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Nueva y vieja regeneración

Hace unos pocos años, ya bien entrada la crisis económica, los términos del debate político en nuestro país empezaron a cobrar un aire nuevo, con motivos y preocupaciones distintas a las que habían caracterizado el debate público en años anteriores. Hasta ahí se hablaba de izquierda y de derecha, de constitucionalismo y nacionalismo, de redistribución y creación de riqueza o, incluso, de clases enfrentadas. A partir de un momento en torno al año 2010 se empezó a hablar de temas distintos.

Se enfrentó la sociedad al Estado, como si este no reflejara ya los intereses y las preocupaciones de la sociedad española y se rigiera no según alguna idea del bien común, sino según sus propios intereses o los de aquellos que lo controlan. Pronto llegó el momento de poner en cuestión la representatividad de las instituciones políticas, en especial las instancias representativas y los partidos políticos. En las jornadas del 15-M, teñidas de épica alternativa, hizo fortuna el eslogan «[Que] No, no nos representan». La puesta en duda de la representación política llevaba a la consideración de las élites políticas como un grupo privilegiado, una «casta», según la palabra que utilizó primero el periodista y activista Enrique de Diego, con su Plataforma de las Clases Medias, fue recuperado luego por los compañeros politólogos de Podemos y al fin, bajo el apelativo más exquisito de «élites extractivas», por intelectuales y funcionarios en la órbita de Ciudadanos. La «casta» o las «élites extractivas» conforman esa minoría capaz de sacar provecho de unos mecanismos y unas instituciones políticas que se han desviado de su objetivo inicial y solo sirven intereses particulares: corruptos, por tanto, como iban demostrando los numerosos casos que, centrados por lo fundamental —aunque no solo— en el asunto de la financiación de los partidos políticos y de los sindicatos, empezaron a salir a la luz en esos mismos años. La corrupción no afectaba solo a unos cuantos personajes, ni siquiera a unas cuantas organizaciones. Afectaba al conjunto de las organizaciones públicas, en particular los partidos políticos, y acabó contaminando al propio sistema, al conjunto de las instituciones y al régimen nacido con la Constitución de 1978. El «régimen» (algo así como la «Restauración») aparecía podrido, agotado, enfermo y con él, claro está, el «bipartidismo» que lo había sostenido.

Se elabora así un discurso dirigido contra la racionalidad política —es obsesiva la cuestión de la superación de la izquierda y la derecha—, juvenilista —como corresponde al deseo de un cuerpo regenerado que ha dejado atrás los signos de la decadencia— y populista —es decir, de estilo antiinstitucional y personalista, desconfiado de cualquier cuerpo intermedio, y que apela a la movilización de quienes han quedado al margen del sistema, sin representación y condenados por tanto a sufrir (el motivo del «sufrimiento» es importante) una creciente desigualdad, que la crisis no ha hecho más que empeorar: el famoso 99% de los «ocupas» norteamericanos, que importaron las formas y los eslóganes de nuestro 15-M.

La palabra de moda fue, ya lo sabemos, la regeneración. Durante estos años, en España, casi todo ha sido regeneración. Andábamos degenerados, o degenerándonos, y hasta entonces (la alarma social ante la corrupción se dispara en 2012…) no nos habíamos dado cuenta de la podredumbre que corroía las entrañas de nuestro cuerpo político. La patología —enfermedad es un término suave— había alcanzado tales proporciones, tal profundidad, que todo ha estado por rehacer: el sistema de partidos, las leyes electorales, las Cortes, la Constitución, la Monarquía, la propia España, la mentalidad española, los «valores» ni más ni menos… Había que abrir las ventanas y dejar entrar los aires purificadores y juveniles nacidos después de 1978, para más detalle. El debate podía haber tomado un rumbo muy distinto.

Por ejemplo, el de las medidas que el Gobierno ha ido tomando. Se podía haber hablado de trabajo y de la forma de contribuir a crearlo, de los problemas de educación, de la mejora de las formas de financiación de los partidos, del papel del Estado (y las repercusiones de su intervencionismo en la corrupción), de los artículos de la Constitución que se podían someter a revisión… Se podía haber iniciado un diálogo que hubiera llevado a la adopción de reformas graduales, negociadas aunque no necesariamente consensuadas, con objetivos pautados y respetuosos con el marco de la democracia liberal que tan provechosa ha resultado a nuestro país en los últimos cuarenta años. No ocurrió así, aunque buena parte de estas reformas se han ido poniendo en marcha. El debate público no se centró en estas acciones prácticas. Se centró en la regeneración, que es tanto como decir en un cambio de raíz que debe llevar aparejado —y volvemos al vocabulario y a las metáforas médicas— la curación definitiva y la inmunización contra la corrupción del organismo social.

La palabra «regeneración» no es un término particularmente español, ni moderno. Viene del cristianismo, donde designa el renacimiento del ser humano a una naturaleza nueva, redimida del pecado. En el siglo XVIII, los ilustrados lo retomaron a partir de las observaciones biológicas de los antiguos, que habían constatado que algunos organismos vivos son capaces de reproducirse sin pasar por el trámite del sexo. De ahí saltó a la política —las grandes ensoñaciones de Rousseau no andan lejos—. Con la Revolución Francesa se generalizó como consigna para designar el Hombre nuevo y la nueva Nación que debían surgir de la acción salvífica sobre la salud pública. La palabra recobró su crédito en el terreno científico con las investigaciones a partir de la teoría celular del primer tercio del siglo XIX, para luego cruzarse en el camino de Darwin cuando elaboraba sus reflexiones sobre la teoría de las especies. De ahí volvió a saltar a la política, justo en el momento en que se estaba iniciando la gran crisis de la conciencia occidental, en la segunda mitad del siglo XIX. Iría acoplada a la palabra degeneración, lanzada por Max Nordau con el éxito que se conoce, y aplicada al arte (el «arte degenerado»), síntoma de una enfermedad más grave y profunda, que afecta a la sociedad y muy en particular a la política de la época. Todo está degenerado, a partir de ahí, y todo debe por tanto ser regenerado, sin que el término hubiera perdido del todo ni su resonancia religiosa ni su anclaje en las ciencias biológicas y médicas. Así es como la regeneración está en la base de algunas de las mayores aberraciones del siglo XX europeo: el exterminio de los débiles y, en general, de los degenerados, para mayor gloria de las razas superiores. A partir de ahí, el nuevo descrédito de la regeneración fue tal que paralizó incluso la investigación científica, hasta que volvió a iniciarse a finales del siglo pasado, con el éxito que conocemos hoy en día, cuando ha abierto campos nuevos, también inquietantes, a la ciencias de la vida.

En nuestro país, la palabra regeneración no tiene un sentido sustancialmente distinto al que tiene en el resto de Europa y en Latinoamérica. A veces designa posiciones políticas conservadores, de inspiración organicista, frente a las liberales, más individualistas y «disolventes». También recoge el clásico sentido revolucionario, como ocurre en la retórica de la Gloriosa, revolución «regeneradora» por excelencia. A finales del siglo XIX y con la crisis de la conciencia europea de fondo, todo cuaja en una visión demoledora de la sociedad liberal y capitalista —es decir, moderna e ilustrada—, visión que llega a su apoteosis en esos mismos años.

La regeneración es, aquí como en el resto de los países europeos, la visión hipercrítica de la sociedad de finales del siglo XIX. La propia sociedad es un cuerpo enfermo, porque el éxito del capitalismo la ha alejado de la naturaleza y ofrece tal sobreabundancia de ofertas y tentaciones —se puede decir así— que expone a los seres humanos a una excitación perpetua que los condenan a la frustración y a la degeneración. La regeneración, en este aspecto (el biologismo de Zola, como las sectas teosofistas, los naturistas y otros muchos), insiste en la profundísima crisis de valores y en la necesidad de volver a formas de vida menos viciadas, más simples, más adecuadas a nuestra naturaleza.

En términos más políticos, ha fallado la representación de los sistemas parlamentarios, usurpada por una oligarquía que aprovecha las instituciones en provecho propio. Ni el liberalismo ni el parlamentarismo (liberal) son capaces de disolver esos grumos resistentes a su acción y que impiden la transparencia, que en España (como en Francia) llamamos «caciquismo» y que nadie sabe cómo tratar: si como reliquias del feudalismo o como síntomas de un régimen económico que crea mucha más riqueza de la que los gobiernos son capaces de controlar, e instancias (grandes empresas, carteles) tan poderosas que se escapan al control de la acción política. La constatación propicia una ampliación de las competencias del Estado, que responde bien a la crisis del liberalismo, pero también la proliferación de movimientos («ligas» y otras clases de asociaciones) que se proponen restaurar la representación dañada. Así es como —desde presupuestos organicistas— se revaloriza la sociedad frente al Estado. Aquella —la España real— está viva, frente al Estado que solo representa la «España oficial», un esperpento de sombras corruptas, degeneradas —el célebre panorama de fantasmas con el que Ortega retrató el régimen liberal, y que no acaban nunca de morir…

En realidad, el régimen entero pasa a estar corrompido, como están corrompidos los partidos políticos que lo sustentan: la crítica del parlamentarismo —puro teatro— en la Tercera República francesa no le va a la zaga a la que aquí se hizo de lo que llamamos la «Restauración». En muchos países europeos se escucharon y se escribieron críticas parecidas, y en todos ellos pareció triunfar la misma perspectiva que triunfó en España. La crisis de la conciencia española no es un monopolio español y fue particularmente virulenta, tanto como aquí, en Francia y en Alemania. Los intelectuales y los políticos se preguntan si el país, la raza, no están a punto de desaparecer. Los delirios a los que el pánico dio lugar no fueron menores que los que se manifestaron aquí, bien conocidos de todos, desde la consideración de España como una enfermedad o como interminable decadencia desde los… visigodos (Ortega) hasta los intentos de explicación biológica, como la falta de ozono de nuestra atmósfera.

Nada de eso es propiamente español. Lo específicamente español, en cambio, es el nombre que aquí damos a este movimiento. Lo que en el resto de los países europeos (y dentro de España, en Cataluña) se llama nacionalismo, aquí se llamará regeneracionismo. Si hacemos un recuento de los motivos del nacionalismo —angustia ante el fin de la raza o de la nación, falta de representatividad del «régimen» parlamentario, descrédito de las instituciones políticas, voluntad de superar la racionalidad política, por no hablar de otros más generales, como son el empeño antimoderno, la insistencia en la vida frente a la razón, la exaltación de la lucha, etc.—, comprobaremos que son exactamente los mismos que trata el regeneracionismo. El enemigo a batir es el mismo: la nación, la nación liberal y constitucional formada de ciudadanos con derechos y deberes.

¿Por qué el nacionalismo, en nuestro país, no se denomina como le correspondería y se conforma con el nombre de regeneracionismo? Aquí se esboza la cuestión del relativo fracaso del nacionalismo, al menos en cuanto a la transformación de una mentalidad y una ideología en un movimiento político. La respuesta a esta pregunta que he intentado dar en Sueño y destrucción de España está relacionada con la cohesión de la nación española, mayor de lo que piensan esos nacionalistas frustrados que son los regeneracionistas (desde los regeneracionistas propiamente dichos hasta los regeneracionistas literarios, espirituales y estéticos, y también a los regeneracionistas —no les habría gustado el apelativo— de segunda generación, los Azaña y los Ortega).

El hecho de que el nacionalismo español tarde tanto en aparecer como movimiento político no quiere decir que no tenga influencia en la historia de nuestro país en el siglo XX. Bajo la tipología regeneracionista, triunfa durante la dictadura de Primo de Rivera, como nacionalismo republicano después de 1931, y ya como nacionalismo bajo la dictadura de Franco (en sus diversas formas: fascista totalitario con Falange, conservador contrarrevolucionario y nacional-católico). También reaparece después de instaurada la democracia, cuando la negativa a pensar la nación en términos políticos conduce al enrevesado nacionalismo español actual, que hace un esfuerzo extraordinario para excluir lo español de la vida política y se empeña en el experimento de construir una democracia liberal sin nación que la sustente, un experimento del que tal vez —pero solo tal vez— estemos viviendo los últimos momentos.

Más arriba se ha hecho referencia al hecho de que el debate político de nuestro país en los últimos años se ha empeñado en resucitar los elementos de la propuesta regeneracionista, en vez de centrarse en la solución concreta de problemas abordables mediante una política gradualista de reformas. Lo ha hecho hasta el punto de haber resucitado el regeneracionismo como si fuera el último grito en pensamiento político, siendo así que nos retrotrae a una crisis de hace más de un siglo. Aun así, la reaparición de la regeneración y el regeneracionismo plantea de por sí algunas cuestiones interesantes.

Una de ellas es si no apuntará al problema de la falta de expresión política de la cuestión nacional, un asunto característico de nuestro país, justamente por el tabú que el nacionalismo hace pesar sobre la misma idea de nación. Otra lleva a preguntarse si, bajo el término regeneracionismo no se está planteando lo mismo que se está planteando en los demás países de la Unión Europea, que es un debate sobre la identidad nacional. La regeneración y el regeneracionismo serían, desde esta perspectiva, los términos españoles en los que se están planteando los nacional-populismos en muchos países europeos, que también retoman los términos de los debates de hace un siglo: recelo ante el liberalismo, miedo a la apertura y a la globalización, heridas identitarias, desconfianza ante la política y ante las sociedades abiertas.

Una meditación sobre el riesgo político

En ninguna otra parte como en política se puede ir contra el principio de realidad, literalmente: no se puede, pero este es el caso del clima político español y desde años bien anteriores a la crisis económica. El objetivo de este análisis de situación cuando se pregunta por el Después de 2015 no es la labor de gobierno alguno, sino el rastrear y llamar vuestra atención sobre un estado de cosas, el nuestro, que presenta un nivel de riesgo político elevado. Riesgo, porque no se deben deteriorar aún más los fundamentos de nuestro sistema político; riesgo, porque se puede debilitar el Estado hasta el punto de dejarlo en la práctica inservible.

La historia, que no se repite pero rima

Por ello no debemos olvidarnos de la historia, de esa historia irrepetible siempre pero que muchas veces rima, añadía Twain. Porque el riesgo político es el principal factor de peso en el futuro del país. Cada época tiene por fuerza su afán, pero el ahora descalificado como «régimen del 78» guarda más de un estricto paralelo con el diseño canovista, en el sentido preciso de que son periodos abiertos a distintos desarrollos legislativos, a cargo de gobiernos escrupulosamente constitucionales, y que han procurado constatables beneficios a la población.

Luego de pasar lo que le pasó, el liberal Marañón saludaba a «la paz civilizada, laboriosa y creativa» vivida en aquella otra Restauración. No por casualidad, ambas pivotan sobre un marco constitucional que repudia poner en entredicho la continuidad histórica de España y persigue un nuevo comienzo, ese «Borrar, con eterno olvido, pasadas discordias», en la frase de Cicerón.

Hoy como ayer, en el tránsito a esa Constitución está reflejado el espíritu mejor de la nación y, aunque no cabe duda de que el tejido institucional alumbrado por el pacto del 78 se ha deshilachado, y casi perdida la textura en distintas zonas, constituye la trama que hay que volver a hilar para disolver una gradual instalación en el país de una mentalidad destructiva, fruto de la desesperanza y el hartazgo, donde no se miden la consecuencia de los actos ni, aún menos, de las palabras de cada uno.

«La descomposición comienza con la decadencia de los principios fundamentales», lo dice Montesquieu, y una acción política responsable no puede declararse distante de la lealtad a esos principios constituyentes. Ningún texto legal es inmutable, perdería incluso su sentido, pero el otro camino, el de un cambio del sistema político, una crisis sistémica, significa la «intentona rupturista» de siempre, e implicará una crisis de la democracia, de la realmente existente. En el proceso destructivo de toda crisis, hay que tener claro siempre lo que, en cualquier caso, hay que proteger (o lo que no debemos perder), aquello que ha hecho posible el gran salto adelante español, cifrable en la renta per cápita de los 4.226 dólares de 1978 a los 27.656 en 2014. Lo cual lleva a otra petición de principio, todo relato reformista ha de partir de realidades decisivas como esta historia de un éxito colectivo.

Esto fue posible por una promoción de españoles, no todos en la misma generación pero sincronizada con su tiempo histórico, coincidentes en la disposición cívica de anteponer la concordia que induce a la armonía civil a cualquier otro negociado político. Como de concordia política se trataba, se efectuaron las transacciones oportunas e inteligentes para que el conjunto de la nación avanzase, honrando el sentido profundo del compromiso político.

