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Ver productosLa moda ya no es algo meramente relativo al vestir. Se ha convertido en el modo de irrumpir toda realidad en el ámbito social. Constituye el fenómeno mismo de lo social. En el espacio intercontextual generado artificialmente, la moda ha venido a ser el nuevo lenguaje básico. No un pérfido lenguaje, sino quizás el único posible en las condiciones actuales de la existencia social. La palabra y el diálogo han sido sustituidos por la imagen y la moda: es ahí fundamentalmente donde nuestros espíritus comunican. Algunos de los oráculos de nuestro tiempo lo diagnostican con claridad, así G. Lipovetsky, en su conocido ensayo El imperio de lo efímero y también J. Baudrillard, estaría de acuerdo en considerar la moda como fenómeno cumbre de la civilización. Por su parte, M. Kundera en La inmortalidad se refiere a la capacidad de creación de simulacros y sucedáneos como el milagro materialista de nuestro tiempo.
La moda en su combinación con la imagen ha llegado a convertirse en el fenómeno del renacer a la realidad de cualquiera de los aspectos de nuestra existencia.
Consideramos algo como real cuando aparece ante nuestros ojos y puede ser contemplado por todos al mismo tiempo y en el mismo sentido, sin importar, a efectos de la realidad, si proviene de la imaginación o del sueño. En efecto, como bien expresa G. Vattimo en La sociedad transparente, lo que entendemos por realidad del mundo se constituye como contexto de las múltiples fabulaciones.
El carácter totalizante de la moda se ha acelerado gracias al economicismo capitalista, que ha venido a configurar el orden en que tienen lugar todas nuestras acciones. Como sugiere M. Riviére en Lo cursi y el poder de la moda, ésta ha ayudado a construir el paraíso del capitalismo hegemónico. Sin duda, capitalismo y moda son realidades que se retroalimentan. Ambos son un motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos cuentan de modo especial con emociones y pasiones, con la atracción por el lujo, por el exceso y la seducción. Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según un movimiento cíclico noracional, que no supone un progreso. La moda es arbitraria, pasajera, cíclica. También el consumo es un proceso social no racional. La voluntad se ejerce -está casi obligada a ejercerse- solamente en forma de deseo, clausurando otras dimensiones que abocan al reposo, como son la creación, la aceptación y la contemplación. Tanto la moda como el capitalismo producen un ser humano excitado.
ESTÉTICA DE LA FRIVOLIDAD: EL LOOK
Todos estos fenómenos contribuyen a configurar una estética de la frivolidad que lleva aparejada una moral de la frivolidad, tal como la entiende, por ejemplo Rorty, para el cual la moda parece constituirse en la expresión misma del pensamiento, puesto que pone de manifiesto de modo fenoménico su debilidad.
Lo característico de la frivolidad es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad y, por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia: es una nueva sofística en la que, al igual que aquella con la que combatió Sócrates, la retórica erística prima sobre la verdad.
En la era de la apariencia cada uno busca su look, que es como su identidad de plástico. «Como ya no es posible definirse por la propia existencia -dirá J. Baudrillard en La transparencia del mal-, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen -look, look!-. Ni siquiera narcisismo, sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia».
MORAL FRÍVOLA: LA DECONSTRUCCIÓN DEL YO
La estética de la frivolidad lleva aparejada una ética de la frivolidad, hemos dicho. El fenómeno de la moda total cuestiona el yo, tal como se había entendido en la modernidad: una identidad racional, definida individualmente, subjetivizada al máximo, con un poder ilimitado sobre su entorno. El yo rortyano posmoderno nos aparece, por el contrario, como un yo infinitamente revisable y compatible con una multiplicidad de identidades incoherentes, es caleidoscópico, especular y puede adquirir en sociedad distintos roles que se confunden entre sí. La sociedad consiste entonces en un conjunto de yoes descentralizados, constituidos por múltiples piezas de retazos culturales deconstruidos. Exactamente igual que el vestido. Desde esta interpretación del yo, no es posible una integración de la experiencia, no podemos hallar una continuidad en la acción que permita hablar de perfección, de cumplimiento de la propia personalidad, sin la cual toda ética no es más que una ética fingida, una ética puramente superficial sin interioridad, una ética frívola.
En la orgía de la apariencia, lo imaginario ha triunfado sobre lo real, pero aún cabe preguntarse dónde queda la realidad. Ella queda mediada por la ficción, la cual presta al yo posmoderno un gran número de servicios.
FUNCIONES IDENTITARIAS
Quizá la función clave que ejerce la moda al yo en este contexto general es procurarle una oferta de identidades. La moda, en expresión de M. Riviére, es una especie de «supermercado del yo». La creación de los diferentes looks, no es más que una tecnología de la identidad. Ajusta nuestros deseos momentáneos proyectados en la imaginación a un tipo social que se me ofrece en el mencionado supermercado: así, hoy voy de romántico, mañana de hippie, pasado de mujer fatal, etc. Los constructores del supermercado deciden en su agenda las posibilidades de mi identidad. Lo grave del caso es que, además, el look supone una identidad definida exclusivamente por la exterioridad, por la apariencia, y reflejada de un modo particular en el vestido, aunque también en los lugares, las costumbres, el lenguaje. Es lo que ocurre hoy con la estética de la delgadez. Se ha impuesto como modelo de identidad contemporánea por antonomasia. Es un componente meramente exterior de la identidad, pero en el que nos reconocemos y, fuera del cual, experimentamos un rechazo.
Curiosamente, por muy alienante que parezca la identidad prefabricada en nuestra descripción, es un valor en alza. Su éxito está en que podemos elegir ser lo que queremos en cada momento, dependiendo de lo que triunfe. Así, la moda permite un uso utilitarista de la propia personalidad.
Todo eso, sin embargo, no tiene generalmente nada que ver con la historia personal, es más, puede llegar a ocultarla, a hacerla imperceptible a mis propios ojos. La identidad se configura desde fuera de nosotros mismos. Cuantos más ojos tienen los demás para con nosotros, menos capacidad de mirarnos desde nuestro interior nos queda. Los ojos de los demás nos hacen olvidar que somos también protagonistas de nuestra propia historia, que somos algo más que una mera función del cambio social. No podemos distinguirnos a nosotros mismos de nuestro disfraz. ¿Cómo es posible entonces la ansiada liberación? La salida auténtica de ese disfraz es el camino interior. Consiste en alumbrar el propio nombre, la verdad del propio ser desde lo profundo de cada uno y contando con la propia historia. También entonces la moda tiene un papel relevante, a saber: expresa la identidad, aunque no la constituye.
Un segundo servicio que presta la moda al hombre contemporáneo, y que me parece también extralimitado en nuestro mundo posmoderno, es el de ser el espejo social por antonomasia y, en esa misma medida, distorsionar la inclinación natural a la imitación que reside en el ser humano. Toda situación social se ha convertido en una pasarela. Casi no podemos elegir a nuestros héroes, porque han quedado ocultos tras el brillo de esos escenarios.
En tercer lugar, la moda supone para el ser humano una redefinición del tiempo desde el ciclo de la moda: las famosas temporadas. Al final de cada una de ellas, se crea una especie de vértigo en espera de lo nuevo. El tiempo queda configurado también desde la exterioridad. Lo nuevo es puramente cambio y viene a quitar el peso del aburrimiento existencial de las imágenes que se repiten: cambian las formas, los colores, los estilos, las identidades. No soportaríamos que no se diera ese cambio, la existencia se convertiría en algo demasiado pesado.
A la inconstancia del yo le corresponde una inconstancia del tiempo. Para la moda sólo existe el presente. El pasado no cuenta, porque la moda es efímera; se desvanece totalmente en cuanto es sustituida. El futuro toma la forma de expectativa, de deseo en presente.
El tiempo queda marcado en función de unas expectativas meramente aparentes que, a mi modo de ver, falsean la disposición del ser humano para con la esperanza. Y ésta es la cuarta función. Con la recreación del tiempo, queda redefinida la esperanza. La verdadera esperanza que supone, en el ejercicio del espíritu, el descubrimiento de la riqueza del ser de las cosas en la experiencia de lo mismo, de la repetición; queda sustituida por el dejarse sorprender por la novedad. En cualquier caso, al no ser radical novedad se agota en muy poco tiempo y de nuevo aparece el aburrimiento y el vértigo, la dependencia de la oferta.
DEMOCRACIA Y MODA
Un servicio de la moda añadido a los anteriores, y éste de gran interés para la clase gobernante, consiste en formar parte de la educación política, de la democratización. Todos los diseñadores se esfuerzan por decirnos, y hasta nos lo hacen creer, que «la moda está en la calle». Esa afirmación, que a los consumidores de moda siempre nos sorprende, tiene un carácter eminentemente democrático. Desde el periodo de entreguerras, con el surgimiento del prêt à porter, la moda del vestir no ha hecho más que avanzar en un continuo proceso de democratización. El primer paso consistió en que toda la población tuviera acceso a la moda del vestir. El segundo es la posibilidad de manipular esa realidad humana en favor de la aceleración del proceso democrático. En este sentido, la moda es un instrumento democrático más para lograr el consenso social. Un medio, por otro lado dudoso, pues, bajo la apariencia de una gran pluralidad y liberalidad genera una indiscutible homogeneidad, como señalaba A. Fikielkraut en un artículo de La Vanguadia de hace ya algunos años.
SEDUCCIÓN VS. ELEGAGANCIA
Por último, el vestir adquiere un papel relevante en la redefinición de las relaciones humanas, que en el contexto de la moda total consiste fundamentalmente en seducir. Aquí viene al caso la conocida afirmación de Yves Saint-Lauren: «La gente ya no quiere se elegante, quiere seducir». Y eso es ejercer un poder. Lo característico de la elegancia es conservar siempre una cierta distancia para no perturbar la intimidad del otro. Es una forma de respeto. Generalmente la elegancia invita, pero no impone. Por el contrario, la seducción se impone, te conduce generalmente a donde no quieres ir: es un engaño.
La seducción reduce así fácilmente las relaciones humanas al nivel de la inmediatez que se mueve fundamentalmente por impulsos, apetitos, impactos, emociones, sentimientos, comodidad. En ese nivel de la inmediatez todos somos iguales y es muy fácil la manipulación: el material humano se hace así tremendamente previsible y, por tanto, flexible para las intenciones del poder.
LA MODA, UN CLÁSICO DEL ESPÍRITU
La cultura posmoderna nos ha reve lado el fenómeno de la moda con una especial intensidad. Sin embargo, ¿no es cierto que ha descuidado algunas de las dimensiones humanas, a las que afecta?
En un sentido físico, el ser humano se viste para aislarse y protegerse del medio. Por eso, cuando no necesita protegerse deja de cubrirse: los pueblos primitivos de las regiones tropicales viven más o menos desnudos. En las diferentes culturas los seres humanos nos cubrimos de diferente modo, según las necesidades que nos impone el medio.
Es ésta una necesidad física. Ahora bien, por encima del fenómeno de cubrirse está el de vestirse, que es más que cubrirse, es algo espiritual.
Me interesan más aquí, desde el punto de vista antropológico, los rasgos espirituales del vestir. En primer lugar hay que decir -siguiendo en este punto el análisis de Alvira en su libro Reivindicación de la voluntad, en el que dedica un capítulo al análisis filosófico de la moda-que le vestirse es una forma de habitar el mundo, una forma de tener.
Tener es ser capaces de añadir algo al propio ser. El hombre, al poseer la realidad, configura el entorno a su medida, según es él mismo. O, lo que es igual , puede alargar, prolongar su interioridad en todo lo que le rodea. Muy especialmente, configura el entorno inmediato donde vive, la casa y el vestido.
Supone, por tanto, una relación entre una interioridad y una exterioridad. Precisamente porque el ser humano tiene interioridad, y porque cada ser humano es una persona única, hay una infinita modelación del entorno por parte del hombre. Todo lo que tiene que ver con la acción humana puede adquirir muchas formas, aunque no todas, sin dejar de ser humano.
Nos vestimos cuando caemos en la cuenta de que estamos presentes ante otros, que son ajenos a la propia interioridad. Ante esa mirada del otro, configuro mi exterioridad como expresión de lo que soy. Esto nos enriquece, porque añade a nuestro ser corporal nuevos significados que expresan la riqueza interior, dándole así a nuestra apariencia externa una gran profundidad. El vestir dice algo de nosotros, pero no nos desvela completamente, de modo que siempre queda algo por conocer. Es la mediación necesaria para el trato social.
El hecho de que exista moda en el vestir nos habla de otro fenómeno espiritual, relacionado con el diálogo ya mencionado: la necesidad que tenemos de asemejarnos y distinguirnos de los demás. Ya hacía referencia a ello G. Simmel en la definición que da de la moda: «Así, la moda no es otra cosa que una de la formas de vida en las cuales la tendencia a la igualdad social y a la diferenciación individual y a la variedad se conjugan en un hacer unitario».
MODA Y SEXUALIDAD
Existe otro significado netamente espiritual del vestir que hace relación a la sexualidad humana: el pudor.
El pudor no sólo hace referencia al ámbito de la sexualidad, sino a todos los aspectos relativos a la conservación de la propia intimidad. Pero, sin duda, el hecho de que el ser humano tenga un carácter sexuado hace que el fenómeno del pudor sexual tenga que ver con el vestido. Al fin y al cabo, mi cuerpo soy yo.
