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Ver productosEn los manuales del bachillerato de una España con viva conciencia unitaria —y no por ello menos abierta a una concepción plural de su identidad e historia— era tributo obligado referirse al describir los caracteres definidores de la generación del 98, a la imantación por las gentes y tierras de Castilla experimentada por aquellos de sus integrantes nacidos fuera de la Meseta.
De entre todos ellos, fue el sevillano Antonio Machado (1875-1939) en el que cumplió de manera más completa y acabada tal destino. Transcurrida buena parte de su vida profesional en institutos de enseñanza media de la región entonces y hoy comunidad de Castilla-León, experimentó por su paisaje y habitantes una honda afección como alcaloide, en su opinión, de lo español.
«Castilla del desdén contra la suerte, Castilla del honor y de la muerte, tierra inmortal, Castilla de la muerte»…
La obra seleccionada vino a cerrar quizá su periodo de mayor identificación con la parte de la nacionalidad hispana. Dignidad —transmutada no pocas veces en altivez—, austeridad, reciedumbre, honestidad serán a sus ojos algunos de los principales valores que atesora el espíritu castellano y con los que el poeta sevillano se declara y siente singularmente vinculado: «Castilla del desdén contra la suerte, Castilla del honor y de la muerte, tierra inmortal, Castilla de la muerte»…
Ante ello, no es de extrañar que el autor de Juan de Mairena exclamara: «Campos de Castilla, conmigo vais, mi corazón os lleva». Lectura, pues, de todo punto recomendable para toda suerte de público, sobre todo, el juvenil, en una hora en que el sentimiento nacional tan profundamente albergado en el alma de los miembros de la generación del 98 se enfrenta a envites de sorprendente magnitud.
La personalidad de Thomas Mann se alimenta del interés por diferentes saberes (historia, literatura, filosofía, economía), de la capacidad de observación de las realidades del presente, enfocadas desde su humanismo, y del compromiso con la sociedad de su tiempo. De este modo, la trayectoria intelectual se entreteje con una obra literaria extensa, variada y profunda; con numerosas conferencias, artículos o ensayos sobre el arte, la literatura, la sociedad y reflexiones sobre la existencia o comportamientos humanos, cimentadas en el conocimiento de la filosofía centroeuropea; y con la dedicación a la docencia en algunas épocas de su vida. Estas coordenadas encuadran La montaña mágica, publicada en 1924, novela sobre la que vuelca su visión y conocimiento acerca de una Europa en crisis, con una civilización tambaleante, que acrecienta su inestabilidad bajo la sombra de la primera guerra mundial.
El retrato de Castorp, el protagonista, se esboza con la presencia constante de la enfermedad y la obsesiva introspección, tras la que aletea la muerte que no desea pero que espera sin remisión
Esta percepción la proyecta en La montaña mágica a través del protagonista, Hans Castorp, un enfermo de tuberculosis que debe renunciar a un brillante futuro para curarse en un apartado hospital de Suiza, y de la relación de este con otros enfermos. El retrato de Castorp se esboza con rasgos como la inactividad y conformismo que reemplazan un inicial vitalismo; la indecisión consecuencia de un pesimismo de fondo donde se percibe la huella de Schopenhauer; la presencia constante de la enfermedad y la obsesiva introspección, tras la que aletea la muerte que no desea pero que espera sin remisión; la huida de esta cruel realidad a través de ensoñaciones o de las relaciones con Claudia Chauchat, teñidas de un vago erotismo y que toman más cuerpo en la imaginación que en la realidad. Estas líneas que perfilan a Castorp conviene leerlas como metáfora de la Europa postbélica.
El autor, que narra desde una perspectiva omnisciente, se esconde en el protagonista y a través de él o de las relaciones que entabla, se reconoce la weltanschauung de Mann, término de difícil traducción, equiparable en cierto modo a la aprehensión global del mundo y de la existencia, adoptada al mismo tiempo desde la inteligencia, la afectividad y la acción. Esta concepción se concreta en multiplicidad de temas, entre los que destacan: el arte, con el complejo conocimiento de la realidad para transformarla en objeto de creación artística, y la necesaria madurez vital para crear; la creencia de que vida y naturaleza resultan atrayentes, aunque desesperantemente inaprensibles por la condición del hombre; el paso del tiempo que acerca a la humanidad hacia su decrepitud, sin que nada pueda evitarla; el tedio existencial y la soledad, que no alivian los entretenimientos del hospital o los placeres perecederos, etc.
