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El futuro de España en el mundo

Después de más de tres décadas de mejora casi ininterrumpida de la posición internacional de España, el último bienio ha supuesto el amargo despertar a una realidad mucho menos grata. Las gravísimas dificultades económicas y financieras que sufre desde 2010 una España sobreendeudada tras años de crecimiento desequilibrado, han desvelado que —en paralelo a la burbuja inmobiliaria— existía otra burbuja en relación a nuestro lugar en el mundo (Molina y Tovar, 2011). En efecto, a pesar de los evidentes pies de barro sobre los que se ha sostenido nuestra acción exterior durante todo este tiempo, se quiso creer en una suerte de espejismo que podía colocar a España entre las principales potencias mundiales. Al fin y al cabo, en un periodo corto de tiempo se había dejado atrás el aislamiento que aún caracterizaba el país a la muerte de Franco y era posible presumir de habernos colocado en la vanguardia del proceso de integración europea, de haber conseguido la plena normalización de las relaciones con Estados Unidos en el seno de la OTAN y de alcanzar importantes éxitos diplomáticos en América Latina o en el Mediterráneo. Es más, todas esas buenas noticias en la dimensión más política, venían acompañadas de una fuerte internacionalización de la sociedad, la cultura y las empresas españolas. Durante la segunda legislatura del presidente Aznar —aprovechando una insólita sintonía con el gobierno norteamericano del momento— se aspiraba incluso a formar parte de los foros mundiales de decisión más selectos, tales como el G-8, y en 2008, al inicio de la crisis, el presidente Rodríguez Zapatero gustaba subrayar que el país ocupaba la octava posición mundial por PIB para reivindicar más protagonismo.

Hoy España apenas se mantiene con dificultades en el decimosegundo lugar y ha pasado a ser percibida, desde el exterior, más como objeto de preocupación —por el riesgo de default o de desestabilización de la zona euro— que como sujeto protagonista de la política internacional. Un deterioro objetivo que ha hundido también la percepción subjetiva dentro y fuera de las fronteras. La imagen relativamente autocomplaciente que tenían tanto el gobierno como los ciudadanos sobre nuestra solidez como país ha cambiado por completo en muy poco tiempo (Vaquer, 2011). Y tampoco somos ya un modelo de éxito a imitar por otros. En contraste con el prestigio disfrutado hasta hace poco, la prensa mundial no deja ahora de señalar los grandes problemas con los que se enfrenta el país —paro insoportable, falta de liquidez, crisis de legitimidad, tensiones territoriales, etc.— mientras los candidatos presidenciales N. Sarkozy y M. Romney no han dudado en utilizar durante las elecciones francesas y norteamericanas de este año a España como el contraejemplo a evitar.

En estas circunstancias de evidente debilidad diplomática y de reputación muy erosionada, reflexionar sobre el futuro de nuestro país en el mundo resulta un ejercicio difícil pero necesario. Máxime cuando tampoco es posible encontrar demasiado consuelo en el marco de la Unión Europea; sumida a su vez en una crisis económica y política de la que la propia situación española es un buen, aunque ni mucho menos único, exponente. El punto de partida de este análisis consiste pues en diagnosticar a una España confusa en una Europa desorientada (Torreblanca, 2010a) aunque también es verdad que existen elementos estructurales en el mundo que trascienden las culpas propias —las españolas y las europeas— o la severidad de un periodo recesivo por duradero que este sea.

Y es que, aun cuando no se hubiese producido la crisis, el proceso de globalización y las enormes transferencias de poder que implica condenaban a España a un declive relativo más o menos dulce pero insoslayable. Un país que solo puede considerarse mediano o incluso pequeño en población —donde ocupamos el 28.º lugar mundial— y en superficie —donde no estamos entre los cincuenta estados más grandes del planeta— y que no cuenta con grandes recursos naturales ni con una industria exporta-dora competitiva poco puede hacer para contener las grandes tendencias globales. Si Occidente en su conjunto ve cómo su poder se erosiona rápidamente y el eje que articula el mundo se desplaza hacia Asia y el Pacífico, parece evidente que España considerada aisladamente tenía en cualquiera de los casos un horizonte bastante complicado en este arranque del siglo XXI. La crisis actual ha acelerado esa tendencia y puesto de manifiesto una vulnerabilidad aún mayor de la esperada, pero no ha alterado lo que ya se sabía al inicio de la misma; esto es, que España nunca podría mejorar la posición internacional que ocupaba en aquel momento (Real Instituto Elcano, 2009). Con independencia de lo rápido que pueda nuestro país remontar la mala situación económica y política actual, tanto los llamados BRIC como otras economías emergentes menos notorias —México, Corea del Sur, Indonesia o Turquía— estarán dentro de poco instaladas por delante en términos absolutos. Y ese es un dato fundamental a la hora de pensar cómo debemos repensar nuestra política exterior de cara al futuro.

Por su grado de desarrollo socioeconómico relativo —que, pese a todo, es muy alto—, por su interesante y delicada posición geográfica al sur de Europa y al norte del Mediterráneo, o por su legado histórico-cultural que le confiere protagonismo en América, España seguirá siendo por mucho tiempo un país de importancia media o incluso medio-alta en los asuntos internacionales. Como de-muestra además el Índice Elcano de Presencia Global, que sitúa a España en el entorno del décimo puesto mundial, nuestro país tiene una sólida proyección exterior en el terreno económico —sobre todo en lo relativo a la exportación de servicios y a la existencia de algunas multinacionales relevantes— y en ciertos ámbitos de «poder blando» vinculados a la cultura, el deporte o el turismo (Molina y Olivié, 2011). Sin embargo, que España sea un país de relevancia internacional mediana y que esté plenamente globalizado, no significa que ahora sea ni que pueda llegar a ser una potencia media o una potencia regional (Lamo de Espinosa, 2012). No porque, en el contexto de la región a la que pertenece, sus perspectivas de futuro no pueden pasar de seguir ocupando la quinta posición —si hablamos de la Unión Europea— o incluso la séptima si consideramos como parte del continente a Rusia y Turquía. Y más allá de Europa, pese a la importante presencia en América Latina o el Magreb o pese a la existencia de algunos intereses globales espoleados por la importancia de su lengua, España por sí sola no puede moldear mínimamente la política internacional.

En realidad, su fuerte apertura hacia el mundo contiene rasgos asimétricos —elevada necesidad de financiación externa, internacionalización empresarial no canalizada a través de la exportación de bienes producidos en suelo nacional sino de inversión directa en el extranjero difícil de proteger, dependencia extrema para garantizar el suministro energético, fragilidad ante el cambio climático, e incluso vulnerabilidades evidentes de seguridad en la frontera meridional— que hacen de España un país mucho más influenciado por el exterior que viceversa; es decir, muy dependiente de un entorno que no tiene capacidad de controlar y sobre el que, en el mejor de los casos, puede solo llegar a influir ligeramente (Lamo de Espinosa, 2012). Esta realidad, que puede gustar más o menos, es incontestable, no deja de acelerarse e incide de forma casi abrumadora en nuestra vida cotidiana.

Lo sorprendente es que, a la luz de estas debilidades que no son en absoluto coyunturales, la política exterior elaborada en España durante los últimos años haya estado tan poco guiada por cómo abordar inteligentemente esta compleja situación. Resultaba relativamente lógico —y además se hizo de manera bastante consensuada entre las élites políticas y el conjunto de la ciudadanía— que en el último cuarto del siglo XX la prioridad de la acción diplomática consistiese en la normalización de España dentro de su entorno europeo y occidental. Pero en la década siguiente, entre 2001 y 2010, una vez alcanzado plenamente ese objetivo tras la entrada en el euro y embriagados por el engañoso crecimiento económico, la política exterior española siguió absurdamente pendiente de las cuestiones de estatus o dedicando esfuerzos y diatribas a diversos proyectos ideologizados, antagónicos, relativamente deseuropeizados y en cualquier caso con muy poca base social (Molina, 2011). Hoy tenemos la perspectiva para afirmar que las discrepancias mantenidas entre el PP y el PSOE en materia internacional hasta que la crisis les obligó a despertar han dificultado el correcto entendimiento de los verdaderos retos a los que se enfrentaba y enfrenta el país en la escena internacional.

Tal y como se acaba de señalar, España no puede controlar su entorno internacional —y por eso no puede considerarse como una potencia siquiera media— pero sí puede influir algo sobre el mismo gracias a la Unión Europea, de la que es un Estado miembro importante. En menor medida, también puede hacerlo a través de algunas organizaciones multilaterales a las que pertenece, e incluso por medio de una diplomacia propia que en todo caso debe cultivar para que a su vez alimente a la política exterior europea.

Por lo que respecta a la UE, resulta claro que se trata de la gran apuesta exterior española para aspirar a moldear la globalización. La constatación actual de su propia debilidad le permite a España adoptar una visión realista —seguramente mayor del que en este momento aún pueden tener Alemania, Francia o el Reino Unido— sobre el campo de juego de escala, al menos continental, en donde se disputan hoy casi todas las cuestiones económicas y en donde se dilucidarán también pronto las cuestiones de seguridad. En un par de generaciones, la población europea apenas superará el 5% del total mundial mientras dos tercios de los habitantes del planeta se concentrarán en Asia. En poco tiempo, si se consideran aisladamente a los estados miembros, solo Alemania resistirá entre las ocho primeras economías y se habrá reducido la capacidad francesa o británica de mantener a sus ejércitos nacionales entre los más operativos del mundo. En ese contexto, y considerando que muchos de nuestros valores —como la defensa de las libertades individuales o la existencia de un Estado de bienestar— no resultan tan autoevidentes fuera del viejo continente, impulsar una política exterior europea no será una opción sino una necesidad. Sin embargo, debe reconocerse que en el momento presente aún no se ha llegado al grado suficiente de maduración sobre el papel que debe jugar la UE en el escenario mundial y las diplomacias, los ejércitos o las agencias de cooperación de los países europeos siguen fragmentados. La crisis del euro, que podría suponer un acicate para avanzar en la unión política, ha servido hasta la fecha para enfriar la confianza entre los estados miembros. Así, el lanzamiento reciente del Servicio Europeo de Acción Exterior o el reforzamiento de los mecanismos de decisión de la Política Exterior y de Seguridad Común tras el Tratado de Lisboa han supuesto, en el mejor de los casos, cierta decepción para una España que tanto necesita a Europa para proyectarse en el mundo de manera más efectiva.

España también puede tratar de moldear su entorno internacional por medio de su pertenencia activa a otras organizaciones multilaterales plenamente compatibles con la UE; fundamentalmente a través del sistema de Naciones Unidas. Es verdad que la ONU padece conocidos problemas de eficacia que aconsejan no tener excesiva confianza en ella, pero también es cierto que la incapacidad de España para controlar un mundo dominado por grandes potencias le debe lleva a valorar la legitimidad que atesora, derivada de incluir a todos los estados soberanos. Resulta desde luego muy importante para un país mediano y muy globalizado como España que una organización universal postule la paz y el derecho internacional como criterios de gobernanza internacional. Pero, siendo realistas, debe admitirse que para avanzar en ese objetivo multilateral a escala mundial habrá que seguir acudiendo con frecuencia a otros foros paralelos más flexibles aunque menos transparentes —como el G-20 o la OTAN, donde nunca estaremos en el puente de mando aunque sí podemos mejorar nuestra tibia participación actual— y a consolidar una red de relaciones bilaterales en donde la diplomacia española es particularmente hábil: alianzas estrechas a mantener, desde luego, con los principales países europeos, o con Estados Unidos, pero también con Brasil, México y otros estados relevantes de Latinoamérica, así como con los países de nuestra vecindad inmediata.

