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Miguel Ángel Gozalo, «Antonio Fontán. Un liberal en la transición »

El 29 de febrero de este año 2016 se presentó en la sede de la Fundación Diario Madrid el libro de Miguel Ángel Gozalo sobre la vida, figura y obra de don Antonio Fontán Pérez. Se trata del tercer título dedicado al que fuera profesor, periodista, político y al que varias generaciones llamábamos «maestro» cuando él no nos escuchaba, porque este título no le hacía demasiada —más bien ninguna— gracia: «No soy maestro de nada ni de nadie».

Las dos primeras semblanzas aparecieron en 2013, la primera, a cargo de Arturo Moreno Garcerán1, se centra de modo preferente en la faceta política de don Antonio y la segunda, de Agustín López Kindler2, discípulo, compañero de afanes universitarios y vocación de servicio, ofrece un visión completa, íntima y personal del que fue su confidente y amigo. Miguel Ángel Gozalo, a su vez, transmite una imagen múltiple de Fontán en la que sus diversas actividades se integran de forma difícilmente separable.

No estamos en presencia de una biografía tradicional, aunque no falte ni uno solo de los datos precisos para conocer su trayectoria humana, familiar, profesional o los rasgos definidores de su carácter a través del tiempo o de los lugares donde transcurre su existencia. El propio autor deja constancia de que su obra no puede considerarse como una biografía «convencional» porque, verdaderamente, no lo es.

Antonio Fontán, Un liberal en la Transición. Miguel Ángel Gozalo. Editorial Almuzara, Córdoba, 2015, 288 págs.

Conviene recordar al respecto, como bien sabemos sus amigos, que Miguel Ángel Gozalo lleva en la cabeza y el corazón el periodismo, profesión a la que ha dedicado toda su vida. El libro se construye y discurre a lo largo de sus páginas, a modo de una extensa crónica que adquiere, en ocasiones, cierto aire de ameno reportaje. Se refiere a sí mismo como «El cronista» y el contenido responde a los propósitos de Gozalo que, además de puntuales referencias, a través de las cuales surge con nitidez la figura de Fontán, intercala sustanciosos comentarios que ayudan situar los hechos dentro del contexto y ambiente en el que sucedieron.

Las cuatro estaciones de una vida

Utiliza el autor un esquema original, no exento de matices poéticos, al dividir su «crónica», una vez salvadas las primeras confidencias preliminares, en las Cuatro Estaciones que marcan el recorrido de don Antonio desde los antecedentes familiares, infancia y adolescencia, descritos en el capítulo «Primavera», a los años de juventud y madurez dedicados a la enseñanza de su amado latín, en las universidades de Granada, Navarra y finalmente en la Complutense de Madrid. Actividades que conforman, junto al ejercicio activo del periodismo, el apartado correspondiente al «Verano». El «Otoño» nos muestra a un Fontán plenamente incorporado a la política española de la Transición, en la que desempeñó un papel tan destacado como fundamental para armonizar voluntades, limar asperezas y encontrar soluciones viables para todos.

Llegamos, por último, a la etapa del «Invierno» cuando, desde la retaguardia continúa ejerciendo ese magisterio que se negaba a reconocer, y sin embargo real, sobre nuevas generaciones de políticos agrupados en torno al proyecto de Nueva Revista que tan destacado papel desempeñaron en los años del Partido Popular bajo la presidencia de José María Aznar. Basta revisar la nómina del consejo editorial de la citada publicación para encontrar nombres bien conocidos: Eugenio Nasarre, Andrés Ollero, Carlos Aragonés, Pilar del Castillo, Miguel Ángel Cortés, Luis Alberto de Cuenca, Santiago de Mora-Figueroa, marqués de Tamarón, Gabriel Elorriaga, José M. Michavila o Baudilio Tomé, entre otros que prestaron servicios en diversas dependencias del gobierno popular. Miguel Ángel Gozalo cierra su «Crónica» en un capítulo último que nos descubre una realidad en la que todavía estamos inmersos y que nos sirve de vínculo de unión a los que tuvimos la suerte y el privilegio de acompañar a don Antonio en los últimos momentos de su vida. El capítulo final, titulado «El mundo sin Fontán», despierta recuerdos y ciertas añoranzas.

Nos falta el amigo, el confidente, el amable consejero en las dificultades de cualquier índole: personal o de trabajo, de alegría o tristeza, de éxitos y fracasos. Nos queda, sin embargo, su ejemplo, y dado que los años pasan igualmente para todos, a los que tal vez fuimos un día los «chicos de Fontán», como señala Gozalo en uno de los apartados, nos corresponde ahora tomar el relevo.

Hemos de saber escuchar las confidencias, inquietudes, dolores y alegrías de los más jóvenes, en lugar de quejarnos por la falta de nuestro querido y admirado maestro. Que, por otra parte, sigue muy vivo, no solo en nuestra memoria agradecida, sino también sus escritos, artículos libros y «Estrenas de Navidad» que nos llegan puntualmente a finales de cada año. Desde ese rincón nos llegan palabras que nos hablan con la misma voz pausada, cálida, llena de sabiduría del maestro. Presencia que no solo pervive en las Estrenas, sino que además se renueva a través de las Fundaciones del Diario Madrid y Marqués de Guadalcanal dedicadas a una intensa actividad, centrada en algunos de los grandes temas que ocuparon la atención de don Antonio: el humanismo, la cultura, las letras, el periodismo, la política… y tantas otras más.

Unidad  de vida

Sin olvidar el ingrediente que explica algo que parece no tener explicación: ¿cómo logró don Antonio abarcar tantas actividades y desarrollarlas de modo brillante y natural, como si no costaran esfuerzo? El secreto reside, tal vez, en lo más íntimo del ser humano cuando logra armonizar su existencia a través de algo de difícil definición que se llama Unidad de Vida, de acuerdo con las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei, al que perteneció Antonio Fontán hasta el momento de la muerte. Episodio que se recoge de forma tan sencilla como emocionada en la crónica de Gozalo, que refuerza con unas palabras pronunciadas por don Antonio en las horas previas a su muerte:

«Dejo esta vida sin tristeza ni pesares y con la alegría de haber hecho algunas cosas… Ofrezco esta agonía por la Obra a la que he dedicado mi vida: el Opus Dei, por mis hermanos y especialmente por el Padre… Por la Iglesia y el Papa. ¡Y por España!»

Resulta muy difícil resumir en las breves líneas de una reseña el contenido rico y variado expresado en una prosa ágil, llena de referencias eruditas, digresiones al hilo de los recuerdos anecdóticos y acontecimientos históricos de una España a la que Fontán amaba con todas sus fuerzas. Amor que se iniciaba en su patria chica andaluza desde Sevilla a Guadalcanal, hasta remontarse a la grande y noble historia de nuestro país, hoy perturbado por los avatares de la política estrecha. Una recomendación final: nada mejor que disfrutar del libro crónica a través de una lectura reposada y placentera.

Antonio Fontán Pérez, «Marco Tulio Cicerón. Semblanza política, filosófica y literaria»

Este libro, recién salido de la imprenta, es obra póstuma de Antonio Fontán, editado por uno de sus discípulos —Eduardo Fernández— y uno de sus familiares —Antonio Fontán Meana—, que en un auténtico ejercicio de pietas romana asumieron el trabajo ingente de reorganizar y revisar, en estrecha colaboración con Luis Arenal y otros compañeros académicos y discípulos de don Antonio, el texto original que hallaron en distinto grado de elaboración, finalizado en algunas secciones e inacabado en otras. El libro, del que también es editor literario Ignacio Peyró, se presenta acompañado de otros trabajos ciceronianos del autor y va prologado por Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, en cuya colección Civitas acaba de ser publicado.

Marco Tulio Cicerón. Semblanza política, filosófica y literaria. Antonio Fontán. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Colección Civitas. Madrid, 2016, 352 págs.

