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Francisco López Rupérez. Fortalecer la profesión docente. Un desafío crucial

profesion_docente.jpgDe manera reiterada y cíclica surge desde la opinión pública la necesidad de abordar una reforma «en y para» el ejercicio de la profesión docente. Las diversas evaluaciones de nuestro alumnado, por organismos públicos y privados —y de manera muy especial el informe pisaque tiene gran incidencia en la opinión pública—, vuelven a plantear la necesidad de acometer urgentemente reformas educativas en dos planos: las leyes educativas y la profesión docente.

El debate sobre la preparación del profesorado origina controversias muy diversas y levanta susceptibilidades. Es una polémica enconada en el tiempo, que parece cuestionar la dedicación de nuestros docentes en las aulas. Su buen hacer y su autoridad académica se convierten en el objetivo de los medios de comunicación, y —con frecuencia— la discusión evita que se pueda afrontar de manera «fría» una exposición seria sobre el tema y sus posibles soluciones para situar al profesorado de nuestro país en el nivel de otros de la OCDE.

Por otro lado, son pocos los estudios que tratan los numerosos factores que afectan a los docentes de manera rigurosa y científica, con un estilo sencillo y cercano como el que nos muestra este libro. Solo autores como Francisco López Rupérez, que por su prolongada carrera en diversos puestos de la administración educativa, el conocimiento que posee de los organismos internacionales de educación, la investigación que se deriva de ellas y el contacto con las aulas, está en disposición de aportar una visión objetiva y pormenorizada de la problemática. De ahí que este libro demuestre —en su conjunto— cómo es posible afrontar los nuevos retos de la profesión docente desde una perspectiva positiva.

Partiendo del análisis del marco europeo educativo y su contexto, el autor examina de manera empírica la educación española, donde existe una disfunción entre los datos emergentes del propio sistema y las correcciones sociales sobre él. «Cuando se consideran los datos en su conjunto, parece como si una «mano invisible» estuviera operando sobre nuestro sistema educativo y corrigiendo, al menos en parte, sus desequilibrios en materia de resultados». Sin embargo, no se trata de que los problemas se terminen solucionando solos a través del tiempo por una inercia de equilibrios, sino de aplicar las políticas necesarias de acuerdo a las evidencias.

Desde esta perspectiva, es imprescindible integrar en los sistemas educativos la evaluación de sus políticas para mejorar los procesos —y más concretamente— las políticas que inciden sobre el ejercicio docente y el profesorado, con la consciencia de que «una acción exitosa sobre los docentes termina afectando a todos los alumnos».

El autor se acerca a la educación desde tres perspectivas: humanista, económica y social, apostando por un enfoque integrado, donde el desarrollo intelectual y humano son la base para una sostenibilidad económica y un servicio a la sociedad. Defiende la necesidad de preservar «en las nuevas generaciones los fundamentos vinculados a nuestras raíces culturales que le doten de un soporte personal sólido, en los planos intelectual y moral, desde el que abordar la gestión de los cambios», pero este horizonte no es posible sin una formación sólida del profesor.

A su vez, el análisis empírico sobre las políticas educativas plantea un cuadro de prioridades, donde las referidas al docente son prioritarias por encima de cualquier reforma en el sistema legal o en las metodologías.

De ahí que la investigación proponga las necesarias competencias del profesor agrupadas en torno a tres bloques: trabajar con los otros; trabajar con la información, el conocimiento y las tecnologías; y trabajar con y en la sociedad.

La OCDE presentó un estudio en torno a estas competencias para destacar las principales carencias del sistema, entre las que se encuentran: la necesidad de conseguir un atractivo para la profesión del docente; el acierto en el reclutamiento, la selección y empleo; y por último, cómo retener en la enseñanza a los docentes de calidad, así como el riesgo de producirse —a largo plazo— un declive considerable de la profesión docente. Aspectos todos ellos subrayados por los informes McKinsey, que desde 2007, estudian las cualidades que el docente debe tener antes de ejercer su profesión y así como por los organismos: UE, la UNESCO, OEI y el Banco Mundial.

Pero, independientemente de las investigaciones realizadas, realmente, ¿cuál es el concepto de profesión docente? ¿Por qué en España es tan débil esta noción? El autor dedica un amplio capítulo —de indudable interés— a comparar las diferencias existentes entre la docencia y el resto de las profesiones «robustas». En este análisis pormenorizado, destaca el comportamiento vocacional del docente y se deduce la necesidad de un cambio en el modelo de acceso a la profesión docente. Se propone el mireducativo como una solución frente a la debilidad y fragilidad del concepto de profesión docente, siguiendo —de manera paralela— los sistemas de selección y acceso del mirsanitario.

Termina el libro con un elenco de medidas a tener en cuenta para mejorar las condiciones de los profesores que ya están en ejercicio, así como una llamada urgente para optimar las políticas educativas.

Decía Daniel Pennac en su clásico Mal de escuela: «Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar todos los demás». Bastará con que los responsables educativos y pedagogos reflexionen sobre las propuestas de este libro para cambiar el horizonte educativo de las próximas décadas.

Elena Martínez Carro

La vida de Goethe, esa obra de arte

Cuando una obra biográfica es tan contundente y extensa como esta de Safranski sobre Goethe, es fácil confundir el comentario sobre la misma con el comentario sobre el biografiado; colabora con ello en este caso, evidentemente, el peculiar carácter de este, su posición en la cultura europea y su condición de rara avis. O quizá no tan rara, sino más bien el modelo, o uno de los principales modelos de todos los que después se han postulado a sí mismos como raros, diferentes, mejores, superiores y únicos. Pero una de las mejores virtudes de esta escritura es precisamente que el autor no se queda en ello, sino que por fin se muestra al público el otro Goethe, ese que los muy entendidos parecen conocer pero los solamente iniciados no pueden más que sospechar. Leemos en esta obra múltiples textos originales y también decenas de referencias que nos muestran al Goethe envanecido, egocéntrico, divino, el del estereotipo de los pro- y de los anti-Goethe; y al lado de esas, leemos las que comunican el otro Goethe, el que detestaba a los románticos narcisistas, a los solipsistas poéticos o filosóficos, el Goethe casi humilde en sus inseguridades artísticas y literarias, el simple burgués más bien sobrepasado por su buena suerte. Safranski es todo lo ecuánime que se puede ser al reflejar ambos en su escritura desde el primer momento, y mantiene esa bipolaridad con tensión y energía hasta el final de las 600 páginas. En realidad, se introducen más y más polos conceptuales que van componiendo un complejo mundo tanto individual como colectivo, de un modo que al lector se le antoja verosímil e incluso veraz. No solo atenderemos, veremos y oiremos al mismo Goethe individual y sus luchas consigo mismo, sino que, simultáneamente, como en paralelo, tendremos parte de nuestra atención absorbida por la galerna histórica que nosotros conocemos pero los personajes ni sospechan, y que por fin se adueña del paisaje, de las actividades y hasta del mismo biografiado, esa Revolución Francesa que apenas es el comienzo de nuestro presente, como algunos lúcidos de entonces casi vislumbran.

Rüdiger Safranski: Goethe. La vida como obra de arte. Tusquets, 2015, 687 págs., 25 euros Traducción de Raúl Gabás

La Revolución, su resolución o continuación o disolución en el napoleonismo, y cómo todo ello construye al Goethe histórico va a ser un argumento muy principal de esta biografía, a diferencia de otras sobre el mismo personaje, más centradas en el astro poético y sus desventuras. Recorremos al estilo clásico y en línea temporal continua la vida del niño y joven Johann Wolfgang, pero Safranski consigue evitar esas pegajosas anticipaciones de los biógrafos devotos: simplemente, y a la vista de las referencias aportadas, no nos queda más remedio que dar por sentado que se trató de un niño superdotado, sí, pero repelente y seguramente insoportable aunque no por su superdotación como algunos suelen suponer, sino a causa de las enseñanzas que sobre sí mismo ya le habían proporcionado a corta edad: rara vez el «nadie como yo» de los adultos deja de tener su origen en un «nadie como tú» repetido como mantra educativo. Pero Safranski es poco especulativo, y tampoco se permite ponerse psicologista: narra y narra, expone, cita, menciona, y continúa hacia delante. Después de esos comienzos, es sumamente interesante asistir a la verdadera enseñanza de ese que acabará siendo algo así como un viejo Werther: su fracaso universitario, su baño de realidad, su confrontación con un mundo en el que no es la mayor inteligencia lo más premiado precisamente. El autor de la biografía se las ingenia para respaldar todas y cada una de sus afirmaciones con cartas, diarios, comentarios escritos y se diría que hasta con facturas de restaurantes: todos esos materiales seguramente estén en archivos bien organizados, pero el caso es que hay que saber lo que se quiere encontrar, y luego relacionar unas cosas con otras, y en este aspecto el lector no tiene más remedio que rendir homenaje al biógrafo. La contrapartida es la necesidad, a veces incómoda, de compartir el interés del biógrafo por la más pequeña minucia vital del biografiado. No sobra, desde luego, pero a veces inquieta el conocimiento que el autor tiene de las decoraciones de las casas de los allegados de Goethe, o el menú de merienda que sirvió una ilustre regente de salones y tertulias en aquel Weimar. Dependiendo del momento del lector, esa montaña de erudición resultará deliciosa o se sentirá como un obstáculo. No así cuando entramos, de la mano de Safranski, en cada una de las obras de Goethe, que desatornilla como en monografías sucesivas, y con continuas referencias a la peripecia vital. Algo parecido a lo que ya nos maravilló en su fenomenal Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, que tantos puntos de contacto tiene con este Goethe, más allá de esas tertulias y esos encuentros con el joven filósofo en el salón de su madre.

Se diría que eso que se podría llamar en medios cultos el asunto Goethe es algo todavía muy por resolver, y que agrupa en bandos: unos ignoran al Goethe aristocrático, consejero de estado, político, pragmático, y otros al poético, apasionado, enamoradizo, burgués. Al que aborrecía la Revolución, unos, y al que admiró siempre a Napoleón, los otros. Safranski no evita a ninguno y nos proporciona la sensación de que por fin estamos ante una biografía que deja atrás los antiguos troqueles partidistas.

