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China. El jardín invisible

Uno de los aspectos clave de la grandeza de un país es, sin duda, su capacidad para atraer y retener la atención de los demás». En su muy reciente estudio El gran continente del Kan. China bajo la mirada de Occidente (1999), el sinólogo Jonathan D. Spence apunta, con enorme precisión, el itinerario que ha marcado la geografía interior de la mirada de Occidente hacia China. Y los resultados son, sin duda, espectaculares: la pervivencia del estereotipo marcado por Marco Polo a finales del siglo XIII se mantiene intacto hasta hoy. El jardín expuesto, granado, laberíntico, se muestra, a la postre, invisible. Cuando Giovanni Papini publicó «Una visita a Lin-Yutang (o del peligro amarillo)» en El libro negro (1951), muchos se asombraron, tal vez por el tono apocalíptico y estereotipado de su contenido, de lo que allí se afirmaba en boca del escritor chino: «El pueblo chino es inmortal, siempre igual a sí mismo bajo todas las dominaciones. Ni los tártaros, ni los japoneses, ni los norteamericanos, ni los rusos han logrado o lograrán transformarlo. Pulula y se expande como un gigantesco polipero tenaz y compacto, que ningún extranjero logrará desarraigar […] Los chinos se han servido de la repú-blica de Sun-Yat-Sen para librarse de los parásitos del antiguo imperio manchú; utilizaron al bolcheviquismo (sic) para liberarse de los parásitos de la república burguesa; un día u otro, bajo una bandera de conveniencia, se liberarán de los parásitos del comunismo…»

En las Analectas, Confucio dice:

«El hombre sabio se deleita en el agua; el hombre bueno se deleita en las montañas. El sabio se mueve; el bueno permanece inmóvil. El sabio es feliz; el bueno soporta» (VI, 21).

A propósito de ello, Fung Yu-Lan, autor de un libro clásico, Breve historia de la filosofía china (1948), escribía:

«Al leer este dicho, siento algo en él que sugiere una diferencia entre el pueblo de la antigua China y el pueblo de la antigua Grecia. China es un país continental. Para los chinos antiguos, su patria era el mundo. Hay en la lengua china dos expresiones que pueden ser traducidas, ambas, como el mundo. Una de ellas es «todo lo que hay bajo el cielo» y la otra «todo lo que hay dentro de los cuatro mares». Para el pueblo de una nación marí-tima, como los griegos, sería inconcebible que expresiones como éstas pudiesen ser sinónimos. Pero es lo que ocurrió en la lengua china, y no sin razón» .

Buena parte de los estudios occidentales sobre China y su cultura no se han dedicado a otra cosa que a desentrañar y descifrar las enigmáticas expresiones de una historia que, cuanto más se adentra uno en ella, más fascinante y extraña resulta.

Lo cierto es que el orientalismo responde más a la cultura que lo produjo que a su supuesto objetivo, que también estaba producido por Occidente. Fue Víctor Segalen quien escribió que «el poder del exotismo no es sino la facultad de concebir de otro modo». Pero Oriente, sobre todo el Extremo Oriente, no es un área geográfica y cultural sobre la que se tenga libertad de pensamiento y de acción. De acuerdo con Edward W. Said (Orientalismo, 1990):

«Oriente fue casi una invención europea, desde la antigüedad había sido escenario de romances, seres exóticos, recuerdos y paisajes inolvidables y experiencias extraordinarias».

Una de las perturbaciones que ha propiciado la pasada década, y que lleva camino de asentarse en las mentalidades presentes, ha sido, sin duda, el reforzamiento de los estereotipos, la generalización de un molde que «reduce a cada cual a una imagen maestra» previamente asignada.

I

Pekín, en este septiembre de 1985, transmite, al recién llegado, la sensación de ser quien está al otro lado y espera. No hay conversación entre occidentales que no comience con la pregunta de por qué estás aquí. Las respuestas son siempre las mismas: para algunos, expulsados de la historia y de sí mismos, exilio político, y, para otros, exilio económico; para muchos, turismo accidental; para menos, negocios y joint ventures; para una minoría curiosa, exotismo cinematográfico teñido de cargos diplomáticos y para el resto, obras literarias en marcha, medicina y acupuntura, aprendizaje o docencia de lenguas extranjeras; en fin, todos recién licenciados, con sus fantasmas personales y alguna cosa más, siempre cercana al desarraigo, exhibidos con el ingenuo asombro de la edad.

Pekín es una ciudad de grúas y avenidas con doble carril de bicicletas. Una ciudad que parece disfrutar con su circulación caótica en la que resultan inútiles las señalizaciones. La ciudad es una procesión estática de figuras en cuclillas, que ocupan los laterales de las amplias avenidas y fuman y esperan. Pekín, desde dentro, exige —para percibir el peculiar olor a cemento de la ciudad, el olor del ajo y el peculiar aroma viciado de los establecimientos, de las calles y del autobús— el saberse prisionero de un contrato chino. La sensación de prisión, tal vez, explique la construcción de las casas antiguas con un muro protector delante del edificio principal que detiene a los malos espíritus. Pero ¿quién protege al «diablo extranjero» de tantos desencuentros contemporáneos? Gweibo es el término que define al «diablo extranjero» y gweibo a la «mujer-demonio». No existe el concepto «extranjero» a secas. De ahí, la rápida invención de «amigo extranjero» como forma de paliar tan secular manera de entender al otro.

No es extraño. Timothy Mo, autor de Una posesión insular, nacido en Hong-Kong de padre chino y madre británica, destacaba que «el pueblo chino es muy susceptible y el más racista del mundo». Tal vez. Hacia 1986, las calles de Pekín asistieron a un hecho inédito entre la solidaridad de las naciones hermanas en el socialismo. Cientos de manifestantes se dirigían hacia el barrio de las legaciones extranjeras. Todos ellos eran estudiantes africanos, de raza negra, que expresaban así su protesta por el trato vejatorio y discriminatorio de que eran objeto por los estudiantes chinos. Según explicaban algunas de sus pancartas, se les impedía acercarse a sus compañeras chinas de facultad, bailar con ellas y, por supuesto, intimar. La chica también sufriría las consecuencias de tan arriesgada amistad. Si en la tradición terminológica los occidentales eran considerados da bidzi («gran nariz») y bárbaros irrecuperables «caras de caballo», los negros, entonces, debían soportar el término «diablo-negro-extranjero». Los casos se contaban en los círculos de extranjeros entre la incredulidad y el temor. Sin embargo, uno de ellos lo viví muy cerca. En una de las Universidades de Pekín en la que desempeñaba mi labor como profesor de lengua y literatura española y literatura hispanoamericana, tenía un colega norteamericano de raza negra y de edad aproximada a los sesenta años. Había llegado a China, como muchos otros, que no era precisamente mi caso, emocionado por los supuestos avances sociales experimentados durante la dictadura comunista. A los pocos días de su llegada, envío una carta laudatoria al China Daily, en la que expresaba, como norteamericano, el reconocimiento a un régimen que había hecho desaparecer, en su ya peregrina opinión, las diferencias sociales y les felicitaba por el magnífico trato que se dispensaba a los extranjeros que venían a trabajar en China. Algunos le censuramos tan exagerada apología a un régimen que encarcelaba por opinar y que había establecido hondas diferencias sociales entre los que formaban parte del «aparato del Estado» y el resto de la población. En fin, mi amigo, al que llamaremos Ethan, comenzó a recibir llamadas de estudiantes becarios de raza negra que habían leído su artículo y que deseaban hablar con él. Durante meses estuvo reuniéndose con estos estudiantes y grabando sus conversaciones, con el fin de elaborar un concienzudo trabajo sobre la cooperación universitaria de China con algunos países africanos. El resultado fue desolador para el buen profesor de lengua inglesa y literatura norteamericana. Cada uno de aquellos estudiantes le había relatado la vida cotidiana dentro de la Universidad en la que estudiaban. Las palizas de los estudiantes chinos, las peleas los sábados por la noche y, sobre todo, los constantes insultos que recibían cuando paseaban por Pekín les habían creado una situación, al decir de ellos, cuando menos incómoda. Y le enseñaron el insulto callejero en chino. En efecto, para la estupefacción de mi amigo Ethan, reconoció que esas supuestas palabras de confraternízación que recibía en sus paseos o al entrar en un establecimiento se habían trocado en: «Hola, diablo-negro-extranjero».

Al desasosiego pessoano del recién llegado se le conocía, en aquellos días y entre la numerosa y excéntrica colonia occidental como el pekinazo; es decir, el hachazo o el rechazo que el tradicional hermetismo chino reserva a cualquier extranjero, sobre todo, si éste es occidental. La dificultad de adaptación es, casi, imposibilidad, y también, una asignatura que debe aprobarse en las primeras horas. Algo advertía en la China de 1985 que el extranjero que gana es el extranjero que resiste.

Por ello, celosos de su hermetismo, los chinos suelen recordar que el visitante extranjero que recorre China por unos días, cuando regresa a su país, escribe un libro; por el contrario, quien ha vivido en China por espacio de unos meses, sólo se atreverá a escribir un breve artículo periodístico, pero, y he ahí su sabio escepticismo, quien aquí vive durante unos cuantos años es incapaz de escribir una sola línea. Pero la escribimos.

Pekín es una ciudad en la que el recién llegado, ante su desesperación, no encuentra las huellas de una milenaria cultura, ni los trazos de una arquitectura sospechada tras las someras descripciones finiseculares de, por ejemplo, Blasco Ibáñez y Gómez Carrillo o en la melancólica mirada de María Teresa León a mediados del presente siglo cuando la visitó junto a Rafael Alberti. Lo cierto es que el viajero que llegaba a China en 1985 no encontraría a Pekín, porque Pekín es una ciudad que no existe; la sistemática destrucción de la ciudad como conjunto urbanístico (quedan, claro, la grandiosa Ciudad Prohibida, el Templo del Cielo, el Palacio de Verano, Beihai y tantos espléndidos lugares aislados, sin ciudad) culminada tras los delirios maoístas de los años sesenta han convertido a las antiguas Ciudad Manchú y Ciudad Tártara en una mezcla transculturada de Kiev y Dallas; tal vez quedará en su memoria la China de los «Tintines» o de los aparatosos decorados de 55 días en Pekin de Nicholas Ray; o los espacios sinuosos y los vericuetos y peripecias urbanas de los héroes de Robert Van Gulit parodiados por Ramón Gómez de la Serna en Una novela china de su espléndida serie Seis falsas novelas; pero ni Fu Manchú, el malévolo personaje de Sax Rohmer, se convierte en el propietario de una Casa de Té restaurada, ni siquiera la ciudad es el laberinto inventado por las mejores páginas de Arthur Waley. Nada, ni un mísero recuerdo de algún guardia rojo agitando enloquecido las máximas maoístas; bajo la melodía de Dong Fang Hong: «¡El Este es Rojo! / ¡Sale el sol! / ¡China crea a Mao Zedong!», porque ese Pekín creado por una imaginería occidental hoy no existe, y lo peor es que si alguna vez existió, mezclado con los miserables ricksawhs y las casas de té, ha desaparecido para siempre, incluso, ahora en estos últimos días de 1999, cuando se anuncia la desaparición de aquellas manzanas de hutong (callejuelas) que, en Pekín y cercanas a la Ciudad Prohibida, han dado vida y escenario a buena parte de la literatura, el teatro y el cine chino de este siglo; ahora próximas a su final, víctimas del ensueño arquitectónico: construir el futuro teatro de la ópera de la capital.

La mejor expresión de los cambios operados en China se manifiesta en la fachada del Hotel Pekín, por el que han desfilado los personajes más fascinantes que se dignaron pasear su espléndida carcasa por este siglo. El Hotel Pekín, a escasos metros de Tiananmen y de la Ciudad Prohibida, es una imponente mole dividida en tres edificios. El edificio central es el original, de arquitectura decimonónica con melancólicas evocaciones de las mejores páginas de Somersest Maugham y Vicky Baum. A su derecha se construyó, durante los años de amistad con los soviéticos, un nuevo añadido bajo la impronta de lo que se denominaba arquitectura chino-soviética; es decir, estructura soviética con el tejado tradicional chino. Años más tarde, y tras la visita de Nixon en 1972, comienza lentamente la aproximación de chinos y norteamericanos. El Hotel Pekín no se librará de ello. A su izquierda se construyó un nuevo edificio, típicamente norteamericano, que sobresalía sobre el noble edificio principal y sobre los tejados en punta clásicos del Imperio del Centro, y todo ha ido a más. Ahora, a finales de este desdichado siglo XX, se le ha añadido, ya en medio de la muralla roja de la Ciudad Prohibida, la apoteosis del género neutro que caracteriza la China de estos años: una reconstrucción minuciosa de un híbrido entre el hotel internacional y el reclamo a la tradición. Todo vuelve a su sitio, y el palimpsesto arquitectónico en que se ha convertido Pekín tiene en este hotel la metáfora más rotunda. «Hay que viajar de inmediato a China —recomienda Vicente Verdú— porque pronto, cuando los turistas lleguen, se encontrarán con todo tan expuesto que no habrá nada por desvelar». Cuando todo esté expuesto para la mirada del otro, que para un chino no es sino el occidental, habrá sido, tal vez, el momento en que lo esencial quede a resguardo de todas las miradas. A uno le da la impresión de que éste es un asunto sobre el que gira buena parte del jardín invisible, de ese jardín de senderos que se bifurcan que fue, es, será la contemplación de China desde el espejo occidental.

Peter Mathiessen, en 1973, escribió: «Me encuentro ante una excelente ocasión de soltar lastre, de ganar la vida perdiéndola, lo que no significa temeridad sino aceptación, ni tampoco pasividad sino desprendimiento» . Es cierto, el rumor de las bicicletas invade la música de la ciudad, todo lo empapa, y convierte esa sensación de desprendimiento en algo cosustancial a la transformación del tiempo y del espacio en China. ¿Por qué? Pues, porque a pesar de los recién cumplidos cincuenta años de implantación comunista, en el viejo Imperio del Centro ocurren deliberados hechos de particular fascinación, para esa invocada mirada del otro. Nunca pude albergar más intensamente la sensación de otredad que en los paseos por la calle Wangfujing de Pekín en el otoño de 1985. China como heterotopia. Escribe François Jullien: «Lo que llamamos la alteridad china no consiste en que haya más diferencias que similitudes (con respecto a nosotros), sino en que resulta previamente inevitable cualquier marco común de interpretación (a no ser que ingenuamente imponga el suyo como norma)». La clave es que las respuestas preparadas para contestarnos a las preguntas respecto a China no sirven. Es un contexto de civilización distinto que es recíproco para ambos.

El caso merece cierta atención, lo cuenta Alain Peyrefitte en su memorable, por tantas razones, El imperio inmóvil. En 1792, los ingleses —el primer ministro Pitt y el presidente de la Compañía de Indias, Mr. Dundas— envían cinco veleros y un persuasivo buque de guerra, al mando del embajador extraordinario Lord McCartney, bien pertrechado de médicos, pintores, botánicos y científicos, para negociar ante la Corte Imperial china la instalación de un embajador permanente en Pekín. Detrás del motivo formal, como no podía ser de otra forma, se esconde la necesidad británica de equilibrar el comercio de Su Graciosa Majestad británica con el Hijo del Cielo y Emperador de China. La crónica de equívocos, en los diferentes ceremoniales y normas de protocolo que, con tanta delicadeza como rigidez, exigen los mandarines a los integrantes de la misión británica ilustran de manera harto elocuente el ensimismamiento de una cultura como la china consciente de su infinita singularidad.

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Sirva uno de ellos como ejemplo. Un hecho que un siglo más tarde continuaría creando análogos equívocos, tal y como lo describiera Víctor Segalen en su Rene Leys, me refiero a la ceremonia del kotow que obligaba a arrodillarse tres veces consecutivas y tocar el suelo con la frente a todo aquel que obtuviera el honor de presentarse ante el emperador. Por supuesto, Lord McCartney se niega a ello; él es un subdito de Su Graciosa Majestad británica y no se pliega ante nadie de esa forma, ni siquiera ante su Rey. Los equívocos continúan. El emperador chino, al ser informado de los deseos de Inglaterra de establecer relaciones diplomáticas e intercambio de embajadores, contestará que cualquiera que viva en China es súbdito del Hijo del Cielo, está obligado a rendirle pleitesía y cumplir las leyes sin distinciones y, añade, no tiene ninguna intención de intercambiar nada, puesto que China es el Imperio del Centro sobre la tierra y esto significa, literalmente, que fuera de los límites de sus ya inmensas fronteras «el otro», que en este curioso caso son los europeos, no existe. Para subrayar todo ello, Lord McCartney recibe el tratamiento de «enviado vasallático» y los presentes, habituales en este tipo de viajes, no son sino tributos debidos al emperador que los recibe junto a otros «reinos vasallos»; es decir, Tíbet y Birmania, entre otros. Territorios que, como ha denominado Chan Hing-Huen en Le monde sinisé, se extienden a Japón, las dos Coreas y, claro, Vietnam. Cuando nació el Estado japonés entre los años 400 y 648 de nuestra era, cuenta Jean-Louis Jacquet, los chinos llamaban a Japón el país de los Wa, es decir, el país de los enanos y los jorobados. En suma, lo que Alain Peyrefitte define como «autismo colectivo» es un rasgo determinante de la cultura china que apenas ha sido explorado por Occidente.

Durante siglos, China ha sido una nación voluntariamente aislada del mundo occidental. El antiguo Imperio del Centro, cuyo emperador era denominado Hijo del Cielo, permanecía ajeno a los avatares y conflictos internacionales. El resto, lisa y llanamente, no existía. Sólo a partir del siglo XVIII y bajo la presión británica, molestos por el tratamiento dado a Lord McCartney y desengañados de hacer negocios por vías pacíficas, las fronteras chinas comenzaron a desmoronarse ante el ímpetu comercial europeo. Lo demás es de sobra conocido: colonización, nacionalismo, frustrada modernización, guerra contra la invasión japonesa, guerra civil y triunfo del comunismo ortodoxo de Mao Zedong. Una historia que en lo que corresponde a este siglo ha contado, tal vez como nadie en cuanto a intensidad y arrojo, Jung Chang con ejemplaridad, valentía y notable pulso narrativo, en la saga familiar Cisnes salvajes.

