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La derecha populista francesa

Para empezar a abordar el tema del populismo hay que remontarse a la teoría absolutista del poder. La teoría absolutista del poder tiene como principal objetivo evitar la violencia entre las facciones. Europa pasa por un periodo de guerras civiles terrible y se extiende la idea de que la existencia de facciones dentro de un propio Estado o un pueblo es desastrosa. Así pues, la teoría absolutista del poder tiene como objeto acabar con las facciones.

La gran diferencia que se produce después con el pensamiento liberal, particularmente con Locke y Montesquieu, es que las facciones son consideradas positivas si se canalizan institucionalmente y se anulan entre sí. Entonces, se pasa de una teoría de las facciones, vistas como negativas, a una teoría de los partidos, vistos como algo positivo. Montesquieu habla de que la sociedad tiene dos partidos, y que esos partidos no se hacen violencia, no se hacen guerra civil, si realmente establecemos unos mecanismos institucionales de equilibrio de poderes —no de división, como tantos insisten en decir—.

Los regímenes pluralistas en los que hoy vivimos tienen como fundamento la idea de que los partidos son positivos. Los partidos representan a una parte de la sociedad que tiene una opinión y que está enfrentada a otra parte de la sociedad que tiene otra opinión. Al principio, el equilibrio de partidos se entendía más bien como una repartición de poderes, y no como una división de un mismo poder, tal y como ocurre en los regímenes pluralistas contemporáneos.

En cualquier caso, ¿cuál es la novedad del populismo respecto a esta teoría que está en la base de nuestras democracias pluralistas? Que los partidos son una ficción, que la verdadera fisura o el verdadero clivaje, como se dice en ciencia política, el verdadero clivaje no está entre un partido u otro, sino entre el pueblo y las élites.

Esto puede sonar en el fondo a comunismo o a algo parecido, pero en realidad es bastante más básico, pues el comunismo tiene una teoría de las clases bastante más sofisticada. El populismo practica un discurso social más tosco, habla del 99%, del pueblo frente a la casta, etc. Entonces, la verdadera fisura que debería dividir políticamente una comunidad política, en la lógica del populismo, es la que existe entre el pueblo, tomado en su totalidad, y una élite.

Las divisiones entre el pueblo son artificiales, y las divisiones entre élites de un partido y otro son artificiales. Su objeto es en realidad ocultar la naturaleza de la división política fundamental: pueblo y élite. Esa es una gran ruptura que el populismo produce con respecto a la teoría de los partidos, que es una teoría, insisto, que está en la base de los regímenes pluralistas en los que vivimos nosotros.

Dicho esto, habiendo sentado estas bases, puede parecer que el populismo, entonces, es una ideología más fácilmente apropiable por la izquierda, porque la izquierda se proclama del pueblo. Entonces, podría parecer casi un oxímoron hablar de populismo de derechas.

A continuación voy a intentar justificaros por qué no es un oxímoron hablar de un «populismo de derechas» y por qué más bien, o de hecho, el populismo se mueve más cómodamente entre valores de derecha que entre valores de izquierda.

En primer lugar, el hecho de que un populismo de derechas pueda parecer un oxímoron en el clima político de España de hoy, es porque en España está muy asentada la idea de que la élite es de derechas y el pueblo es de izquierdas. Esta es una imagen muy particular de España que no existe en otros países, y que, de hecho, es la contraria a la extendida en muchos otros países. En estos últimos se tiene la idea de que la élite es progresista y de que el pueblo es por naturaleza conservador, tiene unos valores morales muy fuertes, etc.

Entonces digamos que en ese tipo de ambientes políticos el populismo suele virar hacia la derecha y no hacia la izquierda como hace en España. En cualquier caso —hago un paréntesis histórico— esto no es tan raro: pensemos en la, supuestamente, progresista Ilustración, movimiento cultural encabezado por una élite cosmopolita, abierta, librepensadora, etc., separada abiertamente del pueblo-encarnación de las supersticiones más vulgares, «la canalla» para esos ilustrados, porque eran valores tradicionales.

Cerrado el paréntesis, llegamos a una de las principales inspiraciones del populismo, cual es la idea de que los auténticos problemas políticos no son abordados por la élite política. Esa élite se ocupa de problemas periféricos, se ocupa de pseudo-problemas. Los problemas realmente extendidos no son tratados por la élite política. Son las élites las que definen los problemas políticos, y esos sus problemas políticos han perdido el contacto con los problemas reales del pueblo. Ese es otro enunciado básico del populismo.

Vayamos al potente caso francés, si esta idea del populismo nos vale, llegamos entonces sin problema, fácilmente, a entender que el populismo haya virado a la derecha en Francia. ¿Cuál es el problema principal que las élites escamotean y el pueblo considera su inquietud fundamental? La inmigración en Francia. La inmigración fue un tema literalmente tabú, para la élite política de los años ochenta, en Francia, pero era y es el asunto que más preocupaba a los franceses.

La élite gobernante tenía un monstruo encima de la mesa que se negaba a reconocer como tal, que estaba ahí, esperando realmente una respuesta en un clima general de preocupación en la opinión pública, de una preocupación absoluta respecto al asunto silenciado. Francia se veía en un estado de shock porque había llegado a la certidumbre de que su modelo asimilacionista no iba a funcionar como se suponía hasta entonces, de que convivía con nuevos inmigrantes que rehusaban integrarse. Ante ese problema difícil pero vivido a diario, la élite política miró para otro lado, sencillamente.

Entonces, frente a esa élite política de centro izquierda y centro derecha, realmente indiferenciada en muchos aspectos, recordemos una figura a la derecha como Giscard d’Estaing, que parece casi de izquierdas en aspectos morales, o el presidente de la izquierda, Mitterrand, que fue el gran liberalizador en económico. Ante esa élite política indiferenciada y separada, surge el Frente Nacional, erigido en el papel de portavoz de los verdaderos problemas ciudadanos, problemas que no son atendidos por una élite que está «a otra cosa», como suele decirse.

En este sentido, es interesante atender a la obra de Christophe Guilluy, un geógrafo social que se ha puesto de moda muy recientemente en el país vecino. Él nos dice que hay una gran fractura entre dos Francias —siempre me hace gracia oír eso de las «dos Españas», como si fuese una particularidad nuestra: hay dos Españas, como hay dos Francias, dos Italias, dos de casi todo—. En fin, una Francia, habitante de los barrios de renta media-alta de las ciudades, encarnada por una clase urbana, cosmopolita, progresista de la moral y que, normalmente, vota al centro-izquierda. Y luego hay otra Francia, la que llama él la Francia periférica, la que vive por los suburbios de las grandes ciudades e, incluso, la que vive en las zonas rurales.

Según este autor, Guilluy, la clase política se ha concentrado exclusivamente en las cuestiones que dividen a esa Francia urbana mientras se despreocupaba de la Francia periférica. Dar voz a las preocupaciones de esa periferia en Francia ha sido el gran éxito del Frente Nacional. Anteriormente, la Francia periférica votaba por el Partido Comunista (pcf), pero ha sentido cómo la izquierda les había traicionado, que, en lugar de hablar de conflictos de clase y reivindicaciones económicas, se movilizaba por la agenda progresista, o sea, el matrimonio homosexual y el aborto, cosas que al francés periférico no le interesan en absoluto sino, más bien, al contrario, le incomodan porque ese francés periférico es más bien conservador en asuntos morales. Veamos que esa traición de la izquierda francesa, concentrada en su discurso reivindicativo de una moral progresista, ha producido que la Francia periférica vuelva sus preferencias hacia la abstención o al Frente Nacional.

Eric Zemmour, periodista francés de origen judío, acaba de publicar un best seller titulado El suicidio de Francia, nos apunta que el fnse sostiene en dos electorados: uno más obrero en el norte, un electorado claramente ajustado al perfil citado de la Francia periférica; pero otro está al sur, de jubilados por la Costa Azul, jubilados de clase media-alta, que ya no entra tan fácilmente en el perfil dibujado por el anterior comentarista Christophe Guilluy. En cualquier caso, en este discurso político que tan bien acierta a sintetizar Marine Le Pen, el gran clivaje, la gran división política no está ya entre la izquierda y la derecha, sino que la encuentras entre quienes defiendan el Estado-nación y los que vivan a gusto en el post-Estado nacional. Ella acusa a la derecha liberal, y a las instituciones de la Unión Europea, de construir un post Estado-nación, pero con igual desenvoltura acusa a la izquierda progresista de serlo también y sin matices.

Más todavía, en Marine Le Pen, como todo el populismo francés de derecha, resuena una denuncia de la simpatía natural entre la derecha moral, la antimatrimonio homosexual, la derecha de los valores fuertes, entre la derecha de la nación y la izquierda económica, lo que ellos denominan el patriotismo económico.

En ese sentido, esa Francia periférica que vota al Frente Nacional es un país que piensa en términos más allá de izquierda y derecha y, aunque puede sonar a tópico, es verdad. Una gran parte del electorado del Frente Nacional votaba al Partido Comunista, y no creo que se considere particularmente a la derecha. Hablan con un discurso completamente populista, en lo que se refiere a los bancos, a los ricos, al 1% que domina el mundo. Eso pinta un perfil de izquierda bastante pronunciado, pero, insisto, no quiere saber nada del matrimonio homosexual, de querencias progresistas, que para ellos son cuestiones propias de la gente de clase alta urbana, clases que votan al Partido Socialista, por demás.

Ha sido clara la apuesta de Marine Le Pen por llevar al Frente Nacional por esa vía de «izquierda en lo económico, derecha en lo moral». La tentación anterior, a la que en parte sucumbió su padre, era la de convertirse en un partido, aunque diferenciándose, claro está, en un tono más fuerte y acusatorio respecto a los asuntos de identidad e inmigración, escorado a la derecha. Es decir, cercano a los partidos del centro-derecha establecidos, o sea, todos pertenecientes al sistema y emitiendo un discurso más o menos domesticado en el fundamental económico, tal y como en Italia llevó a cabo la Alleanza Nazionale de Fini en los años noventa.

