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Ver productosLa biografía de Arturo Moreno, centrada de modo preferente en la faceta política de Antonio Fontán, nos ayuda a repasar los acontecimientos más destacados de la historia de España del siglo XX. Las fechas son significativas. Nació en Sevilla el mismo año, 1923, en que accede al poder el general Primo de Rivera. Muy niño, a los siete años, asiste a la caída del rey Alfonso XIII y la proclamación de la II República.
Educado en el seno de una familia de sólidos principios cristianos, a los que se mantuvo fiel a lo largo de toda su vida, debió percibir la inquietud de los suyos ante las primeras medidas tomadas por el nuevo régimen, tan contrarias a los valores en los que se fundaba la vida familiar. Arturo Moreno menciona algunos de los tristes sucesos que revelaron las intenciones de los sectores republicanos radicales y la indecisión de los moderados a la hora de corregir los excesos.

Fueron sucesos que, por su violencia y odio, causaron honda impresión en la sensibilidad del niño y le inclinaron en su juventud y madurez a buscar siempre las vías del diálogo sereno, el debate en libertad y el acuerdo en lugar del enfrentamiento irracional que lleva a radicalizar las posturas y a excitar el odio contra los oponentes.
Durante la adolescencia asiste, como espectador forzoso, al estallido de la guerra civil (1936-1939), sin interrumpir sus estudios de bachillerato, que cursa con brillantez y en los que obtiene máximas calificaciones. Nace desde entonces su afición por las Humanidades, la filosofía, la historia y las lenguas clásicas, el griego y el latín, materias que ampliará más tarde en las universidades de Sevilla y Madrid hasta su graduación, en 1944.
Para entonces, Fontán ya no es espectador de la vida nacional, sino que interviene abierta y decididamente en los foros intelectuales de la España de posguerra que Arturo Moreno centra en torno a dos revistas: Escorial, promovida por el poeta Dionisio Ridruejo y el profesor Laín Entralgo, y Arbor, patrocinada por el CSIC bajo el impulso de Rafael Calvo Serer y un joven Antonio Fontán que, a los veintiséis años, acaba de ganar la cátedra de Filología Latina en la Universidad de Granada.
Fueron aquellos unos años de estudio en el ámbito universitario, tan querido por don Antonio, favorables para la reflexión y análisis crítico sobre la sociedad de la época, sumida en la incertidumbre de un futuro carente de perspectivas que pudieran ilusionar a los jóvenes que «no habían hecho la guerra». En aquellos años cuarenta, los intelectuales más responsables eran conscientes de que los problemas del país exigían de su generación el arduo trabajo de levantar los ánimos, recuperar el pulso y devolver a España al lugar que le correspondía entre las naciones de una Europa que acababa de salir de una guerra todavía más cruel, fratricida y devastadora que la nuestra.
Sitúa Arturo Moreno en esa etapa de profesor universitario la consolidación de los principios que más tarde harían de Fontán una figura relevante de la política española en los últimos años del régimen de Franco y primeros de la Transición. Monárquico por herencia familiar, lo fue también por convicción tras un análisis de la realidad de España, bajo un dictador que se proclamaba a sí mismo regente de un reino sin corona, a la espera de asignar el puesto a la persona adecuada.
La identidad de esa persona ofrecería durante mucho tiempo una imagen borrosa perdida en los recovecos de la mente del general Franco. Desde entonces, Fontán desempeñó un papel destacado entre los diversos grupos que rodearon a don Juan de Borbón, heredero de los derechos históricos de la Corona, designado por el rey don Alfonso XIII antes de morir.
Fidelidad a los principios de la religión católica, monárquico racional tras un pormenorizado estudio de la historia pasada y del presente de España, liberal en sus concepciones sobre la dignidad del individuo (derivada de ser creado por Dios a su imagen y semejanza), supo armonizar a lo largo de toda su trayectoria esos valores gracias a un profundo sentido de la importancia de alcanzar el objetivo de la «unidad de vida». Desde esa «unidad de vida», tal como la enseñaba san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, se comprenden con mayor facilidad la casi perfecta adecuación que muestra la conducta de Fontán entre las palabras y los hechos la doctrina y la práctica, entre lo que se dice y lo que se hace.
Logrado este fin existencial, se mostró don Antonio siempre fiel a sí mismo, como lo demostró al ejercer las múltiples facetas de su actividad profesional, desde la cátedra universitaria a la especialidad en lenguas y cultura clásicas, sin olvidar su dedicación constante al periodismo y, claro está, a la política, entendida no como método de alcanzar el poder sino en calidad de guía, formador y orientador, es decir, como sutilmente ha calificado Arturo Moreno, de marcador del «espíritu de la política».
Quedan así delimitadas con claridad en la biografía de Arturo Moreno las líneas de su trayectoria durante la fructífera, aunque breve, etapa en el diario Madrid, interrumpida bruscamente por el abuso de poder, que le sirvió, no obstante, para formar equipos y sembrar ideas más tarde recogidas en los momentos de la transición a la democracia. Ideas y principios que ya recogían importantes aspectos de ese «espíritu de la política» al que nos hemos referido como una de las aportaciones de Fontán.
Con estos antecedentes vitales, no puede extrañar que la figura encarnada por don Antonio saltara al primer plano, llegado el momento de contribuir a asentar la monarquía, a la muerte de Franco en noviembre de 1975, en la persona de don Juan Carlos I, de quien había sido preceptor. Fue también mediador entre padre e hijo para eliminar los desacuerdos entre los legítimos derechos hereditarios de don Juan y las previsiones establecidas en las leyes de sucesión vigentes.
Como líder reconocido de los sectores liberales y defensor de la democracia parlamentaria, Antonio Fontán desempeña un papel destacado a la hora de eliminar rencores pasados y buscar puntos de encuentro con los sectores más razonables de la izquierda. Buena parte del llamado espíritu de la transición, de concordia y mano abierta, se debe a las iniciativas y múltiples gestiones inspiradas o directamente realizadas por Fontán. Presidente del Senado, su firma aparece junto a la del rey en el texto de la Constitución de 1978. Ministro de Administración Territorial con Adolfo Suárez, defendió el principio de la unidad de España, que se debería armonizar con el respeto a las diversas culturas, lenguas e identidades.
Su postura no fue secundada, quizá por motivos derivados de los problemas internos que contribuyeron a la posterior crisis y derrota electoral de UCD. Así, decidió abandonar la primera línea de la política para regresar a sus labores académicas y de investigación en su especialidad de lenguas clásicas.
Una vez más, tras profunda revisión y análisis de la situación española, bajo la hegemonía apabullante del PSOE en los más diversos aspectos de la vida nacional, Fontán fue consciente de la necesidad de preparar una nueva generación de jóvenes capaces de llegar, en su día, al ejercicio del poder, como alternativa al socialismo triunfante. La idea toma cuerpo en el proyecto intelectual, cultural y político de Nueva Revista, desde cuyas páginas marca a sus colaboradores, seguidores y lectores las pautas a tener en cuenta de cara a los años noventa, última década de un siglo que se dirigía hacia su recta final.
Nueva Revista, el último proyecto de Fontán
Los que, ya no tan jóvenes, nos incorporamos al equipo de Nueva Revista tuvimos el privilegio de recibir en directo el magisterio de don Antonio, que él negaba en vano, puesto que le llamábamos «el Maestro» en su ausencia, naturalmente. El capítulo dedicado por Arturo Moreno a la última empresa periodística de Fontán emociona, recuerda momentos entrañables, afanes y luchas en un ambiente de pesimismo generalizado ante el empuje imparable del PSOE omnipresente.
Don Antonio nos animaba a todos, siempre joven, ilusionado, bajo la atenta mirada de Pilar Soldevilla, secretaria, gestora, suavizadora de genios, considerada por el Maestro como el «pilar» básico sin el cual no podría existir la revista. Al leer la nómina del consejo de redacción, que Arturo Moreno reproduce íntegramente, se entiende el éxito de la labor llevada a cabo por Fontán. Un elevado número de sus colaboradores desempeñaron cargos destacados (ministros, secretarios de Estado, jefes de gabinete, asesores, embajadores) en el Gobierno del PP presidido por José María Aznar, tras ganar las elecciones en 1996. Lo imposible se había logrado y don Antonio Fontán veía, con la satisfacción y legítimo orgullo del deber cumplido, coronada la tarea de servicio a España. Una labor callada y eficaz que comienza en los años cuarenta desde la Universidad de Granada y la revista Arbor, se mantiene en su fiel apoyo a la Corona, se expresa en las páginas del diario Madrid, se prolonga en la Transición y queda rematada con la intensa labor formativa a través de la Nueva Revista. Desde aquí, un emocionado abrazo a la memoria del Maestro que nunca quiso ser… y fue a su pesar.
Un reconocimiento especial merece el autor, Arturo Moreno, por habernos ofrecido una biografía certera, precisa y completa de Antonio Fontán en su papel de «espíritu de la política». Arturo ha sabido alternar el dato documental con la anécdota íntima, la referencia histórica y la descripción ambiental con el detalle humano que nos ofrece una nueva dimensión del personaje en facetas muchas veces desconocidas. El estilo, suelto, ágil y poético en ocasiones, cumple a la perfección el propósito de recoger, para los que no tuvieron la suerte de tratar de cerca a don Antonio, la humanidad, altura de miras, sincera piedad y patriotismo de este español ejemplar, cuya herencia aspiramos a prolongar los que fuimos sus modestos aprendices.
Aunque la opinión común, especialmente en España, sea bastante insensible a las cuestiones de fondo y, muy en especial, a las de índole teórica o filosófica, libros como estos, procedentes de tradiciones muy distintas, pero con un trasfondo bastante común, representan una novedad que pudiera indicar la inminencia de cambios de calado en nuestro panorama cultural, pero tal vez represente un exceso de optimismo apuntar en esa dirección, porque no basta que se nos permita asomarnos al fondo de una de las disputas intelectuales más peleonas que nos han acompañado desde el comienzo mismo de la modernidad para que la vida intelectual española cobre una nueva densidad. Se trata, en efecto, de saber si la existencia del mundo es inteligible, y si ello nos obliga a sacar alguna especie de conclusión sobre su sentido, o si, por el contrario, el mundo puede reducirse a ser un puro hecho, sin razón alguna que lo explique, de modo tal que eso nos obligase a renunciar a encontrarle cualquier sentido y, aún más, a reconocer que todo intento de encontrarlo sería disparatado.
Dicho muy en general, esa es la cuestión de la Teodicea, aunque no solo eso, porque tras la disputa última se esconden, más o menos en desorden, las cuestiones de todo tipo y, muy en especial, la relativa al alcance de nuestro conocimiento, un asunto que a muchos les parece que ha quedado sometido a una especie de arbitraje indiscutible establecido por Kant ya hace más de doscientos años. Según esa reputada sanción, la ciencia como tal no puede sobrepasar los límites de lo fenoménico, y cuando se deja llevar por categorías que lo olvidan se ve conducida a paradojas sin salida. Ahora bien, esta renuncia tan peculiar ha sido asumida de forma excesivamente timorata y complaciente entre los filósofos, pero, si hacemos caso a Arana, que muestra numerosos ejemplos como para que le creamos, no ha sido nunca respetada seriamente por los científicos.
