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«Poemas», de Fernando Pessoa

Un escritor que publica críticas contra sus propias obras, las que han firmado sus heterónimos, es desde luego un hombre original. El artificio lo podría haber empleado muy bien Jorge Luis Borges. Pero no, estamos ante Fernando Pessoa (1888-1935), uno de los mayores poetas y escritores de la lengua portuguesa y de la literatura europea. Fue en 1914 cuando este ser de apariencia tildada e inocente, de costumbres pausadas, ligadas al libro, a la literatura y a la imprenta, se presenta con sus otros heterónimos: Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, Ricardo dos Reis. Nacidos en 1889 los dos primeros, en 1912, el último. Campos, Caeiro, Reis, Pessoa y algún otro «son» («¿forman?») el poeta. ¿«El» poeta? ¿«Los» poetas?

La técnica del desdoblarse, tan recomendada para no darse importancia, tan utilizada por los ascetas para ver con objetividad sus defectos, como los vería alguien desapasionado, ajeno, que le conociera bien, es recurso que sirve a Pessoa para confeccionar una poesía en la que todo es ilusión y sueño; una vida de absurdo. De ahí surgen constantes interrogantes sin respuesta.

Hombre de discreta biografía, muerto prematuramente a los 41 años, fue excelso poeta bilingüe, portugués e inglés (English poems). Cada vez más, con el paso del tiempo, se ha ido convirtiendo en una figura fascinante para los críticos literarios y para cuantos lectores de poesía no se conforman con planteamientos convencionales.

El «Quijote», de Miguel de Cervantes

Con frecuencia se repite que el Quijote es una parodia de los libros de caballerías y que el propósito de su autor era acabar con estas narraciones disparatadas, llenas de hazañas imposibles. Y sin duda es así, pero las claves de la lectura van más allá y habría que buscarlas en los propios libros de caballerías y, especialmente, en el Amadís de Gaula: son el amor y las hazañas; en definitiva, aventuras realizadas con el pensamiento puesto en la dama amada.

Los precursores de don Quijote apenas tuvieron más preocupaciones que las derivadas de su propio quehacer heroico; sin embargo, el Ingenioso Hidalgo nos abre la puerta de su casa manchega para dejarnos ver una biblioteca, principio de no pocos de sus males, y a partir de ese momento, los libros nos acompañan de formas diversas, pero siempre están presentes: los personajes leen, están al tanto de las más recientes publicaciones, visitan una imprenta, discuten de literatura; en definitiva, viven gracias a la tradición literaria en la que están insertos, y viven de lo que han aprendido en esos libros, tendiendo de ese modo un puente con el lector, que conoce perfectamente las lecturas que sirven de sustento a la ficción.

La polémica literaria adquiere, así, un papel de primordial importancia; caballeros, nobles, curas o amas, cabreros y actores, todos tienen su propio punto de vista que dialoga con el del lector. Las hazañas leídas superan, con creces, a las vividas; y apenas hay más hechos de armas que los realizados por el protagonista.

El hilo narrativo se enriquece con la presencia de tal cantidad de personajes, que bien se puede decir que el Quijote es un pedazo de la vida de España entre el siglo XVI y el XVII

Don Quijote ha superado a sus predecesores, pero el reto de Cervantes era grande: por una parte, tenía que hacer creíbles las aventuras de su caballero andante, y, por otra, tenía que dar cabida en la narración a una amplia variedad de personajes, de temas, para que el conjunto fuera una historia surgida de la vida misma, protagonizada por un hidalgo, pero en la que intervenía de forma muy especial un escudero, Sancho Panza, con su peculiar punto de vista de las cosas que ocurrían; y el hilo narrativo se enriquece con la presencia de tal cantidad de personajes, que bien se puede decir que el Quijote es un pedazo de la vida de España entre el siglo XVI y el XVII.

COMIENZA LA NOVELA MODERNA

El éxito del Quijote desde el momento mismo de su publicación o un poco antes, las traducciones continuas a las lenguas de Occidente y también a las del lejano Oriente, justificarían su inclusión en esta Biblioteca.

Pero no hay que olvidar que las traducciones dieron lugar a imitaciones, a versiones teatrales, musicales, a pinturas y a obras cinematográficas desde los inicios de este invento, y sobre todo, el Quijote ha servido y sigue sirviendo de modelo a escritores de todo el mundo y es considerado uno de los libros más influyentes de la Historia de Literatura. No es una elección; su presencia es incontrovertible, pues no en vano con él empieza la novela moderna.

