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Ver productosLos mexicanos dicen de los españoles «que hablamos golpeado». Igualmente afirman que nos expresamos «como en el teatro». Esto indica que para las maneras suaves, radicalmente afirmativas y un poco suplicatorias del español de los habitantes del antiguo virreinato, la manera de manifestarse de los españoles de aquí es cortante, rotunda y hasta declamatoria.
Esto del lenguaje, «del habla», se las trae. Los especialistas nos abruman con sus teorías. Los académicos sabiamente nos corrigen, con la sana pretensión de la uniformidad lingüística y en unos casos nos amonestan y en otros hasta legitiman lo que decimos adecuadamente, pero que aún no había merecido su bendición.
En el difícil y determinante asunto del español en los medios audiovisuales —radio y televisión— se plantea siempre una cuestión previa: el español que se habla y el español que se escribe. En la radio y en la televisión, ¿tenemos que hablar como hablamos, o se ha de hablar como escribimos? ¿Un telediario o un informativo de radio —otrora también denominados «diarios hablados»— es algo que se dice o es algo que se lee?
La historia reciente nos ofrece algunas pistas. La menguada información de Radio Nacional de España desde su fundación en Salamanca hasta 1977, año en que se posibilita legalmente a las demás emisoras españolas la cobertura de los hechos noticiosos, era una radio leída, enfatizada y solemne. Es verdad que ya antes en algunos espacios, como España a las Ocho y Veinticuatro Horas, y en ciertos temas como la información deportiva municipal, se había ido perdiendo esa especie de rigor formal que desembocó en un gran grito de libertad a partir de la Constitución de 1977.
Como no se puede separar el fondo de la forma, hay que recordar también las inteligentes y denodadas peripecias de las emisoras privadas españolas, que en la larga afonía del régimen anterior tenían taxativamente prohibida cualquier forma de información —y de palabra libre— en sus micrófonos, por tener que conectar con la cadena oficial «con líneas a su cargo».
Cada uno se las ingenió como pudo, con recursos tan divertidos como ofrecer la información política desde una óptica local —que estaba teóricamente autorizada— lo que posibilitó programas como los pioneros Matinal Cadena Ser u Hora Veinticinco. Para instrucción de los más jóvenes y recuerdo de los desmemoriados, hay que insistir en que la radio española hasta esa fecha ya referida de 1977 estaba sometida a una desfallecida censura previa que obligaba a enviar todos los guiones radiofónicos —deportes incluidos— a la caprichosa autoridad del Ministerio. Como la realidad siempre se anticipa a la norma, y mucho más cuando ésta es tan injusta y de tan imposible cumplimiento, la radiodifusión española fue de una manera cautelosa e inexorable superando estos meandros, para desembocar en la libertad que hoy disfrutamos.
En aquella radio tan estructurada, tan guionizada, tan preestablecida, el lenguaje era académico, preciso y cuidadoso, servido inevitablemente por unas voces escogidas, impresionantes, algo distantes y premeditadamente convincentes. En contrapartida, el lenguaje en una radio abierta, a veces confidencial y a veces gritona, en casos espontánea y en casos precipitada, puede conducir a un lenguaje escaso, empobrecido, excedido de imperfecciones, conceptualmente limitado y pobre en matices. En explicable oposición a la solemnidad de antaño nos encontramos en ocasiones con el compadreo de hogaño, en que sobran los excesos y se hace notar una falta de exigencia de profesionales y empresas.
En Gran Bretaña, la BBC ha asumido durante mucho tiempo el papel de ser la referencia, el punto de encuentro y el elemento de unificación de un idioma de tan complicada pronunciación como es el inglés. Los norteamericanos, incluidos los históricamente más britanizados como los de la costa Este, explican eso de que ingleses y americanos «hablamos casi el mismo idioma». En España, la Real Academia de la Lengua, la mayoría de las veces en sintonía con las instituciones similares del otro lado del océano, «fija, limpia y da esplendor». Esa unidad, esa precisión y esa brillantez está claramente amenazada por una gran dispersión geográfica que tiene su más evidente manifestación en los medios de comunicación de masas y muy especialmente en los audiovisuales.
El espontáneo lenguaje de los comentaristas deportivos se constituye a veces en una jerga de difícil entendimiento, no sólo entre españoles y americanos, sino también entre argentinos y mexicanos y entre guatemaltecos y uruguayos. Ese fenómeno es especialmente patente en las producciones dramáticas, inter y extra continentales, de tal modo que a veces produce cierta hilaridad un «culebrón» azteca en los sensibles oídos de los exigentes chilenos. Aunque todavía perdura en los espacios infantiles esa especie de español acumulativo creado hace varias décadas en Miami, los oídos españoles ya han olvidado los telefilmes americanos de Perry Masón, en donde una interrupción era un «receso» y un armario era un «closed».
Curiosamente, si volvemos al principio resulta que un auto sacramental de Calderón o una tragedia de García Lorca no suena extraño en un oído americano, a pesar de la rotundidad —«del golpeo»— de los versos del clásico o del fino lenguaje del poeta granadino «porque estamos en el teatro». Lo mismo ocurre con una comedia de Benavente o de Casona.
Para los tratadistas, la radio es un medio de expresión; para los pragmáticos, la televisión es sencillamente un electrodoméstico. Pronto será difícil distinguir entre un medio y otro, porque todos —prensa incluida— nos llegarán por Internet y la radio tendrá imágenes; la televisión goza ya de unas cualidades sonoras que igualmente están en Internet; y los periódicos accederán a los lugares de trabajo o a los domicilios particulares a través de terminales individualizados.
Pero esa perspectiva, tan identificable y no tan lejana, no puede ocultar la esencia misma de una radio personalizada e íntima que precisa de un lenguaje abierto y convincente, de una televisión en la que la imagen —por esencial— necesita de una palabra solvente y documentada y de un mundo temático que, a través de los medios audiovisuales, no puede prescindir del énfasis del teatro clásico, de la naturalidad del lenguaje cotidiano y que siempre dependerá de las grandes películas de cine, unas en el español de aquí y de allá y otras adecuadamente dobladas para cada sociedad de acá y acullá.
El español de la radio —y de la televisión— pasa un evidente momento de desconcierto ante el panorama de crisis creativa de los medios audiovisuales. Especialmente esa situación se patentiza en la radio, que no ha superado el momento estelar del gran cambio de hace ya un cuarto de siglo, fundamentado en los grandes programas y en las indiscutibles figuras del medio. No se sabe cuál será la radio en español de este nuevo siglo, ni siquiera la de la nueva década. Esa radio precisará de un lenguaje nuevo, de un español más preciso al servicio de una información más solvente y de una programación menos monótona y más anticipadora.
En la televisión nos encontramos con situaciones parecidas. Un espacio tan debatido y denostado como Gran Hermano nos dio una pista que marcó un peligroso precedente. Para hacer realismo a estas alturas hay que acabar con las formas y especialmente con las verbales. El lenguaje de aquellos efímeros héroes de «la cultura popular» hablaban un español totalmente ininteligible que era tan real como abominable.
La palabra es, por encima de todo, una manifestación de libertad. El español de hoy en la radio y en la televisión ha sido el soporte de una gran libertad. Nadie añora el pasado, pero parece irrenunciable que el español de hoy y de mañana se enriquezca y que la libertad no suponga, para algunos, una coartada.
Dentro de doscientos años los historiadores dirán que, a comienzos del siglo XXI en España, la ley permitía patentar un cenicero o una agenda, pero no un programa de software . El dato es revelador para entender las tendencias dominantes en este tiempo y en nuestro espacio, a pesar de los grandes avances producidos y de la evolución en la comprensión de los fenómenos innovadores. Pero indica sobre todo el desafío que tiene por delante el español y su entorno europeo (con el que comparte legislación) para contribuir a las grandes fuerzas que configurarán el futuro de las nuevas generaciones. Asociar la lengua y la cultura a la nueva dimensión de la comunicación inteligente, determina sus capacidades de influencia y penetración. En definitiva, su liderazgo de futuro. No hacerlo es renunciar a ello. Y esto es algo que no está entre las decisiones de la dirección política del país, ni de su industria.
Pero los cambios de nuestro tiempo se distinguen por su velocidad y profundidad, que se compadecen poco con los reglamentos, procesos legislativos y las vastas burocracias de los viejos países y sus sistemas tradicionales. «El ciberespacio», escribía en el citado libro, «no está solo en los videojuegos, sino que responde a un nuevo entorno global e íntimo en el que el hombre moderno tiene que desenvolverse. Gobernar el ciberespacio no es algo de política galáctica y futurista, sino enfrentarse a una realidad cotidiana de nuevos medios y valores en la sociedad y los individuos». Había nacido lo que ya entonces denominé el mundo de Kubernésis, en referencia a la palabra griega utilizada por los autores de la literatura sobre el ciberespacio a comienzos de los años ochenta, y que representa además una forma de pilotar, dirigir y liderar procesos. Es el nuevo entorno de los sistemas inteligentes de comunicación, donde el hardware y el software son los principales componentes para conectar los seres vivos y los sistemas electrónicos y desarrollar su capacidad operativa.
La legislación actual española considera que en el software no hay invención susceptible de ser patentada, y lo prohíbe expresamente (artículo 4 de la ley 11/1986). En su apartado segundo establece las que no se considerarán legalmente invenciones patentables y cita literalmente los programas de ordenadores. Aunque el software es eso y algo más. Como consecuencia, esta industria tan decisiva en el desarrollo de las capacidades humanas, profesionales y empresariales, no puede desarrollarse en competencia con otras, y tanto en su producción como en su consumo se tiene que agarrar a las posibilidades de los mercados anglosajones, y especialmente de Estados Unidos. Por ejemplo, hay empresas españolas que están invirtiendo grandes recursos económicos y humanos en el desarrollo de sistemas con inteligencia artificial, que tienen que ir a patentarlos a EE UU.
Pero este mismo caso nos revela hasta qué punto padecemos todavía el dominio de una mentalidad y modelos antiguos, anteriores a la revolución digital y de la tecnología de las comunicaciones. ¿Por qué el software no se considera en España una invención patentable? Porque su contenido no tiene una representación física y al parecer no se considera todavía una aplicación industrial. En España el software se registra como propiedad intelectual.
DERECHOS DE AUTOR
Sin embargo, el software es la herramienta de mayor capacidad y actividad inventiva, en su propia creación, materialización y desarrollo -especialmente- industrial. Depende, como es natural, del programa de que se trate, pero uno avanzado y competitivo en el mercado implica, cuando menos, investigación, creación e invención, contenidos, producción industrial, diseño, programación y desarrollo de nuevas formas y lenguajes. Yo mismo creé y desarrollé en 1998 un programa de software para valorar y medir el impacto de los intangibles, y se desestimó su patente española por las razones hasta ahora expuestas. El programa es único y ha venido aplicándose industrialmente desde entonces, pero legalmente no se considera una invención patentable.
Si los españoles considerados entre los pioneros del mundo de la computación y los ordenadores en los siglos XIX y XX, como Leonardo Torres y Quevedo y José García Santemases, vivieran hoy, no dudarían en reivindicar el valor de estos instrumentos como las nuevas herramientas de la invención y la creación.
El software es precisamente el prototipo de lo que representa esa nueva dimensión de la comunicación inteligente. Une de manera operativa la inteligencia natural de sus creadores y usuarios, y la artificial de los sistemas electrónicos. Son programas de comunicación interactiva, y en consecuencia activan y desarrollan el sistema inteligente, expanden las conexiones y el conocimiento, integran el mundo virtual en el mundo real y hacen de lo intangible algo visible.
En su obra Connected Intelligence, Derrick de Kerckhove, director del programa McLuhan en la Universidad de Toronto, desarrolla con minuciosidad la vinculación entre interactividad, el hipertexto como nuevo lenguaje de comunicación de Internet, y las conexiones como red del nuevo sistema nervioso social y cultural, con la nueva dimensión del sistema inteligente.
Hoy en la cultura popular la comunicación inteligente se asocia a la modernización y desarrollo de la educación y calidad de vida. Por eso se utilizan los conceptos de aula inteligente, tarjetas inteligentes, edificios inteligentes, cámaras inteligentes. Por otro lado, esto significa que se ha hecho realidad lo que aventuró hace dos siglos Samuel Morse, quien no veía razón alguna para que la electricidad no fuera una energía de transmisión de inteligencia. Si esto resulta revelador para ver cómo los modelos culturales y de comunicación lingüística tienen que adaptarse a una nueva realidad vinculada a la innovación y la técnica, lo es más si apreciamos cómo todo ello afecta al conjunto de nuestras actividades y organizaciones, y a cada una de ellas. Empezando por el mismo potencial de nuestro sistema inteligente, y en consecuencia en nuestra capacidad perceptiva y de desarrollo mediante el análisis y la toma de decisiones.