Pío Baroja. Los caprichos de la suerte

 

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Si yo quisiera envolverme ahora en el disfraz de crítico implacable, tendría que comenzar admitiendo y advirtiendo que esta novela de Pío Baroja que se ha recuperado recientemente (y con cuya publicación, al parecer, queda vacía la estantería de inéditos del caserón familiar de Itzea) es una verdadera calamidad, y no solo por todos aquellos motivos que sin lugar a dudas disculpan al autor (y el crucial es que se trata obviamente de una novela desencuadernada, provisional, inacabada, que quedó pendiente de una revisión integral que necesariamente hubiera pasado por rectificar algunos errores y por fundir de un modo menos negligente los capítulos de otras novelas que aquí se reutilizan sin disimulo), sino por criterios que afectan más a lo estrictamente literario (a los personajes, los espacios y la trama, sí, pero también a ese inconfundible estilo primitivo tan característico de Baroja, que aquí se lleva hasta el extremo) y también, sobre todo, a lo meramente lingüístico, o en este caso incluso a lo gramatical, pues a los inevitables y encantadores descuidos barojianos, que los editores han hecho muy bien en no corregir, se unen fenómenos más desconcertantes. Entre los primeros estarían los consabidos anacolutos, a veces violentos («Deibler parece que tenía mucha preocupación por su popularidad»: p. 104), los laísmos chirriantes («a la más suave réplica, se lanzaba a pegarla como pudiera hacerlo un gañán o un chulo de las afueras»: p. 89; «La gustaba coquetear, aunque fuese con un viejo»: p. 200), los pleonasmos extremos («La noche se iba poco a poco haciéndose dueña de la tierra»: p. 42; «¿Quieren ustedes que el domingo que viene les vaya a buscarles en auto…»: p. 101), los queísmos dolorosos («Yo estoy segura que si lo asegura es por algo»: p. 97), algún hipérbaton extemporáneo («El fotógrafo de miedo enfermó»: p. 68) o redundancias de contenido que acaso hubieran quedado tachadas si Baroja hubiese releído su manuscrito una sola vez («se detuvieron para charlar con un pastor al que preguntaron si los de las milicias no les habían requisado los rebaños. —¿No les han quitado las ovejas? —preguntó Elorrio»: p. 43). En cuanto a los problemas de naturaleza más estructural, me refería a ellos pensando en esos personajes que, como el cómico de la legua Emilio Muñoz, desaparecen del escenario sin ninguna explicación o, aún peor, a los desconocidos que se incorporan al relato aludiéndose a ellos como si hubieran sido presentados ya al lector («Al recorrer los soportales de la plaza del Palais Royal, encontraron al comandante Evans, a quien habían conocido en Madrid»: p. 76), consecuencia directa de querer reaprovechar retales narrativos de otros libros, lo cual deja en el resultado final parches y costurones que con seguridad hubieran sido camuflados o cosidos si Baroja hubiese llegado a proponerse publicar Los caprichos de la suerte.

Otro cantar son los insufribles ripios que el protagonista, el periodista republicano Luis Goyena y Elorrio, dedica a todas las poblaciones a las que va llegando en su peregrinaje de la primera parte («Yo creo que versos malos los hace todo el mundo si quiere», afirma él mismo, unos diez años después de que su creador ofreciera en las Canciones del suburbio su atacadísimo único libro de poemas) y, en lo que se refiere a erratas comunes (más numerosas de lo aceptable en un acontecimiento editorial como este), sí pueden ser atribuidas a los editores, lo mismo que la no interpolación de determinadas preposiciones necesarias («Había notado Muñoz que [en] todos los sitios, posadas o casas míseras donde se alojaban los viandantes se robaba algo»: p. 49, entre decenas de ejemplos que podrían ilustrar esas averías), algo extraño porque en otros tres lugares muy aislados del texto (pp. 97, 139 y 212) sí se ha intervenido explícitamente para reponer entre corchetes alguno de esos nexos y conectores olvidados por Baroja.

Pero nada de todo esto importa, en absoluto. A pesar de todos esos defectos y desajustes en la fijación del texto, de las reduplicaciones involuntarias, de las informaciones superfluas, la constatación de detalles nítidamente irrelevantes o las opiniones arbitrarias, y al margen de las incoherencias semánticas y de los solecismos («recibió un sobre con treinta mil francos. Supuso que eran de aquel señor que la detenía en la calle quien se los había mandado»: p. 182), de la torpeza de muchos pasajes y de la brusca interrupción de su final (abrupto incluso para los parámetros habituales del donostiarra), Los caprichos de la suerte es un boceto de novela que se lee con un gran placer, y por supuesto con una enorme sonrisa de complicidad, gratitud y reconocimiento. En ese sentido es exacto el veredicto con el que José-Carlos Mainer empieza el último párrafo de su breve pero minuciosa presentación: estamos, dice, ante «una novela falta de una última mano, que a veces tiene aire de esbozo vertiginoso, otras es un atropellado memorial de agravios y a menudo se trueca en una tertulia donde ya se ha hablado todo. Pero en la traza certera de un personaje secundario y efímero, en cualquier réplica apasionada y escéptica, en una ráfaga vivaz de paisaje o en la complacida evocación de un barrio de París, reconocemos siempre al mejor Baroja».

En efecto, tras un mínimo prólogo en el que se intenta inyectar al relato un vago aire de «manuscrito encontrado» (una pequeña y socorrida sofisticación narratológica a la que el autor ya había recurrido en otras novelas definitivamente gobernadas por él) y una tosca y deliciosa presentación del protagonista y de su familia («El padre era un tipo de médico de pueblo, seco, mal humorado, tirando a carlista. La madre una mujer fanática y la hermana de Luis también»: p. 27), comienza en el Puente de Vallecas una serie de apuntes paisajísticos en los que el Baroja verdaderamente lírico se luce con anotaciones en las que la silueta de los castillos, la forma de las nubes o los colores metafísicos del horizonte acompañan (más bien amenazando con tétricos presagios que alentando con augurios halagüeños) a los que quijotescamente cruzan la Mancha (y no por casualidad el segundo capítulo se titula «Primera salida») camino de «Valencia la roja» (rótulo de la segunda parte), donde tras pocas páginas en las que Luis conoce a Gloria «en el Palace Hotel, al que llamaban por entonces Casa de la Cultura. Allá estaban alojados profesores, escritores y artistas» (p. 58), se embarcan y, tras parar brevemente en el puerto de Marsella, se ven por fin «En París» (cartel que leemos al frente de la tercera sección). También hay cierta imprecisión cronológica, pues, sin que se den nunca fechas, parecen haber escapado de España en las postrimerías de la guerra civil para llegar a una Francia que asiste ya a las primeras maniobras de la segunda guerra mundial, pero ese es el tipo de detalles por el que el lector de Baroja (y especialmente este Baroja ya tan otoñal) tiene que acostumbrarse a no preguntar: mucho mejor dejarse sorprender aquí y allá por esos adjetivos repentinos y geniales del autor, como cuando pasean cerca de «la cárcel de la Santé, rodeada de unos muros grises, tenebrosos e hipócritas» (p. 102), o en la descripción del Hotel del Cisne (lugar bien conocido por los lectores fieles del escritor vasco): «El hotel no tenía un aire ni muy trágico ni muy destartalado, pero sí una tristeza fría, vulgar, casi más desagradable que la francamente vetusta y ruinosa […] Era como la representación más acabada de la vida corriente, monótona y sin emociones. Representaba la mezquindad de todos los días, que no llega a tomar caracteres dramáticos, pero que tampoco por eso deja de ser menos triste y lamentable» (p. 135).

La leve, casi dulce, misantropía desengañada que brota de estas líneas sostiene una de las melodías principales y constantes de la novela, que se extiende incluso a la desmitificación de la solidaridad que habría existido entre las colonias de españoles exiliados en París en diferentes épocas, sobre las cuales Luis entona un ubi sunt: «¿Dónde están —preguntaba— las reuniones de los desterrados en las que reinaba la ayuda mutua y la amable camaradería? Todo eso es pura filfa. Aquí no hay más que soledad, lluvia y tristeza» (p. 154). El pintor Abel Escalante le replica que «el que puede vivir solo, no sabe lo que tiene», pero por otro lado, dice el huraño y solitario Baroja, «en nuestra época no había aventura individual posible. Todo el mundo estaba identificado, fichado. No se podía pasar de un país a otro, no se podía cambiar de oficio. Todo estaba reglamentado y era pobre y mediocre» (p. 183). Esa «novela de ideas» que también anhela ser Los caprichos de la suerte tiene ese lado, digamos, filosófico, hecho con los mimbres perpetuos de Baroja (se cita a Schopenhauer en p. 77 y al inevitable Nietzsche en p. 155), pero también se ofrecen, previsiblemente, opiniones literarias e históricas. Entre las primeras, muy breves y diseminadas, se habla con admiración de Colette («quizá sea, en la actualidad, el mejor escritor de Francia», opina un personaje indeterminado en p. 83, mientras que en la p. 210 Evans cree que «está muy bien. En su obra hay claridad, exactitud, también hay poesía y tristeza») y de Dostoievski, mientras que en otro lugar (pp. 168-169) se divaga sobre la certeza recurrente de que «la novela es un género que se acaba. Ya hace más de cincuenta años que no se ha publicado una novela sugestiva y popular», mencionándose a continuación como grandes ejemplos franceses a «Balzac, Dumas, Stendhal, Eugenio Sue […]. En Inglaterra hubo Dickens, Thackeray, ¡y ahora qué hay! Casi nada», pues sucedería que «la novela necesita misterio. No hay misterio. La vida se va aclarando más y se ven como los hilos del muñeco, lo que es poca cosa».

En cuanto a sus juicios al respecto de acontecimientos recientes, conviene recordar unas palabras de Camilo José Cela que acaban de ser exhumadas en un librito muy curioso: «Baroja ha hecho un culto de la sinceridad y jamás se ha recatado de afirmarlo así. Su moral viene marcada por dos determinantes: la sinceridad y la independencia. Toda su obra se apoya sobre estas dos columnas y, desde cualquiera de sus novelas, Baroja fustiga por igual e incesantemente al fariseísmo y a la sumisión» (Recuerdo de don Pío Baroja, Madrid, Fórcola, 2015, p. 41). Lo dejó dicho en un artículo de 1950, cuando Baroja ya había escrito y publicado numerosas páginas sobre la guerra civil, y antes de redactarse las de Los caprichos de la suerte, donde aprovecha las conversaciones y paseos ociosos de los personajes para colar opiniones potencialmente controvertidas («Uno y otro seguían pensando que la única solución que habría podido tener la República española habría sido la dictadura. Una dictadura inteligente, sin presión espiritual de ninguna clase»: p. 78) y, finalmente, se atribuye cierta fatalidad a los hechos, desde una perspectiva rudamente determinista: «¿De dónde saldría esta crueldad tan fea, tan baja, de la guerra española? ¿Es algo atávico de la raza? Es lo más probable» (p. 164). Aparte, y aunque en este caso pocas, no faltan sentencias de esas que Josep Pla llamaba expresivamente «barojadas»: hablando de un tal Troppman, un descuartizador de niños alemán que, «sin embargo, lloraba cuando pensaba en su madre», el personaje inglés concluye que «por un lado sentimental y por otro asesino. Sin duda, es una mezcla que se da en Alemania más que en otras partes» (p. 200).

Fue precisamente de Pla de quien Dionisio Ridruejo escribió aquello tan lúcido de que «no he visto jamás unas formas más primitivas revelando a un hombre menos primitivo» (En algunas ocasiones, Madrid, Aguilar, 1960, p. 43). Baroja también era mucho menos elemental de lo que aparentaba en las entrevistas y los autorretratos, pero su estilo no podía serlo más, y eso fue acentuándose claramente hasta el final. El misterio fascinante es cómo una prosa tan chapucera puede resultar tan efectiva y tener tanta gracia, o cómo, en fin, se puede escribir tan teóricamente mal y quedar con razón como el mejor narrador de cincuenta años de psicología, sociología e historia españolas, el cronista más sagaz y duradero de medio siglo de rebuscas y callejeos, de desesperación y picaresca.

Juan Marqués

El mito del ranking universitario

LA EXCELENCIA

Un fantasma recorre el mundo académico: la excelencia. Es consecuencia de la sentida necesidad de la evaluación y petición de responsabilidad sobre la actuación en el mundo de la universidad, la cual ha venido guiada solo por la inercia en demasiados sitios y durante demasiado tiempo. Ciertamente, la atención que despiertan actualmente los rankings es consecuencia directa de la prioridad que se otorga a la excelencia como objetivo de la universidad.