Lo esencial del fenómeno del pudor, y sigo en este punto a K. Woityla en Amor y responsabilidad, es la tendencia natural a ocultar los valores sexuales, sobre todo en la medida en que, en la conciencia de una persona, constituyen un objeto de placer. Esto es así porque en el ser humano existe un rechazo radical a ser considerado por los demás como un instrumento, como un objeto. Por eso, el pudor sexual revela el carácter suprautilitario de la persona, tanto del hombre como de la mujer. Aunque, ciertamente, cada uno lo vive desde su particular estructura psicosomática. Teniendo en cuenta que, para un ser humano normalmente constituido la sensualidad hace considerar el cuerpo del otro como un objeto de placer, se puede decir que en la mujer la afectividad supera la sensualidad y, por eso, ella es menos consciente psíquicamente del cuerpo como objeto de placer. Por esa razón, siente menos la necesidad de esconder su cuerpo, objeto posible de placer, y es menos púdica. El hombre, sin embargo, siente interiormente su propia sensualidad, es decir, psíquicamente es más consciente de ella y, por eso, es más púdico. Se da cuenta de lo que puede suponer que la mujer reaccione ante su cuerpo de modo incompatible con el valor del hombre en cuanto persona. En ambos casos, la necesidad de encubrir los valores sexuales es una manera natural de permitir que se descubran los valores de la misma persona.
Se habla hoy continuamente de moda unisex. La indiferenciación de los sexos pertenece a las nuevas tendencias. Ahora bien, eso de ningún modo elimina el juego de los sexos en el ámbito del vestir, porque de hecho la realidad sigue existiendo y la realidad humana es sexuada, aunque se pueda jugar a que no lo es. Hacerlo sólo añade una sofisticación mayor y, por tanto, una mayor confusión en el juego social y antropológico de los sexos. Es muy difícil pensar la realidad sin tomar en cuenta los valores masculinos y femeninos, sea quien sea quien los represente.
Dicho esto se entiende que el vestir, en la función de cubrir o descubrir, dependiendo de las culturas1, juega un papel fundamental para que se haga posible una experiencia humana y no infrahumana en la vivencia de la propia sexualidad.
Es quizás este último servicio al ser humano, el que se ha negado a realizar la moda de nuestros días, a pesar de que él es, al menos, igual de importante que los demás.
NOTA
l · Ibd. ,p. 212-213: «los pueblos primitivos de las regiones tropicales viven más o menos desnudos. No pocos hechos referidos a sus costumbres demuestran que no identifican la desnudez con la falta de pudor. Incluso consideran señal de impudor cubrir ciertas partes del cuerpo. Lo que actúa en estos casos es ciertamente una costumbre, un uso debido a las condiciones atmosféricas. La desnudez es en estos pueblos una función de adaptación del organismo al medio y las condiciones de éste, de manera que no se ve en ella directamente ninguna otra intención; en cambio, semejante intención puede fácilmente asociarse al hecho de disimular las partes del cuerpo que determinan la diferencia de sexos».
Apuntando al primero de estos objetivos, la UMI nombró un comité con el encargo de definir los retos del próximo siglo; y desde que comenzó el año 2000, han ido sucediéndose las reuniones científicas relacionadas con la cuestión, especialmente la celebrada durante el mes de agosto en los EE.UU. sobre retos matemáticos del siglo XXI. El segundo de los objetivos, que han secundado muchas sociedades matemáticas nacionales con actividades y proyectos diversos, responde a la convicción de que en la matemática reside una de las claves principales del desarrollo.
En vez de abordar temas propios de especialistas como el balance de los logros del siglo XX o un bosquejo de los retos de futuro, importa enfocar aquí una de las cuestiones de interés más general que los matemáticos han resuelto a lo largo del siglo XX: cuáles son los límites propios de la ciencia que cultivan, qué interrogantes de fondo plantean estos límites, y cómo afectan los mismos límites a las expectativas de futuro.
En 1900 se pensaba que cualquier problema matemático tiene solución, y que siempre cabe encontrarla; que los sistemas formales como la Geometría o la Teoría de números se apoyan sólidamente en un cimiento firme de axiomas inconmovibles y de definiciones precisas, que conectan a su vez con los teoremas mediante una cadena solidísima de argumentos lógicos. Y se concluía que en Matemáticas toda verdad se puede probar, que cabe demostrar la verdad o la falsedad de cualquier enunciado matemático.
Un poco después, en 1928, Hilbert y Ackerman planteaban el Entscheidungsproblem, el problema de la decisión, al preguntarse si encontraremos en el futuro un método que permita decidir sobre cualquier problema matemático, es decir, resolverlo conjugando axiomas y teoremas. Inicialmente, Hilbert compartía el optimismo al uso y contestaba de modo positivo a la cuestión, pero en 1931 Gödel probaba que nunca dispondremos de un programa capaz de resolver cualquier problema; que en un sistema formal como la Aritmética o la Geometría cabe formular enunciados que no se pueden probar ni no probar, demostrar, ni rechazar, sobre los cuales por tanto no cabe decidir; y que esto es algo inherente al propio sistema. Además, entre las cuestiones sobre las que no es posible decidir está la consistencia misma de los axiomas, porque no es posible demostrar que los propios axiomas no conduzcan a una catástrofe lógica… y hasta podría suceder que implicaran tanto la verdad como la falsedad del mismo enunciado. El castillo roquero de 1900 se convierte, de la noche a la mañana, en castillo de naipes.
Al leer el trabajo de Gödel, Hilbert se llevó un buen disgusto. Como era excelente matemático, reconoció pronto que no había nada que objetar a la demostración del teorema de la indecisibilidad, y acabó criticando vivamente la idea de Kant sobre la Matemática como un conocimiento a priori. Efectivamente, según los supuestos epistemológicos kantianos, el mundo que conozco resulta de mis modos de pensar; mi conocimiento no se origina a partir de la realidad, sino que es precisamente la realidad la que procede de mi conocimiento; y sólo puedo conocer por tanto lo que mi mente concibe a priori.
Los supuestos kantianos prevalecerían si existiera un método universal de decisión. En efecto, como las cuestiones aritméticas han de estar contenidas o asentadas en alguna inteligencia, en el caso de que el hombre fuera capaz de decidir, sólo calculando, si las series de números naturales antes mencionadas son o no son infinitas, se podría decir que toda la verdad aritmética está contenida en la mente humana. Pero la demostración del teorema de Gödel implica que el saber matemático es y será siempre intrínsecamente incompleto. Esto afecta al origen mismo de las verdades matemáticas: el acceso del hombre a esas verdades es fundamentalmente parcial; o, dicho de otro modo, las verdades matemáticas no tienen su origen en la mente humana, no pueden considerarse ni aun en principio contenidas en nuestros modos de pensar.
La Matemática ha llegado a demostrar en el siglo XX que, de igual modo que el sistema solar no es obra del hombre, la sabiduría matemática ha de contenerse en un principio inteligente diferente del hombre. El conjunto de los números naturales y sus propiedades son parte de un universo real que tiene existencia propia. La experiencia milenaria de los matemáticos enseña que las relaciones abstractas que podemos descubrir no son creación de la mente humana; y que la información de que dispone la Matemática en un momento determinado ha existido antes y seguirá existiendo siempre.
Surgen entonces cuestiones como quién o qué principio activo apoya en último término esa información; en qué mente está asentada toda la Matemática; si no será que esta ciencia reside en la mente de lo que la gente entiende por Dios. Porque la gente, efectivamente, llega a la idea de Dios ante un fenómeno, algo que sucede, que no logra entender ni explicar bien ni controlar. Como ha dicho Feynman, Dios está siempre asociado a las cosas que no entiendes. Ahora sabemos, gracias al conocimiento científico, que siempre habrá algo —toda la Matemática— que no conoceremos nunca. En otras palabras, hemos concluido científicamente que siempre habrá cosas que no entenderemos. Es por tanto razonable contar con Dios.
El Dios al que llegamos así es la inteligencia omnisciente, la que posee inmediatamente todo el conocimiento matemático posible; el ser que no necesita investigar para encontrar la relación entre un problema y su solución; el ser infinitamente creativo en cuya mente no hay diferencia entre pregunta y respuesta. Dado el carácter parcial de nuestro saber, o la verdad matemática se posee totalmente de modo inmediato, o no se poseerá jamás. Y si nunca la poseeremos completamente, siempre necesitaremos de la mente de Dios.
La indecisibilidad sugiere que el proceso de pensar y el diálogo interno propio del intento de resolver un problema matemático, es una especie de diálogo con la inteligencia que todo lo sabe, un intento de acceder a un conocimiento que ya existe en esa mente. Preguntar por ejemplo si la serie de los números perfectos es infinita, equivale a intentar la conexión con esa mente superior. Y encontrar la respuesta equivale a haber captado una parte de la verdad infinita que contiene la mente divina.
La limitación de la Matemática descubierta en el siglo que acaba es, a la vez, promesa firme de fecundidad futura. Aunque el avance de esta ciencia a lo largo del siglo XX haya sido —también en el ámbito aplicado— impresionante, quedan muchas verdades matemáticas por conocer. Para llegar a poseerlas hacen falta muchos matemáticos con el talento, la laboriosidad y el entusiasmo de Hilbert, las mismas cualidades que reflejan sus últimas palabras, cuando agradecía en 1930 el nombramiento como hijo predilecto de su ciudad natal, Königsberg: Wir müssen wissen, wir werden wissen: debemos conocer, conoceremos.
Las numerosas exposiciones dedicadas a Pablo Picasso en todo el mundo desde su muerte en el año 1973 han ofrecido a un público Lcada vez más amplio la posibilidad de conocer mejor su obra. También han ayudado a percibir la fuerza oculta en ella, y a descubrir las distintas formas y modos de expresión que Picasso empleó en su arte para reformular una y otra vez sus motivos y sujetos preferidos en una forma artística siempre distinta.
Durante su vida, a Picasso le importó distinguir entre géneros y técnicas. De este modo, trabajó en sus temas importantes, tales como retratos, desnudos, naturalezas muertas o paisajes, de forma paralela en las distintas técnicas: dibujo, pintura, escultura, grafismo, cerámica. Todos sus temas y motivos están vinculados a una determinada técnica por el medio utilizado en cada uno de ellos, y parece que ese método, que puede parecer convencional a primera vista, era el que le hacía posible estructurar su trabajo. De este modo, es posible analizar la creación artística de Picasso atendiendo a temas, formas y medios, o cronológicamente. Esta estructura básica sienta a la vez las bases para establecer múltiples conexiones y aproximaciones entre los distintos temas, motivos y técnicas, sin tener que atenerse a un orden determinado. Este proceder da acceso a su obra desde distintos puntos de vista y ofrece toda clase de posibilidades interpretativas. Desde el momento en que Pablo Picasso anticipa el futuro en su obra, posee actualidad. Es decir, que para él la eficacia y la rapidez que caracterizan nuestras actuales relaciones y formas de comunicación eran ya una parte esencial de su obra. Supo proporcionarnos su visión y su apertura ante la Modernidad, aunque, en medio de las grandes perturbaciones históricas del siglo XX, siguió comprometido con su propia época.
En lo que a mí se refiere, las circunstancias históricas quisieron que heredase un número no carente de importancia de obras de mi abuelo. Fui consciente de que tendría que buscar durante largo tiempo para poder descifrar los signos del lenguaje de Picasso, cuya comprensión es el fundamento para poderse formar un juicio sobre su creación artística. Dado que poseer, conocer y entender son cosas muy distintas, necesité años para empezar a entender su obra, a interpretarla y a comprender el valor de los trabajos que él guardaba conscientemente en su propia colección; una colección que para mí representa un tesoro de su memoria y su sabiduría.
Más allá de mi participación en exposiciones colaborando con instituciones, he decidido, partiendo de las obras de mi colección, concebir mis propias exposiciones temáticas para enseñarlas y acercarlas al público. Además, esto me permite no limitarme a asumir sin más la imagen de mi abuelo proporcionada por los medios de comunicación, sino honrar por mi parte a ese hombre que en el mundo entero sigue siendo el símbolo de la libertad de la creación artística. Hoy, las representaciones de su vida y su trabajo han alcanzado un punto que hace forzoso distinguir entre vida y obra. Nuestro punto de vista, nuestra mirada al arte de Picasso y nuestro deseo de entenderlo se basan en un gran número de informaciones biográficas. Pero estas no son necesariamente útiles para la indagación en una obra cuya fuerza e inventiva se distinguen claramente de la reducida imagen cada vez más extendida entre la opinión pública, que enturbia nuestra percepción de su obra misma.


De este modo surgió mi deseo de llevar a cabo exposiciones. He descubierto un tema especialmente interesante, que corresponde con exactitud a aquello que hoy pienso sobre la obra de mi abuelo. A pesar de sus distintos periodos, antes veía en Picasso principalmente temas clásicos. Pero poco a poco fui encontrando el sentido de su obra en el aquí y ahora de nuestra sociedad, me hice consciente de lo amplio y premonitorio de su visión.
