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¿Dominan los economistas la opinión pública?

FRANCISCO CABRILLO · Lo queramos o no, los economistas hemos sido criticados a menudo por no haber puesto la debida atención a los problemas cotidianos de la gente. ¿Vosotros creéis que los economistas intentan explicar y predecir lo que los hombres hacemos en sociedad? ¿Hay algo, fuera de nuestros despachos y bibliotecas, que limite nuestras teorías? ¿Es, en definitiva, la ciencia económica una ciencia práctica?

PEDRO SCHWARTZ · Antes se decía que, en la ciencia económica, no había más laboratorio que la Historia; pero hoy hemos creado nuevos métodos de experimentación y, con ellos, la idea de que la ciencia avanza por medio del contraste de las teorías: no basta con que el investigador formule sus hipótesis, debe contrastarlas con la realidad.

JUAN URRUTIA · Yo diría que la vocación de los economistas siempre ha estado ligada a la realidad, al intento de conocerla, de predecirla, de cambiarla. Siempre hemos buscado responder a problemas reales. En la actualidad, por ejemplo, existe la así llamada Economía experimental. Se trata, como su propio nombre indica, de realizar experimentos característicos del quehacer económico, por medio de los cuales se pueden obtener unos resultados bastante precisos, incluso asombrosos. Algunos han utilizado, por ejemplo, con mucho provecho, la Teoría de los juegos, en la simulación de situaciones de acción de los sujetos económicos.

Otro intento reciente de ligar la ciencia económica a la realidad ha sido el de la macroeconomia calibrada. Esta metodología establece introducir en el ordenador variables que corresponden a datos de la realidad económica; realizar a partir de ellos diversos experimentos y comprobar luego cómo la teoría económica responde a las diferentes hipótesis. Este tipo de investigación, que es teóricamente muy conservadora, está haciendo verdadera ciencia macroeconómica.

Además, creo que empieza a haber una comunidad científica específica en el campo económico, alentada por un creciente número de revistas especializadas. Así que podemos decir que se está haciendo una ciencia económica muy pegada a la realidad.

FRANCISCO CABRILLO · Interviene para proponer otro tema: Hagamos un poco de memoria histórica. Se comenta que el colapso de las economías estatistas de los países del Este ha tenido grandes consecuencias para las políticas económicas de Occidente. Yo, sin embargo, no estoy muy de acuerdo con esa afirmación. Creo que, al menos en la ciencia económica, la caída del muro ha influido poco, pues el fracaso de la política estatista ya estaba anunciada en el debate sobre la planificación, desarrollado en los años 30.

PEDRO SCHWARTZ · Estoy de acuerdo: Von Mises, Hayek y Robbins dijeron ya entonces que era imposible hacer funcionar el sistema socialista de planificación central. Lamentablemente, hubo mucha gente que no creyó en aquel momento, a pesar de que sus argumentos eran muy sólidos.

JUAN URRUTIA · Esas teorías resurgieron en la década de los 60 y de los 70, aunque todavía había una actitud centralista en algunos aspectos. No puede olvidarse, por ejemplo, que la política económica de aquella época se basaba en la convicción de que, cuando los mercados fallan, es el Estado quien tiene que intervenir.

PEDRO SCHWARTZ · Me viene a la memoria el caso de un economista polaco, Lange, que aventuró que llegaría un momento en que los ordenadores serían capaces de predecir y planificar toda la actividad económica, a condición de que una persona le suministrase los datos reales suficientes. «Claro -le replicó uno-, eso es estupendo, pero ¿y si esa persona miente y proporciona al sistema datos falsos?». De todos modos, Lange murió sin saber que la informática también se había descentralizado; él siempre imaginó un ordenador enorme, una fuente única del saber.

JUAN URRUTIA · Y si embargo, hoy la informática es un conjunto de redes que nadie controla ni puede planificar. Precisamente esa realidad ha confirmado nuestra idea de un mercado descentralizado; esto es indudable.

FRANCISCO CABRILLO · Volviendo al tema de la caída del muro, y pensándolo bien, me atrevería a decir que sí ha tenido un cierto efecto sobre la política económica de Occidente. Esas personas que antes decían que el sistema de mercado no funcionaba, ¡ahora dicen que éste funciona demasiado bien! Expresan su temor y quieren detener la mundialización de la economía, porque la ven como una máquina infernal e imparable que nos esclaviza a todos. En este sentido, sí ha habido un cambio ideológico entre los críticos de la economía liberal.

UTOPÍA: MÓVIL Y RIESGO

Al hablar sobre la economía centralizada y su preocupación por el bienestar común, surge en la conversación la palabra «utopía». Frente a ella, todos reaccionan de inmediato. Pero ¿es que no hay lugar para los ideales y el humanismo en la ciencia económica?

PEDRO SCHWARTZ · No; definitivamente no debe haber utopía en la ciencia económica. Una cosa es que nosotros queramos cambiar algunas cosas en el mundo y otra cosa distinta es hablar de quimeras. Si algo hemos aprendido con el desarrollo de la ciencia económica es la humildad. La idea de que uno puede manipular los fundamentos sociales y del hombre, para crear una sociedad perfecta, suele acabar en la guillotina.

FRANCISCO CABRILLO · Yo creo que hay que diferenciar claramente entre utopía, por un lado, y altruismo y cooperación por otro, unos términos que están muy de moda en la teoría económica actual. El altruismo y la cooperación dan lugar a asociaciones y organizaciones de todo tipo, que funcionan muy bien. El problema de este loable espíritu social aparece cuando se intenta pasar de la escena de una organización pequeña a una grande, es decir, a la sociedad en su conjunto. Es evidente que lo que estamos dispuestos a hacer por nuestros hijos, no lo hacemos del mismo modo cuando se trata de desconocidos. O dicho en otros términos: para que una sociedad impersonal, de gran tamaño, funcione, hace falta que concurran criterios de organización distintos, basados no en el altruismo sino fundamentalmente en las leyes de mercado.

JUAN URRUTIA · Reflexionando sobre esto, es interesante observar cómo surge la cooperación, pues, en la mayoría de los casos, es el propio interés el que nos conduce a la cooperación. Ese «conseguir algo a cambio» está muy presente en el comportamiento económico, sea cual sea el origen de la transacción. Parece una verdad básica pero encierra elementos importantes para la investigación del comportamiento empresarial.

FRANCISCO CABRILLO · La clave en economía institucional, entonces, consiste en saber cómo se puede transformar una estrategia, que la Teoría de juegos llamaría «no cooperativa», en otra cooperativa.

PEDRO SCHWARTZ · En efecto, la Teoría de juegos refleja muy bien lo que acabas de decir. En la concepción convencional, el concepto de competencia se ha visto de un modo muy negativo, a pesar de tratarse de una idea muy útil para la economía. Durante muchos años, la Teoría de juegos no ha sabido utilizar el concepto de competencia para analizar y solucionar problemas reales. Es ahora cuando, por fin, se intenta aplicar esta categoría a las estrategias políticas, a la teoría de la democracia, del voto, etc. Lo mismo ourre en la Teoría de la empresa, con su ayuda cabe analizar la relación de incentivos entre los gestores de la compañía, los accionistas y sus dueños; y lo mismo en la Teoría del Estado del bienestar, en la del impuesto, etc.

JUAN URRUTIA · Otro punto importante para la ciencia económica es que la opinión pública comprenda que el hecho de que alguien se enriquezca es algo que nos beneficia a todos. Eso sí, la clave está en hacerse rico innovando ideas, asumiendo riesgos, para que los demás puedan aprender de quien innova. Sin embargo, éste es el tipo de lucro que muchos ven mal. La gente perdona a quien se hace rico porque tiene una situación políticamente aceptable (porque, por ejemplo, ha sabido obtener una licencia), antes que a aquel que consigue enriquecerse compitiendo con una idea nueva y asumiendo riesgos. Hay un sentir común de que la sociedad ha de ser gobernada de acuerdo con un plan, por medio de acuerdos explícitos; si algo ocurre espontáneamente, no parece loable. Pero ése es precisamente el gran descubrimiento de los economistas: saber que cierta espontaneidad funciona muy bien.

LOS ECONOMISTAS EN LA OPINIÓN PÚBLICA

FRANCISCO CABRILLO · Has tocado un tema que me parece muy interesante, el del divorcio entre la opinión pública y los economistas. Con frecuencia, las medidas de política económica que defienden los expertos deben enfrentarse a las opiniones de la gente de la calle.

JUAN URRUTIA · La cuestión clave en este punto, a mi juicio, es que la economía es contraintuitiva. Sucede como con el esquí: la primera vez que desciendes tienes que enfrentarte a tu propia intuición, que te aconseja pegarte a la montaña y no lanzarte a favor de la pendiente. Del mismo modo, pensar que realmente es sensato desarmar unilateralmente los aranceles de un país es contraintuitivo; pero los economistas han demostrado sus beneficios desde hace casi 200 años.

PEDRO SCHWARTZ · Tienes razón. Aún no hemos logrado que la gente asuma ideas como la conveniencia de la liberalización unilateral del comercio, tal como hizo Inglaterra en el pasado, al quitar sus propios aranceles para atraer comercio a su país. La gente prefiere ver negociación, que EE UU y Europa se sienten juntos a negociar sobre su comercio. La opinión pública es, en este tema, abrumadoramente contraria a lo que defendemos los economistas.

Otro ejemplo nos lo proporciona la historia reciente de España. Entre 1892 y 1959 hubo una etapa de creciente protección. Sólo a partir del 59 nos hemos ido abriendo al comercio exterior. Y en vez de ocurrir la catástrofe esperada por algunos -la desaparición de nuestras industrias y la reclusión en la actividad agrícola y en el servicio a los turistas-, ha ocurrido lo que estamos viendo: la conversión de España en un país moderno. A pesar de ello, una y otra vez la opinión pública se vuelve proteccionista, en contra de lo que aconsejan los economistas.

FRANCISCO CABRILLO · Es muy interesante observar la reciente posición de la opinión ciudadana en torno a la globalización. ¿Por qué se rechaza de ese modo? Existe un miedo atroz al cambio. «En igualdad de condiciones -piensa la gente- mejor no cambiar». Al menos, si no conocemos las consecuencias.

JUAN URRUTIA · Existe una minoría que sí tiene deseos de innovación. Pero en general, la globalización debe enfrentarse a toda clase de miedos, desde la competencia de otros mercados hasta la creencia en las diferencias entre las razas -que los individuos del Norte, por ejemplo, siempre son más listos que los individuos del Sur-.

PEDRO SCHWARTZ · Un caso claro de inmovilismo lo hemos experimentado en las encuestas sobre el Estado de bienestar. Casi toda la gente mayor desaprueba el sistema actual, pero rechaza cambiarlo por un sistema privado de pensiones. Tienen aprehensión a ceder una actividad tan importante a otra empresa con ánimo de lucro.

BALANCE DE LA CIENCIA ECONÓMICA EN ESPAÑA

FRANCISCO CABRILLO · Propone las siguientes reflexiones sobre el panorama económico en casa: Antes hemos comentado que la ciencia económica está, en general, ligada al mundo real y a problemas concretos. Por lo que se refiere a su desarrollo en España, sin embargo, mi opinión personal es que uno de nuestros retos consiste en que los expertos realicen estudios de alto nivel científico, sí, pero que se apliquen a problemas más reales. En nuestro país se hace literatura económica de alto nivel, pero con frecuencia estos trabajos se alejan bastante de la realidad.

JUAN URRUTIA · Quizás tengas algo de razón. Pero se me ocurre un grupo, el de los economistas del mercado de trabajo, que destila calidad y que además son muy prácticos. Otras áreas de investigación que están siendo fértiles en España son las de regulación y subastas. Empieza a haber jóvenes teóricos de gran calidad. También cabe destacar a los que provienen del campo de la economía industrial.

FRANCISCO CABRILLO · Efectivamente, en la parte de la ciencia económica que explora cómo organizar mercados (el de los teléfonos, las telecomunicaciones, la energía, etc.), áreas todas ellas muy difíciles de dejar a la competencia, se están haciendo propuestas muy interesantes.

JUAN URRUTIA · En ese campo hay un dato esperanzador para el acercamiento de los investigadores a problemas reales, pues vemos cómo cada vez se aproximan más entre sí las consultorias y las universidades. Muchos profesionales compaginan el cargo de consultor con el de profesor. Así, los expertos son capaces de enfrentarse a problemas reales sin dejar de lado sus teorías económicas. Es beneficioso porque rellena y consolida este tramo del tejido social.

PEDRO SCHWARTZ · En cambio, no parece que hayamos avanzado mucho en el terreno de la teoría monetaria. Ahí estamos bloqueados; a los economistas les ha entrado el rigor mortis del euro. La verdad es que ese área de investigación está muy limitada al grupo de economistas del Banco de España, y como éstos buscan defender el euro, no hay ideas que contradigan esta tendencia política.

FORMALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA Y PENSAMIENTO ÚNICO

Hay dos asuntos especialmente críticos en tomo a la ciencia económica que no podían dejar de salir en nuestra conversación: las crecientes acusaciones a los economistas sobre la «formaüzación de la economía» -el empleo de fórmulas matemáticas para describir todos los procesos reales- y el «pensamiento único» -la convicción de que las leyes del mercado y el capitalismo son un modo de pensar que se impone hoy en todos los ámbitos geográficos, intelectuales y políticos-. La opinión pública ha expresado de mil modos su miedo a la tiranía de las leyes económicas, el sentimiento de que existen una leyes globales de las que no se puede escapar.

FRANCISCO CABRILLO · Es curioso, la gente tiende a confundir, de manera extraña, formalización y economía de mercado. Pero en nuestro país, la formalización muchas veces se ha utilizado precisamente como arma arrojadiza en contra del pensamiento liberal.