Finalmente, pese a todas las limitaciones de la escala nacional, España no puede delegar sin más en la UE toda su acción exterior. En primer lugar, porque ya se ha dicho que el proyecto europeo está a su vez también desorientado en estos momentos y puede que tarde muchos años en atesorar la necesaria voluntad política que permita la emergencia efectiva de Europa como actor global. En segundo lugar, porque siempre existirán agendas e intereses propiamente nacionales que la Unión no puede defender; desde la promoción de la lengua y cultura españolas hasta la defensa de las llamadas amenazas no compartidas en el entorno del Estrecho de Gibraltar, pasando por la acción comercial de las empresas que a menudo compiten con las de otros socios europeos. Y, en tercer lugar, porque aun cuando la UE sea capaz de impulsar una política exterior propia, la España del futuro debe ser capaz de pensar por su cuenta y alimentar la acción diplomática europea con sus propios principios. Es decir, el multilateralismo efectivo y el europeísmo de los españoles no puede ser ingenuo ni delegativo. Sabemos que hace falta más Europa y más gobernanza global, pero España ha de tener conciencia de sus prioridades, valores e intereses que a veces no coincidirán exactamente con los dominantes en cada momento en los foros europeos y globales.

De ahí la importancia vital de tener nuestra propia política exterior y europea concediéndole la importancia que merece tanto desde el punto de vista político como operativo. Esa importancia significa asumir por parte de los partidos y de la sociedad que el bienestar y la seguridad de los españoles dependen sobre todo de nuestra posición en el mundo, aunque no seamos muy conscientes de ello. Por tanto, resulta imprescindible mejorar la ahora manifiestamente mejorable calidad democrática de nuestra política exterior (Torreblanca, 2010b) y abordar la elaboración de la misma desde una actitud estratégica tantas veces demandada (Barbé, 2006; Torreblanca, 2008; Real Instituto Elcano, 2009; Youngs, 2010; Vaquer, 2011). En el nivel operativo, es necesario reforzar un servicio diplomático razonablemente competente y extenso pero que aún adolece de importantes carencias y de conexión con otros actores de la acción exterior: ya sean otros ministerios, las fuerzas armadas, las comunidades autónomas, las empresas multinacionales, las ONG e incluso los individuos. El proyecto de «Marca España», pese a todas sus limitaciones, es un primer paso en esa dirección para dotar de coherencia a lo que hace España fuera de sus fronteras y para mejorar la ahora maltrecha imagen exterior. Aunque, por supuesto, la política exterior más coordinada y la mejor campaña de diplomacia pública arranca en una España que funcione bien internamente y en donde no sufran las libertades, la cohesión social y la innovación.

Es verdad que, como aquí se ha subrayado, la globalización y la fragilidad tanto estructural como coyuntural de España van a poner difícil que nuestro país se posicione sólidamente en el mundo. Pero no es menos cierto que hemos pasado demasiado deprisa desde cierta ensoñación poco realista sobre la capacidad de nuestro país para estar en la vanguardia internacional hasta la consideración pesimista de que los asuntos mundiales es algo que corresponde determinar a otros y que no merece la pena esforzarse en actuar sobre ellos de modo que es mejor seguir haciéndolo solo en nuestro pequeño ámbito territorial. Sin embargo, la globalización sí que tiene autoría. Son los grandes proyectos privados, los poderes públicos con mentalidad estratégica y las ideas innovadoras las que la moldean. Si nos atrevemos a pensar en nuestra capacidad para actuar global pensando mejor nuestro entorno local —lo que incluye representantes preocupados por internacionalizar las universidades, atraer talentos, apoyar la salida al exterior de las empresas, difundir la cultura o cooperar al desarrollo y contribuir a la estabilidad— habremos empezado a subirnos, junto a otros muchos, al puente de mando de un proceso que equivocadamente creíamos del todo ingobernable (Molina y Olivié, 2011). Con casi total seguridad, España no podrá convertirse en una potencia, ni siquiera media, pero sí está en sus manos ser un país respetado por sus éxitos internos, por su disposición a estar lo más conectado posible con el mundo exterior y por su contribución entusiasta y protagonista a la Europa fuerte y al multilateralismo efectivo que tanto necesita el mundo globalizado.

REFERENCIAS

BARBÉ, Esther (2006): «Claves para interpretar la Política Exterior Española y las Relaciones Internacionales 2005. Política exterior y de seguridad de España en 2005», en Anuario Internacional CIDOB 2005.

LAMO DE ESPINOSA, Emilio (2012): España y el nuevo «Nuevo Mundo», Madrid, Colegio Libre de Eméritos.

MOLINA, Ignacio (2011): «¿Década perdida? La política europea de España 2002-11», Política Exterior, n.º 144, noviembre-diciembre.

MOLINA, Ignacio, y OLIVIÉ, Iliana (2011): «La presencia global de España», Foreign Policy edición en español, edición online, mayo.

MOLINA, Ignacio, y TOVAR, Juan (2011): «El año en que estalló la otra burbuja: La política exterior y de seguridad española en 2010», en Anuario Internacional CIDOB 2011.

REAL INSTITUTO ELCANO (2009): «España ante el G-20: una propuesta estratégica sobre su inserción en la nueva gobernanza global», Real Instituto Elcano, marzo.

TORREBLANCA, José Ignacio (2008): «España en el mundo: elementos de una estrategia ante la globalización», en España en un mundo globalizado, Madrid, FIIAPP (págs. 39-57).

TORREBLANCA, José Ignacio (2010a): «Una España confusa en una Europa desorientada», Política Exterior, n.º 133, enero-febrero.

TORREBLANCA, José Ignacio (2010b): «Una auditoría democrática de la política exterior, en Informe sobre La democracia en España 2010, dir. J. Estefanía, Madrid, Fundación Alternativas.

VAQUER, Jordi (2011): «Un lugar para España tras la crisis», Política Exterior, n.º 141, mayo-junio.

YOUNGS, Richard (2010): «Como potenciar la política exterior española», FRIDE, enero.

La religión en el ámbito público

Las iglesias y confesiones religiosas, junto a las familias, constituyen los prototipos de comunidades. Es evidente que no se trata de algo meramente privado. En realidad, el debate no reside en esto, sino más bien en el lugar que debe ocupar en el ámbito de lo público o incluso político. En definitiva, en cuestiones como la de la mención a Dios o a la religión en las Constituciones, en la presencia de personas y símbolos religiosos en lugares públicos como escuelas u hospitales, o en la enseñanza de la Religión en la escuela pública, entre otras. Lo que se discute es más bien su presencia pública e institucional.

Antes de entrar en el análisis del problema, quizá convenga recordar el lugar de la religión en la vida humana y el rango que ocupan los valores religiosos en la jerarquía axiológica. Para Max Scheler, probablemente el más ilustre representante de la filosofía fenomenológica de los valores, los religiosos ocupan el lugar más alto, por encima de los valores espirituales (verdad, justicia y belleza). Es verdad que lo religioso puede ser negado y que existen personas ciegas para lo sagrado como otras lo son para otros órdenes axiológicos, pero si se acepta lo sagrado, su valor ostenta necesariamente el rango más alto en la jerarquía. Esta realidad no debería ser ignorada por los legisladores ni por los demás poderes públicos. Por lo tanto, el fenómeno religioso no debe ser tolerado, como si se tratara de un error más o menos disculpable, sino que tiene que ser tratado como la finalidad superior de la cultura. Lo que debe ser tolerado (naturalmente, con límites) son las diferentes creencias religiosas entre sí, incluida, por supuesto, la increencia. El creyente no es un ciudadano de segunda categoría, por supuesto tampoco en una sociedad democrática. El ateísmo no es la creencia democrática. Por lo demás, es imposible negar la influencia del cristianismo en el surgimiento y difusión de la democracia y sus valores.

La determinación de las relaciones entre el Estado y las confesiones religiosas ha cobrado una nueva relevancia como consecuencia del hecho de que vivimos en sociedades crecientemente multiculturales, en las que conviven personas que profesan diferentes credos religiosos y, desde luego, que no profesan ninguno. Las relaciones entre Iglesia y Estado pueden regularse, en principio, según tres modelos: la confesionalidad, el laicismo y la aconfesionalidad.

La confesionalidad del Estado parece cosa del pasado, «medieval», y contraria a la libertad religiosa. En realidad, la cosa no es tan clara. Más allá de que pudiera ser indeseable y atentatoria contra la neutralidad estatal en materia religiosa, lo cierto es que se da, por ejemplo, en el Reino Unido y Dinamarca, y no es fácil negar que en ellos se encuentre garantizada la libertad religiosa. En cualquier caso, al menos entre nosotros, el problema no reside aquí, ya que (casi) nadie en España aboga por la vuelta al Estado confesional.

El segundo modelo, el laicista, pretende la exclusión de la religión del ámbito de la vida pública. El Estado es, para él, laico. Esta posición va algo, o bastante, más allá de la mera neutralidad estatal. En definitiva, de hecho, el Estado promueve y asume una determinada posición: la increencia. Cabría así hablar de un ateísmo de Estado o de un Estado ateo.

Cabe un tercer modelo: la aconfesionalidad, que entraña que el Estado no profesa ni asume ninguna creencia religiosa, pero tampoco la increencia (ateísmo o agnosticismo). Es el caso de nuestra nación.

El cristianismo no constituye un mero avatar accidental en la historia de España que pueda, arbitrariamente, suprimirse, sino que, por el contrario, forma parte de su constitución y vocación histórica como nación. España fue cristiana en su origen y en sus grandes proyectos: la Reconquista, la idea imperial de Carlos V, la empresa de conquista y evangelización del Nuevo Mundo. Solo por la incorporación de América a Occidente, ya merecería España ser considerada como una de las más grandes naciones europeas. Hasta el anticlericalismo radical que aparece intermitentemente en nuestra vida pública no es sino la otra cara de la cristiandad hispana, la reacción injusta hacia lo que se percibe como una situación histórica privilegiada de la Iglesia católica.

Es usual considerar que entre los grandes problemas nacionales que España tenía planteados al comenzar el siglo pasado se encontraba (junto a la forma de Estado, el separatismo, el problema escolar y la cuestión social), la disputa religiosa, centrada en la discusión sobre la confesionalidad católica del Estado y el peso y la influencia de la Iglesia católica en la enseñanza. Casi todos estos problemas, incluido el religioso, menos quizá el desafío separatista, obtuvieron solución en la Constitución de 1978. Frente al «nacionalcatolicismo» del régimen franquista y la persecución religiosa que alentó o toleró el Gobierno republicano del Frente Popular, la Carta Magna optó por una solución adecuada y liberal, que permitió solventar con éxito un viejo problema histórico, refundando, en cierto modo, las relaciones entre el Estado español y la Santa Sede. Los pilares fueron la regulación constitucional y los acuerdos firmados entre ambas partes que entrañaban la revisión del Concordato. El resultado era un Estado aconfesional, no laicista, que garantizaba la libertad religiosa de los ciudadanos, y se comprometía a mantener relaciones de cooperación con todas las confesiones y, especialmente, con la católica, la mayoritaria entre los españoles. Esta mención constitucional no era un privilegio sino el reconocimiento de una realidad social.

En los últimos años, se ha reabierto, de manera artificial, en España la «cuestión religiosa», resuelta por la concordia básica de la sociedad y por la Constitución. No es extraño que los promotores de la apertura de una cuestión que divide a la sociedad hayan renegado del espíritu de la Transición, invocando la necesidad de una segunda.

