Los cien días de Mazowiecki

Antonio Fontán

POLONIA ANTE UNA NUEVA OPORTUNIDAD

El nombramiento de Tadeusz Mazowiecki, un periodista católico, asesor del Sindicato «Solidaridad», como primer ministro de Polonia, marcó, a finales de agosto de 1989, el comienzo de una etapa distinta, totalmente impensable hasta ahora, en la vida de los pueblos del Este de Europa. La «perestroika» de Gorbachov empezaba a facilitar la apertura de los países de socialismo real.

Polonia ha sido el primero de una lista aún no completada plenamente, pero que ha hecho de 1989 un año de cambios espectaculares. La Europa de «la guerra fría» y «el telón de acero» queda atrás, y se abre un nuevo capítulo de la Historia, en el que el comunismo parece aceptar que su papel rector en diversos países, con el apoyo soviético, tras la Segunda Guerra Mundial, ha concluido. NUEVA REVISTA ha querido conocer sobre el terreno qué está pasando en Polonia a los cien días de gobierno de Mazowiecki. Esta es la crónica de esa visita a un país que, como dijo el Papa cuando recibió a Lech Walesa en Roma tras el triunfo de «Solidaridad», aspira a disfrutar de una nueva oportunidad, superando los prejuicios, errores y resentimientos del pasado.

En exclusiva para NUEVA REVISTA, el primer ministro de Polonia, Tadeusz Mazowiecki, respondió a la pregunta de cómo evaluaba él los primeros cien días de su gobierno.

Estos primeros cien días del gobierno -dice Mazowiecki- no son lo mismo que, por ejemplo, los cien primeros días del presidente de EE.UU., quien en este tiempo hace todos los nombramientos, fija las prioridades de su política y establece la forma definitiva de su gobierno y sus agencias. El sistema de la nomenklatura que ha regido en Polonia en los últimos cuarenta años ha hecho que amplios círculos de las élites polacas tuvieran cerrado el camino del servicio al Estado. Esto ha comenzado a cambiar lentamente. Aparecen personas capacitadas y competentes, dispuestas a incorporarse al Servicio Civil y dignas de esta misión, pero el proceso de formación de la administración estatal será largo todavía.

Un éxito indudable de este primer período ha sido, a juicio de Mazowiecki, la creación de bases legales de un nuevo sistema económico, tarea que ha exigido un enorme trabajo teórico y un gran esfuerzo para poder redactar numerosas leyes que permitan pasar de un sistema de planificación económica central a una economía de mercado con un régimen de propiedad mixto. Es un camino que nadie hasta ahora había recorrido, y que este gobierno emprende por primera vez. En este momento la mayoría de las leyes mencionadas están siendo discutidas en el Parlamento y se espera que queden aprobadas antes de finalizar el año.

Hay quien recurre a la metáfora de un coche que está patinando y hay que controlarlo cambiando al mismo tiempo al chófer y reparando la caja de marchas. Este sería el cambio económico que necesita Polonia, cuyo gobierno está aún muy lejos de finalizar esta extraña maniobra, pero sabe ya como efectuarla y, lo que es más importante, tiene el consentimiento del pueblo. Este gobierno, que lejos de prometer a la gente cosas buenas no le habla más que de sacrificios inevitables, sigue ganando confianza popular.

Mazowiecki valora también como un éxito su política exterior. Las visitas del Rey Juan Carlos y del primer ministro de Suecia a Polonia, y sus viajes a Italia y al Vaticano han dado una dimensión europea a su política. La visita del canciller Kohl a Polonia y la suya a la URSS han sido sendos pasos importantes hacia la plena normalización de las relaciones con sus vecinos y para convertir Polonia en un importante factor del orden europeo estable, por no citar ya los múltiples contactos del ministro de Asuntos Exteriores con gobiernos, bancos, Fondo Monetario y grupos de industriales de muchos países.

Para resumir la labor del actual gobierno a lo largo de sus primeros cien días, Mazowiecki dice, sencillamente, que han estado trabajando para conseguir la libertad de Polonia y de los polacos, tanto en el sentido de la soberanía externa como de la independencia interna, así como asegurando las libertades cívicas, libertad de expresión, un estado de derecho, etc. Y también para establecer las libertades económicas.