En cuanto a la tiranía de la economía, coincido en que ya no existe esa seguridad de antaño de que un gobierno puede controlar todos los eventos. Ahora sabemos que también los gobiernos están sometidos a unas leyes económicas que no pueden violar sin altos costos. A veces, la gente ve en esto un ataque a la democracia.

JUAN URRUTIA · Por su parte, el Ejecutivo quiere transmitir que la economía tendrá que someterse al bienestar público y generar el pleno empleo… a pesar de que es imposible garantizar algo así.

Como has dicho, la economía se rige por ciertas leyes. Lo que hay que hacer es aprender a manejarlas bien; de nada sirve ignorarlas. Eso no significa, sin embargo, que nos veamos abocados inexorablemente a la dictadura de las leyes económicas. Sigue siendo real la posibilidad de influir; las opciones de políticas económicas diversas continúan abiertas.

PEDRO SCHWARTZ · El pensamiento único entre economistas es un mito. No hay un mundo dogmático con una sola idea fija. Nuestra línea de pensamiento es algo en movimiento, admitimos que hay cosas que no sabemos interpretar (como el aspecto dinámico de las sociedades), y que avanzamos más en unos campos que en otros.

FRANCISCO CABRILLO · Lo importante es ser crítico, diseñar nuevas teorías y explicarlas a la opinión pública. Quizás nos haga falta practicar esto en mayor grado.

JUAN URRUTIA · El artículo sobre la cumbre europea de Niza publicado por The Economist, por ejemplo, es un canto a las diferencias entre los Estados. El argumento clave es que no hay pensamiento único, que no hay que homogeneizar todas las reglas, sino que cada país debe poder defender sus propias características. El problema llega cuando uno intenta imponer sus condiciones al resto. Suele coincidir que la gente que más critica el pensamiento único son los que más claman luego por la homogeneidad social.

PEDRO SCHWARTZ · Yo, por ejemplo, soy bastante contrario a la creación de la Unión Europea, lo que desmitifica que todos los economistas estemos encerrados en una dinámica de pensamiento único. La tendencia del mundo a formar bloques hará mucho daño. La situación óptima es el libre comercio mundial. Espectáculos como el de Niza me indignan, pues veo que están intentando crear una especie de club en el que todo se decide a puerta cerrada. Se intenta prohibir la apertura al mundo y, sobre todo, a los más pobres, que son los que más necesitan el comercio. ¿En qué medida vivimos los economistas en un pensamiento único? Yo no me siento dentro de esa dinámica, gracias.

JUAN URRUTIA · Está claro que, si por pensamiento único se entiende que los economistas cantamos todos la misma melodía, eso es falso. Lo que ocurre es que en temas como el de la entrada de España en el euro, aunque había mucha gente en contra con ideas muy sensatas, sus voces fueron acalladas. Un silencio total. Esta reacción tiene que ver con nuestro espíritu nacional. En los países anglosajones, por ejemplo, se actúa de modo diferente: en Inglaterra se discute sobre el euro de modo abierto y en Dinamarca también hay un explícito debate.

FRANCISCO CABRILLO · El contraste entre cómo se vivió la discusión del tratado de Maastricht en España, por un lado, y en la opinión danesa, por otro, podría llegar a avergonzarnos.

PEDRO SCHWARTZ · Eso es así porque el Banco de España se ha convertido en un lugar ecléctico, donde no hay quien entre con ideas contrarias a las predominantes. Han llevado a cabo una doctrina que, aparentemente, no tiene fisuras.

JUAN URRUTIA · Yo diría que el pensamiento único se sigue precisamente desde las grandes instituciones, lo que resulta aún más peligroso.

PARTICIPACIÓN PÚBLICA EN LA ECONOMÍA

JUAN URRUTIA · En ese sentido, es deseable también que la opinión pública y los interesados discutan más, pero carecemos de esa cultura; no mantenemos foros como se hace en otros países. Entre profesores universitarios, por ejemplo, existe reticencia a intervenir en los medios de comunicación. Pero yo soy optimista, creo que las nuevas generaciones de economistas otorgan mayor importancia a la discusión y están interesados en participar en el debate público.

FRANCISCO CABRILLO · Está claro que en España no está funcionando el debate en temas como la construcción europea.

JUAN URRUTIA · Otro aspecto sobre el que, en términos económicos, podría haber un interesante debate es la ley de déficit cero. Podríamos haber elegido entre varios modelos, pero antes de hacerlo hubiésemos tenido que conocer esos modelos y las consecuencias de su aplicación. Y de esto no se hicieron comentarios ni análisis en los medios.

PEDRO SCHWARTZ · Podríamos opinar sobre tantas cosas: la regulación de las telecomunicaciones, la construcción de la UE, la fusión Endesa-Iberdrola y cómo se está tratando desde el punto de vista de la competencia… Son muchos los temas en los que no se participa y en los que debería escucharse más la voz de los economistas.

FRANCISCO CABRILLO · Siempre surge el mismo problema cuando los economistas tenemos que opinar: si estás a favor de lo que se ha hecho, eres pro Gobierno; y si no, estás en su contra.

JUAN URRUTIA · Exactamente, ésta es una de las razones básicas de la falta de debate público por parte de los economistas: el riesgo a ser etiquetado. Si tienes una idea, a no ser que hayas cultivado antes una reputación sólida de experto independiente, te califican políticamente según tu visión de la economía. Y además, como el independiente está a favor de las medías de gobierno en algunos temas y en contra en otros, acaba siendo traidor en todas partes.

PEDRO SCHWARTZ · El mundo de los economistas es un cuarto poco ventilado, con las mentes cerradas. Si no estás a favor del euro, miras un poco de lado a la UE y crees que el sistema de pensiones no funciona correctamente, eres una persona a la que nunca consultarán. Sólo porque no estás diciendo lo que dice la ortodoxia, con parte de la cual puedes estar de acuerdo. Una cosa no quita la otra. Definitivamente, el oír distintas opiniones no es algo que guste en el ámbito público sobre temas económicos.

FRANCISCO CABRILLO · Además, en el debate deberíamos diferenciar entre la gente que está dentro y la que está fuera de este tema. Los que viven al margen de la ciencia económica y no son expertos, opinan con frecuencia sobre temas muy técnicos como la política macroeconómica, el Banco Central Europeo, etc. Sorprendentemente, la gente se considera capacitada para discutir sobre estos temas sin conocer sus aspectos técnicos básicos.

La reunión con los tres sabios economistas llega a su fin. Cada uno tiene que marchar hacia su olivo: a la universidad, donde seguirá explicando éstos o similares conceptos, con pasión no menor e idéntica claridad; a un programa de radio o aun Consejo de Administración… Ha quedado claro que la opinión pública española ha de discutir más a fondo los temas de política económica. Las páginas de Nueva Revista estarán siempre abiertas a nuevos contrastes de pareceres. Interlocutores no nos van a faltar; habrá solamente que comprobar si están a la altura del público y de las circunstancias, como los que hoy han querido acompañamos.

El descubrimiento de la Física Cuántica

A principios del siglo XX no se conseguían interpretar los resultados experimentales relativos a la distribución, entre las distintas longitudes de onda, de la energía emitida por el cuerpo negro (sistema físico que absorbe toda radiación electromagnética incidente). La Física de aquel momento, no encontraba explicación a esta nueva situación. Fue entonces cuando Planck tuvo la genial idea de admitir que en el seno de la cavidad, que materializamos como cuerpo negro, en sus paredes existían elementos capaces de realizar emisiones y absorciones, pero que en estos fenómenos no se cumplía el principio de equipartición de la energía. (La energía cinética de una molécula se distribuye por partes iguales entre los componentes de su velocidad). Planck lanzó la idea de que cada uno de los elementos que forman la cavidad sólo es capaz de emitir o absorber la radiación de una frecuencia determinada y, además, esta emisión o absorción, no puede suceder sino por cuantos de energía, una especie de átomos que tienen un valor diferente para cada elemento y dependen de su frecuencia característica «n», de modo que el cuanto de energía vale «hn» (siendo «h» una constante universal, una de las pocas constantes universales que tiene la Física, y que se llama Constante de Planck).

El hombre que engendró la idea más revolucionaria en el campo de la Física a lo largo de todo el siglo XX, nos presenta, en el libro que comentamos, su propia vida y algunas de las cuestiones que le preocuparon.

En el largo artículo «Autobiografía científica», explica el contacto que tuvo con sus maestros y como éstos le despertaron su vocación por la ciencia. Desde muy joven le fascinó la idea del Absoluto, entendiendo por tal concepto la búsqueda de lo que es constante, de lo que permanece, bajo las apariencias, en el mundo de la materia. Su vocación por la Física la explica de este modo: «Lo que desde joven me hizo entusiasmarme por ella fue el hecho en absoluto evidente de que las leyes de nuestro pensamiento concuerdan con las regularidades que presenta el flujo de las impresiones que recibimos del mundo exterior; el hecho de que al ser humano le resulta posible, por tanto, obtener por medio del puro pensamiento información acerca de tales regularidades. Que el mundo exterior constituya algo independiente de nosotros, algo absoluto frente a lo que nos encontramos, tiene de cara a ello una importancia fundamental; y la búsqueda de las leyes que rigen ese Absoluto me parecía la más bella tarea de una vida dedicada a la ciencia». Un año antes de morir, en 1946, Planck pronunció una conferencia con el título «Problemas aparentes de la ciencia», en la que intentó definir lo que era un problema. En dicha ocasión nos presentaba una serie de problemas y los examinaba para ver si son aparentes o no. La mayoría de ellos están sacados del campo de la ciencia, «porque en ella los rasgos estructurales de los mismos resultan más claramente discernibles que en ningún otro ámbito». La conferencia «Sentido y límites de la ciencia exacta» y el artículo «El concepto de causalidad en Física» son extraordinariamente sugerentes. Es tajante cuando afirma que «no existe ningún principio de validez tan general y al mismo tiempo tan rico en significado que pueda ofrecer soporte suficiente a la ciencia exacta». Y más adelante añade que a priori «resulta absolutamente imposible otorgar a la ciencia exacta un fundamento universal de contenido definitivo y concluyente». El principio de causalidad afirma que todo suceso, cualquiera que sea, puede deducirse causalmente. En el fondo, se afirma que el mundo está construido de tal modo que todo suceso no es nada más que un ejemplo de una regularidad universal, que conocemos con el nombre de ley. Dicho de otra forma, un suceso «está causalmente determinado si es posible predecirlo con toda certeza». Todas las experiencias posibles nos llevan a reconocer que «no es posible en ningún caso predecir con exactitud un suceso físico». Si nos atenemos a esta proposición, que sostienen bastantes físicos y filósofos, no existe en la naturaleza auténtica causalidad ni regularidad. Causalidad y regularidad no son más que ilusiones «generadas por la existencia de ciertas reglas que, si bien con frecuencia se cumplen de una manera bastante aproximada, nunca son rigurosamente válidas. Pero podemos considerar como suceso «no un proceso de medición real y concreto, que siempre contiene también elementos azarosos y no esenciales, sino un cierto proceso puramente teórico». La Física sustituye el mundo de los sentidos «por un mundo distinto, o mejor dicho, por su propia imagen del mundo, o sea, por una construcción mental hasta cierto grado arbitraria, ideada con el fin de liberarnos de la incertidumbre que acompaña a toda medición concreta y hacer posibles relaciones precisas entre los conceptos». Finalmente, aparece el artículo «Religión y ciencia». Este es uno de los problemas que han preocupado más desde el siglo XVII. Sólo en nuestra época, una reflexión sobre la esencia del conocimiento científico y sus limitaciones y sobre el papel de la religión, en el pensamiento y en la vida, han sido capaces de superar esta aparente disyuntiva. Hoy también puede decirse que no existe ningún aspecto de la cultura humana, entendida ésta en su más amplio sentido, que no se relacione, de algún modo, con la ciencia natural y, especialmente, con la Física. Planck rehuye el positivismo, aunque reconoce sus méritos, porque ayuda a clarificar conceptualmente el significado de las proposiciones físicas. Afirma, y es algo permanente en su pensamiento, que en la naturaleza existen determinadas regularidades, que el hombre, con dificultad, puede llegar a descubrir. Desde muy joven, le llamó la atención el principio de conservación de la energía, que sería una de estas regularidades. El libro recoge, a grandes rasgos, algunas de las ideas principales del pensamiento de Planck, cuando aborda problemas distintos de los que conlleva la Física teórica.

Los diccionarios de citas

Sabido es que por una misteriosa ley de origen desconocido (¿chanza divina? ¿asechanza diabólica? ¿ley aberrante de probabilidades?) siempre que uno tiene sus libros repartidos entre varios lugares y busca uno, ese libro está indefectiblemente en otro sitio. Tan sólo conozco una aparente excepción a la regla y es la de cierto potentado madrileño de quien se rumorea que cada vez que compra un libro lo hace por triplicado: un ejemplar para su casa, otro para su despacho y otro para su casa de campo. Sin embargo —y aquí habla la envidia— esa solución plutocrática no servirá más que para las bibliotecas de nuevo cuño. En cuanto intente uno duplicar una biblioteca vieja se topará con la dificultad de que muchos de sus libros están agotados.

Así es que mejor resignarse a la condición huidiza y evanescente de la obra ansiada. O comprarse un buen diccionario de citas y, de ése sí, cuantos ejemplares hagan falta. ¿Oigo el ruido de vestiduras rasgadas? Pues serán de quienes no se han parado a pensar seriamente en los diccionarios de citas y en para qué sirven, serán de intelectuales hipócritas que creen poco elegante comprobar una cita en un diccionario en lugar de releerse entera una biblioteca (y como esto último no lo hacen, siempre citan mal) o serán de quienes no disfrutan hojeando un libro variopinto por puro gusto.