En ocasiones tiende a confundirse la aconfesionalidad del Estado, tal como establece la Constitución española, con una pretendida «anticonfesionalidad» del Estado propia del laicismo radical. En España, las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica se regulan por la Constitución y por los acuerdos vigentes entre el Estado y la Santa Sede. Conviene recordar los principales preceptos constitucionales que se refieren a la libertad religiosa.

«Ninguna confesión tendrá carácter estatal» (art. 13.3).

«Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social» (art. 14).

«Se garantiza la libertad ideológica, religiosa o de culto a los individuos y las comunidades sin más limitación en sus manifestaciones que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley» (art. 16.1).

Se establece, pues, el principio de la aconfesionalidad del Estado, que se sustenta en la afirmación de que ninguna confesión tendrá carácter estatal. También se garantiza la libertad religiosa y de culto, sin más limitación que la derivada del orden público, y el principio de no discriminación por razón religiosa.

El modelo que asume la Constitución, y que puede ser calificado como liberal, entraña la neutralidad religiosa del Estado, pero no la asunción del laicismo, ni la exclusión de la religión del ámbito de la vida pública. Los padres pueden elegir el tipo de educación, religiosa o laica, que prefieran para sus hijos. El Estado garantiza el ejercicio de esta libertad en igualdad de condiciones. El modelo es compatible con la atención adecuada a la religión mayoritaria de los ciudadanos. En este sentido, abunda el artículo 16.3: «Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones». Este precepto no entraña una vulneración del principio de libertad religiosa ni del de la aconfesionalidad del Estado. Pero sí entraña una negación del laicismo y una exigencia del reconocimiento de las creencias religiosas católicas de la mayoría de la sociedad española.

La jurisprudencia constitucional se ha ocupado de algunos problemas jurídicos relativos a esta interpretación y especialmente a los derivados de la pretensión de que el mantenimiento de relaciones especiales con la Iglesia católica o, más exactamente, la presencia de esta confesión en la vida pública y en actos oficiales, entrañarían una discriminación. Hay que tener en cuenta que no toda diferencia de trato entraña discriminación. Una discriminación es una desigualdad injusta, pero una desigualdad justa no lo es. Tanto la realidad histórica de España como la existencia de una mayoría de ciudadanos que se declaran católicos, justifican desigualdades de trato a favor de la Iglesia católica que no entrañarían la discriminación de quienes no son católicos.

La polémica sobre el uso público de los símbolos religiosos no ha afectado solo a Francia. En este país, como es sabido, se ha prohibido el uso público de símbolos religiosos ostentosos. Pero a veces se olvida que el Estado financia en Francia el 85% de los colegios privados religiosos, y que muchas fiestas católicas son días no laborables. Además, la prohibición se justificó en nombre de la defensa del orden público y no de la laicidad o de la libertad de conciencia. En realidad, se trata más bien de evitar la discriminación de la mujer en el islamismo radical que de limitar la presencia de la religión en la esfera pública. Pero entonces lo que habría que prohibir, más que la exhibición pública del símbolo, sería la discriminación efectiva. Sería prohibido por ser discriminatorio, no por ser religioso. Lo nocivo no es la presencia pública de la religión, sino la existencia de prácticas discriminatorias y atentatorias contra el orden público. No estaríamos ante una limitación de la libertad religiosa en favor del laicismo, sino ante la proscripción de conductas que atentan contra el orden público y el principio de no discriminación. Pero entonces el método no debería consistir en suprimir la presencia pública de todos los símbolos religiosos, sino solo de aquellos, sean religiosos o no, que entrañen una discriminación o un atentado contra el orden público. Por eso, prohibir la exhibición pública de todos los símbolos religiosos no es una solución justa.

También se invoca la neutralidad liberal a favor del laicismo militante. Pero la neutralidad absoluta es imposible. Gobernar es optar; es disponer selectivamente de recursos escasos. Pero, suponiendo que fuera posible, tampoco sería deseable. No es correcto ser neutral entre lo bueno y lo malo, o entre lo mejor y lo peor. Frente a la neutralidad liberal, cabe oponer el perfeccionismo liberal. La neutralidad absoluta no es un valor liberal. La «neutralidad liberal» entraña, de hecho, la asunción del relativismo ético. Frente a esta neutralidad extraviada y a este relativismo de hecho, hay que reconocer los bienes culturales, económicos y sociales (en definitiva, políticos) de la religión, o, al menos, de algunas confesiones religiosas.

El principio de la aconfesionalidad del Estado no entraña la asunción de la neutralidad ni del relativismo. En este sentido, una cosa es la aconfesionalidad del Estado y otra la anticonfesionalidad, el ateísmo militante. La anticonfesionalidad, propia del laicismo radical, es una opción particular frente a otras, pero no es neutral. Lo neutral no es el ateísmo. Sustituir la confesionalidad del Estado por la obligatoriedad de una concepción de la realidad laicista y, de hecho atea, no es un acto de neutralidad, ni una exigencia del liberalismo. Habermas ha puesto de relieve cómo el laicismo radical entraña una carga más dura para los creyentes, convertidos en ciudadanos de segunda, impedidos de exhibir sus creencias en la vida pública.

La aconfesionalidad no es ateísmo de Estado, sino la falta de asunción de ninguna confesión religiosa por el Estado. Pero esta obligación estatal incluye también la prohibición de asumir la obligatoriedad de una moral pública laicista. El ateísmo de Estado vulnera la aconfesionalidad del Estado, pues entraña una determinada confesión: la atea o agnóstica. Los creyentes son tan ciudadanos democráticos como quienes no lo son. Y el Estado tiene que respetar a ambos.

Estas consideraciones tienen consecuencias relevantes para la educación. Y, entre estas, se encuentra el rechazo del mito de la escuela pública única y laica como obligatoria. La libertad de enseñanza entraña la consecuencia de que los padres tienen derecho a elegir la educación moral y religiosa que han de recibir sus hijos. En realidad, los titulares del derecho a la educación son los hijos, y lo ejercen, durante su minoría, a través de sus padres y tutores.

¿Qué significa un modelo «neutral» de escuela pública? ¿Representa la «escuela laica» el ideal de modelo neutral? ¿Es verdaderamente neutral? La idea de una escuela neutral es una contradicción en los términos. Toda escuela se sustenta en un ideal de vida que hay que transmitir al alumno. No puede, por ello, ser neutral. Educar neutral-mente es lo mismo que renunciar a educar. No es posible la educación sin una idea acerca de los fines de la vida humana y acerca de la naturaleza de la persona. Por lo demás, la escuela pública única y laica es un modelo posible junto a otros que quedan postergados, pero no puede aspirar a ser un modelo general en el que todos caben. Es una opción tan poco neutral como cualquiera de sus alternativas. No cabe una educación sin valores o neutral con relación a ellos. Todo ideal acerca de la vida humana entraña la asunción de un sistema de valores y, por lo tanto, la exclusión de otros sistemas valorativos posibles.

El pluralismo es un valor inherente a las sociedades liberales, pero tiene sus límites. El pluralismo no es la otra cara del relativismo ni conduce a la anomia de la ausencia de valores. La escuela única, pública y laica no es una exigencia del pluralismo sino su patente negación. La falacia estriba en negar que, lejos de realizar el ideal pluralista, este modelo estatista lo destruye. Es una determinada opción, por lo demás opuesta a la libertad, pero, con independencia de sus posibles bondades, es un modelo determinado que niega el pluralismo. Y, desde luego, no es compatible con el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos que establece la Constitución.

Uno de los aspectos más debatidos relacionados con el laicismo y la aconfesionalidad se refiere a la enseñanza de la Religión en la escuela pública. La libertad religiosa y el principio de aconfesionalidad del Estado no entrañan la proscripción de la Religión de la escuela. Una cosa es la aconfesionalidad del Estado, principio fundamental de toda sociedad abierta, y otra la imposición del laicismo y la exclusión de la religión del ámbito educativo público. Laicismo no equivale a neutralidad liberal. Por el contrario, se trata de una determinada posición sobre la educación pública frente a otras posibles. No se trata de un punto de equilibrio equidistante, sino de una determinada opción ideológica que excluye a otras.

El valor formativo de la religión es reconocido por la mayoría de los expertos, por todos a los que no ciega la ideología. La religión no es falsa ciencia ni superstición, no es fruto del miedo, el prejuicio y la ignorancia, sino un elemento imprescindible para la formación integral de la persona. La religión es necesaria para dotar de sentido y fundamento a la realidad. Sin la dimensión religiosa, la visión general del mundo y de la vida resulta necesariamente incompleta.

Con frecuencia se invoca un argumento falaz que aboga a favor de una educación general (laicista) gratuita y defiende que el que quiera otra formación con contenido religioso, sea o no confesional, que se la pague. Pero esta solución atenta contra el principio de la libertad de elección de los padres, ya que penaliza económicamente a quienes optan por una educación religiosa.

Por otra parte, no es correcto identificar la enseñanza de la asignatura de una religión confesional con el adoctrinamiento o la catequesis. En ella no se evalúa la fe, sino el conocimiento de esa fe. Lo que se discute es la inclusión o no de la religión en el ámbito educativo general, el reconocimiento de su valor educativo o su retirada forzosa y su reclusión al ámbito de lo privado. Por otra parte, tampoco es satisfactorio el argumento puramente «culturalista» de sus partidarios que deploran, con razón, la grave amputación formativa que entraña la exclusión de la enseñanza de la religión católica, ya que incapacita para comprender las manifestaciones principales de nuestra cultura, ya que esa finalidad se puede lograr mediante una asignatura no confesional. De lo que se trata es de determinar si la religión forma parte o no de la cultura que la escuela ha de transmitir, o si, por el contrario, se trata de un epifenómeno marginal que debe quedar reservado al ámbito privado.

En conclusión, todas estas anomalías de nuestra vida pública que conducen a una desestabilización imprudente e indeseable de las relaciones entre el Estado y la Iglesia y una puesta bajo sospecha progresista de quienes profesan creencias religiosas se pueden corregir y solucionar sin más que acudir a los principios constitucionales, especialmente a la libertad religiosa, a la aconfesionalidad, que no «anticonfesionalidad» del Estado, y al respeto de los principios liberales de la convivencia.

Por supuesto, el debate va más allá de nuestras fronteras. Cabe recordar la polémica suscitada por la mención del cristianismo en el preámbulo de la fracasada Constitución europea. El texto propuesto en principio carecía de toda referencia, no ya al cristianismo, sino ni siquiera a la religión en general. Y lo más grave es que ese silencio acompañaba a la referencia a las tradiciones que, como la de la Ilustración, habían contribuido a la construcción europea. Después del aluvión de críticas justificadas, se produjo una rectificación, aunque insuficiente. El primer párrafo del preámbulo, tras la mención de los jefes de Estado de los países miembros de la Unión, quedó así:

«Inspirándose en la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho…».

El debate seguía y sigue vivo. Existían dos posiciones antagónicas. Según la primera, ni el preámbulo ni la Constitución en general deberían hacer mención alguna a Dios y al cristianismo. Según la otra, esa mención es necesaria. Entre los primeros, no dejan de encontrarse algunos creyentes. Consideran que el principio de aconfesionalidad de los Estados, la separación entre las Iglesias y los Estados, y la convivencia en Europa de personas de diferentes confesiones religiosas y ateas, aconsejan eludir cualquier referencia religiosa, con independencia de la relevancia que, sin duda, ha tenido el cristianismo en la configuración de la realidad de Europa. Algunos invocan también el laicismo al estilo francés, y otros argumentan en contra de la necesidad de incluir en el preámbulo de un texto como la Constitución europea, y a diferencia de lo que sucede con las de los Estados, referencias culturales y simbólicas. De aceptarse este último argumento, deberían desaparecer del texto no solo las referencias al cristianismo y a la religión sino también cualesquiera otras a realidades y principios culturales.