«Oráculo manual y arte de prudencia», de Baltasar Gracián

Como en toda gran obra, fondo y forma van ensamblados a la perfección en este manual de supervivencia en el mundo de la corte, de la política y de las armas, o quizá en el mundo a secas. El pesimismo antropológico de Gracián casa y a la vez contrasta con el contundente y sombrío discurso. Se dice que el pesimismo de Gracián es barroco, y sin duda lo es, pero no solo es eso. Menos aún es producto de la decadencia de España de mediados del siglo XVII.

Gracián siguió él mismo la máxima 110 de su Oráculo manual:

No aguardar a ser sol que se pone. Máxima es de cuerdos dejar las cosas antes que los dejen. Sepa uno hacer triunfo del mismo fenecer, que tal vez el mismo sol, a buen lucir, suele retirarse a una nube porque no lo vean caer, y deja en suspensión de si se puso o no se puso. Hurte el cuerpo a los ocasos para no reventar de desaires; no aguarde a que le vuelvan las espaldas, que lo sepultarán vivo para el sentimiento y muerto para la estimación […].

Pues bien, el jesuita que esto escribió, amonestado públicamente en el refectorio por su superior, condenado a pan y agua, condenado también a privarse de tinta, pluma y papel, murió el 6 de diciembre de 1658. Diríase que para no reventar de desaires, no aguardó a ser sol que se pone. No llegó al solsticio de Invierno.

El Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647, a más de ser fiel a su título lleno de resonancias prácticas, es un prodigio de clarividencia conducente al pesimismo. El estilo de sus 300 máximas es sobremanera denso y de un laconismo conceptista que acude a la antítesis, a la anáfora, a la paronomasia y, sobre todo, a la elipsis hasta conseguir un efecto tan brillante como oracular, que resalta el claro y sombrío pesimismo.

En cuanto al pesimismo antropológico —y no solo barroco— explica su éxito dentro y fuera de España, en el siglo XVI pero también en tiempos posteriores. Es más, al ser compatible su pesimismo antropológico con un cierto pesimismo sobre la naturaleza caída del hombre, no fue ninguna duda sobre su ortodoxia lo que le trajo problemas a Gracián con sus superiores en la Compañía. En cambio, influyó indirectamente en La Rochefoucauld y fascinó a Schopenhauer, hasta el punto de que aprendió español para leerlo y traducirlo. Pero tan solo en el encabezamiento de la máxima intentó a veces Schopenhauer traducir los juegos de palabras constantes en el discurso de Gracián. Por cierto que la excelente traducción al inglés de Christopher Maurer, éxito de ventas hace veinte años, ni siquiera aspira a traducir los retruécanos, gracias a lo cual muchos ejecutivos americanos lo tuvieron como libro de cabecera. En resumen y en penúltima máxima, 299:

Dejar con hambre. Hase de dejar en los labios aun con el néctar.

«Cuentos», de Anton Chéjov

Antón Chéjov (1860-1904), uno de los grandes autores de la dramaturgia contemporánea y figura fundamental de la escena europea, empezó su faceta literaria con textos breves y generalmente humorísticos, donde satirizaba las costumbres de la vida rusa. Paulatinamente fue perfeccionando la técnica del relato corto, llegando a ser uno de los autores más destacados en este género.

Al igual que en sus piezas dramáticas, en los relatos breves Chéjov nos acerca a la Rusia decadente de finales del siglo XIX y principios del XX: una Rusia en vísperas de la revolución que ya Chéjov no vivió, que asiste a la degradación económica, cultural y moral de la nobleza latifundista.

Cuentos completos (4 volúmenes). Editorial Páginas de Espuma, 2017.

Con este telón de fondo crea un abanico de personajes complejos, cuya reflexión supera en muchos momentos a su acción, y a los cuales podemos asomarnos a través de sus palabras, en forma de monólogo también en los cuentos, y ver la complejidad del alma humana bajo el conflicto de la angustia ante el vacío de sus existencias.

El relato breve contemporáneo supone una síntesis narrativa y una condensación de la fábula que necesita de la pintura rápida de personajes y facilita la tensión de la acción, acercando el género, en algunos casos, más a la poesía que a la narrativa tradicional.

