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Ver productosComo muchas de las nuevas óperas que se han compuesto y estrenado en la actualidad, una buena idea no presupone necesariamente una obra redonda. Entremedias surge la necesidad de escribir un buen libreto, lograr una música inspirada y subirla al escenario con una dirección de escena que vaya más allá de las palabras y la partitura. En The Perfect American, la música de Philip Glass, la escena de Phelim McDermott y la dramaturgia de Rudy Wurlitzer intentan rescatar una débil historia de Peter Stephan Jungk.
A Gerard Mortier, la idea sobre una ópera que reflexionara sobre la figura de Disney le vino tras la lectura de The Perfect American
A Gerard Mortier, la idea sobre una ópera que reflexionara sobre la figura de Walt Disney le vino tras la lectura de The Perfect American, un libro escrito por un americano de origen austriaco. «Es un buen libreto», le dijo el propio autor una vez que conversaron en París. Más que una buena historia, lo que había ahí era una buena idea para una ópera. No tuvo dudas de que Philip Glass sería el compositor. Sus famosas «óperas retrato», que comenzaron con la revolucionaria Einstein on the Beach (1976), le hacían acreedor de una merecida fama para poner música a la vida de un «artista» como Walt Disney.
Las comillas no son inocentes en este caso porque lo que nos encontramos en primer lugar es con un dibujante, o al menos un aspirante concienzudo a serlo, cuyo mayor logro fue poner en pie una gigantesca empresa, luego multinacional, que consiguió hacer reconocible su marca y sus productos a un buen número de generaciones de niños. Hasta el punto que difícilmente queda alguien hoy sobre la faz de la tierra que no haya visto al ratón Mickey o alguna película de la factoría Disney en algún momento de su vida.

Cuarto de cinco hermanos, Walt Disney nació en Chicago, pero con cinco años la familia se trasladó a una granja en la acogedora y rural Marceline, una pequeña localidad del estado de Missouri. Él y su hermana Ruth pasaban casi todo el tiempo jugando. Pero aquel paraíso solo duró cuatro años. La familia tuvo que trasladarse a Kansas City, donde Walt ayudaba a su padre repartiendo periódicos. Mientras, comenzó a dibujar en el colegio. Al principio, solo eran pequeñas historias, pero luego llegó a convertirse en el historietista del periódico del instituto, The Village Voice, con dibujos de corte patriótico ante la inminente guerra mundial que se avecinaba.
Mientras Roy, uno de sus hermanos, se enrolaba en la Marina, Walt solo consiguió alistarse en la Cruz Roja como conductor de ambulancias por ser menor de edad. A su vuelta de Francia, se instaló en Kansas City y consiguió un trabajo en el Pesemen Rubin Art Studio, donde se dedicó a crear anuncios para periódicos, revistas y cines. Allí coincidió con Ub Iwerks, un dibujante con el que trabó amistad y con el que decidió empezar su propio negocio. Aunque aquella experiencia no fructificó, reclutaría a su compañero tras un breve paso por una compañía dedicada a la publicidad de películas. Allí aprendería lo último en técnicas de animación. Cuando ya hubo absorbido lo suficiente fundó la suya propia, Laugh-O-Gram Films, que se centraría en la producción de cortos de animación sobre cuentos infantiles. Uno de ellos fue Alicia en el país de las maravillas. Pero la compañía quebró antes de acabarla. Decidido a no quedarse toda su vida en la industriosa Kansas y a terminar su película, vendió su cámara y compró un billete a Hollywood. Allí llegó con cuarenta dólares y una película sin acabar. Enviaría las maquetas a todo el que pudo. Y al final, surgió la oportunidad.
El resto es una historia conocida. Junto a su hermano Roy creó Disney Brothers’ Studio. A medida que fue creciendo la empresa fue rescatando, uno a uno, a sus colaboradores y compañeros de Kansas. El 15 de mayo de 1928 estrena Plane Crazy, el primer cortometraje mudo cuyo protagonista es un ratón risueño, de ojos saltones y formas redondas. La animación de entonces resulta muy torpe a los ojos de hoy, pero para entonces fue un hito. Igual que la creación de Mickey Mouse. Nadie sabe a ciencia cierta quién lo dibujó primero o quién le puso el nombre.
Innumerables leyendas apócrifas surgieron cuando el mundo volvió los ojos hacia la compañía de Walt con la revolución que supuso Blancanieves (1937), el primer largometraje de animación de la historia, en color y ya en sonoro. A partir de ahí se desató la locura y todo el mundo empezó a preguntarse por la fórmula del éxito de Disney. Lo más probable es que todo fuera fruto de un loable esfuerzo conjunto donde se mezclaban diversos talentos. El de Roy, el de su empuje empresarial; el de Walt, el de saber adivinar los gustos y las fórmulas que podían funcionar con el público; el de Ub Iwerks, el de un dibujante incansable del que se decía era capaz de trazar unos 700 dibujos al día para los cortos de Mickey. El éxito de Blancanieves permitió a Disney construir unos nuevos estudios en Burbank. Los cimientos del imperio ya estaban colocados. Y, justo en ese momento, empezaron los problemas.
Walt nunca se recuperaría de la huelga que decidieron convocar los trabajadores de sus estudios. Reclamaban mejores condiciones salariales y un reconocimiento a su trabajo. Aquella nebulosa en el que se desarrollaba el trabajo creativo de la pequeña compañía se convirtió en un problema con el aumento de tamaño. Los beneficios se multiplicaron, pero los dibujantes de Walt pensaron que esa proporción no se estaba trasladando al lugar donde había sido posible una locura como Blancanieves. Tras nueve semanas de vía crucis, la huelga terminaría el 29 de julio de 1941. Los dibujantes obtuvieron mejoras salariales y se acordó un sistema para reconocer su trabajo en los títulos de crédito. Pero todo cambió. Walt se volvió más huraño y desconfiado con quienes trabajaban para él. Nunca perdonó lo que había considerado una traición en toda regla. De hecho, algunos fueron despedidos en cuanto la ley lo permitió, y otros optaron por irse ante la hostilidad que empezaron a encontrarse en su entorno laboral.
A medida que crecía la empresa y la fama de Disney, comenzó a surgir su leyenda negra. Un compendio de estos dimes y diretes lo constituye la biografía novelada de Peter Stephan Jungk, un escritor que ya había escrito una biografía del poeta Franz Werfel y que decidió que la siguiente no debía ser una «biografía real». Así que se fijó en Disney y se leyó todo lo que se había publicado sobre él. El resultado fue «un hombre que quizá sea Walt Disney», como se refirió la editorial al libro cuando lo presentó en España.

No es la primera vez que los famosos self-made-men americanos se ven retratados en biografías no autorizadas o el cine. Sin duda, el título elegido por Jungk remite a la obra maestra de Orson Welles, Citizen Kane, que consiguió estrenarse en 1941, el mismo año en que terminó la huelga en los estudios Disney. La película de Welles se iba a llamar en un principio American. Como Walt en sus comienzos, había propuesto a la RKO el proyecto, pero fue acogido con recelo. Con la excusa de unas pruebas fotográficas, comenzó a rodar sin conocimiento de los directivos. Cuando vieron lo que llevaba rodado, lo encontraron prometedor. Era un secreto a voces que el protagonista estaba inspirado en Hearst, así que intentó boicotear el estreno. Al final se logró pasar la película, pero le costó el cargo al jefe de los estudios RKO, George Schaefer.
«Kane es un héroe y un sinvergüenza, un don nadie y un hombre estupendo, un gran amante, un gran ciudadano americano, y un sucio perro. Depende de quién hable de él. ¿Cuál es la verdad sobre Charles Foster Kane?», dice con su voz cálida y profunda un joven Orson Welles en el innovador primer trailer que hizo sobre la película.