En cualquier caso, es un error pensar que estos son partidos fascistas en el fondo; en mi opinión, no lo son. De la misma forma, me parece despistado afirmar que Podemos o Syriza son, simplemente, partidos comunistas pero actuales. Creo que hay un cambio significativo, que ha sucedido un cambio ideológico más o menos apreciable. Recordemos a los partidos fascistas o post fascistas después de la segunda guerra mundial, que eran partidos obsesionados con el anticomunismo y con la democracia liberal, son partidos cuyo principal enemigo es acabar con la democracia liberal y vencer al comunismo, como ha señalado tan exhaustivamente Pierre-André Taguieff.

Los partidos populistas de derechas han perdido de vista a esos dos enemigos clásicos, no están obsesionados con acabar con la democracia liberal, ni menos con el comunismo. Esas dos fobias típicas de su mentalidad están desplazadas por la fobia a la élite financiera internacional y por la fobia a la inmigración. La fobia central es hacia la inmigración, gira en diferentes matices y puede tornarse en rechazo total al islamismo cultural y al islam.

En cualquier caso, cada vez cunde más la idea de que el consenso moral, que es de izquierdas, ha sido artificialmente creado en Francia por una élite «bo-bo». Alguien como Baudrillard escribió en el Libération un artículo anunciando que el conformismo moral había pasado de la derecha a la izquierda, y Baudrillard no es un sospechoso.

En muchos aspectos ha cundido, pues, la idea de que ser heterodoxo en cuestiones morales, ser un transgresor supone ser un conservador. En ese sentido, en Francia está muy extendida, como decimos, la idea de que el consenso moral, el poder moral, el aire que se respira, proviene de unas élites de izquierdas, y que ese ambiente moral no se corresponde con lo que de verdad siente el francés corriente. Este artificio no es muy nuevo, es una vía que en Estados Unidos teorizó ya hace mucho tiempo Christopher Lasch, crítico cultural hoy recuperado por Jean-Claude Michéa para Francia. Christopher Lasch habla de cómo existe una middle América, que es incorregiblemente racista, incorregiblemente sexista, incorregiblemente conservadora moral, y que esa middle América, el pueblo genuino, termina despreciada por las hiperrepresentadas élites afincadas en las costas, en contraste con el interior de la República, costas que presumen de progresistas sobre todo en temas morales.

Para terminar, creo que, en este sentido, el populismo en España no es particularmente populista. Quizá sea que el pueblo español tiene unos valores distintos a los pueblos de otros países, quizá el pueblo español sea menos de derechas que el pueblo de otros países, de igual forma que la clase media-alta urbana española es más de derechas que en otros países como el vecino.

Pero yo lo que veo básicamente es que Podemos, en tanto que populista, habla de ocupar el centro del tablero político, lo cual implica que su aspiración estratégica es netamente transversal, supongo. Sin embargo, el grupo emergente no se aleja lo suficiente de una izquierda perfectamente ortodoxa en muchos asuntos. Parece como si estuviesen tan ideologizados por la escuela radical, que les resultase muy difícil asumir nada en la práctica efectivamente transversal. Parecen estar, en definitiva, más cerca de su ideología que de la fidelidad a los desnudos valores del pueblo, sean estos cuales sean. ¢

NOTA

* Transcripción de la intervención en el Seminario de la UIMP «Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?» revisada por el autor.

El «Antonio Fontán» de Miguel Ángel Gozalo, modelo de biografía sobre un tiempo y un hombre

Tras el retrato del Antonio Fontán político (ensayo de Arturo Moreno) y humanista (obra de Agustín López Kindler), llegó ayer el turno de la presentación de su faceta periodística. Antonio Fontán, un liberal en la Transición. Periodismo, latín y todo lo demás es el tercer libro sobre el que fue el primer presidente del Senado de la democracia. Se sobreentiende: el tercer libro desde que falleció, en 2010. Su autor: Miguel Ángel Gozalo.

Cuando anoche José Vicente de Juan, presidente de la Fundación Madrid, empezaba a glosar la biografía de Gozalo sobre Fontán y a calificarla de “excelente trabajo”, “original”, “personal”, “extraordinariamente bien escrito”, “que invita a leer”, la preciosa sala de columnas del venerable edificio modernista de la calle Larra, 14 (Madrid), con su bóveda acristalada modernista, donde se celebraba el acto, estaba llena a rebosar.

Miguel Ángel Gozalo destacó el papel fundamental de Fontán en la Transición, y lo citó con estas palabras: “Nos pusimos de acuerdo para no pelearnos”. La conclusión de las agradecidas palabras de Gozalo fue: ahora que hay tantas “embestidas” contra la Transición, “si Fontán volviera me integraría en su cuadrilla, como banderillero, por supuesto”.

José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR, se centró en la importancia de la historia del diario Madrid, el rotativo que dirigió Fontán, para la historia de España. Victoria Prego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, sostuvo que en Antonio Fontán, un liberal en la Transición, “Gozalo acompaña a Fontán sin avasallar”. El relato era un ejercicio de “precisión y de gracia”.  “La presencia discreta de Gozalo” está salpicada con “sus golpes de ingenio”. Prego recordó un reciente programa de televisión sobre el 23-F y lamentó que los jóvenes, jóvenes de 17 años, no supieran nada ni de la Transición ni del 23-F, “por nuestra culpa”. Prego subrayó: el libro de Gozalo es “ameno, ágil, divertidísimo, solvente, serio, ejemplo de lo que debería ser una biografía para conocer un tiempo y un hombre”.

Miguel Ángel Aguilar intervino en quinto lugar e improvisó un discurso chispeante. Lo primero notable de la presentación en la que nos encontrábamos era que “los ponentes se han leído el libro”, cosa rara en unos actos en los que los que discursean normalmente no han visto “ni la solapa del tomo que presentan”. Aguilar defendió el papel de la prensa escrita frente a las prisas de “los que se quedan hipnotizados frente a las pantallas y no se enteran de nada”. El periódico de papel seguía siendo la “agencia calificadora de la realidad”. Es lo que se hacía en el Madrid cuando lo dirigió Fontán. Con una salvedad, por la censura y las faltas de libertades en la época de Franco, en el diario Madrid había que emplear el “antiperiodismo”: las noticias importantes en página par, en cuerpo de letra pequeño y ofreciéndolas a la competencia para que la censura no se fijara demasiado en un medio determinado. Aguilar arrancó las carcajadas del público al relatar cómo un redactor ex combatiente del Madrid (Julio Urrutia) estuvo a punto de que el régimen cerrara el periódico por un artículo en el que escribía sobre la ganadería Carreros, por los equívocos con el almirante Carrero.

Manuel Pimentel, ex ministro de Aznar y ahora propietario y editor de la editorial Almuzara, elogió la unidad de vida de Fontán, es decir, su coherencia, el mostrarse y ser fiel a sus principios humanos y cristianos durante toda su trayectoria vital.

El epílogo lo puso Soledad Becerril, la Defensora del Pueblo, que dijo no entender “eso de la nueva transición”. A Fontán lo describió como “mucho más que un catedrático de Latín, y entonces, no sé ahora, ser catedrático de Latín era mucho”; un “demócrata antes de la democracia” y “un monárquico antes de la monarquía”.

Todos dieron las gracias a UNIR por ser la impulsora de este libro, y por seguir publicando lo que fue el último empeño periodístico de Fontán: Nueva Revista.

En la imagen, Miguel Ángel Gozalo dirigiéndose al público; a su izquierda: José Vicente de Juan, José María Vázquez García-Peñuela, Soledad Becerril, Victoria Prego y Miguel Ángel Aguilar

Leila Guerriero: ‹‹En escritura periodística, no se trata de demostrar que escribimos bien››

Resulta difícil, imposible incluso, pensar en el periodismo de hoy sin Leila Guerriero. Llegó al periodismo en 1992, año en el que empezó a colaborar en Página/30, el suplemento mensual de Página/12, y desde entonces Guerriero se ha convertido no sólo en una de las periodistas de referencia para el denominado periodismo narrativo, sino una de las máximas representantes, junto a Martín Caparrós, Gabriela Wiener o Juan Villoro,   de la nueva crónica hispanoamericana. En 2010 fue galardonada con el Premio Fundación Nuevo Periodismo por su crónica Rastro en los huesos y en 2014 recibía el premio Konex. Colaboradora habitual de distintos medios, entre los que cabe destacar El Malpensante, medio indispensable para la publicación y consolidación entre los lectores del género de la crónica, el trabajo de Guerriero ha trascendido el ámbito de la prensa para ser publicado editorialmente en forma de libro: en 2013, Anagrama publicaba Una historia sencilla, una extensa crónica acerca del Malambo, un baile folklórico de los gauchos argentinos, y sus connotaciones sociales en tanto que expresión de legitimación y progreso social. Autora de extraordinarios perfiles, Guerriero publicaba en 2013 Plano americano, 21 perfiles de artistas publicados originalmente en diversos medios y en 2015, como editora, publicaba Los malos, un volumen donde recoge una serie de perfiles de torturadores, pandilleros o narcos hispanoamericanos. Ese mismo 2015, la editorial madrileña Círculo de tiza reunía bajo el título de Zona de obras los artículos más destacados de la periodista argentina, artículos, muchos de ellos, en los que Guerriero reflexiona sobre el periodismo y el género de la crónica, sobre la mirada como elemento definitorio del trabajo periodístico y sobre el papel del periodista en el actual contexto histórico.

Dijo en una ocasión: “Yo no soy una periodista, no sé nada de periodismo”. Esto obliga a interrogarse: el periodismo, ¿oficio, profesión, aprendizaje…?

La frase, dicha en sentido bastante irónico, pertenece a la primera conferencia pública que di en el Festival de El Malpensante, como señalo en el pequeño prólogo de Zona de obras [publicado por Círculo de Tiza], y está dicha en el contexto de que yo no me formé académicamente en periodismo. Y, de hecho, la frase continúa diciendo que yo no sé nada de la lingüística del periodismo

Cierto, continúa así: “No soy comunicóloga, ensayista, socióloga, filósofa, pensadora, historiadora… llegué acá sin saber de periodismo”

Por una parte, lo que quería decir con esta frase es que yo no estoy acá, en el periodismo, ocupando un lugar de académico o de un estudioso y, por otra parte, quería rescatar la idea del oficio periodístico; si bien hay mucha gente que necesita aprender de una manera más sistemática, tradicionalmente la formación periodística siempre se realizó más en las redacciones que en las academias. La formación del oficio periodístico, como cualquier profesión, termina por completarse con la práctica, y el periodismo, en concreto, ha sido durante muchísimos años un oficio que se aprendió, y muy bien, solo en las redacciones. De todas maneras, yo no estoy en contra de la formación universitaria, ni del periodismo ni de nada, sólo me parece que no todas las universidades tienen un buen plan de estudio, no todas las carreras de periodismo están armadas bajo un criterio interesante. En los talleres que realizo, observo muchas veces que los periodistas provenientes de la academia tienen una formación muy esquemática.

