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En la «Nota del autor» que cierra Señales de humo, Luis Alberto de Cuenca afirma que le hubiera gustado añadir a su libro una lista de nombres propios. Llenos de nombres propios, sí, están estos estupendos artículos, llenos de erudición, de pequeños detalles, de fechas, de precisiones. Pero también de emoción, esa espuela que da siempre alas a la mejor literatura, conjugada a menudo con una sabia ironía y un humor bien dosificado. En Luis Alberto de Cuenca conviven el experto filólogo de una vasta cultura y el intenso poeta, uno de los más originales y celebrados de los últimos tiempos. Eso se nota. Y él, que reivindica el placer como meta de toda forma de expresión artística, ha querido que estas páginas supuestamente volanderas (nada amarillea tan pronto como el papel de los periódicos) tuviesen el pulso de lo literario, y fuesen fuente de constantes alegrías para el lector.
Lo mejor que se puede decir de este libro es que resulta imposible dar una vaga idea de la cantidad de materiales de que está hecho: de notas autobiográficas, de viajes, de cine, de mitos, de literatura, de cómics, de amigos, de reflexiones sociopolíticas, de… todo, en una palabra.
Luis Alberto de Cuenca nos confiesa que hay quien le ha llamado alguna vez por teléfono para decirle que cada vez habla más de sí mismo en sus artículos. Afortunadamente, diríamos nosotros, porque si no hablase en parte de sí mismo, con máscara o sin ella, estas páginas no tendrían el voltaje que aquí muestran reunidas. Lo cierto es que traspasando el umbral de la portada, uno siente el espejismo de que el autor le ha invitado a su biblioteca particular con gente cercana a él y, al escuchar de qué se habla ahí, y al ver los estantes, las fotografías, la mesa de trabajo, los objetos que hay en ella (una reproducción a escala de la Venus de Willendorf, por ejemplo) obtiene una imagen bastante precisa sobre la vida de la persona que habita ese espacio.
«La primera imagen mental que conservo de mí mismo es la de un niño cabezón, con gafitas de pasta blanca, el pelo alborotado en rizos y un tebeo de El Guerrero del Antifaz en las manos». Estas palabras nos recuerdan la magnífica película de Woody Alien, Días de radio, donde «El Vengador Enmascarado» era evocado por el inolvidable protagonista con la devoción con que sólo se evoca la infancia. Pero hay otros muchos apuntes y fragmentos de unas posibles memorias.
Así nos enteramos de que los Cuenca llevan más de cien años siendo adictos a la literatura mal llamada de segundo orden, o de que la hija del poeta quería ser Dorita (Judy Garland), la de El mago de Oz, de la misma manera que él hubo un tiempo en que soñó con convertirse de mayor en detective.
No faltan, junto a la pincelada intimista, los pasajes en los que Luis Alberto de Cuenca perfila su visión de la literatura en general y de la poesía en particular. Se le ve admirar a los autores que saben conjugar, aunque pueda parecer una contradicción, lo mágico con lo realista. Asimismo, muestra especial interés en todo lo que en el terreno de lo literario tenga que ver con lo épico o lo popular; de hecho, hay un instante en que invita a todo escritor a la anonimía y a firmar como Homero. Dentro ya de la poesía él ha puesto de moda precisamente la expresión «línea clara», que es fácil relacionar con los ideales clásicos de armonía, proporción y sencillez, lo que le lleva a rechazar, no las vanguardias históricas, que trajeron logros incuestionables, sino los falsos vendedores de novedades, pseudomísticos y minimalistas del verso que luego despliegan una enorme verborrea teórica.
Como no podía ser menos en un bibliófilo de esta magnitud, asoma aquí una auténtica pasión por la precisión cronológica y el coleccionismo, no en vano estamos hablando de la persona que dirige la Biblioteca Nacional. «Todo lo que merece la pena sucede tan sólo en los libros», se nos dice. A Luis Alberto de Cuenca se le ve paladeando títulos y fechas con el fervor casi del hechicero que repite fórmulas para convocar a los buenos espíritus y alejar a los malos.
Entrar en este libro supone darse un refrescante baño de cultura, en una época desgraciadamente en que los estudios de humanidades quieren ser dinamitados desde abajo, quizás como estrategia soterrada para que todos acabemos siendo en un futuro próximo gentes bienpensantes (es decir, que piensan poco), como borregos.
El alma humana no sólo se construye en contacto con la realidad, esa ilusión. Y sin embargo de los saberes ahora sólo interesa su conexión con la realidad, su vertiente práctica o pragmática. Estudiar «historia» de cualquier cosa resulta hoy en día poco menos que anacrónico. Una de las mejores enseñanzas de estas páginas es comprobar hasta qué punto eso es un error. Estamos hechos de Historia e historias. Con mayúsculas y con minúsculas. La nuestra, la del ser humano, y las de cómics, libros y películas que nos acompañarán siempre, y que constituyen la materia indisoluble de la que están hechos nuestros sueños.

Los periódicos han reseñado que el nuevo libro de Guillermo Carnero (Valencia, 1947) es muy importante porque nace «después del silencio de nueve años». Yo creo con el poeta Brodsky que la vida sólo es una conversación previa al silencio, y acaso la poesía sea una vida nueva y posterior al silencio, para que ese incesante himno órfico que sería el lenguaje según Shelley (Prometeo desencadenado), quede temblando en los límites del tiempo definido por garganta humana. En ese sentido, Guillermo Carnero nace tras nueve años de silencio. También han dicho los periódicos (El País, 20.XI.1999) que este Verano Inglés es muy importante porque surge de la locura de los 50 años del poeta: y todo, porque diz que «trae varias novedades: más sexo, menos culturalismo, más claridad y nostalgia»
Me he precipitado pues, tras esos previos, a leer el libro del que fue «novísimo» antologizado por Castellet en el 70, que publicó luego «El sueño de Escipión» (1971), «Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyére» (1974), «El azar objetivo» (1975), «Música para fuegos de artificio» (1989), «Divisibilidad indefinida »(1990). He buscado en mi biblioteca sus dos antologías: «Ensayo para una teoría de la visión» y «Dibujo de la Muerte», y leído afanoso mis notas, recorrido con la vista y con los dedos los subrayados a lápiz; me he conmovido nuevamente por el billete manuscrito con el que el poeta acompañaba su último envío a mi domicilio.
En Verano Inglés no hallé locura, no he encontrado nostalgia; ni en más claridad me he visto, ni en menos culturalismo: y hablando de sexo, ni menos ni más. Voy a intentar decir qué es lo que creo que ha sucedido con Guillermo Carnero el poeta, y porqué al cerrar las guardas de su último libro, he tenido que abrir con el corazón al galope, las líneas de Dibujo de la Muerte y sumergirme en la densa belleza de sus primeros poemas —«Avila», «Castilla», «Amanecer en Burgos»—, y en ellos encontrarme con la abundancia generosa de la lengua que el joven Carnero creó para compartir con nosotros declarando:
Mi cuerpo es ancho como un río. y también:
Conozco muchos nombres de murallas, para terminar:
otra vez al galope, matando /
descuartizando telas y andamiajes y máscaras /
levantando muros y andamiajes y telas /
y máscaras, y otra vez declarando:
Mi cuerpo es ancho como un río.
Desde entonces, y contrariamente al gesto de otros poetas muy próximos a él, Guillermo Carnero no ha desnudado el lenguaje para librarlo del veneno acumulado por los años de guerra, de la baba de caracol de las consignas fascistas o marxistas, del sudor frío de la imitación servil, de las encanecidas metáforas ya fundadas desde antes de Homero, operando en los confines del lenguaje o funcionando contra él, fiel a la máxima mallarmeana de depuración linguística: Carnero lo ha enriquecido.
Su cuerpo ancho como un río, ha llegado hasta aquí recogiendo espumas diversas, hojas, pámpanos, arrastrando alabastros, violando cortes de amor y desastrando relojes de sol, empapando su inteligencia de belleza, de estrictas geometrías, cantos de pájaros ciegos, pitagóricos abismos. Notando vibrar su corazón como un cristal finísimo al latir del arroyo donde nos ahoga Melusina, recogiendo mondos cráneos chamuscados por la llama del romero, y leyendo, viviendo, viendo, latiendo con la unidad, cadencia y mesura de un Concerto Grosso (el oboe de Benedetto Marcello, por ejemplo), y manteniendo el tipo al paso de la Hacedora de Lluvia,
cuyas aguas oscuras /
ungen los huesos yertos, la sima de la boca, /
y humedecen los ojos apagados.
Hasta aquí mi homenaje al esqueleto ritual del poeta, el mismo con que quiso cerrar su Dibujo de la Muerte. ¿Había concluido ya para entonces su «conversación previa al silencio»? ¿Habían ya devorado las palabras todos sus objetos? En la nota manuscrita con que acompañó Carnero su última Antología, me decía que esa era la primera parte de su epitafio, la segunda llegaría con este mismo año de fin de centuria. Y aquí está sobre mi mesa lo que cree erróneamente su epitafio, escrito en el Verano Inglés, que como bien señala Jaime Siles en su comentario crítico acerca del libro (El Cultural, 28.11.99) «supone,dentro de la obra de Carnero, un giro, pero no un cambio». Al Carnero lúcido, preciosista, nihilista, cuestionando siempre el lenguaje como simple información, negándose siempre a identificarlo con la «comunicación», sucede un Carnero enamorado e iró-nico, que vertido sobre su pasado de hombre y poeta, «transfiere —señala de nuevo Siles, compañero suyo de generación— el sentimiento a una nueva instancia de discurso que auna angustia, vivencia y reflexión».
Carnero aborda el fin de siglo como se aborda a sí mismo como sujeto al cumplir el medio siglo de edad material: que aparezcan epígrafes y referencias explícitas a Elton John, Tom Waits, no son más que los guiños irónicos de los ojos azules del poeta, que coloca por ejemplo un verso del Villancico a sus tres hij as del Marqués de Santillana, para encabezar un poema llamado precisamente Villancico en Gaunt Street, donde su propia muerte le sorprende bebiendo en el extremo oscuro de una barra, gordo y con un vendaje sucio en la frente, con los ojos tristes «perdidos para siempre tras el cristal del tiempo».
El drama del poeta está en esa escena, contenida en la tristeza que le produce «la zafiedad de costumbres que […] corrompe el lenguaje y puede dar lugar a una poesía de fin de trayecto y de bancarrota emocional, de obviedad y de reiteración, de simplicidad plana en la que no hay expectativas, ni por lo tanto significado »(Alegría de Náufragos, n° l), en patética identificación con lo que él supone su propia decrepitud y no es sino reacción sanísima y vital, puesto que expresada en orden de creación, de vuelo libre, lo que supone arriesgar una vez más sobre el alambre y sin red (Fly, robín, fly,/up,up to the sky!). Por ello, en uno de los más bellos poemas del libro, «Ojos azules», el poeta propone reiteradamente a su cómplice lector:
Mirad hacia la luz, no miréis hacia adentro. /
Piel blanca, no desoigas la lección de la tierra; /
aprende la piedad que desciende en la lluvia, /
la humedad y el olvido con que arrastra el torrente /
la herida de los cauces y el sello de los pasos.
No recuerdes más peso que el planear del mirlo, /
más calor que el abrazo de la calma del aire, /
más entrega que el Sol al penetrar la nieve: /
olvida en luz, y escucha la lección de la tierra.
Este programa vital llega en un momento muy propicio de reflexión acerca de lo que fue nuestro último medio siglo de poesía, una tarea pendiente aún en España, que sí se ha realizado en los confines de la lengua española, notablemente en México y Argentina: este último gesto irónico que nos brinda Carnero utilizando su propia vicenda personal, invitándonos a una auténtica revolución del lenguaje, rima con la carcajada que ha provocado el cierre de la «doctrina de la experiencia» por quienes fueron algunos de sus principales actores y valedores, descubriendo el «pensamiento insólito» como el nuevo Sinaí que deberán escalar quienes quieran gozar del amor de los mentores de la cultura oficial (de izquierdas, por supuesto).
Mientras tanto, Guillermo Carnero, desde su cátedra de literatura española en la Universidad de Alicante, descubre asombrado hojeando su nuevo libro, que el impagable editor de Tusquets ha publicado Verano Inglés en un bello cuaderno que lleva el siguiente logotipo: «Marginales», e inmediatamente debajo: Nuevos textos sagrados. Y más abajo: Colección dirigida por Antonio Mari. El azar produce esas mágicas trouvailles. En todo caso, ya sabemos a quién hay que dar las gracias por haber publicado y pese a todo, el acta de supervivencia de uno de los grandes poetas españoles de este siglo, el del cuerpo ancho como un río, que ha llegado al brillo breve del desasimiento, un punto de luz fría en la negrura.

Veintiocho años después de la publicación original en inglés se edita en España Frank Capra. El nombre delante del título, la apasionante autobiografía de uno de los grandes directores de la comedia cinematográfica americana. Es éste un género difícil de escritura, en el que han resbalado muchos otros, incapaces de contagiar la elocuencia de las obras o hechos que los convirtieron en personajes públicos; pero también difícil por ser campo abonado para la distorsión —generalmente en beneficio propio— y el arreglo de cuentas.
Este soberbio libro lo disfrutarán no sólo los incondicionales del director sino cualquier cinéfilo que sepa disculpar los ocasionales excesos egocéntricos del autor. No le será difícil hacerlo, pues en sus palabras no encontrará malicia o engreimiento sino una voluntad de ser fiel a la propia historia, una sinceridad que resulta abrumadora al tratar los momentos más amargos de su carrera, en los que se muestra implacable consigo mismo. Al cerrar el libro no es difícil reconocer en Capra al hombre que realizó películas como Vive como quieras, Caballero sin espada o ¡Qué bello es vivir! Tesón, trabajo a destajo, idealismo, confianza en sí mismo, lucha contra las adversidades, equivocaciones, fracasos, encrucijadas, sufrimiento: el lector siente el vínculo entre el hombre y sus filmes, la voz coherente y personal que los alienta. Hay armonía entre el Capra que se presenta en estas páginas y el Capra que se intuye tras sus obras.
