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Ver productosInternet está cambiando permanentemente las formas en las que funcionan las empresas, aunque su potencial apenas ha sido aprovechado. El e-commerce, la publicación web y las mejoras de las comunicaciones externas e internas sólo representan los esfuerzos iniciales en esta época tan interesante. Ahora, otra oportunidad va a transformar e impulsar a las empresas: las soluciones e-business.
A medida que Internet aumenta la velocidad de los negocios, las compañías deben afrontar nuevos retos. Cada ejecutivo debería preguntarse cómo seguir el ritmo de los cambios acelerados que ocurren en Internet; cómo mantener los costes bajos y la alta calidad de los productos y de los servicios; cómo crear una lealtad por parte de los clientes para competir con las compañías basadas en Internet; y cómo, finalmente, competir con la creciente globalización y confiar en suministradores y socios que se encuentran a miles de kilómetros de distancia.

Las compañías con visión de futuro están desarrollando unas soluciones de negocio Internet para competir mejor en la Nueva Economía. Una empresa combina el poder de Internet con las nuevas estructuras y procesos empresariales para eliminar las viejas barreras corporativas y geográficas. Las cadenas de suministros en red crean rutas de comunicación sin problemas entre socios, suministradores, fabricantes, minoristas y clientes.
La solución e-business de Cisco ayuda a que las compañías puedan desarrollar una e-empresa que maneje unos pedidos de mayor tamaño, minimizando al mismo tiempo los costes generales administrativos. Un ejemplo de solución de negocio Internet, impulsada por la tecnología de redes de Cisco y las mejores prácticas del sector, es la solución de cadena de suministros (socios, suministradores, fabricantes, distribuidores, minoristas y clientes) en una ampliación en red de una única empresa para ofrecer todos los servicios a sus clientes.
Cada elemento dentro de la cadena de suministros tiene un gran valor y cuenta con un acceso seguro a la información empresarial clave para tomar sus propias decisiones. Entre las ventajas de una cadena de suministros en red se incluyen:
· Un control más rápido de las existencias a través de la cadena de suministro, reduciendo las existencias que incurren en gastos y una reducción de los costes generales de los productos.
· Una mejora de la satisfacción del cliente mediante el registro y configuración de productos a través de Internet.
· Mayor brevedad del ciclo desde el diseño del producto hasta su producción, para mejorar así el time to market.
· Flexibilidad en el diseño, acceso y retirada del producto y, a la vez, externalizar las partes más importantes del proceso de entrega del producto.
La e-empresa ha sido un elemento clave para generar el aumento de ventas netas en un impresionante aumento anual conjunto del 78%.
La solución e-business de Cisco ofrece una rápida transformación de sus relaciones empresariales, minimizando los riesgos y maximiza las oportunidades de éxito. Se basa en una red de comunicaciones segura y flexible, y en unos servicios profesionales de socios consultores y de unas aplicaciones de fabricantes independientes,
Los cuatro elementos de la Solución Cisco para e-business son las siguientes.
LAS PRÁCTICAS MÁS IMPORTANTES DEL MERCADO
Cisco ofrece a sus clientes una amplia gama de herramientas para la instalación de e-empresas, desde estrategias y tácticas empresariales hasta elementos clave para garantizar el éxito y modelos de conectividad. Las hojas de cálculo que muestran las cantidades ahorradas y la valoración de las oportunidades permiten que las compañías analicen el rendimiento potencial de sus inversiones económicas.
BASE DE LA RED
Una base sólida de la red de comunicaciones es el distintivo más importante de una e-empresa. Esta base proporciona una integración total de la red, consolidando las redes y los recursos de suministradores y socios.
La seguridad es un aspecto esencial, ya que hace posible que sólo las personas autorizadas tengan acceso a la información apropiada, impidiendo el acceso no autorizado a la red. La calidad de servicio de Cisco garantiza las aplicaciones empresariales críticas, priorizando el tráfico de la red y asegurando que el tráfico de tareas esenciales se suministre por delante del tráfico con menor prioridad. Por cada empleado de Cisco encargado de la fabricación de sus productos, existen seis trabajadores virtuales que utilizan los procesos de Cisco, que se miden por la escala de Cisco y están localizados en todo el mundo.
La instalación rápida y eficaz de la aplicación en red es la clave del éxito en la Nueva Economía de Internet. Por esto, Cisco a menudo recomienda la compra de aplicaciones en red a fabricantes de aplicaciones independientes cuando se precisan las nuevas capacidades, en vez de perder el tiempo y el dinero desarrollando aplicaciones personalizadas.
Los fabricantes de software diseñan con éxito aplicaciones para ocuparse de las necesidades específicas que precisan las mejores prácticas industriales. Los fabricantes de software proporcionan una funcionalidad esencial y unas mejoras continuas de sus productos. A medida que se desarrollan las nuevas tecnologías, los fabricantes de software amplían las capacidades de sus aplicaciones, para que las compañías que las utilicen puedan continuar cumpliendo con sus necesidades empresariales.
SOCIOS CONSULTORES
La integración sin problemas de una base de red y de unas aplicaciones precisan una experiencia especializada. Para acelerar la propia instalación de estas aplicaciones, Cisco se ha vinculado con unos socios consultores para desarrollar, mejorar y personalizar aplicaciones impulsadas por Internet.
Cisco ha colaborado con los socios consultores más importantes del sector. Estos han sido formados por Cisco y proporcionan muchas de las ventajas a las compañías que desean desarrollar una empresa ampliada, como por ejemplo: el suministro de implementaciones rápidas y de gran calidad; la obtención del máximo provecho de los grandes conocimientos de las industrias verticales; la garantía de un gran porcentaje de éxito del proyecto gracias a su experiencia; el conocimiento del cambio organizativo y del proceso que se requiere y cómo se debe llevar a cabo.
Las aplicaciones interactivas basadas en la web proporcionan a los clientes un acceso directo a una información y unos servicios críticos. Los clientes pueden realizar pedidos o ver el estado de estos de forma independiente y cuando lo deseen, con lo que pueden realizar sus propias gestiones.
La creciente coordinación y conectividad entre los socios reduce los costes operativos de todos los elementos de la cadena. Funcionado como una única entidad para servir a los clientes, las empresas y sus suministradores pueden compartir acciones que antes se realizaban de forma aislada dentro de cada compañía. Los procesos automatizados eliminan los pasos repetidos y añaden eficacia a cualquier proyecto.
Una acción empresarial única es el desencadenante de las transacciones comerciales entre las diferentes empresas. Los cambios en la demanda del mercado se comunican directamente a través de Internet. Los suministradores pueden responder de la mejor manera posible para reducir al mínimo las existencias de productos, manteniendo los niveles de calidad y funcionado de la forma más rentable.
En muchos sectores industriales, los ciclos de vida del producto son breves, y cuanto antes llegue el producto al mercado, más probabilidad tienen de lograr una porción de la cuota de mercado. Las soluciones e-business aceleran el tiempo de colocación de un producto en el mercado mediante una colaboración con suministradores y clientes. Los pasos que se requieren para el prototipo, los cambios en el diseño, las pruebas de calidad y la ejecución de los cambios, se transforman en flujos de trabajo en los que la información se distribuye sin problemas a los socios para crear el diseño apropiado en un periodo de tiempo más breve.
Las empresas con soluciones e-business desarrollan una capacidad de ampliación en sus operaciones comerciales pasando la ejecución de procesos de funciones críticas pero no esenciales a sus suministradores y socios, como son la fabricación o la realización de todo el proceso de venta de los productos. Estos socios tienen capacidad para ampliar sus operaciones de forma rápida y rentable, y las aplicaciones en red proporcionan una conexión sin problemas dentro de la e-empresa.
Las e-empresas ofrecen una mayor capacidad de respuesta a los clientes, comunicando de manera rápida las demandas de los clientes y los cambios a través de la red. Los suministradores pueden así cumplir con los pedidos de forma rápida y pueden enviarlos directamente a los clientes. Los clientes reciben los productos a tiempo con una mayor efectividad y tienen un mayor control de su capacidad de «autoservicio», realizando el pedido, configurando el producto y comprobando el estado del pedido a través de Internet.
Los socios de fabricación de Cisco se ocupan de más del 55% del proceso de venta de los productos, sin que la compañía se involucre directamente en este proceso, y un 97% de los envíos se realizan en la fecha acordada por el cliente. Los clientes realizan más de un 97% de sus pedidos a través de Internet, y estos pedidos se comunican de forma automática a Cisco y a sus socios de fabricación. La solución e-business permite que Cisco tenga una mejor capacidad de respuesta para las necesidades de los clientes que sus competidores.
En el momento de cerrar este número de Nueva Revista, se ha conocido la composición del nuevo Gobierno. Con la toma de posesión de los ministros comenzará la andadura de la nueva legislatura. Nuestro país, y no sólo los miembros del Ejecutivo, debe poner alto el listón. Las principales metas que deben lograrse en los próximos años son cosa de todos, por mucho que suene a tópico la expresión.
Cuatro, a nuestro juicio, son los objetivos para los que se debe empezar a trabajar de inmediato. En primer lugar, acabar de forma definitiva con la lacra social del terrorismo de ETA. El diario Gara, apéndice periodístico de la organización etarra, ha publicado documentos que confirman que la mal llamada tregua fue una trampa. La pelota queda ahora en el tejado del nacionalismo democrático vasco, enrocado en los últimos meses en la sordera sistemática. En esta situación de impasse, queda por ver si el Ejecutivo que preside Ibarretxe será capaz de aprobar los próximos Presupuestos, o si va a verse obligado a convocar elecciones antes de que finalice el año. Una oleada de atentados podría colocar al lehendakari en una situación insostenible.
En todo caso, lograr que el PNV y EA retornen al consenso estatutario constituye una prioridad.
El segundo gran objetivo de esta legislatura es la educación y la innovación científica y tecnológica. Se habla cada vez más de la «nueva economía» (asunto del que se ocupa Pablo Váquez en este número de Nueva Revista) y de la sociedad de la información, del conocimiento (tema al que dedicaremos de forma monográfica nuestro próximo número de julio-agosto). Sin embargo, no se ha insistido lo suficiente en la importancia de la calidad de la enseñanza. A ella le prestamos especial atención en este número.
La educación, además de un derecho, constituye un factor importante de cohesión social y una garantía contra la manipulación y la propaganda. Por todo ello es necesario acometer la reforma de la LOGSE, impulsar la Formación Profesional y afrontar la reforma de la Universidad española. La nueva ministra afrontará la decisiva tarea de sacar adelante la Ley de Humanidades.
En lo que se refiere al desarrollo tecnológico, nuestro país tiene el reto de alcanzar el nivel de los países más avanzados de la Unión Europea. Para eso es preciso impulsar sin descanso la capacidad de innovación. El desarrollo de las tecnologías y de la sociedad de la información es rapidísimo. Se puede coger el tren o no cogerlo.
Sin educación y desarrollo científico y tecnológico, no será posible alcanzar la tercera meta: lograr que el problema del paro sea un problema del pasado. Las actuaciones de los últimos años en el terreno econó-mico han demostrado muy buenos resultados. Si España avanza en la línea del rigor presupuestaria, las reformas estructurales y la reforma fiscal, la figura del pleno empleo puede dejar de ser un sueño a medio plazo. El Gobierno se ha propuesto alcanzar el equilibrio presupuestario en el 2001 y crear 1.400.000 empleos en esta legislatura, con el objetivo final de lograr el pleno empleo en el año 2010. Son plazos razonables que deben cumplirse, ahora que la situación económica por la que atraviesan las democracias desarrolladas de Occidente es tan favorable.
En el terreno del empleo, urge, además, favorecer con audacia la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y reducir los niveles de precariedad del empleo. El desarrollo y el bienestar de un país pasan por que las mujeres sean capaces de conciliar la maternidad con su carrera profesional. Durante la legislatura anterior se pusieron en marcha algunas medidas orientadas en este sentido. Es preciso continuar en esa dirección.
Para terminar, la cuarta meta para los próximos años consiste en lograr la cohesión territorial. En este sentido, la propuesta de un pacto de Estado para dar estabilidad al modelo de financiación autonómica es una necesidad urgente. Casi concluido el proceso de transferencias, cada Comunidad Autónoma debe hacerse responsable y colaborar en la mejora del modelo común. Es éste un asunto delicado que requiere del consenso de todas las Comunidades Autónomas.
El 1 de enero del 2002, el euro se convertirá en moneda de uso corriente. Esa misma fecha, España asumirá la presidencia europea. La coincidencia de estos dos hechos ofrecerá a nuestro país la posibilidad de ejercer un protagonismo internacional para el que debemos prepararnos. Nuestro país debe profundizar en las reformas, si desea aprovechar la posibilidad real que ahora tiene de dar un salto adelante y colocarse en la vanguardia europea. La mayoría absoluta que ha recibido el Partido Popular debe ser, más que el aprobado de una gestión, el estímulo necesario para afrontar las reformas estructurales que todavía nuestro país tiene pendientes.
Paz definitiva en el País Vasco, reforma de la educación, desarrollo científico y tecnológico, creación de empleo y cohesión territorial han de ser, por tanto, los ejes alrededor de los cuales gravite una gestión eficaz.
La historiografía del franquismo cuenta a partir de hoy con un nuevo título de referencia, la obra del profesor Gonzalo Redondo que será, sin lugar a dudas, una obra de peso. Planeada en cuatro volúmenes, el primero editado cuenta con más de mil páginas de gran formato y a dos columnas. La obra se plantea dentro de las vías abiertas por su investigación anterior sobre la Historia de la Iglesia en España (1931 -1939), publicada en 1993. Con la nueva serie, se dan a conocer los primeros resultados del trabajo que Gonzalo Redondo viene dedicando al estudio del franquismo desde hace años y que ha estado acompañado de una importante labor de recolección de archivos privados de aquel período. La historia del franquismo constituye en la actualidad una de las principales líneas de investigación de la Universidad de Navarra, como muestra la cuidadosa edición del libro. Si no es fácil escribir ni publicar un trabajo de esas proporciones, tampoco le faltará al profesor Redondo la atención de un determinado público, que leerá con detenimiento su obra.
Este primer tomo dedicado a la construcción del Estado español franquista consta de dos partes: los fundamentos del nuevo Estado, y el poder personal de Franco al frente del mismo. En la primera se recuerdan algunas visiones de la «España nueva» alimentada desde los años anteriores a la guerra civil —las de Víctor Pradera, Pemartín y el García Morente converso—, antes de pasar a analizar la ideología de Franco. En la segunda y principal, se recorren y plantean de forma cronológica los principales jalones de la configuración estatal franquista: lo que Redondo denomina «el espejismo de un Estado totalitario» (1939), la fuerza del nacionalismo español (1939-1941), el autoritarismo tradicionalista (1941-1943), la democracia orgánica como solución nacional para España (1943-1945) y la Ley de Sucesión como expresión de la voluntad de constitución de España en Reino (1945-1947).
Redondo acomete la cuestión debatida de si Franco dispuso o no de un pensamiento político sobre el que asentó su gobierno y el régimen. Resulta más fácil saber lo que nunca fue Franco, pero en todo caso el autor conviene en precisar que Franco fue un gobernante autoritario de ideología o mentalidad —tal vez mejor— tradicionalista. La influencia de los planteamientos intelectuales de Acción Española se hizo sentir no sólo en el Movimiento Nacional sino en el propio «Caudillo». Franco se entendía a sí mismo como un «caballero cristiano», un hombre católico tipo siglo XVI. El nombre de nacionalcatolicismo, empleado normalmente para definir al franquismo, no es más que ese tradicionalismo. El tradicionalismo de Franco le llevaba a contemplarse como un monarca absoluto, la mirada puesta en la Monarquía tradicional. Franco fue un rey caudillo, y el franquismo, una monarquía sin rey. La represión política y social que siguió a la guerra civil fue como una especie de reedición de la Inquisición de la España del Siglo de Oro (esta vez en manos del Estado, aunque la Iglesia española, por lo general, se mantuvo en silencio ante el hecho).

Desde esta perspectiva, Redondo suaviza el carácter totalitario del Estado franquista. A la salida de la guerra, y debido al culturalismo tradicionalista de los principales dirigentes del nuevo régimen —de forma muy particular Franco—, se iba a un régimen decididamente autoritario capaz de llevar a cabo una revolución «desde arriba», la «revolución pendiente» asumida por el ideario falangista que el régimen aseguraba haber hecho suyo. Aunque pudiera parecerlo, España no fue un Estado fascista. Para el autor, «el franquismo no pasó de ser un espejismo de Estado totalitario» (pág. 119), hecho que circunscribe a los meses finales de 1939 (frente a la opinión comúnmente admitida de que los rasgos fascistoides del Estado fueron predominantes hasta 1945). El autoritarismo franquista no fue de signo fascista sino tradicionalista.
Gonzalo Redondo relativiza incluso el papel histórico del franquismo en el fortalecimiento del Estado español. Franco se habría limitado simplemente a no impulsar nada la escasa autonomía que había conseguido hasta el momento la sociedad civil frente al aparato estatal. «Por habituamiento de siglos, a muchos les pareció excelente esta actitud», afirma el autor (pág. 58). Se asiste a la consolidación del Estado sobre la sociedad, haciéndose patente el carácter «regalista» del régimen, que merecerá la protesta del primado de España, el cardenal Gomá. La denuncia que hizo de la invasión sofocante del estatismo, y de la aproximación de algunos sectores falangistas al nazismo pagano, no es sino el reverso de su apuesta por un Estado tradicional católico, por un Estado fuerte que admitiese la «potestad indirecta de la Iglesia».