En estos dos libros, de muy distinto tamaño y tema inmediato, se muestra muy claramente una disidencia militante respecto a esa voluntaria limitación de la inteligencia, o de la razón, pues se apartan de manera sonora y desprejuiciada de la ortodoxia kantiana dominante en amplios sectores de la filosofía contemporánea. El libro de Flew ha dado lugar a un amplio debate en el ámbito anglosajón por la especial circunstancia de que su autor se pasó buena parte de su vida intelectual previa defendiendo exactamente lo contrario de lo que ahora argumenta, es decir, siendo un ateo convencido y militante. Su libro tiene, pues, algo de confesión y autobiografía, pero su importancia no reside en su carácter testimonial, sino en la clase de argumentos que emplea. Flew sostiene con enorme vigor que las razones que ha expuesto respecto a la inexistencia de Dios han llegado a parecerle completamente falsas, y esa especie de conversión no tiene nada que ver, en su caso, con motivos religiosos, sino con estrictas consideraciones de índole lógica y epistémica. No se trata, pues, de un libro de espiritualidad, sino de filosofía, de un rechazo a las razones de los ateos militantes para abrirse a una visión teísta de la realidad.
¿Qué es lo que dice Flew? El filósofo inglés, que es tenido por uno de los mejores expositores de Hume, el santo patrón de la clase de escepticismo que desemboca en el laudo kantiano, reivindica las buenas razones para creer en la existencia de Dios sin salirse del estilo y la tradición de la filosofía analítica, lo que no deja de ser un doble motivo de escándalo. Tampoco ha sido el primero que lo ha hecho, y, en la práctica, confiesa haber aprendido cosas con la lectura de Alvin Plantinga, un reputado analítico norteamericano que, tras negar la suposición habitual de conflicto entre fe y ciencia (cosa que suele argumentarse especialmente en el caso de la biología evolutiva), se ha atrevido a defender que, en el fondo, existe una armonía básica entre las enseñanzas de la religión y los supuestos de la ciencia, tesis que puede parecer muy razonable a los creyentes, pero que resultan enormemente rompedoras en el ámbito de la filosofía analítica, en especial si, como hizo Plantinga, se añade que existe un fuerte conflicto intelectual entre las exigencias de la ciencia misma y las creencias que los ateos suministran como evidencias.
El libro de Flew supone una retractación pública de sus posiciones anteriores, algo que Flew hace movido de su profunda convicción de que, lo mismo que enseñó Platón con la figura de Sócrates, y que hicieron la mayoría de los filósofos antes de Hume y de Kant, hay que dejarse llevar por las exigencias de la argumentación sin que importe el confort con que nos acoja el destino a que esto nos lleve. Esta apuesta por las capacidades de la razón para mostrarnos la verdad y para obligarnos con esa especial necesidad de la buena lógica, constituye una novedad bastante llamativa en un ambiente intelectual que, dígase lo que se diga, ha venido siendo bastante complaciente con un sinfín de conveniencias y restricciones que nada tienen de estrictamente racionales, por muy aconsejables y bien acogidas que acaben por resultar en una determinada cultura. Flew, que ya había anunciado en 2004 que la biología molecular necesitaba de alguna intervención, digamos, externa, para que se pudiera entender el ensamblaje correcto de elementos tan diversos y complejos, ha dado un paso más, y afirma con toda claridad y sencillez que para poder explicar el origen de la vida, el comienzo del universo y la consistencia y estabilidad de las leyes naturales que nos presentan las ciencias de hoy mismo, nos vemos obligados a reconocer la existencia de Dios, si no queremos hacer alguna especie de truco intelectual para evitarlo. Ante la insólita contundencia de sus argumentos, sus contrarios no han jugado demasiado limpio y han querido ver en el análisis de Flew una muestra de debilidad senil, pero Flew tuvo tiempo suficiente para contestar con entera firmeza a esas insinuaciones marrulleras, porque dijo lo que dijo en plena posesión de sus nada escasas capacidades y su amplia cultura filosófica, únicamente en virtud de razones, sin mediación sobrenaturalde ningún tipo, de manera completamente racional.
Frente al libro de Flew, testimonial, polémico, la lectura del de Juan Arana nos proporciona un placer más largo, más sostenido y más reposado, aunque, si no lo entiendo mal, el espíritu que anima a este largo empeño está muy en consonancia con la argumentación del de Flew, lo que puede subrayarse reparando en que el prologuista de Flew es un conocido discípulo del autor de Los sótanos del universo.Arana, que es también teísta, no se dedica a esa cuestión de manera directa, sino que nos enfrenta decididamente con un problema absolutamente clave en la historia de la ciencia y, en especial, de la filosofía de la naturaleza y la cosmología. La estrategia intelectual que se fija como canónica en la filosofía y en la reflexión sobre la ciencia a partir del análisis de Hume y de la respuesta kantiana, ha sido un tanto hipócrita y, de alguna manera, falsamente ascética, imponiendo una especie de dogmatismo pretendidamente no dogmático que ha impedido plantear siquiera algunas cuestiones básicas como las que Arana aborda en su extenso y minucioso trabajo. La idea de causalidad, la noción de determinación o la de ley, habían quedado reducidas a un ámbito puramente formal o epistémico sin que se considerase legítimo preguntar sobre la realidad que seguramente debiera existir tras ellas. Arana muestra con mucha claridad cómo los científicos que de verdad han contribuido a que la ciencia avance, no, por tanto, los que se han limitado a querer patentar una determinada imagen más o menos sistemática de ella, han sido mucho más pragmáticos y posibilistas que los filósofos sistemáticos, y no han tenido temor alguno a saltarse las supuestas barreras entre ciencia y metafísica para conocer mejor lo que les interesaba entender, lo que les parecía problemático. En consecuencia, han sido mucho menos pudorosos que los filósofos postkantianos a la hora de manejar términos comprometidos como ley, orden, diseño, estructura, determinismo, contingencia, finalidad, certidumbre, reducción, discontinuidad, emergencia, evolución, entre otros. Esa es también la actitud que adopta Arana, que se zambulle desde la primera de estos centenares de páginas en problemas que no son nada simples, pero que interesarán a cualquiera que quiera comprender mejor lo que la ciencia tiene que decirnos. Arana empieza por advertir que el propio Hume no fue fiel a sus doctrina restrictiva sobre la idea de causa, lo que no deja de constituir una circunstancia muy notable, y en lugar de tener en cuenta las restricciones teóricas que introdujo en el análisis de lo causal, usó de tal idea como el resto de los mortales prehumeanos, sin cautelas, en el fondo, completamente innecesarias.
El trabajo de Juan Arana está repleto de hallazgos históricos y conceptuales, que encantarán a los partidarios de la libertad intelectual y a quienes crean que el rigorismo disciplinario de manual apenas sirve ya para nada útil ante la magnitud, las repercusiones y el interés de las preguntas que podemos y tenemos que hacernos como sujetos racionales frente al magnífico espectáculo de un mundo complejísimo, pero ordenado, y que se deja entender con el auxilio de medios poderosos y de conceptos atrevidos. Arana hace uso de una actitud tan antidogmática como abierta, pero no huye nunca del espesor de los problemas y de sus aspectos más difíciles, de manera que no se puede leer este libro sin releerlo, pese a estar escrito con la ligereza de estilo de un buen escritor y la soltura de quien domina muy bien las cuestiones de que habla. Quienes prefieran leer pedanterías, harán bien en alejarse de un texto tan llano que puede parecer engañosamente simple. Es obvio que muchas de las sugerencias del autor son discutibles, porque el libro es un ordenado compendio de cuestiones abiertas, un libro de filosofía, en suma, pero que alegrará grandemente la vida de cualquiera que quiera examinar alguna de las grandes cuestiones que están en discusión en la ciencia de vanguardia, en la física o en la biología y en mil parajes colindantes apenas en cultivo reciente por unos y por otros.
Es muy raro tropezar con un libro como este en el que se sentirán a gusto tanto los científicos como los filósofos, porque ambos sentirán que sigue existiendo un lugar natural para su encuentro y sus disputas en aquellas cuestiones que los primeros no saben responder y que los segundos pueden ayudar a plantear con mayor claridad y generalidad, según obligación de su oficio. Es evidente que puede resultar muy fácil confundirse y dar palabrerío por rigor, pero cualquier lector me dará la razón al comprobar con asombro e íntima satisfacción que el autor sabe conducirse con maestría por veredas en las que los más se pierden hacia la pretenciosidad, la vaciedad o la pura tontería. Arana legitima en la práctica el diálogo fecundo entre científicos y filósofos en aquellas cuestiones que les son comunes y que son mucho más numerosas y fértiles que las que suele visitar al filosofía de la ciencia más habitual, no en vano Arana prefiere considerarse filósofo de la naturaleza antes que filósofo de la ciencia, una distinción que libera a la filosofía de una función tan secundaria como ancilar respecto de la ciencia, una actividad que siempre es menos científica de lo que los apologistas del cientificismo suponen.
Hasta el 2 de septiembre permanecerá abierta en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía la muestra Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas. Procedente de París, del Centro Pompidou, donde la vieron casi ochocientas mil personas —ha sido la segunda muestra más visitada en la historia del Centro—, suscitó tanto interés que, los últimos días, el museo tuvo que permanecer abierto las 24 horas del día. El Reina Sofía sigue sus pasos y las colas han invadido los edificios y plazas que rodean el edificio. Será fácil que supere las cifras de París, teniendo en cuenta que se prolongará durante los meses de verano. Si calculamos que la entrada individual a la exposición temporal cuesta ocho euros, el Reina Sofía ingresaría más de seis millones de euros. Todo un éxito para momentos de crisis y financiación menguante.
Hay que remontarse hasta 1983, a las muestras del Palacio de Pedralbes en Barcelona y al entonces Museo Español de Arte Contemporáneo en Madrid, para encontrar una antológica de estas características. En aquella ocasión se reunieron 400 obras, mientras que ahora se ofrece una selección que supera las 200 entre pinturas, esculturas y dibujos. Entonces aún vivía Dalí —fallecería seis años después— y eso facilitó que viajaran algunas de las piezas más importantes, no solo de su propiedad que luego pasaron por legado testamentario al Estado español— sino de coleccionistas privados, y museos que nunca más han vuelto a verse juntas. Fue algo memorable para los que la visitamos.
La muestra se propone, en palabras de su comisaria Montse Aguer, «revalorizar al Salvador Dalí como pensador, escritor y creador de una particular visión del mundo»
La muestra que nos ocupa se propone, en palabras de su comisaria Montse Aguer, «revalorizar al Salvador Dalí como pensador, escritor y creador de una particular visión del mundo. Tomando como punto de partida su método paranoico-crítico». Algo un tanto genérico pero que ha obligado a los organizadores a ofrecer una imagen lo más completa posible de las múltiples facetas y actividades a las que se dedicó el artista durante su larga vida. Quizá por ello han optado por un cierto orden cronológico en la exhibición. Un recurso que ayuda a repensar el papel —tan denostado como atractivo— que Salvador Dalí ha tenido en el arte del siglo XX, más allá de su papel de integrante del movimiento surrealista. Sin embargo, el subtítulo de la muestra no pretende engañar a nadie y está tomado del artículo «San Sebastián» (1927), su primer manifiesto artístico, ligado al surrealismo, en el que figuran todos los tópicos del artista controvertido, singular, prolífico e imaginativo, capaz de generar un arte perturbador porque establecía una relación directa con los espectadores.
Salvador Dalí nació en Figueras el 11 de mayo de 1904. Su padre, Salvador Dalí i Cusí, abogado y notario, era de carácter estricto, mientras que su madre, Felipa Domènech, siempre le animó en su carrera artística. Cuenta el propio Dalí que, con cinco años, lo llevaron a la tumba de su hermano y le dijeron que él era su reencarnación, una obsesión que se prolongó a lo largo de su vida como demuestran algunos de los retratos de su hermano presentes en la muestra. También tuvo una hermana, Ana María, cuatro años más joven que él.
