MCV • La percepción es la realidad…
MC • Si la depresión se instala en términos psicológicos, puede acabar en depresión económica. Sí, «la percepción es realidad». Si nos creemos que vamos a la depresión, haremos la depresión. Y en ese sentido, yo creo que hay que diferenciar los problemas de la Bolsa, los problemas de la economía y los problemas de la percepción. Los valores tecnológicos se consolidarán y, al mismo tiempo, habrá una selección. Unos se revelarán como puras fantasías, otros se irán afianzando. La economía como tal seguirá creciendo, porque la fuente del crecimiento de la economía es la productividad general de la economía. Y la productividad mejora gracias a las nuevas tecnologías y a la nueva organización en torno a Internet, que es el equivalente a la fábrica en la primera revolución industrial. En cuanto a la percepción, yo creo que el problema es que la gente no sabe nada, no ya de economía, sino del mundo en el que vive. Todo se ha hecho mágico. Internet tiene efectos mágicos, que todavía están fuera de cualquier tipo de comprensión y racionalidad.
MCV • ¿Cómo negar entonces que la nueva economía predispone a la especulación, que contiene muchos más elementos especulativos, digamos ficticios, de los que había en al vieja economía?
MC • La nueva economía no es especulativa ni ficticia. No es ficticia porque se basa sobre todo en el crecimiento espectacular de la productividad. Y no es sólo especulativa en el sentido de que apuesta sobre valores de empresas que están subiendo con una tendencia clara. Eso no es especulación, eso son expectativas, que no es lo mismo. Una economía inestable —y ahí tiene usted razón— aumenta las posibilidades de especulación, que de hecho hace a la economía más inestable. Pero la nueva economía no es de por sí especulativa, aunque incremente las posibilidades de especulación.
MCV • Se tiene la sensación de que nadie se está preocupando por los efectos indeseados de la inestabilidad, como si estuvieran fuera de todo posible
MC • La inestabilidad es sistémica, pero esto no quiere decir que sus efectos sean totalmente incontrolables. Existen mecanismos técnicos, elec-trónicos y financieros de regulación, y se podrían estudiar y los podrían implementar los gobiernos. Lo que ocurre es que, concretamente, el Gobierno de Estados Unidos no está de acuerdo con ningún tipo de regulación financiera. Y, por tanto, el Fondo Monetario Internacional, que es la expresión del Gobierno de Estados Unidos, tampoco está de acuerdo. Y, por consiguiente, no hay forma de regular los mercados financieros globales. El más famoso especulador de los años 80, George Soros, está clamando por la necesidad de regular esos mercados, porque observa que el sistema en su conjunto puede tener caídas tan fuertes que, aunque no sea la crisis de los años 30, puede haber una enorme destrucción de patrimonios, de empresas y de personas.
MCV • Me ho sorprendido el nombre de Soros en la lista de autores de ese libro colectivo en el que usted también ha participado. ¿Cómo se ha incorporado Soros al grupo de intelectuales que analizan el fenómeno de la nueva economía desde su anterior oficio de especulador? Llegó a ser un personaje odiado por algunos gobiernos europeos.
MC • Soros es un personaje muy complejo. Siempre ha tenido una vertiente personal muy intelectual. Y de hecho ha jugado un papel decisivo en Rusia, en Europa del Este, financiando la continuidad de las actividades científicas, culturales y literarias en medio de la crisis política. Pero, además, Soros es consciente, porque conoce los mecanismos de la especulación, de hasta qué punto las maniobras especulativas desenfrenadas pueden acabar arruinando el sistema que él defiende. Y no es tanto el sistema económico como lo que él llama «la sociedad abierta». Es decir, el sistema democrático en el fondo. Es un poco como Keynes, salvada la distancia intelectual. Keynes, alguien profundamente convencido del mercado, del capitalismo, introdujo la idea de que la regulación del Estado salvaría al capitalismo. Soros está intentando hacer lo mismo, está diciendo: «regulemos el capitalismo, porque si no puede ser excesivamente destructivo». Y yo añado: el problema no es que haya una crisis económica, sino que las reacciones sociales a la destrucción del valor económico puedan llegar a ser políticamente incontrolables.
Los sistemas productivos de la actual sociedad del conocimiento están experimentando una revolución cuyo estandarte es el principio de flexibilidad de las condiciones de trabajo, especialmente las de lugar y tiempo, que permite una mayor movilidad de los copartícipes. Esto conlleva modificaciones en la organización empresarial y en las formas de prestación laboral, al objeto de lograr un aumento de la productividad económica, una reducción de los costes en las empresas y una mejora en la calidad de vida de los profesionales.
