Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Sobredosis de brevedad (y homeopatía)

La revista que usted tiene entre las manos es un lujo. Sí, ya sé que usted lo sabe, y que por eso la tiene entre las manos, pero es un lujo en muchos aspectos y cabe dentro de lo posible que alguno de ellos se le escape. Por ejemplo, el hecho de que aquí se publican artículos articulados, reportajes reposados, entrevistas atentas y análisis analíticos no es, ni mucho menos, una sarta de obviedades y redundancias. Para este artículo se me ha concedido un margen generoso de 3.000 palabras. Sí, sí: no 30 ni 300 ni 3.000 caracteres, 3.000 palabras. Nada más que el hecho de que se haya hablado de palabras y no de caracteres, alegra el alma. Cada vez es más raro. Con la aceleración de la vida, hemos entrado en la cultura de lo hiperbreve, cuyo símbolo es Twitter, o sea, los 140 caracteres como límite máximo infranqueable.

Y no es solo Twitter, sino todo. «Característico de una época explosiva es el fragmento», ha anotado Ramón Eder, y es imposible discutirle el diagnóstico. ¿Qué se hizo de la vieja oratoria del foro? Los discursos políticos actuales son ráfagas de lemas inconexos y datos comprimidos, precocinados ambos para caber en los titulares de prensa, que es lo único que se ojea, se asegura. La opinión de la calle se comprime en pintadas y pancartas. La publicidad se contrae en eslóganes pegadizos, exentos de cualquier información relevante, para que sean más asimilables. La cultura —ay, la cultura— se dispensa en citas enlatadas. La música, en estribillos en serie. La narrativa, en microcuentos. El teatro, en pasacalles. El arte, en happenings. La poesía, en haikus, en el mejor de los casos. Incluso los poemas más largos se desintegran y pierden la coherencia interna, con cada verso queriendo ir por libre, y consiguiéndolo. La que la crítica considera última poesía española resulta en esto un fiel reflejo de su época: espejo roto en mil fragmentos, extrema exactitud al representar el estado social. Incluso las relaciones personales se jibarizan en sms, whatsup, «toques» o apresurados correos electrónicos. Las tertulias de antaño, ahora —cuando aún coincidimos y no estamos consultando nuestros dispositivos móviles— se fraccionan en nerviosos soliloquios sordos, interrumpiéndonos unos a otros.

Por eso descansa tanto esta revista en nuestras manos. O tener un rato largo para permanecer en silencio. O leer en paz un novelón decimonónico. O la poesía comme ilfaut, con su coherencia interna, su trabazón versal y su música callada de soledad sonora. Hay muchas realidades que, por su complejidad, necesitan de tiempo y paz para ser pensadas y entendidas. El carácter terapéutico de una gran sinfonía nadie puede ponerlo en duda, y de seguir así terminará por ser objeto de prescripciones médicas. La extensión como un cuidado paliativo acabará siendo imprescindible.

Pero nosotros, hijos legítimos de nuestro tiempo, tenemos que ser todoterrenos, y estar bien dispuestos para lo largo, cuando se pueda, y para lo corto, cuando toque, que hoy por hoy va a ser casi siempre. Al empacho de lo breve, hay que enfrentarlo, pues, con una doble estrategia. Defender como gato panza arriba ese espacio que necesitamos para lo más lento. Y entrenar a la vez nuestros reflejos para que lo breve no sea necesariamente insustancial e intrascendente. Si lo corto y rápido es el ritmo   de nuestro tiempo, no podemos volverle la espalda, a riesgo de quedarnos atrás. Hoy, más que nunca, hemos de asumir con Luis Valdesueiro (Peguerinos, Ávila, 1953), que «las palabras que sobran pesan más que las que faltan».

Lo bueno es que la brevedad, cuando no es limitación de pensamiento, es ascesis: «Ve ligero, aunque te pese», ha aconsejado Luis Gallero (Barcelona, 1954). A eso tenemos que aspirar, redimiendo lo breve irremediable gracias a lo intenso inmejorable. Para entrenarnos, valen los microcuentos y los haikus, pero nada como un contacto asiduo con esos aquilatados productos de la inteligencia que han conseguido ser diminutos sin renunciar ni a la hondura ni a la altura: los aforismos. La lectura de los grandes escritores del género, desde los clásicos moralistas franceses, como Chamfort o Joubert, pasando por los de ayer, como S. J. Lec y Jules Renard, hasta llegar a los de hoy mismo, como el ya citado Ramón Eder o Enrique Baltanás, se convierte en un manual de supervivencia casi imprescindible para transitar por las redes virtuales y las calles analógicas sin perder ni el paso —por el lado de la prisa— ni la visión panorámica —por el lado del pensamiento—. Frente a la sobredosis de brevedad, los aforismos nos ofrecen una cura por homeopatía.

La sociedad humana, experta en supervivencias, busca instintivamente aquello que podrá sanarla. Hasta ahora en la España contemporánea había un cierto desapego hacia el aforismo, con notables (Unamuno, Bergamín, Machado) excepciones; desapego que ya había notado Juan Ramón Jiménez:

Es curioso que el aforismo, tan popular en España en forma de refranes y sentencias y tan frecuente en la escritura de algunos clásicos antiguos españoles (san Juan de la Cruz, Quevedo, Gracián), no sea semilla propia de más escritores españoles contemporáneos, como lo ha sido y lo sigue siendo de la escritura jeneral europea. [Nota manuscrita reproducida por Sánchez Romeralo en Ideolojía (Barcelona, 1990)].

Sin embargo, coincidiendo con la acelerada fragmentación del discurso público en todos sus ámbitos, estamos asistiendo de los años ochenta hasta ahora a un aumento del interés por el género sin precedentes. El intento compensatorio de una sociedad constreñida a lo breve es una clave interpretativa irrenunciable de este proceso, aunque hay, como es natural, otras causas. El escritor de aforismos Fernando Menéndez, en esa línea homeopática, no ha dudado en titular algunas de sus entregas más sutiles como Grafittis (2011) o Pintadas (2012), respondiendo así directamente a los grafittis y pintadas callejeras originales, entablando un diálogo en plano de igualdad, pero sin ensuciar los muros, y subiendo el nivel de exigencia.

En buena medida, esto responde, como digo, a un instinto de conservación cultural y social que no está dispuesto a renunciar a la profundidad en aras de una brevedad impuesta. A partir de los años ochenta del siglo pasado hubo una recuperación de los grandes maestros, y algunos empeños editoriales especializados en el aforismo, tanto clásico como contemporáneo, como los realizados por Edhesa y Península, y al que últimamente se ha sumado la colección «A la mínima» de la prestigiosa editorial sevillana Renacimiento. La exquisita colección «La Veleta» de la editorial granadina Comares también acoge colecciones de aforismos, sensibilidad a la que no son ajenas ni Tusquets, en Barcelona, ni Pre-Textos, en Valencia. En los últimos años, pues, estamos asistiendo a «una expansión sostenida y silenciosa del género», que ha estudiado con mucha precisión el profesor José Ramón González en el informado prólogo que precede a su espléndida antología Pensar por lo breve. Aforística española de entre siglos. Antología, 1980-2012 (Ediciones Trea, Gijón, 2013).

El crítico Martín Mercader define el aforismo con una enumeración greguerística que despliega lo mucho que tiene que ofrecer, como antídoto, jugando en el mismo terreno de la fragmentación en que vivimos:

Epifanías cazadas al vuelo en la telaraña del lenguaje. Rastros legibles de los merodeos y los hallazgos de la conciencia. Ensayos instantáneos ultraconcentrados. Encontronazos entre la mente y la vida que hacen ver las estrellas y permiten fotografiarlas. Pasadizos secretos entre neuronas, imágenes y palabras. Atajos para salir del laberinto y volver a entrar en él. Golpes de estado de gracia. Relámpagos inscritos en lápidas de aire. Sentencias adelgazadas hasta el esqueleto por la ironía, la poesía o el humor. Sabiduría liofilizada, soluble en la experiencia ajena. Arcos voltaicos entre la inteligencia y la experiencia cuyos chispazos condensan gotas de idioma. Mónadas con ventanas, con puertas, con chimeneas, con cuenta en Twitter. Estados cuánticos de indeterminación entre la filosofía y la poesía. Meteoritos memorizables. Rayos congelados que exigen rumia pero que nunca se digieren del todo. Hitos que parecen puntos de llegada pero son en realidad punto de partida. Deslumbramientos privados trasvasados a contenedores portátiles para llevar a cualquier lector a cualquier tiempo… [«En estado de aforismo», revista El cuaderno, n.º 44, abril de 2013, pp. 12-17].

Resulta una constante de los aforismos contemporáneos este mirar con el rabillo del ojo el tiempo intensivo e hiperactivo que nos ha tocado vivir, y replicarle, en los dos sentidos casi contradictorios del término: imitándolo e irritándolo. Un aforismo esencial de Carlos Castilla del Pino coge al toro por los cuernos: «¿Estar al día? Sí, pero ¿en qué?, ¿para qué? No precipitarse; y en la duda, lo mejor es estar al día con uno mismo». También urge la defensa del sentido frente a tanto discurso vacío. Vicente Núñez recuerda que un aforismo «siempre va más lejos que el texto que lo porta». E insiste, yendo a lo esencial: «Lo demoníaco es actuar sin ser». Núñez advierte, mediante sus aforismos, tanto contra las frases huecas y los eslóganes utilitarios como contra el frenético activismo que nos domina, dos caras de una misma moneda.

Pero toda medicina requiere unas instrucciones de uso y exige un trato cuidadoso. Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) nos previene contra ciertos efectos secundarios: « (Ojoconmigo.) Desconfíen siempre de un autor de pecios [nombre que él da a sus aforismos]. Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan al fraude de la “profundidad”, fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol».

En la búsqueda de la dosis justa, Andrés Ortiz-Osés (Tardienta, Huesca, 1943) da con una precisión indispensable: «El aforismo no es un lenguaje limitado, sino un lenguaje-límite». Y para predicar con el ejemplo, consigue un prodigio con solo cambiar de orden los sintagmas de una frase hecha: «Corazón que no siente: ojos que no ven». No se puede decir más con menos, como ven.

Entre los actuales escritores de aforismos españoles, destaca Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952). Respaldado por la autoridad de sus propias frases breves, deslumbrantes y lúcidas, hay que atender a sus reflexiones sobre el género. Las ha dispersado entre sus aforismos: «Lo contrario a la falsa profundidad, que es despreciable, es la falsa superficialidad, que es admirable». «Lo importante de un epigrama no es que enuncie una verdad, sino que rompa el cristal de una mentira». «Hay que ser muy claro, pero nunca demasiado». «Es bueno que una frase esconda otra». Y ha condensado su conocimiento teórico y práctico del género en el epílogo de su último libro, El cuaderno francés (Huacanamo, Barcelona, 2012):

El aforismo, cuando es bueno, es una frase feliz, es una verdad irónica, es filosofía cristalizada, es una flecha que da en el blanco, es la inteligencia buscando una salida y encontrándola, es humor refinado, es una enorme minucia, es la gracia de la brevedad, es ética sutil, es la ligereza de la gramática, es cinismo superior, es un verso irrefutable, es un fragmento lúcido, es la elegancia de la sintaxis, es una manera de decir arcaica y moderna a la vez, es lo contrario a un mamotreto, es un juego de palabras revelador, es una paradoja inquietante, es una autobiografía de una línea, es una definición inolvidable, es sabiduría lapidaria, es alegría instantánea, es un espectáculo subversivo, es la nostalgia del latín; el aforismo, cuando es bueno, es el erotismo de la inteligencia.

Como se ve, el aforismo, cuando es bueno, es algo que no nos podemos permitir el lujo de desaprovechar. Lo necesitamos mucho. Tanto que, incluso a autores que no los escribieron, nos atrevemos a abordarlos desde una aforística retroactiva. El caso de Chesterton ya se estudió en Nueva Revista (n.º 136, «Chesterton, autor  sobrevenido— de aforismos»), pero no es el único: incluso Proust y santo Tomás de Aquino se nos presentan en pequeñas píldoras, tan manejables como memorizables. Con todo, centrándonos en los escritores de aforismos propiamente dichos, ¿por dónde empezar?