Sin embargo, a mí me parece que con esta cuestión de la excelencia ocurre ahora algo parecido a lo que sucedió a principios de la segunda década del siglo pasado con la primacía de la pedagogía: no cabe duda de que para enseñar algo es muy necesario saberlo enseñar. Y ese dato se había venido descuidando. Pero llegó el momento en que se asumía la aberración de que se podría enseñar lo que fuese, con un método adecuado, aunque no supieras nada de lo que enseñaba. Y eso es un imposible. O sea, estábamos una vez más ante la observación de Leibniz, según la cual los cambios que se producen en la historia de la cultura son verdaderos en lo que afirman y falsos en lo que niegan. Para saber matemáticas es conveniente saber enseñarlas (verdadero) y, por consiguiente, se puede enseñar matemáticas con tal de que se domine el procedimiento de enseñarlas, aunque de matemáticas no tengamos ni idea (falso).

Fijémonos ahora en la noción de excelencia: «superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio o estimación algo». No se trata de que la bondad hace digno de aprecio, sino que el ser superior(necesariamente, por relación a otros) es lo que hace obtener un aprecio singular. Se trata, pues, de una lógica de la competencia que reclama correlativamente la eficacia, o sea, «capacidad de lograr el efecto que se desea o espera».

Tal supuesto parte de la trasposición a la universidad de un modelo propio de la empresa capitalista. La universidad tendría que rendir cuenta a las instancias directamente implicadas en su funcionamiento, losstakeholders, en cuanto a transparencia (de ahí, la intrusión de las agencias gubernamentales), docencia, transferencia y dimensión social. Pero aquí es donde surge la primera objeción. ¿Es posible asimilar el funcionamiento de una universidad al de una empresa? ¿No son, por propia identidad, realidades absolutamente heterogéneas? Algunos profesores de universidades públicas y de las privadas creadas no como negocios, sino por cuestión de principios, suelen considerar este punto de partida una aberración.

Por ejemplo. ¿Tendría que abandonar la universidad pública española los estudios de hebreo porque apenas hay estudiantes que los reclamen? ¿Tendría que someterse las investigaciones a las prioridades marcadas en el BOE cuando es bien sabido que la investigación gratuita es la que suele encontrar objetivos impensables de alto valor?

Mi experiencia es que estas aporías serían descalificado-ras de una visión empresarial de la universidad, si no fuera porque las objeciones suelen provenir de intereses gremiales despropositados. Cuando una comisión compuesta por tres ignorantes en la materia (y en todo) y por una estudiante de posgrado (de las mismas características) pide al catedrático de una universidad: «Véndame en cinco minutos por qué se debe incluir en el programa la asignatura de Hermenéutica», se está evidenciando la superficialidad (lo importante no es saber de lo que se trata, sino saber «vender»), traducida en la fe ciega en el marketing, propio de lo que Vargas Llosa llama la Sociedad del Espectáculo. Sin embargo, cuando una universidad se empeña en mantener un Departamento de Lengua Latina con cuatro catedráticos y cuatro titulares para un número entre cero y dos alumnos por año académico, está malversando los recursos, pues parece evidente que es preferible enviar a los alumnos en cuestión (con beca total, si es preciso) a los lugares donde se imparten con rigor esas enseñanza y hay demanda suficiente.

Deberíamos saber cuáles son las características (finalidades) de la universidad y responder de ellas, deberíamos comprometernos igualmente en el management de la institución para lograr universidades útiles y sostenibles. Me parece a mí que sería necesario cambiar el objetivo de eficacia por el de eficiencia, esto es, «disposición de llevar hasta las últimas consecuencias el empeño en un determinado objetivo». En lo humano, dar de sí todo lo posible (eficiencia) conduce a la satisfacción del deber cumplido; aspirar siempre a lo superior (eficacia) es una fuente de frustraciones (el que llega a emperador, le falta ser papa y viceversa) y de otros innumerables males. Pero volvamos por el momento a nuestro discurso.

LOS RANKINGS

El ranking, en la acepción que se le da al barbarismo, es un instrumento que se deriva lógicamente del objetivo de excelencia. Es «la clasificación de mayor a menor, útil para establecer criterios de selección». Si la excelencia es, por definición, resultado de una comparación, la lista ponderada de las «excelencias» será el instrumento imprescindible con que operar en la gestión de la universidad.

El ranking es la medida de la «reputación», de la excelencia adquirida y mantenida en el tiempo, el instrumento que señala el lugar en el que asomamos la cabeza por encima de unos que están debajo de nosotros y debajo de otros que están por encima y a los que debemos desbancar.

Se supone que la reputación medida en el ranking se deriva de un feed back incesante: el desempeño de la universidad en cuestión y las percepciones que se mantienen acerca de ese desempeño. Mientras mejor sea el desempeño, mejor será la percepción y mientras mejor sea la percepción, más subirá el desempeño.

Múltiples son los elementos que se tienen en cuenta para medir la reputación: el número de candidatos, los resultados académicos, los profesores internacionales, las tasas de empleo conseguidas por los titulados, el número de mujeres investigadoras…

A primera vista se observa la dificultad que entrañan algunas de estas medidas en cuanto a indicadores de buena reputación. Por ejemplo, dos casos, la internacionalización y la paridad de géneros. No entro aquí en el sentido o falta de sentido que tiene la discriminación positiva para lograr que las mujeres estén tan representadas como los varones. Observo, sin embargo, la imposibilidad de ponderar, en relación con otros registros, la cuestión de género. Para los resultados, ¿tendrá algo que ver la ratio de mujeres en el profesorado, equivalente a lo que significa la ratio número de profesores por alumno? En cuanto a la internacionalización, sin caer en los contraejemplos tópicos de Marcelino Menéndez Pelayo, que apenas se dio una vuelta por Europa, o de Immanuel Kant, que nunca salió de Königsberg, las compulsivas vueltas al mundo de determinados colegas no son computables sino como absentismo en cualquier clasificación seria. He tenido la experiencia de ver a un excelente discípulo apartado de su carrera por falta de internacionalización, o sea, por haber conseguido plaza en el extranjero, en el mejor centro de su especialidad, a escala mundial, y no haberse movido de allí hasta lograr la experiencia que requería.

En todo caso, el ranking es un instrumento aceptado como indispensable para la gestión universitaria. Cada cierto tiempo nos sobresaltan con el de Shangai o el de Times que son, para algunos, especies de oráculo de Delfos:

«De casi 20.000 universidades que hay en el mundo, España no tiene un puesto entre las cien primeras», acusan. ¡Pues qué bien!

Están apareciendo siempre rankings y para todos los gustos. Los gestores de las universidades aspiran a una buena posición, ya que la reputación de la universidad atrae profesores e investigadores, estudiantes y recursos sociales y, a su vez, como he dicho ya, el elenco de profesores, las muchas peticiones de matrícula y la disponibilidad de recursos son datos capitales de la reputación. Otra vez la pescadilla se muerde la cola.

Lo malo es que en el marco de la «excelencia», «eficacia» y «competencia», más que la contundencia de los hechos puede primar la formalidad de los datos. Hace unos días una universidad solicitaba a varias personas de mi grupo que se adscribieran también en sus líneas de investigación para poder incluir en la Memoria de dicha universidad investigadores con proyectos de investigación financiados, aunque sea así que se proyectan y realizan íntegramente en el centro a que pertenecen los investigadores y no en la universidad de marras. No hace falta irse, en efecto, a los Emiratos Árabes para conocer iniciativas de este estilo.

En cuanto a los alumnos, la batalla por captar clientes está a la orden del día y es de temer por la exigencia en el aprendizaje si nos lanzamos a esta competencia. Debo decir, empero, que conozco el caso de una universidad, nueva y sin pedigrí, que obtiene el 60% de los alumnos que se incorporan a partir de informaciones de titulados satisfechos con la formación que han recibido y compensados con la obtención de empleo. El fenómeno viral en determinadas redes puede servir de dique a la presunta eficacia de una publicidad vacía.

Con todo, las indicaciones en pos del éxito inmediato que nos lleve a situarnos «más arriba» no solamente pueden apartar a los investigadores de líneas solventes, sino que los involucran muchas veces en batallas inconsistentes en pro de una consideración formal. Y como el investigador a su vez, fía su reconocimiento y consiguiente prestigio a lo que los estrategas han decidido, podemos encontrar personas valiosas extraviadas por caminos despropositados que, sin embargo, le pueden proporcionar un ascenso.

La universidad eficiente deberá determinar los objetivos de su acción y la vinculación con la sociedad a la que sirve, la universidad eficaz diseñará su actividad en pro del reconocimiento, aunque sea al margen de su efectiva contribución. También es cierto que casi siempre cabe encontrar una cierta dosis de lo uno y de lo otro. Rebus sic stantibus, aun los gestores universitarios lúcidos abrazan un cierto equilibrio de bien posible o mal menor para evitar la desorientación de los stakeholders de cuyo entramado comunicativo es imposible salir súbitamente. Y, aunque la resistencia pasiva pueda ser una opción recomendable, la reputación de cada universidad está inextricablemente unida con la reputación de la universidad en su conjunto, con la impresión que la sociedad tiene de la institución universitaria. Quizá no sea posible que un verso suelto inicie por su cuenta un giro copernicano totalmente ajeno a la experiencia del cuerpo social. ¿No? Un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero y alguien tendrá que ser ese primer grano que apueste por la realidad, frente a la ficción. Si solamente estudiamos cómo fingir bien, no vamos a salir nunca del problema, si, como creo, lo que vengo diciendo efectivamente problema es.

COMPOSICIÓN DE LOS RANKINGS

La puntuación que sitúa a cada universidad en un puesto del rankinges una calificación que mide la reputación a partir de la percepción que se tiene acerca principalmente de tres factores: la educación, la investigación y la contribución a la sociedad. Desde luego, cómo puntuar cada uno de los factores es una cuestión plena de problemas. Y ponderar la puntuación de cada uno de ellos con los otros para conseguir una media objetiva es rigurosamente imposible.

Educar, instruir, enseñar se predica de distintas maneras según cada contexto y situación. En universidades presenciales que cuentan con un excelente claustro es pertinente puntuar bien la calidad de la enseñanza en abstracto, la virtualidad que tiene para formar especialistas que puedan seguir el itinerario académico y acrecentarlo de generación en generación, pero no lo es, en concreto, para la inmensa mayoría de matriculados que, apoyados por las nuevas tecnologías, apenan asisten a clase y se convierten en autodidactas que acuden a los exámenes finales con el único objetivo de adquirir un título. Desde el punto de vista de la formación, es muy preferible para este sector masivo una educación que cuente con buenos tutores que acompañan un aprendizaje suficiente. La reputación docente de la universidad y su capacidad de formación resultan muchas veces inversamente proporcionales.

El contexto de que hablamos tiene que ver muchas veces también con el tamaño de la universidad. Hay centros cuyo claustro podría presentar un equipo de estrellas de primera división, pero la parcelación en numerosos grupos vuelve difícil que haya estudiante alguno que reciba formación del grupo selecto. Más frecuente, al contrario, suele ser que la mayoría reciba enseñanza de indocumentados mientras que los maestros se ubican en superespecialidades minoritarias.

