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Ver productosResulta llamativo que un pensador político de la trascendencia de sir Edward Coke (1552-1634) apenas haya sido objeto de monografías o de estudios sistemáticos en lengua española. No hay que olvidar que Coke se encuentra entre los poquísimos autores que merecieron ser citados por Thomas Hobbes en su célebre Leviathan. Eso sí, Coke representó para Hobbes la abominable encarnación teórica de una especie de parlamentarismo monárquico mixto —desde las antiguas ideas del «Rey en Parlamento» y del «imperio de la ley»— y, por tanto, comparece en su obra como uno de los principales antagonistas de su colosal absolutismo. En efecto, el legado de Coke suponía una vigorosa defensa de aquella tradición intelectual que, sin rechazar la monarquía combatió sus veleidades absolutistas, estableciendo sus justos límites desde la invocación de principios ético-jurídicos basados en el derecho (natural y consuetudinario), la razón y las libertades constitucionales y políticas. Una tradición que para Coke pervivía encarnada desde antaño en los viejos principios y costumbres del constitucionalismo histórico inglés y que se manifestaba a través de su common law. De hecho, su audaz defensa en vida de estos principios, en su calidad de «Attorney General» y sobre todo como juez de altos tribunales, frente al absolutista rey Jacobo, o a su sucesor, le valieron muy diversos sinsabores, como la reclusión temporal en la Torre de Londres, o que su obra fuera prohibida por un Carlos I temeroso de que Coke fuera «celebrado en exceso como un oráculo entre el pueblo». No es extraño que el legado intelectual de Coke encontrase resonancias posteriores en autores como Blackstone, Burke, Montesquieu, Locke, o en diversos padres fundadores de los Estados Unidos, como Adams o Jefferson (tal y como expone el autor en su capítulo final).
Con esta obra, escrita con rigor y estilo límpido, el profesor Elio Gallego ha llenado un hueco vergonzante dentro de la bibliografía española sobre historia de las ideas políticas. Pero con ella, su autor no ha tratado simplemente de diseccionarnos el pensamiento de este paladín de lo que podríamos llamar imperio mixto de la ley como si se tratara de un objeto arqueológico de museo. Por el contrario, el autor ha procurado introducirse en las ideas de Coke desde dentro para mostrarnos su pensamiento como algo aún vivo y recuperable, en muchos aspectos. Algo semejante a lo que el profesor Gallego ya hiciera en su ensayo dedicado al análisis del régimen mixto de gobierno como constante de la historia del pensamiento político (Sabiduría clásica y libertad política, Ciudadela, 2009). Se trata por tanto de dos ensayos conectados temática y metodológicamente.
La obra que reseñamos comienza introduciéndonos a Coke y su pensamiento en el contexto histórico-intelectual inglés de la época para posteriormente adentrarse en las diversas facetas de su pensamiento jurídico-político. En este sentido, realiza un diálogo crítico respecto a una de las interpretaciones obligadas sobre Coke, la de John Pocock. Este maestro de la «Escuela de Cambridge» dedicó una parte importante de su ya clásica obra The Ancient Constitution and the Feudal Law —traducida recientemente por Tecnos— a interpretar el pensamiento de Coke. Sin embargo, el profesor Gallego advierte, a mi juicio certeramente, ciertas carencias interpretativas de Pocock sobre el pensador inglés. En este sentido, la referencia a la cuestión de la «Constitución Antigua» o «Constitución Histórica» es otra de las constantes del libro, puesto que en Coke encontramos a quien seguramente fue su principal exponente anglosajón. Aunque, estando dirigido este libro al lector español quizá se eche en falta en este punto alguna referencia significativa a la teoría de la Constitución Histórica de España. Como es sabido, esta doctrina veteroconstitucional, que aparece ya prefigurada en la obra de Juan Mariana, eclosiona posteriormente en la época de los debates histórico-políticos previos a la Constitución de Cádiz, por autores como Jovellanos o Martínez Marina, y aún más tarde la esgrimen muy diversos autores, como Martínez de la Rosa o Cánovas (quien la asumió bajo la denominación de «Constitución interna» de España).
Por lo demás, el grueso del libro está dedicado a exponer la filosofía jurídico-política de Coke desde la peculiar confluencia que desarrolla en torno a las ideas de razón, autoridad, ley natural y tradición. Posteriormente, desde los capítulos cinco a siete, el análisis se adentra en el corazón del pensamiento cokeano: el common law, la Constitución antigua y la importancia de la jurisprudencia como lugar natural de la ley frente al eventual voluntarismo monárquico —o incluso parlamentarista—. El punto de conexión entre estos tres elementos gravitará en torno a la necesidad de un gobierno mixto, como el que caracterizó desde antiguo a la estructura gubernamental inglesa: rey, cámara alta o de los lores, cámara baja o de los comunes. Podemos reconocer, por tanto, en Coke a un adelantado con sus ideas, pero también con su propia vida y profesión jurídica, de la doctrina de la división de poderes, que posteriormente popularizó Montesquieu.
La obra añade asimismo un interesante «regalo» en su apéndice, se trata de la selección de una serie de máximas jurídicas latinas que Coke —desde su doble faceta de pensador y jurista— fue acuñando y que el autor se ha preocupado de rescatar y traducir, como, por ejemplo: Justitia est virtus excellens et Altissimo complacens.
Running Lean ha merecido ser la primera de una colección de libros comercializados por la famosa editorial O’Reilly— dedicada a emprendedores e innovadores y especializada en la metodología Lean Startup. No en vano uno de sus reclamos publicitarios es que Eric Ries actúa como su coordinador.
El propio autor —Ash Maurya, un emprendedor en serie, actual CEOde Spark59— comenta su obra indicando que originariamente la concibió como una metodología para emprendedores que construían productos y servicios basados en la web. Sin embargo, en el más genuino estilo lean startup, reorientó su alcance (lo que en terminología lean se diría «pivotó»), ampliándolo a proyectos empresariales tanto high-tech, como low-tech y no necesariamente en el ámbito de Internet.
LEAN POR LOS CUATRO COSTADOS
Maurya propone una metodología lean para empresas lean. Es concisa y va al grano, sin dar ocasión al desperdicio; construye sobre las ideas de aprendizaje y validación de Ries (su famoso bucle Construir-Medir-Aprender); enfatiza la experimentación e iteración con los clientes; preconiza el probar una y otra vez el modelo de negocio y el producto, y pone, de entrada, en cuestión el plan inicial que pudiera haberse concebido del proyecto emprendedor (no en vano el subtítulo de libro es: «Iterar desde el Plan A hacia un plan que funcione»).
A través de Running Lean plantea un escueto mapa de ruta: documentar el plan A, identificar las partes del plan con más riesgos y probar sistemáticamente el plan, que son fases habituales de las metodologías agile.
Desde las primeras páginas Maurya pone en cuestión las clásicas ideas sobre el lanzamiento de proyectos emprendedores. Y no porque en estos proyectos no se atribuya un valor esencial al cliente, o no se otorgue una importancia clave a las métricas, o no se reconozca la necesidad de hacer un plan de negocio; sino porque en su libro se expone una forma radicalmente distinta de hacerlo —más ajustada, sencilla y precisa—, evitando el despilfarro de detallados planes de negocio desplegados solo sobre el papel, que todo lo aguanta; de productos que apenas se han sometido a la prueba de los clientes y luego tienen que cambiar radicalmente, echando a un lado gran parte de lo hecho; o de planes de actuación que a fuerza de presionar los recursos provocan atascos en el flujo de tareas al sobresaturarlos.
Y así, el lector se enfrenta a una serie de técnicas (verdaderos antídotos frente a los despilfarros citados en el párrafo precedente) como: el lean canvas (un plan de negocio esquemático y en una hoja), versión evolucionada del Business Model Canvas de Osterwalder; el Producto Mínimo Viable (PMV) que lleva a su máxima expresión la idea tradicional de «mejor hacer un prototipo antes que el producto definitivo»; o el tablero kanban (herencia directa del Lean Manufacturing de Toyota) que ayuda a «tirar» de las tareas haciendo el flujo de trabajo más fluido y eficiente.
ITERAR CON LOS CLIENTES
Si en algo se pone énfasis en Running Lean es en este postulado: «No construir una relación significativa con los clientes figura entre las causas principales de fallo de una startup».
La cuestión está en hablar con los clientes (o iterar con los clientes en terminología lean), usando dos tipos de entrevistas: las «del problema», que persiguen dialogar con los clientes de sus problemas (no de la solución) y extraer este conocimiento antes de formular la solución (el futuro producto o servicio); y las «de la solución», que pretenden que los clientes, en diálogo con los emprendedores y cooperando con ellos, descubran la mejor solución.
En esta marcha lean los emprendedores manejarán, en consecuencia, sucesivas versiones del producto, cuidando mucho de que siempre sean «las más lean de las posibles». Esta es la idea del PMV que, en sucesivas iteraciones y a través de mejoras incrementales y muy medidas de sus características mínimas vendibles (de nuevo la forma lean de hablar de funcionalidades), logra progresivas (y numerosas) validaciones por el cliente, hasta llegar a su versión de mercado.
UN PROCESO DE DESARROLLO DE PRODUCTOS Y SERVICIOS
Maurya se esfuerza por hacer visible y muy aplicable este proceso lean, y para eso lo descompone en cuatro fases. Lo primero, como hemos visto, es entender el problema y expresarlo con toda claridad: analizando los lean canvases(esos planes de negocio de una página) con menos riesgos, detectado unos potenciales prospects del producto e iterando con ellos, haciéndoles entrevistas sobre el problema.
En el siguiente paso se define la solución (esto es a todas luces el núcleo del proceso) recurriendo a las técnicas más variadas: construcción de landing pages, prototipado, diseño de experiencias de usuario…, hasta llegar a través de varias iteraciones a una mezcla heterogénea de especificaciones técnicas, planos, storyboards y maquetas, que evolucionan el PMV hasta llegar a un prototipo.
El tercer paso es la validación cualitativa de cada una de las versiones del PMV en un cara a cara con el cliente (iterando con él), que también cambia como el PMV, pasando de prospect a adoptador precoz y de este a evangelista del producto y, luego, a cliente real.
En el cuarto paso se despliega toda la parafernalia de instrumentos de análisis cuantitativo (funnels de conversión, análisis de cohortes, tests A/B…) para determinar cuáles de las versiones o experimentos aportan un valor real y de futuro a la nueva empresa, que la lleve a generar el tan ansiado WOW! del mercado.
Un último y breve comentario. El libro puede parecer a veces un poco confuso…, como si le faltara un punto de coherencia. Quizás esta carencia de cartesianismo sea inherente a la liviandad de lo lean y que, por esto mismo, deba ser comprendida y aceptada de antemano. _
Terrence Malick es decididamente una «rara avis» en el panorama cinematográfico. Basta echar un vistazo a los títulos de las películas de este cineasta lírico y reflexivo, que incluyen palabras nada triviales como «malo», «tierra», «días», «cielo», «maravilla», «vida», «nuevo mundo», o la alusión a «delgadas líneas rojas», para llegar a esta conclusión. Por no hablar del irregular ritmo en la producción de una obra de indudables cualidades artísticas, aunque sin espectaculares resultados en taquilla, o lo que es lo mismo, entre el gran público. Dos películas separadas por un lapso de cinco años cimentan el aura de artista consumado. Veinte años de ausencia alimentan la leyenda y preparan el glorioso retorno. Y luego, tras recuperar el paso tranquilo, llega el frenesí, hasta el punto de tener en fase de postproducción, mientras se escriben estas líneas, tres películas.
Los enigmas en torno a Malick arrancan ya con su nacimiento, que unos sitúan en Waco, Texas, y otros en Ottawa, Illinois. Sí hay acuerdo en la fecha, el 30 de noviembre de 1943, y en una infancia transcurrida en los grandes espacios abiertos de Texas y Oklahoma, luego presentes en su cine. Parece que sus padres son cristianos de origen sirio, a él se le suele relacionar con la iglesia episcopaliana, y desde luego su cine presenta claras resonancias bíblicas, con citas explícitas de Job y el apóstol Pablo.
¿Cómo llegó Terrence Malick a dirigir películas? Antes, gracias a su imponente físico, jugó al fútbol americano en el instituto, trabajó en los campos petrolíferos, pasó por Harvard, estudió filosofía, conoció en Alemania y tradujo a Martin Heidegger, y logró una beca Rodham en Oxford. Ejerció de periodista en Life y New Yorker, y aunque destacado en Bolivia, nunca terminó un reportaje sobre el filósofo francés Régis Debray, ligado al Che Guevara. Profesor de Filosofía en el MIT, en 1969 decide matricularse en el American Film Institute. «No era buen profesor», confesaba en la única entrevista que existe con Malick, publicada en Sight and Sound (primavera, 1979), hasta tal grado llega su aversión a las declaraciones públicas. «No poseía el gancho que debería tener uno con los estudiantes. Las películas siempre me habían gustado de un modo naif. Hacerlasno parecía una carrera menos improbable que otras».