«Nosotros, los desheredados», El clima antisistema

Pero, vayamos un poco al tiempo en el que ha germinado la actual polarización, y ese ambiente latente de ajuste de cuentas, ajeno al espíritu y al hecho político de la Transición. Se halla en torno a las acampadas del 15 de mayo del 2011; en la madrileña Puerta del Sol ya está identificada la masa a la que va dirigida el discurso: «Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios, los jóvenes sin empleo que queremos un empleo digno…».

Sus dirigentes encuentran el lenguaje preciso que mucha gente quería oír. Es también el momento político adecuado para desarrollar una estrategia política. Han llegado las «condiciones objetivas» para iniciar el juego pirotécnico. Por demás, esos climas políticos son, esencialmente, artificiales o responden a tendencias modales.

Son unos profesores de facultad que parecen descubrir que: «En todo el universo solo hay vida inteligente en las Ciencias Políticas de la Universidad Complutense y en algunas zonas de Rascafría». Parafraseo a Woody Allen, pero han sido enormemente capaces de articular un movimiento político de éxito.

Echando la vista más atrás, el primer conato serio de una izquierda así, significada por su no militancia en los partidos institucionales, fue a raíz de la guerra de Iraq. Como en otros países europeos, se empieza a notar la cierta efervescencia de la resistencia civil, pero aquí tiende más a la política que a la no violencia. Ese movimiento marginal, que empieza a salir a la superficie, seguirá en el margen hasta el 11-M del 2004.

No voy a entrar en el atentado ni en otros aspectos relacionados con un difícil asunto. Pero sí quiero apuntar que la resistencia civil raras veces es fuerza que se baste por sí sola, requiere de la conexión con otras formas de poder. Es decir: de los que consienten una auxiliadora subversión de los poderes públicos, ellos, comprensivos de un malestar del que se sirven sin desvestirse de la púrpura institucional, para terciar en el juego del conflicto civil como adalides de una moderación perdida a causa de los gobernantes. La ambivalencia sobre el lugar de la ley es, a la vez, una imprudencia calculadora, de la que las figuras del partido socialista gustan usar, y un principio operativo que ha vuelto a aparecer once años después en unos lamentables pactos alternativos municipales y autonómicos.

Situemos, por tanto, en esa franja temporal la semilla constitutiva y reagrupativa de estos nuevos políticos activistas. Existía el personal y el material pirotécnico, solo faltaban las condiciones objetivas para liberar la onda expansiva. Las fuerzas alternativas necesitan de la concatenación de sucesos sostenidos y repetidos, capaces de crear un nuevo clima mental donde se hagan plausibles sus expectativas imposibles. Ese momento largo llegaría con la singladura del presidente Zapatero, por dos legislaturas. Toda su política desdeñosa con la realidad alcanzaba la cota máxima, justo apenas comenzar el segundo mandato, en 2008, cuando muchos de los que le habían votado seis meses antes se arruinaron rápidamente. Así de fácilmente daba comienzo nuestro «descensus Averno».

Los factores de riesgo: debilidad nacional, pulsión rupturista

Es posible que se les pueda atribuir a cuantos con mayor conocimiento de la situación y con mayor margen operativo por sus funciones sociales, las élites, un tipo de responsabilidad mayor, pero, de ninguna forma se nos puede exonerar de ellas al conjunto de los ciudadanos, a la mayoría de nosotros, también causantes por nuestros errores de la actual debilidad política colectiva. Ortega llamó masa, la presentada como víctimas del sistema e inmaculadas en su responsabilidad, fomentándose así la polarización y el afán revanchista.

El riesgo político deriva, en primer lugar, de esta pulsión populista que encuentra su caldo de cultivo en un contexto institucional deteriorado por la corrupción y descrédito de los representantes de partidos repetitivos y cauces legales de participación política obturada.

El riesgo político se formaliza en el auge de corrientes populistas, que propugnan un tipo de democracia participativa con veleidades plebiscitarias, que desbordan el equilibrio partidista.

Nada lejos de esa bipolarización cívica brota la planta del nacionalismo, en su cara más agresiva y destructora. El embrutecimiento de las posturas políticas en Cataluña por un nacionalismo que tiende abiertamente al etnicismo cultural, ensimismado en la deriva de su imaginario identitario, amenaza con provocar un proceso politraumático a la política catalana y española. La ruptura del Estado autonómico lo sería del Estado entero.

Este segundo factor de riesgo, que desde hace más de doce años avanza en el nacionalismo catalán, necesitaba de las veleidades de un aliado nacional, y ellas son perfectamente constatables en los pactos que han ido efectuando los socialistas españoles, no solo para sostener al Gobierno de sus colores en 1993, 2004 o 2008, sino en legislaturas, como la de 1989, donde no parecía tan necesario. En fin, la cronología muestra la difusa y débil idea de España que ha impregnado la estrategia socialista entre nosotros.

Porque, como siempre, al fondo de todo problema colectivo aguarda la responsabilidad personal y la deslealtad. El delirium tremens al que se ve abocada Cataluña lo es por la irresponsabilidad y el sectarismo de políticos concretos, que se han servido dar un cheque al portador (con lo peligroso que es dar un cheque a un nacionalista) para gestionar «esas pequeñas cosas». A fuerza de evitar dificultades al Estado estamos alimentando la agonía de la nación, lo dijo Ortega.

Y la desconfianza social

España hoy tiene un riesgo de desconexión social a corregir, que no se convierta en un endémico factor de retardo democrático, por el crecimiento de las dependencias clientelares, bajo forma de subvenciones y asistencias públicas. Hay que cuidar que la democracia no se endeude por sobrepujas políticas para obtener el favor de grupos electorales, hasta formar bloque político-social mayoritario que blinda a zonas enteras de un país, y hasta a países enteros de la zona euro, de las reformas precisas que le conectan al contexto internacional competitivo y transparente.

Parece increíble no haber visto hasta el 2010 el sobre- endeudamiento de las familias, las empresas, las entidades financieras y las diferentes administraciones públicas como un genuino cisne negro, en absoluto novelesco. Estas últimas, a pesar de la contención de los niveles de deuda pública por el crecimiento económico, veían crecer sus estructuras de forma inadecuada, a la vez que el gasto político que generaban era derrochador. El signo de los tiempos era el de la multiplicación del riesgo por parte de todos los actores económicos en concurso. Con razón, se dice que los grandes incendios de la humanidad empiezan en el cuarto de la plancha.

La brecha generacional puede llegar a una auténtica escisión social silenciosa que genere una anomalía civil de difícil manejo. A las nuevas generaciones, la Transición les parece una leyenda: ¿Qué oportunidades me ofrece mi sociedad? ¿Un paro juvenil superior al 50%? Son hijos de la cultura fragmentaria y del instante que transmite el digitalismo técnico. Son más nómadas y con menos instinto natural hacia el asentamiento. Ante ellos, resulta casi un imposible acotar la presente crisis, ya económica, ya política, en el largo plazo de cuatro décadas de éxito de la democracia española.

Debemos examinar cuánto hay de lesión de los dos vínculos que dan continuidad a la nación, y, que cuando resultan dañados, trastornan por entero un ecosistema político. Uno es el vínculo de confianza entre generaciones, el que une el antes y el después y permite transmitir el relevo a otra generación, pero con un horizonte de futuro. Y el otro se refiere al vínculo de solidaridad. No solo entre los activos y los pasivos, cuyo ejemplo paradigmático son las pensiones. El que afecta al conjunto de la solidaridad intergeneracional y a la natalidad.

La lesión social estimula la pulsión rupturista, pero el populismo no es exclusivo de los Podemos; la tentación de lo fácil impregna el discurso todo y crea inercias, genera efectos miméticos, pasaporta el rigor a otros países y clases sociales, falsea el debate público, es la demagogia: un envolver con palabras mayores, ideas menores, en boca de Lincoln. Véase, si no, el caso de una renta básica universal, desiderátum inicial de los Podemos y posteriormente versionado por los rectores del partido de los socialistas.

Explicándose la desconfianza política

Su triunfo es pasajero pero los daños duran bastante más. Suplanta el principio político de la realidad y la responsabilidad. No es casual en este tipo de movimientos el líder al que otorgan facultades redentoristas.

Juan Pablo Fusi, en algún comentario al paso, defiende que el problema no es de las instituciones, ni siquiera del Estado autonómico, sino del mero ejercicio de la política, de la gestión que los distintos gobiernos han ido haciendo.

Lo que pone al descubierto esta crisis es la debilidad del Estado, por ausencia de grandes proyectos. Lo entiendo como el lastre de unas políticas inerciales y cortoplacistas, que sienten alergia al reformismo de calado. Esta apreciación del ilustre historiador contemporáneo autoriza a delimitar nuestro problema de fondo.

A sabiendas de que el medio propagador es el enorme socavón social de una pérdida de empleo, entre 2007 y el 2012, reconocida en 3,5 millones de puestos de trabajo eliminados, hay que pararle los pies a los populistas… de todos los partidos, porque tenemos mucho que perder. Todo puede deshacerse a fuego lento. Solo en este sentido, sería oportuno proponer unos pactos políticos de contenido económico, como en su día fueron los Pactos de la Moncloa, para atajar esa división social progresiva que socava la estabilidad política.

Sin entrar a emborronar otra lista más de quejas y correspondientes remedios arbitristas, España tiene hoy un problema de calidad y desafección políticas, que afecta ya al núcleo de su legitimidad y que produce un acartonamiento de los cauces institucionales de representación vehiculada por los partidos políticos. La fatiga institucional afecta igualmente a otras instituciones de la arquitectura del Estado, hoy difícilmente en condiciones de cumplir con el espíritu constitucional que alumbró su creación; pero no entremos en la letra pequeña.

Juicio de resultados

Una dura y larga recesión como la que hemos padecido, ahonda la percepción de falta de previsión, y deja servida la crisis de liderazgo, incluso como estereotipo. Siendo cierto que el tópico no ayuda a pensar una circunstancia, no lo es menos la inhibición general de quienes tenían encomendada por función social la tarea de prever su riesgo y alzar su voz. La visión del largo plazo se debilita por falta de ejercicio y, por consiguiente, queda embotado el sentido de la anticipación en los actores de la vida política. Llegados al caso, no es realista esperar personas conscientes capaces de conjurar el peligro ni encauzar sus estragos en el tiempo oportuno.

Junto a la preponderancia del cortoplacismo, la recaída en una morbosa mentalidad proclive al desánimo. La insistencia, consciente o inconsciente, de figuras populares gustosa por difundir un estado de ánimo que viene rebotado del fatalismo español como escuela histórica. La vuelta al derrotismo, bajo la fuerte impresión del acelerado retroceso económico y empeoramiento de la situación política. Sobre ello, un Julián Marías de temple diametralmente opuesto al vicio de situarse en lo peor, concluía que nuestro siglo desmoralizado por antonomasia, el XVII, pasó sobre todo por una crisis de esperanzas. La España de hoy tiene carta abierta a una mentalidad más autodestructiva y perdedora que ilusionada.

En rigor, habría que observar que el encauzamiento de las crisis ha sido labor del Gobierno de Rajoy, que ha realizado un buen trabajo, pero siquiera su resolución neta se hará esperar, sometida estrictamente a los avatares.

Pero es característica de esta etapa la relegación de una función indelegable del político, cual es transmitir confianza y esperanza, a un segundo plano de la acción pública. Quien no se alimenta de sueños envejece pronto, nunca es una culpable distracción el empleo del tiempo en la educación social del sentido más primario de lo justo, el más instintivo, ese por el que saltamos en nombre de la Justicia cuando algo nos parece injustificable.

El escenario es inédito aunque sus efectos de gobernabilidad sean previsibles. Como también que irá en menoscabo de la moderación. Aunque sea lógico un cierto movimiento pendular corrector, debe afrontarse lo que implica la ruptura del bipartidismo vigente, distanciamiento sentimental y de opinión pública antes, ahora incurso en sucesivos movimientos electorales hasta diciembre próximo. Su reemplazo teórico por un esquema a cuatro, multipartidista, inclina nuestros parlamentos y gobiernos hacia escenarios hipercomplejos, de pluralismo con riesgo de polarización. Cualidades que dificultan, en suma, el formar mayorías de gobierno moderadas.

Las nuevas y poderosas realidades políticas, como la erosión democrática, un empobrecimiento de la población, el temor a las migraciones de impacto, imponen nuevos ejes discursivos. Se desdibuja el monopolio en la confrontación política del binomio Derecha/Izquierda, reemplazado por los Abajo/Arriba y otras capas de esa cepa. En esta tendencia europea, lo más pertinente será la distinción entre Extremistas/Moderados, que pedía Bobbio tener en cuenta más que ninguna otra.

Esa pertenencia al estatus moderado hay que ganársela, el calificarse de moderado actuando como pasarela de los extremistas es un juego de manos, un regateo de bazar político en un suelo resbaladizo. La categoría extremista muestra en sus diversas variedades una elocuencia ensalzadora de lo fácil, la amistad por lo expeditivo, el desdeño por los plazos y las garantías de la representación electoral o corporativa.

Es manifiesta la ausencia de cultura de pacto en España, a no ser durante la Transición. La política de la confrontación entre los partidos y no la de cooperación ha sido claramente preponderante. La cooperación institucionaliza, la confrontación desinstitucionaliza. En definitiva, supone optar por la política que busca mejoras pragmáticas y pactistas, y piensa en alternativas comparables, encaminadas hacia la conciliación social. Desde 1977 está inédito el intento por ensayar el entendimiento duradero, siquiera fuera en situaciones de encrucijada.

En 38 años de democracia española, no ha habido nunca gobiernos de coalición o alianza de mayorías parlamentarias entre los primeros partidos, popular y socialista. La excepcionalidad de la gran coalición es el hecho político más llamativo. El ámbito de corresponsabilidad ha estado, temerosamente, circunscrito a los tratados de política internacional y en la política de seguridad antiterrorista. Ni siquiera en fases críticas como la presente, salvo la reforma del artículo constitucional 135 por vía rápida, se ha pretendido la colaboración en asuntos que demandarían la colaboración nacional.

De la meditación política que nuestro país tiene pendiente no se debe excluir a nadie, sería otra de las responsabilidades en que venimos incurriendo. Si queremos ser portadores de convivencia constructiva, se trata de buscar cierta objetividad y un relato ecuánime que hilvanar. Sobre todo, debe servir para saber lo que no hay que hacer.

Meditación con Antonio Fontán al fondo

Lejos de nosotros, como bien recomienda José María Marco, el recurso a la palabra candente, se trata de afinar cuando se hace uso del aguijón crítico con la actual desestructuración política inercial. También esto pasará, rezaba la inscripción que Salomón se hizo labrar en el anillo real, y que vale para los malos como para los buenos tiempos.

Mientras tanto es de nuestro interés, en particular los amigos de Nueva Revista, deliberar en qué nos hayamos desviado de lo importante, cuándo no hemos atinado a definir carencias políticas, ni a escribir con más persuasión que no se dejara de contar con el grueso de los españoles.

Es una hora española propicia al recuerdo entre nosotros de Antonio Fontán, precisamente en una época de cuesta arriba podemos aprender de quien no cejaba cuando en los 40-50 y gran parte de los años 60, políticamente, no se movía una hoja.

Así, en 1967, en las páginas del diario Madrid escribe: «En las difíciles circunstancias en las que se halla un país como el nuestro, el mañana es siempre una promesa de esperanzas, pero, para que estas fructifiquen, primero se han de poner en orden el sistema de valores y de ideas, de estímulos y objetivos, y después obrar en consecuencia».

Los años de travesía no fatigaron su proverbial buena fe, ni demediaron el personalísimo estilo de una acción política, con auctoritas indiscutible, esa que perdura intacta cuando poder y éxito se agostan como verduras de las eras. Como tantos otros de quienes acompañan a su Nueva Revista debo terminar diciendo que, ella también, ha sido leal a estas aspiraciones por más de un cuarto de siglo.

Habrá menos liberalismo y más democracia

Entiendo que el título de la sesión de esta mañana del 4 de Septiembre —La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015— coincide con el del curso que nos reúne —Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?— y que los dos se aclaran y refuerzan mutuamente.

Pues bien, ambos descansan sobre una pregunta, no del todo retórica y menos aún profética, puesto que las preguntas nunca son proféticas aunque las contestaciones a veces lo sean.

La pregunta sobre si habrá más o menos liberalismo después del presente año de 2015 nos obliga a hacernos otras preguntas previas: ¿Qué ha de entenderse por liberalismo? ¿Qué suele entenderse hoy por liberalismo? ¿Existe hoy una cascada de sinónimos sagrados: Democracia, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, Libertad, Libertades? (en inglés la precisión es mayor puesto que Liberty y freedoms subrayan las diferencias) ¿Se trata en rigor de sinónimos, o de conceptos multívocos, o de antónimos? ¿O tal vez son palabras de una misma familia que desfilan en solemne hierofanía?

