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El problema nacional español desde la transición

El problema nacional estuvo en la raíz de la Guerra Civil y, a la vez, se vio afectado profundamente por ella. En el territorio franquista —la llamada «zona nacional»— se asimilará, influjo de Menéndez Pelayo en Acción Española, españolidad y catolicismo: tal identificación hizo nuestra grandeza entre los siglos XV al XVII y su pérdida, como consecuencia del ascendiente cultural de países extranjeros, Francia, especialmente, nos desviará de nuestro destino imperial católico. Menos influyente, convergente en cierto sentido, la ideología falangista formula, magisterio de Ortega, un concepto de nación como «proyecto de vida en común» y manifiesta su admiración por Castilla, «aglutinante de la empresa nacional». En la España republicana, controlada por los gobiernos de Madrid y Valencia, y junto al «internacionalismo proletario», resurge, señala De Blas, «un nacionalismo liberal, de salvación de la patria amenazada por el enemigo exterior, que Azaña representa con especial plasticidad»1. Los gobiernos catalán y vasco —rectificado pronto por éste el «error de Estella» de 1931 (De la Granja)— estarán al lado de la República, siquiera, tal como lamentaba Azaña, en vísperas de la caída de Bilbao, su verdadera causa fuera la de la «autonomía y semiindependencia» 2.

Finalizada la Guerra, el régimen de Franco intentará «cerrar un paréntesis de tres siglos, abierto en Westfalia», ante la «aparatosa quiebra del orden liberal», retornando al Estado unitario y centralizado, y reprimiendo radicalmente los nacionalismos periféricos. Fueron promulgadas, no obstante, las Compilaciones de Derecho Foral Civil (Vizcaya, Álava, Aragón —reformando la aprobada en 1925—, Cataluña, Baleares, Galicia y Navarra) y se mantuvieron el Concierto económico para Álava y el régimen peculiar de Navarra. En el exilio, la revista Gakuzca (Buenos Aires, agosto de 1945 a julio de 1946) recoge las tesis comunes en aquel momento a los nacionalismos peninsulares, siendo expresión de un nacionalismo radical, aun cuando su horizonte fuera el de una futura confederación ibérica3.

La posguerra conllevará autarquía económica, represión política y homogeneización cultural. En la primera mitad de los años cincuenta se inicia una relativa tolerancia cultural, protagonizada por el Ministro de Educación, Ruiz Giménez, y los rectores Laín y Tovar, que será sustituida, en cierto modo y a partir de 1956, por la liberalización económica que habrá de suponer, en los sesenta, un crecimiento muy importante de la economía del país. También en estos años se produce una cierta apertura política y cultural, truncada con la declaración, en 1969, del estado de excepción, comienzo de un proceso involutorio del régimen que se irá acentuando hasta la muerte de Franco (1975). La sociedad española, sin embargo, continúa inmersa en una dinámica de cambios —urbanización, industrialización, interrelación creciente con Europa— que la diferencian progresivamente de la España oficial. El régimen del general Franco impulsó así unos procesos de carácter económico y social que, paradójicamente, hicieron imposible su continuidad. Contradictoriamente, también, la abrumadora identificación del régimen con la nacionalidad española y sus símbolos clásicos, su centralismo a ultranza, su agresión a los derechos lingüísticos de los españoles… no sólo refuerzan las identidades nacionales territoriales, sino que desgastarán considerablemente las posibilidades de vigencia de un nacionalismo liberal español con viejas raíces en las Cortes de Cádiz. Los nacionalismos periféricos, ejemplo de ruptura democrática, se convirtieron por ello en «estrellas de la Transición» (J. Ramoneda), entre las «dudas y perplejidades» del centroderecha (UCD), el entusiasmo filonacionalista de los partidos de izquierdas (PSOE y PCE), defensores del derecho de autodeterminación, las escasas aportaciones intelectuales de relieve4 y los intereses de las elites políticas regionales. Así, a partir de 1975, en un contexto de crisis irremediable del Estado centralista, y pese a despertar limitado interés en amplias zonas del país, se generalizarán las demandas autonómicas. Concluyendo, con Andrés de Blas, la génesis de la actual crisis nacional regional en España se sitúa no tanto en lejanas épocas, sino en los tiempos más próximos a la Guerra Civil, la dictadura franquista y la transición a la democracia5, realizada, por otra parte, con notable eficacia. Surge entonces una sociedad dotada de amplias libertades, y con ella un nuevo Estado, definido por la Constitución de 27 de diciembre de 1978 como «social y democrático de Derecho» (art. 1º).

Estado autonómico

El Estado español, novedad esencial con inspiración en los principios de la Constitución republicana de 1931, se organiza territorialmente, de acuerdo tanto con la realidad actual —crisis general del centralismo— como con la compleja realidad, una y diversa, de España en Comunidades Autónomas. Fundada en una concepción no esencialista sino demótica de la nación, es decir, en el pueblo como demos o conjunto de hombres que viven sujetos a las mismas leyes que ellos se dan, sin olvidar la dimensión afectiva o humanizadora del hecho nacional6, en nuestra actual Constitución, ha escrito Rubio Llorente, alienta «la idea de una España integrada por hombres que tienen una historia común y un grado de solidaridad recíproca mayor que los que les une, por ejemplo, con franceses y británicos, pero con lenguas, tradiciones y costumbres diferentes que todos ellos intentan preservar»7. Nuestro Estado se fundamenta en los principios unitario, autonómico y dispositivo: se afirma la indisoluble unidad de la Nación española y el derecho opcional de las nacionalidades y regiones a convertirse, siguiendo vías de acceso distintas, en Comunidades Autónomas (art. 2º). Constitución y Estatutos de Autonomía constituyen el bloque constitucional español, siendo aquélla la fuente del reconocimiento y atribución de las competencias estatuarias. La autonomía no implica, pues, soberanía: «en ningún caso el principio de autonomía puede oponerse al de unidad», establece el Tribunal Constitucional (STC 4/81). El castellano es la lengua española oficial del Estado, siendo «las demás lenguas españolas oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas» (art. 3º). En términos generales, corresponden al Estado competencias exclusivas sobre aquellas materias referidas al aseguramiento de la unidad y soberanía del Estado —relaciones exteriores, defensa, aduanas, etc. —; a la garantía de la igualdad en el disfrute de los derechos y libertades de los españoles; al corpus básico del ordenamiento jurídico —legislación civil, procesal, penal, etc.— y las que garanticen la política económica estatal. Competen a las Comunidades Autónomas las materias referidas al establecimiento de sus propias instituciones de autogobierno, la promoción de su bienestar económico, la garantía de su identidad cultural y el mantenimiento del orden público. La estructura organizativa básica de las Comunidades Autónomas, determinada por el propio Estatuto, resulta muy similar, comprendiendo, aunque con denominaciones varias, una Asamblea legislativa, un Consejo de Gobierno, un Presidente, elegido por la Asamblea de entre sus miembros, y un Tribunal Superior de Justicia8. Existen hechos diferenciales propios de algunas Comunidades, integrados en el sistema autonómico: los territorios vascos y Navarra mantienen su régimen foral hacendístico concertado con el Estado, Canarias tiene su régimen económico fiscal y la organización de los Cabildos, Baleares los Consejos insulares… Corresponde al Tribunal Constitucional el papel de garante del diseño autonómico, asegurando a través del tiempo «la observancia del reparto competencial entre el Estado central y las Comunidades Autónomas», a la vez que la «unidad del ordenamiento frente a tendencias centrífugas, la persistencia de los poderes políticos y jurídicos propios de los componentes del Estado»9.

El proceso de desarrollo autonómico viene siendo largo y complejo, dada la imperfección y ambigüedad del Título VIII de la Constitución. Aprobados los Estatutos del País Vasco y Cataluña (1979), y de Galicia (1981), los llamados Pactos Autonómicos de 1981 supusieron la efectiva generalización de las Autonomías, quedando fijado el mapa autonómico con la aprobación, en febrero de 1983, de los últimos Estatutos. Especial significación tendrá la Ley Orgánica 97/1992, de 23 de diciembre, fruto de un acuerdo entre los partidos, por el que se establece la virtual equiparación de todas las Comunidades Autónomas en sus competencias de legislación y de gestión, con la excepción de ciertas peculiaridades históricas y lingüísticas —los hechos diferenciales ya señalados—, propias de algunas Comunidades singulares. La autonomía no se funda, pues, en la Historia, sino que se basa en el derecho fundamental de autogobierno (E. García de Enterría), desdibujándose la frontera entre «nacionalidades» y «regiones». Consecuentemente, la reforma posterior de Estatutos ha hecho posible la igualación de servicios básicos entre las Comunidades que accedieron a la autonomía por la «vía rápida» (art. 151) y las que lo hicieron por la «vía lenta» (art. 143). España se convierte de esta forma en uno de los países política y administrativamente más descentralizados del mundo, con una previsible distribución del gasto público por el que corresponderá al Estado el 54%, a las Autonomías el 33% y a los entes locales el 13% del mismo.

Ahora bien, la construcción definitiva del Estado, además del traspaso de competencias pendientes, lo que, al parecer, se realizará en la actual legislatura, se enfrenta a continuos y difíciles retos. Fundamentalmente:

• La reforma de la Administración periférica del Estado, suprimidos los gobernadores civiles.

• La necesidad de establecer un nuevo modelo de financiación autonómica —a finales de 1998, las Autonomías, con unos 700.000 funcionarios (un 33% del conjunto de la función pública, frente al 41% de la Administración central y el 21% de la local), superan los cinco billones de deuda, con un crecimiento del gasto doble que el estatal—, manteniendo la imprescindible unidad fiscal del Estado10.

• El alcance preciso de los hechos diferenciales, fundados ciertamente en la historia, la lengua o el derecho de los pueblos, que se pretende legitimar por unos —entendemos— tan indeterminados como vagorosos Derechos Históricos11: la igualación de competencias autonómicas, desdibujando la diferencia entre nacionalidades y regiones, lleva «a la elevación constante de los techos autonómicos de todos, en una situación de equilibrio dinámico e inestable» (E. Lamo de Espinosa). Ante esta situación, los partidos nacionalistas de Cataluña, el País Vasco y Galicia vienen pretendiendo una segunda Transición en la que se reconozca «su soberanía originaria, su soberanía futura y su derecho a la autodeterminación», así como el que «las restantes Comunidades Autónomas renuncien a nuevos techos competenciales» (J. Pradera)12.

• El régimen jurídico de la llamada Normalización lingüística en Cataluña —la Ley de Política Lingüística de 1998 recoge en su articulado la casuística reglamentada por la Generalitat desde 1983— discrimina abiertamente al castellano y ha sido severamente criticado por el Foro Babel en el que se integra seguramente el sector más brillante de la intellgentsia catalana (Azúa, Boadella, Camps, José Agustín Goytisolo, Mendoza, Rico, Sagarra, Trías…)13. Recientemente, eí Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n.º 14 de Barcelona ha suspendido cautelarmente las «medidas para la regulación y fomento del uso del catalán» de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n.º 1 de Tarragona ha anulado o cuestionado parcialmente cuatro de los siete apartados del Reglamento de Usos Lingüísticos de la Universidad Rovira y Virgili de Tarragona por discriminatorios de la lengua castellana.

En un momento histórico en el que la globalización y las organizaciones supranacionales reducen considerablemente la soberanía —mera ficción, para Giddens— del Estado Nación, debe precisarse el alcance de la acción exterior de las Comunidades Autónomas. En este sentido, y en cuanto a la incidencia en el diseño territorial autonómico español de nuestra entrada en la Unión Europea —señala Solozábal— «sólo al Estado central le compete asumir obligaciones ante el Derecho internacional y sólo él responde por su cumplimiento, de modo que las Comunidades Autónomas ni participan del ejercicio del ius contrahendi, ni responden internacionalmente por obligaciones que no han asumido, en virtud de su falta de personalidad internacional»14.

• Finalmente, aunque no en último lugar, pues se trata, para Eliseo Aja, de la deficiencia más importante del Estado de las Autonomías, debe destacarse la débil articulación institucional —faltan convenios, conferencias, órganos comunes, urge reformar el Senado…— entre Comunidades Autónomas y de éstas con el Estado15. No ha de extrañar, por tanto, que recientemente el Consejo Económico y Social, en su informe «Unidad de mercado y cohesión social», subrayara la necesidad de «establecer mecanismos de concertación y coordinación que corrijan las disfunciones que hay entre las distintas administraciones», entre ellas, la desconexión de las ofertas de empleo en las Comunidades Autónomas.

• El régimen autonómico español ofrece, ciertamente, blanco a la crítica: alto costo económico, burocratización excesiva en función del clientelismo, tendencias centralistas de las propias Comunidades, aumento de la desigualdad de renta entre regiones ricas y pobres… Hay razones, sin embargo, y al margen de su irreversibilidad cierta para considerarlo positivo, por cuanto, afirma García de Enterría, el tratamiento democrático deberá ir atenuando aquellos males. De aquí que, para el ilustre jurista, sus rendimientos sociales y políticos deberán ser crecientes. En este sentido: «el cuadro creado no tiene nada de arbitrario y es más bien el más adecuado —y el más común también— para el porvenir inmediato de una España integrada en Europa»16.

Las deficiencias del modelo autonómico

Mas, aun cuando el Estado autonómico ha podido garantizar la pervivencia de las identidades nacionales, no está siendo capaz de reducir suficientemente las tensiones continuamente creadas por los partidos nacionalistas que impiden cerrar definitivamente su construcción. La raíz del conflicto radica en el enfrentamiento de dos conceptos de nación: frente a la nación democrática establecida por la Constitución, fundada en la racionalidad y en los valores universalistas, abierta, por tanto, necesariamente al pluralismo y la diversidad, la concepción étnica de la nación, fundada en la singularidad natural, racial o lingüística, sostenida por los partidos nacionalistas, lleva a la homogeneización cultural o étnica. El rechazo o la falta de lealtad a la Constitución devienen entonces inevitables, convirtiendo la negociación política, complicada por la cultura del agravio, propia de los nacionalismos irredentistas (J. Juaristi), en un proceso inacabable, abierto sólo a la autodeterminación17.

El PNV se ha caracterizado por su ambigüedad: pragmático y, a la vez, marcado por la personalidad de su fundador, esencialista: «los sucesores de Arana —escribe P. Unzueta— han seguido en la práctica una política gradualista, autonomista; pero nunca han revisado sus pactos fundacionales, incluidos aquellos que resultan insostenibles hoy: el racismo antiespañol, la interpretación de la historia vasca como secular resistencia a la dominación hispana, la identificación de los fueros con soberanía, etc.»18. El legado sabiniano, empero, se ha impuesto. Atrás quedan «el discurso del Arriaga», por el que Arzallus afirmaba la legitimidad de las opciones no nacionalistas en el País Vasco y la «Mesa de Ajuria Enea», acuerdo de los partidos democráticos para aislar y neutralizar el terrorismo, ambos de 1987. Uno y otra han sido sepultados por el acuerdo de Estella-Lizarra (PNV, EA, EH e IU) de septiembre de 1998, precedido por los pactos secretos de agosto con ETA, desvelados por Gara. Estella-Lizarra, fruto de una conspiración para destruir la legalidad constitucional, propiciando la tregua de ETA, con la reducción de la violencia a la de «baja intensidad», respalda políticamente sus objetivos en un frente nacionalista. Concluye de este modo la «vía estatuaria», inadecuada para un «ámbito vasco de decisión», que pretende sustituir las instituciones democráticas por una Asamblea de Municipios vascos (Udalbitza), en febrero de 1999, y el concepto de Euskadi por el de Euskal Herria, más propio de los conceptos de soberanía y territorialidad, inclusiva, junto a los territorios vascos, de Navarra y del País Vasco francés, al margen de la voluntad de sus habitantes. Ante un abstracto pueblo vasco, permanente a lo largo de la Historia19, la realidad de una sociedad de ciudadanos libres, disuelto el «sueño de Ermua»20, se desvanece.

La continuación de este inacabado proceso forma parte ya de nuestra más dramática memoria colectiva. Retroceso electoral nacionalista en las capitales y principales poblaciones del país. Termina la utopía de la «construcción nacional», mientras un terrorismo recuperado, legitimado por sus alianzas, reanuda sus asesinatos: Buesa y Jorge Díaz, Pedrosa, Lacalle, Jáuregui… El PNV, obstinado en mantener el Pacto de Estella, doctrina oficial, reafirma en su última asamblea la estrategia soberanista, convertido así en rehén del terrorismo21: «chapoteando en un charco de cinismo y cobardía» (J. Juaristi), se deslegitima con el fin de la ficción de su carácter democrático.

El nacionalismo catalán, inserto en la tradición romántica, caracterizado a lo largo del siglo XIX por un «doble patriotismo»22, excluyente de un proyecto nacionalista distinto al español, trata de potenciar al máximo los diversos componentes de una identidad específica del país (J. M. Puigjaner) que, como su «manera de ser» se codifican en su cultura y su lengua. Ciertamente, se niega a España como nación, siquiera Pujol afirmaría en el debate constitucional —21 de julio de 1978 (Diario de Sesiones, 116/1978)— «nuestra condición de españoles», mas no se rechaza, en principio, la Constitución que ha de ser profundamente reformada a fin de convertir a la Generalitat en la Administración única del Estado en el territorio catalán. El Estado de las Autonomías resulta «artificial», «artrítico» y debe dar paso a un Estado plurinacional23, reforzada la identidad cultural y económica por una verdadera soberanía fiscal y política que asegure el «hecho diferencial catalán». Recientemente, X. Rubert de Ventos, defensor del nacionalismo como elemento humanizador de la abstracción estatal y garantía de la diversidad, sueña de esta forma el futuro de Cataluña: «una interdependencia sin interferencias (…) una capacidad de decisión sin mediaciones ni deseadas ni rentables (…) poder pactar su seguridad aquí y sus infraestructuras allá; sus símbolos con unos y su política social con otros —en cada caso con el que más ofrezca y convenga—. Esto y no otra cosa es hoy la independencia de un país»24. No faltan, sin embargo, las críticas a un nacionalismo que se presenta como «intérprete exclusivo y excluyente de una Cataluña hipostizada, monolítica y ahistórica» (J. Pradera). Apoyado en mitos hoy insostenibles, desde la exclusión del comercio colonial a la concepción de la Guerra Civil como agresión a Cataluña25, el nacionalismo catalán resulta, desde perspectivas políticas distintas, seriamente criticado en la propia Cataluña. Trátese de la Administración, centralista, ineficaz, opaca, escasamente atenta a la cohesión nacional, o de la cultura, cerrada en sí misma, sometida a una política lingüística discriminatoria para el castellano, la lengua usual para más de la mitad de los ciudadanos catalanes…26. También el constante victivismo, aunque sin concretar el modelo final al que se aspira27. Emerge así como alternativa, planteada por el Foro Babel o el socialismo catalán, la negociación de un nuevo pacto constitucional que consagre una España federal, basada en el reconocimiento de las diferencias históricas, culturales y políticas, la igualdad de derechos económicos y políticos, la opcionalidad —Estado o autonomía— en cuanto a la prestación de servicios transferibles, y en una apuesta clara por la subsidiariedad: la Administración sólo hará lo que no puede hacer la sociedad, y dentro de la Administración primará siempre el nivel más cercano28.

La ambigüedad caracteriza al Bloque Nacionalista Galego: rechaza expresamente al independentismo por obsoleto, mas carece de una formulación precisa sobre la articulación política Galica-España-Europa, manteniéndose, en realidad y de forma sólo parcialmente confesa, según J. G. Beramendi, en el viejo proyecto federalizante del nacionalismo gallego29. Para Camilo Nogueira, figura destacada del BNG, la Declaración de Barcelona propone de forma expresa, aunque quizá no muy precisa, la configuración de un Estado plurinacional, de forma asimétrica, con un ejercicio de las competencias en parte confederal y en parte federal, con fundamentos de soberanía compartida y con elementos de cohesión económica y social reconocidos tanto para el Estado como para la Unión Europea30.

La Declaración y documentos de trabajo de Barcelona, Vitoria y Santiago de Compostela, no parecen «demasiado alejados en su fundamentación doctrinal» de la concepción expuesta por Herrero Rodríguez de Miñón en su libro, ya señalado, Derechos Históricos y Constitución, para defender «la pluralidad asimétrica de España, el carácter diferencial que no federal de su estructura». Severamente criticadas por juristas e historiadores, las tesis de Herrero constituyen, para Javier Pradera, «un mal servicio a la racionalidad que debe presidir los debates democráticos»31. La debilidad teórica de los nacionalismos periféricos, agravada en el caso vasco por la feroz persecución de los intelectuales (Ibarrola, Savater, Arteta, Portillo, Juaristi, Azurmendi…), se refuerza, sin embargo, con el apoyo de sectores importantes del clero, de acuerdo con la dimensión pseudorreligiosa que el nacionalismo conlleva. También con cierta y arraigada tradición de la Iglesia española, hostil al nacionalismo liberal, «sustancialmente renuente al proyecto movilizador de la nación de los españoles», proclive, en consecuencia, a «unos discursos nacionalistas de base etnoterritorial, cuyos teorizadores y ejecutores políticos han manifestado una proximidad a la Iglesia católica muy superior a la del personal político que ha gobernado en el conjunto de España»32. Tal actitud, esencialmente contraria al cristianismo33, olvida la dimensión que crecientemente se afirma en la interpretación de la actual realidad vasca, difícil de entender con el simple recurso a la Historia o a las Ciencias Sociales, incapaces, lo denunciaron Nietzsche y Kierkegard, de «captar lo esencial»: la «sobreexaltación continua del orgullo y la vanidad», términos con los que Comte denunciaba la «enfermedad revolucionaria» de los líderes nacionalistas, por ejemplo. Afloran, así, nuevos términos: César Alonso de los Ríos habla de «Marquina y el mal absoluto», Anasagasti menciona a Caín, Laporta de la «pérdida de las bases morales del honor de un pueblo» y Juaristi piensa que estamos «ante la cuestión misma del Mal: el Mal como estupidez, como banalidad, como pedagogía del esclavo». Desde esta profunda dimensión puede entenderse cómo el País Vasco no es ya «una comunidad de hombres libres, sino un conjunto de agresores y atemorizados» (Aurelio Arteta).

Crisis de la identidad española

¿Asalto nacionalista al Estado?, tal como subtitula su libro Si España cae (Madrid, 1994) César Alonso de los Ríos. «Cataluña es una nación, pero España no lo es», afirma Pujol, dejando sin nacionalidad a la mayor parte de las regiones españolas. «No creemos en la nación española ni la aceptamos», reitera Arzallus, con su habitual desprecio por los derechos «de los otros», aunque, recuerda Azurmendi, «hace cien años la inmensa mayoría de los vascos creían ser los más españoles»34. Negada la Nación, se afirma el Estado, plurinacional, confederal, bajo el tenue vínculo de la corona, sometido a una continuada pérdida de competencias como garantía del apoyo a su gobernabilidad. La filosofía subyacente a esta operación de reducción del grosor de la Administración central del Estado radica, escribe Vídal-Quadras, «en consagrar la autonomía política de las Comunidades Autónomas como valor central del régimen constitucional por encima de otros de superior rango como la unidad nacional, la solidaridad entre los distintos territorios o la garantía de las libertades individuales de orden civil y político»35.

Afirmada la deslealtad a la Constitución, explícita o apenas encubierta, como norma básica del quehacer político, los intentos, muy escasos por cierto —el fracasado Proyecto de Reforma de las Humanidades fue uno de ellos—, de desarrollar un sentimiento o un patriotismo constitucional, parecen condenados al fracaso. España, español, españolismo, son términos que tienden a desaparecer del lenguaje por sus connotaciones negativas, asociadas, tan extemporánea como injustamente, a un pasado franquista. Existe, pues, una crisis de identidad española, precisamente en el momento en que el nacionalismo español reaccionario fundamentalista, agresivo, carece de existencia real: «al mismo tiempo que ciertos nacionalismos han incrementado su presión, sus exigencias o han utilizado ese arma como un chantaje, el nacionalismo español unitario ha desaparecido como estado de opinión y como fuerza política»36. Añádanse los problemas que surgirán inevitablemente de unas normalizaciones lingüísticas que transforman «una situación de plurilingüismo razonable y económicamente sostenible, en otra devoradora de dinero público y potencialmente conflictiva»37.

¿Decadencia de los nacionalismos peninsulares? 

Es posible que, sin embargo, a la par con el debilitamiento de los regionalismos, pasado su momento de auge en los años ochenta y principios de los noventa, los nacionalismos hayan alcanzado ya su cénit: al menos subraya E. Lamo de Espinosa, «en su forma identitaria excluyente y en el espacio occidental». ¿Inflexión? La retórica nacionalista, la sobrecarga de los «políticamente correcto» (J. Ramoneda), junto con las deficiencias en la acción de gobierno, pudieran explicar que, según los sondeos del Institut de Ciencies Politiques y Socials de Barcelona, entre 1991 y 1996, la consideración de Cataluña como Comunidad Autónoma de España ascendiera ocho puntos, situándose en el 55% de la muestra, mientras que su percepción como Estado independiente descienda otros tres38. Añádanse que el catalanismo como cultura oficial, excluyente del imaginario colectivo del cualquier manifestación social o cultural no acorde con los símbolos y valores emanados de dicha ideología, propio de la era Pujol, tiende a ser sustituido por un nuevo modelo, consecuencia del definitivo ascenso del sector social procedente de la emigración. Tal modelo, que ya se vislumbra, estará caracterizado, según Rodríguez Tous, por «el sincretismo y la flexibilidad, no determinado por la lengua de uso y poco identificado con la simbología oficial»39. Hoy los nacionalismos, fiscalmente irresponsables (Informe de la Fundación Pi i Sunyer), resultan incapaces de contribuir a la construcción del Estado de las Autonomías, por cuanto «al presentarse como propietarios de su territorio lo que tenía que ser un factor de integración aparece, a menudo, como un factor de división». Y es que sólo los partidos de ámbito nacional resultan aptos para garantizar los intereses generales del Estado40. Por otra parte, los riesgos de desobediencia civil —tal fue el caso de la Junta de Andalucía al aumentar las pensiones no contributivas por encima del incremento experimentado por las del resto del país— en un «marco de competencia desleal y sin reglas de juego aceptadas por todos» (S. Juliá), son ciertos en una situación de relativa provisionalidad estatal. En fin, la ausencia de «apremiantes urgencias históricas» (E. Trías) por parte de los nacionalistas41 obliga a preguntarse por las razones que hacen que determinados individuos se embarquen en una agitación política de carácter nacionalmente alternativo (Hroch)42: hay, pues, que poner en primer término la perspectiva, que tiende a obviarse, de la conquista y disfrute del poder político43. La aplicación al País Vasco resulta obvia: la definitiva institucionalización de la democracia pasa por romper la dependencia de la política vasca respecto del Partido Nacionalista Vasco. Un PNV obstinado por no dar por concluida la Transición, que ha venido disfrutando desde entonces de un plus de legitimidad, de un control de la opinión pública, integrando algunos elementos de su ideario en el discurso progresista, que está perdiendo por su vinculación al terrorismo y su deslealtad constitucional44.