Con virtuosismo, el director trasciende las anécdotas y chascarrillos para conducirnos al interior de Hollywood en su época dorada. Con un ritmo sorprendentemente ágil, con la tensión y el entusiasmo propios de un guión escrito con su socio Riskin, Capra demuestra ser un excelente contador de historias y divulgador, pues con él se aprende más de cine que con muchos estudios de teoría cinematográfica. Capra habla con pasión de la naturaleza escurridiza de la comedia y de la risa; de sus relaciones con directores amigos —Wellman, Wyler…— y con las siempre complicadas estrellas; rememora la milagrosa gestación de las películas, tantas veces al borde del colapso en las fases de la producción; desvela secretos, intenciones e ideales que subyacen en sus filmes; transmite los zigzagueantes estados de ánimo que atraviesa; recuerda días de fiesta y otros de inmensa tristeza, como el 23 de agosto de 1938, cuando murió su hijo John, coincidiendo con el preestreno mundial para la prensa de Vive como quieras, seguramente su película más alegre.
La autobiografía se divide en cuatro grandes bloques. El primero abarca desde la llegada de la humilde familia Capra a Estados Unidos en 1903 hasta 1933, cuando Frank es ya un director respetado en la Columbia, el Estudio de su vida. El joven Capra, con empeño, trabajo y suerte se abre paso en el cine mudo. En los años veinte monta películas para Bob Eddy, se forja como escritor de gags en los Estudios de Mack Sennett y dirige a Harry Langdon, uno de los grandes cómicos de la pantomima. En los finales de esta década y comienzos de los treinta conoce a personas que marcan su vida: Lu, su mujer; Myles Connolly, amigo irascible y guía; Robert Riskin, su mano derecha, el guionista con el que formó una de las parejas más creativas de la historia del cine y con quien escribió sus mejores películas.
1934 es un año de inflexión para Capra y para la comedia romántica estadounidense. De la forma más rocambolesca Capra da a luz a Sucedió una noche, la primera screwball comedy, a la que siguen La comedia de la vida, de Howard Hawks, y La cena de los acusados, de W. S. Van Dyke. Las páginas dedicadas a Sucedió una noche son deliciosas, y uno no deja de asombrarse de cómo a partir de unas difíciles condiciones de rodaje y un cúmulo de despropósitos —el «castigo» que la MGM impone a Clark Gable, el rechazo del papel femenino por media comunidad de Hollywood…— surgió una nueva imagen del amor en el cine. Un romanticismo desconocido, recuerdan James Harvey (Romantic Comedy in Hollywood, 1987) y Stanley Cavell (Pursuits of Happiness, 1981), emergía de la relación ruda y nada sentimental de Colbert y Gable, a la vez llena de vitalidad y humor, y alimentada por conversaciones de un ingenio asombroso. Hollywood premió esta comedia —para muchos la mejor de Capra— con los cinco Oscar principales, y entonces apareció el abismo, el miedo al fracaso.
En esta situación sufre una extraña experiencia de conversión que va a marcar un nuevo espíritu en su carrera cinematográfica, espíritu por el que hoy se le recuerda. Capra toma conciencia de sus responsabilidades como cineasta, del poder que supone dirigirse durante dos horas a millones de personas sumidas en la oscuridad de las salas. Nace el capracorn, el director que apuesta por una retórica de la bondad en películas como El secreto de vivir, Vive como quieras, Caballero sin espada, Juan Nadie o ¡Qué bello es vivir! El entretenimiento le parece insuficiente si no comunica ideas. En un estilo directo, efectivo y a veces demasiado explícito, defiende en sus películas la libertad y la rebeldía del individuo frente a las presiones sociales, la vigencia de los buenos sentimientos y del amor al prójimo, el valor de la inocencia y de los ideales, incluidos los políticos: son años en los que los sistemas totalitarios se imponen en Europa, y Capra se convierte en un defensor de la democracia, en una figura eminentemente americana. Las cuestiones sociales e ideológicas pasan a la primera plana y los romances —a pesar de Barbara Stanwyck y Jean Arthur— no volverán a tener el encanto y la magia de Sucedió una noche.
Capra dedica el tercer gran bloque a su trabajo en la II Guerra Mundial. Abandona el bienestar y se alista en el Ejército. Junto a otras figuras de Hollywood, recibe la misión de instruir a los soldados estadounidenses sobre por qué tienen que ir a la guerra de Europa. El resultado es la serie de filmes Why We Fight, uno de los hitos del cine documental. Capra conoce a Roosevelt y a Churchill, y se hace amigo del General Marshall.
En el último apartado, Capra repasa su vuelta a Hollywood. Con la misma firmeza con que ha presentado sus éxitos examina su declive profesional y reconoce sus faltas. 1946 es un año cenital. Los Oscar premian a Wyler por Los mejores años de nuestra vida, en detrimento de ¡Qué bello es vivir!, la película que más apreciaba Capra de las suyas. Wyler y Capra, unidos en la recién nacida Liberty Films junto a George Steven y Sam Briskin para trabajar a la manera antigua —otorgándole al director independencia creativa y la responsabilidad principal de los proyectos—, demostraban que los «veteranos» tenían todavía muchas cosas que decir.
Sin embargo, los días de éxito estaban contados para Capra. Su primer error, dados los problemas económicos de la nueva compañía, consistió en forzar a sus socios a vender Liberty Films a la Paramount, intercambiando seguridad por independencia. Este hecho resultó especialmente penoso para Capra, quien siempre había reivindicado la importancia de la autoría —su lema, «un hombre, un filme»—, y había conseguido por primera vez que un Estudio pusiera «el nombre [del director] delante del título», en 1936, en los créditos de El secreto de vivir. En la Paramount, realiza un par de películas sin el «toque Capra» para lucimiento de Bing Crosby: Lo quiso la suerte y Aquí viene el novio. Traicionado a sí mismo, abandona Hollywood para disfrutar con la realización de películas de divulgación científica para la televisión. Pero el gusanillo del cine sigue vivo en él, y vuelve con un éxito relativo, Millonario de ilusiones. Sin embargo, Capra acusa el peso de los años, se desespera con el egocentrismo quisquilloso y la voracidad de dinero de las estrellas (las nuevas figuras decisivas en el sistema de producción) , y desaprueba el tono oscuro que adoptan un buen número de películas de los cincuenta. En su última película, Un gángster para un milagro, de 1961, tropieza en la misma piedra y, a cambio de un suculento contrato, cede el control del filme ante un caprichoso Glenn Ford. Por primera vez Capra fracasa comercialmente y se rompe la conexión que ha mantenido con los espectadores a lo largo de cuatro décadas. Para él, la razón es obvia: es el precio de la venta de su integridad artística. Capra buscará una película de despedida que le permita resarcirse y abandonar el cine con un grato sabor de boca. Pero tras varios proyectos frustrados, y después de ser «mareado» en la Columbia, el Estudio que se hizo grande gracias a él, desistirá.
A pesar de este sinsabor final, el tiempo ha mantenido a Frank Capra como uno de los directores más apreciados y respetados del periodo más brillante de la comedia americana. Aunque parte de la crítica se ha ensañado con él, acusándole entre otras cosas de simplismo, de hacer chantaje emocional o de ser un fascista encubierto, el espectador sin prejuicios sigue reconociendo la validez de sus ideales, la belleza de un mundo imaginado—ciertamente inalcanzable— en el que los hombres son más inocentes, ingenuos e infantiles y, también, algo más bobos.
Antes de que se nos reprochen presencias ajenas, destaquémoslas nosotros. Podrían ser tres, aunque sea necesario advertir que, por edad y por inicios, esos tres excluidos pertenecen de pleno derecho a ese club selecto y que sólo más tarde se dieron de baja. En primer lugar, Zimmermann, que es puente de las tendencias nuevas para la Alemania que había permanecido aislada debido a un régimen totalitario y criminal: es el profeta de una vanguardia ajena al grupo de los vanguardistas, autor, sin embargo, de obras que hacen palidecer de envidia a éstos. También Henze, que desde muy pronto se separa de esas sensibilidades y se convierte en un clasicista, es más, en un ecléctico, lo que hace treinta años era un insulto y ahora empieza a considerarse el colmo de la sabiduría; él es el gran operista de la generación, y uno de los mayores operistas del siglo (veinte, desde luego). Y, en fin, el japonés Takemitsu, tan empeñado en usar acordes tonales, modalismos y biensonancias, tan cerca de Debussy y tan lejos de Darmstadt, con una poética sonora que trasparece en los sugerentes títulos de sus obras.
Pero ni uno más. Los otros ocho sí son del club, de pleno derecho. Incluso faltan algunos, como Mauricio Kagel o Iannis Xenakis. A esos ocho no se les puede negar la entrada, porque entre todos ellos han creado, no un lenguaje, sino una tendencia imparable, han abierto unos caminos y creado unas conciencias sonoras antes desconocidas, han sido sugerentes y dinamizadores muy a menudo, aunque hayan hecho posible el mimetismo y el camelo otras tantas. Pero no se juzga al maestro por sus malos discípulos, sino por los pocos que le han hecho sombra. Y ahí es preciso señalar una gran debilidad de esta generación: nadie ha terminado con ellos. Ahí siguen, mandando muchísimo, como dicen los castizos y los taurinos, faro y referencia de la música de toda la mitad de un siglo, cuando se acercan a los ochenta años de edad (los fallecidos Zimmermann y Maderna ya los habrían cumplido) sin que nadie los haya destronado, superado, relativizado. Han ejercido una auténtica dictadura ilustrada, tan potenciadora como excluyente. Han enriquecido nuestra dimensión sonora, al tiempo que han amortiguado o silenciado discrepancias durante mucho tiempo. La reacción actual de compositores como Taverner, Glass o Grippe, y otra pobrezas por el estilo, tal vez se alimente de la animosidad despertada por su suficiencia. Es posible que en este momento no corran los mejores tiempos para aquella lírica. Si en 1950 alguien tenía que atreverse a dar el paso de la vanguardia, en el año 2000 alguien va a atreverse a decir que el rey está desnudo.
La aparición o reedición de unos cuantos CD de todos ellos será pretexto para acercarnos a los once con perspectiva. Entre los discos, es protagonista la Edición Ligeti de Sony, ocho volúmenes de muy alto nivel. A su sombra se colocan los demás, con menos cantidad pero no menor dignidad. Sirven estos discos para acceder a la estética de cada uno de estos compositores, unas veces de manera muy significativa (Zimmermann, Ligeti, Kurtág, Boulez, Berio, Takemitsu, Henze), otras con significación parcial pero innegable (Stockhausen); en otras ocasiones sería necesario acudir a discos paralelos que den una visión más amplia del compositor (Maderna, Nono, Cerha). Renunciamos a calificar las interpretaciones, que se suponen siempre buenas o excelentes. Agradezcamos a sus intérpretes que defiendan la música de su tiempo.
RUPTURAS
La vanguardia surge después de la Segunda Gran Guerra, en medio de cierto optimismo, con un deseo de romper con el pasado que a menudo tiene que ver con la política: en efecto, algunos de estos compositores se declaran de izquierda, en especial los italianos, todos ellos cercanos al Partido Comunista. Pero no surgen de la nada, vienen de una época que también buscó lo nuevo. Es la nuestra, la que administra lo viejo, mejor o peor, la que ha roto con esa tradición rupturista tan del siglo XX.
La radio será la plataforma de lanzamiento, en especial las radios alemanas e italianas; las radios de los países que fueron fascistas ahora se ponen al día a velocidad vertiginosa y con gran ahínco. También serán buenas plataformas festivales como el de Donaueschingen o los encuentros de Darmstadt. Algunos de estos compositores serán excelentes intérpretes. Así, Cerha y su grupo Die Reihe; Boulez y su carrera internacional, que le ha convertido en gran director de clásicos del siglo como Debussy, Ravel, Stravinski, los Vieneses, Várese y algunos de sus compañeros de generación. Esa carrera podía haber sido la de Maderna, espléndido director de orquesta, si la muerte no se lo hubiera llevado tan pronto.
Hoy, la vanguardia ya no es lo que era. Y no sólo por ellos, por sus artífices, sino porque hace mucho que pasó el tiempo de los reaccionarios que se oponían de manera manifiesta a cualquier novedad. ¡Cuánto los echan de menos algunos! Lo que hizo la vanguardia, sobre todo, fue atreverse. Y muy pronto invitó y hasta obligó a muchos a atreverse a su vez: muchos recordarán la época en la que era obligatorio ser «modernísimo»; aún vivimos sus secuelas. Pero, después del atreverse, vino el reinado indiscutido. Hasta la imposición, en ocasiones, de productos que tienen más que ver con el ingenio que con el arte (José Antonio Marina lo trató muy bien para las artes plásticas). Con todo, en rigor, el concepto de arte cambia por completo, como cambia la relación con el público, en las obras que componen los vanguardistas.
CONTRA EL ROMANTICISMO
Hay un elemento, un impulso, que este grupo generacional comparte con casi todo lo que ha supuesto renovación en el siglo XX. De ahí tal vez la inicial relación de amor-enemistad con el expresionismo de los vieneses, en especial con Berg y Schoenberg (por considerarse el expresionismo como una supervivencia del Romanticismo), pero no con Webern, que era el puro, el mártir, el profeta de todos ellos. Se trata del odio declarado y militante contra todo lo que recuerde a romántico.
El Romanticismo ha sido tan constante en música, ha durado tanto tiempo (al contrario que en otras artes), que el siglo XX se divide en escuelas o tendencias que se declaran, con casi total unanimidad, antirrománticas: clásicos, vanguardistas, nuevos nacionalistas, los Seis… no importa. El Romanticismo iba a permanecer por otros medios, porque iba a seguir siendo el rey de las salas de conciertos. El camino de la objetividad, del rigor, la lucha contra lo subjetivo, no terminaba nunca. Y como los viejos no habían conseguido borrarlo del mapa de las sensibilidades creativas y, sobre todo, receptivas, la vanguardia de posguerra recogía el mismo guante que un Stravinski, un Ravel, un Poulenc, pero con otros procedimientos y otra actitud mucho más polémica.