Chéjov acude al monólogo interior, que nos muestra el pensamiento de sus personajes

En el caso de Chéjov, los relatos se abren dejándonos ver una situación de estatismo y aburrimiento que vertebra las vidas de sus personajes, hastiados de ese tedio pero establecidos en él. Tal es el caso de Gurov, protagonista del conocido cuento La dama del perrito; de Nadia, de La novia; o del complejo personaje de Anna Akímovna, protagonista de El reino de las mujeres, relato que profundiza en ese mundo en proceso de cambio. Todos desean cambiar, o al menos evitar, su situación, dar un sentido a su vida; para ello Chéjov acude al monólogo interior, que nos muestra su pensamiento, y a los diálogos banales que sumergen al lector en esa sensación de que nada ocurre mientras el alma de los personajes bulle.

La atmósfera, marcada por la sensorialidad impresionista, enmarca una acción que a menudo arranca de forma anecdótica y que se desencadena precipitadamente hasta llegar a lo más íntimo del alma de los personajes: jardines, grandes casas plagadas de notas de violín y piano, abedules, tilos, estanques, conmueven a los personajes llenándolos de angustia o de desdicha, pero también protegiéndoles en su melancolía y su rutina.

Con enorme economía narrativa, Chéjov aboga por la belleza sincera de las almas y desdeña la mediocridad, fuente para él de todos los males. Lo ético unido a lo estético, para acercarnos a lo inquietante de la existencia humana, como en El estudiante; a la fuerza de un carácter en trance de decidir su destino, como en La novia; a la ensoñación como alternativa a la realidad, como en El beso; o, sencillamente, a la grosería, la ignorancia y la adulación, en relatos como La muerte de un funcionario.

Chéjov vuelve en los cuentos a ofrecernos su mirada compasiva pero no resignada sobre el hombre contemporáneo, y sienta las bases de la narración breve posterior, influyendo en autores como Cortázar o Nabokov.

«Obra poética», de Jorge Manrique

Cuando me preguntan qué poeta en lengua española es mi favorito, respondo sin dudar: «Lope de Vega». Si lo que me preguntan es qué poema prefiero de los escritos en castellano desde las jarchas hasta hoy, contesto sin vacilación: «Las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique». Vida, muerte, posteridad, paso del tiempo, inanidad de todo, son algunos de los temas desarrollados en esas Coplas mágicas, ausentes de manera injusta en los repertorios canónicos confeccionados por franceses o por anglosajones, pero felizmente presentes en esta Biblioteca de Occidente, pues suponen, junto a la poesía de François Villon, una culminación del genio literario europeo en ese otoño medieval glosado por Huizinga y tan importante para la configuración conceptual del mundo moderno. Don Jorge, como el Doncel de Sigüenza, fue un caballero lector que aunó en su persona el ejercicio de las armas y el de las letras y que murió en plena juventud en el asalto a la fortaleza de Garcimuñoz, en medio de las guerras dinásticas que asolaron la España del siglo XV. Fue un notabilísimo poeta de cancionero, destacando en el género galante. Pero sus Coplas eclipsan de forma abrumadora el resto de su obra, que, sin ellas, hubiese tenido un mayor relieve y una mayor presencia en los manuales de literatura, pero que, con ellas en las alforjas creativas de su autor, todo cuanto hizo al margen de tan pasmosa elegía queda reducido a la categoría de lo meramente testimonial (pese a la enorme calidad de alguna de sus composiciones cancioneriles). Las Coplas a la muerte de su padre son cifra y símbolo de la mejor poesía española de todos los tiempos. Han conseguido (junto con algunos pasajes del Tenorio de Zorrilla y del Don Mendo de Muñoz Seca, y algunas piezas infantiles de Rubén) la más preciada de las inmortalidades: la de ir pululando de boca en boca en la memoria de la gente, que puede recitar de memoria al menos una o dos de sus estrofas, cinceladas por su autor con una elegancia, una sencillez y una capacidad de síntesis paradigmáticas. Nunca el motivo eterno del ubi sunt? ha conocido unos niveles interpretativos tan altos y tan hermosos como en las Coplas de Manrique. Hay un libro de Pedro Salinas, Jorge Manrique o tradición y originalidad, que resume a la perfección lo que supone y lo que aporta la escritura manriqueña y, en especial, sus Coplas a las letras universales.

Ciriaco Morón: «Shakespeare copia en Hamlet métodos inquisitoriales publicados por un español»

Ciriaco Morón (Pastrana, 1935) es un humanista, filólogo y experto en historia de las ideas. Acaba de ser galardonado con el XXVII Premio Internacional Menéndez Pelayo. Estudiante en Salamanca y Múnich, donde se doctoró, ha sido catedrático de Estudios Hispánicos hasta su jubilación en la Universidad de Cornell (Nueva York). En estos momentos, como señalábamos, colabora con la UNIR y en los cursos de Alta Especialización en Filología Hispánica del CSIC.