A lo largo de esta recensión, en la que se recoge parte de nuestra intervención en la presentación de esta obra, subrayaremos algunos aspectos que nos han parecido más relevantes, como 1) la dificultad que entraña realizar una monografía sobre la figura política, filosófica y literaria de Cicerón, un autor que ha provocado tanto interés, como cantidad de bibliografía, 2) la estructura del trabajo, y 3) la manera de leer al autor antiguo, las páginas más destacadas y los rasgos del biografiado que más impresionaron al autor de esta biografía.

1) A Cicerón se debe una obra muy amplia y variada, de la que nos ha llegado una parte muy importante. Tanto es así que resulta ser uno de los autores de los que hoy tenemos más información sobre su vida y más obras conservadas de diferentes géneros: escritos políticos, filosóficos y retóricos, cincuenta y ocho discursos conservados de los cien que aproximadamente escribió, cartas fechadas en su mayoría entre el año 68 y el 43, de las que unas ochocientas son del propio Cicerón y otras dirigidas a él por más de noventa corresponsales, y algunos escasos fragmentos de su poesía y sus traducciones del griego. En suma, lo que hoy nos ha llegado de Cicerón equivale a más de diez mil páginas en las ediciones modernas.

Además, Cicerón fue el autor romano de época clásica con mayor proyección, maestro de los escritores de las generaciones futuras, pero reconocido ya en su propia época, considerado autoridad indiscutible desde muy poco después de su muerte y estudiado desde entonces.

El interés que despertó Cicerón en los lectores posteriores es la primera razón que explica por qué se conservaron tantas obras y la amplísima bibliografía de toda época que existe sobre él. Por eso, un estudio global sobre la vida y la obra de Cicerón no es un trabajo que pueda acometer cualquiera. Requiere muchos años, si se hace con profundidad y con rigor. Es el caso del libro que comentamos, que es fruto de muchas lecturas a lo largo de toda una vida, porque Fontán escribió su primer trabajo filológico precisamente sobre Cicerón en 1947 (fue una recensión del libro de Walter Rügg, Cicero und der Humanismus). Dos años después volvió a Cicerón preparando una edición universitaria de un discurso, la Defensa del poeta Arquías y nuevamente, en 1951, reseñando el Cicerón de Magariños. En 1957 publicó uno de sus trabajos más importantes sobre Cicerón (Artes ad humanitatem), recogido también en este libro, y después, en 1963, un estudio sobre los conceptos gravis, gravitas antes de Cicerón, publicado en la prestigiosa revista Emerita. En 1966 reseñó las obras de Graff y de Büchner; en 1974 apareció otro de sus trabajos de más relieve sobre Cicerón y Horacio como críticos literarios, recogido en su libro Humanismo romano, donde también se halla otro más dedicado a la personalidad intelectual de Cicerón; en 1978, a propósito de la importancia de la retórica en la literatura latina, volvía obligadamente a Cicerón, como también en 1985 (reseña del trabajo de Leeman y Pinkster sobre el tratado ciceroniano de teoría retórica De oratore) y nuevamente en 1986 para estudiar el influjo de Cicerón en Vives. En 1990, al ocuparse de la revisión del ya citado Pro Archia, añadía, para la misma editorial Gredos, la edición paralela, anotada y traducida, del discurso también ciceroniano en Defensa de Quinto Ligario. De los trabajos de los años siguientes, las páginas dedicadas a los discursos de Cicerón en el año 20011 enlazan ya con las fechas en las que empieza a trabajar en este libro, como se señala en su introducción.

Quería subrayar con esto que Fontán publicó repetidas veces sobre aspectos filológicos concretos de Cicerón mucho antes de enfrentarse al desafío de hacer este trabajo global en el que invirtió parte de su vida. Creo por ello que estamos ante un libro de sedimento en el que se ofrece, con el estilo ágil, característico de Fontán —y que él solía considerar una de sus deudas con el periodismo—, con poco aparato erudito y con muy escasas citas de textos en latín sin traducción castellana, una visión general de cuál fue el significado de Cicerón en Roma, y, sobre todo, qué se puede aprender hoy de Cicerón, en qué medida sigue siendo un modelo para escribir y, más allá de eso, puede ser un modelo de vida.

2) Un acierto sin duda de este trabajo es su estructuración, efectuada de forma que las distintas obras de Cicerón aparecen al hilo de su biografía. Así se puede observar cómo se fueron gestando en unos momentos concretos de su vida y también cómo era Cicerón o cómo se veía a sí mismo.

Un ejemplo tomado de sus primeros pasos en la política: Cicerón, como se subraya en este libro, fue uno de los pocos hombres de la Antigüedad que se hizo a sí mismo —selfmade man—. No pertenecía a la nobleza, aunque tampoco al estamento más bajo de la plebe. Era lo que se llamaba un homo novus, pero por su formación, por su dominio de la palabra y también por su ambición política logró ascender de clase social y llegar a ser cónsul, que, como recuerda Fontán —pp. 75 ss.—, es el equivalente, más o menos, a ser hoy Jefe del Estado.

Pues bien, cuando Cicerón tenía treinta años, empezaba la carrera, el cursus honorum, con un cargo de cuestor en Sicilia. Era el primer escalón, poca cosa, pero Cicerón dice que él en el ejercicio de su cargo sentía que actuaba «en el gran teatro del orbe, a la vista del mundo entero». No desaprovechó su estancia en la isla, en la que llegó a descubrir la tumba de Arquímedes al fijarse, mientras daba un paseo, en los grabados de una lápida que resultó ser la del célebre sabio de Siracusa y, sobre todo, aprovechó su estancia para dejar una fama merecida de buen gestor. Pero especialmente por esas palabras de Cicerón se consideró que era un hombre demasiado presuntuoso. Sin embargo, en esa misma anécdota, como anota Fontán —pp. 83 ss—, Cicerón revela que era capaz de reírse de sí mismo demostrando que tenía ese sentido profundo de humor que nace de la autocrítica, como muestra el final de la narración de ese episodio, pues precisamente cuando había concluido su etapa de cuestor, Cicerón dice que volvía a Roma «tan satisfecho de su gestión como cuestor en Sicilia, que había llegado a pensar que en Roma no se hablaba de otra cosa que de esa magistratura suya». Se detuvo unos días en un balneario cerca de Nápoles y allí coincidió con gente importante que venía de Roma. Un día uno de aquellos ilustres personajes le preguntó qué día había salido de Roma y si había en la capital alguna novedad. No se habían enterado de que él había sido durante un año cuestor en Sicilia, y Cicerón añade al respecto: «Durante el resto de los días que me quedé allí, me hice pasar por uno de los que iban a tomar las aguas en el balneario».

3) Fontán leyó a Cicerón demostrando una vez más, como había hecho con otros autores, una gran capacidad de actualización para poner a los personajes en el mundo de hoy, tanto al propio Cicerón como a las personas que defendió o que acusó. Es lo que ocurre, por ejemplo, en lo que, en mi opinión, son las mejores páginas de este libro y las que suenan más actuales —el capítulo 2.7, titulado «Frente a la corrupción: las Verrinas», pp. 93-128—. Se trata de los discursos que escribió Cicerón contra Verres, discursos de acusación, escritos a petición de los sicilianos, o más bien de la mayor parte de las ciudades sicilianas, que recordaban la valía y la honradez de Cicerón, demostrada allí en su etapa de cuestor.

Sicilia era provincia romana desde el 211 a.C., final de la segunda Guerra Púnica, y estaba gobernada por un funcionario romano con el cargo de pretor que, entre otras misiones, tenía la de cobrar los tributos. La isla era rica en trigo, tan necesario para la población de Roma, y pagaba en especie unos impuestos que se fijaban tradicionalmente mediante un pacto concertado entre los agricultores terratenientes, que representaban la clase alta de la población de la isla, y, de la otra parte, los llamados decumanos o diezmeros que establecían, previo el citado pacto, el diezmo de cosecha que había de ser enviado a Roma.

