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Ver productosTanto en Maastricht, como posteriormente con el Tratado de Amsterdam, el punto central, junto a la unión monetaria, fue la ampliación del terreno de la cooperación europea a ámbitos del núcleo duro de la soberanía estatal: a la política exterior y de seguridad y a las cuestiones de justicia e interior. Sin embargo, la cooperación en estas áreas se ha considerado desde su inicio que debía realizarse fuera del marco supranacional constitutido por las instituciones comunitarias y el sometimiento al derecho comunitario y a las decisiones del Tribunal de Justicia de Luxemburgo. Estas nuevas políticas de «cooperación íntergubernamental» han creado su propio marco de actuación, más cercano de la cooperación transnacional entre Estados que de la integración supranacional de soberanías estatales. Este hecho, unido al desplazamiento del centro de gravedad del poder institucional hacia el Consejo Europeo y el paralelo debilitamiento de la Comisión, ha hecho que, desde el punto de vista institucional, se muestre hasta qué punto la organización del poder en la nueva Europa se halla todavía en estado de fluctuación.
LA REUBICACIÓN DE ALEMANIA
Lo que se ha producido con el fin de la guerra fría y la unificación alemana es una profunda modificación de la bases geopolíticas sobre las que se asentaba el orden reconstruido en Europa después de la Segunda Guerra mundial. Las tres Comunidades Europeas, la CECA, la CEE y el Euratom, tenían como objetivo principal arbitrar una solución para «la cuestión alemana», tal y como se planteaba después de la Guerra. Como muestra la historia de la CECA, para Francia y Gran Bretaña, así como para los países del Benelux, de lo que se trataba a través de las primeras formas de integración europea era tanto de contener a Alemania como de obtener la satisfacción de intereses nacionales que ya no podían ser satisfechos fuera de un marco común. Sin embargo, el desarrollo histórico de la CEE muestra que la supranacionalidad únicamente ha funcionado durante períodos muy limitados; de hecho, la votación por mayoría cualificada sólo comenzó a generalizarse durante el período que va de 1987 a 1992, con motivo del programa de realización del mercado único, etapa que coincide con la consolidación de la Comisión como órgano central del sistema, con Jacques Delors como presidente. Esa época de ejercicio de la supranacionalidad es paradójicamente también la que puso de manifiesto a los Estados miembros la necesidad de encauzar el proceso desde una perspectiva más intergubernamental, y donde tiene su origen el sistemático debilitamiento al que se le ha sometido a la Comisión en los últimos años.
Tras el fin de la guerra fría y la transformación de la Unión Soviética y los países del Este, tras la reunificación de las dos Alemanias, el problema de la reubicación de Alemania en la nueva Europa vuelve a surgir con todas sus consecuencias. No es extraño por ello que la Cumbre de Niza, que debería haber solventado la cuestión de las reformas institucionales de cara a la ampliación al Este, se haya visto superada por el debate para los próximos cuatro años sobre la futura forma política de Europa y el modelo que se quiere para la Unión Europea, y que ese debate haya sido puesto en circulación hace pocos meses desde Berlín por un gobierno alemán entre cuyos objetivos se encuentra romper con las ataduras psicológicas de la política exterior alemana con el período de posguerra.
PERIODO CONSTITUYENTE
Aunque por estrategia política no se quiera hablar abiertamente de ello, nos encontramos después de Niza en un período constituyente que debería conducir hacia la elaboración y aprobación de un Tratado fundamental o Constitución europea. De acuerdo con la tradición constitucional continental, ese texto jurídico debería establecer no sólo el marco, sino también los contenidos de la organización del poder europeo, no sólo regular las relaciones de los órganos en los diferentes niveles de la acción pública europea, sino también las relaciones de los ciudadanos con esos órganos. Debería por tanto contener lo que tradicionalmente se llama una parte dogmática, o código de derechos fundamentales que vinculen en su actuación a los órganos públicos y puedan ser invocados por los ciudadanos ante los tribunales; y una parte orgánica, que establezca el reparto de competencias y los mecanismos de resolución de conflictos entre los órganos principales en los diferentes niveles de aplicación del poder europeo. Éste es básicamente el modelo que Alemania -proyectando su propio sistema de organización federal y de «federalismo cooperativo» hacia el conjunto de la Unión- propone como esquema para ser discutido antes de la futura Conferencia Intergubernamental que se celebrará en 2004.
Aunque resulta difícil evaluar en estos momentos el grado de aceptación que un modelo federal alemán a escala europea pueda encontrar entre el resto de los países miembros o, en su caso, de algunos de los países miembros, esta propuesta ha venido a situar en el centro de la discusión el problema de la relación entre la Unión Europea y los Estados nacionales, es decir, la cuestión de los límites o finalidad de la integración europea y su relación con las soberanías y culturas nacionales.
INTEGRACIÓN SUPRANACIONAL
La base primordial de la legitimidad de la Unión deberá seguir derivando primordialmente de los Estados nacionales, dado que son éstos los que continuarán siendo la fuente principal tanto de la identidad como de la ciudadanía. No es extraño que de nuevo -no solo en Europa, sino en casi todas partes- las naciones estén ocupadas en reconsiderar su identidad y reinterpretar su pasado. Y es previsible que durante no poco tiempo todavía el apoyo popular a la Unión Europea dependa principalmente de si los ciudadanos están convencidos de que con ello se beneficia a las comunidades nacionales, en términos de democracia, seguridad y desarrollo económico.
Pero es evidente también que esos Estados nacionales seguirán viéndose esencialmente transformados por una Unión Europea, en la que se hace cotidianamente patente que el ejercicio de la soberanía en la emergente polis europea es un ejercicio permanente de superación del carácter antitético de las soberanías nacionales -de la dialéctica amigo-enemigo que late en su interior-, por una forma de soberanía compartida que es justamente el núcleo de la integración europea.
Lo que la nueva fase de construcción de la forma política europea pone entonces de manifiesto es la necesidad de volver a pensar lo que significa el fenómeno de la integración desde la perspectiva de la vinculación entre identidades nacionales e identidad europea. ¿En qué consiste el proceso de integración? Es un fenómeno complejo con múltiples facetas. De alguna manera, la integración aparece como un proceso abierto, pero también como el objetivo final y como el método del mismo proceso. El objetivo de la construcción europea es, tal y como formulan los Tratados con una conocida fórmula, una «unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa». Esa finalidad es la que, hasta la fecha, ha dado sentido a la acción de las instituciones y a la interpretación teleológica del Tribunal de Justicia. La «unión cada vez más estrecha» ha conferido desde el principio a la construcción europea su carácter dinámico y expansivo, su carencia aparente de límites. Es difícil imaginar que el objetivo último de la integración pueda ser otro que la interpenetración progresiva de las soberanías nacionales y la interculturización de las sociedades europeas. Ambas acciones se realizan precisamente a través de un permanente ejercicio de puesta en común de las soberanías nacionales en favor de la consecución de los fines de la integración, a saber: «la unión más estrecha entre los pueblos de Europa».
PERDER PARA GANAR
Desde su mismo origen la integración tiene una naturaleza dual: necesariamente a la vez supranacional e intergubernamental. Similarmente a como el interés comunitario es el resultado y no la simple adición de los intereses nacionales. El ejercicio de la supranacionalidad se constituye de hecho en un proceso de toma de decisiones conducido por la idea de que el interés común no es el simple balance entre los intereses nacionales (y, por tanto, un juego de suma cero determinado por la mera relación coste/beneficio) sino una extrapolación de los intereses nacionales, en la que a medio y largo plazo todos los participantes ganan.
Un ejemplo de esta doble funcionalidad del proceso de integración es el Consejo de Ministros. En el Consejo, los ministros actúan como representantes de sus Estados respectivos y defienden por tanto el interés nacional, pero son, a la vez, miembros del Consejo, forman parte de una institución comunitaria, cuyas decisiones no son -gracias también a la participación de la Comisión y del Parlamento- la mera adición mecánica de los intereses nacionales.
Lo mismo ocurre, aunque a la inversa, en la Comisión, órgano de formulación del interés común, pero en el que -de forma paradójica frente a la intención original- tampoco los comisarios pueden escapar del ejercicio de una cierta función nacional, integrando así la doble componente, supranacional e intergubernamental.
El ejercicio de esta doble función del poder europeo se hace particularmente patente en el papel que juegan los Estados y las administraciones nacionales. Lejos de ser los enemigos de un sistema que limita su soberanía, los Estados nacionales son sus actores privilegiados.
LA DOBLE FUNCIÓN DE LOS ESTADOS MIEMBROS
Los Estados son la materia de la integración. Son materia de la integración, primero, en sentido histórico, en cuanto que la identidad europea es resultado de un desarrollo en el que los Estados nacionales han supuesto un estadio fundamental en la consolidación y preservación de los valores que definen esa identidad europea, en primer término a través de la protección de los derechos humanos que garantizan las constituciones democráticas de los Estados miembros. Todavía hoy, los avances en la integración son posibles en gran medida gracias a la reserva de legitimidad democrático-constitucional de los Estados nacionales, de los que el sistema comunitario sigue dependiendo para su evolución.
La integración europea parte de los niveles de evolución jurídica que la experiencia histórica del principio de soberanía nacional y su constitucionalización en el Estado de derecho a partir del siglo XIX y en su desarrollo a lo largo del siglo XX nos ha legado como uno de los elementos centrales de la identidad europea. Curiosamente, la tensión que define en estos momentos al proceso de integración comunitaria es similar a la posición del constitucionalismo clásico (Locke) frente a los teóricos del absolutismo estatal (Hobbes). El concepto de soberanía absoluta, primero, y el de soberanía nacional, después, han sido necesarios para que su estructura conceptual pudiera ser asumida e históricamente superada por el Estado constitucional.
Se trata de la misma tensión que recorre el proceso de positivización de los derechos humanos y la noción de ciudadanía. La protección de los derechos del ciudadano frente al poder del Estado fue históricamente el resultado de un compromiso entre la idea de soberanía nacional y el proyecto universalista de los derechos humanos. La conversión de los derechos cosmopolitas de la Ilustración en derechos del ciudadano de un Estado nacional concreto fue posible merced a una ficción jurídica que limitaba el poder absoluto de la soberanía a través de la tríada de la división de poderes. La teoría de la división de la soberanía y su transformación en poderes constitucionalizados creaba el espacio jurídico necesario para que el ciudadano pudiera ser protegido por determinados órganos estatales frente al propio Estado.
La paradoja actual de la integración comunitaria es que no podemos prescindir de la realidad de la ciudadanía nacional y de la legitimidad democrática vinculada a los Estados nación, pero a la vez el statu quo de un demos definido por su identidad nacional es el mayor obstáculo para la plena realización de los derechos del ciudadano (y del residente en Europa, no nacional, de los Estados miembros).
La legitimidad de las democracias europeas parece hoy esencialmente vinculada a la realidad política de los Estados nación, y, a la vez, el futuro de la Constitución europea requiere de esa misma realidad política como la materia a partir de la cual se produce el fenómeno de la integración. Este hecho confirma la visión de Ortega: las sociedades nacionales están hechas de Europa, pero no es menos cierto que Europa está hecha de la experiencia histórica y de la realidad política de las sociedades nacionales.
Pero es no sólo en los niveles de la legitimidad democrática y de la estructura constitucional donde los Estados realizan una función de actores privilegiados. Los Estados son también actores privilegiados de la integración a través de su participación institucional en la dinámica comunitaria y en la aplicación del derecho comunitario. En virtud del proceso de integración y de la dogmática jurídica creada por los jueces de Luxemburgo, las estructuras administrativas y judiciales de los Estados miembros realizan una función básicamente dual. Las Administraciones nacionales y los jueces ordinarios son, junto a los operadores económicos, el factor más decisivo de la integración. Las Administraciones y los jueces nacionales, así como los operadores privados, son actores y factores de la integración. La mayor parte de la aplicación del derecho europeo tiene lugar por vía de administración indirecta, a través de los diferentes niveles de la Administración estatal, regional y local. Son estos diferentes niveles y los propios funcionarios estatales los que ejecutan el derecho y las políticas europeas, haciéndoles, por una parte, inseparables de las políticas nacionales y, de otra, manteniendo el horizonte dinámico y de futuro de la integración. La vitalidad del proceso de integración, su legitimidad de ejercicio, depende así del grado de aplicación por los jueces y las Administraciones nacionales del derecho y las políticas comunitarias.
En cierto sentido, podría decirse que la naturaleza bifronte del Consejo que más arriba hemos señalado, su doble funcionalidad como representación de los Estados miembros y como fuente de generación del interés comunitario, se realiza también a todos los niveles del poder del Estado, y de manera particular a través de los jueces nacionales, que son quienes aseguran la coherencia del derecho comunitario y su plena integración con los derechos nacionales. Es a través de ellos como se realiza de forma capilarizada la alquimia de la integración. La aprobación de una Carta de Derechos fundamentales como parte del Tratado supondría por ello uno de los mayores efectos catalizadores de la integración. Implicaría también un gran avance en el proceso de constitucionalización del derecho y de las políticas europeas, y, a través de la aplicación descentralizada que llevan a cabo los jueces, se haría posible la protección efectiva de los derechos de los ciudadanos.
LA LÓGICA DE LA INTEGRACIÓN
Ahora bien, la integración no es un camino unidireccional, sino de doble sentido. De la misma manera que la integración precisa de la lógica estatal y la presupone, también los Estados participan de la lógica de la integración y se ven legitimados por ella. En cierto sentido, como ha señalado Andrea Manzella, la lógica de la integración es excluyente. Absorbe el pasado histórico de los Estados-Nación, pero también prefigura su futuro.
Una de las tesis más sugerentes de los últimos años sobre las relaciones entre los Estados miembros y la construcción europea ha señalado precisamente el hecho de que la construcción europea, lejos de debilitar a los Estados miembros, ha hecho posible la supervivencia de los Estados de bienestar europeos, otorgándoles nuevas fuentes de legitimación y más amplios campos de acción. Gracias a las Comunidades Europeas, el peso político y económico, por ejemplo, de los países del Benelux, ha resultado multiplicado, y sus economías han prosperado exponencialmente al grado de integración alcanzado con las otras economías comunitarias. Lo mismo sucede con un número muy amplio de ejemplos que podrían citarse: gran parte del desarrollo político de Alemania hasta llegar a la reunificación hubiera sido difícilmente posible sin que este país estuviera plenamente inmerso en las estructuras comunitarias y occidentales. Sin las presiones liberalizadoras de sus vecinos, la tradición dirigista de la economía francesa hubiera conducido a Francia a un aislamiento del comercio internacional y a un anquilosamiento de sus instituciones y su estructura social. Fuera de las Comunidades y de la Unión hubiera resultado casi impensable para España la consolidación de sus instituciones democráticas, y desde luego parece difícilmente imaginable que se hubiera podido llevar a cabo una política exterior y de presencia económica en Iberoamérica similar a la que nuestra pertenencia a Europa ha hecho posible.
Es decir, con el avance del proceso de integración, lo que se produce no es la desaparición del Estado, sino su transformación. Los Estados nacionales se convierten en los sujetos parciales de un orden constitucional más amplio, una organización que es más extensa que la suma de cada una de las áreas nacionales incluidas en la Unión Europea.
LA SUPRANACIONALIDAD
Lo que emerge progresivamente es un «espacio constitucional común», un «poder público europeo», en el que los derechos de los ciudadanos y los procesos de toma de decisión se hacen realidad a través de procedimientos en los que participan tanto las instituciones de la Unión como las instituciones de los Estados nacionales. El engarce entre el poder público de los Estados y el espacio público europeo lo constituye la supranacionalidad.
La supranacionalidad aparece como la forma del poder público europeo que realiza progresivamente el paso de una organización de tipo internacional a una organización de tipo constitucional. Los ordenamientos estatales y la emergente Constitución supranacional se integran en una forma política nueva que no coincide con el ordenamiento soberano de una institución estatal, pues no se trata ciertamente de un «Super-Estado», ni tampoco del simple conjunto de los Estados nacionales.
