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Ver productosLos programas europeos están dirigidos a actividades en las que la intervención a nivel de la Unión aporta un valor añadido por encima de la intervención nacional o regional. Esta intervención se realiza mediante la creación de economías de escala y masa crítica, con la reducción de la fragmentación y garantizando la difusión de los resultados en toda la Unión. Los problemas mundiales son factores importantes para la investigación y la innovación. Nuestro planeta dispone de recursos limitados que deben ser tenidos en cuenta. La sostenibilidad, el cambio climático y las enfermedades infecciosas no desaparecen en las fronteras nacionales y la seguridad alimentaria debería garantizarse en todo el mundo.
Por ello mismo, la Unión tiene que reforzar el diálogo con sus socios internacionales para construir una masa crítica que enfrente estos desafíos. El presupuesto de la UE es esencialmente un presupuesto para la inversión que puede generar una mayor inversión pública o privada, y considera que la atracción de capital adicional es decisiva para conseguir los montantes significativos de inversión necesarios para cumplir con los objetivos de Europa 2020. En particular, hay que destacar la necesidad de maximizar el impacto de la financiación de la UE, mediante la movilización de recursos financieros públicos y privados para infraestructuras y grandes proyectos de interés europeo, sin alterar la competitividad.
Actualmente, el 80% de los investigadores de todo el mundo trabajan fuera de Europa; cerca del 70% de las patentes se registran fuera de Europa; el 75% de las actividades de I+D se ejecutan en otras partes del mundo, también fuera de Europa. El mayor problema es que esta tendencia se está agravando y resulta urgente contrariarla. Desde la Estrategia de Lisboa la política europea ha apostado por la ciencia y la innovación, apuntando a un valor de inversión pública y privada del orden del 3% del PIB. Desde el año 2000, Europa ha ido aumentando ligeramente ese valor, pero tras algún tiempo estancado, ha vuelto a mejorar y hoy se sitúa cerca de los 2%, aunque lejos del 3% que había sido establecido como objetivo.
La nueva estrategia continúa teniendo la meta del 3% para 2020. El valor actual es más bajo que el de Japón, que ha destinado el 3,4%, que el de Corea del Sur el 3,23% y EEUU el 2,62%. La mayor diferencia está principalmente en la inversión privada, en Japón cerca del 2,7%, y en EEUU también por encima del 2%. En consecuencia, es en la inversión en I+D donde presentamos una mayor diferencia en relación con nuestros competidores.
Hay un nuevo fenómeno que es el de las potencias emergentes. Se percibe que los indicadores para ciencia e innovación en China han crecido muy rápidamente y es curioso que sea en el sector privado donde esta tendencia de crecimiento se afirma. Sobre todo destacan las patentes y las publicaciones entre sector público y sector privado, habiéndose duplicado en los últimos seis años el número de investigadores. De todas formas, Europa continúa siendo el bloque con mayor número de investigadores, superando a EEUU y China, y el mayor productor de publicaciones científicas (33% en comparación con el 31% de EEUU). En relación con el factor de calidad, es decir, publicaciones en el top de las 10% más prestigiosas, EEUU tiene un número superior comparado con Europa, pero en general esto también ocurre en casi todos los rankings que tienen en cuenta la calidad. En los rankings de calidad de universidades, Europa tiene más universidades de calidad media y EEUU más universidades de excelencia.
En relación con la investigación científica y la innovación dentro de las empresas, la tendencia es la misma. En el Industrial Scoreboard más reciente, se percibe que de las 50 empresas que más invierten en investigación en todo el mundo, 15 son de la Unión Europea (una empresa menos que el año anterior), 15 de EEUU (tres empresas menos que el año anterior) y 13 de Japón. La empresa número 1 del mundo que más invierte en investigación científica es Roche (Suiza). De las 10 primeras, EEUU tiene cinco empresas (Pfizer, Microsoft, Merck US, General Motors y Johnson & Johnson); la Unión Europea tiene una (Volkswagen) y Suiza dos (Roche y Novartis). De hecho, Suiza aparece por delante de la media de la Unión Europea en todos los indicadores de ciencia e innovación. Resulta interesante ver que de las 50 empresas que más invierten en investigación científica en Europa, el primer sector continúa siendo la industria automóvil (en parte por la influencia de Alemania y Francia), el segundo sector el farmacéutico y el tercero las tecnologías de información. En EEUU destacan la industria farmacéutica y la biotecnología.
Si nos fijamos en Europa y en su inversión para ciencia e innovación, teniendo en cuenta los diferentes países, son predominantes los siguientes sectores: industria automóvil e industria química en Alemania; energía en Dinamarca; industria automóvil, telecomunicaciones y energía en Francia; telecomunicaciones y energía en Suecia; industria aeroespacial y electrónica en Holanda; industria farmacéutica, telecomunicaciones y energía en Reino Unido; telecomunicaciones y energía en España. Esto es una pequeña muestra de cómo cada país está organizado.
La Unión Europea publica anualmente el Innovation Scoreboard, constituido por ocho indicadores compuestos y 25 indicadores simples. Este estudio es decisivo para quien diseña las políticas de ciencia e innovación a nivel europeo y para los Estados miembros. En relación con los resultados de ciencia en este score board, podemos agruparlos países en cuatro grupos. Los que más destacan son Suecia, Dinamarca, Alemania y Finlandia, los llamados líderes; de hecho, Suecia, Dinamarca y Finlandia tienen una inversión por encima de la media del valor que está establecido para 2020, lo que quiere decir que la inversión en I+Des superior al 3% del PIB. Después encontramos el grupo formado por Bélgica, Reino Unido, Holanda, Austria, Luxemburgo, Irlanda, Francia, Eslovenia, Chipre y Estonia. El tercer grupo está formado por Italia, Portugal, República Checa, España, Hungría, Grecia, Malta, Eslovaquia y Polonia. El cuarto grupo, denominado «innovadores modestos», está compuesto por los restantes Estados miembros.
Es importante determinar por qué la mejora significativa en estos indicadores no se traduce directamente en un retorno para la economía. La ciencia y la innovación son condiciones necesarias para el desarrollo y el crecimiento económico, pero no suficientes, en la medida en que existen otros factores que también son relevantes. Para que se produzca crecimiento económico han de estar aseguradas las condiciones macro económicas, las reglas de la concurrencia, el buen funcionamiento del mercado, la política fiscal, la eficiencia, el sector de los servicios altamente calificados y la capacidad de absorción por parte de la sociedad de los productos, ideas y conceptos innovadores desarrollados en el sistema de ciencia e innovación.
El sistema privado y las empresas son los responsables de la creación de la riqueza; por eso hay que facilitar la entrada de doctorados en nuestras empresas y en las PYME. En este momento, existe una situación de crisis financiera con un corte en los presupuestos públicos en todas las áreas, lo que seguramente afectará sobre todo a áreas como la enseñanza universitaria y la ciencia e innovación.
Horizonte 2020 desempeñará un papel fundamental en la aplicación de la estrategia Europa 2020 para un crecimiento inteligente, sostenible e integrador, al proporcionar un marco estratégico común para la financiación de la investigación y la innovación para la Unión Europea y actuar así como vehículo para movilizar la inversión privada, la creación de nuevas oportunidades de empleo, la garantía del crecimiento sostenible y la competitividad de Europa a largo plazo.
El futuro programa-marco para la investigación e innovación en Europa tiene tres prioridades fundamentales que se refuerzan mutuamente y estarán dedicadas a: Pilar 1) Ciencia excelente, Pilar 2) Liderazgo industrial, y Pilar 3) Retos sociales.
En todas estas prioridades, especialmente en la segunda y tercera, se espera una participación significativa de la industria, sobre todo a través de proyectos de colaboración en consorcios con otras empresas, universidades y centros de investigación.
Uno de los elementos centrales del Horizonte 2020 es el «Liderazgo industrial», que tiene por objeto acelerar el desarrollo de las tecnologías e innovaciones que sustentarán las empresas del mañana y ayudar a las PYME innovadoras europeas a convertirse en empresas líderes en el mundo. Consta de tres objetivos específicos:
a) Liderazgo en tecnologías industriales y de capacitación: Se prestará un apoyo específico a la investigación, desarrollo y demostración en los ámbitos de las TIC, la nanotecnología, los materiales avanzados, la biotecnología, la fabricación y transformación avanzadas y el espacio. Se hará hincapié, asimismo, en la interacción y convergencia de las diferentes tecnologías.
Un componente importante de «Liderazgo en las tecnologías industriales y de capacitación» son las Tecnologías Facilitadoras Esenciales (TFE). Muchos productos innovadores incorporan varias de estas tecnologías al mismo tiempo, ya sea como elementos individuales o como elementos integrados. Si bien cada una de ellas incorpora innovación tecnológica, el beneficio acumulado por la combinación de varias tecnologías de capacitación también puede generar a veces avances tecnológicos. Por tanto, el aprovechamiento de las tecnologías facilitadoras esenciales de carácter transversal mejorará el impacto y la competitividad del producto.
Por consiguiente, se explotarán las numerosas interacciones de estas tecnologías. Se prestará un apoyo específico a los proyectos piloto a gran escala y de demostración.
b) Acceso a la financiación de riesgo: Se propondrá superar los déficits en la disponibilidad de financiación de deuda y de capital para las empresas y los proyectos de I+D impulsados por la innovación en todas las fases de desarrollo. Junto con el instrumento de capital del Programa de Competitividad de las Empresas y las PYME, apoyará el desarrollo del capital-riesgo a nivel de la Unión.