El pretor romano Gayo Verres había dado tan mal ejemplo de gobierno que, en realidad, había ido a la isla paratus ad praedam, «a por el botín», o directamente a robar. Verres había empezado por cambiar el sistema de elección de los cobradores del diezmo y, amañando los concursos, había dado esos puestos a sus amigos; después abolió el antiguo sistema del pacto sustituyéndolo por el de un pago que se fijaba exclusivamente por la autoridad del diezmero.

Cicerón preparó cuidadosamente la acusación contra Verres y llegó a escribir siete libros contra él, aunque solo dos —uno de ellos, para una causa previa— llegaron a ser pronunciados. Se trasladó a Sicilia, habló con testigos y comprobó el latrocinio del pretor romano, al que se acusaba de concusión, es decir, de haber practicado en provecho propio exacciones ilícitas abusando de su poder. Se trataba de uno de esos procesos de repetundis que el derecho procesal romano permitía entablar contra los funcionarios corruptos.

Cicerón empezó su discurso haciendo un exordio que se convirtió enseguida en famoso e imitado. A Verres, dice Cicerón, le había condenado ya moralmente la opinión pública por la magnitud de sus delitos. Él acudía al juicio como acusador, no para aumentar la impopularidad del pretor, sino para contribuir a la recuperación del prestigio de la república romana. No era un enemigo personal suyo ni de otro u otros ciudadanos particulares, sino de todos los sicilianos; en definitiva, era un enemigo del pueblo romano y de la justicia que debía imperar en la administración de las provincias del Imperio Romano.

Verres era un gran aficionado a las antigüedades y a las obras de arte, y había invertido muchísimo dinero en adquirirlas, cuando no las había robado directamente. Las tenía preparadas en una nave en la que se dirigió a Marsella, una ciudad federada de Roma, libre de la jurisdicción romana ordinaria, donde se exilió voluntariamente —ese fue el único castigo impuesto a Verres— y pudo disfrutar de sus riquezas y de sus objetos hasta que veintisiete años después se los arrebataron, junto con la vida, unos emisarios de Marco Antonio, otro de los enemigos de Roma, a juicio de Cicerón.

Efectivamente, para Cicerón los grandes enemigos de Roma habían sido Catilina, que significaba la subversión de los cimientos del Estado por su planteamiento de una revolución populista; Verres, que significaba la corrupción y por lo tanto la deslegitimación del gobierno de Roma en las provincias, y Marco Antonio, que significaba la monarquía autoritaria y, con ella, el final de la república. El juicio de Cicerón muestra bien, como subraya Fontán, que las Catilinarias, las Verrinas y las Filípicas no son discursos forenses, como otros discursos ciceronianos típicos del ejercicio de la profesión de abogado, sino fundamentalmente obras políticas que traslucen sus convicciones de republicano histórico y conservador, a las que se mantuvo fiel hasta el final de su vida, cuando ya muy pocos creían en ellas.

En el tratado De senectute se hallan otros rasgos de la personalidad de Cicerón, como las palabras finales del tratado, que pone en boca de Catón a propósito de la vejez y de la muerte, cuando afirma que el mayor consuelo del viejo es saber que el alma es inmortal y que «la vida no es morada permanente sino hospedaje temporal. Y si en esto me equivoco, en creer que el alma de los hombres es inmortal, me equivoco con gusto y, mientras viva, nadie podrá arrancarme de este error en que me complazco». Proceden en última instancia de la teoría platónica de la inmortalidad del alma, que es bien sabido que fue aprovechada en la literatura cristiana a través sobre todo de Cicerón y san Agustín. Concretamente la imagen de la vida como posada y no como la casa propia se convirtió en un tópico de los sermones sobre la muerte desde la temprana Edad Media. En el libro que comentamos constituyen una de las escasas citas textuales del texto latino, lo que puede ser indicio de la importancia especial que les concedió Fontán.

Y, ante todo, creo que el acercamiento de Fontán a Cicerón se debe a su admiración por la personalidad unitaria del autor antiguo, «que no se puede descomponer en la mera yuxtaposición de las diversas actividades, que en términos modernos se dirían profesionales, que realizó a lo largo de su vida —pp. 143 ss.—. Cicerón fue orador, abogado y escritor, el mejor de su época… Pero su vida fue también la de un político romano. La unidad de su personalidad viene definida por las dos dimensiones sustanciales que la estructuran y dan el sentido de su vida: la del político comprometido en primer lugar y la del intelectual». Efectivamente, la vida de Cicerón estuvo entregada a actividades diferentes ejercidas con coherencia, como también consiguió hacer Fontán en las distintas facetas de su dedicación a la política, a la universidad y al periodismo. Seguramente vio en Cicerón no solo un objeto de estudio, que también, sino un modelo de vida, lo que explica que el lector perciba que este libro está escrito con una cercanía muy especial entre el biógrafo y el biografiado. •

NOTA Los trabajos arriba mencionados y aquí citados con más detalle son una muestra de la trayectoria ciceroniana de Antonio Fontán: Arbor 1947, 114-115 (Rüegg, W., Cicero und der Humanismus: formale Untersuchungen über Petrarca und Erasmus, Zúrich 1946); Cicerón. Defensa del poeta Arquías, Madrid, Gredos 1948 —ed. anotada y, en el mismo año, otra bilingüe—; Arbor 1951, 301-302 (Magariños, A., Cicerón, Barcelona 1951); Artes ad humanitatemIdeales del hombre y de la cultura en tiempos de Cicerón, Publ. Estudio Gral. Navarra, Pamplona 1957; «Gravis, gravitas en los textos y en la conciencia romana antes de Cicerón», Emerita 31, 1963, 243-283; Emerita 1966, 186 ss. (Graff, J., Ciceros Selbstauffassung, Heidelberg 1963 y Büchner, K., Cicero. Bestand und Wandel seiner geistigen Welt, Heidelberg 1964); «Cicerón y Horacio, críticos literarios», Estudios Clásicos 72, 1974, 187-216; «La personalidad intelectual de Cicerón y su actitud en la política»: Humanismo romano, Barcelona 1974, 45-68; Emerita 1985, 360 ss. (Leeman, A.D. y Pinkster, H., De Oratore libri III, Heidelberg 1981); «El ciceronianismo de Vives, un humanista español del XV en los Países Bajos»: Ciceroniana, Roma 1988, 87-98; «Los discursos de Cicerón»: Letras y poder en Roma, Pamplona 2001, 25-30.

Pedro Cerezo Galán, «El héroe de luto. Ensayos sobre el pensamiento de Baltasar Gracián»

El héroe de luto. Ensayos sobre el pensamiento de Baltasar Gracián. Editorial Fernando El Católico. 363 págs.

El catedrático emérito de Filosofía Pedro Cerezo Galán ha reunido en este libro doce textos de hermenéutica filosófica —cuatro de ellos ya publicados anteriormente en revistas o libros colectivos; el resto, inéditos— en los que analiza la obra de Baltasar Gracián, que para él constituye «el monumento más complejo y valioso del pensamiento barroco español».

Ya en 2012 el profesor Cerezo recogió en Claves y figuras del pensamiento hispánico sus estudios sobre autores relevantes del Siglo de Oro y el Barroco, con los que culminaba una trayectoria investigadora dedicada sobre todo a la filosofía española del siglo XX, con trabajos monográficos sobre Unamuno, Ortega, Machado y Zubiri, entre otros. De este modo, Cerezo se ha ido convirtiendo en uno de los principales referentes en el ámbito del hispanismo filosófico.

Frente a las insistentes calificaciones peyorativas que se han vertido sobre la obra de Gracián, que confunden su retórica con un juego de argucias y estratagemas («Laberintos, retruécanos, emblemas, / helada y laboriosa nadería», como resume maliciosamente Borges en uno de sus poemas) y que reducen su ética a mera prudencia mundana y cálculo de utilidades, Pedro Cerezo reivindica los méritos del estilo conciso y pregnante del jesuita aragonés, el valor inventivo de su teoría del ingenio en la producción de conceptos y el denso trasfondo humanístico de su pensamiento, que anticipa en cierto modo la autonomía moral moderna.

