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Nicaragua: pucherazo a la vista

Las elecciones generales en Nicaragua se desarrollan en un clima de indiscutible violencia. Durante los últimos meses, esto es, a partir de la propia «apertura» del proceso electoral en octubre pasado, se han repetido los actos de intimidación, maltrato, encarcelamiento, y «desaparición» de numerosos miembros de la oposición democrática, especialmente en los departamentos del norte y del centro-sur, donde la resistencia al régimen dictatorial imperante es más vigorosa. Hasta la propia candidata oficial de la Unión Nicaragüense Opositora (UNO), Violeta Chamorro, ha recibido repetidas amenazas de muerte. Con ser esto grave, llama la atención que semejantes hechos se produzcan ante la indiferencia de los observadores internacionales, el más reputado de los cuales, el ex presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, no ha levantado su voz ante tanto atropello, siendo así que las denuncias son documentadas y concretas.

Como es obvio, este clima de persecución que, en sí mismo, descalifica la consulta del próximo día 25 de febrero, responde sustancialmente a la propia naturaleza del régimen marxista instalado en Nicaragua —donde el Frente Sandinista, el Ejército y el Gobierno son la misma cosa, aunque en sus causas políticas inmediatas obedece al fundado temor que tienen los falsos sandinistas (como se sabe, Sandino era un liberal y un patriota, no un comunista) de perder las elecciones. Este pánico se funda en el resultado de encuestas solventes realizadas por empresas de prestigio universal, como la reciente de Gallup, que otorga la victoria a la señora Chamorro por 11 puntos de ventaja.

España-Portugal: ¿Fin de hostilidades?

El gesto simbólico del Rey de España colocando una corona de flores en el monasterio de Batalha, símbolo del enfrentamiento hispano-luso y, también, de la independencia portuguesa, cierra definitivamente una herida. «Las relaciones entre España y Portugal son excelentes y el futuro es prometedor», dijo recientemente el presidente de la República portuguesa, Mario Soares, a un visitante español. Soares recordaba así la importancia política que tuvo la visita oficial de los Reyes de España a Portugal en mayo del año pasado y que sirvió, según el presidente, para «disipar todos los malentendidos que hubieran podido quedar tras muchos años de incomprensión».

Personalidades portuguesas reconocen que, si bien las relaciones económicas y políticas entre los dos países han entrado «en una fase de gran actividad y mejor entendimiento», no sucede lo mismo con las culturales, universitarias y tecnológicas, todavía varadas en la indiferencia o en la desconfianza. Las inversiones españolas en Portugal se han multiplicado por cinco en los últimos tres años y las exportaciones se han doblado en el mismo período. Pero la presencia cultural española en el país ibérico sigue siendo modesta y no parece que existan planes de intensificarla. Por el contrario, la cultura portuguesa comienza a abrirse camino en España. Muestra de ello es, por ejemplo, la «moda Pessoa» (exaltación de la obra del gran poeta portugués Fernando Pessoa, en su centenario), que hace meses invadió los cenáculos intelectuales de Madrid y Barcelona. O el éxito espectacular logrado por el novelista luso José Saramago, cuya obra —llegan a decir algunos portugueses— «es más conocida en Salamanca que en Coimbra».

Humor en Varsovia

En Varsovia circula el siguiente chiste referido al siempre temido vecino soviético: Un despistado ciudadano pregunta a un amigo, miembro del PCUS desde antes de «la perestroika», si era verdad que en la Plaza Roja regalaban automóviles «al personal». El interrogado contestó afirmativamente. «Pero -añadió- conviene hacer una matización menor: no es en Moscú, sino en Leningrado; no es, por tanto, en la Plaza Roja, sino en la Nevsky Prospekt; no son automóviles, sino bicicletas; y no las regalan…, las roban…».

Felipe González se equivocó de polaco

El lío de la grafía polaca ha debido ser el causante de que Felipe González haya dedicado cerca de dos horas -con lo caras que están en estos días de rodaje post-electoral- al primer secretario del Partido Obrero Unificado Polaco, Mieczysław Rakowski, un comunista en franco declive en Polonia que ha merecido las bendiciones de la Fundación Pablo Iglesias porque ha dicho que su partido se va a convertir a la socialdemocracia. El problema es que los auténticos socialdemócratas de Polonia militan en el movimiento «Solidaridad», que a Rakowski no le gusta nada, porque le obligó a negociar con un partido comunista hasta entonces caracterizado por el inmovilismo más cerril. Además, en Polonia a Rakowski le llaman «el hombre de la mala suerte: presidió un gobierno que dejó de ser gobierno, y un partido que dejó de ser partido».