El fenómeno de un «constitucionalismo sin Estado» se convierte así progresivamente en la seña de identidad de la nueva forma política europea. Ello no quiere decir en ningún caso que los Estados nacionales se vean disminuidos en su identidad nacional, sino que más bien el Estado se transforma en el sujeto parcial de un ordenamiento más extenso que la suma de cada una de las áreas nacionales que forman parte de la Comunidad.
El problema actual para Europa es, por tanto, definir el punto fundamental de equilibrio para esta dinámica de integración que incluye poderes supranacionales, poderes estatales y poderes subestatales, es decir, la cuestión principal es la búsqueda de una estructura constitucional en un sistema por naturaleza dinámico y policéntrico.
EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD
El punto de conexión entre lo estatal, lo supraestatal, y lo subestatal, se ha querido hallar en el principio de subsidiariedad, que desde el Tratado de Maastricht ha sido elevado a la categoría de clave de la bóveda constitucional comunitaria. Con la consagración de la subsidiariedad como principio de interconexión se ha reforzado el papel central de los Estados nacionales. Los Estados son ahora los pilares de un ordenamiento en red sin instituciones centrales, un espacio público abierto a la negociación y la decisión conjuntas. Son los Estados miembros los que deben impedir tanto las tensiones centrípetas (la presión hacia la excesiva centralización), como las tensiones centrífugas (la tendencia hacia la fragmentación). Este es el estado actual de maduración de la polis europea, situación que la introducción del euro no ha hecho sino acentuar.
La introducción del euro ha vuelto a poner en evidencia el carácter dual del proceso de integración. Pues en paralelo al fuerte avance en la supranacionalidad que ha supuesto la creación del Banco Central Europeo, se ha ido configurando el núcleo de un «Gobierno económico de la Unión». Las mismas fórmulas de los Tratados que han atribuido al Consejo de Ministros de Economía y Hacienda (el Ecofin) deberes de coordinación económica y de supervisión recíproca de los presupuestos y las políticas económicas de los Estados miembros muestran en qué medida lo que se ha creado es una auténtica responsabilidad común sobre la política económica. Es decir: la forma de ejercicio del poder en el espacio europeo es común, se realiza de forma conjunta a todos los niveles entre los Estados y entre los Estados y las instituciones europeas. No se trata de una soberanía dividida, sino de soberanías compartidas. Por ello un debate sobre la división de competencias entre la Unión y los Estados miembros está abocada al fracaso.
IDENTIDAD NACIONAL Y SUPRANACIONAL
La identidad europea y las identidades nacionales de los Estados miembros son dos realidades entrelazadas entre sí, dependientes la una de la otra, inextricables y a la vez en abierta competencia. En ellas se refleja el pasado histórico común y la tendencia de futuro hacia la constitución de una organización de convivencia colectiva basada en la autonomía de las sociedades nacionales europeas. En preservar estos dos polos de la identidad de los ciudadanos europeos y a la vez hacer posible su interrelación mutua estriba la virtualidad del método de la integración. Pues de la correcta interpretación de la autonomía y la interdependencia mutua de las identidades nacional y europea depende la articulación entre los conceptos de ciudadanía europea y ciudadanía nacional, y la eficacia del principio de cooperación y lealtad mutua entre las instituciones comunitarias y entre las instituciones y los órganos de los Estados miembros.
La cuestión de la identidad europea plantea también los interrogantes sobre lo que Europa es, sobre lo que vincula entre sí a los Estados miembros, y lo que les diferencia -y les abre- al resto del mundo. En el debate académico de los últimos años, la discusión ha girado en torno a la cuestión de si con la introducción de elementos de separación identitaria respecto al mundo exterior (una política exterior y de seguridad común; una cooperación progresivamente más estrecha en los temas de justicia e interior, incluyendo normas comunes sobre asilo, inmigración, libre circulación, etc.; el reconocimiento de un patrimonio cultural común) no se estaría en realidad violando el espíritu y los valores originarios de la construcción europea al reintroducir de nuevo aquellos elementos de la soberanía estatal que la idea de la comunidad supranacional pretendía precisamente superar. No en vano la Comunidad Europea, como específica comunidad supranacional, surgió como rechazo universalista a los muy negativos efectos de los nacionalismos europeos y de las nacionalidades homogéneas.
En mi opinión, la inserción de una cláusula en el Tratado de Amsterdam obligando a la Unión Europea a «respetar la identidad nacional» de sus Estados miembros se halla vinculada a la idea de subsidiariedad y de descentralización en la aplicación de las políticas comunitarias. La conexión entre identidad europea e identidad nacional resulta entonces dada por el principio de subsidiariedad, verdadero eje del nuevo sistema creado a partir de Maastricht. Las identidades nacionales pueden entonces aparecer como garantes de la identidad europea -y también a la inversa, la identidad europea es garante de la identidad nacional- siempre y cuando el poder público común europeo esté regido por la cercanía de las políticas comunitarias al ciudadano, la descentralización y el fomento de la diversidad de las culturas europeas. Un análisis más detallado de los nuevos equilibrios desde Maastricht puede hacer ver cómo con la introducción de la obligación de respeto de la identidad nacional de los Estados miembros (artículo 6.3), se pretendía crear un contrapeso frente a los nuevos objetivos de una identidad a nivel internacional y de una ciudadanía de la Unión, y con ello resaltar la dualidad esencial (Estados-Unión) del sistema.
DIVERSIDAD NACIONAL Y REGIONAL
Junto al reforzamiento de mecanismos de mayor centralización – política exterior y de seguridad común, ciudadanía de la Unión, moneda única, etc.- se potenciaba también paralelamente el fomento de una mayor diversidad. La mayor centralización fruto de la creación de la moneda única debía ser equilibrada con una afirmación rotunda de la identidad nacional de los Estados miembros y de su diversidad cultural. A la vez, la protección de la identidad nacional de los Estados miembros debía servir como límite frente al creciente poder de las regiones. Según el Tratado de Maastricht, y posteriormente en Amsterdam, la Unión Europea aparece como garante no sólo frente al propio proceso de unificación europea, sino también frente a las tendencias centrífugas internas de los propios Estados. La Unión vive y se desarrolla como tal a través de la diversidad de sus Estados nacionales y de sus regiones, y a la vez su función consiste también en preservar tanto la estatalidad (nacional) como su diferenciación cultural. Por ello, en los capítulos dedicados a la política cultural de la Unión lo que se establece es que la Comunidad debe contribuir al florecimiento de las culturas de los Estados miembros dentro del respeto de su diversidad nacional y regional, poniendo de relieve al mismo tiempo el patrimonio cultural común (art. 151, Tdo. de Amsterdam). Es decir, la diversidad nacional y la preservación de las identidades nacionales debe ser puesta en conexión no sólo con la diversidad regional sino también con el patrimonio cultural europeo común, con su «significado europeo». Ese patrimonio cultural común, que procede de la historia común y de las experiencias y formas de vida comunes, se pone también de manifiesto -y de manera muy principal- a través del fomento de las culturas de los Estados miembros.
Justamente la unidad de la cultura europea procede de un pasado común que se expresa en la diversidad de sus culturas nacionales y regionales. Con palabras de Ortega, la identidad europea no es sólo un término ad quem, sino también un término a quo. No es solamente un horizonte de futuro hacia el que tiende la integración, sino también una historia a través de la cual se ha ido conformando un patrimonio cultural común y una diversidad de Estados nacionales y de culturas. Los Estados y las culturas nacionales y regionales no son opuestas a la identidad europea, sino que son su propia sustancia. Es significativo en este contexto la actualidad de la idea de nación en Ortega. Las sociedades nacionales son parte de la común sociedad europea, y de la misma manera que esa «sociedad europea» es el precipitado de sus Estados y culturas nacionales y regionales, la diversidad de Estados y culturas recibe su legitimidad histórica y de futuro del propio proceso de unidad europea. Toda la acción de la Comunidad debe de estar impregnada, según el art. 151.4 del Tratado, del respeto y del fomento de la diversidad de sus culturas.
Por otra parte, el núcleo de identidad constitucional de los Estados miembros ya no es sólo nacional. Los principios democráticos de libertad, respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales, comunes a los Estados miembros, han sido también asumidos por la Unión. Es más, con el Tratado de Amsterdam se ha llevado a cabo un cambio cualitativo radical al establecer la posibilidad de que la Unión realice una función supervisora y aun sancionadora de los Estados miembros que no respeten los principios constitucionales de la Unión. No solamente se han instituido en el art. 6 estándares comunes para todos los sujetos de soberanía estatal dentro del sistema constitucional de la Unión. Lo que se ha creado con estas disposiciones es una política de derechos humanos y de promoción de la democracia cuyo titular es la Unión frente a los Estados nacionales.
Irónicamente, es difícil imaginar una mayor inversión de la carga de la prueba en el debate sobre el déficit democrático de las Comunidades. Pues el Tratado de Amsterdam convirtió a la Unión en el garante de la constitucionalidad democrática y, con ello, del conjunto del sistema normativo de los Estados miembros. En definitiva, las formas del ejercicio del poder dentro y por medio de la Unión ponen de manifiesto hasta qué punto el ejercicio de la soberanía en la Unión Europea difiere radicalmente de la soberanía estatal. Esa especificidad de la Unión deriva de la peculiar integración entre unidad y diversidad que el sistema comunitario realiza. La emergente forma política europea se articula a través de la creación de un sistema policéntrico y pluridimensional, cuyo grado de interrelación a muy diversos niveles establece una diferencia esencial con la tesis del monopolio del poder que define a los Estados nacionales. Unidad y diferenciación en un sistema de red: la unidad de Europa depende del grado de su diversidad y pluralidad. Y la «europeización» sigue siendo, en estos momentos más que nunca, la clave definitoria de la identidad de los Estados nacionales europeos.
Joseph Ratzinger. Arzobispo de Múnich, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe con Juan Pablo II, Joseph Ratzinger (1927-2022) es además uno de los teólogos y ensayistas más competentes del siglo XX. Su enorme talla intelectual ha sido reconocida tanto en la Iglesia como fuera de ella.
Europa no es el fruto de decisiones políticas y económicas, sino principalmente culturales, es decir, espirituales. Sin esa óptica no se puede explicar que Europa, centro de la civilización mundial a finales del siglo XIX, gestara dos guerras mundiales, sistemas totalitarios y horrores como el gulag y Auschwitz en el siglo XX. Europa, sus raíces, ha sido un tema constante en la reflexión y la obra de Joseph Ratzinger. El texto que aquí ofrecemos procede de una conferencia que el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe pronunció en 2000. Fue publicada por Die Zeit (7/12/2000) y Nueva Revista adquirió en su día los derechos de traducción y reproducción.
Europa se desmorona por no ser fiel a sus raíces culturales y espirituales, porque el humanismo ateo, en su búsqueda de una utopía mundial, acaba siendo un humanismo inhumano. Ratzinger, pues, propone que Europa se entienda no tanto como una entidad política sino como una comunidad cultural de valores.
Una determinada concepción del ser humano, una determinada opción moral, el valor y la dignidad de la persona, su libertad, igualdad y solidaridad, presuponen una idea de la legalidad que en modo alguno se entiende por sí misma. Sin embargo, son factores básicos de la identidad de Europa. Ratzinger argumenta que hoy nadie negará directamente la preeminencia de la dignidad humana y de los derechos fundamentales sobre cualquier decisión política, entre otras razones porque aún están muy próximos los espantos del nazismo y su doctrina racista. En el ámbito concreto de lo que se suele llamar progreso médico hay amenazas muy reales a estos valores: la clonación, el almacenamiento de fetos humanos con fines de investigación y el campo de la manipulación genética. Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación crítica y humilde de sí misma. A veces el multiculturalismo, afirma Ratzinger, es ante todo renuncia a lo propio, huida de lo propio. Pero el multiculturalismo no puede existir sin constantes comunes, sin directrices propias. Sin duda, no podrá existir sin respeto a lo sagrado.
Europa… ¿qué es en realidad Europa? Esa pregunta fue planteada con énfasis una y otra vez por el cardenal Glemp en uno de los grupos lingüísticos del Sínodo romano de los obispos europeos: ¿dónde comienza, dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa, aunque está predominantemente habitada por europeos, que viven y piensan de manera claramente europea? ¿Dónde se pierde Europa por el sur de la comunidad de Estados rusos? ¿Por dónde discurre su frontera atlántica? ¿Qué islas son Europa, cuáles no, y por qué? En esas conversaciones se puso de manifiesto que Europa sólo de forma secundaria es un concepto geográfico: Europa no es un continente geográficamente aprehensible con claridad, sino un concepto cultural e histórico.
Esto se manifiesta con toda evidencia cuando tratamos de remontarnos a los orígenes de Europa. Al hablar del origen de Europa es costumbre remitirse a Heródoto (aprox. 484-425 a. de C.), probablemente el primero en dar cuenta de Europa como concepto geográfico, que la define así: « Los persas consideran a Asia con sus pueblos como su país. Europa y el país de los griegos, dicen, está completamente fuera de sus fronteras». No se indican las fronteras propias de Europa, pero está claro que el núcleo de la Europa actual está completamente fuera del campo de visión del historiador clásico. De hecho, con la formación de los Estados helenos y del Imperio Romano, se había constituido un «continente» que se convirtió en la base de la ulterior Europa, pero que tenía unas fronteras enteramente distintas. Se trataba de los países que circundaban el Mar Mediterráneo, que configuraban un verdadero «continente» por su vinculación cultural, por la circulación de personas y el comercio y por un sistema político común. Sólo las victoriosas campañas del Islam trazaron, por primera vez, en el siglo VII y comienzos del VIII, una frontera a través del Mediterráneo. Lo partieron, por así decir, por la mitad, de modo que lo que hasta entonces había sido un continente se dividió ahora en tres: Asia, África y Europa.
En Oriente, la reestructuración del mundo antiguo se llevó a cabo con mayor lentitud que en Occidente. El Imperio Romano, con capital en Constantinopla, se mantuvo allí —aunque cada vez retrocediendo más— hasta entrado el siglo XV. Mientras, alrededor del año 700 la parte sur del Mediterráneo quedó separada definitivamente de su anterior continente cultural, al mismo tiempo que se llevaba a cabo una creciente expansión hacia el Norte. El limes, que hasta ahora había sido una frontera continental, desaparece y se abre a un nuevo espacio histórico que ahora abarca las Galias, Germania y Britania como su auténtico núcleo y se extiende a ojos vistas hacia Escandinavia.
En este proceso de desplazamiento de fronteras, la continuidad ideal con el anterior continente mediterráneo se vio garantizada por una construcción histórico-teológica. Enlazando con el Libro de Daniel, se consideró que mediante la fe cristiana el Imperio Romano se renovaba y se convertía en el último y permanente imperio de la Historia Universal y definió el conjunto de pueblos y Estados que se estaba formando como el permanente Sacrum Imperium Romanum. Este proceso de nueva identificación histórica y cultural se llevó a cabo con plena conciencia bajo Carlomagno, y aquí emerge la vieja palabra Europa, con un significado transformado. Ahora este vocablo se utiliza como denominación para el imperio de Carlomagno, y expresa a un tiempo la conciencia de la continuidad y de la novedad, con las que el nuevo conglomerado de Estados se identifica en tanto que verdadera fuerza de futuro: de futuro, precisamente porque se entiende anclado en la continuidad de la Historia anterior y, en última instancia, siempre permanente. En la comprensión de sí mismo que así se forma se expresa tanto la conciencia de algo definitivo como la de una misión.
Ciertamente, tras el final del Imperio Carolingio el concepto de Europa vuelve a desaparecer, y sólo se conserva en el lenguaje de los eruditos; tan sólo a principios de la Edad Moderna —probablemente en relación con el peligro turco, como forma de autoidentificación— pasará a la lengua popular, para imponerse con carácter general en el siglo XVIII. Con independencia de este recorrido etimológico, la constitución del Imperio franco, como el nunca desaparecido y entonces vuelto a nacer Imperio Romano, significó el paso decisivo hacia lo que hoy entendemos cuando hablamos de Europa.
