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Hayek o la economía de mercado

Cuando el año 1947 un grupo de economistas y científicos sociales se reunió en una estación turística de la montaña suiza para estudiar cómo se podrían volver a levantar los principios del liberalismo en una Europa devastada por la guerra e inclinada hacia el colectivismo, muy poca gente creyó que su empresa podría llegar a tener algún éxito. El organizador de aquel encuentro, que sería el origen de la Mont Pelerin Society, era un economista austriaco, transplantado a Inglaterra, donde se había opuesto a la estrella ascendente del keynesianismo. Su nombre era Friedrich A. Hayek.

Hoy, 40 años más tarde sabemos que las ideas de aquellos visionarios -Mises, Knight, Röpke, Popper, Friedman, Robbins, Stigler y algunos otros- han obtenido triunfos importantes. El mundo académico, tras haber ignorado su obra durante décadas, les ha otorgado sus máximos reconocimientos. Y lo que es más importante, mientras el socialismo se derrumba en los países en los que había alcanzado el poder, los principios del liberalismo y la economía de mercado son aceptados hasta por aquéllos que habían hecho bandera de su negación. A sus 90 años, el profesor Hayek puede estar satisfecho de lo conseguido.

En un mundo caracterizado por la especialización creciente, es hoy Hayek uno de los pocos científicos sociales que representan la vieja tradición universalista europea. Nacido en la Viena imperial en 1899, estudió en su universidad derecho y ciencias políticas. De sus simpatías socialistas juveniles pasó pronto, por influencia de sus maestros y sobre todo de L. von Mises, a defender la economía de mercado y los principios de la libertad, a los que ha dedicado todas sus energías durante más de 60 años.

Invitado en 1931 por Lionel Robbins, Hayek dictó en Londres un famoso ciclo de conferencias que le abrieron las puertas de la universidad inglesa. Ya catedrático en el país que era entonces el centro de la ciencia económica mundial, el profesor austriaco comenzó una larga polémica con John M. Keynes y sus discípulos. En ella se enfrentaron dos formas muy distintas de entender la teoría económica y se dilucidó la primacía de una de estas escuelas.

Hayek ha contado muchas veces la siguiente anécdota. Parece que, al morir Keynes en 1946, el profesor vienés dijo a su mujer: «Ahora yo soy el economista más famoso del mundo». Pero se equivocó totalmente. La desaparición de su rival no significó la de sus ideas. Sucedió todo lo contrario. La doctrina keynesiana fue santificada hasta convertirse en una ortodoxia dominante durante largo tiempo, lo que supuso, naturalmente, la marginación de quienes disentían de sus ideas. Al otorgarse a Hayek, en 1974, el premio Nobel -cuya concesión se intentó «suavizar» cara a la opinión pública, haciéndole compartirlo con un socialista convencido como Gunnar Myrdal- se cerraba un largo periodo de olvido oficial de su obra.

No ha sido, sin embargo, la economía su única preocupación intelectual

A partir de 1940, sus investigaciones se orientaron hacia el estudio de las instituciones sociales, el derecho y la organización política. Camino de servidumbre, un gran éxito editorial, fue la primera de una serie de obras dedicadas al análisis de los principios que deben inspirar el desarrollo de una sociedad libre. Su último libro, La presunción fatal, publicado el año pasado, culmina y resume el trabajo de casi medio siglo.

El subtítulo de esta obra, Los errores del socialismo

Define muy bien lo que Hayek ha intentado explicar a lo largo de todo este tiempo: su idea de que el socialismo es un error intelectual. Este error consiste, en su opinión, en que los partidarios de un sistema socialista suponen que el Estado puede realizar con eficiencia muchas funciones para las que no está realmente capacitado, por ser imposible manejar, en forma centralizada, la complejísima información que la gestión de una economía moderna exigiría utilizar. Sólo el mercado -piensa el profesor austriaco- cumple adecuadamente la misión de coordinar a cuantos participan, como oferentes o demandantes, en la vida económica. El exceso de orgullo del racionalismo constructivista lleva a la sociedad a su perdición.

Ya muy anciano, retirado en su casa de Friburgo, Friedrich A. Hayek lanza así al mundo una llamada a la humildad, dirigida sobre todo a quienes, con mejor voluntad que comprensión de la realidad, siguen reclamando la intervención del Estado en la vida económica. Hace algún tiempo se acusaba, a menudo, a nuestro autor de pensar como un hombre del siglo XIX. Hoy, sin embargo, es Keynes quien nos parece una gran figura de un pasado ya desaparecido.

La URSS y America Latina. Una relación en vías de desarrollo

Los últimos 30 años han presenciado una lenta pero sostenida expansión de los intereses, presencia y en cierto modo también influencia de la Unión Soviética en América Latina. Desde los años 70 ha sido en Centroamérica y en la Cuenca del Caribe donde los acontecimientos han alimentado una intensa controversia y debate acerca de este proceso, pero tal como indican las aperturas diplomáticas y comerciales de la URSS con respecto a países tales como Argentina, Brasil y México, la amplitud y profundidad de estas iniciativas se han extendido a lo largo de todo el continente.

Es preciso notar que a la hora de elaborar su estrategia, calibrar el énfasis en el uso de distintos instrumentos, y elegir sus tácticas en América Latina, la Unión Soviética ha distinguido con bastante precisión entre distintas áreas y sub-regiones. En un extremo se ubica su estrecha relación con Cuba, país situado en una zona de importancia estratégica para su rival estadounidense, y cuyo líder siempre ha mantenido unas ambiciones de protagonismo, ya no continental sino global. Después de un período de fuertes tensiones durante los años 60, las relaciones soviético-cubanas se consolidaron entre 1970 y 1985, aumentando la convergencia entre sus políticas y convirtiéndose la isla en pleno miembro del bloque a través de su colaboración militar y participación en los esquemas del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME). Esta integración le permitió a Fidel Castro reclamar también una relación especial de seguridad con la Unión Soviética, recibir asistencia económica y subsidios masivos, y obtener un reconocimiento especial por sus actividades «internacionalistas» en África y el Cercano Oriente. Por otra parte, el proceso de acercamiento soviético-cubano durante este período también redujo el espacio de maniobra política de Cuba y pavimentó el camino para el ejercicio de una más activa influencia por parte de la URSS en las decisiones económicas cubanas y en aquellas relacionadas con su política exterior. Siendo innegable que la economía cubana está en casi permanente crisis y que no puede sobrevivir sin la masiva infusión de ayuda soviética, tampoco es sorprendente que Cuba se haya visto obligada a aceptar dentro del CAME un papel relegado de productor agrícola y exportador de bienes primarios, en particular de azúcar y níquel. La crónica incapacidad económica cubana a su vez ha afectado la política exterior de este país con respecto a Latinoamérica, contribuyendo a su mayor moderación en los años 80 y dándole impulso al esfuerzo de reestablecer relaciones diplomáticas y comerciales con un conjunto de países, cuyos líderes y gobiernos eran hasta hace poco vituperados.

Consciente del alto costo económico que le representa su apoyo a Cuba y deseosa de librarse de por lo menos una parte de esa carga, en los últimos años la URSS ha alentado a Fidel Castro a que adopte no solamente una línea más conciliadora de cara a Latinoamérica sino a que busque una cierta normalización de las relaciones con EE.UU., con objeto de paliar algunos de sus más acuciantes problemas económicos. Por otra parte, este último imperativo choca con la necesidad que tiene el régimen cubano de alentar el antiamericanismo para legitimarse y, a la vez, mantener la constante movilización política que ha servido como una pieza fundamental del proceso de «rectificación» durante los años 80. No obstante estas contradicciones y dentro de los límites impuestos por la tensión en el Caribe y Centroamérica, sí es cierto que el Gobierno cubano ha buscado en la última década una normalización -siempre «controlada» y ésa fue la lección del éxodo del Mariel en 1979- de sus relaciones con los Estados Unidos. Dentro de este esquema, pero también representando un claro esfuerzo por parte del Gobierno cubano de salir airoso ante cualquier posible información incriminatoria con respecto al narcotráfico que pudiera surgir de varios procesos judiciales en EE. UU. que ya estaban en curso, se ubica el proceso contra el general Arnaldo Ochoa y varios otros ex altos cargos del Gobierno y las Fuerzas Armadas cubanas por participación en el mismo narcotráfico. Fidel Castro ha pagado un alto precio político con estos procesos ya que, al margen de evidentes corrupciones, parece existir un claro ajuste de cuentas políticas, relacionadas a su vez con la ya vislumbrada era postcastrista.

No se puede dudar que la relación mantenida por la URSS con Cuba es muy distinta a la que ha tenido y tiene con cualquier otro país latinoamericano. En el caso de Nicaragua, país cuyos gobernantes sandinistas han recibido apoyos económicos y provisión de material bélico, que solamente en 1988 ascendieron a más de 500 millones de dólares, la URSS se ha cuidado de no buscarse un nuevo cliente, mostrándose reacio tanto a cualquier compromiso estratégico-militar como sería la firma de un tratado de amistad o defensa y negándose, a pesar de insistentes esfuerzos por parte de Managua, a la incorporación de Nicaragua en el CAME.

Desenlace de la crisis nicaragüense

Habiendo superado el desafío político y militar presentado por la administración Reagan, los sandinistas en Nicaragua se encuentran ante una importante disyuntiva, ya que tienen que darle respuesta a los problemas de una economía que se desmorona rápidamente y sufre tasas de inflación que superan los 20.000 por 100 al año. Es posible que la resolución de la crisis nicaragüense, a su vez ligada a negociaciones que llevan las dos superpotencias con respecto a varios conflictos regionales, vea su desenlace definitivo después de las elecciones de febrero de 1990.

Otro elemento clave de la política soviética hacia América Latina ha sido el intento de extender las relaciones diplomáticas y económicas inter-estatales con los países del hemisferio que tienen un cierto nivel de desarrollo capitalista y posibilidades comerciales tales como Argentina, Brasil, México, Venezuela y (en su momento) Perú. Estos son países cuyas estructuras políticas han demostrado ser relativamente estables, y en donde las posibilidades de evolución o revolución política se ven condicionados por la fragmentación y debilidad organizativa de la izquierda y por su endeble penetración en la sociedad. Estos países son o pueden ser «regional influentials»: es decir sus recursos y ambiciones regionales y subregionales pueden alimentar potenciales disputas con los EE. UU. y, además, sus opciones en política exterior podrían repercutir e impulsar parecidas iniciativas en países cercanos como serían, por ejemplo, Bolivia, Ecuador y Uruguay.

Una manifestación de esta voluntad de cambio ha sido la elaboración de una política exterior más dinámica y, en cierto modo, más impredecible. Su característica fundamental ha sido la primacía acordada a la modernización y al desarrollo económico de la URSS.

La expansión de las relaciones económicas con esos países más grandes ha ocupado un lugar prominente en la agenda soviética durante los años 80. Hasta el día de hoy, sin embargo, los intercambios no han estado a la altura de las expectativas o esperanzas, y la Unión Soviética ha tenido que soportar grandes déficits comerciales a fin de mantener una todavía endeble presencia económica. En una nota más positiva, ha sido con este tipo de países que el comercio soviético con América Latina -que de 1960 a 1987 creció de 60 millones a 2.500 millones de rublos- se ha concentrado y en caso de ciertos artículos y bienes hasta se ha ampliado.

