Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosAmalia Bautista (Madrid, 1962) acaba de rozar la efímera gloria de ser galardonada con el Premio de la Crítica. Bueno, ella no, sino su libro Cuéntamelo otra vez (Granada, La Veleta, 1999), porque son los libros los que obtienen los premios, aunque los libros suelen ir firmados, y en este caso iba firmado por ella. En última instancia, un libro de Guillermo Carnero (Valencia, 1947), Verano inglés, muy explícito esta vez y enormemente comunicativo, se llevó el galardón, pero Amalia estuvo ahí todo el rato, compitiendo en buena lid con Guillermo, creando complicidades entre los miembros del jurado, que hubiesen deseado no tener que elegir entre dos libros tan distintos y, a la vez, tan hermosos. De Carnero se ha ocupado ampliamente la prensa nacional. De Bautista escribió José Luis García Martín en «El Cultural» de El Mundo con su habitual perspicacia (fue García Martín, y no Carnero, como obstinadamente defendí ante el mismísimo autor de Verano inglés, cuando le di la enhorabuena), y ahora yo tomo el relevo de José Luis, reseñando Cuéntamelo otra vez en las páginas de este número de NUEVA REVISTA, e incluyendo un precioso poema del libro finalista del Premio de la Crítica, a mayor gloria de la más alta poesía española contemporánea.
Al cabo
Al cabo, son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.
Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.
Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.
Las maravillas de Amalia
Creo firmemente que la colección La Veleta, dirigida por Andrés Trapiello, es uno de los lugares más apetecibles de la geografía editorial española para publicar un libro de versos. De manera que, ante todo, debo congratularme de la conexión de mi admirada Amalia Bautista con la admirable serie granadina, pues siempre es grato ver cómo coinciden los autores y las colecciones que prefiero en una misma entrada bibliográfica, cosa que ha sucedido en esta ocasión. Así, el libro de Amalia constituye la entrega cuadragésimo séptima de La Veleta, tras la inmortal edición de la Poesía de Rafael Lasso de la Vega, a cargo de Juan Manuel Bonet, y precediendo a los Poemas de Robert Louis Stevenson, a la Poesía de Gerard Manley Hopkins, a las Poesías de Enrique DíezCanedo, a unos Espejos de Abelardo Linares y a la Poesía completa de José del Río Sainz.
Treinta y cuatro son las composiciones de que consta el libro, repartidas en tres secciones, de trece, diez y once poemas respectivamente. Algunas piezas habían visto ya la luz en diversas revistas, y un conjunto de diez poemas apareció en forma de plaquette malagueña (La mujer de Lot y otros poemas, Llama de amor viva, 1995, al cuidado de Rafael Inglada). Uno de los treinta y cuatro poemas, el que clausura la primera parte (pág. 24), acaso el más hermoso del libro, da título al volumen. Lo he reproducido en estas mismas páginas hace dos o tres años, pero no me resisto a copiarlo aquí una vez más:
CUÉNTAMELO OTRA VEZ
Cuéntamelo otra vez: es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
Que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla. Y no te olvides
de que, a pesar del tiempo y los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor: es la historia más bella que conozco.

De la segunda parte, me gusta, sobre todo, «La casita de chocolate» (pág. 29), así como los dos poemas dedicados a Caperucita Roja (págs. 32-33). Inaugura la tercera el gran poema «Al cabo», que reproduzco en mi sección «Algunas de las mejores poesías de la lengua castellana», y aparecen en esta última parte piezas tan importantes como «Vamos a hacer limpieza general», «El infierno» y «¿Qué haces aquí?» (que podría, también, titularse, a partir del verso final, «Buenos días, tristeza», como la novela de Françoise Sagan). Copio «¿Qué haces aquí?» para que se hagan una idea de cómo se las gasta mi querida Amalia Bautista en sus momentos líricos más felices:
Creía que te había dicho adiós, un adiós contundente, al acostarme, cuando pude por fin cerrar los ojos y olvidarme de ti y de tus argucias, de tu insistencia, de tu mala baba, de tu capacidad para anularme.
Creía que te había dicho adiós del todo y para siempre, y me despierto y te encuentro de nuevo junto a mí, dentro de mí, abarcándome, a mi vera, invadiéndome, ahogándome, delante de mis ojos, enfrente de mi vida, debajo de mi sombra, en mis entrañas, en cada pulso de mi sangre, entrando por mi nariz cuando respiro, viendo por mis pupilas, arrojando fuego en las palabras que mi boca dice.
Y ahora, ¿qué hago yo?, ¿cómo podría desterrarte de mí o acostumbrarme a convivir contigo? Empezaremos por demostrar modales impecables.
Buenos días, tristeza.
¿De dónde viene la deslumbrante poesía de Amali a Bautista? Entre otras procedencias, del mundo epigramático de la Grecia helenística, pero también de la canción provenzal y de la gran poesía de nuestros Siglos de Oro, con Quevedo a la cabeza, y, sobre todo (acaso), del cuento folklórico o artístico (Volksmärchen o Kunstmärchen, que dirían los alemanes), desde Perrault y Hoffmann a los hermanos Grimm y Andersen, por citar nombres propios. Es, a mi parecer, importantísimo el influjo de los cuentos maravillosos en la poesía de Amalia, e incluyo dentro del marbete ‘cuento maravilloso’ los relatos de la Historia Sagrada del antiguo bachillerato, y las románticas leyendas medievales, y todo aquello que se hizo para avivar nuestra imaginación y hacer más habitable nuestra existencia. Gracias, Amalia, por Cuéntamelo otra vez, un libro que, como los viejos cuentos de nuestra infancia, nos ayuda a vivir, enriquece nuestro sentido estético y nos hace mejores.

«Ahora, con el cambio de milenio, crece la moda de señalar cánones y elaborar listas, con el afán de hacer balance de períodos que terminan. Esta Guía de lecturas contemporáneas no tiene la pretensión de fijar ningún canon, sino la más modesta de orientar y servir de pista para que el lector siga su propio camino por su cuenta». Esta declaración de intenciones, extraída de la Presentación del libro, parece llamar a la vasta legión de lectores que desconfían, ignoran o desprecian la función esencial de la crítica literaria, que no es otra que separar el trigo de la paja, labor si cabe más necesaria que en otras expresiones artísticas debido a la ingente cantidad de material que se lleva a las imprentas.
También es cierto que los lectores no son tontos, y que sus juicios difieren a veces de forma alarmante de lo que apunta la crítica, en ocasiones adocenada y enferma por oscuros intereses. Por eso, es importante saber de quién se puede uno fiar a la hora de invertir tiempo y dinero en un libro. De entrada, puede afirmarse sin miedo que Pedro de Miguel y Ángel Peña son críticos fiables. Pedro de Miguel ha combatido en casi todos los frentes de la escritura literaria y periodística. De sus manos, y junto a las de José Luis González Urbiola, nació la extinguida editorial Hierbaola, que dejó trece joyas—ni una más ni una menos— que aún pueden encontrarse a precio de ganga en algunas ferias del libro, obras que ponían de manifiesto el exquisito gusto literario de sus editores, y también su olfato, siempre despierto para dar una oportunidad a talentos nuevos y soterrados. Ahora, se pueden leer sus críticas en las páginas de El Mundo y de Nuestro Tiempo, revista que ha dirigido durante varios años. Por su parte, Ángel Peña escribe en la sección de Cultura y crítica de libros de La Gaceta de los Negocios, firme en la voluntad de dar calor a las siempre escurridizas páginas asalmonadas.
Esta Guía de lecturas contemporáneas aúna a doscientos veintitrés autores de los dos últimos siglos, escritores que sobresalen como novelistas, poetas, cuentistas o dramaturgos. Como es inevitable en este tipo de libros, se podría caer en una discusión peregrina sobre el número de los elegidos, apuntar ausencias y borrar nombres, aunque pocos en ambos casos. Ordenados de forma alfabética, se suceden prácticamente todos los clásicos de las literaturas rusa, francesa, española, latinoamericana, británica, estadounidense, italiana, alemana, irlandesa, checa, suiza, austríaca, noruega, danesa, india, y también los que pertenecen a los rincones del mundo: Kadaré, Mansfield, Pessoa, Strindberg… Pero junto a los «imperdonables» se adivina la libertad de criterio con la que se ha confeccionado la lista en la presencia de escritores actuales, a los que el tiempo juzgará, y en la recuperación de algunos «olvidados ». Entre los primeros, bastan como ejemplo los nombres de Echenoz, Jiménez Lozano, Landero, Millán Miñana, Vila-Matas, Canin, Cormac McCarthy, Del Giudice, Metter o Achebe. Entre los segundos, Ross MacDonald, Walter M. Miller Jr., Leo Perutz o Julián Ayesta.
De Miguel y Peña reseñan solamente una obra de cada escritor, no siempre la más celebrada, sino la que consideran que puede servir mejor de «gancho» para interesarse por su universo literario. Con esta decisión, se pone otra vez de manifiesto la voluntad de los autores de servir a los lectores, al margen de la tiranía de los cánones. Así, por ejemplo, optan por Madame de Treymes en lugar de La edad de la inocencia o de Etham Frome en el caso de Edith Wharton, por El hombre que corrompió a Hadleybourgh en vez de Las aventuras de Huckleberry Finn en el de Twain, o, claro, por Las armas secretas en vez de Rayuela y en lugar de Ulises.
La reseña, que viene acompañada por unas breves indicaciones biográficas y la cita de otros títulos de interés, resume en el espacio de una página el argumento del libro y apunta las claves para iniciar su lectura y atisbar su naturaleza imperecedera. El esfuerzo de síntesis es grande y preciso, y se suceden los juicios acertados en el más sencillo de los lenguajes, sin asomo de las más mínimas pretensiones académicas o de pedanterías elevadas. De Miguel y Peña hacen justicia a la concepción del libro como guía útil de acceso a los grandes nombres de la literatura contemporánea y llegan a donde pretenden: al lector que «agradece un buen consejo y lamenta, en algún momento de su vida, no haber tenido alguien al lado en aquel momento en el que necesitaba alimentarse de otras vidas, quizá para olvidar un poco la propia o para distraerla o mejorarla».
Entendemos que un comportamiento es moral cuando, en general, está determinado por una elección consciente entre lo bueno y lo malo. Nos resolvemos a gozar aquello que nos parece bueno y perseguimos lo que creemos útil, agradable o hermoso y, al obrar así, nos comportamos moralmente. O rehuimos lo que nos parece malo, y nos alejamos de cuanto percibimos como inútil, pernicioso, desagradable o feo. Y también entonces nos comportamos moralmente.
Amamos los bienes y odiamos los males, y estos amores y odios sustentan las atracciones y las repulsiones de las que somos protagonistas. Prescindiendo ahora de la consideración psicoanalítica, podemos decir que el elemento determinante y soberano de nuestro comportamiento es la voluntad individual. El «yo quiero» acompaña, en principio, todas nuestras elecciones.
Sin embargo, la soberanía o autonomía del yo decisor no es una ley absoluta de la praxis. Tan cierto como que todo hombre apetece por naturaleza el bien y rehúye el mal, lo es su condición de zoón politikón, de animal social cuyo comportamiento moral está condicionado por el hecho de pertenecer a un grupo social. La percepción individual de cuanto parece atractivo y perseguible no es independiente de lo que aparece como apetecible y perseguible en el grupo social al cual pertenecemos. Todos hemos sido educados en el seno de varios círculos —familia, escuela, clase social—, de los que hemos recibido la «instrucción» sobre lo bueno y lo malo. Ellos condicionan la percepción individual de lo perseguible y lo rehuíble, lo conveniente y lo pernicioso, lo feo y lo hermoso.
Y no sólo lo determina: también lo garantiza. La sociología (Simmel y Weber) ha hablado, por una parte, de «convenciones» o costumbres de grupo que no tienen un cuerpo especial de individuos que actúen impositivamente para garantizar la consideración y respecto de esas costumbres y que, sin embargo, tienen vigencia dentro de un grupo. Un hombre afiliado al PP defenderá tan poco la nacionalización de la banca en una reunión del partido, como uno del PC la privatización de la educación en el suyo. No hay normas jurídicas o morales que le impidan actuar así, nada que le diga que hacerlo es «malo». Tampoco verás nunca al hijo del marqués de Salamanca ingresar en la Gran Peña con calcetines blancos, aunque puedas ver a un alemán lucirlos orgulloso cuando entra un sábado en la discoteca de Atocha. Lo que uno considera hortera en su grupo social el otro lo considera de extraordinario bueno gusto, según un criterio que no es estrictamente moral ni tampoco exigible jurídicamente.

En ninguno de estos casos cabría llamar a la policía para obligar a este eventual transgresor a respetar las costumbres que rigen en el grupo. Los miembros de éste cuentan solamente con que, en general, la gente se evitará «el mal rato» de actuar inconvenientemente. Opera solamente una suerte de «coacción psicológica».
Las «normas jurídicas», en cambio, sí cuentan con un cuerpo de individuos encargados de ejercer una coacción física para hacer vigente el contenido de la norma. En todo caso, para la sociología, es «jurídica» toda norma cuyo cumplimiento puede ser exigido a un individuo dentro de un grupo también por la eventualidad de que un cuerpo de personas —guardias jurados, policías, jueces, ejército— está preparado para emplear medios coactivos con este propósito.
No quiero ir más lejos en esta distinción sociológica, tan rica en posibilidades especulativas. Ella nos va a permitir introducirnos en el universo de Bresson, y formular una tesis global relativa a su obra
Sostengo que en su trabajo cinematográfico, desde su primera obra en 1934 hasta la última de 1983, en cada uno de los catorce magníficos títulos de los que Bresson es responsable, el realizador se ocupó fundamental de este tema: despojar a los individuos de todas las normas jurídicas y convencionales, a las que se suponía vinculados por su condición social, con objeto de observar el amor y el odio de sus personajes, sus persecuciones y huidas fundamentales, las atracciones y repulsiones que más íntimamente condicionan sus vidas.
Bresson quería hablar de los individuos más acá, por así decir, de sus condicionantes sociales; los quería observar en la fuente misma de su actuar, que es su voluntad. Robinson Crusoes en medio del tráfico de París: así se me figuran en general los héroes bressonianos, individuos desligados del «espíritu de su colmena», como podría haber dicho Erice, puestos en la tesitura de mostrar sin subterfugios su condición moral.
De ahí que dos tipos de personajes protagonizan habitualmente las películas de Bresson: los outsiders y el azar. Pertenecen al primer tipo los contrabandistas, los asesinos, las prostitutas, los delincuentes y cuantas personas «fuera de la ley» figuran en sus filmes. Son también outsiders, «hombres del subsuelo» si quieren, los pobres, los mendigos, y, no se sorprendan, a veces las monjas de clausura, siempre que vivan, de un modo u otro, al margen si no de las normas jurídicas, desde luego de las convenciones humanas, de las costumbres sociales, de lo común y ordinario en los grupos sociales con mayor número de participantes, de los que se desgajan.
Por lo que se refiere a lo segundo —el azar, la casualidad—, ¿no es precisamente ello lo que, por definición, queda al margen de la ley general, la excepción de la universalidad?
Ver al ser humano empujado a los suburbios de la humanidad por la miseria, la injusticia, la casualidad o el destino; verle despojado de todas las seguridades del grupo, desnudo de sociabilidad, en estado «moral» puro; observarle cuando las circunstancias le fuerzan a retratarse moralmente, a mostrar una decisión y una seguridad en aquello que considera bueno o malo que, si trasciende sus condicionamientos sociales, excede también no pocas veces sus facultades, sus energías, su capacidad de limitar lo que debería perseguir o lo que debería rehuir.