Y es que los diccionarios de citas bien hechos, como el de Wenceslao Castañares y José Luis González Quirós (editorial Noesis), sirven para tres cosas muy distintas. En primer lugar, para verificar la autoría o la redacción exacta de unas palabras que se recuerdan de forma imprecisa. Como el recuerdo inexacto es una de las fuentes de la discordia —la otra otra es la del recuerdo exacto, sobre todo de agravios, pero eso es en otras lides— conviene mucho tener a mano los argumentos de autoridad allí donde suelen empezar estas disputas cultas, para dirimirlas antes de que se enconen. Mi amigo Patrick Leigh Fermor, que vive en el Peloponeso, tiene todos sus libros de consulta en el comedor. Se conoce que con tanto raki las sobremesas se vuelven polémicas y quisquillosa la erudición.

—No te sulfures, que ya Séneca advertía que la ira es una locura momentánea.

—¡Falso! ¡Lo dijo Cicerón!

La discusión, además de fútil, podría ser eterna. O durar un minuto, el tiempo de buscar la palabra ira en este diccionario y encontrar la remisión a Horacio, con la frase Ira furor brevis est.

La segunda función del diccionario de citas es servir de antología. Y no sólo de antología didáctica, de crestomatía, sino de selección placentera de aforismos, trozos de poemas y frases más o menos históricas. Para cumplir con esta función de libro de mesilla de noche, es menester que el diccionario contenga una mezcla juiciosa de citas conocidas por el común de los lectores y de citas que nos resulten novedosas, que estén ahí por puro capricho soberano del recopilador y que hagan pensar al lector «no conocía yo esto, qué hermoso es». Conviene, para ello, que los fragmentos poéticos no sean demasiado breves, salvo que tal o cual verso aislado tenga valor apodíctico o de encantación. Pues bien, el diccionario que aquí comentamos cumple con creces ambas condiciones. Contiene todos los platos básicos de un buen menú pero también tapas, entremeses y postres insólitos y gustosos. Y tiene el buen criterio de no mutilar la poesía más allá de lo imprescindible: reproduce enteros sonetos de Garcilaso, Quevedo y otros, el monólogo de Hamlet (salvo los dos últimos versos, que en rigor no son soliloquios) y buenos pedazos de muchos poemas. Con igual generosidad, da cabida a párrafos largos de pensadores, con lo que evita al menos algunas citas fuera de contexto.

La tercera misión de todo diccionario de citas es secreta, vergonzante e imprescindible. Permite presumir de sabio y leído en conferencias y discursos. Me atrevo a proponer a los señores Castañares y González Quirós que en la tercera edición de su obra incluyan alguna cita apócrifa de un personaje inventado por ellos; ya verán como termina siendo citado como argumento de autoridad. Podría ser algo así:
Hippolyte Cornut-Picard, 1740- 1794
Revolucionario francés
Le peuple a toujours raison, sauflorsqu’il se trompe.
«El pueblo siempre tiene razón, salvo cuando se equivoca» (últimas palabras, camino de la guillotina).

Cualquiera que perdiere unas elecciones podría aliviar mucho su pena citando a Cornut-Picard, y ello sin caer en incorrección política, puesto que se estaría invocando a un revolucionario.

No se crea, sin embargo, que la elaboración de una obra de consulta como ésta es tarea siempre alegre y amena. Para que sus lectores la disfrutemos y aprovechemos, sus compiladores han debido de trabajar duro elaborando buenos índices —sin ellos la obra carecería de utilidad verificadora— y traduciendo los textos no escritos en castellano. Pero después de varias horas de manejar este diccionario, llega el lector a la conclusión de que también los compiladores han disfrutado reuniendo a esta brillante asamblea de ingenios. Yo imagino a don Wenceslao y a don José Luis como un par de caballeros ilustrados del siglo XVIII preparando la tertulia ideal.
—Don Wenceslao, ¿convidamos a don Carlos Marx?
—Pues claro, don José Luis, ya sé que era algo revoltoso, pero hombre culto al cabo; recuerde que su tesis doctoral versó sobre Epicuro y Demócrito. El problema está en los criminales que además carecían de sutileza, como el Mariscal Stalin…
—Es que así fue el siglo XX, asesino y zafio. Dejemos al georgiano intervenir con una sola frase… «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?»
Suspira don José, toma una pizca de rapé y estornuda.
—Sea, mas demos entonces un centenar de veces la palabra al ministro de Estado Goethe. Y una sola al profesor Chomsky, ese fatuo sin fuego. En cambio don Alberto Einstein es de los nuestros, racional pero no racionalista. Que hable cuanto quiera.

Y así habrán discutido durante horas, como buenos anfitriones, con generosidad y malicia, hasta reunir esta espléndida tertulia de un par de millares de santos, pillos, profetas, verdugos, cortesanas, poetas… y ningún pelmazo.

Mi abuelo Pablo Ruiz Picasso

Las numerosas exposiciones dedicadas a Pablo Picasso en todo el mundo desde su muerte en el año 1973 han ofrecido a un público Lcada vez más amplio la posibilidad de conocer mejor su obra. También han ayudado a percibir la fuerza oculta en ella, y a descubrir las distintas formas y modos de expresión que Picasso empleó en su arte para reformular una y otra vez sus motivos y sujetos preferidos en una forma artística siempre distinta.

Durante su vida, a Picasso le importó distinguir entre géneros y técnicas. De este modo, trabajó en sus temas importantes, tales como retratos, desnudos, naturalezas muertas o paisajes, de forma paralela en las distintas técnicas: dibujo, pintura, escultura, grafismo, cerámica. Todos sus temas y motivos están vinculados a una determinada técnica por el medio utilizado en cada uno de ellos, y parece que ese método, que puede parecer convencional a primera vista, era el que le hacía posible estructurar su trabajo. De este modo, es posible analizar la creación artística de Picasso atendiendo a temas, formas y medios, o cronológicamente. Esta estructura básica sienta a la vez las bases para establecer múltiples conexiones y aproximaciones entre los distintos temas, motivos y técnicas, sin tener que atenerse a un orden determinado. Este proceder da acceso a su obra desde distintos puntos de vista y ofrece toda clase de posibilidades interpretativas. Desde el momento en que Pablo Picasso anticipa el futuro en su obra, posee actualidad. Es decir, que para él la eficacia y la rapidez que caracterizan nuestras actuales relaciones y formas de comunicación eran ya una parte esencial de su obra. Supo proporcionarnos su visión y su apertura ante la Modernidad, aunque, en medio de las grandes perturbaciones históricas del siglo XX, siguió comprometido con su propia época.

En lo que a mí se refiere, las circunstancias históricas quisieron que heredase un número no carente de importancia de obras de mi abuelo. Fui consciente de que tendría que buscar durante largo tiempo para poder descifrar los signos del lenguaje de Picasso, cuya comprensión es el fundamento para poderse formar un juicio sobre su creación artística. Dado que poseer, conocer y entender son cosas muy distintas, necesité años para empezar a entender su obra, a interpretarla y a comprender el valor de los trabajos que él guardaba conscientemente en su propia colección; una colección que para mí representa un tesoro de su memoria y su sabiduría.

Más allá de mi participación en exposiciones colaborando con instituciones, he decidido, partiendo de las obras de mi colección, concebir mis propias exposiciones temáticas para enseñarlas y acercarlas al público. Además, esto me permite no limitarme a asumir sin más la imagen de mi abuelo proporcionada por los medios de comunicación, sino honrar por mi parte a ese hombre que en el mundo entero sigue siendo el símbolo de la libertad de la creación artística. Hoy, las representaciones de su vida y su trabajo han alcanzado un punto que hace forzoso distinguir entre vida y obra. Nuestro punto de vista, nuestra mirada al arte de Picasso y nuestro deseo de entenderlo se basan en un gran número de informaciones biográficas. Pero estas no son necesariamente útiles para la indagación en una obra cuya fuerza e inventiva se distinguen claramente de la reducida imagen cada vez más extendida entre la opinión pública, que enturbia nuestra percepción de su obra misma.

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De este modo surgió mi deseo de llevar a cabo exposiciones. He descubierto un tema especialmente interesante, que corresponde con exactitud a aquello que hoy pienso sobre la obra de mi abuelo. A pesar de sus distintos periodos, antes veía en Picasso principalmente temas clásicos. Pero poco a poco fui encontrando el sentido de su obra en el aquí y ahora de nuestra sociedad, me hice consciente de lo amplio y premonitorio de su visión.

De ello responde toda la obra de Picasso, la expresión de una imaginación y una visión chispeantes, permanentemente renovadas, que recoge y continúa los acontecimientos y formas artísticas precedentes. La creación de Picasso parece siempre nueva, y se impone al presente como anticipación del futuro. Más aún, nos fuerza a enfrentarnos con nosotros mismos mediante su capacidad de interpretar los mitos de nuestra civilización y trasladarlos al presente, esboza nuestra historia, la fuerza, la sabiduría, la belleza y lo desconocido de nuestro ser. Aquellos de entre nosotros que contemplan la obra de Picasso se ven obligados a confrontarse tanto con su propia actitud ante la vida como con la corriente de nuestro tiempo.

Me parece importante retornar a los orígenes de Picasso. Nació hacia finales del siglo pasado en la ciudad de Málaga, al sur de la católica España. En esa ciudad portuaria enfrentada a la costa de Marruecos se mezclan diferentes regiones y culturas del espacio mediterráneo. Y también las huellas de su educación judeo-cristiana se extienden a lo largo de toda su creación artística. Su familia abandonó Málaga, y las circunstancias en las que llegaron a Barcelona dieron a Pablo Picasso la oportunidad de conocer otros lugares. En Barcelona profundizó sus conocimientos de pintura; finalmente, decidió ir a París, donde su genio tuvo ocasión de desplegarse plenamente y su obra se abrió al mundo, a un mundo del que extraía sus ideas para integrarlas en su obra, con los pies en la cultura española, y para transformarlas en sus creaciones. Dado que, obviamente, el arte de Picasso no se limita a lo que vemos, nuestra percepción y los impulsos de que se alimenta son declaradamente múltiples, de forma que nuestra actitud hacia él no puede mantenerse invariable.

El objetivo de esta exposición es dirigir nuestra mirada hacia los retratos y los cuadros de personaje, uno de los temas favoritos de Picasso, He elegido estas obras para llamar la atención sobre los distintos estadios de evolución en su elaboración. Llevados por los trazos del pincel y del lápiz, podemos aprehender en estos intentos la búsqueda gráfica de Pablo Picasso, que pone de manifiesto sin reservas la casi insolente variedad de su lenguaje artístico y su fuerza creadora.

París, junio de 2000

Una nueva escultura vasca. Aizkorbe, Anda, Santxotena, Badiola, Ugarte

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La Escuela Vasca de escultura fue algo más —en opinión de algunos, también algo menos— que un grupo de escultores. Supuso el desarrollo de una neovanguardia ya iniciada por el Grupo Espacio y por el Equipo 57 y la continuación de este espíritu por el grupo de pintores Estampa Popular Vizcaína (1962), cuya fuerte componente ideológica condujo a la práctica de una venta a precios muy inferiores a la cotización habitual de los artistas, como manifestación de su desagrado ante el mercantilismo creciente. Fue el ensayo de una nueva monumentalidad en la irrealizada Capilla para el Camino de Santiago —Premio Nacional de Arquitectura y fruto de la colaboración entre el arquitecto Sáenz de Oiza y Oteiza— y su presentación en público en la basílica de Aránzazu, proyecto del propio Sáenz de Oiza en el que participaron los escultores Lucio Muñoz, Oteiza y Chillida, además de los pintores Basterretxea, Ibarrola y Eulate, y que tras su aprobación tuvo que esperar dieciocho años, debido a las prohibiciones y censuras. Fue un esfuerzo de acción y experimentación colectivas, inspirado en la vertiente programática de las vanguardias históricas e iniciado ya en el conjunto escultórico de Aránzazu, que cuajó en la formación de los grupos Gaur (Guipúzcoa), Orain (Álava), Hemen (Vizcaya) y Danok (Navarra), cuyos miembros aspiraban a constituir un frente cultural de intensa renovación: una voluntad de ruptura con el academicismo más rancio y con las instituciones centralistas, cuyas barreras impedían el acceso de los artistas locales a una participación suficiente en la gestión de lo artístico. Fue la aventura cinematográfica de X Films, productora creada por el empresario Juan Huarte, de la que nacerían aportaciones como La cazadora inconsciente y … .ere erera beleibu izik subua aruaren, cine de animación en el que los pintores Rafael Ruiz Balerdi y José Antonio Sistiaga, respectivamente, experimentaban con el dibujo sobre celuloide, u Operación H y Pelotari, con colaboradores como Fernando Larruquert, Luis de Pablo, Carmelo Bernaola o el propio Oteiza y bajo la dirección de Néstor Basterretxea, que a su vez recibiría el Premio Nacional de Cinematografía por Ama Lur, película sufragada por suscripción popular. Fue el espaldarazo internacional —Basterretxea y Mendiburu fueron seleccionados para Sao Paulo y Venecia, Oteiza recibió el Premio de Escultura de la Bienal de Sao Paulo en 1957 y Chillida el de la Bienal de Venecia en 1958— y al mismo tiempo la afirmación de lo autóctono. En suma, fue sobre todo una revitalización del panorama artístico del momento.