Si tuviera que ser por el principio, cómo no recomendar los Proverbios y el Libro de la Sabiduría de la Biblia, génesis del género. O los paradigmáticos clásicos franceses, editados en edición conjunta en 2008 por Almazara a cargo de José Antonio Millán Alba y estudio preliminar de Alicia Yllera. En un único volumen, los Pensamientos de Pascal, siguen Máximas y reflexiones de La Rochefoucauld, los Caracteres de La Bruyere, y el conjunto de los aforismos de Chamfort, del marqués de Vauvenargues y de Joubert, nada menos. Otro libro excelente para introducirse con fundamento es Efigies, antología del aforismo universal recogida por Cristóbal Serra en Tusquets (Barcelona, 2002), donde están representados Lao-Tsé, Chuang-Tsé, Heráclito de Éfeso, Marco Aurelio, Ramón Llul, Leonardo da Vinci, William Blake, Angelus Silesius, Pascal, Novalis, Swift, Lichtenberg, Vauvenarges, Joubert, Chamfort, Nietzsche, Péguy, Bloy, Claudel, Renard, Papini, Bergamín, JRJ, Lec, Chesterton y Carlos Edmundo de Ory. Es una selección muy personal, pero de persona muy bien informada, de clara inteligencia y contrastado carácter. Para Serra, «la poesía puede ofrecerse líquida en verso, y sólida en aforismo».

Con esos clásicos estaríamos cogiendo carrerilla: tiene especial interés saltar hasta las obras que miran frente a frente la fragmentación actual. Entre los escritores más imprescindibles, el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, tan impactante por la tersura de su expresión como por la osadía de su visión católica y reaccionaria de la vida, radicalmente antimoderna. Este año celebramos el centenario de su nacimiento, además. Él nunca pretendió escribir una obra relativista ni inconexa y, para avisarlo, insistió en llamar «escolios» a sus aforismos y remitirlos a un texto secreto, pero real y consistente. Une, por tanto, a la brevedad de sus deslumbrantes aforismos, la impresionante envergadura de una obra de peso, solo que implícita. Por el lado de lo fragmentario y por el de lo sistemático, nos ampara. Sus escolios completos están recogidos en Escolios a un texto implícito (Atalanta, 2009).

El gran mérito de la antología ya profusamente citada, Pensar por lo breve, al cuidado de José Ramón González, es que recoge la amplísima creación contemporánea española de aforismos con muy contadas ausencias. Su prólogo ofrece una exhaustiva información, la antología de textos es inmejorable y las notas introductorias a cada autor resultan muy ajustadas. El único peligro es que te pone en la tesitura, contagiado de entusiasmo, de comprar libros de casi todos los aforistas incluidos, que son cincuenta. A cambio, es un ejemplo de la mejor respuesta de nuestra cultura al órdago del desorden y de la rapidez. Pensar por lo breve es un repleto arsenal para la lucha a brazo partido y con las mismas armas contra la tesitura de lo diminuto e intrascendente. De él salimos ganando. Y mucho, y para largo.

Traducir poesía, una tarea casi imposible

Dice Philip Silver, en su ensayo Cernuda, poeta ontológico, «que esta poesía [la de Cernuda] abre un surco profundoen nuestra alma, nos amenaza con tan honda melancolía,porque nos dice dos cosas contradictorias a la vez.Con el tono de voz nos habla de la división radical delSer, pero con parte de su temática trata constantementede salvar esta división». Se refiere, pues, Silver, a un«tono de voz». La poesía es un hecho del habla. Se puededecir un insulto por la forma de decirlo, pero con una expresiónque, literalmente traducida, sería perfectamenteeducada. O viceversa. La poesía es un hecho del habla enla que el significante es indisoluble del significado, segúnJakobson. No se puede traducir el qué sin traducir también el cómo, o seremos infieles a las palabras del poeta. Ese cómo, en otro idioma, hay que crearlo con los elementos propios de la lengua a la que trasladamos un poema. La versificación inglesa muy poco tiene que ver con la española, pero cuando yo traduje con mi hija Regla Old Possum’s Book of Practical Cats, me quedó claro que los metros habían de ser ágiles y breves, propios de canciones infantiles, y que había que rimar en asonante todos los poemas. Había, también, que traducir algo muy difícil: el humor inglés. Lo solucioné con un trabajo de marquetería en la métrica española en la que usé prácticamente todos los metros españoles breves —el libro de Eliot es muy rico en metros también en inglés— y no quedé del todo insatisfecho del resultado.

Cuando traduje algunos poemas del italiano Mario Luzi al español, por la cercanía de las dos lenguas, el intento era bien diferente por mi parte. Consistía en conservar el «tono Luzi» —se trataba de endecasílabos blancos— en endecasílabos blancos españoles. La traducción era casi literal. Pero, a veces, me encontraba con una frase hecha italiana cuyo sentido lo daba otra frase hecha española. Y estas dos frases hechas, de idéntico sentido, estaban construidas con muy diferentes palabras.

Ezra Pound en su ABC of Reading nos dice que un poema está compuesto de ideas, imágenes y música. Las ideas son traducibles a cualquier idioma. Las imágenes, parcialmente traducibles. Por ejemplo, el color fúnebre en unas culturas es el negro y en otras el blanco. La música es, según él, intraducible. Hay que buscar un equivalente melódico propio del poema en la lengua en la que vayamos a hacer la versión. Lo que nunca puede hacerse es traducir un poema sin música. Porque la lírica nace con la lira y morirá el día que pierda su sentido musical.

Traducir pasablemente un poema es tarea dificilísima. Lo prueba el hecho de que en cualquier lengua es mayor el número de grandes poetas —con ser este escasísimo— que el de grandes traductores de poesía. Pero no imposible. Leopoldo Panero tradujo del inglés impecablemente algunos sonetos (y los tradujo en sonetos españoles) de Wordsworth, Shelley y Keats, y algún poema de Eliot, entre otros. Fray Luis de León nos dio una magnífica versión en endecasílabos castellanos del Libro de Job, vertida directamente del hebreo, y tradujo el Cantar de los Cantares, de Salomón, entre otras perlas.

Según mi propia experiencia, para traducir un poema hay que tener, además de saber lo que dice en la lengua original, una paciencia de chino, un exhaustivo conocimiento del oficio poético en la lengua a la que uno está traduciendo y capacidad creadora de poeta en la propia lengua, así como empatía con el poema que se está traduciendo. En el caso de que a uno le salga muy bien (hace poco tiempo traduje con mi hija, conservando significado casi literal y muchas de sus peculiaridades originales Lepantode Chesterton), la sensación es cuando menos agridulce. Pues uno es consciente de lo mucho que ha tenido que sacrificar del original. Lepanto, además, había sido traducido excelentemente, al menos que yo sepa, por buenos conocedores de la lengua inglesa. Uno fue Borges (que publicó su traducción en 1937) y también la tradujeron conjuntamente, hace escasos años, los poetas Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza. Yo no pretendo mejorar esas traducciones, sino convertir en versos españoles esos versos que habían sido traducidos con precisión, pero, a mi entender, sin música. Para ello —pues se trataba de un poema épico— he escogido el octosílabo castellano, el verso del Cantar de Mio Cid, y he procurado rimar esos versos, a la vez que trataba de ser también fiel al original. Reproducir Lepanto de Chesterton en música castellana. Aquí está el resultado.

 

LEPANTO

Mana en las cortes del sol agua clara de las fuentes,

y el Sultán de Bizancio sonríe al ver la corriente;

inunda como las fuentes la risa su faz temida,

y agita la negra barba, su negro bosque agita,

curva la cárdena luna, media luna de sus labios,

porque hasta el mar más recóndito es surcado por sus barcos.

Desafiaron las repúblicas de los cabos italianos,

y contra Venecia rompen, inundando el mar Adriático.

Ante la agónica pérdida, despliega el Papa sus armas

y convoca a los cristianos por la Cruz a las espadas.

La gélida reina inglesa en el espejo se mira,

la sombra de los Valois está bostezando en Misa;

de islas lejanas de ensueño suena el cañón español

y el Señor del Cuerno de Oro está sonriendo al sol.

Los tambores tenues laten, mal se oyen en las colinas,

donde, de un trono sin nombre, un príncipe sin insignia,

de precaria posición y menos estable puesto,

toma las armas de nuevo el último caballero,

el último trovador a quien el ave cantó,

que una vez fuera al sur con el mundo en su esplendor.

En ese enorme silencio, diminuto y arrojado,

sube por el sendero el ruido de los cruzados.

Grandes rugidos de gong, y los cañones que truenan,

don Juan de Austria marcha a la guerra.

Tersas banderas tensa un oscuro y frío viento

en el lúgubre púrpura, en el brillante oro viejo,

brillan cárdenas antorchas en el cobre y el timbal.

Los clarines, los cañones, las trompetas. Y él acá:

Acá está don Juan riendo, valiente su barba crespa,

desdeñando sus estribos y los tronos de la tierra,

lleva alzada la cabeza, bandera de libertad.

LEPANTO

WHITE founts falling in the courts of the sun,

And the Soldan of Byzantium is smiling as they run;

There is laughter like the fountains in that face of all men feared,

It stirs the forest darkness, the darkness of his beard,

It curls the blood-red crescent, the crescent of his lips,

For the inmost sea of all the earth is shaken with his ships.

They have dared the white republics up the capes of Italy,

They have dashed the Adriatic round the Lion of the Sea,

And the Pope has cast his arms abroad for agony and loss,

And called the kings of Christendom for swords about the Cross,

The cold queen of England is looking in the glass;

The shadow of the Valois is yawning at the Mass;

From evening isles fantastical rings faint the Spanish gun,

And the Lord upon the Golden Horn is laughing in the sun.

Dim drums throbbing, in the hills half heard,

Where only on a nameless throne a crownless prince has stirred,

Where, risen from a doubtful seat and half attained stall,

The last knight of Europe takes weapons from the wall,

The last lingering troubadour to whom the bird has sung,

That once went singing southward when all the world was young,

In that enormous silence, tiny and unafraid,

Comes up along a winding road the noise of the Crusade.

Strong gongs groaning as the guns boom far,

Don John of Austria is going to the war,

Stiff flags straining in the night-blasts cold

In the gloom black-purple, in the glint old-gold,

Torchlight crimson on the copper kettle-drums,

Then the tuckets, then the trumpets, then the cannon, and he comes.

Don John laughing in the brave beard curled,

Spurning of his stirrups like the thrones of all the world,

Holding his head up for a flag of all the free.

Luz de amor de España, ¡hurra!

¡Luz de muerte de África!

Don Juan de Austria

cabalgando va hacia el mar.

Mahoma en su paraíso en la vespertina estrella,

(Don Juan de Austria marcha a la guerra.)

Descansa fuera del tiempo su turbante en una hurí,

su turbante entretejido de mar y sol carmesí,

tiemblan los bellos jardines cuando abandona el reposo,

y pasea entre las copas y es más alto que los troncos,

y su voz en el vergel es un trueno que atraerá

a Ariel, a Ammón, a Azrael y toda su oscura grey.

Gigantes y genios,

de infinitas alas y ojos,

dejaron los cielos rotos,

cuando Salomón fue rey.

Y corren rojos, purpúreos desde las nubes del alba,

de templos de dioses áureos de despectiva mirada;

se elevan entre rugidos, de los infiernos marinos

donde el mal, ciegas criaturas y los del cielo caídos;

grises bosques los envuelven, bivalvas conchas de mar,

salpicados por la perla, espléndida enfermedad.

Surgen de zafíreas grietas, en azulada humareda.

Acuden para adorar y obedecer al Profeta.

Dice: «Romped las montañas donde el eremita mora,

que no quede una reliquia bajo las arenas rojas,

perseguid a los infieles día y noche sin respiro

pues del Oeste de nuevo ha vuelto nuestro enemigo.

Bajo el sol signamos todo con sello de Salomón,

sabiduría, tristeza, soportar el propio error.

Pero hay un ruido en los montes, en los montes y he escuchado,

una voz que ha cuatro siglos sacudió nuestros palacios.

Love-light of Spain –hurrah!

Death-light of Africa!

Don John of Austria

Is riding to the sea.

Mahound is in his paradise above the evening star,

(Don John of Austria is going to the war.)

He moves a mighty turban on the timeless houri’s knees,

His turban that is woven of the sunset and the seas.

He shakes the peacock gardens as he rises from his ease,

And he strides among the tree-tops and is taller than the trees,

And his voice through all the garden is a thunder sent to bring,

Black Azrael and Ariel and Ammon on the wing.

Giants and the Genii,

Multiplex of wing and eye,

Whose strong obedience broke the sky

When Solomon was king.