La clasificación por resultados de investigación está también llena de equívocos. La antigüedad y tamaño de la universidad proporcionan unos datos que en sí mismos no tienen por qué ser significativos. Los premios Nobel y las medallas Fields informan de calidad de la investigación cuando alcanzan una cierta continuidad y volumen. No sé cuánto valor le proporciona a la Universidad Complutense de Madrid el premio Nobel de Ramón y Cajal (1906) (si en su trayectoria es la Central la que cuenta) y el del matemático José Echegaray (que tampoco sé si cuenta allí), por cierto, premio Nobel de Literatura (1904) para lo que atesoraba unos méritos perfectamente descriptibles. Pero he sido profesor de la Universidad Complutense de Madrid durante 35 años y conozco bastante el sistema universitario español. No sé si quiere decir algo que dicha universidad y la de Barcelona aparezcan perseverantemente en la franja de la segunda centena del ranking de Shangai. La cantidad no se convierte en calidad, sino en la competición. En el fútbol, sí: depende casi todo de la masa de seguidores y del dinero que eso proporciona. En España, Real Madrid y Barcelona Fútbol Club «compiten en otra liga».

La contribución a la sociedad se suele entender en orden a lo que las universidades aportan en su medio. Asombrándome yo en una ocasión de la buena clasificación que ostentaba cierta universidad de pequeña en un cierto ranking alguien me dijo que había incorporado investigaciones sobre el aceite de soja (me parece) y eso subía mucho la media por el mérito que supone la integración en el medio. No sé si es verdad, pero si no lo es, podría haberlo sido. Y volvemos de nuevo a la imposibilidad de medias ponderadas. ¿Qué parte de la puntuación y por qué hay que atribuir a cada elemento? ¿Qué quiere decir el lugar que ocupa la universidad en el ranking en relación con el interés por el que buscamos la clasificación. No hay servicio, sino servicios; no hay reputación, sino reputaciones, no es útil el ranking, sino la información.

Y luego están los intangibles. ¿Cuánto se ha de valorar el glamour que posee la Universidad Internacional Menéndez Pelayo? Otro ejemplo. He dictado algún curso de doctorado en la New York City y puedo testimoniar que la situación de su Graduate Center, situado en 5ª Avenida con 34, está atrayendo a más de una persona, siendo así que, aunque la ventana de mi despacho daba justo enfrente al lugar del Empire State donde colgaban la bella y la bestia, sigo sin sentir especial simpatía por King Kong, mientras que aplaudo los programas sociales que esta misma universidad mantiene en el Bronx. ¿Cuántos puntos otorgamos a lo uno o a lo otro? ¿Hay alguna base de comparación?

EL RANKING. MITO PUBLICITARIO

Se da por sentado que la buena gestión de una universidad tiene que contar con los rankings: sirve para conocer los datos en presencia, ayuda a decidir estrategias y es una fuente de innovación según la dialéctica desempeño-reputación.

Sin embargo, todos los que escriben sobre la materia enumeran las muchas cautelas que es preciso tomar a la hora de interpretar los rankings. La European University Association advierte que los rankings no explican la totalidad de las circunstancias y el Observatorio del Instituto de Ranking (ireg) lo considera solamente un instrumento más.

Como consecuencia, las preguntas que se plantean la universidades de todo esto es cómo establecer adecuadas relaciones con los gobiernos, con la política y con todos y cada uno de los demás principales stakeholders para aparecer en buenos puestos en los rankings. Se convierte así el ranking en un instrumento de publicidad que puede alejarse muchísimo del contenido informativo y acercarse al publicitario. La publicidad, en la acepción pertinente en este contexto, es un uso performativo del lenguaje, una comunicación que no informa, sino que mueve a hacer, es un uso retórico.

No podemos negar que tradiciones perseverantes de ranking, como la norteamericana, haya podido llegar a un ten con ten medianamente aceptable. No podremos descalificar sin más ni más esos primeros puestos que exhibe perseverantemente Shangai y que resultan tautológicos: Harvard, M.I.T., Oxford, Cambridge…

Las palabras aisladas son palabra ficticias. La lógica interna que desata el principio de «excelencia» conduce a un guarismo que no puede encerrar mayor significado porque no hay reputación, sino reputaciones, porque no hay posibilidades reales de establecer medias ponderadas entre objetos absolutamente heterogéneos, porque los datos mismos mediante los cuales se llega al nivel de clasificación están sometidos con frecuencia a una formalización que busca el efecto de representación oficial pero ningún contenido informativo.

De manera consciente o inconsciente el ranking se convierte en un mito más. ¿Cómo es posible entonces su éxito? Creo que el éxito se deriva de la superficialidad de nuestra civilización retórica en que la apariencia («imagen») prima sobre la realidad. Un número efectista y a correr y, si el que tenemos no es bueno, estudiemos cómo mejorarlo.

Si cambiamos la excelencia/eficacia por la eficiencia cabe sustituir los rankings por informes parciales y contextualizados, incluso establecer comparativas entre informes de entidades homologables. Los interesados (dejemos de llamarles stakeholders ahora que hablamos en serio) podrán informarse adecuadamente para tomar una decisión. Desde luego, la reputación no puede ser simplemente sinónimo de mejor enseñanza, con olvido de otros aspectos del desempeño universitario, pero cuando la educación no forma parte del núcleo duro y el servicio al estudiante queda soslayado como algo secundario, podemos estar seguros de que existe un grave desenfoque en nuestro modo de actuar.

¡Ah! Y si el objetivo es la eficiencia, el conjunto de universidades, la universidad como entidad respetable, podrá explorar coordinaciones para ofrecer un mejor servicio y no solamente competencia más o menos leal. Sería otra cosa.

 

Arias Maldonado: “No es extraño que el nacionalismo sea xenófobo o el populismo nacionalista”

Fino observador de la realidad política y ensayista de largo aliento, Manuel Arias Maldonado acaba de publicar un fascinante libro sobre la musculatura emocional de la democracia. Con una mirada culta e incisiva, el autor malagueño reflexiona en «La democracia sentimental» (Página indómita) sobre las tendencias de fondo que iluminan el debate político contemporáneo. En esta larga conversación con Daniel Capó para Nueva Revista, Manuel Arias Maldonado nos habla del “giro afectivo” de las ciencias sociales, el papel de las nuevas tecnologías o el futuro de la democracia liberal, entre otros muchos temas.

DC. “Asistimos a la reaparición de viejos fantasmas políticos”, leemos en el capítulo inicial de La Democracia sentimental y usted cita algunos como el nacionalismo, la xenofobia o el populismo. Son enemigos conocidos de las sociedades libres, que reaparecen periódicamente. Antes de glosar su actualidad, me gustaría echar una mirada hacia el pasado y preguntarte por el papel de estos espectros en la historia más o menos reciente de la democracia. ¿Cuál de ellos ha jugado un papel más perverso en la configuración del siglo XX?

MAM. De alguna manera, todos ellos, aunque distinguibles en el plano teórico, se encuentran relacionados entre sí y conocen varios solapamientos. Todos ellos diseñan un «nosotros» enfrentado a un «ellos» y dibujan una sociedad ideal debidamente depurada de sus elementos tóxicos: ya sea el Estado opresivo, los extranjeros o la oligarquía. Y no es extraño que el nacionalismo sea xenófobo o el populismo nacionalista. Todos ellos, pues, implican un ejercicio agudo de tribalismo moral. Si echamos la vista atrás, quizá el nacionalismo haya sido el fenómeno más pernicioso de los tres, aunque solo sea por su capacidad para integrar a los otros dos.

DC. Una de las tesis centrales del libro es que la democracia constituye “un régimen afectivo” que no se rige solo por los inputs de la razón cartesiana. Es algo, diríamos, que ya supieron entrever los ilustrados británicos –de un David Hume a Burke-. Me gustaría preguntarle al respecto por el papel regulador de las ideas y normas sociales. Es decir, ¿de qué modo nos conforman las ideas, los hábitos y las costumbres? Frente a los valores, ¿no constituían las virtudes una especie de escuela de los afectos con consecuencias, por tanto, también políticas?

MAM. Sí, la democracia es muchas cosas: un entramado institucional, un ethos público, un régimen de opinión y, como se sostiene en el libro, un régimen afectivo. El matiz es que no se trata de un régimen afectivo de carácter vocacional, ya que en ningún sitio se postula que haya de serlo, sino que hemos descubierto que lo es. De hecho, si bien se mira, es un régimen de opinión y no de conocimiento precisamente porque, como los liberales anglosajones a los que usted cita ya se maliciaban, somos criaturas menos racionales de lo que solemos creer y estamos, ciertamente, muy influidos por nuestro grupo social. La costumbre, como la imitación, juega un papel destacado en la conformación de la subjetividad y por tanto de nuestros hábitos; también de los políticos. Ahí, por ejemplo, aciertan los comunitaristas: nos incorporamos a comunidades preexistentes cuyos valores y normas hacemos nuestros. Pero el liberalismo hace bien en responder: precisamente porque es así hay que insistir en la idea del sujeto autónomo, para empujarnos a serlo, para que nos esforcemos en serlo pese a la fuerza de la comunidad, del ejemplo ajeno, de las normas sociales. Las viejas virtudes, tal como fueron formuladas por los griegos o la tradición republicana, sin duda constituían una suerte de educación sentimental con benéficos efectos públicos. Al menos, presuntos: necesitaríamos estudios detallados sobre los efectos privados de esa tutorización pública, a fin de poder preferirla al modelo contemporáneo. En todo caso, esas virtudes públicas no pueden ya recuperarse, porque pertenecen a una sociedad diferente y ya perdida: una caracterizada por el compromiso ciudadano con la polis o la res pública y la austeridad económica; un ejercicio «antiguo» de la libertad, por decirlo con la celebérrima formulación de Benjamin Constant. Nuestras sociedades son más complejas, fragmentarias, heterogéneas. Incluso, libertarias: la virtud a la manera aristotélica es una camisa de fuerza que el ciudadano contemporáneo se niega a vestir.

DC. De los “viejos fantasmas” que usted cita al inicio del libro, en España han resurgido con fuerza dos: uno es el nacionalismo y el otro es un movimiento de izquierdas de raíz claramente antisistema en su pulsión política. Ambos se caracterizan por elaborar una narrativa decidida a impugnar el relato democrático de nuestro país. Me gustaría que reflexionara sobre ambos fenómenos –sus causas u orígenes- y también acerca del estado de salud de la democracia española.

