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Ver productosNaguib Mahfuz. Escritor egipcio, premio Nobel de Literatura, fue considerado como el mejor cronista de su país y agudo observador de los problemas sociales y políticos de su tiempo. Como árabe, rechazó con contundencia la radicalidad de los islamistas y buscó la unidad por encima de las convulsas diferencias ideológicas y religiosas. Su defensa de la igualdad social y sus profundas convicciones democráticas hicieron de él un analista insustituible para comprender la complejidad de Egipto.
El 6 de agosto de 2015 fue inaugurada una ampliación del canal de Suez, una obra de 72 km. que reduce el tiempo de navegación y permite que los barcos circulen en los dos sentidos. La ceremonia fue presidida por el mariscal Abdel Fatah al Sisi, presidente de Egipto, que llegó al poder hace dos años tras la destitución del presidente islamista Mohamed Morsi. Luego, afianzó su poder por medio de las elecciones a la jefatura del Estado de junio de 2014, en las que superó los 23 millones de votos.
La ampliación del canal tuvo una gran relevancia mediática, con asistencia de destacados mandatarios extranjeros como François Hollande, y pretendió ser al mismo tiempo un acto de fervor nacionalista. Una ocasión de demostrar de que con Al Sisi, Egipto está consiguiendo la estabilidad y la prosperidad, después de los sucesos de la Primavera Árabe con el derrocamiento de Hosni Mubarak, perpetuado en la presidencia entre 1981 y 2011. De todos estos acontecimientos de ritmo vertiginoso, en poco más de cuatro años, podría haber sido un excelente cronista el premio Nobel de Literatura egipcio, Naguib Mahfuz (1911-2006), el escritor que concibió la historia de Egipto como un todo desde los tiempos faraónicos a los actuales. Fue, sin duda, un autor arabo-egipcio, alguien que rechazaba la uniformidad de los islamistas radicales y sabía escudriñar los rasgos diversos y complejos de la condición humana, por encima de los factores culturales y religiosos.
UN LUGAR ENTRE LOS INMORTALES DE EGIPTO
En cierto modo, podríamos definir a Mahfuz como un nacionalista laico, influenciado en el periodo de entreguerras por aquellos intelectuales de su país que buscaban las raíces de su cultura e independencia política en los tiempos faraónicos. Se identificaba también con Saad Zaghlul, el líder del movimiento nacionalista de 1919 contra la ocupación británica, alguien que creía en la indivisible unidad patriótica de cristianos y musulmanes egipcios. Pero estas tendencias quedarían en un segundo plano, pues el nacionalismo panarabista, triunfante con la revolución de Nasser, se centró más en los rasgos árabes y africanos de Egipto. El escritor no abandonó del todo sus preferencias históricas, si bien subrayó, en su discurso de aceptación del Nobel, la profunda influencia en su obra de las civilizaciones del antiguo Egipto y del islam.
Mahfuz reflexionó sobre la milenaria historia de Egipto de un modo a la vez clásico y original. Lo hizo en su libro Before the throne (1983), calificado por su autor de novela histórica, pero que es a la vez una obra de filosofía política, con empleo de diálogos que podrían recordarnos a los de Platón o de Luciano de Samosata, si bien existen otros precedentes del tema en la literatura del antiguo Egipto o en la islámica medieval. Esta novela de Mahfuz ha tenido una cierta difusión gracias a su versión inglesa (Anchor Books, Nueva York, 2009), realizada por Raymond Stock, profesor de la Drew University, y que escribe habitualmente sobre Oriente Medio en publicaciones de difusión internacional. En la obra, sesenta y tres gobernantes de la historia de Egipto, desde el mítico faraón Menes al presidente Anuar el Sadat, comparecen ante el tribunal de Osiris, dios de los muertos, para justificar su labor de gobierno. Pero, a diferencia del mito original, no hay corazones ni plumas en una balanza, ni tampoco el difunto es arrojado a las garras de Ammyt, un ser con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león y patas de hipopótamo, si en el juicio resulta culpable. En muchos casos, los gobernantes difuntos obtienen en este libro un veredicto que les da derecho a tener un asiento entre los Inmortales, aunque otros son merecedores del purgatorio o del infierno. Y un detalle de la sensibilidad de Mahfuz: su tribunal de antiguos dioses egipcios no juzga la conducta moral de políticos cristianos o musulmanes. Deja ese cometido en el ámbito de sus respectivas confesiones.
En definitiva, el principal requisito para alcanzar la inmortalidad es haber contribuido a la grandeza de Egipto, algo no incompatible con errores y arbitrariedades cometidos durante la vida terrena. Es llamativo que en el capítulo final, algunos de los gobernantes que han alcanzado su lugar entre los Inmortales proclamen una especie de decálogo de buen gobierno para Egipto. Entre esos preceptos destacan la unidad de las tierras y del pueblo, la creencia en el trabajo, la ciencia, los saberes y la literatura, aunque también se señala la importancia de creer en el pueblo y en la revolución, la potencia, el gobierno del pueblo y para el pueblo… Destaquemos que los presidentes Gamal Abdel Nasser y Anuar el Sadat exponen en el texto su contribución a estos diez mandamientos. Mientras el primero defiende que las relaciones entre las personas deben estar basadas en una absoluta justicia social, el segundo insiste en el que el objetivo del gobierno de Egipto consiste en la civilización y la paz.
Tenemos que coincidir, por tanto, con el conocido columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman, en su artículo I am a Man (15-5-2011), en que Naguib Mahfuz habría hecho oír su voz de «conciencia de la nación» en los sucesos de la Primavera Árabe que tuvieron lugar cien años después del nacimiento del escritor. Mahfuz hubiera defendido un cambio político y social en busca de la paz y la prosperidad, juntamente con el orden y la seguridad.
Habría sido un defensor de la unidad nacional, por encima de las diferencias de credos, y en cualquier caso, compaginaría la piedad religiosa con una enérgica defensa de la justicia social y la democracia. En definitiva, podría encarnar como pocos el espíritu que animaba a la multitud congregada en la plaza Tahrir de El Cairo en la revuelta contra Mubarak.
EL JUICIO DE NASSER
Hay quien afirma que Before the throne fue escrita para apoyar el trascendental acuerdo de paz de Camp David (1978), entre Egipto e Israel, y que supuso la recuperación por los egipcios de la península del Sinaí. Lo cierto es que la novela se publicó dos años después del atentado mortal contra Sadat, que se ganó el odio de los islamistas radicales y la marginación de su país por los demás miembros de la Liga Árabe. Mahfuz no oculta en su obra el apoyo a la iniciativa del presidente asesinado, lo que traería como consecuencia el veto a sus libros en numerosos países árabes hasta que le fuera otorgado el Nobel. El apoyo a Sadat sirvió al escritor para subrayar sus críticas a Nasser. No solo le decepcionó de la revolución egipcia de 1952 el aumento de la burocracia y la persistencia de la corrupción sino también los planteamientos políticos y sociales del nasserismo. Mahfuz no priva, sin embargo, a Nasser de un lugar destacado en la memoria colectiva, aunque le reprocha su convicción de que la historia de Egipto comenzaba el 23 de julio de 1952. Había que valorar positivamente que, tras el derrocamiento del rey Faruk, hombres de auténtico origen egipcio habían tomado el poder, pero los nuevos gobernantes no se reconocían en el rico pasado de su país sino que esgrimían consignas políticas de modelos para el tercer mundo en su lucha contra fuerzas colonialistas e imperialistas. Ni siquiera la aplastante derrota en la Guerra de los Seis Días (1967) frente a Israel, que supuso la pérdida de la península del Sinaí, sirvió para cambiar la estrategia de Nasser. Antes bien, supo transformar su derrota en victoria ante la opinión pública al asumir el papel de «egipcio árabe mártir». A este respecto, Mahfuz hace un símil histórico con Ramsés II, que no salió muy bien parado de la batalla de Kadesh (1274 a. de C.) contra los hititas, aunque intentó disfrazar su derrota.