Franco se empeñaría en ese propósito, en la reconstrucción de la España tradicional, de un Estado unitario, católico y autoritario, lo que no impedirá los choques con la Iglesia: tal era la fuerza del nuevo nacionalismo español y, al tiempo, la acentuación de algunos radicalismos tradicionalistas como el del cardenal Segura, que reclamaba una mayor presencia del catolicismo y de la jerarquía eclesiástica en el propio mantenimiento del Estado católico. Desde aquí se entiende también la renuncia final de Franco al derecho de patronato en el nombramiento de obispos.
Las tensiones por la orientación ideológica del Estado católico alcanzaron también a los medios culturales. En torno a la revista Escorial, y a impulsos de Ridruejo y Laín, se inicia desde finales de 1940 una cierta «apertura» orientada a la aproximación (con reservas) o recuperación (parcial) de algunas figuras como Antonio Machado y Ortega y Gasset. Los falangistas «ilustrados», a imitación de José Antonio, comenzaban a entablar un ambiguo diálogo con Ortega. La ruptura total de Ridruejo con el régimen en 1942 —coincidiendo con el retroceso político de Falange y el comienzo de la ofensiva de la ACN de P— fue exponente de un talante personal, que dio credibilidad a su figura (no a Falange).
El culturalismo católico hizo de la revista Cisneros, con el impulso inicial de Laín y Alfredo Sánchez Bella, un banderín de enganche en el camino hacia la «democracia orgánica», en cuyo espacio Gonzalo Redondo sitúa las dos opciones posibles: Franco y Don Juan. Para el autor, eran menos las diferencias que los puntos que unían a ambos personajes (después de que el autor opte por situar a Maritain bajo la sospecha de neomodernismo). Calvo Serer —presentado en estos momentos como tradicionalista, franquista y amigo de Don Juan— llegó a desempeñar en diversas circunstancias un cierto papel de intermediario (Redondo concede demasiada importancia al episodio de la carta interceptada). Los propagandistas de la ACN de P. —los católicos por antonomasia— coincidirán en la concepción de un Estado corporativo, sin discutir la persona de Franco. Gonzalo Redondo enfatiza que el Manifiesto de Lausana de Don Juan en 1945 no supone una ventana abierta hacia las libertades democráticas sino otra puerta que comunica a la democracia orgánica. La democracia orgánica como solución nacional para España (mientras en Italia triunfaba la Democracia Cristiana).
El Fuero de los Españoles (1945) sentó las bases políticas del régimen y de la propia reconstrucción de España. España para los españoles. La presión monárquica sobre Franco al término de la Segunda Guerra Mundial no estaría encaminada a ningún cambio de régimen sino tan sólo a la sustitución del jefe del Estado, a fin de contrarrestar las presiones exteriores de las potencias vencedoras. Al cerco del régimen sucedieron los esfuerzos por movilizar la sociedad civil. Redondo acerca y estima relativamente parecidos los proyectos para España de Ángel Herrera y de Ortega y Gasset a su regreso del exilio (aunque éste optó preferentemente por el silencio y poco dirá de las cuestiones españolas), al tiempo que tiene lugar la aparición oficial de los movimientos especializados de Acción Católica. Las HOAC —seguidas más tarde por la JOAC— comenzaban a dar sus primeros pasos. Pero el inmovilismo del régimen daba la mejor prueba de la solidez interna del sistema, que la condena de la ONU y sus medidas sobre España en 1946 no hicieron sino reforzar potenciando el sentimiento nacionalista español. En ese contexto, la revista Alférez, en continuidad con la línea marcada antes por el primer Escorial y la revista Cisneros, pretendió plantear una tercera vía española entre el fascismo y el liberalismo, sin dejar de reivindicar la herencia de Ortega, subraya Redondo (aunque ello no significa que los redactores y colaboradores realmente fueran orteguianos o que Ortega se reconociera en ellos).
El hito que pone cierre al período fue la Ley de Sucesión de 1947, investida de un claro significado: la constitución de España en Reino. Para Redondo, el Manifiesto de Estoril, como reacción a la ley, hacía patente que «la discrepancia de los monárquicos con Franco era considerable respecto a la persona que debía regir los destinos españoles, pero prácticamente inexistente en relación a cómo estos destinos debían ser regidos» (pág. 1.021). La cuestión de la persona no era más que una cuestión personal, no había diferencias ideológicas. La consecuencia de mayor valor de los años 1939-47 fue que España quedó configurada como Reino: «Una formulación un tanto ambigua, aunque —en líneas generales— coherente con su trayectoria histórica» (pág. 20). Latía el deseo de continuar la historia de España.
Desde este punto de llegada (y ante la ausencia final de conclusiones por parte del autor), se tornan más problemáticas algunas consideraciones planteadas por Gonzalo Redondo en la introducción de la obra. La ciencia se construye sobre hipótesis arriesgadas, pero puede confundir cualquier intento de hacer de Franco un nuevo Cánovas —el artífice de la restauración monárquica—o un nuevo Maura —el hombre de la revolución desde arriba—, como viene a sugerir de algún modo el autor. Volcar sobre el franquismo el espíritu de cierto liberalismo decimonónico (y aun posterior) sería engañoso. El franquismo, lejos de recuperar la memoria del XIX, aprovechó la crisis de fin de siglo para negar la contemporaneidad y enlazar de forma llana con los valores del Siglo de Oro. El tradicionalismo de Franco y de su régimen —tan subrayados por el autor, oponiéndolos al fascismo— es de suyo elocuente. Pero el problema es que Gonzalo Redondo reitera tanto la etiqueta tradicionalista, que al final acaba vaciada de sentido y termina por diluir las fronteras. La tipología elaborada a lo largo de las páginas no es del todo transparente: hace desfilar, entre otros, a tradicionalistas religiosos, a tradicionalistas culturales, a tradicionalistas autoritarios y —lo que resulta un contrasentido según las categorías habituales— a «tradicionalistas liberales». El tradicionalismo no es mas que el factor común que permite al autor, desde el primer párrafo de la Introducción, hacer coexistir dentro del «sistema político derivado de la guerra civil» a tradicionalistas y liberales y a «tradicionalistas secularizados o colectivistas (socialistas y comunistas)» (pág. 9).
Parece latir en Gonzalo Redondo un cierto afán de presentar al franquismo dentro de la «normalidad» de la evolución histórica española. El franquismo no habría sido un régimen muy distinto a otros anteriores de la historia de España y vino a reanudar esa misma historia de España después de la guerra civil. Ciertamente —como ha puesto de relieve la historiografía más reciente—, es urgente superar las ideas de «fracaso» o «anormalidad» con que se ha tendido a enfocar la contemporaneidad española, como fruto en buena parte de la hipercrítica del 98, responsable de una fuerte deformación de la conciencia histórica española. Igualmente, es hora de desprenderse de los mitos antifranquistas, envejecidos después de más de medio siglo. El historiador debe acercarse a cualquier período sin prejuicios, y el franquismo no debe ser una excepción. Pero, con todo, no puede obviarse que el franquismo constituye precisamente el principal factor de «anormalidad» de la historia contemporánea española y, por supuesto, del siglo XX. El fracaso de la Segunda República no obedeció al fracaso histórico del liberalismo sino a la radicalización de los extremos (anarcocomunistas y fascistas), que dio al traste con el proyecto de la generación de 1914- El contexto internacional, los dogmas ideoló-gicos y el inmovilismo de los bloques durante la Guerra Fría jugaron a favor del mantenimiento del régimen de Franco a partir de 1947. Pero relativizar su anormal permanencia diluyendo sus fronteras dentro de la historia contemporánea de España conduciría a una nueva deformación de la conciencia histórica española no menos perjudicial que la que indujo al «mito del fracaso», que se trata de superar.
El franquismo dejó a España, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, fuera del tiempo europeo, de modo muy especial en el plano político-cultural. El empeño de vuelta a estructuras viejas de siglos con ánimo de reconstruir la España eterna dentro de la sociedad española, y en nombre de una radicalidad cristiana aún mayor —según expresa el propio autor—, no permite grandes comparaciones con los regímenes decimonónicos ni es fácilmente compatible con el empleo de la etiqueta liberal dentro del régimen franquista. El respeto del pluralismo «dentro» de los presupuestos de aquella determinada España era sencillamente (por muy honradamente que pudiese alguno pensar que se respetaba el pluralismo) falta de respeto al pluralismo y ausencia de pluralismo. Es evidente, no obstante, que el paso del tiempo fue haciendo evolucionar a diversas personalidades hacia sensibilidades más liberales y que, años después, algunos políticos educados en los patios interiores del franquismo facilitarían la transición política a la democracia, una vez que las propias transformaciones socioeconómicas del tardofranquismo sentaron en gran medida las bases de esa Transición (con la que se reanuda propiamente la historia contemporánea de España). Fue la distancia progresiva dentro del franquismo entre el sistema político, esencialmente inmutable, y el proceso de modernización socioeconómica desarrollado durante los años sesenta (en consonancia con las pautas europeas), lo que rompió en dos al franquismo y acabó con el régimen. El franquismo no es una «evolución natural» de la historia contemporánea de España, que, en el fondo, entonces, tampoco se distinguiría esencialmente de la actual democracia.
Estas observaciones pueden ser efecto tal vez del método empleado por el autor. La delimitación cronológica —que implica una «inevitable simplificación de los hechos, a la búsqueda de los que se entienden como decisivos: empresa, por tanto, altamente discutible», sostiene Redondo (pág. 20)— y la posterior reconstrucción exhaustiva de esos hechos seleccionados pegada a la cronología. De ese modo es difícil atender a la totalidad de la problemática, de una problemática que evoluciona históricamente, y no se depuran suficientemente los materiales y el discurso.
Estamos, en cualquier caso, ante una obra monumental y erudita cuya importancia hace necesario esperar a su conclusión para poder realizar una apreciación global. Los tomos siguientes están dedicados: el segundo al período 1947-1956, el tercero a los años 1956-1965 y el cuarto a 1965-1975. Indudablemente, ya desde este momento hay que agradecer la generosidad intelectual y el esfuerzo puesto por Gonzalo Redondo en la empresa. El agradecimiento no provendrá únicamente de los historiadores.
Es por todos sabido que en la biografía personal de Juan Pablo II, en su ministerio como obispo de Roma, sus viajes apostólicos ocuparán un lugar singular. Ningún Papa, en el pasado, había visitado tantas iglesias particulares a lo largo y a lo ancho de toda la tierra, ni ninguno había prodigado de modo semejante su presencia en todos los continentes del orbe. Ya se nos hace imposible pensar en un Papa no itinerante y se nos antoja que esta forma de servicio petrino nos acerca, apenas sin apreciarlo, a los orígenes apostólicos. El estilo de Pablo se hace cada vez más propio de Pedro. La diáspora más vecina a Jerusalén. Roma menos lejos de Cesárea marítima. Ciertamente, Juan Pablo II, el Papa «venido de lejos», hizo tan «cercana» su imagen a las gentes de la tierra como nadie, en el ayer cristiano, pudo jamás barruntar. La presencia física del peregrino por las geografías del oriente y occidente, acompañada con su palabra, hizo cierta la expresión de la Católica fijada por el obispo de Hipona en pleno fragor donatista: «Ecclesia toto orbe terrarum diffusa».
La reciente peregrinación del Papa a Israel ha atraído, más de lo en un primer momento esperado, a los medios de comunicación. En pocas horas, casi de repente, ocupó las primeras páginas de los más importantes rotativos, y fue objeto de editoriales y tema central para articulistas de muy diferentes ideologías o credos religiosos. Un escritor italiano, atento al acontecimiento, señaló, con acierto, que del interés inicial se pasó a la curiosidad, de ésta a la atención, de la atención al silencio y del silencio a la admiración.
Curiosidad, atención, silencio y admiración son términos que bien podían traducir las distintas actitudes que se apoderaban de los que seguían, con no poca inquietud, el itinerario del que se iba perfilando como un viaje lleno de inesperadas sorpresas. Los sociólogos de la religión, los analistas políticos, el espectador poco avisado no eran capaces de interpretar los hechos desde presupuestos ya ensayados, Juan Pablo II, a una y otra parte del Jordán, obligaba a hacer una lectura nueva de lo que muchos esperaban comprender desde simples categorías social-políticas.
EN EL OCASO DE UN MILENIO
No era la primera vez que Juan Pablo II pisaba los lugares de la vida de Jesús. Pero una cosa es visitar Tierra Santa como arzobispo de Cracovia y otra muy distinta hacerlo como obispo de Roma. La primera visita, en el lejano 1965 —año de la clausura del concilio Vaticano II y un año después del histórico viaje de Pablo VI a los lugares bíblicos— había quedado grabada en la memoria de Karol Wojtyla.
En aquel entonces, el arzobispo de Cracovia recordaría con gozo las palabras dirigidas por el papa Montini a los padres conciliares el cuatro de diciembre de 1963 en la basílica de San Pedro: «Veremos esa tierra bendita, de donde salió Pedro y a donde no ha vuelto ningún sucesor suyo; nos, humilde y brevemente, volveremos en señal de oración, penitencia y renovación».
Aquella experiencia inolvidable de 1965 le hacía escribir a Juan Pablo II, al sucesor de Pablo VI, en 1999: «Aún hoy hojeo de buena gana las emotivas páginas que escribí entonces». Más de una vez, y ya desde el inicio de su servicio como sucesor de Pedro, había manifestado el íntimo deseo de retornar, como su antecesor, a la tierra de Jesús de Nazaret. La providencia ha querido que fuera posible solamente al final del milenio y en plena celebración Jubilar del bimilenario de la Encarnación del Señor.
En uno de sus más personales y hermosos escritos: Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la historia de la salvación (29 de junio de 1999), el Papa peregrino anunciaba que, veintiún años después de su Pablo II pisaba los lugares de la vida elección como sucesor de Pedro, en el marco del Gran Jubileo quería vivir «una gran experiencia interior», y añadía que la «dimensión del ‘espacio’ no es menos importante que el tiempo». El espacio era la Tierra Santa, el tiempo el Año Jubilar.
Juan Pablo II, con la inquietud de la peregrina Egeria y la mansedumbre y paz de Francisco de Asís, soñaba, año tras año, con volver a pisar, arrodillarse y orar en Nazaret y en la Tierra denominada Santa por los creyentes hijo del padre Abraham. Como su antecesor, Pablo VI, Juan Pablo II esperaba con ansia llevar a cabo «una visita orante a los lugares santificados por la vida, pasión y resurrección de Jesús».
UN SUEÑO HECHO REALIDAD
En el umbral y en el amanecer del tercer milenio, el sueño se convirtió, parcialmente, en realidad. La esperanza de poder contemplar la tierra de Jesús se vio cumplida como una promesa realizada. No fue posible, en cambio, llegar a Ur de los Caldeos, a la tierra de Abraham, la actual Tal al Muqayyar, en la parte meridional de Irak. El deseo fue truncado por intereses humanos que interpretaron desde una óptica política la peregrinación y no alcanzaron a descubrir la lectura religiosa de la misma. Juan Pablo II tuvo que contentarse con una visita «virtual» en una audiencia, en el aula Pablo VI, días antes de partir desde Roma hasta Egipto y poder subir al monte Oreb (Sinaí) y rememorar la figura de Moisés y la Alianza entre Yahweh y su pueblo. La visita virtual a Ur y a los caminos del Éxodo bíblico, por muy actual que fuese el medio, no atrajo la atención del mundo como había de acontecer con la peregrinación desde el lunes 20 hasta el domingo 26 de marzo del presente año.
Las noticias de agencia miraron con curiosidad e inquietud cómo el obispo de Roma afrontaría los retos que suponía su presencia en Jordania, en Israel y en los territorios de los palestinos. Es sugerente releer los titulares de los más importantes periódicos del mundo. Unos calculaban expectantes si las fuerzas físicas del Papa soportarían el apretado programa de la peregrinación; su preocupación era la deteriorada salud del peregrino. Otros profetizaban que el viaje interesaría a lo más a una parte de los cristianos, pero ninguno acertó a sospechar que el contacto del Papa con católicos, judíos y musulmanes llegase a dejar una estela de aceptación y de obsequioso agradecimiento por parte de todos.
POR CAMINOS DE PENITENCIA, CONVERSIÓN Y PAZ
Antes de rememorar, a grandes rasgos, algunos aspectos de la visita, no podemos olvidar que una semana antes, el 12 de marzo, Juan Pablo II realizaba uno de los gestos más significativos, y probablemente menos comprendidos, como nauta, por utilizar de nuevo una expresión agustiniana, de la Católica: la petición de perdón por los pecados de la Iglesia. Este acto del Papa —profético para algunos— acompañado por una reflexión de la Comisión Teológica Internacional, era un novum en la praxis eclesial y una apasionante cuestión para la teología y la historiografía católicas.
El hecho, vivido el primer domingo de Cuaresma en el marco de una austera celebración litúrgica, guardaba una honda continuidad con la biografía espiritual del papa Wojtyla. Los no lejanos tiempos en los que el entonces cardenal de Cracovia tendía la mano generosa al episcopado alemán en demanda de perdón, los sinsabores por la no comprensión por parte de muchos de su pueblo, la reflexión eclesiológica al filo de la teología, entre otros, de H. U. von Balthasar, su profunda sintonía religiosa con los judíos compatriotas, las huellas de la guerra en su memoria… emergían ahora, después de muchos años, en el espíritu de Juan Pablo II como una experiencia religiosa a la que no era posible poner fronteras. Misión de la teología será acoger esta herencia espiritual e incorporarla al legado eclesial.
El Papa, en este contexto espiritual, al pisar la tierra de la actual Jordania, agradeció la hospitalidad del pueblo jordano e hizo una llamada al diá-logo interreligioso, principalmente entre las tres religiones monoteístas —cristianismo, judaísmo e islamismo— a favor de la paz, el bien y el respeto a la persona humana. En el comienzo de la visita, se perfilaba cuál iba a ser uno de los ejes centrales de la peregrinación: desde la autenticidad es posible el encuentro religioso. Se adelantaba que el diálogo se cimenta más en el sentir común (fronein) que el hablar (lalein). El programa interreligioso se impuso, en gestos y palabras, en el primer día de la visita.