Pero esto es sólo la mitad de la verdad. Existe, además, una poderosa razón que avala un título imposible de ahorrar cuando hablamos de Bresson. Robert fue un genio. Y su genialidad no consistió solamente en la elección del «tema» moral como materia fundamental de sus películas. Esto sería mucho, dada la densidad de destino humano de este interés intelectual. Pero eso nunca le habría hecho irrepetible. Preocupaciones de ese orden las encontramos en Kurosawa, en Rashomon como El infierno del odio o en todas sus tragedias de trasfondo bélico. También en algunas películas de Bergman, en las que los distintos «grupos» —la familia, el matrimonio, la sociedad burguesa— pesan decisivamente, con sus convenciones, sobre el individuo, que se adapta o se revuelve contra ellas, retratándose así moralmente.
La genialidad de Bresson consistió en buscar sistemáticamente una «forma» adecuada a ese contenido moral, en haberla hallado y en haber sido fiel a este su descubrimiento hasta su última película. Si, como un documental, el cine tenía que observar el brotar mismo de las energías morales del individuo, ver nacer aquellos amores u odios que definirán cabalmente su personalidad y que no podrán explicarse socialmente; si tenía que ser testigo de las más violentas y persistentes pasiones humanas, el cine había de hacerlo —así lo concibió Bresson— desde la impasibilidad formal, desde la frialdad de la observación, desde la inexpresividad de la interpretación.
Al proceder así, el cine se apartaba de la metodología del teatro para trabajar con un lenguaje específico. Sólo así el cine sería «cinematógrafo» (la expresión fue tomada por Bresson de Cocteau), un arte de formas visibles y audibles reales, auténticas, tan naturales que resultaran tan universalmente creíbles y, como tales, hondamente disfrutables. Pocos años de trabajo en el cine bastaron a Bresson para descubrir esta verdad.
LES ANGES DU PECHÉ (1943)
Nacido en 1901, el joven Bresson abandonó su inicial formación pictórica y se consagró al cine. En 1934 realizó un mediometraje, Affaires publiques, que luego nunca reconocería y del que sólo muy recientemente se ha podido encontrar alguna copia. Trabajó como ayudante de dirección en varias películas y, antes de acabar la Guerra, presentó a Pathé un guión, titulado Béthanie. Concebido por el R. P. Bruckberger, fue admitido por la productora a condición de que Bresson y Giraudoux, junto con el padre dominico, ultimaran el guión y los diálogos y cambiaran el título, por motivos comerciales, por el de Les anges du péché.
Ya en este primer largometraje de Bresson encontramos la «reducción social» que pone a los individuos en su estado moral fundamental. El filme habla, por una parte, de mujeres criminales, de «operadoras del mal» que cumplen condenas en las cárceles del Estado y, por otra, de unas hermanas —monjas del convento de dominicas de Betania— que, como «operadoras del bien», se dedican a «rehabilitar» a las primeras.
Anne-Marie, la protagonista, es una antigua delincuente que, habiendo cumplido condena, decide ingresar en la comunidad religiosa. Consagrará su vida a ayudar a las mujeres que han vivido como ella la experiencia del «crimen y castigo». Pronto se le ofrece la oportunidad de realizar concretamente sus deseos. En una de sus visitas a la cárcel conoce a Thérèse, una mujer condenada por robo y, como revelan sus reacciones, llena de amargura. A esa mujer transformada por la rabia se propone Anne-Marie «convertir» con su amistad y afecto.
Thérèse abandona la cárcel, rechaza la invitación de Anne-Marie de formar parte de la comunidad, y se dirige a casa de su amante. Al abrir éste la puerta, Thérèse descarga sobre él el revólver que acaba de adquirir. Consumada su venganza, llama a las puertas de Betania, donde se esconderá de la policía.

Dejando a nuestras espaldas el mundo y la sociedad, el primer filme de Bresson nos invita a conocer de cerca el microcosmos de relaciones que, en esta comunidad, se tejen en torno a las dos mujeres. Curioso es observar que, ni siquiera en un grupo humano como éste, supuestamente fraterno y bienintencionado, el estado moral del alma individual, sus radicales amores y odios encuentran correspondencia en la convivencia.
Anne-Marie, mujer espontánea, extrovertida, apasionada, sincera hasta el punto de poner no pocas veces en entredicho las convenciones del convento, se granjea, por este carácter suyo, su tendencia a perturbar el orden y la vehemencia de sus aspiraciones, la envidia de algunas hermanas y la malquerencia de una superiora.
Thérèse, por el contrario, fría y calculadora y exacta cumplidora de sus deberes en la comunidad, gana pronto algunas defensoras entre las hermanas de las que, sin embargo, no puede decirse amiga. A nadie ha confesado los secretos de su alma, en la que esconde un crimen. Las convenciones y costumbres del convento la encubren.
Sólo Anne-Marie está verdaderamente interesada por llegar al fondo de esta persona. Cuanto más trata de conmover a Thérèse con su ejemplo, más se encierra ésta dentro de su concha, más se enroca. Anne-Marie sufre por su amiga y por sí misma, pues sabe que si no logra redimirla a ella, no podrá redimirse a sí misma. En su Getsemaní, María cree comprender que se le pide algo más: el sacrificio de la propia vida. Sólo hay, parece, un medio para ablandar el alma de Thérèse: que comprenda que su amiga entrega por ella su vida.
Pero un trasvase de este tipo no es posible, asegura Bresson: ni el buen ejemplo, ni la más sincera y conmovedora amistad ni, llegado el caso, la oración y el sacrificio de la propia vida, recursos que parecen los más poderosos para provocar la compasión y la piedad de sí misma en una persona, son capaces de remover los fondos volitivos, las vísceras afectivas de éstas. El individuo y su voluntad es un misterio y, amar u odiar, un destino.
LES DAMES DU BOIS DE BOULOGNE (1945)
El bien y el mal son preocupaciones humanas universales. Toda encrucijada decisiva nos plantea qué debemos preferir a qué, si debemos amar o aborrecer lo que nos presenta la vida. Creo que Bresson trataba de romper la asociación entre moralidad y religiosidad, posible sólo en una mente superficial. Como si la primera fuera cosa de monjas. Los individuos más mundanos, mejor adaptados a sus círculos sociales, asumen también decisiones que les califican moralmente. Lo podía demostrar una anécdota ocurrida entre Madame de la Pommeraye y el Marqués des Arcis, personajes de Jacques le fataliste, de Diderot, que Bresson, con ayuda en esta ocasión de Cocteau, adaptaría libremente en su nuevo filme.
Este tuvo una muy fría recepción. De hecho, sigue siendo el menos aceptado de sus filmes y no es, ciertamente, la obra más lograda. Ni siquiera la producción, antes de que concluyera la liberación de Francia, fue fácil. Creo, sin embargo, que, con ser inmaduro, responde a los propósitos fundamentales de Bresson.
Una mujer de la alta sociedad, algo más que burguesa por el ocio y el bienestar del que disfruta, llamada Hélène, decide vengarse de su amante, cuando éste le manifiesta que, tras algún tiempo de intensa relación, ha llegado a aburrirse. La energía femenina que antaño fuera amor y pasión se transforma en resentimiento. Una mujer orgullosa e irritada, y rica también, pone en marcha inteligentes recursos para satisfacer su deseo de venganza.
Prostituta es la segunda protagonista de Les dames du Bois de Boulogne. El filme se titulaba inicialmente La opinión pública. Angès, una mujer joven, movida por la necesidad, cambia la danza por el cabaret, los admiradores por los amantes y, ya iniciada en el oficio, éstos por ordinarios consumidores de amor. Pero ella no se ha colocado al margen de la sociedad por gusto; es una Sonia.
Astuta, Hélène consigue que su antiguo amante se comprometa en matrimonio con esta mujer de la vida, de la que no sospecha su verdadera condición.
Cada uno de los tres personajes es infeliz a su manera y tiene que afrontar una modalidad distinta de descrédito en la opinión pública contraria del círculo al que quiere pertenecer, para lograr invertir su situación eudaimónica.
Las costumbres sociales más refinadas pueden encubrir los hábitos de un alma mala, como la de Hélène. Ni ropas caras, ni ambientes selectos, ni la comida exquisita, ni modales delicados logran encubrir su fealdad. Para satisfacer su orgullo, esta mujer emplea a las personas como medio para sus fines. La felicidad o infelicidad de éstos no son de su incumbencia. Tampoco le afecta lo que piensen de ella. Lo decisivo es vengarse.
La ropa usada, las habitaciones sin muebles, las comidas frías, las noches con los clientes son compatibles con una temblorosa, tímida, puntualmente fulgurante, bondad de un alma, como la de Agnés. No ha recurrido con satisfacción a la mentira, no quiere redimirse a condición de encubrir la verdad a quien se dispone a ser su marido por engaño.
Este, finalmente, se enfrenta al conflicto entre moralidad y respetabilidad: ¿cuánto vale un amor que no merece algunas inconveniencias sociales?
Bresson no resuelve en esta ocasión qué sentimiento prevalece a su juicio en la vida. Ni qué puede ser más fuerte en un alma: si la venganza o el amor. Pues eso, como veremos, depende de cada alma.
LE JOURNAL D’UN CURÉ DE CAMPAGNE (1950)
El tercer largometraje de Bresson presenta el camino artístico expedito, por el que el realizador transitará el resto de sus días. Con esta película nace la estilística específicamente bressoniana, la que proporcionará al realizador francés un sillón de número en la Academia universal del cine.
El territorio en el que iba a moverse ya había sido acotado por sus filmes anteriores. Dos veces había despojado al comportamiento humano de sus «conchas protectoras» y dejado a la vista esa «caja negra» donde se traban las decisiones morales. En unas Notas sobre el cinematógrafo, que empezaba a escribir precisamente entonces, Bresson anotó: «Rodar no para ilustrar una tesis o para mostrar hombres y mujeres limitados a su apariencia externa, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese «corazón del corazón» que no se deja aferrar ni por la poesía, ni por la filosofía ni por la dramaturgia»1
En ninguno de los dos primeros filmes, sin embargo, el interés por la vida interior de los personajes llegó a determinar una forma, factura o metodología peculiar que se ajustara a su propósito. La narrativa de Les anges du péché y Les dames du Bois de Boulogne era convencional, en el sentido de que las respectivas historias de transformaciones interiores se contaban como si de un relato de aventuras se tratara. En Journal d’un curé de campagne, en cambio, hasta tal punto podemos encontrar este ajuste, la adecuación entre forma y contenido, que la película fue inmediatamente saludada como una obra maestra.
En uno de los primeros números del recién aparecido Cahiers du Cinéma (VI/1951), André Bazin analizaba por extenso el Journal de Bresson. Estos comentarios los incluyó luego Bazin como capítulo independiente en su obra ¿Qué es el cine?, la monografía clásica de crítica cinematográfica. Comoquiera que se responda a esa pregunta, quien se proponga comprender la naturaleza del cine, respondería allí Bazin, habrá de asimilar los hallazgos de Bresson en su Diario de un cura rural.
La obra de Bernanos que Bresson adaptaba ofrecía dos fuentes de conflicto interesantes para el realizador, pienso yo. La primera de ellas era análoga a la que hemos visto en su obra anterior. El desajuste entre el individuo y su círculo social conducirá, en los tres casos, a una manifestación extracotidiana de la moralidad. Recordemos que Durkheim había atribuido a una cierta anonimia social la moderna comisión de suicidios. Las leyes tradicionales, conforme a las cuales habrían vivido los individuos en las sociedades rurales, dejaban de tener vigencia al llegar éstos a las modernas metrópolis industriales. El habitante de la ciudad viviría allí sin códigos convencionales y, partícipe en relaciones económicas aún nacientes, tampoco jurídicos. Una situación que podía inducir o bien una autorregulación moral desacostumbrada por parte del individuo, que exigiría de él una reeducación ab radice de su personalidad; o que conduciría, en no pocos casos, a actos extremos de desesperación, es decir, al suicidio.
Diario de un cura rural presenta una anonimia de signo inverso a la durkhemiana. Un joven sacerdote, recién salido del seminario, llega a una pequeña población rural, llamada Ambricourt. Allí ha de moverse en un medio social que desconoce y al que no es fácil adaptarse. Fracasan sus intentos de romper las barreras con los campesinos; ni siquiera con los hijos de éstos llega a entenderse: le rehúyen o se mofan de él. Algo análogo ocurre con los «potentados» locales. La familia condal de la localidad acoge cortésmente al nuevo sacerdote. Pero cuando el capellán se aproxima peligrosamente a los problemas más íntimos, es rechazado implacablemente. Toda la importancia social de su labor pastoral queda desmentida por la realidad de la vida de esta pequeña comunidad rural. El cura vive solo.
Pero este aislamiento del personaje permite a Bernanos-Bresson observar la conquista de sus recursos interiores. ¿Existe una vida individual independiente de la vida social? ¿En qué consiste esta actividad personal, qué valores la alimentan, en qué sentido puede ser modificada por comportamientos de terceros? El Diario de un cura rural habla de una libertad espiritual que el hombre puede ganar en medio del rechazo social más persistente.
Pero Bernanos no es un espiritualista ni un angelista. Si Diario de un cura rural es la historia del desarrollo de la libertad personal, lo es simultáneamente de una lucha: la que el individuo emprende contra su propia biología. Cuando éste responde solamente a los impulsos de las demandas biológicas, todavía no es libre, pues sus decisiones están encadenadas a la necesidad de los procesos materiales, vitales. Una digestión bien hecha no significa ninguna victoria moral, que haga al individuo más noble. Pero sin la biología, por otra parte, seríamos libres en un sentido para nosotros desconocido, como acaso los espíritus o el aire pueden serlo. El Journal d’un curé de campagne plantea la libertad como una superación del dolor físico —una determinación personal al margen del principio del placer—, una decisión metabiológica que unos podrían atribuir a fuentes psicóticas, otros a condicionamientos biológicos heredados y un tercero simplemente a una patología clínica. El cura de Ambricour está, de hecho, gravemente enfermo.
No quiero extenderme más en la eludicación de estos contenidos. Comoquiera que se comprendan y hallen justificación, lo peculiar de la adaptación de Bresson es que todos son objeto de un tratamiento cinematográfico específico. Me gustaría hablar a este propósito de una «fenomenología cinematográfica del espíritu» característicamente bressoniana. En esta película, por primera vez, el realizador francés emplea los fenómenos del mundo exterior, tal y como los reproduce el medio cinematográfico—«imágenes en movimiento y sonido», registros de una cámara y un micrófono, como apuntaría en sus Notas—, para hablar de los procesos humanos interiores, del noúmeno humano, de lo que trasciende su biología.
La metodología radical que caracterizaría a Bresson desde el Journal hasta su última película pasaría por la sencillez, la simplicidad, por aquel «menos es más» de Aalto que, en su obra, iba a lograr cotas insospechadas de poesía. «Quien puede con lo menos —escribió, como si de una consigna se tratara— puede con lo más. Quien puede con lo más no necesariamente puede con lo menos».