En el AFI de Los Ángeles aprende cine y rueda su primer corto, Lanton Mills (1969), historia de cowboys atracadores de bancos. Y conoce a Mike Medavoy, su agente y futuro productor de La delgada línea roja. Él le consigue sus primeros trabajos remunerados en cine, la revisión y reescritura de guiones, con Jack Nicholson y su Aquellosaños (Drive, She Said, 1971), y la saga de Harry, el sucio(Harry Dirty, Don Siegel, 1971), donde sus contribuciones no son decisivas. Sí aparece como guionista de Los indeseables(Pocket Money, Stuart Rosenberg, 1972) y en Deadhead Miles (Vernon Zimmerman, 1973), pero no son títulos en que se reconozca a Malick.
Y llegó Malas tierras (Badlands, 1973), la historia de dos jóvenes asesinos, Kit y Holly, que cometen sus crímenes en 1958 en Montana y Dakota del Sur. Ellos se encuentran desubicados, sienten una mutua atracción, y él resuelve con violencia lo que le contraría, nunca con particular complacencia. A diferencia de otras historias de parejas criminales —El demonio de las armas (Gun Crazy, Joseph H. Lewis, 1950), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) o, muy posterior, Asesinos natos (Natural Born Killers, Oliver Stone, 1994)—, la road-movie de Malick, aunque inspirada en un personaje auténtico, Charles Starkweather, tiene un aire de irrealidad romántica, porque muestra en los personajes, casi infantiles y con dificultades para comunicarse, algo parecido a una genuina inocencia. Tras acabar la película, Malick reconoció el aleteo aventurero de Tom Sawyer y Huck Finn.
Martin Sheen y Sissy Spacek, entonces desconocidos, son perfectos para el propósito de Malick. Su análisis de los personajes de Malas tierras en Sight and Sound marca una pauta de la seriedad con que los encara. «Me gustan más los personajes de mujeres que los de hombres; ellas están más abiertas a lo que tienen alrededor, son más expresivas. Kit, además, es como un libro cerrado, un rasgo no raro en la gente que ha gustado más de lo que debiera la amargura de la vida. Las películas han convertido en mito que el sufrimiento te hace más profundo. Te inclina a hacer consideraciones profundas. Modela el carácter generalmente de modo saludable. Te enseña lecciones que nunca olvidas. La gente que ha sufrido se mueve en las películas con rostros pensativos, como si todo se hubiera derrumbado el día anterior. No es así en la vida real, sin embargo, no siempre. El sufrimiento puede volverte superficial y justo lo contrario de vulnerable y denso. Y ha tenido esa clase de efecto en Kit».
En Malas tierras asoman todas las constantes estilísticas y temáticas del cine de Malick. Un modo de narrar impresionista, con pinceladas aquí y allá, los suyos no son los típicos guiones de manual; la voz en off, que usada por él no cansa, y sirve para verbalizar los pensamientos de un personaje, a veces a modo de plegaria (en filmes posteriores aumentará la complejidad de este recurso, con los pensamientos de un personaje enlazados con los de otro, se dirían ecos de un diálogo mental imposible pero necesario); el modo poético de atrapar la naturaleza, con sus espacios y cielos abiertos, aguas, vegetación, animales; el rodaje de muchas escenas en el crepúsculo o el amanecer, en la llamada hora mágica; la cámara etérea que a veces parece flotar; los planos desde el suelo, vista de gusano, mirando al cielo; y la reflexión sobre la condición humana, con distintos estados de inocencia y abatimiento, y opciones de jugar las cartas que la providencia ha repartido, en búsqueda de un amor y una felicidad que parecen imposibles de ser aprehendidas.
Con la bucólica Días del cielo (Days of Heaven, 1978), Malick lograría el premio a la mejor dirección en Cannes. Cinco años después de su debut, su estilo es más depurado y perfecto, y la trama, si se quiere, más leve e intrigante. A principios del siglo XX, Bill y Abby fingen ser hermanos ante los que les rodean. Tras un enfrentamiento en la fábrica de Chicago donde trabaja él, la pareja de amantes marcha al campo con Linda, una adolescente, y consiguen trabajo en una plantación. Allí el dueño, frágil de salud, se siente atraído por Abby, y Bill la anima a corresponder a sus avances, pensando que la propiedad algún día podría ser de ellos. En manos de un cineasta convencional estos elementos conformarían un triángulo amoroso vulgar. Con Malick sirven para componer una bellísima sinfonía pastoril, con acentos trágicos. Las tareas del campo son celebradas, es un trabajo hermoso, el esfuerzo colectivo de hacer rendir la tierra. Pero igual que la langosta puede asolar una granada cosecha, también las relaciones humanas pueden envenenarse por el engaño, la mentira y los celos, el mal en forma de odio creciente, que Linda, con su voz en off, no deja de detectar.
Tratar de expresar con palabras la hermosura de Días del cielo se diría empeño inútil. ¿Cómo explicar el modo enque se despliegan las fuerzas de la naturaleza, las espigas detrigo mecidas por el viento, las langostas devoradoras, lospájaros del cielo, el cauce de un río o las chispas descontroladasque provocan un incendio y el humo de la locomotora de un tren? No son simples detalles preciosistas, caprichosamente introducidos, sino que estas imágenes y sus sonidos devienen en parte esencial de este poema fílmico.
Dos décadas transcurrieron hasta su reflexiva mirada a la guerra en La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998). La sensación era que no volveríamos a saber de este brillante cineasta, coetáneo de Francis Ford Coppola y Martin Scorsese. Que se había convertido en director maldito, el equivalente fílmico de un J. D. Salinger, alérgico a las comparecencias públicas, con un rico mundo interior que no era capaz de volver a plasmar en celuloide. David Odell, guionista de Cristal oscuro y compañero de estudios de Malick, lo denominó su «periodo Howard Hughes. Tengo el temor de que la próxima vez que le vea tenga las uñas larguísimas». Pero Laura Ziskin, presidenta de Fox cuando el estudio respaldó La delgada línea roja, insiste en que no es alguien «solitario u oscuro, simplemente tiene un acusado sentido de la privacidad». Quienes han trabajado con él insisten en que es encantador, aunque llevado por su alma de artista, despista. En una reunión con actores, en que le decían encontrarse desorientados sobre lo que esperaba de ellos, él, tras escucharles atentamente, dijo que tenían razón y que había sido una reunión estupenda. Todos quedaron contentos, aunque nada hubieran sacado en claro, más allá de que debían confiar y buscar cierta perfección inefable, Malick haría el resto.
A Robert Geisler y John Roberdeau corresponde el mérito de persuadir a Malick para que descendiera del cielo en que se había quedado en los lejanos días de 1978. Los productores persuadieron al elusivo cineasta para que convirtiera en guión la novela de James Jones La delgada línea roja, ya antes llevada al cine por Andrew Marton en El ataque duró siete días (The Thin Red Line, 1967). Esta películan o había tenido la repercusión de la más famosa adaptación de Jones, también ambientada en la II GuerraMundial y el Pacífico, De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, Fred Zinnemann, 1953). Malick escribió variosborradores, y cada vez conectaba más con la historiade varios soldados americanos en un lugar paradisíaco, apunto de ser escenario de un culminante enfrentamientocon los japoneses, Guadalcanal. Nadie ha aclarado cuándoo cómo ocurrió, pero en un momento dado Malick estabalisto para ponerse tras la cámara. Medavoy, con PhoenixPictures, se sumó al ambicioso proyecto, e involucró ala Fox. Lo que parece milagroso, pues la envergadura deeste filme era mucho mayor que la de Malas tierras y Días del cielo, y Malick llevaba dos décadas en el dique seco.
Y con las voces en off de los soldados, además de sus diálogos «convencionales», ofreció todo un mosaico de actitudes vitales: el descubrimiento de la vida sencilla, y los desengaños inesperados; la actitud cínica que aún la mirada paternal para proteger a tus hombres evitando acciones suicidas; la eficacia material en el cumplimiento del deber, cuyo sentido más hondo no se cuestiona; la oración y el reconocimiento de cierta «chispa» que permite seguir adelante. En esta ocasión, y frente al pensamiento femenino que recogía Malick en sus anteriores filmes, aquí cede el testigo a los hombres. Y el objetivo bélico de tomar una colina tiene una importancia bastante relativa frente al modo en que cada uno encara personalmente su vida.
La ausencia había contribuido a crear una atmósfera reverencial hacia Terry Malick, un prestigio casi mítico. Trabajar con él era algo codiciado, un privilegio, no está uno a las órdenes de un genio todos los días. El reparto masculino de La delgada línea roja era impresionante, pero algunos tuvieron más motivos que otros para sentirse satisfechos: Jim Caviezel, Ben Chaplin, Elias Koteas, Sean Penn, Nick Nolte, e incluso Woody Harrelson, fueron los más afortunados; George Clooney, John Travolta, Adrien Brody, John Cusack, tendrían que conformarse con una muesca en su currículo, habían hecho una película con Malick, pero gran parte de su trabajo cayó en el montaje. La historia se repetiría en películas posteriores, estrellas como Brad Pitt y Ben Affleck trabajarían encantados con él, rebajando su caché.
Un hombre clave en la creación del «mood» del cine de Malick es Jack Fisk, director artístico en todas sus películas. En general cabe decir que en los distintos apartados técnicos se rodea de verdaderos artistas, personas con sensibilidad. A veces repite con ellos, el caso de Fisk, o el del director de fotografía mexicano Emmanuel Lubezki. El español Néstor Almendros ganó el Oscar a la fotografía por Días del cielo. Los más prestigiosos compositores, Ennio Morricone, Hans Zimmer, Jamer Horner, Alexandre Desplat, han aceptado gustosos trabajar con él. La edición de la película es una fase crucial para Malick, que dirige un equipo que debe emplearse a fondo, pues mucho es el material descartado y muy precisos los cortes, el modo en que se ensambla todo, con una banda sonora con mucha música clásica, y los efectos de sonido naturales, ruido de insectos, pájaros, el agua, el viento, y artificiales, los producidos por el hombre…
Parece claro que Malick ha vuelto para quedarse. Así, en 2005 llega El nuevo mundo (The New World), lograda descripción de un encuentro entre civilizaciones muy diferentes y cine más histórico aún que La delgada línearoja. Describe el asentamiento de Jamestown en Virginia en 1607, los avatares del capitán John Smith y su captura por el jefe indio Powhatan, padre de Pocahontas. Aunque tomándose libertades en el idilio entre Smith y la joven india —no existe constancia del mismo—, sí se ajusta a la realidad su secuestro y entrega a los colonos ingleses, y su nueva vida en el mundo «civilizado».
La originalidad del tratamiento de Malick —como siempre, autor del guión de sus películas— está en el concepto «nuevo mundo», que no lo sería solo para los europeos recién llegados a América, también para los indios, particularmente Pocahontas, el mundo que llevan consigo Smith y los otros es nuevo. En este aspecto, la mirada se asemeja a la de los nativos de La delgada línea roja, y sirve para subrayar la añoranza de una vida edénica donde prima la inocencia, y hasta la ingenuidad. En tal sentido es hermoso constatar que Malick opta por no «matar» la inocencia de Pocahontas, que conservando lo mejor de sí misma, su religiosidad natural, su mente curiosa, incorpora las aportaciones de la civilización, aprende a leer, o queda deslumbrada por una catedral, y encaja sus deficiencias.
El amor tiene muchas caras, y Malick propone otro triángulo amoroso, donde el tercer vértice es el viudo John Rolfe. Y no toma caminos fáciles para, con sus típicos trazos impresionistas y el uso de la voz en off, pintar el entusiasmo y la pasión juveniles, a los que sigue la madurez que dan un hogar y la maternidad, sugiriendo que la vida es rica en matices, y que hay que saber tomar en libertad las decisiones adecuadas. En esta ocasión el cineasta trenza pensamientos masculinos y femeninos, donde Smith es el hombre inseguro, anhelante de felicidad, y Rolfe el experimentado, que encuentra una «piedra preciosa» que delicadamente intentará «adquirir».