¿Cuál es la verdad sobre Walt Disney?, cabría preguntarse, parafraseando a Welles, ante la ópera estrenada en el Real sobre un personaje que solía repetir en sus discursos: «Durante toda mi vida me he escondido tras un ratón y un pato». ¿Un emprendedor modélico, un explotador, un misógino, un megalómano…?
El material resulta muy sugerente. Jungk encontró ese Disney esquivo en las grietas de todas sus biografías publicadas hasta ese momento. Ese personaje tomó cuerpo y forma en una obra de teatro e inventó el personaje de Wilhelm Dantine, un antiguo dibujante que vivía obsesionado con la imagen de su patrón, junto a la enfermera Hazel George, que lo acompañaría en los últimos meses de su enfermedad.

Los mejores momentos de esta ópera coinciden con el encuentro casual de Walt en los pasillos del hospital con un niño enfermo de cáncer, como él. Cabría esperar algo más del parlamento entre los dos personajes, pero la sola metáfora que supone verlos juntos en escena proyecta la obra hacia una de sus mejores reflexiones: la pervivencia de la obra frente a la mortalidad del artista. Por eso no se comprende que otro pasajes como el de Lincoln o Warhol resulten tan banales para la historia. Disney diseñó un animatronics del presidente Lincoln para el pabellón de Illinois de la Expo de 1964. Era un muñeco espectacular, que ingenieros de las vieron y desearon para controlar en algún momento, ya que parecía tener vida propia. Fue la primera vez que Walt quiso resucitar a alguien muerto. Por eso llegó a disponer en su testamento que lo crionizaran hasta que alguien inventara la forma de resucitarlo.
Cualquiera que quiera entender al personaje solo tiene que sumergirse en dos películas de la factoría Disney como So Dear to My Heart (1948) o Pollyanna (1960). En las dos se puede adivinar con gran nitidez el universo rural en el que se desenvolvió el pequeño Walt, en Marceline, y las obsesiones con los animales, los paisajes y las máquinas de tren, que también podemos encontrar en sus películas de animación. El resultado es un lugar donde el tiempo está abolido. Como en Disneylandia, donde en su Town Square puede leerse: «A todos los que llegan a este lugar feliz, bienvenidos: Disneylandia es vuestro mundo. Aquí los mayores reviven sus recuerdos entrañables del pasado y la juventud puede saborear el desafío y las promesas del futuro».
Su megalomanía le sumergió en una paradoja trágica: quería huir sin tener que hacerlo físicamente. Por eso inventó paraísos cercanos y ciudades como la Disneylandia de Orlando, que tiene la extensión de una gran ciudad norteamericana como San Francisco. El niño que sale al comienzo de Pollyanna (1960) atraviesa los caminos rurales el temible poder de la máquina al poner una pequeña cadena sobre el raíl. La recuperará de allí completamente aplastada, algo que ni mil hombres subidos encima de ella habrían conseguido. La fascinación por las máquinas, por la técnica, le hará albergar esperanzas sobre la creación el punto de confundir los dos planos y desear formar parte de sus propias fantasías.

La figura musical empleada por Philip Glass para esta ópera evoca el traqueteo de las locomotoras y el trazo obsesivo y repetido de sus dibujantes. Todo se basa en un recitativo largo que apenas se interrumpe para números solitarios o escenas del conjunto como el de la segunda parte. Una estética que a finales de los años sesenta se situó enfrente de las aventuras vanguardistas de Stockhausen y Ligeti.
En los setenta floreció una generación de músicos que simplificaron el lenguaje armónico y descubrieron cuánta belleza puede esconderse detrás de un pulso uniforme, una especie de bajo continuo traído al primer plano sonoro, como si se rebelase ante siglos con papeles de eterno segundón. Hay en ese placer hipnótico la sensación de una melodía que cada vez suena distinta cuando rebota en los recovecos del subconsciente. A aquella forma de concebir el discurso sonoro se llamó minimalismo, aunque hoy Glass reniegue de tal etiqueta. En la aventura le acompañaron Terry Riley y Steve Reich. Como dice Alex Ross en El ruido eterno (Seix Barral, 2009), todos estos músicos no eran otra cosa que una continuación de un tipo de música que comenzó a florecer a principios del siglo XX en la costa oeste de Estados Unidos.
Brian Eno definió el minimalismo como «un alejamiento de la narración y un acercamiento hacia el paisaje, del evento interpretado al espacio sonoro». En Einstein onthe Beach, una ópera sobre Einstein que revolucionó la manera de concebir la ópera fruto de la colaboración con Bob Wilson, Philip Glass tejió una música para una historia sin argumento donde al comienzo una locomotora de la época de la guerra civil norteamericana avanza con lentitud por el escenario. Ross dice que esta música tiene algo que ver con la contemplación desde una atalaya que se mueve a toda velocidad. Algo de eso debía sentir Walt Disney cuando recorría los terrenos de su mansión de Beverly Hills en una locomotora antigua, reproducida a escala. Será la forma de visitar sus paraísos particulares que siempre le recordarán a Marceline. Aquel será el lugar mágico, «el origen de los sueños», como el Combray que evoca Proust, el condado de Yoknapatawpha de Faulkner o el Macondo de García Márquez. Allí, el Disney niño vio su primera película de cine y supo que había otra realidad que podía crearse, donde no entraran esas lechuzas que acechaban en sus pesadillas de niño y que volverían a visitarlo en la fría cama del hospital.
Con la facilidad con que se despierta alguien de un sueño, volvemos de Marceline al hospital donde pasa sus últimos días Disney. El director de escena, Phelim McDermott, consigue esas transiciones imaginarias con una maquinaria de la que cuelgan proyecciones que van dando vueltas en círculo, como un mundo onírico lo circunda sin parar. Todas sus películas terminan bien. ¿Por qué la suya no concluye de la misma manera? Por eso, la pregunta de aquel niño enfermo de cáncer que lo acompaña en sus paseos por el hospital, cae como una losa sobre el pobre Walt.
— ¿Eres un dios feliz?
La noción de final es incompatible con Walt Disney. Es una película sin fin que no necesita concluir para que todos vivan felices y coman perdices. En realidad, lo que pretendía era abolir el tiempo y que todos los lugares fueran uno solo, como en Disneylandia. Ciudadano Kane también empieza con muerte, con una enfermera que cruza sus manos antes de cubrirle con una sábana.
—Se me atragantó mi riqueza — dice Kane en un momento de la película—. Si no hubiera sido tan rico, quizá hubiera sido un gran hombre».
— ¿Qué te hubiera gustado ser?
—Todo lo que usted odia.
Ni libertad ni democracia. Ni siquiera capitalismo, a cuya observancia se podría consagrar la conculcación parcial y arbitraria de las dos primeras máximas. El florecimiento de Occidente desde el siglo XV estuvo fertilizado por un compuesto de competencia, ciencia, derechos de propiedad y medicinas, incorporada la miscelánea a un entorno de insaciable sociedad de consumo y diligente ética del trabajo. Estos preceptos, pensarán ustedes, están incluidos o conforman las entelequias de la libertad, la democracia y el capitalismo. No piensa así Niall Ferguson (Glasgow, 1964), cuyos estudios necesitan tanto de la irreverencia como de la investigación. De acuerdo con el método de la polémica, y puestos a quebrar axiomas, comenzaremos esta crítica por el autor, cuya sombra se ciñe sobre cada una de las 509 páginas de Civilización.Occidente y el resto (Debate). Erigido en uno de los historiadores más populares del mundo, sus ensayos se contonean en las listas de superventas al tiempo que Ferguson reclama un trato justo a los académicos. No obstante la rentabilización de su etiqueta de conservador y de sus eufemismos sobre el imperialismo, de su estruendosa vida sentimental —este libro se lo dedica a Ayaan, su amante, promotora de su ruptura matrimonial— y de las manos amigas que lo ayudan en los procesos de elaboración de sus estudios, nos encontramos ante un intelectual riguroso y solvente, de prosa depurada y precisa, singularmente aguzada cuando se trata de presionar un resorte de la corrección política, que siempre ayuda a la venta de ejemplares.