Ciertamente, no debemos olvidar que hay una segunda raíz de Europa, una Europa que no es la del Oeste, que no es la Europa occidental. En Bizancio, el Imperio Romano, como ya se ha dicho, había resistido las tempestades de las invasiones bárbaras y la invasión islámica. Bizancio se entendía a sí mismo como la auténtica Roma; de hecho aquí el Imperio no había sucumbido, por lo que también se mantenían sus pretensiones sobre la mitad occidental del mismo. También este Imperio Romano de Oriente se extendió hacia el Norte, hacia el mundo eslavo, y creó un mundo propio, greco-romano, que se distingue de la Europa latina de Occidente por poseer otra liturgia, otra constitución eclesiástica, otra escritura y por haber renunciado al latín como lengua común de cultura.
Hay, sin duda, bastantes elementos de cohesión que podrían hacer de los dos mundos un continente común. En primer lugar, la herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por lo demás, en ambos mundos se remite a un origen que está fuera de Europa, en Palestina. Además, la idea común de imperio, la concepción básicamente común de la Iglesia y, por tanto, también la comunidad de concepciones jurídicas e instrumentos legales fundamentales. Finalmente, habría que mencionar el monacato que, en medio de las grandes conmociones de la Historia, siguió siendo soporte esencial no sólo de la continuidad cultural, sino sobre todo de los valores religiosos y morales básicos de la orientación última de la vida del hombre, y que como fuerza prepolítica y suprapolítica, se convirtió también en vehículo de los renacimientos que una y otra vez se hicieron necesarios.
Entre ambas Europas hay sin embargo una profunda diferencia, sobre cuya importancia ha llamado la atención Endre Von Ivanka. En Bizancio, el Imperio y la Iglesia aparecen casi identificados entre sí; el Emperador es también la cabeza de la Iglesia. Se considera vicario de Cristo, y enlazando con la figura de Melquisedec, que era rey y sacerdote a un tiempo (Gen. 14, 18), ostenta desde el siglo VI el título oficial de «rey y sacerdote».
Como, por su parte, el Imperio, desde Constantino, había abandonado Roma, en la antigua capital imperial pudo desplegarse la independencia del obispo romano como sucesor de Pedro y cabeza de la Iglesia. Desde el principio de la era constantiniana, en Roma se enseñó que había una dualidad de poderes. El Emperador y el Papa tienen plenitud de facultades, pero separadas: ninguno de los dos dispone de todas. El papa Gelasio I (492-496), en su famosa carta al emperador Atanasio y aún con más claridad en su cuarto Tratado, frente a la tipología bizantina de Melquisedec, recalcó que la unidad de poderes residía exclusivamente en Cristo. «Debido a las debilidades humanas (¡superbia!), El mismo separó para los tiempos ulteriores los dos oficios, a fin de que que ninguno se creyera superior al otro» (c. 11). Para las cosas de la vida eterna, los emperadores cristianos necesitan a los sacerdotes (pontífices), y éstos a su vez se atienen a las disposiciones imperiales en lo referente a asuntos temporales. En las cuestiones del mundo, los sacerdotes tienen que obedecer las leyes del emperador instaurado por ordenación divina, mientras que, en las cuestiones divinas, éste tiene que someterse al sacerdote. Con ello se introduce una separación y diferenciación de poderes que alcanzó la mayor importancia para el ulterior desarrollo de Europa y, por así decirlo, sentó las bases de lo específicamente occidental. Pero, dado que en contra de tales delimitaciones se mantuvo viva por ambas partes el ansia de totalidad, permaneció la exigencia de predominio de un poder sobre el otro. Este principio de separación se convirtió también en fuente de infinitos padecimientos. Cómo hay que vivir y organizarse correctamente desde el punto de vista político y el religioso subsiste como un problema fundamental para la Europa de hoy y de mañana.
Si, con todo lo dicho, consideramos como el verdadero nacimiento del «continente» Europa, por una parte, la formación del Imperio Carolingio, y por otra, la pervivencia del Imperio Romano en Bizancio y su misión entre los eslavos, para ambas Europas el principio de la Edad Moderna representa una ruptura que afecta tanto a la esencia del continente como a sus contornos geográficos. En 1493, Constantinopla fue conquistada por los turcos. O. Hiltbrunner comenta al respecto, con laconismo: «Los últimos (…) eruditos emigraron (…) a Italia y proporcionaron a los humanistas del Renacimiento el conocimiento de los originales griegos; pero Oriente se hundió al arruinarse su cultura».
La formulación puede ser un tanto brusca, porque también el Imperio otomano tenía su cultura; lo que sí es cierto es que con estos hechos llegó a su fin la cultura greco-cristiana, «europea», de Bizancio. Con ello amenazaba con desaparecer una de las alas de Europa, pero la herencia bizantina no había muerto. Moscú se declaró a sí misma «tercera Roma», constituyó su propio patriarcado basándose en la idea de una segunda translatio imperii y se presentó como una nueva metamorfosis del Sacrum Imperium, como una forma propia de ser Europa y, sin embargo, seguía vinculada a Occidente y se orientaba cada vez más hacia él, hasta que finalmente Pedro el Grande trató de convertirla en un país occidental. Este desplazamiento hacia el Norte de la Europa bizantina trajo consigo que las fronteras del continente se ensancharan entonces también hacia el Este. La fijación del límite de los Urales como frontera es absolutamente arbitrario, pero en cualquier caso el mundo al Este de ellos fue convirtiéndose cada vez más en una especie de patio trasero de Europa; no es Asia ni Europa; pero estaba esencialmente conformado por la personalidad europea aunque sin ser él mismo parte de esa personalidad: era objeto y no titular de su historia. Quizá es eso lo que define la esencia de una situación colonial.
Así pues, en lo que respecta a la Europa bizantina, no occidental, a comienzos de la Edad Moderna podemos hablar de un doble proceso. Por una parte, está la extinción del antiguo Bizancio, y de su continuidad histórica respecto al Imperio Romano; por otra, esa segunda Europa obtiene con Moscú un nuevo centro y extiende sus fronteras hacia el Este, para levantar finalmente en Siberia una especie de avanzadilla colonial.
Al mismo tiempo, podemos constatar igualmente en Occidente un doble proceso de enorme importancia histórica. Una gran parte del mundo germánico se desgarra de Roma; surge una forma nueva e ilustrada de Cristianismo, de tal forma que, desde ahora, recorre el «Occidente» una línea de separación que constituye también claramente un limes cultural, una frontera entre distintas formas de pensar y actuar. Ciertamente, hay también grietas dentro del mundo protestante, por ejemplo entre luteranos y reformados, a los que se unen metodistas y presbiterianos, mientras la iglesia anglicana propone un camino intermedio entre lo católico y lo protestante. A esto se añade la diferencia entre el Cristianismo formado eclesialmente según el modelo del Estado, característico de Europa, y las iglesias libres que buscan refugio en América del Norte, de las que luego hablaremos.
Primero prestaremos atención al segundo proceso que transforma esencialmente en la Edad Moderna la situación de la Europa hasta entonces latina: el descubrimiento de América. A la ampliación de Europa hacia el Este mediante la continua expansión de Rusia hacia Asia, se une la radical ruptura de los límites geográficos de Europa hacia el mundo del otro lado del océano, que ahora recibe el nombre de América. La división de Europa en una mitad latino-católica y otra germánico-protestante se traslada a ese otro continente conquistado por ella. También América se convierte al principio en una Europa ampliada, en «colonia», pero al mismo tiempo, con la sacudida que sufre Europa a través de la Revolución Francesa, crea su propia personalidad. A partir del siglo XIX, aunque profundamente marcada por su nacimiento europeo, se contrapone a Europa con esa personalidad propia.
Al hacer el intento de reconocer la identidad íntima de Europa mirando a su historia, hemos advertido dos cambios históricos fundamentales: en primer lugar, la sustitución del viejo continente mediterráneo por el continente del Sacrum Imperium, situado más al Norte, en el que desde la época carolingia se constituye «Europa» como mundo latino-occidental. Junto a ella, la subsistencia de la antigua Roma en Bizancio, con su expansión hacia el mundo eslavo. Como un segundo momento, hemos observado la caída de Bizancio y el desplazamiento hacia el Norte y el Este de la idea imperial cristiana en un lado de Europa, y en el otro la división interna de Europa en mundo germano-protestante y mundo latino-cató-lico, con una extensión hacia América, a donde se traslada esa división, y que finalmente se constituye con una personalidad histórica propia y enfrentada a Europa. Ahora tenemos que prestar atención a un tercer cambio cuya antorcha más visible fue la Revolución Francesa.
Sin duda, desde la Baja Edad Media el Sacro Imperio estaba en curso de disolución como realidad política y se había hecho cada vez más frágil como hilo conductor de la Historia, pero sólo ahora se rompe también formalmente ese marco espiritual sin el que Europa no habría podido constituirse. Se trata, tanto desde el punto de vista de la política real como desde un punto de vista ideal, de un proceso de notable alcance. Desde el punto de vista ideal, significa que se rechaza la fundamentación sacral de la Historia y de la existencia de los Estados. La Historia ya no echa de menos una idea de Dios que la precede y la conforma; a partir de ahora el Estado se considera algo puramente secular, basado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos. Por primera vez en la Historia surge un Estado secular puro, que rechaza la acreditación y normatividad divina de la política calificándola de cosmovisión mítica, a la vez que declara a Dios asunto privado, que no pertenece al ámbito público de la voluntad popular. Esta es considerada únicamente cosa vinculada a la razón, para la que Dios no aparece como claramente reconocible: la religión y la fe en Dios pertenecen al ámbito del sentimiento, no de la razón. Dios y su querer dejan de ser públicamente relevantes.
De esta forma, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, se produce una nueva clase de escisión de la fe, cuya gravedad empezamos a percibir a ojos vistas. En alemán no tiene nombre, porque aquí ha tenido una repercusión más lenta. En las lenguas latinas, se define como una división entre «cristiano» y «laico». En los últimos dos siglos, esa tensión ha causado las naciones latinas una profunda grieta, mientras el Cristianismo protestante logró, más fácilmente al principio, dar cabida en su espacio a las ideas liberales e ilustradas, sin tener que romper el marco de un amplio y básico consenso cristiano.
La cara político-real de la disolución de la vieja idea del Imperio consiste en que, ahora, las naciones que se habían hecho identificables como tales mediante la formación de espacios lingüísticos unitarios, aparecen definitivamente como los verdaderos y únicos sujetos de la Historia, es decir, alcanzan un rango que antes no les correspondía. El explosivo dramatismo de este sujeto de la Historia, ahora plural, acabó en que las grandes naciones europeas se consideraban depositarías de una misión universal que necesariamente tenía que conducir a conflictos entre ellas, conflictos cuya mortal furia hemos experimentado dolorosamente en el siglo que ahora ha terminado.
Finalmente, hay que tener en cuenta otro proceso más con el que la historia de los últimos siglos entra claramente en una nueva fase. Si la vieja Europa premoderna sólo había conocido en sus dos mitades esencialmente un único adversario con el que tenía que enfrentarse a vida o muerte, el mundo islámico; y si la inflexión de la Edad Moderna había traído consigo la expansión hacia América y parte de Asia sin grandes culturas propias, ahora se produce el salto a los dos continentes hasta el momento tan sólo tangencialmente tocados: África y Asia, a los que también se trata de convertir en vástagos de Europa, en «colonias». Esto se ha conseguido en una cierta medida, en cuanto que Asia y África también persiguen el ideal del mundo marcado por la tecnología y el bienestar, de modo que también allí las viejas tradiciones religiosas han entrado en una situación de crisis y los estratos de pensamiento puramente secular dominan cada vez más la vida pública.
Pero también hay una reacción. El renacimiento del Islam no sólo está vinculado a la nueva riqueza material de los países islámicos, sino que está alimentado por la conciencia de que el Islam puede ofrecer un fundamento espiritual sólido para la vida de los pueblos que la vieja Europa parece haber perdido, lo que hace que a pesar de mantener su poder político y económico, se vea condenada cada vez más al retroceso y a la decadencia. También las grandes tradiciones religiosas de Asia, sobre todo sus componentes místicos, expresados en el Budismo, se alzan como fuerzas espirituales frente a una Europa que niega sus fundamentos religiosos y morales.
El optimismo acerca de la victoria de lo europeo que Arnold Toynbee aún podía representar a principios de los años sesenta parece hoy curiosamente superado: «De veintiocho culturas que hemos identificado… dieciocho están muertas y nueve de las diez restantes —de hecho, todas excepto la nuestra— muestran signos de estar ya derrumbándose». ¿Quién podría hoy decir una cosa así? Y además… ¿qué es esa cultura «nuestra» que ha quedado? La cultura europea ¿es la civilización de la tecnología y el comercio victoriosamente extendida por el mundo? ¿No ha derivado más bien un resultado poseuropeo como consecuencia del fin de las viejas culturas europeas? Yo descubro en esto una paradójica sincronía: a la victoria del mundo técnico secular poseuropeo, a la universalización de su modelo de vida y su forma de pensar, va unida, especialmente en los ámbitos estrictamente no europeos de Asia y de África, la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, en los que descansaba su identidad, están acabados y en realidad han sido ya abandonados; que ha sonado la hora de los sistemas de valores de otros mundos; de la América precolombina, del Islam, de la mística asiática.
En esta hora de su máximo éxito, Europa parece vaciada por dentro, paralizada por una mortal crisis circulatoria, forzada por así decirlo a someterse a trasplantes, que sin embargo tendrán que anular su identidad. A ese morir interno de las fuerzas sustentadoras del espíritu se une que, también desde el punto de vista étnico, Europa parezca en vías de extinción. Hay un extraño desinterés por el futuro. Los niños, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan algo de nuestra vida. Ya no se les percibe como esperanza, sino como límite del presente. Se impone la comparación con el hundimiento del Imperio Romano decadente que aún funcionaba como gran marco histórico, pero que, en la práctica, vivía ya por obra de los que iban a liquidarlo, porque no tenía energía vital en sí mismo.
Con esto hemos llegado a los problemas del presente. Hay dos diagnósticos contrapuestos sobre el posible futuro de Europa. Por una parte está la tesis de Oswald Spengler, que creía poder constatar para las grandes culturas una especie de desarrollo sujeto a leyes naturales. Serían los momentos del nacimiento, paulatina ascensión, el del esplendor de una cultura, su lento agotamiento, envejecimiento y muerte. Spengler documenta su tesis de forma impresionante con testimonios extraídos de la Historia de las culturas, en los que se puede rastrear esa ley de desarrollo. Su tesis era que Occidente había llegado a su fase tardía; que, a pesar de todos los exorcismos, desembocaría irrevocablemente en la muerte de este continente cultural. Naturalmente, podría transmitir sus dones a una nueva cultura ascendente, como ha ocurrido en anteriores decadencias, pero como tal sujeto había dejado atrás su vigencia vital.
Entre las dos guerras mundiales, esta tesis biologista encontró apasionados adversarios, especialmente en el ámbito católico. También le salió al paso, de forma impresionante, Arnold Toynbee, por cierto con postulados que tienen hoy poco eco. Toynbee establece la diferencia entre progreso técnico-material, por una parte, y el verdadero progreso, que él define como espiritualización, por otra. Acepta que Occidente —el «mundo occidental»— se encuentra en una crisis, cuyas causas descubre en la apostasía de la religión para rendir culto a la técnica, a la nación y al militarismo. En última instancia, la crisis tiene para él un nombre: secularización. Si se conoce la causa de la crisis, también se puede indicar el camino hacia la curación: hay que regresar al momento religioso, que para él comprende la herencia religiosa de todas las culturas, pero especialmente «lo que ha quedado del Cristianismo occidental». Al punto de vista biológico se contrapone aquí una visión voluntarista, que apuesta por la fuerza de las minorías creadoras y las personalidades destacadas. Se plantea la pregunta: ¿es correcto el diagnóstico? Y si lo es, ¿está en nuestras manos reimplantar el momento religioso, haciendo una síntesis entre el Cristianismo residual y la herencia religiosa de la Humanidad?
En última instancia, entre Spengler y Toynbee la cuestión queda abierta, porque no podemos atisbar el futuro. Pero con independencia de ello se nos plantea la tarea de preguntarnos por aquello que pueda garantizar el futuro y por aquello que sea capaz de mantener la identidad interna de Europa a través de todas las metamorfosis históricas. O más sencillo aún: por aquello que hoy y mañana prometa mantener la dignidad humana y una existencia conforme a ella.
