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Ver productosNatalia Menéndez, directora del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, ha destacado la obra Tomás Moro como una de las grandes apuestas del programa de este año. La representará la compañía de la Fundación UNIR (Universidad Internacional de La Rioja) del 5 al 7 de julio.
Tomás Moro se podrá ver en el peculiar espacio que forma la Plaza de Santo Domingo de la ciudad manchega. Será la obra de Shakespeare en la versión de Ignacio García May y bajo la dirección de Tamzin Townsend.
Este año, según ha recordado Menéndez, el XXXVI Festival Internacional de Teatro de Almagro lleva el lema El color de los clásicos y ha contado con un presupuesto de 1,2 millones de euros, un 6,72% menos que en 2012. Aun así, según ha subrayado el secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, durante la presentación del festival esta mañana en Madrid, Menéndez ha sabido hacer «más con menos», de tal modo que habrá 98 representaciones a cargo de 44 compañías, de las cuales 17 serán estrenos absolutos, uno de ellos, y muy singular, el Tomás Moro de UNIR.
Alemania es el país invitado de honor. Precisamente el XIII Premio Corral de Comedias recae en la alemana Schaubühne, a la que Menéndez ha calificado de «compañía pilar del teatro occidental, referente y guía de la dramaturgia contemporánea, así como maestra en aunar las distintas artes dentro del teatro». Con la entrega de ese galardón, el 4 de julio, el festival quedará inaugurado. Durará hasta el 28 del mismo mes.
Habrá también un homenajeado, que en este ocasión será Ángel Fernández Montesinos, «maestro de la dirección escénica, amante de la música y director de múltiples zarzuelas y musicales».
El precio de las entradas oscilará entre los 4 y los 27 euros, con descuentos del 50% el día del espectador y del 40% para menores de 21 años, mayores de 65 y, por primera vez, para desempleados.
Javier de Felipe es jefe del departamento de Neurobiología Funcional y de Sistemas del Instituto Cajal (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). En esta entrevista nos habla del plan del presidente Obama, que ha lanzado a su país a la conquista de los misterios del cerebro humano.
De Felipe es un investigador especialista en Microorganización de la Corteza Cerebral Normal y Alteraciones de los Circuitos. Pero no se preocupa solo por los aspectos meramentos técnicos de su campo. Es de los que reflexiona también sobre “lo especial de la neocorteza humana”, “en qué se diferencia de la de otras especies”, “por qué lo bello es percibido solo por los seres humanos” y “por qué el arte nos proporciona placer mental”, entre otros asuntos.
-¿Qué le parece la iniciativa del presidente Obama para descifrar el enigma del cerebro, el proyecto Investigación del Cerebro a través de Neurotecnologías Innovadoras Avanzadas (Brain)?
-Todo lo que sea añadir esfuerzos para el estudio del cerebro será bienvenido. El proyecto que ha aprobado recientemente Obama es “más pequeño” incluso que el Human Brain Project, que es la apuesta de Europa, mil millones de euros para los próximos diez años.
-¿Por qué no se aúnan los planes de EE.UU. y de Europa?
-El Brain, el proyecto estadounidense, incluye a animales de experimentación y a humanos, y en el Human Brain Project solo se trabaja con cerebros de ratón y de hombre. Yo personalmente colaboro con Rafael Yuste, que representa a un grupo de científicos que se ha propuesto trazar el mapa de actividad cerebral en diversas especies, para que luego en los Estados Unidos los científicos puedan seguir solicitando dinero para hacer estudios. El de Yuste es uno de los grandes proyectos que hay ahora. El cerebro es el gran desconocido. Nunca vamos a conocer ni vamos a poder combatir de forma eficaz enfermedades neurológica graves, como el Alzheimer, la epilepsia, o el Parkinson, si no conocemos en detalle el cerebro. Los políticos se dan cada vez más cuenta de que es importante desarrollar grandes proyectos de larga duración, porque muchas veces, cuando estás en el segundo año (normalmente los proyectos son de dos o tres años), en medio de una investigación muy prometedora, de repente se acaba la financiación y no puedes seguir. Nos pasamos muchísimo tiempo con la solicitud de proyectos. Lo bueno del Brain, y del Human Project, además, es que colaboramos muchos grupos de investigación, y el cerebro se analiza desde muchos puntos de vista.
-¿Cabe dar esperanza, basada en el plan de Obama, a personas afectadas del autismo o del Alzheimer, por ejemplo?
-Los avances que hay, de un año para otro, son espectaculares, y en ese sentido yo soy muy optimista.
–Pero imagino que hay ya miles de buenos científicos estudiando desde hace mucho tiempo el autismo, y los resultados prácticos son nulos.
-Sí, y no solo eso. ¿Qué es lo que lo que nos hace ser humanos? Nosotros tenemos una neocorteza como la de un perro o la de un macaco, pero ¿qué nos hace ser humanos? Tampoco sabemos cuántas células hay en el cerebro humano, hay estimaciones, ni las conexiones, hay extrapolaciones de datos. Desconocemos nuestro cerebro. Es un gran desconocido. De ahí que surjan estos grandes proyectos. Estamos en unos momentos de la neurociencia con unos avances técnicos increíbles, yo he vivido varios momentos, en mi carrera científica, en los que ha habido un antes y un después. Por ejemplo, estar limitados técnicamente para estudiar un aspecto del cerebro que creíamos que era insalvable, y, de repente, aparece un método o un avance técnico nuevo que resuelve el asunto, de la noche a la mañana. Yo tengo aquí una máquina, un microscopio nuevo, que me permite hacer reconstrucciones trimensionales del cerebro a nivel ultraestructural, de las conexiones sinápticas del cerebro humano, y eso hasta hace dos años no existía.