No sólo se trata de entender y valorar este cambio, sino además de avanzar en lo que representa la diferencia entre medios y plataformas de comunicación, y las nuevas multiplataformas de modelos inteligentes de comunicación, que permiten a su vez el mayor desarrollo de una inteligencia versátil -y no reducida a la especialidad-.
Por su propio ámbito y naturaleza, los medios, sistemas y plataformas de comunicación son unidades limitadas. Internet, la prensa, la televisión o los teléfonos móviles están limitados por sus capacidades, por mucho que éstas sean cada vez muy superiores. Si un sistema inteligente, personal u organizativo dispone de una plataforma de comunicación, está limitado a ella, y así sucesivamente en función de las que vaya sumando. Por eso las industrias de estos sectores tratan de desarrollar entornos propios para cautivar y atrapar al usuario en su red.
Pero si ese sistema inteligente opera como una multiplataforma de comunicación que engloba en un mismo espacio sistemas, variables, y aplicaciones de uso combinado en diferentes medios, y contenidos integrados de información, formación y gestión, la persona dispone de una fuente de conocimiento y desarrollo de sus actividades muy superior. «Hemos llegado a un punto en el que virtualmente es posible desarrollar cualquier cosa que se quiera hacer en el mundo de las comunicaciones», decía ya en 1983 Arthur C. Clarke. Desde entonces se han multiplicado por millones las capacidades y potencial de los instrumentos de comunicación, y los nuevos componentes son de carácter nanoelectrónico. La comunicación tiene un potencial ilimitado por su dimensión global que combina su capacidad como fuente primaria de conocimiento, y la convergencia y multiplicación de medios y sistemas, con una nueva relación del espacio-tiempo. Con la particularidad de que la persona puede desarrollar sus actividades en un entorno que ella misma puede configurar.
Las empresas e instituciones españolas se han distinguido en la última década por su fortaleza y capacidad de expansión y penetración en los mercados exteriores. Ser portadores de estos modelos de comunicación inteligente les permitirá un mayor nivel competitivo. Las personas y usuarios de habla española en todo el mundo disponen de esos modelos y sistemas de origen anglosajón. Si esas mismas personas y usuarios no los tienen en el ámbito de su lengua y cultura, éstas pierden fuerza y potencial (y por tanto influencia y oportunidades) en su desarrollo. En definitiva, se trata de hacer realidad una visión global de nuestro entorno.
LO ESPAÑOL, EJE DEL DESARROLLO GLOBAL
En 1995 el entonces presidente de la República francesa, François Mitterrand, pronunció uno de sus últimos discursos públicos en la Asamblea de Estrasburgo. Advirtió a sus nacionales, no sólo con sus palabras sino también con su tono, que el español se había convertido en la segunda lengua del mundo occidental, lo que consideraba un desafío para la cultura y la influencia francesa.
Pocos años después, una mañana, los ingenieros y controladores de la NASA daban los buenos días en español a uno de los astronautas que viajaba entonces en la estación espacial. La emisión era retransmitida en directo por las grandes cadenas de televisión de todo el mundo. Pedro Duque se convirtió desde entonces en uno de los astronautas más populares. Tanto Duque como otro astronauta de origen español, Miguel López Alegría, divulgan cada día lo que representa la dimensión espacial para el desarrollo de nuestra vida cotidiana.
A punto de lanzarse un nuevo satélite de comunicaciones Hispasat para potenciar el sistema español, y con la infanta Cristina como primera dama del grupo español, López Alegría nos relató en Cabo Cañaveral la experiencia de quien percibe una nueva dimensión de la realidad humana en su espacio, conocimientos y recursos. La exploración espacial ha trasladado su dimensión a la vida cotidiana. Bastaría un apagón en el sistema mundial de satélites de comunicaciones para que dejara de funcionar la mayor parte de nuestra actividad planetaria. Los teléfonos móviles, las tarjetas de crédito, las comunicaciones empresariales, los canales de televisión, etc. El hombre y nuestra sociedad han pasado a depender de las comunicaciones y el desarrollo espacial.
Dependemos de la comunicación y sus modelos inteligentes son los que están marcando el signo del porvenir. Algo vital para una lengua y cultura universales como el español. Fue la réplica de Cervantes a Shakespeare: para ser hay que contar.
Es un hecho que las nuevas tecnologías están de moda y la moda arrastra un sinfín de beneficios, pero también una buena cantidad de dificultades, con soluciones muchas veces complicadas. Nos referimos al idioma español y sus limitaciones para participar en ese mundo que todos hemos acordado denominar de «las nuevas tecnologías» o «Sociedad de la Información».
La historia se remonta en el tiempo, pero la situación no ha mejorado. En efecto, en el I Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas en 1997, los académicos de las distintas Academias de la lengua acordaron que era necesario «defender el idioma español en Internet», ya que «el avance de las empresas españolas y de los periódicos escritos en castellano a través de este medio ha sido espectacular en los últimos años». El objetivo era ambicioso, pero no inalcanzable. Incluso para un especialista en lengua castellana como José Antonio Millán, los beneficios de este esfuerzo «pueden ser muchos si nuestra lengua se hace con un segundo lugar en la red -lo que es perfectamente posible-». Dentro de unos meses, los académicos volverán a reunirse en Valladolid y allí se volverá a discutir este mismo problema y a analizar la evolución del idioma español en la red. La situación será, cuando menos, compleja de analizar y las conclusiones, probablemente, algo pesimistas.
Para esas fechas, más de cuatrocientos millones de habitantes de la Tierra hablarán castellano, pero como señala Jordi Joan Baños en su comentario del Anuario del Instituto Cervantes, aunque nuestra lengua crece en el mundo gracias a Brasil y Estados Unidos, «el español empieza a quedar relegado o, cuando menos, desaprovecha las inmensas posibilidades que esta sociedad globalizada le ofrece. No se echa de menos ni se demanda un Internet en español, ya que coinciden casi exactamente las capas sociales que disfrutan de mejor educación -con un conocimiento fluido del inglés- y las que tienen acceso a las modernas tecnologías».
Pero además, no todos los hispanohablantes usan el castellano como su idioma en Internet y, cuando lo hacen, tiene un sentido «de puente de comunicación con sus raíces». Es decir, muchos son los que consultan los periódicos de su ciudad natal, muchos envían correos electrónicos a sus familiares en castellano; pero estos mismos usuarios de la red trabajan varias horas conectados por trabajo o afición en inglés. En el mejor de los casos, «charlotean» en un idioma nuevo que empezó cuando las nuevas máquinas aterrizaron en las mesas de trabajo y se convirtieron en instrumentos habituales. Así, hace ya muchos años que fax, módem o software son palabras de uso común para todo el mundo, se hable el idioma que se hable. El caso de la vulgarización de los términos internautas es aún más complejo. Por ejemplo, Yolanda Rivas, profesora de la Universidad de Texas, se ha quejado públicamente de la falta de cintura de los hispanohablantes a la hora de trasladar al idioma diario los neologismos ingleses que aportan las nuevas tecnologías. Según esta profesora, mientras los ingleses han adoptado el verbo to email, derivado de email, los usuarios del castellano nos resistimos a traducir «deletear» de to delete o «printear» de to print. Pero su postura está avanzando entre los hispanohablantes de Estados Unidos y, como dijo Alberto Gómez, uno de los especialistas del Departamento de Español Urgente de la Agencia EFE, en una divertida conferencia pronunciada en Caracas, esta posición lleva a que se escriban cosas como la siguiente: «Querido Jesús: ya que hemos decidido emailearnos, te envío un archivo para que lo downloadees a tu ordenador. Lo he encontrado surfeando en la web, cliqueando de site en site. Lo puedes pasar a un floppy o printearlo, y si no te interesa salvarlo, lo deleteas».
Gracias a Dios, no todos piensan igual y este mismo movimiento de los ciberspanglish ha generado multitud de respuestas contrarias por parte de los defensores del idioma de Cervantes, tratando de neutralizar una postura absurda pero real. De hecho, en Internet están presentes cientos de periódicos en castellano, Academias como la Norteamericana de la Lengua Española, la agencia EFE, el Instituto Cervantes o «La Página del Idioma Español».
Efectivamente, este nuevo mundo idiomático parte de un hecho incuestionable: la tecnología que lo alimenta es de origen inglés, toda su bibliografía nace en ese idioma. Hasta el académico Lapesa lo admite: «resulta inevitable que ahora las mayores influencias procedan del inglés; como en el siglo XVIII venían del francés. Todos los idiomas se influyen y se contaminan unos a otros». En general, todos admiten ese hecho pero es necesario que, con independencia del origen de los términos, seamos capaces de adaptarlos a nuestra propia lengua. No hemos de olvidar que, como decía Xosé Castro, por este «sarampión» ya pasaron otros y ahora estamos «en la fase en la que se mezclan términos en inglés y en castellano, hasta que se encuentra un término que puedan comprender la mayoría de los destinatarios. Por esa misma fase pasó la televisión, las batidoras y los secadores de pelo…».
Con todo ello se ha de tener en cuenta que el castellano está sufriendo una erosión que hay que tratar de minimizar y solventar. Al principio, se han mencionado algunos términos como fax o módem y lógicamente la realidad de Internet conllevará algunas otras pérdidas. Pero a todas ellas hay que sumar las que están protagonizando las generaciones más jóvenes con el uso de los mensajes telefónicos, en los que cualquier palabra es susceptible de ser reducida a su mínima expresión: querer se reduce a krr, saludos es sal2, o porqué es xk. Este cúmulo de riesgos hace que el esfuerzo de defensa del idioma no se pueda dejar en manos de las autoridades. Todos debemos tomar conciencia de ello, incluidas las multinacionales del sector. En este sentido es importante retomar los propósitos de empresas como Microsoft, que tras un sonoro fracaso con su diccionario al castellano fue capaz de afirmar: «hagamos entre todos del español una lengua universal, tratando de aunar esfuerzos con el objetivo de evitar, en la medida de lo posible, por una parte los vacíos existentes en el lenguaje técnico y por otra, el surgimiento y la adopción de nuevos términos en inglés que no tengan su correspondiente adaptación en español».
El potencial que espera este esfuerzo es de casi quinientos millones de personas y va en aumento: dos de cada tres estudiantes USA eligen el castellano como segundo idioma, el Parlamento brasileño discutirá en los próximos meses la propuesta presidencial de que el castellano sea lengua obligatoria en la educación de este país que, por sí sólo, cuenta con cincuenta millones de menores de quince años. La progresión puede ser espectacular.
Y todo ello sin hablar del triunfo de la «ñ». Una batalla que, por fin, se ha ganado y que dará nuevas opciones para aplicar con rigor idiomático una nueva estrategia de defensa del castellano. En definitiva, junto al esfuerzo político y empresarial es necesario plantear un escalón más, el del usuario de la red, el del hispanohablante concienciado de la riqueza de su idioma, de manera que los millones de personas que hoy ya utilizan Internet no dependan de su conocimiento del inglés para tener acceso al bien de la Información.
El número de usuarios de la red en España crece continuamente. En febrero de 2000 eran 4.319.000 las personas con acceso a Internet, lo que representaba el 12,4% de la población mayor de 14 años. El número de individuos que realmente hicieron uso de este acceso durante el último mes de diciembre fue 3.660.000, lo que equivale al 10,5% de la misma población. Basándose en esta tendencia, que podría incrementarse, hay previsiones que señalan que, a finales de 2002, prácticamente toda la población española tendrá acceso a Internet, aunque hará uso del mismo solamente un tercio de los ciudadanos.
Existe, sin embargo, un retraso entre la disponibilidad del acceso a la red en España y el nivel medio en Europa occidental. La diferencia es muy notable, en especial con los países nórdicos, auténticos líderes mundiales. Pero lo más dramático es que todos los países comparados superan entre dos y cinco veces la penetración que se registra en España. La oferta española en la red es, pues, aún muy pequeña, aunque empieza a tener presencia en el exterior. Las empresas españolas que venden on line realizan al menos un 20% de sus ventas fuera del país, principalmente en Latinoamérica. Casi todas las estimaciones coinciden en que el despegue del comercio electrónico en España tendrá lugar en torno al año 2002, merced a la implantación de la moneda única. Para entonces, la AECE calcula un volumen de negocio de alrededor de 255.000 millones de pesetas, con un crecimiento anual del 400%.