En el juicio a Nasser, los personajes del antiguo Egipto le hacen toda clase de reproches. El primer faraón, Menes, le dice que tenía más interés por la unidad de los árabes que por la integridad territorial de su país. Abnun, que encabezó una revuelta popular durante la sexta dinastía, pone en duda la pureza de la revolución nasserista, pues fue una época en la que corrieron ríos de sangre. Tutmosis III le acusa de no haber sido nunca un líder militar en sentido estricto sino más bien un líder político. No obstante, Nasser justifica su derrota ante Israel por la superioridad técnica de un enemigo equipado por la primera superpotencia mundial.
Sin embargo, el mayor de los reproches viene de Saad Zaghlul, líder de la revolución de 1919 frente a la ocupación británica. Este liberal egipcio, dirigente del partido Wadf, no solo está en desacuerdo con Nasser por haber pretendido borrar de la Historia su recuerdo. Su principal objeción al presidente es la de no haber sido un auténtico líder de Egipto, pues un líder es quien sabe unir a todos los egipcios por encima de su religión. Algo similar le dice el antiguo primer ministro y líder del Wadf, Mustafá al Nahhas, al criticar el sistema autocrático implantado por Nasser. Censura la falta de libertades y la violación de los derechos humanos, y asegura que el régimen creó una mitología política vacía de contenido. Pero Nasser insiste en que la verdadera democracia consiste en la liberación del colonialismo, la explotación y la miseria. Pese a todo, al Nahhas le sigue reprochando no haber sido más modesto en sus ambiciones, pues parecían preocuparle más las revoluciones a escala mundial que el bienestar concreto del campesino egipcio. De ahí que el veredicto de Osiris para permitir a Nasser sentarse entre los Inmortales no sea definitivo, aunque reconozca sus cualidades de primer gobernante de origen claramente egipcio y de preocupación por la condiciones de vida de los trabajadores.
EL JUICIO DE SADAT
El último gobernante juzgado en Before the throne es el presidente Anuar el Sadat, el hombre que quiso redimir el honor de los árabes al atacar por sorpresa a Israel en octubre de 1973, pero que apostó por la paz en los acuerdos de Camp David cinco años después. Mahfuz le alaba por haber contribuido a la recuperación económica de su país y haber dado algunos pasos hacia un gobierno representativo. Sin embargo, Sadat murió asesinado por fanáticos religiosos durante un desfile militar en El Cairo en 1981.
El juicio del escritor sobre el presidente egipcio no es demasiado negativo, pues la mayoría de los personajes históricos que desfilan ante él justifican sus actuaciones. Akenatón, el faraón monoteísta, le considera un apóstol de la paz y le recuerda que también a él le llamaron traidor. Por su parte, Ramsés II considera la paz con Israel muy similar a la que tuvo que suscribir con los hititas tras la batalla de Kadesh. Y Sadat responde con la afirmación de que continuar con una política basada en la guerra resulta inútil. El general Horemheb, último faraón de la decimoctava dinastía, le reprocha, por el contrario, su poca energía en combatir la corrupción. No falta tampoco Nasser, su antiguo compañero de armas, que critica a Sadat por haber desprestigiado su memoria, y añade que la victoria inicial egipcia en la guerra de 1973 no habría sido posible sin los preparativos bélicos de su época de gobierno, aunque lo peor fue la firma de una paz vergonzosa con Israel que condenó a Egipto al aislamiento y la exclusión. Por lo demás, la definición más concluyente de la presidencia de Sadat corresponde a Mustafá al Nahhas: era un gobierno democrático en el que el líder ejerce una autoridad dictatorial. El resultado final es que el presidente terminaría ganándose la enemistad de los moderados y de los extremistas. Pese a todo, Osiris concede a Sadat un lugar entre los Inmortales.
¿CÓMO HUBIERA JUZGADO MAHFUZ A MUBARAK, MOSI Y AL SISSI?
Tras la lectura de los diálogos de la novela de Mahfuz, no es difícil imaginar al tribunal de Osiris juzgando a los tres últimos presidentes de Egipto.
Hosni Mubarak (1981-2011) debió de gozar del apoyo inicial del escritor como continuador de Sadat. Este presidente, que unos años antes le condecoró con la Orden del Nilo, rindió homenaje al premio Nobel tras su fallecimiento y alabó tanto sus valores de ilustración y tolerancia como su papel en la difusión de la cultura árabe. El escritor nunca criticó públicamente al presidente. Después de experimentar que la revolución de 1952 no trajo una auténtica democracia para Egipto, el gobierno de Nasser le hizo vivir con una cierta sensación de miedo, aunque eso no le sucedió ni con Sadat ni con Mubarak. Reconocía que la constitución egipcia no era democrática, pero no se sentía a disgusto en el Egipto de la década de los noventa porque, en su opinión, existía más libertad de expresión que en otros tiempos. Sin embargo, el peligro no vendría del poder establecido sino de una violencia desencadenada por consignas mecánicas e irracionales. El 16 de octubre de 1994 un islamista fanático intentó asesinar a Mahfuz apuñándole en el cuello y en el vientre. Su brazo derecho quedó prácticamente paralizado y perdió parte de la visión y la audición. Se cuenta que, desde el hospital, el escritor recordó este conocido proverbio árabe: «Los perros ladran, la caravana sigue su camino».
Nadie doblegaría al novelista, conciencia del pueblo egipcio. Su salud se deterioró, pero su palabra, con la que expresaba sus emociones y se esforzaba por comprender las ajenas, no se apagó en los años finales de su vida. Al conocer muy de cerca el entramado social de Egipto, marcado por la pobreza, la corrupción y una economía estancada, Mahfuz habría apoyado la revuelta contra Mubarak como objetivo para alcanzar el régimen moderno, laico y auténticamente democrático que había soñado en su juventud. Y en el tribunal de Osiris de su libro quizás se leyeran reproches contra el inmovilismo de Mubarak, por intentar perpetuar el poder en su familia, no haber luchado decisivamente contra la corrupción e incluso haber contribuido, sin buscarlo, al ascenso político y social de los Hermanos Musulmanes.
Ni que decir tiene que el juicio de Mahfuz contra el presidente islamista Mohamed Morsi (2012-2013) habría sido negativo. La llegada al poder de los Hermanos Musulmanes, con un presidente que alcanzó un ajustado 51% de los sufragios frente al 48% del ex primer ministro Ahmed Shafiq, representaría para el escritor una traición a los ideales democráticos de la multitud congregada, un año antes, en la plaza Tahrir. Tampoco habría comprendido el apoyo inicial de Obama a Morsi, pues, con independencia de la aritmética de los sufragios, consideraba a los Hermanos como una amenaza para las libertades. El enfrentamiento de Mahfuz con el ideólogo islamista Sayyib Qutb, por un tiempo amigo suyo, está en la raíz de ese rechazo. Nunca aceptó la visión de Qutb de considerar el islam como un todo inamovible, y le retrató en su novela Espejos (1972) como alguien ante cuya mirada no podía sentirse cómodo.
Mayor aprobación le despertaría el presidente Al Sisi (2013-), que acaso le recordara a los Sadat y Mubarak de otros tiempos. La comparación con el general del antiguo Egipto, Horemheb, no habría faltado, en opinión de Raymond Stock. Horemheb derrocó a Akenatón, el faraón monoteísta. En Before the throne, este le reprocha su traición. Otro tanto habría podido decirlo Morsi a Al Sisi, y la respuesta del nuevo Horemheb podría haber sido perfectamente la que Mahfuz recoge en su libro: «Te amé más que a ningún hombre, pero amaba más a Egipto». Al Sisi es ahora la encarnación del orden y la estabilidad. Terminó con el gobierno de los Hermanos Musulmanes, a quienes consideraba como una pérdida de prestigio para Egipto, pero, como a otros gobernantes anteriores, se enfrenta a otras amenazas difíciles de erradicar y que Mahfuz denunció a lo largo de su vida: la pobreza escandalosa y la corrupción.
