Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosHasta tal punto estamos acostumbrados a cartografiar la realidad social con arreglo al eje izquierda/derecha, que éste parece haberse convertido en una categoría a priori del entendimiento político: defensa del aborto a la izquierda, libre mercado a la derecha. Sin embargo, es dudoso que exista una ontología política que determine espontáneamente esa adscripción: es sorprendente saber que fue Reagan quien legalizó el aborto en California cuando era gobernador del estado o que la crítica conservadora del libre mercado ha rivalizado a menudo con la formulada por la izquierda. Naturalmente, sería absurdo desdeñar esta divisoria como un mero capricho de los encuestadores: sin la autoidentificación de los ciudadanos a uno y otro lado de la misma —asociada a emociones decisivas para la movilización política— no es posible entender las dinámicas del proceso político y la competición electoral. Pero esa misma identificación conduce fácilmente a juicios de valor apresurados sobre la valencia política de determinados problemas cuya naturaleza, al margen de los clichés, es irremediablemente ambigua.
Tomemos en consideración la siguiente historia, relatada por Kelly Reichardt en su película Night moves (2013). Josh y Dena son dos jóvenes norteamericanos preocupados por el medio ambiente de su comunidad local. Ambos llevan vidas tranquilas, que incluyen la colaboración con una granja ecológica dedicada a la producción de alimentos orgánicos con sello local. Su indignación con la destrucción ecológica, no obstante, crece hasta tal punto que se sienten en la necesidad de actuar: hacer algo para cambiar las cosas. ¡Porque las cosas tienen que cambiar! A tal fin, elaboran un sofisticado plan que ha de culminar en la voladura de una presa que consideran dañina para el entorno. Por desgracia, un inocente campista muere en la inundación así provocada y ambos se convierten en prófugos de la justicia. Horrorizados por las consecuencias de su acción, comprenden tarde su error.
¿Son estos activistas de izquierda o de derecha? En la medida en que son anticapitalistas, podríamos responder que su adscripción natural está en la izquierda. Sin embargo, el deseo de preservar el medio ambiente de la predación humana es intrínsecamente conservador. Y, como se ha señalado más arriba, el rechazo del capitalismo no es patrimonio de la izquierda. Más aún, el conservadurismo propende a la crítica del progreso con la misma facilidad que la teoría frankfurtiana, si bien por razones distintas: el conservador lamenta la pérdida de las tradiciones y otorga presunción de validez a aquellas instituciones sociales que han pasado la prueba del tiempo, mientras la izquierda benjaminiana deplora su facilidad para sacrificar a los subalternos de la historia en nombre de las abstracciones. En ambos casos, se contempla con disgusto el predominio de la sociedad sobre la comunidad, que socava por igual los vínculos locales del conservadurismo y la solidaridad de clase de la izquierda. En una palabra, nada impide que un conservador pueda ser ecologista o que un ecologista pueda ser conservador.
Si alguien ha defendido con entusiasmo esa posibilidad es Roger Scruton, singularísimo pensador británico que publica monografías con la misma facilidad con la que compone libretos operísticos. En su Green Philosophy. How to Think Seriously About the Planet, publicado en 2012, Scruton no sólo defiende que el ecologismo pueda ser conservador, sino algo más: que sólo el conservadurismo puede ofrecer una política de sostenibilidad capaz de sacar al planeta del atolladero climático. Ahora que la cumbre de París ha terminado sin ofrecer ninguna novedad relevante, merece la pena prestar atención a las virtudes y deficiencias de su propuesta.
Para empezar, por oposición a la grandeur parisina, Scruton hace una defensa del enfoque localista que considera intrínseco al conservadurismo. El razonamiento práctico a pequeña escala tiene que ser, a su juicio, la base de cualquier proyecto social. Y la razón es que son los ciudadanos quienes tienen que aceptar cualquier política de sostenibilidad y cooperar para su cumplimiento. De ahí que las soluciones ecoautoritarias, en boga en la década de los 70 del pasado siglo y reactivadas últimamente gracias el ejemplo chino, sean una fantasía de mandarines: sin la legitimidad correspondiente, un desafío público de tal magnitud no puede afrontarse con garantías. Sucede que la propia concepción conservadora de la política, tal como Scruton la entiende, es refractaria a la idea del proyecto social a gran escala; su función es otra, eminentemente preservacionista: «El objetivo de la política no es reorganizar la sociedad con arreglo a una visión o ideal abarcador, como la igualdad, la libertad o la fraternidad. Es mantener una resistencia vigilante ante las fuerzas entrópicas que amenazan nuestro equilibrio social y ecológico. El objetivo es pasar a las futuras generaciones, y mientras tanto conservar y mejorar, el orden del que somos administradores temporales».
Digamos entonces que aquello que ha de ser preservado en beneficio de las futuras generaciones —sujeto político empleado habitualmente en los razonamientos de la teoría política medioambiental para justificar nuestras obligaciones morales— nos ha sido entregado por las generaciones pasadas: la historia es una continuidad. Tal como dice la publicidad de Patek Philippe sobre sus lujosos relojes, la sociedad ordenada es un bien que no pertenece a los contemporáneos: éstos sólo han de custodiarla a fin de transmitirla en buenas condiciones a sus herederos. En ese sentido, «el entendimiento conservador de la acción política que propongo se formula en términos de administración fiduciaria antes que de empresa privada, de conversación y no de mando, de amistad antes que de la persecución de alguna causa común«.
Para Scruton, hay quienes ven la política como la movilización de la sociedad en pos de un objetivo; él la ve como un procedimiento para resolver conflictos y reconciliar intereses, sin que haya objetivo general ni dirección prefijada. Nuestro hombre no quiere una «agenda»: prefiere que cuidemos de aquellos sistemas homeostáticos —mercados, familia, costumbres, medio natural— que se corrigen a sí mismos. De ahí que conservadurismo y ecologismo sean, a sus ojos, «compañeros naturales de cama».
Sin duda, Scruton acierta cuando sostiene que ecologistas y conservadores se encuentran a la busca de los motivos capaces de justificar ante los ciudadanos la defensa decidida del medio ambiente. Ya que sin activar las motivaciones correctas, el cambio de actitudes necesario para conjurar la crisis ecológica nunca será posible. ¿O acaso alguien piensa que si las opiniones públicas nacionales presionasen con verdadera fuerza en pro de una política radical de mitigación del cambio climático los gobiernos actuarían con la timidez con que lo hacen? Las clases medias quieren preservar sus estándares de vida y no perciben ningún riesgo existencial en las actuales condiciones climáticas; de ahí su pasividad. Scruton es claro: «Se requieren motivos no egoístas que puedan ser activados en los miembros ordinarios de la sociedad, y sobre los que pueda descansar el objetivo ecológico a largo plazo». Antes de decidir qué hacer, toca pensar por qué.
Nuestro hombre propone la oikophilia como razón mayor para adherirse a alguna forma de medioambientalismo. O sea, el sentimiento de amor por el hogar: «el lugar donde somos y que compartimos, el lugar que no queremos arruinar». Apela así a un «estrato profundo de la psique humana» donde reside el Heimatgefühl de los alemantes, que ejemplifica con la serie de Edgar Reitz que la BBC hizo famosa en el Reino Unido, sentimiento que habría que proteger de sus enemigos: la oikophobia, la tecnofilia, el consumismo. Aunque no está claro que estos dos últimos fenómenos conduzcan necesariamente al primero. En cualquier caso, si de oikophilia hablamos, la causa común alrededor de la cual pueden converger conservadores y ecologistas es el territorio. Para Scruton, aquí está la contribución conservadora al ecologismo: la idea de un sentimiento territorial que contiene las semillas de la soberanía. Su lema: «siente localmente, piensa nacionalmente». Porque las instituciones globales serían inútiles y sólo el control local de los hábitats locales garantiza, por agregación, una solución planetaria.
