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El español en las relaciones internacionales

Los editores aclaran en la nota previa que la obra reseñada es el primer título de la segunda fase del proyecto que sobre El valor del español ha desarrollado en los últimos años la Fundación Telefónica. El volumen incluye dos trabajos, el primero a cargo del veterano diplomático Javier Rupérez y el segundo del profesor de Traducción e Interpretación de la Universidad de Alcalá de Henares, David Fernández Vítores.

Las aportaciones elaboradas por los dos autores fueron sometidas posteriormente a debate en un seminario convocado al efecto por la propia Fundación Telefónica, en el que tomaron parte reconocidos expertos en las materias planteadas. El texto de sus acotaciones y comentarios se reproduce en la segunda parte del libro.

ANÁLISIS REALISTA DEL ESPAÑOL EN EL MUNDO

El propósito que mueve, tanto a los editores como a los autores, es difundir entre el público interesado: lingüistas, políticos, diplomáticos, empresarios, financieros y expertos en relaciones exteriores, la idea de que el español, como idioma de comunicación internacional, presenta múltiples facetas. Su interés no se reduce al ámbito de la cultura o la literatura, con ser aspectos importantes, sino que debe ampliarse hacia otras áreas como la ciencia, la tecnología, la industria y el comercio, en las que encuentra dura competencia en un mundo marcado por la hegemonía del inglés.

En líneas generales, la obra mantiene una prudente actitud al examinar el presente y futuro de nuestro idioma, dispuestos los autores a no confundir los sentimientos y buenos deseos con la realidad desnuda. Así, proceden a evaluar fríamente los datos y cifras, al tiempo que reconocen los aspectos favorables sin ocultar las dificultades y barreras que pudieran frenar la marcha ascendente del español en el mundo.

En relación a los aspectos favorables, en los que llevamos ventaja indiscutible, los dos autores coinciden al señalar que el español es una lengua en pleno desarrollo, que aumenta en cuanto al número de personas que lo hablan como lengua materna y que, además, utilizan de modo habitual en sus relaciones de diversa índole: familiar, personal, social, cultural, científica o comercial.

Las cifras expuestas se interpretan de modo que, sin caer en el triunfalismo excesivo, muestran resultados indudablemente muy positivos. En efecto, las cifras son contundentes, como ahora veremos. De aquellos famosos «300 millones» de hispanohablantes a los que se dirigía en los años setenta-ochenta del siglo pasado un conocido programa de TVE, hemos pasado a los 450 millones que registra la primera década del XXI. La tendencia en los próximos años parece asegurar que se alcanzarán los 500 millones en un futuro no muy lejano.

EL ESPAÑOL EN LOS ORGANISMO INTERNACIONALES

Nos encontramos, pues, en una situación reconfortante, que se traduce en el reconocimiento del español como lengua oficial y de trabajo en los foros internacionales para nosotros más importantes, desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a la Unión Europea (UE). Sin embargo, con ser relevantes los datos citados, los números no lo son todo y es preciso tener en cuenta otros factores cualitativos, como la frecuencia real del español en las comunicaciones internacionales o en el campo de la economía, la empresa, la ciencia y la cultura.

En este sentido, el trabajo distingue con claridad la diferente situación del español en la ONU y en la UE. Las posiciones en una y otra organización varían notablemente, debido a una serie de factores que se analizan detenidamente, para evitar simplificaciones que pueden confundir la realidad, tal como ocurre en las noticias que transmiten con excesiva frecuencia ciertos medios de comunicación.

Aquí se nos recuerda una verdad que no conviene olvidar y que nos obliga a un saludable ejercicio de humildad: la presencia del idioma español en el mundo reside en el hecho de ser la lengua materna, no impuesta ni asumida por necesidades prácticas, utilizada en la veintena de naciones americanas de origen hispánico.

Esta realidad favorable es el factor determinante para que en la ONU el español sea uno de los seis idiomas oficiales reconocidos, y el tercero, a continuación del inglés y del francés, más utilizado, por encima del árabe, ruso y chino. El panorama resulta algo más complicado cuando nos referimos a la Unión Europea, al carecer del respaldo de la América Hispana.

EL ESPAÑOL, MINORITARIO EN EUROPA

Resulta, no lo olvidemos, que en el Viejo Continente el español peninsular ni es lengua mayoritaria por número de habitantes ni tampoco es utilizada como vehículo de comunicación entre ciudadanos de los países miembros. Alemania, Francia, Inglaterra e Italia nos superan ampliamente en cuanto se refiere al número de habitantes. Son datos negativos a los que se deberán añaden otros factores adversos para el español que dan ventaja a los rivales. Uno de esos datos indica que el inglés, predomina de hecho en su papel de «lengua franca» y ocupa el primer e indiscutido lugar en la UE. En cuanto se refiere al francés, que acusa un claro retroceso, no ha perdido, sin embargo, su tradicional influencia en el terreno diplomático.

El alemán, predominante desde siempre en Europa central y oriental, ha recuperado espacios gracias no solo a la reunificación del país tras la caída del Muro de Berlín, sino también acentuado por el auge económico y los avances industriales, científicos y tecnológicos.

Se ha de reconocer que, por desgracia y en relación con Europa, en ninguno de esos campos se percibe un incremento paralelo en nuestro país, lo que nos relega a un plano secundario dentro de la UE, a la espera de que la rueda de la suerte nos favorezca en el circunstancial reparto de papeles, en función de la benevolencia ajena que rara vez se produce.

EN DEFENSA DE LA LENGUA COMO PATRIMONIO HISTÓRICO

A la hora de defender en el terreno internacional los propios intereses, y el idioma los representa en grado sumo, hace falta desarrollar con energía y convicción una lucha tenaz y sin fisuras. La menor muestra de debilidad será aprovechada por los equipos rivales para introducirse en la retaguardia y marcar gol en nuestra portería. La cuestión estriba en que, mientras en la ONU disponemos de veinte aguerridos defensas que no desaprovechan ocasión de pasar al ataque en favor del equipo lingüístico hispano, en la UE el panorama es algo más oscuro. Nos encontramos solos, con el único recurso de apelar a nuestros hermanos de ultramar con los que los países miembros de la UE mantienen fuertes lazos económicos y comerciales.

Los autores apuntan otro factor negativo que oscurece el horizonte del español en el ámbito de la UE. El reconocimiento de varias lenguas, también «españolas» con carácter de cooficiales resta energías a la hora de promover el uso de un solo idioma en los órganos deliberativos y burocráticos de Bruselas. Los argumentos que utilizan los oponentes se basan en razones numéricas, tales como estas: en España su idioma se encuentra en retroceso. ¿Ejemplos? Las leyes restrictivas contra el español en Cataluña, País Vasco y, en menor medida, en Galicia. ¿Son ustedes 46 millones de ciudadanos que se expresan en español? Falso, dicen: a esa cifra habrá que restarle unos cuantos millones. Algunas de las autonomías citadas empiezan a no ser bilingües. Incluso, en ciertos casos, el español no se enseña en ninguno de sus niveles y en unos años, pocos, en esos territorios se habrá perdido: solo se hablarán las lenguas vernáculas.

Entonces, a esos 46 millones ¿cuántos restamos?, ¿diez?, ¿quince? Serían ustedes 30/36 millones? Aunque cueste creerlo Los datos indican que el único lugar del mundo donde nuestro idioma retrocede es… en España. Por mucho que se consideren, y en realidad lo sean, falaces, falsos o interesados tales argumentos, no hemos de esperar que disminuyan las presiones de otros países que, como Italia o Francia, luchan en la defensa de unos idiomas de tan notables méritos en el ámbito de la cultura, la ciencia la literatura y el arte.

