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Veintiocho años después de la publicación original en inglés se edita en España Frank Capra. El nombre delante del título, la apasionante autobiografía de uno de los grandes directores de la comedia cinematográfica americana. Es éste un género difícil de escritura, en el que han resbalado muchos otros, incapaces de contagiar la elocuencia de las obras o hechos que los convirtieron en personajes públicos; pero también difícil por ser campo abonado para la distorsión —generalmente en beneficio propio— y el arreglo de cuentas.

Este soberbio libro lo disfrutarán no sólo los incondicionales del director sino cualquier cinéfilo que sepa disculpar los ocasionales excesos egocéntricos del autor. No le será difícil hacerlo, pues en sus palabras no encontrará malicia o engreimiento sino una voluntad de ser fiel a la propia historia, una sinceridad que resulta abrumadora al tratar los momentos más amargos de su carrera, en los que se muestra implacable consigo mismo. Al cerrar el libro no es difícil reconocer en Capra al hombre que realizó películas como Vive como quieras, Caballero sin espada o ¡Qué bello es vivir! Tesón, trabajo a destajo, idealismo, confianza en sí mismo, lucha contra las adversidades, equivocaciones, fracasos, encrucijadas, sufrimiento: el lector siente el vínculo entre el hombre y sus filmes, la voz coherente y personal que los alienta. Hay armonía entre el Capra que se presenta en estas páginas y el Capra que se intuye tras sus obras.

Con virtuosismo, el director trasciende las anécdotas y chascarrillos para conducirnos al interior de Hollywood en su época dorada. Con un ritmo sorprendentemente ágil, con la tensión y el entusiasmo propios de un guión escrito con su socio Riskin, Capra demuestra ser un excelente contador de historias y divulgador, pues con él se aprende más de cine que con muchos estudios de teoría cinematográfica. Capra habla con pasión de la naturaleza escurridiza de la comedia y de la risa; de sus relaciones con directores amigos —Wellman, Wyler…— y con las siempre complicadas estrellas; rememora la milagrosa gestación de las películas, tantas veces al borde del colapso en las fases de la producción; desvela secretos, intenciones e ideales que subyacen en sus filmes; transmite los zigzagueantes estados de ánimo que atraviesa; recuerda días de fiesta y otros de inmensa tristeza, como el 23 de agosto de 1938, cuando murió su hijo John, coincidiendo con el preestreno mundial para la prensa de Vive como quieras, seguramente su película más alegre.

La autobiografía se divide en cuatro grandes bloques. El primero abarca desde la llegada de la humilde familia Capra a Estados Unidos en 1903 hasta 1933, cuando Frank es ya un director respetado en la Columbia, el Estudio de su vida. El joven Capra, con empeño, trabajo y suerte se abre paso en el cine mudo. En los años veinte monta películas para Bob Eddy, se forja como escritor de gags en los Estudios de Mack Sennett y dirige a Harry Langdon, uno de los grandes cómicos de la pantomima. En los finales de esta década y comienzos de los treinta conoce a personas que marcan su vida: Lu, su mujer; Myles Connolly, amigo irascible y guía; Robert Riskin, su mano derecha, el guionista con el que formó una de las parejas más creativas de la historia del cine y con quien escribió sus mejores películas.

1934 es un año de inflexión para Capra y para la comedia romántica estadounidense. De la forma más rocambolesca Capra da a luz a Sucedió una noche, la primera screwball comedy, a la que siguen La comedia de la vida, de Howard Hawks, y La cena de los acusados, de W. S. Van Dyke. Las páginas dedicadas a Sucedió una noche son deliciosas, y uno no deja de asombrarse de cómo a partir de unas difíciles condiciones de rodaje y un cúmulo de despropósitos —el «castigo» que la MGM impone a Clark Gable, el rechazo del papel femenino por media comunidad de Hollywood…— surgió una nueva imagen del amor en el cine. Un romanticismo desconocido, recuerdan James Harvey (Romantic Comedy in Hollywood, 1987) y Stanley Cavell (Pursuits of Happiness, 1981), emergía de la relación ruda y nada sentimental de Colbert y Gable, a la vez llena de vitalidad y humor, y alimentada por conversaciones de un ingenio asombroso. Hollywood premió esta comedia —para muchos la mejor de Capra— con los cinco Oscar principales, y entonces apareció el abismo, el miedo al fracaso.