Novoe myshlenie

Los actuales procesos que vive la URSS bajo Mijail Gorbachov pueden llevar a Moscú a profundizar sus lazos con América Latina. El alcance final de los cambios que se dan dentro de la URSS y sus implicaciones mundiales es todavía materia de debate y conjeturas. Algunos auguran, veremos si con razón, que la oposición interna finalmente de alguna manera acabará con Gorbachov. Sin embargo, a pesar de estas incertidumbres, existen pocas dudas de que el líder soviético, que asumió la Secretaría General en marzo de 1985, está dispuesto a modificar mucho de lo que hemos conocido como consustancial del comunismo soviético en las últimas siete décadas. Una manifestación de esta voluntad de cambio ha sido la elaboración de una política exterior más dinámica y, en cierto modo, más impredecible. Su característica fundamental ha sido la primacía acordada a la modernización y al desarrollo económico de la URSS. Ya en su momento Yuri Andropov (secretario general del PCUS entre 1982-84) se había referido abiertamente a las necesidades del desarrollo interno y a las limitaciones con que se enfrentaba la URSS para proveer ayuda para sus aliados y clientes. Pero sólo bajo Gorbachov ha sido el balance planteado sin ambigüedades («Los años de estancamiento (de la era Brezhnev) llevaron al país al borde de una crisis económica» declaraban las Tesis presentadas a la XIX Conferencia del PCUS en junio de 1988), (1), y la urgencia de reformas económicas ha sido claramente asociada a la necesidad de un enfoque de política exterior basado en «un tipo de relaciones internacionales sustancialmente diferentes». (2).

El novoe myshlenie (nuevo pensamiento) soviético en materia de política exterior tiene varios fundamentos. En lo económico implica un abandono de la autarquía, la modificación del esquema hasta ahora imperante de la autonomía y capacidad económica del modelo estado-nación, y la adopción como meta de una integración controlada por él al sistema económico internacional. El claro objetivo es modernizar el país a través de una infusión de capital y tecnología occidental, mientras se implementa simultáneamente una reorganización interna que disminuya el rol de la industria pesada y que propicie un cambio en el sistema de producción agrícola para que éste sea más eficiente y pueda cubrir las necesidades de la población. Estas medidas deberían traducirse en una mayor participación soviética (y de los países del CAME) en el comercio internacional (3). En este esquema las exportaciones de materia prima y de productos energéticos debiera presumiblemente formar el eje del comercio soviético con los países más desarrollados de Occidente (estos últimos deberían proveer, a su vez, créditos para el desarrollo y la modernización en la URSS y Europa Oriental), mientras que su intercambio con los países en desarrollo se centraría en la venta de maquinaria y equipos industriales.

Estrechamente ligado a este imperativo económico se encuentra un esfuerzo por rediseñar la estrategia política soviética a nivel global, lo cual implica a su vez una nueva orientación tanto hacia los EE. UU. y otros países industriales como también hacia el Tercer Mundo. El «nuevo estilo» de la política exterior soviética sería el de buscar un diálogo franco y productivo con Occidente a través del cual podría establecerse «un mínimo de confianza… entre representantes de sistemas sociales opuestos» y una «renuncia a la ideologización de las relaciones interestatales» (4). Parte importante de este esfuerzo, tal como se anunció en el Programa del PCUS en 1986, es el establecimiento de «relaciones normales y estables» con los Estados Unidos, las cuales podrían llevar a una «cooperación fructífera y mutuamente beneficiosa en varios campos».

«Medios políticos»

Una cara de la moneda entonces es el deseo de un mayor acomodamiento político y económico, lo cual representaría no solamente un reconocimiento, sino una voluntad clara de acomodación e integración al actual sistema internacional. Como han señalado ya varios autores, esta línea política tiene antecedentes históricos en la URSS, inspirándose hasta cierto punto tanto en las formulaciones khruschevianas y del XX Congreso del PCUS (1956) sobre la coexistencia pacífica como en su abandono de la tesis leninista, según la cual la expansión imperialista tenía que acabar en guerras entre los integrantes de ese campo. Pero ello no significa que haya desaparecido la perspectiva competitiva de las relaciones de la URSS con los EE. UU. y otros países occidentales. Como representantes principales de «valores de clase» (5) opuestos, la URSS y los EE. UU. no pueden librarse de una relación entre adversarios, cada cual rivalizando por obtener una posición más ventajosa en el escenario internacional. Sin embargo, en la era contemporánea, caracterizada por la paridad estratégica y por la emergencia de otros «centros de poder» capitalistas, tales conflictos (y otros también, claro está) pueden canalizarse a través de «medios políticos». Esta actitud a su vez está fundamentada en una visión que le otorga al concepto «seguridad» unas connotaciones más (o, por lo menos, tanto) políticas y económicas que estratégico-militares. Esto quizá no es noticia en Occidente, pero está claro que la perspectiva gorbachoviana es revolucionaria dentro del marco soviético-comunista.

En relación a estos puntos surge otro aspecto del novoe myshlenie soviético con el acento puesto en el carácter interdependiente del sistema internacional. Los dirigentes de la URSS siempre han reconocido e intentado aprovecharse de las rivalidades «intercapitalistas» e «interimperialistas». Basta referirse a la política soviética en Europa a partir de los años 20 y 30 para ilustrar este punto. Pero un aspecto novedoso del novoe myshlenie es el alejamiento consciente de una «estrategia de asalto» leninista, la cual estaba dirigida directamente contra los EE. UU. y tenía como propósito abrir brechas en la estrategia norteamericana de «contención». Ella fue puesta a prueba primero en Europa Occidental y posteriormente en el Tercer Mundo. El novoe myshlenie tiene características gramscianas, ya que incorpora a la estrategia soviética una importante dimensión político-cultural y está basada en un esquema que rechaza el ensimismamiento en el ghetto político e insiste en la necesidad de desarrollar una «presencia» activa a todos los niveles de la sociedad internacional. Por una parte, entonces, esta nueva estrategia busca la fórmula para salir del subdesarrollo económico. Por la otra, de no permitir que los EE. UU. y Occidente mantengan esa ventaja a nivel de discurso político-ideológico que les ha permitido durante todo el siglo XX arremeter contra la URSS y el bloque socialista por sus violaciones de derechos humanos, políticos y cívicos. Al fin y al cabo, la empresa gorbachoviana implica una renovación política interna -tal como la estamos viendo- cuyo objetivo es nada menos que relegitimar al PCUS ante el pueblo soviético y la sociedad internacional.

El éxito de este empeño no está en absoluto garantizado, y no solamente por oposición del aparato y otros sectores conservadores en la URSS. Hay que preguntar hasta qué punto se puede avanzar hacia la democracia y la consolidación de instituciones democráticas sin garantías muy claras respecto a la propiedad privada, ya que ésta no solamente permite un desarrollo económico y la creación de riqueza sino que también le proporciona al ciudadano un margen de autodefensa contra el Estado y los intereses colectivos.

Pero la cuestión no acaba en esto, porque la estrategia de Gorbachov tiene como objetivo nada menos que reelaborar el tablero de ajedrez internacional, aprovechándose de las múltiples dimensiones que existen en él y llevando a cabo una política mucho más activa y dinámica. Lo cual quiere decir que, mientras a un nivel se normalizan las relaciones entre Estados, también la URSS busca y buscará la manera de sacarle jugo a la competencia entre «los principales centros del capitalismo contemporáneo (6) (los EE. UU., Europa Occidental y Japón), incluyendo los «nuevos centros de rivalidad política y económica que (han emergido) especialmente en la Cuenca del Pacífico y en América Latina» (7). La clave de todo este esfuerzo es lograr una identificación de la política de la URSS con esos nuevos temas que están surgiendo al consolidarse ese nuevo mundo interdependiente (especie de «global village») que está más allá de la nación estado, el cual ha servido de base para la organización internacional durante los últimos siglos. Al ponerle renovado énfasis en los llamados temas globales que conciernan a la humanidad en su conjunto, al renunciar al uso de la fuerza, y al participar activamente en foros internacionales como las Naciones Unidas dentro de las cuales pudiesen generarse nuevas mayorías en torno a propuestas sobre desmilitarización o el medio ambiente (por tomar solamente dos ejemplos) esperan Gorbachov y otros en la dirección del PCUS darle la vuelta al aislamiento internacional de su país y abrir nuevas posibilidades de acción y presencia global a la URSS.

La URSS no solamente ha entablado discusiones con los Estados Unidos acerca de varios conflictos regionales (Afganistán, Africa del Sur y Centroamérica), sino que ha instado a sus aliados para que emprendan reformas económicas y políticas.

El novoe myshlenie también ha implicado una revaluación de la visión soviética del Tercer Mundo. La preocupación respecto al drenaje de recursos que le significan a la URSS sus clientes y aliados en el mundo en desarrollo (especialmente en el contexto de una economía propia que está en deterioro) fue puesto ya de manifiesto durante el breve período cuando Yuri Andropov fue secretario general del PCUS. Andropov se expresó casi con sarcasmo al referirse a aquellos países y movimientos del Tercer Mundo que pedían ayuda a la URSS: «Una cosa es proclamar el socialismo como objetivo y otra muy distinta es construirlo». Esta racionalidad se ha hecho aún más palpable bajo Gorbachov. El Programa del PCUS (1986) advirtió a los países del Tercer Mundo «orientados hacia el socialismo» que ellos deben de construir una nueva sociedad «principalmente por intermedio de (sus) propios esfuerzos, limitándose la Unión Soviética a ayudar en la medida de sus fuerzas» (8).

Para la URSS no es una cuestión solamente de transferencias directas de recursos, sino que su activismo militar-estratégico en el Tercer Mundo había sido utilizado por el Gobierno y las élites norteamericanas para frenar la distensión y, por consiguiente, impedir un mayor comercio con Occidente que pudiera permitir el desarrollo de la URSS.

Escepticismo en torno a las perspectivas respecto de un cambio revolucionario, preocupación en relación a la reducción del comercio soviético con los países subdesarrollados, una evaluación más realista de los costos económicos y políticos que tales iniciativas llevan consigo, una menor confianza en los instrumentos militares y una mayor sofisticación en sus esfuerzos por convertirse en un «poder relevante» en las zonas de conflicto regional (9) son los fundamentos de la nueva política de Gorbachov hacia el Tercer Mundo. Una arena para las iniciativas que creo cobrará mayor importancia en los años venideros- ha sido provista por los países capitalistas económica y geopolíticamente más importantes del Tercer Mundo (Argentina, Brasil, India, Irán, México y Arabia Saudita), con quienes la Unión Soviética desea ampliar el comercio y profundizar sus relaciones políticas (10).