Empero, la posible decadencia de los nacionalismos peninsulares pudiera venir, sobre todo, no tanto de su debilidad teórica, ya subrayada, cuanto de su incapacidad para respetar «el pluralismo interno de la Constitución que convierte la Autonomía en la fórmula (…) más respetuosa con los diferentes sentimientos nacionales de la población». Cataluña o el País Vasco son manifiestamente realidades plurinacionales como reiteradamente vienen acreditando encuestas de opinión y elecciones democráticas, lo que excluye la autodeterminación. Obviamente, cualquier planteamiento secesionista de carácter democrático exige lealtad a la Constitución y, por tanto, al procedimiento previsto para su reforma: en definitiva, debe someterse a la decisión de todos los españoles45. Y los nacionalismos tratan de imponer identidades separadas, desde la radical distinción «ellos y nosotros». Ciertamente, la nación no es en Europa una estructura obsoleta, sino que mantiene una vigencia cierta en cuanto espacio solidario y democrático46. Mas los grandes Estados plurinacionales y pluriculturales protegen mejor la libertad personal y cultural que los Estados pequeños orientados a la homogeneidad étnico lingüística y cultural (E. J. Hobsbaum). Recientemente, Chevènement observaba que la mayor parte de los movimientos nacionalistas y regionalistas se inspiran en una concepción identitaria «encerrada a menudo sobre sí misma y referida a una etnia mitificada»47. La cuestión central surge entonces precisa: se trata de saber «si queremos construir Europa sobre la base de las concepciones étnicas o si, preservando la herencia del Siglo de las Luces, haremos valer la concepción política ciudadana de las naciones, es decir, sociedades fundadas no sobre los orígenes sino sobre la voluntad de vivir juntos»48.

NOTAS

  1. «El problema nacional-español en el inicio de la Transición», en M. H. da Cruz Coelho y otros, Pueblos, Naciones y Estados en la Historia, Salamanca, 1994, p. 165.
  2. Cit. Por S. Juliá, «Chantaje permanente», El País, 20 de octubre de 1996
  3.  Cfr. A. de Blas, Sobre el nacionalismo español, Madrid, 1989, pp. 77 y ss.
  4.  A la altura de 1994 escribía Andrés de Blas: «Que la indagación en torno al Estado y a la Nación y los nacionalismos de los españoles sea hoy tan escasa, llena de lagunas y prisionera de prejuicios contrarios a la idea misma de España revela, en el mejor de los casos, desproporcionados niveles de inhibición e imprudencia en los correspondientes ámbitos académicos», El País, 25 de febrero de 1994.
  5. «El problema nacional-español en el inicio de la Transición», pp. 163 y ss.
  6.  Cfr. E. Gellner, Nacionalismo, Barcelona, 1998.
  7.  «El entierro de la Constitución», El País, 29 de diciembre de 1995.
  8.  Los Tribunales Superiores de Justicia no son, sin embargo, órganos de la respectiva Comunidad Autónoma, sino del Poder Judicial, único que establece la Constitución en el artículo 152 (STC de 23 de abril de 1998).
  9.  J. J. Solozábal, «Sobre el Estado Autonómico español», Revista de Estudios Políticos, 78 (Nueva Época) (octubre-diciembre, 1992), pp. 116. Cfr. también E. García de Enterría, Estudios sobre Autonomías territoriales, Madrid, 1985; J. Jiménez Blanco y J. Martínez Simancas, El Estado de las Autonomías, Madrid, 1997; F. Tomás y Valiente, El reparto competencial en la jurisprudencia del Tribunal Supremo, Madrid, 1988.
  10.  Se trata de establecer «cuáles son los límites aceptables de las diferencias fiscales, en ingresos y pagos, entre las distintas Autonomías españolas y qué impuestos y qué gastos tienen que ser idénticos en todo el territorio nacional» (A. Recarte). O, dicho en términos de Antoni Castells, de formular un modelo basado en la corresponsabilidad fiscal, la autonomía, la suficiencia financiera y la solidaridad: «Qué impuestos deben gestionar las Autonomías, qué mecanismos de nivelación se establecen para igualar los recursos por habitante en las distintas Autonomías y cómo evitar que las diferencias del sistema foral no comporten privilegios ni agravios para el resto de las Comunidades».
  11. Los afirma M. Herrero de Miñón, Derechos Históricos y Constitución, Madrid, 1998. Vid., también, entre las críticas a este libro, J. Pradera, «Cuentos de hadas para uso político», Claves de Razón Práctica, 188, pp. 50-59 y J. M.a Portillo Valdés, «¿Historia que se constituye? Miguel Herrero de Miñón y los derechos históricos vascos», Revista de Libros, 26 (febrero, 1999), pp. 20-21.
  12. Tales exigencias de los partidos nacionalistas se expresan en las Declaraciones de Barcelona, Vitoria y Santiago. Cfr. J. Pradera, op. cit.; F. Rubio Llórente, «La reforma de la Constitución», El País, 10 de septiembre de 1998; J. M. Pujáis, Les noves fronteres de Catalunya, Columna, 1998; M. Jiménez de Parga, «Reforma o destrucción de la Constitución», ABC, 2 de octubre de 1998; F. Requejo, Federalisme per a qué, Edicions 3 i 4, 1998, y «Plurinacionalidad y asimetrías federales», El País, 10 de septiembre de 1998.
  13. Cfr. Foro Babel, El nacionalismo y las lenguas de Cataluña, Barcelona, 1999; F. de Carreras, «El error de fondo», El País, 26 de enero de 1998; M. Jardón, La normalización lingüística, una anormalidad democrática, Madrid, 1983; T. R. Fernández, «¿Es constitucional el modelo de bilingüismo integral?, ABC, 5 de julio de 1995.
  14. Ello no obsta para que, de acuerdo con la delimitación competencial establecida por la Constitución, corresponda a las Comunidades Autónomas, «en exclusiva o de modo compartido (…) la ejecución de los contenidos materiales de los compromisos contraídos por el Estado central», J. ]. Solozábal, op. cit., p. 127.
  15. E. Aja, «Los problemas actuales de articulación del Estado autonómico» Revista de Occidente, 229 (Junio, 2000), pp. 35-54, y El Estado autonómico. Federalismo y hechos diferenciales, Madrid, 1999.
  16. «Sobre el modelo autonómico español y sobre las actuales tendencias federalistas», Cuenta y Razón, 30 (octubre, 1987).
  17.  La autodeterminación fue introducida por los grupúsculos troskistas y marxistas (LCR y MCE) en el vocabulario político vasco (P. Unzueta). Se trata de un concepto reconocido por la ONU en relación con el proceso de descolonización, pero que no puede ser invocado para deshacer un Estado unitario existente (E. García de Enterría).
  18. «Se buscan historiadores», El País, 4 de diciembre de 1997. Sobre el nacionalismo vasco cfr., del mismo autor, Sociedad vasca y política nacionalista, Madrid, 1987; S. de Pablo, L. Mees y J. A. Rodríguez Sanz, El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco, I: 1895-1936; J. L. de la Granja, El nacionalismo vasco (1876-1975), Madrid, 2000; A. Darré, «Le Parti Nationaliste Basque. Un mouvement périphèrique et totalisant», Revue Franfaise de Science Politique, vol. 40, nº 2 (Avril, 1990); J. Arregui y D. López Garrido, Ser nacionalista. Dos visiones en diálogo, Madrid, 2000; J. Fome concluye Euskadi; nation et idéologie, afirmando: «il est difficile de trouver en Europe une societé qui ait pousse aussi loi u l’exclusion et la ségrégation sociale»; M. Azurmendi, La herida patriótica (La cultura del nacionalismo vasco), Madrid, 1998.
  19. Sobre el pueblo vasco, cfr. A. Arnaiz Villena y J. Alonso García, El origen de los vascos y otros pueblos mediterráneos, Madrid, 1998; J. Aranda Aznar, «La mezcla del pueblo vasco», Empiria, 1, 1998.
  20. Tras el asesinato del concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, trescientos ciudadanos vascos presentaron en febrero de 1998 un «Manifiesto por la democracia de Euskadi», violentamente atacado por el PNV.
  21. J. Juaristi ha puesto de relieve cómo la actitud del PNV ante ETA durante la Transición fue de «tibieza, connivencia, permisividad y oportunismo», ABC, 11 de enero de 1998. Sobre ETA, cfr. K. Aulestia, HB. Crónica de un delirio, Madrid, 1998; F. Domínguez Iribarren, De la negociación a la tregua. ¿El final de ETA?, Madrid, 1998; A. Elorza, J. Mª Garmendia, G. Jáuregui, F. Domínguez, La historia de ETA, Madrid, 2000.
  22. J. M. Fradera, «El proyecto liberal catalán y los imperativos del doble patriotismo», en A. Mª García Rovira, ed., España, ¿nación de naciones?. Ayer, 35, 1999; J. Ll. Marfany, La cultura del catalanisme. El nacionalisme catalá en el seus inicis, Barcelona, 1995.
  23. Cfr. J. A. Durán Lleida, Prólogo a España-Catalunya. Un diálogo con futuro, X. Bru de Sala y X. Tusell, eds., Barcelona, 1998.
  24. X. Rubert de Ventós, Nacionalismos. El laberinto de la identidad, Madrid, 1994; y «¿Soberanía? No, gracias, apenas la independencia», El País, 16 de octubre de 1998.
  25. Cfr. C. Martínez Shaw, «Mitos de la historia. Revisión de viejas interpretaciones del pasado de Cataluña», El País, 1 de mayo de 1996; I. Riera, Los catalanes de Franco, Barcelona, 1998.
  26. Cfr. A. Vidal-Quadras, Amarás a tu tribu, Barcelona, 1998; A. Espada, Contra Cataluña, Barcelona, 1997.
  27. F. de Carreras, «¿Qué dice el Foro Babel.7», El País, 29 de julio de 1998.
  28. El documento del PSC, Por Cataluña (septiembre de 1998), que contiene las ideas expuestas, elogia, sin embargo, el pacto constitucional de 1978, mediante el cual «la democracia española renunció a imponer a España un Estado centralista y unitario y Cataluña renunció a reivindicar su independencia».
  29. «Proyectos gallegos para la articulación de España», Ayer, 35, pp. 147-169.
  30. «El ruido y la razón», El País, 21 de septiembre de 1998.
  31.  Op. cit., p. 59.
  32. A. de Blas, «Catolicismo y nacionalismos en España», El País, 22 de mayo de 1996.
  33. Cfr. F. J. Laporta, «Sobre la autoridad moral del Episcopado español», El País, 5 de abril de 1999.
  34. M. Azurmendi, La herida patriótica, cit. por P. Unzueta, «Vascos de verdad por verónicas», El País, 21 de mayo de 1998.
  35. Amarás a tu tribu, p. 149.
  36. S. Julia, «Españolistas inconfesos», El País, 8 de marzo de 1998.
  37. J. R. Lodares, «Made in Spain», El País, 19 de mayo de 2000.
  38. E. Lamo de Espinosa, «¿Inflexión del nacionalismo?», El País, 10 de noviembre de 1997; J. Ramoneda, «El aura nacionalista», El País, 16 de abril de 1998.
  39. «Política y sociedad catalanas en los últimos años del pujolismo», El Noticiero de las Ideas, 3, julio-septiembre de 2000, pp. 68-76. Cfr., también, M. Porta Perales, Adeu al naáonalisme. El catalanisme en lera postnacional, Barcelona, 1997. A. Strubell, El cansament del catalanisme, prólogo de Salvador Cardús, Barcelona, 1997.
  40. Cfr. A. de Blas Guerrero, «Política autonómica y límites del disenso», El País, 20 de noviembre de 1997; F. de Carreras, «¡Quién acabará de construir el Estado de las Autonomías?», El País, 21 de noviembre de 1996.
  41. El PIB vasco ha crecido desde 1996 tres puntos más que la media española y el paro que en 1995 era superior en 1’3 puntos al del conjunto español se sitúa hoy cinco décimas por debajo y se espera que no supere el 11% a fines del año próximo.
  42. Cit. por M. Martí y F. Archilés, «La construcción de la Nación española durante el siglo XIX: logros y límites de la asimilación en el caso valenciano», Ayer, 35, p. 190.
  43. Tal cree Francisco Ayala, «El nacionalismo es un instrumento de poder», El País, 12 de agosto de 1992.
  44. Cfr. S. Julia, «Salir del atolladero», El País, 11 de junio de 2000; A. de Blas, «La salida de la crisis vasca», El País, 10 de junio de 2000; E. Uriarte, «Las claves del dominio nacionalista en el País Vasco», El Noticiero de las Ideas, 3, pp. 2224; M. Montero, «La interminable transición de los vascos», íd., pp. 25-27; J. A. Zarzalejos, «El PNV a la búsqueda de su enésima impunidad política», ABC, 22 de agosto de 2000.
  45. Cfr. J. M.a Santos, «Independentismo y orden público europeo», El Mundo, 14 de agosto de 2000.
  46. Cfr. Y. Lacoste, Vive la Nation. Destin d’une ideé geópolitique, París, 1997. P. Birnbaum, La France imagineé, París, 1997. Para Joschka Fisher «en el Estado nacional posnacional, el elemento político ha perdido importancia y se ha desplazado hacia Europa, mientras el elemento cultural se ha fortalecido», Entrevista, El País, 9 de julio de 2000. Sobre la realidad actual, J. de Esteban, El Estado-nación y sus enemigos, Madrid, 2000.
  47. Si este tipo de nacionalismo gana, «la democracia pierde», afirma Timothy Garton Ash, Entrevista, El País, 24 de junio de 2000. Para una poco matizada apología del nacionalismo, cfr. M. Herrero de Miñón, «¿Qué es el nacionalismo?», Ayer, 35, pp. 200-206.
  48. «Los micronacionalismos amenazan Europa», El Mundo, 6 de junio de 1999.

Paradigmas literarios de la educacion humanistica, una traicion viva

Columbia University, Nueva York, otoño de 1991. El profesor Tayler inicia su curso sobre Humanidades y Literatura escribiendo cuatro grupos de iniciales en la pizarra: WASP, DWM, WC y DGSI. Entre los alumnos que asisten al curso —gente de 18 años, recién llegada a la universidad— destaca David Denby, de 49. El conoce perfectamente el significado de los dos primeros grupos, es más, precisamente por eso ha vuelto a Columbia al cabo de treinta años. Los «Cursos sobre los Grandes Libros», como éste al que ahora asiste de nuevo, han generado un amplio debate en el panorama cultural y político en los Estados Unidos. Denby ha estado preguntándose qué tienen los clásicos que los hace «objeto de ira entre las mujeres, la comunidad afroamericana y los académicos radicales» por un lado, mientras que, por otro, «ofrecen tantos motivos para un complaciente triunfalismo a los políticos conservadores del sexo masculino» (Denby, 1996, p. 13). Denby ha vuelto a Columbia para tratar de esclarecer este asunto y ahora escucha las primeras palabras pronunciadas por el profesor Tyler en la clase: «Este curso ha sido atacado durante treinta años. La gente ha dicho —y señala el primer grupo de iniciales— que los escritores que vamos a estudiar son todos varones blancos anglosajones protestantes. No es verdad, pero eso parece que no importa. Se ha dicho también que son varones blancos muertos; no es verdad, pero eso tampoco importa. Que todas las obras se centran en la civilización occidental. Esto tampoco es verdad, porque no hay una civilización occidental, sino muchas; pero eso no importa. La única cosa que importa es ésta». Nos miró y después se giró de nuevo hacia la pizarra considerando las iniciales DGSI cuidadosamente, con respeto, rascándose la barbilla. «Don’t get sucked in», dijo finalmente (…). No dejen que les coman el coco con ideologías. Ustedes no están aquí por razones políticas» (ibíd. p. 31).


LOS AÑOS 90 EN LA UNIVERSIDAD DE COLUMBIA


Como estudiante de Literatura Inglesa, Denby había asistido treinta años atrás a un curso dado por Tayler —que por entonces no era más que un joven profesor ayudante—. Aquellos eran los tiempos de Lionell Trilling, el profesor de Literatura más famoso que ha tenido Columbia. Ahora, en los 90, Edward Tyler es el «profesor Lionel Trilling» en Humanidades. Las cosas han cambiado en Columbia desde que Denby era estudiante. Actualmente, la clase está formada por 22 alumnos de los que sólo cuatro son varones blancos: a partir de 1982 las mujeres pueden estudiar en Columbia College y la diversidad étnica ha aumentado conforme han pasado los años. Sin embargo, en comparación con otros colleges y universidades, la inmutabilidad del curriculum en Columbia es evidente: está centrado en la tradición occidental; no con la intención de excluir otras tradiciones, sino para dotar a los estudiantes de una base firme sobre la que apoyarse. En el primer semestre, por ejemplo, la lista de libros que hay que estudiar abarca desde La llíada de Homero hasta el Génesis y el Libro de Job del Antiguo Testamento; y en el segundo, desde los Evangelios hasta To the Lighthouse de Woolf, siguiendo un criterio estrictamente cronológico.


El profesor Tyler comienza con La Ilíada. Y, de nuevo, empieza a la defensiva, porque en la década de los 80 esta obra ha producido una cierta consternación en Columbia, siendo considerada, entre otras cosas, un poema que oprime a las mujeres y glorifica la guerra. Tyler explica a sus estudiantes cómo acercarse a los textos de la Antigüedad. «Deben leer algo que se ha producido en otra cultura. En ellos no se habla de psicología —añade—, no se presentan conflictos entre libertad y determinismo, no hay divisiones entre lo objetivo y lo subjetivo. Es ante todo y sobre todo un poema épico» (ibíd., p. 45). Tyler intenta, según reporta Denby, conseguir que el texto les hable por sí mismo. Pero esto, admite Tyler, es algo que «no sólo se considera imposible, erróneo, sino incluso cargado de alguna secreta intención política» (ibíd., p. 43). Aún así pretende iniciar a los estudiantes en la lectura de La Ilíada de manera adecuada a su carácter épico. «Miren, su bagaje cultural está constituido por novelas, películas y programas de televisión; están acostumbrados a leer centrándose en el desarrollo psicológico de los personajes. Pero este poema no es una novela». Así habla Tyler para suscitar en sus alumnos una cierta sensibilidad hacia los «Grandes Libros».


LA DÉCADA DE LOS 60


Es posible que el famoso profesor Trilling experimentara unas dificultades semejantes en los años 60, cuando empezó a debatirse cuáles eran los libros que debían incluirse en la lista de los Grandes. Al final de su vida, Trilling tenía una visión más bien pesimista respecto al futuro de la educación humanista liberal, tal como se pone de manifiesto en una ponencia que presentó en 1974 —un año antes de su muerte— en el Congreso Educated Person in the Contemporary World (Trilling, 1979, pp. 160 y ss.). Trilling reconoce que el mismo tema del Congreso manifiesta un cierto y renovado empeño por fomentar el cultivo de las Humanidades. Pero él personalmente sostinene, con tristeza, una postura más desesperanzada y considera que la sociedad actual tiende, cada vez más, a alejarse del ideal de la formación humanística.


Al inicio de los 60, el ambiente en los colleges y universidades de Estados Unidos era bastante diferente del actual. Se respiraba un clima muy crítico y los estudiantes del Columbia College también tenían sus reivindicaciones respecto a la educación liberal. En 1965, Trilling pronunció una conferencia en el Newnham College de la Universidad de Cambridge (cfr. Trilling, 1980, pp. 181 y ss.), en la que se sitúa, una vez más, en la tradición de la educación liberal tal como había sido entendida por Sidgwick y Thomas Arnold. Ambos son las figuras claves de la transición que condujo desde el estudio de las lenguas clásicas al de la Literatura Inglesa, sin dejar de mantener una postura clásica en la defensa del estudio de la literatura. La defensa clásica —humanista— del estudio de la literatura se apoya en la contribución de ésta a la educación integral de la persona. Estos dos defensores de la literatura subrayan su importancia a la hora de aumentar la sensibilidad, claridad y vivacidad en el ámbito emocional. Tradicionalmente se ha considerado que el estudio de la literatura «tiene una efectividad única a la hora de abrir la inteligencia e iluminarla, purgarla de prejuicios y de ideas no asimiladas, y en hacer a la mente libre y activa» (Trilling, 1980, pp. 183-184). El estudio de la literatura no interesa en cuanto ejercicio de crítica literaria. El verdadero objeto en el que se centra el análisis son los asuntos pácticos: las cuestiones morales y políticas. La frase de Arnold que define la literatura como «crítica de la vida» lo pone de manifiesto. Lo que Arnold criticaba era la complacencia, pasividad y satisfacción de las clases medias. Y aunque Trilling comparte esta visión y piensa que la literatura tiene una función crítica, su problema como profesor de Humanidades en los 60 parece constituirlo la paradoja que este espíritu crítico es algo pacíficamente aceptado.


Los estudiantes que asistían a las clases de Trilling fueron arrastrados por la literatura moderna. «Cada vez más, los alumnos presionan para que se haga un sitio en el curriculum la literatura moderna» (ibíd., p. 188). Mientras que en la época de Sidgwick y Arnold tenía sentido que la educación liberal pretendiera distanciar a los estudiantes de la complacencia, prejuicios y presupuestos de la clase media acomodada de la que procedían, los estudiantes de los años 60 estaban desde el principio bastante predispuestos a identificarse con la crírica y la contracultura. Podemos pensar en estudiantes como Denby, que —como él mismo reconoce— «creamos nuestra propia versión snob de Columbia» al celebrar a escritores modernos como Kafka y Sartre, Ginsberg y Kerouac (Denby, 1996, p. 40). Sin embargo, en la misma medida en que la crítica literaria se acepta, y funciona como moneda de cambio entre quienes forman un grupo, pierde su poder subversivo. Entonces «uno se tiene que preguntar si, en nuestro ámbito cultural, el estudio de la literatura continúa siendo un medio adecuado para desarrollar y refinar la inteligencia. La teoría de la educación literaria, tal como había sido formulada inicialmente, suponía que la literatura llevaba a la persona más allá de la cultura y le permitía separarse de los ídolos del Mercado, la Tribu, el Teatro e incluso de la Caverna. Quizá la literatura fue capaz de hacer eso en algún momento, pero ahora debemos preguntarnos si esa primitiva intención no se ha invertido y si la literatura, de hecho, no vuelve a asentar los viejos ídolos bajo nuevas formas de su propia invención» (Trilling, 1980, pp. 201-202). En resumen, la pregunta que plantea la conferencia pronunciada por Trilling es si la defensa clásica de la educación humanista liberal ha perdido su validez.


LOS AÑOS 20


Cuando el propio Trilling era tan sólo un estudiante en Columbia en los años 20, el ideal de la educación humanista gozaba de gran prestigio. «Inteligencia» era la palabra clave de un nuevo movimiento que estaba emergiendo y Columbia College era el lugar donde esto sucedía (cfr. Trilling, 1979, pp. 226 y ss.). La literatura se enseñaba no como una disciplina académica, como una asignatura. «Lo que se tenía en la cabeza no era una persona informada, sino cultivada en amplitud y profundidad, una persona inteligente, porque se trataba también de una inteligencia de las emociones y de las fuerzas vitales» (ibíd., p. 231). John Erskine, «uno de nuestros eminentes profesores» (ibíd.) acuñó el término. Y Trilling se educó en esa atmósfera. «La gran palabra en el College era INTELIGENCIA. Cuando pronuncio esa palabra, recordando aquellos tiempos, pienso que en los últimos años ha caído en el olvido. Me parece que ha pasado mucho tiempo desde que oía que una persona era alabada por su inteligencia, es decir, por la actividad de su mente, por su capacidad de ir a lo esencial, de hacerse cargo de los puntos débiles u oscuros y por su prontitud para afrontar las dificultades y la complejidad» (ibíd., p. 230). Sin embargo, la noción de «capacidad crítica», o pensamiento crítico —aun siendo también un concepto clásico que se incluye en la descripción de la educación liberal— parece que no guarda una conexión tan estrecha con los recuerdos de Trilling. Analicemos el inicio de la conferencia en la que esboza su autobiografía: «Me sorprendo cada vez que oigo que se refieren a mí calificándome como un crítico literario. Después de que me estén llamando así durante más de treinta años, el papel y la función que este nombre designa me sigue pareciendo raro. No diré extraño, sólo digo raro. Con el transcurso del tiempo he aprendido a aceptar el nombre —a convivir con él, como suele decirse— e incluso a sentirme satisfecho. Pero siempre me asusta un poco, me echa para atrás, aunque sólo sea momentáneamente y me provoca una mueca interior»(ibíd., p. 227).