Con Civilización, Ferguson culmina un periodo de investigación y divulgación en torno a las sociedades occidentales, depurando, por ampliación, los planteamientos y conclusiones que ya desarrolló en El imperio británico (Debate, 2003) y Coloso (Debate, 2004). La exaltación de la pluralidad de costumbres, instituciones y códigos en la fracturada Europa frente al estatismo de los imperios asiáticos y a la uniformidad del islam desborda bajo su firma el terreno de la evidencia, pues los enemigos del autor han teñido la certidumbre de controversia, al detectar en este punto de partida una apología del conflicto. Cabe reconocer, para descrédito de críticas, que Civilización es un estudio que aborda el papel de Europa y Norteamérica con honradez intelectual, sin incurrir en etnocentrismos ni complacencias, y a muchas leguas de distancia de algo parecido a los remordimientos por la responsabilidad de Occidente en el subdesarrollo de los demás. No es la primera vez que esta negativa a flagelarse le ha valido al historiador el epíteto de colonialista. En esta obra, por supuesto, tampoco eludirá su teoría sobre la importancia que, a su juicio, tuvieron ciertos imperios en la forja de instituciones sustentadoras de la democracia.
El libro apreciado, de esta forma, se articula sobre una comparación de la explosiva evolución europea y norteamericana desde el siglo XV con respecto a la trayectoria inercial del resto de sociedades, y corona con una atractiva hipótesis sobre la declinación del imperio estadounidense y el ascenso de China y los pueblos musulmanes. Al principio fue la frontera, asentamiento de la rivalidad comercial y de la lucha entre los estados-nación europeos y del subdesarrollo. Esta competencia, que favoreció la descentralización económica y política, parece haberse diluido en diversos procesos de integración, como la UE o la transferencia de competencias de los estados de la Unión al gobierno federal norteamericano. Y engendró la ciencia, ese modo de estudiar, comprender y transformar el mundo natural que acaso fuera concebido en la búsqueda de ventajas militares, pero que con toda seguridad acabó siendo un fin de estas investigaciones y uno de los bastiones de la hegemonía de Occidente. Informes sobre, por ejemplo, el dominio de las matemáticas en escolares evidencian que numerosos países asiáticos han enjugado, e invertido, la ventaja europea y norteamericana en el dominio de las disciplinas exactas. Los conocimientos aplicados, por último, permitieron el desarrollo del ramal de la medicina merced a las materias primas extraídas de las colonias, y que redundó en la prolongación y mejora de condiciones de la vida, aunque con una incidencia bochornosamente inferior en los nativos de ultramar.
El aprendizaje y la instrucción indujeron a los pueblos de las ciudades-estado la necesidad de sublimar su competencia de una forma no violenta, por lo que las disputas entre vecinos se canalizaron a través del comercio. Los derechos de propiedad se situaron como piedra angular del imperio de la ley y exponente fundamental de la libertad individual. La sociedad de consumo, en la que China, Japón, India o Brasil se desempeñan hoy con mejores resultados que el hombre blanco, instigó la Revolución Industrial, y la ética del trabajo aportó el tegumento necesario para unir a una sociedad basada en la rivalidad. En este punto, Ferguson no se priva de enmendar a Max Weber, señalando la propiedad de la tierra y el asociado derecho al voto como causas fundamentales del desequilibrio entre las Américas separadas por el río Grande (Latinoamérica quedaría fuera del Occidente fergusoniano). No evita esta teoría, sin embargo, que en su razonamiento emerja una cierta perspectiva anglófila y displicente con la herencia del mundo clásico, la cual incide sin sonrojos en la leyenda negra española y en la superioridad de la religión protestante —que, considera, está colonizando la espiritualidad china, y de ahí su renacimiento— sobre el catolicismo, desechando no solo la participación de las órdenes religiosas en la creación de las redes comerciales, sino también las instituciones surgidas en la «era confesional», de acuerdo con Wolfang Reinhard.
Más allá del tono divulgativo y la apelación superficial al lector, resulta incuestionable la capacidad de Ferguson para capitalizar las inquietudes de una sociedad que demuestra conocer sobradamente. No es de extrañar, por tanto, que el gobierno británico se haya planteado la posibilidad de introducir obras como Civilización. Occidente y el resto en las bibliografías de sus escolares. El reconocimiento académico, al igual que la hegemonía educativa de los países anglosajones, ya es otra cosa.
Lo que nos muestra Eric Ries en este libro es una metodología o unos principios para abordar la cuestión del desarrollo de un nuevo producto o de una nueva empresa. Desarrolla un enfoque basado en la idea de experimentar constantemente para la mejora continua, con objeto de maximizar las oportunidades de éxito. Se apoya en la filosofía de gestión del Lean Manufacturing, originaria de Japón —que había funcionado en el sistema de producción de Toyota—, y que tiene como objetivo incrementar la eficiencia en todos los procesos a partir de una reducción del despilfarro.
El libro aplica esta metodología, fundamentalmente, a las empresas de nueva creación que se gestan en contextos de incertidumbre máxima y que tienen un alto y rápido potencial de crecimiento. A estas nuevas empresas se las conoce como startups, si bien el autor manifiesta que sus ideas son generalizables a cualquier tipo de empresa o proyecto.
La sociedad necesita emprendedores, así como equipos directivos que destaquen por su capacidad de desarrollar su espíritu emprendedor, asumiendo riesgos y responsabilidades, y poniendo en marcha, con rapidez y éxito, proyectos innovadores que aporten valor. El método Lean Startup supone un nuevo enfoque que se ajusta a estos requerimientos al enfatizar la eliminación del despilfarro en todas sus formas y a la búsqueda constante del valor.
LA FILOSOFÍA Y METODOLOGÍA LEAN STARTUP
El reto de la aplicación del concepto Lean Startup radica en superar el pensamiento predominante sobre la gestión empresarial, que se basa en la realización de planes bien elaborados, aunque seguro que muchos empresarios en el pasado o actualmente han aplicado o están aplicando las ideas «lean» y «ágiles», sin conocer lo explicitado en este libro por Ries. La planificación empresarial suele ser una herramienta que funciona cuando se trata de medianas y grandes empresas, y en sectores más relacionados con la economía tradicional.
Las startups necesitan nuevos marcos de actuación que no les ofrece la gestión empresarial tradicional. Lean Startup es la adaptación de la metodología de Toyota al contexto del espíritu emprendedor, utilizando el método científico como criterio para experimentar una y otra vez la viabilidad de la nueva empresa, a través de sucesivas pruebas o iteraciones de su producto con los clientes, lo que asegura una drástica reducción de los derroches por rediseño del modelo de negocio o del producto que desgastan habitualmente la actividad emprendedora. Es más un método de trabajo que una relación de pasos a seguir, diseñado para adaptarse a las condiciones concretas de cada proyecto o empresa. El aprendizaje validado es uno de los pilares del método, por lo que hay que construir internamente una plataforma de experimentación donde testar las metodologías a implementar.
Se centra en la agregación de valor como la esencia que proporciona un beneficio al consumidor o cliente, cualquier otra cosa es un despilfarro. Por ello, es fundamental desarrollar las bases para medir el progreso del aprendizaje, en el contexto de incertidumbre extrema, permitiendo a los emprendedores que desarrollen predicciones comprobables, evitando despilfarros y sin comprometer la visión global del proyecto.