La montaña mágica presenta varias capas de lectura, pero desde el primer momento el lector queda atrapado por la tensión narrativa, lograda merced a una deslumbrante facilidad en la escritura, que muestra en esta novela como en otros escritos, para describir con exhaustividad y selección, y contar con expectativa, morosidad y una tenue ironía que distancia al narrador de personajes y ambientes.
Si hay autores difíciles de clasificar, uno de los que con más claridad pertenecen a ese género es el irlandés Samuel Beckett (1906-1989), premio Nobel de Literatura en 1969.
Aunque desde los años treinta publicó narrativa, la fama internacional llegó para él con el teatro de Esperando a Godot, escrita en francés y publicada en 1952. La versión en inglés, hecha por él mismo, se editó en 1955. Luego vendrían Fin de partida (1955-1957), La última cinta (1958) o Días felices (1961). Pero en narrativa ya había destacado en Murphy (1934-1937), como lo haría más tarde en Molloy (1951), Malone muere (1951) o en El innombrable (1953).
Esperando a Godot transcurre en dos actos en los que no ocurre nada más que la espera, por parte de Vladimir y Estragón, de un cierto Godot, cuya naturaleza no se concreta nunca. De vez en cuando aparecen Pozzo y su esclavo, Lucky, para anunciar que hoy tampoco será, quizá mañana. Las primeras palabras de la obra son: «No hay nada que hacer». En medio, expresiones de este estilo: «¿Y si nos arrepintiéramos?». «¿De qué?». O en este otro intercambio: «¿Qué quieres decir con que algo es algo?». «Que es algo, por lo menos». El final deja todo abierto: Vladimir dice: «Qué, ¿nos vamos». Estragón responde: «Nos vamos». Y Beckett acota: «No se mueven».
Algo tan sencillo y lineal se prestó desde el principio a muchas interpretaciones. En el contexto de la moda existencialista, típica de los primeros años cincuenta, se dijo que ese Godot era Dios (God) y que la obra reflejaba la ausencia de Dios, el desamparo humano… Esa interpretación quizá se apoyó en que en una de sus caóticas conversaciones, Vladimir y Estragón hablan del buen ladrón y del mal ladrón, con referencias claras a los evangelistas y a la salvación. Pero Beckett, con su contundente franqueza y su rechazo de cualquier retórica de moda, dijo que si hubiese querido que fuese Dios habría puesto «Dios».
Vladimir y Estragón son el tipo de personajes que gustan a Beckett, como la Winnie de Días felices, absurda en su afán de felicidad en medio de un deterioro creciente. Murphy, en el relato del mismo nombre, que es muy anterior a Vladimir y Estragón, es ya un ser errático, cuya vida no le importa a nadie.
Esperando a Godot es una obra amena, gracias, en gran parte, a los gestos, reacciones y contradicciones, puntualmente acotadas en la obra. Gracias también a la sencillez de la puesta en escena, ha sido representada miles de veces, hasta hoy.
Los temas marcados en Esperando a Godot son los de toda la producción de Beckett: el desgaste del tiempo, la espera, el sinsentido, la muerte, el exilio, la pérdida, lo elemental, el olvido. Nadie más minimalista que Beckett, antes de que se hablara de eso. Y todo atravesado por un humor negro pero no tremendista, como si todo fuera un juego al que hay que jugar necesariamente.
Ralph Ellison (1914-1994), escritor y profesor, se hizo famoso por la novela El hombre invisible. El título lo empleó primero H. G. Wells, pero en un contexto de ciencia- ficción. En Ellison, el hombre invisible es el negro a quien nadie tiene en cuenta.
La primera afición y el primer trabajo de Ellison fue la música de jazz, como trompetista. Desde 1929 publica artículos, ensayos y relatos. Estuvo en la marina mercante durante la segunda guerra mundial y más tarde fue profesor en una cátedra sobre folclore y cultura afroamericana. El hombre invisible es de 1952. Un hombre negro anónimo se convierte en un hombre «invisible» ante la indiferencia que le rodea.