Quizá fue el tema de su tesis doctoral sobre Matthew Arnold lo que le convirtió en un crítico. Empezó por interesarse por Arnold, el poeta melancólico, pero acabó con Arnold el crítico, «el primer intelectual en materia literaria del mundo anglosajón» (ibíd., p. 239). Las cuestiones morales que surgen al contacto con la experiencia de la vida, con la cultura y la historia, le ganaron el terreno a los intereses estéticos. Así en el capítulo dedicado al «espíritu del crítico», dentro de su trabajo sobre Arnold, leemos: «La primera función de la crítica es «ver el objeto tal cual es realmente», es decir, descubrir lo que es real, detrás de la palabra sencilla o de la retórica hinchada. Hegel nos muestra un ejemplo de ejercicio de la crítica, tal como la entiende Arnold, al señalar: «Cuando hablamos de libertad, tenemos que tener siempre cuidado y mirar si en el fondo no nos estamos refiriendo a la afirmación de algún interés privado»» (Trilling, 1977, p. 202). Marx y Freud han contribuido también a forjar la idea de criticismo que tiene Arnold, que considera inherente a toda la literatura moderna y a la vida intelectual de Europa desde el siglo XVIII con la Revolución francesa. La gran labor de la inteligencia sería llevar a cabo una tarea crítica, que tiene como fin desenmascarar, ver a través de las caretas, desvelar la falsedad del orden establecido, porque nada es lo que aparenta ser.


¿BATALLAS? UN CASO PARA COMPARAR


Un año antes de su muerte, acaeci da en 1975, Trilling hace memoria de su experiencia como profesor en los años 30, 40 y 50, considerándola especialmente afortunada. El ideal de la educación liberal humanística que considera que «el mejor ciudadano es la persona que ha aprendido de las grandes mentes y almas del pasado qué bellas son la razón y la virtud y qué difícil es alcanzarlas» (Trilling, 1979, p. 165), estaba firmemente establecido. La orientación hacia el pasado, hacia los clásicos, no se ponía en tela de juicio; el canon de los Grandes Libros —desde la antigua Grecia hasta Goethe o quizá hasta Dostoyevski— no se discutía. Pero en la década de los 60 este ideal de educación empezó a perder atractivo; la orientación hacia el pasado se empezó a cuestionar y los estudiantes «presionaban a favor de lo contemporáneo». Y así, en un artículo de 1961, leemos cómo su admirado profesor Trilling emprendió la tarea de enseñar literatura moderna (Trilling, 1980, pp. 3 y ss).


Los estudiantes exigían literatura contemporánea y los profesores accedieron, aunque de mala gana, como se desprende de la lectura del pasaje en el que Trilling —a quien habían encomendado la tarea de explicar el curso solicitado— expresa el sentir general de los profesores de Columbia. «Muy bien, si quieren literatura moderna la tendrán. Les daremos con ella, como dice Henry James, en toda la cara. Daremos el curso, pero lo daremos al más alto nivel. Y si los estudiantes piensan (que lo piensan) que la literatura moderna se rendirá a sus pies sin requerir esfuerzo por su parte, ya verán lo fácil que les va a resultar encontrarse con Yeats y Eliot, con Joyce y Proust y Kakfa, con Lawrence, Mann y Gide» (Trilling, 1980, p. 7). Trilling sabe lo que esos estudiantes todavía desconocen. Él ha estado leyendo las obras modernas durante años; obras como À la recherche du temps perdue o el Ulysses. O mejor —dice parafraseando a Auden (los buenos libros nos leen)—, él ha sido leído por ellos. «Algunos de esos libros al principio me rechazaron; yo les aburría. Pero conforme me fui haciendo mayor y llegaron a conocerme mejor, empezaron a sentir más simpatía hacia mí y a entender mis significados ocultos. Y nuestra relación se ha hecho muy íntima. No hay literatura que sea tan estremecedoramente personal como la contemporánea, pues nos hace preguntas que la buena educación nos prohibe formular. Nos pregunta si somos felices en nuestro matrimonio, si estamos contentos con nuestra vida familiar, con el ejercicio de nuestra profesión, con nuestras amistades» (ibíd., pp. 7-8). Comprender algunos libros modernos, como los que hemos mencionado, es muy difícil y cuando te atrapan pueden hacerte sentir mucha vergüenza a causa de su «fuerza extravagantemente personal». Y por ambos motivos, plantean muchos problemas a la hora de enseñar literatura.


Me parece que puede ser interesante comparar este sucedido de los 60 con el debate actual sobre los Grandes Libros. Ahora lo que se demanda es que se incluyan otro tipo de obras, además de las contenidas en el canon de la tradición occidental. La razón que se aduce es que en estos libros, provenientes de voces diferentes, podrían reconocerse mejor personas de otras razas, y las mujeres, y quienes quedan fuera de la voz expresada por los DWM en sus obras del pasado.


Muchos se han sumado a este debate; pero aquí nos vamos a ocupar solamente de una de las personas que han contribuido a él: Jacques Barzun, amigo y colega durante mucho tiempo de Trilling en Columbia. En 1987, cuando ya tenía 80 años, pronunció una conferencia importante en St. Johns College (Barzun, 1992, p. 133). El tono de la intervención de Barzun en este debate es suave, como quien no quiere echar leña al fuego. Claramente, no representa a ese extremo de los varones blancos conservadores, henchidos de gozo triunfalista en relación con el canon occidental. Es perfectamente consciente de los cambios históricos que experimenta el canon de los Grandes Libros de vez en cuando. Pero, a pesar de todo, Barzun defiende a los clásicos. Los clásicos merecen, más que los «libros normales», ser leídos porque tienen «densidad» y afirma, con Henry James: «Hay mucho contenido en cada línea o párrafo; cada frase contiene una idea; y la obra en su conjunto abarca hectáreas de pensamiento y emociones» (ibíd., p. 134). Hay muchos libros que pueden ser leídos como se lee un periódico: progresando rápida y fácilmente en su lectura. Pero los clásicos exigen más, cuesta leerlos. Se tiene a veces la impresión de que «densidad» y «antigüedad» van de la mano y que las obras contemporáneas son fáciles de leer: «Conformarse con lo que se lee fácilmente crea hábito y esto es lo que hace que una inmensa mayoría, en cualquier lugar, incluyendo a quienes han recibido una formación universitaria, lean sólo literatura contemporánea y, dentro de ella la que puede ser leída sobre la marcha» (ibíd., p. 136). Precisamente porque no es fácil leer a los clásicos, es por lo que se hace necesario que a uno le enseñen y le orienten. El «vínculo vivo con el pasado» (ibíd., p. 135), se establece solamente cuando las vidas, circunstancias y emociones pretéritas se reconstruyen a partir de las palabras que están en cada página. Y esto sucede, porque el interés «en los clásicos en cuanto humanidades» no se centra en la gramática o en la estructura o cualquier otro aspecto de la forma lingüística: «La obra está ahí para proyectar su propia luz; no es material para ser diseccionado o para la erudición» (ibíd, p. 146). En otras palabras: la obra debe hablar por sí misma.


Si la vida le hubiera permitido continuar en el debate actual, Trilling habría estado de acuerdo con esta última afirmación, que se mueve en la línea de lo que él y Barzun enseñaban en los años que coincidieron en Columbia. Pero tras su experiencia como profesor de Literatura Moderna, Trilling podría haberle discutido a Barzun que «antigüedad» y «densidad» deban identificarse. Desde luego, los libros que él incluyó en su curso no son del tipo de los que se leen sobre la marcha, y la densidad de un Joyce o un Proust no es menor que la de un clásico: al contrario, se ve intensificada por ser un escrito contemporáneo.


Esta última observación puede ayudarnos a comprender mejor el papel que desempeña la tradición en la comprensión de los llamados Grandes Libros, los clásicos. Reflexionando sobre los problemas específicos que tenía que afrontar para enseñar literatura moderna, avant garde, Trilling decidió no seguir el camino fácil de los análisis estructurales sino que decidió mantenerse fiel a la tradición humanista. «Creo que el estudio del arte a nivel universitario es capaz de enfrentarse al poder de una obra de arte de manera plena y valiente. Creo que incluso es capaz de descubrir y desvelar un poder que nunca había sido sentido anteriormente. Pero se obtienen estos resultados tras el estudio académico de la obras de arte cuando se examinan las obras del pasado. El tiempo produce el efecto de aquietar la obra de arte, de domesticarla y transformarla en un clásico, que es otro modo de decir que la convierte en un objeto que nos hemos acostumbrado a contemplar. El estudio académico bien planteado puede invertir este proceso y hacer que la obra de arte recupere toda su frescura y su fuerza; puede hacer aparecer potenciales insospechados» (Trilling, 1980, pp. 910). Teniendo eso en cuenta, el problema que plantea la comprensión de los clásicos es que hay que romper con algunos tipos de lectura demasiado reverentes o estereotipadas, para dejar que la obra hable por sí misma; mientras que con las obras modernas el problema es bien diferente, porque no hay una manera habitual de leerlas, una interpretación establecida, catalogada, que se pueda utilizar como punto de partida.


Esto conecta directamente con el pensamiento de Gadamer, en el que ocupa un lugar importante la consideración de la historicidad de la interpretación. Según Gadamer, el distanciamiento en el tiempo no es un elemento negativo que haga más difícil la comprensión. Debemos rechazar la idea de que se comprende una obra cuando se produce una especie de empatia entre el autor y el lector; así como el presupuesto de que el hecho de ser contemporáneos supone una familiaridad inmediata del lector con el libro. Al igual que Trilling, Gadamer señala que es una experiencia bastante común el sentirse desconcertado por las expresiones artísticas de la época en la que uno vive, por el contrario los clásicos se nos presentan con toda una historia de interpretación a sus espaldas que nos sirve como punto de partida para la comprensión. Por lo tanto, el distanciamiento en el tiempo no es un abismo que debamos eliminar para acceder a la comprensión; es un elemento productivo a la hora de la interpretación, porque la distancia temporal supone que esa obra ha ganado una Wirkungsgeschichte, una historia de interpretaciones y de modos de ser comprendida: en una palabra, una tradición. Y también nosotros mismos, como intérpretes de una obra, formamos parte de esa historia de interpretaciones. Habitualmente, partimos de una precomprensión, de un supuesto o un prejuicio cuando nos disponemos a entender algo. Y precisamente porque, en el caso de las obras contemporáneas, no contamos con una tradición, es por lo que nos resulta más difícil comprenderlas.


Trilling resolvió el problema de la falta de tradición cuando preparó el curso sobre literatura moderna tratando de construir un contexto histórico y cultural en el que situar la literatura contemporánea que debía explicar. Así, no empezó directamente con el estudio de las obras de Eliot, Joyce y Proust, sino que retrocedió en busca de libros que le sirviese de prólogo. Empezó con La rama dorada de Frazer y El nacimiento de la tragedia de Nietzsche, obras que hacían aparecer elementos noracionalistas, primitivos, dionisíacos en el centro de la existencia humana. Continuaba con El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, donde afloran los lados más oscuros del colonialismo («su mensaje, extraño y terrible, muestra la contradicción inherente a lo que llamamos vida civilizada»); después Muerte en Venecia de Thomas Mann, El malestar en la cultura de Freud, y otras obras con las que pretendía crear un contexto para que las obras de la literatura avant garde que los alumnos exigían pudieran interpretadas. Trilling resume: «El autor de La montaña mágica dijo en una ocasión que toda su obra podía ser entendida como el esfuerzo para autoliberarse del conformismo de la clase media, y esto puede servir para describir la intención principal de toda la literatura moderna» (Trilling, 1980, p. 26). El significado crítico, subversivo de la literatura aparece nuevamente en primer plano.


No sabemos cómo fue recibido el curso de Trilling por los estudiantes. Lo que sí sabemos, y ya lo hemos mencionado, es que Trilling mantenía al final de su vida una postura pesimista en relación con lo que iba a ser el futuro de la educación liberal humanista. Observaba en la literatura contemporánea una asimilación entre el liberalismo político y una fluidez personal, en la que el deseo de forjar la propia identidad ha desaparecido y la tendencia a «considerar que dejarse llevar por las energías vitales es igual —en el sentido mental y moral— e incluso superior, a sostener una intención definida» (Trilling, 1989, p. 174). El no utiliza esta palabra, pero Trilling está observando lo que puede llamarse «posmodernidad», algo totalmente opuesto a lo que Arnold llamó «crítica de la vida», y que en palabras de Trilling, constituye «el ideal de la educación humanista».


EL ESCENARIO ACTUAL


No sabemos si parte de la causa del pesimismo de Trilling fue su experiencia como profesor de literatura moderna en contacto con los estudiantes («modernos» o «posmodernos») de los 60. Pero quizá podamos poner en relación este hecho con el ilimitado relativismo cultural que afecta a los estudiantes de los 80, observado y denunciado por Alian Bloom, defensor de la tradición de la lectura de los clásicos en la educación superior norteamericana en su best seller El cierre de la mente americana (1980). Según Bloom, la actitud habitual entre los estudiantes es la de la pereza intelectual elevada a la categoría de principio moral: cada uno tiene derecho a tener su propia verdad y sus propios valores. Se debe rechazar la discriminación, cualquier tipo de discriminación. Y por ello se considera incorrecto «discriminar» una cosa de otra para juzgarla y definir racionalmente la propia posición; es decir, estar de acuerdo con esto, y en desacuerdo con lo otro. O sea, estamos en las antípodas de lo que Erskine y Triling llamaban «inteligencia».


Si observamos cuál fue la respuesta de Trilling a las exigencias de sus alumnos —preparó un curso y lo hizo de tal manera que es evidente que se tomó muy en serio tanto a sus alumnos como a la literatura moderna— tendremos que admitir que no se puede identificar su postura con la respuesta conservadora de Bloom, quien sólo considera adecuada la vuelta a los «buenos viejos clásicos». La postura de Bloom ha sido duramente criticada, no sólo por posmodernos o relativistas culturales, como era de esperar. También aquellos que defienden el ideal de la educación humanista critican su defensa de los clásicos, porque la consideran contraproducente, ya que presta un flaco servicio a la causa de las Humanidades por culpa de su esencialismo.


Gutman, por ejemplo, en su Introducción al trabajo de Charles Tylor Multiculturalismo y «La política del reconocimiento», compara la defensa esencialista del canon con la postura de Emerson: «Cada época debe escribir sus propios libros», afirma. ¿Por qué? Porque las personas que gozan de una buena educación y una mente abierta, los ciudadanos educados en un humanismo liberal piensan por sí mismos (Gutman, 1992, p. 17). Leer, incluso la lectura de los clásicos, no consiste en tratar de encontrar una verdad preconcebida; se trata más bien de entrar en un diálogo con los libros y a través de los libros, sobre aquello que constituye la verdad de la existencia humana, o que por lo menos es tenido por tal. Los libros no unen a los lectores en la Verdad, sino en una comunidad de aprendizaje. Como este proceso de aprendizaje es un proceso abierto, el canon está también abierto. Se pueden añadir nuevos libros, y Gutman explica por qué las demandas de los «multiculturalistas», en relación con obras de contextos no-WASP/DMW, son legítimas: «Pero no porque los estudiantes sólo puedan identificarse con autores de su misma raza, etnia o sexo, sino porque hay libros escritos por y sobre mujeres, (o afroamericanos, asiáticoamericanos, nativos, etc.), que hablan a partes olvidades de nuestra condición humana y nuestra tradición más sabiamente de lo que lo hacen algunas de las obras incluidas en el canon» (ibíd., p 18). Dicho de otro modo, no se trata de cuestiones de reconocimiento, sino de apertura de nuevas perspectivas, de aprendizaje. El ideal de la educación humanista liberal, es evidente, está vivo en este planteamiento.


También lo está, y de una manera bastante explícita, en el pensamiento de Martha Nussbaum. El título de su libro El cultivo de la Humanidad es revelador; y aún más lo es el subtítulo: Una defensa clásica de reforma en la educación liberal. El lema lo ha tomado de Séneca: «… mientras vivimos, mientras permanecemos entre los seres humanos, cultivemos nuestra humanidad». Los libros no deben ser considerados autoridades y se debe prevenir contra un empleo de los clásicos reverencial y pasivo. Lo que realmente importa es «usar lo que uno lee para pensar bien y poder dar razón del propio pensamiento» (Nussbaum, 1997, p. 34), y para desarrollar «la capacidad de distinguir lo que es mera costumbre y convencionalismo de lo que uno mismo puede defender con su propia argumentación» (ibíd., p. 293). Nussbaum insiste enfáticamente en el aspecto «liberador» de la educación, porque el tipo de educación liberal que ella defiende no es la elitista del gentleman, sino la que forja ciudadanos del mundo. La finalidad es formar cosmopolitas, «avanzando desde la estrechez de miras en la que todos nacemos hacia una verdadera ciudadanía del mundo» (ibíd., p. 294). Para poder ensanchar las perspectivas, la educación debe ser pluralista, ocupándose de presentar una variedad de normas y tradiciones. Las diferencias de religión, sexo, raza, clase social y nacionalidad dificultan la tarea de la comprensión, pero ése es precisamente el campo de actuación de las Humanidades: en «el cultivo de la capacidad imaginativa que es necesaria para el desarrollo de la ciudadanía» (ibíd, p. 85). Nussbaum añade otro aspecto en esta misma línea del humanismo liberal: «esta meta del cosmopolitismo se consigue mejor a través de una educación humanista que añade nuevas obras a las que ya figuran en el canon establecido de la tradición occidental, y considera los textos tradicionales con espíritu reflexivo y crítico» (ibíd, p. 89). Si veneración equivale a renunciar a una revisión crítica, la veneración está de más.


Que los Gandes Libros, por sí mismos, reclaman reflexión y debate más que veneración pasiva es lo que Denby pudo comprobar cuando volvió a Columbia en 1990. Descubrió lo «permeable y cambiante» que es el canon de la tradición occidental y, por lo tanto, lo equivocados que están quienes sostienen las dos posturas extremas en el debate, al considerarlo monolítico. «Deberíamos tamizar y sopesar, y si el libro posee algo de verdad en relación con la complejidad de la experiencia, la solución se hallará tras una ardua marcha a través de incertidumbres, reveses y desgracias. Nos hacemos críticos» (Denby, 1996, p. 144). Leer los clásicos incluidos en el canon equivale a ser introducido en una tradición viva, en un debate que se desarrolla en el seno de una comunidad de aprendices.


REFERENCIAS


J. Barzun, Begin Here. The forgotten Conditions of Teaching and Learning, University of Chicago Press, ChicagoLondon, 1992.
A. Bloom,The Cbsing of the American Mind. Houi Higher Education Has Failed Democracy and Impoverished the Souls of Todays Students,Simon Schuster, New York, 1987.
D. Denby, Great Books. My adventures with Homer, Rousseau, Woolfand Other Indestructible Writers of the Western World, Simon Schuster, New York, 1996.
H.G. Gadamer, Wahrheit und Methode. Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik, Mohr, Tübingen, 1990,1». ed. 1960.
M. C., Nussbaum, Cultivating Humanity. A Classical Defence of Reform in Liberal Education, Harvard University Press, Cambridge (Mass.)London, 1997.
C. Taylor, Multiculturalism and «The Politics of Recognition», A. Gutman (ed.), Princeton University Press, Princeton (N.J.), 1992.
L.Trilling, Matthew Arnold, Harcourt Brace Jovanovich, New YorkLondon, 1977, lsed. 1939.
L.Trilling, Beyond Culture. Essays on Literature and Learning, Oxford University Press, Oxford, 1980, laed. 1965.
L.Trilling, The Last Decade. Esssays and Reviews, 1965-1975, ed. por Diana Trilling, Harcourt Brace Jovanovich, New YorkLondon, 1979.

Robertt Bresson, testigo del mal II

PROCÉS DE JEANNE D’ARC (1962)

rbtdm_img1.jpgJuana de Arco, «la doncella», fue condenada a muerte en 1431. J. Quicherat descubrió y editó en 1841 las actas del proceso que la sentenció, lo que ha permitido conocer a conciencia la personalidad de esta extraordinaria adolescente.

El juicio de Jeanne fue inicuo de principio a fin. No le reconocieron su derecho a ser defendida. La Inquisición trató por todos los medios que ella reconociera que las voces que aseguraba oír procedían del demonio. Y que ella actuaba al margen de la Iglesia, cuya autoridad, representada por el tribunal inquisitorial, no acataba.

Una frágil doncella contra los poderes sociales supremos: el ejército, la murmuración y la Iglesia.

Lo más sorprendente del proceso son las respuestas agudísimas de esta joven campesina. Sin negar la realidad y bondad de las voces y apariciones que le visitan, Jeanne evita formulaciones que puedan condenarla.

El filme de Bresson se atiene de manera estricta al texto de los interrogatorios, tal y como están transcritos en las actas. En este sentido puede decirse que es un filme histórico. Pero no en ese otro que aplicamos a las películas de historia, que nos parecen «teatro» o una «mascarada». Bresson está empleando palabras históricas para hacer patente una verdad no histórica.

Su método es el habitual. Aquí no hay nada más que preguntas de la Inquisición y respuestas de Jeanne, plano y contraplano. «Lo real —escribió en sus Notas— no es dramático. El drama nacerá de una cierta progresión de elementos no dramáticos». La película va cargándose de una intensidad inusitada, de una resonancia que nos hace participar en las luchas que se libran en el interior de Jeanne: su amor a la verdad contra el temor a la muerte.

Jeanne murió el treinta de mayo de 1431 en la plaza del Mercado Viejo de Rouen. Conducida al patíbulo, sólo un perro sin amo siguió sus pasos. Cuando ya la abrazaban las llamas, afirmó por última vez que las «voces» que oía no eran engañosas. Murió pronunciando el nombre de Jesús. Las palomas vinieron a posarse en sus cenizas.

Una versión medieval del juicio que condenó en Atenas a Sócrates y en Jerusalén a Jesús. Se trata del conflicto entre el individuo y la sociedad, más concretamente, de la instancia que legitima a la sociedad.

Todos cuantos se han atrevido a desafiar a la autoridad política o religiosa de su comunidad lo han hecho desde una instancia más divina —su conciencia— que aquélla a la que los poderosos trataban de representar. Defender la propia conciencia ha sido para estos mártires más piadoso que obedecer a unos hombres, representantes de las fuerzas políticas o religiosas. La conciencia individual es irreductible a la sociedad.

AU HASARD, BALTH AZAR (1966)

Bresson proyectó realizar una película sobre la figura de Ignacio de Loyola. Víctor Erice ha recordado recientemente (El Cultural, núm. 16-22.01.2000) que un jesuita español, Félix Landáburu, se carteaba con Bresson y trataba de apoyarle en ese proyecto que, lamentablemente, no conoció la luz.

rbtdm_img2.jpg«Es bien sabido —obervaba en cierta ocasión Bresson— que, en general, quedamos hechos a los cinco o seis años. A esa edad, todo ha terminado. A los doce o trece años, se ve esto. Y después, continuamos siendo lo que somos, utilizando diferentes azares. Así sucede con la vida de Ignacio de Loyola, por ejemplo. Estudiando la vida curiosa de ese hombre que fundó la más importante orden religosa (la más numerosa, en cualquier caso, y la que más se ha extendido por todo el mundo), uno siente que había nacido para eso; pero todo, en su camino hacia la fundación de esa orden, estuvo lleno de azares, de encuentros, a través de los que uno siente poco a poco cómo llega a lo que tenía que hacer. Todo lo que hacía, no lo realizaba gracias a sí mismo, sino gracias a los encuentros que sucedían en torno suyo.

»Sabemos que esto es así en la vida de los grandes hombres —concluía Bresson—, porque se habla de ellos, porque se conocen los detalles de su existencia. Pero estoy persuadido de que todas las vidas están hechas exactamente de la misma forma, es decir, de predestinaciones y de azares. Cada uno llega a encrucijadas en las que se topa con el azar, y en las que ya no tiene elección. Un azar nos hace escoger ir a la derecha en vez de a la izquierda. Enseguida se llega a otra encrucijada, que constituye nuestra meta, y otro azar nos hace ir en otra dirección, etc. Yo estoy seguro de que estamos rodeados de gente de talento y de genio, pero el azar de la vida no les favorece… Hacen falta muchas coincidencias para que un hombre llegue a aprovecharse de su genio. Tengo la impresión de que los seres humanos son mucho más inteligentes, están mucho más dotados de lo que pudiera parecer, pero la vida los aplasta. Fíjense en los niños de la burguesía…»1.

El nuevo filme de Bresson plantearía el tema desde una perspectiva original. El protagonista es un burro; su vida es conducida enteramente por el azar. Tosltói había tenido ya la idea de hacer de un caballo el protagonista de un relato: Jolstomer. Pero en un burro, en el más tonto de los animales, había pensado específicamente Dostoyevski. Acaso recuerde el lector que el progatonista de El idiota, un epiléptico, tuvo una de esas «grandes aclaraciones» que suceden en medio de las tinieblas y la tristeza, al escuchar en cierta ocasión, cerca de Basilea, en Suiza, precisamnte el rebuzno de un asno2.

Esa, según Bresson, genial idea de Dostoyevski —que la estridente presencia del animal más bruto desencadenara una potente revelación espiritual—, le animó a realizar este filme. A ello se sumaba las posibiliades plásticas del personaje, Baltasar, el asno. Bresson, que había iniciado su carrera artística en la pintura, hallaba en su cara extraordinarias posibilidades gráficas y compositivas. De ellas, en efecto, da cuenta el filme.

Las vicisitudes de este animal laborioso, sacrificado, leal, ofrecían además un hermoso contrapunto de los destinos morales de los seres humanos. Los episodios de la vida del asno se entrelazarían con las vicisitudes de dos o tres historias humanas. La dulce niña dueña del pollino, por ejemplo, pierde su inocencia acosada por un gamberro. Cada uno sigue su vida: el burro una de trabajo, el gandul su gandulería, que le conduce al contrabando, y aquella niña a una vida de buscona. En ninguna de esas vidas domina el bien. Todos ocupan progresivamente posiciones marginales. Se ocupan de actividades ilegales o deshonrosas, se hacen compañeros de vagabundos y cómicos ambulantes. Si su vida no ha sido mejor, concluiremos, se debe al azar. La predestinación y las coincidencias hacen que Baltasar muera en solitario, que Ignacio de Loyala sea un gran santo y que aquellos jóvenes acaben, aplastados por la vida, traficando con sus almas.