El objetivo máximo de una startup es descubrir lo antes posible su modelo de negocio: conseguir saber qué es lo que quieren los clientes, qué producto o servicio debe proporcionarse y cuánto pagarán por él, y hacerlo tan rápidamente como sea posible.
El método que propone Ries intenta canalizar la creatividad humana de la forma más productiva, y no hay mayor destrucción del potencial creativo que la decisión errónea de perseverar en lo que no funciona. Por eso sugiere un bucle de aprendizaje al que denomina CREARMEDIR- APRENDER, y cuya estrategia principal es optimizar tanto los recursos como el tiempo invertidos.
De esta forma, una lean startup se convierte en un catalizador que transforma las ideas en productos, mediante las interacciones de los consumidores con los productos finales experimentos—, siendo el aprendizaje validado sobre cómo crear un negocio sostenible el resultado último y real de dichos experimentos.
Las organizaciones Lean deberán mantener su agilidad en todos sus procesos, tendrán una orientación hacia el aprendizaje y la cultura de la innovación a medida que se van desarrollando. Estos desarrollos se realizan en entornos just-in-time, realizando experimentos de producto sin hacer inversiones masivas anticipadas en planificación y diseño.
Otro aspecto a destacar de la metodología es que se basa en «asunciones de actos de fe» —aquellas partes de las que depende todo lo demás—, que hay que validar lo antes posible como principal objetivo de la startup, y que si no se confirman se debe saber cuándo hacer un giro drástico en el proyecto, lo que se denomina PIVOTAR.
La estrategia de cambio propuesta se basa en: VISIÓN (crear), ESTRATEGIA (pivotar, las veces que sean necesarias) y PRODUCTO (optimizar). Las principales hipótesis aprobar son la de Valor —vinculado a la realización de un«producto mínimo viable» (PMV)— y la de Crecimiento(vinculado a los grupos objetivo de venta).
El PMV nos permite lograr aprender mediante pequeños incrementos de valor, conseguir compromisos para iterar, centrar la visión de los productos y crear clientes visionarios que nos ayuden a desarrollar los motores de crecimiento internos.
Para aprender hay que medir, y para ello hay que parametrizar dicho crecimiento. Resulta fundamental desarrollar motores de crecimiento como mecanismos que ayuden a alcanzar el crecimiento sostenible, que ofrezcan a las startup una batería de indicadores en los que centrar sus energías. Estos motores determinan el producto final y el encaje en el mercado. Se mide, porque lo que realmente interesa es aprender y progresar. Hay que encontrar las métricas que midan el progreso real —sin recurrir a indicadores vanidosos— y que nos ayuden a entender qué es lo que realmente quieren nuestros clientes.
Ries nos propone el desarrollo de aceleradores que nos faciliten encontrar la senda óptima de trabajo. La utilización de equipos más pequeños, ciclos de tiempos más cortos, interacciones con los clientes continuas y rápidas, o la capacitación de los equipos para la toma rápida y valiente de decisiones, son algunas de las recetas de este libro. Se trata, en definitiva, de construir más rápido, medir más rápido y aprender más rápido, en aras a asegurar el éxito de cualquier proyecto empresarial.
Este libro es un material indispensable para quien quiera profundizar en las más recientes metodologías de lanzamiento de nuevos productos y de proyectos emprendedores.
Hay un tipo de libros, más bien escasos, que sirven por igual al investigador y al político. Se trata de piezas que combinan un dominio pertinente de la literatura especializada y una hoja de ruta práctica, una lección concreta, sumamente útil para la persona que ejerce el poder. El nuevo directivo público pertenece a este género de obras. Antonio Núñez Martín ha escrito una obra que nos facilita la comprensión de los retos a los que se enfrenta la administración pública en un entorno en el que la sociedad exige un claro reformismo sistémico (Big Bang approach). Núñez, actual director de Políticas Sociales del Gabinete del Presidente del Gobierno de España, es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por CUNEF, MBA por el IESE, MPA por Harvard Kennedy School of Government y doctor por la Universidad Rey Juan Carlos. Antes de ingresar formalmente a la política, dirigió en el IESE, durante diez años, los departamentos de Programas Abiertos, Programas In Company y Programas Especiales. Además, fue el artífice y el director ejecutivo del Center for Public Leadership and Government, un polo innovador de gran repercusión en el ámbito de la gestión pública. Su biografía explica que El nuevo directivo público sea una síntesis teórico-práctica válida para los académicos y también para los policy makers reformistas que intentan solucionar los problemas del país.
Lo propio del poder es la complejidad. Y la complejidad exige delimitar adecuadamente las funciones del directivo público para alcanzar un equilibrio de eficacia administrativa. El isomorfismo institucional ha dado paso a la necesidad del tailoring, lo que nos lleva a realizar un análisis context-dependent en el que afloran las características propias del entorno de aplicación de un conjunto de políticas concretas. Sin renunciar a establecer una estructura de incentivos adecuada, este tipo de enfoques nos ayudan a reconocer la importancia fundamental de otros factores que son imprescindibles para la reforma viable de lo público. Entre estos, hoy más que nunca, urge resaltar la variable esencial de la calidad del liderazgo.
De eso trata el libro de Núñez. De la necesidad de construir un liderazgo para el futuro, un liderazgo comprometido con el país, que desarrolle competencias y fomente un perfil del directivo público que motive, coordine y forme a su equipo en técnicas prácticas (sin recurrir al determinismo de los toolkits) que contribuyan a solucionar problemas internos y externos. Tal gestor será capaz de cumplir con las metas públicas que le exige la sociedad mejorando la performance intraestatal. Encontrar el equilibrio entre el paradigma racional weberiano-wilsoniano y las estrategias orientadas al resultado propias del New Public Management es el gran reto para modernizar la capacidad de la estructura estatal.
Diez años de experiencia formando directivos permiten abordar el problema de la calidad de la gestión pública de manera realista y propositiva. Aunque existe un consenso global sobre la importancia de las instituciones para la consolidación de la democracia y el buen gobierno, hay un déficit en la elaboración de soluciones realistas que busquen mejorar el funcionamiento del sistema institucional. Bo Rothstein, uno de los leading scholars dedicados a la calidad del gobierno (Quality of Government), ha criticado, con razón, que en el último Handbook of Political Economy (Weingast y Wittman, 2006) ninguno de los 67 capítulos aborda el problema de cómo transformar un equilibrio institucional negativo en uno positivo. De allí que, para Rothstein, la pregunta importante que deben formularse los científicos sociales de nuestro tiempo (y si me apuran, también los políticos) radica en «cómo» mejorar el Estado y los servicios públicos, es decir, «cómo» crear instituciones de calidad (high-quality institutions). En general, tenemos bastantes datos sobre los problemas sociales, pero hacen falta académicos y políticos que propongan soluciones viables basadas en la evidencia que durante décadas hemos acumulado prolijamente. Al fin y al cabo, la auctoritas solo se legitima cuando cumple una función concreta: «to speak the truth to the power».
El libro de Antonio Núñez se aleja, por igual, de la torre de marfil excesivamente academicista como del voluntarismo que caracteriza a un sector de la política activa. En su diagnóstico y en sus propuestas prima el equilibrio que solo otorga la experiencia, algo fundamental para cualquier hoja de ruta viable. El ejercicio del poder no es pura geometría. Strauss y Sartori, en sus furibundas críticas al determinismo unidimensional de la ciencia política estadounidense, lo señalaron de manera fehaciente. Para Strauss, una aproximación excesivamente técnica que aspire a predecir y dominar las leyes de la política no era ni maquiavélica ni neroniana («Nevertheless one may say of it that if fiddles while Rome burns. It is excused by two facts: it does not know that it fiddles, and it does not know that Rome burns»). Es preciso formar a las personas para que tomen decisiones, amparándonos en la técnica, sí, pero también en el método de casos, en la experiencia y en la prudencia política que siempre tiene algo que decir.