They rush in red and purple from the red clouds of the morn,

From temples where the yellow gods shut up their eyes in scorn;

They rise in green robes roaring from the green hells of the sea

Where fallen skies and evil hues and eyeless creatures be;

On them the sea-valves cluster and the grey sea-forests curl,

Splashed with a splendid sickness, the sickness of the pearl;

They swell in sapphire smoke out of the blue cracks of the ground, –

They gather and they wonder and give worship to Mahound.

And he saith, “Break up the mountains where the hermit-folk can hide,

And sift the red and silver sands lest bone of saint abide,

And chase the Giaours flying night and day, not giving rest,

For that which was our trouble comes again out of the west.

We have set the seal of Solomon on all things under sun,

Of knowledge and of sorrow and endurance of things done,

But a noise is in the mountains, in the mountains, and I know

The voice that shook our palaces – four hundred years ago:

Es quien no dice “Kismet”, quien no conoce al Destino;

es Ricardo, Godofredo y Raimundo en el camino.

Es quien ríe ante los riesgos, si le merece la pena,

sometedlo a vuestras órdenes, paz tengamos en la tierra».

Pues ha oído los tambores y los cañones ya truenan,

(Don Juan de Austria marcha a la guerra.)

Y un súbito y firme ¡hurra!

¡Rayo de Iberia!

Don Juan de Austria

por Alcalá pasa.

En los caminos del norte, San Miguel en su Montaña

(Don Juan se ciñe la espada y sin detenerse avanza),

brillan grises los océanos, se agitan rudas mareas,

y pescan los pescadores, y levantan rojas velas.

Blande su lanza de hierro, pliega sus alas de piedra,

llega el ruido a Normandía, un rumor en esta tierra

de controversias oscuras, y de textos, y ojos torvos,

allí ha muerto la inocencia, en la ira y el asombro,

y un cristiano mata a otro en mísera habitación

y todos temen a Cristo, a su rostro acusador,

y otros odian a María, que Dios besó en Galilea.

Pero don Juan de Austria cabalga hacia la marea.

Don Juan llamando a la guerra, a través de la tormenta.

Llaman a la Cristiandad sus labios que son trompeta.

Trompeta que dice ¡Hurra!

¡Dómino gloria!

Don Juan de Austria

arengando a las galeras.

El rey Felipe en su cámara, el Toisón al cuello lleva

(Juan de Austria armado sobre cubierta.)

Del muro tal el pecado pende negro terciopelo.

Hay enanos y bufones por los regios aposentos.

It is he that saith not “Kismet”; it is he that knows not Fate;

It is Richard, it is Raymond, it is Godfrey in the gate!

It is he whose loss is laughter when he counts the wager worth,

Put down your feet upon him, that our peace be on the earth”.

For he heard drums groaning and he heard guns jar,

(Don John of Austria is going to the war.)

Sudden and still –hurrah!

Bolt from Iberia!

Don John of Austria

Is gone by Alcalar.

St. Michael’s on this mountain in the sea-roads of the north

(Don John of Austria is girt and going forth.)

Where the grey seas glitter and the sharp tides shift

And the sea folk labour and the red sails lift.

He shakes his lance of iron and he claps his wings of stone;

The noise is gone through Normandy; the noise is gone alone;

The North is full of tangled things and texts and aching eyes

And dead is all the innocence of anger and surprise,

And Christian killeth Christian in a narrow dusty room,

And Christian dreadeth Christ that hath a newer face of doom.

And Christian hateth Mary that God kissed in Galilee.

But Don John of Austria is riding to the sea.

Don John calling through the blast and the eclipse

Crying with the trumpet, with the trumpet of his lips,

Trumpet that sayeth ha!

Domino Gloria!

Don John of Austria

Is shouting to the ships.

King Philip’s in his closet with the Fleece about his neck

(Don John of Austria is armed upon the deck.)

The walls are hung with velvet that is black and soft as sin,

And little dwarfs creep out of it and little dwarfs creep in.

El Rey sostiene un frasco de cristal color de luna.

Al tocarlo, tintinea, tiembla toda su figura,

y su rostro es de leproso como un hongo gris y blanco.

como plantas de casonas, cerradas a cal y canto.

Y dentro del pomo hay muerte, el fin de un noble trabajo.

Mas don Juan ha abierto ya fuego contra el otomano.

Atraviesa toda Italia el rumor de su campaña.

¡Cañonazos!, ¡Cañonazos!, ¡Ah!

¡Cañonazos! ¡Cañonazos!, ¡hurra!

Don Juan de Austria

Desata las andanadas.

El Papa está en su capilla antes de que rompa el alba.

(Don Juan de Austria, oculto tras la humarada).

La secreta habitación donde Dios se asienta siempre,

ventana donde la tierra pequeña, amable parece.

En el crepúsculo el mar, refleja como un espejo

la cruel luna de los barcos de quien se llama misterio.

Avanzan sus largas sombras, cubriendo Cruz y Palacio,

y velando los leones de las naves de San Marcos.

En la cubierta, agarenos y ostentosos capitanes,

bajo cubierta, prisiones. Y, entre mil penalidades,

trabaja una raza enferma, envuelta por las tinieblas,

aquí cautivos cristianos, un pueblo bajo la tierra.

Tal aquellos que sudaron de los tiempos en el alba,

en jóvenes tiranías, alzando a dioses escalas.

Sin esperanza ni voz, innúmeros, tal aquellos

caídos bajo los cascos del babilónico Imperio.

Muchos pierden la razón en ese callado infierno.

A través de las rendijas un rostro mira hacia adentro,

pierde a Dios y se abandona, una señal ya no espera,

(¡Pero don Juan de Austria por fin ha abierto una brecha!)

He holds a crystal phial that has colours like the moon,

He touches, and it tingles, and he trembles very soon,

And his face is a as fungus of a leprous white and grey

Like plants in the high houses that are shuttered from the day.

And death is in the phial, and the end of noble work,

But Don John of Austria has fired upon de Turk.

Don John’s hunting, and his hounds have bayed-

Booms away past Italy the rumour of his raid

Gun upon gun, ha! ha!

Gun upon gun, hurrah!

Don John of Austria

Has loosed the cannonade.

 

The Pope was in his chapel before day or battle broke,

(Don John of Austria is hidden in the smoke.)

The hidden room in man´s house where God sits all the year,

The secret window whence the world looks small and very dear.

He sees as in a mirror on the monstrous twilight sea

The crescent of his cruel ships whose name is mystery;

They fling great shadows foe-wards, making Cross and Castle Dark,

They veil the plumèd lions on the galleys of St. Mark;

And above the ships are palaces of brown, black-bearded chiefs,

And below the ships are prisons, where with multitudinous griefs,

Christian captives sick and sunless, all a laboring race repines

Like a race in sunken cities, like a nation in the mines.

They are lost like slaves that swat, and in the skies of morning hung

The stair-ways of the tallest gods when tyranny was young.

They are countless, voiceless, hopeless as those fallen or fleeing on

Before the high Kings’ horses in the granite of Babylon.

And many a one grows witless in his quiet room in hell

Where a yellow face looks inward through the lattice of his cell,

And he finds his God forgotten, and he seeks no more a sign–

(But Don John of Austria has burst the battle-line!)

Don Juan blandiendo la espada, sobre la sangrienta popa,

tiñe las aguas de rojo como la pirata tropa.

Ríos escarlatas corren sobre la plata y el oro,

las escotillas se rompen y salen de lo más hondo

multitudes, miles de hombres, que trabajan bajo el mar

aturdidos por el sol, la dicha y la libertad.

¡Vivat Hispania!

¡Dómino gloria!

¡Don Juan de Austria

libera a la Cristiandad!

Cervantes en su galera vuelve el acero a su vaina.

(Don Juan de Austria, a caballo, laureado vuelve a casa.)

Y ve una tierra cansada, un pedregoso sendero.

Cabalga en vano por siempre, loco, enjuto, un caballero.

Sonríe, no tal sultán, y envaina luego su espada…

(Pero don Juan de Austria regresa de la Cruzada).

(Traducción de Regla Ortiz y Fernando Ortiz)

 

Don John pounding from the slaughter-painted poop,

Purpling all the ocean like a bloody pirate’s sloop,

Scarlet running over on the silvers and the golds,

Breaking of the hatches up and bursting of the holds,

Thronging of the thousands up that labour under sea

White for bliss and blind for sun and stunned for liberty.

Vivat Hispania!

Domino Gloria!

Don John of Austria

Has set his people free!

Cervantes on his galley sets the sword back in the sheath

(Don John of Austria rides homeward with a wreath.)

And he sees across a weary land a straggling road in Spain,

Up which a lean and foolish knight forever rides in vain,

And he smiles, but not as Sultans smile, and settles back the blade…

(But Don John of Austria rides home from the Crusade.)

(Versión original inglesa: The collected poems of G. K. Chesterton)

El Quijote comunista

Confieso que me asombra el hecho de que el mito de don Quijote no hubiera sido adaptado a las condiciones rusas por un literato nacional, tal y como lo hizo el checo Jaroslav Hašek cuando imaginó a su buen soldado Švejk; una reencarnación de Sancho Panza que, a ratos, evoca lafigura del propio Caballero. Con todo, aquel Švejk que «acabó con el imperio austro-húngaro», habría palidecido ante los personajes crecidos sobre los barros rusos —difícilmente comprensibles desde el punto de vista occidental—.

Desde que, en la segunda mitad del siglo XIX, los naródniki [literalmente: el «partido popular» que, evidentemente,no tenía nada que ver con su homónimo actual] desataran su particular guerra contra el sistema, el imperio euroasiático se vio inundado por unos personajes que inflaban a su alrededor un aura fantasiosa para permanecer intocables,y a su modo desafiantes, dentro de esta burbuja. La gente corriente solía llamarles «don quijotes». Pero no eran aquellos románticos e idealistas «caballeros de la Triste Figura» de los principios del XIX sino unos «ingeniosos hidalgos», perfectamente conscientes de que la vida emancipada, ambicionada por tantos, únicamente era alcanzable para unos locos.

Sospecho que hay cierto paralelismo entre esos quijotesantisistema y los antiguos salovς-salos bizantinos y юродивыйyuródivy rusos: humildes y locos indigentes que vagaban por las ciudades y atosigaban a la gente con sus greguerías llenas de llameante irracionalidad profética. Eran temibles y podían disfrutar, en consecuencia, de cierta autoridad, prestigio y aura de beatitud.

Tal reputación no se les atribuía a la ligera: se consideraban benditos solo aquellos mendigos, vagabundos y pordioseros cuya humildad no era fingida ni falseada. Se trataba, pues, de una humildad auténtica [подлинная-pódlinnaya], lo cual, según la etimología rusa, significaba «obtenida bajo el látigo». De lo contrario, «la humildad es peor que la soberbia», rezaba un proverbio popular en alusión a que la esnobista superioridad de un ficticio humilde era incompatible con una santidad genuina.

En cuanto a la locura, todavía en el siglo XI, un cortesano bizantino llamado Keukamenos lanzaba a su hijo la oportuna advertencia: «[Un trastornado] te insultará y te agarrará de la barba. Piensa en la vergüenza que será aquello. Si se lo dejas pasar, todo el mundo se reirá de ti; y si le pegas, te reprenderán y te echarán la culpa. Lo mismo te ocurrirá en relación a los que fingen estar locos. Te digo: apiádate de ellos y dales limosna pero no trates de divertirte con ellos ni reírte de ellos; es peligroso… Escúchale a quien trata de simular la locura, independiente mente de lo que te diga. No le desprecies aunque te quisiera engañar».

Es decir, los locos —verdaderos o falsos, indistintamente— se protegen con el mismo escudo: la hostilidad mostrada hacia cualquiera de ellos es reprimida por la ciega colectividad y se vuelve, irremediablemente, en contra del atacante.

Estos medievales conceptos no pueden ser obviados a la hora de analizar el «quijotismo» ruso que germinó siendo antisistémico y, ya en el siglo XX, terminó funcional, práctico y ultraconservador. Los epígonos del Quijote, vistos bajo estas premisas históricas, echarán una sombra de indignidad sobre el personaje original. Pero existen y, sorprendentemente, forman toda una «casta» con su vida propia, luchas internas, víctimas y vencedores; descendientes todos ellos del arquetipo creado por Cervantes.

—Tantas décadas después, ¿serías capaz de recordar las circunstancias de tu primer encuentro con el libro de Cervantes?