En lugar de conceder créditos, garantías, capital, etc., directamente a los beneficiarios finales, la Comisión delegará en las instituciones financieras, que prestarán apoyo, en particular, mediante la distribución del riesgo, los regímenes de garantías y las inversiones en capital o cuasi capital. El mecanismo de capital y el mecanismo de deuda podrán, cuando proceda, permitir la puesta en común de recursos financieros con los Estados miembros que deseen aportar parte de los Fondos Estructurales que tienen asignados.
c) Innovación en las PYME: Se fomentarán todas las formas de innovación en las PYME, centrándose en las que tengan potencial para crecer e internacionalizarse en el mercado único y fuera de él. El objetivo específico es estimular el crecimiento aumentando el nivel de la innovación en las PYME, cubriendo sus diferentes necesidades de innovación a lo largo de todo su ciclo para todos los tipos de innovación, y creando así unas PYME de más rápido crecimiento y activas a nivel internacional.
El instrumento de las PYME prestará apoyo simplificado y escalonado. Sus tres fases cubrirán el ciclo completo de innovación: Fase 1: Concepto y evaluación de la viabilidad; Fase 2: I+D, Demostración y replicación comercial; Fase 3: Comercialización. Esta última fase no prestará financiación directa aparte de las actividades de apoyo, sino que pretende facilitar el acceso al capital privado y a entornos facilitadores en materia de innovación.
Aparte del pilar dedicado al «Liderazgo industrial», el Horizonte 2020 tendrá también otros instrumentos que podrán ser utilizados por parte de las empresas: PYME y grandes empresas podrán participar en proyectos de colaboración del Pilar 3, cuyo objetivo es afrontar eficazmente los retos sociales mundiales como la salud y cambio demográfico, bioeconomía y seguridad alimentaria, energía segura, limpia y eficiente, cambios climáticos, etc.
El instrumento para el fomento de nuevas ideas («FET Open») podrá ser interesante sobre todo para PYME y startups altamente tecnológicas. Con ello se apoyará la investigación científica y tecnológica embrionaria, que explora la posibilidad de futuras tecnologías radicalmente distintas, poniendo en entredicho los paradigmas actuales y aventurándose en regiones desconocidas.
Un proceso de selección ascendente ampliamente abierto a cualquier idea de investigación constituirá una cartera diversificada de proyectos focalizados. Resultará esencial detectar precozmente nuevos ámbitos, acontecimientos y tendencias prometedoras, así como atraer a los nuevos protagonistas de la investigación y la innovación. Estoy segura que estos instrumentos serán una respuesta real a la necesidad de personas innovadoras en el contexto europeo.
Europa está en el buen camino en el área del triángulo del conocimiento, pero hay que hacer más. Y más significa adoptar las reformas necesarias que hagan del conocimiento un valor social. El conocimiento puede florecer si los investigadores tienen condiciones reales de movilidad y las universidades se abren al mundo también en la contratación de sus profesores; si pequeñas y medias empresas tienen las condiciones para invertir, arriesgar y crecer. Los desafíos que se avecinan son inéditos.
Muchas voces reclaman hoy que al enfrentar estos desafíos, no podemos cometer los mismos errores del pasado; no nos podemos cerrar en nosotros mismos para defendernos. Nadie puede vencer esta batalla en solitario. De cara a estos desafíos, no podemos ser conservadores; necesitamos apostar por el futuro e invertir para establecer la base de prosperidad del futuro y de una sociedad mejor. Todos nuestros esfuerzos se tienen que encauzar para evitar la fragmentación. Los retos de hoy exigen que trabajemos en conjunto, que reunamos nuestros recursos, tanto dentro de cada Estado miembro como con el resto de Europa y del mundo.
Europa tiene que jugar un papel decisivo para garantizar el valor añadido de la investigación y la innovación a nivel europeo. Trabajando de forma inteligente en toda la UE seremos capaces de crear la masa crítica necesaria para afrontar todos los desafíos sociales que se nos avecinan, de la salud al envejecimiento activo y del cambio climático al transporte sostenible.
Desde los años posteriores a la II Guerra Mundial hasta la década de los setenta y paralelamente al crecimiento de grandes empresas nacionales y multinacionales, las políticas públicas se orientaron al apoyo a la ciencia y la tecnología, ante la percepción general de que la investigación obraba milagros. Y se sentaron así las bases del contrato social con la ciencia, la «transferencia de tecnología» sobre bases codificadas (publicaciones, patentes, etc.) y la cooperación universidad-empresa desde una perspectiva lineal: desde el laboratorio al mercado. Este es el modelo vigente en gran parte del siglo XX basado en economías de escala y alcance para la producción de productos más bien homogéneos a través de la «acumulación creativa» en las grandes empresas.


Con la revolución inducida por las tecnologías de la información en la década de los ochenta, sin embargo, se observa un cambio de tendencia en el resurgir de las pequeñas empresas como nuevos agentes innovadores y ello en la mayor parte de las economías desarrolladas. Asistimos así a una sorprendente vuelta al modelo inicial de Joseph Schumpeter, caracterizado por la «destrucción creativa». Se trata de un inesperado retorno de la «Economía gerencial» a la «Economía emprendedora», términos acuñados por los profesores Audretsch y Thurik en 2004.
La destrucción creativa supone la vuelta al emprendedor primigenio. Una realidad más patente en EEUU que en Europa si pensamos que los Nobel, Citroën y Siemens en la era de las tecnologías de la innovación tienen nombres como Boyer, Gates y Jobs. Y es que desde 1980 a 2005 la práctica totalidad del empleo neto generado en EEUU se debió a empresas con menos de cinco años de vida. Sin embargo, en Europa, aun cuando su importancia relativa varíe según el grado de desarrollo de las economías nacionales y la madurez de sus sectores, la identificación de las grandes empresas como principales agentes impulsores de innovación e internacionalización, sigue aún muy instalada en el subconsciente colectivo y también en las políticas públicas.

Todo ello tiene su traslación en las formas de valorización del conocimiento imperantes o transferencia de tecnología, cuyos vehículos son esencialmente tres según la Fundación COTEC: 1) protección de la propiedad intelectual (patentes) y su explotación (licencias); 2) I+D colaborativa (ya sea vía asistencias técnicas, consorcios o subcontratos) y, por último, 3) la creación de nuevas empresas de base tecnológica. Y mientras que los dos primeros caminos están más que transitados, solo desde los años noventa, y ante la evidencia de los éxitos de EEUU en los nuevos sectores tecnológicos, se viene prestando una atención creciente a esta última tercera vía en Europa. A este respecto, las administraciones nacionales y locales han venido apostando por las nuevas empresas de base tecnológica, esencialmente a través de la provisión de infraestructuras y servicios de incubación para favorecer su creación en sus primeros pasos (de la mano de parques científico-tecnológicos ligados a universidades y, en menor medida, organismos públicos de investigación y parques empresariales) y de la financiación en condiciones preferentes de sus planes de negocio a fin de favorecer su consolidación y supervivencia.
Por otra parte, la «innovación abierta» practicada en particular en EEUU con las TIC y la biotecnología ejemplifica hasta qué punto las nuevas empresas son vehículo de gran parte de las innovaciones de ruptura, postulada por William J. Baumol. De hecho, los estudios más recientes muestran que el diferencial que separa Europa de EEUU en innovación se explica en gran medida por las empresas de nueva creación que faltan (missing yollies según la investigadora de Brueghel, Reinhilde Veughelers, 2009), para cuyo éxito precisa no solo activos tangibles y recursos financieros sino también conocimiento tácito y habilidades. Así pues, la economía emprendedora supone poner en primer plano el elemento personal, sumado lógicamente a las condiciones de contorno locales o ecosistemas más favorables para hacer posible lo imprevisible: la innovación.
Resulta, pues, acertado que la Comisión Europea se haya propuesto tomar el dinamismo de las nuevas empresas de base tecnológica como base del futuro indicador comunitario de innovación, más completo que el gasto en I+D en el que se centró la Estrategia de Lisboa, al objeto de captar otro ingrediente esencial para la innovación más allá del conocimiento: el espíritu emprendedor. Confiemos en que los dos años que comportará desarrollar dicho indicador corran paralelos a una articulación de políticas y programas a nivel europeo que logre efectivamente que surjan un mayor número de empresas europeas, de base tecnológica y vocación global.
Más allá del conocimiento disciplinar, en cuyo desarrollo se centra el sistema educativo, la cuestión es cómo fomentar las habilidades y voluntades necesarias en los futuros emprendedores. A ello se unen dificultades intrínsecas, puesto que, estando la innovación ligado a la aglomeración de conocimiento y capacidades locales, la competencia es global y de ahí la dificultad pero también la oportunidad de Europa. Efectivamente, Europa puede y debe sacar el máximo partido de su diversidad, acelerando innovaciones de clase mundial. Y ello, porque aun hoy la incubación de empresas de base tecnológica (spin-offs, start-ups) se hace esencialmente sobre bases nacionales y son escasos los apoyos a la aceleración de tales empresas a nivel europeo.