En el caso del Diario de un cura rural, la primera «reducción» —así llamó Bazin a estos procesos de simplificación— se refería al guión. El realizador francés se propuso hacer una adaptación fidelísima del texto de la novela, lo que, en su caso, no significaba literalidad sino, paradójicamente, eliminación de todo lo «cinematográfico» del texto de Bernanos. Las descripciones visuales de éste, sus atractivas imágenes, sus sonoros calificativos quedaban fuera. Bresson quería obtener un equivalente al Journal ateniéndose estrictamente a medios cinematográficos. El espectador debería poder entrar furtivamente en la habitación de este cura de aldea, avanzada la noche; aproximarse a su mesa y extraer del cajón el diario, donde aquel hombre había anotado, antes de acostarse, las impresiones del día. Sólo que en este caso las sensaciones del protagonista no se fijarían con tinta sobre el papel, sino en un filme, en una película que el espectador tendría oportunidad de observar, como un intruso.
En este documental de la conciencia, la voz en off del cura de Ambricourt proporciona una línea de significación independiente de la corriente visual que ofrecen las imágenes. Cuanto sucede al cura rural no coincide ni mucho menos con aquello que le oímos contar. Entre otras cosas, porque ni siquiera el protagonista encuentra las palabras adecuadas para expresar con precisión las transformaciones que se operan en su alma. Tampoco Bresson trata de adaptar el texto de Bernanos dando lugar a situaciones que den paso a diálogos entre los personajes, al contrario, mantiene siempre que puede esta dualidad significativa de lo auditivo y lo visual. Como observó Bazin, el Journal es un filme mudo con subtítulos hablados, que se propone, podríamos decir nosotros, hacer visible, «más allá» de la pantalla, por una suerte de estereoscopia, las transformaciones del espíritu.
¿Era posible hacer sensible —visible y audible— lo espiritual, transformar el nouméno en fenómeno sensible? ¿Era posible realizar un «documental» cinematográfico del espíritu, dejar constancia gráfica de las transformaciones anímicas? Al llegar la noche, el protagonista concentra sus energías mentales y las impresiones del día vienen, en forma de imágenes, a su memoria: situaciones con personas, algunas palabras, ambientes, rincones del pueblo en los que ha presenciado algún suceso. El significado mental, «literario», que el protagonista atribuye a cada una de esas imágenes, cuando las revive, no coincide con aquél que le atribuyó en el momento de vivirlas. Pero la película documenta cinematográficamente esa reviviscencia, la dualidad de recuerdo y sentido, de imágenes y significación (o falta de ella), con sus medios, como un «diario» lo hace con los suyos (literarios). ¿Y qué logra? Una suerte de documental espiritual.
Tres reducciones o simplificaciones están en la base de esa impresión de documentalidad que nos transmite el filme. Los actores, en primer lugar, no «interpretan» en la película de Bresson. A ellos no se les ha pedido, observa Bazin, que «reciten» un texto, sino simplemente que lo «digan». Porque, para Bresson, los actores no tienen que resultar expresivos. Es el filme en su conjunto el que tiene que emocionar, la obra total compuesta de partes que, tomadas individualmente, son en sí mismas inexpresivas. De ahí que Bresson empezara, ya en este filme, a atomizar las secuencias. El crítico de los Cahiers observó con razón que el Journal podría emparentarse con La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, con el que compartía la precisa observación de manos y rostros.
A la sordina impuesta a los actores se sumaba, en segundo lugar, una reducción de la «expresividad psicológica» de los mismos. «Como Dreyer —escribió Bazin en los Cahiers— Bresson tiende a recrearse en las cualidades más carnales del rostro que, en la medida en la que él mismo no actúa, es la huella privilegiada del ser, el trazo más legible del alma […] No es una psicología, sino a una fisionomía existencial a lo que nos invita. De ahí el hieratismo de la interpretación, la lentitud y la ambigüedad de los gestos, la repetición obstinada de los comportamientos, la impresión de un ralentí onírico que se graba en la memoria».
Puede hablarse, finalmente, de una radical reducción de la «dramaticidad» del relato. Más que de la narración de una acción o de una pasión, este Journal nos pone frente a una vida concentrada en sí misma; una vida cuyos presentes no dependen del momento anterior ni recibirán su perfección en el posterior. «A cada instante, como a cada plano, le basta su destino y su libertad», observó Brazin. La lógica del relato no se encadena a un fatum dramático, ni tampoco a una pasión que arrastre con violencia al ser humano. Aquí hay solo libertad, el sufrimiento de la libertad humana que se enfrenta a una Gracia que sabe puede aceptar o rechazar. Y eso, en el plano formal, se traduce en una estructura narrativa tipo via crucis, donde cada secuencia es una estación en el camino hacia la cumbre, que es el Gólgota, de la libertad superior y de la muerte.
UN CONDAMNÉ À MORT S ‘EST ÉCHAPPÉ (1956)
Tres, cuatro, cinco o más años suelen transcurrir entre un filme de Bresson y el siguiente. Parece como si el realizador quisiera cargarse de energía, de audacia, de objetivos, antes de situarse detrás de la cámara. Y cuanto más alto apunta su ambición profesional, más se esfuerza en respetar la sencillez, la contención, la inexpresividad. Con resultados asombrosos.
Es tal la sobriedad formal de Un condenado a muerte se ha escapado, que un espectador del 1956, otro del 2001 y un tercero del 3000 la van a recibir de modo análogo. Los tres se enfrentarán a un material directo, intemporal, profundamente humano, que no necesita ninguna contextualización cultural para ser comprendido y disfrutado. Con un material que se atiene a parámetros clásicos.
Bresson trata otra vez de la libertad individual, pero ahora elige la circunstancia menos favorable, en apariencia, para hablar de ella. Los miembros de la resistencia francesa capturados por las SS tienen expectativas de vida poco halagüeñas. Son conducidos a la cárcel, privados exteriormente de libertad y, poco tiempo después, habitualmente ajusticiados. Dentro de la prisión, despojados de su ciudadanía, la violencia de soldados y funcionarios somete la voluntad soberana de estos franceses. Las relaciones sociales habituales de éstos se ven sustituidas por una microsociología de víctimas y verdugos, por una parte, y de presidiarios que se ayudan, por otra. En el seno de esta violencia y de la ausencia de expectativas quiere Bresson comprobar si un hombre puede buscar y, lo que es igualmente importante, encontrar su salvación.
Dos son fundamentalmente los obstáculos que Fontaine, el hombre condenado, tiene que superar para salvarse. El primero corresponde a la violencia física de la que es objeto. Su libertad de movimientos es constantemente reprimida por muros, alambres de espino, celdas, reglamentos y, como amenaza final, la posibilidad de ser ajusticiado. Salvarse significa, en primer lugar, encontrar el modo de obviar esos obstáculos: averiguar si, a despecho de la vigilancia, hay algún modo de fugarse.
El segundo obstáculo es de orden social. Porque la comunidad de los encarcelados ha dado una respuesta a esta primera pregunta por las condiciones de la salvación: nadie saldrá de aquí, han concluido: escaparse es imposible. El fatalismo impregna la psicología del condenado. Impotencia y rabia, resignación, confianza en Dios… los sentimientos más variados acompañan la inactividad de los presos, que nada emprenden para recobrar su libertad. Algún preso intenta un acto desesperado, pero el desenlace es fatal.
¿Qué recursos morales tiene un individuo para defender sus intereses, para hacer frente a los más poderosos obstáculos que combaten su voluntad? ¿Cómo salvarse frente el círculo social más amplio (el Estado con sus medios de coacción)? ¿Cómo escapar de la presión de los hábitos mentales de los resignados?
Bresson habla de un recurso poderoso, el único disponible en esas circunstancias: la fe en uno mismo, la confianza en el propio proyecto, la seguridad de alcanzar los propios objetivos. En el caso del protagonista bressoniano, esta creencia se traduce en un trabajo sistemático y tenaz. Minúsculos medios de trabajo y una fuerza moral sobresaliente —la paciencia— logran efectos insólitos. Fontaine llega a salir de noche de su celda, e inspecciona el tejado, desde donde podría emprender la huida. Le ayuda sufría inteligencia, su meticulosa capacidad de cálculo: en una situación extrema, como la que él va a afrontar, nada puede abandonarse al azar.
¿Nada?
El azar —he aquí el segundo gran tema de la película, introducido de una vez para siempre en la oeuvre de Bresson— interviene en la propia salvación tanto como la voluntad más tenaz e inteligente. Para bien y para mal —para nuestra salvación o condenación—, nuestra vida está determinada también por las casualidades. No somos dueños por completo de nuestro destino. La fe en nuestros propios proyectos y la confianza en nuestras energías condicionan sólo a medias el resultado de cualquier esfuerzo nuestro. Hay voluntad, pero también hay azar; hay conquista, pero también hay gracia.
El protagonista es condenado a muerte en un juicio sumarísimo por los nazis. Tiene pocos días, pues, horas quizá, para poner en práctica su proyecto de escapada. A punto está todo lo que ha podido prever; el resultado es no obstante incierto; está inquieto. En ese momento, un nuevo recluso es conducido a la misma celda. Imposible escapar, sin contar con el joven recién llegado. ¿Podrá confiar en él; tendrá que matarlo? Fontaine decide jugárselo todo a una carta, e invita al recién llegado a participar en su fuga.
Esa misma noche, Fontaine y su compañero emprenden la huida. La llegada de aquel joven resulta providencial: Fontaine solo, como inicialmente había planeado, nunca hubiera podido superar el segundo muro de la cárcel, el que le separa de la libertad. ¿Por qué el joven recién llegado obtiene su salvación sin ningún esfuerzo? ¿Por qué Fontaine, que tanto ha trabajado por ella, ha de atribuirla, en último extremo, a la casualidad? ¿Es el azar el que salva a unos y otros condena? ¿Existe la providencia divina? Como el cura de Ambricourt al final de su vida, también Fontaine podría decir, al volver a la vida: «Todo es Gracia».
Le Vent souffk oú il veut —«el espíritu sopla donde quiere»—, se subtitula la película.
Había que estar muy convencido y muy seguro de sí mismo para presentarse en público con una obra que no hace absolutamente ningún gesto para agradar a los espectadores. La máxima bressoniana de total expresividad con empleo mínimo de medios se respeta en esta ocasión acaso como nunca antes en la historia del cine. Bresson observa en sus Notas: «Mozart escribió acerca de algunos de sus propios conciertos (KV 413,414, 415): «Se encuentran en el punto medio entre lo demasiado difícil y lo demasiado fácil. Son brillantes… pero carecen de pobreza»».
Las imágenes y los sonidos son para Bresson como las palabras de un diccionario: no tienen poder y valor más que en su relación mutua, en su posición relativa. En vano trataríamos de averiguar qué significa aisladamente, contemplada en sí misma, una imagen o un sonido en Un condamné à mort s’est échappé. Las secuencias nos presentan acciones mínimas, operaciones manuales que, en sí mismas, nada tienen de significativo y que son filmadas con absoluta frialdad, documentalmente, sin ánimo de impresionar. Las imágenes no llevan aparejadas ninguna interpretación, ninguna significación cerrada y clara. El material visible y audible del filme es significativa y emocionalmente incompleto, pero se transforma al contacto con otras imágenes, igualmente incompletas. Acción y reacción entre las imágenes, eso es lo que buscaba Bresson, como un pintor que procura efectos de reflexión al componer los colores en la superficie completa de su tela. Es todo el material cinematográfico en su conjunto, en definitiva, la película como un todo, el que resulta conmovedor.
PICKPOCKET (1959)
Es manifiesto que el hombre posee inteligencia, según Hegel, por sus manos. En el ser humano, se diría, lo espiritual es corporal o no es humano. Pickpocket será un filme de manos, manos extraordinariamente hábiles e inteligentes, aseguró Bresson, y de objetos y de miradas, « ¡Cuántas cosas —anotaba— se pueden expresar con la mano, con la cabeza, con los hombros! ¡Cuántas palabras inútiles y engorrosas desaparecen entonces! ¡Qué economía!». Pues «el lujo nunca ha aportado nada al arte»2.
Un filme sobre un carterista, sobre un ratero. Michel, el protagonista, no padece necesidad ni está enfermo. El robo es una forma de afirmación personal, una droga que le hace sentirse bien, superior. Su actividad ilegal e inmoral le saca de la sociedad, de la decencia, pero le emociona superar su miedo, superar sus límites.
Luego viene la lucha contra su conciencia. La actividad rateril le conduce a la cárcel. ¿Es posible salir? También este héroe está condenado a muerte. ¿Logrará como Fontaine escapar a su destino?
Pickpocket pone de manifiesto qué lejos se encontraba ya el cinematógrafo de Bresson de todas los préstamos teatrales. El cine había tenido, según Bresson, un mal comienzo: el music-hall, el teatro fotografiado. Cuanto más una película empleara actores, puesta en escena, etc., según los principios teatrales, menos auténtica resultaría como cinematógrafo. Emplear la cámara no para reproducir la realidad, como el teatro fotografiado, sino para crearla: eso es el arte de Bresson.
Porque lo verdadero del séptimo arte no es lo verdadero del teatro, ni lo verdadero de la novela ni lo verdadero de la pintura. Lo que el cinematógrafo captura con sus medios no puede ser lo que el teatro, la novela o la pintura captura con los suyos. El público del cinematógrafo no es el ni el público de los libros, ni el de los espectáculos, ni el de las exposiciones, ni el de los conciertos. Un director no tiene que satisfacer el gusto literario, teatral, pictórico o musical de los espectadores que acuden a una sala de cine.
La clave está en el modo de trabajar con los actores, según Bresson. En el teatro, el rostro y los gestos de los actores transmiten sentimientos, se proponen resultar expresivos. En el cinematógrafo, no es tanto que los actores no transmitan sentimientos, cuanto que no lo hagan «conscientemente». Al filmar actores de cinematógrafo —Bresson los llama «modelos», para distinguirlos de los actores de teatro—, han de resultar expresivos involuntariamente.
Si nueve de cada diez movimientos que hacemos proceden de costumbre y automatismo, se preguntaba Bresson, ¿por qué subordinarlos en el cinematógrafo a la voluntad y al pensamiento? Sería antinatural. En el cinematógrafo, la cámara ha de registrar el «yo» no racional, no lógico, de las personas, pues sólo él —no un «yo» controlado por el arte de actor teatral— es creíble en la pantalla, sólo él resulta convincente.
Lo que Bresson buscaba en los modelos de sus películas era no tanto lo que ellos podrían mostrar cuanto lo que eran capaces de esconder: lo que ni siquiera ellos sospechan está en ellos mismos. «Lo que ningún humano es capaz de atrapar —anotó Bresson—, lo que ningún lápiz, pincel o pluma es capaz de fijar, tu cámara lo atrapa sin saber qué es y lo fija con la escrupulosa indiferencia de una máquina».
Tres conclusiones se imponían al aceptar este modo de trabajar con los actores —modelos—. Llegó un punto (tempranamente) en que Bresson no empleaba actores profesionales. En sus películas trabajarían individuos sin ninguna relación con el teatro, con la interpretación, «vírgenes para el cine, vírgenes para el teatro —aseguraba—, considerados como una materia brutal que ni siquiera sabe que os entrega lo que no querría entregar a nadie»3.
Bresson, en segundo lugar, nunca emplearía los mismos modelos en dos películas.
Bresson, finalmente, pagaría cara su coherencia. En una entrevista con Godard, confesaba: «Me dicen: «Es por orgullo por lo que no lleva actores». Respondo: «¿Creen ustedes que me divierte no llevar actores? Porque no sólo no me divierte en absoluto, sino que representa un trabajo terrible. Y, además, no he hecho más que seis o siete películas. ¿Creen ustedes que me divierte permanecer parado? ¡No creo que sea divertido en absoluto! ¿Y, por que no ruedo más? ¡Porque no llevo actores! Porque ignoro un aspecto comercial en el cinema, que se basa en las vedettes. Si hubiera querido aceptar a los actores, a las vedettes, sería rico. Y no soy rico: soy pobre»».