ORIGEN
El nacimiento del teletrabajo tuvo lugar en Estados Unidos durante la década de los años setenta, como reacción empresarial a la crisis del petróleo. Por aquel entonces, las grandes compañías acometieron políticas de reorganización de sus estructuras productivas, a fin de disminuir costes, especialmente los derivados por el desplazamiento de los empleados a sus puestos de trabajo. Aparecieron nuevos modos de concebir el trabajo, que consistían en llevar a cabo la prestación desde un lugar diferente del centro laboral, es decir, a distancia y mediante el empleo de las telecomunicaciones.
El teletrabajo es, por tanto, una actividad profesional desarrollada en un lugar distante del que ocupa la empresa o la oficina tradicional para la cual se realiza la prestación, disponiendo de los instrumentos y herramientas adecuadas para comunicarse con la organización. Las singularidades básicas que configuran el teletrabajo son, de un lado, la ubicación donde se halla el empleo, y de otro, la tecnología con la que se efectúan las tareas laborales. El lugar ha de ser independiente de la empresa, lo que permite que el trabajo se desarrolle desde el propio domicilio del trabajador, desde un centro próximo o desde las denominadas oficinas virtuales. El uso de las tecnologías de la información y de comunicaciones, como el teléfono, en sus modalidades fija y móvil, el fax, la videoconferencia y el ordenador provisto de las aplicaciones de Internet como el correo electrónico o Intranet, hacen posible esta innovadora actividad. Exigencia imprescindible en la nueva forma de trabajar es que el profesional ha de ser usuario habitual de equipos informáticos y realizar tareas relacionadas con el procesamiento y tratamiento de la información.
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS Y SOCIALES
El teletrabajo es un fenómeno que incide indudablemente en la concepción del desarrollo económico, en los sistemas de organización del trabajo en el marco de la empresa y en los hábitos y comportamientos de vida. La actual economía informatizada y telecomunicada genera nuevas oportunidades de negocio y de trabajo, concretamente en los sectores empresariales con alto contenido de información: I+D, software, diseño industrial, administración, asesoría y contabilidad de negocios, etc. Sin embargo, el fenómeno se circunscribe a multinacionales y grandes empresas de ámbitos mercantiles muy definidos. La frecuente movilidad existente hoy en los empleos obliga a los empresarios a retener y a fidelizar a sus trabajadores más valiosos, evitando las fugas a la competencia. Para ello, más que aumentar sus salarios, están ofreciendo horarios flexibles y posibilidad de teletrabajo. Así, día a día, más personas trabajan desde sus hogares.
En este contexto, se están produciendo cambios de mentalidad en la organización de las compañías y en los propios trabajadores. La concepción tradicional de centralización de los servicios de la empresa da paso a una visión más independiente y autónoma de los programas de producción. El horario flexible prima sobre el horario fijo y se experimenta una mejora en la calidad de vida de los individuos, que pueden compaginar la dedicación al trabajo con la atención y el cuidado de la familia y disfrutar de más tiempo de ocio y descanso.
MODALIDADES DEL TELETRABAJO
El teletrabajo comporta una organización flexible y movible del trabajo con diferentes modalidades, comprendiendo una pluralidad de actividades laborales bajo la forma de un contrato laboral, ya sea a jornada completa o parcial, ya sea en nómina, como colaborador o de forma independiente, o bajo la de un contrato de arrendamiento de obra o de servicios. Por otro lado, por razón del lugar donde se desarrollan las tareas, las formas más usuales de prestación de servicios mediante el teletrabajo son en el propio domicilio, en un centro de recursos compartidos, en las oficinas satélite conectadas telemáticamente con la sede principal de la empresa, sin olvidar el «trabajo móvil», realizado, principalmente, por agentes y representantes comerciales a pie de calle y con movilidad permanente.
En España, la modalidad de teletrabajo de mayor relevancia y difusión es el denominado centro de recursos compartidos, equipado con modernos instrumentos propios de la tecnología de la información y de la comunicación. La instalación es utilizada, generalmente, por profesionales autónomos y las PYME, para los cuales un alto nivel de inversión en tecnología les resulta demasiado costoso.