Al ampliar la zona de la libertad, Polonia está emprendiendo, dice Mazowiecki, el camino de regreso a Europa. La libertad es un valor que jamás ha sido conquistado fácilmente. Los polacos lo saben muy bien por su experiencia histórica y están dispuestos a recorrer este duro camino.

POLONIA RECOBRA SU ALMA

Polonia es una nación en la acepción común que este término tiene en la cultura moderna. Su existencia se remonta a más de un milenio, igual que la de otras muchas entidades políticas del continente europeo. Mieszko I, al que se suele considerar fundador de Polonia, era contemporáneo de Fernán González de Castilla, de los Borreles y Suñeres del condado independiente de Barcelona, de Hugo Capeto de Francia, del primero de los Otones en el Imperio germánico, y del británico Edgar, que logró hacer de Inglaterra un solo reino. En resumen, Mieszko de Polonia, cabeza de la dinastía de los Piast, fue un distinguido personaje más de la gran generación de los abuelos de Europa de la segunda mitad del siglo X.

Bajo este príncipe, y quizá en torno a la localidad de Gniezno, que en seguida con la cristianización sería la primera sede episcopal, se agruparon en una especie de cuerpo político, al estilo de los tiempos, diversas tribus de eslavos occidentales que poblaban las llanadas entre el Odra u Oder, hasta su desembocadura en la actual localidad de Sczezzin, y el Bug, que se une al Vístula veinte millas después de que haya bañado las murallas de la vieja Varsovia. Esta disposición geográfica quiere decir que ya hace más de mil años unos lejanos antepasados de los polacos modernos habitaban una región que sustancialmente se solapa con los espacios de ahora.

A lo largo de tantos siglos, las fronteras de Polonia y de su pueblo se han visto frecuentemente desplazadas por el este y por el oeste, según fuera mayor o menor en cada época la presión de los vecinos germanos o de los orientales, y el vigor expansionista del propio estado polaco. Así, los 312.000 kilómetros cuadrados de la actual república fueron 383.000 en 1918, más de un millón (comprendida Lituania) bajo los grandes reyes Jagellones del siglo XVI y setecientos mil en el momento de las primeras particiones del XVIII. Tras ellas, dejaría de existir hasta la débil sombra de estado «protegido» por los zares que caracterizó aquella centuria. Pero siempre ha habido un territorio polaco, habitado por polacos, en torno a «la reina de los ríos de Polonia», como se suele llamar al Vístula por el hecho de que los ríos son femeninos en la lengua nacional. Y así, en efecto, ha sido bajo los Piast y los Jagellones, con la Res Pública Polonorum de los reyes electivos, durante el siglo y medio del cautiverio nacional, en la restauración de 1918, bajo el martirio de la Segunda Guerra y, finalmente, en estos cuarenta y cinco años últimos de «democracia popular» satelizada en la órbita del poder soviético.

UN PUEBLO CRISTIANO Y «OCCIDENTAL»

En torno al propio Mieszko y al siglo X, se sitúan dos decisiones de vasto alcance que condicionarían la vida de su pueblo. El príncipe se bautizó como cristiano según el rito de Roma y dentro de esta Iglesia, al casarse con una princesa checa; también hizo venir misioneros y maestros de lengua y formación latina para que convirtieran al pueblo y de alguna manera fueran instruyendo a funcionarios y clérigos. Como consecuencia de todo ello, la cultura polaca entera basculó hacia el Occidente. La onomástica y la toponimia se transcribían en caracteres latinos, y esta lengua pasó a ser el idioma de la cancillería, de la escuela, de la historia y de la liturgia. Se adoptó el alfabeto latino para escribir el polaco y emplearlo como lengua literaria (sobre el precedente de la experiencia checa de poco tiempo antes).

Lo que se quiere significar con esta triple y esquemática viñeta, en la que se asocian geografía, religión y lengua, es que hace ya más de mil años que en el ámbito de Polonia concurren elementos étnicos, espirituales y de cultura que lo diferencian sustancialmente de sus vecinos de oriente y de occidente. Sobre ellos vendría a asentarse, y a echar raíces, un patriotismo nacional, orgulloso e indoblegable. Su persistencia viva explica muchos de los acontecimientos que en estos últimos tiempos se están sucediendo, tanto en torno al Vístula como en los territorios circunvecinos que fueron incluidos en la esfera soviética a partir de 1945, tras el final de la guerra. No se debe olvidar que la gran revolución de 1989, que ha puesto fin el imperio político soviético, tuvo su origen y su principal inspiración en la experiencia polaca, que culminó con la designación del primer gobierno no comunista de un país del Pacto de Varsovia, al término de un proceso de negociación tan prudente como efectivo.