Pero esta revitalización desbordaba los cauces de lo puramente formal: desde la conocida militancia comunista de Ibarrola hasta el humanismo cristiano de Chillida, pasando por el nacionalismo de Basterretxea (hijo de uno de los cinco primeros diputados del PNV) y Oteiza (candidato al Senado por Euskadiko Ezkerra en las primeras elecciones de la vigente democracia), la Escuela Vasca había abundado en testimonios de naturaleza ética y política que, sin vertebrar un discurso unitario o coherente, manifestaban una voluntad de incidir en el contexto histórico del que nació: no deben olvidarse los exilios de Oteiza y Basterrechea ni las censuras de que fueron objeto el propio Basterretxea o Dionisio Blanco, así como los encarcelamientos de Vidal de Nicolás, Pericás y María Dapena, vinculados a Ibarrola, cuyo episodio carcelario es también conocido. Con este tipo de actitudes de afirmación política —sea en un sentido nacionalista o izquierdista o, simplemente, antifranquista— no debe extrañar que la figura del escultor quedase revestida en el País Vasco de una aureola heroica que costaría mucho desprender. Si a esto se suma la imposibilidad de expresarse políticamente en determinados sentidos, se obtiene que el discurso artístico era con frecuencia la pantalla sobre la que muchos proyectaban de modo más o menos explícito sus aspiraciones, ausentes por completo de reconocimiento institucional: el escultor quedaba elevado —o reducido, según se quiera ver— a hierofante de una etnicidad de perfiles más o menos vagos y en cuya afirmación se fiaban las posibilidades de una resistencia cultural.

Que la escultura fuese de hecho vindicativa era tal vez lo de menos: el contexto crítico y social y el propio texto verbal con el que los artistas hacían acompañar su creación escultórica —particularmente en el caso de Oteiza— propiciaban una extrapolación de la carga simbólica que incluso llegaba a dificultar la aproximación puramente formal al objeto, con el consiguiente confusionismo y, a veces, la trivialización de una realidad tanto más inasible cuanto más concreta. Así, el escultor Txomin Badiola —uno de los mayores exponentes de la siguiente generación— comentaba hace algunos años que, más que producir piezas tridimensionales de naturaleza estética, ser escultor vasco ha sido durante algún tiempo «profesar una religión, compartir una serie de sensaciones, presentimientos y conceptos, curiosamente ligados a los aspectos más tradicionales de la cultura vasca». Lo interesante del caso es que, junto con una indudable vinculación con la tradición artística o iconográfica vasca y un evidente interés por el universo ruralista del imaginario vasco, había en aquellos escultores una marcada herencia de las vanguardias históricas —sobre todo del constructivismo ruso— así como del arte concreto y del informalismo. Los escultores de la Escuela Vasca, sí, se habían formado entre la mitología de los Gaueko, Mari, etc., los deportes rurales y la cultura agraria vasca, pero conocían un mundo industrializado y urbano; habían recibido el legado de los Tellaetxe, Arteta, etc., pero se interesaban por Pevsner, Moholy-Nagy y Vantongerloo o por Max Bill, Calder y Vassarely; reconocían en los Zubiaurre o los Arrue la gestación de un «estilo vasco», pero acudían a las exposiciones de Picasso (1961), Anthony Caro (1962) o la Bauhaus (1969) en Bilbao. Vivían y trabajaban en un país de marcado carácter propio, pero compartían algunos intereses plásticos con los nombres más sobresalientes del arte universal.

Transcurridos veinticinco años —añádase el adjetivo «significativos» para los aficionados a las cifras redondas— y a las puertas de un nuevo siglo, tal vez sea éste el momento de retomar la cuestión que se planteaba en aquel texto para la exposición de Aizkorbe y observar cuál ha sido el desarrollo de aquellos planteamientos a cuyo balance y puesta en hora instaba Oteiza. Un balance, claro está, que por razones de espacio será inevitablemente reducido, arbitrario y quizá sesgado, pero que pretende llegar con la oportunidad que proporcionan por un lado la pujante presencia de algunos nombres, que gozan ya de una trayectoria reseñable y, por el otro, la reciente inauguración del Chillida Leku en Hernani (Guipúzcoa) y la próxima puesta en marcha de la Fundación Oteiza en Alzuza (Navarra), con lo que de consagración definitiva tienen ambos fenómenos. Así, estudiar qué ha sido de la escultura vasca será entre otras cosas establecer qué líneas de continuidad o de discontinuidad pueden advertirse entre los venerables —y venerados— Oteiza, Chillida, Mendiburu o Basterretxea y los últimos en hacer su presentación en sociedad.

PRIMEROS NOMBRES

De entre todos los escultores surgidos en el País Vasco y Navarra a finales de los sesenta y principios de los setenta, sobresalen dos nombres: Faustino G. Aizkorbe, a quien ya se ha mencionado, y Ricardo Ugarte. Aizkorbe (Olloqui, Navarra, 1948), que se inició como pintor y que ha cultivado también el cartelismo, goza de gran proyección internacional. Además de Pamplona, Zamora, Málaga, Palma de Mallorca, o Zaragoza, ha expuesto en Stuttgart, Hong-Kong, Tokio, Seúl, Chicago, Nueva York, Caracas, Frankfurt, París, Miami, etc. En estos momentos se encuentra en Hispanoamérica y viaja frecuentemente —por ejemplo a Japón y Corea, donde goza de gran aceptación— por lo que no resulta fácil acercarse a su estudio para conocer su trabajo más reciente. Seleccionado para las bienales de Santander (1977) y Zamora (1986) y para ARCO (1986), ha realizado numerosas piezas a escala monumental, dada la aptitud de su obra para ocupar el espacio libre de los parques o plazas de las ciudades.

Apegado al tratamiento del acero corten, el bronce y, sobre todo, el hierro —también, ocasionalmente, el mármol, la madera o el hormigón— Aizkorbe es escultor de formas poderosas, cuyos brazos se extienden y repliegan, ganando para la escultura el espacio circundante en una rotundidad orgánica, casi orográfica, que evoca la erosión de las formaciones kársticas. Con frecuencia realiza prismas, cabezas o torsos de formas plenas y musculadas, de volúmenes centrípetos en los que juega un papel importante la luz reflejada en las superficies o detenida en los pliegues, o la alternancia entre arista viva y roma de sus cuerpos. En gran formato, puede recordar las estructuras de la arquitectura ovoidal; en algunos momentos, también el paisajismo de Barbara Hepworth, despojado de su sentimentalismo y de toda alusión figurativa, o las formas volcánicas; de hecho, una de sus piezas lleva por título Magma.

Pero junto a este Aizkorbe telúrico y expresivo, donde prima el volumen de modo manifiesto, tiene gran importancia otro de inspiración geométrica, con figuras de apariencia industrial que sugieren rodamientos, ensamblajes, etc.: un maquinismo formal que nada tiene que ver con la vertiente más cinética del futurismo y mucho, en cambio, con el productivismo ruso —aquella aspiración de Esenin, Rodchenko, etc., de convertir la tarea individual del artista en trabajo de laboratorio para el diseño industrial— libre aquí de toda aspiración utópica y tecnocrática y preocupado únicamente por una indagación espacial.

Si Chillida había recogido y homenajeado el trabajo artesanal de las tradicionales ferrerías del País Vasco —adquiriendo literalmente el oficio de uno de los maestros de la zona, como cualquier aprendiz—, Aizkorbe retoma la cultura del hierro para orientarla hacia una geometría inorgánica que se aleja a ojos vista de la herramienta de mano y se aproxima, en cambio, a la pieza de producción en serie. Esta reedición del productivismo tiene su antecedente más inmediato en las fotografías que Alberto Schommer había realizado de las empresas de Juan Huarte, donde se acumulaban ruedas, láminas, etc. en hileras virtualmente infinitas; también en Operación H, la película documental de Basterretxea, que mostraba una insistente complacencia en las formas industriales y recogía algunos elementos del cine de Eisentein —primacía del montaje como sintaxis expresiva, travelling lateral— que hacen pensar en Lo viejo y lo nuevo o El acorazado Potemkin, que se encuentran, por cierto, entre las películas favoritas de Oteiza. Pero este productivismo tiene también, aunque anecdótica, su motivación biográfica: no en vano Aizkorbe solía fundir sus esculturas en los talleres de una empresa situada, si mal no recuerdo, en Lakunza (Navarra): allí, en medio de una nave de considerables dimensiones y bajo un techo alto de uralita a dos aguas, entre el humo de los hornos y esa luz tenue con la que contrastaba el rojo vivo del hierro candente, el escultor entregaba sus moldes y seguía el proceso de fundición rodeado de las piezas que la fábrica producía a diario. Y lo hacía con un entusiasmo —el de quien contempla algo vivo— que nos remite a la épica soviética del trabajo fabril, aunque fuese como mera transformación de la materia y no de las estructuras sociales.

Por fin, y como derivación de esta vertiente industrial y contrapunto a aquella escultura más expansiva y rotunda, el Aizkorbe de los últimos ochenta y primeros noventa conoce una etapa más barroca o expresiva, donde no es ya la escultura quien invade el espacio exterior sino éste quien interpenetra el armazón: una serie de desocupaciones que parten de formas simples —el cilindro, el cono, la esfera, retomando quizá aquella reducción cezanniana de la naturaleza a elementos geométricos— y ensayan distintas aperturas, líneas de fuerza en las que luchan lo horizontal y lo vertical, produciendo a veces una torsión de la que resulta cierto movimiento. Véase, a modo de ejemplo, Columna en transformación, donde la hoquedad interior del cilindro acoge la mirada del espectador, haciendo avanzar fuera de sí, a modo de invitación, un cuerpo de sugerencias totémico-monumentales que casi hace pensar por un momento en Jacques Lipchitz. Esta desocupación de volúmenes supone, en alguna medida, una deuda con el proceso experimental neoconstructivista del Oteiza de los años cincuenta: un brillantísimo ejercicio, pleno de rigor, en el que el escultor estudiaba el comportamiento del espacio vaciado entre las formas cada vez más reducidas de la escultura; un ejercicio que a la postre y dentro de una lógica neovanguardista gemela de la de Mondrian, Gropius o Van Doesburg, llevaba a desembocar en la arquitectura como construcción de lugares, manifestación real y efectiva —y no meramente representativa— del hecho espacial.

Pues bien, el segundo de los nombres de esta lista —Ricardo Ugarte (Pasajes de San Pedro, Guipúzcoa, 1942) — comparte este interés constructivo y esa mirada hacia la arquitectura, como lo sugiere el título de muchas de sus piezas más características: Huecos habitables. Relacionado estrechamente con los miembros de la generación de la Escuela Vasca, de la que constituye en alguna medida el peldaño inmediatamente siguiente (no en vano ha expuesto varias veces con Oteiza, Basterretxea o Mendiburu), Ugarte llegó a la escultura a través de la pintura, en los últimos sesenta. Un proceso plástico que comparte con Aizkorbe o Ibarrola y, sobre todo, con Basterretxea, y que en algunos momentos recuerda muy de cerca a las composiciones del suprematismo: esos paralelogramos oscilantes, esos trapecios con aristas en fuga, la introducción del letrismo como elemento plástico… De hecho, uno de sus carteles —un homenaje a Nicolás Lekuona, pintor amigo de Oteiza muerto durante la guerra civil— contiene una referencia a los montajes fotográficos de El Lissitzky. La tercera dimensión, por tanto, estaba ya incoada desde su etapa pictórica: «en realidad —me explicaba en una conversación reciente— yo trabajaba con formas rectangulares buscando efectos de transparencia y de espacialidad; al final había que sacar eso del plano y darle corporeidad, volumen».

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En Ugarte desaparece por completo esa más o menos leve concesión a la expresividad que se atisbaba en algunos momentos en Aizkorbe. La suya es una escultura ceñida casi siempre a la pura estructura geométrica y regular, despojada de toda apariencia caprichosa o aleatoria y construida en torno a la dualidad muro-vano, evidenciando la inspiración tectónica de sus formas.

Los Huecos habitables, realizados habitualmente en hierro laminado, insisten además en un silenciamiento de las cualidades matéricas que serían más palpables, en una pura inexpresividad hierática en la que la escultura se atiene únicamente a su esencialidad espacial: un rasgo en el que Ugarte se aleja de Aizkorbe —que se situaba en una línea emparentada aquí con la de Chillida— y se aproxima en cambio a Oteiza. Eso sí, con algunas diferencias en la factura, ya que Oteiza procedía siempre por fusión de unidades livianas —esto es, por construcción o ensamblaje de láminas de chapa de hierro— mientras que Ugarte a veces moldea o pliega, provocando una leve incurvación en las aristas de sus estructuras cúbicas, que puede afirmarse son el estilema constante en su obra escultórica. Esta severidad alcanza su extremo en piezas como Cuarto de corte lateral en cruz, donde la escultura se reduce a un conjunto de planchas sobre el suelo, en un planismo horizontal cercano a los desarrollos del minimalista Cari André, pero sin su gusto por la fragmentación y recomposición de unidades.

Finalmente, Ugarte ha ensayado una pseudofiguración en series que llevan como título Estelas, Anclas, Gaztelu (Castillos) Loreas (Flores) o Aleteos, donde persiste, junto con alguna referencia levemente figural, que con frecuencia aparece como mero pretexto, un interés puramente formal en el objeto. Sus estelas son una recreación más —ensayada también por Oteiza y Basterretxea— de los monumentos discoidales que conforman la tradición iconográfica funeraria en el País Vasco. Constituidas por acumulación —a veces estratificada, a veces maclada— de cajas o cubos vacíos, provocan una circulación espacial de sentido ascendente. Los Castillos, en cambio, trabajan sobre el punto de partida de la forma de la doble T, la viga de construcción, en una verticalidad directa, explícita y monumental que contrasta con ese horizontalismo de otras piezas. Por fin, los Aleteos transforman la estaticidad perfectamente ortogonal de la forma cúbica abierta en una búsqueda de la ligereza o la ingravidez, mediante la introducción de diagonales que sugieren el vuelo del ave. Poeta de verso onírico y alucinado, en la tradición creacionista de Juan Larrea, y ensayista ocasional —ha sido Premio Ciudad de Irún y en la actualidad prepara un libro de poemas— Ugarte ha expuesto repetidamente en San Sebastián y en Bilbao; ha mostrado también su obra en Madrid, Granada, Gijón, Wiesbaden, París, Japón o Barcelona, recibiendo numerosos galardones: Medalla de Plata «Cuarto Centenario de Villafranca» (1968), Premio Autopistas del Mediterráneo (1974), Premio Gure Artea (1982) y Villa de Madrid (1986). Fue elegido escultor del año por la revista Correo del Arte en 1988.