—Recuerdo que de niño, por suerte, me enfermaba mucho y, durante semanas, me libraba del estupidizante colegio. En consecuencia, mi educación mejoró notablemente. Soy de esa clase de personas que no verbalizan sus dudas pero ponen mucho empeño en encontrar certezas en los libros. De este modo, al estar tanto tiempo en casa, antes de cumplir los once años, ya había leído y releído la enorme biblioteca que teníamos. En Shakespeare descubrí el valor de la libertad aunque —años más tarde— me entristecí al saber que su don poético empezaba a brotar tras la ingesta del cannabis. No entendí a Maupassant pero grabé en la memoria todos los pasajes que no había podido descifrar para, posteriormente, encontrarles sentido. Molière no me impresionó: comparado con mi admirado Don Giovanni mozartiano, Dom Juan francés parecía vulgar. De Mérimée aprendí el arte de la mimicría: una pócima valiosísima para sobrevivir «bajo la estrella roja». Fichte, Kant y Hegel me enseñaron a ser paciente, a releer párrafos enteros y, mediante las frases como «el pueblo es aquella parte del Estado que no sabe lo que quiere», me advirtieron de que la verdadera democracia —que yo anhelaba junto a la mayoría de los rusos de aquella época— no era más que un espejismo. En definitiva, teniendo en cuenta que mi español ya era bastante fluido por aquel entonces, estaba —en teoría— preparado para entender la obra maestra de Cervantes de la que recordaba haber oído hablar desde que tenía uso de razón.

Pero me quedé perplejo cuando el libro cayó en mis manos. La historia relatada por el propio Cervantes no se correspondía con el esquematizado mito que yo conocía: la locura del personaje parecía deliberada, premeditada y resultaba sospechosamente familiar, como puede serlo algo con lo que uno convive desde siempre. Una vez superado el desconcierto, me di cuenta de que la exasperante realidad que me rodeaba podía entenderse como fenómeno cervantino. No tardé en descubrir que vivía rodeado de unos «quijotes» que aparentaban defender una causa —una reveladora teoría científica o una significativa cuestión social— que, invariablemente, acababa por revelarse baladí, insustancial e infundada. Aquellos estrafalarios individuos se autocoronaban profetas de unas «religioncitas» cuyo único fundamento era el «credo quia absurdum». Incordiaban y dejaban confusos a sus congéneres mientras que estos, sabios por naturaleza, actuaban como si hubieran leído la advertencia de Keukamenos: «¿Pero cómo vamos a incomodar a este quijotito si el pobre tiene tanta fe en lo que hace?». Saldaban —sin estar agradecidos— la supuesta deuda con el «trastornado convencido» y se alejaban en silencio…

—Cuesta creer que en aquel entonces tu infantil mente trazara paralelismos entre la realidad que te rodeaba y un libro profético de principios del siglo XVII. ¿Fue así o tu memoria te engaña?

En aquellos años, la élite intelectual rusa estaba paladeando la inminente caída del régimen. En casa, siempre se oía hablar sobre la política y la sociología. Los niños, involuntariamente, se impregnaban de amargura y desafección al poder que, de forma instintiva, se disfrazaban de admiración, en el mismo instante cuando uno atravesaba el umbral de su morada. Esta dualidad me hizo madurar rápido y desarrollar una percepción crítica de la realidad.

Yo veía muy claro que la conducta quijotesca se observaba a todos los niveles de la verticalidad soviética. Los líderes políticos defendían unas teorías socioeconómicas que parecían elaboradas a partir del sueño de «un mundo al revés». Practicaban una especie de autohipnosis con el fin de «creer en que creían» en ellas y manifestar esta fe inquebrantable ante sus conciudadanos. Si una especulación sociológica no tiene fundamento es casi obligado recurrir al imbatible «creo porque es absurdo». «Creer» es noble y hermoso hasta tal punto que los argumentos lógicos parecen banalizarse ante la emoción de la fe. Entonces y ahora es el modo de proceder de tantos líderes políticos.

Uno se acomoda en el concepto de tener fe en que tiene fe… Pero no es un papel fácil de interpretar, al menos, no es una payasada primitiva. Situados, dentro de la jerarquía del régimen, a un paso de los políticos, los teóricos del marxismo tenían aún más dificultades para parecer creíbles. El pueblo llano —consumidor neto del pensamiento ajeno— consideraba que el esfuerzo mental era «aburrido», pero también aspiraba a ser «testigo privilegiado» de «choques de ideas» (con la condición de que estas ideas no fuesen demasiado complicadas). Una especie de circo mental llamado a complementar el pan escaso de cada día. Con este propósito, se acuñaron las efigies de ideólogos ligeramente díscolos que —aun fieles al partido— eran capaces de convertirse en todo un icono de inconformismo comunista. El húngaro György Lukács o el ruso Dmitri Likhachov no cuestionaban el régimen en su totalidad sino algún rasgo particular e insignificante. Desde su cátedra parecían lanzar un pícaro guiño al poder: «¿Qué habrían hecho ustedes si no distrajéramos al público con nuestras tonterías?». Por supuesto, los quijotes de esta especie tenían que ser capaces de ver abismos en lugar de fisuras y defender su visión con la desesperación de un pez que se golpea contra el hielo en el intento de volver al orificio por el que le acaba de sacar el pescador. Eso sí, llegado el caso, preferirían morir fuera del agua antes que regresar a su medio (¿puede haber una situación más quijotesca?). Con todo, fue una profesión arriesgada: una sobreactuación podía haberles costado la vida. Lukács estuvo a punto de perderla en 1956 —y no precisamente por llevar unos «botines amarillos»—. Por su parte, Likhachev confesaba, en una clase abierta televisada, que estando en un «campo de trabajo» soviético, había calculado cuándo le iban a fusilar, según el alfabeto y el número de ejecuciones diarias, y, en aquella precisa fecha, se escondió en la leñera para que otro preso fuera sacrificado en su lugar. Posteriormente, los dos inconformistas «aprendieron» dónde pasaba la línea roja y supieron escalar muy alto en total armonía con el régimen: las masas adoraban al «agitador» y las autoridades podían decir que toleraban toda clase de pensamientos discordantes. Siendo miembros de número de las Academias (estatales) de sus respectivos países disfrutaron del bienestar y autoridad, sin guardar rencor al régimen que estuvo a punto de aniquilarles.

En la URSS nos sometían a un intenso adoctrinamiento ideológico desde una edad muy temprana. En consecuencia, unos pocos se volvían adeptos del sistema y la mayoría, influida por el ambiente familiar, lo detestaba. Así pues, admitiendo que a mis once años yo era un niño demasiado politizado —incluso para la URSS—, Don Quijote ha resultado toda una revelación para mí, traumática y dolorosa. El pacto entre el largo y flaco timador y el gordo y seboso briboncillo parecía una amenazadora metáfora del universo soviético: un «idiota listo» se une a un «idiota tonto» y entre los dos dominan el mundo. Resultaba muy desagradable leer el libro y constatar que la pareja manchega era invencible porque su «anormalidad» mutante era el fin de sí misma. Una especie de la fe en la fe, inextinguible y retroalimentada, muy parecida a la locura colectiva que yo, de niño, observaba en mi alrededor.

—Ya, pero ¿y Dulcinea? ¿No te reconcilia ese ideal con el mito?

Don Quijote es, probablemente, el único libro de «referencia obligada» que no apela —en absoluto— al verdadero amor. El caballero no es capaz de experimentarlo, pero quiere creer en que ama para verse a sí mismo como un ser completo. En consecuencia, se produce una especie de hipertrofia enfermiza de un sentimiento inexistente. Una incapacidad de reconocer su propia incapacidad de amar. Una inflamación de la autoestima. No sé si así fue en los tiempos de Cervantes, pero actualmente sufrimos de una pandemia de esta enfermedad: la gente no tiene sustancia para sentirse autorrespetada y, como contrapartida, concede valor a la ausencia del valor. Aman el vacío porque no tienen otra cosa que amar y necesitan sentirse amados. Es una gran fealdad.

De vez en cuando me veo obligado a decir a algunos de mis alumnos: «Amigo mío, sufre usted del síndrome de suficiencia». Y siempre —¡SIEMPRE!— me contestan: «Sí, tengo que valorarme un poco más». Es decir, sus mentes me corrigen: oyen «insuficiencia» donde yo digo «suficiencia». No pueden imaginar siquiera que alguien les dijera que no valen tanto como creen. Conservar esta feliz creencia a lo largo de toda una vida profesional es garante de conseguir una «carrera de éxito», siempre y cuando el propio éxito consista en conseguir el éxito. No deja de ser una manifestación muy quijotesca: saben que mienten pero se autoconvencen de que creen creer que no… Atención al matiz: no es «creer que no» sino «creer en creer que no». Así el sentimiento se mediatiza y el énfasis se pone en la fe en vez de la veracidad y la argumentación. Un «quijote» afronta la contradicción de este modo para evitar el conflicto con su propia consciencia: reemplaza la sustancia por una enérgica acción.

Un colega mío —dirige la orquesta de un importante teatro de la ópera— acostumbra decir que los andares de ciertos cantantes por los pasillos del teatro evocan la forma de moverse de los príncipes de sangre real y, sin embargo, cuando salen al escenario (cantando el papel de un príncipe) recuerdan más bien a unos gatitos asustadizos. «¿No entendéis que tenéis que hacer todo lo contrario?» —suele gritarles encolerizado—. Pero el ego inflamado, incompatible con la bondad y con el valor, es una grave enfermedad que ahoga la verdadera creatividad y le concede al personaje una apariencia cómica, grotesca. Y aún más grave es que tal monstruosidad está fomentada por el sistema educativo que no enseña a generar, aplicar y disfrutar del saber sino a sacar provecho de la credencial que certifica la supuesta posesión del conocimiento. Es un ejemplo más de cómo el bien desaparece ante la tentación de sentirse bien.

—Tu negatividad respecto al Quijote… ¿no es una exageración?

—Sí que hay un poco de ofuscación en mis apreciaciones que se deben —lo reconozco— a las circunstancias personales. Es una pena que, de joven, dejé que el argumento obnubilase mi mente hasta tal punto que fuera incapaz de apreciar la perfección tecnológica del escritor alcalaíno. Edward Hopper decía que no tiene importancia lo que está dibujado en un cuadro sino los sentimientos que este despierta. En realidad, los sentimientos tampoco tienen importancia. Imagen, argumento y el sentimiento inducido son la materia prima con la que trabajamos los artistas para expresar algo más allá de todo esto. Stravinsky comentó en una ocasión que «la música, como arte, no está capacitada para expresar nada». Sin embargo, «existe, al parecer, una capa de pensamiento en la que las ideas apenas pueden expresarse mediante palabras». Esto es fácil de entender en el caso de la música, ya que su lenguaje no recurre a las imágenes plásticas o verbales. Incluso si hay letra, esta solo posibilita la vocalización pero no es imprescindible para la constatación del hecho artístico. Pero, a diferencia de la música, el perceptor de la literatura, el cine o la pintura tiene que hacer un esfuerzo para no reducirlos a su apariencia idiomática. Empecé a disfrutar con Cervantes cuando supe dejar de fijarme en el discurrir de la acción y en los sentimientos. No son ni más ni menos que un vulgar substrato sobre el que crece una obra extemporal que no necesita de comentarios históricos ni de contextualizaciones modernizantes. Cuando dejamos de escarbar en estas cosas, Cervantes se transforma en un gran contemporáneo de la humanidad.

—Stalin decía que don Quijote era un hombre que ha perdido «el sentido esencial de la vida»… Al hablar del Quijote soviético, no deberías sortear esta frase.

—En los albores del siglo XX, Stalin tuvo una relación de confianza con mi familia, en el territorio del actual Azerbaiyán. Por lo que sé, en aquella época él nunca habló de don Quijote, aunque sospecho que había leído el libro antes de la revolución bolchevique. De ser cierta, la frase de Stalin pertenece a la etapa tardía del timonel, cuando mi familia trató de evitar cualquier contacto con él, por el simple miedo de perder la vida. Sobre este asunto, no puedo más que especular sin ninguna clase de fundamento.

Creo que Stalin intuía la motivación psicológica de la conducta quijotesca porque él mismo fue un arquetipo de persona insignificante que creía creer en su concepción del mundo aun sabiendo que esta representaba una gran mentira. Pero, a diferencia de otros políticos, Stalin era realmente peligroso porque deseaba que todo el mundo se convirtiese a su fe en la fe (que no es lo mismo que la feen su fe). Tenía tanto de «quijote» como de «antiquijote» porque, a diferencia del personaje cervantino, Stalin tuvo una pasión real que le dominaba: el miedo a ser aniquilado por sus correligionarios, tan natural en la política, pero que le había convertido en un monstruo.