MOUCHETTE (1967)

Hablando de Journal d’un curé de campagne, Bazin aseguró que el filme se imponía como una obra maestra «con una evidencia casi física». En Mouchette, diría yo, podríamos quitar el «casi». Es verdad que nada le falta al citado Journal, como tampoco a Balthasar o a Jeanne de Are, para ser consideradas obras perfectas. Pero la adaptación de la obra de Bernanos, La nouvelle histoire de Mouchette, que Bresson se propuso en esta ocasión, marca el cénit de una etapa como también un punto de inflexión: magistral compendio, por un lado, de los principios seguidos por Bresson hasta el momento, anuncia, al mismo tiempo, lo que serán las preocupaciones de un universo acaso más existencial que religioso, característico de sus últimas películas: Dostoyevski en lugar de Bernanos.

En Mouchette, todas las barreras que, en la práctica habitual del cine, separan la imagen cinematográfica de la vida real, han sido suprimidas por Bresson. La vida del personaje se presenta desnuda de exageraciones, de fiorituras, de todo lo que pudiera oler a deliberada generalización. Su vida frente a las cámaras es ella misma plástica y expresiva. Si en toda su carrera Bresson había acechado el lado único, irrrepetible, de cada gesto humano sobre la pantalla, en Mouchette lo ha conseguido plenamente. Aquí no hay nada más, observó Tarkovski, que modesta y simple observación de la vida.

El principio de ahorro de expresividad se mostrará una vez más en el modo de dirigir a los actores. El «modelo» de Mouchette no interpreta ningún carácter, sólo vive su vida interior frente a las cámaras. Nos encontramos en las antípodas del actor de teatro, de la influencia de este arte en el cinematógrafo. Ni un segundo piensa Mouchette en el público, no trata de expresar la profundidad del drama en que se encuentra. Esta niña nunca muestra al público lo mal que lo está pasando. Da la impresión de no sospechar siquiera que su intimidad está siendo observada. Tan sólo vive, existe en su mundo acotado, concentrado, inmerso en su vida interior.

Los personajes principales de Bresson han sido hasta este momento jóvenes y lo serán asimismo en el futuro. Adolescentes que no han alcanzado esa edad en la que el individuo se ha sometido, de buen o mal grado, al rol social. En razón de la indeterminación y de las energías propias de su edad, los personajes de Bresson pueden plantearse objetivos que contradicen abiertamente las prácticas y convenciones de los círculos sociales de los que proceden, o las de aquellos que pueden asimilarlos. En esa contienda, sus propósitos morales resultan habitualmente fortalecidos. La sociedad podrá acabar con ellos, pero no logrará que ellos se desdigan de sus convicciones.

Mouchette, en cambio, es una niña, un ser que apenas ha desarrollado recursos propios para afrontar los conflictos que le plantea la sociedad. Su historia ilustra cómo ésta puede acabar con el individuo, cómo lo devora. Una de las secuencias finales del filme parece haber sido empleada por Bresson de un modo metafórico. Algo insólito en su estilo, pero creo no equivocarme. Una cría de liebre corre despreocupadamente por el monte. Un disparo junto a ella hace que se detenga, temblorosa. Otra descarga le ponen en sobrealerta; echa a correr a la fuga. La partida de cazadores vacía su munición sobre la pieza. Alcanzada por los tiros, la liebre se debate entre estertores.

El padre de Mouchette es contrabandista. Su desequilibrio mental es además manifiesto. Cuando llega a casa por las noches, su fantasía le hace seguir al mando del camión con el que delinque. Este ser demente maltrata a su chiquilla, la obliga a trabajar.

La madre de Mouchette abre la película, confesando que no sabe qué será de sus hijos si ella, ya enferma, se ausenta. Exhausta, apenas puede criar a su hijo, un bebé.

Las compañeras de escuela de Mouchette se burlan de la miseria en la que viven ella y su familia. Las niñas burguesas cantan de buen grado en la escuela, pero a Mouchette se le saltan las lágrimas. Lava platos en un bar, no puede jugar como ellas. Vive resentida, rehuye el trato de las niñas, se venga. Los niños varones la ofenden con obscenidades.

Mouchette se encuentra por casualidad con un vagabundo. Un hombre fuera de las convenciones que, además, se coloca al margen de la ley: cazador furtivo, mata al guardia de la finca donde opera ilegalmente. Mouchette lo ve todo. El vagabundo la conduce a su cuchitril. Allí le da de cenar. Luego la viola. El mendigo sufre un ataque de epilepsia, y la víctima, Mouchette, cuida de su verdugo. Después del ataque, el vagabundo lo olvida todo.

Al llegar a casa, después de escapar, Mouchette cuida de su hermanito, mientras su madre agoniza. Al amanecer, es huérfana. Las mujeres del barrio la compadecen. Luego conocen el encuentro de Mouchette con el vagabundo. Y la deshonran. Murmuran y la desprecian. Si la pobreza puso a esta niña en el límite de las convenciones del vecindario, ahora las habladurías la arrojan afuera.

Mouchette es un filme de anonimía sin esperanza. Una vieja del pueblo, amante de los ritos fúnebres, regala a Mouchette el sudario con el que podrá amortajar a su madre. Mouchette se aleja del camino, se aproxima al río. Envuelta en el velo mortuorio, se deja caer pendiente abajo, por la ribera. La liebre acosada por los tiros. Mouchette se ahoga.

UNE FEMME DOUCE (1969)

El punto de partida de la nueva película es un relato corto titulado La mansa, que Dostoyevski publicó en Diario de un escritor, en noviembre de 1876. Puede decirse que la adaptación de Bresson es fiel, aunque introduce algunos motivos que no están presentes en el relato original (me refiero, por ejemplo, al episodio de los celos, que yo diría está, acaso, tomado de El eterno marido).

Desde el punto de vista cinematográfico, la nueva película de Bresson podría alinearse con Escenas de la vida conyugal (1973), de Bergman. Los episodios de la vida conyugal que presenciamos nos muestran, en una y otra película, hasta qué punto pueden oprimir al individuo, haciéndole la vida imposible, no ya las estrechas relaciones de vecindario, como en el caso de Mouchette, sino aquéllas más íntimas que cabe concebir. Como si empleáramos la lente sociológica de más aumentos para analizar las relaciones sociales más insignificantes desde el punto de vista cuantitativo —sólo dos participantes—, pero cualitativa y potencialmente máxima, toda vez que el individuo compromete en ellas más de sí mismo que en ninguna otra relación social. Las relaciones conyugales, promesa de desarrollo de la parte afectiva y más íntima de la personalidad, garantía de satisfacción material, sexual y emocional cotidiana, pueden transformarse, mediante un proceso de imperceptibles cambios, en un odioso infierno.

La escena magistral del suicidio de la protagonita, una maravillosa elipsis con la que empieza y acaba el filme de Bresson, consiste en un plano sin personaje —la suicida ya no está en el mundo—, en la que sólo se mueven determinados objetos: la mesa desde la que ella ha saltado; el blanco chai que la protagonista llevaba al arrojarse al vacío, que flota en el aire como un aurora boreal, a plena luz del día.

La mansa es la historia de un hombre que transformó sus relaciones conyugales en relaciones de poder. Un prestamista enriquecido a costa de incontables esfuerzos que se consideró a sí mismo superior económica, intelectual y caracteriológicamente a una huérfana, pobre y hermosa adolescente. Un hombre poco original que quiere, no obstante, llegar a tener tal poder sobre esta persona joven, sincera y en apuros, que necesariamente ella llegue a «idolotrarle». Un burgués metido a redentor, que trata de obtener un ascendiente absoluto sobre un alma.

QUATRE NUITS DUN RÉVEUR (1971)

No estoy seguro de que Quatre nuits d’un rêveur sea una buena adaptación de Noches blancas, la novela de Dostoyevski. En la película, la acción se traslada de San Petersburgo a París, los puentes sobre el Neva se transforman en ingenios sobre el Sena y todo sucede en nuestros días. Hasta aquí bien. Admiro asimismo la valentía de Bresson, su magnanimidad para afrontar un retrato tan sutil como el de Noches blancas. Pues el joven Dostoyevski pintó allí al predecesor de El idiota. Es verdad que entre decir: «yo soy un ingenuo», y decir: «yo soy un idiota», hay bastante diferencia, una significativa vuelta de rosca que supone precisamente la madurez de un talento literario. Pero no estoy seguro en ningún caso que Bresson haya comprendido adecuadamente la ingenuidad —que no la estupidez— del personaje de Dostoyevski, su tendencia a la ensoñación, su aspiración a la belleza. El personaje de Bresson me resulta un poco estúpido, pero no en el magnífico sentido en que lo es el «idiota» protagonista de la novela homónima del ruso.

No me parece acertado, por ejemplo, que el protagonista bressoniano sea un aprendiz de pintor en lugar de un escritor. Nada que ver un estudiante de Bellas Artes en París, a mi jucio, con el joven escritor (que era Dostoyevski) deambulando por San Petersburgo, pobre, perfectamente desconocido, solo, devorado por una tan secreta como universal compasión por el género humano. No tiene amigos, ni conocidos, ni ser alguno comparte sus emociones; pero al mismo tiempo posee la certeza de su talento, de que un día nos dejará asombrados con su creación.

Bresson no ha conseguido trasladar, me parece, el tono febril, de sueño agitado, que transmite el relato de Dostoyevski. Las noches blancas excitan extrañamente a los espíritus, el insólito fenómeno de la luz nocturna pone en los ánimos de los petersburgueses desacostumbradas fantasías, percepciones y sentimientos inusuales. De ahí que nunca lleguemos a saber completamente si el amor que se le revela al protagonista dostoyevskiano no es en realidad más que un sueño, una fantasía de comienzo de verano, un becqueriano «rayo de luna» que se disuelve en la ordiniaria oscuridad nocturna, que sobreviene luego.

Entiendo, sin embargo, el interés de Breson por esta adaptación. Si en el filme anterior analizaba la negatividad de las relaciones de pareja, ahora afrontamos su positividad posible. Para un individuo solitario, sin amigos, sin confidentes, encontrar correspondencia afectiva es una bendición, un regalo, un feliz sueño. Para llegar a él ha tenido que intervenir el azar, muy bressonianamente. Pero también el amor es un tema moral, quiero decir, una realidad humana que urde su destino con las misteriosas elecciones de los hombres. ¿No es cierto que, reconociendo algo como valioso, más valioso incluso que todo lo demás, no lo elegimos forzosamente? ¿Por qué no siempre amamos lo más amable? El amor no admite razones, es libre; él, como la salvación, es un misterio; tal vez uno y otro vengan a significar lo mismo.

LANCELOT DU LAC (1974)

Bresson hablaba de una versión cinemato gráfica de Lancelot desde los años sesenta. Le atraía la figura más misteriosa de la épica francesa, héroe al mismo tiempo de otros poemas anglosajones y con unas precisas raíces de origen celta: una leyenda, en definitiva, europea. De ella no le interesaban tanto los elementos puramente mágicos — hadas, Merlín, etc.—, cuanto los sentimientos sobre los que podría proyectar esa magia. En su adaptación, la presencia de determinadas emociones en el héroe bastaría para modificar no sólo el curso de los acontecimientos, sino también el ambiente, la atmósfera que se respira en torno suyo.

Convocados para la búsqueda del Santo Grial, los caballeros de Arturo parten hacia Tierra Santa e inician una empresa tan sangrienta como infructuosa. El filme de Bresson se abre así: los caballeros cristianos siembran a su paso muerte y destrucción. Pero ésta les paga con la misma moneda: de los pocos que regresan, casi todos lo hacen con las manos vacías.

Lancelot del Lago vuelve a Francia extrañamente convertido. De orgulloso caballero que era, preséntase ahora como un hombre manso y esforzado, capaz de sufrir humillaciones sin dar rienda suelta a su ira. Y lo que es más notable: quien marchó a la conquista de los Santos Lugares comprometiendo su palabra de fidelidad a la reina Ginebra, no sólo rechaza ahora la amorosa solicitud de ésta, sino que reclama de ella recobrar su libertad. Casto caballero, Lancelot.

La ascesis del monjecaballero dura poco. Le vence primero la pasión por Ginebra. Hubiese celebrado una ansiada noche de amor con ella —¿hay algo más noble que su pasión por la joven reina?— de no ofrecérsele la oportunidad de satisfacer una muy largamente reprimida necesidad de vengarse de sus enemigos. Un caballero con armadura blanca derrota en torneo a todos los fieles de Arturo, que, curiosamente, resultan ser enemigos de Lancelot. En una de las secuencias más memorables del filme, Bresson repite y una otra vez los mismos planos, los mismos gestos, los mismos embates, que se van cargando progresivamente de magia, como en un ritual sagrado.

Lancelot, en fin, decide precipitarse cuesta abajo, arrastrado por su pasión, y se enfrenta, con algunos pocos seguidores adictos a su causa, al rey Arturo. Rapta a Ginebra y huye hasta una fortaleza del reino vecino, desde la que defenderá su osada iniciativa. Un gavilán acecha desde el cielo. La muerte le llega tratando de salvar al rey de un complot urdido contra la corona y pronunciando un nombre sagrado: Ginebra.

La película se cierra como empezó, con una sangrienta secuencia de caballos que mueren en combate.

LE DIABLE PROBABLEMENTE (1977)

«¿Quién gobierna el mundo?», pregunta un ciudadano de París en medio de una espontánea discusión entre usuarios del autobús, a plena luz del día. «El diablo, probablemente», contesta otro y, como para corroborar casualmente el aserto, el autocar se empotra contra el coche estacionado delante.

La película de Bresson viene a confirmar la hipótesis formulada por el ciudadano francés. Como si fuera tal la estupidez, la maldad y la fealdad que reina en el mundo, que sólo el diablo pudiese ser su responsable. Sin su colaboración, parece, ni los indivdiuos aislados, ni las masas, ni siquiera los gobiernos hubiesen logrado resultados globales tan sorprendentemente estúpidos.

Hay ciudadanos que hablan de crecimiento económico y de progreso; pero el mundo les desmiente, la humanidad que retrocede a ojos vista. Más de 180 especies animales han desaparecido del planeta en los últimos cien años. Nadie ha prohibido la navegación por aguas internacionales de superpetroleros, no obstante los frecuentes accidentes de este tipo de embarcaciones, que diezman la fauna y la vegetación marinas. Los gobiernos no impiden la creación de nuevas centrales nucleares, la inocuidad de cuyos residuos nadie ha podido todavía demostrar. ¿Qué decir de la contaminación de los ríos por la industria, de la atmósfera por el tráfico aéreo? ¿Y los enfrentamientos bélicos y conflictos humanos en todo el globo? Esos hechos son denunciados ante el protagonista de Le Diable probablemente y, para demostrar que son algo más que retórica, demagogia o argumentos alarmistas, el filme de Bresson muestra abundantes escenas documentales que dan fe de lo que está ocurriendo en el planeta.

Estúpida, por añadidura, parece al inteligente adolescente, protagonista de la película, ta felicidad del burgués consumista o, como él dice, la «bienaventuranza de la tarjeta de crédito». Quien se deja atrapar en los engranajes de las agencias de turismo y las compañías de gestión de ocio, en las instituciones de educación no menos que en la telaraña de las modas, se convertirá en un inviduo en serie, indiscernible de otros consumidorespagadores, víctimas como él de una oferta de consumo agresiva, orquestada a gran escala.

¿Podría, acaso, el conocimiento proporcionar alguna esperanza al individuo en un mundo tan cretino? A un hombre sobradamente inteligente, como es el protagonista de la película de Bresson, no le parece que haya género de conocimiento por el que valga la pena entregarse con pasión.

¿Y la religión? El Dios que habitaba en las iglesias parece que ahora guarda silencio.

¿Y el amor? Entregarse a una cópula sin fin es un entretenimiento del que uno acaba, a la postre, cansado. El protagonista de Bresson, que a pesar de su melancolía (o quizá tal vez a causa de ella) es un hombre de éxito entre las mujeres, se hace insensible y ciego al amor generoso que no una, sino dos jóvenes le brindan. Tampoco esto le basta.

Nada hay inteligente en este mundo; los psicoanalistas son charlatanes, las buenas intenciones son mendaces, el mundo marcha por una senda estúpida, de modo que el protagnista se hace pegar un tiro por un drogata con mono y muere así dando la razón al mundo: del modo más estúpido.

LARGENT (1983)

rbtdm_img3.jpgPara realizar su última película, Bresson volvió sobre la literatura rusa, esta vez sobre Tolstói y su El billete falsificado, cuya primera parte adapta (más libremente ahora que en ocasiones anteriores con otros textos). Bresson tenía entonces ochenta y dos años. A esa edad, realizadores tan dinámicos como Kurosawa darían muestras de una cierta debilidad en obras como Rapsodia en agosto (1991) o Espera un poco (1993). Nada de esto sucedió con Bresson. Su último trabajo presenta una factura juvenil, una decisión de asumir riesgos a la hora de abordar temas muy complicados. De hecho, L’Argent puede considerarse un compendio de muchas preocupaciones que, desde el comienzo de su carrera, habían impulsado a Bresson tras los objetivos de la cámara.

El protagonista, Yvon, está empleado en una compañía de desagües. La casualidad le hace víctima de un fraude: un cliente —un joyero— le endosa un billete falso, que a su vez dos niños pijos le habían encajado. Al abrir la policía la investigación del caso, el empleado del joyero, testificando en falso, niega haber utilizado ese billete como cambio. Yvon es condenado y enviado a la cárcel.

Animado por su primer delito, de perjurio, el ayudante del joyero abandona la tienda de éste y se consagra a la estafa, con la que se enriquece en poco tiempo. En la cárcel, Yvon ve cómo se desencadenan todos los males. Su hija muere, sin que él pueda acompañarla. Su mujer, sola, le acaba abandonando. Yvon trata de suicidarse, pero le salvan a tiempo.

El perjuro es sorprendido en una estafa, arrestado y conducido a la misma prisión que Yvon. (La escena de su llegada repite, de un modo muy bressoniano, los mismos gestos y detalles que los de la llegada de Yvon). Trata de escapar, pero no tiene éxito. El nuevo delito le hace reo de una larga condena. El compañero de celda de Yvon insta a éste a que acepte la desgracia de su ofensor como una venganza personal, que cumpla lo que le resta de condena y que busque a continuación su felicidad en la vida. Su libertad interior y exterior están próximas.

Ultimo tercio de la película. Yvon es puesto en libertad. No puede vengarse del responsable de su condena, pero sí de la sociedad que legitima a los jueces que le condenaron injustamente. Alquila una habitación en una pensión y, por la noche, comete un doble crimen. Roba el poco dinero que hay en el cajón de la recepción y, sin esconder los cadáveres de la recepcionista y del dueño del hotel, huye.

No tiene a dónde ir. Aún se acuerda de su hija. Encuentra por casualidad a una mujer, de la que sabe es viuda y «buena persona». La sigue hasta su casa. Allí le confiesa sus crímenes. Ella acepta esconderle, a pesar de su hermano, que la maltrata a causa de ello. Yvon encuentra un hacha en el cobertizo donde le alojan. Ante sí tiene el ejemplo de un mujer algo más que buena, una «santa»: cuida a una niña minusválida, atienda a su hermano —en realidad, un trastornado mental— y lleva al día las tareas domésticas, sin emitir una queja. Y a Yvon lo acepta como uno más en la casa.

Este ejemplo sublime de práctica del bien, ¿hará cambiar a Yvon? ¿Le devolverá la esperanza? Una noche, éste coge el hacha y mata a toda la familia, incluida su bienechora. Arroja el arma a una acequia. Marcha hasta un bar, donde le sirven una copa; la apura y se entrega a la policía.

En L’Argent encontramos un tema principal y varios corolarios, que recogen preocupaciones habituales de Bresson. Tema básico: un hombre honrado se hace malo para confirmar la opinión que el resto de la sociedad —sus jefes, su mujer, los jueces— se han hecho de él. Primer corolario: la injusticia puede tener consecuencias mucho más graves si la padece un pobre y no un rico. Segundo corolario: el mal es tan inexplicable como el bien. Tercero: no se puede cometer el mal impunemente: el mal llama al mal. Cuarto: llegar a ser malo —llegar a ser bueno— depende del azar.

Bresson falleció a los 92 años de edad. Con su obra insólita, única, fundamental ha conquistado su inmortalidad. Quien había perseguido filme tras filme plantear las grandes cuestiones morales porfiaba, al mismo tiempo, por trabajar con la misma sencillez y modestia de «los grandes artistas de antaño». Su coherencia artística, el tesón en el logro de sus objetivos y una dilatada experiencia en el trabajo cinematográfico certificaban la verdad de una de las últimas afirmaciones de sus Notas, de clarividencia profética: «El porvenir del cinematógrafo pertenece a una nueva raza de jóvenes solitarios que rodarán invirtiendo hasta su último céntimo, y que no se dejarán atrapar por las rutinas materiales del oficio».

NOTAS

1 Robert Bresson, entrevista por J. L. Godard, Cahiers du Cinérrui nº 178 (v/1966); cit., p. 42.
2 Cfr. Fiódor M. Dostoyevski, El idiota (1868), 1-V; Obras completas, tr. R. Cansinos Asens, Aguilar, Madrid 1983, vol. II, pp. 545-546.

La historia europea de España

El libro de Fusi es una síntesis inteligente y equilibrada, movida por un claro afán de culturización y de situar en una perspectiva histórica general un tema tan complejo y debatido como la cuestión nacional española, o más en concreto, la articulación de España como nación. El análisis fino y agudo de Cacho (en otro nuevo libro postumo suyo, que hay que agradecer al cuidado de Octavio Ruiz-Manjón) sobre el perfil público de Ortega en el periodo de entresiglos aporta claves novedosas para la comprensión no tanto del problema de España como del proyecto de España de una generación crucial. La obra de Burns explora la mirada del otro, la de los viajeros extranjeros y su fascinación por España a lo largo de los siglos XIX y XX —verdadera hispanomanía— en un ensayo distraído y no menos riguroso que los anteriores.

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 1850 y 1930 salieron de Europa más de 50 millones de emigrantes, que modificaron sustancialmente el poblamiento, la demografía y la economía de numerosos países de América y Oceanía. La crisis económica de los años treinta y sus efectos sobre el empleo dieron paso, en los países americanos, a políticas antiinmigratorias ampliamente generalizadas.

«NORMALIDAD» O  «EXCEPCIONALIDAD» DE  ESPAÑA

Al igual que en un libro anterior, y siguiendo los pasos del maestro Raymond Carr, Fusi manifiesta una preocupación por superar la imagen de «anormalidad» o «excepcionalidad» de la historia española. El mito del fracaso, con variadas manifestaciones en la historiografía, según las épocas, remite a una preocupación metafísica por el ser de España. Por ello, Fusi afirma que no hay naciones eternas, ni identidades esenciales. La nación es a la vez un concepto cultural y político, resultado de un proceso complejo y lento, abierto, cambiante y evolutivo: esto es, histórico. Toda visión esencialista de la nación es intelectualmente inepta e históricamente falsa, sostiene.

La fuerte identificación del franquismo con la España eterna y los valores del Siglo de Oro ha supuesto una clara dificultad para la comprensión de la historia de España, a cuya resolución no han contribuido, más bien lo contrario, los excesos de las Autonomías, afanadas desde los tiempos de la transición en la invención de su propio pasado y de sus símbolos. Se hace imprescindible entender España desde perspectivas nuevas, lo que supone, para Fusi, dilucidar dos grandes cuestiones: primera, la formación de España como nación; segunda, la construcción del Estado español contemporáneo (siglos XIX-XX) y la aparición en su interior de los nacionalismos. No se trata ya de preguntarse qué es España, sino más bien cuándo y cómo se construyó España; y quiénes y por qué se forjaron determinadas visiones del país y de su significación en la historia.

La interpretación del pasado no puede quedar atrapada en un conflicto de nacionalismos historiográficos. Tal vez por esa razón Fusi insiste en negar la existencia del nacionalismo español o reducirlo a los límites estrechos del franquismo y de la derecha antiliberal. Fusi maneja para ello el concepto de «nacionalismo de los nacionalistas», utilizado por Girardet: el nacionalismo de aquellos grupos o partidos que reivindican la etiqueta nacionalista. Pero Girardet no deja de reconocer la existencia de otro nacionalismo, igualmente pujante y movilizador (aunque no reivindique la etiqueta ni precipite en un partido), que se distingue del simple patriotismo. La idea y el sentimiento nacionalista no aparecen antes de finales del XVIII, como consigna el propio Fusi, pero a partir de entonces, con la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, el nacionalismo empezó a recorrer Europa, sin que los Pirineos lo detuvieran.

Fusi se encuentra a gusto viajando por los siglos de la historia donde no había nacionalismo, especialmente por el XVIII —cuna de un patriotismo culto y cosmopolita—, y una vez entrado en el XIX subraya la debilidad e ineficiencia del Estado español y el provincialismo de la vida española, estableciendo las diferencias con el entorno europeo próximo, lo que resulta paradójico dentro de su planteamiento de entender a España ante todo como una variable europea. No hay nacionalismo español. Del «fracaso» del liberalismo español (idea que los propios trabajos de Fusi han contribuido a revisar) a la ausencia de nacionalismo: la «excepcionalidad» española persiste.