El pueblo contra la democracia

Título: «El pueblo contra la democracia».
Autor: Guy Hermet.
Editorial: Instituto de Estudios Económicos, Madrid, 1989, 336 páginas.
Precio: 2.500 ptas.
Prólogo: de Francisco Murillo Ferrol


El profesor Guy Hermet es un hispanista prestigioso, con numerosas obras traducidas a nuestro idioma, entre las que muchos recordarán Los católicos en la España franquista, editada hace cuatro años. Pero, además de hispanista, el autor es un penetrante pensador político, buen conocedor del pasado y el presente de la forma de gobierno que se han ido dando las sociedades occidentales, y a la que otras sociedades aspiran «como se anhela el huidizo premio gordo de la lotería», es decir, la democracia, la cual, a despecho de las idealizaciones, «no es otra cosa que el nombre más reciente del poder de intensidad variable que los gobernantes y sus adláteres se han esforzado ininterrumpidamente en ejercer» (Pág. 321).

El pueblo contra la democracia (título provocativo donde los haya) es, en cierto modo, un vasto examen de conciencia de los comportamientos antidemocráticos a lo largo de la historia de este régimen. Francisco Murillo, que prologa el libro con unas páginas sugerentes, ha propuesto como título alternativo «Breviario de tiranías».

Es una iluminación desmitificadora de la democracia, escrita con el afán de encontrar una nueva sintonía entre la reflexión política y el comportamiento tibio y desganado de las sociedades occidentales en su participación política.

Este recuerdo de la historia negra de la democracia busca, en el fondo, nuevos apoyos intelectuales para ella. Apoyos más modestos, alejados de la deificación del sentimiento democrático, pero, tal vez, más sólidos. Puede ser verdad que la conclusión de este repaso crítico es que las sociedades occidentales han perdido la fe y el entusiasmo en el tabú democrático, pero quieren conservar la conveniencia del rito. Los símiles del juego, del comercio o del teatro ganan significación en esta nueva conciencia política que, según cree el autor, es propia de una sociedad más madura —también más vieja— que adquiere esta sabiduría en los esplendores del ocaso.

Este libro se presenta al lector español cuando en el Este de Europa se vive una verdadera conmoción política de sociedades que bullen por superar regímenes autoritarios y acceder a la democracia. No parece que la crítica y la desmitificación sean discursos procedentes entre las palabras encendidas de los conversos. Ni los polacos, ni los húngaros ni los alemanes del Este tendrán ahora oportunidad —ni tiempo— de leer este ensayo de Guy Hermet. Pero pasada la euforia, cuando la democracia sea un hecho —si lo es— y poco a poco aflore el desencanto como ha ocurrido entre nosotros, necesitarán también la ayuda de la reflexión crítica para atemperar los entusiasmos y cauterizar las frustraciones.

Memorias de la vida cotidiana

Título: «Mi vida al aire libre».
Autor: Miguel Delibes.
Editorial: Destino, Barcelona, 1989, 223 páginas.
Precio: 1.300 ptas.


El último libro del escritor vallisoletano Miguel Delibes tiene un argumento poco común: trata, simplemente, de la vida cotidiana. Mientras tantos autores se afanan en la creación de parajes inéditos tratando inútilmente en muchos casos de sorprender con mundos mágicos, Delibes se ocupa de contar lo que él hace y lo que pasa a su alrededor. Como además emplea un lenguaje justo y buen humor, el resultado es de una originalidad insólita.

En Mi vida al aire libre describe las prácticas y los gustos deportivos de un escritor de provincias, tan parecidos a los de cualquier mortal. Delibes, que era aficionado a nadar y a jugar al fútbol y luego se sintió tentado por el tenis, cuenta sus experiencias con tanta gracia y tanta naturalidad que el lector llega a sorprenderse de quedar prendido de unos sucesos tan comunes. El lector se entera de los esfuerzos personales por competir, de cómo puede nacer una afición entusiasta por la pesca y de los sacrificios que impone el deporte de la caza.