Me parecía interesante plantearle la cuestión del periodismo como oficio y aprendizaje porque, pensando en la crónica como mirada,  cabe preguntarse ¿se puede enseñar a mirar?

Yo creo que hay algo que no se puede enseñar que es la mirada talentosa, pero sí creo que se puede enseñar a adquirir la consciencia de que se debe tener una mirada, la consciencia de que hay que escoger cada una de las palabras que uno coloca en un texto porque no da lo mismo una palabra que otra. Obviamente hay gente que ya tiene incorporada su propia mirada, pero cuando das un taller te das cuenta de cómo el joven periodista al adquirir la conciencia de la mirada descubre un mundo. En este sentido, analizando distintos textos periodísticos, vos podés llevar a alguien para que mire cosas que nunca se habría imaginado que se podrían ver; creo que, en este sentido, más que enseñar, se puede mostrar las posibilidades de la mirada. Y, a partir de aquí, cada uno trabaja dependiendo de lo que su propio talento le permite, porque el talento es aquello que nunca se puede enseñar. Algunos conseguirán ser muy buenos dentro la profesión y otros siempre producirán trabajos más planos o chatos.

Por lo que dice, más que enseñar a mirar, se puede enseñar que es necesario mirar.

Lo único que se puede enseñar es a tener una hiperconciencia del texto y de su mirada, una hiperconciencia que es ineludible porque sin mirada no se puede hacer nada. El arranque de toda construcción de un texto comienza con la fase del reporteo, pero si vos no sabés que mirar, el reporteo y, por tanto, el texto, se vuelven imposibles

Decía Monsiváis: “el observador es un oportunista”. ¿El periodista es el observador que encuentra la oportunidad para mirar?

Sí, Martín Caparrós siempre dice que el buen cronista es aquel que ve donde todos miran algo que no todos ven. Creo que la función de un buen periodista es la de leer la realidad, es decir, el buen periodista tiene que introducir en su texto una mirada que vaya en contra del lugar común, una mirada que discuta el lugar absolutamente común en el que se inscriben muchas veces muchos textos periodísticos.

En este sentido de ir en contra el lugar común y lo obvio, usted citaba a Homero Alsina, que decía que no hay que poner la bandera para indicar que se trata de una tragedia, sino mostrarla como tal.

Homero dirigía el suplemento El Cultural y, cuando uno empezaba a trabajar allí le hacía llegar una especie de listado, que en parte corresponde a su columna Manual para periodistas modestos, en el que puntuaba, con mucho humor y a la vez con mucha seriedad, aquello que un buen periodista no debería hacer. Y entre esos puntos estaba el que me mencionás: no clavarle al texto una bandera diciendo “esto es terrible”, “esto es trágico”… sino demostrarlo. Por mi parte, siempre creí que una no puede construir un texto seriamente con sentencias del tipo “este entrevistado es antipatiquísimo” o “este señor es un corrupto”, por poner ejemplos muy burdos, sentencias sin ningún tipo de argumentación y sin demostración más allá de las frases. En el fondo un texto funciona como si fuera una especie de ensayo: uno tiene una situación X y ciertos ejes que deben ayudar a demostrar que la tesis de fondo tiene solidez. Para esto, necesitás algo más que la simple adjetivación

Si definimos la crónica como mirada, la crónica resulta ser un hibrido, donde se entremezcla la información de datos con la construcción de un relato.

Yo creo que todo tipo de periodismo tiene que tener una mirada; no creo que el periodista que hace noticias calientes esté exculpado de tener una mirada porque tiene que informar de manera rápida. El periodismo está lleno de mal periodismo hecho sin mirada, sentencioso; por el contrario, creo que todo periodista, pensemos en uno que va a cubrir una catástrofe climática, debe tener una mirada porque es la base de todo texto periodístico. Uno debe tener algo que decir y una forma de decirlo; no creo que esto sea un patrimonio de lo que llamamos crónica o periodismo narrativo, más bien creo que es patrimonio del buen periodista.

¿Deduzco, por tanto, que para usted el periodismo es un modo de interpretar de la realidad?

A estas alturas es muy obvio hablar de objetividad, un periodista va a contar la realidad con todo lo que él es, con su cabeza, con su pensamiento cultural, social, político, con su estado de ánimo, con su contexto. Lo que tiene que evitar es que su mirada esté contaminada de manera tóxica de todo esto; vos mirás siempre a partir de la persona que sos, pero porque precisamente sos periodista tenés algo que un ciudadano de a pie no tiene: habilidades específicas que tienen que ver con saber mirar, con poner en contexto, con leer la realidad jerarquizando la información y sabiendo dónde buscar las fuentes, pero la subjetividad siempre está en juego. Se trata de una subjetividad honesta, informada, una subjetividad basada en la experiencia… Esto sería lo ideal, aunque sabemos perfectamente que no todo el mundo trabajara partir de estos principios. Hay malos periodistas, pero contraponer a estos malos periodistas la idea de que su trabajo es malo porque carece de objetividad es una ridiculez.

¿La ridiculez sería pensar en un sujeto, el periodista, sin subjetividad?

El periodista es subjetivo porque es una persona,  anda por el mundo, llena de información, de traumas, de amores, de gustos y de disgustos, pero a la hora de escribir, aunque vaya con todo esto a cuestas, tiene que tener un saber propio del oficio que le permita saber hasta dónde dejar que todo lo que lleva a cuestas se traspase en el texto. Esta cuestión resulta muy evidente cuando uno va a hacer un perfil: ¿qué pasa si vas a hacer un perfil y el tipo te cae mal? ¿Qué pasa si vas a hacer un perfil de un tipo que te parece un genio de la literatura, pero que es un perfecto miserable? ¿Qué tenés que hacer en un caso así? ¿Dejar que todo lo mal que te cae el tipo se cuele en la nota? No, deberías retratar al tipo tal y como es, a lo mejor un déspota, pero también un genio. Sin embargo, si aplicáramos el criterio de objetividad en un perfil de este tipo, deberíamos hablar sólo del aspecto genial del tipo y dejar de costado todos los aspectos menos amables. Si, por lo tanto, fuéramos solo subjetivos, en el perfil nos limitaríamos a decir que el tipo nos cayó regordo.

En su diálogo con Alfonso Armada en Casa América, debatían acerca de la construcción del texto periodístico. En relación a lo que comenta, imagino que se presupone una ética del periodista en el momento de construir un texto, puesto que, dependiendo de cómo se construye y con qué elementos, la tesis va a ser una u otra.

La palabra ética me da un poco de impresión, pero por supuesto que hay una ética, que es la ética que uno tiene como persona. Uno no es periodista escindido de lo que es como persona: hay cosas que uno no hace como persona y tampoco hace como periodista y hay cosas que colegas sí hacen como personas y sí hacen como periodistas. Hay algunos planteamientos generales que más o menos todos conocemos y que tienen que ver con el off the record o con el trato con la fuente, pero me parece que, básicamente, a la hora de escribir o de reportear uno es uno solo con su historia y se tiene que arreglar con todos los dilemas de tipo éticos que se le presentan. Uno debe tratar de ser honesto con lo que vio, tiene que codificar la realidad de manera tal que la realidad termine siendo en el texto tan equilibrada como en la vida real. El texto tiene que estar construido de manera equilibrada, si vos hacés mucho más hincapié en una faceta de la realidad o de una persona, el texto terminará virado hacia ese sitio; está en vos como periodista saber cuán ecuánime y honesto está siendo el texto.

En relación a la ecuanimidad, muchas veces el perfil de torturadores, terroristas, dictadores… han sido objeto de crítica por considerarse que los perfiles, al retratar no solo los oscuros sino también los claros de estos individuos, los humanizan.

El año pasado edité Los malos [en Ediciones UDP], un libro de perfiles de seres siniestros de América Latina, torturadores, pandilleros, etc… Ese libro funcionó muy bien y ninguna sola de las reseñas vio un problema en el hecho de que se representaran a estos tipos siniestros. El desafío del libro era mostrar a estos tipos en su conjunto, pero no humanizarlos, palabra que me da un poco de resquemor porque ¿cuál sería la otra opción? ¿animalizarlo? Para mí, hacer un perfil de una persona es contar esa persona en toda sus facetas, y cuanto más complejo y arriesgado sea ese perfil, yo, como lectora, me voy a sentir más agradecida, porque voy a poder percibir mucho mejor la esencia de la persona.

Se lo preguntaba recordando la polémica que suscitó El hundimiento, la película sobre los últimos días de Hitler en el búnker.

Siempre recuerdo la película porque fue muy cuestionado que se mostrara una escena de ternura de Hitler con su perro. Es una crítica que no comparto, es como si uno quisiera que el malo o el monstruo fuera malo y monstruo todo el tiempo porque uno no puede digerir que el tipo sea compasivo con su perro. Esto es algo que uno puede no tolerar como lector o espectador, pero el periodista no puede disfrazar la realidad; lo que el periodista no puede hacer cuando se encuentra con un victimario es no hacer las preguntas correctas. Quiero decir: el periodista no puede darle el micrófono al victimario para que se despache con todo lo que quiere decir y luego no contraponerlo con una mirada propia, con los testimonios de las víctimas…

Lo que comenta tiene relación con el tema de la distancia con lo narrado. Precisamente, en Los diarios de Emilio Renzi, Piglia define  el estilo como “la distancia con lo que se narra”. ¿Esto es también válido para el periodismo?

Esta frase de Piglia es muy sabia, es una frase sencilla que contiene una revelación deslumbrante. Yo creo que todo se juega en la distancia con aquello que se cuenta y me parece que los textos menos interesantes son los textos en los que hay una distancia muy corta entre el narrador y lo que se narra y se produce así una especie de miopía por acercamiento. Me parece que uno empieza a escribir y a ser mejor autor cuando uno pone distancia entre lo que está viendo y uno mismo; creo que hay una distancia óptima donde se juega también muchísima de la forma. En un texto periodístico, el tono, el clima, la atmósfera, el estilo en general, aporta información al texto.