En gran medida, el ecologismo político asienta su programa de cambio social en la afirmación de que la actividad económica en la era del turbocapitalismo global amenaza con traspasar unos límites ecológicos pasados los cuales sólo queda esperar al colapso social: cada Black Friday contribuye un poco más al suicidio colectivo. Scruton concede a la idea de los límites al crecimiento «un aire de intuitiva plausibilidad» y afirma que quizá sea por ello necesario crecer menos y no más. Algo que ningún gobierno democrático puede proponer sin ser reemplazado por sus rivales en la siguiente convocatoria electoral: menos es menos.
Su receta contra los excesos del capitalismo no es el control centralizado de los mercados, porque es en ese nivel donde los grupos de presión ejercen su influencia, sino en la constricción local de los actores económicos en nombre del «amor al territorio» antes invocado. Tal es el sentimiento exhibido por los movimientos de comida orgánica y conservación del medioambiente local: todos ellos se sienten orgullosos de su entorno, que les permite identificarse con algo más grande que ellos mismos. Hablamos de un sentimiento, al fin y al cabo. Formalmente, Scruton echa mano de las soluciones propuestas por la economista danesa Elinor Ostrom para la gestión de los bienes comunes, basados esencialmente en regímenes de propiedad compartida que otorgan responsabilidad en la gestión de los recursos colectivos a sus beneficiarios. Es de particular interés a este respecto la descripción que hace del fenómeno del exceso de empaquetado en los productos alimentarios. Éste no obedecería a las fuerzas del mercado, sino a una desafortunada regulación central que sirve a los intereses de las grandes cadenas de alimentación: el odio a los hiperpermercados que caracteriza al ecologismo radical es plenamente compartido por Scruton. Estas grandes empresas habrían favorecido una estricta y costosa regulación en materia de empaquetamiento para expulsar del mercado a pequeños negocios y productores artesanos.
Sin embargo, Scruton no demuestra la validez de su alegato contra el empaquetamiento alimentario. Y lo mismo puede decirse de sus afirmaciones sobre los subsidios que favorecen el sprawl urbano o el uso de las carreteras. Su libro, en una palabra, está lleno de declaraciones bombásticas sin fundamento aparente: un estilo panfletario que confía en que el lector otorgue al autor el «aire de intuitiva posibilidad» que el autor concede a la tesis de los límites del crecimiento. En ese sentido, el conservadurismo ecologista de Scruton corre el mismo riesgo que el ecologismo conservacionista cuando apela a la insostenibilidad de la actividad humana como fundamento de su restricción: ¿qué queda del argumento si la actividad humana resulta ser sostenible? Ninguna de las advertencias contra el peak oil ha sido ratificada por la realidad; y lo mismo cabe decir de muchos otros riesgos ambientales invocados con aire profético. La razón que explica ese reiterado fracaso es muy sencilla: los límites ecológicos existen, como demuestra el colapso de algunas sociedades primitivas, pero no poseen un carácter absoluto. Por el contrario, son relativos y dependen de la capacidad social para dilatarlos o reinventarlos a través de la innovación institucional, el cambio cultural o el desarrollo científico-tecnológico: el Protocolo de Montreal que cierra el agujero en la capa de ozono es tan eficaz en eso como el descenso de la población mundial o la creación de semillas resistentes al cambio climático.
Quiere con ello decirse que el interés del conservadurismo verde reside en otra parte: en el catálogo de razones morales que propone para activar las actitudes sostenibles. Lo mismo puede decirse del ecologismo clásico, que junto a sus razones públicas (riesgo para la especie humana) alberga también razones privadas (deseo de proteger el mundo no humano de la agresión antropocéntrica) para la defensa de una más estricta política medioambiental. Porque, como se ha dicho antes, no se trata de decidir qué hacer, sino de pensar por qué queremos hacerlo: una vez decidido, podemos esclarecer los medios correspondientes. Y si el ecologismo alega la necesidad de atenuar el predominio de los valores antropocéntricos para hacer posible la reconexión humana con la naturaleza, el conservadurismo de Scruton opone el amor al territorio propio -la oikophilia– con objeto de mantener un equilibrio socionatural que es parte del equilibrio social más amplio. Su base es así antropocéntrica, aunque eso no excluya el fomento de actitudes preservacionistas o de cuidado de los animales. Sí parece claro que las motivaciones propuestas por el pensador británico rehuyen las abstracciones globalizantes («la naturaleza») en beneficio de un enfoque localista apegado a las prácticas cotidianas: el oso polar, poster boy de la amenaza climática global, cuenta menos que la ardilla municipal. En este contexto, no es sorprendente que algunas de las primeras políticas medioambientales fueran desarrolladas por el régimen nazi o que los nacionalismos hagan del amor al paisaje nacional un elemento importante -al menos en el plano simbólico- de su contenido ideológico.
Ciertamente, el amor al territorio propio tiene la ventaja de ofrecer un marco preciso al ciudadano que se pare a pensar en la conveniencia de desarrollar políticas de sostenibilidad. A cambio, la tendencia a la homogeneización global de valores, prácticas y tecnologías empieza a difuminar la diferencia entre los entornos locales. Al mismo tiempo, la población mundial es cada vez más urbana y menos rural, lo que parecería aconsejar una búsqueda de lo natural en lo urbano antes que una recreación nostálgica del countryside en el que nos solazamos un sábado de cada cuatro. Aun así, la pregunta de Scruton por las motivaciones individuales es la pregunta correcta: sin un régimen de percepción que convenza a los ciudadanos de la necesidad de apoyar políticas de sostenibilidad, ésta no llegará nunca. En una sociedad liberal pluralista, empero, esas motivaciones serán diversas y variables. Y no todos compartirán el entusiasmo de Scruton por la vida local, o, mejor dicho, por los valores conservadores que él asocia a la vida comunitaria. De esta forma, la oikophilia es una estupenda adición al conjunto de razones para la defensa del medio ambiente, pero no la razón por antonomasia.
Por lo demás, el sentimiento de amor al territorio es una solución que no carece de problemas. Dos me parecen especialmente pertinentes y guardan relación entre ellos. Por una parte, la naturaleza comunitaria del ecologismo conservador defendido por Scruton contiene un sesgo hacia formas de vida conservadoras; un rasgo que comparte con las secciones más clásicas del ecologismo. Nada de ir al supermercado a las diez de la noche: el tendero local lleva horas en casa con su familia. En una sociedad cada vez más compleja, digitalizada y robotizada, la defensa de la vida tradicional es un interesante contrapeso al imperativo moderno de la aceleración; pero si dejara de ser un mero contrapeso, para convertirse en la categoría central de la vida social, pronto echaríamos de menos su viejo papel secundario. Porque el ser humano sólo conoce el movimiento hacia delante: depositar nuestras esperanzas en el no deja de ser un ejercicio de voluntarismo nostálgico. Por eso, las soluciones locales de Scruton adolecen de un segundo problema: su insuficiencia para afrontar aquellos problemas medioambientales que poseen un carácter propiamente global y requieren, ya sea en el plano de la medición o en el de la investigación, una decidida cooperación internacional (aunque sólo sea para crear aquellas condiciones institucionales y ambientales que hacen posible la innovación localizada). Sin que ello implique ignorar la importancia indudable del conocimiento local: depende, en fin, del tipo de problema de que se trate.
En un mundo desencantado, la protección de una naturaleza cada vez más hibridizada dependerá en gran medida de nuestros sentimientos por ella. Y éstos, a su vez, pueden activarse enfatizando nuestra continuidad con lo natural o su radical otredad sublime: el misterio ancestral que subsiste en un mundo desencantado por la racionalidad técnica. El amor al territorio de Scruton tiene la virtud de apelar a ambas fundamentaciones, según si uno vive en las comunidades rurales que él prefiere o en las ciudades desde las que el medio ambiente se contempla con distancia. No son argumentos excluyentes; está demostrado que los seres humanos percibimos la naturaleza de forma simultánea como recurso útil y como bien espiritual. El apasionado conservadurismo ecologista defendido por Scruton posee así un aire de intuitiva plausibilidad, pero está lejos de gozar el monopolio de la razón ambiental. Pero dado que de hecho nadie lo posee, su contribución a la animada conversación sobre el tema es más que bienvenida.