Con relación a los aspectos legales que afectan al teletrabajo, nuestro ordenamiento jurídico no contiene norma alguna acerca del mismo. Sí se regula el denominado contrato de trabajo a domicilio (artículo 13 del Estatuto de los Trabajadores de 24 de Marzo de 1995), caracterizado por la no presencia del empleado en el centro de trabajo, y en el cual la prestación laboral se realiza en el domicilio del trabajador o en el lugar libremente designado por éste y sin vigilancia del empresario. Sin embargo, la ratio iuris de este precepto nada tiene que ver con una concesión a la flexibilidad y a la descentralización de las unidades empresariales provocada por el desarrollo tecnológico.
En principio, no hay obstáculo para que el teletrabajo se someta a la normativa clásica reguladora de las relaciones laborales tradicionales, siempre que se articule sobre la figura de contratos laborales o, incluso, arrendamientos de obra o de servicios. No obstante, el conflicto que puede suscitarse sería la determinación de la ley territorial aplicable entre la norma correspondiente al lugar del domicilio social de la empresa o la del lugar donde el trabajador preste sus servicios a distancia.
VENTAJAS E INCONVENIENTES
El verdadero valor del teletrabajo consiste en la flexibilidad que imprime en la actividad laboral. Los beneficios derivados de un sistema flexible de organización en el empleo son evidentes para el teletrabajador, para la empresa y para el medio ambiente. El empleado a distancia verá aumentada su calidad de vida al elegir por sí mismo el entorno de trabajo y evitar el desplazamiento o, al menos, reducir el tiempo del mismo. Los trabajadores con deficiencias o incapacidades físicas desarrollarán sus tareas con más facilidad. La empresa verá reducidos sus gastos, acabará con el absentismo laboral y con ello aumentará su productividad. Los efectos para el entorno también son evidentes: descongestión del tráfico, especialmente en las zonas urbanas, con la consiguiente disminución de accidentes y reducción de los niveles de contaminación y del impacto medioambiental.
Cierto es que no todo son alabanzas. Concurren ciertos inconvenientes que pueden condicionar parte de la utilidad e idoneidad del teletrabajo. En general, puede ser un handicap la exigencia de formación para el manejo de las nuevas tecnologías. Asimismo, los empleados mediante la fórmula del teletrabajo pueden acusar la soledad ante la ausencia de contacto personal y la falta de motivación para organizarse. Existe, además, cierta dificultad por parte del empresario para controlar el tiempo, la cantidad y la calidad del trabajo, y es fácil que desciendan los niveles de seguridad y confidencialidad de la información. El mayor perjuicio puede originarse porque las empresas caigan en la tentación de infravalorar profesionalmente los puestos de trabajo a distancia, con lo que la protección social y laboral se hace menos sólida. En este sentido, Richard Sennet, autor de La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, advierte que el teletrabajo puede enmascarar un control mayor de los jefes sobre los empleados. La tecnología permite mantener abierta la oficina las veinticuatro horas del día; por tanto, la oficina virtual nunca cierra, lo que da lugar al abuso de los jefes, quienes podrán exigir a sus empleados que trabajan desde casa un mayor número de horas más allá de la jornada laboral.
En cualquier caso, son mayores las virtudes que los defectos del teletrabajo. De ahí que, desde las instancias comunitarias, se promueva esta nueva forma de prestación laboral, a la que se considera como parte de la solución de ciertos problemas: la decadencia del medio rural y de zonas en depresión económica, la despoblación o el deterioro del medio ambiente, etc.
Hoy la Humanidad es testigo del ocaso de una época, con sus correspondientes arquetipos y paradigmas, gestada tras los desastres de las dos guerras mundiales. Los principios sobre los que se ha asentado el periodo que termina (trabajo para todos, trabajo estable y seguro para toda la vida, empleados austeros y proclives al ahorro, empresas con modelos rígidos de organización, lentas de reflejos y sin capacidad de reacción), han perdido su vigencia. Se inicia una nueva era, la de la globalización, capaz de originar mercados más abiertos y competitivos, nuevas formas de organización económica, mayor independencia e incertidumbre laboral y abundante información. Este sistema viene a sustituir al que durante varios años conformó la guerra fría. Thomas Friedman, en su libro Tradición versus innovación, nos ilustra cómo el símbolo de la globalización es una red que une a todos, frente al símbolo de la guerra fría, que fue un muro que dividió a la Humanidad.
Esta interrelación planetaria generada por las nuevas aplicaciones tecnológicas alcanza a todos los aspectos y facetas de la vida humana. La teleeducación, la telesanidad, el telecomercio, las telefinanzas, en suma, el acceso telemático a cualquier bien, producto o servicio, constituyen hoy, junto con el teletrabajo, realidades posibles gracias a Internet. Ello es síntoma de una mayor independencia y autonomía de la persona. Quizá el mundo actual empiece a tener una visión más correcta de la libertad y experimente un anhelado proceso de democratización.
