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Almagro se rinde ante «Tomás Moro, una utopía»

Quiero felicitar a Tamzin Townsend y a los actores por el estupendo trabajo que han realizado», ha dicho hoy Ignacio García Garzón, crítico teatral, tras el estreno el viernes de «Tomás Moro, una utopía». García Garzón destacó, en el marco de las jornadas de especialistas organizada por la Universidad Internacional de La Rioja, «el inteligente uso de las proyecciones activas» por Townsend, mediante las cuales se puso en contexto la vida del que fue canciller de Inglaterra con Enrique VIII. Así, por ejemplo, la marcha a la Torre de Londres, en barca, de Tomás Moro, camino de la prisión y de la muerte, o la comparación de este mismo personaje con el célebre retrato del pintor Hans Holbein, reflejado en la pantalla al fondo del tablado.

«Quería dar agilidad al texto, quería dar emoción y quería presentar un personaje creíble, lo hemos conseguido, gracias a Patiño», señaló, a renglón seguido, Tamzin Townsend, la directora de la obra (José Luis Patiño es en la pieza Tomás Moro). Hemos visto a Tomás Moro como hombre, «le ves bien, le ves mal, le ves humano», ha destacado esta mujer de las artes escénicas británica ahora asentada en España.

Ignacio García May, adaptador de la pieza original de Shakespeare y otros autores isabelinos, piensa que la «falta de conflicto» que algunos perciben en «Tomás Moro, una utopía», proviene de que para un católico tanto lo bueno como lo malo «procede de Dios». De esa manera, se le quitaría carga explosiva a sus sentimientos. Pero el hecho de aceptar la Providencia no elimina de la vida de nadie el sentimiento dramático, menos aún de la de los católicos. Y, por supuesto, tampoco de la de un católico tan consciente como Tomás Moro, señalaba una entendida crítica mexicana. Materia para debate.

En el texto original «pasaban muchas cosas», pero «dramáticamente no pasaba nada», «no generaba conflicto», sostuvo García May. Ese era su reto, manifestó, que ha intentado superar y en gran medida lo ha conseguido con su adaptación.

A la hora de encarar el trabajo práctico del teatro, del que se sube a las tablas y lo hace, «la primera preocupación, la única ley absoluta del teatro, es no aburrir», señaló Patiño cuando le llegó el momento de intervenir para valorar el estreno. «El teatro es espectáculo, se dirige a un público concreto en un momento concreto», y si «ese público se te aburre en la sala, estás muerto. Ya da igual el mensaje que quieras transmitir, lo que hagas». Creo, sin embargo, que el trabajo de Tamzin y de Ignacio ha sido muy acertado, que «hemos conseguido hacer un espectáculo que funciona como tal, que a la gente le entretiene, le divierte por momentos, sin renunciar a contar la historia con profundidad y matices».

Desde el punto de vista del personaje, estamos ante un Moro que «no duda», y eso es complicado de representar, añadió Patiño. «Puedes caer en hacer un personaje de una sola faceta, de un solo trazo». Pero nosotros le hemos imprimido «la mayor humanidad posible para acercarlo al público actual, y para que el público actual se identifique con el personaje».

«Tomás Moro, una utopía» se estrenó a las 22:45 horas del pasado viernes en la Plaza de Santo Domingo de Almagro, dentro del Festival Internacional de Teatro Clásico que se celebra en esta ciudad manchega.

Todo salió con la precisión de un reloj. Los actores se mostraron entusiastas, milimétricos en su despliegue de voz y gestos. De tal manera que al final la ovación fue cerrada y prolongada. El público lo pasó muy bien y se empapó a la vez del ejemplo de alguien al que vale la penar tener presente en los tiempos que corren.

La muerte acecha a Tomás Moro en Almagro

Silencio, por favor, empezamos». Suena una música de película de miedo, con acordes propios de momentos de peligro.

Flashes de fotos. Parecen tiros en el silencio de la noche. Son las once de la noche del miércoles día 3 de julio. De pronto se oye sobre el escenario la voz sentida, preocupada y dolida de José Luis Patiño, el actor que representa a Tomás Moro en «Tomás Moro, una utopía».

Dice Patiño-Moro:

«Pensamos que la muerte está lejos de nosotros, pero se esconde en el fondo de nuestro corazón. Morimos poco a poco, y en un solo instante dejamos de existir».

«Tomás Moro, una utopía» se estrena mañana, viernes día 5 de julio, en el Festival de Teatro Clásico de Almagro, en concreto en el escenario natural que forma la hermosa Plaza de Santo Domingo.

Patiño pide que se afloje la música, está muy fuerte y eso no era lo convenido. Le molesta mucho. Se desconcentra.

Empieza otra vez la escena.

Repite:

«Nos divertimos y pensamos que la muerte está lejos, lejos, pero se esconde en el fondo del corazón. Morimos poco a poco, y en un solo instante dejamos de existir, como se acaba una lámpara cuando se acaba el aceite».

Se oyen voces de gente sufriente en el patíbulo, proyectadas en la pantalla de fondo, sobre las tablas. Estamos en la Inglaterra de Enrique VIII, donde las decapitaciones era uno de sus deportes favoritos, empezando por las de sus propias esposas.

Sigue Patiño-Moro, todavía ajeno a que a él también le cortarán el cuello:

«De manera que nada mata. Y sin embargo a la vez la muerte existe, y así, ahora, mientras hablamos, estamos muriendo… Los hombre son perezosos con la salvación de sus almas y se vuelven diligentes cuando menos falta hace» (esto último lo pronuncia a voz en grito).

«Vale, hasta aquí», interviene Tamzin Townsend, la directora de «Tomás Moro, una utopía».

Repica un piano. Son notas de una obra de cabaret que nos retrotraen a los años locos veinte del siglo pasado.

Entra en acción Richard Collins-Moore, el cómico que actúa de Historiador, para poner en contexto la trama. Recita, con soltura, vestido de traje claro de chaqueta y con una corbata naranja. Todos están empapados en sudor. Recita, pues:

«Acaso el retrato más famoso de Tomás Moro es el que Hans Holbein (se proyecta detrás, en la pantalla) hizo para él en 1537. El realismo de la obra es tan estremecedor que tiene uno la impresión de que Moro va a volverse al espectador. No hay aquí embellecimiento artificial de ningún tipo. La nariz de Moro es grande, su mentón mal rasurado, el cabello despeinado lucha por escapar de la prisión del gorro. Es este retrato el que mejor transmite la serena intensidad del personaje. Los detalles son minuciosos: el brillo de la seda en las mangas, la rosa de los Tudor sobre el pecho, el papel doblado en la mano».

De nuevo interviene Tamzin Townsend: «Bien, hasta aquí».

Pasan unos minutos. Vamos a la última píldora.

Habla Townsend: «¿Qué tal, Patiño? ¿Preparado?».

«Venga, con alegría», apunta un actor del reparto.

Townsend: «¡Un, dos, tres!»

Flashes otra vez ininterrumpidos.

Moro-Patiño se dirige a su familia, sentada en un banco, a la izquierda del escenario. Canta con Richard Collins-Moore:

«En la arboleda verde

sesteaban

los pájaros (toca la flauta),

cantaban por doquier,

soñaba con la dicha y con el juego

pues en la juventud está el placer.

La juventud se paseaba

aquí, y allá, a mi lado.

Pero desperté

y vi que ya no era así

que ya no estaba.

Pues en la juventud está el placer.

Desde entonces mi corazón se empeña en la esperanza de volverla a ver.

Ella es su alegría y su deleite.

En la juventud está el placer».

Son las doce de la noche en Almagro y no está ni muchos menos claro que en la juventud resida el placer. Una legión de filósofos podría puntualizar ese pensamiento.

Con la madrugada, en Almagro el calor ha remitido algo. Los actores aprovecharán para seguir ensayando todavía un buen rato más, hasta las tres.

Las botellas de agua van y vienen. Un almagrense comenta que hay que llevar cuidado con las lipotimias. A él le dio una el año pasado y le dijeron que fue un síncope vasovagal.

Tamzin Townsend subraya que ha querido mostrar tres aspectos de lo que se representará el viernes: la muerte que acecha a Moro, cercado cada vez más por un brutal rey Enrique VIII que solo piensa en satisfacer todos sus placeres; el papel del Historiador, que hará que el espectador de hoy no se pierda ante una obra tan densa y rica de contenido, y la jovialidad y la alegría que reinaba en la familia del autor de «Utopía».

La escenografía es sencilla. Según Townsend, la encarna un «bear pit», es decir, un foso de osos, con postes de madera y pinchos que en principio podrían ser árboles para la diversión de los animales. Pero son también símbolo de las salvajadas contra el que llegó a ser canciller de Inglaterra… foso de osos y Tomás Moro porque era una figura pública, siempre expuesta: como un oso en un zoo, al que finalmente se le abate porque se le considera un enemigo, «el» auténtico enemigo. El enemigo real por permanecer fiel a su fe, a su conciencia y al Papa.

El efecto frontera entre México y USA: ¿Conflicto de civilizaciones o enriquecimiento mutuo?

El reciente atentado terrorista de Boston aprovechando la celebración de una maratón urbana, debe poner en evidencia un fenómeno social que se ha repetido con excesiva frecuencia en los últimos años en Estados Unidos. La tendencia inconsciente a culpabilizar de este tipo de acciones violentas a colectivos indefensos, a los que se hace responsables de las transformaciones sociales  no queridas en el modo como el respectivo imaginario colectivo se concibe a sí mismo. Al menos así ocurrió en el 11-S con la creciente espiral de emigración ilegal hispana ocurrida por entonces en Estados Unidos, sin que nadie de momento se haya molestado por corregir este tipo de extralimitaciones interpretativas totalmente injustas. Para analizar la génesis en gran parte inconsciente de los efectos devastadores ahora asignados a este hipotético efecto frontera se contraponen dos propuestas: por un lado, la tesis de Samuel P. Huntington relativas al 11-S, como si se hubiera tratado de un choque de civilizaciones, donde la población inmigrante hispana acabaría quedando paradójicamente de parte de la cultura no democrática frente a la población anglosajona nativa, verdaderamente democrática. Por otro lado, la tesis de Caral M. Swain, que ha puesto de manifiesto los beneficios evidentes derivados de las crecientes relaciones entre México y Estados Unidos, aunque paradójicamente se hayan logrado a base de fomentar una emigración contraria a la legalidad vigente.

EL PUNTO DE PARTIDA: EL NATIVISMO DE SAMUEL P, HUNTINGTON

Samuel Huntington escribió El choque de civilizaciones (Paidós, 2002) desde el clímax neoconservadurista tan enboga en Estados Unidos con posterioridad a los ataquesterroristas del 11 de septiembre de 2001. Posteriormentededicó otro libro, Who are we?, o ¿Quiénes somos? (Paidós,

2004), a hacer presente la amenaza que a su modo de verrepresentan los inmigrantes mexicanos para el estilo devida, los valores y las instituciones estadounidenses, coincidiendo con el regreso inminente de los ultraconservadoreso «neocon» a la Casa Blanca. Con anterioridad el mismo había advertido en un artículos, «La erosión del interés nacional» (El orden político en las sociedades en cambio, Paidós, 1997), el riesgo de que los inmigrantes tuvieran una voz en la toma de decisiones sobre política exterior americana.

Por su parte, este libro se divide en cuatro partes y doce capítulos, donde trata de explorar las señas de identidad del pueblo americano. En la primera parte explora lo que significa ser «nacional» y la consiguiente crisis de identidad en el caso de identificarse con otra nacionalidad. La segunda analiza los componentes de la identidad americana: la cultura angloprotestante, la religión y la cristiandad y su ciclo de vida. La tercera examina los retos que enfrenta la identidad americana, siendo la parte más criticada, especialmente los capítulos 7 al 9, donde se examina el surgimiento de las identidades subnacionales y las asimilaciones forzadas y voluntarias a lo largo de la historia estadounidense, para rematar en lo que él considera el mayor reto: la inmigración mexicana y la hispanización de Estados Unidos. Finaliza con la cuestión de la identidad americana en el mundo de la posguerra fría y las repercusiones que han tenido para su país la recepción de estos nuevos inmigrantes y su vínculo con la política nacional.