MAM. ¡No pide usted poco! Pero le diré que la democracia española tiene mejor salud de lo que esperábamos, por la sencilla razón de que ha sobrevivido a una notable crisis de rendimientos que, además, se ha traducido en una formidable crisis de legitimidad. A intensificar esa crisis de legitimidad, al mismo tiempo que la aprovechaban, se han dedicado sin duda los nacionalismos -en particular el catalán- y la nueva izquierda populista. Aunque sus fines diverjan, al menos programáticamente, sus medios han convergido: sobre todo, la impugnación de la Transición y su «reenmarcamiento» como un franquismo soterrado que no habría modificado las redes de poder preexistentes (una imagen subterránea muy del gusto de los conspiracionistas de todas las confesiones ideológicas). Estamos en un momento decisivo, en la medida en que la capacidad del gobierno de Rajoy para entenderse con el PSOE y Ciudadanos, con el fin de hacer las necesarias reformas modernizadoras, puede mitigar la fuerza de ese discurso rupturista tan del gusto de los más jóvenes. Quizá sería necesario, incluso, un mayor acento en la redistribución intergeneracional, por llamar de algún modo al sesgo de unas políticas públicas inclinadas hacia los mayores. En todo caso, como le decía, podemos interpretar la emergencia de estos discursos como el síntoma de una crisis de crecimiento de nuestra democracia, obligada a depurarse tras unos años irreflexivos -por parte de todos o casi todos- cuyos efectos socioeconómicos han dado el pie, por utilizar una metáfora teatral, a las narrativas contrahegemónicas. Aunque huelga decir que el problema de la vertebración territorial del poder viene de lejos y no puede interpretarse como una novedad en sentido propio.

DC. Entre los elementos que galvanizan las emociones políticas en el siglo XXI se encuentran las redes sociales, que han transformado las formas clásicas de relacionarnos y de acceder a la información. La crisis de los medios de comunicación tradicionales se liga al auge de estas redes que, a su vez, han popularizado un concepto especialmente agresivo, el de las “shitstorm” o “tormentas de mierda”. Sin herramientas mediadoras como cumplían los antiguos medios de comunicación, ¿es posible civilizar las redes sociales? ¿Hasta qué punto el desprestigio político actual no resulta una consecuencia más de la dificultad de articular un debate público que cumpla con un mínimo de criterios?

MAM. Habría que empezar por matizar que la esfera pública ideal jamás la hemos conocido. Es verdad que el concepto de opinión pública está ligado en sus orígenes ilustrados a la discusión entre ciudadanos cultos e informados acerca de asuntos colectivos de interés común; también lo es que en aquellos tiempos se encontraban excluidos de ella la mayor parte de los ciudadanos: no se encontraban campesinos en los salones franceses. Progresivamente, la esfera pública se va democratizando y, con ello, rebaja irremediablemente sus estándares. Para más inri, la libertad de prensa produce sensacionalismo, que es el arte de atraer al público apelando a sus desnudas sensaciones. La discusión pública se vuelve así cada vez más expresiva y caótica, como si retornara al modelo primario de la vox populi romana que encontraba en los veredictos circenses su expresión más deprimente. Pese a ello, tiene usted razón: en la era de la comunicación de masas, los grandes medios se centraban con objeto de ampliar su audiencia y, con ello, ejercían una función moderadora. Aunque también esto ha de ser matizado, porque el siglo XX no ha podido ser más cruento.

Lo importante es que el sistema político se defienda de las redes: que mantenga sus filtros, sus mediaciones, sus cautelas.

Pero es indudable que la autocomunicación de masas, cuya manifestación más nítida son las redes sociales, están haciendo saltar por los aires el paisaje al que estábamos acostumbrados. El efecto principal es la fragmentación de la opinión pública, que se estratifica en un sinfín de niveles de debate donde conviven la comunidades epistémicas con el puro concurso de exabruptos. Es difícil determinar si el desprestigio del sistema político se relaciona con este fenómeno y algunas de sus consecuencias, como la buena salud del conspiracionismo o el surgimiento de eso que hemos dado en llamar «posverdad». Ahora bien, la comunicación directa y no medida entre ciudadanos, así como entre actores políticos y ciudadanos, apunta en ese sentido. Digamos que el debate público no puede sino ser desordenado, pero podemos preguntarnos si ha de serlo en tal medida. En todo caso, tendremos que acostumbrarnos: civilizar las redes sociales es una tarea imposible. Por eso, lo importante es que el sistema político se defienda de las redes: que mantenga sus filtros, sus mediaciones, sus cautelas. Que sigamos defendiendo el referéndum como herramienta política habitual a estas alturas me parece un grave error. Es como si hubiéramos extraído las conclusiones equivocadas de la por demás espléndida difusión de las redes sociales. Dejemos que cumplan su función conectora en la sociedad civil y en la propia esfera pública; no tratemos de traducir su existencia en mecanismos formales de decisión política.

DC. En “el giro afectivo” de las ciencias sociales, ocupa un lugar especial los avances de la neurociencia, que enriquecen de algún modo nuestro conocimiento de la condición humana. Cabe preguntarse, haciéndonos eco de tesis como las de Harari en Homo Deus, si con la neurociencia, la tecnología y el flujo de datos ¿no podemos llegar a asistir al final si no del Homo Sapiens, sí del hombre político?

MAM. La futurología es una empresa arriesgada; si cotizase en bolsa habría quebrado ya demasiadas veces. Pero es un buen instrumento de detección de nuestros temores, que en este caso se cifran en la deshumanización del ser humano. Curiosamente, como si replicásemos eternamente la fábula del Jardín del Edén, esos temores se renuevan a golpe de conocimiento: los avances en la autoindagación humana son los que aumentan nuestro miedo a dejar de ser humanos. La actitud defensiva hacia la técnica, por otro lado humanísima, hace el resto. Yo creo que Harari exagera cuando habla del dataísmo, aunque esa exageración tenga sentido comercial. Y creo que exageramos todos cuando -como hacía el propio Strauss en su debate con Kojève- nos maliciamos que el hombre político pueda desaparecer. Yo creo más bien que el autoconocimiento y el refinamiento técnico pueden ayudarnos a resolver un buen número de problemas, humanos y sociales, que no tenemos por qué conservar como prueba de «humanidad». Pero la propia pluralidad humana, como vieron en sentido distinto Hobbes y Arendt, es fuente de conflicto; un conflicto que dudo desaparezca de la mano de la tecnificación, al menos en un futuro discernible. En definitiva, aunque es divertido pensar sobre ello, estas preocupaciones me parecen más propias de una ciencia social ficción que de las ciencias sociales o las humanidades contemporáneas. Y una palabra más: si, como sostenía Kojève, ha llegado el fin de la historia en forma de sociedades de entretenimiento carentes de grandeza, bueno, quizá eso sea preferible a andar matándonos en Verdún u Okinawa, ¿no? Si hay que elegir, mejor agarrar una Coca-Cola que un Kalashnikov.

DC. Conversando sobre tu libro con un amigo común, el profesor de Derecho Constitucional Josu de Miguel, él me planteaba la siguiente cuestión: en el escenario del sujeto postsoberano, ¿qué prevalecerá: las patologías en forma de religiones políticas o las técnicas que permiten usar las emociones para fines que podemos considerar positivos, como sería el caso de las nudge?¿Cómo saberlo?

MAM. ¡Otra pregunta sencilla! Pero tan pertinente como interesante. Seguramente ambas posibilidades coexistan. Ya que la eficacia de los nudges está por elucidarse: en sociedades plurales cuyos entornos decisorios contienen múltiples estímulos contradictorios (de la publidad al arte, de los consejos gubernamentales a las recomendaciones digitales o las directrices familiares) es difícil pensar en un uso público de las emociones prevalente o infalible. Por su parte, las religiones políticas seguramente tengan una vigencia eterna, porque el ser humano es un animal simbólico y narrativo que tiene mucho de religioso: necesita proyectarse hacia el futuro y necesita sentirse parte de comunidades de sentido y afecto que le confortan ante una existencia de suyo problemática. Si en pleno siglo XXI seguimos congregándonos en estadios para jalear a líderes políticos, no creo que debamos preocuparnos por el fin de las pasiones públicas; en todo caso, habremos de preocuparnos por su subsistencia. Es aquí donde habríamos de reintroducir la idea cíclica del tiempo de los antiguos, debidamente reformulada: es un hecho que las sociedades atraviesan fases frías y calientes, momentos religiosos y profanos, estadios de optimismo constructivo y de pesimismo destructor. Nada, por suerte o por desgracia, nos permite anticiparlos. Por esa razón, las religiones políticas seguirán importunándonos por mucho tiempo.

DC. Ya para terminar, en el libro The fourth revolution, Wooldridge y Micklethwait reflexionan sobre dos modelos de políticas públicas de éxito –Suecia y Singapur- que representan formas de gobierno muy distintas: igualitaria y liberal en el caso escandinavo y meritocrático con puntas autoritarias en el caso asiático. ¿Hacia dónde cree usted que se dirigen nuestras sociedades? ¿A qué modelo pertenece el futuro?

MAM. A mi juicio, singularidades culturales e históricas al margen, el futuro será Suecia. En esto admito ser un poco hegeliano, no en el sentido de que la historia esté escrita a la manera teleológica, sino en el de discernir en ella tendencias que pueden explicarse a partir de los rasgos propios de la especie humana (la ultrasocialidad, el uso del lenguaje, la acumulación y traspaso intrageneracional e intergeneracional del saber). Me resulta difícil pensar que sociedades cada vez más complejas y heterogéneas puedan no avanzar hacia el modelo sueco, que en su mejor versión abstracta combina la protección liberal de derechos, la aspiración a una igualdad socieconómica razonable y la corrección política como vector ordenador de la cultura. Sería inexacto, por lo demás, establecer un contraste entre la meritocracia singapuresa y el igualitarismo sueco, ya que los escandinavos también saben estimular la competencia. Hablo, claro, del largo plazo, de la dirección general de nuestras sociedades a pesar del momento populista que estaríamos atravesando, no del futuro inmediato. Y, como decía más arriba, hay que tener en cuenta las trayectorias históricas que dificultan (sin hacer imposible) la extensión del modelo sueco a sociedades como las asiáticas o la rusa.

Gregorio Luri (II): “La pedagogía se ha rendido a la psicología”

 

Conversar con Gregorio Luri constituye un lujo intelectual. Su tono, sereno y penetrante, ilumina el presente desde las grandes claves de la filosofía. En esta ocasión, utilizamos su último ensayo, ¿Matar a Sócrates? (Ed. Ariel), para dialogar sobre la actualidad del pensamiento socrático, las dificultades que afronta la democracia, la necesidad de cultivar la atención y el riesgo de caer en la intransigencia de la verdad.

 –          “Sin las arbitrarias normas políticas caemos en manos de las ciegas leyes naturales”, escribe usted en ¿Matar a Sócrates? De hacer caso a Timothy Snyder en Tierra Negra, este experimento ya se realizó durante el nazismo y es curioso constatar cómo el Holocausto alcanzó sus máximas cotas de barbarie precisamente allí donde la arbitrariedad había sido sustituida por la naturaleza y la lógica de la selección natural…

 –          Un soneto amoroso es un recurso arbitrario, pero eficaz, de embridar la barbarie del deseo. Se trata de saber, entonces, qué tipo de convivencia deseamos, la que se expresa inmediatamente en el deseo natural o la que se expresa de manera mediata en la arbitrariedad cultural. En nuestro tiempo –y esta es una de esas cosas que sólo se descubren contemplando el presente desde el pasado- nos gusta creer que estamos perdiendo el miedo al deseo, que la libertad es la libertad de nuestros deseos. Sin embargo, exigimos a la ley que reconozca que “mi cuerpo es mío”, es decir, nuestro derecho exclusivo de propiedad sobre nuestros deseos. ¿Quién nos iba a decir que Locke sería el gran profeta de los progres posmodernos?

 Sobre el valor cultural de la arbitrariedad, me remito a la obra más platónica de Nietzsche, “Más allá del bien y del mal”.

