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El catedrático emérito de Filosofía Pedro Cerezo Galán ha reunido en este libro doce textos de hermenéutica filosófica —cuatro de ellos ya publicados anteriormente en revistas o libros colectivos; el resto, inéditos— en los que analiza la obra de Baltasar Gracián, que para él constituye «el monumento más complejo y valioso del pensamiento barroco español».
Ya en 2012 el profesor Cerezo recogió en Claves y figuras del pensamiento hispánico sus estudios sobre autores relevantes del Siglo de Oro y el Barroco, con los que culminaba una trayectoria investigadora dedicada sobre todo a la filosofía española del siglo XX, con trabajos monográficos sobre Unamuno, Ortega, Machado y Zubiri, entre otros. De este modo, Cerezo se ha ido convirtiendo en uno de los principales referentes en el ámbito del hispanismo filosófico.
Frente a las insistentes calificaciones peyorativas que se han vertido sobre la obra de Gracián, que confunden su retórica con un juego de argucias y estratagemas («Laberintos, retruécanos, emblemas, / helada y laboriosa nadería», como resume maliciosamente Borges en uno de sus poemas) y que reducen su ética a mera prudencia mundana y cálculo de utilidades, Pedro Cerezo reivindica los méritos del estilo conciso y pregnante del jesuita aragonés, el valor inventivo de su teoría del ingenio en la producción de conceptos y el denso trasfondo humanístico de su pensamiento, que anticipa en cierto modo la autonomía moral moderna.
La tesis fundamental que subyace a los planteamientos de este libro, como anticipa el autor en el prólogo, se halla en la «inspiración teológica de la obra de Gracián, bien patente en la idea clave de infinito, que está implicada en su ontología de la potencia, su política de la maiestas, su retórica del ingenio creativo y su ética del héroe», si bien se apresura a aclarar que no se trata de una fundamentación metafísica de su pensamiento, puesto que el discurso graciano se mantiene siempre dentro de los límites de una «filosofía autónoma de la praxis». Desde este punto de vista, el ansia de infinito y el afán de verdad parecen erigirse como los dos motores fundamentales del pensamiento del belmontino.
Tras ocuparse en la «Obertura» de la injusta y cicatera opinión que Gracián mantuvo respecto a Cervantes, exponiendo su dispar concepción sobre la figura del héroe, los distintos capítulos que componen este libro se van centrando en el análisis de algunos de los principales conceptos que articulan el pensamiento graciano: el poder y sus artificios, el ingenio y el juicio, el infinito, el gran teatro de la corte, la ostentación y la disimulación, la razón de Estado y la política de la maiestas, la controversia entre la libertad y la gracia, la empresa de ser persona, la prudencia y la autorreflexión, el mixto y los dobles, la máscara y el simulacro, el mundo al revés, la sabiduría de la conversación, la virtud de la entereza, etc.
La fórmula de «El héroe de luto», que sirve de título tanto al conjunto del libro como a uno de sus capítulos, se enmarca en la caracterización del héroe graciano, atravesado por la gravedad y la melancolía, frente al intrahombre cristiano de Pascal, lleno de gracia natural, y al superhombre nietzscheano, henchido de entusiasmo dionisíaco. Según esto, el pesimismo ascético, desengañado y combativo del Barroco es el que domina en el ideal heroico de Gracián, heredero de la espiritualidad ignaciana, la institucionalidad jesuítica y el ascetismo contrarreformista; de hecho, como explica Pedro Cerezo, en la simbología graciana el negro es el color de la muerte y representa la sabiduría melancólica que se alcanza mediante el desengaño, así como el esfuerzo de los héroes por lograr la inmortalidad de la fama.
Para la adecuada comprensión del pensamiento de Gracián, como bien se apunta desde el comienzo de este libro, es fundamental tener en cuenta que aquel se desarrolla en una época de fuerte crisis cultural, fluctuante entre la metafísica teológica y la nueva ciencia, entre la fe religiosa y el secularismo, entre la ética cristiana de corte neoestoico y la prudencia mundana secular, entre la política heroica de la maiestas y la práctica del maquiavelismo. Por tanto, sus formulaciones se ven acompañadas, cuando menos como telón de fondo, por la controversia entre jesuitismo y jansenismo, por el conflicto entre los intereses político-religiosos del Papado y los del regalismo secular y por la tensión entre el humanismo pagano y la Contrarreforma.
En este sentido, no se deja de subrayar en todo momento el estatuto peculiar de Gracián como «pensador de la Contrarreforma», pues es en ese marco cultural en el que es preciso circunscribirlo para entender de forma adecuada, como hace Pedro Cerezo, el conjunto de su obra. •
No hay duda de que la muerte es uno de los temas recurrentes en la literatura: no solo en la lírica y en el drama, sino también en la narrativa, en la que puede llegar a vertebrar la trama. La muerte, desde siempre, nos ha conducido al Más Allá, sea este el vago ultramundo de la mitología grecolatina y de los héroes clásicos, sea el infierno, el purgatorio y el cielo por los que precisamente un escritor latino, Virgilio, conduce a Dante. Y, sin embargo, esta mirada que trasciende cede su paso a una nueva en el siglo XIX: la del mero observador, la de quien se queda tan solo con los hechos que puede percibir: la enfermedad, la agonía, el cadáver, el cortejo, la tumba. Más allá de esta última, la mirada no alcanza a ver.

Este nuevo fenómeno es objeto de análisis minucioso por parte de María Aboal en La muerte en Galdós. En sus páginas, la autora se centra en la representación de este tema en las novelas del fundador del realismo español decimonónico, consciente de estar, a la vez, retratando las formas en las que el hombre de aquel tiempo se enfrenta a la muerte.
La línea de investigación predilecta de Aboal es la literatura decimonónica, lo que explica su interés por la novela galdosiana; pero también ha incursionado en el campo del periodismo digital y, últimamente, en el de las ediciones académicas digitales de obras de teatro galdosianas y de Pedro Muñoz Seca.