La cuarta y última parte tiene que ver con la renovación de la identidad americana, sin que la emigración mexicanae hispanohablante tenga que tener peor suerte que las anteriores.Se hace notar así cómo la inmigración europea delos siglos XVII y XVIII configuró la identidad (y la fortaleza) norteamericana en ser una nación fundada por «colonos»blancos, de nacionalidad británica y religión protestante. Después la gran ola de emigrantes de finales del siglo XIX estaba compuesta por gente de Europa del sur, principalmente,y que muchos de ellos eran judíos o católicos dealgún modo se asimilaron a la anterior. Finalmente, la actualtercera ola de emigrantes mexicanos es objeto de loque él llama «el reto hispano»: una creciente inmigración ilegal de mexicanos que rechazan asimilarse, dando lugara una invasión o reconquista de espacios perdidos por partede los mexicanos sin integrarse en la cultura estadounidense,viviendo en el estrato socioeconómico más bajo, conuna tasa de natalidad muy alta, generando un temor fundadode que la historia y la cultura de Estados Unidos podríandar un giro distinto.

Huntington advierte del peligro que genera una situación tan explosiva, cuando el colectivo de inmigrantes hispanomexicanos ya supera el 25% del país, amenazando con ser la franja de población demográficamente más activa. Sin embargo su intención no es tanto incitar a un posible rechazo de cualquier posible forma de integración multicultural por parte de los inmigrantes de la franja fronteriza entre México y Estados Unidos, sino mostrando una apertura a la nueva cultura en la que se insertan en la línea ya señalada por la frase Ex Pluribus Unum, como ya habría sucedido en aquellas otras inmigraciones anteriores. En este sentido, Huntington ya hizo notar en su obra conjunta con Peter Berger, Globalizaciones múltiples (Paidós, 2004), la necesidad de fomentar proyectos culturales integradores de este tipo. Sin embargo, de todo esto poco más hizo. En su lugar se propició más bien el inicio de un complejo debate que tras su reciente muerte en 2003 pronto se interrumpió, dejando un gran número de problemas pendientes de resolución. En efecto, ¿cómo podría contribuir la justicia social, las instituciones políticas o la propia familia, a una efectiva solución a los problemas de interculturalidad que ha generado en la vida de las personas durante generaciones el llamado efecto frontera? Huntington no dio respuesta a este tipo de problemas, pero otros al menos lo han intentado. Veámoslo.

LA RESPUESTA SOCIAL ANTE LOS EFECTOS PERVERSOS DE LA LEGISLACIÓN SOBRE LA INMIGRACIÓN

Caral M. Swain ha recopilado en Debatiendo sobre la inmigración (Cambridge University Press, 2007) un conjunto de aportaciones sobre el impacto efectivo que las leyes limitadoras de la inmigración han tenido a la hora de regularla mayor presencia de personas ilegales hispanas enlos Estados Unidos, sin que al parecer los resultados hayan sido los esperados. En su opinión, las sucesivas legislacionesque trataron de controlar los procesos migratorios,desde el controvertido programa Bracero de 1964, han quedado muy lejos de haber conseguido los objetivos que inicialmente se habían marcado. Se puede decir que desde1965 el número de inmigrantes siempre se ha situado entre los 400.000 y los 600.000 anuales, habiendo tocado techo en 1990 y 1991 donde se alcanzó la cifra recordde 1.600.000 y un 1.800.000, respectivamente, habiéndose estabilizado el flujo migratorio posteriormente de entre800.000 y 1.000.000 de personas anuales. Ello hace quese pueda hablar de una bolsa de 11.000.000 de personas ilegales, que generan un conjunto de problemas de justicia social, que tanto el partido republicano como el demócrata no han sabido resolver, debido a las enormes vacilaciones con que encaran un problema que en gran parte les sobrepasa. Los republicanos, por reconocer los beneficios que pueden obtener, tanto a un nivel de economía nacional como familiar, ya sea en la forma de mano de obra barata como al nivel de economía familiar sumergida. Por su parte, los demócratas piensan incrementar a corto y largo plazo el número de sus votantes, sin ser partidarios de adoptar medidas drásticas de control inmigratorio que a la larga les podrían ser políticamente contraproducentes. En este contexto se sitúan dos acontecimientos que, a su modo de ver, han marcado la política migratoria de la administración norteamericana en estos últimos años.

En este sentido el problema está enormemente politizado, sin tampoco acabar de encontrar el enfoque práctico que en estos casos es prioritario. Por un lado, están las propuestas de los movimientos sociales reivindicativos de los derechos de los inmigrantes en la línea anteriormente marcada por los anteriores movimientos proderechos civiles respecto de aquellas minorías marginadas, ya fueran en el caso de los negros o de los homosexuales, a pesar de tratarse de situaciones muy diferentes. En efecto, los inmigrantes de origen hispano no pueden aducir en su defensa la larga serie de penalidades infringidas en razón del color de la piel, ya sea de esclavitud o de marginación social, como también ocurrió en el caso de los homosexuales. Además, la situación de miedo colectivo generada con posterioridad a los atentados del 11 de septiembre en las Torres Gemelas de Nueva York tampoco era el ambiente más propicio a este tipo de reivindicaciones, donde más bien la opinión pública exigía el establecimiento de un mayor control del creciente número de ilegales cruzando impunemente las fronteras. En cualquier caso, el creciente temor a que en un futuro pudiera establecerse una cierta similitud ante ambos fenómenos acabó beneficiando en la opinión pública al movimiento a favor de una normalización de la situación de los once millones de ilegales, aunque de momento hayan sido más bien escasos sus resultados. Ello se materializó en el éxito de la campaña del 1 de mayo de 2006, «Un día sin inmigrantes», donde se trató de mostrar qué ocurriría a la economía americana si los emigrantes dejaban de desempeñar los puestos de trabajo que efectivamente ejercían. Se trató más de un gesto de protesta que de una presión efectiva, que en muchos casos tuvo un efecto contraproducente entre la población civil, al ver el gesto más como una amenaza que como una petición de ayuda y solidaridad.

Por otro lado, la decisión de 2005 de restringir drásticamente la inmigración mediante el reforzamiento de los controles con objeto de canalizar la inmigración por unos cauces de legalidad efectivamente regulados entre los estados afectados, sin permitir el tipo de delincuencia común que con frecuencia acompaña al paso a la inmigración propiamente ilegal: desde el narcotráfico al crimen organizado. Posteriormente, en diciembre de 2006, se materializaría en la construcción de un gran muro de separación a lo largo de los más de dos mil kilómetros de frontera que separan Estados Unidos y México. De todos modos, los resultados en este tipo de medidas tampoco fueron las esperadas. En efecto, la criminalización de la ilegalidad, unida a la amenaza de deportación al país de origen, no tuvo los efectos esperados, cuando tampoco las legislaciones y la voluntad política de los respectivos estados afectados acompañaron con sus propuestas las decisiones tomadas a nivel federal, en gran parte debido a las vacilaciones antes señaladas tanto por parte del partido republicano como por el demócrata. Se trataba de un viejo problema, muy poliédrico, de difícil solución. En este contexto ahora se analiza la respuesta social dada a este problema enquistado que amenazaba con derivar hacia un problema político aún mayor, sin dejar a nadie indiferente. Desde los líderes de las más diferentes confesiones religiosas hasta los representantes políticos y las organizaciones sociales se movilizaron haciendo diferentes propuestas en pro de una solución lo más humanitaria del conflicto generado por la emigración ilegal.

¿PUEDE LA FAMILIA AUTORREGULAR EL EFECTO FRONTERA?

Para concluir, una reflexión crítica. En ningún caso el atentado terrorista de Boston puede interpretarse como un efecto no deseados del llamado «efecto frontera». En efecto, si se sigue la versión doméstica del llamado por Huntington choque de las civilizaciones se tendrá que concluir que la inmigración latina ha sido un factor decisivo en la lucha internacional contra el terrorismo que ha emprendido Estados Unidos en los últimos años. Por otro lado, si se retrotrae con Caral M. Swain el origen de los debates sobre la inmigración ilegal a los inicios del siglo XX o incluso a doscientos años atrás, se tendrá que reconocer que tan democrática y americana es la tradición anglosajona de los padres fundadores como la procedente de los inmigrantes ilegales de los países del Sur. Sin embargo, tanto Huntington como Swain parecen tener poco en cuenta un acontecimiento mediante el que la administración Busch pretendió afrontar de un modo decisivo este tipo de situaciones, yendo definitivamente a la raíz de los problemas: me refiero al acuerdo de la NAFTA de 1993 acerca de la creación de un gran mercado económico entre Canadá, Estados Unidos y México (North American Free Trade Agreement), mediante el que la administración americana confiaba poder parar en seco este tipo de movimientos migratorios curando el mal en su origen. En cualquier caso, este procedimiento también falló, sin que tampoco las medidas posteriores tomadas por Obama hayan debilitado el fenómeno de la inmigración ilegal, sino que más bien desde entonces se ha reforzado aún más. Y esto obliga a plantearse: ¿no habría que dar un giro al debate, planteándose en toda su radicalidad cuáles son los elementos nativos de la dotación cultural hispana, que le han permitido mantener de aquellos signos de identidad, sin generar guetos indeseables, ni tampoco diluirse en aquellos otras culturas que eran término de llegada, como suele ser habitual en este tipo de territorios de frontera? Para muchos el elemento diferencial es simplemente demográfico, pero para otros es cultural, debido al diferente concepto que en cada caso se tiene de la familia. En este sentido se argumenta, que la solución del problema puede venir del mismo que lo generó, siempre que la familia conserve los valores que constituyen su razón de ser, sin degradarse. En cualquier caso, se trata de un segundo debate que se analizará aparte. _

La personalidad del líder como factor excluyente de la política

NOTAS DE LECTURA

Las restricciones a las importaciones decididas por el inefable secretario de Comercio de la República Argentina han obligado a estrategias alternativas en la adquisición de libros. Es así que me he vuelto un (relativamente) asiduo comprador de libros de supermercado.

No vayan a creer: a veces hay cosas realmente interesantes.

Junto con un texto sobre Maquiavelo para empresarios (¿haría falta?), compré el libro de Timothy W. Ryback, que en su momento despertó valoraciones dispares en los críticos. Con sentido comercial, su título se volcó al castellano como Los libros del gran dictador (Buenos Aires, Destino, 2010) pero el original se llama, con bastante menos ambición, Hitler’s Private Library.

No hay que esperar un estudio bibliográfico de carácter científico. Ese trabajo ya fue hecho de forma solvente y suficiente, como explica el propio autor, que reconoce sus débitos en ese sentido. En realidad se trata de un ensayo, de fuerte y explícita inspiración benjaminiana, sobre algunos libros que se encontraron en lo (poco) que quedó de la biblioteca de Hitler, y la lectura que su propietario pudo hacer de ellos, convenientemente relacionados con determinados momentos en su trayectoria personal y política, y también con sus ideas fundamentales.

El libro es ameno, de lectura rápida y provechosa. Ryback explota muy bien el material seleccionado y no se entretiene en comentarios eruditos ni en condenas o impugnaciones fáciles.

Un aspecto particularmente interesante, que aparece en varios pasajes del libro, es el de la importancia que Hitler asignaba a la personalidad del líder como factor decisivo de cualquier proyecto político.

El autor rastrea las posibles influencias bibliográficas en este sentido. Encuentra en los autores esotéricos y de espiritualismo de divulgación que frecuentó Hitler tesis relativas al genio individual, la personalidad destacada y el poder imaginativo de hombres preclaros, que poseen «cualidades demoníacas para determinar el curso del mundo» (p. 230). Es lo que puede verse en los libros de Ernest Schertel y Carl Ludwig Schleich, que se encuentran en los restos de su biblioteca.

Para Ryback, contra lo que se cree, «lo que proveyó la justificación de una mendacidad diluida, calculadora y matona no fue la destilación de las filosofías de Schopenhauer y Nietzsche, sino una teoría improvisada a partir de libros baratos y tendenciosos sobre esoterismo» (p. 232).

Es probable que la influencia de los grandes filósofos alemanes no haya sido directa ni sustancial, pero resulta claro que no es posible descartar en la Alemania de la primera posguerra un «voluntarismo ambiente» que podría haber influido en esos autores esotéricos.

En las reuniones preparatorias de la invasión a Polonia, Hitler declaró a su Estado Mayor que «lo que iba a decidir el resultado de la guerra no sería el equipamiento militar ni la estrategia, sino la personalidad». Afirmó que no solamente no encontraba ningún líder destacado ni en Inglaterra ni en Francia, sino que además, se consideraba a sí mismo una fuerza proteica capaz de torcer el curso de la historia a fuerza de voluntad y de personalidad.