Por extensión, el «sentido esencial de la vida» me hace pensar en la «inteliguentcia» [интеллигенция] soviética. Los ideólogos leninistas la definían como un «fenómeno sobreestructural», ya que se consideraba un lujo innecesario para la sociedad socialista. Se toleraba porque daba brillo cultural y científico a la existencia del proletariado y prestigio a los gobernantes de este.

Ciertamente, la «inteliguentcia» no bebía de la misma fuente que los defensores de la «sencilla felicidad humana» consistente en el trabajo, la reproducción y la defensa de la patria. El escritor Ilyá Erenburg, en los años sesenta, sacó a relucir el decimonónico —y ciertamente influido por Cervantes— concepto de «aristocracia espiritual». Según este, un verdadero «inteliguent» ruso no puede medir su aportación a la sociedad en términos monetarios y, además, debe tener una causa por la que luchar. Lo hará por el convencimiento, por el amor a la sabiduría… De lo contrario, en un mundo en el que la verdad está supeditada a la conveniencia, el hecho de «cobrar bien y en función del resultado» le habría colocado ante la tentación de decir aquello que esperan de él.

Esta postulación jamás fue comprendida por las «clases trabajadoras» soviéticas. «Aquí todo el mundo cobra, según lo trabajado» —decían—. «¿Cómo es que esta inteliguentcia no ingresa según lo que produce?». No se daban cuenta de que la correlación entre «la aportación a la sociedad» y la paga —el principio básico del socialismo— les relegaba a la posición de unos esclavos fáciles de dirigir…

A diferencia de ellos, la independencia intelectual y económica fue el rasgo distintivo de la gente creativa y bien formada. Eran pobres pero no buscaban riqueza; ejercitaban su mente para descubrir y regalar verdades. Lo hacían a cambio de un poco más de libertad que el resto de los súbditos y, en consecuencia, eran menos súbditos. Los comunistas supieron aprovechar esta natural abnegación de los «inteliguentes» para construir una ciencia y una cultura de primer nivel sin haber pagado por ello un «equivalente», si es que tal cosa existe.

Personalmente, defiendo que un buen músico —uno que no quiere perder su libertad— no debería cobrar «en función de su trabajo». En realidad, es una idea universalmente asumida: no hay forma de garantizar que, precisamente hoy, un artista genial vaya a tener un gran día. Resulta que una entrada no es un «devolveré» sino un billete de lotería. Lo normal es que pierdas y, muy raramente, te tocará el gordo… Son las reglas del juego y, en consecuencia, es perverso valorar el trabajo artístico o científico en términos estrictamente económicos, tan injustos y desleales para el propio intelectual como para el destinatario de su trabajo. Recientemente, leí un curioso pasaje de Einstein al respecto: «La ciencia es una cosa asombrosa si el hombre no debe vivir ganándose la vida con ella. Si no estamos pendientes de una rendición de cuentas, podemos sentir la alegría propia de un trabajo científico».

La propia sociedad —egoístamente— está interesada en proporcionar libertad económica al creador, desligando su subsistencia de los resultados de su trabajo. Es algo parecido al ecuánime egoísmo racional de Chernyshevsky: «si quieres vivir mejor, deja vivir a los demás como ellos quieran». Desgraciadamente, en el «socialismo real», este antiguo principio de los naródniki fue sustituido por la idea de privaciones y sacrificio en favor de las futuras generaciones. Fue un «credo quia absurdum» pero, a su modo, también concedía a la gente el privilegio de alejar infinitamente la amenazante rendición de cuentas (esto me hace recordar a una mujer que superó el sitio de Leningrado —con millones de muertos por inanición y canibalismo— y, en 1944, escribió en su diario: «Claro que celebro la liberación pese a que me persigue una insólita sensación: a lo largo de todos aquellos meses de aterradoras privaciones, mi vida no formaba parte de los planes de nadie y nadie me pedía reportes. No temía a nadie, me sentía libre y, de alguna manera, estaba feliz»).

Volviendo a la «inteliguentcia» del Este, he de reconocer que hubo algo tenebroso en ella. Vivíamos aislados del pueblo y disfrutando de no tener que comunicarnos con torneros, carniceros, peluqueros y albañiles. Recuerdo un viaje de 1987 a la, todavía socialista, República Checoslovaca. En una comida oficial, impresionado por la calidad de servicio, le di las gracias a la camarera. Inmediatamente, una de los anfitriones —una importante artista checa— me susurró al oído: «aquí no hablamos con el servicio». Y es que, a diferencia del deseado pero inalcanzable comunismo, el llamado «socialismo real» era muy clasista: puede que los intelectuales no tuviéramos derecho a vivir exageradamente bien pero disfrutábamos del privilegio de despreciar al «pueblo». A su modo, fue una situación extraordinariamente placentera: para un médico, un científico o un artista, verse superior es más importante que ser rico.

Montesquieu decía que la caída de un estado fuerte tras perder una insignificante batalla no es una casualidad sino consecuencia de una crisis sistémica oculta. Pero esto equivale a decir que el estado fallido puede prolongar su existencia gracias a unos factores al margen del sistema. Entre ellos, el sentido artístico de una sociedad que puede postergar su caída definitiva durante años y décadas. Es una lucha quijotesca en el intento de apropiarse del «sentido esencial de la vida». Técnicamente, es una especie de «romanticismo» —nada que ver con el «realismo socialista»— y es asombroso que las sociedades socialistas del Este de Europa acabaran agarrándose a este clavo ardiendo en el intento de ganar unas cuantas décadas para sus agotados regímenes.

—Y lo que tanto ha costado se convierte en una cosa muy valorada…

—Sí y, lógicamente, un artista (o un político) no debe tomar en serio esta clase de alabanzas que no distinguen entre el coste, el precio y el valor. Tristemente, en este mundo de «ser siempre positivo» y después de haber llegado tan lejos como para pagar por tener acceso al arte, cualquiera ensalzaría el evento con tal de no sentirse bobo. Es estrictamente quijotesco: un error verdaderamente gordo siempre encuentra razones para perpetuarse.

— Comparas la culpabilidad por rechazar el sufrimiento pasado con una vanidad banal y la defines como romanticismo… ¿Podrías indicar otras contradicciones quijotescas que condicionan la percepción de la realidad?

—La extravagancia y el epataje la coartan. Son la esencia del arte políticamente correcto: irritan la piel sin hacer daño a las vísceras; exactamente tal y como lo hacían los arriba mencionados Lukács y Likhachov. Gusta mucho porque parece valiente  ¿no es acaso el otro rasgo de don Quijote?—. Es como un chaval que salta por la ventana para impresionar a la chica, a sabiendas de que está saltando desde un bajo. Detrás (ni debajo) no hay gran cosa, solo un intento de aparentar algo que es correspondido por el deseo de la chica de percibir algo que —y ella lo sabe— no existe.

A diferencia de los llamados innovadores, Haydn y Mozart no usaban un lenguaje novedoso, extravagante, transgresor… Solo «componían correctamente» —la expresión exacta de Haydn— según los preceptos que les fueron legados por los músicos de la escuela de Mannheim, aquellos atrevidos creadores del lenguaje clasicista. Los descubridores son necesarios pero apenas insinúan el futuro: rara vez pintan el cuadro definitivo. Los que dejan huella suelen ser los continuadores: Bach, Berg, Shostakovich… No necesitan ser tan originales como don Quijote: no aparentan, van a la sustancia, no despilfarran el don. En este sentido, quizá, puede  explicarse la frase de Stalin: la contraposición de una actividad frenética a una acción que crea valor.

—Da la sensación de que tu relación con la música contemporánea no es fácil…

— ¡Todo lo contrario! «Difícil de entender» no significa fea. No toda la novedad es «un simple ruido». Hay ruidos que solo necesitan algo de tiempo para que la armonía encerrada en ellos sea entendida. Mozart componía cuartetos que sus contemporáneos definían como «gritos de un ganso». Décadas después, Brahms decía que le hubiera gustado componer «tan limpiamente como Mozart» pero que «no podía». En realidad, los dos eran muy «aseados»: el ruido no estaba en sus músicas sino en la cabeza de los oyentes incapaces de estructurar la información. Es cuestión de experiencia y formación: una mente cultivada y, a la vez, abierta siempre puede distinguir un «ruido bueno» de uno «malo».

Por desgracia, no siempre puedo elegir los programas que dirijo: si admites ser pagado, pierdes la libertad y empiezas a justificar tus actos a partir de la necesidad. Es una definición clásica del meretricio, y me abruma el hecho de haber caído tan bajo. Si, pese a todo, interpreto acertadamente estas obras —las que no hubiera dirigido gratis— solo potencio la sensación de haberme prostituido porque hago disfrutar al otro haciendo, por el mero hecho de haberlo cobrado, algo que no me gusta… Hace años, cuando yo todavía no era tan políticamente correcto, se me acercó un compositor durante el ensayo de su obra: «Maestro, creo que el clarinete no había tocado el si bemol». Entonces le contesté: «Querido compositor, no solamente sé cuáles son las notas que le han faltado al clarinete sino todas y cada una de las notas que le sobran a su obra». No oculté que mi orgasmo estaba fingido… Pero ahora prefiero una postura algo más quijotesca: me he convencido de que creo creer en que me gusta dirigir cualquier cosa…

—Si lo quijotesco y lo soviético tienen tanto que ver, ¿te atreves a dar un paso más y afirmar que este paralelismo es extrapolable a cualquier otro régimen dictatorial?

—La justificación ideológica del régimen soviético es quijotesca pero no puede decirse lo mismo sobre sus pilares políticos y económicos.

Yo entiendo las revoluciones sociales de la siguiente manera: los que ostentan el poder de facto quieren convertirlo en el poder de jure y necesitan fuerza bruta para hacerlo. En Rusia, antes de 1917, el poder político (y el opresivo) estaba en manos de la gente culta y bien formada pero poco significativa desde el punto de vista económico. Por su parte, la élite económica quería formar parte de la élite política. Mientras tanto, la mayoría del pueblo vivía alejada de estas pasiones y había que atraerla hacia el lado «pujante». Como suele ocurrir en estos casos, la poesía ayudó a inclinar la balanza. El «Manifiesto del Partido Comunista» de Marx y Engels, junto al «Materialismo y Empiriocriticismo» de Lenin, son obras de gran carga poético-musical (la parte ética no tiene importancia para este análisis). No es casualidad que varios pasajes de estos textos se parafraseasen por los políticos actuales de cualquier tendencia, poniendo en evidencia que el valor y la fuerza de la oratoria no tienen nada que ver con el sentido de las palabras. El pueblo en su conjunto es un ser intuitivo y no le importan las apariencias; le importa la llamada a la acción (la sustancia de la poesía) y no tanto el sentido de la acción (el contenido superficial expresado verbalmente). Lo puso de manifiesto aquella campesina rusa que, preguntada por el eminente paisajista Ivan Shishkin si le gustaba un panorama pintado por él, dijo que sí. Y cuando el ingenuo pintor preguntó: «¿Y que ves, mujerona, en este cuadro?», respondió: «Padrecito señor mío, veo las llamas del infierno…». Es decir, la ignorante campesina veía más en profundidad que el artista.

Suele ocurrir… La gente percibe el impulso de hacer algo y el líder solo tiene que orientar el movimiento en la dirección que le interesa para lograr el objetivo buscado.«¡Maldad, ya estás en pie! ¡Es hora de decidir tu rumbo!»,exclama Antonio, según Shakespeare, tras pronunciar una serie de artísticos monólogos ante los ciudadanos romanos.Ahora y siempre, para dirigir a las masas, nunca ha importadola direccionalidad de la pasión sino su intensidad.

De este modo, controlando el manantial de sufrimiento y delirio, el alicaído pero hábil imperio soviético transformó su desplome en un ocaso infinitamente postergado. Ha sido la última lacerante fase de una agotadora transición revolucionaria —la más larga en la historia moderna— que comienza tímidamente con la abolición de la esclavitud en 1861; arrebata definitivamente el poder a sus antiguos dueños en el mes de febrero de 1917 pero no lo entrega a sus eternos pretendientes hasta 1991.