ENTRE EL BOSQUE Y LA CASA

Cronológicamente, el siguiente escultor sobre el que conviene detenerse es José Ramón Anda (Bakaikua, Navarra, 1949). Estudiante en San Fernando y becado primero para estudiar en la Academia de España en Roma y después para la investigación en artes plásticas por el Ministerio de Cultura, Anda ha recibido el Premio Gure Artea (1984), el de las bienales de Vitoria (1978) y San Sebastián (1983), así como el Premio Nacional de Escultura Cajamadrid (1997). Ha expuesto en Bilbao, Barcelona, San Sebastián Madrid, París, etc. Mermado durante algunos años por un accidente de tráfico y molesto con algunos aspectos de la explotación comercial del mundo artístico, se prodiga muy poco en los últimos tiempos. La última y memorable exposición que conozco —en la sala Kribia de Pamplona, en 1996— tenía por título el muy significativo de Ikutzeko (para tocar) y su contenido no desdecía del rótulo: el visitante, insólita pero comprensiblemente, contaba con permiso para incorporar el tacto a su experiencia de las piezas expuestas. En fin, hombre afable y abierto, José Ramón está siempre dispuesto a ejercer de anfitrión en el estudio en que trabaja, en su Bakaikua natal: una hospitalidad de la que algunos tenemos el firme propósito de aprovecharnos con religiosa frecuencia.

La proximidad respecto de Ugarte o Aizkorbe no es sólo cronológica: como ellos, Anda afirma admirar a Chillida, Basterretxea y Mendiburu y, también como ellos, confiesa la enorme importancia que ha tenido en su faceta de escultor la personalidad de Oteiza. Esta historia personal y esta serie de filiaciones obligan a una breve explicación: como recordará el visitante de la aún reciente exposición de Cajamadrid sobre escultura contemporánea en madera, la participación vasca era notable —si no predominante— en este material. Dejando la serie de Abesti gogorra (Canto fuerte) y otras piezas de Chillida a un lado, puede decirse que la generación de los sesenta contaba con tres nombres mayores en el trabajo de la madera: Jesús Echevarría, Remigio Mendiburu y Néstor Basterretxea.

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Echevarría, afincado al otro lado de la frontera, en el País Vasco-Francés, e integrado en el grupo Orain de Vitoria en 1966, era conocido principalmente por series como Le Sacre du Printemps —en un homenaje a Stravinsky— que expuso en 1963 en la galería Gaveau de París, así como por algunas piezas —como su Harpe du Vent, una escultura musical que evocaba las arpas eólicas del siglo XVIII— que colocó en espacios públicos de algunas localidades vascofrancesas. Su tratamiento constructivo de la madera, visible en la disposición tectónica de regletas, y su expresionismo tienen cierta continuidad en la obra de Javier Santxotena (Arizkun, Navarra, 1946), que comparte con Anda el haber descubierto su faceta artística gracias a Oteiza y el proceder de una tradición artesanal familiar. Pero en su organicismo más o menos caótico y en la presencia de la naturaleza, Santxotena es también heredero del segundo nombre de la lista: Remigio Mendiburu (Fuenterrabía, Guipúzcoa, 1931-1991).

Auténtico especialista de la madera, la de Mendiburu es sin duda una de las aportaciones escultóricas más originales de aquella Escuela Vasca. Formado en las academias de San Fernando y de San Jorge y tras una estancia en París a finales de los cincuenta, Mendiburu empezó a exponer y a cosechar galardones —como el Primer Premio en el Certamen Nacional de Artes Plásticas de 1962— en los sesenta, pero quizá su momento más propio y de mayor relevancia sea su organicismo radical de los últimos setenta y los ochenta: junto con una línea que evoca las herramientas tradicionales del caserío vasco, cultivó lo que se ha llamado abstracción fisiologista en una serie de piezas de gran escala en las que los fragmentos de madera —boj y nogal, preferentemente— quedan unidos y sujetos por medio de tubillones, formando una suerte de plasma amorfo que recuerda las formas celulares en visión microscópica. Procedente del artesanado y observador de lo popular y lo natural como susceptible de valoración artística, Mendiburu ha realizado un auténtico homenaje a la naturaleza en cuanto pura materialidad viva, cambiante, en un mundo genesíaco cuyo informalismo rehúye todo concepto. La intervención del artista, que respeta aquí las formas que le vienen dadas —las curvas de los troncos y ramas, sus nódulos, sus huecos— parece limitarse a un pulido de la superficie y a un acabado que pretende detener en alguna medida esa vida mudable y sujeta a las variaciones climáticas, el transcurso del tiempo, etc. De hecho, esta sujeción determinaba la obra ya desde su gestación. «Tú no puedes ir al monte cuando te da la gana —me decía Urko, uno de los hijos de Mendiburu, en una visita a su estudio el pasado agosto— ni puedes coger madera cuando te da la gana, ni puedes cortarla cuando te da la gana». La mirada de Mendiburu, así, nos devuelve a una respetuosa comunión con la naturaleza, a la que el artista declina doblegar a favor de cualquier gestualismo.

Por fin, Néstor Basterretxea (Bermeo, Vizcaya, 1924). Pintor en la línea de los muralistas mexicanos en un principio y cultivador de un racionalismo experimental a partir de los últimos cincuenta, Basterretxea llegó a la escultura por un proceso semejante al que Ugarte explicaba algunas páginas atrás, hasta desembocar durante los setenta en la Serie cosmogónica vasca: un conjunto de figuras abstractas, con cierto aire de «personaje» a veces, que recrean los elementos más recurrentes de la mitología vasca: Gaueko, el dios de la noche; Mari, una deidad femenina a quien se atribuyen las tormentas; los intxitxus o duendes maliciosos, etc. Una serie en la que la madera es omnipresente y en donde el racionalismo espacial de la década anterior cede su puesto a un expresionismo atávico y pseudonarrativo cuyo propósito me explicaba hace años, en una entrevista, el propio Néstor: «yo me preguntaba por la naturaleza de los mitos como algo que conforma la conciencia colectiva, que ha determinado una mentalidad popular, un poco en la línea de Jung, y de hecho consulté en algún momento con Barandiarán; no es que nosotros creamos hoy en esas cosas, pero sí es cierto que han gravitado sobre la percepción del mundo de nuestros antepasados, lo que los hace muy reales. Por otra parte, yo me rebelaba ante su invisibilidad: me parece admirable haber creado una lengua, pero ¿dónde estaban las imágenes?».

No es difícil contemplar una cierta imago mundi en estas propuestas plásticas: si Mendiburu estudiaba la naturaleza desde un punto de vista morfológico, Basterretxea la contempla poblada de deidades y de una irracionalidad mágica que tiene su fuente en el acervo popular. Este cultualismo tiene muy poco que ver con el trabajo de Anda, pero sí es cierto que el redescubrimiento de la madera en Echeberría, el perfecto acabado de Mendiburu y la labor de Basterretxea en el mundo del diseño industrial suponen un antecedente de algunos aspectos de la obra de Anda. Por un lado, como Mendiburu, Anda procede de una tradición familiar en la artesanía de la madera —su padre era un consumado ebanista— y se ha interesado por las formas de los instrumentos cotidianos del mundo rural; por otro, ha realizado piezas para mobiliario y de hecho concibe algunos de sus trabajos como un estadio intermedio entre el diseño y la escultura. «A veces —explica— quiero que las piezas tengan  una función. En la escultura me gusta que tenga terreno lo ambiguo. Es algo entre la escultura y el mueble». Elogio de la humildad del artesano y rechazo de la grandilocuencia que a veces acompaña al Arte con mayúsculas, la obra de Anda sobresale por un dominio de la materia que resulta sencillamente apabullante y por una exquisita atención a los acabados —realizados habitualmente con sosa cáustica y chorro de agua— que dan una tonalidad rojiza a la superficie y subrayan el carácter objetual de la pieza. Lo que de expresionista u organicista tenía Santxotena en la rugosidad con que se explicitaba el material, tiene Anda de espiritualización de la madera; lo que tenían Mendiburu y Basterretxea de rotundo lo tiene de deliciosamente lúdico o sutil, insinuando a veces un preciosismo que logra rehuir todo aparato o complacencia. Esa simplificación formal y ese pulido de las superficies hace pensar, cómo no, en Brancusi o en Hans Arp; pero el desarrollo de formas geométricas y su interrelación, su capacidad de crear mundos formalmente autárquicos, debe mucho al Max Bill de —por ejemplo— Endless Ribbon, a quien Anda confiesa admirar. Es decir, que la sujeción a las exigencias naturales de material, que quedaba manifiesta en Mendiburu, es aquí silenciada en aras de una máxima depuración: la ideación de la pieza demuestra su preponderancia y su ejecución se demora, como comenta el propio escultor, hasta que el material se encuentra en unas condiciones —maduración, humedad, etc. — en las que es más fácil el control del proceso. Así, cabe revisar la etiquetología y sugerir que en Anda hay un cierto organicismo, pero no en el sentido de Mendiburu o Santxotena —esto es, como manifestación desbordada y prerracional del instinto del artista y de la voluntad de la propia materia— sino en el que tiene la palabra en el ámbito anglosajón, desde finales del siglo XVIII: es orgánico lo que configura un sistema vivo y que se desarrolla a partir de una idea germinal, no por mera adición o yuxtaposición de fragmentos. Esto es, es orgánico lo opuesto a lo mecánico.

El Dreyer invisible

Hasta el final de su vida el director de orquesta Sergiu Celibidache defendió la idea de que la música no nace en el instante en que la batuta da la entrada a los intérpretes, sino antes de que éstos ejecuten la primera nota. Para Celibidache, el silencio que precede al concierto era la condición material a partir de la cual debía nacer el sonido, entendido éste como una prolongación de aquél y no como la abrupta frontera que separa dos realidades. Algunos siglos antes, el exaltado pintor de La obra maestra desconocida, de Balzac, quiso persuadirnos de que su gran cuadro anidaba en la entraña material del lienzo. Imaginaba el artista que había hecho aflorar de la nada el gracioso motivo femenino, en realidad invisible, puesto que se confundía con la densa trama de manchas y líneas insinuadas sobre la superficie de la tela.

Cuando se inicia una película de Carl Theodor Dreyer tenemos la impresión de que la historia ha comenzado mucho antes. Dies lrae y Gertrud ya están en marcha cuando el foco del operador ilumina la primera escena; ambas películas surgen de un discreto movimiento actoral que se prolonga en el tiempo hasta dar curso a la historia. Una puerta se abre en Dos seres y de esa célula brota una ficción perfectamente organizada. Qué decir de Ordet. Toda la película nacerá de una sutil panorámica sobre el paramento de la granja que, a su vez, se comunicará al lecho vacío de Johannes y de éste a las landas jutlandesas, como una frase musical que busca su desarrollo sinfónico a través del espacio y del tiempo.

El peculiar universo del director danés se formaliza ante nuestros ojos como si hubiera salido de la oscuridad primordial. Sobre la pantalla surge de pronto una mancha de luz y la imagen crece hasta convertirse en un fragmento de vida. Pronto adivinamos que bajo esta realidad hay otra que preexiste y discurre por el surco latente de la ficción. Se trata de un mundo invisible formado por recuerdos, personas ausentes y elementos tácitos que, lejos de volatilizarse, afloran constantemente a la representación, como parte fundamental de ella. Es de ese limbo o trastienda de la que voy a hablar.  No convien engañarse respecto a la dificultad del cine de Dreyer. Todo cuanto se ve y se escucha en sus películas es comprensible. Lo que lo hace tan complejo, fascinante y misterioso —al margen de su belleza plástica, sin parangón en el arte moderno— es la intrigante capacidad del director para hacer que el alma humana, con sus alegrías, humores y angustias, transite por las austeras imágenes de sus películas, haciéndonos ver lo impalpable en el mundo tangible. Una de las claves del misterio dreyeriano reside, precisamente, en el gran peso dramático que adquiere todo aquello que en apariencia no se ve, pero que gravita en torno a los personajes.

Al comienzo de su carrera de director, cuando rodó El presidente y Páginas del libro de Satanás, Dreyer se obligaba a meter en sus películas todo lo que le había servido para prepararlas. Detrás de cada imagen podíamos ver al novicio afanado en su concienzuda labor de documentación. Con un coraje y ardor típicamente juveniles, el discípulo de Sjostróm y Griffith mostraba sus credenciales por medio de fórmulas alambicadas, malabarismos temporales y una visión dramática de fuerte raigambre naturalista. Un poco más tarde, concretamente a partir de La viuda del pastor, Dreyer renunció a las exhibiciones de fuerza. Siguió preparando sus películas al milímetro y nunca dejó un solo detalle al azar, pero abandonó la idea de abrumar al espectador con informaciones que éste no podía asumir en su totalidad. Se desprendió de todo lo que no le era necesario y empezó a observar el principio de austeridad que marcaría toda su obra posterior.