Hace tan sólo pocos años era improbable imaginar una situación en el mundo de la educación como la actual. La tecnología, entendida como el arte del saber hacer, ha estado siempre presente en la historia de la pedagogía, pero en las dos últimas décadas del siglo XX ha tomado un papel predominante como instrumento al servicio de la educación. Desde el uso de los magnetófonos, la televisión, el vídeo, pasando por la ense-ñanza asistida por ordenador, los distintos instrumentos tecnológicos que han entrado en nuestra cotidianeidad a través de los salones de nuestras casas, han tenido su repercusión en las metodologías de la educación y el aprendizaje.
Muchos han visto y vivido la irrupción de la tecnología en la educación como una amenaza para el correcto proceso educativo. La supuesta pérdida de la relación personal entre educador y educando ha sido el argumento básico esgrimido por los detractores de la entrada de la tecnologías en la dinámica educativa. Hace tiempo que sabemos que lo que define la relación entre las personas no es sólo el medio que usan para hacerlo, sino que, sobre todo, es la capacidad que tenemos para comunicarnos. Y para hacerlo no usamos sólo la presencia física, el cara a cara. Hemos empleado señales de humo, comunicación epistolar, telefónica y las posibilidades actuales del correo electrónico.
Hoy el medio de comunicación e información que está en auge es el que proporciona la red de redes: Internet. La red nació hace ya treinta años, pero tan sólo hace seis que incorporó color, imágenes, sonido y facilidad en el transporte de datos. Se ha vuelto amigable y atractiva, lo que ha supuesto una rápida penetración en nuestras vidas. Nos encontramos, asimismo, ante un cambio en los procesos de aprendizaje que los más jóvenes viven como parte de su formación inicial básica y los más adultos, a menudo, como un problema personal de adaptación a un mundo cambiante.
EDUCACIÓN Y VIRTUALIDAD, UNA RELACIÓN CREATIVA
La educación forma parte destacada de nuestros mecanismos de identificación, transmisión y pervivencia humana. Educación y aprendizaje son, de hecho, acciones plenamente humanas. Pero hay quien opina que la educación a distancia sólo puede ser formación, es decir, proceso instruccional, no educativo. Esta percepción se fundamenta en la característica definitoria de la no presencialidad; y de ello se podría concluir la imposibilidad de educar, de socializar, de transmitir percepciones comunitarias.
La virtualidad no es algo nuevo en la historia de la humanidad. Desde el mito de la caverna de Platón, pasando por las imágenes o leyendas de la Edad Media, hasta la visión —no desde la fe— de la percepción cristiana de la Eucaristía, la virtualidad, entendida como semblanza de realidad (pero no real), ha estado siempre presente entre nosotros. La diferencia radica en que mientras a lo largo de la historia el potencial de la virtualidad residía en la imaginación, en las ideas, en las creencias, hoy día, manteniendo todavía vivo —por suerte— ese potencial, la tecnología nos brinda la posibilidad de percibirlo incluso con nuestros propios ojos. Se trata de lo que paradójicamente llamamos «realidad virtual». Hoy existe, además, la posibilidad ampliamente difundida de construir auténticas comunidades virtuales, es decir, espacios no físicos y atemporales de interacción humana1 La característica más destacada de la virtualidad es la creatividad (Pierre Lévy, ¿Qué es lo virtual?, 1999), y como en todo espacio social, la educación es clave para el mantenimiento y desarrollo del propio sistema. En la generalización del aprendizaje para el uso, y para el saber estar y saber participar en ese medio, está la clave del éxito.
La educación no puede ser ajena al potencial que los nuevos espacios de relación virtual aportan. La relación que se establece entre educación y virtualidad es una relación de creatividad. La oportunidad de volver a pensar de forma creativa la educación, así como los mecanismos y dinámicas que le son propias, a partir de la tecnología como excusa, es un factor claramente positivo. La educación convencional y la educación a distancia están convergiendo en un mismo paradigma, en un mismo espacio de reflexión y de análisis 2que estimula los procesos de optimización de la acción educativa, especialmente en el ámbito de la educación superior universitaria y permanente.
Pero, ¿podemos educar en la virtualidad? Esta es la principal pregunta que debemos intentar responder. Partiendo de la concepción de la educación como una experiencia humana y de maduración personal, consideramos que la respuesta no puede ser más que afirmativa.