LA ESPAÑA REMOTA

¿Cuándo puede hablarse de España como nación? Con todas las precauciones que exige el empleo de conceptos como «nación» y «nacionalidad », Fusi parte de que hubo naciones medievales (naciones que carecían de sentimiento de nacionalidad, pero no del sentimiento prenacional de pertenencia e identidad) y que España fue una de ellas. Al igual que Inglaterra y Francia, España fue germinando como nación entre los siglos XII y XVI, aunque será durante el dominio de la Casa de Austria (1516-1700) cuando realmente se configure como tal.

La identidad de España nació de una herencia mixta y plural que no se reduce —como veía Américo Castro— al entrecruce de cristianos, judíos y musulmanes (hecho muy poco relevante al norte del Ebro), y que incorpora, según épocas y territorios, diversas influencias europeas (francesas, flamencas, italianas), al tiempo que retiene, junto con la cultura común, elementos de identidades separadas (lenguas particulares, fueros). El verdadero punto de inflexión no lo establecen los Reyes Católicos (por más que creasen un tipo de Estado nuevo y con ellos España se asomase al mundo), sino Carlos V. España ejerció desde entonces la hegemonía militar y política de Europa hasta la segunda mitad del siglo XVII y se constituía como el primer imperio verdaderamente universal en la historia.

Vocablos como «leyenda negra» y «decadencia» han forjado la imagen de la España de los siglos XVI y XVII, aunque no fueran verdades históricas, al menos en su totalidad, y sí tuvieran mucho de guerra de propaganda contra la hegemonía española en Europa. Aunque la polémica pudo potenciar entonces los sentimientos de identidad de los españoles, aquellas imágenes poderosas lastraron la idea misma de una España europea. Con pocas excepciones, la España liberal, impregnada tras el 98 de un profundo pesimismo histórico, repudiará toda la España de los Austrias, recuerda Fusi, viendo en el pasado español sólo atrofias congénitas e insuficiencias constitutivas.

Fusi desmitifica, en cierto modo, la imagen de la Monarquía hispánica como Estado católico (subyacente tanto en la crítica ilustrada francesa a la religión como en la definición tradicionalista del régimen franquista). La España de los Austrias fue una España católica, pero la política imperial no fue el despliegue de un gran proyecto moral y religioso, unívoco y siempre idéntico, sino una sucesión de proyectos dinásticos y territoriales. Carlos V, en cuyo entorno se registró una clara influencia erasmista, no dudó en enfrentarse a una coalición de Estados católicos encabezada por el propio Papa y saquear Roma. Tras el Concilio de Trento, Felipe II puso la monarquía hispánica al servicio de la unidad y defensa del catolicismo, con una idea providencialista de sus responsabilidades (ante Dios y ante la historia), pero no fue un iluminado y ni siquiera un ultracatólico, de hecho sus relaciones con los Papas no fueron buenas. Lo mismo cabe decir del siglo XVII: la política europea española fue una política pragmática, escasamente ideologizada y carente, pese a cierta retórica oficial, de consideraciones religiosas: su único designio era defender la hegemonía española ante la amenaza de Francia —la Francia de Richelieu y Luis XIV—, una monarquía católica como la española y, al igual que ésta, una monarquía ya plenamente nacional. Contrarreforma y Barroco no fueron ni una simple reacción contra la reforma protestante ni un cierre del Renacimiento, observa Fusi. La monarquía de los Austrias fue una monarquía europea.

Westfalia abre la puerta a la Europa de las naciones y a la decadencia de España. La decadencia de España, si existió, fue la consecuencia de su agotamiento (como fruto del inmenso coste económico del Imperio y de la casi imposibilidad logística de mantenerlo unido); pero esa idea de decadencia, anota Fusi, confunde e impide valorar en su justa perspectiva la verdadera dimensión internacional de la monarquía española durante la segunda mitad del XVII, por evidente que fuera la pérdida de su reputación internacional. España no volvería a mandar en Europa.

El resurgir de España, según el proyecto político del Conde Duque de Olivares, debía fundamentarse en el fortalecimiento y renovación de la monarquía (afirmación de la autoridad real, reforma de la estructura administrativa, unificación de los reinos peninsulares). Sus propósitos de centralización y uniformización legal y fiscal provocaron en 1640 las rebeliones de Cataluña y Portugal, conflictos que no se resolverían hasta 1652 y 1668 respectivamente. Así, centralización y rebelión acompañan el declinar de España, y quedan asociados a la propia idea de decadencia. Fusi no contempla este aspecto, sobre el que reflexionó Azaña.

En cualquier caso, en épocas o situaciones de crisis se revelan con mayor fuerza los lazos de identidad común. La reflexión del siglo XVII sobre el ser de España, la obsesión arbitrista por la restauración de España, al calor mismo de la idea de decadencia, transparenta (al igual que siglos después la hipercrítica del 98) un profundo pesimismo sobre España, pero también un ardiente y sincero españolismo. La cultura del Siglo de Oro, consciente de su propia importancia, había sentado las bases de una cultura nacional.

La polémica intelectual a finales del siglo XVIII sobre la aportación histórica de España a Europa manifestó la realidad del sentimiento de nación: el reformismo ilustrado (cosmopolita y europeizante) articuló la nación española. No fue el sentimiento de nación lo que trajo el reformismo borbónico, sino al revés: fue el centralismo borbónico (haciendo efectivo el proyecto de Olivares) el que terminaría por crear el sentimiento de nación, subraya Fusi. Por los Decretos de Nueva Planta el reino de España se constituía ya como un régimen político-común, a excepción de Vascongadas y Navarra (que habían apoyado a Felipe V en la guerra de sucesión).

El acento en el siglo XVIII lleva a Fusi a prescindir del significado y proyección de la Guerra de la Independencia en la generalización del sentimiento de nación y el desarrollo de una conciencia colectiva entre los españoles, y no se oculta que buena parte de lo que Fusi califica como notable y, en ocasiones, extraordinario del XVIII, comienza realmente a adquirir cuerpo a partir de las décadas centrales del XIX. Según la visión de Fusi, el drama de España durante la crisis del Antiguo Régimen, entre 1808 y 1840, era el de una nación que se había quedado sin Estado. Eso hace que la construcción del nuevo Estado nacional se presente con tintes más problemáticos que los de otros países europeos, y que no se acabe de superar, por tanto, la imagen de una España diferente en el enfoque de los siglos XIX y XX.

LA ESPAÑA DIFERENTE

El mito de la España diferente es fruto principal de la mirada impertinente del otro: la de los viajeros europeos, particularmente anglosajones, que recorrieron España en los siglos XIX y XX con ánimo poseedor y quedaron fascinados por ella. El caso español no tiene parangón en toda la literatura escrita por extranjeros sobre ningún otro país, considera Tom Burns. Junto a observaciones inteligentes y originales, se encuentran no pocas generalizaciones nacidas del prejuicio y la ignorancia. A la leyenda negra sucedió el mito romántico de España (muy determinado en sus orígenes por el eco de la guerra carlista).

Una característica común de esos curiosos impertinentes es que eran unos inadaptados en sus países de origen. España era para ellos la gran escapada, en busca de una forma de vivir más pura, inexistente en sus propios países, y convertían fácilmente la comunidad de cualquier lugar remoto de la geografía española en la llave que podía abrir los secretos del país. La visión de España de los europeos del siglo XIX, continuada en el XX, producto típico de la febril imaginación romántica, alimentó la imagen de una España no europea, situada en la periferia de la industrialización, razón última del fracaso de la revolución liberal en el siglo XIX y de la democracia en el XX. Los estereotipos que crearon aquellos viajeros (algunos ciertamente impertinentes, como el orientalismo español) no han desaparecido aún del espejo en que se miran los españoles.

Ellos contribuyeron a la visión de España como problema. La apreciación tan repetida, casi un lema para los viajeros, de que en España se encontraba el mejor pueblo posible bajo el peor gobierno existente en Europa, pudo fomentar la dicotomía entre la «España real» y la «España oficial» omnipresente en la literatura crítica finisecular de la España del 98, y fue el soporte de quienes proclamaban la «excepcionalidad» de España para justificar, desde su visión catastrofista, soluciones excepcionales. Hubo un efecto bumerán. Esa es la tesis que desarrolla Burns en Hispanomanía. Vicente Cacho, por su parte, ha apuntado que la imagen de España creada por los intelectuales españoles de entresiglos fue modificando gradualmente (a medida que comenzó a conocerse fuera de España) los anteriores estereotipos sobre el modo de ser de los españoles. El efecto bumerán sería entonces doble, aunque Burns considera excesivamente optimista la tesis de Cacho. No es ese, sin embargo, el aspecto fundamental de las investigaciones de Cacho, que ahondan aún más, desde una perspectiva diferente a la de Burns, en las raíces europeas del mito de las dos Españas.

LAS IMÁGENES DE «LAS DOS ESPAÑAS»

La tesis de las dos Españas, como recuerda Fusi, fue formulada primero en 1932 por el hispanista portugués Figueiredo y acogida con entusiasmo singular por Menéndez Pidal, el historiador concienzudo y erudito que, envuelto en la preocupación metafísica de entre siglos, se afanó en definir la permanente identidad de los españoles, para así entender mejor las cimas y depresiones de la historia española. El dualismo trágico que Menéndez Pidal creyó ver a lo largo de toda ella se veía confirmado por la Guerra Civil de 1936-39. Poco más se necesitaba para sentar la idea de la «excepcionalidad» de España como nación (a no ser el régimen posterior de Franco, corroboración final de la «anormalidad» española). Esta imagen clásica de las dos Españas, asociada a una polarización de la sociedad española en dos bloques irreconciliables, e interpretada como un fruto castizo de nuestro cainismo, ha quedado replanteada en sus orígenes por las aportaciones de Vicente Cacho.

Cacho ha hecho ver cómo la imagen de una dicotomía nacional no es privativamente española, sino común a todo el Occidente europeo en proceso de cambio. Así, se ha hablado de «las dos naciones» en Inglaterra, o de «las dos Francias», «las dos Italias» y «las dos Alemanias» antes que de «las dos Españas». La imagen de «las dos naciones» (de raíz bíblica, utilizada sobre todo por Jeremías para lamentarse de la escisión entre Israel y Judá) se convirtió hacia la década de los 70 del siglo XIX en un lugar común del lenguaje culto europeo (no es una simple cuestión de viajeros) para referirse al momento conflictivo que atravesaban las respectivas comunidades históricas, sea por el proceso de industrialización, la unificación nacional o la conciencia generalizada de que el país empezaba a decaer: la identidad nacional en cuestión. Particularmente en Francia y en España, la teoría de la dualidad nacional se inserta en una larga meditación sobre la decadencia, más dilatada aún en el caso español. El mito de las dos naciones toma el relevo al mito de la decadencia.

El mérito de Joaquín Costa en la España de 1898 radica en haber lanzado a la calle la imagen de las dos Españas, hasta entonces patrimonio tan sólo de unos pocos, y hacer de ella punto de referencia inexcusable para futuros análisis de la realidad nacional. Pero no hay grandes aportaciones personales. Costa reproduce en términos casi idénticos el modelo francés de contraponer una nación sana (la nación de subsuelo, sin problemas ni fisuras, la nación del porvenir) y una minoría política dominante, corrupta e ineficiente (la nación en el poder), utilizado ya en los primeros análisis positivistas, y ni siquiera toma en consideración las versiones psicologizantes que había aportado por entonces la nueva generación emergente (Unamuno, Ganivet). La mayor originalidad de Costa fue, a la postre, la instrumentalización antiparlamentaria de la segunda España, siguiendo la estela del boulangisme francés. La decepción de Costa al comprobar con el paso del tiempo que de la derrota y dolor del 98 no nacía la nueva España, le hizo desconfiar de la existencia misma de esa segunda España, la España del porvenir tan de continuo invocada. Magnificando cada vez más el papel de su cirujano de hierro, Costa abogará finalmente por un régimen personal transitorio que realizase la revolución desde el poder.

De este modo, la influencia de Costa se hará notar tanto en la involución autoritaria del conservadurismo como en la generación de 1914, que transformará sus constataciones desilusionadas de la inexistencia de la segunda España, en un reto desde el cual proponer un proyecto de modernización para España. Cacho analiza de modo brillante el papel nuclear de Ortega —el liderazgo intergeneracional que ejerció en la España de su tiempo— y la distancia última que le separa de Costa o Unamuno.

Plenamente inmerso en el universo cultural francés —donde cobra cuerpo, en el cambio de siglo, la figura del intelectual comprometido existencialmente con los destinos de su país—, Ortega alimentó desde joven el deseo de que «los hombres capaces de saber hacer España saliesen de su generación». Para Ortega, la localización de la España vital no se halla en el nivel profundo de la inconsciencia colectiva, sino reducida a una mera posibilidad que ha de ser actuada por una minoría —por un resto en sentido bíblico— que introduzca y cultive en España la ciencia moderna. Ortega —buen discípulo intelectual de Renan— se erigía en el continuador esencial de Giner de los Ríos en su empeño por implantar la moral de la ciencia como fundamento de un nuevo patriotismo (un proyecto que, remontando las generaciones, presenta con Feijoo sus primeras formulaciones en el siglo XVIII). La modernización del país pasa por la creación de un denso clima científico, de ahí el rechazo de Ortega, por retardataria, de la Iglesia establecida, del catolicismo sociológico español, distinguiéndolo siempre de la religión, precisa Cacho. En este plano se sitúan las primeras referencias de Ortega al nacionalismo: expresan su empeño por dar carta de ciudadanía, de nacionalizar, haciéndola española, la moral científica, en contraste con la orientación irracionalista del nacionalismo español finisecular.

Gracias a la labor de la Junta para la Ampliación de Estudios, creada en 1907, un logro tardío de la Institución Libre de Enseñanza, la generación española de 1914 fue más que ninguna una generación europea. Lejos de pretender «cerrar con cerrojos, llaves y candados todas las puertas por donde el espíritu español se escapó de España», según manifestó Ganivet, o de contentarse con «abrir las ventanas al campo europeo para que se oree la patria», como contemplaba Unamuno, los dos empeñados en extraer el vino nuevo de la otra España de las madres del tonel nacional; la generación de 1914 (la de los primeros becarios de la Junta) fue la que, saliendo fuera de España, pudo adoptar, por formación y convicción, una perspectiva netamente europea. Esa generación salvó la continuidad misma de la tradición liberal, gravemente cuestionada en el bache del fin de siglo. Gracias a Ortega, subraya Cacho, la imagen de la segunda España adopta en adelante un aire decididamente liberal.

La retórica de Ortega infundió emoción estética y comunicativa al concepto de patria entendida como lo que se tiene que hacer. La España del porvenir —una España sólo existente de modo germinal en el seno de una minoría— fue una imagen que hizo fortuna. Frente al puro sentimiento romántico y la imagen pesimista de un país carente de voluntad política proporcionada por el 98, el nuevo patriotismo apelaba a un voluntarismo patriótico, que se abrió camino también entre los nacionalistas catalanes. El catalanismo necesitaba futurizarse, en el sentir de Gabriel Alomar, siguiendo la corriente progresiva y europeizante del modernismo, en una apuesta por una España plural identificada con la España futura.

La segunda España se afirma a través de una difundida conciencia crítica y tuvo siempre una intención primordialmente transformadora de la sociedad. Ortega, en Vieja y nueva política (1914), subrayó la presencia de «dos Españas incomunicantes e incompatibles», pero rechazó la equiparación de sus dos Españas con la antigua dicotomía voceada por Costa. La polémica que Ortega mantuvo con Salvador de Madariaga (1923), recuerda Cacho, revela hasta qué punto el filósofo atribuía carácter de mito a los términos de «España oficial» y «España vital» (simples imágenes útiles para mover a la acción), y cómo por sí mismos no le interesaban nada.

EL FRACASO DEL ESTADO CENTRALISTA

España en el 98 aparecía como un problema, como un fracaso histórico. Lo que en realidad fracasó fue el Estado centralista. La generación de 1914 contempló como espectador privilegiado ese fracaso y a ella le cupo efectivamente —según había columbrado y emplazado tempranamente Ortega— la tarea histórica de hacer la nueva España.

Para Fusi, la España del siglo XIX fue un país de centralismo oficial, pero de localismo real. El fortalecimiento del Estado, en España y Europa, se produce al filo de los cambios de todo tipo (desarrollo de mercados, transportes, ciudades, medios de comunicación social, educación, etc.) producidos por el nuevo impulso industrializador de 1870-1914. No obstante, Fusi resalta la «excepcionalidad» del caso español. El contraste de Madrid con otras capitales europeas como París o Londres sería un signo elocuente de la precariedad del Estado nacional español durante el XIX. Fusi reconoce, sin embargo, que el sistema provincial de 1833 funcionó bien, sirviendo a la consolidación de la estructura territorial del régimen liberal, y que sólo habría crisis en el cambio de siglo a raíz de la irrupción de los nacionalismos periféricos en la escena política, particularmente el catalán. El momento coincide con el desarrollo de un nacionalismo español (en el segundo sentido utilizado por Girardet) armado del pesimismo del 98. Tal vez haya que destacar más los aspectos ideológicos al hablar de la «debilidad» del Estado español. Era España como nación, antes que el Estado, quien aparecía débil en el cambio de siglo.

La hipercrítica del 98 minó la obra de Cánovas del Castillo, que había sabido resolver la crisis (ideológica) del Estado planteada después de la caída de Isabel II. Con Cánovas, el centralismo español adquirió una dimensión real. La abolición de los fueros vascongados fue todo un símbolo. El regionalismo acusó, en su misma carta de presentación (el Memorial de Agravios de Cataluña de 1885), el reforzamiento del Estado: la denuncia que hizo del centralismo unificador, se acompañaba de una solicitud de reorganización regional del Estado, con una evocación a la España plural de los Austrias. Desde los propios partidos del turno, y aún en vida de Cánovas, se plantearon proyectos de rectificación del centralismo unitarista, como el de Silvela-Sánchez de Toca, de grandes consecuencias de haberse materializado.

Hubo confluencia de vascos y catalanes durante la etapa regionalista (la abolición de 1876 no sólo movilizó a los vascos), pero pronto se harán notar las distancias entre los respectivos nacionalismos organizados. El nacionalismo catalán fue un elemento de integración política de la sociedad catalana. El vasco, por el contrario, subraya Fusi, rompiendo esencialmente con la tradición política vasca, fue, desde el principio, un elemento de división, de verdadera escisión de la conciencia colectiva y de la sociedad vasca. La proyección política de estos movimientos regionalistas y nacionalistas es limitada hasta los años de la I Guerra mundial. La creación de la Mancomunidad de Cataluña en 1914 no fue ajena a la iniciativa nacionalista, pero traducía también los proyectos de descentralización y reforma de la Administración local defendidos por Maura años antes. 1914 certificaba, en cualquier caso, el fracaso del Estado centralista.

Esa fecha significa también la irrupción en el escenario de una generación, la de Ortega, dispuesta a sentar las bases intelectuales y políticas de una nueva España, justo en el momento en que los nacionalismos van a adquirir nueva fuerza y audiencia. La emergencia de la segunda España de Ortega, una España plural, fraguará en el Estado «integral» de la Segunda República, presentado entonces como una alternativa tanto al Estado unitario como al Estado federal, por más que los planteamientos de Ortega y Azaña al respecto no coincidieran del todo. La filosofía del Estado autonómico de 1978 en parte intentó conjugarlos, aunque con el tiempo tienda a olvidarse.

LA ESPAÑA DEMOCRÁTICA

La generación de 1978 retomó, en cierta manera, el proyecto de la generación de 1914. La distancia permite algunas consideraciones actuales. Si Azaña, en los años 30, al enfrentarse a la labor de «refacción de España» —es suya la expresión—, estuvo más atento a Cataluña—«el primer problema español»— que a los vascos, hoy, sin duda, el País Vasco es el primer problema: la violencia terrorista sacude sin cesar a la democracia española. Por ello mismo se hace urgente superar la imagen «antiintelectualista» y volcada al pasado que introdujo y mantiene, en muy buena parte, el nacionalismo vasco desde Sabino Arana en su formulación del problema vasco, a diferencia del nacionalismo catalán, mucho más abierto a corrientes europeas y a fórmulas de nacionalismo proyectivo. La Euskadi futura debe fundamentarse en la moral colectiva de la ciencia y la fe en la palabra —el ideal de la generación de 1914—y no en la imposición violenta. Sería ingenuo, por otra parte, que la defensa del Estado y del mismo concepto de España reeditasen hoy campañas como la que dirigió Godoy contra los fundamentos históricos del régimen foral comprometiendo a la Real Academia de la Historia a finales del XVIll.

Los problemas o defectos del Estado autonómico español (no es un Estado estable, aunque haya integrado armónicamente la múltiple herencia histórica, observa Fusi) no son muy distintos a los que tiene planteados la Unión Europea. Más allá de la debilidad o solidez del pasado, en un país u otro, la crisis del modelo de Estado-nación conlleva en Europa pérdidas de soberanía, hacia arriba y hacia abajo. El nacionalismo vasco no puede quedar encallado en la cuestión de la soberanía, a no ser que quiera avanzar hacia atrás. El fin de la soberanía no admite ningún planteamiento exclusivo de la identidad. En ese sentido, la desnacionalización» de España a partir de 1975 (anotada por Fusi) debe valorarse a la vista del acendrado nacionalismo español del franquismo. Con sus defectos, la aceptación del Estado autonómico y el progreso de una conciencia de identidad múltiple es una realidad en España, también dentro del País Vasco.

El pesimismo acompaña a los finales de siglo, pero la historia cuenta necesariamente con el tiempo. España está construyendo, más con los hechos que desde la reflexión intelectual, una nueva imagen de nación plural, más cercana a los presupuestos históricos de Azaña que de Ortega. Este último, en el fondo, desde su llamada a hacer una España nueva (y una gran política nacional) «para las provincias y desde las provincias», era más jacobino que Azaña. Azaña creía en el Estado y, precisamente por ello, ante el fracaso histórico del Estado centralista español, ante el fracaso de la opción jacobina de un Estado nacional unitarista, tendía una mirada a los verdaderos orígenes del Estado, lo que llamaba «el gran Estado español del Renacimiento» a comienzos del XVI (la Monarquía plural de los Austrias), que no fue asimilista, aunque si despótica, lo que propició —añadía— la aparición de «una gran tradición liberal, de una gran tradición popular».

La democracia española está realizando desde la Transición lo que no pudo conseguir la generación del 14- La segunda España de los tiempos de Ortega se quedó prácticamente en el plano intelectual. Azaña, prototipo del político-intelectual (Ortega, como ha precisado Cacho, tuvo ante la política un sentimiento de atracción/repulsión, que le dominará toda su vida), establecía una máxima para llegar a la solución de los problemas, que ésa era la obligación del político: «la tradición corregida por la razón». No es una actitud nueva. Se detecta, en cierta forma, desde los inicios mismos de la construcción del Estado nacional español, como manifestación de la influencia del liberalismo romántico europeo: en la división de 1833 (respetuosa con los límites históricos de los territorios forales), en la llamada ley paccionada de Navarra de 1841, o en proyectos como el de Patricio de la Escosura en 1847 (mencionado por Fusi), proponiendo la creación de once gobiernos regionales. Son ejemplos que abonan las raíces de una España plural en el siglo XIX. No todo fue Cánovas en el liberalismo español, aunque, como ha recalcado Fusi, el origen y desarrollo de los nacionalismos catalán, vasco y también gallego haya sido, en el fondo, ajeno a la estructura del Estado. Esos nacionalismos, en cuanto a realidades históricas, son resultado de largos procesos de afirmación y vertebración de una identidad cultural diferenciada (con logros y costes diferentes).

No hay excepcionalidad española en eso. Sólo la persistencia de la violencia dentro de la España democrática podría alimentar hoy la idea de una España diferente. Ese es, sin duda, en la actualidad, el primer problema vasco y su solución, la primera necesidad de la España europea: una España plural dentro de la Europa plural. Ojalá constituya también la primera página del siglo XXI de una Historia europea de España.

Por una Constitución europea pluralista

UNA PERSPECTIVA NUEVA Y VIEJA

A las puertas del constitucionalismo posestatal debemos recordar que el constitucionalismo genuino es no estatista, lo que nos coloca en buenas condiciones para entender un fenómeno constitucional, el de la UE, que no se está produciendo en un Estado. Sugerimos enfocar el problema constitucional europeo con la misma óptica constitucional que enfocaríamos la Constitución alemana, inglesa o española (el bloque de la constitucionalidad española, mejor). Para identificar lo que hay de constitucional en la UE hay que usar algo así como un detector de constitucionalidad: donde se detecte materia constitucional, habrá constitución, aunque sea un fragmento. ¿Cuál es, entonces, la materia constitucional? Básicamente, la división del poder (horizontal y vertical), el imperio del Derecho y las libertades. Si hay eso, habrá Constitución, con o sin poder constituyente formalizado, soberanía y documento constitucional, pues no son esenciales. ¿Dónde estaban la soberanía, el poder constituyente y el pueblo al hacer las constituciones canadiense, australiana o alemana?

Tal como están las cosas ahora mismo, no partimos de cero; ya existe desde hace algunos decenios una Constitución material de la UE y es posible identificarla a grandes rasgos y decir de qué fuentes bebe. Desde nuestra perspectiva, aparece una Constitución material fragmentaria, asimétrica, cambiante e incompleta, pero ya realmente constitucional en ciertos aspectos. Su imperfección no procede tanto de sus muchos defectos de forma como de los de fondo: la separación del poder, su control y la sumisión del poder al Derecho son insuficientes. Por otra parte, hay aspectos en la UE que permanecen en lo jurídico-internacional (como la PESC, por el momento), haciendo improcedente el enfoque constitucional.

Dentro de la UE se dan muy diferentes relaciones: en un extremo, relaciones de cooperación típicas del Derecho internacional; en el medio, otras que ya no son internacionales, sino internas y materialmente constitucionales; en el extremo contrario, otras relaciones tan internas y detalladas que no son constitucionales por ser «menos que constitucionales»: procesales, administrativas o tributarias. Hay zonas discutibles y arenas movedizas; los mismos Tratados europeos fueron, en su origen, tratados internacionales y pudieron no haber desarrollado ninguna dimensión política destacable. Hay casos en que lo constitucional es la capacidad de tomar la gran decisión —prohibir restricciones a la libre circulación, constituir un Banco— mientras que la ejecución es administrativa o monetaria.