Con El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), Malick ganó la Palma de Oro en Cannes. Y la unanimidad reverencial hacia su obra, que había empezado a resquebrajarse con El nuevo mundo, se vio sacudida nuevamente, lo mismo que ha ocurrido con su último film To the Wonder(2012). ¿Qué ha pasado? La coherencia del autor es innegable. Quizá sus aspiraciones artísticas han subido varios grados, y la búsqueda de la trascendencia resulta más nítida que nunca, lo que no ha agradado a todo el mundo. El árbol de la vida es una película muy ambiciosa. Porque el seguimiento de una familia cristiana en Texas, en los años cincuenta, tres hermanos y los padres, deviene en inesperada cosmovisión, todo está conectado, lo grande y lo pequeño, formamos parte de un plan; singular plegaria y confesión de fe, donde se discurre sobre el sentido de la existencia, y se muestra que la vida ordinaria está trenzada de dolor, amor y perdón, donde el desaliento, la culpabilización del otro y el conformismo reduccionista son tentaciones frecuentes ante la experiencia del mal, «hago lo que no quiero». Pero no falta la gracia, y sobre todo ello se reflexiona, voz en off «again», con imágenes de gran belleza que remiten a los orígenes, cómo empezó todo, y al final, cómo acabará, de modo que el inmenso telón de fondo recuerda que las personas son importantes, pero cada una es solo una pequeña parte de algo más grande que les sobrepasa. Una vez más la banda sonora es fascinante, a la partitura original se suman fragmentos de música clásica exquisitamente seleccionados.
Con To the Wonder Malick ha entrado en la dinámica de variaciones sobre el mismo tema, pero el tema, claro, es «el tema», o sea, el amor, que busca dar sentido pleno a la vida. Tenemos triángulo amoroso, Neil y Marina, que viven en un extático goce amoroso que parece no tener fin, y una antigua novia de él, Jane, que asoma en el horizonte en un momento de dificultad, y se observa que el amor exige compromiso, sacrificio, lucha. Algo que también constata el padre Quintana, un sacerdote que experimenta el silencio de Dios, a pesar de la dedicación a sus fieles, guiado por la caridad. Resulta curioso el efecto logrado por Malick, que si por un momento se pusiera a tiro abandonando timideces, debería ser interrogado acerca de si ha leído «Deus caritas est», la primera encíclica de Benedicto XVI, pues los temas de ese documento aletean en este filme.
Las voces en off de los protagonistas se entrecruzan para que conozcamos sus angustias y anhelos, y también el modo en que se constituyen en oración. Y el «milagro», que repite nuevamente Malick, es contar mucho con apenas nada, un conjunto de impresiones, estados anímicos, momentos en que resulta obligado tomar decisiones. ¿Reiterativo narrativamente? Tal vez, pero bendita reiteración, transida de lirismo, que convierte en poesía lo que en otro produciría vergüenza ajena. Ben Affleck, que es también director, lo resume bien cuando dice que «Malick entiende de verdad algo de lo que me he dado cuenta después de trabajar con él y es que no solo puedes desafiar la sabiduría convencional, si no que debes hacerlo de manera interesante». _
Cuando las cifras son sólidas es deber de los gobiernos generar políticas basadas en la evidencia. La Alianza del Pacífico, que engloba a más de 210 millones de habitantes, representa el 55% de las exportaciones latinoamericanas, el 35% del PIB latino (13.000 dólares por habitante) y el 26% del total de flujos de inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe. En 2012, la tasa promedio de desempleo de los países de la Alianza fue de 7,6% y la inflación promedio de 3,2%, muy por debajo del 6% regional. Desde el 12 de junio de 2012 que se firmó el Tratado Constitutivo de la Alianza vinculando a los gobiernos de México, Perú, Colombia y Chile, el bloque, caracterizado por su alta estabilidad macroeconómica, ha encarnado un inusual experimento de realismo latinoamericano, radicalmente distinto a los vanos e innumerables intentos que salpican la historia regional.
La Alianza, cuya tasa promedio de crecimiento es del 5%, apuesta por la apertura comercial, la seguridad jurídica y la integración con los grandes espacios de poder global. Para ello fomenta la libre circulación de bienes y servicios, de capitales y personas. De forma agregada, los países de la Alianza son la novena economía del mundo y todos ellos mantienen tratados de libre comercio con la Unión Europea y con Estados Unidos. Su apuesta por la apertura forma parte de una política de Estado.
España tiene un interés estratégico en la Alianza del Pacífico. Por un lado, la seguridad jurídica de las inversiones es un postulado fundacional de la nueva organización y esta dimensión interesa especialmente a España, un país que ha sufrido los embates del maniqueísmo populista, presto a instrumentalizar el Estado de Derecho. Por otro, la Alianza concentra el 40% de las exportaciones españolas (5.000 millones de euros) y el 40% de la inversión española en Latinoamérica (45.000 millones de euros). La Alianza interesa por su importancia para la estabilidad de un país que atraviesa una serie crisis.
De allí que la apuesta por la Alianza del Pacífico sea, sin lugar a dudas, el más realista de los imperativos de la política exterior de Rajoy con respecto a Latinoamérica.
Es mucho más importante que la reformulación del alicaído sistema iberoamericano. Ciertamente, desde hace varias décadas se viene profetizando desde la geopolítica que el área del Pacífico se convertirá en el nuevo escenario del poder global, y aunque ello se está cumpliendo por el ascenso pacífico de China, aún falta mucho camino por recorrer. Sin embargo, los países de la Alianza han alcanzado una madurez política superior a la de otras naciones latinas y por ello es imprescindible sumar esfuerzos en torno a un frente común.
Esto no implica, por supuesto, que los países de la Alianza no puedan involucionar y retroceder al particularismo propio de los populismos latinos. Sin embargo, en este momento, son los aliados más confiables en la región. Para asentar una alianza realista, eficaz y eficiente, es preciso que España abandone, de una vez por todas, el discurso asimétrico en el que se presenta, unilateralmente, como «la puerta» de Europa para Latinoamérica. Este discurso, ensamblado en la torre de marfil de ciertos ambientes académicos, ha sido financiado por nuestras élites políticas materializándose en la construcción de una política ausentista, porque huye de la realidad inmediata y se interna en el terreno de la ensoñación indicativa. Si la percepción ya era esencialmente falsa durante la época dorada del aznarismo, mantenerla en medio de una crisis como la que atraviesa el país equivale a prolongar un espejismo peligrosísimo, porque nos hace perder la oportunidad de redefinir las relaciones internacionales en función al nuevo orden global.
Debemos abandonar la idea de presentarnos ante Latinoamérica como «la puerta» para sus intereses en todas partes del mundo y hemos de dejar atrás esa idea porque los países latinos necesitan aliados eficaces en un plano de horizontalidad, no «puertas» que fallan en abrirse cuando se toca el timbre de la necesidad. Por eso, la diplomacia presidencial tiene que concretarse en dos aspectos: la promoción de la inversión española en los países que ofrecen condiciones de seguridad jurídica y el cambio de discurso de «yo soy la puerta» a «quiero ser un aliado eficaz».
Es el realismo el que debe regir la forma de aproximarnos a la región. ¿Qué lobby medianamente eficaz puede ofrecer España a Latinoamérica si su propia posición en Bruselas está debilitada? España tiene ante sí la oportunidad de sincerar sus relaciones con Latinoamérica apostando por la horizontalidad, lo que implica abandonar pretensiones de liderazgo (al menos momentáneamente) y concentrarse en un nuevo papel: el del socio animoso que aspira a colaborar.
De allí que el gobierno español tenga que redirigir sus esfuerzos no hacia los países más grandes sino hacia los más institucionalizados. El voluntarismo de la comunidad iberoamericana apostó por el tamaño. El realismo de la nueva política exterior española tiene que inclinarse por la seguridad, por la rutina de la calidad institucional. El discurso de «vamos a hacer las Américas inmediatamente» tiene que ser reemplazado por una visión más humilde: «Hemos de construir, paso a paso, con los aliados más confiables de América». La lógica de la utilidad a corto plazo tiene que ceder su lugar a la lógica de la asociación con aquellos que intentan respetar las reglas de juego del Estado de derecho. De lo contrario, tarde o temprano, las expropiaciones llegarán. Y con ellas, la debilidad de España en la región.
Si queremos dialogar razonablemente, hemos de buscar interlocutores que empleen un código basado en la razón, no en ideologías radicales y mesiánicas que sesgan el análisis político. Tenemos que reconocer el hecho de que la racionalidad democrática no forma parte —nunca lo ha hecho— de la estrategia política del socialismo del siglo XXI ni de los populismos asistencialistas de cuño lulista. Por el contrario, ninguno de estos movimientos dudará al momento de liquidar los intereses españoles si con ello obtiene algún rédito político.
Por eso, la estrategia que el gobierno español ha desarrollado para aproximarse a la Alianza del Pacífico es correcta y pertinente. España gana, y gana mucho, al dialogar horizontalmente con los PEMECOCH (Perú, México, Colombia y Chile) porque conversa y negocia en función al realismo y emplea un código seguro e institucional. Por otro lado, cometeríamos un grave error si pasamos del reduccionismo del voluntarismo político al reduccionismo de la ensoñación económica. El enfoque de la diplomacia económica es positivo, pero nunca será suficiente. España tiene que recuperar a los intelectuales latinos y no solo enamorar a los empresarios. Y la cooperación para el desarrollo no puede ser lo que hasta ahora ha sido: la prolongación de esfuerzos con frecuencia mediatizados por la ideología, que no atinamos a medir por resultados.
España puede aprender de la Alianza del Pacífico esa firme convicción por lograr una convergencia reguladora, capaz de eliminar los lastres de una legislación tradicionalmente caótica que provoca la ineficacia en la implementación. Y debe, por supuesto, promover la labor de sus empresas en un régimen de libre competencia para que estas ayuden a sentar las bases físicas de la Alianza, colaborando en la superación de la enorme brecha de infraestructura que padece la región.
Ahora está de moda sostener que la Alianza del Pacífico es el puente por el que podemos llegar a Oriente. España, a pesar de la importancia de la triangulación estratégica, no puede darse el lujo de renunciar a la presencia individual en Asia como eje de su política oriental. Sería un error grave creer que «la triangulación» puede suplir los beneficios de una implantación directa. España tiene que seguir el camino de Francisco Javier: ir para quedarse. Negociar directamente, hasta conocer y dominar la cultura política, administrativa y empresarial del continente asiático.
Por último, si le pedimos a los países de la Alianza que nos abran las puertas, que nos traten con justicia e, incluso, que inviertan en la Península (en este punto las multilatinas son esenciales), valdría la pena hacer un mínimo esfuerzo de introspección colectiva para examinar de qué forma tratamos a los inmigrantes PEMECOCH en la piel de toro, sobre todo ahora que miles de españoles cruzan el mar para afincarse en territorios de la Alianza huyendo de la crisis. El quid pro quo se torna, en este contexto, en una política digna de un Estado que aspira a la regeneración. Sobre todo porque parece que esta vez, al fin, somos capaces de conjurar los viejos temores de Bolívar. Con la Alianza del Pacífico parece que no aramos en el mar.
La ministra de Empleo y Seguridad Social de un país como España, con más paro que cualquier otro en la Unión Europea, tendría que lucir un semblante sombrío y no salir del despacho más que por prescripción facultativa. Fátima Báñez (San Juan del Pueblo, Huelva, 1967), la actual ministra de Empleo —ministerio que antes se llamaba de Trabajo— sigue siendo un personaje sonriente, a pesar del ajetreo (y de los disgustos) que se atrae a cuenta de la lucha contra las desmoralizadoras cifras de paro. De maneras apacibles y con un leve acento andaluz, Fátima Báñez tenía, antes de recoger esa pesada cartera de las manos del socialista Valeriano Gómez, hace un año y medio, experiencia parlamentaria más que suficiente y un recorrido de veterana en el partido. Ser ministra le ha cambiado poco, porque, en un gabinete forzosamente desgastado por la crisis y la necesidad de hacer lo que conviene y no lo que les gustaría (Rajoy dixit), mantiene un razonable nivel de comprensión por parte de la opinión pública.
La ministra Báñez ha sido la ministra de la primera reforma laboral que ha hecho el Gobierno de Mariano Rajoy, cuyos incipientes frutos se están viendo en un esperanzador cambio de tendencia, y también ha sido la artífice de la Ley de Emprendedores, que puede ser —como dice la ministra— una de las poderosas palancas necesarias para esa batalla de todos que es la lucha contra el paro.
Estas declaraciones de la ministra a Nueva Revista se han obtenido a salto de mata, mientras Fátima Báñez, licenciada en Derecho y Ciencias Económicas y Empresariales, casada y madre de dos hijos, luchaba contra los elementos, pero conseguía colar en los telediarios, sonriente y dialogante, algunas de las pocas noticias buenas que los españoles han podido recibir, en materia de empleo, en los últimos tiempos.
—Su ministerio tiene un enunciado ambicioso, pero vivimos tiempos de paro e inseguridad social. ¿Cree que es realista pensar en que el viento va a cambiar a corto plazo?