«En esencia, todo depende de mí, de mi existencia, de mi actividad política —dijo—. Además hay que tener en cuenta la circunstancia de que probablemente nunca nadie vuelva a tener la confianza de todo el pueblo alemán como yo la tengo. Es probable que nadie vuelva a tener nunca tanta autoridad como yo. Mi vida, por tanto, constituye un factor de vital importancia» (Domarus, cit. por Ryback, pp. 232-233).

Ryback destaca la atenta y recurrente lectura del escocés Thomas Carlyle, biógrafo de Federico el Grande —un personaje muy admirado por Hitler y muy conocido por su teoría histórica del héroe.

Cuando los reveses en el frente comienzan a ser lo habitual y la pérdida de la iniciativa de las Fuerzas Armadas alemanas es un hecho incontrastable, Hitler se plantea, desde la perspectiva del líder providencial y predestinado, la capacidad del pueblo alemán para estar a la altura del desafío. En agosto de 1944, un par de meses después del desembarco aliado en Normandía, sostiene que si el pueblo alemán pierde esta guerra es porque se trata de un pueblo demasiado débil.

En marzo de 1945, a semanas del fin, le confía a Albert Speer la idea de que el pueblo alemán no ha superado la prueba de la historia y está destinado a su destrucción (p. 287). No hay, al parecer, ninguna responsabilidad del líder en llevarlo a esa encrucijada ni en estimar correctamente sus fuerzas o potencialidades.

La lectura de Carlyle, o los recuerdos de ella en esos momentos finales, le sirven de consuelo. Mantiene la idea de un milagro, de una salvación en el último minuto, al recordar la oportuna muerte de la zarina Isabel, enemiga acérrima de Federico el Grande, que lo salva de la destrucción total, y se ilusiona con que la muerte de Roosevelt producirá un colapso en el frente aliado o forzará a los Estados Unidos a detener el avance de sus tropas (p. 288).

EL LIDER AYER Y HOY

Estas breves notas de lectura sirven para preguntarnos, en un caso extremo, por la verdadera importancia del líder en la acción política, de su protagonismo en la transformación o la conservación de un orden político. En otros lugares hemos sostenido la irrenunciable dimensión personal de la política. La formidable metáfora aristotélica del nomon arjein, el imperio de la ley, ha sido secularmente malinterpretada, al oponérsela o excluirla de lo que podríamos llamar el imperio o gobierno de los hombres.

En realidad, la humanidad hasta el momento no ha podido encontrar alternativas al político de carne y hueso. De hecho, toda la teoría política aristotélica puede ser considerada como un esfuerzo de solución práctica de la tesis platónica del gobernante filósofo.

Todo gobierno debe tener un rostro humano, una individualidad que representa y encarna el poder político. En este sentido, los humanos seguimos siendo esencialmente tribales, por no decir gregarios. Y por eso necesitamos un líder. Los experimentos políticos en los que se confía el gobierno a un cuerpo legislativo o a una asamblea son extremadamente fugaces y casi siempre responden a situaciones extraordinarias. Los sistemas políticos demandan para su funcionamiento normal una persona que sea a la vez la cara visible del poder y opere la síntesis que conduce a las decisiones políticas.

Pero ¿es que no se ha modificado la importancia o las funciones del líder a lo largo de la Historia? Es claro que en sociedades primitivas, la muerte del jefe sin sucesión podía llevar a la división o disolución del grupo. Otro tanto sucedía en tiempos más recientes, como las sociedades antiguas, sobre todo en ciertas condiciones como un conflicto armado. La pura presencia de un guerrero, convenientemente acompañado por un aura de invencibilidad en batalla, podía decidir la victoria, como aparece en los poemas épicos de La Ilíada o el Cantar de Mio Cid. Asimismo, la muerte del príncipe podía acarrear el desbande de las tropas y el colapso o la conquista del reino por parte de los enemigos. Es el caso de la derrota de Darío III a manos de Alejandro y también, casi dos milenios después, el de la captura y muerte de Moctezuma y el colapso del imperio azteca.

Es precisamente esa concepción del liderazgo la que encontramos en Hitler en las ilusiones que abrigaba en torno a la muerte de Roosevelt. Hitler proyecta en Roosevelt su propia idea de la conducción política y militar: al considerarse el Apolo que mantiene el mundo en su lugar, la irreemplazable columna que sostiene a la nación alemana, piensa que el deceso de su adversario provocará la desorganización total, el caos en el bando enemigo.

Hitler posee una visión del liderazgo propia de sociedades antiguas, tribales, que tienen poco que ver con las características y los desafíos de las sociedades modernas. Además se concibe como un conductor providencial carismático y portador de una misión histórica. Como bien observó Romano Guardini, en una tesis novedosa para su tiempo, la del nazismo es una concepción mesiánica, en la que el líder es a la vez salvador de la nación. Pero además, al modo del Arca de la Alianza, es objeto o presencia sagrada, cuya sola posesión consigue prevalecer en desafíos históricos u obtener victorias militares.

Lo cierto es que la creciente complejidad social, la articulación cada vez más sofisticada de las sociedades modernas, los avances tecnológicos y la influencia creciente de la técnica en la vida contemporánea, a pesar de no haber conseguido suprimir la dimensión personal del poder, sí la han transformado sustancialmente. El líder moderno exitoso es capaz constituir y coordinar equipos de especialistas, y realizar con su trabajo las grandes síntesis que requiere la deliberación para tomar acertadas decisiones políticas. Contra lo que piensa Hitler, no es la personalidad del líder la que prevalece sobre la tecnología, la organización o la estrategia (como una lucha entre factores de poder), sino la personalidad del líder que se sabe valer de ellas. En este sentido, es precisa la convergencia de la inteligencia con la voluntad, contra la idea puramente voluntarista con la que el Führer  explicaba su éxito y la consideraba como el factor decisivo de su poder personal.

Incluso la conducción militar moderna tiene estas características. La asunción del mando militar de Hitler, a partir de la seguidilla de reveses, en 1942, solo aceleró la derrota. Su conducción despótica, temerosa y rígida violentó la cadena de mandos profesionales y también el tradicional margen prudencial de maniobra que en la Wehrmacht se confiaba a los oficiales de campo. La idea del líder omnisciente, que conocía al detalle las fuerzas propias y enemigas, los datos técnicos sobre características y capacidades de los armamentos y las formaciones es eficazmente desmontada por Ryback, que señala una masiva presencia de libros y textos diversos de temática militar en la biblioteca de Hitler, y también un marcado interés por estos asuntos, pero ninguna formación sistemática al respecto. Hitler, como harán notar una y otra vez sus oficiales del Estado Mayor, nunca dejaría de ser un cabo aficionado.

AQUÍ EN EL SUR

En el ámbito europeo, los liderazgos fuertes de tipo autoritario o dictatorial se extinguieron, con alguna excepción, antes de la mitad del siglo pasado. Parece ser una etapa de desarrollo político institucional superada, aunque es difícil saber cómo puede evolucionar la actual situación de crisis en los países europeos, en la medida en que la democracia liberal siga perdiendo legitimidad.

Resulta imprescindible observar la evolución que puede verse actualmente en el plano político, en el sentido de la concentración del poder en manos de tecnócratas y especialistas. Una reacción a este proceso podría asumir, descartadas las desprestigiadas instituciones democráticoliberales, la forma de regímenes fuertes de tipo dictatorial autoritario.

En América Latina, en cambio, se experimenta desde hace más de una década un fuerte resurgimiento de las formas de conducción caudillistas, como respuesta al fracaso de las políticas neoliberales puestas en marcha durante los últimos años del siglo pasado. El nuevo nombre del gobierno unipersonal, de los regímenes de «hombre fuerte», es el populismo, que ha dado lugar a una interesante  teoría de la representación política, desarrollada desde los años sesenta.

Quien más ha hecho por definir esta nueva concepción del populismo es el conocido filósofo angloargentino Ernesto Laclau. Este autor formula una teoría, actualizada con marcos teóricos contemporáneos, del liderazgo tradicional, el ejercicio personal y excluyente del poder, a través de un sofisticado aparato de legitimación conceptual compuesto por elementos que provienen del marxismo en su versión gramsciana, la teoría política schmittiana y el psicoanálisis lacaniano.

El gobierno unipersonal, caudillista o carismático tiene su lógica interna propia. No deja crecer liderazgos alternativos, porque los percibe como una amenaza. Y cuando escribo sobre la obstaculización de liderazgos alternativos me estoy refiriendo, también, a la formación de equipos técnicos y de especialistas, que son imprescindibles para dar solidez, sustentabilidad y seguimiento a las transformaciones en materia de políticas públicas. En la medida en que el caudillo reconoce y da lugar a un expertise que no tiene, desde su perspectiva concentradora pierde poder.

En su entorno se desarrolla una estructura cortesana, un séquito de obsecuentes y genuflexos sin capacidad de decisión propia. En tanto el cúmulo de responsabilidades es inabarcable por una sola persona, la delegación se produce en las peores circunstancias posibles, a personas no capacitadas para la función que se les atribuyó o incapaces de sostener un punto de vista fundado pero opuesto a los designios del conductor.

Si el líder es una persona insegura o indolente se proporciona algún favorito o valido, que mantiene sus privilegios en la medida en que no levante sospechas relativas a apetencias personales.

La sucesión no procede al modo de las antiguas monarquías, por vía dinástica y preparación previa del heredero para las responsabilidades de gobierno, sino casi siempre al borde de la vida política o biológica del conductor, inarticulo mortis, cuando la lucha por el poder ya ha comenzado.

Antes se pudo ver, en el caso de Hitler, el autoconcepto que suelen tener los líderes absolutos en contextos altamente complejos como son los de la era moderna. Esta concepción de ser el factótum del nuevo orden, el sostén exclusivo del régimen o el único intérprete y conductor posible del pueblo se convierte en una profecía autocumplida, al concentrar el mayor poder posible en sus manos y establecer un estrecho control sobre instituciones, políticas, organizaciones y personas. Finalmente, el líder realmente deviene el único sostén de todo el sistema, y se niega a institucionalizar las transformaciones, a permitir la autonomización de las nuevas estructuras o a repartir poder entre especialistas y funcionarios capaces. Al final, todo depende de él: él es el único garante, el apoyo exclusivo del nuevo orden. Y por eso se convierte en un orden efímero, débil, que no resiste a la desaparición biológica del líder o a su defenestración. Junto con el líder cae la estructura que se empeñó en construir.

En un contexto de fuerte enfrentamiento interno, sin otro líder igual o más poderoso que el anterior, es difícil mantener las conquistas o los cambios operados por el fundador. El éxito de toda revolución consiste en su institucionalización, y es ahí donde la dialéctica de Laclau entre populismo («transformador») e institucionalismo («conservador») se desvanece, por impostada.

Los gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana comienzan a enfrentarse a este horizonte. Laclau puede entusiasmarse si prescinde de la perspectiva dinámica de la situación. Nadie sabe lo que sucederá en Cuba cuando los Castro dejen el poder por razones biológicas. Chávez no se ha permitido la alternativa de dejar el gobierno de Venezuela a su adversario político y monitorear desde su poderoso movimiento social la transición, vigilando la preservación de las conquistas. Su sucesión no ha hecho más que agregar sombras a una transición que se adivina traumática y que parece desembocar en una fractura violenta. Evo Morales, Rafael Correa y Ollanta Humala no parecen dispuestos a dejar el poder. En otros países con cláusula constitucional restrictiva respecto de reelecciones o iteración de mandato se esfuerzan por mover una reforma o interpretar el texto en función de su proyecto unipersonal. ¿Qué va a pasar después?

Adicionalmente, en la medida en que estos líderes devienen en el sostén único de la revolución en marcha, en pilar indelegable de las transformaciones en curso, tanto colaboradores estrechos como adversarios políticos, adeptos y simpatizantes como disidentes, militantes a favor y en contra, es decir, todos, se convierten en amenazas potenciales, en enemigos próximos o remotos, puesto que ninguno de ellos está a la altura de la empresa política que encabezan y lo único que podrían hacer es corromperla o traicionarla. Esos fervientes militantes de los liderazgos fuertes en el poder harían bien en preguntarse qué concepto tienen de ellos en las altas esferas que rigen sus destinos.