“Después de La invención de Morel, no se puede escribir una novela en donde no hay estructura, no hay juego, no hay cruce de voces” afirmaba Roberto Bolaño en aquellos mismos años noventa, cuando no eran pocos aquellos que, a modo de eslogan, preconizaban la muerte de la novela. Estamos en el 2015 y la novela no ha muerto o, por lo menos, no ha muerto tal y como lo anunciaban los voceros de la más banal postmodernidad. Sin embargo, si bien en cuanto género literario la novela no sólo sigue vigente, sino que es el género que más ventas produce en un mercado diezmado, todavía hoy sigue dominando la novela sustentada únicamente en el argumento, un modelo novelístico que parece resistirse al agotamiento que ya anunciaba Bolaño hace más de una década y que, hace apenas una semana, volvía a señalar Enrique Vila-Matas desde Guadalajara. «Pensaba que en ese siglo se cedería el paso a un tipo de novela ya felizmente instalada en la frontera; una novela en la que sin problemas se mezclarían lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad traída al texto como tal», señalaba Vila-Matas en su discurso de recepción del Premio Rulfo 2015, un discurso que no por casualidad el autor barcelonés titulaba El Futuro.
Es precisamente en un futuro continuamente postergado donde parece esperar aquella novela que, superado el modelo decimonónico, abandonado el argumento como único eje narrativo e insobornable al carácter de liviano entretenimiento requerido por el mercado, se sitúe en la frontera de los géneros y de las voces, en un juego donde la realidad traída como tal se introduzca en la ficción pura desdibujando el límite de toda posible distinción entre ambos. Si bien es cierto que el presente narrativo de las letras castellanas es más bien desolador –“El panorama, desde el punto de vista literario es desolador”, señala precisamente Vila-Matas-, uno no debe dejarse cegar, puesto que incluso en el más árido de los desiertos se encuentra algún oasis.
Desde la concepción de la novela como “un género proteico y mutante”, el escritor Sergio del Molino ha construido una narrativa que responde precisamente a la ruptura del modelo decimonónico, una narrativa que, desde el realismo e, incluso, como se observa en su último trabajo, Lo que a nadie le importa, desde un deje costumbrista de corte irónico –hay pasajes de Del Molino que remiten fácilmente a la prosa de Azcona-, responde al borrado de fronteras entre géneros al que apelaba Vila-Matas así como al juego de voces y, por tanto, de texturas que reclamaba Bolaño: “Creo que, durante los últimos 150 años se comprimió el ámbito de lo literario. Un montón de narrativas quedaron casi excluidas de la consideración literaria, llegándose a identificar, en términos novelísticos, literatura con ficción. Es decir, que la ficción era el rasgo que permitía discernir la narrativa literaria de otras formas narrativas. O no eran literarias o lo eran de segundo orden. Me refiero a los diarios, las crónicas viajeras, las cartas y el periodismo, entre otros”, señala Del Molino, cuyas dos últimas novelas, La hora violeta –el relato autobiográfico y en primera persona de la experiencia de la pérdida de un hijo por leucemia- y Lo que a nadie le importa –una reconstrucción en primera persona de la posguerra hasta los inicios de la democracia a través de la biografía del abuelo del autor/narrador, un hombre empleado en El corte inglés, convertido en metáfora del país en sus diversas etapas socio-históricas- se inscriben, en parte, en la autoficción, género literario de definición todavía confusa y en el que, paradójicamente, se engloban autores tan dispares como Vila-Matas, Javier Cercas, Javier Marías o la Marta Sanz de Lecciones de anatomía. No en pocas ocasiones, la autoficción se presenta como un intento de esquivar los debates en torno al estatuto de realidad y de ficción inherentes a la autobiografía, género que, a pesar de las aportaciones realizadas por Roland Barthes y Paul de Man acerca de la inherente construcción retórica del lenguaje y, por tanto, de su inherente estatuto de construcción ficcional, sigue siendo leído, al menos desde la pragmática lectora, en clave de “narración de lo real”.
Si por una parte la autoficción parece esquivar dicho debate, por otra parte, sigue siendo un género de difícil definición, más allá de la de: (auto) representación del autor desde estrategias de la retórica literaria. “No sé si me siento cómodo con la etiqueta de ‘autoficción’, porque creo que califica a un tipo de literatura caracterizada por el juego y el trampantojo, una especie de desafío o travesura artística para trastocar las nociones tradicionales de autor, narrador y voz literaria”, señala al respecto Sergio del Molino, quien, lejos de concebir la literatura como mero divertimento – “no quiero ‘problematizar’ (perdón por el palabro) estas cuestiones para incordiar al lector conservador”- no busca el desconcierto del lector, “sino recuperar algo esencial que precisamente esos juegos han perdido: una conexión sentimental profunda entre el autor y el lector. No rompo las convenciones de la teoría literaria con ánimo disidente, sino como una vía para acercarme al lector sin cuartas paredes ni protocolos ni paripés técnicos”. Más allá de planteamientos estilísticos, la conexión entre lector y autor a la que apela Sergio del Molino se sustenta, sobre todo en Soldados en el jardín de la paz y Lo que a nadie le importa, en un trabajo con la historia entendida como relato y, a la vez, como tejido sobre el cual inscribir y reinscribir, ya sea en primera o tercera persona, una historia que el lector sienta como propia. Si Muñoz Molina, tal y como afirma él mismo, encuentra en la introducción de elementos históricos en la ficción un recurso de verosimilitud, podría decirse que Sergio del Molino encuentra en el relato histórico los huecos en los que construir un relato no contando en el cual el lector se inserta como protagonista de su propia historia no contada: “Me interesa más la historia no contada o lo que en términos unamunianos se llamaría intrahistoria. Lo que me interesa es la suposición y la especulación en aquellos huecos que el discurso histórico no ha narrado. Bien porque no le ha interesado narrarlos o bien porque escapan al objeto de su atención. Creo que la literatura vive en esos sitios, porque la literatura empieza donde terminan los hechos. Donde se puede suponer porque no sabemos con certeza qué pasó, donde podemos proyectar nuestra sensibilidad en la sensibilidad de otros”.
Esta suposición, sin embargo, no se configura como una mera elucubración, no se propone como la escritura de una “historia posible” sino que se configura como una puesta en crítica del propio relato histórico. “Siguiendo a Walter Benjamin, el pasado me importa en la medida en que interpele al presente. No como explicación del presente, sino como reminiscencia o temblor que aún se puede ver en el presente” señala el autor que, en Lo que a nadie le importa, pone el acento ya sea en el temblor que el pasado suscita en el presente ya sea en como la construcción, consensuada y conveniente a determinadas estructuras hegemónicas, de este pasado repercute en el presente marcado por el silencio, los vacíos y las reinterpretaciones. En este sentido, Sergio del Molino se inscribe en la estela de Marta Sanz o de Isaac Rosa –“tanto Marta como Isaac son autores poderosos con proyectos literarios de altura. Ojalá pudiera algún día tener una obra tan sólida y coherente como la suya, pero no me siento en la estela de casi nadie”, precisa Del Molino. Los tres autores, más allá de las diferencias, proponen una lectura política de la historia reciente como del presente –La hora violeta de Del Molino no puede leerse sin tener en cuenta la perspectiva social de este relato en primera persona, el análisis crítico de la conciliación familiar y laboral ante un caso de internación hospitalaria, la relación paterno-filial, el sentimiento de culpa y la relación humanizada y a la vez deshumanizada con el sistema hospitalario- reivindicando además una mirada hacia el sujeto anónimo, hacia la cotidianidad o la micro-historia: “Creo que somos muchos los autores que trabajamos con esa tensión de los géneros y fuera de cualquier ortodoxia canónica, pero cada uno lo hacemos a nuestra manera. En el caso de Marta e Isaac, el discurso político está mucho más claro, yo me escoro más hacia el esteticismo. No creo que la literatura tenga ninguna capacidad de intervención social, pero sí de intervención en la intimidad ajena”, una intervención que Del Molino propone desde el restablecimiento de una conexión sentimental con el lector a partir del rescate de la micro-historia y proponiendo un yo que no sólo apela sino que aprehende el propio rostro del lector, en tanto que sujeto anónimo de esa microhistoria por relatar. “Vivimos un momento de descomposición de las convenciones artísticas en general, llevamos tiempo viviéndolo, y en ese sentido es normal que los lectores más exigentes se hayan cansado de unas convenciones que hacen de la literatura algo previsible y artificioso. Se reclama una naturalidad expresiva, un encuentro con la voz directa del autor, del mismo modo que la cocina moderna busca presentar el producto lo más natural y menos adulterado posible, sin salsas complicadas ni recetas barrocas que lo enmascaren. El lector no quiere tener que apartar un litro de salsa para llegar a la carne: le gusta que se la sirvan poco hecha y con un poco de sal por encima. Y eso hacemos algunos, refrescar un ambiente cargado de juegos que no eran más que salsas rococós”, concluye Sergio del Molino, cuya narrativa no sólo refresca el ambiente, sino que se enlaza con ese futuro constantemente postergado desde el cual Vila-Matas apela.