Piglia define el estilo como la distancia con lo narrado y Victor Hugo decía que había necesitado distancia y tiempo para escribir sobre su hija fallecida. El concepto de  distancia parece funcionar como nexo entre la escritura periodística y literatura.

Una cosa es la distancia subjetiva con la que uno narra y otra es la distancia temporal; hay textos en los que se mantiene la distancia con lo que se narra, si bien han sido escritos de forma muy urgente; pienso en la Carta que Rodolfo Walsh escribió a la Junta Militar cuando mataron a su hija; es una carta estremecedora, cargada de cosas de su tiempo y del contexto en el que fue escrita, pero es una carta que ha traspasado las épocas. Coincido que escribir en estado de conmoción no suele producir cosas demasiado interesantes, salvo que uno sea un genio como lo era Walsh; creo que, en ocasiones, incluso es recomendable esa distancia temporal que vos sugerís. La emoción excesiva es el whisky que no hay que beber cuando uno escribe, aunque no hay que olvidar tocar la cuerda de la emoción propia, porque de lo contrario el texto sale muerto.

¿La tecla de la emoción propia es la tecla de la retórica de la lengua?

Cuando uno escribe periodismo, trata de traducir con palabras la realidad que uno vio y que el lector desconoce; el periodista tiene que ser una especie de traductor, de filtro y pararrayos de toda la emoción que le suscitó aquello que vio para ser el vehículo que lleve al lector al escenario de las cosas. De la misma manera que el músico tiene las notas, el periodista tiene las palabras, y en la selección de las palabras es donde se juega el estilo. Escribir es decir cuáles son las palabras que van a formar parte de las herramientas, decir si va utilizar elipsis y metáforas, si va a ser barroco o parco… y ante estas decisiones, uno tiene que ser flexible porque hay textos que requieren un estilo más recargado y otros que necesitan de una parquedad extrema porque ya de por sí el tema es tan terrible que no tiene ningún sentido cargarlo con adjetivos ni con nada. Las palabras son nuestra paleta de colores, nuestras notas musicales: dependiendo de cómo se combinen van a producir un determinado resultado.

Y esta paleta de colores que son las palabras no disciernen entre no ficción y ficción. Si, por un lado, usted mencionaba a Richard Ford y Lorrie Moore como autores de referencia, por otro lado, los Aguafuertes de Roberto Arlt que se inscribe en la retratísitica periodística pueden leerse como literatura.

Creo que uno puede ser testigo de cosas fantásticas e increíbles y escribirlo como el cuerno y arruinarlo todo. A mí me parece que la importancia de la forma tiene que ver con el resultado del texto: es la forma aquello que marca la diferencia entre un texto periodístico que te parece anodino y un texto que, por el contrario,  consigue que la realidad que cuenta te cambie en algo. Y me refiero a todo tipo de texto periodístico, desde una reseña de un libro que está hecha tan bien que te dan ganas de comprar el libro. La mejor definición es la frase de Barthes: “Su texto tiene que demostrarme que me desea”. Se trata de una batalla para demostrarle al lector que mi texto lo desea y que lo desea mucho.

La cuestión es cómo demostrar que el texto periodístico te desea.

Lo que debe quedar en claro en la escritura periodística es que se trata de escritura periodística, no se trata de demostrar que escribimos bien, porque lo que hacemos es poner nuestro estilo al servicio del dato contenido. Hay notas que están muy bien escritas, pero no dicen nada, faltan datos, faltas fuentes… y la nota es engañosamente buena porque está llena de adjetivos divinos y metáforas; es como una telenovela llena de música cursi que te hace llorar pero que no cuenta nada.

En este sentido, el periodismo es el género más altruista, pues es el género que obliga a quien escribe a ponerse en el lugar del otro

Exactamente. Sin esa conciencia de que lo que importa es el otro no se puede hacer periodismo. Me parece que un periodista, incluso cuando habla de sí misma, debe preguntarse de qué le sirve leer eso a una persona que no se conoce. En este sentido, como vos decís, el periodismo es altruista en cuanto el otro está primero siempre. Incluso cuando se trata de una historia propia, yo tengo que pensar en qué le puede servir esta historia propia mía a otra persona.

Habla de ser útil, para el lector, pero ¿en qué sentido? ¿Ser condescendiente con el lector o mostrarle no sólo aquello que no sabe, sino aquello que no quiere ver?

Yo creo que soy bastante insolente, para mí ir contra el lugar común es una especie de tarea a cumplir. Trabajar contra el lugar común, contra la forma común de ver a la víctima siempre como una pobre persona ovejita desvalida y de ver al victimario como una especie de monstruo monoblock, es decir, trabajar para ver la realidad no solo en blancos y negros, sino en una enorme de cantidad de facetas y contradicciones es el trabajo para el cual merece hacer esto. A mí lo que más me interesa del periodismo es tratar de ver de una manera que no sea obvia y en este no ser obvio, por supuesto, hay muchas cosas que implican no sólo ser condescendiente con el lector, sino ser muy desagradable

¿Molestarlo?

Molestarlo e incomodarlo. Yo como lectora me pongo muy contenta cuando encuentro un texto que me incomoda. Por supuesto que pienso en el lector en cuanto quiero que el texto se entienda, sea claro y que contenga toda la información que el lector necesita para comprender lo que cuento. Sin embargo, cuando digo que el periodismo piensa en el otro, el otro es la historia del otro. Y el servicio del periodismo es el de llevar esta historia hasta las manos de un lector que, si no fuera por el periodismo, no se habría enterado de que esta historia existía. Pero lo que haga el lector con esa historia ya no forma parte de mis responsabilidad, de hecho ni tan siquiera me preocupo por lo que piense o sienta el protagonista de la historia

En este sentido, el periodismo se postula como un discurso a la contra

Totalmente. El ser un discurso a la contra me parece una parte muy esencial y muy noble del periodismo, el hecho de que no sea un servicio servil de ningún poder, ni económico, ni empresarial ni político. Me parece que el rol de pensar en contra es fundamental para el periodismo

Sin embargo, habría que preguntarse sobre la independencia que tienen los periodistas cuando los medios muchas veces dependen de los bancos, de poderes económicos, políticos o fácticos

Se trata de la libertad de empresa. Yo creo que en todos los medios hay gente que puede hacer su trabajo, incluso diciendo cosas que no están plenamente en la línea editorial del medio. Pero esto ha pasado siempre. Uno siempre puede defender su lugar y su nombre, pero obviamente te arriesgas a que te pongan de patitas a la calle. El problema es que si todos bajamos la cabeza y decimos “sí señor, sí señor” estamos en un problema. Al final, uno como periodista elige el lugar y las condiciones de trabajo que a veces se le imponen. Yo no soy quién para juzgar a quienes aceptan ciertas condiciones porque lo necesitan o porque hay periodistas que están de acuerdo con determinadas líneas editoriales de ciertos periódicos.

De lo contrario no existiría, como existe, el periodismo ideológico

Yo pienso en un lector inteligente. Si leo a un periodista y me doy cuenta de cómo manipula la información, de cómo construye un texto o una opinión o de cómo construye una opinión con datos falsos, asumo que un lector normal, tan normal como yo, también tiene los elementos para darse cuenta de esta manipulación. A veces somos demasiado paternalistas con la gente y la gente no es estúpida, la gente se da cuenta de quién es quién cuando lee a determinados periodistas. No creo en ese discurso de que la gente es tonta y hay que preservarla de esta ponzoña de  los malos periodistas, al contrario, creo que todos los países están llenos de gente inteligente.

Antoni Puigverd (II): ‹‹La identificación romántica entre España y Castilla sigue vigente››

 

Columnista de referencia en La Vanguardia, poeta y ensayista, Antoni Puigverd (La Bisbal d’Empordà, 1954) acaba de publicar en castellano y en catalán La ventana discreta. Cuaderno de la rueda del tiempo (Libros de vanguardia, 2014), un generoso dietario que se lee como un ensayo sobre el paso del tiempo, el sentido del arte, la cultura y la vida y, en definitiva, el valor intelectual de la discreción en una época definida por el exhibicionismo y el culto a la inmediatez.

·           En el libro, usted huye de lo fugaz para reflexionar sobre el sentido de lo humano: indaga sobre los sentimientos y se pregunta por la transmutación de los valores. Hay una perplejidad en La ventana discreta que reivindica la necesidad intelectual de la duda, especialmente en un mundo azotado por los dogmatismos maniqueos. “La duda, ciertamente, corroe la propia identidad”, escribe. Creo que todos los grandes humanistas de Europa, de Montaigne a Erasmo, estarían de acuerdo con esta afirmación. Lo propio de la democracia serían las identidades imperfectas, prudentes, más que las grandes exhibiciones de la voluntad… 

·         Una visión cínica sostiene que  la democracia mantiene la guerra por medios pacíficos y que esto es ya un gran avance. Lo es, ciertamente. Pero nunca aleja realmente el peligro de la guerra. Es más, la violencia verbal maniquea puede llegar a ser una forma de guerra menos cruenta, pero no menos dañosa para las personas y los bienes. El bullying puede no ser físico, pero destroza igual a quien lo sufre. Para conjurar la guerra real o simbólica, es necesario el rigor cívico. Y uno de los ingredientes esenciales del rigor  cívico es la contención. La contención implica aceptar límites a tu identidad personal o colectiva. Aceptar que no podrás desarrollarlos al máximo. Aceptar la imperfección.