Hay que tener cuidado con la exposición del Reina. Dependiendo de la puerta por la accedamos a la muestra, nos podemos encontrar en la sala 3 y, si no nos percatamos, seguir el recorrido por las once salas que componen la exposición y ya sin posibilidad de recuperar las dos primeras salas que incluyen las casas, calles y playas de Cadaqués. Son esos paisajes y también algunos retratos, como el de su padre, los que hacen pensar en un pintor excelentemente dotado desde joven, quizá porque hasta entonces también permanecía ajeno a las desgracias familiares. La primera sala es buena muestra de todo ello.
Pero en febrero de 1921 murió su madre. Dalí tenía dieciséis años. «Fue el golpe más fuerte que he recibido en mi vida. La adoraba. No podía resignarme a la pérdida del ser con quien contaba para hacer invisibles las inevitables manchas de mi alma…». Tras su muerte, el padre de Dalí contrajo matrimonio con la hermana de su esposa. Dalí nunca lo aprobó y quizá por ello se fue a Madrid.
En 1922 llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En la Residencia mantuvo una relación con Federico García Lorca. Aquellos febriles años quedan especialmente bien reflejados en la colección de dibujos que el Reina ha sacado de sus almacenes para esta muestra. Dibujos sobre papel timbrado de la Residencia donde figuran las influencias que el pintor tenía de lo que se estaba haciendo en Europa aquellos años. Estos papeles incluyen también algunos de sus primeros autorretratos (hay varios de la primera época en la sala dos de la muestra), pero sobre todo su magnífica serie Putrefactos. Aquella estancia duró solo cuatro años. Como todo el mundo sabe, Dalí fue expulsado de la Academia en 1926, poco antes de los exámenes finales, por afirmar que no había nadie en ella con condiciones para examinarlo. La Cesta de pan, fechada aquel año, y que sí estuvo presente en la muestra del 83, da fe de las lecciones aprendidas. Y se fue a París.
Uno de los alicientes de la exposición del Reina Sofía son las películas, documentales y entrevistas grabadas a Dalí. Se van sucediendo a lo largo de las salas, en función de la cronología o de su contenido. La primera se sitúa en 1929, e incluye su colaboración con el director de cine Luis Buñuel en el cortometraje Un chien andalou (Un perro andaluz). Dalí trabajó como coguionista en este corto de 17 minutos que recoge alguna de las imágenes antológicas del surrealismo (como el ojo cortado con una cuchilla de afeitar, aunque dicha imagen es más obra de Buñuel que de Dalí). Un chien andalou fue el modo en que Dalí logró incluir sus imágenes oníricas en una dimensión real. La sucesión de escenas provoca en el espectador un torrente de sensaciones que se ven continuamente frustradas por otras. La segunda película que produjo con Buñuel fue L’âge d’or (La edad de oro), rodada en el Estudio 28 de París en 1930. Fue prohibida durante años por grupos fascistas y antisemitas, que desarrollaron una fuerte campaña de descrédito en la prensa en el cine parisino en el que se exhibía.
En agosto de ese mismo año conoció a su futura esposa, Gala. Nacida Elena Ivanovna Diakonova, era una inmigrante rusa, once años mayor que él, y entonces casada con el poeta francés Paul Éluard. Gala comienza a aparecer ya por esas fechas en sus cuadros. Sin adquirir las omnipresencia de años posteriores, su imagen puede seguirse a través de casi toda la exposición del Reina. Es como la metamorfosis de un ser, de una esposa, casi de una diosa, en la que el mismo Dalí encuentra el contrapunto a sus autorretratos.
En la sala cuatro figura el mejor surrealismo de Dalí. Hay que agradecer a los organizadores la presencia de obras decisivas, hasta ahora nunca expuestas en España, como Alucinación: seis imágenes de Lenin sobre un piano (1931, Centre Pompidou, París), El Ángelus de Gala (1935, MoMA, Nueva York), Bañistas (1928, The Salvador Dalí Museum, St. Petersbourg, Florida). También en esa misma sala cuelga otra obra muy relacionada con su biografía. Por aquellos años el padre de Dalí tuvo conocimiento de su hijo por una noticia publicada en la prensa, en la que hablaba del dibujo de un Sagrado Corazón con la siguiente inscripción: «En ocasiones, escupo en el retrato de mi madre para entretenerme». Fue el final de la relación familiar. Fue desheredado y repudiado. Ya no volvió a su tierra con su familia, sino con Gala. El verano siguiente, Dalí y Gala alquilaron la pequeña cabaña de un pescador en una bahía cerca de Port Lligat. Compró el terreno, y a lo largo de los años fue ampliándola hasta convertirla en su fastuosa villa junto al mar, hoy reconvertida en casa-museo. Gala y Dalí se casaron en 1934 en una ceremonia civil, y volverían a hacerlo por la Iglesia católica en 1958.
Pero volviendo atrás en el tiempo, en 1931 Dalí pintó una de sus obras fundamentales, La persistencia de la memoria (Museo de Arte Moderno de Nueva York) en la que manifestó su rechazo del tiempo como algo rígido o determinista. La pequeña obra maestra (24 × 33 cm), presente en el Reina, es todo un resumen de lo mejor de aquellos años. El paisaje, los relojes de bolsillo que se derriten y los insectos que los devoran serán elementos del universo daliniano que, como explicó él mismo en sus memorias, estarán siempre ligados a los recuerdos de su infancia.
Tremendas resultan en la siguiente sala, la siete, dedicada a El rostro de la guerra, las dos pinturas y el boceto preparatorio del Presagio de la guerra civil (1936) del Museo de Arte de Filadelfia. Las imágenes de los dos personajes devorándose o del cuerpo destruyéndose son la mejor imagen y metáfora de la guerra civil española de la que el artista huyó. Lo que vendrá después es un surrealismo más elaborado, con los viejos elementos e iconos ya antes apuntados, pero que no consiguen hacer olvidar lo visto en esta sala.
Otro de los símbolos recurrentes de Dalí es el elefante. Aparece por vez primera en «el Sueño causado por el vuelo de una avispa sobre una granada un segundo antes de despertar»
Otro de los símbolos recurrentes de Dalí es el elefante. Aparece por vez primera en el Sueño causado por el vuelo de una avispa sobre una granada un segundo antes de despertar (1944) del Museo Thyssen de Madrid, también en la muestra. Los elefantes dalinianos, inspirados por el obelisco de Roma de Gian Lorenzo Bernini, suelen aparecer con «patas largas, casi invisibles de deseo» y portando obeliscos en sus lomos. Conjuntadas con esas delicadas extremidades, los obeliscos —en los que algunos han querido ver un símbolo fálico— crean un sentido de fantasmal irrealidad.
También aparecen así los elefantes en La tentación de san Antonio (1946). Esta pintura, conservada en el Musée Royaux des Beaux-Arts de Bruselas, es sin duda una de las obras maestras de la muestra. Otro de sus símbolos recurrentes, el huevo, que enlaza con los conceptos de vida prenatal intrauterina, y a veces de la esperanza y el amor, está presente en varios cuadros de la muestra, quizá el mejor es Niño geopolítico contemplando el nacimiento del hombre nuevo (1943), también propiedad del Museo Dalí de Florida, como tantas otras obras presentes en el Reina.
Y es que el núcleo de la exposición lo constituye su periodo surrealista y su método paranoico-crítico, que el artista catalán concibió como «un mecanismo de transformación y subversión de la realidad, posibilitando que la interpretación final de una obra dependiera totalmente de la voluntad del espectador». Fue en sus trabajos en torno al cuadro El Ángelus (1857-59) de Jean-François Millet en pensamientos inconscientes que jamás ha existido»— donde este método alcanza su máxima expresión. A esta obra y sus derivados se dedica toda una sala de la muestra.
Dalí llegó a Estados Unidos en 1934. La exposición de sus obras levantó un enorme revuelo en Nueva York. La sala ocho está dedicada a esta aventura. Aventura que le costaría cara, pues la mayoría de los surrealistas eran de izquierdas, y Dalí había mantenido una posición que se juzgaba ambigua en la cuestión de las relaciones entre arte y activismo político. Los líderes del movimiento, principalmente André Breton, lo acusaron de hitleriano, pero Dalí insistía en que el surrealismo podía existir en un contexto apolítico, y se negó a denunciar públicamente el régimen nazi alemán. Este y otros factores le hicieron perder el prestigio entre sus camaradas, y a finales de 1934 fue sometido a un «juicio surrealista» del cual resultó su expulsión del movimiento.
Dos de los artefactos surrealistas dalinianos más notables fueron creados en aquella etapa: el teléfono-langosta y el sofá de los labios de Mae West (realizados entre 1936 y 1937). El artista y mecenas Edward James le encargó estas piezas. «Las langostas y los teléfonos tienen claras connotaciones sexuales para Dalí —explica el catálogo de la muestra—, y de ahí él extraía una analogía entre la comida y el sexo». Este teléfono era operativo, y James adquirió cuatro de ellos para sustituir los que tenía en su casa inglesa. En el Reina se muestra uno de la serie de seis aparatos completamente blancos, el que pertenece al Museum Boijmans van Beuningen de Rotterdam. El sofá de los labios de Mae West, hecho de madera y satén, recibía su forma de los labios de la célebre actriz que ya había retratado en 1935. Aunque el sofá se encuentra actualmente en el Museo Brighton and Hove, en Inglaterra, el Reina ofrece un diorama del conjunto del rostro.
A estos años corresponden también los decorados que hizo para la película Recuerda de Alfred Hitchcock, así como una otra de dibujos animados, Destino, en colaboración con Walt Disney. Iniciada esta última en 1946 no pudo ser completada hasta 2003 por Baker Bloodworth y Roy Oliver Disney. En ella se incluyen imágenes oníricas y extrañas figuras voladoras, inspiradas por la canción Destino, del letrista mexicano Armando Domínguez. Sin embargo, cuando Disney contrató a Dalí, su empresa no estaba preparada para asumir la creatividad del artista. Después de ocho meses de trabajo intenso, la compañía tuvo que abandonar el proyecto por dificultades presupuestarias y solo 57 años más tarde concluyó su producción. Su proyección en el Reina es uno de los alicientes cinematográficos de la muestra, como también la escena onírica de Recuerda de Hitchcock (1945), en la que se pretendía mostrar aspectos del subconsciente. Hitchcock, familiarizado con la obra de Dalí, pensó que su espíritu creativo podía potenciar la atmósfera que buscaba para su película. No son las únicas películas que muestra el Reina. En 1968 Dalí grabó un anuncio televisivo para la marca de chocolate Lanvin, toda una sorpresa para los que, tras visitar la muestra, ya creen haber visto todo del genio.
Gala murió el 10 de junio de 1982. Tras su muerte, Dalí perdió su entusiasmo por vivir. En noviembre de 1988 fue ingresado a raíz de un fallo cardíaco. El 23 de enero de 1989, oyendo su disco favorito —Tristán e Isolda, de Richard Wagner— murió a causa de una parada cardiorrespiratoria con 84 años. Fue enterrado en la cripta de Figueras, situada en su casa-museo. Había testado en 1982 a favor del Estado español como heredero universal de toda su obra.
Parte importante de la exposición del Reina está dedicada, gracias a las vitrinas que ocupan la parte central de cada sala, a su obra escrita: catálogos, carteles, libros, manifiestos, revistas, folletos…, todo un universo literario en el que destacan su autobiografía, La vida secreta de Salvador Dalí, 1942; un libro de diarios, Diario de un genio, 1952-1963; y varios ensayos, Oui: The paranoid-critical revolution, 1927-1933; El mito trágico de «El Ángelus de Millet», 1978), entre otras obras. En todas queda patente su fascinación por la ciencia y la tecnología, que le llevó a explorar nuevos lenguajes como la estereoscopia o la holografía, algo necesario para ofrecer esa imagen esencial y completa que se ha propuesto la muestra. Algo que también atrae a las masas. Como Dalí quería.