Con motivo de la concesión de este importante premio, y de la próxima publicación de Hamlet, a new reading, su nuevo libro, el profesor Morón ha conversado con NR.

–¿Qué ha supuesto para usted la concesión del Menéndez Pelayo?

–Primero una gran sorpresa porque nunca he tenido ni esperanza ni expectativa de tal premio. Pero en segundo lugar una actitud de agradecimiento a las personas que me han propuesto, y de alegría, al comprobar que hay generosidad suficiente en algunas personas como para ver el trabajo que uno hace, aunque en general pensamos que poca gente se fija mucha en ese trabajo. Eso es lo que me ha producido el premio: alegría, gratitud. En el tiempo que me quede intentaré hacer verdadera la esperanza que han puesto en mí los que han concedido el premio.

–Usted afirma que su actividad consiste en “aprender y enseñar a leer”. ¿Qué quiere decir con eso?

–Nuestros trabajos, sea en la clase o sea en las publicaciones, no son fundamentalmente más que lecturas de textos. Si publicamos un trabajo sobre el Quijote o sobre Ortega y Gasset es por la pretensión de que se lea a Ortega y Gasset o a Cervantes como se deben leer y como se deben entender. Pero enseñar es aprender, porque el primer beneficiario de cualquier estudio es el que lo hace. Yo siempre he dicho que soy la persona que más se ha suspendido a sí misma. Si he publicado la cuarta versión de cualquier trabajo es porque he tirado tres a la papelera. Es decir, me he suspendido en las tres versiones anteriores. En ese sentido hablo de aprender a leer al mismo tiempo que uno enseña a leer. Publicar, en definitiva, no es más que una pregunta que hacemos a los especialistas en un tema.

–Usted se ha preguntado en más de una ocasión sobre el momento en que puede decir que “conoce el Quijote”. ¿Tiene ya respuesta?

–¿En qué momento puedo estar satisfecho? Nunca. Por eso nuestra vida es fundamentalmente investigación, aprender.

–Hablando del humanismo, destaca el estudio de la identidad. Afirma, por ejemplo, que todas las comedias de Shakespeare están obsesas con la identidad. ¿Por qué insiste tanto aquí?

–Porque es la gran pregunta de cada uno de nosotros. Por ejemplo: ¿cuándo podemos estar satisfechos de lo que decimos? El que está pagado de sí mismo pensará que está diciendo cosas geniales; pero eso sería la paranoia, quijotismo: “Yo sé quién soy”, “yo valgo por ciento”. No es fácil distinguir entre estar legítimamente satisfecho y ser un paranoico. Cervantes dramatiza en el Quijote la encrucijada de la ilusión y la realidad, la verdad y el sueño. Por eso, el primer gran lector del Quijote es Calderón. La vida es sueño no porque sea corta y fugaz, sino porque nunca nos percibimos plenamente. Somos una sorpresa para nosotros mismos, y sea en Calderón o sea en Gracián, la idea de la vida como sueño significa eso: no sé cuándo estoy tocando realidad o cuándo estoy en un mundo de ilusiones: frente a don Quijote, yo no sé quién soy.

–Lo de la identidad es desde luego una pregunta importante para la filosofía, pero la gente normal de la calle tiene muchas preocupaciones como para meterse en más líos. Diría: ¿de qué me está usted hablando?, ¿qué me está usted diciendo?

–Sí, probablemente es una pregunta fundamentalmente de intelectuales, de los que nos dedicamos a estos análisis. Y al mismo tiempo, tenemos que estar en guardia; porque un exceso de preocupación por la identidad es también una paranoia: narcisismo. Pero también lo es el extremo de perderse en lo llamado objetivo, en lo económico, en lo social. El punto está en la encrucijada de evitar los extremos. La literatura y la filosofía nos han dramatizado precisamente esa encrucijada.

–Admira usted la “portentosa hermenéutica de Menéndez Pelayo”, a quien ahora se desprecia olímpicamente en los círculos culturales españoles. ¿A qué se debe?