Los autores aportan una amplia variedad de temas de reflexión y lo hacen con un lenguaje accesible dentro del rigor que exige un problema de hondo calado puesto que alude a uno de los valores más sólidos del patrimonio histórico heredado que hemos de proteger y defender. En la obra se citan textualmente extensos párrafos del ensayo del maestro Fontán El español, lengua universal. Que como estrenas navideñas envió a sus amigos y colaboradores en diciembre de 1996. Reproducir algunas de sus lúcidas sugerencias puede servir como resumen de los contenidos del libro reseñado y de los propósitos que guían a los autores en un trabajo que se recomienda como obra de consulta fundamental para orientar los criterios de una adecuada política internacional en la promoción y defensa del nuestra lengua:

La lengua española, en suma, constituye la mayor riqueza de nuestra nación.

…La lengua es un recurso natural una fuente de riqueza y un activo intangible, obra de la historia. Hasta en el orden económico, podría compensar a la nación de los bienes que le negó la naturaleza…

… En cuanto a la política exterior, España debe proponer en la Comunidad Hispanoamericana de Naciones como un deber de todos, la acción conjunta en el fomento y la promoción de este tesoro histórico.

Cuadernos de Hiroshima

Cuando se escribe sobre el siglo XX  la historia del horror parece repetirse de la manera más amarga. Guerras mundiales, Gulag en la Unión Soviética, campos de exterminio en la Alemania nazi, revolución cultural en China, regímenes totalitarios en diversos lugares del  mundo, junto a un largo catálogo de males que se podrían agregar a la lista. Entre ellos emerge con fuerza propia la bomba atómica, arma letal y de consecuencias múltiples, con la que las fuerzas norteamericanas atacaron Japón, específicamente Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.

Ese es el tema que trata el reciente libro del autor japonés Kenzaburo Oé (premio Nobel de Literatura en 1994), Cuadernos de Hiroshima. Se trata de un trabajo que reúne los artículos escritos por Oé entre 1963 y 1965 —en pleno contexto de la Guerra Fría y de la amenaza nuclear— sobre las secuelas de la bomba atómica en la sociedad japonesa, con especial atención en los sobrevivientes. Tarea difícil, considerando que «la gente de Hiroshima prefiere guardar silencio hasta el momento de enfrentarse a la muerte», como le explicó un dermatólogo. El autor procuró, en sus viajes a la ciudad, conocer de primera mano los efectos de la bomba, a los que habían estado ahí el 6 de agosto de 1945 y los días siguientes, saber cómo vivían los afectados en los hospitales, conversar con médicos y pacientes, saber de los movimientos por la paz y contra el uso de las armas atómicas y tratar de contar después lo que podríamos llamar las permanentes secuelas de Hiroshima.

Uno de los dramas más grandes de la bomba atómica es que muchos de sus efectos solo se comenzaron a ver con el tiempo. A los miles de muertos en los primeros días se sumaron otros en los años siguientes, víctimas de la leucemia (la «enfermedad de la bomba atómica») y la radiación. A ellos habría que añadir los que «se han suicidado o han perdido el juicio» producto de que se les diagnosticara alguna enfermedad originada por la bomba atómica. Las consecuencias genéticas en algunas personas, la falta de apoyo económico e incluso la incomprensión son otros de los temas que aparecen en las páginas de los Cuadernos, fijando un cuadro dramático pero real de lo que fue Hiroshima para Japón y para el mundo. A lo cual podemos agregar la fortaleza de aquellos sufrientes que no se resignaron, siguieron luchando durante años a pesar de las secuelas y los dolores acumulados; algunos trabajaron incluso en exceso, para evitar pasar postrados en cama o recordando todo el día su condición desmejorada, decididos «a vivir, a trabajar honestamente hasta que la enfermedad acabase con todo» (p. 168).

Oé menciona un par de ejemplos de notable valor humanista. Los hospitales tenían la política de no mostrar los bebés cuando venían con deformidades, pero la contrapartida se manifestaba en esas madres que rechazaban el aborto y preferían seguir adelante con sus embarazos, e incluso eso les daba más fuerzas para vivir. El otro caso es el trabajo heroico de los médicos, tanto inmediatamente después del ataque del 6 de agosto como en los años siguientes, cuando debieron lidiar —sin medios y en ocasiones sin los conocimientos suficientes— contra un enemigo muy superior a sus fuerzas, motivados por la gran vocación y el deseo de servir a la causa de la vida humana.

Una de las conclusiones que se pueden extraer del libro es que tan importante como la capacidad destructiva de la bomba es el inmenso sufrimiento humano que produce. Por otra parte, también emergen algunas consecuencias imprevisibles, pero que tienden a aumentar los males: por ejemplo, la insensibilidad de la sociedad hacia los que han sufrido, lo que «demuestra la profundidad de la devastación moral en nuestro país» (p. 172), olvido alentado en ocasiones por los éxitos de la sociedad de consumo.

En palabras de Shigetó, médico que constituye un ejemplo moral para el premio Nobel japonés, sigue siendo necesario recordar. «Lo que no se conoce todavía suficientemente es la clase de infierno por el que tuvo que pasar la gente de Hiroshima, ni sus sufrimientos, diecinueve años después del bombardeo, derivados de las enfermedades provocadas por la radiación» (p. 182).

El libro en ocasiones peca —aunque quizá no pueda ser de otra manera— de nipón centrismo, aunque ello sea entendible, las frases aparecen como demasiado categóricas: «la experiencia vital más inhumana de todo el siglo XX» (p. 27); «Hiroshima se revela como la herida más profunda de la humanidad» (p. 106); «la destrucción atómica de Hiroshima fue el peor “diluvio” del siglo XX» (p. 128). No cabe duda que fue un suceso traumático y con males multiplicados a raudales. Pero de la misma manera no hay razón para no considerar Auschwitz como la herida más profunda, o el Gulag como la experiencia vital más inhumana o las dos guerras mundiales como el peor diluvio de la última centuria. El problema de fondo pervive: a tantos males acumulados, es difícil elegir cuál fue peor. Quizá sea mejor dejar atrás las estadísticas y volver a la esencia del problema: la inmensidad del mal moral y físico provocado por los totalitarismos, por la bomba atómica y por la destrucción convertida en sistema. Y detrás de eso, recuperar el corazón de una verdadera civilización: la persona humana.

En 1964 Oé señaló que la dignidad humana «es lo más importante que descubrí en Hiroshima» (pp. 106-107), convicción que lo acompañaría toda la vida. «La gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima —explica Oé en una entrevista de 2011— es la dignidad del hombre, tanto de los hombres y mujeres que murieron en aquel instante como de los supervivientes que sufrieron el impacto de la radiación en la piel y durante años padecieron un sufrimiento extremo que espero haber sido capaz de reflejar en algunos de mis escritos» (p. 216). Este libro es el reflejo de la responsabilidad social de un intelectual, por volver a poner de nuevo al hombre en el centro del análisis de la historia, con todos sus lamentables dramas y sus inmensas posibilidades.

Plática

EL DESENCANTO EN CANTO

Para entender y disfrutar del todo este último poemario, tan breve, de Fernando Ortiz (Sevilla, 1947), hay que echar largamente la vista atrás. De entre los poetas de la llamada «Segunda generación del 70», esa que echó un freno de sensatez a los excesos de sus coetáneos novísimos, sin menor culturalismo, pero más vivido y menos estentóreo, Ortiz es de los mejor equipados teóricamente y de los que mayor influencia estaban llamados a ejercer entre las generaciones siguientes.

En él se anudaban algunas influencias esenciales, como la de la poesía inglesa, T. S. Eliot y W. H. Auden, y la recuperación de poetas andaluces, como los integrantes del grupo Cántico, además de la reivindicación de Aquilino Duque, entre otros. La claridad expositiva, unida a una actitud amigable y receptiva, permitió que Fernando Ortiz hiciera de puente generacional y que despejase el camino a muchos de los poetas más significativos de los ochenta y los noventa.

