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Hace unos pocos meses se conoció la noticia de la asociación de la UNIR y el Teatro de Cámara Chéjov, una de las salas de más prestigio en Madrid. Empieza así una original andadura, que promete a la universidad una nueva manera de relacionarse con el mundo artístico —en este caso, con el teatro— no solo con el estudio de lo ya hecho, sino siendo testigo del mismo proceso creador.

El Teatro de Cámara Chéjov ha puesto en escena obras de arte durante más de treinta años y ha sido una escuela de la que han salido promociones de actores que entienden que «la necesidad de buscar la belleza interior es lo que define al verdadero artista», un arte que tiene un «sentido de la verdad», ya que busca unir verdad y belleza, puesto que lo más importante es el «valor moral y espiritual» que pueda llevarse consigo el público del teatro. Estoy citando frases y conceptos del gran maestro ruso Konstantín Stanislavski (1863-1938), el primer gran creador del método del arte del actor. Son el método y las enseñanzas de Stanislavski las que han inspirado al Teatro de Cámara Chéjov durante estas décadas.

Muchas escuelas y teatros afirman —con mayor o menor razón— seguir y aplicar las enseñanzas y descubrimientos de Stanislavski. El Teatro de Cámara Chéjov goza, sin embargo, del especial privilegio de que su director y fundador, Ángel Gutiérrez, ha sido formado en Rusia por los discípulos directos del maestro. Este español, uno de los «niños de la guerra» emigrados a la Unión Soviética, ha llegado a ser Catedrático de Interpretación y Dirección de la Academia Estatal de Teatro de Moscú y ha estrenado más de cuarenta espectáculos en Rusia, además de los más de veinte montajes que ha dirigido en España.

Tanto por su belleza como por el especial interés para la comprensión del arte escénica (y me atrevería a decir que del arte en general), Nueva Revista ha decidido publicar el siguiente documento —que apareció en Rusia como prólogo al Diccionario de Términos de Stanislavski— en el que el propio Ángel Gutiérrez hace una síntesis de los hallazgos y método del director ruso, así como de su concepción del arte.

Hace tan solo unos días tuve la suerte de acompañar a Ángel al Festival Internacional de Melijova, donde estrenó su último montaje, El oso, de Antón Chéjov. Allí, en la casa donde el propio Chéjov escribió la mayor parte de sus obras, fui testigo de la admiración, cariño y respeto que se tiene a Ángel Gutiérrez en Rusia, un país donde el teatro se ama con pasión. Fueron muchas —¡y largas!— las entrevistas de los medios de comunicación, así como los encuentros con otros directores y profesionales del mundo escénico.

Durante esta semana escasa, a pesar de la barrera del idioma, pude sentir también que allí había una tradición viva de teatro, arraigada, como no puede ser de otra manera, en las enseñanzas y en la experiencia de los grandes maestros de este arte, a los que se estima profundamente. Siguiendo esa estela creo que cuantos han tenido contacto con el Teatro de Cámara Chéjov —actores, alumnos, espectadores— tendrán por bien aplicadas al propio Ángel Gutiérrez las palabras que Gorki dedicó a Stanislavski: «Hermoso hombre, gran artista y educador de artistas». Deseamos que pueda seguir siéndolo muchos años en esta nueva etapa del Teatro de Cámara Chéjov.


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