–Es una pena que no se le estudie. Sin embargo, quizá no se cita el nombre, pero ha triunfado su mensaje. Si miramos, por ejemplo, aquello que hizo en La ciencia española, cuando era todavía un niño, 1876, con diecinueve años… Hoy hay un Proyecto de filosofía en español, del profesor Gustavo Bueno Sánchez, hay cátedras de historia del pensamiento de todas las asignaturas que Menéndez Pelayo proponía ya en 1876… Se ha dicho que en el periodo de Franco se abusó de hacer de Menéndez Pelayo una especie de protofranquista. Tampoco es verdad… Cuando Dámaso Alonso, poeta, gran gustador de la literatura, enriqueció la filología histórica de Menéndez Pidal con la atención estilística y estética a los textos, en realidad lo que hace es recuperar la visión global de Menéndez Pelayo.

–A veces tengo la sensación de que no hay ahora nombres que compitan con esos Menéndez, con Ortega, con Unamuno y unas cuantas grandes figuras más de hace relativamente poco tiempo. ¿Podría citar figuras extraordinarias como estas en el panorama intelectual español?

–Yo no las conozco. Tengo 78 años. En mi juventud estudié a Ortega y Gasset, a Unamuno, los que eran los últimos. Luego a Laín Entralgo, a Julián Marías… De ahora, yo, sinceramente no tengo nombres que se puedan comparar a estos que ya son clásicos. No niego que existan, pero son ya una generación cuyas obras estoy conociendo ahora.

–Propone una nueva lectura de Hamlet en su nueva obra, que se titula justamente “Hamlet, a new reading”. ¿En qué consiste ese “new reading”? ¿Qué aporta este libro? 

–El manuscrito de mi libro necesita una nueva lectura y poner la bibliografía al día. ¿Qué aporta? Un descubrimiento que hice en 1971. La fuente de los actos segundo y tercero de Hamlet es el libro de un protestante español, Reinaldo González Montano. ¿Cómo lo encontré? Yo quise hacer un experimento sobre la competencia en leer o interpretar un texto. Tomé Hamlet para ver qué puede extraer de un clásico inglés una persona (en este caso un profesor) de una cultura general, pero que no conoce bien el contexto histórico y cultural de la Inglaterra isabelina. Al mismo tiempo, para historia de la mística española, estudiaba en latín Artes de la inquisición española, de Reginaldus Gonsalvius Montanus. Tomé la edición crítica de Hamlet del gran especialista H. Dover Wilson. Los dos primeros textos de Hamlet son el “cuarto malo” de 1601, y el “bueno” de 1604, que sirve como base de todas las ediciones. Al llegar al personaje Reynaldo en el principio del acto II, del cuarto de 1604, Wilson advierte que en el de 1601 ese personaje se llamaba Montano y no puede explicar el cambio de nombre. La primera palabra que le dice Polonius a Reinaldo es: “Inquéreme”, inquiéreme qué daneses están en París, y después: “Lanzas una serie de mentiras, porque de la mentira, del cebo de la mentira, puedes sacar la carpa de la verdad”, etc. Bacon llamó a esa frase un “proverbio español”. ¿Qué es el acto segundo y tercero? Un proceso de espionaje que sigue las artes de la Inquisición descritas por Reinaldo Montano. Lo primero era entonces ver si ese texto, que se publicó en latín, en Heidelberg, en 1576, tenía traducción inglesa. Dentro del siglo XVI, hubo tres ediciones de la traducción en inglés. Pero es que además los actos segundo y tercero son precisamente (la búsqueda de Hamlet) un proceso de espionaje y de inquisición por el que Hamlet se propone comprobar por medios naturales que la voz (sobrenatural) del espectro era verdadera. Hamlet ha parecido inseguro mientras estaba investigando; pero cuando comprueba por la reacción de su tío en la comedia, que él ha matado a Hamlet padre, el hijo se convierte en un ángel exterminador, no hay timidez alguna.

Hamlet no mata a su tío Claudio cuando éste está rezando, y en ese momento se convierte en un ser diabólico, cometiendo un pecado contra el Espíritu Santo. Las explicaciones de los freudianos a esta escena demuestran ignorancia del contexto cultural de la obra. Y luego hay escenas, como por ejemplo la del pobre Polonio detrás de un tapiz… Reinaldo Montano sostiene que los inquisidores se ponían detrás de un tapiz para escuchar las confesiones de los reos. Esa es la nueva lectura. Cuando va a combatir con Laertes, Hamlet dice que ha estado entrenándose en la esgrima todos los días.

–¿Los grandes editores críticos de las obras de Shakespeare, las ediciones de Arden, de Oxford y de Cambridge no saben eso?