—El cuadro macroeconómico que el Gobierno presentó el pasado 26 de abril es un ejercicio de responsabilidad y realismo, que refleja la difícil situación en la que nos encontramos y que el Gobierno nunca ha negado. Pero también apuntaba, y es algo que están confirmando los datos que vemos cada día, que la política económica del Gobierno está sentando las bases para un crecimiento más sano y sostenido, con mayor capacidad de generar empleo. Las reformas y medidas que hemos tomado en los primeros meses de legislatura eran una condición imprescindible para el crecimiento y corregir los graves desequilibrios que había acumulado la economía española.
Y creo que los datos de paro del mes de mayo, los mejores de toda la serie histórica para ese mes, con casi 100.000 parados menos y 134.000 nuevos afiliados a la Seguridad Social, muestran señales esperanzadores que nos animan a seguir trabajando en el objetivo fundamental del Gobierno, que es la creación de empleo.
—El objetivo económico del Gobierno actual es, sobre todo, corregir el déficit. Pero ¿es posible reactivar la economía con estos niveles de paro y teniendo que dedicar tantos recursos a subsidios y al pago de la deuda?
—La política económica del Gobierno está sentando las bases para un crecimiento más sano y sostenido, con mayor capacidad de generar empleo. Es una condición imprescindible para el crecimiento corregir los graves desequilibrios que había acumulado la economía española. Ha sido también necesario abordar los problemas estructurales del mercado de trabajo, como la dualidad o el excesivo recurso a los despidos, que estaban lastrando su funcionamiento.
Y precisamente la reforma laboral, junto con la moderación salarial acordada por los interlocutores sociales, ha contribuido a frenar la destrucción de empleo en un contexto de fuerte recesión. Los últimos análisis, recogidos en el Programa Nacional de Reformas, indican que en este contexto recesivo la reforma laboral ha contribuido a «salvar» más de cuatro puntos de caída de la ocupación solo en el primer año. A largo plazo este efecto será todavía mayor.
Además, el servicio de estudios del BBVA dijo hace unos días que solo con que se hubieran adoptado al inicio de la crisis las medidas de contención salarial y flexibilidad recogidas en el Acuerdo de Moderación Salarial firmado por los agentes sociales en enero de 2012 e incluidas en la reforma laboral al principio de la crisis se hubieran salvado más de un millón de empleos.
—«Nueva Revista» comparte el compromiso de la Universidad Internacional de La Rioja (que tiene un programa llamado precisamente «UNIR Emprende») con los emprendedores, como colectivo que se esfuerza y arriesga para crear riqueza en beneficio de todos. Pero ¿cree usted que la sociedad española tiene conciencia del papel que los emprendedores pueden jugar en la salida de la crisis?
—Los emprendedores son un pilar fundamental para la creación de empleo en nuestro país y el Gobierno es muy consciente de ello. Para darles algunos datos de su importancia: el 99% de las empresas inscritas hoy en la Seguridad Social tienen menos de 250 trabajadores y el 87%, menos de nueve. Estamos hablando de la inmensa mayoría del tejido empresarial de nuestro país, que dan empleo al 75,4% de los trabajadores españoles. Además, en España hay más de tres millones de trabajadores autónomos, y un 13% de ellos tiene asalariados a su cargo. Y por ello hemos aprobado desde el ministerio la Estrategia por el Emprendimiento y el Empleo Joven y desde varios ministerios la Ley de Emprendedores.
—España ha sido, históricamente, un país de emprendedores, e incluso en los últimos tiempos hay potentes empresas españolas que son un paradigma de esfuerzo individual. ¿Cómo ve el actual momento español desde este punto de vista? La crisis ¿no está sembrando un exceso de resignación?
—España no es un país de gente que se resigna. Las empresas y los emprendedores españoles, igual que el resto de los ciudadanos, están dando la batalla a la crisis, y después de cinco años de dura recesión, gracias a este esfuerzo colectivo de toda la sociedad, se empieza a ver un cambio de mentalidad. Como dijo el presidente del Gobierno hace unos días, el pesimismo está de retirada en España.
El objeto de la ley es apoyar al emprendedor y la actividad empresarial, favorecer su desarrollo, crecimiento e internacionalización y fomentar la cultura emprendedora y un entorno favorable a la actividad económica. Tiene un ámbito de aplicación amplio y horizontal, al considerarse emprendedores todas las personas físicas y jurídicas que desarrollen una actividad económica productiva.
— ¿Puede el Estado compensar de alguna manera la falta de financiación bancaria? ¿Puede crearse un marco normativo y jurídico que facilite el nacimiento de emprendedores?
—Ese es precisamente uno de los objetivos de la Ley de Emprendedores, que, entre otras medidas, perfecciona y clarifica el marco regulatorio de las cédulas de internacionalización y crea un nuevo instrumento, los «bonos de internacionalización», con el fin de añadir mayor flexibilidad a la emisión de títulos que tengan como cobertura préstamos vinculados a la internacionalización de las empresas. En todo caso, el Gobierno no puede sustituir al sistema financiero, que debe hacer lo máximo para que el crédito vuelva a fluir hacia los proyectos rentables.
— ¿No habría, como hacen en otros países, como Israel —uno de lo que está a la cabeza en este terreno—, que buscar fórmulas innovadoras en materia de fiscalidad que facilitaran ese necesario alumbramiento?
—Para paliar los problemas de liquidez y de acceso al crédito de las empresas, la Ley de Emprendedores crea, en el ámbito del Impuesto sobre el Valor Añadido, un régimen especial del criterio de caja, incentivos a la inversión de beneficios para empresas con un volumen de negocio inferior a diez millones, así como incentivos fiscales a la calidad del crecimiento a través de la innovación empresarial. También incentivos fiscales para la cesión de activos intangibles, modificando el régimen fiscal que se les aplica a las rentas procedentes de determinados activos intangibles. En este sentido, se pretende que el incentivo recaiga sobre la renta neta derivada del activo cedido y no sobre los ingresos procedentes del mismo. Se amplía, por otra parte, la aplicación del régimen fiscal, para los activos adquiridos, bajo ciertas limitaciones, y para los supuestos de transmisión de los activos intangibles.
—Según los expertos, el fracaso es uno de los grandes asuntos de la educación social que hay que poner en su justo lugar. El fracaso forma parte de la vida empresarial, que es «destrucción creadora». ¿No habría que facilitar el reemprendimiento de la actividad a quien la experiencia, aunque sea negativa, le ha mostrado el camino equivocado?
—Precisamente para facilitar la segunda oportunidad, se prevé un mecanismo de negociación extrajudicial de deudas de empresarios, ya sean personas físicas o jurídicas, similar a los existentes en los países de nuestro entorno. Se prevé que puedan pactarse quitas de hasta el 25 por 100 de los créditos y esperas de hasta tres años en la mayoría de los créditos. Para los autónomos, dentro de la nueva figura del Emprendedor de Responsabilidad Limitada, se prevé la ampliación, de uno a dos años, del plazo que debe mediar entre la notificación de la primera diligencia de embargo y la realización material de la subasta, el concurso o cualquier otro medio administrativo de enajenación, cuando afecte a la residencia habitual de un autónomo, en caso de procedimientos de embargo por deudas tributarias o con la Seguridad Social.
Asimismo, la Estrategia de Emprendimiento y Empleo Joven contempla la posibilidad de que los menores de treinta años y que hayan estado de alta en régimen de autónomos puedan reanudar el cobro de la prestación por desempleo si se produce su baja antes del quinto año.
—El director del periódico «El Mercurio» acaba de declarar en Madrid que Chile (que cree que puede ser el primer país iberoamericano que se integre en el primer mundo) manifiesta una gran confianza en el papel que el emprendimiento va a jugar en los países que forman la Alianza del Pacífico. España, ¿no podría ser la puerta de entrada para Iberoamérica, que está creciendo económicamente, de esos emprendedores?
—Las relaciones con Iberoamérica en materia de empleo y emprendimiento son fundamentales y la comunicación e intercambio de experiencias ha permitido grandes hitos, como la VIII Conferencia Iberoamericana de Ministros de Empleo y Seguridad Social que se celebró en Madrid en julio de 2012, durante la que trasladé a mis homólogos las líneas básicas de la Estrategia de Emprendimiento y Empleo 2012-2015, y nuestra intención de abordar un ambicioso paquete de medidas para favorecer el emprendimiento. Quiero destacar que precisamente el ministerio que dirijo ha incorporado en coordinación con otros ministerios en la Ley de Emprendedores un importante paquete de medidas de impulso a la movilidad internacional de emprendedores que quieran invertir en nuestro país.
—Ante las dificultades de financiación, ¿dónde pueden acudir los emprendedores? ¿Qué le parece esa fórmula conocida como los «business angels», por la que los ahorros privados se involucran en la financiación de nuevos proyectos empresariales?
—La Ley de Emprendedores incluye medidas para impulsar la tarea de aquellos que, además del capital financiero, aporten sus conocimientos empresariales o profesionales adecuados para el desarrollo de la sociedad en la que invierten, como hacen los inversores de proximidad o «business angels», o de aquellos que solo estén interesados en aportar capital, «capital semilla». Para todos ellos se establece una deducción del 20 por 100 en la cuota estatal en el IRPF con ocasión de la inversión realizada al entrar en la sociedad, con una base máxima de deducción de veinte mil euros anuales. Asimismo, se podrán beneficiar de la exención total de la plusvalía al salir de la sociedad, siempre y cuando se reinvierta en otra entidad de nueva o reciente creación.
— ¿El emprendedor puede ser una de las soluciones reales para la disminución del desempleo en España?
—Como le he comentado antes, es indudable la importancia de los emprendedores y autónomos para el crecimiento económico y la creación de empleo. Los emprendedores son los que mejor han aguantado la crisis y los que mejor aprovechan las oportunidades en cuanto se presentan. Le daré solo un ejemplo: en menos de tres meses desde la entrada en vigor de las primeras medidas que incluye la Estrategia de Emprendimiento y Empleo Joven, ya se han dado de alta 38.000 jóvenes como autónomos, y otros 12.000 se han beneficiado de los incentivos a la contratación que contiene. Y como es conocido, se han firmado ya más de 110.000 contratos de emprendedores, la modalidad de contrato indefinido bonificado que creamos para apoyar a las empresas más pequeñas a contratar.
—Las cifras del paro empiezan a ser, por primera vez, menos demoledoras. ¿Hay razones para confiar en un cambio de tendencia?
—A pesar de que la recesión todavía sigue siendo intensa, las cifras de paro y de contratación de mayo muestran una tendencia positiva. En términos interanuales, comprobamos que el paro cada vez crece menos y la contratación se mantiene activa.
Creemos que es un signo de que el mercado de trabajo está recuperando sus signos vitales, y nuestro objetivo ahora es que no se quede en una mera mejora coyuntural dictada por la estacionalidad, sino que se asiente y se extienda en el tiempo y responda cuando se reactive la economía.
Como he dicho otras veces, este Gobierno está empeñado en sentar las bases de una recuperación sólida y basada en una fuerte creación de empleo, que es lo que necesitamos para aliviar la carga de tantas personas y familias afectadas por la pérdida de sus empleos.
La política del Gobierno para ello se centrará en la reforma de las políticas de activación para el empleo que se ha recogido en el Programa Nacional de Reformas y que pretende dar oportunidades efectivas a esas personas deseando activarse y hacer su aportación a la recuperación económica.
—«El paro juvenil empieza a quedar atrás». ¿No se puede correr el riesgo de confundir los deseos con la realidad?
—El empleo de los jóvenes ha pasado de ser un problema a formar parte del núcleo indispensable de las políticas públicas en toda Europa.
Ahora la batalla es ya, junto con el Gobierno de España, trabajar para ganar la batalla individual joven por joven. Hay algunos avances en este sentido:
El paro registrado entre los jóvenes menores de 25 años a lo largo de los últimos doce meses, ha disminuido en más de 32.000 personas (32.317), lo que supone que hoy hay casi un 7% menos de jóvenes en paro que hace un año.
Casi 50.000 jóvenes en total, ya sea por cuenta ajena y como emprendedores, se han beneficiado de las medidas de apoyo al emprendimiento del Gobierno.
Miles de jóvenes tienen hoy oportunidades que antes no tenían y esto no es confundir deseos con realidad, es el fruto de un trabajo, serio, intenso y de muchos meses para abordar esta situación y una de las coyunturas más difíciles que ha atravesado nuestra economía. Ello no quiere decir que no quede mucho por hacer. Que sin duda queda mucho por hacer.
—Las pensiones y la edad de jubilación tienen que revisarse, sin duda. Entre las recomendaciones de los expertos y la conveniencia del consenso, ¿qué hay que elegir?
—El sistema de pensiones tiene que seguir siendo un sistema público, fuerte y solvente. Debe poder sostenerse por sí mismo.
Cada vez hay más jubilados, con una pensión media mayor, que financian menos cotizantes. El Factor de Sostenibilidad, que se introdujo en la reforma de las pensiones de 2011, no es otra cosa que un mecanismo que garantiza la sostenibilidad del sistema estableciendo la evolución de sus principales variables de acuerdo a reglas fijas, predecibles y transparentes. Hasta ahora nunca ha sido así.
