Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

José Carlos Llop: “El tiempo da a la literatura la pátina que necesita”

José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) entiende el mar como una segunda piel y la poesía como una llamada repentina que o se atiende o se pierde. Como entiende y recuerda que la isla de su juventud existió al margen del tiempo, con un perfume alejandrino y un color ocre que ya no son. Aquellos años, los de su juventud, eran el tiempo donde la vida y la libertad esperaban a ser estrenadas; el tiempo que se le impuso en la prosa porque estaba enraizado en la memoria de un pasado que otros abandonaron.

“¿Éramos modernos o éramos raros? Ambas cosas éramos, como no se fue antes y no se ha sido después. Acampamos bajo el árbol del bien y del mal. Todo lo conocimos. Pero el tiempo cayó sobre nosotros como un diluvio.”

‘Reyes de Alejandría’ (Alfaguara) es una rapsodia sobre la juventud que todo lo quiso, compuesta por un escritor reconocido en toda Europa que lograr abrir su memoria para revelarnos la vida en su máximo esplendor.

–          ‘Reyes de Alejandría’ reconstruye el relato de una juventud que, tras heredar todos los males del siglo XX, estrena la vida. ¿Qué ofrecía esa vida?

Fue una vida preciosa que tuvo su exaltación y también su némesis, como ocurre en todas las generaciones. Pero sí que inaugurábamos la vida. A España llegó tarde el espíritu que había empezado a extenderse por Europa en los sesenta, pasada la resaca de la Segunda Guerra Mundial. No solo llegó tarde sino que hubo sitios en los que tardó mucho más en llegar. La Barcelona de los setenta era una ciudad espléndida y maravillosa que nos acogía a todos los que llegábamos de otras partes del país, con la cual nosotros también éramos generosos y aportábamos lo nuestro. Era una ciudad llena de vitalidad y de cultura callejera. De alta cultura: desde jazz a música clásica, rock, literatura, poesía en castellano, poesía en catalán, revistas de vanguardia, revistas contraculturales y musicales… La calle estaba más viva que nunca. Sigue estándolo, pero aquellos años de esplendor quedaron casi olvidados porque les pasaron por encima los ochenta y los noventa. Al menos desde mi punto de vista literario. Habían quedado ensombrecidos y socialmente como si no hubieran ocurrido, como si no hubieran pasado. Este libro es también un rescate de aquella época a través de la educación sentimental de un  individuo y sus amigos. Ese individuo es la voz narradora que establece un monólogo donde va presentando personajes e historias mientras cuenta lo que ocurrió bajo su mirada a través del teatro de las pasiones que tuvo entonces. Esas pasiones eran la música y la literatura y, al hilo de esa frase que decías, también podría decirse que la música fue nuestra religión y que los evangelios eran los libros, la poesía, los ensayos y la novela. Pero sobre todo la poesía, que tenía un entronque con la música y son parientes muy cercanos. Fue una buena educación sentimental. Caótica, pero buena.

–          Esas pasiones brotan en Palma. El influjo cultural parece ser más fuerte por el hecho de haber nacido en una isla del Mediterráneo.

Una isla es una tierra de paso, una base, una tierra de acogidas de vidas que no han prosperado en el continente. Es muchas cosas: un continente en sí misma y también un microcosmos donde cabe toda la maqueta del mundo y puede interpretarse porque están todas sus coordenadas. Durante la Edad Media, Mallorca era el puerto de paso de toda la exportación de pieles exóticas que llegaban a Nápoles y que iban hasta Amberes y los Países Bajos. Era el lugar de paso de África. En los setenta, digamos que por la cercanía con Ibiza, ocurrió un fenómeno que tardó más en ocurrir en otras ciudades españolas. El hippismo, los artistas extranjeros, la juventud universitaria… Se dieron una serie de factores donde se produjo la celebración de ese descubrimiento del mundo, de una nueva forma de vida alejada de la oficial, enfrentada en algunos sectores a ésta, y con la capacidad de inventarse una libertad que no se tenía. Nos la inventamos aunque también la encontramos hecha en Barcelona. Lo digo así porque pertenezco a esa generación y Barcelona era el territorio de la libertad en todos los sentidos, absolutamente, así como en Madrid llegaría una década más tarde con la migración del flujo cultural que protagonizó ‘La Movida’. Pero, pese a su esplendor, es una época que ha quedado oscurecida en el tiempo, supongo que por sus finales vinculados a la droga, las enfermedades que llevó, y porque no tuvo la fuerza suficiente para mantenerse contra tiempo y marea. Porque el tiempo y la marea siempre existen, pero no podemos echar las responsabilidades de nuestros fracasos a ellos sino a la fuerza que se posee. De todas maneras, la mirada de esta época está teñida por el amor que se vivió, por los amores. Hablaba antes de la música y la literatura, pero también está el descubrimiento de los amores y de la vida. Y la mirada del narrador, aunque sea reflexiva y meditativa está muy imbuida o trufada de esos sentimientos en busca de la emoción que fue todo aquello. Cada fragmento está escrito como si fuese una canción también; hay un ritmo interior, una música interior que propicia una búsqueda.

–          ¿Entonces el relato está más influido por la música que por la literatura?

El libro tiene dos partes: hay una primera parte donde la música domina mucho y una segunda donde va cediendo el paso a la literatura. Si hago memoria exacta, no literaria, he de decir que era a partes iguales. Digamos que la sentimentalidad tal vez estaba más ligada a la música, pero la vida, tal y como queríamos vivirla, estaba muy ligada a la literatura; vivida como una novela, como un poema. Y eso es algo que nos ha quedado a los que después hemos sido artistas. Hemos conservado esa parte de una época única en donde la alta cultura y la cultura popular se daban la mano. Nosotros escuchábamos a Bach o a Mahler de la misma manera que escuchábamos a Los Rolling Stones o a Van Morrison. Discerniendo entre qué era una cosa y qué era la otra, por supuesto. Pero es la primera vez que quien disfruta de la música clásica disfruta también de la popular, y aunque esa música popular se nutra en parte de algunas raíces locales, pienso ahora en músicos irlandeses, no es una música localista. Es una música universalista, como éramos nosotros, que lo que quería era cambiar el mundo, como nosotros. Ahí hay otro doble proceso de identificación y deseo de cambiar el mundo desde una nueva mentalidad. Creo que esa época también es crucial por eso.

–          Los jóvenes viven en la música que escuchan. El ‘Babel al revés’ como llega a decir. ¿Aunque no se entendiese la lengua bastaba con saber que lo que su mensaje iba contra lo establecido por el régimen?

No, no por el régimen. No era sólo disentir del régimen o enfrentarse, ni muchísimo menos. Esa música hablaba de amor, de desengaño, de fracasos, entusiasmo, de cosas que poco tenían que ver con la política de aquellos años. Pero también es verdad que se colocaba en un margen que aquí apenas habíamos estrenado, y en ese margen nos colocábamos también nosotros. Definitivamente era Babel al revés. Las lenguas, por distintas que fueran, las conocíamos en mayor o menor grado pero también nos encontrábamos en ellas como en casa, algo que no nos pasaba con la música popular antes, que era localista. En este caso, la música de nuestra generación no lo fue. La casa de la lengua; del ser, que decía Heidegger.

–          “La vida era novela o un poema, o sino no era nada” Era Rilke, era Panero, era Eliot pero sobre todo era Pound.

Pound es uno de los elementos que vertebra el libro. Aspirábamos y vivíamos de una manera parecida a como Pound entendía la cultura: una gran conciencia de la tradición grecolatina, un aprendizaje e incorporación de lo que era la literatura oriental a través de la poesía china. Luego esa labor poética, sólo triunfante en fragmentos y fallida en su totalidad, que son los cantos donde se dan la mano distintas culturas y distintas músicas; de la misma manera que en el Rock se daban la mano instrumentos asiáticos, ritmos africanos, el blus afroamericano o la cuerda barroca europea del siglo XVII. En fin, ecléctico y como siempre ha sido la música Rock, y en este sentido Pound establece un paralelismo. De todas maneras, citabas a Rilke, Panero y Eliot, y es que vivíamos leyendo poesía. No nos disponíamos a leer un poema o a un poeta. Los leíamos constantemente y eso construye una manera de mirar el mundo. Pienso que está reflejada en ‘Reyes de Alejandría’ desde la primera a la última página.

–          ¿Eran pieles rojas?

La frase del “deseo de ser piel roja” es de Kafka. Imagina a un oficinista de una compañía de seguros trabajando una serie de horas al día detrás de su mesa gris pero con el deseo de ser piel roja. Nosotros éramos pieles rojas y después éramos el deseo. Pero sí, desde en lo heterodoxo de las vestimentas hasta en el pelo largo o en los tambores, había algo de eso.

–          Esa juventud tenía la idea de que los pecados no eran suyos.

Eso se refiere sólo al peso de la historia, no a la manera de vivir de su generación ni al desenlace. El peso de la historia no era nuestro, pero estaba el pecado de la Guerra Civil. Era el pecado original de una sociedad que no vivía acorde a otras sociedades de la Europa occidental.

–          ¿Y esa juventud,  ya madura, no ha legado ningún pecado?

Siempre legamos algún pecado. De hecho la parte de esa estrofa del desenlace de la generación es un pecado. La cosa ingenua y salvaje frente a todo habrá repercutido en otros de una manera negativa, pero digamos que los pecados nuestros fueron menores y los pagamos nosotros mismos. Quizá los pecados mayores fueron aquellos de los que estaban pero al mismo tiempo ya estaban pensando en dónde estarían después, y no era en el sitio donde estábamos nosotros, sino uno muy distinto y continuista con lo que hubo antes. Llámalo deslealtad, llámalo traición, llámalo una facultad de la madurez o la necesidad de la vida. Yo qué sé. El pecado fue la simulación, la impostura para después acabar en lo mismo.

–          El título deja entrever a esos apóstatas.

El título es muy importante. Está tomado de un poema de Cavafis, la celebración de una fiesta donde se corona a los hijos de Cleopatra como reyes de distintas partes del imperio. Allí acude toda la ciudad, que come y parece festejar a aquellos nuevos reyes pero en el fondo saben que no van a reinar jamás. La sabiduría cínica está en el conocimiento de que el peso del mundo va a poder con ellos también. Algo así ocurrió a finales de los setenta.

–          ¿Ese esplendor efímero no basta para justificar la abdicación?

No. Tras la desbanda nos encontramos solos en un momento dado. Cada uno labró el camino hacia lo que quería o más bien podía, pero si uno era artista allí tenía un motor estupendo para continuar de la misma manera, pero si no lo era tenía que buscarse otro camino.

–          En ese ejercicio de memoria llega a decir “no he escrito sobre otra cosa que no sea el paso del tiempo”, y hace un tiempo afirmó que “el tiempo nos escribe mientras sucede con nosotros”.

Sí, nos escribe mientras sucede con nosotros. El tiempo nos escribe y es uno de los dos pilares más sólidos que tiene la literatura. La inmediatez es periodismo, es crítica. Puede ser muy buena, pero sólo es eso. El tiempo va dándole a la literatura la pátina que necesita y sobre todo produce la metamorfosis y las germinaciones que consiguen que aquel hecho real acabe convirtiéndose en un hecho distinto que es el hecho literario. El otro pilar es la memoria, que también tiene un trabajo permanente con lo vivido y crea espacios de ficción, sin lugar a dudas. Aunque se quiera recrear exactamente lo que se vivió esa exactitud no tiene límites a través de la memoria.

–          ¿Por qué está fragmentada?

A veces es importante lo que no cuenta en combinación con lo que sí: los silencios, los blancos de la página, por qué hay un blanco en ese momento y no en otro… Es un elemento ficcional, repito, como el tiempo. El tiempo nos escribe y nos hace como somos. Es muy potente. Solo tenemos tiempo y al tiempo le damos igual. Después de nosotros vienen otros.

–          ¿Nos dicta?

No, escribirnos no quiere decir dictarnos, sino hacernos. El tiempo, si lo tratas bien, está a favor tuyo.

–          Quisiera volver a Barcelona, que llega a definir como “nuestra París pobre”.

Es posible que lo fuera, porque sí que tenía cierta influencia y cierta mirada hacia París. Se miraba mucho hacia París entonces.

–          Pero también es la maqueta de un mundo donde el miedo viste de gris.

A mí me gustaba. Al final de una dictadura existe el miedo, porque se pliega sobre sí misma y es más violenta que en tiempos de bonanza. Está más crispada y es más violenta, como así fue en las calles de Barcelona a mediados de los setenta. Pero aunque existiera el miedo yo sigo prefiriendo en mi memoria sentimental aquella Barcelona con olor a electricidad y con las bocas de metro y los edificios que no estaban limpios. Más que a la Barcelona olímpica y del diseño de después. Que está muy bien, pero sentimentalmente a mí no me dice nada.

–          ¿La Palma de ahora tampoco es la que fue?

Con Palma no hubo olimpiadas ni nada de eso, pero ha cambiado mucho. El mestizaje de ciertos barrios como en el casco antiguo ya no existe. La mezcla de distintas clases sociales según qué barrios tampoco existe; el color ése que solo era ocre ahora es diferente. Pero sobre todo que, con el paso de los años, el escenario donde crecimos va mutando de tal manera que si sólo miras a tu altura desparece, junto con los comercios y las tiendas los bares. Luego está el aspecto de la sociedad global, que implica la franquicia. Todas esas cosas que están igual y que son las mismas en Palma que en Burdeos, Barcelona o Madrid. Eso homologa mucho y resta personalidad a la ciudad. De todas formas sigue siendo una ciudad muy bella, con un puerto de mar extraordinario, un centro gótico importante en Europa y un casco antiguo muy bien conservado. Juan Perucho siempre decía que era la ciudad más bella del Mediterráneo, y aunque yo le agradecía mucho el detalle una ciudad bella no es.

–          También está París, que representa una realidad pero queda fuera del tiempo de la novela

París en la novela es el pretexto para arrancar desde un punto tan físicamente distanciado como distanciada está la mente del narrador en el momento de contar la historia, es decir, han pasado cuarenta años, hay un distanciamiento temporal y debe haberlo también físicamente. Utilizo París porque fue y sigue siendo la ciudad de los escritores. Es donde el escritor es más que nunca, donde está más embebido y centrado en lo que es la tradición literaria e incluso el mundo. París es la casa de la literatura. Acoge todas las literaturas en sus librerías, y esto no lo encuentras en cualquier parte del mundo. Está ahí por eso, porque era el observatorio simbólico perfecto.

–          La música caminaba entre Dylan y Cohen, pero también entre Bowie, aunque menos.

Es que es muy importante. Abre una dimensión distinta en la música y la letra de nuestro tiempo. Una canción de Bowie te hace distinto después de escucharla. Además se reinventaba a sí mismo constantemente. Su disco ‘Hunky Dory’ o canciones como ‘Heroes’ siguen dando ganas de bailar, aún con los años.

–          ¿Es una novela de un tiempo o pueden mirarse en ellas otras generaciones?

Creo que las generaciones posteriores pueden aprender. Y no solo eso. También descubrirán cosas que no habían pensado y confirmaran otras que sí. Es un libro transversal, que efectivamente es el de la juventud de mi generación pero la juventud es algo que todo el mundo ha vivido y la música es la misma. Es un libro donde distintos lectores pueden contar muchas cosas, no digo la totalidad, de lo que vivieron o desearon vivir. Obviamente, no se vivió todo porque las circunstancias socio políticas eran otras, pero no es un libro exclusivista que se cierre en un periodo histórico. Es literatura porque es universal, y no hay una sola España e los setenta.

–          ¿Quizá también porque la política era una preocupación pequeña?

Sí, la política está ahí y, de las cosas que nos preocupaban, era un pequeño fragmento. Porque mi generación entramos en la vida con risa, con ganas de vivirla alegremente. No estábamos dispuestos a estar todo el día con el ceño fruncido y siendo tan ortodoxos como fueron nuestro hermanos mayores o la generación anterior; con dogmas, artículos de fe y exclusión o anatemas. Nosotros no estábamos dispuestos. Queríamos todo, y en ese todo ecléctico entraban cosas que nos gustaban de antes. En eso la música ayudó mucho y era muy distinta a la que escuchábamos antes.

–          Se ve que tenía ganas de escribirlo

El libro se me impuso. Había escrito una serie de libros antes y ahora tocaba éste. Lo pasé muy bien escribiéndolo. ‘En la ciudad sumergida’ había un aviso de que venía, y después escribí  ‘Solsticio’. No es que lo hiciese inmediatamente después, pero los libros tienen su extraño turno y su extraña vez, y no soy yo quien lo determina. Pero siempre quise utilizar el título de ‘Reyes de Alejandría’.