Pero los ejemplos en el Pekín de 1985 pueden multiplicarse. A quien esto escribe alguien le relató la siguiente conversación en una Escuela de enseñanza secundaria de Pekín, entre una niña peruana y otra china. La peruana dijo: «Yo, aquí en China soy extranjera, pero si tú viajas a mi país, la extranjera serás tú». Inmediatamente, la niña china contestó: «No, yo no seré extranjera porque yo soy china». En cierta ocasión, pronunciaba una conferencia junto a un colega español, en la Universidad Pedagógica de Lenguas Extranjeras de Pekín, sobre los estereotipos nacionales; es decir, las imágenes mutuas que entre España y China existían entonces. De repente, un joven licenciado se levantó y un poco harto, quizá, de nuestro inconsciente e inevitable etnocentrismo, después de realizar una exhaustiva relación de las diferencias entre los huesos de las cabezas orientales y occidentales, concluyó convenciéndonos de la mayor dureza del esqueleto chino y nos recordó, con extrema delicadeza, que: «Cuando en Europa ustedes iban de árbol en árbol, en China se construían ciudades de compleja arquitectura».

Frederick Tristán, al ser preguntado sobre la omnipresencia de China en su obra contestaba, parodiando el Ubu Rey de Alfred Jarry: «La escena transcurre en China; es decir, en ninguna parte». Algo así como en un escenario de infinitas y complejas bifurcaciones, un jardín invisible. Para buen número de europeos, China es considerada como el escenario de todos los paraísos imaginarios. Julia Kristeva, que fue activa participante en el delirio maoísta de los sesenta, reconoce ahora en Los samurais: «Buscábamos escapar de los límites que nos imponía la sociedad occidental que, por otro lado, nos parecía conformista y asfixiante. Ibamos a la caza de una cultura que no fuera europea, producto de una civilización […] lo encontramos en China […]. Era una China imaginaria […] la decepción fue clave, tras el viaje a China y el encuentro con la realidad». Pero, ¿le ha interesado a alguien la realidad china alguna vez? La sinología, que es una invención occidental, procura que esa fuente de imaginación no se perturbe, practica el rodeo intelectual con especial énfasis. A propósito de los inevitables desencuentros culturales entre China y Occidente, se preguntaba León Vandermeersch: «¿Cómo presentar el pensamiento chino sin caer en el barro de fórmulas inevitablemente aproximativas?». Cualquier visión de la cultura oriental, cualquier relato de una viaje o una estancia moderadamente prolongada es leída en Occidente como la descripción de un muy particular escenario de la imaginación, una proyección de fantasmas y ensoñaciones. Y en ésas estamos.

Desde Paul Claudel, como bien han recogido Eliot Weibenger y ahora Spence, a Ezra Pound, la nómina de los seducidos por China recorre lo más granado de la literatura contemporánea: el citado Víctor Segalen, W.B. Yeats, José Juan Tablada, Eugene O’Neill, Blaise Cendrars, Rainer María Rilke, Vicente Huidobro, Raymond Roussel, Max Jacob, T.S. Eliot, Franz Kafka, Saint-John Perse, Pearl S. Buck, Giovanni Papini, Henri Michaux, André Malraux, Bertold Brecht, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, William Carlos Williams, ítalo Calvino, Jean Levi, Paul Theroux, Vikrhan Seth… entre otros.

Sobre el jeroglífico chino, todos: empresarios, analistas, escritores, viajeros y viajantes del comercio global y demás administradores de Occidente tienen establecido un canon, que no es sino un rodeo intelectual. China se refleja en el espejo cóncavo de Europa, desde la exótera visión de Marco Polo, como el feronés, ese hermano gemelo oriental que según Gerard de Nerval a todos nos espera al otro lado del puente de Praga, en el País de Nunca Jamás. Por ello, no sin cierta razón, el físico y disidente chino Fang Lizhi afirma en su libro, Abattre la Grande Muraille, que en Occidente «cuanto menos se comprende China, más optimistas son los juicios respecto a nuestra historia». Constituye, por ello, un particular jeroglífico que sólo «unos ojos preparados para verlo», como Von Hommansthal pedía para Grecia, pueden relatarnos. Es difícil imaginar un territorio en el que la poesía, por ejemplo, fuera considerada, durante siglos, como la más alta demostración de conocimiento, como fue el requisito ineludible para quien deseara obtener el título de jinshi (doctorado) y, así, acceder al mandarinato o a un alto cargo dentro de la Administración imperial.

En el Pekín de 1985, según me relataron algunos amigos chinos, «los extranjeros que en China viven como chinos, para éstos, o están chalados o son espías». Sin embargo, las sombras de otro tiempo todavía se pasean por los oscuros barrios que rodean a la Ciudad Prohibida, junto a los indecisos símbolos de un cambio determinante. Ancianas que cuidan sus pies, vendados en la infancia como ejemplo de sofisticación manchú en lo que no era sino una salvaje mutilación, y caminan trabajosamente; los entonces incipientes «mercados libres» que han comenzado a funcionar por toda la inmensa ciudad; el descorazonador éxito de las películas Rambo, con Silvester Stallone, y Sissí, entre los jóvenes; la música disco, que no es sino una constante y atormentadora melodía sin fin de unos versioneros chinos sobre temas, irreconocibles, de los Beatles, Simon & Garfunkel y demás, son las primeras llamadas de que algo no es controlable; y allí se reunirán en la clandestinidad de las entonces catacumbas de la modernidad y hasta el infinito o casi; es decir, hasta junio de 1989 en Tiananmen. Fin del primer capítulo.

Cuatro décadas de comunismo y la familia volvía a constituir el bastión esencial de la sociedad china. A uno le causaba extrañeza y asombro asisitir cada día a una ceremonia que pensaba propia de los «catolicismos» pueblos de la Europa meridional, como era comprobar que la idea de familia tiene un significado determinante en la vida social y cultural china. Toda la nación no es sino considerada como una gran familia en la que las relaciones con el dirigente máximo son contempladas como las correspondientes a las paterno-filiales y la lealtad constituye la versión filial hacia el padre. Asistía, en fin, a la contemplación de una nación en marcha que despertaba, lentamente, de su ensimismamiento y de su voluntario retiro del lado de sus tradiciones más arraigadas. Los cuarenta años de ortodoxia comunista se convertían «en una brizna en el aire». En todo caso, la historia de China en este siglo ha sido la de una búsqueda, y esa búsqueda no tenía otro destino que «la unidad y la recuperación de la soberanía —como ha señalado el actual embajador de España en Japón, Juan Leña, uno de los diplomáticos occidentales que mejor conoce la realidad histórica de la nación extremo-oriental, tras su estancia como embajador de España en Pekín— y la propia identidad aunque ello haya tenido lugar bajo determinado sistema político, social y económico, de corte colectivista y autoritario, calcado del modelo soviético, al menos incialmente».

II

Han pasado los años. Ha desaparecido el uso casi religioso de la palabra tongzhi («camarada») y los mercados libres, ya convertidos en establecimientos mondos y lirondos, se han multiplicado hasta ocupar todo el territorio chino. Los estudiantes que habían escuchado con un fervor desconocido las canciones de Gabinete Caligari, Nacha Pop y Alaska y Dinarama y otros, que me acompañaron a Pekín en mi primer viaje de 1985, ahora ocupan cargos relevantes en el entramado universitario, político, perodístico, diplomático y empresarial de China; el cine y, en menor medida, la literatura han quebrantado la inútil muralla colocada por un oficialismo en retirada y se ha instalado entre los creadores, eso que Taciana Fisac advirtió tempranamente respecto a la incorporación de un muy singular discurso humanista en las obras literarias de la década de los años ochenta; la tasa de divorcios ha desconcertado las sólidas relaciones familiares, sólo en los veinte años de la reforma económica se ha pasado de poco más de un 3% al actual 12% y la esperanza de vida ha aumentado, gracias a las condiciones en que se desenvuelve la vida cotidiana. El nuevo dragón brujulea por los grandes centros de decisión internacionales y éstos no han hecho ascos porque China es hoy un inmenso negocio, un mercado interior y exterior de vastas y desproporcionadas cantidades.

Como ha recordado Eric Meyer, en China nacen 40 niños por minuto. Todos los informes de Naciones Unidas, recuerda el articulista de Le Soir, coinciden en esta observación: después de veinte años de esfuerzo, la planificación familiar en China no ha conseguido que se respete su objetivo de un niño por familia en las zonas rurales, donde vive el 80% de la población, es decir, 950 millones de personas. Una población de más de 1.200 millones de habitantes. Hace ya algún tiempo el cauteloso The Economist auguraba que en las dos próximas décadas, la vieja nación asiática se convertirá en la más potente economía del mundo y, recientemente, dedicaba un número especial a calibrar los cambios tanto económicos como sociales y culturales que se están operando, de manera vertiginosa, en la ancestral sociedad desde la kaige («apertura») dictada por el fallecido dirigente reformista Deng Xiaoping en 1978. La propuesta del eterno enemigo de Mao Zedong, encarcelado durante el delirio asesino de la Revolución Cultural (1966-1976), fue aprobada por el quinto pleno del Partido Comunista chino en 1980. Con ello, se establecía el estatuto para la regulación de las joint-ventures (posibilidad de establecimiento de empresas mixtas) y se creaba la Comisión para la Inversión Extranjera.

La nueva consigna nacional, como bien ha recordado Enrique Fanjul en su reciente y documentado El dragón en el huracán. Retos y esperanzas de China en el siglo XXI (1999), una vez fracasados los supuestos izquierdistas de la Revolución Cultural —cuyo saldo arrastra millones de víctimas y todo un catálogo de vejaciones y procesos inquisitoriales semejante a las más sofisticadas maneras de represión política surgidas bajo el nazismo— será la de: «Enriquecerse es glorioso». De esta manera se extienden como la pólvora hechos que antes habrían sido duramente perseguidos, pero que ya se habían consolidado en 1985: el gusto por la moda occidental, la pasión por el deporte y los primeros balbuceos del rock. Más tarde, la apertura se extendería a la Bolsa de Valores, la instalación de la mayor parte de las multinacionales occidentales y japonesas y, claro, las perversiones de rigor: corrupción, latente en la historia china y particularmente lesiva en los últimos años de Mao Zedong, la prostitución, las drogas y demás.

Sin embargo, como ha señalado Jean Pierre Caberton en La Administración China después de Mao (1994), con Deng Xiaoping «la más antigua tradición del mundo autocrático se ha coronado de éxitos». En efecto, los índices económicos se han disparado, no sin alguna etapa de incertidumbre e inflación, hasta niveles imposibles de vaticinar durante los tormentosos años sesenta y setenta. Los datos ofrecen unos balances tan espectaculares que resulta inútil cualquier explicación complementaria: en 1979 era nulo el número de empresas de capital privado, hoy se acercan a los veinte millones las empresas de propiedad privada, así como las inversiones de las empresas extranjeras, que se han beneficiado de la política de joint-ventures alentada por las autoridades reformistas. Los periódicos de todo el mundo lo denominan, sin demasiada originalidad, como el milagro chino. Lo cierto es que quien viaje ahora a China se encontrará con un laboratorio económico y social. De la noche a la mañana se está transformando una nación como en ninguna etapa de su inmensa historia. Hay huecos, desajustes, situaciones laborales dignas del mejor Dickens, pero China surge como la tercera potencia económica del mundo, inmediatamente después de Estados Unidos y Japón. Desde 1978, año en el que se considera comienza la política de reforma económica y apertura al exterior, el crecimiento económico anual arroja una media de un muy sostenido 10%, lo cual le ha permitido, y así lo señala Fanjul, cuadriplicar su nivel de renta per cápita en dos décadas. Valga un ejemplo, sólo en el primer trimestre de 1993, la tasa anual del PNB (Producto Interior Bruto) crecía en torno al 14%. Recuerde el lector que en los mejores momentos del despegue económico espa-ñol se alcanzó un 8 y un 10%. Claro que los norteamericanos, en el mismo año citado para los chinos, habían crecido un 1 % y les parecía una cifra espléndida… A partir de 1995, China se ha convertido en el segundo país que recibe inversiones directas exteriores de todo el mundo, después de Estados Unidos, lo que significa cerca de un 40% del total dirigido a las naciones en desarrollo. El total en 1998 fue de 300.000 millones de dólares. Recuerda Fanjul cómo «desde que se abrió a la inversión extranjera, a finales de los años setenta, y hasta 1998, se habían aprobado más de 325.000 proyectos. Más de 145.000 empresas con participación extranjera se hallaban en funcionamiento».

Lo sorprendente es que China lleva en este crecimiento sostenido desde los años en que por primera vez pisé el aeropuerto de Pekín. Al presidente del Centro de Estudios Internacionales (CSIS, Yakarta) no se le hacían los dedos huéspedes al afirmar hace pocos años que «el PIB chino equivale al de Japón» y que «la renta per cápita nacional, que se valoraba en 350 dólares, ahora se calcula que está entre los 1.500 y los 2.000. Con casi 1.200 millones de habitantes —10 veces la población japonesa— el PIB chino se sitúa en tercer lugar del mundo tras Estados Unidos y Japón. Supongamos que se registra un crecimiento anual del 8% durante los 10 próximos años: la economía china será la más importante del mundo antes del 2050».

Sin embargo, pude comprobar en diversos viajes a la China profunda del interior que el desarrollo rural era mucho más problemático. Si en 1985 en regiones como Sichuan, Shaanxi y Hunan se apreciaban las ventajas de la liberalización de la economía, ahora, los 950 millones de campesinos que constituyen la columna vertebral del régimen comunista se encuentran en franco desfase ante los que viven en las ciudades y los que viven en las Regiones Administrativas Especiales, las Zonas Económicas Especiales, las Ciudades Costeras y las Zonas de Desarrollo. Del centón de cifras que se manejan valgan éstas para los primeros años de la década que ahora termina: la diferencia de ingresos entre las ciudades y el campo era de 2 a 1. Y es que las enormes desigualdades que la reforma ha provocado, junto a la movilidad social y el desplazamiento geográfico caracterizarían estos años germinales. También se dan hechos que provocan cierta atención, como las elecciones municipales que se están celebrando, tal vez como experimento o válvula de escape, en las zonas rurales, que, en opinión de Pablo Bustelo, adquieren el carácter de «prácticamente competitivas». No es asunto para despachar con ligereza, el equilibrio regional es uno de los retos en los que se dirime, con mayor complejidad política, la consolidación de las reformas.

Al lado de jóvenes ejecutivos que alardean de su móvil o presumen de su motocicleta de 350 c.c. fabricada por Wu-Yang y Honda, se encuentran los campesinos que, según desveló alguna encuesta realizada en torno al centenario de Mao: «No sabían que Mao había muerto, que la Revolución Cultural había terminado y desconocían, claro está, quiénes eran los actuales dirigentes del partido y del gobierno».

Como ha señalado Paul Theroux, reincidente viajero por todo el inmenso territorio chino, en El despertar del dragón (1994): «La máquina que impulsó gran parte del crecimiento chino tiene su núcleo en las provincias del sur, una región de 290 millones de habitantes, en la que el gobierno ha establecido cinco Zonas Económicas Especiales. Por lo que había podido leer, parecía como si China se hubiera embarcado en una versión autóctona del tipo de revolución industrial que transformó a Inglaterra y Estados Unidos […] Hubo un tiempo en el que todos los paisajes urbanos de Estados Unidos se parecían a las nuevas zonas industriales del sur de China —la mayoría de nosotros, los habitantes del oeste— vivimos la etapa final, de relativa tranquilidad, de un proceso económico muy desordenado que se inició en crudos paisajes urbanos parecidos a Shenzhen o Guangzhou (Cantón) […] Las ciudades del sur de China son versiones vivas de ciudades familiares a cualquiera que haya vivido en un área urbana de Europa o Norteamérica donde actualmente las fábricas están vacías y las máquinas ya no trabajan […]. China triunfa porque China trabaja».

A la risa de las sombras que caracterizaba la vida cotidiana de las ciudades chinas en 1985 le ha sucedido el derrumbe de la gran muralla comunista. Un muro que ocultaba el hambre secular, el sometimiento al dictado familiar y, por tanto, al Estado —ya fuera éste encarnado por el Emperador o por el «Gran Timonel» Mao Zedong y, despues, por Deng Xiaoping— y, sobre todo, su concepción de supervivientes. «Todos los indicadores —ingresos per cápita, longevidad, índices de enfermedad, tasa de alfabetización y otros muchos más— son vastamente superiores —ha recordado Salvador Giner— a los de hace un par de decenios o tres». El consumo se ha disparado. Hoy son cerca de 800 millones de jóvenes chinos, menores de 35 años; es decir, un número de consumidores para el siglo XXI sin posibilidad de comparación en ninguna nación del mundo. Ellos, sin duda, son los que transformarán definitivamente la nación. Son más de la mitad de la población. La globalización de los mensajes culturales y políticos ha pulverizado la resistencia comunista a la libertad. Lo saben y, por ello, no actúan de manera inmediata, se limitan a ganar tiempo, pero las horas se borran de manera acelerada. Es un torbellino imparable. Y cuando lo quieren parar se multiplica, como es el extraño caso del Falún Gong que tiene de los nervios a los fríos estrategas de Beihai, sólo por la invocación de antiguas y muy arraigadas formas de pensar y estar en el mundo; como fue antes el caso de los conciertos del cantante de rock Cui Jan; en ellos, se reunían miles de jóvenes entusiasmados que coreaban: «Fuiste tú un día / quien me vendaste los ojos, / vendaste el cielo con un trozo de tela roja». Lo cierto es que, una vez engullida la noche triste de Tiananmen, ya llegará el tiempo de la memoria. La ciudadanía china emprendió un camino sin retorno. Se publicaron las primeras fotos de desnudos en la prensa oficial por primera vez desde 1949; se crearon cursos de capitalismo para los nuevos «tiburones rojos», como se les denomina en el Hong-Kong hoy, epítome del modelo «un país, dos sistemas»; Pekín, Shanghai y Cantón asistieron a espectaculares desfiles de modelos; se incrementó la venta de automóviles Mercedes y Porsche, dos marcas muy queridas por los nuevos empresarios, muchos de los cuales no han llegado a cumplir treinta y cinco años. Se abrieron colegios privados de sofisticada educación occidental, al tiempo que se esfumaban como volutas de papel en el viento las viejas asignaturas, despreciadas ya en 1985 por mis alumnos, de formación política y de ética socialista (?). Es un ímpetu y un anhelo de recuperar lo mejor de un pasado algo más que ancestral y delinear el mapa de la China del siglo XXI, algo así queda expresado en la espléndida película, una vez más de Zhan Yimou, Manten la calma, en la que, al tiempo que se muestra, sin concesiones, los riesgos y las tensiones de esta nueva vida, se advierte la conveniencia de mantener los hilos invisibles con formas y modelos de convivencia arraigados en lo mejor del pueblo chino desde hace milenios. Es cierto que el nuevo hombre del comunismo tenía ahora la faz de un viajante de Wisconsin y el rostro de un financiero de Wall Street, sin perder por ello, y cuidado porque es ahí en donde está la invisibilidad del jardín, la hermética morada del razonamiento que permite afirmar que «el camino más corto entre dos puntos no es la línea recta sino el círculo».