En Polonia se habían conocido en no pocas ocasiones chispazos violentos de revuelta como los que dieron lugar a los sucesos de Berlín de 1953, a la revolución húngara del 56 y su cruelísima represión, a la Primavera de Praga del 68, igualmente aplastada por la fuerza, y a acontecimientos similares en otros lugares de la región. Hubo una imponente huelga general en 1956 en la ciudad de Poznan y su zona industrial y minera, que fue reprimida con tanques y soldados, dejando más de cincuenta muertos en la calle. Igualmente fueron trascendentales y violentos los sucesos y enfrentamientos de Gdansk en 1970, cuyas víctimas son recordadas en el impresionante monumento de las tres cruces que se levanta a la entrada de los grandes astilleros que se llamaron Lenin, y en los que trabajaba como obrero electricista Lech Walesa. (Es un puro azar, bellamente simbólico, que el líder del sindicato y del pueblo de Polonia tenga como nombre de pila el del fabuloso personaje que habría dado origen a su nación, según la leyenda de los tres hermanos, Lech, Czech y Rus, cuyas respectivas estirpes se habrían convertido en los pueblos polaco, checo y ruso. Cuentan también las historias que en el Imperio Otomano se conocía a Polonia con el nombre de Lechistán).

Sin embargo, los dramáticos sucesos del 56, del 70 y los que ocurrieron en otros momentos, no constituyen lo más específico de la experiencia polaca en relación con el régimen que le había sido impuesto por el poder hegemónico de la URSS. Lo que caracteriza a la reciente historia polaca es una resistencia constante y generalizada, más pacífica que violenta, que ha tendido, además, a organizarse institucionalmente de alguna manera, logrando así aunar esfuerzos que en otro caso se habrían dispersado inútilmente. Lo cual es particularmente notable ya que los polacos se han señalado siempre por su individualismo y por su inclinación a una cierta disciplina social.

LA GRAN «RESISTENCIA» NACIONAL

Pero en los últimos lustros de la vida polaca, resistieron los campesinos, que salieron triunfantes de su pulso con el gobierno comunista, de modo que ahora, al cambiar el régimen, el noventa por ciento de la agricultura pertenecía al sector privado.

Resistieron los intelectuales de derecha y de izquierda, que en su inmensa mayoría no se dejaron seducir por los halagos del Estado, mientras que otros más enérgicos y decididos crearon el Comité para la Defensa de los Obreros (KOR) con Adam Michnick y el líder social Kuron (hoy diputados del Sejm ambos, y el segundo, ministro de Trabajo). El KOR, unido a «Solidaridad», se convirtió en uno de sus más sólidos pilares, lo cual costó persecución y cárcel, durante varios años, a esos dos y a otros de sus principales dirigentes.

Resistió la Universidad, en la que numerosos maestros continuaron enseñando, sin secundar política ni ideológicamente las directrices oficiales del Estado al desarrollar sus cursos y seleccionar a los nuevos docentes.

Resistieron los obreros, cuya religiosidad les mantenía fieles a una concepción cristiana del hombre y de la vida, que no dejaba resquicios para la penetración de la filosofía del marxismo.

UNA GENERACIÓN NUEVA

Resistió, en una palabra, todo el pueblo del país, y muy destacadamente la Iglesia, que sirvió de elemento aglutinante de tanta resistencia y de organización que hasta cierto punto la articulaba extendida como estaba por todo el tejido social de la nación. (La Iglesia católica conoció ciertamente en estos difíciles años una vida floreciente, que se manifestaba en la catequesis, en las vocaciones del clero y en la respetuosa adhesión de la casi totalidad del pueblo.)