Nos habíamos quedado en la Revolución Francesa y sus consecuencias en el siglo XIX. En ese siglo se desarrollaron sobre todo dos nuevos modelos «europeos». En las naciones latinas, el modelo laicista: el Estado está estrictamente separado de las corporaciones religiosas, que son remitidas a la esfera de lo privado. El propio Estado rechaza un fundamento religioso y se sabe fundado únicamente sobre la razón y sus criterios. En vista de la fragilidad de la razón, estos sistemas se han revelado débiles y propensos a las dictaduras. En realidad, sólo sobreviven porque se mantienen como parte de la vieja conciencia moral; incluso sin los fundamentos de antes, hacen sin embargo posible un consenso básico.
Por otro lado, en el ámbito germánico se encuentran de distintas maneras los modelos de relaciones entre Iglesia y Estado característicos del protestantismo liberal, en los que una religión cristiana ilustrada, esencialmente entendida como moral —incluso con formas de culto garantizadas por el Estado—, asegura un fundamento religioso de amplia base al que tienen que adaptarse las distintas religiones no estatales. Este modelo garantizó durante largo tiempo la cohesión estatal y social en Gran Bretaña, en los Estados escandinavos y al principio también en la Alemania dominada por Prusia. En Alemania, la quiebra de la iglesia estatal prusiana creó un vacío que era campo abonado para una dictadura.
Hoy, las iglesias estatales están amenazadas de consunción por todas partes. De las corporaciones religiosas, que son derivadas del Estado, no emana fuerza moral alguna, y el Estado mismo tampoco puede crear fuerza moral, sino que tiene que presuponerla y construir sobre ella.
Entre los dos modelos están los Estados Unidos de América, que por una parte —constituidos sobre un fundamento eclesial libre— parten de un estricto dogma de separación, y por otra están profundamente impregnados de un consenso básico cristiano-protestante no confesional, al que se unió una especial conciencia de misión respecto del resto del mundo, que dio al momento religioso un peso público importante, que podía llegar a ser decisivo para la vida política, como fuerza prepolítica y suprapolítica. Naturalmente, no se puede ocultar que también en los Estados Unidos avanza incesantemente la disolución de la herencia cristiana, mientras que, al mismo tiempo, el rápido crecimiento del elemento hispano y la presencia de tradiciones religiosas provenientes de todo el mundo modifica el cuadro.
Quizá haya también que observar que los Estados Unidos promueven de manera evidente la protestantización de América Latina, es decir, la sustitución de la Iglesia Católica por formas de iglesia libre, en la convicción de que la Iglesia Católica no puede garantizar sistemas políticos y económicos estables, que fracasa por tanto como educadora de las naciones, mientras que se espera que el modelo de las iglesias libres haga posible un consenso moral y una formación democrática de la voluntad parecidos a los que son característicos de los Estados Unidos.
Para complicar aún más todo el cuadro, hay que aceptar que hoy en día la Iglesia Católica representa la mayor comunidad religiosa de los Estados Unidos, y que en su vida religiosa apuesta decididamente por la identidad católica. No obstante, respecto a las relaciones entre Iglesia y política los católicos han asumido las tradiciones de las Iglesias libres, en el sentido de que precisamente una Iglesia que no está fundida con el Estado garantiza mejor los fundamentos morales del conjunto, de forma que la promoción del ideal democrático aparece como una profunda obligación moral conforme a la fe. Hay buenas razones para ver en tal postura una continuación adaptada a los tiempos del modelo del papa Gelasio del que hablé antes.
Regresemos a Europa. A los dos modelos de los que hablábamos antes se unió en el siglo XIX un tercero, el del socialismo, que pronto se dividió en dos vías distintas, la totalitaria y la democrática. El socialismo democrático ha podido insertarse desde el principio como un saludable contrapeso frente a las posturas liberales radicales de los dos modelos existentes, los ha enriquecido y también corregido.
Se reveló, además, como interconfesional. En Inglaterra era el partido de los católicos, que no podían sentirse como en casa ni en el campo protestante-conservador ni en el liberal. También en la Alemania guillermina el Centro católico pudo sentirse mucho más próximo al socialismo democrático que a las fuerzas conservadoras protestantes, estrictamente prusianas. En muchas cosas, el socialismo democrático estaba y está próximo a la doctrina social católica, y en cualquier caso ha contribuido notablemente a la formación de la conciencia social.
En cambio, el modelo totalitario se asoció a una filosofía de la Historia estrictamente materialista y atea. La Historia es entendida, de forma determinista, como un proceso de progreso que, pasando por las fases religiosa y liberal, se encamina hacia la sociedad absoluta y definitiva, en la que la religión queda superada como reliquia del pasado y el funcionamiento de las condiciones materiales garantiza la felicidad de todos.
Actualmente, los sistemas comunistas han fracasado por su falso dogmatismo económico. Pero se pasa por alto con demasiada complacencia el hecho de que se derrumbaron, de forma más profunda, por su desprecio del ser humano, por su subordinación de la moral a las necesidades del sistema y sus promesas de futuro.
La verdadera catástrofe que dejaron detrás no es de naturaleza económica; es la desolación de los espíritus, la destrucción de la conciencia moral. Yo veo un problema esencial de esta hora de Europa y del mundo en que, sin duda, en ninguna parte se discute el fracaso económico, y por eso los viejos comunistas se han convertido sin titubeos en liberales en economía; en cambio, la problemática religiosa y moral, que es de lo que de verdad se trataba, ha quedado casi completamente desplazada. Pero la problemática legada por el marxismo sigue vigente hoy: la liquidación de las certidumbres originarias del ser humano acerca de Dios, de sí mismo y del Universo, la liquidación de la conciencia de unos valores morales que no son de libre disposición, sigue siendo ahora nuestro problema, y es precisamente lo que puede conducir a una autodestrucción de la conciencia europea que, con independencia de la visión decadentista de Spengler, tenemos que contemplarla como un peligro real.
Así llegamos a la pregunta: ¿hacia dónde seguir? ¿Hay en los violentos cambios de nuestro tiempo una identidad de Europa que tenga futuro y que podamos respaldar desde dentro? Para los padres de la unificación europea tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial —Adenauer, Schumann, De Gasperi— estaba claro que ese fundamento existe, y que descansa en la herencia cristiana de lo que el Cristianismo había hecho nuestro continente. Para ellos estaba claro que las destrucciones a las que nos habían enfrentado la dictadura nazi y la dictadura de Stalin se basaban precisamente en el rechazo de esos fundamentos, en un monstruoso orgullo que ya no se sometía al Creador, sino que pretendía crear él mismo un hombre mejor, un hombre nuevo, y transformar el mundo malo del Creador en el mundo bueno que surgiría del dogmatismo de la propia ideología. Para ellos estaba claro que esas dictaduras, que habían puesto de manifiesto una cualidad del Mal enteramente nueva, reposaban, más allá de todos los horrores de la guerra, en la voluntad de eliminar aquella Europa, y que había que regresar a aquella concepción que había dado su dignidad a este continente, a pesar de todos los errores y sufrimientos. El entusiasmo inicial por el retorno a las grandes constantes de la herencia cristiana se ha esfumado rápidamente, y la unión europea se ha llevado a cabo casi exclusivamente en aspectos económicos, dejando a un lado en gran medida la cuestión de los fundamentos espirituales de tal comunidad.
En los últimos años ha vuelto a crecer la conciencia de que la comunidad económica de los Estados europeos necesita también un fundamento de valores comunes. El crecimiento de la violencia, la huida hacia la droga, el aumento de la corrupción, hacen muy perceptible que la decadencia de los valores también tiene consecuencias materiales, y que es preciso un cambio de rumbo. Partiendo de ese punto de vista, los días 3 y 4 de julio de 1999 los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea acordaron la elaboración de una Declaración de Derechos Fundamentales. A la ponencia encargada de redactarla se dio el 3 de febrero de 2000 el nombre de «convención» y el 14 de septiembre del mismo año presentó un proyecto definitivo, que fue aprobado el 14 de octubre por los jefes de Estado y de Gobierno. Yo no puedo intentar analizar aquí ese esbozo de Declaración; tan sólo pretendo plantear la pregunta de hasta qué punto es apropiada para dotar de un núcleo espiritual al cuerpo económico de Europa.
Es importante la segunda frase del preámbulo: «En la conciencia de su herencia religioso-espiritual y moral, la Unión se fundamenta sobre los valores indivisibles y universales del ser humano: la libertad, la igualdad y la solidaridad». Se ha lamentado la ausencia en este texto de la referencia a Dios: sobre esto volveré luego. Es importante en principio la incondicionalidad con la que la dignidad y los derechos del hombre aparecen aquí como valores que preceden a todo derecho estatal. Günther Hirsch ha recalcado con razón que esos derechos fundamentales no son ni creados por el legislador ni concedidos a los ciudadanos, sino que «más bien existen por derecho propio y han de ser respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores». Esta vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política remite en última instancia al Creador: sólo Él puede crear derechos que se basan en la esencia del ser humano y de los que nadie puede prescindir. En este sentido, aquí se codifica una herencia cristiana esencial en su forma específica de validez. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano; la fe ve en ello el misterio del Creador y la semejanza con Dios conferida por Él al hombre. De este modo, esta frase protege un elemento esencial de la identidad cristiana de Europa en una formulación comprensible también para el no creyente.
Hoy, nadie negará directamente la preeminencia de la dignidad humana y de los derechos fundamentales sobre cualquier decisión política; aún están muy próximos los espantos del nazismo y su doctrina racista. Pero en el ámbito concreto de lo que se suele llamar progreso médico hay amenazas muy reales a estos valores. Pensemos en la clonación, en el almacenamiento de fetos humanos con fines de investigación y donación de órganos o en todo el campo de la manipulación genética. A esto se añaden el comercio de seres humanos, nuevas formas de esclavitud, el tráfico de órganos humanos con fines de trasplante. Siempre se alegan «buenos fines» para justificar lo injustificable. En lo que respecta a estos ámbitos, hay algunas constataciones satisfactorias en la Declaración de Derechos Fundamentales, pero en otros puntos importantes sigue siendo demasiado vaga, cuando es precisamente aquí donde los principios corren peligro.
Resumamos: la afirmación del valor y la dignidad del ser humano, de la libertad, igualdad y solidaridad, en los principios de la democracia y el Estado de Derecho, incluye una imagen del ser humano, una opción moral y una idea del Derecho que en modo alguno se entienden por sí mismas, pero son factores básicos de la identidad de Europa, que también han de ser garantizados en sus consecuencias concretas y, naturalmente, sólo podrán ser defendidos si vuelve a integrarse en la correspondiente conciencia moral.
Pero quiero señalar otros dos puntos en los que aparece la identidad europea. Ahí están, en primer lugar, el matrimonio y la familia. El matrimonio monógamo ha sido conformado como figura ordenadora fundamental de las relaciones entre hombre y mujer y a la vez como célula de la formación comunitaria del Estado, a partir de la fe bíblica. Tanto la Europa del Oeste como la Europa del Este han configurado su historia y su concepción del hombre a partir de unos preceptos muy precisos de fidelidad y de comunión. Europa ya no sería Europa si esta célula básica de su estructura social desapareciera o cambiara de forma sustancial. La Declaración de Derechos Fundamentales habla del derecho al matrimonio, pero no prevé ninguna protección jurídica y moral específica para él ni lo define con más precisión. Pero todos sabemos lo amenazados que están el matrimonio y la familia. Por una parte, por el socavamiento de su indisolubilidad, por formas cada vez más fáciles de divorcio; por otra, por el nuevo comportamiento, que cada vez se extiende más, de la convivencia de hombre y mujer sin la forma jurídica del matrimonio. En clara contraposición a esto está la demanda de las uniones homosexuales, que, paradójicamente, reclaman una forma jurídica más o menos equiparable al matrimonio. Con esta tendencia se abandona toda la historia moral de la Humanidad, que a pesar de toda la variedad de formas jurídicas del matrimonio, siempre supo que por su esencia es la especial convivencia de hombre y mujer, que se abre a los hijos y, por tanto, a la familia. Aquí no se trata de discriminación, sino de la cuestión de lo que el ser humano es como hombre y como mujer y de cómo se conforma jurídicamente la relación mutua de un hombre y una mujer. Si por un lado esa relación se separa cada vez más de su forma jurídica y si, por otra parte, la asociación homosexual es vista cada vez más como de igual rango que el matrimonio, nos encontramos ante una disolución de la imagen del hombre cuyas consecuencias pueden ser extremadamente graves. Por desgracia, en la Declaración falta una palabra clara al respecto.
Finalmente, permítanme tratar el ámbito de lo religioso. En el artículo diez se garantizan las libertades de pensamiento, de conciencia y de religión, la libertad de cambiar de religión o visión del mundo y, en fin, la libertad de manifestarse y practicar la religión, solo o en comunidad con otros, pública o privadamente, por medio de servicios religiosos, enseñanza, costumbres y ritos. Los Estados se declaran neutrales respecto a las religiones, pero al mismo tiempo les conceden el derecho de una presencia pública. Esto es en sí mismo positivo, y responde en última instancia al básico criterio cristiano de la distinción entre los ámbitos estatal y eclesial, de la libertad del acto de fe y del ejercicio de la misma, del no a la religión ordenada por el Estado. No obstante, en la práctica se plantea la cuestión de cómo se integran en el conjunto de la sociedad las distintas manifestaciones públicas de la religión. Voy a poner un sencillo ejemplo. El Estado no puede declarar día libre el viernes para los musulmanes, el sábado para los judíos y el domingo para los cristianos. Tendrá que decidirse por una ordenación común del tiempo y después preguntarse por preferencias. Las grandes fiestas —Navidad, Pascua, Pentecostés—, ¿no son señas de identidad de nuestra cultura? ¿Y el domingo?
Aún es más difícil cuando en las distintas religiones se encuentran elementos que no concuerdan con los objetivos constitucionales básicos del preámbulo y el primer capítulo, referidos a la dignidad de la persona. ¿Qué ocurriría si una religión considerase por principio la violencia parte de su programa? ¿Si una religión negara por principio la libertad de religión y exigiera formas de teocracia política? ¿Qué pensar de la magia que quiere dañar el cuerpo y el alma del otro? La reaparición de ideologías de extrema derecha vuelve a hacernos conscientes de que la tolerancia no puede llegar hasta el punto de promover su propia eliminación: tiene su límite allí donde la libertad ilimitada se emplea para destruir la libertad en beneficio de ideologías hostiles a la libertad e inhumanas. Hay que seguir reflexionando sobre esa cuestión de los límites internos de la tolerancia, límites que necesita en aras de sí misma.
En este punto vuelve a plantearse la cuestión de si, partiendo de la tradición humanista europea y sus fundamentos, no habría sido necesario anclar en la Declaración a Dios y la responsabilidad ante él. Probablemente no se ha hecho porque en modo alguno quería prescribirse desde el Estado una convicción religiosa. Esto hay que respetarlo. Pero mi convicción es que hay algo que no debiera faltar: el respeto a aquello que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios, un respeto perfectamente exigible incluso a aquel que no está dispuesto a creer en Dios. Allá donde se quiebra ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad. En nuestra sociedad actual se castiga, gracias a Dios, a quienes escarnecen la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se castiga también a quien denigra el Corán y las convicciones básicas del Islam. En cambio, cuando se trata de Cristo y lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión se convierte en el bien supremo, y limitarlo pondría en peligro o incluso destruiría la tolerancia y la libertad. Pero la libertad de opinión tiene sus límites en que no debe destruir el honor y la dignidad del otro; no es libertad para la mentira o para la destrucción de los derechos humanos. Aquí hay un autoodio, que sólo cabe calificar de patológico, de un Occidente, que sin duda (y esto es digno de elogio) trata de abrirse comprensivamente a valores ajenos, pero que ya no se quiere a sí mismo; que no ve más que lo cruel y destructor de su propia Historia, pero no puede percibir ya lo grande y puro que hay en ella.
Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación —sin duda crítica y humilde— de sí misma. A veces el multiculturalismo que, con tanta pasión, se promueve es ante todo renuncia a lo propio, huida de lo propio. Pero el multiculturalismo no puede existir sin constantes comunes, sin directrices propias. Sin duda, no podrá existir sin respeto a lo sagrado. Eso incluye salir con respeto al encuentro de lo que es sagrado para el otro; pero es algo que sólo podremos hacerlo si lo que es sagrado para nosotros, Dios, no nos es ajeno a nosotros mismos. Desde luego que podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para otros, pero nuestra obligación, precisamente ante los otros y por los otros, es alimentar en nosotros mismos el respeto a lo sagrado y mostrar el rostro del Dios que se nos ha aparecido: el Dios que acoge a los pobres y los débiles, a las viudas y a los huérfanos, a los extranjeros; el Dios que es tan humano que él mismo quiso ser hombre, un hombre doliente, que sufriendo con nosotros da dignidad y esperanza al sufrimiento.
Si no lo hacemos, no sólo negaremos la identidad de Europa, sino que dejaremos de hacer a los otros un servicio al que tienen derecho. La absoluta profanidad que se ha construido en Occidente es profundísimamente ajena a las culturas del mundo. Esas culturas se fundamentan en la convicción de que un mundo sin Dios no tiene futuro. En ese sentido, el multiculturalismo nos llama a volver a nosotros mismos.
No sabemos cómo seguirá Europa su camino. La Declaración de Derechos Fundamentales puede ser un primer paso para que vuelva a buscar conscientemente su alma. Hay que dar la razón a Toynbee en que el destino de una sociedad depende una y otra vez de minorías creadoras. Los creyentes cristianos deberían verse a sí mismos como una minoría creadora, y contribuir a que Europa recupere lo mejor de su herencia y así sirva a toda la Humanidad.
Traducción: Carlos Fortea
* Agradecemos al Dr. Aurelio Fernández, profesor universitario de Teología, la lectura y revisión de este texto.
Podríamos encontrar dos ejes principales para enmarcar la acción política en ese campo específico de las telecomunicaciones: el concepto de «Servicio Universal» y el impulso al desarrollo de la Sociedad de la Información.
Jae-Joung King, joven doctorando de la Facultad de Periodismo de una universidad de Illinois, escribió un artículo a mediados de 1998 titulado Servicio Universal y el éxito (comercial) de Internet, o cómo cazar dos conejos simultáneamente.
Ya el mero título resulta orientativo para entender la dificultad de establecer, a la vez, un Servicio Universal considerado como «derecho al acceso electrónico a la democracia» y por otro lado impulsar el desarrollo de un mercado abierto y competitivo de Internet.
Los gobiernos que con mayor fortuna han promovido el uso y extensión de la S.I. han procurado conjugar estos dos elementos, pero asegurando, además, la menor intervención pública, y permitiendo a la llamada sociedad civil el máximo protagonismo posible.
Para ello, resulta esencial, sin embargo, asegurar la existencia de un mercado lo más abierto posible a la competencia y, donde, sobre todo, las barreras de acceso para su entrada sean mínimas. Ello obliga a revisar profundamente los aspectos técnicos y económicos subyacentes al acceso a las telecomunicaciones avanzadas. Y todo desde una doble perspectiva:
– El acceso de los usuarios a las redes.
– La entrada de nuevos operadores al mercado residencial.
Conviene recordar que el acceso al usuario, a veces conocido como «última milla de las redes» es posiblemente el elemento más costoso de despliegue y también el más difícil. En consecuencia, son los operadores establecidos (incumbentes) los que disponen de él y, a no ser que lo faciliten a los nuevos entrantes, pueden estrangular la oferta de éstos, a la vez que controlar en exclusiva la demanda de servicios de los usuarios.
INICIATIVAS INTERNACIONALES
Los Estados Unidos, bajo la administración Clinton-Gore, establecieron la llamada Iniciativa Nacional de Infraestructuras (NII) con el ambicioso objetivo de desarrollar al máximo la S.I. Pues bien, el elemento considerado esencial para alcanzar las metas fijadas era precisamente el promover la competencia en el acceso al usuario. Visto el éxito de los EE.UU. en relación con Internet y las tecnologías de la información, todos los gobiernos de los países desarrollados y, desde luego, sus respectivos organismos reguladores, se han apresurado a asumir como propio dicho objetivo.
La Organización Mundial de Comercio (OMC) viene preparando desde 1998 la prevista evolución (algunos dicen revolución) en telecomunicaciones. Es ya un lugar común que la transformación de la sociedad a lo largo de los últimos cien años ha sido formidablemente acelerada en la última década gracias a las tecnologías de la información.
Pues bien, la OMC, al identificar las bases imprescindibles para asegurar un mercado amplio y global de telecomunicaciones que garantizara un crecimiento sostenido en las nuevas tecnologías de la información, pasado a una malla de interconexiones que abarca la totalidad del planeta, permitiendo comunicaciones instantáneas y masivas. Pero esta segunda generación sufre limitaciones evidentes. Los usuarios reclaman mayores anchos de banda y conexiones permanentes, no de tipo intermitente, y sobre todo, a costes asequibles.
Estamos entrando en la tercera fase de la historia de Internet, en la que una masa desconocida e impresionante de usuarios quiere experimentar conexiones permanentes de alta velocidad a la red desde su casa. El rango de posibles servicios y negocios crece como las setas tras una tormenta de primavera. Sectores enteros de la actividad humana están siendo transformados por la segunda generación de Internet. Atisbamos lo que vendrá en el futuro pero no somos capaces de describirlo.
Si algo nos enseña el análisis de las dos fases precedentes, es que las aplicaciones y servicios que florecerán serán impredecibles. Como también lo es el valor añadido en una sociedad en la que la información y el conocimiento serán ampliamente compartidos a la vez que valorados como nunca antaño.
Las respuestas emergerán de la experimentación por los usuarios y a través de la competencia entre aquellos que suministren las herramientas para ello.
La Historia se convierte en útil guía para el analista y el consultor. También para el político. Y ésta nos enseña que el modelo Internet se basa en la transformación permanente. Su capacidad de evolución consiste en su capacidad de innovación constante, producida por una multiplicidad de actores buscando su beneficio. Y siempre en concurrencia.
Por ello, el Acceso Cerrado está en contradicción total con el desarrollo de la S.I. Y si asegurar el Servicio Universal para que todos los ciudadanos puedan disfrutar de sus ventajas es imprescindible, también lo es evitar que cuellos de botella de cualquier naturaleza frenen el flujo de dinamismo expansivo creado por las fuerzas despertadas en la segunda generación de Internet y que reposan en el mutuo interés de empresas, innovadores y usuarios.
Por esto es por lo que resulta imprescindible y urgente una acción del poder público orientada a la apertura del acceso al usuario en y que fueran incluidas en el definitivo «Acuerdo General de Comercio en Servicios» (GATS), señalaba como esenciales, entre otras, las siguientes:
– El establecimiento de salvaguardas para la competencia orientadas a prevenir prácticas anticompetitivas.
– Acuerdos amplios de interconexión.
– Aplicación de obligaciones de servicio universal de modo transparente y neutral.
Los miembros de la OMC que firmaron este acuerdo (la Unión Europea en su conjunto, entre ellos), se obligaron a poner en práctica las estructuras regulatorias y los procedimientos que les permitieran cumplir las obligaciones contraídas y los acuerdos adoptados.
En consecuencia, las autoridades comunitarias pusieron en marcha las medidas necesarias para ello. Una de las últimas, pero también de las de mayor impacto para las telecomunicaciones, era la apertura del llamado «bucle de acceso local al usuario», en otros tiempos también conocido como «última milla».
A lo largo de la pasada legislatura, el gobierno, a través del Ministerio de Fomento, realizó un formidable esfuerzo orientado a promover y desarrollar nuevas infraestructuras avanzadas de telecomunicaciones, de las que España padecía un evidente déficit (nada comparable, sin embargo, al secular déficit de infraestructuras generales de nuestro país). Para ello impulsó el desarrollo de las redes de cable, de telefonía fija y móvil y de cuantas tecnologías estaban disponibles para mejorar el acceso a los usuarios finales.
Sin embargo, cuando en España el acceso a Internet y a los nuevos servicios es todavía una meta perseguida más que un hecho consumado, algunos países ya están caminando hacia la tercera generación de la red.
La emergencia de este nuevo modelo requiere anchos de banda importantes, acceso permanente (allways on o «siempre encendido»), redes seguras, potentes y de gran capilaridad. Su implementación exige un calendario acelerado, y para ello, sin menosprecio de otras alternativas, hay que volver la mirada a la red fija convencional por ser la más extensa. Y para ello es imprescindible «romper el cuello de botella del acceso1» y abrirlo a la competencia.
En España, la mayor parte de los usuarios, sean residenciales o empresariales, disponen de un acceso a las redes fijas propiedad de nuestro operador histórico. Los equipos y redes que hacen esto posible son propiedad legítima de Telefónica. Por ello, a semejanza de otros países, el Gobierno acaba de publicar el reglamento de apertura del bucle local, con el doble objetivo de abrir ésta a la competencia, procurando además no desincentivar las inversiones alternativas en nuevas redes y tecnologías de acceso.
Comprendiendo y aun admitiendo las salvedades y reticencias que un procedimiento de apertura del bucle de usuario puede significar para los operadores establecidos, no resulta políticamente aceptable que se invoquen aspectos técnicos o justificaciones de índole económica con el objeto de frenar la apertura mencionada.
La apertura del acceso es mucho más que añadir un nuevo conector a la red que lo haga posible. No se orienta a la mera provisión de servicios de voz convencionales, en aras de una mayor competencia y mejores precios, o al menos, no es éste el argumento principal.
El objetivo clave buscado es la provisión de nuevos servicios y el desarrollo de la S.I. Tal vez por ello, sólo después del desarrollo de las tecnologías, y principalmente las xDSL, que permiten ofrecer Internet de alta velocidad (tercera generación) sobre el par convencional, se han generado verdaderamente flujos significativos y solicitudes de acceso numerosas por los operadores entrantes, en los países, todavía escasos, que lo han implementado.
Hasta ahora, el presente artículo asume, casi como un lugar común, que la apertura de los mercados a la competencia era una condición sine qua non para el desarrollo de la S.I. Expongo a continuación las siguientes razones.
En primer lugar, hablemos de Internet. Desde su nacimiento hace ya 30 años, Internet ha estado sumida en una especie de permanente adaptación. Todo tipo de circunstancias tecnológicas y también sociales la han afectado. Pero ella también ha contribuido poderosamente a transformar nuestra sociedad. De sus albores, en que era una especie de red prototipo, apta apenas para comunicaciones científicas y militares y que hoy difícilmente reconocemos (era la primera generación), hemos telecomunicaciones. Porque el desarrollo competitivo de un sistema de banda ancha será rápido, pero también asimétrico. Y las decisiones tomadas al principio marcarán profundamente el resultado a medio plazo. Por ello, cualquier riesgo de competencia limitada debe ser sometido al escrutinio más exigente e inmediato.
APERTURA DE MERCADOS Y ÉXITO DE INTERNET
El extraordinario éxito de Internet en los EE.UU. tiene una deuda impagable en la decidida acción regulatoria orientada a favorecer todos los aspectos de la apertura de las redes y a su interconexión. A través de las dos primeras fases de la historia evolutiva de la red, una amplia variedad de proveedores de servicios y de contenidos han podido compartir las infraestructuras existentes, principalmente la red telefónica básica.
Han sido los nuevos actores, como A.O.L. y otros proveedores de acceso a Internet, no las operadoras de telecomunicaciones, las que han popularizado la suscripción masiva a Internet. Y han sido CISCO, el buscador Netscape y los fabricantes de material informático, no A.T.T. o las Baby Bells quienes han diseñado e implementado la arquitectura de la propia red.
Todas estas innovaciones fueron posibles por dos razones. Primero, por la existencia de una amplia red telefónica, orientada a satisfacer un reconocido principio del Servicio Universal y que era «que todos los americanos tenían derecho a un teléfono». En segundo lugar, las innovaciones fueron posibles por la acertada decisión, ¡adoptada en 1960!, de la F.C.C., de que el emergente mundo de la transmisión masiva de datos no sería tratado como perteneciente al clásico de los servicios de telecomunicaciones. Así, se alivió a todas las nacientes formas de interconexión entre ordenadores de la mayor parte del pesado lastre regulatorio de las telecomunicaciones, y por supuesto, impidiendo a las compañías de telefonía imponer la arquitectura de las redes de datos.
Fue, pues, una decisión política intervencionista, no un acto de desregulación la que forzó a los operadores incumbentes a abrir sus redes a los entrantes. La F.C.C. permitió a los proveedores especializados en los servicios de datos, incluyendo a los proveedores de servicios de información (P.S.I.) y a sus clientes acceder a la capacidad de transmisión de las redes mediante un sistema de alquiler de capacidad orientado a costes.
Ello, y una política, que tenía por finalidad una tarifa de precios de tipo plano para el usuario que deseaba acceder a Internet. Condición imprescindible fue liberar a los P.S.I. del sistema de tarificación por tiempo para sus servicios de datos.
La política de la F.C.C. nunca ha titubeado en sus líneas maestras. Siempre ha apoyado y de forma muy consistente, a las fuerzas orientadas a la innovación y a la competencia. Así, los EE.UU. escogieron el camino de abrir los «elementos de red», es decir, los elementos funcionales de ésta, antes que regular los servicios. Esta política ha tenido como consecuencia que la amplia variedad de actores que luego nació, pudo diseñar la arquitectura de sus sistemas y servicios a su gusto, formando bloques con dichos elementos y combinándolos en formas y modos variados, y desde luego, impredecibles en un primer momento. Todo ello ha favorecido, y a su vez se ha soportado, en una explosión sin precedentes de software y hardware de los más diversos fabricantes.
Si, por el contrario, la decisión adoptada hubiese sido la de imponer un rígido corsé regulatorio a los servicios, nada de esto hubiera acontecido. En definitiva, la mayor parte de las decisiones adoptadas por la alta autoridad regulatoria norteamericana se ha orientado a abrir redes y a repartir el ansia de innovación en telecomunicaciones entre los operadores incumbentes y los usuarios de sus redes, los suministradores alternativos de equipamiento y los nuevos entrantes.
Un segmento esencial, pero crítico de esta innovación, provino de las llamadas «mejoras avanzadas de la red». Por ejemplo, conexiones de alta velocidad, anchos de banda variables autoajustables, correctores de la tasa de error, servicios a la medida y un amplio y creciente abanico de servicios orientados a extraer el máximo resultado de las redes existentes. Ninguno de ellos ha perjudicado a los viejos operadores de redes ni a los dueños de éstas. A medida que estos avances se han ido implementado, todos han salido ganando, los tráficos se han incrementado, la necesidad de redes mayores y más capaces también y así se ha cebado la aparición de un círculo virtuoso cuyo final, si existe, aún no se vislumbra.
A lo largo de este proceso, los antiguos monopolios han tratado siempre de obstruirlo. En definitiva, de oponerse a compartir y a abrir sus redes a nuevos y posibles competidores. En consistencia con su decidida acción, los reguladores deben rechazar tales objeciones y persistir con una política de apertura de mercados.
ESPAÑA: UN CAMINO POR RECORRER
No resulta evidente que los antiguos operadores dominantes en cualquier mercado vayan a modificar unas reglas del juego que les permiten beneficios seguros. Tampoco en Europa. De hecho, si España ha sido original en algunos aspectos, puede que entre ellos se cuente la rápida reacción de su operadora Telefónica por dominar con celeridad todos los campos emergentes de la convergencia entre telecomunicaciones, medios de comunicación e informática. En este sentido, y entendiendo esta fase como preliminar y propia de una competencia imperfecta, España se ha beneficiado ampliamente de la reacción de Telefónica, pero no debemos perder de vista que el legítimo objetivo de nuestra primera empresa no es el beneficio social, sino el suyo propio.
En España aún no es todavía una realidad la segunda fase de Internet. Ni siquiera tenemos un cuadro de medidas fiable que nos permita conocer los parámetros básicos de la utilización y penetración de la red. Pero todo parece afirmar que el acceso doméstico es aún escaso y poco satisfactorio. Y sólo estaremos de verdad en condiciones de dar un salto cuantitativo hacia la S.I. en la medida en que hagamos realidad un acceso barato y de buena calidad. Para ello, sin duda, el Gobierno debe impulsar la creación de redes de diversas tecnologías en competencia, pero también abrir las existentes.