Los dos pensadores más citados en España a la hora de reflexionar sobre el liberalismo y la democracia disfrutarán desde el cielo platónico en el que sin duda se encuentran y se sonreirán oyendo tanto despropósito. Me refiero a Aristóteles y a Ortega y Gasset.

Y se maravillarán al observar que casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen —por ignorancia o por prudente hipocresía— que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático declarando que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, tener que recordar que tales palabras son una tergiversación, por muy políticamente correcta que sean. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente.

Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente:

«La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra “democracia” está en nuestros días desprovista de toda idea desfavorable, y no habría en absoluto traducido el pensamiento del filósofo griego. […] Por lo demás hay que observar que Aristóteles siempre toma la palabra “pueblo” como la parte más pobre y más numerosa de los ciudadanos, del cuerpo político…».

En resumen, este erudito político republicano se escuda en que el demos griego era a los ojos de Aristóteles algo tan deplorable como le peuple de la república burguesa en Francia.

En fin, puede que el buen humor de Aristóteles ahora que está en las nubes se haya visto turbado por un pellizco doloroso de melancolía ante la tergiversación moderna de sus palabras: tal vez se acordará de Sócrates, el maestro de su maestro Platón, el hombre ejemplar para muchos que olvidan, porque no les conviene recordarlo, que fue asesinado por la Democracia.

Por otro lado, recuérdese que la misma voz griega politeia fue traducida a veces por régimen de gobierno o constitución, o incluso estado de derecho, y se comprenderá la magnitud del problema, la angostura de la aporía. Tan sólo se me ocurre un remedio: el muy tradicional de releer a Ortega. A veces saca al lector de dudas, a veces lo hunde más en la incertidumbre. En este caso nos ayudaría a salir de las ambigüedades interesadas de la postmodernidad pasar media hora leyendo sus Ideas de los castillos, en Notas del vago estío, El espectador – V (1926). Allí, el maestro de la ironía socrática se atreve a declarar que democracia y liberalismo no sólo son siempre bien distintos sino con frecuencia antitéticos:

«Pues acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico.

Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas.

La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el Poder público? La respuesta es: […] la colectividad de los ciudadanos.

El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quien quiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? […] el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado.

[…] Se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal.

[…] Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos. Por eso, el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por decirlo así, se limita a sí mismo».

Hasta aquí Ortega en sus funciones de moderado optimista que aspira a serenar predicando los ideales de la democracia moderada por los principios liberales, presentes en todo Estado de Derecho. Es decir, que Ortega es partidario de la politeia (πολιτεία), mucho más que de la democracia (δημοκρατία). Es consciente de que la democracia se asienta sobre la igualdad y el liberalismo sobre la libertad. La democracia absoluta es tan irrespirable como el oxígeno puro. Lo único que evita que la democracia sea invivible es mitigarla con las precauciones de un Estado de Derecho.

Por cuanto antecede resulta inexcusable la creciente sinonimia en usos periodísticos y políticos entre democracia y estado de derecho. No son la misma cosa; nunca lo han sido. Ni lo eran para Aristóteles. Ni siquiera en la oficialmente llamada por los historiadores democracia ateniense (del 508 al 322 a.C.) votaban más de uno de cada diez habitantes.

Asunto distinto es si debemos o no seguir acudiendo a don José Ortega y Gasset como maestro cuando escribe sobre la democracia deprimido por los acontecimientos de ciertos momentos históricos. En 1917, en su artículo titulado Democracia morbosa, escrito a los 34 años, dice:

«En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe. […]

Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. […]

La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones. […]

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos “opinión pública” y “democracia” no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas».

No hace falta recordar que eso fue escrito en el mismo año de la Revolución Bolchevique, 1917. Y que pocos años después, en 1930, el mismo Ortega escribió su artículo Delenda est Monarchia, que tanto influjo tuvo en la llegada de la República a España, tras la cual, pocos meses después, publicó Un aldabonazo, para insistir en «no es esto, no es esto» ante los excesos del nuevo régimen. Pero la cumbre de su rechazo del concepto de democracia, desvirtuado en la práctica, la alcanzó en 1949, en la Universidad Libre de Berlín, auténtica «isla en el Mar Rojo», donde en una conferencia ante una multitud de estudiantes dijo:

«La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aún era siquiera como idea, como significación algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera…»

En fin, que puestos a añorar utopías, tal vez para Ortega la mejor hubiese sido la Politeia con sendos ramalazos de las otras dos utopías aristotélicas, la Monarquía y la Aristocracia. Y hubiera querido olvidarse de las tres distopías tan presentes en esta nuestra sobornable contemporaneidad: tiranía, oligarquía y democracia (o demagogia, si prefieren ustedes los eufemismos de la corrección política, que Aristóteles desconocía).

Claro que tampoco conocía esos dos útiles neologismos helenistas alumbrados veinte siglos más tarde en la brumosa Albión, utopía y distopía.

Por eso y al llegar a consideraciones pesimistas siempre me viene a la mente lo que hace muchos años oí decir al director de un centro de análisis y prospectiva internacionales:

«Los que vivimos de una bola de cristal hemos de resignarnos a terminar a veces masticando vidrios rotos».

Lo peor es que ese miedo, casi certidumbre, del error probable en sus palabras que siente el propio augur, surge por igual al emitir dictámenes optimistas o zozobras pesimistas. Y hoy, esta semana, los ecos ominosos que nos llegan de Oriente Medio nos recuerdan el verso de Coleridge, ancestral voices prophesying war, voces ancestrales que profetizan guerra.

Tal vez, ojalá no sea así, precisamente un aumento del poder del demos —llamémoslo democracia o demagogia, qué más da— constituirá el explosivo mortal que haga añicos el débil liberalismo que algunos creyeron que se estaba construyendo en tantas llamadas primaveras árabes. ¢

El partido de la Nación. Los conservadores británicos, de Churchill a Cameron

En uno de sus momentos de bravura, William Hague afirmó que «los valores del partido tory se remontan a los tiempos en que Wilberforce liberaba a los esclavos, Burke escribía sus grandes tratados y Pitt llamaba a la guerra contra la tiranía». Es posible que las palabras del antiguo líder conservador tengan un punto de altisonancia, pero —más allá del énfasis retórico— también se hace difícil negarles su verdad. Con una prosapia que se remonta hasta los años de la Gloriosa, ningún otro partido puede reclamar un pedigrí semejante al del torismo. Y, en virtud de esa misma pervivencia, sobre ningún otro partido han podido proyectarse atributos más dispares.

Esos tories que parecen ser sinónimo de tradición han sido también abanderados de las causas más rompedoras en cada época, de la emancipación católica bajo Wellington a la lucha por el sufragio femenino

La propia antigüedad de los tories, en verdad, parece avalar todo precedente y así desalentar nuestros esfuerzos de cartografía política. A modo de ejemplo, el que tome su euroescepticismo de hoy como verdad inmutable, se sorprenderá al saber que —allá por los setenta— el conservador se llegó a publicitar como «el partido de Europa». A quien vea en ellos un rescoldo de viejo imperialismo, siempre se le puede hablar de «los vientos de cambio» descolonizadores de Macmillan. Y aquellos con edad para recordar las refriegas entre Gobierno y sindicatos, deben también llevar a la memoria que otros ejecutivos conservadores los habían impulsado tiempo atrás. Suma y sigue: esos tories que parecen ser sinónimo de tradición han sido también abanderados de las causas más rompedoras en cada época, de la emancipación católica bajo Wellington a la extensión de la educación pública bajo Salisbury, sin olvidar la lucha por el sufragio femenino. Y lo mismo podríamos decir de lo que hoy pasa por lugar común, como es su apoyo al liberalismo económico, cuando no han dejado de conocer sus fiebres proteccionistas y todavía tendrían tiempo de posar de keynesianos.

Ciertamente, ya nuestro Assía escribió que «mientras otros pueblos se han debatido en desatar […] el nudo gordiano de la contradicción, los ingleses la han convertido en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Aun así, podría parecer que los conservadores británicos han llevado un poco lejos este esfuerzo de síntesis. Si lord Kilmuir dijo que la unidad era «el arma secreta» de los suyos, ¿cómo pueden explicarse tantos motines en sus filas, tantos altercados? Si con Alec Douglas-Home se les podía calificar de clasistas y de arcaicos, ¿cómo olvidar que —en menos de una década— también aportarían la modernidad de un Heath o la meritocracia de una Thatcher? De «la edad de la afluencia» al Miércoles Negro en su desempeño económico, y de Normandía a Suez en sus refriegas exteriores, ni siquiera su ejecutoria en el poder arroja un balance incontrovertible. En fin, quien todavía vea a los tories como el «nasty party», como un partido adusto y moralista, tan solo tiene que acordarse de aquella imagen de David Cameron amamantando a un cordero. No, no faltan contradicciones aparentes en el torismo. Con todo, quizá la mayor de ellas pueda cifrarse en las apreciaciones de dos de sus líderes recientes: de un lado, el «tenemos que tener una ideología» thatcherita; de otro, el «los conservadores no somos ideólogos» cameroniano.

Ante estas divergencias doctrinales, algunos han querido ver la razón constitutiva de los tories en un «apetito por el poder», que los dotaría de una singular «capacidad de adaptación» hasta habilitarlos como «el partido natural de Gobierno en Gran Bretaña». No es nada nuevo: ya desde los años de Defoe, en el siglo XVII, se les ha reprochado lo ambiguo de su carácter y lo fungible de sus principios. Y hay una sensatez de fondo en la alabanza a su competitividad electoral: en su largo peregrinar, los tories han sobrevivido —cuando no han engullido— a no pocos partidos, entre ellos whigs y liberales, y sus ochenta años de Gobierno solitario o coaligado justifican que el siglo XX haya sido «el siglo conservador» en el Reino Unido. También aquí, sin embargo, nos vemos obligados a modular: pese a su conocido pragmatismo, pese a su acomodación a las exigencias del electorado, los conservadores cedieron la hegemonía de la iniciativa política a los laboristas en momentos de tanta trascendencia como la posguerra y el esquinazo de los siglos XX y XXI. En definitiva, ese apetito por el poder —inherente a toda plataforma política— será un instinto muy perfeccionado por parte de los tories, pero no el motor primero de su acción.

A quien quiera, por tanto, buscar el hueso de Cuvier a partir del cual reconstruir el esqueleto del conservadurismo británico, tal vez no le quede otro remedio que ir aguas arriba, a los orígenes del partido tal y como lo conocemos hoy. En concreto, a la «llama sagrada» de Disraeli y a esos tiempos en que un programa político podía tener cabida en una novela. Es ahí donde mejor puede entreverse que, si los tories son «el partido natural de Gobierno», es por haberse definido previamente como «el partido de la nación».

No otra sería la gran causa disraeliana. En un pasaje de Sybil, el victoriano deplora la existencia de «dos naciones» que, separadas por la clase y las riquezas, parten la comunidad británica al no mantener entre sí «ni afinidad ni trato». Disraeli escribe estas líneas —de celebridad instantánea— cuando todavía es un hombre joven, pero el afán de reparar y unir esa cesura social iba a ser el bajo continuo de su vida pública. A esta luz hay que entender sus esfuerzos para hacer del partido tory, precisamente, «el partido de la nación». Y, en un famoso discurso en Londres, año 1872, poco antes de inaugurar su segundo mandato, ese propósito se hará explícito: los conservadores quieren contar en su proyecto con «el conjunto de las numerosas clases existentes en el reino», porque «si no es un partido nacional, el partido tory no es nada». El torismo disraeliano, de estirpe tan fecunda, busca de este modo establecer su identidad: no será un partido de clase, al modo socialista, ni, al modo de los liberales decimonónicos, representará las sensibilidades e intereses de un sector como el manufacturero. En congruencia con sus planteamientos, Disraeli fija el doble haz de la acción política tory: conseguir «la elevación de la condición de las gentes», por un lado; «sin violentar», por otro, «los principios de verdad económica sobre los que reposa la prosperidad de los Estados». Y, junto a ello, un propósito tan decididamente burkeano como «el mantenimiento de las instituciones del país». No en vano, «el partido nacional» no solo tenía que unir «las dos naciones» separadas por la fractura social, sino garantizar la armonía de un Estado cuyos diversos territorios debían estar representados en pie de igualdad

Codificado en fecha temprana como «conservadurismo one nation», el proyecto de Disraeli se convertiría en la ley y los profetas del torismo. De paso, la conciencia de comunidad nacional y la voluntad de cohesionarla se iban a ofrecer como falsilla ideológica para todos los partidos conservadores que, en la Europa moderna, también han querido ser «los partidos de la nación». Y puertas adentro del Reino Unido, esa partitura disraeliana no iba a dejar de sonar hasta nuestros días, a veces con arreglos para orquesta y otras veces —por hacer un guiño al thatcherismo según Niall Ferguson— con arreglos para banda punk.

* * *

Con sus equilibrios entre sensibilidad social y ortodoxia económica, se ha dicho que Disraeli no hizo sino anticipar los debates que se iban a abrir en el conservadurismo británico tras el momento fundacional de la posguerra. No en vano, de Churchill a Cameron, desde el poder y desde la oposición, la vía media disraeliana ha sido el estándar de medida contra el que se iban a juzgar las distintas inflexiones del torismo. Así, según los momentos, el «conservadurismo one nation», más que ofrecerse como punto de encuentro, ha podido ser interpretado como línea de fractura: a despecho de la calidad de tantos liderazgos, en el partido nunca iban a faltar etiquetas —de wets y dries al «nuevo conservadurismo» y «la nueva derecha»— para reflejar las declinaciones infinitesimales del torismo. Lo dejó dicho uno de sus prebostes al comenzar un mitin: «todos somos conservadores, así que todos pensamos distinto». De 1945 hasta hoy, esos debates —y esas facciones— orbitarían en torno al grado de compasión que aplicar al conservadurismo, al entendimiento de la política como consenso o convicción, a las actitudes de tutela o acatamiento de las tendencias de la opinión pública. Pero, en todas y cada una de las disyuntivas, el ethos one nation iba a actuar de instancia moderadora entre las tendencias del partido para favorecer los equilibrios de su naturaleza dual.

En tiempos del consenso de posguerra, la aceptación del keynesianismo por parte de los tories unió el convencimiento a la necesidad. Si damos por bueno el carácter de «pacto de caballeros» de la gestación del Estado providente, no podemos poner en olvido el paternalismo que, al contacto con las gentes del común, se había despertado en aristócratas como Churchill, Eden o Macmillan ya desde las vivencias de la Gran Guerra. Con su fondo gentlemanesco de «noblesse oblige», el tendido de una red asistencial no venía sino a entender el cuerpo social como un lugar de vínculos y —justamente— obligaciones mutuas. En paralelo, el impulso al «capitalismo del bienestar» permitía a los tories capitalizar su «carácter no ideológico y flexible», distintivo de «un Gobierno basado en las circunstancias inmediatas antes que en la teoría o el dogma, que busca el consenso y así fortalece la estabilidad y la cohesión sociales». No es esta cuestión menor, aunque la interpretación quedará al gusto del cliente: ¿estamos ante una elasticidad capaz de lesionar los propios principios, o más bien ante una política que sabe primar la experiencia sobre la ideología? En uno u otro caso, la legislación no se produce in vitro: cuando Churchill es elegido primer ministro en 1951, las reformas del laborista Atlee —admirado incluso por Margaret Thatcher— ya habían cambiado para siempre el rostro de aquella Inglaterra «tradicional, formalista y ociosa» de nuestra imaginación. Y quién sabe si en los prohombres conservadores de la época no se activó ese pesimismo salisburiano según el cual «el arma del conservadurismo es retrasar los cambios hasta que estos se vuelven inofensivos».

Más prosaicamente, los tories de posguerra intentaron demostrar —como dejó dicho su ideólogo Rab Butler— que «el empleo y el Estado del bienestar» se hallaban «seguros» en manos conservadoras. En puridad, lo buscado era un modelo de economía social de mercado que pudiera «premiar la iniciativa sin abandonar la justicia social» y, de conformidad con estas líneas maestras, las administraciones conservadoras iban a fomentar una economía mixta que legitimaba la vertiente empresarial del Estado, la intervención del Gobierno, la conciliación sindical y el Estado del bienestar. Lo hicieron con tanta perfección que, en el análisis laborista de la derrota electoral de 1955, los gurús del partido concluyeron que había una «ausencia de diferencias claramente definidas» entre las candidaturas. Y de su éxito apenas puede dudarse: con la economía al alza, con los impuestos recortados, la inflación controlada y el pleno empleo garantizado, Macmillan, en 1957, pudo alardear de que «nunca habíamos estado tan bien».

