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¿Cuánto es suficiente?

«Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco». Con esta máxima de Epicuro se abre un libro oportuno, controvertido, lúcido, necesario en las circunstancias actuales, presididas por un cierto aturdimiento ante la situación de crisis en que estamos inmersos. Los orígenes de la crisis actual, la más severa en términos económicos desde la Gran Depresión de 1929, son objeto de debate y reproducen un mapa de argumentos que se ha ido conformando al menos desde el siglo XVIII. Primero fue el origen de la crisis de las hipotecas subprime, allá por el 2008, la inconsciencia y la irresponsabilidad se dieron la mano en una estrategia desenfrenada de crecimiento a través de créditos hipotecarios que se terminaron concediendo a quienes, en un momento adverso, dejarían rápidamente de pagar. El efecto dominó terminó en los mercados financieros y de deuda, que se vieron en la tesitura de no poder fiar a quienes siempre mostraron mayor fiabilidad: los estados, especialmente los europeos. La caída de los ingresos vía impuestos hizo saltar por los aires el precario equilibrio de las cuentas públicas y los déficits no tardaron en llegar. Necesitaban dinero y lo necesitaban ya. Pero ese dinero ahora era mucho más caro y el endeudamiento empezó a pagarse con más endeudamiento. En medio de esta espiral, el ciudadano de a pie se ve vapuleado por los cruces de acusaciones entre el poder político y el poder económico sobre quién es el verdadero responsable de todo lo que está pasando. En poco tiempo, el debate ha derivado hacia la crisis institucional y un creciente cuestionamiento del papel del político en la sociedad. Quizá la democracia como sistema no merezca pagar el precio de su cuestionamiento cuando precisamente sus actores no han conseguido que funcionara de forma plena y convincente.

Cuando nos aprestamos a intentar salir de la crisis, resulta pertinente poner encima de la mesa el debate que nos impida repetir los errores del pasado y no hacer realidad esa frase inscrita a la entrada del bloque número 4 del campo de concentración de Auschwitz: «Quien desconoce su historia está condenado a repetirla». Una de las aportaciones a ese debate la ha hecho un libro escrito por un padre y su hijo, los dos profesores universitarios. Robert Skidelsky es catedrático emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick y el autor de la biografía por antonomasia del economista John Maynard Keynes. Su hijo, Edward Skidelsky, es profesor de Filosofía en la Universidad de Exeter. Ambos combinan el carácter multidisciplinar del libro, uno de sus principales atractivos, al combinar filosofía y economía en el planteamiento de sus argumentos.

El libro parte del ensayo que John Maynard Keynes escribió en 1930 y que tituló Las posibilidades económicasde nuestros nietos. Salió publicado en unos años convulsos, en que el mundo se aprestaba a intentar salir de una crisis devastadora. Mientras los efectos de la Gran Depresión se extendían por el mundo, el economista inglés se dedicó a pensar más allá y pronosticó que, en el futuro, las personas tendrían que trabajar menos para satisfacer sus necesidades, en tanto en cuanto el progreso tecnológico vaya permitiendo producir más en menos tiempo. «Por primera vez en la historia, escribe Keynes el hombre ese enfrentaría a su problema real y permanente: cómo utilizar su libertad desde la presión de los apuros económicos, cómo ocupar el tiempo de ocio, que la ciencia y el interés compuesto le habrán proporcionado, para vivir bien, sabiamente y de forma agradable». No deja de ser curioso que Keynes no volviera después a ahondar en aquella idea y pasara a la historia como el economista que más estudió el corto plazo, cuando, al parecer, siempre le preocupó el largo.

Lo que ocurrió después ya lo sabemos. Nada de lo que pronosticó Keynes se ha cumplido. El libro de los Skidelsky quiere explicar el porqué y plantearse si todavía se puede hablar de un estadio que haya superado el capitalismo. Los autores se plantean, a partir de las premisas de ese ensayo, un buen número de interrogantes: ¿Cuál es la utilidad de la riqueza, «cuánto dinero necesitamos para llevar una buena vida»? ¿Cuál es nuestro propósito en la vida y qué lugar ocupa el dinero en ella? ¿Se trata de un medio o un fin?

La duda es si de verdad hay un poscapitalismo o el sistema económico que preside desde hace siglos nuestras relaciones económicas será siempre un proceso en construcción que no termina nunca, como la vida de Fausto, al que nada satisface ni detiene, ya que el día que lo encuentre significará su perdición. En ese momento, según nos cuenta Goethe, Mefistófeles se aprestará a cobrar su botín. Esta alegoría faustiana ocupa uno de los capítulos más interesantes del libro, después de un no menos interesante y sintético repaso por la historia de la Filosofía en relación al porvenir y al bienestar.

Así que la pregunta es: ¿de verdad llegará un día en que no se necesite acumular más dinero? Se achaca al capitalismo que exacerbe la tendencia al consumo competitivo: una cuestión de estatus que actúa como termómetro social sobre el éxito personal. «Ha hecho mucho dinero», «está forrado», «son gente de pasta», son expresiones habituales en círculos que tratan de dilucidar quién merece ser considerado como triunfador. Hace no mucho presencié una conversación en una cena informal donde dos personas fueron presentadas. «¿Y a qué te dedicas?», pregunta uno. El interpelado es profesor universitario y tiene en perspectiva la escritura de un libro. Se extiende demasiado en una explicación que interrumpe con un tono de impaciencia quien ha preguntado en primer lugar con la siguiente sentencia: «Vamos, que te hace sabio pero no te hace rico».

«Este libro —dicen los autores en la introducción— es un argumento contra la insaciabilidad, contra la disposición psicológica que nos impide, como individuos y como sociedades, decir “ya es suficiente”». En los siguientes capítulos se plantearán si el crecimiento ilimitado tiene un precio, como se ha puesto de manifiesto con el medio ambiente. El libro se cierra con una propuesta de lo que pueden considerarse como los «siete bienes básicos» que una sociedad debe conseguir para una buena vida y la manera de conseguirlos. Se trata de la parte más idealista y arriesgada, en adecuada correlación con el ensayo futurista de Keynes. Lejos de invalidar los argumentos previos, esta sección trasciende la crítica anterior y da un paso más al reflexionar sobre las posibilidades de futuro. Estos siete bienes básicos serían la salud, la seguridad, el respeto, la personalidad, la armonía con la naturaleza, la amistad y el ocio, entendido como disfrute de la vida, actividad realizada por derecho propio, y no tanto como relajación o descanso. Así que no resulta difícil preguntarse con los autores si no hemos estado ante la ironía de que una vez que se alcanzó «la abundancia, los hábitos que el capitalismo nos ha inculcado nos han hecho incapaces de disfrutarla como es debido». El debate está abierto. _

La escuela que necesitamos

Uno de los pilares del desarrollo social y económico es, sin lugar a dudas, la educación. Pero desgraciadamente constituye también un ámbito que siempre ha sido susceptible de manipulación ideológica. No es de extrañar que se hayan sucedido, en la mayoría de los países, cambios significativos en la enseñanza tras la llegada de un cambio político. Junto con la ideología política, que trata de adoctrinar, tal vez con el fin de cosechar votos futuros y ganar adeptos que consoliden al cabo del tiempo sus mayorías, se ha introducido también cierta ideología pedagógica, mucho más inicua que la anterior, ya que en ella los expertos han tratado de controlar el desarrollo psicológico del niño, determinando qué capacidades son importantes y cuáles no. Como ocurre con el cientificismo, el pedagogismo es una ideología más sutil porque se acompaña falazmente del argumento de autoridad de la ciencia.

En este sentido, el libro de Hirsch, catedrático emérito de la Universidad de Virginia, resulta políticamente incorrecto. Sin embargo, esto debe ser ya un motivo para leerlo, sin tener en cuenta que el autor cuenta con un largo historial de polémica en su país natal. Lo que Hirsch propone es determinar cuáles son las causas de este fracaso generalizado del modelo escolar que, si bien identifica con el norteamericano, puede ser exportado sin necesidad de muchas justificaciones a cualquier región. Cierto es que las consignas que dominan el escenario educativo en ocasiones parecen haberse impuesto por casualidades históricas, pero al mismo tiempo todos los «ismos» que, según el autor americano permean el espectro pedagógico, constituyen también, en menor o mayor medida, proyectos ideológicos.

Haciendo un poco de historia de las ideas, Hirsch cree que por un lado el excepcionalismo norteamericano, junto con el romanticismo y el separatismo profesional, que ha terminado con la idea de sabiduría como conjunto de conocimiento integral, han decidido el futuro de la educación, siendo perjudiciales para ella y conduciéndonos al declive. Y no porque en sí mismas estas concepciones no tuvieran su lado de verdad, sino precisamente en la medida en que se proponían como explicaciones completas y omniabarcadoras sobre el hombre y la sociedad. En resumen, explica el propio autor, «las ideas educativas han sido llevadas demasiado lejos».

Nada ha sido más perjudicial para la enseñanza como las ideas románticas, trasladadas en planos distintos e institucionalizadas a lo largo del siglo XX. Aprendizaje natural, primacía del sentimiento, libertad del niño…, consignas todas ellas que devalúan la importancia del contenido y la formación humana de las virtudes. Este discurso no es solo un testamento romántico, sino que, como intenta probar Hirsch, posee enorme actualidad y un gran impacto en el diseño pedagógico de nuestros sistemas. El problema es que en el campo pedagógico es peligroso hacer experimentos; mientras que en el ámbito de la ciencia natural, nuestras equivocaciones pueden tener pocas repercusiones, en el campo educativo las teorías fallidas construyen «mentes famélicas». Y esto tiene implicaciones de vasto alcance, como cualquier persona es capaz de vislumbrar.