En este sentido, la obra de Cervantes no tiene tanta carga poética como las mejores epístolas del sanguinario Lenin, pero es la que mejor describe el prototipo conductual de los abanderados de cualquier sacudida social europea. Mediante la verdadera admiración o el descarado cinismo, uno tiene que emular a don Quijote para llegar a la cumbre. De este modo, la política se asemeja al arte al mismo tiempo que se aprovecha de él.

—Me equivoco o, realmente, eres muy pesimista…

—No. No lo soy porque uno no puede postularse optimista o pesimista respecto a la realidad. Optimismo y pesimismo, indistintamente, son las exteriorizaciones de un desequilibrio interno. En dosis pequeñas, pueden ser beneficiosos porque favorecen la evolución pero en dosis grandes —confianza y amargura enfermizas— solo llevan a las revoluciones que son fuente de muchas desgracias. Por eso, acepto la realidad y soy neutro en el trato emocional con ella. De lo contrario, sería un don Quijote.

—Entonces, no te ves un provocador ni agitador…

—Me hubiera gustado que la sociedad involucionara para poder disfrutar de su autenticidad. Pero no quiero pasar la vida lamentándome de la época actual. Además—y es lo peor—, el hecho de haber involucionado no habría borrado el recuerdo de nuestra deshumanizada condición actual.

— ¿Y si se desequilibra el pueblo? ¿Si se vuelve demasiado optimista y… quiere cambiar el orden de las cosas?

— ¿Qué tiene que hacer uno si se enfrenta a una locura colectiva? ¿Dejarse llevar por las mareas de pleamar como sugiere Shakespeare por boca de Julio César; «resistir a cualquier precio» aconsejado por Goebbels o huir a la manera de don Quijote? Los triunviratos, sean romanos o bolcheviques, encumbrados por la irracional espuma colectiva acaban ahogados en su propia sangre. El chispeante pregonero del «Sturm und Drang» nacionalsocialista se ve obligado a transigir con su propio ocaso. Don Quijote encuentra el sentido esencial de la vida… perdiéndolo. No hay forma de acertar cuando se tiene que elegir entre el oportunismo pragmático, la bravuconería estoicista y la mentira autocomplaciente. Una elegante solución a este dilema fue hallado por un célebre financiero húngaro: soñaba con ser pianista pero se dedicó a la especulación; decía que su corazón estaba en el Este pero prefería guardar su dinero en el Oeste…

— ¿Merece la pena ir tan lejos? Acaso en la música ¿no hay fenómenos quijotescos?

—El descubrimiento de Cervantes es de carácter universal. Claro que hay quijotismo en la música a todos los niveles: compositor-intérprete-investigador. Pensemos, por ejemplo, en los apologistas —en exclusiva— de la música antigua (o de la ultramoderna). Estoy convencido de que tal enamoramiento es una cosa tan enfermiza como la pasión de don Quijote por Dulcinea: uno elige el objetivo —que puede ser Dulcinea o un determinado estilo musical— y lo convierte en su modo de vivir, de mamar la vida. Pero es una obsesión castrante que no da fruto más allá de la simple perpetuación e hipertrofia de un falso sentimiento. Si uno estudia una gota de agua, acaba sabiendo casi todo sobre el agua y aun así no puede imaginar lo que le depara el océano. Lo mismo ocurre en la interpretación: un músico especializado aporta las mejores soluciones; y esto es loable siempre y cuando no se convierta en un modo de vivir fanático y cínico que únicamente sirve para llegar a la cumbre…

—De verdad, ¿crees que el quijotismo es una especie de cinismo interesado?

—No tiene ningún sentido hablar sobre el cinismo del personaje cervantino como tal. Esto implicaría reducir el contenido de la obra a sus fútiles apariencias. Sin embargo, todos los que emulan a don Quijote, no hacen más que copiar estas apariencias sin entrar en la sustancia extraverbal que llena de contenido moral a un personaje que, por la propia naturaleza del arte, es amoral. En lo extraverbal está la salvación para el ingenioso hidalgo y quiero creer que este fue el plan oculto de Cervantes (acabo de caer en una típica trampa quijotesca). Pero jamás habrá salvación para los imitadores porque su motivación para copiar al caballero es cínica en los mismísimos orígenes.

Yo siempre he creído que la música, en cualquiera de sus campos, es una ciencia exacta. Al menos, sé que su aparato probatorio necesita menos suposiciones condicionadas que él de la física. En la música podemos afirmar. Para eso no hace falta pasión sino la lógica, que es, en esencia, el constituyente principal de la cultura, incluida la cultura musical.

Lo que estoy a punto de decir no va a gustar a los que reducen el arte a las sensaciones. Creo que existe una única interpretación inapelable y ejecutoria de una obra musical para un lugar y momento determinados. En el grado de alejamiento de este ideal —sin perder un nivel mínimo de calidad— está la individualidad del artista. Es decir, la individualidad es equiparable a la profundidad del error. Por eso, la individualidad es tan humana: es sinónimo de la imperfección psíquica, mental y fisiológica.

El ideal no es una fantasía. Es una concreción del absoluto, mientras que la fantasía, en el mejor de los casos, es nuestra idea sobre el ideal. Dulcinea fue una fantasía, una interpretación muy enfermiza del ideal.

No me gustan los artistas que dicen que se puede interpretar una determinada obra de esta o de aquella otra manera. Claro que se puede pero el problema no está en ¿cómo se puede? sino en ¿cómo se debe? Si nos situamos en el terreno de los «se puede», las Dulcineas se multiplican y surgen esos cínicos quijotudos que se obsesionan con sus teorías y, a la vez, cogen muchos peces en aguas revueltas.

La arbitrariedad o su total ausencia son fantasías que constituyen el terreno abonado para el cinismo (si la condición moral de los fantaseadores no lo impide). Cuando se difumina la conciencia del absoluto, los liberalismos totalitarios y los totalitarismo liberales se hacen la misma cosa: un vacío ensoberbecido que, ante su inevitable fracaso, se convierte en una religión ad hoc. Es así en la ciencia, en la política y en la música.

—Te vas por las ramas… ¿Don Quijote, sí, o don Quijote, no?

—Cuando uno vive acosado por los emuladores del Quijote, no cabe ninguna empatía con este personaje. Al igual que los locos benditos —verdaderos o falsos—, los ingeniosos caballeros —verdaderos o falsos— son invencibles: cualquier intento de desenmascararles se vuelve en contra de la persona que haya tenido tal osadía. Sin quererlo, el atacante se convierte en un ser tan quijotesco como el objeto de sus ataques.

Por eso, como otros tantos representantes de la última generación soviética, me estoy dando cuenta de que mi incapacidad de aceptar el régimen surgido en 1991 —en el que el hombre es un elemento insignificante, subyugado a unos intereses económicos ajenos— me ha aquijotado. El país fue entregado a los yuródivy y nos enfrentamos desesperadamente a esta poderosa y triunfante plaga. La vieja «inteliguentcia» se ha dispersado y la nueva no acaba de brotar. Los que quedamos, nos hemos vuelto unos nostálgicos portadores de la idea del deber social, fundida con la tradición «inteliguentista» decimonónica y sazonada con la obsesión por la causa. Una mezcla romántica, hermosa y —probablemente— carente de sentido en el actual inhóspito e inseguro mundo. _

Del amar y el odiar, según Franz Brentano

Es este opúsculo del filósofo Franz Clemens Brentano (Marienberg 1838–Zurich 1917) obra de aquellas que Ortega decía que suelen tener en nuestro país un carácter confidencial en tanto que libros publicados al oído de unos cuantos. Del amar y el odiar es uno de los textos que un ya casi ciego Brentano dicta posiblemente en Florencia el 19 de mayo de 1907 para esclarecer hasta lo posible cuál sea la índole verdadera de esos actos del amar y odiar tan nuestros. Pues aunque el pensador de Marienberg ya había tratado de dilucidar la grave cuestión en tres obras escritas con anterioridad —Psicología desde el punto de vista empírico (1884), De la clasificación de los fenómenos psíquicos(1884) y Del origen del conocimiento moral (1889)—, pensaba Brentano que toda precisión —como pedía Descartes con las «ideas claras y distintas»— era siempre de una rigurosidad insuficiente.

Franz Brentano: Del amar y del odiar. Ediciones Encuentro

Pero la filosofía es ciencia agradecida, y gracias a estos pruritos de Brentano su obra como un Ortega alerta pronto se percató— ha supuesto un cambio total en la ideología filosófica del mundo, arrumbando las corrientes dominantes del siglo XIX que tenían en común la imprecisión y un psicologismo que hacían de la función del conocer y del amar algo que en el sujeto nacía para morir en el propio yo. Las cosas del querer y odiar tenían por lo tanto así nula relación con el mundo real en una extraña mezcla del idealismo alemán con el materialismo más grosero. Brentano es, por lo tanto, el «gran redescubridor de las cosas», esas que tanto nos afectan a cada momento en nuestras voliciones, pasiones y veleidades, y su filosofía, congruentemente, un claro intento de «estar a las cosas»: de ahí la profunda deuda y admiración que le profesaron tanto Ortega como Husserl y toda la fenomenología posterior.

Y es que el formidable descubrimiento de Brentano —otra revolución copernicana— que conforma el hilo conductor de nuestro opúsculo es que nuestros actos psíquicos son de suyo «intencionales», esto es, refieren a un objeto que la mente ve claramente como distinto del sujeto de tales actos. Este «estar dirigido a un objeto» se da según la cartografía brentaniana en tres clases distintas de actos, a saber: representar, juzgar y finalmente amar y odiar. Ahora bien los movimientos afectivos son de naturaleza más compleja que aquellos otros actos mencionados; por ejemplo, cabe un querer u odiar más o menos, cosa imposible en el juicio de verdad o falsedad, y cabe un preferir un objeto a otro en participando ambos de la índole de bueno.

La revolución copernicana de Brentano, que conforma el hilo conductor de este opúsculo, es considerar que nuestros actos psíquicos son de suyo «intencionales»

Y además, señala la pluma de cartógrafo minucioso de Brentano, hay en nuestra afectividad y facultad estimativa un amar u odiar correcto así como otros incorrectos, a más de objetos que se quieren por sí mismos y otras cosas que son queridas como simples útiles o medios: la sombra resucitada de su estimado Aristóteles aletea, según vemos, aquí y allá en la prospección brentaniana que nos ocupa.

Lo cual conduce a nuestro pensador —tan necesario hoy— a crítica rigurosa del subjetivismo de nuestro conocimiento moral que planta cara a los Protágoras del relativismo ético:

Este error es profundo y lleva —afirma Brentano en la anotación número 16— a consecuencias que destruyen toda elevada concepción del mundo. Si todo lo bueno fuera subjetivo, no podría en absoluto haber un concepto de Dios, si es que hay que entender por Dios el más elevado bien. El supremo bien para uno no lo sería desde luego para otro (p. 20).

A lo que sigue en las páginas siguientes la investigación de cómo accedemos a dicha «elevada concepción del mundo», transida de actos de querer u odiar, que nos hace vincularnos —o no— a aquellas realidades dignas de ser estimadas que no se presentan ni en el acto de juzgar ni en aquel otro del representar. Y es que, a lo que se ve, la pascaliana lógica del corazón tiene sus leyes y estructuras tan bien entramadas como las de la inteligencia especulativa.

Ante tal tesoro filosófico de inteligencia moral no hallo mejor homenaje y reivindicación de Brentano que transcribir el párrafo final donde apunta:

Y en esto sigue siendo siempre verdadera la proposición que se expresa en este dístico:

Si con pecho anhelante sigues al placer, él te arrastra y huye.

Si escoges el camino de lo noble, te sigue amorosamente.

Y así pudo decir Aristóteles que solo los hombres nobles son verdaderamente felices, y la historia muestra una y otra vez hasta el tiempo más reciente que los libertinos están ya hastiados en los años jóvenes y que para ellos el mundo entero se muestra tal como lo pinta Leopardi: como aburrimiento, como fango, como un todo de vanidad infinita (p. 38).

Palabras para Ordóñez

“Faltaban solo 126 días para que fueras Alcalde. Habían ya transcurrido más de 4.000 días, sol a sol y luna a luna, desde  que pediste la palabra para alzar tu  voz y elevarte sobre una multitud de  cadáveres, de miedos establecidos,  de complicidades injustificables, de  silencios delatores, en medio de un  país empobrecido sin pulso ni futuro. Lo hiciste por una cuestión personal (“Más se palpita y se siente  más acá de la conciencia”), te lo pidió tu alma, noble y generosa, incapaz de ignorar los gemidos interminables de tu pueblo, de su llanto  profundo y temeroso. Pero también  lo hiciste por ti,  por tu propia dignidad humana, por vivir como pensabas, por comprometerte con los demás y por ser fiel a la verdad desnuda. Entonces pusiste luz donde había sombras, valor donde había conformismo, y esperanza donde había frustración. Entendiste la política no como “si fuera un lujo cultural de los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden”, ni  tampoco como la culminación de  una carrera profesional ahora que  parece que se plantan menos árboles, se tienen menos hijos y se escriben menos libros, sino como una vocación de servicio a la comunidad sin reservas ni condiciones.