 –         Usted nos presenta a un Sócrates respetuoso de las leyes e incluso, si se fuerza el paralelismo, contrario al “derecho a decidir” unilateral. Al mismo tiempo, subraya la potente conexión que existe entre la democracia y la piedad, que pervive de algún modo en nuestros días. ¿Qué entendemos por piedad y cómo afecta a nuestro sentir democrático? Y ¿hasta qué punto la democracia necesita apoyarse en un sentimiento de piedad previo para sostenerse?

 –         Sócrates no establece ninguna restricción a la interrogación. No hay nada, ni humano ni divino, que no pueda ser puesto en cuestión. El corolario de la interrogación socrática, como sabemos, es la cicuta.

 Platón quiere preservar la interrogación filosófica de la restricción de la cicuta y para ello saca a la filosofía del ágora, que pasa inmediatamente a estar ocupada por los filósofos terapeutas, y la recluye en la Academia. Sócrates es el filósofo demócrata. Platón, no; pero no por capricho, sino porque ha descubierto que la actitud de su maestro es impía. No respeta a los dioses de la ciudad. Y una ciudad es una ciudad en virtud de los dioses que venera.

 La piedad es la actitud de humildad ante la realidad de las cosas humanas y, por lo tanto, la voluntad de diferenciar las virtudes políticas y las teóricas. El teórico, en tanto que tal, es necesariamente un hombre impío y ambicioso, que no conoce la prudencia. El político, en tanto que tal, sabe que si todos los ciudadanos se dedicasen a dialogar sobre qué es el coraje, estarían, de hecho, abriendo las puertas de la ciudad al enemigo. El gran Herman Melville lo decía de otra manera en la que para mí es la mejor novela metafísica que jamás se haya escrito, “Moby Dick”: “Cuidad de no enrolar entre vuestros vigilantes pesqueros a algún tipo de frente inclinada y mirada vacía, proclives a una inoportuna actitud meditativa; y que se ofrece a embarcarse con el “Fedón”.”

 –         Algunas de las páginas más hermosas del libro giran sobre la muerte del maestro ateniense. Creo recordar que es en Pasión Intacta donde George Steiner reflexiona también sobre esta muerte y la anuda a la de Jesucristo, como dos momentos fundacionales de la historia de la dignidad humana. El paralelismo con Jesús está poco desarrollado en el libro, aunque al final del mismo, casi de refilón, se encuentra una idea magnífica: “Si el verdadero magisterio tiene el deber moral de incubar deslealtades, no hay duda de que Sócrates ha sido un gran maestro”. Ese fue también el caso de los discípulos de Jesús, como atestiguan los distintos evangelios y también las polémicas que vivió la iglesia primitiva, representadas sobre todo por Santiago y Pablo. Esta pluralidad nos indica que la verdad es siempre fecunda y que además inspira, moviliza. Y esa verdad adquiere todavía una mayor intensidad si en lugar de las ideas tomamos el ejemplo de sus vidas. Permítame una deslealtad a la filosofía: sin la cicuta, ¿quién sería Sócrates?

 –          Platón, como acabo de decir, es el Sócrates que ha aprendido la lección de la cicuta. Y la ha tenido que aprender porque Sócrates no resucitó. Platón no encontró su sepulcro vacío. Los filósofos también mueren y esta es la gran lección de la filosofía.

¿La verdad es siempre fecunda? Yo no me atrevo a responder afirmativamente porque no quiero situarme en la posición de los cínicos, esos filósofos que confundían la terapia del alma con una actitud intransigente con la verdad. Los herederos más fieles del culto fanático a la verdad de los cínicos son los nihilistas rusos del XIX. Una ciudad en la que todo el mundo dijera siempre la verdad sería invivible. Si hemos de vivir juntos, a mí me parece que la arbitrariedad de las buenas maneras es realmente higiénica. Yo no busco que todo el mundo me diga la verdad, pero sí me gusta que nos cedamos el paso.

 La verdad nunca ha sido suficiente para educar al animal político.

 No se puede pensar decentemente si se tiene miedo a hacerse mal. Pero si se adquiere el coraje suficiente para ello se descubre enseguida el inmenso poder corrosivo de la filosofía. La filosofía no se caracteriza por refutar errores, sino por refutar verdades y, por lo tanto, como dice –de nuevo- Sócrates, por arrojar al filósofo a un laberinto.

 –         Usted ha escrito varios libros sobre educación y es uno de los grandes expertos españoles sobre el tema. Los actuales gurús ponen mucho énfasis en conceptos como “creatividad” o en las nuevas tecnologías que aspiran a resolver los déficits educativos de los alumnos, pero quizás Sócrates nos ofrezca también una vía interesante: el arte de la pregunta. Aprender a preguntar, ¿no es tan importante como aprender a responder? La gran conversación de la cultura europea ¿no se sostiene precisamente sobre la difícil disciplina de leer cuestionando, con un lápiz en la mano, una y otra vez?

 –         Si tuviera que resumir el mensaje socrático lo haría de una manera kantiana. ¡Cuántas y qué fértiles son las analogías posibles entre Sócrates y Kant! Lo haría de esta manera: quizás no sepamos nada con absoluta certeza, pero vivimos en comunidad y sin vida en común, no hay humanos; quizás no sepamos nada con absoluta certeza, pero es inteligente cuidar de nuestra alma.

 Para los filósofos antiguos, de Isócrates a Aristóteles y de Platón a Polibio, la ciudad también tiene un alma: es su régimen constitucional, entendido como su manera de vivir, su “way of life”.

 La manera de cuidar tanto del alma política como del alma personal es proporcionarle experiencias de orden.

 Uno de los grandes héroes morales del siglo XX es Jan Patocka, el gran filósofo checo, que hacía oposición al régimen comunista hablando de Platón (contemplando el presente desde el pasado) y del cuidado de uno mismo. Cuidar de uno mismo es, en primer lugar, ser consciente de que nuestra alma se da forma a sí misma con nuestras experiencias.

 En este sentido, la educación es siempre, antes que cualquier otra cosa, un tropismo de la atención. Cada ciudad se juega su ser en la educación de la atención de sus jóvenes y cada individuo se juega su alma en aquello en lo que deposita su mirada. La conexión entre estas dos formas de cuidado del alma era el ejemplo del ciudadano con conciencia republicana. Aristóteles escribe páginas magníficas sobre esto. Hoy animamos a nuestros niños, desde muy temprano a ser ellos mismos, a buscar sus diferencias, a estar orgullosos de sus singularidades. La pedagogía se ha rendido a la psicología y ha olvidado su dimensión política. Este es el auténtico mal de nuestra escuela. A nuestro tiempo le corresponde la grave tarea de decidir si la educación de la atención republicana sigue teniendo sentido.

 –          Finalmente, me gustaría preguntarle por otros dos maestros suyos: Leo Strauss y Rémi Brague. ¿Por qué deberíamos leerlos? ¿Qué los hace imprescindibles? ¿Y qué los hermana?

 –        A un filósofo se lo conoce porque es capaz de mirar cara a cara a la naturaleza y dirigirle sus propias preguntas. A los profesores de filosofía se nos conoce porque tenemos que acudir a los filósofos para saber algo de la naturaleza. Quien no esté interesado en la naturaleza de las cosas y, por lo tanto, en sustituir sus opiniones por verdades, en los libros de los grandes filósofos sólo encontrará erudición.

No está nada claro que la filosofía nos haga mejores personas. Ni tan siquiera está claro que la filosofía sea una actividad democrática. Sólo podría serlo si su fin ya no fuera la contemplación desinteresada de la verdad, sino el alivio de los males del hombre. Pero para ello ya tenemos a Jerusalén y a la caridad bíblica.

 Lo único que está claro es que la filosofía te dañará la vista y te conducirá frecuentemente al borde del abismo. La filosofía es el arte de dormir con el enemigo.

 Como la filosofía sólo se nos muestra a los que no merecemos el título de filósofos a través de los grandes libros de los filósofos, cada uno ha de buscar su propia vía de acceso al pensamiento filosófico. En mi caso, Jan Patocka, Leo Strauss o Rémi Brague me han ayudado a cruzar el umbral filosófico de Platón.

De Ford a Bresson, pasando por Malick. La mirada de la fe en el cine

La representación de lo sagrado ha sido, desde los inicios del arte cinematográfico, una de las formas de expresión de la fe más radicales y modernas del siglo XX. En los últimos cien años, no ha habido mejor vehículo transmisor del sentido trascendencia inextirpable al ser humano y que más dignifica su condición. Desde Bresson a Malick, la matriz de los denominados directores místicos basa sus narraciones en dos categorías comunes a la Teología: la imagen y la palabra que siguen siendo aún hoy los objetos de la narración más dinámicos y efectivos que existen. Ese grupo de creadores, a lo largo de las diferentes etapas del siglo pasado y el actual, han testimoniado la fecundidad y creatividad del diálogo entre la fe y el cine, produciéndose así el reencuentro entre la fe y el arte mismo que había sufrido los desmanes del laicismo de los siglos XVIII y XIX y del que volvería a ser víctima a partir de mediados del XX.

No es casual que dicha representación de lo sagrado haya encontrado su cénit en obras maestras que abrazan la espiritualidad y la fe en directores de creencias o educación católica, pues la obsesión anicónica de otras culturas, como la protestante o la judía, contraviene la esencia del cristianismo en torno al misterio de la Encarnación en el que Dios mismo se hace icono (del griego eikôn–imagen–), a través del rostro vivo de Cristo. Así, la acción cinematográfica de los directores místicos aúna en un lenguaje artístico y espiritual, como la liturgia misma, todos los elementos simbólicos y narrativos que permitan al espectador posar su mirada sobre el hecho antropológico.

El cine bíblico desde «La Pasión de Cristo» de Albert K. Léar a «La Pasión de Cristo» de Mel Gibson, pasando por «El evangelio según san Mateo» de Pasolini, no puede ser necesariamente considerado cine espiritual

El cine bíblico, desde La Pasión de Cristo de Albert K. Léar (1900) a La Pasión de Cristo de Mel Gibson (2004) pasando por las importantísimas y recurrentes Rey de Reyes (Cecil B. DeMille, 1927), El gran pescador (Frank Borzage, 1959), la revisitada Rey de Reyes (Nicholas Ray, 1959), El evangelio según san Mateo (Pier Paolo Pasolini, 1964), La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965) o Jesús de Nazareth (Franco Zeffirelli, 1977), no puede estar necesariamente considerado cine espiritual, ni mucho menos místico. La grandeza de su relato no tiene por qué ir ligada a su vocación hermenéutica ni a la meditación teológica, de igual modo que una película de temática pagana puede ser profundamente religiosa y de intensa humanidad.

Dicho esto, parece claro que cuando se habla de la mirada de la fe en el cine hay que centrar nuestra propia mirada en los directores que de manera más eficaz y palmaria plantean las grandes preguntas inherentes al hombre: ¿Quién soy yo? ¿Quién es Dios? Estos son los denominados directores místicos (del griego mystikós –encerrado, misterioso–). Y el misterio último es Dios, misterium tremendum et fascinan (misterio, asombro y fascinación). Si algo nos ha dado este grupúsculo de directores fascinados y asombrados por ese Misterio es que han accedido a él –y a Él– a través de la narración cinematográfica, sustentada siempre, como decimos en la imagen y la palabra.