–Ninguno ha encontrado nada de esto.

–Es, pues, una aportación considerable.

–Sí. Creo que es una aportación fundamental porque quita la leyenda del Hamlet tímido, creado por Goethe en la época cultura de la “sensibilidad”.

–Su biografía es muy rica: de Salamanca a Múnich y de ahí a los Estados Unidos. Si tuviera que hacer una comparación breve de sus sistemas educativos, ¿qué diría?

–En España, en Salamanca, tuve seis años de formación sistemática intemporal, fundamentalmente tomismo y Edad Media. Pero fue un regalo inapreciable llevarme a Alemania como trasfondo -casi en la memoria- la Suma Teológica de Santo Tomás. Al ir a Alemania encontré la visión histórica. Por ejemplo, estudiar a Santo Tomás como una figura que se desarrolla, que evoluciona. Lo fundamental que aprendí en los Estados Unidos fue, vamos a llamarlo así, la estilística, es decir, la atención al texto y algo tan elemental como contar el argumento de una obra. Contar el argumento de una obra supone lectura refleja; atención a los aspectos importantes y al material secundario, etc. Esa atención al texto, cultivada por los hispanistas ingleses y norteamericanos me parece la mejor barrera contra las generalizaciones irresponsables.

–¿Por qué es tan apreciado Calderón de la Barca en el espacio germánico?

–Yo creo que por su profundidad filosófica. La vida es sueño es un análisis, al margen de la identidad religiosa de cada uno, del fenómeno de la identidad humana. El mejor libro sobre los autos sacramentales es el de un alemán, el profesor Poppenberg. En los autos, Calderón presenta toda la historia de la humanidad como un proceso en el cual se va del paganismo al judaísmo y al cristianismo. Es la lucha de los poderes contrarios al cristianismo y la victoria del cristianismo como última economía de la historia. Esa profundidad ni existió antes de Calderón ni ha existido después. Calderón es el único que supera el alegorismo que simplemente personifica vicios y virtudes.

–Los autos sacramentales están completamente olvidados ahora en España.

–Sí, pero eso es culpa nuestra. Se suele decir que al pueblo no le interesan. Problablemente le interesaran si se representasen.

–Camilo José Cela habla en “Viaje a la Alcarria” de Pastrana, su localidad natal.

–Cela dice que en Pastrana, a la princesa de Éboli la llamaban… la tal. Yo nunca lo había oído en mi juventud, ni después. Le pregunté a Don Paco. Don Paco es la figura que acompañó a Cela y aparece como “el hombre de la mirada levemente, lejanamente triste”. Es el que acompaña a Cela en el capítulo de Pastrana y le lleva en su coche a Zorita de los Canes, en el último capítulo de Viaje a la Alcarria. Le pregunté a Don Paco. Yo tuve mucha amistad con él. Ya murió, de hecho, en 2012 habría cumplido cien años. Era médico, un hombre cultísimo. Le pregunté: ¿cuándo se ha dicho eso de la princesa? Y me contestó: es falso. Se lo dijo a Cela el tío Curro, un hombre viejo, muy gracioso y amable, que vivía en la plaza. Cela habló con él y el tío Curro se inventó la especie de que llamaban la tal a la princesa de Éboli. Como digo: en Pastrana eso ofende, a cualquier pastranero.

–Recomiende, por favor, cinco obras literarias a un inglés que quiera conocer la literatura española.

–Eso es como un comprimido del canon de profesor Garrido Gallardo

–Sí, en efecto, un pequeño canon.

–¡Cinco obras! El Quijote. Después hay una obra que de por sí no es muy buena, pero es el origen de toda la leyenda de Don Juan, y de los mitos de Don Juan, El burlador de Sevilla, atribuida a Tirso, con el Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Tercero: La vida es sueño. Creo que es una obra fundamental. San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Es una novela fabulosa y además resulta una síntesis de todo el pensamiento de Unamuno. Y de poesía, Cántico, de Jorge Guillén. Si me concede seis, añado el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz.

–¿Y otras cinco más de estudio o de ensayo?