En los últimos años, se han desarrollado en español productos y servicios de gran calidad y con aplicaciones de creciente interés, que se están extendiendo a otras áreas latinoamericanas y a otras lenguas del Estado español. Entre ellos cabe destacar:
a • El Portal de Voz, que constituye un punto de entrada a Internet con acceso vocal, utilizando terminales telefónicos tanto de la red fija como de la red móvil con avanzadas técnicas de conversión y reconocimiento del habla, y combinadas con la codificación de la voz sobre IP.
b • El FonoMail, que permite el acceso a los servicios de e-mail por teléfono, incluyendo la recogida de los correos electrónicos, la detección de idioma, la corrección automática del texto y el filtrado de términos de Internet. Permite asimismo los envíos y reenvíos de correos electrónicos a direcciones de la agenda.
c • La Agenda con Puesta en Llamada, que incluye una agenda personal y de negocios con acceso autenticado, es decir, con verificación del usuario. Este sistema permite la marcación vocal y la introducción vocal de dígitos de forma individual o concatenada.
d • El Browser vocal que, utilizando el reconocimiento del habla, permite navegar por contenidos escritos en VoiceXML, especialmente destinados a servicios de información patrocinados, como los servicios turísticos o de ocio.
En la actualidad, existe un reconocimiento mundial de la importancia del español como idioma base de la cultura y del conocimiento, y se puede decir que su repercusión como tercera lengua está aumentando. Sin embargo, esta indiscutible expansión del español no puede servir para descuidar aspectos cualitativos de gran repercusión social y económica.
No basta con contar con una lengua de comunicación internacional de amplia cobertura; es necesario estimular actuaciones que impulsen el español como soporte de las tecnologías de la información a la altura de su arraigo internacional. Éstas deberían garantizar la existencia de los desarrollos técnicos necesarios para que el español mantenga su rango de aplicación en los interfaces hablados con los proveedores automáticos de información. Los servicios interactivos de información y entretenimiento constituyen el nuevo motor económico mundial. Sólo si el español conserva su capacidad de interacción hablada con los sistemas automáticos podrá seguir considerándose como una lengua de comunicación internacional de primer rango.
Las repercusiones económicas para los países hispanohablantes serán sin duda enormes. Este colectivo constituye un mercado potencial tan rico como poco explotado. La industria norteamericana es puntera en la elaboración de sistemas interactivos basados en tecnología del habla, y ha descubierto recientemente el rico potencial de la lengua española lanzándose a su conquista. Si los países hispanohablantes desatienden su política lingüística, sus ciudadanos consumirán ávidamente los productos desarrollados por industrias de tecnologías del habla norteamericana o incluso japonesa, que introducirán un español tecnológico de raíces fonéticas y sintácticas muy diferentes. Todo ello tendría graves consecuencias tanto para la economía como para la cultura de nuestro país.
El español es deficitario en productos de tecnología lingüística, y resulta llamativo que países donde este idioma no es lengua oficial aprovechen su pujanza industrial para construir productos lingüísticos en español. Es preocupante observar que los pequeños sistemas comerciales de ayuda a la traducción automática, glosarios, diccionarios y métodos de aprendizaje del español que están en el mercado no proceden de la industria española. Esta situación pone de manifiesto el hecho de que empresas e instituciones extranjeras se estén abriendo camino, realizando productos de soporte lógico o software en español para aplicaciones tan fundamentales en el desarrollo de la Sociedad de la Información como en la traducción automática o asistida, la elaboración automática de diccionarios y léxicos, la comunicación oral hombre-máquina y la enseñanza informatizada del español.
Se abordan tres aspectos diferentes, pero concatenados estre sí: el problema de la escasez de producción científica publicada en español; la cuestión de la investigación científica sobre lengua española; la contribución que podrá ofrecer el Instituto de la Lengua Española.
Me propongo ir al encuentro del enunciado del título en tres aspectos diferentes, pero concatenados entre sí: el problema de la escasez de producción científica publicada en español; la cuestión de la investigación científica (lingüística, semiológica) sobre lengua española; la contribución que podrá ofrecer el Instituto de la Lengua Española (ILE) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) a la atención de las necesidades que cabe mencionar en los dos primeros apartados.
I
Es bien conocido el hecho de que, ante la desbordante producción de escritos sobre ciencia que caracteriza el mundo académico actual, la selección de lo que resulta imprescindible se realiza clasificando las revistas por categorías según unos criterios más o menos sólidos o discutibles, pero que tienen la virtud -la función crea al órgano- de ir convirtiéndose en indicadores de calidad. Si un científico ha conseguido un hallazgo que juzga importante, luchará para que aparezca en una revista a la que acuden necesariamente los que tienen capacidad de calibrar esa importancia, y así es como la revista en cuestión acaba recibiendo lo más relevante de la producción mundial. Todo el mundo de la ciencia sabe lo que significa publicar en Nature o Science.
Es notorio que esas revistas de referencia se escriben en inglés, de modo que los científicos españoles tienen que publicar en esa lengua -la actual lingua franca de la investigación- para poder estar presentes en el concurso internacional.
En un reciente trabajo publicado en Arbor (ns 653, mayo de 2000, págs. 1-15), recogí una tabla de la producción científica medida en publicaciones controladas por el Institute for Scientific Information (ISI) de Philadelphia (Pennsylvania, EE UU), correspondiente al período 1993-1997. El total de trabajos publicados de todas las áreas, entre cuyos autores al menos uno tenía su sede institucional en España, fue de 79.047. En ese momento y según esa referencia, el peso mundial de las publicaciones científicas nacionales representaba el 2,37% de las publicaciones científicas del mundo y otorgaba a España el undécimo lugar en la correspondiente clasificación.
Acudamos ahora al trabajo publicado por los miembros del Centro de Información y Documentación Científica del CSIC, Elena Fernández, Luis M. Plaza, Adelaida Román, Consuelo Ruiz y M. Carmen Urdín en el Anuario del Instituto Cervantes de 1998 (págs. 257-298). En este escrito, los investigadores del CINDOC consultan en algunas de las principales bases de datos de ciencia y tecnología las cifras correspondientes a los trabajos publicados en idioma español en el período 1992-1996. Los resultados son los de la tabla siguiente.
Según estas cifras, la producción de artículos en español representa aproximadamente el 5%o de la producción total. Además, deberíamos matizar estos datos a la baja, teniendo en cuenta que casi la mitad se encuentran en la base Medline y que ésta base, junto a Biosis y CA, acumulan el 90% de todo lo publicado en español.
No es preciso insistir mucho. Sin pretensiones de exactitud, baste comparar, en períodos de tiempo parecidos, el 2,37% de arriba con el 5%o de abajo y tomar nota, además, de que, en el segundo caso, se trata no sólo de producción española, sino también de la proveniente de la América hispanohablante o de cualquier autor que, por cualquier causa, haya escrito en español. La diferencia resulta abrumadora.
No hay razones para el optimismo. Las otras dos lenguas románicas con peso de hablantes, el francés y el italiano, arrojan igualmente resultados descorazonadores. Hay que advertir, sin embargo, que estamos hablando de ciencia en un sentido «duro». La Ciencias Humanas y las Sociales presentan mejores resultados al respecto. Naturalmente, muchas de las mejores revistas académicas sobre lengua y cultura española se publican en español, lingua franca, por definición, de todos los hispanistas del mundo.

Con todo, una lengua como el español, de 400 millones de hablantes, debe aspirar a ser también otra lengua de la ciencia, lo que contribuiría a aumentar de forma exponencial la conciencia científica de sociedades hispanoparlantes. Se debe dar paso al nacimiento de un español de la ciencia al menos en tres direcciones. La primera consistirá, como es obvio, en mejorar la calidad y cantidad de nuestra ciencia, lo que entrañaría que se volcase el interés hacia los primeros resultados en español de lo que más tarde se ofrecería en inglés. La segunda obligará a confeccionar en español elencos suficientes de terminología que permitan el fácil manejo de los datos e instrumentos científicos y técnicos. La tercera demandará una incesante batalla diplomática para que el español sea lengua cooficial en congresos y publicaciones, lo que atraerá a su conocimiento al mundo científico, como ha hecho con el mundo turístico o económico en general.

II
Otra relación que cabe establecer entre los enunciados del título se refiere a la investigación científica sobre el español y la cultura de lengua española. No me refiero sólo a la literatura. Sea cual sea el alcance que se le quiera dar a esta afirmación, hay que aceptar que la lengua natural es el sistema semiológico fundamental que condiciona profundamente los otros sistemas de la cultura. La investigación adecuada de estos sistemas deberá permitir mantener en estado de vigilia nuestro patrimonio cultural y facilitar los intercambios científicos y técnicos.
Una tarea todavía por hacer, al menos parcialmente, es la elaboración de un vocabulario científico y técnico adecuado. La meritoria publicación que con este título ha editado la Real Academia de Ciencias es notoriamente insuficiente. Facilitaría el ascenso del español como lengua científica el hecho de disponer de un elenco propio para todos los términos. No se me oculta, sin embargo, la relación que esto guarda con el propio desarrollo de la investigación española: los términos españoles irán a la par cuando las innovaciones que los reclamen surjan también a la par en el panorama de la ciencia mundial.
La investigación gramatical tiene que ser incesante. El dominio de la propia lengua y el desarrollo del estudio del español como lengua extranjera requiere una continua actualización de conocimientos sobre la norma y la naturaleza del lenguaje. Los conocidos avances en metodología son deudores siempre de investigaciones científicas, aunque éstas no alcancen, como es comprensible, notoriedad pública.
Hay que completar los atlas lingüísticos del español de España y América en conexión con los atlas de las otras lenguas de cultura que comparten nuestro entorno de relaciones sociales, políticas y económicas. La ciclópea labor llevada a cabo por Manuel Alvar y numerosos colaboradores en la segunda mitad del siglo XX deberá ser culminada y, a la vez, habrá que atender a su permanente actualización.
No cabe duda de que el panorama cultural es la puerta más directa a través de la cual tendrán acceso al español muchos de nuestros contemporáneos de otras lenguas. Mantener el patrimonio cultural en estado de renovación constante no sólo tiene sentido en cuanto supone el cuidado de un tesoro propio (y ya es bastante), sino también en cuanto constituye un reclamo universal.
Literatura, cine, pintura, música… debidamente presentados contribuirán a una presencia cada vez más importante del español en la red. Cabe decir, sin temor a equivocarse, que la investigación de ese patrimonio, que lo disponga para su ingreso en los sistemas educativos y en los circuitos de información, es de importancia capital en orden a esa presencia que se ansia (y sobre la que todavía hay mucho por pensar) en la nueva sociedad de la información.
Quizás resulte sorprendente que la respuesta a nuevos retos pueda venir de labores que tanto tienen que ver con la rancia filología o con la antropología tradicional. No me cabe duda, sin embargo, de que esto es así. Descuidar los contenidos por aferrarse al último método vale tanto como despojar al método de cualquier finalidad. Sin investigación callada y perseverante no habrá materia que ofrecer ni sobre la que establecer diálogo en la nueva sociedad. El debate de las Humanidades que ha ocupado tanto espacio en los últimos tiempos tiene mucho que ver, me parece, con esta verdad. Para volcarse en mostrar los propios contenidos, es necesario, insisto, tener contenidos que mostrar.
III
En 1928 Ramón Menéndez Pidal trasladó el Centro de Estudios Históricos, resultado de las iniciativas de la Junta de Ampliación de Estudios, de la calle de Almagro al hasta entonces Palacio del Hielo, sito en Duque de Medinaceli. Desde ese momento, el caserón de Medinaceli ha albergado la mayor parte de las investigaciones sobre Historia y Filología de lo que, después de la contienda civil del 1936-1939, se llamó Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Recientemente, el nombre de Centro de Estudios Históricos ha sido sustituido por el de Centro de Humanidades, ya que la denominación de Menéndez Pidal respondía a la convicción, propia del paradigma científico vigente en aquellas fechas de que, en lo atinente a las humanidades, no admitía más ciencia que la historia. El Centro alberga tres institutos: Instituto de Historia, Instituto de Filología y el nuevo Instituto de la Lengua Española.
Como es sabido, la labor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el terreno de las humanidades podría ser comparable a la de cualquier universidad. La diferencia estriba en que en la universidad se enseña y se investiga y en el CSIC está dedicado casi exclusivamente a la investigación.