Para no quedarme en mera retórica abstracta lo concretaré a partir de mi identidad catalana. Una parte de catalanes, ahora aparentemente menor que en otros tiempos, aprendimos a aceptar el límite que implica la existencia del otro a fin de garantizar el bien mayor: una  sociedad de equilibrios. Lo aprendimos durante el franquismo, cuando nuestra lengua era perseguida y nuestra identidad invisibilizada. A conseguir este equilibrio empleamos las mejores de nuestras energías en el antifranquismo y después en democracia. El catalanismo integrador cree que no hay nada más importante que la unidad civil. Unidad que se funda en la aceptación de la diferencia y en el respeto a las minorías. Es distinto del nacionalismo de origen herderiano, que preside la vida española y que preside también ahora, desde hace unos años, la vida catalana. Aunque ambos nacionalismos son modernos y democráticos, amén de tener un discurso integrador, pues se jactan de aceptar al diferente, no pueden resistir la tendencia al uniformismo, a la ilusión de la pureza, a la persecución de la homogeneidad, al perfectismo nacional, lo que implica la construcción de un relato falso sobre el pasado, en el que la historia juega un papel predominante. Desde hace años, debido a la fuerza del independentismo catalán, está de moda criticar la manipulación de la historia que se da en Cataluña. Una manipulación que enfatiza el relato romántico.  El problema de esta crítica es que se hace sin espejo. Leo hoy mismo una entrevista a Carmen Iglesias, directora de la R.A. de la Historia  en la que carga sin ambages y con gran saña contra la educación en Cataluña (afirmando cosas de las que no tiene pruebas, por ejemplo: “¡Que a unos niños en Cataluña les pregunten “quién nos roba” y contesten “España”, eso es adoctrinamiento!”. No sabemos de dónde saca una señora de tan alto rango institucional esta afirmación (he sido profesor de instituto y sigo manteniendo mucha relación con este tipo de centros, no tengo noticia alguna de que lo que sostiene  Iglesias sea cierto). Y sin embargo, sin necesidad de inspeccionar centros, simplemente abriendo el televisor podríamos comentar  la serie de gran éxito que TVE programa sobre los Reyes católicos que ahora continúa sobre el emperador Carlos, en los que se habla de “lengua común” (¡en el siglo XV!) se evita citar Barcelona y Valencia y, por supuesto, en la época de los Papas Borgia, cuya correspondencia con sus hijos fue  escrita en catalán, dicha lengua no existe.  La identificación romántica entre España y Castilla sigue vigente  en el máximo instrumento de creación de ideología que es el televisor y esto sucede ante la total despreocupación de la intelectualidad española, que solo sabe ver la paja en ojo ajeno.

Soy y he sido muy crítico sobre el llamado procés, lo que ciertamente no es fácil en un momento en el que el independentismo es hegemónico, pero me resisto a establecer una descripción  maniquea, especialmente viendo lo cómodamente instalada que está la clase intelectual española en los tópicos de tradición romántica que propagó hasta la náusea el franquismo (educador de las generaciones que han mandado en España hasta ahora mismo, no se olvide).

·         “Sólo perdura la moral de los hipócritas”, leemos en su libro. Sabemos que las democracias ricas disfrutan de un alto grado de confianza en las instituciones. Un pacto de veracidad entre las partes es fundamental, lo cual a su vez exige algún tipo de compromiso con la verdad y no tanto con la representación. Sin embargo, esto ha entrado en crisis en las últimas décadas. Si nada es verdad…, ¿con qué moral se construye una sociedad? ¿Y cuáles son sus efectos?

·           Con la mentira solo se construyen teatros y escenarios que se queman cuando la dureza de la realidad embiste. La transición se construyó sobre la mentira del abrazo y del consenso, cuando en realidad fue un pacto de impotencias.  Mientras la situación de empate (o de miedo del otro) duró, el equilibrio se mantuvo. Aznar, consciente de que la hegemonía democrática del PSOE de González podía eternizarse, rompió con el mito del consenso e impulsó una «segunda transición» fundamentada en la dialéctica amigo / enemigo. Y su combate, guste o no, hay que considerarlo ideológicamente vencedor. Pervive incluso durante los años de Zapatero, que para resarcirse, intenta reconstruir el bando republicano y ganar en el presente retórico la guerra que perdió la república en el frente. A partir de entonces, las trincheras de la guerra están recreadas teatralmente y el fuego retórico no deja de aumentar. Como decía antes, estamos coqueteando teatralmente con la guerra.

Otras formas de hipocresía están ocultas en palabras de moda. Austeridad o transparencia. Siempre quieren significar una obligación para otros. ¿Y qué decir de la corrupción? Es la cruda verdad que se ocultaba detrás del escenario en el que palabras sacrosantas como nación y patriotismo se usaban como fetiche. Aunque la hipocresía que más directamente me subleva es la de mi generación (usando el término en sentido laxo). Ha encabezado todas las modas. Su volubilidad es de campeonato. Ninguna generación en la historia ha presidido tantos y tan distintos candeleros: desde los sesenta hasta hoy en que, por edad, empieza a declinar y desaparece lentamente de la primera fila. La generación progre ha ido abandonando  iconos, ideas y proyectos como quien tira un kleenex. Ha hegemonizado el discurso cultural e ideológico supuestamente de izquierdas en Catalunya y España gracias a la táctica de ir cambiando el rumbo en cada esquina coyuntural.  Lo digo en mi cuaderno: “Ha pasado del comunismo al liberalismo sin traumas; del combate por la pluralidad cultural, a la subordinación a las industrias culturales; de la modernidad fuerte, a todas las debilidades de la posmodernidad; de la seriedad, a la obligación de la broma; del marxismo, a la gastronomía; de la política, al fútbol; del catalanismo, al cosmopolitismo; del progreso colectivo, al triunfo personal. Del acento social, a la entronización del derecho individual”. Nada era verdad para ella, la generación más ideologizada es también la más falsaria.

·        Usted lleva años ejerciendo la labor de articulista de opinión en el diario barcelonés La Vanguardia, por lo que sigue con gran detenimiento la actualidad política del país. Para alguien que no es catalán o no vive en Cataluña, dos cuestiones resultan acuciantes: ¿cómo le explicaría el procés?, ¿tiene alguna posibilidad de éxito? A lo que yo añadiría una tercera: ¿cuánto hay de representación en este desencuentro?  

·            Necesitaría el espacio de un libro para explicarlo bien. Desde mi honesto punto de vista, la cosa empieza con Aznar. Aprovechando muy hábilmente la indiscutible razón moral de la lucha contra Eta, se propuso reunificar España, esto es: corregir en sentido recentralizador lo que él, ya desde sus años de funcionario en la Rioja, consideraba el error principal de la constitución: el título VIII. No importa que, en realidad, Aznar, por razones tácticas (es decir: sus pactos con Pujol), fuera uno de los presidentes españoles más concesivos con el nacionalismo catalán. Lo importante era, como se dice ahora, el relato: la visión de España que su gobierno y su entorno mediático pusieron en circulación. Contribuyeron a elaborarlo un grupo de intelectuales partidarios del republicanismo cívico y abanderados de la tradición ilustrada que, describiendo la democracia en términos estrictamente franceses (como si la Suiza confederal o el Reino Unido no fueran democracias), atacaron al catalanismo identificándolo con la premodernidad.  Aznar hizo posible la síntesis que aún es hegemónica en la España de matriz castellana: la síntesis entre la idea falangista y la idea liberal de España. La síntesis entre Azaña y José Antonio o, si quieren, entre Mayor Oreja y Fernando Savater. Una síntesis que permite a los que participan de ella atacar a los nacionalismos (exceptuando el español que, al parecer, desapareció por ensalmo con la constitución) por antiliberales y anticívicos. Una España de ciudadanos que se defiende de los nacionalismos, tachados de feudales, egoístas y premodernos.

 La fuerza de esta síntesis aznariana tiene tal impacto en España que, en un momento dado, cree estar en condiciones de ir más allá. Pretende enmendar, de facto (mediante un tribunal constitucional obscenamente politizado) los equilibrios y ambigüedades que dieron lugar a la Constitución. Ciertamente, los errores catalanes contribuyeron a ello (la malograda aventura del nuevo Estatut). Y el golpecito de gracia lo da la crisis, que convierte los gastos de las autonomías en un peso insoportable y permite la recentralización mediante decretos y normativas.   La tensión que Aznar introdujo en su relato de España suscitó en Cataluña una reacción alérgica (la ERC de Carod), que, sumada a la anemia final del maragallismo (el último intento del españolidad catalanista) y a la debilidad ideológica del PSC, acabó causando una caída de naipes en cascada:  los errores del Tripartito, la experiencia frustrante del Estatuto, la reacción tremendista en contra del Estatut por parte del PP y la sentencia del TC que lo dejaba todo en un callejón sin salida fabrican la situación actual. Una situación que podríamos describir en estos términos: el independentismo se apodera del relato al fracasar los proyectos centrales (CiU i PSC). Aprovechando la dinámica negativa que había dejado la sentencia del TC, propuso un giro de 180º. Enseguida logró generar una dinámica popular, confluyó con el nacionalismo de Convergència en tránsito generacional y ha obtenido un resultado importante, pero corto: 47%.

 El gran error del soberanismo fue ignorar la complejidad interior catalana. Del mismo modo que la visión hegemónica de España, vigente desde Aznar, se empeña en ignorar la complejidad interna española y sigue insistiendo en una idea muy discutible: la democracia es a la francesa o no es. El hecho es que podría ser suiza, alemana o anglosajona, pero no hay que ir tan lejos: Ernest Lluch y Herrero de Miñón encontraron un buen antecedente histórico en casa, el austriacismo, que sigue esperando en el limbo.

·            Un tema que me interesa es el colapso del catalanismo moderado. ¿Tiene alguna posibilidad de rehacerse o forma ya parte inevitablemente del pasado? De hecho, ¿no cree que la solución definitiva al procés sólo puede llegar de las filas del propio catalanismo moderado, en lo que tiene precisamente de transversal? Y una cuestión que se entrecruza con la anterior: ¿volveremos a conocer un catalanismo con voluntad hispánica, que no sea independentista?  

·         No veremos el resurgimiento de un catalanismo moderado si en España no aparece un españolismo moderado que reconozca la posibilidad de articular el país de acuerdo con la realidad española tal cual es y no según dicta la plantilla francesa, identificada abusivamente con la única posibilidad de democracia. La mayoría de la sociedad catalana quiere encajar con naturalidad en España; pero necesita cerciorarse de que el resto de España también lo desea. La aventura del Estatut fue nefasta, pero perfectamente constitucional y, curiosamente, la respuesta española fue tan crítica, reticente y severa entonces como lo es ahora con la reclamación de  independencia. No será fácil que renazca el catalanismo moderado mientras no aparezca con claridad (Podemos ya lo hace) un planteamiento español consciente de que la sociedad catalana necesita sutura y no severidad, reconocimiento de la diferencia y no desprecio o problematización de la misma.