-O sea, que una de las claves de este proyecto va por el desarrollo técnico.
-Sí, sí, sí. El desarrollo de nueva tecnología será clave. Efectivamente, estos proyectos no son solo proyectos de investigación, sino de desarrollo tecnológico, nuevos ordenadores, nuevos programas, nuevas tecnologías, y eso dará lugar a un avance considerable en el estudio del cerebro, y por eso yo soy optimista. Porque vamos avanzando a gran velocidad. Desde los tiempos de Cajal a nuestros días, es increíble. Pero claro, aquí, cuando abres un puerta, ves un pasillo con muchas más puertas. Aunque el proceso no es ilimitado, no es infinito. El cerebro pesa un kilo cuatrocientos gramos y algún día terminaremos de estudiarlo.Cuando sepamos cuántos neurotrasmisores hay, serán los que son, no habrá más. Cuando sepamos cuántas células hay, sabremos un día las que hay, y se acabó. No es lo mismo ser complejo que imposible, es difícil pero no imposible.
-¿La clave es conocer todas las conexiones neuronales?, ¿es ese el punto?
-No. No solo. El cerebro es un todo que hay que estudiar desde todos los puntos de vista, molecular, fisiológico, de conectividad, de todo tipo. Es crítica la estructura, claro, no podemos conocer cómo funciona el cerebro si no sabemos cómo son las conexiones, si no sabemos cómo funcionan esas conexiones, cómo se han creado, y así sucesivamente. Pero lo primero es saber cómo está todo conectado y cableado. Con un ejemplo: puede haber un cable telefónico que conecte Madrid con Barcelona, pero allí, ¿con quién hablo?, ¿quién soy yo?
-Siempre nos vamos a tropezar, entonces, con una última pregunta filosófica que está por encima de todo.
-Bueno, si nuestro cerebro es una máquina biológica y vamos conociendo cómo funciona, quizá podamos descubrir por qué se actúa de una forma determinada. Aquí no hay nada mágico. Es una máquina que tiene neuronas, neuroconectores, etc. De hecho, por ejemplo, se sabe que hay personas muy agresivas porque tienen una serie de modificaciones en su cerebro.
-Pero saber cómo era el cerebro de Einstein, pongamos por caso, ¿nos aclarará por qué era tan inteligente?
-No hemos estudiado el cerebro de Einstein. Si tuviéramos acceso a su cerebro, lo podríamos saber. Pero no solo con Einstein. No hay dos cerebros iguales. Una persona con una limitación genética no puede ser un genio, pero lo que sí se puede es aprovechar un cerebro al máximo, y en la mayoría de los casos no aprovechamos nuestro cerebro. Lo podríamos desarrollar muchísimo más. Hay muchas personas que podrían ser grandes genios y no lo saben.
EE. UU. ha apostado por desentrañar los misterios del cerebro humano. El presidente Obama pedirá al Congreso, este 10 de abril, que apruebe el desembolso de 100 millones de dólares en 2014, para el proyecto Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies (Brain), Investigación del Cerebro a través de Neurotecnologías Innovadoras Avanzadas.
Según comenta la profesora Pilar Martín Lobo, directora del Master en Neuropsicología y Educación de UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), «los avances científicos sobre el conocimiento del funcionamiento cerebral son cada vez más importantes. Su aplicación a la medicina y a la educación va aportando nuevos modos de resolver los problemas y elementos claves para la prevención, para el desarollo y para respuestas a las necesidades específicas en los diferentes ámbitos en los que se llevan a cabo».
Javier de Felipe, investigador del Instituto Cajal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el centro de investigación neurobiológica más antiguo de España, añade, en conversación con Suma Diario: «El cerebro es un todo que hay que estudiar desde todos los puntos de vista, molecular, fisiológico, de conectividad…». A la vez destaca el largo alcance del proyecto Brain, que permitirá dar continuidad al estudio de un asunto tan complejo.
Los mencionados 100 millones de dólares es una suma relativamente pequeña comparada con los 5.500 millones de dólares que cada año invierte en neurociencia el National Institutes of Health (NIH). Pero es bastante más que los 28 millones de dólares que el primer año se invirtió en desentrañar el genoma humano.
Se aspira a explicar cómo está conectado el cerebro y, en consecuencia, a todo tipo de frutos colaterales: saber cómo funciona la conciencia, mejorar el funcionamiento de los ordenadores del futuro, precisar el mecanismo de aprendizaje, curar condiciones tan conspicuas como el autismo, enfermedades como la esquizofrenia o el Alzheimer, etc., etc.
Al frente del Brain están 15 de los neurocientíficos más importantes de los Estados Unidos. El comité lo preside Cori Bargmann, de la Universidad Rockefeller (Nueva York), y William Newsome, de la Universidad de Stanford (California).
Los investigadores del cerebro pueden ya insertar cables en los cerebros de animales y, a veces, de humanos, que sirven para registrar la actividad eléctrica de las neuronas cuando se comunican entre sí. Pero habrá que desarrollar nuevos instrumentos técnicos de investigación si se quiere ir más allá. «Se necesitarán nuevas tecnologías para el registro de miles o cientos de miles de neuronas al mismo tiempo», ha declarado Newsome al The New York Times. «Se necesitarán nuevos enfoques teóricos, nueva matemáticas y nueva ciencia de computación para manejar el volumen de datos recolectados».