En su libro, apoyado por datos científicos, encuestas, estudios y diagramas, también Hirsch aprovecha para explicar cómo la ideología romántica, que reivindicaba el puesto del yo por encima de los convencionalismos —y ¿qué es la educación sino también un convencionalismo?—, tuvo un influjo determinante en el nacimiento del movimiento pedagógico progresista en EEUU.

Ahora bien, si el ámbito educativo se encuentra tan identificado con las ideologías, ¿cómo salir de esta situación? Frente al reto que representa el saber de los expertos, tras la argumentación de Hirsch se encuentra esa sabiduría tradicional a la que los clásicos daban el nombre de prudencia. Como él mismo indica, la intención de su libro no es solo desentrañar el entramado ideológico y repetir insistentemente los fracasos de nuestras tentativas educativas; por el contrario, su idea es contribuir, en la medida de lo posible, a reinstaurar un debate serio sobre la enseñanza, en el que estén prohibidas las manipulaciones ideológicas. Por ello, no duda en afianzarse en una perspectiva pragmática: frente al discurso sobre lo que hay que hacer, conviene en el futuro estudiar y analizar lo que es útil, las medidas y las metodologías que han tenido un eficaz impacto en la mejora educativa, ya que el principal problema del romanticismo es que «no concuerda con la verdad de la educación».

Hirsch es cauto a la hora de proporcionar recetas y eso le honra. Pero ofrece algunas claves a lo largo de las casi quinientas páginas de este enjundioso ensayo. Recupera, por ejemplo, la importancia del trabajo exigente, sin que ello implique vulnerar los derechos de los niños. Reivindica la figura del profesor, asimismo, en la medida en que su función no es la del padre ni tampoco la del amigo. Restaura, de esa forma, su autoridad. Hay sin embargo un aspecto que me parece importante, sobre todo porque de él depende el éxito de la educación y la eficacia de las demás soluciones: otorgar de nuevo importancia a los contenidos.

Es frecuente que en las reformas educativas se postulen nuevos métodos de adquisición de competencias, métodos de evaluación más justos, formas de promoción o medidas que atienden a la diversidad. Ahora ya no se habla de materias, sino de competencias (un cambio lingüístico que trasluce transformaciones sociales más profundas y que, tras la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, ha terminado afectando también a los planes de estudios universitarios), lo que quiere decir es que la enseñanza ha puesto su acento sobre el proceso, pero ha dejado de prestar atención al contenido, es decir, a la materia del conocimiento. No es de extrañar, pues, que el nivel de conocimientos haya descendido con tanta rapidez.

Junto con la importancia de los conocimientos, hay que prestar atención también a las consecuencias sociales y políticas de los modelos educativos. Cierto es que lo que se ha dado en llamar progresismo educativo tenía también la intención de que los alumnos adquirieran conciencia de su papel de ciudadanos. Pero también lo es que estos modelos educativos, en lugar de restituir la responsabilidad al ciudadano, han modelado personas influenciables, consumistas y deudoras de planteamientos políticamente correctos. Lo que nos quiere indicar Hirsch es que transformando la educación podemos también formar individuos que piensen de forma libre y responsable. Solo en la medida en que se recupere el carácter sapiencial de la enseñanza, con todo lo que ello conlleva, estaremos reconstruyendo lo que movimientos ideológicos destruyeron.

Europa y sus bárbaros

Apenas en unos años Europa ha pasado de la euforia al más negro pesimismo. La última década del siglo XX dejó abiertas las puertas a la esperanza, al renacimiento de la unidad del espíritu europeo y a las libertades recobradas una vez consumado el fin de las tiranías comunistas.

La unidad de Alemania y la incorporación al proyecto europeo de las naciones situadas al otro lado del telón de acero, iban a permitir coronar el sueño de una Europa renovada, democrática y próspera capaz de codearse con, o de superar a, las grandes potencias mundiales.

A partir de 2008 una profunda crisis financiera viene ademostrar algo que no había pasado desapercibido a comentaristas lúcidos al examinar fríamente la realidad. Aquella privilegiada Europa Occidental del Mercado Común (MC), más tarde Comunidad Económica Europea (CEE), más tarde Unión Europea (UE), ¿estaba en condiciones de transmitir a la Europa el Este otra cosa que no fuera un sistema económico más eficiente y unas instituciones políticas más justas que las suyas? Esa era la pregunta.

La respuesta, negativa, se hizo evidente con cierto retraso y crudeza extrema, dieciocho años después como resultado del hundimiento de los mercados financieros proceso iniciado en 2008 y cuyos efectos negativos continúan a día de hoy, a finales de 2012.

Aquella Europa venturosa ya había olvidado sus raíces. Escéptica, falta de valores morales trascendentes no estaba en condiciones de transmitir otros que no fueran los de índole económica y política, sencillamente porque nadie puede transmitir lo que no tiene o aquello en lo que no cree. Valores morales que, si no estaban presentes en aquellos años felices, menos todavía ahora cuando en el horizonte se ciernen negros nubarrones de recesión, paro y pobreza.

Recuperar los valores perdidos

Lo pintoresco, o extraño, del caso es que el origen, desarrollo y extensión universal, en el tiempo y el espacio, de esos valores trascedentes radica en Europa. Como también su negación a partir del siglo XVIII, cuando el pensamiento ilustrado rompe con los principios que la habían convertido a Europa en la cabeza del mundo civilizado.

Se trataría, pues, de redefinir esos valores desde sus raíces, como expone con extraordinaria lucidez y claridad el profesor Ignacio Sánchez Cámara en el ensayo reseñado en estas breves líneas, que hubiera merecido un tratamiento más amplio y mejor elaborado.

El autor parte del reconocimiento de un hecho que hoy no admite discusión y que ha sido analizado por ex pertos de uno otro signo: Europa soporta en esta primera década del siglo XXI una crisis de gran calado que rebasa las fronteras de la economía y de la política que afecta gravemente a la convivencia, a las relaciones familiares y sociales y por tanto a la felicidad de las personas. Sánchez Cámara lo deja claro desde el comienzo: «Es muy grave la crisis cultural, es decir espiritual, que padece Europa».

Se trataría, pues, de establecer la relación entre cultura y espíritu, como elementos inseparables integrados en el ser humano dotado de razón, inteligencia y espíritu. Dicha relación es rechazada por las corrientes intelectuales que han pretendido negar la presencia del alma con el pretexto de que no admite ser medida, pesada y observada en un laboratorio.

Grecia-Roma-Jerusalén

La idea de Europa que maneja el autor responde a la realidad histórica dentro de la que se perfilan los rasgos distintivos de una determinada forma de ser y existir. Rasgos distintivos que nos llevan a definir las tres columnas básicas:

La filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. Cada una de estas columnas recibe un tratamiento específico y ponderado en el ensayo de referencia, puesto que de ellas parten diversas ramificaciones que sostienen el edificio y la realidad de la civilización europea a través de los siglos.

1. De la filosofía griega parte el concepto de una naturaleza humana que no se comprende sin el espíritu. Los griegos fueron un pueblo religioso como reconoció san Pablo cuando les hablaba de ese «Dios desconocido» que formaba parte de sus creencias. Pero de Grecia se deriva igualmente el sentido de la belleza y del arte en sus múltiples facetas desde la arquitectura y la escultura a la música y la literatura con obras maestras en los diversos géneros, desde la poesía lírica a la épica y la tragedia.

2. El genio jurídico de Roma precisa y defiende los derechos individuales del hombre como ciudadano recogidos en la jurisprudencia de la que emanan posteriormente las leyes con un sistema que todavía perdura en el mundo actual. El derecho romano sobrevive a la caída del Imperio, se prolonga durante la Edad Media y se produce así el fenómeno que puede llamarse con propiedad el derecho común europeo, aceptado con las variantes locales en los nuevos reinos generados a partir de las antiguas provincias.

3. El tercer y también el más sólido pilar sobre el que se fundamenta la esencia del espíritu europeo es el cristianismo, llegado a Roma desde Jerusalén como capital y centro del judaísmo, dentro del cual surge el mensaje de Jesús, que se difunde a través de las vías de comunicación (calzadas y puentes) creadas por Roma. Perseguido por diversos emperadores y durante años recluido en las catacumbas, el cristianismo se sirvió de Roma para alcanzar su vocación universal «católica». Sánchez Cámara define este hecho tan fundamental —que, sin embargo, hoy pretende quedar reducido a una reliquia del pasado ya superada— con estas palabras: «La unidad esencial de la cultura común y la conciencia colectiva básica de los pueblos que se forma en la Alta Edad Media se sienta sobre la idea de la Cristiandad. En este sentido es el cristianismo el sustrato que forja la realidad europea. Es una religión, pero a la vez y por ello una forma compartida de la interpretación de la existencia».

La ciencia y la universidad

Después de tratar con riguroso método analítico y amplia documentación doctrinal, avalada con citas y referencias de expertos en torno a los tres pilares que sustentan la civilización europea, el autor se ocupa de otras aspectos derivados de ella, como son el progreso de las ciencias y la universidad.