Es una lástima que ya esté asignada la voz «caligrafía». Nos serviría muy bien para condensar las reglas del «arte escrituraria», expresión que tampoco cabe en nuestro diccionario. Pero el hecho está ahí. Una operación tan necesaria como poner las ideas por escrito requiere ciertos principios, cuidados, consejos. Lo voy a intentar con un módulo de tres mil palabras. Enseguida me referiré a la magia del número tres.
El dominio del idioma propio no se adquiere en la enseñanza primaria (o como se llame ahora), ni siquiera en la universitaria. Es una operación que debe completarse a lo largo de toda la vida. Todo el mundo que haya pasado por la escuela sabe escribir, pero cabe mejorar la escritura. La primera función es la de comunicarnos mejor. Pero también persiste el estímulo de la satisfacción por sí misma que supone componer un texto con sentido.
A la gente le inquieta mucho el hecho de que la lengua común cambie constantemente con la adopción de nuevas palabras y expresiones, al tiempo que otras quedan arrumbadas. Pero se trata de un rasgo de todas las lenguas vivas. No se colige bien por qué nos tiene que atemorizar, salvo en los pocos casos de un flagrante deterioro del idioma. No queda bien la introducción de palabras de otras lenguas por el simple hecho de presumir. Si el barbarismo no se entiende comúnmente, habrá que proveer un equivalente en castellano.
No sé qué tiene la cuestión de la lengua, al menos en España, que es casi imposible razonar sobre ella sin que se desaten fobias y filias. No exceptúo a algunos lingüistas acreditados. En el fondo late la creencia mágica de que «el nombre hace la cosa». Si, por ejemplo, se cambia la calificación judicial de «imputado» por «investigado», los poderosos capaces de delinquir se sentirán más tranquilos.
A la hora de plantearnos el buen uso del idioma debemos evitar algunas inútiles polémicas, que entretienen a la turba ociosa y semiculta. Me refiero, por ejemplo, a si se debe etiquetar nuestro idioma como «castellano» o «español». No son términos excluyentes. La convención es que, dentro de España, se prefiere decir «castellano», ya que hay otras lenguas españolas. Pero en el contexto internacional se ha impuesto el rótulo de «español». Igualmente provinciana resulta la discusión de si se habla «mejor» en España o en Hispanoamérica, o si el idioma culto es ahora más pobre o más rico que antes. Otro lugar común es asegurar que en Valladolid se habla «el mejor castellano». Puede ser, si la persona en cuestión lo domina, como lo han hecho Delibes y tantos otros. También es posible que sean «leístas». Se trata de una variación en los pronombres (sustituir el «lo» por el «le») que no tiene mayor trascendencia. Me parece igualmente una pérdida de tiempo entretenerse en decidir si se debe decir foot ball, fútbol o balompié, entre otros extranjerismos. Por cierto, me extraña el acuerdo de designar las palabras de otras lenguas, introducidas en la española, como «préstamos». No lo son cuando se aclimatan a nuestros usos y no hay que devolverlos. A lo mejor se introduce aquí la ironía de los libros que se prestan a los amigos y que tantas veces no se devuelven.
La penetración del inglés no se realiza solo a través de la aclimatación de ciertas voces más novedosas o técnicas. Hablamos en inglés sin saberlo, al aceptar algunas construcciones en las que el verbo va al final de la frase. Por ejemplo, cuando decimos que «salvar la fauna endémica es posible». Mejor sería recurrir a la estructura castiza: «Es posible salvar la fauna endémica». Otra influencia más sibilina es la de algunas expresiones políticas apocopadas, que en inglés se aprecian y en español rechinan. Por ejemplo, «podemos» sin más, sin señalar lo que se puede. O también, «derecho a decidir» sin precisar dónde empieza y termina tal opción.
Son innúmeros los llamados «falsos amigos» al importar con alegría palabras y expresiones del inglés. Bastarán unos pocos ejemplos. Predicament no significa «predicamento» sino apuro, lío. Un billion no se traduce por un «billón»; equivale a mil millones. Fabric no quiere decir «fábrica» sino tela. Commodity no es «comodidad» sino artículo de consumo. Actual no indica «actual» sino efectivo o real.
No todas las manifestaciones de la escritura son plausibles. Estragan, por ejemplo, las anónimas con intención aviesa, los textos groseros, la publicidad engañosa. Una forma particularmente desagradable es la de los esquizofrénicos grafitis. Ni siquiera los ecologistas protestan contra tal degradación del paisaje urbano.
La gran frecuencia de los mensajes que hoy se emiten y se reciben a través de los medios telemáticos hace que se borre la tradicional diferencia entre el lenguaje escrito y el oral. Se suponía que el primero se atenía más a los cánones de la lengua que podríamos llamar educada. El lenguaje oral se identificaba con lo espontáneo, permisivo, coloquial. Pero hoy muchos mensajes escritos pasan por ser personales, sin sujeción a muchas reglas formales. A la vez, algunas intervenciones orales, dirigidas a un auditorio culto, se atienen más a los cánones lingüísticos.
La incorrección del lenguaje no está solo en el uso de palabras inapropiadas a la realidad que describen o con errores ortográficos o de pronunciación. Ciertas personas tenidas por cultas pecan de incorrectas por la innecesaria repetición de algunas voces que se ponen de moda. Por ejemplo, «ámbito, tema, el día a día, lo que es, a día de hoy, básicamente», etc. Son voces que podrían pasar en el lenguaje oral pero no en el escrito. Cansan mucho cuando se reiteran. Sucede lo mismo con algunas muletillas. Por ejemplo, «por decirlo de alguna manera» o «como no puede ser de otra forma». Son copias del inglés, una lengua tan cortante que necesita de algún descanso con expresiones sin ninguna significación.
La acción de leer en solitario predispone a la mente para ensimismarse hasta el extremo de poder llegar a una especie de trance. Tal asociación es lo que ha llevado a los pintores que han trasladado al lienzo el suceso de la Anunciación de la Virgen María. La convención de todos ellos es que la Virgen se hallaba leyendo (a veces un libro con letras góticas), cuando se le apareció el arcángel Gabriel.
Durante los primeros milenios de textos escritos fue corriente escribir las letras seguidas sin espacios de separación entre las palabras o los párrafos. Desde el final del Imperio Romano se van introduciendo normas tipográficas de ordenación de los textos. La razón es que poco a poco se va adoptando la lectura silenciosa, esto es, la que se hace para uno mismo, por dentro, sin necesidad de pronunciar en voz alta. Hoy nos parece algo natural, pero se trata de una innovación cultural. San Agustín la descubre, admirado, al ver cómo la practicaba su maestro, san Ambrosio de Milán, a fines del siglo IV.
Hoy nos parece establecida la forma de disponer el texto separando palabras, párrafos y capítulos, y colocando la primera inicial con mayúscula al comienzo de una frase. Pero se empieza a admitir un nuevo paso. En los textos del correo electrónico, e incluso en algunos libros, se impone la costumbre de separar los párrafos no solo con un punto y aparte, sino con un espacio interlineado. Se recurre, además, al sangrado de la primera línea de cada párrafo. Se acepta la tradición del texto justificado a izquierda y derecha, operación automática con el ordenador. Todos esos desarrollos nos indican una extraña capacidad de la lectura: «leemos» también los espacios en los que no hay letras.