La tesis fundamental que subyace a los planteamientos de este libro, como anticipa el autor en el prólogo, se halla en la «inspiración teológica de la obra de Gracián, bien patente en la idea clave de infinito, que está implicada en su ontología de la potencia, su política de la maiestas, su retórica del ingenio creativo y su ética del héroe», si bien se apresura a aclarar que no se trata de una fundamentación metafísica de su pensamiento, puesto que el discurso graciano se mantiene siempre dentro de los límites de una «filosofía autónoma de la praxis». Desde este punto de vista, el ansia de infinito y el afán de verdad parecen erigirse como los dos motores fundamentales del pensamiento del belmontino.

Tras ocuparse en la «Obertura» de la injusta y cicatera opinión que Gracián mantuvo respecto a Cervantes, exponiendo su dispar concepción sobre la figura del héroe, los distintos capítulos que componen este libro se van centrando en el análisis de algunos de los principales conceptos que articulan el pensamiento graciano: el poder y sus artificios, el ingenio y el juicio, el infinito, el gran teatro de la corte, la ostentación y la disimulación, la razón de Estado y la política de la maiestas, la controversia entre la libertad y la gracia, la empresa de ser persona, la prudencia y la autorreflexión, el mixto y los dobles, la máscara y el simulacro, el mundo al revés, la sabiduría de la conversación, la virtud de la entereza, etc.

La fórmula de «El héroe de luto», que sirve de título tanto al conjunto del libro como a uno de sus capítulos, se enmarca en la caracterización del héroe graciano, atravesado por la gravedad y la melancolía, frente al intrahombre cristiano de Pascal, lleno de gracia natural, y al superhombre nietzscheano, henchido de entusiasmo dionisíaco. Según esto, el pesimismo ascético, desengañado y combativo del Barroco es el que domina en el ideal heroico de Gracián, heredero de la espiritualidad ignaciana, la institucionalidad jesuítica y el ascetismo contrarreformista; de hecho, como explica Pedro Cerezo, en la simbología graciana el negro es el color de la muerte y representa la sabiduría melancólica que se alcanza mediante el desengaño, así como el esfuerzo de los héroes por lograr la inmortalidad de la fama.

Para la adecuada comprensión del pensamiento de Gracián, como bien se apunta desde el comienzo de este libro, es fundamental tener en cuenta que aquel se desarrolla en una época de fuerte crisis cultural, fluctuante entre la metafísica teológica y la nueva ciencia, entre la fe religiosa y el secularismo, entre la ética cristiana de corte neoestoico y la prudencia mundana secular, entre la política heroica de la maiestas y la práctica del maquiavelismo. Por tanto, sus formulaciones se ven acompañadas, cuando menos como telón de fondo, por la controversia entre jesuitismo y jansenismo, por el conflicto entre los intereses político-religiosos del Papado y los del regalismo secular y por la tensión entre el humanismo pagano y la Contrarreforma.

En este sentido, no se deja de subrayar en todo momento el estatuto peculiar de Gracián como «pensador de la Contrarreforma», pues es en ese marco cultural en el que es preciso circunscribirlo para entender de forma adecuada, como hace Pedro Cerezo, el conjunto de su obra. •

María Aboal López,«La muerte en Galdós»

No hay duda de que la muerte es uno de los temas recurrentes en la literatura: no solo en la lírica y en el drama, sino también en la narrativa, en la que puede llegar a vertebrar la trama. La muerte, desde siempre, nos ha conducido al Más Allá, sea este el vago ultramundo de la mitología grecolatina y de los héroes clásicos, sea el infierno, el purgatorio y el cielo por los que precisamente un escritor latino, Virgilio, conduce a Dante. Y, sin embargo, esta mirada que trasciende cede su paso a una nueva en el siglo XIX: la del mero observador, la de quien se queda tan solo con los hechos que puede percibir: la enfermedad, la agonía, el cadáver, el cortejo, la tumba. Más allá de esta última, la mirada no alcanza a ver.

La muerte en Galdós, de María Aboal López. Publicacions Universitat d’Alacant, 2015, 228 págs.

Este nuevo fenómeno es objeto de análisis minucioso por parte de María Aboal en La muerte en Galdós. En sus páginas, la autora se centra en la representación de este tema en las novelas del fundador del realismo español decimonónico, consciente de estar, a la vez, retratando las formas en las que el hombre de aquel tiempo se enfrenta a la muerte.

La línea de investigación predilecta de Aboal es la literatura decimonónica, lo que explica su interés por la novela galdosiana; pero también ha incursionado en el campo del periodismo digital y, últimamente, en el de las ediciones académicas digitales de obras de teatro galdosianas y de Pedro Muñoz Seca.

La estructura de La muerte en Galdós contribuye a que el análisis sea minucioso. Tras un prólogo de Enrique Rubio Cremades y la introducción, cinco grandes capítulos abordan la mirada galdosiana hacia la muerte, ordenados de acuerdo con una doble secuencia temporal: la de la evolución del escritor canario desde el Romanticismo hasta el Realismo, y la de la misma peripecia del personaje de sus obras, desde la enfermedad hasta el cementerio.

Si en el primer capítulo se contempla el abandono progresivo de las huellas románticas en la visión de la muerte, el segundo se centra en la mirada clínica posterior hacia la enfermedad y el cuerpo, y en cómo esta pasa a caracterizar la focalización (en términos de Genette) en las novelas galdosianas. En estos dos capítulos considerados como unidad es en los que se hace patente esa primera secuencia temporal que estructura la obra de Aboal. A la vez, introducen los siguientes, pues la mirada clínica de la que hablamos permite entender la representación onírica de la muerte en novelas como GloriaFortunata y Jacinta, Miau Ángel Guerra, tema de estudio del tercer capítulo; la representación de la muerte (religiosa, de ateos y agnósticos, de los ángeles, repentina, figurada y del suicidio), tema del capítulo cuarto; y, por último, el olvido que sigue al cortejo, al cementerio y a las tumbas, tema con el que, en una especie de clímax, culmina el capítulo quinto.

De esta manera, tal y como recuerda la autora al estudiar la evolución de la imagen de la muerte y de su representación en las novelas galdosianas, asistimos a una de las grandes transformaciones socioculturales del siglo XIX: desde la complaciente, afectada y trágica del Romanticismo hasta la «huidiza» de la actualidad, pasando por esa mirada clínica y descriptiva del Realismo y del Naturalismo que, animada por los avances científicos y quizá por la fotografía, la desmitifica.

Quedaría a mitad de camino un estudio sobre las obras de don Benito que se contentara con su vertiente meramente realista o naturalista. Esta es la razón de que la autora dé un paso más, al dar cuenta de la dimensión psicológica y espiritual. En ocasiones, la muerte expresa la imposibilidad de alcanzar los sueños e ilusiones de esos personajes románticos que aquí y allá pueblan las novelas galdosianas, como Fortunata, Marianela, Isidora. La exaltación afectiva da paso a la soledad del personaje, rodeado de oponentes o de personajes ajenos a la solidaridad y empatía que exige el momento. Entre estas figuras destacan el médico y el confesor: la ciencia y la fe. A la postre, la muerte acaba por descubrirse como el vacío irremediable en la trayectoria vital, en el cual no cabe sino el olvido. De esta manera, María Aboal responde a una pregunta que va más allá del mero análisis literario, al permitirnos entender una de las claves del siglo XX, del que somos herederos directos.

Digna de admiración es la mirada, no ya de Galdós, sino de la autora de este estudio sobre su obra: una mirada que, al descubrir la presencia igualadora de la muerte y su carácter irremediable, abarca más allá del momento histórico para encontrar similitudes estéticas con las danzas de la muerte del siglo XV y con distintas manifestaciones artísticas y literarias de nuestro Barroco. La mención de Quevedo no podía faltar.