Los cinco directores místicos

Así es como abordó el Misterio el padre de estos creadores, Carl Theodore Dreyer (Dinamarca, 1889-1968) que él mismo definía como “el drama objetivo de las almas”. Desde La pasión de Juana de Arco (1928) a Gertrud (1964) pasando por Dies Irae (1946) y, sobre todo, su obra cumbre, Ordet (1955), el cine de Dreyer se fundamenta en el milagro de la trasfiguración, en la transformación profundamente espiritual y humana, cuando no física, que viven todos sus personajes. Tal es el caso de Ordet (del danés “la palabra”) una de las obras de referencia del cine europeo –cuando no una de las más importantes películas de la historia del cine-, que halla su cénit místico en la escena final momento en que un estudiante de teología de nombre Johannes (Juan –del hebreo “el fiel de Dios” –), presa del amor místico, y sintiendo cómo actúa Cristo a través de él ante la perplejidad ajena y mediante un acto de confianza –e inocencia– casi pueril en Dios, transfigura el cadáver de una mujer en un cuerpo vivo, mientras su rostro parece quedar transfigurado por la imagen misma de Cristo. La verdadera grandeza del filme es que todo este proceso es profundamente verosímil y esa resurrección llega al fondo del corazón del espectador como la del joven Lázaro bíblico permitiéndonos por tanto creer que tal amor y confianza en Dios no sólo es posible sino deseable. Esa fe admirable que puede convertir la humanidad del ser en espiritualidad mística es idéntica a la que aparece en La pasión de Juana de Arco donde el dolor de la santa de Orleans trasciende el celuloide para convertirse en algo vivo.

El cine de Robert Bresson (Francia, 1907-1999) no está en la misma mirada ni altura teológica que la de Dreyer, porque además cultivó cierto tipo de cine de género, pero tiene dos películas que le hacen un miembro indispensable del círculo de directores místicos: Diario de un cura rural (1951) y Proceso de Juana de Arco (1962) –ésta última plantea una santa totalmente distinta a la de Dreyer, más humana y menos mística que conmueve y eleva el espíritu precisamente por lo contrario que aquélla-.

Bresson es un autor profundamente humanista que, sin actores profesionales ni grandes puestas en escena, tomaba modelos de la vida que convertía en arte mediante un inteligente uso de silencios, gestos y palabras que se producían ante la mirada del espectador de manera oscura e inquietante. La cámara es como un testigo casual que lo ve y nos lo ofrece. Fue el director de los instantes y la espontaneidad, pero también del dolor, la intensidad y los más profundos sentires del alma. Ponía en orden, en definitiva, el mundo que mostraba, dándole un sentido único y trascendente a la narración.

Es la interioridad quien dicta la acción, lo que puede parecer paradójico en un arte que parece todo exterioridad”.

Así es, precisamente, cómo abordó la extraordinaria Diario de un cura rural en la que se plantea una enorme duda de fe encarnada en aquel inmenso personaje basado en la novela homónima de Georges Bernanos. Es la historia de un calvario, en definitiva, la de ese joven sacerdote destinado a su primera parroquia y repudiado por un pueblo que no le acepta. Se trata de un filme-parábola de una belleza desgarradora con el que el propio Bresson definía no sólo su idea misma del cine y del arte, sino la esencia del cine místico del que hablábamos al principio: “En una película se necesita experimentar el descubrimiento del hombre –decía–, una revelación profunda del misterio… Es la interioridad quien dicta la acción, lo que puede parecer paradójico en un arte que parece todo exterioridad”.

No parece casual que el germen de este tipo de cine resida en Europa donde la tradición y la educación católica está más intrincada en la sociedad que en la cultura anglosajona protestante que tiene en común con el Antiguo Testamento una idea anicónica de la fe y de toda representación de la idea de la trascendencia y de Dios, como hemos dicho. De la mezcla entre esas dos dicotomías, la de la no representación protestante y la necesidad del eikôn –porque “el Verbo se hizo carne” (Juan 1, 14)-, católico, surge la expresión artística de Ingmar Bergman (Suecia, 1918-1977). El director conocido como el teólogo ateo del cine es, paradójicamente, uno de los cineastas que más preguntas sobre la fe plantea en su filmografía. Desde El séptimo sello (1957) en la que un príncipe recién regresado de las Cruzadas es retado por La Muerte a una partida de ajedrez, metáfora a través de la cual pone a juicio su propia vida, su idea sobre la eternidad, la justicia, el hombre y la moral, a Gritos y susurros (1972) o Fanny y Alexander (1982) en las que analiza los infiernos intrincados en sendas familias llenas de secretos y mentiras, el director sueco no muestra ningún pudor a la hora de manifestar el vacío del alma, los horrores de una vida sin Dios. Esa obsesión suya por ese Otro que no conoce ni entiende halla verdaderas cotas de maestría en infinidad de sus títulos, pero acaso uno de los más revisados sea Fresas salvajes (1957) –a la que el mismo Woody Allen, heredero natural del cineasta sueco, ha homenajeado en infinidad de ocasiones desde Hannah y sus hermanas (1986)a Match Point (2005) –. Se trata de un desolador retrato sobre la soledad de un hombre anciano e ilustre que en el invierno de su vida trata de hallar el punto en que empezó a descreerse de todo y convertirse en el ser vacío de toda creencia que es. Así es como se enfrenta a la verdades más extremas de su vida.

Bergman se cuestiona su propio agnosticismo, no lo reivindica, plantea preguntas y busca respuestas. Quiere creer, pero no puede, lo que otorga al conjunto de su obra, analizado como un todo, un halo desalentador y claustrofóbico –que han heredado grandes cineastas nórdicos como Susanne Bier o Billie August– mientras sus preguntas le llevan siempre al choque maniqueo –que en sus manos es profundamente hermoso– entre el bien y el mal, la eternidad y la nada, Dios y Satanás, la fe y el vacío, la libertad y el destino, la luz y la oscuridad, la voz de Dios y su silencio o la moral y el vicio. Con todo, su cine tiene unos instantes de luz, de presencia de un Algo espiritual que lo llena todo donde, muchas veces, se halla la respuesta pero que luego se da de bruces con una nueva pregunta oscura y agónica. Podría decirse que Bergman odia su incapacidad de creer como dice por boca de uno de sus personajes: “Cristo fue presa, como usted, de una gran duda. Ése debió de ser el más cruel de todos los sufrimientos, quiero decir, el silencio de Dios”. Y en esta línea se halla, como decimos, toda su filmografía que halla su máxima expresión en la que puede considerarse su trilogía sobre el silencio de Dios: Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1963) y El silencio (1963).

Este paseo por Europa nos lleva hasta Rusia para hallar al que es, sin duda, el más complejo de los directores místicos: Andrei Tarkovsky (1932-1986) considerado por el propio Bergman “el más grande de todos los cineastas”. Su breve e inquietante filmografía, de apenas nueve títulos, tiene, como el cine de Dreyer, un común de denominador. Si en el danés era la transfiguración, en el ruso es la peregrinación. Y es que el espectador recorre con Tarkovsky el camino que conduce a sus protagonistas del infierno al paraíso, o viceversa. La implicación del espectador es total en sus películas, plagadas de feísmo, inquietud, desesperación, maldad y una prodigiosa fuerza visual y espiritual. Ello está presente desde La infancia de Iván (1962) y Andrei Rublev (1966) a Solaris (1972) y Sacrifico (1986) pero se hace carne viva y sufriente en la que es, posiblemente, la mejor obra de Tarkovsky aunque también la más controvertida. Hablamos de Stalker (1979). En ella, un mundo postapocalíptico nos muestra cómo dos hombres quieren llegar a un paraje donde los deseos son concedidos. Para ello, tendrán que entrar en La Zona, un lugar de prohibido acceso desde que se estrelló en él un meteorito y que sólo algunos stalkers (vigilantes) conocen. El espectador y los protagonistas viajan a través de un horrible paisaje con un stalker mugroso y perturbador que les hará adentrarse en un mundo donde encontrarán mucho más que sus profundos deseos. Se trata de un ejercicio formal de primer orden en el que el mugriento aspecto de las cosas se enfrenta, paradójicamente, a la belleza del mensaje que destila la narración porque si bien Tarkovsky es el director que muestra qué crudo e imperfecto es el mundo en que vivimos, creando una maravillosa policromía con la crudeza y la imperfección del hombre, también obliga a sus personajes a hallar la salvación a través de un camino que empieza por embellecer su propio yo para ser, al fin, algo bello dentro del infame mundo con lo que podrá entrar en contacto con su dimensión más armoniosa y, por tanto, espiritual. Es decir, para llegar a Dios hay que pasar por los infiernos del alma.

Dinamarca, Francia, Suecia y Rusia nos llevan, al fin, hasta la cultura anglosajona de donde proviene el último de este constreñido grupo de directores místicos. Terrence Malick (Estados Unidos, 1943). La clave de su cine es la de poner frente al espectador las grandes cuestiones que afronta el ser humano: el bien y el mal, la redención y el pecado, el deseo de amar y la incapacidad de dar amor, le belleza del mundo, la violencia, el sacrifico, la búsqueda de la salvación y la caridad cristiana. Su escueta filmografía –en cuarenta años ha dirigido seis películas- no niega la pregunta religiosa, sino que la reafirma. No son cuestiones humanistas para Malick, sino de fe. Malas tierras (1973), Días del cielo (1978), La delgada línea roja (1998), El nuevo mundo (2005) y su último trabajo To the wonder (2012) llevan a sus protagonistas hasta el extremo mismo de su capacidad, allí donde el hombre deja de ser hombre y es consciente de la dimensión espiritual de su propio yo para entrar en sintonía con ese Otro que le ama.

Pero Mallick va más allá, porque no muestra la conclusión de este diálogo desde el punto de vista del hombre, sino de Dios.

La máxima expresión de su arte radica en El árbol de la vida (2011) –ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes–. En ella hay todo un entramado intertextual entre el Antiguo y el Nuevo Testamento para entender las inquietudes de un hombre que vive el vacío existencial y la ausencia de fe pero dándole alas al espectador para que sea él, y no Mallick llevándole de la mano, el que saque sus propias conclusiones y diserte si éstas tienen una fundamentación hermenéutica o no. Así, esta personalísima película religiosa, espiritual, mística y contemplativa, que exige un grado máximo de implicación por parte del espectador, no puede verse como una narración al uso, pues no tiene una continuidad argumental, sino que se muestra como un dialogo entre Dios y un hombre perturbado por su silencio, sus dudas y su ausencia de Él. Pero Mallick va más allá, porque no muestra la conclusión de este diálogo desde el punto de vista del hombre, sino de Dios. La perspectiva es, por tanto, divina y así es cómo explica el Misterio, primero, mediante un despliegue de luz al principio y final del filme –el Alfa y Omega de la Creación– y, segundo, mediante un despliegue del Amor de Dios por todo lo creado y por su más grande obra, el hombre.

La cinta se centra en ese momento Por en que el protagonista, Jack O’Brien (acrónimo de Job, del hebreo –aquél que soporta penalidades–) empezó a vaciarse de ese Dios que le ama cuando era niño y la desgracia de la pérdida azotó a su familia. Y mientras su madre halla el camino de la Gracia, su padre y él se pierden en el de la desesperación y la nada. Por eso al final, cuando Jack reconoce ese Misterio encarnado en el Amor perpetuo e infinito contemplamos cómo se reconcilia con Dios y se redime, al fin, haciéndose uno con esa Gracia sanadora.