Ciertamente, necesitamos un marco formal adecuado, reglas de juego claras que reduzcan la discrecionalidad anárquica. Sin embargo, la pura ingeniería institucional, como lo demuestra la crisis que hoy padecemos, es insuficiente si carecemos de gestores públicos dispuestos a hacer del Estado un agente del cambio responsable. El nuevo directivo público analiza la formación, las características y los retos de los líderes llamados a regenerar el sistema. Se interna en el entorno de la administración pública y en las funciones del directivo con visión, experiencia y metodología. Propone cambios y avanza una política comprometida. Al fin y al cabo, convertir una democracia debilitada en una poliarquía fuerte y eficiente es tarea de todos. Pero fundamentalmente de esa élite que hoy más que nunca tiene la responsabilidad de liderar.
Los editores aclaran en la nota previa que la obra reseñada es el primer título de la segunda fase del proyecto que sobre El valor del español ha desarrollado en los últimos años la Fundación Telefónica. El volumen incluye dos trabajos, el primero a cargo del veterano diplomático Javier Rupérez y el segundo del profesor de Traducción e Interpretación de la Universidad de Alcalá de Henares, David Fernández Vítores.
Las aportaciones elaboradas por los dos autores fueron sometidas posteriormente a debate en un seminario convocado al efecto por la propia Fundación Telefónica, en el que tomaron parte reconocidos expertos en las materias planteadas. El texto de sus acotaciones y comentarios se reproduce en la segunda parte del libro.
ANÁLISIS REALISTA DEL ESPAÑOL EN EL MUNDO
El propósito que mueve, tanto a los editores como a los autores, es difundir entre el público interesado: lingüistas, políticos, diplomáticos, empresarios, financieros y expertos en relaciones exteriores, la idea de que el español, como idioma de comunicación internacional, presenta múltiples facetas. Su interés no se reduce al ámbito de la cultura o la literatura, con ser aspectos importantes, sino que debe ampliarse hacia otras áreas como la ciencia, la tecnología, la industria y el comercio, en las que encuentra dura competencia en un mundo marcado por la hegemonía del inglés.
En líneas generales, la obra mantiene una prudente actitud al examinar el presente y futuro de nuestro idioma, dispuestos los autores a no confundir los sentimientos y buenos deseos con la realidad desnuda. Así, proceden a evaluar fríamente los datos y cifras, al tiempo que reconocen los aspectos favorables sin ocultar las dificultades y barreras que pudieran frenar la marcha ascendente del español en el mundo.
En relación a los aspectos favorables, en los que llevamos ventaja indiscutible, los dos autores coinciden al señalar que el español es una lengua en pleno desarrollo, que aumenta en cuanto al número de personas que lo hablan como lengua materna y que, además, utilizan de modo habitual en sus relaciones de diversa índole: familiar, personal, social, cultural, científica o comercial.
Las cifras expuestas se interpretan de modo que, sin caer en el triunfalismo excesivo, muestran resultados indudablemente muy positivos. En efecto, las cifras son contundentes, como ahora veremos. De aquellos famosos «300 millones» de hispanohablantes a los que se dirigía en los años setenta-ochenta del siglo pasado un conocido programa de TVE, hemos pasado a los 450 millones que registra la primera década del XXI. La tendencia en los próximos años parece asegurar que se alcanzarán los 500 millones en un futuro no muy lejano.
EL ESPAÑOL EN LOS ORGANISMO INTERNACIONALES
Nos encontramos, pues, en una situación reconfortante, que se traduce en el reconocimiento del español como lengua oficial y de trabajo en los foros internacionales para nosotros más importantes, desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a la Unión Europea (UE). Sin embargo, con ser relevantes los datos citados, los números no lo son todo y es preciso tener en cuenta otros factores cualitativos, como la frecuencia real del español en las comunicaciones internacionales o en el campo de la economía, la empresa, la ciencia y la cultura.
En este sentido, el trabajo distingue con claridad la diferente situación del español en la ONU y en la UE. Las posiciones en una y otra organización varían notablemente, debido a una serie de factores que se analizan detenidamente, para evitar simplificaciones que pueden confundir la realidad, tal como ocurre en las noticias que transmiten con excesiva frecuencia ciertos medios de comunicación.
Aquí se nos recuerda una verdad que no conviene olvidar y que nos obliga a un saludable ejercicio de humildad: la presencia del idioma español en el mundo reside en el hecho de ser la lengua materna, no impuesta ni asumida por necesidades prácticas, utilizada en la veintena de naciones americanas de origen hispánico.
Esta realidad favorable es el factor determinante para que en la ONU el español sea uno de los seis idiomas oficiales reconocidos, y el tercero, a continuación del inglés y del francés, más utilizado, por encima del árabe, ruso y chino. El panorama resulta algo más complicado cuando nos referimos a la Unión Europea, al carecer del respaldo de la América Hispana.
EL ESPAÑOL, MINORITARIO EN EUROPA
Resulta, no lo olvidemos, que en el Viejo Continente el español peninsular ni es lengua mayoritaria por número de habitantes ni tampoco es utilizada como vehículo de comunicación entre ciudadanos de los países miembros. Alemania, Francia, Inglaterra e Italia nos superan ampliamente en cuanto se refiere al número de habitantes. Son datos negativos a los que se deberán añaden otros factores adversos para el español que dan ventaja a los rivales. Uno de esos datos indica que el inglés, predomina de hecho en su papel de «lengua franca» y ocupa el primer e indiscutido lugar en la UE. En cuanto se refiere al francés, que acusa un claro retroceso, no ha perdido, sin embargo, su tradicional influencia en el terreno diplomático.
El alemán, predominante desde siempre en Europa central y oriental, ha recuperado espacios gracias no solo a la reunificación del país tras la caída del Muro de Berlín, sino también acentuado por el auge económico y los avances industriales, científicos y tecnológicos.
Se ha de reconocer que, por desgracia y en relación con Europa, en ninguno de esos campos se percibe un incremento paralelo en nuestro país, lo que nos relega a un plano secundario dentro de la UE, a la espera de que la rueda de la suerte nos favorezca en el circunstancial reparto de papeles, en función de la benevolencia ajena que rara vez se produce.
EN DEFENSA DE LA LENGUA COMO PATRIMONIO HISTÓRICO
A la hora de defender en el terreno internacional los propios intereses, y el idioma los representa en grado sumo, hace falta desarrollar con energía y convicción una lucha tenaz y sin fisuras. La menor muestra de debilidad será aprovechada por los equipos rivales para introducirse en la retaguardia y marcar gol en nuestra portería. La cuestión estriba en que, mientras en la ONU disponemos de veinte aguerridos defensas que no desaprovechan ocasión de pasar al ataque en favor del equipo lingüístico hispano, en la UE el panorama es algo más oscuro. Nos encontramos solos, con el único recurso de apelar a nuestros hermanos de ultramar con los que los países miembros de la UE mantienen fuertes lazos económicos y comerciales.
Los autores apuntan otro factor negativo que oscurece el horizonte del español en el ámbito de la UE. El reconocimiento de varias lenguas, también «españolas» con carácter de cooficiales resta energías a la hora de promover el uso de un solo idioma en los órganos deliberativos y burocráticos de Bruselas. Los argumentos que utilizan los oponentes se basan en razones numéricas, tales como estas: en España su idioma se encuentra en retroceso. ¿Ejemplos? Las leyes restrictivas contra el español en Cataluña, País Vasco y, en menor medida, en Galicia. ¿Son ustedes 46 millones de ciudadanos que se expresan en español? Falso, dicen: a esa cifra habrá que restarle unos cuantos millones. Algunas de las autonomías citadas empiezan a no ser bilingües. Incluso, en ciertos casos, el español no se enseña en ninguno de sus niveles y en unos años, pocos, en esos territorios se habrá perdido: solo se hablarán las lenguas vernáculas.