Ellison posee un estilo sencillo y culto al mismo tiempo, con mucho diálogo, en el que se advierte tanto la tradición literaria norteamericana, desde Walt Whitman a Ernest Hemingway, hasta la poesía de T. S. Eliot y el dramatismo de los sufridos personajes de Dostoievsky.
Vuelo a casa es una colección de trece relatos, compendiados por el editor John F. Callahan tras la muerte de Ellison. Reúne cuentos publicados en los años cuarenta, más otros inéditos. Las historias están ordenadas según las edades del hombre, desde la niñez a la madurez.
No son relatos de retórica denuncia antirracista. Basta la narración de los hechos para que el lector se haga cargo de la realidad. El primer relato, «Una fiesta abajo en la plaza», cuenta cómo un conjunto de hombres blancos acorralan, desnudan y queman a un negro. Solo en ese relato se muestra la violencia de forma tan dura. Así, en el segundo, «Un chico en tren», después de la muerte de su marido, una mujer negra viaja en el tren con sus dos hijos pequeños, que ríen, se divierten y juegan. El más pequeño de los hijos tiene la piel mucho más clara que su hermano, y cabe pensar en un abuso sexual por parte de un blanco…
En otro de los cuentos, «El vigilante de Hymie», la pobreza es igual para un grupo de desgraciados, un blanco y varios negros que viajan ilegalmente en un tren de mercancías. En un determinado momento, el hombre blanco mata a uno de los vigilantes del tren. La policía buscará al culpable solo entre los negros.
Los cuentos están ordenados de tal forma que, aunque los personajes sean distintos, hay unidad, como en una novela. En los últimos cuentos los protagonistas, ya no viajan de un lado a otro, sino que se han establecido en grandes ciudades. Pero también allí se les ignora o se les discrimina.
No hay ni uno solo de estos tres cuentos que dé pábulo a la esperanza. La visión de Ralph Ellison, aunque se entiende, está llena de amargura, sin que aparezca la menor pista para una solución justa. La realidad, sin embargo, demostraría que, a partir de los años sesenta, la situación de los afroamericanos mejoró. Probablemente Ellison no llegó a imaginar que quince años después de su muerte los Estados Unidos tendrían un presidente negro.
La vida del Buscón fue la única novela que escribió Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), uno de los personajes más clarividentes de la España del siglo XVII, escritor polifacético que tras la máscara de la sátira y la ironía ocultaba un profundo intelectual y político que vivió intensamente los problemas de su tiempo. Autor de una obra rica y variada, escribió ensayos ascéticos, filosóficos y políticos y una obra poética de gran calidad que abordó numerosos registros, desde la poesía existencial y filosófica hasta la amorosa y tradicional, pasando por las sátiras grotescas y humorísticas, las que le dieron más popularidad y las que le granjearon numerosos enemigos. Es una lástima que todavía hoy día solo se conozca esta faceta de Quevedo, ocultando otros aspectos de su pensamiento y de su literatura mucho más novedosos y de más calidad.
Al igual que otras novelas picarescas, su intención es criticar determinados vicios y defectos de aquella España
El título completo de su única novela, publicada en 1626, es Historia de la vida del buscón llamado don Pablos,ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Quevedo nunca reconoció que él fue el autor de esta obra, pero ya antes de su publicación impresa circulaban copias manuscritas en las que se reconocía su autoría.

Al igual que otras novelas picarescas, su intención es criticar determinados vicios y defectos de aquella España. Hay en el autor un deseo moral de denunciar y censurar comportamientos erráticos, además de resaltar la imposibilidad de la regeneración personal cuando el clima político y social presenta tantas corruptelas. En el caso del protagonista Pablos, Quevedo destaca la imposibilidad de su ascenso social, condenado a la mediocridad. Sin embargo, por encima de un desmedido afán moralizador, Quevedo buscó en esta obra divertir mediante la sátira y la caricatura.