Restableciendo la conexión con el lector, rescatando “un sustrato emocional que echo de menos en lo que antes se llamaba ‘alta literatura’ y que ahora no sé cómo hay que llamar”, Sergio del Molino supera el agotamiento novelístico, se inscribe en aquella narrativa post-La invención de Morel a la que aludía Bolaño, describiendo, sin embargo, una trayectoria autónoma –“yo me siento un poco francotirador solitario. No me siento parte de ninguna generación ni tengo un afán de dinamitar el legado de otras generaciones”- que lo distancia de Javier Cercas, a quien incomprensiblemente lo han asociado en reiteradas ocasiones –“no sólo yo prefiero los márgenes y las historias pequeñas y no narradas, mientras que Cercas busca el gran personaje, los protagonistas, sino que mi propósito es constatar que el discurso histórico es una forma literaria más, que no existe eso que llamamos historia, y, por tanto, no deberíamos ceñirnos ni respetar como sagrado ninguna historia, ni la oficial ni la ‘alternativa’. La historia es una construcción literaria, y si alteras los elementos, el punto de vista y los personajes, te sale un relato diferente. Eso es lo que busco poner de relieve con mi literatura, y ese proyecto creo que está muy lejos de las intenciones de escritores como Cercas”- y lo define, en palabras de Harold Bloom, como un narrador fuerte, un narrador que consigue desviarse de sus precursores configurándose como una voz literaria individual y autónoma. En ese futuro postergado de la narrativa que viene, Sergio del Molino es, sin lugar a dudas, uno de los narradores fuertes, un “escritor de antes”, que diría Vila-Matas.
Éramos pobres pero teníamos Francia. Tras el divorcio de mis padres, Michel trajo a mi madre un amor sencillo y diurno, y a mí me regaló Francia entera, unos abuelos franceses, otro idioma y otros veranos, verdes y fluviales. Todo lo que a uno le regalan en la adolescencia le pertenece para siempre, y yo me hice francés a los quince años, con la determinación inapelable de los quince años.
En aquellos veranos no fumaba Marlboro, como hacía en España. Compraba Gauloises porque era lo que se fumaba en los libros de Julio Cortázar, que también era un francés electivo. A veces, compraba Gitannes, porque sonaba mejor. Me los fumaba en paseos solitarios, a escondidas, con el pretexto de explorar la ciudad por mi cuenta, lejos de la familia. Me fumaba Francia en caladas ansiosas, encantado de parecer y de sonar extranjero. Me fumaba su silencio de provincias de las seis de la tarde y sus contraventanas cerradas. Me fumaba todo el desembarco de Normandía, sus bandos gaullistas en las paredes de las mairies, sus avenidas Président Wilson, General Lécrerc y Légion Tcheque. Me fumaba sus Géant Casino, sus tiendas de BD y sus boulangeries.
Éramos pobres pero teníamos los veranos en el camping de Durtal, donde mis nuevos abuelos habían anclado una caravana enorme, bajo cuyo toldo daban de comer a toda la familia comidas francesas de tres horas a la orilla del Loir. Allí, en un embarcadero de madera, leía a Proust, porque, si quería ser un escritor francés, debía leer a Proust, y lo leía en un paisaje muy parecido al de Combray, que estaba ciento y pico kilómetros río arriba, en dirección a París. Yo recorría sentado el camino de Swann y Francia entera era mía en aquellas tardes de Durtal. Michel me sorprendía leyendo a Proust y me contaba que él había ido a la escuela con un sobrino-nieto suyo. El primer día, al pasar lista, el profesor bromeó con su apellido. ¿No será usted familiar de Marcel Proust, verdad? El chico, muy serio, le dijo que sí, que era su tío-abuelo, y el profesor no quiso creerle. En aquella escuela perdida de provinces, él tenía sangre de gloria nacional en uno de sus pupitres. Aquello era más grave que una aparición mariana, pero el chico lo decía con una naturalidad de blasfemia. Para el alumno, ser pariente de Proust era lo normal, como si se pudiera ser pariente de Proust sin prosodia ni ceremonia, sin una sola frase subordinada, sin un triste adjetivo.
Michel me contaba todo eso, pero yo no escuchaba. Tenía quince años, me estaba fumando Francia y aquello me parecía una frivolidad y una estupidez. Él habría ido a clase con el sobrino-nieto de Proust, pero yo entendía a Proust porque era de su estirpe. Yo sería un escritor francés, me ligaría a él con una liaison más fuerte y noble que la sangre, sería su pariente de letras, el sobrino-nieto letraherido. Sólo quería que mi padrastro (pues cuando me irritaba se convertía en eso, en mi padrastro) dejara de molestarme con sus anécdotas escolares para soñarme cien kilómetros río arriba, en el pueblo llamado Illiers-Combray. Lo tenía localizado en la guía Michelin del coche de Michel y me había enterado de que, hasta 1971, se llamó sólo Illiers. Pero, ese año, sus vecinos se rindieron y añadieron un guión seguido de su verdadero nombre, el que le puso Proust. La literatura ganó a la toponimia, y entonces me pareció algo hermoso y justiciero. Sentí mucho más amor por mi nuevo país.
Francia me dio otra historia y otro pasado. Cuando no estaban en Durtal, mis abuelos franceses vivían en una casita de Angers que ellos mismos habían construido en un barrio donde todo el mundo se había construido su casa. En la primera y la segunda planta reinaba la abuela, pero en el garaje y en la cave mandaba el abuelo Louis, con su desorden, su grasa y su poso de aperitivo anisado. Compraba vino a granel que él mismo embotellaba y etiquetaba. Una parte de la cave era la bodega en sí, con hileras de botellas tumbadas de todos los castillos del viejo Anjou, cuyas añadas se distinguían antes por el grosor de la capa de polvo que por la numeración de la etiqueta. La otra mitad del subterráneo eran estanterías con papelotes. Miles de recortes de periódico y documentos. Casi todos de la guerra y de los años cincuenta. Una hemeroteca socialista y resistente, el legado político del sindicalista Louis.
Porque aquel anciano de sordera vespertina y sonrisa madrugadora había sido un héroe nacional. Ferroviario nacido en Burdeos (y sus raíces bordelesas eran también motivo de admiración, como si procediese de un sur salvaje y republicano y no se hubiera adaptado al noble y civilizado país del Loira), le tocó mover trenes por la Francia ocupada. Era joven, socialista y de Burdeos, así que la Resistencia le reclutó enseguida. Deseaba dejarse reclutar. Boicoteaba vías, inutilizaba locomotoras, ayudaba a colarse a los resistentes que colocaban las bombas o les pasaba hojas de ruta con los horarios y las estaciones de convoyes que se podían asaltar o descarrilar. Allí, en aquellos papelotes, junto a sus vinos de Anjou legitimistas, se exhibía su orgullo republicano.