La Real Academia Española prescribe que entre párrafo y párrafo no haya una línea de separación. Así se han escrito tantos libros y también los textos de Nueva Revista, tan pulcra ella. No estoy muy satisfecho con dicha norma. Como digo, en los códices antiguos se encuentran ejemplos en los que ni siquiera existían párrafos, y aun a veces, ni comas ni puntos, Con un sistema de tanta economía del espacio a los legos se nos hace ardua la lectura de las inscripciones antiguas. Con el tiempo, y a medida que se multiplicaba el número de escritos, se hizo necesario espaciar los párrafos e introducir signos de puntuación. Así llegamos a la actualidad, en la que, son tantos los textos de toda índole, que los párrafos están pidiendo una línea vacía entre uno y otro. Esa es la forma usual de los correos electrónicos y cada vez más de múltiples documentos. Pero los editores siguen apegados a la norma de la rae. Yo la conculco sistemáticamente, pero los editores me la corrigen.
La lengua española será todo lo hermosa que deseen sus hablantes y escribientes, pero resulta algo monótona. El hecho es que tolera mal las repeticiones de voces, las rimas no buscadas, las frases largas. El escritor hará bien en no pasar de treinta palabras entre punto y punto, con la advertencia de que no se repita ninguna y evitando rimas. No conviene que los párrafos separados por puntos y aparte superen las treinta líneas. Tiran para atrás las páginas con el texto todo seguido, sin párrafos. Todavía se podría añadir que fatiga mucho cuando los capítulos superan las treinta páginas. Puede que tales normas parezcan caprichosas, un homenaje al número tres, pero facilitan mucho la lectura.
Todavía hay más sugerencias de la magia trinitaria. Añado un truco del estilo que podríamos llamar «literario», esto es, con pretensiones de elegancia. Consiste en repetir tres adjetivos o tres nombres. Solo debe hacerse con parsimonia, cuando lo exija el texto. Fuera de tal licencia, lo aconsejable es la austeridad en el uso de los sinónimos. Debe advertirse que «sinónimo» no quiere decir que una palabra se puede sustituir automáticamente por otra. Más que de sinónimos, habría que hablar de «palabras afines». Cada una de ellas presenta un matiz. A su vez, una misma voz puede contener acepciones diferentes. La polisemia resulta conveniente. De otra forma, si cada palabra tuviera solo una significación, el vocabulario no se podría dominar, tan profuso sería.
El peligro de la monotonía estructural del castellano hace que debamos anticipar algunos peligros. Por ejemplo, la preposición «en» es la que más se repite; su reiteración puede llegar a resultar empalagosa. Algo parecido ocurre con los verbos auxiliares (ser, estar, haber, tener, etc.). No se puede negar su utilidad, pero la gracia del estilo consiste en saber sustituirlos por otros afines para evitar enojosas repeticiones. Asimismo suele producir fastidio recurrir una y otra vez a los adjetivos o pronombres demostrativos (este, ese, aquel). Aquí las equivalencias se vuelven más difíciles, pero hay que intentarlas. De paso advierto que resulta conveniente que los pronombres demostrativos no lleven tilde en ningún caso. Debe evitarse el uso del demostrativo «aquel» y derivados, por la imprecisión que suponen. La voz «aquel» sirve muy bien cuando se quiere indicar nostalgia o simplemente una observación de algo difuso y lejano.
Las personas que utilizan normalmente una misma lengua familiar se saben unidas espiritualmente por ese rasgo que las hace partícipes de una cultura. No importan las pequeñas vacilaciones que pueda haber en la forma de pronunciar las palabras o de elegir unas u otras. Lo fundamental es la pertenencia a la cultura determinada por una misma lengua. En cuyo caso sería un «idioma» en sentido estricto. El cual puede ser solo una convención para andar por casa o un código más estructurado, que se necesita para convencer o hacer pensar.
Las normas ortográficas (acentos, puntuación, mayúsculas, dudas de letras, etc.) se pueden repasar en cualquier gramática; pero se interiorizan mejor al leer textos solventes. Es algo parecido a las normas del tráfico rodado. Claro está que figuran en el Código de la Circulación, pero se asimilan con naturalidad al tener que conducir regularmente un vehículo. Si imprecisos pueden parecer a veces los preceptos del tráfico automóvil, más lo son los referidos a la lengua. En la mesa del escritor debe figurar un buen diccionario y algunas otras obras de consulta. Me permito aconsejar el Nuevo diccionario de dudas y dificultades, de Manuel Seco. En él se percibe que las dudas se resuelven muchas veces con la solución más conveniente, sin descartar otras. Hoy los ordenadores cuentan con un «corrector automático». Tiene su utilidad, pero resulta insuficiente y a veces caprichoso.
La enseñanza tradicional hacía que los escolares se fueran soltando en la escritura conforme se hacían con la gramática. Era un texto elemental, pero se entendía. Ahora existen enjundiosas obras de gramática, pero resultan ininteligibles para el lector común. Dan la impresión de que se escriben para los colegas, un proceso similar en otras disciplinas. Se sospecha que los gramáticos andan empeñados en poner nombres raros a las cosas. Es un poco lo que hizo Linneo en su tiempo con la Botánica al unificar las denominaciones con etiquetas latinas. Ya es difícil la palabra «esdrújula» (la que lleva el acento en la antepenúltima sílaba), pero se nos ha hecho familiar. Es una razón para que algunos gramáticos la renombren como «proparoxítona», un trabalenguas.
Una duda ortográfica difícil de resolver es el uso de la mayúscula inicial de una palabra. Conviven normas diversas, pero hay una primordial: se escriben con mayúscula inicial las voces que representan personas físicas, jurídicas
o morales. Con tal criterio logramos despachar el 80% de las dudas. Así, dotaremos de mayúscula a Cibeles, Dios, Unión General de Trabajadores o Historia. En el último caso la personalidad es simbólica, pues la Historia se representa por la musa Clío. En cambio, frases como «no me vengas con historias» o «la historia de don Quijote» no exigen el mismo tratamiento.
En inglés se recurre menos a las mayúsculas iniciales, pero hay una palabra característica que se ha hecho universal: Establishment. En inglés se escribe con mayúscula inicial, pero, curiosamente, al pasar al español, muchos autores la ponen con minúscula. Los hay más refitoleros que escriben stablisment e incluso lo pronuncian en francés.
Debe advertirse el peligro que supone introducir en el discurso la cautela de «por supuesto» o en menor medida «obviamente». Lo mejor sería evitar tales cláusulas o al menos no repetirlas mucho. Tienden a ser un tanto insinceras, retóricas, hipócritas. Si de verdad hay que dar «por supuesto» un enunciado, más vale no emitirlo. De lo «obvio» no hay por qué hablar. En el fondo se trata de expresiones para conferir seguridad al autor.
La buena escritura es cuestión de oído. Basta permanecer atento a lo que se oye o se lee para que vayan penetrando los modelos de palabras o frases. Recuérdese que así aprendimos a hablar de niños, un portento de desarrollo mental. El problema está en que la memoria adquiera también los vicios del lenguaje, que circulan con facilidad, incluso entre personas instruidas.
A continuación figura, como ejercicio práctico, un repertorio de veinte construcciones vitandas. Se repiten en el habla o la escritura corrientes y pueden sonar muy bien. Entre corchetes figura la versión correcta o aconsejada. No se trata de vulgares errores ortográficos, sino de desviaciones que a veces ni siquiera detecta el corrector automático del ordenador. Lo malo es que, de tanto oír o leer tales oraciones, pueden pasar por buenas. En algún caso la frase que se escribe como errónea no es más que una variación regional y, por tanto, se puede admitir.
Las veinte frases enunciadas en primer lugar podrán ser muy oídas, pero son erróneas o desafortunadas, siempre con las cautelas advertidas. En donde se demuestra que, para los adultos, el procedimiento de imitación no es el mejor para llegar a dominar el lenguaje.
Este ha sido mi prontuario para ayudar a dominar la escritura de la lengua castellana. Contad si son tres mil palabras y estará hecho.