Para aproximarse a la Constitución europea basta con no partir del estatismo, de la concepción de la Constitución como norma suprema, única y completa con un Estado, un poder constituyente, un pueblo, un territorio, un poder soberano1. Para estudiar la Constitución europea no tenemos otro enfoque que, mutatis mutandis, el mismo que para la española: rastrear lo que hay de materialmente constitucional en la Constitución de 1978, los Estatutos, los Tratados, las grandes Leyes y las sentencias constitucionales. El conjunto de la constitucionalidad real española resulta ser una masa, formando como una serie de círculos irregulares en los cuales la «densidad» constitucional decrece, pero no homogéneamente. La designación variará —«bloque de la constitucionalidad», «constitución material» u otra—, pero el resultado del rastreo del material constitucional vendría a ser, más o menos, como ése. Si la Constitución española real está un tanto dispersa, poco nos sorprenderá que la europea esté muy dispersa; y si así es la Constitución española, de modo análogo estudiaremos la europea.

LOS GRANDES RASGOS DE LA CONSTITUCIÓN EUROPEA

¿Cómo es esa Constitución europea que decimos que ya existe? Si hubiera que dibujar sus grandes trazos como dibujaríamos los de cualquier constitución, diríamos lo siguiente.

Para ingresar en la UE los Tratados exigen respetar los derechos.

a) El poder constituyente está disperso, en diferente proporción, en el Consejo Europeo, el de Ministros (o sea, los Estados miembros), el TJCE, la Comisión, el Parlamento y, en alguna medida, los políticos y los pueblos de los Estados.

b) No hay «Estado de Derecho» porque no hay Estado, pero sí un cierto grado de «imperio del Derecho», con control de legalidad e incluso de constitucionalidad. Se parece más a un Rule of Law (o Rechtsstaat actual) que a un Estado de Derecho tradicional francés o español.

c) En cuanto a división horizontal de poderes, es un lugar común que Europa deja mucho que desear (aunque no mucho más que sus Estados miembros). Los Tratados no garantizan la separación de poderes ni en teoría. Eso no impide que la concentración del poder sea más difícil en la UE —pues está muy disperso y nadie, con ninguna mayoría, puede monopolizarlo— que en sus Estados miembros. Hasta Maastricht, el defecto dominante no fue monopolizar el poder, sino gobernar de espaldas a la gente. Así, la UE es poco democrática pero relativamente liberal.

d) La forma de gobierno resultante de esa insatisfactoria separación de poderes sería un parlamentarismo igualmente peculiar e incompleto. Sólo hay relaciones de censura y confianza entre Parlamento y Comisión, y el presidente de ésta no procede del Parlamento. Hay un cierto control parlamentario sobre la Comisión por vías como preguntas y comisiones de investigación. Los consejos Europeo y de Ministros no pueden ser controlados por el Parlamento. El TJCE, que monopoliza la interpretación constitucional, tampoco está controlado. En conjunto, el capítulo de controles no supera el examen (como tampoco en España).

e) En cuanto a derechos y libertades, no partimos de cero. Aunque no sistematizados, los derechos ya están relativamente desarrollados. Hoy, los derechos que tenemos como ciudadanos comunitarios son prácticamente todos los importantes y pueden verse en cualquier manual y en la sentencia alemana Solange II, que se molestó en enumerar los que había en 1986. La jurisprudencia sobre derechos es abundante y las referencias en los Tratados son también cada vez más numerosas. La Comunidad ha bebido en el Convenio Europeo de Derechos Humanos y en los principios constitucionales de sus miembros, sobre todo, alemanes. En cuanto a los proyectos de formalizar los derechos, nada que objetar, pero lo importante es que los jueces los protejan efectivamente con o sin Carta.

f) No hay pueblo europeo, pero ello no es condición para que haya Constitución. Pretender que porque haya una Unión tenga que haber un pueblo es un reflejo estatista. Nunca se habló de un «pueblo de la Commonwealth», sino de «los pueblos anglófonos» aunque los pasaportes dijeran que «un subdito canadiense es un subdito británico». Tampoco hubo «pueblo español» hasta que se refundo el Estado en torno a 1812.

g) El déficit democrático es notorio. A causa del tamaño, la dimensión democrática de la UE no puede crecer fácilmente. Tendríamos que considerar si no sería mejor luchar por el aspecto liberal más que por el democrático y concentrar el esfuerzo democratizador en los Estados miembros y sus Comunidades Autónomas, todos los cuales tienen mucho que mejorar.

h) En cuanto a dimensión territorial, la UE es particularmente compleja y asimétrica. Su constitucionalidad se reparte en tres niveles: el europeo, el estatal y el autonómico. Según la perspectiva que usemos, la UE es una organización internacional —por ejemplo, la PESC hasta Amsterdam—, una confederación —la PESC ahora— o una federación —agricultura— con su cláusula de supremacía, alto tribunal y cámara de los Estados miembros. El aspecto territorial está en constante transformación y, vistas las próximas ampliaciones, será aún más difícil que cuaje en un modelo definido. Crece la dimensión federalizante, aunque no debería anular las otras dos. El federalismo en sentido amplio tiene la ventaja de ser un proceso flexible con variadas posibilidades, pero muchos federalismos no tienen frenos importantes a la centralización.

La asimetría territorial de la UE es bien conocida, y más desde que se inventó la cooperación reforzada2. La Comunidad como confederación aparece en la famosa sentencia alemana sobre Maastricht; en cambio, en varias sentencias comunitarias se le trata como una federación (en ciertas materias), con principios federales de primacía, poderes implícitos y efecto directo.

El reparto de competencias entre la UE y los Estados miembros está gobernado por fines o criterios indeterminados y poco tranquilizadores para las competencias de los miembros y sus Comunidades Autónomas3. Los Tratados afirman la competencia sobre las competencias, que es contraria a varias constituciones estatales.

Los principios que inspiran la estructura territorial de la UE, aparte de efecto directo y primacía, son los de lealtad comunitaria, subsidiariedad y respeto a la identidad nacional de los Estados miembros, según el cual Europa nunca llegaría a ser una nación; todo lo más, una nación de naciones (art. 6.3 del Tratado de la Unión Europea, TUE).

¿DÓNDE ESTÁ LA CONSTITUCIÓN EUROPEA? 

Está en la jurisprudencia del Tribunal europeo de Luxemburgo, los Tratados, la Convención Europea de Derechos Humanos, las Constituciones de los Estados, la jurisprudencia de sus altos tribunales internos, y los principios constitucionales generales.

a) La principal fuente constitucional ha sido, posiblemente, la jurisprudencia del TJCE. El Derecho europeo es  más judicialista que legalista; la cantidad de sentencias productoras de Derecho constitucional es notable. Aparte de sentencias ya famosas, como Costa contra ENEL, Van Gend o Simmenthal, recordaremos que fueron los jueces quienes definieron temas como derechos y libertades4. También fueron ellos quienes se pronunciaron sobre los «poderes implícitos»5, la participación del Parlamento europeo en la legislación y el principio democrático relacionado con esa participación6, o sobre el control de constitucionalidad7.

b) Respecto a los Tratados, son materialmente constitucionales algunos de sus artículos, más otros de la Convención Europea de Derechos Humanos a la que se adhirieron unilateralmente las Comunidades en 1977. El TJCE se apoyó repetidamente en la Convención.

Del TUE sólo consideramos materialmente constitucionales, en todo o en parte, el preámbulo y una docena de artículos importantes que tratan de disposiciones comunes generales, derechos, cooperación reforzada, reforma de los Tratados, duración ilimitada de los mismos y otras materias relevantes. Del Tratado de la Comunidad Europea (TCE) solamente destacaremos, además del preámbulo, unos cincuenta artículos que tratan, entre otras cosas, de las distintas instituciones, la ciudadanía, unión aduanera, las cuatro libertades, moneda y Banco. De los diferentes protocolos, señalaremos el de Schengen (en una pequeña parte); el de Subsidiariedad y Proporcionalidad y el Protocolo sobre los Parlamentos Nacionales y la Conferencia de Organos Especializados en Asuntos Europeos. Huelga decir que la mayor parte de los prolijos y farragosos Tratados no tiene interés constitucional.

c) En cuanto a las Constituciones de los Estados como productoras de constitucionalidad europea, admitiremos que tal enfoque sería insólito dentro de España. Pero en la UE existe una «interdependencia entre los ordenamientos de los Estados miembros, de un lado, y el de las Comunidades Europeas, de otro lado»8, y así no consideramos las Constituciones estatales como rivales de la europea, sino como sus bases. El TJCE ha buscado material constitucional en ellas; por ejemplo, en una sentencia de 1979 (Hauer) se apoyó en artículos de la Constitución alemana y mencionó otros italianos e irlandeses. Y es que las Constituciones de los Estados miembros en cierto modo «constituyen» la europea: algunos artículos de algunas Constituciones de los Estados miembros forman parte de la Constitución material europea. El fenómeno no es tan raro; incluso una Constitución monista como la española admite que los Estatutos de Autonomía, aun no siendo anteriores a la Constitución, forman parte del bloque de la constitucionalidad (art. 28.1 de la  LOTC).

En la relación entre las Constituciones estatales y la europea pueden discernirse tres actitudes. Alguna de ellas forcejea con la UE y, cuando acepta la integración, deja su impronta en la Constitución comunitaria (ejemplo: la alemana). Otras reforman sus textos cuando los avances en la integración les obligan, pero no influyen apreciablemente en la configuración constitucional comunitaria (ejemplos: la francesa o la portuguesa). Otras, por último, ni influyen en la formación de la Constitución europea ni casi acusan recibo de los efectos de la integración (ejemplo: la española).

1. La decisiva contribución de Alemania a la formación de la Constitución europea ha sido, a grandes rasgos, como sigue. Primero, fue quien más contribuyó a expandir los derechos más allá de las originarias cuatro libertades económicas, pues los derechos en Alemania forman parte de su núcleo duro constitucional. Segundo, contribuyó a introducir principios como los de subsidiariedad y proporcionalidad, ahora recogidos formalmente. Tercero, influyó decisivamente en el Banco Central europeo. Cuarto, cooperó a que la UE haya dejado de ignorar la estructura territorial interna de sus miembros. Quinto, contribuyó a la penetración de los principios de la democracia y el Estado de Derecho.

La Grundgesetz tiene media docena de nuevos artículos verdaderamente constituyentes del orden político europeo. Botón de muestra: «Alemania participa en el desarrollo de la UE, la cual se somete a los principios de la democracia y del Estado de Derecho, a los principios sociales y federales, como también al principio de subsidiariedad, y garantiza una protección de los derechos fundamentales comparable en lo esencial a la de la presente Ley Fundamental» (art. 23.1). El orden constitucional europeo ha de ser, por tanto, como el germano. El mismo artículo ordena la participación del Bundestag y de los Länder en los asuntos europeos; otro, el 88, ordena que el Banco Europeo sea independiente y garantice la estabilidad monetaria; y otro, el 79.3, al establecer esos núcleos duros inviolables, limita indirectamente la expansión comunitaria: «Será ilícita toda modificación de esta Ley Fundamental que afecte a la división de la Federación en Länder, al principio de la participación de los Länder en la legislación, o a los principios consagrados en los artículos 1 y 20 »9.

Ninguna otra Constitución estatal habla así a Europa ni emplea tal lenguaje. Pero podían haberlo hecho.

2.Las Constituciones francesa y portuguesa adoptaron otra actitud. La francesa ignoró el fenómeno europeo hasta que resultó evidente que Maastricht iba a afectar seriamente la souveraineté. Se introdujeron entonces cuatro nuevos artículos, uno de los cuales incrementa indirectamente el papel del parlamento francés en la legislación europea (el 88-4; los restantes son menos importantes). En conjunto, el planteamiento francés es de alcance limitado, además de haber ido a remolque de los acontecimientos. En cuanto a la Constitución portuguesa, se reformó en 1992, también formalizando hechos consumados. Las reformas legitiman la cesión de competencias a la UE en condiciones de reciprocidad y respetando el principio de subsidiariedad, conceden sufragio activo y pasivo en las elecciones locales y europeas a los extranjeros y subordinan el Banco de Portugal a «las normas internacionales a las que el Estado portugués se vincule».

Es cierto que estas Constituciones se reformaron a posteriori y con menos vuelos. Pero, aunque tarde, al dar formalmente el «sí», concluyeron un pacto entre ellas y la europea, lo que nos recuerda que ésta es una Constitución pacticia. Nótese que toda Constitución es un pacto de límites que legitima la desobediencia de los ciudadanos, y de los territorios menores, si el poder excede tales límites.

d) Dos palabras sobre producción constitucional comunitaria por los altos tribunales de los Estados miembros. Por un lado, algunas jurisprudencias nacionales, en especial la alemana, mostraron una actitud constituyente activa; por otro, si el TJCE pudo expandir la escasa dimensión constitucional del primitivo Mercado Común fue por el consentimiento, expreso o tácito, con forcejeos de los tribunales estatales (Alemania) o sin ellos (España), incluyendo la Cámara de los Lores.

La contribución activa más importante fue la de la jurisprudencia germana, por ej emplo, en materia de derechos, como dijimos. Hay materias, como el principio de proporcionalidad, en las que se ve cómo el Derecho alemán se ha convertido en Derecho comunitario y de los miembros.

La contribución pasiva de las jurisprudencias nacionales es destacable en materia de principios de primacía y efecto directo (aceptándolos), competencias comunitarias (aceptando su expansión a costa de las nacionales), y relación de la Constitución europea con las estatales (consintiendo la primacía de la primera). Nadie les impedía haberse resistido más.

1. De las sentencias constitucionales alemanas mencionaremos Solange I, Solange II y Brunner. Solange I (1974) cuestiona la primacía del Derecho comunitario en Alemania mientras no ofrezca una protección de los derechos fundamentales como la germana. Solange II (1986) admite que esa protección ha alcanzado ya en la Comunidad un nivel equivalente al alemán; con todo, el guardián último de los derechos para Alemania seguirá siendo su Tribunal Constitucional, y si descubre un descenso importante en la protección europea, podrá volver a la línea de 1974; asimismo, la vara de medir seguirá siendo la Grundgesetz.

La tercera, Brunner, es la «sentencia de Maastricht» (1993), larga (85 folios), farragosa y tan completa como una tesis doctoral. Los jueces de Karlsruhe repiten que Alemania conserva su estatalidad y soberanía, que la Comunidad es una confederación de Estados soberanos, que no tiene la «competencia sobre la competencia», y que las competencias comunitarias son habilitaciones concretas y limitadas. La última palabra sigue en la Constitución alemana y en su Tribunal Constitucional, no en el TUE ni en el TJCE. Los poderes implícitos y el effet utile (utilización más amplia posible de las competencias comunitarias) no serán vinculantes para Alemania en adelante. Al principio de limitación de las competencias añade el de subsidiariedad, vinculante para la Comunidad y que limita el ejercicio de todas sus competencias, exclusivas o no.

Esta sentencia fue una bomba que no llegó a estallar. Fue el más amplio pronunciamiento de una jurisdicción interna sobre la integración europea, pero no invirtió la marcha de los acontecimientos.

2.Respecto de las otras jurisdicciones estatales, en general no han adoptado una actitud muy activa. (Nótese que la pasividad facilitó la integración). El Tribunal Constitucional italiano es el que desarrolló una jurisprudencia más relevante discrepando de la línea del TJCE (mencionaremos sus sentencias Frontini, 1973, y Granital, 1984). La jurisprudencia constitucional española es prescindible: se ha producido una gran mutación constitucional; ha dejado la Constitución de ser soberana, norma normarum, única y suprema, pero la jurisprudencia constitucional apenas lo refleja.

e) En el Derecho europeo los principios, que son muchos, tienen cuatro procedencias principales: primera, las tradiciones jurídicas comunes; segunda, el constitucionalismo general de los Estados miembros; tercera, la interpretación de los Tratados por el TJCE; y cuarta, los Tratados mismos. Algunos de ellos son el de igualdad, el de seguridad jurídica, el citado de proporcionalidad, el de lealtad comunitaria (cf. la «lealtad federal» germana), y el de subsidiariedad (alemán, incorporado a los Tratados a partir de Maastricht).

  1. En cuanto a principios constitucionales comunitarios, lo relevante no es que existan, sino que también muestran esa interdependencia entre las Constituciones estatales y la comunitaria. La Constitución europea no «constituye» Europa ni sus Estados miembros ni sus Constituciones, ni tiene inconveniente en tomar principios de sus tradiciones constitucionales. En la elaboración de principios se ha podido ver a menudo dos pasos: primero, un principio de un Estado —ejemplo: proporcionalidad— pasa de un Estado a la Comunidad a través del TJCE; segundo, ese principio pasa del torrente circulatorio comunitario a los restantes miembros.
  2. ¿HACE FALTA UNA CONSTITUCIÓN ESCRITA?

Quizá sí. Pero en el año 2000 el constitucionalismo europeo tiene también que preocuparse de frenar los poderes europeos. Ya no estamos ante una débil criatura en peligro: estamos ante unas instituciones razonablemente sólidas que operan en un ambiente que carece de la innata desconfianza anglosajona y liberal ante todo gobierno. La comparación con la historia norteamericana nos ilumina mucho.

Quizá haga falta una magna carta formal, entre otras razones para acabar con el caos de textos, resolver el conflicto entre unanimidad y mayoría, regularizar las potestades públicas europeas, «comunitarizar» parte de los otros dos pilares (no todo), controlar al Consejo, dar derechos a las regiones, o garantizar los núcleos duros de los Estados. Pero la UE, incluso como está ahora, ya forma una verdadera comunidad política sui generis (una comunidad política de comunidades políticas), dotada de un considerable poder político al que habrá que controlar como a cualquier poder, aunque sea constitucional. Si esos poderes son de ámbito continental, mayor necesidad de control. Eso es lo constitucional; para eso necesita Europa una Constitución: para lo mismo que España, frenar el poder, defender los derechos de los ciudadanos (y de los territorios menores),  proteger al débil, no legitimar al fuerte; evitar toda concentración de poder; impedir que un día los sistemas jurídicos y las sociedades civiles de los Estados queden a merced de la jurisprudencia de valores de un tribunal constitucional europeo incontrolado. Necesitamos constitución europea para que no haya Estado europeo. La necesitamos, pero no para que todas las normas aplicables en Europa procedan de una única norma normarum europea, sino para garantizar a los derechos estatales y regionales un mínimo de pluralismo e independencia; no para legitimar nuevos grandes poderes, sino para garantizar su dispersión.

Partimos de la base de que ya existe un considerable bloque de la constitucionalidad europea que sería aproximadamente como lo hemos abocetado, y no todo está mal en él. Está desordenado, incompleto y lleno de defectos, pero ha generado, accidentalmente, una Constitución pluralista, liberal, dispersa y sin monopolios, sin poderes militares ni económicos descomedidos en manos del centro (por ahora), sin una mitología como la estatista; incluso, de momento, sin un centro en sentido francés o español. Hay que constitucionalizar la UE para controlar más el poder, garantizar más las libertades y el imperio del Derecho, reducir el déficit democrático. Para esto no es imprescindible una codificación constitucional en la acepción estatista que justamente está siendo superada ahora. No hay que abandonar este constitucionalismo liberal (de liberalismo político, «republicano»), no jerárquico. Mantener este pluralismo evitará «nuevas totalidades», nuevos absolutismos, jurídicos o éticos —de valores que al final serán lo que entienda un tribunal—. Una Constitución europea así, que consista en una parte escrita (la referida materia constitucional ordenada en un documento, más las novedades que se produzcan en Niza), en las jurisprudencias  (del TJCE y de los miembros), en las Constituciones de los Estados y en los principios, al estar en tantas manos evitará monopolios, resolviendo el problema de crecer en constitucionalismo sin crecer en estatismo. Con el fin de dividir la interpretación constitucional, el TJCE será máximo intérprete pero no único (y de las Constituciones estatales, tampoco será máximo). Respecto de los Estados miembros —sus regiones, pueblos, parlamentos, tribunales—, mientras puedan decidir algo sobre alguna parte de esa Constitución europea mantendrán algo de poder constituyente y de reforma. No todas las jurisdicciones, parlamentos, Estados o regiones se mostrarán igual de activos, pues hasta ahora ya no ha sido así, pero la Constitución debe garantizarles esa posibilidad.

Si se trata de escribir una Constitución europea codificada, estatista, norma normarum, omnicomprensiva, monista, conjunto objetivo de valores a imponer desde arriba, una Constitución como quiso ser la de 1978, mi respuesta sería que no es lo más conforme con el constitucionalismo. No hace falta que una carta magna europea regule la vida social de los pueblos, ni todas sus fuentes del Derecho, ni sus valores, ni que alguien monopolice la interpretación de esa Constitución. Personalmente, no defiendo eso ni en un Estado. No debemos caer en lo que Schmidt-Assman llamó «nueva totalidad» y nuevo «absolutismo de valores normativo». Por constitucional que sea una comunidad política, la vida nunca debe ser ejecución de la Constitución10; si ésta es continental, con más razón. Como decían los estudiantes del College of William and Mary (Virginia), «los americanos no vivimos nuestras vidas leyendo primero la Constitución».

El fenómeno constitucional europeo está rescatando el constitucionalismo «negativo», el cual, más que ordenar la producción de normas o «constituir» la sociedad, frena el poder y protege los derechos. Los valores deben seguir fluyendo de abajo arriba; de la religión, la ética, la cultura y la estética de los pueblos. Toda Constitución refleja valores, pero no debe producirlos —excepto los específicamente constitucionales—; menos aun imponerlos, so pena de generar una jurisprudencia de valores e interferir hasta en las conciencias personales. Esto que decimos es sólo una regla de oro del constitucionalismo: el poder, la legitimidad, la jurisdicción y el control deben fluir de abajo arriba, como en un pacto, siempre (no sólo al aprobar una Constitución), y que, legítimos o no, nunca deben concentrarse. La Constitución europea, más que cualquier otra, debe continuar siendo pacticia.

No por ser esta opinión desfavorable al constitucionalismo estatista y codificado se puede negar que toda Constitución tiene una dimensión organizadora y que hace falta poner orden, claridad y, si es posible, un poco de buen estilo, en la heterogénea masa constitucional de la UE. Ello puede dar lugar a una constitución escrita en buena parte; pero «escrita» como la norteamericana no equivale a «monista» como la española, ni a «positivación de un orden objetivo de valores» como la alemana. Escrita o no, no hagamos una Constitución estatal para un mundo posestatal.

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Brevitatis causa, admitiremos que en materia constitucional europea cabrían también muchos otros enfoques y problemas que ni siquiera hemos rozado; como el de si la Constitución española dejará de ser una verdadera Constitución —Canotilho se pregunta si la portuguesa se ha reducido a Constitución regional y concluye que aún no11—. Pero aquí nos conformaríamos con haber incitado a reflexionar sobre un problema tan importante como apasionante.

 

NOTAS

1· Partimos de la teoría constitucional no estatista de nuestras Lecciones de Teoría Constitucional, Madrid, Colex, 1997, 3ª ed. española, así como de Pereira-Bronfman-Cancela-Hakansson, La Constitución europea, USC, Santiago, 2000.

2· La asimetría aparece en diversos protocolos sobre el Reino Unido, Irlanda o Dinamarca, en algún artículo de los Tratados referente al BENELUX (el 306 del TCE) y en otros sobre cooperación reforzada.

3· En otras Constituciones federales o autonómicas el reparto se hace por listas de materias, sistema que, en la práctica, tampoco frena mucho a los poderes centrales cuando invocan «las bases de la economía» u otros argumentos semejantes.

4· Los definieron bien temprano, a menudo respondiendo a la presión de litigantes y jueces alemanes, como en los fallos Internationale Handelsgesellschaft (1970), Nold (1974) o Hauer (1979). Los dos primeros dicen que las Comunidades deben respetar los derechos, y extraen derechos de los principios. Importante: consideran las tradiciones constitucionales estatales como fuente constitucional europea.

Implied powers: regla norteamericana que justificó el crecimiento del poder federal (caso McCulloch contra Maryland, 1819). Para Europa, la sentencia AETR (1971), que los reconoció, significó que la Comunidad disponía de competencias no previstas explícitamente en los Tratados, pero derivables de otras previstas.

6· Fallo Roquette Fréres (1980).

7· El TJCE dictó en 1987 la sentencia Foto-Frost, atribuyéndose el monopolio a sí mismo.

8· Frase de Rainer Arnold, La unificación alemana, Madrid, 1993, p. 115. Nosotros mencionaremos sólo las Constituciones de Alemania, Francia, Portugal y España.

9· Art. 1: dignidad humana, inviolabilidad e inalienabilidad de los derechos. Art. 20: carácter federal, democrático y social del Estado alemán, sumisión de los poderes públicos a la ley y al Derecho, derecho de resistencia contra quien amenace el orden constitucional. Toda Constitución tiene algún núcleo duro; en la española, aquello que ella considera anterior o superior a sí misma: unidad de España, fundamentación de los derechos en la dignidad y en la naturaleza humana, derechos históricos y forales, autonomía de Galicia, Cataluña y Euskadi.

10· Eberhard, Schmidt-Assman, «Der Rechtsstat», en J. Isensee, y P. Kirchhof, Handbuch der Staatsrechts der Bundesrepubük Deutschland, Heidelberg, 1987, t. I, pp. 987-1043. Se refiere a Alemania; para toda Europa sería aun peor.

11· Direito Constitucional, Coimbra, 1998, pp. 204-205.