NOTAS
1 · Robert Bresson, Notas sobre el cinematógrafo (París, 1975), ed. Ardora /Filmoteca Española, Madrid 1999, p. 40.
2 · Robert Bresson, entrevista por J. L. Godard, Cahiers du Cinéma nº 178 (v/1966); tr. en Robert Bresson, dossier de la Filmoteca Española, Madrid 1977, p. 27.
3 · Robert Bresson, entrevista por J. L. Godard, Cahiers du Cinéma nº 178 (v/1966); cit., p. 30
Más que de un libro de prospectiva, se trata de una serie de reflexiones sobre el futuro de la ciencia que hace John Maddox. Maddox fue director de la revista Nature durante 23 años. Estas reflexiones se condensan en tres extensos capítulos: la materia, la vida y nuestro mundo. Pero si ya es difícil pronosticar el futuro de la economía y la política, en las ciencias positivas de la dificultad aumenta todavía más, pues resulta imposible saber cuándo una idea nueva llegará a un ser humano. «Lo que queda por descubrir no es exactamente lo que se descubrirá. Podemos indicar los cabos sueltos que cuelgan ante nosotros, pero es imposible predecir cómo se acabarán atando». Más adelante, Maddox añade: «La historia demuestra que generaciones de científicos se han sorprendido una y otra vez por descubrimientos imprevistos, imposibles de anticipar en antiguas versiones de libros como éste».
Dentro de la física fundamental, el problema que parece más agudo en estos momentos es el fracaso de todos los intentos llevados a cabo para reconciliar la teoría gravitatoria de Einstein con la mecánica cuántica. Hoy existe una explicación de cómo se originó el universo, pero este conocimiento está lleno de dificultades.
En las ciencias de la vida, los problemas son todavía mayores. Por ejemplo, el origen de la vida en nuestro planeta sigue siendo un misterio, aunque sabemos que la vida surgió hace menos de 4.000 millones de años, a partir de moléculas formadas por materiales inorgánicos.
Por otra parte, «sólo poseemos un conocimiento absolutamente rudimentario del modo en que el cerebro -y, en particular, el cerebro humano- engendra la mente: la capacidad de reflexionar sobre los hechos pasados, de pensar y de imaginar».
Pero, en realidad, la ciencia consiste más en formular preguntas, naturalmente inteligentes, que en dar respuestas. Todo descubrimiento científico presenta nuevos interrogantes. Así, Popper ha podido escribir que «el antiguo ideal científico de la ‘episteme’ -de un conocimiento absolutamente seguro y demostrable- ha mostrado ser un ídolo. La petición de objetividad científica hace inevitable que todo enunciado científico sea ‘provisional para siempre’: sin duda, cabe corroborarlo, pero toda corroboración es relativa a otros enunciados que son, a su vez, provisionales. Sólo en nuestras experiencias subjetivas de convicción, en nuestra fe subjetiva, podemos estar absolutamente seguros». O, dicho de otra forma, la cienca nunca persigue, ni pretende, que sus respuestas sean definitivas. Su finalidad consiste en descubrir siempre problemas nuevos, «más profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre provisionales) a contrastaciones constantemente renovadas y cada vez más rigurosas».
Maddox concluye su libro con la afirmación de que «no tiene nada de escandaloso que muchas de las preguntas que ahora interesan sean ampliaciones de preguntas ya planteadas por Aristóteles y sus contemporáneos. Las preguntas se han vuelto más interesantes y exigen más esfuerzo. Dejando aparte la clamorosa demanda de nuevas aplicaciones de la ciencia, todavía no se le ve el final al proceso de investigación. Los problemas aún no resueltos son gigantescos. Mantendrán ocupados a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos durante siglos, y tal vez hasta el final de los tiempos».
En primer lugar, me referiré a los libros que se han dado en llamar clásicos, los que han merecido la aprobación mayoritaria de chicos, críticos y educadores de distintas generaciones y lugares. Después, con todas las reservas que siempre merece cualquier generalización así, a los libros actuales, de los que si bien está más o menos claro cuáles resultan atractivos y cuáles están bien escritos, no lo está tanto cuáles hacen un planteamiento adecuado.
LOS CLÁSICOS
Escritos en tiempos que no daban culto a la juventud, los mejores libros infantiles y juveniles del pasado rompieron barreras y ayudaron a redefinir mejor los modos de impartir una verdadera educación. Sus autores supieron dirigirse a los chicos como siempre lo han hecho los buenos educadores: tratándolos como seres humanos completos y no como adultos en miniatura. Con afecto, sin ser pueriles, fueron cuidadosos con los conceptos que manejaban y con los mensajes que transmitían.
Algunos fueron escritos por autores que, recuperando en buena parte sus recuerdos de la infancia, quisieron dar voz a los niños cuando nadie los escuchaba: para denunciar injusticias y abusos, como Dickens; para poner de manifiesto la inconsistencia de la formación moral que recibían, como Twain. Otros se dirigieron a unos niños concretos a los que se sentían particularmente unidos: Lewis Carroll lo hizo para Alicia Liddell y sus hermanas, arremetiendo contra los errores pedagógicos de los adultos; Beatrix Potter escribió sus cuentos para los hijos de su institutriz, ejemplificando conductas infantiles en animales humanizados.
Pero el número más importante, con mucha diferencia, de los libros que permanecen vigentes como clásicos fueron compuestos por un padre para sus hijos. Por citar sólo algunos muy destacados: Stevenson escribió La isla del tesoro (1882) a petición de su hijastro; Kenneth Grahame contó primero y escribió después El viento en los sauces (1908) para su hijo; lo mismo hizo A.A. Milne con Winnie the Pooh (1926); Hugh Lofting redactó y dibujó Doctor Dolittle (1920) en cartas a sus hijos desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial; estando enfermo, Jean de Brunhoff ilustró y escribió Babar (1930), basándose en los cuentos que su mujer contaba a los niños; Astrid Lindgren inventó Pippi (1945) cuando su hija de siete años estaba enferma…
LA ÚNICA IDEOLOGÍA VÁLIDA
Ninguno de tales ejemplos indiscutibles nació de intereses comerciales ni escolares, sin que al decir esto quiera descalificar tales motivos por sí mismos. Pero si leemos libros del siglo XIX que sí tuvieron raíces de esa clase, como Pinocho o Corazón, vemos cómo el deseo de Collodi por contentar a los padres le hace colocar una excesiva carga moralizante a Pinocho; y cómo el afán de Amicis por inculcar el naciente patriotismo italiano a colegiales hace que algunos pasajes de Corazón suenen ridículos hoy. Dicho de otro modo: las mejores obras infantiles y juveniles del pasado fueron escritas pensando en sus destinatarios uno a uno sin perder de vista la finalidad de gustar y ayudar al lector concreto, lo que implica renunciar a cualquier corsé ideológico; sin el prejuicio de considerar a los niños como público consumidor, que ciertamente no existía del mismo modo que ahora, lo que significa no necesitar el visto bueno de nadie para escribir y publicar.
Cuando Astrid Lindgren afirma de sí misma: «No soy una escritora ideológica. Soy una escritora que cree en el amor al prójimo como única ideología válida», está señalando una razón básica de por qué sus obras, como los mejores clásicos, gustan a una mayoría de niños y agradan a la vez a una mayoría de adultos. Y es que, con talento literario y criterios educativos sensatos, escribir desde una fuerte y recta vinculación afectiva cierra el paso a cualquier interés distinto de buscar lo mejor para el lector. Deja de tener relevancia lo que piense nadie y el afán por entretener y divertir no conduce al halago cómplice. Por eso los mejores relatos para chicos pueden llegar más o menos lejos, pero siempre apuntan en una dirección correcta: dan alas a sus lectores, pero no temen recordarles sus responsabilidades; fomentan una libertad interna que, si por un lado es independencia, también es compromiso.
INGREDIENTES TRIVIALES
Lo mismo hacen, sin duda, las mejores obras de las últimas décadas. Pero, sin duda también, los cambios sociales y la conversión de la LIJ en una industria de la que vive gran número de personas, han provocado que hoy sean muchísimos los relatos que se confeccionan con objetivos distintos, en el mejor de los casos paralelos, al de llegar a la cabeza y al corazón de los lectores niños o jóvenes. Por ejemplo, pasar los filtros mentales o comerciales de quienes deciden si el libro se publica o no, acertar con el tema o el enfoque del momento: SIDA o anorexia, ecologismo o feminismo.
Como consecuencia, en multitud de relatos de la tendencia que se ha llamado antiautoritaria, los padres y profesores despóticos se han convertido en clichés manidos, en muñecos prefabricados para embestir contra ellos sin temor y sin riesgo. También son penosas caricaturas enemigos como el político con rasgos nazis o racistas, el empresario sin escrúpulos al que no importan para nada las ballenas o los clones del ejecutivo eficiente y gris (de la genial creación de Michael Ende en Momo). Del mismo modo, los editores velan para que sus pulcras colecciones no contengan cazadores despiadados como los de las novelas decimonónicas o simplemente irresponsables como el primer Tintín en el Congo, y evitan cuidadosamente que los pequeños protagonistas caigan en la tentación de maltratar a cualquier clase de animal.
Tengo presente que también en el pasado se intentaba uniformar la mente de los pequeños lectores, en muchos casos quizá de modo más férreo que ahora. Precisamente por eso, si podemos ver con claridad que los libros que perduran como mejores son los que nacieron libremente y evitaron lo falso y lo circunstancial, hay fundamento para suponer que tampoco sobrevivirán los libros oportunistas que emplean los mensajes multiculturales o ecologistas como ingredientes
PENOSAS CONFUSIONES
La lij de hoy no tiene ningún problema en concluir que algunas conductas son condenables: maltratar a los niños o matart judíos esta mal cualquier lugar y época. Por eso hay tantas ficciones que no propugnan un modo de actuar determinado como correcto, pero sí dejan claro que algunas conductas son siempre rechazables. Son raros los equívocos en este punto: no he visto ni un sólo relato de LIJ actual donde lo nazi sea elogiado.
Pero si cualquiera puede ver que hay modos de actuar que, siempre y en todas partes, son malos, no se puede decir lo mismo tan fácilmente respecto a los comportamientos buenos. Por eso, cuando se postulan como apropiados o convenientes algunos comportamientos que, cuando menos, son discutibles, procede recordar el sabio consejo de Stevenson: el escritor «debe guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente». Es terrible que un escritor para niños sea como aquel personaje felliniano, un director de cine que interpretaba Mastroiani, que no sabía qué quería decir pero quería decirlo pese a todo.
El talento literario y las buenas intenciones son compatibles con un concepto falso o incompleto de libertad. Esto se daba en el pasado, cuando la línea dominante consistía en educar niños formalitos, y se da hoy cuando se pretenden formar chicos desinhibidos. Si entonces hubo penosas confusiones entre autoridad y autoritarismo, entre respeto y formalismo, hoy las hay entre libertad y permisivismo, entre autenticidad y espontaneidad. Y cualquiera que conozca la LIJ actual sabe con cuánta frecuencia se habla de la felicidad como un objetivo y no como un resultado, con qué ligereza se sugiere que de un comportamiento espontáneo surgirá una personalidad bien desarrollada, con qué frivolidad se proponen como igualmente buenas distintas opciones de comportamiento.
EXPERIMÉNTALO TODO
Robert Anson Heinlein, el más popular de los autores de ciencia-ficción de los cincuenta, fue un ardiente defensor de una libertad absolutizada, entendida como un fin en sí misma. Su editor se negó a publicar Tropas del espacio (1959) como novela juvenil por su contundente justificación de la violencia en defensa de la libertad: «La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más maltratar a los niños o matar judíos está mal en cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad», sostiene un brillante profesor de historia y filosofía moral. Eran vísperas del Vietnam, pero también de la revolución estudiantil en los campus norteamericanos de los sesenta, a los que Heinlein, con Forastero en tierra extraña (1961), suministró una novela de referencia: «Experiméntalo todo», era su grito.
Las mismas premisas que llevan a transformar la libertad en un abuso dan origen a la libertad entendida como pura espontaneidad, tan propia del «prohibido prohibir» de los sesenta. Podemos encontrar sus rastros en un relato sobre un planeta en el que «no se sabe qué prohibir, porque la gente no hace nada malo, sobre todo desde que nada está prohibido», se afirma en El Planeta de ios Árboles de Navidad (1972), del Premio Andersen Gianni Rodari; o en una historia sobre una encantadora chiquilla a la que su simpática abuela le dice que «no hay que hacer caso de prohibiciones. No suelen tener fundamento», como sucede en Caperucita en Manhattan (1990), de Carmen Martín Gaite. Son comentarios al paso, pero significativos por lo que revelan e importantes porque proceden de dos autores de gran calidad e influencia.
Y donde lo espontáneo es elogiable sólo por serlo y la libertad significa ausencia de prohibiciones, es lógico que la culpa desaparezca. En una Pinocho. Las aventuras de Pinocho. Ilustración de Enrico Mazzanti 11850-1910, Italia), para la primera edición. novelita de la Premio Andersen norteamericana Virginia Hamilton, leemos que una jovencita cuyo padre se fue de casa hace mucho y cuya madre no le dedica tiempo está enfadada pero, nos dice la narración, «sabía que su madre no tenía la culpa, nadie la tenía. Tampoco era culpa de su padre». Dejemos estar la cuestión de si tal argumento no pretende absolver al adulto ante sus hijos, frecuentísima sospecha con tanta ficcioncita juvenil de problemas familiares. Pero si los padres no tienen ninguna culpa, la inevitable conclusión es la del protagonista-narrador de un relato de Martín Casariego, que comprenderá, «en fin, que no había culpables, que sólo había errores».
Diluir la culpa en una difusa responsabilidad colectiva tiene las palpables y destructivas consecuencias sociales de las que Pascal Bruckner y Richard Hughes hablan en La tentación de la inocencia y en La cultura de la queja. Pero, además, termina también anulando al hombre, como se ilustra muy bien en la interesante novela futurista del danés Henrik Stangerup, El hombre que quería ser culpable (1973): un escritor de nombre Torben, funcionario en el Instituto Estatal de Racionalización del Idioma, desea hacer frente a la responsabilidad del asesinato de su mujer, a pesar de que todas las instancias sociales le intentan convencer de su inocencia. La historia, que aclaro que no es nada infantil ni juvenil, se desarrolla en una Dinamarca que no acepta los finales duros de los cuentos de Andersen: un síntoma más de que algo huele a podrido.
LIBRE DE QUÉ, LIBRE PARA QUÉ
Dentro de la LIJ nos acercamos, creo yo, a un concepto más ajustado de libertad, a través de unos excelentes diálogos que se contienen en El hombre sin rostro (1972), una novela de Isabelle Holland que hace pocos años llevó Mel Gibson al cine. El joven Chuck, que tiene varias hermanas que son hijas de padres diferentes, charla con su extraño profesor Justin McLeod, que un día le pregunta:
«—¿Qué es lo que más deseas? Rápido, sin pensar.
—Ser libre.
—¿Libre de qué?
—De que me atosiguen. Para hacer lo que quiera.
— No está mal. Pero cuando estés haciendo lo que quieras, no esperes ser libre de las consecuencias de tus actos».
Con todas sus limitaciones, esta clase de libertad es el instrumento que tenemos para ir construyendo la propia vida y el que los chicos tienen que aprender a manejar. Educar, enseñar a usar la libertad, empieza por hacer notar que cada elección condiciona el futuro y que no se pueden ignorar las consecuencias de las elecciones previas. Por tanto, lo que más interesa es elegir bien.