Una vez que las radios de onda corta pudieron encontrarse fácilmente a lo largo de los años ochenta, millones de personas podían, con mínimo riesgo, escuchar las emisiones de La Voz de América para China y el servicio internacional de la BBC, lo hacían, según me confesaron algunos de ellos, para «aprender inglés». «Sin duda», les contesté, no sin retranca. Las antenas parabólicas después, llevan a la TV global, a pesar de las regulaciones más o menos recientes que me encontré y que prohiben su uso individual. Pero su extensión será inapelable. El fax y el servicio telefónico internacional automático funciona con absoluta regularidad en las zonas urbanas y comienza a extenderse a otras zonas del país, del mismo modo que el hábito de Internet ha pulverizado las fronteras. De 1989 a 1991, el número de llamadas a larga distancia se dobló hasta alcanzar los 1,7 millones. Quizá sea cierta la afirmación del poeta y narrador Bei Dao, candidato al premio Nobel, quien tras Tiananmen escribió: «Ahora estamos fascinados por el abismo». Un abismo que nadie se atreve a interpretar en China, salvo, como no podía ser de otra forma, los occidentales. Tal es el caso de Nicholas D. Kristof, quien a propósito del centenario de Mao, anticipaba una ficción para el cercano año 2000: el mausoleo de Mao, que actualmente se encuentra en el centro de la imponente plaza de Tianamen, se convertiría en el restaurante McDonald más grande del mundo. Y se dan hechos desconcertantes. Entre las denuncias del colonialismo que la China maoísta guardaba en el catálogo de presentaciones internacionales se encontraba una, sin duda, plena de razón: aquel lamentable cartel que, en algún lugar del Shanghai de las primeras décadas del siglo, exhibía el siguiente texto: «Prohibida la entrada a los perros y a los chinos», bueno, qué es lo desconcertante, pues el caso relatado por Fredéric Bobin, respecto al cartel que en la otrora (1985) acogedora calle de Wangfujíng de Pekín podía leer el curioso transeúnte el pasado mes de octubre: «Se prohibe el acceso a toda persona mal vestida». Parece que esta obsesión de prohibir no se cura con el tiempo, ni con algunos regímenes.

Como ya señalé entonces en las páginas de ABC, la metáfora más decisiva de cuanto está pasando hoy en China se halla en el tratamiento que a la figura de Mao Zedong, supuesto creador de la China moderna para unos y genocida milenarista para otros, se le está dando. Mao es un pin: mecheros, gorras, camisetas, pañuelos y demás forman parte del mercado Mao. Incluso como fetiche. Recuerda Paul Theroux cómo el retrato de Mao Zedong, desprovisto de cualquier significación política, se ha convertido en el San Cristóbal de los taxistas de toda China, después de que el Diario del Pueblo contara en 1992 que un taxista había salvado su vida en un accidente automovilístico con víctimas mortales, gracias a que llevaba en el salpicadero de su vehículo un retrato del Gran Timonel. Desde entonces, buen número de automovilistas chinos buscaron el fetiche para poner en orden su vida espiritual. El apologeta del materialismo histórico se convertía, por el particular arte del birlibirloque chino, en salvador espiritual del automovilismo contemporáneo. Eso es la venganza de la historia y de sus víctimas. Como ha observado, con enorme audacia, Fernando Delage: «Una fuerza imparable se ha apoderado de China […] Es la actitud de los chinos […] lo que convierte a esta tendencia en irreversible: la pérdida del miedo al poder es la mayor muestra del revolucionario proceso de cambio que vive el gigante asiático».

¿Se convertirá China en un nuevo país occidental? Hay opiniones diversas. Theroux insiste en que, a pesar de que la modernización de las naciones pasa por su americanización, China es diferente: «China es la excepción. Cuanto más se desarrolla, más parece estar volviendo a la vieja China, tan regional y desigual, ambiciosa, celosamente autosuficiente y tan impenetrable como la China de la dinastía Tang». Sin embargo, no es del todo cierto. Para François Jullien ocurre todo lo contrario: «Al entrar en contacto con Occidente, con un Occidente seguro de su racionalidad triunfante, del progreso de sus ciencias y del éxito de sus técnicas, la civilización china se precipita actualmente hacia una occidentalización de su cultura que la aleja cada vez más de su propia tradición y la vuelve más inteligible». Lo cierto es que estos días, mientras escribo estas breves notas, China se juega la consolidación de sus reformas económicas en el tapete ubicuo de la Organización Mundial del Comercio. Fortune lo ha señalado con rotundidad: «Si China consigue ingresar en la Organización Mundial del Comercio en los próximos meses, será el punto de inflexión más determinante de su política económica desde que Den Xiaoping comenzara la reforma y la apertura de la nación».

Volvemos al principio, que siempre es una forma de terminar. Occidente ha fabricado una imagen ensoñadora de China. En más de un sentido convirtió su indómito territorio en el Shangri-La de los paraísos perdidos: la cinematografía espesa y sentimental ayudó lo suyo y la utopía comunista cerró el círculo. Desde entonces, a China se le exige un rotundo perfil exótico, ya sea éste por fas o por nefas. Por comunista o por capitalista. Da igual. Hasta allí peregrinaron los clerici vaganti del siglo XX, dispuestos a instalarse al otro lado del espejo. Ahora el espejo se ha roto y nadie sabe muy bien que surgirá del otro lado. Hay cierta obsesión desde Occidente por contemplar al viejo Imperio del Centro como un escenario de constantes incertidumbres y los chinos se prestan a ello con regocijo. Quién sabe. Lo cierto es que, y uno no se cansa de repetirlo, «el dragón se había levantado por fin. Escupía fuego por sus fauces. Y yo quería verlo». Con un poco de suerte volveré a China, a ese jardín invisible que cada noche desvela un sendero y se bifurca, y así hasta el infinito. Pekín 1986 – Madrid 1999.

Derechos humanos: ¿retórica política o realidad jurídica?

Ralph Dahrendorf. Nacido en 1929, fue profesor de Sociología en Hamburgo, Tubingen y Constanza. Como sociólogo destacan sus contribuciones a la teoría de los conflictos. Tras pasar por el Parlamento alemán y la Comisión Europea, fue entre 1974 y 1984 director de la London School of Economics, y entre 1987 y 1997 rector del St. Antony’s College de la Universidad de Oxford. En 2007 fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Falleció dos años después. Entre sus libros están La libertad a prueba (Trotta);  El recomienzo de la historia. De la caída del muro a la guerra de Irak (Katz) o En busca de un nuevo orden. Una política de la libertad para el siglo XXI (Paidós).

AVANCE

Texto de la conferencia que Ralph Dahrendorf pronunció en la Universidad de Granada, a finales de 1999, dentro del ciclo «El balance de un siglo» organizado por los profesores Andrés Ollero, Julio Iglesias de Ussel y Manuel Herrera. Se publicó en el número 67 (enero-febrero de 2000) de Nueva Revista. En su charla, el autor realizaba una serie de reflexiones, a partir de las cuales intentaba reducir la problemática distancia entre la retórica y la realidad, en un tema fundamental como es el de los derechos humanos.

La estructuró en ocho puntos plagados de agudas reflexiones como lo redundante de una expresión, «derechos humanos internacionales», que con frecuencia se vuelve conflictiva en las fronteras de los países; o la distinción entre derechos humanos y sociales; la universalidad radical de los mismos, que elimina la posibilidad de cualquier relativismo; la globalización desarrollada, en ocasiones, en ámbitos sustraídos al derecho; la tensión que se suscita entre derechos universales e instituciones limitadas geográficamente (con un par de ejemplos que saltan fronteras nacionales y permiten tener esperanza) o el peso que puede tener una comunidad virtual internacional en favor de esos derechos humanos y que persiga con eficacia sus violaciones.

El último punto, el capítulo de conclusiones, retomaba la pregunta inicial, la disyuntiva entre las bellas palabras y su materialización efectiva para constatar sustanciosos avances: «Es todo un logro haber convertido los derechos humanos en derechos civiles; es decir, haber transformado lo que eran valores deseables en títulos justiciables». Pero también la existencia de una grave carencia. En este sentido, recordaba Dahrendorf: «Los derechos humanos internacionales no son, de momento, derechos en el sentido propio del término; no existe el contexto judicial o político capaz de respaldarlos. No podemos dirigirnos a ninguna instancia con la seguridad de que las violaciones de derechos humanos van a verse sometidas a proceso y juzgadas con eficacia, y de que sus violadores se verán ante la justicia». Y sin embargo, proseguía el autor, «a los derechos humanos se les considera ya mucho más que mera retórica política. Estamos, de hecho, intentando alcanzar un sistema judicial internacional que aún no existe». Por ello, «repitámoslo una vez más —pedía el profesor—: los derechos sólo son tales en un contexto político y judicial efectivo, de modo que —contándome entre los que desearían contribuir a crear ese contexto político y judicial efectivo— cualquier paso en esa dirección me parece muy de agradecer. Tales pasos incluyen la creación de un clima en el que los derechos humanos sean tomados en serio. Sin una comunidad internacional que alimente ese clima, el dominio del derecho nunca será universal».


 

Cuando hablamos de derechos humanos, especialmente al margen de la esfera del Estado-nación, ¿estamos sólo utilizando bellas palabras o hacemos referencia a realidades consistentes? Los derechos humanos internacionales ¿son solamente «valores», que nos gustaría ver realizados, o son títulos capaces de ser garantizados y sancionados por los tribunales? Aunque me gustan las respuestas claras y simples, esta vez no puedo darlas. Las ocho reflexiones siguientes girarán alrededor de nuestro tema, pero sin llegar a conclusiones exentas de ambigüedades. La razón es —o, por lo menos, así intentaré argumentarlo— que no cabe una respuesta libre de ambigüedades a esta cuestión; por lo menos ahora, al final del milenio.

1 Los derechos humanos en el ámbito internacional

Mi primera reflexión es bastante general. Derechos humanos son los derechos básicos de toda persona; el habeas corpus—es decir, la integridad de la persona— y la libertad de expresión, que incluye no sólo la libertad de hablar y escribir, sino también la de asociación. La tortura y la detención sin juicio son también violaciones de derechos humanos, como lo son la censura o los obstáculos a la participación en la vida pública. Muchas Constituciones contemplan esos derechos, como también lo hacen las Cartas y Convenios de diversas organizaciones internacionales. Pero es aquí precisamente donde se complica la cuestión: mientras en casa —en nuestros países, construidos sobre los principios del orden liberal— contamos con instrumentos para hacer cumplir los derechos humanos, éstos parecen débiles —cuando no inexistentes— en el ámbito internacional. De esto quiero tratar aquí: de los derechos en el ámbito internacional.

En cierto sentido, el término «derechos humanos internacionales» encierra un pleonasmo. Los derechos humanos son, por su misma naturaleza, internacionales; o, mejor dicho, universales. Son derechos de todos los seres humanos. Si unos tuvieran esos derechos y otros no, los derechos humanos se verían incompletos e incluso amenazados. Ni islas afortunadas como Gran Bretaña podrían mantener la esperanza de conservar la Magna Carta si sus vecinos del otro lado del canal estuvieran gobernados por dictadores odiosos.

Las guerras del siglo XX fueron, al menos en parte, confrontaciones entre ordenamientos liberales y no liberales. Ahora, al final del siglo, experimentamos de forma más gravosa el resultado de la coexistencia de ordenamientos de ambos tipos en un mismo continente: mucha gente huye de países con ordenamientos no liberales e intentan obtener asilo, e incluso ciudadanía, en países más libres. Estos, por otra parte, al verse amenazados en su cohesión social por olas de refugiados, responden estableciendo controles fronterizos cada vez más duros. Llegan a suspender los derechos humanos a los recién llegados para proteger los derechos humanos de sus propios habitantes, con lo que violan los mismos principios en que dicen creer.

Immanuel Kant fue el primero en señalar, en lenguaje moderno, que la lógica de los derechos humanos lleva inevitablemente a la noción de un gobierno mundial.

Como los derechos humanos son universales, una realización meramente parcial afectaría a su eficacia, e incluso a su misma realidad.

Hemos convivido con una realización parcial de los derechos humanos durante dos siglos o más, y puede que tengamos que seguir viviendo así por algún tiempo todavía; esto significa que los derechos humanos estén incompletos. Quienquiera que insista en la importancia primaria de los derechos humanos en el ámbito de las relaciones sociales, debe, por definición, hacer propio necesariamente lo que Kant llamaba un objetivo cosmopolita. Más tarde veremos de qué modo la globalización reta y empuja al logro de ese objetivo cosmopolita.

2 Un concepto más amplio de los derechos humanos

Una segunda reflexión ha de añadirse a la primera: la definición de derechos humanos que he ofrecido es, como habrán notado, restrictiva. Se refiere solamente a los derechos humanos básicos; los que protegen a los ciudadanos de todo régimen represivo y brutal. En las últimas décadas se ha generalizado la tendencia a manejar un concepto de los derechos humanos mucho más amplio. En concreto, algunos de los llamados derechos sociales se han visto incluidos por muchos autores entre los derechos humanos. La verdad es que se ha hecho corriente hoy en día proponer una especie de trato comercial entre países ricos y países pobres: «Si tú —país rico— quieres que nosotros —países pobres— asumamos tus derechos básicos, reconócenos primero a los pobres nuestros derechos sociales». En otras palabras, se hacen depender los derechos y libertades básicas de la existencia de determinadas condiciones económicas.

A mi modo de ver, nos hallamos ante un grave y peligroso error. Es sin duda cierto que los derechos básicos pueden significar muy poco para quienes sufren hambre o enfermedades mortales; pero, incluso dándolo por bueno, conviene matizar. Muchos indios hambrientos votaron en contra de Indira Gandhi cuando su hijo Sanjay trató de aplicar su programa de esterilización forzosa. Para ellos, la integridad personal era más importante que el alimento. Resulta incluso más llamativo que Amartya Sen, premio Nobel de Economía, haya demostrado de manera concluyente que, donde hay libertad de expresión, hay menos probabilidad de que se extienda el hambre. La conexión no parece evidente de manera inmediata, pero pensándolo bien se capta con más claridad: cuando los medios de comunicación informan de lo que pasa, la ayuda resulta más fácil. Cuando hay libertad de expresión, se hace también más difícil que los que son ricos, en medio de un ambiente de pobreza general, monopolicen los bienes de primera necesidad, o incluso —como demuestra Sen— que en algunos casos se lucren exportándolos.

El problema principal es, sin embargo, de orden conceptual. Los derechos son los derechos y no cabe supeditarlos a nada. Cabe luchar por ellos a través de medios legales. Los llamados derechos sociales no son realmente derechos, sino necesidades.

Ningún juez puede hacer cumplir el llamado derecho al trabajo o incluso proveer el salario básico. Es verdad que hay condiciones sociales que hacen más efectivos los derechos; hasta el ejercicio del derecho al voto se ve incrementado al mejorar el nivel de educación. Pero sigue tratándose de condiciones, que no deben confundirse con los derechos mismos ni vincularse a ellos. En mi libro El conflicto social moderno, planteé la diferencia entre títulos y prestaciones. Ambos son importantes; cabría incluso pensar que los títulos tienen poco sentido sin un cierto nivel de prestaciones. Pero la política y la economía de las oportunidades de la vida humana siguen siendo dos asuntos diferentes. Hablar de derechos sociales es emplear un lenguaje resbaladizo, basado en un no menos resbaladizo modo de pensar.

3 ¿Derechos humanos occidentales?

Esto nos lleva a una tercera reflexión. Los derechos humanos —se dice a menudo hoy díano dejan de ser una una idea occidental; conciernen a Europa, a los Estados Unidos y a algunos otros países que forman parte de una misma tradición, pero no al resto del mundo. De hecho, hablar de derechos humanos supone incurrir en un cierto imperialismo occidental; en un intento de imponer una experiencia cultural al resto del mundo. Un relativismo de este tipo resulta, por supuesto, muy provechoso para quienes no quieren verse señalados en el foro internacional como violadores de los derechos humanos; pero se trata de un relativismo también muy extendido en el pensamiento occidental.

Ernest Gellner construyó uno de sus últimos escritos —un discurso impartido ante la universidad de Cambridge bajo el bonito título de «La singularidad de la verdad»— escenificando un debate entre tres personajes: el relativista, el fundamentalista y el puritano de la Ilustración (Pl). Yo soy, en terminología de Gellner, un PI.

Me parece que el relativismo conduce a consecuencias absurdas. ¿Vamos a tener que aceptar la tortura practicada por las autoridades turcas, porque la tortura forme parte de la cultura tradicional turca?

¿Vamos a tener que tolerar la censura en Singapur, porque la estabilidad pueda resultar para ese país más importante que la libertad de expresión? ¿Vamos a tener que aceptar la supresión de los discrepantes en los países de África, porque el desarrollo económico tenga allí prioridad? Mi opinión sobre el particular es que tales planteamientos no son aceptables. Los derechos humanos, en el sentido deliberadamente restrictivo en que los he definido, o son universales o pierden totalmente su sentido. Los valores humanos son a su vez compatibles con una variedad de tradiciones culturales y políticas.