Clientes y aliados ya establecidos no han sido dejados de lado, pero, en lo que refleja un cambio estratégico importante, la URSS no solamente ha entablado discusiones con los EE. UU. acerca de varios conflictos regionales (Afganistán, Africa del Sur y Centroamérica) sino que ha instado a sus aliados -no siempre con éxito ya que la correa de transmisión no funciona como antes- para que emprendan reformas económicas y políticas.

Retos para la política exterior soviética en América Latina

¿Cuáles son las implicaciones del novoe myshlenie con respecto a las futuras relaciones soviéticas con América Latina? La respuesta a este interrogatorio se plantea a dos niveles. El primero insistiría que siempre habrá innovación dentro de un marco más bien amplio de continuidad en la política soviética, por una parte porque la región siempre tendrá relativamente menos relevancia para la URSS que otras partes del mundo, como serían Europa y el Cercano Oriente, y por otra porque esos posibles y futuros elementos de cambio ya tienen algunos claros antecedentes en la política elaborada por la URSS con respecto a los países más desarrollados e importantes de la región.

Con respecto a los cambios operados por Gorbachov hasta el momento en política exterior, podríamos decir que la temática latinoamericana no ha asumido especial relieve. Por ejemplo, con respecto a Cuba y más concretamente con Fidel Castro hay claras diferencias sobre la perestroika, y existen pocas dudas que éstas se harán más notorias en los años venideros, no solamente por motivos políticos, sino porque con toda probabilidad se recortarán de manera importante la ayuda económica y los subsidios soviéticos (hay indicios de que estos recortes han llegado al 20 por 100 en 1989). Por otra parte, si miramos a la política soviética con respecto a Nicaragua desde 1985, encontramos un alto grado de continuidad, manteniéndose no solamente los niveles de ayuda económica sino también empleándose subrogados (como Cuba o Alemania Oriental antes de los últimos cambios) para el entrenamiento y aprovisionamiento de las fuerzas armadas y de seguridad. Mirando hacia América del Sur, vemos que en este período (1985-89) también la URSS ha desplegado una gran actividad diplomática, intercambiándose visitas de cancilleres y recibiéndose a varios presidentes en Moscú, pero aparte de las bonitas frases y elogios mutuos, los resultados, tanto en ampliadas relaciones económicas como en lo político, han sido más bien pobres y limitados.

No es sorprendente -dadas las imperiosas necesidades económicas internas, los problemas planteados por la efervescencia en Europa Oriental y por los nacionalismos étnicos en la URSS, tanto como la importancia otorgada a los grandes temas de la reducción de fuerzas en Europa y las relaciones con Estados Unidos- que no haya habido hasta ahora grandes cambios o iniciativas con respecto a América Latina. A su vez, está claro que el futuro del novoe myshlenie en el Hemisferio Occidental está íntimamente ligado a las respuestas que Gorbachov y su equipo puedan darle a varios retos ligados a la realidad latinoamericana.

Cuba

El primer reto está planteado por el caso Cuba y el dilema que se presenta al modificarse la estrategia soviética hacia el Tercer Mundo. El abandono por parte de la URSS del activismo político-militar en las zonas de conflictos regionales y la búsqueda de una distensión más profunda con EE.UU. y Occidente (la URSS, según un planteamiento de Gorbachov, «estaría dispuesta a asumir compromisos a nivel de iguales», (11), tendrá importantes implicaciones para Cuba. Fidel Castro, quien ha hecho del «internacionalismo» una causa casi religiosa y una verdadera raison d’être para su régimen, se encuentra con una dramáticamente restringida capacidad de acción en el cuadro internacional. Ya se nota esta tendencia en un plano metapolítico. Ante los planteamientos de la perestroika, Castro está a la defensiva. Se ha convertido en defensor de una ortodoxia de corte estalinista cada día más anquilosada e irreal. En América Latina, entre los intelectuales y la izquierda no leninista, está claro que, como dirían los anglosajones, «the bloom is off the rose». La crisis de la deuda externa pudo parecer en un momento que le daría un aliento nuevo, pero resulta que, aún en caso de que se pudiera crear un bloque de países deudores (cosa, por otra parte, bastante difícil e improbable), Cuba no está precisamente en buenas condiciones para dirigir esa lucha. Ella misma ha aceptado la disciplina del Grupo de París, y su propio endeudamiento con la URSS -los préstamos han llegado a 16.000 millones de dólares- es impresionante. Dada la actual situación económica de la Unión Soviética, no se puede suponer que perdone la deuda y siga cargando con el peso de una ayuda cuyo componente económico asciende a más de 5.000 millones de dólares por año. Aun teniendo los recursos, sería más bien improbable que la URSS mantuviera esos niveles de ayuda, ya que la política económica castrista va en una línea completamente opuesta a la liberalizadora de Gorbachov. En el plano político, los esfuerzos de Gorbachov por relegitimar al PCUS, darle voz a la sociedad civil soviética y democratizar la vida en la URSS también van en dirección contraria al radicalismo purificador y mesiánico impuesto por Castro con especial énfasis en esta década, (12). Hay otro problema que le plantea sin duda dificultades a la URSS en sus relaciones con Cuba. Se vislumbra ya la era post-castrista, y los líderes soviéticos, preocupados quizá por una crisis sucesoria y el mismo futuro del sistema socialista en Cuba, tendrán que optar entre el Escila de la inacción y el Caribdis de tomar partido.

Argentina, Brasil y México

El segundo reto para el novoe myshlenie soviético en relación a América Latina está planteado por Nicaragua y el modelo que este país ofrece a otros que desearían embarcarse en una transición hacia ese socialismo estatalizado que impera en el bloque soviético. Los análisis y previsiones soviéticos con respecto a Nicaragua y el resto de Centroamérica han cambiado en los últimos años, ya no exhalan la euforia del primer período. Pero no obstante una mayor cautela y alguna ambigüedad con respecto al proceso nicaragüense (13), el apoyo de la URSS al FSLN se ha mantenido y se ha felicitado a este partido por haber creado «un poder popular revolucionario democrático» (14).

Desde los años 70, al tratar con movimientos y partidos radicales del Tercer Mundo, la URSS ha insistido en que la creación de partidos de «vanguardia» es el sine qua non para el desarrollo de los lazos orgánicos, y dentro de este concepto ha habido amplios contactos e intercambios entre el FSLN y PCUS. Al mismo tiempo, la URSS insta a los sandinistas a mantener un equilibrio difícil ya que, por una parte, se admitiría la realidad inevitable de condicionantes económicos y políticos externos, mientras que, por otra, se pediría al FSLN que demuestre su capacidad como «vanguardia» al saber mantener la hegemonía política durante un largo periodo de transición. Es evidente que si tales consejos encajan bien con los imperativos del novoe myshlenie, por pura lógica serán más difíciles de implementar en caso de que la situación empeore, bien porque la crisis se agudice en los países de la zona, o porque Cuba no recorte los suministros de ayuda a los movimientos guerrilleros en Centroamérica.

El tercer reto que enfrenta la URSS con respecto a América Latina está relacionado con el intento de ampliar y profundizar las relaciones con los países de mayor peso económico y político. Tales esfuerzos son consecuentes, y hay claros signos de que se multiplicarán bajo el novoe myshlenie. Por su parte, muchas elites y gobiernos latinoamericanos ven la ampliación de tales contactos como algo altamente positivo, ya que aumentan su margen de maniobra, tanto a escala interna como en el exterior. Se puede ver en las más recientes iniciativas soviéticas un esfuerzo por buscar el apoyo de países tales como Argentina, Brasil y México sobre temas de perspectiva más bien global y en cierto modo desligados de una perspectiva abiertamente clasista, como serían las reducciones armamentísticas o la desnuclearización del Caribe y del Atlántico Sur (15). En este sentido, el conflicto angloargentino en torno a las islas Malvinas/Falklands y la relación siempre difícil, y algunas veces abiertamente competitiva, entre los EE. UU. y la Argentina han alentado a los analistas y políticos soviéticos para que vean paralelismos entre las posibilidades para las relaciones de la URSS con este país latinoamericano y lo que ha sido su afortunada política con respecto a la India.

Reorganización de la burocracia

Oportunidades económicas -posibles mercados para bienes manufacturados, acceso a cereales y carne, amplios recursos minerales y la oportunidad de adquirir tecnología occidental- también atraen a la URSS hacia América Latina. Pero la cuestión está en cómo realizar este potencial. La reorganización de la burocracia para el comercio exterior y el hecho de que algunas empresas estatales hayan recibido permisos para exportar directamente ayudarán a este respecto, pero aún falta mucho por hacer. Al buscar oportunidades para ampliar sus exportaciones, la URSS tiene que superar no sólo la pobre reputación (merecida o no) de sus productos y la falta de divisas provocadas por la deuda externa, sino también la concurrencia de potencias industriales como el Japón y la República Federal de Alemania (RFA), cuya atención está volcada hacia los más importantes países latinoamericanos y cuyos productos (y tecnología) son altamente valorados por éstos. Altos costes de transporte y la actual imposibilidad para que la Unión Soviética concurra ante proyectos financiados por el Banco Mundial constriñen aún más sus posibilidades. El uso imaginativo de arreglos counter-trade, de empresas mixtas (donde el equipamiento soviético se paga solamente al generarse ventas por la fábrica), y de acuerdos trilaterales (como han sido los acuerdos suscritos con Brasil para proyectos hidroeléctricos en Angola, Etiopía y Perú), pueden contribuir a la solución de estos problemas, pero aun así los obstáculos que pueden impedir una expansión de las relaciones comerciales no deben subestimarse.

El último reto para la URSS y el novoe myshlenie en América Latina surge de la estrategia de frente unido adoptada por los partidos comunistas en esta década. Iniciativas conjuntas entre comunistas y movimientos de izquierda radical, los cuales terminarían en frentes político-militares o en coaliciones electorales, se vieron por primera vez en Centroamérica durante los años 70. De ahí, el ejemplo se extendió a Chile -donde el PCCh, el MIR y el sector almeydista del PSCh colaboraron primero en las acciones armadas protagonizadas por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y, más recientemente, en la coalición más estrictamente política Izquierda Unida- y llegó más tarde a Argentina, Perú, Uruguay y México, entre otros. Comparados con los pobres resultados electorales de una izquierda fragmentada, los resultados de los varios experimentos de frente unido han sido impresionantes. Sin embargo, un repaso más cuidadoso revela que, donde han surgido tales frentes, la situación es sumamente compleja y altamente contradictoria. También es posible que la actividad de tales frentes desemboque en situaciones explosivas que involucren directamente a unos partidos comunistas que, por los propios cambios habidos en la URSS, ya no pueden ser dirigidos con tanta facilidad como antes. Una tal radicalización supondría un reto de primera importancia a la política acomodacionista de Gorbachov y le daría gran actualidad a una pregunta ya planteada en 1988 por el entonces secretario de Relaciones Internacionales del PCUS Anatoly Dobrynin: «¿Cómo pueden medidas retaliatorias y completamente justificables, que incluyen acciones armadas por fuerzas revolucionarias, mantenerse dentro de los ámbitos nacionales? ¿Qué se puede hacer para impedir que se convierta en un nuevo foco de tensión internacional?» (16). Ahí está el nudo de la cuestión para el novoe myshlenie.