Por sugerencia de editorial Rialp, Luis Alberto de Cuenca reúne en un volumen cuatro trabajos «procedentes de conferencias y de artículos dispersos por acá y por allá», entre los que se encuentran algunas de las excelentes páginas que escribió para el número de Nueva Revista que se tituló La Biblioteca de Occidente. Es este volumen un librito mínimo de valor máximo, un prontuario de autoayuda para adquirir la sana pasión por la literatura. No es un tratado ni un ensayo ni una reflexión. La obra pertenece al género testimonio.
Todos los caminos conducen a la literatura, pero no a través de un itinerario prefijado y acartonado, sino por la suerte que cabe a un niño, un adolescente, un hombre de la segunda mitad del siglo XX que nace en una casa con biblioteca y de padres lectores y cuya afición por la lectura es un don y una gracia. Por eso, el paso de los tebeos de niño a los clásicos cuyo catálogo se ofrecía ordenado en los libros de texto de su bachillerato no es un salto en el vacío. Ciertamente, aquellas aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín publicadas por la editorial Valenciana no tienen nada que ver en hondura humana ni en penetración de caracteres (es un decir) con la Ilíada (la temprana pasión por el mundo grecolatino es otra característica de Luis Alberto), pero sí con esa razón por la que a unos les gusta contar historias y transmitir emociones y a otros les gusta oírlas y recibirlas. Es verdad que en el momento crítico de la aventura de Roberto Alcázar, cuando la situación era desesperada, siempre Roberto razonaba tiene que haber un resorte por alguna parte y. en efecto, en la viñeta siguiente, un puntito negro con la leyenda «resorte» confirmaba su presentimiento. Cabe distanciarse pedantescamente de esto mediante el sarcasmo y cabe también mantenerlo como ingreso en el fabuloso mundo de lo naíf. La pasión por la literatura (que tiene que ver con el hondón de lo humano) está por la segunda opción.
No soy aficionado a las novelas de caballerías (en ellas yo nunca he sabido vencer la distancia), pero comprendo a Luis Alberto cuando escribe: «El Amadís fue para mí una biblia, un catecismo, un libro sagrado. Lo he leído después (en la edición de Place en cuatro volúmenes auspiciada por el CSIC) y me ha seguido emocionando, tanto o más que la primera vez. Yo creo que porque sus caminos vienen de más allá y llevan a ninguna parte» (p. 30). Solamente literatura…
El viaje por la excelencia literaria a través de la historia, que emprendemos a continuación de la mano de Luis Alberto, nos lleva a Ramayana, Ilíada, Eneida, Bucólicas, Metamorfosis de Ovidio, Chanson de Roland, Cantar de Mio Cid, Los Nibelungos, Divina Comedia, Cancionero de Petrarca, Coplas a la muerte de su padre, Gargantúa y Pantagruel, Poesías de Garcilaso, Poesías de san Juan de la Cruz, Hamlet, Balada de un viejo marino de Coleridge, Cuentos de Poe, Hojas de hierba, Prosas profanas. No diría yo que, puesto a escoger la veintena de obras más excelentes que conozco, fuera esta lista la que me resultara. Ni mucho menos. Digo, en cambio, que, puesto a decir de cuál prescindiría para sustituirla por otra más adecuada, me encontraría en un grave aprieto. A la pregunta de cuáles son las obras literarias que más te gustan, yo tendría que contestar que depende del momento, la situación, el estado de ánimo. Por eso, me resulta tan atractivo este paseo por los textos en el que el poeta Luis Alberto de Cuenca nos habla de su encuentro con grandes obras, evocando la situación de lectura, la reacción que le provocó, las características de edición con las que se produjo ese encuentro…, la casualidad que dio como resultado esa emoción que se llama literatura.
La pasión por la literatura conduce al libro y a la biblioteca. El capitulito dedicado a la mítica Biblioteca de Alejandría tiene cabida aquí para inundar con el perfume de su exquisita leyenda el inicio mismo donde el «almacén de libros» se transmuta en otra cosa, que es fundamental en esa institución que en los siglos XIX y XX se conoce como literatura, toda una institución, en efecto, volcada en el molde de una palabra, litterae (letras, cartas, cosas escritas), que en alguna ocasión suelta se había aproximado ya a este sentido en el siglo icuando aparece en el libro II de los Artis rhetoricae libri XII del hispano latino Marco Fabio Quintiliano.
Y, para terminar, el héroe. La fascinación por la literatura no es tal si no va acompañada por la fascinación por el héroe, el personaje que marcha implacable al cumplimiento de su destino. Luis Alberto de Cuenca construye un relato primoroso con trazos dispersos de la historia heroica medieval que ha desembocado, ¡ay!, en la Europa que ahora contemplamos. Desde el heroísmo a lo divino de san Benito cuyos monasterios constituyeron el reservorio fundamental para la cultura europea, pasando por Casiodoro, Carlomagno, las cruzadas (Godofredo de Bouillón) hasta san Luis de Francia, que es contrafigura acabada de lo políticamente correcto. Termina el capítulo con la inclusión del poema «San Luis» de Julio Martínez Mesanza:
Hay algo noble en todas las espadas.
Hay algo noble en todos los jinetes.
Y espadas nobles hay en manos regias,
y audaces horas, y monarcas santos
que cabalgan enfermos, poseídos
por una gracia que el temor derroca.
Ellos nunca quisieron ser los dioses,
pues Dios era su acción y su vigilia.
Hay espadas que empuña el entusiasmo,
y jinetes de luz en la hora oscura.
Luis Alberto de Cuenca nos invita con este librito a un paseo por el mundo fascinante de la imaginación y la emoción humana que todavía nos es dado experimentar. Si uno analiza las conversaciones de móvil que nos circundan y los emoticonos con que nos han respondido, quizás hace un momento, un delicado mensaje recién enviado, parece mentira que eso sea posible. Pero lo es.

Luis Alberto de Cuenca: Los caminos de la literatura. Rialp («Breves»), Madrid, 2015, 119 págs., 9 euros.
La obra Democracias inquietas. Una defensa activa de la España constitucional (Nobel, Oviedo, 2015), que ha sido reconocida con el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2015, constituye la más reciente contribución intelectual del director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Benigno Pendás, al ámbito del pensamiento político español contemporáneo. Un texto que, «desde el rigor y la brillantez», como han reconocido los jurados que han enjuiciado la misma, se adentra en el probablemente llamado a ser el «tema de nuestros días»: el futuro de la España constitucional; y donde resultarán claves, como nos recuerda Pendás en su Epílogo (que dedica a los «demócratas inquietos»), tanto la defensa con firmeza de los principios y valores que sustentan nuestra sociedad democrática avanzada (tales como la soberanía nacional, las instituciones representativas, la división de poderes y el reconocimiento de los derechos y libertades fundamentales…) como la búsqueda perseverante de acuerdos que permitan reformar y fortalecer la primera, también desde el ingenio.
El ensayo del historiador de las ideas, glosa «los motivos de insatisfacción e inquietud ante el funcionamiento (actual) de la democracia representativa» española; ofreciendo una serie de «propuestas alentadoras» desgranadas en las dos partes diferenciadas en que se estructura el libro, dedicadas tanto a los «protagonistas» como a los «antagonistas» del buen gobierno. Entre las cuales destacan sobremanera las medidas de regeneración democrática, a través del decidido impulso gubernamental cuya inspiración se debe a los trabajos del autor y del comité de «sabios» por él mismo seleccionados, como antídoto a la desafección que nos embarga; la lucha contra los vicios partitocráticos, transmisores de la idea de una democracia «secuestrada»; las virtudes del bipartidismo «imperfecto» o «matizado», impulsado por nuestro vigente sistema electoral; o la sensatez de algunas de las propuestas constitucionales planteadas que ocuparán un lugar preferente dentro de su ideario reformista. Desde esta perspectiva, apostará sin reservas por llevar a cabo una «defensa activa de la España constitucional» (lema que, por cierto, sirve de subtítulo a la monografía), única forma legítima de gobierno para el autor.