4 La era de la globalización

Mi cuarta reflexión me lleva de la esfera de las ideas al mundo real. Estamos viviendo un período de cambio histórico, descrito a menudo como globalización. Las decisiones y procesos más importantes han escapado de su contexto tradicional: la ley y la política del Estado-Nación. La disponibilidad instantánea y global de la información ha transformado los sistemas financieros, los servicios en general y la mayor parte de nuestras economías. Otros mecanismos de toma de decisiones han experimentado el mismo proceso. La defensa militar ha dejado de ser competencia nacional exclusiva. El contorno físico en el que vivimos respeta poco las fronteras nacionales. Han aparecido nuevas fuerzas que muestran poca consideración hacia las viejas estructuras en las que aún nos movemos.

La globalización destruye, en este sentido, los marcos tradicionales. Más aún, los indicios de surgimiento de nuevas estructuras apropiadas a esta realidad globalizadora son escasos y, por el momento, lejanos. Las leyes nacionales fracasan al enfrentarse con estas realidades globales, carentes —en consecuencia— de regulación adecuada. Todo esto puede parecer un poco exagerado, porque existen en efecto algunas instituciones que intentan llevar a cabo regulaciones globales; por ejemplo, la Organización Mundial del Comercio. Contamos también con una hegemonía no declarada de los principios norteamericanos e incluso, en algunos casos, de instituciones norteamericanas. A pesar del euro, la Reserva Federal sigue marcando la pauta en muchos aspectos; por no hablar del papel de los Estados Unidos en asuntos militares.

Pero, aun teniendo en cuenta todo esto, la verdad es que los procesos globales se van desarrollando en un ámbito sustraído al Derecho.

Todo ello es hoy ampliamente reconocido; quizá menos en los Estados Unidos que en cualquier otro sitio, porque América tiende a apoyarse más en el poder que en el Derecho. Esta realidad supone un nuevo y fuerte estímulo para la promoción de instituciones legales internacionales de notable variedad. Un área de interés es la inspección bancaria; pronto podríamos llegar a contar con una Autoridad Mundial de Servicios Financieros. Otra área relevante sería el control del medioambiente; el proceso Kyoto no ha llegado todavía muy lejos, pero sigue en marcha. Por lo que se refiere al problema de la Seguridad, la lucha por una Defensa eficaz contra la guerra biológica, química y nuclear seguirá avanzando; aunque los primeros pasos dados no han sido satisfactorios, marchan en la dirección correcta. Y después, más cerca ya de nuestro tema, está la cuestión del Tribunal Penal Internacional, la ratificación de cuyo Tratado está en proceso de desarrollo, todavía incompleto.

Con todo ello quiero subrayar que la globalización económica va seguida de otros procesos de internacionalización, que prestan nuevo impulso al establecimiento mundial de ciertos derechos, incluidos los derechos humanos.

5 Una propuesta institucional

La quinta reflexión arranca de una pregunta: si no podemos conseguir a la primera de cambio instituciones universales, ¿no deberíamos contentarnos con instituciones transnacionales de un ámbito más modesto? ¿Qué diríamos, por ejemplo, de Europa y los derechos humanos? Esta propuesta es ciertamente legítima, aunque deba decirse de salida que lo que es verdad para un Estado-Nación debe ser también verdad para Europa.

Contar con derechos humanos limitados quizá sea mejor que no tenerlos en absoluto; pero se traiciona así el principio que subraya la vocación universal de todo derecho humano. En la práctica, se acaban violando también a menudo los derechos universales.

Se corre, por ejemplo, el gran riesgo de que los Acuerdos de Schengen respecto a las fronteras exteriores de los Estados miembros configuren de hecho una fortaleza europea, con sus guardacostas, su policía de frontera y todo lo demás. Corremos el riesgo de que los Estados miembros utilicen a la Unión Europea para hacer un trabajo sucio que ellos no se atreverían a hacer en casa, creando así un espacio más protegido que abierto.

La Unión Europea, desafortunadamente, no está ni ha estado nunca a favor de los derechos humanos. Fue establecida para organizar relaciones en el ámbito de las prestaciones más que en el de los títulos —por hacer uso de mi terminología—, más en el ámbito de la economía que en el de la política. El Tribunal de Luxemburgo de la Unión Europea, por ejemplo, se ocupa de los derechos humanos sólo de forma marginal; ejemplo significativo de esta preocupación sería su actitud ante la igualdad de derechos de hombres y mujeres en el ámbito laboral. En su agenda de negociaciones con futuros miembros, la Unión va más allá. Los textos de negociación incluyen referencias a la democracia y al Estado de Derecho.

Pero, en esencia, la Unión Europea no está por los derechos humanos, y ésta podría ser una de las razones por las que ha fracasado a la hora de captar la adhesión de sus propios ciudadanos.

Existe otra organización, el Consejo de Europa, que sí se muestra explícitamente a favor de los derechos. La Convención Europea de Derechos Humanos se ha convertido en ley nacional de todos los Estados miembros; ha llegado incluso ahora a formar parte de la ley británica. Esto significa que unas mismas normas son, en principio, aplicadas a todos los Estados miembros, y se tiene la posibilidad de recurrir al Tribunal de Estrasburgo para garantizar que se vean aplicadas del mismo modo. Sin embargo, este deseable proceso se ha visto acompañado de una ampliación casi indiscriminada de los Estados miembros del Consejo de Europa. Se ha admitido a países como Georgia —por mencionar un caso— en los que las violaciones de derechos parecen cobrar carácter endémico. Esto ha dado lugar a que la credibilidad del Consejo de Europa se deteriore en los últimos años.

6 Dos casos para el optimismo

Puede parecer que dibujo un panorama sombrío. Permitidme, pues, añadir una sexta reflexión, que contribuya a iluminarlo. Estamos de hecho contemplando en estos momentos más de un caso en los que sí se hacen cumplir los derechos humanos. Dos, sobre todo, me vienen a la cabeza. Uno es el proceso de extradición del general Pinochet. Se trata de un asunto complicado. Los tribunales británicos están juzgando el caso de un hombre al que un juez español quiere que se extradite, por crímenes cometidos en Chile contra ciudadanos no chilenos. Nos encontramos ante una justicia más transnacional que internacional. Pero el mero hecho de que un antiguo dictador y torturador no pueda moverse libremente fuera de su propio país indica, al menos, una nueva sensibilidad respecto a los derechos humanos;

estamos quizá asistiendo también al surgimiento de fórmulas para que los derechos humanos puedan abordarse en sede judicial recurriendo a las jurisdicciones nacionales existentes.

Otro caso de interés es el de los procesos por crímenes de guerra, como los relativos a la antigua Yugoslavia. El Tribunal de la Haya está tropezando con muchas dificultades; no es la menor de ellas la misma captura de los criminales. Se corre, seguramente, el riesgo de que algunos, directamente involucrados en los asesinatos de Bosnia o Kósovo, sean llevados a juicio, mientras que no llega a ocurrir lo mismo con los que les dictaron órdenes. Por lo demás, nadie se encuentra, de momento, en condiciones de disponerse a arrestar a todo presunto criminal de guerra. Los contingentes militares internacionales estacionados en Kósovo, por ejemplo, no lo consideran parte de su misión. Muchos crímenes continuarán, pues, sin castigo. Pero el Tribunal existe, y cuenta ahora con un segundo fuerte y vigoroso Fiscal General. En la Haya se van estableciendo precedentes que necesariamente frenarán a quienes experimenten la tentación de cometer crímenes similares en otros lugares.

7 Los medios y la comunidad internacional

Mi séptima reflexión puede resultar sorprendente en el contexto de nuestro tema: tiene que ver con los medios de comunicación y la publicidad. Un aspecto de la globalización, como he dicho, es la disponibilidad instantánea y generalizada de información. Resulta ya muy difícil ocultar los hechos. La información disponible supera con creces a la posibilidad de absorberla de cualquiera. Sin embargo, casi siempre habrá alguien en algún lugar que registre los hechos y los siga. Es muy difícil ya escapar a la mirada de los medios de comunicación.

Esto es a fortiori verdad en puntos conflictivos, a los que los medios prestan particular atención. Recuerdo a generales enojados y políticos quejosos porque no podían dirigir la guerra de Vietnam «adecuadamente»; porque cada decisión que tomaban llegaba por televisión a todos los hogares americanos. De algunas guerras crueles, como la de Chechenia en estas semanas, no se nos informa tanto; aunque ese hecho las convierte sin duda en doblemente sospechosas. La mayoría de esos acontecimientos acaban, sin embargo, siendo de dominio público de una u otra forma, y esa información condiciona a los que los protagoniza. La publicidad, que puede ser un estorbo para algunos, es de gran ayuda para los preocupados por los derechos humanos.

Hoy día oímos, a menudo, referencias a la «comunidad internacional»; la comunidad internacional no tolerará o no debiera tolerar tal o cual cosa. Eso nos dicen las víctimas cuando comparecen ante las cámaras de televisión. Esa comunidad internacional invocada por ellos reviste una curiosa cualidad. No existe en realidad, pero ejerce una gran relevancia. La constituye, de hecho, ese público abstracto al que llega la información que se transmite a través de los medios.

La comunidad internacional es sin duda una comunidad virtual, pero no por ello menos eficaz. De ahí que su posible actitud en favor de los derechos humanos —y de la persecución de sus violaciones— sea tan importante.

Dándoles publicidad se generan reacciones, que pueden traducirse incluso en acciones concretas.

8 Entonces… ¿palabras o títulos?

Esto nos conduce a mi octava y última reflexión. La pregunta planteada como punto de arranque de esta conferencia encierra implicaciones con las que estoy de acuerdo y que es preciso hacer explícitas. Los derechos no son solamente palabras sino títulos atendibles por los tribunales de justicia y respaldables por las sanciones que impongan a los transgresores. Tribunales y sanciones reclaman, a la vez, un contexto político —un contexto de poder y autoridad— para ser eficaces. Una norma sin poder, carente de coerción, no merece el nombre de derecho. También a nivel nacional el establecimiento del Estado de Derecho ha exigido un proceso largo y difícil de implantación. El Estado de Derecho es, sin duda, uno de los grandes logros del Estado-Nación.

Es todo un logro haber convertido los derechos humanos en derechos civiles; es decir, haber transformado lo que eran valores deseables en títulos justiciables.

Más allá del Estado-Nación nos encontramos ante una situación mucho más difusa. Como director de la London School of Economics, tuve que nombrar en cierta ocasión a un profesor de Derecho Internacional. Varios profesores vinieron a verme para decirme que no deberíamos hacer ese nombramiento, porque no existe un Derecho Internacional como tal. Es —habrían dicho, utilizando la terminología que da título a esta conferencia— mera «retórica política»; la retórica, por ejemplo, de los derechos humanos. El nombramiento se hizo, y el profesor nombrado llegaría después a ser juez, primero en Estrasburgo y luego en Nueva York. ¿Fue realmente juez, o deberíamos entrecomillar la palabra para indicar que, aun siendo deseable, no es todavía real?

Dije antes que no llegaría a ofrecer una conclusión neta, pero quizá debería haber añadido que mi conclusión sí sería suficientemente clara. Lo que ocurre es que la respuesta a la pregunta, de hecho, no es clara.

Los derechos humanos internacionales no son, de momento, derechos en el sentido propio del término; no existe el contexto judicial o político capaz de respaldarlos.

No podemos dirigirnos a ninguna instancia con la seguridad de que las violaciones de derechos humanos van a verse sometidas a proceso y juzgadas con eficacia, y de que sus violadores se verán ante la justicia.

A la vez, a los derechos humanos se les considera ya mucho más que mera retórica política. Estamos, de hecho, intentando alcanzar un sistema judicial internacional que aún no existe.

Lo hacemos, en parte, firmando tratados que luego se convierten en derecho nacional en algunos Estados; comenzamos así a recurrir a la jurisdicción nacional para procesar crímenes internacionales. En determinadas áreas apelamos más bien a tribunales internacionales especiales, para procesar y juzgar estas violaciones; pero también en estos casos necesitamos instituciones ejecutivas nacionales capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias lo que se haya descubierto.

Se recurre, a veces, a procesos semi-legales para demostrar que la retórica política puede convertirse en realidad jurídica; este fue el caso de los tribunales Bertrand Russell. Los intentos de movilizar apoyos para la ratificación del Tratado para establecer un Tribunal Penal Internacional son un paso más hacia ese objetivo de convertir en justiciables los derechos humanos. Por la misma razón, he defendido desde hace tiempo que la Convención Europea de Derechos Humanos se incluya en el Tratado de Roma. No basta ya en la Unión Europea con tener acceso a la Convención; especialmente tras la creciente laxitud del Consejo de Europa a la hora de admitir miembros inadecuados. La Convención ha de llegar a ser directamente aplicable como derecho de la Unión Europea. Se trata, como si dijéramos, de que Estrasburgo se traslade a Luxemburgo; es decir, que lo que era un Tribunal meramente consultivo se convierta en otro capaz de tomar decisiones efectivas.

Nada de esto llega a solventar la problemática distancia entre retórica y realidad. Si uno es partidario de un concepto estricto de lo que llamamos derecho, no puede contentarse con un mero pedir justicia o jugar a la justicia. Repitámoslo una vez más: los derechos sólo son tales en un contexto político y judicial efectivo. Por ello —contándome entre los que desearían contribuir a crear ese contexto político y judicial efectivo— cualquier paso en esa dirección me parece muy de agradecer. Tales pasos incluyen la creación de un clima en el que los derechos humanos sean tomados en serio. Sin una comunidad internacional que alimente ese clima, el dominio del derecho nunca será universal. Queda todavía mucho por hacer para que se cree tal comunidad; pero, además de recurrir a la acción, podremos también servirnos para ello de algo de retórica política.

La física de la monarquía

La física de la Monarquía es un título sugerente y atractivo, pero excesivamente comprensivo y un tanto ambiguo. Sólo la lectura del subtitulo permite una cierta concreción y una mayor comprensión. Se trata del siglo XVIII, de la Monarquía española, y de la relación entonces, y en un país muy específico, España, entre la ciencia y la política, a través de la vida y la obra del marino de origen italiano al servicio de la Corona española, Alejandro Malaspina. Sin embargo, la lectura de sus más de cuatrocientas densas y bien escritas páginas nos lleva a un escenario y a una temática más amplia y muy sugestiva, sobre la que ya existe una anterior y valiosa bibliografía, muy presente y bien recogida en este libro del investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Dr. Juan Pimentel. A «una historia intelectual, por tanto, un análisis de los orígenes, la forma, el contenido, la trayectoria y el destino de una idea», la de «la física de la Monarquía», la del Imperio español, es decir, la visión de cómo era —y también cómo debía ser— la estructura y, más aún, el funcionamiento y el destino del Estado que, en la segunda mitad del siglo XVIII, estaba constituido por España y sus diversas provincias ultramarinas, en concreto las Indias Occidentales, como todavía se las denominaba entonces. Todo ello a través de la andadura vital de un hombre nada ordinario, Alejandro Malaspina.

Al menos tres son los grandes temas, todos ellos muy importantes en el desarrollo por el mundo de la expansión europea en general y de la española en particular, que se estudian con indudable cuidado y profundidad en La física de la Monarquía, aunque con una especial inmersión, como dice el autor, en la ciencia y en la política, es decir, en el saber y en el poder, fundamentales en el desarrollo y en la supremacía europeos de entonces y que, hasta cierto punto, ha llegado hasta nuestros días.

En primer lugar, y como línea esencial que enhebra todas sus páginas, todas sus investigaciones y todas sus reflexiones, la biografía de Alejandro Malaspina. Una biografía que va mucho más allá del simple análisis de una vida, sin duda, muy ajetreada y plena de vivencias, ya que permite entender la relación ya madura entre España e Italia a lo largo de los siglos XVI a XVIII y, en definitiva, el papel y la contribución de algunas regiones italianas, en concreto su Mezzogiorno, en la formación y el desarrollo del Imperio español durante esas centurias. Una vida, la de Alejandro Malaspina, que nacido en 1754 en el seno de una vieja familia aristocrática de Mulazzo, en plenos Apeninos ligures, región en la que inició su formación intelectual y a la que, a la postre, regresó, tras una larga presencia de más de veinte años en España y su Imperio, para morir en Pontrémoli, a pocos kilómetros de su natal castillo de Mulazzo, cincuenta y cinco años más tarde, en 1810.

La vida de Malaspina está perfectamente ligada a los momentos y valores más trascendentales del XVIII europeo y universal: el Despotismo ilustrado y la Revolución francesa. Tras una breve estancia en su comarca natal, a los siete años de edad comienza una nueva etapa en el Mezzogiorno, uno de los centros más singulares de la Ilustración y el Iluminismo europeos, afirma Pimentel y, en concreto, en Palermo, una de las ciudades principales del Reino de las Dos Sicilias, donde apenas hacía un par de años había reinado el que ya era Carlos III, rey de España y de las Indias Occidentales. Pero el foco esencial de la formación inicial, italiana, de Malaspina tuvo lugar, desde 1765 y como era normal entre los jóvenes de la buena sociedad italiana de entonces, en el Colegio Clementino de Roma, regido por la Congregación Somasca, fundada en 1528 por San Gerolamo Emiliani.

«Un centro —el Clementino— donde los cachorros de la vieja nobleza se instruían en las nuevas ciencias» y que, como otros colegios y seminarios similares, los pertenecientes a la Compañía de Jesús, por ejemplo, podía facilitarles el acceso a la cumbre de la jerarquía militar, eclesiástica y diplomática. Este fue el caso de Alejandro Malaspina, que adquirió en el Clementino los fundamentos del humanismo —el mundo clásico, a partir del nuevo modelo de formación profesional alcanzado entre la geografía y la historia del momento, la retórica y la filosofía básicas-— que más tarde le ocuparon largamente, pero donde también se inició en las hoy llamadas ciencias experimentales —física, matemáticas, ciencias de la naturaleza—, aunque dentro de una profunda relación entre ciencia y filosofía. Y que le permitió —y exigió— conocer a fondo las bases de la cultura occidental desde Aristóteles a Buffon, pasando por Tolomeo, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes y Newton.

De allí, en 1773, pasa a la isla de Malta, donde es investido, según la tradición familiar, caballero de la Orden de Malta, iniciando su vida marinera bajo bandera mal tesa a fin de limpiar las viejas aguas mediterrá-neas de piratas berberiscos. Enseguida, en 1774, en Cádiz sentó plaza de guardamarina en la Real Armada española, como habían hecho y estaban haciendo otros jóvenes italianos.