No era un edén destinado a durar. Una de las leyes inexorables de la economía afirma que lo que no puede continuar de ningún modo va a continuar, y a la altura de los primeros setenta, la maquinaria keynesiana, tras el segundo Gobierno Wilson, comenzaba a griparse. Asistimos, según Clark, al momento más frustrante y melancólico del torismo en el siglo xx: aquella legislatura de Edward Heath en la que terminarían por hacer huelga incluso los sepultureros. El consenso de posguerra salta por los aires con una espiral perfecta de inflación y desempleo; los sindicatos —pilares fundamentales de la concertación económica— maniatan al Gobierno; el Ejecutivo interviene en los mercados, el gasto público se expande y nada de ello puede devolver a la economía la flexibilidad y la competitividad perdidas. Ciertamente, las circunstancias —algunas tan graves como la crisis del 73— no conspiraron a favor de Heath, pero su primera retórica monetarista iba a verse en todo caso desmentida por la debilidad política de sus célebres «giros de 180 grados» en materia económica. Fue por estos «u-turns» que Heath dejó el recuerdo de un Gobierno «sin principios firmes ni historial presentable» y la realidad de un país varado en la crisis. A modo de ironía, los propósitos inconclusos de su administración, atinentes a la disciplina en el gasto público y la capitidisminución de los sindicatos, comenzarían a ponerse por obra en el finalmente malhadado gobierno de Jim Callaghan. Y, ante todo, iban a dar carta de legitimidad al momento liberal que, como cambio de paradigma, estaba destinada a impulsar Margaret Thatcher.

Hay sin duda un punto infuso, inexplicable, en su liderazgo. Hoy, cuando tendemos a observar el thatcherismo como una doctrina berroqueña, irremediablemente llamada al triunfo, cuesta pensar en su lento despegue. Cuesta recrear aquellos momentos en que sus compañeros la votaron menos por confianza que por desesperación. Y también cuesta acordarse de que, sola y sin apoyos, nunca nadie hubiera imaginado sus grandes destinos: encadenar tres mayorías inauditas, asentar un modelo político y moldear el perfil de su partido incluso después de dejar su presidencia. Al fin y al cabo, ¿qué esperar de una antigua ministra de Edward Heath?

A Thatcher le ayudó  estar a la altura de otras circunstancias tan ásperas como la Guerra de las Malvinas

Puede admitirse que a ella sí le ayudaron las circunstancias —como celebrar las elecciones tras el Invierno del Descontento—, pero no sin admitir que también le ayudó estar a la altura de otras circunstancias tan ásperas como la Guerra de las Malvinas. Ahí fue de justicia que su capacidad de mando pudiera opacar los datos económicos, no exactamente alentadores, de su primera legislatura en el poder. También a esas cifras les daría la vuelta. Porque en alguna ocasión se ha afirmado que el destronamiento tan súbito de la Thatcher ha hecho mucho por amplificar su mito, pero —por las mismas— bien puede pensarse que no hubiera necesitado de esa caridad. Para buena parte de los tories, por ejemplo, lo congruente es plantearse cuál fue el mayor de sus méritos. De un lado, un milagro económico de la crisis a la recuperación, saldado con crecimientos anuales del 4% a finales de su mandato, y basado en el fomento de la competitividad, la desregulación, las privatizaciones y la puesta en marcha de la reconversión industrial. De otro lado, sus gobiernos implicaron un recauchutado de la confianza para unos planteamientos conservadores capaces de imponerse en la llamada batalla de las ideas: baste considerar su victoria —tan simbólica como efectiva— frente a las uniones sindicales. No en vano, a contracorriente de cierta tendencia abstencionista del torismo, sus administraciones siempre procuraron menos acompañar a la sociedad que liderarla, con un mensaje moralizante en torno a la responsabilidad individual y una pedagogía destinada a modificar las expectativas ciudadanas sobre el alcance del Estado. En el esquema thatcherista, no se trataba de endulzar su mensaje para ganar votos, sino de sumar apoyos mediante la reforma de la mentalidad de los votantes. Y su mensaje era tan claro como visceralmente antikeynesiano: el Estado del bienestar crea desincentivos y dependencias que merman el crecimiento y la prosperidad y —de este modo— termina por redistribuir no más que la pobreza. Por el contrario, la competencia libre, con su exigencia de responsabilidad e iniciativa individual, resultará moral y socialmente virtuosa, en tanto que expande la propiedad privada y, en consecuencia, fortalece la libertad de las personas. En cuanto a las desigualdades, el efecto derrama de este capitalismo popular, según el manual del thatcherismo, terminaría por aumentar el nivel de vida de la generalidad.

Es muy dudoso —los datos de voto no lo avalan— que el thatcherismo consiguiera finalmente forjar una nación de thatcheritas, aunque la capacidad de la primera ministra para movilizar pasiones ha seguido intacta hasta hoy. Incluso en su partido se enajenaría las suficientes simpatías para justificar el funcionamiento interno de los tories, según escribe Bale, como «una autocracia templada por el asesinato». En todo caso, una presencia tan poderosa como la suya iba a propiciar tal horror vacui tras su abandono que, inevitablemente, también se le ha juzgado por su ausencia. En el caso tory, ya hubiera sido traumático el simple hecho de sobrevivir a la resaca de su éxito, pero el influjo de la Thatcher iba a ser aún más especial: en concreto, no muy distinto del de esos árboles que no permiten crecer bajo su sombra. Líder tras líder, la larga errancia tory en la lejanía del poder —de 1997 a 2010, después del estrambote de John Major— merecerá en los libros de historiografía conservadora epígrafes tales como «mirando al abismo» o «perdidos en la jungla». Y, por supuesto, que el New Labour fuera una hijuela de sus gobiernos —como dijo la propia premier— iba a resultar de escaso consuelo para un partido al que nunca le funcionaría el «thatcherismo con piloto automático». Al final, con cada elección como una nueva decepción, el torismo fue ahondando metódicamente en sus cismas: el conflicto entre la vieja guardia de Maggie Thatcher, más liberal y euroescéptica, y una sensibilidad tory no menos vieja pero más abierta a Europa y a las tesis del conservadurismo compasivo.

Iba a hacer falta una buena ración del sincretismo conservador de siempre —para unos moderación, para otros pasteleo— de cara a recuperar el modus vivendi en el partido y, ante todo, devolverle la mordiente electoral. El elegido fue, en 2005, David Cameron, y cabe pensar que con su nominación se quiso respaldar a un hombre de consenso y no a un ideólogo, a un político de actitudes y no de teorías, a un líder —quizá— cuyo principal valor radicaba en su persona y no en su programa. ¿Un peso pluma? Algunos lo quisieron ver así, pero muchos veían más bien la necesidad de un cambio y juzgaron que Cameron era el rostro de ese cambio. Y, por primera vez en mucho tiempo, todos se sometieron a la disciplina interna: Cameron quitaría el moho de la marca conservadora para darle una nueva modernidad y una nueva seducción a ojos del electorado. Frente a frente con Gordon Brown, los tories pronto supieron que la apuesta iba a cuajar. Su uso diestro de la comunicación política convirtió su juventud en voluntad de transformación. Y su estilística, no ajena a recaídas en el buenismo, enfatizó el aggiornamento del lenguaje y la atención a las causas —de los derechos humanos al medio ambiente— con mejor acogida en el seno de la sociedad. Los conservadores, poco a poco, iban volviendo con garantías al ring electoral.

A la altura de 2015, crecida su envergadura política después de una rotunda mayoría, nos es al fin posible ponderar la mezcla de determinación, cintura y astucia con que Cameron logró gestionar su primer Gobierno de coalición. Su propia alianza con los liberales ya lo mostró —según se iba a repetir en el criticado referéndum escocés— como un político cómodo con los riesgos. Y, de hecho, los ha sabido manejar con la suficiente habilidad como para superar las presiones de la derecha de su partido, imponer su tono en un ejecutivo con un socio de centro-izquierda y, en definitiva, reintegrar a los suyos un torismo vencedor. No hubo, en verdad, mejor bálsamo para los tories. Y con sus victorias electorales, Cameron se ha hecho perdonar una amalgama de thatcherismo económico y liberalismo en la agenda social con potencial para irritar a buena parte de su militancia.

Tachado de heredero de Disraeli, el escaso doctrinarismo de sus puntos de partida le ha permitido ir modulando su discurso. Véanse, por ejemplo, el endurecimiento paulatino de su euroescepticismo o su respuesta, de austeridad sin fisuras, ante la crisis económica. Sin embargo, el pragmatismo de su acción de gobierno no impide que el caudal del conservadurismo contemporáneo se haya enriquecido con la aportación cameroniana. Ahí está su comunitarismo, como un rebrotar de cierto espíritu one nation. Ahí están sus apuestas —tan conservative— por la descentralización, o el potenciamiento de esas «instituciones intermedias» que están en el corazón de su Big Society y también en el gran libro del conservadurismo de todos los tiempos. El punto de distinción cameroniano, sin embargo, estará más bien en su actualización de la vía media del torismo histórico. Es lo que le ha ganado un hueco en el centro-derecha contemporáneo, y él o sus gurús lo iban a explicar mejor que nadie: «Sin un énfasis en las obligaciones e instituciones de la comunidad, el liberalismo puede ser un individualismo vacío. Sin el énfasis en la libertad individual de los liberales, el conservadurismo puede ser mera conformidad». Ha pasado un siglo y medio y Disraeli, seguramente, estaría muy de acuerdo.

* * *

Una de las definiciones más conocidas del conservadurismo de las islas es aquella que dice que ser tory no es sino una manera particular de ser británico. Es posible que la frase tenga un punto tautológico, si pensamos que ser del Manchester United también es una manera de serlo. Pero la definición tiene su mayor hondura, en tanto que la narrativa tory quiere participar de la narrativa de la Britishness como una «confianza en la historia e instituciones del país, la creencia básica de que somos afortunados de vivir aquí». Y si, según se ha escrito, «el único manual del conservadurismo es la historia del pueblo británico», sorprende poco que las proclamas del partido tory recurran más al archivo de la tradición que al arsenal de las ideas abstractas. Así, el ethos del torismo va a incorporar los valores que han surgido al calor de la vivencia histórica de la nación para nutrir su identidad de partido nacional por excelencia. Y no otro será el común denominador de la muchedumbre de pareceres del conservadurismo británico.

Entre estos principios de fondo encontramos una antropología basada en la imperfección del hombre, que implica un rechazo a todo planteamiento utópico

Entre estos principios de fondo encontramos, sin afán de ser exhaustivos, una antropología basada en la imperfección del hombre, que implica un rechazo a todo planteamiento utópico. También, una creencia en la sociabilidad natural humana, que fija nuestros derechos y deberes y otorga su respetabilidad y su utilidad social a las instituciones y la ley.

Por supuesto, en el prontuario tory destaca asimismo el respeto a la libertad del individuo y a un derecho a la propiedad que se entiende inherente a esa libertad personal. Y, del individuo a la comunidad, el conservadurismo hará hincapié en su concepción de la sociedad como un todo orgánico donde las personas generan vínculos solidarios a través de instancias que, como la familia o las iglesias, no responden al control estatal. Son estos «principios que no caducan», en expresión de Eden, los que nos permiten hallar un continuum conservador a lo largo de la historia. Y si muchos de ellos nos parecen prepolíticos, hay que indicar que el conservadurismo moderno nace precisamente para darles un cauce institucional y una traducción ilustrada. Para incorporar al espacio público —por decirlo con Burke— esa «sensatez de principios» y esas «gracias inapreciables de la vida» como una tradición inteligible y habitable.

Este sentido de continuidad está inserto en la entraña del torismo, y constituye, sin duda, uno de los ingredientes para hacerlo operativo como verdadero «partido de la nación». Pero la adscripción y la vivencia de una tradición, como nos recuerda Eliot —tan próximo a los conservadores— también implica hacerla. Y buena parte de las matizaciones de la política tory responden a una intuición contigua de Oakeshott: el carácter de la tradición no está en ahormarse a un solo rasgo, sino en tolerar y unir en una variedad interna. Por eso solo la tradición permite cambios y reformas sin alterar la identidad. Y en un partido más empírico que idealista, sustentado por siglos de camino, será común repensar a cada poco las propias tradiciones y recurrir a su ethos one nation para renovar puntualmente sus propuestas.

Puede ser útil analizar el itinerario conservador desde este punto de vista. Ciertamente, el torismo histórico ha ido superponiendo y sedimentando diversas adiciones ideológicas en su recorrido secular. Y no han faltado puntos de controversia en un partido tory cuya gran referencia en el mundo del pensamiento —Edmund Burke— era nada menos que un whig. Conocemos bien algunas de esas tensiones del pasado: la mayor o menor intervención del Estado, el mayor o menor liberalismo social, la imposición de una agenda al electorado o la busca de las zonas de aquiescencia moderada en pro de la estabilidad social y la optimización del atractivo electoral. Hoy mismo no siguen faltando fisuras en el cuerpo del torismo: la inmigración, por ejemplo. O el debate sobre aquella Europa que, durante décadas, pareció el espacio sustitutivo de la prosperidad del Imperio. O, de modo lacerante, la cuestión escocesa y sus implicaciones para los tories en su calidad de partido nacional.

Ha sido común poner el énfasis, según comenta David Seawright, en las diferencias más que en las continuidades, pero el acervo común del torismo —su viejo ethos one nation— ejercerá a cada momento de norte doctrinal y de contrapeso de las redefiniciones del partido. Ese acervo común se plasma más bien como una sensibilidad o una mirada que a modo de catecismo, y las artes del conservadurismo político pasarán por «reconciliar las fuerzas impersonales del cambio» con esos «principios que no caducan» a los que aludía Eden. Ya hemos visto algunos de ellos, resumidos en la última documentación conservadora como «confianza, responsabilidad compartida, defensa de las libertades y respaldo de las instituciones y la cultura» del país. Ahí, la obligación del político conservador —en frase de Thatcher que podían haber firmado un Cameron o un Macmillan— será aplicar estos fundamentos duraderos a circunstancias cambiantes. Cada generación, abunda Cameron, presenta distintos escenarios a esos valores y obliga a alterar lo accesorio al tiempo que se mantiene lo nuclear. La práctica política tory así lo avala, y por eso no es de extrañar que tanto el thatcherismo como el consenso de posguerra, por diversas que fueran sus aproximaciones, pudieran englobarse bajo el mismo eslogan de «Economía libre y Estado fuerte». O que el propio ethos one nation, y no solo el liberalismo económico puro, contemplara un rechazo al dirigismo, una apuesta por el libre mercado que se remonta a lord Liverpool y una fe en la descentralización y el laissez faire que son esenciales al conservadurismo desde Burke. Como se ve, incluso en la discusión, el sustrato compartido otorgaba fluidez a las fronteras ideológicas. La misma Thatcher diría que estaba deseando hacer verdad el espíritu de «una nación» a través del acceso universal a la propiedad privada, y lo mismo había dicho décadas antes un líder de posguerra como Eden con su «democracia de propietarios».

La solidez y sencillez fundamentales de los valores básicos del conservadurismo es lo que ha posibilitado que los tories tengan la citada «capacidad de adaptación» para ser, a cada momento, «el partido natural de gobierno». Sus periodos de éxito coinciden, precisamente, con los momentos en que mejor han sabido enfatizar uno de los componentes de su naturaleza dual sin alienar al otro. Por el contrario, una de las lecciones históricas del torismo —y no solo para los conservadores británicos— está en las consecuencias de desastre que han tenido lugar cuando el partido no ha sabido poner en práctica ese eclecticismo coherente. Así ha ocurrido con debates tan divisivos como las Corn Laws, la Tariff Reform o, en la última década del pasado siglo, con la integración europea. No por casualidad, cada división práctica ha encarnado una renuncia a los ideales de unidad del ethos one nation, de modo que el torismo abandonaba su condición de partido nacional para representar tan solo el sentir de una de las facciones presentes en su seno y en la opinión pública. Y tampoco es por casualidad que los electores le hayan hecho pagar cada una de estas divisiones. Porque, más liberales o más conservadores, el caso ejemplar del torismo nos dice que los partidos del centro-derecha no pueden renunciar a la armonización liberal-conservadora sin traicionarse a sí mismos ni a su vocación de partido nacional.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Para la redacción de este artículo se han consultado, entre otros, los siguientes libros y artículos: The Conservative Party: from Thatcher to Cameron, Tim Bale; The Tories: Conservatives and the Nation State, 1922-1997, Alan Clark; Whatever happened to the Tories: the Conservative Party since 1945, Ian Gilmour; The Tories: from Winston Churchill to David Cameron, Timothy Heppell; Cameron y la reformulación del conservadurismo británico, José Ruiz Vicioso; The British Conservative Party and One Nation politics, David Seawright; How Tory Governments fall: the Tory party in power since 1783, Anthony Seldon; Cameron’s coup: how the Tories took Britain to the brink, Polly Toynbee; The Tories, Adam Wordsworth. ¢

En el espacio del centro

El espacio de centro suele ser concebido desde muchas perspectivas y desde muchas latitudes como una tercera vía entre la izquierda y la derecha, como una tercera vía para modernizar el pensamiento liberal o también como una tercera vía para «aggiornar» el socialismo. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La versión más extendida, y actual, de la tercera vía fue utilizada por Anthony Giddens en el Reino Unido con el objetivo de templar y moderar un laborismo al que se quería convertir en partido ganador.