De todas maneras, la obra de Boulez y de esa generación —al margen de tempranas conversiones clasicistas, como la de Henze— tiene un sello indeleble para el gran público: su dificultad, incluso su inaccesibilidad. Se nos objetará: ¿es que acaso es accesible para ese público una sinfonía de Mendelssohn? Y, mal que les pese, habría que responder: en cierto modo, sí. A no ser que la música sea sólo para gentes con estudios avanzados de armonía, contrapunto y composición. No es lícito acusar siempre de lo mismo al mismo chivo expiatorio: «lo que les gusta de Mendelssohn es la adormecedora melodía, lo alienante, y por eso reaccionan con severidad, escándalo y hasta agresividad frente a cualquier novedad». Con esto, el músico mediano tiene ya su coartada: «no me comprenden, no quieren comprenderme». Frente a ello, ahí está la durísima acusación de Harnoncourt, que es cualquier cosa menos un músico complaciente: el público del siglo XX se ha volcado hacia las músicas del pasado por la ausencia de creatividad de la de su tiempo (¡!).
OPERA APERTA
Mas, si hay algo que se opone radicalmente a una organización rígida y totalmente predeterminada de una creación estética, es el concepto de obra abierta, acuñado por Umberto Eco en los felices años milaneses. Todos estos compositores, unos más y otros menos, unos a menudo y otros casi nunca, se sentirán llamados por la obra en permanente revisión. Sobre todo dos, Boulez y Berio. Pero en Boulez no hay aleatoriedad en ese carácter abierto, sino otra cosa. Lo aleatorio fue un moda que dejó poco tras de sí, pese a su loable afán antidogmático. Lo que hace Boulez es volver una y otra vez sobre esas obras, las modifica, las reorganiza, las aumenta, las integra en otras… Todo ello en un proceso que puede durar años, que siempre es fértil y nunca gratuito. Algunas de esas obras siguen abiertas todavía, y así lo previene el propio compositor. Por ejemplo, Eclat-Multiples; o ese grandioso monumento, Répons, que pudimos ver-oír, que nos rodeó, en el Palacio de los Deportes de Madrid, durante el Festival de Otoño de 1992, y que se ofrece en uno de los discos que relacionamos aquí.
SCHOENBERG HA MUERTO
Cuando, un año después de morir Schoenberg, Boulez escribe el artículo «Schoenberg ha muerto» a sus veintisiete años (1952), no se trata sólo de la boutade de un niño terrible, sino del intento de reconocer al maestro su deuda y aplicar más allá de lo que él mismo hubiera imaginado su principio de la variación a ultranza que late en el serialismo. Es uno de los textos que ayudan a comprender el surgimiento del serialismo integral. Y, en ese sentido, es un manifiesto. La generalización del concepto de serie, con su repugnancia por la repetición y con su rigorismo organizativo, se dará en todos los elementos, horizontales, verticales, rítmicos, armónicos, tímbricos, del discurso sonoro. Tal vez no fue capaz Schoenberg de ser lo bastante schoenbergiano. Ironías aparte, para Boulez era necesario realizar esa crítica, esa condena, esa revisión. Ahora bien, ni Boulez ni esos otros nombres podían pretender que la integralidad de lo serial convirtiese en compositor a quien no podía serlo. El propio Boulez, en una conferencia pronunciada en Darmstadt en 1957 (el año de la Sonata nº 3, cuando ya está embarcado en la segunda serie de Estructuras, así como en las Improvisaciones mallarmeanas que conducirán a Pli selon Pli), declaraba su desconfianza ante determinados expedientes de sus colegas, como el azar, lo aleatorio, en tanto que posible coartada, fácil abdicación.
MANTRA, UN TROCITO DE STOCKHAUSEN
Stockhausen ha tenido demasiado importancia en esta generación vanguardista para reducirlo sólo a esta obra, pese al enorme interés de la misma. Sin Stockhausen no existirían algunos de los relacionados aquí, o serían muy distintos. Sin Stockhausen no habría tal vez vanguardia, y esta exageración (lo es) es algo más que una licencia poética o una hipérbole. El es la música electroacústica y la consecución de nuevos sonidos (como los sinusoidales), él es la destrucción de la ópera mediante óperas que duran siete días (Licht), él es la radio puesta al servicio de la vanguardia, él es el serialismo integral, él es la simultaineidad (Gruppen) y la momentalidad (de Momente, su obra para orquesta en la que cada instante se pretende significante y diferenciado), él es alea o la aleatoriedad, él es la invención de instrumentos y la corrección de los antiguos, él es el espiritualismo oriental aplicado a la estética de los sonidos. .. Pero será mejor referirse sólo a Mantra, la obra que incluye el CD que comentamos.
Mantra cumple ahora treinta años. La estrenaron los hermanos Kontarsky en Donaueschingen. Es obra ya clásica, de una vanguardia que no tendría por qué desconcertarnos. Como tantas obras de su autor, vale más por sí misma que por lo que supuestamente enseñó a hacer a otros, aparentemente miméticos. Compuesta para dos pianos con elementos percutivos al alcance de ambos e importante disposición electroacústica, Mantra es una de las grandes experiencias para piano de la vanguardia. Los pianos, reforzados por percusión y electrónica, consiguen unas sonoridades bellas, fascinantes, que, no es preciso insistir en ello, nada tienen que ver con la tradición pianística anterior. Al contrario, es la época en la que se desdeñan los valores burgueses o imperialistas o aristócratas que arrastran consigo los instrumentos tradicionales. Unas veces se los maltrata. Otras, como en este caso, se los corrige.
Mantra: fórmula mágica que sirve para la concentración.
Mantra: fórmula mágica que consigue la materialización de una divinidad concreta.
Dos aspectos de lo mismo, pues la divinidad puede aparecérsenos ahí fuera o aquí dentro (de uno mismo). Igual sucede con esta obra de Stockhausen, donde una fórmula se repite con variantes, en anillo o derecha como un huso. Esa repetición es como una letanía. «Haré, Haré Krishna» es un mantra cuya repetición pretende aquello: valga como orientación. Mantra, de Stockhausen, es una repetición en trece episodios a los que hay que añadir, antes, una Introducción y tema; y, después, una Compresión y una Coda con repetición del tema. Y, desde luego, no se trata de variaciones. Es una obra de amplio aliento, de una hora de duración, escrita de principio a fin (en una época en que el elemento aleatorio o ad libitum era importante en las creaciones de Stockhausen y sus colegas de generación).
BOULEZ: HIPÓTESIS PARA RÉPONS
La voz de la contralto era la referencia última de Le marteau sans maître, composición de cámara cuyo discurso propicia el contraste de los timbres (unas veces), o su complementariedad, en la secuencia pequeña y, por qué no, chocante, de instrumentos para ella dispuestos. Los poemas de René Char no tienen aquí significado por su texto, sino que lo adquieren por la sonoridad creada a partir de ellos (lo cual no es ni mucho menos una traición).
Pli selon Pli lleva mucho más allá el intento de Le marteau sans maitre. Lo sonoro de la lírica de Mallarmé halla un lógico contrapunto en Pli selon Pli, en la que el compositor parece pretender, con los sonidos, algo semejante a lo logrado por Mallarmé con las palabras. Si había que traducir los poemasmúsica a sonidos, no bastaba con la técnica tradicional. Había que potenciar el elemento tímbrico y los contrastes y sugerencias de la poética de Mallarmé, el oscuro. Pero el resultado es de una racionalidad y una claridad que podrían considerarse equivalentes de la originalidad conseguida por los poemas. No se trata de fidelidad a lo escrito, sino a los sonidos que de lo escrito se derivan. Es lo que hará Nono en muchas obras; por ejemplo, en La fabbrica iluminata. Boulez lo justificaba plenamente: «En lo que se refiere a la real comprensión del poema en su transcripción musical, ¿hasta qué punto esto le compromete a uno ? ¿Hasta dónde se debe considerar? Mi idea es que no hay que restringirse a la comprensión inmediata, que es sólo una de las formas (¿acaso la menos rica?) de transmutación del poema». El poema hay que leerlo, hay que conocerlo mediante la experiencia literaria, pero su discurso va a la búsqueda de otra dimensión, y en él unas veces domina el propio texto y otras su musicalidad.
Eclat, obra camerística de 1965, estaba destinada a quince instrumentistas: un piano, una celesta, arpa, violin, viola, flauta en sol, corno inglés, trompeta, trombón, y seis percusiones, o instrumentos tratados de manera percutiva: vibráfono, glockenspiel, címbalon, campanas tubulares, mandolina y guitarra. Los timbres boulezianos se forman aquí a partir del encuentro entre solistas de fugaz, rápido discurso —piano, vibráfono, glockenspiel, mandolina, guitarra—, y una especie de ripieno de los demás instrumentos, que configuran un fondo sostenido sobre el que se dibujan las nerviosas intervenciones de aquéllos. Las intervenciones de los solistas no se atienen a la libertad de lo aleatorio, pero el compositor les concede una importante libertad vigilada, y esa libertad contribuye, cada vez, al resultado sonoro, que no siempre será el mismo. Esta obra pasó a ser, cinco años después de su estreno, la primera parte de una secuencia más amplia, anunciándose la segunda con sutileza en determinado y avanzado momento de su desenvolvimiento. Esta secuencia más amplia se denomina Eclat-Multiples. Pero la cosa promete, porque Boulez nos ha dejado muy claro que ese segundo volet, Multiples, es obra pieza inconclusa.
Boulez se volvió tarde hacia algo de lo que había desconfiado antes: la elaboración electrónica de sonidos, o mejor, la manipulación electrónica de sonidos en vivo, no de reproducciones sonoras. Y así, con los medios del IRCAM, el buenísimo hacer del Ensemble InterContemporain (ambos creados por él) y el prestigio de este director-artista, pudo surgir Répons, también obra abierta, un monumento sonoro que sin duda figurará entre las grandes aportaciones artísticas de este fin de siglo.
Hay que recomendar la escucha de Répons, aunque seamos conscientes de que la auténtica escucha se da en vivo, rodeados de aquellos instrumentos amplificados, de aquellas tímbricas luminosas unas veces y espectrales otras, inmersos en una espacialidad de la que formamos parte y en la que escuchar es poco menos que orar. Nos rodean los altavoces, formamos parte de un público dividido frente a instrumentos y conjunto, o al lado de ellos, o tras ellos, todo a la vez. Hay seis solistas (piano, arpa, piano y sintetizador, vibráfono, glockenspiel, címbalon), un conjunto instrumental de veinticuatro músicos (maderas por dos, metales por dos, con una sola tuba, cuerda) y un sistema electroacústico con ordenador que analiza, transforma y espacializa los sonidos, más seis altavoces.
Por mucho que Répons quiera decir responso y se refiera al canto llano, aquí estamos en otro planeta; curiosamente, un planeta más comunicativo que el del radicalismo intratable de los buenos años de la vanguardia.
BERIO: LA EXPERIENCIA DE LAS SEQUENZE
Una de las experiencias más importantes de la vanguardia ha sido la de llevar los instrumentos tradicionales al extremo de sus posibilidades, a menudo en forma de recitales para solista o poco más. El año pasado, Stockhausen volvió a sorprendernos, en persona y con su familia, con tres recitales en el Auditorio Nacional, en los que había obras de este tipo, como Obberlippentanz (Danza del labio superior, 1984), para trompeta, escrita para su hijo Markus y procedente de su ópera Samstag aus Licht, donde era una danza de Lucifer. El CD de Boulez que se recoge en el recuadro contiene una obra de estas características, Dialogue de l’ombre double, para clarinete solo.
Este tratamiento ultraísta de los instrumentos ha sido habitual en los vanguardistas o asimilados, pero quien lo ha llevado a cabo de manera permanente y sistemática ha sido el ligur Luciano Berio, con su amplia serie de Sequenze. El triple CD que comentamos incluye esas Sequenze, que son para flauta, arpa, voz femenina, piano, trombón, viola, oboe, violín, clarinete, trompeta en do y resonancia pianística, guitarra, fagot y acordeón (de la I a la XIII, 1958-1995), más una IXb para saxo contralto, que es equivalente de la IX, para clarinete. «.. .Estas piezas —escribe el propio Berio— están construidas casi siempre a partir de una secuencia de campos armónicos de la que se derivan, con un máximo de caracterización, las demás funciones musicales Casi todas las Sequenze, en efecto, tienen en común la intención de precisar y desarrollar melódicamente un discurso esencialmente armónico y de sugerir, sobre todo en el caso de los instrumentos monódicos (flauta, trombón, oboe, clarinete y saxo contralto, trompa, fagot), una escucha de tipo polifónico, basada en parte en la rápida transición entre caracteres diferentes y en su interacción simultánea…».
Berio no fuerza el instrumento, no lo corrige apenas, no lo niega. No le pide que sea lo que no es; no es John Cage. Pero lo lleva en busca de ámbitos sonoros inesperados, inauditos. La descomposición, concepto muy adecuado para la estética de Berio, es aplicable a los discursos deconstruidos de las Sequenze, como lo es el de obra abierta. La escucha de éstas es, en ese sentido, un resumen no sólo de la biografía artística de Berio, sino una sugerencia de por dónde ha ido la generación vanguardista desde los años de búsqueda hasta los de repliegue (¿puede replegarse una vanguardia sin menoscabo?; mas, ¿puede mantenerse siempre una posición de vanguardia, como si esto fuera una guerra?), pasando por los años gloriosos, que fueron muchos.
Destaquemos la Sequenza III, para voz, dedicada a Cathy Berberian, la soprano estadounidense de origen armenio que fue esposa de Berio y musa de los músicos italianos de esa generación. Berio ha compuesto mucho para la voz (y para la voz de Cathy), en obras como ésta o como Recital I for Cathy, Folk Songs, Circles y otras muchas, hasta llegar a óperas como La vera storia, Un re in ascolto, Outis; también a la obra coral Coro (1976), resumen vocal de muchas búsquedas, cuando ya es época de un primer repliegue.
HENZE Y LA ÓPERA
Berg fue, de los Vieneses, el que administró el pasado. Henze cumple ese cometido en esta generación tan propicia a dar saltos en el vacío histórico-artístico (aunque con red). Alguien tenía que hacerlo. Gracias a eso, Henze consigue una serie de dramas muy bellos en los que se administra el patrimonio acumulado en la música del siglo XX, sobre todo en la ópera. De ahí que se le llame ecléctico, calificativo que él asume y que ha defendido en todas partes, y aquí mismo, en España, con motivo del estreno de Basáridas en el Teatro Real.