El segundo gran conjunto temá-tico de la obra que reseñamos es el del extraordinario papel jugado en el devenir científico y político español del siglo XVIII por los diversos cuerpos militares y, en especial, por la Marina, todavía entonces una de las mejores que existían. Sobre todo 1774 y 1788, en el que los estudios científicos constituyeron un elemento fundamental, y que pretendía la posibilidad de competir con la Gran Bretaña, la nación rival, el modelo naval que era necesario emular. Las reformas introducidas en el Observatorio Astronómico de San Fernando y en la Academia de Guardias Marinas gaditana, y que pretendían recuperar, al menos, los fecundos tiempos de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, fueron completadas por la creación en 1776 de dos nuevas compañías en El Ferrol y Cartagena, en las que desempeñaron un singular papel personalidades tales como José de Mazarredo, Vicente Tofiño y Antonio Valdés. En ese tiempo, Malaspina se convirtió en oficial científico, pero sin abandonar en ningún momento el servicio directo en la mar. En 1778, cruza por primera vez el Ecuador y, doblando el cabo de Buena Esperanza, llega a las islas Filipinas. Y en 1786 inicia un largo viaje por encargo de la Compañía de Filipinas que, tras circundar el litoral suramericano por el cabo de Hornos, desde Lima atraviesa el Mar del Sur hasta Cavite, regresando a Cádiz en 1788, circunnavegando el globo por el índico y el Atlántico.

Además, en todo momento colaboró, más o menos tangencialmente, en la tremenda y fascinante tarea científica desarrollada por la Ilustración española, y en la que numerosos miembros de la Real Armada fueron protagonistas privilegiados. En la misma Península, entre otras importantes tareas científicas, cabe destacar dos grandes obras cartográficas, llevadas a cabo entonces bajo la dirección de Vicente Tofiño, los Derroteros de las costas de España (1787-1789) y el Atlas Marítimo de España (1789), aún no superadas y todavía vigentes. Pero a todo ello se agregaba una especial preocupación por el desarrollo social y económico de las Indias, preocupación en la que se destacaron figuras como Campomanes, Aranda y Floridablanca, continuando la estela iniciada por las Noticias Secretas y la Relación histórica de Jorge Juan y Antonio de Ulloa en la primera mitad de la centuria; y que habría de provocar lo que Hernández Sánchez Barba ha denominado la «última expansión española en América».

Todo ello fue origen de una sin igual actividad económica y científica en el conjunto de la América española, que ante todo pretendía un mejor conocimiento de estas tierras, ya que, como decía Malaspina en una de sus cartas: «Sin conocer América, ¿cómo es posible gobernarla?». En esta línea cabe recordar, por ejemplo, los estudios botánicos de Celestino Mutis en Nueva Granada, Ruiz y Pavón en Perú, y Cuéllar en Filipinas, las investigaciones mineras de los Elhuyar en México y Bogotá, o las simples descripciones regionales de un Venega sobre California (1757), de un Rossi y Rubi sobre Perú (1791), o de Azara sobre las tierras del Río de la Plata. Reconocimientos unos llevados a cabo por las regiones limítrofes del Imperio, otros por el interior de la América nuclear, aunque siempre con un objetivo esencial: estudiar sus recursos naturales y racionalizar y hacer rentable su explotación, lo que no excluía un mejor conocimiento de sus habitantes y de sus problemas.

Toda una extraordinaria actividad basada en un impresionante abanico de viajes y expediciones, de los que se han llegado a contabilizar y clasificar hasta un total de sesenta y tres durante el siglo XVIII. Y que se pudiera sintetizar y culminar en la excursión proyectada y realizada entre 1789 y 1794, bajo la dirección de Alejandro Malaspina y José Bustamente, que si bien se llevó a cabo en los inicios del reinado de Carlos IV, había comenzado a proyectarse y prepararse en los años finales del de su antecesor Carlos III, bajo los auspicios de uno de sus ministros más destacados, Antonio Valdés, Secretario Universal de Marina e Indias.

No cabe duda de que esta expedición estaba hasta cierto punto provocada por el hecho de que el Pacífico, tras los viajes del inglés Cook (1768-71,1772-75 y 1776-79), y los franceses Bouganville (1766-1768) y La Pérouse (1785-88), entre otros, estaba dejando de ser el «lago espa-ñol» en que se había convertido desde su descubrimiento por Magallanes a comienzos del siglo XVI. Pero también la Monarquía española aspiraba a realizar notables contribuciones a la Humanidad en materia de navegación y sanidad náutica, geografía, historia humana y natural, como era normal en su tradicional actividad descubridora y pobladora. Y todo ello, en este caso muy explícitamente, según las Instrucciones Reservadas dadas a los marinos responsables del viaje por Valdés, lo que le concedía una notable diferencia respecto a otras expediciones contemporáneas, se añadía la obligada construcción de cartas hidrográficas y de derroteros marinos que faciliten la navegación mercante, y más aún, «la investigación del estado político de la América, así relativamente a España como a las naciones extranjeras». Se trataba tanto de una expedición científica, que lo fue en gran medida, como de una política, como demostraron sus implicaciones estratégicas, económicas y culturales. La selección muy cuidadosa de la marinería y del grupo de especialistas colaboradores —como el cartógrafo Felipe Bauzá, los naturalistas Tadeo Haenke, Luis Née y Antonio Pineda, y los pintores y dibujantes José Guío y Fernando Brambila— es una prueba más de su originalidad.

El viaje se inició en Cádiz el 30 de julio de 1789 a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida, construidas expresamente para la ocasión en el arsenal de la Carraca, y finalizó, retomando a Cádiz, el 21 de septiembre de 1794. En ese tiempo, la «expedición enciclopédica», como la denomina Pimentel, atendió y estudió cuatro espacios marítimo-terrestres principales. Primero, América del Sur, con dos regiones especialmente reconocidas, el Río de la Plata y su entorno, incluidas las islas Malvinas y la costa chilena meridional, con centro en Chiloé. En segundo lugar, el Pacífico septentrional, con su objetivo más importante en el paso del noroeste, donde era notable y amenazante la presencia de británicos y rusos, aunque sin olvido de diversos acerca del pensamiento de Malaspina sobre el ser y no ser de la Monarquía española. Una reflexión que se problemas y aspectos de la Nueva España, donde la colaboración con el virrey Revillagigedo fue considerable, resaltando las cuestiones fronterizas con los nacientes Estados Unidos de América. En tercer lugar cabe resaltar su estancia en el Pacífico occidental, con su base principal en Manila, en las Islas Filipinas, aunque también recorrió el rosario de islas que unen Mindanao y Nueva Caledonia (Nueva Guinea, Salomón, Nuevas Hébridas), llega hasta Nueva Zelanda, visita durante un mes Nueva Gales del Sur y, finalmente, arriba a Tonga, en el archipiélago de Vavao, una «Nueva Arcadia», como aparece en alguna de las propias descripciones de Malaspina. Desde aquí se inicia el trayecto final de este gran viaje científico-político que, de nuevo por el cabo de Hornos y el Atlántico, regresa a España. De todas estas etapas, y de otros momentos del itinerario, dejó escritas Alejandro Malaspina diversas memorias manejadas en la redacción del libro de Pimentel, y recogidas en sus notas y en su bibliografía final.

El postrero tema desarrollado por Juan Pimentel, y que corrobora el título básico de su libro, es una reflexión cuidadosa y muy interesante inicia en los Axiomas políticos sobre América, un texto decisivo para conocer el pensamiento colonial de su autor, así como para comprender la verdadera naturaleza de su expedición, y que fue también la base del proyecto que Malaspina y Bustamente elevaron a la consideración del Secretario Universal de Marina e Indias, Antonio Valdés. La experiencia y los conocimientos adquiridos durante el viaje confirmaron, modificaron y ampliaron el contenido de los Axiomas y fueron la base de los escritos que, sobre la imprescindible reforma, según él, a introducir en el gobierno y la administración españolas, dirigió directa e indirectamente a los Reyes y a sus consejeros, muy diferentes a los existentes antes de su viaje. En 1794, la Física de la Monarquía dependía de Manuel Godoy, valido de los Reyes Carlos y María Luisa y omnipotente gobernante. El resultado era obvio y estaba en relación con la caída de sus mentores, Floridablanca, Valdés y Aranda, y la llegada al poder de Godoy.

En noviembre de 1795 se inicia un proceso que, concluido en abril de 1796, implica para Alejandro Malaspina, el «nuevo Cook», según se le había denominado a su llegada a Cádiz, la pérdida del rango militar y una prisión de diez años y un día en el castillo de San Antón de La Coruña. A ello hay que añadir el auténtico secuestro que sufrieron los escritos y materiales aportados por la expedición, y la prohibición de publicar sus resultados, pronto olvidados, aunque conservados en diferentes archivos nacionales. Unicamente el Diario General del Viaje, autógrafo en su primera versión manuscrita del mismo Malaspina, llegó a editarse en fecha muy tardía (1885) y bastante modificado. Liberado en 1803, al parecer con la mediación de Napoleón, fue desterrado de España, y regresó a su tierra natal, instalándose en Pontrémoli, a escasos kilómetros del castillo de Mulazzo, donde había nacido. Allí falleció Alejandro Malaspina a la edad de cincuenta y cinco años, pocos días antes del inició en Caracas del «proceso emancipador que prendería pronto en toda la América hispana» y que había sido «prevista por el navegante y por otros muchos críticos de un modelo colonial con el cual la Monarquía difícilmente podía ingresar en la nueva era de los imperios informales».

En fin, un libro importante y trascendente, como trascendentes e importantes fueron la vida de su protagonista y no menos el tiempo y las circunstancias en las que se movió su acontecer vital y la Monarquía que tanto le preocupó.

La nueva ecuación de partida

Efecto, tal vez del milenarismo asociado al cambio de siglo, comienza a ser un lugar común considerar Internet como el ejemplo más representativo de un cambio de Era.

Ello se debe, entre otros factores, a los aspectos asociados al uso de la Red, que acentúan la ruptura de algunas de las barreras que hasta ahora delimitaban el entorno natural del ser humano. Por conocidas, no molestaremos al lector con un tedioso catálogo.

Otros fenómenos tecnológicos, cuando no aparecidos si al menos desarrollados al máximo a lo largo del siglo XX, han tenido también alcance planetario y efectos radicales en la configuración de nuestra sociedad. Así, los medios de comunicación gráficos, la radio y, especialmente, la televisión, han contribuido a hacer nuestro mundo más pequeño y cercano para todos, convirtiendo en hechos casi familiares los sucesos producidos a cientos o a miles de kilómetros e incrementando de manera exponencial la importancia de la información en las relaciones sociales.

Los medios de comunicación, gracias al aprovechamiento de los avances tecnológicos, han contribuido de manera definitiva a modelar la forma en que los seres humanos percibimos la realidad y nuestra posición en el mundo, y han servido, con todos sus defectos, de cauce para proveer de buena parte de los elementos culturales que subyacen en la generalización y extensión de las dos características fundamentales de las sociedades modernas de final de siglo: la democracia y el mercado.

La radio y la televisión abrieron la posibilidad de transmitir información de manera casi instantánea a cualquier lugar del mundo. Finalmente, las condiciones económicas y políticas consolidaron la creación de importantes grupos empresariales o, en su caso, el establecimiento de instituciones públicas, que han modulado en mayor o menor grado la manera de servir esta información a los ciudadanos. De alguna manera, ésta ha sido siempre suministrada tras una cierta «edición» (otros dirían manipulación). En definitiva, el modelo así consolidado hace que la información fluya de manera permanente desde un «transmisor» a múltiples «receptores». Llamaremos a éste modelo de información otorgada, que no permite al usuario sino elegir entre las diferentes opciones disponibles dentro de un elenco que el mercado o los poderes públicos siempre mantienen en un ámbito restringido.

Internet avanza un peldaño más. En primer lugar, es barato, no limita el número de «transmisores» y es, además, un medio interactivo. Permite que lleguen a confundirse los conceptos de «transmisor» y «receptor», y anticipa que, en el futuro cercano, aún se confundirán más.

La interactividad, sumada a la inmediatez y a la posibilidad de alcanzar cualquier rincón, por remoto que sea, permite contemplar un escenario muy diferente al de los medios de comunicación convencionales. Resulta importante que los analistas políticos presten atención a este fenómeno, que contribuirá a cambiar de manera gradual, pero sin duda acelerada, los hábitos sociales.

Esto exigirá a los Gobiernos respuestas globales, pero sólidamente construidas sobre reflexiones previas. Todos los países avanzados están asumiendo el reto de convertir las ventajas tecnológicas de Internet en puntos de apoyo que permitan desarrollar de manera creciente y armónica los dos aspectos que antes señalábamos como identificativos de las sociedades avanzadas de nuestro tiempo, la democracia y el mercado.

Resulta muy satisfactorio y estimulante percibir que dos instituciones tan importantes en nuestro país como la Presidencia del Gobierno y el Senado han prestado especial atención a Internet y la Sociedad de la Información como factores estratégicos para el nuevo siglo.

La Comisión de Redes Informáticas del Senado español ha realizado una espléndida labor a lo largo de dos años, analizando sistemáticamente los aspectos tecnológicos, económicos, sociales, jurídicos y regulatorios subyacentes. Desde la legitimidad democrática de esta institución deben contemplarse las conclusiones alcanzadas1. Estas deben ser consideradas no como un punto de llegada sino de partida, que en el futuro deberán evolucionar para adaptarse a las nuevas condiciones. Especialmente significativa es la declaración de derechos elaborada a modo de conclusión y que se acompaña de una serie de recomendaciones dirigidas a los poderes públicos para hacerlas posibles.

Por su parte, el Presidente del Gobierno, en una serie de discursos pronunciados recientemente en actos relacionados con Internet y las nuevas tecnologías, ha asumido el compromiso de liderar e impulsar la entrada de España en la Sociedad de la Información2.

El Presidente del Gobierno plantea una original ecuación de partida para el desarrollo de la Red: a más tecnología, más humanidad. En definitiva, acentuar la importancia de los aspectos democráticos inherentes al desarrollo tecnológico, minimizando aquéllos que actúan como inhibidores de las libertades de los ciudadanos. Esto debe permitir la articulación de un proyecto político de desarrollo económico sobre la Red que cumpla, además, los compromisos de partida de un gobierno democrático.

Centra acertadamente el Presidente Aznar los términos de su modelo: la tecnología, la regulación, el mercado, etc. son los elementos imprescindibles para construir una sociedad más abierta, justa y próspera. En este sentido, anticipa los ejes principales de su acción política en este campo para la próxima legislatura.

Resulta muy satisfactorio comprobar que, en esta ocasión, dos instituciones españolas del máximo nivel, como son el Senado y la Presidencia del Gobierno, aciertan con oportunidad y buen criterio en el planteamiento estratégico que debe guiar a España para su entrada en tiempo y en forma en esta nueva era de información y acceso al conocimiento.

 

NOTAS

1 http://www.Senado.es/boletines/10812.html
2 http://www.La-Moncloa.es. Discurso de clausura de la Iniciativa Estratégica 1NFO-XXI. Discurso de apertura de la Cumbre Europea sobre Internet.

Van Dyck y Velázquez, concluyen dos centenarios

E1 antuerpiense Antoon van Dyck y el sevillano Diego Rodríguez de Silva Velázquez nacieron en 1599 y fueron bautizados el 24 de mano y el 6 de junio, respectivamente. Amberes y Sevilla, dependientes del Escalda y el Guadalquivir, eran importantes ciudades mercantiles. Comerciante fue el padre de van Dyck y pintor su abuelo paterno; el padre de Velázquez no tuvo profesión conocida y su abuelo materno era calcetero y también vendía tejidos y seda. Diego fue el mayor de ocho hermanos y Antoon el séptimo de once. El aprendizaje de van Dyck duró de 1609 a 1615 probablemente y, el de Velázquez, seis años a partir de diciembre de 1610. Hendrick van Balen, que había estado en Italia, y Francisco Pacheco, sus respectivos maestros, eran hombres cultos y de prestigio, muy influyentes en la corporación de pintores; ninguno cultivaba el género del retrato que constituiría la dedicación principal de sus extraordinarios aprendices. El 14 de marzo de 1617, Velázquez era aprobado en su examen de maestro y, el 11 de febrero de 1618, la corporación de San Lucas recibía a van Dyck.

Sin embargo del rigor con que se aplicaban en Flandes las normas gremiales, van Dyck, antes de adquirir el grado de maestro, firmó un retrato en 1613, contaba con la asistencia de Hermans Servaes y Justus van Egmont y participaba en encargos de Rubens. Velázquez firma dos obras en 1618 –Vieja friendo huevos (Edimburgo) y Cristo en casa de Marta y María (Londres)- y no se independiza hasta sufrir el examen.

Después de esa fecha, serán muchos los colaboradores cuyos nombres se conocen -aprendices, oficiales y maestros, entre ellos su hermano Juan, su yerno Mazo o su esclavo Pareja-, mientras que los que ayudaron a van Dyck tanto en Amberes como en Londres permanecen, al margen de alguna hipótesis, en un hermético anonimato.

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Van Dyck casó muy tarde, a los cuarenta años, con la escocesa y católica Mary Ruthven, dama de la reina Henriette-Marie y nieta del primer conde de Gowrie, con quien tuvo a Justiniana, nacida el 1 de diciembre de 1641 y bautizada el 9, dos días antes de la muerte del pintor. En su juventud, había tenido una hija ilegítima, Maria Theresia, la cual bautizaría a un hijo en 1642. Se le conoce además una amante londinense años antes de su matrimonio, llamada Margaret Lemon, de la que conservamos un sensual retrato en Hampton Court y otro como Herminia perteneciente al duque de Marlborough. Fue, al parecer, la modelo empleada en Psique y Cupido pintado para Carlos I (colección de Isabel II de Inglaterra). Velázquez, siguiendo una costumbre muy extendida entre los artífices españoles, casó poco después de la aprobación, antes de cumplir los diecinueve años, con la hija de su maestro, Juana, que le dio dos hijas: Francisca (1619) e Ignacia (1621), que murió pronto. Muy poco se sabe de momento acerca de los amoríos que mantuvo en Roma durante su segundo viaje (1649-1651) con la madre de su hijo ilegítimo Antonio, a quien nunca llegaría a ver y a cuya nodriza pagaba desde Madrid en noviembre de 1652; quizá pueda reconocérsele en el retrato doméstico de una Mujer haciendo labor (Washington), que el pintor tenía entre sus bienes al morir.