Confieso que me asombra el hecho de que el mito de don Quijote no hubiera sido adaptado a las condiciones rusas por un literato nacional, tal y como lo hizo el checo Jaroslav Hašek cuando imaginó a su buen soldado Švejk; una reencarnación de Sancho Panza que, a ratos, evoca lafigura del propio Caballero. Con todo, aquel Švejk que «acabó con el imperio austro-húngaro», habría palidecido ante los personajes crecidos sobre los barros rusos —difícilmente comprensibles desde el punto de vista occidental—.
Desde que, en la segunda mitad del siglo XIX, los naródniki [literalmente: el «partido popular» que, evidentemente,no tenía nada que ver con su homónimo actual] desataran su particular guerra contra el sistema, el imperio euroasiático se vio inundado por unos personajes que inflaban a su alrededor un aura fantasiosa para permanecer intocables,y a su modo desafiantes, dentro de esta burbuja. La gente corriente solía llamarles «don quijotes». Pero no eran aquellos románticos e idealistas «caballeros de la Triste Figura» de los principios del XIX sino unos «ingeniosos hidalgos», perfectamente conscientes de que la vida emancipada, ambicionada por tantos, únicamente era alcanzable para unos locos.
Sospecho que hay cierto paralelismo entre esos quijotes– antisistema y los antiguos salovς-salos bizantinos y юродивый–yuródivy rusos: humildes y locos indigentes que vagaban por las ciudades y atosigaban a la gente con sus greguerías llenas de llameante irracionalidad profética. Eran temibles y podían disfrutar, en consecuencia, de cierta autoridad, prestigio y aura de beatitud.
Tal reputación no se les atribuía a la ligera: se consideraban benditos solo aquellos mendigos, vagabundos y pordioseros cuya humildad no era fingida ni falseada. Se trataba, pues, de una humildad auténtica [подлинная-pódlinnaya], lo cual, según la etimología rusa, significaba «obtenida bajo el látigo». De lo contrario, «la humildad es peor que la soberbia», rezaba un proverbio popular en alusión a que la esnobista superioridad de un ficticio humilde era incompatible con una santidad genuina.
En cuanto a la locura, todavía en el siglo XI, un cortesano bizantino llamado Keukamenos lanzaba a su hijo la oportuna advertencia: «[Un trastornado] te insultará y te agarrará de la barba. Piensa en la vergüenza que será aquello. Si se lo dejas pasar, todo el mundo se reirá de ti; y si le pegas, te reprenderán y te echarán la culpa. Lo mismo te ocurrirá en relación a los que fingen estar locos. Te digo: apiádate de ellos y dales limosna pero no trates de divertirte con ellos ni reírte de ellos; es peligroso… Escúchale a quien trata de simular la locura, independiente mente de lo que te diga. No le desprecies aunque te quisiera engañar».
Es decir, los locos —verdaderos o falsos, indistintamente— se protegen con el mismo escudo: la hostilidad mostrada hacia cualquiera de ellos es reprimida por la ciega colectividad y se vuelve, irremediablemente, en contra del atacante.
Estos medievales conceptos no pueden ser obviados a la hora de analizar el «quijotismo» ruso que germinó siendo antisistémico y, ya en el siglo XX, terminó funcional, práctico y ultraconservador. Los epígonos del Quijote, vistos bajo estas premisas históricas, echarán una sombra de indignidad sobre el personaje original. Pero existen y, sorprendentemente, forman toda una «casta» con su vida propia, luchas internas, víctimas y vencedores; descendientes todos ellos del arquetipo creado por Cervantes.
—Tantas décadas después, ¿serías capaz de recordar las circunstancias de tu primer encuentro con el libro de Cervantes?
—Recuerdo que de niño, por suerte, me enfermaba mucho y, durante semanas, me libraba del estupidizante colegio. En consecuencia, mi educación mejoró notablemente. Soy de esa clase de personas que no verbalizan sus dudas pero ponen mucho empeño en encontrar certezas en los libros. De este modo, al estar tanto tiempo en casa, antes de cumplir los once años, ya había leído y releído la enorme biblioteca que teníamos. En Shakespeare descubrí el valor de la libertad aunque —años más tarde— me entristecí al saber que su don poético empezaba a brotar tras la ingesta del cannabis. No entendí a Maupassant pero grabé en la memoria todos los pasajes que no había podido descifrar para, posteriormente, encontrarles sentido. Molière no me impresionó: comparado con mi admirado Don Giovanni mozartiano, Dom Juan francés parecía vulgar. De Mérimée aprendí el arte de la mimicría: una pócima valiosísima para sobrevivir «bajo la estrella roja». Fichte, Kant y Hegel me enseñaron a ser paciente, a releer párrafos enteros y, mediante las frases como «el pueblo es aquella parte del Estado que no sabe lo que quiere», me advirtieron de que la verdadera democracia —que yo anhelaba junto a la mayoría de los rusos de aquella época— no era más que un espejismo. En definitiva, teniendo en cuenta que mi español ya era bastante fluido por aquel entonces, estaba —en teoría— preparado para entender la obra maestra de Cervantes de la que recordaba haber oído hablar desde que tenía uso de razón.
Pero me quedé perplejo cuando el libro cayó en mis manos. La historia relatada por el propio Cervantes no se correspondía con el esquematizado mito que yo conocía: la locura del personaje parecía deliberada, premeditada y resultaba sospechosamente familiar, como puede serlo algo con lo que uno convive desde siempre. Una vez superado el desconcierto, me di cuenta de que la exasperante realidad que me rodeaba podía entenderse como fenómeno cervantino. No tardé en descubrir que vivía rodeado de unos «quijotes» que aparentaban defender una causa —una reveladora teoría científica o una significativa cuestión social— que, invariablemente, acababa por revelarse baladí, insustancial e infundada. Aquellos estrafalarios individuos se autocoronaban profetas de unas «religioncitas» cuyo único fundamento era el «credo quia absurdum». Incordiaban y dejaban confusos a sus congéneres mientras que estos, sabios por naturaleza, actuaban como si hubieran leído la advertencia de Keukamenos: «¿Pero cómo vamos a incomodar a este quijotito si el pobre tiene tanta fe en lo que hace?». Saldaban —sin estar agradecidos— la supuesta deuda con el «trastornado convencido» y se alejaban en silencio…
—Cuesta creer que en aquel entonces tu infantil mente trazara paralelismos entre la realidad que te rodeaba y un libro profético de principios del siglo XVII. ¿Fue así o tu memoria te engaña?
—En aquellos años, la élite intelectual rusa estaba paladeando la inminente caída del régimen. En casa, siempre se oía hablar sobre la política y la sociología. Los niños, involuntariamente, se impregnaban de amargura y desafección al poder que, de forma instintiva, se disfrazaban de admiración, en el mismo instante cuando uno atravesaba el umbral de su morada. Esta dualidad me hizo madurar rápido y desarrollar una percepción crítica de la realidad.
Yo veía muy claro que la conducta quijotesca se observaba a todos los niveles de la verticalidad soviética. Los líderes políticos defendían unas teorías socioeconómicas que parecían elaboradas a partir del sueño de «un mundo al revés». Practicaban una especie de autohipnosis con el fin de «creer en que creían» en ellas y manifestar esta fe inquebrantable ante sus conciudadanos. Si una especulación sociológica no tiene fundamento es casi obligado recurrir al imbatible «creo porque es absurdo». «Creer» es noble y hermoso hasta tal punto que los argumentos lógicos parecen banalizarse ante la emoción de la fe. Entonces y ahora es el modo de proceder de tantos líderes políticos.
Uno se acomoda en el concepto de tener fe en que tiene fe… Pero no es un papel fácil de interpretar, al menos, no es una payasada primitiva. Situados, dentro de la jerarquía del régimen, a un paso de los políticos, los teóricos del marxismo tenían aún más dificultades para parecer creíbles. El pueblo llano —consumidor neto del pensamiento ajeno— consideraba que el esfuerzo mental era «aburrido», pero también aspiraba a ser «testigo privilegiado» de «choques de ideas» (con la condición de que estas ideas no fuesen demasiado complicadas). Una especie de circo mental llamado a complementar el pan escaso de cada día. Con este propósito, se acuñaron las efigies de ideólogos ligeramente díscolos que —aun fieles al partido— eran capaces de convertirse en todo un icono de inconformismo comunista. El húngaro György Lukács o el ruso Dmitri Likhachov no cuestionaban el régimen en su totalidad sino algún rasgo particular e insignificante. Desde su cátedra parecían lanzar un pícaro guiño al poder: «¿Qué habrían hecho ustedes si no distrajéramos al público con nuestras tonterías?». Por supuesto, los quijotes de esta especie tenían que ser capaces de ver abismos en lugar de fisuras y defender su visión con la desesperación de un pez que se golpea contra el hielo en el intento de volver al orificio por el que le acaba de sacar el pescador. Eso sí, llegado el caso, preferirían morir fuera del agua antes que regresar a su medio (¿puede haber una situación más quijotesca?). Con todo, fue una profesión arriesgada: una sobreactuación podía haberles costado la vida. Lukács estuvo a punto de perderla en 1956 —y no precisamente por llevar unos «botines amarillos»—. Por su parte, Likhachev confesaba, en una clase abierta televisada, que estando en un «campo de trabajo» soviético, había calculado cuándo le iban a fusilar, según el alfabeto y el número de ejecuciones diarias, y, en aquella precisa fecha, se escondió en la leñera para que otro preso fuera sacrificado en su lugar. Posteriormente, los dos inconformistas «aprendieron» dónde pasaba la línea roja y supieron escalar muy alto en total armonía con el régimen: las masas adoraban al «agitador» y las autoridades podían decir que toleraban toda clase de pensamientos discordantes. Siendo miembros de número de las Academias (estatales) de sus respectivos países disfrutaron del bienestar y autoridad, sin guardar rencor al régimen que estuvo a punto de aniquilarles.
En la URSS nos sometían a un intenso adoctrinamiento ideológico desde una edad muy temprana. En consecuencia, unos pocos se volvían adeptos del sistema y la mayoría, influida por el ambiente familiar, lo detestaba. Así pues, admitiendo que a mis once años yo era un niño demasiado politizado —incluso para la URSS—, Don Quijote ha resultado toda una revelación para mí, traumática y dolorosa. El pacto entre el largo y flaco timador y el gordo y seboso briboncillo parecía una amenazadora metáfora del universo soviético: un «idiota listo» se une a un «idiota tonto» y entre los dos dominan el mundo. Resultaba muy desagradable leer el libro y constatar que la pareja manchega era invencible porque su «anormalidad» mutante era el fin de sí misma. Una especie de la fe en la fe, inextinguible y retroalimentada, muy parecida a la locura colectiva que yo, de niño, observaba en mi alrededor.
—Ya, pero ¿y Dulcinea? ¿No te reconcilia ese ideal con el mito?
—Don Quijote es, probablemente, el único libro de «referencia obligada» que no apela —en absoluto— al verdadero amor. El caballero no es capaz de experimentarlo, pero quiere creer en que ama para verse a sí mismo como un ser completo. En consecuencia, se produce una especie de hipertrofia enfermiza de un sentimiento inexistente. Una incapacidad de reconocer su propia incapacidad de amar. Una inflamación de la autoestima. No sé si así fue en los tiempos de Cervantes, pero actualmente sufrimos de una pandemia de esta enfermedad: la gente no tiene sustancia para sentirse autorrespetada y, como contrapartida, concede valor a la ausencia del valor. Aman el vacío porque no tienen otra cosa que amar y necesitan sentirse amados. Es una gran fealdad.