Tantas influencias dejaron una huella, antes que nada, en su poesía, lógicamente. Por un lado estaba su apuesta por el tono conversacional, del que el título del libro que nos ocupa es una nueva defensa; y por otro, el trato íntimo de estudioso con tantos grandes, que le haría tomarse con humildad su propia obra creativa. Y sobre todo ello, su apuesta por la elegía. Por eso, los poemas de Fernando Ortiz nunca levantan la voz y poco a poco se van ciñendo a temáticas cada vez más circunstanciales. Ese aire de apagamiento que se ve en Plática ya estaba en sus orígenes: su primer libro se llamó Primera despedida (1978) y otros títulos suyos son igual de significativos, específicamente los últimos: Moneditas (1996), Posdata (1999), Miradas alúltimo espejo (2011) y Después del siglo XX (2012).

Todas estas características comparecen quintaesenciadas en Plática. El libro se abre enseguida con dos homenajes, uno a Fray Luis de León y otro a Manuel Machado, que reivindican al poeta a contrapelo, contra mundum, por un lado, y al poeta de la gracia y la anécdota, por otro. Tras esos dos poemas, un soneto donde declara: «Aunque bien sé que nunca fui un genio», y a continuación un homenaje implícito a Rafael Alberti, que viene a recordarnos la sempiterna defensa de Ortiz de la tradición andaluza. Nada más empezar, por tanto, nos marca las coordenadas de Plática.

A partir de ahí, pasa a declarar su desencanto, disfrazado de indiferencia o de un leve interés irónico por temas menores, aunque el desencanto también se presenta sin disfraces, como en «Caducidad de mi reino»: «Pensé que era mi reino la Poesía. / Y, si la dominaba, con desprecio / podría tratar sin duda al vulgo necio / desestimando así su tontería. // Pasan los años y la demasía. / El joven, al caer de alto trapecio, / aprende por sí mismo el justo precio / que ha de pagar por tanta altanería. // […]» No es la única declaración de desolaciones. Expone heridas, enfermedades, desengaños. «He sido más necio que preclaro» […]

«Llegó el momento de pagar factura» […] «Que no es juego, coño. / Sino un mecanismo / que destroza todo. / Se llama alcoholismo». […] «Por qué la vida se acaba / y uno se va de la vida / sin enterarse de nada» […] «El que se entera de algo, / aunque sea la mitad, / mejor no haberse enterado» […] «Y la desolación era patente», etc.

Pero frente a este panorama devastado, a veces visto con humor, pero negro (véase «Poeta en la tercera edad»), Fernando Ortiz no se doblega: se amarra al mástil de sus sirenas, que son las poesías. Había escrito que su reino era la poesía, y que ella ha sido su amor constante. Lo resume todo a la perfección «El soneto que ves»:

 

Era un poeta al que le dio un infarto

que le dejó partido el corazón.

¿No explica esto su preocupación

y que empezara a estar del todo harto?

 

Del corazón quedóle solo un cuarto.

Y el hombre fue perdiendo la afición

y el gusto por la loca diversión.

Supersticioso, al fin, dijo: «lagarto».

 

Pero como la vida es como es,

un grave carcinoma pulmonar

empeoró el asunto años después.

 

Le quedan, a lo sumo, dos o tres.

¿Y qué hace el insensato? Pues cantar

y escribir el soneto que ahora ves.

 

Plática es, pues, la milagrosa transformación de un desencanto vital y de unas encrucijadas complicadas en un canto porque sí, a pesar de todo, fiel a la vocación de siempre, la poesía, vieja amiga. Milagrosa transformación, pero no inexplicable. Junto a la fidelidad personal a una trayectoria que traía hasta aquí, están los versos de quien sabe lo que se trae entre manos («Si en Venecia hay canal, aquí Caleta», escribe en el soneto «Cádiz» con excelente retórica) y la emoción de un corazón que se estremece como siempre: «Sonríes en un bar que ya no existe».

Joseph Ratzinger/ Benedicto XVI, Jesús de Nazaret

Las listas de libros más vendidos de medio mundo están situando en estos días La Infancia de Jesús en el número uno. Decenas y decenas de miles de ejemplares se están vendiendo en todos los formatos e idiomas, aún antes de que Joseph Ratzinger anunciara la inusitada decisión de renunciar al pontificado para convertirse en papa emérito, lo que añade tal vez un plus de atractiva novedad para comprar la obra, aunque la verdad es que los otros dos tomos de la vida de Jesús, publicados precedentemente, también habían conocido récords de ventas.

Sea como sea, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, concluidos los tres tomos de este Jesús de Nazaret, nos encontramos ante una obra excepcional, por su autor, por sus lectores, por su texto.

EL AUTOR

En cuanto al autor, hay dos en uno: aparece con doble denominación, la del teólogo y la del papa. No es necesario recordar que los papas, al acceder a la silla de Pedro, tradicionalmente se abstenían de sustentar posiciones teológicas todavía en discusión y se autoimponían anunciar solamente la doctrina dogmática o, al menos, la común. Ratzinger, antes de ser elegido papa, había concebido escribir esta obra, llena de cuestiones opinables, tal vez en la placidez de un retiro como jubilado que nunca le llegó y como corolario imprescindible de toda una vida dedicada a la investigación teológica. ¿Cómo no concurrir con su voz a la serie de obras fascinantes que presentaban a Jesús de Nazaret a partir de los evangelios y que fueron ya lecturas de su infancia? Y, en efecto, concurre, señalando expresamente que, aunque el autor sea en ese momento el papa Benedicto XVI, la responsabilidad de lo escrito es exclusivamente del particular Joseph Ratzinger: «por eso, cualquiera es libre de contradecirme» (I, p. 20).

Y así emprende un objetivo en el que tiene sumo interés: componer un acercamiento propio a Jesús que parta de lo que quisieron decir quienes escribieron los textos que hablan de él, pero sin descuidar el vínculo que guardan esas palabras con su interpretación en el marco de la Fe. Quienes alejan el Cristo histórico hasta una nebulosa, cuya relación con la lectura que nos propone el Cristo de la fe es cuando menos inconcreta, dejan verdaderamente sin sustento al Cristo de la fe (convertido casi en un fantasma). Hay autores que, partiendo de que todo lo milagroso es imposible, tienen que aducir complicadísimas e inverosímiles explicaciones para textos que acaso simplemente cuentan, con la sencillez propia del testigo, un hecho excepcional. En este punto aparece Ratzinger, agradecido a los adelantos que nos ofrecen hoy la crítica histórica, el conocimiento de los géneros y la historia de las formas, pero sin los prejuicios que en ciertos autores vuelven incompatibles con el conocimiento de la fe hallazgos que son en sí mismos plausibles.

El autor es un apasionado de la verdad y esa condición le aleja de todo integrismo y de toda veleidad. Al iniciar el segundo volumen leemos que «es para mí un motivo de alegría que el libro haya ganado en este tiempo (…) un hermano ecuménico en la voluminosa obra Jesus (2008) del teólogo protestante Joachim Ringleben en el que [con todas las lógicas diferencias] se observa la profunda unidad en la comprensión esencial de la persona de Jesús y de su mensaje» (II, p. 5).

Uno no puede menos que recordar con una sonrisa la experiencia adolescente de la complicada burocracia, no exenta de sentido, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo, a la que había que acudir en la capellanía universitaria para que se te permitiera leer sin pecado un autor protestante. Y, desde luego, resultan hilarantes, muchos años después (¿2005?), sensu contrario, las furibundas diatribas de un Vargas Llosa en el diario La Nación de Buenos Aires con las que combatía contra el Ratzinger fabricado por toda laya de plumíferos semiilustrados que hablaban de oídas acerca del Presidente del Santo Oficio (antigua Inquisición). (Por cierto, que últimamente he visto con agrado cómo el premio Nobel ha leído algo de Ratzinger y ha manifestado en la prensa opiniones acordes con su reconocida sensatez y con la realidad de los hechos).