Una excepción notable se encuentra en el Instituto Europeo de Innovación y Tecnología (EIT), que aspira a educar la próxima generación de emprendedores, a través de sus Comunidades de Conocimiento e Innovación (KIC) constituidas por agentes de primer nivel del llamado «Triangulo del conocimiento»: educación, investigación e innovación. Se trata de una aproximación muy novedosa, ante la evidencia de que algo faltaba en el sistema europeo: financiar la ciencia y la innovación en centros de investigación y las empresas existentes no es suficiente. Innovar a través del emprendimiento requiere talento y determinación. A través de sus KIC, el EIT aspira a convertirse en un catalizador del cambio en la forma que Europa se ha aproximado hasta a la innovación, poniendo a tal fin el énfasis en las personas, particularmente los jóvenes.
Creado en 2008, la misión del EIT es impulsar el crecimiento europeo sostenible y la competitividad, reforzar la capacidad innovadora de los Estados miembros de la UE y, en definitiva, crear los emprendedores/innovadores del mañana. El EIT crea un nivel de colaboración sin precedentes entre la innovación y los centros de excelencia con el objetivo de impulsar la innovación, de la idea al producto, del laboratorio al mercado y del estudiante al emprendedor.
El EIT cumple su misión mediante la plena integración de los tres lados del «triángulo del conocimiento», es decir, la educación superior, la investigación y la empresa en Comunidades de Conocimiento e Innovación (KIC en sus acrónimos en inglés). Reuniendo a los actores de primer nivel en las KIC, el EIT constituye una nueva agenda de innovación a nivel de la Unión Europea, particularmente en lo relativo a las instituciones de educación superior. Tras un proceso competitivo lanzado en abril de 2009, tres KICse pusieron en marcha en 2010:
• KIC InnoEnergy: Energía sostenible.
• Climate-KIC: Mitigación del cambio climático y la adaptación.
• EIT ITC Labs: Tecnologías de la Información y la Comunicación.
Si bien la sede del instituto es Budapest, el EIT no se concentra en un campus centralizado como los institutos tradicionales sino que opera de manera descentralizada y distribuida a través de sus KIC. A su vez, cada una de las KIC estructura sus actividades en torno a cinco o seis centros de trabajo o «coubicación» (co-location centers). En este momento hay 17 centros repartidos por toda Europa. Climate KIC cuenta además con centros de aplicación en seis regiones (RIC).
Las KIC llevan a cabo toda una serie de actividades que abarcan la cadena de innovación completa. Asimismo, las KIC se han concebido de modo que sean capaces de reaccionar de una manera eficaz y flexible a los nuevos desafíos y entornos cambiantes. Para ello, cada KIC se constituye como una entidad legal y nombra a un director general para ejecutar sus operaciones por primera vez en una iniciativa de la UE. De tal modo, el EIT ha dotado a las KIC, con un alto grado de autonomía para definir su situación jurídica, la organización interna y los métodos de trabajo.
Las KIC persiguen la excelencia y relevancia en todas sus actividades y se establecen con el objetivo de alcanzar la masa crítica necesaria para lograr un impacto sistémico, como la creación de nuevas empresas, nuevos empleos, nuevas habilidades y la promoción del talento. Asimismo, las KIC están abiertas permanentemente a cualquier nuevo socio que aporte valor.
Siendo un tipo de alianzas únicas dentro del panorama de la innovación europea, las KIC se caracterizan por los siguientes rasgos:
— Alto grado de integración: a través de sus KIC, el EIT integra y dinamiza, por primera vez a nivel de la Unión Europea, el mundo de la educación y el espíritu empresarial junto con la investigación y la innovación contando con agentes europeos de clase mundial.
— Perspectiva a largo plazo: cada KIC está configurado por un mínimo de siete años, un horizonte mucho más amplio en los tradicionales proyectos de I+D consorciados, lo que facilita el compromiso de los socios integrantes y su adaptación a las nuevas oportunidades.
— La autonomía y flexibilidad: un liderazgo fuerte es un prerrequisito: cada KIC está gestionada por un director general. Las KIC presentan anualmente su plan de negocios al EIT, incluyendo una ambiciosa cartera de actividades de educación y creación de empresas, con objetivos claros y resultados medibles, tanto en el mercado como en términos sociales.
— El modelo de coubicación: cada KIC integra cinco o seis activos centros de clase mundial, aprovechando capacidades existentes en Europa. Un centro de coubicación reúne a equipos y personas del triángulo del conocimiento en un mismo lugar o espacio, que actúa como centro de coordinación y catalización de muchas actividades de las KIC, combinando tanto competencias como habilidades desarrolladas en las diferentes áreas de especialización a nivel paneuropeo.
— KIC de Cultura: Europa necesita adoptar una verdadera cultura empresarial, que es esencial para capturar el valor de la investigación y la innovación, al objeto de impulsar nuevas empresas y realizar su despliegue en mercados potenciales con alto crecimiento. Las KIC del EIT persiguen justamente esto mediante la integración de la educación y el espíritu empresarial, con la investigación y la innovación con una lógica de negocio y un enfoque a resultados. Asimismo, la forma de relación del EIT con sus KIC constituye un modelo de asociación vivo.

Las KIC aplican una estrategia muy abierta con respecto a nuevos socios. Ello supone un dinamismo sin precedentes en el panorama europeo de innovación. Concretamente, cualquier socio potencial pueden contactar la correspondiente KIC con el fin de manifestar su interés de convertirse en socio principal o asociado, decisión que se toma a nivel de la entidad jurídica KIC y no del EIT.
Asimismo, el modelo de financiación del EIT se basa en el concepto de apalancamiento, cada euro invertido por el presupuesto de la UE dará lugar a una mayor inversión en otras fuentes, tanto públicas como privadas, contribuyendo así a alinear agendas de una manera flexible y voluntarista, de abajo-arriba. Para 2008-2013, el EIT cuenta con 308,7 millones de euros con cargo al presupuesto de la UE. Sin embargo, a través de su modelo de financiación único, el EIT aporta en promedio un máximo del 25% del presupuesto total de cada KIC.
La contribución financiera del EIT se decide una vez al año tras la evaluación del desempeño individual de cada KIC y, a partir de 2013, también una revisión comparativa entre las tres, incluyendo tanto la evaluación de los resultados anteriores ejercicios como la ambición y viabilidad económico-financiera de sus planes futuros.

Como ya se ha indicado más arriba, uno de los principales valores añadidos del EIT para la política europea de innovación es la integración de la dimensión de educación, relativamente ausente hasta la fecha en el nivel de la Unión Europea. El EIT apoya la creación de los emprendedores del mañana y promueve un verdadero cambio de mentalidad, cultura y actitud. Al invertir en el EIT, Europa invierte en el talento del mañana, que no solo va a crear nuevas empresas, sino también contribuir a la renovación en las empresas existentes.


En esta perspectiva, las KIC han desarrollado programas de educación para el emprendimiento y la innovación. Concretamente, las instituciones de educación superior presentes en las KIC ofrecen a estudiantes, emprendedores e innovadores los conocimientos y habilidades necesarios. Asimismo, en dichos programas colaboran estrechamente universidades, empresas y centros de investigación que ofrecen dobles y titulaciones, experiencias de movilidad internacional e intersectorial, así como la innovación aplicada y la educación empresarial.
El sello distintivo de los programas educativos del EIT es no solo educar a los estudiantes a conocer, sino también para saber qué hacer y cómo resolver los problemas de la vida real, todo ello enmarcado dentro de una mentalidad emprendedora. Los programas educativos de maestría y doctorado etiquetados como EIT fomentan la formación de estudiantes a ser más creativos, innovadores y emprendedores. A tal fin, el EIT ha diseñado criterios específicos de calidad.
La creación de más negocios y más empleos a través de empresas innovadoras de rápido crecimiento es uno de los objetivos clave de la Unión Europea. A través de sus KIC, el EIT apoya la innovación en las empresas existentes y también la creación de nuevas oportunidades de negocio, consciente de que los ingredientes vitales para el fomento de nuevas empresas son garantizar el acceso a la financiación y el apoyo a la mejora de habilidades de negocios.

Asimismo, es preciso lograr un cambio en la percepción y el reconocimiento de los emprendedores en Europa. Para hacer frente a esta brecha en la mentalidad europea, el EIT tiene como objetivo crear un entorno más favorable en Europa para que el talento y la iniciativa empresarial basada en la innovación florezcan a partir de casos de éxito demostrando que es posible también en el viejo continente crear las condiciones, habilidades y ecosistemas que hagan posible el cambio.
Las tres KIC ofrecen, a través de su programa de emprendimiento, una gama de servicios de apoyo que ayuden a los empresarios a traducir sus ideas en negocios de éxito. Estos servicios se centran en áreas como el soporte para la tecnología, evaluación de mercados, el acceso a los recursos humanos, asesoramiento, capital semilla, y por último, pero no menos importante, el capital riesgo a través de fondos específicos de innovación KIC.
El valor añadido de las KIC consiste en ayudar a los empresarios en un Estado miembro a introducir, a través de la red de centros de coubicación y contactos, en varios Estados miembros y desarrollar una estrategia clara hacia la penetración en los mercados, rompiendo la fragmentación nacional existente y superar el miedo de los empresarios de ir a Europa en una etapa temprana.