Basáridas parte de Bacantes, de Eurípides, y es una sugestiva historia que no se agota en la lucha por el poder o la corrupción del poder, sino que tiene un misterio; felizmente, Henze y sus dos espléndidos libretistas (Auden y Kallman, los de Stravinski para The Rake’s Progress) no nos explican el enigma, sino que lo plantean. La música es, en sus procedimientos, suma, y sus resultados multiplicación de los hallazgos del siglo: la inclusión de la orquesta sinfónica en el foso, a la manera de Strauss más que de Wagner, convertida en un personaje esencial, como quisieron Janácek, Berg o Shostakovich, entre otros; la suspensión de la tonalidad, como quería el maestro Schoenberg; el recitativo-cantabile permanente, sin solución de continuidad, sin números separables, con intención de continuidad en la secuencia dramática, lo que supone un plus de teatralidad casi desconocido para el siglo XIX; la presencia, a pesar de todo, de guiños o incluso componentes clasicistas: después de todo, el siglo XX es no sólo el siglo de Schoenberg y los serialistas, sino también el de Stravinski y los clasicistas, un clasicismo que cambia de signo entre Hindemith y Martinu, entre Ravel y Hartmann, entre Prokofiev y Poulenc, pero que siempre tiene in mente el pasado como modelo, el XVIII como culminación e ideal, la historia como salvaguardia frente al naufragio. Henze, además de operista prolífico, ha compuesto hasta el momento nueve sinfonías, y creemos que la Décima debe de estar a punto. En fin, recomiendo al lector que no se pierda estos Basáridas.
ZIMMERMANN Y LA SIMULTANEIDAD
Pero si Henze es un gran operista, Zimmermann compuso una de las óperas más grandes de nuestro siglo, Soldados (Soldaten), en la que su tendencia a la expresividad violenta y su exigencia ética e intelectual rigurosísima cristalizó de manera magistral. Soldados es una de las grandes obras maestras del simultaneísmo o pluralismo del compositor, con aparición de elementos visuales y sonoros simultáneos, la propuesta de varios focos de atención, la superposición de situaciones, escenas y personajes, el uso de instrumentos, voces y sonidos electrónicos o pregrabados.
La otra gran obra de Zimmermann en este mismo sentido es Requiem por un joven poeta, anterior a su última composición, Ecklesiastische Aktion, concluida pocos días antes de su suicidio, en 1970. Los procedimientos del Requiem no eran revolucionarios, pero su terrible combinación abrió unas perspectivas desconocidas hasta el momento. 1969 no es un año en el que los elementos sonoros grabados previamente sean un secreto; ya se han conocido muchas experiencias de música concreta y la propia vanguardia ha manipulado sonidos electrónicamente (Nono, Berio, Maderna, Stockhausen…). El secreto del Requiem es el mismo de la ópera Soldados: la aplicación del concepto de Klang-Pluralismus a unos dispositivos en vivo combinados con registros previos.
Hay aquí tres coros, una gran orquesta sinfónica, un dispositivo instrumental, vocal y de actores, todos ellos de carácter solista, y una serie de altavoces que reproducen registros de todo tipo: discursos de personajes históricos, grabaciones de ambiente, documentos sonoros, música pop, recitales de textos de poetas (algunos de los cuales bien pudieran ser el poeta que invoca el título de la obra). A menudo, todo ello suena al mismo tiempo, simultáneamente (el concepto de Klang-Pluralismus procede de otro concepto muy cercano, el de simultaneidad del tiempo), de una manera que permite desgajarse otro concepto, paralelo y también fraterno, el de collage. Esta obra ha sido compuesta por un artista y un hombre con unas convicciones éticas, políticas y religiosas determinadas, pero también es la obra de un hombre de radio, de un conocedor de la combinatoria de los meros sonidos. El Requiem, basado en esa ideología sonora, en esa mezcolanza, propone una especie de brutal resumen de buena parte de la historia de un siglo. Los efectivos están acumulados, y se hace uso de ellos con propósito dramático. Su sonoridad constituye una masa de sentidos, una especie de arma que percibimos como dirigida a nosotros. Se nos arroja ese arma sonora como se nos pudiera arrojar una piedra, o mejor, una verdad dolorosa. Lo que escuchamos es hermoso y es doloroso, pero es sólo una imagen de la auténtica obra. Habría que escucharla en una amplia sala sinfónica donde quepan todos los efectivos, altavoces incluidos. Una escucha estéreo es sólo un consuelo, porque disminuye el grado de pluralismo, de simultaneidad. Aún así, es emocionante escuchar esta obra cuyo atrevimiento formal y ético fue más allá de la vanguardia.
SENSUALIDADES DE TAKEMITSU
Toru Takemitsu es el equivalente japonés de los compositores europeos de vanguardia poco mayores que él. Sin embargo, aunque Takemitsu no ignoraba la tradición europea, ésta no formó parte esencial de su formación y, en consecuencia, tampoco de su ruptura con el pasado. Takemitsu permaneció fiel a la tradición japonesa, y la trascendió. Creó así poco a poco unas sonoridades que resultaban adecuadas también para la mentalidad occidental.
En él, el uso de instrumentos tradicionales japoneses es compatible con la creación de un mundo sonoro propio, en el que se da una experimentación constante y una gran libertad formal. Esto hacía imposible el rigorismo y el ascetismo que a menudo se da en las obras vanguardistas de sus contemporáneos del viejo continente. Las sonoridades sensualistas, lujuriosas, manifiestamente poéticas de las obras del CD que reseñamos (una auténtica marca de fábrica del compositor) son buena muestra de ello. Los títulos de sus obras dan idea del mundo que pretende sugerir el compositor (sugerir, no describir ni evocar); ya son bastante sugerentes los de este CD, pero mencionemos otras obras suyas: Les yeux clos (piano), Rain Tree (piano), Between tides (violín, cello y piano), Landscape I (cuarteto de cuerda), Distance de fée (violín y piano), Rocking Mirror Daybreak (dúo de violines), A Way a Lone (cuarteto de cuerda), A Flock Descends into the Pentagonal Garden (orquesta), Dreamtime (orquesta), November Steps (orquesta), An Autumn Ode (orquesta)…
La música de Takemitsu inquieta en su aparente sosiego, en su insistencia en las gamas dinámicas inferiores, en sus notas tenidas, en su no tonalidad basada sin embargo en acordes tradicionales, en su insinuación de serenidad desolada, en la profundidad de sus sugerencias a partir de una gramática siempre fiel así misma. El mismo mundo reconocible e inimitable, semejantes silencios, ausencia de explosiones.
El universo sonoro de Takemitsu es distinto al de sus coetáneos y, sin embargo, se integra perfectamente junto al de ellos. Takemitsu no teme que sus obras gusten al público, que le despierten imágenes y fantasías. Éstas provienen a menudo de la propia fantasía del músico al componerlas. No en vano Debussy es uno de sus ídolos, o mejor dicho, uno de los músicos con cuya obra dialoga de manera casi permanente, como puede advertirse en este disco. La orquesta de Takemitsu es diáfana e incandescente, como la de Debussy. Sus motivos surgen inagotables, no para quedarse, sino para, en su transitar, constituir una secuencia que es una historia. Y Debussy no era descriptivo ni programático: la imagen en forma de palabra venía después de la composición. Pero desconfiemos de aquellos biensonantes actuales que le reclaman como uno de los suyos. Este CD, en fin, incluye obras de la última década en que vivió el compositor, y en cierto modo constituye un legado, además de una declaración de principios estéticos.
NUEVE DISCOS PARA LIGETI
Ligeti se pasa a Alemania después de la invasión de Hungría, y se convierte a la electroacústica de repente, como si no le pesara su carga bartókiana, o como si ésta le permitiera abrirse a todos los mundos. Tiene treinta y cuatro años y conoce a Stockhausen en la radio de Colonia. La radio y Stockhausen son un dúo inseparable ya. Por él entra en contacto con una generación, la suya. Por los álbumes de la Edición Ligeti del sello SONY circulan todos los Ligeti. Y es que hay al menos tres Ligeti: el que se forma en Hungría y no puede escribir todo lo que desea ni tiene contacto con el exterior; el que se descubre a sí mismo desde 1957, gracias a su contacto con la vanguardia europea y la música electrónica; y el posterior a un largo silencio que dura desde finales de los setenta hasta entrados los ochenta. El aprendiz, el vanguardista y el inclasificable (posmoderno, neoconsonante, neoexpresivo…). Pero ni el propio Ligeti puede negar que el segundo es el que ha impuesto a los otros dos.
Compárense las obras de diferentes épocas dentro de algunos discos: por ejemplo, en el vol. 7, el radicalismo de las Diez piezas para quinteto de viento de 1968 con los pequeños atrevimientos juveniles de las Seis bagatelas para quinteto de viento de 1953 o el posmodernismo rico en acordes tonales o en disonancias no emancipadas (impensable en los años sesenta y casi todos los setenta) del Trío para violín, trompa y piano de 1982. Hemos pasado de la timidez del compositor de la Hungría staliniana de 1953 a la vigencia de la vanguardia, para asistir después a la crisis y negación (¿superación?) de ésta.
Lo mismo en el vol. 1: el bartókiano, pero muy atrevido Cuarteto l de 1954, frente al radical y micropolifónico Cuarteto 2, contemporáneo de las Diez piezas de 1968. Ojo al concepto de micropolifonía en Ligeti: abarca mucho, en plena época heroica, y consiste en pequeñas unidades con sentido que aportan superior sentido a una unidad mayor.
El vol. 3, dedicado al piano solo, propone el origen (Hungría, 19511953: Música ricercata, once piezas, seis de las cuales se convirtieron en las Bagatelas para viento ya mencionadas) y el paisaje posterior a la batalla (1985-1995: Libros I y II de Estudios y una de las piezas del III; total: 15 piezas). El vol. 4 propone la misma alternativa que el 3: un buen puñado de coros de 1946-1953, del joven enamorado de Bartók; y dos series de tres de 1982-1983: el contraste interno de cada uno de estos CD suele atenuarse. El otro CD vocal (vol. 4) está protagonizado, en cambio, por la época de vanguardia (las decisivas Aventures y Nouvelles Aventures de 1962-1965, la época del Requiem, obra que todavía no está en la Edición de Sony) y por la postmoderna (Nórnense Madrigals (1988-1993), entre otras, con un pequeño cierre juvenil (Cuatro danzas nupciales ultrabartókianas de 1947)
Atención a esa ópera llena de vulgaridades, groserías, parodias, guiños, citas, atención a El gran Macabro, basada en Ghelderode (el de Ensor y Brueghel, el de las medievales danzas de la muerte y una variante del moderno esperpento, pero con elementos de la vieja novela griega, como los amantes ajenos a la realidad y metidos en tumbas), que ya cuenta con dos grabaciones. ¿Es el Macabro producto de la plena modernidad vanguardista? Sí, y no. Sí: sin obras como Aventures y Nouvelles aventures no habría Macabro. No: sin una distancia temporal considerable y, sin un cierto desarrollo de la crisis que llevará al silencio de finales de los setenta, el Macabro habría sido algo muy distinto. El Macabro es vanguardia de alguien que está a punto de abandonar tan avanzadas posiciones bélicas. Lo post está larvado. Ya se manifestará. ¿No es el teatro —libreto, argumento, personajes, canto, público— una manera de renunciar a la pureza de las vigencias de Darmstadt y regresar a cierto orden (esto es, a la realidad) para no naufragar el compositor en las mismas aguas profundas que sus viejas ideas? Esta ópera tiene mucho de gran manifiesto de una generación y una época, aunque sólo la firme un artista. Ahí están Ubu, Punch and Judy, el esperpento, el absurdo, la crueldad, la farsa flamenca, la distorsión de raíz expresionista, aunque de derroteros ya lejanos. Es un collage polifónico, y es el atrevimiento de quien perteneció a esa vanguardia que lo que hizo, sobre todo, fue atreverse. La Edición Ligeti es una buena oportunidad para conocer esa vanguardia.
RETRATO DE KURTÁG
György Kurtág nació en la Transilvania cedida a Rumania por el Tratado de Trianon, pero se convirtió en ciudadano húngaro en 1946. Así, su aprendizaje se benefició de la excelente escuela húngara, cuando todavía estaba allí Zoltán Kodály. Amplió estudios en París con Milhaud y Messiaen, y tardíamente en Berlín. También fue responsable de la enseñanza de varias generaciones de instrumentistas húngaros en la Academia de Música de Budapest, hasta su jubilación en 1986. Es decir, Kurtág no se marchó de aquella parte del telón, al contrario que su compatriota Ligeti, sino que simultaneó estancias y domicilios.
Bartók es su primera referencia inevitable, como ocurre en Ligeti, pero en Francia, en el Domaine Musical de Boulez, descubrió el serialismo y la vanguardia. Compuso poco, y en los años setenta era sólo conocido por un pequeño grupo de profesionales en Hungría, Francia y Alemania. Entre ellos estaba Ligeti, con quien trabajó desde muy pronto. Kurtág utiliza procedimientos de vanguardia, y al mismo tiempo es un clásico, acude al pasado, un pasado vivificador, no muerto: Bach, Monteverdi, y también un clásico cercano como Webern. El doble CD que reseñamos es un homenaje a un músico que ha sabido estar callado mucho tiempo y que adquirió más bien tarde una fresca madurez. Nos referiremos a algunas de las obras que incluye el álbum, entre otras que retratan todo un recorrido estético de gran exigencia.
Los Juegos (Játékok) para piano, diez de los cuales están presentes en el álbum, son fruto de la labor pedagógica de Kurtág: por ejemplo, a partir de Bach, con un componente estético y un cometido pedagógico, una combinación audaz de sonidos y una oportunidad de aprendizaje para el instrumentista.