Un libro excepcional, pues, por su autor, un hombre apasionado por la verdad y un hombre de fe. Porque es un hombre apasionado por la verdad no se envisca en temores de posibles falsas interpretaciones (Veritas liberabitvos, Jn. VIII, 32): atiende a lo que dicen los demás y afirma las razones de su propia posición. Porque es un hombre de fe, no teme que de la ciencia le venga ninguna confusión (qui autem timet non est perfectus in charitate.I Jn. IV, 18).

LOS LECTORES

Tratándose de la semblanza del fundador del cristianismo no sería de extrañar que cientos de miles de personas compren en todo el mundo este Jesús de Nazaret de Ratzinger. Pero ¿tiene Ratzinger tantos miles de lectores? ¿Tantos pueden saborear la aproximación sencilla y sabia a una semblanza de Jesús en este mundo que algunos señalan como enfermo de superficialidad?

Una anécdota ocurrida a propósito de La infancia de Jesús, el folleto (como lo denomina su autor) que se añadea los otros dos volúmenes y ha aparecido el último, puedearrojar luz.

Cualquiera que haya leído los Evangelios sabe lo que dice el evangelio de la infancia, que relata S. Lucas: «Y sucedió que mientras ellos estaban allí [en Belén], se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc. II, 6-7). Ratzinger constata que, aunque el lugar es un comedero de animales, el texto no habla en este caso de animales concretos. ¿Para qué quieres más? Son innumerables los «informadores» (creyentes, incrédulos y a medio camino) que han comentado por todos los medios de información esta «escandalosa» novedad. Quienes tienen como todo saber adquirido la iconografía infantil que han visto repetidas en los belenes, christmas y puestos de figuritas no pueden dar crédito a la afirmación contra la que muchos (yo los he oído) se rebelaron sin hacer el «ciclópeo» esfuerzo de leer la línea que le confirmaría que las cosas son así. Menos mal que la sabiduría del autor al que increpan viene en su auxilio, reflexionando sobre cómo se ha podido llegar a esa iconografía. «La meditación, guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí […] se ha remitido a IsaíasI, 3: “El buey conoce su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” […] aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno» (III, pp. 76-77).

La obra de Ratzinger reclama un lector ilustrado, pero tengo para mí que entre los compradores de esta obra de éxito editorial de difícil parangón se suman grupos heterogéneos. En los no ilustrados, están ciertos grupos de católicos piadosos divididos en dos: los que no entienden la obra, aunque no saben que no la entienden (en todo caso, sabe que les anima a ser buenos), grupo que es legión, y los que no entienden la obra y abandonan su lectura, dando gracias a Dios por tener un papa sabio. Muchos otros no ilustrados, más o menos cercanos a la cultura católica, se acercan a la novedad y comentan, como hemos recordado, su discrepancia a propósito de la falta de ciertas figuritas folclóricas.

Un mínimo de ilustración permite, en cambio, seguir de la mano de Ratzinger, asintiendo o disintiendo, la semblanza de Jesús de Nazaret que presenta, detalle a detalle, con solvencia y maestría, el gran creyente católico que es. Algún filósofo ha dicho que sin él los ateos se quedarían sin interlocutor.

LA OBRA

La reflexión que se nos presenta acompaña la vida de Jesús durante todo el arco de su vida pública: desde el Bautismo a la Transfiguración (tomo I) y desde la entrada a Jerusalén hasta la Resurrección (tomo II). Se complementa con un tomo más breve dedicado a los relatos de infancia.

Es cierto que el lector prevenido puede intentar colaborar, matizando este o aquel punto. Un ejemplo. «En el saludo del ángel llama la atención el que no dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom —la paz esté contigo—; sino que usa la fórmula griega chaíre […],pero en este punto conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaíre:¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza el sentido propio del Nuevo Testamento. La misma palabra reaparece en la noche Santa en labios del ángel (…)». No estoy seguro de que esto sea así. Las fórmulas de saludo son modismos que se construyen con los mimbres de la cultura de un momento, pero luego se desgastan hasta dejar de significar, reducidos tan solo a la función fática de mantener un contacto solidario con los interlocutores. No sé cómo ha llegado chaíre al texto de Lucas, pero sí cómo lo ha hecho Dios tesalve, María a la versión en español de la oración mariana por antonomasia. En una cierta cultura cristiana de los siglos XVI y XVII se mantenía la cercanía con el saludo de tenor sobrenatural Dios te salve por más que quien lo profería decía poco más de hola. Pasada esa costumbre cristiana, ha quedado como reliquia en el Ave Maria y, como ya no suena a saludo, el fiel medio repite algo que no sabe muy bien qué significa, pues desea que Dios salve a la salvada por antonomasia, la Inmaculada Concepción, in caelum assumpta. Mejor lo han hecho los francófonos que traducen Je vous salue Marie. En fin, nada malo pasará mientras los castellanoparlantes lleguemos hasta Hola, María, llena de gracia… que nos aclare lo que estamos diciendo a la par que lo decimos. Como sigue teniendo toda la razón Ratzinger al afirmar que muchos de los elementos del anuncio del nacimiento del Hijo de Dios están transidos de un sentimiento de alegría, incluso si chaíreno tiene nada que ver en la cuestión.

Jesús de Nazaret presenta como pocas obras de su género la figura de un ser histórico bien identificado, nacido en tiempos de César Augusto, siendo gobernador de Siria Cirino, y ajusticiado con sentencia de cruz, siendo gobernador Poncio Pilatos. Un hombre en quien el que se acerca puede descubrir la plenitud de Dios corporalmente (Col. II, 9) y, así, siendo verdadero hombre y verdadero Dios, recibir de él garantías sobre la existencia del Creador de todo lo visible y lo invisible, de que los seres humanos estamos llamados a una misteriosa vida más allá de la muerte, de que los Mandamientos de la Ley de Dios y el Espíritu de las Bienaventuranzas son los senderos de la felicidad, de que la comunidad de los creyente (Iglesia) es, a pesar de los pesares, el hogar donde tales consuelos pueden ser alcanzados y difundidos.

Terminada ya la obra, será bueno integrarla en un solo tomo (serían más de quinientas páginas apretadas) que se uniría a los otros dos libros de Ratzinger que completan, para mí, un imprescindible vademécum de la pretensión cristiana en los orígenes de siglo XXI. Se trata de Introducciónal Cristianismo (1968) y Dios y el mundo (2000). Una trilogía obligada a partir de aquí.

¡Viva el cine libre! Las películas sobre la esclavitud en Estados Unidos

Pese a lo que podría sugerir el título, Lincoln no es un biopic sobre el célebre presidente americano, sino que centra su atención en la lucha política mantenida en enero de 1865, cuarto año de la Guerra de Secesión, por recabar apoyos que permitan que el Congreso apruebe la decimotercera enmienda de la Constitución, que supondría la abolición de la esclavitud. Abraham Lincoln acaba de ser reelegido, y fue usando de sus poderes excepcionales como presidente en tiempos de guerra que aprobó la emancipación de los esclavos; pero la búsqueda de una paz honorable para el Sur en un país desangrado podía suponer una regresión en tan espinoso asunto. Steven Spielberg tuvo la clarividencia, cuando su guionista le entregó un primer libreto de 500 páginas, elaborado a partir del libro de Doris Kearns Goodwin Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de ver que en las 70 páginas que ponían el foco en la «batalla» de la reforma constitucional tenía una película. Para el director, «Lincoln guió a nuestro país en sus peores momentos y permitió que los ideales de democracia americana sobrevivieran y garantizaran el fin de la esclavitud».

El gran mérito de Steven Spielberg es haber logrado filmar una magnífica lección de historia, más audaz y atrevida todavía que La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) y Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998). Porque estos dos filmes que le dieron el Oscar tienen la ventaja de abordar lo universal —el holocausto de los judíos, los sacrificios que supuso la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial— a través de lo particular —el industrial que trata de salvar a sus trabajadores hebreos, el esfuerzo por devolver a su madre al hijo superviviente de cuatro hermanos combatientes—, y ello con pasajes muy espectaculares del horror de los campos de exterminio y el fragor de la batalla.