En cada uno de los campos respectivos de actuación de las tres KIC en marcha, la innovación y el espíritu empresarial son vectores esenciales para superar los retos sociales globales. A través de sus KIC, el EIT está poniendo un fuerte énfasis en el desarrollo de la próxima generación de jóvenes emprendedores, fomentar y apoyar a las personas y a las empresas a desarrollar ideas innovadoras y llevarlas al mercado, contribuyendo así a una Europa más dinámica y competitiva.
REFERENCIAS (ENLACES 1 NOVIEMBRE 2012)
AUDRETSCH, D., y Thurik, R. (2004), «A Model of the Enterpreneurship Economy», Discussion Paper 1204, Max Planck Institute for Research into Economics Systems, Jena, disponible vía ftp://papers. econ.mpg.de/egp/discussionpapers/2004-12.pdf
EIT Regulation, disponible vía http://eit.europa.eu/fileadmin/Content/ Downloads/PDF/Official_documents/l_09720080409en0001 0012.pdf
EIT Strategic Innovation Agenda (European Commission proposal), disponible vía http://eit.europa.eu/fileadmin/Content/Downloads/ PDF/EC_SIA/proposal-for-decision-sia_en.pdf
LECETA, J. M. (2011), «Entrepreneurship: the road to innovation», editorial en la web del EIT – http://eit.europa.eu/newsroom-andmedia/ article/entrepreneurship-the-road-to-innovation/
Technopolis (2012), «Catalysing Innovation in the Knowledge Triangle. Practices from the EIT Knowledge and Innovation Communities», elaborado y publicado por el EIT, Budapest; disponible http://eit.europa.eu/fileadmin/Content/Downloads/PDF/Key_documents/ EIT_publication_Final.pdf
VEUGELERS, R. (2009), «A lifeline for Europe’s young radical innovators», Bruegel Policy Brief, Issue 2009/01, marzo 2009, disponible en http://www.bruegel.org/publications/publication-detail/publication/ 289-a-lifeline-for-europes-young-radical-innovators/
VON GABAIN, A. (2011), «Entrepreneurs as the drivers of the knowledge triangle», disponible en la página web del EIT, Budapest
Al comienzo de Mantícora, la segunda parte de la extraordinaria Trilogía de Deptford de Robertson Davies, la doctora Von Haller, fiel seguidora de Carl Jung, cita al dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen: «Vivir es batallar con los trasgos en las criptas del corazón y el cerebro. Escribir es, en cambio, sentarse y juzgarse a uno mismo».
Por su parte nuestro barroco Baltasar Gracián nos instaba a aprender a ser diligentes e inteligentes, glosando así su aserto: «El hombre inteligente ejecuta con rapidez lo que pensó con calma. La prisa es pasión de necios, pues, como no saben dedicar tiempo a pensar antes, obran sin reparo y yerran. Los sabios, al contrario, suelen pecar de ser lentos, que del mucho cuidado nace la observación descubridora de detalles. Tampoco has de ser demasiado lento, porque una decisión puede perder eficacia debido a haberla tomado demasiado tarde. La acción a tiempo es madre de la dicha».
A lo largo de toda su obra Gracián buscó dotar al lector de las habilidades y los recursos necesarios que le permitieran desenvolverse con éxito en la vida. Al escribir sus trescientos aforismos su objetivo no fue otro que ofrecer un conjunto de normas para triunfar en una sociedad compleja y en crisis como era la del Barroco.
Tanto la cita de Ibsen como el aforismo de Gracián podrían ser suscritos hoy por José Antonio Marina (La inteligencia ejecutiva, Ariel, 2012), Chris Anderson (Makers, Crown Business, 2012) e incluso por la Unión Europea (Estrategia Europa 2020). En su último libro, Marina ha tratado precisamente de esbozar una teoría de la inteligencia ejecutiva como aquella que batalla continuamente con nuestro corazón y con nuestro cerebro, dirigiendo bien el comportamiento, eligiendo las metas, aprovechando la información y regulando las emociones. Una inteligencia encargada, según Marina, de coordinar tanto la inteligencia cognitiva de Jean Piaget como la emocional de Daniel Goleman, de dirigir bien nuestro comportamiento y de orientar nuestras acciones. Una inteligencia de la creación, del emprendimiento y de la producción. Una inteligencia orientada a la resolución de problemas y a convertirnos, en definitiva, en diligentes y oportunos «hacedores», tal como nos aconsejaba Gracián. Tal como pronostica Chris Anderson. Tal como necesita la Unión Europea.
Desde esta perspectiva, la función principal de la inteligencia no sería conocer sino dirigir bien la acción. Y en consecuencia, la educación no debería estar enfocada solo a la adquisición de conocimientos sino, sobre todo, a potenciar nuestras habilidades ejecutivas y a reforzar nuestra autonomía (John Dewey). No vivimos, por tanto, para conocer (a pesar de su innegable atractivo) sino que aprendemos para vivir de la mejor manera posible. Algo que en las últimas décadas viene sonando con insistencia en los ámbitos formales e informales de la educación (Drucker, Hutchins y Husén). La complejidad del mundo en el que vivimos, su velocidad de cambio, la incertidumbre sistémica que se ha instalado y que experimentamos, hace más necesario que nunca poner el acento más en los procesos, en el desarrollo de capacidades y en la adquisición de competencias y menos en qué se aprende. O dicho de otra manera, no es tanto una cuestión de aprender para saber como de aprender a aprender o, mejor, de aprender a vivir (Fauré, Unesco, 1972). Y de hacerlo en un escenario incierto y cambiante. De aprender en la incertidumbre y de aprender a vivir en la incertidumbre.
La tarea que tenemos entre manos no es solo la de educar la inteligencia cognitiva, ni siquiera la de ocuparse de la inteligencia emocional, sino la de ocuparnos y educar correctamente nuestra inteligencia ejecutiva. No atender a esta última aumenta nuestra vulnerabilidad y disminuye nuestra capacidad de tomar decisiones y de mantener el esfuerzo. Si nuestro objetivo, como sociedad y como individuos, es potenciar nuestra capacidad para resolver problemas, aprovechando la información y aprendiendo de la experiencia, entonces lo que tenemos que hacer, afirma Marina, es cultivar esta inteligencia ejecutiva. La receta parece fácil (excesivamente fácil dirán algunos) y para lograrlo nos propone un esquema sencillo en el que la inteligencia estaría organizada en dos niveles. En el primero, el de la inteligencia generadora o computacional, encontraríamos las ideas, los sentimientos, los deseos y los impulsos; en el segundo, el de la inteligencia ejecutiva, estarían los mecanismos que se ocupan de controlar, dirigir, corregir, iniciar o apagar todas esas operaciones del primer nivel.
Es nuestra capacidad de interacción social, la acción compartida con otros y sobre todo el lenguaje (Alexander Luria y Lev Vygotski) lo que nos permitió en su momento internalizar conductas externas para controlar nuestra propia conducta y hacernos dueños de nosotros mismos. Este es, según Marina, el mecanismo clave que nos habilita para fomentar la inteligencia y ser capaces de elegir bien y de realizar nuestras metas. Es el mecanismo que nos permite convertir las posibilidades (o sea, ideas) en realidades.
De cómo convertir ideas en realidades se ha ocupado en su último libro Chris Anderson, editor jefe de la revista Wiredy padre de uno de los conceptos más populares de la nueva economía digital: The long tail o la larga cola (la suma de muchas pequeñas ventas de muchos productos puede igualar al mercado de masas). En Makers, Anderson pronostica la aparición de un nuevo movimiento económico y social, de una nueva cultura y de una nueva tribu, la de los makers, que traerá consigo «el surgimiento de un reino de poder íntimo y personal», «del poder del individuo para dirigir su educación, encontrar su inspiración, moldear su entorno, y compartir su aventura con quien sea que esté interesado» (Stewart Brand, The Whole Earth Catalog). La tesis de Anderson, como el sistema de Marina, es de aparente sencillez. Su maestría (igual que la de Marina) para narrar convierte lo que podría ser un difícil camino de obstáculos en una suave autovía. Leer a Anderson como leer a Marina requiere que activemos nuestro espíritu más crítico. Si los últimos diez años, sostiene Anderson, han sido los de la irrupción y la democratización de nuevas formas de innovación, creación, producción, comunicación y trabajo colectivo provocados por la red y por lo digital, los próximos diez serán los de su aplicación al mundo real, al mundo de los átomos. Argumenta que en los próximos años veremos cómo el movimiento maker apoyado en la cultura digital y en tecnologías como el diseño digital, la impresión 3D y los nuevos sistemas de microfinanciación como el crowdfunding, transformará nuestra manera de producir y manufacturar objetos, desafiando la producción en masa y jugando un papel protagonista en la economía del futuro. La gran transformación a la que nos enfrentamos no será tanto la de la forma de hacer las cosas, matiza Anderson, sino la de quién las hace. La revolución que nos anticipa no es una cuestión de herramientas, ni siquiera de tecnología. Es la de la democratización y la accesibilidad a una nueva tecnología. Es el encuentro entre tecnología, fabricación, comunidades y necesidades. Es la unión entre oferta y demanda atendiendo no a las lógicas del mercado de masas sino a las necesidades de pequeñas comunidades. Estamos, afirma con el optimismo digital que le caracteriza, en disposición de invertir el proceso de desindustrialización que se ha apoderado de los países occidentales en las últimas décadas. No con una vuelta a las grandes fábricas decimonónicas pobladas de ejércitos de trabajadores, sino creando una nueva economía de la manufactura, del pequeño taller, de la industria artesanal. Una forma de hacer cosas imbuida de cultura digital: de abajo-arriba, distribuida y emprendedora. Una cultura basada en el DIY (Do It Yourself) y en el Aprender haciendo (learning by doing) que el filósofo Dewey forjó como lema para su modelo de Escuela. Un futuro no dominado por la estandarización y las economías de escala sino por la personalización y las pequeñas tiradas. Un futuro en el que podamos manufacturar localmente y distribuir globalmente.