Las urgencias de la libertad

«Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?» es el título del seminario que hoy inauguramos y que se enmarca en el XXV aniversario de la fundación del proyecto Nueva Revista. Iniciativa promovida por un ilustre liberal, Antonio Fontán, al que hoy me gustaría también recordar y rendir un homenaje especial por su ejemplar trayectoria como intelectual y político humanista. Lo hago en mi condición de secretario de Estado de Cultura, pues no puedo olvidar que Nueva Revista es una iniciativa cultural que quiere ser fiel a la tradición inaugurada en España por la Revista de Occidente orteguiana. Pero también, desde mi filiación política liberal. No en balde don Antonio representa la recuperación del liberalismo como proyecto de regeneración democrática para nuestro país después del silencio impuesto al respecto por la dictadura.

Eso hace que, después de agradeceros la posibilidad de estar hoy aquí inaugurando este seminario, afirme que el título que se ha dado al mismo es muy atinado. Con él se dibuja el reto que tiene España ante sí y que se sitúa en la encrucijada temporal de las elecciones que viviremos en diciembre de este año.

«Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?». Buena pregunta, por tanto, la que plantea Carlos Aragonés. 2015 comienza a percibirse como un año decisivo. Una fecha límite. Encierra una idea de antes y después a la que se asocia la inauguración de un tiempo nuevo. Un tiempo totalmente desconocido y que, en mi opinión, constituye el cuarto acto escénico en el que se desarrolla la historia, interpretada en clave, digamos, teatral, de nuestra democracia. Una historia teatral que tiene al liberalismo como guion escénico. Pues liberal es básicamente la historia de nuestra democracia…

Permítanme que abunde un poco en esta reflexión.

El primer acto de nuestra democracia va de 1975 a 1982. Es el periodo de la Transición, lato senos, incluyendo en ella los gobiernos de la UCD que la proyectan y desarrollan. Es el periodo cuyo principal protagonista es Adolfo Suárez y alrededor de él hay otros personajes que lo acompañan en el proyecto de moderación política que lideró. Entre ellos hay que citar a Antonio Fontán. Surgiendo con él un liberalismo que se reivindica como parte del proyecto político de la UCD y que influye en muchas de sus iniciativas de gobierno.

El segundo acto va de 1982 hasta 1996. Está marcado por la hegemonía del socialismo democrático de Felipe González. Bajo él España se moderniza, se consolida como democracia, se abre al exterior, recupera nuestra conexión con América Latina y Europa, y hace suya una dimensión liberal que, de la mano de figuras como Miguel Boyer, Carlos Solchaga, José Antonio Maravall o Javier Solana, centra a la izquierda española en la mejor tradición del republicanismo de entreguerras.

El tercer acto concluye ahora. Viene de 1996 y llega hasta 2015. Incluye los gobiernos de Aznar y Zapatero, así como el actual gobierno de Rajoy. Hablamos de un acto con varios cambios de ritmo y escenarios. Un acto complejo porque desarrolla un imaginario dialéctico de naturaleza política, ideológica y económica que comparte una misma longitud de onda. Un imaginario de tensión y confrontación que estuvo marcado radicalmente por las fracturas que supusieron los años 2004 y 2011, esto es, los atentados del 11-M y la constatación financiera de la crisis con el desbordamiento de la prima de riesgo y el riesgo de quiebra de nuestro país. Durante estos años el liberalismo actuó también como telón de fondo. Se reivindicó como soporte del éxito económico de nuestro país a partir de 1996 y también como inspiración de algunas de las reformas que en materia de derechos se impulsaron a partir de 2004. Incluso mutó y se reivindicó en su dimensión republicana liberal. En cualquier caso, fue objeto de tensión y reivindicación recíproca por los dos partidos de gobierno y frente a él o, mejor dicho, confrontado con él, se han ido gestando las corrientes que finalmente han desestabilizado nuestro orden constitucional y el soporte de consenso de nuestra democracia: el nacionalismo independentista en Cataluña y el populismo antisistema que comenzó su senda el 15-M.

Por eso, 2015 es el inicio de un cuarto y, permítanme que así lo diga, decisivo acto. Un acto que tiene al liberalismo, otra vez, como protagonista subyacente y que convierte el año 2016 en un quicio temporal que recuerda un poco a aquel apocalipsis feliz del que habló Broch y que, como en la Viena finisecular, nos coloca ante un escenario de angustia e incertidumbre, casi sistémica, pues, todo está en cuestión y pendiente de ser objeto de revisión en nuestra democracia. Revisión que no se sabe qué derroteros adoptará ni hacia dónde evolucionará. De ahí la pertinencia del título del seminario que inauguramos y a cuya pregunta me atrevo a aventurar ya una respuesta que espero poder explicar a continuación.

¿Más o menos liberalismo? Más, sin duda, pero no en sentido extensivo o cuantitativo, sino en un sentido cualitativo o, mejor dicho, intensivo.

Sí, hace falta más liberalismo, pero un liberalismo nuevo, más intenso y profundo, que se adense ontológicamente, tal y como analizaré más adelante. Hace falta más liberalismo porque —y eso me permite entroncar esta reflexión con lo que decía antes sobre los cuatro actos de la democracia— la incertidumbre que gravita sobre España no es muy distinta a la que marca el tránsito histórico de Occidente.

Al igual que pasa con la historia de nuestra democracia, la historia política de Occidente desde la Modernidad a nuestros días está marcada también por la presencia del liberalismo. De hecho, me atrevo a afirmar aquí que la historia del Occidente moderno tiene al liberalismo como su ideología fundante y el soporte teórico del relato de su identidad.

Fueron las llamadas revoluciones atlánticas las que forjaron Occidente. La revolución inglesa de 1688, la norteamericana de 1776 y la francesa de 1789, así como la española de 1808, dan corpus teórico a la modernidad política occidental.

De hecho, el liberalismo marca la cronología de la modernidad y su cuestionamiento.

Y es que el siglo XVIII, que va de 1688 a 1789, es el siglo de la construcción del liberalismo al conformarse la Ilustración como una epistemología de la libertad, la propiedad, la igualdad y la tolerancia. El siglo XIX, que va de 1789 a 1914, es el siglo de la ideología liberal, monopolizando esta todos los resortes interpretativos de su tiempo. La plenitud liberal es puesta en cuestión en las trincheras de la Gran Guerra, donde emerge el siglo XX, que se extenderá hasta 1989, cuando cae el antípoda dialéctico del liberalismo: el comunismo. El siglo XX es el siglo de la lucha contra el liberalismo y la resistencia de este a no ser devorado por el comunismo y el fascismo. Este siglo corto, sin embargo, es un siglo que cambia la fisonomía del planeta y siembra todas las disrupciones que sacuden nuestro tiempo. A su vez, el siglo XXI consagra de nuevo el triunfo del liberalismo pero también su fracaso y, de nuevo, su crisis, ya que va de 1989 y el llamado «fin de la historia» hasta 2001, con el primer renacimiento de la historia que trae el 11-S, y que apostilla el 2008 con el segundo renacimiento de la historia que tiene lugar con la crisis económica mundial. En ambos casos, hablamos de un renacimiento de la historia que tiene un antípoda crítico: el liberalismo. Bien el modelo liberal de la Paz perpetua kantiana, bien la confianza, también liberal, en el Progreso económico ilimitado que acompaña el transcurso del tiempo de la Modernidad.

De ahí que podamos afirmar que superado el siglo más corto de la historia, que fue el siglo XXI, habitamos un siglo-no siglo, el XXII, que inaugura una posmodernidad que cuestiona las raíces epistemológicas y políticas de la Modernidad. Una posmodernidad que plasma con plasticidad la imagen que Shakespeare dibujara en La tempestad cuando afirmó que los personajes de esta tragedia vivían un tiempo en el que: «Todo lo sólido se desvanece en el aire». Una posmodernidad que ha quebrado nuestra Modernidad a golpes de dos abruptas tempestades que cuestionan la seguridad en nosotros mismos: la tempestad del 11-S y la tempestad de la crisis de 2008.

Pues bien, 2015 concluye para España como una experiencia límite acerca de sí misma, así como de su emplazamiento físico y temporal en el mundo. Esa experiencia tiene mucho que ver con el liberalismo, hacia dentro y hacia fuera, tal y como hemos visto. De cómo se reintroduzcan las ideas liberales en la gestión de las incertidumbres de nuestro tiempo depende el éxito o el fracaso de nuestro país. Y escúchese bien porque hablo de cómo, no de qué ideas liberales. Pues, entrados, y permítanme que siga con la tesis de que habitamos ya el siglo XXII, en un tiempo tan radicalmente virtual y atemporal como es el nuestro, el liberalismo tiene que aventurar reformulaciones de sí mismo que salven la libertad y sus dimensiones humanas y personalistas. Digo virtual porque la identidad corpórea se diluye bajo la inmaterialidad de las nuevas tecnologías. Y digo atemporal porque el tiempo real en el que vivimos ha extinguido la noción de la cronología, circunstancias ambas que amenazan los asideros ontológicos sobre las que se ha desarrollado la cultura moderna de Occidente desde el siglo XVII hasta nuestros días.

En este panorama poshumano, la tecnología masiva y el desarrollo de lo que empieza a denominarse el psicopoder de Internet y la obsesión por la velocidad inmaterial, provocan servidumbres, dependencias y situaciones de arbitrariedad despótica que exigen revisitar los conceptos del liberalismo para que vuelva a ser eficazmente operativo en la defensa de una libertad humana y personal. Basta leer la obra de autores como Byung-Chul Han o Paul Virilo para comprender que el llamado cibermundo puede llegar a convertirse en el «gobierno de lo peor», como señala el segundo de los autores mencionados.

Para resolver estas tensiones que sufre la libertad hace falta redefinir el liberalismo, actualizarlo a partir de las experiencias acumuladas durante estas últimas décadas de transformación global en las que ha vuelto a ser cuestionado.

Lo primero es reconocer que el liberalismo, o es una filosofía de la libertad que está al servicio de una política de la libertad, o no es liberalismo. Esto supone que debe ser fiel a sus principios originales: la propiedad, la tolerancia y la dignidad, que actúan como los vectores a través de los que se interpreta y canaliza el sentido de la libertad.

Empezando por el primero de ellos, hay que decir que la idea de libertad nacida con el liberalismo fue una respuesta al miedo, como bien sostuvo Shklar. Al miedo que provocaron las guerras religiosas, la intolerancia y el triunfo de la seguridad absoluta que trataba de proyectar a su alrededor el Estado moderno. Una libertad que cobró forma material a través de una especie de trincheras de institucionalidad que permitían a la persona decir de sí misma que era dueña de su ser, de su cuerpo y de las acciones físicas y morales que se derivaban de ello. De hecho, la idea de libertad se hace material mediante una estrategia de reapropiación de sí misma que diseña Locke y los whigs durante la Crisis de la Exclusión inglesa a finales del siglo XVII. Yo soy, dirá Locke en los Dos tratados sobre el gobierno civil, dueño de mi vida, de mi libertad, de mi cuerpo, de mi persona, de mis acciones y de sus consecuencias, entre otras, de las consecuencias de mi trabajo sobre las cosas. Esta es la razón por la que la propiedad ofrezca al liberalismo un concepto ontológico de la libertad que le brinda una plasticidad corpórea y material que está en el origen mismo de su definición y, a partir de ella, de la institucionalidad que se desprende. Y esa es la razón por la que desde la corporeidad de una libertad que se protegía a sí misma a partir de la posesión de derechos y libertades individuales que se hacían físicas, el sujeto podía defenderse del miedo y crear un entorno de seguridad propia frente a la amenaza de los otros.

Hoy el pensamiento liberal —y esta es mi primera respuesta al título del seminario— necesita repensarse ontológicamente. Sobre todo porque uno de los problemas de nuestro tiempo es la desmaterialización de la identidad personal en la que estamos cada vez más instalados arrastrados por el flujo acelerado de la tecnología. Internet ha desmaterializado la realidad y está condicionando la humanidad en su dimensión interpretativamente corpórea. Cada vez la humanidad se piensa más a sí misma desde una identidad virtual que no entiende los efectos físicos y morales asociados a las acciones que acompañan al miedo o el sufrimiento.

Esto da pie a analizar el segundo vector del que se hablaba más arriba, y que no es otro que la tolerancia y eso nos obliga a preguntarnos por qué nación… La respuesta es clara. Porque el sufrimiento que padecieron quienes querían profesar su fe y no podían, exigió que se les respetase en una identidad que sentían como parte de su dignidad más íntima. Así surgió el pluralismo y su defensa, asociado a la idea de que no había verdades absolutas sino que eran múltiples e interpretables dentro de una estructura de falseabilidad y contraste del conocimiento que, lejos de debilitarlo, lo fortalecía. Circunstancias todas que nacieron de una materialidad del dolor y el sufrimiento que producían los absolutos que operaban sobre las personas y que pronto se vio que debían ser desarraigados si una sociedad quería entenderse a sí misma como civilizada. De la experiencia dolorosa, físicamente dolorosa, de las hogueras y la persecución de la Ginebra de Calvino, nació la tolerancia y el respeto a las minorías. Algo que se pierde cuando se diluye el «otro», o los «otros», bajo la acción de identidades virtuales que no se tocan, ni se sienten como próximas a través de la percepción sensible del dolor, de la ofensa o el agravio; cuando, por utilizar la expresión del Adam Smith de La teoría de los sentimientos, desaparecen las condiciones para desplegar la acción de un «observador imparcial» que practique la empatía.

Quizá por eso no es de extrañar que sea en las sociedades hipertecnificadas de Occidente donde surjan más aguda y ofensivamente esas quiebras de la tolerancia de las que habla Todorov en Los enemigos íntimos de la democracia. Unas quiebras que asocia a las ortodoxias del bienestar o del miedo a su pérdida y que la crisis ha hecho reverdecer como una especie de la cultura política que alimenta los populismos que sacuden Europa. Este es el motivo por el que urge recuperar la tolerancia como un valor operativo y devolver a la mirada humana la capacidad para instalarle en la sorpresa —y la indignación— ante el sufrimiento de los otros. En este sentido, para combatir la intolerancia y las ortodoxias que la alimentan, no hay mejor aliado que el pluralismo y la defensa de la diferencia. Y es que sin el «otro» no podemos ser nosotros mismos.

El tercero vector es la dignidad, porque la propiedad y la tolerancia son estrategias institucionales que hacen viable la defensa de la persona y la libertad inherente que la da forma y sentido. Forma y sentido que no son otra cosa que el soporte de la dignidad del ser humano. Aquí es donde radica, probablemente, la mayor amenaza que debe desactivar el liberalismo: en que estamos olvidando el concepto de persona y permitiendo que se erosione su vigencia y tutela. Algo que está sucediendo en secreto, sin visibilidad, como un proceso que socava los fundamentos morales de nuestra existencia y que está conduciéndonos a un horizonte tecnológico poshumano del que pueden brotar todas las pesadillas imaginables e, incluso, las inimaginables también.

La democracia no puede renunciar a esa estructura moral que da coherencia a la ejemplaridad virtuosa que fundamenta la ciudadanía. La democracia ha de ser liberal. Ha de desarrollar plenamente la dualidad de libertades que Isaiah Berlin identificó como el maridaje de las libertades positiva y negativa. Pero al mismo tiempo ha de crear las condiciones para que la ciudadanía personalice su presencia pública, asuma responsabilidades hacia los otros, proyecte a su alrededor una tolerancia conciliadora de contrarios y antagonismos, y favorezca un sumatorio de identidades heterodoxas que no sean excluyentes. Y es que no basta poner la palabra libertad en las leyes si no existe, por así decirlo, una cultura de libertad. Una cultura que haga que la libertad arraigue como una creencia personal irrenunciable, hasta el punto de verla sacralizada como una auténtica fe en la libertad. Por eso es imprescindible volver a vitalizar la libertad. Hacerla personal e intransferible. Hace falta recuperar, realmente, la fe en la libertad, la fuerza de la libertad como un elemento existencial que nos vigorice como personas y ciudadanos comprometidos con nuestra dignidad moral y la de los otros. Sí, hace falta más liberalismo para combatir la fatiga que provoca en la vivencia democrática los excesos de tecnocracia y economicismo que resecan las fuentes morales de la libertad y propician la irrupción de esas sombras de la democracia que son los populismos.

Termino ya. Y lo hago volviendo a la pregunta a la que pretende responder este seminario que hoy inauguramos. Después de 2015 hará falta más liberalismo porque los retos que se abren ante nosotros tienen que ver directamente con él y su vigencia. La urgencia del liberalismo está a la vista y requiere una estrategia intensiva que vuelque sus esfuerzos en recuperar los vectores que sobre la propiedad, la tolerancia y la dignidad recuperen para nuestro país una política que transforme la libertad en una vigencia personal y colectiva en la que todos nos reconozcamos.

Apunte personal sobre movilidad e inmigrantes

Tengo que empezar por pedir ciertas disculpas, pues he pasado el día de ayer y las primeras horas de la mañana negociando con los sindicatos en Madrid la eventualidad de una huelga. Claro, que salir de una negociación laboral de este tipo para llegar a tiempo de oír a Emilio Lamo hablar del avance de la economía de mercado y el liberalismo, resulta un cambio de estado mental, como entrar a un mundo enteramente distinto, chocante, aunque, una vez repuesto de la sorpresa, vagamente familiar. Así las cosas, adelanto que no voy a ser muy sugerente en esta intervención. Uno ya no produce ideas, sino que intenta gestionar y consume con gusto las ideas ajenas.