Pocos días después, alumno y profesor prosiguen la conversación:
«—Me siento libre —dice Chuck mientras se baña.
— Que es lo que siempre has querido ser. ¿Nunca has pensado que la palabra «libre» no significa nada por sí misma?
—¿Cómo?
—¿Libre para qué? ¿Libre de qué?».
Entonces, Chuck comenta para sí: «Una de las preguntas era fácil y ya la había respondido: libre para hacer lo que quería. La otra había que pararse a pensarla. ¿Libre de qué? De agobios. De mamá. De (mi hermana) Gloria. De casa».
McLeod intenta que Chuck reflexione sobre sus vínculos afectivos, pero a Chuck, por su peculiar historia familiar, le desagrada la palabra «querer». Por esa razón, no le queda claro que la pregunta difícil es el para qué de la libertad, que hay algo más allá de la libertad que le marca su sentido: elegir bien es elegir lo bueno y, por eso, la libertad no es simplemente hacer lo que quiera.
CIMIENTOS SÓLIDOS
En Rebeldes (1967), la novela que Susan Hinton escribió con solo 17 años, se cuenta que, cuando muere un joven pandillero, un compañero se lamenta de que sus padres «lo habían mimado hasta pudrirlo. […] Siempre cedieron ante él», cuando lo que él quería era «que alguien le dijese «No». Conseguir que alguien dispusiera la ley, fijase los límites, le diera algo sólido en que apoyarse». Al fin, la vida misma termina imponiendo algunas conclusiones: la libertad real puede ser destruida en nombre de libertades ficticias; son las normas justas las que hacen posible la libertad; donde no hay corrección, sobra cobardía y falta verdadero cariño.
Obviamente, son lecciones que difícilmente se aprenden en las novelas, si no se ven en la vida. Por eso es interesante observar cómo muchos de los libros clásicos para chicos no proceden de un esfuerzo intelectual desencarnado sino del empeño humano e intelectual por entregar lo mejor de uno mismo a las personas que más se quiere. Tal vez más que otra clase de literatura, la fuerza de la LIJ depende mucho del corazón, entendido también como el sacrificio que supone ponerse a la altura del chico sin bajar el nivel, del olvido de uno mismo que significa orillar otros intereses aparentemente más altos. Entre los clásicos citados más arriba, hay ejemplos evidentes, algunos conmovedores, de autores que compusieron sus obras en medio de grandes dificultades personales y que, igual que tantos padres, al sacrificarse por sus hijos han dejado claro el para qué de la libertad. Un ejemplo memorable es el de un catedrático de Oxford como Tolkien, que afirmaba seriamente no escribir para niños… pero que no hubiera escrito sus libros si no hubiera sido un padre cuya principal ocupación fueron sus hijos. También una pista para tantos intelectuales que sueñan con que su obra perviva… y ponen sus ambiciones en otros objetivos.

Los periódicos han reseñado que el nuevo libro de Guillermo Carnero (Valencia, 1947) es muy importante porque nace «después del silencio de nueve años». Yo creo con el poeta Brodsky que la vida sólo es una conversación previa al silencio, y acaso la poesía sea una vida nueva y posterior al silencio, para que ese incesante himno órfico que sería el lenguaje según Shelley (Prometeo desencadenado), quede temblando en los límites del tiempo definido por garganta humana. En ese sentido, Guillermo Carnero nace tras nueve años de silencio. También han dicho los periódicos (El País, 20.XI.1999) que este Verano Inglés es muy importante porque surge de la locura de los 50 años del poeta: y todo, porque diz que «trae varias novedades: más sexo, menos culturalismo, más claridad y nostalgia»
Me he precipitado pues, tras esos previos, a leer el libro del que fue «novísimo» antologizado por Castellet en el 70, que publicó luego «El sueño de Escipión» (1971), «Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyére» (1974), «El azar objetivo» (1975), «Música para fuegos de artificio» (1989), «Divisibilidad indefinida »(1990). He buscado en mi biblioteca sus dos antologías: «Ensayo para una teoría de la visión» y «Dibujo de la Muerte», y leído afanoso mis notas, recorrido con la vista y con los dedos los subrayados a lápiz; me he conmovido nuevamente por el billete manuscrito con el que el poeta acompañaba su último envío a mi domicilio.
En Verano Inglés no hallé locura, no he encontrado nostalgia; ni en más claridad me he visto, ni en menos culturalismo: y hablando de sexo, ni menos ni más. Voy a intentar decir qué es lo que creo que ha sucedido con Guillermo Carnero el poeta, y porqué al cerrar las guardas de su último libro, he tenido que abrir con el corazón al galope, las líneas de Dibujo de la Muerte y sumergirme en la densa belleza de sus primeros poemas —«Avila», «Castilla», «Amanecer en Burgos»—, y en ellos encontrarme con la abundancia generosa de la lengua que el joven Carnero creó para compartir con nosotros declarando:
Mi cuerpo es ancho como un río. y también:
Conozco muchos nombres de murallas, para terminar:
otra vez al galope, matando /
descuartizando telas y andamiajes y máscaras /
levantando muros y andamiajes y telas /
y máscaras, y otra vez declarando:
Mi cuerpo es ancho como un río.
Desde entonces, y contrariamente al gesto de otros poetas muy próximos a él, Guillermo Carnero no ha desnudado el lenguaje para librarlo del veneno acumulado por los años de guerra, de la baba de caracol de las consignas fascistas o marxistas, del sudor frío de la imitación servil, de las encanecidas metáforas ya fundadas desde antes de Homero, operando en los confines del lenguaje o funcionando contra él, fiel a la máxima mallarmeana de depuración linguística: Carnero lo ha enriquecido.
Su cuerpo ancho como un río, ha llegado hasta aquí recogiendo espumas diversas, hojas, pámpanos, arrastrando alabastros, violando cortes de amor y desastrando relojes de sol, empapando su inteligencia de belleza, de estrictas geometrías, cantos de pájaros ciegos, pitagóricos abismos. Notando vibrar su corazón como un cristal finísimo al latir del arroyo donde nos ahoga Melusina, recogiendo mondos cráneos chamuscados por la llama del romero, y leyendo, viviendo, viendo, latiendo con la unidad, cadencia y mesura de un Concerto Grosso (el oboe de Benedetto Marcello, por ejemplo), y manteniendo el tipo al paso de la Hacedora de Lluvia,
cuyas aguas oscuras /
ungen los huesos yertos, la sima de la boca, /
y humedecen los ojos apagados.
Hasta aquí mi homenaje al esqueleto ritual del poeta, el mismo con que quiso cerrar su Dibujo de la Muerte. ¿Había concluido ya para entonces su «conversación previa al silencio»? ¿Habían ya devorado las palabras todos sus objetos? En la nota manuscrita con que acompañó Carnero su última Antología, me decía que esa era la primera parte de su epitafio, la segunda llegaría con este mismo año de fin de centuria. Y aquí está sobre mi mesa lo que cree erróneamente su epitafio, escrito en el Verano Inglés, que como bien señala Jaime Siles en su comentario crítico acerca del libro (El Cultural, 28.11.99) «supone,dentro de la obra de Carnero, un giro, pero no un cambio». Al Carnero lúcido, preciosista, nihilista, cuestionando siempre el lenguaje como simple información, negándose siempre a identificarlo con la «comunicación», sucede un Carnero enamorado e iró-nico, que vertido sobre su pasado de hombre y poeta, «transfiere —señala de nuevo Siles, compañero suyo de generación— el sentimiento a una nueva instancia de discurso que auna angustia, vivencia y reflexión».
Carnero aborda el fin de siglo como se aborda a sí mismo como sujeto al cumplir el medio siglo de edad material: que aparezcan epígrafes y referencias explícitas a Elton John, Tom Waits, no son más que los guiños irónicos de los ojos azules del poeta, que coloca por ejemplo un verso del Villancico a sus tres hij as del Marqués de Santillana, para encabezar un poema llamado precisamente Villancico en Gaunt Street, donde su propia muerte le sorprende bebiendo en el extremo oscuro de una barra, gordo y con un vendaje sucio en la frente, con los ojos tristes «perdidos para siempre tras el cristal del tiempo».
El drama del poeta está en esa escena, contenida en la tristeza que le produce «la zafiedad de costumbres que […] corrompe el lenguaje y puede dar lugar a una poesía de fin de trayecto y de bancarrota emocional, de obviedad y de reiteración, de simplicidad plana en la que no hay expectativas, ni por lo tanto significado »(Alegría de Náufragos, n° l), en patética identificación con lo que él supone su propia decrepitud y no es sino reacción sanísima y vital, puesto que expresada en orden de creación, de vuelo libre, lo que supone arriesgar una vez más sobre el alambre y sin red (Fly, robín, fly,/up,up to the sky!). Por ello, en uno de los más bellos poemas del libro, «Ojos azules», el poeta propone reiteradamente a su cómplice lector:
Mirad hacia la luz, no miréis hacia adentro. /
Piel blanca, no desoigas la lección de la tierra; /
aprende la piedad que desciende en la lluvia, /
la humedad y el olvido con que arrastra el torrente /
la herida de los cauces y el sello de los pasos.
No recuerdes más peso que el planear del mirlo, /
más calor que el abrazo de la calma del aire, /
más entrega que el Sol al penetrar la nieve: /
olvida en luz, y escucha la lección de la tierra.
Este programa vital llega en un momento muy propicio de reflexión acerca de lo que fue nuestro último medio siglo de poesía, una tarea pendiente aún en España, que sí se ha realizado en los confines de la lengua española, notablemente en México y Argentina: este último gesto irónico que nos brinda Carnero utilizando su propia vicenda personal, invitándonos a una auténtica revolución del lenguaje, rima con la carcajada que ha provocado el cierre de la «doctrina de la experiencia» por quienes fueron algunos de sus principales actores y valedores, descubriendo el «pensamiento insólito» como el nuevo Sinaí que deberán escalar quienes quieran gozar del amor de los mentores de la cultura oficial (de izquierdas, por supuesto).
Mientras tanto, Guillermo Carnero, desde su cátedra de literatura española en la Universidad de Alicante, descubre asombrado hojeando su nuevo libro, que el impagable editor de Tusquets ha publicado Verano Inglés en un bello cuaderno que lleva el siguiente logotipo: «Marginales», e inmediatamente debajo: Nuevos textos sagrados. Y más abajo: Colección dirigida por Antonio Mari. El azar produce esas mágicas trouvailles. En todo caso, ya sabemos a quién hay que dar las gracias por haber publicado y pese a todo, el acta de supervivencia de uno de los grandes poetas españoles de este siglo, el del cuerpo ancho como un río, que ha llegado al brillo breve del desasimiento, un punto de luz fría en la negrura.

Veintiocho años después de la publicación original en inglés se edita en España Frank Capra. El nombre delante del título, la apasionante autobiografía de uno de los grandes directores de la comedia cinematográfica americana. Es éste un género difícil de escritura, en el que han resbalado muchos otros, incapaces de contagiar la elocuencia de las obras o hechos que los convirtieron en personajes públicos; pero también difícil por ser campo abonado para la distorsión —generalmente en beneficio propio— y el arreglo de cuentas.
Este soberbio libro lo disfrutarán no sólo los incondicionales del director sino cualquier cinéfilo que sepa disculpar los ocasionales excesos egocéntricos del autor. No le será difícil hacerlo, pues en sus palabras no encontrará malicia o engreimiento sino una voluntad de ser fiel a la propia historia, una sinceridad que resulta abrumadora al tratar los momentos más amargos de su carrera, en los que se muestra implacable consigo mismo. Al cerrar el libro no es difícil reconocer en Capra al hombre que realizó películas como Vive como quieras, Caballero sin espada o ¡Qué bello es vivir! Tesón, trabajo a destajo, idealismo, confianza en sí mismo, lucha contra las adversidades, equivocaciones, fracasos, encrucijadas, sufrimiento: el lector siente el vínculo entre el hombre y sus filmes, la voz coherente y personal que los alienta. Hay armonía entre el Capra que se presenta en estas páginas y el Capra que se intuye tras sus obras.
Con virtuosismo, el director trasciende las anécdotas y chascarrillos para conducirnos al interior de Hollywood en su época dorada. Con un ritmo sorprendentemente ágil, con la tensión y el entusiasmo propios de un guión escrito con su socio Riskin, Capra demuestra ser un excelente contador de historias y divulgador, pues con él se aprende más de cine que con muchos estudios de teoría cinematográfica. Capra habla con pasión de la naturaleza escurridiza de la comedia y de la risa; de sus relaciones con directores amigos —Wellman, Wyler…— y con las siempre complicadas estrellas; rememora la milagrosa gestación de las películas, tantas veces al borde del colapso en las fases de la producción; desvela secretos, intenciones e ideales que subyacen en sus filmes; transmite los zigzagueantes estados de ánimo que atraviesa; recuerda días de fiesta y otros de inmensa tristeza, como el 23 de agosto de 1938, cuando murió su hijo John, coincidiendo con el preestreno mundial para la prensa de Vive como quieras, seguramente su película más alegre.
La autobiografía se divide en cuatro grandes bloques. El primero abarca desde la llegada de la humilde familia Capra a Estados Unidos en 1903 hasta 1933, cuando Frank es ya un director respetado en la Columbia, el Estudio de su vida. El joven Capra, con empeño, trabajo y suerte se abre paso en el cine mudo. En los años veinte monta películas para Bob Eddy, se forja como escritor de gags en los Estudios de Mack Sennett y dirige a Harry Langdon, uno de los grandes cómicos de la pantomima. En los finales de esta década y comienzos de los treinta conoce a personas que marcan su vida: Lu, su mujer; Myles Connolly, amigo irascible y guía; Robert Riskin, su mano derecha, el guionista con el que formó una de las parejas más creativas de la historia del cine y con quien escribió sus mejores películas.
1934 es un año de inflexión para Capra y para la comedia romántica estadounidense. De la forma más rocambolesca Capra da a luz a Sucedió una noche, la primera screwball comedy, a la que siguen La comedia de la vida, de Howard Hawks, y La cena de los acusados, de W. S. Van Dyke. Las páginas dedicadas a Sucedió una noche son deliciosas, y uno no deja de asombrarse de cómo a partir de unas difíciles condiciones de rodaje y un cúmulo de despropósitos —el «castigo» que la MGM impone a Clark Gable, el rechazo del papel femenino por media comunidad de Hollywood…— surgió una nueva imagen del amor en el cine. Un romanticismo desconocido, recuerdan James Harvey (Romantic Comedy in Hollywood, 1987) y Stanley Cavell (Pursuits of Happiness, 1981), emergía de la relación ruda y nada sentimental de Colbert y Gable, a la vez llena de vitalidad y humor, y alimentada por conversaciones de un ingenio asombroso. Hollywood premió esta comedia —para muchos la mejor de Capra— con los cinco Oscar principales, y entonces apareció el abismo, el miedo al fracaso.
En esta situación sufre una extraña experiencia de conversión que va a marcar un nuevo espíritu en su carrera cinematográfica, espíritu por el que hoy se le recuerda. Capra toma conciencia de sus responsabilidades como cineasta, del poder que supone dirigirse durante dos horas a millones de personas sumidas en la oscuridad de las salas. Nace el capracorn, el director que apuesta por una retórica de la bondad en películas como El secreto de vivir, Vive como quieras, Caballero sin espada, Juan Nadie o ¡Qué bello es vivir! El entretenimiento le parece insuficiente si no comunica ideas. En un estilo directo, efectivo y a veces demasiado explícito, defiende en sus películas la libertad y la rebeldía del individuo frente a las presiones sociales, la vigencia de los buenos sentimientos y del amor al prójimo, el valor de la inocencia y de los ideales, incluidos los políticos: son años en los que los sistemas totalitarios se imponen en Europa, y Capra se convierte en un defensor de la democracia, en una figura eminentemente americana. Las cuestiones sociales e ideológicas pasan a la primera plana y los romances —a pesar de Barbara Stanwyck y Jean Arthur— no volverán a tener el encanto y la magia de Sucedió una noche.