De vez en cuando me veo obligado a decir a algunos de mis alumnos: «Amigo mío, sufre usted del síndrome de suficiencia». Y siempre —¡SIEMPRE!— me contestan: «Sí, tengo que valorarme un poco más». Es decir, sus mentes me corrigen: oyen «insuficiencia» donde yo digo «suficiencia». No pueden imaginar siquiera que alguien les dijera que no valen tanto como creen. Conservar esta feliz creencia a lo largo de toda una vida profesional es garante de conseguir una «carrera de éxito», siempre y cuando el propio éxito consista en conseguir el éxito. No deja de ser una manifestación muy quijotesca: saben que mienten pero se autoconvencen de que creen creer que no… Atención al matiz: no es «creer que no» sino «creer en creer que no». Así el sentimiento se mediatiza y el énfasis se pone en la fe en vez de la veracidad y la argumentación. Un «quijote» afronta la contradicción de este modo para evitar el conflicto con su propia consciencia: reemplaza la sustancia por una enérgica acción.
Un colega mío —dirige la orquesta de un importante teatro de la ópera— acostumbra decir que los andares de ciertos cantantes por los pasillos del teatro evocan la forma de moverse de los príncipes de sangre real y, sin embargo, cuando salen al escenario (cantando el papel de un príncipe) recuerdan más bien a unos gatitos asustadizos. «¿No entendéis que tenéis que hacer todo lo contrario?» —suele gritarles encolerizado—. Pero el ego inflamado, incompatible con la bondad y con el valor, es una grave enfermedad que ahoga la verdadera creatividad y le concede al personaje una apariencia cómica, grotesca. Y aún más grave es que tal monstruosidad está fomentada por el sistema educativo que no enseña a generar, aplicar y disfrutar del saber sino a sacar provecho de la credencial que certifica la supuesta posesión del conocimiento. Es un ejemplo más de cómo el bien desaparece ante la tentación de sentirse bien.
—Tu negatividad respecto al Quijote… ¿no es una exageración?
—Sí que hay un poco de ofuscación en mis apreciaciones que se deben —lo reconozco— a las circunstancias personales. Es una pena que, de joven, dejé que el argumento obnubilase mi mente hasta tal punto que fuera incapaz de apreciar la perfección tecnológica del escritor alcalaíno. Edward Hopper decía que no tiene importancia lo que está dibujado en un cuadro sino los sentimientos que este despierta. En realidad, los sentimientos tampoco tienen importancia. Imagen, argumento y el sentimiento inducido son la materia prima con la que trabajamos los artistas para expresar algo más allá de todo esto. Stravinsky comentó en una ocasión que «la música, como arte, no está capacitada para expresar nada». Sin embargo, «existe, al parecer, una capa de pensamiento en la que las ideas apenas pueden expresarse mediante palabras». Esto es fácil de entender en el caso de la música, ya que su lenguaje no recurre a las imágenes plásticas o verbales. Incluso si hay letra, esta solo posibilita la vocalización pero no es imprescindible para la constatación del hecho artístico. Pero, a diferencia de la música, el perceptor de la literatura, el cine o la pintura tiene que hacer un esfuerzo para no reducirlos a su apariencia idiomática. Empecé a disfrutar con Cervantes cuando supe dejar de fijarme en el discurrir de la acción y en los sentimientos. No son ni más ni menos que un vulgar substrato sobre el que crece una obra extemporal que no necesita de comentarios históricos ni de contextualizaciones modernizantes. Cuando dejamos de escarbar en estas cosas, Cervantes se transforma en un gran contemporáneo de la humanidad.
—Stalin decía que don Quijote era un hombre que ha perdido «el sentido esencial de la vida»… Al hablar del Quijote soviético, no deberías sortear esta frase.
—En los albores del siglo XX, Stalin tuvo una relación de confianza con mi familia, en el territorio del actual Azerbaiyán. Por lo que sé, en aquella época él nunca habló de don Quijote, aunque sospecho que había leído el libro antes de la revolución bolchevique. De ser cierta, la frase de Stalin pertenece a la etapa tardía del timonel, cuando mi familia trató de evitar cualquier contacto con él, por el simple miedo de perder la vida. Sobre este asunto, no puedo más que especular sin ninguna clase de fundamento.
Creo que Stalin intuía la motivación psicológica de la conducta quijotesca porque él mismo fue un arquetipo de persona insignificante que creía creer en su concepción del mundo aun sabiendo que esta representaba una gran mentira. Pero, a diferencia de otros políticos, Stalin era realmente peligroso porque deseaba que todo el mundo se convirtiese a su fe en la fe (que no es lo mismo que la feen su fe). Tenía tanto de «quijote» como de «antiquijote» porque, a diferencia del personaje cervantino, Stalin tuvo una pasión real que le dominaba: el miedo a ser aniquilado por sus correligionarios, tan natural en la política, pero que le había convertido en un monstruo.
Por extensión, el «sentido esencial de la vida» me hace pensar en la «inteliguentcia» [интеллигенция] soviética. Los ideólogos leninistas la definían como un «fenómeno sobreestructural», ya que se consideraba un lujo innecesario para la sociedad socialista. Se toleraba porque daba brillo cultural y científico a la existencia del proletariado y prestigio a los gobernantes de este.
Ciertamente, la «inteliguentcia» no bebía de la misma fuente que los defensores de la «sencilla felicidad humana» consistente en el trabajo, la reproducción y la defensa de la patria. El escritor Ilyá Erenburg, en los años sesenta, sacó a relucir el decimonónico —y ciertamente influido por Cervantes— concepto de «aristocracia espiritual». Según este, un verdadero «inteliguent» ruso no puede medir su aportación a la sociedad en términos monetarios y, además, debe tener una causa por la que luchar. Lo hará por el convencimiento, por el amor a la sabiduría… De lo contrario, en un mundo en el que la verdad está supeditada a la conveniencia, el hecho de «cobrar bien y en función del resultado» le habría colocado ante la tentación de decir aquello que esperan de él.
Esta postulación jamás fue comprendida por las «clases trabajadoras» soviéticas. «Aquí todo el mundo cobra, según lo trabajado» —decían—. «¿Cómo es que esta inteliguentcia no ingresa según lo que produce?». No se daban cuenta de que la correlación entre «la aportación a la sociedad» y la paga —el principio básico del socialismo— les relegaba a la posición de unos esclavos fáciles de dirigir…
A diferencia de ellos, la independencia intelectual y económica fue el rasgo distintivo de la gente creativa y bien formada. Eran pobres pero no buscaban riqueza; ejercitaban su mente para descubrir y regalar verdades. Lo hacían a cambio de un poco más de libertad que el resto de los súbditos y, en consecuencia, eran menos súbditos. Los comunistas supieron aprovechar esta natural abnegación de los «inteliguentes» para construir una ciencia y una cultura de primer nivel sin haber pagado por ello un «equivalente», si es que tal cosa existe.
Personalmente, defiendo que un buen músico —uno que no quiere perder su libertad— no debería cobrar «en función de su trabajo». En realidad, es una idea universalmente asumida: no hay forma de garantizar que, precisamente hoy, un artista genial vaya a tener un gran día. Resulta que una entrada no es un «devolveré» sino un billete de lotería. Lo normal es que pierdas y, muy raramente, te tocará el gordo… Son las reglas del juego y, en consecuencia, es perverso valorar el trabajo artístico o científico en términos estrictamente económicos, tan injustos y desleales para el propio intelectual como para el destinatario de su trabajo. Recientemente, leí un curioso pasaje de Einstein al respecto: «La ciencia es una cosa asombrosa si el hombre no debe vivir ganándose la vida con ella. Si no estamos pendientes de una rendición de cuentas, podemos sentir la alegría propia de un trabajo científico».
La propia sociedad —egoístamente— está interesada en proporcionar libertad económica al creador, desligando su subsistencia de los resultados de su trabajo. Es algo parecido al ecuánime egoísmo racional de Chernyshevsky: «si quieres vivir mejor, deja vivir a los demás como ellos quieran». Desgraciadamente, en el «socialismo real», este antiguo principio de los naródniki fue sustituido por la idea de privaciones y sacrificio en favor de las futuras generaciones. Fue un «credo quia absurdum» pero, a su modo, también concedía a la gente el privilegio de alejar infinitamente la amenazante rendición de cuentas (esto me hace recordar a una mujer que superó el sitio de Leningrado —con millones de muertos por inanición y canibalismo— y, en 1944, escribió en su diario: «Claro que celebro la liberación pese a que me persigue una insólita sensación: a lo largo de todos aquellos meses de aterradoras privaciones, mi vida no formaba parte de los planes de nadie y nadie me pedía reportes. No temía a nadie, me sentía libre y, de alguna manera, estaba feliz»).
Volviendo a la «inteliguentcia» del Este, he de reconocer que hubo algo tenebroso en ella. Vivíamos aislados del pueblo y disfrutando de no tener que comunicarnos con torneros, carniceros, peluqueros y albañiles. Recuerdo un viaje de 1987 a la, todavía socialista, República Checoslovaca. En una comida oficial, impresionado por la calidad de servicio, le di las gracias a la camarera. Inmediatamente, una de los anfitriones —una importante artista checa— me susurró al oído: «aquí no hablamos con el servicio». Y es que, a diferencia del deseado pero inalcanzable comunismo, el llamado «socialismo real» era muy clasista: puede que los intelectuales no tuviéramos derecho a vivir exageradamente bien pero disfrutábamos del privilegio de despreciar al «pueblo». A su modo, fue una situación extraordinariamente placentera: para un médico, un científico o un artista, verse superior es más importante que ser rico.
Montesquieu decía que la caída de un estado fuerte tras perder una insignificante batalla no es una casualidad sino consecuencia de una crisis sistémica oculta. Pero esto equivale a decir que el estado fallido puede prolongar su existencia gracias a unos factores al margen del sistema. Entre ellos, el sentido artístico de una sociedad que puede postergar su caída definitiva durante años y décadas. Es una lucha quijotesca en el intento de apropiarse del «sentido esencial de la vida». Técnicamente, es una especie de «romanticismo» —nada que ver con el «realismo socialista»— y es asombroso que las sociedades socialistas del Este de Europa acabaran agarrándose a este clavo ardiendo en el intento de ganar unas cuantas décadas para sus agotados regímenes.
—Y lo que tanto ha costado se convierte en una cosa muy valorada…
—Sí y, lógicamente, un artista (o un político) no debe tomar en serio esta clase de alabanzas que no distinguen entre el coste, el precio y el valor. Tristemente, en este mundo de «ser siempre positivo» y después de haber llegado tan lejos como para pagar por tener acceso al arte, cualquiera ensalzaría el evento con tal de no sentirse bobo. Es estrictamente quijotesco: un error verdaderamente gordo siempre encuentra razones para perpetuarse.
— Comparas la culpabilidad por rechazar el sufrimiento pasado con una vanidad banal y la defines como romanticismo… ¿Podrías indicar otras contradicciones quijotescas que condicionan la percepción de la realidad?
—La extravagancia y el epataje la coartan. Son la esencia del arte políticamente correcto: irritan la piel sin hacer daño a las vísceras; exactamente tal y como lo hacían los arriba mencionados Lukács y Likhachov. Gusta mucho porque parece valiente ¿no es acaso el otro rasgo de don Quijote?—. Es como un chaval que salta por la ventana para impresionar a la chica, a sabiendas de que está saltando desde un bajo. Detrás (ni debajo) no hay gran cosa, solo un intento de aparentar algo que es correspondido por el deseo de la chica de percibir algo que —y ella lo sabe— no existe.