En el inicio de su carrera y después de realizar algunas obras por su cuenta, van Dyck participó en encargos hechos a Rubens para dominicos y jesuítas, de género épico e histórico. Otros debieron llegarle también a través del maestro, pues sus donantes -Rockox- o clientes de retratos -van der Geest- eran conocidos de aquél. Aunque sabemos muy poco de la clientela de Velázquez en los años sevillanos, es seguro que Pacheco le proporcionó clientes, tanto para sus obras religiosas – jesuitas, carmelitas, quizá cartujos- y algún retrato -la venerable clarisa Jerónima de la Fuente- como para sus bodegones, pero no mostró dependencia alguna estilística o económica de su maestro. Aunque hay variedad en los géneros cultivados, ambos pintores destacan inmediatamente en el retrato y Velázquez, sin precedentes en la pintura sevillana, realiza escenas de cocina con revolucionario realismo.

PERIODOS ITALIANOS DISTINTOS

Apenas cumplida la veintena, van Dyck intentó audazmente una aventura londinense que duró ocho meses (1620-1621). Regresó a Amberes y, medio año después, se decidió a viajar a Italia para completar su formación, siguiendo el consejo de Rubens. Seis años (1621-1627) en que Génova, Roma y Palermo fueron las estaciones, los retratos su principal ocupación y Tiziano el ejemplo inolvidable. El cuaderno de dibujos a pluma afortunadamente conservado en el British Museum demuestra su falta de interés por la escultura antigua y por el arte de sus contemporáneos, con la corta excepción de Gentileschi y Guercino. Sus dos estancias romanas de 1622 y 1623 no dieron mucho fruto, aunque retrató al cardenal Bentivoglio (Pitti), protector de los flamencos, y a Maffeo Barberini, pronto papa Urbano VIII. A Palermo llegó por la invitación del virrey Manuel Filíberto de Saboya, a quien alcanzó a retratar antes de su prematura muerte (Dulwich), coincidiendo su estancia con el hallazgo de los restos de santa Rosalía, cuya imagen artística contribuyó van Dyck a establecer de modo decisivo. En Génova, terreno abonado por Rubens en el primer decenio del siglo, encontró una rica oligarquía, ansiosa de perpetuarse en el retrato -Pallavicino, Durazzo, Spinola, Grimadi, Cattaneo, Balbi, Lomellini, Imperiale, BrignoleSale, entre otras influyentes familias-, y allí configuró su primera manera retratística.

Velázquez decidió pronto abandonar Sevilla y conquistar la Corte con el apoyo de Pacheco y su círculo de amistades. Probó en 1622 y lo consiguió en 1623. Pasó seis años en Madrid antes de viajar a Italia, también por recomendación de Rubens, a quien había conocido en el curso de la misión diplomática que el pintor desarrolló en España. Pero si insistimos en las comparaciones y buscamos coincidencias, habrá que destacar que en nada se parecen los periodos italianos de ambos pintores.

El sevillano permaneció en Italia sólo año y medio (1629-1631) y, aunque visitó varias ciudades, su asiento principal fue Roma. Allí estudió las estatuas de la Antigüedad, las obras vaticanas de Miguel Ángel (capilla Sixtina) y Rafael (Estancias) y la pintura contemporánea: Caravaggio, que no le interesó tanto como en su época sevillana, el Guercino a quien visitó en Cento y, sobre todo, las corrientes clasicistas derivadas de Annibale Carracci, en especial Guido Reni y sus seguidores, sin olvidar a Pietro de Cortona, aunque años después escribiera que entonces «no le hacía mucho caso». Viajó al sur, como hiciera también el flamenco; entonces vería a Ribera -de quien recibiría algún consejo, como antes en Palermo lo había hecho van Dyck, visitando a la anciana Sofonisba Anguisciola, aunque sus pinturas poca novedad podían aportarles- y cumplió quizá el único encargo de este viaje, un retrato -no el pequeño del Prado, pintado con anterioridad- de la infanta María, reina de Bohemia, que marchaba al encuentro de su esposo, luego emperador Fernando III.

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Otras obras -el Vulcano (Prado) o el Josefo (Patrimonio Nacional)- fueron ejercicios de aprendizaje: perspectiva y espaciosidad, anatomía, color y expresión dramática; en 1634 las vendería para el Buen Retiro con otras ajenas a su mano, como hizo van Dyck en Londres traficando con pinturas italianas al menos en 1636 y 1637. Las dos vistas de la villa Medicis de Roma (Prado), donde se alojó algunos meses, son pinturas íntimas y espontáneas, previsoras de nostalgia, hechas al aire libre y precursoras en la técnica: óleo sobre lienzo, cuando otros -Claudio el Lorenés, por ejemplo- sólo dibujaban sobre papel o hacían acuarelas como van Dyck (la comparable vista de Rye en Sussex, de la Pierpont Morgan Library, que data del 27 de agosto de 1633). En sus obras romanas, Velázquez empezó a utilizar una preparación clara de blanco de plomo que dará mayor luminosidad a sus obras mientras van Dyck, que usaba en Amberes una de tono gris, la trocará en Italia por otra rojiza.

RELIGIOSIDAD

El inconstante flamenco regresó a Amberes al acabar el verano de 1627 y en su ciudad natal permanecería hasta el final del invierno de 1632, aunque viajó dos veces a La Haya (1628 y 1632), donde retrató a Federico Enrique de Orange, a su esposa Amalia y a su hijo Guillermo. La muerte de una hermana, que era beguina (otras dos hermanas también lo eran y tenía otra hermana agustina y un hermano premostratense), le induce quizá a testar y acentúa su religiosidad: desde 1628 es miembro de la cofradía de Bacheliers o Celibataires fundada por los jesuítas, y para ella pintará obras rebajando mucho su precio. Recibe encargos de cuadros de altar para agustinos, beguinas, dominicos y franciscanos dentro y fuera de Amberes. La devoción a Cristo crucificado y a la Virgen, los éxtasis y visiones y la veneración de santos de distintas órdenes o intercesores, como santa Rosalía, originarán, dentro de un espíritu contrarreformista, imágenes llenas de piedad, emoción y sentimiento. Nunca cobrará precios mayores que otros colegas como Crayer y Seghers: entre 500 y 800 florines por obra, dependiendo del número de figuras. A ello une la ganancia por los retratos que hace de nobles locales y su situación económica es floreciente, como demuestra la suscripción que realiza en 1630 en el empréstito municipal y la colección pictórica que pudo ver María de Médicis al visitarle en 1631. En 1628, retrató a la archiduquesa Isabel Clara Eugenia, que le recompensó con una cadena de oro que valía 750 florines y le concedió el poder titularse pintor de su Alteza, con un salario anual de 250 florines sin obligación de trasladarse a la Corte de Bruselas. En 1627, había iniciado la Iconographia, que publicó en Amberes en 1640 Martin van Enden, con 80 estampas grabadas de una galería de retratos según sus dibujos a lápiz: príncipes y militares, estadistas y filósofos, y artífices y coleccionistas. Nada parecido hizo Velázquez, pero hay que recordar al respecto el libro de retratos de Pacheco, inédito a su muerte en 1644.

Velázquez no mostró el mismo espíritu devoto -no perteneció, que sepamos, a ninguna cofradía, como era frecuente en la época- ni contrarreformista. Fueron raros los encargos de obras religiosas que se le hicieron en la Corte y en ellos desplegó toda su capacidad, elaborando obras maestras (Cristo crucificado muerto y Coronación de la Virgen, ambos en el Prado). Según Palomino, le visitó en el lecho de muerte por orden real don Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno, patriarca de las Indias, que le hizo «una larga plática para su consuelo espiritual» y recibió los santos sacramentos, lo que confirma también la partida de defunción.

FAVORES REALES

Un rasgo paralelo más entre ambos pintores fueron las mercedes alcanzadas por cada uno respectivamente de los reyes Felipe IV y Carlos I, sin parangón entre los pintores que sirvieron a ambos monarcas. Velázquez fue nombrado pintor del Rey tan sólo cinco semanas después de haber hecho el retrato real en 1623 y, al menos desde 1628, era titulado por el Rey «mi pintor de Cámara», lo que convirtió este oficio en el más elevado de la nómina de pintores reales.

Van Dyck recibió el nombramiento de principalle paynter y caballero el 5 de julio de 1632, tras hacer varios retratos de la familia real; había llegado a Londres a fines de marzo. Mucho más costoso fue para el sevillano conseguir el hábito de la orden de Santiago que le haría caballero, y sólo la voluntad regia y las dispensas papales pudieron evitar los obstáculos derivados de su ascendencia, en especial la de un padre sin oficio conocido -por más que últimamente se ha pretendido hacer al padre de Velázquez notario de un tribunal eclesiástico, sobre la base de la errónea lectura de un solo documento- y un abuelo calcetero.

El salario de ambos pintores reales fue de 240 ducados y 200 libras anuales, respectivamente, pagándose aparte las obras que hicieran, lo que no era común. Sus sucesores -Juan Bautista Martínez del Mazo y Peter Lely, nombrado ya por Carlos II- mantuvieron, sin embargo, estos salarios. Además, percibieron otras remuneraciones, como el derecho de aposento. Por eso gozó Velázquez, como pintor del rey, de una casa que no le correspondía, valorada en 200 ducados anuales, y van Dyck de otra con jardín a orillas del Támesis, fuera de la jurisdicción de la corporación de pintores y cuyo alquiler satisfacía la Corona. Este mandó construir, además, un embarcadero para que Carlos I pudiera acudir con facilidad a verle pintar y se le concedió un departamento durante el verano en Eltham Palace con el mismo fin.

También Felipe IV mandó que se diera a su pintor un obrador dentro del Alcázar, en la Galería del Cierzo, y allí acudía el Rey, como cuenta Palomino que hacía mientras pintaba Las meninas; finalmente, en 1655, llegó a aposentársele en la propia Casa del Tesoro, en el cuarto donde había vivido la princesa Margarita.

RETRATOS PORTENTOSOS

El resorte de tan magnífica ascensión fue en ambos casos su capacidad para el retrato. Tanto Pacheco como su discípulo debían tener una fe ciega en este don, hasta el punto de estar convencidos de que, si Felipe IV veía algún retrato del joven pintor, su éxito estaría asegurado para siempre. Carlos I conocía ya obras de van Dyck y, deseoso de obtener la presencia del antuerpiense, mandó hacer las gestiones oportunas para que regresara a Londres.

En ambos casos, la llegada de los nuevos favoritos plantea situaciones poco gratas para los pintores que estaban anteriormente al servicio del Rey. De forma menos acusada en Madrid, pues no hubo competencia entre retratistas: sólo Bartolomé González entre los pintores del Rey hacía retratos, pero murió cuatro años después de la entrada de Velázquez en la Corte y sus últimas obras conocidas son de asunto religioso; otros artífices -como Maíno, van der Hamen o Diriksen- sólo circunstancialmente hicieron retratos, aunque nunca del Rey.

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La comparación con los retratistas de la corte de Felipe III – Pantoja, Vidal, Villandrando, Antonio Ricci y Andrés López, unos con título real y otros sin él- no podía ser sino absolutamente ventajosa para el sevillano. En Madrid hubo un tácito, aunque efectivo, reparto de las labores entre los pintores reales que lo eran desde el tiempo de Felipe III -Carducho y Cajés- y Velázquez, de modo que siguieron recibiendo encargos numerosos e importantes, sobre todo de carácter religioso; sin embargo, parece que ambos vieron con recelo la presencia del joven sevillano.

En Londres, el panorama era quizá más conflictivo. El brujense Marcus Gheeraerts el mozo (†1635-36), pintor real desde 1611, tenía sesenta años a la llegada de van Dyck y estaba pasado de moda; Daniel Mytens de 1625, pero no pudo soportar la presencia y el arte del flamenco, que le sobrepasaba visiblemente con sus antiguos clientes, y regresó a los Países Bajos en 1633 o 1634; y su colaborador, el londinense Cornelius Johnson, nombrado pintor real después de la llegada de van Dyck, procuró imitarle, hasta que en 1643 se retiró también a los Países Bajos, temeroso de la guerra civil. Entre los no retratistas, el toscano Gentileschi, que estaba desde 1626 en Londres al servicio real e iba a cumplir setenta años cuando llegó el flamenco, siguió haciendo obras religiosas y alegóricas para la reina HenrietteMarie; parece que hubo entre ambos pintores suficiente armonía y el italiano fue retratado por van Dyck para su Iconographia.

En la forma en que ejercieron su misión de retratistas reales existen algunas diferencias sustantivas. Velázquez, desde su primera etapa madrileña, simultaneó su ejercicio de pintor con los de otros oficios en la casa real: ujier de cámara, ayuda de guardarropa, ayuda de cámara y aposentador mayor, y con las obligaciones derivadas de otros nombramientos palatinos: asistente a la superintendencia de las obras particulares, veedor y contador de las obras de la pieza ochavada, mientras van Dyck no tenía que ocuparse en servicios semejantes. Si a ello añadimos la proverbial flema del sevillano y la no menos conocida rapidez del antuerpiense, no debe sorprendernos que de éste se conozcan casi 1.000 pinturas, pese a que murió a los 42 años, y sólo alrededor de 125 de Velázquez, que murió a los 61, lo que significa una diferencia de fecundidad de 12 a 1, si tomamos en cuenta los años activos.

De la época londinense de van Dyck, si bien Bellori (1672) cita algunas obras religiosas y mitológicas, tan sólo se conoce, al margen de su labor de retratista, la ya citada Psique y Cupido, hecha quizá para el palacio de Greenwich, donde se pensaba colocar una serie de ocho episodios de ese mito, y un boceto al óleo (Belvoir Estate) previsto como modelo para una tapicería que había de narrar el ceremonial de la orden de la Jarretera en Banqueting House (Whitehall).

Velázquez hizo en Madrid, tras el regreso de Italia en 1631, bastantes más incursiones fuera del género del retrato. Media docena de obras religiosas, una escena de caza (La tela real), una histórica (La rendición de Breda) y otra mitológica (Marte), y después de 1640, La fábula de Aracne, la Venus del espejo y las cuatro entreventanas para el Salón de los Espejos del Alcázar (1659): Mercurio y Argos (única conservada), Apolo y Marsias, Venus y Adonis y Psique y Cupido.

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Tanto van Dyck como Velázquez retratan al monarca a caballo, de caza o con ricos trajes de ceremonia -Felipe IV de plata (Londres) o de Fraga (Frick), Carlos I en 1636 (Isabel II)-, a las reinas y a sus hijos siempre separados por el sevillano, pero uniendo a todos en un solo cuadro varias veces el flamenco. También el antuerpiense retrató unida a toda la familia real en el gran cuadro de 1632 (Isabel II), al igual que hizo con las de Kenelm Digby y el conde de Pembroke. Pero son retratos de grupo que nada tienen que ver con la idea y composición de Las meninas, donde la imagen de los reyes se insinúa en un espejo y la infanta Margarita aparece acompañada por el pintor y otros criados reales. Van Dyck nunca incluyó su figura en un cuadro real y tan sólo se autorretrato con el chambelán Endymion Porter, en un cuadro de excepcional formato oval (Prado), siguiendo el tipo de retrato con dos figuras que tanto prodigó. Velázquez retrató a criados del Rey, entre ellos bufones y enanos, pero sólo una vez –Baltasar Carlos con un enano (Boston)- junto a una persona real; van Dyck pintó a la reina con el enano Jeffrey Hudson (Washington), pero no a criados de forma individual, pues Carlos I, a diferencia de Felipe IV, nunca hizo tales encargos.

SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS

La comparación entre retratos de los dos pintores puede sorprender, ante la coincidencia de datación, por algunas semejanzas tipológicas o de pose, aunque no dejan de expresar las diferencias rigurosas y profundas que se aprecian en una revisión completa de la obra de ambos. Hacia 1620, se fechan el retrato de Pacheco (Prado) y el de Cornelis van der Geest (Londres), comerciante en especias, coleccionista y mecenas; cuadros pintados aún en Sevilla y Amberes sólo incluyen cabeza y cuello de gorguera blanda y tienen las mismas dimensiones, aunque difieren en las luces y expresión. Bastantes paralelos aparecen entre los retratos de Diego del Corral y Arellano y Antonia de Ipeñarrieta (Prado) y los de Philippe le Roy y Marie de Raet (Wallace), pintados alrededor de 1632 en lienzos separados del mismo tamaño que representan a los cónyuges de cuerpo entero y en pie, con actitudes similares, aunque los flamencos resultan más decorativos por el escenario -en terraza, con paisaje, perros, escudos y ornamentados encajes-, frente a la austeridad de los castellanos, de interior con sólo un bufete o silla y marcando la moda del color negro en los vestidos.

Parecida diferencia ofrecen el Pedro de Barberana, de la contaduría mayor del Reino, de 1631 (Kimbell), y James Stuart, duque de Lennox, de 1633-34 (Metropolitan), que encargaron sus respectivos retratos al concedérseles el hábito de Calatrava y la orden de la Jarretera, que lucen ostentosamente. No es obstáculo la diferencia de diez años que media entre los retratos de Marie-Louise de Tassis (hacia 1629, príncipe de Liechtenstein), hija del gran organizador del servicio postal y militar, al servicio de España, y la dama desconocida de la Wallace: vistan a la moda francesa o a la española y sean distintos sus collares y abanicos, ambas miran al espectador con idéntica impertinencia y muestran sin reparos la misma sensualidad. Parecidas actitudes, dominadoras de una severa espaciosidad y cercana expresión de honradez y capacidad, lejos de cualquier rasgo de frivolidad, presentan, en 1639, el almirante Adrián Pulido Pareja (Londres) y el parlamentario opositor Arthur Goodwin (duque de Devonshire).