Un importante experimento del compositor fue la música compuesta para el texto de Comment diré, de Samuel Beckett, titulada What ist the word (1991), que existe en dos versiones, una para voz recitada, voz de soprano y pequeño conjunto vocal femenino con acompañamiento pianístico (preferiblemente, piano vertical), y otra orquestal (aquí escuchamos la primera). What ist the word está dedicado a la actriz Ildikó Monyók, que perdió la voz en un accidente; la obra es el retrato de un doloroso reaprendizaje con balbuceos, gemidos, gritos y onomatopeyas, retrato de un camino cargado de sufrimiento.
La breve Lápida para Stepan (1989) es obra para conjunto dividido, al modo de uno de los modelos de Kurtág, la obra Gruppen, de Stockhausen. El conjunto es muy especial: una guitarra solista, percusión de todo tipo, teclados, pitos de árbitro de fútbol, sirenas, maderas, metales, cuerda grave. Es un auténtico Requiem que tal vez busque el extrañamiento de los elementos lúgubres, aunque no los evita, sino que los transforma.
Más breve aún es otra misa funeraria, el Requiem po drugu, de 1987, para soprano y piano, cuatro miniaturas de densidad weberniana, concentradas y rigurosas. Otro Requiem es Stele (1994), no compuesto todavía cuando se grababa este álbum; aquí Kurtág utiliza una orquesta tradicional, aunque con cuatro tubas wagnerianas, piano de cola, piano vertical, címbalon, celesta, vibráfono y marimba; es una Estela funeraria de unos doce minutos de duración.
Otras obras de este CD cargado de miniaturas son: una parte del Doble concerto de 1990, para piano, cello y dos conjuntos, un recitativo, una cantilena, un discurso obsesivo y a menudo violento; y su correspondiente en cuanto a número de opus (el 27), esa especie de concerto para piano y conjunto denominado .. .quasi una fantasia…, cuatro movimientos en miniatura de evocación shakespeariana (La tempestad), obras ambas de una poética enigmática, casi diríamos trascendente, dos discursos instrumentales de una importancia decisiva cuando ya se ha vuelto la página de la vanguardia (estamos en 1987-1990). En resumen: un excelente álbum para familiarizarse con Kurtág, siquiera como iniciación. Kurtág es uno de los músicos más vivos de este grupo; además, él no vive de las rentas.
EPILOGO PARA TRES DISCOS
Das atmende Klarsein es una dilatada obra coral en la que el insobornable Nono continúa sus investigaciones sobre la voz y la descomposición del discurso vocal. Más austera que La fabbrica iluminata, es también más cercana a lo que se puede entender por tradicional y, sin embargo, menos inmediatamente atractiva que aquella obra para voces y cintas preparadas.
Don Perlimplin es obra de radio, obra de soporte puramente sonoro, en la que actores, instrumentistas y una sola cantante dan traducción sonora a la obra de Lorca, que hay que seguir en su texto, porque sólo en ocasiones lo oímos recitado o cantado, y sí a menudo traducido a un instrumento de viento. Es un experimento bello y limitado del autor de obras escénicas muy hermosas como esa obra postuma, inconclusa, que es el collage Satiricón, en la que Maderna trabajaba al morir, o una espléndida ópera anterior, Hyperion (1963).
El vienés Cerha ha tardado en llegar a ser reconocido internacionalmente. Los años setenta fueron los de su eclosión, por decirlo así, al terminar la composición de Lulu, la mítica ópera inconclusa de Alban Berg, y al entregar su propia ópera Baal (1974-1981). Primero clasicista, pronto serial y finalmente dueño de todos los recursos de su tiempo, como intérprete y como compositor, Cerha ha sido reconocido por fin como uno de los grandes de su generación. Polirritmia, polimétrica, microtonalismo y otros procedimientos expresivos típicos de este compositor (retrato de la revuelta, de la inquietud, del desasosiego) se encuentran en sus tres Cuartetos de cuerda, de un dramatismo sin disfraz lleno de fuerza y de garra. Sin duda animado por la buena recepción de Baal, Cerha volvió a la ópera con Die Rattenfänger, estrenada en 1987. Lamentablemente, estas óperas no existen en disco.
Estos tres compositores merecerían un recorrido por otros CD que contienen obras más significativas de su trayectoria, lo que no significa que, por ello, deba ignorarse el valor de las aquí reseñadas.
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REFERENCIAS BERIO • Sequenze I-XIII y IXb ( 1958 – 1995 ). Luisa Castellano, soprano. Gabriele Cassone, trompeta. Eliot Fisch, guitarra. Teodoro Anzellotti, acordeón. Soliatas del Ensemble InterContemporain. Grabaciones de 1994-1997. DEUTSCHE GRAMMOPHON 20 21 457 038-2. BOULEZ • Répons ( 1981 – 1984 ). Dialogue de l’ombre double (1985). Soli, Ensemble InterContemporain, dir. de Pierre Boulez (Répons). Alain Damiens, clarinete (Dialogue). Grabaciones de 1996. DEUTSCHE GRAMMOPHON 20 21 457 605-2. CERHA • Cuartetos 1, 2 y 3. Ocho movimientos a partir de fragmentos de Hölderlin, para sexteto de cuerda. Obras de 1989-1995. Cuarteto Arditti. CPO HENZE • Die Bassariden, ópera seria en un acto (1976). Kenneth Riegel (Dionisos), Andreas Schmidt (Penteo), Michael Burt (Cadmo), Robert Tear (Tiresias), Karan Armstrong (Agave), Celina Lindsley (Autonoe), Ortrun Wenekl (Beroe). Coro de Cámara de la RIAS. Südfunkchor. O. S. de la Radio de Berlín. Gerd Albrecht, director. Grabación de 1986. KOCH SCHWANN (2 CD) 314006. KURTÁG • Portraitkonzert Salzburg 10.8.1993 (Obras de 1961-1992). Zoltán Kocsis, piano. Cuarteto Keller. Adrienne Csengery, soprano. Zoltán Gál, viola. Miklós Perényi, cello. Marta y Gyórgy Kurtág, pianos, etc. Director: Peter Eötvös. COL LEGNO (2 CD) WWE 31870. LIGETI • Edición del sello Sony en (hasta el momento) 8 álbumes: MADERNA • Don Perlimplin ovvero II trionfo deliamore e dell’imaginazione. Alda Caiello, soprano. Actuación dramática: Anna Nogara, Daria Nicolodi, Carlo Cecchi. Solistas instrumentales: Lorenzo Missaglia, flauta; Ausonio Caló, Renata Vinci, Mario Marzi, Stefano Corradi, Maurizio Longoni, saxos. Divertimento Ensemble. Sandro Gorli, director. Grabación de 1996. STRADIVARIUS STR 33436. NONO • Das atmende Klarsein (1981). … sofferte onde serene… (1976). Con Luigi Dallapiccola (1979). Solistas y electrónica. Dirección: Beat Furrer (Klarsein), André Richard (sofferte), Robyn Schulkowsky (Dallapiccola). Grabaciones de 1993. COL LEGNO WWE 1CD31871. STOCKHAUSEN • Mantra, para dos pianos (1970*). Janka & Jürg Wyttenbach, pianos. Grabación de 1996. ACCORD 202252. TAKEMITSU • Quotation of Dream (Day Signal, Quotation of Dream, How slow the Wind, Twill by Twillight, Archipelagos, Dream/Window, Nigh Signal, obras de 1985-1993). London Sinfonietta. Director. Oliver Knussen. Grabaciones de 1996-1997. DEUTSCHE GRAMMOPHON 20 21 453495-2. ZIMMERMANN • Requiem für einem jungen Dichter. Phyllis Bryn-Julson, soprano. Roland Hermann, barítono. Otros solistas. Coro de la Radio de Colonia, de la Radio del Norte de Alemania y de la Radio de Viena. Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia. Dirección: Gary Bertini. Realización de sonido de la Radio de Colonia. WERGO WER 60180-50. |
Beethoven:
Sonata nº 9 en La Mayor «Kreutzer»
Franck: Sonata en La Mayor Itzhak Perlman , violín Martha Argerich , piano Grabación en vivo: 30 .7.1998 . Saratoga Performing Arts Center, U.S.A.
EMI ClASSICS 5568152. DDD
Las grabaciones en vivo siempre tienen un atractivo especial. Los grandes artistas, y Perlman y Argerich lo son, crecen en el escenario y dan lo mejor de sí cuando actúan ante el publico. Hoy en día, los medios técnicos garantizan una toma de sonido en directo equiparable al que se lleva a cabo en los mejores estudios de grabación. Por eso merece la pena registrar los conciertos más interesantes que se producen en el mundo. Son grabaciones que reflejan el calor del momento y la interpretación nos llega de forma más espontánea y más sentida.
Las Sonatas que integran este recital son dos obras de envergadura, por su duración y por su dificultad técnica. Representan dos etapas diferentes de ese periodo artístico que solemos llamar romanticismo, que abarca casi más de un siglo y reúne bajo el mismo título, estilos y escuelas tan distintos. La Sonata que Beethoven dedicó al célebre violinista Kreutzer, como homenaje a su personalidad y a su reconocido talento virtuosístico, fue calificada por él como ultrajantemente ininteligible, y nunca la tocó en público. Es una obra llena de energía y dramatismo, en la que el piano es casi orquestal y en algunos momentos amenaza con eclipsar al violín, algo que no debió de gustar nada al famoso Kreutzer.
Si Beethoven representa el primer estadio del movimiento romántico, César Franck (1 822-1 890) se sitúa casi en las postrimerías. La Sonata en La Mayor, compuesta al final de su vida, es una de sus obras más bellas. Representa la fusión del . universo poético y dramático del compositor, y discurre entre la nostalgia y la melancolía, con momentos de gran apasionamiento que exigen mucha capacidad a sus intérpretes.
Martha Argerich e Itzhak Perlman son dos grandes solistas. Aunque no forman dúo habitualmente, en esta ocasión demuestran un alto grado de compenetración. Pedman es un violinista excepcional que borda todo 10 que toca, capaz de ejecutar con maestría pasajes de gran dificultad y de expresar con la mayor sensibilidad los momentos más sutiles de la partitura de Franck. Martha Argerich es una pianista enorme, de asombrosa versatilidad, y a quien no asusta una partitura difícil. Su gran vehemencia y fogosidad se adapta perfectamente al Beethoven más impetuoso, pero también es capaz de mostrar una sensibilidad exquisita en los momentos más delicados de las dos obras.
Sola m’iré
Canciones del Cancionero de Palacio (1460-1530)
Ensemble Gilles Binchois
Dominique Vellard
VIRGIN VERlTAS – 7243 5 45359. STEREO. DDD
El Cancionero de Palacio, uno de los grandes tesoros musicales españoles del Renacimiento, contiene más de 450 canciones escritas por músicos de la Corte de los Reyes Católicos. Se desconoce quién es el autor de la compilación, si bien se supone que Juan del Encina intervino muy activamente, dada la cantidad de obras suyas que contiene.
La mayoría de los autores representados formaron parte en algún momento de la Capilla musical de los Reyes o tuvieron estrecha relación con ella, 10 que explica que el destino del manuscrito fuera la Corte real. Juan del Encina estuvo al servicio del Duque de Alba y es muy posible que el cancionero, reunido en principio por él, pasara como un regalo a manos de los Reyes. La documentación de la época muestra que los nobles castellanos rivalizaban por tener a los mejores cantantes del momento, que pudieran ofrecerles el mejor y más novedoso repertorio de su tiempo.
El extraordinario interés del Cancionero de Palacio radica en que, en lugar de música monódica como en las colecciones más antiguas de este género, presenta poesías musicadas y armonizadas polifónicamente de dos a cuatro voces. Son perfectos ejemplos de lo que supuso en música el humanismo renacentista. Las canciones, escritas en su mayor parte en castellano -algunas en gallego y muy pocas en 1atín- son tonos humanos, esto es, canciones de amor cortés, de una gran elegancia poética y una sencilla elaboración musical. En contraposición a los cantos religiosos o tonos divinos, siempre en latín, y de una mayor severidad.
Algunas piezas en mayor medida que otras, como Más vale trocar de Encina o Ya cantan los gallos de Vilches, están inspiradas en elementos textuales o musicales de la canción popular. De ese modo, la música cortesana se ve enriquecida con una mayor viveza y frescura. Al mismo tiempo, la música popular alcanza un mayor grado de refinamiento a través del gusto exquisito y el buen oficio de los poetas-músicos.
En aquella época existía una gran versatilidad instrumental y, además, las voces y los instrumentos eran intercambiables. Esto ha dado pie a que, en ocasiones, estas canciones se toquen con un variadísimo instrumental, incidiendo en su carácter festivo y popular. No en todas las ocasiones contarían en palacio con un grupo musical numeroso, y sí sería más habitual la presencia de un laúd o una vihuela. Las versiones que ponen mejor de relieve la sencilla polifonía de estas canciones son aquéllas en las que se interpretan a dos, tres o cuatro voces a capella. Y es así como el Ensemble Gilles Binchois presenta en esta grabación una veintena de canciones del Cancionero de Palacio. Su título, Sola m’iré, hace alusión al estribillo de la canción anónima A los baños del amor, una de las más bellas de este disco.
Cuatro magníficas voces y un discreto laúd en segundo plano ofrecen algunas de las canciones menos divulgadas de esta colección. Entre ellas la Serranilla de Garcimuñoz, buen ejemplo de la utilización de melodías populares integradas en una canción culta, o las canciones de la primera generación de compositores del Cancionero de Palacio, como Juan de Urrede o Joao de Badajoz.
En general, se trata de una versión algo lenta, que se adecúa muy bien a aquellas canciones de amor no correspondido y que recrean el sentimiento melancólico. No así en aquéllas más alegres, donde echamos de menos una mayor ligereza de tempo. Destaca la cuidadísima dicción española y la esmerada interpretación del conjunto, cuyas voces saben discurrir con delicadeza y expresar una amplia escala de matices, manteniendo siempre un plano sonoro de gran intimidad.
Hace años T.S. Eliot advertía que los autores de segunda fila se caracterizaban por no darse cuenta de que los cambios de sensibilidad exigían un cambio en la expresión, «but expression is only altered by a man of genius». El libro ante el que nos encontramos responde a esa observación de Eliot: no se trata, simplemente, de otro trabajo que trate sobre temas que algunos pensadores americanos hayan puesto de moda, sino que nos encontramos ante una poderosa reflexión que aporta perspectivas originales sobre cuestiones centrales de la filosofía política contemporánea.