Si hay algo que parece preocupar por igual a ciudadanos, gobiernos, empresas y agentes sociales son las cifras alarmantes de paro juvenil. Si algo tienen en común Marina, Anderson y la estrategia política de la Unión Europea es la preocupación por nuestra capacidad para dirigir y producir. Numerosos informes recientes parecen coincidir en señalar como paradójica la situación que estamos viviendo. Un escenario de altísimas tasas de desempleo juvenil por un lado y de escasez de trabajadores con las cualificaciones demandadas por otro. Tan relevante es el tema que la Unión Europea dentro de su plan estratégico (Europa 2020) ha establecido como prioritarias las acciones encaminadas a habilitar a las personas mediante la adquisición de nuevas cualificaciones (New Skills for New Jobs). Su objetivo, asegurar su sostenibilidad y un crecimiento inteligente, sostenible e integrador. Habilidades que nos permitan adaptarnos a las condiciones cambiantes del entorno y nos aseguren las competencias necesarias para un aprendizaje permanente.
Marina, Anderson y la Unión Europea apelan a nuestra capacidad de resolver problemas como nuestro principal elemento diferenciador. El primero señalando nuestra responsabilidad colectiva a la hora de fortalecer esta capacidad que, en contra de nuestra intuición, no es innata sino que tenemos que desarrollar y conducir fortaleciendo nuestra inteligencia ejecutiva. El segundo, apelando a una reconquista como individuos y como sociedad de los medios de producción y esbozando el surgimiento de una nueva ciudadanía autónoma y emprendedora. La tercera, estableciendo los marcos institucionales que nos permitan alinear oferta y demanda y asegurar la posibilidad de adquirir y desarrollar permanentemente nuevas cualificaciones, competencias y habilidades.
A diferencia de otros momentos, hoy vivimos inmersos en la que quizá sea la transformación más profunda experimentada en los últimos siglos. Hoy han cobrado una importancia creciente conceptos como el «aprender haciendo» (learning by doing) y el aprendizaje basado en la experiencia (experiential learning) de Dewey y Piaget. Los empleos del futuro tendrán que ver sobre todo con la producción, la distribución y la transformación de conocimiento (y para Anderson, también con el diseño y producción de bienes tangibles). No se trata por tanto de poseer una formación para desempeñar una actividad específica como de ser capaces de atender las necesidades constantes de reciclaje.
Si aceptamos que el aprendizaje ya no es una cuestión solo de accesibilidad al conocimiento, ni una cuestión exclusiva de asimilación de contenidos, entonces de lo que se trata es de ser capaces de asimilar valores y procesos, de adquirir habilidades y competencias como el trabajo colaborativo y en equipo, la gestión del tiempo, la capacidad de buscar, filtrar y priorizar información.
El éxito académico en la era digital, señala Lynn Meltzer en La inteligencia ejecutiva, «está cada vez más ligado con el dominio de procesos tales como el planteamiento de metas, la planificación, la organización, la flexibilidad, la gestión de la información y la autosupervisión. Es decir, en los procesos ejecutivos». De nosotros depende, afirman Marina y Anderson (e implícitamente la Unión Europea), que seamos capaces de enfrentar con éxito el futuro que llega. De reclamar nuestra especificidad como especie que hace y resuelve (homo faber). Bienvenidos a la edad de la inteligencia ejecutiva. Bienvenidos a un nuevo orden basado en nuestra capacidad individual para hacer y en la necesidad de vivir en comunidad y trabajar en red. Bienvenidos a la economía de la «larga cola de las cosas». Bienvenidos al futuro. Pero, ojo, no olviden nunca su espíritu crítico.
Estamos en un periodo en el que toda revisión histórica parece que tiene que servir para pedir perdón. Tiene razón Peter Bruckner cuando afirma que esto supone una carga en ocasiones insoportable y una responsabilidad asumida por generaciones que no protagonizaron hechos históricos. Se lee la historia para lamentarse, en definitiva.
Por ello mismo, el libro de Julio Crespo MacLennan no es solo un acontecimiento —en la medida en que se propone hacer una historia de los imperios europeos— sino que, sin ocultar lo que debe avergonzarnos en el pasado colonial, también es consciente de que Europa ha hecho grandes contribuciones al mundo moderno —podríamos incluso decir que ha configurado la modernidad— gracias, sobre todo, a su expansión imperialista. Entre otras aportaciones, MacLennan señala la democracia —junto con la cultura política que conlleva— o la economía de mercado, por ejemplo.
Por otro lado, en referencia a nuestro futuro común, también Imperios puede ser el primero de una serie de libros que profundizan en la historia común de Europa. En este sentido, su ensayo se abre con las siguientes afirmaciones: «No solo se necesita una narrativa que explique a los europeos su historia y la cultura que comparten, como ya se ha hecho en las últimas décadas, sino también una que aporte una explicación sobre el papel que han desempeñado en el mundo y cuál es su legado». Es este, a nuestro juicio, un pilar fundamental para la UE y solo reflexionando sobre lo que indica el autor de este libro se puede empezar a confeccionar una cultura común, tanto política como histórica. De esa forma, el trabajo del historiador tendrá mayores frutos que los intentos institucionalizados y artificiales.
En la obra se combina el orden temporal con el temático. MacLennan pasa revista a la conformación de las primeras tentativas marítimas de Portugal y a la consolidación del imperio español. Tras ellos, se explica cómo Holanda logró situarse como potencia económica y cómo hizo posible su diseño colonial en el siglo XVII. Al mismo tiempo, también Inglaterra comenzó a lanzarse a la búsqueda de nuevas tierras en América del Norte, junto con Francia, que desembarca en el África inexplorada. Es acertado, teniendo en cuenta la perspectiva global de la obra, incluir referencias a las expansiones escandinavas y el examen que se realiza de Rusia, aunque se trata de una potencia euroasiática, como detalla el propio autor.
A partir del XIX el imperialismo se impone y constituye un hecho político gratificante para la población. Es su edad dorada, por emplear sus términos. Es sintomático de la importancia de la expansión colonial que tanto para Alemania como para Italia su configuración nacional corriera pareja con su expansión. MacLennan, como indicábamos, no obvia las cuestiones polémicas del expansionismo —la trata de esclavos, la aculturación europea y la pérdida de relevancia de las culturas autóctonas—, pero estos hechos no pueden o no deben oscurecer las brillantes aportaciones del mundo europeo que posibilitaron la entrada de muchas de sus colonias en el escenario de la historia. El lector del siglo XXI no debe volver al pasado con sus moldes cognoscitivos únicamente. Tampoco nosotros, como lectores, debemos olvidar que la potencia hegemónica de hoy, EEUU, fue una colonia.
Además hay que notar que junto con los desvíos políticos del imperialismo, las colonias produjeron una figura importante: el emigrante. La colonización no es solo el resultado de un proyecto monárquico, sino fruto también de la mezcolanza demográfica. También Europa debe recuperar, como un hecho importante de su pasado, esta vocación migratoria, como un fenómeno que exterioriza, entre otras cosas, su apertura al mundo. Así lo explica el propio autor: «Las grandes olas de emigración europea que comenzaron en el siglo XIX y continuaron hasta bien avanzado el siglo XX dieron a la expansión imperial y llevaron la influencia de Europa más allá del mundo colonial». De hecho, no sería exagerado afirmar que fueron los emigrantes una de los factores que determinaron también el surgimiento de la identidad nacional en el mundo de las colonias.
Para MacLennan, el declive del imperialismo europeo comienza con la primera de las guerras mundiales y está marcado, precisamente, por las tensiones entre las potencias europeas, aunque también tuvo una influencia importante la tensión interna en el seno de las colonias. La rivalidad se expresó en forma de conflagración. Sin embargo, el fin de la Primera Guerra Mundial sumió a Europa en una crisis política, social y económica, que aprovecharon las ideologías totalitarias. Estas añadieron más tensión en Europa, debido sobre todo a sus ambiciones expansionistas. Por ello, tras la Segunda Guerra Mundial, el expansionismo europeo era ya una vía muerta. «El fin de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción física, el Holocausto, la ruina económica y la pérdida de poder mundial, todo ello tuvo un impacto demoledor sobre la conciencia colectiva europea, tanto para los ganadores como para los perdedores», explica el autor.
Ahora bien, el fin del imperialismo y el desmantelamiento de las colonias, ya en pleno siglo XX, han sido positivos para Europa. En efecto, es como si los europeos, tras los fracasos políticos, hubieran tomado conciencia de que necesitaban una forma de vivir conjunta. A mi juicio, es interesante reflexionar sobre la conclusión de MacLennan, ya que termina su repaso por los imperios europeos haciendo referencia, precisamente, al proceso de constitución de la UE. En cualquier caso, Imperios es un libro imprescindible para meditar sobre lo que es Europa a partir de lo que ha sido y para comprender por qué, querásmolo o no, Europa sigue siendo un referente en el que otras naciones se miran.
«Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco». Con esta máxima de Epicuro se abre un libro oportuno, controvertido, lúcido, necesario en las circunstancias actuales, presididas por un cierto aturdimiento ante la situación de crisis en que estamos inmersos. Los orígenes de la crisis actual, la más severa en términos económicos desde la Gran Depresión de 1929, son objeto de debate y reproducen un mapa de argumentos que se ha ido conformando al menos desde el siglo XVIII. Primero fue el origen de la crisis de las hipotecas subprime, allá por el 2008, la inconsciencia y la irresponsabilidad se dieron la mano en una estrategia desenfrenada de crecimiento a través de créditos hipotecarios que se terminaron concediendo a quienes, en un momento adverso, dejarían rápidamente de pagar. El efecto dominó terminó en los mercados financieros y de deuda, que se vieron en la tesitura de no poder fiar a quienes siempre mostraron mayor fiabilidad: los estados, especialmente los europeos. La caída de los ingresos vía impuestos hizo saltar por los aires el precario equilibrio de las cuentas públicas y los déficits no tardaron en llegar. Necesitaban dinero y lo necesitaban ya. Pero ese dinero ahora era mucho más caro y el endeudamiento empezó a pagarse con más endeudamiento. En medio de esta espiral, el ciudadano de a pie se ve vapuleado por los cruces de acusaciones entre el poder político y el poder económico sobre quién es el verdadero responsable de todo lo que está pasando. En poco tiempo, el debate ha derivado hacia la crisis institucional y un creciente cuestionamiento del papel del político en la sociedad. Quizá la democracia como sistema no merezca pagar el precio de su cuestionamiento cuando precisamente sus actores no han conseguido que funcionara de forma plena y convincente.
Cuando nos aprestamos a intentar salir de la crisis, resulta pertinente poner encima de la mesa el debate que nos impida repetir los errores del pasado y no hacer realidad esa frase inscrita a la entrada del bloque número 4 del campo de concentración de Auschwitz: «Quien desconoce su historia está condenado a repetirla». Una de las aportaciones a ese debate la ha hecho un libro escrito por un padre y su hijo, los dos profesores universitarios. Robert Skidelsky es catedrático emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick y el autor de la biografía por antonomasia del economista John Maynard Keynes. Su hijo, Edward Skidelsky, es profesor de Filosofía en la Universidad de Exeter. Ambos combinan el carácter multidisciplinar del libro, uno de sus principales atractivos, al combinar filosofía y economía en el planteamiento de sus argumentos.
El libro parte del ensayo que John Maynard Keynes escribió en 1930 y que tituló Las posibilidades económicasde nuestros nietos. Salió publicado en unos años convulsos, en que el mundo se aprestaba a intentar salir de una crisis devastadora. Mientras los efectos de la Gran Depresión se extendían por el mundo, el economista inglés se dedicó a pensar más allá y pronosticó que, en el futuro, las personas tendrían que trabajar menos para satisfacer sus necesidades, en tanto en cuanto el progreso tecnológico vaya permitiendo producir más en menos tiempo. «Por primera vez en la historia, escribe Keynes el hombre ese enfrentaría a su problema real y permanente: cómo utilizar su libertad desde la presión de los apuros económicos, cómo ocupar el tiempo de ocio, que la ciencia y el interés compuesto le habrán proporcionado, para vivir bien, sabiamente y de forma agradable». No deja de ser curioso que Keynes no volviera después a ahondar en aquella idea y pasara a la historia como el economista que más estudió el corto plazo, cuando, al parecer, siempre le preocupó el largo.
Lo que ocurrió después ya lo sabemos. Nada de lo que pronosticó Keynes se ha cumplido. El libro de los Skidelsky quiere explicar el porqué y plantearse si todavía se puede hablar de un estadio que haya superado el capitalismo. Los autores se plantean, a partir de las premisas de ese ensayo, un buen número de interrogantes: ¿Cuál es la utilidad de la riqueza, «cuánto dinero necesitamos para llevar una buena vida»? ¿Cuál es nuestro propósito en la vida y qué lugar ocupa el dinero en ella? ¿Se trata de un medio o un fin?
La duda es si de verdad hay un poscapitalismo o el sistema económico que preside desde hace siglos nuestras relaciones económicas será siempre un proceso en construcción que no termina nunca, como la vida de Fausto, al que nada satisface ni detiene, ya que el día que lo encuentre significará su perdición. En ese momento, según nos cuenta Goethe, Mefistófeles se aprestará a cobrar su botín. Esta alegoría faustiana ocupa uno de los capítulos más interesantes del libro, después de un no menos interesante y sintético repaso por la historia de la Filosofía en relación al porvenir y al bienestar.
Así que la pregunta es: ¿de verdad llegará un día en que no se necesite acumular más dinero? Se achaca al capitalismo que exacerbe la tendencia al consumo competitivo: una cuestión de estatus que actúa como termómetro social sobre el éxito personal. «Ha hecho mucho dinero», «está forrado», «son gente de pasta», son expresiones habituales en círculos que tratan de dilucidar quién merece ser considerado como triunfador. Hace no mucho presencié una conversación en una cena informal donde dos personas fueron presentadas. «¿Y a qué te dedicas?», pregunta uno. El interpelado es profesor universitario y tiene en perspectiva la escritura de un libro. Se extiende demasiado en una explicación que interrumpe con un tono de impaciencia quien ha preguntado en primer lugar con la siguiente sentencia: «Vamos, que te hace sabio pero no te hace rico».
«Este libro —dicen los autores en la introducción— es un argumento contra la insaciabilidad, contra la disposición psicológica que nos impide, como individuos y como sociedades, decir “ya es suficiente”». En los siguientes capítulos se plantearán si el crecimiento ilimitado tiene un precio, como se ha puesto de manifiesto con el medio ambiente. El libro se cierra con una propuesta de lo que pueden considerarse como los «siete bienes básicos» que una sociedad debe conseguir para una buena vida y la manera de conseguirlos. Se trata de la parte más idealista y arriesgada, en adecuada correlación con el ensayo futurista de Keynes. Lejos de invalidar los argumentos previos, esta sección trasciende la crítica anterior y da un paso más al reflexionar sobre las posibilidades de futuro. Estos siete bienes básicos serían la salud, la seguridad, el respeto, la personalidad, la armonía con la naturaleza, la amistad y el ocio, entendido como disfrute de la vida, actividad realizada por derecho propio, y no tanto como relajación o descanso. Así que no resulta difícil preguntarse con los autores si no hemos estado ante la ironía de que una vez que se alcanzó «la abundancia, los hábitos que el capitalismo nos ha inculcado nos han hecho incapaces de disfrutarla como es debido». El debate está abierto. _
Uno de los pilares del desarrollo social y económico es, sin lugar a dudas, la educación. Pero desgraciadamente constituye también un ámbito que siempre ha sido susceptible de manipulación ideológica. No es de extrañar que se hayan sucedido, en la mayoría de los países, cambios significativos en la enseñanza tras la llegada de un cambio político. Junto con la ideología política, que trata de adoctrinar, tal vez con el fin de cosechar votos futuros y ganar adeptos que consoliden al cabo del tiempo sus mayorías, se ha introducido también cierta ideología pedagógica, mucho más inicua que la anterior, ya que en ella los expertos han tratado de controlar el desarrollo psicológico del niño, determinando qué capacidades son importantes y cuáles no. Como ocurre con el cientificismo, el pedagogismo es una ideología más sutil porque se acompaña falazmente del argumento de autoridad de la ciencia.
En este sentido, el libro de Hirsch, catedrático emérito de la Universidad de Virginia, resulta políticamente incorrecto. Sin embargo, esto debe ser ya un motivo para leerlo, sin tener en cuenta que el autor cuenta con un largo historial de polémica en su país natal. Lo que Hirsch propone es determinar cuáles son las causas de este fracaso generalizado del modelo escolar que, si bien identifica con el norteamericano, puede ser exportado sin necesidad de muchas justificaciones a cualquier región. Cierto es que las consignas que dominan el escenario educativo en ocasiones parecen haberse impuesto por casualidades históricas, pero al mismo tiempo todos los «ismos» que, según el autor americano permean el espectro pedagógico, constituyen también, en menor o mayor medida, proyectos ideológicos.
Haciendo un poco de historia de las ideas, Hirsch cree que por un lado el excepcionalismo norteamericano, junto con el romanticismo y el separatismo profesional, que ha terminado con la idea de sabiduría como conjunto de conocimiento integral, han decidido el futuro de la educación, siendo perjudiciales para ella y conduciéndonos al declive. Y no porque en sí mismas estas concepciones no tuvieran su lado de verdad, sino precisamente en la medida en que se proponían como explicaciones completas y omniabarcadoras sobre el hombre y la sociedad. En resumen, explica el propio autor, «las ideas educativas han sido llevadas demasiado lejos».