Sobre la globalización, si liberal o no, y en la perspectiva de Lamo de Espinosa, puedo apuntar un comentario sobre el terreno. Sabréis que tengo la suerte de participar en un proyecto de resonancia internacional, la construcción del tren de la línea Meca-Medina. Arabia Saudí es un país sorprendente. Me ha tocado viajar allí bastantes veces en los últimos años y hay dos estampas que siempre me llaman la atención al llegar. Una es cuando, al salir de Riad, pasas a lo largo de la universidad de mujeres, salta a la vista lo espectacular del recinto. Es un campus que tiene un tren fabricado por Bombardier, un tren eléctrico, que conecta el campus de esa universidad exclusivamente reservada a mujeres. Pero, en un país con el tan peculiar estatus social de las mujeres, la sorpresa aumenta al pensar en el mero hecho de una universidad exclusivamente femenina. En la perspectiva de Lamo de Espinosa, que concluye que la ciencia experimental es el vehículo y soporte de la globalización, os pregunto: ¿En esta universitaria ciudad prohibida qué enseñanza se plantea a esas mujeres cuando hablamos de ciencia…, será realmente sostenible ese modelo?

Y esto me lleva a la segunda de las impresiones viajeras que me dan que pensar. Cuando estás en un rato de paseo allí también es muy paradójico que los centros comerciales paren a la oración de la tarde. Sobre las siete cierran, como sabréis de sobra. Uno está en una tienda de la comercial marca de lujo Gucci y echa el cierre a las siete de la tarde para la oración. Pasada esa hora de recogida y oración, vuelve a abrirse la tienda Gucci. Entonces, en ese país de mujeres enteramente cubiertas, incluida la ministra que recibe en una audiencia oficial donde todo el mundo va, en realidad, tapado, subiendo al British Airways en Riad que transporta de vuelta a Londres, esas mismas mujeres que iban rigurosamente discretas hasta la ocultación bajan por la escalerilla del avión en atuendos bien distintos y más congruentes con la animosa vida londinense. Vuelve también la pregunta: ¿eso es sostenible? Quiero decir, que si es sostenible una sociedad en la que ese mismo individuo hace apenas unas horas iba por su país completamente tapado, que no puede fijarse ni tú debes dirigirte a ellas, ni siquiera se les da la mano. Esto me recordaba oblicuamente a nuestro pequeño mundo español, de cuando Franco. La España públicamente tradicional, uno pensaba que era muy tradicional y católica, pero de la noche a la mañana aquello no salió en absoluto lo que parecía venir siendo, ni creyente ni amiga de lo tradicional, sino más bien lo contrario o nada definida en el fondo… Los ponentes sabéis más de esto pero, ¿cuál es la realidad que nos sustenta? Lo observaba Emilio Lamo: hasta qué punto llega la globalización en países teóricamente dentro de este mundo globalizado, pero donde no se sabe a ciencia cierta cómo van a evolucionar.

El otro aspecto que venía a manifestaros lo he sacado de mi estricto ambiente profesional actual, el de los trenes, y es mi sorpresa por cuánto están cambiando los derechos de propiedad. Una de las cosas que a nosotros, en Renfe, más nos ocupa son las empresas colaborativas. La competencia viene ya mucho menos de la compañía aérea, de Iberia, la gran rival de la Renfe actual es BlaBla Car. Son los planes de BlaBla Car lo que nos inquieta, y a los franceses todavía más cuando hablas con ellos de la economía en movimientos colaborativos, es decir, de cómo la gente se está organizando para transportarse sin intermediario institucional. No muy lejos, en Suiza, la gente habla francamente de que renuncia a comprarse un coche. La gente joven ya no se compra coches. Tampoco en el país por antonomasia del coche, en Estados Unidos han caído los propietarios de automóviles.

Pensad en lo que caracterizaba a la clase media de los países occidentales, lo que proporcionaba solidez al derecho de propiedad eran la casa, nuestra casa, y el coche, eran los signos fundamentales de esa propiedad en progreso, me atrevo a decir. Ambos están hoy muy puestos en cuestión. Muchos pronostican que las generaciones más jóvenes a medio plazo y más rápidamente, vayan a prescindir del coche y probablemente tampoco aspiren a disfrutar como titulares de un inmueble, no sean propietarios de un piso. Yo creo que estas novedades de nuestras vidas tienen una honda repercusión para el molde futuro de la globalización.

Todavía recuerdo de cuando estaba en la Moncloa el impacto que tuvo, en la primera legislatura del presidente Aznar, esa generación de una nueva clase media surgida al calor de la vivienda en mano. Este hecho, que ahora queda estigmatizado, refleja todo un cambio social, el de quienes podían adquirir el derecho de propiedad de un piso siendo bastante jóvenes. Ya tenías un piso, ya tenías tu casa y empezabas a instalarte, esa adquisición era la señal de que uno se sostenía firme en la vida adulta. Después, vino lo que vino, pero tampoco la pérdida va a constituir un elemento irreemplazable; es decir, que para las sociedades venideras los elementos nucleares de un patrimonio, el de la gente normal de clase media, no parece que vayan a ser estos de antes, ni mucho menos van a ser muy otros. ¿Cuáles? Esta es la cuestión principal que me traía a Santander a hablaros, porque van a ser los que giran alrededor del capital humano.

El gran capital ya no es el físico, es el personal, y lo que va a determinar social y profesionalmente, ya no es la escala de inmuebles: piso, una mansión, un palacio, sino que lo que te vuelve distinto es que seas un cardiólogo eminente de Nueva York, o un abogado pujante de una firma internacional con sede en Londres …, eso es lo que proporciona estatus, lo que brinda capacidad profesional y apareja relaciones de todo tipo. En estas sociedades nuestras, es el capital que te hace ser quien eres. Pienso que está pasando en este mundo global, pero ocurre más bien como a dos velocidades, y se comprueba en la gente joven. Mi impresión es que se está generando una clase social, o grupo, claramente globalizado. Hoy es casi indistinto el estudiante que cursa en una buena universidad española, de un chico que haya estudiado en otra por Berlín, del que se licenció en el lejano, para nosotros españoles, Sidney…, es probable que se muevan por los mismos círculos y acaben casi trabajando en los mismos sitios.

Lo relevante se determina por la experiencia laboral, esto es: una mano de obra móvil, que hoy está en una ciudad europea, pero cabe que se marche una temporada por Murcia a un trabajo específico, o pase por varios destinos en Londres. Jóvenes —muchos de vuestros hijos— que empiezan en las grandes capitales, pero son conscientes sin problemas identitarios de que mañana trabajarán en cualquier punto. Son ciudadanos globales, ya están en otra cosa, pero el fenómeno convive con una fuerza laboral estanca, aparentemente muy local, en unas diferencias muy significativas con ese otro grupo global en movimiento.

Y mi gran duda es si ambas se sostienen, las dos dimensiones opuestas en una misma sociedad. ¿Es sostenible que el trabajador por horas en el chiringuito, que sabe de su compañero de clase, el que vive otra vida quizá no lejos de él pero en otro mundo lleno de oportunidades, una biografía de cambio y riesgo a la vez? ¿Va a aguantarse esa bipolarización por sí misma? ¿La gente va a aceptar esta otra tan nítida bipolarización en capital humano? Unos, ricos en potencia que no lo son sino por los conocimientos que adquieren, por su capacidad de acceso junto a un señor sujeto a salarios que no van a ser seguramente muy atractivos.

El fútbol es el ejemplo de una globalización lograda. En Arabia lo que suena de España son el Barcelona de Messi y el Real Madrid. El fútbol vale como un laboratorio muy interesante de tendencias y su propiedad es el factor de la estrella. En el fútbol hay cien, doscientos, no habrá más de quinientos individuos con prestaciones extraordinarias, unos superdotados glorificados y enriquecidos que reinan sobre un resto de población que, buenamente, hace lo que puede con su carrera profesional. Lo señalo en un fenómeno tan por delante en su internacionalización como este deporte, donde perviven dos realidades bien distintas.

Os pido otro minuto de atención a otro aspecto de la globalización. Decía que, para mí, es clave la emergencia de una clase, o de grupos de gentes claramente transnacionales que sobrevuelan en un gran conflicto potencia con los múltiples locales, pero el otro es la inmigración. También viajeros pero de muy otra clase. Los profesionales sabemos que la variable que mejor explica el crecimiento económico es la población, es la única que lo explica satisfactoriamente. En un estudio muy famoso hace unos años, Xavier Sala i Martí probó con miles de variables: los países protestantes, los del norte, el sol, las materias primas…; nada, desde el comienzo de los tiempos hasta ahora. Lo único que justifica por qué hay sociedades que crecen y otras que no crecen es la demografía, porque, al final, la economía es demografía más o menos coloreada, como sabemos los economistas. Pero este componente demográfico en la economía es brutal, y Japón es un caso clarísimo y Europa muestra igual traza. Teniéndolo tan claro, te das cuenta de que la respuesta de los occidentales en los últimos años al fenómeno de la inmigración en sus países es claramente equivocada. Para nosotros, al menos, claramente errónea, porque aquí ha quedado demostrado, España fue la primera en esta crisis de la primera década del 2000. España fue durante buena parte de esos años el país de la Unión Europea y de la ocdeque más inmigrantes recibía en porcentaje de la población, a niveles de la meca que siempre los Estados Unidos ha representado como país de la esperanza, y en poquísimos años el país fue testigo de un impacto inmigratorio brutal. Si uno abre la hemeroteca y luego se pregunta por el resultado de tantas alarmas, en parte naturales, de cuál es el resultado social del fenómeno de la intensa inmigración a España, es difícil dar con un argumento para concluir que ha sido negativo y perjudicial.

Si uno examina el impacto sobre la delincuencia en España, se hicieron estudios que demostraban que en su conducta eran menos delictivos que los nacionales, si era la atención sanitaria corroboraba que, siendo más jóvenes, no se ponían enfermos, las bajas eran menos por su reciente incorporación al mercado de trabajo, y que por tanto, el peso del gasto estaba mejor que equilibrado; si mirabas el efecto económico sobre la productividad, daba netamente positivo. Al margen del momento que estamos viviendo este verano, lo creo coyuntural y de otra naturaleza, es una crisis de refugiados políticos y huidos de guerra.

El enfoque ante la inmigración en Europa peca de muy poco liberal, es un enfoque pendiente del control de fronteras, por defenderse de no se sabe muy bien qué —con todos mis respetos—. Pero, sobre todo desde el punto de vista económico, muy poco eficiente o nada. Uno repasa quienes son los fundadores de las principales empresas de los Estados Unidos y casi ninguno sale originario del mismo país. Recuerdo una página hace unos años en la Contra de La Vanguardia, donde se comentaba esto: el típico emprendedor ¿dónde se va a situar, en España o en Latinoamérica? El protagonista de la entrevista, latinoamericano, respondía: «En Latinoamérica. Allí hay muchos más jóvenes. Allí va a haber mucha más actividad, allí va a haber muchas más ideas». Según esto, el pretender que haya emprendedores, desear un espíritu empresarial para tu sociedad, pretender que haya gente dispuesta a arriesgar, aspirar con señores y señoras de sesenta años, a lo que en principio hace moverse a toda economía es, con todos mis respetos, muy difícil, ¿no os parece tremendamente difícil?

Por tanto, lo que pasa en España con la política de inmigración de Estados Unidos está profundamente equivocado. Como lo está en el debate político de los Estados Unidos. Porque necesitas que tus sociedades progresen adecuadamente. Lo resumo y así termino estos apuntes: me parece que merece la pena que difundiéramos lo sucedido con la inmigración masiva en nuestro país en esta década, también que nos lo dijéramos mucho más a nosotros mismos. Inmigración poderosa y culturalmente asimilada, ante la cual se dijo a la gente «cuidado, se quedarán», pero no se han quedado. Si no hay trabajo, la gente se marcha en buena medida. Creo sinceramente que valdría la pena, siendo de mentalidad liberal, que nos replanteáramos esas medidas cautelares respecto a este otro fenómeno de la inmigración global.

La salida tecnocrática, una historia actual

Espero no defraudar a personas inteligentes y amigas de cosas interesantes al abordar un tema entendido en España como una mera experiencia del pasado por más que uno de los hombres públicos del momento —figura argentina en altísimas dignidades y ahora en Roma— ha calificado como el paradigma dominante, a cuya lógica vivimos mundialmente condicionados. Algo así como «todos somos tecnócratas, aunque no lo sepamos», vendría a decir en la primera encíclica.

No esperen de mí una respuesta nítida y clara, una toma de posición rotunda, somos conscientes como nunca de que estos los vivimos no son la «plenitud de los tiempos» ni el final de esa historia que nos llega desde el siglo XV. Pero sí hemos dejado atrás las explicaciones globales, se agotaron, o condujeron a callejones sin salida. Y a pesar de todo no ha habido época más creída en la inteligencia técnica y el progreso tecnológico indefinido. Todo lo que no se someta a ese criterio se vuelve sospechoso. También la política y los políticos.

En este marco cultural quizás lo primero que conviniese aclarar es que la política siempre ha tenido muy mala fama. Creer que esa «filosofía de la sospecha» es una tacha exclusiva de nuestros tiempos y que existe un pasado remoto o un lugar en el que la sociedad valorase la política como una actividad noble, es volver a hacerse ilusiones, creo yo.

Cierto que, si uno lee en Tucídides la oración fúnebre de Pericles al final del primer año de la guerra del Peloponeso, podría albergarlas, con tal de no saber que Pericles moriría de peste poco después y la democrática Atenas perdió la guerra con la autocrática Esparta, sin olvidar al Platón de La República partidario de un gobierno por los muy pocos, y solo filósofos, es decir, él, sus amigos y sus discípulos.

Es decir, la reflexión política versa sobre quién tiene derecho a mandar y cuál sea el título que lo habilita y, a pesar de esa primera racionalización platónica, la identificación del político con el demagogo ha sido moneda común. A pesar de que decir «política» y «lucha entre grupos por el poder» venga siendo el vocabulario habitual desde El Príncipe a la ética de la responsabilidad o desde Utopía a la ética de convicción.

Frente a esa idea clásica o moderna de entender la política, que no encerraba sino una idea noble de la tarea, ha existido una pulsión por resolver su naturaleza ética y conflictiva, dejándola de lado como cosa de aventureros y demagogos.

Un buen punto de partida fue el siglo XIX. En Saint Simon surge una propuesta intelectual de organizar la sociedad sometida la política a la economía y que solo técnicos competentes administrasen el Estado. En un principio, el aristócrata francés propuso que fueran los industriales quienes dirigiesen el erario público. Mucho más elaborada fue la propuesta de Comte, al entender la política como una ingeniería social.

Desde Comte, demente genial, megalómano que desde una habitación del tercero izquierda trató de fundar una religión —en palabras de Ortega—, hay quienes entienden que existe un óptimo social, que este es único y que hay quien lo conoce. Esa persona es la que debería ser titular del gobierno.

Poco después Veblen, en plena eclosión industrial americana, pondría nombre a esa persona: «el ingeniero», el motor intelectual de una gigantesca transformación socio-económica.

En 1919 se introduce la «tecnocracia» como término del lenguaje político. Aparece en un artículo de William Henry Smyth, «El poder de la técnica», conocido es que los Estados Unidos tenían un problema de selección del personal para cargos públicos, tanto que en la célebre conferencia sobre «El político» Weber hace mención a ello. Smyth, que ha leído a Veblen, cree que el directivo público no debe proceder sino de los dirigentes de las grandes empresas y de los institutos de investigación.

A lo largo de las décadas veinte y treinta del pasado siglo, momento de intensas sensaciones de crisis cultural y agotamiento de las democracias parlamentarias, conjugado con una fascinación por la técnica, la proclama de Marinetti por el automóvil sobre la Victoria de Samotracia, esta apuesta de la tecnocracia se convierte en una propuesta más de entre las descalificaciones en boga antes y después del crack del 29. En esas sociedades de masas, las críticas y denuncias por vez primera se ventilan ante la opinión pública, como hasta el momento no había ocurrido.

En cualquier caso, la génesis de la alternativa por la «tecnocracia» era un intento de conjurar una complejidad creciente a la busca de una «minoría selecta», del hombre «ejemplar y no uno de los dóciles», o bien del «generalato de la mollera» que debe dirigir un país. Ortega había definido en 1921, quizás con un exceso de rotundidad, el problema histórico de España como la ausencia de minorías rectoras de calidad, desde tiempos visigodos.