Dos directores esenciales

Para cerrar esta miscelánea sobre la mirada de la fe en el cine no se puede dejar de mencionar a dos directores esenciales. Hay dos clases de películas, las emplean los recursos del teatro como actores o puesta en escena y se valen de la cámara solo para reproducir la vida, y las que emplean los medios del cinematógrafo para crear mediante sonidos e imágenes en movimiento una sinfonía de emociones que construyen la historia a veces más fundamentada en la inmovilidad y el silencio que en el acto y la palabra. Esto último es la base del trabajo de los citados cineastas místicos y también del cineasta ateo por antonomasia: Luis Buñuel (España 1900-1983). Crítico y mordaz, su obra está marcada por la idea del director que imposibilita la armonía entre la pureza evangélica y la vida. Para ello arremete contra la moral burguesa y todo tipo de rituales religiosos o paganos, se muestra nihilista al entender el mundo desde una visión casi apocalíptica y sus interrogantes religiosos se ven acallados por una ensordecedora hipocresía. El que se llamaba a sí mismo “ateo por la Gracia de Dios” diserta sobre todo esto en sus obras más aparentemente religiosas como Nazarín (1959), Viridiana (1961) o Simón en el desierto (1965) pero también en las más paganas como El ángel exterminador (1962), Bell de jour (1967) o El discreto encanto de la burguesía (1972) y lo hace con un lenguaje surrealista, con unos principios estéticos y morales propios, que trascienden la realidad, el tiempo y el espacio y que buscan vapulear y escandalizar a la sociedad.

Su cine es la antítesis del que es considerado por muchos el mejor director de la historia del cine, adalid de lo que se considera el autor invisible y de obligada mención en esta miscelánea: John Ford (Estados Unidos, 1894-1973).

El misterio de la fuerza de su complejidad y sencillez sigue siendo inabarcable. Su legado es colosal y está plagada de obras maestras que mediante una transparencia narrativa total pasa por las aventuras, el melodrama, muchas comedias, importantes dramas, cine bélico y el western, sobre todo, western. Él fue el padre del género norteamericano por antonomasia que configura un rico repertorio de temáticas de excepcional belleza, inteligencia, interioridad y trascendencia sin perder el sentido mismo del espectáculo que es –para cualquier director del Hollywood clásico– el cine. Así pues, aunque a John Ford no puede ni debe considerarse un director místico, sí que es innegable la impronta de su idea de Dios y del hombre –marcada por su profunda fe católica- en todas sus películas, irremediablemente impresas por la historia de la Salvación y por de la redención de su héroe o de la incapacidad de redimirse del mismo. Las uvas de la ira (1940), Fort Apache (1948), El hombre tranquilo (1952), Centauros del desierto (1956) o El hombre que mató a Liberty Valance (1962), todas, están marcadas por alguno de estos hechos inherentes al hombre, a Ford y al hecho religioso como son la lealtad, el amor, la devoción y el siempre recurrente “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15, 13). Si Dreyer, Bresson, Bergman, Tarkovski y Mallick son los directores místicos por derecho propio, John Ford es, sin la menor sombra de dudas, el director católico.

Cerrar esta miscelánea con dos citas no cinematográficas pero sobre lo cinematográfico parece lo más acertado. Sirva como reflexión que si bien Franz Kafka decía “las cuerdas de la lira de los poetas modernos serán interminables carretes de celuloide”, el poeta Antonin Artaud afirmaba, “la piel humana de las cosas, la dermis de la realidad, eso es con lo que juega, antes que nada, el cine”.

Y el que tenga oídos para oír, que oiga.

De viva voz, de buena tinta. Elogio del escritor charlista

En junio de 1909, Mark Twain pronunció la última conferencia de su vida en la graduación de la escuela femenina Tewkesbury, en Baltimore. Las alumnas oyeron entre carcajadas sus irreverentes ocurrencias sobre “beber, fumar y decir mentiras”.  Aquel fue el último rugido del león: a lo largo de su vida, el creador de Tom Sawyer dio más de mil conferencias, la mayoría ante auditorios abarrotados. De San Francisco a Ciudad del Cabo, pasando por Londres o Bombay, disertó sobre los más diversos temas, desde los aborígenes hawaianos hasta los modales en la mesa. A decir de un contemporáneo, “su método como conferenciante era novedoso y singular. Su ritmo deliberadamente lento, la expresión ansiosa y perturbada de su rostro, el aparente esfuerzo con el que formaba sus frases… Todo en él era original; todo en él era Mark Twain”. Hoy tenemos sus libros, que no es poca cosa, pero nos quedaremos sin conocer al Twain oral, que fue tan popular en su tiempo como el escrito, si no más.

Está muy extendida la visión del escritor como un fabricante de libros cuya obra debería hablar por si misma.  Sin llegar al ocultamiento patológico de un Salinger, muchos literatos han huido de los focos y han deplorado, como Updike, un mundo en el que “la obra de un autor es básicamente un pasaporte para el circuito de conferencias”. Lo cierto es que el fenómeno tiene poco de novedoso: no ha nacido con la piratería ni con la crisis del libro impreso, sino que se generalizó hace dos siglos, y tampoco sería justo reducir la conferencia literaria a la categoría de simple complemento alimenticio. Para ciertos autores fue un género más en el que volcar su talento, y en algunos casos –pocos, seguramente- las intervenciones orales de un escritor son una aportación a las letras tan valiosa como sus novelas o sus ensayos. Hay, claro, un problema obvio para su valoración crítica: la oratoria es un arte sintético en el que cuentan no sólo las palabras, sino también la presencia, el tono, el gesto o hasta la reacción del público, y en ausencia de vídeos todo eso sólo podemos imaginarlo. Con todo, nuestra valoración sobre ciertos personajes estaría incompleta si olvidásemos sus éxitos en la tribuna.

La segunda mitad del XIX fue, sin duda, la edad de oro de la conferencia literaria, especialmente en el ámbito anglosajón. Thackeray, Trollope,Washington Irving, Wilkie Collins o Harriet Beecher Stowe llenaban teatros, ateneos, clubes y aulas magnas. La ruta trasatlántica de los oradores, que cruzaba, por ejemplo, a Oscar Wilde con Henry James, dio al fenómeno un carácter global. Charles Dickens se hizo famoso por las lecturas públicas de sus obras, en las que desplegaba, dicen, una sorprendente habilidad dramática. Décadas más tarde, Gilbert Chesterton triunfó en Norteamérica con una tournée de seis meses y noventa alocuciones. En una de ellas, un espectador se quejó a gritos de que no oía. “No se preocupe, no se está perdiendo nada”, respondió el inglés.

Ciertamente, no todos los escritores de talento tienen la habilidad necesaria para cautivar al público. Es llamativo el caso del joven Borges, tan tímido que sus primeras conferencias tuvieron que ser leídas por amigos: se veía incapaz de enfrentarse al auditorio. Con los años, curiosamente, el argentino llegó a ser un orador de gran talla. Sus conferencias en Harvard, recopiladas después en libro, están llenas de humor, precisión y agilidad expositiva.

En nuestro país, no pocos escritores se consagraron con pasión al género oral. Uno de los más singulares fue Valle-Inclán, capaz de divagar sobre lo divino y lo humano con gran desenvoltura. Valga como muestra la reseña periodística de su primera conferencia, impartida en 1892: “El tema sobre el que el señor Valle hizo su discurso ha sido el ocultismo, y él dio pretexto al correcto escritor para hacer gala de su erudición, que si en las diversas materias es abundante siempre, lo es más en la que comprende la misteriosa ciencia del ocultismo, con sus doctrinas teosóficas, sus irradiaciones de la inteligencia, sus proyecciones de la voluntad y sus fenómenos de levitación, sugestión y demás términos con los que no estamos familiarizados los que no vivimos en el mundo de los espíritus puros”. Con su facha pintoresca, sus provocaciones y sus chispeantes anécdotas, no todas verídicas, escuchar al gallego debía de ser una experiencia inolvidable.

Unamuno, que ganó fama en su juventud con sus charlas en la sociedad bilbaína El Sitio, fue luego el orador estrella del Ateneo de Madrid y acabó convirtiéndose en figura legendaria de las tribunas. García Lorca, por su parte, pronunció conferencias en numerosas ciudades de España y América. En sus intervenciones condensó su pensamiento sobre la poesía y el folclore español, desde el cante jondo hasta la teoría del duende. Destaca entre sus alocuciones la que pronunció en diciembre de 1927 en el Ateneo de Sevilla, titulada “La imagen poética de don Luis de Góngora”, que tuvo un indudable eco generacional. Antes y después de la Guerra, José María Pemán fue también un conferenciante estelar. Recorrió toda España y triunfó en Roma, en Lisboa, en Buenos Aires o en Lima. Sus intervenciones recorrieron desde el panegírico –fue famoso su discurso en la Gregoriana con motivo de la canonización del padre Claret– hasta la arenga bélica, subgénero que dominó con maestría. “Tuve que hablar algunas veces”, recordaba después de la contienda, “con acompañamiento de cañones; muchas al aire libre, ante formaciones de alféreces provisionales, que marchaban a la lucha y quizá a la muerte; alguna vez, como en Usera, en un carrillo con un altavoz, dirigiendo mi alocución, de trinchera a trinchera a trinchera, al enemigo”.

Pero ni siquiera estas figuras de primera magnitud superaron en fama a un autor hoy completamente olvidado: Federico García Sanchiz, conocido como “el charlista”. Escribió casi medio centenar de libros de diversos géneros –poesía, teatro, ensayo, novela, memorias…- y miles de artículos, pero su obra escrita palidece ante su popularidad como orador. Sus “charlas”, a medio camino entre la conferencia, el monólogo y la exhibición erudita, le permitieron sentarse en la Academia –su discurso de ingreso, por supuesto, se tituló Las charlas– y le otorgaron una fama sorprendente. Cruzó treinta veces el Atlántico para lucir su repertorio. Eugenio Suárez, que asistió a uno de sus espectáculos en los años 50, recuerda que “tenía una voz poderosa, bien timbrada, pronunciaba con precisión y se le entendía perfectamente en el vasto local, donde se expresaba sin micrófonos ni ayudas técnicas”.

Hoy se dice que la conferencia está en crisis, y lo cierto es que ya casi ningún escritor llena teatros, salvo que tenga un premio Nobel, como poco. Una explicación rápida nos remite a las alternativas de ocio que han ido surgiendo, de la televisión a las redes sociales, pero quizá haya una causa más profunda de la decadencia del género: la crisis de autoridad y la consiguiente democratización del saber. Ya nadie acepta lecciones de nadie y las tarimas nos parecen un elemento reaccionario. Los escritores de hoy tuitean y como mucho asisten a tertulias televisivas, y hasta hemos visto –o, tempora, o mores- a alguna novelista multipremiada convivir en un reality show con hijos de toreros y de folklóricas. En los días del Power Point y de las charlas TED, quizá sea bueno reivindicar la figura del escritor-charlista, capaz de entretener e instruir a su público con sus conferencias tanto como sus libros. Quienes nos hemos sentado alguna vez frente a un puñado de espectadores carraspeantes sabemos que no es una hazaña menor.