En efecto, el líder laborista británico Tony Blair llegaba a Downing Street, al número 10, abanderando lo que denominaba tercera vía. ¿Coincidía la propuesta de Blair con el espacio del centro?

Pronto se vio que la tercera vía caminaba por otros derroteros. Hay que tener presente en esta discusión de hace unos años, finales del siglo XX, las dificultades y vaivenes del llamado nuevo centro del spden esa época en Alemania, la bipolarización en el seno del socialismo entre tercera vía y la socialdemocracia clásica: divergencias y tensiones que se pusieron de manifiesto en la reunión de la Internacional socialista en París1 y en el encuentro posterior de Florencia2. Tales hechos situaron a la tercera vía como un intento estrictamente socialdemócrata de aproximación al centro.

En el otro campo de la confrontación partidaria tal vez el esfuerzo haya sido menos evidente de cara a la opinión pública, pero no por ello menos real. El protagonismo público de los líderes centristas en el Consejo Europeo fue, efectivamente, menos relevante, aunque no así en el Parlamento. En efecto, entre los populares europeos pareció perfilarse la conformación de una opción centrista que agrupó a populares, democristianos y liberales, no solo ya de los países de la Unión sino también de los países europeos que aspiran a integrarse en ella.

De todos modos, quiero destacar lo siguiente: detrás del debate doctrinal, detrás de las estrategias de las operaciones políticas y de comunicación, la realidad incontestable es que los gobiernos europeos intentan realizar, en este momento sin, conseguirlo obviamente, políticas centristas, digamos. En este sentido, solo en este, estoy de acuerdo con aquella idea expresada por el director de la London School of Economics, Anthony Giddens, que entiende la tercera vía como un intento de proporcionar sustento teórico a la experiencia real de los gobiernos democráticos de la Europa occidental3.

¿En qué podrían consistir esas nuevas políticas, esas nuevas aspiraciones de los gobiernos? El espacio de centro responde a unos nuevos métodos, mentalidades y actitudes de hacer política, propios de una época que ve superado el pensamiento encerrado y que, al mismo tiempo que trasciende la tradicional disyuntiva izquierda-derecha, no se reduce a unos meros intentos de equidistancia o componendas: tiene la entidad propia de una tercera posición.

Probablemente, aun sin saberlo, algunos de los nuevos movimientos surgidos del descontento y la indignación ante la galopante corrupción que caracteriza el panorama político en muchos países europeos, han arribado al poder a base de usar, con ocasión y sin ella, eslóganes y consignas de inequívoco carácter centrista. La cuestión es si dirigentes que proceden de la izquierda radical serán capaces de asumir los postulados que les han llevado al gobierno y desde allí practicar políticas públicas presididas por el pensamiento abierto, la metodología del entendimiento y la sensibilidad social.

El pensamiento compatible que permite hacer realidad, por ejemplo, el mercado solidario. El pensamiento dinámico productor de sinergias, por ejemplo, entre los ámbitos de lo público y lo privado.

El centro no es, no debiera ser, aunque muchas veces acaba siendo, una operación de maquillaje político. Tampoco es una transformación mágica e instantánea: no se han comportado así las ideas que han cambiado profundamente la sociedad. Sin embargo, el viaje del tren que lleva a las posiciones políticas de centro ha comenzado tiempo atrás en gran parte de Europa y en ese proceso se están diseñando unas nuevas interpretaciones de conceptos, que han cumplido su misión y que hasta ahora no tenían discusión. El problema es que la realización concreta de las políticas centristas precisa de unas cualidades en los actores políticos que no abundan en este tiempo a causa de la fuerza que tiene el pensamiento ideológico entre nosotros.

En este sentido, perdería el billete y se quedaría en una estación desvencijada quien permanezca en el convencimiento de que estamos ante una estrategia, un cambio de imagen, un compromiso formal. El espacio de centro es estrategia, imagen y compromiso, pero es sobre todo la emergencia de una nueva manera de hacer política, consecuencia de la experiencia de estos dos últimos siglos.

La caracterización del espacio de centro hay que explicarla, pero también se necesita receptividad: la aceptación de que es posible avanzar en la modernización de nuestra vida política, el reconocimiento de que es más cómodo mantener viejos prejuicios o atenerse exclusivamente a lo que han sido referencias de toda una vida. Es decir, abrirse a la reforma de conceptos que han caducado porque, nada más, es otra la realidad… y nada menos.

Ahora, en Europa, tan inquieta como siempre en su historia y tan capaz de producir las ideas que han desarrollado el progreso en todo el mundo, la primacía de lo tecnoestructural y de la racionalidad económica, reclama nuevas políticas que partan precisamente de las señas de identidad que han permeado el viejo continente en el pasado llegando a alumbrar nada menos que una nueva civilización. Conceptos desfasados de libertad han desafiado la propia libertad.

En efecto, se ha hablado y discutido mucho acerca de la libertad, pero el miedo les llevó a controlarla: unos vieron en el imperativo del mercado, ciego e insolidario, el mecanismo y mantenimiento del control de un tipo de sociedad que les convenía. Otros justificaron el miedo a la libertad en nombre de la justicia instaurando el control de los medios de producción y la lucha de clases, como necesidad histórica irreversible que nos llevaría irremediablemente a la libertad. Algunos basaron esa necesidad histórica en la raza o en la patria para controlar su libertad de hacer un gran imperio.

Se está en el espacio de centro cuando la libertad y la solidaridad se identifican: no solamente cuando se ven compatibles, que ya es un paso. No acaba mi libertad donde comienza la del otro. Mi libertad se enriquece, se estimula en los ámbitos donde los demás desarrollan la suya.

Apostar por la libertad es apostar por la sociedad, es confiar en el hombre, confiar en la capacidad, en las energías, en la creatividad de los españoles que ha tenido amplia cabida en la historia y no solamente no tiene por qué dejar de tenerla: es un momento histórico para potenciarla.

Mantenerse a ultranza en los esquemas simplistas de buenos y malos, de izquierdistas y derechistas, de ideologías cerradas con aplicación universal, es la clave que da explicación a los que entienden el centro como un supuesto pragmatismo tecnocrático, que reduciría su juego político al que los técnicos que lo ejecuten puedan proporcionar, es decir, más bien escaso e insulso.

Desde el centro se defiende la eficacia de la acción política como uno de los valores que deben caracterizarlo. Y la eficacia se sustenta en la eficiencia técnica, el conocimiento, el dominio de los procedimientos, lo que podríamos genéricamente englobar en el concepto de preparación o cualificación profesional. La política reclama hoy equipos con la instrumentación intelectual adecuada para abordar los problemas a los que se enfrentan las sociedades desarrolladas y lo que denominaremos sociedad mundial, en toda su complejidad.

Pero una eficiencia que pretenda apoyarse solo en una fundamentación técnica de la actuación política está llamada al fracaso, es radicalmente ineficiente. Y esta consideración está en la entraña misma de lo que denomino políticas de centro, porque al fin y al cabo la consideración de que la solución a los problemas humanos y sociales se alcanza por una vía técnica podríamos calificarla como idea matriz de lo que podríamos denominar «ideología tecnocrática», ideología en el sentido negativo en que puede tomarse esta expresión, como discurso cerrado, reductivo y dogmático, y lo que llamamos ideología tecnocrática lo es por cuanto se asienta en la despersonalización del individuo y la asocialidad de los grupos humanos.

La eficacia de la política no se apoya solo —no puede hacerlo— en el rigor técnico de los análisis y sus aplicaciones, aunque este valor deba tomarse siempre en consideración. Pero igualmente necesario es el sentido práctico, muy próximo al realismo, al sentido de la realidad que también desde el centro reclamo. Muchas veces la solución técnica más intachable, la más correctamente elaborada es inviable, o puede incluso ser perjudicial porque los hombres y las mujeres a los que va dirigida no son solo pura racionalidad, ni sujetos pasivos de la acción política, ni entidades inertes, cuya conducta pueda ser preestablecida.

Sería suficiente esta consideración para despejar las sospechas de puro pragmatismo del centro a las que algunos han querido dar pábulo. Pero la cosa va mucho más allá.

En efecto, si para hacer una valoración adecuada de lo que se denomina centro político es necesario atender a sus presupuestos y a los rasgos que deben caracterizarlo, es igualmente imprescindible fijar la atención en las finalidades de la acción política que propugna, o cuando menos en qué dirección apunta. Y pienso que los objetivos genéricos del centro político pueden expresarse en estos tres elementos: libertad, participación y solidaridad.

Quisiera llamar ahora la atención sobre la participación. La participación la entiendo no solo como un objetivo que debe conseguirse: mayores posibilidades de participación de los ciudadanos en la cosa pública, mayores cotas de participación de hecho, libremente asumida, en los asuntos públicos. La participación significa también, en el espacio del centro, un método político. En el futuro inmediato, según la apreciación de muchos y salvando el esquematismo, se dirimirá la vida política entre la convocatoria de la ciudadanía a una participación cada vez más activa y responsable en las cosas de todos y un individualismo escapista que pretenderán un blando conformismo social. El centro no es ya que se incline por la primera de las posibilidades, es que se encuentra comprometido hasta la médula con semejante planteamiento. Pero entender la participación como método significa que no se puede hacer política auténtica, a la medida de las posibilidades y de las aspiraciones de hoy, si no es llamando a la ciudadanía a la participación, y de hecho posibilitándola, haciendo real el método del entendimiento, entendiéndose con la gente.

El método del entendimiento significa el ocaso de una ficción y la denuncia de una abdicación. Supone que la confrontación no es lo sustantivo del procedimiento democrático, ese lugar le corresponde al diálogo. La confrontación es un momento del diálogo, como el consenso, la transacción, el acuerdo, la negociación, el pacto o la refutación. Todos son pasajes, circunstancias, de un fluido que tiene como meta de su discurso el bien social, que es el bien de la gente, de las personas, de los individuos de carne y hueso.

A la habilidad, a la perspicacia, a la sabiduría, y a la prudencia política les corresponde la regulación de los ritmos e intensidades de ese proceso, pero queda como coordenada la necesidad de entendimiento —decir, explicar, aclarar, razonar, convencer…—, el carácter irrenunciable de este método, si es que queremos hacer una política de sustancia democrática.

No solo por la valoración que se da a los medios técnicos, sino sobre todo por sus objetivos y su método, resulta inaceptable considerar la posición del centro como puro pragmatismo político. Otra cuestión es si quienes dicen estar en el centro resulten creíbles. Quien quiera situarse en el centro debe ganarse a pulso la credibilidad, con hechos, con actuaciones, con talantes, con capacidad comunicativa y de diálogo, con apertura al interés social e integridad, con moderación y equilibrio, con eficacia en la gestión pública.

Por todo ello el espacio de centro es el espacio político por excelencia, porque allí se conjugan no los intereses de unos pocos, ni de muchos, ni siquiera los de la mayoría. El político que quiera situarse en el centro debe atender a los intereses de todos, y en todas sus dimensiones. ¿Es imposible? Sí, si la acción política está maniatada por una concepción previa a la realidad y por lo tanto excluyente de quien no se adapte a esa manera de ver. Pero sí es posible si por «política» entendemos interesarse y trabajar en favor de la paz, de la justicia social, de la libertad de todos, ofreciendo soluciones concretas, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con quienes sostienen lo contrario: hay mucha política que hacer desde las posiciones de centro.

A la propuesta del centro político le han acusado muchos de ser una formulación de pensamiento único. Sin entrar en profundidades, consideran que al final todos tendremos que coincidir en esto, todos pensaremos lo mismo, todos tendremos los mismos objetivos y los mismos criterios para conseguirlos. Curiosamente en los ambientes socialdemócratas se acusa de lo mismo a la tercera vía y sin embargo terceras vías hay muchas pues no hay solo una tercera vía que lleve a la socialdemocracia al siglo XXI sino varias. Aquí se percibe la dependencia socialdemócrata de la tercera vía, pero más adelante afirma el mismo autor, y esto sí que es centrismo: los contextos diferentes requieren respuestas diferentes4. Y en el debate que entre expertos se celebró en El Escorial sobre la tercera vía en el mes de julio de 1999 afirmaba el director de opinión del diario El País de entonces que la tercera vía es un experimento que sale de la socialdemocracia, no de la derecha. Estoy de acuerdo. El espacio de centro es más amplio y abierto. Al centro no se llega desde la derecha ni desde la izquierda se llega desde la libertad solidaria.

Con frecuencia se ha identificado la «Tercera vía»5 británica de Blair con el «Centro reformista» de Aznar. La expresión es desafortunada porque reabre un capítulo ya cerrado al encuadrarse en la línea del pensamiento o ideología única6. Además, en un mundo abierto, no hay, no puede haber, solo tres vías; hay muchas más, tantas como argumentos racionales se puedan encontrar para solucionar los problemas reales del hombre y la mujer de nuestro tiempo. Por eso Dahrendorf, con cierta ironía, dice que hay ciento una vías, por poner un número indefinido. Las respuestas a la gran cuestión: ¿cómo podemos crear riqueza y cohesión social en las sociedades libres?, es múltiple. Hay muchos capitalismos, no solo el de Chicago; hay muchas democracias, no solo la de Westminster7. La diversidad es algo consustancial a la realidad, es algo básico en un mundo que ha abandonado la necesidad de sistemas cerrados y globales8.

Por otra parte, la crítica más demoledora, y me parece que más atinada, que se puede hacer a la tercera vía viene también del discurso del profesor Dahrendorf. Para él, hay un término que así no se utiliza en los desarrollos teóricos de la tercera vía: libertad. Es ciertamente sorprendente porque es el gran desafío, la gran conquista diaria que apasiona y colorea la vida de los hombres. Sí, como reconoce Dahrendorf, se habla mucho de la fraternidad, se prescinde de la igualdad como objetivo y se sustituye por la integración social y más recientemente por la justicia9. La libertad se sitúa, entre los valedores de la tercera vía, entre los valores eternos, pero parece que no tiene sitio entre los valores del momento. Para Dahrendorf, esto no es accidental porque la tercera vía no trata de sociedades abiertas ni de libertad. Hay, de hecho, una curiosa veta autoritaria en ella10.

Por sorprendente que parezca, es difícil encontrar en los libros, artículos y ensayos de los teóricos de la tercera vía que he tenido ocasión de leer, apelaciones o referencias, con suficiente claridad, a la libertad entendida como la aprobación de la vitalidad inherente a las legítimas expectativas y reivindicaciones de las personas en sociedad. Todo lo contrario, como veremos a continuación. En este punto estoy de acuerdo con Dahrendorf cuando afirma que con la «segunda oleada de democratización de lo que habla Giddens parece encontrarse un terreno abonado para la elevación de la cúpula tecnoestructural al altar de la pureza democrática». Además, el documento Blair-Schröeder, por si fuera poco, contiene esta inquietante afirmación: «El Estado no debería remar, sino dirigir». En verdad resulta chocante que en pleno tránsito de siglo se pueda leer algo parecido. A ver si va a resultar que la tercera vía es la vía para la consolidación de un tecnosistema de cuño burocrático dedicado a llevar el timón de la nave social.

También estoy de acuerdo con el profesor Dahrendorf cuando llama la atención sobre la época presente, en la que, por sorprendente que parezca, hay tantas tentaciones totalitarias; en la que, a veces, la internacionalización de las decisiones y de las actividades significa casi invariablemente una pérdida de democracia11. Es verdad que las decisiones de numerosos organismos internacionales, como del escenario privado de las transacciones financieras mundiales, adolece de la falta de auténticos controles democráticos.

Dahrendorf dice que este panorama no es el que está detrás de la tercera vía12. Solo faltaría. Lo que sí sorprende es el curioso silencio sobre la libertad, el valor fundamental de una vida decente.

Por eso, en mi opinión, el centro político no se reduce a la tercera vía. Me parece que se enmarca en un nuevo proyecto político que se residencia más en la libertad que en la integración y en la cohesión social. En otras palabras, la libertad solidaria que postulo implica la consideración de este vector sustancial que se realiza en la sociedad y en el entramado de la solidaridad y la cohesión social.

Entonces, es más atinado y adecuado hablar, si se quiere, de terceras vías desde un enfoque metodológico asistemático que parte del humanismo cívico y su corolario, el liberalismo político.