Resulta tremendamente difícil encasillar a Democracias inquietas dentro de los subgéneros politológicos; por cuanto siendo un ensayo de manifiesta y evidente inspiración orteguiana no deja de abordar muchos de los temas clásicos (e inmortales) de la ciencia política contemporánea (el rol de los intelectuales; el desconcierto de la política contemporánea; el devenir del parlamentarismo; la tentación «populista»; los desafíos de la democracia y del republicanismo cívico; la ampliación del espacio público; el despertar global de las nuevas clases medias…) desde una perspectiva renovada y erudita; actualizando el estado del arte en una pluralidad de temas muy diversos pero inteligentemente interrelacionados y directamente aplicados al caso español.
El autor no dejará tampoco de aprovechar el quinientos aniversario de la intemporal obra de Maquiavelo, origen de la ciencia política moderna. Aunque a diferencia del célebre florentino sus ideas sirvan no tanto para manipular los hilos del poder como para armar argumentos que eviten idealizar el pasado, pudiendo así desdramatizar el presente; siendo este su propósito real. Su «Excusus maquiaveliano» recogerá en lo esencial el texto de una conferencia del autor con ocasión de la apertura del curso en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales en 2013.
El profesor del ceu San Pablo es plenamente consciente de que nos hallamos en un «umbral de épocas»; un momento decisivo donde, según sus palabras, «flaquea el Estado de bienestar, se extiende la partitocracia y el malestar pone en peligro las conquistas de la civilización [Occidental] menos injusta de la Historia». Tras el certero diagnóstico llega el momento de ofrecer los remedios para una cura que, en el caso español, no admite más prórrogas. Sus recetas, que no por ser de razonamiento común dejarán de estar justificadas teóricamente, no defraudarán: una «confianza audaz en la libertad» y el llamamiento de los mejores a la vida política (y, al no menos importante, ejercicio de la ciudadanía activa), como ya sucedió en otros momentos históricos recientes en la España constitucional como la Transición política a la democracia. Ideas y argumentos que están en la misma esencia del reformismo político español del que Pendás acaba de escribir alguna de sus páginas más lúcidas.

Hay pocos autores tan sugerentes y tan independientes como Gómez Dávila. Pero, desgraciadamente, también hay poco pensadores tan desconocidos. Tal vez ha sido el carácter asistemático de su obra —junto con la dificultad de leer e interpretar sus escolios— lo que ha provocado su falta de divulgación. ¿O acaso el silencio sobre este autor procede de su incorrección consciente y casi revolucionaria, en su bella oposición a los tópicos actuales? La obra de José Miguel Serrano, que lleva años estudiando al atípico autor colombiano, es novedosa porque trata de acercar al lector español la figura y, sobre todo, la inmensidad de temas y la originalidad de perspectivas de sus escolios.
Poco a poco, afortunadamente, Gómez Dávila va adquiriendo reconocimiento y notoriedad, gracias a José Miguel Serrano pero también a Nueva Revista. En efecto, en estas páginas se han publicado artículos y reseñas y se ha llamado la atención sobre la oportunidad de reivindicar su legado.
Por otro lado, puede decirse que lo que hace realmente interesante la obra del profesor Serrano es presentar de un modo sistemático el contenido de las preocupaciones intelectuales que ocupaban a Gómez Dávila cuando se retiraba a la tranquilidad lectora de su despacho. Gómez Dávila se construyó así un reducto para asegurar su independencia como lector, como escritor, pero también como ciudadano. Por eso, sus sutiles aforismos funcionan como un revulsivo ante el descrédito de los intelectuales —que hoy luchan por mantenerse cerca del poder— y su lectura resulta ser una terapia que nos rescata o sana de ese hartazgo que con frecuencia ocasiona lo políticamente correcto.
Por otro lado, desde un prisma estrictamente político, la obra de Gómez Dávila ilumina como ninguna otra en la actualidad la profundidad y oportunidad de la crítica conservadora. De ahí que sea imprescindible para regenerar intelectualmente el conservadurismo familiarizarse con sus ideas, aunque no se compartan. Además hay que indicar que los márgenes en los que se mueven los escolios son amplios, como acertadamente sugiere Serrano en su presentación del pensamiento del intelectual colombiano. Son amplios, en cierto modo, porque, además de un agudo observador de la realidad cotidiana, Gómez Dávila era un hombre excepcionalmente culto. Sus escritos combinan la altura intelectual —como, por ejemplo, en su acerada crítica a los postulados modernos y a las consecuencias destructoras de la modernidad filosófica y política— con la sátira detallada de quien, ciudadano atento de día, se encierra a pensar su jornada por la noche.
En un momento, tanto político como social, en el que prima sobre todo la imagen, el lema y el pensamiento único y conscientemente frívolo de la posmodernidad, la contundente crítica y la enmienda a la totalidad que realiza Gómez Dávila en sus escolios confirman la situación de urgencia en que nos encontramos. En el pormenorizado análisis que se realiza en estas páginas, y después de presentar al autor, se expone la crítica de Gómez Dávila a los dogmas democráticos. No estaba muy equivocado el pensador colombiano, como sostiene Serrano, cuando detectaba en la religión democrática la semilla de todos los males y advertía de cómo había ido sustituyendo paulatinamente la fe en la trascendencia. Esta opinión no supone denigrar la forma política democrática. Simplemente denuncia su emplazamiento ilegítimo cuando intenta ocupar el centro de referencia del sentido, por decirlo en términos filosóficos, y usurpando el puesto de lo sobrenatural. Pero es que, además, cuando todo es democrático, de alguna manera nada lo es y el hombre termina siendo menos libre y aherrojándose en brazos de un paternalismo incompatible con su libertad.
Se equivocaría quien viera en Gómez Dávila solo a un destructor. Sigue, es cierto, la estela combativa de Nietzsche; retoma y actualiza el gusto por la paradoja y las contradicciones. Socava las apariencias y a veces es tan sutil que, a un lector poco atento, le puede parecer superficial. Sin embargo, aceptando la invitación a profundizar en su obra que nos oferta este ensayo, tiene también mucha hondura filosófica. Sus ideas sobre las religiones políticas y la herencia teológica de algunos conceptos políticos ya secularizados le emparentan con autores de la talla de C. Schmitt o E. Voegelin y hacen imprescindible su pensamiento para entender la génesis y configuración cultural de nuestras sociedades.
¿Cuál es la causa de ese nihilismo que, ya en el título, se hermana con la democracia? La entronización del individuo, la victoria de la inmanencia sobre lo trascendente, causa la pérdida de sentido. Ya lo vio Kierkegaard de un modo magistral en su análisis sobre la enfermedad mortal, la desesperación. Gómez Dávila sigue la estela de este y otros pensadores poco considerados en el ámbito de los profesionales de la filosofía, pero con suficiente envergadura como para estar situados junto a los autores canónicos. También como el pensador danés, Gómez Dávila detectó que esa pérdida de referencias no libera al hombre, sino que lo esclaviza. La crítica a la excesiva penetración del estado en las esferas individuales y a la pérdida de independencia del ciudadano constituyen, en este sentido, una constante en la obra del escritor colombiano.
Por ello, pese a detectar con tanta agudeza los motivos de la crisis intelectual de nuestro tiempo, y pese a mostrar a veces una rapto escéptico, la mirada de Gómez Dávila no es desesperanzada. Quien con tanto detalle denunció la religiosidad dogmática de una modernidad que había renunciado a lo sobrenatural, se aferra a la trascendencia para huir tanto de ese nihilismo pesimista clásico como del nuevo pesimismo esteticista que nace con Nietzsche. Quien quiera adentrarse en la obra de Gómez Dávila hallará aquí una generosa invitación; quien la conozca, se dará cuenta de lo mucho que tiene que aprender con su relectura.