De Ortega aprendimos en su Mirabeau a identificar al político con el héroe magnánimo, al que no se le puede exigir virtudes cotidianas propias del pusilánime; para el ensayista madrileño son impulsivos, farsantes, tienden a la turbulencia, el histrionismo, la imprecisión, la pobreza de intimidad, la dureza de piel…, estas son las condiciones elementales del temperamento político; el hombre público dice lo contrario de lo que piensa. La política es «tacto y astucia para conseguir de otros hombres lo que deseamos», solo luego uno podrá tener más sensibilidad y deseará mayor equidad social, porque para ser político se necesita una cierta idea de la justicia. También ha de tener «un buen sentido administrativo, que sepa regir como una industria los intereses materiales y morales de la nación». En definitiva, la política es como un rascacielos con muchos pisos, todos ellos necesarios, también los subterráneos que lo sostienen y que solo escandalizan al mojigato.

Para los ideólogos de la tecnocracia, la política no es ese edificio de viviendas y oficinas con goteras y subterráneos sino uno industrial, plantas de ingenieros-arquitectos que planifican y conocen como nadie la técnica reunida de la construcción.

En 1933, a consecuencia del debate intelectual que se vivía, la Revista de Occidente publicó la obra del periodista americano Allen Raymond ¿Qué es la tecnocracia?, debidamente criticada por Ortega unos años más tarde en su ensayo Ensimismamiento y alteración. En Estados Unidos fue Howard Scott el gran divulgador de la idea tecnocrática.

En 1941 se publicó en Estados Unidos, y en 1947 lo hará en Francia, La era de los organizadores, escrita por el trotskista John Burham. En la edición francesa con prólogo del socialista Leon Blum. La obra habla de la aparición una suerte de tercera vía entre el capitalismo y el socialismo, cuyo principal protagonista es la del directivo público.

Si los planes quinquenales eran el modo de producción en la Unión Soviética, la Francia de la IV República hizo de «la planificación indicativa» su boyante tercera vía. Una fórmula, además, que evitaba el debate sobre la colaboración con el régimen de Vichy de una parte importante de la clase dirigente francesa.

Es conocido que en la España de Franco la idea de tecnocracia circuló a partir del giro de la dictadura en 1957, para calificar a aquellos ministros vinculados al gobierno económico, con grandes ambiciones políticas y en constante tensión con los sectores falangistas por el control del futuro del régimen.

Fernández de la Mora entendía que «en sociedades avanzadas, las decisiones públicas no se toman en función de criterios ideológicos sino racionales o científicos». De nuevo, la idea de que existe una verdad política y que, quien la conoce, debe ser el indiscutible titular del gobierno.

Era también una forma de tratar de adecentar e injertar la dictadura en un entorno europeo y occidental ajeno, coincidente además con el «primer rescate financiero de España», esto es, el «Plan de Estabilización» de 1959.

El discurso del «crepúsculo de las ideologías» no era más que un revestir de neutralidad un proyecto de poder muy definido que pretendía modernizar el país pero que, al carecer de ningún tipo de legitimidad, la pretendió según una vaga competencia profesional. Además, era una justificación para ahorrar cualquier tipo de debate público en la toma de decisiones por parte del político. La libertad y la democracia solo podían advenir cuando la renta del país fuera superior a los 1.000 dólares per capita.

Por aquellos años sesenta, el «tecnócrata» no es una rareza europea ni española. Pienso que el ejemplo más depurado fue Robert MacNamara, secretario de Defensa bajo las presidencias de Kennedy y Johnson, que se condujo por criterios empresariales en la gestión de su departamento hasta en lo más importante: la guerra del Vietnam. Por televisión informaba a los americanos de los resultados de las operaciones militares que se llevaban a cabo como un ejecutivo de ventas presenta sus resultados. Por muy eficaz que fuera su gestión como directivo público, el desempeño técnico no hizo buena una errónea decisión política.

Entre nosotros fue un concepto en boga, que llevó a autores como Lucas Verdú, García Pelayo y Vallet de Goytisolo a publicar obras relativas a la tecnocracia hasta la fecha simbólica de 1977.

En no pocas ocasiones se solapa con otra figura, la del burócrata. Weber, en su célebre conferencia de 1919, diferencia entre el ministro y los funcionarios profesionales. El primero era el representante de la constelación de poderes políticos existentes, y su función sería defender las medidas que estos poderes determinasen, e impartir las directrices de orden político. Mientras, el funcionario estaría mejor informado de los medios técnicos. El auténtico funcionario no hace política, sino que administra. El político asume la responsabilidad, no el funcionario, y por ello juzga ética-mente detestable el gobierno de funcionarios. Para Weber, los dos mayores peligros eran la ausencia de finalidades objetivas, «carencia de un proyecto», diríamos y la falta de responsabilidad. El futuro y la responsabilidad frente a él caracterizan al político.

La Europa de la segunda mitad del siglo XX fue un tiempo de pactos que renunció al vértigo de entreguerras y buscó la estabilidad ante todo.

Tanto se procuró que en 1992 se creyó plausible un cierto «fin de la historia» más o menos duradero. Este es el cultivo que alimenta hoy a los europeos más conservadores, alérgicos a ideologías, negando toda política que no estuviese sometida al criterio de eficiencia. De ahí el laberinto en el que desde entonces vive la socialdemocracia. Una interpretación coincidente con la de la izquierda radical, en que solo hay genuina política cuando se excluye el consenso y la arena pública es una pugna de modelos antagónicos con los que entender la sociedad y el Estado.

Creo que existe una patología de acomplejamiento del político y de la política. Fueron políticos quienes pusieron en marcha la iniciativa de mayor impacto en nuestro continente en muchos siglos: la hoy Unión Europea. Esos promotores de la unidad europea supieron dar con el equilibrio entre el objetivo político de evitar una nueva guerra y el de eficacia. En un sentido puede predicarse esto mismo de la ONU.

A pesar de ello, vuelve el fenómeno del «gobierno mundial de los expertos». Tomo prestado el reciente título de Josep Maria Colomer. Las incertidumbres de alto riesgo del «gobierno» de la globalización hacen que sean altos funcionarios, no sujetos a ningún tipo de control democrático, quienes tomen las decisiones que afectan a los países. La gobernanza real se aleja del escrutinio ciudadano.

Es cierto que la «gobernanza» ha cambiado de forma y el ámbito estatal queda desbordado por arriba como por debajo de su territorio y competencias. Como lo es que, según denuncia el actual Papa en su encíclica, en referencia a Guardini, la lógica tecnocrática ahoga las alternativas y con ello reduce la capacidad de decisión y libertad cívicas.

Pero esto no es otra historia que una más de las «soluciones» que a lo largo de los tiempos y en las crisis se presentan como «únicas» vías certeras de preservar la vida buena en común.

La «troika» del informal Eurogrupo, el FMI, «los hombres de negro» son imágenes actuales de la propuesta tecnocrática. Las dimisiones de Papandreu y Berlusconi y su relevo por Papademos y Monti fueron la apoteosis del criterio de eficiencia técnica sobre el de representación popular. Los resultados no fueron los anunciados y los ciudadanos les dieron la espalda.

Alternativas existen, con tal de que el político reúna las habilidades requeridas por su situación contemporánea, es decir, desenvolverse ante la opinión pública nacional a la vez que ante las instituciones de la globalización, de las que su país, cualquier país medianamente desarrollado depende, ya sea la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Lo que ha sucedido con Grecia estos meses es una señal poderosa del nuevo siglo XXI. La legitimidad democrática no es suficiente en las negociaciones con Bruselas. La fuerza de Tsipras en Europa no es la de su extraordinaria mayoría absoluta o la de su aplastante victoria en el referéndum, sino la de su 2% de peso de la economía griega en el conjunto de la Eurozona. Ese es su peso político en el plano europeo.

Las posibilidades políticas nunca son ilimitadas, pero siempre caben más amplias que las de la inercia, la tradición, o la costumbre. Al otro extremo, también puede llegar a jugar con qué acercarse al abismo amplía su margen de negociación. Para la convivencia solo vale una política in media res.

Cameron no hizo política al plantear los referéndums de Escocia o el de la permanencia en la ue, sino cuando tomó posición e hizo campaña. Un referéndum es un expediente para alejar la responsabilidad por parte del político. Mover al electorado en la dirección que deseas es un acto de política.

Con acierto final o sin él, «política» en estado puro es lo emprendido por Obama con Irán y en Cuba. Romper inercias, eliminar tabúes y encarar obstáculos enquistados, a sabiendas del desgate que pueda acarrear.

El político no es ajeno a la técnica. Sin ir más lejos, el cambio técnico en la comunicación política es a la vez cualitativo. El político sabe que entre sus competencias está el adaptarse a esas nuevas formas de comunicación o morir. Pero al final, lo determinante es que sepa responder a la pregunta: ¿qué hacer con el poder?

Valga el símil con la parábola de los talentos: el personaje que entierra el talento es el tecnócrata, el que apuesta por administrar sin mejora. Está el político temerario, cuyo ejemplo quizá más a la mano sea el catalán Artur Mas, porque, para poner rumbo a Ítaca, el mar no es uno interior como el Mediterráneo, sino el abierto océano. Y está el político que responde con un «sin embargo» y es capaz de alterar el curso fatal de los acontecimientos sin malograr a sus pueblos.

Vieja y Nueva Política, de Ortega

Vieja y nueva política de José Ortega y Gasset, de la que vengo a hablarles hoy, constituye un buen ejemplo de la actividad del hombre público en un régimen democrático. Como Italia y Francia, la modernización cultural en España ha pasado por la actividad de los llamados intelectuales y es probable que Ortega haya sido uno de los mejores exponentes en un país que tradicionalmente se ha apoyado en ellos. Con respecto a sus antecesores inmediatos, la generación del 98, Ortega se presenta como una instancia renovadora. Su figura se encuentra en el cruce del intelectual decimonono que desde la tertulia, el estrado o el periódico se produce con vistas a la opinión pública y al tiempo, el hombre de una universidad moderna que perteneció a la primera generación de españoles apoyados por la Junta de Ampliación de Estudios, que salieron a estudiar y doctorarse fuera del país. Como consecuencia, también contribuyó al desarrollo de una cultura académica en lo filosófico. Hoy es difícil para un español interesado en determinadas cuestiones no pasar por sus trabajos. Pero sobre todo, destaca por ofrecer una entrada en la discusión política, en el ámbito del espacio público a quienes estén dispuestos a seguirle, de forma que se pueden leer sus páginas como dirigidas a un lector de hoy, pues entonces como ahora, la política necesitaba el refrendo de la opinión de la mayoría y este era y es el resultado del debate social.

Así, esta Vieja y nueva política está recorrida por la creencia en la capacidad de la razón de proponer a la opinión pública, un camino que regenere nuestro país. Es un texto clásico en nuestra literatura política porque esa confianza, a pesar de que acababa de triunfar el partido conservador de Dato con doscientos escaños frente a los veinte de los reformistas que apoyaba Ortega, resulta palmaria y, por supuesto, había conducido a la formación de la Liga de Educación Política que se veía a sí misma como capaz de orientar al país a medio y largo plazo. Como intelectual, lo que contaba era la intuición de lo que tenía que imponerse a largo plazo y la Liga, como veremos, era una propuesta en este sentido: «Nos proponemos, pues, en la medida de nuestras fuerzas, hacer patria, según la expresión tan usada, trabajar en la formación del espíritu nacional, contribuir a despertar en el individuo la conciencia del mundo social, convertir a los hombres en ciudadanos» (VII-329).

Nos encontramos en el año 1914, un año decisivo en la trayectoria de Ortega. La conferencia la dio en el mes de marzo. Cumplió en el de mayo su 31 cumpleaños y en agosto aparece su primera obra, las Meditaciones del Quijote. En el momento de dar la conferencia, en el Teatro de la Comedia, para nada anticipaba una posible llegada al poder político. Pero se dieron dos factores que impulsaron decisivamente la carrera de Ortega. Por un lado, la llegada a la madurez intelectual que le permite perfilar su propia posición. Al tiempo, la conferencia representó un éxito entre su propia gente, los firmantes de la Liga y los asistentes al acto. Vieja y nueva política representa, pues, la llegada de Ortega a una mayoría de edad como intelectual público.

No era importante en esta acción el llegar a administrar el poder. Lo importante era la creación de un grupo de personas que supieran asumir la situación real de la sociedad española y empezaran trabajando para que se pudiera dar una política eficaz. Recorre todo el texto la conciencia de que el mal no estaba solo en las limitaciones del sistema político sino sobre todo en la ausencia de una administración y de un conocimiento de la realidad de la sociedad española que son condiciones imprescindibles para una política eficaz. «No es posible una política seria sin… [el] conocimiento profundo» de los problemas nacionales (7-329). La retórica de los discursos era una cuestión casi secundaria en un contexto donde no parecía factible una política eficaz.

Esta exposición va a seguir tres momentos distintos. Hablaré del contenido de la conferencia de Ortega en primer lugar.

Después expondré algunos puntos que nos separan del texto orteguiano, para finalizar con aquello que me parece que sigue siendo válido en nuestro contexto de hoy.

I

En lo que respecta al contenido de la obra, lo más destacable serían los siguientes puntos:

1.El texto como manifiesto  generacional.

2.La distinción entre España real y España oficial.

3.¿En qué consiste la modernización de España?

1. El texto como manifiesto generacional

Una de las importantes características de la obra de Ortega es que la teoría se presenta desde la experiencia personal, y muchas veces desde la experiencia de hombre público, como ocurre en este caso. Siendo un hombre muy leído, lo que acepta es aquello que encaja con sus propias vivencias. Aquí se puede apreciar dos experiencias personales, que pasan a configurar la presentación del programa político de Ortega:

Una la de quien siente que en gran medida las personas se producen socialmente, incluso cuando hablan de lo que les interesa, de una forma inauténtica: repiten lo que han oído, sin hacer el esfuerzo de llegar a definirse ante hechos que les competen. En la conferencia, describiendo el escenario de la vida cotidiana, aclara: «No es que mintamos —cuando repetimos tópicos—… Lo único de que sinceramente nos percatamos es de que allá, [en] el fondo oscuro e íntimo de nuestra personalidad, [esta] no se siente ligado a esas opiniones que dicen nuestros labios; no son opiniones sentidas, no son, por tanto, nuestras opiniones» (I-711). Por el contrario, la tarea que el conferenciante se impone a sí mismo es «desprenderse de los tópicos ambientes… y, penetrando en el fondo del alma colectiva, tratar de sacar a la luz en fórmulas claras, evidentes, esas opiniones inexpresas, íntimas de un grupo social, de una generación» (I-711). Pues «Solo entonces será fecunda la labor de esta generación: cuando vea claramente lo que quiere» (I-711).

De ahí la tesis fundamental para Ortega que el individuo no es productivo socialmente como tal individuo, sino solo dentro su generación y en la medida en que refuerza la posición propia de la misma. «Por mucho que quiera significar el individuo no es más que una modulación fugitiva sobre el enérgico fondo de determinismos en que lo envuelve su generación» (VII-335). Por ello, «es preciso que sin debilidad y sin jactancia tengamos la voluntad de nuestra generación, la voluntad de nosotros mismos» (VII-335).

Esta voluntad de atención al propio sentir, le permite a Ortega expresar un punto de coincidencia de su generación: la experiencia de la sociedad y de la política españolas como insuficientes. Para Ortega, este es un lugar común para él como para los demás miembros de su generación. Por ello, la segunda experiencia, la experiencia de la propia generación, determina que Vieja y nueva política sea, por encima de todo, un manifiesto generacional, es decir, un texto que Ortega redacta como miembro de una generación, y en representación explícita de ella. Posteriormente, él y sus discípulos, además, desarrollarán una teoría de las generaciones. De esta forma, Ortega continúa su discurso diciendo que no va presentar ideas originales sino de «ideas de sentimientos, de energías, de resoluciones, comunes, por fuerza, a todos los que hemos vivido sometidos a un mismo régimen de amarguras históricas, de toda una ideología y toda una sensibilidad yacente, de seguro, en el alma colectiva de una generación que se caracteriza por no haber manifestado apresuramientos personales; que, falta tal vez de brillantez, ha sabido vivir con severidad y tristeza; que no habiendo tenido maestros, por culpa ajena, ha tenido que rehacerse las bases mismas de su espíritu» (I-710), pues todo ello pertenece al acervo común de una generación, la suya, frente a las anteriores.

Lo que estaría en juego es si la misma generación será capaz de tomar conciencia de su situación y de asumir una tarea histórica. Aquí pasa Ortega de la experiencia de la cotidianeidad a invocar una tarea propia de una generación, pues solo se puede hacer una contribución apreciable a la sociedad… «En épocas críticas puede una generación condenarse a histórica esterilidad por no haber tenido el valor de licenciar las palabras recibidas, los credos agónicos, y hacer en su lugar la enérgica afirmación de sus propios, nuevos sentimientos. Como cada individuo, cada generación, si quiere ser útil a la humanidad, ha de comenzar por ser fiel a sí misma. […] En historia, vivir no es dejarse vivir; en historia, vivir es ocuparse muy seriamente, muy conscientemente, del vivir como si fuera un oficio» (1-711/2).