Sólo cuando capas amplias de la población española, sin exclusión por razones geográficas o de cualquier otra índole empleen exhaustivamente los recursos de Internet y empleen crecientes anchos de banda, en un entorno allways on («siempre encendido») la tercera fase de Internet será algo más que una quimera.
Entonces será cuando el cable y el resto de proveedores de «redes de alta capacidad» tendrán su oportunidad, por que si no se genera esta demanda, ¿quién va a necesitar velocidades de megabits por segundo?
Las tendencias tecnológicas y nuestra propia situación nos llevan a poner en los sistemas xDSL la mayor parte de nuestras esperanzas. Por eso tenemos que abrir el bucle cuanto antes. Debemos alumbrar la aparición de nuevos operadores especializados. Pero no basados en la gestión de red o en modelos clásicos de integración vertical, como algunos propugnan. Porque este modelo feudal de integración vertical no aportará los beneficios del modelo abierto.
Para animar un despliegue exitoso de la tercera generación de Internet, de sus correspondientes infraestructuras de acceso y su séquito de servicios innovadores, los políticos deberán perseguir simultáneamente dos objetivos: primero, asegurar un clima atractivo para aquellos inversores interesados en modernizar y ampliar las infraestructuras existentes (telefonía, cable, tecnologías inalámbricas y ópticas, etc); y segundo, deberán tejer un entramado regulatorio que estimule la competencia en la innovación, no sólo entre infraestructuras alternativas, sino también entre proveedores de servicios a los usuarios finales.
Ambos son igualmente importantes y debe existir un equilibrio entre ellos. Sin suficientes incentivos para invertir en la adecuación y modernización de redes, nunca tendremos la necesaria plataforma para que los servicios sean posibles. Pero si la prestación de éstos se rige por un concepto de integración vertical, poco habremos logrado.
Debemos rechazar, por tanto, el falso concepto de que nos encontramos ante un nuevo modelo basado en el concepto de suma cero. No se trata de que lo que ganen los entrantes lo perderá Telefónica o viceversa. La mejor lección de Internet es que estamos ante un escenario en que todos pueden ganar. Y la obligación del Gobierno es hacerlo posible.
NOTAS
1 · Expresión utilizada por William Kennard, Presidente del FCC en su reciente visita a Madrid.
Un buen número de cuestiones relacionadas con la Bioética vienen ocupando titulares de los medios de comunicación en los últimos meses: la creación de los cultivos o animales genéticamente modificados; la despenalización de la eutanasia en Holanda; la aceptación de la clonación de embriones en Gran Bretaña para fines de investigación; el fracaso de la cumbre de La Haya en su intento de reducir las emisiones de C02, causantes del efecto invernadero y del incremento de la temperatura del planeta… Todos estos problemas nos afectan más o menos directamente y suscitan un vivo debate en la opinión pública mundial. Este, sin embargo, no suele canalizarse por vías de diálogo racional sino de atrincheramiento en las propias posiciones y de enfrentamientos irreductibles con quienes piensan de otro modo. Adela Cortina es catedrática de Ética de la Universidad de Valencia y, desde hace más diez años, ha prestado especial atención a las éticas aplicadas o éticas de las profesiones, incluyendo la ética médica y la Bioética. Hemos estado charlando de las controversias actuales en dichos campos, centrándonos especialmente en analizar las bases desde las que afrontar éticamente no sólo los dilemas de la Biomedicina sino su ejercicio cotidiano.
VICENTE BELLVER • Vd. es miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Asistida. Es un órgano consultivo creado por la Ley de Técnicas de Reproducción Asistida hace doce años, con el objetivo de hacer un seguimiento de la aplicación de la ley mediante la elaboración de informes públicos. Esta Comisión no empezó a funcionar hasta hace tres años. Su primer Informe anual es de 1998 y, cuando ya nos encontramos en el año 2001, el de 1999 todavía no se ha publicado. ¿Qué es lo que sucede?
ADELA CORTINA • El Informe de 1999 está concluido desde hace tiempo, pero los cambios en el Gobierno, tras las pasadas elecciones generales, han hecho que aquel informe se quedara en el camino. Como ese momento de tránsito ya lo hemos dejado atrás, convendría que la Comisión fuese convocada y nos pusiéramos a trabajar de nuevo. Así lo hemos hecho saber a los miembros de la Comisión a quienes corresponde.
V B • Esta situación demuestra que la Comisión no resulta muy operativa. Y ello se podría aplicar asimismo a muchos comités asesores de Bioética, semejantes al español, que existen en otros países. En ocasiones, simplemente no funcionan; otras veces, son la correa de transmisión de las opiniones del gobierno de turno o de grupos de presión; también pueden acabar siendo órganos que se limiten a hacer eco al pensamiento socialmente dominante. A pesar de este panorama no muy estimulante, Vd. es firme partidaria de la existencia de los comités de ética en todos los niveles: desde los hospitales hasta las instituciones internacionales.
A C • Es verdad que me parecen importantes los comités de ética, porque —a mi juicio— son expresión de la moral cívica, propia de una sociedad pluralista. En una sociedad moralmente monista, con un código moral único, al menos oficialmente, las propuestas morales se obtienen de ese código, con más o menos dificultades. Pero en una sociedad pluralista es preciso ir encontrando las respuestas desde la deliberación abierta, y esto es lo que hacen, o deben hacer, los comités. Por eso creo que constituyen una fenomenización de la moral compartida.
Evidentemente, su funcionamiento no es simple. No siempre están representadas todas las sensibilidades morales de una sociedad; los miembros del Comité tienen distintas concepciones de vida buena —lo que me he permitido llamar «éticas de máximos»—, que en ocasiones entran en conflicto; el diálogo interdisciplinar de científicos, juristas y éticos añade, en fin, la dificultad de encontrar un lenguaje común. Pero lo verdaderamente difícil en un diálogo de este tipo es que los interlocutores estén dispuestos a dialogar en serio, preocupados por llegar a la mejor solución para los seres humanos. El afán de protagonismo en algún caso, la intransigencia en otros, el empeño en no dar el brazo a torcer, incluso el desprecio hacia los demás miembros, oscurece el afán de verdad.
Ante esta realidad se podría concluir que los comités son bastante inútiles. Pero conviene recordar que no hay alternativa en una sociedad pluralista y, sobre todo, que pueden ofrecer resultados muy positivos si se ponen todos los medios posibles. En principio, siempre es posible recabar la información más relevante sobre las cuestiones a tratar, armarse luego de paciencia y dejar que las deliberaciones permitan considerar con sosiego todas las razones que se van exponiendo. Si se procede así, se desvanecen muchos prejuicios y se descubre un amplio campo de posiciones compartidas. Es muy posible que, pese a todo, en algunos casos se mantengan posturas irreductibles; para ello existen los votos particulares, a los que se prestará la misma publicidad que a la posición mayoritaria. Lo que piensa la mayoría no es necesariamente lo verdadero, pero es lo que por el momento expresa un ámbito común más amplio, con el que se va forjando una cierta Bioética cívica transnacional.
En cualquier caso, las decisiones son siempre revisables. En primer lugar, porque podemos equivocarnos en la argumentación, o carecer de información relevante, pero también porque en el ámbito de la libertad humana no existe una situación idéntica a otra y cada una exige una respuesta específica.
V B • Aunque en España se prevé la existencia de comités de Bioética en muy distintos niveles, tengo la impresión de que falta esa cultura de la deliberación, el estar convencido de que los problemas se esclarecen mediante el diálogo. ¿No cree Vd. que el buen funcionamiento de esos comités exige la formación de un talante distinto entre los profesionales que han de tomar parte en los mismos?
A C • En alguna medida esas cosas se aprenden mediante el ejercicio, porque es entonces cuando uno ve que las razones de los otros contribuyen a perfilar las propias y a alumbrar entre todos soluciones a los problemas concretos. Pero, desde luego, es necesario que las Facultades de Medicina y las Escuelas de Enfermería no sólo transmitan unos conocimientos técnicos sino también un determinado talante con que afrontar los casos difíciles para las conciencias del personal sanitario con los que se encuentra todos los días.
V B • ¿Defiende, por tanto, que el estudio de la ética médica o la Bioética tendría que incorporarse a las carreras sanitarias?
A C • En efecto. Creo que la formación de un profesional de la sanidad está incompleta mientras no se forme en este terreno y, por eso, me parece urgente la incorporación de la Bioética como materia obligatoria en carreras como Medicina, Enfermería o Biología. Si se explica bien, lejos de ser una asignatura decorativa, suscita un gran interés y contribuye a dotar de sentido a las profesiones sanitarias. La Bioética permite descubrir al estudiante lo que, de otra manera, sólo se alcanza, y no siempre, después de años de ejercicio de la profesión: lo que es la buena práctica médica. Así entendida, la Bioética contribuye a forjar el carácter de los profesionales de la salud.
V B • Ha empleado una expresión que me llama la atención: «la buena práctica médica». ¿Cómo se explica que Vd., que siempre se ha considerado kantiana, recurra ahora a un término que tiene raigambre aristotélica?
A C • Porque en el campo de las éticas aplicadas, sobre todo, he detectado una limitación del postkantismo, que consiste en ocuparse de las normas y olvidar que la vida humana se compone de actividades, cosa que los aristotélicos tienen muy en cuenta. Por eso, cuando leí por primera vez la caracterización de práctica que ofrece Maclntyre, reconstruyendo la idea de praxis aristotélica, me di cuenta de que era muy aprovechable para las distintas éticas aplicadas y, muy especialmente, para las éticas del trabajo. Las profesiones son actividades que se legitiman por sus fines. Para alcanzarlas, los sujetos han de adquirir unas virtudes, de forma que cada actividad profesional genera su propio êthos, que debe asumir quien se inserta en esa profesión. Por ello, en ética de las profesiones es preciso complementar el normativismo kantiano con las «buenas prácticas» de cada profesión, como quise mostrar en Ciudadanos del mundo y en Ética de las profesiones.
V B • ¿Pero cómo se hace ese descubrimiento de lo que es una buena práctica en cada profesión?
A C • Por medio de la interpretación y la comprensión de cada actividad profesional, por medio de la hermenéutica. Por ejemplo, en la actividad médica y de enfermería hay ya distintas metas, que el Hastings Center resume en cuatro: prevenir la enfermedad, curar, cuidar y ayudar a morir en paz. Por hablar de esta última, en el proceso de morir —que tanta controversia ha suscitado en los últimos tiempos— médicos y enfermeras descubren que su tarea consiste en ayudar a morir en paz, lo que exige evitar el encarnizamiento terapéutico, proporcionar cuidados paliativos que alivien el dolor, permitir que la familia acompañe al enfermo, facilitarle ayuda para preparar su muerte, tratarle con respeto y afecto.
V B • Menciona una serie de actividades que, a mi entender, exceden el marco de la ética de mínimos, es decir, de aquellas obligaciones que afectan a lo justo y pueden ser exigidas jurídicamente. Pero tampoco parecen actividades supererogatorias, propias de una ética de máximos y exigibles únicamente a quien tiene determinada visión del bien y de la vida buena. Parecen, más bien, obligaciones universales, exigibles a cualquier profesional que se encuentre en una situación así, aunque no se puedan reclamar ante ningún juzgado.
A C • Con frecuencia he recurrido a la distinción entre ética de máximos y ética de mínimos. La primera se refiere a la concepción global acerca de lo que es bueno que puede defender cada persona; la segunda comprende el conjunto de exigencias universales derivadas de lo que se entiende por justo, y que vinculan a cada individuo como miembro de una sociedad. Pero entre esa moral individual, que es la que da la plenitud de sentido a la vida de cada persona, y la moral social, que es exigible a todos, se encuentra el vasto territorio de la ética de las profesiones. La actividad específica de cada profesión genera su propio êthos, como hemos dicho antes, del que se derivan una serie de obligaciones morales. Estas, aunque en ocasiones no se puedan exigir jurídicamente, siguen siendo verdaderas obligaciones exigibles a cualquier individuo que realice una profesión.
V B • Da la impresión de que recela Vd. un poco de las posibilidades del Derecho, pues reconoce que existen obligaciones morales universalmente exigibles y, sin embargo, las sustrae del campo jurídico.
A C • Yo no recelo del Derecho. Únicamente pienso que existe una inflación de normas jurídicas, que tratan de conseguir el cumplimiento de un sinfín de obligaciones mediante la coacción y no lo consiguen porque no son idóneas para exigirlo. Ese fracaso es debido, a mi entender, al intento de reducir la moral social al Derecho. El Derecho se ha de ocupar de lo estrictamente justo y positivizable; la moral social va más allá, abarcando otras obligaciones que no se pueden exigir jurídicamente. Cualquiera puede reconocer que un médico tiene que mostrar un exquisito respeto por cada paciente; pero a nadie se le ocurriría establecer en un reglamento algo así como que el médico que no salude a sus pacientes será sancionado.
Las sociedades occidentales han tratado de reglamentar todos los aspectos de la vida social y el resultado no ha sido el refuerzo, sino la debilitación del capital social. Aunque es más fácil legislar que crear una cultura dispuesta a descubrir y asumir las obligaciones morales de índole social, me parece imprescindible dirigir los esfuerzos a crear esa cultura ética. Sólo así se vigoriza una sociedad. Las éticas de las profesiones constituyen la punta de lanza de ese empeño.
V B • Me resulta atractiva su propuesta, pero tengo la impresión de que la tendencia actual es justo la contraria. Un ejemplo sería el del consentimiento informado en Medicina. Se reconoce que los médicos tienen el deber de informar a los pacientes sobre su enfermedad y solicitarles el consentimiento para cualquier intervención o tratamiento. Estados Unidos es el país que más lo ha desarrollado y el resultado no ha sido positivo. En lugar de una Medicina en la que el paciente sea tenido en cuenta en mayor grado, se ha llegado a una Medicina defensiva en la que el paciente desconfía del médico y el médico del paciente.
A C • Bueno, el caso del consentimiento informado merece una atención especial. Sin duda la idea de autonomía sale a la luz en la Ilustración europea, pero es curioso que en el ámbito médico sea Estados Unidos quien la incorpore. Kant, el adalid de la autonomía, no se refiere a ella en El conflicto de las Facultades, al referirse a la Facultad de Medicina, sino que es en Norteamérica donde la noción de autonomía se incorpora a la práctica médica a través del consentimiento, que primero es «voluntario» y luego «informado».
Ahora bien, es éste un asunto en el que hay que ir con sumo cuidado para que el acto de pedir su consentimiento al enfermo a la hora de administrarle un tratamiento no se convierta en un acto jurídico más que en un acto moral de respeto hacia su autonomía. Si lo único que mueve al personal sanitario en estos casos es el intento de prevenirse frente a posibles denuncias, no hará sino intentar que el paciente firme un escrito, cuando lo importante es la explicación verbal de la situación y de los posibles cursos de acción, en un clima de confianza mutua. Al menos, en España las gentes desconfiamos cuando alguien nos insta a firmar un texto. Por eso, lo que importa es crear un clima de confianza entre el personal sanitario y el paciente, en el que el escrito resulte anecdótico en comparación con la palabra. A fin de cuentas, juridificar las relaciones humanas no es deseable. La burocratización y la Medicina defensiva, que encarece el sistema sanitario, no hacen sino frustrar al personal sanitario e infundir desconfianza en los pacientes.
Esto no significa, obviamente, que no sea indispensable informar al paciente y pedirle su consentimiento, pero desde una cultura médica, más que desde reglamentaciones. El buen êthos médico y de enfermería es el que lleva a descubrir a los profesionales cuáles son las buenas prácticas. Para ello son imprescindibles buenos cursos de Bioética durante los estudios y ejemplos de buena praxis en los hospitales, en sesiones clínicas o en las deliberaciones sobre un caso difícil.
V B • En este rato no hemos hablado de problemas bioéticos concretos sino de las bases sobre las que deben asentarse. Se ha referido a la importancia de forjar el carácter ético de los profesionales de la salud para que sean capaces de descubrir y llevar a cabo una buena práctica médica; y también ha hecho hincapié en la necesidad de los procesos de deliberación para llegar a esa verdad práctica, que es siempre aún no verdadera porque cabe el «mejor aún». Aunque Vd. hace su propuesta desde la filosofía kantiana, creo que en este campo concreto los puntos en común con Aristóteles son muchos, tal como han puesto de manifiesto los representantes alemanes y americanos de la «rehabilitación de la filosofía práctica» o, en nuestro país, filósofos como Alejandro Llano o Jesús Ballesteros.