Pues bien, la experiencia muestra que esta organización aporta un refuerzo significativo al sistema académico español en general. Al estar el CSIC al margen de obligaciones docentes, se pueden abordar en él trabajos en equipo que requieren dedicación absorbente y larga continuidad. No quiere esto decir que no se pueda hacer lo mismo en la universidad. Ahí está, por ejemplo, en la materia que nos ocupa, el proyecto llevado a cabo por Ignacio Bosque (Universidad Complutense) y Violeta Demonte (Universidad Autónoma de Madrid) sobre gramática española, o las ediciones del enorme corpus de Lope de Vega que Alberto Blecua dirige en la Universidad Autónoma de Barcelona o el ciclópeo programa encabezado por Ignacio Arellano en la Universidad de Navarra sobre Calderón de la Barca y la literatura de la Edad de Oro.
De todos modos, el Instituto de la Lengua Española del CSIC, además de ser un puntal más, resulta especialmente apto para integrar en sus proyectos aquellas iniciativas de otros lugares en que no resulta fácil formar grupo. La publicación de Revista de Fitología Española, Revista de Literatura y Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, además de la edición compartida de Anales Cervantinos, es una muestra de cómo el Instituto puede ofrecer un canal de calidad al servicio tanto de la investigación propia como la de toda la comunidad académica.
Por otro lado, su integración en la mayor institución española de la investigación científica y técnica proporciona una vecindad muy conveniente a los efectos antes mencionados de convertir poco a poco al español en uno de los grandes idiomas del panorama científico internacional.
Los grupos del Instituto de la Lengua Española del CSIC, insertos administrativamente en los departamentos de Antropología, Lingüística Española y Literatura Española, llevan actualmente a cabo proyectos sobre Fonética, Gramática, Geografía Lingüística, Diccionarios, Literatura, Folklore, etc. El proyectado desarrollo del Instituto augura un salto considerable en cantidad y calidad.
De las grandes instituciones existentes en España en pro del español, la Real Academia Española proporciona fundamentalmente el Diccionario y la Gramática oficial del español y el Instituto Cervantes lleva a cabo la enseñanza del español y la difusión de su cultura por el mundo. El Instituto de la Lengua Española del CSIC, en colaboración con grupos universitarios, deberá abordar proyectos concretos de investigación científica sobre el español de los que se podría beneficiar la Real Academia, el Instituto Cervantes y el sistema de la cultura y de la ciencia en general.
Ciertamente, el papel que desea representar el ILE, según se advertía antes, no aspira a la notoriedad propia de las importantes instituciones mencionadas, pero eso no le resta valor. Por ejemplo, la labor anónima y eficaz que nuestro investigador Leonardo Gómez Torrego lleva a cabo actualmente al servicio de la Gramática Normativo-Descriptiva y del futuro Diccionario de dudas de la RAE no por poco conocida es menos necesaria. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, al crear el ILE, sólo quiere arrimar el hombro de la mejor forma posible a la causa del español.
MIGUEL ÁNGEL ALARIO
FACULTAD DE CIENCIAS QUÍMICAS, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
Es necesario referirse a una comunidad hispanohablante de cerca de cuatrocientos millones de individuos, cuya contribución a la ciencia no ha sido hasta ahora enorme, pero que posee un importante potencial. México, Brasil -donde el español avanza- y Argentina, por ejemplo, son países con unas posibilidades científicas importantes.
Respecto a la comunicación de esa ciencia, española o hispanohablante, cabe distinguir dos niveles. De una parte, la pura comunicación científica seguirá haciéndose en inglés, mientras los Estados Unidos sean la potencia científica líder. Sin embargo, en lo que se refiere a la divulgación científica, es obvio que a esos cuatrocientos millones de hispanohablantes hay que transmitirles los conocimientos científicos de manera asequible y en su lengua propia.
El siglo XXI será el siglo de la ciencia, en línea con lo que comenzó ya en el XX. Los males que nos aquejan: calentamiento global, desertificación, agujero de ozono, lluvia ácida aún persistente, la evolución de El Niño y La Niña, los terremotos, enfermedades como el sida o la ECJ, por no citar más que unos pocos ejemplos, son problemas que sólo puede resolver la ciencia y que hay que dar a conocer a la sociedad, lo que únicamente podrá lograrse empleando el medio de expresión que conoce la gente. Pero no sólo las catástrofes, también los -pocos- grandes proyectos de este siglo, como la Estación Espacial Internacional, la exploración del sistema solar o el conocimiento del genoma, tendrán que ser explicados en la lengua española común, nuestra língua franca. En este aspecto, el futuro es más esperanzador que el presente.
CARLOS BELMONTE
DIRECTOR DEL INSTITUTO DE NEUROCIENCIAS, UNIVERSIDAD MIGUEL HERNÁNDEZ, CSIC
Si por ciencia en español entendemos la cultivada por la comunidad de países iberoamericanos, hay que empezar diciendo que las diferencias en producción científica entre éstos son tan marcadas que resulta impropio hablar unitariamente de «ciencia en español». España, por ejemplo, produjo el año pasado el mismo número de publicaciones biomédicas que el total de los restantes países iberoamericanos.
Debemos admitir además que, a pesar de constituir un conjunto muy amplio de países con una lengua común, nuestra presencia en el panorama científico internacional como unidad cultural y lingüística es muy limitada y está mal definida. El español no es hoy una lengua científica y se da la paradoja de que incluso las revistas de investigación de nuestros países se editan en inglés para lograr no sólo difusión, sino el prestigio vinculado hoy a esa lengua como vehículo de comunicación internacional en ciencia. El inglés ha monopolizado la comunicación entre científicos y desplazado, a mi juicio irreversiblemente, al español, al igual que ha hecho con tantas otras lenguas, ligadas a una cultura científica mas sólida que la nuestra, que tradicionalmente se ha orientado más a las humanidades.
Desgraciadamente, el inglés contamina además de manera progresiva el español con barbarismos científicos. En nuestra mano está evitarlo. «Corrientes aguas, puras, cristalinas», dice un verso de Garcilaso. Una lengua capaz de transmitir emoción estética, simplemente por el modo en que se ordena un puñado de palabras sencillas, no merece ser arrinconada, ni descartada a la hora de servir para expresar un producto tan valioso de la razón humana como lo es la ciencia.
JOSÉ ELGUERO
INSTITUTO DE QUÍMICA MÉDICA, CSIC
En Química, el presente del español es malo y el futuro incierto. Podríamos decir de él lo contrario de lo que se comentaba de Austria en el periodo de entreguerras: «desesperado pero no sin esperanza». Ahora es malo, porque la revista en español Anales de Química, por ejemplo, ha desaparecido; porque la red esta hecha para el inglés (sin acentos ni letras nacionales), porque incluso los congresos entre latinos se desarrollan en inglés.
Pero tengo la esperanza de que Iberoamérica hará por nosotros lo que los Estados Unidos han hecho por el Reino Unido: que salve el español. Hay revistas en nuestro idioma en México, Argentina, Chile y Venezuela, entre otros países. Y, naturalmente, entre nosotros «chateamos» en español. Debe quedar claro que no existe ninguna dificultad en expresarse científicamente en nuestro idioma, aunque no debemos llegar a decir, como el gran teórico francés Raymond Daudel, que uno sólo puede pensar en su propio idioma.
ANTONIO FERNÁNDEZ-RAÑADA
CATEDRÁTICO DE ELECTROMAGNETISMO, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
Es cierto que el inglés es la lengua básica para la investigación y la comunicación internacional, pero eso no significa en modo alguno que las otras lenguas, y el español en particular, no tengan papel alguno en la ciencia. Todas son importantísimas. Hay varios ámbitos en los que la lengua propia es imprescindible: en la enseñanza, la divulgación, el periodismo y el análisis de consecuencias sociales de las nuevas ideas o de las políticas científicas. Todas las lenguas son necesarias para la ciencia de un país, pues una comunidad científica no puede alcanzar su madurez si no es capaz de hablar de ciencia por encima de las especialidades y con los demás sectores sociales. Por eso creo que despreocuparse del español científico es un error, cargado a menudo de esnobismo. Los científicos españoles debemos esforzarnos por hablar y escribir un buen español, procurando contribuir a mantenerlo activo como lengua de debate científico.
JOSÉ LUIS HUERTAS
DIRECTOR DEL INSTITUTO DE MICROELECTRÓNICA DE SEVILLA
Actualmente la ciencia de calidad sólo existe en inglés. Esto no significa que no haya buenos científicos ni centros de investigación de excelencia en el mundo de habla hispana -o en el ámbito de otras lenguas-, pero desde luego la comunicación científica se hace mayoritaria y casi exclusivamente en inglés.
Esta situación tiene su origen en la necesidad de buscar un soporte universal y homogéneo para compartir y así hacer progresar la ciencia. Descartadas las lenguas orientales y abandonado el latín hace mucho tiempo como lengua común, los diferentes idiomas europeos han peleado por sustituirlo. El español, debido sin duda a una historia de espaldas al mundo científico, apenas contó en una contienda en la que el inglés se ha impuesto al francés y al alemán. Desde luego, aspectos políticos tan importantes como el alto desarrollo científico, tecnológico y económico de Estados Unidos han jugado un papel decisivo en esta competencia, especialmente después de concluir la Segunda Guerra Mundial.
Pero además de esas razones políticas, entre las causas por las que el inglés ha logrado afirmarse se cuenta, en primer lugar, su implantación universal, que hace de ella la lengua hablada en mayor número de países, bien como lengua oficial o bien como lengua aprendida.
En segundo lugar está su plasticidad y creatividad para la incorporación rápida de nuevos términos científicos; más recientemente, de acrónimos para representar conceptos científicos.
La tercera causa estriba en la existencia de un potente mecanismo de edición en lengua inglesa, representado por las editoriales británicas y norteamericanas.
Una cuarta razón, vinculada a la anterior, está relacionada con la aparición y universalización de mecanismos de valoración de la actividad científica basados en la consulta y referencia del material bibliográfico en inglés -los tan traídos y llevados índices de impacto-.
¿Quiere esto decir que hemos de renunciar a una ciencia en español en el futuro? Probablemente -y desafortunadamente desde la perspectiva de nuestra hermosa lengua- la respuesta a corto plazo es que sí. No tiene sentido para el mundo de la ciencia un cambio de la actual situación sin razones de peso. Sería difícil desbancar al inglés sin más motivo que la defensa del acerbo cultural de cualquier otra lengua.
A largo plazo, sin embargo, las cosas pueden ser diferentes. En este momento la publicación y difusión de resultados científicos está en trance de sufrir una revolución debido a la presión de Internet y, en general, al uso masivo de las tecnologías de la información. Un elemento nuevo es la posibilidad de traducción instantánea de textos a múltiples lenguas, por medio de programas informáticos.
Para ello sería necesario trabajar en la universalización del aprendizaje del español en el ámbito científico. Se precisarían, además, mecanismos de publicación -y de valoración- de resultados en nuestra lengua, que tuvieran los mismos filtros de calidad que han servido para prestigiar los medios anglosajones. Finalmente, sería imprescindible dotarnos de procedimientos que pudieran facilitar la adopción y creación de nuevos términos de forma rápida y unívoca.
En definitiva, el posible cambio va a depender de las capacidades que el español ofrezca y del grado de compromiso que políticos, investigadores y Academias de la Lengua adquieran en promoverlo.
CÉSAR NOMBELA CANO
CATEDRÁTICO DE MICROBIOLOGÍA, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
La internacionalización de la ciencia ha impuesto el inglés como lengua franca, entre otras razones por el enorme peso de la ciencia norteamericana (el 35% de la producción científica mundial de relevancia procede de ese país). Hay, sin embargo, a mi juicio, un hueco para la producción científica en español, sobre todo si sabe beneficiarse de las nuevas tecnologías. Es preciso reforzar la cohesión de la comunidad científica hispanohablante, una tarea que deben liderar las instituciones y apoyar los Gobiernos, especialmente el español. Hace falta desarrollar con precisión el léxico científico-técnico, adaptándolo a los nuevos avances en función de las capacidades de nuestra lengua, en línea con la iniciativa de la Real Academia de Ciencias.
Finalmente hay que aprovechar las posibilidades de difusión electrónica para informes científicos y trabajos originales. Continuará la tradicional publicación de trabajos originales en revistas avaladas por un comité editorial, pero la creación de bases de datos y resultados de libre acceso jugará, sin duda, un papel creciente para la comunicación inicial de cualquier hallazgo. La ciencia desarrollada en español podría encontrar de esta forma también un sencillo cauce de comunicación y debate, con ventaja para quienes la manejan que, en cualquier caso, también leerán y publicarán en inglés.
Todo ello puede contribuir a que la ciencia se encarne más en nuestra cultura y por tanto en nuestras inquietudes de futuro y no sea un simple apéndice ortopédico. Hay aquí retos importantes para instituciones como las universidades y el CSIC, lo mismo que para los Gobiernos.