La Liga ha de hacer frente a la verdadera situación del país. Habría una inercia que sería importante vencer a nivel individual para que se diera este esfuerzo colectivo. Se trata, pues, de la toma de conciencia imprescindible para que determinadas ideas lleguen a tener vigencia y posteriormente consecuencias políticas.

2. La distinción entre España real y España oficial

El análisis de la sociedad española debe hacerse en clave generacional, buscando el relevo normal de generaciones. Sin embargo, junto a esa observación, hay una visión muy crítica de la España de la Restauración, sobre todo en la medida en que se ha convertido en la España Oficial frente a la España Real: «una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia» (I-714). La España oficial es comprendida como heredera de las Cortes de 1875, «consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación» (I-715).

A ello se añade el análisis que se repite en Meditaciones del Quijote: «Vida española, digámoslo lealmente, señores, vida española, hasta ahora, ha sido posible solo como dinamismo. Cuando nuestra nación deja de ser dinámica, cae de golpe en un hondísimo letargo y no ejerce más función vital que la de soñar que vive» (I-720). Por el contrario, la tarea de la política en Vieja y nueva política, y en general de la posición que expone en Meditaciones del Quijote, es unir ese dinamismo a un proyecto fundado.

¿Qué quiere decir Ortega con este vocabulario? Hay una doble respuesta. Por un lado, la falta de comprensión entre generaciones determina que la cesura absoluta entre los que están en el poder y los que no lo están, sea definitiva. Hay una aguda conciencia de diferencia generacional.

Pero además se juzga severamente la llamada España oficial surgida de la Restauración y que se mantendría por el peso de la inercia del sistema. Así, la restauración se caracteriza por «el amor a la ficción jurídica… a la pomposidad, a la exterioridad, a contentarse con la apariencia».

Ello da pie a una conciencia aguda del anacronismo que pesa sobre el funcionamiento de la España oficial. En realidad es una reacción de desafecto que debe dar paso a soluciones concretas. Pero para ello tiene que abrirse la conciencia de la nueva generación a la posibilidad, e incluso la necesidad, de hacer otra cosa. En la propuesta de Ortega se puede apreciar la voluntad de retomar el tema político no siguiendo un ritual ya establecido sino reajustando las relaciones entre gobierno y sociedad.

«La nueva política es menester que comience a diferenciarse de la vieja política en no ser para ella lo más importante, en ser para ella casi lo menos importante, la captación del gobierno de España, y ser, en cambio, lo único importante el aumento y fomento de la vitalidad de España» (I-716).

3. ¿En qué consiste la modernización de España?

Si bien Ortega mantiene que la política no es más que un reflejo de la falta de vitalidad de la sociedad española, también entiende que la esperanza de su generación se centra en la política y ello significa no solo otra política sino más política, es decir, que los españoles tomen en sus manos en mayor grado su propio destino. Difícilmente se puede entender Vieja y nueva política sin tener en cuenta este carácter matizado de la valoración de la política. La de su momento es un síntoma de una carencia generalizada; en cambio, la que ha de venir, debe responder a las aspiraciones de la nueva generación, que son mucho más amplias que las de la generación anterior. «La nueva política, todo eso que en forma de proyecto y de aspiración late vagamente en nosotros, tiene que comenzar por ampliar sumamente los contornos del concepto político» (1-716). Pero además, «hay motivos para que sea de especial urgencia, entender por política el conjunto de labores cuyo fin sea el aumento del pulso vital de España» (1-718).

Por ello, mantiene, «nuestra actuación política ha de tener constantemente dos dimensiones: la de hacer eficaz la máquina del Estado, y la de suscitar, estructurar, y aumentar la vida nacional en lo que es independiente del Estado» (I-718). En el momento en que Ortega escribió esta conferencia, no se podía prever el auge de los totalitarismos que iba a tener lugar a partir del final de la primera guerra mundial. Sus recomendaciones son a la vez la apelación a más Estado, pero también a más sociedad civil, e incluso a más colaboración del Estado con la sociedad civil. La razón de este desfase entre lo ideal y lo real es clara. En la sociedad de la Restauración, a ojos de Ortega, había muy poco de los dos elementos principales y tenía sentido abogar por el desarrollo de los dos, como si pudieran ser, y en algunos casos son, colaboradores en beneficio del bien común más que principios antagónicos.

La apelación más clara de la sociedad civil se encuentra en este texto, que anuncia una movilización patriótica a favor de una España mejor: «Vamos a inundar con nuestra curiosidad y nuestro entusiasmo, los últimos rincones de España; vamos a ver España y a sembrarla de amor y de indignación. Vamos a recorrer los campos en apostólica algarada, a vivir en las aldeas, a escuchar las quejas desesperadas allí donde manan; vamos a ser primero amigos de quien luego vamos a ser conductores. Vamos a crear entre ellos fuertes lazos de socialidad —cooperativas, círculos de mutua educación, centros de observación y de protesta—. Vamos a impulsar hacia un imperioso levantamiento espiritual, los hombres mejores de cada capital, que hoy están prisioneros del gravamen terrible de la España oficial, más pesado en provincias que en Madrid. Vamos a hacerles saber a esos espíritus fraternos, perdidos en la inercia provincial, que tienen en nosotros auxiliares y defensores. Vamos a tender una red de nudos de esfuerzo por todos los ámbitos españoles, red que a la vez será órgano de propaganda y órgano de estudio del hecho nacional; red, en fin, que forme un sistema nervioso, por el que corran vitales oleadas de sensibilidad y automáticas, poderosas corrientes de protesta» (I-725).

En definitiva, teniendo en cuenta no solo el discurso Vieja y nueva política sino también otros trabajos preparativos, la Liga aparece como un cruce entre un think tank que acumule información y puede generar propuestas, un lobby desinteresado que se propone patrocinar una política que incorpore la sociedad civil, y un espacio para la formación de posiciones progresistas.

II

Cuando confrontamos el mundo en el que se gestó Vieja y nueva política con el nuestro actual, nos encontramos con un contexto muy distinto. España se ha convertido en un país mucho más rico, un país de clase media sobre todo con enseñanza universal. En muchos casos es plenamente homologable con otros países de su entorno europeo.

Pero la política sigue siendo un problema. Se dirá: lo es siempre, en la medida en que se trata de una actividad práctica que pretende solucionar necesidades, y necesariamente estas necesidades solo se pueden resolver parcialmente. Pero lo es en el comienzo de este siglo de una forma distinta, a como lo fue en tiempos de Ortega. Los cambios que han tenido lugar, sobre todo desde 1989, han alterado el contexto nacional e internacional en el que nos encontramos. Y el hecho de que las elecciones decisivas siguen siendo las nacionales, no evita que de alguna forma, la problemática política haya adquirido un cariz que no tenía en tiempos de Ortega.

Voy a comentar tres aspectos importantes en los que la posición de Ortega es claramente ya la nuestra. Los cambios sociales sobrevenidos, sobre todo en los últimos 35 años, en una medida importante, han desplazado el ámbito de los problemas. Es cierto que el país se ha modernizado. Pero una cuestión es que la modernización se puede y debe apurar, y otra cosa es que las dimensiones del mundo por la globalización y por el desarrollo sobre todo del Sudeste asiático ha implicado un nuevo orden internacional con todas las posibles secuelas que de este hecho se pueden derivar. La reconciliación interna que ha producido el Estado de bienestar en España ni es segura en estas condiciones ni evita que la política ha adquirido ahora dimensiones que no tenía en tiempos de Ortega.

1. El ideal de transparencia que la democracia implica es cada vez más difícil de realizar. Por transparencia entiendo no lo específico a llevar la contabilidad fehaciente de la gestión, sino la capacidad que tiene el ciudadano de seguir y juzgar las operaciones que el Estado hace en su nombre. Desde luego, la voluntad de Ortega de mayor información en gran parte se ha cumplido. En realidad Ortega se sitúa en el momento anterior al despliegue de la planificación que gobiernos de izquierda y de derecha practicaron, en muchas ocasiones con éxito, a partir del «New Deal», la revolución rusa, y el final de la segunda guerra mundial.

Y al tiempo hay que añadir que la ciudadanía en Occidente está mejor preparada para valorar las gestiones políticas de sus representantes. Sin embargo, esto no es suficiente. Socialmente se tiene esa información pero al tiempo, en la medida en que la acción política ha aumentado su radio, se requiere aún más por parte del Estado. Pero además, hay una inflexión importante que señala la obra de Ulrich Beck y la creación de situaciones de riesgo por la aplicación de políticas desarrollistas.

Por otro lado, aunque el nivel de vida y de formación del ciudadano medio ha mejorado en España, y con ello su capacidad de seguir la política y comprender las opciones electorales que se le presenten, hay que lamentar que tenga tanto peso la técnica mediática de presentación de los programas y de los candidatos. Además, en gran medida, la complejidad de las decisiones políticas y administrativas se les escapa a los ciudadanos. ¿Quién sería capaz de comprender y evaluar el Plan Hidrológico Nacional de tiempos de Aznar y, sin embargo, giró en torno al mismo una enorme discusión política? La respuesta es: solo contadísimos técnicos que a su vez, muchas veces, tienen tomadas sus posiciones. Aunque haya mucha más información que en tiempos de Ortega, la capacidad de juzgar en gran medida está muy mediatizada por los mismos medios de comunicación.

Al final, el voto depende de actitudes que se adoptan, sin que los ciudadanos hayan sido capaces de desentrañar todas las implicaciones de las opciones presentadas. El ciudadano, más que lograr una visión completa de su sociedad, al final se limita a reaccionar ante los mensajes que se le proponen.

2. El hecho es que la política y la administración han pasado a mediatizar mucho más nuestras vidas. En ese sentido, el programa orteguiano de nacionalizar la sociedad española se ha cumplido con creces. De acuerdo con las estadísticas que he consultado, en un siglo el gasto público ha pasado de aproximadamente el 7% al 45% del producto nacional bruto español. De todas formas, la magnitud de la intervención del Estado se aprecia en la regulación de la vida cotidiana de forma que, aun habiendo una economía de mercado, esta se encuentra con unos condicionamientos legales cada vez más precisos. En los años sesenta en la época de confrontación de los bloques comunista y occidental, se pensaba en la posibilidad de una economía dirigida con la desaparición del capital privado. Hoy no se contempla tal posibilidad pero la reglamentación, que de suyo es imprescindible, puede llegar a alterar de manera decisiva el funcionamiento del mercado. Y detrás de esos condicionamientos se encuentran prioridades muchas veces de orden político.

La posición de Ortega de nacionalizar la vida política se ha conseguido, de hecho, de manera muy eficaz. Pero, ¿sigue siendo un problema mejorar la calidad de la interacción entre Estado y sociedad? La respuesta es afirmativa, pero ya no se trata solo de justicia social, sino de integración de colectivos que de alguna forma se encuentran marginados. Se ha pasado de defender y aplicar una justicia genérica, a buscar el reconocimiento de lo particular. Ello ha dado un giro completamente distinto, al tener medios para intervenir en el detalle de la vida social que eran impensables en tiempos de Ortega.

Por otra parte, la gran cuestión es lograr financiar esta situación. De la misma manera que hay una teoría defendida por Paul Kennedy que mantiene que los grandes imperios a la larga no han sido sostenibles económicamente, uno puede vislumbrar un sistema de seguridad social que rebase la capacidad de los Estados. De hecho, nuestro sistema de pensiones va a exigir atención en los próximos años. El juego electoral está concebido de tal forma que los Estados se endeudan para mantener entre otras, las prestaciones sociales. Desde luego, la supervivencia de las economías de mercado en parte también responde a la conveniencia de lograr el sistema más eficaz de financiación.

3. Vieja y nueva política está escrita desde un punto de vista de un patriota liberal. Se cuenta con que España es una unidad social e histórica, con su propia historia y con un grado de desarrollo social, cultural y económico que fundamentalmente a ella sola le compete. La globalización, como fenómeno cultural, ha puesto en entredicho esta creencia en toda Europa. Mientras que en el contexto del debate de comienzos del siglo xx la expresión «nacionalizar» que Ortega utiliza, apuntaba a la afirmación de un contexto que en gran medida cerraba los horizontes de la acción política e incluso de los mismos ciudadanos, hoy no se puede contar con esta definición, sobre todo los países europeos inmersos en un proceso de integración en la Comunidad Europea.

El hecho importante es que el ciudadano se encuentra sujeto a varias ámbitos políticos simultáneamente: el municipal, regional, nacional y europeo, teniendo que encontrar para cada uno un lugar, pues la aplicación del principio de subsidiariedad resulta siempre polémica. ¿Cuál es nuestro horizonte? ¿Tiene sentido dirigirse a un lector, como hace Ortega, como quien se encuentra entre los altos del Guadarrama y el campo de Ontígola? En este sentido, las facilidades de comunicación han erosionado la experiencia de la intransferible pertenencia a un lugar.

Es clara la limitación del nacionalismo, pero hay que tener en cuenta que su implantación se debe a sus enormes ventajas a la hora de gestionar políticamente la revolución industrial. La nación, para la que millones de personas han dado su vida, a partir de la Revolución francesa, tenía y tiene la ventaja cultural que permitía la definición relativamente completa del individuo por un principio político: La soberanía nacional implicaba, entre otras cosas, el deber de servir militarmente a la patria y dar la vida por ella. Era uno de la nación en la que había nacido. Pero esto ya no es posible en la medida en que la soberanía pasa a ser compartida.

En realidad, uno de los grandes temas para los políticos de nuestro tiempo va a ser el reforzamiento de estos nuevos lazos institucionales, y por tanto la superación de la antigua referencia a la soberanía de la propia nación. Entre nosotros, los problemas clásicos de la deuda pública, inmigración o paro pueden pasar a ser cuestiones europeas antes que nacionales. Para ello tiene que hacerse vigente nuevas culturas de colaboración. Pero al tiempo surgirán también nuevas tensiones, por ejemplo, entre la posibilidad de resolver los problemas acudiendo a foros supranacionales, o la eventualidad de formas más o menos cruentas de enfrentamientos entre grandes bloques de países.

III

Pero a pesar de estos cambios tan importantes que se han operado en los últimos treinta años, Vieja y nueva política se mantiene como un clásico de nuestra literatura política. Resulta viva en la medida en que se pueden sacar de ella lecciones no tanto en lo que respecta a la configuración de la política pero sí en lo que respecta a lo que es la relación entre el intelectual y la política. ¿Cuáles serían estas lecciones?

1. La Liga de la Educación Política murió pero la iniciativa y la personalidad que estaba detrás de la Liga se mantuvo hasta el año 1932. Pronto fue sustituida, por Ortega, por otros proyectos: El Espectador en 1916, la involucración personal de Ortega en El Sol de Urgoiti (1917) tras su retirada de El Imparcial, la Revista de Occidente en 1923, finalizando con la Agrupación al Servicio de la República de 1931, e incluso el Instituto de Humanidades de 1948. En lo que respecta al contenido de Vieja y nueva política, se nota la continuidad: España invertebrada y El tema de nuestro tiempo además de muchos de los artículos incluidos en El Espectador, mantienen el esfuerzo de situar al español en su tiempo y ante los problemas políticos españoles. En realidad, Meditaciones del Quijote pesa más en la articulación de su obra posterior, pero hay una continuidad directa de Vieja y nueva política con El tema de nuestro tiempo.

Desde luego, Vieja y nueva política no es el último esfuerzo español por vertebrar la política desde el concepto de nación. Podemos pensar en los trabajos de los propios discípulos de Ortega. Hay que añadir que Ortega, en cierto sentido, previó la situación en la que nos encontramos hoy. Quince años después de Vieja y nueva política, en la segunda parte de La rebelión de las masas, Ortega introduce la idea de una comunidad europea. El Ortega de los años finales, el de la conferencia dada en 1949 en la Universidad Libre de Berlín, De Europa Meditatio Quaedam, entenderá el de comunidad europea como una segunda identidad frente a la identidad nacional. El hecho es que independiente de que no quepa acudir solo a la nación como el propio Ortega con su obra enseñó, es conveniente tener un punto de referencia, un modelo desde el que se puede comprender las relaciones políticas. Este modelo tiene que ser explicativo y en cierto sentido normativo. Será probablemente europeo, pero esto implica todavía un largo trecho en la cooperación común.

En nuestra época de globalización, es importante encontrar un marco teórico apropiado. La visión de Ortega sobre la posibilidad y oportunidad de lograr alguna forma de unidad europea ha dado paso a la relación compleja, efectiva, pero que está todavía consolidándose y queda pendiente de una caracterización conceptual. Nos quedamos en el «proyecto» europeo. Hay mucha bibliografía especializada sobre aspectos de la integración. Pero no creo que haya un teorizador actual en este ámbito de tanta importancia, salvo Habermas con sus trabajos recientes sobre la constitución europea.