En esta situación sufre una extraña experiencia de conversión que va a marcar un nuevo espíritu en su carrera cinematográfica, espíritu por el que hoy se le recuerda. Capra toma conciencia de sus responsabilidades como cineasta, del poder que supone dirigirse durante dos horas a millones de personas sumidas en la oscuridad de las salas. Nace el capracorn, el director que apuesta por una retórica de la bondad en películas como El secreto de vivir, Vive como quieras, Caballero sin espada, Juan Nadie o ¡Qué bello es vivir! El entretenimiento le parece insuficiente si no comunica ideas. En un estilo directo, efectivo y a veces demasiado explícito, defiende en sus películas la libertad y la rebeldía del individuo frente a las presiones sociales, la vigencia de los buenos sentimientos y del amor al prójimo, el valor de la inocencia y de los ideales, incluidos los políticos: son años en los que los sistemas totalitarios se imponen en Europa, y Capra se convierte en un defensor de la democracia, en una figura eminentemente americana. Las cuestiones sociales e ideológicas pasan a la primera plana y los romances —a pesar de Barbara Stanwyck y Jean Arthur— no volverán a tener el encanto y la magia de Sucedió una noche.

Capra dedica el tercer gran bloque a su trabajo en la II Guerra Mundial. Abandona el bienestar y se alista en el Ejército. Junto a otras figuras de Hollywood, recibe la misión de instruir a los soldados estadounidenses sobre por qué tienen que ir a la guerra de Europa. El resultado es la serie de filmes Why We Fight, uno de los hitos del cine documental. Capra conoce a Roosevelt y a Churchill, y se hace amigo del General Marshall.

En el último apartado, Capra repasa su vuelta a Hollywood. Con la misma firmeza con que ha presentado sus éxitos examina su declive profesional y reconoce sus faltas. 1946 es un año cenital. Los Oscar premian a Wyler por Los mejores años de nuestra vida, en detrimento de ¡Qué bello es vivir!, la película que más apreciaba Capra de las suyas. Wyler y Capra, unidos en la recién nacida Liberty Films junto a George Steven y Sam Briskin para trabajar a la manera antigua —otorgándole al director independencia creativa y la responsabilidad principal de los proyectos—, demostraban que los «veteranos» tenían todavía muchas cosas que decir.

Sin embargo, los días de éxito estaban contados para Capra. Su primer error, dados los problemas económicos de la nueva compañía, consistió en forzar a sus socios a vender Liberty Films a la Paramount, intercambiando seguridad por independencia. Este hecho resultó especialmente penoso para Capra, quien siempre había reivindicado la importancia de la autoría —su lema, «un hombre, un filme»—, y había conseguido por primera vez que un Estudio pusiera «el nombre [del director] delante del título», en 1936, en los créditos de El secreto de vivir. En la Paramount, realiza un par de películas sin el «toque Capra» para lucimiento de Bing Crosby: Lo quiso la suerte y Aquí viene el novio. Traicionado a sí mismo, abandona Hollywood para disfrutar con la realización de películas de divulgación científica para la televisión. Pero el gusanillo del cine sigue vivo en él, y vuelve con un éxito relativo, Millonario de ilusiones. Sin embargo, Capra acusa el peso de los años, se desespera con el egocentrismo quisquilloso y la voracidad de dinero de las estrellas (las nuevas figuras decisivas en el sistema de producción) , y desaprueba el tono oscuro que adoptan un buen número de películas de los cincuenta. En su última película, Un gángster para un milagro, de 1961, tropieza en la misma piedra y, a cambio de un suculento contrato, cede el control del filme ante un caprichoso Glenn Ford. Por primera vez Capra fracasa comercialmente y se rompe la conexión que ha mantenido con los espectadores a lo largo de cuatro décadas. Para él, la razón es obvia: es el precio de la venta de su integridad artística. Capra buscará una película de despedida que le permita resarcirse y abandonar el cine con un grato sabor de boca. Pero tras varios proyectos frustrados, y después de ser «mareado» en la Columbia, el Estudio que se hizo grande gracias a él, desistirá.

A pesar de este sinsabor final, el tiempo ha mantenido a Frank Capra como uno de los directores más apreciados y respetados del periodo más brillante de la comedia americana. Aunque parte de la crítica se ha ensañado con él, acusándole entre otras cosas de simplismo, de hacer chantaje emocional o de ser un fascista encubierto, el espectador sin prejuicios sigue reconociendo la validez de sus ideales, la belleza de un mundo imaginado—ciertamente inalcanzable— en el que los hombres son más inocentes, ingenuos e infantiles y, también, algo más bobos.


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