ISIDORO RASINES
INSTITUTO DE CIENCIA DE LOS MATERIALES, CSIC
En el mundo de lengua española se produce hoy mucha más ciencia que hace 50 años, pero en español se escribe muy poca ciencia nueva -menos aún que entonces-. Ahora hemos de publicar casi todo en la lingua franca de la ciencia, que no es el español. Los Anales de la Real Sociedad Española de Física y Química, por ejemplo, contenían en 1950 la mayor parte de la Química que se producía en España; hoy, en cambio, Anales de Química sólo publica artículos de divulgación para químicos.
Porque pienso que el futuro depende de los científicos, me interesa, más que adivinar el porvenir, tratar de orientarlo. Intento que apreciemos más el tesoro que supone el español y nos esforcemos por conservarlo y enriquecerlo; deseo que lo utilicemos más correctamente, tanto al transmitir a la gente joven la ciencia heredada, como para comunicarnos entre nosotros; y me presto siempre a colaborar en la elección de los vocablos que mejor designen en español los nuevos conceptos y técnicas.
Cuando el maestro valora la riqueza que significa nuestro idioma, la gente joven que tiene a su alrededor acaba por compartir su opinión. Por eso el futuro de la ciencia en español depende de los maestros. Ellos tienen la palabra: el principio.
JULIO RODRÍGUEZ VILLANUEVA
VICEPRESIDENTE DEL CONSEJO CIENTÍFICO DE LA FUNDACIÓN RAMÓN ARECES
Acabo de participar en una interesante reunión de las principales Fundaciones Científicas Europeas en Estrasburgo, convocada por la European Science Foundation y allí sólo se ha hablado en inglés. Los científicos de campos avanzados publican y se manejan casi exclusivamente en ese idioma. Las publicaciones en español, cuando se realizan, encuentran serias dificultades para alcanzar difusión internacional y apenas son leídas por los científicos. Personalmente me gustaría poder decir otra cosa, pero tengo que expresar lo que siento y los que se aprecia en el mundo científico. La verdad es que, ante esta situación, no veo en el próximo futuro muchas posibilidades para el progreso de la ciencia en español.
JOSÉ MARÍA SEGOVIA ARANA
CATEDRÁTICO DE MEDICINA INTERNA, UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID
El futuro de la ciencia en español es prometedor, pues el presente cuenta ya con un nivel aceptable, que incluso es excelente en determinados sectores, Al menos así parece concluirse de la comparación con la situación de años anteriores en la que, excepción hecha del trabajo de Cajal y de algunos pocos más, el panorama era muy pobre.
Hay que añadir, sin embargo, que, en la actualidad, el conjunto de la ciencia en España es inferior al que debería corresponder al progreso social, económico y político que está experimentando aceleradamente la sociedad española. Es de esperar que nuestra investigación científica alcance pronto los niveles europeos de inversión económica, hasta llegar a duplicar las cifras actuales.
La calidad de nuestros investigadores, además, es grande y reconocida por todos, pero hay que aumentar su número, crear más puestos de trabajo, hacer que sean más respetados socialmente y retribuirlos mejor. La ciencia en nuestro país estará entonces impulsada y consolidada por investigadores españoles, que sentirán y pensarán en español, aunque escriban sus trabajos en inglés en las grandes revistas científicas internacionales. Lo importante es que, como país moderno, contribuyamos al progreso de la ciencia, una tarea para la que estamos plenamente cualificados.
FRANCISCO J. YNDURÁIN
MIEMBRO FUNDADOR DE LA SOCIEDAD EUROPEA DE FÍSICA
Permítanme hacer dos puntualizaciones, antes de responder a la pregunta que me plantean. En primer lugar, el 99% de las publicaciones científicas relevantes para la investigación se publican en inglés. Esto no es una desventaja, sino una importante oportunidad. Es cierto que reclama un cierto trabajo extra, pues hemos de escribir en un idioma que no es el materno; pero el conocimiento de un solo idioma extranjero nos permite comunicarnos con todo el mundo.
Hay que especificar asimismo que, por lo que se refiere al futuro del español como lengua científica, éste no tiene ninguno. El inglés seguirá probablemente siendo la lengua de las publicaciones y los congresos.
Dicho esto, hay que tener en cuenta dos niveles en los que el español puede ser relevante para la ciencia. Por lo que se refiere a los textos de enseñanza media y universitaria, éstos serán redactados en castellano y, si son buenos, podrán ser traducidos al inglés o al francés. Tengo experiencia personal a este respecto. Mis trabajos de investigación o un libro sobre quarks están escritos en inglés; pero cuando he escrito libros sobre mecánica cuántica, para alumnos de tercero o cuarto de carrera, lo he hecho en español. Esta es la lengua que he utilizado también para todos mis trabajos y libros de divulgación.
En un nivel superior, el español podría alcanzar un cierto prestigio si hacemos ciencia de calidad, de modo que los científicos de otros países tengan que venir aquí a especializarse. En este caso, el idioma de las publicaciones seguiría siendo el inglés, pero el español podría mantenerse como una importante segunda lengua. Pero el nivel decisivo es el de la tecnología. Si producimos tecnología de calidad, el idioma sobrevirá como lengua científica. En caso contrario, seremos cada vez más una colonia del inglés.
Vivimos un tiempo en el que el teatro parece haber recuperado su gusto por la comunicación verbal. No es difícil leer en cualquier estudio crítico contemporáneo cómo, pasado un periodo en el que la imagen alcanzó gran protagonismo, la palabra ha vuelto a su tradicional papel comunicador en el drama. Y en este aspecto, es evidente que el teatro en español podría situarse en cabeza de los escenarios del mundo. Teóricamente al menos.
Aportemos algunos datos. Según un estudio de la SGAE, que resume las recaudaciones de los teatros españoles de 1999 de obras que hayan superado las 200.000 pesetas, el 37% de los ingresos procede de obras extranjeras, frente al 14% que lo hace de autores vivos españoles. Esta es una realidad que sitúa a nuestra escena como un naufrago en el océano de las artes teatrales varado entre la dramaturgia en español y la producción que nace en América. Pero ¿existe una relación permanente y fluida entre el teatro escrito y representado en España y el que se hace en Hispanoamérica?
Además, la industria de la escena todavía marca importantes diferencias entre la producción en inglés y la producción en español y, si me apuran, también entre la dramaturgia francesa o la alemana. El problema no es otro que el de su consideración social. Es ahora cuando el teatro en España empieza a ser estimado como bien público. Contamos con un potencial artístico de primer orden en términos de locales teatrales, actores, directores y escenógrafos. Sin embargo, la Compañía Nacional de Teatro Clásico cumple este año sus veinticinco años de existencia, mientras que la Comédie Française por ejemplo data nada menos que de 1680. Con mucho menor historial que la Comédie, ahí están los ejemplos de teatros públicos en Inglaterra, Alemania o Suecia. Son zanjas difíciles de solucionar en poco tiempo, pero que marcan las diferencias de tratamiento en culturas similares.
Aunque exista algún precedente en la legislación actual de ayudas a la producción teatral —con apoyo a la escritura española— todavía se llevan la palma los proyectos para representar a autores clásicos y, de ellos, Shakespeare, con diferencia, es el más solicitado. No sólo estamos ante un problema de la Administración, sino que las propias gentes de teatro creen que, de esa manera, aseguran el éxito de sus propuestas, más que si programaran a un desconocido autor español. Claro que, si seguimos la cadena, el productor teatral nos dirá que el poeta isabelino, Moliere, o incluso Plauto, atraerá más público que ese nuevo dramaturgo hispano. Y es aquí donde tendrían que intervenir las instituciones públicas: en la manera y medida con que se han de favorecer proyectos que traten de potenciar la creación propia.
En el sector de la dramaturgia latinoamericana el problema es diferente, pero no menor. En la actualidad apenas existe un programa que relacione ese teatro con el español. Sólo el Festival de Cádiz se ha constituido en bastión de intercambio entre ambas dramaturgias. Un intercambio, por otro lado, no muy abundante, pues fuera del marco de ese Festival apenas si trasciende a los teatros del Estado. Y esto es así no por la calidad de los espectáculos, sino porque los programadores suelen entender que teatro latinoamericano es equivalente a una producción falta de interés para el público español. Y quizás tengan razón. También la Casa de América, en Madrid, realiza una importante labor en la difícil tarea de acercar las dramaturgias actuales que se escriben en nuestro idioma. A un programa de seminarios, cursillos y reuniones entre creadores de ambos lados del Atlántico, se añade la edición de textos de autores latinoamericanos en una colección llamada Teatro americano actual.
Pero seguimos hablando de un intercambio incompleto, porque tampoco nuestra dramaturgia se expande con normalidad en América. En los países más desarrollados, registramos un efecto similar al que describía antes: apenas interesan. Sólo cautivan las grandes producciones, obras de gran aparato, normalmente vinculadas a compañías o grupos de prestigio, en las que la palabra no suele ser el elemento predominante, y sí la imagen, los efectos de sonido o una luminotecnia desbordante.
COMUNICAR ARTE
El español puede y debe ser un vehículo de comunicación artística porque, en primer lugar, la vinculación entre España e Hispanoamérica está por encima de políticas coyunturales, modas o relaciones sociales. La enorme diversidad cultural, más allá de lo puramente geográfico, entre aquellos países entre sí, y entre ellos con España, abre un abanico de posibilidades extraordinario. De hecho, en otros géneros se ha producido ya un evidente encuentro, quizás porque soportes como el libro son de más fácil manejo que la escena, en la que intervienen factores que sobrepasan la voluntad del creador único. El éxito de la novela hispanoamericana es un aval que podría garantizar su extensión a otros ámbitos, lo que, sin embargo, no ha ocurrido. Ello demuestra que no es problema de calidad, ni de rígidas fronteras, sino de dificultad en los procesos de creación. No hemos tenido un trasvase de experiencias escénicas más allá de las que surgen de la docencia española en América, ni de la realidad de una cartelera compartida. Hasta el momento, las preguntas han quedado sin respuesta, aunque éstas esperen impacientes un lugar en donde desarrollarse.
Y puede y debe ser vehículo de comunicación artística, sobre todo, porque no faltan autores, creadores, pensadores, ni artistas capaces de hacerlo realidad. En el mero terreno de la escritura dramática, España vive un momento de enorme desarrollo, aunque en la práctica no lo parezca. Quizá nunca como ahora se escriba tanto teatro, se publique e incluso se represente, aunque sea en limitados espacios y públicos. También de América nos llegan noticias de autores de proyección, que escriben y estrenan sus obras con cierta regularidad. De Chile, obras de Marco Antonio de la Parra, excelente teórico que con su presencia en España consigue mantener un contacto permanente, de Luis Alberto Heiremans, Isidora Aguirre o Juan Radrigan. Del argentino Eduardo Rovner acabo de ver en Galicia una excelente versión de su interesante obra Compañía; Mauricio Kartun, también argentino, ha publicado tres interesantes títulos en la citada colección de la Casa de América; el Galpón uruguayo ha dado muestras de una dramaturgia tan comprometida como avanzada; César de María aparece como un prometedor dramaturgo peruano; y qué decir de los ya clásicos venezolanos Román Chalbaud, José Ignacio Cabrujas e Isaac Chocrón, del último de los cuales se puede leer riguroso estudio de su obra a cargo de Carmen Márquez Montes; Puerto Rico no cesa de producir autores de talento, que continúan la línea iniciada por René Marqués, seguida por Luis Rafael Sánchez, y actualizada por José Luis Ramos Escobar; Méjico mantiene la más vieja y sólida tradición de un teatro autóctono, del que son herederos Carlos Fuentes, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Guillermo Schmidhuber de la Mora, José Ruiz Mercado, Sylvia Mejía y un largo etcétera; Virgilio Piñera y Carlos Felipe son los dos pilares de un teatro cubano de grandes y notables creadores, como Antón Arrufat y Abelardo Estorino; Carlos José Reyes mantiene el magisterio de Enrique Buenaventura, en Colombia, donde no faltan jóvenes talentos, como Henry Díaz Vargas. En definitiva, que la relación sería tan larga como permitiera la extensión del artículo, y siempre se quedarían fuera autores de la importancia del venezolano Luis Britto García, el chileno Sergio Vodanovic, el uruguayo Antonio Larreta, el argentino Juan Carlos Gené…
La dramaturgia actual española no anda a la zaga en cuanto a número y, por qué no decirlo, calidad. Otro problema es su conocimiento y adecuación al medio escénico que predomina. Pero, aun aceptando que nuestro teatro no tiene, en la actualidad, ese guía-dramaturgo de la sociedad (Benavente en la primera mitad del siglo XX, Buero Vallejo en la segunda), sí tiene autores que ofrecen títulos de alto nivel, como Francisco Nieva, Fernando Arrabal, José Luis Alonso de Santos, Fermín Cabal, José Sanchis Sinisterra, Josep Maria Benet i Jornet, Alberto Miralles, Albert Boadella, Jesús Campos, Ignacio García Maix, Ignacio del Moral, Ernesto Caballero, Sergi Belbel, Yolanda Pallín, sólo por citar algunos de los que han estrenado durante los últimos meses, sin olvidar a premios nacionales recientes de literatura dramática, como Jerónimo López Mozo o Domingo Miras, de entre una amplia nómina que da pie para pensar que no es tan escasa ni pobre la escritura teatral española que amanece en el nuevo siglo.