A partir de esta lógica, el líder saca la conclusión inevitable, como se puede ver en el Führer ya abrumado por lo inevitable: ninguno de sus colaboradores más estrechos y en consecuencia tampoco el pueblo en general, del que no cabe esperar mayor adhesión o identificación que los primeros, está a la altura del desafío histórico que él ha comprendido y afrontado. «No se os puede dejar solos», diría Francisco Franco en las postrimerías de su gobierno.

UN HORIZONTE SOMBRIO

Mientras que en América Latina unos se ilusionan con lo que llaman «la segunda independencia», la emancipación definitiva del continente y la marcha segura de un porvenir de progreso, bienestar y protagonismo mundial, otros se horrorizan con un futuro que tiene los contornos de un castrismo practicado a nivel continental, con un poder político sectario, fuertemente ideologizado, potencialmente totalitario, invasivo y destructor de las libertades individuales.

La realidad puede no ser tan ominosa como lo ven los segundos, pero evidentemente el discurso de la América Latina definitivamente redimida y encaminada hacia un futuro de grandeza no parece tener en cuenta la debilidad estructural de la situación actual.

La recurrencia de los liderazgos fuertes en el continente no es en absoluto signo de fortaleza política o cultural, sino todo lo contrario. Expresa una endeblez institucional que no podrá sobreponerse a la desaparición (por diversas razones) del actual elenco presidencial latinoamericano. El continente se mueve, aun sin advertirlo, dentro de una situación pendular, que llevará, cuando los grandes personajes dejen el poder, a una fase de relevo institucional que seguramente no estará en condiciones de estabilizar el movimiento. Hombres fuertes, instituciones débiles. No hay (casi) nada nuevo bajo el sol, por más que muchos se empeñen, a un lado y otro, en decir lo contrario. _

El empleo en las familias extranjeras reagrupadas en España

La crisis económica-laboral que padece España desde 2008 ha impuesto una fuerte inflexión inmigratoria iniciada en 2009. El retorno a un nuevo ciclo inmigratorio con las características laborales y de número de los años 1998- 2007 parece actualmente desvanecido. Sin embargo, sí es posible contar durante los próximos años con nueva inmigración, ahora sobre todo por motivos de reagrupación familiar, demandada por los inmigrantes ya establecidos en España (1,1 millones de africanos, 1,7 millones de latinoamericanos, según el Padrón de habitantes de 1-01-2010), a resultas de su juventud, de su cultura diferente a la de los españoles y de su firme voluntad de permanencia en España para una buena parte de ellos. La insuficiente fecundidad instalada en España desde los ochenta (1,38 hijos por mujer en 2010), el envejecimiento del país, ya con tasas muy altas (17,3% de la población es mayor de 65 años según el Censo de 1-11-2011) y en crecimiento progresivo, así como el cambio en las estructuras laborales de los españoles, también pueden incentivar estos nuevos ciclos inmigratorios, pero ahora con flujos sin duda más controlados.

Las redes migratorias. Garantía de continuidad

Los reagrupantes familiares son inmigrados que en su momento lograron estabilizar su residencia en España, pues la reagrupación familiar les exigió previamente tener contrato estable de trabajo, ingresos suficientes para atender a su familia en España, así como disponer de una vivienda adecuada.

Las redes migratorias formadas por familiares y amigos ya establecidos en España fueron los responsables fundamentales de la idea de emigrar a España para los reagrupantes encuestados, en concreto para el 44% de los africanos y para la mitad de los latinoamericanos. De hecho, la importancia de la red familiar en la atracción hacia España de nuevos inmigrantes continúa activa en la actualidad (2009-10), pese a la crisis económica laboral: el 27% de los reagrupantes africanos encuestados y un tercio de los latinoamericanos manifiestan que tienen intención de facilitar la llegada a España de otros familiares distintos a la familia ya reagrupada, sobre todo de hermanos. Las proporciones indicadas son mucho más altas entre los reagrupantes que residen en Cataluña litoral que entre los que viven en Murcia-Almería, lo que denuncia las distintas posibilidades de empleo en una y otra región para los nuevos familiares que lleguen con intención de incorporarse al mercado laboral.

Las redes de familiares y amigos ya inmigrados en España también son «agentes» importantes para buscar empleos en España para los miembros de la red. Los reagrupantes encuestados declaran que cuando llegaron a España buscaban trabajo el 87% de los africanos y el 85% de los latinoamericanos. Los familiares y amigos fueron el medio para obtener más de la mitad de los trabajos actuales (2009-10) de los reagrupantes, el 60% de los trabajos de los cónyuges y dos tercios de los trabajos de los hijos reagrupados.

La estructura ocupacional en la familias reagrupadas: cambios y persistencias

El reagrupante ha informado sobre sus empleos en tres momentos de su proceso inmigratorio: primer trabajo en España, trabajo que tenía cuando realizó la reagrupación familiar y su trabajo actual (2009-10). Esta evolución orienta sobre sus posibilidades laborales iniciales y, por tanto, puede evaluar el éxito de su integración económica y social y la de su familia reagrupada. Dichas posibilidades, como veremos, son muy diferentes entre africanos y latinoamericanos, pues cada colectivo continental cuenta con distintos capitales personales (idioma, nivel de instrucción, distintas culturas…) para acceder a los empleos ofertados.

El reagrupante también informó sobre los empleos actuales de su cónyuge y de sus hijos que conviven con él. Los empleos se ofrecen por grandes sectores económicos (agrario, industria, construcción, hostelería, comercio, hogar y otros servicios) en cada una de las tres áreas territoriales de su residencia: Cataluña litoral, Comunidad Valenciana y Murcia-Almería, pues la distinta estructura económica regional, igual que ocurre con la evolución temporal del reagrupante en España o con su distinto origen continental, influye decisivamente en la estructura ocupacional de las familias reagrupadas.

El sector agrario es para los inmigrantes africanos un recurso laboral «estrella» para el primer trabajo en la España mediterránea, pues a él acudieron el 55% de los varones y el 35% de las mujeres reagrupadas. Entre los reagrupantes latinoamericanos su primer trabajo en la España mediterránea también estuvo muy vinculado al sector agrario, en el que trabajaron el 26% de los varones y el 12% de las mujeres. Esta «especialización» agraria inicial no fue de elección libre, sino que vino impuesta por ser el empleo más adaptable a la inicial falta de regulación laboral del inmigrante —el 61% de los reagrupantes encuestados carecía de contrato en su primer trabajo en España— además de la menor competencia para acceder a estos empleos, pues el trabajo en la agricultura es físicamente duro, sobre todo si se realiza bajo abrigo plástico, y con frecuencia son empleos discontinuos debido al minifundismo agrario y a los calendarios agrícolas, lo que conlleva menores ingresos económicos.

El fuerte rechazo al trabajo agrario queda patente en su acusado abandono cuando el inmigrante soluciona sus problemas legales de residencia y de trabajo en España, que en nuestro caso se materializa cuando el inmigrante realizó su reagrupación familiar (fig. 1), siempre, claro está, que haya posibilidad de empleo en otro sector: Cataluña y Comunidad Valenciana, por una parte, y Murcia- Almería, por otra, ilustran bien la existencia o no de alternativas al trabajo agrario.

En 2009-10 el sector agrario continúa siendo una «especialización» para las familias africanas, con el 18% de todos los empleos familiares, pero para los familiares latinoamericanos (reagrupantes, cónyuges, hijos) este sector es el que menos emplea, solo el 6%. En ambos casos, los hijos son los que menos acuden a este trabajo, pues poseen mejor preparación que sus padres para acceder a trabajos que consideran más adecuados a sus aspiraciones socioeconómicas.

La industria y la construcción son dos sectores apetecidos por los reagrupantes, pues su máxima participación en ellos se alcanza en el momento de realizar la reagrupación, anterior a la crisis que se inicia en 2008. La crisis actual queda bien patente en el fuerte descenso del empleo en ambos sectores, lo que se acentúa en las nuevas incorporaciones al sector de la construcción, visualizadas en el grupo de los hijos, pues estos solo han logrado en el sector el 3% de sus empleos en el caso de los africanos y el 7% de los latinoamericanos. Si Murcia-Almería es el área territorial más especializada en trabajo agrario, sobre todo entre los africanos, Cataluña litoral sobresale en trabajo en la construcción (fig. 1).

La hostelería-restauración es una actividad utilizada mucho más por las mujeres que por los varones reagrupantes. A diferencia de los sectores anteriores, el empleo en la hostelería goza de estabilidad durante todo el proceso inmigratorio. Este sector beneficia claramente a los latinoamericanos (17% de todo su empleo familiar, frente al 10% en los africanos), a resultas del idioma y de su mayor instrucción. En este sentido, el empleo en la hostelería destaca en el grupo de los hijos (14% en los africanos, 23% en los latinoamericanos), lo que indica que, por el momento, es un trabajo acorde con sus aspiraciones socioeconómicas. Cataluña litoral es el área territorial donde este sector ofrece más empleo a los reagrupantes, mientras en Murcia-Almería casi los excluye.

El comercio presenta la particularidad de que su empleo ha aumentado mucho en la actualidad (2009-10), pese a la crisis, sobre todo entre los africanos. Sin embargo, para valorar este empleo hay que tener en cuenta su distribución en trabajo por cuenta propia y por cuenta ajena: todos los grupos familiares africanos han incrementado su empleo singularmente en la primera modalidad (comercio ambulante, étnico), sin duda ejercido como alternativa al paro laboral, mientras el incremento latinoamericano se ha hecho con preferencia en trabajo asalariado, sobre todo en el grupo de los hijos (idioma…).

Los trabajos en el hogar —servicio doméstico y cuidado de enfermos y ancianos— son los de mayor especialización femenina, pero alcanzan importancia desigual entre africanos y latinoamericanos (por el idioma, cultura…), pues trabajan en el hogar el 9% y el 25%, respectivamente, de todos los miembros familiares ocupados. Este empleo, aunque conserva estabilidad relativa durante todo el proceso inmigratorio (fig. 1), no es valorado positivamente para satisfacer las aspiraciones sociales de los migrantes, según se deduce del comportamiento del grupo de los hijos: trabajan en él el 12% de los hijos africanos y solo el 7% de los hijos latinoamericanos (frente al 45% de las reagrupantes y de las cónyuges). La importancia laboral relativa de estos empleos es mayor en Cataluña, pues aquí la organización laboral espacial dificulta más la atención diaria al hogar por parte de los autóctonos. En Murcia-Almería, con rentas más bajas, tasas de ocupación femenina menores y ciudades más pequeñas, ofrece las menores proporciones de empleados en este sector.

El subsector otros servicios refleja bien el éxito laboral y económico al que aspiran los inmigrantes, sobre todo los varones latinoamericanos; en este subsector se incluyen, entre otros, los empleos calificados por los reagrupantes como «servicios cualificados», entre los que enumeran, como más repetidos, transporte, camionero, mecánico o seguridad. Esta especialización se concentra en el trabajo actual, es decir son empleos conseguidos después de un periodo de residencia en España más o menos prolongado.

La FIG. 1
Evolución de la estructura ocupacional de los reagrupantes
africanos y latinoamericanos en Cataluña litoral,
Comunidad Valenciana y Murcia-Almería. En porcentaje,
ambos sexos: a, primer trabajo en España; b, trabajo cuando
hizo la reagrupación familiar; c, trabajo actual (2009-2010).

En síntesis, en 2009-10 los empleos de los reagrupantes han cambiado notablemente respecto a su primer trabajo en España y al que tenían cuando realizaron la reagrupación familiar: a) fuerte disminución relativa en el no deseado trabajo agrario (cuadro 1), sobre todo después de superar las carencias legales iniciales sobre sus permisos de residencia y de trabajo; b) el empleo en la construcción alcanza fuerte aumento coincidiendo con la estabilización residencial y laboral del reagrupante y con el auge de este sector económico, pero con la llegada de la crisis actual la pérdida de estos empleos también es espectacular; c) conquista reciente de un cierto número de empleos valorados como de ascenso social y también económico (servicios «especializados»); d) la presencia relativa en los sectores de hostelería y de hogar ha permanecido estable durante todo el proceso migratorio en España, aunque con importancia diferente entre los africanos y latinoamericanos en respuesta a sus distintos capitales personales para estos empleos (idioma, nivel de instrucción, cultura…); e) el comportamiento laboral del grupo de los hijos en los sectores de hostelería y de hogar, ilustra, por una parte, sobre la aceptación actual y futura del trabajo en hostelería, sobre todo entre los latinoamericanos, y, por otra, sobre el rechazo actual y futuro del trabajo en el hogar para ambos grupos de nacionalidades; f) es destacable el aumento, en tiempo de crisis, del empleo en el comercio, aunque con distintas finalidades y protagonistas según el subsector: el empleo africano de todos los grupos familiares aumenta mucho en el comercio por cuenta propia, pero dadas sus capacidades en idioma e instrucción, sin duda se trata en buena parte de una actividad «refugio» ante el paro laboral (comercio ambulante); entre los latinoamericanos el aumento de este empleo está más vinculado al comercio por cuenta ajena, sobre todo en el grupo familiar de los hijos.