Evita jugar con las pensiones en año electoral, con subidas o movimientos que no responden a criterios de solvencia del sistema.
El documento presentado por los expertos es una reflexión que nace de la sociedad civil y está abierto al consenso y al mayor acuerdo posible social y político. Por ello, el Gobierno está comprometido a que esta reforma salga adelante, pero con el más amplio respaldo posible porque se trata de una reforma indispensable. Nuestra obligación es facilitar a los más jóvenes lo mismo que a los actuales pensionistas, un sistema público de pensiones sostenible.
Los problemas económicos de Europa han estimulado importantes debates sobre la relación entre políticas gubernamentales y oportunidades económicas. Ciertamente, se trata de una cuestión que los estadounidenses han sopesado con detenimiento, especialmente durante las últimas elecciones presidenciales. A lo largo de la campaña, ambos candidatos se aseguraron de hablar de la influencia de las políticas gubernamentales en los pequeños empresarios. Esta atención a la pequeña empresa el 65% de estadounidense ilustra el hecho de que, según la Small Business Administration (SBA), el 55% de los empleos estadounidenses y todas las ventas del país proceden de las pequeñas empresas. Se trata de una tendencia a largo plazo. Desde 1990, la SBA informa de que las pequeñas empresas han creado ocho millones de nuevos empleos en los Estados Unidos, mientras que las grandes la mitad de esa cifra de empleos (4 millones). Una de las principales fuerzas motrices de la recuperación económica estadounidense es el crecimiento y el ingenio de estas pequeñas empresas. Una cuestión clave que se planteaban los votantes estadounidenses en 2012 era cómo preservar al máximo e impulsar este crucial recurso nacional.
España, junto con el resto de Europa, afronta un reto similar a la hora de aprovechar la pujanza de los emprendedores y de las pequeñas empresas para estimular el crecimiento económico. La experiencia emprendedora estadounidense reviste un gran interés para las audiencias de toda Europa. Durante mi etapa como embajador de Estados Unidos en España y Andorra, una de las cuestiones que más se me ha pedido exponer cuando se me ha invitado a tomar la palabra es la cuestión del espíritu emprendedor estadounidense. Ya sea que nos dirijamos a ejecutivos españoles o a alumnos de enseñanza secundaria, procuramos responder en la medida de lo posible a estas peticiones, ya que nos dan la oportunidad no solamente de hablar acerca de la política económica estadounidense, sino también de valores estadounidenses fundamentales como el voluntariado y el servicio comunitario. Tras los tres años que he pasado en España, mi conclusión personal es que en este país existe cierto anhelo por el tipo de actitud independiente e industriosa que impulsa la cultura emprendedora estadounidense, y también por el espíritu de participación de nuestra ciudadanía en los asuntos comunitarios. Los Estados Unidos distan mucho de la perfección, pero considero que se puede aprender mucho de la manera en que los estadounidenses impulsan la empresa y la comunidad.
El espíritu emprendedor estadounidense se compone de tres elementos cruciales. En primer lugar, esperamos de los emprendedores que comprendan su negocio, no solamente su producto. Este es uno de los motivos por los que muchas universidades de la nación ofrecen programas de máster en administración de empresas centrados en el espíritu emprendedor. La innovación da fruto en el marco de un plan empresarial creíble. En segundo lugar, los estadounidenses aplauden a los emprendedores precisamente por su creatividad y disposición a apostar inteligentemente por nuevas ideas, incluso cuando fracasan. Aceptamos que el éxito empresarial a veces requiere varias tentativas y que los fracasos nos enseñan ciertas lecciones. Por último, los estadounidenses esperan algo más de sus directivos empresariales que meros beneficios. Tenemos la expectativa de que las empresas intervengan de manera positiva como agentes del cambio y del bienestar social. Estas características forman parte del cimiento de la dinámica economía estadounidense, y considero que son las mismas características que España debe desarrollar para competir en la economía mundial actual.
Pocos discutirían que los emprendedores de éxito son un elemento crucial de una economía próspera. Lo cierto es que los economistas calculan que los emprendedores son el origen de casi un tercio del crecimiento económico en el mundo. En las recesiones, a menudo confiamos en que las pequeñas y medianas empresas aprovechen las nuevas oportunidades que surgen de las economías de mercado reorganizadas. Sin embargo, en España no está creciendo la actividad emprendedora. Según el Global Entrepreneur Monitor (GEM), la actividad emprendedora española decayó en un 2% entre 2011 y 2012. Lo cierto es que las nuevas empresas constituyen una porción mínima de la economía española. A modo de indicador, solamente un 5,6% de los empleados españoles trabajan en empresas fundadas hace menos de tres años. Basta con comparar este concepto con China (24%) o los Estados Unidos (12,3%) para observar el papel relativamente menor que desempeña el crecimiento de la pequeña empresa en la economía española. No obstante, las grandes empresas españolas del mañana serán las que funden los emprendedores de hoy. A falta de una economía de pequeña empresa en condiciones saludables, España contará con un grupo de emprendedores limitado para edificar el futuro.
Al mismo tiempo, los españoles parecen percibir escasas oportunidades en la pequeña empresa. Casi un 78% de los españoles que participaron en la encuesta del Eurobarómetro de junio de 2012 indicaron que el autoempleo no era factible. Otro sondeo, efectuado en 2011 por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas, reveló que el 56% de los españoles menores de 30 años aspiraban a trabajar en la administración pública más bien que en empresas privadas. El servicio público es admirable, pero esta falta de interés en las profesiones de negocios sugiere que la juventud española no percibe un futuro positivo para ellos mismos o para su país en el sector empresarial. Esto quizá refleje una comprensible ansiedad en cuanto a las empresas y al capitalismo que la crisis actual está exacerbando. Según mi experiencia, considero que también refleja una desazón generalizada respecto a las economías de empresa, especialmente por parte de los jóvenes que todavía no se han identificado como hombres o mujeres de negocios. Para ellos, el mundo empresarial equivale a una verdadera «jungla» inhóspita, incivilizada y, en definitiva, peligrosa.
Sugiero que analicemos esta preocupación directamente, conservando la metáfora de la jungla. Si uno considera que una jungla es un complejo ecosistema que requiere una amplia variedad de formas de vida para desenvolverse de manera sostenible, quizá resulte que el mundo de los negocios sea algo que convenga explorar más bien que temer. Daniel Isenberg, catedrático de prácticas de administración de empresas de la Universidad Babson de Boston (Massachusetts), ha descrito lo que denomina el «ecosistema emprendedor» como algo esencial para fomentar el espíritu emprendedor y apoyar a los emprendedores. Este ecosistema emprendedor abarca diversos tipos de recursos humanos, financieros, culturales, políticos y de mercado que necesita una economía para crear un entorno en el cual florezca el espíritu emprendedor. La teoría de Isenberg es demasiado detallada para explorarla en profundidad en este artículo, pero deseo destacar varios elementos que, a la luz de mis experiencias y observaciones personales, podrían ser particularmente relevantes para España.
En concreto, sugiero que una atención especial a la financiación, a las políticas públicas y a las normas culturales contribuiría a fomentar en España la cultura emprendedora que existe en los Estados Unidos.
ACCESO A LA FINANCIACIÓN
El éxito de los emprendedores en los Estados Unidos, España o cualquier otro país está asociado a la disponibilidad de financiación para las nuevas empresas o aquellas que se encuentren en etapas iniciales y en fase de crecimiento. En la mayoría de los casos, los fondos iniciales proceden de familiares o amigos cercanos, pero los emprendedores tendrán que recurrir en algún momento a los bancos, firmas de capital de riesgo u otros inversores privados para reunir el capital que necesitan. En los Estados Unidos, la financiación privada facilita una importante transición entre las iniciativas financiadas por las familias y las empresas capaces de atraer financiación procedente de capital de riesgo. Un estudio realizado por la revista The Economist indicó que alrededor de un 17% del PNB estadounidense y el 9% del empleo del sector privado proceden de empresas estadounidenses que en su día fueron financiadas con capital de riesgo.
En España existe una sólida tradición de apoyo financiero familiar. El GEM indica que el 93% de los inversores privados son amigos, vecinos o familiares que invierten por motivaciones personales más bien que financieras. En cambio, los emprendedores españoles tienen escasas alternativas a medida que crece su empresa. El GEM informa de que apenas un 7% de todos los inversores españoles que financian nuevas empresas pueden considerarse business angels (inversores privados) o inversores que buscan oportunidades para obtener beneficios. No en vano, el GEM indica que únicamente el 3,24% de los españoles han invertido dinero alguna vez en una empresa de otra persona, en contraste con un 7% en los Estados Unidos. Como consecuencia de la falta de financiación privada, las empresas españolas que se encuentran en su fase inicial se ven sometidas a dificultades para ampliarse. No se trata solamente de una falta de fondos, aunque esto sea un elemento muy importante. El problema radica en que una economía emprendedora dinámica necesita algo más que dinero. Los emprendedores necesitan personas dedicadas y expertas que les respalden.
Previamente a mis labores diplomáticas, formé parte durante varios años de un grupo de unos ochenta inversores privados apasionados por las innovaciones en el ámbito sanitario. Juntamos dinero en un fondo común de inversión para respaldar empresas nuevas e innovadoras del sector sanitario, pero aportamos mucho más que esto a los proyectos que decidimos respaldar financieramente. Este tipo de inversión en nuevas empresas sirve de puente entre los amigos y familiares y el capital de riesgo. Muchas empresas nuevas o que se encontraban en una fase inicial recurrían a nuestro grupo tanto por el dinero como por los conocimientos del ámbito sanitario que éramos capaces de aportar. La relación continua que manteníamos con estas empresas de cartera, participando en las reuniones de su junta directiva o como asesores, hacía una inestimable aportación a los proyectos en los que invertíamos. Nuestro grupo no era un mero vehículo para invertir, sino una comunidad de personas dotadas de grandes conocimientos, aptitudes y experiencia que tenían un interés común, por no decir una pasión, por vías nuevas e innovadoras para gestionar y tratar las enfermedades y prestar atención médica.
En resumen, la escasez de este tipo de inversores en el ecosistema emprendedor español implica que resulta sumamente difícil que sobrevivan las pequeñas empresas. Además de carecer de financiación de transición, no pueden aprovechar la asesoría de expertos apasionados por su sector.
POLÍTICA GUBERNAMENTAL PROEMPRESARIAL
El segundo factor del entorno que es importante en el ecosistema emprendedor es la influencia de la política gubernamental. Ya sea en la esfera municipal o nacional, las políticas gubernamentales ayudan o bien obstaculizan la actividad emprendedora. En algunos casos, las políticas gubernamentales limitan las actividades empresariales para proteger intereses comunitarios vitales. En otros casos, las políticas gubernamentales inyectan incentivos económicos para promover el crecimiento económico. Independientemente del propósito de una norma o ley gubernamental en concreto, es vital que las pequeñas empresas puedan comprender sus obligaciones y oportunidades y responder a ellas.
Los Estados Unidos han creado una arquitectura de políticas públicas, leyes, relaciones institucionales e incentivos financieros que fomentan y respaldan los esfuerzos de los emprendedores. Esta arquitectura da alas a los emprendedores y les permite asumir riesgos, fundar empresas e incluso fracasar. Cuenta con leyes que protegen los derechos de propiedad intelectual, una estructura reguladora que respalda las nuevas empresas e impulsa su crecimiento, una red de seguridad de derecho concursal, una serie de relaciones institucionales que reúne a las principales partes interesadas, así como incentivos financieros ofrecidos por los gobiernos federal, estatal y local. Estas medidas establecen unas condiciones proempresariales en los Estados Unidos que le permitieron alcanzar el quinto puesto en la encuesta «Doing Business», realizada en 182 países por el Banco Mundial en 2011.
¿Por qué obtuvo España el puesto nº 49 en la misma encuesta? El Banco Mundial examina una serie de factores, entre ellos la facilidad para obtener financiación y construir locales. Uno de los mayores puntos negativos que se encontraron en España fue el concepto de «facilidad para fundar una empresa», en el cual obtuvo el 133º puesto. He trabajado con fantásticos responsables políticos españoles, así que estoy seguro de que esto no refleja una posible indiferencia personal hacia las empresas. Más bien, considero que es un síntoma de una falta de esfuerzo sistemático por determinar cuáles son los obstáculos comunes con los que se topan los emprendedores y cooperar con las partes interesadas para hallar soluciones. Se trata de una responsabilidad tanto de los responsables políticos españoles de todas las esferas como de los miembros de la comunidad empresarial y de los ciudadanos interesados.