Porque los orígenes de cualquier actividad que se pueda considerar científica se encuentran cómo no, en la filosofía griega, amiga de la sabiduría, es decir del conocimiento de la verdad. Geometría, física y matemáticas atrajeron la atención del filósofo, preocupado también por la salud del cuerpo y del alma: médicos y metafísicos que llegaron al conocimiento de Dios a través de las causas.

La misma actitud de buscar la verdad se mantiene viva a través de los siglos, recogida en la quietud de los monasterios medievales a los que Europa y el mundo deben la transmisión de los conocimientos de la ciencia y la cultura del mundo clásico grecorromano, herencia que, de otro modo, difícilmente se hubiera conservado tras la caída del Imperio.

Naturalmente, como señala oportunamente el profesor Sánchez Cámara, el estudio de las ciencias progresa a medida que los conocimientos adquiridos se acumulan y difunden en el ámbito europeo. Se produce así a efectos separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, llamadas también humanidades por referirse a las actividades relacionadas con el hombre.

Estudios sobre ciencias y humanidades que no deberían caminar por sendas enfrentadas u hostiles, como ha venido sucediendo durante muchos años. El autor considera oportuno reivindicar la necesidad de integrar la ciencia y la técnica en el ámbito de la cultura general y de las humanidades. Al fin y al cabo —concluye— «filosofía y ciencia surgieron unidas en Grecia».

La universidad como adquisición y trasmisión de saberes

Tras un interesante capítulo dedicado al origen de la democracia, naturalmente localizado en Grecia, y de sus posteriores desarrollos a través de la historia, se ocupa de una cuestión que acusa en estos momentos una profunda crisis institucional y de contenidos: la universidad, considerada como una de las más señaladas aportaciones del cristianismo a la humanidad.

Por una serie de circunstancias muy diversas, la universidad actual acusa una situación de extrema debilidad que exige la adopción de reformas urgentes con el fin de que se cumplan los objetivos tradicionales, que son la adquisición y transmisión de los saberes.

Pero no solo eso, con ser muy importante. La universidad es, además, «una forma de vida» una experiencia que deja huella en las personas y les acompaña a lo largo de su vida. La institución así concebida se encuentra sometida a fuerzas contrarias que la amenazan de muerte Los síntomas de la enfermedad que menciona el autor son: la masificación, la mediocridad y la politización.

Aplicar los remedios adecuados exige la vuelta a los orígenes de unos Estudios Generales limitados a personas con vocación y cualidades para el estudio de las materias universitarias. Se refiere al autor a la necesidad de crear de nuevo el concepto de las élites, no basado en el privilegio de los poderosos, sino en la élite de la inteligencia formada por las mentes preclaras, con independencia del ámbito del que procedan.

Como una parte del análisis dedicado a la cuestión universitaria, aparecen quizá las más lúcidas aportaciones del ensayo. Las graves amenazas contra la cultura y, por tanto, contra el verdadera papel de la universidad como impulsora de la cultura, provienen de los nuevos bárbaros que, a diferencia de los antiguos invasores de las fronteras del Imperio, lanzan sus ataques desde el interior.

Así, resulta que los enemigos de la cultura y la ciencia están dentro. Los vemos, oímos y leemos desde todos los medios disponibles, prensa, radio, TV y producción editorial. Desde allí, arrasan con cualquier valor que les recuerde el pasado: se trata de borrar la memoria histórica sustituida por una nueva lectura que se adapte a los ideales de esos bárbaros definidos por el autor como: «Enemigos del clasicismo y, sobre todo del más eminente Grecia y Roma. Abolir los estudios clásicos es borrar las huellas y eliminar el sentimiento de culpa, el pecado cultural original. Nada, pues, de griego ni de latín».

En eso estamos.

El derecho a la identidad cultural en la Europa del siglo XXI

Doctora en Derecho y Filosofía, María Elósegui, catedrática de filosofía en la Universidad de Zaragoza, jueza en el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, investigadora de la Alexander von Humboldt y colaboradora de juristas y politólogos como Thomas Pangle, Will Kymlicka, Charles Taylor y Robert Alexy, brinda en esta obra una visión analítica de la interculturalidad desde la perspectiva jurídica, defendiendo la posibilidad de un republicanismo intercultural basado en el ejercicio de virtudes públicas como la comprensión y el diálogo, acordes con los criterios de justicia y respeto de la dignidad humana. Para la autora, el ejercicio consciente de virtudes se transforma en el elemento que cohesiona a la ciudadanía europea.

María Elósegui: «El derecho a la identidad cultural en la Europa del siglo XXI». Eunsa

Como acertadamente señala Alfonso Salas (jefe de la División de la Cooperación Intergubernamental en el área de los derechos humanos del Consejo de Europa) en el prólogo de la obra: «El ejercicio de esas virtudes […] debería ser el referente para toda legislación y actuación de la autoridad».

María Elósegui defiende, en esta obra de Eunsa, la posibilidad de un republicanismo intercultural basado en el ejercicio de las virtudes públicas

Por un «republicanismo intercultural»

Elósegui, con argumentos jurídicos, políticos y filosóficos, defiende el derecho a la identidad cultural en tanto derecho humano apostando por «una sociedad con elementos comunes, en la que se respeten las diferencias culturales y religiosas». Para ello, la autora apela al concepto de «republicanismo intercultural», una noción entroncada con el pensamiento político romano y reconstruida por historiadores de filosofía política de la escuela de Cambridge (fundada por Pocock) y la escuela de Chicago (representada por Leo Strauss y su discípulo Thomas Pangle). La aplicación de este «republicanismo intercultural» al sistema institucional europeo
—en el actual espacio y tiempo histórico— reconoce como características propias de la región la existencia de Estados-nación, dotados de viejas minorías y de un fenómeno creciente: la inmigración. La edificación de una ciudadanía inclusiva europea que abarque a seres humanos de diversas etnias, orígenes y religión, implica la aceptación, en calidad de premisa institucional, de una serie de normas jurídicas y de convivencia (un sistema legitimador) con un sustrato democrático. Dicha ciudadanía, que emerge en países y Estados concretos con un pathdependence peculiar, es merecedora, para la autora, de «una protección jurídica especial».

En tal sentido, el libro sugiere algunas pautas acordes «con los principios de la justicia», patrones independientes «de las posturas políticas que unos u otros apoyen», con el fin de lograr una ciudadanía inclusiva. La profesora Elósegui apuesta por el fortalecimiento de los valores éticos en tanto base de los derechos humanos y las libertades civiles. Esta postura valorativa, sin dejar de reconocer el pluralismo político propio de las democracias liberales, se adscribe a un marco de referencia al destacar el fundamento moral del derecho a la identidad cultural. De allí que la autora afirme que «la legislación y la política deben basarse en una reflexión previa sobre la meta deseable como más justa». Así, el criterio de justicia, en tanto producto de una introspección reflexiva, no deja de ser un franco ejercicio prudencial, derivado del posibilismo ético. El enfoque del «republicanismo intercultural» propone la «negociación pacífica» de los conflictos relacionados con la diversidad de identidades, evitando la dialéctica que confluye en la ruptura y la violencia. Para Elósegui, el fin no justifica los medios, y «ningún asesinato puede ser justificado como un daño colateral».

Virtudes cívicas y lealtades simultáneas

La obra facilita la comprensión del lector al acudir a ejemplos de nuestro tiempo como un medio para fomentar la práctica de las virtudes cívicas en escenarios reales. Estas virtudes, en el despliegue de su acción política, pueden facilitar el hallazgo de recetas coherentes con «la justicia y el respeto a la dignidad de las personas» sin renunciar a fortalecer una democracia inclusiva basada en un interculturalismo no coercitivo, que uniformiza el espacio público «solo en lo imprescindible», abierto al ejercicio de las libertades políticas y a la crítica al Estado y la cultura dominante.  La construcción de esta democracia inclusiva rechaza la diferenciación basada en criterios raciales, étnicos o religiosos, sustentando, a la par, la necesidad de clarificar las reglas de juego (en tanto requisitos de admisión para la ampliación del demos).

Las virtudes cívicas pueden facilitar el hallazgo de recetas coherentes con «la justicia y el respeto a la dignidad de las personas» sin renunciar a fortalecer una democracia inclusiva 

El republicanismo intercultural que propone la autora respeta las tradiciones mayoritarias pero se opone a colocar «una meta política o una lengua» por encima de los derechos humanos, apostando, más bien, por el carácter integrador de la lengua común. Con todo, admite la aplicación de principios legales para «priorizar las culturas nacionales», siempre en el marco del más estricto respeto a las personas, estableciendo para ello dos niveles de pertenencia. El primero, referido a la ciudadanía política, reconoce la existencia de parámetros flexibles (de índole formal) para la adquisición de la nacionalidad. El segundo se centra en los sentimientos de pertenencia, afirmando que «caben varias lealtades simultáneas», subjetivas e irrepetibles (a la región, a la nación, a entidades supranacionales, etc.). La consecuencia lógica del modelo radica en que el Estado debe reconocer los derechos humanos de las minorías que habitan en su territorio.

En suma, con esta obra, la profesora María Elósegui realiza un aporte fundamental para la comprensión de los fundamentos teóricos del republicanismo intercultural, defendiendo la necesidad de una ciudadanía inclusiva en base a criterios cívicos (por encima de los étnico-culturales) y presentando una visión optimista, creativa e innovadora del diálogo como herramienta eficaz para la promoción de valores universales, a manera de elemento común sobre el que debe fundarse una verdadera democracia de calidad.