CUADRO 1
Evolución sectorial del empleo (%) de los reagrupantes
en la España mediterránea: a, primer empleo en España;
b, empleo cuando realizó la reagrupación familiar;
c, empleo en 2009-10.

Otros indicadores laborales (2009-10)

Paro laboral. Según las declaraciones de los reagrupantes, las tasas de paro en las familias africanas reagrupadas en la España mediterránea son siempre muy superiores —39% de parados sobre 589 activos— a las familias latinoamericanas (27% de parados sobre 993 activos), diferencias que se registran en todos los grupos familiares (reagrupantes, cónyuges, hijos), así como en cada una de las tres áreas territoriales estudiadas. La tasa media nacional de paro se situaba en 2009-10 en 19,6% (fig. 2).

Número de ocupados por familia. Como en otros indicadores, este refleja bien las diferencias económicas y sociales entre africanos y latinoamericanos, siempre con la peor situación para los primeros. Las familias con cero ocupados es la situación que padece el 28% de las africanas —sobre un total de 348 familias encuestadas— frente al 11% de las latinoamericanas —de un total de 457 familias—; la media de miembros por familia es de 4,21 las africanas y de 3,73 las latinoamericanas. La mayor parte de las familias encuestadas tienen uno o dos de sus miembros ocupados, que suelen corresponder con el reagrupante y su cónyuge, pues por su juventud los hijos que trabajan en 2009-10 aún representan cifras bajas, aunque estas también obedecen a la crisis de empleo actual. Las «familias sin problemas de ingresos» serían, teóricamente, las que tienen tres o más ocupados, que son el 6% de las africanas y el 15% de las latinoamericanas.

Fig. 2 Tasas de paro laboral (2009-2010) de los miembros de las familias reagrupadas en la España mediterránea. Ambos sexos. 1. Reagrupantes; 2. Cónyuges; 3. Hijos; 4. Progenitores y otros; 5. Total miembros de la familia. 1a. Reagrupantes en Cataluña; 1b. Reagrupantes en Comunidad Valenciana; 1c. Reagrupantes en Murcia-Almería

La asistencia a cursos de formación profesional es un medio necesario para aumentar las capacidades laborales y por consiguiente la estabilidad laboral y la integración económica y social de los inmigrados. De acuerdo con su nivel de instrucción y el dominio del idioma español de estos trabajadores extranjeros, los cursos de formación profesional parecen especialmente necesarios en el caso de los africanos. Sin embargo, según las manifestaciones de los reagrupantes encuestados, el rechazo a realizar estos cursos es excesivamente alto, sobre todo entre quienes tienen mayores carencias formativas. Así, entre el colectivo africano manifiestan que no desean o no necesitan asistir a cursos de formación profesional el 62% de los reagrupantes, el 70% de los cónyuges y el 53% de los hijos; en el caso de los latinoamericanos, que poseen mejor capital personal para el acceso a los empleos, el rechazo a estos cursos disminuye considerablemente: manifiestan respuesta negativa el 46% de los reagrupantes y de los cónyuges y el 42% de los hijos.

No obstante lo indicado, es indicador positivo para el futuro que el grupo de los hijos de las familias africanas y latinoamericanas reagrupadas en la España mediterránea siempre muestra mejores capacidades y aptitudes que sus padres —reagrupantes y cónyuges— para su promoción laboral, y por tanto para su mejor integración actual y futura en la sociedad española.

Conclusiones

La encuesta realizada en paralelo a reagrupantes africanos y latinoamericanos permite comparar sus indicadores sociolaborales, con resultado siempre menos favorable para los africanos, sin duda como consecuencia de su deficiente capital humano inicial. Aunque la regulación laboral de los reagrupantes en su primer trabajo en España ofrece idéntica situación de altísima irregularidad para africanos y latinoamericanos —61% realizó este primer trabajo sin contrato laboral—, tal como se ha expuesto, los primeros perpetuarán con el paso del tiempo mayores precariedades laborales en todos los indicadores económico- laborales recogidos en la encuesta, especialmente con sus tasas de paro.

Por otra parte, las distintas variables sociolaborales estudiadas siempre muestran situaciones más negativas en Murcia-Almería que en Cataluña litoral, lo que se vincula con las posibilidades de una estructura económica más reducida e inestable en estas provincias del sur; a su vez, estas conocidas características económicas de Murcia- Almería se ven «reforzadas» por un capital humano más deficiente de los reagrupantes y sus familias asentadas aquí, tanto africanos como latinoamericanos, estos en su mayoría andinos.

En conclusión, según las características económicolaborales de los miembros (reagrupantes, cónyuges, hijos, otros miembros de la familia) de las familias africanas y latinoamericanas reagrupadas en la España mediterránea, las necesarias políticas y acciones a desarrollar por las administraciones de España para conocer a estos inmigrados y su futuro, así como para posibilitar su integración del modo más completo y eficiente, deben tener en cuenta las distintas peculiaridades de los inmigrantes según sus países de origen, según su antigüedad en España y según las posibilidades y características estructurales de sus territorios de residencia en España.

La consolidación actual y futura en España de elevados contingentes de inmigrantes que han alcanzado o alcancen reagrupación familiar —que en el caso africano ya tiene pirámides demográficas con gran vitalidad infantil—, sin duda requieren emprender nuevas políticas de integración orientadas específicamente a las familias reagrupadas. Estas familias, por definición y por costes económicos  y sociales, tienen voluntad de permanencia en España de larga o definitiva duración. La incorporación a la sociedad española de estas jóvenes familias con plenas obligaciones y derechos, obviamente debe beneficiar tanto a los nuevos ciudadanos como a los autóctonos. Las deficiencias demográficas de España en fecundidad y en envejecimiento, sin duda también deben ser valoradas en el diseño de las políticas de inmigración familiares, y en este sentido deben conjugarse con otros problemas y dificultades que tiene el país a corto plazo, sobre todo en relación con el mercado laboral y su cambio de estructura para trabajadores españoles.


Notas

1 La información específica utilizada en este artículo procede de una encuesta realizada en 2009-2010 a 348 inmigrados reagrupantes africanos y a 457 latinoamericanos residentes en la España mediterránea litoral entre Girona y Almería. Esta encuesta forma parte del Proyecto CSO2008-01796, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación. IP, V. Gozálvez Pérez. Los perfiles sociodemográficos de estas familias ya fueron estudiados en otro artículo publicado en esta revista, número 138, 2012: 150 162.

Terrence Malick o el cine pensado

Terrence Malick es decididamente una «rara avis» en el panorama cinematográfico. Basta echar un vistazo a los títulos de las películas de este cineasta lírico y reflexivo, que incluyen palabras nada triviales como «malo», «tierra», «días», «cielo», «maravilla», «vida», «nuevo mundo», o la alusión a «delgadas líneas rojas», para llegar a esta conclusión. Por no hablar del irregular ritmo en la producción de una obra de indudables cualidades artísticas, aunque sin espectaculares resultados en taquilla, o lo que es lo mismo, entre el gran público. Dos películas separadas por un lapso de cinco años cimentan el aura de artista consumado. Veinte años de ausencia alimentan la leyenda y preparan el glorioso retorno. Y luego, tras recuperar el paso tranquilo, llega el frenesí, hasta el punto de tener en fase de postproducción, mientras se escriben estas líneas, tres películas.

Los enigmas en torno a Malick arrancan ya con su nacimiento, que unos sitúan en Waco, Texas, y otros en Ottawa, Illinois. Sí hay acuerdo en la fecha, el 30 de noviembre de 1943, y en una infancia transcurrida en los grandes espacios abiertos de Texas y Oklahoma, luego presentes en su cine. Parece que sus padres son cristianos de origen sirio, a él se le suele relacionar con la iglesia episcopaliana, y desde luego su cine presenta claras resonancias bíblicas, con citas explícitas de Job y el apóstol Pablo.

¿Cómo llegó Terrence Malick a dirigir películas? Antes, gracias a su imponente físico, jugó al fútbol americano en el instituto, trabajó en los campos petrolíferos, pasó por Harvard, estudió filosofía, conoció en Alemania y tradujo a Martin Heidegger, y logró una beca Rodham en Oxford. Ejerció de periodista en Life y New Yorker, y aunque destacado en Bolivia, nunca terminó un reportaje sobre el filósofo francés Régis Debray, ligado al Che Guevara. Profesor de Filosofía en el MIT, en 1969 decide matricularse en el American Film Institute. «No era buen profesor», confesaba en la única entrevista que existe con Malick, publicada en Sight and Sound (primavera, 1979), hasta tal grado llega su aversión a las declaraciones públicas. «No poseía el gancho que debería tener uno con los estudiantes. Las películas siempre me habían gustado de un modo naif. Hacerlasno parecía una carrera menos improbable que otras».

En el AFI de Los Ángeles aprende cine y rueda su primer corto, Lanton Mills (1969), historia de cowboys atracadores de bancos. Y conoce a Mike Medavoy, su agente y futuro productor de La delgada línea roja. Él le consigue sus primeros trabajos remunerados en cine, la revisión y reescritura de guiones, con Jack Nicholson y su Aquellosaños (Drive, She Said, 1971), y la saga de Harry, el sucio(Harry Dirty, Don Siegel, 1971), donde sus contribuciones no son decisivas. Sí aparece como guionista de Los indeseables(Pocket Money, Stuart Rosenberg, 1972) y en Deadhead Miles (Vernon Zimmerman, 1973), pero no son títulos en que se reconozca a Malick.

Y llegó Malas tierras (Badlands, 1973), la historia de dos jóvenes asesinos, Kit y Holly, que cometen sus crímenes en 1958 en Montana y Dakota del Sur. Ellos se encuentran desubicados, sienten una mutua atracción, y él resuelve con violencia lo que le contraría, nunca con particular complacencia. A diferencia de otras historias de parejas criminales —El demonio de las armas (Gun Crazy, Joseph H. Lewis, 1950), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) o, muy posterior, Asesinos natos (Natural Born Killers, Oliver Stone, 1994)—, la road-movie de Malick, aunque inspirada en un personaje auténtico, Charles Starkweather, tiene un aire de irrealidad romántica, porque muestra en los personajes, casi infantiles y con dificultades para comunicarse, algo parecido a una genuina inocencia. Tras acabar la película, Malick reconoció el aleteo aventurero de Tom Sawyer y Huck Finn.

Martin Sheen y Sissy Spacek, entonces desconocidos, son perfectos para el propósito de Malick. Su análisis de los personajes de Malas tierras en Sight and Sound marca una pauta de la seriedad con que los encara. «Me gustan más los personajes de mujeres que los de hombres; ellas están más abiertas a lo que tienen alrededor, son más expresivas. Kit, además, es como un libro cerrado, un rasgo no raro en la gente que ha gustado más de lo que debiera la amargura de la vida. Las películas han convertido en mito que el sufrimiento te hace más profundo. Te inclina a hacer consideraciones profundas. Modela el carácter generalmente de modo saludable. Te enseña lecciones que nunca olvidas. La gente que ha sufrido se mueve en las películas con rostros pensativos, como si todo se hubiera derrumbado el día anterior. No es así en la vida real, sin embargo, no siempre. El sufrimiento puede volverte superficial y justo lo contrario de vulnerable y denso. Y ha tenido esa clase de efecto en Kit».