La estructura de La muerte en Galdós contribuye a que el análisis sea minucioso. Tras un prólogo de Enrique Rubio Cremades y la introducción, cinco grandes capítulos abordan la mirada galdosiana hacia la muerte, ordenados de acuerdo con una doble secuencia temporal: la de la evolución del escritor canario desde el Romanticismo hasta el Realismo, y la de la misma peripecia del personaje de sus obras, desde la enfermedad hasta el cementerio.
Si en el primer capítulo se contempla el abandono progresivo de las huellas románticas en la visión de la muerte, el segundo se centra en la mirada clínica posterior hacia la enfermedad y el cuerpo, y en cómo esta pasa a caracterizar la focalización (en términos de Genette) en las novelas galdosianas. En estos dos capítulos considerados como unidad es en los que se hace patente esa primera secuencia temporal que estructura la obra de Aboal. A la vez, introducen los siguientes, pues la mirada clínica de la que hablamos permite entender la representación onírica de la muerte en novelas como Gloria, Fortunata y Jacinta, Miau o Ángel Guerra, tema de estudio del tercer capítulo; la representación de la muerte (religiosa, de ateos y agnósticos, de los ángeles, repentina, figurada y del suicidio), tema del capítulo cuarto; y, por último, el olvido que sigue al cortejo, al cementerio y a las tumbas, tema con el que, en una especie de clímax, culmina el capítulo quinto.
De esta manera, tal y como recuerda la autora al estudiar la evolución de la imagen de la muerte y de su representación en las novelas galdosianas, asistimos a una de las grandes transformaciones socioculturales del siglo XIX: desde la complaciente, afectada y trágica del Romanticismo hasta la «huidiza» de la actualidad, pasando por esa mirada clínica y descriptiva del Realismo y del Naturalismo que, animada por los avances científicos y quizá por la fotografía, la desmitifica.
Quedaría a mitad de camino un estudio sobre las obras de don Benito que se contentara con su vertiente meramente realista o naturalista. Esta es la razón de que la autora dé un paso más, al dar cuenta de la dimensión psicológica y espiritual. En ocasiones, la muerte expresa la imposibilidad de alcanzar los sueños e ilusiones de esos personajes románticos que aquí y allá pueblan las novelas galdosianas, como Fortunata, Marianela, Isidora. La exaltación afectiva da paso a la soledad del personaje, rodeado de oponentes o de personajes ajenos a la solidaridad y empatía que exige el momento. Entre estas figuras destacan el médico y el confesor: la ciencia y la fe. A la postre, la muerte acaba por descubrirse como el vacío irremediable en la trayectoria vital, en el cual no cabe sino el olvido. De esta manera, María Aboal responde a una pregunta que va más allá del mero análisis literario, al permitirnos entender una de las claves del siglo XX, del que somos herederos directos.
Digna de admiración es la mirada, no ya de Galdós, sino de la autora de este estudio sobre su obra: una mirada que, al descubrir la presencia igualadora de la muerte y su carácter irremediable, abarca más allá del momento histórico para encontrar similitudes estéticas con las danzas de la muerte del siglo XV y con distintas manifestaciones artísticas y literarias de nuestro Barroco. La mención de Quevedo no podía faltar.
Tras las páginas de La muerte en Galdós se adivina una lectura atenta y crítica, confrontada con la de los autores mencionados en la amplia y selecta bibliografía. Al final se incluye un repertorio de enfermedades y un índice onomástico de personajes, auxilio que el lector agradece. •

Suele suceder entre los admiradores de una obra artística o literaria que a la alegría por haberse encontrado juntos en su devoción, siga una convivencia, según los casos, difícil, que para mí al menos se va haciendo más difícil a medida que el fervor asociativo inicial va mudando en imitación del autor, con una ortodoxia vigilada en régimen casi de policía. Pasa entonces que la admiración ha cuajado en un culto; por eso es posible echar mano de lo común con otros ámbitos devocionales y decir, por ejemplo, que quienes comparten la feligresía estética pertenecen a una cofradía.
Todos hemos conocido, y pertenecido, a alguna. Quizá lo hagamos aún, a mayor o menor distancia. Es curioso, no obstante, que de igual manera gradual habrá desde el comienzo miembros más o menos librepensadores, junto a otros, ciegos devotos (cada cual tiene su naturaleza y siente a su manera lo que Bloom llamó «the anxiety of influence»). Pero lo que resulta ya menos costumbrista —y de más calado— es justamente la razón y la sinrazón de lo que Ferlosio llamaba en su conocida y maravillosa solapa «el afán emulatorio». En cada una de nuestras admiraciones es como si entreviéramos el atisbo de una plenitud, una realización personal de lo que, al modo kantiano, llamaríamos la posesión de un juicio estético. Pero es precisamente su ajuste con la persona del poseedor lo que lo convierte en irrepetible, en inimitable. Sin embargo, quien mueve a la admiración por la obra, también mueve a la imitación del gesto. Porque el seguimiento es la manera positiva de nombrar el mismo fenómeno que en su versión negativa se llamaría replicación, copia. A lo largo de muchos años, he coincidido con Juan Manuel Bonet en unas cuantas cofradías. Que recuerde ahora, están, entre las de mayores, la de Ramón Gaya, la de Juan Manuel Díaz-Caneja, la de José María Eguren, no sé, la de Cirlot…, puede que alguna otra. Lo importante del caso, sin embargo, es que aun formando parte de muchas (y, en muchos casos, de lo que vendría a ser su junta directiva), él no se arrodilla en la capilla de ninguna; tiene la suya propia. Juan Manuel Bonet es uno de los rarísimos individuos contemporáneos nuestros a los que creemos capaces de promover —con su obra— esa rara devoción, esa atracción suficiente como para suscitar la imitación —de su mundo—. JMB es, sin ir más lejos, el único crítico de arte que ha hecho del gusto personal lo más parecido a aquel juicio estético, alguien, pues, que en el terreno artístico ha suscitado verdades compartidas a partir de lo que, en principio, eran solo pasiones privadas. Pero justamente es esto lo que lo pone en riesgo patético de imitación. Merece la pena que nos detengamos a pensar qué ha ocurrido entonces, sospechando ya que bajo estas comidillas se encuentra algo más grave, algo que consiste en la incapacidad que la adhesión inatacable tiene, paradójicamente, para comprender rectamente su poesía.