Munich (2005) ya anticipaba Lincoln, no en balde los dos títulos comparten guionista, Tony Kushner, y es que ahí el rigor narrativo era casi documental hasta el punto de sacrificar en parte la emoción. Una forma de hacer a la que se ha recurrido nuevamente con una brillante narración, compleja, donde abundan los pasajes discursivos y pasean múltiples personajes, y ello con la virtud de apasionar y no aburrir. Sin caer en desahogos épicos forzados, hay espacio no obstante para lo emotivo, con escenas maravillosamente escritas, a lo que se suma la inteligencia de trenzar la narración histórica de la cuestión esclavista con el drama familiar de Lincoln, la salud mental de su esposa, la frustración del hijo que quiere luchar en el campo de batalla. De modo que el retrato de un gran personaje, un extraordinario hombre bueno, queda perfectamente perfilado, a lo que ayuda desde luego la sensacional interpretación de Daniel Day-Lewis, verdaderamente transfigurado en un Lincoln humano, cercano, creíble.

Hay además en el filme un buen sentido de la oportunidad, como explica Kushner: «Los dos [Spielberg y él] pensábamos que llegaba en un momento muy oportuno, ya que en estos tiempos en los que mucha gente ha perdido la fe en la idea de gobierno, nuestra historia muestra cómo se pueden conseguir cosas milagrosas y maravillosas a través del sistema democrático. Ese mes sobre el que escribimos era una lente a través de la cual podías ver a Lincoln con total claridad. Tenía todos los ingredientes necesarios para describirle: su vida familiar, su vida emocional y su talento político; y tenía el suspense de una crisis real. Lincoln tuvo que hacer frente a un gran dilema: ¿podía poner fin a la esclavitud humana a la vez que mantenía al país unido? Y ¿podía lograrlo antes de que se rindiera la Confederación?».

La cuestión racial interesa a Spielberg, por supuesto está presente en la descripción del antisemitismo nazi de La lista de Schindler. Además, posó su mirada ya en los afroamericanos de principios del siglo XX en El color púrpura (The Color Purple, 1985) que adapta la novela premiada con el Pulitzer de Alice Walker, e incluso tiene en su haber otra historia esclavista con enjundia, Amistad (1997), el caso real del motín de esclavos a bordo de un barco español en 1839 y el subsiguiente juicio sobre la «propiedad» del cargamento humano que acabó viéndose en el Tribunal Supremo.

Es evidente que Spielberg quiere hacer y hace con Lincoln cine «importante», con un deseo expreso de dejar huella. Quizá por ello compararla con Django desencadenado, una nueva declaración de amor de Quentin Tarantino a su amada serie B, en este caso el spaguetti-western, puede parecer no solo un desatino sino incluso injusto. Sin embargo, a su particular manera de cineasta «travieso», que prima la hiperviolencia, el enfatismo operístico y la parodia, el filme del director de Malditos bastardos (Inglourios Basterds, 2009) también supone un canto a la libertad y un ataque brutal hacia aquellos que ven a las personas como cosas y a las actitudes racistas.

Django, el esclavo desencadenado por un cazarrecompensas que le convierte en socio, empeñado en la romántica búsqueda de su esposa Brunhilda, que no es libre, impone de modo sanguinolento su particular justicia ante el estado de cosas, es la hora de la venganza una vez más, tema recurrente en la filmografía tarantiniana. Y el director y guionista ridiculiza hasta el paroxismo a unos ridículos blancos, ya sea cuando visten sus capuchas del Ku Klux Klan, o con los sádicos combates de negros con los que se entretienen; pero también arriesga con el odioso personaje de Samuel L. Jackson, un negro que se comporta como un auténtico negrero.

Quentin Tarantino entrega un formidable ejercicio de estilo, una película tremendamente entretenida, salvaje y conscientemente grandilocuente, la exageración forma parte del show, incluso visualmente, con sus zooms sesenteros que en su caso no parecen desfasados, o los múltiples guiños al cine de Sergio Leone y Sergio Corbucci. Su tratamiento de la cuestión esclavista puede parecer ligero y sin grandes pretensiones, pero quizá precisamente por eso es harto elocuente, y lo cierto es que resulta novedoso, no es frecuente para nada ver en un western a esclavos, una realidad social aparcada en tantos filmes que transcurren en el lejano Oeste antes de la abolición de la esclavitud. El propio Tarantino, que admira y alaba la miniserie de Kevin Costner Hatfield & McCoys (Kevin Reynolds, 2012) la afea, sin embargo, por haber ignorado la cuestión esclavista, como él dice, «existe el principio rector: si puedes evitarla, evítala».

Lo cierto es que a veces se puede acabar incluso cayendo en las polémicas más estúpidas, y se ve que la óptica de serie B de Django desencadenado ha facilitado las cosas a este respecto. Directores como Spike Lee han acusado a Tarantino de usar en su film hasta la extenuación la despectiva palabra innombrable «nigger», lo que puede resulta desagradable, y hasta reiterativo, pero que tiene la excusa innegable del contexto histórico; y en cualquier caso, también el Lincoln spielbergiano utiliza un buen número de veces la palabra de marras, sin que hayan en este caso saltado las chispas, la «coartada» de «gran cine» evita el problema.

El cine americano ha abordado recientemente la era post 11-S, el terrorismo internacional y la guerra de Irak. También forma parte de su legado fílmico la traumática guerra de Vietnam, revisada por sus cuatro costados. Y por supuesto son numerosísimas las cintas sobre la Segunda Guerra Mundial, o las que abordan la cuestión de la frontera, existe un género nacional al respecto, el western.

Son sin embargo más escasas las películas que tratan la esclavitud, una cuestión traumática que dividió al país y lo puso en pie de guerra, y que contradecía esa expresiva Declaración de Independencia, «sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados…», etcétera, etcétera. La esclavitud a veces parece cuestión ajena, de la época de los romanos, BenHur (William Wyler, 1959), Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), Gladiator (Ridley Scott, 2000) y compañía.

Hasta existe el paradójico caso de El nacimiento de una nación (Birth of a Nation), de David W. Griffith, un hito indiscutible de la historia del cine, que inventa en muchos aspectos el lenguaje de las películas, pero que glorificaba al KKK entre otras lindezas. Corría el año 1915, eso sí, y como bien señala Don Steingerg en The Wall Street Journal («Tarantino Tackles Slavery», 14-XII-2012), aún vivían veteranos de la Guerra de Secesión, las heridas no estaban del todo cicatrizadas. Y ello por no hablar del largo camino todavía por recorrer en lo relativo a la efectiva consecución de los derechos civiles, que podría explicar la visión romántica del viejo Sur a punto de desaparecer en Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, Victor Fleming, 1939) o Jezabel (Jezebel, William Wyler, 1939). O que se hicieran en Hollywood películas sobre esclavos ¡blancos! como Errol Flynn en El capitán Blood (Captain Blood, Michael Curtiz, 1935); o tocando el problema en China, siguiendo las novelas de Pearl S. Buck, como en La buena tierra (The Good Earth, Sidney Franklin, 1938).

Quizá la tendencia a ignorar o dulcificar el tema esclavista esté cambiando, pues entre otros Steve McQueen, el director británico negro de Shame (2011) y Hunger (2008), estrenará este año Twelve Years a Slave, cuyo título no deja lugar a dudas; lo peculiar del asunto es que sigue a un hombre negro libre en Nueva York, que por un cúmulo de circunstancias acaba esclavizado en el Sur. Una cinta singular e importante, a pesar de que no sea perfecta, es Mandingo (Richard Fleischer, 1975), donde se trata el tema de las luchas de esclavos a muerte que Tarantino retoma muy gráficamente para su Django. Cuando rodó su filme, Fleischer declaró que «se ha mentido tanto sobre la historia de la esclavitud, y disimulado y cubierto de romanticismo, que realmente pensé que tenía que detener aquello. Y la única forma era ser tan brutal como pudiera, mostrar cómo esas personas sufrían. No voy a mostrártelos sufriendo por la puerta de atrás, quiero que los mires».