Su protagonista, Pablos, encarna los ingredientes fundamentales del género picaresco. Es hijo de ladrón y de alcahueta. Entra al servicio de varios amos, primero de un noble, Diego Coronel, con el que vive en Segovia en la famosa pensión del dómine Cabra, un clérigo «archipobre y protomiseria». Luego marchan a la ciudad de Alcalá de Henares, donde se separan tras vivir numerosas aventuras en su universidad. Pablos corre diversas y esperpénticas aventuras en Alcalá, Madrid, Segovia, Toledo y Sevilla hasta que decide embarcarse a las Indias en busca de una fortuna que en España le es esquiva.
El personaje evoluciona a medida que se suceden las aventuras y los cambios de residencia. Al estar escrita en primera persona, la narración gana en autenticidad y realismo, uno de los ingredientes fundamentales de la novela picaresca. En la novela, como en toda la literatura de Quevedo, destaca el poderoso dominio del lenguaje, que en esta ocasión es una excelente muestra de las posibilidades estilísticas del conceptismo, con el empleo de originalísimos juegos de palabras, descripciones grotescas, chistes, dobles sentidos, paradojas, etc., recursos que Quevedo pone al servicio de una despiadada sátira social.
Preguntarse por el origen, de dónde venimos, y preguntarse por qué estamos aquí y para qué estamos aquí son interrogantes fundamentales de la persona humana. Porque si hemos sido creados por un Dios omnipotente que ha trazado un plan para nosotros, las cosas cambian mucho. Milton dedica diez mil versos al asunto de los asuntos, que es el mencionado, con el condimento de la caída de Adán y Eva y las consecuencias del pecado original.
No hace tanto que un verano Juan Pablo II armó un revuelo en determinados medios de comunicación al afirmar que el cielo y el infierno no eran propiamente lugares. Quizá sea esa la consecuencia de haber sacado el estudio de la teología de muchas Universidades del mundo hispánico. Ya Milton, en su poema, pinta el cielo y el infierno como estados anímicos, antes que espacios físicos. El cielo es la opción por Dios, la cercanía y el amor a y de Dios. El infierno es el encerrarse en uno mismo y en no abrirse a la trascendencia divina.
La creación. El problema del mal. El sufrimiento. Un Dios bueno que ha querido que el mundo sea como es. Pero, ¿por qué así y no de otra determinada manera? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la maldad? ¿Por qué niños inocentes que mueren de hambre cada día? Los teólogos responden de una manera. Milton, con su poema épico, se acerca a ellos y arroja luz desde otro ángulo. Echa mano del misterio de un Satanás en permanente estado de sufrimiento, que aspira a «vengarse» de Dios arrebatando la felicidad a los hombres.
En cuanto a la forma, este londinense puritano es uno de los primeros poetas «modernos»: utiliza el verso blanco. Para él, la rima no es un complemento necesario ni del poema ni del buen verso, sobre todo si se trata de obras tan extensas como la suya. El paraíso perdido, pues, lo ve este vate como un esfuerzo, primicia en lengua inglesa, para recuperar la libertad de los poemas heroicos clásicos. En la literatura en español, el Arte nuevo de hacer comedias, de Lope de Vega, es un ejemplo de composición en verso blanco.
Un último récord: cuando Milton empezó a escribir Paradise Lost, a finales de 1650, se había quedado ciego, por lo que dictó por completo sus estrofas.
La primera edición de Los viajes de Gulliver apareció en Londres en 1726 y llevaba el siguiente subtítulo: Viajes a varias remotas naciones del mundo. Su protagonista es Lemuel Gulliver, primero médico y después capitán de varios barcos. Su autor fue el escritor irlandés y pastor anglicano Jonathan Swift (1667-1745).

Pronto estos viajes se hicieron famosos en todo el mundo y algunos de sus temas siguen siendo casi míticos. Publicados muchas veces para el público infantil o juvenil, pero a costa de numerosas amputaciones, siguen siendo muy desconocidos en su verdadera naturaleza: una sátira política y social, inspirada en los tiempos en que Swift vivió, y que critica, entre otras realidades, las disputas entre los dos principales partidos británicos: los conservadores tories y los liberales whigs.