Una recensión de un libro de denso contenido no puede pretender sustituir la reposada asimilación de las tesis en tal libro defendidas, sino, quizá, debe circunscribirse a señalar algunos de sus puntos básicos, sirviendo así de acicate al lector para que acuda directamente «a las cosas mismas», al libro que se comenta.
Pues bien, pienso que la preocupación central del autor es identificar los errores básicos de la democracia occidental, que conducen a que, a pesar de vivir en países ricos y en los que se respetan los derechos humanos, por lo que somos objetos de atracción y de envidia por tantas gentes del mundo entero, haya una extendida sensación de desencanto público entre los ciudadanos. Son muchos quienes hoy observan que los políticos les piden colaborar con el voto, a la vez que en el fondo, les mandan el mensaje de que eso es todo lo que se espera de ellos, animándoles a que disfruten de las delicias de un pacífico consumo, sin que perturben a los políticos pretendiendo inmiscuirse en los avatares de la cosa pública. El asunto viene de lejos. Ya decía Paul Valéry, en 1943 que la politique est l’art d’empécher les gens de se méler de ce qui les regarde. Y aquí se alza la protesta de Llano. ¿Cómo es posible que no podamos intervenir en lo que nos concierne? ¿Cómo hemos caído, dentro de una democracia, en ese engaño? ¿Qué deberíamos hacer para salir de él? La historia comienza con la acertada decisión de la primera modernidad de soltar las amarras en la persona que la fijaban por nacimiento a una comunidad predeterminada, decisión que evolucionó, equivocadamente, hacia un individualismo contrario a la auténtica condición humana.
Ante ese individualismo, fue lentamente configurándose la idea del Estado de Bienestar, cuyos hitos fundamentales quizá se encuentren en Keynes, que da un especial protagonismo económico al Estado, tomando ocasión de la necesaria lucha contra el paro, y en T.H. Marshall quien en sus famosas conferencias del 1949 introduce el concepto de derechos sociales, como necesaria ampliación de los derechos humanos de la ciudadanía. La esencia del Estado de Bienestar, por otra parte, no radicaría solamente en la hipertrofia de las funciones económicas del Estado, sino que a ello habría que sumar la hipotrofia de sus responsabilidades éticas. Si Maritain —como Cicerón— pensaba que el bien común de las personas consiste en la vida buena de la multitud, el pensamiento llamado liberal en USA —con el primer Rawls a la cabeza— entiende, como es sabido, que la política debe ser un terreno moralmente neutral, regido por normas simplemente procedimentales. El segundo elemento consistiría en la mitificación del mercado, único altar público en el que se permite sacrificar a quien sea, especialmente a los más débiles. Y, por último, ambos elementos sellaron una «unión sagrada» con los medios de comunicación, que proporcionan la imagen de una estructura social en donde cualquier ciudadano tiene la posibilidad de ser escuchado por el poder, pero que, en realidad, es la tercera pata del tecnosistema, un conglomerado político-económico-mediático al servicio de la arrogancia de los poderosos y de la prepotencia de los bien situados.
Llano afirma que ese tecnosistema por fin ha entrado en crisis, al ser incapaz de atender las vitalidades emergentes de los ciudadanos y que es preciso señalar sus errores para evitarlos absolutamente y poder proponer unas vías de solución.
Para ello, el autor comienza ajustando sus cuentas con los defensores del Estado de Bienestar y con el paradigma lib/lab que le ha dado cobertura teórica. No se trata de retrotraerse a paradigmas anteriores más insolidarios. Pero, en contra de Dahrendorf, no cabe seguir creyendo en esos presupuestos lib (lo liberal y neutral, la libertad económica fundada en una presunta racionalidad del mercado) sumados a los presupuestos lab (la protección a la labor de los ciudadanos, entregada en manos de un Estado burocratizado e ineficiente que se arroga el monopolio de la benevolencia). No cabe seguir defendiendo una presunta neutralidad valorativa del Estado, expresión de una sociedad falsamente calificada de abierta, cuando es obvio que es imposible construir una sociedad que no se apoye en valores concretos, y es antinatural y disgregador pedir al ciudadano que no luche en la arena pública por lo que cree, permitiendo así que se apoderen de lo público quienes sólo creen en el dinero o en el consumo. No cabe seguir arrancando a los ciudadanos su libertad de iniciativa. Es urgente, por el contrario, animar a todos a que intenten protagonizar responsablemente la estructuración de comunidades diversas con vocación de comprometerse en la dinámica pública.
Así Llano defiende una sociedad en la que se valora el protagonismo de la persona concreta, consciente de su condición de miembro activo de la sociedad, en cuya configuración política procura participar. Una sociedad que promueve una diversidad de comunidades humanas como ámbitos para buscar la plenitud de la persona, que no puede encontrarse en un marco individualista, subrayando de este modo las responsabilidades sociales de cada uno, en sus derechos y deberes. Una sociedad en la que no se desprecia el alto valor de la esfera pública, como ámbito en el que se despliegan las libertades sociales y como instancia que garantiza que la vida de las comunidades no sufra abusivas presiones de quienes tienen el poder.
Nuestro autor reserva el último capítulo a la exposición de la imagen humanista del hombre y del ciudadano, que está en la base de su humanismo cívico. Aquí se puede apreciar que el núcleo de los problemas de la sociedad actual no es meramente organizativo o funcional. Lo que hoy domina, al menos en un nivel superficial, es la imagen mecanicista, individualista y anticognitivista del ser humano, herencia inercial de una Ilustración en la que ya casi nadie cree. Desde esta ideología, el hombre es una incógnita para cabe duda tanto que la utopía es esencial para no conformarse con lo objetivamente insatisfactorio, como que sí mismo, porque ha perdido el sentido y la finalidad de sus propia existencia, a cuyo conocimiento renuncia, para volcarse en un intento de dominar el mundo y de maximizar su placer subjetivo. Por ese derrotero no se va a ninguna parte, precisamente porque no se sabe hacia dónde ir. En cambio, la imagen cristiana y humanista del hombre y de la mujer nos presenta su vida como un dinamismo de autoperfeccionamiento, que permite a las personas ahondar en la interioridad de su intimidad irrepetible y, en el mismo movimiento, abrirse al diálogo interpersonal e intervenir activamente en la configuración de una sociedad más plural y fecunda.
Llano se defiende contra quienes le puedan atacar de utópico o incluso de contrapeso retórico de un implacable consumismo y de la tecnocracia dominante en el tardo capitalismo. Desde luego, entiendo que sería una torpe acusación descalificarle como contrapeso retórico, ofrecido en el fondo para mantener el status quo. Quizá sea tópico exigir a todos ese nivel de intervención activa que Llano pide a los ciudadanos pues incluso el mismo Aristóteles reconoce que el hombre es un animal más conyugal que civil. Ahora bien, lo importante es subrayar la necesidad y la fecundidad de tal intervención, para la que estamos capacitados, pues, aunque no sean muchos quienes se decidan a actuar, las consecuencias de su iniciativa pueden ser considerables. Nada peor que la mentalidad de que les jeux sont faits. Es muy probable que el muro continuara hoy todavía si personas como Solzhenitsyn o Havel hubieran considerado que no tenían nada que hacer.
También la biografía del autor ayuda a creer en la autenticidad de su pensamiento, ya que, tras la famosa anécdota de Tales de Mileto, no pocos piensan que los Catedráticos de Metafísica sólo están para cavilar en su despacho. Llano, por el contrario, además de su actividad intelectual —que se ha traducido en la publicación de numerosas obras—, se ha involucrado con éxito notable en numerosas iniciativas sociales y universitarias, habiendo dejado hace poco el cargo de Rector de la Universidad de Navarra, donde ha desarrollado una relevante tarea durante seis años. Sea bienvenido este libro, que Ariel nos ofrece en una cuidada edición.
Lo intuyó un George C. Scott reencarnado en Patton para la película del mismo nombre: luchamos siempre la misma batalla, y siempre acabamos luchando en los mismos sitios.
No me refiero a los lugares estratégicos donde, por lógica, dada su ubicación, siempre se va a llevar a cabo una batalla decisiva. Ese sería el caso de las Termopilas, por ej emplo, donde los espartanos de Leónidas, en exigua y bien formada falange, se enfrentaron con la numerosa tropa de Jerjes, que cegaba al sol con sus flechas. El lugar es un paso ineludible entre montañas, que más tarde defenderían griegos e ingleses para taponar el avance de los blindados alemanes en 1941, durante la Segunda Guerra Mundial. Tampoco me refiero a las ciudades importantes, ni a los puntos clave —o que se hacen clave con el desarrollo de las campañas—, que también, necesariamente, han de ser escenario de repetidos combates: así el sector de Ypres-Passchendaele en la I Guerra Mundial, o el frente de Teruel en nuestra guerra civil.
Cuando hablo de la transmigración de las batallas me refiero a esos lugares propicios para el enfrentamiento, predestinados desde antiguo a la lucha, y que llaman al choque de los ejércitos tal como los puñales de algún cuento de Borges demandaban muertes, sea cual fuere la mano que los empuñara.
Uno de esos puntos está en Túnez, y como tal lo reconocía Patton en la película homónima. El general de caballería pasaba revista a los restos de la columna norteamericana destruida en Kasserine a manos del Afrika Korps, y ahuyentaba a los expoliadores de cadáveres, rememorando el mismo expolio de los lugareños en Zama, al final de la II Guerra Púnica, muchos siglos atrás. Una vez los protagonistas habían sido Aníbal y Escipión; ahora, Rommel y las inexpertas tropas estadounidenses que aún no dirigía Patton. El terreno, los contraluces del desierto, los buitres y la rapiña eran los mismos.
Otro paraje de batalla es Poitiers. Allí, en 732, resistió Carlos Martel el avance de las razzias musulmanas, a golpe de hacha y de escudos compactos. Mucho tiempo después, en 1356, en el mismo terreno, Juan el Bueno, rey de Francia, fue derrotado por el Príncipe Negro en una de las batallas más famosas de la Guerra de los Cien Años. Por cierto, aquí se da un doble cruce. No sólo se repite un lugar sino, además, un mismo esquema de batalla. Tanto en Poitiers en 1356, como antes en Crécy en 1346 y luego en Agincourt en 1415, se dio la misma escena: una pequeña hueste inglesa aniquilaba a un poderoso ejército francés, que ostentaba la flor de su caballería. Lo hicieron aprovechando terrenos estrechos en los que la caballería no era capaz de maniobrar, y sobre todo sacando el máximo partido de un arma plebeya, barata y revolucionaria: el arco largo galés, que derramaba muerte desde el cielo (los buenos arqueros podían disparar hasta seis saetas por minuto) y atravesaba desde la distancia cualquier coraza.
El río Boyne, en Irlanda, también se ve investido por el hechizo de la batalla. Allí, en su estuario, según la leyenda, desembarcaron por primera vez en Erin los milesios (los hijos de Miled) para derrotar a los de Danaan. Desde entonces los de Danaan han quedado confinados al otro lado del espejo; se han visto reducidos al papel de hadas, a ser los habitantes del Otro Mundo, del lado mágico. Boanna, diosa del río —posiblemente tan bella como la Anna Livia que simboliza al Liffey dublinés y joyceano—, dio a luz a Angus Og, dios del amor, de la juventud, y del Otro Mundo. Y Angus tuvo su palacio en Newgrange, junto al Boyne, mucho antes de que Yeats lo cantara en disfraz de vagabundo.
El mismo río Boyne presenció la derrota de las fuerzas de Jacobo II y el ocaso de los estuardos en 1690, ante Guillermo de Orange, cuando Jacobo intentaba recuperar el trono que le había quitado la Glorious Revolution de 1688. El río se salvó aún de otro hecho de armas: dada la neutralidad de Irlanda en la II Guerra Mundial, el Alto Mando aliado observó la posibilidad de «tomar posesión cautelar» de Irlanda hasta la zona del río Boyne, para evitar cualquier sorpresa por la retaguardia durante la preparación del desembarco de Normandía. Al final, Irlanda dio seguridades y se libró de esta intervención militar.
Tannenberg, en la siempre fronteriza región que une Prusia, Polonia y Lituania, hospedó otra batalla cíclica. La primera parte ocurrió en 1410. Entonces, los caballeros polacos y lituanos, unificados bajo la dinastía de los Jagellones, quienes dieran renombre a la imperial Cracovia, vencieron a los caballeros teutónicos, que tras esta derrota ya no volverían a levantarse (el infatigable lector puede encontrar también esta batalla bajo el nombre de Grunwald). Es particularmente épica (y cinematográfica avant la lettre) la imagen del caballero polaco clavando las dos espadas en la nieve y ofreciéndoselas al rey Ladislao II Jagellón para que las tome y expulse a los invasores alemanes.
Los caballeros teutones, que llevaron su cruzada a sangre y fuego por Curlandia Polonia, Rusia y los actuales estados bálticos, han servido de referente en varias de las épicas eslavas. Los recordamos hundiéndose bajo el hielo —que se resquebrajaba como su poderío— en la cantata Alexandr Nevski de Prokófiev y en la película homónima de Eisenstein. Son asimismo los malvados en Los caballeros Teutones, la obra que les dedica Enrique Sienkiewicz —más conocido entre nosotros por su Quo vadis—, en la que Zbyszko de Spichovo hace de paladín polaco frente a la dominación germana.
Los alemanes hubieron de esperar más de quinientos años para tomarse, en el mismo lugar, su revancha. En 1914, al comienzo de la I Guerra Mundial, el ejército zarista apuntaba hacia Prusia y Pomerania aprovechando que el grueso de las tropas alemanas avanzaban sobre París según el plan prefijado por Moltke (luego Gallieni y sus taxis los detendrían en el Marne). Hindenburg en persona acudió al teatro oriental de operaciones para enfrentarse al avance ruso. Los alemanes, basados en la superioridad de sus comunicaciones y en la lucidez de su Estado Mayor, que supo captar muy rápidamente la situación táctica, deshicieron por completo dos ejércitos rusos (mandados por los generales Samsonov y Rennenkampf, rivales en su vida privada, ¡se mandaban mensajes telegráficos sin usar clave!). Una batalla tuvo lugar en los Lagos Masurianos; la otra, la que había esperado siglos, en Tannenberg.