Un momento clave a la hora de tratar el tema de la esclavitud con hondura lo proporcionó la pequeña pantalla gracias a la serie Raíces (Roots, 1977), que adaptaba el bestseller de Alex Haley sobre la historia de su familia, el famoso Kunta Kinte capturado en su aldea de África y vendido como esclavo en Estados Unidos, que marcó a toda una generación de telespectadores, especialmente por la dura escena en que le cortan un pie, y por las célebres frases «¿Cómo te llamas? Me llamo Kunta Kinte». Otra serie televisiva sobre la guerra de secesión, Norte y Sur (North and South, 1985), abundaría en la cuestión dentro del marco de la lucha fratricida.

Edward Zwick presentó el hecho histórico de los batallones de afroamericanos que luchaban por el Norte en Tiempos de gloria (Glory, 1989), sabían que estaba en juego nada menos que su libertad. Precisamente Spielberg aprovecha esta realidad para, al principiar Lincoln, ofrecer un intercambio dialéctico entre el presidente y dos soldados negros, donde salen a relucir las razones para la lucha y el razonable escepticismo sobre lo que puede suponer para los emancipados la victoria final. También podría considerarse como un precedente del filme de Spielberg Amazing Grace (Michael Apted, 2006), pues a la postre esta coproducción de Estados Unidos y Reino Unido describe la lucha de William Wilberforce en el parlamento británico a lo largo de quince años para lograr al fin la abolición de la esclavitud en 1807. _

La escuela que necesitamos

Uno de los pilares del desarrollo social y económico es, sin lugar a dudas, la educación. Pero desgraciadamente constituye también un ámbito que siempre ha sido susceptible de manipulación ideológica. No es de extrañar que se hayan sucedido, en la mayoría de los países, cambios significativos en la enseñanza tras la llegada de un cambio político. Junto con la ideología política, que trata de adoctrinar, tal vez con el fin de cosechar votos futuros y ganar adeptos que consoliden al cabo del tiempo sus mayorías, se ha introducido también cierta ideología pedagógica, mucho más inicua que la anterior, ya que en ella los expertos han tratado de controlar el desarrollo psicológico del niño, determinando qué capacidades son importantes y cuáles no. Como ocurre con el cientificismo, el pedagogismo es una ideología más sutil porque se acompaña falazmente del argumento de autoridad de la ciencia.

En este sentido, el libro de Hirsch, catedrático emérito de la Universidad de Virginia, resulta políticamente incorrecto. Sin embargo, esto debe ser ya un motivo para leerlo, sin tener en cuenta que el autor cuenta con un largo historial de polémica en su país natal. Lo que Hirsch propone es determinar cuáles son las causas de este fracaso generalizado del modelo escolar que, si bien identifica con el norteamericano, puede ser exportado sin necesidad de muchas justificaciones a cualquier región. Cierto es que las consignas que dominan el escenario educativo en ocasiones parecen haberse impuesto por casualidades históricas, pero al mismo tiempo todos los «ismos» que, según el autor americano permean el espectro pedagógico, constituyen también, en menor o mayor medida, proyectos ideológicos.

Haciendo un poco de historia de las ideas, Hirsch cree que por un lado el excepcionalismo norteamericano, junto con el romanticismo y el separatismo profesional, que ha terminado con la idea de sabiduría como conjunto de conocimiento integral, han decidido el futuro de la educación, siendo perjudiciales para ella y conduciéndonos al declive. Y no porque en sí mismas estas concepciones no tuvieran su lado de verdad, sino precisamente en la medida en que se proponían como explicaciones completas y omniabarcadoras sobre el hombre y la sociedad. En resumen, explica el propio autor, «las ideas educativas han sido llevadas demasiado lejos».

Nada ha sido más perjudicial para la enseñanza como las ideas románticas, trasladadas en planos distintos e institucionalizadas a lo largo del siglo XX. Aprendizaje natural, primacía del sentimiento, libertad del niño…, consignas todas ellas que devalúan la importancia del contenido y la formación humana de las virtudes. Este discurso no es solo un testamento romántico, sino que, como intenta probar Hirsch, posee enorme actualidad y un gran impacto en el diseño pedagógico de nuestros sistemas. El problema es que en el campo pedagógico es peligroso hacer experimentos; mientras que en el ámbito de la ciencia natural, nuestras equivocaciones pueden tener pocas repercusiones, en el campo educativo las teorías fallidas construyen «mentes famélicas». Y esto tiene implicaciones de vasto alcance, como cualquier persona es capaz de vislumbrar.

En su libro, apoyado por datos científicos, encuestas, estudios y diagramas, también Hirsch aprovecha para explicar cómo la ideología romántica, que reivindicaba el puesto del yo por encima de los convencionalismos —y ¿qué es la educación sino también un convencionalismo?—, tuvo un influjo determinante en el nacimiento del movimiento pedagógico progresista en EEUU.

Ahora bien, si el ámbito educativo se encuentra tan identificado con las ideologías, ¿cómo salir de esta situación? Frente al reto que representa el saber de los expertos, tras la argumentación de Hirsch se encuentra esa sabiduría tradicional a la que los clásicos daban el nombre de prudencia. Como él mismo indica, la intención de su libro no es solo desentrañar el entramado ideológico y repetir insistentemente los fracasos de nuestras tentativas educativas; por el contrario, su idea es contribuir, en la medida de lo posible, a reinstaurar un debate serio sobre la enseñanza, en el que estén prohibidas las manipulaciones ideológicas. Por ello, no duda en afianzarse en una perspectiva pragmática: frente al discurso sobre lo que hay que hacer, conviene en el futuro estudiar y analizar lo que es útil, las medidas y las metodologías que han tenido un eficaz impacto en la mejora educativa, ya que el principal problema del romanticismo es que «no concuerda con la verdad de la educación».

Hirsch es cauto a la hora de proporcionar recetas y eso le honra. Pero ofrece algunas claves a lo largo de las casi quinientas páginas de este enjundioso ensayo. Recupera, por ejemplo, la importancia del trabajo exigente, sin que ello implique vulnerar los derechos de los niños. Reivindica la figura del profesor, asimismo, en la medida en que su función no es la del padre ni tampoco la del amigo. Restaura, de esa forma, su autoridad. Hay sin embargo un aspecto que me parece importante, sobre todo porque de él depende el éxito de la educación y la eficacia de las demás soluciones: otorgar de nuevo importancia a los contenidos.

Es frecuente que en las reformas educativas se postulen nuevos métodos de adquisición de competencias, métodos de evaluación más justos, formas de promoción o medidas que atienden a la diversidad. Ahora ya no se habla de materias, sino de competencias (un cambio lingüístico que trasluce transformaciones sociales más profundas y que, tras la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, ha terminado afectando también a los planes de estudios universitarios), lo que quiere decir es que la enseñanza ha puesto su acento sobre el proceso, pero ha dejado de prestar atención al contenido, es decir, a la materia del conocimiento. No es de extrañar, pues, que el nivel de conocimientos haya descendido con tanta rapidez.

Junto con la importancia de los conocimientos, hay que prestar atención también a las consecuencias sociales y políticas de los modelos educativos. Cierto es que lo que se ha dado en llamar progresismo educativo tenía también la intención de que los alumnos adquirieran conciencia de su papel de ciudadanos. Pero también lo es que estos modelos educativos, en lugar de restituir la responsabilidad al ciudadano, han modelado personas influenciables, consumistas y deudoras de planteamientos políticamente correctos. Lo que nos quiere indicar Hirsch es que transformando la educación podemos también formar individuos que piensen de forma libre y responsable. Solo en la medida en que se recupere el carácter sapiencial de la enseñanza, con todo lo que ello conlleva, estaremos reconstruyendo lo que movimientos ideológicos destruyeron.