Escribiendo estas líneas me doy  cuenta de lo bien que conocías la dureza de la política y de que ésta  solo se puede hacer, como tú hiciste, con los amigos, aquellos con los  que recorriste el camino y con los  que compartiste lo bueno y lo malo,  con los que reafirmaste día a día,  con tu entrega personal y haciendo  tuyas sus faltas, tu liderazgo moral y  político.

Ofreciste en estos 13 años a la sociedad vasca, descreída y enrevesada, palabras claras y principios  morales de carácter elemental: no  matarás, honrarás a tu país, harás la paz, dirás la verdad y perdonarás siempre, porque el objetivo es la reconciliación. Pero también recordaremos esa sonrisa tuya tan cercana e  ingenua, que ha despertado a tu muerte tantos sentimientos de simpatía y que suavizaba el ambiente después de las bárbaras, terribles, clamorosas verdades que lanzabas a los enemigos de la paz. Esa sonrisa, constatación de tu limpieza moral y  de tu honradez, era “tu espada más  victoriosa”, que ha dejado desarmada al hacha negra de la desesperación y de la muerte.

Decir Ordóñez era decir valor y también sentir simpatía por un vasco  joven, firme, honesto y alegre.  Ordóñez era el futuro de un país normal, mejor que el actual, y que  se intuía inminente porque Ordóñez y sus amigos iban ganando a los  partidarios del odio y la muerte. Por  eso le mataron, porque políticamente iba por delante y lo hacía solo  con su valor, la palabra  sonrisa  frente a las armas. Por eso estaban los días contados, “un golpe helado,  un hachazo invisible y homicida, un  empujón brutal te ha derribado”, y  te encontraron clavado en el suelo,  con tu cuerpo desmoronado del que  manaba un río de sangre desbordado. Es entonces, cada vez que evocamos este desenlace, cuando sentimos una tristeza infinita, la tristeza  de lo irremediable, de lo injusto y  arbitrario de la muerte. Es ahí en algunos de estos momentos donde hemos sentido más tu muerte que nuestra vida y nos resulta insufrible  pensar que te han quitado la vida y  nosotros ya no tenemos nada que  hacer.

Diste tu vida por la paz de tu pueblo y se la quitaste a quien más la necesitaba: a ti mismo que dependías tanto de ella “como el aire que  exigías 13 Veces por minuto”, a tu  mujer a la que arrancaron salvajemente de su marido ese 23 de enero,  y a tu hijo al que ya no podrás descubrir el mar, ese mar por el que no  pasan los años, testigo de los juegos  infantiles, de las conversaciones interminables y de las historias de amor. Solo tú podías detener las armas, enfrentando al terrorista con la  propia vergüenza e inutilidad de su  crimen. Solo tú que saliste a cuerpo,  que abrazaste al mundo y que les  diste tu corazón por alimento podías  decirle a ETA que éste ya no era su  pueblo, pues ellos mismos son su  mayor enemigo.

Por todo esto nos queda tu ejemplo y esa doctrina tuya, tan particular y tan sencilla, de las que caben  en el bolsillo interno del chaleco, y  que políticamente nos harán recordarte porque:

-No claudicaste nunca: Defendiste tus principios morales, tus convicciones personales y tus ideas políticas hasta el final y no renunciaste a todo ello ni siquiera por tu vida. Nunca te autojustificaste y nunca te rendiste, no como nosotros “que en días de tormenta nos hundimos en la tierra, bajo los cascos, bajo las ruedas”.

-Rompiste la lógica de la realidad política: Ya lo dijo el poeta “romperás tiranías de jaulas y de grillos”.  Elección tras elección, el mejor resultado estaba siempre por llegar. Tu fe y la de los tuyos en lo que hacíais y tu tremenda ilusión por un nuevo país, hizo que en esa provincia vasca el mapa político preestablecido saltara por los aires contra toda lógica. No te hicieron falta asesores de imagen, ni expertos en el  “esto no se dice, esto no se hace, esto no se toca” para que alcanzaras el  éxito político.

-Revalorizaste el valor de la política: Con ese “Cabezón entrañable”  abriste las ventanas del diálogo y de  la normalidad política y los muros  del miedo se deshicieron. Atendiste  fielmente al contenido de la representación política: comportamiento honesto, sencillo servidor público,  ejercicio continuado de demócrata  intachable.

-Tomaste la medida a los nacionalistas: No solo a los moderados y demócratas del Partido Nacionalista Vasco que han sido los síndicos de la quiebra del País Vasco, rentistas de la situación declinante del país siempre dispuestos a cortar el cupón, usufructuarios de los miedos y  de los silencios de la sociedad vasca, estúpidos defensores de los RH (sin comentarios). También conocías a la Alternativa KAS con sus dos caras: la de los portavoces del terrorismo, defensores dialécticos de la alternativa del asesinato para alcanzar la independencia (Kas Naranja),  y la de los meros ejecutores de esa línea política, los del tiro en la nuca  (Kas Limón). Los dos mataron a Gregorio Ordóñez pero, sabiendo que corrías ese riesgo, nunca dejaste de decirlo que pensabas, porque nadie deseó tanto la paz como tú, y el camino para llegar a ella era la verdad.

Por eso es tan grande la deuda que todos tenemos contigo, Gregorio, y aunque todos los 23 de enero oirás el lamento del pueblo vasco en silencio, todavía aturdido por tu recuerdo y tu ejemplo, también verás a un pueblo confiado y alegre que te echará flores porque él también ha vencido a la muerte. Florecerá la esperanza en el país que soñaste. Nos quedará tu dulce memoria, siempre hacia la luz y hacia la vida.  Has vuelto a ganar. Esta vez para siempre.

Vian reivindica el canon: «Sin la tradición no nos entendemos a nosotros mismos»

Giovanni Maria Vian es un sabio catedrático de Patrística que ha recalado en el oficio de director de periódico, de uno tan especial como L’Osservatore Romano. Participó el día 20 de junio en el Congreso de la Biblioteca de Occidente.

Vian conversó con Nueva Revista inmediatamente antes de pronunciar su conferencia. En ella, el autor de La Biblioteca de Dios seleccionó, para el canon de la Biblioteca de Occidente, la Biblia, la Carta de Aristeas, a todo Filón de Alejandría, todos los textos del Qumrán en la edición Du Cerf, la Historia de la Iglesia de Eusebio de Cesarea, los Evangelios Apócrifos en la versión de La Pléiade, la Hexapla de Orígenes, De Viris Illustribus de Suetonio y las Confesiones de San Agustín. No le dio tiempo a llegar a los místicos castellanos. De todas esas obras, Miguel Ángel Garrido Gallardo, presidente del Comité Científico de la UNIR y director de Congreso de la Biblioteca de Occidente, le señaló que solo dos tendrían cabida en la Biblioteca de Occidente: una buena versión de la Biblia y las Confesiones de San Agustín.

–No hay buenas biblias en castellano en formato digital. ¿Qué pasa con las biblias en castellano en versión digital?

–Pasa de todo. Como siempre ha pasado de todo. Porque  la situación ahora de la informática en este terreno es muy  parecida yo creo a la situación de la Antigüedad, sobre todo de la Antigüedad tardía, cuando hay tradición manuscrita, y también parecida a la de la Edad Media. La tradición manuscrita es una tradición abierta y una tradición viva. El hipertexto existe ya en la Antigüedad, en el sentido de que cuando los copistas transcriben un texto de un modelo, lo comparan con otro e introducen variaciones. El texto se modifica, es un texto vivo; no es un texto fosilizado. La Biblia, una expresión griega que quiere decir «los libros», es el conjunto de textos, aparte de los aspectos teológicos, o de fe, hablando sencillamente desde un punto de vista literario, fenomenológico, es el conjunto de textos más interesantes en la Historia. Por muchísimas razones. Porque es un texto que siempre se ha traducido, que siempre se ha comentado, que siempre se ha ampliado. Un ejemplo solamente. Si no se hubiese traducido este conjunto de texto del hebreo y del arameo al griego, hoy, la Biblia, la que llamamos Biblia, tendría la relevancia que tienen los textos sumerios, acadios, egipcios, o sea, muy interesantes, pero con un alcance muy, muy reducido. En cambio, la traducción en griego, y luego en latín, ha hecho de este texto el texto de referencia de Occidente. Y Occidente no quiere decir solamente Europa occidental, América; Occidente es también el mundo eslavo, por ejemplo, porque poseen el mismo ambiente cultural. ¿Qué pasa hoy con la Biblia digital? ¿Con las Biblias digitales? Hay textos excelentes por ejemplo en latín, que permiten remontar hacia el original a veces mucho más que el mismo griego. En griego es un poco más difícil, evidentemente. Pero también hay posibilidad de tener el texto en griego. Lo que no le sabría decir con precisión, porque no soy un especialista en textos semitas, es en lo que se refiere a los textos originales hebreos y arameos.

–Insisto: en castellano es muy deficiente lo que se ofrece en versiones electrónicas.

–Eso me lo dice usted, y es sorprendente.

–Por ejemplo, la que está colgada en la web del Vaticano es una versión argentina, sin anotar. Pero es que, además, no es posible comprar una buena Biblia en castellano en versión electrónica. 

–Nunca he accedido a la version que usted me dice. Pero sabiendo como sé un poco de cómo funciona la web vaticana, quizá en la fase de montaje han querido ser más eficaces que perfeccionistas, han preferido dar la posibilidad de acceder al texto que había en ese momento, quizá a la traducción latinoamericana que hubiera disponible en ese momento.

-¿Es de esperar que mejore?

–Yo creo que sí. Las fuerzas son muy pocas y cualquier aportación, yo me atrevo a decir, será bienvenida, porque va en interés de todos tener textos  cuidados. Además, es un campo donde la colaboración entre creyentes y no creyentes, entre creyentes de diferentes religiones, es muy amplia. Esto siempre ha sido así. La mejor tradición cultural cristiana nunca ha sido cerrada, siempre ha buscado confrontar sus resultados y  colaborar con otros mundos, acceder a otros puntos de vista. Eso es muy interesante.

–El medievalista Michel Zink el pasado miércoles en este congreso defendió que no hay canon en Occidente. ¿Qué le parece?

–Nuestras bibliotecas, desde luego, son inmensas. Pero hay que pensar que una persona, ante una enorme biblioteca, donde hay millones de libros, se pierde. Por lo tanto, hay que buscar criterios.  Yo creo que más bien habría que seguir la vía de los filólogos alejandrinos, de buscar un canon, el mejor, no para cerrarlo, sino para disponer de una base  fundamental.

–¿Eso lo hicieron ya los filólogos alejandrinos?

–Sí, sí. Cuando establecieron el texto de Homero, por ejemplo. Allí nace la filología occidental, nace la crítica. Y pasa inmediatamente a los filólogos cristianos, no tanto a los judíos, aunque es muy difícil separar judaísmo y cristianismo en este ámbito. Los cristianos, ya en el siglo III, con Orígenes, y luego en el siglo IV, con Pánfilo, Eusebio, Jerónimo, se atreven a «corregir a Dios». ¿En qué sentido? La Biblia está inspirada por Dios, no está escrita por Dios, a diferencia de lo que piensan los musulmanes del Corán, por lo menos, la corriente principal musulmana. Sin embargo, la escritura hebrea y cristiana está inspirada, no dictada. Eso permite proponer hipótesis, constatar y aceptar que esta escritura se puede deteriorar, porque copiando se cometen errores, y permite la corrección de errores. Esto, en el judaísmo se acepta menos. Se acepta ahora, evidentemente, pero no tanto en la historia del judaísmo, y esto es fundamental para el crecimiento de la crítica, para el crecimiento de la crítica en general, de la actitud crítica de Occidente. Queda muy claro en el siglo XV, por ejemplo, y luego, en la Edad Moderna, cuando la filología, la gran filología sobre todo del ambiente alemán, nace estableciendo el texto crítico del Nuevo Testamento en griego.