No sólo los lugares de las batallas se repiten. También son cíclicos los comportamientos de algunos combatientes, como si de tiempo en tiempo una actitud quisiera volver al campo de batalla.
Así ocurrió con tres generaciones (abuelo, padre e hijo) de la misma familia, y que compartían el mismo nombre: Decio Mus. El primero, Publio Decio Mus, en medio de una batalla del ejército romano contra otros pueblos del Lacio (en 340 a.C., durante la Guerra Latina), se ofreció a los dioses para propiciar la victoria de sus armas. Hecha la invocación, se lanzó entre las filas enemigas. Los dioses de la guerra lo oyeron, pues el incierto combate cayó del lado romano.
Su hijo hizo lo propio en 295 a.C., en Sentinum, durante la 111 Guerra Samnita, frente a una coalición de samnitas y galos. Su inmolación plugo otra vez a los dioses, y Roma se apuntó una nueva victoria.
Guiado por la historia y por el peso de la sangre, un tercer Decio Mus quiso propiciar la victoria de los lábaros sacrificándose en el altar de las espadas enemigas. Fue en 279 a.C., en Ausculum. Pero esta vez los dioses no se mostraron favorables. Quizá estaban cansados de la tradicional ofrenda de los Mus (la rutina acaba con todo, como decía Sklovski). Sea por ello o porque la legión aún no le había cogido el truco a la falange de Pirro, el hecho es que el rey de Epiro consiguió otra de las victorias que le han hecho famoso. Eso sí, fue una victoria pírrica, como todas las suyas: los aguerridos romanos, descendientes de soldados tan corajudos como Horacio Cocles y Mucio Escévola, no se arredraban ante las nuevas armas (los elefantes) ni ante la poderosa y ordenada falange. Aunque quizá los dioses no despreciaran del todo el sacrificio del tercer Mus: aquélla fue la última victoria de Pirro sobre los romanos.
Más curioso es el caso de dos arrebatos similares, esta vez a muchos siglos y millas de distancia, y sin ninguna relación familiar (al menos, conocida). El primero aconteció durante la conquista de Britania por los romanos. La primera vez que las fasces cruzaron el Canal, en la época de Julio César, se encontraron con una visión inesperada. Los bárbaros ingleses (que aún no tenían ese nombre) presentaban combate, según su usanza, semidesnudos y con el cuerpo pintado de azul (de ahí el nombre de pictos que les dieron los romanos). Hasta ahí, todo normal —tratándose de gente sin romanizar—. El problema es que los romanos creían que los espíritus eran de color azul. Imaginemos a los milites romanos cruzando un brazo de mar tan agitado como el Canal de la Mancha, descendiendo de sus barcos en lamentables condiciones atmosféricas, y viendo aparecer entre la bruma a un ejército de fantasmas. El pánico se apoderó de los romanos en los primeros momentos del choque. La situación la salvó un decidido aquilifer que se lanzó con su estandarte en medio de la turba enemiga. Hubiera enfrente fantasmas o no, los romanos no podían permitir que su símbolo cayera en manos enemigas; así que se armaron de valor y acabaron ganando el día.
Parecida historia —sin fantasmas de por medio— acaeció en una de las batallas más famosas de esa serie de guerras en las que España se desangró, en los siglos XIX y XX, en el Norte de Africa. La jornada de los Castillejos era incierta hasta que el general Prim se abalanzó con la bandera de España en medio de la hueste mora, animando con la «arenga de las mochilas» al regimiento de Córdoba, y decidiendo con su arrojo la contienda. Un día victorioso para nuestras armas y para nuestras letras: Pedro Antonio de Alarcón sabría dar cuenta de la legendaria acción en su Diario de un testigo de la Guerra de Africa.
Habrá más casos en la Historia, pero bástenos con este puñado. Como hemos visto, los lugares y las actitudes se repiten, y no pareciera sino que, a la par del samsara que encadena a los hombres, hubiera una transmigración cíclica de las batallas.
Como es su costumbre, la literatura se adelanta a la vida, y la explica de variadas maneras. Según la mitología nórdica, en el Valhalla —el paraíso de los vikingos, adonde van los guerreros caídos en combate— cada día se reúnen sus moradores, se arman, combaten, se dan muerte y renacen. Luego, se embriagan de aguamiel y comen la carne de un jabalí inagotable. El paraíso vikingo consiste en una lucha sin fin.
Saxo Gramático, en su Historia danica, nos habla de un hombre al que una misteriosa mujer conduce bajo tierra. Allí contempla una batalla. La mujer le aclara que los combatientes son hombres que perecieron en guerras del pasado, y que su combate es eterno.
En la Saga de Thorsteinn Uxafótr, el héroe penetra en un túmulo en el que hay bancos laterales. A la derecha, hay doce hombre bizarros de traje rojo; a la izquierda, doce hombres abominables de traje negro. Su destino es pelear encarnizadamente, sin jamás conseguir darse muerte.
(El lector interesado puede abundar en estas historias si consulta las fascinantes Literaturas germánicas medievales de Borges. El mismo Borges que, abocado a la vida de acción por sus lecturas y sus antepasados, e impedido para tal fin por su ceguera, tuvo que conformarse con vivir varias muertes épicas, como el Pedro Damián rehabilitado en la carga de Masoller de La otra muerte).
Nos queda aún, para cerrar este apunte que ha acabado convirtiéndose en una silva de varia lección, el comentario de una última batalla. Una historia en la que no faltan ingredientes: el amor, los férreos ciclos naturales, la magia y la leyenda. Como se nos cuenta en la séptima narración de los Mabinogion, dos guerreros se enfrentan por una princesa. Ellos son Gwythir hijo de Greidawl y Gwynn hijo de Nudd, y bajo esos nombres representan el invierno y el verano en su pulso anual. La princesa se llama Creiddylad, y es hija de Llud el de la Mano de Plata. El destino encadena a los tres: los héroes deben batirse por la doncella cada primero de mayo —el día sagrado de Beltené, dios de la muerte, el que da y quita la vida a los hombres, y también el día en que los milesios desembarcaron en el Boyne, en la acción ya comentada—. Lucharán por los siglos de los siglos, en un combate cíclico que no terminará hasta el Día del Juicio Final.
Los musulmanes distinguen dos vertientes dentro de su Guerra Santa. Una es la Pequeña Guerra Santa, la que surge de vez en cuando, siempre que los musulmanes han de enfrentarse con los infieles para extender la fe del Islam. La otra, la crucial, la importante, la decisiva, la Gran Guerra Santa, es la que a diario libran el Bien y el Mal dentro de cada uno de nosotros, a lo largo y ancho del mundo. Allí nosotros somos el campo de batalla, y los ej ércitos son las tendencias encontradas —la Luz y las Tinieblas— que viven en nuestro interior.
Shelley sugería que todos los poetas escriben el mismo poema, un gran poema infinito que está compuesto por todos las poemas del pasado, el presente y el porvenir. Carlyle apuntaba que la Historia Universal es un libro en el que escribimos, que intentamos entender y leer, y en el que nos escriben. Quizá toda la Historia no sea otra cosa que el continuo enfrentamiento, interior y exterior, de tendencias opuestas; quizá no sea otra cosa que una gran batalla cíclica.
La carrera de Alfred Hitchcock abarca las décadas quizá más trascendentales de la historia del cine. Su historia es la de un hombre apasionado por el cine; esta pasión le hizo abandonar su carrera como ingeniero para tomar contacto profesional con el mundo del celuloide, primero como ilustrador de intertítulos y luego en distintas responsabilidades -jefe de titulaje, decorador, guionista, ayudante de dirección- hasta estrenarse como realizador en 1922 con la inacabada Number thirteen. A partir de entonces desarrollaría una de las trayectorias fílmicas más prolíficas y admiradas de la historia del cine, que experimenta un salto cualitativo desde su llegada a Hollywood para rodar Rebeca (1940).
Entendemos por cine moderno aquel que surge como superación del paradigma clásico que irradió desde Hollywood en el periodo determinante que abarca aproximadamente desde 1935 a 1950. Ese clasicismo era una consecuencia estética de la madurez que había alcanzado un sistema industrial sustentado en el principio de economía que regía todo: optimización de recursos, división del trabajo y de las funciones, producción seriada y canalizada a través de unos moldes codificados (géneros) y al servicio del star system.
Aquellos años de esplendor industrial habían convertido al cinematógrafo en el primer entertainment en todo el mundo, al tiempo que se había propiciado una nueva mitología popular cuyos héroes eran las estrellas de la pantalla… Todos se sentían seguros y eso favoreció la implantación de una gramática fílmica, basada también en el citado principio de economía aplicado a la narración, la dramaturgia y la puesta en escena. El objetivo era que las mediaciones que se interponen entre el espectador y lo proyectado en la pantalla fueran lo más transparente posible. Y se logró, como ocurriera en la Grecia de Pericles y en la Italia renacentista, que un sistema de representación, arbitrario como todos, fuera universalmente aceptado y entendido, hasta el extremo de ser considerado «natural».
Hitchcock no se ajustaba, por temperamento y opción estéticos, fácilmente a los corsés
Justo en ese cénit clasicista llegó el director inglés a Hollywood de la mano del excéntrico productor David O’Selznick y asimiló ese modelo clásico que él mismo, como tantos otros cineastas europeos de fuste (Fritz Lang, Lubitsch, Whale, Von Sternberg), habían contribuído a crear con sus tanteos en la orilla vieja del Atlántico. Pero Hitchcock no se ajustaba, por temperamento y opción estéticos, fácilmente a los corsés; de ahí que su filmografia se mueva más bien entre ese periodo de gestación, abierto a las innovaciones (incluso vanguardistas) durante la década de los treinta y las reformas de los cincuenta. Incluso sus películas circunscritas al momento álgido del Clasicismo tienen evidentes elementos «desequilibradores».
MANIERISMO CINEMATOGRÁFICO
Fue Jesús González Requena quien tuvo la feliz idea de nominar como manierismo cinematográfico la etapa de búsquedas estéticas que se abrieron en un Hollywood en crisis, acosado por los cambios de costumbres del norteamericano medio (los cinturones de viviendas unifamiliares a las afueras y la televisión habían roto con la sagrada costumbre de asistir a los cines urbanos) entre 1950 y 1965. El término es muy oportuno, ya que remite a una similar situación de crisis -acarreada por una serie de acontecimientos aciagos, el Saco de Roma de 1527 principalmente- que desemboca en el cuestionamiento del clasicismo de comienzos del Cinquecento.
El sistema de representación perspectivo del Renacimiento, puesto al servicio de un universo antropocéntrico y ordenado por el idealismo platónico, hace aguas a lo largo de los periodos de inseguridad que se suceden durante los dos últimos tercios del siglo XVI. La inestabilidad propicia tiempos de búsquedas en todos los órdenes, que se dejan notar muy especialmente en la pintura: se explora el espacio, el color, la luz, la composición, las angulaciones, el encuadre, el punto de vista del espectador, los juegos ópticos que desembocarán en ilusionismo y el trampantojo, etc.
Una mirada a buena parte de la producción de Hollywood a partir de 1950 certifica esos paralelismos con la reforma manierista del Cinquecento. La caja de pandora había sido abierta por un joven inquieto, autor de una película revolucionaria cuyo alcance no se comprendió en 1941, precisamente en el punto álgido del clasicismo… Las innovaciones de Ciudadano Kane serían asimiladas, empero, una década después, cuando la industria americana se vio obligada a buscar desesperadamente nuevas salidas.
Algunos cineastas no menos inquietos aprovecharon ese resquicio para indagar las posibilidades del espacio fílmico en los nuevos formatos panorámicos, redescubriendo las fugas en diagonal, las angulaciones, la interrupción del encuadre o los escorzos forzados que creadores como Veronese o Tintoretto habían aplicado a esos grandes frescos o lienzos que equivalían al scope. Todo ello, así como la expresividad del technicolor o eastmancolor se perciben en cintas como Rebelde sin causa (1955) o El hombre del Oeste (1957), en las que brillaron repectivamente los talentos plásticos de Nicholas Ray y Anthony Mann para explotar el poder simbolizador de este arma cromática (en un impulso paralelo al que protagonizaron con los pigmentos y sus cualidades lumínicas los pintores manieristas de la Escuela veneciana).
La sintaxis clásica tan sistematizada y transparente abre paso ahora en Hollywood a una extraordinaria libertad que se concreta en realizaciones complejas, formalistas, que quieren aprovechar todos los resortes que aporta una tecnología en constante progreso (grúas, objetivos más sofisticados, focos que permiten una iluminación llena de matices, sonido estereofónico, 3-D…).
El découpage jerarquizado según unas reglas «clásicas» va siendo arrumbado por el plano secuencia, con un mayor protagonismo de los movimientos de cámara y de la profundidad de campo, tal como había intuido Welles en su visionaria opera prima y llevado al paroxismo en el célebre comienzo de Sed de mal (1958). Ya no se busca tanto la funcionalidad, el equilibrio entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, sino la expresividad, el desafío estético; de ahí esa sensación de «exceso de representación» que caracteriza a las cintas manieristas, que en algunos casos llega incluso a cuestionar el compromiso naturalista del cine institucional.
En lo que toca al relato (…) Dicho de manera un poco simple, Faulkner sustituye a Dickens
En lo que toca al relato, comienzan a asimilarse las rupturas que la novelística había protagonizado desde comienzos de siglo. Dicho de manera un poco simple, Faulkner sustituye a Dickens, reconocido paradigma del entramado narrativo arbitrado por Griffith sobre el que se sustenta el relato clásico. El reinado del narrador omnisciente se cuestiona a favor de múltiples focalizaciones (de nuevo el efecto Kane presente en cintas como Eva al desnudo o Cautivos del mal) se aplica un nuevo concepto del tiempo narrativo en el que los flashbacks y elipsis tendrán mucho que decir. La maquinaria para contar una historia, en definitiva, se hace mucho más compleja y consecuentemente más relativa: se ha esfumado la impresión de seguridad, de verdad, del relato clásico abriendo paso incluso a atrevidos planteamientos de autoconsciência y metaficción (La ronda, de Max Ophüls o los musicales más osados patrocinados por Arthur Freed1).