PEREGRINO CONTEMPLATIVO
Juan Pablo II, en la primera jornada, sube al monasterio del monte Nebo, símbolo de la esperanza. Al igual que Moisés oteó la Tierra prometida (cfr. Dt 32,49), Juan Pablo II puso su mirada en el horizonte, apenas pronunció palabra y apuraba su andadura por las tierras de los patriarcas y profetas con actitud contemplativa. Como contemplativo que seguía los caminos de los orantes, ofrecía la posibilidad de un nuevo lenguaje; era el lenguaje del peregrino que quería encontrarse con la frescura de los orígenes de la fe abrahámica y de la reconciliación bíblica. Como Abraham, levantaba su mirada para no detenerse de día ni de noche y preanunciaba que la fuerza de los gestos iba a ser mucho más fuerte que la de las palabras.
De este modo, la visita a Wadi al-Jarrar, en las orillas del Jordán, la alocución esperada, dejó espacio a la oración. El peregrino contemplativo del Nebo se manifestaba como el orante cristiano cuya plegaria recuerda algunas páginas de la antigua Didaché o Doctrina de ios doce apóstoles, cuyo anónimo autor hablaba con idéntica emoción del bautismo del Señor en las aguas del Jordán.
Como humilde y esperanzado peregrino se dirigió, el 21 de marzo, a Tel Aviv, donde proclamó que en su itinerario espiritual llevaba consigo el sentir de las tres religiones hermanas. Si la bienvenida por parte de las autoridades del Estado de Israel dejaba traslucir que los recelos y los muros de las distancias no eran tan altos como parecían y que aquella acogida era compatible con la aceptación de los palestinos manifestada en la visita realizada a Al-Maghtas, cercana a la Jericó Herodiana, ciudad en la que se conservan las huellas de la ciudad más antigua del mundo.
También aquí el Papa se siente un contemplativo que descubre con «los ojos del alma a Jesús que se acerca a las aguas del río Jordán… Veo a Jesús que pasa de camino hacia la ciudad santa…; lo veo abrir los ojos del ciego a su paso». Si Juan Pablo peregrino se dejaba llevar de la emoción por la cercanía divina manifestada en la región más baja de la tierra —en las orillas del Jordán—, el escandaloso acercamiento tuvo su principio en la pequeña ciudad de Belén.
PEREGRINO QUE PIDE POSADA
La sencillez del discurso cerca del estilo del peregrino que se acerca a los lugares santos como pidiendo posada para estar, ver y orar. Cuantos seguían los pasos del Papa iban desvelando un estilo nuevo que facilitaba la apertura de las puertas y, sobre todo la apertura de los corazones. La Tierra visitada se iba convirtiendo en un escenario común, pacificado, pacificador y festivo. En el encuentro con los refugiados palestinos en Dheisheh se tocaba la paz y se creía en la esperanza. Con la misma exquisitez con que guardó silencio ante el imán que convocaba a la oración, el Papa no dudó en decir con voz fuerte «que los pastores de Belén probablemente fueron los antepasados de los refugiados».
En el pabellón de Congresos de Jerusalén, la visio pacis de los Santos Padres, donde se dieron cita los más importantes medios de comunicación de todo el mundo, se vivía un sereno aire de novedad y no se disimulaba, con sorpresa, que la peregrinación del Papa concitaba intereses no esperados. Después de la jornada de Belén todos nos preguntábamos cómo reaccionaria la mayoría; si la honda comprensión de los palestinos no provocaría el rechazo de los judíos.
Pero el tenor de la visita obligaba a propios y a extraños a no ser ajenos a lo que se presentaba como acontecimiento histórico: el obispo de Roma unía, casi inadvertidamente, posiciones que se antojaban irreconciliables. No en vano su misión es el servicio a la unidad. Pesaba más el signo silencioso que la palabra, y ésta, por su concisión, se convertía en sencilla intérprete de los gestos improvisados. Lo que se presentía como problema se desarrollaba sencillamente y con escandalosa normalidad. Más que interesar el comentario sobre la seguridad externa del huésped, ahora la pregunta era sobre cómo iba a proseguir la peregrinación.
Con contenida sorpresa el Papa celebró, el día 23, la eucaristía en el Cenáculo. Fue una significativa excepción. Desde aquí enviará a todos los sacerdotes del mundo su habitual y sentida carta para el Jueves Santo. Las vivencias en el lugar de la intimidad con los suyos pesaban más que las sensacionalistas noticias sobre el posible intercambio del Cenáculo por una sinagoga de Toledo. Se encontró con los rabinos jefes de Israel y con ellos compartió su aprecio por la tradición judía: «Este encuentro tiene un sig-pesebre de Belén dejó entrever el nificado realmente único que… llevará a incrementar los contactos entre cristianos y judíos, encaminados a lograr un entendimiento cada vez más profundo de la relación histórica y teológica entre nuestras respectivas herencias religiosas… Esperamos que el pueblo judío reconozca que la Iglesia condena totalmente el antisemitismo y cualquier forma de racismoDebemos cooperar para construir un futuro en el que ya no haya antijudaísmo entre los cristianos ni sentimientos anticristianos entre los judíos». Lo que durante tanto tiempo fue creciendo en el corazón de Juan Pablo II con relación a los judíos, «hermanos mayores», y que se manifestó claramente en el memorable encuentro con la comunidad judía de Roma, el 13 de abril de 1986, y en el no menos histórico documento sobre la Shoah, ahora propone, con la misma firmeza, que el entendimiento entre judíos y católicos no sólo debe «ser un sueño, sino también una realidad».
Si a alguien le pudiesen sonar a vacías estas palabras disiparía sus dudas después de asistir a la impresionante visita al mausoleo de Yad Vashem de Jerusalén. Sólo en silencio se podía contener la emoción de los encuentros del Papa con antiguos amigos unidos por dolorosos recuerdos. «Silencio para recordar… Silencio porque no hay palabras suficientemente fuertes para deplorar la tragedia de la Shoah… Recuerdo a mis amigos y vecinos judíos, algunos de los cuales murieron, mientras que otros sobrevivieron». Con algunos de los sobrevivientes pudo Juan Pablo II encontrarse, recordar, emocionarse, orar y refugiarse en las palabras del salmista para gritar y encontrar en ellas el sentido de todas las acciones de la historia. La emoción del milagro del encuentro con la joven que el sacerdote Wojtyla había llevado sobre sus hombros, recién salida del campo de concentración no necesitaba explicaciones… Era la imagen de una vida que sólo era legible desde la Providencia, la única que da sentido a la concatenación de hechos en la historia de los humanos y que solamente con el tiempo se pueden descubrir con todo su sentido.
EN EL CORAZÓN DE LOS JUDÍOS
Yad Vashem fue el lugar donde el Papa quiso legar cuanto proclamó pensando en el Holocausto y en sus víctimas: «Construyamos un futuro nuevo en el que no existan sentimientos antijudíos entre los cristianos o sentimientos anticristianos entre los judíos». Yad Vashem encontró un lugar en el corazón del obispo de Roma y al obispo de Roma se le abrieron más los corazones de muchos judíos.
A medida que pasaban los días, las diferencias, sobre todo las religiosas, no impedían en la «ciudad de la paz» el anhelo de la unidad. El encuentro interreligioso en el Pontificio Instituto «Notre Dame» hacía mucho más sencillo el esfuerzo ecuménico cuando se recorre el camino de la «adoración, la alabanza y la acción de gracias». Juan Pablo II lo expresó bellamente: «La sura inicial del Corán lo afirma claramente: ‘Alabad a Dios, el Señor del universo’ (Corán 1,1). En los cantos inspirados de la Biblia escuchamos esta llamada universal: ‘¡Todo ser que alienta alabe al Señor! ¡Aleluya!’ (Sal 150,6). Y en el Evangelio leemos que cuando nació Jesús los ángeles cantaron: ‘Gloria a Dios en las alturas’ (Le 2,14)». Uno recordaba el abrazo de Pablo VI al patriarca Athenagoras I de Constantinopla el 5 de enero de 1964 en la delegación apostólica de Jerusalén. Aquel abrazo se hacía más grande en el encuentro de Juan Pablo II: se quería llegar no sólo a los ortodoxos, sino acogerse al amparo de los creyentes en el Dios uno y único.
JUNTO AL LAGO DE GALILEA
En Galilea se vaticinaba , el 24 Papa dejó Jerusalén para encontrarse con más de cincuenta mil jóvenes de todo el mundo en el monte de las Bienaventuranzas, a orillas del lago de Genesaret. Juan Pablo II, al lado de Tabga y Cafarnaúm, en el mismo lugar en el que Jesús con los suyos proclamó el sermón de la montaña, escuchaba las inalteradas palabras de Jesús ante la presencia de cristianos procedentes de todo el mundo. Jamás en la historia del cristianismo había tenido lugar una escena similar en Galilea. Fue, sin duda, una de la jornadas más marcadamente católica de la peregrinación del Papa. El sucesor de Pedro, cerca de la casa de Cafarnaúm, con los ojos puestos en el lago de las llamadas a los apóstoles, vivía la milagrosa permanencia de la Iglesia según la promesa de Jesús.
Los musulmanes guardaban, con respeto, el viernes; con la proverbial veneración que les caracteriza, los judíos respetaban el sábado y Juan de marzo, un día lluvioso. El Pablo II seguía, admirados unos y otros, su peregrinación a Nazaret, para volver a Jerusalén y culminar su visita en el santo sepulcro y al Calvario, lugar al que quiso retornar, antes de partir para Roma, fuera de todo programa previo. En Nazaret todo habla de la familia humana de Dios, y no menos de las familias de todos los tiempos. También de las de hoy, con sus luces y sombras. Con la misma fuerza con que vibra ante el diálogo interreligioso, Juan Pablo II propone la familia como la realidad fundante de todas las restantes posibilidades humanas. Sin Nazaret no tendría sentido el pasado ni se abrirían perspectivas de futuro.
Quizás el último de sus actos en Tierra Santa caracteriza, mejor que cualquier otro, el sentido más profundo del viaje a Jerusalén: subir despacio al Calvario, escalón tras escalón, permanecer, durante algún tiempo, casi en solitario, en el lugar de la entrega del Maestro y Señor. Con la misma espontaneidad y sencillez con que se acercó al muro de las Lamentaciones y lo bendijo —sin ocultar la Cruz— y dejó allí su petición, quiso culminar su estancia en la Jerusalén terrena postrándose en el monte en el que todo se perdonó en aquel que por todos se entregó. En la figura de Juan Pablo II se unían los dos grandes montes: el Sinaí y el Sión. Viejos anónimos latinos pseudociprianeos los contraponían, en él se armonizaban.
El viaje del Papa era, sin duda, un capítulo nuevo en el libro de la historia de la Iglesia. Estoy seguro de que aún es muy pronto para hacer una lectura completa. Dan Vittorio Segre escribió, a propósito de la visita papal, que «el futuro es incierto, pero el pasado se desmorona». Se puede presumir que Juan Pablo II con sus gestos en la Tierra Santa ha abierto caminos nuevos. Los católicos nos hemos descubierto más católicos, los cristianos más cercanos, los judíos más esperanzados, los musulmanes menos recelosos y todos un poco más gozosos en este Año Jubilar. Juan Pablo II nos ha ofrecido una hermosa lección de auténtico diálogo y comprensión interreligiosa.
En un sentido estático, una sociedad es competitiva en la provisión de un bien —de cualquier tipo— en la medida en la que provee ese bien en condiciones tan o más favorables que otras sociedades. Una sociedad es tan o más competitiva globalmente cuanto más competitivos sean los bienes que provee. Muy frecuentemente, «condiciones favorables» se refiere a precio o a otras características de la provisión del bien, pero en modo alguno debe excluirse de entre las «condiciones favorables» ésta: que sólo esa sociedad —o sólo ésa y un muy pequeño número de sociedades más— provea el bien. Esta última condición favorable es particularmente importante. En efecto, precisamente el grado máximo en el que una sociedad puede proveer un bien «mejor que las demás sociedades» se da cuando esa sociedad es la única capaz de proveer ese bien. Esto, que constituye un fenómeno central y lleno de significado en la realidad histórica, suele olvidarse o quedar relegado a la categoría de fenómeno anómalo, lo que, sin duda, se debe, en gran parte, al influjo que ejerce sobre mucha gente la imagen escolar de una economía en la que la producción se organiza y desenvuelve en un régimen ideal de «competencia perfecta».
COMPETITIVIDAD ACTIVA Y PASIVA
La competitividad estática se predica, por lo tanto, de sociedades y bienes definidos en un momento dado del tiempo. Si se considera una lista de bienes existentes, la estructura jerárquica de la competitividad de las sociedades con respecto de esos bienes puede experimentar, y de hecho experimenta, cambios notables a lo largo del tiempo. Pero la introducción de nuevos bienes en el horizonte de las sociedades va induciendo no meros cambios sino redefiniciones en la estructura jerárquica de las sociedades con respecto de los nuevos bienes —¡muy pocas sociedades, por lo común, pueden proveer el nuevo bien en el momento de su generación!— y, también, frecuentemente, con respecto a los bienes ya existentes. La ganancia o pérdida de competitividad de una sociedad con respecto de un bien y, especialmente, la ganancia o pérdida de competitividad global de una sociedad, no es, por lo tanto, algo exclusivamente relacionado con procesos de «asignación eficiente», sino también con procesos de alteración de los medios o de los fines, o de ambos, definitorios de todo proceso de asignación de recursos. Los procesos de generación de nuevos bienes —especialmente, de ciertos nuevos bienes—, aunque incluyen procesos de «asignación eficiente», no sólo no consisten en asignar mejores medios dados a fines dados sino que tampoco consisten principalmente en procesos de adaptación eficiente frente a cambios exógenos: consisten también, y muy especialmente, en procesos en los que intervienen crucialmente procesos de innovación pura. Se trata mucho más de procesos proyectivos, en un sentido particularmente fuerte, que de procesos reactivos.
TIPOS DE ACTIVIDAD PROYECTIVA
Para fijar mejor las ideas, considérese un continuo de tipos de actor polares y los tipos «intermedios» entre los dos tipos polares. He aquí la caracterización de los tipos polares. El actor económico del primer tipo polar concibe su despliegue de provisión de bienes competitivos como consistiendo en la provisión más eficaz de uno o varios bienes bien definidos, siguiendo sistemas de rutinas bien definidas, sobre un horizonte económico formado por dos tipos general de acción tomado como dado. Éste es el tipo de actor económico de mínima proyectividad, propio del «seguidor puro». El actor económico propio del segundo tipo polar concibe su despliegue de provisión de bienes competitivos como consistiendo en la provisión de flujos de bienes a priori total o parcialmente indefinidos, cuya definición —lo que incluye las de las técnicas, etc.— irá teniendo lugar estratégicamente en función de objetivos que, entre otras cosas, implican transformación de lo que, para otros actores económicos, constituye «el entorno». Este es el tipo de actor económico de máxima proyectividad, propio del «conductor puro». Recuérdese que aquí «bienes» designa bienes cualesquiera, incluidos —¡y muy especialmente incluidos!— bienes tales como pensamiento, ciencia y tecnología médicas, estilos musicales, etc. Este continuo de tipos de actores económicos admite las más diversas formas, cada una de las cuales distribuye a los actores económicos de la sociedad de una manera específica: en unas hay muy pocos actores de tipo próximo al segundo, concentrándose la masa de actores próximamente al primero de los tipos polares, en otras la distribución es uniforme, etc. Cada sociedad, en cada momento, presenta una distribución específica de actores económicos. Pocos descriptores muestran tantos aspectos de una sociedad como la forma de esta distribución y pocos descriptores muestran tantos rasgos de la dinámica histórica de una sociedad como la configuración de la variación de la forma de esta distribución a lo largo del tiempo.
¿QUÉ ES COMPETITIVIDAD?
Lo propio de una sociedad realmente avanzada no es, simplemente, que ésta sea globalmente competitiva, sino que vaya siendo máximamente competitiva en la provisión de una gama más bien amplia de bienes generados por actores económicos de tipos próximos al tipo polar del «conductor puro» (máxima proyectividad). Obsérvese que este resultado dice propiedades de la sociedad como sistema orgánico de personas, no, meramente, de unos actores económicos individuales —personas, empresas, universidades, etc.— que simplemente, «están», por así expresarlo, en la sociedad. En efecto, cabe, analíticamente, caracterizar este resultado de la dinámica global de una sociedad en términos de rasgos observados en la estructura de la acción de ciertas personas de esa sociedad —los actores econó-micos—, pero lo que esos rasgos sintetizan no son sólo atributos específicos de esas personas (o grupos de personas), sino, también, propiedades de diversa índole de esa sociedad —interacción personal etno-históricamente radicada— que hacen posible la eficaz incorporación de esos atributos en el despliegue de su acción y, por lo tanto, la efectiva producción de ese resultado. Los procesos mediante los cuales unas sociedades adquieren o mantienen las características de sociedad avanzada y otras las pierden o no las adquieren son los procesos de formación de la historia universal percibidos en una cierta perspectiva analítica. Diversísima ha sido a lo largo de la historia y hasta hoy la naturaleza particular de las diferentes sociedades que, en cada época, han ido siendo o son sociedades avanzadas. Diversísima, en particular, la índole de los bienes en cuya provisión esas sociedades han ido siendo o son máximamente competitivas. Muy diverso, también, el significado que para la historia universal han ido teniendo o tienen los despliegues de las diferentes sociedades avanzadas.