2. En tercer lugar habría que ponderar en Ortega una figura que, siendo progresista, haga propuestas ajustadas a la realidad de la sociedad en la que estaba escribiendo. Tanto Kant como Nietzsche, dos de sus fuentes filosóficas principales en aquel momento, pueden interpretarse como autores que defienden bien la espontaneidad del artista romántico (Nietzsche), bien la primacía de la moral en el comportamiento práctico (Kant). Pero Ortega consigue encontrar fórmulas que tengan en cuenta la necesaria limitación de la política en la España del momento:

— salvando la independencia política de su proyecto;

— buscando trabajar con la monarquía a pesar de sus simpatías republicanas;

— entendiendo que la acción positiva que ha de buscar la Liga es a largo plazo y no debe agotarse en la coyuntura;

— y al tiempo, atendiendo a esa misma coyuntura y a sus variaciones,

— sobre todo, poniéndose en el lugar del otro, es decir el de su lector u oyente.

La idea de amor intelectual que esgrime en Meditaciones del Quijote contra Unamuno, como el verdadero legado de Spinoza, y la idea de posibilidad real, por oposición tanto al posibilismo como a actitudes utópicas, implica una reconciliación con la realidad tal y como se daba, además de la aspiración de contribuir a su perfeccionamiento.

Ortega entiende que las teorías tienen que culminar en la acción en la realidad coyuntural. En Meditaciones del Quijote mantiene que: «Todo lo general, todo lo aprendido, todo lo logrado en la cultura es solo la vuelta táctica que hemos de dar para convertirnos a lo inmediato» (I-756). En Vieja y nueva política en el mismo sentido había anticipado que: «Lo general no es más que un instrumento, un órgano para ver claramente lo concreto; en lo concreto está su fin, pero él es necesario. Mientras que sean para los españoles sinónimos la idea general y lo irreal, lo vago, todo empeño de renacer fracasará. Porque la cultura no es otra cosa sino esa premeditada, astuta vuelta que se toma el pensamiento —que es generalizador— para echar bien la cadena al cuello de lo concreto» (I-724). Por eso mismo es parco a la hora de enunciar un programa (I-724).

De lo que se trata es de una actitud de estudio y de colaboración. «¡El programa! Si se entiende por tal algo hondo y vivaz, tiene que ser creado tema a tema, en esa convivencia a que os invito» (I-725). Pues: «Si las cosas son complejas, nuestra conducta tendrá que ser compleja» (I-726), aun a costa de la nitidez de los conceptos.

En este punto, la diferencia entre progresismo y conservadurismo tiende a borrarse, en la medida en que el político siempre tiene que estar atento al momento y a la mejor forma de atender a esta, es ajustando su actividad y sus principios últimos a lo que esta exija. No cabe hoy una política que sea completamente inmovilista, o dejar la tarea de ajustar los programas a la realidad a instancias puramente administrativas.

3. Es importante subrayar que el propio Ortega entiende que la filosofía como aquel saber que le debe orientar en política. Primordialmente se da una voluntad de ver las cosas claras: «Mi vocación era el pensamiento, el afán de claridad sobre las cosas» (V-96). Ortega busca esta claridad, en primer lugar puertas adentro, desde lo que lo, más tarde, llamará ensimismamiento. Es importante tener en cuenta que se trata de un ejercicio consciente, realizado con el ánimo de llegar a un estado de convicción y conformado a su propia experiencia personal. Por supuesto, era ya entonces un hombre muy leído, pero su exigencia era aprovechar esas lecturas para el desarrollo de un proyecto intelectual propio. Me parece acertado, por ello, pensar que la fenomenología, y concretamente Ideas I de Husserl, le ayudaban a prestar a la realidad una dimensión ética que no podía entender en el caso del neokantismo orientado hacia una visión deontológica de la ética.

El problema, desde el punto de vista de la filosofía académica, es que no está pensado para resolver una discusión filosófica, sino más bien para operar en una realidad ideológica. En la medida en que pudo Ortega comunicarse sobre un fondo conceptual elaborado por sí mismo en Meditaciones del Quijote y en Vieja y nueva política, en esa medida, su filosofía es «una manera de ver las cosas» que encuentra una confirmación performativa en el logro de una acción comunicativa. «Yo solo ofrezco modi res considerandi, posibles maneras nuevas de mirar las cosas. Invito al lector que las ensaye por sí mismo; que experimente si, en efecto, proporcionan visiones fecundas; él, pues, en virtud de su íntima y leal experiencia, probará su verdad o su error» (I-752).

4. La figura de Ortega se integra dentro de lo que se entiende como la de un intelectual, por oposición a la de un científico o humanista. Dicha categoría ha sido y es fundamental en la modernización de los países católicos y mediterráneos como Francia, Italia y España. Intervienen en el debate público como defensores de los ideales de la ilustración. Sin su aportación nuestro proceso de modernización no hubiera sido el mismo.

Es cierto que hay países donde la secularización de la cultura y la modernización han tenido otra deriva distinta, donde el intelectual no ha tenido un papel tan trascendente. Es decir, hay varias vías para llegar a una sociedad moderna y democrática, pero es cierto que la que ha seguido España cuenta con la necesidad de planteamientos teóricos como los que plantea Ortega. Lo más probable es que esta necesidad se mantenga. Ciertamente una política moderna implica admitir una determinada cultura, donde determinadas cuestiones son asumidas sin más por parte de los ciudadanos. Pero es también sustancial a cualquier proceso democrático, que las cuestiones se digan y se difundan de tal manera que se pueda entender que las sociedades se determinan a sí mismas. En ese sentido, genéricamente la necesidad de una reflexión que acompañe la política sea de izquierdas o de derechas parece que va a seguir siendo una faceta de la política en el futuro. No es solo cuestión de Ortega, pero Ortega es desde luego uno de los pensadores de referencia a los que podemos acudir. ¢

Nueva y vieja regeneración

Hace unos pocos años, ya bien entrada la crisis económica, los términos del debate político en nuestro país empezaron a cobrar un aire nuevo, con motivos y preocupaciones distintas a las que habían caracterizado el debate público en años anteriores. Hasta ahí se hablaba de izquierda y de derecha, de constitucionalismo y nacionalismo, de redistribución y creación de riqueza o, incluso, de clases enfrentadas. A partir de un momento en torno al año 2010 se empezó a hablar de temas distintos.

Se enfrentó la sociedad al Estado, como si este no reflejara ya los intereses y las preocupaciones de la sociedad española y se rigiera no según alguna idea del bien común, sino según sus propios intereses o los de aquellos que lo controlan. Pronto llegó el momento de poner en cuestión la representatividad de las instituciones políticas, en especial las instancias representativas y los partidos políticos. En las jornadas del 15-M, teñidas de épica alternativa, hizo fortuna el eslogan «[Que] No, no nos representan». La puesta en duda de la representación política llevaba a la consideración de las élites políticas como un grupo privilegiado, una «casta», según la palabra que utilizó primero el periodista y activista Enrique de Diego, con su Plataforma de las Clases Medias, fue recuperado luego por los compañeros politólogos de Podemos y al fin, bajo el apelativo más exquisito de «élites extractivas», por intelectuales y funcionarios en la órbita de Ciudadanos. La «casta» o las «élites extractivas» conforman esa minoría capaz de sacar provecho de unos mecanismos y unas instituciones políticas que se han desviado de su objetivo inicial y solo sirven intereses particulares: corruptos, por tanto, como iban demostrando los numerosos casos que, centrados por lo fundamental —aunque no solo— en el asunto de la financiación de los partidos políticos y de los sindicatos, empezaron a salir a la luz en esos mismos años. La corrupción no afectaba solo a unos cuantos personajes, ni siquiera a unas cuantas organizaciones. Afectaba al conjunto de las organizaciones públicas, en particular los partidos políticos, y acabó contaminando al propio sistema, al conjunto de las instituciones y al régimen nacido con la Constitución de 1978. El «régimen» (algo así como la «Restauración») aparecía podrido, agotado, enfermo y con él, claro está, el «bipartidismo» que lo había sostenido.

Se elabora así un discurso dirigido contra la racionalidad política —es obsesiva la cuestión de la superación de la izquierda y la derecha—, juvenilista —como corresponde al deseo de un cuerpo regenerado que ha dejado atrás los signos de la decadencia— y populista —es decir, de estilo antiinstitucional y personalista, desconfiado de cualquier cuerpo intermedio, y que apela a la movilización de quienes han quedado al margen del sistema, sin representación y condenados por tanto a sufrir (el motivo del «sufrimiento» es importante) una creciente desigualdad, que la crisis no ha hecho más que empeorar: el famoso 99% de los «ocupas» norteamericanos, que importaron las formas y los eslóganes de nuestro 15-M.

La palabra de moda fue, ya lo sabemos, la regeneración. Durante estos años, en España, casi todo ha sido regeneración. Andábamos degenerados, o degenerándonos, y hasta entonces (la alarma social ante la corrupción se dispara en 2012…) no nos habíamos dado cuenta de la podredumbre que corroía las entrañas de nuestro cuerpo político. La patología —enfermedad es un término suave— había alcanzado tales proporciones, tal profundidad, que todo ha estado por rehacer: el sistema de partidos, las leyes electorales, las Cortes, la Constitución, la Monarquía, la propia España, la mentalidad española, los «valores» ni más ni menos… Había que abrir las ventanas y dejar entrar los aires purificadores y juveniles nacidos después de 1978, para más detalle. El debate podía haber tomado un rumbo muy distinto.

Por ejemplo, el de las medidas que el Gobierno ha ido tomando. Se podía haber hablado de trabajo y de la forma de contribuir a crearlo, de los problemas de educación, de la mejora de las formas de financiación de los partidos, del papel del Estado (y las repercusiones de su intervencionismo en la corrupción), de los artículos de la Constitución que se podían someter a revisión… Se podía haber iniciado un diálogo que hubiera llevado a la adopción de reformas graduales, negociadas aunque no necesariamente consensuadas, con objetivos pautados y respetuosos con el marco de la democracia liberal que tan provechosa ha resultado a nuestro país en los últimos cuarenta años. No ocurrió así, aunque buena parte de estas reformas se han ido poniendo en marcha. El debate público no se centró en estas acciones prácticas. Se centró en la regeneración, que es tanto como decir en un cambio de raíz que debe llevar aparejado —y volvemos al vocabulario y a las metáforas médicas— la curación definitiva y la inmunización contra la corrupción del organismo social.

La palabra «regeneración» no es un término particularmente español, ni moderno. Viene del cristianismo, donde designa el renacimiento del ser humano a una naturaleza nueva, redimida del pecado. En el siglo XVIII, los ilustrados lo retomaron a partir de las observaciones biológicas de los antiguos, que habían constatado que algunos organismos vivos son capaces de reproducirse sin pasar por el trámite del sexo. De ahí saltó a la política —las grandes ensoñaciones de Rousseau no andan lejos—. Con la Revolución Francesa se generalizó como consigna para designar el Hombre nuevo y la nueva Nación que debían surgir de la acción salvífica sobre la salud pública. La palabra recobró su crédito en el terreno científico con las investigaciones a partir de la teoría celular del primer tercio del siglo XIX, para luego cruzarse en el camino de Darwin cuando elaboraba sus reflexiones sobre la teoría de las especies. De ahí volvió a saltar a la política, justo en el momento en que se estaba iniciando la gran crisis de la conciencia occidental, en la segunda mitad del siglo XIX. Iría acoplada a la palabra degeneración, lanzada por Max Nordau con el éxito que se conoce, y aplicada al arte (el «arte degenerado»), síntoma de una enfermedad más grave y profunda, que afecta a la sociedad y muy en particular a la política de la época. Todo está degenerado, a partir de ahí, y todo debe por tanto ser regenerado, sin que el término hubiera perdido del todo ni su resonancia religiosa ni su anclaje en las ciencias biológicas y médicas. Así es como la regeneración está en la base de algunas de las mayores aberraciones del siglo XX europeo: el exterminio de los débiles y, en general, de los degenerados, para mayor gloria de las razas superiores. A partir de ahí, el nuevo descrédito de la regeneración fue tal que paralizó incluso la investigación científica, hasta que volvió a iniciarse a finales del siglo pasado, con el éxito que conocemos hoy en día, cuando ha abierto campos nuevos, también inquietantes, a la ciencias de la vida.

En nuestro país, la palabra regeneración no tiene un sentido sustancialmente distinto al que tiene en el resto de Europa y en Latinoamérica. A veces designa posiciones políticas conservadores, de inspiración organicista, frente a las liberales, más individualistas y «disolventes». También recoge el clásico sentido revolucionario, como ocurre en la retórica de la Gloriosa, revolución «regeneradora» por excelencia. A finales del siglo XIX y con la crisis de la conciencia europea de fondo, todo cuaja en una visión demoledora de la sociedad liberal y capitalista —es decir, moderna e ilustrada—, visión que llega a su apoteosis en esos mismos años.

La regeneración es, aquí como en el resto de los países europeos, la visión hipercrítica de la sociedad de finales del siglo XIX. La propia sociedad es un cuerpo enfermo, porque el éxito del capitalismo la ha alejado de la naturaleza y ofrece tal sobreabundancia de ofertas y tentaciones —se puede decir así— que expone a los seres humanos a una excitación perpetua que los condenan a la frustración y a la degeneración. La regeneración, en este aspecto (el biologismo de Zola, como las sectas teosofistas, los naturistas y otros muchos), insiste en la profundísima crisis de valores y en la necesidad de volver a formas de vida menos viciadas, más simples, más adecuadas a nuestra naturaleza.

En términos más políticos, ha fallado la representación de los sistemas parlamentarios, usurpada por una oligarquía que aprovecha las instituciones en provecho propio. Ni el liberalismo ni el parlamentarismo (liberal) son capaces de disolver esos grumos resistentes a su acción y que impiden la transparencia, que en España (como en Francia) llamamos «caciquismo» y que nadie sabe cómo tratar: si como reliquias del feudalismo o como síntomas de un régimen económico que crea mucha más riqueza de la que los gobiernos son capaces de controlar, e instancias (grandes empresas, carteles) tan poderosas que se escapan al control de la acción política. La constatación propicia una ampliación de las competencias del Estado, que responde bien a la crisis del liberalismo, pero también la proliferación de movimientos («ligas» y otras clases de asociaciones) que se proponen restaurar la representación dañada. Así es como —desde presupuestos organicistas— se revaloriza la sociedad frente al Estado. Aquella —la España real— está viva, frente al Estado que solo representa la «España oficial», un esperpento de sombras corruptas, degeneradas —el célebre panorama de fantasmas con el que Ortega retrató el régimen liberal, y que no acaban nunca de morir…

En realidad, el régimen entero pasa a estar corrompido, como están corrompidos los partidos políticos que lo sustentan: la crítica del parlamentarismo —puro teatro— en la Tercera República francesa no le va a la zaga a la que aquí se hizo de lo que llamamos la «Restauración». En muchos países europeos se escucharon y se escribieron críticas parecidas, y en todos ellos pareció triunfar la misma perspectiva que triunfó en España. La crisis de la conciencia española no es un monopolio español y fue particularmente virulenta, tanto como aquí, en Francia y en Alemania. Los intelectuales y los políticos se preguntan si el país, la raza, no están a punto de desaparecer. Los delirios a los que el pánico dio lugar no fueron menores que los que se manifestaron aquí, bien conocidos de todos, desde la consideración de España como una enfermedad o como interminable decadencia desde los… visigodos (Ortega) hasta los intentos de explicación biológica, como la falta de ozono de nuestra atmósfera.

Nada de eso es propiamente español. Lo específicamente español, en cambio, es el nombre que aquí damos a este movimiento. Lo que en el resto de los países europeos (y dentro de España, en Cataluña) se llama nacionalismo, aquí se llamará regeneracionismo. Si hacemos un recuento de los motivos del nacionalismo —angustia ante el fin de la raza o de la nación, falta de representatividad del «régimen» parlamentario, descrédito de las instituciones políticas, voluntad de superar la racionalidad política, por no hablar de otros más generales, como son el empeño antimoderno, la insistencia en la vida frente a la razón, la exaltación de la lucha, etc.—, comprobaremos que son exactamente los mismos que trata el regeneracionismo. El enemigo a batir es el mismo: la nación, la nación liberal y constitucional formada de ciudadanos con derechos y deberes.

¿Por qué el nacionalismo, en nuestro país, no se denomina como le correspondería y se conforma con el nombre de regeneracionismo? Aquí se esboza la cuestión del relativo fracaso del nacionalismo, al menos en cuanto a la transformación de una mentalidad y una ideología en un movimiento político. La respuesta a esta pregunta que he intentado dar en Sueño y destrucción de España está relacionada con la cohesión de la nación española, mayor de lo que piensan esos nacionalistas frustrados que son los regeneracionistas (desde los regeneracionistas propiamente dichos hasta los regeneracionistas literarios, espirituales y estéticos, y también a los regeneracionistas —no les habría gustado el apelativo— de segunda generación, los Azaña y los Ortega).