Informe 2012 sobre el estado del sistema educativo.

Anualmente, el Consejo Escolar del Estado elabora, por mandato legal, un estudio que explica la situación real de la educación. Se trata de reflejar y describir la salud de nuestro sistema educativo, haciendo para ello acopio de datos y diagramas explicativos. No es, pues, una obra para leer, sino para consultar. Es significativo que el trabajo se haya desarrollado en sintonía de las administraciones educativas y contando con todas las instituciones y entidades que participan en el sistema de enseñanza español.

En el informe, hecho público hace unas semanas, hay un cambio de estructura importante que lo diferencia de los existentes. Como se indica en el texto introductorio, este año se ha decidido proporcionar una estructura integrada en función de inputs, procesos, resultados y contexto. Además, y esto constituye lo más significativo, este año se incorpora una apartado de propuestas de mejora, dirigidas al conjunto de las administraciones educativas.

En el apartado referido al contexto, se tienen en cuenta el valor y el peso de factores que inciden en el sistema educativo, desde los demográficos a los socioeconómicos. Es de especial importancia advertir de un factor específico a tener en cuenta: el migratorio, ya que la relevancia de este fenómeno incide de forma directa en la configuración de los centros educativos que tienen que prestar atención a la población inmigrante en edad de escolarización.

Hay otro aspecto que merece atención, sobre todo teniendo en cuenta las últimas protestas en el sector educativo: el gasto público. Así se percibe que hay un aumento de gasto anual —se llega hasta el 2009—. Es sorprendente también que, a pesar del malestar en el sector, España sea uno de los países que cuenta con mayor gasto anual por alumno, siendo solo superado por Chipre, Dinamarca y Bélgica. Por otro lado, hay poca proporción privada del gasto en comparación con otros países.

También se revisa el número de centros educativos, distinguiéndolos por las enseñanzas que imparten. Asimismo, hay un capítulo dedicado a los recursos humanos en el sector educativo, en el que se mide el salario de los profesores y su dedicación horaria. Junto a todo ello, en cada una de las partes de este informe se revisan y analizan las diferentes políticas educativas que tienen que ver con la ordenación de las enseñanzas, la valoración de las políticas para la igualdad de oportunidades y políticas en referencia a la calidad educativa.

Este informe es, tal vez, el único que recoge tal cantidad de datos sobre el sistema educativo español. Con independencia de ello, y de los datos que nos ofrecen distinguiendo los rendimientos académicos y los objetivos Europa 2020, es interesante mencionar algunas de sus propuestas de mejora, ya que son propuestas realistas, basadas en el análisis de los datos y números ofrecidos: según el Consejo, hay que trabajar en el aumento de la productividad del gasto público, orientar la enseñanza hacia el dominio de las materias, reformar la atención al alumno de acuerdo a sus necesidades, desarrollar la profesión docente y mejorar los procesos de formación, profesionalizar la dirección de los centros educativos y potenciar el compromiso entre familia y escuela. Existen, en efecto, muchas propuestas más, pero estas son tal vez las más significativas. Se trata, en definitiva, de un material indispensable para quien quiera profundizar sobre nuestro sistema educativo.

¿Qué hemos hecho con la universidad?

Es digno de reflexión el escaso empeño por analizar y debatir públicamente lo que está ocurriendo con la universidad española mostrado por la intelectualidad nacional, incluida la que, más atenta a los problemas y expectativas de nuestra sociedad, frecuenta los centros de pensamiento y de análisis políticos. No es que nadie haya dicho o escrito nada, desde luego, en estos años o ahora, pero la gravedad de los efectos que se están produciendo y que se han de producir aún con las reformas universitarias en curso parece que deberían haber dado lugar a reacciones y aportaciones mucho más amplias, vivas y frecuentes.

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Da la impresión, por una parte, de que lo que está ocurriendo pasa inadvertido o tiene escaso interés para la mayor parte de la gente y hasta para quienes hacen del pensar casi un oficio. Quizás también, por otro lado, cunde, entre quienes más podrían o deberían hablar, el desconcierto, el escepticismo, la sensación de impotencia, cuando no la actitud interesada del sálvese quien pueda. Son así grupúsculos de expertos quienes conducen la nave, envueltos en una terminología de iniciados y respaldados por conjunciones de pequeños o grandes intereses que, a la postre, resultan poderosos intereses, conocidos y comprensibles algunos o más difícilmente discernibles otros. En cualquier caso, unos y otros generalmente poco justificables, por más que traten de ampararse en aspiraciones aparentemente elevadas que, aunque no dejan de contener algunos elementos razonables, destacan por sus muchas simplezas y vaguedades, o por su superficial idealización, poco rigurosa, del sistema de educación superior del mundo anglohablante y especialmente del norteamericano.

Hay que agradecer, pues, la aparición de libros sobre la universidad que puedan merecer interés. Y esto es lo que ocurre, desde luego, con el que nos ofrece Andrés Ollero en la nueva colección de Thomson-Aranzadi que dirige Rafael Domingo (The Global Law Collection, Collected Papers Series) con lo que, atendiendo a problemas propiamente españoles, trata de insertarse, con todo acierto, en la dimensión universal propia del orden jurídico, cada vez más evidente por la creciente similitud e interacción de las realidades sociales a la que alcanzan sus exigencias específicas en todo el mundo.

No es precisamente Andrés Ollero alguien al que se pueda imputar silencio o falta de compromiso en relación con la universidad en el cuarto de siglo que abarca su libro. Su actuación como político, profesor y conferenciante, como la mayor parte de las publicaciones que ahora se recogen aquí, son bien conocidas de muchos. Ha sido una voz siempre presente, con especial énfasis en los años en que a ello vino más obligado por sus responsabilidades parlamentarias. No se trata pues, en rigor, de nada nuevo en ese panorama de insuficiente reacción al que aludíamos. Pero, aun así, hay que resaltar el acierto de recoger en un libro todas esas aportaciones suyas y precisamente ahora.

El libro incluye la reedición del que, con el mismo título, publicó el Instituto de Estudios Económicos en 1985. Se incorpora ahora, como capítulo segundo, tras un breve proemio, a modo de presentación del conjunto de la obra y un primer capítulo, de carácter introductorio, que contiene una entrevista efectuada al autor sobre su experiencia personal y su opinión sobre la educación en general, pero especialmente la relativa al ámbito no universitario. El capítulo segundo constituye así, con diferencia, la parte más elaborada y extensa. Este principal trabajo se complementa luego con otros dos largos artículos publicados en revistas dedicadas prioritariamente al análisis económico, otras cuatro colaboraciones mucho más breves, y, finalmente, una contribución específica para el libro -el último capítulo- dedicada a analizar críticamente la última reforma legislativa universitaria acaecida en este mismo año de 2007.

El conjunto de estos trabajos abarca una larga etapa que cubre prácticamente los casi veinticinco años transcurridos desde la LRU hasta nuestros días. Han sido años de grandes transformaciones en todos los órdenes de nuestro sistema universitario, vividas intensamente por el autor, en su condición de universitario seriamente comprometido con la universidad y en la tarea que durante muchos de esos años desplegó ya como brillante parlamentario. Ésta se concentró precisamente, en buena parte de ellos, en la política educativa, como portavoz en el Congreso del Grupo de Diputados de su partido en difíciles años de oposición. Contribuyó en ellos, con su incansable labor -llena de rigor y envuelta en fino humor andaluz-, a que el Partido Popular encabezado por José María Aznar acabara logrando finalmente la aceptación social que le llevó a alcanzar la mayoría y el Gobierno nacional.

El estudio de 1985, Qué hacemos con la universidad, fue escrito antes de que entrara de lleno en la vida política, siguiendo la invitación de Óscar Alzaga, como él mismo cuenta en el proemio, obteniendo un escaño como diputado por Granada en las elecciones de 1986 por la coalición Popular en la que figuraba integrado el Partido Demócrata Popular del que formaba parte y que aquél lideraba. La verdad es que el título de este análisis, como enseguida el mismo autor puntualiza, equivale a preguntarse: «¿Qué estamos haciendo con la universidad los que somos -nos guste o no- responsables decisivos de su evolución?». Da de hecho plenamente en la diana: para bien o para mal, justificadamente o no, somos los universitarios mismos quienes venimos teniendo en nuestras manos la universidad. Ocurre, sin embargo, que, de una parte, el marco institucional que se nos ha ido imponiendo ha ido progresivamente condicionando y sometiendo el criterio y la responsabilidad de los profesores más reconocidos y consolidados, sobre los que descansa de hecho la parte con mucho más importante de la calidad universitaria, al río revuelto de una utópica autogestión universitaria abandonada a multiformes colectivos, privados de legitimidad sustantiva. Por otra parte, las instancias sociales y el poder político democrático propiamente dicho se han ido inhibiendo cada vez más en el ejercicio de sus superiores responsabilidades, para velar por que la universidad sirva objetivamente al interés general y no a unos u otros intereses de los que logran incrustarse en ella.

El segundo artículo -capítulo tercero- es ya de 1992, cuando el propio Partido Socialista está queriendo echar marcha atrás en algunas de las medidas de la LRU que se estaban demostrando más equivocadas: es precisamente una reflexión crítica sobre «El cambio en el sistema educativo: exigencias y reformas», y fue publicado por el Instituto de Dirección y Organización de Empresas que dirige Santiago García Echevarría en la Universidad de Alcalá.