BIENES CONFIGURADORES DE MODOS DE VIDA
Pero, con independencia de todas estas diversidades y de cualesquiera tros elementos concurrentes en la formación de los procesos de formación de las sociedades avanzadas, hay un elemento constante que nos interesa destacar aquí: la conjunción, en toda sociedad avanzada, entre, por una parte, una notable presencia de actores económicos de tipos próximos al tipo polar del «conductor puro» y, por otra, los elementos necesarios para hacer posibles los despliegues de generación de sucesivos nuevos bienes y su provisión competitiva propios de esos tipos de actor económico. Esto es, personas y grupos de personas máximamente proyectivas desplegando su acción en sociedades capaces de fomentar, acoger y hacer eficaz esa acción. Según la índole de los bienes de que se trate, estas condiciones requieren cualidades personales y sociales distintas. Pero, con la mayor frecuencia, las sociedades avanzadas proveen competitivamente no algunos bienes aislados, sino sistemas de bienes nuevos de varios tipos, entre los cuales hay o bienes específicamente culturales y que, en conjunto, constituyen alteraciones no triviales y eficazmente tráctiles de los modos de existencia prevalentes. Las sociedades realmente avanzadas son siempre y ante todo, aunque por caminos no siempre coincidentes, sociedades configuradoras de cosmovisiones, técnicas, estilos de vida, etc., que se van proveyendo como «paquetes orgánicos» —¡lo que no implica ausencia de contradicciones internas!—.
En los albores del siglo XXI, todo esto es particularmente cierto. Porque, dados el grado de interrelación entre todos los pueblos de la tierra hoy existente y el grado de fluidez y problematicidad de los asientos y los horizontes existenciales propio de las actuales sociedades —¡comenzando por los pueblos europeos!—, las sociedades avanzadas del siglo XXI serán, con independencia de su configuración político-social y de su distribución geográfica, aquéllas que se vayan mostrando capaces de ir proveyendo eficazmente «paquetes orgánicos» —de mayor o menor envergadura— de bienes configuradores de modos de vida que sean o parezcan ser total o parcialmente superiores a los actuales. Aquí la palabra «capacidad» adquiere una muy singular relevancia. Ser, o seguir siendo, sociedad avanzada no se improvisa, ni antes ni, quizá aún menos, ahora: requiere, entre otros elementos, capacidad.
No basta con una cierta fecundidad espontánea en personas y grupos humanos dotados de, por así expresarlo, proyectividad natural: se requiere, además, que éstos y sus sociedades sean capaces —puedan— orientar y desenvolver eficazmente esa proyectividad. Y esto, muy especialmente en las condiciones de estos comienzos del siglo XXI, requiere formación en tan delicada y transcendental actividad como es la de ir constituyendo una visión del mundo, por parte de la persona, capaz de ir sustentando la formulación de proyectos conformadores de sentidos y modos de existencia. Esta actividad, adviértase bien, consiste en el despliegue interactivo de dos procesos personales íntimamente ligados entre sí: constitución reflexiva, sistemática e informada de una visión del mundo y radicación en esta visión —¡nunca del todo constituida!— de toda acción como acción proyectiva con sentido definido en el horizonte ético y cognitivo propio de esa visión del mundo. Formar a una persona en esa actividad es ayudar a la persona a comenzar ese proceso de constitución de una visión del mundo reflexiva, sistemática e informada y a habituarse a formularse preguntas ligadas a proyectos de acción en y desde ese proceso de constitución de una visión del mundo. ¿Qué clase de formación es ésa? Por lo que respecta a una «parte» notable de la misma, esta formación tiene un nombre que rara vez suele relacionarse con «competitividad en sociedades avanzadas»: formación humanística.
LA FORMACIÓN HUMANÍSTICA
Fijemos los significados que aquí damos a las expresiones «humanidades» y «formación humanística». Por «humanidades» entenderemos depósitos de discursos acerca de persona y existencia humanas de modo general, y de modo particular y, más principalmente, los depósitos de discursos acerca de persona y existencia humanas que más notablemente han contribuido, como sistemas —¡intelectuales y experienciales!— de percepción y representación y como fuentes de sistemas de percepción y representación de «lo que es» y de «lo que debe ser», a la conformación de las culturas —«populares» e «intelectuales»— de los pueblos. Por «formación humanística» entenderemos integración productiva de «humanidades» en el proceso formativo, general e intelectual, con el propósito de que el enfrentamiento de la persona que se forma con los contenidos de «humanidades» surta efectos en el proceso de constitución razonada, sistemática e informada de una concepción del mundo capaz de sustentar la formulación de proyectos conformadores de la existencia.
No existe ningún otro procedimiento formativo ni mejor ni siquiera sólo algo menos bueno que «formación humanística» susceptible de surtir los efectos deseados. Dejando de lado el que los contenidos más significativos de «las ciencias» deben, debidamente tematizados, formar parte de las materias de «formación humanística», es evidente que no es posible administrar una formación humanística no trivial del mismo modo que se administra la enseñanza de los conocimientos particulares, tales como la Física. No es posible administrar una auténtica formación humanística de otro modo que no sea ateniéndose sistemáticamente a, entre otros, los siguientes criterios: considerándola —en los «diseños curriculares» (!) y en el espíritu de quienes enseñan y de quienes se forman— como central en el proceso formativo general reglado, otorgando a su duración el tiempo que requiere, que es exactamente a lo largo de gran parte de la enseñanza primaria y de todo el bachillerato —¡no después!, pues entonces ya ni en general es posible ni, de serlo en casos excepcionales, surte todos los efectos que debe y cuando debe— y utilizando el material de «humanidades» del modo más próximo posible a como este realmente es. Existen, ciertamente, procedimientos peores, tales como reducir «humanidades» a una suerte de mínimo sintético y «enfrentamiento con humanidades» a un lapso brevísimo, excéntrico respecto al proceso formativo general, de exposición informativa de alguna versión liviana de ese mínimo sintético. Existen, también, procedimientos de deformación humanística, tales como ocultar «humanidades» —o, lo que es aún peor, presentarlas deliberadamente mutiladas y descontextualizadas— y eliminar cuidadosamente cualquier posibilidad de indicio de pregunta acerca de las mismas. Pero aquí estamos tratando de lo que es más «capacitante», no de lo que no lo es o lo es en medida mínima, ni de lo que es máximamente discapacitante. No debemos examinar aquí la pregunta acerca de cómo puede organizarse prácticamente una enseñanza que otorgue formación humanística. Sí afirmamos, con plena consciência de las dificultades de todo tipo que han de darse por seguras en cualquier intento de esta naturaleza, que se trata de algo perfectamente al alcance de nuestras posibilidades. Mucho más al alcance de nuestras posibilidades de lo que parece, y mucho más al alcance de nuestras posibilidades que de las de otras sociedades hasta hace poco, y aun todavía, avanzadas o que aspiran a serlo. Hay, en la vida de las sociedades, oportunidades históricas, de modo no muy diferente a como hay oportunidades únicas en la vida de las personas. En contra de tópicos bien establecidos, lo que principalmente obstaculiza nuestra conversión en sociedad (realmente) avanzada no es ni nuestra supuesta «deficiente modernización» ni nuestra «escasez de recursos», sino que es, sin duda, nuestra atonía proyectiva. Vencer ésta exige mudanzas de diversa naturaleza. Pero, como hemos visto, también requiere capacidad en las gentes. Y esta capacidad no se adquiere de ninguna otra manera distinta que a través de la formación humanística.
Cuando Pedro Calderón de la Barca dio fin a la redacción de La vida es sueño en 1635 haciendo del personaje Segismundo, príncipe legítimo de los polacos, un héroe literario, no podía imaginar que, doscientos años después, con la llegada del Romanticismo, su creación dramática se convertiría en punto de referencia formal e ideológico de la mejor literatura dramática de la época en aquellas tierras, ello sin perjuicio, claro está, de la importancia de su obra en los escenarios polacos a lo largo de los últimos trescientos años.
PRIMERAS RELACIONES
Polonia y España, pese a la distancia geográfica y la distinta troncalidad de sus lenguas (románica la española y eslava la polaca), han compartido, a lo largo de los siglos y en numerosas ocasiones, episodios históricos y culturales, episodios que han venido aproximando a sus respectivas naciones hasta el día de hoy. Ambas comparten raíces en el seno de la vieja Europa, tanto en sus orígenes como en sus destinos culturales, políticos y religiosos. Polonia, si bien pertenece al ámbito lingüístico eslavo, es sin duda un país que siempre ha buscado y encontrado sus referencias culturales e ideológicas al occidente de sus fronteras, y dentro de esas referencias, si nos ceñimos al ámbito de la literatura, vemos que lo ibérico en primer término y más tarde lo español, siempre fueron elementos importantes en la conformación de la cultura polaca y en su desarrollo ulterior.
Polonia nace como consecuencia de su integración en la Cristiandad cuando el pagano Mieszko I, primer gobernante histórico de Polonia, decide aliarse con Bohemia en el año 965 y contraer matrimonio, en el 966, con la princesa Dobrava, de religión cristiana, lo que obligó al polaco a la adopción del cristianismo y su implantación en tierras polacas. Con esta decisión lograba una triple conquista en su política exterior: la integración de Polonia en la Europa cristiana, el establecimiento de relaciones internacionales con los países que la componían y el apoyo de éstos en la organización y asentamiento de un Estado polaco.
Pero el cristianismo no trajo a Polonia únicamente el afianzamiento político, sino también su sistema de pensamiento y su lengua, el latín, adoptado como lengua culta. Este hecho iba a resultar de gran importancia para la posterior evolución de la lengua polaca y su literatura.
Inmersa Polonia en la cultura occidental latina y cristiana, los contactos con la Península Ibérica iban a ser inevitables. El primer acontecimiento histórico memorable que tuvo lugar fue el matrimonio, en segundas nupcias, del Rey de Castilla, León y Galicia, Alfonso VII «el Emperador» (reinado: 1126-1157), quien, viudo de Berenguela de Barcelona, contrajo matrimonio con la princesa Rica de Polonia (Ryska), hija del Rey polaco Ladislado II «el Desterrado» (reinado: 1138-1146), de la dinastía de los Piast. Es de suponer que este acontecimiento abriera las puertas a los primeros contactos culturales y que en uno y otro país se hablara, no sin una buena dosis de fantasía, de sus realidades.
Las relaciones se intensifican a partir del siglo XV, en cuyas peregrinaciones a Santiago desde toda Europa se encuentran muchos polacos, quienes, de regreso a su patria, dejan testimonios escritos de sus vivencias en España. Durante el reinado de los Reyes Católicos, lograda la unidad de España y recién descubierto el Nuevo Mundo, Polonia intensifica sus relaciones comerciales con los mercados españoles, así como también las relaciones políticas con España, las cuales van a dar lugar, como parece lógico, a contactos culturales y una intensificación de la actividad libresca, en la que hay que recordar el nombre de Stanislaus Polonus († ca. 1514), quien se establece en Sevilla como impresor y lleva a cabo una extraordinaria labor de difusión de textos impresos (más de ochenta impresos castellanos, latinos y catalanes), relativos al Descubrimiento de América, obras religiosas, científicas y literarias, las cuales pronto llegaron también a Polonia. No hay que olvidar que a tierras polacas llegaron también libros españoles y noticias sobre España entre los enseres de los judíos expulsados en 1492 y que buscaron refugio en las tierras eslavas.
De todos los embajadores que en aquellos tiempos visitaron España, hay que destacar a Jan Dantyszek o Juan Dantisco (1485-1548), embajador polaco del Rey Segismundo I «el Viejo» ante Carlos I de España. Este polaco de Gdansk, tras estudiar en la Universidad de Cracovia, se inició en la carrera diplomática. Entre 1518 y 1524 fue enviado a España en tres ocasiones en misión diplomática ante Carlos I. La tercera de ellas, en 1524, se prolongó hasta 1532. En estos viajes Dantisco llevó a Polonia y trajo de ella libros que, sin duda, contribuyeron a difundir las letras y los trabajos científicos y publicísticos más importantes de aquella época en ambos países.
Aún más intensamente realizó esta labor de adquisición y traslado a Polonia de libros españoles el Obispo de Plock, Piotr Dunin Wolski, quien, enviado por el Rey polaco Segismundo II «el Augusto» en misión diplomática ante Felipe II entre 1561 y 1573, reunió y llevó a tierras polacas más de 300 obras de la mejor literatura española hasta el siglo XVI, conjunto que se conoce como la «Bibliotheca Volsciana», integrada en los fondos de la Biblioteca Jaguelónica de Cracovia.
La Universidad Jaguelónica de Cracovia, fundada en 1364, lo que le permite ostentar el título de una de las más antiguas de Europa, era centro europeo de interés científico y cultural, por eso hasta ella llegaron juristas españoles como el sevillano Garsías Quadros, quien impartió docencia en Leyes entre 1510 y 1517, y el aragonés, natural de Alcañiz, Pedro Ruiz de Moros, conocido en Polonia como Piotr Roizjusz (ca.1506-1571), también docente en la Universidad de Cracovia y miembro de la corte de Segismundo II «el Augusto», a quien el gran poeta Mikolaj Rej (15051569) dedicó un epigrama en su Jardín zoológico (Zunerzyniec, Cracovia, 1562). También el maestro Jan Kochanowski (1530-1584), padre de las letras polacas, le obsequió con una de sus composiciones en el volumen Bagatelas (Fraszki, 1584).
El avance del protestantismo en toda Europa dio lugar a la ejecución de la Contrarreforma por parte de la Iglesia. Si bien es cierto que el clero católico polaco no se manifestó en un principio partidario de la Contrarreforma, la presencia de la Compañía de Jesús, introducida en Polonia por el Cardenal Stanislaw Hozjusz (1504-579) en 1564, contribuyó a la progresiva pérdida de influencia del protestantismo y a la revitalización del catolicismo en tierras polacas. Ya en Polonia, los Jesuítas realizaron una importante labor de difusión del pensamiento de los ascetas y místicos españoles, lo que se refleja claramente en la actividad teatral escolar. La Compañía de Jesús, consciente del poder didáctico del teatro, mantuvo desde su implantación en Polonia un vivo interés por el desarrollo de éste en sus colegios (Vilna-1570, Poznan-1573, Lublin-1594).
Otro de los elementos fundamentales que sirvió de vía de penetración de lo español en Polonia fue la moda procedente de España, a cuya difusión contribuyó el casamiento de la princesa milanesa Bona Sforza de Bari con el Rey Segismundo I «el Viejo», convertida en reina de Polonia en 1518 en virtud de ese casamiento. Esta generosa mecenas, a la que acompañaron hasta la corte de Cracovia no sólo embajadas y altos dignatarios civiles y eclesiásticos, sino también prestigiosos maestros de las bellas artes y las letras italianas, difundió en los salones de los palacios polacos los gustos españoles. Esto se prolongaría aún durante el reinado de Segismundo III (1587-1632). La moda española arrastró también lo español en toda su dimensión como elemento al uso. Y así, el conocimiento de la lengua española está indicado como requisito necesario que debe presentar un consejero real en obras didácticas como El cortesano polaco (Dworzanin polski, 1566) de Lukasz Górnicki (1527-1603) —adaptación de la obra de Baltasar de Castiglioni— y El espejo (Zwierciadlo, 1568) de Mikolaj Rej. También se publicó en Polonia el Vocabulario de las dos lenguas, Toscana y Castellana (1576), obra de De las Casas.
El establecimiento en Polonia, en el año 1605, por parte del Rey Segismundo III, de la primera fundación de la Orden de los Carmelitas Descalzos, trae como consecuencia la inmediata difusión de las obras de los místicos españoles, alcanzando gran popularidad Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. El interés por España es ya en este siglo tan intenso que cuando aparece en 1661 la primera publicación periódica polaca, El Mercurio Polaco (Merkuriusz Polski), inicialmente en Cracovia y después en Varsóvia, entre las noticias más destacadas y abundantes se encuentra la información relativa a la guerra entre España y Portugal.
Durante la segunda mitad del siglo XVII tiene lugar un notable retroceso en el desarrollo de las relaciones hispano-polacas. En el terreno político, al decaimiento de la hegemonía española en el mundo, lo que desencadenó una pérdida de interés generalizada por lo español, se unió el debilitamiento político y económico de Polonia en Europa Central a causa de las constantes guerras con Rusia, Suecia y Turquía. Además, el desarrollo ideológico de las ideas del «sarmatismo», alentadas por el espíritu de la Contrarreforma, dieron lugar a un relativo aislamiento de Polonia en el marco europeo. La teoría del origen sármata de los polacos ya se apuntaba en las crónicas del siglo XVI, sobre todo de Maciej de Miechów (1457-1523) (Chronica Polonorum, 1519), Aleksander Gwagnin (1534-1614) (Sarmatiae europeae descriptio, 1578) y Stanislaw Sarnicki (ca. 1532-1597) (Annales, sive de origene et rebus gestis polonorum et tituanorum libri octo, 1587), aunque es en el XVII cuando adquiere verdadera relevancia. Estas obras, aunque de diferente carácter, determinaron decisivamente el concepto de «nación polaca», limitado exclusivamente a la nobleza, y cuyas raíces se hallan en la antigua nación de los sármatas. Esto trajo el pleno convencimiento de que el valor del hombre depende de la antigüedad de su linaje, lo que a su vez desembocó en un aumento del culto a la tradición y una relativa pérdida de interés por lo proveniente de fuera de las fronteras polacas.