Nada ha sido más perjudicial para la enseñanza como las ideas románticas, trasladadas en planos distintos e institucionalizadas a lo largo del siglo XX. Aprendizaje natural, primacía del sentimiento, libertad del niño…, consignas todas ellas que devalúan la importancia del contenido y la formación humana de las virtudes. Este discurso no es solo un testamento romántico, sino que, como intenta probar Hirsch, posee enorme actualidad y un gran impacto en el diseño pedagógico de nuestros sistemas. El problema es que en el campo pedagógico es peligroso hacer experimentos; mientras que en el ámbito de la ciencia natural, nuestras equivocaciones pueden tener pocas repercusiones, en el campo educativo las teorías fallidas construyen «mentes famélicas». Y esto tiene implicaciones de vasto alcance, como cualquier persona es capaz de vislumbrar.
En su libro, apoyado por datos científicos, encuestas, estudios y diagramas, también Hirsch aprovecha para explicar cómo la ideología romántica, que reivindicaba el puesto del yo por encima de los convencionalismos —y ¿qué es la educación sino también un convencionalismo?—, tuvo un influjo determinante en el nacimiento del movimiento pedagógico progresista en EEUU.
Ahora bien, si el ámbito educativo se encuentra tan identificado con las ideologías, ¿cómo salir de esta situación? Frente al reto que representa el saber de los expertos, tras la argumentación de Hirsch se encuentra esa sabiduría tradicional a la que los clásicos daban el nombre de prudencia. Como él mismo indica, la intención de su libro no es solo desentrañar el entramado ideológico y repetir insistentemente los fracasos de nuestras tentativas educativas; por el contrario, su idea es contribuir, en la medida de lo posible, a reinstaurar un debate serio sobre la enseñanza, en el que estén prohibidas las manipulaciones ideológicas. Por ello, no duda en afianzarse en una perspectiva pragmática: frente al discurso sobre lo que hay que hacer, conviene en el futuro estudiar y analizar lo que es útil, las medidas y las metodologías que han tenido un eficaz impacto en la mejora educativa, ya que el principal problema del romanticismo es que «no concuerda con la verdad de la educación».
Hirsch es cauto a la hora de proporcionar recetas y eso le honra. Pero ofrece algunas claves a lo largo de las casi quinientas páginas de este enjundioso ensayo. Recupera, por ejemplo, la importancia del trabajo exigente, sin que ello implique vulnerar los derechos de los niños. Reivindica la figura del profesor, asimismo, en la medida en que su función no es la del padre ni tampoco la del amigo. Restaura, de esa forma, su autoridad. Hay sin embargo un aspecto que me parece importante, sobre todo porque de él depende el éxito de la educación y la eficacia de las demás soluciones: otorgar de nuevo importancia a los contenidos.
Es frecuente que en las reformas educativas se postulen nuevos métodos de adquisición de competencias, métodos de evaluación más justos, formas de promoción o medidas que atienden a la diversidad. Ahora ya no se habla de materias, sino de competencias (un cambio lingüístico que trasluce transformaciones sociales más profundas y que, tras la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, ha terminado afectando también a los planes de estudios universitarios), lo que quiere decir es que la enseñanza ha puesto su acento sobre el proceso, pero ha dejado de prestar atención al contenido, es decir, a la materia del conocimiento. No es de extrañar, pues, que el nivel de conocimientos haya descendido con tanta rapidez.
Junto con la importancia de los conocimientos, hay que prestar atención también a las consecuencias sociales y políticas de los modelos educativos. Cierto es que lo que se ha dado en llamar progresismo educativo tenía también la intención de que los alumnos adquirieran conciencia de su papel de ciudadanos. Pero también lo es que estos modelos educativos, en lugar de restituir la responsabilidad al ciudadano, han modelado personas influenciables, consumistas y deudoras de planteamientos políticamente correctos. Lo que nos quiere indicar Hirsch es que transformando la educación podemos también formar individuos que piensen de forma libre y responsable. Solo en la medida en que se recupere el carácter sapiencial de la enseñanza, con todo lo que ello conlleva, estaremos reconstruyendo lo que movimientos ideológicos destruyeron.
Apenas en unos años Europa ha pasado de la euforia al más negro pesimismo. La última década del siglo XX dejó abiertas las puertas a la esperanza, al renacimiento de la unidad del espíritu europeo y a las libertades recobradas una vez consumado el fin de las tiranías comunistas.
La unidad de Alemania y la incorporación al proyecto europeo de las naciones situadas al otro lado del telón de acero, iban a permitir coronar el sueño de una Europa renovada, democrática y próspera capaz de codearse con, o de superar a, las grandes potencias mundiales.
A partir de 2008 una profunda crisis financiera viene ademostrar algo que no había pasado desapercibido a comentaristas lúcidos al examinar fríamente la realidad. Aquella privilegiada Europa Occidental del Mercado Común (MC), más tarde Comunidad Económica Europea (CEE), más tarde Unión Europea (UE), ¿estaba en condiciones de transmitir a la Europa el Este otra cosa que no fuera un sistema económico más eficiente y unas instituciones políticas más justas que las suyas? Esa era la pregunta.
La respuesta, negativa, se hizo evidente con cierto retraso y crudeza extrema, dieciocho años después como resultado del hundimiento de los mercados financieros proceso iniciado en 2008 y cuyos efectos negativos continúan a día de hoy, a finales de 2012.
Aquella Europa venturosa ya había olvidado sus raíces. Escéptica, falta de valores morales trascendentes no estaba en condiciones de transmitir otros que no fueran los de índole económica y política, sencillamente porque nadie puede transmitir lo que no tiene o aquello en lo que no cree. Valores morales que, si no estaban presentes en aquellos años felices, menos todavía ahora cuando en el horizonte se ciernen negros nubarrones de recesión, paro y pobreza.
Lo pintoresco, o extraño, del caso es que el origen, desarrollo y extensión universal, en el tiempo y el espacio, de esos valores trascedentes radica en Europa. Como también su negación a partir del siglo XVIII, cuando el pensamiento ilustrado rompe con los principios que la habían convertido a Europa en la cabeza del mundo civilizado.
Se trataría, pues, de redefinir esos valores desde sus raíces, como expone con extraordinaria lucidez y claridad el profesor Ignacio Sánchez Cámara en el ensayo reseñado en estas breves líneas, que hubiera merecido un tratamiento más amplio y mejor elaborado.
El autor parte del reconocimiento de un hecho que hoy no admite discusión y que ha sido analizado por ex pertos de uno otro signo: Europa soporta en esta primera década del siglo XXI una crisis de gran calado que rebasa las fronteras de la economía y de la política que afecta gravemente a la convivencia, a las relaciones familiares y sociales y por tanto a la felicidad de las personas. Sánchez Cámara lo deja claro desde el comienzo: «Es muy grave la crisis cultural, es decir espiritual, que padece Europa».
Se trataría, pues, de establecer la relación entre cultura y espíritu, como elementos inseparables integrados en el ser humano dotado de razón, inteligencia y espíritu. Dicha relación es rechazada por las corrientes intelectuales que han pretendido negar la presencia del alma con el pretexto de que no admite ser medida, pesada y observada en un laboratorio.
La idea de Europa que maneja el autor responde a la realidad histórica dentro de la que se perfilan los rasgos distintivos de una determinada forma de ser y existir. Rasgos distintivos que nos llevan a definir las tres columnas básicas:
La filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. Cada una de estas columnas recibe un tratamiento específico y ponderado en el ensayo de referencia, puesto que de ellas parten diversas ramificaciones que sostienen el edificio y la realidad de la civilización europea a través de los siglos.
1. De la filosofía griega parte el concepto de una naturaleza humana que no se comprende sin el espíritu. Los griegos fueron un pueblo religioso como reconoció san Pablo cuando les hablaba de ese «Dios desconocido» que formaba parte de sus creencias. Pero de Grecia se deriva igualmente el sentido de la belleza y del arte en sus múltiples facetas desde la arquitectura y la escultura a la música y la literatura con obras maestras en los diversos géneros, desde la poesía lírica a la épica y la tragedia.
2. El genio jurídico de Roma precisa y defiende los derechos individuales del hombre como ciudadano recogidos en la jurisprudencia de la que emanan posteriormente las leyes con un sistema que todavía perdura en el mundo actual. El derecho romano sobrevive a la caída del Imperio, se prolonga durante la Edad Media y se produce así el fenómeno que puede llamarse con propiedad el derecho común europeo, aceptado con las variantes locales en los nuevos reinos generados a partir de las antiguas provincias.
3. El tercer y también el más sólido pilar sobre el que se fundamenta la esencia del espíritu europeo es el cristianismo, llegado a Roma desde Jerusalén como capital y centro del judaísmo, dentro del cual surge el mensaje de Jesús, que se difunde a través de las vías de comunicación (calzadas y puentes) creadas por Roma. Perseguido por diversos emperadores y durante años recluido en las catacumbas, el cristianismo se sirvió de Roma para alcanzar su vocación universal «católica». Sánchez Cámara define este hecho tan fundamental —que, sin embargo, hoy pretende quedar reducido a una reliquia del pasado ya superada— con estas palabras: «La unidad esencial de la cultura común y la conciencia colectiva básica de los pueblos que se forma en la Alta Edad Media se sienta sobre la idea de la Cristiandad. En este sentido es el cristianismo el sustrato que forja la realidad europea. Es una religión, pero a la vez y por ello una forma compartida de la interpretación de la existencia».
Después de tratar con riguroso método analítico y amplia documentación doctrinal, avalada con citas y referencias de expertos en torno a los tres pilares que sustentan la civilización europea, el autor se ocupa de otras aspectos derivados de ella, como son el progreso de las ciencias y la universidad.