Cuatro instituciones privadas se muestran ya muy interesadas en el Brain: el Allen Institute for Brain Science (Seattle), el Howard Hughes Medical Institute, la Kavli Foundation, y el Salk Institute, en La Jolla, California.
Un buen programador «es inquieto, es proactivo, le gusta lo que hace… y tiene trabajo», afirmó ayer Joaquín Grech, presidente de la empresa Echoboom, para el desarrollo de aplicaciones móviles, en una masterclass de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR).
Grech cosechó un éxito notable con el videojuego Dogfight, que programó en lenguaje informático BASIC cuando tenía veinte años. Se trata de un simulador de combate aéreo de la Primera Guerra Mundial, que luego ha ido enriqueciendo para adaptarlo a los teléfonos «inteligentes». Lleva más de un millón de descargas y está disponible para los dispositivos Apple y Android.
Además de la formación técnica adecuada («si eres programador, no te falta trabajo», «yo busco a buenos programadores»), Grech destacó que había que saber también de gestión empresarial en este campo de las aplicaciones para móviles. Eso, añadió, se aprendía bien por ejemplo en la UNIR. No se puede perder de vista que hay unas 800.000 aplicaciones en la tienda de Apple. Se necesita olfato para saber lo que funciona y lo que no. Había muchos juegos ya muy parecidos a Angry Birds, pero fueron los de Angry Birds los que acertaron con el toque distinto, hasta de sonido, para conseguir un éxito mundial.
Es preciso, también, conocer y estar presente en los grandes acontecimientos en torno a los videojuegos: la Game Developers Conference, la Gamescom y la Casualconnect. Desde el punto de vista del márketing, Grech apuntó que había invertido en publicidad en medios impresos tradicionales con resultados casi nulos, hasta que se dio cuenta de que era mejor moverse solo con artículos en la web y con publicidad online.
Pablo Valcárcel, presidente de Geosophic, una empresa que ofrece asistencia a los creadores para aplicaciones móviles, contó la historia de Richard Garriot, en concreto, recordó que lanzó su primer videojuego, Akalabeth, en el verano de 1980, cuando tenía 19 años, y ganó ya suficiente dinero como para pagarse el resto de sus estudios. Ahora es multimillonario.
Nast Marrero, profesor del Máster en aplicaciones móviles de UNIR, fue el que presentó a los invitados, «actores de primera fila», dijo de ellos, y quien puso sus intervenciones en contexto: «Las redes sociales, los smartsphone y las tabletas han abierto el acceso a los juegos».
Los editores aclaran en la nota previa que la obra reseñada es el primer título de la segunda fase del proyecto que sobre El valor del español ha desarrollado en los últimos años la Fundación Telefónica. El volumen incluye dos trabajos, el primero a cargo del veterano diplomático Javier Rupérez y el segundo del profesor de Traducción e Interpretación de la Universidad de Alcalá de Henares, David Fernández Vítores.
Las aportaciones elaboradas por los dos autores fueron sometidas posteriormente a debate en un seminario convocado al efecto por la propia Fundación Telefónica, en el que tomaron parte reconocidos expertos en las materias planteadas. El texto de sus acotaciones y comentarios se reproduce en la segunda parte del libro.
ANÁLISIS REALISTA DEL ESPAÑOL EN EL MUNDO
El propósito que mueve, tanto a los editores como a los autores, es difundir entre el público interesado: lingüistas, políticos, diplomáticos, empresarios, financieros y expertos en relaciones exteriores, la idea de que el español, como idioma de comunicación internacional, presenta múltiples facetas. Su interés no se reduce al ámbito de la cultura o la literatura, con ser aspectos importantes, sino que debe ampliarse hacia otras áreas como la ciencia, la tecnología, la industria y el comercio, en las que encuentra dura competencia en un mundo marcado por la hegemonía del inglés.
En líneas generales, la obra mantiene una prudente actitud al examinar el presente y futuro de nuestro idioma, dispuestos los autores a no confundir los sentimientos y buenos deseos con la realidad desnuda. Así, proceden a evaluar fríamente los datos y cifras, al tiempo que reconocen los aspectos favorables sin ocultar las dificultades y barreras que pudieran frenar la marcha ascendente del español en el mundo.
En relación a los aspectos favorables, en los que llevamos ventaja indiscutible, los dos autores coinciden al señalar que el español es una lengua en pleno desarrollo, que aumenta en cuanto al número de personas que lo hablan como lengua materna y que, además, utilizan de modo habitual en sus relaciones de diversa índole: familiar, personal, social, cultural, científica o comercial.
Las cifras expuestas se interpretan de modo que, sin caer en el triunfalismo excesivo, muestran resultados indudablemente muy positivos. En efecto, las cifras son contundentes, como ahora veremos. De aquellos famosos «300 millones» de hispanohablantes a los que se dirigía en los años setenta-ochenta del siglo pasado un conocido programa de TVE, hemos pasado a los 450 millones que registra la primera década del XXI. La tendencia en los próximos años parece asegurar que se alcanzarán los 500 millones en un futuro no muy lejano.