De ello responde toda la obra de Picasso, la expresión de una imaginación y una visión chispeantes, permanentemente renovadas, que recoge y continúa los acontecimientos y formas artísticas precedentes. La creación de Picasso parece siempre nueva, y se impone al presente como anticipación del futuro. Más aún, nos fuerza a enfrentarnos con nosotros mismos mediante su capacidad de interpretar los mitos de nuestra civilización y trasladarlos al presente, esboza nuestra historia, la fuerza, la sabiduría, la belleza y lo desconocido de nuestro ser. Aquellos de entre nosotros que contemplan la obra de Picasso se ven obligados a confrontarse tanto con su propia actitud ante la vida como con la corriente de nuestro tiempo.
Me parece importante retornar a los orígenes de Picasso. Nació hacia finales del siglo pasado en la ciudad de Málaga, al sur de la católica España. En esa ciudad portuaria enfrentada a la costa de Marruecos se mezclan diferentes regiones y culturas del espacio mediterráneo. Y también las huellas de su educación judeo-cristiana se extienden a lo largo de toda su creación artística. Su familia abandonó Málaga, y las circunstancias en las que llegaron a Barcelona dieron a Pablo Picasso la oportunidad de conocer otros lugares. En Barcelona profundizó sus conocimientos de pintura; finalmente, decidió ir a París, donde su genio tuvo ocasión de desplegarse plenamente y su obra se abrió al mundo, a un mundo del que extraía sus ideas para integrarlas en su obra, con los pies en la cultura española, y para transformarlas en sus creaciones. Dado que, obviamente, el arte de Picasso no se limita a lo que vemos, nuestra percepción y los impulsos de que se alimenta son declaradamente múltiples, de forma que nuestra actitud hacia él no puede mantenerse invariable.
El objetivo de esta exposición es dirigir nuestra mirada hacia los retratos y los cuadros de personaje, uno de los temas favoritos de Picasso, He elegido estas obras para llamar la atención sobre los distintos estadios de evolución en su elaboración. Llevados por los trazos del pincel y del lápiz, podemos aprehender en estos intentos la búsqueda gráfica de Pablo Picasso, que pone de manifiesto sin reservas la casi insolente variedad de su lenguaje artístico y su fuerza creadora.
París, junio de 2000

La Escuela Vasca de escultura fue algo más —en opinión de algunos, también algo menos— que un grupo de escultores. Supuso el desarrollo de una neovanguardia ya iniciada por el Grupo Espacio y por el Equipo 57 y la continuación de este espíritu por el grupo de pintores Estampa Popular Vizcaína (1962), cuya fuerte componente ideológica condujo a la práctica de una venta a precios muy inferiores a la cotización habitual de los artistas, como manifestación de su desagrado ante el mercantilismo creciente. Fue el ensayo de una nueva monumentalidad en la irrealizada Capilla para el Camino de Santiago —Premio Nacional de Arquitectura y fruto de la colaboración entre el arquitecto Sáenz de Oiza y Oteiza— y su presentación en público en la basílica de Aránzazu, proyecto del propio Sáenz de Oiza en el que participaron los escultores Lucio Muñoz, Oteiza y Chillida, además de los pintores Basterretxea, Ibarrola y Eulate, y que tras su aprobación tuvo que esperar dieciocho años, debido a las prohibiciones y censuras. Fue un esfuerzo de acción y experimentación colectivas, inspirado en la vertiente programática de las vanguardias históricas e iniciado ya en el conjunto escultórico de Aránzazu, que cuajó en la formación de los grupos Gaur (Guipúzcoa), Orain (Álava), Hemen (Vizcaya) y Danok (Navarra), cuyos miembros aspiraban a constituir un frente cultural de intensa renovación: una voluntad de ruptura con el academicismo más rancio y con las instituciones centralistas, cuyas barreras impedían el acceso de los artistas locales a una participación suficiente en la gestión de lo artístico. Fue la aventura cinematográfica de X Films, productora creada por el empresario Juan Huarte, de la que nacerían aportaciones como La cazadora inconsciente y … .ere erera beleibu izik subua aruaren, cine de animación en el que los pintores Rafael Ruiz Balerdi y José Antonio Sistiaga, respectivamente, experimentaban con el dibujo sobre celuloide, u Operación H y Pelotari, con colaboradores como Fernando Larruquert, Luis de Pablo, Carmelo Bernaola o el propio Oteiza y bajo la dirección de Néstor Basterretxea, que a su vez recibiría el Premio Nacional de Cinematografía por Ama Lur, película sufragada por suscripción popular. Fue el espaldarazo internacional —Basterretxea y Mendiburu fueron seleccionados para Sao Paulo y Venecia, Oteiza recibió el Premio de Escultura de la Bienal de Sao Paulo en 1957 y Chillida el de la Bienal de Venecia en 1958— y al mismo tiempo la afirmación de lo autóctono. En suma, fue sobre todo una revitalización del panorama artístico del momento.
Pero esta revitalización desbordaba los cauces de lo puramente formal: desde la conocida militancia comunista de Ibarrola hasta el humanismo cristiano de Chillida, pasando por el nacionalismo de Basterretxea (hijo de uno de los cinco primeros diputados del PNV) y Oteiza (candidato al Senado por Euskadiko Ezkerra en las primeras elecciones de la vigente democracia), la Escuela Vasca había abundado en testimonios de naturaleza ética y política que, sin vertebrar un discurso unitario o coherente, manifestaban una voluntad de incidir en el contexto histórico del que nació: no deben olvidarse los exilios de Oteiza y Basterrechea ni las censuras de que fueron objeto el propio Basterretxea o Dionisio Blanco, así como los encarcelamientos de Vidal de Nicolás, Pericás y María Dapena, vinculados a Ibarrola, cuyo episodio carcelario es también conocido. Con este tipo de actitudes de afirmación política —sea en un sentido nacionalista o izquierdista o, simplemente, antifranquista— no debe extrañar que la figura del escultor quedase revestida en el País Vasco de una aureola heroica que costaría mucho desprender. Si a esto se suma la imposibilidad de expresarse políticamente en determinados sentidos, se obtiene que el discurso artístico era con frecuencia la pantalla sobre la que muchos proyectaban de modo más o menos explícito sus aspiraciones, ausentes por completo de reconocimiento institucional: el escultor quedaba elevado —o reducido, según se quiera ver— a hierofante de una etnicidad de perfiles más o menos vagos y en cuya afirmación se fiaban las posibilidades de una resistencia cultural.
Que la escultura fuese de hecho vindicativa era tal vez lo de menos: el contexto crítico y social y el propio texto verbal con el que los artistas hacían acompañar su creación escultórica —particularmente en el caso de Oteiza— propiciaban una extrapolación de la carga simbólica que incluso llegaba a dificultar la aproximación puramente formal al objeto, con el consiguiente confusionismo y, a veces, la trivialización de una realidad tanto más inasible cuanto más concreta. Así, el escultor Txomin Badiola —uno de los mayores exponentes de la siguiente generación— comentaba hace algunos años que, más que producir piezas tridimensionales de naturaleza estética, ser escultor vasco ha sido durante algún tiempo «profesar una religión, compartir una serie de sensaciones, presentimientos y conceptos, curiosamente ligados a los aspectos más tradicionales de la cultura vasca». Lo interesante del caso es que, junto con una indudable vinculación con la tradición artística o iconográfica vasca y un evidente interés por el universo ruralista del imaginario vasco, había en aquellos escultores una marcada herencia de las vanguardias históricas —sobre todo del constructivismo ruso— así como del arte concreto y del informalismo. Los escultores de la Escuela Vasca, sí, se habían formado entre la mitología de los Gaueko, Mari, etc., los deportes rurales y la cultura agraria vasca, pero conocían un mundo industrializado y urbano; habían recibido el legado de los Tellaetxe, Arteta, etc., pero se interesaban por Pevsner, Moholy-Nagy y Vantongerloo o por Max Bill, Calder y Vassarely; reconocían en los Zubiaurre o los Arrue la gestación de un «estilo vasco», pero acudían a las exposiciones de Picasso (1961), Anthony Caro (1962) o la Bauhaus (1969) en Bilbao. Vivían y trabajaban en un país de marcado carácter propio, pero compartían algunos intereses plásticos con los nombres más sobresalientes del arte universal.
Transcurridos veinticinco años —añádase el adjetivo «significativos» para los aficionados a las cifras redondas— y a las puertas de un nuevo siglo, tal vez sea éste el momento de retomar la cuestión que se planteaba en aquel texto para la exposición de Aizkorbe y observar cuál ha sido el desarrollo de aquellos planteamientos a cuyo balance y puesta en hora instaba Oteiza. Un balance, claro está, que por razones de espacio será inevitablemente reducido, arbitrario y quizá sesgado, pero que pretende llegar con la oportunidad que proporcionan por un lado la pujante presencia de algunos nombres, que gozan ya de una trayectoria reseñable y, por el otro, la reciente inauguración del Chillida Leku en Hernani (Guipúzcoa) y la próxima puesta en marcha de la Fundación Oteiza en Alzuza (Navarra), con lo que de consagración definitiva tienen ambos fenómenos. Así, estudiar qué ha sido de la escultura vasca será entre otras cosas establecer qué líneas de continuidad o de discontinuidad pueden advertirse entre los venerables —y venerados— Oteiza, Chillida, Mendiburu o Basterretxea y los últimos en hacer su presentación en sociedad.
PRIMEROS NOMBRES
De entre todos los escultores surgidos en el País Vasco y Navarra a finales de los sesenta y principios de los setenta, sobresalen dos nombres: Faustino G. Aizkorbe, a quien ya se ha mencionado, y Ricardo Ugarte. Aizkorbe (Olloqui, Navarra, 1948), que se inició como pintor y que ha cultivado también el cartelismo, goza de gran proyección internacional. Además de Pamplona, Zamora, Málaga, Palma de Mallorca, o Zaragoza, ha expuesto en Stuttgart, Hong-Kong, Tokio, Seúl, Chicago, Nueva York, Caracas, Frankfurt, París, Miami, etc. En estos momentos se encuentra en Hispanoamérica y viaja frecuentemente —por ejemplo a Japón y Corea, donde goza de gran aceptación— por lo que no resulta fácil acercarse a su estudio para conocer su trabajo más reciente. Seleccionado para las bienales de Santander (1977) y Zamora (1986) y para ARCO (1986), ha realizado numerosas piezas a escala monumental, dada la aptitud de su obra para ocupar el espacio libre de los parques o plazas de las ciudades.
Apegado al tratamiento del acero corten, el bronce y, sobre todo, el hierro —también, ocasionalmente, el mármol, la madera o el hormigón— Aizkorbe es escultor de formas poderosas, cuyos brazos se extienden y repliegan, ganando para la escultura el espacio circundante en una rotundidad orgánica, casi orográfica, que evoca la erosión de las formaciones kársticas. Con frecuencia realiza prismas, cabezas o torsos de formas plenas y musculadas, de volúmenes centrípetos en los que juega un papel importante la luz reflejada en las superficies o detenida en los pliegues, o la alternancia entre arista viva y roma de sus cuerpos. En gran formato, puede recordar las estructuras de la arquitectura ovoidal; en algunos momentos, también el paisajismo de Barbara Hepworth, despojado de su sentimentalismo y de toda alusión figurativa, o las formas volcánicas; de hecho, una de sus piezas lleva por título Magma.
Pero junto a este Aizkorbe telúrico y expresivo, donde prima el volumen de modo manifiesto, tiene gran importancia otro de inspiración geométrica, con figuras de apariencia industrial que sugieren rodamientos, ensamblajes, etc.: un maquinismo formal que nada tiene que ver con la vertiente más cinética del futurismo y mucho, en cambio, con el productivismo ruso —aquella aspiración de Esenin, Rodchenko, etc., de convertir la tarea individual del artista en trabajo de laboratorio para el diseño industrial— libre aquí de toda aspiración utópica y tecnocrática y preocupado únicamente por una indagación espacial.
Si Chillida había recogido y homenajeado el trabajo artesanal de las tradicionales ferrerías del País Vasco —adquiriendo literalmente el oficio de uno de los maestros de la zona, como cualquier aprendiz—, Aizkorbe retoma la cultura del hierro para orientarla hacia una geometría inorgánica que se aleja a ojos vista de la herramienta de mano y se aproxima, en cambio, a la pieza de producción en serie. Esta reedición del productivismo tiene su antecedente más inmediato en las fotografías que Alberto Schommer había realizado de las empresas de Juan Huarte, donde se acumulaban ruedas, láminas, etc. en hileras virtualmente infinitas; también en Operación H, la película documental de Basterretxea, que mostraba una insistente complacencia en las formas industriales y recogía algunos elementos del cine de Eisentein —primacía del montaje como sintaxis expresiva, travelling lateral— que hacen pensar en Lo viejo y lo nuevo o El acorazado Potemkin, que se encuentran, por cierto, entre las películas favoritas de Oteiza. Pero este productivismo tiene también, aunque anecdótica, su motivación biográfica: no en vano Aizkorbe solía fundir sus esculturas en los talleres de una empresa situada, si mal no recuerdo, en Lakunza (Navarra): allí, en medio de una nave de considerables dimensiones y bajo un techo alto de uralita a dos aguas, entre el humo de los hornos y esa luz tenue con la que contrastaba el rojo vivo del hierro candente, el escultor entregaba sus moldes y seguía el proceso de fundición rodeado de las piezas que la fábrica producía a diario. Y lo hacía con un entusiasmo —el de quien contempla algo vivo— que nos remite a la épica soviética del trabajo fabril, aunque fuese como mera transformación de la materia y no de las estructuras sociales.