Mi abuelo francés se recreaba en su pasado porque estaba muy orgulloso de él y sabía que el país se sentía también orgulloso. Vivía en el lado bonito de los libros de texto. Cuando sus nietos estudiaban historia en clase, le estudiaban a él, le admiraban a él. Era algo insólito para mí, que bajaba a la cave mareado por el empacho de rillettes y frases de Proust. El pasado como orgullo. El pasado como explicación. Yo venía del silencio español, de la vergüenza y del déjalo estar. Me abrumaba tanta palabra. Estaba acostumbrado a encontrar a mi abuelo carnal en los márgenes de los libros de texto, en la parte medio dicha de las conversaciones y en las frases interrumpidas con carraspeos. Creía que todos los abuelos rumiaban el mismo silencio culpable y avergonzado, pero en Francia, aunque la hierba era más verde, jugosa y abundante, más propia de cuadrúpedos mansos, los abuelos se pintaban heráldicos y carnívoros. No parecían rumiantes silenciosos, sino leones en sobremesa, satisfechos con su caza.
Todos en Francia eran parientes de Proust. Todos convertían su pasado en literatura libérrima y magnífica, con frases que no pedían disculpas ni callaban nada. Como Proust, los abuelos franceses querían decirse enteros. Como Proust, tenían un país dispuesto a escucharles y darles la razón. Menos mal que tenía Francia. Menos mal que tenía Durtal y el Loir y la cave del abuelo Louis. Me gustaba más mi pasado francés que mi pasado español, pero hoy sé que sólo caminaba hacia mi pasado español dando un rodeo. Por eso, esta historia empieza en Francia, a mis quince años, aunque arranca de verdad en España a mis diecisiete, el día que oí hablar, como si lo hiciera por primera vez, a mi abuelo real, que parecía tan de mentira al lado de mi abuelo francés. Tan poco abuelo, apenas una presencia sorda y quieta. Supe que mi abuelo era raro al mismo tiempo que me apropié de Francia, en la cave de aquel otro abuelo mucho más plausible, hecho de sonrisas y pellizcos en la mejilla. Fue en Francia, tan pobre y tan fumador clandestino, tan cursi y tan altivo, donde descubrí lo extraña y silenciosa que era mi estirpe.
Cuando parecía que ya había dicho las pocas palabras que quiso decir, a sus ochenta y dos años, con los riñones secos, encamado durante meses y a la espera de una muerte impuntual y desganada, José Molina habló. Él, tan sobrio, alcanzó la gloria literaria en doce palabras justas. Ante sus hijos, nietos y hermana, ante toda la familia que abrazaba en media luna la cama mortuoria, apartó a su mujer y le dijo con una voz que guardaba fríos de otros siglos: Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos. Era una frase extraña, de orden perfecto y arte mayor. Un hexadecasílabo de cantar de gesta, anterior al castellano. De todas las combinaciones posibles de palabras, escogió la más rotunda, como si llevara años ensayándola, probando variantes, buscando el efecto más demoledor. Es la mejor frase que he escrito en un libro. De ti no quiero ni que me cierres los ojos. Después de aquello, sólo cabía morirse con los ojos bien abiertos.
¿Cuántas décadas de rencor caben en esas dieciséis sílabas? ¿Cuánta amargura, cebada invierno tras invierno, hace falta para destilarlas? Para libar un licor de esa densidad literaria se necesitan varias novelas rusas. Se requiere un silencio de altísima calidad, hervido durante años, para conseguir esas dieciséis gotas de odio refinadísimo, escanciadas justo antes de morir en la misma cara de la mujer con la que se ha pasado la vida. Yo tenía diecisiete años cuando las escuché, y durante un tiempo creí que sólo yo las había sentido. La familia no les dio gran importancia. Era la aspereza definitiva de un hombre áspero, el golpe final. Pero yo tenía diecisiete años y toda la literatura del mundo. Aunque esas palabras no iban contra mí, en mí se quedaron.
No era mi primera mirada a la muerte. En mi familia hay mucha costumbre de morirse, y desde muy niño he visto los efectos que los funerales tienen en los vivos. Mi tía Bibi, esa mujer amable y andariega que me llevaba a robar monedas de yacimientos romanos, murió atropellada por un tren. Y mi tío Jane, policía risueño y chistoso con una colección de armas antiguas que me fascinaba, fue arrollado por una pancreatitis asesina que le dejó cadáver en pocas semanas. Yo era un niño cuando murieron, y ambos fueron tíos solteros y entregados al sobrinazgo, personas que no pasaban desapercibidas en los afectos de un chaval. Cuando José Molina le dijo a su mujer que de ella no quería ni que le cerrase los ojos, yo ya sabía todo lo que había que saber sobre la muerte, pero no había visto morir a nadie. Tampoco había oído nunca un odio tan hexadecasílabo y perfecto. En ninguna de las novelas que leía con mi pasión de escribidor juvenil encontré nada parecido. Toda mi literatura se expande a partir de ese instante primordial. La última sentencia de mi abuelo fue también mi primera frase.
A finales de los setenta, José Molina tenía todos los libros importantes que se habían publicado sobre la guerra civil. Las referencias bibliográficas más sólidas, los pilares de la historiografía, hoy caducos, aunque se replican citados en notas al pie de página y en todas las bibliografías con el prestigio infantil de lo clásico. Mi abuelo, desahuciado de la vida escolar desde los quince años, acumuló en la década de los setenta una biblioteca guerracivilista digna de un profesor universitario. Los que estuvimos en la batalla del Ebro, de Fernando Estrada Vidal, lleva aún una etiqueta del departamento de librería del Corte Inglés. El título está impreso en letras rojas sobre una foto en silueta de un soldado. Deduzco una tarde laboral aburrida de un mes aburrido. Entre semana, sin muchos clientes. José Molina pasearía por otras plantas del Corte Inglés de Preciados. O vendría de tomarse un descanso y de reprimir las ganas de aflojar el nudo de la corbata. Aquellas letras en rojo debieron de ser un latigazo en la retina. Los que estuvimos en la batalla del Ebro. Qué anzuelo tan agudo para un pez tan manso. Los que estuvimos en la batalla del Ebro, los que compartimos un secreto. Tú, José Molina Bueno. Tú, que estuviste allí conmigo. ¿Cuánta de esta gente estuvo en la batalla del Ebro? ¿Cuántos de estos señores que vienen a que les cojan los bajos del pantalón estuvieron en la batalla del Ebro? ¿Cuántos de tus jefes han seguido andando con las alpargatas de un muerto, porque las suyas estaban deshechas? ¿Cuántos de estos jóvenes cursis han abierto una lata de sardinas con la bayoneta? Nosotros estuvimos en la batalla del Ebro, decían las letras rojas, en un grito que sonaba a susurro de narcotraficante. Tú y yo estuvimos en Gandesa, en Corbera, en el corazón del fuego, bajo la bóveda de obuses. Tú, José, sabes de qué hablo. Nadie más aquí sabe qué fue la bóveda de obuses ni lo que se enterró a los pies del Coll del Coso. Nadie aquí ha visto tantas tripas abiertas. ¿Sabe el caballero del bisoñé al que le tiraba la sisa de la chaqueta a qué huelen los sesos de un chaval de quince años? ¿Sabe esa señora que acaba de devolver la camisa azul marino de su esposo cómo se camina cuando llevas tanta mierda en el uniforme que ya no distingues la tuya de la de los demás? ¿Se le ha quedado al joven de las corbatas chillonas el máuser atascado en la cuarta bala mientras el enemigo lanzaba bombas de barrilete?