Como se recuerda a menudo, T.S. Eliot decía en «Función de la poesía y función de la crítica» que la experiencia de escribir y la de leer un poema son radicalmente distintas; el lector, al contrario que el poeta, no experimenta el material poético —o sea, la vida— sino la poesía —es decir, su vuelco imaginario, simbólico—; sin embargo, lo que al seguimiento mimético le impide esa comprensión es creer que el camino hacia otra realización igual de admirable, comienza por adoptar como propio el mismo material. Yo sufro mal, por ejemplo, a quien a vuelta de una esquina, tras el intercambio de las convenidas contraseñas y sacar a plaza el nombre de nuestro poeta, comienza a hablarme de Satie, de Cracovia, del cubismo polaco, de Tintín o del fotógrafo Sudek… Y nada tendría la cosa del otro jueves si esas menciones nos llegaran por separado y de individuos distintos; pero no es así: quien nos levanta la desagradable sensación del remedo nos las ofrece juntas, en paquete, como si —en efecto y para decirlo après Eliot— el material experimentado por el poeta y transmutado en música de la vida pudiera ser trasplantado en otra personalidad y dar como resultado una tan irrepetible poesía. Así que la alusión comanditaria a los nombres de los autores (Satie, Pound, Elkscamp, Morandi, Sima, Paul Jean Toulet…) y de las innúmeras ciudades, y de instantes como cenizas que reviven en forma de pintura, de estampa, de pájaro carpintero, de radio en un día de entreguerras, de piano al otro lado de la pared…, todo eso —junto— hacemos bien en consentírselo únicamente a su poeta y en no permitírselo a ninguno de sus adeptos. Precisamente porque se trata de «instantes», es decir, de ocasiones de una experiencia íntima de vida, antes que de un archivo o repertorio de obras (y otra cosa es que, en el caso de JMB, exista desde luego un equívoco de base que induce, en efecto, al extravío, porque nos encontramos desde luego ante una intimidad fundamentalmente constituida como museo de cultura). Pero la reproducción de su colección, quiero decir, será señal de no haber comprendido nada. Comprender a JMB, comprender su poesía sin par, no nos exige —sino, según me parece a mí, todo lo contrario— compartir con él la afición por las fotos de Bernard Plossu, por el falso marqués de Vilanova o por el poeta Alphonsus de Guimarâens (¿quién conoce a Alphonsus de Guimarâens?)… De no ser así, ¿cómo alguien —como es mi caso— que no se siente especialmente cerca de Paul Morand, de Tintín ni de Cracovia, puede sin embargo recibir su emoción particularísima?
Fue él mismo en La ronda de los días quien habló de una poesía sin forma (para la que, sin embargo, no encontraba la forma de expresión); pero la más profunda razón de ese anhelo se encuentra, según he creído observar, en la búsqueda de una correspondencia artística con la condición sin centro de su vida personal. No es un mundo —es decir, un material— lo que propiamente JMB nos ofrece, sino más bien una poesía gran parte de cuya virtud estriba precisamente en aparentar que no tiene forma (solo las formas pueden ser imitadas), una poesía hecha de la dispersión, la eventualidad, la fugacidad, la arbitrariedad sin centro, la fuga sin fin de una vida privada. Lo que convierte en privativa, diríamos, la poesía de JMB procede de su privacidad. Este poeta nacido en París, hijo de madre francesa y padre gallego, criado en Sevilla, residente (por lo general) en Madrid, desposado con polaca de Varsovia, en permanente deambulancia profesional, encuentra su admirable voz en el temblor de las ocasiones en que su propia falta de asiento, de fijeza, es contrastada fugazmente con la imaginaria estabilidad de las vidas de otros, para él vedada, y acogida eventualmente ante unas estampas japonesas, bajo las estrellas de un cielo que se diría de 1940, junto al farol de una calle negra, sobre unas hojas que el viento se lleva, o, ¿quién lo esperaba?, al dejar atrás, en un amanecer, las chimeneas fabriles de los polígonos de Mataró. (A mí me ha parecido verlo adentro de su sueño en ciertos instantes compartidos en un jardín de Kioto, ante las hélices de unos viejos aviones varados en la nieve de Alaska, pero también en Cieza, en Estella o en Tomelloso.) En todo caso, así es como JMB convierte en intocable lo que toca. Hablamos, en definitiva, de una poesía trasunto de un destino. De pocos como de él se puede decir lo que Pedro Salinas decía de Antonio Machado: que «hace lo que dice».
Y esa privacidad que es condición de su excepcional poesía todavía admite una consideración, que finalmente concierne a la historia literaria española (y en realidad al sentir de la historia en general). Solo hay que fijarse en el aspecto de esta poesía completa que ahora publica Andrés Trapiello en La Veleta para darse cuenta de la exacta compañía que el libro hace a su contenido; sin duda estamos ante una aventura compartida. (Recuerdo que la evocadora Via Labirinto procede de un verso de Plaza del árbol, unos poemas publicados junto a los grabados de Manolo Rey Fueyo, que también tuve la fortuna de presentar.) Pero el encantador modo de jugar ahora a hacer una portada como casera, sobre otra compuesta a partir de un semitosco dibujo provinciano de Ottone Rosai, rematada se diría con la aparente torpeza de una ilusión de ingenuidad, dice ya algo, mucho, de la poesía que contiene, y como ella es a propósito pobre, desavisada, pequeña. El primer libro de JMB —La patria oscura (luego vendría Café des exilés y siempre la falta de fijeza, de anclaje)— fue publicado en 1983 por la editorial Trieste, el antecedente de La Veleta. Pues bien, cuando el editor y el poeta comenzaban sus respectivas aventuras rescatando para la mesa de la actualidad nombres que parecían no solo olvidados (como referencias históricas) sino prácticamente expulsados de esa misma historia —que podían ser Miguel Vilallonga, Rafael Sánchez Mazas, o ser Ramón Gaya o Luis Pimentel— no estaban solo incluyendo lo excluido, sino justamente dando voz así a la subjetividad particular en un mundo cultural todavía dominado por la razón histórica que se quería objetiva, con su racionalidad sobre todo política, pública, social. Esto significaba, en España, un giro del tiempo tal como el que por todas partes parecía haber cancelado aquella narración progresiva (tan determinante hasta entonces en la historiografía artística y literaria moderna) y una apertura a múltiples direcciones, tantas como las de quienes habían resultado desechados por no obedecer antes al determinismo de la objetividad. De pronto y por entonces, otra experiencia de la temporalidad comenzó a poner en tela de juicio aquella dirección única según la cual las innovaciones se habían venido sucediendo unas a otras en un proceso de amortización y constante olvido. Más de treinta años después, lo verdaderamente extraño es que los museos y demás centros de la llamada «cultura contemporánea» (que tan bien conoce JMB) persistan en la suposición de que aquella dirección única de la historia cultural y su sola narración social y política han de seguir legislando acerca de lo que deben guardar los archivos, leer los lectores y conservar los museos, sordos, desde luego, para con las pequeñas músicas del tiempo, las frágiles, las efímeras músicas de las vidas.