Josemaría Carabante
Pocas personas conciben que un proyecto de investigación pueda nacer de un hecho tan trivial como comer en una pizzería. Solemos dejarnos llevar por la imaginación o por los estereotipos de viejas películas hollywoodenses que recrean la imagen de estrambóticos científicos en un laboratorio o en bibliotecas atestadas de libros, concentrados en profundas disquisiciones. El trabajo recopilado en estas páginas nace, por el contrario, de una conversación informal entre amigos, en Madrid, un día cualquiera. Todos ellos venezolanos. En el intercambio, surge la pregunta: ¿cuándo regresan a Venezuela? La negativa contundente a tal opción deja sorprendido al compilador de este libro, Tomás Páez, profesor-investigador de la Universidad Central de Venezuela quien, ante el desconcierto y motivado por conversaciones semejantes en otros tantos encuentros del mismo carácter, inicia, como científico social, la tarea de comprender lo que hay detrás de la respuesta: los inmigrantes o exiliados venezolanos y sus circunstancias.
Comienza así un proyecto cuyo primer fruto es el libro que ocupa nuestra atención.
El grueso del volumen lo estructuran cuatro capítulos que ofrecen al lector un panorama de la realidad social, política y económica de Venezuela, las causas que impulsan la migración, el perfil y las características de la población emigrante, los destinos de acogida y, de manera especial, los sentimientos contradictorios que embargan a los venezolanos en el extranjero.
El primer capítulo es una exposición sobre los efectos positivos de la migración en los países receptores, así como un análisis de las causas que motivan la decisión de abandonar la tierra de origen; aspectos que sirven de antecedente y contribuyen a dibujar el escenario que enmarca la actual situación de Venezuela: el paso de una nación que abrió sus fronteras a quienes escapaban de la estrechez económica y de las dictaduras de Franco y Salazar, de la pobreza y el hambre en la Italia de posguerra, de los regímenes dictatoriales del Cono Sur en Latinoamérica, a un país que experimenta un éxodo sin precedentes desde comienzos del presente siglo.
La voz del compilador —presente a lo largo de todo el estudio— cobra mayor presencia al inicio del segundo capítulo donde da a conocer cómo nace el estudio, la metodología empleada, las técnicas y los instrumentos para recuperar la información: entrevistas, focus goups, historias de vida y, especialmente, un cuestionario digital que ha facilitado que los venezolanos dispersos por los cinco continentes pudieran contribuir con el desarrollo de la investigación y cumplir así con los principales propósitos del proyecto: «la creación de un espacio para que la comunidad venezolana en el exterior pueda expresarse y hacerse escuchar en todo el mundo» y «el análisis, comprensión y explicación del novedoso fenómeno social de la emigración venezolana» (Páez, 2015:63).
A continuación y precediendo al análisis, se exponen, en la tercera parte, datos sobre la Venezuela actual con el propósito de comprender las razones que impulsan la migración. Tablas que contrastan los ingresos en los cuarenta años previos a la instauración del actual régimen y los recibidos en este periodo, el porcentaje de informalidad laboral y desempleo, el tejido empresarial, la tasa de inflación, así como un panorama de lo que ocurre en las áreas de salud, seguridad, vivienda y educación. De las cifras se pasa a la disertación sobre términos que despiertan controversia: identidad nacional, patria, nación y sus «inflamaciones» patriotismo, nacionalismo…, conjunto de cifras y conceptos, telón de fondo sobre el que proyectar las historias de los emigrantes venezolanos en las siguientes páginas.
Se llega así al capítulo cuarto —el más extenso del volumen— en el que se expone de manera cuantitativa la condición de estos emigrantes: cantidad por países, tipo de actividad que realizan, dinámica familiar, nivel de estudios y formación; aspectos que ofrecen un perfil como muchos de los que podemos encontrar en estudios de este tipo, una radiografía socioeconómica del emigrante, necesaria para forjarse una idea de la repercusión que tiene su salida de Venezuela y su inserción en el país receptor. Pero el estudio trasciende estos aspectos para profundizar en el sentir de quienes han optado por dejar atrás una vida profesional y familiar para comenzar de nuevo. El lector de estas páginas conocerá qué añora el venezolano de su tierra, qué valora del país donde vive, qué interés tiene por retornar a Venezuela o si, más bien, rechaza la posibilidad de regreso, cuál es su grado de integración en el país de acogida, qué motivos impulsaron la decisión de buscar nuevos horizontes. Se asomará también a la imagen que tienen los entrevistados de lo que define el «ser venezolano» y la Venezuela actual, la dificultad de plasmar lo primero en un dibujo; la carga simbólica que encierra la representación pictórica de lo segundo.
El libro coordinado por Tomás Páez plasma la voz de la diáspora, las experiencias e inquietudes, y el sentir de aquellos que decidieron dejar atrás la tierra natal y aventurarse en un mundo que, si bien ya no es ancho y ajeno, tiene otras normas y otras costumbres, perspectivas y maneras diferentes de situarse en él. Al mismo tiempo, en el análisis de las vivencias de los otros, se aprecia la emoción de quien coordina el volumen, su necesidad de comprender la negación por parte de los entrevistados a volver a un país cuya imagen no corresponde con la que guardan en su mente, en sus corazones; se percibe también el apremio por analizar y comprender su propio anclaje con ese país que lo recibió y en el que encontró un lugar… su lugar, como tantos inmigrantes que llegaron a Venezuela a mediados del pasado siglo.
Mireya Fernández Merino
De manera reiterada y cíclica surge desde la opinión pública la necesidad de abordar una reforma «en y para» el ejercicio de la profesión docente. Las diversas evaluaciones de nuestro alumnado, por organismos públicos y privados —y de manera muy especial el informe pisaque tiene gran incidencia en la opinión pública—, vuelven a plantear la necesidad de acometer urgentemente reformas educativas en dos planos: las leyes educativas y la profesión docente.
El debate sobre la preparación del profesorado origina controversias muy diversas y levanta susceptibilidades. Es una polémica enconada en el tiempo, que parece cuestionar la dedicación de nuestros docentes en las aulas. Su buen hacer y su autoridad académica se convierten en el objetivo de los medios de comunicación, y —con frecuencia— la discusión evita que se pueda afrontar de manera «fría» una exposición seria sobre el tema y sus posibles soluciones para situar al profesorado de nuestro país en el nivel de otros de la OCDE.
Por otro lado, son pocos los estudios que tratan los numerosos factores que afectan a los docentes de manera rigurosa y científica, con un estilo sencillo y cercano como el que nos muestra este libro. Solo autores como Francisco López Rupérez, que por su prolongada carrera en diversos puestos de la administración educativa, el conocimiento que posee de los organismos internacionales de educación, la investigación que se deriva de ellas y el contacto con las aulas, está en disposición de aportar una visión objetiva y pormenorizada de la problemática. De ahí que este libro demuestre —en su conjunto— cómo es posible afrontar los nuevos retos de la profesión docente desde una perspectiva positiva.
Partiendo del análisis del marco europeo educativo y su contexto, el autor examina de manera empírica la educación española, donde existe una disfunción entre los datos emergentes del propio sistema y las correcciones sociales sobre él. «Cuando se consideran los datos en su conjunto, parece como si una «mano invisible» estuviera operando sobre nuestro sistema educativo y corrigiendo, al menos en parte, sus desequilibrios en materia de resultados». Sin embargo, no se trata de que los problemas se terminen solucionando solos a través del tiempo por una inercia de equilibrios, sino de aplicar las políticas necesarias de acuerdo a las evidencias.