A diferencia de los llamados innovadores, Haydn y Mozart no usaban un lenguaje novedoso, extravagante, transgresor… Solo «componían correctamente» —la expresión exacta de Haydn— según los preceptos que les fueron legados por los músicos de la escuela de Mannheim, aquellos atrevidos creadores del lenguaje clasicista. Los descubridores son necesarios pero apenas insinúan el futuro: rara vez pintan el cuadro definitivo. Los que dejan huella suelen ser los continuadores: Bach, Berg, Shostakovich… No necesitan ser tan originales como don Quijote: no aparentan, van a la sustancia, no despilfarran el don. En este sentido, quizá, puede explicarse la frase de Stalin: la contraposición de una actividad frenética a una acción que crea valor.
—Da la sensación de que tu relación con la música contemporánea no es fácil…
— ¡Todo lo contrario! «Difícil de entender» no significa fea. No toda la novedad es «un simple ruido». Hay ruidos que solo necesitan algo de tiempo para que la armonía encerrada en ellos sea entendida. Mozart componía cuartetos que sus contemporáneos definían como «gritos de un ganso». Décadas después, Brahms decía que le hubiera gustado componer «tan limpiamente como Mozart» pero que «no podía». En realidad, los dos eran muy «aseados»: el ruido no estaba en sus músicas sino en la cabeza de los oyentes incapaces de estructurar la información. Es cuestión de experiencia y formación: una mente cultivada y, a la vez, abierta siempre puede distinguir un «ruido bueno» de uno «malo».
Por desgracia, no siempre puedo elegir los programas que dirijo: si admites ser pagado, pierdes la libertad y empiezas a justificar tus actos a partir de la necesidad. Es una definición clásica del meretricio, y me abruma el hecho de haber caído tan bajo. Si, pese a todo, interpreto acertadamente estas obras —las que no hubiera dirigido gratis— solo potencio la sensación de haberme prostituido porque hago disfrutar al otro haciendo, por el mero hecho de haberlo cobrado, algo que no me gusta… Hace años, cuando yo todavía no era tan políticamente correcto, se me acercó un compositor durante el ensayo de su obra: «Maestro, creo que el clarinete no había tocado el si bemol». Entonces le contesté: «Querido compositor, no solamente sé cuáles son las notas que le han faltado al clarinete sino todas y cada una de las notas que le sobran a su obra». No oculté que mi orgasmo estaba fingido… Pero ahora prefiero una postura algo más quijotesca: me he convencido de que creo creer en que me gusta dirigir cualquier cosa…
—Si lo quijotesco y lo soviético tienen tanto que ver, ¿te atreves a dar un paso más y afirmar que este paralelismo es extrapolable a cualquier otro régimen dictatorial?
—La justificación ideológica del régimen soviético es quijotesca pero no puede decirse lo mismo sobre sus pilares políticos y económicos.
Yo entiendo las revoluciones sociales de la siguiente manera: los que ostentan el poder de facto quieren convertirlo en el poder de jure y necesitan fuerza bruta para hacerlo. En Rusia, antes de 1917, el poder político (y el opresivo) estaba en manos de la gente culta y bien formada pero poco significativa desde el punto de vista económico. Por su parte, la élite económica quería formar parte de la élite política. Mientras tanto, la mayoría del pueblo vivía alejada de estas pasiones y había que atraerla hacia el lado «pujante». Como suele ocurrir en estos casos, la poesía ayudó a inclinar la balanza. El «Manifiesto del Partido Comunista» de Marx y Engels, junto al «Materialismo y Empiriocriticismo» de Lenin, son obras de gran carga poético-musical (la parte ética no tiene importancia para este análisis). No es casualidad que varios pasajes de estos textos se parafraseasen por los políticos actuales de cualquier tendencia, poniendo en evidencia que el valor y la fuerza de la oratoria no tienen nada que ver con el sentido de las palabras. El pueblo en su conjunto es un ser intuitivo y no le importan las apariencias; le importa la llamada a la acción (la sustancia de la poesía) y no tanto el sentido de la acción (el contenido superficial expresado verbalmente). Lo puso de manifiesto aquella campesina rusa que, preguntada por el eminente paisajista Ivan Shishkin si le gustaba un panorama pintado por él, dijo que sí. Y cuando el ingenuo pintor preguntó: «¿Y que ves, mujerona, en este cuadro?», respondió: «Padrecito señor mío, veo las llamas del infierno…». Es decir, la ignorante campesina veía más en profundidad que el artista.
Suele ocurrir… La gente percibe el impulso de hacer algo y el líder solo tiene que orientar el movimiento en la dirección que le interesa para lograr el objetivo buscado.«¡Maldad, ya estás en pie! ¡Es hora de decidir tu rumbo!»,exclama Antonio, según Shakespeare, tras pronunciar una serie de artísticos monólogos ante los ciudadanos romanos.Ahora y siempre, para dirigir a las masas, nunca ha importadola direccionalidad de la pasión sino su intensidad.
De este modo, controlando el manantial de sufrimiento y delirio, el alicaído pero hábil imperio soviético transformó su desplome en un ocaso infinitamente postergado. Ha sido la última lacerante fase de una agotadora transición revolucionaria —la más larga en la historia moderna— que comienza tímidamente con la abolición de la esclavitud en 1861; arrebata definitivamente el poder a sus antiguos dueños en el mes de febrero de 1917 pero no lo entrega a sus eternos pretendientes hasta 1991.
En este sentido, la obra de Cervantes no tiene tanta carga poética como las mejores epístolas del sanguinario Lenin, pero es la que mejor describe el prototipo conductual de los abanderados de cualquier sacudida social europea. Mediante la verdadera admiración o el descarado cinismo, uno tiene que emular a don Quijote para llegar a la cumbre. De este modo, la política se asemeja al arte al mismo tiempo que se aprovecha de él.
—Me equivoco o, realmente, eres muy pesimista…
—No. No lo soy porque uno no puede postularse optimista o pesimista respecto a la realidad. Optimismo y pesimismo, indistintamente, son las exteriorizaciones de un desequilibrio interno. En dosis pequeñas, pueden ser beneficiosos porque favorecen la evolución pero en dosis grandes —confianza y amargura enfermizas— solo llevan a las revoluciones que son fuente de muchas desgracias. Por eso, acepto la realidad y soy neutro en el trato emocional con ella. De lo contrario, sería un don Quijote.
—Entonces, no te ves un provocador ni agitador…
—Me hubiera gustado que la sociedad involucionara para poder disfrutar de su autenticidad. Pero no quiero pasar la vida lamentándome de la época actual. Además—y es lo peor—, el hecho de haber involucionado no habría borrado el recuerdo de nuestra deshumanizada condición actual.
— ¿Y si se desequilibra el pueblo? ¿Si se vuelve demasiado optimista y… quiere cambiar el orden de las cosas?
— ¿Qué tiene que hacer uno si se enfrenta a una locura colectiva? ¿Dejarse llevar por las mareas de pleamar como sugiere Shakespeare por boca de Julio César; «resistir a cualquier precio» aconsejado por Goebbels o huir a la manera de don Quijote? Los triunviratos, sean romanos o bolcheviques, encumbrados por la irracional espuma colectiva acaban ahogados en su propia sangre. El chispeante pregonero del «Sturm und Drang» nacionalsocialista se ve obligado a transigir con su propio ocaso. Don Quijote encuentra el sentido esencial de la vida… perdiéndolo. No hay forma de acertar cuando se tiene que elegir entre el oportunismo pragmático, la bravuconería estoicista y la mentira autocomplaciente. Una elegante solución a este dilema fue hallado por un célebre financiero húngaro: soñaba con ser pianista pero se dedicó a la especulación; decía que su corazón estaba en el Este pero prefería guardar su dinero en el Oeste…
— ¿Merece la pena ir tan lejos? Acaso en la música ¿no hay fenómenos quijotescos?
—El descubrimiento de Cervantes es de carácter universal. Claro que hay quijotismo en la música a todos los niveles: compositor-intérprete-investigador. Pensemos, por ejemplo, en los apologistas —en exclusiva— de la música antigua (o de la ultramoderna). Estoy convencido de que tal enamoramiento es una cosa tan enfermiza como la pasión de don Quijote por Dulcinea: uno elige el objetivo —que puede ser Dulcinea o un determinado estilo musical— y lo convierte en su modo de vivir, de mamar la vida. Pero es una obsesión castrante que no da fruto más allá de la simple perpetuación e hipertrofia de un falso sentimiento. Si uno estudia una gota de agua, acaba sabiendo casi todo sobre el agua y aun así no puede imaginar lo que le depara el océano. Lo mismo ocurre en la interpretación: un músico especializado aporta las mejores soluciones; y esto es loable siempre y cuando no se convierta en un modo de vivir fanático y cínico que únicamente sirve para llegar a la cumbre…
—De verdad, ¿crees que el quijotismo es una especie de cinismo interesado?
—No tiene ningún sentido hablar sobre el cinismo del personaje cervantino como tal. Esto implicaría reducir el contenido de la obra a sus fútiles apariencias. Sin embargo, todos los que emulan a don Quijote, no hacen más que copiar estas apariencias sin entrar en la sustancia extraverbal que llena de contenido moral a un personaje que, por la propia naturaleza del arte, es amoral. En lo extraverbal está la salvación para el ingenioso hidalgo y quiero creer que este fue el plan oculto de Cervantes (acabo de caer en una típica trampa quijotesca). Pero jamás habrá salvación para los imitadores porque su motivación para copiar al caballero es cínica en los mismísimos orígenes.
Yo siempre he creído que la música, en cualquiera de sus campos, es una ciencia exacta. Al menos, sé que su aparato probatorio necesita menos suposiciones condicionadas que él de la física. En la música podemos afirmar. Para eso no hace falta pasión sino la lógica, que es, en esencia, el constituyente principal de la cultura, incluida la cultura musical.
Lo que estoy a punto de decir no va a gustar a los que reducen el arte a las sensaciones. Creo que existe una única interpretación inapelable y ejecutoria de una obra musical para un lugar y momento determinados. En el grado de alejamiento de este ideal —sin perder un nivel mínimo de calidad— está la individualidad del artista. Es decir, la individualidad es equiparable a la profundidad del error. Por eso, la individualidad es tan humana: es sinónimo de la imperfección psíquica, mental y fisiológica.
El ideal no es una fantasía. Es una concreción del absoluto, mientras que la fantasía, en el mejor de los casos, es nuestra idea sobre el ideal. Dulcinea fue una fantasía, una interpretación muy enfermiza del ideal.
No me gustan los artistas que dicen que se puede interpretar una determinada obra de esta o de aquella otra manera. Claro que se puede pero el problema no está en ¿cómo se puede? sino en ¿cómo se debe? Si nos situamos en el terreno de los «se puede», las Dulcineas se multiplican y surgen esos cínicos quijotudos que se obsesionan con sus teorías y, a la vez, cogen muchos peces en aguas revueltas.
La arbitrariedad o su total ausencia son fantasías que constituyen el terreno abonado para el cinismo (si la condición moral de los fantaseadores no lo impide). Cuando se difumina la conciencia del absoluto, los liberalismos totalitarios y los totalitarismo liberales se hacen la misma cosa: un vacío ensoberbecido que, ante su inevitable fracaso, se convierte en una religión ad hoc. Es así en la ciencia, en la política y en la música.
—Te vas por las ramas… ¿Don Quijote, sí, o don Quijote, no?
—Cuando uno vive acosado por los emuladores del Quijote, no cabe ninguna empatía con este personaje. Al igual que los locos benditos —verdaderos o falsos—, los ingeniosos caballeros —verdaderos o falsos— son invencibles: cualquier intento de desenmascararles se vuelve en contra de la persona que haya tenido tal osadía. Sin quererlo, el atacante se convierte en un ser tan quijotesco como el objeto de sus ataques.