El 29 de febrero de 1990 la Universidad Complutense de Madrid nombró doctor honoris causa a Umberto Eco. Con ese motivo, publiqué un comentario en el diario ABC que más de quince años después conserva, a mi parecer, todo su sentido. Las investiduras de doctores honoris causa que una universidad otorga a profesores de otras universidades son hechos cotidianos. Sin duda, Umberto Eco tiene más méritos académicos que muchos otros que también han recibido tal galardón. La cosa no tiene nada de extraña. Más llamativo resulta que sean 38 universidades en total las que le otorgaron tal reconocimiento: entre ellas varias españolas y prestigiosas extranjeras. Probablemente esto tiene que ver con la notoriedad del galardonado, pues, como es bien sabido, la persona o institución que galardona a alguien notorio participa (o puede participar) también en algo de su notoriedad. Y así han ido desfilando, entre otras, las universidades de Tel Aviv (1994), Atenas (1995), Varsovia (1996), Castilla-La Mancha (1997), la Universidad Libre de Berlín (1998), Sevilla (2010), Burgos (2013) y Buenos Aires (2014).
No obstante, en la Historia de la Ciencia del Lenguaje del siglo XX, donde se inscriben libros suyos como Obra abierta (1962), La estructura ausente (1968) y Tratado de semiótica general (1975) o Kant y el ornitorrinco (1997), no figurará entre los descubridores de nuevos caminos como De Saussure, Peirce, Hjelmslev, Jakobson, Greimas, Lotman o Chomsky. Fue, sin embargo, un profesor de semiótica que supo comunicar como nadie. Pocos como él tienen el don de la oportunidad para acertar con el ejemplo o contar el chiste que volverá inteligible hasta la más abstrusa teoría.
Pero, sin duda, su significación universal, que desborda la de cualquier científico para entrar en la mitología de nuestro tiempo donde están los Beatles o los Rollings, se debe a su novela El nombre de la rosa (1980).
Le Point calculó a esta obra cuarenta millones de lectores. Diez millones de ejemplares vendidos, sean los que sean los que llegan a leerla completa, es un dato que no se puede subestimar. Y es que El nombre de la rosa es alegoría de la propia trayectoria vital de Eco, que resulta paradigmática para una cierta élite de la intelectualidad europea de la segunda mitad del siglo XX. Católico progresista a los veinte, marxista a los treinta, desencantado a los cuarenta, como el protagonista de su novela, el franciscano Guillermo de Baskerville, pensará, sin duda, que no hay pasión más insana que «la insana pasión por la verdad».
Luego, en El péndulo de Foucault (1988) se dará un paso más. No solo hay que abandonar la pasión por la verdad, sino que es preciso intentar deshacerse hasta de su nostalgia: de nuevo, el protagonista es quien sentencia: «He comprendido. La certeza de que no había nada que comprender, esa debía ser mi paz y mi triunfo».
Esta su segunda novela hubiera debido ser tal vez la última. Difundida masivamente en todo el mundo al calor del éxito de la anterior, cayó más o menos rápidamente de la lista de libros más vendidos. Es verdad que aquí había acertado menos con el mantenimiento de la intriga a lo Conan Doyle, es cierto que el mundo de la cábala le había salido más de cartón piedra que la Iglesia de la Edad Media para cuya recreación Eco contaba con sus muchos estudios previos que se remontan a su tesis doctoral sobre santo Tomás de Aquino, pero —me parece— ocurre, sobre todo, que el mundo ha cambiado tan vertiginosamente que ya no será tan automática la conexión (incluso inconsciente) con el clima que la narración representa. Hoy, tras el derrumbamiento del muro, a los que «pasan» de la verdad, no les queda ni la nostalgia. Otros se reafirman o vuelven a la convicción de que la búsqueda de la verdad es causa de la tolerancia más profunda y de la auténtica libertad. Las sucesivas novelas La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y Número cero (2015) son obras que han mantenido la llama pero no han añadido nada más.
Conseguida la notoriedad, solamente quedaba la explotación del éxito, lo que, para una inteligencia despierta como la de Eco, no entrañaba la mínima dificultad: estar ahí, mirar alrededor y dar su opinión son cosas que ha hecho admirablemente de modo constante.
En el campo del ensayo se ha enfrentado, por ejemplo, con la cuestión que ha planteado al libro y a la literatura las nuevas tecnologías. En la novela de Victor Hugo, Nuestra Señora de París, Claude Frollo, archidiácono de la catedral, se espantaba en 1482 ante la novedad de la imprenta («la imprenta matará la arquitectura»), dato que recupera Eco para asentar una posición llena de buen sentido ante el desafío actual: el libro no se puede perder, la literatura que presupone el libro no se debe olvidar, pero las nuevas realidades comunicativas del mundo de Internet son imposibles de ignorar. Esto no matará aquello.