Lo que distingue al maestro danés de otros grandes directores ascéticos es el valor de sus elecciones. Dreyer integra en una misma entidad fílmica lo escogido y lo desechado, presentando dos realidades de las cuales sólo una es perceptible en primer grado. Cuando Mizoguchi oculta el sacrificio colectivo de los fieles samurais del clan Akó o el triunfal asalto a la fortaleza de Kira en Los 47 Ronin, casi paladeamos el sabor de esa renuncia. El mismo pudor nos comunica Bresson en las justas de Lancelot du Lac, donde la cámara se sitúa literalmente a los pies de los caballos para no contaminar al espectador con la espectacularidad del combate. Tanto en el oriental como en el francés la acción pasa a convertirse en un fantasma; asistimos a un ritual desintegrador en el que el hecho de armas es aludido mediante procedimientos que contribuyen a extrañarlo como objeto de la representación. Ese tipo de evidencias también son recusadas por Dreyer, cuya mirada, no obstante, busca indagar positivamente en la trastienda de la escena filmada, en su realidad latente. Por ello estimo que su arte está más próximo a la pintura flamenca y a los maestros holandeses de la escuela de Delft.

Veamos un ejemplo. Al contemplar una de las escenas domésticas pintadas por Rembrandt, Retrato de Anslo y una discípula o El armador y su esposa, percibimos cómo toda una época, con su orden político, leyes económicas y usos sociales, bulle alrededor de los personajes, cuya pálida luz humana destaca sobre las tinieblas del cuarto. En apariencia son obras de género, meras estampas al servicio de los dignatarios comerciales y religiosos; no proporcionan otra noticia de los sujetos que la humilde escena encerrada en los límites del lienzo. Pero el genio de Rembrandt se cierra sobre el motivo escogido y le añade un sentido que trasciende al tema, comunicándonos la experiencia de vida alojada en el corazón de la obra. Así, en el primero de dichos cuadros se detecta el gusto por la enseñanza de la religión en un hogar habitado por la palabra de Dios, y en el segundo la expectación, mezcla de enojo y perplejidad, que suscita en el armador la entrega del inquietante mensaje tras un largo y confortable matrimonio, no exento de sobresaltos. Es este tipo de sensaciones implícitas las que procura el cine de Dreyer, donde lo aparente y lo invisible, lo tangible y lo impalpable, lo audible y lo imperceptible, dialogan en secreto hasta decantar el sentido de cada escena.

Heredero de los maestros antiguos, Dreyer logra, como Rembrandt, que lo incorpóreo adquiera una resonancia y una importancia parejas a la del mundo visible. El autor de Gertrud concebía sus películas como enigmas espirituales, pero ese misterio, lejos de aletear en alturas inaccesibles, remotas, nace de una sensualidad primaria, hecha de carne y fuego, del fango terrestre, modelado con las manos amorosas de un orfebre aliado con las fuerzas sobrenaturales.

LA OMISIÓN COMO REGLA

En la obra de madurez de Dreyer existen numerosos ejemplos de información elidida. Menudean los aspectos sobreentendidos, cosas sobre las que el director no cree necesario hablar o de las que prescinde en el rodaje, bien por considerarlas supérfluas o porque no aportan nada a la película. Ello no impide que el elemento amputado salga de vez en cuando a la luz, reclame su protagonismo y se deje escuchar, no como ruido de fondo, sino de manera sutil, como un susurro bajo la corriente de un río.

En La Pasión de Juana de Arco se nos oculta, por ejemplo, todo el trasfondo histórico, que Dreyer da por sabido. La historia de la Doncella, su relación con el Delfín, las batallas que ganó para Francia y el modo en que fue hecha prisionera por las fuerzas anglófilas no tienen cabida en la película, cuyo autor, empeñado en pulir al máximo su obra, también oculta las identidades de los clérigos que forman el tribunal de Rouen. Cardenales, obispos, deanes, instructores, diáconos, abades, secretarios, doctores y bachilleres: todos integran una institución anónima. Un etcétera. Juana se enfrenta a una corporación multifacética cuyo violento vocabulario excluye el nombre de quienes lo forman.

Si este elemento es muy llamativo, no lo es menos la forma en la que Dreyer articula el proceso de Juana de Arco, en el fondo un sádico cuento infantil donde se nos narra la aventura de una virgen prisionera en el castillo del ogro. El maestro danés soslaya sistemáticamente el espacio fílmico que media entre los clérigos y la acusada en las sesiones del juicio. A lo largo de la vista, el diálogo visual se produce a través de distancias intermedias que Dreyer obvia para sugerir el abismo —no sólo físico— que separa a Juana de sus jueces. Dónde están situados unos y otra carece de importancia. Interesa, en cambio, el constante presagio de un vacío exterminador, el descalabro de la mirada ante el anuncio de la mutilación física, de la extinción corporal, pánico que Falconetti expresa por medio de lágrimas y miradas ansiosas que el director inscribe en un espacio sin historia, en un limbo poblado por máscaras procaces y rostros de tumulto.

Pese al gran trabajo escenográfico que sostiene La Pasión de Juana de Arco, Dreyer renuncia a mostrar en su totalidad los decorados. En otras ocasiones fue más lejos y evitó filmar los exteriores de los edificios que con tanto escrúpulo mandaba construir. Por culpa de esta fobia nunca sabremos cómo son, por fuera, la mansión del pintor Zoret en Mikael, ni el exiguo hogar de los Frandsen en Honrarás a tu esposa, ni el apartamento donde transcurre Dos seres, tampoco el domicilio conyugal de Gertrud; sin embargo, los interiores se nos muestran con todo lujo de detalles, como si al director sólo le interesara el ámbito privado de sus personajes.

Tanto en Mikael como en Dos seres, el mundo exterior —entrevisto por una ventana al comienzo de la segunda película— representa una amenaza. El maduro pintor Claude Zoret, protector de Mikael, teme que un soplo mundano entre por las ventanas de su mansión, contamine su aire exquisito y destruya las formas apolíneas con las que sus sentidos se recrean en la hora final. En las películas realizadas durante la guerra, la amenaza viene dado por ruidos y voces en off procedentes de la calle. La sirena de policía que se escucha al final de Dos seres tiene el mismo valor dramático que la trápala cuyo clamor pone sobre aviso a Marte Herlofs al inicio de Dies Irae. Otro director menos seguro de sí habría necesitado mostrar el coche celular, a la turba agolpándose en la puerta de la aldeana. Dreyer no. Toma siempre el camino menos convencional y propone soluciones de mayor calado artístico.

Vampyr está poblada por criaturas de las que nada sabemos. Al final de la película recordamos mejor el itinerario fantástico de la cámara que el viaje iniciático emprendido por el anodino protagonista, cuyo interés por lo esotérico se nos antoja poco creíble. Por primera y única vez, Dreyer vacía de psicología a sus personajes, convertidos en sonámbulos, figuras de un sueño macabro en el que la mirada inteligente de la cámara espía los terribles manjares que se ofrecen a la vista.

En Ordet, la segunda fuga de Johannes no precisa de una explicación ulterior. Hubiera sido hermoso que Dreyer, siguiendo el ejemplo de Molander, recortara a su atormentado personaje contra un fondo de olas embravecidas, arrodillado sobre las dunas. Esas imágenes no hubieran desentonado en el conjunto de la película y habrían satisfecho la curiosidad del público. Sin embargo, Dreyer renuncia a filmar el episodio, sustituido por la vana pesquisa de sus familiares, que en la hora más crítica vuelven a salir en su busca. El espectador nunca sabrá adonde fue a parar el místico Johannes ni qué bálsamo le devolvió la lucidez. Su peregrinaje es un enigma. Pero ese desconocimiento constituye una de las grandes bazas de la película, cuya historia está pautada por las sucesivas apariciones y mutis del personaje. No en vano ese sagaz espectador llamado Bernardo Sánchez, padre teatral de El verdugo, ha calificado esta película de «vodevil grave».

Cuando Gertrud arranca, estamos dispuestos a vivir la emocionante odisea de una mujer que defiende su libertad erótica frente a los mecanismos represivos de una sociedad hipócrita. Ese es, al menos, el programa manejado por una mayoría de espectadores. Además, el dramaturgo sueco Hjalmar Sóderberg, autor del original, presta a su adaptador una bonita excusa en forma de maridos cotillas, burgueses maledicentes y mujerucas necias, el coro de malas lenguas que acude al homenaje del poeta Gabriel Lidman procedente del teatro de Ibsen. Dreyer no quiere que las oigamos. Su personaje no necesita coartadas. Todo lo que la buena sociedad piensa de ella está implícito en su conducta, en su educación, en sus maneras, en la forma que tiene de eludir a su marido o en el silencio escogido para despedir a su amante tras la amarga explicación que ambos tienen en los jardines de Vallф.

LA MADRE OCULTA

Gertrud, 1964, la última película de Charl Th. Dreyer

Cari Dreyer perdió a su madre en trágicas circunstancias. Antes de que cumpliera dos años, una ingestión de fósforo acabó con la vida de la gobernanta sueca Josephine Nilsson y con la del ser que llevaba en sus entrañas; unos meses antes, el futuro director, hermano del hijo abortado, era adoptado por un matrimonio obrero de Copenhague que le dio su apellido. En resumen, Dreyer nunca conoció a su madre. Toda la memoria que pudo con servar de ella fue el calor de su pecho y de sus manos, el vago recuerdo de un bebé, todavía ajeno a la tragedia vivida. Frente a esta fugaz reminiscencia, el director tenía dos caminos: el rechazo o la idealización. Por los datos biográficos de que disponemos, la segunda opción triunfó sobre la primera, pero su cine aporta una información mucho más valiosa.

Dreyer oscila entre dos concepciones de la madre. Por un lado, la vieja matriarca, dura, agria, inflexible, severa, arpía doméstica con un feroz ramalazo de bruja; por otro, la bella madre, abnegada y triste, voluntariosa y discreta, poseedora de un secreto fuego que arde en la entraña más recóndita y femenina de su ser. En el primer grupo se inscriben la fru Margarete de La viuda del pastor, Mads en Honrarás a tu esposa, la Marguerite Chopin de Vampyr, Merete en Dies Irae y la madre de Kanning en Gertrud. En el segundo cabrían la Siri de Páginas del libro de Satanás, Ida en Honrarás a tu esposa, Inger en Ordet y Gertrud en el drama final del director (puesto que en el original de Sóderberg la protagonista ha perdido al hijo que esperaba, dato que Dreyer oculta al espectador). Por lo general, las mujeres del primer grupo doblan en edad a las del segundo, que ya no son jóvenes o que han dejado de serlo por distintos avatares. Climaterio y fecundidad marcan los dos polos de esta visión femenina.

Pero hay otras tres mujeres que Dreyer sitúa en la frontera invisible de dichos grupos. Las tres han expirado mucho antes de que las historias se inicien. Han muerto, pero ello no quiere decir que estén ausentes. Una es la madre de las dos hermanas de Vampyr, mujer de la que nada se dice a lo largo de la película, pero cuya piadosa presencia se adivina en todos y cada uno de los decorados de la mansión de Courtempierre, colmados de ménsulas, tapices, vidrieras y objetos de devoción. Otra es la madre de Anne en Dies Irae, de la que sí se habla, entre otros motivos, porque la sombra vacilante de sus hechicerías planea sobre la inteligencia de su hija, siempre en la supersticiosa opinión de quienes la llevan a la hoguera y a veces, incluso, en la suya propia.

Majestuosa invención, pero también cuento de hadas, Vampyr evoca de manera misteriosa a esa madre ida que sólo ha dejado en herencia un viudo, dos hijas lunáticas, recuerdos de su piedad religiosa y una casa desolada. Su presencia incorpórea es extremadamente frágil y de ello se aprovecha la bruja del lugar, que fuera de campo incita a una de las huérfanas, la vampirizada Léone, a aceptarla por madrastra por medio de un estremecedor sortilegio en el que le solicita que se convierta a una única sangre y a una sola alma.

Algo parecido le pide la hechicera Marte Herlofs a Anne Pedersdotter. Las palabras que emplea son más ordinarias que las utilizadas por el vampiro, pero no menos inquietantes. Perseguida por el alguacil, la anciana le pide a la joven que la esconda en su casa so pretexto de que también la madre de Anne fue acusada de brujería. Anne duda, por lo que Marte se ve obligada a recordarle que la joven ha esquivado al verdugo gracias a su matrimonio con el pastor Absalon. Es evidente que Marte, en su desesperación, trata de que Anne se una a su suerte, apelando a una complicidad moral frente a las calumnias del populacho. De hecho, le sugiere la idea de que quien le implora podría ser su madre rediviva y, si se diera el caso, la propia muchacha, ya que «puede llegar un día en que también tú necesites auxilio».

Hay una tercera madre muerta de la que nunca se habla. Reside en Ordet y de su persona tenemos noticia a través de la conversación, aparentemente intrascendente, que Inger y su suegro mantienen sobre el amor conyugal. Respecto a esa mujer, el viudo Morten asegura que la amó sinceramente mientras que su nuera, cuyo pudor la obliga a disculparse de inmediato, insinúa que para el marido sólo fue un bastón en el que apoyarse. Tras ese reproche hay un fondo de verdad. En sus gestos y manías, en sus accesos de cólera, en sus dudas, en su socarronería, el personaje del patriarca lleva implícita la huella de su esposa fallecida, a cuya tutela no ha escapado del todo. Aunque le cueste reconocerlo, sin ella le ha sido más difícil vivir; y si no la echa más en falta se debe a que Inger, con su constante quehacer, se ocupa de él, le atiende y, entre café y café, mientras los hermanos están fuera, cubre sus necesidades elementales. Johannes la recuerda de otro modo. Tiene a su madre en el cielo y eso representa para él la mayor de las bendiciones. Así se lo participa a su sobrinita durante la memorable secuencia en que ésta le solicita la resurrección de su madre. La cámara realiza un movimiento envolvente sobre los personajes y en el curso de su desplazamiento, justo cuando Johannes menciona a la difunta, su retrato aparece al fondo de la habitación. Se trata de una típica coincidencia dreyeriana, esto es, nada casual.