EL ESPAÑOL EN LOS ORGANISMO INTERNACIONALES
Nos encontramos, pues, en una situación reconfortante, que se traduce en el reconocimiento del español como lengua oficial y de trabajo en los foros internacionales para nosotros más importantes, desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a la Unión Europea (UE). Sin embargo, con ser relevantes los datos citados, los números no lo son todo y es preciso tener en cuenta otros factores cualitativos, como la frecuencia real del español en las comunicaciones internacionales o en el campo de la economía, la empresa, la ciencia y la cultura.
En este sentido, el trabajo distingue con claridad la diferente situación del español en la ONU y en la UE. Las posiciones en una y otra organización varían notablemente, debido a una serie de factores que se analizan detenidamente, para evitar simplificaciones que pueden confundir la realidad, tal como ocurre en las noticias que transmiten con excesiva frecuencia ciertos medios de comunicación.
Aquí se nos recuerda una verdad que no conviene olvidar y que nos obliga a un saludable ejercicio de humildad: la presencia del idioma español en el mundo reside en el hecho de ser la lengua materna, no impuesta ni asumida por necesidades prácticas, utilizada en la veintena de naciones americanas de origen hispánico.
Esta realidad favorable es el factor determinante para que en la ONU el español sea uno de los seis idiomas oficiales reconocidos, y el tercero, a continuación del inglés y del francés, más utilizado, por encima del árabe, ruso y chino. El panorama resulta algo más complicado cuando nos referimos a la Unión Europea, al carecer del respaldo de la América Hispana.
EL ESPAÑOL, MINORITARIO EN EUROPA
Resulta, no lo olvidemos, que en el Viejo Continente el español peninsular ni es lengua mayoritaria por número de habitantes ni tampoco es utilizada como vehículo de comunicación entre ciudadanos de los países miembros. Alemania, Francia, Inglaterra e Italia nos superan ampliamente en cuanto se refiere al número de habitantes. Son datos negativos a los que se deberán añaden otros factores adversos para el español que dan ventaja a los rivales. Uno de esos datos indica que el inglés, predomina de hecho en su papel de «lengua franca» y ocupa el primer e indiscutido lugar en la UE. En cuanto se refiere al francés, que acusa un claro retroceso, no ha perdido, sin embargo, su tradicional influencia en el terreno diplomático.
El alemán, predominante desde siempre en Europa central y oriental, ha recuperado espacios gracias no solo a la reunificación del país tras la caída del Muro de Berlín, sino también acentuado por el auge económico y los avances industriales, científicos y tecnológicos.
Se ha de reconocer que, por desgracia y en relación con Europa, en ninguno de esos campos se percibe un incremento paralelo en nuestro país, lo que nos relega a un plano secundario dentro de la UE, a la espera de que la rueda de la suerte nos favorezca en el circunstancial reparto de papeles, en función de la benevolencia ajena que rara vez se produce.
EN DEFENSA DE LA LENGUA COMO PATRIMONIO HISTÓRICO
A la hora de defender en el terreno internacional los propios intereses, y el idioma los representa en grado sumo, hace falta desarrollar con energía y convicción una lucha tenaz y sin fisuras. La menor muestra de debilidad será aprovechada por los equipos rivales para introducirse en la retaguardia y marcar gol en nuestra portería. La cuestión estriba en que, mientras en la ONU disponemos de veinte aguerridos defensas que no desaprovechan ocasión de pasar al ataque en favor del equipo lingüístico hispano, en la UE el panorama es algo más oscuro. Nos encontramos solos, con el único recurso de apelar a nuestros hermanos de ultramar con los que los países miembros de la UE mantienen fuertes lazos económicos y comerciales.
Los autores apuntan otro factor negativo que oscurece el horizonte del español en el ámbito de la UE. El reconocimiento de varias lenguas, también «españolas» con carácter de cooficiales resta energías a la hora de promover el uso de un solo idioma en los órganos deliberativos y burocráticos de Bruselas. Los argumentos que utilizan los oponentes se basan en razones numéricas, tales como estas: en España su idioma se encuentra en retroceso. ¿Ejemplos? Las leyes restrictivas contra el español en Cataluña, País Vasco y, en menor medida, en Galicia. ¿Son ustedes 46 millones de ciudadanos que se expresan en español? Falso, dicen: a esa cifra habrá que restarle unos cuantos millones. Algunas de las autonomías citadas empiezan a no ser bilingües. Incluso, en ciertos casos, el español no se enseña en ninguno de sus niveles y en unos años, pocos, en esos territorios se habrá perdido: solo se hablarán las lenguas vernáculas.
Entonces, a esos 46 millones ¿cuántos restamos?, ¿diez?, ¿quince? Serían ustedes 30/36 millones? Aunque cueste creerlo Los datos indican que el único lugar del mundo donde nuestro idioma retrocede es… en España. Por mucho que se consideren, y en realidad lo sean, falaces, falsos o interesados tales argumentos, no hemos de esperar que disminuyan las presiones de otros países que, como Italia o Francia, luchan en la defensa de unos idiomas de tan notables méritos en el ámbito de la cultura, la ciencia la literatura y el arte.
Los autores aportan una amplia variedad de temas de reflexión y lo hacen con un lenguaje accesible dentro del rigor que exige un problema de hondo calado puesto que alude a uno de los valores más sólidos del patrimonio histórico heredado que hemos de proteger y defender. En la obra se citan textualmente extensos párrafos del ensayo del maestro Fontán El español, lengua universal. Que como estrenas navideñas envió a sus amigos y colaboradores en diciembre de 1996. Reproducir algunas de sus lúcidas sugerencias puede servir como resumen de los contenidos del libro reseñado y de los propósitos que guían a los autores en un trabajo que se recomienda como obra de consulta fundamental para orientar los criterios de una adecuada política internacional en la promoción y defensa del nuestra lengua:
La lengua española, en suma, constituye la mayor riqueza de nuestra nación.