Yo sabía bien que este hombre frío y calvo había viajado por tierras de Aben-Hamet (sic) y del Cid, por el país de la Alhambra y de las corridas de toros… Así que me acerqué a él con deferencia y amabilidad fingidas y le pregunté: «Por favor, Vasili Petróvich, dígame con toda sinceridad: ¿de verdad ha estado usted en España?». K.N. Léontiev, Souvenir des années 1831-1868.
Cuando aquella tórrida mañana del 11 de agosto de 1845 Vasili Petróvich Botkin ponía por primera vez pie en suelo español, contaba en su haber con una amplia experiencia de viajes. El próspero negocio paterno -el té importado por don Piotr Kononovich Botkin hervía en los samovares de media Rusia- había permitido a Vasili Petróvich y a sus trece hermanos una muy ventajosa vida al viejo estilo burgués. Dmitri Botkin, su hermano, se hizo coleccionista de pintura; Serguéi, célebre médico, fundó la primera clínica que existió jamás en Rusia; Mijaíl, académico de Bellas Artes, poseía una valiosa colección de esmaltes bizantinos, una pequeña parte de los cuales se admira hoy en el museo Lázaro Galdiano, de Madrid; su hermana Maria casó con Fet, el poeta, y otra, Anna, con P. L. Pikouline, un afamado profesor de Medicina en la universidad Lomonósova de Moscú.
Vasili Petróvich no hizo carrera académica, como alguno de sus hermanos y un cuñado; ni siquiera acabó los estudios en el pensionado Kriajev, una de las mejores escuelas privadas de Rusia, de la que su padre le sacó antes de que pudiera concluir los estudios de secundaria para ponerlo al frente del negocio de hierbas.
Aquel abortado ciclo de aprendizaje había bastado, sin embargo, para revelar en Vasili Petróvich notables facultades para la música y la pintura, dos aficiones que seguiría cultivando en el seno de aquella familia tan dotada, según toda evidencia, para la belleza. En algo, sin embargo, había descollado el joven Vasili de un modo sobresaliente: el cielo le dotó de una inusitada facilidad para aprender idiomas. A la edad de dieciocho años, aquel imberbe director de la próspera casa Botkin hablaba alemán, francés, italiano, español e inglés a la perfección.
Tal facilidad para acceder a una muy variada fuente de lecturas aumentó en él el amor por las letras. Su joven inteligencia se admiraba de la diversidad de las costumbres humanas, a la vez que su viva imaginación pintaba con brillantes colores los detalles apenas abocetados en los relatos extranjeros. Aquellas lecturas engendraron en él una gran pasión, la salamandra que moró en el fuego inextinguible de sus días: para aquel que fue primero tratante de té y posteriormente uno de los críticos, traductores y eruditos más notables de la primera mitad del siglo XIX ruso, nada resultó tan reconfortante, tan aleccionador y, a la postre, tan necesario como hacer viajes.
En 1835 salió por primera vez fuera de los dominios del emperador Alejandro, para marchar a Londres y a París y recorrer luego Italia de arriba abajo. De aquel primer viaje al Mediterráneo, confesó, regresaba a los plúmbeos cielos patrios «enfermo de tanta belleza».
El 1 de septiembre de 1843 unió su suerte con la de ArmenceIsmérie Rouillard, una joven y coqueta modista de Péronne, con la que embarcó a París en luna de miel. En los astros estaba escrito, sin embargo, que aquel viaje resultaría desgraciado. El camarote que había de celar las delicias de los amantes se hizo testigo de severas desavenencias, tales que precipitaron la separación de los cónyuges apenas un mes más tarde.
Botkin buscó consuelo en los efectos de un clima más meridional, viajando por Italia durante los primeros meses de 1844.
Cuando, al año siguiente, la mañana del 11 de agosto de 1845, Vasili Petróvich Botkin ponía por primera vez pie en suelo español, contaba en efecto con una amplia experiencia viajera. Entró por Hendaya a nuestra tierra, marchó a Vitoria y, por Burgos, llegó a Madrid. Las cartas de presentación que traía le granjearon un hospitalario recibimiento en la villa y corte. De Madrid viajó al sur, atravesando la Mancha. Llegó a Córdoba, conoció Cádiz, Sevilla, Málaga, llegó hasta Tánger. Las incidencias del viaje, las impresiones en su espíritu de paisajes y ciudades; los tipos humanos que conoció en ellas, las costumbres que veía respetaban; los museos de pintura en nuestras ciudades, lo toros lidiados en nuestras plazas; las comidas que probó, las coplas y canciones que escuchó a campesinos, a mancebos y doncellas; de la historia y del destino político de un pueblo mal conocido en Europa, según él, perseguido en todo caso por una «leyenda negra» de la que el mismo Botkin no estaba del todo a salvo: de todo ello dejó brillante constancia escrita en unos documentos que, con el nombre de Cartas sobre España, aparecieron publicados entre 1847 y 1849 en la revista petersburguesa El Contemporáneo, y que como volumen aparte desde 185 7, hicieron célebre a aquel mercader de té: Botkin era el único hombre de la Rusia culta que parecía haber estado en España.
Casi al mismo tiempo que las Cartas de Botkin aparecían en San Petersburgo otras cartas, firmadas por Nikolái V. Gógol y que, precedidas de un «Testamento» y editadas en forma de capítulos independientes, llevaban por título Una selección de la correspondencia con mis amigos (1847). Uno de aquellos capítulos se titulaba «Es necesario viajar por Rusia», y en él defendía el autor de Las almas muertas lo mucho que convenía a todo escritor viajar por su país, rozarse con los propios conciudadanos. Hace apenas unos años, todavía Solzhenitsyn regresó de su exilio americano, recién liquidado el régimen soviético que le había expulsado, a su patria, e inició un viaje en el Estrecho de Bering que concluiría, meses después, en la Rusia Blanca: así se atienden todavía en Rusia los consejos de Gógol.
Vasili P. Botkin podría haber escrito un artículo bajo el título «Es necesario viajar por Europa». Tal afirmación habría sido oportuna en aquel momento, cuando Gógol, recién publicada su selección de cartas en San Petersburgo, se encontraba de hecho bien lejos de Rusia y de Europa, rumbo nada menos que a Tierra Santa. Botkin no escribió aquel artículo; en su lugar lo hizo el crítico, amigo personal suyo y compañero de armas en las batallas por el progreso social, Vissarión Belinski, en una conocida carta dirigida a Gógol en la que reprochaba al novelista las que Belinski consideraba sus muchas extravagancias espirituales. No; tras su viaje por España, Botkin emprendió tantos otros por Europa que, con hechos más que con palabras, se anticipó a lo que hoy consideraríamos el perfil cabal de un ciudadano europeo.
En 1846 Botkin viajó a París, Alemania, Italia y Suiza. Conoció a Víctor Hugo, a Iván Turguénev, a Pável Annenkov. Ellos fueron sus interlocutores a la hora de analizar la literatura y la filosofía alemanas de la época, lo mismo que las personalidades que descollaban en las letras -Georges Sand, por ejemplo-. Trazas de aquellos encuentros las encontramos en los numerosos ensayos que Botkin consagró luego a la literatura y al pensamiento europeos.
En 1857 inició un viaje que le llevaría a Austria, Italia, Suiza y Francia. Allí recaló antes de volver a Italia; regresó a París, cruzó el Canal, se estableció en Londres, luego en la isla de Wight, regresó a París y, un año después de haber partido, volvió a Rusia por Alemania.
Numerosas ciudades le acogieron entre 1859 y mayo de 1862: Berlín, Bruselas, Calais, Londres, la isla de Wight otra vez, París, Florencia, París de nuevo, Roma, París, Marsella, París.
Entre agosto de 1862 y abril de 1863 sus estancias en el extranjero se repartieron entre Alemania y París. Hacía crítica musical; escribió sobre la opera alemana, la ópera italiana, sobre Beethoven, sobre Chopin, sobre Litz.
En 1846 vivió en Viena, Trieste, Venecia, París y BadenBaden. Al año siguiente se desplazó a Italia, Suiza, París y Berlín. En 1866 volvió a Viena y a Badén, antes de regresar a París. En mayo de 1867 inició un nuevo periplo en París, de allí marchó a Viena, a Alemania, a París de nuevo, a Londres y concluyó, en octubre, otra vez en París. Un año después, en abril de 1868, emprendió viaje a Alemania, París, Roma y la isla de Ischia. En septiembre de 1869 recalaba en San Petersburgo.
El 10 de octrubre de 1869 Vasili Petróvich inició el que sería su último viaje. Tomó una troika hasta la plaza de los Decembristas; la niebla envolvía la cúpula de San Isaacs; hacía frío. Echó una mirada a la imponente estatua de Pedro I el Grande y, con un gesto, se despidió de ella. Tenía que abrirse paso por entre la densa bruma, adherida a la superficie rizada del Neva. Botkin marchaba con paso firme hacia aquel cálido, apenas conocido país de gentes buenas, gobernadas, como decían, por un hermoso zar, sereno y libre.
Sobre la mesa del escritorio, junto a la cama donde se velaban los restos de Botkin, reposaba abierto su álbum de viaje. Junto a la divisa de Leonardo: «Comprender para amar», Vasili Petróvich había escrito a lápiz: «No es propio del espíritu hablar con brillantez y lógica, sino amar y comprender».
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Quiero expresar mi agradecimiento a Svieta Maliavina, profesora de la Universidad Complutense, que acogió con entusiasmo la idea de traducir estas cartas de Botkin, a pesar del poco tiempo que le ofrecíamos para hacerlo. El que haya cumplido su promesa en un tiempo absolutamente récord, con no pequeño sacrifico, en nada ha hecho disminuir la calidad de la traducción que se presenta a continuación. El texto original está tomado de la edición de las Cartas sobre España de la Editorial Nauka de San Petersburgo (Leningrado), del año 1976, a cargo de B. F. Egórov. Las numerosas palabras y expresiones que Botkin emplea en español en el original ruso, aparecerán entre comillas altas (altas) en nuestro texto. Emplearemos la misma notación para indicar las palabras francesas o italianas que aparecen como tales en el original. Las palabras que en el texto ruso aparecen en cursiva, permanecen en cursiva en nuestra traducción, lo mismo que las expresiones que aparecen entre comillas de galón («galón»).
Cartas sobre España
I
Inútil mencionar con qué curiosidad cruzaba yo la frontera de España, con qué atención ansiosa llegué a Irún, la primera ciudad española, donde nuestra diligencia se había detenido para que pudiéramos desayunar. Esta fue la última parada con los caballos franceses. En Irún nuestra diligencia recibió el atelaje español: diez mulos hermosos y fuertes. Es divertido ver cómo los españoles los cuidan: toda la parte trasera es afeitada, las crines llenas de lazos, sobre la cabeza un alto penacho de lana multicolor. Aquí mismo, en la parte de arriba de nuestra diligencia se cargaron una docena de rifles y trabucos (una especie de mosquetes), entre los cuales se instalaron dos soldados para disparar en caso de que atacaran los bandoleros. Por más incrédulo que seas acerca de todos los rumores y cuentos sobre los bandoleros, cuando se arma la diligencia como un castillo móvil, sin querer piensas en ellos. En la diligencia mis compañeros me habían aconsejado que, cuando viajara por España, llevara la cantidad de dinero en efectivo justa para ir de una gran ciudad a otra, unos 200 ó 300 francos, y que el resto del dinero lo llevara en letras de cambio; estos 300 francos son necesarios también para deshacerse de los malos tratos de los bandoleros, los cuales, en caso de que el viajero no tuviera nada de dinero o su cantidad fuera muy poca, descargan su insatisfacción moliéndole a palos. Irún me dio a conocer la cocina española: todo el desayuno fue preparado con un aceite pésimo que apestaba, como aquel que solemos llamar aceite de madera. Sin embargo, mis compañeros españoles se alegraron al verlo, diciendo que no habían podido tomar aceite de oliva en Francia: aquél no les olía a aceite. Aquí fue donde vi la clásica gabardina española (capa); los campesinos, sombríos y tranquilos, envueltos en sus capas marrones, miraban pasar la diligencia. Ni en sus movimientos ni en sus miradas se descubría aquella curiosidad viva, con la cual un sureño -un italiano, por ejemplo- recibe cualquier calesa pasajera y enseguida se acerca a ella. Esta manera serena y majestuosa de los españoles impresiona aún más después de la vivacidad y desenvoltura francesas. Lo de «Il ny a plus de Pyrénées» de Luis XIV muestra tan sólo que el llamado Gran Rey no tenía ni idea acerca de España. ¡Nunca la naturaleza y las costumbres separaron dos países con mayor profundidad!