En otras películas la madre se va para que Dreyer, sumo prestigitador, haga posible su regreso. El ejemplo más notorio es Ordet. La muerte de Inger en la mesa de partos adquiere proporciones de cataclismo para la familia Borgen, pero su resurrección sana todas las heridas, reconcilia a los enemigos, devuelve la fe a sus deudos y restablece la armonía original.

Quienes admiren esta película deben recordar que el director ya había hecho esfumarse a la madre en Honrarás a tu esposa, película gemela de Ordet. Allí, Ida Frandsen abandona el hogar para que tome su puesto la anciana nodriza Mads. No sin apuros, ésta impone su severa disciplina al tiránico padre de familia, quien acaba por implorar el regreso de la esposa maltratada. Asistimos, de hecho, a un ensayo de la muerte. Mediante la sustitución de la esposa por la nodriza, ambas mujeres hacen probar al sátrapa la hiél del abandono: lo convierten en viudo para que advierta el decisivo papel que su mujer desempeñaba en el ámbito doméstico. Cuando Ida regresa, las aguas vuelven a su cauce y la paz (esa paz que no existía mientras ella vivió) queda milagrosamente restablecida. En ambas películas, la puesta en marcha del reloj de pared equivale al inicio de un nuevo ciclo de vida en el seno de la familia.

DE LA BASE A LA CÚSPIDE

Por último, quiero detenerme en dos secuencias que estimo cruciales para comprender el grado de depuración formal que Dreyer alcanza a partir de elementos elididos. Se trata de dos escenas en cámara ardiente, presididas por las formas oblongas de sendos ataúdes. Me refiero a los desenlaces de Dies Irae y Ordet.

Dreyer prescinde de los planos de conjunto en la construcción de ambos finales. En vez de elaborar panorámicas, divide el espacio de ficción en secciones o grupos de sentido, identificados con determinados personajes y, en ocasiones, con estados de ánimo que varían a lo largo del episodio. Las dos escenas descansan sobre una base común: la composición horizontal cuyo eje viene determinado por la perpendicular del féretro. A partir de ese ideograma el director realiza una selección de los motivos expuestos a lo largo de la película. Mediante largos pero calculados movimientos, Dreyer remueve en su cedazo los temas propuestos y los va cribando hasta llegar a una imagen pura que constituirá el cénit de su obra. Su apoteosis.

En la película rodada durante la ocupación alemana, la puesta en escena se articula mediante figuras geométricas que se van excluyendo entre sí. Si repasamos la secuencia final de Dies Irae, vemos que el funeral de Absalon es introducido mediante un completo movimiento circular por medio del cual vemos a los miembros de una escolanía portando velas y cantando un himno fúnebre. Del círculo pasamos al cuadrado (los sucesivos planos «pendulares» dedicados a los circunstantes) y de éste al triángulo, ejemplificado por el significativo desplazamiento que Martin realiza desde la posición que ocupa junto a Anne hasta el asiento de su abuela después de bordear el féretro donde yace su padre, metáfora diáfana de la traición amorosa del personaje, ganado finalmente para la superstición. Como ya revelé en mi estudio sobre el director, el movimiento escénico que dibuja Martin no es sino la figura invertida de la cruz protestante, cuyo espectro techado cierra la película.

Es importante señalar que, en esta sucesión de figuras, viñetas y cuadros, Dreyer va descartando elementos: primero los niños de la escolanía, después los hombres de iglesia, más tarde el obispo y los deudos de Absalon, hasta que por último se queda con Anne, a la que aisla en un bello plano donde sólo tienen cabida sus palabras de dolor, sus lágrimas y, de fondo, una fantasmal voz infantil que entona un canto ingrávido. El entorno humano que envolvía al personaje ha desaparecido; únicamente resplandece su solitaria, vacilante luz.

Doce años después, el director repite la idea con ocasión del sepelio de Inger Borgen. Hubiera sido más impactante para la plástica de Ordet que Dreyer escogiese un punto de vista general para contar la escena, perspectiva que se corresponde con las fotografías más divulgadas de esta escena en la que podemos ver, al igual que en Dies Irae, a los miembros del reparto ocupando lugares atractivos dentro de la escenografía, simétricamente dividida por el catafalco. Pero esas imágenes (quizá tomadas en el rodaje o extraídas de los descartes) han quedado para los libros.

Dreyer rueda su escena a partir de secciones que van alternándose y descartándose hasta llegar a la cúspide de la construcción fílmica. De nuevo encontramos los planos pendulares que nos llevan de un personaje a otro, de Peter llegando «con el perdón en los labios» a Mikkel desdeñando su clemencia; de Anders y Anne, quienes pasan por detrás del inconsolable viudo, al patriarca Morten, cuya fe se resquebraja con el paso de los minutos.

Nada está dejado al azar. Dreyer empareja con suma agudeza a sus personajes: por un lado, Morten y Peter, que van a reunirse en la fe de un Dios idéntico e inmutable, el Dios de los patriarcas bíblicos; por otro, Anders y Anne, prometidos en su feliz rincón, dándose luz mutuamente; también el médico y el párroco, a cuyas espaldas aparece la tapa del féretro que debe cubrir a Inger (la ciencia y la religión, impotentes frente al hecho irreversible de la muerte, dispuestas a despachar juntas al cadáver, alineadas en el trámite formal de la extinción); por último, Johannes y la pequeña Maren, enfrentando el ataúd con su credo inocente y vigoroso, ocupando el lugar reservado a la fe.

Después de estas sutiles combinaciones, y al igual que en Dies Irae, Dreyer lo reduce todo a una sola imagen. Obrado el milagro, Johannes va a salir del cuadro e intuimos, por la lógica del montaje, que en la siguiente imagen se reunirá con Inger ofreciéndose como supremo redentor y enviado divino. No es así. El peregrino parte por última vez. Su lugar lo toma el incrédulo Mikkel, quien invade el plano para abrazarse a su esposa rediviva. Para volver a abrazar, en el amor de su mujer, la fe de sus padres.

Para Dreyer, el cuadro cinematográfico era lo más parecido al aposento de un hombre, ese hombre cuya personalidad podía conocerse entrando en su habitación, según refería a propósito de Vampyr. Pero es evidente que la vida de sus películas no se limita sólo a los hechos que suceden dentro de esa área acotada. Alrededor vibran fuerzas invisibles, fenómenos que penetran de forma sutil en el alma de los personajes y también en la nuestra, espectadores convidados al festín metafísico.

Por eso creo que en el cine de este director irrepetible no toda la información está contenida en el plano, sino que a veces se encuentra más allá de él. Lo que se ve y lo que no pertenecen a esferas que Dreyer condensa en una sola realidad. El modo en el que ambas se tocan dentro de la ficción es lo que hace su obra tan próxima a los misterios cotidianos.

Porque ¿quién puede asegurarnos que hemos abandonado nuestra casa por el mero hecho de cruzar el umbral de la puerta? ¿La hemos dejado atrás o, en nuestra ausencia, hay una parte de nosotros que permanece junto a los objetos familiares, custodiando la memoria inextinguible de nuestros actos? Dreyer dio una sabia respuesta a través de su cine. Cada encuadre es una habitación llena de vida, una vida que, además, no ha surgido por medios artificiales, resultado de la mimesis alcanzada a través de la recreación técnica de la naturaleza conocida. No. Como en los cuadros de Rembrandt o Vermeer, podemos sentir que detrás de cada pincelada hay una verdad espontánea, inefable, un pequeño milagro ante el que nuestra mirada se regocija. En ese misterio se reconoce a la obra de arte. Ya no los personajes sino las personas evolucionan en una habitación arcana, y, cada vez que entramos en ella, nos sorprendemos con cosas en las que no habíamos reparado, aspectos ignorados, presencias que habían pasado inadvertidas para nosotros y que, de repente, nos rozan con su dedo extraño, señalándonos el sutil camino que conduce hacia un mundo desconocido, ese más allá en el que los humanos vivíamos sin saberlo.

F I L M O G R A F Í A  D E  C .  T H .  D R E Y E R

1918:  PRAESIDENTEN  (EL PRESIDENTE)
1919:  BLADE  AF  SATANS  BOG  (PÁGINAS DEL LIBRO DE SATANÁS)
1920:  PRÄSTÄNKAN  (LA VIUDA DEL PASTOR)
1921:  DIE  GEZEICHNETEN  (LOS ESTIGMATIZADOS)
1922:  DER  VAR  ENGANG  (ÉRASE UNA VEZ)
1924:  MIKAEL
1925:  DU  SKAL  AERE  DIN  HUSTRU  (HONRARÁS A TU ESPOSA)
1925:  GLOMDALSBRUDEN  (LA NOVIA DE GLOMDAL)
1927-28:  LA  PASSION  DE  JEANNE  D’ARC  (LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO)
1930-31:  VAMPYR
1943:  VREDENS  DAG  (DIES IRAE)
1944:  TVÁ  MÄNNISKOR  (DOS SERES)
1954:  ORDET  (ORDET/LA PALABRA)
1964:  GERTRUD

The Klemperer Legacy

 

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Heredero de la tradición de grandes directores de orquesta alemanes del s.XIX, Otto Klemperer se convirtió en uno de los más destacados del s.XX, junto a Furtwängler, Scherchen, Böhm, Toscanini, Walter o Karajan. Coinciden todos en una etapa de gran desarrollo sinfónico que marcó el devenir musical en Europa, con la creación de importantes orquestas y de ciclos y festivales de música, junto al afianzamiento de los grupos ya existentes y de los actos musicales de mayor arraigo. Pero también son los primeros protagonistas de la industria discográfica que empezaba a despegar. Esas primeras grabaciones de bastante calidad, realizadas desde el final de la guerra y hasta los años 60, se convirtieron en las versiones de referencia para muchos aficionados de entonces y continúan siéndolo para los de hoy.

El Legado Klemperer que publica EMI, recoge, entre otras, las grabaciones de obras de Mozart que este director registró entre 1956 y 1965 al frente de la Orquesta Philarmonia.

Eran unos años de gran plenitud artística de Klemperer. Por aquel entonces ya era un hombre maduro que dirigía sentado, debido a la parálisis parcial que le sobrevino a la extirpación de un tumor cerebral en 1939. Esta tremenda circunstancia eno le impidió incorporarse poco a poco a una intensa y fructífera actividad, dirigiendo las más célebres orquestas europeas, y recuperar el lugar destacado que había ocupado antes de su enfermedad.

El de Klemperer es un Mozart muy bien hecho. Con la frescura y gracia tan características de esta música pero además con la profundidad que requiere. Su trabajo, de gran trasparencia, sin duda realza las obras mozartianas. A través de estas grabaciones, magníficamente recuperadas para el oyente de hoy, Klemperer nos revela nuevos aspectos de la música de Mozart.

Oblómov, diagnostico de una patologia estamental

En el fértil 1847 (entre otras, vieron la luz Fragmentos de correspondencia con los amigos, la última obra de Gógol; ¿De quién es la culpa?, de Herzen; Apuntes de un cazador, de Turguénev y, anticipándose un año a esta fecha, Pobres gentes, de Dostoievski), publicaba Iván A. Goncharov (1812-1891) su primera gran novela. Con el título Una historia corriente, en ella presentaba un personaje que acabaría OBLÓMOV siendo héroe paradigmático de la literatura de la época -la de los llamados «años cuarenta»- y que se conocería por el calificativo de «hombre superfluo» (el calificativo fue acuñado por Turguénev en 1850, en su relato titulado Diario de un hombre superfluo).

Aleksandr Adúiev, el anodino protagonista de Una historia corriente, era típico representante de una clase terrateniente ya de por sí ociosa, cuya única actividad vital consistía en el dolce far niente. Y mantiene ese carácter durante todos los capítulos de la novela, hasta que, en poco más de tres páginas del epílogo, su creador lo convertía en un activo, sensato y pragmático hombre positivista, en contraste con el Adúiev anterior -un simple «animal romántico»-.

Tan súbita -y no poco artificial- transformación del personaje disgustó sobremanera al genial crítico Vissarión G. Belinski (1811-1848), quien, en un resonante artículo del mismo año 1847 (y en aquella época todos sus artículos lo eran: lo que Belinski decía iba a misa, al menos en los medios de la intelliguentsia), reprochaba a Goncharov tamaño desacierto y se lamentaba de que el escritor, en vez de convertir a su héroe en un ser utilitarista, no lo hubiese dejado sumido durante el resto de su vida en esa pereza e indiferencia absoluta que tan natural y convincente resultaba en la novela.