Una última diferencia, quizá la más importante: hasta el fin de sus días, el flamenco buscó y aceptó una clientela privada entre la nobleza británica, con alguna preferencia si era católica; hacía tiempo que había llegado a la mejor situación que un hombre de sus condiciones podía disfrutar, y sólo aspiraba a aumentar sus caudales. Velázquez, en cambio, fue restringiendo esta actividad hasta trabajar exclusivamente para el Rey a partir de su vuelta de Italia en 1651, con ánimo de no dificultar más todavía la concesión del hábito, incompatible con la práctica venal de un oficio mecánico, como se consideraba aún en España, por casi todos, a la pintura. Estas justas y lógicas pretensiones privaron a la posteridad, desgraciadamente, de algunas pinturas maestras.

Cerramos esta miscelánea de comparaciones con sendas anécdotas que pueden servir para distinguir, más allá de la aparente similitud de las expectativas y exigencias de las damas retratadas, el carácter de los respectivos realismos -brillante hasta la adulación o económico hasta la transfiguración- que perseguían los dos pintores. La condesa de Sussex posó en 1639-1640 para van Dyck y renegaba amargamente de su retrato, que consideraba «muy poco adulador, hasta el punto de que no me reconozco con un rostro tan grande y tan gordo que me repugna; se diría que está inflado de aire».

El pintor aragonés Jusepe Martínez, en cuyo obrador zaragozano acabó Velázquez, en 1643 o 1644, el retrato de medio cuerpo de una dama que había encargado su padre, escribe que, al verlo, «le dijo que por ningún caso había de recibir tal retrato, y preguntándole su padre en qué se fundaba, respondió: que en todo no le agradaba, pero en particular que la valona que ella llevaba cuando le retrató, era de puntas de Flandes muy finas».

La comedia americana clásica, el arte de vivir

Una alocada y elegante chica neoyorquina conoce a un atractivo, distraído y tímido paleontólogo y, en compañía de un leopardo que envía el hermano de la chica a su tía, le arrastra a un fin de semana de incongruentes y frenéticas peripecias en medio del apacible y aristocrático paisaje de la gente bien de Connecticutt. En ese fin de semana, el científico se enamora, pierde un hueso de dinosaurio esencial para sus trabajos, arriesga un donativo no menos esencial para su labor, infringe repetidamente la ley, es objeto de chanzas sobre su salud mental, sujeto de equivocada atención por un psiquiatra freudiano, se enfrenta a un leopardo sin domesticar y, colgado literalmente del brazo de la niña bien, destruye literal y físicamente el dinosaurio reconstruido durante toda una vida académica. Amén de ello, por primera vez en su vida se divierte, no piensa sino que vive y descubre que el mundo, y el amor, es un caos regido por la imprevisibilidad, las sorpresas y las pérdidas y ganancias absolutamente inesperadas.

Lo anterior es un resumen forzosamente desvaído e incompleto de la, para mí, mejor comedia de la Historia del cine, Brigning Up Baby (La fiera de mi niña, 1938), que Howard Hawks dirigió con guión de Dudley Nichols y Hagar Wilde, quienes se enamoraron durante la escritura del guión, que interpretaron de manera inolvidable y sofisticada Cary Grant y Kate Hepburn, acompañados de un reparto de supuestos secundarios que ofrecen soberbias composiciones de sus personajes.

Brigrning Up Baby no nació de la nada. Un conspicuo profesor universitario nortemanericano, Stanley Cavell, ha explorado1 sus raíces en las comedias de la época isabelina, Shakespeare incluido, y el propio Hawks meditó intuitivamente en su formulación precursora del teatro del absurdo: «Si al menos el jardinero hubiera sido normal.. .»2. Pero es en el propio cine en donde podemos hallar las raíces de una manera de mirar alrededor, de reír con el mundo y sus cosas, la que vertebra la comedia norteamericana, de Chaplin a Woody Alien, una comedia capaz de ofrecer puras muestras de sentimentalidad de poética elemental, comedia del arte y circo, Chaplin, geométricas concepciones tan abstractas y laicas como un Picasso o Bracque, Keaton y Lloyd, fisicidad combinada con cloums, absurdo y caos, Laurel y Hardy, un invento de Leo Me Carey, hasta esas puertas cerradas, esos objetos delatores, esa elegancia decadente, de fulgor de Belle Epoque treinta años después, que Lubitsch elaboró pacientemente en el cine mudo y desarrolló esplendorosamente en quince años en el sonoro, con muestras tan diversas como Trouble in Paradise (Un ladrón en la alcoba, 1932), The Shop Around the Córner (El bazar de las sorpresas, 1940), To Be or not to Be (Ser o no ser, 1942).

RISAS MUDAS

El cine mudo permitió, desde las bañistas y policias de la Keystone Co. a Laurel y Hardy desarrollar dos elementos esenciales a la comedia, el gag y el personaje3

El gag, una situación inesperada que conduce a la sonrisa o la carcajada, acabó por convertirse en una tarea de orfebres de lo visual manejando ideas y cosas, hombres y mujeres y objetos, una tarea que tenía la sutileza de una greguería o un aforismo moral, un epigrama satírico, y la estructura elegante de un soneto o una cuarteta. Mirar una película de Chaplin, Larry Semon, Charlie Chase, Keaton, Harold Lloyd, Laurel y Hardy y el resto de la banda cómica, es sorprender la naturalidad de un trabajo largamente elaborado, de pacientes, meticulosos y perfeccionistas creadores. El gag puede ser un fogonazo brillante y explosivo como un chiste, pero poco a poco se fue convirtiendo en una secuencia con un planteamiento, nudo e imprevisto desenlace, y en la que unos y otros introducían variaciones y variaciones.

Los personajes influían en la elaboración de gags, conceptuales para Chaplin, físicos para Keaton, caóticos y elementales para Laurel y Hardy, cotidianos para Lloyd, pero esos personajes, modelados además sobre el físico de sus actores, acaban en el minimalismo más absoluto gracias al vestuario, maquillaje, atrezzo y caracterización gestual tan esenciales al cine mudo. En el cine mudo, una caída, una tarta en la cara, un bofetón o una patada no requerían diálogo, verbosidad, sino comunión visual entre cineastas, actores y espectadores. Una herencia de la que aún vivimos y disfrutamos.

La riqueza del cine mudo cómico es inmensa y merece más atención y extensión de las que puedo dedicarle en estas notas, bastando con indicar cómo los artistas antes mencionados mantienen puntos de conexión y difrencias esenciales, pero todos estaban cómodamente instalados en la estética del mudo, un mundo cerrado y autosuficente poética, técnica y estéticamente, una de las razones por las que, con las relativas excepciones de Chaplin y Laurel y Hardy, no pudieron sobrevivir al advenimiento del cine sonoro.

RISAS Y DEPRESIÓN

Tras el crack financiero de 1929, y casi coincidiendo con la comercialización por la Warner de un sistema para sonorizar las películas, los Estados Unidos se sumieron en una terrible y duradera depresión económica y social, con tormentas de polvo arruinando cosechas, oakies viajando a través de un país empobrecido, mendigos en las calles —«Hermano ¿me puedes dar un centavo?»—, la izquierda intelectual afilando sus sindicatos y sus escritos y el demócrata Roosevelt proponiendo un cambio radical, cerrando la puerta del liberalismo de los Padres Fundadores, proponiendo un gran pacto social, el New Deal o cómo el Estado es el Gran Padre Blanco. En medio de todo ello y posiblemente pese a ello y a veces por todo ello, esa década de los treinta fue prodigiosa en lo que al cine se refiere: Hollywood y el sistema de grandes estudios, teatro, Orson Welles se formó en ese clima, música popular, las canciones de Gershwin, Irving Berlin, Rodgers y el gran Colé Porter, un poeta integral de aparente trivialidad, y literatura: sólo con los menospreciados cuentos de Fitzgerald, la consagración de Hemingway y Faulkner, el inventario desborda lo extraordinario. En ese mundo de mendigos, racismo, injusticia social, opulencia y lujo, la comedia sonora toma la palabra. Repasar las comedias locas, las screwball comedies y las sophisticated comedies, las comedias románticas de Hawks, Capra, Me Carey, La Cava, Cukor, los Marx, Leisen, Lubitsch y Preston Sturges, supone resumir la vitalidad del cine sonoro recién nacido, y de cuantas cosas subyacen en la sociedad norteamericana de entonces4

Periodistas y millonarias, Il Happened One Night (Sucedió una noche, 1934), Capra, cómicos de la lengua, Twentieth Century (La comedia de la vida, 1934 ), Hawks, millonarios y mendigos, My Man Godfrey (Al servicio de las damas, 1936), millonarios, busconas y taxistas, Midnight (Medianoche, 1939), políticos, Duck Soup (Sopa de ganso), los Marx y Me Carey, millonarios y estafadores, The lady Eve (Las tres noches de Eva, 1941), Preston Sturges, gente bien y gente corriente, Holiday (Vivir para gozar, 1938), cómicos y nazis, To be or not To be (Ser o no ser, 1942), se unen a películas de Stevens, Wellman, Van Dyke y tantos otros que codificaban y cambiaban la eterna historia de chico encuentra chica, chico pierde chica, chico recupera chica, pero siempre mostraban a gente huyendo de las convenciones, de los lugares comunes, de la soledad y la tristeza, de la hipocresía y de la intolerancia social, de la melancolía y de los recuerdos, a la busca de la felicidad, que en Estados Unidos es una aspiración constitucional, the pursuit of happiness, a través de la pobreza, los ideales rotos y reconstruidos, los matrimonios deshechos, las leyes violentadas y los oficios pervertidos. La comedia norteamericana sigue el viejo aforismo clásico de castigat ridendo mores, pero lo hace desde una perspectiva lewiscarrolliana, desde el otro lado del espejo, sonriendo pero recordando lo perdido, haciendo el loco por no parecer burgueses, aburridos y acomodaticios, justo lo que en España, en medio de incomprensiones, críticas de raíz social y política, hacen por entonces y hasta mediados de los sesenta, Tono, López Rubio, Jardiel Poncela, Neville, Mihura, todos ellos graduados en el amor apasionado al cine y, muy particularmente, a la comedia, todos poetas y comediantes.

Pero el material del que se fabrican las comedias no son sólo sueños e ideas, sino arquetipos y, por ello, las comedias clásicas norteamericanas no pueden explicarse sin Grant, Powell, Gable, Hepburn, Cooper, Stewart, Colbert, Jean Arthur, Mirna Loy, Ginger Rogers, Irene Dunne, Stanwyck, Fonda y secundarios sencillamente geniales. Mirar cualquiera de sus actuaciones en estas películas supone todo un curso acelerado de interpretación: sofisticados, disparatados, elegantes, sutiles, dicen sus diálogos con convicción, saben moverse, comer, beber, fumar y escuchar. Viven en la pantalla, como con excelente observación anotó y desarrolló Woody Alien en The Purple Rose of Cairo (La rosa púrpura del Cairo, 1984) y trascienden de ella. En ese momento de la Historia del Cine, los actores y actrices habían superado el corsé que la mudez les había impuesto y una suerte de adquirida naturalidad, fingir ser sinceros, fingir que se es ese personaje, unido a la magnética personalidad de cada uno de ellos, inauguró una Edad de Oro en la interpretación cinematográfica.

Pero, particularmente, creo que la clave de esos años inolvidables residió en un altísimo porcentaje tanto en el estilo de puesta en escena, de dirección, como en la manera en la que se escribían las películas, en los guiones, un arte prácticamente desconocido en el cine mudo y que con la llegada de la palabra adquirió una importancia esencial.

Cuando se miran esas películas, la puesta en escena, la manera de ofrecer la acción al espectador, la decisión de qué ve el espectador y qué deja de ver y cómo y desde dónde, la noción de espacio, encuadre y tamaño del plano, la planificación de todo eso es algo esencial a la hora de contar historias con imágenes en movimiento. Esa puesta en escena de las comedias clásicas se propone por los cineastas y los productores de los grandes estudios con la máxima sencillez, sin grandes alharacas de artificios técnicos. El montaje de los planos es elemental y lógico, el tamaño y encuadre de los planos es el que permite la mayor legibilidad al espectador para que capte el diálogo y lo que signifique. La planificación favorece la fluidez narrativa, porque desde la construción del guión hasta la puesta en escena, pasando por la interpretación, lo que se pretende es la máxima sencillez con la máxima eficacia para alcanzar y mantener la sorpesa y el interés, la diversión del espectador. Es la llamada puesta en escena invisible, como si no se notase la mano, la personalidad del cineasta. Algo parecido a la línea clara de Hergé en los tebeos y lo que, en consecuencia, suele propugnar para la poesía mi amigo Luis Alberto de Cuenca. Ese estilo invisible de puesta en escena y de montaje requiere un refinado talento y una notable destreza técnica, que es más evidente en cineastas como Hawks, Cukor, La Cava, Stevens, Van Dyke, Wellman y Me Carey, y que se corrige en otros como Sturges, Capra, Leisen y Lubitsch, en los que esa línea clara cede ante las huellas estilísticas, la firma personal, que dejan en sus películas.

Un último factor a la hora de cerrar este apresurado y necesariamente sintético inventario de la comedia clásica norteamericana: la esencial importancia de los guiones. En casi todos los casos de los cineastas mencionados, la autoría del guión pasa con mucha frecuencia, aunque no aparezca acreditado así en las fichas técnicas, por una decisiva colaboración de los directores. En algún caso, su procedencia del oficio de guionista (Hawks, Lubitsch, Capra, Sturges, Me Carey) es evidente; en el resto, quizá con la excepción de Leisen, que provenía del diseño de películas, no lo sea tanto. Pero, en todo caso, lo que se dice y cómo se dice en una comedia clásica americana, la estructura del guión, tan esencial al ritmo y a la construcción de los personajes, se debe a la influencia del director, tanto en al fase de la escritura del guión, como en su modificación, en algunos casos una fase esencial, como acontece con Hawks, Capra, Sturges y Me Carey, durante el rodaje de la propia película. Todo ello no resta un ápice al papel imprescindible que los escritores de películas, los guionistas, tienen en la comedia5.

Ben Hecht y Charles Me Arthur, Charles Lederer, Dudley Nichols, Francés Goodrich y Albert Hackett, Vina Delmar, Norman Krasna, Billy Wilder y Charles Brackett, Jo Swerling, Donald Ogden Stewart, Sidney Buchman, Claude Binyon, Robert Riskin, guionista de cámaras de Capra, Gene Towne, los hermanos Epstein, Julius y Philip, Casey Robinson, Garson Kanin, Bella y Samuel Spewack, Harry Kurnitz, Walter Reisch, Dwigth Taylor, son sólo algunos de la amplia nómina . de ingeniosos talentos que escribieron comedias en este periodo. Algunos provenían del teatro o de la literatura; otros, como el gran Ben Hecht, del periodismo, una mina que suministró en los primeros momentos del cine algunos de los mejores escritores de películas de todos los tiempos. Partían de una obra de teatro, de un cuento, de una novela o de material original, robaban de aquí y de allí, plagiaban con desparpajo, pero siempre mantenían viva la llama de la originalidad, la provocación, el reírse de estructuras e instituciones sociales, de la gente pomposa y poderosa, guardaban siempre, entre melancolía y ternura veladas, ironía y sarcasmo, y siempre un gramo de locura, de aire fresco de primavera, de rebeldía ante las convenciones y el Destino. En sus manos, un final feliz, un happy end, era una bomba de relojería porque los personajes de comedia están siempre a punto de emprender un imprevisto viaje, nunca se sabe qué va a pasar en el futuro con una pareja que se besa feliz con el The end al fondo, como se descubre cuando se ve The Awful Truth (La picara puritana, Me Carey, 1937) o Mr and Mrs Smith (Matrimonio original, Hitchcock, 1941).

Miguel Marías suele decir que el período de la comedia clásica, sea screwball, sophisticated o romantic, concluye con la Segunda Guerra Mundial. Algunos otros autores lo extienden hasta 1948. Yo prefiero decir que muere cuando muere Ernst Lubitsch en 1947. Lo que ocurrió es que el estilo de esa comedia clásica pervive durante algunos años, bien porque la comedia de los cincuenta, por ejemplo, las de Minnelli, The Father of the Bride (El padre de la novia, 1950), y algunas comedias musicales siguen ese sendero y porque cineastas como Hawks siguieron rodando este tipo de comedia durante los cincuenta e incluso en los comienzos de los sesenta: Man’s Favourite Sport? (Su juego favorito, 1963). Pero la fiesta ya había terminado cuando concluían los cuarenta. Ni Sturges, Leisen, Capra ni Me Carey rodaron entonces comedias memorables; la caza de brujas del Senador Me Carthy se llevó por delante a algunos de los mejores guionistas. Donald Ogden Stewart; el sistema de los grandes estudios, tan esencial a la política de géneros cinematográficos, dejaba ver algunas muestras de su cansancio y de su declive; llegaba la televisión con su influencia de ida y vuelta en el cine, y a la que no escapó la comedia; los actores y actrices envejecían o se retiraban… Los años cincuenta serán la era Wilder, formado en la anterior, y con epígonos de las comedias clásicas como las ya citadas o como las comedias matrimoniales de Doris Day y Rock Hudson, más la aparición de Jerry Lewis, que supuso la reaparición de fórmulas del cine mudo. Los sesenta es Blake Edwards, en los setenta comienza el imperio Alien y las inconclusas obras de Gene Wilder y John Landis, y en los ochenta se desintegra todo, aunque esta década nos haya dejado perlas como Pretty Woman (Pretty Woman, Garry Marshall, 1990), Big (Big, Penny Marshall, 1988), Moonstruck (Hechizo de luna, Norman Jewison, 1987) o Once Around (Querido intruso, Lasse Hallstrom, 1991), entre otras comedias interesantes. Pero ésa, como dirían Wilder y Kipling, desde los cincuenta hasta ahora, es otra historia y se la contaré otro día, si el tiempo y mi editor no lo impiden.