En Malas tierras asoman todas las constantes estilísticas y temáticas del cine de Malick. Un modo de narrar impresionista, con pinceladas aquí y allá, los suyos no son los típicos guiones de manual; la voz en off, que usada por él no cansa, y sirve para verbalizar los pensamientos de un personaje, a veces a modo de plegaria (en filmes posteriores aumentará la complejidad de este recurso, con los pensamientos de un personaje enlazados con los de otro, se dirían ecos de un diálogo mental imposible pero necesario); el modo poético de atrapar la naturaleza, con sus espacios y cielos abiertos, aguas, vegetación, animales; el rodaje de muchas escenas en el crepúsculo o el amanecer, en la llamada hora mágica; la cámara etérea que a veces parece flotar; los planos desde el suelo, vista de gusano, mirando al cielo; y la reflexión sobre la condición humana, con distintos estados de inocencia y abatimiento, y opciones de jugar las cartas que la providencia ha repartido, en búsqueda de un amor y una felicidad que parecen imposibles de ser aprehendidas.

Con la bucólica Días del cielo (Days of Heaven, 1978), Malick lograría el premio a la mejor dirección en Cannes. Cinco años después de su debut, su estilo es más depurado y perfecto, y la trama, si se quiere, más leve e intrigante. A principios del siglo XX, Bill y Abby fingen ser hermanos ante los que les rodean. Tras un enfrentamiento en la fábrica de Chicago donde trabaja él, la pareja de amantes marcha al campo con Linda, una adolescente, y consiguen trabajo en una plantación. Allí el dueño, frágil de salud, se siente atraído por Abby, y Bill la anima a corresponder a sus avances, pensando que la propiedad algún día podría ser de ellos. En manos de un cineasta convencional estos elementos conformarían un triángulo amoroso vulgar. Con Malick sirven para componer una bellísima sinfonía pastoril, con acentos trágicos. Las tareas del campo son celebradas, es un trabajo hermoso, el esfuerzo colectivo de hacer rendir la tierra. Pero igual que la langosta puede asolar una granada cosecha, también las relaciones humanas pueden envenenarse por el engaño, la mentira y los celos, el mal en forma de odio creciente, que Linda, con su voz en off, no deja de detectar.

Tratar de expresar con palabras la hermosura de Días del cielo se diría empeño inútil. ¿Cómo explicar el modo enque se despliegan las fuerzas de la naturaleza, las espigas detrigo mecidas por el viento, las langostas devoradoras, lospájaros del cielo, el cauce de un río o las chispas descontroladasque provocan un incendio y el humo de la locomotora de un tren? No son simples detalles preciosistas, caprichosamente introducidos, sino que estas imágenes y sus sonidos devienen en parte esencial de este poema fílmico.

Dos décadas transcurrieron hasta su reflexiva mirada a la guerra en La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998). La sensación era que no volveríamos a saber de este brillante cineasta, coetáneo de Francis Ford Coppola y Martin Scorsese. Que se había convertido en director maldito, el equivalente fílmico de un J. D. Salinger, alérgico a las comparecencias públicas, con un rico mundo interior que no era capaz de volver a plasmar en celuloide. David Odell, guionista de Cristal oscuro y compañero de estudios de Malick, lo denominó su «periodo Howard Hughes. Tengo el temor de que la próxima vez que le vea tenga las uñas larguísimas». Pero Laura Ziskin, presidenta de Fox cuando el estudio respaldó La delgada línea roja, insiste en que no es alguien «solitario u oscuro, simplemente tiene un acusado sentido de la privacidad». Quienes han trabajado con él insisten en que es encantador, aunque llevado por su alma de artista, despista. En una reunión con actores, en que le decían encontrarse desorientados sobre lo que esperaba de ellos, él, tras escucharles atentamente, dijo que tenían razón y que había sido una reunión estupenda. Todos quedaron contentos, aunque nada hubieran sacado en claro, más allá de que debían confiar y buscar cierta perfección inefable, Malick haría el resto.

A Robert Geisler y John Roberdeau corresponde el mérito de persuadir a Malick para que descendiera del cielo en que se había quedado en los lejanos días de 1978. Los productores persuadieron al elusivo cineasta para que convirtiera en guión la novela de James Jones La delgada línea roja, ya antes llevada al cine por Andrew Marton en  El ataque duró siete días (The Thin Red Line, 1967). Esta películan o había tenido la repercusión de la más famosa adaptación de Jones, también ambientada en la II GuerraMundial y el Pacífico, De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, Fred Zinnemann, 1953). Malick escribió variosborradores, y cada vez conectaba más con la historiade varios soldados americanos en un lugar paradisíaco, apunto de ser escenario de un culminante enfrentamientocon los japoneses, Guadalcanal. Nadie ha aclarado cuándoo cómo ocurrió, pero en un momento dado Malick estabalisto para ponerse tras la cámara. Medavoy, con PhoenixPictures, se sumó al ambicioso proyecto, e involucró ala Fox. Lo que parece milagroso, pues la envergadura deeste filme era mucho mayor que la de Malas tierras y Días del cielo, y Malick llevaba dos décadas en el dique seco.

Y con las voces en off de los soldados, además de sus diálogos «convencionales», ofreció todo un mosaico de actitudes vitales: el descubrimiento de la vida sencilla,  y los desengaños inesperados; la actitud cínica que aún  la mirada paternal para proteger a tus hombres evitando acciones suicidas; la eficacia material en el cumplimiento del deber, cuyo sentido más hondo no se cuestiona; la oración y el reconocimiento de cierta «chispa» que permite seguir adelante. En esta ocasión, y frente al pensamiento femenino que recogía Malick en sus anteriores filmes, aquí cede el testigo a los hombres. Y el objetivo bélico de tomar una colina tiene una importancia bastante relativa frente al modo en que cada uno encara personalmente su vida.

La ausencia había contribuido a crear una atmósfera reverencial hacia Terry Malick, un prestigio casi mítico. Trabajar con él era algo codiciado, un privilegio, no está uno a las órdenes de un genio todos los días. El reparto masculino de La delgada línea roja era impresionante, pero algunos tuvieron más motivos que otros para sentirse satisfechos: Jim Caviezel, Ben Chaplin, Elias Koteas, Sean Penn, Nick Nolte, e incluso Woody Harrelson, fueron los más afortunados; George Clooney, John Travolta, Adrien Brody, John Cusack, tendrían que conformarse con una muesca en su currículo, habían hecho una película con Malick, pero gran parte de su trabajo cayó en el montaje. La historia se repetiría en películas posteriores, estrellas como Brad Pitt y Ben Affleck trabajarían encantados con él, rebajando su caché.

Un hombre clave en la creación del «mood» del cine de Malick es Jack Fisk, director artístico en todas sus películas. En general cabe decir que en los distintos apartados técnicos se rodea de verdaderos artistas, personas con sensibilidad. A veces repite con ellos, el caso de Fisk, o el del director de fotografía mexicano Emmanuel Lubezki. El español Néstor Almendros ganó el Oscar a la fotografía por Días del cielo. Los más prestigiosos compositores, Ennio Morricone, Hans Zimmer, Jamer Horner, Alexandre Desplat, han aceptado gustosos trabajar con él. La edición de la película es una fase crucial para Malick, que dirige un equipo que debe emplearse a fondo, pues mucho es el material descartado y muy precisos los cortes, el modo en que se ensambla todo, con una banda sonora con mucha música clásica, y los efectos de sonido naturales, ruido de insectos, pájaros, el agua, el viento, y artificiales, los producidos por el hombre…

Parece claro que Malick ha vuelto para quedarse. Así, en 2005 llega El nuevo mundo (The New World), lograda descripción de un encuentro entre civilizaciones muy diferentes y cine más histórico aún que La delgada línearoja. Describe el asentamiento de Jamestown en Virginia en 1607, los avatares del capitán John Smith y su captura por el jefe indio Powhatan, padre de Pocahontas. Aunque tomándose libertades en el idilio entre Smith y la joven india —no existe constancia del mismo—, sí se ajusta a la realidad su secuestro y entrega a los colonos ingleses, y su nueva vida en el mundo «civilizado».

La originalidad del tratamiento de Malick —como siempre, autor del guión de sus películas— está en el concepto «nuevo mundo», que no lo sería solo para los europeos recién llegados a América, también para los indios, particularmente Pocahontas, el mundo que llevan consigo Smith y los otros es nuevo. En este aspecto, la mirada se asemeja a la de los nativos de La delgada línea roja, y sirve para subrayar la añoranza de una vida edénica donde prima la inocencia, y hasta la ingenuidad. En tal sentido es hermoso constatar que Malick opta por no «matar» la inocencia de Pocahontas, que conservando lo mejor de sí misma, su religiosidad natural, su mente curiosa, incorpora las aportaciones de la civilización, aprende a leer, o queda deslumbrada por una catedral, y encaja sus deficiencias.

El amor tiene muchas caras, y Malick propone otro triángulo amoroso, donde el tercer vértice es el viudo John Rolfe. Y no toma caminos fáciles para, con sus típicos trazos impresionistas y el uso de la voz en off, pintar el entusiasmo y la pasión juveniles, a los que sigue la madurez que dan un hogar y la maternidad, sugiriendo que la vida es rica en matices, y que hay que saber tomar en libertad las decisiones adecuadas. En esta ocasión el cineasta trenza pensamientos masculinos y femeninos, donde Smith es el hombre inseguro, anhelante de felicidad, y Rolfe el experimentado, que encuentra una «piedra preciosa» que delicadamente intentará «adquirir».

Con El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), Malick   ganó la Palma de Oro en Cannes. Y la unanimidad reverencial hacia su obra, que había empezado a resquebrajarse con El nuevo mundo, se vio sacudida nuevamente, lo mismo que ha ocurrido con su último film To the Wonder(2012). ¿Qué ha pasado? La coherencia del autor es innegable. Quizá sus aspiraciones artísticas han subido varios grados, y la búsqueda de la trascendencia resulta más nítida que nunca, lo que no ha agradado a todo el mundo. El árbol de la vida es una película muy ambiciosa. Porque el seguimiento de una familia cristiana en Texas, en los años cincuenta, tres hermanos y los padres, deviene en inesperada cosmovisión, todo está conectado, lo grande y lo pequeño, formamos parte de un plan; singular plegaria y confesión de fe, donde se discurre sobre el sentido de la existencia, y se muestra que la vida ordinaria está trenzada de dolor, amor y perdón, donde el desaliento, la culpabilización del otro y el conformismo reduccionista son tentaciones frecuentes ante la experiencia del mal, «hago lo que no quiero». Pero no falta la gracia, y sobre todo ello se reflexiona, voz en off «again», con imágenes de gran belleza que remiten a los orígenes, cómo empezó todo, y al final, cómo acabará, de modo que el inmenso telón de fondo recuerda que las personas son importantes, pero cada una es solo una pequeña parte de algo más grande que les sobrepasa. Una vez más la banda sonora es fascinante, a la partitura original se suman fragmentos de música clásica exquisitamente seleccionados.

Con To the Wonder Malick ha entrado en la dinámica de variaciones sobre el mismo tema, pero el tema, claro, es «el tema», o sea, el amor, que busca dar sentido pleno a la vida. Tenemos triángulo amoroso, Neil y Marina, que viven en un extático goce amoroso que parece no tener fin, y una antigua novia de él, Jane, que asoma en el horizonte en un momento de dificultad, y se observa que el amor exige compromiso, sacrificio, lucha. Algo que también constata el padre Quintana, un sacerdote que experimenta el silencio de Dios, a pesar de la dedicación a sus fieles, guiado por la caridad. Resulta curioso el efecto logrado por Malick, que si por un momento se pusiera a tiro abandonando timideces, debería ser interrogado acerca de si ha leído «Deus caritas est», la primera encíclica de Benedicto XVI, pues los temas de ese documento aletean en este filme.

Las voces en off de los protagonistas se entrecruzan para que conozcamos sus angustias y anhelos, y también el modo en que se constituyen en oración. Y el «milagro», que repite nuevamente Malick, es contar mucho con apenas nada, un conjunto de impresiones, estados anímicos, momentos en que resulta obligado tomar decisiones. ¿Reiterativo narrativamente? Tal vez, pero bendita reiteración, transida de lirismo, que convierte en poesía lo que en otro produciría vergüenza ajena. Ben Affleck, que es también director, lo resume bien cuando dice que «Malick entiende de verdad algo de lo que me he dado cuenta después de trabajar con él y es que no solo puedes desafiar la sabiduría convencional, si no que debes hacerlo de manera interesante». _

Entre Wagner y Verdi

—Toque más alto ese pasaje.

—¿Disculpe?

—Ese pasaje, que lo toque más fuerte.

—Perdone, maestro, me va a disculpar, pero en la partitura está marcado con piano y piannisimo.