Hay que esperar hasta la elección al trono polaco de Stanislaw August Poniatowski en 1764 para que se inicie un periodo de reformas de las instituciones y se reavive la vida cultural en Polonia. Sin embargo, la elección de Poniatowski, favorito de la zarina Catalina II de Rusia, supuso una dramática concesión, pues el monarca, decidido a sacar a Polonia del atraso cultural y económico, se vio obligado por ésta a aceptar un régimen de protectorado de Rusia. El protectorado pronto se transformó en intento de dominación, lo que dio lugar a un incremento de las confederaciones de disidentes. Estos años de insurrecciones fueron tan catastróficos para Polonia y las potencias vecinas que éstas encontraron en ello un pretexto para realizar en 1772 un primer acuerdo de ocupación de tierras polacas. Prusia anexionó a su imperio 36.000 km del Noroeste de Polonia, Rusia 92.000 del Este y Austria 83.000 del Sur. Polonia perdía así un tercio de sus territorios y de su población. El reducido Estado polaco inició un periodo de relativo florecimiento económico y cultural hasta que en 1788, y tras numerosas nuevas agitaciones políticas, tiene lugar la constitución de la llamada Dieta de los Cuatro Años (1788-1791), que dicta una serie de decretos en los que se rechaza el protectorado de Rusia. Aún en 1790, Prusia firma con Polonia una alianza por la que aquélla se comprometía a ayudar a Polonia en el desmantelamiento del protectorado ruso y la recuperación de los territorios ocupados, a cambio de lo cual Polonia cedería a Prusia otros espacios de la geografía polaca. Con el respaldo del pacto polaco-pruso, en 1791 se aprueba la histórica Constitución del 3 de mayo, en la que, mediante el compromiso entre el Rey y los dirigentes del Partido Patriótico, mayoritario en la Dieta, se acordó, entre otras medidas, la abolición del liberum veto y del sistema de monarquía electiva, así como la restauración de la monarquía hereditaria, la delimitación del campo de influencias de la aristocracia, las extensión de derechos a la burguesía y el amparo por parte de las leyes y del gobierno a siervos y campesinos. La reacción de Catalina II, que no aceptó tales medidas y quiso recuperar el protectorado de Rusia sobre Polonia, no se hizo esperar. Y así, en 1792, el ejército ruso, apoyado por una parte de la aristocracia conservadora polaca, entra en Polonia. Esta recuerda a Prusia el cumplimiento de la alianza firmada, pero la respuesta no se produjo y los polacos se vieron obligados a capitular ante Rusia. En 1793, Rusia y Prusia firman un acuerdo para la realización de un segundo reparto de Polonia en San Petersburgo. La primera ocupaba otros 57.000 km del Noroeste polaco, mientras que la segunda se anexionaba otros 250.000 km, correspondientes a las regiones de Ucrania y Bielorrusia. Pero la crispación popular continuó produciendo revueltas y enfrentamientos aislados hasta que el general Tadeusz Kosciuszko organizó la Insurrección de Marzo de 1794. Los polacos lograron importantes victorias durante los meses siguientes, pero a finales de ese mismo año sufrían una nueva derrota ante las tropas imperiales. Es entonces cuando, en octubre de 1795, los imperios de Prusia, Austria y Rusia vuelven a plantearse la necesidad de acabar con el espíritu rebelde de los polacos y acuerdan la tercera y definitiva ocupación del ya reducido territorio de Polonia. El Rey Poniatowski abdicaba el 25 de noviembre de 1795 y, tres años más tarde, en San Petersburgo, moría con el trágico lastre de haber llevado a Polonia no sólo a la ruina, sino también a su desaparición del mapa político de Europa.
Las constantes insurrecciones populares en la Polonia sometida fueron apagadas, a lo largo de las tres primeras décadas del siglo XIX, con una represión cada vez más cruenta, particularmente en la parte anexionada por Rusia, lo que desembocó en un alzamiento organizado: la conjura de los cadetes de la Escuela de Alféreces, encabezados por Piotr Wysocki, en 1830. La noche del 29 de noviembre de 1830, cadetes y ciudadanos de Varsovia, conquistan unidos el Arsenal y ocupan posiciones estratégicas en la ciudad. Los polacos confiaban en la ayuda de Francia e Inglaterra, pero ni la una ni la otra quisieron tomar parte en el conflicto y negaron toda colaboración a los polacos sublevados, los cuales lucharon hasta la primavera de 1831 en que Varsovia se vio obligada a rendirse.
Consecuencia de la sublevación y la derrota fue una masiva emigración de polacos, entre los cuales se encontraban los más importantes intelectuales y escritores de la época. Es la llamada «Gran Emigración» («Wielka Emigracja»), dispersa por Europa y América, pero que buscó refugio, sobre todo, en Francia, convertida en centro de la emigración. Los intelectuales polacos en París llegan a crear, mediante asociaciones científicas y literarias, un microcosmos de la vida cultural polaca que se ocupó de mantener vivo el espíritu de independencia nacional. Esta emigración dirigía, incluso, la actividad clandestina política en el interior de Polonia. Pero aunque desde el exilio pudieron reorganizar la lucha por la independencia de Polonia, la división interna entre los exiliados condujo a radicales enfrentamientos entre la facción conservadora, partidaria de la monarquía constitucional, y la facción demócrata, partidaria de la lucha revolucionaria contra las tiranías en Europa. Entre los «grandes emigrantes» se encontraban los más importantes creadores polacos, como el compositor Fryderyk Chopin, y los poetas que componen la tríada romántica polaca por excelencia: Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski.
JULIUSZ SLOWACKI
El interés de los románticos polacos por la literatura española y, en particular, por la obra de Calderón de la Barca se desarrolla, fundamentalmente, durante el exilio de éstos en tierras de Francia. Y de entre ellos, dos son los autores que, particularmente, van a convertirse en los embajadores de la obra calderoniana en Polonia: Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski.
Juliusz Slowacki se inicia en la poesía con poemas patrióticos dedicados a la Insurrección de Noviembre de 1830; en 1831 abandona Varsovia y se establece en París como exiliado. Allí, además de establecer relaciones con los emigrantes polacos, hace amistad con muchos de los exiliados españoles que huían de las represiones de Fernando VII. Ello despertó en Slowacki el interés no sólo por España y sus circunstancias políticas, sino también por su lengua y literatura, la cual estudió y aprendió, ejercitándose con la lectura de El Quijote. Más tarde, en 1844, seducido por la obra dramática de Calderón de la Barca, realiza la traducción al polaco de El Príncipe Constante (Ksiaze niezlomny). La elección no era casual. Slowacki encontró en este drama religioso una analogía clara entre el exilio de los polacos y el cautiverio moro de Don Fernando, quien proclama su fervorosa e inquebrantable fe sin dudar lo más mínimo en sacrificar su posición de honor en la sociedad, su libertad y hasta su propia vida en defensa de las obligaciones cristianas. No cabe duda que la situación que vivía Slowacki en estos años de exilio debió encontrar su analogía en la historia del héroe calderoniano, pues ambos, sometidos a un doloroso desentrañamiento de su lugar de origen, necesitan una fortaleza moral extraordinaria para no olvidarse de su tierra y de su fe, algo que sólo puede darles el amor inconmensurable que tienen a Dios y a su patria.
No cabe duda que Slowacki entendió, sobredimensionando y llevando a límites insospechados las tesis religiosas de Calderón, que la obra calderoniana respondía, en alguna medida, a las tesis de Andrzej Towianski, un iluminado polaco que en su visita en 1841 a Adam Mickiewicz le reveló que había sido enviado por Dios para anunciar a todos los polacos el fin de su destierro, la reconquista de la patria perdida y la llegada de una nueva era de gracia divina que cambiaría el orden del mundo. Estas ideas, que calaron profundamente en Adam Mickiewicz, fueron las que lo condujeron al caudillaje más extremo del «mesianismo polaco», una creencia que llevaba al ámbito de la realidad histórica las consecuencias de la Muerte y la Resurrección de Cristo, así como el metafísico acto de redención de la humanidad por medio de su sacrificio. Mickiewicz proclama que la historia de Polonia es la biografía simbólica de Cristo: una víctima inocente, el martirio, la muerte y la resurrección. Cristo en la cruz es la analogía de una Polonia asesinada por los repartos; y su martirio son los sucesivos levantamientos, frustrados y llenos de víctimas. A esto se debe la sacralización y el culto romántico polaco al sufrimiento y al martirio. El sacrificio no sólo garantizaba la redención, sino también confirmaba el hecho de que la nación polaca es la elegida para redimir al resto de las naciones.
Juliusz Slowacki, influido como todos los polacos exiliados por esta nueva concepción de la existencia terrenal, encontraba en la fortaleza de la fe de Don Fernando el alimento espiritual que lo mantenía fiel a su patria, de la misma manera que los polacos exiliados (y él mismo) hallaban Adam Mickiewlcz en Roma en 1848. en la fe y el pensamiento mesiániDibujo de C. Norwid. co un motivo para seguir creyendo en la resurrección de Polonia, la vuelta a la patria perdida, la recuperación de la libertad y una nueva era de convivencia armoniosa y pacífica alcanzada gracias a la redención de todas las naciones por medio de la simbólica pasión y muerte de Polonia.
Aún en dos obras más de Juliusz Slowacki, en este caso originales suyas, es evidente la influencia de Calderón: El príncipe Marek (Ksiaze Marek, 1843) y El sueño dorado de Sabmé (Sen srebrny Salomei, 1844). En ellas, aunque hay una evidente interpretación de la mística mesiánica aludida, se ponen de manifiesto los problemas religiosos de fondo del teatro calderoniano y los recursos formales que lo caracterizan, tales como los monólogos —que manifiestan los sentimientos, las dudas, la angustia de los personajes—, la aparición de símbolos, espíritus y fenómenos sobrenaturales, así como una escenografía basada en la capacidad que poseen las artes plásticas y la música para impresionar y conmocionar los sentimientos y el estado de ánimo del espectador.
ZYGMUNT KRASINSKI
Juliusz Slowacki no fue el único autor polaco del Romanticismo que utilizó el modelo calderoniano a la hora de crear sus dramas. Zygmunt Krasinski, el gran autor dramático de esta época, buscó en Calderón una fuente de inspiración ideológica cuando escribió su drama La no-divina comedia (Nie-boska komedia). Aunque resulta evidente la alusión del título a la obra de Dante, la visión que presenta del universo, concebido como un mundo teológico pleno de símbolos en el que los hombres sólo son actores que obran según un plan divino y eterno, deja más que traslucir la influencia y la emulación filosófica del auto sacramental El gran teatro del mundo.
Hasta el encuentro de Krasinski con la obra de Calderón de la Barca, el autor polaco vive una serie de vicisitudes y acontecimientos que lo conducirán al descubrimiento e identificación con el concepto calderoniano de la existencia. Zygmunt Krasinski nace circunstancialmente en París, en 1812, en el seno de una poderosa familia de la aristocracia polaca. Tuvo por padrino de bautismo al mismísimo Napoleón Bonaparte, amigo personal de su padre, Wincent Krasinski, que ejercía en aquel entonces como general del ejército al servicio de Napoleón y que, entre otras campañas, participó en la de Somosierra durante la invasión francesa. Años más tarde, derrotado el Emperador francés, no duda en ofrecer su lealtad al zar Nicolás I de Rusia, poniéndose a su servicio. Estos vaivenes ideológicos del general Krasinski marcaron profundamente la personalidad del joven Zygmunt, lo que él siempre consideró origen de su desafortunado sino y desgracia existencial. A los diecisiete años, su padre le prohibe participar en una manifestación estudiantil patriótica, lo que le ocasiona enfrentamientos con sus compañeros de universidad, donde estudiaba Leyes. Avergonzado, abandona la carrera que estudiaba en Varsóvia, la hacienda familiar de Opinogóra, donde habían transcurrido los primeros años de su vida, y viaja a Suiza, donde conoce a Mickiewicz. El estallido de la Insurrección de 1830 sorprende a Zygmunt Krasinski en el extranjero. Él quiere regresar a su patria para luchar junto a los insurrectos, pero su padre, que se había puesto voluntariamente al servicio del zar ruso, le prohibe regresar a Polonia. Este hecho supuso para el joven Zygmunt Krasinski la más grande tragedia de su vida, marcada ya para siempre. Sofocada la Insurrección regresa a Varsovia, desde donde pronto viaja a Viena, París y Roma, capitales en las que transcurrirá el resto de su vida dedicado a la creación literaria, aunque publicando siempre de manera anónima. Dos circunstancias más marcarán su desdichada existencia: un amor imposible, prohibido por su padre, que le obligó a casarse infelizmente, y una salud enfermiza que lo fue minando hasta dejarlo prácticamente ciego y acabar con su vida en París en 1859, cuando contaba cuarenta y siete años de edad.
Zygmunt Krasinski tuvo la oportunidad de conocer la obra calderoniana durante su estancia en Francia e Italia y no dejó pasar la ocasión de estudiar, fascinarse y aunar en una creación propia los dos grandes universos ideológicos que Dante y Calderón representan en la literatura universal y crear así La no-divina comedia. El profesor Stefan Urbanski escribía en 1946, en su Historia de la literatura polaca, que «de Dante tiene lo universal, de Shakespeare lo humano, de Cervantes la idealización y la ironía, de San Agustín la dualidad de las dos ciudades, de los modernos la conciencia del tiempo, y, no obstante, es única. Su conjunto impresiona como el Juicio Final de Miguel Ángel». Terminada su redacción en 1833, vio la luz como obra anónima en París dos años después. Escrita en prosa, es una miscelánea de novela y teatro, algo muy propio del estilo romántico. Se estructura en cuatro partes, unidas entre sí por un único elemento común: el destino de su protagonista, un personaje doble que en las dos primeras partes aparece como Maz y en las dos siguientes como el conde Henryk. Su construcción es abierta y libre, como la de una novela, con multitud de hilos narrativos que se suceden unas veces en escenas paralelas, otras distanciados por grandes espacios temporales. Y su narrador presenta un doble carácter: épico en su relato y lírico en sus comentarios emocionales. De gran plasticidad, agilidad escénica, multiplicidad de acciones y largos diálogos, parece que Krasinski no haya tenido en cuenta los elementos propios de la teatralización. Junto a las reflexiones y opiniones que vierte el autor, a menudo moralizadoras y didácticas, encontramos una verdadera obra de intriga y acción, con personajes que sufren terribles pasiones existenciales y que les hacen sentir y vivir en dimensiones más allá de la realidad.
No cabe duda que, en todo lo planteado, la deuda de Krasinski con Calderón es evidente en los diversos aspectos que apuntaremos tras recordar las líneas argumentales de El gran teatro del mundo. En el auto sacramental calderoniano, Dios es el Autor que encarga al Mundo, su regidor, la preparación de un escenario para realizar una representación teatral. El propio Autor hace el reparto de papeles entre los actores, lo que ocasiona la queja de los personajes más desfavorecidos: el Pobre, el Labrador y un Niño, que tiene que morir prematuramente. Sin tiempo para ensayar, el Mundo regidor les ordena que salgan al escenario: aparecen por una puerta en la que hay pintada una cuna. Ya en escena, cada uno realiza su papel como mejor puede. Pero llegado el momento de finalizar, los actores se angustian al ver que tienen que salir, después de abandonar sus posesiones y vestiduras, por otra puerta en la que hay pintado un ataúd. Finalizada la representación, el Autor reparte premios y castigos entre los actores según ha resultado su actuación.
Un planteamiento similar al de Calderón nos lo encontraremos en La No-divina comedia de Krasinski, donde los paralelismos no son casuales. De los muchos elementos calderonianos que podríamos señalar, apuntamos tres fundamentales: el primero, el concepto teatral del mundo (Krasinski lo denomina «comedia»), que es un escenario en el que los hombres son los actores de la obra de Dios; el segundo, el enfrentamiento hombre/Dios (actor/Autor en Calderón); y el tercero, el castigo por la mala interpretación que los actores realizan de sus papeles (en el auto sacramental el Rey es condenado al infierno y en la obra del polaco el personaje «desobediente», el caudillo Pankracy, es fulminado por Dios).
Krasinski, en su obra, lleva al protagonista, Maz-Henryk, a recorrer los humanos espacios de la tierra. Es este un mundo imperfecto que el hombre pretende mejorar, pero de origen divino, porque así lo creó Dios. La revolución de Pankracy supone el rechazo del mundo creado por Dios, lo que constituye un claro acto de rebeldía contra la voluntad del Creador, un acto satánico. La obra, pues, desarrolla un proceso de rebelión humana contra la voluntad divina: el hombre aspira a crear su propio mundo, hecho a su medida, según su inteligencia humana, pero con una dimensión universal, algo sólo al alcance de Dios. Quiere, en definitiva, igualarse a Dios como creador. Pero esto, desde la perspectiva divina, no es más que una estupidez, una burla, una irrisoria y divertida comedia protagonizada por el hombre. El hombrecreador sólo puede producir obras humanas, no divinas. Es pues, la suya del mundo, una creación «nodivina», contemplada por Dios como una comedia insolente por la que Pankracy paga con su vida, fulminado por el poder infinito de Dios, que con una simple mirada lo destruye a él y a todo lo que representa. A los ojos de Dios lo ocurrido no ha sido más que un cómico espectáculo humano, una «no-divina comedia».
Así pues, como obra de carácter religioso y filosófico, y a la sombra de Calderón, plantea Krasinski el problema del hombre que, disconforme con el mundo creado por Dios (un mundo dual, dividido entre pobres y ricos, aristocracia y plebe), se enfrenta a Él, a su creación, e intenta rehacerlo a su medida. El hombre, en su relación con Dios, también está condenado al enfrentamiento. Pero es éste un enfrentamiento desigual en el que el hombre, potencial destructor del orden divino, supuesto transformador del mundo según su lógica humana, trata de igualarse a la inteligencia omnipotente del Creador. El hombre comete así un acto de rebelión contra Dios, por eso Pankracy, virtual inversor de las leyes divinas, resulta castigado con la muerte por su osadía. Por otro lado, y desde la perspectiva divina, estos intentos humanos resultan tan inútiles como cómicos: cuando muere Pankracy fulminado por Cristo vengador, aún sólo sueña con el proyecto del nuevo mundo, no hay absolutamente nada edificado. El esfuerzo, las renuncias personales, la guerra, el dolor, el sufrimiento, la muerte, todo ha sucedido para tan sólo soñar con el proyecto de una obra humana, una obra que resulta ridicula, imperfecta y minúscula en el instante en que es destruida por la simple mirada de Cristo, muestra de la inconmensurable fuerza de Dios, único Hacedor de magnitud infinita.