El catalanismo es hispanista. Siempre lo ha sido. Lo que no está claro es si en el resto de España están de acuerdo con una España no uniforme, lo que no significa desigual. El rey Felipe es el único alto personaje actual que ha reiterado esta distinción, que no es bizantina, sino capital: unidad no equivale a uniformidad. Podríamos añadir: igualdad no implica homogeneidad. Cuando la intelectualidad española deje de jugar  a este fácil juego de reducir democracia al modelo francés (asociándose con naturalidad con el mito romántico de una España unida desde hace 500 años, un mito tan ahistórico como cualquiera de los que defiende el nacionalismo catalán), cuando esto suceda, el catalanismo que defiende la entente respetuosa e inclusiva con el resto de España, lo tendrá más fácil. Ahora los moderados lo tienen difícil porque en cualquier sociedad la tensión binaria obliga a escoger. En el resto de España se dice y se repite que el independentismo separa. Y es cierto. Pero de los separadores nadie se acuerda, a pesar de que están en el origen del problema.

·         En La ventana discreta, usted anota: “Arruinada la ficción racionalista, queda tan sólo el nihilismo como creencia social”. Supongo que se trata de una consecuencia más de la moral hipócrita. Pienso en Artur Mas, por ejemplo. Como figura política surge del ecosistema pujolista. No se le conocen especiales veleidades independentistas, pero a partir de un momento dado busca capitalizar el secesionismo, primero con el eje común del “dret a decidir” y después directamente con la ruptura. Su legado es, cuanto menos, complejo: una Cataluña más polarizada en los extremos ideológicos, la destrucción del catalanismo moderado, una caja quebrada y su propio partido –CiU– destruido. ¿Sería una simplificación excesiva definirlo como nihilista? Y, en todo caso, ¿cómo cree que pasará a la historia?  

·         Sobre Mas he escrito mucho.  He criticado su incapacidad para el diálogo, su tozudez interesada, el simplismo de sus planteamientos, la instrumentalización de las instituciones, sus cambios de camisa, sus reduccionismos, su confusión de la parte por el todo. Algunos intelectuales del nacionalismo me han acusado incluso de contribuir a “la campaña de  odio a Mas”.

 Ahora bien, un error constante y obsesivo de la prensa de Madrid ha sido creer que Mas era el insensato, el loco que arrastraba a los catalanes a la ruina. No es así: Mas sube al carro del independentismo porque no resiste la presión de la calle y confunde la parte con el todo (y también, claro está, porque entiende que el independentismo eclipsará la corrupción de su partido y las dificultades de gobernación de la Generalitat en plena etapa de recortes por la crisis). Al subir al carro, Mas concede al independentismo una fuerza centrista e incluso derechista que antes no tenía. Normaliza el independentismo. Pero, atención, no lo inventa. Esta corriente ya dominaba en la calle desde que, en 2010, el catalanismo moderado sufrió el bofetón de la sentencia del TC sobre el Estatut. Mas se suma a algo que ya está en marcha (y, como he explicado antes, si está en marcha es por causas que no competen solamente al nacionalismo catalán). Mas da fuerza y credibilidad al independentismo, pero no se lo inventa. No es el flautista de Hamelin.

 Dicho esto, la personalidad de Mas es interesante como  sujeto de estudio. No sé si es nihilista, pero es impermeable. Es un jugador de póquer marmóreo. No ha cedido un palmo, a pesar de contar con cartas bastante malas. Esto ha sorprendido en Madrid, donde estaban acostumbrados a una caricatura pedigüeña, victimista y meliflua del catalanismo. El periodista P.J. Ramírez había escrito: “El catalán es  un tigre de papel, ruge pero no muerde”. Pues bien, con Mas dejó de ser un tigre de papel. De ahí la inquina que ha suscitado.

 Desde mi punto de vista, lo importante es, sin embargo, la división en el interior de la sociedad catalana que ha suscitado el planteamiento binario. Una división que no es dramática, como se afirma, pero sí importante, pues ha causado la muerte del principal activo de la cultura política catalana en los últimos 50 años: el catalanismo integrador e inclusivo. La decisión de avanzar hacia el precipicio sabiendo que el precipicio estaba ahí es el principal error de  Mas. Nunca explicaba a los catalanes los peligros de su jugada. Siempre se presentaba como víctima. Siempre confundía sus posiciones con las del país e identificaba España con el PP. Estos reduccionismos son habituales en política, pero en las delicadas circunstancias del presente son un abuso imperdonable.

 Es fácil criticar a Mas, especialmente si se considera que toda la culpa es suya. Pero no era fácil presentar una alternativa a Mas. La sentencia del TC, que está en el origen de todo, no ha sido enmendada; y es la gota de vinagre que colma el vaso.

·           Finalmente, me gustaría volver al libro y recuperar el final, donde usted reflexiona con Spinoza sobre el miedo y la esperanza. “Hemos perdido la esperanza –escribe–, de ahí que nuestros miedos sean tan intensos”. Es una cuestión que recorre todo el siglo XX: ¿cómo perseverar en la esperanza? ¿Dónde puede echar raíces?  

·          En su Tratado político, Spinoza sostiene que la esperanza sin miedo es ilusa; pero el miedo sin esperanza es ingobernable. Yo añado que el tiempo actual no permite la esperanza. Nuestro mundo está asustado por los cambios que se suceden vertiginosamente. La precariedad económica, hija de la globalización impide a los individuos de nuestra época confiar en su futuro. Las confusas tensiones multipolares, con nuevas potencias ajenas a la tradición occidental, ¿a qué mundo conducen? Como evolucionará lo que ahora percibimos como inquietante factor islamista? La globalización humana está creado unas sociedades culturalmente complejas en las que nadie se siente en casa, lo que crea orfandad y deseo regresivo. ¿La ciencia y la tecnología conseguirán atemperar, corregir o depurar las consecuencias negativas del progreso, que tanto empiezan a preocuparnos ahora, debido a las evidencias cada vez menos discutidas del cambio climático? No está claro que lo consiga.

 Incluso un avance evidente como es el de la ciencia médica que nos proporciona un aumento de los años de vida genera un problema, la superpoblación: no sabemos con qué postulados éticos nos tendremos que enfrontar pronto  a la vejez, a la enfermedad, a la congestión del territorio…  Estamos asistiendo a una época de decepción del progreso. La cultura humana lo fió  todo al progreso material y social. Me pregunto si los miedos y la falta de horizontes no derivan de este monocultivo. Si como dice el tópico, el dinero no da la felicidad, el progreso al parecer, tampoco. El progreso está ahí, pero la vida parece más triste (o igualmente triste) que antaño. Hay que edulcorarla con grandes dosis diarias de sensualidad y distracción: comer y ver series sin parar.

 La esperanza arraiga en los corazones libres y despreocupados. No estoy seguro de que nuestro tiempo permita la libertad y la despreocupación cordiales. A lo mejor, deberíamos explorar hacia adentro. Explorar la mina interior. No sé si estamos a tiempo, colectivamente, de hacerlo. Individualmente sí, por supuesto: la esperanza puede cultivarse en la intimidad como un bonsai. Pero decidimos centrar nuestra esperanza en el exterior, en lo material. ¡Y en  el exterior son ahora tantas las amenazas…!

Antoni Puigverd (I): “La carrera de la celebridad pone en valor la gracia del retraimiento”

 

Columnista de referencia en La Vanguardia, poeta y ensayista, Antoni Puigverd (La Bisbal d’Empordà, 1954) acaba de publicar en castellano y en catalán La ventana discreta. Cuaderno de la rueda del tiempo (Libros de vanguardia, 2014), un generoso dietario que se lee como un ensayo sobre el paso del tiempo, el sentido del arte, la cultura y la vida y, en definitiva, el valor intelectual de la discreción en una época definida por el exhibicionismo y el culto a la inmediatez. 

·         Me gustaría empezar hablando de La ventana discreta, su último libro. En la tradición hispánica –católica en general–, el dietario ha sido un género poco frecuentado entre los escritores, quizás por un sentido del pudor o por algún tipo de énfasis barroco en la exterioridad. Ese déficit –resuelto sólo en parte en el siglo XX con nombres como Josep Pla o José Jiménez Lozano– ¿se traduce en una cierta falta de tono íntimo y de reflexión en la literatura española? ¿Podemos decir que hay culturas literarias vertebradas, al menos en parte, por el cultivo del diario y otras que no?  

·       No me atrevería a contestar en términos generales, porque, aunque estoy de acuerdo con su aserción inicial, no podemos olvidar que la cultura francesa, de matriz católica está vertebrada por  Montaigne, el mayor dietarista. Y no podemos olvidar que un nombre capital de las letras italianas es Leopardi, cuyo colosal Zibaldone es una verdadera enciclopedia del género. Sin embargo, es en la cultura británica ciertamente en la que el dietario se convierte en un género de primer orden. En lo que se refiere a la cultura peninsular, El libro del desasosiego de Pessoa, la prosa de Azorín y la obra de Josep Pla son exponentes formidable del género. En el caso catalán, además, resulta que nuestro prosista más brillante es Pla, verdadero creador del catalán literario contemporáneo y, por consiguiente, para cualquier autor catalán actual, su lectura es determinante. A esta influencia hay que añadir, en mi caso, la de Gaziel, el gran periodista, las prosas de El pas de l’any de Joan Maragall i el formidable poemario novecentista de Josep Carner, Els fruits saborosos, que identifica una fruta con una edad y con un momento del año para reflexionar sobre la vida y el tiempo. Un libro delicioso.   

·         De hecho, el siglo XX ha sido pródigo en dietaristas: de Cesare Pavese a Cyril Connolly, de Ernst Jünger a Franz Kafka. En catalán, como usted señala, contamos con una obra maestra indiscutible: El quadern gris, de Josep Pla; y con una magnífica obra menor que releí precisamente este verano: El vel de Maia, del poeta y traductor Marià Manent. ¿Se reconoce en esta tradición? ¿Qué le acerca al Pla dietarista y qué le separa de él? 