NOTAS

  1. Pravda (Moscú), 27 de mayo de 1988.
  2. Discurso de Gorbachov ante el Comité Central en febrero de 1988, publicado en Pravda, 19 de febrero de 1988 y traducido en el Current Digest of the Soviet Press, vol. XL, no. 7, (1988), p. 10.
  3. O. Bogomolov, «El Mundo Socialista en el Camino de la Perestroika», Kommunist (Moscú), no. 17 (noviembre de 1987), pp. 92-102.
  4. Pravda, 19 de febrero de 1988.
  5. Pravda, 27 de mayo de 1988.
  6. Informe de Mijail Gorbachov al XXVII Congreso del PCUS en Pravda, 26 de febrero de 1988. Una elaboración de estos argumentos puede encontrarse en los escritos de Aleksandr Yakovlev, Evgenii Primakov y Karen Brutents. Con respecto a ellos, véanse los capítulos de David Albright y Elizabeth Valkenier en Eusebio Mujal-León (ed.), The USSR and Latin American -A Developing Relationship (Boston: Unwin and Hyman, 1989). Entre los numerosos artículos soviéticos que tratan este tema y el novoe myshlenie más en particular, referirse a A. Yakovlev, «Las Contradicciones Interimperialistas -El Contexto Moderno, «Kommunist, no. 17, noviembre de 1986, pp. 3-18; E. Primakov, «El Análisis Leninista sobre el Imperialismo», ibid., no. 9 (1986), pp. 102-114; E. Primakov, V. Martynov y G. Diligensky, «Algunos Problemas de la Mentalidad Nueva», Mirovaya ekonomika i mezdunarodnye otnosheniva (MEMO), no. 6 (1989), pp. 5-18; y V. Razmerov y Yu. Fedorov, «Dos Tendencias en las Relaciones Interimperialistas», ibid., no. 1.
  7. Pravda, 19 de febrero de 1988.
  8. Pravda, 27 de mayo de 1988.
  9. Al respecto, ver la entrevista a Evgeni Primakov con Al-Hawadith (Kuwait) (25 de septiembre de 1987), tal como fue traducido en FBIS SU, 1 de octubre de 1987, p. 29.
  10. Para un artículo que relaciona el éxito de la perestroika con el desarrollo del intercambio económico con estos países, véase L. Zevin, «Algunos problemas de la Cooperación Económica de la URRS con los Países en Desarrollo», MEMO, no. 3 (1988), pp. 41-52.
  11. Pravda, 27 de mayo de 1988.
  12. Entre muchos otros indicios del empeoramiento de las relaciones, véase el artículo de V. Chirkov, «Ascenso Difícil», Novoe Vremya (Tiempos Nuevos), no. 33 (1 de agosto de 1987), y la respuesta del Vice-Presidente del Consejo de Ministros, Carlos Rafael Rodriguez, en ibid, n.º 41 (19 de octubre de 1987), pp. 18-19. El lector también podría consultar los respectivos discursos de Castro y Gorbachov ante la Asamblea Nacional durante la visita del mandatario soviético a Cuba en abril de 1989. En esta ocasión y como una forma de refutar anticipadamente los planteamientos de Gorbachov, Castro presentó a su invitado con un mini-discurso que duró casi tanto tiempo como el del orador soviético. Aunque no fue directamente polémico, el discurso de Gorbachov podría interpretarse como un esfuerzo de dar voz a unos criterios reformistas que no se atreven a presentarse públicamente en el PC cubano.
  13. Al analizar los posibles senderos para el desarrollo político y económico en América Latina, V. Sheinis ha escrito: «Existe, claro está, el camino sobre el cual Cuba ha embarcado y sobre el cual, aparentemente, Nicaragua está entrando.» MEMO, no. 5 (1985), p. 121. Comentando con respecto al futuro de los movimientos revolucionarios en Centroamérica, V. Grishin ha notado que «el proceso no es rectilineo y dista mucho de ser irreversible a causa de factores internos y externos». América Latina, no. 9 (Septiembre 1987), p. 62.
  14. Yu. Koroliov, «Nicaragua: La Experiencia de un Período de Transición», América Latina, no. 9 (Septiembre 1984), p. 52. В. Merin y Y. Vizgunova, «Fase Actual de la Lucha Antiimperialista y Democrática», ibid., no. 6 (junio 1986) caracterizó al FSLN como «un movimiento revolucionario y democrático». (p. 32)
  15. A este respecto, véase I. Zorina y V. Sheinis, «Brasil y la Argentina en el Mundo Moderno», MEMO, no. 8 (1987), pp. 68-77; O.A. Zhirnov y N.M. Isakova, «El Atlántico del Sur Debe Convertirse en una Zona de Paz», América Latina, no. 8 (agosto 1987), pp. 27-34; y N. Zhdanov-Lutsenko, «América Latina-Parte del Pacífico», ibid., no. 2 (febrero 1988), pp. 19-26.
  16. Pravda, 13 de abril de 1988.

Los cien días de Mazowiecki

POLONIA ANTE UNA NUEVA OPORTUNIDAD

El nombramiento de Tadeusz Mazowiecki, un periodista católico, asesor del Sindicato «Solidaridad», como primer ministro de Polonia, marcó, a finales de agosto de 1989, el comienzo de una etapa distinta, totalmente impensable hasta ahora, en la vida de los pueblos del Este de Europa. La «perestroika» de Gorbachov empezaba a facilitar la apertura de los países de socialismo real.

Polonia ha sido el primero de una lista aún no completada plenamente, pero que ha hecho de 1989 un año de cambios espectaculares. La Europa de «la guerra fría» y «el telón de acero» queda atrás, y se abre un nuevo capítulo de la Historia, en el que el comunismo parece aceptar que su papel rector en diversos países, con el apoyo soviético, tras la Segunda Guerra Mundial, ha concluido. NUEVA REVISTA ha querido conocer sobre el terreno qué está pasando en Polonia a los cien días de gobierno de Mazowiecki. Esta es la crónica de esa visita a un país que, como dijo el Papa cuando recibió a Lech Walesa en Roma tras el triunfo de «Solidaridad», aspira a disfrutar de una nueva oportunidad, superando los prejuicios, errores y resentimientos del pasado.

En exclusiva para NUEVA REVISTA, el primer ministro de Polonia, Tadeusz Mazowiecki, respondió a la pregunta de cómo evaluaba él los primeros cien días de su gobierno.

Estos primeros cien días del gobierno -dice Mazowiecki- no son lo mismo que, por ejemplo, los cien primeros días del presidente de EE.UU., quien en este tiempo hace todos los nombramientos, fija las prioridades de su política y establece la forma definitiva de su gobierno y sus agencias. El sistema de la nomenklatura que ha regido en Polonia en los últimos cuarenta años ha hecho que amplios círculos de las élites polacas tuvieran cerrado el camino del servicio al Estado. Esto ha comenzado a cambiar lentamente. Aparecen personas capacitadas y competentes, dispuestas a incorporarse al Servicio Civil y dignas de esta misión, pero el proceso de formación de la administración estatal será largo todavía.

Un éxito indudable de este primer período ha sido, a juicio de Mazowiecki, la creación de bases legales de un nuevo sistema económico, tarea que ha exigido un enorme trabajo teórico y un gran esfuerzo para poder redactar numerosas leyes que permitan pasar de un sistema de planificación económica central a una economía de mercado con un régimen de propiedad mixto. Es un camino que nadie hasta ahora había recorrido, y que este gobierno emprende por primera vez. En este momento la mayoría de las leyes mencionadas están siendo discutidas en el Parlamento y se espera que queden aprobadas antes de finalizar el año.

Hay quien recurre a la metáfora de un coche que está patinando y hay que controlarlo cambiando al mismo tiempo al chófer y reparando la caja de marchas. Este sería el cambio económico que necesita Polonia, cuyo gobierno está aún muy lejos de finalizar esta extraña maniobra, pero sabe ya como efectuarla y, lo que es más importante, tiene el consentimiento del pueblo. Este gobierno, que lejos de prometer a la gente cosas buenas no le habla más que de sacrificios inevitables, sigue ganando confianza popular.

Mazowiecki valora también como un éxito su política exterior. Las visitas del Rey Juan Carlos y del primer ministro de Suecia a Polonia, y sus viajes a Italia y al Vaticano han dado una dimensión europea a su política. La visita del canciller Kohl a Polonia y la suya a la URSS han sido sendos pasos importantes hacia la plena normalización de las relaciones con sus vecinos y para convertir Polonia en un importante factor del orden europeo estable, por no citar ya los múltiples contactos del ministro de Asuntos Exteriores con gobiernos, bancos, Fondo Monetario y grupos de industriales de muchos países.

Para resumir la labor del actual gobierno a lo largo de sus primeros cien días, Mazowiecki dice, sencillamente, que han estado trabajando para conseguir la libertad de Polonia y de los polacos, tanto en el sentido de la soberanía externa como de la independencia interna, así como asegurando las libertades cívicas, libertad de expresión, un estado de derecho, etc. Y también para establecer las libertades económicas.

Al ampliar la zona de la libertad, Polonia está emprendiendo, dice Mazowiecki, el camino de regreso a Europa. La libertad es un valor que jamás ha sido conquistado fácilmente. Los polacos lo saben muy bien por su experiencia histórica y están dispuestos a recorrer este duro camino.

POLONIA RECOBRA SU ALMA

Polonia es una nación en la acepción común que este término tiene en la cultura moderna. Su existencia se remonta a más de un milenio, igual que la de otras muchas entidades políticas del continente europeo. Mieszko I, al que se suele considerar fundador de Polonia, era contemporáneo de Fernán González de Castilla, de los Borreles y Suñeres del condado independiente de Barcelona, de Hugo Capeto de Francia, del primero de los Otones en el Imperio germánico, y del británico Edgar, que logró hacer de Inglaterra un solo reino. En resumen, Mieszko de Polonia, cabeza de la dinastía de los Piast, fue un distinguido personaje más de la gran generación de los abuelos de Europa de la segunda mitad del siglo X.

Bajo este príncipe, y quizá en torno a la localidad de Gniezno, que en seguida con la cristianización sería la primera sede episcopal, se agruparon en una especie de cuerpo político, al estilo de los tiempos, diversas tribus de eslavos occidentales que poblaban las llanadas entre el Odra u Oder, hasta su desembocadura en la actual localidad de Sczezzin, y el Bug, que se une al Vístula veinte millas después de que haya bañado las murallas de la vieja Varsovia. Esta disposición geográfica quiere decir que ya hace más de mil años unos lejanos antepasados de los polacos modernos habitaban una región que sustancialmente se solapa con los espacios de ahora.