Ciberdemocracia, el mito ya realizable

Internet cambiará la vida de la gente porque la era de las audiencias mediáticas pasivas ha pasado a la historia, o está a punto de pasar.
[E. Rogers, 1986:31/R. Davis, 1999:10]

El eterno mito de una comunidad de ciudadanos en permanente diálogo global y directo dispone ya de los instrumentos técnicos con los que Edevenir en práctica. Desde la asamblea de unos pocos convocados con la periodicidad que los desplazamientos a caballo o en diligencia permitieran, el ejercicio de la democracia deliberativa fue pasando por las vicisitudes que los medios convencionales de comunicación masiva y los mecanismos regulatorios de la teoría política fueron generando. En todas esas etapas precedentes, la democracia y su comunicación política acabaron resignadamente por entenderse como una transacción desigual y sincopada entre esferas separadas: las minoritarias y exclusivistas, por una parte, de los poderes constitucionales y sus satélites (diputados, Administración, partidos políticos…), y por otra, la genérica y difusa amalgama de los ciudadanos de a pie, simbolizados, y hasta cierto punto condensados, en la denominada «opinión pública». En medio de ambas esferas, los medios y profesionales de la información periodística ejercerían de puentes o revulsivos críticos para los trasvases recíprocos o la observación distanciada entre los habitantes de ambos territorios.

La democracia así «mediada» y mediatizada constituyó la tónica hasta ahora, y la expresión de su máxima devaluación vino de la mano de la era de la televisión. En consecuencia, el mito de un dinámico y pleno pluralismo democrático tuvo que sustituirse por apellidos más resignados, tales como «democracia de masas», «democracia espectáculo» o «videodemocracia», finalmente. Un epiléptico ataque de finisecularidad nos podría llevar a pensar que todo eso acabara de desaparecer en explosión megatónica; surgiendo, por el encanto de la esquina doblada hacia el nuevo milenio, otra realidad política virginalmente ignota, diáfana y de distinta belleza. No es de extrañar, en refutación de dicho delirio, que las innovaciones de las páginas webs, los chats electorales y los medios digitales, recién incorporadas por nuestros partidos y candidatos, simplemente hayan sido adoptadas e interpretadas como nuevas modas de publicidad o propaganda política, cuya eficacia incluso importaría menos que el halo frivolo de juvenil progresismo que reportarían. Se trataría, sin más, en macluhiana perspectiva, de nuevas prolongaciones de las anteriores extensiones tecnológicas del mono (y la mona) demoparlantes. Todos esos webs, sites, usenets o chats de contenido político, denominados provocadoramente así para despertar mayor asombro, han capturado la atención de los periodistas y se han incorporado al repertorio de los asesores de imagen y los recursos políticos parafernales, con el innegable propósito de continuar, por otros medios, el tradicional objetivo de la escenificación política para espectadores incautos.

Pero tras ese primer aluvión de prácticas electrónicas, todavía dependientes del eco mediático convencional, hay todo un vendaval de transformaciones que pueden ir colándose a través de la brecha abierta e imposible ya de cerrarse. La nueva era de la ciberpolítica está teniendo en las campañas electorales en Internet un primer escaparate. Pero tanto sus contenidos actuales como su escasa diversidad de aplicaciones presentes podrían parecemos un juego de niños a la vuelta de muy pocos años. Incluso hoy -y cada vez en más países-, la ciberpolítica ofrece ya una amplitud de formas que, de manera sucinta, voy a intentar reseñar.

EL «CIBERRASTREO»1 PERSONAL DE NOTICIAS (SURFING)

Los periódicos de edición diaria en la red son ya un recurso cotidiano, apenas imaginable cuando en 1990 el San José Mercury News primero, y el USA Today algo más tarde, empezaron a colocar de manera experimental parte de sus textos en formato electrónico. Tanto en el caso estadounidense como en el resto de países, incluido España, la novedad del formato cibernético ha atravesado varias etapas a gran velocidad. Al principio sólo ofrecían un resumen o la portada de su contenido; después han ido aproximándose a la reproducción del contenido completo de su edición en papel, y están pasando ya a explotar el valor añadido de documentos de ampliación, bancos de textos o plataformas de diálogo entre los lectores y el medio. Todo lo que, en definitiva, la nueva tecnología facilita para convertir la experiencia del seguimiento de la actualidad en una actividad tan personal y diferenciada como las diversas expectativas, niveles culturales y tiempo disponible que cada miembro de la audiencia demande.

Pero desde el punto de vista de la transformación de la vida política de las democracias hay un rasgo todavía mucho más potente en la nueva situación de la mediación periodística. Se viene insistiendo hasta la saciedad en los nefastos efectos de la «globalización», en cómo la «nueva economía» facilita y propende a las macroconcentraciones corporativas, donde unos pocos «tiburones» habrán devorado a muy corto plazo todo vestigio de pluralidad, diversidad o localismo. En el campo de los medios se asiste, en efecto, a la expansión de unas pocas «arañas mediáticas» que van rodeando con su «tela» a buena parte de los pequeños negocios de la información.

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Sin embargo, tal visión pesimista se asienta, como casi toda visión apocalíptica, en un presupuesto miope e idílico respecto al pasado. Parte de dar por sentado que la multitud empresarial anterior conllevaba una pluralidad, libertad y variedad de recepción en los lectores de prensa y audiencias audiovisuales. Cuando, bien al contrario, la realidad solía consistir en infinidad de pequeños mercados controlados en régimen de oligopolio por unos cuantos caciques locales. En un Estado como el español podía haber más de cien empresas diferentes de información periodística. Pero a la hora de la verdad, el lector local siempre se limitó al estrecho margen de un par de cabeceras locales y a lo sumo otras tres o cuatro de los diarios nacionales (en realidad sólo los madrileños). En la radio y la televisión sucedía algo incluso peor, donde grandes extensiones rurales quedaban a merced de alguna emisora con repetidores en exclusiva para llegar a esa zona. Internet ha puesto patas arriba esa situación y un ciudadano de Cádiz, por ejemplo, puede confeccionarse cada día su peculiar menú informativo echando un vistazo -también- a un diario catalán, un par de europeos e incluso cualquier sudamericano. Lo global, además, no sólo no acaba con lo local, sino que -como Manuel Castells entre otros ha sabido captar- se contrapone y enfrenta a nuevas formas vigorosas de acción comunicativa particulares y minoritarias. En el terreno periodístico o informativo, la sencillez de creación de «páginas electrónicas» pone al alcance de la mano de cualquier ciudadano crítico o colectivo social políticamente motivado, un instrumento de difusión mundial. La vieja idea, otra vez de Marshall MacLuhan, de que la fotocopiadora situaba en plano de igualdad al pequeño activista con el gobierno todopoderoso, es realmente ahora cuando se hace tangible gracias a Internet. Es evidente que sin los presupuestos de publicidad de los grandes grupos multimedia, el pequeño órgano de denuncia de una asociación de ciudadanos no podrá competir con el eco de un New York Times, pero disfrutando ambos de la misma capacidad tecnológica, hay tan sólo que esperar a comprobar cómo el «boca a boca electrónico» acaba haciendo milagros, para desesperación, por ejemplo, de los convocantes de la conferencia de Seattle.

LOBBIES ELECTRÓNICOS

En consonancia con lo anterior, y en una dimensión mucho más transformadora políticamente que la mera disponibilidad de una variedad planetaria de productos periodísticos industrial/profesionales, la política virtual se abre a la participación de activistas sociales y políticos de todo signo, que pueden o bien captar la atención de cibernavegantes dispersos, pero temáticamente sensibilizados, o bien ejercer una acción estratégicamente planificada de «lobby electrónico» ante las instituciones y grupos políticos convencionales.

Académicos como Richard Davis (1999) y Sara Bentivegna (1999), especializados en la indagación sobre las iniciativas de algunos de estos pioneros, han recopilado significativas evidencias de cómo algunos ciudadanos, hasta poco antes característicos de la bóvida quietud de la sociedad de consumo, han creado, tras un cataclismo personal, movimientos de presión política en la red. Candy Lightner, por ejemplo, fundó el MADD (Mothers Against Drunk Driving) tras morir atropellado su hijo.

Éste y otros muchos ejemplos demuestran, en mi opinión, dos cosas. En primer lugar, que la capilaridad comunicante de Internet está facilitando un cierto grado de eficacia en la acción política de nuevos grupos y movimientos, que nunca antes pudieron soñar con competir con los grandes partidos e instituciones. La agilidad del agrupamiento virtual se revela como recurso de calidad superior, en ocasiones, frente a la lentitud parsimoniosa de los grupos políticos convencionales. ¿Acabarán desapareciendo los partidos ante la mayor contundencia social y política de estas nuevas formas de «guerrilla virtual» ? En segundo lugar, se pone de manifiesto que la baja motivación de los electores posmodernos para intervenir más activamente en sus asuntos públicos, no sólo tiene causas atribuibles al atontamiento televisivo y consumista, sino que hunde sus raíces en las formas de vida cotidiana que el desplazamiento por las grandes ciudades, la organización del trabajo y hasta los problemas que el nuevo tipo de familia unicelular y agobiada obligan a adoptar. ¿Quién dispone de tiempo para acudir a la sede de un partido, ejercer activamente una militancia, reunirse en asociaciones de vecinos, etc.? La diferenciación social parecía haber acabado con la comunidad. Pero vuelve a aflorar toda una larga serie de cultivos de la vida asociativa, que los consumidores contemporáneos parecían definitivamente haber olvidado como tentación viable -aunque virtual-, y a cambio de un esfuerzo personal mínimo, desde la pantalla de ordenador del cuarto de estar.

CIBERACCESO AL PARLAMENTO, FOROS POLÍTICOS Y LA ADMINISTRACIÓN

Las vías sencillas y asequibles para devolver a los ciudadanos una participación democrática intensa y extensa alcanzan incluso al diálogo directo entre representantes y representados. El viejo ideal democrático de que el delegado mantuviera un fluido contacto con los electores de su circunscripción, mediante el mantenimiento operativo de una oficina local permanente, se ha convertido en muchos países en una enmohecida posibilidad de presentación de correspondencia en las sedes locales de los partidos. En cambio, el correo electrónico y la página electrónica del propio Congreso o Senado, donde aparecen públicamente reflejadas dichas direcciones (no en todos los países y no de forma generalizada dentro de un mismo Parlamento), permiten visualizar – invitando a utilizar- la forma más dinámica y bidireccional del diálogo entre quienes representan y quienes se supone que son representados. Aún es pronto para evaluar el nivel y sentido de uso que se impondrán para esta nueva herramienta, pero de nuevo la conciencia cívica de la gente de a pie puede verse incentivada ante la sola posibilidad de pedir aclaraciones o realizar propuestas mediante un mecanismo electrónico de conexión inmediata y sin obstáculos físicos engorrosos. Puede que la lógica institucional lleve a «filtrar» y «atemperar» estas nuevas puertas entreabiertas, pero los ciudadanos más críticos y los propios especialistas de la teoría democrática tendrán aún mucho que decir y reivindicar en defensa de una herramienta que apunta como pocas hacia la cercanía real entre el público y las Cámaras.

Los foros políticos en la red son el complemento y el respaldo de esa primera comunicación política a veces necesaria, pero también a menudo demasiado ineficaz por individualizada. Los foros de «ciberdebate» han surgido en ocasiones desde los propios parlamentos -como fue el caso en la anterior legislatura española de la comisión de Internet del Senado, o el proyecto «Democracia.web» del Parlamento Autonómico de Cataluña, mantenido a su vez mediante la colaboración de algunas entidades privadas-, y su incremento en el caso español parece confirmarse, como demuestra el anuncio de constitución dentro del Senado de una plataforma de este tipo para cada una de las comisiones instauradas para la nueva legislatura. Pero en ocasiones también consisten en «listas de distribución» o «grupos de noticias» que de manera privada, aunque asociativa, diversos conjuntos de personas ponen en marcha para contactar con otros ciudadanos e intercambiar entre ellos ámbitos de preocupación política e ideológica.

La propia Administración, en toda su prolija red de ministerios y secciones departamentales, ha empezado a abrirse a la imagen de innovación cibernética que proporcionan las páginas de información electrónica y la posibilidad de rellenar impresos o realizar consultas vía Internet. Los funcionarios públicos y sus dirigentes puede que estén viviendo una etapa similar a la atribuida al inicio de este artículo a las maquinarias electorales, en el sentido de buscar simplemente un maquillaje cibernáutico con el que emular formalmente a otras Administraciones y entidades privadas. Pero pronto la nueva cercanía experimentada por los ciudadanos empezará a hacer notar a estos la enorme distancia antidemocrática que todavía existe entre lo que las nuevas tecnologías podrían ayudar a conocer y lo poco que las Administraciones de muchos países como el nuestro están dispuestas a revelar respecto a sus procedimientos internos, sus criterios de resolución de trámites o sus bases de datos. Todavía en España prima la vieja concepción política del Estado como custodio exclusivo e invigilable de los datos y expedientes de todos los individuos, que habrán de confiar ciegamente en el benéfico proteccionismo de los arcana imperii, para salvaguardar así la privacidad e intimidad de cada ciudadano.

Otras sociedades, con mucha más experiencia democrática y tecnológica, hace tiempo que han comprendido que si los documentos públicos, digitalmente almacenados y procesados, constituyen en sí mismos un enorme poder y conocimiento sobre todos nosotros, ese poder no puede convertirse en el privilegio de actuación inmoderada de los burócratas y de la élite política que los dirige. Mientras la teoría política popular parece aún estancada en España en la defensa a ultranza de un principio de privacidad e intimidad, que confiere a la Administración el supremo derecho de negar cualquier acceso informativo incómodo, en otras sociedades los ciudadanos ya comprenden y practican otra interpretación bien distinta de los principios democráticos: aquélla según la cual lo que se denomina «público» es de todo el público, y su revelación o acceso informativo no puede quedar al arbitrio de unos funcionarios, habitualmente orientados a evitar que cualquier irregularidad interna, abuso de poder y favoritismo administrativo puedan salir a la luz.

Si bien la coartada usualmente esgrimida apela al celo protector de la intimidad de los datos de los individuos administrados, el nuevo avance democrático denuncia esas prácticas y sus coincidentes legislaciones-mordaza en la «protección de datos», como intentos, en realidad, de borrar el peligroso ejercicio de la fiscalización directa por los propios ciudadanos. Las páginas electrónicas de la Administración en gran medida sólo son todavía una fachada de diseño publicitario. Pero tras las leves indicaciones de tantos departamentos, archivos, negociados, etc., el usuario va a empezar a aprender a toda velocidad cómo seguirle el rastro a su expediente, se asombrará de por qué le está vedado averiguar qué méritos o características reúnen los depositarios de los restantes expedientes en competencia con el suyo, y la curiosidad frustrada mediante tanta apelación a la privacidad (¿de los funcionarios y sus intereses seguramente privados?) puede ponerles en la pista de reclamar otra práctica de libre flujo por las autopistas de la información administrativamente cegadas.

«CIBERCAMPAÑAS» Y «SITIOS VIRTUALES» DE LOS PARTIDOS

En 1996, al acabar el primer debate presidencial entre Clinton y Dole, éste hizo algo que -según narra Richard Davis (1999, p. 85)- nunca nadie había hecho antes: anunció la dirección de la página electrónica de su candidatura. Esa misma campaña presidencial fue ya testigo del despliegue de toda una batería de comunicación «net-electoral»: las páginas oficiales de los dos principales partidos y candidatos, otras páginas de simpatizantes y afiliados para apoyar y recaudar fondos para sus líderes, la creación de foros de discusión y análisis de asociaciones educativas por «una actividad electoral inteligente» y hasta la aparición, en fin, de nuevas «net-empresas» de rastreo informativo sobre datos políticos, para prensa, universidades y grupos interesados, que periodistas de investigación autónomos (como Dwight Morris, ex director de proyectos especiales del Los Angeles Times, con su «Politics Now»>) lanzaron al mercado de los cibernautas.

La variedad de recursos de campaña electoral en Internet ha crecido a un ritmo frenético, no sólo en términos cuantitativos, sino también cualitativos. Y así, la innovación más espectacular de las campañas celebradas en diferentes países en los últimos cuatro años ha sido la proliferación de las charlas en la red, en tiempo real, con los candidatos. Si bien había sido antes, el 13 de enero de 1994, cuando el Vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, se convertía en el primer político de un gobierno que celebraba una cibercharla de este tipo con ciudadanos.

A las puertas del tramo final de la campaña presidencial de 2000 en Estados Unidos, la maduración del nuevo soporte electrónico de la actividad electoral se utiliza ya para una amplia variedad de cometidos. Dichas páginas proporcionan, por ejemplo, noticias sobre las ruedas de prensa e intervenciones públicas de los candidatos; extractos de sus intervenciones en las cámaras legislativas federales o estatales -cuando han ocupado ya dichos cargos-, sus votos particulares a las diferentes proposiciones de ley, etc.; biografías personales y galerías fotográficas de su recorrido público; vídeos electorales y grabaciones sonoras de discursos; solicitudes y formularios para recabar fondos y tramitarlos directamente desde la pantalla; correo electrónico para enviar mensajes al candidato o al partido; material de refuerzo y entretenimiento para los simpatizantes, como salvapantallas con emblemas del partido o fotos del candidato; y finalmente -cómo no, en un entorno de intensa utilización de la publicidad negativa agresiva mediante anuncios televisivos-, todo tipo de parodias, chistes o información de ataque contra los candidatos contrarios.

Las estrategias de ataque electoral en la red han ido alcanzando una sofisticación cada vez mayor. En ocasiones, el contenido negativo no aparece en la página oficial del partido o candidato, para mantener así una imagen de «caballerosidad» y distanciamiento respecto a las «malas artes». Pero son las páginas de grupos de simpatizantes -cuya dirección puede venir anunciada en el «sitio» del candidato- las que se ocupan del juego sucio. Las acciones de «ciberataque» llegan al extremo de crear falsas páginas del político o partido adversario -habiendo reservado previamente «dominios» con la reserva legal a partir del nombre del contrincante-, en las que el visitante internáutico va a encontrar, para su sorpresa, todo tipo de descalificaciones y rechiflas. Un ejemplo ya célebre de dicho recurso fue la aparición, en la campaña estadounidense de 1996, de una falsa página del republicano radical Pat Buchanan, en la que sus atacantes habían reproducido el diseño de la página oficial de ese político, pero con la única «variante» de la inserción en lugar bien notorio de la bandera nazi.

Por lo que se refiere a España, la primera eclosión notable de campaña electoral en la red fue la desplegada durante la convocatoria de comicios autonómicos catalanes, en octubre de 1999. En esa ocasión empezó a destacar la originalidad y uso «a la americana» mostrados por el candidato del partido socialista, Maragall, y «grupos de simpatizantes» del mismo, que crearon sus propias páginas de respaldo a aquél (con grandes dosis de sátira contra sus adversarios). Los medios periodísticos convencionales empezaron a hacerse eco informativo de esta nueva actividad entrando a cumplir -aunque todavía de forma muy leve- la función involuntaria de servir de amplificación del mensaje expresamente diseñado por los equipos electorales de los partidos. Con la llegada de la campaña para las elecciones generales celebradas el pasado marzo, no sólo todos los grandes partidos y bastantes de los pequeños crearon su propio dispositivo de alimentación y mantenimiento de su «cibercampaña», sino que asistimos también a la aparición de «páginas personales» de algunos líderes, como elemento añadido a la página general del partido y en claro proceso de intensificación del personalismo presidencialista, que modifica de forma encubierta el sentido de un sistema regulado como parlamentarista.

Por lo que respecta al juego de acaparar «dominios» legales con los nombres de los candidatos adversarios, nuestros últimos comicios fueron también testigo de todo tipo de triquiñuelas, como quedó reflejado en las falsas páginas «Aznar.com» o «Jalmunia.com», entre otras. Los medios periodísticos, por su parte, descubrieron definitivamente el filón de novedades noticiosas de la actividad de los partidos en Internet y aunque se centraron más en las curiosidades, a medida que la campaña avanzaba dedicaron cada vez más espacio a la plataforma internáutica, haciéndose muy presente así, ante el gran público, que existe ya una paralela campaña virtual, cada vez con mayor pujanza.

Más allá de una descripción más minuciosa de campañas concretas, parece oportuno fijarse en las previsiones de fondo que sobre la transformación de la comunicación electoral surgen de la experiencia acumulada en diversos países. Entre las optimistas, algunos anuncian la quiebra de la tiranía de la «mediocracia», donde los gestos puramente escénicos y la limitación de los argumentos a espectaculares «bocadillos declarativos» de diez segundos, son la tónica de la llamada «videopolítica». Hay también quienes pronostican una nivelación de recursos para captar la atención pública entre los partidos o candidatos ricos (o mayoritarios) y los pobres (o minoritarios), pues el bajo coste de la nueva herramienta y su flexibilidad de uso podrían facilitar la realización de campañas de notable incidencia, con una drástica reducción de gastos en viajes, encuentros con periodistas y otros montajes escénicos. La interactividad entre candidatos y electores podría generar también un nuevo enriquecimiento de la comunicación electoral, con fórmulas como la empleada por el Partido Popular en su sitio electrónico de la pasada campaña, con foros de recepción de mensajes de cualquier ciudadano y con acceso público a los contenidos así recogidos. Finalmente, frente a quienes recuerdan que las cifras de usuarios de Internet, o bien son aún ridículas -como sucede en España-, o bien se orientan masivamente hacia contenidos alejados de la política, los pronosticadores de un mayor protagonismo de la plataforma virtual de las elecciones señalan el efecto multiplicador que los medios convencionales están teniendo y seguirán incrementando, en la medida que toda una serie de polémicas y actuaciones novedosas en la red obligue a los periodistas, cada vez más, a dirigir su atención hacia la nueva fuente.

Los escépticos, en cambio, señalan la escasa atención o respuesta que el ciudadano de a pie dispensa ahora y supuestamente seguirá concediendo en el futuro a esta otra plataforma electoral. Insisten en que los visitadores de las páginas de cada partido o candidato son casi siempre acólitos o simpatizantes del propio grupo, por lo que sólo cabe esperar una función de refuerzo en un sector asimismo minoritario de los previamente convencidos. Respecto a la supuesta contribución de esta modalidad al abaratamiento de las campañas o a la reducción de las diferencias entre partidos grandes y pequeños, los escépticos señalan que, sin reducir el resto del capítulo de gastos, sólo servirán para incorporar uno más, aunque este último resulte pequeño. Finalmente, las notables diferencias entre los grandes partidos y los marginales también se advierten en la comparación entre las flamantes, extensas y permanentemente renovadas páginas electrónicas de los grandes grupos, y las puramente presenciales y de escasa calidad formal y mínimo contenido de los pequeños.

Por extraño que parezca, ambas posturas aciertan en sus diagnósticos y convergen en un dictamen que, por encima de los aspectos contradictorios, descubre el indudable «valor añadido» que convertirá la campaña internáutica en un instrumento de profunda transformación de la concepción y desarrollo de las futuras campañas electorales de las democracias. Qué duda cabe que el principal motivo por el que todos los grupos políticos se apuntan a utilizar la nueva herramienta radica en la positiva imagen de modernidad, inmediatez, progresismo y cercanía democrática que refleja. No disponer de presencia en la red equivaldría, por contraste con los demás competidores, a ser considerado trasnochado y miope frente a los nuevos tiempos. Por ello, la mera presencia en Internet actúa como refuerzo secundario de una buena imagen ante los periodistas, quienes agradecerán además el nuevo filón informativo y el servicio rápido de complemento documental que de esta manera obtienen.

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Las «ciberpáginas» electorales sirven, en efecto, para facilitar información adicional y más detallada sobre propuestas, declaraciones, análisis políticos, etc., no sólo para esos pocos ciudadanos muy involucrados, sino para los propios periodistas que, sobre todo en el caso de los medios locales, no siempre disponen de las plantillas y recursos suficientes para acudir a todos los puntos de interés electoral. A partir de aquí, los candidatos y partidos empiezan a descubrir también que el recorte y reducción de sus declaraciones, conforme a las limitaciones de tiempo y espacio del tratamiento mediático convencional, pueden ser superadas en una nueva forma de contacto amplio y sin intermediarios con los ciudadanos. Nuevas vías para la recaudación de fondos en la medida que así lo permita en España la futura ley sobre financiación de partidos-, e incluso el descubrimiento de un nuevo recurso para pulsar con celeridad y economía las reacciones de los electores… Todas estas novedades hacen suponer que, a medio plazo, se habrá producido un profundo cambio en la mentalidad de los políticos y de los sectores más influyentes de los ciudadanos.

El principal «efecto Internet» de las campañas no se refiere, en consecuencia, a si dichos mensajes pueden conquistar o hacer perder muchas intenciones de voto -cuestión esta que, en términos de influencia directa, apenas afectará a los resultados, por el momento-. Estas cibercampañas no van a prevalecer o sustituir -en bastante tiempo- a los recursos tradicionales de la publicidad política o la presencia televisiva, pero un uso inteligente de la «ciberpolítica» puede incidir indirectamente en todo el proceso y revelarse como pieza clave del marketing electoral, en consonancia con una nueva forma de entender la comunicación política global de las democracias del siglo XXI. Como ha advertido Richard Davis (1999, p. 120): «Esta nueva tecnología no revolucionará el resultado electoral, pero sí cambiará la forma de hacer campañas».

A lo largo de la Historia todas las tecnologías de la información-comunicación verdaderamente innovadoras (escritura, imprenta, transmisión de ondas…) han transformado de raíz la actividad y los procesos sociales, no sólo en los aspectos materiales, sino mucho más incluso en las formas y resultados del pensamiento y la representación simbólica. Si bien los enormes cambios introducidos han requerido de un prolongado tiempo para revelar su significado completo. Bastante tiempo después de la aparición de la imprenta, por ejemplo, algunos de los más reputados pensadores de la época seguían considerando el invento de Gutenberg como un artilugio de importancia secundaria. Es el caso de Thomas Hobbes, quien en su Leviathan, escrito en 1651, sostenía que «la invención de la imprenta, aunque ingeniosa, no es gran cosa si la comparamos con la invención de las Letras (escritura alfabética)», tal y como recuerdan DeFleur y Ball-Rokeach (ed. 1993, p. 300). Estos mismos autores comentan que tal miopía, característica de muchos grandes pensadores enfrentados a las radicales innovaciones de su tiempo, se debe a un acercamiento a las nuevas realidades desde una base intelectual anclada en el pasado.