El camino hasta Vitoria es pintoresco y triste: hay pocos pueblos, de vez en cuando, en los montes, se ven unas casas solitarias, grandes y semiderruidas. Al español no le gusta encogerse, vive de forma sórdida, pobre, pero con espacio. ¡Y qué abandonado está todo, por todas partes aún se ven los vestigios de la guerra civil! En algunas aldeas hay casas reforzadas a toda prisa, en unas se ven huellas de balas y proyectiles; otras están con los tejados medio derruidos. Las posadas (ventas) grasientas, solitarias, no han cambiado en absoluto desde los tiempos de las peregrinaciones de don Quijote: la misma sala grande, al estilo de un granero, apoyada en unas columnas gruesas; en lugar de sillas hay un banco de piedra incrustado en la pared; en medio, una chimenea enorme, cuyo humo sale por un agujero hecho en un techo cónico. Allí no me atreví a pedir nada, excepto vino, pero también apestaba insoportablemente al cuero de la bota… ¡Francia está tan sólo a 30 millas, pero podríamos pensar que son 2000!
En Vitoria pasamos la noche. Durante unas tres horas vagué por la ciudad y no la encontré en absoluto interesante. En una plaza vi una iglesia muy bonita, entré dentro… se usaba como un almacén para guardar trigo. Un hombre que se encontraba allí me explicó que la iglesia había pertenecido al monasterio. Cuando en España los monasterios fueron suprimidos y los monjes sacados de ellos, los monasterios, junto con sus tierras, pasaron a ser propiedad del Estado y se vendieron en subasta. De esta forma aquella iglesia acabó su camino terrenal convirtiéndose en un granero. Su dueño actual ni siquiera se había esforzado en limpiarla: tan sólo había amontonado en un rincón los pintados bustos de los santos. ¡Dios mío, acaso es posible pensar y soñar en la vieja España católica, en la España de los romanceros, cuando apenas ha dado uno el primer paso sobre su suelo y la España moderna le salta a los ojos de una forma tan brutal! A propósito, debo anotar que aquí los protestantes hasta ahora están privados del derecho a tener su propia iglesia, y aparte del templo católico, en España no puede haber ningún otro. Es una de esas numerosas y salvajes contradicciones que pueden, de alguna manera, servir de clave para entender la situación actual de España.
Hasta Vitoria el camino pasa por los lugares más pintorescos. ¡Qué naturaleza tan maravillosa y triste! Los pueblos son poco frecuentes y uno no puede imaginar qué aspecto tan sombrío tienen. En las ciudades pocas son las casas que carecen de un escudo enorme a la entrada: hay pocos vascos que no se consideren nobles. Vitoria es la ciudad más importante de la provincia de Álava, que junto con Vizcaya y Guipúzcoa constituyen las llamadas provincias vascongadas. Éstas son las que con coraje habían apoyado a Don Carlos […].
Desde hace mucho tiempo ha sido proverbial la belleza de España; desde antaño los poetas cantan sus naranjales y limoneros… Pero, ¡ay!, éste es otro de los errores existentes acerca de España. Aunque tal vez unos cientos de años atrás haya sido distinto, ahora es imposible imaginarse algo más triste que esta naturaleza. Pero esta tristeza es extraordinariamente grandiosa. Imagínese que en ningún sitio se encuentra un árbol, los campos están bordeados por arbustos de romero; de vez en cuando surgen unas pequeñas aldeas sin vegetación, pintadas de color arcilla oscuro, y estas aldeas son tan poco frecuentes que, cuando te encuentras con una, la anterior se te ha olvidado ya hace tiempo. Los ojos recorren libremente el espacio de 8 ó 10 verstas* sin encontrar ninguna vivienda, ni un pequeño olivar, nada, excepto los olorosos arbustos de romero; todo está abrazado por una atmósfera transparente y límpida. Probablemente en este terreno podrían crecer encinas, tilos, castaños; en España, la riqueza está a los pies del hombre, hace falta sólo agacharse para cogerla; pero, por ahora, a los españoles no les gusta agacharse.
En Pancorvo, donde el camino penetra de repente en un desfiladero entre montañas, seis soldados vinieron a proteger la diligencia contra los bandoleros. Aquí asaltaron la semana pasada un correo. Ahora el Gobierno paga sólo al Ejército, los funcionarios reciben al año la mitad de su sueldo. Gracias al Ejército se sostiene el Ministerio actual. Hay que ver lo que significa para un español su gobierno y con qué desprecio habla de él, guardando mientras tanto el respeto más apasionado hacia su Isabel.
En Burgos, la triste y desierta capital de Castilla la Vieja, visité la catedral y la casa donde nació el Cid. ¡País de leyendas históricas! ¡Qué otro pueblo venera con semejante apego la memoria de sus héroes! El nombre del Cid, símbolo de la España feudal y caballeresca, de este «castellano de los derechos» (castellano auténtico), se repite aún con entusiasmo después de ocho siglos en el himno, donde el espíritu de los tiempos nuevos evoca la España vieja: «¡Serenos, alegres, valientes y audaces cantemos, soldados, la canción en la batalla! ¡Qué la tierra se conmueva al oír nuestras voces y que reconozcan en nosotros a los hijos del Cid!» («himno de Riego»). En cuanto a la catedral, es una de las más espléndidas del mundo; nunca había encontrado una fusión tan asombrosa del estilo italiano y gótico. En su interior no queda ni el más mínimo lugar sin adornos: elegantes, grandiosos, fantásticos. De esta unión de gracia italiana con gravedad gótica sale *Medida itineraria rusa equivalente a 1067 metros (N. del T.). algo asombrosamente atractivo, aunque en este algo se presiente con fuerza el estilo, posteriormente conocido bajo el extraño nombre de rococó. La última reforma de la catedral data de fines del siglo XVI.
Uno no puede imaginarse nada más triste que Castilla la Vieja: un desierto monótono se despliega continuamente ante sus ojos, no hay ni un árbol en todos estos campos interminables, ni siquiera quedan los arbustos de romero. Hay sin embargo muchos ríos; la tierra aquí es excelente. Imagínese: la razón de tal abandono no proviene ni de la pereza, ni de la despreocupación sino de un prejuicio. Los castellanos están profundamente convencidos de que los pájaros exterminan el centeno, y los árboles atraen a los pájaros y les sirven de refugio. De aquí proviene su aversión a todo tipo de árboles. A pesar de su aspecto estepario, los campos de Castilla son extremadamente fértiles allí donde se esfuerzan en cultivarlos, aunque sea un poco; si se cava a dos pies de profundidad, el suelo es húmedo e incluso esponjoso, así que, a pesar del calor permanente y la tremenda sequedad de la atmósfera, las buenas cosechas de trigo son constantes aquí. Pero a causa de la carestía y la dificultad de los transportes, incluso en las épocas de buena cosecha, el castellano no tiene con qué comprarse un par de botas. Se encuentran aldeas, raras como los oasis, ¡y que tristes son estos oasis! A lo lejos, en el horizonte, se extienden las montañas rocosas. En medio de esa naturaleza triste y pasional se forjó el tipo de carácter español: lento, aparentemente tranquilo, fogoso por dentro, flexible y brillante como el acero -un salvaje africano revestido de caballero-.
«¡Ya no hay Pirineos!» -dijo Luis XIV-; pero ¿y esa masa de altas montañas, con toda su vegetación lujuriante vuelta hacia Francia, y que presenta a España sólo sus rocas desnudas? ¿Esa dificultad de comunicación entre España y Francia, debida a la naturaleza? ¿Y esa tierra fértil y abandonada, ese desierto en las mismas puertas de Francia, creado por la despreocupación y la pereza? ¿Ese pueblo tan noble y maravilloso, lleno de dignidad, lujosamente dotado por la naturaleza de todos los bienes, pero miserable; esa horrorosa terquedad de su carácter; ese apasionado apego al pasado; ese espíritu de particularismo y aislamiento en una época en la que todo ansia el acercamiento… ? Y, finalmente, esa así llamada revolución, que se parece a una revolución tan poco como la armadura de un caballero a nuestro frac: todo esto afecta aquí extraordinariamente al alma, a la imaginación y, sobre todo, excita el interés más apasionado hacia este noble país, cuyo nombre cualquiera de sus hijos no pronuncia sin añadir: ¡ «la desgraciada»!
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¡Ya estoy en Madrid! Pero, hasta ahora, ¡qué triste país es esta España! De Burgos a Madrid son los mismos campos áridos. Cuántas veces me decía a mí mismo: ¡si son nuestras infinitas llanuras de Rusia! Tan sólo la lejana línea azul de las montañas destruía la semejanza. A través de llanuras desérticas, por fin, se aproxima uno a Madrid, que sólo Dios sabe por qué está aquí, ya que, en medio de estos campos polvorientos y absolutamente desnudos, no hay ninguna razón para que se encuentre no sólo la capital, tampoco ninguna ciudad, ni siquiera la más insignificante. Los alrededores de Madrid consisten en campos estériles; el pobre Manzanares se seca ya en primavera, y ahora queda de él sólo un pequeño arroyo; el sol ardiente y el suelo seco y arenoso exterminan toda suerte de vegetación; en una palabra, no cabe imaginarse nada más triste que esta naturaleza.
Entre mis cartas de recomendación se encontraban dos destinadas a unos altos funcionarios del Ministerio actual, luego una para una carlista ferviente, hija de un ex ministro de Fernando; además, en el piso que me fue recomendado tuve por compañero a don Vicente, un capitán de fragata de tiempos de Espartero, progresista ardiente; y yo, como usted ve, me encontré así en medio de unos partidos políticos irritados e irreconciliables. Inmediatamente me pusieron «au courant» de las esperanzas, temores e intenciones de cada uno. Por más que uno estuviera predispuesto a la vida contemplativa y artística, por más que se mantuviera ajeno a la política, en Madrid se vería arrojado a ella por la fuerza. La palabra «el Gobierno» sería, si no la primera, seguramente, la segunda que oiría usted de cualquiera con quien entablara conversación. No hay charla que no sea acerca de política; si le causa aburrimiento esta materia, uno está condenado a las más indolentes discusiones sobre teatro o algo por el estilo.» El Gobierno» para un español no es un concepto abstracto, ¡no! Aquí cada uno lo siente por dentro, ya que cada uno pertenece a algún partido. «¡Quien no está conmigo, está contra mí!», exclama el partido, apoderándose del timón del Gobierno, y ante este lema no hay piedad ni para la inteligencia, ni para los conocimientos, ni para la convención, ni para los viejos méritos. Existe la palabra «tolerancia», que en España aún no tiene sentido. En pocos días me pusieron al corriente de «la situación», como denominan aquí al estado general del Gobierno en la actualidad; es un barómetro que refleja permanentemente la tensión de la atmósfera política. La boda de Cristina y de Muñoz agita todavía con fuerza las mentes. De todas formas, en vano se califica a España de enigma político, como si sólo Dios supiera cómo y por qué suceden las cosas aquí, sin causa ni razón, y sólo el ciego azar reinara en ella. A decir verdad, aquí todo va muy rápido y deprisa; pero todos los acontecimientos se producen de forma lógica, es decir, emanan forzosamente unos de otros. En lo que se refiere a los partidos políticos de España, tal vez toque este tema; pero Europa conoce a España muy poco, sus revistas la juzgan desde el punto de vista de los principios comunes europeos que oscurecen aún más el asunto español, señalando en este país tan sólo aquellos resortes que son necesarios para el espíritu de los partidos políticos. Pero ¡cómo entender este extraño fenómeno! Hace ya treinta años que España sufre constantes convulsiones febriles. Ella quiere romper con su pasado y al mismo tiempo desea conservar todas sus tradiciones viejas y añoradas; hace y rehace sus constituciones según el modelo extranjero, pero conserva toda su Administración vieja y terrible. La guerra contra los carlistas se prolongó sin convicción, sin pasión, sin entusiasmo. Al final surgió el dinero, Maroto fue comprado y los mejores soldados de Don Carlos depusieron las armas; las provincias rebeldes conservaron muchos de sus fueros, se apaciguaron; pero la suerte de España en nada mejoró. Me pesa decir que, hasta ahora, estos sufrimientos horribles y atroces no han aportado nada en absoluto […].