Una excelente argumentación a favor de la mención al cristianismo se encuentra en el ensayo de J. H. H. Weiler, Una Europa cristiana. Se da la circunstancia de que el autor, además de estadounidense y constitucionalista, es judío practicante. Su análisis desarrolla dos ideas fundamentales. La primera es que el cristianismo constituye un elemento central de la identidad europea y que, por ello, es ridículo llevar a cabo un debate sobre la civilización europea sin reconocer la centralidad del cristianismo respecto a esa civilización. La segunda idea es que es constitucionalmente indispensable una referencia a Dios o al cristianismo. Considera que esta referencia no constituye una violación del respeto a la libertad religiosa y propone como una buena solución el siguiente párrafo del preámbulo de la Constitución polaca:

«Con el mayor cuidado por la existencia y el futuro de nuestra patria, que ha recuperado en 1989 la posibilidad de determinar soberana y democráticamente su propio destino, Nosotros, la Nación polaca, todos los ciudadanos de la República, tanto aquellos que creen en Dios como fuente de verdad, justicia, bien y belleza, como aquellos que no comparten esta fe pero respetan esos valores universales derivando de otras fuentes, iguales en derechos y obligaciones frente al bien común, Polonia…».

En realidad, toda la argumentación en este sentido, puede basarse en los principio de la tolerancia y del pluralismo liberal, pues estos forman parte de la religión cristiana. Europa puede dejar de ser cristiana, pero si lo hace dejará de ser Europa para ser otra cosa diferente.

El laicismo no es la consecuencia del pluralismo liberal. Del laicismo radical al ateísmo de Estado apenas hay un paso. En realidad, son lo mismo. Para él, la vida pública es, de hecho, atea. Lo público, lo que es de todos, es el ateísmo; lo particular, lo religioso y confesional. El ciudadano, en cuanto tal, sería ateo. La ciudadanía democrática prescindiría de Dios. Sería una ciudadanía atea. Se trata de una falsa neutralidad y de una falsa libertad. El ateísmo recibe trato privilegiado. La libertad no postula la negación de la verdad, bajo la forma de una neutralidad entre la verdad y el error. No es lícito imponer una confesión religiosa. Pero tampoco el ateísmo. El ateísmo se viste con el ropaje de la neutralidad y cobra así ventajas ilegítimas. El ateísmo de Estado entraña una falsa neutralidad. En suma, hace trampa. Una trampa no solo antirreligiosa, sino también antiliberal. La separación entre la Iglesia y el Estado no significa la supresión de la religión en la vida pública, ni la marginación política de los creyentes. El poder temporal aspira así a suprimir al poder espiritual para poder ejercerlo él. Pero cuando ambos poderes se unen, el camino hacia el totalitarismo queda facilitado. Si todos somos libres e iguales en derechos, no pueden ser más libres los ateos que los creyentes.

Perspectivas del sector público en los próximos diez años

El sector público será lo que sean sus instituciones. En el contexto actual estas deben ser, no solo aligeradas o recortadas, sino sobre todo mejoradas y revisadas en su eficiencia.

Estos dos asertos elementales deben ser objeto de algunas precisiones. La principal es que el término instituciones se entiende aquí no en el sentido estrictamente organizativo, sino en el más amplio de formas básicas del ordenamiento jurídico y político. Además, lo institucional comprende conceptos y formas de actuación propias de la economía, el derecho y la filosofía política.

Como consecuencia de ambos matices, el término Estado de bienestar alude, a nuestro juicio, a una construcción institucional de este estilo: no es una forma (mucho menos una simple manera de organización) del Estado desde la segunda posguerra mundial a nuestros días, sino que hace referencia a la ordenación de ciertas técnicas y normas en la búsqueda de un objetivo de igualdad y de prestación de servicios públicos en favor del mayor número de personas. Que no se designa con él una forma típica del Estado se ve bien en la originaria expresión inglesa («welfare state»), la cual, lejos de referirse a un rasgo constitutivo del aparato estatal —en este sentido, incluso el término «State» es extraño a la propia tradición constitucional británica—, hace referencia al modo de construir y desarrollar, desde múltiples perspectivas, ese conjunto de prestaciones sociales.

Hechas estas advertencias y antes de adentrarnos en el análisis institucional propiamente dicho (dónde estamos y hacia dónde se dirige el sector público), es necesario añadir que es difícil hacer predicciones certeras. En un artículo recientemente publicado en la Public Administration Review a propósito del futuro de la administración pública en los Estados Unidos en el horizonte del 2020, los profesores O’Leary y Van Slyke comienzan con un recordatorio de algunas de las más célebres profecías económicas y tecnológicas fallidas: desde aquellos que aconsejaron a Philip Reis, socio de Graham Bell, que desistiese de inventar un aparato para transmitir el sonido pues «no tenía futuro» (1861), hasta el escepticismo con que IBM y Kodak recibieron el invento de la xerografía por Chester Carlton (1938), pasando por la legendaria afirmación de quien llegaría a ser director de la oficina de patentes y marcas estadounidense, Charles Duell, quien en 1899 abogó por su cierre sentenciando que «todo cuanto podía inventarse, estaba ya inventado». En el ámbito de la economía y del derecho, causan particular asombro las opiniones de Adam Smith y Rudolf Ihering cuando, refiriéndose el primero a las «joint stock companies» y el segundo a las sociedades por acciones, expresaron respectivamente —con un siglo de diferencia— su desconfianza sobre el porvenir de tales figuras, considerando el primero que las compañías heredadas del Antiguo Régimen no encontrarían acomodo en el nuevo sistema económico, en tanto que el insigne jurista alemán opinaba que «la sociedad por acciones, en su forma actual, es una de las instituciones más imperfectas y más funestas de todo nuestro derecho» (cfr. el artículo de J. M. Gondra «El control del poder de los directivos de las grandes corporaciones» en la Revista de Derecho Mercantil, núm. 269, 2008).

Alentados por el fracaso de estos ilustres precedentes, nos atrevemos a trazar algunas de las previsibles líneas de reforma del sector público en los próximos años.

Para ello, partimos —como se ha dicho— de la múltiple consideración que los términos Estado de bienestar y sector público ofrecen desde los puntos de vista político, jurídico, económico y presupuestario. Después se hará un breve repaso de las líneas de tendencia en la revisión del sector público en los Estados Unidos de América, en Europa y en España, en particular. Todo ello esperamos que arroje algunas conclusiones en torno al modo de plantear ciertas reformas de calado en estas materias.

La primera y más obvia consideración que debe hacerse sobre la política social del Estado es que esta ha estado siempre presente entre sus fines. Es un tema clásico de la filosofía política el de la justicia distributiva y los límites con que el Estado, en virtud del principio de subsidiariedad, puede inmiscuirse con más o menos extensión en la vida de los ciudadanos para garantizar un cierto nivel de asistencia mínima. Es, además, un debate vivo en el pensamiento político actual, en especial en el ámbito de la doctrina norteamericana: el lugar común es aquel del que parte, entre otros, Michael Walzer cuando afirma —aun reconociendo que se dirige a estudiar las exigencias de la justicia distributiva en los Estados Unidos de hoy (Justicia aquí y ahora, 1986, publicado en Pensar políticamente, selección D. Miller, trad. Albino Santos, ed. Paidós, Madrid, 2010)— que «todo Estado del que he tenido conocimiento en el estudio de la historia y de la política comparada se ha dedicado en algún sentido […] al bienestar de su propia población»; después —y este es, sin duda, el quid de la cuestión siempre y en todas partes— «las cuestiones más concretas de las que [los Estados] deberían ocuparse dependerán ya de la cultura política local y de la concepción compartida de la vida social que allí se tenga» (en virtud, añadimos, de las exigencias de justicia y dignidad de la persona, en su caso constitucionalizadas); «[n]uestro Estado del bienestar, por ejemplo —concluye—, pone eminentemente el acento en el bienestar físico y la longevidad de la vida de sus ciudadanos». Desde otro punto de vista, y en una síntesis que ha ganado justa fama por la sencillez de sus planteamientos, lo recuerda Michael San-del: «Preguntar si una sociedad es justa es preguntar por cómo distribuye las cosas que apreciamos: ingresos y patrimonios, deberes y derechos, poderes y oportunidades, oficios y honores. Una sociedad justa distribuye esos bienes como es debido: da a cada uno lo suyo. Lo difícil empieza cuando nos preguntamos qué es lo de cada uno, y por qué lo es». De hecho, los debates importantes y de fondo giran en torno a las «discrepancias acerca de qué significa maximizar el bienestar, respetar la libertad o cultivar la virtud» y a qué debe hacerse cuando estos ideales entran en conflicto (Justicia, trad. Juan Pedro Campos, ed. De Bolsillo, 2012).

Sin entrar aquí en tales debates, es de señalar que, desde un punto de vista diacrónico, el crecimiento del sector público ligado a una concreta forma del Estado de bienestar ha discurrido en Europa por ciertos cauces ideológicos y políticos que, en una pincelada, pueden resumirse en el neoliberalismo, la teoría de la modernización (el crecimiento hasta el límite y el Estado de bienestar «maduro»), la socialdemocracia al estilo sueco y danés de los años sesenta y setenta y, hoy, la influencia de la globalización y la revisión de ciertas formas del sector público.

Lejos de nuestra intención, sin embargo, reducir toda la influencia política e ideológica a un mero juego de decisiones políticas. Hay, debe haber, en el diseño del sector público y del espacio para las políticas del bienestar, una delimitación clara y estable de las normas por las que se rige el sistema. En España, «Estado social y democrático de Derecho», se encuentra constitucionalizada la llamada cláusula transformadora según la cual «corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas» (artículos 1.1 y 9.2 de la Constitución); y en otros muchos preceptos que regulan los derechos fundamentales, los derechos y deberes cívicos y los llamados principios rectores de la política social y económica laten ideas nucleares de libertad, igualdad y equidad: en el ámbito educativo, junto al sistema de educación básica obligatoria y gratuita, el reconocimiento de la «libertad de enseñanza» y «libertad de creación de centros docentes», junto con el derecho de los padres «para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones» y la posibilidad de intervenir —con los profesores y alumnos— en el control y gestión de los centros sostenidos por la Administración con fondos públicos; en el del gasto público, el criterio de «asignación equitativa de los recursos públicos»; los mandatos a los poderes públicos, en fin, de mantener «un régimen público de Seguridad Social para todos los ciudadanos, que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo», de tutela de la salud pública «a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios» —con los correlativos derechos y deberes cívicos al respecto— y de garantizar, «mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad» (artículos 27, 31, 41, 43 y 50 de la Constitución, respectivamente).

Puede verse en todo ello, según ha dicho Ariño Ortiz en el contexto de las instituciones económicas basadas en el interés general (Empresa pública, empresa privada, empresa de interés general, ed. Thomson-Aranzadi, Madrid, 2007), una antropología que fundamenta el orden económico y social, la cual debe conducir a reconocer una serie de libertades concretas a los ciudadanos, como las de elegir el centro educativo para sus hijos, la protección sanitaria que les inspire más confianza, la libertad de decidir el destino social, cultural o religioso de una parte de su dinero o la de organizar la propia vejez, etcétera, «[t]odo ello, naturalmente, sin tener que pagar dos veces la misma cosa (sanidad pública y sanidad privada, educación pública y educación privada, pensión pública y pensión privada, etc.)».