A lo largo de tantos siglos, las fronteras de Polonia y de su pueblo se han visto frecuentemente desplazadas por el este y por el oeste, según fuera mayor o menor en cada época la presión de los vecinos germanos o de los orientales, y el vigor expansionista del propio estado polaco. Así, los 312.000 kilómetros cuadrados de la actual república fueron 383.000 en 1918, más de un millón (comprendida Lituania) bajo los grandes reyes Jagellones del siglo XVI y setecientos mil en el momento de las primeras particiones del XVIII. Tras ellas, dejaría de existir hasta la débil sombra de estado «protegido» por los zares que caracterizó aquella centuria. Pero siempre ha habido un territorio polaco, habitado por polacos, en torno a «la reina de los ríos de Polonia», como se suele llamar al Vístula por el hecho de que los ríos son femeninos en la lengua nacional. Y así, en efecto, ha sido bajo los Piast y los Jagellones, con la Res Pública Polonorum de los reyes electivos, durante el siglo y medio del cautiverio nacional, en la restauración de 1918, bajo el martirio de la Segunda Guerra y, finalmente, en estos cuarenta y cinco años últimos de «democracia popular» satelizada en la órbita del poder soviético.

UN PUEBLO CRISTIANO Y «OCCIDENTAL»

En torno al propio Mieszko y al siglo X, se sitúan dos decisiones de vasto alcance que condicionarían la vida de su pueblo. El príncipe se bautizó como cristiano según el rito de Roma y dentro de esta Iglesia, al casarse con una princesa checa; también hizo venir misioneros y maestros de lengua y formación latina para que convirtieran al pueblo y de alguna manera fueran instruyendo a funcionarios y clérigos. Como consecuencia de todo ello, la cultura polaca entera basculó hacia el Occidente. La onomástica y la toponimia se transcribían en caracteres latinos, y esta lengua pasó a ser el idioma de la cancillería, de la escuela, de la historia y de la liturgia. Se adoptó el alfabeto latino para escribir el polaco y emplearlo como lengua literaria (sobre el precedente de la experiencia checa de poco tiempo antes).

Lo que se quiere significar con esta triple y esquemática viñeta, en la que se asocian geografía, religión y lengua, es que hace ya más de mil años que en el ámbito de Polonia concurren elementos étnicos, espirituales y de cultura que lo diferencian sustancialmente de sus vecinos de oriente y de occidente. Sobre ellos vendría a asentarse, y a echar raíces, un patriotismo nacional, orgulloso e indoblegable. Su persistencia viva explica muchos de los acontecimientos que en estos últimos tiempos se están sucediendo, tanto en torno al Vístula como en los territorios circunvecinos que fueron incluidos en la esfera soviética a partir de 1945, tras el final de la guerra. No se debe olvidar que la gran revolución de 1989, que ha puesto fin el imperio político soviético, tuvo su origen y su principal inspiración en la experiencia polaca, que culminó con la designación del primer gobierno no comunista de un país del Pacto de Varsovia, al término de un proceso de negociación tan prudente como efectivo.

En Polonia se habían conocido en no pocas ocasiones chispazos violentos de revuelta como los que dieron lugar a los sucesos de Berlín de 1953, a la revolución húngara del 56 y su cruelísima represión, a la Primavera de Praga del 68, igualmente aplastada por la fuerza, y a acontecimientos similares en otros lugares de la región. Hubo una imponente huelga general en 1956 en la ciudad de Poznan y su zona industrial y minera, que fue reprimida con tanques y soldados, dejando más de cincuenta muertos en la calle. Igualmente fueron trascendentales y violentos los sucesos y enfrentamientos de Gdansk en 1970, cuyas víctimas son recordadas en el impresionante monumento de las tres cruces que se levanta a la entrada de los grandes astilleros que se llamaron Lenin, y en los que trabajaba como obrero electricista Lech Walesa. (Es un puro azar, bellamente simbólico, que el líder del sindicato y del pueblo de Polonia tenga como nombre de pila el del fabuloso personaje que habría dado origen a su nación, según la leyenda de los tres hermanos, Lech, Czech y Rus, cuyas respectivas estirpes se habrían convertido en los pueblos polaco, checo y ruso. Cuentan también las historias que en el Imperio Otomano se conocía a Polonia con el nombre de Lechistán).

Sin embargo, los dramáticos sucesos del 56, del 70 y los que ocurrieron en otros momentos, no constituyen lo más específico de la experiencia polaca en relación con el régimen que le había sido impuesto por el poder hegemónico de la URSS. Lo que caracteriza a la reciente historia polaca es una resistencia constante y generalizada, más pacífica que violenta, que ha tendido, además, a organizarse institucionalmente de alguna manera, logrando así aunar esfuerzos que en otro caso se habrían dispersado inútilmente. Lo cual es particularmente notable ya que los polacos se han señalado siempre por su individualismo y por su inclinación a una cierta disciplina social.

LA GRAN «RESISTENCIA» NACIONAL

Pero en los últimos lustros de la vida polaca, resistieron los campesinos, que salieron triunfantes de su pulso con el gobierno comunista, de modo que ahora, al cambiar el régimen, el noventa por ciento de la agricultura pertenecía al sector privado.

Resistieron los intelectuales de derecha y de izquierda, que en su inmensa mayoría no se dejaron seducir por los halagos del Estado, mientras que otros más enérgicos y decididos crearon el Comité para la Defensa de los Obreros (KOR) con Adam Michnick y el líder social Kuron (hoy diputados del Sejm ambos, y el segundo, ministro de Trabajo). El KOR, unido a «Solidaridad», se convirtió en uno de sus más sólidos pilares, lo cual costó persecución y cárcel, durante varios años, a esos dos y a otros de sus principales dirigentes.

Resistió la Universidad, en la que numerosos maestros continuaron enseñando, sin secundar política ni ideológicamente las directrices oficiales del Estado al desarrollar sus cursos y seleccionar a los nuevos docentes.

Resistieron los obreros, cuya religiosidad les mantenía fieles a una concepción cristiana del hombre y de la vida, que no dejaba resquicios para la penetración de la filosofía del marxismo.

UNA GENERACIÓN NUEVA

Resistió, en una palabra, todo el pueblo del país, y muy destacadamente la Iglesia, que sirvió de elemento aglutinante de tanta resistencia y de organización que hasta cierto punto la articulaba extendida como estaba por todo el tejido social de la nación. (La Iglesia católica conoció ciertamente en estos difíciles años una vida floreciente, que se manifestaba en la catequesis, en las vocaciones del clero y en la respetuosa adhesión de la casi totalidad del pueblo.)

En 1980 se habían cumplido treinta y cinco años del final de la Guerra Mundial. Los sufrimientos polacos empezaban a ser ya una página de la historia. Los hombres y mujeres que los habían experimentado directamente en sus carnes daban paso, por simple ley de vida, a nuevas generaciones. Lech Walesa había nacido el 29 de septiembre de 1943. El historiador y periodista Adam Michnick en el 46. El primero de ellos se había distinguido ya por intentar organizar un sindicato tras los sangrientos sucesos de Gdansk de 1970. En 1979 era expulsado de su trabajo en los astilleros por haber organizado una manifestación de protesta. El 24 de agosto de 1980 saltó los muros de los talleres de que había sido expulsado y a los que no se le permitía el acceso, y se puso al frente de una huelga en favor de la readmisión de los despedidos y en protesta por el encarecimiento de las subsistencias más elementales. Poco tiempo después se creó el famoso sindicato «Solidaridad», que en un año llegó a alcanzar la casi increíble cifra de los diez millones de afiliados.

Los hombres del KOR colaboran con el sindicato. El 14 de agosto de 1981, otros intelectuales, también de la resistencia interior, encabezados por el actual primer ministro, Tadeusz Mazowiecki, y el historiador Bronislaw Geremek, que ahora preside el grupo parlamentario de «Solidaridad», entregaron a Walesa un documento de adhesión con setenta firmas de personalidades de prestigio.

EL PULSO AL RÉGIMEN

Después de todo esto, vendría la ley marcial, tras el golpe de estado del general Jaruzelski en la noche del 13 de diciembre de 1989 (la «Noc Generala», o «Noche del General», según reza el título de un libro que se vende ahora por las calles de Varsovia como si fueran rosquillas). «Solidaridad» fue deslegalizado y sus dirigentes y más activos miembros, perseguidos. Pero la resistencia polaca, bajo nuevas formas o formas renovadas, continuó su acción. Por fin, en la primavera de 1989 tienen lugar entre Solidaridad y el Gobierno, con participación también de la Iglesia, las negociaciones de la «mesa redonda», que concluyeron con el acuerdo de celebrar unas elecciones, como consecuencia de las cuales «Solidaridad» formó un gobierno con participación minoritaria del partido comunista y de sus satélites.

LA EXPERIENCIA POLACA

Los casi nueve años transcurridos entre el «salto» de Walesa y el gobierno de «Solidaridad» habían conocido toda clase de avatares que oscilaban en un juego alternativo constantemente repetido de muertes y resurrecciones. Pero durante todo ese tiempo el sindicato y sus asociados continuaron trabajando juntos, sin sombra de desmayo, actuando como la conciencia viva del pueblo de Polonia y convencidos de que lo eran.

Estaban indudablemente adiestrados por la experiencia, pero respondían también a una especie de tradición nacional polaca. La historia de este pueblo es la de una constante lucha por la conservación y el fomento de la propia identidad en medio de los cambios territoriales y políticos. Durante casi doscientos años, Polonia fue no ya una nación sin estado, sino un pueblo que había visto su viejo estado cautivo primero y aniquilado después, y al que sus carceleros, y vecinos, querían despojar de su condición nacional. Pero, en esa situación, en Polonia se había vivido una forma peculiar de «existencia nacional paralela», que respondía a las aspiraciones del pueblo y era independiente de las estructuras extranjeras del poder político. La religión, predominantemente católica, distinguía a este pueblo de los ortodoxos del este y de los protestantes del oeste. Esto en cuanto a la mayoría de la gente y al perfil espiritual de la nación.

Porque, a diferencia de los protestantes de Prusia y los ortodoxos rusos, los polacos católicos practicaron siempre una tolerancia religiosa casi desconocida en el resto de Europa. De ellos se ha dicho, con plena verdad, que han sido «el país sin hogueras».

Polonia, entonces, subsistió en gran medida merced a la voz de sus poetas y escritores, cuya cumbre es el gran vate romántico Stefan Mickiewicz en cuyas palabras se encarna el alma de su pueblo. Ahora las cosas han transcurrido de otro modo. Han sido los obreros y los intelectuales de «Solidaridad» los que han hecho posible el milagro de que se junten la «Polonia legal» y la «Polonia real», asumiendo ellos la responsabilidad y los riesgos del ejercicio del poder con una economía en bancarrota y con una estructura estatal desvencijada. Todos los espíritus que aman las libertades públicas y personales están obligados a desearles que acierten y, en la medida en que esté en su mano, a ayudarles a que lo consigan.

Al fin libres y sin miedo

La más visible novedad que un periodista o político que haya visitado antes la ciudad encuentra en la Varsovia de hoy —después de la «mesa redonda», de las elecciones de junio y del gobierno de «Solidaridad»— es una sensación de libertad. Los interlocutores no tienen miedo a los micrófonos —aunque quizá no haya habido oportunidad de quitarlos todos— ni reservas para hablar.