Capra dedica el tercer gran bloque a su trabajo en la II Guerra Mundial. Abandona el bienestar y se alista en el Ejército. Junto a otras figuras de Hollywood, recibe la misión de instruir a los soldados estadounidenses sobre por qué tienen que ir a la guerra de Europa. El resultado es la serie de filmes Why We Fight, uno de los hitos del cine documental. Capra conoce a Roosevelt y a Churchill, y se hace amigo del General Marshall.
En el último apartado, Capra repasa su vuelta a Hollywood. Con la misma firmeza con que ha presentado sus éxitos examina su declive profesional y reconoce sus faltas. 1946 es un año cenital. Los Oscar premian a Wyler por Los mejores años de nuestra vida, en detrimento de ¡Qué bello es vivir!, la película que más apreciaba Capra de las suyas. Wyler y Capra, unidos en la recién nacida Liberty Films junto a George Steven y Sam Briskin para trabajar a la manera antigua —otorgándole al director independencia creativa y la responsabilidad principal de los proyectos—, demostraban que los «veteranos» tenían todavía muchas cosas que decir.
Sin embargo, los días de éxito estaban contados para Capra. Su primer error, dados los problemas económicos de la nueva compañía, consistió en forzar a sus socios a vender Liberty Films a la Paramount, intercambiando seguridad por independencia. Este hecho resultó especialmente penoso para Capra, quien siempre había reivindicado la importancia de la autoría —su lema, «un hombre, un filme»—, y había conseguido por primera vez que un Estudio pusiera «el nombre [del director] delante del título», en 1936, en los créditos de El secreto de vivir. En la Paramount, realiza un par de películas sin el «toque Capra» para lucimiento de Bing Crosby: Lo quiso la suerte y Aquí viene el novio. Traicionado a sí mismo, abandona Hollywood para disfrutar con la realización de películas de divulgación científica para la televisión. Pero el gusanillo del cine sigue vivo en él, y vuelve con un éxito relativo, Millonario de ilusiones. Sin embargo, Capra acusa el peso de los años, se desespera con el egocentrismo quisquilloso y la voracidad de dinero de las estrellas (las nuevas figuras decisivas en el sistema de producción) , y desaprueba el tono oscuro que adoptan un buen número de películas de los cincuenta. En su última película, Un gángster para un milagro, de 1961, tropieza en la misma piedra y, a cambio de un suculento contrato, cede el control del filme ante un caprichoso Glenn Ford. Por primera vez Capra fracasa comercialmente y se rompe la conexión que ha mantenido con los espectadores a lo largo de cuatro décadas. Para él, la razón es obvia: es el precio de la venta de su integridad artística. Capra buscará una película de despedida que le permita resarcirse y abandonar el cine con un grato sabor de boca. Pero tras varios proyectos frustrados, y después de ser «mareado» en la Columbia, el Estudio que se hizo grande gracias a él, desistirá.
A pesar de este sinsabor final, el tiempo ha mantenido a Frank Capra como uno de los directores más apreciados y respetados del periodo más brillante de la comedia americana. Aunque parte de la crítica se ha ensañado con él, acusándole entre otras cosas de simplismo, de hacer chantaje emocional o de ser un fascista encubierto, el espectador sin prejuicios sigue reconociendo la validez de sus ideales, la belleza de un mundo imaginado—ciertamente inalcanzable— en el que los hombres son más inocentes, ingenuos e infantiles y, también, algo más bobos.
Antes de que se nos reprochen presencias ajenas, destaquémoslas nosotros. Podrían ser tres, aunque sea necesario advertir que, por edad y por inicios, esos tres excluidos pertenecen de pleno derecho a ese club selecto y que sólo más tarde se dieron de baja. En primer lugar, Zimmermann, que es puente de las tendencias nuevas para la Alemania que había permanecido aislada debido a un régimen totalitario y criminal: es el profeta de una vanguardia ajena al grupo de los vanguardistas, autor, sin embargo, de obras que hacen palidecer de envidia a éstos. También Henze, que desde muy pronto se separa de esas sensibilidades y se convierte en un clasicista, es más, en un ecléctico, lo que hace treinta años era un insulto y ahora empieza a considerarse el colmo de la sabiduría; él es el gran operista de la generación, y uno de los mayores operistas del siglo (veinte, desde luego). Y, en fin, el japonés Takemitsu, tan empeñado en usar acordes tonales, modalismos y biensonancias, tan cerca de Debussy y tan lejos de Darmstadt, con una poética sonora que trasparece en los sugerentes títulos de sus obras.
Pero ni uno más. Los otros ocho sí son del club, de pleno derecho. Incluso faltan algunos, como Mauricio Kagel o Iannis Xenakis. A esos ocho no se les puede negar la entrada, porque entre todos ellos han creado, no un lenguaje, sino una tendencia imparable, han abierto unos caminos y creado unas conciencias sonoras antes desconocidas, han sido sugerentes y dinamizadores muy a menudo, aunque hayan hecho posible el mimetismo y el camelo otras tantas. Pero no se juzga al maestro por sus malos discípulos, sino por los pocos que le han hecho sombra. Y ahí es preciso señalar una gran debilidad de esta generación: nadie ha terminado con ellos. Ahí siguen, mandando muchísimo, como dicen los castizos y los taurinos, faro y referencia de la música de toda la mitad de un siglo, cuando se acercan a los ochenta años de edad (los fallecidos Zimmermann y Maderna ya los habrían cumplido) sin que nadie los haya destronado, superado, relativizado. Han ejercido una auténtica dictadura ilustrada, tan potenciadora como excluyente. Han enriquecido nuestra dimensión sonora, al tiempo que han amortiguado o silenciado discrepancias durante mucho tiempo. La reacción actual de compositores como Taverner, Glass o Grippe, y otra pobrezas por el estilo, tal vez se alimente de la animosidad despertada por su suficiencia. Es posible que en este momento no corran los mejores tiempos para aquella lírica. Si en 1950 alguien tenía que atreverse a dar el paso de la vanguardia, en el año 2000 alguien va a atreverse a decir que el rey está desnudo.
La aparición o reedición de unos cuantos CD de todos ellos será pretexto para acercarnos a los once con perspectiva. Entre los discos, es protagonista la Edición Ligeti de Sony, ocho volúmenes de muy alto nivel. A su sombra se colocan los demás, con menos cantidad pero no menor dignidad. Sirven estos discos para acceder a la estética de cada uno de estos compositores, unas veces de manera muy significativa (Zimmermann, Ligeti, Kurtág, Boulez, Berio, Takemitsu, Henze), otras con significación parcial pero innegable (Stockhausen); en otras ocasiones sería necesario acudir a discos paralelos que den una visión más amplia del compositor (Maderna, Nono, Cerha). Renunciamos a calificar las interpretaciones, que se suponen siempre buenas o excelentes. Agradezcamos a sus intérpretes que defiendan la música de su tiempo.
RUPTURAS
La vanguardia surge después de la Segunda Gran Guerra, en medio de cierto optimismo, con un deseo de romper con el pasado que a menudo tiene que ver con la política: en efecto, algunos de estos compositores se declaran de izquierda, en especial los italianos, todos ellos cercanos al Partido Comunista. Pero no surgen de la nada, vienen de una época que también buscó lo nuevo. Es la nuestra, la que administra lo viejo, mejor o peor, la que ha roto con esa tradición rupturista tan del siglo XX.
La radio será la plataforma de lanzamiento, en especial las radios alemanas e italianas; las radios de los países que fueron fascistas ahora se ponen al día a velocidad vertiginosa y con gran ahínco. También serán buenas plataformas festivales como el de Donaueschingen o los encuentros de Darmstadt. Algunos de estos compositores serán excelentes intérpretes. Así, Cerha y su grupo Die Reihe; Boulez y su carrera internacional, que le ha convertido en gran director de clásicos del siglo como Debussy, Ravel, Stravinski, los Vieneses, Várese y algunos de sus compañeros de generación. Esa carrera podía haber sido la de Maderna, espléndido director de orquesta, si la muerte no se lo hubiera llevado tan pronto.
Hoy, la vanguardia ya no es lo que era. Y no sólo por ellos, por sus artífices, sino porque hace mucho que pasó el tiempo de los reaccionarios que se oponían de manera manifiesta a cualquier novedad. ¡Cuánto los echan de menos algunos! Lo que hizo la vanguardia, sobre todo, fue atreverse. Y muy pronto invitó y hasta obligó a muchos a atreverse a su vez: muchos recordarán la época en la que era obligatorio ser «modernísimo»; aún vivimos sus secuelas. Pero, después del atreverse, vino el reinado indiscutido. Hasta la imposición, en ocasiones, de productos que tienen más que ver con el ingenio que con el arte (José Antonio Marina lo trató muy bien para las artes plásticas). Con todo, en rigor, el concepto de arte cambia por completo, como cambia la relación con el público, en las obras que componen los vanguardistas.
CONTRA EL ROMANTICISMO
Hay un elemento, un impulso, que este grupo generacional comparte con casi todo lo que ha supuesto renovación en el siglo XX. De ahí tal vez la inicial relación de amor-enemistad con el expresionismo de los vieneses, en especial con Berg y Schoenberg (por considerarse el expresionismo como una supervivencia del Romanticismo), pero no con Webern, que era el puro, el mártir, el profeta de todos ellos. Se trata del odio declarado y militante contra todo lo que recuerde a romántico.
El Romanticismo ha sido tan constante en música, ha durado tanto tiempo (al contrario que en otras artes), que el siglo XX se divide en escuelas o tendencias que se declaran, con casi total unanimidad, antirrománticas: clásicos, vanguardistas, nuevos nacionalistas, los Seis… no importa. El Romanticismo iba a permanecer por otros medios, porque iba a seguir siendo el rey de las salas de conciertos. El camino de la objetividad, del rigor, la lucha contra lo subjetivo, no terminaba nunca. Y como los viejos no habían conseguido borrarlo del mapa de las sensibilidades creativas y, sobre todo, receptivas, la vanguardia de posguerra recogía el mismo guante que un Stravinski, un Ravel, un Poulenc, pero con otros procedimientos y otra actitud mucho más polémica.
De todas maneras, la obra de Boulez y de esa generación —al margen de tempranas conversiones clasicistas, como la de Henze— tiene un sello indeleble para el gran público: su dificultad, incluso su inaccesibilidad. Se nos objetará: ¿es que acaso es accesible para ese público una sinfonía de Mendelssohn? Y, mal que les pese, habría que responder: en cierto modo, sí. A no ser que la música sea sólo para gentes con estudios avanzados de armonía, contrapunto y composición. No es lícito acusar siempre de lo mismo al mismo chivo expiatorio: «lo que les gusta de Mendelssohn es la adormecedora melodía, lo alienante, y por eso reaccionan con severidad, escándalo y hasta agresividad frente a cualquier novedad». Con esto, el músico mediano tiene ya su coartada: «no me comprenden, no quieren comprenderme». Frente a ello, ahí está la durísima acusación de Harnoncourt, que es cualquier cosa menos un músico complaciente: el público del siglo XX se ha volcado hacia las músicas del pasado por la ausencia de creatividad de la de su tiempo (¡!).
OPERA APERTA
Mas, si hay algo que se opone radicalmente a una organización rígida y totalmente predeterminada de una creación estética, es el concepto de obra abierta, acuñado por Umberto Eco en los felices años milaneses. Todos estos compositores, unos más y otros menos, unos a menudo y otros casi nunca, se sentirán llamados por la obra en permanente revisión. Sobre todo dos, Boulez y Berio. Pero en Boulez no hay aleatoriedad en ese carácter abierto, sino otra cosa. Lo aleatorio fue un moda que dejó poco tras de sí, pese a su loable afán antidogmático. Lo que hace Boulez es volver una y otra vez sobre esas obras, las modifica, las reorganiza, las aumenta, las integra en otras… Todo ello en un proceso que puede durar años, que siempre es fértil y nunca gratuito. Algunas de esas obras siguen abiertas todavía, y así lo previene el propio compositor. Por ejemplo, Eclat-Multiples; o ese grandioso monumento, Répons, que pudimos ver-oír, que nos rodeó, en el Palacio de los Deportes de Madrid, durante el Festival de Otoño de 1992, y que se ofrece en uno de los discos que relacionamos aquí.
SCHOENBERG HA MUERTO
Cuando, un año después de morir Schoenberg, Boulez escribe el artículo «Schoenberg ha muerto» a sus veintisiete años (1952), no se trata sólo de la boutade de un niño terrible, sino del intento de reconocer al maestro su deuda y aplicar más allá de lo que él mismo hubiera imaginado su principio de la variación a ultranza que late en el serialismo. Es uno de los textos que ayudan a comprender el surgimiento del serialismo integral. Y, en ese sentido, es un manifiesto. La generalización del concepto de serie, con su repugnancia por la repetición y con su rigorismo organizativo, se dará en todos los elementos, horizontales, verticales, rítmicos, armónicos, tímbricos, del discurso sonoro. Tal vez no fue capaz Schoenberg de ser lo bastante schoenbergiano. Ironías aparte, para Boulez era necesario realizar esa crítica, esa condena, esa revisión. Ahora bien, ni Boulez ni esos otros nombres podían pretender que la integralidad de lo serial convirtiese en compositor a quien no podía serlo. El propio Boulez, en una conferencia pronunciada en Darmstadt en 1957 (el año de la Sonata nº 3, cuando ya está embarcado en la segunda serie de Estructuras, así como en las Improvisaciones mallarmeanas que conducirán a Pli selon Pli), declaraba su desconfianza ante determinados expedientes de sus colegas, como el azar, lo aleatorio, en tanto que posible coartada, fácil abdicación.
MANTRA, UN TROCITO DE STOCKHAUSEN
Stockhausen ha tenido demasiado importancia en esta generación vanguardista para reducirlo sólo a esta obra, pese al enorme interés de la misma. Sin Stockhausen no existirían algunos de los relacionados aquí, o serían muy distintos. Sin Stockhausen no habría tal vez vanguardia, y esta exageración (lo es) es algo más que una licencia poética o una hipérbole. El es la música electroacústica y la consecución de nuevos sonidos (como los sinusoidales), él es la destrucción de la ópera mediante óperas que duran siete días (Licht), él es la radio puesta al servicio de la vanguardia, él es el serialismo integral, él es la simultaineidad (Gruppen) y la momentalidad (de Momente, su obra para orquesta en la que cada instante se pretende significante y diferenciado), él es alea o la aleatoriedad, él es la invención de instrumentos y la corrección de los antiguos, él es el espiritualismo oriental aplicado a la estética de los sonidos. .. Pero será mejor referirse sólo a Mantra, la obra que incluye el CD que comentamos.