En una perspectiva económica, y ciertamente premonitoria de los problemas que hoy se muestran de forma acuciante, González Páramo resumía toda una panoplia de medidas en su trabajo «De recortes y reformas del Estado de bienestar: el papel de la gestión pública» (en la obra dirigida por Muñoz Machado, García Delgado y González Seara Las estructuras del Estado de bienestar en Europa, ed. Escuela Libre Editorial, Civitas, Madrid, 2000). Se trata, ante todo, de «reconvertir la actuación de los gobiernos» para hacer frente a las nuevas fuerzas de cambio que operan sobre las antiguas estructuras de aquél: «la situación sociodemográfica, el entorno económico internacional y los costes de ineficiencia de la intervención estatal». Sin repasar aquí todo el elenco de las fórmulas propuestas, solo quiere dejarse constancia de la abundancia de técnicas que forman parte, por así decir, del arsenal institucional económico y de gestión pública común y cuya utilidad fue apuntada antes del vigente contexto de crisis económico y financiera, como parte de ese necesario remozamiento del Estado de bienestar: así, como parte de los llamados mecanismos cuasi-competitivos y de mercado, las «tasas o tiques moderadores del consumo o copagos» (que tratan de repercutir a los consumidores de servicios públicos una parte del coste); los vales, bonos o cheques como transferencias de suma limitada «que solo pueden hacerse efectivas al adquirir bienes o servicios específicos cuya oferta es susceptible de ajustarse —en cantidad o calidad— a las demandas ciudadanas», siendo sus aplicaciones más frecuentes los servicios sociales, el sistema educativo (vales de guardería, cheque escolar para primaria y secundaria) y los gastos fiscales; incentivos monetarios al desempeño eficiente (contratos-programa), los mercados de derechos, el uso de la contratación externa y un largo etcétera.

Una vertiente a caballo entre lo económico y lo jurídico sería la presupuestaria, de especial interés por cuanto es precisamente en este campo donde nace en el derecho español la denominación técnica «sector público», hoy extendida en diversas normas que tienden a concebirse en términos económicos y de resultados, con frecuencia por imperativos del derecho de la Unión Europea (legislación de contratos públicos y legislación de estabilidad presupuestaria, así como las cláusulas de responsabilidad por incumplimiento del derecho comunitario). El sector público, en este sentido, siempre ha sido objeto de una intensa regulación presupuestaria, la cual mantiene no obstante importantes distinciones entre la Administración y la Hacienda tradicionales y otras formas de actividad económico-financiera de entes del sector público, que difieren en la configuración de la mayoría de las instituciones financieras (presupuesto, contabilidad, tesoro o recursos financieros y control); convirtiéndose así en un índice fundamental para conocer —y limitar— la creación de entes instrumentales, lo cual entronca todavía más ampliamente con la necesaria reforma organizativa y la evitación de duplicidades en las competencias de las administraciones (no solo en el nivel instrumental, sino también y primariamente en el de los entes territoriales). Por último, la reforma que introduce el nuevo artículo 135 de la Constitución imponiendo a los poderes públicos una prohibición de déficit estructural y límites al endeudamiento público, desarrollada en sus aspectos esenciales por la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera —norma que pasa a integrar el llamado bloque de la constitucionalidad—, es indudablemente una pieza central en todo este entramado.

Apuntadas algunas de las claves para una renovación de las instituciones del sector público, veamos qué está ocurriendo en la prospectiva del Estado de bienestar y de la reforma administrativa en la política comparada y española.

Pueden encontrarse, ante todo, algunos problemas comunes a ambos lados del Atlántico. Así, el del crecimiento de la deuda pública, debido en gran parte al incremento de la edad de la población y a las consecuentes repercusiones sobre los servicios públicos y los sistemas de pensiones; que necesariamente ha de llevar a ajustes en las políticas fiscales para asegurar la estabilidad monetaria y el crecimiento a largo plazo, así como el control riguroso del déficit. En segundo lugar, en EEUU y en Europa es otra señal común la llamada a la «desburocratización» y a la introducción de lo que se han llamado mecanismos de privatización interna, esto es mecanismos de mercado (o cuasi-competitivos) dentro de las estructuras del sector público.

Todo ello, en tercer lugar, puede verse en el contexto concreto de la crisis financiera y la necesidad de aplicar ciertas reformas, paradigmáticamente en el caso de Suecia, como país que afrontó la necesaria revisión del modelo nórdico del Estado de bienestar, el cual se mostraba insostenible a partir de los años noventa. La experiencia ha sido descrita en primera persona por quien fuera ministro de Finanzas y después primer ministro durante diez años (1996-2006), con el partido socialdemócrata, Göran Persson (en la excelente entrevista concedida a Alistair Levy y Nick Lovegrove: «Reforming the public sector in a crisis: an interview with Sweden’s former prime minister», McKinsey Quarterly, 2009, núm. 3). Entre los elementos a destacar —recuérdese que, al término de su mandato, Suecia había reducido casi a la mitad su deuda pública, situándola en torno al 40% del PIB—, Persson subrayaba una triple estrategia: la liberalización de ciertos sectores (tales como telecomunicaciones, servicios postales, transporte ferroviario y otras infraestructuras), la amplia penetración de las tecnologías de información y la introducción de un programa de educación universitaria para adultos, combinado con medidas de empleo. Un prerrequisito para la implantación de todas estas reformas fue, desde luego, el saneamiento del sistema financiero y el programa de reducción del gasto público. En fin, un elemento muy destacable para el que fuera primer ministro sueco era su concepción del liderazgo para implantar estas medidas: no uno basado solo en visión de futuro e ideas, sino aquel que asegure que una organización pública transparente puede producir buenos resultados en su trabajo diario, no un año sino una y otra vez repetidamente, aun actuando bajo fuertes presiones externas; algo que también desde los EEUU se relaciona con la importancia de actuar estratégicamente, conjuntamente los gobiernos junto con otros actores, mediante una fuerte innovación en las técnicas de gestión pública.

Sin tiempo para detenernos en otras reformas estructurales en el plano europeo, debe aludirse a las medidas adoptadas en España en relación con políticas del Estado de bienestar (además de otras, también con carácter de requisito previo como en el caso sueco, que afectan al mercado laboral, el sistema financiero, la estabilidad presupuestaria o la tímida reforma de algunos aspectos del funcionamiento administrativo contenida en el proyecto de ley de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno).

En el ámbito sanitario, ha concentrado diversas y relevantes reformas el Real Decreto-ley 16/2012, de 20 de abril, de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud (SNS) y mejorar la calidad y seguridad de sus prestaciones: parte del diagnóstico —que figura ya en el mismo título— de que ciertos problemas («la ausencia de normas comunes sobre el aseguramiento en todo el territorio nacional, el crecimiento desigual en las prestaciones del catálogo, la falta de adecuación de algunas de ellas a la realidad socioeconómica y la propia falta de rigor y énfasis en la eficiencia del sistema») han conducido a una situación de dificultad económica sin precedentes del SNS y de un «insostenible déficit en las cuentas públicas sanitarias». En particular, se tratan de paliar estos defectos y de mantener una asistencia sanitaria universal, pública y gratuita modificando los requisitos de la asistencia sanitaria en España (al objeto de evitar descoordinaciones entre los servicios de salud autonómicos y homogeneizar la cobertura sanitaria), procediendo a una categorización de la cartera de servicios del SNS y creando el Fondo de Garantía Asistencial, y mediante la introducción de medidas relacionadas con la prestación farmacéutica (nuevo artículo 94 bis de la Ley 29/2006, de 26 de julio, de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, que distingue diversos niveles de aportación de los usuarios y sus beneficiarios en la prestación farmacéutica ambulatoria).

Al momento de redactar este artículo, se habían dado a conocer, por otra parte, las líneas básicas de un anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa y —como iniciativa conjunta de los ministerios de Educación y Empleo— las de un proyecto de real decreto por el que se desarrolla el contrato para la formación y el aprendizaje, y se establecen las bases de la formación profesional dual. Del primero se han destacado como esenciales aspectos cuales son la introducción de evaluaciones adicionales en ciertos cursos de Primaria; la necesaria superación de una evaluación final que se realizará al final del cuarto curso de la ESO para obtener título de graduado en Educación Secundaria Obligatoria y la sustitución de la Prueba de Acceso a la Universidad por una evaluación de final de Bachillerato de ámbito nacional; la modernización de la Formación Profesional de Grado Medio; así como el reforzamiento de la autonomía de los centros para diseñar e implantar métodos pedagógicos propios, la posibilidad para las Administraciones educativas de concertar con centros de educación diferenciada por sexos (siempre que cumplan los requisitos de la Convención relativa a la lucha contra las discriminaciones en la esfera de la enseñanza) y la exigencia de certificación acreditativa de haber superado un curso de formación sobre el desarrollo de la función directiva como requisito para los nuevos directores de centros.

Es aún pronto para inferir consecuencias sobre cómo quedará diseñada finalmente la revisión del Estado de bienestar que da título a estas líneas. Sí parece claro que, dentro de una idea general de reforzamiento en la eficiencia de servicios esenciales, se abren modelos que conjugan la financiación pública con técnicas de gestión que admiten en gran medida la presencia del sector privado: separación de financiación pública y gestión pública, ha escrito Ariño Ortiz en la obra antes citada, que obviamente conlleva que «todas esta actividades y servicios (educación, sanidad, pensiones, asistencia social, deporte y ocio, etc.) seguirán básicamente apoyadas en fondos públicos, por los que deben competir en igualdad de condiciones tanto entes públicos como privados, organizaciones no gubernamentales y cooperativas de servicios», con lo que un sector público más eficiente permitiría al Gobierno concentrarse en los temas nucleares manteniendo la capacidad de dirigir y controlar tales servicios.

Se erigen así en cuestiones clave la delimitación de competencias y la implantación de nuevos modelos de financiación a la hora de prestar servicios esenciales en la sociedad y en el Estado de bienestar, materias que requieren un conocimiento de las instituciones que pueda conducir a una reforma duradera de su eficiencia. Tal es el reto de los próximos años del sector público: si este pronóstico fracasara tanto como el de Adam Smith sobre las sociedades de capital con el que dábamos comienzo a este artículo —lo que sinceramente esperamos que no suceda—, solo nos restaría el deseo de que los comentarios y orientaciones que lo acompañan resultasen tan útiles como fueron los suyos a la hora de alumbrar un nuevo sistema.

Conectados. El sorprendente poder de las redes sociales y cómo nos afectan

Hace casi dos décadas que venimos experimentado los efectos de una tecnología cada vez más poderosa y compleja, que ha logrado que estemos más conectados que nunca. En el núcleo de esta nueva realidad se encuentra la idea de la red, esto es, la forma en la que una serie de elementos de cualquier naturaleza (tangibles o intangibles) se conectan unos con otros de forma manifiesta o velada. El comportamiento de la mayoría de los sistemas complejos, desde la célula a Internet, es producto de la actividad organizada de sus elementos, lo que, a un nivel muy abstracto, se reduce a una serie de nodos conectados entre sí, que es lo que constituye una red o, en lenguaje matemático más formal, un grafo. La estructura de una red puede descubrirse en infinidad de ámbitos, desde la conducta de las hormigas hasta el sistema de transporte público, pasando por las relaciones familiares o las vías metabólicas.

Desde que el hombre habita la Tierra, las redes sociales no han hecho otra cosa que crecer en número y, sobre todo, en complejidad, lo que está dando lugar a ciertas paradojas. Como el hecho de que la tecnología disponible para el transporte y la comunicación esté debilitando las redes sociales más cercanas, mientras que fortalece las más distantes. Baste con pensar a quién hacemos más caso, a nuestro acompañante o a nuestro teléfono.