 

NOTAS

1 Stanley Cavell, Pursuits of Happiness, Harvard University Press, 1981. Existe edición en castellano.
2 Con toda su facundia, las reflexiones de Hawks sobre cómo fabricar una comedia son harto interesantes. Pueden consultarse en Who The Devil Made It? ,el extraordinario libro recopilatorio de entrevistas con cineastas, Alfred Knopf, Nueva York, 1997, y en el clásico Hawks on Hawks, de Joseph Me Bride, University of California Press, 1982, del que existe edición española, Hawks según Hawks, editada por Akal en 1988.
3 Un libro imprescindible para estudiar todas las raíces de la comedia en el cine americano es The Comic Mind, obra del malogrado Gerald Mast, University of Chicago Press, 1979.
4 Sobre la edad de oro de la comedia clásica anericana, me permito recomendar Screwball, Hollywood’s Madcap Romantic Comedy, escrito por Ed Sykov, Crown Publishers, Inc., New York, 1989; Romantic Comedy, de James Harvey, publicado en Knopf, New York, 1987, y el número que la revista Nickel Odeon dedicó a la screwball comedy, primavera de 1997, Madrid.
5 Pat McGilligan ha publicado, con el título de Backstory, tres volúmenes que compilan diversas entrevistas debidas a varios críticos, con guionistas de Hollywood. Para este periodo, los dos primeros volúmenes ofrecen valiosos testimonios de guionistas. Están editados por la University of California Press, el primero en 1986 y el segundo en 1991. Del primer volumen hay edición española en Plot, Madrid, 1993, con el mismo título que el original.

Eugenio Montejo, palabras que salvan la vida

No podemos descubrir a Montejo. Es tarde. Es, además, y lo digo por si alguien hubiera que a la aparición de Partitura de la cigarra se siente mordido por esa tentación, una manera, esta de comenzar en su caso dando campanadas por un hallazgo, de confesar la inocencia y la pobretería propias, a más de las que son patrimonio del reseñismo literario de un País entero.

Eugenio Montejo, una de las voces mayores de la poesía en lengua española de nuestros tiempos, publicó antes en España, en 1987 y en la editorial Laia de Barcelona, una antología titulada Alfabeto del mundo, igual, por tanto, que la que un año después publicaría el Fondo de Cultura Económica en México, con el poemario ya completo de aquel su último libro hasta entonces. Renacimiento nos dio luego, en 1997, Adiós al siglo XX, y Pre-Textos culmina el itinerario montejiano de aquí con esta Partitura de la cigarra. O sea, que para descubrirlo es tarde, y eso si hubiera eximente por la probable dificultad —algo que no debe considerarse mucho en un lector de poesía— de haberse hecho antes con los libros americanos que Montejo lleva publicando desde los años sesenta. Es tarde aunque la docena y media de fieles que componen la cofradía española que siente devoción por su poesía no entienda la razón; es tarde aunque los cofrades quisiéramos que el descubrimiento de los primeros poemas que llegaron a nuestras manos no hubiera sucedido nunca todavía, aplazando así un poco más la dicha que aguardaba.

«Tarde, muy tarde han llegado a mis manos los restos del Cuaderno de Blas Coll, cuyos fragmentos más legibles trato de recomponer en las anotaciones que transcribo». Así comenzaba por decir nuestro poeta venezolano en aquella repesca de los apuntes de un misterioso impresor de Puerto Malo que, trufada de sus propias glosas a las más o menos visionarias pero tan lúcidas consideraciones lingüísticas de aquel personaje, él mismo quiso editar como «la ilusoria tentativa de un arte poética». Y toda la escritura de Montejo parece estar condenada, abocada a esta suerte de tardanza; no ya la que afecta a la imperdonable renuncia española a su nombre y a su obra (mientras la publicidad hace al tiempo prontos «autores imprescindibles» entre tantos otros), sino la que anida en la médula de su propia poesía, una poesía de la tardanza y del casi desvalimiento con los que las palabras de nuestro lenguaje llegan a la cita a la que les convocan la realidad, las realidades del mundo. Por eso el poeta trata de recomponer los fragmentos más legibles. Por eso hemos creído que su tarea se va a convertir en la de una especie de traductor, el traductor de unas voces, de unos sonidos, de unos paisajes que desde luego le hablan, le llaman, le están llamando, pero él no sabe lo que dicen, lo que le dicen, porque ellos no están en realidad diciendo nada, y porque muy probablemente ellos no estén ya allí, él haya llegado con retraso, con demasiada demora a esos lugares de no sé sabe ya dónde, de no sé sabe ya cuándo. «En vano me demoro deletreando / el alfabeto del mundo. / …/ indago la tierra por el tacto / llena de ríos, paisajes y colores, / pero al copiarlos siempre me equivoco», dijo hace tiempo. De modo que a su trabajo de traductor le espera fatalmente el fracaso. Y a lo mejor nos hemos equivocado, a lo mejor no es ése exactamente el trabajo del poeta.

Se podría pensar con todo eso que Montejo es, en primer lugar, un poeta metalingüístico, de esa raza de poetas muy apretados, muy densos y muy olvidadores del mundo y de la vida, a fuerza de concisión y de filosofía crítica y negativa para con las posibilidades del decir humano; y, en segundo lugar, que es, así, resumida y un poco cautivamente, un poeta sin más que elegiaco. Y la manera que tiene Montejo de ser las dos cosas exige que comprendamos cómo llega a serlas sin corresponder en nada con los habituales perfiles de ambos tipos de poeta, y entendiendo, claro, que lo que son a la postre dos negaciones acaban en esta poesía por darnos, por regalarnos, una suerte de afirmación más compleja y también más alta.

En aquel Cuaderno de Blas Coll del que hablábamos, Montejo nos dijo de una manera más o menos oblicua cuál era su posición, su lugar, como el poeta crítico que es para con el instrumento de su propio canto. Las reflexiones, o mejor las asunciones del problema del lenguaje, son de frecuente aparición en su poesía. «Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito / de un tordo negro…/…/ no sé cómo anotarlo», decía en un ya antiguo poema. «Alguna vez escribiré con piedras. /…/ Estoy cansado de palabras». Y ésta es la situación. El poeta se siente un poco arrojado, desprovisto, desposeído de algo que hace mucho le perteneció, como si su v iej o papel órfico ya no pud iera ser representado en una escena que, sin saber por qué y cómo súbita y alucinadamente, ha cambiado.

Orfeo aparece en muchos de sus poemas. Y las cosas, los seres que aparecen de continuo en los poemas de Montejo son pocos, forman un reparto fijo, obsesivo, reiterado, y en ese manejo de muy escasos elementos figúrales (figuras los llamó Américo Ferrari) está una de las claves de su intensidad y de su verdad. Un tordo, el caballo, el café —«el humo tan humano del café»—, el lento buey, la cigarra, la lámpara, el gallo, la nieve que no conocen los trópicos, el pájaro que acaba por posarse en tierra, los muertos de su casa, los que van a nacer y todavía no han nacido en su casa, la llama de la vela, los barcos viajeros…, siempre los mismos. Siempre, por otro lado, inapresables, inasequibles a la pretensión apropiatoria de un lenguaje poético que pudo haber querido un día, hace ya mucho, representarlos, imitarlos. En la poesía de Montejo hay por eso una renuncia de partida, una especie de dimisión de la poesía, si la poesía es solamente entendida como representación, como descripción intencionada posterior a la realidad precedente del mundo, o lo que es lo mismo, como traducción. «No nos pidas más forma que la vida», comenzaba por decir un poema de Terredad. De ahí que la forma, la escrupulosamente cuidada, mimada forma de sus poemas no sea nunca una especie de celda donde se ha de alojar un significado. La forma de sus versos quiere más bien dejar libre a algo que no es propiamente el significado, un significado, porque los versos de Montejo no suelen agotarse en esa suerte de menestralismo de significar, y porque su forma parece a menudo una forma deshecha, como si, más allá de la construcción formal de un objeto sustitutivo de la realidad, el poeta quisiera únicamente escuchar y dejarnos su testimonio de su escucha. «No traduzcas tu música profunda / a números y claves, / las palabras nacen por el tacto», dijo una vez, un poco antes de componer aquel absolutamente memorable poema de Adiós ali siglo XX que se titula «Al Aire Nahualt», uno de los más puros, de los más leves y transparentes poemas que ha escrito, anotando precisamente esa manera que tiene la tierra de cantar.

De modo que la crítica, si la hay, o la actitud crítica de Montejo con el lenguaje dista mucho de resolverse en una negación al modo mallarmeano, al modo en que Mallarmé señalaba la ausencia, el vacío de lo que se nombra. Lo que se nombra, en esta poesía, está sencillamente (digámoslo bajito) vivo. Y lo está porque sigue siendo libre tras haber atravesado el río del poema, que no ha podido apresarlo; como lo está el canto de la tierra tras haberse hecho voz en el cuerpo de la cigarra, ese animal del que el poeta se siente especialmente solidario. El tiempo, el tiempo al que ya no pertenecemos y que ya no podemos recordar, está muy lejos, está. .. al otro lado, y no sólo al otro lado del Atlántico, ese lado natal de las llanuras paternas y de los cañaverales, de la lluvia sobre el bosque de apamates que según el poeta se puede ver detrás de sus palabras. Nuestro tiempo es otro, es, en cierto modo, el tiempo del infierno en que consiste llegar siempre tarde a la cita aquella del mundo que nos llama con su profunda belleza. Ante ese hecho, el poeta responde con su piedad, la piedad que empaña sus ojos cuando siente que él pasará, que las criaturas pasarán, pero la belleza seguirá ardiendo como la llama sempiterna de la vela humana que está aquí para alumbrar la vida. Por eso Montejo es un poeta creyente. Creyente en la vida, porque Dios no aparece como una figura más en sus versos: «Para que Dios exista un poco más / —a pesar de sí mismo— los poetas / guardan el canto de la tierra». Y esa es su labor.

«Partitura de la cigarra» es, después de haber dicho todo esto, el poema más grávido, acaso más denso que el poeta ha compuesto, o mejor dicho, que ha dejado que se componga como conclusión, como una suerte de despliegue definitivo de su creencia afirmativa en esa vida que se ha mostrado inatacable para una forma poética de pretensiones constructoras y traductoras, pero que también —esto es más difícil, más oscuro, quizá, decirlo— resulta ser una vida que se desvanece ante la insoportable desconfianza que procede de las negaciones críticas. No sé si es necesario aclarar que la partitura de la que habla es precisamente la partitura que nos habla, la que ya estaba escrita, la que el poeta no ha tenido la necesidad —ni la osadía de escribir (sino de interpretar) y sobrevuela continuamente el mundo en las alas de los pájaros y en las fugacísimas de su hermana cigarra. Este habla, esta voz, son el sonido del universo, un murmullo, un rumor, y el poeta no va a cometer esa especie de pecado de convertirlos en melodía, sino que solamente los va a anotar, en el idioma de sus pobres pero infinitamente temblorosas palabras. Aquel sonido es sagrado para él, y sus palabras han encontrado el camino de ser… digamos que santas.

La música viene a la cigarra, pasa por ella. La música se hace terrestre por un rato en la cigarra, en el páj aro, en el gallo, en el poeta. Su partitura ya ha sido escrita antes, muy lejos, muy arriba; ellos no son el autor. Luego, la música los abandona. «Siempre tendremos más canto que cigarra, /…/ siempre tendremos más tierra que existencia / y más canto que tierra», dice. De manera que, y aquí está ese otro núcleo cogollar que tensa su poesía (al lado de su particular y muy humilde manera de asumir la condición humana del lenguaje), Montejo no es sencillamente, en cuanto a su sentimiento del tiempo, un poeta elegiaco. Digamos que lo es, pero no sencillamente. La elegía, que ciertamente nos abre la puerta de muchos de sus poemas, está hecha por lo común a la medida de la vida de un poeta. Su vida, la cronología y los límites de su vida —la soberbia de la vida de la que hablaba San Juan— son en el poeta elegiaco las varas medidoras e inspiradoras de su sentimiento y de su sentido. En realidad, en los compositores de elegías parece haber un punto de vista fijo, irrenunciable, que coincide con su propia identidad personal, como Yo soy el campo donde están enterrados». Pero el tiempo no canta en si de una torre vigía se tratase. Ellos, claro está, no suelen reparar en el vacío en que consiste la aparente inexpugnabilidad de esa torre; cuando lo hacen, nada parece conservar el sentido aquel, y todo, incluida la torre, se desmorona. La lección de Montejo resulta serlo por proceder precisamente de un poeta de hondo sentimiento personal por el propio deterioro y por la pérdida de lo más querido que el tiempo —ese buen ladrón— se lleva. Nuestro poeta, aun con dolor, parece atisbar algo que está por encima de ese tiempo hecho a imagen y semejanza del que escribe. Y así lo vislumbra quien nos ha dado probablemente (a pocos, ya digo, parece en España todavía) algunos de los más firmes poemas del propio tiempo, del tiempo de los suyos, de su familia, de sus paisajes y de su lejanía de todo aquello. Recuerdo en muchos la presencia, sí, la presencia de su padre, que una y otra vez está invitado por Hamlet Montejo a compartir escena en sus versos. «Caballo real», por ejemplo, el único y espléndido soneto que conozco suyo; o aquel maravilloso «Mis mayores» («Ellos van a caballo…/.. .yo soy el horizonte / de ese paisaje adonde se encaminan. /…/ estos poemas medido, calibrado en razón al acabóse de una identidad. Sus paisajes, los de los pastos del lago Tacarigua, los palmares del Trópico absoluto (igual que los pintados por su admirado Armando Reverón), siguen intactos a su paso, él casi no los ha tocado, no ha intervenido apenas en ellos; sencillamente van con él, e irán hasta que cante el último de los gallos. Los paisajes, los seres, las cosas, pasan por él, lo atraviesan, como atravesaba el canto de la tierra por los élitros frágiles de la cigarra. Un día, como aquél a ésta, también lo abandonarán, y serán, esto es, seguirán siendo una voz, un rumor a los que faltará únicamente el cuerpo, la tierra, mientras se alejan en la noche de los astros. Tal y como la voz de su padre es ahora «la voz desierta a la que no le queda padre / y sin embargo llena el viento / aquí y allá buscándome».

La poesía de Eugenio Montejo no se puede decir que esté hecha, ni que lo esté de esto o aquello. Antes que eso, el poeta ha preferido dejarnos algo parecido a un sacrificio, a una renuncia, aunque eso lleve consigo deshacer más que hacer, romper con la artisticidad mecánica de la poesía. Por eso, sus poemas no son muy artísticos y, desde luego, no son nada mecánicos. A Montejo preocupa más el rastro orgánico de la voz terrestre de la que viene y a la que va el poema que la factura del propio poema como objeto artísticamente compuesto. Es en eso un poeta vocalico, como lo era su Blas Coll, alguien que venía a ser el reverso exacto de Monsieur Teste; como a aquél, le ocupan más las diferencias «de los timbres de las gotas en las hojas». Vocálico por opuesto a la estructura rígida, a la forma prefijada, a la acción y a la intención del arte, que son cuestiones consonantes. Y es un poeta vocálico (los caballos, las nubes, las llanuras, el mar le hablan con sus vocales) como lo puede ser, por ejemplo, Seamus Heaney, el poeta de Derry, casi estrictamente coetáneo suyo, o territorialmente más cerca, el gran colombiano Aurelio Arturo, también tembloroso ante su respectiva terredad.

Las palabras de Montejo no hacen un poema, no aspiran exactamente a hacer alguna cosa. Él lo dice, en ese decir suyo, esa manera suya en que el decir no le pertenece: «Como una palabra que fue de un cuerpo a otro». Por eso me parece que sus palabras no se cierran, que salvan la vida que apenas han rozado y que ha pasado por ellas y luego irá hacia otros cuerpos, hacia otras sedes, igual de provisionales y de interinas. Y por eso también sus criaturas difícilmente toman el papel de símbolos, que viene a ser un modo de ser objetos, recipientes de un significado que, desde luego, en este caso y como tal no existe. Y ni siquiera corren el peligro de ser signos del alfabeto con el que el mundo ha escrito su Libro. Ese alfabeto, si existe, es indescifrable; el poeta ha renunciado, ha dimitido de convertirse en su traductor. Eugenio Montejo —como el Jorge Silvestre de su poema— es en ese mundo el mago de una voz errante, el cualquiera y sin nombre, el náufrago que canta en el rumor de una vieja caracola.

Esteban Torre

Esteban Torre es médico. Cuando llevaba ya bastantes años ejerciendo la profesión que ennobleciera Hipócrates, lo asaltó la Filología en un descampado de su mente y lo atrajo hacia su partido. Se convirtió en uno de nuestros mayores especialistas en métrica y obtuvo una cátedra en el Departamento de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura de la Universidad de Sevilla, donde ejerce su magisterio. Hizo una tesis doctoral sobre Huarte de San Juan y su Examen de ingenios para las ciencias que continúa siendo imprescindible. Fue precisamente con motivo de su dedicación al también médico Huarte como vi impreso por primera vez el nombre de Esteban, ligado a una preciosa edición del Examen en Editora Nacional. En su calidad de experto en métrica, no podía dejar de interesarle una estrofa tan compleja como la sextina, que tanta habilidad y sabiduría requiere. Torre es, también, poeta, y de los buenos, de manera que su brillante desempeño profesional se ve enriquecido, en su caso, por una sensibilidad poética muy depurada. Para corroborar lo que les digo, ahí está «Certidumbre».

CERTIDUMBRE

Poco importa seguir en sombras, cerca
del horror del vacío, si a lo lejos
una cálida luz alumbra, y todo
nos hace ver el triunfo de una vida
que se levanta al fin sobre la muerte,
más allá de la niebla de la nada.

Pero la negra espira de la nada
se arremolina cada vez más cerca,
y el terrible zumbido de la muerte
horada nuestras sienes desde lejos,
mientras en la pantalla de la vida
se va tiñendo de amargura todo.

Y hay un ansia febril que, sobre todo,
nos empuja al abismo de la nada,
y es la conciencia plena de la vida,
la delicia real de lo más cerca,
mientras que se divisa muy de lejos
la oscura silueta de la muerte.

Porque lo más horrible no es la muerte,
sino esta certidumbre de que todo
se va desmoronando y, a lo lejos,
surge el hueco castillo de la nada,
que, cuando lo miramos más de cerca,
es el dulce palacio de la vida.

Hacerse y deshacerse en clara vida,
deshacerse y hacerse en turbia muerte,
saberse dura, tercamente cerca
del bosque del destino, en el que todo
tiene la misma fronda que la nada
y la proximidad de lo más lejos.

Sí, todavía se mantiene lejos
la verdadera fuente de la vida,
que extiende sus veneros en la nada
y anega los eriales de la muerte,
y lo florece de alegría todo
con la esperanza de sentirse cerca.

No importaría estar cerca ni lejos
del árbol de la vida, o de la muerte,
si todo fuera niebla, y sombra, y nada.