…La lengua es un recurso natural una fuente de riqueza y un activo intangible, obra de la historia. Hasta en el orden económico, podría compensar a la nación de los bienes que le negó la naturaleza…
… En cuanto a la política exterior, España debe proponer en la Comunidad Hispanoamericana de Naciones como un deber de todos, la acción conjunta en el fomento y la promoción de este tesoro histórico.
Cuando se escribe sobre el siglo XX la historia del horror parece repetirse de la manera más amarga. Guerras mundiales, Gulag en la Unión Soviética, campos de exterminio en la Alemania nazi, revolución cultural en China, regímenes totalitarios en diversos lugares del mundo, junto a un largo catálogo de males que se podrían agregar a la lista. Entre ellos emerge con fuerza propia la bomba atómica, arma letal y de consecuencias múltiples, con la que las fuerzas norteamericanas atacaron Japón, específicamente Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.
Ese es el tema que trata el reciente libro del autor japonés Kenzaburo Oé (premio Nobel de Literatura en 1994), Cuadernos de Hiroshima. Se trata de un trabajo que reúne los artículos escritos por Oé entre 1963 y 1965 —en pleno contexto de la Guerra Fría y de la amenaza nuclear— sobre las secuelas de la bomba atómica en la sociedad japonesa, con especial atención en los sobrevivientes. Tarea difícil, considerando que «la gente de Hiroshima prefiere guardar silencio hasta el momento de enfrentarse a la muerte», como le explicó un dermatólogo. El autor procuró, en sus viajes a la ciudad, conocer de primera mano los efectos de la bomba, a los que habían estado ahí el 6 de agosto de 1945 y los días siguientes, saber cómo vivían los afectados en los hospitales, conversar con médicos y pacientes, saber de los movimientos por la paz y contra el uso de las armas atómicas y tratar de contar después lo que podríamos llamar las permanentes secuelas de Hiroshima.
Uno de los dramas más grandes de la bomba atómica es que muchos de sus efectos solo se comenzaron a ver con el tiempo. A los miles de muertos en los primeros días se sumaron otros en los años siguientes, víctimas de la leucemia (la «enfermedad de la bomba atómica») y la radiación. A ellos habría que añadir los que «se han suicidado o han perdido el juicio» producto de que se les diagnosticara alguna enfermedad originada por la bomba atómica. Las consecuencias genéticas en algunas personas, la falta de apoyo económico e incluso la incomprensión son otros de los temas que aparecen en las páginas de los Cuadernos, fijando un cuadro dramático pero real de lo que fue Hiroshima para Japón y para el mundo. A lo cual podemos agregar la fortaleza de aquellos sufrientes que no se resignaron, siguieron luchando durante años a pesar de las secuelas y los dolores acumulados; algunos trabajaron incluso en exceso, para evitar pasar postrados en cama o recordando todo el día su condición desmejorada, decididos «a vivir, a trabajar honestamente hasta que la enfermedad acabase con todo» (p. 168).
Oé menciona un par de ejemplos de notable valor humanista. Los hospitales tenían la política de no mostrar los bebés cuando venían con deformidades, pero la contrapartida se manifestaba en esas madres que rechazaban el aborto y preferían seguir adelante con sus embarazos, e incluso eso les daba más fuerzas para vivir. El otro caso es el trabajo heroico de los médicos, tanto inmediatamente después del ataque del 6 de agosto como en los años siguientes, cuando debieron lidiar —sin medios y en ocasiones sin los conocimientos suficientes— contra un enemigo muy superior a sus fuerzas, motivados por la gran vocación y el deseo de servir a la causa de la vida humana.
Una de las conclusiones que se pueden extraer del libro es que tan importante como la capacidad destructiva de la bomba es el inmenso sufrimiento humano que produce. Por otra parte, también emergen algunas consecuencias imprevisibles, pero que tienden a aumentar los males: por ejemplo, la insensibilidad de la sociedad hacia los que han sufrido, lo que «demuestra la profundidad de la devastación moral en nuestro país» (p. 172), olvido alentado en ocasiones por los éxitos de la sociedad de consumo.
En palabras de Shigetó, médico que constituye un ejemplo moral para el premio Nobel japonés, sigue siendo necesario recordar. «Lo que no se conoce todavía suficientemente es la clase de infierno por el que tuvo que pasar la gente de Hiroshima, ni sus sufrimientos, diecinueve años después del bombardeo, derivados de las enfermedades provocadas por la radiación» (p. 182).
El libro en ocasiones peca —aunque quizá no pueda ser de otra manera— de nipón centrismo, aunque ello sea entendible, las frases aparecen como demasiado categóricas: «la experiencia vital más inhumana de todo el siglo XX» (p. 27); «Hiroshima se revela como la herida más profunda de la humanidad» (p. 106); «la destrucción atómica de Hiroshima fue el peor “diluvio” del siglo XX» (p. 128). No cabe duda que fue un suceso traumático y con males multiplicados a raudales. Pero de la misma manera no hay razón para no considerar Auschwitz como la herida más profunda, o el Gulag como la experiencia vital más inhumana o las dos guerras mundiales como el peor diluvio de la última centuria. El problema de fondo pervive: a tantos males acumulados, es difícil elegir cuál fue peor. Quizá sea mejor dejar atrás las estadísticas y volver a la esencia del problema: la inmensidad del mal moral y físico provocado por los totalitarismos, por la bomba atómica y por la destrucción convertida en sistema. Y detrás de eso, recuperar el corazón de una verdadera civilización: la persona humana.