Hoy sabemos que el comportamiento se transmite a través de la interacción social y que muchos de nuestros hábitos inciden en la salud. Pero Christakis y Fowler (médico y sociólogo, respectivamente) en su original libro Conectados dan un paso más, nos descubren cómo las redes sociales —en el sentido clásico del término— afectan a nuestra salud. La historia de este libro comenzó cuando ambos investigadores se propusieron buscar una explicación más social para la epidemia de obesidad que invade al llamado «primer mundo», llegando a la conclusión de que aquella puede contagiarse de persona a persona. Su análisis reveló que la probabilidad que tiene un individuo de hacerse obeso aumenta un 40% si su hermano o cónyuge desarrolla una obesidad, y un 171%, si es un amigo (aunque viva lejos). La gran aportación de esta investigación ha sido llamarnos la atención sobre el papel que juega la red social en la obesidad y otras patologías. A este proceso de ascendiente social se le denomina «contagio», por el parecido que guarda con la transmisión de las enfermedades infecciosas.

Conectados nos describe (y explica) distintos fenómenos de contagio en las redes sociales, desde el suicidio (ahí está el efecto Werther que tanto hizo sufrir a Goethe) hasta ciertas formas de prácticas sexuales (descubriéndonos cómo algunos adolescentes llegan a tener relaciones sexuales con varias decenas de colegas, actuando como hubs de enfermedades de transmisión sexual); pasando por la felicidad (según los autores, es más fácil ver a una persona feliz si tiene amigos y familiares felices que si recibe un ingreso extra de 10.000 dólares), la lumbalgia (desde la caída del muro de Berlín, el lumbago se ha hecho tan frecuente entre los alemanes orientales como lo era entre sus compatriotas occidentales), o la secreta influencia entre los espectadores de un encuentro deportivo que de manera espontánea, sin ensayo previo, se ponen a hacer algo tan armonioso como la ola.

Un tema crucial es saber a qué llamamos un grupo humano y para responder a esta cuestión se apoyan en las investigaciones del primatólogo Robin Dunbar. En general, los hombres, como los animales, solo pueden mantener la cohesión e integridad de grupos que no superen la capacidad de procesamiento de su neocórtex cerebral. Pero en nuestro caso particular, la cosa es algo más compleja porque nunca —al menos hasta ahora— vemos por la calle a grupos de humanos espulgándose y aseándose unos a otros, como es costumbre entre los primates. Distintas investigaciones han llegado a la misma conclusión, el cerebro humano maneja con comodidad 150 personas (numero de Dunbar), esto es, el tamaño de un manípulo o una compañía moderna, gracias a la ventaja que supone el lenguaje, que nos permite interaccionar simultáneamente con varias personas, mientras que solo podemos espulgar al mismo tiempo un solo individuo. Pero al haber trasladado nuestras redes del mundo real al electrónico, gracias a los dispositivos digitales, no solo hemos fracturado el número de Dunbar, sino también la forma en la que tradicionalmente nos hemos relacionado.

Redes sociales: de metáfora a paradigma

Aunque siempre se la ha presentado como la metáfora de la captura, de la pérdida de libertad, del estar y sentirse prisionero, en nuestros días la red ha pasado a ser la imagen del devenir existencial de quien, migrando a través de los círculos sociales que progresivamente se van haciendo más amplios y flexibles, encuentra en la multiplicidad de las pertenencias la clave de la propia identidad. Fuerza y debilidad, complejidad y fragmentación no son más que las polaridades extremas de una identidad múltiple, una identidad que puede recomponerse y reinventarse, una y otra vez, en la figura del navegante, del ciudadano, del extranjero, del solitario. Resultados inesperados de un complejo juego de escenarios y conexiones, aproximaciones y distanciamientos, que siempre contempla al actor social en el rol de jugador y marioneta que conjuntamente produce y reproduce con la acción el sistema de interdependencia del que forma parte.

A partir de las aportaciones ofrecidas por el análisis estructural, que representa una nueva y diferente grafía de plantear preguntas sobre cómo y por qué funciona la sociedad, una mirada que se conecta directamente a la tradición sociológica de Simmel y Von Wiese, en esta obra se reconstruye el recorrido teórico y empírico que ha conducido a la maduración de una nueva forma de leer la sociedad: el paradigma de redes, representación y esencia de la relación social. Sobre él hay que apuntar, como muy bien hacen los profesores Herrera y Barquero, que constituye un estilo de plantear preguntas y buscar respuestas que no es típico y exclusivo del análisis estructural. Teorías del intercambio y teoría relacional se mueven, con sus correspondientes diferencias, en el mismo horizonte. Ambas pretenden producir representaciones que sean adecuadas para comprender una realidad que cada vez es más relacional y menos describible como sistema coherente hecho de partes y subsistemas jerárquicamente ordenados.

Ahora bien, dentro del recorrido teórico realizado, se presta una particular atención a la teoría relacional. Según Herrera y Barquero esta última se propone como un preciso y nuevo planteamiento cognitivo, caracterizado por específicas asunciones de relevancia, juicios de hecho (teorías científicas verificables) y juicios de valor (valoración de los hechos y teorías según un cierto sistema de valores). El elemento que marca la discontinuidad entre el paradigma de redes, tal y como ha sido reconstruido a partir de las reflexiones estimuladas por las teorías estructurales y del intercambio, y el planteamiento relacional, viene dado por la asunción filosófica de que el hombre es, ontológicamente, animal político. ¿Qué significa esto? Que es un ser viviente naturalmente social. La relación social —objeto, a pesar de que muchos lo nieguen, de la sociología— aunque ontológicamente determinada, tiene una cierta autonomía respecto al individuo. Sin embargo, y todo hay que decirlo, no es una realidad que existe prescindiendo de los individuos. La relación social tiene una naturaleza que existe solo por y en los individuos, sin embargo, posee su realidad autónoma, derivable de la modalidad con que los individuos se relacionan recíprocamente. Ya que la relación social, que vive por y en los agentes, está intrínsecamente constituida por actos que siempre están dotados de sentido y determinados estructuralmente, se deriva —como juicio de valor— que cualquier fenómeno o comportamiento social que sea desequilibrado en uno o en otro sentido es asumido como indicador de patología social y de crisis.

Las investigaciones sobre las redes de apoyo como redes de redes de relaciones, el estudio de la familia según una perspectiva de redes que se sitúa más allá de la dialéctica entre acción y estructura, las reflexiones sobre el tercer sector —el gran desconocido de las sociedades avanzadas— y sobre la pluralización del care system en los programas de welfare, la actualización y puesta a punto, en el campo de los servicios a la persona, de nuevas metodologías de intervención etiquetables como «intervenciones de redes», y la misma difusión de una terminología de tipo reticular (amplitud, densidad de las redes, redes de apoyo, ubicación en red de los servicios, etc.), pueden ser considerados como algunos de los múltiples y fructíferos ejemplos de la maduración de esta nueva y diversa forma de leer la realidad social.

En el nuevo paradigma, el concepto de sistema es sustituido por el concepto de red, un concepto en el que la relación se convierte en un eje fundamental. No debemos de olvidar, tal y como señalan los autores de esta obra, que la relación es la clave para entrar y salir de la realidad, esta es la llave que nos da acceso y nos permite abandonar los diferentes escenarios que componen el mundo que nos rodea. Junto a ello hay que apuntar que no elimina los términos que liga, al contrario, los investiga y explica. Aunque hay que tener presente que también han aflorado ciertas formas de relacionismo que, en buena medida, suponen la propia disolución de dichos términos o polos. La relación es un «concreto», no una pura abstracción (forma o comunicación). Esto es, algo específico. Tal conjunto (pensamiento-y-realidad) relacional solamente in extremis es dicotómico (ambivalente, dual, etc.) o confuso: normalmente tiene una estructura de redes, conecta, liga, crea interdependencias; lo que conlleva tensiones y conflictos relacionados. Las normas (y reglas) son una forma absolutamente necesaria e inevitable para regular «normalmente», es decir, en condiciones no extremas, las contingencias de situaciones y acontecimientos que, en lo social, no están en ningún momento determinadas a priori.

El volumen se dirige a todos aquellos estudiantes del área de las ciencias sociales que desean profundizar en los nuevos planteamientos cognitivos. También a los profesionales del campo de los servicios de bienestar y del tercer sector, interesados en experimentar nuevas formas de programación y gestión de los servicios que respondan a las exigencias de una sociedad que cada día es más relacional.

Con la esperanza de que tales objetivos de claridad se hayan alcanzado y que las frecuentes «puntualizaciones» no se contemplen como un exceso de pedantería, los autores consignan este trabajo al juicio de los lectores. En particular a estudiantes y jóvenes que sienten y viven la fascinación de las nuevas «navegaciones» telemáticas, metáforas por excelencia del estar y ser «aquí y ahora, con quien sea y donde sea» en la red y mediante la red, nuevos pilotos que deben confiar en nuevos «mapas» para sobrevivir como robinsones en un mundo marcado por la incertidumbre que es una red de redes de relaciones.

Preámbulo

Decía Ortega que la realidad es permeable. Dúctil al conocimiento, a la estructura dinámica e interactiva que se genera permanentemente entre el individuo y su entorno, su «circunstancia». ¿Cuál es la circunstancia con la que debemos contar en los próximos años, qué tendencias de futuro se vislumbran en el horizonte inmediato? Para analizar la realidad en la que nos estamos moviendo, es preciso verla en su perspectiva, en su kairós, y sentar las bases para obrar en consecuencia.

No puedo por ello sino coincidir plenamente con Alejandro Llano cuando afirma en este número de Nueva Revista dedicado a reflexionar sobre nuestro futuro próximo que lo que necesitamos en España es una «cultura de lo nuevo». Un pensamiento vital y lúcido que no ceda ante los agoreros y los cinismos de uno u otro signo; tampoco ante la hipercrítica que acaba siendo autodestructiva porque se alimenta de una innecesaria dosis de frustración. No. Resulta patente que como pueblo somos capaces de remontar las situaciones más desfavorables. La omnipresencia de la crisis parece en ocasiones no dejarnos ver todos los elementos positivos con los que cuenta este país, y que cualquier mirada desapasionada desde el exterior confirma enseguida: una extraordinaria historia y cultura, una lengua universal, una presencia empresarial de peso en los cinco continentes, un capital humano de primer nivel, unas incomparables dotes para imaginar soluciones con rapidez y creatividad…, incluso, a pesar de su indudable necesidad de modernización y adaptación, unas instituciones que han hecho posible el mayor periodo de estabilidad y prosperidad relativa de nuestra historia.

Esas instituciones y ese sistema político precisan de una acelerada remoción y capacidad de innovación si pretendemos que sigan siendo eficaces. Los nubarrones que se ciernen sobre el horizonte son bien ciertos, nadie podría desdeñarlos. Pero la solución, lejos de aplicar la piqueta y abandonar la tarea, es renovar el compromiso con el interés general y con nuestro futuro.

Ese futuro está ya ahí, y lo que hacen las páginas que el lector tiene en sus manos es pensar sobre sus posibles líneas de trazado, examinar los datos, establecer previsiones basadas en comparaciones fehacientes, sugerir escenarios y alternativas, en algunos casos, avanzar soluciones. En su diseño inicial se optó por no establecer una metodología homogénea para las diferentes aportaciones, ni se ha buscado seguir las directrices de ninguna de las diferentes Escuelas u orientaciones que con mayor o menor éxito se han aventurado en el camino de las previsiones de tendencias. Más bien, lo que se hizo fue buscar un grupo de colaboradores que plasmaran su pensamiento, que volvieran a pensar en común sobre unos temas escogidos, en el marco de la comunidad intelectual y abierta que ofrece esta renovada Nueva Revista, tan fiel al espíritu liberal y siempre comprometido con el cultivo serio y sistemático de la política, el arte y la ciencia, de su fundador, el muy recordado Antonio Fontán.