Por fin, y como derivación de esta vertiente industrial y contrapunto a aquella escultura más expansiva y rotunda, el Aizkorbe de los últimos ochenta y primeros noventa conoce una etapa más barroca o expresiva, donde no es ya la escultura quien invade el espacio exterior sino éste quien interpenetra el armazón: una serie de desocupaciones que parten de formas simples —el cilindro, el cono, la esfera, retomando quizá aquella reducción cezanniana de la naturaleza a elementos geométricos— y ensayan distintas aperturas, líneas de fuerza en las que luchan lo horizontal y lo vertical, produciendo a veces una torsión de la que resulta cierto movimiento. Véase, a modo de ejemplo, Columna en transformación, donde la hoquedad interior del cilindro acoge la mirada del espectador, haciendo avanzar fuera de sí, a modo de invitación, un cuerpo de sugerencias totémico-monumentales que casi hace pensar por un momento en Jacques Lipchitz. Esta desocupación de volúmenes supone, en alguna medida, una deuda con el proceso experimental neoconstructivista del Oteiza de los años cincuenta: un brillantísimo ejercicio, pleno de rigor, en el que el escultor estudiaba el comportamiento del espacio vaciado entre las formas cada vez más reducidas de la escultura; un ejercicio que a la postre y dentro de una lógica neovanguardista gemela de la de Mondrian, Gropius o Van Doesburg, llevaba a desembocar en la arquitectura como construcción de lugares, manifestación real y efectiva —y no meramente representativa— del hecho espacial.
Pues bien, el segundo de los nombres de esta lista —Ricardo Ugarte (Pasajes de San Pedro, Guipúzcoa, 1942) — comparte este interés constructivo y esa mirada hacia la arquitectura, como lo sugiere el título de muchas de sus piezas más características: Huecos habitables. Relacionado estrechamente con los miembros de la generación de la Escuela Vasca, de la que constituye en alguna medida el peldaño inmediatamente siguiente (no en vano ha expuesto varias veces con Oteiza, Basterretxea o Mendiburu), Ugarte llegó a la escultura a través de la pintura, en los últimos sesenta. Un proceso plástico que comparte con Aizkorbe o Ibarrola y, sobre todo, con Basterretxea, y que en algunos momentos recuerda muy de cerca a las composiciones del suprematismo: esos paralelogramos oscilantes, esos trapecios con aristas en fuga, la introducción del letrismo como elemento plástico… De hecho, uno de sus carteles —un homenaje a Nicolás Lekuona, pintor amigo de Oteiza muerto durante la guerra civil— contiene una referencia a los montajes fotográficos de El Lissitzky. La tercera dimensión, por tanto, estaba ya incoada desde su etapa pictórica: «en realidad —me explicaba en una conversación reciente— yo trabajaba con formas rectangulares buscando efectos de transparencia y de espacialidad; al final había que sacar eso del plano y darle corporeidad, volumen».

En Ugarte desaparece por completo esa más o menos leve concesión a la expresividad que se atisbaba en algunos momentos en Aizkorbe. La suya es una escultura ceñida casi siempre a la pura estructura geométrica y regular, despojada de toda apariencia caprichosa o aleatoria y construida en torno a la dualidad muro-vano, evidenciando la inspiración tectónica de sus formas.
Los Huecos habitables, realizados habitualmente en hierro laminado, insisten además en un silenciamiento de las cualidades matéricas que serían más palpables, en una pura inexpresividad hierática en la que la escultura se atiene únicamente a su esencialidad espacial: un rasgo en el que Ugarte se aleja de Aizkorbe —que se situaba en una línea emparentada aquí con la de Chillida— y se aproxima en cambio a Oteiza. Eso sí, con algunas diferencias en la factura, ya que Oteiza procedía siempre por fusión de unidades livianas —esto es, por construcción o ensamblaje de láminas de chapa de hierro— mientras que Ugarte a veces moldea o pliega, provocando una leve incurvación en las aristas de sus estructuras cúbicas, que puede afirmarse son el estilema constante en su obra escultórica. Esta severidad alcanza su extremo en piezas como Cuarto de corte lateral en cruz, donde la escultura se reduce a un conjunto de planchas sobre el suelo, en un planismo horizontal cercano a los desarrollos del minimalista Cari André, pero sin su gusto por la fragmentación y recomposición de unidades.
Finalmente, Ugarte ha ensayado una pseudofiguración en series que llevan como título Estelas, Anclas, Gaztelu (Castillos) Loreas (Flores) o Aleteos, donde persiste, junto con alguna referencia levemente figural, que con frecuencia aparece como mero pretexto, un interés puramente formal en el objeto. Sus estelas son una recreación más —ensayada también por Oteiza y Basterretxea— de los monumentos discoidales que conforman la tradición iconográfica funeraria en el País Vasco. Constituidas por acumulación —a veces estratificada, a veces maclada— de cajas o cubos vacíos, provocan una circulación espacial de sentido ascendente. Los Castillos, en cambio, trabajan sobre el punto de partida de la forma de la doble T, la viga de construcción, en una verticalidad directa, explícita y monumental que contrasta con ese horizontalismo de otras piezas. Por fin, los Aleteos transforman la estaticidad perfectamente ortogonal de la forma cúbica abierta en una búsqueda de la ligereza o la ingravidez, mediante la introducción de diagonales que sugieren el vuelo del ave. Poeta de verso onírico y alucinado, en la tradición creacionista de Juan Larrea, y ensayista ocasional —ha sido Premio Ciudad de Irún y en la actualidad prepara un libro de poemas— Ugarte ha expuesto repetidamente en San Sebastián y en Bilbao; ha mostrado también su obra en Madrid, Granada, Gijón, Wiesbaden, París, Japón o Barcelona, recibiendo numerosos galardones: Medalla de Plata «Cuarto Centenario de Villafranca» (1968), Premio Autopistas del Mediterráneo (1974), Premio Gure Artea (1982) y Villa de Madrid (1986). Fue elegido escultor del año por la revista Correo del Arte en 1988.
ENTRE EL BOSQUE Y LA CASA
Cronológicamente, el siguiente escultor sobre el que conviene detenerse es José Ramón Anda (Bakaikua, Navarra, 1949). Estudiante en San Fernando y becado primero para estudiar en la Academia de España en Roma y después para la investigación en artes plásticas por el Ministerio de Cultura, Anda ha recibido el Premio Gure Artea (1984), el de las bienales de Vitoria (1978) y San Sebastián (1983), así como el Premio Nacional de Escultura Cajamadrid (1997). Ha expuesto en Bilbao, Barcelona, San Sebastián Madrid, París, etc. Mermado durante algunos años por un accidente de tráfico y molesto con algunos aspectos de la explotación comercial del mundo artístico, se prodiga muy poco en los últimos tiempos. La última y memorable exposición que conozco —en la sala Kribia de Pamplona, en 1996— tenía por título el muy significativo de Ikutzeko (para tocar) y su contenido no desdecía del rótulo: el visitante, insólita pero comprensiblemente, contaba con permiso para incorporar el tacto a su experiencia de las piezas expuestas. En fin, hombre afable y abierto, José Ramón está siempre dispuesto a ejercer de anfitrión en el estudio en que trabaja, en su Bakaikua natal: una hospitalidad de la que algunos tenemos el firme propósito de aprovecharnos con religiosa frecuencia.
La proximidad respecto de Ugarte o Aizkorbe no es sólo cronológica: como ellos, Anda afirma admirar a Chillida, Basterretxea y Mendiburu y, también como ellos, confiesa la enorme importancia que ha tenido en su faceta de escultor la personalidad de Oteiza. Esta historia personal y esta serie de filiaciones obligan a una breve explicación: como recordará el visitante de la aún reciente exposición de Cajamadrid sobre escultura contemporánea en madera, la participación vasca era notable —si no predominante— en este material. Dejando la serie de Abesti gogorra (Canto fuerte) y otras piezas de Chillida a un lado, puede decirse que la generación de los sesenta contaba con tres nombres mayores en el trabajo de la madera: Jesús Echevarría, Remigio Mendiburu y Néstor Basterretxea.

Echevarría, afincado al otro lado de la frontera, en el País Vasco-Francés, e integrado en el grupo Orain de Vitoria en 1966, era conocido principalmente por series como Le Sacre du Printemps —en un homenaje a Stravinsky— que expuso en 1963 en la galería Gaveau de París, así como por algunas piezas —como su Harpe du Vent, una escultura musical que evocaba las arpas eólicas del siglo XVIII— que colocó en espacios públicos de algunas localidades vascofrancesas. Su tratamiento constructivo de la madera, visible en la disposición tectónica de regletas, y su expresionismo tienen cierta continuidad en la obra de Javier Santxotena (Arizkun, Navarra, 1946), que comparte con Anda el haber descubierto su faceta artística gracias a Oteiza y el proceder de una tradición artesanal familiar. Pero en su organicismo más o menos caótico y en la presencia de la naturaleza, Santxotena es también heredero del segundo nombre de la lista: Remigio Mendiburu (Fuenterrabía, Guipúzcoa, 1931-1991).
Auténtico especialista de la madera, la de Mendiburu es sin duda una de las aportaciones escultóricas más originales de aquella Escuela Vasca. Formado en las academias de San Fernando y de San Jorge y tras una estancia en París a finales de los cincuenta, Mendiburu empezó a exponer y a cosechar galardones —como el Primer Premio en el Certamen Nacional de Artes Plásticas de 1962— en los sesenta, pero quizá su momento más propio y de mayor relevancia sea su organicismo radical de los últimos setenta y los ochenta: junto con una línea que evoca las herramientas tradicionales del caserío vasco, cultivó lo que se ha llamado abstracción fisiologista en una serie de piezas de gran escala en las que los fragmentos de madera —boj y nogal, preferentemente— quedan unidos y sujetos por medio de tubillones, formando una suerte de plasma amorfo que recuerda las formas celulares en visión microscópica. Procedente del artesanado y observador de lo popular y lo natural como susceptible de valoración artística, Mendiburu ha realizado un auténtico homenaje a la naturaleza en cuanto pura materialidad viva, cambiante, en un mundo genesíaco cuyo informalismo rehúye todo concepto. La intervención del artista, que respeta aquí las formas que le vienen dadas —las curvas de los troncos y ramas, sus nódulos, sus huecos— parece limitarse a un pulido de la superficie y a un acabado que pretende detener en alguna medida esa vida mudable y sujeta a las variaciones climáticas, el transcurso del tiempo, etc. De hecho, esta sujeción determinaba la obra ya desde su gestación. «Tú no puedes ir al monte cuando te da la gana —me decía Urko, uno de los hijos de Mendiburu, en una visita a su estudio el pasado agosto— ni puedes coger madera cuando te da la gana, ni puedes cortarla cuando te da la gana». La mirada de Mendiburu, así, nos devuelve a una respetuosa comunión con la naturaleza, a la que el artista declina doblegar a favor de cualquier gestualismo.
Por fin, Néstor Basterretxea (Bermeo, Vizcaya, 1924). Pintor en la línea de los muralistas mexicanos en un principio y cultivador de un racionalismo experimental a partir de los últimos cincuenta, Basterretxea llegó a la escultura por un proceso semejante al que Ugarte explicaba algunas páginas atrás, hasta desembocar durante los setenta en la Serie cosmogónica vasca: un conjunto de figuras abstractas, con cierto aire de «personaje» a veces, que recrean los elementos más recurrentes de la mitología vasca: Gaueko, el dios de la noche; Mari, una deidad femenina a quien se atribuyen las tormentas; los intxitxus o duendes maliciosos, etc. Una serie en la que la madera es omnipresente y en donde el racionalismo espacial de la década anterior cede su puesto a un expresionismo atávico y pseudonarrativo cuyo propósito me explicaba hace años, en una entrevista, el propio Néstor: «yo me preguntaba por la naturaleza de los mitos como algo que conforma la conciencia colectiva, que ha determinado una mentalidad popular, un poco en la línea de Jung, y de hecho consulté en algún momento con Barandiarán; no es que nosotros creamos hoy en esas cosas, pero sí es cierto que han gravitado sobre la percepción del mundo de nuestros antepasados, lo que los hace muy reales. Por otra parte, yo me rebelaba ante su invisibilidad: me parece admirable haber creado una lengua, pero ¿dónde estaban las imágenes?».