En 1964 Oé señaló que la dignidad humana «es lo más importante que descubrí en Hiroshima» (pp. 106-107), convicción que lo acompañaría toda la vida. «La gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima —explica Oé en una entrevista de 2011— es la dignidad del hombre, tanto de los hombres y mujeres que murieron en aquel instante como de los supervivientes que sufrieron el impacto de la radiación en la piel y durante años padecieron un sufrimiento extremo que espero haber sido capaz de reflejar en algunos de mis escritos» (p. 216). Este libro es el reflejo de la responsabilidad social de un intelectual, por volver a poner de nuevo al hombre en el centro del análisis de la historia, con todos sus lamentables dramas y sus inmensas posibilidades.
EL DESENCANTO EN CANTO
Para entender y disfrutar del todo este último poemario, tan breve, de Fernando Ortiz (Sevilla, 1947), hay que echar largamente la vista atrás. De entre los poetas de la llamada «Segunda generación del 70», esa que echó un freno de sensatez a los excesos de sus coetáneos novísimos, sin menor culturalismo, pero más vivido y menos estentóreo, Ortiz es de los mejor equipados teóricamente y de los que mayor influencia estaban llamados a ejercer entre las generaciones siguientes.
En él se anudaban algunas influencias esenciales, como la de la poesía inglesa, T. S. Eliot y W. H. Auden, y la recuperación de poetas andaluces, como los integrantes del grupo Cántico, además de la reivindicación de Aquilino Duque, entre otros. La claridad expositiva, unida a una actitud amigable y receptiva, permitió que Fernando Ortiz hiciera de puente generacional y que despejase el camino a muchos de los poetas más significativos de los ochenta y los noventa.
Tantas influencias dejaron una huella, antes que nada, en su poesía, lógicamente. Por un lado estaba su apuesta por el tono conversacional, del que el título del libro que nos ocupa es una nueva defensa; y por otro, el trato íntimo de estudioso con tantos grandes, que le haría tomarse con humildad su propia obra creativa. Y sobre todo ello, su apuesta por la elegía. Por eso, los poemas de Fernando Ortiz nunca levantan la voz y poco a poco se van ciñendo a temáticas cada vez más circunstanciales. Ese aire de apagamiento que se ve en Plática ya estaba en sus orígenes: su primer libro se llamó Primera despedida (1978) y otros títulos suyos son igual de significativos, específicamente los últimos: Moneditas (1996), Posdata (1999), Miradas alúltimo espejo (2011) y Después del siglo XX (2012).
Todas estas características comparecen quintaesenciadas en Plática. El libro se abre enseguida con dos homenajes, uno a Fray Luis de León y otro a Manuel Machado, que reivindican al poeta a contrapelo, contra mundum, por un lado, y al poeta de la gracia y la anécdota, por otro. Tras esos dos poemas, un soneto donde declara: «Aunque bien sé que nunca fui un genio», y a continuación un homenaje implícito a Rafael Alberti, que viene a recordarnos la sempiterna defensa de Ortiz de la tradición andaluza. Nada más empezar, por tanto, nos marca las coordenadas de Plática.
A partir de ahí, pasa a declarar su desencanto, disfrazado de indiferencia o de un leve interés irónico por temas menores, aunque el desencanto también se presenta sin disfraces, como en «Caducidad de mi reino»: «Pensé que era mi reino la Poesía. / Y, si la dominaba, con desprecio / podría tratar sin duda al vulgo necio / desestimando así su tontería. // Pasan los años y la demasía. / El joven, al caer de alto trapecio, / aprende por sí mismo el justo precio / que ha de pagar por tanta altanería. // […]» No es la única declaración de desolaciones. Expone heridas, enfermedades, desengaños. «He sido más necio que preclaro» […]
«Llegó el momento de pagar factura» […] «Que no es juego, coño. / Sino un mecanismo / que destroza todo. / Se llama alcoholismo». […] «Por qué la vida se acaba / y uno se va de la vida / sin enterarse de nada» […] «El que se entera de algo, / aunque sea la mitad, / mejor no haberse enterado» […] «Y la desolación era patente», etc.
Pero frente a este panorama devastado, a veces visto con humor, pero negro (véase «Poeta en la tercera edad»), Fernando Ortiz no se doblega: se amarra al mástil de sus sirenas, que son las poesías. Había escrito que su reino era la poesía, y que ella ha sido su amor constante. Lo resume todo a la perfección «El soneto que ves»:
Era un poeta al que le dio un infarto
que le dejó partido el corazón.
¿No explica esto su preocupación
y que empezara a estar del todo harto?
Del corazón quedóle solo un cuarto.
Y el hombre fue perdiendo la afición
y el gusto por la loca diversión.
Supersticioso, al fin, dijo: «lagarto».
Pero como la vida es como es,
un grave carcinoma pulmonar
empeoró el asunto años después.
Le quedan, a lo sumo, dos o tres.
¿Y qué hace el insensato? Pues cantar
y escribir el soneto que ahora ves.