Ahí se encuentra el núcleo regenerador de la vida social, en esa radical identificación con la cultura como medio de revitalizar, de nutrir de nuevo, de superar cualquier tendencia al pesimismo o el abandono. Hay que actuar comprometiéndose, seguir reflexionando sin descanso y en profundidad.

Estas vuelven a ser palabras imprescindibles en este momento decisivo de España y de Europa. No cabe argumentar que no hay espacio posible o que todo se ha dicho ya o que lo que se dice y escribe solo clama en el desierto. Hay que seguir comprometiéndose. Con la innovación por la cultura. Con la realidad del país, con sus inmensas posibilidades, con la búsqueda de soluciones en común.

Para ello nos hemos planteado analizar en primer término una variable tan fundamental para los próximos años como la demográfica, y nadie mejor que Rafael Puyol para plantearse el interrogante cuantitativo, y, sobre todo, el cualitativo: ¿Cuántos seremos hacia el año 2050?, y, más importante, ¿cómo seremos? Y una respuesta nítida: seremos bastantes más, pero no tantos como pensábamos. Un mundo notablemente envejecido en todas partes, dominado por la movilidad y que vivirá principalmente en ciudades.

Pero, ¿viviremos mejor? A esa pregunta crucial van dando posibles contestaciones los siguientes artículos. El de Ignacio Molina, sobre el lugar de España en el mundo, se plantea la cuestión desde la perspectiva de la pervivencia de los valores de libertad, democracia y Estado de derecho en un mundo en el que la población europea apenas superará el 5% del total mientras dos tercios del planeta se concentrarán en Asia. Y el del gran especialista que es Fernando Delage, sobre hacia dónde va China, tan necesitada de reformas institucionales e ideológicas si verdaderamente desea asumir sus nuevas responsabilidades mundiales. Una nueva estructura del poder a escala planetaria que requerirá, como desarrolla Rafael Domingo, una nueva rule of law global, un orden jurídico integrado basado en la subsidiariedad y en la solidaridad de cara a la preservación de un creciente número de bienes públicos globales.

¿Implica ese contexto y el de la actual crisis económica una revisión, o acaso una refundación del capitalismo sobre nuevas bases? ¿Cuál es el papel futuro del Estado, la divisoria entre sector público y privado? Ese es el mihura al que se enfrentan las contribuciones, primero en perspectiva histórica, de Agustín González Enciso; más adelante, con la propuesta de una estrategia global para España basada en el conocimiento intelectual y la innovación por el cambio, Antxón Sarrasqueta; y desde una revisión del Estado de Bienestar que suponga una fuerte innovación en las técnicas de gestión pública, en tercer lugar, por parte de Pablo García-Manzano.

El muy esclarecedor artículo de José Luis González Quirós aborda el problema central de la crisis de la representación política, y el de Guido Stein, el no menos determinante del liderazgo. Me quedo con varias de sus conclusiones. Por ejemplo, que no existen atajos para mejorar la representación y legitimidad políticas en nuestras sociedades si lo que se pretende es aminorar de manera irresponsable el principio de gobernabilidad democrática. Pero también que no cabe duda de que la exigencia de los ciudadanos de recuperar los destinos de su nación frente al aumento de la influencia del poder público hace perfectamente verosímil la frase de Clint Eastwood en la Convención Republicana de septiembre de este año (que yo tuve la ocasión de escuchar en vivo): «We own this country».

Esta reapropiación de nuestro destino, de nuestro futuro, es un ejercicio de responsabilidad y compromiso que tiene mucho que ver con el liderazgo. Cuando muchas personas lo están pasando mal de veras, es el momento para mostrar —como afirma Guido Stein— que es posible afrontar el futuro con ilusión a base de esfuerzo y que toda situación tiene salida. El camino es alimentar las oportunidades a base de trabajarlas, extrayendo todas sus potencialidades, a la vez que se aprende a convivir, sobrellevándolas, con las circunstancias irresolubles.

Otro capítulo esencial es el del papel creciente de la religión en el espacio público, cuestión a la que se enfrenta con su habitual elegancia intelectual Ignacio Sánchez Cámara, y para cuyo análisis aporta datos definitorios sobre el mapa de la creencia e in-creencia en el mundo actual José Grau. Un somero, pero muy atractivo, apunte de José Gabriel López Antuñano sobre los derroteros del arte dramático, en los que ocupa un lugar clave la experiencia de la intensidad de la presencia que caracteriza a los nuevos existencialismos radicales y escenografías postmodernas —frente a la representación dramática tradicional— muestra en realidad la necesidad de que un futuro número de Nueva Revista se centre en exclusiva en las nuevas tendencias en arte dramático y figurativo.

Por último, se concede un espacio significativo a las tendencias en ciencia y tecnología, de la mano de especialistas tan singularmente cualificados como César Nombela, quien señala como ejes de esa dinámica la continuada preponderancia de las ciencias de la vida, el tratamiento de la complejidad y la relevancia de la bioética, mientras Karim J. Gherab Martín describe muy ilustrativamente el interesante fenómeno de la incidencia de la innovación tecnológica sobre la modificación de las conductas. Se complementan estos artículos con una excelente entrevista de Miguel Ángel Gozalo al presidente del CSIC y las recensiones de tres libros dedicados a las redes sociales y cómo a través de ellas se generan nuevas identidades y sociabilidades.

En suma, el lector tiene ante sí un rico menú de análisis sobre tendencias de futuro y sugerencias para su aplicación de cara a una posible estrategia como país. No un trazado rectilíneo, sino fecundas incitaciones a seguir reflexionando.

Globalización, crisis económica, potencias emergentes… diez años decisivos para la transformación del mundo

Con prólogo de S.A.R. el Príncipe de Asturias, el Real Instituto Elcano y Marcial Pons publican este volumen conmemorativo por los diez años transcurridos desde su fundación. La obra recoge las aportaciones de los especialistas que participaron en el foro realizado en el Museo del Prado el 20 de junio de 2011, con motivo del aniversario de la institución, cuyo tema de debate fue La crisis económica y las potencias emergentes: ¿hacia un nuevo orden internacional? La presentación corre a cargo de Gustavo Suárez Pertierra, expresidente del Real Instituto Elcano, quien destaca la creciente complejidad del orden internacional y las diversas tendencias y retos que surgen a raíz del fenómeno de la globalización. Además, señala la proliferación de actores no estatales que «en ocasiones son más influyentes» que el propio Estado, entre ellos: las grandes multinacionales, los medios de comunicación, ciertas ONG de ámbito trasnacional e incluso «algunas organizaciones terroristas» que «actúan en red o se comportan como franquicias». Este escenario multipolar, a manera de novus ordo seclorum, difumina el poder transformando los canales tradicionales de organización. El cambio de las reglas de juego también se refleja en la creciente relevancia de Oriente como eje de la geopolítica global y en el «retorno al pasado» que equipara la potestas de Occidente con el resto del mundo, a través de una gran convergencia económica. Tal proceso de confluencia, aunque por ahora no se traduce en una regeneración política, poco a poco influye en el orden internacional.

Siguiendo la línea analítica de la presentación, los estudios que recopila la primera parte del volumen navegan entre el diagnóstico del problema y la construcción de la solución, rescatando siempre la dimensión participativa de los actores en tanto potencias, ya sean emergentes o consolidadas. Así, por ejemplo, los estudios de Robin Niblett (Algunas reflexiones sobre las consecuencias de la crisis actual), Narcís Serra (La crisis económica y las potencias emergentes: ¿Hacia un nuevo orden internacional?), VairaVie-Freiberga (El lugar de la Unión Europea en un nuevo orden internacional), Sun Xuefeng (Los dilemas de una China en ascenso) y María Emma Mejía (Suramérica: un nuevo poder emergente). Todos los análisis, en esencia técnicos, se centran en la dinámica global desde un punto de vista descriptivo, salvo el escrito de María Emma Mejía, secretaria general de UNASUR, un discurso redactado en clave política en el que se tacha de «nefasto» al Consenso de Washington y se afirma, con no poca ingenuidad, que UNASUR «es el foro de diálogo político más importante de nuestra región y el más eficaz para defender nuestras democracias». Exaltar una institución de la que se es el titular, sin mayor soporte empírico, implica una «lectura» (para emplear la terminología afín a la ideología de la secretaria de UNASUR) bastante sesgada. Si algo ha demostrado la historia latina, particularmente desde el novecientos, es que la excesiva politización de los foros de integración no fortalece y sí menoscaba la agenda de convergencia.

La segunda parte del libro, en clave de aproximación más específica, presenta trabajos de Lara Lázaro Touza (Cambio climático en los albores del siglo XXI: haciendo balances y mirando al futuro), Federico Steinberg (De la gran recesión a un mundo multipolar), Félix Arteaga (El mercado de los hechos y de las ideas en el área de seguridad y defensa), Fernando Reinares (Al-Qaeda y el terrorismo global: del 11-S a la muerte de Osama Bin Laden), Pablo Bustelo (De Pakistán al Pacífico), Haizam Amirah Fernández (Del 11-S a las revoluciones árabes de 2011: abriendo puertas a la esperanza), Chales Powell (Diez años de política exterior norteamericana: de la «Revolución Bush» a la «Doctrina Obama»), Ignacio Molina (La década no tan prodigiosa: del espíritu ambicioso de Laeken a la crisis existencial del euro), Alicia Sorroza (La evolución de la UE como actor global: diez años de expectativas y frustraciones), Carlos Malamud (Las relaciones políticas Unión Europea-América Latina: los cambios que van de la Cumbre Euro-latinoamericana de Río de Janeiro de 1999 a la de Madrid de 2010), Carmen Gonzáles Enríquez (La inmigración de la Unión Europea: un decenio de turbulencias), Iliana Olivié (¿Hacia una nueva política de desarrollo internacional?) y Javier Noya (La imagen de España en el exterior: debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades). En este apartado, los investigadores del Real Instituto Elcano abordan, desde sus líneas particulares de investigación, los diversos retos a los que se enfrentan España, Europa y el propio orden mundial.

Tendencias de nuestro tiempo como el terrorismo radicalizado, la transformación de la imagen de España o la reformulación política de las cumbres (un extremo absolutamente necesario) son recopiladas en este volumen que resalta la calidad y seriedad de los diversos proyectos que lleva a cabo el Real Instituto Elcano, enfocados siempre desde una perspectiva teórico-práctica. Por este enfoque multidisciplinar, el instituto se ha convertido en un centro de referencia para la construcción de ese gran espacio común que es Iberoamérica. Su labor pionera, cuyos alcances apenas vislumbramos en esta edición conmemorativa, se torna esencial para el desarrollo de nuestra política exterior, teniendo en cuenta la profunda transformación de la arquitectura westfaliana que hoy nos toca contemplar. En efecto, han transcurrido diez años decisivos, signados por la globalización, la crisis económica y la acción política de las potencias emergentes. Diez años fundacionales que alteran equilibrios y hegemonías. Y, también, diez años incomprensibles de no mediar la labor esclarecedora y pedagógica del Real Instituto Elcano, un centro imprescindible para enfrentarnos a los desafíos del presente con una mirada prospectiva, pensando el futuro de España y sus relaciones internacionales en función a los valores irrenunciables de libertad y solidaridad.

Historias de internet. Casos y cosas de la red de redes

Arpanet, TCP/IP, la World Wide Web, Apple, Google, Facebook, la nube, la Internet de las cosas… cuando uno lee estas palabras sabe que le están hablando de un libro que trata una de las grandes revoluciones en la historia de la humanidad: la creación de Internet y su posterior explosión y desarrollo. Si además le hablan de descargas de música, de Wikileaks y de la primavera árabe, entonces sabemos que estamos hablando de un libro de actualidad. Pero si a todo eso le añadimos cuidados análisis de la neutralidad en Internet, la importancia estratégica del ciberespacio como lugar de conflicto, la existencia o no del derecho al olvido o la protección de la propiedad intelectual e industrial en el entorno digital, entonces sabemos que estamos hablando de un libro con amplias dosis de profundidad.