—Bueno, hágame caso, yo le digo que así suena muchísimo mejor.

Y era verdad. Cuando lo escuchó al volver a tocarlo, se dio cuenta de que el viejo maestro tenía razón. Aquel pasaje, que al piano podía funcionar si se tocaba más bajo, adquiría otra envergadura cuando emanaba por primera vez de aquel foso, el del sagrado Teatro de la Scala de Milán, arropado por el manto cálido de la orquesta. Arturo Toscanini, segundo violonchelo de aquella formación, podría haberse quedado petrificado cuando el mismo compositor en persona de la obra se dirigió a él. Pero apenas reparó en que estaba ante el mismísimo Giuseppe Verdi cuando intentaba justificar por qué había tocado esos compases de aquella forma.

Seis años después, aquel joven que apenas superaba la veintena, se subió a un podio para dirigir aquella misma obra. Conservaba recuerdos muy vivos de aquellos días. El estreno de Otello, después de dieciséis años de silencio, fue un éxito sin precedentes en la ciudad. Al compositor lo llevaron en volandas hasta el Gran Hotel y allí estuvieron jaleándolo toda la noche mientras cantaban algunos pasajes de la obra que acababan de escuchar. Aquel era el Verdi genuino, el que era capaz de embrujar una platea con sus melodías hondas y pegadizas, de las que no era fácil desprenderse durante los días posteriores. Detalles aquí y allá, como ese insignificante pasaje de La traviata, «Dammi tu forza, o cielo!», apenas una frase, apenas un acompañamiento sencillo de la cuerda, que sin embargo eran capaces de estremecer hasta el último rincón del teatro.

Toscanini se haría cargo de la Scala en el peor momento de su historia. Se convertía, de la noche a la mañana, en el director más joven de la historia del teatro, con apenas 31 años cumplidos. Alguien debió pensar que, en aquel momento de zozobra, bien valía el riesgo de cambiarlo todo con un director nuevo, que estuviera libre de la tradición anterior. Por aquel entonces, la orquesta del teatro no era permanente y la música estaba siempre supeditada a las voces, hasta el punto de que algunos cantantes tenían patente de corso para modificar las partituras a voluntad y permitirles un mayor lucimiento.

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Pero el nuevo director terminaría con todo aquello de raíz. Aquel joven, el mismo que tuvo la osadía de corregir al maestro Verdi en aquel mismo foso, empezaría a granjearse la enemistad de los compositores locales porque había decidido no conceder bises en las óperas más populares. Llegó a suspender una Norma después de un ensayo general porque no le gustaron los cantantes. Las interpretaciones eran sagradas y debían hacerse en un nivel óptimo de calidad musical y vocal, aunque eso acarreara disgustos y enfrentamientos. Y así sería toda su vida. Muchos lo recuerdan menudo y apocado mientras esperaba sentado en un banco del foyer, pero cuando entraba al teatro y se introducía en el foso, pasaba revista a sus huestes con la misma mirada que debió pasear Napoleón por el campo de batalla de Austerlitz. Para entonces, sin una sola palabra, ya había desatado el terror y había aguzado la tensión entre los músicos, que apenas tenían tiempo de mirarse entre sí para confortarse. Una vez, en un ensayo, se dio cuenta de que los metales habían entrado más tarde de lo debido al final de La bohème, de Puccini. Bajó los brazos y los músicos dejaron de tocar. «No puedo sino taparme la cara de vergüenza —dijo, mientras rompía ese silencio incómodo de los ensayos—. Después de lo que ha sucedido esta noche, mi vida se ha acabado. Ya no puedo mirar a nadie a la cara. Pero él, él —recalcó con vehemencia, mientras señalaba a uno de los músicos—, dormirá esta noche con su mujer, como si no hubiera pasado nada». Todo era hiperbólico y excesivo en él, y lo que no suscitaba una aquiescencia total provocaba en él la más furibunda reacción. Pero, en aquel momento, tras dos temporadas al frente del teatro milanés, había conseguido situar a la Scala como uno de los tres o cuatro mejores teatros del mundo, lugar que no ha abandonado desde entonces.

Pero la primera ópera que dirigió como nuevo director de la Scala no fue italiana. Tras dieciséis meses de clausura, había decidido reabrir el teatro con Los maestros cantores de Nüremberg, de Richard Wagner, en su versión íntegra. Era la primera vez que se hacía en toda Italia. Toscanini quería conciliar su predilección por Verdi con su pasión indisimulable por Wagner. Algo que, incluso hoy, doscientos años después del nacimiento de los dos compositores, se ve como una excentricidad, como si sus obras fueran irreconciliables. No deja de ser una ironía histórica que quien dirigirá el Réquiem durante el funeral de Verdi, se convertirá años después en el primer director extranjero que dirija en Bayreuth.

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Arturo Toscanini a su llegada a Berlín en 1929

El flechazo surgió en Parma, mientras cursaba estudios en el Conservatorio. Con diecisiete años pudo presenciar una función de Lohengrin. «Desde los primeros compases del preludio —recordará mucho después—, me invadieron unos sentimientos mágicos, sobrenaturales. Esas armonías celestiales me revelaron un nuevo mundo». Un año después de Los maestros cantores de Milán, visitará por primera vez el teatro de los Festivales de Bayreuth, en Baviera, que Luis II había financiado al compositor para que se escenificaran allí sus nuevos «dramas musicales». Wagner había revolucionado el concepto de la ópera tradicional desde Tristán e Isolda, y para su famosa tetralogía El anillo del nibelungo necesitaba de un recinto que pusiera en práctica alguna de las ideas que había puesto por escrito en su ensayo Ópera y drama. Se trataba de construir un teatro que no tuviera palcos ni balcones regios, sino que todos los espectadores estuvieran sentados a la misma altura, como en los anfiteatros griegos y romanos. La orquesta debía quedar oculta por un foso debajo del escenario y tras un panel que hacía invisible al director. Y, lo más importante, las luces del teatro debían permanecer apagadas durante toda la representación para que los espectadores pudieran concentrarse en lo que ocurría en escena, la mayoría de las veces durante varias horas de duración.

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Richard Wagner en París. Foto tomada en 1967

Toscanini se ganó también muchos enemigos por los teatros del mundo cuando insistía en mantener la sala a oscuras cuando dirigía Tristán. Si alguna vez, el teatro osaba contravenir sus indicaciones y encender la luz, era capaz de golpear con violencia la que tuviera más cercana como una clara advertencia. Como Wagner, concebía sus interpretaciones como una gesamkunstwerk, una obra de arte total, en la que todo debía encontrarse en un estado de tensión creativa, fraguada a través de largos y extenuantes ensayos. «Vuelvo ahora a casa —escribe en una carta de 1897 a su prometida— después de cuatro horas y cuarto de ensayos. Estoy muerto de cansancio. Empecé a las 10,30 de esta mañana ensayando el solo del tercer acto de Tristán con el solista de corno inglés; a las 11,30 comí a toda prisa un par de huevos y desde el mediodía ensayé solo con la orquesta; a las seis continué con los cantantes. En total, once horas de ensayos para tu pobre Arturo». Este frenesí lo mantendría hasta bien avanzada su edad, como si no concibiera una vida apacible. Cuando no dirigía, sus familiares lo recuerdan deprimido y alicaído, con la mirada perdida y ensimismada.

Arturo siempre fue un niño enfermizo y poca cosa. Era hijo de una familia obrera del barrio de Oltretorrente, en Parma. Su padre, Claudio, había estado enrolado en el ejército garibaldino y prefería el delirio de las charlas políticas en la plaza a su negocio como sastre, que terminaba atendiendo la madre. A los nueve años consigue una beca para estudiar música en el Conservatorio, situado al otro lado del río. Su madre jamás cruzaría el puente para ir a visitarle. En medio de todas aquellas carencias emocionales, Toscanini formó su personalidad hasta graduarse como violonchelista y composición con la máxima nota. Peleó con ferocidad contra las condiciones más adversas para conseguir lo que anhelaba en un lugar que le obligaba a dormir en colchones de paja y cenar pescado podrido. Una vez, en venganza contra un profesor, mató al gato que tenía su mujer y se lo comieron entre varios.

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Lápida conmemorativa en el Palacio Vendramin de Venecia

Así que cuando escuchaba en Italia que programaba demasiada ópera extranjera, o que un italiano como él no sabía dirigir a Wagner como lo hacía un alemán, siempre terminaba descendiendo al foso de la orquesta para desde allí conjurar a todos esos fantasmas y asaetearlos con su batuta, con toda la rabia de la que era capaz, para crear la obra más perfecta. Cuando eso ya no era suficiente, ponía tierra de por medio y se iba a alguna orquesta donde aceptaran todas sus exigencias. Conquistó Viena y Berlín en 1929, a donde fue con los cuerpos estables de la Scala para interpretar unas memorables funciones de cuatro óperas emblemáticas de Verdi: Falstaff, Rigoletto, Il trovatore y Aida. Un joven Herbert von Karajan recuerda con arrobamiento uno de aquellos acontecimientos en sus memorias. Al año siguiente, después de pelearse con la orquesta del festival y de detectar varios errores en las partituras durante los ensayos, obsequió a Bayreuth con Tannhäuser. Aquel verano moriría el hijo del compositor, Siegfried Wagner, su máximo valedor. Aún dirigirá un año más, pero por aquel entonces, Mussolini ya había decidido ponerlo en arresto domiciliario en Bolonia después de que llegaran a agredirle justo antes de un concierto. Se había negado demasiadas veces a dirigir Giovinezza, el himno fascista italiano. Era mayo de  1931. «Prefiero morir antes que dirigir en Italia», sentenció. Cuando Hitler llegó al poder en 1933 y le dirigió una carta para que fuera ese año a Bayreuth, tuvo que negarse, «y aquello fue el dolor más grande de mi vida».

Cabe preguntarse cómo se detiene un torrente así que, incluso superados los ochenta años, siga manteniendo sin mácula aquella tensión que dejaba caer sin cuidado alguno sobre los músicos que tenía delante. Ocurrió de repente. Un día, aquel volcán dejó de escupir fuego. Sucedió en mitad de un concierto. La orquesta de la NBC, hecha en especial para él con los mejores músicos que fueron capaces de encontrar, a donde había llegado en 1937, ve a su director detenerse, sin más señas que los brazos extendidos, en la parte final de la bacanal de Tannhäuser. Nunca había ocurrido una cosa semejante. Siempre había dirigido de memoria, en parte porque nunca pudo ver bien de cerca. El rostro que otras veces aparecía retador y altanero había mudado en un breve lapso de tiempo y se mostraba perdido, contrariado. Por fortuna, pudo recuperar el compás y continuó la obra hasta el final.

Hacía tiempo que la familia le había insistido en que dejara de dirigir, que tal frenesí no debía ser muy saludable para un corazón que cuidaba en secreto, con breves visitas a un cardiólogo de la Universidad de Columbia. Le había recetado unas pastillas para controlar su tensión, pero el maestro había comprobado que le adormilaban y lo mantenían al margen de un mundo del que seguía degustando sus placeres, como ocurría con cierta bailarina mucho más joven que él, que frecuentaba cada vez que podía. Al final, dejó de tomar aquellas pastillas en vista de los resultados y decidió lanzarse a tumba abierta por una vida que, para él, nunca mereció medias tintas.

El director de la NBC le recomendó otro tanto, asumiendo que sus años con aquella orquesta habían pasado. Visiblemente triste y decepcionado con lo que había ocurrido durante el concierto, firmó ese día el finiquito como director. Falstaff sería la ópera que más veces había dirigido en su vida y el preludio de Los maestros cantores, la pieza más interpretada en su etapa americana. Aún dirigiría un par de veces más, con resultados mucho mejores que los de aquella noche, pero el fin ya lo esperaba al fondo del trayecto. Sus problemas de salud se agravaron y resultaron definitivos. Apenas pudo dedicarse a editar muchas de las cientos de horas que la RCA, el sello discográfico que la NBC creó cuando le contrató, había grabado a lo largo de todos esos años. Apartado de un podio y una batuta, todo terminó un 17 de enero de 1957. Toscanini moría en su domicilio del Bronx neoyorquino de un derrame cerebral.