Enseguida volvería sobre el tema, en 1994, cuando ya se le estaba acabando la cuerda a la fuerza gobernante de Felipe González: «La educación: del doctrinarismo a la ocupación clientelar del territorio». Constituye en el libro el capítulo cuarto y es un breve análisis de seis páginas sobre la marcha del sistema educativo en su conjunto con las reformas socialistas y la reducción de las partidas presupuestarias estatales, bastante antes de la generalización de las transferencias en materia educativa al conjunto de las comunidades autónomas.

Ya en 1996 publica el cuarto de los artículos aquí recopilados: «La universidad en lista de espera» (el capítulo quinto). Era el año en que el Partido Popular llegó al poder, sin que, sin embargo, Andrés Ollero fuese incorporado a las responsabilidades de gobierno. Había sido uno de los nombres que más sonaron cuando se formó el primer gobierno Aznar; para Educación sobre todo, donde había librado tantas y tan atinadas batallas desde la oposición, pero también para Justicia. Se quedó en la brega parlamentaria, pasando a ser portavoz de su grupo en la Comisión de Justicia.

Se trata de un extenso ensayo inserto en el número que dedicó entonces la revista del Instituto de Estudios Económicos a La hora de la universidad española. Llevaba, desde luego, un certero título, porque en verdad esa -estar en la lista de espera- fue la situación de la universidad durante la legislatura de 1996 a 2000, sin que tampoco el comienzo de la siguiente marcase urgencia alguna por afrontar decididamente sus problemas. Tras casi el primer año, el Ministerio acabaría lanzándose a la operación que terminó cuajando en la aprobación de la LOU a finales de 2001, tras un desafortunado proceso técnico y político, que provocó, permitió o dio pie al comienzo de unas airadas movilizaciones contra el Gobierno popular que poco tenían que ver en realidad con los verdaderos contenidos de la nueva ley. Desencadenó, no obstante, una presión política que no haría sino incrementarse en adelante en toda la segunda parte de la legislatura.

Fue aquélla una gran ocasión perdida, en la que la mayoría absoluta de que gozaba el Partido Popular hubo de soportar una enorme presión de las fuerzas dominantes en la política del sistema universitario, empujada por los sectores más radicales. Sacó adelante una ley que no supo, sin embargo, romper decididamente el nudo gordiano de los problemas de la universidad pública española de los últimos treinta años y se contentó con escasas medidas de reforma. Algunas iban orientadas en la dirección acertada: la exigencia de habilitación, con numerus clausus, como requisito imprescindible para el ingreso en los cuerpos docentes universitarios. Otras en la dirección contraria; destacadamente, la laboralización del personal docente contratado y la admisión de la posibilidad de profesores permanentes contratados.

Antes aún de que se planteara la batalla de la LOU, en los tiempos finales todavía de la primera legislatura del PP, publicó Ollero los dos trabajos de 1999, que aparecen aquí como capítulos sexto y séptimo, respectivamente: «Alternativas y propuestas de reforma de los órganos de gobierno de las universidades española» y «Demoler los muros de la incompetencia». Son dos análisis más breves y fueron publicados por el Consejo de Universidades, uno, y de nuevo en la revista del Instituto de Estudios Económicos, el otro. El primero responde a lo que fue una gran apuesta del autor en la reforma pendiente, convencido de los benéficos efectos que habría de tener lograr que el rector fuera elegido directamente por la comunidad universitaria, liberando esa elección de cabildeos que siempre pensó más fáciles en una elección por el claustro. Ya entonces recibí con escepticismo el sincero entusiasmo, suyo y de otros, en ese tan escaso cambio de sistema. Como la experiencia demostraría, eso no podía bastar para resolver un problema cuyas raíces son mucho más hondas y estructurales. El otro artículo responde a otro de los puntos de más sincera preocupación de Ollero, como de tantos otros pensadores sobre nuestra universidad: el sistema de selección del profesorado.

La séptima contribución -capítulo octavo- entra ya de lleno en la polémica suscitada por la LOU y se publica en Nueva Revista en 2001, año en que esta ley sería finalmente aprobada. Es corto -apenas ocho páginas- y, dando cuenta de los planteamientos que se hicieron entonces desde el Gobierno y la oposición, disecciona críticamente las posiciones de unos y otros en lo que analiza básicamente como disyuntiva entre el poder de la autonomía universitaria y el de las autonomías territoriales.

El último artículo, aportación nueva con la que se cierra el libro, lleva un título que podría parecer expresivo de una comprensible actitud de un autor cansando y despechado ya, tras decenios de brega, con lo que ahora ha querido hacerse a través de la reforma de la LOU aprobada en este mismo año 2007: «Haced con la universidad lo que os parezca». Pero basta con comenzar a leerlo, para percatarse de que no es eso ni mucho menos lo que quiere expresarse con ese título y de que el ánimo y la actitud del autor siguen incólumes. Se trata simplemente de que con la nueva ley ha sido el mismísimo legislador nacional, a quien la Constitución asigna irrenunciables cometidos y responsabilidades al respecto, quien ha tirado la toalla, como diciendo a los rectores: «Haced con la universidad lo que os parezca».

En realidad, y en aspectos capitales, es al Gobierno estatal y, en menor medida, a las comunidades autónomas, más que a las universidades y sus rectores, a las que ha dirigido ese mensaje. Destacadamente en toda la completa deslegalización que la nueva ley lleva a efecto en cuanto a los títulos, que sigue calificando, a pesar de ello, como de carácter oficial y validez en todo el territorio nacional y habrán de seguir expendiéndose «en nombre del Rey». Salvo en relación con el título de doctor, sobre lo que la ley mantiene una regulación mínima pero probablemente suficiente, con respecto a los demás -los de grado y postgrado- todo queda deslegalizado, incluida su denominación, la duración y exigencias de los estudios. Será el Gobierno quien lo regule y, en lo que no regule, quedará primero en manos de la iniciativa de cada universidad, pero, luego, en manos de una ancha discrecionalidad de gobiernos autonómicos y del nuevo Consejo de Universidades. Podrá así funcionar el conocido principio del «hoy por mí, mañana por ti», pero nadie podrá estar seguro tampoco de la incidencia de las mayorías ideológicas y políticas, más o menos difusas, aunque, no infrecuentemente, tan contundentes.

Ya se conoce la poco densa normativa general que va a dictar el Gobierno al respecto. La deslegalización se traducirá pues en un importante grado de desregulación, que va a permitir, en suma, a esas instancias de control sobre las propuestas de cada universidad, las más imprevisibles decisiones. Por no hablar del guirigay que se va a armar en cada facultad, en cada escuela, en cada departamento de cada universidad, para ponerse de acuerdo sobre los nuevos títulos y sus planes de estudio, liberados los diversos intereses de las limitaciones que había impuesto en otro tiempo el carácter reglado de cada título y de los contenidos más importantes de sus respectivos planes de estudios.

El libro de Ollero, cuyo fluido y entretenido lenguaje lo hará de fácil lectura para cualquiera, es, cuando menos, un testimonio perenne y bien cercano de las cuestiones que han constituido el eje de los problemas universitarios en este trascendental cuarto de siglo; aunque plasmado, desde luego, con el estilo de gran polemista del autor y desde su personal perspectiva. No puede por menos sino recomendarse a quien quiera conocer los antecedentes de la tesitura a la que hemos llegado y los aspectos concretos más significativos de esa situación.

Entre la riqueza de datos y consideraciones que el libro contiene puede más que vislumbrarse lo que me parece, cada vez de modo más claro, es el talón de Aquiles de nuestro sistema universitario público, que sigue siendo ampliamente dominante. O, si se prefiere, el auténtico nudo gordiano que está cerrando a nuestra universidad el camino de un progreso como el que le debería permitir el nivel alcanzado en general por nuestra sociedad y en particular por la calidad de muchos de nuestros profesores e investigadores universitarios. Se trata de lo que ya he denunciado en otros lugares como lamentable confusión entre la autonomía universitaria, garantizada por el apartado 10 del artículo 27 de la Constitución, y una autogestión llevada a cabo por la llamada «comunidad universitaria» que ni siquiera llega a encontrar suficiente respaldo en las previsiones del apartado 7 del mismo artículo 27, su única base constitucional. Esa «comunidad universitaria» aparece compuesta además de tal manera que, como decíamos, cada vez se reconoce menos peso al personal académicamente más cualificado.

El autor no llega a señalarlo claramente con esta rotundidad y trascendencia e incluso no pocos de sus argumentos a favor de la autonomía universitaria -sin subrayar lo determinante de su adecuada definición- permitirían albergar tal vez dudas sobre si realmente entiende que ahí está el problema. Pero el libro está cruzado por descripciones críticas del funcionamiento real de la «autogestión» universitaria, mostrando la lamentable realidad que viene pasando aquí por la autonomía universitaria que ha hecho y hace grandes a las mejores universidades del mundo.