Pero La no-divina comedia, al igual que los modelos calderonianos, hay que interpretarla también como una obra histórica y política en la que las estructuras del viejo mundo, defendidas por el conde Henryk y los aristócratas que lo siguen, se hunden al mismo tiempo que surgen otras nuevas, revolucionarias, democráticas y populares. El enfrentamiento entre los caudillos de la nobleza y la plebe simboliza la eterna lucha entre el pasado y el futuro, entre el viejo sistema tradicional aristocrático y el ideario democrático y revolucionario que emerge en estos momentos con fuerza en Europa. La relación entre los hombres, abocada desde su origen al enfrentamiento, indica que no hay futuro sin pasado ni pasado sin futuro. Por eso Pankracy, el hombre que vence al hombre, resulta destruido inmediatamente por el Cristo vengador. En otras palabras, lo antiguo y lo moderno se contraponen tanto como se necesitan. Y por ello los intentos de la aristocracia de aniquilar a la plebe y de la plebe por destruir a la aristocracia son, finalmente, un rotundo fracaso. Nadie resulta vencedor, sólo Dios, lo que convierte La no-divina comedia también en un tratado filosófico y teológico.
Aunque podrían ser aún muchas las referencias que podríamos dar de la presencia e influencia de Calderón de la Barca en las letras polacas, limitamos a estos dos ejemplos aludidos —que son, por otra parte, dos de los más grandes escritores polacos de todos los tiempos— el muestrario de la grandeza e importancia, lejos de nuestras fronteras, en un país tan lejano como Polonia, del inmortal dramaturgo madrileño. Sirvan como muestra y entiéndanse, pues, estas letras, tal y como decíamos al inicio, como nuestro homenaje a Don Pedro Calderón de la Barca en el cuarto centenario de su nacimiento.
Iván Alekseyévich Bunin (Vorónezh, 1870 – París, 1953) nació en el seno de una familia de la nobleza de provincias de cuya ruina fue testigo, al igual que de la decadencia progresiva de su clase. Durante su infancia y primera juventud adquirió un conocimiento profundo de la vida en el mundo rural, de los modos de vida de campesinos y terratenientes, del paisaje y de la lengua del país, lo cual forjó el carácter de su obra literaria.
Su brillante carrera literaria se inició con la publicación en 1887 de un poema en la revista local Ródina y continuó con la publicación de una numerosa obra como poeta, prosista y ensayista, que obtuvo un inmediato reconocimiento.
En 1920 abandonó el país en abierto desacuerdo con la Revolución Rusa que reprimía, a su entender, su libertad como artista y su dignidad como persona.
En el exilio continuó su carrera literaria con gran éxito. En 1933 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura, en palabras del profesor W. Nordenson, encargado de su presentación, «como explorador del alma de la Rusia desaparecida, como continuador de la tradición de la gran literatura rusa». Ciertamente, Tolstái y Chéjov fueron sus autores más admirados. Del primero se advierte en su obra un fuerte influjo conceptual, del segundo la maestría de las descripciones y del uso de la lengua.
Aunque Bunin inició su carrera como poeta, y él mismo se consideraba ante todo un poeta, debe su fama literaria a su obra en prosa. Los temas principales de su obra son el amor, la muerte y Rusia. Caracteriza a la prosa el tema de la vida campesina, el paisaje ruso y la nostalgia por la vida tradicional, que se halla ausente de su poesía.
Destaca I. Bunin ante todo por la maestría en el uso de la lengua rusa, por la precisión de las descripciones y el uso del término adecuado para evocar una amplia gama de sensaciones a través de los sentidos.
Sus obras más conocidas son: Las manzanas Antonov (1900), La aldea (1910), El señor de San Francisco (1915), Los días malditos (1922), El amor de Mítia (1925), La vida de Arséniev (1927-33), La liberación de Tolstói (1937) y Alamedas sombrías (1946).
La mayoría de estas obras se tradujeron al español a mediados de los años sesenta en la colección de Maestros Rusos, de no fácil acceso actualmente. Recientemente han visto la luz las nuevas traducciones de El amor de Mitia, La Vida de Arséniev (traducción de R. San Vicente, Círculo de Lectores, 1993) y su diario del exilio Los días malditos (traducción de M. García Barris, Círculo de Lectores, 1993).
Los segadores (París, 1921) es un relato muy breve escrito al principio de su exilio parisino. Se trata de una escena rural donde el autor evoca visual y sonoramente un cuadro de la vida tradicional de su país, del que se hallaba alejado por una enorme distancia física e ideológica. Precisamente el cuadro que evoca se sitúa contra el fondo de la luz crepuscular, alegoría de una época que se terminaba, un «cuento de hadas que se acercaba a su final» en palabras del propio autor. No en vano Bunin alude a la bruja Baba Yagá, a la divinidad de la Húmeda Madre Tierra, las fuentes del agua de la vida, el mantel maravilloso, los espíritus del bosque, todos ellos elementos pertenecientes a la mitología popular rusa, fuertemente arraigada en un pueblo sencillo que se hallaba ante un gran cambio que Bunin creía firmemente que traicionaba la tradición rusa: la Revolución de 1917, que le había arrojado de su amado e idealizado país.
Esta traducción se ha realizado a partir de una edición del texto ruso de 1981 de la editorial Priókskoye Knízhnoye Izdátelstvo de Tula.
Íbamos por el camino principal, ellos segaban en un bosque de abedules jóvenes que crecía junto al camino; cantaban.
Sucedió hace mucho, mucho tiempo; ocurrió en un tiempo infinitamente lejano porque aquella época que vivimos no volverá ya nunca más.
Segaban y cantaban a un tiempo, y el bosque de abedules que aún no había perdido su follaje ni su frescor, rebosante aún de flores y aromas, respondía a su melodía sonora.
A nuestro alrededor se extendían los campos de la ancestral llanura rusa. Era el atardecer de un día de junio. Unas profundas rodaduras, producidas por el paso de las vidas de nuestros padres y abuelos, surcaban el viejo camino principal cubierto de hierba rizada que se perdía delante de nosotros, en los confines infinitos de Rusia. El sol se deslizaba hacia el ocaso, se escondía tras unas nubes hermosas y ligeras suavizando el color azul de los campos ondulados que se divisaban en la lejanía; se lanzaba hacia el ocaso, donde el cielo ya empezaba a dorar los grandes troncos claros de los abedules, tal como aparecen en los cuadros religiosos. La mancha gris en mitad del campo era un rebaño de ovejas: el pastor, acompañado de un zagal, estaba sentado en el lindero y hacía retorcer el látigo… Parecía como si nunca hubiera existido el tiempo, ni sus divisiones en siglos y años en este país olvidado —o bendito— por Dios. Mientras, ellos avanzaban y cantaban a través de la eterna calma rural, de su sencillez y virginidad, con el aire de libertad y despreocupación de antaño. El bosque de abedules recibía y se apoderaba de su canción con la misma libertad y ansia con que ellos cantaban.
Venían de «lejos», de la región de Riazán. Era un grupo poco numeroso que pasaba por nuestra región de Orel, ayudaba a nuestros segadores y se dirigía hacia el sur para ganarse el pan durante la temporada de la siega en una estepa aún más fértil que la nuestra. Eran despreocupados y cordiales, como acostumbran a ser las personas que se hallan de viaje, un largo viaje por tierras lejanas, apartados de los lazos familiares y domésticos; eran «ávidos de trabajo», de cuya belleza y felicidad gozaban inconscientemente. Parecían más tradicionales y más bondadosos que los del lugar, en las costumbres, en las maneras y en la lengua. Usaban una ropa más pulcra y bella: suaves botas de piel, polainas blancas cuidadosamente atadas, pantalones limpios y camisas de color rojo intenso con cuello y sisas también de color rojo.
Una semana atrás habían segado en un bosque próximo a nuestra casa y al pasar a caballo había visto como se dirigían al trabajo después de reponer fuerzas: bebían agua de su tierra natal, que guardaban en unos recipientes de madera, tan pausadamente y con tanto placer como sólo lo hacen las fieras y los simples y sanos jornaleros rusos; luego se santiguaron y se lanzaron en una carrera animada hacia el lugar de trabajo con las blancas y relucientes hoces afiladas como hojas de afeitar al hombro, aún a la carrera formaron una fila, bajaron las hoces a un tiempo, con un amplio ademán, como si jugaran, y avanzaron por turnos, con agilidad. A mi regreso, los vi cenando. Estaban sentados en el claro que acababan de limpiar junto a una hoguera apagada, con las cucharas cogían algo rosado de una olla de hierro colado.
—¡Que aproveche! Buenas noches —les dije.
—Si usted gusta —me respondieron con afabilidad.
El claro descendía hacia un torrente que dejaba al descubierto el ocaso aún claro tras el follaje de los árboles. De pronto, al fijarme, me di cuenta con horror que lo que comían eran unas terribles setas venenosas. Ellos se limitaron a sonreír.
—No pasa nada, son dulces, como una buena gallinita.
Se pusieron a cantar: «Adiós, adiós, mi buen amigo», avanzando por el bosque de abedules que, sin pensar, limpiaban de maleza y flores mientras cantaban sin esfuerzo alguno. Nosotros seguíamos en pie, los escuchábamos y presentíamos que nunca podríamos olvidar esa hora vespertina, ni comprender, y lo que era más importante aún, nunca podríamos expresar exactamente en qué consistía el maravilloso hechizo de su canción.
El encanto residía en el eco, en la sonoridad que se diseminaba por todo el bosque. El encanto consistía en que la canción no existía por sí sola: estaba relacionada con todo lo que veíamos y sentíamos, tanto nosotros como ellos, esos segadores de Riazán. El encanto se hallaba en algo no expresado conscientemente, un lazo de sangre que había entre ellos y nosotros —y entre ellos, nosotros y ese campo de trigo que nos rodeaba, ese aire que se cernía sobre el campo que, ellos y nosotros, respirábamos desde la infancia, ese momento anterior al anochecer, esas nubes en el ocaso de tonalidades rosáceas, en ese bosque joven y fresco donde crecía la maleza, alta hasta la cintura, las numerosísimas flores y bayas silvestres que recogían y comían sin parar, y ese ancho camino, su amplia y misteriosa infinitud. El encanto consistía en que todos éramos hijos de una misma tierra y estábamos juntos y nos sentíamos a gusto, tranquilos y amados, carentes de un concepto claro de nuestros sentimientos, porque no hace falta, no hay por qué escucharlos cuando surgen. Y aún había más (lo que para nosotros era completamente impensable entonces), el encanto también consistía en que esa patria, esa casa común que nos pertenecía, era Rusia, y sólo su alma podía cantar de esa manera, como lo hacían esos segadores en ese bosque de abedules que repetía cada uno de sus suspiros.
El encanto residía en que no era una canción exactamente, sino tan sólo suspiros, sobresaltos de un pecho joven y sano lleno de armonía. Cantaban a una, como entonces se cantaba en Rusia, con tanta espontaneidad y naturalidad, con la facilidad incomparable que caracterizaba a la canción rusa. Parecía que el hombre era tan natural, fuerte, tan ingenuo e ignorante de su fuerza y talento, estaba tan imbuido de música que, con sólo un leve suspiro, todo el bosque repetía ese sonido bondadoso y dulce, a veces brusco y vigoroso con que lo llenaban esos suspiros. Avanzaban sin realizar el menor esfuerzo lanzando a su alrededor las hoces, con grandes semicírculos abarcaban la llanura que tenían delante, derribando troncos y arbustos a su alrededor; resoplaban sin tensión, cada cual a su manera, pero expresando una sola cosa en su conjunto, compartiendo intuitivamente algo único, un todo singularmente maravilloso. Maravillosos por su singularidad y auténtica belleza rusa eran esos sentimientos que narraban con sus suspiros y medias palabras, que los amplios confines de la llanura rusa y el follaje del bosque repetían.
Naturalmente, se «despedían, decían adiós» a su «rinconcito natal», a la felicidad, a las esperanzas y a lo que comporta la felicidad:
«Adiós, adiós, mi buen amigo
¡Adiós a ti, mi querido rincón natal!»,
decían, y cada cual suspiraba de un modo diferente, con su carga particular de pena y de amor, pero con un mismo reproche despreocupado e impotente:
«¡Adiós, adiós, amada desleal!,
Por ti el corazón se me tornó más negro que un lodazal»,
decían, cada cual lamentándose y añorándose a su modo, cada cual resaltaba las palabras de un modo diferente, y de pronto todos se fundían en un único sentimiento, casi de entusiasmo ante el sufrimiento personal, de joven osadía ante el destino y una cierta generosidad del que todo lo perdona, como si sacudieran las cabezas y gritaran al bosque a voz en grito:
«Pues si no me amas, no me eres grata, quédate con Dios
Si hallas algo mejor, ¡olvídame!»,
y por todo el bosque resonaba con una intensidad única, la libertad y la melodía sonora de sus voces que se apagaban y, tronando con renovada sonoridad, continuaban:
«Ah, si hallas algo mejor, olvídame.
Si hallas algo peor — ¡te lamentarás!»
¿En qué consistía el hechizo de esa canción, de su constante alegría a pesar de toda su desesperanza? Precisamente en que el hombre no creía y no podía creer, a pesar de su fuerza e integridad, en esa desesperanza. «¡Ah! Todos los caminos me están prohibidos, pobre de mí!», decía compadeciéndose débilmente de sí mismo. Pero a los que se les cierran todos los pasos y caminos no se compadecen débilmente ni cantan sus penas. «¡Adiós, adiós, tierra natal!» —decía el hombre y, a pesar de ello, sabía que no existía una verdadera separación con la tierra que le había visto nacer, que no importaba dónde le arrojara el destino, siempre hallaría sobre su cabeza el cielo de su tierra, y a su alrededor los confines infinitos de Rusia, funestos para él, mimado, tal vez sólo por la libertad, las vastas extensiones y unas riquezas fantásticas. «Se dirigió hacia el ocaso el sol rojizo tras los bosques sombríos, los pajarillos se callaron, todos volvieron a sus lugares». Se dirigió al ocaso mi felicidad, suspiraba, la noche oscura y tenebrosa se apodera de mí y a pesar de ello sentía que estaba profundamente ligado a esa oscuridad, viva para él, virginal y llena a rebosar de fuerzas mágicas, halla refugio en ella, un albergue para pasar la noche, un elemento protector, alguien que se preocupa por él, una voz que susurra: «¡No te aflijas, la almohada es buena consejera, para mí no hay nada imposible, duerme tranquilamente, hijo mío!». Creía que acudirían en su ayuda, para liberarle de su pena, los pájaros y las fieras del bosque, los hermosos príncipes, los sabios e incluso la misma Baba Yagá que se apiadaba de él «por su juventud». Creía en las alfombras voladoras, los sombreros que concedían la invisibilidad, el país de las mil maravillas, los tesoros ocultos de piedras preciosas, las fuentes ocultas del agua de la vida que le salvaban de los sortilegios mortales, sabía oraciones y conjuros milagrosos, también creía que los personajes mágicos que surgían volando de las tinieblas, arrojándose como un halcón blanco sobre la Húmeda Madre Tierra le protegían de los ruines habitantes y enemigos que se escondían en los bosques mágicos, en los negros lodazales, en las arenas movedizas y el dios generoso perdonaba todos los silbidos audaces, los cuchillos afilados, enardecidos.
Aún hay algo más en esa canción, me digo, y era que tanto ellos, esos muzhiki de Riazán, como nosotros, sabíamos muy bien en el fondo de nuestra alma que éramos infinitamente felices esos días, ahora infinitamente lejanos y que ya nunca volverán. Todo tiene su fin, el cuento de hadas que habíamos vivido se acercaba a su final: nos traicionaron nuestros protectores seculares, se diseminaron las fieras rugientes, se alejaron los pájaros proféticos, se dobló el mantel maravilloso, repleto de oraciones y encantamientos, se secó la Húmeda Madre Tierra, se secaron las fuentes vivificadoras y llegó el final, el límite del perdón divino.
Entendemos que un comportamiento es moral cuando, en general, está determinado por una elección consciente entre lo bueno y lo malo. Nos resolvemos a gozar aquello que nos parece bueno y perseguimos lo que creemos útil, agradable o hermoso y, al obrar así, nos comportamos moralmente. O rehuimos lo que nos parece malo, y nos alejamos de cuanto percibimos como inútil, pernicioso, desagradable o feo. Y también entonces nos comportamos moralmente.
Amamos los bienes y odiamos los males, y estos amores y odios sustentan las atracciones y las repulsiones de las que somos protagonistas. Prescindiendo ahora de la consideración psicoanalítica, podemos decir que el elemento determinante y soberano de nuestro comportamiento es la voluntad individual. El «yo quiero» acompaña, en principio, todas nuestras elecciones.
Sin embargo, la soberanía o autonomía del yo decisor no es una ley absoluta de la praxis. Tan cierto como que todo hombre apetece por naturaleza el bien y rehúye el mal, lo es su condición de zoón politikón, de animal social cuyo comportamiento moral está condicionado por el hecho de pertenecer a un grupo social. La percepción individual de cuanto parece atractivo y perseguible no es independiente de lo que aparece como apetecible y perseguible en el grupo social al cual pertenecemos. Todos hemos sido educados en el seno de varios círculos —familia, escuela, clase social—, de los que hemos recibido la «instrucción» sobre lo bueno y lo malo. Ellos condicionan la percepción individual de lo perseguible y lo rehuíble, lo conveniente y lo pernicioso, lo feo y lo hermoso.