Ha desaparecido la censura. El diario más vendido, con muy notable diferencia, es la «Gaceta electoral», que creó «Solidaridad» para la campaña electoral. Su éxito prueba que los políticos y escritores del sindicato conservan intacta la confianza popular que les testimoniaron las urnas.

La televisión es abierta y nada partidista. En sus pantallas se puede ver a diario a políticos que hace unos años, con el mismo Jefe del Estado, y estando en el poder algunos comunistas de los que todavía siguen, fueron encarcelados. Tales son los casos del actual primer ministro, Mazowiecki, o del titular de Trabajo, Kuron, o del diputado y director de la «Gaceta», Michnick. Otros personajes, que hoy están igualmente en el poder, y en las pantallas, no fueron formalmente presos, sino sólo confinados o privados de pasaporte e impedidos de salir del país, o de volver a entrar, si habían logrado partir. El propio Walesa no pudo acudir en noviembre del 83 a recoger el Premio Nobel de la Paz, porque sabía que después no se le permitiría regresar a Polonia. Ahora, en sus numerosos viajes por las cúpulas del mundo se le ve entrar y salir con las consideraciones de un «VIP» y casi como si fuera el jefe de un estado, aunque sólo ocupe la presidencia del Sindicato.

Entre los políticos de «Solidaridad» que están en el Parlamento y en el Gobierno reina un clima de entusiasmo que desborda en un ambiente de simpatía las no escasas manifestaciones de inexperiencia e improvisación que en muchos de ellos son más que perceptibles.

En las calles de Varsovia se venden en puestecillos que se acumulan en las aceras ante los grandes almacenes —tan poco provistos de objetos apetecibles— las cosas más diversas, en general no de mucha calidad. Desde modestos automóviles parados en los espaciosos andenes de la Marzalkovska, se ofrecen al viandante billetes de lotería, libros populares, por ejemplo, el famoso «Noc Generala» o «Noche del General». En unas camionetas, irregularmente aparcadas, se venden frutas y carne de cerdo diestramente cortada por competentes tablajeros sobre el suelo mismo de la caja del vehículo.

Antes, la oposición polaca blasonaba de poseer la más grande editorial clandestina del mundo comunista, con cientos de títulos que estaban prohibidos por la dictadura. Ahora ya nada es clandestino. Las dificultades de los que quieran editar son la pobre calidad de las imprentas, la falta de recursos y la escasez de papel. El diario «Le Monde» ha regalado una antigua rotativa a la «Gaceta» de Varsovia; pero en la «Gaceta» no saben cómo resolver la cuestión de los fondos precisos para costear la instalación.

Los problemas más graves y profundos saltan a la vista: son el económico y la urgente y laboriosísima operación de una perestroika o reestructuración, que restablezca un verdadero sistema económico y desmonte el inútil, frustrante y costosísimo aparato de la administración de todo por un estado incompetente.

A los polacos también les inquieta lo que pueda pasar en Alemania. Una pronta reunificación no pactada con alguien que garantice las fronteras nacionales, no dejaría de evocar fantasmas que no son sólo de ayer sino de siempre. Verse de nuevo entre dos gigantes, que cualquier día podrían volverse ambiciosos, no es tranquilizador para mucha gente. Rusos y germanos se han repartido Polonia varias veces desde mediados del siglo XVIII. Y declararon extinguido el Estado polaco en dos ocasiones.

El camino de la recuperación polaca será sin duda empresa ardua. Pero el país es rico en recursos naturales de permanente valor y, sobre todo, en los recursos humanos que representa una población cuantiosa, culta y avispada.

Los vecinos alemanes

El catálogo de las dificultades polacas no se limita a los problemas interiores, a las incómodas perspectivas económicas o a las contradicciones que crea la «cohabitación». Polonia era hasta ahora un satélite de la URSS y no tenía política exterior propia. Aliado obligatorio de los soviéticos, miembro del Pacto de Varsovia y del Comecón, Polonia se miraba resignada en el espejo de la historia, donde alternativamente se ha reflejado, por usar el título de una obra de Geremek, «la horca o la piedad». La mayoría de los polacos, ante la pregunta del historiador Norman Davies: «¿Por qué este país debe sufrir tales indignidades?», hacían suya la contestación del escritor inglés: «Sólo hay una respuesta posible, el interés de la Unión Soviética lo exige». Según Davies, «los polacos se ven obligados a asistir al desmantelamiento de su país sin la sombra de una razón verdadera, y a ver sus esperanzas destruidas sin pausas, y se preguntan si ellos son verdaderamente incompetentes, como sostienen los vecinos alemanes supereficaces».

El vecino alemán y el vecino ruso han sido siempre «el otro» en la historia polaca. El otro: el antagonista, el enemigo, el invasor de Polonia, cuya política, como ha descrito Gombrowicz, se ha visto «limitada al máximo por la situación de este pequeño país, colocado en el corazón de una Europa movida por toda clase de convulsiones».

Ahora, Polonia ha recuperado su voz. En política exterior, también los vecinos tienen ya voz propia, y uno de ellos, Alemania Oriental, socio de los polacos bajo la hegemonía soviética, no se siente obligado a guardar las formas ante la posibilidad de derribar definitivamente el Muro de Berlín y unirse a la poderosa República Federal. Los fantasmas del pasado nunca se van del todo.

Algunos de esos fantasmas fueron los que aparecieron cuando los polacos, que tradicionalmente se surten en la DDR de las mercancías que después revenden con todo desparpajo mundo adelante, vivieron en Berlín Este imprevistas escenas de xenofobia durante el pasado mes de diciembre: los eufóricos teutones no querían servir a estos polacos de alma fenicia. Mazowiecki envió una comisión a arreglar el problema, y amenazó con repatriar a los treinta mil compatriotas que trabajan, como «Gastarbeiter», en la Alemania comunista.

En la rueda de prensa que siguió a los incidentes, un periodista preguntó a la portavoz del Gobierno, que es el rostro amable de la nueva Polonia, si a la delegación polaca que había ido a negociar le habían servido de comer en Berlín, y Malgorzata Niezabitowska, sin perder la sonrisa, contestó: «No tenemos noticia de que estén hambrientos, pero si lo piden, les enviaremos comida…»

La crisis con Berlín Este y la negativa formal del canciller Kohl, que interrumpió su viaje a Polonia para ver con sus propios ojos la caída del Muro, a declarar inamovibles las fronteras de Yalta, han recordado a los polacos que, como dice el ministro de Asuntos Exteriores, el independiente Krzysztof Skubiszewski, «Polonia es soberana hacia el exterior e independiente en las cuestiones internas». Y en esa línea, además de decirles a los alemanes que las fronteras son intocables —cosa que respaldan todos los polacos, de Jaruzelski a Michnik— el ministro ha señalado que «hay que superar todo lo malo que se ha acumulado en las relaciones internacionales de la posguerra, desde la división en bloques militares a los nacionalismos exagerados».

Al otro vecino poderoso, la URSS, se le ha enviado un mensaje muy simple: el Pacto Ribbentrop-Molotov fue un crimen contra Polonia, y Katyn, donde fue asesinado por Stalin lo mejor del ejército polaco, algo por lo que hay que pedir perdón.

La amenaza está en la economía

Entrevista con Adam Michnik

Si en «Solidarnosc» Mazowiecki es el cerebro y Geremek la palabra, Adam Michnik representa el corazón. Historiador, activista, orador, periodista, Michnik, con 43 años, es una figura central en la Polonia de hoy. Es colaborador de universidades y periódicos occidentales y en 1989 fue elegido «europeo del año».

Vestido como cuando era estudiante y era frecuentemente detenido por la policía política, ha hecho de la redacción de «Gazeta» una trinchera de la nueva libertad polaca. Habla francés con un simpático tartamudeo, es un experto en literatura y durante la charla cita a Unamuno y a los escritores polacos contemporáneos sin dejar de fumar uno tras otro cigarrillos «Gitanes» y de atender las interrupciones continuas de unos redactores entusiastas y aguerridos como él.

ANTONIO FONTÁN. – Necesitamos tener su orientación y su visión del actual momento polaco, el momento de la gran esperanza de la recuperación de Polonia.

ADAM MICHNIK. – Entiendo que lo único interesante que ustedes quieren escuchar de mí es lo que tenga que decir sobre los peligros que existen para esta esperanza.

A.F. La esperanza la compartimos todos y los peligros probablemente no somos capaces de identificarlos. Mi primera impresión en esta nueva visita a Polonia es que en este país se vive un clima de libertad que antes no se advertía. No hay miedo y la gente se manifiesta con libertad. Esto es esperanzador. Parece difícil volver atrás en el caso de que los peligros vencieran al esfuerzo liberalizador, fruto de una lucha de años por parte de ustedes, en la que se juntan «Solidarnosc», intelectuales, cárcel, constancia y tenacidad de muchas personas. A diferencia de otros países vecinos, la recuperación de la libertad en Polonia no es una improvisación. Aquí se ha construido una estructura humana que es capaz de ocupar el Parlamento, entrar en el Gobierno, hacer los periódicos, estar en la televisión… Eso parece un gran motivo para la esperanza.

A.M. Hasta ahora los peligros de la democracia en Polonia se reducían al problema del ejército soviético. Esta vez las cosas han cambiado. El peligro principal está en la situación interna. La amenaza principal reside en la cuestión económica. En cuanto a la economía, hemos emprendido un camino que antes nadie había andado: pasar de la economía totalitaria a la economía de mercado. Nadie puede anticipar con seguridad las trampas que nos esperan en este camino, ni lo que va a venir primero, o bien el éxito palpable de esta política económica o, por el contrario, los elementos negativos de esta política. Nadie está en condiciones de responder a la pregunta de si el pueblo va a aguantar el proceso de estabilización, con las consecuencias de empobrecimiento notable que se van a producir. El primer peligro es este…

A.F. – Pero no es el único, al parecer…

A.M. El segundo peligro es que no están todavía creadas las estructuras de la vida pública. El antiguo sistema de instituciones de nuestra vida pública se ha venido a tierra, y el nuevo todavía no acaba de formarse. Y aún hay una tercera amenaza. Es todo el territorio geográfico, y no sólo la economía, lo que ha entrado en esta fase desestabilizadora. Nadie sabe lo que ocurrirá. O bien la destrucción de la estabilidad, o bien el derribo de todo el sistema comunista. Y dejo para el final la incógnita sobre los grandes vencidos del proceso: un grupo de personas frustradas, derrotadas, en peligro, amenazadas… y armadas.

Es como resolver la cuadratura del círculo. Habría que encontrar sustitutivos al hecho de tener que pedirle a la gente que se apriete el cinturón, y una recompensa para ello sería la revancha sobre los comunistas. Pero por el camino de la venganza rompemos el compromiso de la «mesa redonda», y entonces todo sería posible: desde la plaza de Tiennamen hasta la guerra civil. Estos son los dilemas que se nos presentan. Pero se puede decir lo que dijo un socialista francés después del nombramiento de León Blum como jefe del gobierno francés en 1936: «Los problemas y las dificultades por fin han llegado». Hasta ahora eran trampas, ahora son problemas verdaderos.