La última novela, presentada en la Feria del Libro de Fráncfort de 2014 con el título de That is the presse, baby, cuenta la historia del comendador Vimercate que, para chantajear a los poderosos y golpear a sus enemigos, crea un periódico ficticio que publica únicamente números cero, o sea, números que no salen al público. Cada número cero de Mañana (nombre del periódico) será solo una fábrica de chantajes.
Eco recibió muchísimos premios y distinciones. En el año 2000 fue Premio Príncipe de Asturias de Comunicación. Con todo, tantísimos reconocimientos, tantísimos doctorados honoris causa no han homenajeado, me parece, a un maestro de las generaciones futuras, pero tampoco se han limitado a poner el birrete a un profesor ilustre, han investido a un testigo de nuestra época. Quizás sea lo que faltaba por decir.
Una chica llamada Gabriela está a punto de lanzarse a una piscina. Está de espaldas al agua, saboreando el momento, y está además concentrada en su propio cuerpo, en el equilibrio, la postura y el inminente movimiento. Finalmente se decide a ejecutar la voltereta, se impulsa, salta y, pocos segundos después, al emerger, un hombre se ha ahogado a sólo unos metros de ella. Al contárnoslo (pp. 95-96), una mujer de treinta y pocos años llamada Gabriela se ha sumergido definitivamente en el turbio y a veces incluso peligroso territorio de la literatura, arrastrándonos con ella al otro lado del espejo en una primera novela fascinante, confidencial pero pudorosa, reveladora pero enigmática, y sobre todo llena de preguntas, de sugerencias, de cabos cuidadosamente sueltos. El título mismo es mucho más misterioso de lo que parece, y la explicación que se da de él en las primeras líneas de la primera parte (p. 15) no resulta suficiente en absoluto.
Para intentar contribuir modestamente a un debate que ya lleva siglos, yo propondría definir “novela” como todo aquello cuyo autor presente como tal. Si Gabriela Ybarra ha llamado “novela” a El comensal será por algo, y además lo hace nítidamente y sin matices en lugares tan privilegiados como las dos primeras palabras de la “Nota previa” (p. 11) y en la última de la nota de “Agradecimientos” (p. 171), de modo que cabe pensar que probablemente sea no sólo deliberado sino estratégico que ese sustantivo funcione como apertura y cierre del libro, enmarcándolo, como si ejerciera más bien de declaración de intenciones y, finalmente, de recordatorio. Por otro lado, y aunque sin duda sea casual, no deja de ser curioso que en este libro haga un fugaz cameo Rafael Sánchez Mazas (p. 140), falso protagonista de Soldados de Salamina, novela de Javier Cercas que, si bien no supuso ni mucho menos el pistoletazo de salida de esta “nueva autoficción” que nos rodea, sí es completamente crucial para entenderla y sigue siendo muy útil para explicarla.
Que El comensal venga etiquetado bajo ese género narrativo tan flexible e inclusivo autoriza a Ybarra, por ejemplo, a avisar en los créditos (p. 170) de que ha modificado “levemente” pero a su conveniencia las citas que ha exhumado de las hemerotecas, recurso literario que pone tan nerviosos a historiadores y periodistas (y es comprensible, pues ellos no pueden permitirse esas licencias, que en su caso serían trampas o manipulaciones e invalidarían su trabajo), pero mucho más que sus implicaciones metaliterarias o el alcance de su juego con los borrosos límites entre realidad y ficción, importa lo que la autora ha querido contarnos a partir de ciertos hechos que sucedieron aquí fuera, en el mundo, de los cuales Ybarra da una versión acaso interesada pero no arbitraria. Y no sólo no pretende en absoluto ser veraz, exacta y objetiva en los datos sino que es perfectamente consciente de que en ningún caso podría serlo.
Lo que se narra en la primera parte es el secuestro y asesinato de su abuelo paterno, Javier Ybarra, a manos de ETA, en la primavera de 1977, mientras que en el segundo bloque, más extenso y mucho menos homogéneo, se relatan los seis meses –entre abril y octubre de 2011– que duró la última enfermedad de su madre, todo el rápido y finalmente trágico proceso que fue de la detección de un tumor cancerígeno hasta la muerte. Si la primera sección está narrada con una distancia sorprendente, casi como un reportaje periodístico, con un tono más bien frío, en la segunda la autora se implica de un modo tan intenso como, según nos cuenta, lo hizo durante la convalecencia de su madre, pero no sólo para hablar del cáncer sino para revelar ella misma grandes porciones de su intimidad, y aun de su privacidad (lo cual implica también alguna significativa confidencia sexual, narrada por fin de un modo verdaderamente feminista, esto es, no con ese desparpajo en el fondo forzado y coqueto que hemos leído en otras autoras contemporáneas, sino con una naturalidad y una limpieza reconfortantes que son fruto de muchos años de normalización, la conquista de una lucha difusa pero profunda). En la primera parte, pues, se aborda una muerte que nos implica a todos por “social”, por “política”, por violentamente relacionada con la historia reciente de España, mientras que en la segunda se narra una enfermedad y una muerte privadas. Pero esto, aunque se añada el dato de que Ybarra (nacida en Bilbao en 1983) no llegó a conocer a su abuelo, no acaba de resolver el pequeño enigma de los tan distintos registros con los que se acomete la escritura de cada relato. El caso es que ella tenía dos buenas historias “reales” entre manos, y al entrelazarlas y, sobre todo, al pasarlas por el caleidoscopio de la literatura, consigue hacerlas “ejemplares”, en el sentido clásico.