El hecho de que el nacionalismo español tarde tanto en aparecer como movimiento político no quiere decir que no tenga influencia en la historia de nuestro país en el siglo XX. Bajo la tipología regeneracionista, triunfa durante la dictadura de Primo de Rivera, como nacionalismo republicano después de 1931, y ya como nacionalismo bajo la dictadura de Franco (en sus diversas formas: fascista totalitario con Falange, conservador contrarrevolucionario y nacional-católico). También reaparece después de instaurada la democracia, cuando la negativa a pensar la nación en términos políticos conduce al enrevesado nacionalismo español actual, que hace un esfuerzo extraordinario para excluir lo español de la vida política y se empeña en el experimento de construir una democracia liberal sin nación que la sustente, un experimento del que tal vez —pero solo tal vez— estemos viviendo los últimos momentos.

Más arriba se ha hecho referencia al hecho de que el debate político de nuestro país en los últimos años se ha empeñado en resucitar los elementos de la propuesta regeneracionista, en vez de centrarse en la solución concreta de problemas abordables mediante una política gradualista de reformas. Lo ha hecho hasta el punto de haber resucitado el regeneracionismo como si fuera el último grito en pensamiento político, siendo así que nos retrotrae a una crisis de hace más de un siglo. Aun así, la reaparición de la regeneración y el regeneracionismo plantea de por sí algunas cuestiones interesantes.

Una de ellas es si no apuntará al problema de la falta de expresión política de la cuestión nacional, un asunto característico de nuestro país, justamente por el tabú que el nacionalismo hace pesar sobre la misma idea de nación. Otra lleva a preguntarse si, bajo el término regeneracionismo no se está planteando lo mismo que se está planteando en los demás países de la Unión Europea, que es un debate sobre la identidad nacional. La regeneración y el regeneracionismo serían, desde esta perspectiva, los términos españoles en los que se están planteando los nacional-populismos en muchos países europeos, que también retoman los términos de los debates de hace un siglo: recelo ante el liberalismo, miedo a la apertura y a la globalización, heridas identitarias, desconfianza ante la política y ante las sociedades abiertas.

Una meditación sobre el riesgo político

En ninguna otra parte como en política se puede ir contra el principio de realidad, literalmente: no se puede, pero este es el caso del clima político español y desde años bien anteriores a la crisis económica. El objetivo de este análisis de situación cuando se pregunta por el Después de 2015 no es la labor de gobierno alguno, sino el rastrear y llamar vuestra atención sobre un estado de cosas, el nuestro, que presenta un nivel de riesgo político elevado. Riesgo, porque no se deben deteriorar aún más los fundamentos de nuestro sistema político; riesgo, porque se puede debilitar el Estado hasta el punto de dejarlo en la práctica inservible.

La historia, que no se repite pero rima

Por ello no debemos olvidarnos de la historia, de esa historia irrepetible siempre pero que muchas veces rima, añadía Twain. Porque el riesgo político es el principal factor de peso en el futuro del país. Cada época tiene por fuerza su afán, pero el ahora descalificado como «régimen del 78» guarda más de un estricto paralelo con el diseño canovista, en el sentido preciso de que son periodos abiertos a distintos desarrollos legislativos, a cargo de gobiernos escrupulosamente constitucionales, y que han procurado constatables beneficios a la población.

Luego de pasar lo que le pasó, el liberal Marañón saludaba a «la paz civilizada, laboriosa y creativa» vivida en aquella otra Restauración. No por casualidad, ambas pivotan sobre un marco constitucional que repudia poner en entredicho la continuidad histórica de España y persigue un nuevo comienzo, ese «Borrar, con eterno olvido, pasadas discordias», en la frase de Cicerón.

Hoy como ayer, en el tránsito a esa Constitución está reflejado el espíritu mejor de la nación y, aunque no cabe duda de que el tejido institucional alumbrado por el pacto del 78 se ha deshilachado, y casi perdida la textura en distintas zonas, constituye la trama que hay que volver a hilar para disolver una gradual instalación en el país de una mentalidad destructiva, fruto de la desesperanza y el hartazgo, donde no se miden la consecuencia de los actos ni, aún menos, de las palabras de cada uno.

«La descomposición comienza con la decadencia de los principios fundamentales», lo dice Montesquieu, y una acción política responsable no puede declararse distante de la lealtad a esos principios constituyentes. Ningún texto legal es inmutable, perdería incluso su sentido, pero el otro camino, el de un cambio del sistema político, una crisis sistémica, significa la «intentona rupturista» de siempre, e implicará una crisis de la democracia, de la realmente existente. En el proceso destructivo de toda crisis, hay que tener claro siempre lo que, en cualquier caso, hay que proteger (o lo que no debemos perder), aquello que ha hecho posible el gran salto adelante español, cifrable en la renta per cápita de los 4.226 dólares de 1978 a los 27.656 en 2014. Lo cual lleva a otra petición de principio, todo relato reformista ha de partir de realidades decisivas como esta historia de un éxito colectivo.

Esto fue posible por una promoción de españoles, no todos en la misma generación pero sincronizada con su tiempo histórico, coincidentes en la disposición cívica de anteponer la concordia que induce a la armonía civil a cualquier otro negociado político. Como de concordia política se trataba, se efectuaron las transacciones oportunas e inteligentes para que el conjunto de la nación avanzase, honrando el sentido profundo del compromiso político.

«Nosotros, los desheredados», El clima antisistema

Pero, vayamos un poco al tiempo en el que ha germinado la actual polarización, y ese ambiente latente de ajuste de cuentas, ajeno al espíritu y al hecho político de la Transición. Se halla en torno a las acampadas del 15 de mayo del 2011; en la madrileña Puerta del Sol ya está identificada la masa a la que va dirigida el discurso: «Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios, los jóvenes sin empleo que queremos un empleo digno…».

Sus dirigentes encuentran el lenguaje preciso que mucha gente quería oír. Es también el momento político adecuado para desarrollar una estrategia política. Han llegado las «condiciones objetivas» para iniciar el juego pirotécnico. Por demás, esos climas políticos son, esencialmente, artificiales o responden a tendencias modales.

Son unos profesores de facultad que parecen descubrir que: «En todo el universo solo hay vida inteligente en las Ciencias Políticas de la Universidad Complutense y en algunas zonas de Rascafría». Parafraseo a Woody Allen, pero han sido enormemente capaces de articular un movimiento político de éxito.

Echando la vista más atrás, el primer conato serio de una izquierda así, significada por su no militancia en los partidos institucionales, fue a raíz de la guerra de Iraq. Como en otros países europeos, se empieza a notar la cierta efervescencia de la resistencia civil, pero aquí tiende más a la política que a la no violencia. Ese movimiento marginal, que empieza a salir a la superficie, seguirá en el margen hasta el 11-M del 2004.

No voy a entrar en el atentado ni en otros aspectos relacionados con un difícil asunto. Pero sí quiero apuntar que la resistencia civil raras veces es fuerza que se baste por sí sola, requiere de la conexión con otras formas de poder. Es decir: de los que consienten una auxiliadora subversión de los poderes públicos, ellos, comprensivos de un malestar del que se sirven sin desvestirse de la púrpura institucional, para terciar en el juego del conflicto civil como adalides de una moderación perdida a causa de los gobernantes. La ambivalencia sobre el lugar de la ley es, a la vez, una imprudencia calculadora, de la que las figuras del partido socialista gustan usar, y un principio operativo que ha vuelto a aparecer once años después en unos lamentables pactos alternativos municipales y autonómicos.

Situemos, por tanto, en esa franja temporal la semilla constitutiva y reagrupativa de estos nuevos políticos activistas. Existía el personal y el material pirotécnico, solo faltaban las condiciones objetivas para liberar la onda expansiva. Las fuerzas alternativas necesitan de la concatenación de sucesos sostenidos y repetidos, capaces de crear un nuevo clima mental donde se hagan plausibles sus expectativas imposibles. Ese momento largo llegaría con la singladura del presidente Zapatero, por dos legislaturas. Toda su política desdeñosa con la realidad alcanzaba la cota máxima, justo apenas comenzar el segundo mandato, en 2008, cuando muchos de los que le habían votado seis meses antes se arruinaron rápidamente. Así de fácilmente daba comienzo nuestro «descensus Averno».

Los factores de riesgo: debilidad nacional, pulsión rupturista

Es posible que se les pueda atribuir a cuantos con mayor conocimiento de la situación y con mayor margen operativo por sus funciones sociales, las élites, un tipo de responsabilidad mayor, pero, de ninguna forma se nos puede exonerar de ellas al conjunto de los ciudadanos, a la mayoría de nosotros, también causantes por nuestros errores de la actual debilidad política colectiva. Ortega llamó masa, la presentada como víctimas del sistema e inmaculadas en su responsabilidad, fomentándose así la polarización y el afán revanchista.

El riesgo político deriva, en primer lugar, de esta pulsión populista que encuentra su caldo de cultivo en un contexto institucional deteriorado por la corrupción y descrédito de los representantes de partidos repetitivos y cauces legales de participación política obturada.

El riesgo político se formaliza en el auge de corrientes populistas, que propugnan un tipo de democracia participativa con veleidades plebiscitarias, que desbordan el equilibrio partidista.

Nada lejos de esa bipolarización cívica brota la planta del nacionalismo, en su cara más agresiva y destructora. El embrutecimiento de las posturas políticas en Cataluña por un nacionalismo que tiende abiertamente al etnicismo cultural, ensimismado en la deriva de su imaginario identitario, amenaza con provocar un proceso politraumático a la política catalana y española. La ruptura del Estado autonómico lo sería del Estado entero.

Este segundo factor de riesgo, que desde hace más de doce años avanza en el nacionalismo catalán, necesitaba de las veleidades de un aliado nacional, y ellas son perfectamente constatables en los pactos que han ido efectuando los socialistas españoles, no solo para sostener al Gobierno de sus colores en 1993, 2004 o 2008, sino en legislaturas, como la de 1989, donde no parecía tan necesario. En fin, la cronología muestra la difusa y débil idea de España que ha impregnado la estrategia socialista entre nosotros.

Porque, como siempre, al fondo de todo problema colectivo aguarda la responsabilidad personal y la deslealtad. El delirium tremens al que se ve abocada Cataluña lo es por la irresponsabilidad y el sectarismo de políticos concretos, que se han servido dar un cheque al portador (con lo peligroso que es dar un cheque a un nacionalista) para gestionar «esas pequeñas cosas». A fuerza de evitar dificultades al Estado estamos alimentando la agonía de la nación, lo dijo Ortega.

Y la desconfianza social

España hoy tiene un riesgo de desconexión social a corregir, que no se convierta en un endémico factor de retardo democrático, por el crecimiento de las dependencias clientelares, bajo forma de subvenciones y asistencias públicas. Hay que cuidar que la democracia no se endeude por sobrepujas políticas para obtener el favor de grupos electorales, hasta formar bloque político-social mayoritario que blinda a zonas enteras de un país, y hasta a países enteros de la zona euro, de las reformas precisas que le conectan al contexto internacional competitivo y transparente.

Parece increíble no haber visto hasta el 2010 el sobre- endeudamiento de las familias, las empresas, las entidades financieras y las diferentes administraciones públicas como un genuino cisne negro, en absoluto novelesco. Estas últimas, a pesar de la contención de los niveles de deuda pública por el crecimiento económico, veían crecer sus estructuras de forma inadecuada, a la vez que el gasto político que generaban era derrochador. El signo de los tiempos era el de la multiplicación del riesgo por parte de todos los actores económicos en concurso. Con razón, se dice que los grandes incendios de la humanidad empiezan en el cuarto de la plancha.

La brecha generacional puede llegar a una auténtica escisión social silenciosa que genere una anomalía civil de difícil manejo. A las nuevas generaciones, la Transición les parece una leyenda: ¿Qué oportunidades me ofrece mi sociedad? ¿Un paro juvenil superior al 50%? Son hijos de la cultura fragmentaria y del instante que transmite el digitalismo técnico. Son más nómadas y con menos instinto natural hacia el asentamiento. Ante ellos, resulta casi un imposible acotar la presente crisis, ya económica, ya política, en el largo plazo de cuatro décadas de éxito de la democracia española.

Debemos examinar cuánto hay de lesión de los dos vínculos que dan continuidad a la nación, y, que cuando resultan dañados, trastornan por entero un ecosistema político. Uno es el vínculo de confianza entre generaciones, el que une el antes y el después y permite transmitir el relevo a otra generación, pero con un horizonte de futuro. Y el otro se refiere al vínculo de solidaridad. No solo entre los activos y los pasivos, cuyo ejemplo paradigmático son las pensiones. El que afecta al conjunto de la solidaridad intergeneracional y a la natalidad.

La lesión social estimula la pulsión rupturista, pero el populismo no es exclusivo de los Podemos; la tentación de lo fácil impregna el discurso todo y crea inercias, genera efectos miméticos, pasaporta el rigor a otros países y clases sociales, falsea el debate público, es la demagogia: un envolver con palabras mayores, ideas menores, en boca de Lincoln. Véase, si no, el caso de una renta básica universal, desiderátum inicial de los Podemos y posteriormente versionado por los rectores del partido de los socialistas.

Explicándose la desconfianza política

Su triunfo es pasajero pero los daños duran bastante más. Suplanta el principio político de la realidad y la responsabilidad. No es casual en este tipo de movimientos el líder al que otorgan facultades redentoristas.

Juan Pablo Fusi, en algún comentario al paso, defiende que el problema no es de las instituciones, ni siquiera del Estado autonómico, sino del mero ejercicio de la política, de la gestión que los distintos gobiernos han ido haciendo.

Lo que pone al descubierto esta crisis es la debilidad del Estado, por ausencia de grandes proyectos. Lo entiendo como el lastre de unas políticas inerciales y cortoplacistas, que sienten alergia al reformismo de calado. Esta apreciación del ilustre historiador contemporáneo autoriza a delimitar nuestro problema de fondo.

A sabiendas de que el medio propagador es el enorme socavón social de una pérdida de empleo, entre 2007 y el 2012, reconocida en 3,5 millones de puestos de trabajo eliminados, hay que pararle los pies a los populistas… de todos los partidos, porque tenemos mucho que perder. Todo puede deshacerse a fuego lento. Solo en este sentido, sería oportuno proponer unos pactos políticos de contenido económico, como en su día fueron los Pactos de la Moncloa, para atajar esa división social progresiva que socava la estabilidad política.

Sin entrar a emborronar otra lista más de quejas y correspondientes remedios arbitristas, España tiene hoy un problema de calidad y desafección políticas, que afecta ya al núcleo de su legitimidad y que produce un acartonamiento de los cauces institucionales de representación vehiculada por los partidos políticos. La fatiga institucional afecta igualmente a otras instituciones de la arquitectura del Estado, hoy difícilmente en condiciones de cumplir con el espíritu constitucional que alumbró su creación; pero no entremos en la letra pequeña.

Juicio de resultados

Una dura y larga recesión como la que hemos padecido, ahonda la percepción de falta de previsión, y deja servida la crisis de liderazgo, incluso como estereotipo. Siendo cierto que el tópico no ayuda a pensar una circunstancia, no lo es menos la inhibición general de quienes tenían encomendada por función social la tarea de prever su riesgo y alzar su voz. La visión del largo plazo se debilita por falta de ejercicio y, por consiguiente, queda embotado el sentido de la anticipación en los actores de la vida política. Llegados al caso, no es realista esperar personas conscientes capaces de conjurar el peligro ni encauzar sus estragos en el tiempo oportuno.

Junto a la preponderancia del cortoplacismo, la recaída en una morbosa mentalidad proclive al desánimo. La insistencia, consciente o inconsciente, de figuras populares gustosa por difundir un estado de ánimo que viene rebotado del fatalismo español como escuela histórica. La vuelta al derrotismo, bajo la fuerte impresión del acelerado retroceso económico y empeoramiento de la situación política. Sobre ello, un Julián Marías de temple diametralmente opuesto al vicio de situarse en lo peor, concluía que nuestro siglo desmoralizado por antonomasia, el XVII, pasó sobre todo por una crisis de esperanzas. La España de hoy tiene carta abierta a una mentalidad más autodestructiva y perdedora que ilusionada.

En rigor, habría que observar que el encauzamiento de las crisis ha sido labor del Gobierno de Rajoy, que ha realizado un buen trabajo, pero siquiera su resolución neta se hará esperar, sometida estrictamente a los avatares.

Pero es característica de esta etapa la relegación de una función indelegable del político, cual es transmitir confianza y esperanza, a un segundo plano de la acción pública. Quien no se alimenta de sueños envejece pronto, nunca es una culpable distracción el empleo del tiempo en la educación social del sentido más primario de lo justo, el más instintivo, ese por el que saltamos en nombre de la Justicia cuando algo nos parece injustificable.

El escenario es inédito aunque sus efectos de gobernabilidad sean previsibles. Como también que irá en menoscabo de la moderación. Aunque sea lógico un cierto movimiento pendular corrector, debe afrontarse lo que implica la ruptura del bipartidismo vigente, distanciamiento sentimental y de opinión pública antes, ahora incurso en sucesivos movimientos electorales hasta diciembre próximo. Su reemplazo teórico por un esquema a cuatro, multipartidista, inclina nuestros parlamentos y gobiernos hacia escenarios hipercomplejos, de pluralismo con riesgo de polarización. Cualidades que dificultan, en suma, el formar mayorías de gobierno moderadas.