En cualquier caso, es interesante registrar que un fino pensador como es Dahrendorf haya escrito que en la tercera vía hay «una curiosa veta autoritaria»13.

En buena medida, me parece que la tercera vía, al menos así lo ha señalado Dahrendorf, si trata de configurar un nuevo sistema ideológico puede que tenga poco éxito. De alguna forma, la crisis de las ideologías como sistemas que pretenden explicar y solucionar, a base de recetas, el complejo y proceloso ámbito de la realidad, es hoy un hecho cierto. Otra cosa es el espacio de centro que, por encima de otras consideraciones, coloca en la piedra angular —en el centro— de su teoría y de su praxis a la persona.

La tercera vía tiene, sin embargo, de positivo que ha acercado a la realidad a aquellos partidos de izquierda que, frecuentemente, vivían en el limbo de las utopías y en una metodología de confrontación casi permanente. Hoy, el nuevo laborismo o la nueva socialdemocracia alemana, por ejemplo, intentan encajar la economía de mercado en un contexto de intervención pública para hacer posible uno de los eslóganes que más repiten los apóstoles de la tercera vía: la cabeza en la derecha, pero el corazón a la izquierda.

Para Giddens, hay cinco «dilemas» que justifican la necesidad de amplitud de miras por parte de los nuevos gobernantes europeos de izquierdas. A saber: la globalización está cambiando el viejo concepto de nacionalidad, gobierno y soberanía; existe un nuevo individualismo que no es necesariamente egoísta, y que exige una intervención mucho más discreta del poder en favor de los desfavorecidos por el sistema; existe una categoría de problemas —ecología, Europa…— para los que ya resulta anacrónica la vieja dualidad izquierda-derecha; algunas áreas de acción corresponden exclusivamente al gobierno —defensa, legislación— aunque con tendencia al protagonismo de los grupos de presión y de la sociedad misma; y, finalmente, debe tenerse bien presente que no es necesario exagerar los problemas medioambientales porque, entre otras cosas, hasta los científicos disienten en torno a su gravedad.

Desde otro punto de vista, no deja de llamar la atención, en el ámbito de las funciones del Estado, las orientaciones concretas de la tercera vía se dirigen a replantear el llamado Estado del bienestar para que los grandes objetivos políticos como pueden ser el empleo y la educación se puedan encauzar contando con las energías sociales y desde un plano de complementariedad. A la vez, se revisan continuamente las ayudas públicas y subsidios porque en lugar de fomentar la inactividad, lo lógico es impulsar las capacidades de los ciudadanos. ¡Si los viejos socialistas levantaran la cabeza!

Llaman la atención, y no poco, las constantes apelaciones, por ejemplo de Blair, a la necesidad de recuperar valores cívicos y personales que antes se relacionaban con la derecha política, como la protección de la familia y de la juventud, o la existencia de deberes paternos y ciudadanos. Lo más importante de este planteamiento es que, en este campo, parece que ya son pocos los que se empeñan en subrayar el carácter ideológico de las ayudas a las familiaso de la promoción de la juventud, por ejemplo.

Además, ¿qué queda de las políticas nacionalizadoras de antaño cuándo los partidarios de la tercera vía retoman la antorcha privatizadora de Thatcher o Kohl y se aplican a ella todavía con más intensidad?, ¿qué queda de la sumisión a los sindicatos, de la lucha de clases, del pacifismo vertical o de la repulsa al capitalismo?

Al igual que el Derecho debe partir de la vida misma, la Política debe tener presente que la praxis va por delante de la teoría y la condiciona. Es decir, la realidad es un dato fundamental para el ejercicio de la política. Sí, pero no es menos cierto que la pura acción necesita permanentemente de la referencia de los derechos humanos y la dignidad de la persona, como elementos de situación para saber hacia dónde vamos.

Es cierto que la tercera vía se organiza desde la izquierda. Giddens insiste en el concepto del centro izquierda como referencia política y subraya en varias ocasiones que la «Third way» es una superación de la socialdemocracia y del neoliberalismo, de la derecha y de la izquierda. Sí, es posible, aunque, hasta donde llego, una superación realmente no se puede producir en tanto en cuanto se mantengan las referencias. Es decir, ¿es la tercera vía un guiño político para mantener rentas electorales y espacios de influencia?14.

Interesantes resultan las reflexiones de Giddens sobre la moderación porque es fundamental respetar la realidad, relativizar las ideologías y operar con prudencia evitando terapias de choque y opciones radicales15. En este sentido, me gustaría señalar que la moderación, en contra de lo que pudiera pensarse, se asienta sobre convicciones firmes, como pueden ser el respecto a la identidad y autonomía de cada actor social o político, en el pluralismo y, por supuesto, en la dignidad de la persona y los derechos humanos.

Sin embargo, el concepto de centro que maneja el sociólogo británico es confuso. Por una parte se habla de centro izquierda solo. Pero es que, además, se desliza sutilmente un concepto instrumental de centro. Por ejemplo, cuando afirma que se utiliza el centro como «medio para iniciar políticas radicales».

Otras limitaciones en el escrito del antiguo director de la London School of Economics se circunscriben al uso de categorías obsoletas referidas al éxito social o económico16 o a la parcialidad en la interpretación de la tercera vía en relación con el intento de repensar positivamente los cambios que se están produciendo en todo el mundo y de defender, por lo menos, algunos aspectos de algunos valores tradicionales de la izquierda en medio de transformaciones extraordinarias e imprevisibles. En esta dirección, puede existir, me parece, una conexión estratégica y sentimental con la izquierda cuando señala que la división entre derechas e izquierdas no se eliminará ya que la izquierda plantea un tipo de política todavía importante en lo «que se refiere al papel del Estado en la superación de las desigualdades, en la radicalización de la democracia y en la política emancipadora».

Se utilizan conceptos políticos antiguos, periclitados, cuando se plantea que el político debe guiar a la gente a través de las grandes revoluciones: globalización, tecnología de la información e igualdad de sexos. ¿Es realmente la función del político, podríamos preguntarnos, la de guía? ¿No sería, más bien, la función moderna del político la de definidor o realizador de la síntesis de los intereses sociales? Posiblemente, Anthony Giddens diferencia entre ética y política al apuntar que esa función de guía del político no se extiende a los valores, en la medida en que la nueva política debe permitir a la gente dirigir sus propias vidas en lo que se refiere, es obvio, a los valores. Sin embargo, en este punto se me antoja una pregunta obvia, ¿no es contradictorio pretender guiar a la gente en los procesos de transformación de la sociedad y no en los valores?

En lo que se refiere a la libertad personal o individual, me parece que no se acaba de establecer con claridad la diferencia que se pretende subrayar respecto a la idea liberal de libertad. En mi opinión, se insiste demasiado en la autodeterminación, autoactualización, autorrealización… Es verdad que, simplificando, todos los «auto» hacen referencia a valores liberales.

Ciertamente, si algo positivo tiene la emergencia de la llamada tercera vía, es que se producen nuevos contextos de pensamiento compatible, dinámico, sintético y complementario Lo realmente decisivo, me parece, es no dejarse cautivar por generalidades y apostar claramente, y sin subterfugios, por políticas reales de compromiso con las personas, especialmente con las más desfavorecidas.

De ahí que esa modernización reflexiva que se traduce en una mundialización y la des-tradicionalización, debe servir a un nuevo florecimiento, si cabe radical, de los valores humanos desde ambientes de equilibrio, moderación y reformismo. La tradición, que en sí misma tiene la importancia que tiene en la medida en que es imposible liquidarla, es un dato que se debe tener presente para las necesarias reformas de la realidad social. Ignorarla es absurdo. Otra cosa es constatar su insuficiencia y proponer nuevos modelos. Por eso, me parece que si algo propicia esa modernización reflexiva es la colocación en el centro de la construcción de las nuevas políticas de la dignidad de la persona humana.

Además, me parece que, siendo muy positivo el acercamiento de la tercera vía al pensamiento compatible con el liberalismo, lo decisivo, sin embargo, no es tanto la combinación «lib-lab» como el compromiso real con los problemas reales de las personas en un contexto de metodología del entendimiento, mentalidad abierta y sensibilidad social ¿Desde cuándo, por ejemplo, el liberalismo es patrimonio del centro-izquierda? Lo de menos es la etiqueta. Es más, cuando se incide tanto en la etiqueta puede ser que todavía esté presente algún que otro prejuicio.

Pero no es solo que el modelo lib-lab sea una combinación de dos modelos que ya no funcionan, sino que lo más grave no está en más lib o más lab o, en menos lib y menos lab o cualquiera de las mezclas que se quiera. No, la clave me parece que se encuentra en despejar ese espeso follaje tecnoestructural que nos invade y promover la libertad de las personas como motor de un nuevo mundo.

En nuestro tiempo, la creatividad es una exigencia de todas las tareas profesionales. La sociedad ya no es tampoco, como recuerda Alejandro Llano, una pirámide de poderes estratificados ni una gran plaza de mercado. La economía globalizada se puede convertir en una técnica social para la generación de injusticia si pierde su naturaleza instrumental y el ambiente multicultural en el que se desenvuelven las transacciones. La sociedad parece que se configura como una reticularidad compleja, en la que es preciso tomar continuamente decisiones e inventar soluciones a problemas que se presentan por primera vez.

La tercera vía de la que tratamos en estas líneas parece que no se ha enterado que el protagonismo ya no es de los sistemas o de las estructuras, ni de fórmulas de más o menos mercado o más o menos Estado17. Hoy es imprescindible promocionar una nueva ciudadanía consciente de que el poder real va perdiendo su naturaleza vertical para constituirse a través de la libertad articulada de los ciudadanos.

Se trata de un planteamiento con más capacidad de mirar con sentido de compromiso a las personas, y sobre todo, a las que más sufren.

De un tiempo a esta parte, es bien frecuente encontrarse, para resolver grandes problemas, con la atractiva apelación a un tertium genus que actúa a modo de panacea universal18. Vaya por adelantado que la metodología de la tercera vía me parece propia de posicionamientos estáticos y rígidos que, precisamente, se intentan superar. Por tanto, ¿por qué una sola tercera vía?; más bien, tantas vías cuantas surjan de la capacidad creadora de la libertad.

Es muy tentador desnaturalizar el mercado con intervención pública o liberar el Estado con un poco de mercado. Es una posibilidad. Sí. Pero me parece que está en las antípodas del pensamiento y fijar la mirada en la realidad y en los hombres, en las personas concretas. Entonces, la tarea es dinámica, abierta, compleja, pero atractiva y apasionante por la sencilla razón de que incorpora la razón humanitaria.

La pretensión salvadora de la tercera vía encuentra su punto débil al intentar colocarse como única solución.

Por eso, hemos de saludar con esperanza las nuevas ideas que hoy emergen de lo más granado y auténtico de la sociedad. Se trata de aportaciones novedosas que parten de la persona humana como centro de la realidad y como foco iluminador de los problemas que todavía azotan a nuestro mundo.

Es conocido que, pese a lo escrito, disiento de la construcción de la tercera vía como sistema. No hay una sola tercera vía, repito, hay muchas terceras vías19. Una de ellas me parece que es el espacio político del centro. Pero de un centro en el que no se entra ni desde la izquierda ni desde la derecha. Se entra y se permanece desde esa posición de tensión y equilibrio permanente que es la libertad.

La tercera vía me parece que es una operación para modernizar la socialdemocracia20. Y, si se quiere, mantener la tensión de la izquierda en un momento de zozobra. La pregunta, sin embargo, es si los partidarios de la tercera vía no estarán asumiendo demasiado rápido y con gran devoción los postulados del liberalismo, y viceversa. Y, sobre todo, si hoy los nuevos movimientos serán capaces de girar hacia el centro tras los guiños realizados desde este espacio político, nunca mejor escrito, a diestra y siniestra.

NOTAS

1 Vid. L. Jospin, «La inútil ‘tercera vía’ de Tony Blair», El País, 22-XI-1999, p. 17, donde critica abiertamente las tesis de Blair mostrándose a favor de los valores clásicos del socialismo.

2 Vid. «Sobre las cinco vías del reformismo del siglo XXI», La Vanguardia, 22-XI-1999, pp. 3 y ss. En especial, vid. D. Valcárcel, «Socialdemócratas en Florencia», ABC, 27-XI-1999, p. 3.

3 Vid. A. Touraine, «Un acierto publicitario», El País, 20-VII-1999, p. 20.

4 Por ejemplo, vid. el interesante artículo de R. Lagos, «Hacia una tercera vía latinoamericana», El País, 19-VII-1999, p. 11.

5 Vid. R. Arias Calderón, «¿Es nueva la tercera vía?», La Gaceta de los Negocios, 22-1-1999, p.9.

6 R. Dahrendorf, «La tercera vía», El País, 11-VII-1999, p. 7.

7 Ibídem.

8 Ibídem.

9 Ibídem.

10 Ibídem.

11 Ibídem.

12 Ibídem.

13 Ibídem.

14 Vid. en este sentido el artículo de A. Muñoz Alonso, «La tercera vía», ABC, 28-IX-1998, p. 17.

15 Son interesantes algunas entrevistas concedidas por A. Giddens: Vid. La Vanguardia, 22-VII-1999, p. 42; El País, 23-VII-1999, p. 8; El Mundo, 29-XI-1998, p. 6; La Gaceta de los Negocios, 5-XII-1998, p. 21.

16 Vid. M. Friedman, «No hay una tercera vía al mercado», El País, 10-VII-1999, p. 4.

17 Más críticas a la tercera vía: Temas para el Debate, nº 56, 1999, pp. 5 y ss. y pp. 57 y ss.

18 Vid. J. Barea, «La tercera vía», La Razón, 24-XII-1998, p. 47.

19 Vid. W. Merkel, «Las terceras vías de la socialdemocracia en el 2000», El País, 20-VII-2000, p. 12, o J. Estefanía, «Después del liberalismo», El País, 11-VI-1999, p. 21.

20 Vid. F. Ovejero Lucas, «La tercera vía: ¿hay alguien ahí?», El País, 19-X-1998, p. 16, y F. Vallespín, «Socialismo posideológico», El País, 20-VII-1999, p. 20.

La perspectiva liberal-conservadora

La imposibilidad de constituir una teoría política de carácter liberal-conservador no es casual. Es sintomático a este respecto que la defensa del conservadurismo liberal por parte de uno de los pensadores más importantes del siglo XX, Michael Oakeshott, reivindicara más la actitud conservadora que su ideología. Pero si el liberalismo conservador quiere ser una alternativa en las sociedades del siglo XXI tiene que recuperar de nuevo sus valores y principios originarios.

Porque, en realidad, la supuesta incompetencia del pensamiento conservador por articular de un modo sistemático un conjunto de axiomas —y su falta de habilidad para concluir de ellos una visión completa del mundo—debe ser considerada una de sus principales y más irrenunciables señas de identidad.

No es, por tanto, tampoco accidental que el propio Richard Nisbet tuviera dificultades para presentar la coherencia de un pensamiento político que es tan heterogéneo como plural, tan antiguo como moderno. De hecho, uno puede preguntarse qué comparten esos pensadores que el propio Nisbet cataloga como conservadores, más allá de unos principios generales como la propiedad, la libertad o la tradición, por ejemplo. Ahora bien, una lectura atenta descubre que Oakeshott tenía razón: la preocupación desde Burke hasta él mismo no parece centrarse en la defensa de ciertas categorías intelectuales, sino en la mirada sobre los condicionantes que imposibilitan una verdadera convivencia social.

Y, desde esta perspectiva, no se puede negar que el conservadurismo defiende, antes que nada, un entramado moral o unos valores que se refieren tanto a la tradición como a la clara percepción de que, con ellos, la convivencia resulta más armónica y las instituciones más humanas. Pero si el conservadurismo ha tenido un enemigo, este, a decir verdad, trasciende las habituales distinciones políticas. Es más contra la teoría política que se escoraba preocupantemente hacia el racionalismo y que olvidaba la relevancia de la racionalidad práctica, de la prudencia, en la gestión de los asuntos comunes, la bestia negra de esos pensadores encuadrados tradicionalmente en la nómina conservadora.

Como supo ver Oakeshott, el conservadurismo propone una política de la moderación que hoy, en el contexto de la exacerbación de las identidades partidistas, no podemos considerar superflua. Por el contrario, uno estaría tentado de afirmar que es más necesaria que nunca. Para el pensador británico, «gobernar es una actividad limitada y específica que se refiere a la provisión y salvaguardia de reglas generales de conducta, entendidas estas, no como imposiciones de actividades sustantivas, sino como instrumentos que permiten a cada cual desarrollar, con la menor frustración, las actividades de su propia elección».