La educación en la virtualidad, es decir, desde la no presencia en entornos virtuales de aprendizaje, no se sitúa necesariamente en ninguna orientación educativa concreta. Al igual que en la presencialidad existe la convivencia entre orientaciones y didácticas diversas, siempre que éstas actúen de forma coherente con las finalidades educativas, de la misma forma sucede en la virtualidad.
La diferencia más importante entre la educación en la presencialidad y en la virtualidad reside en el cambio de medio y en el potencial educativo que se deriva de la optimización del uso de cada medio. No podemos hacer lo mismo en medios distintos, aunque nuestras finalidades educativas y, por tanto, los resultados que perseguimos sean las mismos, pero debemos saber de antemano que el camino que debemos recorrer es distinto.
¿Cuáles deberían ser los elementos a tener en cuenta como diferenciales en los procesos educativos en ambientes virtuales? Consideramos que deben ser de dos tipos: metodológicos y organizativos.
METODOLOGÍA PARA LA EDUCACIÓN EN LA VIRTUALIDAD
La metodología educativa para entornos virtuales de aprendizaje debe estar centrada en el estudiante. No puede ser de otro modo, sobre todo teniendo en cuenta las características especiales de los estudiantes no presenciales o se trata de personas de más de 25 años de edad, con trabajo estable y para las cuales el problema no es la distancia, ya que no viven aisladas, sino el tiempo, es decir, la imposibilidad de estudiar o acceder a los centros de formación convencionales en horarios preestablecidos. Necesitan de un sistema que se adapte a ellos, no ellos al sistema.
El modelo de la UOC, centrado en el estudiante, se basa en cuatro pilares:
• La flexibilidad. El perfil de los estudiantes de la UOC corresponde al de una persona que necesita de un sistema que pueda adaptarse de su realidad personal, profesional y familiar. El modelo pedagógico de la UOC permite flexibilidad en el modelo de evaluación, en el Plan de Trabajo de las asignaturas, en el acceso a las fuentes de información, etc.
• La cooperación. En el Campus Virtual de la UOC es posible cooperar con los demás estudiantes realizando trabajos en equipo, o con los consultores, o con personas diversas de la comunidad universitaria en la creación de grupos de interés.
• La personalización. El sistema de evaluación progresiva de la UOC es una manifestación de trato personalizado en el proceso de aprendizaje.
• La interactividad. No sólo abarca la acción docente sino que además se establece entre estudiantes y entre estos con la propia universidad.
Aparte del modelo pedagógico general, que debe dar coherencia a la acción educativa, debemos trabajar en metodologías concretas de aprendizaje o, mejor todavía, en la adaptación de las metodologías convencionales de aprendizaje a los entornos virtuales. Métodos como el del caso, los debates o las exposiciones en clase, los mapas conceptuales, etc., son fácilmente transportables a un espacio virtual; únicamente debemos tener en cuanta que la secuencia didáctica de elaboración e implementación es distinta, y en algunos casos más dilatada en el tiempo.
ORGANIZAR LA EDUCACIÓN EN LA VIRTUALIDAD
La organización (institución formativa) debe poner las posibilidades de las nuevas tecnologías al servicio del proceso de aprendizaje. Los entornos virtuales de aprendizaje son el lugar en el que se encuentran las materias de estudio, así como los materiales de aprendizaje. Los estudiantes, los profesores, etc., forman todos parte de la comunidad. Cada materia de formación debe disponer de una serie de posibilidades de trabajo: debates, foros, mensajes electrónicos, actividades, enlaces, etc.
La organización para la educación en la virtualidad necesita de una estructura particular, que deberá actuar en función de los siguiente parámetros:
• No presencialidad. La organización virtual actuará en el ámbito de la asincronía, es decir, de la no coincidencia en el espacio ni en el tiempo. Esto condiciona, sin duda, su modelo organizativo.
• Transversalidad. La virtualidad facilita los procesos transversales y los optimiza. Lo que es válido para una materia o curso, para un grupo de personas, puede ser válido también para otros muchos. Tener en cuenta este principio y trabajarlo de forma coherente con el modelo educativo ayuda a homogeneizar o armonizar todos los procesos de gestión, tanto académica como docente. Esta transversalidad, además, favorece el trabajo multidisciplinar entre las diferentes áreas o ámbitos de actuación.