La necesidad de instituciones intermedias

 Es evidente que España está ligada con fuertes lazos a América Latina desde hace más de quinientos años. Quizá, en aquel momento dela historia, la dirección de influencia era en un único sentido este-oeste, sin embargo, hoy es preciso caer en la cuenta de que la corriente tiene igual intensidad en ambas direcciones. Las sociedades americanas aún son «desiguales» a la nuestra desde algunos puntos de vista —económico, cultural, en el desarrollo social…—, pero es indudable también que la pérdida del sentido de los valores humanos en gran parte de la sociedad española actual hace necesaria la reflexión sobre el papel de los países latinoamericanos en nuestro continente, y el modo de intercambiar entre ambos lo positivo de cada cual. El fenómeno migratorio en España es botón de muestra de lo que está pasando: miles de latinoamericanos aterrizan en nuestro país con deseos de trabajar en lugares donde los españoles no queremos estar o no podemos por falta de efectivos. A l mismo tiempo, son negativos algunos síntomas que ya aparecen con fuerza, como, por ejemplo, el aumento alarmante de la criminalidad, que nos hace pensar que no todos los que llegan tienen las mismas intenciones.

España tiene una larga y rica historia que le ha hecho estar presente en el mundo entero como espectador y actor privilegiado durante los últimos veinte siglos. Hoy día, aunque en su momento no fuera así, somos protagonistas de segundo o tercer nivel en la política internacional. Hay continentes en los que, grosso modo, no hay presencia española relevante: Asia, África, Oceanía. A l mismo tiempo, es cierto que la importancia del castellano en el mundo hace que muchos de esos países comiencen a mirarnos con cierto interés. Si el castellano es importante lo es por los cientos de millones de hispanohablantes que viven en América del Norte, Central y del Sur.

Se hace necesario volver a mirar a ese continente con ojos renovados para encontrar nuestro sitio en el panorama internacional, no sólo político, sino sobre todo cultural, social y económico. La globalización impone que los pequeños dejen de serlo a riesgo de desaparecer engullidos por los grandes. Estados Unidos o China por sí solos y el Reino Unido con su constelación de países aliados son un buen ejemplo. La Unión Europea, y España en particular, deben buscar el modo y las formas de conseguir esa mínima unidad, que se complementa con la incesante llegada de nuevos países a su seno. España tiene una gran oportunidad para convertirse de hecho en puente entre miles de millones de personas. Aprovecharla dependerá de lo que seamos capaces de ofrecer y del modo de trabajar.

Estamos de suerte puesto que, de nuevo con sorprendente actualidad, tenemos como indiscutible e indiscutida herencia histórica el papel de enlace entre Europa y América. Nadie lo puede hacer mejor que nosotros y nadie tiene el bagaje suficiente para conseguirlo. Aún nos queda el prestigio suficiente a ambos lados del océano para intentarlo y conseguirlo. Intento que para España, además de por contarse todavía entre las potencias económicas del mundo, adquiere mucho más peso específico por ser la nación capaz de comprender mejor la peculiaridad de los países latinoamericanos y ser nexo de unión de éstos con los demás países del mundo.

Parece lógico afirmar que las relaciones duraderas entre los gobiernos son fundamentales para el fortalecimiento de las instituciones en América Latina, y el desarrollo de la educación en todos los niveles, aspectos claves para el desarrollo de la democracia. No obstante, al mismo tiempo, se constata con frecuencia que esto no es suficiente. Es necesario que los nexos entre instituciones intermedias se fortalezcan cada vez más. Instituciones que sean capaces de captar las necesidades y oportunidades que se dan tanto allí como aquí, y ponerlas en relación, aprovecharlas optimizando todos los recursos (humanos, financieros, tangibles, etc.). No hace mucho me decía un gran periodista con vasta formación cultural y profesional, «el problema de América Latina es la falta de continuidad, mucho de lo que se pone en marcha no llega a su término». Para conseguirlo, entre otras medidas, son necesarias instituciones intermedias muy profesionalizadas, con gran capacidad de gestión y conocimiento de la cultura y los países latinoamericanos, que —lejos de entorpecer y burocratizar— agilizan los procesos e impiden que se detengan. Estas instituciones deben conectar los recursos públicos con la iniciativa privada y con las personas individuales.

Desgraciadamente, vemos cómo aparecen obstáculos variados para los grandes tratados económicos en América Latina. Les gustaría ponerse de acuerdo para que las aduanas y aranceles entre ellos desaparecieran, pero la realidad es terca y muestra que los acuerdos no llegan. Es clave tener en cuenta, como señala un informe oficial del CAFTA – RD de 2005, que la implementación de los acuerdos tendría beneficios mucho mayores si se acompañara de esfuerzos paralelos en áreas como la facilitación del comercio (puertos, carreteras, aduanas…), el fortalecimiento institucional y del marco regulatorio, y en políticas de innovación y educación.

La reciente, y brillante, celebración del I V Centenario de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la obra literaria más difundida en el mundo después de la Biblia y el Corán, ha sido buena muestra de ello. La lengua castellana no es sólo —y no es poco — la vía a través de la cual nos entendemos millones de personas a ambos lados del Atlántico profundamente todo un sistema de pensamiento y una lógica de actuación enraizada en ideales comunes multiseculares. Era necesario que esta efeméride se celebrara universalmente con algunas constantes, y de manera particular en América Latina: obras de calidad que perduraran en el tiempo, que también llegaran a los sectores sin recursos económicos, que hicieran referencia a la cultura y la lengua, y que tuvieran incidencia en la educación de las nuevas y futuras generaciones. M e consta que algunas de estas instituciones intermedias han conseguido organizar con éxito rotundo los recursos de empresas públicas e instituciones americanas para lograr esos objetivos.

Las variables macroeconómicas de cada uno de los países y de las zonas geopolíticas particulares son importantes, pero aun cuando los indicadores fueran positivos a lo largo de algunos años, se vendrían abajo si no existiera un fortalecimiento claro de las instituciones públicas y de los sistemas educativos y sociales. El dinero puede y debe ayudar a este asentamiento, pero debe desaparecer la lacra de la corrupción —muy extendida desde México hasta Argentina— y la falta de una educación sólida en todos los niveles académicos. Si el dinero se gestiona bien de acuerdo a los parámetros establecidos, y está en manos de personas preparadas, es posible que América Latina supere las tremendas bolsas de pobreza y analfabetismo que hoy padece, causas primeras de la violencia y de la inestabilidad social (asesinatos, droga, terrorismo…). Hoy, parece que el papel de España en el mundo a través de esas instituciones intermedias puede ser, precisamente, ayudar con su experiencia a la consecución de esos objetivos a lo largo y ancho de todo el continente americano. Deben ser una ayuda para cuidar el humus que permita el crecimiento de los grandes acuerdos. Una vez superada la época de la Guerra Fría, ensayada de forma práctica en todos los lugares excepto en Estados Unidos y Rusia, y con tintes dramáticos y bestiales en América del Sur y Central, es nuestra responsabilidad buscar un orden internacional basado en la confianza y la libertad de cada uno de los ciudadanos americanos.

Por otro lado, se constata con frecuencia sorprendente que muchos españoles, movidos por esa conciencia histórica, y por la necesidad de abrir horizontes personales y colectivos, están dispuestos de nuevo a cooperar con quienes están unidos a nosotros por esos lazos fuertes a los que hacía referencia al comienzo de este artículo. No sólo se trata de buscar nuevos y legítimos mercados, véase la fuerte implantación de importantes empresas españolas en América, sino también de conseguir una unidad de acción en las nuevas coordenadas mundiales que se perfilan en los albores del siglo xxi. Las instituciones intermedias son el cauce adecuado, el puente, para que los particulares también estén involucrados en la primera línea de esta batalla.

Mucho se ha escrito en los últimos años sobre las causas que han llevado a la actual situación política y social americana con la llegada parcial de los llamados nuevos populismos. Se habla de ellos, sobre todo, porque afectan a países estratégicos desde el punto de vista energético y, por lo tanto, económico: Venezuela, Bolivia, Brasil. No obstante, parece clave pararse a reflexionar sobre otras realidades configuradoras del paisaje social latinoamericano: la enorme inmigración hacia los países desarrollados (Estados Unidos, España…), que trae como consecuencia inmediata el ingreso de enormes sumas de divisas a los países de origen de cada una de esas personas; la creciente presencia de masas de población indígena en la vida social y cultural; el asentamiento —cada vez mayor en algunos lugares— de una clase media trabajadora, que da solidez a los procesos sociales; y el papel de la mujer, que está pasando muy lentamente de ser tratada como protagonista de segundo orden — incluso con atentados flagrantes a su dignidad— a convertirse en el núcleo del desarrollo y estabilidad de las familias, y, por lo tanto, cimiento del orden social. Además de los gobiernos respectivos, son las instituciones intermedias quienes pueden dar continuidad y eficacia a tantos recursos que se destinan a estos campos, y que muchas veces se pierden por falta de planificación.

Hace unos años, las líneas principales de la cooperación al desarrollo se planteaban sobre todo como asignación de las partidas presupuestarias a proyectos básicos, que poco o nada favorecían la iniciativa y responsabilidad locales. Es muy posible que la ideologización de los gobiernos de turno favoreciera esta miope visión del asunto. Sin embargo, con la experiencia, sin dejar de lado la necesaria atención de los que carecen de todo —luz, agua, comida, vivienda digna y suficiente…— se ha ido cambiando la perspectiva. Ahora, junto al apoyo de loables iniciativas de menor entidad cuantitativa, se busca una cooperación orgánica de Estado a Estado, complementada con el fortalecimiento de acciones dirigidas a la apertura de oportunidades a la clase media, clave en un futuro no muy lejano: concesión de créditos y microcréditos bastante favorables; inversión en las instituciones universitarias (docencia e investigación, becas a los alumnos más preparados, pero sin capacidad de costearse los estudios, formación de profesores, creación de bases de datos y acceso a publicaciones de nivel académico, acceso a la informática y a las nuevas tecnologías, etc.); medidas fiscales que permiten más acciones de empresas y particulares en algunos de los proyectos, etc. Todas ellas son luces de esperanza que permiten soñar en un cambio que, aunque sea lento, sin duda será más o menos seguro.