·         Me reconozco, como no puede ser de otra manera, en la tradición de Josep Pla, aunque a  distancia. A pesar del tópico de la boina y de su interés por la agricultura, el paisaje y el clima, Pla es expresión de la burguesía cosmopolita de Palafrugell, que desde el siglo XVIII comerciaba mediante cabotaje con Inglaterra o Francia, sin olvidar las conexiones de ultramar. Una burguesía ilustrada, mercantil y viajada, con un sentido muy terrenal, antilírico, de la vida que un sentido muy peculiar de la ironía subraya. Mi mundo es, en cambio, el de la menestralía católica. Mi Ampurdán no tiene casi nada que ver con la ventana abierta al mundo que siempre fue Palafrugell.  La Bisbal, donde nací, es una pequeña capital de distrito o comarca, de origen eclesiástico como su nombre indica, que durante algunos siglos fue sede de los hacendados rurales de la zona, contaba con un mercado importante y ejercía la capitalidad administrativa sobre las poblaciones más dinámicas de la costa (Palafrugell, Palamós i Sant Feliu de Guíxols) gracias al juzgado de primera instancia y al registro de la propiedad. Aunque el substrato rural y curialesco no impidió la industrialización, el peso de la tradición era mucho más acusado en mi infancia de finales de los cincuenta y principios de los sesenta (también debido al asfixiante clima de postguerra) que en el Palafrugell de El Quadern Gris.  Yo abrí los ojos en los últimos estertores de la posguerra,  en una familia en la que el valor del trabajo es esencial, la influencia clerical intensa y la mayoría de los libros son de influencia católica. Un pequeño mundo que inoculó en mi sensibilidad infantil la pasión por el absoluto y cierta tendencia a la melancolía, que son antagónicas a la sensibilidad irónica, mediterránea y antitranscendental de Pla. Mi pequeño mundo de la infancia explotará durante mi pubertad, en mayo del 68, con todo lo que esta fecha resume. Pla tenía la edad de mi abuela, pero su punto de partida es cosmopolita, divertido e irónico. El mío es menestral, sufrido y triste. Mi estilo debe a Pla su pasión por la sensualidad, y la obsesión por el adjetivo, pero expresa una visión de la vida menos desenvuelta, más condicionada por la búsqueda del absoluto, menos divertida: ensimismada.  

·         El título del libro nos ofrece ya, de entrada, un doble homenaje a La ventana indiscreta de Hitchcock y a la Roda del temps de Salvador Espriu. ¿Por qué este doble homenaje? ¿Qué papel desempeñan el cineasta inglés y el poeta catalán en la educación sentimental de Antoni Puigverd? 

·         Confieso que la influencia de Hitchcock es meramente instrumental. La película me encanta y la he visto muchas veces, pero el verdadero título del libro es, en realidad, el subtítulo, Cuaderno de la rueda del tiempo. Buscando, con la editora Ana Godó algo más llamativo, me pareció que el juego de “La ventana discreta” permitía expresar mi posición ante la vida, especialmente, en lo que se refiere al desnudo obligatorio que impone Twitter, Facebook y compañía. En el prólogo del libro cito el interesante ensayo de Pierre Zaoui: “La discretion” (Les Grands Mots. 2013). Este ensayista describe la discreción, no como silencio o alejamiento eremítico, sino como gesto vital: el gesto de la abdicación.  

Me gusta el velo de la discreción: escribir  sobre cosas que me han sucedido o creo interesantes y hacerlo con sinceridad, sí, pero detrás de una cortina, a cierta distancia del lector. La modernidad hipermediática está dominada por la obligación de la visibilidad y por la carrera de la celebridad. Esta presión pone en valor la actitud contraria: el placer de la contención, la gracia de cierto retraimiento. Por otro lado, la contemplación del mundo es más precisa, creo, en la distancia.

 Si el uso de Hitchcock es instrumental, el homenaje a Espriu es reverencial. Su obra e su actitud vital me influyeron mucho en mi juventud y durante mis años de profesor de instituto (publiqué una antología de su obra en prosa y verso para bachilleres). La visión lírica y descarnada del paso del tiempo, la percepción lúcida y desolada de la existencia, su contención,  el desprecio de las pompas y de los círculos literarios y mundanos, su tendencia al barroco conceptista… son influencias que reconozco. Espriu fue más determinante que Pla en mi juventud. Incluso su retraimiento personal y su visión de España y de Cataluña me influyeron. 

·         En La finestra discreta se habla, y mucho, del valor de la nostalgia. “La nostalgia es el premio que se concede a sí mismo el derrotado. Cede el paso; y se aísla.”, leemos en el libro. Pero, al mismo tiempo, usted subraya que “existe, sin embargo, una forma creativa de nostalgia”. Este aspecto me interesa, ya que resulta fácil confundir el tono nostálgico con un esteticismo vacío o con la mitificación del pasado. Me interesa pensar que las derrotas son, o pueden ser, creativas… Al menos, literariamente. 

·         Mantengo cierta tensión dialéctica con la nostalgia. Por una parte me atrae, por otra me da miedo. Es intelectualmente fascinante (recrear lo que ya no existe), pero a la vez puede ser puro fango, puro ensimismamiento. Es factor literario de grandes creaciones, como la de Proust, pero también de grandes pasteles cursis como los que de un tiempo a esta parte abundan (mejor no citar nombres) entre gentes de mi generación que, después de haber quemado todas las naves que heredaron, ahora resulta que las añoran. 

En cuando a la derrota, es creativa cuando no genera autocomplacencia, cuando no fabrica edulcorante sentimental, cuando no pretende revertir el resultado de la batalla con un triunfo retórico.

Las notas de Valentí Puig. Mediático, sombrío y académico

**  Liturgia y telón de fondo apocalíptico en la “Académie” francesa para que Alain Finkielkraut tenga el sillón que fue de Felicien Marceau, dramaturgo cordial, colaboracionista al sesgo y primo de aquella generación que fue la de los “húsares” anti-sartrianos y tampoco muy gaullistas. Finkielkraut –“Finkie” para los cursis- crece en vehemencia en cada uno de sus libros, como una voz que clama en el desierto de los platós de televisión, debate tras debate. Prosa altanera, verbosa, intuitiva, con vocación de grandes causas sobre todo si son causas perdidas. En estas cosas es fundamental tomarse en serio. Es lo que hace que la literatura francesa parezca ser lo que es o incluso más. Incluso la política se rinde ante la academia. En uno de los últimos números del semanario “Le Point”, Finkielkraut debatía largamente con Alain Juppé, el mejor colocado de los candidatos del centro derecha y alcalde del gran Burdeos que tiene a dos pasos la huella de Montaigne, Mauriac y Montesquieu, cuyo espíritu de las leyes ha glosado en un libro. Eso le distancia de Sarkozy, incapaz de “finesse” y tal vez por eso capaz de quitarle votos a Marine Le Pen.

** Gran dilema para todo escritor francés: ¿Academia Goncourt o “Académie Française”? Los Goncourt posiblemente comen mejor pero no llevan uniforme ni tienen derecho a espadín. Si Europa ha vuelto a tener un mapa medieval, leer un puñado de discursos de ingreso en la “Académie” le quita herrumbre a la armadura y permite gentilezas de Versalles. Los elogios al predecesor pueden ser obras maestras de la reticencia y la daga envenenada.  Esa es la Francia suicida de Zemmour, la Francia que cae de Baverez, la Francia atacada por el jihadismo y la banalidad. A esos franceses, Bernanos les pedía un último esfuerzo.

** Para Finkielkraut, la identidad de Francia ha caído en desgracia. Cuanto más se inspira en Péguy menos se distingue su perfil intelectual, por inmersión de potente inteligencia jeremíaca en la pleamar de una República que –según los declinólogos- decae y se cuartea. Viene a cuento lord Acton: “Únicamente una civilización moribunda ignora su muerte”. Y en Francia lo que sobran son diagnósticos y faltan reformas. La lamentación de Finkielkraut, ya más épico-lírica que filosófica, inyecta consistencia en los cimientos de la “Académie” para que ni decaiga ni pierda el sutil poderío de la intriga.

Noticia del extranjerismo

Si la identidad es una comparación, las crisis de identidad son comparaciones de las que salimos malparados. O sea, dignidades heridas debido a un complejo de inferioridad sobrevenido. Así ha sucedido con España, tan aficionada a subsumirse en la mirada extranjera para hacerse una idea de sí misma como inclinada a buscar en el exterior los modelos de virtud a los que dice querer aproximarse. Inevitablemente, el resultado es en ambos casos y en las dos direcciones una grosera simplificación que denota la singular obsesión nacional con lo extranjero, convertido de hecho en un auténtico régimen de percepción no carente de elementos disciplinarios. Si, como planteara Edward Said, los novelistas y poetas occidentales se habían «inventado» a Oriente, sustituyendo su heterogénea realidad por un compuesto de imágenes e ideas gradualmente implantadas en nuestra psique colectiva, algo parecido han hecho los españoles con lo foráneo: de la Leyenda Negra a Dinamarca, pasando por los viajeros románticos y el estrellato de los hispanistas extranjeros. Hay un extranjerismo de factura española que es a la vez resumen de nuestras frustraciones y expresión de nuestras inseguridades.

Pensemos en cómo, durante las distintas campañas electorales del pasado año, Dinamarca se erigió en el patrón comparativo que servía para desnudar los vicios nacionales y marcar el camino a seguir para la redención de un sistema político y social corrompido desde los cimientos. Bien es cierto que el mismísimo Francis Fukuyama, en su monumental díptico sobre los orígenes y evolución del orden político, también alude a Dinamarca; pero su Dinamarca es menos una estadística matizada por Borgen que el arquetipo de la buena democracia. Simultáneamente, se ha renovado la atención que prestábamos a los corresponsales extranjeros, privilegiados agentes epistemológicos que, inflitrados en nuestro cuerpo social, carecen de las anteojeras de los nativos y pueden ver con más claridad nuestros defectos. ¡Con qué sádica delectación hemos leído los innumerables reportajes titulados The pain in Spain y las crónicas que arrancaban describiendo la visión alucinada del aeropuerto de Ciudad Real emergiendo de la planicie manchega! Sobre las anteojeras del propio corresponsal, dispuesto a identificar rastros de la Guerra Civil en la más banal de las conductas, apenas hemos reflexionado. Ni siquiera los independentistas catalanes han escapado a esta superstición, como testimonia ese «el món ens mira» que oscila entre la aseveración y el anhelo. Si me apuran, incluso el aura que rodea a Luis Garicano, ministro de Economía en el shadow cabinet de Ciudadanos, confirma por enésima vez el prestigio adicional de que goza quien ha hecho su carrera fuera de nuestro país.