Mantra cumple ahora treinta años. La estrenaron los hermanos Kontarsky en Donaueschingen. Es obra ya clásica, de una vanguardia que no tendría por qué desconcertarnos. Como tantas obras de su autor, vale más por sí misma que por lo que supuestamente enseñó a hacer a otros, aparentemente miméticos. Compuesta para dos pianos con elementos percutivos al alcance de ambos e importante disposición electroacústica, Mantra es una de las grandes experiencias para piano de la vanguardia. Los pianos, reforzados por percusión y electrónica, consiguen unas sonoridades bellas, fascinantes, que, no es preciso insistir en ello, nada tienen que ver con la tradición pianística anterior. Al contrario, es la época en la que se desdeñan los valores burgueses o imperialistas o aristócratas que arrastran consigo los instrumentos tradicionales. Unas veces se los maltrata. Otras, como en este caso, se los corrige.
Mantra: fórmula mágica que sirve para la concentración.
Mantra: fórmula mágica que consigue la materialización de una divinidad concreta.
Dos aspectos de lo mismo, pues la divinidad puede aparecérsenos ahí fuera o aquí dentro (de uno mismo). Igual sucede con esta obra de Stockhausen, donde una fórmula se repite con variantes, en anillo o derecha como un huso. Esa repetición es como una letanía. «Haré, Haré Krishna» es un mantra cuya repetición pretende aquello: valga como orientación. Mantra, de Stockhausen, es una repetición en trece episodios a los que hay que añadir, antes, una Introducción y tema; y, después, una Compresión y una Coda con repetición del tema. Y, desde luego, no se trata de variaciones. Es una obra de amplio aliento, de una hora de duración, escrita de principio a fin (en una época en que el elemento aleatorio o ad libitum era importante en las creaciones de Stockhausen y sus colegas de generación).
BOULEZ: HIPÓTESIS PARA RÉPONS
La voz de la contralto era la referencia última de Le marteau sans maître, composición de cámara cuyo discurso propicia el contraste de los timbres (unas veces), o su complementariedad, en la secuencia pequeña y, por qué no, chocante, de instrumentos para ella dispuestos. Los poemas de René Char no tienen aquí significado por su texto, sino que lo adquieren por la sonoridad creada a partir de ellos (lo cual no es ni mucho menos una traición).
Pli selon Pli lleva mucho más allá el intento de Le marteau sans maitre. Lo sonoro de la lírica de Mallarmé halla un lógico contrapunto en Pli selon Pli, en la que el compositor parece pretender, con los sonidos, algo semejante a lo logrado por Mallarmé con las palabras. Si había que traducir los poemasmúsica a sonidos, no bastaba con la técnica tradicional. Había que potenciar el elemento tímbrico y los contrastes y sugerencias de la poética de Mallarmé, el oscuro. Pero el resultado es de una racionalidad y una claridad que podrían considerarse equivalentes de la originalidad conseguida por los poemas. No se trata de fidelidad a lo escrito, sino a los sonidos que de lo escrito se derivan. Es lo que hará Nono en muchas obras; por ejemplo, en La fabbrica iluminata. Boulez lo justificaba plenamente: «En lo que se refiere a la real comprensión del poema en su transcripción musical, ¿hasta qué punto esto le compromete a uno ? ¿Hasta dónde se debe considerar? Mi idea es que no hay que restringirse a la comprensión inmediata, que es sólo una de las formas (¿acaso la menos rica?) de transmutación del poema». El poema hay que leerlo, hay que conocerlo mediante la experiencia literaria, pero su discurso va a la búsqueda de otra dimensión, y en él unas veces domina el propio texto y otras su musicalidad.
Eclat, obra camerística de 1965, estaba destinada a quince instrumentistas: un piano, una celesta, arpa, violin, viola, flauta en sol, corno inglés, trompeta, trombón, y seis percusiones, o instrumentos tratados de manera percutiva: vibráfono, glockenspiel, címbalon, campanas tubulares, mandolina y guitarra. Los timbres boulezianos se forman aquí a partir del encuentro entre solistas de fugaz, rápido discurso —piano, vibráfono, glockenspiel, mandolina, guitarra—, y una especie de ripieno de los demás instrumentos, que configuran un fondo sostenido sobre el que se dibujan las nerviosas intervenciones de aquéllos. Las intervenciones de los solistas no se atienen a la libertad de lo aleatorio, pero el compositor les concede una importante libertad vigilada, y esa libertad contribuye, cada vez, al resultado sonoro, que no siempre será el mismo. Esta obra pasó a ser, cinco años después de su estreno, la primera parte de una secuencia más amplia, anunciándose la segunda con sutileza en determinado y avanzado momento de su desenvolvimiento. Esta secuencia más amplia se denomina Eclat-Multiples. Pero la cosa promete, porque Boulez nos ha dejado muy claro que ese segundo volet, Multiples, es obra pieza inconclusa.
Boulez se volvió tarde hacia algo de lo que había desconfiado antes: la elaboración electrónica de sonidos, o mejor, la manipulación electrónica de sonidos en vivo, no de reproducciones sonoras. Y así, con los medios del IRCAM, el buenísimo hacer del Ensemble InterContemporain (ambos creados por él) y el prestigio de este director-artista, pudo surgir Répons, también obra abierta, un monumento sonoro que sin duda figurará entre las grandes aportaciones artísticas de este fin de siglo.
Hay que recomendar la escucha de Répons, aunque seamos conscientes de que la auténtica escucha se da en vivo, rodeados de aquellos instrumentos amplificados, de aquellas tímbricas luminosas unas veces y espectrales otras, inmersos en una espacialidad de la que formamos parte y en la que escuchar es poco menos que orar. Nos rodean los altavoces, formamos parte de un público dividido frente a instrumentos y conjunto, o al lado de ellos, o tras ellos, todo a la vez. Hay seis solistas (piano, arpa, piano y sintetizador, vibráfono, glockenspiel, címbalon), un conjunto instrumental de veinticuatro músicos (maderas por dos, metales por dos, con una sola tuba, cuerda) y un sistema electroacústico con ordenador que analiza, transforma y espacializa los sonidos, más seis altavoces.
Por mucho que Répons quiera decir responso y se refiera al canto llano, aquí estamos en otro planeta; curiosamente, un planeta más comunicativo que el del radicalismo intratable de los buenos años de la vanguardia.
BERIO: LA EXPERIENCIA DE LAS SEQUENZE
Una de las experiencias más importantes de la vanguardia ha sido la de llevar los instrumentos tradicionales al extremo de sus posibilidades, a menudo en forma de recitales para solista o poco más. El año pasado, Stockhausen volvió a sorprendernos, en persona y con su familia, con tres recitales en el Auditorio Nacional, en los que había obras de este tipo, como Obberlippentanz (Danza del labio superior, 1984), para trompeta, escrita para su hijo Markus y procedente de su ópera Samstag aus Licht, donde era una danza de Lucifer. El CD de Boulez que se recoge en el recuadro contiene una obra de estas características, Dialogue de l’ombre double, para clarinete solo.
Este tratamiento ultraísta de los instrumentos ha sido habitual en los vanguardistas o asimilados, pero quien lo ha llevado a cabo de manera permanente y sistemática ha sido el ligur Luciano Berio, con su amplia serie de Sequenze. El triple CD que comentamos incluye esas Sequenze, que son para flauta, arpa, voz femenina, piano, trombón, viola, oboe, violín, clarinete, trompeta en do y resonancia pianística, guitarra, fagot y acordeón (de la I a la XIII, 1958-1995), más una IXb para saxo contralto, que es equivalente de la IX, para clarinete. «.. .Estas piezas —escribe el propio Berio— están construidas casi siempre a partir de una secuencia de campos armónicos de la que se derivan, con un máximo de caracterización, las demás funciones musicales Casi todas las Sequenze, en efecto, tienen en común la intención de precisar y desarrollar melódicamente un discurso esencialmente armónico y de sugerir, sobre todo en el caso de los instrumentos monódicos (flauta, trombón, oboe, clarinete y saxo contralto, trompa, fagot), una escucha de tipo polifónico, basada en parte en la rápida transición entre caracteres diferentes y en su interacción simultánea…».
Berio no fuerza el instrumento, no lo corrige apenas, no lo niega. No le pide que sea lo que no es; no es John Cage. Pero lo lleva en busca de ámbitos sonoros inesperados, inauditos. La descomposición, concepto muy adecuado para la estética de Berio, es aplicable a los discursos deconstruidos de las Sequenze, como lo es el de obra abierta. La escucha de éstas es, en ese sentido, un resumen no sólo de la biografía artística de Berio, sino una sugerencia de por dónde ha ido la generación vanguardista desde los años de búsqueda hasta los de repliegue (¿puede replegarse una vanguardia sin menoscabo?; mas, ¿puede mantenerse siempre una posición de vanguardia, como si esto fuera una guerra?), pasando por los años gloriosos, que fueron muchos.
Destaquemos la Sequenza III, para voz, dedicada a Cathy Berberian, la soprano estadounidense de origen armenio que fue esposa de Berio y musa de los músicos italianos de esa generación. Berio ha compuesto mucho para la voz (y para la voz de Cathy), en obras como ésta o como Recital I for Cathy, Folk Songs, Circles y otras muchas, hasta llegar a óperas como La vera storia, Un re in ascolto, Outis; también a la obra coral Coro (1976), resumen vocal de muchas búsquedas, cuando ya es época de un primer repliegue.
HENZE Y LA ÓPERA
Berg fue, de los Vieneses, el que administró el pasado. Henze cumple ese cometido en esta generación tan propicia a dar saltos en el vacío histórico-artístico (aunque con red). Alguien tenía que hacerlo. Gracias a eso, Henze consigue una serie de dramas muy bellos en los que se administra el patrimonio acumulado en la música del siglo XX, sobre todo en la ópera. De ahí que se le llame ecléctico, calificativo que él asume y que ha defendido en todas partes, y aquí mismo, en España, con motivo del estreno de Basáridas en el Teatro Real.
Basáridas parte de Bacantes, de Eurípides, y es una sugestiva historia que no se agota en la lucha por el poder o la corrupción del poder, sino que tiene un misterio; felizmente, Henze y sus dos espléndidos libretistas (Auden y Kallman, los de Stravinski para The Rake’s Progress) no nos explican el enigma, sino que lo plantean. La música es, en sus procedimientos, suma, y sus resultados multiplicación de los hallazgos del siglo: la inclusión de la orquesta sinfónica en el foso, a la manera de Strauss más que de Wagner, convertida en un personaje esencial, como quisieron Janácek, Berg o Shostakovich, entre otros; la suspensión de la tonalidad, como quería el maestro Schoenberg; el recitativo-cantabile permanente, sin solución de continuidad, sin números separables, con intención de continuidad en la secuencia dramática, lo que supone un plus de teatralidad casi desconocido para el siglo XIX; la presencia, a pesar de todo, de guiños o incluso componentes clasicistas: después de todo, el siglo XX es no sólo el siglo de Schoenberg y los serialistas, sino también el de Stravinski y los clasicistas, un clasicismo que cambia de signo entre Hindemith y Martinu, entre Ravel y Hartmann, entre Prokofiev y Poulenc, pero que siempre tiene in mente el pasado como modelo, el XVIII como culminación e ideal, la historia como salvaguardia frente al naufragio. Henze, además de operista prolífico, ha compuesto hasta el momento nueve sinfonías, y creemos que la Décima debe de estar a punto. En fin, recomiendo al lector que no se pierda estos Basáridas.
ZIMMERMANN Y LA SIMULTANEIDAD
Pero si Henze es un gran operista, Zimmermann compuso una de las óperas más grandes de nuestro siglo, Soldados (Soldaten), en la que su tendencia a la expresividad violenta y su exigencia ética e intelectual rigurosísima cristalizó de manera magistral. Soldados es una de las grandes obras maestras del simultaneísmo o pluralismo del compositor, con aparición de elementos visuales y sonoros simultáneos, la propuesta de varios focos de atención, la superposición de situaciones, escenas y personajes, el uso de instrumentos, voces y sonidos electrónicos o pregrabados.
La otra gran obra de Zimmermann en este mismo sentido es Requiem por un joven poeta, anterior a su última composición, Ecklesiastische Aktion, concluida pocos días antes de su suicidio, en 1970. Los procedimientos del Requiem no eran revolucionarios, pero su terrible combinación abrió unas perspectivas desconocidas hasta el momento. 1969 no es un año en el que los elementos sonoros grabados previamente sean un secreto; ya se han conocido muchas experiencias de música concreta y la propia vanguardia ha manipulado sonidos electrónicamente (Nono, Berio, Maderna, Stockhausen…). El secreto del Requiem es el mismo de la ópera Soldados: la aplicación del concepto de Klang-Pluralismus a unos dispositivos en vivo combinados con registros previos.
Hay aquí tres coros, una gran orquesta sinfónica, un dispositivo instrumental, vocal y de actores, todos ellos de carácter solista, y una serie de altavoces que reproducen registros de todo tipo: discursos de personajes históricos, grabaciones de ambiente, documentos sonoros, música pop, recitales de textos de poetas (algunos de los cuales bien pudieran ser el poeta que invoca el título de la obra). A menudo, todo ello suena al mismo tiempo, simultáneamente (el concepto de Klang-Pluralismus procede de otro concepto muy cercano, el de simultaneidad del tiempo), de una manera que permite desgajarse otro concepto, paralelo y también fraterno, el de collage. Esta obra ha sido compuesta por un artista y un hombre con unas convicciones éticas, políticas y religiosas determinadas, pero también es la obra de un hombre de radio, de un conocedor de la combinatoria de los meros sonidos. El Requiem, basado en esa ideología sonora, en esa mezcolanza, propone una especie de brutal resumen de buena parte de la historia de un siglo. Los efectivos están acumulados, y se hace uso de ellos con propósito dramático. Su sonoridad constituye una masa de sentidos, una especie de arma que percibimos como dirigida a nosotros. Se nos arroja ese arma sonora como se nos pudiera arrojar una piedra, o mejor, una verdad dolorosa. Lo que escuchamos es hermoso y es doloroso, pero es sólo una imagen de la auténtica obra. Habría que escucharla en una amplia sala sinfónica donde quepan todos los efectivos, altavoces incluidos. Una escucha estéreo es sólo un consuelo, porque disminuye el grado de pluralismo, de simultaneidad. Aún así, es emocionante escuchar esta obra cuyo atrevimiento formal y ético fue más allá de la vanguardia.
SENSUALIDADES DE TAKEMITSU
Toru Takemitsu es el equivalente japonés de los compositores europeos de vanguardia poco mayores que él. Sin embargo, aunque Takemitsu no ignoraba la tradición europea, ésta no formó parte esencial de su formación y, en consecuencia, tampoco de su ruptura con el pasado. Takemitsu permaneció fiel a la tradición japonesa, y la trascendió. Creó así poco a poco unas sonoridades que resultaban adecuadas también para la mentalidad occidental.
En él, el uso de instrumentos tradicionales japoneses es compatible con la creación de un mundo sonoro propio, en el que se da una experimentación constante y una gran libertad formal. Esto hacía imposible el rigorismo y el ascetismo que a menudo se da en las obras vanguardistas de sus contemporáneos del viejo continente. Las sonoridades sensualistas, lujuriosas, manifiestamente poéticas de las obras del CD que reseñamos (una auténtica marca de fábrica del compositor) son buena muestra de ello. Los títulos de sus obras dan idea del mundo que pretende sugerir el compositor (sugerir, no describir ni evocar); ya son bastante sugerentes los de este CD, pero mencionemos otras obras suyas: Les yeux clos (piano), Rain Tree (piano), Between tides (violín, cello y piano), Landscape I (cuarteto de cuerda), Distance de fée (violín y piano), Rocking Mirror Daybreak (dúo de violines), A Way a Lone (cuarteto de cuerda), A Flock Descends into the Pentagonal Garden (orquesta), Dreamtime (orquesta), November Steps (orquesta), An Autumn Ode (orquesta)…
La música de Takemitsu inquieta en su aparente sosiego, en su insistencia en las gamas dinámicas inferiores, en sus notas tenidas, en su no tonalidad basada sin embargo en acordes tradicionales, en su insinuación de serenidad desolada, en la profundidad de sus sugerencias a partir de una gramática siempre fiel así misma. El mismo mundo reconocible e inimitable, semejantes silencios, ausencia de explosiones.