Plática es, pues, la milagrosa transformación de un desencanto vital y de unas encrucijadas complicadas en un canto porque sí, a pesar de todo, fiel a la vocación de siempre, la poesía, vieja amiga. Milagrosa transformación, pero no inexplicable. Junto a la fidelidad personal a una trayectoria que traía hasta aquí, están los versos de quien sabe lo que se trae entre manos («Si en Venecia hay canal, aquí Caleta», escribe en el soneto «Cádiz» con excelente retórica) y la emoción de un corazón que se estremece como siempre: «Sonríes en un bar que ya no existe».
Las listas de libros más vendidos de medio mundo están situando en estos días La Infancia de Jesús en el número uno. Decenas y decenas de miles de ejemplares se están vendiendo en todos los formatos e idiomas, aún antes de que Joseph Ratzinger anunciara la inusitada decisión de renunciar al pontificado para convertirse en papa emérito, lo que añade tal vez un plus de atractiva novedad para comprar la obra, aunque la verdad es que los otros dos tomos de la vida de Jesús, publicados precedentemente, también habían conocido récords de ventas.
Sea como sea, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, concluidos los tres tomos de este Jesús de Nazaret, nos encontramos ante una obra excepcional, por su autor, por sus lectores, por su texto.
EL AUTOR
En cuanto al autor, hay dos en uno: aparece con doble denominación, la del teólogo y la del papa. No es necesario recordar que los papas, al acceder a la silla de Pedro, tradicionalmente se abstenían de sustentar posiciones teológicas todavía en discusión y se autoimponían anunciar solamente la doctrina dogmática o, al menos, la común. Ratzinger, antes de ser elegido papa, había concebido escribir esta obra, llena de cuestiones opinables, tal vez en la placidez de un retiro como jubilado que nunca le llegó y como corolario imprescindible de toda una vida dedicada a la investigación teológica. ¿Cómo no concurrir con su voz a la serie de obras fascinantes que presentaban a Jesús de Nazaret a partir de los evangelios y que fueron ya lecturas de su infancia? Y, en efecto, concurre, señalando expresamente que, aunque el autor sea en ese momento el papa Benedicto XVI, la responsabilidad de lo escrito es exclusivamente del particular Joseph Ratzinger: «por eso, cualquiera es libre de contradecirme» (I, p. 20).
Y así emprende un objetivo en el que tiene sumo interés: componer un acercamiento propio a Jesús que parta de lo que quisieron decir quienes escribieron los textos que hablan de él, pero sin descuidar el vínculo que guardan esas palabras con su interpretación en el marco de la Fe. Quienes alejan el Cristo histórico hasta una nebulosa, cuya relación con la lectura que nos propone el Cristo de la fe es cuando menos inconcreta, dejan verdaderamente sin sustento al Cristo de la fe (convertido casi en un fantasma). Hay autores que, partiendo de que todo lo milagroso es imposible, tienen que aducir complicadísimas e inverosímiles explicaciones para textos que acaso simplemente cuentan, con la sencillez propia del testigo, un hecho excepcional. En este punto aparece Ratzinger, agradecido a los adelantos que nos ofrecen hoy la crítica histórica, el conocimiento de los géneros y la historia de las formas, pero sin los prejuicios que en ciertos autores vuelven incompatibles con el conocimiento de la fe hallazgos que son en sí mismos plausibles.
El autor es un apasionado de la verdad y esa condición le aleja de todo integrismo y de toda veleidad. Al iniciar el segundo volumen leemos que «es para mí un motivo de alegría que el libro haya ganado en este tiempo (…) un hermano ecuménico en la voluminosa obra Jesus (2008) del teólogo protestante Joachim Ringleben en el que [con todas las lógicas diferencias] se observa la profunda unidad en la comprensión esencial de la persona de Jesús y de su mensaje» (II, p. 5).
Uno no puede menos que recordar con una sonrisa la experiencia adolescente de la complicada burocracia, no exenta de sentido, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo, a la que había que acudir en la capellanía universitaria para que se te permitiera leer sin pecado un autor protestante. Y, desde luego, resultan hilarantes, muchos años después (¿2005?), sensu contrario, las furibundas diatribas de un Vargas Llosa en el diario La Nación de Buenos Aires con las que combatía contra el Ratzinger fabricado por toda laya de plumíferos semiilustrados que hablaban de oídas acerca del Presidente del Santo Oficio (antigua Inquisición). (Por cierto, que últimamente he visto con agrado cómo el premio Nobel ha leído algo de Ratzinger y ha manifestado en la prensa opiniones acordes con su reconocida sensatez y con la realidad de los hechos).
Un libro excepcional, pues, por su autor, un hombre apasionado por la verdad y un hombre de fe. Porque es un hombre apasionado por la verdad no se envisca en temores de posibles falsas interpretaciones (Veritas liberabitvos, Jn. VIII, 32): atiende a lo que dicen los demás y afirma las razones de su propia posición. Porque es un hombre de fe, no teme que de la ciencia le venga ninguna confusión (qui autem timet non est perfectus in charitate.I Jn. IV, 18).
LOS LECTORES
Tratándose de la semblanza del fundador del cristianismo no sería de extrañar que cientos de miles de personas compren en todo el mundo este Jesús de Nazaret de Ratzinger. Pero ¿tiene Ratzinger tantos miles de lectores? ¿Tantos pueden saborear la aproximación sencilla y sabia a una semblanza de Jesús en este mundo que algunos señalan como enfermo de superficialidad?
Una anécdota ocurrida a propósito de La infancia de Jesús, el folleto (como lo denomina su autor) que se añadea los otros dos volúmenes y ha aparecido el último, puedearrojar luz.