Por eso, como otros tantos representantes de la última generación soviética, me estoy dando cuenta de que mi incapacidad de aceptar el régimen surgido en 1991 —en el que el hombre es un elemento insignificante, subyugado a unos intereses económicos ajenos— me ha aquijotado. El país fue entregado a los yuródivy y nos enfrentamos desesperadamente a esta poderosa y triunfante plaga. La vieja «inteliguentcia» se ha dispersado y la nueva no acaba de brotar. Los que quedamos, nos hemos vuelto unos nostálgicos portadores de la idea del deber social, fundida con la tradición «inteliguentista» decimonónica y sazonada con la obsesión por la causa. Una mezcla romántica, hermosa y —probablemente— carente de sentido en el actual inhóspito e inseguro mundo. _
Resulta llamativo que un pensador político de la trascendencia de sir Edward Coke (1552-1634) apenas haya sido objeto de monografías o de estudios sistemáticos en lengua española. No hay que olvidar que Coke se encuentra entre los poquísimos autores que merecieron ser citados por Thomas Hobbes en su célebre Leviathan. Eso sí, Coke representó para Hobbes la abominable encarnación teórica de una especie de parlamentarismo monárquico mixto —desde las antiguas ideas del «Rey en Parlamento» y del «imperio de la ley»— y, por tanto, comparece en su obra como uno de los principales antagonistas de su colosal absolutismo. En efecto, el legado de Coke suponía una vigorosa defensa de aquella tradición intelectual que, sin rechazar la monarquía combatió sus veleidades absolutistas, estableciendo sus justos límites desde la invocación de principios ético-jurídicos basados en el derecho (natural y consuetudinario), la razón y las libertades constitucionales y políticas. Una tradición que para Coke pervivía encarnada desde antaño en los viejos principios y costumbres del constitucionalismo histórico inglés y que se manifestaba a través de su common law. De hecho, su audaz defensa en vida de estos principios, en su calidad de «Attorney General» y sobre todo como juez de altos tribunales, frente al absolutista rey Jacobo, o a su sucesor, le valieron muy diversos sinsabores, como la reclusión temporal en la Torre de Londres, o que su obra fuera prohibida por un Carlos I temeroso de que Coke fuera «celebrado en exceso como un oráculo entre el pueblo». No es extraño que el legado intelectual de Coke encontrase resonancias posteriores en autores como Blackstone, Burke, Montesquieu, Locke, o en diversos padres fundadores de los Estados Unidos, como Adams o Jefferson (tal y como expone el autor en su capítulo final).
Con esta obra, escrita con rigor y estilo límpido, el profesor Elio Gallego ha llenado un hueco vergonzante dentro de la bibliografía española sobre historia de las ideas políticas. Pero con ella, su autor no ha tratado simplemente de diseccionarnos el pensamiento de este paladín de lo que podríamos llamar imperio mixto de la ley como si se tratara de un objeto arqueológico de museo. Por el contrario, el autor ha procurado introducirse en las ideas de Coke desde dentro para mostrarnos su pensamiento como algo aún vivo y recuperable, en muchos aspectos. Algo semejante a lo que el profesor Gallego ya hiciera en su ensayo dedicado al análisis del régimen mixto de gobierno como constante de la historia del pensamiento político (Sabiduría clásica y libertad política, Ciudadela, 2009). Se trata por tanto de dos ensayos conectados temática y metodológicamente.
La obra que reseñamos comienza introduciéndonos a Coke y su pensamiento en el contexto histórico-intelectual inglés de la época para posteriormente adentrarse en las diversas facetas de su pensamiento jurídico-político. En este sentido, realiza un diálogo crítico respecto a una de las interpretaciones obligadas sobre Coke, la de John Pocock. Este maestro de la «Escuela de Cambridge» dedicó una parte importante de su ya clásica obra The Ancient Constitution and the Feudal Law —traducida recientemente por Tecnos— a interpretar el pensamiento de Coke. Sin embargo, el profesor Gallego advierte, a mi juicio certeramente, ciertas carencias interpretativas de Pocock sobre el pensador inglés. En este sentido, la referencia a la cuestión de la «Constitución Antigua» o «Constitución Histórica» es otra de las constantes del libro, puesto que en Coke encontramos a quien seguramente fue su principal exponente anglosajón. Aunque, estando dirigido este libro al lector español quizá se eche en falta en este punto alguna referencia significativa a la teoría de la Constitución Histórica de España. Como es sabido, esta doctrina veteroconstitucional, que aparece ya prefigurada en la obra de Juan Mariana, eclosiona posteriormente en la época de los debates histórico-políticos previos a la Constitución de Cádiz, por autores como Jovellanos o Martínez Marina, y aún más tarde la esgrimen muy diversos autores, como Martínez de la Rosa o Cánovas (quien la asumió bajo la denominación de «Constitución interna» de España).
Por lo demás, el grueso del libro está dedicado a exponer la filosofía jurídico-política de Coke desde la peculiar confluencia que desarrolla en torno a las ideas de razón, autoridad, ley natural y tradición. Posteriormente, desde los capítulos cinco a siete, el análisis se adentra en el corazón del pensamiento cokeano: el common law, la Constitución antigua y la importancia de la jurisprudencia como lugar natural de la ley frente al eventual voluntarismo monárquico —o incluso parlamentarista—. El punto de conexión entre estos tres elementos gravitará en torno a la necesidad de un gobierno mixto, como el que caracterizó desde antiguo a la estructura gubernamental inglesa: rey, cámara alta o de los lores, cámara baja o de los comunes. Podemos reconocer, por tanto, en Coke a un adelantado con sus ideas, pero también con su propia vida y profesión jurídica, de la doctrina de la división de poderes, que posteriormente popularizó Montesquieu.
La obra añade asimismo un interesante «regalo» en su apéndice, se trata de la selección de una serie de máximas jurídicas latinas que Coke —desde su doble faceta de pensador y jurista— fue acuñando y que el autor se ha preocupado de rescatar y traducir, como, por ejemplo: Justitia est virtus excellens et Altissimo complacens.
Decía Ortega que había libros que nunca deberían haberse escrito y en todo caso jamás publicarse. No es precisamente el caso de este volumen que el profesor Cuenca Toribio, de reconocida admiración por el maestro y fundador de la llamada Escuela de Madrid, añade a su ya muy extensa bibliografía.
El autor, historiador de vocación y profesión, no ha logrado sustraerse a la tentación de tantos grandes de la Historia que, generalmente con una larga carrera a sus espaldas, acaban haciendo filosofía de la historia o quizá «historiología» en el sentido orteguiano del análisis evolutivo de la convivencia entre ciudadanos y sustentadores de poder político que hace Ortega en sus comentarios a la filosofía de Hegel llevada a cabo en 1928, lo que le valió al maestro madrileño el apelativo de «El Meditador» por parte de su entusiasta discípula María Luisa Caturla.
El profesor Cuenca empieza diciendo que se trata de un «libro modesto y pequeño». Personalmente se me antoja de lo mejor de su extensa obra. Libro de reflexión que pone al descubierto muchas y variadas lecturas, con apenas notas aclaratorias, ya que no se trata de un trabajo de investigación histórica sino de especulación intelectual sobre la Historia y los eventos que le dan cuerpo a lo largo del siglo XX. Pero, además, el texto se me antoja como una especie de autoconfesión intelectual en la que el autor va exponiendo sus puntos de vista sobre los temas cruciales de esta centuria recién agotada.
Importante de fondo y muy propio del autor en la forma. En cuanto al primero, pasa de temas concretos que han sido objeto de análisis profundos y brillantes, amén de documentados en temas de su especialidad que abarca más de ochenta títulos, a planteamientos más generales y universales. De la historia cotidiana y en algunos caso de temas más o menos domésticos a la «general historia» que dirían los clásicos. En cuanto a la forma, responde a la brillantez a que nos tiene acostumbrados. El profesor Cuenca tiene una rara habilidad para dar a luz una terminología novedosa al mismo tiempo que complicada, consecuencia de su afición por transformar los verbos en sustantivos y sustantivar las formas verbales, lo que le convierte en un brillante «hacedor» de palabras.
El texto consta de una breve introducción seguida de cuatro capítulos y un epílogo. El primero de ellos tiene una clara impronta de clarificación metodológica. Constata que la filosofía ha dado paso a la sociología y esta a su vez a la economía. Ha sido una constante en la evolución histórica. No podemos olvidar que, en su día, la filosofía al desplazar a la teología dio paso al antropocentrismo. En este capítulo inicial destaca la importancia del crecimiento demográfico como factor de riqueza y poder, el problema de la natalidad en todos los países del mundo y su prospección sobre el futuro poblacional del tercer milenio. Respeto casi reverencial por la demografía como factor condicionante de la evolución histórica en línea con lo expuesto en su día por Octavio Paz, a quien cita en la obra. El tema de las migraciones como consecuencia de conflictos bélicos, aparición de nuevas fronteras o por razones económicas, con su consiguiente efecto de traslados de población, preocupa al autor, al igual que el efecto de las llamadas políticas anticoncepcionistas.
El segundo capítulo tiene un rótulo muy sugerente: «Del cambio inmóvil al cambio acelerado». Me trae a la memoria algunas de las mejores páginas del profesor Díez del Corral sobre el cambio de milenio y el futuro de Europa. Es un análisis de la política internacional seguida en casi todos los grandes países del mundo. Del Reino Unido a la Alemania del káiser Guillermo. De la Tercera República Francesa a la configuración de Italia como gran potencia cuando acaba de nacer a finales del XIX como nueva potencia. También el análisis mitad político y mitad sociológico de la nueva Rusia soviética. El capítulo se vertebra sobre los requisitos para el establecimiento de una sociedad democrática que sustituye el icono de la libertad y el progreso, en el modelo de Turgot como «tranvía de la libertad», tan propios del siglo XIX, hasta la ensoñación democrática que un día soñara Tocqueville y que se convierte en el gran icono sociopolítico del siglo XX. Muy destacable, en mi opinión, es el análisis de mentalidades que expone de los países europeos, de modo especial España, Francia e Inglaterra. Me recuerda a Madariaga y Jover. Destaca con razón el carácter britanizante de Alfonso XIII. No en balde es conocida la frase de S.M. sobre que en España «solo yo y la canalla admiramos a Inglaterra». Y la impronta humanista que recorre toda la historia de la Europa occidental avalada por su creación del movimiento constitucional y sus previas Declaraciones de Derechos que le han dado un puesto privilegiado en la historia de la cultura, aunque como señala el autor el futuro es para las potencias emergentes. Una vez más la Europa raptada en este caso por los nuevos pueblos en lugar del viejo cíclope del conocido rapto tan magistralmente interpretado por Díez del Corral desde el punto de vista histórico.
Trata de la socialdemocracia europea con su evidente deriva parecida a la que experimenta el viejo liberalismo incapaz de llevar a sus últimas consecuencias las aportaciones de Thomas Green y el revisionismo de la Escuela de Oxford. Aunque nada dice al respecto, sospecho que el profesor Cuenca sigue soñando con la vieja fórmula ya prevista por nuestro Larraz del encuentro en la meta final de las dos grandes revoluciones de la historia en el ámbito sociopolítico. El libro se estructura en este capítulo como un gran tablero de ajedrez intelectual cuyos cuadros estuvieran ocupados por los distintos países del mundo y cuyas piezas de juego fueran los grandes libros que han intentado explicar el devenir de esos pueblos. Explicarse desde la llegada de las Trades Union y su partido laborista al poder a principios del siglo XX hasta la caída del comunismo e incluso la «primavera árabe» en la búsqueda incesante de una democracia formal apoyada en el sufragio universal, con la aceptación de las tesis feministas desde la famosa Declaración de Séneca de 1849 hasta la pujanza de los movimientos feministas en nuestros días.