Tras las páginas de La muerte en Galdós se adivina una lectura atenta y crítica, confrontada con la de los autores mencionados en la amplia y selecta bibliografía. Al final se incluye un repertorio de enfermedades y un índice onomástico de personajes, auxilio que el lector agradece. •

Juan Manuel Bonet, «Vía Labirinto»

Vía Labirinto. Juan Manuel Bonet. Colección
La Veleta – Poesía. Ed. Comares. 368 páginas

Suele suceder entre los admiradores de una obra artística o literaria que a la alegría por haberse encontrado juntos en su devoción, siga una convivencia, según los casos, difícil, que para mí al menos se va haciendo más difícil a medida que el fervor asociativo inicial va mudando en imitación del autor, con una ortodoxia vigilada en régimen casi de policía. Pasa entonces que la admiración ha cuajado en un culto; por eso es posible echar mano de lo común con otros ámbitos devocionales y decir, por ejemplo, que quienes comparten la feligresía estética pertenecen a una cofradía.

Todos hemos conocido, y pertenecido, a alguna. Quizá lo hagamos aún, a mayor o menor distancia. Es curioso, no obstante, que de igual manera gradual habrá desde el comienzo miembros más o menos librepensadores, junto a otros, ciegos devotos (cada cual tiene su naturaleza y siente a su manera lo que Bloom llamó «the anxiety of influence»). Pero lo que resulta ya menos costumbrista —y de más calado— es justamente la razón y la sinrazón de lo que Ferlosio llamaba en su conocida y maravillosa solapa «el afán emulatorio». En cada una de nuestras admiraciones es como si entreviéramos el atisbo de una plenitud, una realización personal de lo que, al modo kantiano, llamaríamos la posesión de un juicio estético. Pero es precisamente su ajuste con la persona del poseedor lo que lo convierte en irrepetible, en inimitable. Sin embargo, quien mueve a la admiración por la obra, también mueve a la imitación del gesto. Porque el seguimiento es la manera positiva de nombrar el mismo fenómeno que en su versión negativa se llamaría replicación, copia. A lo largo de muchos años, he coincidido con Juan Manuel Bonet en unas cuantas cofradías. Que recuerde ahora, están, entre las de mayores, la de Ramón Gaya, la de Juan Manuel Díaz-Caneja, la de José María Eguren, no sé, la de Cirlot…, puede que alguna otra. Lo importante del caso, sin embargo, es que aun formando parte de muchas (y, en muchos casos, de lo que vendría a ser su junta directiva), él no se arrodilla en la capilla de ninguna; tiene la suya propia. Juan Manuel Bonet es uno de los rarísimos individuos contemporáneos nuestros a los que creemos capaces de promover —con su obra— esa rara devoción, esa atracción suficiente como para suscitar la imitación —de su mundo—. JMB es, sin ir más lejos, el único crítico de arte que ha hecho del gusto personal lo más parecido a aquel juicio estético, alguien, pues, que en el terreno artístico ha suscitado verdades compartidas a partir de lo que, en principio, eran solo pasiones privadas. Pero justamente es esto lo que lo pone en riesgo patético de imitación. Merece la pena que nos detengamos a pensar qué ha ocurrido entonces, sospechando ya que bajo estas comidillas se encuentra algo más grave, algo que consiste en la incapacidad que la adhesión inatacable tiene, paradójicamente, para comprender rectamente su poesía.

Como se recuerda a menudo, T.S. Eliot decía en «Función de la poesía y función de la crítica» que la experiencia de escribir y la de leer un poema son radicalmente distintas; el lector, al contrario que el poeta, no experimenta el material poético —o sea, la vida— sino la poesía —es decir, su vuelco imaginario, simbólico—; sin embargo, lo que al seguimiento mimético le impide esa comprensión es creer que el camino hacia otra realización igual de admirable, comienza por adoptar como propio el mismo material. Yo sufro mal, por ejemplo, a quien a vuelta de una esquina, tras el intercambio de las convenidas contraseñas y sacar a plaza el nombre de nuestro poeta, comienza a hablarme de Satie, de Cracovia, del cubismo polaco, de Tintín o del fotógrafo Sudek… Y nada tendría la cosa del otro jueves si esas menciones nos llegaran por separado y de individuos distintos; pero no es así: quien nos levanta la desagradable sensación del remedo nos las ofrece juntas, en paquete, como si —en efecto y para decirlo après Eliot— el material experimentado por el poeta y transmutado en música de la vida pudiera ser trasplantado en otra personalidad y dar como resultado una tan irrepetible poesía. Así que la alusión comanditaria a los nombres de los autores (Satie, Pound, Elkscamp, Morandi, Sima, Paul Jean Toulet…) y de las innúmeras ciudades, y de instantes como cenizas que reviven en forma de pintura, de estampa, de pájaro carpintero, de radio en un día de entreguerras, de piano al otro lado de la pared…, todo eso —junto— hacemos bien en consentírselo únicamente a su poeta y en no permitírselo a ninguno de sus adeptos. Precisamente porque se trata de «instantes», es decir, de ocasiones de una experiencia íntima de vida, antes que de un archivo o repertorio de obras (y otra cosa es que, en el caso de JMB, exista desde luego un equívoco de base que induce, en efecto, al extravío, porque nos encontramos desde luego ante una intimidad fundamentalmente constituida como museo de cultura). Pero la reproducción de su colección, quiero decir, será señal de no haber comprendido nada. Comprender a JMB, comprender su poesía sin par, no nos exige —sino, según me parece a mí, todo lo contrario— compartir con él la afición por las fotos de Bernard Plossu, por el falso marqués de Vilanova o por el poeta Alphonsus de Guimarâens (¿quién conoce a Alphonsus de Guimarâens?)… De no ser así, ¿cómo alguien —como es mi caso— que no se siente especialmente cerca de Paul Morand, de Tintín ni de Cracovia, puede sin embargo recibir su emoción particularísima?

Fue él mismo en La ronda de los días quien habló de una poesía sin forma (para la que, sin embargo, no encontraba la forma de expresión); pero la más profunda razón de ese anhelo se encuentra, según he creído observar, en la búsqueda de una correspondencia artística con la condición sin centro de su vida personal. No es un mundo —es decir, un material— lo que propiamente JMB nos ofrece, sino más bien una poesía gran parte de cuya virtud estriba precisamente en aparentar que no tiene forma (solo las formas pueden ser imitadas), una poesía hecha de la dispersión, la eventualidad, la fugacidad, la arbitrariedad sin centro, la fuga sin fin de una vida privada. Lo que convierte en privativa, diríamos, la poesía de JMB procede de su privacidad. Este poeta nacido en París, hijo de madre francesa y padre gallego, criado en Sevilla, residente (por lo general) en Madrid, desposado con polaca de Varsovia, en permanente deambulancia profesional, encuentra su admirable voz en el temblor de las ocasiones en que su propia falta de asiento, de fijeza, es contrastada fugazmente con la imaginaria estabilidad de las vidas de otros, para él vedada, y acogida eventualmente ante unas estampas japonesas, bajo las estrellas de un cielo que se diría de 1940, junto al farol de una calle negra, sobre unas hojas que el viento se lleva, o, ¿quién lo esperaba?, al dejar atrás, en un amanecer, las chimeneas fabriles de los polígonos de Mataró. (A mí me ha parecido verlo adentro de su sueño en ciertos instantes compartidos en un jardín de Kioto, ante las hélices de unos viejos aviones varados en la nieve de Alaska, pero también en Cieza, en Estella o en Tomelloso.) En todo caso, así es como JMB convierte en intocable lo que toca. Hablamos, en definitiva, de una poesía trasunto de un destino. De pocos como de él se puede decir lo que Pedro Salinas decía de Antonio Machado: que «hace lo que dice».