Todas estas características las ha sabido reunir de manera brillante Pablo García Mexía, letrado de las Cortes y profesor visitante de Derecho de Internet en el College of William and Mary desde hace casi veinte años. Se trata de un autor que empieza a resultar ya clásico en estas materias, y desde luego un referente en España y en Europa, pero que ha introducido un objetivo ambicioso en este su último libro: dirigirse al gran público. A diferencia de obras anteriores como sus Principios de Derecho de Internet o Derecho Europeo de Internet, enfocados a un público eminentemente jurídico, en esta obra su finalidad es claramente divulgativa, pero sin perder el necesario rigor. Esta característica no ha escapado tampoco a la moderna edición que ha realizado la editorial Tirant lo Blanch, que lo ha incluido en su serie de humanidades. Se trata de una obra muy asequible, fácil de leer, amena para el público no especializado y seria para el que sí lo es, sea tecnólogo, periodista o jurista.

El libro está dividido en cinco capítulos, todos ellos escritos de manera fluida, con tesis apoyadas a la par en argumentos de rigor, sólida doctrina y anécdotas que permiten al lector familiarizarse con análisis muy detallados. La obra comienza con una clara demostración del impacto radical que Internet ha tenido, tiene y tendrá en nuestras vidas; y que se proyecta no solamente en la vida cotidiana, especialmente para nuestros jóvenes, sino que tiene enormes implicaciones económicas y políticas que se van proyectando a lo largo de libro. Internet es una revolución continua.

El núcleo de esta obra es la apertura de Internet. Se trata del debate esencial no en la actualidad, donde puede estar emparejado a cualesquiera otros que ya se han citado, como el de la cibercriminalidad o el del respeto a la propiedad intelectual. Estos son debates actuales, que tienen una cierta proyección futura, pero la apertura de Internet (que no es lo mismo que la neutralidad como acertadamente explica el autor) constituye su propia esencia, la clave de su desarrollo futuro. En este punto, el profesor García Mexía comienza recordando los orígenes de Internet, su vinculación a los proyectos militares en los Estados Unidos, la importancia de las universidades americanas en su desarrollo, la pugna con los fabricantes de ordenadores y con las grandes operadoras de telecomunicaciones (parece que el debate con estas últimas se repite en otros flancos en tiempos recientes), la fijación de unos estándares universales de funcionamiento de la red que facilitaban la interoperabilidad y sobre todo la relevancia de que se construyera una «red tonta» a la que se pudieran unir cualesquiera dispositivos y por la que pudieran discurrir cualesquiera contenidos. Y es en este último punto donde se revive con cierta periodicidad la problemática de la apertura o no de Internet. ¿Es esencial para la propia supervivencia de Internet su apertura? Para conocerla como la conocemos actualmente sí. Sin embargo García Mexía profundiza en el debate y lo hace con su ya conocida teoría de los tres estratos de Internet: el código, la infraestructura que da soporte a ese código y los contenidos que se benefician del mismo. El autor sostiene que la defensa a ultranza de la neutralidad solo debe ser tal en el código, es decir, los estándares y protocolos de Internet que permiten su funcionamiento. Cuestionar dicho código sí haría peligrar la propia supervivencia de Internet. A su juicio, sin embargo, en el caso de la in-fraestructura que sostiene dicho código y en la que cumplen un papel fundamental las ya citadas operadoras de telecomunicaciones, sin perjuicio de defenderse la neutralidad, habrá que tener en cuenta la confluencia de otros derechos e intereses igualmente dignos de respeto como los de las citadas operadoras o los de los propios consumidores. La confluencia de todos estos intereses plantea la necesidad del equilibrio y la ponderación, tan necesarios en un jurista que se dedique al «mundo digital», particularmente en aspectos tan delicados como la discriminación por pago o la gestión del ancho de banda. Por último, en lo referido a los contenidos, la postura del autor es mucho más radical, fundada probablemente en su manifiesto carácter anglófilo, y basada en una palabra que se sitúa en los propios orígenes del nacimiento de la Red de Redes: libertad. La apertura o no de Internet en cuanto a los contenidos es a juicio de García Mexía, un debate vacío. Internet es un espacio real, no es un mundo paralelo, y como tal, y aun con las dificultades que vemos reúne, debe estar presidido por los mismos criterios de tolerancia e intolerancia, de libertad en sus vertientes positiva y negativa.

El libro también afronta la descripción de la lucha de poder que tiene a la vez como objetivo y como campo de juego a Internet. Los problemas de soberanía, la legislación aplicable o la jurisdicción competente, son consustanciales a la internacionalización de la economía, crecientes en un entorno globalizado y multiplicados exponencialmente cuando nos situamos en el entorno digital. Hoy día por Internet fluyen millones de datos y más que nunca esos datos y lo que conforman, la información, son uno de los activos más valiosos que existen. Por estos motivos no son menores las líneas que se dedican en la obra a la lucha por el gobierno de Internet. Controlado hoy día por organismos de naturaleza privada (ICANN por encima de todos), aunque estrechamente vinculados a la administración americana, son muchos los países que reclaman su «cuota» de poder en el control de Internet. El autor es firme partidario del statu quo ante la previsible llegada de quienes hacen de Internet una herramienta más de opresión autoritaria.

Pero las luchas de poder no lo son únicamente por su control y gobierno regulador y político. Más apasionante si cabe es la lucha de las industrias. En la tónica habitual del libro, García Mexía recurre al ejemplo más gráfico posible. Aquí probablemente tenía unas cuantas opciones: Amazon y su liderazgo en entornos cloud, Google y su liderazgo como buscador, Microsoft y su liderazgo de software  o Apple y su liderazgo como fabricante de dispositivos. Esta es la empresa de moda, elevada a mito por el relativamente reciente fallecimiento de la controvertida y a la vez genial figura de Steve Jobs. El autor opta por esta última en este punto concreto de la lucha de poder y lo hace en realidad por el propio modelo de negocio de Apple y, en línea con lo que apuntábamos anteriormente, lo hace para continuar con el debate sobre la apertura en Internet. El autor reconoce la genialidad de Apple, su valor tecnológico, sus apuestas arriesgadas, su continua lucha con su gran competidor, su claro dominio del mercado y que haya logrado en los últimos años una progresiva adhesión de «súbditos» al mundo de la «manzana mordida». Pero se plantea si un modelo de negocio basado en la incompatibilidad con otros fabricantes, en unos precios exigentes y en una suerte de control remoto sobre todos sus devotos puede poner en cuestión la Internet que hoy conocemos y, lo que es más peligroso, la innovación que su arquitectura y su código en definitiva han permitido.

El análisis de un problema con una empresa líder como referente es una técnica de redacción muy inteligente y atractiva que usa el autor en otras partes del libro. Así, desde otra perspectiva, la del consumidor, el autor elogia la visión de negocio de Amazon, empresa precursora de la tecnología del cloud computing y que ha creado la plataforma de comercio electrónico más exitosa del mundo a través de un inteligente uso de la red tonta.

El autor hace también una breve descripción de la cibercriminalidad en Internet. Invito en este punto a los padres a leer con atención las escasas pero sustanciosas páginas que el autor dedica a Internet y los menores. Incluyen sabios consejos para evitar que nuestra «generación nativa digital» se vea perjudicada por quienes, amparándose en la apertura de Internet y en el anonimato de su uso, abusan de la inocencia perceptiva del menor. En clara conexión con el fenómeno de la cibercriminalidad, trata con detalle una cuestión que, si bien no es quizá objeto de conocimiento por el gran público, constituye una de las grandes preocupaciones para los Estados: la creciente ocupación y preocupación que para el poder en general y los estamentos militares en particular constituyen los problemas que se derivan del ciberespacio como un existente o potencial territorio bélico. Mucho más cercano al público es uno de los problemas de «moda» de Internet: las descargas. No es la primera vez que el autor trata esta cuestión. Realiza uno de los análisis más cuidados de la obra y con unos pronunciamientos valientes frente a quienes elogian inconsciente o conscientemente comportamientos ilegales o cuestionables éticamente bajo el supuesto paraguas que da la libertad absoluta en Internet. Y además lo hace, y es destacable y meritorio, con una pequeña reflexión sobre el lenguaje que muchas veces se utiliza sobre esta materia.

Es precisamente la libertad en Internet otra de las parcelas tratadas por el autor. Hace una férrea defensa del ejercicio de la libertad de expresión, máxime cuando esta se ha demostrado como un instrumento sumamente útil en la lucha contra regímenes totalitarios. Además tampoco huye de debates de plena actualidad como el que se ha venido en llamar «derecho al olvido». El autor reconoce tras describir «el terreno de juego» que, a día de hoy, hay que recurrir a la clásica técnica de la ponderación de derechos en cada caso concreto para compaginar la libertad de expresión y la privacidad; la ausencia de censura por los buscadores y el respetable derecho a no verse afectado por una suerte de estigmatización digital.

El último de los capítulos recoge el título de los desafíos de Internet y en él se analizan una tecnología ya actual y en clara expansión, caso del cloud computing; y una tecnología incipiente pero aún por desarrollar, caso de la Internet de las cosas. En el caso de la Internet de las cosas, el autor lo explica con base en la doctrina que sobre la Red Ubicua ha sentado el profesor Murakami y que deriva en una conectividad total de cualquier objeto. Pero García Mexía demuestra que es un jurista inteligente al querer conocer con detalle el terreno en el que se mueve. Su pasión por la tecnología queda demostrada al ir más allá de las tecnologías más o menos existentes. Así, nos da a conocer innovaciones tecnológicas como la «computación exótica» que implicaría también al cuerpo humano sobre la base del proyecto «sexto sentido» en el que está trabajando el prestigioso MediaLab del MIT. Respecto al cloud, García Mexía lleva a cabo una sucinta explicación, de nuevo jalonada con ejemplos, de este nuevo paradigma de computación. Más allá de la explicación de este estadio tecnológico, merece la pena destacar algunos aspectos como el hecho de que ponga de manifiesto, de nuevo, el posible problema que se derive de una nueva «encerrona tecnológica» como consecuencia del creciente número de nubes cerradas. Enumera los beneficios de esta arquitectura de computación para las empresas (especialmente para las PYMES) y sus potencialidades para el sector público, más obligado que nunca por los principios de eficacia y eficiencia. Todo lo engloba dentro del más amplio contexto de las tecnologías Big Data. Y es que la protección de los datos en el entorno digital es, como dice gráficamente el autor, un «fundamental derecho fundamental». Las últimas páginas de este libro, centradas en el flujo de datos, en la necesidad de su tratamiento y de su protección más sencilla, con mayores dosis de seguridad y con una naturaleza preventiva, quizá aventuren una nueva obra más o menos cercana de este autor.

Internet es una revolución pasada, presente y futura. Internet plantea viejos retos, problemas actuales y desafíos futuros. García Mexía ha sabido condensar en esta obra el análisis de esa revolución con valientes propuestas de resolución de los conflictos. Además lo ha hecho de manera asequible desde el punto de vista técnico y con una redacción entretenida. Se trata de un libro lleno de historias reales que ha podido vivir y conocer cualquiera de sus potenciales lectores, pues entre estos pocos habrá que no hayan sido absorbidos por el apasionante mundo digital. Este libro también es apasionante y su lectura también les absorberá.