–Me parece que la literatura española aporta bastante a la mística, y de modo más amplio a la literatura religiosa digna de entrar en un canon de las grandes obras universales. ¿Está de acuerdo? ¿Es el castellano un idioma especialmente importante en la fijación de un canon de la literatura occidental, en especial de la literatura religiosa?

–Yo creo que sí. Yo creo que sí. Considere por ejemplo un libro religioso, no un autor religioso, para incluirlo en el canon: Calderón de la Barca. El gran teatro del mundo es incomprensible sin la visión bíblica del mundo. También toda la literatura de Occidente.

–Pero usted va a hablar de libros religiosos que tendrían que estar en el canon, ¿no?  Por ejemplo,  la Poesía de San Juan de la Cruz o a la Vida de Santa Teresa.

–No creo que me dé tiempo en la conferencia de llegar a ellos, o que me extienda tanto en el canon que llegue a ellos.

–Le preguntaba si no es especialmente relevante el castellano.

–Es muy relevante. Es muy relevante porque además es el idioma más hablado hoy, por número, por los cristianos. Está la Iberoamérica de habla hispana y los hispanos en los Estados Unidos, en crecimiento muy rápido. Por eso es especialmente importante que haya una nueva atención a estos textos, sin un enfoque especialmente confesional o dogmático, que quienquiera pueda profundizar en ellos. Es muy interesante también desde un punto de vista cultural: para interpretar la pintura, o para leer los espacios de cualquier ciudad, por lo menos de las europeas y de las americanas, por estar llenas de símbolos religiosos. Es interesante ver que en uno de los países que más se ha descristianizado, no secularizado, sino descristianizado, Francia, haya sido un ministro de Cultura de la izquierda el que haya lanzado el grito de alarma. Hay que recomponer los lazos rotos de esta tradición interrumpida, porque de lo contrario no nos entendemos más a nosotros mismos.

–¿Quita Internet la capacidad de leer, de leer bien, con tranquilidad?

–Internet es una oportunidad enorme, enorme. Pero existe el riesgo de que con él baje la atención crítica. Y la atención crítica es fundamental, es imprescindible. Pero las ventajas de Internet son tan evidentes. Es una ventaja que habrían aprovechado nuestros antepasados con muchísimo gusto. Por otra parte, tenemos que aprender de ellos de su capacidad de esfuerzo, la atención crítica. Esto no hay que perderlo.

La caída de formación clásica, del griego y del latín, ¿tiene que ver con la superficialidad en la que parece que se mueve gran parte de nuestra sociedad?

–No se pueden perder de vista nuestras raíces. Juan de Salisbury presentaba, a él y a su época, como enanos frente a los antepasados. Pero enanos que ven más lejos que los antepasados porque se han subido a sus hombros. Es una imagen perfecta. Si nos bajamos de esos hombros, seremos enanos y perderemos el horizonte.

El canon occidental ha muerto, según el profesor Zink

La verdadera cuestión no es tanto si la Biblioteca de Occidente sobrevivirá en forma impresa o en forma digital», sino más bien que «la literatura occidental ya no tiene un canon», o, si se quiere, «ya no es el canon de la literatura de Occidente». Eso ha sostenido esta mañana en Cilengua, el Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española (San Millán de la Cogolla), el profesor Michel Zink, erudito del Colegio de Francia.

El catedrático Miguel Ángel Garrido Gallardo ha discrepado abiertamente de esa conclusión. Para Garrido Gallardo, director del Congreso de la Biblioteca de Occidente, presidente del Comité Científico de la UNIR, la Universidad Internacional de La Rioja, e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la Biblioteca de Occidente se consolidará porque “la Biblioteca de Occidente sobre la que se está debatiendo en este congreso no se asocia a ninguno de los modelos que ha desarrollado el profesor Zink”.

Los modelos citados por Zink fueron la colección de La Pléiade de la literatura francesa, la colección Biblioteca Clásica de la Real Academia Española y los libros clásicos gratuitos digitales, de dominio público, que ya “regalan” distribuidores como Amazon. Sin embargo, Zink ha insistido: “La cuestión es saber si se puede mantener un canon en el interior de un conjunto social que ya no es el canon universalmente admitido y reconocido”.

Zink, desde luego, ha cuestionado seriamente la suposición generalizada de que los lectores en soportes digitales son aquellos, y sobre todo serán aquellos, que consuman mayoritariamente obras “ligeras”, tipo novela rosa o novelas policíacas. Y ha puesto de manifiesto que Internet es extraordinariamente útil para consultar obras y leer obras de gran calidad editorial, con fuerte aparato crítico. Es más, para leer incunables, manuscritos y tesoros digitalizados de prácticamente todas las bibliotecas del mundo. Eso será cada vez más así.

El sabio galo, por otra parte, aportando datos estadísticos de Francia, duda mucho de que el libro impreso haya muerto, o de que a pesar de la subida clara de la lectura en soporte digital, ese progreso sea indefinido.

Ha recordado que mantener al día los soportes digitales también es una tarea económicamente onerosa, y que habrá que ver cómo queda el mundo de acceso a bibliotecas, repositorios, etc., con qué gastos, para determinar con más claridad en qué dirección iremos. Ha señalado la posibilidad de la impresión por demanda, que será también barata, como otra alternativa más del panorama del futuro. “¿Quién pagará qué y a qué precio?” es parte importante del debate sobre lo que predominará, si lectura en digital o en papel.

Gonzalo Capellán, consejero de Educación de La Rioja, ha agradecido a la UNIR,  al comienzo del acto en el Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, la organizaciónde este Congreso, que ha “elegido el mejor marco bajo la dirección del profesor Garrido Gallardo”.

Finalmente, Jean-Pierre Étienvre, director de la Casa de Velázquez, ha elogiado a su compatriota como “un gran humanista europeo”, con un cargo equivalente en Francia al de académico de la Real Academia en España, y que conoce como pocos la literatura medieval.

Los congresistas venidos de Madrid, medio centenar, se han quedado admirados por la belleza de la tierra riojana, y en especial por este rincón que dio origen a la lengua española.


Foto: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Great_Books.jpg

Ibáñez-Martín: un gran maestro se jubila y sigue

El profesor José Antonio Ibáñez-Martín, catedrático de Filosofía de la Educación, ha sido homenajeado tras su jubilación en la Universidad Complutense. Pero ahora se vincula a la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

En un acto de despedida el viernes en la sede la Comisión Europa en Madrid, José María Vázquez García-Peñuela, rector de la UNIR, le agradeció que haya querido “hacerse cargo de una tarea no pequeña, la puesta en marcha de los estudios de doctorado en la UNIR”. Puesto que la cita en honor de Ibáñez-Martín se desarrollaba en torno a su conferencia («Última Lectio Complutensis: la pedagogía del deseo y las disposiciones intelectuales»), Vázquez, tras escuchar la exposición de Ibáñez-Martín, concluyó: “Les convoco para que dentro de muchos años podamos asistir a otra última lectio”, pero entonces será “una última lectio riojensis”.

Gonzalo Jover, catedrático de Teoría de la Educación en la Complutense, discípulo de Ibáñez-Martín, recordó “la lista de autores que, junto con varias decenas de referencias de la bibliografía nacional e internacional más actual, proponía Ibáñez-Martín para leer a los alumnos de sus asignaturas”. Eran estos: Platón (Protágoras y La República), Aristóteles (Ética a Nicómaco y la Política), Cicerón (Tratado de los deberes), Quintiliano (Institutio oratoria), Plutarco (Tratado sobre la educación), San Agustín (El maestro), Santo Tomás (El maestro y fragmentos de la Suma Teológica). A esos autores antiguos, se sumaban los clásicos modernos, entre ellos Jaspers, Millán-Puelles (maestro de Ibáñez-Martín), Kant, Schleirmacher, Maritain, Ortega y Gasset y García Morente.

Miguel Ángel Santos, catedrático de Historia de la Educación en la Universidad de Santiago de Compostela, le mostró gratitud por “los cincuenta años de servicio a la educación en nuestro país, siempre dispuesto a enseñar, pero también presto al continuo aprendizaje”. Ibáñez-Martín había estado a la “altura de la misión cívica que debe representar y no olvidar nunca cualquier alma mater que se precie”. Santos subrayó: “Tengo para mí que buena parte de la filosofía de la educación que has ido reconstruyendo comunica una advertencia sobre las derivas educativas de una modernidad líquida cuyos efectos están bien a la vista».

Conrad Vilanou, catedrático de Pedagogía de la Universidad de Barcelona, resaltó el papel de la Revista Española de Pedagogía, una joya dirigida por el profesor Ibáñez-Martín siguiendo la estela de Víctor García Hoz. Pero antes lo caracterizó como “hombre de pocas palabras, con una sonrisa mordaz y una mirada en ocasiones un tanto escéptica, que recuerda el perfil intelectual de alguien formado en diálogo constante y fluido con el mundo anglosajón”. Detrás del gentleman veía “la huella del atleta cristiano de San Pablo”, “aspectos del caballero medieval” y “del sabio renacentista”. Es decir, a “alguien que cultiva el estudio y la sapientia”. No tenía duda de su “actitud lúdica, que no está reñida con el trabajo. ¡Y de qué manera trabaja el profesor Ibáñez-Martín!». En su universo no hay «detalle baladí ni gazapo menor»; de ahí su «pulcritud», “todo es importante”.

Los secretos de la tortilla de patatas

Llegó el turno del celebrado. Ibáñez-Martín empezó con tres anécdotas que definen bien su porte. “Recuerdo que hace muchos años, mi hermana Conchi me contó una aventura que le pasó en un restaurante gallego. Le pusieron una tortilla con diversas capas, buenísima. A mi hermana se le ocurrió preguntarle a la cocinera: ‘¿Cuál es la fórmula?’. Le contestó: ‘¡Como que se lo voy a decir a usted! No sé si se da cuenta de que es la especialidad de la casa”. Ibáñez-Martí sacó esta primera conclusión: al contrario que la cocinera gallega, los verdaderos profesores están “dispuestos a contar la verdad, la verdad de nuestras mejores tortillas”.

La segunda anécdota: “He puesto lode última lectio para dejar claro que me iba, pero un amigo me objetó: ‘Eso es un oxímoron. Se te ha olvidado que siempre hemos dicho en clase: prima non datur et ultima dispensatur. No debes dar la última lección’”.

La tercera anécdota: a un conferenciante pesado se le fue yendo todo el público menos un señor que también hizo ademán de marcharse.“¡Quieto o le pego un tiro!”, le dijo el orador con un revólver en la mano. A lo que el oyente le respondió: “¿Cuánto falta?”.

Ibáñez-Martín: El ser humano es inteligencia deseosa o deseo inteligente

Con esa premisas, la lectio de Ibáñez-Martín, que la impartió, fue breve, intensa, llena de chispa y aleccionadora. El buen maestro no se conforma con que sus estudiantes “tengan la apariencia de sabiduría sin ser sabios de verdad”. El buen maestro estimula el deseo, que aunque tiene un “imaginario negativo”, es el que permite convertirse en un “perfecto ciudadano” (Platón). El principio de la acción es la elección, pero el de la elección es el deseo (Aristóteles); la elección es o inteligencia deseosa o deseo inteligente, y esta clase de principio es el hombre.

Ibáñez-Martín: El buen maestro no se conforma con que sus estudiantes tengan la apariencia de sabiduría sin ser sabios de verdad

El buen maestro, prosiguió Ibáñez-Martín, está atento a su entorno. Ahora, para resolver la  crisis económica, hay que seguir la estela de Jaspers en 1946, con Europa destruida: acudir a las raíces intelectuales y morales de Europa; rechazar el fatalismo sociológico, aceptar retos y aventuras y recordar que «sin la Biblia caeríamos en la nada».

La pasión por la verdad

Finalmente, reflexionó sobre las disposiciones intelectuales. La postmodernidad no establece disposiciones amistosas con la verdad. En El nombre de la rosa se lee: «La única verdad consiste en aprender a vernos libres de la insana pasión por la verdad”. Concluyó Ibáñez-Martín: “Pasión insana porque algunos consideran que lleva al fanatismo, al que definen como el deseo de obligar a los demás a cambiar”. Olvidan que el fanatismo en el siglo XX ha residido sobre todo en quienes no creían ni en la verdad ni en la veracidad (el régimen nazi y el régimen comunista, por ejemplo, con los crímenes que acarrearon). La antinomia verdad-libertad es lo decisivo de la cultura de nuestros días.