Aquellos que sientan una honda admiración por la figura de don Gonzalo Fernández de la Mora (1924-2002) no podrán sino congratularse por la reciente publicación en Biblioteca Nueva de La razón conservadora, un ambicioso estudio biográfico que Pedro Carlos González Cuevas, profesor titular de Historia de las Ideas Políticas de la UNED, dedica al injustamente olvidado político, pensador y diplomático español. González Cuevas, uno de los escasos historiadores contemporáneos que ha abordado con rigor el estudio del pensamiento conservador español en obras como Historia de las derechas españolas (Biblioteca Nueva, 2000) o El pensamiento político de la derecha en el siglo XX (Tecnos, 2005), firma en esta ocasión una completísima y penetrante biografía política que, además de estudiar exhaustiva y rigurosamente la trayectoria vital e intelectual de Fernández de la Mora, constituye una auténtica historia del pensamiento español durante el régimen del general Franco. Una época que, como se atestigua en este libro, culturalmente hablando dista con mucho de de ser el “erial” descrito con escaso rigor por algunos historiadores. La razón conservadora es una obra que rivaliza en brillantez con la biografía intelectual que González Cuevas dedicó hace algo más de una década a otro eximio compatriota, Ramiro de Maeztu, sobre cuya figura y pensamiento también pesa la damnatio memoriae que los apóstoles del pensamiento único y del pensamiento débil han impuesto a un periodo entero de la historia de España.
Es de esperar, no obstante, que la claridad expositiva y la pulcritud literaria que exhibe el autor, que en absoluto desmerece de la portentosa prosa que caracterizaba al biografiado, coadyuven a que el lector no familiarizado con la obra de Fernández de la Mora se aproxime a la figura de un hombre que, amén de ministro de Obras Públicas (1970-1974) y cofundador de Alianza Popular, fue director de la Escuela Diplomática, Consejero Nacional del Movimiento, responsable de crítica literaria en el diario ABC, fundador de la revista de pensamiento Razón Española, o redactor, junto a Laureano López Rodó, de dos de las Leyes Fundamentales del régimen de Franco: la Ley de Principios del Movimiento Nacional (1958) y la Ley Orgánica del Estado (1967).
González Cuevas aborda honesta y desprejuiciadamente episodios de la trayectoria política de Fernández de la Mora que la vulgata existente en torno al franquismo y la transición política juzga simplemente inaceptables: su legitimación pragmática del Estado del 18 de julio, definido por él como “Estado de Obras”, su defensa de la “continuidad perfectiva” de dicho régimen, así como su impugnación del proceso de reforma política “de la ley a la ley” iniciado en 1976 con el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. No oculta tampoco González Cuevas al lector el voto negativo de Gonzalo Fernández de la Mora, a la sazón diputado de Alianza Popular en el Congreso de los Diputados y miembro de la Comisión de Asuntos Constitucionales, a la Carta Magna de 1978, ni su crítica al subsiguiente Estado de partidos, reprobación que Fernández de la Mora expuso quirúrgicamente en obras como La partitocracia (publicada en 1977, es decir, un año antes de que se promulgase de la Constitución vigente) o Los errores del cambio (1986), ésta última convertida en un éxito de ventas. Una postura crítica racionalmente fundada que, si bien desde su abandono de la política activa en 1979 conjugó con el planteamiento de medidas concretas y viables para atajar los que él juzgaba como males de la patria, Fernández de la Mora mantuvo firmemente hasta el fin de sus días.
En estos tiempos de evidente y temeraria reideologización de la política española, donde incluso la unidad territorial de nuestro país se ve comprometida, el pensamiento culto, científico y racional de un conservador sui generis como fue Gonzalo Fernández de la Mora resulta particularmente necesario a fin de desembarazarnos de “las cosas de la política” y volver a centrarnos en “la política de las cosas”, crucial distinción que el biografiado expuso repetidamente. Confiemos en que la monumental biografía preparada por el profesor González Cuevas contribuya a levantar, si quiera parcialmente, el manto de silencio que las elites de este país, cada vez más ajenas al bien común de la ciudadanía, han tendido sobre el autor de El crepúsculo de las ideologías, es decir, sobre uno de los grandes intelectuales españoles de la segunda mitad del siglo XX.
Alberto Reyero Zubiri, portavoz de Políticas Sociales de Ciudadanos en la Asamblea de Madrid, expuso anoche en la sede de la Fundación FUNCIVA las propuestas de su formación política en el ámbito del que él es experto. Comenzó con una frase lapidaria: No somos fundamentalistas, para dar a entender que Ciudadanos no parte de posiciones inamovibles y aspira a los consensos. A continuación, desarrolló sus propuestas.
Distanciándose del Partido Popular, Reyero sostuvo que el crecimiento económico y de empleo es necesario pero no suficiente para proteger a las personas más vulnerables y hacer de España una sociedad más inclusiva. Lo de crear empleo para superarlo todo era una verdad a medias. Había que desarrollar necesariamente unas políticas sociales con capacidad redistributiva que permitieran lograr una mayor cohesión social y equidad.

Propuso reorientar el modelo productivo español apostando decididamente por la innovación y el conocimiento, a la vez que una mejor regulación que favoreciera el aumento de tamaño de las PYMES españolas y su competitividad, medidas de reactivación del sector industrial y una reforma integral de nuestro sistema fiscal.
El mercado laboral actual se caracterizaba, afirmó, por la dualidad, la precariedad, los reducidos salarios y la elevada rotación. Ciudadanos opta por el contrato único, que elimine el muro insalvable entre contratos indefinidos y temporales. Para ello, los nuevos contratos serán indefinidos con indemnizaciones por despido creciente, que aumentarán a medida que permanezcan más tiempo en la empresa. Según Reyero, esta propuesta permite eliminar la dualidad sin disminuir la protección media de los trabajadores. Propuso un complemento salarial garantizado que sirva de compensación a los ingresos laborales de los hogares y del que se beneficien los trabajadores con salarios más bajos y empleos más precarios. Los tramos y los niveles de este complemento se diseñarían en función de la situación familiar y de la renta laboral. También había que reformar el sistema educativo para convertirlo en un verdadero garante de la igualdad de oportunidades. Consideraba imprescindible un gran acuerdo que se materializara en un Pacto nacional por la Educación.
Por lo que se refiere en concreto a los servicios sociales, mencionó su inclusión al máximo nivel constitucional dentro del título I de la Constitución española, dotados de garantía presupuestaria mediante ley. Menos claro, puesto que no estaban hechos los números hasta ese punto, es de dónde saldría la dotación presupuestaria. Del mismo modo, Ciudadanos busca una alternativa a la reforma de la administración local, que proporcione un sistema de servicios sociales basado en dos niveles: atención básica en los municipios y atención especializada en las comunidades autónomas.
Sobre la Ley 39/2006, de Dependencia, aprobada en la época del Gobierno de Zapatero, sostuvo que había sido un gran paso, pero se quedaba corta: por el endeble modelo de financiación y por el peso excesivo de las prestaciones económicas respecto de los servicios. Esos eran los aspectos que había que subsanar, entre otras medidas, por medio de una Estrategia Nacional de Coordinación Sociosanitaria.
Dentro del capítulo de ayuda a la infancia y a la familia, y de la lucha contra la pobreza y la desigualdad, se mostró partidario de incrementar la inversión pública en políticas de protección social a la infancia, equiparar las ayudas de las familias monoparentales a las que reciben las familias numerosas y la custodia compartida por el interés superior del menor. Puesto que el índice de riesgo de pobreza y exclusión era en 2013 el 29,2% del total de la población española, insistió en que había que introducir el mencionado complemento salarial anual garantizado que complemente, vía IRPF, los ingresos laborales de los hogares.
Entre las precisiones, en el turno de debate, de algunos de los oyentes, destacaron los comentarios de María Martín Díez de Baldeón, consejera de Salud de La Rioja, y de Carmen Pombo Morales, directora de la Fundación Fernando Pombo. Martín Díez de Baldeón opinó que no había que fijarse tanto en quién actuaba (público-privado), sino en quién obtenía los mejores resultados y también en el papel de la familia. Según datos de su comunidad, los desequilibrios psíquicos en alarmente aumento se debían sobre todo a la ruptura de los vínculos familiares. Pombo Morales subrayó la importancia de la sostenibilidad económica del Tercer Sector y del emprendimiento social, y para ello el papel del incentivo fiscal.
La sesión estuvo moderada por Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de FUNCIVA y del Consejo Social de UNIR.