El capítulo dedicado al deporte de andar es un ejemplo de literatura detallista y, de paso —para muchos lo será principalmente— un breviario de una actividad que puede proporcionar inesperados goces al ejercitante. Delibes, andarín constante, es minucioso en la descripción del buen modo de caminar y hace méritos para constituirse en instructor de futuros deportistas sedentarios, a su imagen.

Así que el libro cumple un doble destino. Proporciona dicha intelectual porque es una pieza literaria de calidad e ilustra en el arte de practicar alguna actividad deportiva aunque no se tengan condiciones para ello. Es breve —Delibes cree que cada día debe ser más conciso ya que los medios audiovisuales no dejan mucho tiempo para leer y no es cosa de mortificar a quien se aventura a abrir un libro— y deja al lector con la gana de seguir, es decir, esperando un nuevo texto.

Lo mejor del libro, con todo, es la lección de que la vida que discurre a nuestro alrededor es tan fascinante o más que la aventura que el más imaginativo fabulador pueda concebir.

El sueño cubano

Entre 1959 y 1971 una parte importante de los intelectuales europeos vivió un extraño sueño dogmático, el de la «revolución cubana». Atraídos al principio por la aventura guerrillera de Sierra Maestra, fascinados posteriormente por la personalidad sin duda carismática de Fidel Castro, encantados por un socialismo tropical aparentemente libertario, escritores, artistas, profesores y profesionales de la izquierda europea encaminaron sus pasos a La Habana para beber en las fuentes primigenias de una revolución sin «estalines» ni «berias». Esta extraña aventura, que recuerda bastante a otra vivida en Europa y Estados Unidos a raíz de la revolución de 1917 en la Unión Soviética, generó una importante cantidad de textos, declaraciones, poemas, reportajes, entrevistas, lienzos y hasta composiciones dodecafónicas, donde se exalta el castrismo como nueva vía para el socialismo. A la cabeza de aquella peregrinación iban vestidos de guayabera Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y en rango disperso seguían personalidades tan diversas como Juan Goytisolo, Giorgio La Pira, Mikis Teodorakis, Claude Julien o Alberto Moravia.

En su gran mayoría ignorantes de las realidades latinoamericanas y mucho más de las cubanas, aquel puñado de influyentes personalidades permitió a Castro gozar de una excelente imagen internacional durante muchos años, pese a los disparates, brutalidades y crímenes que su régimen cometió desde su nacimiento. Por supuesto, España no es ninguna excepción y, aunque marginales, los antiguos «progres» de los sesenta intentan luchar contra el tiempo inclemente reivindicando la idolatría castrista. En algunos casos esta impúdica búsqueda de la perdida juventud se extiende a miembros eminentes del gobierno socialista.

Jeannine Verdés-Leroux, universitaria y escritora francesa, acaba de publicar un libro donde se estudia, sin ira y con pasión, el «sueño cubano de los intelectuales franceses». El texto se titula La lune et le caudillo (Gallimard. Paris 1989) en recuerdo de una histórica conversación entre Sartre y Castro en 1960. «Todos los hombres tienen derecho a todo cuanto pidan», dijo Castro. ¿Y si piden la luna?», preguntó el pequeño filósofo. «Si piden la luna es porque la necesitan…», concluyó el dictador.

La obra de la señora Verdés-Leroux -autora también de una monumental e imprescindible historia de las relaciones entre el partido comunista francés, los intelectuales y la cultura- se abre con varios capítulos de carácter histórico sobre Cuba. Historia ejemplar y un tanto cómica, la obra de Verdés-Leroux merecería ser traducida al castellano. O algo mejor: alguien debería escribir algún día, sin rencor ni temor, la historia del sueño cubano en España.


Título: «La lune et le caudillo.»
Autor: Jeannine Verdés-Leroux.
Editorial: Gallimard, París, 1989, 561 páginas.
Precio: 150 francos franceses.