MIGUEL ÁNGEL GOZALO. – Pero ustedes ya sabían que esto iba a pasar, que vendrían estos problemas…

A.M. Sí, lo habíamos calculado, pero no lo habíamos podido prever todo… Ha habido sorpresas, y debo decir que, hasta ahora, más bien agradables. Pero cuando alguien está en la cárcel y quiere fugarse, lo primero que piensa es cómo fugarse, y no qué pantalón va a ponerse una vez que se haya largado. Hemos escapado de la cárcel, y ahora tenemos el problema de los zapatos, del dinero, del sombrero, del pantalón y de las armas.

A.F. Hay una serie de fuerzas que, o bien apoyan esta recuperación de la nación, o bien la toleran. La promueven los dirigentes, la apoyan los sindicatos y la población; el ejército la tolera, y los soviéticos la aceptan como una realidad contra la que aparentemente no pueden hacer nada. Estos son elementos muy consistentes de la nueva situación.

A.M. – Estoy de acuerdo. Se puede hablar también de una cierta diversidad dentro del campo de las fuerzas antitotalitarias, y es aquí donde pueden generarse conflictos, que van a desarrollarse en torno, más o menos, a dos problemas: el primero, la opción en favor del mercado, con las consecuencias sociales que ello va a acarrear, y esa división clásica entre ricos y pobres. El segundo conflicto podría entablarse entre lo que yo denominaría una orientación europea y una orientación nacionalista. Yo lo presento de una manera muy esquemática, pero éste es el otro de los dos grandes problemas que se plantean: decidir si rechazamos el comunismo por ser incompatible con el catálogo de valores democráticos europeos, o si lo rechazamos por incompatibilidad con los valores nacionales, por ser algo no arraigado en la tradición nacional. Las dos posiciones tienen sus caricaturas, y elementos racionales también. Pero la línea divisoria se ve: o queremos ser parte de la Europa democrática, o apostamos por un aislamiento nacionalista.

M.A.G. – ¿Es posible cuantificar ambas tendencias, saber cómo está repartida la opinión en torno a ellas?

A.M. No. En este momento es muy difícil contestar a eso. El fenómeno polaco es el fenómeno de «Solidarnosc», que ha sabido reunificar estas tendencias opuestas en su afán de resistencia antitotalitaria. Si no sus líderes, por lo menos sí el movimiento de masas. Pero hoy es muy difícil saber cómo se va a perfilar esto en un futuro.

M.A.G. – ¿Qué partidos pueden aparecer en ese futuro, y con qué líderes, en el supuesto de que Polonia se convierta en una democracia de corte occidental?

A.M. No serán partidos de tipo occidental, y las diferencias entre ellos tampoco serán de tipo europeo. Aquí se ha roto una continuidad. La diferencia entre España y Polonia es que, si bien tanto allí como aquí ha habido dictadura, en España la dictadura fue superpuesta a una estructura social distinta a ella. Por lo tanto, en España ha sido posible la restitución de un orden europeo. Aquí fue distinta la base de las relaciones económicas y sociales. Y no es que se trate de unos rasgos específicos de Polonia, pues hasta ahora en ninguno de los países postcomunistas ha tenido lugar la reinstauración del orden social anterior de tipo, digamos, europeo.

A.F. Porque lo que había existido, fue destruido.

M.A.G. En España, la dictadura resultaba anacrónica para una sociedad que ya era bastante moderna, y aquí no pasa eso…

A.M. Aquí el anacronismo es de otro género. Lo que se ha generado es un anacronismo de todo el sistema en relación con el resto de Europa.

A.F. – El cambio que ha supuesto el régimen comunista en todos los países de Europa ha sido un cambio social más profundo que el de la Revolución Francesa. La Revolución Francesa pudo cortar la cabeza a unos aristócratas que fueron sustituidos en su función social por una burguesía, mientras que en estos países las estructuras sociales precedentes han sido sustituidas por una estatalización anónima que no responde ante nadie más que ante la cúpula de su propia estructura.

A.M. Al mismo tiempo, esa estructura que usted describe es extremadamente ineficaz.

A.F. – Ha producido un empobrecimiento. No un reparto de la riqueza, sino de la pobreza.

A.M. – La redistribución de la riqueza también ocurrió. Al fin y al cabo, esa es la gran idea del comunismo, una idea que consiste en entregar a unos el dinero robado a otros… En un primer momento, a unos se les quitó para dárselo a otros, para después pasar a la fase de la producción. Pero esa fase ya no funcionó.

A.F. – No existe ninguna razón ni económica ni histórica para que Polonia sea un país pobre respecto de otros de Europa. Polonia tiene recursos, agricultura, ganadería…, y también un nivel cultural comparable al de otros del continente. Pero el sistema ha hecho que esto no produzca ningún efecto beneficioso…

A.M. Podría aceptarse como una simplificación, sí. Y digo una simplificación, porque el pasado de Polonia, anterior a la última guerra, tampoco había sido de una tradición democrática consolidada, y un ethos del trabajo afianzado. Pero creo que el pasado de España es bastante similar en este aspecto…

A.F. Y sin embargo hemos podido resolver este problema…

A.M. Sí, ustedes han podido arreglarlo. Se puede decir que por primera vez en la Historia han tenido ustedes suerte.

M.A.G. – ¿Qué piensa de lo que está pasando en los demás países comunistas? ¿La aceleración del proceso de cambio de los vecinos no puede poner en peligro la situación polaca?

A.M. Sí, crea peligros. Pero la Historia es una señora desagradable que no sigue nuestros relojes. Es una sorpresa lo que está pasando. Nadie lo esperaba, ni que fuera a un ritmo tan acelerado. Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia… Es un año histórico, sin duda.

A.F. Usted ha estado recientemente en la Unión Soviética, cuyo idioma, cultura, tradiciones y literatura política oficial conoce bien. ¿Hay alguna esperanza o posibilidad de que un fenómeno como el de los países occidentales se produzca en la Unión Soviética? En este momento produce la impresión de que la dirección política de la Unión Soviética atraviesa una crisis de conciencia ideológica como consecuencia del fracaso político y económico del gobierno. Gorbachov habla de que los pueblos de Europa elijan su destino, pero la doctrina que él aprendió era que el Partido Comunista señalaría el destino de cada uno de los pueblos. La fuerza militar soviética está estrechamente articulada con el Partido: es más un ejército comunista que un ejército nacional. En este momento, si dejara de haber un gobierno comunista, una filosofía comunista, un ejército comunista, todo sería posible. Hasta Napoleón. ¿O no es posible Napoleón? Por otra parte, los acuerdos de la Unión Soviética con los Estados Unidos son difícilmente reversibles. Los comunistas han renunciado a salvar a la humanidad. Es como si los cristianos renunciaran a bautizar.

A.M. Quizá no tanto como si los cristianos renunciaran al bautismo, sino como si renunciaran a construir sociedades teocráticas. La pregunta sobre Napoleón habría que planteársela a los generales soviéticos Gromov o Rodionov, y sería interesante saber lo que dirían. Yo pienso que todas las analogías históricas pueden fallar y que el proceso que se está produciendo en la URSS es irreversible, en la medida en que no hay retorno posible a Breznev. En cambio, sí que advierto el peligro de una dictadura militar. Yo mismo he oído voces, en este sentido, del ala nacionalista de los soviéticos cuando he estado recientemente en Moscú.

A.F. Al dejar de ser internacionalistas, se convierten en nacionalistas.

A.M. – Estos de los que estoy hablando siempre han sido unos internacionalistas muy especiales… Fue un internacionalismo muy extraño, que, paradójicamente, destruía la cultura rusa, pero rusificaba a todas las demás.

M.A.G. – Eran unos internacionalistas colonialistas…

A.M. Es usted el que lo dice…

M.A.G. Pero ¿usted cree, como historiador, que el fenómeno del comunismo ha terminado?

A.M. En cuanto propuesta ideológica, sí. Como fe en la eficacia económica, también. Pero como fuerza física, no. Existe.

M.A.G. – El conflicto que estos días aparece entre los polacos y los alemanes, con escenas de xenofobia antipolaca en la República Democrática, ¿es un viejo problema que vuelve? ¿Cómo lo ve usted?

A.M. Este es el artículo que estoy escribiendo para mañana, en este preciso instante. Pero antes de anticipárselo, quiero decirles que yo, hablando de Rusia, procuro evitar ciertas palabras que para los rusos son inaceptables en los labios de un polaco. Y por tanto yo prefiero hablar de un orden anormal de relaciones internacionales, que de un colonialismo… Y volviendo al tema, además, todo ha cambiado, y cambia todos los días. Crece vertiginosamente la emoción antipolaca en la DDR. No sabemos decir si es un proceso transitorio o duradero, ni tampoco si en esta parte de Alemania, donde no ha habido desnazificación, han podido sobrevivir acaso tendencias revanchistas y chauvinistas. Desde nuestro punto de vista, Alemania es una cuestión que incumbe a todo el mundo y sólo puede ser discutida en el foro europeo.

A.F. – ¿Sin América, sin Rusia?

A.M. – Con América, con Rusia, y con toda Europa. De otra forma es imposible. Siempre he sido de la opinión, y lo he escrito, que los alemanes tienen que tener el derecho a disponer de un solo Estado. Pero debo añadir que los otros países de Europa tienen que tener el derecho de vivir en paz. Por dos veces, los alemanes han sido la causa de dos grandes guerras europeas. Esto no puede ser un estigma para los alemanes para todos los tiempos, pero el cambio sí impone un compromiso muy particular.

M.A.G. – Hablando de conflictos, y dado que su apellido es de origen judío, entre los demonios del pasado polaco figura el fenómeno del antisemitismo. ¿Usted cree que puede existir aquí todavía antisemitismo político?

A.M. El fenómeno singular del antisemitismo en Polonia consiste en que Polonia es un país sin judíos. Es digno de reflexión que haya antisemitismo en un país sin judíos. La mía es la siguiente: si en Polonia usted habla con alguien dos horas, y esta persona le dice cinco veces durante estas dos horas que no es antisemita, eso quiere decir que seguro que lo es. En cambio si el interlocutor le dice que todo lo malo en Polonia es por culpa de los judíos, y esta es la razón de que odie a los judíos profundamente, puede estar seguro de que no se refiere a los judíos, porque los judíos no existen. Yo tengo la hipótesis siguiente: la gente de una cierta formación es reconocible por alguna razón, por algún síntoma. Nos gustan las mismas canciones, los mismos poemas, las mismas cosas, los mismos libros, Byron, Cervantes… Y otras personas se reconocen por su antisemitismo. Yo creo que hay en la cultura europea una categoría humana de personas que se reconocen por su antisemitismo. Pero, por fortuna, son mala gente…

La Antártida, un continente en peligro

Dos científicos españoles – el autor y Javier Cacho Gómez, físico, especializado en temas atmosféricos- han regresado recientemente de la Antártida después de tres meses de estancia en la base argentina Vicecomodoro Marambio, que es una de las más importantes de la península antártica debido a su pista aérea, operable todo el año. Ambos pertenecen a un equipo de ocho personas que forman el Grupo Atmósfera en el Instituto Nacional de Técnica Aerospacial (INTA) en Torrejón de Ardoz. Dicho grupo lleva más de doce años estudiando el ozono y la atmósfera en general.