El libro contiene además varios (acaso demasiados) epílogos, líneas y tramas digresivas que se van adelantando y a veces confundiendo, pero que van anunciando un desenlace que se intuye revelador y que resultará más bien abierto, envuelto una vez más en los interrogantes. Ese final, que se demora, va precedido de reflexiones en torno a Robert Walser (al hilo de su portentoso El paseo), la inclusión de entradas de un diario íntimo, la anotación de sueños o recuerdos remotos, la voluntad de incidir en el retrato del personaje del padre (un tanto desdibujado antes y potencialmente interesantísimo), nuevos descubrimientos en torno al asesinato del abuelo y la crónica de un viaje al bosque donde apareció su cadáver, o la constatación, un tanto sorprendente, del carácter político de la escritura de la autora (“Mi intimidad aún es política. La muerte de mi madre también”: p. 140), detalle en el que tal vez se percibe la influencia directa de Elvira Navarro, responsable editorial de Caballo de Troya durante la temporada en que fue editada esta novela.
Si El comensal es una novela que, a pesar de su brevedad, contiene descuidos, desajustes o desperfectos, no importan de ningún modo porque es un libro estupendo, verdaderamente singular, que está dentro de la melodía de muchísimos libros españoles de los últimos años pero que no se parece a ninguno de ellos y los supera a casi todos. Y ante tanta verdad como cobija, no importa tampoco nada la literatura ni sus artificios ni los “sacerdotes” que la velan ni los “policías” que la vigilan ni los “científicos” que tratamos de medirla, reduciéndola. Natalia Ginzburg demostró para siempre en sus narraciones hasta qué punto la levedad puede ser el camino a la trascendencia (lo cual, por supuesto, no implica que la levedad sea siempre trascendente, como parecen creer o al menos anhelar tantos de sus superficiales y meramente anecdóticos imitadores de hoy), y Gabriela Ybarra sí ha acertado a comprender esa lección, como si además estuviese teniendo siempre en cuenta, también en lo que a su estilo se refiere, ese precioso consejo de su madre, “Sed sencillos”, que funciona casi a modo de estribillo en este luminoso debut.
José Jiménez Lozano (Langa, 1930) es uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo. Distinguido con el Premio Cervantes en el año 2002, la obra de Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección en la que se concretan las pequeñas verdades de los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. A raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias), conversamos con José Jiménez Lozano sobre su obra y los grandes temas que alumbran su literatura.
En su último diario, Impresiones provinciales, usted escribe “La gente de mi edad ha asistido como en primera fila a toda este deflecamiento o reniego cultural de Europa, y a la politización de la burbuja posmoderna, y a todas sus prohibiciones culturales y existenciales y hasta de lenguaje dentro de ella. Y a las liquidaciones de los herejes sambenitados de distintas maneras”. Me gustaría preguntarle por este reniego cultural. ¿Qué le ha sucedido a Europa para caer en este proceso de auto-odio? ¿Se trata de una consecuencia del triunfo de las filosofías de la sospecha y de la corrección política o hay algo más?
Seguramente de trata en gran el triunfo de esas filosofías en las clases dirigentes europeas que luego se ha extendido y democratizado como la última conquista de la recién descubierta verdad de la que a la vez se dice que no existe. Y esta verdad-no verdad destruye toda la herencia intelectual, estética y moral europea, que comienza a renegarse y a odiarse. Y un reniego y odio y autodesprecio tales de la vieja Europa se han convertido hasta en cédula acreditativa de pertenecer a la “intelligentsia”, y desde luego de ser modernos, y esto es todo un halago para muchos.
Y luego también está ahí esa especie de cansancio del vivir que se da en sociedades con experiencia del vivir fácil, desahogado y tedioso que busca aventura, como lo dicen las palabras de aquel pequeño rey godo, Teodorico, refiriéndose a los romanos decadentes: “Los romanos idiotas quieren ser bárbaros, pero los barbaros inteligentes quieren ser romanos”. Dulces suicidios, doradas eutanasias, eróticos delirios de un banquete de Trimalción, o de cualquier otro poderoso, al final de los cuales se sacaba un esqueletito humano para poner una cierta pimienta en el aburrimiento digestivo.
– El eclipse de Europa va de la mano de la crisis del cristianismo como elemento vertebrador de la cultura y de la sociedad. Usted vivió en primera persona y con cierto optimismo el aggiornamento del Vaticano II. ¿Qué lectura hace de la evolución del catolicismo en este último medio siglo y su obsesión, a favor o en contra, con el zeitgeist de la época?
El cristianismo, aparte de una fe, es un cultura que hizo Europa: el mundo de los evangelios, más los judíos, más los griegos, más los romanos, más todo lo que ha producido este “totum” y su devenir. Sólo hace falta recordar el modo de ser protestante o papista. Vidas y expresiones artísticas y hasta de cocina tan distintas. Y el hombre racionalista, cristiano o no, pero igualmente europeo. No se puede arrojar todo esto por la ventana sin que se cometa una necedad o una locura, y sin terribles consecuencias de todo tipo.
Es en el siglo XVIII cuando las minorías sociales rectoras se desprenden con alegría del cristianismo, porque han pensado que el cristianismo, y todas las religiones, son unos fantasmas culpables de toda violencia e irracionalidad. Ellos encendieron una palmatoria, como dice Jacques Lacan, y los fantasmas se disiparon, y así este racionalismo, iluminista pero no cognitivo, acabó por triunfar ampliamente.
Mas adelante, vino la cuestión de la ciencia y de la historia como catapultas contra el cristianismo, o la exégesis bíblica Y, como dice el Profesor Pierre Chaunu, hasta la Biblia ha quedado muda, y puede hablarse de que de la inerrancia bíblica se ha pasado a una inerrancia de la Ciencia, que es “una inerrancia de geometría variable de verdades sucesivas”. Y el caso es que los señores cristianos parece que han quedado muy satisfechos y contentos.
Pongamos luego, como alegórico el recuerdo del Viernes Santo de 1913, en que un tío abuelo por cierto de Jean Paul Sartre, abandonó Europa para irse a África. Se llamaba Álbert Schweitzer y era médico, teólogo, pastor y gran intérprete de Bach, que dijo de sí mismo que “familiarizado con el miedo, el odio y la falta de fe disfrazada de religiosidad que impregnan el continente” europeo, decidía irse a vivir en África “un cristianismo sin palabras”.