Pero no me gustaría acabar sin referirme a algunos de los problemas bioéticos que han centrado la atención de los medios de comunicación y la opinión pública en los últimos meses. Empezaría por preguntar su opinión sobre la despenalización de la eutanasia en Holanda.
A C • Ya he mencionado antes algunos criterios generalmente admitidos que deben orientar la praxis médica en el proceso de morir, como el rechazo del encarnizamiento terapéutico, la promoción de los tratamientos paliativos o el apoyo social al paciente y a la familia. Dicho esto, temo que se defienda la despenalización o la legalización de la eutanasia como respeto a la autonomía, cuando con el tiempo muchas personas pueden llegar a pedirla por la presión social.
En una sociedad con recursos escasos y medios técnicos costosísimos, que permiten prolongar mucho tiempo el final de la vida humana, es fácil que se introduzca la idea de que quien tiene una enfermedad terminal resulta ser una carga insoportable. La presión psicológica de esa idea podría llevar a muchos a solicitar la muerte para evitar verse como una carga social, que no produce nada bueno y consume recursos.
A mi juicio, no se puede despachar la cuestión de la buena muerte informando a los médicos de que no tendrán responsabilidad penal, si ayudan a morir, sino que es preciso enfocar la cuestión desde el deseo decidido de ayudar a morir en paz. Desde él, puede entenderse que a menudo, cuando alguien dice que quiere morir, en realidad está diciendo que no quiere vivir así. En esas situaciones la buena praxis y el apoyo social ofrecen soluciones satisfactorias. Sin duda una sociedad demuestra su calidad moral por su capacidad para comprometerse hasta el final con las personas para ayudarlas a morir en paz.
Una manifestación concreta de ese compromiso consiste en proporcionar las ayudas necesarias para que las familias puedan atender a sus enfermos sin llegar a situaciones de tensión insoportable, y en recuperar la sensatísima idea de que, llegado un momento, lo mejor es llevar de nuevo al enfermo a su hogar y permitir que muera tranquilo entre los suyos.
V B • En diciembre del pasado año, el Parlamento británico aprobó una reforma de su ley sobre fecundación asistida que permitirá clonar embriones para investigar con ellos y obtener las células madre, con las que se podrían curar muchas enfermedades.
A C • Como kantiana que soy, estoy en contra de la instrumentalización de cualquier realidad humana. Comparto lo dispuesto en el Convenio Europeo sobre Derechos Humanos y Biomedicina de 1996, que prohíbe crear embriones humanos con fines de investigación y se exige que, en cualquier caso, los embriones habrán de ser tratados con respeto. Siento que el Reino Unido no haya querido compartir el marco bioético que se alcanzó en Europa tras ese Convenio, que es una muestra de cómo se pueden conseguir acuerdos de mínimos razonables mediante procesos de deliberación.
Ese gran contenedor que es la televisión, en el que tienen cabida todo tipo de expresiones, reproduce electrónicamente todas las artes. Dicho de otro modo: la televisión emite imágenes previamente fabricadas. Se desprende de este hecho que antes de poseer cualidades propias, es un aparato que transmite la tradición artística. Una clave de su naturaleza la aporta el cineasta —y después «teleasta»— Jean-Luc Godard: «Cuando los espectadores miran una película en televisión, lo que ven no es un filme sino la reproducción de un filme». Al igual que la televisión toma prestadas del arte sus imágenes, crea otras a partir de la falta de especificidad que le caracteriza. De este modo, podría considerarse la televisión como una manifestación más de las modernas artes aplicadas (publicidad, diseño, multimedia). Pero no sucede así y éste será el propósito del presente ensayo: dilucidar por qué la televisión, en tanto que aparato generador de imágenes y sonidos, ha sido incluida en los medios de comunicación de masas y apartada de las artes visuales. Hay que advertir que el presente artículo se refiere a lo que podría denominarse periodo clásico; a saber, la televisión emitida por ondas hercianas y con una vocación generalista. Estas consideraciones no afectarán, en principio, a lo que se entiende hoy por nueva televisión (satélite, digital, canales temáticos, pay per view).
ONTOLOGÍA
En lo que respecta a la ontología de la televisión —difícil de establecer debido a esa condición de vehículo reproductor— algunos teóricos vieron su esencia en la emisión en directo, pero este criterio queda obsoleto en nuestros días, pues la mayoría de los programas se difunden grabados. Otros autores han destacado su carácter de palimpsesto, al ser la programación una rejilla que diariamente desestima anteriores espacios para emitir uno nuevo basado, eso sí, en el mismo esquema. Aunque toda la producción televisiva queda grabada, la televisión es inmaterial en el sentido de que imagen y sonido se pierden en las ondas, raramente vuelven a ser redifundidos, excepción hecha con ciertos programas de culto. Ese carácter de inmaterialidad fue aun más acusado en la genealogía del medio, pues la televisión tuvo que esperar treinta años para que pudiera preservar las imágenes que emitía, hasta la aparición del magnetoscopio en 1956. Esta imposibilidad de poder generar copias no había ocurrido en ningún sistema de imagen mecánica. En cualquiera de los casos, las propiedades que confieren entidad a la televisión parecen estar más vinculadas a las condiciones de emisión que a los elementos formales o expresivos que el medio podía ofrecer. Las peculiaridades aquí expuestas, ¿no guardan acaso relación con conceptos que el arte de hoy maneja? La ausencia de materialidad en la obra, la revisión de estilos anteriores, el tratamiento de lo real, la mezcla de soportes y lenguajes: todas estas intervenciones no afectan exclusivamente al patrimonio del arte, sino al conjunto de imágenes que la cultura visual va almacenando.
En las últimas décadas, los teóricos han empezado a contemplar ciertas obras del medio electrónico como artísticas. Posiblemente, el motivo se deba tanto a los artistas —pintores de formación— que trabajan permanentemente con las tecnologías de la imagen en movimiento (Peter Greenaway, Derek Jarman), como a los artistas plásticos que se acercan al medio televisivo (John Baldessari, David Hockney). El propio Greenaway declaraba: «Simplemente creo que todo artista que merezca este nombre necesita desesperadamente utilizar la tecnología de su época. Hay muchos ejemplos de ello. Canaletto utilizaba un instrumento óptico, Vermeer una cámara oscura, incluso Leonardo utilizaba plomadas y sextantes. Estaba utilizando la tecnología que existía». Pero este acercamiento del pintor a la televisión venía de antes. Quizá el caso más peculiar se encuentre en Lucio Fontana que, junto a un grupo de artistas italianos, firmó el Manifiesto del movimiento espacial para la televisión (1952): «Nosotros, los espacialistas, transmitimos por primera vez al mundo, a través de la televisión, nuestras nuevas formas de arte basadas en conceptos espaciales».
Tecnológicamente, el antecedente de las artes electrónicas estaba en la televisión antes que en el vídeo. Pero la aceptación por parte de algunas instituciones del arte ha venido de la mano de la imagen videográfica y no de la televisiva. Ello hace que dicho reconocimiento sea relativo, debido a dos razones. La primera es que sólo aceptan contadas producciones para sí, realizadas en la mayoría de los casos por autores que no pertenecen al medio televisivo. La segunda razón es que no consideran lo que los estudiosos de la televisión definen como su principal propiedad: la continuidad, el «flujo» de segmentos televisivos que difumina la separación entre los programas. Por el contrario, el artista crea, generalmente por encargo, piezas aisladas que luego el programador inserta en la parrilla. El canal francoalemán Arte sería un ejemplo. Las mutuas relaciones entre el artista visual y la empresa televisiva han sido resumidas así por John Wyver, productor e historiador de los medios: «Los artistas pueden experimentar y desarrollar sus obras de manera muy distinta a como lo hacen para los circuitos artísticos, y la televisión se enriquece y se desarrolla con las aportaciones de personas que piensan y conciben los programas de manera diferente a la que impera en el medio televisivo».
No es la televisión como industria cultural, ni los profesionales, los que se plantean sus posibilidades creadoras. Correspondería al sistema del arte —galerías, críticos, conservadores, comisarios— considerar, a posteriori, su inclusión en el entorno artístico. Este hecho no implica necesariamente que la imagen de la televisión quede incluida en instancia artística alguna. No se trataría, por consiguiente, de encontrar una estética de la televisión, ni de considerarla un arte contemporáneo. Ya Umberto Eco advirtió en los años sesenta que «la experiencia televisiva sugirió desde sus comienzos una serie de reflexiones teóricas suficientes para inducir incautamente a algunos a hablar, como sucede en estos casos, de estética de la televisión».
IMAGEN TÉCNICA
Es posible, sin embargo, establecer un nexo entre las imágenes que la televisión emite sin una intención artística y el sistema de las bellas artes. El argumento podría ser el siguiente: la historia del arte se desarrolla paralela a los medios con los que cada época cuenta; el turno correspondería ahora a los audiovisuales y a los hipermedia, y hay que reconocer que existe un vínculo manifiesto entre éstos y las formas tradicionales de representación, tanto manuales como mecánicas. De hecho, numerosos movimientos y pintores del siglo XX dejaron constancia, en manifiestos y escritos, de la unión entre los avances de la técnica y el arte, al proclamar una estética de la máquina. (Hasta un Kandinsky llegaría a afirmar que «incluso una concepción mecánica conduce inconscientemente hacia una aventura espiritual»).
El ensayista de arte Giulio Cario Argan escribe al respecto: «No sólo aquellas imágenes que proceden de la inagotable mina de la antigüedad, sino también aquéllas que dependen de la experiencia sensorial pueden ser recogidas por la imaginación del artista sin orden ni concierto. Están también las imágenes que podríamos llamar técnicas y que forman parte del bagaje de nociones que el artista lleva consigo con las herramientas de su trabajo». El concepto de imagen técnica arroja una doble consideración. Mientras el artista se apropia de toda suerte de datos visuales para su iconografía, el inventor de nuevos sistemas reproductivos realiza las imágenes a partir de la tradición artística, quedando aquéllas transformadas por las propiedades del nuevo medio. Este fenómeno ya ocurrió con anteriores inventos; máquinas que, salvando las particularidades de cada una, tenían como referente a la pintura. Véanse, si no, los anteriores procedimientos de fijación de imágenes: las máquinas de dibujar, el grabado, la fotografía, el cine, etc. En suma, la televisión entra a engrosar las industrias de la reproducción y lo hace desde la tecnología y no desde la práctica artística. Capítulo aparte sería revisar cómo los artistas contemporáneos al nacimiento de la televisión, es decir, las vanguardias de los años veinte y treinta, se acercaron a las nacientes «artes de la comunicación», al menos desde la teoría. Si se sigue el proceso de los orígenes institucionales de la televisión, en paralelo a la actitud de las vanguardias artísticas con respecto a la «radiovisión», se observa que ambos eran incompatibles, hasta el punto que el nacimiento de la radiodifusión estatal en la segunda mitad de los años treinta acabó con las esperanzas que los artistas tenían puestas en la radiotelevisión.
Han sido ciertas corrientes artísticas o determinados autores del vídeo Han sido ciertas corrientes artísticas o determinados autores del vídeo —venidos de la pintura o la música—, los que han descubierto motivos en la televisión comercial y los que las han elevado a estatus artístico. Esas imágenes ya producidas (informativos, concursos, debates) son recogidas en sus trabajos y aceptadas por los críticos de arte, mientras que insertadas en el contexto televisivo de la programación son poco menos que despreciadas por esa misma crítica. La extracción de fuentes visuales, antes ignoradas, tuvo ya lugar a finales de los años cincuenta, cuando algunos artistas plásticos adoptaron las anónimas formas de la cultura popular. Era la época en que Roy Lichtenstein afirmaba que el Pop no consistía sino en «ampliar el arte comercial a la pintura».
MOSAICO
Cuando Marshall McLuhan definía la imagen-televisión como «mosaico», no sólo comparaba los elementos electrónicos (pixel) con los componentes del mosaico (teselas), también se refería a la falta de linealidad que ambas representaciones implicaban. «El mosaico no es uniforme, continuo ni repetitivo. Es discontinuo, sesgado y no lineal. Lo mismo que la imagen táctil de la televisión». Se trata de la imagen televisiva en tanto que reflejo de los modos de percepción a los que el ciudadano está sometido. Al antiguo mosaico puede equipararse la imagen de la televisión clásica. Es curioso observar cómo una de las primeras alteraciones que apareció en la posproducción videográfica fue el llamado efecto mosaico, consistente en reducir la forma y el color a cuadrángulos. En cualquiera de estas dos señales (luminancia y crominancia) se trata de sintetizar la imagen. La superficie del mosaico es un soporte icónico igual que la pantalla, aunque también son objetos; son «táctiles», como diría McLuhan. Dicha identificación resulta válida en la actualidad gracias a la apariencia objetual —«háptica», en el sentido de tacto visual—que están alcanzando las nuevas imágenes. En otro lugar, McLuhan establecía otra similitud entre técnicas artísticas y medios de masas. Es la semejanza existente entre la diagramación del periódico y el collage, de la que afirma: «Fíjese en cualquier página y comprobará que se trata de un collage. Es tan evidente que nadie lee una parte del periódico para tratar de entender la otra».
La relación entre el arte y los medios de comunicación masivos no es meramente casual. No hay más que pensar en la cercanía —cronológica y formal— entre el cubismo y el cine. Ambos procedimientos segmentaron el espacio, desafiando la lógica de la representación hasta entonces imperante. La técnica del collage y la del montaje cinematográfico podrían verse como soluciones afines ante diferentes medios, soluciones que la televisión ha seguido desarrollando. Siempre, eso sí, dentro de los límites permisibles que los historiadores del arte hayan otorgado a uno y otro procedimiento.
INTERFERENCIAS
La televisión genera dos tipos de interferencias. Aquéllas producidas por las deficiencias en la transmisión de las ondas y las que se originan entre los diferentes medios de expresión, ya sean las bellas artes o las artes comerciales. Por tanto, una interferencia de orden físico y otra de orden expresivo. Entre ambos tipos igualmente hay vínculos. El vídeo de creación, del que la televisión ha tomado alguno de sus estilemas, utiliza la distorsión con fines creativos: el ruido llega a imponerse sobre la señal nítida y perturba la imagen. Eso que ha venido a llamarse ruido visual ha dotado a las imágenes de cualidades plásticas, mientras que los inventores e ingenieros pretendían alcanzar la máxima definición.
En los comienzos y una vez superada la fase tecnológica que originó la visión a distancia, la televisión recogió todas las formas de la cultura popular: revistas ilustradas, cómics, cine, publicidad y, sobre todo, la radio («La televisión tiende a convertirse en una síntesis de la radio y el cine», escribirán Adorno y Horkheimer). Mas no sólo reprodujo sus contenidos, sino que adquirió sus lenguajes. Se trataba de una transferencia de las formas icónicas y sonoras de expresión popular al medio televisivo. La televisión llegó a ser una extensión de todas estas formas. Las interferencias entre los distintos soportes se corresponderían con los contagios sufridos entre las artes tradicionales (Europa) y las artes comerciales (Estados Unidos). Resulta difícil pensar que un reportaje televisivo o un videojuego entronquen, por ejemplo, con la perspectiva renacentista. Aunque si uno mira detenidamente, verá en ellos un compendio —subvertido, eso sí— de todas las imágenes que precedieron a la electrónica.
Debido a las interferencias, a las influencias mutuas, ahora lo importante no es categorizar los distintos tipos de imagen. Las imágenes pictóricas, gráficas, las publicitarias, las magnetoscópicas se confunden de tal modo que únicamente se podría hablar de Imagen per se. No se trataría tanto de hablar de historia del arte como de historia de las imágenes.