Entonces, a esos 46 millones ¿cuántos restamos?, ¿diez?, ¿quince? Serían ustedes 30/36 millones? Aunque cueste creerlo Los datos indican que el único lugar del mundo donde nuestro idioma retrocede es… en España. Por mucho que se consideren, y en realidad lo sean, falaces, falsos o interesados tales argumentos, no hemos de esperar que disminuyan las presiones de otros países que, como Italia o Francia, luchan en la defensa de unos idiomas de tan notables méritos en el ámbito de la cultura, la ciencia la literatura y el arte.
Los autores aportan una amplia variedad de temas de reflexión y lo hacen con un lenguaje accesible dentro del rigor que exige un problema de hondo calado puesto que alude a uno de los valores más sólidos del patrimonio histórico heredado que hemos de proteger y defender. En la obra se citan textualmente extensos párrafos del ensayo del maestro Fontán El español, lengua universal. Que como estrenas navideñas envió a sus amigos y colaboradores en diciembre de 1996. Reproducir algunas de sus lúcidas sugerencias puede servir como resumen de los contenidos del libro reseñado y de los propósitos que guían a los autores en un trabajo que se recomienda como obra de consulta fundamental para orientar los criterios de una adecuada política internacional en la promoción y defensa del nuestra lengua:
La lengua española, en suma, constituye la mayor riqueza de nuestra nación.
…La lengua es un recurso natural una fuente de riqueza y un activo intangible, obra de la historia. Hasta en el orden económico, podría compensar a la nación de los bienes que le negó la naturaleza…
… En cuanto a la política exterior, España debe proponer en la Comunidad Hispanoamericana de Naciones como un deber de todos, la acción conjunta en el fomento y la promoción de este tesoro histórico.
Cuando se escribe sobre el siglo XX la historia del horror parece repetirse de la manera más amarga. Guerras mundiales, Gulag en la Unión Soviética, campos de exterminio en la Alemania nazi, revolución cultural en China, regímenes totalitarios en diversos lugares del mundo, junto a un largo catálogo de males que se podrían agregar a la lista. Entre ellos emerge con fuerza propia la bomba atómica, arma letal y de consecuencias múltiples, con la que las fuerzas norteamericanas atacaron Japón, específicamente Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.
Ese es el tema que trata el reciente libro del autor japonés Kenzaburo Oé (premio Nobel de Literatura en 1994), Cuadernos de Hiroshima. Se trata de un trabajo que reúne los artículos escritos por Oé entre 1963 y 1965 —en pleno contexto de la Guerra Fría y de la amenaza nuclear— sobre las secuelas de la bomba atómica en la sociedad japonesa, con especial atención en los sobrevivientes. Tarea difícil, considerando que «la gente de Hiroshima prefiere guardar silencio hasta el momento de enfrentarse a la muerte», como le explicó un dermatólogo. El autor procuró, en sus viajes a la ciudad, conocer de primera mano los efectos de la bomba, a los que habían estado ahí el 6 de agosto de 1945 y los días siguientes, saber cómo vivían los afectados en los hospitales, conversar con médicos y pacientes, saber de los movimientos por la paz y contra el uso de las armas atómicas y tratar de contar después lo que podríamos llamar las permanentes secuelas de Hiroshima.
Uno de los dramas más grandes de la bomba atómica es que muchos de sus efectos solo se comenzaron a ver con el tiempo. A los miles de muertos en los primeros días se sumaron otros en los años siguientes, víctimas de la leucemia (la «enfermedad de la bomba atómica») y la radiación. A ellos habría que añadir los que «se han suicidado o han perdido el juicio» producto de que se les diagnosticara alguna enfermedad originada por la bomba atómica. Las consecuencias genéticas en algunas personas, la falta de apoyo económico e incluso la incomprensión son otros de los temas que aparecen en las páginas de los Cuadernos, fijando un cuadro dramático pero real de lo que fue Hiroshima para Japón y para el mundo. A lo cual podemos agregar la fortaleza de aquellos sufrientes que no se resignaron, siguieron luchando durante años a pesar de las secuelas y los dolores acumulados; algunos trabajaron incluso en exceso, para evitar pasar postrados en cama o recordando todo el día su condición desmejorada, decididos «a vivir, a trabajar honestamente hasta que la enfermedad acabase con todo» (p. 168).
Oé menciona un par de ejemplos de notable valor humanista. Los hospitales tenían la política de no mostrar los bebés cuando venían con deformidades, pero la contrapartida se manifestaba en esas madres que rechazaban el aborto y preferían seguir adelante con sus embarazos, e incluso eso les daba más fuerzas para vivir. El otro caso es el trabajo heroico de los médicos, tanto inmediatamente después del ataque del 6 de agosto como en los años siguientes, cuando debieron lidiar —sin medios y en ocasiones sin los conocimientos suficientes— contra un enemigo muy superior a sus fuerzas, motivados por la gran vocación y el deseo de servir a la causa de la vida humana.
Una de las conclusiones que se pueden extraer del libro es que tan importante como la capacidad destructiva de la bomba es el inmenso sufrimiento humano que produce. Por otra parte, también emergen algunas consecuencias imprevisibles, pero que tienden a aumentar los males: por ejemplo, la insensibilidad de la sociedad hacia los que han sufrido, lo que «demuestra la profundidad de la devastación moral en nuestro país» (p. 172), olvido alentado en ocasiones por los éxitos de la sociedad de consumo.
En palabras de Shigetó, médico que constituye un ejemplo moral para el premio Nobel japonés, sigue siendo necesario recordar. «Lo que no se conoce todavía suficientemente es la clase de infierno por el que tuvo que pasar la gente de Hiroshima, ni sus sufrimientos, diecinueve años después del bombardeo, derivados de las enfermedades provocadas por la radiación» (p. 182).
El libro en ocasiones peca —aunque quizá no pueda ser de otra manera— de nipón centrismo, aunque ello sea entendible, las frases aparecen como demasiado categóricas: «la experiencia vital más inhumana de todo el siglo XX» (p. 27); «Hiroshima se revela como la herida más profunda de la humanidad» (p. 106); «la destrucción atómica de Hiroshima fue el peor “diluvio” del siglo XX» (p. 128). No cabe duda que fue un suceso traumático y con males multiplicados a raudales. Pero de la misma manera no hay razón para no considerar Auschwitz como la herida más profunda, o el Gulag como la experiencia vital más inhumana o las dos guerras mundiales como el peor diluvio de la última centuria. El problema de fondo pervive: a tantos males acumulados, es difícil elegir cuál fue peor. Quizá sea mejor dejar atrás las estadísticas y volver a la esencia del problema: la inmensidad del mal moral y físico provocado por los totalitarismos, por la bomba atómica y por la destrucción convertida en sistema. Y detrás de eso, recuperar el corazón de una verdadera civilización: la persona humana.
En 1964 Oé señaló que la dignidad humana «es lo más importante que descubrí en Hiroshima» (pp. 106-107), convicción que lo acompañaría toda la vida. «La gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima —explica Oé en una entrevista de 2011— es la dignidad del hombre, tanto de los hombres y mujeres que murieron en aquel instante como de los supervivientes que sufrieron el impacto de la radiación en la piel y durante años padecieron un sufrimiento extremo que espero haber sido capaz de reflejar en algunos de mis escritos» (p. 216). Este libro es el reflejo de la responsabilidad social de un intelectual, por volver a poner de nuevo al hombre en el centro del análisis de la historia, con todos sus lamentables dramas y sus inmensas posibilidades.
