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 “Después de La invención de Morel, no se puede escribir una novela en donde no hay estructura, no hay juego, no hay cruce de voces” afirmaba Roberto Bolaño en aquellos mismos años noventa, cuando no eran pocos aquellos que, a modo de eslogan, preconizaban la muerte de la novela. Estamos en el 2015 y la novela no ha muerto o, por lo menos, no ha muerto tal y como lo anunciaban los voceros de la más banal postmodernidad. Sin embargo, si bien en cuanto género literario la novela no sólo sigue vigente, sino que es el género que más ventas produce en un mercado diezmado, todavía hoy sigue dominando la novela sustentada únicamente en el argumento, un modelo novelístico que parece resistirse al agotamiento que ya anunciaba Bolaño hace más de una década y que, hace apenas una semana, volvía a señalar Enrique Vila-Matas desde Guadalajara. «Pensaba que en ese siglo se cedería el paso a un tipo de novela ya felizmente instalada en la frontera; una novela en la que sin problemas se mezclarían lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad traída al texto como tal», señalaba Vila-Matas en su discurso de recepción del Premio Rulfo 2015, un discurso que no por casualidad el autor barcelonés titulaba El Futuro.

 Es precisamente en un futuro continuamente postergado donde parece esperar aquella novela que, superado el modelo decimonónico, abandonado el argumento como único eje narrativo e insobornable al carácter de liviano entretenimiento requerido por el mercado, se sitúe en la frontera de los géneros y de las voces, en un juego donde la realidad traída como tal se introduzca en la ficción pura desdibujando el límite de toda posible distinción entre ambos. Si bien es cierto que el presente narrativo de las letras castellanas es más bien desolador –“El panorama, desde el punto de vista literario es desolador”, señala precisamente Vila-Matas-, uno no debe dejarse cegar, puesto que incluso en el más árido de los desiertos se encuentra algún oasis.

 Desde la concepción de la novela como “un género proteico y mutante”, el escritor Sergio del Molino ha construido una narrativa que responde precisamente a la ruptura del modelo decimonónico, una narrativa que, desde el realismo e, incluso, como se observa en su último trabajo, Lo que a nadie le importa, desde un deje costumbrista de corte irónico –hay pasajes de Del Molino que remiten fácilmente a la prosa de Azcona-, responde al borrado de fronteras entre géneros al que apelaba Vila-Matas así como al juego de voces y, por tanto, de texturas que reclamaba Bolaño: “Creo que, durante los últimos 150 años se comprimió el ámbito de lo literario. Un montón de narrativas quedaron casi excluidas de la consideración literaria, llegándose a identificar, en términos novelísticos, literatura con ficción. Es decir, que la ficción era el rasgo que permitía discernir la narrativa literaria de otras formas narrativas. O no eran literarias o lo eran de segundo orden. Me refiero a los diarios, las crónicas viajeras, las cartas y el periodismo, entre otros”, señala Del Molino, cuyas dos últimas novelas, La hora violeta –el relato autobiográfico y en primera persona de la experiencia de la pérdida de un hijo por leucemia- y Lo que a nadie le importa –una reconstrucción en primera persona de la posguerra hasta los inicios de la democracia a través de la biografía del abuelo del autor/narrador, un hombre empleado en El corte inglés, convertido en metáfora del país en sus diversas etapas socio-históricas- se inscriben, en parte, en la autoficción, género literario de definición todavía confusa y en el que, paradójicamente, se engloban autores tan dispares como Vila-Matas, Javier Cercas, Javier Marías o la Marta Sanz de Lecciones de anatomía. No en pocas ocasiones, la autoficción se presenta como un intento de esquivar los debates en torno al estatuto de realidad y de ficción inherentes a la autobiografía, género que, a pesar de las aportaciones realizadas por Roland Barthes y Paul de Man acerca de la inherente construcción retórica del lenguaje y, por tanto, de su inherente estatuto de construcción ficcional, sigue siendo leído, al menos desde la pragmática lectora, en clave de “narración de lo real”.

 Si por una parte la autoficción parece esquivar dicho debate, por otra parte, sigue siendo un género de difícil definición, más allá de la de: (auto) representación del autor desde estrategias de la retórica literaria. “No sé si me siento cómodo con la etiqueta de ‘autoficción’, porque creo que califica a un tipo de literatura caracterizada por el juego y el trampantojo, una especie de desafío o travesura artística para trastocar las nociones tradicionales de autor, narrador y voz literaria”, señala al respecto Sergio del Molino, quien,  lejos de concebir la literatura como mero divertimento – “no quiero ‘problematizar’ (perdón por el palabro) estas cuestiones para incordiar al lector conservador”- no busca el desconcierto del lector, “sino recuperar algo esencial que precisamente esos juegos han perdido: una conexión sentimental profunda entre el autor y el lector. No rompo las convenciones de la teoría literaria con ánimo disidente, sino como una vía para acercarme al lector sin cuartas paredes ni protocolos ni paripés técnicos”. Más allá de planteamientos estilísticos, la conexión entre lector y autor a la que apela Sergio del Molino se sustenta, sobre todo en Soldados en el jardín de la paz y Lo que a nadie le importa, en un trabajo con la historia entendida como relato y, a la vez, como tejido sobre el cual inscribir y reinscribir, ya sea en primera o tercera persona, una historia que el lector sienta como propia. Si Muñoz Molina, tal y como afirma él mismo, encuentra en la introducción de elementos históricos en la ficción un recurso de verosimilitud, podría decirse que Sergio del Molino encuentra en el relato histórico los huecos en los que construir un relato no contando en el cual el lector se inserta como protagonista de su propia historia no contada: “Me interesa más la historia no contada o lo que en términos unamunianos se llamaría intrahistoria. Lo que me interesa es la suposición y la especulación en aquellos huecos que el discurso histórico no ha narrado. Bien porque no le ha interesado narrarlos o bien porque escapan al objeto de su atención. Creo que la literatura vive en esos sitios, porque la literatura empieza donde terminan los hechos. Donde se puede suponer porque no sabemos con certeza qué pasó, donde podemos proyectar nuestra sensibilidad en la sensibilidad de otros”.