Cualquiera que haya leído los Evangelios sabe lo que dice el evangelio de la infancia, que relata S. Lucas: «Y sucedió que mientras ellos estaban allí [en Belén], se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc. II, 6-7). Ratzinger constata que, aunque el lugar es un comedero de animales, el texto no habla en este caso de animales concretos. ¿Para qué quieres más? Son innumerables los «informadores» (creyentes, incrédulos y a medio camino) que han comentado por todos los medios de información esta «escandalosa» novedad. Quienes tienen como todo saber adquirido la iconografía infantil que han visto repetidas en los belenes, christmas y puestos de figuritas no pueden dar crédito a la afirmación contra la que muchos (yo los he oído) se rebelaron sin hacer el «ciclópeo» esfuerzo de leer la línea que le confirmaría que las cosas son así. Menos mal que la sabiduría del autor al que increpan viene en su auxilio, reflexionando sobre cómo se ha podido llegar a esa iconografía. «La meditación, guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí […] se ha remitido a IsaíasI, 3: “El buey conoce su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” […] aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno» (III, pp. 76-77).
La obra de Ratzinger reclama un lector ilustrado, pero tengo para mí que entre los compradores de esta obra de éxito editorial de difícil parangón se suman grupos heterogéneos. En los no ilustrados, están ciertos grupos de católicos piadosos divididos en dos: los que no entienden la obra, aunque no saben que no la entienden (en todo caso, sabe que les anima a ser buenos), grupo que es legión, y los que no entienden la obra y abandonan su lectura, dando gracias a Dios por tener un papa sabio. Muchos otros no ilustrados, más o menos cercanos a la cultura católica, se acercan a la novedad y comentan, como hemos recordado, su discrepancia a propósito de la falta de ciertas figuritas folclóricas.
Un mínimo de ilustración permite, en cambio, seguir de la mano de Ratzinger, asintiendo o disintiendo, la semblanza de Jesús de Nazaret que presenta, detalle a detalle, con solvencia y maestría, el gran creyente católico que es. Algún filósofo ha dicho que sin él los ateos se quedarían sin interlocutor.
LA OBRA
La reflexión que se nos presenta acompaña la vida de Jesús durante todo el arco de su vida pública: desde el Bautismo a la Transfiguración (tomo I) y desde la entrada a Jerusalén hasta la Resurrección (tomo II). Se complementa con un tomo más breve dedicado a los relatos de infancia.
Es cierto que el lector prevenido puede intentar colaborar, matizando este o aquel punto. Un ejemplo. «En el saludo del ángel llama la atención el que no dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom —la paz esté contigo—; sino que usa la fórmula griega chaíre […],pero en este punto conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaíre:¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza el sentido propio del Nuevo Testamento. La misma palabra reaparece en la noche Santa en labios del ángel (…)». No estoy seguro de que esto sea así. Las fórmulas de saludo son modismos que se construyen con los mimbres de la cultura de un momento, pero luego se desgastan hasta dejar de significar, reducidos tan solo a la función fática de mantener un contacto solidario con los interlocutores. No sé cómo ha llegado chaíre al texto de Lucas, pero sí cómo lo ha hecho Dios tesalve, María a la versión en español de la oración mariana por antonomasia. En una cierta cultura cristiana de los siglos XVI y XVII se mantenía la cercanía con el saludo de tenor sobrenatural Dios te salve por más que quien lo profería decía poco más de hola. Pasada esa costumbre cristiana, ha quedado como reliquia en el Ave Maria y, como ya no suena a saludo, el fiel medio repite algo que no sabe muy bien qué significa, pues desea que Dios salve a la salvada por antonomasia, la Inmaculada Concepción, in caelum assumpta. Mejor lo han hecho los francófonos que traducen Je vous salue Marie. En fin, nada malo pasará mientras los castellanoparlantes lleguemos hasta Hola, María, llena de gracia… que nos aclare lo que estamos diciendo a la par que lo decimos. Como sigue teniendo toda la razón Ratzinger al afirmar que muchos de los elementos del anuncio del nacimiento del Hijo de Dios están transidos de un sentimiento de alegría, incluso si chaíreno tiene nada que ver en la cuestión.
Jesús de Nazaret presenta como pocas obras de su género la figura de un ser histórico bien identificado, nacido en tiempos de César Augusto, siendo gobernador de Siria Cirino, y ajusticiado con sentencia de cruz, siendo gobernador Poncio Pilatos. Un hombre en quien el que se acerca puede descubrir la plenitud de Dios corporalmente (Col. II, 9) y, así, siendo verdadero hombre y verdadero Dios, recibir de él garantías sobre la existencia del Creador de todo lo visible y lo invisible, de que los seres humanos estamos llamados a una misteriosa vida más allá de la muerte, de que los Mandamientos de la Ley de Dios y el Espíritu de las Bienaventuranzas son los senderos de la felicidad, de que la comunidad de los creyente (Iglesia) es, a pesar de los pesares, el hogar donde tales consuelos pueden ser alcanzados y difundidos.
Terminada ya la obra, será bueno integrarla en un solo tomo (serían más de quinientas páginas apretadas) que se uniría a los otros dos libros de Ratzinger que completan, para mí, un imprescindible vademécum de la pretensión cristiana en los orígenes de siglo XXI. Se trata de Introducciónal Cristianismo (1968) y Dios y el mundo (2000). Una trilogía obligada a partir de aquí.