APROPIACIÓN
Los programas de televisión no son arte en sí mismos. Son las imágenes sacadas por el artista las que están destinadas a producir una obra de arte. Por tanto, las posibilidades artísticas de la televisión se encuentran fuera del contexto convencional de la producción, realización y emisión. Así, las imágenes que la televisión capta de los grandes acontecimientos —Tianamen; el juicio y ejecución del matrimonio Ceaucescu; la guerra del Golfo; la muerte de Lady Di—, son susceptibles de convertirse en obras de arte. Los artistas las retoman para su trabajo porque son idóneas y alimentan las últimas tendencias, consistentes por un lado en utilizar como soporte la imaginería de los medios de comunicación, y por otro en buscar temas en lo real. Lo real —en este caso la política— pasa primero por el filtro televisivo, para que después el artista lo siga reelaborando.
Con ello, el sistema del arte retoma estas imágenes con su aura de hecho relevante. Aquí se plantea un problema que Bertolt Brecht ya tuvo con el teatro: «El asunto es si el retratar los sucesos reales puede llegar a convertirse en misión del arte». En esta manipulación de las imágenes —primero por la televisión, después por el artista— se borra la realidad de donde parecen que fueron extraídas. La transformación consiste en un desprendimiento de toda referencia. Las «imágenes traumáticas» que ofrece la televisión quedan despojadas de todo referente y destinadas a un fin para el que no estuvieron concebidas en un principio.
A las prácticas de apropiación y manipulación, le sigue el fenómeno de la autorreflexión: tanto el arte como la televisión de hoy crean una imaginería que se está citando constantemente a sí misma. No cesan de hacer mención al modo de producir sus respectivas imágenes de una manera recurrente; como si ya no quedara otra opción.
REVALORIZACIÓN
Con el arte Pop surge la práctica antes mencionada en el trabajo de los artistas yque ya tenía precedentes en las vanguardias históricas: la introducción de elementos formales —icónicos, gráficos, sonoros— ajenos a lo artístico y entresacados de la técnica o la ciencia con una finalidad ahora expresiva. Dicha contaminación, también dada en la literatura, fue anunciada por el lingüista Roman Jakobson respecto a la poesía cuando observó que «se percibían e interpretaban como poéticos algunos escritos que no estaban destinados a serlo». En un texto posterior Jakobson volvió a este recurso: «La poeticidad no consiste en añadir una ornamentación retórica al discurso, sino en la revalorización total del discurso y de cualquiera de sus componentes (…) Así pues, todo elemento se convierte, en poesía, en figura del discurso poético ». Con ello, se incorporan al arte unas imágenes y unos materiales que provocan la ausencia de subjetividad en la obra. Trabajos más próximos al concepto de copia que a la personalidad creadora del artista. El arte contemporáneo no ha dejado de remitirse a la sociedad de la información, a la iconografía generada por los medios de comunicación. En efecto, la teoría del arte está revisando la influencia de la cultura de masas sobre el arte, y viceversa, las bellas artes en los medios de masas, a través de exposiciones propiciadas desde los museos de arte moderno.
Es una costumbre asimilada que el arte contemporáneo fabrique nuevas imágenes, no sólo a partir de obras reconocidas de las bellas artes (Equipo Crónica), sino de los productos que los medios difunden (el Pop Art británico y americano). Si Pissarro o Degas pintaron a la luz de la fotografía, Rauschenberg o Warhol lo hicieron a la luz del televisor. Y no sólo trasvasaron al lienzo sus imágenes. Lo que practicaron fueron nuevos tratamientos de la superficie pictórica, determinados por las posibilidades de la televisión. Los procedimientos o los soportes utilizados por el arte de hoy para reinterpretar el arte consolidado son los mismos que emplea para absorber las artes comerciales, hasta el punto de adquirir el mismo valor. Es el modelo de la apropiación. Así «los artistas adaptan el vocabulario de la televisión, sus códigos icónicos y efectos especiales, con el fin de alcanzar sus objetivos estéticos para desconstruir el lenguaje vulgar de la televisión. Por el contrario, la televisión consume las innovaciones artísticas para satisfacer el incansable deseo de la audiencia por una nueva y atractiva imaginería».
Las televisiones también tienden a reutilizar sus imágenes de archivo para la elaboración de nuevos programas. Es la tendencia de la actual televisión por recuperar su pasado reciente. Esta «nostalgia» por las imágenes y los sonidos históricos refuerza la función de metalenguaje que toda televisión tiene por definición. De nuevo, la televisión, como el arte, habla de sí misma.
LÍMITES BORROSOS
Lejos de levantar una polémica, irresoluble por otro lado, sobre si ciertas producciones televisuales se acercan a la concepción moderna del arte, éstas se plantean nuevas formas que, posiblemente, autores y conservadores del arte incluyan en los libros y en los museos. En los años setenta, algunas salas y galerías de arte contemporáneo organizaron exhibiciones o abrieron departamentos dedicados al vídeo independiente. Pero esta consideración se aleja del hecho televisivo. El videoarte, tan unido a la televisión por compartir la misma tecnología, tuvo una evolución bien distinta: desde un principio se desarrolló dentro de los mismos círculos artísticos. Así, en 1975, la conferencia de la Asociación de Museos Americanos propone la inclusión del medio videográfico en el museo. Ciertamente está muy lejos la televisión «considerada como una de las bellas artes», pero también lo estaba el cine antes de que el Museo de Arte Moderno de Nueva York impulsara, a partir de 1935, un departamento específico. No consiste en resolver si la televisión es arte o no; se trata de mostrar cómo arte y televisión son signos del imaginario de la modernidad, y presenciar de qué modo la imagen televisiva terminará por aceptarse sin reservas en el seno de la cultura visual.
Por un momento, avanzando hacia el fin de los años cuarenta, y una vez que en 1944 Dámaso Alonso publicase el desgarro expresionista que viene a ser Hijos de la ira, con su insólita aleación de poesía inglesa y de autoflagelación mística, la poesía española no parecía que pudiera heredar el sentimiento y el pensamiento religiosos tal y como habían llegado a constituirse en algo más que un asunto con Unamuno (su Cristo de Velázquez), con Antonio Machado (su Dios entre la niebla) o como habrían de hacerlo todavía en el Dios deseado y deseante del Juan Ramón final. Los poetas que estaban por llegar en los años cincuenta no parecían, por lo general, sentir-de eso se trataba, de sentir- como detonante poético algo que más bien les venía a parecer un tema propio del «arraigo» rehumanizador de la primera posguerra. Un temprano Cántico espiritual -de 1942- de Blas de Otero, o el Arcángel de mi noche, de Vicente Gaos, de 1944, frutos ambos de poetas de una generación intermedia, mostraban cómo en España, el planteamiento de lo religioso no podía ser, de momento, el que Eliot habría de hacer en su célebre ensayo sobre Dante, desligando creencia y emoción, y cómo no parecía haber otra realidad que la escisión inconciliable entre el desarraigo espiritual y la poesía más bien devocional de, por ejemplo, Gerardo Diego.
Así las cosas, había pocas posibilidades de que algún poeta nacido por los años veinte cuajara en continuador de los tonos de Panero, de Vivanco o de Muñoz Rojas. Y, sin embargo, dos poetas extremeños, de la misma promoción de quienes a comienzo de la década del cincuenta intentaban dar más vuelo a una poesía no sólo social, parecían dispuestos a esa continuidad, digamos (con la andadera de Dámaso Alonso) que arraigada. Uno, José María Valverde, cuyo libro Hombre y Dios, de 1947, fue saludado muy pronto con elogios (hasta de Juan Ramón). El otro, más oculto, más perdido en años poco propicios a su fidelidad devocional, menos rentable, claro, para los avatares posteriores, el hondo y digno Alfonso Albalá.
El primer libro de Albalá, Desde la lejanía (1949), guarda los timbres machadianos de aquella generación partida que ya no era la suya, y entre cantos de nostalgia a su tierra, muy entrañados, muy veraces, suenan por aquí y por allá algunos ecos posmodernistas de estampa de verano antiguo. Pero el camino a seguir no iba a ser, claro, ése, sino el trazado en el ahondamiento de la pasión y la emoción por la ausencia y la presencia de Dios, tal y como ya se anuncia allí («¡Toda la tierra es camino / para salir de la tierra»), el que la sed de armonía invita a tomar hacia lejanías señaladas por la misma y cierta noticia terrestre de Dios. No hace falta decir que la noticia de la que habla Albalá no tiene lo que de oscuro tenía la de Dámaso Alonso, y que, a esa noticia segura y clara que vislumbra en la belleza de lo que vive, el poeta sólo puede contestar con un canto de agradecimiento, tal y como lo hace al comenzar su segundo libro, Umbral de la armonía (1952), en un soneto precisamente dedicado a su amigo Valverde. Algunos romances un poco juanramonianos, un poco alucinatorios, dan el tono -más despojado, más abstracto, quizá, más transparente- de ese libro tras el que esperaba un largo silencio poético prolongado hasta 1966, que es el año en el que publica, también en Adonais, El friso, un largo y meditante poema de tono funeral en el que continuaba su alucinación anhelante de trascendencia.
Alfonso Albalá murió en 1973. En 1979 se publicaron los Sonetos de la sed y otros poemas, entre los que se incluyó El mendigo, dedicado a Aranguren. Su poesía, escasa y olvidada, no merece ser despachada como la propia -ya decíamos- de un tema poético que, al parecer, un buen día desapareció de la poesía española. A la lectura de El friso -quizá su mejor y más problemático poema-, uno puede recordar, entre muchos versos emocionados y otros emocionantes, aquellas palabras con las que Bergamín venía a aclararnos el hondo sentir lírico de quien sabe del demonio que habita en la certeza, porque, en la duda, lo que está es la fe.
Uno de los hitos fundamentales de la poesía española reciente lo constituye la publicación de Los países nocturnos (Tusquets, 1996), del poeta valenciano Carlos Marzal. Con anterioridad, Carlos había dado a conocer sus poemarios El último de la fiesta (1987) y La vida de frontera (1991), ambos en Renacimiento, la colección dirigida por Abelardo Linares en la que han hecho sus primeras armas algunos de los más significativos poetas aparecidos durante estos últimos veinte años.
La crítica ha alabado la maestría técnica de Carlos Marzal y ha destacado el carácter moral de su poesía. Esa maestría le sirve a Carlos para narrar con naturalidad y transparencia, incluso cuando se trata de difíciles introspecciones. El carácter moral otorga a su poesía una profundidad desacostumbrada en los tiempos que corren. Su poesía también es realista, o incluso naturalista, pero teniendo siempre en cuenta que ese naturalismo exterior está en función del hombre interior, al que aporta imágenes sensibles que le ayudan a explicarse. En los poemas de Carlos había antes desolación y humor, a partes iguales; ahora, el humor casi se ha ausentado por completo. Permanece la desolación, acompañada de una crepuscular ironía.
El inédito Aullidos en septiembre es un ejemplo perfecto de la puesta en escena de esa desolación. Con extrema minuciosidad, Carlos nos introduce en los sutiles cambios que van anunciando el final del verano. La atmósfera exterior encuentra su correspondencia en el estado de ánimo del poeta. Hasta el oído del lector y, desde allí, hasta su alma, llegan los ecos fantasmales de la música acuática de las piscinas. De repente, aparece con fuerza un poderoso símbolo del abandono: los perros errabundos, los perros que ladran a la impávida luna. La identificación final del hombre que escribe el poema con el perro abandonado no supone, desde luego, ninguna concesión a la ternura, sino una intensificación de lo terrible.
LA DIFÍCIL CLARIDAD
Carlos Marzal Todo gran arte es difícil en sentido general; otra cosa es que resulte oscuro, y otra muy distinta que su oscuridad merezca la pena. El gran arte con apariencia transparente es difícil de componer y aborda los más difíciles problemas de la existencia. Hay muchos asuntos vitales que viven en la bruma, sin respuesta, y por más que pretendamos iluminarlos nuestra mirada siempre es difícil y brumosa. Existe toda una tradición artística del pensamiento que se nutre de la difícil claridad. Ascender cumbres siempre resulta dificultoso, pero sólo desde la cima se contempla con nitidez el paisaje y se comprende el horizonte. No ignoro que la mayor parte de los lectores y escritores abominan de todo lo que suponga un verdadero esfuerzo. Eso ha ocurrido en cualquier época del arte y seguirá pasando, porque la población es holgazana y siente vértigo con solo encaramarse a un taburete. Ante la haraganería de sus conciudadanos, un escritor no puede hacer nada, salvo seguir disfrutando de su afición alpinista con un privado desdén olímpico de buen tono, y destinarles una cierta conmiseración por todo aquello que no ven quienes viven en el páramo.
AULLIDOS EN SEPTIEMBRE
Ha cambiado la luz: esto es septiembre.
La fórmula del aire ha padecido
la imperceptible mutación fatal
que sólo se percibe en el espíritu;
esta milmillonésima unidad de nostalgia
que flota alrededor y que electriza
la túnica inconsútil de las tardes.
El peso de la luz lo ha transformado
la eterna proporción de nuevos óleos
que enturbian hacia el gris la transparencia;
los plomizos pigmentos que averiguo
en la balanza de la hipocondría,
y cuya nada impregna el horizonte.
Ya se ha desvanecido en el silencio
el rumor entusiasta de los veraneantes,
y las casas adquieren su pátina lunar,
su quietud de artilugio al que nadie da cuerda.
Las piscinas difunden con un escalofrío
el eco fantasmal de su música acuática.
Entonces aparecen errabundos
los perros que abandonan a su suerte.
Como cada septiembre, merodean
con aire de filósofos amargos,
y ladran mendicantes a una luna
que los contempla impávida en su cielo.
¿Y en qué roto verano sucedió mi extravío?
¿A quién se le ocurrió la idea de perderme?
¿Dónde estuvo la casa de mi sueño y mi dueño?
¿Acaso algún ocioso turista rezagado
compondrá en su indulgencia mi elegía?
Septiembre se derrumba hacia una luz incierta.
Y el perro que ahora escribe aúlla
en esta página.
ABUELA
Apoyada sobre el respaldo de una silla, la abuela se había quedado mirando a su nieto, mi hermano menor, que hablaba con un muñeco al que introducía por debajo de las patas de la mesa. No sé qué ocurrió, pero la mandíbula le comenzó a temblar ligeramente. Alertada por el descuido, se giró hacia mí, pronunció jovialmente mi nombre, y me regaló la sonrisa que más me ha entristecido nunca. Puede que estuviera recordando estampas parecidas, con otros niños y otros juguetes en el mismo lugar, puede que solos o jugando entre ellos. Puede si no que recordara una mañana soleada de domingo, una carreta tirada por burros en la que iban montados una niña y otros niños, camino del valle, a visitar a los abuelos. En el viejo caserío le quitarían los pelos canosos de la barba al abuelo, capturarían lagartijas y jugarían a esconderse por las habitaciones grandes y oscuras de la casa. O puede que, a pesar de la calma del momento, recordara que esa noche también llegaría puntual sobre el techo de su cuarto una nube negra de tormenta, que posiblemente descargara relámpagos secos y temibles, como el que arrasó el caserío de sus abuelos hace ahora muchos años.
TIRANTES
Lo viste varado en la entrada y te dio pena. Te sorprendieron sus estridentes tirantes de cuadros rojos, que asomaron cuando se metió las manos en los bolsillos. La prenda le confería un aspecto inarmónico, no casaba con su pelo cano, con las arrugas de su rostro y su mirada desconcertada y temerosa. Concluíste que nunca los habría comprado él, se los abría regalado algún hijo o, más probablemente, algún nieto, pues sólo un niño podría tener el descaro para hacer un regalo a la vez tan vivo y ridículo. Te resultó difícil concebir a aquel hombre sin su prole, y lo encontraste desvalido. Lo imaginaste sonriente en alguna celebración, quizá con una copa de brandy en una mano y un crío posado en sus rodillas. Lo viste contando sus gestas de excepcional cazádor a hombres más jóvenes que le escuchaban con cierto escepticismo, regalando palabras cariñosas para las mujeres de la casa.
En éstas estabas cuando se acercó hasta ti la cuidadora Estela. «Don Leo, siempre a su aire», te dijo. Giró la silla de ruedas y te condujo al comedor, donde ya cenaba la pacífica y ausente multitud de ancianos.
METAMICROLITERATURA
El escritor de microcuentos, abatido por no haber dado con un cierre redondo, se arrojó por la ventana, sobre la cama, a las vías del tren, entre sus brazos.