UN CONSERVADURISMO SIN ESPACIO

Así las cosas, no debería ser preocupante tampoco el desinterés mostrado por la teoría política actual hacia el conservadurismo, pues la misión de este no es, por seguir a los clásicos, ofrecer un sistema de ideas elaborado ex ante y adaptar a él la irreductible complejidad de nuestra vida colectiva. Más bien, a diferencia de las últimas teorías de la justicia, el pensamiento conservador busca ofrecer una mirada real, transitoria, más razonable que racional, que armonice los intereses muchas veces contrapuestos, pero sobre todo que renuncie a funcionalizar y absolutizar soluciones de laboratorio como modo de solventar las múltiples contigencias sociales.

Esa insistencia en el realismo, y la convicción de que en ocasiones la racionalización puede producir efectos paradójicos, es precisamente la que rebaja las expectativas teóricas del conservadurismo, pero, desde otra óptica, es también su logro más reputado. Al mismo tiempo permite tomar conciencia de sus virtualidades en la actualidad, ya que el desgaste de las instituciones, el desprestigio de la clase dirigente y de la política en general puede ser debido no solo a las negativas eventualidades de la crisis económica, sino también al hartazgo de un ciudadano que ha confiado demasiado en las promesas de una teoría política proclive a la utopía.

Aunque sería prolijo discutir la genealogía conservadora, la reivindicación del sentido común y de la prudencia, incluso en línea con el pensamiento anglosajón, heredero de la incierta calculabilidad con que la filosofía clásica se enfrentaba al estudio de los asuntos humanos, debe ser hoy considerada como el principal caudal del pensamiento conservador, junto con su intención moralizadora.

Puede que en el corto plazo la tendencia antiutópica del conservadurismo refrene, en una medida considerable, el atractivo electoral de sus propuestas. Puede también que sea poco eficaz en la tarea de arañar votos en el nuevo escenario de la sociedad del espectáculo, pero lo cierto es que, en un horizonte más amplio, es la única garantía para mantener tanto la identidad como el encanto de la actitud conservadora.

UN CONTEXTO SOCIAL HOSTIL

Si la desconfianza en la capacidad de la razón humana por ofrecer soluciones universales y definitivas fuera la característica más importante del conservadurismo, como aquí se sostiene, también Hayek podría ser calificado de conservador. Sus propuestas filosóficas a veces se antojan demasiado modernas —y, estrictamente hablando, hay un discutible legado ilustrado en su modelo antropológico— pero pervive en él aquella sensibilidad prudencial de la que hablamos. Su teoría del orden espontáneo es también una aguda denuncia de la perversa irracionalidad de ese racionalismo que no solo propone determinar el origen de la sociedad, sino que tiene la audacia de identificar cuáles han de ser sus fines indiscutibles.

Desconfianza en la razón y en el hombre, limitación del poder político, separación de poderes, propiedad, mercado, libertad individual, importancia de los valores y la religión, la familia y las instituciones intermedias… Estos son algunos elementos que están presentes en la visión conservadora. Pero desde un punto de vista teórico, lo más interesante —y lo que los representantes de otras opciones políticas no le perdonarán nunca al conservadurismo— es su defensa del orden espontáneo que, estrictamente hablando, tiene menos que ver con su proclividad hacia el mercado —y de la famosa mano invisible de Adam Smith— que con el pluralismo ordenado al que conduce su férrea convicción del carácter irreductiblemente libre y moral del individuo.

Además, hay que indicar que tanto en esa variante radicalizada del liberalismo clásico que es el anarcocapitalismo de Rothbard, por ejemplo, como en el individuo de Nozik, hay menos individualismo del que se encuentra, en un examen atento, en otros movimientos políticos de derecha o izquierda. Y menos también del que han heredado, casi inopinadamente, las teorías liberales constructivistas, el republicanismo y la teoría política discursiva, por referirme a las grandes líneas de pensamiento canónicas. Pues el individualismo, que es un fenómeno que nace con la sociedad moderna y que perfila la primacía del individuo, vacía el yo, lo convierte en un ente abstracto que necesita ser configurado política y socialmente. Hay, así, una línea de continuidad entre el individualismo moderno y todo colectivismo.

LAS ÚLTIMAS TRANSFORMACIONES SOCIALES

Con independencia de estas disquisiciones teóricas, no hay duda de que está generalizada la impresión de que los cambios sociales y económicos están socavando el contexto institucional y social del conservadurismo. Es como si la sociedad hubiera perdido aquellos rasgos que, al menos para los siglos XIX y XX, todavía hacían seductoras sus propuestas para gran parte de la población. Los cambios han alejado a los partidos conservadores de su base social, a juzgar por las transformaciones de los modos de vida y las actitudes, y parecería que es ya un mensaje marginal, condenado a desaparecer.

Se dice que, como movimiento político, el conservadurismo está quedando obsoleto. Pero en realidad lo que está desapareciendo es, cabalmente, lo que Nisbet llama en su clásico estudio su sustrato prepolítico. Los estudios muestran que cada vez son menos los jóvenes que se identifican con esta línea política; pero incluso los que se declaran conservadores, lo hacen sin ser conscientes o sin compartir sus valores tradicionales. Así, por ejemplo, cada vez son menos los que otorgan importancia a instituciones como la familia y optan por otros modelos de convivencia alternativos; se valora menos la propiedad privada; hay actitudes más tolerantes con respecto a las drogas o la pornografía y, como ha ocurrido entre los jóvenes republicanos de Estados Unidos, están igualándose los partidarios pro-life y los pro-choice.

¿Exige esto una modernización del mensaje conservador, un cambio de sus valores para adaptarse a las nuevas inquietudes sociales? ¿Tiene que renunciar a su tradición clásica y a sus valores para atraer y convertirse en alternativa de gobierno? A mi juicio, lo que muestran estos estudios es que las condiciones sociales han cambiado y, con independencia de que también la errónea estrategia conservadora, centrada en lo económico, ha contribuido a la generalización de estas nuevas actitudes, la verdad es que la renuncia a sus fundamentos originarios, que parece estar produciéndose paulatinamente, depararía el fin o conclusión del movimiento conservador. ¿Qué conservadurismo es aquel que ha renunciado a su propia conservación? ¿Se puede llamar conservador a un movimiento que pierde aquel espíritu con el que nació?

UN CONSERVADURISMO POSMODERNO

Pero ¿cuál es la causa de que se perciba esa vertiginosa obsolescencia del conservadurismo? Las formas de vida alentadas por una cultura social posmoderna son hostiles no solo al conservadurismo, sino también a todo aquel mensaje político que resista a la fragmentación, a la volubilidad e inconsistencia que se promueve desde el ámbito sociocultural. El cortocircuito entre las ideologías políticas y su base social no es solo un elemento que lastra el discurso conservador, sino que también ha debilitado otras opciones políticas, incluso las de la izquierda.

Es dudoso, pues, que pueda existir o crearse un movimiento conservador posmoderno, a no ser que se conserve el nombre para lo que ya no es propiamente conservador.

No es exagerado prever que las posibles concesiones ideológicas que el conservador haga como guiño electoral vaciarán la coherencia de su narrativa política y, a largo plazo, solo provocarán su marginalización de la esfera pública y un mayor desapego social. Por eso, la batalla política del movimiento conservador ahora ya no se juega en el parlamento o en las contiendas electorales, sino en otras esferas más alejadas del poder, como el ámbito social y el privado, en las que verdaderamente se decide su existencia futura.

La distinción, ya consolidada, entre espacio privado y espacio público es posiblemente lo que ha tenido efectos más disolventes y perjudiciales en la identidad conservadora. Y gran culpa de ello parte de la espuria comprensión del individuo que ha apoyado un conservadurismo liberal poco homogéneo intelectualmente, que no ha sabido articular influencias clásicas, humanistas e ilustradas y que, a la postre, a veces ha resultado contradictorio. El conservadurismo se contagió, pace Burke, de algunos dogmas ilustrados y esta mezcla no fue inocua.

EL RESCATE MORAL DEL INDIVIDUO

Ideológicamente, pues, el conservadurismo se ha cosificado, petrificado; ha perdido su aguijón personal, su atractivo moral, y lanza un mensaje hostil en unos entornos líquidos, fluctuantes, donde las ideologías más prolíficas se han transformado en mensajes sugerentes, vacíos, más atentos a la impostura y a la fugacidad de la moda que a la coherencia intelectual. Para hacer frente a un entorno electoral tan encrespado y desfavorable, muchos partidos conservadores han decidido abdicar de las luchas ideológicas clásicas —que insistían en la moralidad y en los principios— y proponer soluciones técnicas y económicas con el fin de reocupar un puesto de importancia en el espectro político.

Pero los argumentos y las promesas sobre la mejora de las condiciones de vida, las respuestas para granjearse apoyos electorales y el olvido de sus motivos fundacionales para ampliar su base social le pueden deparar una victoria tan pírrica que no tenga más destino que desaparecer en una mezcolanza ideológica y emocional que deje de lo conservador solo la etiqueta, mientras justo lo importante, o sea, las actitudes se hacen más anticonservadoras.

¿Puede regenerarse hoy una opción política conservadora? Solo podrá hacerlo detectando dónde se encuentran sus condiciones posibilitadoras. Así, el rearme de la actitud conservadora, de la que hablaba Oakeshott, tiene que batallar primeramente frente a la paulatina privatización del discurso político-moral que parecer imponer la pos-modernidad. Pues la distinción entre una esfera pública, vaciada de la heterogeneidad individual y comunitaria y conformada por la uniformidad social de lo políticamente correcto, y un ámbito privado, en el que solo rigen concepciones de bien supuestamente arbitrarias, es, como indicábamos, lo que ha provocado la reclusión del mensaje conservador.

Si quiere mantenerse vivo, entonces el conservadurismo no tiene que renunciar a defender los valores que le han caracterizado, pero tampoco volver su rostro frente a unos problemas sociales que tienen la capacidad y la responsabilidad de responder. En definitiva, debe asumir de nuevo sus formulaciones morales y políticas y no modificarlas por presión de lo social, sino conquistarlo enriqueciendo el debate público, menos polarizado de lo que parece.

El objetivo del conservadurismo no puede ser imponerse a fuerza de eficiencia económica; debe recuperar la dimensión pública de su mensaje, de sus valores y conducirlos desde la privacidad hasta la arena mediática. Para ello es indispensable que apueste por ampliar los márgenes de actuación de los individuos, y que se muestre convicente en la defensa de los valores propiamente humanos y comunitarios, decidiéndose a contrastar y denunciar esa sutil ideología, pero poderosamente dogmática, que representa la posmodernidad.

Una revista necesaria, que nos hace mas liberales

Celebro con todos vosotros los años que cumple nuestra revista y la buena idea de convocar un seminario aquí, en la santanderina península de la Magdalena, que nos renueve la inspirada impronta liberal, la que Antonio Fontán quiso para su revista de «política, cultura y arte». La Nueva Revista es una empresa necesaria a todas luces, si cabe más pertinente después del 2015 que en otro año inaugural de tantas novedades españolas e internacionales como lo fue 1990. Solo por los desvelos de Carlos Aragonés y Miguel Ángel Garrido, fructificados merced a la eficacia milenaria de Pilar Soldevilla, me honro con oficiar en la clausura de este curso nuestro, donde figura una nómina potente de los colaboradores de Nueva Revista cuyos méritos estaría de sobra ilustrar por mi parte en este momento.

25 AÑOS PROMOVIENDO UNA CULTURA MÁS LIBERAL

Del mismo modo que sucede con el carácter poliédrico de la noción de «liberalismo», la extracción intelectual de los intervinientes ha dado lugar a una pluralidad de visiones del mismo: la periodística, la académica, la económica, la jurídica, la filosófica. Todas ellas nos proporcionan elementos de juicio para el debate público, político, electoral, institucional, que se avecina con el giro del presente año. Se trata de dar ideas para la acción política, como ha procurado siempre Nueva Revista y logrado por veinticinco años.

Por lo demás, permítanme una no muy pudorosa confesión: hoy experimento una especial e íntima emoción, puesto que, una vez más, me encuentro con mi maestro don Antonio Fontán, alma mater de la publicación. De su mano y a su lado formé parte del consejo editorial de la revista, junto con esos amigos del mundo universitario y público, otros siéndolo de la república de las letras y los trabajos científicos, una impresionante nómina para mí, orgulloso de compartir entre ellos un consejo de altura consonante con el liberalismo, tal y como lo deseamos vigente en una civilización, la nuestra, de molde grecolatino e inspiración cristiana.

En los años de la Nueva Revista esta ha valido de referente para esa corriente liberal en nuestro país, entendida como esa filosofía política de la libertad, al servicio de una política para la libertad, como José María Lassalle apuntaba al comienzo de este seminario. Una política para la libertad que combina la propiedad, la tolerancia y la dignidad, en un juego libre para el cual existe un bien público a definir y donde la ley guarda esa misma libertad. Como señalaba Cicerón en Pro Cluentio: «Legum servi sumus ut liberi ese possimus».

LIBERALISMO EN EL ORIGEN Y FORTUNA DE NUESTRA DEMOCRACIA (Y EL PAPEL DE ANTONIO FONTÁN)

A la manera cervantina, la libertad debe ser considerada, y lo es, un bien precioso, un bien del que disfruta España desde el momento crucial para nuestro país de la transición a la democracia. La historia de la etapa fundamental de nuestra aún reciente democracia no se entiende bien sino en la perspectiva liberal (y ahí Nueva Revista ha tenido algo que ver). Evitemos el pesimismo y tengamos presente que desde 1975 España ha hecho suya la cultura de la libertad. La libertad es no solo el derecho concedido sino también el poder dado al hombre, tal y como decía Blanc, para «ejercitar, desarrollar sus facultades, bajo el imperio de la justicia y bajo la salvaguarda de la ley», y ello sin lugar a dudas lo hemos hecho nuestro. De hecho, podemos retrotraernos a las medidas palabras que pronunció el entonces proclamado rey, don Juan Carlos, ante las Cortes. En su discurso, el Rey habló de «reforma», de «ampliar la participación» y, no por último, de «concordia nacional». En la nueva época que abría para España, el pasado de conflicto y exclusión perdía el cetro, pasaba a ser lección de historia. Son palabras que marcaban el paso a una democracia, y que hasta entonces no eran queridas. Entresaco un fragmento de esa alocución determinante: «La patria es una empresa colectiva que a todos compete, su fortaleza y su grandeza deben apoyarse por ello en la voluntad manifiesta de cuantos la integramos». El Rey indicaba a todos, que la participación popular, como ejercicio de la libertad en común era el valor prevalente, por encima de otras ideas.

Estrechamente vinculado a lo que acabo de señalar es preciso que haga una breve referencia a nuestra Constitución. La Constitución continúa lo mejor de la historia liberal y constitucional del XIX, e incorpora aportaciones del constitucionalismo más avanzado de mediados del siglo xx, es una obra que reúne la doctrina disponible a la altura de 1978, son caminos francos pensados para unir voluntades.

En la superación de aquellos desencuentros históricos de los españoles, las dos Españas se reconciliaron en una, se zanjó el problema religioso y se asentaron las bases de la concertación social, y, no por último, la forma territorial del Estado. La «España oficial» se desenvolvía con la legitimidad que le faltaba en las organizaciones internacionales y de ahí rebrota la vocación americana tras su laboriosa incorporación a la Comunidad Económica Europea. Izquierda y derecha supieron desprenderse de sus máximas ideológicas que dificultaban la reconciliación. Los españoles realizaron un esfuerzo de generosidad, saludado por el mundo con no disimulada admiración.

Hoy, tan solo una generación después, tenemos un gran país y grandes cosas que llevar a cabo, si mantenemos ese espíritu fundacional adentro de España y ante una sociedad internacional más exigente y competitiva que la de entonces. Más que la sombra y tentación de los populismos, por encima de la escasez económica de la que vamos saliendo, mi experiencia me dicta que padecemos la falta crónica de un buen sistema educativo y un exceso de órdenes legislativas, siento la falta de un mayor espíritu liberal, un regreso a los comienzos de nuestro sistema de 1978. Es el romano Tácito, el historiador, quien nos aconseja: «plurimae leges pessima republica».

Precisamente cuando Nueva Revista cumplía una mayoría de dieciocho años, Antonio Fontán escribe, bajo el título «La España que nos queda», unas precisas apreciaciones con respecto a la Constitución que vale proclamar en esta hora: «La unidad nacional es más necesaria que cuando se aprobó la Constitución, España necesita recobrar el espíritu de la transición. La memoria histórica de la que tanto se ha hablado y hasta se han hecho leyes, además de un oxímoron, es querer llevar a una nación mirando hacia atrás, cuando la misma conciencia del pasado debería ser un estímulo para caminar hacia delante en un contexto mundial que tiene bastante poco que ver con el de los primeros años del siglo anterior».