En lo que atañe a la teoría política y a las formas que podrá adoptar la vida democrática futura, los horizontes hacia los que apuntan estos nuevos ensayos de comunicación política interactiva, global e inmediata, apenas empiezan a insinuar sus más potentes consecuencias.

NOTA

1 • En diversos momentos voy a proponer neologismos que, sin perder la evocación de los términos originales en inglés, intentan superar la mecánica invasión del castellano por expresiones carentes de la menor naturalización a nuestra lengua.

7 razones para seguir leyendo

Mientras editores y libreros discuten sobre la polémica liberalización del precio del libro, ya se han recogido los mejores productos tempranos de la cosecha literaria española de este año tan redondo. Un puñado de buenas novelas que desmienten el pretendido éxito de la última moda editorial, consistente en «descubrir» a autores jóvenes y primerizos: la fuerza de los hechos y del sentido común van poniendo las cosas en su sitio. Nadie puede poner en duda que, en estos meses, la calidad ha venido de la mano de escritores ya rodados, que no necesitan de ningún peinado previo para dar a conocer su talento y su excelente oficio.

Cinco novelas destacan, a mi juicio, en la desmedida producción actual: tres que responden a las convenciones del género (las de Juan Marsé, Manuel de Lope y Lorenzo Silva) y dos «artefactos literarios» -en expresión de Ignacio Vidal-Folch- que rompen los límites y se sitúan en el territorio comanche fuera de las leyes clásicas (Enrique Vila-Matas y Juan Manuel de Prada). Dos modos distintos de crear, con mayor o menor riesgo, que conviven pacíficamente y demuestran que ni la novela está muerta, ni la experimentación ausente del nervio de nuestros mejores escritores.

DOS NOVELAS DE POSGUERRA Y UNA DE DETECTIVE

Desde El embrujo de Shanghai, una de las mejores novelas de los últimos años, se esperaba laS siguiente aparición de Juan Marsé en las librerías. Y Rabos de lagartija (Debate) no ha defraudado. El escenario se repite una vez más: la Barcelona de posguerra. La originalidad de la historia radica, en primer lugar, en la arriesgada apuesta por un narrador que observa mudo los acontecimientos: instalado en el vientre de su madre, una costurera que vive con su hijo mayor, puede relatar la historia desde su privilegiado observatorio. Un policía comienza a frecuentar su casa con la excusa de averiguar dónde se encuentra el marido, huido tras sospechosas actividades. Los tres personajes centrales -la madre, el hijo adolescente y el policía- aparecen tratados con mano maestra, formando un triángulo de amor y desamor que acabará en tragedia. Marsé se muestra aquí más duro que en su anterior novela al retratar la crueldad de algunos comportamientos, con un afán quizá excesivo por reflejar lo más sórdido de la realidad (sobran, por ejemplo, algunas blasfemias). Pero no cabe duda de que resulta casi insuperable en algunas páginas de intensa fuerza lírica, en los diálogos vivos y rápidos, en la recreación del mundo de la infancia, con sus ensoñaciones, sus héroes y su insobornabilidad.

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El madrileño Lorenzo Silva ha obtenido el Premio Nadal al segundo intento: finalista en 1997 con La flaqueza del bolchevique, ha resultado ganador este año con El alquimista impaciente (Destino). La historia sigue el esquema clásico de la novela negra, trasladada a uno de los elementos más genuinos de lo español: la Guardia Civil. Esta trasposición, estrambótica a primera vista, funciona sin embargo con fluidez, amenidad y simpatía. La «pareja» formada por el sargento Bevilacqua y la guardia ENSAYO Chamorro está especializada en homicidios. Investigan en este caso la denigrante muerte de un ingeniero, empleado en una central nuclear de Guadalajara, cuyo cadáver aparece en un motel de carretera. Nadie se explica cómo aquel hombre discreto y de ojos tímidos ha podido «pasarse de la raya» en una noche loca de alcohol, drogas y desenfreno. La investigación avanza lentamente y nos muestra el corrupto mundo de las inmobiliarias, del dinero fácil y de la peligrosa afición al poder. La sobriedad del narrador, que echa mano de una épica de andar por casa, arremete contra muchos tópicos y defiende algunas posturas excéntricas: entre ellas, la de la profesionalidad e independencia en el trabajo, la del control de las propias emociones y sentimientos, la del interés por las personas, la de la azarosa y a menudo poco gratificante búsqueda de la verdad. En medio de tanta truculencia, predomina un tono optimista, que aspira a no abdicar del propio modo de ver el mundo. La alquimia, como la vida, es un oficio peligroso, pues consiste en la maestría de mejorar las cosas, no de empeorarlas.

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La última novela de Manuel de Lope también se ajusta a los cánones clásicos, con ese modo faulkneriano de plantear sus historias que tiene el escritor burgalés. La sangre ajena (Debate) es una novela de genealogías y generaciones, que arranca en vísperas de la Guerra Civil y enlaza con el presente a golpe de recuerdos. Situada en el País Vasco, recrea la vida gris de María Antonia Etxarri, una chica violada al comienzo de la guerra y puesta luego a servir en casa de Isabel, una joven viuda. El salto al presente nos sitúa en esa misma casa, con una María Antonia ya anciana que acoge durante unas semanas al nieto de su antigua señora, necesitado de calma para preparar sus oposiciones a notario. El vecino de la casa es un viejo doctor cojo y soltero, que ha asistido discretamente, durante los últimos cuarenta años, al paso de las generaciones en la vivienda vecina. La llegada del nieto, con quien tratará de congeniar, provoca en el mediocre médico el desbordamiento de las compuertas del «potente caudal de sus recuerdos». Las desgracias de la guerra se observan desde una perspectiva algo distanciada, sin que falte algún tópico prescindible. Lo que interesa a Manuel de Lope es profundizar en una de tantas historias personales que la contienda trajo consigo: la irrupción de la muerte que trunca un matrimonio recién contraído, la soledad que se instala en medio de cañonazos y batallas, la confusión de genealogías, sangre y filiación provocada por los incendios de archivos y registros. Enseguida se advierte que existe un enigma que abarca a María Antonia, a su señora ya fallecida, al nieto recién llegado y al mismo doctor. La prosa de Manuel de Lope se demora en captar estados de ánimo, miradas, reacciones y recuerdos, focaliza momentos clave y logra en ocasiones páginas de gran eficacia e intensidad emotiva. De fondo se adivina una ternura contenida, confundida a veces con el odio, que sólo se plasma plenamente al concluir estas páginas cargadas de dolor.

DOS EXPERIMENTOS

Bartleby, el inolvidable personaje de Melville, sirve de comodín a Enrique Vila-Matas para su última inmersión en el mundo de los «raros»: Bartleby y compañía (Anagrama). A los shandys de su Historia abreviada de la literatura portátil siguen ahora estos bartlebys que imitan el «Preferiría no hacerlo» del famoso y apático oficinista del cuento de Melville. Vila-Matas ve en él el paradigma del No aplicado a la escritura y repasa a los eximios representantes del silencio literario. El propio narrador ha sufrido ese síndrome: dejó de escribir tras un desgraciado incidente con su padre. Pero, años después, logra liberarse de la enfermedad a base de redactar estas «notas a pie de página» que comentan el texto invisible de quienes se negaron a seguir escribiendo, o lo hicieron ocultos en seudónimos o hurtando su rostro y su vida privada a curiosidades ajenas. Por aquí se pasean Rimbaud, Salinger y Gracq, Rulfo y Alfau, Pynchon y Felisberto Hernández, que nunca terminaba sus cuentos. El narrador indaga en las razones profundas del abandono, que no son otras que las que tienen que ver con la «moderna» desconfianza en las palabras. Quienes piensan, como los bartlebys o el propio Vila-Matas, que ya está todo dicho, sólo pueden aspirar a la repetición, la glosa o el espionaje. El escritor catalán, fiel a su estilo fronterizo, continúa su arriesgada exploración literaria, llena de humor, sorpresas, guiños y acrobacias. El texto se abre en muchas direcciones, los géneros se mezclan y se suceden, la atmósfera de complicidad crece. El ingenio de Vila-Matas multiplica las connotaciones bartleby: hay desfallecimientos bartleby -como el que impide a Tolstói concluir la última frase de su diario-, hay escritores antibartlebys -el caso de Simenon, a novela por semana, o el de Valéry, bartleby arrepentido-, y existen también bartlebys en el momento de la despedida de la vida y de la literatura, como Cervantes en el emocionado Prólogo del Persiles. Al fondo, Vila-Matas cree ver a Dios que calla, «maestro del silencio», que escribe, sin embargo, a través de persona interpuesta.

También arriesga Juan Manuel de Prada en Las esquinas del aire (Planeta), la historia de la búsqueda de una mujer singular. El narrador, un escritor en ciernes, aliado con el librero Tabares y la joven Jimena, emprende una indagación casi obsesiva para encontrar a Ana María Martínez Sagi, un personaje real y fascinante que practicó el tenis, el esquí, el lanzamiento de jabalina… y la poesía. Un poemario publicado en 1929 y varias entrevistas y artículos componen las únicas pistas, que se pierden con la Guerra Civil. La historia avanza en dos frentes: primero a través de los vericuetos de las averiguaciones y después con la propia voz de Ana María, cuando la encuentran en un pueblo catalán.Nonagenaria ya, habla «durante días» del periodo oculto de su historia: sus crónicas para El Tiempo de Bogotá desde la columna Durruti, su exilio en Estados Unidos, su vuelta a España treinta años después. «Extranjera de la vida», Martínez Sagi es un cualificado testigo de la evolución del siglo XX español y una abanderada nada fanática de la lucha de la mujer por alcanzar sus derechos a través de una vía excéntrica: el deporte y la literatura. El talento de Juan Manuel de Prada brilla en algunas páginas de manera singular: resulta memorable, por ejemplo, la aparición de poeta Pere Gimferrer en un enloquecedor diálogo telefónico que parece no tener fin.

RECUPERACIONES

A falta de espectaculares descubrimientos, el buen olfato de algunos editores resucita dos excelentes novelas de casi obligada lectura. La más lejana en el tiempo es Helena o el mar del verano (El Acantilado), publicada en 1952 por un auténtico bartleby: Julián Ayesta (1919-1996). Esta breve y única incursión en la narrativa de su autor figura con justicia entre las mejores novelas españolas del siglo por su rara perfección en el retrato del mundo adolescente, y comparte gloria con otras dos estupendas recreaciones de ese final de la niñez aparecidas también en los cincuenta: Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, y La vida nueva de Pedrito de Andía, de Sánchez Mazas. En apenas cien páginas que recorren dos veranos y un invierno, el niño que está dejando de serlo relata su amor por su prima Helena. La maraña de sus confusos sentimientos, enmascarados en juegos infantiles, se va decantando hacia el descubrimiento de las grandes preguntas: su ingenuidad, aún infantil, argumenta de manera divertidísima y llena de verdad, con una «alegría rabiosa» que se gana desde el principio la simpatía del lector. Novela de aprendizaje, siguiendo el tópico, Helena convence por su riqueza expresiva, su buen humor y una profundidad que tiene a Dios como último y cercano testigo.

Otra buena noticia es la de la recuperación por parte de la editorial Tusquets de buena parte de la obra narrativa del barcelonés Juan Miñana, que comienza con la nueva edición de El jaquemart, su segunda novela, publicada en 1991. Concebida como una fábula sobre el tiempo y su paso inexorable, la historia se sitúa en la Barcelona de los últimos años del reinado de Felipe IV, cuando una terrible peste invade la ciudad. En un hospital que recoge a los apestados coinciden los protagonistas principales: Buenaventura Deulocrega, un médico que pretende curar la enfermedad con nuevos métodos, y Juan de Ameno, relojero del rey que está proyectando un jaquemart -uno de esos autómatas que vigilan y marcan el paso del tiempo- para el reloj de horas de la catedral. La extraña amistad que surge entre estas dos fuertes personalidades provocará la rememoración de sus vidas, en un esfuerzo por afrontar el futuro interpretando los signos del pasado. Además de una magnífica reconstrucción histórica, El jaquemart es una reflexión profunda y certera sobre la brevedad de la vida, el papel de la vanidad en las artes y las ciencias, y la innata rebelión del hombre ante la vejez y la muerte. La lucha contra el tiempo admite diversas estrategias, desde la anestesia del olvido al frenético volcarse en la actividad exterior. Pero quizá, como advierte al final Deulocrega tras muchas disquisiciones, «el único modo posible de vencer al tiempo era a través de un acto de amor, o siquiera de un acto de generosidad». Novela de una rara intensidad, cuidada hasta los detalles, que revela a un narrador con un firme dominio de la escritura y una capacidad de construcción de personajes fuera de lo común.

Lasso de la Vega, la novela de la poesia

Por fin y para siempre, el nombre y la obra de Rafael Lasso de la Vega tienen una especie de domicilio fijo, algo más cierto que el lugar del aire propio de las leyendas errantes. El sitio donde encontrar a Lasso es un cuadrilongo y compacto objeto ideado por Andrés Trapiello que es pero no es exactamente un libro; resulta más bien una suerte de caja cúbica que no hace falta abrir siquiera para que uno se sienta inquietado por la doble mirada —especular y significativamente invertida en cubierta y sobrecubierta— del negro autorretrato que el supuesto Marqués de Villanova fechó en 1916 (aunque sólo sepamos de él en 1942, en la «cuarta» edición de su libro Prestigios, del que nadie, además, ha visto nunca ninguna de las ediciones anteriores).

Esta es, pues, la única seña de ese errante enigma, al menos hasta que Juan Manuel Bonet entregue para hacer compañía a su magnífica edición poética su prometida novela A Quest for Lasso. Pero eso será ya una novela de Bonet, a la caza, quizá, de una presencia, y en la que una voz transitará entre filas de ecos ausentes, como si se tratara de un largo poema. De momento tenemos algo que parece ya eso, parecen poemas, poesía, y, sin embargo, ocurre como si el juego —que no es una mera pejiguería clasificatoria de géneros— se diera la vuelta y nos obligara a comprender que por muchos motivos estamos ya ante algo parecido a la novela no escrita, que la tenemos ahí, en la reunión definitiva de las poesías, porque antes no existían la persona ni el personaje esquivo —que no siempre coincidió con aquélla— entre los que quedó diseminada, repartida, acaso derrochada, la intimidad de un alma extraña a sí misma en la aventura a que fue expuesta una identidad, tal y como lo fue la de Lasso. Y esto podría muy bien ser novela.

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Por lo pronto, la poesía de Lasso de la Vega, leída entera, nos parece verla avanzar, antes que nada, hacia el drama, y me refiero al drama moderno de la voz poética, una voz ajena para el propio poeta que a partir de un determinado momento ya no se reconoce en una única voz cantante. (Por eso, decir que Lasso no tiene voz será acaso entenderlo, pero no comprenderlo). César González-Ruano, uno de sus pocos fieles, pidió un día la novela de Lasso, pero en realidad estaba pidiendo sólo que alguien escribiera «su vida», novelesca, claro, como ninguna. Más que de esa novela, deberíamos acordarnos de la que en el Libro del desasosiego Fernando Pessoa da poco menos que por perdida: «Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. (…) Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea, y deshecha sin haber sido…». «En este mundo novela», como decía Pessoa, lo que quedaba de la voz cantante de Lasso se preguntó muchas veces, con el enorme portugués, «Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo?», mientras su sombra cruzaba el escenario del teatro de la realidad, infinitamente añorante de un incierto y también apócrifo ayer («en un tiempo no vivido», «en la ciudad que no existe», en la «memoria del futuro») donde el mundo había sido, al parecer, real. Y ésa es la verdadera novela de Lasso de la Vega, una novela no escrita por nadie en la que la pregunta por la identidad vaga sin cuerpo sobre el fondo del teatro. Esa conciencia y ese guiñol recurren a veces en los mismos poemas, sobre todo a partir de Prestigios, el libro donde hace su aparición «Don Diego de Noche», un personaje, más apócrifo que heterónimo, en el que desde luego se proyecta Lasso. Es en ese libro donde la comedia del parque, el carnaval y sus  desfiles, tan caros al modernismo, dan un paso más allá en la ficción que acabará por ocupar la realidad entera. «Día», un poema dedicado a Cádiz, comienza así: «La seducción del mundo proyecta su aparato de magias verdaderas — El día es un teatro». Y en Oaristes (Venecia, 1940), repite: «un recinto me ciñe con constante insistencia— / yo mismo circundado de mi propia presencia», «cuál de mis vidas fue más cierta?»; pero ese asunto está ya inevitablemente unido al otro, al del espacio imaginario de la voz funámbula: «Y yo soy un teatro de actos desconocidos». Así que el teatro de la realidad y el de la identidad personal —y eso si los dos no fueran el mismo para Lasso— terminarán por constituirse en espacio de la poesía, bien que inverso al que en la tradición poética hacía del poema lugar significante, capaz de servir de alojamiento al sentido.

Otra novela mientras tanto —otra ficción—, la de la historia literaria, ha preferido fijarse hasta ahora exclusivamente en el autor de dos libros de estela modernista, Rimas de silencio y soledad (1910) y El corazón iluminado y otros poemas (1919), sus dos únicos libros de firma y fecha normales, es decir, manejables, encasillables; y hablar luego de un estrafalario afiliado al ultraísmo y al cubismo poéticos, y ahogar, en suma, al poeta en el retrato de un bohemio más, de un falsario o de un raro. Y Lasso, a la lectura de la obra entera y verdadera (si la verdad no resultara en su caso, como resulta, un episodio de la imaginación, claro), no es un raro más, anegado por el gas letal de la burbuja bohemia. Esos libros contienen poemas de encantadora persuasión, pero más parecen, vistos en la novela entera, una suerte de «borradores silvestres» del poeta-síntoma, del poeta ni mayor ni menor sino todo lo contrario, que lo fue, precisamente, por ser el borroso, el falso, si se quiere, protagonista de algo más parecido a una life in progress que a un work in progress juanramoniano. En esos libros hay fontanas eternales, deliquios, unciones de aromas, y también hay otras gotas epocales de teosofía y de esa clase de espiritismo frecuente en otros que, como el propio Pessoa, desdeñaron por entonces la mera experiencia de la subjetividad intimista a la búsqueda de algún infinito anamnésico, no vivido y sin embargo recordado, de una quimera anterior a lo anterior que, platónica o no, pudiera dar visos de una objetividad natural, allí donde «todo nombre es vano» (y ésta es la huida de la ilusión del lenguaje y del conocimiento a la que, moderna y a trechos mallarmeanamente, parece aspirar Lasso).

Ocurre, por tanto, como si aquella subjetividad romántica y simbolista se fuera mostrando también insuficiente, se fuera multiplicando, que es lo que sucedió en el caso del drama pessoano. Sea como fuere, en la poesía de Lasso se asiste desde entonces a la desposesión moderna y a la pluralidad de la conciencia poética (en las Rimas… se encuentra, por ejemplo, ese poema, «El espía»: «—¿Qué espíritu a mi lado me persigue y me nombra?»). Y se puede decir que, de Bécquer, a quien está dedicado El corazón iluminado…, a Juan Ramón, ese trayecto de la consciencia poética apenas cuenta con apeaderos por los que la poesía de Lasso no pasara alguna vez. Es como si leyendo sus versos nos pareciera estar leyendo, como en una cartografía completa, toda la poesía, o mejor, como si nos fuera dado leer la novela entera de la poesía, una novela sincrónica en la que poco importa ya qué precede o sucede a qué, una novela acaso no escrita en realidad por ningún autor personal. Bécquer, en quien Juan Ramón, como se sabe, veía el origen, tiene su eco («Yo sé un himno gigante y extraño…»), acoplado a veces al de Darío, en versos que hacen dimitir al poeta de la vieja condición en la que el lenguaje daba muestras suficientes de su poder apropiatorio de la realidad. «Yo conozco el poema que no se ha escrito nunca», dirá en Presencias; pero bien sabe ya que ese sentimiento de la divina armonía sobre su pecho no tendrá palabras justas, exactas, no podrá ser encerrado en un «rebelde, mezquino idioma». Y no lo podrá ser porque la voz está ya disuelta en una multiplicidad de ecos. Esto es tan evidente en Lasso que su vida en marcha terminará quedando reflejada en una obra que viene a ser, como decíamos, novela total de la poesía, de sus ecos, desde luego que sin voz (eso es, precisamente, más que una carencia de poeta menor, su hecho significante positivo). En los versos de Lasso podemos oír también a Antonio Machado («la sombra vaga de una sombra vieja»). Y, más adelante, ya en la plena ficción bibliográfica y existencial que el poeta fue construyendo a partir de Pasaje de la poesía (planteado en 1936 como antología de lo escrito entre 1911 y 1927, en la que el autor «demuestra» sus hechuras de adelantado al ultraísmo de Huidobro, al coloquialismo de Moreno Villa o al popularismo de Alberti), nos podemos encontrar con un eco de Guillén («…la vida en clara escultura; / el mundo en redondo fin»), con alguno de Cernuda («La soledad se llena de mí mismo…»), con uno de Alberti («Desde la orilla del mar / he visto un barco pasar / Quién fuera su capitán»), con uno de Lorca («Y yo qué extraño en toda esta presencia»), con otro de Bergamín («Este nuestro no decirnos nada / de lo que nos decimos dentro»)… Pero esos ecos no son, sin embargo, préstamos poéticos, faltas; para que lo fueran haría falta una voz central que los hiciera suyos. No dejan nunca de ser eso, ecos, porque en el personaje ya desidentificado tienen ellos más verdad que la voz, más la sombra que la figura, más la niebla que la clara y falsa luz con la que una conciencia única se apropia de una imagen del mundo.

A comienzos de los años veinte, Lasso colaboró muy asiduamente en las revistas ultraístas, entre ellas en Grecia, que dirigía el Isaac del Vando-Villar corresponsal de Pessoa. De esos poemas podríamos decir que si el Lasso becqueriano y modernista llegó a tener bastante clara la insuficiencia de las palabras y su última aspiración al silencio, el Lasso de la «impostura» vanguardista toma conciencia de la agotada subjetividad del «yo» romántico. El Lasso que asevera que «la turbamulta romántica se lamenta de pasiones que no sintió nunca» viene a ser un nuevo personaje que se vuelve contra su propia tesitura anterior, persuadido del nietzscheanismo que se hace transparentemente en «Universos», el poema que habla de cantos «claros, ligeros y diáfanos», de pureza, de agilidad, de juventud, de que «la vida es voluntad alegre y bella». Podría haber sido, quizá, una salida para su poesía; ésa fue en un determinado momento su lectura de lo vanguardista, más allá de la propiamente decorativa; una lectura propiciada por su de siempre inclinación hacia lo no manchado de excesiva humanidad. Sin embargo, no lo fue; fue otro episodio, que no deja de arrojar luz, como siempre, sobre la novela entera de la poesía, y desde el que —leyendo «Alas» y, sobre todo, «Enigmas»— podríamos, a lo mejor, mitigar, por ejemplo, la originalidad de los poemas enumerativos de Borges, probablemente en deuda secreta con su aventura vanguardista; evocar —a la luz de ese verso: «Mientras vago mis ángeles trabajan»— la muy conocida frase de Bretón acerca del sueño laborioso de los poetas, sobre todo cuando un postrero poema de 1957, precisamente titulado «Pasos perdidos», comienza diciéndonos de «El paraguas abierto en el vestíbulo / y el par de guantes negros en la silla…»; y más acá, pero en la misma novela, podemos comprender mejor por qué Valente llamaba neodecadente a Gil de Biedma; constatar el poso de un Cernuda de modernismo inconfesado entre las advocaciones veladas de los novísimos; pensar en Baudelaire y en Aloysius Bertrand cuando volvamos a leer —a la luz de ese poema en prosa, «Fischer», de Hotel del UniversoDiana y el mar muerto, de Juan Perucho; pensar, en fin, no sin vértigo, en la sincronía de la novela sin autor ni fecha de la poesía.

La salida —salida del laberinto de la ficción— no fue, sin embargo, aquella sobrehumanidad, sino, casi fuera de la novela y de la poesía, el amor. Lasso, el Marqués de Villanova, Don Diego de Noche, el Espía, sea quien fuere, se enamoró de Anna Bonetti, la hija del dueño del hotel de Florencia en el que desde 1942 se alojaba el poeta con su mujer. Y a lo mejor tenemos que pedir perdón porque no nos interese demasiado lo biográfico de Lasso, sino el itinerario de esa novela que únicamente encuentra su conclusión, digamos que su salvación, en el amor. Sólo allí —si el amor fuera un lugar— todos aquellos ecos serán voz, todos aquellos nombres serán persona, todas aquellas mentiras múltiples serán única verdad. En «Pantomime des étoiles», uno de los poemas «modernos», él mismo pronosticaba: «Y ser en lo demás / para siempre / uno mismo y distinto». Se trata desde luego de la eternidad distinta hallada ante un «tú» capaz de romper la galería de espejos de la cárcel personal. Fortuna y lástimas de amor es el desnudo, leve, verdadero diario poético que Lasso-Lasso dedicó a su amor y que por primera vez edita Bonet. Sólo allí los ecos pueden remontar al fin hacia la voz primera, antenatal —«Te conozco desde antes que nacieras»—. Sin el amor, la conciencia vuelve a ser la de un desconocido. Con él, «el mundo es mundo / el hombre es hombre», y la novela, al fin, se niega a sí misma.

Y sólo espero que todo esto no sea confundido con el elogio de un autor, sino de una edición que roza el prodigio de las mentiras verdaderas.