PROMOVER UNA CULTURA EMPRESARIAL
Incluso con un apoyo perfecto de la comunidad inversora y del gobierno, es muy probable que un emprendedor fracase al menos una o dos veces antes de alcanzar el éxito. Los emprendedores necesitan cierta medida de tenacidad y confianza en ellos mismos para desenvolverse en el ecosistema emprendedor descrito por el catedrático Isenberg. Estas cualidades son las que se precisan para considerar un fracaso empresarial como una oportunidad para aprender más que un fracaso personal.
La cultura es ciertamente una razón muy significativa por la cual los emprendedores prosperan en los Estados Unidos. Este país ama a sus emprendedores, lo cual refleja el «individualismo» que llevamos inscrito en el ADN. En su discurso inaugural en 2009, el presidente Barack Obama observó lo siguiente: «Han sido los que asumen riesgos, los que actúan, los que crean cosas […] quienes nos han conducido por el largo y escabroso camino que lleva a la prosperidad y a la libertad». Desde su tierna infancia, los estadounidenses aprenden a admirar figuras históricas como Benjamin Franklin y Thomas Edison, que fueron innovadores, inventores y emprendedores. Este sumo respeto explica por qué en los últimos 25 años, cinco de las «Personas del Año» de la revista Time han sido emprendedores: El fundador de la CNN, Ted Turner (1991), el fundador de Intel, Andy Grove (1997), el director general de Amazon, Jeff Bezos (1999), Bill Gates, de Microsoft (2005), y recientemente, el creador de Facebook, Mark Zuckerberg (2010).
En mi experiencia personal con los emprendedores, el factor motivador no es necesariamente el dinero, sino la creencia de que su iniciativa influirá de manera profunda y positiva en el mundo. El dinero sí importa, no en vano, muchos de los ciudadanos más ricos del planeta son emprendedores estadounidenses. No obstante, el pueblo estadounidense aplaude a los emprendedores por algo más que su éxito financiero, en concreto, su empeño por aportar algo positivo al mundo. Quizá no todas las nuevas empresas cambien el mundo, pero el hecho de que exista tal posibilidad resulta vital. Por último, quisiera destacar que el espíritu emprendedor estadounidense también contribuye notablemente a lograr una sociedad más equitativa. Cualquier persona que cuente con la inteligencia y la tenacidad para lograr el éxito como emprendedor merece respeto en los Estados Unidos.
Innumerables grandes hombres de negocios españoles han expresado su admiración por la cultura emprendedora estadounidense, pero mi etapa en España me ha convencido de que este país cuenta con todos los componentes básicos de una cultura emprendedora. El fundador de Inditex, Amancio Ortega, hijo de un empleado de ferrocarriles que se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo, es la personificación misma del éxito emprendedor. María Benjumea, fundadora y directora general de Infoempleo, forma parte de los muchos emprendedores españoles de éxito que prestan apoyo y asesoría, especialmente a mujeres. El empeño de Zaryn Dentzel por transformar Tuenti en una red social de gran envergadura nos recuerda que España también ha apostado por el potencial de la innovación tecnológica. Sus respectivos fracasos y éxitos recuerdan a la nueva generación de emprendedores españoles que el fracaso es un resultado aceptable y honorable en el marco del espíritu emprendedor.
EL PAPEL DEL SERVICIO EN EL ECOSISTEMA EMPRENDEDOR
Esa nueva generación de emprendedores punteros es crucial para el futuro económico de España, lo cual significa que también es importante para los Estados Unidos. En muchos otros foros, he explicado que el destino económico de nuestros respectivos países está estrechamente ligado. España y los Estados Unidos mantienen significativas relaciones comerciales y ni una economía ni la otra emergerán plenamente de la crisis económica mundial por sí solas. El fomento del espíritu emprendedor en España es una prioridad para la embajada estadounidense, ya que consideramos que una economía española más fuerte es conveniente para la economía estadounidense y para los intereses internacionales que compartimos. Prácticamente todas las secciones de nuestra embajada están trabajando en esta cuestión. Nuestro equipo diplomático público organiza talleres para exponer el espíritu emprendedor estadounidense a los jóvenes españoles y facilitar información sobre oportunidades de estudiar en los Estados Unidos. Nuestros responsables del aspecto económico están coordinando un programa innovador con los clubes Rotary de Madrid para elaborar una serie de materiales de formación en espíritu emprendedor orientados a los jóvenes. Nuestro equipo comercial aporta información y apoyo a los emprendedores españoles interesados en colaborar con socios estadounidenses. Nuestras autoridades consulares procesan las solicitudes de visados de negocios o estudios con la mayor eficiencia posible.
De todas estas notables labores, personalmente considero que el empeño de nuestra embajada en promover el servicio comunitario es la aportación más importante que estamos haciendo para fomentar el espíritu emprendedor estadounidense en España. En 2012, la ciudad de Madrid se unió a la coalición Ciudades de Servicio, la cual fomenta el voluntariado como parte esencial del funcionamiento de la ciudad. Se trata de un paso firme que espero que otras ciudades españolas emulen, ya que no puedo imaginar una ciudad de emprendedores que no sea, en el fondo, una ciudad de servicio. El servicio comunitario forma parte del mismo ADN que impulsa al ecosistema emprendedor. Esto explica que haya tantas empresas estadounidenses y españolas de éxito que incluyan la responsabilidad social empresarial como parte fundamental de su estrategia empresarial. Los estadounidenses tienen mucho que aprender de la pasión y la dedicación que muestran las empresas españolas hacia la responsabilidad social empresarial, especialmente en estos tiempos de dificultad económica. Espero que haya más pequeñas empresas españolas (los emprendedores sociales más pujantes) que compartan este compromiso.
Al principio de este artículo, expresé que los estadounidenses esperan algo más de los emprendedores que meros beneficios. No todos los emprendedores se convertirán en Bill Gates, pero todo empresario tiene la oportunidad de utilizar sus talentos, energía y pasión para beneficiar a su comunidad. Esta labor también pone de relieve la interconexión entre nuestras aspiraciones emprendedoras y el ecosistema y la sociedad que nos respaldan. Los Estados Unidos han reaccionado ante su recesión económica y han avanzado gracias al esfuerzo de las pequeñas empresas y de los emprendedores que vieron una oportunidad en un momento difícil para la economía. Considero que muchos españoles con esta misma actitud contribuirán a impulsar la recuperación económica española, además de construir una economía más firme y potente que refleje los numerosos recursos y virtudes de España. Si la experiencia emprendedora estadounidense ha demostrado algo, es que esta nueva realidad económica debe ser analizada por personas inteligentes, curiosas y valientes que, a partes iguales, dominen sus perspectivas empresariales y estén comprometidas en aportar algo positivo a la comunidad. _
Tras doce años de gobierno a cargo del Partido de Acción Nacional (PAN) las elecciones federales mexicanas celebradas en julio de 2012 llevaron a la presidencia de México al candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, que se impuso con holgura al candidato izquierdista, Andrés Manuel López Obrador, quedando la aspirante a la presidencia por el PAN, Josefina Vázquez Mota, relegada al tercer lugar. Asimismo, el PRI alcanzaba una mayoría relativa en el Senado y revalidaba la que ya poseía en la Cámara de Diputados, si bien perdiendo un apreciable número de escaños. No prosperó la improcedente impugnación de los comicios planteada por la izquierda ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial, y el 1 de diciembre de 2012 Peña Nieto, tras recibir la banda presidencial de manos del presidente saliente, Felipe Calderón, asumía la jefatura del Estado.
Todavía en la campaña electoral muchos mexicanos seguían sin tener claro que Peña Nieto encarnase realmente un PRI moderno, libre de las inclinaciones autoritarias del pasado y firmemente comprometido con la democracia liberal. Existía el temor de que una vez asentado de nuevo en Los Pinos, el PRI se entregase a la tarea de deshacer todo lo bueno llevado a cabo por las administraciones de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012). Fundado con el nombre de Partido Nacional Revolucionario en 1929 por Plutarco Elías Calles como medio de institucionalizar las conquistas de la revolución de 1910, el PRI se enseñoreó del Estado posrevolucionario en todos sus niveles para instituir lo que Mario Vargas Llosa definió brillantemente como «la dictadura perfecta». En efecto, durante ochenta años imperó en México un sistema político formalmente democrático, pero que en la práctica constituía una oligocracia en manos del PRI, cuyos candidatos se imponían sistemáticamente en las elecciones merced a la tutela que el partido ejercía tanto sobre el aparato estatal como sobre la sociedad mexicana. Coronado por una presidencia «imperial» dotada de amplísimas prerrogativas, el régimen del PRI admitía la existencia de oposición política, mas esta era frecuentemente ridiculizada y en no pocas ocasiones duramente reprimida. Tristemente famosa es la matanza del 2 de octubre de 1968, cuando fuerzas paramilitares y unidades del Ejército mexicano masacraron a cientos de estudiantes que pacíficamente se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas de Ciudad de México en contra del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Y cuando la oposición se las arreglaba para concurrir a unas elecciones con posibilidades reales de victoria, como sucedió en las elecciones federales de 1988, la maquinaria de poder y corrupción al servicio del PRI incurría en el fraude electoral más flagrante para impedir la derrota del oficialismo. Incluso Ernesto Zedillo, último presidente priista antes de Peña Nieto, admitió que su llegada al poder en 1994 fue limpia, aunque «no equitativa». Sea como fuere, el régimen autoritario del PRI devino inviable una vez que Zedillo decidió liberalizar el sistema y abrir la puerta a la democracia. El 2 de julio del año 2000, día en que Vicente Fox derrotó al priista Francisco Labastida en las elecciones presidenciales, concluía de forma efectiva la era del PRI, iniciando México una nueva etapa de la que Peña Nieto y su administración forman parte. En efecto, el nuevo inquilino de Los Pinos ha declarado que no hay que mirar al pasado y que uno de sus principales objetivos es la renovación del partido, es decir, que el PRI nacionalista, corrupto y autoritario pase definitivamente a la historia.
A ello contribuirá la sustancial transformación en todos los órdenes experimentada por el país azteca desde el annus horribilis de 1994, fecha del levantamiento zapatista en el estado de Chiapas y del estallido de la mayor crisis económica y financiera sufrida por México en décadas. Institucionalmente, México goza hoy de un vigor y solidez notables, existiendo una efectiva separación e independencia de poderes que imposibilita la reinstauración del todopoderoso presidencialismo de antaño. La Suprema Corte de Justicia, que ha fiscalizado estrechamente la labor ejecutiva de las administraciones Fox y Calderón, seguirá marcando de cerca a la presidencia, mientras que el Instituto Federal Electoral continuará confiriendo legitimidad a las elecciones que se celebren en territorio mexicano. Asimismo, se han consolidado organismos independientes que cumplen una función esencial, como el Banco de México, cuya rigurosa política monetaria ha posibilitado el mantenimiento de la inflación en niveles relativamente bajos durante la última década, o el Instituto Federal de Acceso a la Información, imprescindible como instrumento de transparencia y de control sobre los poderes públicos.
Otra salvaguardia frente a una hipotética subversión del régimen demoliberal por el PRI es la profunda integración de México en la sociedad internacional a través de acuerdos bilaterales y de su participación en múltiples organismos de cooperación. Como recordaba el año pasado el exsecretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, el país azteca ha tendido una tupida red de acuerdos de libre comercio (veintidós para ser exactos, más que ningún otro país) que incluyen, al igual que el resto de instrumentos internacionales suscritos por México en los últimos quince años, cláusulas contra la corrupción, democráticas y de respeto a los derechos humanos. La apertura del país al resto del mundo ha supuesto, en definitiva, el sometimiento del Gobierno y de las instituciones mexicanas a la fiscalización internacional en materia de derechos de propiedad, libertad de prensa y buen gobierno, unos principios sistemáticamente vulnerados durante la dictadura perfecta priista (Jorge Castañeda, «Las implicaciones de una victoria del PRI», El País, 19/06/2012).
La democratización del país, su apertura al exterior y el robustecimiento institucional son logros notabilísimos que, lamentablemente, han quedado oscurecidos en los últimos años por la violencia generada por los brutales cárteles de la droga, una violencia recrudecida durante la presidencia de Calderón por el implacable hostigamiento al que estas organizaciones criminales se vieron sometidas por el Ejército y las fuerzas de seguridad. Una guerra en toda regla que ha costado al Estado mexicano más de 50.000 millones de dólares y en la que han perdido la vida nada menos que 60.000 personas. La situación de inseguridad en el país se agravó de tal manera que en 2009, incurriendo en considerable precipitación y desmesura, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos juzgó posible que México se convirtiera en un Estado fallido. Estas apocalípticas predicciones de los expertos del Pentágono se sumaban a una larga lista de prejuicios en torno a México abrigados por analistas y políticos en activo de ambos lados del Atlántico, según los cuales México era un país sumido en el caos, poseedor de una economía estancada e irremediablemente rezagado de la supuesta locomotora regional: Brasil. Si estas nociones eran inexactas en 2009, cuatro años más tarde resultan del todo erradas.