Europa y sus bárbaros

Apenas en unos años Europa ha pasado de la euforia al más negro pesimismo. La última década del siglo XX dejó abiertas las puertas a la esperanza, al renacimiento de la unidad del espíritu europeo y a las libertades recobradas una vez consumado el fin de las tiranías comunistas.

La unidad de Alemania y la incorporación al proyecto europeo de las naciones situadas al otro lado del telón de acero, iban a permitir coronar el sueño de una Europa renovada, democrática y próspera capaz de codearse con, o de superar a, las grandes potencias mundiales.

A partir de 2008 una profunda crisis financiera viene ademostrar algo que no había pasado desapercibido a comentaristas lúcidos al examinar fríamente la realidad. Aquella privilegiada Europa Occidental del Mercado Común (MC), más tarde Comunidad Económica Europea (CEE), más tarde Unión Europea (UE), ¿estaba en condiciones de transmitir a la Europa el Este otra cosa que no fuera un sistema económico más eficiente y unas instituciones políticas más justas que las suyas? Esa era la pregunta.

La respuesta, negativa, se hizo evidente con cierto retraso y crudeza extrema, dieciocho años después como resultado del hundimiento de los mercados financieros proceso iniciado en 2008 y cuyos efectos negativos continúan a día de hoy, a finales de 2012.

Aquella Europa venturosa ya había olvidado sus raíces. Escéptica, falta de valores morales trascendentes no estaba en condiciones de transmitir otros que no fueran los de índole económica y política, sencillamente porque nadie puede transmitir lo que no tiene o aquello en lo que no cree. Valores morales que, si no estaban presentes en aquellos años felices, menos todavía ahora cuando en el horizonte se ciernen negros nubarrones de recesión, paro y pobreza.

Recuperar los valores perdidos

Lo pintoresco, o extraño, del caso es que el origen, desarrollo y extensión universal, en el tiempo y el espacio, de esos valores trascedentes radica en Europa. Como también su negación a partir del siglo XVIII, cuando el pensamiento ilustrado rompe con los principios que la habían convertido a Europa en la cabeza del mundo civilizado.

Se trataría, pues, de redefinir esos valores desde sus raíces, como expone con extraordinaria lucidez y claridad el profesor Ignacio Sánchez Cámara en el ensayo reseñado en estas breves líneas, que hubiera merecido un tratamiento más amplio y mejor elaborado.

El autor parte del reconocimiento de un hecho que hoy no admite discusión y que ha sido analizado por ex pertos de uno otro signo: Europa soporta en esta primera década del siglo XXI una crisis de gran calado que rebasa las fronteras de la economía y de la política que afecta gravemente a la convivencia, a las relaciones familiares y sociales y por tanto a la felicidad de las personas. Sánchez Cámara lo deja claro desde el comienzo: «Es muy grave la crisis cultural, es decir espiritual, que padece Europa».

Se trataría, pues, de establecer la relación entre cultura y espíritu, como elementos inseparables integrados en el ser humano dotado de razón, inteligencia y espíritu. Dicha relación es rechazada por las corrientes intelectuales que han pretendido negar la presencia del alma con el pretexto de que no admite ser medida, pesada y observada en un laboratorio.

Grecia-Roma-Jerusalén

La idea de Europa que maneja el autor responde a la realidad histórica dentro de la que se perfilan los rasgos distintivos de una determinada forma de ser y existir. Rasgos distintivos que nos llevan a definir las tres columnas básicas:

La filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. Cada una de estas columnas recibe un tratamiento específico y ponderado en el ensayo de referencia, puesto que de ellas parten diversas ramificaciones que sostienen el edificio y la realidad de la civilización europea a través de los siglos.

1. De la filosofía griega parte el concepto de una naturaleza humana que no se comprende sin el espíritu. Los griegos fueron un pueblo religioso como reconoció san Pablo cuando les hablaba de ese «Dios desconocido» que formaba parte de sus creencias. Pero de Grecia se deriva igualmente el sentido de la belleza y del arte en sus múltiples facetas desde la arquitectura y la escultura a la música y la literatura con obras maestras en los diversos géneros, desde la poesía lírica a la épica y la tragedia.

2. El genio jurídico de Roma precisa y defiende los derechos individuales del hombre como ciudadano recogidos en la jurisprudencia de la que emanan posteriormente las leyes con un sistema que todavía perdura en el mundo actual. El derecho romano sobrevive a la caída del Imperio, se prolonga durante la Edad Media y se produce así el fenómeno que puede llamarse con propiedad el derecho común europeo, aceptado con las variantes locales en los nuevos reinos generados a partir de las antiguas provincias.

3. El tercer y también el más sólido pilar sobre el que se fundamenta la esencia del espíritu europeo es el cristianismo, llegado a Roma desde Jerusalén como capital y centro del judaísmo, dentro del cual surge el mensaje de Jesús, que se difunde a través de las vías de comunicación (calzadas y puentes) creadas por Roma. Perseguido por diversos emperadores y durante años recluido en las catacumbas, el cristianismo se sirvió de Roma para alcanzar su vocación universal «católica». Sánchez Cámara define este hecho tan fundamental —que, sin embargo, hoy pretende quedar reducido a una reliquia del pasado ya superada— con estas palabras: «La unidad esencial de la cultura común y la conciencia colectiva básica de los pueblos que se forma en la Alta Edad Media se sienta sobre la idea de la Cristiandad. En este sentido es el cristianismo el sustrato que forja la realidad europea. Es una religión, pero a la vez y por ello una forma compartida de la interpretación de la existencia».

La ciencia y la universidad

Después de tratar con riguroso método analítico y amplia documentación doctrinal, avalada con citas y referencias de expertos en torno a los tres pilares que sustentan la civilización europea, el autor se ocupa de otras aspectos derivados de ella, como son el progreso de las ciencias y la universidad.

Porque los orígenes de cualquier actividad que se pueda considerar científica se encuentran cómo no, en la filosofía griega, amiga de la sabiduría, es decir del conocimiento de la verdad. Geometría, física y matemáticas atrajeron la atención del filósofo, preocupado también por la salud del cuerpo y del alma: médicos y metafísicos que llegaron al conocimiento de Dios a través de las causas.

La misma actitud de buscar la verdad se mantiene viva a través de los siglos, recogida en la quietud de los monasterios medievales a los que Europa y el mundo deben la transmisión de los conocimientos de la ciencia y la cultura del mundo clásico grecorromano, herencia que, de otro modo, difícilmente se hubiera conservado tras la caída del Imperio.

Naturalmente, como señala oportunamente el profesor Sánchez Cámara, el estudio de las ciencias progresa a medida que los conocimientos adquiridos se acumulan y difunden en el ámbito europeo. Se produce así a efectos separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, llamadas también humanidades por referirse a las actividades relacionadas con el hombre.

Estudios sobre ciencias y humanidades que no deberían caminar por sendas enfrentadas u hostiles, como ha venido sucediendo durante muchos años. El autor considera oportuno reivindicar la necesidad de integrar la ciencia y la técnica en el ámbito de la cultura general y de las humanidades. Al fin y al cabo —concluye— «filosofía y ciencia surgieron unidas en Grecia».

La universidad como adquisición y trasmisión de saberes

Tras un interesante capítulo dedicado al origen de la democracia, naturalmente localizado en Grecia, y de sus posteriores desarrollos a través de la historia, se ocupa de una cuestión que acusa en estos momentos una profunda crisis institucional y de contenidos: la universidad, considerada como una de las más señaladas aportaciones del cristianismo a la humanidad.