El universo sonoro de Takemitsu es distinto al de sus coetáneos y, sin embargo, se integra perfectamente junto al de ellos. Takemitsu no teme que sus obras gusten al público, que le despierten imágenes y fantasías. Éstas provienen a menudo de la propia fantasía del músico al componerlas. No en vano Debussy es uno de sus ídolos, o mejor dicho, uno de los músicos con cuya obra dialoga de manera casi permanente, como puede advertirse en este disco. La orquesta de Takemitsu es diáfana e incandescente, como la de Debussy. Sus motivos surgen inagotables, no para quedarse, sino para, en su transitar, constituir una secuencia que es una historia. Y Debussy no era descriptivo ni programático: la imagen en forma de palabra venía después de la composición. Pero desconfiemos de aquellos biensonantes actuales que le reclaman como uno de los suyos. Este CD, en fin, incluye obras de la última década en que vivió el compositor, y en cierto modo constituye un legado, además de una declaración de principios estéticos.
NUEVE DISCOS PARA LIGETI
Ligeti se pasa a Alemania después de la invasión de Hungría, y se convierte a la electroacústica de repente, como si no le pesara su carga bartókiana, o como si ésta le permitiera abrirse a todos los mundos. Tiene treinta y cuatro años y conoce a Stockhausen en la radio de Colonia. La radio y Stockhausen son un dúo inseparable ya. Por él entra en contacto con una generación, la suya. Por los álbumes de la Edición Ligeti del sello SONY circulan todos los Ligeti. Y es que hay al menos tres Ligeti: el que se forma en Hungría y no puede escribir todo lo que desea ni tiene contacto con el exterior; el que se descubre a sí mismo desde 1957, gracias a su contacto con la vanguardia europea y la música electrónica; y el posterior a un largo silencio que dura desde finales de los setenta hasta entrados los ochenta. El aprendiz, el vanguardista y el inclasificable (posmoderno, neoconsonante, neoexpresivo…). Pero ni el propio Ligeti puede negar que el segundo es el que ha impuesto a los otros dos.
Compárense las obras de diferentes épocas dentro de algunos discos: por ejemplo, en el vol. 7, el radicalismo de las Diez piezas para quinteto de viento de 1968 con los pequeños atrevimientos juveniles de las Seis bagatelas para quinteto de viento de 1953 o el posmodernismo rico en acordes tonales o en disonancias no emancipadas (impensable en los años sesenta y casi todos los setenta) del Trío para violín, trompa y piano de 1982. Hemos pasado de la timidez del compositor de la Hungría staliniana de 1953 a la vigencia de la vanguardia, para asistir después a la crisis y negación (¿superación?) de ésta.
Lo mismo en el vol. 1: el bartókiano, pero muy atrevido Cuarteto l de 1954, frente al radical y micropolifónico Cuarteto 2, contemporáneo de las Diez piezas de 1968. Ojo al concepto de micropolifonía en Ligeti: abarca mucho, en plena época heroica, y consiste en pequeñas unidades con sentido que aportan superior sentido a una unidad mayor.
El vol. 3, dedicado al piano solo, propone el origen (Hungría, 19511953: Música ricercata, once piezas, seis de las cuales se convirtieron en las Bagatelas para viento ya mencionadas) y el paisaje posterior a la batalla (1985-1995: Libros I y II de Estudios y una de las piezas del III; total: 15 piezas). El vol. 4 propone la misma alternativa que el 3: un buen puñado de coros de 1946-1953, del joven enamorado de Bartók; y dos series de tres de 1982-1983: el contraste interno de cada uno de estos CD suele atenuarse. El otro CD vocal (vol. 4) está protagonizado, en cambio, por la época de vanguardia (las decisivas Aventures y Nouvelles Aventures de 1962-1965, la época del Requiem, obra que todavía no está en la Edición de Sony) y por la postmoderna (Nórnense Madrigals (1988-1993), entre otras, con un pequeño cierre juvenil (Cuatro danzas nupciales ultrabartókianas de 1947)
Atención a esa ópera llena de vulgaridades, groserías, parodias, guiños, citas, atención a El gran Macabro, basada en Ghelderode (el de Ensor y Brueghel, el de las medievales danzas de la muerte y una variante del moderno esperpento, pero con elementos de la vieja novela griega, como los amantes ajenos a la realidad y metidos en tumbas), que ya cuenta con dos grabaciones. ¿Es el Macabro producto de la plena modernidad vanguardista? Sí, y no. Sí: sin obras como Aventures y Nouvelles aventures no habría Macabro. No: sin una distancia temporal considerable y, sin un cierto desarrollo de la crisis que llevará al silencio de finales de los setenta, el Macabro habría sido algo muy distinto. El Macabro es vanguardia de alguien que está a punto de abandonar tan avanzadas posiciones bélicas. Lo post está larvado. Ya se manifestará. ¿No es el teatro —libreto, argumento, personajes, canto, público— una manera de renunciar a la pureza de las vigencias de Darmstadt y regresar a cierto orden (esto es, a la realidad) para no naufragar el compositor en las mismas aguas profundas que sus viejas ideas? Esta ópera tiene mucho de gran manifiesto de una generación y una época, aunque sólo la firme un artista. Ahí están Ubu, Punch and Judy, el esperpento, el absurdo, la crueldad, la farsa flamenca, la distorsión de raíz expresionista, aunque de derroteros ya lejanos. Es un collage polifónico, y es el atrevimiento de quien perteneció a esa vanguardia que lo que hizo, sobre todo, fue atreverse. La Edición Ligeti es una buena oportunidad para conocer esa vanguardia.
RETRATO DE KURTÁG
György Kurtág nació en la Transilvania cedida a Rumania por el Tratado de Trianon, pero se convirtió en ciudadano húngaro en 1946. Así, su aprendizaje se benefició de la excelente escuela húngara, cuando todavía estaba allí Zoltán Kodály. Amplió estudios en París con Milhaud y Messiaen, y tardíamente en Berlín. También fue responsable de la enseñanza de varias generaciones de instrumentistas húngaros en la Academia de Música de Budapest, hasta su jubilación en 1986. Es decir, Kurtág no se marchó de aquella parte del telón, al contrario que su compatriota Ligeti, sino que simultaneó estancias y domicilios.
Bartók es su primera referencia inevitable, como ocurre en Ligeti, pero en Francia, en el Domaine Musical de Boulez, descubrió el serialismo y la vanguardia. Compuso poco, y en los años setenta era sólo conocido por un pequeño grupo de profesionales en Hungría, Francia y Alemania. Entre ellos estaba Ligeti, con quien trabajó desde muy pronto. Kurtág utiliza procedimientos de vanguardia, y al mismo tiempo es un clásico, acude al pasado, un pasado vivificador, no muerto: Bach, Monteverdi, y también un clásico cercano como Webern. El doble CD que reseñamos es un homenaje a un músico que ha sabido estar callado mucho tiempo y que adquirió más bien tarde una fresca madurez. Nos referiremos a algunas de las obras que incluye el álbum, entre otras que retratan todo un recorrido estético de gran exigencia.
Los Juegos (Játékok) para piano, diez de los cuales están presentes en el álbum, son fruto de la labor pedagógica de Kurtág: por ejemplo, a partir de Bach, con un componente estético y un cometido pedagógico, una combinación audaz de sonidos y una oportunidad de aprendizaje para el instrumentista.
Un importante experimento del compositor fue la música compuesta para el texto de Comment diré, de Samuel Beckett, titulada What ist the word (1991), que existe en dos versiones, una para voz recitada, voz de soprano y pequeño conjunto vocal femenino con acompañamiento pianístico (preferiblemente, piano vertical), y otra orquestal (aquí escuchamos la primera). What ist the word está dedicado a la actriz Ildikó Monyók, que perdió la voz en un accidente; la obra es el retrato de un doloroso reaprendizaje con balbuceos, gemidos, gritos y onomatopeyas, retrato de un camino cargado de sufrimiento.
La breve Lápida para Stepan (1989) es obra para conjunto dividido, al modo de uno de los modelos de Kurtág, la obra Gruppen, de Stockhausen. El conjunto es muy especial: una guitarra solista, percusión de todo tipo, teclados, pitos de árbitro de fútbol, sirenas, maderas, metales, cuerda grave. Es un auténtico Requiem que tal vez busque el extrañamiento de los elementos lúgubres, aunque no los evita, sino que los transforma.
Más breve aún es otra misa funeraria, el Requiem po drugu, de 1987, para soprano y piano, cuatro miniaturas de densidad weberniana, concentradas y rigurosas. Otro Requiem es Stele (1994), no compuesto todavía cuando se grababa este álbum; aquí Kurtág utiliza una orquesta tradicional, aunque con cuatro tubas wagnerianas, piano de cola, piano vertical, címbalon, celesta, vibráfono y marimba; es una Estela funeraria de unos doce minutos de duración.
Otras obras de este CD cargado de miniaturas son: una parte del Doble concerto de 1990, para piano, cello y dos conjuntos, un recitativo, una cantilena, un discurso obsesivo y a menudo violento; y su correspondiente en cuanto a número de opus (el 27), esa especie de concerto para piano y conjunto denominado .. .quasi una fantasia…, cuatro movimientos en miniatura de evocación shakespeariana (La tempestad), obras ambas de una poética enigmática, casi diríamos trascendente, dos discursos instrumentales de una importancia decisiva cuando ya se ha vuelto la página de la vanguardia (estamos en 1987-1990). En resumen: un excelente álbum para familiarizarse con Kurtág, siquiera como iniciación. Kurtág es uno de los músicos más vivos de este grupo; además, él no vive de las rentas.
EPILOGO PARA TRES DISCOS
Das atmende Klarsein es una dilatada obra coral en la que el insobornable Nono continúa sus investigaciones sobre la voz y la descomposición del discurso vocal. Más austera que La fabbrica iluminata, es también más cercana a lo que se puede entender por tradicional y, sin embargo, menos inmediatamente atractiva que aquella obra para voces y cintas preparadas.
Don Perlimplin es obra de radio, obra de soporte puramente sonoro, en la que actores, instrumentistas y una sola cantante dan traducción sonora a la obra de Lorca, que hay que seguir en su texto, porque sólo en ocasiones lo oímos recitado o cantado, y sí a menudo traducido a un instrumento de viento. Es un experimento bello y limitado del autor de obras escénicas muy hermosas como esa obra postuma, inconclusa, que es el collage Satiricón, en la que Maderna trabajaba al morir, o una espléndida ópera anterior, Hyperion (1963).
El vienés Cerha ha tardado en llegar a ser reconocido internacionalmente. Los años setenta fueron los de su eclosión, por decirlo así, al terminar la composición de Lulu, la mítica ópera inconclusa de Alban Berg, y al entregar su propia ópera Baal (1974-1981). Primero clasicista, pronto serial y finalmente dueño de todos los recursos de su tiempo, como intérprete y como compositor, Cerha ha sido reconocido por fin como uno de los grandes de su generación. Polirritmia, polimétrica, microtonalismo y otros procedimientos expresivos típicos de este compositor (retrato de la revuelta, de la inquietud, del desasosiego) se encuentran en sus tres Cuartetos de cuerda, de un dramatismo sin disfraz lleno de fuerza y de garra. Sin duda animado por la buena recepción de Baal, Cerha volvió a la ópera con Die Rattenfänger, estrenada en 1987. Lamentablemente, estas óperas no existen en disco.
Estos tres compositores merecerían un recorrido por otros CD que contienen obras más significativas de su trayectoria, lo que no significa que, por ello, deba ignorarse el valor de las aquí reseñadas.
|
REFERENCIAS BERIO • Sequenze I-XIII y IXb ( 1958 – 1995 ). Luisa Castellano, soprano. Gabriele Cassone, trompeta. Eliot Fisch, guitarra. Teodoro Anzellotti, acordeón. Soliatas del Ensemble InterContemporain. Grabaciones de 1994-1997. DEUTSCHE GRAMMOPHON 20 21 457 038-2. BOULEZ • Répons ( 1981 – 1984 ). Dialogue de l’ombre double (1985). Soli, Ensemble InterContemporain, dir. de Pierre Boulez (Répons). Alain Damiens, clarinete (Dialogue). Grabaciones de 1996. DEUTSCHE GRAMMOPHON 20 21 457 605-2. CERHA • Cuartetos 1, 2 y 3. Ocho movimientos a partir de fragmentos de Hölderlin, para sexteto de cuerda. Obras de 1989-1995. Cuarteto Arditti. CPO HENZE • Die Bassariden, ópera seria en un acto (1976). Kenneth Riegel (Dionisos), Andreas Schmidt (Penteo), Michael Burt (Cadmo), Robert Tear (Tiresias), Karan Armstrong (Agave), Celina Lindsley (Autonoe), Ortrun Wenekl (Beroe). Coro de Cámara de la RIAS. Südfunkchor. O. S. de la Radio de Berlín. Gerd Albrecht, director. Grabación de 1986. KOCH SCHWANN (2 CD) 314006. KURTÁG • Portraitkonzert Salzburg 10.8.1993 (Obras de 1961-1992). Zoltán Kocsis, piano. Cuarteto Keller. Adrienne Csengery, soprano. Zoltán Gál, viola. Miklós Perényi, cello. Marta y Gyórgy Kurtág, pianos, etc. Director: Peter Eötvös. COL LEGNO (2 CD) WWE 31870. LIGETI • Edición del sello Sony en (hasta el momento) 8 álbumes: MADERNA • Don Perlimplin ovvero II trionfo deliamore e dell’imaginazione. Alda Caiello, soprano. Actuación dramática: Anna Nogara, Daria Nicolodi, Carlo Cecchi. Solistas instrumentales: Lorenzo Missaglia, flauta; Ausonio Caló, Renata Vinci, Mario Marzi, Stefano Corradi, Maurizio Longoni, saxos. Divertimento Ensemble. Sandro Gorli, director. Grabación de 1996. STRADIVARIUS STR 33436. NONO • Das atmende Klarsein (1981). … sofferte onde serene… (1976). Con Luigi Dallapiccola (1979). Solistas y electrónica. Dirección: Beat Furrer (Klarsein), André Richard (sofferte), Robyn Schulkowsky (Dallapiccola). Grabaciones de 1993. COL LEGNO WWE 1CD31871. STOCKHAUSEN • Mantra, para dos pianos (1970*). Janka & Jürg Wyttenbach, pianos. Grabación de 1996. ACCORD 202252. TAKEMITSU • Quotation of Dream (Day Signal, Quotation of Dream, How slow the Wind, Twill by Twillight, Archipelagos, Dream/Window, Nigh Signal, obras de 1985-1993). London Sinfonietta. Director. Oliver Knussen. Grabaciones de 1996-1997. DEUTSCHE GRAMMOPHON 20 21 453495-2. ZIMMERMANN • Requiem für einem jungen Dichter. Phyllis Bryn-Julson, soprano. Roland Hermann, barítono. Otros solistas. Coro de la Radio de Colonia, de la Radio del Norte de Alemania y de la Radio de Viena. Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia. Dirección: Gary Bertini. Realización de sonido de la Radio de Colonia. WERGO WER 60180-50. |