Y esa privacidad que es condición de su excepcional poesía todavía admite una consideración, que finalmente concierne a la historia literaria española (y en realidad al sentir de la historia en general). Solo hay que fijarse en el aspecto de esta poesía completa que ahora publica Andrés Trapiello en La Veleta para darse cuenta de la exacta compañía que el libro hace a su contenido; sin duda estamos ante una aventura compartida. (Recuerdo que la evocadora Via Labirinto procede de un verso de Plaza del árbol, unos poemas publicados junto a los grabados de Manolo Rey Fueyo, que también tuve la fortuna de presentar.) Pero el encantador modo de jugar ahora a hacer una portada como casera, sobre otra compuesta a partir de un semitosco dibujo provinciano de Ottone Rosai, rematada se diría con la aparente torpeza de una ilusión de ingenuidad, dice ya algo, mucho, de la poesía que contiene, y como ella es a propósito pobre, desavisada, pequeña. El primer libro de JMB —La patria oscura (luego vendría Café des exilés y siempre la falta de fijeza, de anclaje)— fue publicado en 1983 por la editorial Trieste, el antecedente de La Veleta. Pues bien, cuando el editor y el poeta comenzaban sus respectivas aventuras rescatando para la mesa de la actualidad nombres que parecían no solo olvidados (como referencias históricas) sino prácticamente expulsados de esa misma historia —que podían ser Miguel Vilallonga, Rafael Sánchez Mazas, o ser Ramón Gaya o Luis Pimentel— no estaban solo incluyendo lo excluido, sino justamente dando voz así a la subjetividad particular en un mundo cultural todavía dominado por la razón histórica que se quería objetiva, con su racionalidad sobre todo política, pública, social. Esto significaba, en España, un giro del tiempo tal como el que por todas partes parecía haber cancelado aquella narración progresiva (tan determinante hasta entonces en la historiografía artística y literaria moderna) y una apertura a múltiples direcciones, tantas como las de quienes habían resultado desechados por no obedecer antes al determinismo de la objetividad. De pronto y por entonces, otra experiencia de la temporalidad comenzó a poner en tela de juicio aquella dirección única según la cual las innovaciones se habían venido sucediendo unas a otras en un proceso de amortización y constante olvido. Más de treinta años después, lo verdaderamente extraño es que los museos y demás centros de la llamada «cultura contemporánea» (que tan bien conoce JMB) persistan en la suposición de que aquella dirección única de la historia cultural y su sola narración social y política han de seguir legislando acerca de lo que deben guardar los archivos, leer los lectores y conservar los museos, sordos, desde luego, para con las pequeñas músicas del tiempo, las frágiles, las efímeras músicas de las vidas.

 

Umberto Eco (1932-2016)

El 29 de febrero de 1990 la Universidad Complutense de Madrid nombró doctor honoris causa a Umberto Eco. Con ese motivo, publiqué un comentario en el diario ABC que más de quince años después conserva, a mi parecer, todo su sentido. Las investiduras de doctores honoris causa que una universidad otorga a profesores de otras universidades son hechos cotidianos. Sin duda, Umberto Eco tiene más méritos académicos que muchos otros que también han recibido tal galardón. La cosa no tiene nada de extraña. Más llamativo resulta que sean 38 universidades en total las que le otorgaron tal reconocimiento: entre ellas varias españolas y prestigiosas extranjeras. Probablemente esto tiene que ver con la notoriedad del galardonado, pues, como es bien sabido, la persona o institución que galardona a alguien notorio participa (o puede participar) también en algo de su notoriedad. Y así han ido desfilando, entre otras, las universidades de Tel Aviv (1994), Atenas (1995), Varsovia (1996), Castilla-La Mancha (1997), la Universidad Libre de Berlín (1998), Sevilla (2010), Burgos (2013) y Buenos Aires (2014).

No obstante, en la Historia de la Ciencia del Lenguaje del siglo XX, donde se inscriben libros suyos como Obra abierta (1962), La estructura ausente (1968) y Tratado de semiótica general (1975) o Kant y el ornitorrinco (1997), no figurará entre los descubridores de nuevos caminos como De Saussure, Peirce, Hjelmslev, Jakobson, Greimas, Lotman o Chomsky. Fue, sin embargo, un profesor de semiótica que supo comunicar como nadie. Pocos como él tienen el don de la oportunidad para acertar con el ejemplo o contar el chiste que volverá inteligible hasta la más abstrusa teoría.

Pero, sin duda, su significación universal, que desborda la de cualquier científico para entrar en la mitología de nuestro tiempo donde están los Beatles o los Rollings, se debe a su novela El nombre de la rosa (1980).

Le Point calculó a esta obra cuarenta millones de lectores. Diez millones de ejemplares vendidos, sean los que sean los que llegan a leerla completa, es un dato que no se puede subestimar. Y es que El nombre de la rosa es alegoría de la propia trayectoria vital de Eco, que resulta paradigmática para una cierta élite de la intelectualidad europea de la segunda mitad del siglo XX. Católico progresista a los veinte, marxista a los treinta, desencantado a los cuarenta, como el protagonista de su novela, el franciscano Guillermo de Baskerville, pensará, sin duda, que no hay pasión más insana que «la insana pasión por la verdad».

Luego, en El péndulo de Foucault (1988) se dará un paso más. No solo hay que abandonar la pasión por la verdad, sino que es preciso intentar deshacerse hasta de su nostalgia: de nuevo, el protagonista es quien sentencia: «He comprendido. La certeza de que no había nada que comprender, esa debía ser mi paz y mi triunfo».

Esta su segunda novela hubiera debido ser tal vez la última. Difundida masivamente en todo el mundo al calor del éxito de la anterior, cayó más o menos rápidamente de la lista de libros más vendidos. Es verdad que aquí había acertado menos con el mantenimiento de la intriga a lo Conan Doyle, es cierto que el mundo de la cábala le había salido más de cartón piedra que la Iglesia de la Edad Media para cuya recreación Eco contaba con sus muchos estudios previos que se remontan a su tesis doctoral sobre santo Tomás de Aquino, pero —me parece— ocurre, sobre todo, que el mundo ha cambiado tan vertiginosamente que ya no será tan automática la conexión (incluso inconsciente) con el clima que la narración representa. Hoy, tras el derrumbamiento del muro, a los que «pasan» de la verdad, no les queda ni la nostalgia. Otros se reafirman o vuelven a la convicción de que la búsqueda de la verdad es causa de la tolerancia más profunda y de la auténtica libertad. Las sucesivas novelas La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y Número cero (2015) son obras que han mantenido la llama pero no han añadido nada más.

Conseguida la notoriedad, solamente quedaba la explotación del éxito, lo que, para una inteligencia despierta como la de Eco, no entrañaba la mínima dificultad: estar ahí, mirar alrededor y dar su opinión son cosas que ha hecho admirablemente de modo constante.

En el campo del ensayo se ha enfrentado, por ejemplo, con la cuestión que ha planteado al libro y a la literatura las nuevas tecnologías. En la novela de Victor Hugo, Nuestra Señora de París, Claude Frollo, archidiácono de la catedral, se espantaba en 1482 ante la novedad de la imprenta («la imprenta matará la arquitectura»), dato que recupera Eco para asentar una posición llena de buen sentido ante el desafío actual: el libro no se puede perder, la literatura que presupone el libro no se debe olvidar, pero las nuevas realidades comunicativas del mundo de Internet son imposibles de ignorar. Esto no matará aquello.

La última novela, presentada en la Feria del Libro de Fráncfort de 2014 con el título de That is the presse, baby, cuenta la historia del comendador Vimercate que, para chantajear a los poderosos y golpear a sus enemigos, crea un periódico ficticio que publica únicamente números cero, o sea, números que no salen al público. Cada número cero de Mañana (nombre del periódico) será solo una fábrica de chantajes.

Eco recibió muchísimos premios y distinciones. En el año 2000 fue Premio Príncipe de Asturias de Comunicación. Con todo, tantísimos reconocimientos, tantísimos doctorados honoris causa no han homenajeado, me parece, a un maestro de las generaciones futuras, pero tampoco se han limitado a poner el birrete a un profesor ilustre, han investido a un testigo de nuestra época. Quizás sea lo que faltaba por decir.