Y no sólo lo determina: también lo garantiza. La sociología (Simmel y Weber) ha hablado, por una parte, de «convenciones» o costumbres de grupo que no tienen un cuerpo especial de individuos que actúen impositivamente para garantizar la consideración y respecto de esas costumbres y que, sin embargo, tienen vigencia dentro de un grupo. Un hombre afiliado al PP defenderá tan poco la nacionalización de la banca en una reunión del partido, como uno del PC la privatización de la educación en el suyo. No hay normas jurídicas o morales que le impidan actuar así, nada que le diga que hacerlo es «malo». Tampoco verás nunca al hijo del marqués de Salamanca ingresar en la Gran Peña con calcetines blancos, aunque puedas ver a un alemán lucirlos orgulloso cuando entra un sábado en la discoteca de Atocha. Lo que uno considera hortera en su grupo social el otro lo considera de extraordinario bueno gusto, según un criterio que no es estrictamente moral ni tampoco exigible jurídicamente.

En ninguno de estos casos cabría llamar a la policía para obligar a este eventual transgresor a respetar las costumbres que rigen en el grupo. Los miembros de éste cuentan solamente con que, en general, la gente se evitará «el mal rato» de actuar inconvenientemente. Opera solamente una suerte de «coacción psicológica».
Las «normas jurídicas», en cambio, sí cuentan con un cuerpo de individuos encargados de ejercer una coacción física para hacer vigente el contenido de la norma. En todo caso, para la sociología, es «jurídica» toda norma cuyo cumplimiento puede ser exigido a un individuo dentro de un grupo también por la eventualidad de que un cuerpo de personas —guardias jurados, policías, jueces, ejército— está preparado para emplear medios coactivos con este propósito.
No quiero ir más lejos en esta distinción sociológica, tan rica en posibilidades especulativas. Ella nos va a permitir introducirnos en el universo de Bresson, y formular una tesis global relativa a su obra
Sostengo que en su trabajo cinematográfico, desde su primera obra en 1934 hasta la última de 1983, en cada uno de los catorce magníficos títulos de los que Bresson es responsable, el realizador se ocupó fundamental de este tema: despojar a los individuos de todas las normas jurídicas y convencionales, a las que se suponía vinculados por su condición social, con objeto de observar el amor y el odio de sus personajes, sus persecuciones y huidas fundamentales, las atracciones y repulsiones que más íntimamente condicionan sus vidas.
Bresson quería hablar de los individuos más acá, por así decir, de sus condicionantes sociales; los quería observar en la fuente misma de su actuar, que es su voluntad. Robinson Crusoes en medio del tráfico de París: así se me figuran en general los héroes bressonianos, individuos desligados del «espíritu de su colmena», como podría haber dicho Erice, puestos en la tesitura de mostrar sin subterfugios su condición moral.
De ahí que dos tipos de personajes protagonizan habitualmente las películas de Bresson: los outsiders y el azar. Pertenecen al primer tipo los contrabandistas, los asesinos, las prostitutas, los delincuentes y cuantas personas «fuera de la ley» figuran en sus filmes. Son también outsiders, «hombres del subsuelo» si quieren, los pobres, los mendigos, y, no se sorprendan, a veces las monjas de clausura, siempre que vivan, de un modo u otro, al margen si no de las normas jurídicas, desde luego de las convenciones humanas, de las costumbres sociales, de lo común y ordinario en los grupos sociales con mayor número de participantes, de los que se desgajan.
Por lo que se refiere a lo segundo —el azar, la casualidad—, ¿no es precisamente ello lo que, por definición, queda al margen de la ley general, la excepción de la universalidad?
Ver al ser humano empujado a los suburbios de la humanidad por la miseria, la injusticia, la casualidad o el destino; verle despojado de todas las seguridades del grupo, desnudo de sociabilidad, en estado «moral» puro; observarle cuando las circunstancias le fuerzan a retratarse moralmente, a mostrar una decisión y una seguridad en aquello que considera bueno o malo que, si trasciende sus condicionamientos sociales, excede también no pocas veces sus facultades, sus energías, su capacidad de limitar lo que debería perseguir o lo que debería rehuir.
Pero esto es sólo la mitad de la verdad. Existe, además, una poderosa razón que avala un título imposible de ahorrar cuando hablamos de Bresson. Robert fue un genio. Y su genialidad no consistió solamente en la elección del «tema» moral como materia fundamental de sus películas. Esto sería mucho, dada la densidad de destino humano de este interés intelectual. Pero eso nunca le habría hecho irrepetible. Preocupaciones de ese orden las encontramos en Kurosawa, en Rashomon como El infierno del odio o en todas sus tragedias de trasfondo bélico. También en algunas películas de Bergman, en las que los distintos «grupos» —la familia, el matrimonio, la sociedad burguesa— pesan decisivamente, con sus convenciones, sobre el individuo, que se adapta o se revuelve contra ellas, retratándose así moralmente.
La genialidad de Bresson consistió en buscar sistemáticamente una «forma» adecuada a ese contenido moral, en haberla hallado y en haber sido fiel a este su descubrimiento hasta su última película. Si, como un documental, el cine tenía que observar el brotar mismo de las energías morales del individuo, ver nacer aquellos amores u odios que definirán cabalmente su personalidad y que no podrán explicarse socialmente; si tenía que ser testigo de las más violentas y persistentes pasiones humanas, el cine había de hacerlo —así lo concibió Bresson— desde la impasibilidad formal, desde la frialdad de la observación, desde la inexpresividad de la interpretación.
Al proceder así, el cine se apartaba de la metodología del teatro para trabajar con un lenguaje específico. Sólo así el cine sería «cinematógrafo» (la expresión fue tomada por Bresson de Cocteau), un arte de formas visibles y audibles reales, auténticas, tan naturales que resultaran tan universalmente creíbles y, como tales, hondamente disfrutables. Pocos años de trabajo en el cine bastaron a Bresson para descubrir esta verdad.
LES ANGES DU PECHÉ (1943)
Nacido en 1901, el joven Bresson abandonó su inicial formación pictórica y se consagró al cine. En 1934 realizó un mediometraje, Affaires publiques, que luego nunca reconocería y del que sólo muy recientemente se ha podido encontrar alguna copia. Trabajó como ayudante de dirección en varias películas y, antes de acabar la Guerra, presentó a Pathé un guión, titulado Béthanie. Concebido por el R. P. Bruckberger, fue admitido por la productora a condición de que Bresson y Giraudoux, junto con el padre dominico, ultimaran el guión y los diálogos y cambiaran el título, por motivos comerciales, por el de Les anges du péché.
Ya en este primer largometraje de Bresson encontramos la «reducción social» que pone a los individuos en su estado moral fundamental. El filme habla, por una parte, de mujeres criminales, de «operadoras del mal» que cumplen condenas en las cárceles del Estado y, por otra, de unas hermanas —monjas del convento de dominicas de Betania— que, como «operadoras del bien», se dedican a «rehabilitar» a las primeras.
Anne-Marie, la protagonista, es una antigua delincuente que, habiendo cumplido condena, decide ingresar en la comunidad religiosa. Consagrará su vida a ayudar a las mujeres que han vivido como ella la experiencia del «crimen y castigo». Pronto se le ofrece la oportunidad de realizar concretamente sus deseos. En una de sus visitas a la cárcel conoce a Thérèse, una mujer condenada por robo y, como revelan sus reacciones, llena de amargura. A esa mujer transformada por la rabia se propone Anne-Marie «convertir» con su amistad y afecto.
Thérèse abandona la cárcel, rechaza la invitación de Anne-Marie de formar parte de la comunidad, y se dirige a casa de su amante. Al abrir éste la puerta, Thérèse descarga sobre él el revólver que acaba de adquirir. Consumada su venganza, llama a las puertas de Betania, donde se esconderá de la policía.

Dejando a nuestras espaldas el mundo y la sociedad, el primer filme de Bresson nos invita a conocer de cerca el microcosmos de relaciones que, en esta comunidad, se tejen en torno a las dos mujeres. Curioso es observar que, ni siquiera en un grupo humano como éste, supuestamente fraterno y bienintencionado, el estado moral del alma individual, sus radicales amores y odios encuentran correspondencia en la convivencia.
Anne-Marie, mujer espontánea, extrovertida, apasionada, sincera hasta el punto de poner no pocas veces en entredicho las convenciones del convento, se granjea, por este carácter suyo, su tendencia a perturbar el orden y la vehemencia de sus aspiraciones, la envidia de algunas hermanas y la malquerencia de una superiora.
Thérèse, por el contrario, fría y calculadora y exacta cumplidora de sus deberes en la comunidad, gana pronto algunas defensoras entre las hermanas de las que, sin embargo, no puede decirse amiga. A nadie ha confesado los secretos de su alma, en la que esconde un crimen. Las convenciones y costumbres del convento la encubren.
Sólo Anne-Marie está verdaderamente interesada por llegar al fondo de esta persona. Cuanto más trata de conmover a Thérèse con su ejemplo, más se encierra ésta dentro de su concha, más se enroca. Anne-Marie sufre por su amiga y por sí misma, pues sabe que si no logra redimirla a ella, no podrá redimirse a sí misma. En su Getsemaní, María cree comprender que se le pide algo más: el sacrificio de la propia vida. Sólo hay, parece, un medio para ablandar el alma de Thérèse: que comprenda que su amiga entrega por ella su vida.
Pero un trasvase de este tipo no es posible, asegura Bresson: ni el buen ejemplo, ni la más sincera y conmovedora amistad ni, llegado el caso, la oración y el sacrificio de la propia vida, recursos que parecen los más poderosos para provocar la compasión y la piedad de sí misma en una persona, son capaces de remover los fondos volitivos, las vísceras afectivas de éstas. El individuo y su voluntad es un misterio y, amar u odiar, un destino.
LES DAMES DU BOIS DE BOULOGNE (1945)
El bien y el mal son preocupaciones humanas universales. Toda encrucijada decisiva nos plantea qué debemos preferir a qué, si debemos amar o aborrecer lo que nos presenta la vida. Creo que Bresson trataba de romper la asociación entre moralidad y religiosidad, posible sólo en una mente superficial. Como si la primera fuera cosa de monjas. Los individuos más mundanos, mejor adaptados a sus círculos sociales, asumen también decisiones que les califican moralmente. Lo podía demostrar una anécdota ocurrida entre Madame de la Pommeraye y el Marqués des Arcis, personajes de Jacques le fataliste, de Diderot, que Bresson, con ayuda en esta ocasión de Cocteau, adaptaría libremente en su nuevo filme.
Este tuvo una muy fría recepción. De hecho, sigue siendo el menos aceptado de sus filmes y no es, ciertamente, la obra más lograda. Ni siquiera la producción, antes de que concluyera la liberación de Francia, fue fácil. Creo, sin embargo, que, con ser inmaduro, responde a los propósitos fundamentales de Bresson.
Una mujer de la alta sociedad, algo más que burguesa por el ocio y el bienestar del que disfruta, llamada Hélène, decide vengarse de su amante, cuando éste le manifiesta que, tras algún tiempo de intensa relación, ha llegado a aburrirse. La energía femenina que antaño fuera amor y pasión se transforma en resentimiento. Una mujer orgullosa e irritada, y rica también, pone en marcha inteligentes recursos para satisfacer su deseo de venganza.
Prostituta es la segunda protagonista de Les dames du Bois de Boulogne. El filme se titulaba inicialmente La opinión pública. Angès, una mujer joven, movida por la necesidad, cambia la danza por el cabaret, los admiradores por los amantes y, ya iniciada en el oficio, éstos por ordinarios consumidores de amor. Pero ella no se ha colocado al margen de la sociedad por gusto; es una Sonia.
Astuta, Hélène consigue que su antiguo amante se comprometa en matrimonio con esta mujer de la vida, de la que no sospecha su verdadera condición.
Cada uno de los tres personajes es infeliz a su manera y tiene que afrontar una modalidad distinta de descrédito en la opinión pública contraria del círculo al que quiere pertenecer, para lograr invertir su situación eudaimónica.
Las costumbres sociales más refinadas pueden encubrir los hábitos de un alma mala, como la de Hélène. Ni ropas caras, ni ambientes selectos, ni la comida exquisita, ni modales delicados logran encubrir su fealdad. Para satisfacer su orgullo, esta mujer emplea a las personas como medio para sus fines. La felicidad o infelicidad de éstos no son de su incumbencia. Tampoco le afecta lo que piensen de ella. Lo decisivo es vengarse.
La ropa usada, las habitaciones sin muebles, las comidas frías, las noches con los clientes son compatibles con una temblorosa, tímida, puntualmente fulgurante, bondad de un alma, como la de Agnés. No ha recurrido con satisfacción a la mentira, no quiere redimirse a condición de encubrir la verdad a quien se dispone a ser su marido por engaño.
Este, finalmente, se enfrenta al conflicto entre moralidad y respetabilidad: ¿cuánto vale un amor que no merece algunas inconveniencias sociales?
Bresson no resuelve en esta ocasión qué sentimiento prevalece a su juicio en la vida. Ni qué puede ser más fuerte en un alma: si la venganza o el amor. Pues eso, como veremos, depende de cada alma.
LE JOURNAL D’UN CURÉ DE CAMPAGNE (1950)
El tercer largometraje de Bresson presenta el camino artístico expedito, por el que el realizador transitará el resto de sus días. Con esta película nace la estilística específicamente bressoniana, la que proporcionará al realizador francés un sillón de número en la Academia universal del cine.
El territorio en el que iba a moverse ya había sido acotado por sus filmes anteriores. Dos veces había despojado al comportamiento humano de sus «conchas protectoras» y dejado a la vista esa «caja negra» donde se traban las decisiones morales. En unas Notas sobre el cinematógrafo, que empezaba a escribir precisamente entonces, Bresson anotó: «Rodar no para ilustrar una tesis o para mostrar hombres y mujeres limitados a su apariencia externa, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese «corazón del corazón» que no se deja aferrar ni por la poesía, ni por la filosofía ni por la dramaturgia»1
En ninguno de los dos primeros filmes, sin embargo, el interés por la vida interior de los personajes llegó a determinar una forma, factura o metodología peculiar que se ajustara a su propósito. La narrativa de Les anges du péché y Les dames du Bois de Boulogne era convencional, en el sentido de que las respectivas historias de transformaciones interiores se contaban como si de un relato de aventuras se tratara. En Journal d’un curé de campagne, en cambio, hasta tal punto podemos encontrar este ajuste, la adecuación entre forma y contenido, que la película fue inmediatamente saludada como una obra maestra.
En uno de los primeros números del recién aparecido Cahiers du Cinéma (VI/1951), André Bazin analizaba por extenso el Journal de Bresson. Estos comentarios los incluyó luego Bazin como capítulo independiente en su obra ¿Qué es el cine?, la monografía clásica de crítica cinematográfica. Comoquiera que se responda a esa pregunta, quien se proponga comprender la naturaleza del cine, respondería allí Bazin, habrá de asimilar los hallazgos de Bresson en su Diario de un cura rural.
La obra de Bernanos que Bresson adaptaba ofrecía dos fuentes de conflicto interesantes para el realizador, pienso yo. La primera de ellas era análoga a la que hemos visto en su obra anterior. El desajuste entre el individuo y su círculo social conducirá, en los tres casos, a una manifestación extracotidiana de la moralidad. Recordemos que Durkheim había atribuido a una cierta anonimia social la moderna comisión de suicidios. Las leyes tradicionales, conforme a las cuales habrían vivido los individuos en las sociedades rurales, dejaban de tener vigencia al llegar éstos a las modernas metrópolis industriales. El habitante de la ciudad viviría allí sin códigos convencionales y, partícipe en relaciones económicas aún nacientes, tampoco jurídicos. Una situación que podía inducir o bien una autorregulación moral desacostumbrada por parte del individuo, que exigiría de él una reeducación ab radice de su personalidad; o que conduciría, en no pocos casos, a actos extremos de desesperación, es decir, al suicidio.
Diario de un cura rural presenta una anonimia de signo inverso a la durkhemiana. Un joven sacerdote, recién salido del seminario, llega a una pequeña población rural, llamada Ambricourt. Allí ha de moverse en un medio social que desconoce y al que no es fácil adaptarse. Fracasan sus intentos de romper las barreras con los campesinos; ni siquiera con los hijos de éstos llega a entenderse: le rehúyen o se mofan de él. Algo análogo ocurre con los «potentados» locales. La familia condal de la localidad acoge cortésmente al nuevo sacerdote. Pero cuando el capellán se aproxima peligrosamente a los problemas más íntimos, es rechazado implacablemente. Toda la importancia social de su labor pastoral queda desmentida por la realidad de la vida de esta pequeña comunidad rural. El cura vive solo.
Pero este aislamiento del personaje permite a Bernanos-Bresson observar la conquista de sus recursos interiores. ¿Existe una vida individual independiente de la vida social? ¿En qué consiste esta actividad personal, qué valores la alimentan, en qué sentido puede ser modificada por comportamientos de terceros? El Diario de un cura rural habla de una libertad espiritual que el hombre puede ganar en medio del rechazo social más persistente.
Pero Bernanos no es un espiritualista ni un angelista. Si Diario de un cura rural es la historia del desarrollo de la libertad personal, lo es simultáneamente de una lucha: la que el individuo emprende contra su propia biología. Cuando éste responde solamente a los impulsos de las demandas biológicas, todavía no es libre, pues sus decisiones están encadenadas a la necesidad de los procesos materiales, vitales. Una digestión bien hecha no significa ninguna victoria moral, que haga al individuo más noble. Pero sin la biología, por otra parte, seríamos libres en un sentido para nosotros desconocido, como acaso los espíritus o el aire pueden serlo. El Journal d’un curé de campagne plantea la libertad como una superación del dolor físico —una determinación personal al margen del principio del placer—, una decisión metabiológica que unos podrían atribuir a fuentes psicóticas, otros a condicionamientos biológicos heredados y un tercero simplemente a una patología clínica. El cura de Ambricour está, de hecho, gravemente enfermo.