A Giuseppe Verdi se lo llevaron rápidamente a la habitación cuando se desplomó en uno de los salones del Gran Hotel de Milán. Aún agonizaría unos días más, durante los  cuales se esparció paja por toda la calle adyacente para que el ruido de los carruajes no molestara al maestro. El director del hotel colgaba cada día el parte médico en la puerta principal. Muchos le velaron por la noche y, aunque fue enterrado en la intimidad por deseo expreso suyo, un mes después se trasladó el féretro hasta su lugar actual, la casa de reposo para músicos que mandó construir a su muerte. En el cortejo que lo acompañaba, la orquesta y los coros de la Scala se unían a la muchedumbre en el canto de «Va, pensiero», el coro de los esclavos de su ópera Nabucco. En medio, el director del teatro, Arturo Toscanini, intentaba dirigir al conjunto.

Richard Wagner encuentra la muerte también de improviso cuando descansaba en su estancia del palacio Vendramin de Venecia. Había estrenado Parsifal el verano anterior y había decidido retirase a descansar a una ciudad a la que siempre acudirá en momentos decisivos de su vida. La primera vez será con el segundo acto de Tristán debajo del brazo. El poeta y escritor Franz Werfel publicará en 1924 La novela de la ópera, donde relata un encuentro imaginario entre Wagner y Verdi en la ciudad de los canales durante aquellos días de 1883. En esas páginas, los dos compositores llegan a cruzarse por la calle o en góndola. Ninguno de ellos se detiene. Cuando Verdi resuelve ir a visitarle, ese día Wagner muere. Después de diez años retirado en Sant’ Agata, apartado de la composición, deja Venecia en ese viaje irreal para disponerse a ultimar su siguiente ópera. Todos la esperan y Milán es un hervidero. En uno de los ensayos, nota que uno de los violonchelos suena demasiado suave. Cuando termina esa parte, se levanta y se aproxima con lentitud al foso de la orquesta. —Toque más alto ese pasaje.-

Kierkegaard, una referencia filosófica obligada

Kierkegaard nunca pudo, desgraciadamente, liberarse de ese pesimismo luterano que le transmitió su padre y que ensombreció su existencia. Y cierto es que también en algunas de sus obras hay palpitaciones desesperadas, raptos de tinieblas y desilusiones. Tampoco pudo superar su amor por Regina Olsen, a la que siguió rindiendo fidelidad absoluta a pesar de haber decidido romper con ella. Sea por motivos personales o no, Kierkegaard hizo de la desesperación una categoría existencial importante, consciente de que saberse desesperado es la primera condición para dar el salto y traspasar el umbral de lo mundano.

Se debería proscribir, en este segundo centenario de su nacimiento, la apropiación académica de la filosofía kierkegaardiana. Porque más que intérpretes, se puede aludir a multitud de lectores de Kierkegaard, desde Unamuno a Steiner, desde Adorno a Dreyer, como pone de manifiesto un libro colectivo de próxima aparición en la colección electrónica de Neoxofía, El libro de Kierkegaard.

Se ha dicho de él que fue el primer existencialista, pero con seguridad el pensador danés habría eludido dicha etiqueta —en honor a la verdad, habría que decir que habría evitado tanto esa como cualquier otra—. Porque Kierkegaard nunca habría podido fundar una corriente filosófica, en la medida en que esa denominación hace referencia a una forma de pensar coetánea, implicada en un determinado contexto, y por ello mismo remisa a permanecer como verdad.

El existencialismo posterior nació como moda y por fuerza con fecha de caducidad, aunque algunos de sus temas e intuiciones se mantengan vigentes. Como hemos indicado, el pensador danés tendría reparos para autodenominarse existencialista en el sentido que otorga al término Sartre en la famosa conferencia que Heidegger replicó. Y no solo, como aparentemente se pudiera pensar, por las implicaciones ateas de su postura filosófica, sino más bien por una de las afirmaciones con que abre su explicación: «El existencialismo es una doctrina…» y justamente contra este tipo de especulación se dirigió Kierkegaard. Una doctrina es algo que se encuentra fijado, un catálogo pétreo de enunciados que, con mayor o menor rigor, se encuentran dispuestos ordenada y sistemáticamente. ¿Qué queda de la existencia, cabalmente del hombre, tras este ejercicio de abstracción?

UNA FILOSOFÍA COMPROMETIDA CON LA EXISTENCIA

La filosofía de Kierkegaard no expresa una nueva verdad, ni desconfía propiamente del hombre. Por el contrario, dio forma contemporánea al problema de la relevancia existencial del pensamiento, sin que ello implique incurrir, como ha ocurrido en ocasiones, en un reduccionismo ético. No es de extrañar su predilección por Sócrates ni su pasión por Jesús; ambos son pensadores en los que el espíritu se hace vida, que viven como piensan, sin retroceder ni comerciar con su verdad, sin rebajar su compromiso, sin sucumbir a la tentación de pensar cómo se vive. Pero ¿seguía siendo posible esto en las circunstancias del mundo moderno?

Hay aspectos sobre la filosofía de Kierkegaard que aún hoy no permanecen claros. Y no lo están porque, como se sabe, el pensador danés empleó la comunicación indirecta y utilizó una importante cantidad de pseudónimos para la publicación de sus obras. Sería no entender a Kierkegaard lamentarse de ello; es más, esta dificultad que el lector experimenta al enfrentarse a sus textos es lo que les aporta gran parte de su valor, incluso para el lector de hoy. Es, por decirlo así, la grandeza de su obra, lo que le convierte en un clásico.

Es sintomático que Kierkegaard utilizara su nombre, sin mediaciones, sin recurrir al brillante juego de pseudónimos, solo en sus discursos edificantes. No sería un atrevimiento admitir, pues, que llamarle predicador —predicador de un cristianismo auténtico— no hubiera supuesto para él ninguna deshonra, sobre todo si se tiene en cuenta que depuso la dogmática protestante, aliada a su juicio en un contubernio problemático y falaz con el idealismo. Predicador, pues, el jorobado de Copenhague, a veces ridículo y a veces sombrío, rescató la vida en su hondura no tanto filosófica como teológica.

¿UN NUEVO SÓCRATES?

Si tuviéramos que hacer, sometidos al rigor académico, un elenco de los temas más importantes de su obra, podría decirse que son los siguientes. Por un lado, la polémica entre modernos y antimodernos, entendiendo que el ataque al hegelianismo es mucho más que una animadversión al autor de la Fenomenología del espíritu; es, si se entiende bien, una forma de enmendar totalmente los presupuestos de la filosofía moderna, esa forma estéril de pensar, empeñada en la abstracción fría, en universalizaciones que dan la espalda al hombre. Una teoría independiente de la práctica cotidiana del ser humano, una filosofía ciertamente inhumana.

En ese contexto de idealismo y de pensar dialéctico, Kierkegaard irrumpe con la fuerza de un Sócrates contemporáneo, como un tábano obstinado en la perforación de nuestras seguridades más íntimas, las que plantean el sentido más sublime de la existencia. Advertir de que la vida es inconmensurable al pensamiento es recordar el estribillo filosófico que una modernidad demasiado egocéntrica había postergado. No significa que la verdad no exista, sino que aprehenderla exige su realización. Lo que el exceso dogmático del racionalismo había separado inexorablemente, vuelve ahora a ensamblarse en el esfuerzo existencial del individuo.

De otro lado, Kierkegaard puso de manifiesto la contradicción interna del pensar filosófico, una contradicción que ningún tipo idealista de razón puede superar a no ser que se arriesgue a subir cumbres cada vez más sofisticadas, pero al mismo tiempo menos verdaderas. Justamente es esto lo que, a juicio de Kierkegaard, empobrece el pensamiento hegeliano de la totalidad absoluta: su denodada obcecación por interrumpir la contradicción y paradoja de lo existente. La debilidad del hegelianismo, en toda su amplitud, tanto en sus repliegues como en sus anticipaciones, es su forma antifilosófica: prescinde de lo que hace atractivo el pensamiento en busca de la explicación total, de la posibilidad del escándalo, la irreductibilidad de lo paradójico. Kierkegaard mismo nos lo advierte: «La paradoja es la pasión del pensamiento y el pensador sin paradoja es como el amante sin pasión: un mediocre modelo».

LAS ESTAPAS EN EL CAMINO DE LA VIDA

La biografía de Kierkegaard no deja apenas lugar para la duda: su desarrollo vital conoció las diversas etapas que debe atravesar el individuo en su camino existencial. La distinción entre un estadio estético, otro ético y, por último, el religioso es uno de los aspectos más conocidos de su obra. Y la importancia de esta contribución excede el campo de lo personal, ya que se interpone como método: los pseudónimos, en los que nos habla Kierkegaard, sí, pero también los otros que contraen los diversos roles, caracterizan la individualidad cercada por el placer, en su caso, por el bien o dilatada en virtud de la fe. A la vez, estas exposiciones de las diversas fases de la trayectoria del hombre encuentran en sí mismas su propia negación o imposibilidad, su frustración.

Frente a la razón absoluta, cuya mirada propende a estigmatizar lo inconmensurable, a Kierkegaard le basta con la decisión, un impulso que obliga a remover nuestro apoltronamiento existencial. De ahí que el don Juan, que busca la satisfacción inmediata y que, por ello mismo, ha de abandonar el placer incluso antes de la satisfacción para buscar el siguiente, se decide a dar el salto e irrumpir en la universalidad del bien moral ético. El estadio ético de esa forma se convierte en un modo de perpetuarse en la generalidad de un yo anónimo que, como los demás, cumple con su deber de un modo kantiano y racional, institucionalizado. Pero no es, no puede ser, la última etapa vital del individuo; resta aquella en la que se rescata la altura ontológica de nuestra propia individualidad.

LA DISTANCIA ABSOLUTA O LA FE CRISTIANA

Hay expresiones de Kierkegaard que están llamadas a recordarse juntas: decisión, por ejemplo, tendría que conllevar «instante», en el sentido en que este es el punto de intersección entre historia y trascendencia; la fe debería comportar la alusión implícita a la paradoja absoluta, absoluta en la medida en que restaura la diferencia abisal entre criatura y Creador; la salvación está intrínsecamente relacionada con la desesperación consciente, que actúa como condición; la libertad existencial abre al individuo un infinito angustioso de posibilidades; hombre, al fin, significa también espíritu.

La fe kierkegaardiana no se arraiga en el intelecto, pero no por motivos antiescolásticos. No lo hace porque la paradoja del cristianismo es absoluta y, por tanto, no puede crecer en el campo racional abonado por el hegelianismo. Razón hegeliana y creencia cristiana se contraponen, ya que si Dios es lo «absolutamente diferente», se pregunta, «¿cómo podrá entenderlo la razón?». En este sentido, la relevancia del cristianismo es propiamente inimaginable. Permítaseme recordar un texto de Kierkegaard: «Es verdad que el hombre podía imaginarse en igualdad con Dios o en igualdad de Dios consigo mismo, pero podía concebir que Dios se imaginara en igualdad con el hombre». Es lo inconcebible de que lo Absoluto haya penetrado en la historia.

Por último, una de las contribuciones más importantes de Kierkegaard, a mi juicio, es aquella que subyace a su distinción entre el cristianismo y cristiandad. El cristianismo es, en esencia, el mensaje original; la cristiandad constituye casi una categoría sociológica, una extendida mentalidad que se ha acostumbrado al mensaje, lo ha burocratizado y que ha terminado comprometiéndose con él de una forma externa, mecánica. La cristiandad ha perdido su contacto con el escándalo que representa el cristianismo; se ha hecho tan cristiana, pero de una forma superficial, que no ha tenido más remedio que renunciar a la posibilidad de asombrarse y de aventurarse en la radicalidad que implica el seguimiento de Cristo.

Esa es, junto con la noción de existencia, la clave de bóveda de su pensamiento. Porque es el cristianismo lo que permite en Kierkegaard la recuperación del «uno mismo», una categoría adocenada en el tumulto secularizador de la sociedad burguesa; por eso, la salvación, que nos redime de la desesperación, posee también una elemento distorsionador, pues enfrenta al yo ante la permanente tarea de decidirse a sí mismo. Y hay que hacerlo en el instante, que compele al hombre a comprometerse con la fe o a eludirla, o a la una o a lo otro, sin medias tintas ni transacciones interesadas. Estos motivos son suficientes para mostrar la actualidad de Kierkegaard y la necesidad de leer y releer de nuevo su obra.


Foto: El boceto del filósofo realizado alrededor de 1840 por Neils Christian Kierkegaard se encuentra en la Royal Library of Denmark. El archivo, de Wikimedia Commons, se ha transformado con canva.