Porque los orígenes de cualquier actividad que se pueda considerar científica se encuentran cómo no, en la filosofía griega, amiga de la sabiduría, es decir del conocimiento de la verdad. Geometría, física y matemáticas atrajeron la atención del filósofo, preocupado también por la salud del cuerpo y del alma: médicos y metafísicos que llegaron al conocimiento de Dios a través de las causas.
La misma actitud de buscar la verdad se mantiene viva a través de los siglos, recogida en la quietud de los monasterios medievales a los que Europa y el mundo deben la transmisión de los conocimientos de la ciencia y la cultura del mundo clásico grecorromano, herencia que, de otro modo, difícilmente se hubiera conservado tras la caída del Imperio.
Naturalmente, como señala oportunamente el profesor Sánchez Cámara, el estudio de las ciencias progresa a medida que los conocimientos adquiridos se acumulan y difunden en el ámbito europeo. Se produce así a efectos separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, llamadas también humanidades por referirse a las actividades relacionadas con el hombre.
Estudios sobre ciencias y humanidades que no deberían caminar por sendas enfrentadas u hostiles, como ha venido sucediendo durante muchos años. El autor considera oportuno reivindicar la necesidad de integrar la ciencia y la técnica en el ámbito de la cultura general y de las humanidades. Al fin y al cabo —concluye— «filosofía y ciencia surgieron unidas en Grecia».
Tras un interesante capítulo dedicado al origen de la democracia, naturalmente localizado en Grecia, y de sus posteriores desarrollos a través de la historia, se ocupa de una cuestión que acusa en estos momentos una profunda crisis institucional y de contenidos: la universidad, considerada como una de las más señaladas aportaciones del cristianismo a la humanidad.
Por una serie de circunstancias muy diversas, la universidad actual acusa una situación de extrema debilidad que exige la adopción de reformas urgentes con el fin de que se cumplan los objetivos tradicionales, que son la adquisición y transmisión de los saberes.
Pero no solo eso, con ser muy importante. La universidad es, además, «una forma de vida» una experiencia que deja huella en las personas y les acompaña a lo largo de su vida. La institución así concebida se encuentra sometida a fuerzas contrarias que la amenazan de muerte Los síntomas de la enfermedad que menciona el autor son: la masificación, la mediocridad y la politización.
Aplicar los remedios adecuados exige la vuelta a los orígenes de unos Estudios Generales limitados a personas con vocación y cualidades para el estudio de las materias universitarias. Se refiere al autor a la necesidad de crear de nuevo el concepto de las élites, no basado en el privilegio de los poderosos, sino en la élite de la inteligencia formada por las mentes preclaras, con independencia del ámbito del que procedan.
Como una parte del análisis dedicado a la cuestión universitaria, aparecen quizá las más lúcidas aportaciones del ensayo. Las graves amenazas contra la cultura y, por tanto, contra el verdadera papel de la universidad como impulsora de la cultura, provienen de los nuevos bárbaros que, a diferencia de los antiguos invasores de las fronteras del Imperio, lanzan sus ataques desde el interior.
Así, resulta que los enemigos de la cultura y la ciencia están dentro. Los vemos, oímos y leemos desde todos los medios disponibles, prensa, radio, TV y producción editorial. Desde allí, arrasan con cualquier valor que les recuerde el pasado: se trata de borrar la memoria histórica sustituida por una nueva lectura que se adapte a los ideales de esos bárbaros definidos por el autor como: «Enemigos del clasicismo y, sobre todo del más eminente Grecia y Roma. Abolir los estudios clásicos es borrar las huellas y eliminar el sentimiento de culpa, el pecado cultural original. Nada, pues, de griego ni de latín».
En eso estamos.
Doctora en Derecho y Filosofía, María Elósegui, catedrática de filosofía en la Universidad de Zaragoza, jueza en el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, investigadora de la Alexander von Humboldt y colaboradora de juristas y politólogos como Thomas Pangle, Will Kymlicka, Charles Taylor y Robert Alexy, brinda en esta obra una visión analítica de la interculturalidad desde la perspectiva jurídica, defendiendo la posibilidad de un republicanismo intercultural basado en el ejercicio de virtudes públicas como la comprensión y el diálogo, acordes con los criterios de justicia y respeto de la dignidad humana. Para la autora, el ejercicio consciente de virtudes se transforma en el elemento que cohesiona a la ciudadanía europea.

Como acertadamente señala Alfonso Salas (jefe de la División de la Cooperación Intergubernamental en el área de los derechos humanos del Consejo de Europa) en el prólogo de la obra: «El ejercicio de esas virtudes […] debería ser el referente para toda legislación y actuación de la autoridad».
María Elósegui defiende, en esta obra de Eunsa, la posibilidad de un republicanismo intercultural basado en el ejercicio de las virtudes públicas
Elósegui, con argumentos jurídicos, políticos y filosóficos, defiende el derecho a la identidad cultural en tanto derecho humano apostando por «una sociedad con elementos comunes, en la que se respeten las diferencias culturales y religiosas». Para ello, la autora apela al concepto de «republicanismo intercultural», una noción entroncada con el pensamiento político romano y reconstruida por historiadores de filosofía política de la escuela de Cambridge (fundada por Pocock) y la escuela de Chicago (representada por Leo Strauss y su discípulo Thomas Pangle). La aplicación de este «republicanismo intercultural» al sistema institucional europeo
—en el actual espacio y tiempo histórico— reconoce como características propias de la región la existencia de Estados-nación, dotados de viejas minorías y de un fenómeno creciente: la inmigración. La edificación de una ciudadanía inclusiva europea que abarque a seres humanos de diversas etnias, orígenes y religión, implica la aceptación, en calidad de premisa institucional, de una serie de normas jurídicas y de convivencia (un sistema legitimador) con un sustrato democrático. Dicha ciudadanía, que emerge en países y Estados concretos con un pathdependence peculiar, es merecedora, para la autora, de «una protección jurídica especial».
En tal sentido, el libro sugiere algunas pautas acordes «con los principios de la justicia», patrones independientes «de las posturas políticas que unos u otros apoyen», con el fin de lograr una ciudadanía inclusiva. La profesora Elósegui apuesta por el fortalecimiento de los valores éticos en tanto base de los derechos humanos y las libertades civiles. Esta postura valorativa, sin dejar de reconocer el pluralismo político propio de las democracias liberales, se adscribe a un marco de referencia al destacar el fundamento moral del derecho a la identidad cultural. De allí que la autora afirme que «la legislación y la política deben basarse en una reflexión previa sobre la meta deseable como más justa». Así, el criterio de justicia, en tanto producto de una introspección reflexiva, no deja de ser un franco ejercicio prudencial, derivado del posibilismo ético. El enfoque del «republicanismo intercultural» propone la «negociación pacífica» de los conflictos relacionados con la diversidad de identidades, evitando la dialéctica que confluye en la ruptura y la violencia. Para Elósegui, el fin no justifica los medios, y «ningún asesinato puede ser justificado como un daño colateral».
La obra facilita la comprensión del lector al acudir a ejemplos de nuestro tiempo como un medio para fomentar la práctica de las virtudes cívicas en escenarios reales. Estas virtudes, en el despliegue de su acción política, pueden facilitar el hallazgo de recetas coherentes con «la justicia y el respeto a la dignidad de las personas» sin renunciar a fortalecer una democracia inclusiva basada en un interculturalismo no coercitivo, que uniformiza el espacio público «solo en lo imprescindible», abierto al ejercicio de las libertades políticas y a la crítica al Estado y la cultura dominante. La construcción de esta democracia inclusiva rechaza la diferenciación basada en criterios raciales, étnicos o religiosos, sustentando, a la par, la necesidad de clarificar las reglas de juego (en tanto requisitos de admisión para la ampliación del demos).
Las virtudes cívicas pueden facilitar el hallazgo de recetas coherentes con «la justicia y el respeto a la dignidad de las personas» sin renunciar a fortalecer una democracia inclusiva
El republicanismo intercultural que propone la autora respeta las tradiciones mayoritarias pero se opone a colocar «una meta política o una lengua» por encima de los derechos humanos, apostando, más bien, por el carácter integrador de la lengua común. Con todo, admite la aplicación de principios legales para «priorizar las culturas nacionales», siempre en el marco del más estricto respeto a las personas, estableciendo para ello dos niveles de pertenencia. El primero, referido a la ciudadanía política, reconoce la existencia de parámetros flexibles (de índole formal) para la adquisición de la nacionalidad. El segundo se centra en los sentimientos de pertenencia, afirmando que «caben varias lealtades simultáneas», subjetivas e irrepetibles (a la región, a la nación, a entidades supranacionales, etc.). La consecuencia lógica del modelo radica en que el Estado debe reconocer los derechos humanos de las minorías que habitan en su territorio.
En suma, con esta obra, la profesora María Elósegui realiza un aporte fundamental para la comprensión de los fundamentos teóricos del republicanismo intercultural, defendiendo la necesidad de una ciudadanía inclusiva en base a criterios cívicos (por encima de los étnico-culturales) y presentando una visión optimista, creativa e innovadora del diálogo como herramienta eficaz para la promoción de valores universales, a manera de elemento común sobre el que debe fundarse una verdadera democracia de calidad.