No es difícil contemplar una cierta imago mundi en estas propuestas plásticas: si Mendiburu estudiaba la naturaleza desde un punto de vista morfológico, Basterretxea la contempla poblada de deidades y de una irracionalidad mágica que tiene su fuente en el acervo popular. Este cultualismo tiene muy poco que ver con el trabajo de Anda, pero sí es cierto que el redescubrimiento de la madera en Echeberría, el perfecto acabado de Mendiburu y la labor de Basterretxea en el mundo del diseño industrial suponen un antecedente de algunos aspectos de la obra de Anda. Por un lado, como Mendiburu, Anda procede de una tradición familiar en la artesanía de la madera —su padre era un consumado ebanista— y se ha interesado por las formas de los instrumentos cotidianos del mundo rural; por otro, ha realizado piezas para mobiliario y de hecho concibe algunos de sus trabajos como un estadio intermedio entre el diseño y la escultura. «A veces —explica— quiero que las piezas tengan una función. En la escultura me gusta que tenga terreno lo ambiguo. Es algo entre la escultura y el mueble». Elogio de la humildad del artesano y rechazo de la grandilocuencia que a veces acompaña al Arte con mayúsculas, la obra de Anda sobresale por un dominio de la materia que resulta sencillamente apabullante y por una exquisita atención a los acabados —realizados habitualmente con sosa cáustica y chorro de agua— que dan una tonalidad rojiza a la superficie y subrayan el carácter objetual de la pieza. Lo que de expresionista u organicista tenía Santxotena en la rugosidad con que se explicitaba el material, tiene Anda de espiritualización de la madera; lo que tenían Mendiburu y Basterretxea de rotundo lo tiene de deliciosamente lúdico o sutil, insinuando a veces un preciosismo que logra rehuir todo aparato o complacencia. Esa simplificación formal y ese pulido de las superficies hace pensar, cómo no, en Brancusi o en Hans Arp; pero el desarrollo de formas geométricas y su interrelación, su capacidad de crear mundos formalmente autárquicos, debe mucho al Max Bill de —por ejemplo— Endless Ribbon, a quien Anda confiesa admirar. Es decir, que la sujeción a las exigencias naturales de material, que quedaba manifiesta en Mendiburu, es aquí silenciada en aras de una máxima depuración: la ideación de la pieza demuestra su preponderancia y su ejecución se demora, como comenta el propio escultor, hasta que el material se encuentra en unas condiciones —maduración, humedad, etc. — en las que es más fácil el control del proceso. Así, cabe revisar la etiquetología y sugerir que en Anda hay un cierto organicismo, pero no en el sentido de Mendiburu o Santxotena —esto es, como manifestación desbordada y prerracional del instinto del artista y de la voluntad de la propia materia— sino en el que tiene la palabra en el ámbito anglosajón, desde finales del siglo XVIII: es orgánico lo que configura un sistema vivo y que se desarrolla a partir de una idea germinal, no por mera adición o yuxtaposición de fragmentos. Esto es, es orgánico lo opuesto a lo mecánico.
Hasta el final de su vida el director de orquesta Sergiu Celibidache defendió la idea de que la música no nace en el instante en que la batuta da la entrada a los intérpretes, sino antes de que éstos ejecuten la primera nota. Para Celibidache, el silencio que precede al concierto era la condición material a partir de la cual debía nacer el sonido, entendido éste como una prolongación de aquél y no como la abrupta frontera que separa dos realidades. Algunos siglos antes, el exaltado pintor de La obra maestra desconocida, de Balzac, quiso persuadirnos de que su gran cuadro anidaba en la entraña material del lienzo. Imaginaba el artista que había hecho aflorar de la nada el gracioso motivo femenino, en realidad invisible, puesto que se confundía con la densa trama de manchas y líneas insinuadas sobre la superficie de la tela.
Cuando se inicia una película de Carl Theodor Dreyer tenemos la impresión de que la historia ha comenzado mucho antes. Dies lrae y Gertrud ya están en marcha cuando el foco del operador ilumina la primera escena; ambas películas surgen de un discreto movimiento actoral que se prolonga en el tiempo hasta dar curso a la historia. Una puerta se abre en Dos seres y de esa célula brota una ficción perfectamente organizada. Qué decir de Ordet. Toda la película nacerá de una sutil panorámica sobre el paramento de la granja que, a su vez, se comunicará al lecho vacío de Johannes y de éste a las landas jutlandesas, como una frase musical que busca su desarrollo sinfónico a través del espacio y del tiempo.
El peculiar universo del director danés se formaliza ante nuestros ojos como si hubiera salido de la oscuridad primordial. Sobre la pantalla surge de pronto una mancha de luz y la imagen crece hasta convertirse en un fragmento de vida. Pronto adivinamos que bajo esta realidad hay otra que preexiste y discurre por el surco latente de la ficción. Se trata de un mundo invisible formado por recuerdos, personas ausentes y elementos tácitos que, lejos de volatilizarse, afloran constantemente a la representación, como parte fundamental de ella. Es de ese limbo o trastienda de la que voy a hablar. No convien engañarse respecto a la dificultad del cine de Dreyer. Todo cuanto se ve y se escucha en sus películas es comprensible. Lo que lo hace tan complejo, fascinante y misterioso —al margen de su belleza plástica, sin parangón en el arte moderno— es la intrigante capacidad del director para hacer que el alma humana, con sus alegrías, humores y angustias, transite por las austeras imágenes de sus películas, haciéndonos ver lo impalpable en el mundo tangible. Una de las claves del misterio dreyeriano reside, precisamente, en el gran peso dramático que adquiere todo aquello que en apariencia no se ve, pero que gravita en torno a los personajes.
Al comienzo de su carrera de director, cuando rodó El presidente y Páginas del libro de Satanás, Dreyer se obligaba a meter en sus películas todo lo que le había servido para prepararlas. Detrás de cada imagen podíamos ver al novicio afanado en su concienzuda labor de documentación. Con un coraje y ardor típicamente juveniles, el discípulo de Sjostróm y Griffith mostraba sus credenciales por medio de fórmulas alambicadas, malabarismos temporales y una visión dramática de fuerte raigambre naturalista. Un poco más tarde, concretamente a partir de La viuda del pastor, Dreyer renunció a las exhibiciones de fuerza. Siguió preparando sus películas al milímetro y nunca dejó un solo detalle al azar, pero abandonó la idea de abrumar al espectador con informaciones que éste no podía asumir en su totalidad. Se desprendió de todo lo que no le era necesario y empezó a observar el principio de austeridad que marcaría toda su obra posterior.
Lo que distingue al maestro danés de otros grandes directores ascéticos es el valor de sus elecciones. Dreyer integra en una misma entidad fílmica lo escogido y lo desechado, presentando dos realidades de las cuales sólo una es perceptible en primer grado. Cuando Mizoguchi oculta el sacrificio colectivo de los fieles samurais del clan Akó o el triunfal asalto a la fortaleza de Kira en Los 47 Ronin, casi paladeamos el sabor de esa renuncia. El mismo pudor nos comunica Bresson en las justas de Lancelot du Lac, donde la cámara se sitúa literalmente a los pies de los caballos para no contaminar al espectador con la espectacularidad del combate. Tanto en el oriental como en el francés la acción pasa a convertirse en un fantasma; asistimos a un ritual desintegrador en el que el hecho de armas es aludido mediante procedimientos que contribuyen a extrañarlo como objeto de la representación. Ese tipo de evidencias también son recusadas por Dreyer, cuya mirada, no obstante, busca indagar positivamente en la trastienda de la escena filmada, en su realidad latente. Por ello estimo que su arte está más próximo a la pintura flamenca y a los maestros holandeses de la escuela de Delft.
Veamos un ejemplo. Al contemplar una de las escenas domésticas pintadas por Rembrandt, Retrato de Anslo y una discípula o El armador y su esposa, percibimos cómo toda una época, con su orden político, leyes económicas y usos sociales, bulle alrededor de los personajes, cuya pálida luz humana destaca sobre las tinieblas del cuarto. En apariencia son obras de género, meras estampas al servicio de los dignatarios comerciales y religiosos; no proporcionan otra noticia de los sujetos que la humilde escena encerrada en los límites del lienzo. Pero el genio de Rembrandt se cierra sobre el motivo escogido y le añade un sentido que trasciende al tema, comunicándonos la experiencia de vida alojada en el corazón de la obra. Así, en el primero de dichos cuadros se detecta el gusto por la enseñanza de la religión en un hogar habitado por la palabra de Dios, y en el segundo la expectación, mezcla de enojo y perplejidad, que suscita en el armador la entrega del inquietante mensaje tras un largo y confortable matrimonio, no exento de sobresaltos. Es este tipo de sensaciones implícitas las que procura el cine de Dreyer, donde lo aparente y lo invisible, lo tangible y lo impalpable, lo audible y lo imperceptible, dialogan en secreto hasta decantar el sentido de cada escena.
Heredero de los maestros antiguos, Dreyer logra, como Rembrandt, que lo incorpóreo adquiera una resonancia y una importancia parejas a la del mundo visible. El autor de Gertrud concebía sus películas como enigmas espirituales, pero ese misterio, lejos de aletear en alturas inaccesibles, remotas, nace de una sensualidad primaria, hecha de carne y fuego, del fango terrestre, modelado con las manos amorosas de un orfebre aliado con las fuerzas sobrenaturales.
LA OMISIÓN COMO REGLA
En la obra de madurez de Dreyer existen numerosos ejemplos de información elidida. Menudean los aspectos sobreentendidos, cosas sobre las que el director no cree necesario hablar o de las que prescinde en el rodaje, bien por considerarlas supérfluas o porque no aportan nada a la película. Ello no impide que el elemento amputado salga de vez en cuando a la luz, reclame su protagonismo y se deje escuchar, no como ruido de fondo, sino de manera sutil, como un susurro bajo la corriente de un río.
En La Pasión de Juana de Arco se nos oculta, por ejemplo, todo el trasfondo histórico, que Dreyer da por sabido. La historia de la Doncella, su relación con el Delfín, las batallas que ganó para Francia y el modo en que fue hecha prisionera por las fuerzas anglófilas no tienen cabida en la película, cuyo autor, empeñado en pulir al máximo su obra, también oculta las identidades de los clérigos que forman el tribunal de Rouen. Cardenales, obispos, deanes, instructores, diáconos, abades, secretarios, doctores y bachilleres: todos integran una institución anónima. Un etcétera. Juana se enfrenta a una corporación multifacética cuyo violento vocabulario excluye el nombre de quienes lo forman.
Si este elemento es muy llamativo, no lo es menos la forma en la que Dreyer articula el proceso de Juana de Arco, en el fondo un sádico cuento infantil donde se nos narra la aventura de una virgen prisionera en el castillo del ogro. El maestro danés soslaya sistemáticamente el espacio fílmico que media entre los clérigos y la acusada en las sesiones del juicio. A lo largo de la vista, el diálogo visual se produce a través de distancias intermedias que Dreyer obvia para sugerir el abismo —no sólo físico— que separa a Juana de sus jueces. Dónde están situados unos y otra carece de importancia. Interesa, en cambio, el constante presagio de un vacío exterminador, el descalabro de la mirada ante el anuncio de la mutilación física, de la extinción corporal, pánico que Falconetti expresa por medio de lágrimas y miradas ansiosas que el director inscribe en un espacio sin historia, en un limbo poblado por máscaras procaces y rostros de tumulto.
Pese al gran trabajo escenográfico que sostiene La Pasión de Juana de Arco, Dreyer renuncia a mostrar en su totalidad los decorados. En otras ocasiones fue más lejos y evitó filmar los exteriores de los edificios que con tanto escrúpulo mandaba construir. Por culpa de esta fobia nunca sabremos cómo son, por fuera, la mansión del pintor Zoret en Mikael, ni el exiguo hogar de los Frandsen en Honrarás a tu esposa, ni el apartamento donde transcurre Dos seres, tampoco el domicilio conyugal de Gertrud; sin embargo, los interiores se nos muestran con todo lujo de detalles, como si al director sólo le interesara el ámbito privado de sus personajes.
Tanto en Mikael como en Dos seres, el mundo exterior —entrevisto por una ventana al comienzo de la segunda película— representa una amenaza. El maduro pintor Claude Zoret, protector de Mikael, teme que un soplo mundano entre por las ventanas de su mansión, contamine su aire exquisito y destruya las formas apolíneas con las que sus sentidos se recrean en la hora final. En las películas realizadas durante la guerra, la amenaza viene dado por ruidos y voces en off procedentes de la calle. La sirena de policía que se escucha al final de Dos seres tiene el mismo valor dramático que la trápala cuyo clamor pone sobre aviso a Marte Herlofs al inicio de Dies Irae. Otro director menos seguro de sí habría necesitado mostrar el coche celular, a la turba agolpándose en la puerta de la aldeana. Dreyer no. Toma siempre el camino menos convencional y propone soluciones de mayor calado artístico.
Vampyr está poblada por criaturas de las que nada sabemos. Al final de la película recordamos mejor el itinerario fantástico de la cámara que el viaje iniciático emprendido por el anodino protagonista, cuyo interés por lo esotérico se nos antoja poco creíble. Por primera y única vez, Dreyer vacía de psicología a sus personajes, convertidos en sonámbulos, figuras de un sueño macabro en el que la mirada inteligente de la cámara espía los terribles manjares que se ofrecen a la vista.
En Ordet, la segunda fuga de Johannes no precisa de una explicación ulterior. Hubiera sido hermoso que Dreyer, siguiendo el ejemplo de Molander, recortara a su atormentado personaje contra un fondo de olas embravecidas, arrodillado sobre las dunas. Esas imágenes no hubieran desentonado en el conjunto de la película y habrían satisfecho la curiosidad del público. Sin embargo, Dreyer renuncia a filmar el episodio, sustituido por la vana pesquisa de sus familiares, que en la hora más crítica vuelven a salir en su busca. El espectador nunca sabrá adonde fue a parar el místico Johannes ni qué bálsamo le devolvió la lucidez. Su peregrinaje es un enigma. Pero ese desconocimiento constituye una de las grandes bazas de la película, cuya historia está pautada por las sucesivas apariciones y mutis del personaje. No en vano ese sagaz espectador llamado Bernardo Sánchez, padre teatral de El verdugo, ha calificado esta película de «vodevil grave».