Luego todo transcurrió, en la relación entre Iglesia y mundo, en mejor o peor vecindad, o un dejar de lado las cosas, durante bastante tiempo; incluso si, desde luego, estuvo ahí el problema del modernismo cerrado en falso, y por fin llegaron, con el Vaticano II, los aires de un gran optimismo. Pero entonces comenzó una especie de apresurado “ralliement” o aproximación al espíritu de los tiempos, y toda una serie de interminables repliegues: “como un ejército en retirada”, según me dijo varias veces en los años ochenta un prelado español muy amigo, hoy ya difunto.
Durante el Concilio mismo, recuerdo las ironías de una escritora italiana, que aseguraba que no veía la razón de las Curias de Juan XXIII y Pablo VI en buscar algún tipo de entendimiento con una modernidad ya herida de muerte y con un marxismo real al que le quedaban poco más de veinte años. Y ahora podemos comprobar la exactitud de aquel diagnóstico, y entender los sarcasmos de otro escritor, Evelyn Waugh, en su guerra en defensa del esplendor y la belleza de la antigua liturgia, frente al arzobispo de Westminster, el cardenal Heenan, y frente a Roma. Aunque pronto comprobó que había perdido: “El Concilio Vaticano ha podido conmigo…Todavía no me he rociado de gasolina y no me he prendido fuego, pero tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría”, dijo. Aunque, ciertamente, ya no vivió mucho más para ver otras tristezas, como el también eximio escritor Julien Green nos confesó.
– Ernst Jünger, al final de su vida, escribió un libro titulado La Tijera, donde reflexiona sobre los efectos empobrecedores de la poda sobre el lenguaje y la cultura. En una de las notas de su diario que se encuentran al principio de Impresiones provinciales podemos leer un párrafo que va en línea con el ensayo de Jünger. Así, usted señala que “la persona humana ha sido rebajada y minimizada a una sola dimensión: la de su condición ciudadana. […]. Significa que el hombre no tiene sino una naturaleza política, y por eso cuenta. No como persona ni como hombre. Hombre y persona quedan confiscados y socializados por la política”. Yo le preguntaría, ¿en qué se distingue la persona del ciudadano? Y también, ¿al politizar en exceso la vida no nos estaremos adentrando en un mundo definido por las categorías schmittianas, que solo distingue entre los amigos y los enemigos?
Si se afirma que la naturaleza del hombre es esencialmente política, estamos en pleno totalitarismo, como hemos comentado más arriba, pero la llamada democracia burguesa considera que ser ciudadanos es la condición social del hombre, más racionalmente reconocida, pero que el hombre primero es hombre y luego ciudadano. Aunque ahora parece que volviéramos a aquella identificación entre hombre y ciudadano y, por lo tanto, ya estuviéramos en una vía más de liquidación de lo humano e imperio de la política.
Respecto al idioma del totalitarismo o que lleva a él, hay que decir que es el llamado “lenguaje de madera” y también el lenguaje “políticamente correcto” que nos permite denominar a la pena de muerte “defensa suprema de la vida” y “reordenación urbana” a expulsar a los menos adinerados de su tradicional hábitat, et. Ya Tucídides, cuando la guerra de Corcira, en el Peloponeso, hizo notar que debían llamarse asesinatos a los que habían sido asesinatos.
– Una última cuestión, de raíz casi sapiencial. Al final de su vida le preguntaron al director de orquesta Sergiu Celibidache si había esperanza. Él contestó: “¡Por supuesto! El jardín de Dios es inmenso y siempre fértil. Siempre habrá música”. Para José Jiménez Lozano, ¿cuál es la clave de la esperanza?
En principio podría decirse que la esperanza es un mal, un recurso, la sierpe escapada de la caja de Pandora y, por tanto, que toda esperanza humana es un sueño como mucho, y que la esperanza es solamente teológica. Pero, si parece una evidencia la pequeña bondad humana de la que hablaba Vassili Grossman, y se nos testimonia en los peores momentos, también hay entre los hombres una esperanza, la indestructible esperanza del almendro que se obstina milenio tras milenio en ofrendar su flor aunque será casi siempre amortecida por el hielo. Es una esperanza contra toda esperanza como la de Abram, y es lo que nos constituye como hombres más que ninguna otra cosa. Y esto debe resultar inexplicable para quienes, siglo tras siglo, juegan con la esperanza humana y se ríen de ella, como de la confianza de quienes entraban en la cámara de gas antes de que se supiese que no eran una ducha. Debió de resultar algo de mucha risa y jolgorio ver cómo los convocados a la ducha confiaban.
Hobbes pensaba que sabemos que somos iguales porque nos podemos matar, pero no es menos cierto que una prueba de esa igualdad radical del género humano es que tenemos esperanza y podemos matar la esperanza de los demás y reírnos de ella. Pero también comprobar que es indestructible, incluso machacada o reducida al absurdo. Es la esperanza contra toda esperanza de Abram, que hizo reír a Sara. Y Péguy decía que la esperanza era como una niña, pero sólo ella, absolutamente sólo ella, puede empujar la Historia, y esta realidad es un hecho bruto y material, que Ernst Bloch se encargó de hacer notar a los señores liberales y a sus propios compañeros marxistas.
· Cuando Sartre se dispuso a mear sobre la tumba de Chateaubriand no estaba dando un ejemplo de originalidad, porque el decurso generacional de toda literatura se basaba en matar al padre. Actualmente, es algo distinto porque las nuevas generaciones desconocen a sus padres. Sucumbe lo que se llamó nación literaria, de la que Francia fue molde. Existía el escritor y luego el gran escritor, a cuyas exequias acudían cofradías, sindicatos, enemigos y damnificados. Tal vez sea necesaria una cierta hipocresía. Sartre odiaba el estilo del vizconde –ya se sabe que hay dos ramales de estilo, el vizconde que es Chateaubriand y el teniente que fue Stendhal- y optó por rociarlo con ácido úrico pero al final es inevitable que los meones acaben por ocupar la hornacina de los grandes maestros. Aún así, André Gide quiso ser gran escritor, se procuró la vitrina de la “Nouvelle Revue Française” y ahora es una especie de fósil.