En 1980 se habían cumplido treinta y cinco años del final de la Guerra Mundial. Los sufrimientos polacos empezaban a ser ya una página de la historia. Los hombres y mujeres que los habían experimentado directamente en sus carnes daban paso, por simple ley de vida, a nuevas generaciones. Lech Walesa había nacido el 29 de septiembre de 1943. El historiador y periodista Adam Michnick en el 46. El primero de ellos se había distinguido ya por intentar organizar un sindicato tras los sangrientos sucesos de Gdansk de 1970. En 1979 era expulsado de su trabajo en los astilleros por haber organizado una manifestación de protesta. El 24 de agosto de 1980 saltó los muros de los talleres de que había sido expulsado y a los que no se le permitía el acceso, y se puso al frente de una huelga en favor de la readmisión de los despedidos y en protesta por el encarecimiento de las subsistencias más elementales. Poco tiempo después se creó el famoso sindicato «Solidaridad», que en un año llegó a alcanzar la casi increíble cifra de los diez millones de afiliados.

Los hombres del KOR colaboran con el sindicato. El 14 de agosto de 1981, otros intelectuales, también de la resistencia interior, encabezados por el actual primer ministro, Tadeusz Mazowiecki, y el historiador Bronislaw Geremek, que ahora preside el grupo parlamentario de «Solidaridad», entregaron a Walesa un documento de adhesión con setenta firmas de personalidades de prestigio.

EL PULSO AL RÉGIMEN

Después de todo esto, vendría la ley marcial, tras el golpe de estado del general Jaruzelski en la noche del 13 de diciembre de 1989 (la «Noc Generala», o «Noche del General», según reza el título de un libro que se vende ahora por las calles de Varsovia como si fueran rosquillas). «Solidaridad» fue deslegalizado y sus dirigentes y más activos miembros, perseguidos. Pero la resistencia polaca, bajo nuevas formas o formas renovadas, continuó su acción. Por fin, en la primavera de 1989 tienen lugar entre Solidaridad y el Gobierno, con participación también de la Iglesia, las negociaciones de la «mesa redonda», que concluyeron con el acuerdo de celebrar unas elecciones, como consecuencia de las cuales «Solidaridad» formó un gobierno con participación minoritaria del partido comunista y de sus satélites.

LA EXPERIENCIA POLACA

Los casi nueve años transcurridos entre el «salto» de Walesa y el gobierno de «Solidaridad» habían conocido toda clase de avatares que oscilaban en un juego alternativo constantemente repetido de muertes y resurrecciones. Pero durante todo ese tiempo el sindicato y sus asociados continuaron trabajando juntos, sin sombra de desmayo, actuando como la conciencia viva del pueblo de Polonia y convencidos de que lo eran.

Estaban indudablemente adiestrados por la experiencia, pero respondían también a una especie de tradición nacional polaca. La historia de este pueblo es la de una constante lucha por la conservación y el fomento de la propia identidad en medio de los cambios territoriales y políticos. Durante casi doscientos años, Polonia fue no ya una nación sin estado, sino un pueblo que había visto su viejo estado cautivo primero y aniquilado después, y al que sus carceleros, y vecinos, querían despojar de su condición nacional. Pero, en esa situación, en Polonia se había vivido una forma peculiar de «existencia nacional paralela», que respondía a las aspiraciones del pueblo y era independiente de las estructuras extranjeras del poder político. La religión, predominantemente católica, distinguía a este pueblo de los ortodoxos del este y de los protestantes del oeste. Esto en cuanto a la mayoría de la gente y al perfil espiritual de la nación.

Porque, a diferencia de los protestantes de Prusia y los ortodoxos rusos, los polacos católicos practicaron siempre una tolerancia religiosa casi desconocida en el resto de Europa. De ellos se ha dicho, con plena verdad, que han sido «el país sin hogueras».

Polonia, entonces, subsistió en gran medida merced a la voz de sus poetas y escritores, cuya cumbre es el gran vate romántico Stefan Mickiewicz en cuyas palabras se encarna el alma de su pueblo. Ahora las cosas han transcurrido de otro modo. Han sido los obreros y los intelectuales de «Solidaridad» los que han hecho posible el milagro de que se junten la «Polonia legal» y la «Polonia real», asumiendo ellos la responsabilidad y los riesgos del ejercicio del poder con una economía en bancarrota y con una estructura estatal desvencijada. Todos los espíritus que aman las libertades públicas y personales están obligados a desearles que acierten y, en la medida en que esté en su mano, a ayudarles a que lo consigan.