Cuando Gertrud arranca, estamos dispuestos a vivir la emocionante odisea de una mujer que defiende su libertad erótica frente a los mecanismos represivos de una sociedad hipócrita. Ese es, al menos, el programa manejado por una mayoría de espectadores. Además, el dramaturgo sueco Hjalmar Sóderberg, autor del original, presta a su adaptador una bonita excusa en forma de maridos cotillas, burgueses maledicentes y mujerucas necias, el coro de malas lenguas que acude al homenaje del poeta Gabriel Lidman procedente del teatro de Ibsen. Dreyer no quiere que las oigamos. Su personaje no necesita coartadas. Todo lo que la buena sociedad piensa de ella está implícito en su conducta, en su educación, en sus maneras, en la forma que tiene de eludir a su marido o en el silencio escogido para despedir a su amante tras la amarga explicación que ambos tienen en los jardines de Vallф.
LA MADRE OCULTA

Cari Dreyer perdió a su madre en trágicas circunstancias. Antes de que cumpliera dos años, una ingestión de fósforo acabó con la vida de la gobernanta sueca Josephine Nilsson y con la del ser que llevaba en sus entrañas; unos meses antes, el futuro director, hermano del hijo abortado, era adoptado por un matrimonio obrero de Copenhague que le dio su apellido. En resumen, Dreyer nunca conoció a su madre. Toda la memoria que pudo con servar de ella fue el calor de su pecho y de sus manos, el vago recuerdo de un bebé, todavía ajeno a la tragedia vivida. Frente a esta fugaz reminiscencia, el director tenía dos caminos: el rechazo o la idealización. Por los datos biográficos de que disponemos, la segunda opción triunfó sobre la primera, pero su cine aporta una información mucho más valiosa.
Dreyer oscila entre dos concepciones de la madre. Por un lado, la vieja matriarca, dura, agria, inflexible, severa, arpía doméstica con un feroz ramalazo de bruja; por otro, la bella madre, abnegada y triste, voluntariosa y discreta, poseedora de un secreto fuego que arde en la entraña más recóndita y femenina de su ser. En el primer grupo se inscriben la fru Margarete de La viuda del pastor, Mads en Honrarás a tu esposa, la Marguerite Chopin de Vampyr, Merete en Dies Irae y la madre de Kanning en Gertrud. En el segundo cabrían la Siri de Páginas del libro de Satanás, Ida en Honrarás a tu esposa, Inger en Ordet y Gertrud en el drama final del director (puesto que en el original de Sóderberg la protagonista ha perdido al hijo que esperaba, dato que Dreyer oculta al espectador). Por lo general, las mujeres del primer grupo doblan en edad a las del segundo, que ya no son jóvenes o que han dejado de serlo por distintos avatares. Climaterio y fecundidad marcan los dos polos de esta visión femenina.
Pero hay otras tres mujeres que Dreyer sitúa en la frontera invisible de dichos grupos. Las tres han expirado mucho antes de que las historias se inicien. Han muerto, pero ello no quiere decir que estén ausentes. Una es la madre de las dos hermanas de Vampyr, mujer de la que nada se dice a lo largo de la película, pero cuya piadosa presencia se adivina en todos y cada uno de los decorados de la mansión de Courtempierre, colmados de ménsulas, tapices, vidrieras y objetos de devoción. Otra es la madre de Anne en Dies Irae, de la que sí se habla, entre otros motivos, porque la sombra vacilante de sus hechicerías planea sobre la inteligencia de su hija, siempre en la supersticiosa opinión de quienes la llevan a la hoguera y a veces, incluso, en la suya propia.
Majestuosa invención, pero también cuento de hadas, Vampyr evoca de manera misteriosa a esa madre ida que sólo ha dejado en herencia un viudo, dos hijas lunáticas, recuerdos de su piedad religiosa y una casa desolada. Su presencia incorpórea es extremadamente frágil y de ello se aprovecha la bruja del lugar, que fuera de campo incita a una de las huérfanas, la vampirizada Léone, a aceptarla por madrastra por medio de un estremecedor sortilegio en el que le solicita que se convierta a una única sangre y a una sola alma.
Algo parecido le pide la hechicera Marte Herlofs a Anne Pedersdotter. Las palabras que emplea son más ordinarias que las utilizadas por el vampiro, pero no menos inquietantes. Perseguida por el alguacil, la anciana le pide a la joven que la esconda en su casa so pretexto de que también la madre de Anne fue acusada de brujería. Anne duda, por lo que Marte se ve obligada a recordarle que la joven ha esquivado al verdugo gracias a su matrimonio con el pastor Absalon. Es evidente que Marte, en su desesperación, trata de que Anne se una a su suerte, apelando a una complicidad moral frente a las calumnias del populacho. De hecho, le sugiere la idea de que quien le implora podría ser su madre rediviva y, si se diera el caso, la propia muchacha, ya que «puede llegar un día en que también tú necesites auxilio».
Hay una tercera madre muerta de la que nunca se habla. Reside en Ordet y de su persona tenemos noticia a través de la conversación, aparentemente intrascendente, que Inger y su suegro mantienen sobre el amor conyugal. Respecto a esa mujer, el viudo Morten asegura que la amó sinceramente mientras que su nuera, cuyo pudor la obliga a disculparse de inmediato, insinúa que para el marido sólo fue un bastón en el que apoyarse. Tras ese reproche hay un fondo de verdad. En sus gestos y manías, en sus accesos de cólera, en sus dudas, en su socarronería, el personaje del patriarca lleva implícita la huella de su esposa fallecida, a cuya tutela no ha escapado del todo. Aunque le cueste reconocerlo, sin ella le ha sido más difícil vivir; y si no la echa más en falta se debe a que Inger, con su constante quehacer, se ocupa de él, le atiende y, entre café y café, mientras los hermanos están fuera, cubre sus necesidades elementales. Johannes la recuerda de otro modo. Tiene a su madre en el cielo y eso representa para él la mayor de las bendiciones. Así se lo participa a su sobrinita durante la memorable secuencia en que ésta le solicita la resurrección de su madre. La cámara realiza un movimiento envolvente sobre los personajes y en el curso de su desplazamiento, justo cuando Johannes menciona a la difunta, su retrato aparece al fondo de la habitación. Se trata de una típica coincidencia dreyeriana, esto es, nada casual.
En otras películas la madre se va para que Dreyer, sumo prestigitador, haga posible su regreso. El ejemplo más notorio es Ordet. La muerte de Inger en la mesa de partos adquiere proporciones de cataclismo para la familia Borgen, pero su resurrección sana todas las heridas, reconcilia a los enemigos, devuelve la fe a sus deudos y restablece la armonía original.
Quienes admiren esta película deben recordar que el director ya había hecho esfumarse a la madre en Honrarás a tu esposa, película gemela de Ordet. Allí, Ida Frandsen abandona el hogar para que tome su puesto la anciana nodriza Mads. No sin apuros, ésta impone su severa disciplina al tiránico padre de familia, quien acaba por implorar el regreso de la esposa maltratada. Asistimos, de hecho, a un ensayo de la muerte. Mediante la sustitución de la esposa por la nodriza, ambas mujeres hacen probar al sátrapa la hiél del abandono: lo convierten en viudo para que advierta el decisivo papel que su mujer desempeñaba en el ámbito doméstico. Cuando Ida regresa, las aguas vuelven a su cauce y la paz (esa paz que no existía mientras ella vivió) queda milagrosamente restablecida. En ambas películas, la puesta en marcha del reloj de pared equivale al inicio de un nuevo ciclo de vida en el seno de la familia.
DE LA BASE A LA CÚSPIDE
Por último, quiero detenerme en dos secuencias que estimo cruciales para comprender el grado de depuración formal que Dreyer alcanza a partir de elementos elididos. Se trata de dos escenas en cámara ardiente, presididas por las formas oblongas de sendos ataúdes. Me refiero a los desenlaces de Dies Irae y Ordet.
Dreyer prescinde de los planos de conjunto en la construcción de ambos finales. En vez de elaborar panorámicas, divide el espacio de ficción en secciones o grupos de sentido, identificados con determinados personajes y, en ocasiones, con estados de ánimo que varían a lo largo del episodio. Las dos escenas descansan sobre una base común: la composición horizontal cuyo eje viene determinado por la perpendicular del féretro. A partir de ese ideograma el director realiza una selección de los motivos expuestos a lo largo de la película. Mediante largos pero calculados movimientos, Dreyer remueve en su cedazo los temas propuestos y los va cribando hasta llegar a una imagen pura que constituirá el cénit de su obra. Su apoteosis.
En la película rodada durante la ocupación alemana, la puesta en escena se articula mediante figuras geométricas que se van excluyendo entre sí. Si repasamos la secuencia final de Dies Irae, vemos que el funeral de Absalon es introducido mediante un completo movimiento circular por medio del cual vemos a los miembros de una escolanía portando velas y cantando un himno fúnebre. Del círculo pasamos al cuadrado (los sucesivos planos «pendulares» dedicados a los circunstantes) y de éste al triángulo, ejemplificado por el significativo desplazamiento que Martin realiza desde la posición que ocupa junto a Anne hasta el asiento de su abuela después de bordear el féretro donde yace su padre, metáfora diáfana de la traición amorosa del personaje, ganado finalmente para la superstición. Como ya revelé en mi estudio sobre el director, el movimiento escénico que dibuja Martin no es sino la figura invertida de la cruz protestante, cuyo espectro techado cierra la película.
Es importante señalar que, en esta sucesión de figuras, viñetas y cuadros, Dreyer va descartando elementos: primero los niños de la escolanía, después los hombres de iglesia, más tarde el obispo y los deudos de Absalon, hasta que por último se queda con Anne, a la que aisla en un bello plano donde sólo tienen cabida sus palabras de dolor, sus lágrimas y, de fondo, una fantasmal voz infantil que entona un canto ingrávido. El entorno humano que envolvía al personaje ha desaparecido; únicamente resplandece su solitaria, vacilante luz.
Doce años después, el director repite la idea con ocasión del sepelio de Inger Borgen. Hubiera sido más impactante para la plástica de Ordet que Dreyer escogiese un punto de vista general para contar la escena, perspectiva que se corresponde con las fotografías más divulgadas de esta escena en la que podemos ver, al igual que en Dies Irae, a los miembros del reparto ocupando lugares atractivos dentro de la escenografía, simétricamente dividida por el catafalco. Pero esas imágenes (quizá tomadas en el rodaje o extraídas de los descartes) han quedado para los libros.
Dreyer rueda su escena a partir de secciones que van alternándose y descartándose hasta llegar a la cúspide de la construcción fílmica. De nuevo encontramos los planos pendulares que nos llevan de un personaje a otro, de Peter llegando «con el perdón en los labios» a Mikkel desdeñando su clemencia; de Anders y Anne, quienes pasan por detrás del inconsolable viudo, al patriarca Morten, cuya fe se resquebraja con el paso de los minutos.
Nada está dejado al azar. Dreyer empareja con suma agudeza a sus personajes: por un lado, Morten y Peter, que van a reunirse en la fe de un Dios idéntico e inmutable, el Dios de los patriarcas bíblicos; por otro, Anders y Anne, prometidos en su feliz rincón, dándose luz mutuamente; también el médico y el párroco, a cuyas espaldas aparece la tapa del féretro que debe cubrir a Inger (la ciencia y la religión, impotentes frente al hecho irreversible de la muerte, dispuestas a despachar juntas al cadáver, alineadas en el trámite formal de la extinción); por último, Johannes y la pequeña Maren, enfrentando el ataúd con su credo inocente y vigoroso, ocupando el lugar reservado a la fe.
Después de estas sutiles combinaciones, y al igual que en Dies Irae, Dreyer lo reduce todo a una sola imagen. Obrado el milagro, Johannes va a salir del cuadro e intuimos, por la lógica del montaje, que en la siguiente imagen se reunirá con Inger ofreciéndose como supremo redentor y enviado divino. No es así. El peregrino parte por última vez. Su lugar lo toma el incrédulo Mikkel, quien invade el plano para abrazarse a su esposa rediviva. Para volver a abrazar, en el amor de su mujer, la fe de sus padres.
Para Dreyer, el cuadro cinematográfico era lo más parecido al aposento de un hombre, ese hombre cuya personalidad podía conocerse entrando en su habitación, según refería a propósito de Vampyr. Pero es evidente que la vida de sus películas no se limita sólo a los hechos que suceden dentro de esa área acotada. Alrededor vibran fuerzas invisibles, fenómenos que penetran de forma sutil en el alma de los personajes y también en la nuestra, espectadores convidados al festín metafísico.
Por eso creo que en el cine de este director irrepetible no toda la información está contenida en el plano, sino que a veces se encuentra más allá de él. Lo que se ve y lo que no pertenecen a esferas que Dreyer condensa en una sola realidad. El modo en el que ambas se tocan dentro de la ficción es lo que hace su obra tan próxima a los misterios cotidianos.