U n enfoque novedoso de este trabajo, y muy adecuado por lo que se ha podido comprobar hasta el momento, consiste en la dedicación profesional de los recursos humanos y económicos, complementando el concepto empresarial de la gestión con el convencimiento de que la cuenta de resultados no es lo único decisivo en el desarrollo. Es probable que, poco a poco, se vaya implantando esta manera de hacer las cosas. Tiene su base en la confianza entre las personas y el arbitraje de unas medidas de evaluación rigurosas a la vez que flexibles.

También es necesaria como condición previa a este nuevo modo de hacer cooperación la conciencia de servicio social, es decir, saberse pieza de un entramado humano, y evitar de lejos la tentación de aprovecharse de la situación técnica, cultural o social inferior de las personas a las que uno se supone debe servir. Por eso, antes de llegar a acuerdos concretos, se hace necesario implementar esas medidas de evaluación de procesos que tengan dos caras bien definidas: articular los límites de la actuación humana, con demasiada frecuencia errada, con la eficacia segura que tiene el ejercicio libre de esa misma actuación.

Muchas de estas instituciones intermedias comprueban que cuando existe un buen conocimiento mutuo, que incluye la certeza asumida y querida de las debilidades del otro, es posible el trabajo en equipo. Incluso, se puede afirmar que esta manera de hacer cooperación, en el fondo, es la única que funciona de verdad porque permite el progreso personal y colectivo de las instituciones en ambos lados del océano. Se produce entonces una dedicación profesional, con beneficios para ambas partes, que no depende de situaciones políticas y sociales coyunturales porque busca la sinergia de todos los actores presentes en la escena: políticos, empresarios, particulares, profesionales liberales, diplomáticos, etc. Gran parte del trabajo consiste en detectar y delimitar con certeza bien probada las necesidades que existen en ambos lados, y después diseñar con iniciativa e imaginación los cauces que permiten llegar a satisfacer en gran medida esas necesidades. Después, se constata con los resultados que las condiciones para los grandes acuerdos económicos y sociales mejoran, y se pueden apoyar en ese trabajo previo y complementario de gran calado.

¿Es posible que España tenga un papel importante en este terreno? Probablemente sí, porque la España de nuestros días es heredera de un pasado en el que ha sabido conjugar muchas veces esta manera de trabajar. Por su situación geopolítica estratégica entre Europa y América, España es quizá uno de los países que más puede hacer en este terreno si fomenta en los foros internacionales, a todos los niveles, los valores que sustentan el verdadero desarrollo. Mal asunto sería que nos dedicáramos a localismos estériles, o a airear modos de hacer decimonónicos, que la experiencia ha demostrado fracasados e incluso provocadores de grandes tragedias y desigualdades.

Estamos en un momento en el que la sociedad civil latinoamericana, por diversas causas apenas apuntadas en estas líneas, despierta con nueva fuerza y descubre que tiene potencial suficiente para afrontar con optimismo los años venideros. Son claros los peligros, y a la vista están en muchos lugares, pero no parece excesivamente ingenuo concluir que es posible pensar en un futuro prometedor.

Líderes contra su tiempo

«Las crisis nacen cuando se amontonan los problemas y no llegan las soluciones» (Aristóteles).

«El verdadero líder se demuestra cuando deja de serlo» (Carlos Llano).

LÍDERES DE LA VOLUNTAD

El fundamento sobre el que todo líder construye el liderazgo es su carácter. El carácter es lo que la persona forja sobre sí mismo partiendo de un temperamento, el cual puede a su vez temperarse por el carácter. Los comportamientos queridos y decididos voluntariamente pueden sedimentarse en la persona en forma de carácter; por consiguiente, en la dinámica de nuestro comportamiento con otros, lo más importante no reside en los sentimientos que broten de ellos, sino los comportamientos que el que hace cabeza esgrime ante ellos.

La conveniencia racional no siempre coincide con el sentimiento agradable. De hecho, para sentir no se precisa de la voluntad; sin embargo, la acción humana se hace realidad a partir del consentimiento del sentimiento. Ha llegado la hora de la inteligencia voluntariosa, tras tanta inflación de inteligencia emocional.

LÍDERES HUMILDES

Supone poseer el conocimiento del límite de nuestras propias fuerzas. En realidad no hay competencia pequeña, pues o es ya grande o es potencialmente grande. Quien dirige ha de suscitar en sí mismo una predisposición a batir constantemente sus propios límites; alejar la creencia de que ha llegado a la cumbre en ningún sentido, pues puede y tiene que llegar a mucho más, especialmente en las cualidades personales. No otra cosa es la humildad. A esta característica básica le acontece algo paradójico: que es muy difícil de enseñar a base de describirla; sin embargo, tener la experiencia de trabajar con un líder humilde es algo delicioso. Además, la mejor firmeza en las decisiones nace de la humildad, que encierra la capacidad de aceptar la verdad dicha por otro. El riesgo contrario lleva a convertirse en un líder transitorio; ya que la soberbia, como advertía Peter Drucker, causa incapacidad técnica.

Conocer los propios límites siempre es deseable; sin embargo, en momentos de desorientación, de acumulación de problemas y escasez de soluciones, aún más.

LÍDERES QUE LIDERAN CON SUS COMPORTAMIENTOS

El ejemplo suele suscitar el contagio: cuando una persona observa en otra que le es operativa y afectivamente próxima el ejercicio prolongado de un comportamiento, no es difícil que insospechadamente le facilite la vivencia de ese mismo comportamiento, y aún con más fuerza si es el beneficiario. Antes que exigir lo que alguien debe ser, el líder ha de ser lo que quiere que los otros sean, y, como hemos subrayado, la actitud humilde es el mejor modo de ganarse a los demás.

Las personas nos definimos y distinguimos por el modo peculiar e irrepetible de relacionarnos con los demás. De hecho, el trabajo en equipo es la mejor terapia para la egolatría, a menudo tan extendida entre los líderes.

LÍDERES QUE RESUELVEN.

Lo más importante que tiene que saber un directivo es que no le pagan por ser inteligente sino por acertar, o como decía el director general de una caja de ahorros, de esas que van mejor que otras, a su equipo: «No quiero que hagáis, sino que consigáis». Un líder no es alguien al que sus subordinados hayan que admirar o con el que tengan que disfrutar, no; sobre esto se han escrito y se dicen muchas pamplinas que nadie en su fuero interno se cree. Un líder digno de ese nombre es quien consigue que los que de él dependen sean eficaces, que acierten, y lo demás es derivado. A nuestras empresas les debemos eficacia.

Efectivamente, ahora priman los resultados por encima de los esfuerzos y, además, ya no tenemos paciencia. Lo primero es un gran avance, sin embargo, lo segundo casa de modo regular con construir y desarrollar empresas competitivas hoy, mañana y pasado mañana.

La experiencia me anima a pensar que cuando se tiene un excesivo número de problemas, dificultades previstas o no para lograr algo, significa las más de las veces no tener compromisos claros con un objetivo. En las crisis nos abrumamos y agobiamos más, por eso quizá convendría que revisásemos también más el grado de energía que empleamos en lo que decimos que perseguimos.

LIDERAZGO DE LA PERSEVERANCIA

El presidente norteamericano Harry Truman, que tuvo que gobernar el final de la Segunda Guerra Mundial y los comienzos de la Guerra Fría, advertía que uno puede conseguir casi todo lo que se proponga, siempre y cuando no le importe quién se lleve la fama.

La experiencia y la ciencia del management nos enseñan que la verdadera diferencia entre las compañías sobresalientes de las que no lo son tanto es muy difícil de modelizar; es decir, que no se deja capturar en algo así como «las mejores prácticas» (aunque tenerlas en cuenta puede ayudar); tampoco la estrategia explica adecuadamente la distancia entre la excelencia y la mediocridad, o el fracaso; asimismo, existen toneladas de evidencia que disuaden de que la explicación estribe en las políticas de fusiones o adquisiciones.

¿Quizá sea la tecnología la que nos saque de dudas? Parece que la tecnología acelera efectivamente las transformaciones, pero no son el acicate real para desatar un cambio. ¿Dónde buscar, entonces, el secreto de la gestión acertada?

Justamente en el corazón de las decisiones: en la voluntad firme y consciente de apuntar a un objetivo e ir a por él con una determinación tan enérgica que podríamos calificar de obsesiva, siempre y cuando no se convierta en una patología que impida ver la realidad tal y como es. Para producir resultados sobresalientes hay que adoptar la resolución estoica y feroz de ir a por ellos. Es entonces cuando las políticas comerciales, retributivas, financieras, operativas o estratégicas encajan en el puzle que hacen de una empresa determinada algo singular.