Cultura literaria de Miguel de Cervantes y la elaboración del Quijote, de Menéndez Pelayo. Es una conferencia, un artículo, pero es fundamental para ayudar a entender el Quijote. Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida. Después, la Teología de la muerte, de Rahner, que es fundamental para los que estamos dedicados a la investigación del sentido de la vida. Yo aprecio mucho las obras críticas de Don Juan Valera. Creo que es uno de los grandes prosistas españoles e imprescindible para la historia intelectual de España. Citaría también, por último, a Heidegger, Ser y tiempo, y, para nosotros en la estética, El origen de la obra de arte” Creo que es genial y fundamental. Al mencionar a Heidegger concluyo con lo que empezamos la entrevista: la idea heideggeriana de la lengua: “Hablar es escuchar”; “Leer es escribir”. No son juegos de palabras. Cuando yo estoy hablando no quiero decir lo que me ocurre, sino lo que debo decir, o sea, lo que me dicta la realidad. Y si quiero leer bien el Quijote, lo primero que hago es redactar comentarios y quizá el libro que escribo es la mejor lectura que puedo hacer del Quijote. En ese sentido, leer es estrictamente escribir. Estos años se ha mencionado la filiación de Heidegger al partido de Hitler. El hecho está documentado. Pero quien tiene la idea de que “hablar es escuchar” no puede lógicamente ser dictador o aceptar dictados de dictadores.

Pedro Miguel Martínez: «La lengua en pedazos, un ejercicio potentísimo de lenguaje»

Pedro Miguel Martínez interpretó anoche, en el marco del II Festival de Teatro del Somontano, el papel de Inquisidor en la pieza La lengua en pedazos, de Juan Mayorga. El éxito fue rotundo. La gente salió encantada porque no se esperaba que fuera a conmover tanto una pieza teatral con solo dos personajes y un texto tan denso y tan profundo, basado en el Libro de la vida, de Santa Teresa.

NR habló con Pedro Miguel Martínez, una cara muy conocida por series de la pequeña pantalla, poco antes de la función.

¿Qué supone para usted la representación de “La lengua en pedazos” en Barbastro, después de que le acaban de dar a Juan Mayorga, el autor del texto y su director, el premio Ceres por esta pieza en el Festival de Mérida?

–Llevamos representando La lengua en pedazos un tiempo. Es la primera dirección de Juan Mayorga. Hemos entrado en una comunión, tanto Clara (Teresa de Jesús) como yo, con él, con Juan Mayorga, y yo creo que tenemos entre las manos un ejercicio potentísimo de lenguaje, de un magnífico lenguaje. Juan Mayorga escribe muy bien. Por otra parte tenemos un reto, Clara y yo. Esto es un duelo. No solo interpretativo, sino de personajes. Este duelo, para nosotros, consiste en una enorme concentración el uno en el otro. Estamos trabajando los dos juntos con la misma energía, y es un ejercicio teatral puro, porque no hay nada, lo hacemos prácticamente sin nada.

De una obra tan compacta, con un lenguaje tan concentrado, y con solo dos actores, ¿los espectadores qué pueden esperar? Se puede pensar que va a ser difícil de digerir.

–La experiencia que estamos teniendo es muy sorprendente. En principio se podría esperar eso: “Esto es un poco tocho”. Pues todo lo contrario. La gente entra en este conflicto, se deja llevar por la belleza de las palabras, que son un regalo para el oído, y entra en el conflicto. La lengua en pedazos habla de muchas cosas. Habla de desobediencia. Habla de insumisión. Habla mucho de mujeres. Habla de dos formas diferentes de ver el mundo. Tiene una actualidad que la gente coge inmediatamente. E interesa muchísimo.

¿No estamos solo ante una especie de diálogo dramático largo?

–En absoluto. Yo creo que precisamente lo que Juan Mayorga quiso, y en eso trabajamos, es que tanto Teresa de Jesús como el Inquisidor fueran dos personajes que estuvieran deseando encontrarse. De pronto ellos lo dicen: “Hace años esperaba esta hora”. Son dos formas de estar en el mundo. El Inquisidor es durísimo. Es el guardián de la Iglesia. Es el hombre de la disciplina. Del orden. De la obediencia. Y Teresa es la iniciativa propia. La imaginación. De pronto, la insumisión. Dos formas de estar en el mundo. La cara y la cruz. Y eso entra en conflicto.

Clara Sanchís, actriz de «La lengua en pedazos»: «Este personaje es el más difícil que he hecho hasta ahora»

La actriz Clara Sanchís representa a Teresa de Jesús en La lengua en pedazos, obra de Juan Mayorga que anoche triunfó en el II Festival de Teatro del Somontano.

Es una mujer pausada, reflexiva, mucho más joven en vivo cercano de lo que aparenta en la pieza teatral. Conversa con Nueva Revista una hora antes de la función en Barbastro.