El mar es un espejo que refleja con nitidez los colores del cielo y las nubes. El hielo se reparte irregularmente por el agua: hasta el horizonte, grandes témpanos de color azul procedentes de los glaciares recortan sus descomunales perfiles haciéndose pequeños con la distancia. Más cerca, la superficie está cubierta de hielo marino fragmentado en pedacitos, formando un sustrato suficientemente firme para que algunos pingüinos caminen sobre él, zambulléndose aquí para reaparecer allá, con sus plumas blancas pectorales brillando con limpios reflejos.

En la playa caminan algunos individuos mientras otros, con esa seriedad que les confiere su elegante plumaje, observan inmóviles algún punto indeterminado cual si meditaran cuestiones muy importantes. Por detrás, las laderas escarpadas de la costa se muestran cubiertas de miles de pingüinos cuidando de sus nidos, amorosamente dispuestos con piedrecitas. Nosotros, con nuestros equipos fotográficos, nuestras ropas de abrigo y nuestra indefensión nos sentimos intrusos en aquel paraje y damos la vuelta para regresar a la base.

Después de unos meses de mediciones en la estación antártica argentina Vicecomodoro Marambio (isla Seymour) hemos aprendido que en Antártida la base es la vida.

Los instrumentos científicos funcionan a la perfección. Bajo el agujero de ozono, medimos dióxido de nitrógeno (NO2) y radiación ultravioleta. Creemos que hacemos algo importante pues los datos obtenidos servirán para que nuestro grupo y otros científicos de muchas nacionalidades elaboren y comprueben las teorías que expliquen un fenómeno que nos preocupa a todos:

El ozono estratosférico se destruye en Antártida debido a la contaminación humana.

El dióxido de nitrógeno y otros compuestos nitrogenados, en parte producidos por el hombre, inhiben unas veces y cooperan otras en la destrucción de ozono, en una dinámica química no del todo comprendida aún.

Por encima de la troposfera, que es la capa inferior de la atmósfera y es donde se producen los fenómenos meteorológicos, se encuentra la estratosfera, a partir de los 10-12 km de altura. Allí se alcanza un delicado equilibrio entre la radiación solar y las distintas especies químicas.

En los polos, durante la larga noche invernal, se registran temperaturas muy bajas (menos de 80° negativos) y algunas sustancias se congelan formando «nubes estratosféricas polares». Las condiciones dinámicas de la estratosfera antártica, influidas por la simetría en la distribución de tierras alrededor del polo, producen el aislamiento de una gran masa de aire que gira en sentido horario como una gigantesca borrasca.

A finales del invierno austral, después de una noche de seis meses, el sol comienza a incidir sobre las capas altas de la atmósfera. Estas condiciones permiten que el cloro libre y otras sustancias reaccionen de varias maneras destruyendo rápidamente el ozono. En el interior de la masa de aire aislado sobre el continente desaparece la mayoría de las moléculas de ozono, dejando el camino libre a la radiación ultravioleta solar, que en los días despejados alcanza la superficie con una intensidad extraordinaria.

El agujero que se forma, de tamaño similar al del continente, evoluciona cerca del polo siguiendo las corrientes de aire dominantes.

Estas condiciones se mantienen hasta la primavera en que se calienta la estratosfera y cambia el régimen de vientos en altura, deshaciéndose la borrasca o vórtice polar. El aire rico en ozono se mezcla con el aire empobrecido y se recuperan los valores normales de este gas antes de la destrucción masiva.

Desde hace varios años, este fenómeno se viene repitiendo año tras año con una tendencia creciente en cuanto a niveles de desaparición de ozono.

El cloro libre existente en la estratosfera proviene de la fotólisis de moléculas como los carburos de flúor y cloro (CFC) ampliamente utilizados en la actualidad. Estas sustancias se usan como propelentes en los aerosoles domésticos, como gas refrigerante en muchas máquinas de calor (frigoríficos, aire acondicionado…), como agente espumante, etcétera.

Es posible que aún estemos a tiempo de prevenir daños irreversibles en la capa de ozono. La opinión pública se ha hecho eco del llamamiento de los científicos induciendo al poder político a tomar medidas restrictivas en la emisión de algunos contaminantes.

Los países industrializados han firmado importantes acuerdos para reducir o eliminar el vertido de sustancias peligrosas para el ozono, pero eso sólo no basta. Es necesaria una cooperación internacional entre los países ricos y pobres para que los segundos puedan adecuar su desarrollo económico a las nuevas tecnologías más limpias pero normalmente más caras.

La protección de la atmósfera y del medio ambiente en general pasa de ser una cuestión ociosa para convertirse en un principio de economía.

Pero en Antártida, a finales de noviembre uno no se acuerda de estas cosas. La temperatura en la estratosfera está subiendo y la concentración de ozono crece hasta alcanzar sus valores habituales. La campaña de mediciones toca a su fin. Mañana, si la meteorología no lo impide, el Hércules C-130 de la Fuerza Aérea argentina nos llevará al continente americano.

Nos acercamos a la Antártida sintiéndonos grandes exploradores. Los trabajos han durado tres meses durante los cuales hemos experimentado los rigores del clima, la amistad, la convivencia, el aislamiento.

Nos vamos de Antártida viéndonos pequeños seres humanos.

DATOS DE LA ANTARTIDA

  • Superficie total: 14.000.000 km².
  • Superficie cubierta por el hielo: 99%.
  • Espesor medio de la capa de hielo: 2.500 m.
  • Volumen total de hielo: 30.000.000 km².
  • Población invernal (aprox.): 1.500 personas.
  • Población estival (aprox.): 5.000 personas.
  • Bases activas en el territorio: 69 (42 de ellas permanentes y 27 de temporada).
  • Países miembros del Tratado Antártico: 37 (España, desde 1981, tiene estatuto de miembro consultivo, y de pleno derecho desde 1988, tras establecer la base temporal Juan Carlos I).

¿Hacia dónde?

Lo primero que me pregunto es hasta qué nivel de familiaridad, de cercanía, tiene el autor hacia su propia obra. En mi caso es lejano. Hace años pensé en dos peligros: uno el que asedia al desviar la atención del lector hacia otras zonas extranjeras al territorio de los poemas, lo que puede influir en su encuentro con ellos; el otro: que se tenga en cuenta que el poeta, en mi caso, no puede registrar, en la declaración de su creación, su experiencia única, sino a lo sumo una serie de abstracciones, de juicios y prejuicios más o menos próximos a ella. Porque si la poesía es, entre otras cosas, una búsqueda, una participación entre la realidad y su experiencia poética a través del lenguaje, claro está que cada poema se configura y se modifica, a la vez, junto a la presencia de las cosas, de la vida y de su expresión: la palabra humana que va excavando un cauce, por decirlo así, que puede llegar hasta el «oráculo del sueño» o hasta un intento de creación del ritmo de las cosas y del de la intimidad más inefable.

Cuando comencé a escribir, muy tempranamente, mis poemas manaron de la contemplación viva de la realidad de mi tierra, con la geografía y con el pulso de la gente castellana, zamorana. Estos poemas se realizaron con una ausencia de conocimiento, en su posible concreción o articulación. De aquí su evidente tono irracional. Grave problema que tan sólo sugiero: ¿la experiencia es concreta? o bien, ¿mi ignorancia era sabiduría?

No sabía entonces que la contemplación, que es pensamiento, entraña moralidad y que mis andanzas iban configurando y modificando al mismo tiempo mi visión de las cosas y la de mi propio vivir (historia o leyenda) hasta hoy. El soñar es sencillo pero no el contemplar. Después de este primer peldaño adolescente se impone la forma de la materia, de su actividad que se serena o late de manera fulminante, como un asalto que hay que conectar, tejer. Lo que el hombre ignora. Y es necesario que el volumen oscuro del devenir tenga una situación. Pero también se trata, sobre todo, de la aventura. La poesía es aventura, cultura, leyenda, como la vida misma. Fábula y signo. Y temple, repito, en vibración como fondo del misterio. Hasta llegar a mi último libro El vuelo de la celebración siempre existió en mi poesía y en toda poesía una tensión entre la objetividad y la subjetividad. Y, además, ¿podremos alcanzar tan sólo lo próximo, lo fascinante o lo que, mutilado, arrasado, condenado está ahí: lo tremendo? Este dualismo es, en el fondo, una identificación. Se celebra, se canta lo que se abre o lo que se cierra desde todas las posibilidades vitales: la figura de las cosas, el poderío de las sensaciones que pueden desembocar en feracidad y en sequía. Es como una «animación» que recrea, fugitivamente, lo que nos mejora. La celebración como posible conocimiento, como servidumbre, dando a esta palabra el significado más clarividente: el destino humano con todos sus adjetivos y consecuencias. Volviendo a la «mejora», según Fr. Luis de León. En efecto, se celebra, se escribe (aunque uno no sepa de modo consciente), y lo que estaba marchito se hace jugo.

Esto no es cuestión del arte pero para mí, sí: al intuir, esencialmente, se apuntala, se aclara, la creación inconcreta hasta que se celebra, hasta que el hombre sabe y se mejora: se podría hablar de un estado emocional «mejor», que es independiente de sus consecuencias en cierto sentido. Largo sería comentar este tema.

Mi único intento, en fin, es que mi poesía sea natural (no directa, o realista, o simbólica, etc.) de acuerdo con lo que puedo hacer y con lo que estoy viviendo. ¿Para qué hablar de cómo un poema es amo y es servidumbre a la vez de uno? Sigo creyendo, como el primer día, en esta ebriedad armoniosa, en esta aventura, en este peligro riguroso que es fracaso y triunfo. Lo único verdadero que un poeta puede decir de sus poemas es que «quien lo probó lo sabe».

ESPUMA

Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa,
aquella por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.

HERMANA MENTIRA

¿Por qué me está mirando
el aire? La mañana es clara.
Salgo de casa y siento
esta ternura musical del cielo
y la luz que se ofrece. Están las calles
muy inocentes, con llaneza, ayuda,
recién regadas. Pero,
¿por qué me está acusando
el aire?

¿Qué es lo que pido, qué es lo que he perdido,
qué es lo que gano ahora?
Tú cállate o habla
sin posible desvío,
entre la sombra generosa, entre
el bullicio o la gracia.
Y no te quejes. Hay clima templado,
cálido hoy;
crece el naranjo y la mostaza negra,
de semillas rojizas, en las viejas paredes
Tiza, aceite,
carbón en las paredes. ¿Y qué dicen
esas palabras como verdaderas,
mal escritas, ahí, en la cal?

Nunca me mires tú con la mirada baja,
con orejas,
rumorosa a mi engaño
lleno de ti, como está llena
la gota de agua, muy trémulamente,
de la fecundidad de su mentira
desnuda y plata.

Pero, ¿por qué me está mirando
el aire
si ahora estoy maldiciendo
su ilusión y su trampa?
Cállate, cállate.
No cuentes y no mientas.
Pero, ¿por qué me está mirando el aire
con vileza y sin fe?