Por si no quedáis del todo persuadidos por el periodista, valga el Antonio Fontán presidente del Senado, definitivamente. Cuando baja a la tribuna de oradores en defensa de la Constitución, no puedo evitar traer aquí palabras que me resultan particularmente emotivas: «Hay un texto, desconocido probablemente para muchos señores senadores, que a otros, por razones profesionales, nos resulta familiar. Es de un viejo poeta romano que vivió hace más de veintidós siglos, que dice que la concordia es un don que ofrecen a los hombres los dioses. Y hay otro de estos autores latinos, que a mí me son particularmente familiares y a los que suelo acudir como fuente de sabiduría, que dice que el consenso generalizado es la voz de la naturaleza».

La proclamación constitucional en cuya virtud se transfiere el protagonismo final a la sociedad civil, implica que el constituyente opta consciente por un concreto Estado democrático, tanto en una visión participativa del proceso político como en la visión no monista ni bipolarizada de la sociedad.

ES EL MOMENTO PARA LAS POLÍTICAS DE MÁS LIBERTAD

En el año 2003, Nueva Revista dedicaba un extraordinario de homenaje a su editor, en aquel número Miguel Ángel Gozalo escribía en un artículo, refiriéndose al Fontán director del diario Madrid, titulado «Un liberal en la redacción». Además del paralelismo que el querido Miguel Ángel plasma sobre la biografía de sir Isaiah Berlin, de Michael Ignatieff, me quedo con sus palabras finales, aplicables a toda la trayectoria, al espíritu y la impronta que Fontán quiso para su Nueva Revista, «en un siglo oscuro, él demostró cómo debe ser la vida del espíritu: escéptica, irónica, desapasionada y libre».

Es un espíritu disidente de la visión schmittiana del «amigo-enemigo», de corte siempre autoritario, y tan del gusto de cuantos —jóvenes y menos jóvenes— busquen asaltar los cielos. Concordes en la convicción de que a mayores cuotas de libertad individual le corresponderán mayores índices de prosperidad y felicidad colectivas. Para ello es necesario que, además, tengamos claro que no hay libertad sin responsabilidad consiguiente. Nuestro liberalismo entiende que la naturaleza humana se constituye a partir de creencias profundas, que llevan a valores éticos y piden actitudes en ocasiones comprometidas a defender también los derechos de los demás. En palabras de Ortega y Gasset: «El liberalismo —conviene hoy recordar esto— es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y es, por lo tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo: más aún, con el enemigo débil». Ortega llegaba a decir que era «liberal por español».

En el transcurso de estos veinticinco años, desde Nueva Revista se ha venido trabajando para que nuestras voces más destacadas en la política, la economía, las humanidades, la ciencia, la administración, expresasen cómo levantar instituciones adecuadas y liberar fuerzas creativas en el diseño y destino de su sociedad. Durante estos primeros veinticinco años, Nueva Revista ha sido una publicación de referencia para esa sensibilidad liberal, y sus artículos han sido influyentes en la opinión ilustrada de centro-derecha. «Nueva Revista se propone ser libre y plural en sus informaciones, moderna y liberal en su ideología y respetuosa con personas e instituciones, y con los principios y valores históricos del humanismo de raíz grecolatina y cristiana que distinguen a la civilización que se suele llamar occidental». Estoy convencido de que seguirá en su labor por una sociedad de progreso y bienestar más libres.

Hoy necesitamos como nunca la Nueva Revista liberal de Antonio Fontán. Estamos necesitados del antidogmatismo que él representaba, alerta hacia los que, siguiendo a Horacio, «son enemigos de la libertad el odioso poder de los tiranos y los dos vicios capitales de la avaricia y la soberbia, hervideros constantes de inquietudes».

Si la historia reciente de la España democrática no puede entenderse más que con elevadas dosis de pensamiento liberal, de la misma manera ahora es más oportuno que nunca reclamarse partidario de sus valores. A la pregunta titular de este seminario, «¿Más o menos liberalismo?», hay una respuesta clara: si nos proponemos seguir adelante como sociedad de larga historia y futuro, necesitamos más liberalismo. Si no asumimos el coste de extender el afán de libertad, acabaremos perdiéndola, rebajada en un sinfín de sucedáneos de libertad individual, desarrollo profesional y familiar, en ofertas gratuitas de prosperidad y bienestar por siempre y para todos.

En un año de elecciones generales que van a ser decisivas para la crónica de nuestro país, os propongo reclamar más que nunca políticas de libertad, las que se cifran en la defensa de la dignidad, la tolerancia y la propiedad. El liberalismo es una forma de vida. Y para ello, Nueva Revista, siempre deudora de la inteligencia y tesón de Antonio Fontán, sigue ahí, ahora gracias a la Universidad Internacional de La Rioja, como instrumento ya probado para crear opinión liberal, para despertar a quienes se sientan cada día más que menos liberales.

Una legislatura contra la recesión

 

El título de la conferencia nos impele a analizar cuál es la política económica del Gobierno de España, surgido tras las elecciones de noviembre del 2011, para hacer frente a la crisis económica.

En primer lugar, conviene examinar si es verdad que todavía hay ciclos económicos o si se puede superar la visión de los ciclos: ¿Va a haber siempre años de vacas gordas y años de vacas flacas? Algún economista manifestó que había elementos que permitían pensar en el fin de los ciclos en la economía. En el entorno de 2006-2007 algunos creyeron esta teoría y pensaban: «Ya se han acabado los ciclos económicos».

¿Es eso verdad? En mi opinión, la respuesta es que no. Los fundamentos de la economía marcan funcionamientos cíclicos. Va a haber épocas de alza y épocas de descenso.

Los mecanismos monetarios fundamentan un desarrollo económico con ciclos.

Antonio Erias manifestaba que él había estudiado mucho el funcionamiento de la moneda. Sus estudios demuestran que los mecanismos monetarios producen que en el momento del alza económica se genere una burbuja y en el momento de la baja un pinchazo de la misma. Creo que académicamente no tiene ningún fundamento hablar de la desaparición de los ciclos.

Lo que sí es verdad es que los ciclos pueden tener un comportamiento en la fase ascendente o descendente con mayor o menor intensidad, dependiendo de que la respuesta sea más o menos intensa o más o menos acertada.

No hay una respuesta única a los ciclos económicos. Hay dos tipos de respuesta a los ciclos económicos, una por el lado de la oferta y otra actuando sobre la demanda. Hay «un blanco y un negro» y, luego, «un conjunto de grises».

Hay políticas fundamentalmente de oferta y otras políticas que inciden especialmente sobre la demanda. Hay una respuesta a las situaciones económicas con políticas de oferta, de cualificación de la oferta y otras políticas de demanda, incrementando el gasto público como elemento dinamizador de la economía. Y esos dos extremos, con toda la gama de grises intermedia, configuran las respuestas no solo a las crisis económicas, sino a todos los ciclos económicos, tanto ascendentes como descendentes.

En España, el gran fallo de respuesta a la crisis, que se intensificó como en ningún otro país europeo, no se fraguó solo tras el estallido de la misma, sino que se debió fundamentalmente a que previamente, entre 2004 y 2007, el gobierno de Zapatero instauró una máxima que era: «conmigo más y mejor».

Zapatero decía que el PP lo había hecho mal, pero «conmigo más y mejor». Para ello, en una fase ascendente del ciclo le metieron «más gasolina al fuego», e hincharon la burbuja hasta niveles extraordinarios y luego, cuando ya empezaba la fase descendente, creyeron que, como el ciclo descendente iba a ser muy corto, con políticas de gasto público se podrían tapar los efectos y los ciudadanos no se enterarían de la crisis. Por eso, se siguieron haciendo políticas de fortísimo estímulo sin reformas estructurales desde 2007 a 2010. 2010 fue el momento de quiebra porque la crisis se hizo demasiado larga y las finanzas públicas ya no aguantaban.

Ni siquiera respetaron lo que mantienen algunos economistas keynesianos ortodoxos, de que cuando estás en una época ascendente del ciclo tienes que introducir elementos para ir dejando que la burbuja no se vaya acelerando demasiado y cuando tienes una fase descendente puedes introducir elementos de estímulo monetario.

El PP en esta legislatura se encontró con una situación de profundísima crisis económica y con una situación de las finanzas públicas en quiebra.

Desde el primer momento el Gobierno entendió que la mejor respuesta a esa situación era ofrecer políticas de oferta: de cualificación de nuestra capacidad con políticas de reformas estructurales y con estabilidad en las cuentas públicas. Se dio una respuesta fundamentada en unas ideas de políticas de oferta ante una situación de profundísima crisis económica, que se alargaba en el tiempo porque ha sido una crisis muy larga y en uve doble.

Desde el primer momento de esta legislatura se generó un ambiente de confianza y, en economía, la confianza funciona como elemento esencial. La economía, como en otros muchos aspectos de la vida donde interviene lo social, la confianza es esencial. Las personas tienen como elemento esencial en su toma de decisión garantizar la seguridad en el futuro. Las decisiones de ahorro o consumo están ligadas a las expectativas y a la confianza en el futuro.

Cuando las personas perciben inseguridad, lo que hacen es restringir los gastos. Cuando un inversor piensa en un futuro incierto, toma decisiones más conservadoras. La confianza es esencial porque las personas buscan garantizar su futuro en todos los campos de la vida, pero en el económico, que se ha impuesto ahora como uno de los ejes centrales del comportamiento humano, más aún. La confianza, que siempre ha sido un elemento esencial en la economía, hoy lo es muchísimo más. Desde el Partido Popular, lo que se hizo fue generar confianza desde el primer momento porque las políticas de oferta son percibidas mucho mejor que las que se basan en el gasto público.

En 2012, más allá del contenido de las reformas, de si había que subir un poco el IRPF o cambiar iva por cotizaciones sociales e ir a un comportamiento de mayores ingresos a través de la imposición indirecta, más allá de si la reforma laboral se podría hacer con mayor o menor profundidad, más allá de que la reforma financiera se pudiera hacer con los tres decretos leyes de forma progresiva, o habría que haberla abordado en una sola vez… Más allá de todas las reformas, todo el conjunto de la política económica que se inició, generó un clima de confianza. El Gobierno se comprometió con las reformas y con la estabilidad y «fue creído».

Los logros de esta legislatura han tenido que ver con un comportamiento exterior favorable y con una respuesta adecuada en España. La decisión europea de apostar decididamente por la irreversibilidad del euro, unido a un precio del petróleo favorable y a la apertura de la liquidez por parte del Banco Central Europeo, han sido factores exógenos muy positivos, que unidos a la política económica de reformas y consolidación fiscal han permitido superar la crisis, crecer más que el resto de países europeos y empezar a crear empleo.

En esta legislatura se ha aprovechado que el ciclo estaba cambiando para responder con políticas de oferta que mejoraran la situación. Igual que nos fue muy mal en la respuesta que dimos a la fase descendente, ahora estamos dando una mejor respuesta en el inicio de la fase ascendente del ciclo.

¿Va a ir bien la economía en los próximos años? Pregunta importante. Creo que entramos en una fase buena del ciclo económico que va a durar un tiempo. No estamos hablando de un ciclo de seis meses. Trascenderá al día de las elecciones.

En mi opinión, salvo que en España se produzca una situación inconveniente el 20 de diciembre, viviremos una fase ascendente del ciclo económico. En economía el futuro no está escrito y las decisiones influyen. Si se siguen haciendo bien las tareas económicas, los próximos cuatro o cinco años van a ser años buenos en lo económico. Lo que hemos hecho en esta legislatura no es solo dar una respuesta adecuada a la crisis, sino poner bases para aprovechar muy bien la fase ascendente del ciclo económico.

Si no se modifican las reglas ortodoxas de la economía, España crecerá y creará empleo durante los próximos años. Los últimos años han sentado las bases de una economía sana que se trasladará a los ciudadanos en forma de empleo, oportunidades y garantías del Estado del bienestar. ¿Qué cambiaría si de un gobierno comprometido con la consolidación fiscal y con las reformas se pasara a un gobierno que le «eche más gasolina al fuego»? No creo que eso cambie la situación económica en el 2016, pero empeoraría la situación a medio plazo. Más políticas de demanda en la situación actual nos llevaría a la aceleración de una burbuja que haría peligrar nuestra situación a medio plazo.

Las elecciones solo podrían llevarnos al desastre si se produce una quiebra total de la confianza, que es lo que ha pasado con Tsipras y Grecia.

La política económica desarrollada por los gobiernos de Zapatero de «echar gasolina al fuego», llevó el déficit exterior de España al 10%. Eso, si se vuelve a repetir en una economía muy endeble como la nuestra, tendríamos muchos problemas a medio plazo.

Europa garantiza la estabilidad, porque los países que compartimos moneda única tenemos la obligación de cumplir unas reglas de ortodoxia económica que permiten, al menos, garantizar una cierta estabilidad. Las políticas económicas aplicadas en el ámbito de competencia de los países miembros permiten mejorar la tendencia del ciclo. En España nos están haciendo crecer más rápido que el resto de países europeos.

El euro constituye un elemento de estabilidad para los países. Su irreversibilidad nos garantiza un futuro mejor, pero exige políticas económicas coordinadas. Efectivamente, con el euro hay una pérdida de soberanía. Cuando se oye hablar a algunos políticos de países europeos, que tienen el euro como moneda, de la recuperación de la soberanía, están engañando a los ciudadanos. La política monetaria ha dejado de ser un instrumento de los Estados.

Los países para dar respuesta a los ciclos tienen solo dos instrumentos: reformas y política presupuestaria, que además está restringida por los compromisos de consolidación fiscal.

Por eso, España para salir de la crisis y recuperar competitividad, lo que ha tenido que hacer es una devaluación real con reformas y consolidación fiscal. Si hubiéramos tenido la peseta, el camino habría sido devaluación, con una pérdida absoluta de los niveles de renta de los ciudadanos. Con el euro, la capacidad de recuperar competitividad es más rápida, pero exige lo que ha hecho el Gobierno de Rajoy planes de reforma y un calendario de reducción del déficit.

En el futuro, habrá Estados que, dentro de márgenes, tengan mejores y peores comportamientos y, por tanto, que mejoren su posición en las fases del ciclo, tanto ascendente como descendente, cuando se realizan reformas económicas y se comprometen más con las políticas de control del déficit.

El futuro va a ser mejor, pero las elecciones generales pueden mejorar o empeorar las expectativas.

En esta legislatura, en mi opinión, se han hecho reformas basadas en un principio ideológico: las políticas de oferta. Creemos que se mejora la economía desde las políticas de oferta. Hayek escribe sobre el poder creador de la civilización libre. Él mantiene que una civilización libre genera una capacidad y una potencialidad de creación enorme. En el fondo, las políticas de oferta tratan de conceder la iniciativa al poder creador de la libertad y más que de la libertad como concepto abstracto, de la libertad de cada una de las personas, del poder creador de cada una de las personas. Creo que desde una posición de políticas de oferta, de creer profundísimamente en el poder creador de personas que actúan con libertad, con iniciativa, se han planteado las reformas por parte del Gobierno del Partido Popular.

Esta legislatura (2011-2015) se ha trabajado mucho y bien para responder con éxito a la crisis.

Se ha transformado el desempleo en creación de empleo, se ha consolidado el Estado del bienestar y se han invertido sustancialmente las expectativas y los niveles de confianza.

La reforma financiera consolidó el sistema financiero español. Fue fundamental para que nuestros bancos tuvieran mayor fortaleza y comenzaran a dar créditos. Se ha hecho una reforma laboral que ha permitido tener un mercado de trabajo más flexible, que genera más oportunidades y ofrece más empleos y de mayor calidad. Se ha abordado una reforma de la Administración Pública que simplifica enormemente la administración y facilita los trámites a ciudadanos y empresas. Se ha podido hacer una reforma tributaria que baja los impuestos a todos los ciudadanos y se ha mejorado la independencia y el funcionamiento de los órganos reguladores.

Junto a estas reformas se ha trabajado muy sólidamente en la consolidación del gasto público y se ha intentado avanzar en la eficiencia del dinero público. La austeridad no está reñida con la eficacia ni con la garantía de la prestación de los servicios públicos. Todo el esfuerzo presupuestario no ha tenido ninguna incidencia en los servicios públicos básicos.

Creo que hay todavía muchas acciones que se pueden y se deben hacer, pero el balance en mi opinión es positivo y vamos a unos años buenos del ciclo económico que hay que intentar que nos aporten un diferencial de crecimiento de la media europea. Además, deben servirnos para prepararnos para que, cuando lleguen las «vacas flacas», nuestra caída no sea tan brutal como la que sufrimos entre 2008 y 2011.