Desde esta perspectiva, es imprescindible integrar en los sistemas educativos la evaluación de sus políticas para mejorar los procesos —y más concretamente— las políticas que inciden sobre el ejercicio docente y el profesorado, con la consciencia de que «una acción exitosa sobre los docentes termina afectando a todos los alumnos».
El autor se acerca a la educación desde tres perspectivas: humanista, económica y social, apostando por un enfoque integrado, donde el desarrollo intelectual y humano son la base para una sostenibilidad económica y un servicio a la sociedad. Defiende la necesidad de preservar «en las nuevas generaciones los fundamentos vinculados a nuestras raíces culturales que le doten de un soporte personal sólido, en los planos intelectual y moral, desde el que abordar la gestión de los cambios», pero este horizonte no es posible sin una formación sólida del profesor.
A su vez, el análisis empírico sobre las políticas educativas plantea un cuadro de prioridades, donde las referidas al docente son prioritarias por encima de cualquier reforma en el sistema legal o en las metodologías.
De ahí que la investigación proponga las necesarias competencias del profesor agrupadas en torno a tres bloques: trabajar con los otros; trabajar con la información, el conocimiento y las tecnologías; y trabajar con y en la sociedad.
La OCDE presentó un estudio en torno a estas competencias para destacar las principales carencias del sistema, entre las que se encuentran: la necesidad de conseguir un atractivo para la profesión del docente; el acierto en el reclutamiento, la selección y empleo; y por último, cómo retener en la enseñanza a los docentes de calidad, así como el riesgo de producirse —a largo plazo— un declive considerable de la profesión docente. Aspectos todos ellos subrayados por los informes McKinsey, que desde 2007, estudian las cualidades que el docente debe tener antes de ejercer su profesión y así como por los organismos: UE, la UNESCO, OEI y el Banco Mundial.
Pero, independientemente de las investigaciones realizadas, realmente, ¿cuál es el concepto de profesión docente? ¿Por qué en España es tan débil esta noción? El autor dedica un amplio capítulo —de indudable interés— a comparar las diferencias existentes entre la docencia y el resto de las profesiones «robustas». En este análisis pormenorizado, destaca el comportamiento vocacional del docente y se deduce la necesidad de un cambio en el modelo de acceso a la profesión docente. Se propone el mireducativo como una solución frente a la debilidad y fragilidad del concepto de profesión docente, siguiendo —de manera paralela— los sistemas de selección y acceso del mirsanitario.
Termina el libro con un elenco de medidas a tener en cuenta para mejorar las condiciones de los profesores que ya están en ejercicio, así como una llamada urgente para optimar las políticas educativas.
Decía Daniel Pennac en su clásico Mal de escuela: «Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar todos los demás». Bastará con que los responsables educativos y pedagogos reflexionen sobre las propuestas de este libro para cambiar el horizonte educativo de las próximas décadas.
Elena Martínez Carro
Cuando una obra biográfica es tan contundente y extensa como esta de Safranski sobre Goethe, es fácil confundir el comentario sobre la misma con el comentario sobre el biografiado; colabora con ello en este caso, evidentemente, el peculiar carácter de este, su posición en la cultura europea y su condición de rara avis. O quizá no tan rara, sino más bien el modelo, o uno de los principales modelos de todos los que después se han postulado a sí mismos como raros, diferentes, mejores, superiores y únicos. Pero una de las mejores virtudes de esta escritura es precisamente que el autor no se queda en ello, sino que por fin se muestra al público el otro Goethe, ese que los muy entendidos parecen conocer pero los solamente iniciados no pueden más que sospechar. Leemos en esta obra múltiples textos originales y también decenas de referencias que nos muestran al Goethe envanecido, egocéntrico, divino, el del estereotipo de los pro- y de los anti-Goethe; y al lado de esas, leemos las que comunican el otro Goethe, el que detestaba a los románticos narcisistas, a los solipsistas poéticos o filosóficos, el Goethe casi humilde en sus inseguridades artísticas y literarias, el simple burgués más bien sobrepasado por su buena suerte. Safranski es todo lo ecuánime que se puede ser al reflejar ambos en su escritura desde el primer momento, y mantiene esa bipolaridad con tensión y energía hasta el final de las 600 páginas. En realidad, se introducen más y más polos conceptuales que van componiendo un complejo mundo tanto individual como colectivo, de un modo que al lector se le antoja verosímil e incluso veraz. No solo atenderemos, veremos y oiremos al mismo Goethe individual y sus luchas consigo mismo, sino que, simultáneamente, como en paralelo, tendremos parte de nuestra atención absorbida por la galerna histórica que nosotros conocemos pero los personajes ni sospechan, y que por fin se adueña del paisaje, de las actividades y hasta del mismo biografiado, esa Revolución Francesa que apenas es el comienzo de nuestro presente, como algunos lúcidos de entonces casi vislumbran.

La Revolución, su resolución o continuación o disolución en el napoleonismo, y cómo todo ello construye al Goethe histórico va a ser un argumento muy principal de esta biografía, a diferencia de otras sobre el mismo personaje, más centradas en el astro poético y sus desventuras. Recorremos al estilo clásico y en línea temporal continua la vida del niño y joven Johann Wolfgang, pero Safranski consigue evitar esas pegajosas anticipaciones de los biógrafos devotos: simplemente, y a la vista de las referencias aportadas, no nos queda más remedio que dar por sentado que se trató de un niño superdotado, sí, pero repelente y seguramente insoportable aunque no por su superdotación como algunos suelen suponer, sino a causa de las enseñanzas que sobre sí mismo ya le habían proporcionado a corta edad: rara vez el «nadie como yo» de los adultos deja de tener su origen en un «nadie como tú» repetido como mantra educativo. Pero Safranski es poco especulativo, y tampoco se permite ponerse psicologista: narra y narra, expone, cita, menciona, y continúa hacia delante. Después de esos comienzos, es sumamente interesante asistir a la verdadera enseñanza de ese que acabará siendo algo así como un viejo Werther: su fracaso universitario, su baño de realidad, su confrontación con un mundo en el que no es la mayor inteligencia lo más premiado precisamente. El autor de la biografía se las ingenia para respaldar todas y cada una de sus afirmaciones con cartas, diarios, comentarios escritos y se diría que hasta con facturas de restaurantes: todos esos materiales seguramente estén en archivos bien organizados, pero el caso es que hay que saber lo que se quiere encontrar, y luego relacionar unas cosas con otras, y en este aspecto el lector no tiene más remedio que rendir homenaje al biógrafo. La contrapartida es la necesidad, a veces incómoda, de compartir el interés del biógrafo por la más pequeña minucia vital del biografiado. No sobra, desde luego, pero a veces inquieta el conocimiento que el autor tiene de las decoraciones de las casas de los allegados de Goethe, o el menú de merienda que sirvió una ilustre regente de salones y tertulias en aquel Weimar. Dependiendo del momento del lector, esa montaña de erudición resultará deliciosa o se sentirá como un obstáculo. No así cuando entramos, de la mano de Safranski, en cada una de las obras de Goethe, que desatornilla como en monografías sucesivas, y con continuas referencias a la peripecia vital. Algo parecido a lo que ya nos maravilló en su fenomenal Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, que tantos puntos de contacto tiene con este Goethe, más allá de esas tertulias y esos encuentros con el joven filósofo en el salón de su madre.
Se diría que eso que se podría llamar en medios cultos el asunto Goethe es algo todavía muy por resolver, y que agrupa en bandos: unos ignoran al Goethe aristocrático, consejero de estado, político, pragmático, y otros al poético, apasionado, enamoradizo, burgués. Al que aborrecía la Revolución, unos, y al que admiró siempre a Napoleón, los otros. Safranski no evita a ninguno y nos proporciona la sensación de que por fin estamos ante una biografía que deja atrás los antiguos troqueles partidistas.