EL DESENCANTO EN CANTO
Para entender y disfrutar del todo este último poemario, tan breve, de Fernando Ortiz (Sevilla, 1947), hay que echar largamente la vista atrás. De entre los poetas de la llamada «Segunda generación del 70», esa que echó un freno de sensatez a los excesos de sus coetáneos novísimos, sin menor culturalismo, pero más vivido y menos estentóreo, Ortiz es de los mejor equipados teóricamente y de los que mayor influencia estaban llamados a ejercer entre las generaciones siguientes.
En él se anudaban algunas influencias esenciales, como la de la poesía inglesa, T. S. Eliot y W. H. Auden, y la recuperación de poetas andaluces, como los integrantes del grupo Cántico, además de la reivindicación de Aquilino Duque, entre otros. La claridad expositiva, unida a una actitud amigable y receptiva, permitió que Fernando Ortiz hiciera de puente generacional y que despejase el camino a muchos de los poetas más significativos de los ochenta y los noventa.
Tantas influencias dejaron una huella, antes que nada, en su poesía, lógicamente. Por un lado estaba su apuesta por el tono conversacional, del que el título del libro que nos ocupa es una nueva defensa; y por otro, el trato íntimo de estudioso con tantos grandes, que le haría tomarse con humildad su propia obra creativa. Y sobre todo ello, su apuesta por la elegía. Por eso, los poemas de Fernando Ortiz nunca levantan la voz y poco a poco se van ciñendo a temáticas cada vez más circunstanciales. Ese aire de apagamiento que se ve en Plática ya estaba en sus orígenes: su primer libro se llamó Primera despedida (1978) y otros títulos suyos son igual de significativos, específicamente los últimos: Moneditas (1996), Posdata (1999), Miradas alúltimo espejo (2011) y Después del siglo XX (2012).
Todas estas características comparecen quintaesenciadas en Plática. El libro se abre enseguida con dos homenajes, uno a Fray Luis de León y otro a Manuel Machado, que reivindican al poeta a contrapelo, contra mundum, por un lado, y al poeta de la gracia y la anécdota, por otro. Tras esos dos poemas, un soneto donde declara: «Aunque bien sé que nunca fui un genio», y a continuación un homenaje implícito a Rafael Alberti, que viene a recordarnos la sempiterna defensa de Ortiz de la tradición andaluza. Nada más empezar, por tanto, nos marca las coordenadas de Plática.
A partir de ahí, pasa a declarar su desencanto, disfrazado de indiferencia o de un leve interés irónico por temas menores, aunque el desencanto también se presenta sin disfraces, como en «Caducidad de mi reino»: «Pensé que era mi reino la Poesía. / Y, si la dominaba, con desprecio / podría tratar sin duda al vulgo necio / desestimando así su tontería. // Pasan los años y la demasía. / El joven, al caer de alto trapecio, / aprende por sí mismo el justo precio / que ha de pagar por tanta altanería. // […]» No es la única declaración de desolaciones. Expone heridas, enfermedades, desengaños. «He sido más necio que preclaro» […]
«Llegó el momento de pagar factura» […] «Que no es juego, coño. / Sino un mecanismo / que destroza todo. / Se llama alcoholismo». […] «Por qué la vida se acaba / y uno se va de la vida / sin enterarse de nada» […] «El que se entera de algo, / aunque sea la mitad, / mejor no haberse enterado» […] «Y la desolación era patente», etc.
Pero frente a este panorama devastado, a veces visto con humor, pero negro (véase «Poeta en la tercera edad»), Fernando Ortiz no se doblega: se amarra al mástil de sus sirenas, que son las poesías. Había escrito que su reino era la poesía, y que ella ha sido su amor constante. Lo resume todo a la perfección «El soneto que ves»:
Era un poeta al que le dio un infarto
que le dejó partido el corazón.
¿No explica esto su preocupación
y que empezara a estar del todo harto?
Del corazón quedóle solo un cuarto.
Y el hombre fue perdiendo la afición
y el gusto por la loca diversión.
Supersticioso, al fin, dijo: «lagarto».
Pero como la vida es como es,
un grave carcinoma pulmonar
empeoró el asunto años después.
Le quedan, a lo sumo, dos o tres.
¿Y qué hace el insensato? Pues cantar
y escribir el soneto que ahora ves.
Plática es, pues, la milagrosa transformación de un desencanto vital y de unas encrucijadas complicadas en un canto porque sí, a pesar de todo, fiel a la vocación de siempre, la poesía, vieja amiga. Milagrosa transformación, pero no inexplicable. Junto a la fidelidad personal a una trayectoria que traía hasta aquí, están los versos de quien sabe lo que se trae entre manos («Si en Venecia hay canal, aquí Caleta», escribe en el soneto «Cádiz» con excelente retórica) y la emoción de un corazón que se estremece como siempre: «Sonríes en un bar que ya no existe».
Las listas de libros más vendidos de medio mundo están situando en estos días La Infancia de Jesús en el número uno. Decenas y decenas de miles de ejemplares se están vendiendo en todos los formatos e idiomas, aún antes de que Joseph Ratzinger anunciara la inusitada decisión de renunciar al pontificado para convertirse en papa emérito, lo que añade tal vez un plus de atractiva novedad para comprar la obra, aunque la verdad es que los otros dos tomos de la vida de Jesús, publicados precedentemente, también habían conocido récords de ventas.
Sea como sea, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, concluidos los tres tomos de este Jesús de Nazaret, nos encontramos ante una obra excepcional, por su autor, por sus lectores, por su texto.
EL AUTOR
En cuanto al autor, hay dos en uno: aparece con doble denominación, la del teólogo y la del papa. No es necesario recordar que los papas, al acceder a la silla de Pedro, tradicionalmente se abstenían de sustentar posiciones teológicas todavía en discusión y se autoimponían anunciar solamente la doctrina dogmática o, al menos, la común. Ratzinger, antes de ser elegido papa, había concebido escribir esta obra, llena de cuestiones opinables, tal vez en la placidez de un retiro como jubilado que nunca le llegó y como corolario imprescindible de toda una vida dedicada a la investigación teológica. ¿Cómo no concurrir con su voz a la serie de obras fascinantes que presentaban a Jesús de Nazaret a partir de los evangelios y que fueron ya lecturas de su infancia? Y, en efecto, concurre, señalando expresamente que, aunque el autor sea en ese momento el papa Benedicto XVI, la responsabilidad de lo escrito es exclusivamente del particular Joseph Ratzinger: «por eso, cualquiera es libre de contradecirme» (I, p. 20).
Y así emprende un objetivo en el que tiene sumo interés: componer un acercamiento propio a Jesús que parta de lo que quisieron decir quienes escribieron los textos que hablan de él, pero sin descuidar el vínculo que guardan esas palabras con su interpretación en el marco de la Fe. Quienes alejan el Cristo histórico hasta una nebulosa, cuya relación con la lectura que nos propone el Cristo de la fe es cuando menos inconcreta, dejan verdaderamente sin sustento al Cristo de la fe (convertido casi en un fantasma). Hay autores que, partiendo de que todo lo milagroso es imposible, tienen que aducir complicadísimas e inverosímiles explicaciones para textos que acaso simplemente cuentan, con la sencillez propia del testigo, un hecho excepcional. En este punto aparece Ratzinger, agradecido a los adelantos que nos ofrecen hoy la crítica histórica, el conocimiento de los géneros y la historia de las formas, pero sin los prejuicios que en ciertos autores vuelven incompatibles con el conocimiento de la fe hallazgos que son en sí mismos plausibles.