En torno a ‹‹El comensal›› de Gabriela Ybarra

Una chica llamada Gabriela está a punto de lanzarse a una piscina. Está de espaldas al agua, saboreando el momento, y está además concentrada en su propio cuerpo, en el equilibrio, la postura y el inminente movimiento. Finalmente se decide a ejecutar la voltereta, se impulsa, salta y, pocos segundos después, al emerger, un hombre se ha ahogado a sólo unos metros de ella. Al contárnoslo (pp. 95-96), una mujer de treinta y pocos años llamada Gabriela se ha sumergido definitivamente en el turbio y a veces incluso peligroso territorio de la literatura, arrastrándonos con ella al otro lado del espejo en una primera novela fascinante, confidencial pero pudorosa, reveladora pero enigmática, y sobre todo llena de preguntas, de sugerencias, de cabos cuidadosamente sueltos. El título mismo es mucho más misterioso de lo que parece, y la explicación que se da de él en las primeras líneas de la primera parte (p. 15) no resulta suficiente en absoluto.

Para intentar contribuir modestamente a un debate que ya lleva siglos, yo propondría definir “novela” como todo aquello cuyo autor presente como tal. Si Gabriela Ybarra ha llamado “novela” a El comensal será por algo, y además lo hace nítidamente y sin matices en lugares tan privilegiados como las dos primeras palabras de la “Nota previa” (p. 11) y en la última de la nota de “Agradecimientos” (p. 171), de modo que cabe pensar que probablemente sea no sólo deliberado sino estratégico que ese sustantivo funcione como apertura y cierre del libro, enmarcándolo, como si ejerciera más bien de declaración de intenciones y, finalmente, de recordatorio. Por otro lado, y aunque sin duda sea casual, no deja de ser curioso que en este libro haga un fugaz cameo Rafael Sánchez Mazas (p. 140), falso protagonista de Soldados de Salamina, novela de Javier Cercas que, si bien no supuso ni mucho menos el pistoletazo de salida de esta “nueva autoficción” que nos rodea, sí es completamente crucial para entenderla y sigue siendo muy útil para explicarla.

Que El comensal venga etiquetado bajo ese género narrativo tan flexible e inclusivo autoriza a Ybarra, por ejemplo, a avisar en los créditos (p. 170) de que ha modificado “levemente” pero a su conveniencia las citas que ha exhumado de las hemerotecas, recurso literario que pone tan nerviosos a historiadores y periodistas (y es comprensible, pues ellos no pueden permitirse esas licencias, que en su caso serían trampas o manipulaciones e invalidarían su trabajo), pero mucho más que sus implicaciones metaliterarias o el alcance de su juego con los borrosos límites entre realidad y ficción, importa lo que la autora ha querido contarnos a partir de ciertos hechos que sucedieron aquí fuera, en el mundo, de los cuales Ybarra da una versión acaso interesada pero no arbitraria. Y no sólo no pretende en absoluto ser veraz, exacta y objetiva en los datos sino que es perfectamente consciente de que en ningún caso podría serlo.

Lo que se narra en la primera parte es el secuestro y asesinato de su abuelo paterno, Javier Ybarra, a manos de ETA, en la primavera de 1977, mientras que en el segundo bloque, más extenso y mucho menos homogéneo, se relatan los seis meses –entre abril y octubre de 2011– que duró la última enfermedad de su madre, todo el rápido y finalmente trágico proceso que fue de la detección de un tumor cancerígeno hasta la muerte. Si la primera sección está narrada con una distancia sorprendente, casi como un reportaje periodístico, con un tono más bien frío, en la segunda la autora se implica de un modo tan intenso como, según nos cuenta, lo hizo durante la convalecencia de su madre, pero no sólo para hablar del cáncer sino para revelar ella misma grandes porciones de su intimidad, y aun de su privacidad (lo cual implica también alguna significativa confidencia sexual, narrada por fin de un modo verdaderamente feminista, esto es, no con ese desparpajo en el fondo forzado y coqueto que hemos leído en otras autoras contemporáneas, sino con una naturalidad y una limpieza reconfortantes que son fruto de muchos años de normalización, la conquista de una lucha difusa pero profunda). En la primera parte, pues, se aborda una muerte que nos implica a todos por “social”, por “política”, por violentamente relacionada con la historia reciente de España, mientras que en la segunda se narra una enfermedad y una muerte privadas. Pero esto, aunque se añada el dato de que Ybarra (nacida en Bilbao en 1983) no llegó a conocer a su abuelo, no acaba de resolver el pequeño enigma de los tan distintos registros con los que se acomete la escritura de cada relato. El caso es que ella tenía dos buenas historias “reales” entre manos, y al entrelazarlas y, sobre todo, al pasarlas por el caleidoscopio de la literatura, consigue hacerlas “ejemplares”, en el sentido clásico.

El libro contiene además varios (acaso demasiados) epílogos, líneas y tramas digresivas que se van adelantando y a veces confundiendo, pero que van anunciando un desenlace que se intuye revelador y que resultará más bien abierto, envuelto una vez más en los interrogantes. Ese final, que se demora, va precedido de reflexiones en torno a Robert Walser (al hilo de su portentoso El paseo), la inclusión de entradas de un diario íntimo, la anotación de sueños o recuerdos remotos, la voluntad de incidir en el retrato del personaje del padre (un tanto desdibujado antes y potencialmente interesantísimo), nuevos descubrimientos en torno al asesinato del abuelo y la crónica de un viaje al bosque donde apareció su cadáver, o la constatación, un tanto sorprendente, del carácter político de la escritura de la autora (“Mi intimidad aún es política. La muerte de mi madre también”: p. 140), detalle en el que tal vez se percibe la influencia directa de Elvira Navarro, responsable editorial de Caballo de Troya durante la temporada en que fue editada esta novela.

Si El comensal es una novela que, a pesar de su brevedad, contiene descuidos, desajustes o desperfectos, no importan de ningún modo porque es un libro estupendo, verdaderamente singular, que está dentro de la melodía de muchísimos libros españoles de los últimos años pero que no se parece a ninguno de ellos y los supera a casi todos. Y ante tanta verdad como cobija, no importa tampoco nada la literatura ni sus artificios ni los “sacerdotes” que la velan ni los “policías” que la vigilan ni los “científicos” que tratamos de medirla, reduciéndola. Natalia Ginzburg demostró para siempre en sus narraciones hasta qué punto la levedad puede ser el camino a la trascendencia (lo cual, por supuesto, no implica que la levedad sea siempre trascendente, como parecen creer o al menos anhelar tantos de sus superficiales y meramente anecdóticos imitadores de hoy), y Gabriela Ybarra sí ha acertado a comprender esa lección, como si además estuviese teniendo siempre en cuenta, también en lo que a su estilo se refiere, ese precioso consejo de su madre, “Sed sencillos”, que funciona casi a modo de estribillo en este luminoso debut.

J. Jiménez Lozano, II: ‹‹La esperanza es prueba de la igualdad radical del género humano››

José Jiménez Lozano (Langa, 1930) es uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo. Distinguido con el Premio Cervantes en el año 2002, la obra de Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección en la que se concretan las pequeñas verdades de los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. A raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias), conversamos con José Jiménez Lozano sobre su obra y los grandes temas que alumbran su literatura.

En su último diario, Impresiones provinciales, usted escribe “La gente de mi edad ha asistido como en primera fila a toda este deflecamiento o reniego cultural de Europa, y a la politización de la burbuja posmoderna, y a todas sus prohibiciones culturales y existenciales y hasta de lenguaje dentro de ella. Y a las liquidaciones de los herejes sambenitados de distintas maneras”. Me gustaría preguntarle por este reniego cultural. ¿Qué le ha sucedido a Europa para caer en este proceso de auto-odio? ¿Se trata de una consecuencia del triunfo de las filosofías de la sospecha y de la corrección política o hay algo más?

Seguramente de trata en gran el triunfo de esas filosofías en las clases dirigentes europeas que luego se ha extendido y democratizado como la última conquista de la recién descubierta verdad de la que a la vez se dice que no existe. Y esta verdad-no verdad destruye toda la herencia intelectual, estética  y moral europea, que comienza a renegarse y a odiarse. Y un reniego y odio y autodesprecio tales de la vieja Europa se han convertido hasta en cédula acreditativa de pertenecer a la “intelligentsia”, y desde luego de ser modernos, y esto es todo un halago para muchos.