Por una serie de circunstancias muy diversas, la universidad actual acusa una situación de extrema debilidad que exige la adopción de reformas urgentes con el fin de que se cumplan los objetivos tradicionales, que son la adquisición y transmisión de los saberes.

Pero no solo eso, con ser muy importante. La universidad es, además, «una forma de vida» una experiencia que deja huella en las personas y les acompaña a lo largo de su vida. La institución así concebida se encuentra sometida a fuerzas contrarias que la amenazan de muerte Los síntomas de la enfermedad que menciona el autor son: la masificación, la mediocridad y la politización.

Aplicar los remedios adecuados exige la vuelta a los orígenes de unos Estudios Generales limitados a personas con vocación y cualidades para el estudio de las materias universitarias. Se refiere al autor a la necesidad de crear de nuevo el concepto de las élites, no basado en el privilegio de los poderosos, sino en la élite de la inteligencia formada por las mentes preclaras, con independencia del ámbito del que procedan.

Como una parte del análisis dedicado a la cuestión universitaria, aparecen quizá las más lúcidas aportaciones del ensayo. Las graves amenazas contra la cultura y, por tanto, contra el verdadera papel de la universidad como impulsora de la cultura, provienen de los nuevos bárbaros que, a diferencia de los antiguos invasores de las fronteras del Imperio, lanzan sus ataques desde el interior.

Así, resulta que los enemigos de la cultura y la ciencia están dentro. Los vemos, oímos y leemos desde todos los medios disponibles, prensa, radio, TV y producción editorial. Desde allí, arrasan con cualquier valor que les recuerde el pasado: se trata de borrar la memoria histórica sustituida por una nueva lectura que se adapte a los ideales de esos bárbaros definidos por el autor como: «Enemigos del clasicismo y, sobre todo del más eminente Grecia y Roma. Abolir los estudios clásicos es borrar las huellas y eliminar el sentimiento de culpa, el pecado cultural original. Nada, pues, de griego ni de latín».

En eso estamos.

El derecho a la identidad cultural en la Europa del siglo XXI

Doctora en Derecho y Filosofía, María Elósegui, catedrática de filosofía en la Universidad de Zaragoza, jueza en el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, investigadora de la Alexander von Humboldt y colaboradora de juristas y politólogos como Thomas Pangle, Will Kymlicka, Charles Taylor y Robert Alexy, brinda en esta obra una visión analítica de la interculturalidad desde la perspectiva jurídica, defendiendo la posibilidad de un republicanismo intercultural basado en el ejercicio de virtudes públicas como la comprensión y el diálogo, acordes con los criterios de justicia y respeto de la dignidad humana. Para la autora, el ejercicio consciente de virtudes se transforma en el elemento que cohesiona a la ciudadanía europea.

María Elósegui: «El derecho a la identidad cultural en la Europa del siglo XXI». Eunsa

Como acertadamente señala Alfonso Salas (jefe de la División de la Cooperación Intergubernamental en el área de los derechos humanos del Consejo de Europa) en el prólogo de la obra: «El ejercicio de esas virtudes […] debería ser el referente para toda legislación y actuación de la autoridad».

María Elósegui defiende, en esta obra de Eunsa, la posibilidad de un republicanismo intercultural basado en el ejercicio de las virtudes públicas

Por un «republicanismo intercultural»

Elósegui, con argumentos jurídicos, políticos y filosóficos, defiende el derecho a la identidad cultural en tanto derecho humano apostando por «una sociedad con elementos comunes, en la que se respeten las diferencias culturales y religiosas». Para ello, la autora apela al concepto de «republicanismo intercultural», una noción entroncada con el pensamiento político romano y reconstruida por historiadores de filosofía política de la escuela de Cambridge (fundada por Pocock) y la escuela de Chicago (representada por Leo Strauss y su discípulo Thomas Pangle). La aplicación de este «republicanismo intercultural» al sistema institucional europeo
—en el actual espacio y tiempo histórico— reconoce como características propias de la región la existencia de Estados-nación, dotados de viejas minorías y de un fenómeno creciente: la inmigración. La edificación de una ciudadanía inclusiva europea que abarque a seres humanos de diversas etnias, orígenes y religión, implica la aceptación, en calidad de premisa institucional, de una serie de normas jurídicas y de convivencia (un sistema legitimador) con un sustrato democrático. Dicha ciudadanía, que emerge en países y Estados concretos con un pathdependence peculiar, es merecedora, para la autora, de «una protección jurídica especial».

En tal sentido, el libro sugiere algunas pautas acordes «con los principios de la justicia», patrones independientes «de las posturas políticas que unos u otros apoyen», con el fin de lograr una ciudadanía inclusiva. La profesora Elósegui apuesta por el fortalecimiento de los valores éticos en tanto base de los derechos humanos y las libertades civiles. Esta postura valorativa, sin dejar de reconocer el pluralismo político propio de las democracias liberales, se adscribe a un marco de referencia al destacar el fundamento moral del derecho a la identidad cultural. De allí que la autora afirme que «la legislación y la política deben basarse en una reflexión previa sobre la meta deseable como más justa». Así, el criterio de justicia, en tanto producto de una introspección reflexiva, no deja de ser un franco ejercicio prudencial, derivado del posibilismo ético. El enfoque del «republicanismo intercultural» propone la «negociación pacífica» de los conflictos relacionados con la diversidad de identidades, evitando la dialéctica que confluye en la ruptura y la violencia. Para Elósegui, el fin no justifica los medios, y «ningún asesinato puede ser justificado como un daño colateral».

Virtudes cívicas y lealtades simultáneas

La obra facilita la comprensión del lector al acudir a ejemplos de nuestro tiempo como un medio para fomentar la práctica de las virtudes cívicas en escenarios reales. Estas virtudes, en el despliegue de su acción política, pueden facilitar el hallazgo de recetas coherentes con «la justicia y el respeto a la dignidad de las personas» sin renunciar a fortalecer una democracia inclusiva basada en un interculturalismo no coercitivo, que uniformiza el espacio público «solo en lo imprescindible», abierto al ejercicio de las libertades políticas y a la crítica al Estado y la cultura dominante.  La construcción de esta democracia inclusiva rechaza la diferenciación basada en criterios raciales, étnicos o religiosos, sustentando, a la par, la necesidad de clarificar las reglas de juego (en tanto requisitos de admisión para la ampliación del demos).

Las virtudes cívicas pueden facilitar el hallazgo de recetas coherentes con «la justicia y el respeto a la dignidad de las personas» sin renunciar a fortalecer una democracia inclusiva 

El republicanismo intercultural que propone la autora respeta las tradiciones mayoritarias pero se opone a colocar «una meta política o una lengua» por encima de los derechos humanos, apostando, más bien, por el carácter integrador de la lengua común. Con todo, admite la aplicación de principios legales para «priorizar las culturas nacionales», siempre en el marco del más estricto respeto a las personas, estableciendo para ello dos niveles de pertenencia. El primero, referido a la ciudadanía política, reconoce la existencia de parámetros flexibles (de índole formal) para la adquisición de la nacionalidad. El segundo se centra en los sentimientos de pertenencia, afirmando que «caben varias lealtades simultáneas», subjetivas e irrepetibles (a la región, a la nación, a entidades supranacionales, etc.). La consecuencia lógica del modelo radica en que el Estado debe reconocer los derechos humanos de las minorías que habitan en su territorio.

En suma, con esta obra, la profesora María Elósegui realiza un aporte fundamental para la comprensión de los fundamentos teóricos del republicanismo intercultural, defendiendo la necesidad de una ciudadanía inclusiva en base a criterios cívicos (por encima de los étnico-culturales) y presentando una visión optimista, creativa e innovadora del diálogo como herramienta eficaz para la promoción de valores universales, a manera de elemento común sobre el que debe fundarse una verdadera democracia de calidad.