El autor es un apasionado de la verdad y esa condición le aleja de todo integrismo y de toda veleidad. Al iniciar el segundo volumen leemos que «es para mí un motivo de alegría que el libro haya ganado en este tiempo (…) un hermano ecuménico en la voluminosa obra Jesus (2008) del teólogo protestante Joachim Ringleben en el que [con todas las lógicas diferencias] se observa la profunda unidad en la comprensión esencial de la persona de Jesús y de su mensaje» (II, p. 5).
Uno no puede menos que recordar con una sonrisa la experiencia adolescente de la complicada burocracia, no exenta de sentido, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo, a la que había que acudir en la capellanía universitaria para que se te permitiera leer sin pecado un autor protestante. Y, desde luego, resultan hilarantes, muchos años después (¿2005?), sensu contrario, las furibundas diatribas de un Vargas Llosa en el diario La Nación de Buenos Aires con las que combatía contra el Ratzinger fabricado por toda laya de plumíferos semiilustrados que hablaban de oídas acerca del Presidente del Santo Oficio (antigua Inquisición). (Por cierto, que últimamente he visto con agrado cómo el premio Nobel ha leído algo de Ratzinger y ha manifestado en la prensa opiniones acordes con su reconocida sensatez y con la realidad de los hechos).
Un libro excepcional, pues, por su autor, un hombre apasionado por la verdad y un hombre de fe. Porque es un hombre apasionado por la verdad no se envisca en temores de posibles falsas interpretaciones (Veritas liberabitvos, Jn. VIII, 32): atiende a lo que dicen los demás y afirma las razones de su propia posición. Porque es un hombre de fe, no teme que de la ciencia le venga ninguna confusión (qui autem timet non est perfectus in charitate.I Jn. IV, 18).
LOS LECTORES
Tratándose de la semblanza del fundador del cristianismo no sería de extrañar que cientos de miles de personas compren en todo el mundo este Jesús de Nazaret de Ratzinger. Pero ¿tiene Ratzinger tantos miles de lectores? ¿Tantos pueden saborear la aproximación sencilla y sabia a una semblanza de Jesús en este mundo que algunos señalan como enfermo de superficialidad?
Una anécdota ocurrida a propósito de La infancia de Jesús, el folleto (como lo denomina su autor) que se añadea los otros dos volúmenes y ha aparecido el último, puedearrojar luz.
Cualquiera que haya leído los Evangelios sabe lo que dice el evangelio de la infancia, que relata S. Lucas: «Y sucedió que mientras ellos estaban allí [en Belén], se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc. II, 6-7). Ratzinger constata que, aunque el lugar es un comedero de animales, el texto no habla en este caso de animales concretos. ¿Para qué quieres más? Son innumerables los «informadores» (creyentes, incrédulos y a medio camino) que han comentado por todos los medios de información esta «escandalosa» novedad. Quienes tienen como todo saber adquirido la iconografía infantil que han visto repetidas en los belenes, christmas y puestos de figuritas no pueden dar crédito a la afirmación contra la que muchos (yo los he oído) se rebelaron sin hacer el «ciclópeo» esfuerzo de leer la línea que le confirmaría que las cosas son así. Menos mal que la sabiduría del autor al que increpan viene en su auxilio, reflexionando sobre cómo se ha podido llegar a esa iconografía. «La meditación, guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí […] se ha remitido a IsaíasI, 3: “El buey conoce su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” […] aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno» (III, pp. 76-77).
La obra de Ratzinger reclama un lector ilustrado, pero tengo para mí que entre los compradores de esta obra de éxito editorial de difícil parangón se suman grupos heterogéneos. En los no ilustrados, están ciertos grupos de católicos piadosos divididos en dos: los que no entienden la obra, aunque no saben que no la entienden (en todo caso, sabe que les anima a ser buenos), grupo que es legión, y los que no entienden la obra y abandonan su lectura, dando gracias a Dios por tener un papa sabio. Muchos otros no ilustrados, más o menos cercanos a la cultura católica, se acercan a la novedad y comentan, como hemos recordado, su discrepancia a propósito de la falta de ciertas figuritas folclóricas.
Un mínimo de ilustración permite, en cambio, seguir de la mano de Ratzinger, asintiendo o disintiendo, la semblanza de Jesús de Nazaret que presenta, detalle a detalle, con solvencia y maestría, el gran creyente católico que es. Algún filósofo ha dicho que sin él los ateos se quedarían sin interlocutor.
LA OBRA
La reflexión que se nos presenta acompaña la vida de Jesús durante todo el arco de su vida pública: desde el Bautismo a la Transfiguración (tomo I) y desde la entrada a Jerusalén hasta la Resurrección (tomo II). Se complementa con un tomo más breve dedicado a los relatos de infancia.
Es cierto que el lector prevenido puede intentar colaborar, matizando este o aquel punto. Un ejemplo. «En el saludo del ángel llama la atención el que no dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom —la paz esté contigo—; sino que usa la fórmula griega chaíre […],pero en este punto conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaíre:¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza el sentido propio del Nuevo Testamento. La misma palabra reaparece en la noche Santa en labios del ángel (…)». No estoy seguro de que esto sea así. Las fórmulas de saludo son modismos que se construyen con los mimbres de la cultura de un momento, pero luego se desgastan hasta dejar de significar, reducidos tan solo a la función fática de mantener un contacto solidario con los interlocutores. No sé cómo ha llegado chaíre al texto de Lucas, pero sí cómo lo ha hecho Dios tesalve, María a la versión en español de la oración mariana por antonomasia. En una cierta cultura cristiana de los siglos XVI y XVII se mantenía la cercanía con el saludo de tenor sobrenatural Dios te salve por más que quien lo profería decía poco más de hola. Pasada esa costumbre cristiana, ha quedado como reliquia en el Ave Maria y, como ya no suena a saludo, el fiel medio repite algo que no sabe muy bien qué significa, pues desea que Dios salve a la salvada por antonomasia, la Inmaculada Concepción, in caelum assumpta. Mejor lo han hecho los francófonos que traducen Je vous salue Marie. En fin, nada malo pasará mientras los castellanoparlantes lleguemos hasta Hola, María, llena de gracia… que nos aclare lo que estamos diciendo a la par que lo decimos. Como sigue teniendo toda la razón Ratzinger al afirmar que muchos de los elementos del anuncio del nacimiento del Hijo de Dios están transidos de un sentimiento de alegría, incluso si chaíreno tiene nada que ver en la cuestión.
Jesús de Nazaret presenta como pocas obras de su género la figura de un ser histórico bien identificado, nacido en tiempos de César Augusto, siendo gobernador de Siria Cirino, y ajusticiado con sentencia de cruz, siendo gobernador Poncio Pilatos. Un hombre en quien el que se acerca puede descubrir la plenitud de Dios corporalmente (Col. II, 9) y, así, siendo verdadero hombre y verdadero Dios, recibir de él garantías sobre la existencia del Creador de todo lo visible y lo invisible, de que los seres humanos estamos llamados a una misteriosa vida más allá de la muerte, de que los Mandamientos de la Ley de Dios y el Espíritu de las Bienaventuranzas son los senderos de la felicidad, de que la comunidad de los creyente (Iglesia) es, a pesar de los pesares, el hogar donde tales consuelos pueden ser alcanzados y difundidos.
Terminada ya la obra, será bueno integrarla en un solo tomo (serían más de quinientas páginas apretadas) que se uniría a los otros dos libros de Ratzinger que completan, para mí, un imprescindible vademécum de la pretensión cristiana en los orígenes de siglo XXI. Se trata de Introducciónal Cristianismo (1968) y Dios y el mundo (2000). Una trilogía obligada a partir de aquí.