Y luego también está ahí esa especie de cansancio del vivir que se da en sociedades con experiencia del vivir fácil, desahogado y tedioso que busca aventura, como lo dicen  las palabras de aquel pequeño rey godo, Teodorico, refiriéndose a los romanos  decadentes: “Los romanos idiotas quieren ser bárbaros, pero los barbaros inteligentes quieren ser romanos”. Dulces suicidios, doradas eutanasias, eróticos delirios de un banquete de Trimalción, o de cualquier otro poderoso, al final de los cuales se sacaba un esqueletito humano para poner una cierta pimienta en el aburrimiento digestivo.

 – El eclipse de Europa va de la mano de la crisis del cristianismo como elemento vertebrador de la cultura y de la sociedad. Usted vivió en primera persona y con cierto optimismo el aggiornamento del Vaticano II. ¿Qué lectura hace de la evolución del catolicismo en este último medio siglo y su obsesión, a favor o en contra, con el zeitgeist de la época?

El cristianismo, aparte de una fe, es un cultura que hizo Europa: el mundo de los evangelios, más los judíos, más los griegos, más los romanos, más todo lo que ha producido este “totum” y su devenir. Sólo hace falta recordar el modo de ser protestante o papista. Vidas y expresiones artísticas y hasta de cocina tan distintas. Y el hombre racionalista, cristiano o no, pero igualmente europeo. No se puede arrojar todo esto por la ventana sin que se cometa  una necedad o una locura, y sin terribles consecuencias de todo tipo.

Es en el siglo XVIII cuando las minorías sociales rectoras se desprenden con alegría del cristianismo, porque han pensado que el cristianismo, y todas las religiones, son unos fantasmas culpables de toda violencia e irracionalidad. Ellos encendieron una palmatoria, como dice Jacques Lacan, y los fantasmas se disiparon, y así este racionalismo, iluminista pero no cognitivo, acabó por triunfar ampliamente.

Mas adelante, vino la cuestión de la ciencia y de la historia como catapultas contra el cristianismo, o la exégesis bíblica Y, como dice el Profesor Pierre Chaunu, hasta la Biblia ha quedado muda, y puede hablarse de que de la inerrancia bíblica se ha pasado a una inerrancia de la Ciencia, que es “una inerrancia de geometría variable de verdades sucesivas”. Y el caso es que los señores cristianos parece que han  quedado muy satisfechos y contentos. 

Pongamos luego, como alegórico el recuerdo del Viernes Santo de 1913, en que un  tío abuelo por cierto de Jean Paul Sartre, abandonó Europa para irse a África. Se llamaba  Álbert Schweitzer y era médico, teólogo, pastor  y gran intérprete de Bach, que dijo de sí mismo que “familiarizado con el miedo, el odio y la falta de fe disfrazada de religiosidad que impregnan el continente” europeo, decidía irse a  vivir en África “un cristianismo sin palabras”.

Luego todo transcurrió, en la relación entre Iglesia y mundo, en mejor o peor vecindad, o un dejar de lado las cosas, durante bastante tiempo; incluso si, desde luego, estuvo ahí el problema del modernismo cerrado en falso, y por fin llegaron, con el Vaticano II,  los aires de un gran optimismo. Pero entonces comenzó una especie de apresurado “ralliement” o aproximación al espíritu de los tiempos, y toda una serie de interminables repliegues: “como un ejército en retirada”, según me dijo varias veces en los años ochenta un prelado español muy amigo, hoy ya difunto.

Durante el Concilio mismo, recuerdo las ironías de una  escritora italiana, que aseguraba que no veía la razón de las Curias de Juan XXIII y Pablo VI en buscar algún tipo de entendimiento con una modernidad ya herida de muerte y con un marxismo real al que le quedaban poco más de veinte años. Y ahora podemos comprobar la exactitud de aquel diagnóstico, y entender los sarcasmos de otro escritor, Evelyn Waugh, en su guerra en defensa del esplendor y la belleza de la antigua liturgia, frente al arzobispo de Westminster, el cardenal Heenan, y frente a Roma. Aunque pronto comprobó que había perdido: “El Concilio Vaticano ha podido conmigo…Todavía no me he rociado de gasolina y no me he prendido fuego, pero tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría”, dijo. Aunque, ciertamente, ya no vivió mucho más para ver otras tristezas, como el también eximio escritor Julien Green nos confesó. 

– Ernst Jünger, al final de su vida, escribió un libro titulado La Tijera, donde reflexiona sobre los efectos empobrecedores de la poda sobre el lenguaje y la cultura. En una de las notas de su diario que se encuentran al principio de Impresiones provinciales podemos leer un párrafo que va en línea con el ensayo de Jünger. Así, usted señala que “la persona humana ha sido rebajada y minimizada a una sola dimensión: la de su condición ciudadana. […]. Significa que el hombre no tiene sino una naturaleza política, y por eso cuenta. No como persona ni como hombre. Hombre y persona quedan confiscados y socializados por la política”. Yo le preguntaría, ¿en qué se distingue la persona del ciudadano? Y también, ¿al politizar en exceso la vida no nos estaremos adentrando en un mundo definido por las categorías schmittianas, que solo distingue entre los amigos y los enemigos?

Si se afirma que la naturaleza del hombre es esencialmente política, estamos en pleno totalitarismo, como hemos comentado más arriba, pero la llamada democracia burguesa considera que ser ciudadanos es la condición social del hombre, más racionalmente reconocida,  pero que el hombre primero es hombre y luego ciudadano. Aunque ahora parece que volviéramos a aquella identificación entre hombre y ciudadano y, por lo tanto, ya estuviéramos en una vía  más de liquidación de lo humano e imperio de la política.

Respecto al idioma del totalitarismo o que lleva a él, hay que decir que es el llamado “lenguaje de madera” y también el lenguaje “políticamente correcto” que nos permite denominar a la pena de muerte “defensa suprema de la vida” y “reordenación urbana” a expulsar a los menos adinerados de su tradicional hábitat, et. Ya Tucídides, cuando la guerra de Corcira, en el Peloponeso, hizo notar que debían llamarse asesinatos a los que habían sido asesinatos.

– Una última cuestión, de raíz casi sapiencial. Al final de su vida le preguntaron al director de orquesta Sergiu Celibidache si había esperanza. Él contestó: “¡Por supuesto! El jardín de Dios es inmenso y siempre fértil. Siempre habrá música”. Para José Jiménez Lozano, ¿cuál es la clave de la esperanza?

En principio podría decirse que la esperanza es un mal, un recurso, la sierpe escapada de la caja de Pandora y, por tanto, que toda esperanza humana es un sueño como mucho, y que la esperanza es solamente teológica. Pero, si parece una evidencia la pequeña bondad humana de la que hablaba Vassili Grossman, y se nos testimonia en los peores momentos, también hay entre los hombres una esperanza, la indestructible esperanza del almendro que se obstina milenio tras milenio en ofrendar su flor aunque será casi siempre amortecida por el hielo. Es una esperanza contra toda esperanza como la de Abram, y es lo que nos constituye como hombres más que ninguna otra cosa. Y esto debe resultar inexplicable para quienes, siglo tras siglo, juegan con la esperanza humana y se ríen de ella, como de la confianza de quienes entraban en la cámara de gas antes de que se supiese que no eran una ducha. Debió de resultar algo de mucha risa y jolgorio ver cómo los convocados a la ducha confiaban.

Hobbes pensaba que sabemos que somos iguales porque nos podemos matar, pero no es menos cierto que una prueba de esa igualdad radical del género humano es que tenemos esperanza y podemos matar la esperanza de los demás y reírnos de ella. Pero también comprobar que es indestructible, incluso machacada o reducida al absurdo. Es la esperanza contra toda esperanza de Abram, que hizo reír a Sara. Y Péguy decía que la esperanza era como una niña, pero sólo ella, absolutamente sólo ella, puede empujar la Historia, y esta realidad es  un hecho bruto y material, que Ernst Bloch se encargó de hacer notar a los señores liberales y a sus propios compañeros marxistas.