Dentro de unos minutos se pondrá en la piel de Teresa de Jesús. ¿Cómo se siente ante ese cambio de personalidad?

–Me gusta mucho este trabajo. Considero un enorme regalo poder interpretar este personaje, que es el más difícil que he hecho nunca, pero eso también tiene su parte de reto y su parte de gran placer. Antes de empezar, en cuanto acabemos la entrevista, iré a concentrarme, a relajarme mucho y a poner ya la cabeza en Teresa. Pero me siento muy bien.

¿Cuesta mucho memorizar un texto con tanto contenido como este, con tanta carga profunda, con tantas frases a veces complicadas? ¿Es un trabajo especialmente duro? La memorización de todo eso imagino que será muy ardua.

–Ha sido un trabajo muy curioso en ese sentido porque tuvimos el lujo enorme, insólito, de trabajar en los ensayos con el propio autor, con Juan Mayorga, que es también el director. Este texto lo fue haciendo mientras ensayábamos. Tuvo un lado difícil: es que, lógicamente, cambiaba cosas. Para eso estábamos. También por sugerencia nuestra. Pero llegó un momento en el que le pedimos que ya no tocara nada más. Pero siempre que traía algo era mejor que lo anterior y estaba la tentación del trueque. Yo no creo que la memorización sea algo de gran dificultad. El asunto de la memorización, que desde fuera parece muy complejo… pues no. Es echarle horas. Son técnicas. Repites. El problema es para mí la elección de qué haces con ese texto. Porque cualquier frase es infinita. Y tiene millones de posibilidades. Tú puedes decir una frase de mil maneras diferentes. Entonces, ir hilando todas las palabras, y encontrar qué es lo que hay debajo de las palabras, y decidirlo, eso es para mí lo más complejo.

¿Es ese el trabajo más propio del actor?

–Sí. El pensamiento que hay detrás, y las emociones que ese pensamiento te va provocando: esas decisiones yo creo que son las más complejas.

Imagino que habrá comparado el texto de la obra de Juan Mayorga con “La vida de Teresa de Jesús”, la autobiografía de la Santa, incluso con “Las fundaciones”, de la propia Santa Teresa. ¿Qué matices hay en la obra de Mayorga respecto a ellos.

–Me gusta mucho que me pregunte eso, porque creo que para apreciar lo que ha hecho Mayorga hay que leerse el libro de la vida de Teresa. Y conocerlo como lo conocemos nosotros. Ha hecho un trabajo orfebre increíble. Yo leí mucho a Teresa antes de empezar y luego me metí en el texto de Mayorga. Y luego me volví a leer la “Vida”. Lo que dice Teresa, casi todo lo que dice Teresa, lo que ha escrito Juan, es Teresa. Y ha conseguido que esté el lenguaje de Teresa. Pero no es absoluto lo que está en el libro. Ha captado la esencia de ese lenguaje. Está ella. Es un habla muy curiosa. Lo que Juan Mayorga dice aquí, en dos frases que tienen acción dramática, porque las ha convertido en teatro, son muchísimas líneas del libro. Ha practicado, pues, un trabajo artesano, totalmente de orfebrería, muy delicado, muy minucioso, y muy mágico. Es Teresa y es Mayorga.

¿Pero vuestra interpretación es una lectura verídica, histórica, de Santa Teresa?

–Es otra cosa. Es una obra de Mayorga. Cuando Juan me propuso este personaje, de entrada se me antojó imposible, porque yo diría que me parezco muy poco a la Teresa que todos tenemos en la cabeza… empezando ya por la energía, por nuestra naturaleza. Y Juan me contestó que no se trataba de la Teresa de Jesús histórica. De hecho, la situación que vemos en la función es una situación quimérica, que ha salido de la imaginación de Mayorga. Se sabe que Teresa tuvo problemas con la Inquisición, pero esa noche en la que Teresa discute con el Inquisidor, que quiere cerrarle el primer convento, la primera fundación, y que es el marco de esta obra de teatro, eso no se sabe que ocurriera. Hay a la vez muchísimo de la Teresa de los libros. Pero claro, es que un ser humano que ha existido es algo que también es infinito. No tendría sentido intentar hacer aquella Teresa. Creo que hay mucho, muchísimo, de lo que fue. Pero en absoluto la pretensión nuestra es reproducirla. No es un montaje historicista. De ahí que yo no vaya con hábito. Ni estemos en la época.