Hipócrates (h. 460-377 a. C.) sostuvo que la enfermedad siempre afeaba la hermosura. Para el padre de la medicina, la tarea del médico consistía en restituir la belleza a las formas del cuerpo humano. Por ello, algunos galenos siguen considerando que la medicina es una forma de arte imprescindible: el “arte de la vida”. Desde sus orígenes, las interrelaciones entre el arte y la medicina han sido tremendamente ambivalentes. No son pocos los médicos que pregonan a quien les quiera escuchar que su labor es fundamentalmente humanista, aunque en muchas ocasiones tienen que enfrentarse a la realidad hospitalaria, que convierte al paciente en una figura irrelevante. Su modo de encarar los problemas derivados de su profesión sitúa a los médicos entre dos mundos pensados contradictoriamente y en un resbaladizo cruce de caminos intelectual. En la consulta no se encuentra solamente un órgano, sino también una persona a la que mirar a los ojos fijamente. Lo científico y lo humanístico se entremezclan y son inseparables. Realmente no sabemos dónde comienza un ámbito y termina el otro en una particular pesquisa de la verdad.
Como cualquier tipo de arte, la medicina también se basa en la conversación y en el encuentro de miradas y de personas. El propio Hipócrates sostuvo que la medicina debía tener presente tres factores que interactuaban entre ellos: la enfermedad, el enfermo y el médico. Y es que médico y enfermo tienen que colaborar juntos si quieren combatir la enfermedad adecuadamente. Todos hemos sido en alguna ocasión pacientes porque enfermar es una condición de vida. Nadie escapa de la dolencia y todos terminamos por contar nuestra historia particular delante de un médico. La enfermedad se convierte entonces en la sincera confesión de una experiencia encarnada, como también lo son las grandes obras de la literatura universal. Como recordaba el doctor polaco Andrezj Szczeklik en su recomendable obra Catarsis (Acantilado), “el enfermo habla. Hay que escucharle, hay que oír su historia. (…) Para el narrador, su historia es lo más importante del mundo. Y el oyente nunca debe olvidar que alguna de las historias que escucha será la suya un día u otro, porque alguna de las enfermedades le caerá en suerte también a él”. La empatía es una regla de oro que no se puede impostar. Si el encuentro con el paciente es sincero, ésta se convierte en uno de los mejores métodos de presencia alentadora y tangible, el irrevocable deber médico.
Los médicos mantienen los ojos bien abiertos en su día a día. Por su parte, la observación es el fundamento sobre el que se han construido algunas de las más importantes obras de arte de la historia. No están tan lejos unos de otros. De hecho, hoy sabemos que existen manifestaciones artísticas, como la música, que consiguen tener efectos positivos en la mejoría de los pacientes. Novalis lo intuyó hace más de dos siglos: “toda enfermedad es un problema musical; y la curación, una solución musical. Cuanto más breve y no obstante más perfecta sea la solución, tanto mayor será el talento musical del médico”. En este sentido, recientemente un grupo de neurofisiopatólogos italianos ha descubierto que la visión de algunos de los más importantes cuadros (Boticelli, Van Gogh o Degas) mitigaban el dolor de los voluntarios del experimento. Para estos investigadores la conclusión era lógica: la belleza lograba aliviar el sufrimiento. El poder del arte, como afirmó el historiador Simon Schama, es desconcertante y transformador.
Pero las relaciones no se detienen en esta facultad curativa, los artistas han ido un paso por delante en ocasiones a la hora de plasmar los síntomas de una patología desconocida. Por ejemplo, entre abril de 1836 y noviembre de 1837, un jovencísimo Charles Dickens publicó por entregas Los papeles póstumos del Club Pickwick. En esta historia se narraba la excéntrica vida de varios personajes a los que el lector puede acompañar por las más divertidas peripecias. Uno de los protagonistas más populares fue el criado Joe, que despunta en la narración por su obesidad, su generoso apetito y su constante somnolencia. La figura de este criado no pasó desapercibida para uno de los mayores internistas de finales de siglo XIX, el canadiense William Osler, quien señaló en un tratado básico de la época la relación entre la obesidad y la somnolencia del personaje de Pickwick. Medio siglo después un grupo de investigadores descubría el síndrome de apnea-hipopnea durante el sueño, también conocido desde entonces como el síndrome de Pickwick.
En una época de tecnificación y de racionalización mal entendida, debemos recordar que existe un hilo común entre el arte y la medicina. La intuición, la creatividad y la emoción seguirán siendo herramientas imprescindibles para seguir avanzando hacia el futuro. No seremos jamás máquinas. Por ello, tanto médicos como artistas nos instan a explorar en la frontera de la condición humana. Vivimos en un universo cultural que ha pretendido desplazar la muerte y el sufrimiento de la experiencia personal, lo que se convierte en un síntoma notable de nuestros temores y limitaciones. Será imposible responder a las grandes cuestiones de la existencia sin considerar el milenario legado de unos y otros, que nos descubren incesantemente que la experiencia de dolor es necesaria para comprender la trascendencia de la belleza y la verdad.
Hace unos cuantos años caminaba junto a un pensador de hondo calado, contaba que había comenzado a tener relación profesional con científicos de alto nivel. Se encontraba intranquilo por la escasa preocupación ética de los mismos. No se planteaban preguntas más allá de la viabilidad racional de sus proyectos. Escucharle me resultó desalentador porque, aún con las excepciones pertinentes, parece que esto es un signo de los tiempos. Pese a los intentos por construir una tercera cultura en la que compaginar ciencia y humanidades, muchos especialistas no ven nada más que sus trabajos. Quizá en la medicina confluyen ambos campos como en ningún otro y, por eso mismo, los médicos están obligados a orientarnos hacia una vida nueva.
Ignacio Peyró: “Fuiste el primero que traduje / y mis versos se hicieron a la par / que iba vertiendo tus sonetos”. ¿En qué ha influido su labor como traductor en su condición de poeta? ¿Qué ventajas y qué peligros trae consigo la traducción?
Rivero Taravillo. Traducir poesía me ha ayudado mucho a escribir la propia: me ha enseñado a buscar lo sustantivo, a tomar decisiones estratégicas. Al traducir los sonetos de Shakespeare, que es a lo que se refieren los versos citados, adquirí cierta destreza técnica que luego apliqué a mis propios versos. Por otra parte, la traducción es una lectura a fuego lento, y no tengo que subrayar, pues es sabido de todos, cuánto mejora así el plato.
Además de poeta y traductor, también es novelista, editor, librero, crítico, columnista… ¿Qué prima sobre todas estas cosas y por qué?
Mi vida ha girado siempre a la letra impresa, al libro. Prácticamente no hay céntimo que haya ingresado que no provenga de él, ya fuera como librero durante diecisiete años, ya como autor y traductor (en aquella época y, sobre todo, durante el último decenio). Pero sobre todo me gustaría considerarme poeta.
Tiempos de canon: acaba de publicarse, con alabada traducción suya, el canon poético de Bloom. ¿Qué autores –qué poetas- configuran la tradición en la que Ud. arraiga?
Un poeta que para mí ha sido muy importante es Cernuda (precisamente, uno de los preferidos de Bloom en nuestra lengua). Pero me ha influido sobre todo en la primera época de mi escritura un poeta bien distinto que también apreciaba mucho al Cernuda surrealista: Juan Eduardo Cirlot. Le sumaría cierta poesía visionaria y no pocos de los poetas que he traducido, entre los que se encuentra un maestro como Ezra Pound.
Almohadas, monedas, mecedoras y columpios, hasta donaciones de sangre. Lo cotidiano, en su poesía, es la mejor puerta de entrada para lo metafísico…
Un rasgo que distingue al poeta maduro (yo ya lo voy siendo, aunque solo sea por edad) es dejar el egocentrismo adolescente y abrirse a la realidad que lo rodea, a los objetos, en los que siempre hay lecciones que aprender, aunque sea su capacidad latente metafórica. Ayudan a ejercitar la mirada, que es compañera indisoluble del decir.