 Esta suposición, sin embargo, no se configura como una mera elucubración, no se propone como la escritura de una “historia posible” sino que se configura como una puesta en crítica del propio relato histórico. “Siguiendo a Walter Benjamin, el pasado me importa en la medida en que interpele al presente. No como explicación del presente, sino como reminiscencia o temblor que aún se puede ver en el presente” señala el autor que, en Lo que a nadie le importa, pone el acento ya sea en el temblor que el pasado suscita en el presente ya sea en como la construcción, consensuada y conveniente a determinadas estructuras hegemónicas, de este pasado repercute en el presente marcado por el silencio, los vacíos y las reinterpretaciones. En este sentido, Sergio del Molino se inscribe en la estela de Marta Sanz o de Isaac Rosa –“tanto Marta como Isaac son autores poderosos con proyectos literarios de altura. Ojalá pudiera algún día tener una obra tan sólida y coherente como la suya, pero no me siento en la estela de casi nadie”, precisa Del Molino. Los tres autores, más allá de las diferencias, proponen una lectura política de la historia reciente como del presente –La hora violeta de Del Molino no puede leerse sin tener en cuenta la perspectiva social de este relato en primera persona, el análisis crítico de la conciliación familiar y laboral ante un caso de internación hospitalaria, la relación paterno-filial, el sentimiento de culpa y la relación humanizada y a la vez deshumanizada con el sistema hospitalario- reivindicando además una mirada hacia el sujeto anónimo, hacia la cotidianidad o la micro-historia: “Creo que somos muchos los autores que trabajamos con esa tensión de los géneros y fuera de cualquier ortodoxia canónica, pero cada uno lo hacemos a nuestra manera. En el caso de Marta e Isaac, el discurso político está mucho más claro, yo me escoro más hacia el esteticismo. No creo que la literatura tenga ninguna capacidad de intervención social, pero sí de intervención en la intimidad ajena”, una intervención que Del Molino propone desde el restablecimiento de una conexión sentimental con el lector a partir del rescate de la micro-historia y proponiendo un yo que no sólo apela sino que aprehende el propio rostro del lector, en tanto que sujeto anónimo de esa microhistoria por relatar. “Vivimos un momento de descomposición de las convenciones artísticas en general, llevamos tiempo viviéndolo, y en ese sentido es normal que los lectores más exigentes se hayan cansado de unas convenciones que hacen de la literatura algo previsible y artificioso. Se reclama una naturalidad expresiva, un encuentro con la voz directa del autor, del mismo modo que la cocina moderna busca presentar el producto lo más natural y menos adulterado posible, sin salsas complicadas ni recetas barrocas que lo enmascaren. El lector no quiere tener que apartar un litro de salsa para llegar a la carne: le gusta que se la sirvan poco hecha y con un poco de sal por encima. Y eso hacemos algunos, refrescar un ambiente cargado de juegos que no eran más que salsas rococós”, concluye Sergio del Molino, cuya narrativa no sólo refresca el ambiente, sino que se enlaza con ese futuro constantemente postergado desde el cual Vila-Matas apela.

 Restableciendo la conexión con el lector, rescatando “un sustrato emocional que echo de menos en lo que antes se llamaba ‘alta literatura’ y que ahora no sé cómo hay que llamar”, Sergio del Molino supera el agotamiento novelístico, se inscribe en aquella narrativa post-La invención de Morel a la que aludía Bolaño, describiendo, sin embargo, una trayectoria autónoma –“yo me siento un poco francotirador solitario. No me siento parte de ninguna generación ni tengo un afán de dinamitar el legado de otras generaciones”- que lo distancia de Javier Cercas, a quien incomprensiblemente lo han asociado en reiteradas ocasiones –“no sólo yo prefiero los márgenes y las historias pequeñas y no narradas, mientras que Cercas busca el gran personaje, los protagonistas, sino que mi propósito es constatar que el discurso histórico es una forma literaria más, que no existe eso que llamamos historia, y, por tanto, no deberíamos ceñirnos ni respetar como sagrado ninguna historia, ni la oficial ni la ‘alternativa’. La historia es una construcción literaria, y si alteras los elementos, el punto de vista y los personajes, te sale un relato diferente. Eso es lo que busco poner de relieve con mi literatura, y ese proyecto creo que está muy lejos de las intenciones de escritores como Cercas”- y lo define, en palabras de Harold Bloom, como un narrador fuerte, un narrador que consigue desviarse de sus precursores configurándose como una voz literaria individual y autónoma. En ese futuro postergado de la narrativa que viene, Sergio del Molino es, sin lugar a dudas, uno de los narradores fuertes, un  “escritor de antes”, que diría Vila-Matas. 


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Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad de Barcelona. Es colaboradora habitual de El Asombrario, El Confidencial, Letras Libres, The Objective, Llanuras o Altair.