El tercer capítulo analiza el papel del socialismo en el siglo XX. Señala el proceso revisionista del socialismo en la misma línea del revisionismo liberal. Las dos grandes ideologías dominantes deciden su adecuación y adaptación a los nuevos tiempos. Es el momento de la irrupción en la teoría y praxis política del socialismo democrático y el liberalismo solidario, que se configuran como el dato más relevante desde el punto de vista ideológico del siglo XX, especialmente tras la victoria aliada en 1945. Por cierto, el autor, que destaca de forma especial este hecho, guarda silencio acerca de un fenómeno de gran impacto que le acompaña: la irrupción tecnocrática paralelamente a la filosofía que postula el ocaso de las ideologías que remontándose a Bacon llega a Daniel Bell pasando por la vía interpretativa de Marx, Scheler, Khun, Meynaud, Aron, Mannheim o Shils. Por supuesto, nada dice de España y del papel que representan Fernández de la Mora y, en sentido contrario, Gómez de Aranda, a pesar de su influjo en la vida política española desde el principio de los cincuenta a la llegada de la transición. Tampoco menciona nada respecto al rol de las «élites» en la evolución del siglo XX en todos los terrenos, lo que extraña en un autor que admira a Ortega, al que cita en varias ocasiones. Me reafirmo en que estamos ante el ejercicio de un catedrático de Moderna y Contemporánea, número uno del escalafón administrativo, que lleva a cabo un análisis de la política europea desde Lisboa a los Urales, con especial atención también al fenómeno japonés en el ámbito de una historia de las mentalidades y las ideologías, nada descriptiva según la antigua usanza. Su análisis y admiración por Weimar y todo lo que ello representaba política y constitucionalmente en la Europa de entreguerras podía haber sido completado con la valoración de su epígono español —la Constitución de 1931—, objeto de admiración para todos los juristas de la época, de modo especial para Mirkine-Guetzevich.
En su análisis del socialismo en general el autor destaca las posiciones del PSOE, desde el acta parlamentaria de Pablo Iglesias en 1910, cuatro años después que en la Gran Bretaña, hasta el papel jugado con el advenimiento de la Segunda República. Muy interesante su opinión acerca del «germen escisionista» que es parte intrínseca del alma del socialismo español y que permanece desde su nacimiento hasta la actualidad. Quizá en este germen está la explicación de algunos los problemas de la política española reciente e incluso actual.
El cuarto y último capítulo trata del nacionalismo como uno de los fenómenos relevantes del siglo XX. Discutible su tesis sobre el origen del nacionalismo español y muy certera su visión de la impronta del nacionalismo alemán como inspirador del aventurismo militar que desencadenó la guerra del 39 al 45. Su visión de la traslación del nacionalismo, producto cultural y político típicamente europeo, al llamado tercer mundo, incide en la línea ya destacada por Miguel Herrero en su lejana tesis doctoral. A lo largo de este denso capítulo se ve la mano del avezado y veterano profesor de Contemporánea que se superpone sobre el modernista en un admirable trabajo de síntesis y exposición de las corrientes evolutivas que tienen lugar en la centuria decimonónica, a la que llama « el siglo de hierro», denominación que ya aplicó al XVII el historiador Kamen.
El epílogo pone el punto final de esta obra. Es una especie de canto funerario sobre el declinar de Europa. Cierra un libro que se inicia con un prólogo introductorio muy breve y termina con unas líneas aclaratorias y siempre enriquecedoras. Hay libros de prólogos y epílogos. En este destaca el final porque en sus páginas desemboca la interna racionalidad de los capítulos precedentes. El lector puede adivinar la exposición anterior si empieza por el final o imaginar el final si abre por el principio. En mi opinión y, quizá por deformación profesional, tengo la certeza de encontrarnos ante un magnífico libro de lectura reposada y también de texto, páginas de manual y consulta para estudiantes de la Historia Universal del siglo XX, contemplada desde el análisis de las mentalidades que en esta centuria alcanzan su máximo desarrollo. Creo que es especialmente recomendable para alumnos de periodismo, así como para las personas ávidas de conocer las claves interpretativas de la centuria pasada.
El último libro de Manuel Ramírez Jiménez, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza, lleva a cabo un repaso a lo largo de algunos de los personajes y de los momentos clave de la España del pasado siglo. En una época de superproducción literaria, se trata de una obra que demuestra a la perfección la verdad que encerraba aquel adagio de Gracián acerca de la bondad de lo breve.
El libro se divide en dos partes, identificables desde su mismo título. En la primera de ellas —«Cuatro voces»—, Manuel Ramírez lleva a cabo semblanzas y etopeyas de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, José Antonio Primo de Rivera y Manuel Azaña, acompañadas de un texto representativo de cada uno. Cuatro actores políticos —e intelectuales, algunos de ellos— que representaron cuatro formas de acercarse a la realidad de su tiempo y de construirla, ya que sin estos nombres no se entiende la historia del primer tercio del siglo XX español.
La voz unamuniana es la voz de la duda, de la lucha, de la agonía, en definitiva, término tan del gusto del pensador vasco. Es la postura de quien anduvo siempre buscando una postura en la que sentirse cómodo, la actitud de quien nunca calló cuando pensaba que uno no podía quedarse callado.
La de Ortega es, para Ramírez, «la voz estética de la afirmación». Y hemos de admitir que la alusión a lo estético podría haber acompañado, igualmente, a algún otro de los personajes aquí tratados; sin embargo, cuando el autor hace referencia a la estética lo hace tras aclarar que la orteguiana es quizás la voz más difícil de catalogar, habida cuenta del número ingente de páginas que dejó escritas el filósofo. La estética de Ortega es la estética de los primeros años del siglo XX, tan alentada, por otra parte, por él mismo desde sus diversas empresas culturales. Y es la voz de un liberal neto, en un momento histórico en el que el liberalismo iba siendo cada vez —y de esta característica estuvo más lejos Ortega— más claramente democrático.
Primo de Rivera introduce en el discurso político, como sagazmente señala el profesor Ramírez, el elemento poético. La historia nos ha enseñado en repetidas ocasiones que la poesía merece un lugar separado y mejor ventilado que los cargados ambientes que se respiran en los cuartos de la política y que el matrimonio entre poesía y política termina por ser un matrimonio mal avenido, cuya existencia arrastra enojosas consecuencias para todos. José Antonio Primo de Rivera representa la versión uniformada e hispánica de la crisis del parlamentarismo, diagnosticada por Carl Schmitt.
Es la de Manuel Azaña la voz herida que sufre por la República y su destino, por su República, como señala Manuel Ramírez. Fue la obra de su vida y el edificio a cuyo desmoronamiento hubo de asistir antes de morir.
La segunda parte del libro lleva por título «Y dos fechas cruciales». Esas dos fechas son el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936: dos momentos históricos que trascienden lo fortuito del calendario para convertirse en dos estilos, en dos formas de entender la vida y de estar en el mundo.
No es casualidad, ni mucho menos, que los trabajos del profesor Ramírez fueran pioneros en España en el tratamiento del relevante tema de la socialización llevada a cabo por los distintos regímenes políticos. Las dos fechas tratadas llevaron implícita una carga de valores y cosmovisiones que, directamente o a través del recuerdo, fueron configurando dos formas muy distintas de ser y estar en términos políticos.
Es de destacar que el análisis de estas dos fechas decisivas es llevado a cabo a través de una disección certera, tras la cual el autor coloca ante nuestros ojos los elementos definitorios fundamentales de las mismas. De este modo, y a través del procedimiento de la enumeración, podemos conocer las características esenciales que rodearon tanto la mentalidad del 14 de abril como la del 18 de julio.
No es el presente un ensayo exhaustivo acerca de los temas que en él se dan cita, sino que se trata de un libro de pinceladas, de sugerencias, de recuerdos oportunos para unos y de invitaciones a una mayor profundización para otros. Y esto es así porque, recorriendo las reflexiones del profesor Manuel Ramírez, disfrutará, recordará y asentará conocimientos quien, por edad o estudio, estuviese familiarizado con el objeto de estas páginas, pero también porque estas constituyen sin duda una magnífica toma de contacto para aquel público —pienso en los estudiantes, principalmente— que se acerque a este periodo de nuestra historia por vez primera.
Se trata de una obra escrita sin la tiranía de la cita y los aparatos bibliográficos, sino con el bagaje acumulado de años y lecturas y con la voluntad de pedagogía cívica que ha acompañado a buena parte de los escritos del autor.
Cuatro voces y dos fechas en la España del siglo XX destaca, en mi opinión, por la libertad y la originalidad del prisma desde el que se abordan los distintos objetos de estudio, así como por una meditada voluntad de estilo, que hace de su lectura una fuente de sabiduría y de goce.
Escribir sobre Kierkegaard no es una tarea fácil: uno debería sentir la tentación de dejar que Kierkegaard —un ingenio retórico y estilístico— hablara directamente en sus innumerables juegos o podría también ser víctima de sus ironías, incapaz, por tanto, de captar lo que realmente el pensador danés quiso transmitir. De ahí que solo pueda llevar a cabo una introducción a su pensamiento quien haya frecuentado con asiduidad amistosa al autor de Temor y temblor. Esta familiaridad se nota en este ensayo de Carlos Goñi, experto en Kierkegaard, que ha sabido transmitir sin traiciones las claves de la filosofía kierkegaardiana.
Goñi explica a Kierkegaard cronológicamente, tomando siempre como punto de partida todas y cada una de sus obras. Se agradece este punto de vista porque aclara la génesis de los diversos conceptos y el alumbramiento temporal de sus ideas, y también porque hace posible una lectura —o consulta— más concreta de sus diversos ensayos. Por otro lado, la gran aportación de Goñi ha sido destacar, nuevamente, la vigencia de una forma de pensar que, a pesar de los años transcurridos, sigue teniendo la misma fuerza: como afirma el propio autor, Kierkegaard sigue hoy día dirigiéndonos sus impertinencias, incomodando nuestras seguridades más íntimas.
Lo más molesto para el lector de hoy puede ser la exigencia kierkegaardiana de compromiso. El panorama filosófico contemporáneo no resulta muy existencial: las modas filosóficas, si es que tienen algún sentido vital, pueden acomodar comportamientos o instalar determinadas imposturas, pero son resistentes, demasiado resistentes, a remover existencialmente al individuo. Hay, pues, cierta divergencia entre la verdad y su vivencia; de hecho, es como si el hombre democrático fuera consciente de la necesidad de renunciar a sus principios, a sus convicciones más íntimas, en su aparición pública.
A esta esquizofrenia quiso enfrentarse Kierkegaard, lo que le exigió mucho, también desde el punto de vista personal. Y no solo hay que aludir a la ruptura de su compromiso con Regina Olsen, sino también a las insidias y la ridiculización de las que fue objeto. Él pudo soportar todo ello con la jocosa serenidad de su pluma y con el juego de sus disfraces, consciente de que tenía una misión más alta a la que servir con honestidad y sin componendas.
Junto con la actualidad de su pensamiento, el acierto de esta magnífica introducción a la vida y obra del pensador danés es resaltar algunos aspectos que en muchas más ocasiones de las deseables han sido olvidados. Es l que ocurre con sus reflexiones sobre el amor, por ejemplo, o con las disquisiciones que aparecen en sus diarios —desgraciadamente, en castellano no contamos con una traducción completa de los mismos—. Además Goñi hace algo que, para ser sinceros, solo está al alcance de los mejores conocedores de la obra del danés: aventura hacia dónde podría haber dirigido Kierkegaard sus pasos en caso de haber vivido un poco más de tiempo, el suficiente como para completar constructivamente su obra crítica.
El filósofo impertinente es, en definitiva, un buen homenaje a Kierkegaard en el aniversario de su nacimiento y una invitación brillante a familiarizarse con la terminología y los motivos de este filósofo tan incómodo, pero tan profundo, para el hombre de hoy. _