Hayek o la economía de mercado

Cuando el año 1947 un grupo de economistas y científicos sociales se reunió en una estación turística de la montaña suiza para estudiar cómo se podrían volver a levantar los principios del liberalismo en una Europa devastada por la guerra e inclinada hacia el colectivismo, muy poca gente creyó que su empresa podría llegar a tener algún éxito. El organizador de aquel encuentro, que sería el origen de la Mont Pelerin Society, era un economista austriaco, transplantado a Inglaterra, donde se había opuesto a la estrella ascendente del keynesianismo. Su nombre era Friedrich A. Hayek.

Hoy, 40 años más tarde sabemos que las ideas de aquellos visionarios -Mises, Knight, Röpke, Popper, Friedman, Robbins, Stigler y algunos otros- han obtenido triunfos importantes. El mundo académico, tras haber ignorado su obra durante décadas, les ha otorgado sus máximos reconocimientos. Y lo que es más importante, mientras el socialismo se derrumba en los países en los que había alcanzado el poder, los principios del liberalismo y la economía de mercado son aceptados hasta por aquéllos que habían hecho bandera de su negación. A sus 90 años, el profesor Hayek puede estar satisfecho de lo conseguido.

En un mundo caracterizado por la especialización creciente, es hoy Hayek uno de los pocos científicos sociales que representan la vieja tradición universalista europea. Nacido en la Viena imperial en 1899, estudió en su universidad derecho y ciencias políticas. De sus simpatías socialistas juveniles pasó pronto, por influencia de sus maestros y sobre todo de L. von Mises, a defender la economía de mercado y los principios de la libertad, a los que ha dedicado todas sus energías durante más de 60 años.

Invitado en 1931 por Lionel Robbins, Hayek dictó en Londres un famoso ciclo de conferencias que le abrieron las puertas de la universidad inglesa. Ya catedrático en el país que era entonces el centro de la ciencia económica mundial, el profesor austriaco comenzó una larga polémica con John M. Keynes y sus discípulos. En ella se enfrentaron dos formas muy distintas de entender la teoría económica y se dilucidó la primacía de una de estas escuelas.

Hayek ha contado muchas veces la siguiente anécdota. Parece que, al morir Keynes en 1946, el profesor vienés dijo a su mujer: «Ahora yo soy el economista más famoso del mundo». Pero se equivocó totalmente. La desaparición de su rival no significó la de sus ideas. Sucedió todo lo contrario. La doctrina keynesiana fue santificada hasta convertirse en una ortodoxia dominante durante largo tiempo, lo que supuso, naturalmente, la marginación de quienes disentían de sus ideas. Al otorgarse a Hayek, en 1974, el premio Nobel -cuya concesión se intentó «suavizar» cara a la opinión pública, haciéndole compartirlo con un socialista convencido como Gunnar Myrdal- se cerraba un largo periodo de olvido oficial de su obra.

No ha sido, sin embargo, la economía su única preocupación intelectual

A partir de 1940, sus investigaciones se orientaron hacia el estudio de las instituciones sociales, el derecho y la organización política. Camino de servidumbre, un gran éxito editorial, fue la primera de una serie de obras dedicadas al análisis de los principios que deben inspirar el desarrollo de una sociedad libre. Su último libro, La presunción fatal, publicado el año pasado, culmina y resume el trabajo de casi medio siglo.

El subtítulo de esta obra, Los errores del socialismo

Define muy bien lo que Hayek ha intentado explicar a lo largo de todo este tiempo: su idea de que el socialismo es un error intelectual. Este error consiste, en su opinión, en que los partidarios de un sistema socialista suponen que el Estado puede realizar con eficiencia muchas funciones para las que no está realmente capacitado, por ser imposible manejar, en forma centralizada, la complejísima información que la gestión de una economía moderna exigiría utilizar. Sólo el mercado -piensa el profesor austriaco- cumple adecuadamente la misión de coordinar a cuantos participan, como oferentes o demandantes, en la vida económica. El exceso de orgullo del racionalismo constructivista lleva a la sociedad a su perdición.

Ya muy anciano, retirado en su casa de Friburgo, Friedrich A. Hayek lanza así al mundo una llamada a la humildad, dirigida sobre todo a quienes, con mejor voluntad que comprensión de la realidad, siguen reclamando la intervención del Estado en la vida económica. Hace algún tiempo se acusaba, a menudo, a nuestro autor de pensar como un hombre del siglo XIX. Hoy, sin embargo, es Keynes quien nos parece una gran figura de un pasado ya desaparecido.