Desde la mitología griega sabemos que el puercoespín supera al zorro, no por tener más talento, no por ser más ágil, no por ser más rápido, no por tener una visión más amplia, no por saber muchas cosas; sino justamente por saber una sola cosa, ahora bien, la importante. Una vez que la sabe, tiene la inquebrantable disciplina de llevarla a cabo, y lo que es igual de importante, deja de hacer lo que es equivocado. En la última hora de nuestro tiempo vale más acertar dejando de cometer errores que empeñarnos en estar a la moda.

Es el momento de ser etimológicamente originales, es decir, volver a nuestros mejores orígenes. Ensayemos una aproximación por contraposición. Si un directivo o empresario desea alejar la innovación de su compañía basta con que no fomente las preguntas acerca de lo que va mal; no se cuestione lo que podría cambiar; abdique de la función de control; consienta con que cada departamento compita y pelee por lo suyo a costa de los demás; transija con la incoherencia entre predicar una cultura de la creatividad y la renovación y, por otro lado, castigue el fracaso.

Sufrimos un error de óptica que nos impide ver las cosas como son y nos anima a verlas como nos gustarían que fuesen. La abundancia nos produce una miopía gerencial, de la que las crisis nos sacan sin miramientos. La distancia entre apoyar el fundamento de toda innovación que reside en el esquema de «ensayo-error» y juzgar realmente según el paradigma de «ensayo-acierto a la primera» la marca el carácter del verdadero líder; de quien ha de inspirar optimismo y, mejor aún, esperanza.

LIDERAR CON LA ESPERANZA

Cuando muchas personas lo están pasando mal de veras, es precisamente el tiempo propicio para estar cerca de ellas: mostrar que es posible afrontar el futuro con ilusión a base de esfuerzo y que toda situación tiene salida. La esperanza es una actitud vital que se ejercita en el día de cada día, a base de intentar una y otra vez introducir mejoras concretas en lo que hacemos; afanarse por superar primero los pequeños obstáculos y después abordar los de mayor entidad. Se trata de una disposición del ánimo que va más allá del optimismo simplón y hueco; alimenta las oportunidades a fuerza de trabajarlas, extrayendo todo su juego, a la vez que arrincona los problemas irresolubles. Por cierto, un problema que no tiene solución ya no es realmente un problema, sino una circunstancia que hay que sobrellevar con el fin de sobrevivirla.

Los tiempos que nos tocan vivir nos ponen a prueba a base de las dificultades, pues contra ese telón de fondo es contra el que se comprueban cuáles son las prioridades que moldean nuestros comportamientos. Las crisis suponen un aldabonazo en nuestra conciencia, que los tiempos de bonanza suelen aletargar: nos ofrecen la excusa para revisar qué valores influyen en nuestras decisiones. Si las personas (empleados o clientes, accionistas o acreedores) ocupasen el lugar que les corresponde en las decisiones empresariales, estoy persuadido de que los peores efectos de las crisis se verían intensamente contrarrestados. Solo con que nos compadeciéramos de la suerte ajena ya nos acercaríamos a ella, y eso siempre consuela. Otro gallo nos cantaría si las decisiones de despidos debido a reestructuraciones necesarias e inevitables se hubieran acometido usando este criterio.

La esperanza vive en las antípodas de la retórica persuasiva que apunta a vender a los demás lo que nosotros mismos no consumimos. La esperanza va de hechos, de seguir en la brecha.

LIDERAR AL PROPIO JEFE

«Mi jefa no quiere que le lleguen problemas: solo escalo los problemas que le alcanzarían de todos modos; por otro lado, valora los proyectos de mejora, a esto dedico el 20% de mi tiempo. Así gano su confianza, me deja trabajar y me acaba apoyando». Esto me lo reconocía un joven directivo.

Habitualmente hablamos de cómo delegar, comunicar, controlar, motivar, evaluar, premiar o castigar a los subordinados (antes de la crisis se pronunciaba «colaboradores», pero con los despidos generales y legales, han vuelto a ser subordinados). Incluso se llega a apuntar a la necesidad de crear una red de influencia, networking, para gestionar con eficacia la relación con los colegas del mismo nivel en el organigrama de la empresa (denominados pares), con el fin de que un directivo llegue a través de ellos a donde no llegaría solo, ni por medio de su propio equipo.

Sin embargo, eso de mandar a quien tenemos por encima jerárquicamente se nos antoja quizá como demasiado trasgresor, cuando en realidad muchos jefes lo necesitan como el campo el agua en verano o nuestras empresas la financiación hoy. Lo sepan o lo ignoren, lo deseen o lo detesten, lo encajen o les descuadre, nunca antes los de arriba han estado más menesterosos de las órdenes de los de abajo. ¿Por qué? Porque la realidad actual es más complicada, caleidoscópica y velozmente mutante. En las situaciones conflictivas los estados mayores dependen de las trincheras.

Ahí va un elenco de las respuestas de una encuesta que he llevado recientemente:

«Limitar las interlocuciones solo a temas relevantes; elegir bien los términos y aún más el momento», «mantenerle informado y tirar para adelante», «aprovechar los puntos en los que es más flexible para venderle la idea»; «darle feed-back constantemente».

«Presentarle las soluciones y alternativas a la vez que los problemas y hacerle creer aquellas que han surgido de él»; «darle el planteamiento tan trabajado que la decisión vaya de suyo».

«Hacerte imprescindible», «hay que dejarle claro lo que sé y valgo para que no me coma el terreno»; «anticiparme».

«Conocer lo que quiere de mí y saber cuáles son sus motivos: eso me ayuda a entender su estilo de gestión»; «intentar alinear mis objetivos profesionales con sus prioridades directivas»; «ayudándole a conseguir lo que él quiere».

«Demostrar con hechos que puede confiar en mí»; «cumpliendo sus órdenes consigo influir en él».

Se trata de ideas sin gran sofisticación teórica, pero cuya puesta en práctica encierra determinación, esfuerzo y audacia. A cada jefe hay que hacerle un traje a su medida: unos tallan confianza, otros tallan manipulación. La calidad final varía.

LIDERAR CON LA COLABORACIÓN A BASE DE COLABORACIÓN

«Podéis imaginar cómo es Calcuta en agosto, su hedor, el calor insoportable, personas enfermas, mutiladas y moribundas en la calle. También podéis imaginar la magia de los Alpes en primavera, su luz, su frescor, sus fragancias… Pues bien, trabajar en algunas empresas es como vivir en Calcuta, cuando debería ser como disfrutar en los Alpes». Son palabras de Sumantra Goshal, una de las pocas mentes verdaderamente creativas que ha ofrecido la dirección de empresas recientemente.

Negociamos cuando necesitamos la voluntad de la otra parte para adoptar una decisión. En la negociación aflora algo sutil que colorea el proceso: las expectativas. Existen dos paradigmas clásicos: lo que yo gano tú lo pierdes (ganar-perder). Acontece generalmente cuando se dan las siguientes circunstancias: solo se usa una variable (normalmente precio o coste) que opone a las partes, existe poca información y mucha incertidumbre, el poder de las partes es francamente desigual, y la relación entre ambas se agota en esa transacción; el futuro no cuenta en absoluto.

Por el contrario, si se da la posibilidad de que cada parte maneje más de una variable y haya cabida a las complementariedades: precio, plazo, calidad, financiación, volumen, ventas cruzadas, etc.; si se puede compartir bastante información; si el poder es equilibrado (ambas partes tienen alternativas, pero quizá no igual de ventajosas que llegar a un buen acuerdo entre ellas); y, además, si la relación se puede extender en el tiempo, entonces existen las condiciones para que ambas ganen. Es lo que ha dado en denominarse ganar-ganar o win-win. Otra cosa es que las partes sean capaces de reconocer la potencialidad de un acuerdo beneficioso para ambas y, además, soslayen sus peores instintos; para paliar el egoísmo de estos últimos los esfuerzos de la teoría de juegos han resultado insuficientes.

Como los directivos de ahora leen más que los de antes, mucha gente habla del win-win casi con devoción. No se lo crea ingenuamente; queriendo o sin quererlo lo que buscan principalmente es ganar ellos, ya sea a costa de la otra parte, o de la del cliente e incluso a costa de la empresa misma o del entorno. Los sistemas de incentivos y retribución suelen inducir esos comportamientos más bien oportunistas.

Los rasgos principales que caracterizan las negociaciones en las que se ven envueltos los directivos hoy no dejan lugar a dudas: precio, precio, precio; siempre hay alguien que te lo puede hacer más barato, se usa el revenue sharing (el proveedor te paga con parte de sus ingresos) empezando por un upfront paymente, es decir, con una cantidad por adelantado no retornable; se está dispuesto incluso a aceptar reducción en las contraprestaciones; pujas semanales y uso constante de subastas; apretar y soltar, apretar y soltar, de modo que uno no lleve a concurso al otro, pues seguramente el reemplazo es peor; ahora bien, como al tubo de la pasta de dientes, el objetivo es extraer hasta la última gota de contenido.

Simultáneamente, la mayoría de esos directivos añora una relación de otro tipo, en la que se notase la confianza y se superase la inmediatez temporal. A la que se pueda, prefieren mantener al proveedor conocido (los productores emergentes ya han demostrado sus deficiencias), procurando un frágil equilibrio y «fidelizarle por más tiempo».

¿No ha llegado el momento de reconstruir relaciones con vocación de estabilidad, donde ambas partes ganen contribuyendo a que también lo haga un tercero ya sea el cliente, la propia empresa o la sociedad? Yo gano y tú ganas si él gana (win-win-win): la tercera dimensión del win puede llevarnos a los Alpes.