Las nuevas y poderosas realidades políticas, como la erosión democrática, un empobrecimiento de la población, el temor a las migraciones de impacto, imponen nuevos ejes discursivos. Se desdibuja el monopolio en la confrontación política del binomio Derecha/Izquierda, reemplazado por los Abajo/Arriba y otras capas de esa cepa. En esta tendencia europea, lo más pertinente será la distinción entre Extremistas/Moderados, que pedía Bobbio tener en cuenta más que ninguna otra.

Esa pertenencia al estatus moderado hay que ganársela, el calificarse de moderado actuando como pasarela de los extremistas es un juego de manos, un regateo de bazar político en un suelo resbaladizo. La categoría extremista muestra en sus diversas variedades una elocuencia ensalzadora de lo fácil, la amistad por lo expeditivo, el desdeño por los plazos y las garantías de la representación electoral o corporativa.

Es manifiesta la ausencia de cultura de pacto en España, a no ser durante la Transición. La política de la confrontación entre los partidos y no la de cooperación ha sido claramente preponderante. La cooperación institucionaliza, la confrontación desinstitucionaliza. En definitiva, supone optar por la política que busca mejoras pragmáticas y pactistas, y piensa en alternativas comparables, encaminadas hacia la conciliación social. Desde 1977 está inédito el intento por ensayar el entendimiento duradero, siquiera fuera en situaciones de encrucijada.

En 38 años de democracia española, no ha habido nunca gobiernos de coalición o alianza de mayorías parlamentarias entre los primeros partidos, popular y socialista. La excepcionalidad de la gran coalición es el hecho político más llamativo. El ámbito de corresponsabilidad ha estado, temerosamente, circunscrito a los tratados de política internacional y en la política de seguridad antiterrorista. Ni siquiera en fases críticas como la presente, salvo la reforma del artículo constitucional 135 por vía rápida, se ha pretendido la colaboración en asuntos que demandarían la colaboración nacional.

De la meditación política que nuestro país tiene pendiente no se debe excluir a nadie, sería otra de las responsabilidades en que venimos incurriendo. Si queremos ser portadores de convivencia constructiva, se trata de buscar cierta objetividad y un relato ecuánime que hilvanar. Sobre todo, debe servir para saber lo que no hay que hacer.

Meditación con Antonio Fontán al fondo

Lejos de nosotros, como bien recomienda José María Marco, el recurso a la palabra candente, se trata de afinar cuando se hace uso del aguijón crítico con la actual desestructuración política inercial. También esto pasará, rezaba la inscripción que Salomón se hizo labrar en el anillo real, y que vale para los malos como para los buenos tiempos.

Mientras tanto es de nuestro interés, en particular los amigos de Nueva Revista, deliberar en qué nos hayamos desviado de lo importante, cuándo no hemos atinado a definir carencias políticas, ni a escribir con más persuasión que no se dejara de contar con el grueso de los españoles.

Es una hora española propicia al recuerdo entre nosotros de Antonio Fontán, precisamente en una época de cuesta arriba podemos aprender de quien no cejaba cuando en los 40-50 y gran parte de los años 60, políticamente, no se movía una hoja.

Así, en 1967, en las páginas del diario Madrid escribe: «En las difíciles circunstancias en las que se halla un país como el nuestro, el mañana es siempre una promesa de esperanzas, pero, para que estas fructifiquen, primero se han de poner en orden el sistema de valores y de ideas, de estímulos y objetivos, y después obrar en consecuencia».

Los años de travesía no fatigaron su proverbial buena fe, ni demediaron el personalísimo estilo de una acción política, con auctoritas indiscutible, esa que perdura intacta cuando poder y éxito se agostan como verduras de las eras. Como tantos otros de quienes acompañan a su Nueva Revista debo terminar diciendo que, ella también, ha sido leal a estas aspiraciones por más de un cuarto de siglo.

La perspectiva liberal-conservadora

La imposibilidad de constituir una teoría política de carácter liberal-conservador no es casual. Es sintomático a este respecto que la defensa del conservadurismo liberal por parte de uno de los pensadores más importantes del siglo XX, Michael Oakeshott, reivindicara más la actitud conservadora que su ideología. Pero si el liberalismo conservador quiere ser una alternativa en las sociedades del siglo XXI tiene que recuperar de nuevo sus valores y principios originarios.

Porque, en realidad, la supuesta incompetencia del pensamiento conservador por articular de un modo sistemático un conjunto de axiomas —y su falta de habilidad para concluir de ellos una visión completa del mundo—debe ser considerada una de sus principales y más irrenunciables señas de identidad.

No es, por tanto, tampoco accidental que el propio Richard Nisbet tuviera dificultades para presentar la coherencia de un pensamiento político que es tan heterogéneo como plural, tan antiguo como moderno. De hecho, uno puede preguntarse qué comparten esos pensadores que el propio Nisbet cataloga como conservadores, más allá de unos principios generales como la propiedad, la libertad o la tradición, por ejemplo. Ahora bien, una lectura atenta descubre que Oakeshott tenía razón: la preocupación desde Burke hasta él mismo no parece centrarse en la defensa de ciertas categorías intelectuales, sino en la mirada sobre los condicionantes que imposibilitan una verdadera convivencia social.

Y, desde esta perspectiva, no se puede negar que el conservadurismo defiende, antes que nada, un entramado moral o unos valores que se refieren tanto a la tradición como a la clara percepción de que, con ellos, la convivencia resulta más armónica y las instituciones más humanas. Pero si el conservadurismo ha tenido un enemigo, este, a decir verdad, trasciende las habituales distinciones políticas. Es más contra la teoría política que se escoraba preocupantemente hacia el racionalismo y que olvidaba la relevancia de la racionalidad práctica, de la prudencia, en la gestión de los asuntos comunes, la bestia negra de esos pensadores encuadrados tradicionalmente en la nómina conservadora.

Como supo ver Oakeshott, el conservadurismo propone una política de la moderación que hoy, en el contexto de la exacerbación de las identidades partidistas, no podemos considerar superflua. Por el contrario, uno estaría tentado de afirmar que es más necesaria que nunca. Para el pensador británico, «gobernar es una actividad limitada y específica que se refiere a la provisión y salvaguardia de reglas generales de conducta, entendidas estas, no como imposiciones de actividades sustantivas, sino como instrumentos que permiten a cada cual desarrollar, con la menor frustración, las actividades de su propia elección».

UN CONSERVADURISMO SIN ESPACIO

Así las cosas, no debería ser preocupante tampoco el desinterés mostrado por la teoría política actual hacia el conservadurismo, pues la misión de este no es, por seguir a los clásicos, ofrecer un sistema de ideas elaborado ex ante y adaptar a él la irreductible complejidad de nuestra vida colectiva. Más bien, a diferencia de las últimas teorías de la justicia, el pensamiento conservador busca ofrecer una mirada real, transitoria, más razonable que racional, que armonice los intereses muchas veces contrapuestos, pero sobre todo que renuncie a funcionalizar y absolutizar soluciones de laboratorio como modo de solventar las múltiples contigencias sociales.

Esa insistencia en el realismo, y la convicción de que en ocasiones la racionalización puede producir efectos paradójicos, es precisamente la que rebaja las expectativas teóricas del conservadurismo, pero, desde otra óptica, es también su logro más reputado. Al mismo tiempo permite tomar conciencia de sus virtualidades en la actualidad, ya que el desgaste de las instituciones, el desprestigio de la clase dirigente y de la política en general puede ser debido no solo a las negativas eventualidades de la crisis económica, sino también al hartazgo de un ciudadano que ha confiado demasiado en las promesas de una teoría política proclive a la utopía.

Aunque sería prolijo discutir la genealogía conservadora, la reivindicación del sentido común y de la prudencia, incluso en línea con el pensamiento anglosajón, heredero de la incierta calculabilidad con que la filosofía clásica se enfrentaba al estudio de los asuntos humanos, debe ser hoy considerada como el principal caudal del pensamiento conservador, junto con su intención moralizadora.

Puede que en el corto plazo la tendencia antiutópica del conservadurismo refrene, en una medida considerable, el atractivo electoral de sus propuestas. Puede también que sea poco eficaz en la tarea de arañar votos en el nuevo escenario de la sociedad del espectáculo, pero lo cierto es que, en un horizonte más amplio, es la única garantía para mantener tanto la identidad como el encanto de la actitud conservadora.

UN CONTEXTO SOCIAL HOSTIL

Si la desconfianza en la capacidad de la razón humana por ofrecer soluciones universales y definitivas fuera la característica más importante del conservadurismo, como aquí se sostiene, también Hayek podría ser calificado de conservador. Sus propuestas filosóficas a veces se antojan demasiado modernas —y, estrictamente hablando, hay un discutible legado ilustrado en su modelo antropológico— pero pervive en él aquella sensibilidad prudencial de la que hablamos. Su teoría del orden espontáneo es también una aguda denuncia de la perversa irracionalidad de ese racionalismo que no solo propone determinar el origen de la sociedad, sino que tiene la audacia de identificar cuáles han de ser sus fines indiscutibles.

Desconfianza en la razón y en el hombre, limitación del poder político, separación de poderes, propiedad, mercado, libertad individual, importancia de los valores y la religión, la familia y las instituciones intermedias… Estos son algunos elementos que están presentes en la visión conservadora. Pero desde un punto de vista teórico, lo más interesante —y lo que los representantes de otras opciones políticas no le perdonarán nunca al conservadurismo— es su defensa del orden espontáneo que, estrictamente hablando, tiene menos que ver con su proclividad hacia el mercado —y de la famosa mano invisible de Adam Smith— que con el pluralismo ordenado al que conduce su férrea convicción del carácter irreductiblemente libre y moral del individuo.

Además, hay que indicar que tanto en esa variante radicalizada del liberalismo clásico que es el anarcocapitalismo de Rothbard, por ejemplo, como en el individuo de Nozik, hay menos individualismo del que se encuentra, en un examen atento, en otros movimientos políticos de derecha o izquierda. Y menos también del que han heredado, casi inopinadamente, las teorías liberales constructivistas, el republicanismo y la teoría política discursiva, por referirme a las grandes líneas de pensamiento canónicas. Pues el individualismo, que es un fenómeno que nace con la sociedad moderna y que perfila la primacía del individuo, vacía el yo, lo convierte en un ente abstracto que necesita ser configurado política y socialmente. Hay, así, una línea de continuidad entre el individualismo moderno y todo colectivismo.

LAS ÚLTIMAS TRANSFORMACIONES SOCIALES

Con independencia de estas disquisiciones teóricas, no hay duda de que está generalizada la impresión de que los cambios sociales y económicos están socavando el contexto institucional y social del conservadurismo. Es como si la sociedad hubiera perdido aquellos rasgos que, al menos para los siglos XIX y XX, todavía hacían seductoras sus propuestas para gran parte de la población. Los cambios han alejado a los partidos conservadores de su base social, a juzgar por las transformaciones de los modos de vida y las actitudes, y parecería que es ya un mensaje marginal, condenado a desaparecer.

Se dice que, como movimiento político, el conservadurismo está quedando obsoleto. Pero en realidad lo que está desapareciendo es, cabalmente, lo que Nisbet llama en su clásico estudio su sustrato prepolítico. Los estudios muestran que cada vez son menos los jóvenes que se identifican con esta línea política; pero incluso los que se declaran conservadores, lo hacen sin ser conscientes o sin compartir sus valores tradicionales. Así, por ejemplo, cada vez son menos los que otorgan importancia a instituciones como la familia y optan por otros modelos de convivencia alternativos; se valora menos la propiedad privada; hay actitudes más tolerantes con respecto a las drogas o la pornografía y, como ha ocurrido entre los jóvenes republicanos de Estados Unidos, están igualándose los partidarios pro-life y los pro-choice.

¿Exige esto una modernización del mensaje conservador, un cambio de sus valores para adaptarse a las nuevas inquietudes sociales? ¿Tiene que renunciar a su tradición clásica y a sus valores para atraer y convertirse en alternativa de gobierno? A mi juicio, lo que muestran estos estudios es que las condiciones sociales han cambiado y, con independencia de que también la errónea estrategia conservadora, centrada en lo económico, ha contribuido a la generalización de estas nuevas actitudes, la verdad es que la renuncia a sus fundamentos originarios, que parece estar produciéndose paulatinamente, depararía el fin o conclusión del movimiento conservador. ¿Qué conservadurismo es aquel que ha renunciado a su propia conservación? ¿Se puede llamar conservador a un movimiento que pierde aquel espíritu con el que nació?

UN CONSERVADURISMO POSMODERNO

Pero ¿cuál es la causa de que se perciba esa vertiginosa obsolescencia del conservadurismo? Las formas de vida alentadas por una cultura social posmoderna son hostiles no solo al conservadurismo, sino también a todo aquel mensaje político que resista a la fragmentación, a la volubilidad e inconsistencia que se promueve desde el ámbito sociocultural. El cortocircuito entre las ideologías políticas y su base social no es solo un elemento que lastra el discurso conservador, sino que también ha debilitado otras opciones políticas, incluso las de la izquierda.

Es dudoso, pues, que pueda existir o crearse un movimiento conservador posmoderno, a no ser que se conserve el nombre para lo que ya no es propiamente conservador.

No es exagerado prever que las posibles concesiones ideológicas que el conservador haga como guiño electoral vaciarán la coherencia de su narrativa política y, a largo plazo, solo provocarán su marginalización de la esfera pública y un mayor desapego social. Por eso, la batalla política del movimiento conservador ahora ya no se juega en el parlamento o en las contiendas electorales, sino en otras esferas más alejadas del poder, como el ámbito social y el privado, en las que verdaderamente se decide su existencia futura.

La distinción, ya consolidada, entre espacio privado y espacio público es posiblemente lo que ha tenido efectos más disolventes y perjudiciales en la identidad conservadora. Y gran culpa de ello parte de la espuria comprensión del individuo que ha apoyado un conservadurismo liberal poco homogéneo intelectualmente, que no ha sabido articular influencias clásicas, humanistas e ilustradas y que, a la postre, a veces ha resultado contradictorio. El conservadurismo se contagió, pace Burke, de algunos dogmas ilustrados y esta mezcla no fue inocua.

EL RESCATE MORAL DEL INDIVIDUO

Ideológicamente, pues, el conservadurismo se ha cosificado, petrificado; ha perdido su aguijón personal, su atractivo moral, y lanza un mensaje hostil en unos entornos líquidos, fluctuantes, donde las ideologías más prolíficas se han transformado en mensajes sugerentes, vacíos, más atentos a la impostura y a la fugacidad de la moda que a la coherencia intelectual. Para hacer frente a un entorno electoral tan encrespado y desfavorable, muchos partidos conservadores han decidido abdicar de las luchas ideológicas clásicas —que insistían en la moralidad y en los principios— y proponer soluciones técnicas y económicas con el fin de reocupar un puesto de importancia en el espectro político.

Pero los argumentos y las promesas sobre la mejora de las condiciones de vida, las respuestas para granjearse apoyos electorales y el olvido de sus motivos fundacionales para ampliar su base social le pueden deparar una victoria tan pírrica que no tenga más destino que desaparecer en una mezcolanza ideológica y emocional que deje de lo conservador solo la etiqueta, mientras justo lo importante, o sea, las actitudes se hacen más anticonservadoras.

¿Puede regenerarse hoy una opción política conservadora? Solo podrá hacerlo detectando dónde se encuentran sus condiciones posibilitadoras. Así, el rearme de la actitud conservadora, de la que hablaba Oakeshott, tiene que batallar primeramente frente a la paulatina privatización del discurso político-moral que parecer imponer la pos-modernidad. Pues la distinción entre una esfera pública, vaciada de la heterogeneidad individual y comunitaria y conformada por la uniformidad social de lo políticamente correcto, y un ámbito privado, en el que solo rigen concepciones de bien supuestamente arbitrarias, es, como indicábamos, lo que ha provocado la reclusión del mensaje conservador.

Si quiere mantenerse vivo, entonces el conservadurismo no tiene que renunciar a defender los valores que le han caracterizado, pero tampoco volver su rostro frente a unos problemas sociales que tienen la capacidad y la responsabilidad de responder. En definitiva, debe asumir de nuevo sus formulaciones morales y políticas y no modificarlas por presión de lo social, sino conquistarlo enriqueciendo el debate público, menos polarizado de lo que parece.

El objetivo del conservadurismo no puede ser imponerse a fuerza de eficiencia económica; debe recuperar la dimensión pública de su mensaje, de sus valores y conducirlos desde la privacidad hasta la arena mediática. Para ello es indispensable que apueste por ampliar los márgenes de actuación de los individuos, y que se muestre convicente en la defensa de los valores propiamente humanos y comunitarios, decidiéndose a contrastar y denunciar esa sutil ideología, pero poderosamente dogmática, que representa la posmodernidad.