Porque ¿quién puede asegurarnos que hemos abandonado nuestra casa por el mero hecho de cruzar el umbral de la puerta? ¿La hemos dejado atrás o, en nuestra ausencia, hay una parte de nosotros que permanece junto a los objetos familiares, custodiando la memoria inextinguible de nuestros actos? Dreyer dio una sabia respuesta a través de su cine. Cada encuadre es una habitación llena de vida, una vida que, además, no ha surgido por medios artificiales, resultado de la mimesis alcanzada a través de la recreación técnica de la naturaleza conocida. No. Como en los cuadros de Rembrandt o Vermeer, podemos sentir que detrás de cada pincelada hay una verdad espontánea, inefable, un pequeño milagro ante el que nuestra mirada se regocija. En ese misterio se reconoce a la obra de arte. Ya no los personajes sino las personas evolucionan en una habitación arcana, y, cada vez que entramos en ella, nos sorprendemos con cosas en las que no habíamos reparado, aspectos ignorados, presencias que habían pasado inadvertidas para nosotros y que, de repente, nos rozan con su dedo extraño, señalándonos el sutil camino que conduce hacia un mundo desconocido, ese más allá en el que los humanos vivíamos sin saberlo.
| F I L M O G R A F Í A D E C . T H . D R E Y E R
1918: PRAESIDENTEN (EL PRESIDENTE) |

Heredero de la tradición de grandes directores de orquesta alemanes del s.XIX, Otto Klemperer se convirtió en uno de los más destacados del s.XX, junto a Furtwängler, Scherchen, Böhm, Toscanini, Walter o Karajan. Coinciden todos en una etapa de gran desarrollo sinfónico que marcó el devenir musical en Europa, con la creación de importantes orquestas y de ciclos y festivales de música, junto al afianzamiento de los grupos ya existentes y de los actos musicales de mayor arraigo. Pero también son los primeros protagonistas de la industria discográfica que empezaba a despegar. Esas primeras grabaciones de bastante calidad, realizadas desde el final de la guerra y hasta los años 60, se convirtieron en las versiones de referencia para muchos aficionados de entonces y continúan siéndolo para los de hoy.
El Legado Klemperer que publica EMI, recoge, entre otras, las grabaciones de obras de Mozart que este director registró entre 1956 y 1965 al frente de la Orquesta Philarmonia.
Eran unos años de gran plenitud artística de Klemperer. Por aquel entonces ya era un hombre maduro que dirigía sentado, debido a la parálisis parcial que le sobrevino a la extirpación de un tumor cerebral en 1939. Esta tremenda circunstancia eno le impidió incorporarse poco a poco a una intensa y fructífera actividad, dirigiendo las más célebres orquestas europeas, y recuperar el lugar destacado que había ocupado antes de su enfermedad.
El de Klemperer es un Mozart muy bien hecho. Con la frescura y gracia tan características de esta música pero además con la profundidad que requiere. Su trabajo, de gran trasparencia, sin duda realza las obras mozartianas. A través de estas grabaciones, magníficamente recuperadas para el oyente de hoy, Klemperer nos revela nuevos aspectos de la música de Mozart.
En el fértil 1847 (entre otras, vieron la luz Fragmentos de correspondencia con los amigos, la última obra de Gógol; ¿De quién es la culpa?, de Herzen; Apuntes de un cazador, de Turguénev y, anticipándose un año a esta fecha, Pobres gentes, de Dostoievski), publicaba Iván A. Goncharov (1812-1891) su primera gran novela. Con el título Una historia corriente, en ella presentaba un personaje que acabaría OBLÓMOV siendo héroe paradigmático de la literatura de la época -la de los llamados «años cuarenta»- y que se conocería por el calificativo de «hombre superfluo» (el calificativo fue acuñado por Turguénev en 1850, en su relato titulado Diario de un hombre superfluo).
Aleksandr Adúiev, el anodino protagonista de Una historia corriente, era típico representante de una clase terrateniente ya de por sí ociosa, cuya única actividad vital consistía en el dolce far niente. Y mantiene ese carácter durante todos los capítulos de la novela, hasta que, en poco más de tres páginas del epílogo, su creador lo convertía en un activo, sensato y pragmático hombre positivista, en contraste con el Adúiev anterior -un simple «animal romántico»-.
Tan súbita -y no poco artificial- transformación del personaje disgustó sobremanera al genial crítico Vissarión G. Belinski (1811-1848), quien, en un resonante artículo del mismo año 1847 (y en aquella época todos sus artículos lo eran: lo que Belinski decía iba a misa, al menos en los medios de la intelliguentsia), reprochaba a Goncharov tamaño desacierto y se lamentaba de que el escritor, en vez de convertir a su héroe en un ser utilitarista, no lo hubiese dejado sumido durante el resto de su vida en esa pereza e indiferencia absoluta que tan natural y convincente resultaba en la novela.
Aunque con doce años de retraso (o diez, si tomamos en cuenta el Sueño de Oblómov, relato que se vería incorporado a la novela y que data de 1849), Goncharov acabó haciendo caso al crítico y, en 1859, publicó Oblómov. En los más de ciento cuarenta años que han pasado desde la fecha de aquella memorable publicación, en ningún momento ha dejado la novela de despertar un gran interés. Fiel público lector aparte, se han vertido auténticos ríos de tinta crítica ya sobre el «arte puro» goncharoviano, ya sobre su «realismo crítico», ya sobre la patología que representa su héroe (o, más bien, antihéroe). Y a pesar de todo ese importante despliegue de talento analítico salido de las mentes más preclaras de los siglos XIX y XX (notorio el caso de Beckett, admirador incondicional de la novela); el ensayo de Nikolái A. Dobroliúbov (1836-1861), ¿Qué es el oblomovismo?, sigue siendo el punto de referencia clave para el estudio de Oblómov. Publicado en el núm. 5 del mismo 1859 en El Contemporáneo y reimpreso inmediatamente por las Notas patrias (ambas revistas, de suma relevancia en lo que a la creación del estado de la opinión pública se refiere), se trata de un ensayo escrito desde la empatia y que penetra hasta tal punto en el tejido de la novela que, finalmente, ha acabado por formar cuerpo con ella. Tanto, que hoy podemos afirmar que Oblómov es la obra de Goncharov más ¿Qué es el oblomovismo? de Dobroliúbov. Al tratarse de un texto sin traducción española hasta la fecha, sirvan estas líneas como una especie de muleta traductológica para todos aquellos lectores amantes de la literatura goncharoviana, y por extensión de la rusa que, mientras esperan a que alguna editorial se interese por la obra de Dobroliúbov, deseen conocer (aunque no sea más que dentro de los límites que permite una publicación periódica) las ideas y reflexiones que el célebre crítico ruso expuso en su fundamental artículo.
Encabeza el ensayo dobroliuboviano un lema que no es sino un fragmento, ligeramente modificado, de las Almas muertas, de Gógol; más exactamente, del primer capítulo de su inconclusa II Parte (arrojada por el mismo autor a las llamas). La elección del lema, lejos de deberse a una casualidad o un capricho, obedece al hecho de que, precisamente en la II Parte de su magna obra, Gógol pinta el retrato de un haragán empedernido, un terrateniente apellidado Tentétnikov que fracasa en toda acción que se propone y del que sale en línea recta el inolvidable Oblómov. Reza dicho lema lo siguiente:
«¿Dónde está la persona capaz de decir en la lengua materna del alma rusa la todopoderosa palabra ¡adelante!? Los siglos suceden a los siglos, medio millón de vagos, haraganes e idiotas duermen sumidos en un sueño profundísimo, y rara vez nace en Rusia hombre capaz de pronunciarla… ».
Tras constatar que la I Parte de Oblómov se ha antojado aburrida a gran parte del público ruso «porque hasta el final el héroe sigue tumbado en el mismo sofá en que lo sorprendió el principio del primer capítulo» y arremeter contra unos lectores «que se han acostumbrado a considerar toda creación poética como un juego y a juzgar las obras literarias en función de la primera impresión», Dobroliúbov explica la razón que lo ha llevado a escribir «no acerca de Oblómov -cosa que con toda seguridad le reprocharían los críticos auténticos (léase esteticistas)- sino con motivo de Oblómov», a saber: extraer una lectura crítica de una obra cuyo autor no pretendía tal cosa. (No olvidemos que Goncharov, censor durante más de una década al servicio de la administración se consideraba, y no del todo sin razón, representante de la escuela del «arte puro», muy alejado de la literatura de compromiso social, la cual, a su vez, reivindicaban los demócratas revolucionarios a los que pertenecía Dobroliúbov).
Sigue a continuación un análisis de la manera de novelar de Goncharov quien, a diferencia de Turguénev, siempre se muestra impasible ante lo que describe, no se deja llevar por pasión alguna y presenta una escritura desprovista de todo juicio y conclusión. Goncharov parece decirle al lector: os he pintado un cuadro y no pienso añadir nada más. «Sería inútil añadirlo -piensa-; si el cuadro en sí no os dice nada, ¿qué podrían deciros las palabras?». Y en esa capacidad de «abarcar la totalidad del cuadro, de articularlo y esculpirlo, consiste la faceta más poderosa del talento de Goncharov». Por eso mismo, por haber sabido su autor pintar un cuadro de tamaña dimensión hasta su último y más insignificante detalle, «a algunos la novela se les antoja demasiado dilatada». Y, como si quisiese congraciarse con el público (vanas ilusiones) al que acababa de tildar, al principio del artículo, de frivolo e inconsistente, añade: «Si queréis, en efecto lo es».
Acto seguido pasa a contar la historia narrada por Goncharov, así de brevemente:
«En la primera parte, Oblómov está tumbado en el sofá; en la segunda, viaja donde los Ilinski y se enamora de Olga, y ella de él; en la tercera, ella ve que se ha equivocado con él y se separan; en la cuarta, ella se casa con el amigo de Oblómov, Stolz, mientras que él se casa con la dueña de la casa donde alquila una habitación. Y eso es todo. (…) La pereza y la apatía de Oblómov son el único muelle que mueve la acción de toda la historia ».
«Pereza» y «apatía»: las palabras clave del comportamiento «oblomovista» están pronunciadas. Pero a Dobroliúbov le interesa no tanto el modus vivendi en sí del héroe goncharoviano (que queda suficientemente plasmado en la novela, y el crítico no para de repetirlo) como las causas que lo han provocado y moldeado. Sin embargo, antes de exponerlas o, lo que es lo mismo, de abordar el meollo de la cuestión, poniendo el dedo en la llaga social del sistema feudal ruso, vuelve a detenerse por unos instantes más en el arte goncharoviano de hacer novela:
«Goncharov abordó su obra de otra manera. [El crítico acaba de especular acerca de cómo narraría otro escritor el mismo argumento y llega a la conclusión de que el trabajo, un cuento sin demasiado valor artístico, no le cundiría más que para unas cincuenta páginas]. Una vez puesta la mirada en el fenómeno, no quiso abandonarlo antes de analizarlo hasta el fondo, de encontrar sus causas y de comprender la ligazón que lo relacionaba con todos los fenómenos circundantes. Lo que deseaba era lograr elevar el cuadro que casualmente había captado su mirada al rango de arquetipo, conferirle un significado general y permanente ».
Y la consecución de tamaño objetivo -presentar tipificados los fenómenos de la vida rusa-, además de llegar a conmover al lector sin mostrarse apasionado ni haber tomado partido por ninguno de los personajes, situaciones ni paisajes descritos, es, a juicio de Dobroliúbov, la baza más firme e importante del arte goncharoviano. Luego vienen párrafos en que el crítico se muestra en total desacuerdo, como no podía ser menos, con los partidarios de «el arte por el arte» (así que también, curiosa y significativamente, con el propio Goncharov, que con toda su alma quiere ser uno de ellos, pero cuya prosa -de reivindicación social a pesar de su creador- parece traicionarlo) y traza un cuadro certero del mundo que creó a personajes como Oblómov:
«El terreno que Goncharov ha elegido para sus evocaciones parece limitado. La historia de Oblómov, bueno y perezoso, ser apático y adormilado a quien ni la amistad ni el amor pueden sacar de su torpor, no es ciertamente una historia muy importante. Pero es una imagen de la vida rusa; nos muestra un tipo vivo del ruso contemporáneo, troquelado con un vigor y una veracidad despiadados; encontramos en el relato la nueva palabra de nuestro desarrollo social, una palabra pronunciada con claridad y firmeza, sin desesperación ni esperanzas pueriles, pero con una conciencia plena de la verdad. Esta palabra es oblomovismo; sirve de clave con que descifrar no pocos fenómenos de la vida rusa, y confiere a la novela de Goncharov un alcance social muy superior que el de todos nuestros relatos acusadores1. En el tipo de Oblómov y en todo este oblomovismo, vemos algo más que un simple logro de un talento vigoroso. Vemos en ello un producto de la vida rusa, un signo de los tiempos.
Oblómov no es un personaje del todo nuevo en nuestra literatura; sólo que hasta ahora nunca nos lo habían presentado de manera tan sencilla y natural como lo ha hecho Goncharov en su novela ».