· En otros tiempos se decían unas palabras ante la fosa del maestro: así Zorrilla se crece declamando ante la tumba de Larra. La diferencia está en haber anulado los ritos de transmisión que daban continuidad a las culturas y encabalgan las generaciones más allá del estímulo iniciático que consiste en matar al padre. La nación literaria tiene bulevares y suburbios. Según Alain-Gérard Slama, la idea de la identidad política de Francia, la única definible, está en la literatura. A qué vendaval nos arriesgamos por suponer que la política europea es inferior al pensamiento de Europa sin que sepamos ni que política ni qué pensamiento.
· El mapa del poder intelectual, por ejemplo en España, tiene vastas fajas de tierra yerma y no por falta de talento, capacidad o vocación sino por ausencia de unas formas jerárquicas que todos odiamos cuando nos someten y añoramos al dejarlas atrás. Ocurre al descreer de los poderes de la palabra si es que, como decía Roland Barthes, el lenguaje es fascista. En buena parte merecidamente, Barthes también es olvido pero esa idea persiste en las noches nihilistas de poetas cierra-bares. El escritor quiere nacer desheredado porque supone que así cree más libre cuando en realidad eso le hace impersonal. Al fin y al cabo, la ciber-literatura da por sabido que no harán falta el heroísmo trágico ni la grandeza porque las decisiones últimas las van a tomar los algoritmos. Uno ya no puede permitirse aliviar la vejiga sobre las tumbas de los maestros porque ni sabe donde están. Un gran poderío intelectual y el tejido de la nación literaria son sistemas complejos que se alimentan de contradicción y asimetría y eso es lo que permite adaptarse constantemente a las secuencias de orden y desorden, de crisis y reequilibrio. Posiblemente para eso existían el choque y el trance entre generaciones.
La democracia como forma de gobierno encierra en sí misma un fuerte componente ético, «pues consiste en gobernar para la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos a través de su participación real en los asuntos que vertebran el interés general«. El entrecomillado se corresponde con las palabras del profesor Jaime Rodríguez-Arana en la presentación ayer, en la sede de la Fundación Ciudadanía y Valores, de la obra Calidad democrática, transparencia e integridad, editada por Thomson Reuters Aranzadi.
La política democrática no puede reducirse a la «simple articulación de procedimientos», con ser este uno de sus aspectos más fundamentales, añadió Rodríguez-Arana. La participación no puede garantizarse solo con decretos y reglamentos. “Solo hay participación real si hay participación libre”.
Justo una de las causas de la profunda crisis que atraviesa la democracia representativa reside en que el pueblo percibe que su protagonismo ha sido suplantado, de una manera u otra, por los dirigentes, por los profesionales del interés general. Los ciudadanos, por ejemplo, no han sido consultados sobre las cantidades ingentes destinadas a rescatar a los principales causantes de la crisis. Ni siquiera se explica el destino de esos fondos y los plazos para su reintegro al tesoro público.
La rendición de cuentas tendría que ser algo cotidiano, pero habría que «ejercerla con calidad de argumentación, con calidad de motivación, para que fuera eficaz y sirviera a la regeneración democrática», al buen gobierno, y al correcto administrar y ser administrado, como había recordado recientemente el Tribunal Constitucional, concluyó Rodríguez-Arana.
En el debate organizado por FUNCIVA intervinieron algunos de los autores más destacados de la monografía: Benigno Pendás García, Angelina Trigo Portela y Manuel Arenilla Sáez, además del propio Rodríguez-Arana. La moderación corrió a cargo de Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de FUNCIVA.
Pendás advirtió contra los populismos, que eran la demagogia, es decir, la degeneración de la democracia. Ofrecían “soluciones” aparentemente simples a problemas muy complejos de la misma falsa manera que el bálsamo de Fierabrás de Don Quijote permitía curarlo todo. El director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales subrayó que la calidad democrática en España estaba a la misma altura que la de los países de nuestro entorno más desarrollados. “Las percepciones de nuestros vecinos son las mismas. Todos los males no nos ocurren solo a nosotros”. Sobre la posible reforma de la Constitución dijo que quizá hubiera, en algún aspecto, cierta “fatiga de materiales”. Sin embargo, mientras que en 1977 España gozaba de un “proyecto sugestivo” (Ortega y Gasset), el camino democrático, ahora las ideas para cambiar la Constitución provenían del independentismo y de un federalismo sin propuestas claras. Previno contra los espejismos al estilo del “hagamos del derecho a la vivienda un derecho fundamental”, porque eso no significaba que fuera a haber más viviendas para los más necesitados.
Angelina Trigo glosó el funcionamiento del Portal de la Trasparencia y sus ya muchos logros al cabo de pocos meses de vida. Síntoma significativo: por la serie de televisión Borgen se habían multiplicado las consultas sobre la agenda, los regalos y los viajes de los políticos. En la base de datos de subvenciones públicas, añadió, estaba todo lo referente a ese capítulo, “hasta el nombre y los apellidos de los que habían gozado del plan PIVE para la compra de un coche”.
Según Trigo, era quizá del carácter español lamentarse mucho de palabra, pero no poner por escrito, donde hay que hacerlo, la queja correspondiente. El mayor número de consultas al portal que dirige provenía de periodistas, casi siempre también los mismos, no de los ciudadanos.
Manuel Arenilla utilizó el último informe de la OCDE sobre el panorama de las administraciones públicas para insistir en que la desconfianza entre la clase gobernante y el pueblo era el gran problema de los países más desarrollados de la OCDE. Otros denominadores comunes de esos países eran la corrupción; la endogamia del Estado como organización (en comparación con una sociedad o empresa civil cualquiera mejor gobernada); y las normas sistemáticamente sesgadas que el Estado producía, precisamente por ese pensamiento endogámico. Estaba también la falta de liderazgo político. Con todo, España destacaba entre las mejores naciones por su capacidad institucional y el avance tecnológico de su administración.
En Calidad democrática, transparencia e integridad han colaborado también los profesores de UNIR Mariano Vivancos y Josu Ahedo.
La sesión completa se puede seguir en el vídeo de arriba.