• Globalidad. Los procesos deben ser coherentes entre sí y de esta forma garantizar la cohesión organizativa de toda la universidad u organización. No se gestiona únicamente desde una perspectiva de estudiante, de profesor, de organización, etc.; sino que la organización virtual permite y favorece los procesos de gestión global desde todas las perspectivas.
HACIA UN NUEVO PARADIGMA EDUCATIVO
Parece ser que el futuro de las instituciones formativas se sitúa en el escenario de la globalidad. Las nuevas tecnologías ofrecen la posibilidad de compartir, en un mismo escenario, las ideas y las metodologías de formación. Ferraté afirma que «las metodologías basadas en conceptos de virtualidad se irán extendiendo y generalizando a causa de la inmensas posibilidades pedagógicas y sociales que comportan. Debemos tener presente que las metodologías asociadas al concepto de virtualidad pueden ayudarnos a romper no solamente las barreras del tiempo y del espacio, sino también las barreras sensoriales»3 Es cierto que la sensorialidad está presente también en la virtualidad. Y que, como hemos visto, educamos también a través de nuestra capacidad de sentir.
El nuevo paradigma educativo que configura la virtualidad no es del todo nuevo. Consideramos que su valor reside en la posibilidad que nos brinda este medio de reinterpretar la educación y sus mecanismos. Las teorías del aprendizaje, las metodologías, la didáctica, la comunicación, etc., deben resituarse ante un espacio, el de la virtualidad, que se nos presenta abierto a todo tipo de posibilidad de creación.
Los dos puntales para la constitución de este nuevo paradigma son el modelo educativo y el modelo de las organizaciones. Ambos se relacionan estrechamente y se condicionan mutuamente. Del modelo educativo hemos destacado la importancia de centrarlo en las necesidades educativas del estudiante. Quizá resulta el más evidente. Pero el más costoso, sobre todo para las organizaciones formativas superiores4 , es el cambio organizativo.
En al ámbito de las universidades empiezan a existir ya diversas modalidades. Se trata de facilitar al máximo la realización de cursos a través de la web, de forma virtual, ya sea situándolos en un espacio común5 o estableciendo convenios entre diferentes universidades, de cualquier país o continente6. La organización de esta tipología de universidad virtual es simple, ya que en el primer caso se reduce a la mínima configuración de una estructura virtual que permita la difusión de diferentes cursos que se realizan en distintas universidades7, o bien a acuerdos políticos y de protocolos informáticos entre distintas instituciones formativas en el segundo caso8.
La realidad es que el mundo de la formación se mueve hacia el futuro con una rapidez vertiginosa. Estar en este espacio planetario de formación universitaria será una realidad en breve (de hecho ya lo es casi ahora). Como personas con nuestros valores, y como institución con estilos y valores propios también, tenemos la misión de garantizar que ese espacio cumpla el objetivo para el que se crea: la formación de las personas a partir de la participación de unos conocimientos e ideas, desde el reconocimiento y respeto a la diversidad.
NOTAS
1· Una aportación muy interesante al fenómeno de la llamada «cultura internet» es el libro coordinado por David Porter, Internet Culture, Routledge, New York, 1996.
2 · Ver en este sentido: Alain Tait; Roger Mills (Ed.) The convergence of distance and conventional education, Routledge, London, 1999.
3· Gabriel Ferraté, «Universidad y nuevas tecnologías. El camino hacia la hiperuniversidad», en Jaume Porta; M. Lladonosa (Coord.), La universidad en el cambio de siglo, Alianza Editorial, Madrid, 1998.
4· Consultar para el concepto de «universidad virtual»: Richard Teare, David Davies; Eric Sandelands, The Virtual University, Cassell, London, 1998.
5· Éste es el modelo de la Western Governor’s University, que ha dado lugar recientemente al Governor’s University System. A nuestro entender, este modelo falla en tanto que no dispone de una organización común para dar respuesta al sistema.
6· Existen ya experiencias en este sentido. La U0C ha realizado conjuntamente con la Open University del Reino Unido y la Universidad Växo de Estocolmo una experiencia de movilidad virtual de estudiantes en el marco de un proyecto europeo (Student Virtual Mobility). El resultado fue exitoso y ha permitido desarrollar el concepto de Metacampus, promovido por la Universität Oberta de Catalunya.
7· Visiten, por ejemplo, la URL de la California Virtual University (www.california.edu).
8· En este sentido, se celebró en diciembre de 1998 en Barcelona un Workshop del International Council for Open and Distance Education, bajo el lema «Towards the Global Virtual University Alliance».