Tiene su sentido. Sabemos demasiado de España y es inevitable pensar que quien se ha abierto paso en la meritocracia liberal anglosajona tiene algo valioso que enseñarnos. Dada la dificultad que experimentamos para discernir al capaz del incapaz en un contexto social donde el clientelismo y el familismo bloquean las señales de mercado correspondientes, es lógico nos deslumbren aquellos marcadores de mérito que provienen de sistemas que -sin ser perfectos- discriminan en mayor medida a los mejores de los peores. Desde este punto de vista, existiendo organizaciones sociales más disfuncionales que otras, existe una lógica en la búsqueda del criterio exterior. Pero hay que preguntarse si en ocasiones no la llevamos demasiado lejos, ya que, a fin de cuentas, no nos faltan diagnósticos válidos sobre las reformas deseables; cuestión distinta es que sepamos llevarlas a cabo.

La especial atención que prestamos a la mirada extranjera puede así también entenderse como una suerte de protectorado cognitivo cuya raíz acaso haya que buscar en la dificultad que padecemos para ponernos de acuerdo. En un contexto caracterizado por el vocerío ideológico, la autoridad extranjera ejerce una función de arbitraje a la que recurrimos para demostrar la validez de nuestro argumento: ya se trate del proverbial hispanista o el periodista afincado en Madrid. Tal como se ha dicho, esto revela un cierto complejo de inferioridad que sólo puede explicarse de manera más o menos caprichosa aludiendo al pesimismo inoculado por el fin del imperio y la pérdida de sus restos coloniales, a lo que habría que sumar el hábito del exilio durante el franquismo: es a partir de los años 60 que crece la sensación de estar perdiéndonos algo a causa de un lamentable aislamiento dictatorial y desde entonces aquello que viene de fuera no ha perdido su capacidad de atracción. Sin embargo, empleando el lenguaje de la psicología moderna, la apelación extranjerizante acaso sea únicamente una heurística más: otro atajo cognitivo para adherirnos a una conclusión sin tomarnos personalmente el trabajo de fundamentarla. Al igual que el cliente, el extranjero siempre tiene razón. Y nosotros con él, si con él nos alineamos. ¡Esas portadas de la prensa extranjera, agitadas como prueba de cargo durante los episodios destacados de nuestra historia política!

Paradójicamente, el extranjero sólo vale en tanto que observador de nuestro país y no como objeto de nuestra propia mirada curiosa. La opinión pública española tiende naturalmente a la introspección y esa tendencia se ha visto agravada en los últimos meses a cuenta de las dificultades para formar gobierno; es llamativo, al respecto, el sonoro silencio reinante en torno a la grave crisis migratoria que aqueja a la Unión Europea. Pero si ese extranjero nos mira, pasa a interesarnos: variantes del narcisismo. Esto denota una débil identidad propia, como señalábamos al principio: una identidad en busca de confirmación ajena. Porque rara vez el extranjero será un observador tan agudo como pensamos; no es tan fácil manejar las distintas claves culturales e históricas que hacen posible una justa apreciación de los factores en juego. Y esa dificultad es manifiesta cada vez que un británico alude a la Guerra Civil, suceso romantizado hasta el hartazgo en el mundo anglosajón y constitutivo -junto al bandolero y la gitana decimonónicos- del «españolismo» por ellos construido. A cada cual, en fin, su fantasía.

Nos encontramos pues con una mirada exterior -corresponsales, hispanistas, viajeros- que sirve para componer la mirada interior. Y si esa mirada extranjera hace homogéneo lo que es heterogéneo, determinada como está por su propia historia cultural de aproximaciones superficiales a ese país foráneo que para ellos es el nuestro, su asimilación difícilmente enriquecerá nuestra propia comprensión. Por seguir el conocido razonamiento de Said, haremos nuestro su «españolismo» al tiempo que desarrollamos el «extranjerismo» aquí descrito: nos convertiremos en subalternos del colono que no ha llegado a colonizarlos sino mediante el prestigio de su opinión. Y el problema es que esta servidumbre voluntaria tampoco se resuelve mediante la proclamación histérica de unas virtudes hidalgas en gran medida imaginarias: un bloque puede desplazar a otro bloque, pero ninguno disuelve al otro.

Afortunadamente, se trata de una tradición que el emergente comparatismo internacional puede contribuir a enterrar. Aunque aquello de que el nacionalismo se cura viajando haya dejado de ser cierto, si es que alguna vez lo fue, hay signos que indican que ciertas cohortes generacionales socializadas profesionalmente en el exterior traen bajo el brazo un manual de instrucciones alejado de las tradiciones ibéricas. Sin hacer un ídolo de la estadística, los matices del informe PISA y demás índices internacionales pueden contribuir a ponderar de manera imparcial las virtudes y los defectos de nuestra organización social. Es verdad que la reacción espontánea ante sus resultados, tal como la prensa suele presentarlos, es incurrir en el lamento noventayochista. ¡Somos los más tontos, los más sedentarios, los más machistas! Pero en una sociedad mundial cada vez más global hay mucho que aprender de las experiencias ajenas y éstas deben servir para matizar nuestras propias percepciones. Por ejemplo, ahí tenemos la evidencia de que es en otros países europeos donde la violencia doméstica alcanza sus cotas más altas: la verdad estadística desmiente en esto la percepción dominante. Desde luego, este comparatismo presenta sus propios problemas: uno puede acabar convertido en un moderno Don Quijote, enloquecido por la lectura de revistas internacionales de ciencias sociales. Pero, al menos, esos juicios traen causa de un análisis de datos y hechos que proporcionan un suelo más firme para el reformismo que la todavía viva costumbre de flagelarnos con la simple opinión del extranjero. Igual que no tomamos en serio el juicio volandero del turista que viene a visitarnos en chanclas y calcetines, evitemos caer rendidos ante el mito del hispanista: para mejor evaluar sus juicios y tomar de ellos sólo aquello en lo que acierten.

Por lo demás, esta dudosa manía hispana demuestra hasta qué punto estamos todavía poco globalizados. Porque ahí fuera, por encima de las distintas conversaciones nacionales, ha surgido en las últimas décadas una esfera cosmopolita donde conviven en gozosa promiscuidad discursos e ideas «glocales», a la vez locales y globales: que vienen de algún sitio pero a ningún sitio pertenecen, que son de distintas épocas pero viven en la nuestra. De Shakespeare a Tarantino, de Jiri Menzel a Francis Bacon, de Kanye West a Renzo Piano; pero también del 15M al Tea Party, pasando por el consumo colaborativo y los vídeos virales. Estar pendiente de los extranjeros, en fin, es un atraso: la categoría misma va camino de perder todo su brillo.

José Antonio Marina: «No me hubiera gustado tener de profesor a Einstein»

Creo que no vamos a llevar a la práctica la reforma necesaria, y la culpa será de los políticos, pero también de nosotros, de la sociedad”, dijo anoche el filósofo y catedrático José Antonio Marina refiriéndose a la urgente transformación de la Educación que necesita España. Marina pronunció una conferencia sobre Generar talento en UNIR, y luego intervino en un debate en el que sostuvo: “Hasta que la Educación no se convierta en la primera preocupación de los españoles en las encuestas del CIS, no habrá nada que hacer. Mejorar la Educación no intranquiliza, no creemos que influya en nuestro estilo de vida”. Por lo que respecta a los políticos fue aún más duro.

El celebrado autor de Teoría de la inteligencia creadora y de Desperdad al diplodocus expuso sus tesis para la reforma de la profesión docente, tal y como las ha recogido en el Libro Blanco que entregó el pasado diciembre al ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo. Del Libro Blanco destacó el OBJETIVO 5-5-5, porque es una propuesta articulada a los partidos políticos. Según Marina, en cinco años podríamos disponer de una escuela de alto rendimiento con un presupuesto del 5% del PIB y con cinco objetivos: 1. Reducir el fracaso escolar al 10 por ciento; 2. Subir 35 puntos en PISA;  3. Aumentar el numero de alumnos excelentes y reducir la distancia entre mejores y peores en el mismo centro; 4. Atender debidamente a los alumnos con necesidades educativas especiales; y 5. Incluir en los currículos las “habilidades para el siglo XXI”.

Pero Marina fue más allá en la manera de manifestar gráficamente lo que piensa.

En primer lugar, subrayó que el talento son dotes naturales (más o menos inteligencia) y saber jugar (hábito), como en el póker. “Un chico con un coeficiente intelectual altísimo pero que acabe en la cárcel por meterse en tráfico de drogas está claro que no tiene talento, el talento viene después de la educación”. Pero el talento depende también del entorno social: “La convivencia con grandes artistas produce grandes artistas (efecto Médicis) y la convivencia con la necedad produce necedad”. Además, el tú es completamente necesario, la conversación. “De una conversación inteligente salen resultados ricos e inesperados”. Lo necesario al final era “la inteligencia ejecutiva”, la que sabe conducirnos certeramente por la vida.

Más: la Universidad actual debería hallar su identidad, “suponiendo que exista el concepto de Universidad y que no haya abdicado de su misión pedagógica.” Añadió: “No todos tienen que ser investigadores; a mí no me hubiera gustado tener de profesor a Einstein” porque “un gran investigador no tiene necesariamente que ser un buen profesor”.

Marina defendió que el control de la atención “está en el centro de la inteligencia”, que un burro conectado a internet “sigue siendo un burro”; que lo correcto no es hablar de “sociedad del conocimiento”, sino del “aprendizaje”, y que aprendizaje es “memoria en el sentido no solo de repetir, aunque también; incluye crear hábitos de eficacia, de asimilar conceptos.”

Como hablar de “esfuerzo” y hablar de “virtud” se asocia (indebidamente) a la derecha, él utilizaba los términos equivalentes de “perseverancia” y “hábito”.

Finalmente, se mostró muy partidario del método de enseñanza por proyectos en escuelas bien dirigidas, con directores bien motivados, y de abreviar los currículos.