Lo son porque la economía mexicana creció a mayor ritmo que la brasileña el año pasado y en el año en curso lo hará más del doble (4% frente a 2%). También porque México ha dejado ser un país de emigrantes y presenta un saldo migratorio nulo. En fin, a pesar de que el crimen organizado conserva una fuerte implantación en el país y de que los cárteles seguirán prosperando mientras exista demanda de estupefacientes al norte del Río Grande y en el Viejo Continente, hay un dato trascendental que muchos estudios sobre el país azteca pasan por alto: la tasa de homicidios en México comienza ahora a descender por primera vez en cinco años.
Asimismo, como ya se ha apuntado, el México actual apuesta decididamente por el librecambio y la incitativa privada, lo que lo convierte en destino ideal para aquellas multinacionales que persiguen deslocalizarse. Empresas europeas, estadounidenses y canadienses fabrican en suelo mexicano desde componentes electrónicas a piezas de avión, pasando por televisores, frigoríficos y toda clase de equipamiento doméstico, generando en el país un número nada de desdeñable de empleos. Se trata de unos bienes elaborados cuyo coste de fabricación y transporte es considerablemente más bajo que el de los productos fabricados en China. En fin, cada año México exporta bienes elaborados por un valor que equivale al del resto de países de América Latina tomados en su conjunto («Special Report Mexico», The Economist, p. 5, 24/11/2012).
Resulta, por tanto, injusta la comparación desfavorable de México con Brasil. México no solamente crece más que el gigante sudamericano (y la brecha se agrandará si la administración de Peña Nieto alcanza el objetivo marcado de situar la tasa de crecimiento en el 6% anual), sino que tanto en PIB per cápita como en los indicadores de pobreza, desarrollo humano y desigualdad el país azteca presenta mejores números que Brasil. Asimismo, mientras que México exporta manufacturas, Brasil ofrece materias primas y productos primarios, cuyo precio ha comenzado a caer debido al descenso de la demanda en Europa y Japón, pero también en China. Como ha admitido Jorge Castañeda, la insistencia del expresidente Calderón en la guerra contra los cárteles de la droga y el enorme coste humano de esta han generado una imagen catastrófica de México que en absoluto se corresponde con la realidad económica y social del país (Jorge Castañeda, «La rivalidad México-Brasil», El País, 2/03/2013).
Empero, a pesar de la excelente salud de las instituciones federales, de la modernización del país y del vigor de su economía, la administración de Peña Nieto debe afrontar reformas de alcance a fin de consolidar lo ganado, acelerar el crecimiento y erradicar los últimos vestigios de clientelismo y corrupción. Algunas de esas medidas inaplazables han sido esbozadas en el denominado Plan Nacional de Desarrollo, recientemente presentado por el presidente. El objetivo último que persigue el plan es elevar la calidad de vida de los mexicanos en un México en paz, incluyente, con educación de calidad, próspero e influyente en el mundo. Sin embargo, no se recogen medidas concretas en un plan que, lamentablemente, se queda en una mera declaración de intenciones desprovista de mecanismos de ejecución y evaluación.
Poco después de asumir la presidencia, Peña Nieto logró que el PAN y el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD) hicieron suya la agenda reformista de Los Pinos en el conocido como Pacto por México, un acuerdo que obedece tanto a la voluntad dialogante del presidente como a la más prosaica aritmética electoral, pues el PRI carece de mayoría absoluta en el Congreso de la Unión. Aunque los objetivos del pacto están claros sobre el papel, algunos legisladores de la oposición han expresado recientemente su rechazo a un acuerdo que juzgan mero instrumento al servicio de los intereses espurios de Los Pinos y del PRI. Sea como sea, por muy bienintencionados que hayan sido Peña Nieto y su partido, resulta incuestionable que se trata de un pacto de índole oligárquica suscrito entre las jefaturas de las tres principales fuerzas políticas mexicanas y que no responde a un pacto social previo que lo legitime.
La profusa agenda reformista de Peña Nieto incluye tanto la simplificación y potenciación del sistema tributario como la supresión de los privilegios de que gozaban desde los años más duros del priismo dos de los poderes fácticos de aquel Estado corporativo: el sector monopolístico de las telecomunicaciones y los sindicatos. La proverbial escasez de crédito bancario pretende ser paliada mediante una reforma financiera que deberá permitir el acceso a los préstamos a las pequeñas y medianas empresas mexicanas, que generan el 74% del empleo en el país. Aunque la administración de Peña Nieto no contempla la privatización de Pemex, la empresa pública de petróleos fundada en 1938 tras la nacionalización del sector de los hidrocarburos por el presidente Lázaro Cárdenas, sí ha manifestado su intención de modernizarla y de hacerla más eficiente. Medida fundamental, pues la falta de inversión y tecnología de que adolece Pemex, consecuencia inevitable de su pésima gestión, impide explotar con la debida intensidad los vastos yacimientos de petróleo recientemente descubiertos en aguas mexicanas del golfo de México.
La citada solidez institucional no se puede hacer extensiva al gobierno de muchos de los estados federados y es en esta pervivencia de la corrupción y el clientelismo en el nivel regional donde la administración Peña Nieto tiene uno de sus mayores desafíos. El fenómeno se explica en parte por la proscripción constitucional de la reelección consecutiva de cualquier cargo público, desde el presidente a los alcaldes, que, de momento, Peña Nieto no tiene intención de abrogar. Ante semejante restricción, una vez elegidos en las urnas los gobernadores y legisladores de los estados desatienden las necesidades de sus electores, cuyo voto ya no necesitan, dedicándose en cambio a complacer tanto al aparato de sus respectivos partidos como a sindicatos, patronal, medios de comunicación y demás grupos de interés. El problema se agrava por el respaldo casi incondicional que el Gobierno federal presta a los estados mal gobernados y más manirrotos, práctica que para algunos autores (Aguilar Carmín, Castañeda) supone la degeneración del federalismo en una forma de neofeudalismo (op. cit., The Economist, p. 16). En fin, un vicio clientelar de muy difícil erradicación que degrada la democracia formal, enajena la confianza de los ciudadanos en las instituciones estatales y entorpece el crecimiento económico.
En lo que respecta a la lucha contra el crimen organizado, Peña Nieto y su equipo no parecen seguir un rumbo claro. Aunque la actual administración se ha comprometido a reducir la violencia en las calles, su política de seguridad, que prioriza el gasto en prevención y programas sociales, continúa siendo vaga e imprecisa. Incluso las medidas concretas, como la creación de una nueva gendarmería federal, carecen de plazos y modos de implementación claros. Dicha indefinición preocupa en Washington D.C., donde la violencia mexicana, al igual que el aflujo de inmigrantes ilegales procedentes del lado sur de la frontera, se siguen considerando una amenaza potencial a la seguridad de los Estados Unidos. Puesto que el presidente Obama desea dar continuidad a la estrecha colaboración entre ambos países en materia de seguridad, concretada en la Iniciativa Mérida, urge que Los Pinos defina una estrategia concreta para pacificar el país que, sin incurrir en los excesos de la «guerra contra el narco» de Calderón, erosione la capacidad de los cárteles para operar y causar quebranto a la sociedad mexicana.
Un estudio del México actual, aunque pretenda ser somero y no exhaustivo, estaría incompleto sin una alusión al contexto regional, pues el país azteca está en condiciones, siempre que exista voluntad política para ello, de liderar a la región. Especialmente ahora que América Latina, en su conjunto, atraviesa un momento de bonanza. Excepción hecha de las repúblicas con regímenes populistas integradas en el ALBA, en la región se ha consolidado la observancia de las libertades individuales y de los procedimientos democráticos. El imperio de la ley y la ortodoxia macroeconómica son ahora la norma en unas repúblicas abiertas de par en par al resto del mundo. América Latina se halla, pues, ante una oportunidad única de consolidar su desarrollo. Siendo el segundo país más poblado de América Latina, únicamente superado por Brasil, y la segunda economía de la región y undécima del mundo, México puede contribuir decisivamente a ello. La participación del país azteca como miembro fundador en la recientemente constituida Alianza del Pacífico, que agrupa a los cuatro países latinoamericanos más vigorosos institucional
y económicamente (México, Chile, Colombia y Perú) debe servir para convertir a este formidable bloque comercial en el núcleo de ulteriores procesos de integración latinoamericana. En particular ahora que el ALBA languidece tras la muerte de Hugo Chávez y el Mercosur demuestra no ser más que un área de libre comercio imperfecta. Asimismo, un México que promueva la integración de América Latina puede hacer lo propio con la cooperación iberoamericana, como ya sucedió a comienzos de los años noventa, cuando el país azteca y España impulsaron con entusiasmo el sistema de Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno.
En definitiva, existe un nuevo PRI personificado en el presidente Peña Nieto, pero existe también un México que ha cambiado sustancialmente en las últimas dos décadas. Si la actual administración persevera en las reformas ya iniciadas y asume aquellas que de momento ha soslayado el conjunto de la ciudadanía saldrá beneficiado. Y no solo en México, también en una América Latina de la que México es parte sustancial y de cuyos problemas simplemente no puede desentenderse. _
En los últimos veinte años se ha desencadenado un aumento de la inversión en nuevos mercados procedente de los países más industrializados. Este nuevo esquema ha favorecido que la incorporación de los países emergentes al proceso de globalización se haya formulado de una manera más rápida.
Además, este fenómeno ha facilitado un aumento de las inversiones entre las propias economías en vías de desarrollo y la expansión de empresas multinacionales procedentes de Brasil, Rusia, India y China, «los BRIC».
Así, se observa cómo cada vez son más las empresas iberoamericanas que se suman a este vigoroso proceso de internacionalización. Y la tendencia indica, además, que el modelo se extiende más allá de las orillas de América Latina, superando las fronteras regionales.
CANTIDAD DE EMPRESAS EN EL RANKING POR PAÍS

Con el crecimiento económico de la región y el ensanchamiento de las clases medias en los últimos años, la fuerza de las multilatinas, como ilustra el gráfico, ha seguido creciendo. Las ventas de las principales cincuenta empresas multilatinas llegaron a 623.000 millones de dólares en 2011, cifra superior en 11,5% a las ventas que tenían cuatro años antes.
El índice de globalización se determina por medio de diferentes variables como son: el índice de cobertura geográfica, las ventas en el extranjero, la inversión extranjera, los trabajadores en el extranjero y el índice del potencial de crecimiento.
Si se analizan los principales indicadores del gráfico publicado por América Economía en 2012 respecto a las 65 multilatinas más globalizadas, se registra lo siguiente: Brasil es el país líder en la región con un total de 25 empresas en el ranking, seguido por México que cuenta con catorce, Chile doce, Argentina cuatro y Colombia tres.
Respecto a las principales actividades de las empresas líderes, el sector de la alimentación es el más fuerte con nueve empresas; la ingeniería, la construcción y el retail con cinco, seguidos por la industria cementera y las aerolíneas con cuatro.
Las cinco empresas que obtuvieron mayores beneficios (cifras en miles de millones de dólares): VALE (Brasil) 20.158,70, PETROBRAS (Brasil) 17.759,40, AMÉRICA MÓVIL(México) 5.923,70, ELEKTRA (México) 2.144,60 y TENARIS(Argentina) 1.331,20. En cuanto a las empresas que operan en mayor cantidad de países, en primer lugar se encuentra BRIGHTSTAR (Bolivia), que opera en 50 países, seguido por WEG (Brasil) en 49 países, LUPATECH (Brasil) en 39, VALE (Brasil) con el mismo número de países y CEMEX(México) que opera en 36. La generación de empleo marca la siguiente tendencia: FEMSA (México) es la empresa que cuenta con un mayor número de empleados, con un total de 177.470. En segundo lugar ANDRADE GUTIÉRREZ(Brasil), con 175.503 empleados. En tercer lugar el GRUPOJBS-FRIBOI (Brasil), 128.036, seguido por BRASIL FOODS (Brasil), 127.982, y GRUPO BIMBO (México), empresa que emplea a 126.747.
Hay razones para pensar que la década en curso conferirá un papel destacado a las multinacionales emergentes y, en buena medida, a las de América Latina, llamadas a consolidar su presencia no solo en la región sino también en Europa, EEUU y Asia Pacífico. En cuanto al viejo continente, cabe señalar que España ofrece al tejido empresarial latinoamericano una privilegiada posición geoestratégica. Su pertenencia a la Unión Europea, su proximidad al norte de África y una economía de considerable peso mundial la convierten en un hub relevante. Una circunstancia que podría aprovechar España para convertirse en polo de inversiones iberoamericanas hacia la UE y acoger las sedes corporativas internacionales de estas empresas. Por estos motivos, todo parece indicar que aquellos flujos de dinero que mayoritariamente circularon en una dirección, tendrán mayor movilidad de «ida y vuelta». Además, aquellas empresas multinacionales que toman la decisión de «aterrizar» en Iberoamérica son cada vez más numerosas.