Dobroliúbov volverá sobre esta misma idea, la de trazar la genealogía del arquetípico héroe a través de una serie de obras rusas anteriores a Oblómov (fragmento que reproduciré más adelante), pero antes, en un intento de justificar al personaje objeto de su análisis, se pregunta:
«¿En qué consisten los rasgos más típicos del carácter de Oblómov ? En la inercia más absoluta, producto de una indiferencia total hacia todo cuanto sucede en el mundo. Y la causa de esa indiferencia radica, en parte, en la posición social del héroe, aunque también en las condiciones en que se ha producido su desarrollo mental y moral. La posición social de Oblómov se reduce a una cosa: a que es un señor; tiene a Zajar, y a trescientos Zajar más, como dice su autor ».
Señor, amo, terrateniente, dueño de «almas», aristócrata; todos estos calificativos tienen una cosa en común: las personas a las que definen, como nunca se han visto obligadas a trabajar, jamás han movido un dedo. Y todas ellas, como Oblómov, se enorgullecen de no haberse ensuciado las manos al tiempo que desprecian a los «desgraciados» que tienen que ganarse la vida con la fuerza de sus brazos. No comprenden, infelices (y aquí aparece un rasgo nuevo, muy inesperado en el hilo de razonamiento dobroliuboviano: la compasión), que la libertad que debería proporcionales su holgada situación económica, a causa del nulo esfuerzo y eterno ocio en que viven sumidos, se ha convertido en una esclavitud: Oblómov, que ni siquiera sabe vestirse ni atarse los zapatos, es mucho más esclavo de su siervo Zajar que Zajar lo es de su amo.
Tras estas reflexiones llenas de conmiseración por el Oblómov víctima de una organización social que hace del hombre un ser desvalido y dependiente, retoma Dobroliúbov la cuestión de su genealogía literaria:
«Hace tiempo que advertimos que todos los héroes de las obras más destacadas de la literatura rusa sufren porque no ven objeto en sus vidas y no encuentran un campo donde actuar. Por eso se aburren, sienten aversión a cualquier trabajo y en este sentido son asombrosamente parecidos a Oblómov. En efecto: abrid, por ejemplo, [Eugenio] Oneguin [de Pushkin], El héroe de nuestro tiempo [de Lérmontov], ¿De quién es la culpa. Rudin [de Turguénev] o [Diario de] Un hombre superfluo, o el Hamlet de la comarca de Schigrov [uno de los Relatos de un cazador], y en cada una de ellas encontraréis rasgos casi idénticos a los de Oblómov ».
Para demostrar lo acertado de sus afirmaciones, Dobroliúbov dedica casi el resto de su ensayo a analizar, uno a uno, a los protagonistas de las obras que acaba de mencionar (no sin hacer incursiones al interior de los cerebros y las almas de otras criaturas literarias del pasado, tales como el Agarin de Nekrásov o el ya mencionado Tentétnikov gogoliano) y en el comportamiento y la actitud ante la vida de todos ellos (de cara al trabajo, al servicio, a las mujeres, etc.) encuentra grandes similitudes con la manera de pensar y de vivir de Oblómov. Volviendo a la novela de Goncharov, ni siquiera Stolz, el «hombre de acción» (contrafigura del protagonista, significativamente encarnada no en un ruso sino en un alemán), acabará librándose del «oblomovismo». En ningún caso será él quien pronuncie la «todopoderosa palabra ¡adelante!». Una vez convertido en hombre rico, casado con Olga e instalado en una vida familiar cómoda, segura y sin sobresaltos (en una palabra: «oblomovizado»), Dobroliúbov, yendo más allá de los límites de la novela, le predice un futuro poco halagüeño:
«Olga vive en un estado de temor constante: no vaya a ser que su tranquila felicidad junto a Stolz acabe convirtiéndose en algo que se parezca a la apatía oblomoviana. (…) Abandonó a Oblómov cuando dejó de creer en él; también dejará a Stolz, cuando deje de creer en él».
¿Quién, pues, será esa persona capaz de decir «¡Adelante!», ese «hombre de acción» que tanto necesita Rusia? Según Dobroliúbov, lo será una mujer: Olga, por ejemplo, que tiene mucho más carácter y fuerza de voluntad que cualquiera de los héroes masculinos que pueblan las páginas de la literatura rusa anterior a Oblómov. Y si el crítico no se molesta en buscar un candidato mejor para llevar a cabo la ambiciosa hazaña de despertar a Rusia de su torpor, es porque «ella, que conoce muy bien el oblomovismo, sabrá descubrirlo bajo cualquier disfraz o máscara; y siempre encontrará en su interior fuerzas suficientes como para juzgarlo y condenarlo sin piedad ».
Así termina Dobroliúbov ¿Qué es el oblomovismo? Tal vez sólo haya que añadir una cosa: tres años más tarde, en 1862, Chernyshevski publicaba ¿Qué hacer?, una novela cuya protagonista, Vera Pávlovna (pues, en efecto, tal como predijo Dobroliúbov, el «hombre nuevo» ruso sería una mujer), convertirá en actos todo aquello que en la Olga goncharoviana no traspasaba los límites de la esfera de pensamientos.
NOTAS
1 · Referencia a la llamada «literatura de denuncia», una corriente de corte conservador alentada desde el gobierno de Alejandro II, cuyo objetivo consistía en desvelar y fustigar comportamientos indignos, sobre todo en el seno de la fúncionarizada administración rusa, tales como sobornos, desidia, corrupción o abusos de poder.
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Ausente durante mucho tiempo del panorama literario en España, Goncharov puede considerarse hoy bien representado con Oblómov y esta obra que ahora comentamos. Ninfodora Ivánovna fue publicado en 1836 por Goncharov en un texto manuscrito, destinado a ser repartido en una suarée literaria petersburguesa. Su protagonista, una bella joven de la capital del Imperio, es dichosa en su vida matrimonial, que no obstante se ve interrumpida cruel e inesperadamente por el crimen. El relato breve de Gonchárov fue reeditado en 1993 en la revista literaria Moskvá, en plena efervescencia de la perestroika. El lector español dispone de una esmerada traducción de esa edición, al cuidado de José Manuel López y Manuel Vega Mateos. |
Desde sus primeros números, Nueva Revista ha dedicado un espacio privilegiado a la poesía, el más antiguo y, a la vez, el más joven de los géneros, y el que ha demostrado mayor capacidad de adaptación a todo tipo de circunstancias culturales. Esta nueva sección quiere ser digna heredera de las que, con amenidad y sabiduría, ha conducido hasta la fecha Luis Alberto de Cuenca. Los poetas de ayer y de hoy seguirán visitando las páginas de Nueva Revista para hablar al corazón y a la inteligencia de los lectores y para emocionarlos. Espero que lo consigan.
«Leer poesía» inicia su andadura con un poema de Enrique Andrés Ruiz, colaborador habitual de esta publicación. Enrique, además de ser un excelente poeta, es un crítico de arte y un ensayista de los que no se permiten ninguna trivialidad. Si su poesía está llena de versos sonoros y verdaderos, su prosa es una sucesión de ideas vigorosas, brillantes y necesarias. El hilo del poema le conduce a deslumbrantes intuiciones; el de la prosa, a enriquecer nuestra visión del mundo.
En una época de retirada, en la que no está bien visto apostar por los grandes sentimientos ni levantar demasiado la voz; en una época en la que se ha proscrito el entusiasmo; en una época de desconfianza (hasta de desconfianza en el valor del lenguaje), la poesía de Enrique Andrés Ruiz no renuncia al canto y proclama con sinceridad su fe en la palabra.
Enrique Andrés ha publicado tres libros de poesía: La línea española (1991), Más valer (1994) y El reino (1997). Mara y Tacoa es un poema inédito que formará parte de su próximo libro. Releyéndolo ahora me he vuelto a emocionar, con una emoción cercana a las lágrimas, como la primera vez que se lo oí recitar a Enrique. Es un poema que, con toda la sencillez y la naturalidad del mundo y con una ternura que remite a Lope y a la mejor poesía cotidiana española, nos sitúa ante el tiempo que nos reconcilia con nosotros mismos, ante el amor que mueve el mundo y ante la vida, que, finalmente, aparece rescatada, redimida y rebosante de sentido.
CRIATURAS EN PIE
Enrique Andrés Ruiz
El lector de poesía moderna, ese lector que suele ser un poeta, ha acabado por asumir como irreversible la teoría de que entre las palabras y el mundo existe un abismo que hace imposible la confianza. También, y gracias al enorme prestigio de la intelectualidad —más o menos parisina o vienesa— de las negaciones, ha encontrado indudable que esa voz que canta, esa voz a la que al parecer le debe resultar prohibido decir cualquier cosa, no es ya una única voz cantante, sino la de muchos, o —según dicen otros, atajando con ingenio— la de un personaje de ficción. Pero, un buen día cualquiera, uno comienza a sentir que, más en realidad todavía que esos muchos, en el camino en el que se encuentra es en el de ser ninguno. Y yo creo que ya no se trata entonces de una pérdida, de una negación, sino más bien de una bendición afirmativa. No hay que dolerse porque nuestras palabras no sean las cosas; ésa es la garantía de nuestra libertad, de que todo lo dicho siga estando, como en el pasaje platónico, por decir, y la poesía sea nueva incesantemente; y esa nulidad, ese hueco sin personalidad, sin profesionalidad alguna (y en mi caso sin casi vocación) se convierte entonces en la situación esencial de disponibilidad, de fatalidad, en la que escribir poesía viene a ser algo parecido a poner, a dejar que se pongan criaturas en pie. Vida salvada: poesía. Y para eso hace falta confianza, contra sí mismo, contra esa excesiva humanidad de hacer una poesía a medida del propio descreimiento; fe en esas mismas y pobres palabras naturales con las que hablamos (y que son de todos, y por eso nos hacen ninguno y dicen cosas que nos superan). Ellas no tienen la culpa de no poder rebasar las fronteras del mundo, de su inmanencia asfixiante, porque ellas son el puente, el paso que nos ha sido entregado aquí, no para reconocernos como artistas o para perseguir la verdad o el conocimiento, sino para, obedientemente, llevar de aquí para allá, de la negación a la afirmación, en una trashumancia incesante, una suerte de mensaje que probablemente nos sobrepasa, para hacer de mensajeros, como una obligación que debemos cumplir aun no entendiéndola del todo.
MARA Y TACOA
.. .te preocupas y agitas con muchas cosas; en verdad sólo una es necesaria,
María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada.
Lc. 10.
No sé dónde estarán, igual que tantas cosas,
de estar en algún sitio —sin sitio—, pero a veces
me recuerdan a aquellas criaturas de un fósil
que de pronto aletean dando vida a las piedras.
No sé dónde estarán, pero siempre me llaman
cada vez que despierta también desde su huella
la locura que espera, saltando sobre el tiempo,
volver a acariciarlos, cuando el tiempo termine.
No sé dónde ni cómo pero los veo ahora,
como todo lo mío, de un color de resina,
tras un fanal brillante, tan terso y tan pulido
como el cristal que parte los lados de un espejo.
Ellos están allí, donde siempre han estado,
y yo soy el que falta sobre la hierba rala
que agosta el sol de plano, junto a las peñas grises,
de espaldas a los chopos que habitan los jilgueros.
Hay un perro que corre y otro perro tumbado.
Hay un perro que salta sin parar y otro quieto.
Hay un perro que todo lo remueve, lo husmea,
y otro absorto, quisiera decir que pensativo.
De los dos, uno irrumpe con ladridos y gime
cada vuelta nerviosa que descubre un reclamo:
una flor, una mata de tomillo, una abeja,
un ratón que se asoma levantando el terreno.
Hay veces que, aturdido, parece que se queja
—las raras ocasiones que se rompe, agotado—
del trajín que acumula sin poder dar abasto
a las mil mariposas que lo hostigan sin tregua.
Mientras tanto, su hermano —porque son dos hermanos
pese a ser tan distintos, y una sangre los junta,
y no hay nada en el mundo que pueda separarlos—,
ajeno a cuanto pasa, ni siquiera lo mira.
Este perro en reposo permanente, de tardos
movimientos escasos y seguros, vigila
lo que nunca se mueve detrás del horizonte,
lo que siempre parece anunciarse a lo lejos.
Y así, cuando uno trisca sacudiendo la baba
que hace cintas al aire, repartiendo mordiscos,
y el otro alza el hocico, sólo atento a la mano
de aquél al que le basta llamarlo con un gesto,
así, como dos ramas crecidas de un mismo árbol,
como si fueran pájaro que empujan sus dos alas,
como el día y la noche, que giran en un círculo,
así despiertan juntos los dos de mi recuerdo.
Eran dos, eran dos como el sol y el verano.
Eran dos como el ansia de vivir y la vida.
Y no como figuras o signos que explicaran
con el uno el error, con otro la certeza.
Con los dos perros negros encendidos de manchas
que teñían sus patas y sus pechos de fuego,
con los dos grandes perros, pastores de algún tiempo
que guarda mi memoria, sepultado entre símbolos;
con los dos centinelas de mi monte y mi cielo,
se me divide el alma… Pero si el alma entera
volviera a hacerse niña juntando sus mitades,
y si alguien, ese día, cuando el tiempo termine,
despertara, pero alguien no como yo, sino alguien
que fuera para ellos, como Dios, niño y dueño,
ya no habría palabras, ni división, ni duda;
ellos ya no tendrían ni premios ni castigos.
Sólo habría una sola mirada compasiva
del amo a esos dos seres, juntos en la hermosura,
que ya no necesitan oír del que obedecen
cuál es la mala parte, cuál es la vida buena.