Swift ha conseguido que una obra muy ceñida a su tiempo y realidad se convierta en una inteligentísima parábola de alcance universal. Ahí está su prestigSwift ha conseguido que una obra muy ceñida a su tiempo y realidad se convierta en una inteligentísima parábola de alcance universalio internacional y sus numerosas ediciones para demostrarlo. Además, muchos pasajes forman ya parte del imaginario colectivo tanto para el público infantil y juvenil como para el adulto.
A estas implicaciones inmediatas hay que sumar el ingrediente paródico, pues el libro es, además, una burla de los numerosos libros de viajes que estaban entonces de moda, donde se contaban las más fantásticas historias, muchas de ellas inventadas. Y puestos a inventar, Swift se queda solo.</
Quizá lo más destacado del libro, y lo que le convierte en un escritor siempre moderno, un auténtico clásico, es la tendencia a la misantropía del autor, que se traduce en una no muy buena opinión sobre el género humano, rasgo que queda demostrado de manera muy especial al final del libro, en su cuarta parte, cuando el capitán Lemuel Gulliver viaja a la tierra donde habitan los hoyyhhnms, unos caballos racionales, sabios, de gran y exquisita sensibilidad, que serán para siempre los preferidos de Gulliver. Resulta emblemático el retrato que hace en esta parte de su libro de los yahoos, seres humanos salvajes que encarnan la pesimista imagen que Swift tenía de sus contemporáneos. Aunque es la parte menos conocida y divulgada, contiene la esencia del pensamiento crítico de un escritor que supo poner el dedo en la llaga de muchos de los problemas de su tiempo.
Conviene resaltar, además, la imaginación de Swift para crear escenarios y situaciones fantásticas, como las aventuras que vive Gulliver en la isla flotante de Laputa, un reino dedicado a las artes de la música y las matemáticas; o también el viaje a la isla de Glubbdubrib, donde se encuentra con los struldbugs, los difuntos más famosos de la historia. A Luggnagg, donde viven unos inmortales decrépitos.
O los episodios más divulgados, los que transcurren en Liliput y en Brobdingnac, que contienen los episodios más efectistas y simples, pero que tuvieron en su tiempo, y siguen teniendo, una sobresaliente eficacia para mostrar aspectos desconocidos de la condición humana, desarrollada en pasajes insólitos y divertidos, llenos de imaginación y plasticidad. Pero esto es solo el decorado para una intención más ambiciosa: transmitir su impresión de los numerosos fallos que cometemos los hombres.
Gente corriente, humilde. Vida cotidiana. Lenguaje sencillo e inmediato. Aquí tenemos tres características de la poesía de William Wordsworth (1770-1850), junto con Samuel Taylor Coleridge, quizá el más importante de los poetas románticos ingleses.
Sus Poems in Two Volumes (1807) se consideran la cima de su poder lírico y de su popularidad, aunque tuviera una fría recepción en su época, incluida la que le hizo el célebre Lord Byron. Poems in Two Volumes son también la parte más asequible y conocida de su obra: poesías cortas publicadas en la época de 1798 a 1807, que con The Story of Margaret, The Prelude y The White Doe of Rylstone, igualmente de esa década, constituyen su auténtica revelación en el panorama mundial de la lírica.
En Poems in Two Volumes hallamos la genial oda «Intimations of Inmortality from Recollections of Early Childhood» (Indicios de inmortalidad derivados de los recuerdos de la primera infancia). Aquí presenta el mundo a través de los ojos maravillados de la infancia y contrapuesto a la visión realista del hombre, para quien la costumbre hace que despoje a las cosas de su luz clara original. De esa oda son los versos: «Aunque nada pueda hacer volver la hora / del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, / no debemos afligirnos, pues encontraremos / fuerza en el recuerdo…». En la película de Elia Kazan Esplendor en la hierba, la recita Deanie (Natalie Wood), enamorada de Bud (Warren Beaty), dos adolescentes de los Estados Unidos, año 1928.
En Poems in Two Voumes, Wordsworth se sometió a una estricta disciplina métrica. Logra contener una pasión grande en un molde de forma tan perfecta que ahora se le considera también como uno de los sonetistas ingleses más sobresalientes. Varios de sus sonetos están inspirados en la Guerra de la Independencia española.