Para comenzar a hablar de Madrid es preciso empezar por la «Puerta del Sol», este foro de Madrid y de la España nueva. La Puerta del Sol no tiene nada que ver con una puerta sino que es una plaza, no muy grande, llamada así a causa de la puerta del sol de la ciudad que existió en el pasado en el mismo lugar. Aquí está el centro de Madrid, hacia donde confluyen sus calles principales. Desde por la mañana muy temprano hasta muy tarde por la noche se amontona en la plaza una masa de gente de todo tipo, una masa que se renueva constantemente, pues cualquier persona que sale por alguna razón de su casa, sin falta pasará por aquí a escuchar las últimas novedades; si el aire oliese a rebelión, ésta empezaría forzosamente en la «Puerta del Sol». Aquí la política es la ocupación permanente de todo el mundo: la agitación, el alboroto constituyen el estado normal de la sociedad. Todos estos visitantes de la «Puerta del Sol» conversan envueltos en sus anchas capas. De vez en cuando, por entre la capa, asoman unas manos que lían un pequeño cigarrillo y se oye algo ya habitual por aquí: «Hágame usted el favor»; se prende fuego al cigarrillo y las conversaciones transcurren con aquella dignidad seria y elegante, con aquella «flema castellana» que sólo poseen, de todos los pueblos de Europa, los españoles. La capa constituye aquí, tanto en invierno como en verano, el atributo indispensable del traje, sólo la burguesía y los funcionarios llevan el común traje europeo. «»La capa», sostiene el castellano, «abriga en invierno y preserva en verano del ardor del sol»» y, como consecuencia de esto, él se envuelve en ella tanto en junio como en diciembre. Como la capa cubre el resto de la ropa, el castellano no se preocupa demasiado por ella. En Castilla se considera de mala educación entrar sin capa en el Ayuntamiento (el Consejo del gobierno municipal), participar en una procesión, asistir a una boda o visitar a una persona importante: es una especie de uniforme popular.
[…] Cada café próximo a la «Puerta del Sol» tiene su propio colorido político. Los «esparteristas» y los «exaltados», reconciliados de nuevo por una persecución común, se reúnen junto al «Café Nuevo», cerca de la Casa de correos; el «Café de los Amigos» es frecuentado por los «moderados» o, como los llaman ahora, los situacioneros, porque el nombre de moderado ya no convenía más al partido que el año pasado fusiló a la gente por docenas y centenas. Cada uno de mis conocidos es fiel a su partido del café y, aunque viva en una parte lejana de Madrid, sin falta acude a su café a tomar un helado o un sorbete o simplemente a beber un vaso de agua. Ninguno de los «exaltados» irá al «Café de los Amigos». A propósito de los cafés: aquí hay una multitud incontable de ellos y, por supuesto, ningún país tiene tanta variedad de «bebidas heladas» como España: «bebida de naranja» (a base de naranjas), «bebida de limón» (a base de limón), «bebida de fresa» (a base de fresas salvajes), «bebida de guindas» (a base de guindas), «bebida de almendra blanca» (a base de almendras dulces, que es la más refrescante). Todas conservan asombrosamente el aroma de su fruta; además de éstas se sirve también leche ligeramente congelada. Por la mañana temprano, cuando el helado no está hecho, se puede tomar el «agraz», bebida hecha de uvas verdes, verdaderamente exquisita. El helado madrileño («quesitos») no es inferior al napolitano; en cambio, las «espumas» de aquí son excelentes: están hechas con chocolate, café, nata, etc., batidas, ligeramente heladas y suavemente rociadas de canela.
Aparte de los cafés, la «Puerta del Sol» está rodeada de tiendas y barberías. Al parecer aquí el «barbero» no ha perdido aún su antigua importancia popular. Cada barbería tiene sus visitantes habituales, que se reúnen a conversar; a veces estas reuniones son tan multitudinarias que los clientes no tienen posibilidad de entrar en el establecimiento. Por esta razón en algunas tiendas está colgado un papel con este aviso: «»Aquí no se tienen tertulias»» (aquí no hay reuniones). Dada tal predisposición general a la conversación, a un extranjero le es muy fácil conocer la situación de la vida pública. La opinión de que los españoles son reservados y callados es absolutamente falsa; tal vez sea justa cuando se trata de sus asuntos privados, puede que sean reservados en las cosas del corazón y pasión, pero, en lo que se refiere a la vida pública, no existe pueblo más franco ni abierto. Siéntese en el café en cualquier mesa donde un grupo de gente esté hablando: jamás su presencia importunará la conversación, no importa cuál sea su nacionalidad. Intervenga en la conversación sin reparos: la educación sofisticada de los españoles se hace aún más delicada al saber que usted es un extranjero. Si aquí se está leyendo una carta interesante con noticias recibidas de la provincia, se la pasarán a usted para leerla, con sólo que demuestre su interés o simple curiosidad: cualquier español consideraría una gran falta de educación no satisfacerla. En los cafés madrileños se ven considerablemente más mujeres que en los cafés de París. Especialmente por la noche: todas las mesas están ocupadas absolutamente sólo por mujeres […].
Me agrada especialmente la naturalidad de las mujeres de aquí. Tal vez estas palabras parezcan poco claras, pero, para entenderlas, es necesario haber vivido durante mucho tiempo en París, donde la mujer es artificial de la cabeza a los pies. Es verdad que las francesas están llenas de gracia, pero también es cierto que, en su mayor parte, esta gracia es aprendida. Por supuesto, en todas partes existen naturalezas -¿cómo lo diría?- dichosas, porque la gracia natural es en ellas una especie de talento; esto es algo que no se puede aprender, es preciso nacer con ello. Las españolas no son graciosas en el sentido francés de la palabra, pero, en cambio, son naturales, y hay que reconocer al mismo tiempo que esta naturalidad, al principio, causa extrañeza, si uno está acostumbrado al exquisito melindre francés. Tan sólo en este punto hay parecido entre las italianas y las españolas. La española no estudia ni sus maneras ni su forma de andar: éstas salen de forma directa y espontánea de su naturaleza y, aunque con frecuencia sean cortantes y bruscas, son sin embargo vivas, originales, expresivas y cautivadoras por su sencillez. La francesa es coqueta por naturaleza, sabe exponer con un arte admirable todo lo que de bello hay en ella; estudia en profundidad todas sus poses y todos sus movimientos; es un guerrero terriblemente armado, vigilante y astuto. La española en cambio parece desconocer su belleza; a causa de su profundo sentido del pudor, preferirá antes esconder que revelar la belleza de sus formas. En España a las mujeres no les brindan aquellas muestras de atención fingida, vanas en el fondo, con las cuales se abruma a las mujeres en la sociedad francesa. Hace falta señalar que, en tiempos no muy lejanos (hace unos quince años), a las jóvenes españolas les enseñaban sólo a leer, por temor a que escribieran notas de amor. Lo escuché de una dama mayor y muy inteligente de la alta sociedad. Las agitaciones políticas hicieron a la española aún más solitaria. Aquí la mujer no participa en la lucha de los partidos; y la vida familiar, menos que cosa alguna, puede desarrollar en ella la necesidad de instrucción […].
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¡Qué extraño el destino de España! Mientras en la Edad Media cada nación europea dirige toda su fuerza vital a la creación de su unidad, España, dividida por la guerra de siete siglos contra los moros, de repente, sin mayor preparación, se unifica gracias al esfuerzo de Carlos V y Felipe II. Con su despreocupación habitual, se empeña en esta nueva dirección hasta que, por fin, en los días de sufrimiento y disturbios empieza a recordar su vida anterior e inesperadamente descubre que conserva sus huellas profundas. Recordemos la sublevación de 1808: ¿no es asombrosa toda esa debilidad «del Consejo de Castilla», de esta junta central, de todo aquello que quería finalmente que esta sublevación lograra el carácter de solidaridad y unidad ? La vida y la fuerza de España consistió en sus «guerrillas»; sus héroes siempre fueron jefes de destacamentos móviles. En los días de peligro, cuando los demás se unen, los españoles se dividen; su fuerza está en su aislamiento, en su soledad. A decir verdad, la unidad en España hasta ahora me parece una quimera. El valenciano habla un idioma que el andaluz no entiende; el catalán y el castellano prácticamente necesitan un intérprete, sus intereses son diferentes; en cuanto las circunstancias llegan a ser graves, enseguida cada uno se apresura a romper el vínculo que le estorba y no le aprovecha, que sólo impide la libertad de movimiento.
A pesar de que la palabra «Constitución», en España, es el eslogan de todo aquel que, sin ser carlista, está descontento con el Gobierno, ninguna Constitución aquí fue llevada a su aplicación. ¿No será que aquí el pueblo no tiene sentido de la legalidad; que con su despreocupación anterior se somete al juicio de un alcalde parcial; que, en fin, el genio de este pueblo, a veces apático y otras veces pasional e impetuoso, no entiende nada de política? Constantemente se hacen y se deshacen en España las Constituciones, aunque nadie cree en ellas; se promulgan leyes, pero nadie las obedece; se hacen proclamaciones, pero nadie las escucha; hay, finalmente, dos Españas: la una es una tierra modélica, un pueblo fuerte, heroico, nación de gente grandiosa, conducida por gente aún más grandiosa, que tiene tiempo para atender a todo. Es la España de las revistas, de los discursos de los oradores y ministros y de las proclamaciones. Pero si observamos más atentamente, penetrando más hondo, entonces sentiremos la España auténtica, la España arruinada, abandonada, sin Administración, sin finanzas, sin espíritu social, la España exhausta por una guerra civil permanente, agotada por todas estas intrigas diplomáticas, por las Constituciones fantasiosas […]. Dicen que, en España, el pueblo es pobre, ignorante, lleno de supersticiones y prejuicios; que la instrucción no penetró en este país. Así, por lo menos, piensa toda Europa. Pero pongamos a este ignorante campesino español al lado del campesino francés, alemán o incluso inglés y nos asombraremos de su dignidad natural, de sus maneras delicadas y de su lengua correcta y limpia. Aquí, las clases bajas son incomparablemente más cultas que las clases bajas en Europa. Pero bajo este término no debe entenderse la cultura de libros, sino la cultura compuesta de los hábitos, las costumbres y las tradiciones, es decir, la cultura histórica que en el pueblo español es infinitamente más fuerte, más profunda que en todos los otros pueblos de Europa. Sucede así cuando toda la naturaleza humana está instruida y no sólo su cabeza. Basta con indicar que ningún pueblo posee una literatura poética tan rica como los españoles; su poesía popular no vive en los libros sino en forma de cuento oral ininterrumpido. De aquí proviene su capacidad para la improvisación, algo que cabe explicar tan sólo por la riqueza de la poesía popular, que el pueblo memoriza. Esto le permite aprender indirectamente a dominar su propia lengua. Definitivamente en muchos aspectos los españoles constituyen la excepción (en el mejor sentido de esta palabra) del resto de los pueblos de Europa y a ellos se les aplica en grado menor, aquellas teorías y definiciones generales, con las cuales a las mentes librescas les gusta jugar en política e historia. Es esta extraordinaria inteligencia de su pueblo lo que más nos hace creer en el futuro de España. Las personas del pueblo llano, absolutamente privadas de cualquier tipo de instrucción, asombran a uno por su buen sentido, su mente clara, la facilidad y libertad con que se expresan. Carecen de la grosería y de la pesadez espiritual de los campesinos franceses. La esfera intelectual de un español no es muy amplia, pero aquello que comprende, lo comprende correctamente; y si la educación y las ideas sanas desarrollan su capacidad mental, entonces los españoles llevarán también a las más altas esferas de la vida esta franqueza, esta nitidez que parecen ser innatas en ellos, y las cuales ahora aplican tan sólo a sus más mezquinos intereses. En medio de los innumerables alborotos que desgarran a España, sientes una especie de necesidad de mirar constantemente hacia atrás para, de alguna forma, liberar el presente del peso de los errores y desastres que el pasado le dejó en herencia, para conservar la fe en el pueblo que, a pesar de tres siglos de desgracias, supo guardar dentro de sí sus cualidades naturales, tan bellas y preciosas.