Aunque con doce años de retraso (o diez, si tomamos en cuenta el Sueño de Oblómov, relato que se vería incorporado a la novela y que data de 1849), Goncharov acabó haciendo caso al crítico y, en 1859, publicó Oblómov. En los más de ciento cuarenta años que han pasado desde la fecha de aquella memorable publicación, en ningún momento ha dejado la novela de despertar un gran interés. Fiel público lector aparte, se han vertido auténticos ríos de tinta crítica ya sobre el «arte puro» goncharoviano, ya sobre su «realismo crítico», ya sobre la patología que representa su héroe (o, más bien, antihéroe). Y a pesar de todo ese importante despliegue de talento analítico salido de las mentes más preclaras de los siglos XIX y XX (notorio el caso de Beckett, admirador incondicional de la novela); el ensayo de Nikolái A. Dobroliúbov (1836-1861), ¿Qué es el oblomovismo?, sigue siendo el punto de referencia clave para el estudio de Oblómov. Publicado en el núm. 5 del mismo 1859 en El Contemporáneo y reimpreso inmediatamente por las Notas patrias (ambas revistas, de suma relevancia en lo que a la creación del estado de la opinión pública se refiere), se trata de un ensayo escrito desde la empatia y que penetra hasta tal punto en el tejido de la novela que, finalmente, ha acabado por formar cuerpo con ella. Tanto, que hoy podemos afirmar que Oblómov es la obra de Goncharov más ¿Qué es el oblomovismo? de Dobroliúbov. Al tratarse de un texto sin traducción española hasta la fecha, sirvan estas líneas como una especie de muleta traductológica para todos aquellos lectores amantes de la literatura goncharoviana, y por extensión de la rusa que, mientras esperan a que alguna editorial se interese por la obra de Dobroliúbov, deseen conocer (aunque no sea más que dentro de los límites que permite una publicación periódica) las ideas y reflexiones que el célebre crítico ruso expuso en su fundamental artículo.

Encabeza el ensayo dobroliuboviano un lema que no es sino un fragmento, ligeramente modificado, de las Almas muertas, de Gógol; más exactamente, del primer capítulo de su inconclusa II Parte (arrojada por el mismo autor a las llamas). La elección del lema, lejos de deberse a una casualidad o un capricho, obedece al hecho de que, precisamente en la II Parte de su magna obra, Gógol pinta el retrato de un haragán empedernido, un terrateniente apellidado Tentétnikov que fracasa en toda acción que se propone y del que sale en línea recta el inolvidable Oblómov. Reza dicho lema lo siguiente:

«¿Dónde está la persona capaz de decir en la lengua materna del alma rusa la todopoderosa palabra ¡adelante!? Los siglos suceden a los siglos, medio millón de vagos, haraganes e idiotas duermen sumidos en un sueño profundísimo, y rara vez nace en Rusia hombre capaz de pronunciarla… ».

Tras constatar que la I Parte de Oblómov se ha antojado aburrida a gran parte del público ruso «porque hasta el final el héroe sigue tumbado en el mismo sofá en que lo sorprendió el principio del primer capítulo» y arremeter contra unos lectores «que se han acostumbrado a considerar toda creación poética como un juego y a juzgar las obras literarias en función de la primera impresión», Dobroliúbov explica la razón que lo ha llevado a escribir «no acerca de Oblómov -cosa que con toda seguridad le reprocharían los críticos auténticos (léase esteticistas)- sino con motivo de Oblómov», a saber: extraer una lectura crítica de una obra cuyo autor no pretendía tal cosa. (No olvidemos que Goncharov, censor durante más de una década al servicio de la administración se consideraba, y no del todo sin razón, representante de la escuela del «arte puro», muy alejado de la literatura de compromiso social, la cual, a su vez, reivindicaban los demócratas revolucionarios a los que pertenecía Dobroliúbov).

Sigue a continuación un análisis de la manera de novelar de Goncharov quien, a diferencia de Turguénev, siempre se muestra impasible ante lo que describe, no se deja llevar por pasión alguna y presenta una escritura desprovista de todo juicio y conclusión. Goncharov parece decirle al lector: os he pintado un cuadro y no pienso añadir nada más. «Sería inútil añadirlo -piensa-; si el cuadro en sí no os dice nada, ¿qué podrían deciros las palabras?». Y en esa capacidad de «abarcar la totalidad del cuadro, de articularlo y esculpirlo, consiste la faceta más poderosa del talento de Goncharov». Por eso mismo, por haber sabido su autor pintar un cuadro de tamaña dimensión hasta su último y más insignificante detalle, «a algunos la novela se les antoja demasiado dilatada». Y, como si quisiese congraciarse con el público (vanas ilusiones) al que acababa de tildar, al principio del artículo, de frivolo e inconsistente, añade: «Si queréis, en efecto lo es».

Acto seguido pasa a contar la historia narrada por Goncharov, así de brevemente:

«En la primera parte, Oblómov está tumbado en el sofá; en la segunda, viaja donde los Ilinski y se enamora de Olga, y ella de él; en la tercera, ella ve que se ha equivocado con él y se separan; en la cuarta, ella se casa con el amigo de Oblómov, Stolz, mientras que él se casa con la dueña de la casa donde alquila una habitación. Y eso es todo. (…) La pereza y la apatía de Oblómov son el único muelle que mueve la acción de toda la historia ».

«Pereza» y «apatía»: las palabras clave del comportamiento «oblomovista» están pronunciadas. Pero a Dobroliúbov le interesa no tanto el modus vivendi en sí del héroe goncharoviano (que queda suficientemente plasmado en la novela, y el crítico no para de repetirlo) como las causas que lo han provocado y moldeado. Sin embargo, antes de exponerlas o, lo que es lo mismo, de abordar el meollo de la cuestión, poniendo el dedo en la llaga social del sistema feudal ruso, vuelve a detenerse por unos instantes más en el arte goncharoviano de hacer novela:

«Goncharov abordó su obra de otra manera. [El crítico acaba de especular acerca de cómo narraría otro escritor el mismo argumento y llega a la conclusión de que el trabajo, un cuento sin demasiado valor artístico, no le cundiría más que para unas cincuenta páginas]. Una vez puesta la mirada en el fenómeno, no quiso abandonarlo antes de analizarlo hasta el fondo, de encontrar sus causas y de comprender la ligazón que lo relacionaba con todos los fenómenos circundantes. Lo que deseaba era lograr elevar el cuadro que casualmente había captado su mirada al rango de arquetipo, conferirle un significado general y permanente ».

Y la consecución de tamaño objetivo -presentar tipificados los fenómenos de la vida rusa-, además de llegar a conmover al lector sin mostrarse apasionado ni haber tomado partido por ninguno de los personajes, situaciones ni paisajes descritos, es, a juicio de Dobroliúbov, la baza más firme e importante del arte goncharoviano. Luego vienen párrafos en que el crítico se muestra en total desacuerdo, como no podía ser menos, con los partidarios de «el arte por el arte» (así que también, curiosa y significativamente, con el propio Goncharov, que con toda su alma quiere ser uno de ellos, pero cuya prosa -de reivindicación social a pesar de su creador- parece traicionarlo) y traza un cuadro certero del mundo que creó a personajes como Oblómov:

«El terreno que Goncharov ha elegido para sus evocaciones parece limitado. La historia de Oblómov, bueno y perezoso, ser apático y adormilado a quien ni la amistad ni el amor pueden sacar de su torpor, no es ciertamente una historia muy importante. Pero es una imagen de la vida rusa; nos muestra un tipo vivo del ruso contemporáneo, troquelado con un vigor y una veracidad despiadados; encontramos en el relato la nueva palabra de nuestro desarrollo social, una palabra pronunciada con claridad y firmeza, sin desesperación ni esperanzas pueriles, pero con una conciencia plena de la verdad. Esta palabra es oblomovismo; sirve de clave con que descifrar no pocos fenómenos de la vida rusa, y confiere a la novela de Goncharov un alcance social muy superior que el de todos nuestros relatos acusadores1. En el tipo de Oblómov y en todo este oblomovismo, vemos algo más que un simple logro de un talento vigoroso. Vemos en ello un producto de la vida rusa, un signo de los tiempos.

Oblómov no es un personaje del todo nuevo en nuestra literatura; sólo que hasta ahora nunca nos lo habían presentado de manera tan sencilla y natural como lo ha hecho Goncharov en su novela ».

Dobroliúbov volverá sobre esta misma idea, la de trazar la genealogía del arquetípico héroe a través de una serie de obras rusas anteriores a Oblómov (fragmento que reproduciré más adelante), pero antes, en un intento de justificar al personaje objeto de su análisis, se pregunta:

«¿En qué consisten los rasgos más típicos del carácter de Oblómov ? En la inercia más absoluta, producto de una indiferencia total hacia todo cuanto sucede en el mundo. Y la causa de esa indiferencia radica, en parte, en la posición social del héroe, aunque también en las condiciones en que se ha producido su desarrollo mental y moral. La posición social de Oblómov se reduce a una cosa: a que es un señor; tiene a Zajar, y a trescientos Zajar más, como dice su autor ».

Señor, amo, terrateniente, dueño de «almas», aristócrata; todos estos calificativos tienen una cosa en común: las personas a las que definen, como nunca se han visto obligadas a trabajar, jamás han movido un dedo. Y todas ellas, como Oblómov, se enorgullecen de no haberse ensuciado las manos al tiempo que desprecian a los «desgraciados» que tienen que ganarse la vida con la fuerza de sus brazos. No comprenden, infelices (y aquí aparece un rasgo nuevo, muy inesperado en el hilo de razonamiento dobroliuboviano: la compasión), que la libertad que debería proporcionales su holgada situación económica, a causa del nulo esfuerzo y eterno ocio en que viven sumidos, se ha convertido en una esclavitud: Oblómov, que ni siquiera sabe vestirse ni atarse los zapatos, es mucho más esclavo de su siervo Zajar que Zajar lo es de su amo.

Tras estas reflexiones llenas de conmiseración por el Oblómov víctima de una organización social que hace del hombre un ser desvalido y dependiente, retoma Dobroliúbov la cuestión de su genealogía literaria:

«Hace tiempo que advertimos que todos los héroes de las obras más destacadas de la literatura rusa sufren porque no ven objeto en sus vidas y no encuentran un campo donde actuar. Por eso se aburren, sienten aversión a cualquier trabajo y en este sentido son asombrosamente parecidos a Oblómov. En efecto: abrid, por ejemplo, [Eugenio] Oneguin [de Pushkin], El héroe de nuestro tiempo [de Lérmontov], ¿De quién es la culpa. Rudin [de Turguénev] o [Diario de] Un hombre superfluo, o el Hamlet de la comarca de Schigrov [uno de los Relatos de un cazador], y en cada una de ellas encontraréis rasgos casi idénticos a los de Oblómov ».

Para demostrar lo acertado de sus afirmaciones, Dobroliúbov dedica casi el resto de su ensayo a analizar, uno a uno, a los protagonistas de las obras que acaba de mencionar (no sin hacer incursiones al interior de los cerebros y las almas de otras criaturas literarias del pasado, tales como el Agarin de Nekrásov o el ya mencionado Tentétnikov gogoliano) y en el comportamiento y la actitud ante la vida de todos ellos (de cara al trabajo, al servicio, a las mujeres, etc.) encuentra grandes similitudes con la manera de pensar y de vivir de Oblómov. Volviendo a la novela de Goncharov, ni siquiera Stolz, el «hombre de acción» (contrafigura del protagonista, significativamente encarnada no en un ruso sino en un alemán), acabará librándose del «oblomovismo». En ningún caso será él quien pronuncie la «todopoderosa palabra ¡adelante!». Una vez convertido en hombre rico, casado con Olga e instalado en una vida familiar cómoda, segura y sin sobresaltos (en una palabra: «oblomovizado»), Dobroliúbov, yendo más allá de los límites de la novela, le predice un futuro poco halagüeño:

«Olga vive en un estado de temor constante: no vaya a ser que su tranquila felicidad junto a Stolz acabe convirtiéndose en algo que se parezca a la apatía oblomoviana. (…) Abandonó a Oblómov cuando dejó de creer en él; también dejará a Stolz, cuando deje de creer en él».

¿Quién, pues, será esa persona capaz de decir «¡Adelante!», ese «hombre de acción» que tanto necesita Rusia? Según Dobroliúbov, lo será una mujer: Olga, por ejemplo, que tiene mucho más carácter y fuerza de voluntad que cualquiera de los héroes masculinos que pueblan las páginas de la literatura rusa anterior a Oblómov. Y si el crítico no se molesta en buscar un candidato mejor para llevar a cabo la ambiciosa hazaña de despertar a Rusia de su torpor, es porque «ella, que conoce muy bien el oblomovismo, sabrá descubrirlo bajo cualquier disfraz o máscara; y siempre encontrará en su interior fuerzas suficientes como para juzgarlo y condenarlo sin piedad ».

Así termina Dobroliúbov ¿Qué es el oblomovismo? Tal vez sólo haya que añadir una cosa: tres años más tarde, en 1862, Chernyshevski publicaba ¿Qué hacer?, una novela cuya protagonista, Vera Pávlovna (pues, en efecto, tal como predijo Dobroliúbov, el «hombre nuevo» ruso sería una mujer), convertirá en actos todo aquello que en la Olga goncharoviana no traspasaba los límites de la esfera de pensamientos.

NOTAS
1 · Referencia a la llamada «literatura de denuncia», una corriente de corte conservador alentada desde el gobierno de Alejandro II, cuyo objetivo consistía en desvelar y fustigar comportamientos indignos, sobre todo en el seno de la fúncionarizada administración rusa, tales como sobornos, desidia, corrupción o abusos de poder.

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Ausente durante mucho tiempo del panorama literario en España, Goncharov puede considerarse hoy bien representado con Oblómov y esta obra que ahora comentamos. Ninfodora Ivánovna fue publicado en 1836 por Goncharov en un texto manuscrito, destinado a ser repartido en una suarée literaria petersburguesa. Su protagonista, una bella joven de la capital del Imperio, es dichosa en su vida matrimonial, que no obstante se ve interrumpida cruel e inesperadamente por el crimen. El relato breve de Gonchárov fue reeditado en 1993 en la revista literaria Moskvá, en plena efervescencia de la perestroika. El lector español dispone de una esmerada traducción de esa edición, al cuidado de José Manuel López y Manuel Vega Mateos.