Sorprende también la presencia, aquí y allá, de ciertos ecos familiares, como una purificación de la memoria…
En los poemarios publicados, y numerosos inéditos (he escrito mucho, que solo ahora empieza a ver la luz) vuelvo una y otra vez sobre mis padres. Es una forma más plural y decente de la egolatría, es cierto, pero también un modo de recuperarlos y, en el caso de mi padre, hacer que mengüe la distancia que por desgracia y culpa mía seguramente hubo entre nosotros mientras él vivía.
Imágenes audaces y también cierta audacia expresiva en el lenguaje. ¿No le dan pavor los –muy serios- juegos de palabras?
Los juegos de palabras (por otra parte algo muy isabelino, que me alegró hallar en Shakespeare) son un modo de exprimir el lenguaje y sacarle posibilidades no siempre manifiestas. La poesía no es solo sentimiento o reflexión, sino un baile -lento minué o trepidante giga- de palabras.
Su heterónimo Humberto Fabbro aparece como personaje invitado en el poemario. ¿Un Rivero Taravillo más joven, más gamberro y menos grave?
Pues sí, todas esas cosas. No pretendo convertirlo en serio heterónimo, sino en una voz propia y distinta que no me atrevería, por pudor, a emplear yo mismo. Hay que ensayar otras formas de decir, que no solo puede consistir en el empleo de otros ritmos o versos, sino tonos y temas. El mundo es plural. Qué digo plural, pluralísimo. ¿Por qué no lo va a ser uno? Hace poco anotaba esta especie de aforismo: los poetas es, el poeta son.
Sevillano –aunque melillense de nacimiento-, en su poesía hay sin embargo poco sevillanismo. Y eso que ha estudiado Ud. a fondo la vida y obra de Cernuda. Sevilla y la poesía: el mejor emparejamiento, pero ¿también un riesgo?
Hay una Sevilla seria y circunspecta, nada amiga de la fiesta o del barullo, muy bien representada por Cernuda y ciertos poetas metafísicos que él admiró. Sevilla es un peligro para el vate que la canta; yo trato de disfrutarla en mi vida civil y no invocar su nombre en vano cuando «estoy de servicio» como poeta.
A cambio, Irlanda e Inglaterra dejan su impronta en Lo que importa. Abunde un poco en su relación con ambos países, con ambas literaturas, con ambas –también- lenguas…
Comencé estudios de Derecho que abandoné porque me pilló la guerra de las Malvinas y solo prestaba atención al escenario bélico, con un romanticismo ridículo ajeno al hecho de lo terrible de la campaña (quintaesenciado en Fogwill) y la tapadera que supuso para la dictadura argentina. Al año siguiente emprendí Filología Inglesa (¡parece traición!), aunque ya en cuarto, y tras ser becado por la Universidad de Edimburgo para ampliar estudios, abandoné para estudiar el gaélico escocés y, de seguido, el irlandés. La literatura inglesa me ha dado muchísimo, desde la artúrica de mi amado Tennyson a la creación de los poetas contemporáneos. La irlandesa, en inglés, me brindó a escritores que me han deparado una singular felicidad como Flann O’Brien, de quien puse en español una novela en inglés, una colección de artículos en los que había varias páginas en irlandés, y la única novela -un absoluto clásico- que compuso en esta lengua céltica que cada día que pasa olvido un poco más. Irlanda es mi país vocacional: su paisaje y su paisanaje, su música y su extraordinaria literatura. Fíjese que con la griega, que la supera en antigüedad, es la única europea que se lleva componiendo sin interrupción desde hace la friolera de quince o más siglos.
Muchas gracias por la lucidez, la brillantez y la honestidad de la exposición, no solamente en cuanto al pronóstico, sino también en cuanto al diagnóstico», dijo anoche Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de la Fundación Funciva y del Consejo Social de UNIR, tras la exposición de Rafael Bengoa en la Primera Jornada Académica de Política Social de la Universidad Internacional de La Rioja, dedicada a la Sanidad.
Bengoa afirmó que hay que poner más recursos pero eso no basta, porque perpetuaría un modelo insostenible y que ya no cubre todas las necesidades. Se requiere de más medios «no para hacer más hospitales, sino para transformar». El cambio, en su opinión, es «difícil pero inevitable». Hay ya buenos compañeros de viaje. «Estamos aprendiendo mucho de los Estados Unidos, que tenían mal modelo de cobertura pero muy buen modelo de gestión, y ahora muy interesante». En suma: «Yo creo que es muy importante que pongamos dinero encima de la mesa pero que se use para transformar. Si se va para más ladrillo y mortero, nos estamos autocondenando y sufrirá el Sistema Nacional de Salud».
Pasando al terreno concreto de desarrollo de esas ideas, ante un público selecto del sector, el ex consejero vasco de Sanidad destacó que en el último siglo había aumentado mucho la expectativa de vida, y España, ahí, «está en el buen modelo». Sin embargo, la gente con problemas de salud mental se ha quedado estancada en los últimos cuarenta años». «Los enfermos de salud mental se están muriendo por razones físicas… cardiovascular, diabetes, porque no atendemos esas facetas de su vida. Tenemos un enorme problema con ese grupo de personas que es una buena proporción de la sociedad».
Otro reto era el demográfico, con «una cronicidad absolutamente brutal». «Un tercio de los que estamos aquí sufre una enfermedad crónica, y todos los demás la vais a tener. Solo para que sepáis que la vais a tener; muchos la padecéis ya pero todavía no os hemos diagnosticado», sostuvo. Es una epidemia rápida que se relaciona con el estilo de vida. «El trece por ciento de los españoles padece diabetes, un tercio de esos trece no lo sabe; va muy muy rápido, no solo a más. Es una auténtica epidemia: sucede sobre todo en cardiovasculares y en diabetes.»
La crisis económica se puede ver en el caso de la Sanidad y de los Servicios Sociales «como una oportunidad para hacer algo diferente». La medicina es un sitio de una enorme complejidad ahora. «Antes, para ver a un paciente complejo hacían falta dos médicos, y ahora hacen falta veintidós de media, para un paciente con dos enfermedades crónicas». Se practicaba «una medicina del siglo XXI, muy, muy compleja, con muchos crónicos, con el chasis que diseñamos en 1970».
Sobre la transformación en concreto, expuso: «Creo en la economía de mercado. Creo que la sociedad española se mueve en la economía de mercado. Pero cuando la llevas al sector social, los últimos cuarenta años demuestran que causa desigualdades». Había que actuar en una doble línea. Primero, «contención del gasto razonable, desinvertir en servicios que no tienen valor clínico», porque «el 20 por ciento de las cosas que hacemos en Sanidad no sirven para nada. De las cosas que os hacen, el 20 por ciento no sirve para nada. Pero se pagan, y se hacen. En la pública y en la privada. No sirven para nada». Además había que integrar lo sociosanitario, que no está integrado en España. «Hay que decir a los paciente que tienen que asumir responsabilidad sobre su enfermedad, esto parece un ideal liberal sin embargo es muy importante porque hemos fabricado un paciente pasivo en lugar de un paciente activo. Es muy importante que empecemos a responsabilizar a los pacientes, de forma organizada; ellos son parte de la solución».
El movimiento de la transformación era: «Mucho más en casa, más prevención, más en comunidad, más en atención primaria y menos en hospital». Al decir más en la comunidad, también significaba «más con servicios sociales». Los países más avanzados «migran hacia un sistema local, más coordinado para lograr la salud poblacional. Por ejemplo, en los Estados Unidos a través de la Accountable Care Organizations.»
Finalmente: España posee un «arsenal de gestión para la transformación, mejor, por ejemplo, que Francia»: historia clínica electrónica, receta electrónica, «sabemos telemedicina, telecuidados y telemonitorización, sabemos estratificar la población. De lo que se trata es de que este arsenal, ahora a disposición de los gestores o macrogestores, de los políticos del sector, se ponga en marcha de forma alineada y organizada». Explicó lo que significa estratificar en Sanidad y atender en casa. E insistió: «Todo esto aún no está montado de forma ambiciosa en España».