No quiero extenderme más en la eludicación de estos contenidos. Comoquiera que se comprendan y hallen justificación, lo peculiar de la adaptación de Bresson es que todos son objeto de un tratamiento cinematográfico específico. Me gustaría hablar a este propósito de una «fenomenología cinematográfica del espíritu» característicamente bressoniana. En esta película, por primera vez, el realizador francés emplea los fenómenos del mundo exterior, tal y como los reproduce el medio cinematográfico—«imágenes en movimiento y sonido», registros de una cámara y un micrófono, como apuntaría en sus Notas—, para hablar de los procesos humanos interiores, del noúmeno humano, de lo que trasciende su biología.
La metodología radical que caracterizaría a Bresson desde el Journal hasta su última película pasaría por la sencillez, la simplicidad, por aquel «menos es más» de Aalto que, en su obra, iba a lograr cotas insospechadas de poesía. «Quien puede con lo menos —escribió, como si de una consigna se tratara— puede con lo más. Quien puede con lo más no necesariamente puede con lo menos».
En el caso del Diario de un cura rural, la primera «reducción» —así llamó Bazin a estos procesos de simplificación— se refería al guión. El realizador francés se propuso hacer una adaptación fidelísima del texto de la novela, lo que, en su caso, no significaba literalidad sino, paradójicamente, eliminación de todo lo «cinematográfico» del texto de Bernanos. Las descripciones visuales de éste, sus atractivas imágenes, sus sonoros calificativos quedaban fuera. Bresson quería obtener un equivalente al Journal ateniéndose estrictamente a medios cinematográficos. El espectador debería poder entrar furtivamente en la habitación de este cura de aldea, avanzada la noche; aproximarse a su mesa y extraer del cajón el diario, donde aquel hombre había anotado, antes de acostarse, las impresiones del día. Sólo que en este caso las sensaciones del protagonista no se fijarían con tinta sobre el papel, sino en un filme, en una película que el espectador tendría oportunidad de observar, como un intruso.
En este documental de la conciencia, la voz en off del cura de Ambricourt proporciona una línea de significación independiente de la corriente visual que ofrecen las imágenes. Cuanto sucede al cura rural no coincide ni mucho menos con aquello que le oímos contar. Entre otras cosas, porque ni siquiera el protagonista encuentra las palabras adecuadas para expresar con precisión las transformaciones que se operan en su alma. Tampoco Bresson trata de adaptar el texto de Bernanos dando lugar a situaciones que den paso a diálogos entre los personajes, al contrario, mantiene siempre que puede esta dualidad significativa de lo auditivo y lo visual. Como observó Bazin, el Journal es un filme mudo con subtítulos hablados, que se propone, podríamos decir nosotros, hacer visible, «más allá» de la pantalla, por una suerte de estereoscopia, las transformaciones del espíritu.
¿Era posible hacer sensible —visible y audible— lo espiritual, transformar el nouméno en fenómeno sensible? ¿Era posible realizar un «documental» cinematográfico del espíritu, dejar constancia gráfica de las transformaciones anímicas? Al llegar la noche, el protagonista concentra sus energías mentales y las impresiones del día vienen, en forma de imágenes, a su memoria: situaciones con personas, algunas palabras, ambientes, rincones del pueblo en los que ha presenciado algún suceso. El significado mental, «literario», que el protagonista atribuye a cada una de esas imágenes, cuando las revive, no coincide con aquél que le atribuyó en el momento de vivirlas. Pero la película documenta cinematográficamente esa reviviscencia, la dualidad de recuerdo y sentido, de imágenes y significación (o falta de ella), con sus medios, como un «diario» lo hace con los suyos (literarios). ¿Y qué logra? Una suerte de documental espiritual.
Tres reducciones o simplificaciones están en la base de esa impresión de documentalidad que nos transmite el filme. Los actores, en primer lugar, no «interpretan» en la película de Bresson. A ellos no se les ha pedido, observa Bazin, que «reciten» un texto, sino simplemente que lo «digan». Porque, para Bresson, los actores no tienen que resultar expresivos. Es el filme en su conjunto el que tiene que emocionar, la obra total compuesta de partes que, tomadas individualmente, son en sí mismas inexpresivas. De ahí que Bresson empezara, ya en este filme, a atomizar las secuencias. El crítico de los Cahiers observó con razón que el Journal podría emparentarse con La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, con el que compartía la precisa observación de manos y rostros.
A la sordina impuesta a los actores se sumaba, en segundo lugar, una reducción de la «expresividad psicológica» de los mismos. «Como Dreyer —escribió Bazin en los Cahiers— Bresson tiende a recrearse en las cualidades más carnales del rostro que, en la medida en la que él mismo no actúa, es la huella privilegiada del ser, el trazo más legible del alma […] No es una psicología, sino a una fisionomía existencial a lo que nos invita. De ahí el hieratismo de la interpretación, la lentitud y la ambigüedad de los gestos, la repetición obstinada de los comportamientos, la impresión de un ralentí onírico que se graba en la memoria».
Puede hablarse, finalmente, de una radical reducción de la «dramaticidad» del relato. Más que de la narración de una acción o de una pasión, este Journal nos pone frente a una vida concentrada en sí misma; una vida cuyos presentes no dependen del momento anterior ni recibirán su perfección en el posterior. «A cada instante, como a cada plano, le basta su destino y su libertad», observó Brazin. La lógica del relato no se encadena a un fatum dramático, ni tampoco a una pasión que arrastre con violencia al ser humano. Aquí hay solo libertad, el sufrimiento de la libertad humana que se enfrenta a una Gracia que sabe puede aceptar o rechazar. Y eso, en el plano formal, se traduce en una estructura narrativa tipo via crucis, donde cada secuencia es una estación en el camino hacia la cumbre, que es el Gólgota, de la libertad superior y de la muerte.
UN CONDAMNÉ À MORT S ‘EST ÉCHAPPÉ (1956)
Tres, cuatro, cinco o más años suelen transcurrir entre un filme de Bresson y el siguiente. Parece como si el realizador quisiera cargarse de energía, de audacia, de objetivos, antes de situarse detrás de la cámara. Y cuanto más alto apunta su ambición profesional, más se esfuerza en respetar la sencillez, la contención, la inexpresividad. Con resultados asombrosos.
Es tal la sobriedad formal de Un condenado a muerte se ha escapado, que un espectador del 1956, otro del 2001 y un tercero del 3000 la van a recibir de modo análogo. Los tres se enfrentarán a un material directo, intemporal, profundamente humano, que no necesita ninguna contextualización cultural para ser comprendido y disfrutado. Con un material que se atiene a parámetros clásicos.
Bresson trata otra vez de la libertad individual, pero ahora elige la circunstancia menos favorable, en apariencia, para hablar de ella. Los miembros de la resistencia francesa capturados por las SS tienen expectativas de vida poco halagüeñas. Son conducidos a la cárcel, privados exteriormente de libertad y, poco tiempo después, habitualmente ajusticiados. Dentro de la prisión, despojados de su ciudadanía, la violencia de soldados y funcionarios somete la voluntad soberana de estos franceses. Las relaciones sociales habituales de éstos se ven sustituidas por una microsociología de víctimas y verdugos, por una parte, y de presidiarios que se ayudan, por otra. En el seno de esta violencia y de la ausencia de expectativas quiere Bresson comprobar si un hombre puede buscar y, lo que es igualmente importante, encontrar su salvación.
Dos son fundamentalmente los obstáculos que Fontaine, el hombre condenado, tiene que superar para salvarse. El primero corresponde a la violencia física de la que es objeto. Su libertad de movimientos es constantemente reprimida por muros, alambres de espino, celdas, reglamentos y, como amenaza final, la posibilidad de ser ajusticiado. Salvarse significa, en primer lugar, encontrar el modo de obviar esos obstáculos: averiguar si, a despecho de la vigilancia, hay algún modo de fugarse.
El segundo obstáculo es de orden social. Porque la comunidad de los encarcelados ha dado una respuesta a esta primera pregunta por las condiciones de la salvación: nadie saldrá de aquí, han concluido: escaparse es imposible. El fatalismo impregna la psicología del condenado. Impotencia y rabia, resignación, confianza en Dios… los sentimientos más variados acompañan la inactividad de los presos, que nada emprenden para recobrar su libertad. Algún preso intenta un acto desesperado, pero el desenlace es fatal.
¿Qué recursos morales tiene un individuo para defender sus intereses, para hacer frente a los más poderosos obstáculos que combaten su voluntad? ¿Cómo salvarse frente el círculo social más amplio (el Estado con sus medios de coacción)? ¿Cómo escapar de la presión de los hábitos mentales de los resignados?
Bresson habla de un recurso poderoso, el único disponible en esas circunstancias: la fe en uno mismo, la confianza en el propio proyecto, la seguridad de alcanzar los propios objetivos. En el caso del protagonista bressoniano, esta creencia se traduce en un trabajo sistemático y tenaz. Minúsculos medios de trabajo y una fuerza moral sobresaliente —la paciencia— logran efectos insólitos. Fontaine llega a salir de noche de su celda, e inspecciona el tejado, desde donde podría emprender la huida. Le ayuda sufría inteligencia, su meticulosa capacidad de cálculo: en una situación extrema, como la que él va a afrontar, nada puede abandonarse al azar.
¿Nada?
El azar —he aquí el segundo gran tema de la película, introducido de una vez para siempre en la oeuvre de Bresson— interviene en la propia salvación tanto como la voluntad más tenaz e inteligente. Para bien y para mal —para nuestra salvación o condenación—, nuestra vida está determinada también por las casualidades. No somos dueños por completo de nuestro destino. La fe en nuestros propios proyectos y la confianza en nuestras energías condicionan sólo a medias el resultado de cualquier esfuerzo nuestro. Hay voluntad, pero también hay azar; hay conquista, pero también hay gracia.
El protagonista es condenado a muerte en un juicio sumarísimo por los nazis. Tiene pocos días, pues, horas quizá, para poner en práctica su proyecto de escapada. A punto está todo lo que ha podido prever; el resultado es no obstante incierto; está inquieto. En ese momento, un nuevo recluso es conducido a la misma celda. Imposible escapar, sin contar con el joven recién llegado. ¿Podrá confiar en él; tendrá que matarlo? Fontaine decide jugárselo todo a una carta, e invita al recién llegado a participar en su fuga.
Esa misma noche, Fontaine y su compañero emprenden la huida. La llegada de aquel joven resulta providencial: Fontaine solo, como inicialmente había planeado, nunca hubiera podido superar el segundo muro de la cárcel, el que le separa de la libertad. ¿Por qué el joven recién llegado obtiene su salvación sin ningún esfuerzo? ¿Por qué Fontaine, que tanto ha trabajado por ella, ha de atribuirla, en último extremo, a la casualidad? ¿Es el azar el que salva a unos y otros condena? ¿Existe la providencia divina? Como el cura de Ambricourt al final de su vida, también Fontaine podría decir, al volver a la vida: «Todo es Gracia».
Le Vent souffk oú il veut —«el espíritu sopla donde quiere»—, se subtitula la película.
Había que estar muy convencido y muy seguro de sí mismo para presentarse en público con una obra que no hace absolutamente ningún gesto para agradar a los espectadores. La máxima bressoniana de total expresividad con empleo mínimo de medios se respeta en esta ocasión acaso como nunca antes en la historia del cine. Bresson observa en sus Notas: «Mozart escribió acerca de algunos de sus propios conciertos (KV 413,414, 415): «Se encuentran en el punto medio entre lo demasiado difícil y lo demasiado fácil. Son brillantes… pero carecen de pobreza»».
Las imágenes y los sonidos son para Bresson como las palabras de un diccionario: no tienen poder y valor más que en su relación mutua, en su posición relativa. En vano trataríamos de averiguar qué significa aisladamente, contemplada en sí misma, una imagen o un sonido en Un condamné à mort s’est échappé. Las secuencias nos presentan acciones mínimas, operaciones manuales que, en sí mismas, nada tienen de significativo y que son filmadas con absoluta frialdad, documentalmente, sin ánimo de impresionar. Las imágenes no llevan aparejadas ninguna interpretación, ninguna significación cerrada y clara. El material visible y audible del filme es significativa y emocionalmente incompleto, pero se transforma al contacto con otras imágenes, igualmente incompletas. Acción y reacción entre las imágenes, eso es lo que buscaba Bresson, como un pintor que procura efectos de reflexión al componer los colores en la superficie completa de su tela. Es todo el material cinematográfico en su conjunto, en definitiva, la película como un todo, el que resulta conmovedor.
PICKPOCKET (1959)
Es manifiesto que el hombre posee inteligencia, según Hegel, por sus manos. En el ser humano, se diría, lo espiritual es corporal o no es humano. Pickpocket será un filme de manos, manos extraordinariamente hábiles e inteligentes, aseguró Bresson, y de objetos y de miradas, « ¡Cuántas cosas —anotaba— se pueden expresar con la mano, con la cabeza, con los hombros! ¡Cuántas palabras inútiles y engorrosas desaparecen entonces! ¡Qué economía!». Pues «el lujo nunca ha aportado nada al arte»2.
Un filme sobre un carterista, sobre un ratero. Michel, el protagonista, no padece necesidad ni está enfermo. El robo es una forma de afirmación personal, una droga que le hace sentirse bien, superior. Su actividad ilegal e inmoral le saca de la sociedad, de la decencia, pero le emociona superar su miedo, superar sus límites.
Luego viene la lucha contra su conciencia. La actividad rateril le conduce a la cárcel. ¿Es posible salir? También este héroe está condenado a muerte. ¿Logrará como Fontaine escapar a su destino?
Pickpocket pone de manifiesto qué lejos se encontraba ya el cinematógrafo de Bresson de todas los préstamos teatrales. El cine había tenido, según Bresson, un mal comienzo: el music-hall, el teatro fotografiado. Cuanto más una película empleara actores, puesta en escena, etc., según los principios teatrales, menos auténtica resultaría como cinematógrafo. Emplear la cámara no para reproducir la realidad, como el teatro fotografiado, sino para crearla: eso es el arte de Bresson.
Porque lo verdadero del séptimo arte no es lo verdadero del teatro, ni lo verdadero de la novela ni lo verdadero de la pintura. Lo que el cinematógrafo captura con sus medios no puede ser lo que el teatro, la novela o la pintura captura con los suyos. El público del cinematógrafo no es el ni el público de los libros, ni el de los espectáculos, ni el de las exposiciones, ni el de los conciertos. Un director no tiene que satisfacer el gusto literario, teatral, pictórico o musical de los espectadores que acuden a una sala de cine.
La clave está en el modo de trabajar con los actores, según Bresson. En el teatro, el rostro y los gestos de los actores transmiten sentimientos, se proponen resultar expresivos. En el cinematógrafo, no es tanto que los actores no transmitan sentimientos, cuanto que no lo hagan «conscientemente». Al filmar actores de cinematógrafo —Bresson los llama «modelos», para distinguirlos de los actores de teatro—, han de resultar expresivos involuntariamente.
Si nueve de cada diez movimientos que hacemos proceden de costumbre y automatismo, se preguntaba Bresson, ¿por qué subordinarlos en el cinematógrafo a la voluntad y al pensamiento? Sería antinatural. En el cinematógrafo, la cámara ha de registrar el «yo» no racional, no lógico, de las personas, pues sólo él —no un «yo» controlado por el arte de actor teatral— es creíble en la pantalla, sólo él resulta convincente.
Lo que Bresson buscaba en los modelos de sus películas era no tanto lo que ellos podrían mostrar cuanto lo que eran capaces de esconder: lo que ni siquiera ellos sospechan está en ellos mismos. «Lo que ningún humano es capaz de atrapar —anotó Bresson—, lo que ningún lápiz, pincel o pluma es capaz de fijar, tu cámara lo atrapa sin saber qué es y lo fija con la escrupulosa indiferencia de una máquina».
Tres conclusiones se imponían al aceptar este modo de trabajar con los actores —modelos—. Llegó un punto (tempranamente) en que Bresson no empleaba actores profesionales. En sus películas trabajarían individuos sin ninguna relación con el teatro, con la interpretación, «vírgenes para el cine, vírgenes para el teatro —aseguraba—, considerados como una materia brutal que ni siquiera sabe que os entrega lo que no querría entregar a nadie»3.
Bresson, en segundo lugar, nunca emplearía los mismos modelos en dos películas.
Bresson, finalmente, pagaría cara su coherencia. En una entrevista con Godard, confesaba: «Me dicen: «Es por orgullo por lo que no lleva actores». Respondo: «¿Creen ustedes que me divierte no llevar actores? Porque no sólo no me divierte en absoluto, sino que representa un trabajo terrible. Y, además, no he hecho más que seis o siete películas. ¿Creen ustedes que me divierte permanecer parado? ¡No creo que sea divertido en absoluto! ¿Y, por que no ruedo más? ¡Porque no llevo actores! Porque ignoro un aspecto comercial en el cinema, que se basa en las vedettes. Si hubiera querido aceptar a los actores, a las vedettes, sería rico. Y no soy rico: soy pobre»».
NOTAS
1 · Robert Bresson, Notas sobre el cinematógrafo (París, 1975), ed. Ardora /Filmoteca Española, Madrid 1999, p. 40.
2 · Robert Bresson, entrevista por J. L. Godard, Cahiers du Cinéma nº 178 (v/1966); tr. en Robert Bresson, dossier de la Filmoteca Española, Madrid 1977, p. 27.
3 · Robert Bresson, entrevista por J. L. Godard, Cahiers du Cinéma nº 178 (v/1966); cit., p. 30