Si bien han sido muchas multilatinas las que han demostrado gran capacidad para adaptarse a las nuevas tendencias de consumo globales, no se puede descartar en este análisis un dato relevante: muchas Pymes gozan hoy de tecnología digital que antes estaba solo al servicio de la gran empresa y que todavía no ha sido explotada en la medida de sus posibilidades.
América Latina se encuentra nuevamente ante una oportunidad histórica de consolidar una prosperidad duradera. El crecimiento económico sostenido que ha logrado la mayoría de la región requiere disciplina macroeconómica. Pero esta es solo una de las condiciones necesarias para ser protagonista en un mundo complejo y cada vez más competitivo.
Para la prosperidad económica y social de América Latina es necesario el desarrollo de su tejido productivo, un proceso que la iniciativa privada debe liderar. La actividad emprendedora exige para desarrollarse debidamente un entorno de estabilidad y seguridad jurídica. Resulta imprescindible tener un marco legal claro, estable y predecible; simplificación administrativa, reduciendo los costes burocráticos; una mayor facilidad para la apertura y el cierre de empresas.
El buen momento y la gran magnitud de la economía iberoamericana se pone de manifiesto en ciertos datos macroeconómicos. Uno de los más llamativos muestra que el PIB nominal de Iberoamérica, en su conjunto, es hoy superior al de China. Otro es la impresionante reducción de la pobreza en las últimas dos décadas, que se logró reducir en más de veinte puntos. Ejemplos ilustrativos son los de Perú y Chile: el PIB del Perú se triplicó en los últimos diez años y la economía chilena cerró el 2012 con números «mágicos»: 1,5% de inflación, crecimiento del 5,5% y desempleo del 6,3%.

Efectivamente, el crecimiento económico en la región ha sido considerable en los últimos años. El crecimiento del producto regional se ubicó en torno al 5% entre 2004 y 2010, con la excepción de los dos años de la gran recesión global, frente a un 2,9% de promedio en los últimos treinta años. América Latina mostró en esta década tasas de crecimiento que casi duplicaron aquellas de las últimas tres décadas, situándose en la actualidad en el entorno de las tasas de crecimiento del conjunto de los países emergentes asiáticos.
Por otro lado, la región recibió una cifra récord de inversiones extranjeras directas en 2012, según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). De acuerdo con el documento, la inversión extranjera directa (IED) sumó el año pasado un total de 173.361 millones de dólares, es decir, un 6,7% más que en 2011.
Un incremento que se da pese al contexto externo de marcada reducción de estos flujos mundiales. El crecimiento económico sostenido de la región, los altos precios de las materias primas y la elevada rentabilidad de las inversiones asociadas a la explotación de los recursos naturales son los responsables de estas elocuentes cifras.
Brasil continúa figurando como el principal receptor de IED, y los aumentos más importantes se registraron en Chile, que recibió 30.323 millones de dólares, y Perú, con 12.240 millones de dólares.
La globalización tiene un impacto extraordinario tanto en las empresas como en los países que actúan en mercados amplios, abiertos y competitivos. Este fenómeno representa una gran oportunidad de desarrollo y crecimiento. Con esquemas proactivos que nos orienten hacia una mayor competitividad y la búsqueda de una mayor innovación dentro de la sociedad del conocimiento se podrá ser protagonista de este momento.
Las nuevas tecnologías, las mejores prácticas y la apuesta por una educación de calidad que trascienda fronteras y barreras son algunas de las variables de análisis para realizar un estudio sobre la competitividad en el siglo XXI.
Pero América Latina parece encontrar dificultades a la hora de generar marcos competitivos que podrían multiplicar este crecimiento para lograr un verdadero desarrollo. No se puede obviar en este estudio una realidad inapelable: mientras en 1960 las materias primas representaban el 30% del producto bruto mundial, hoy solo representan el tres por ciento. El valor añadido del conocimiento es lo que le otorga verdadero impulso a las economías para generar oportunidades a sus ciudadanos.
En los rankings de competitividad los países de América Latina no destacan. Un ejemplo ilustrativo de este fenómeno es la baja cantidad de patentes que otorga la región por año comparada con otros países.

Cuestiones tan relevantes como una buena integración con infraestructuras y telecomunicaciones de calidad y modernas; la facilitación de climas que incentiven el talento, la creatividad, la innovación, que premie el esfuerzo, así como las nuevas tecnologías al servicio del ciudadano, son algunos de los temas sensibles que desde la política no pueden omitirse. Sin descartar la importancia de contar con instituciones para la competitividad; en definitiva, herramientas legales para facilitar la libre movilidad y facilidad «emprendedora».
En esta situación son fundamentales los procesos de inmigración e integración que estimulen la innovación: como los visados cualificados, la libre circulación de directivos de empresas, la seguridad jurídica, así como comprender la importancia del hecho de que estamos interactuando en la era del trabajo en red. Porque es el momento de cambiar la forma de interpretar la integración y entender que no solo se trata de facilitar movimientos de bienes y servicios, sino que se debe involucrar la ciencia, la tecnología y la cultura en este proceso. Es decir, que las relaciones de comercio no sean estrictamente mercantiles, sino que también se incorporen vínculos más fuertes en temas de educación, ciencia, tecnología y medio ambiente.
Una agenda de propuestas no puede dejar de lado cuestiones como la generación de un mercado único digital, la creación de una plataforma de intercambio académico, o la firme apuesta por el desarrollo basado en instituciones con seguridad jurídica, y marcos claros, libres de barreras, complementados con inversiones en infraestructuras y telecomunicaciones modernas.
Por ello, si Iberoamérica realmente quiere actuar como un actor de referencia global debe ocuparse de cuestiones clave como la protección de patentes, las agendas digitales para sus administraciones, ciudades inteligentes o redes de emprendedores.
Para que todo esto ocurra los gobiernos deben facilitar el potencial empresarial, no poner obstáculos, sino idear propuestas para crear un buen clima de negocios. Animar a los jóvenes para que vean a los emprendedores como un modelo a seguir es una tarea crucial para generar ecosistemas competitivos. Armonizar el derecho mercantil, reducir cargas administrativas, modernizar la educación, fortalecer la calidad y el acceso a la educación en Iberoamérica. El libre tránsito de personas con una buena política de visados también será clave para un mercado iberoamericano potente.
El ranking Doing Business 2012, elaborado por la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial, mide diversos indicadores del clima de negocios de 185 países. Se entiende por buen clima la existencia de un conjunto de condiciones que facilitan la actividad empresarial en una sociedad.
La ubicación en la «tabla» de cada Estado depende así de un promedio de clasificaciones en las variables que se ponderan. En lo relativo a la facilidad para la apertura de negocios destacan Panamá, Chile, México, Uruguay y Perú; con peores performances figuran Bolivia, Guatemala, Ecuador, Honduras y Argentina; mientras que en la facilidad para obtener créditos los que encabezan son Guatemala, Honduras, Perú, México y Chile, y los que cierran la lista Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Brasil y Paraguay; en lo que refiere protección de los inversores Colombia, Perú, Chile, México y Paraguay. En pago de impuestos, cumplimiento de contratos y registros de propiedad Chile, Perú y Colombia siguen siendo los mejores valorados.
En definitiva, la clasificación final que es resultado de mensurar todos los indicadores nos llevan a ubicar a Chile en el primer lugar en la región y 37º en el mundo, seguido por Perú (43º), Colombia (45º), México (48º) y Panamá (61º). Siendo así estas las cinco naciones con mejor clima de negocios de América Latina. Una clasificación que habla de la potencialidad de la Alianza del Pacífico, pues sus miembros ocupan las primeras ubicaciones (los cuatro primeros como miembros plenos; todos ubicados entre las cincuenta naciones con mejor clima de negocios del mundo y Panamá como miembro observador que se dispone a solicitar su plena inclusión.) Por otro lado, los países peor ubicados en nuestro informe son: Venezuela (180º global), Bolivia (155º global), Ecuador (139º global), Brasil (130º global) y Honduras (125º global).
Ahora es preciso subrayar que podemos comprobar la precisión de los resultados anteriores si se analizan también los que arroja el The Global Competitiveness Report 2012-2013, elaborado por el Foro Económico Mundial, en el que se mide un conjunto de instituciones, políticas y factores capaces de proveer a las naciones unos niveles de prosperidad a mediano plazo; a través del estudio de indicadores como la institucionalidad pública, estabilidad macroeconómica, eficiencia del mercado de bienes, sofisticación del mercado financiero, disposición tecnológica, innovación, y tamaño del mercado. Un reporte que vuelve a ubicar a países como Chile (33º), Panamá (40º) México (53º), Perú (61º) y Colombia (69º) en la vanguardia de América Latina junto a países como Brasil (48º) y Costa Rica (57º).
La importancia del intercambio de estudiantes y profesores en una amplia plataforma de conocimiento es una cuestión clave a la hora de abordar la competitividad. Los profesores y estudiantes procedentes de América Latina se suelen sorprender ante la diversidad de procedencias que se pueden encontrar en las universidades de Europa. Si no se conoce el programa Erasmus y lo que este permite, puede asombrar el hecho de que en Europa muchos jóvenes no solo vienen de visita y turismo, sino que se quedan durante un tiempo formando parte de la vida y de la universidad del país de acogida.
La educación y la integración son vitales para el desarrollo de las naciones y los programas de intercambio académicos incentivan la movilidad de estudiantes y profesores. Latinoamérica está dando buenos pasos en esta dirección. Está bien que lo haga. Una región con el 20% de su población en edad de cursar estudios superiores representa una demografía envidiable que debe ser aprovechada.
Tampoco debemos olvidar que Latinoamérica tiene en sus credenciales una larga trayectoria universitaria, cuenta con universidades anteriores a Harvard. Por otro lado, la emergencia de la Alianza del Pacífico, con un mercado de doscientos millones de personas que cuenta con dos billones de dólares de PIB anual y cincuenta por ciento de las exportaciones de la región, y que comenzó a transitar este proceso de intercambio y movilidad académica incorporándolos en sus acuerdos como tema prioritario, debe servir de ejemplo para «contagiar» al resto de la comunidad iberoamericana.
Por otro lado, en un reciente encuentro bilateral los mandatarios de EE UU y México también han establecido una hoja de ruta ambiciosa de intercambio académico y de innovación.
Iberoamérica cuenta con veinte millones de estudiantes en educación superior y más de dos mil centros de estudios superiores. A mediados del siglo pasado no había más de doscientos. Por otro lado, hoy, la revolución tecnológica y digital es lo que fue la revolución industrial de hace dos siglos.
El programa Erasmus nació en Europa en el año 1987. Es un programa de cooperación entre las universidades de todos los países involucrados. Su fin es fomentar el intercambio de estudiantes y también de profesores a nivel universitario. Durante este tiempo, más de un millón de estudiantes se han beneficiado del programa Erasmus que ya comprende 31 países.
El programa Erasmus brinda a las universidades de los países que forman parte del mismo la oportunidad de firmar convenios de intercambio. Permite a los estudiantes que cursan sus estudios en Europa realizar estancias en el extranjero que luego les serán oficialmente reconocidas como parte de su formación.
El programa Erasmus trasciende el aspecto meramente académico de adquisición de conocimientos y parte de su éxito reside en el desarrollo de sólidos vínculos interpersonales entre estudiantes de diferentes nacionalidades. Se erige como pilar en la formación de una conciencia de ciudadanía europea, un instrumento clave de integración y pertenencia a un espacio de valores comunes. Es una clara demostración acerca de cómo la voluntad política puede abrirse paso para privilegiar lo mucho que nos une por encima de lo que nos separa. A pesar de encontrarnos con una heterogeneidad de lenguas, costumbres y modos de entender la vida, en Europa se ha comprendido que todos estos elementos enriquecen y fortalecen una identidad común europea.
América Latina no cuenta todavía con un programa de estas características aunque es cierto que se está avanzando, como mencionaba más arriba, para incentivar la movilidad de los estudiantes. También se debe avanzar para que los empleados de una misma empresa puedan realizar prácticas en otros países sin trabas.
Sin embargo, resulta paradójico que en una región donde las afinidades entre los países son tan profundas, haya sido tan difícil diseñar este tipo de proyectos que estimulan el intercambio y la integración. No se trata solo de replicar esta experiencia exitosa, porque hay mucho más: desde las cátedras Jean Monnet que, evocando la grandeza histórica de un personaje de la época, estimulan la docencia y la investigación —por qué no pensar acaso en las cátedras Francisco de Miranda—, hasta el Instituto Europeo de Florencia, que representa un espacio donde converge la excelencia para impulsar ecosistemas de creatividad y talento.