Si El Greco fue el representante más radical en las artes plásticas del Manierismo histórico, cinco siglos después Alfred Hitchcock podría considerarse su equivalente en este rebrote manierista en la más reciente de las siete artes. Como ocurriera con el maestro heleno en su campo, nadie como el director británico resumió ese amplio abanico de sondeos formales y narrativos en el cinematográfo, al que había llegado precisamente en el esplendor del periodo mudo y en el que se había forjado, y esto conviene subrayarlo de nuevo, a lo largo de los tanteos experimentales de los años treinta. De hecho, por entonces, junto con Fritz Lang, escudriñarían con gran inteligencia los límites de verosimilitud del relato policiaco y del suspense, ya entendido éste más como un juego de cara al espectador que como un resorte para hacer progresar la narración. Con este bagaje estos dos europeos de talento aterrizarían en un Hollywood ensimismado en el espejo mágico del Sistema Clásico de Representación que ellos empezaron a quebrar, sin romperlo en principio, mostrando sus contradicciones y señalando hacia «el otro lado» carrolliano2.
El autor de La mujer del cuadro indicó el camino en los clásicos cuarenta con largometrajes de este corte, pero fue Hitchcock quien protagonizó de forma más contundente esa huida hacia adelante. No es nada extraño, por tanto, que el comienzo de su carrera en Hollywood fuera de la mano del productor más arrobado, heterodoxo y romántico: David O’Selnick. Al año siguiente de su bautismo americano, iniciaría esa búsqueda en los aledaños de la verosimilitud con un film, Sospecha (1941), donde ofrece un viraje final a la lectura insinuada que no libra al film, y tampoco al espectador, de una inquietante ambigüedad poco habitual en los relatos clásicos contemporáneos. En esa misma dirección La sombra de una duda (1943) confirmará cómo en el cine del autor nada es lo que parece, y hasta qué punto los conflictos diáfanos del clasicismo empiezan a velarse y enrevesarse…
Sabotaje (1942) supondrá un paso adelante con la memorable secuencia del tiroteo en la sala de cine, que pone en evidencia la tramoya del espacio ficcional clásico superponiendo sobre él otro espacio ficticio de una película proyectada. Una osadía que se adelantaría, por cierto, a la pulverización de dicho espacio que propone Orson Welles en la secuencia final de La dama de Shangai (1946-48). En Naúfragos (1943) retaría la ubicuidad del espacio clásico restringiéndolo deliberadamente a un sólo decorado de estudio y acotando el campo prácticamente a una barca; este guiño a las tres unidades del teatro neoclásico supone, asimismo, un cuestionamiento forzado de la sintasis clásica, en la medida que sustituye la gradación escalonada del découpage por la omnipresencia de primeros planos (¿un adelanto del lenguaje televisivo?).
En 1944 vuelve a trabajar con Selnick en Recuerda, largometraje de onda psicoanálitica en el que ensayó un mecanismo narrativo y, sobre todo, una expresiva puesta en escena para acceder a los sótanos del subconsciente por la vía de fugas oníricas -con decorados surrealistas de Salvador Dalí– y, lo que resulta más novedoso, a través del juego con el punto de vista de los personajes, la «subjetividad óptica» de la que habla Bordwell. Estas «ocularizaciones» culminarán en ese impactante plano subjetivo en el que el villano se suicida dirigiendo su revólver hacia sí (hacia el espectador). A estas alturas los complejos mecanismos narrativos de Hitchcock -cascada de flashes-back, voces en off, elipsis y discontinuidades de todo tipo, escalón entre lo que el espectador sabe y el dictado de la narración…-, en franca contradicción con la transparencia predicada por el modelo clásico, se aliarían con una no menos sofisticada puesta en escena que consigue un suspense visual por medio de las ocularizaciones y de un uso tan libre como impactante del plano-secuencia; en Encadenados (1946) el desplazamiento de grúa desde el gran plano general de la escalera hasta el plano detalle de la mano de Alicia Huberman con la llave es toda una declaración de principios respecto a esa quiebra de las transiciones «ortodoxas» que había anunciado Ciudadano Kane. Pero esta nueva poética del plano-secuencia llegaría a su climax dos años más tarde en el film-plano La soga, con un continuum visual solamente interrumpido por imperativos técnicos (el cambio de bobina).
PRECURSOR DE LA NOUVELLE VAGUE
Por otra parte, en los años de posguerra se suceden los desafíos narrativos a partir de una concepción más moderna del suspense, que gestiona con inusitada liberalidad y sentido lúdico los «saberes narrativos» y en la que el espectador es valorado como instancia interactiva: Atormentada (1949), Extraños en un tren (1951) o Yo confieso (1952)… Al mismo tiempo, la interesante ambigüedad que había explotado en cintas anteriores a la hora de abordar los conflictos dramáticos llegará a su culminación en El proceso Paradine (1947); aquí las verdaderas motivaciones (pasiones) de los protagonistas circulan subterráneamente dotando al relato de una intensidad romántica no exenta de morbo: de nuevo ese conflicto entre apariencia y realidad que constituye uno de los pilares de las propuestas manieristas.
Paralelamente continúan los experimentos en todos los resortes de la representación fílmica, aunque esta vocación exploradora se acentúa especialmente a medidados de los cincuenta, en un ramillete de obras maestras que llevan a la reforma manierista hasta sus confines más atrevidos, en cierto modo vecinos con las rupturas que poco después propiciarán desde la Nouvelle Vague la irrupción de las escrituras posclásicas. No resulta extraña, por tanto, la pasión de Godard o Truffaut (inmortalizada en un imprescindible libroentrevista) por las películas del «genio del suspense».
La ventana indiscreta supone en 1954 un salto cualitativo (…) ¿quien mira realmente?
La ventana indiscreta supone en 1954 un salto cualitativo en esa dirección. La percepción centralizada propia de la puesta en escena del Sistema Clásico de Representación -paralela al punto de fuga de la perspectiva renacentista-, se fragmenta en un haz de puntos de vista que corresponden a las ocularizaciones de los personajes, principalmente a la del protagonista. Existe una deliberada ambigüedad entre esas miradas subjetivas y la «instancia objetiva» a la que remiten la mayor parte de los planos de una puesta en serie clásica (el equivalente visual del narrador omnisciente, el enunciador), de forma que acabamos preguntándonos: ¿quién mira realmente? Un fenómeno equivalente a esa ruptura de las líneas de fuga simbólicamente centralizados de la pintura del pleno Renacimiento, que se deshila en haces divergentes o descentralizados en las prácticas de los artistas manieristas.
Hitchcock estaba explorando la naturaleza escópica del cine, advocada en algunas ocasiones, pero nunca abordada de manera tan reflexiva; y esa instrospección en la mirada de los personajes reveló que ésta iba asociada al deseo, una pulsión en la que frecuentemente se funden el amor y la muerte. Psicosis (1960) lo puso de manifiesto tras una exhibición virtuosa en la que se desplegaban con singular armonía todas las armas «manieristas» de la panoplia hitchcockiana: el juego con los puntos de vista, las posibilidades del suspense y una virtuosa realización con despliegue de angulaciones, recursos plásticos, movimientos de cámara espectaculares y una banda sonora donde los ruidos intencionados se complementan con la inolvidable partitura de Bernard Herrmann. Mirada-pasión que rima con las puñaladas que luego asesta el atormentado Norman a su inalcanzable objeto de deseo; ¿a quién pertenece la mirada?, vuelve a plantearse, y la respuesta no se puede sugerir de forma más inquietante: el paralelismo nada casual entre el ojo inerte de la víctima y el sumidero de la bañera por donde desagua su sangre nos sitúa en el abismo, en los límites escópicos del séptimo arte.
HACIA EL RELATO POSMODERNO
Los límites de la verosimilitud del relato y de su causalidad narrativa fueron de nuevo puestos a prueba en tramas cada vez más alambicadas. Atrapa a un ladrón (1955), ¿Quién mató a Harry? (1956), El hombre que sabía demasiado (1956) o Con la muerte en los talones (1959) acentúan esa tendencia a romper ese clausurado ciclo comunicativo propio del modelo clásico, de forma que se considera al espectador como sujeto activo, interpelándole de esa manera lúdica y desprejuiciada que anticipa el posicionamiento del relato posmoderno. Pero es Vértigo (1958) la obra que alcanza la culminación de todas estas aventuras estilísticas.
Múltiples perspectivas de análisis han intentado penetrar en la portentosa densidad textual de este largometraje que se alimenta, como la mayor parte de las innovaciones contemporáneas, del profundo humus del Romanticismo; así lo han visto, entre otros, Guillermo Cabrera Infante3 y Eugenio Trías, este último a través de un brillante estudio en torno al concepto freudiano de lo siniestro. Pero aquí nos va a interesar especialmente el abordaje del film como superación de los resortes propios del Clasicismo de Hollywood (de los que en parte se vale) hacia esos renovados planteamientos manieristas que abren el cine hacia una modernidad irreversible. Y en ese sentido, resulta imprescindible referirse a distintos aspectos que han sido puestos de manifiesto en el brillante análisis de José Luis Castro de Paz4.
En primer lugar tratemos del asalto a la sólida fortaleza del relato clásico, que se deja notar porque «el orden aparente se desvanece y el caos, lo inexplicable, reina en la ficción. Laceramiento del texto, intrusiones y malabarismos enunciativos, azar y Mac Guffin frente a orden y causalidad, abruptos (y hasta falsos) flashes-back transformadores del sentido del filme, líneas narrativas abiertas o sólo muy débilmente clausuradas…». Aunque donde más hondamente se anuncia esa vocación reformista repecto al paradigma clásico es en la utilización del punto de vista, y precisamente a través de una mirada que toma conciencia de sus posibilidades: «por primera vez -y este es el gesto inaugural de los cines posclásicos- vemos mirar». Mirada que es vehículo del deseo de los protagonistas, que se lanzan a través de ella a los abismos del yo (concretados en la sensación de vértigo que sufre Scottie), al delirio (el fantasma de la mujer). Causalidad, transparencia, nitidez en la definición de los conflictos, funcionalidad, centralidad de la mirada… todos esos principios de la sintaxis clásica están en jaque sin llegar a negarla; mas para tal cometido se ha puesto en marcha una brillante operación en la que se explotan con pleno sentido las posibilidades que ofrecen los registros fílmicos disponibles.

Hitchcock siguió con sus ensayos cuando ya había sido desbordado por las escrituras posclásicas, que habían irrumpido advocando en parte sus heterodoxias (de todos es conocida la pasión de los cahieristas por la obra del inglés). Y aún fue capaz de ofrecer algunas lecciones dignas de consideración; en esa «destrucción gradual del Sueño americano, del mundo fundado en todos los modelos de la vida burguesa tal como Hollywood la pinta» que constituye para Noel Burch5 Los pájaros (1963), la experimentación con la imagen, y muy especialmente con la banda sonora, rebasó los límites de la verosimilitud diegética, parecido a lo que en Marnie, la ladrona (1964) ocurriera con la verosimilitud narrativa o en Frenesí (1972) poniendo casi en evidencia la continuidad temporal y hasta la tramoya del cine: en la virtuosa secuencia del asesinato en el apartamento, por un lado reta a la cámara a introducirse en una imposible caja de escaleras construida con un decorado abatible y, por otro, deshace la escritura en un simétrico travelling de retroceso que funciona como una de las elipsis más atrevidas que se recuerden.
Hitchcock y El Greco desenmascararon como convenciones arbitrarias el modelo clásico de Hollywood y el espacio euclidiano
Hitchcock y Domenico Theotocopulos partieron de sendos sistemas de representación institucionalizados (el modelo clásico de Hollywoody el espacio euclidiano), cuyas convenciones conocían a la perfección, pero que, en consonancia con el espíritu de los tiempos azorados que vivieron, llevaron al límite y, lo que quizá es más importante, relativizaron, desenmascararon como convenciones arbitrarias…
Quizá por eso el realizador británico no tuviera ningún empacho a la altura de 1976 en utilizar efectos tan sorprendentes -por demodés y poco realistas- como las transparencias para algunas secuencias de su última obra, La trama; con ellas había ganado definitivamente la batalla a aquéllos que creían en la existencia de códigos de verosimilitud inmutables, a aquéllos que no habían entendido que él ya había cruzado definitivamente el espejo. Si cuatro siglos antes El Greco había intuido no pocos desafíos de la pintura posterior, las «extravagancias» del inglés abrían la puerta al cine moderno.
NOTAS
1 • En Yolanda and the Thief (Vincent Minnelli, 1955) y A Star is Born (George Cukor, 1954), los límites entre lo real y lo onírico, la trama y lo representado se difuminan en una ambigüedad tan sugerente como plenamente consciente. Así lo pone de manifiesto Jane Feuer en El musical de Hollywood, Verdoux, Madrid, 1992, pp. 98-100.
2 • «Pervertir, evidenciar el canon clásico desde su mismo interior», afirmará Jesús González Requena a propósito del cine del británico, cuya condición manierista queda lúcidamente señalada en el artículo «Desplazando la mirada. Hitchcock vs. Griffith», Contracampo, n° 38, invierno de 1985, p. 31. Autores como Noël Burch o David Bordwell tienden, aún reconociendo su peculiaridad autoral, a situar al director inglés dentro del modelo clásico.
3 • «No solamente es el único gran filme surrealista, sino la primera obra romántica del siglo XX. Sus elementos son cotidianos y su materia es la que se ve al doblar la esquina. Sin embargo hay en ella un misterio que parecía exclusivo de los dramas románticos». Cfr. «En busca del amor perdido», Un oficio del siglo XX, Barcelona, Seix Barral, 1973, pp. 364-372.
4 • Alfred Hitchcock. Vértigo / De entre los muertos. Estudio crítico, Paidós Películas (n° 5).
5 • Praxis del cine, Madrid, Fundamentos, 1970, p. 148.