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Ver productos1 de febrero de 1990 - 3min.
La más visible novedad que un periodista o político que haya visitado antes la ciudad encuentra en la Varsovia de hoy —después de la «mesa redonda», de las elecciones de junio y del gobierno de «Solidaridad»— es una sensación de libertad. Los interlocutores no tienen miedo a los micrófonos —aunque quizá no haya habido oportunidad de quitarlos todos— ni reservas para hablar.
Ha desaparecido la censura. El diario más vendido, con muy notable diferencia, es la «Gaceta electoral», que creó «Solidaridad» para la campaña electoral. Su éxito prueba que los políticos y escritores del sindicato conservan intacta la confianza popular que les testimoniaron las urnas.
La televisión es abierta y nada partidista. En sus pantallas se puede ver a diario a políticos que hace unos años, con el mismo Jefe del Estado, y estando en el poder algunos comunistas de los que todavía siguen, fueron encarcelados. Tales son los casos del actual primer ministro, Mazowiecki, o del titular de Trabajo, Kuron, o del diputado y director de la «Gaceta», Michnick. Otros personajes, que hoy están igualmente en el poder, y en las pantallas, no fueron formalmente presos, sino sólo confinados o privados de pasaporte e impedidos de salir del país, o de volver a entrar, si habían logrado partir. El propio Walesa no pudo acudir en noviembre del 83 a recoger el Premio Nobel de la Paz, porque sabía que después no se le permitiría regresar a Polonia. Ahora, en sus numerosos viajes por las cúpulas del mundo se le ve entrar y salir con las consideraciones de un «VIP» y casi como si fuera el jefe de un estado, aunque sólo ocupe la presidencia del Sindicato.
Entre los políticos de «Solidaridad» que están en el Parlamento y en el Gobierno reina un clima de entusiasmo que desborda en un ambiente de simpatía las no escasas manifestaciones de inexperiencia e improvisación que en muchos de ellos son más que perceptibles.
En las calles de Varsovia se venden en puestecillos que se acumulan en las aceras ante los grandes almacenes —tan poco provistos de objetos apetecibles— las cosas más diversas, en general no de mucha calidad. Desde modestos automóviles parados en los espaciosos andenes de la Marzalkovska, se ofrecen al viandante billetes de lotería, libros populares, por ejemplo, el famoso «Noc Generala» o «Noche del General». En unas camionetas, irregularmente aparcadas, se venden frutas y carne de cerdo diestramente cortada por competentes tablajeros sobre el suelo mismo de la caja del vehículo.
Antes, la oposición polaca blasonaba de poseer la más grande editorial clandestina del mundo comunista, con cientos de títulos que estaban prohibidos por la dictadura. Ahora ya nada es clandestino. Las dificultades de los que quieran editar son la pobre calidad de las imprentas, la falta de recursos y la escasez de papel. El diario «Le Monde» ha regalado una antigua rotativa a la «Gaceta» de Varsovia; pero en la «Gaceta» no saben cómo resolver la cuestión de los fondos precisos para costear la instalación.
Los problemas más graves y profundos saltan a la vista: son el económico y la urgente y laboriosísima operación de una perestroika o reestructuración, que restablezca un verdadero sistema económico y desmonte el inútil, frustrante y costosísimo aparato de la administración de todo por un estado incompetente.
A los polacos también les inquieta lo que pueda pasar en Alemania. Una pronta reunificación no pactada con alguien que garantice las fronteras nacionales, no dejaría de evocar fantasmas que no son sólo de ayer sino de siempre. Verse de nuevo entre dos gigantes, que cualquier día podrían volverse ambiciosos, no es tranquilizador para mucha gente. Rusos y germanos se han repartido Polonia varias veces desde mediados del siglo XVIII. Y declararon extinguido el Estado polaco en dos ocasiones.
El camino de la recuperación polaca será sin duda empresa ardua. Pero el país es rico en recursos naturales de permanente valor y, sobre todo, en los recursos humanos que representa una población cuantiosa, culta y avispada.