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Ver productosEl catálogo de las dificultades polacas no se limita a los problemas interiores, a las incómodas perspectivas económicas o a las contradicciones que crea la «cohabitación». Polonia era hasta ahora un satélite de la URSS y no tenía política exterior propia. Aliado obligatorio de los soviéticos, miembro del Pacto de Varsovia y del Comecón, Polonia se miraba resignada en el espejo de la historia, donde alternativamente se ha reflejado, por usar el título de una obra de Geremek, «la horca o la piedad». La mayoría de los polacos, ante la pregunta del historiador Norman Davies: «¿Por qué este país debe sufrir tales indignidades?», hacían suya la contestación del escritor inglés: «Sólo hay una respuesta posible, el interés de la Unión Soviética lo exige». Según Davies, «los polacos se ven obligados a asistir al desmantelamiento de su país sin la sombra de una razón verdadera, y a ver sus esperanzas destruidas sin pausas, y se preguntan si ellos son verdaderamente incompetentes, como sostienen los vecinos alemanes supereficaces».
El vecino alemán y el vecino ruso han sido siempre «el otro» en la historia polaca. El otro: el antagonista, el enemigo, el invasor de Polonia, cuya política, como ha descrito Gombrowicz, se ha visto «limitada al máximo por la situación de este pequeño país, colocado en el corazón de una Europa movida por toda clase de convulsiones».
Ahora, Polonia ha recuperado su voz. En política exterior, también los vecinos tienen ya voz propia, y uno de ellos, Alemania Oriental, socio de los polacos bajo la hegemonía soviética, no se siente obligado a guardar las formas ante la posibilidad de derribar definitivamente el Muro de Berlín y unirse a la poderosa República Federal. Los fantasmas del pasado nunca se van del todo.
Algunos de esos fantasmas fueron los que aparecieron cuando los polacos, que tradicionalmente se surten en la DDR de las mercancías que después revenden con todo desparpajo mundo adelante, vivieron en Berlín Este imprevistas escenas de xenofobia durante el pasado mes de diciembre: los eufóricos teutones no querían servir a estos polacos de alma fenicia. Mazowiecki envió una comisión a arreglar el problema, y amenazó con repatriar a los treinta mil compatriotas que trabajan, como «Gastarbeiter», en la Alemania comunista.
En la rueda de prensa que siguió a los incidentes, un periodista preguntó a la portavoz del Gobierno, que es el rostro amable de la nueva Polonia, si a la delegación polaca que había ido a negociar le habían servido de comer en Berlín, y Malgorzata Niezabitowska, sin perder la sonrisa, contestó: «No tenemos noticia de que estén hambrientos, pero si lo piden, les enviaremos comida…»
La crisis con Berlín Este y la negativa formal del canciller Kohl, que interrumpió su viaje a Polonia para ver con sus propios ojos la caída del Muro, a declarar inamovibles las fronteras de Yalta, han recordado a los polacos que, como dice el ministro de Asuntos Exteriores, el independiente Krzysztof Skubiszewski, «Polonia es soberana hacia el exterior e independiente en las cuestiones internas». Y en esa línea, además de decirles a los alemanes que las fronteras son intocables —cosa que respaldan todos los polacos, de Jaruzelski a Michnik— el ministro ha señalado que «hay que superar todo lo malo que se ha acumulado en las relaciones internacionales de la posguerra, desde la división en bloques militares a los nacionalismos exagerados».
Al otro vecino poderoso, la URSS, se le ha enviado un mensaje muy simple: el Pacto Ribbentrop-Molotov fue un crimen contra Polonia, y Katyn, donde fue asesinado por Stalin lo mejor del ejército polaco, algo por lo que hay que pedir perdón.
Si en «Solidarnosc» Mazowiecki es el cerebro y Geremek la palabra, Adam Michnik representa el corazón. Historiador, activista, orador, periodista, Michnik, con 43 años, es una figura central en la Polonia de hoy. Es colaborador de universidades y periódicos occidentales y en 1989 fue elegido «europeo del año».
Vestido como cuando era estudiante y era frecuentemente detenido por la policía política, ha hecho de la redacción de «Gazeta» una trinchera de la nueva libertad polaca. Habla francés con un simpático tartamudeo, es un experto en literatura y durante la charla cita a Unamuno y a los escritores polacos contemporáneos sin dejar de fumar uno tras otro cigarrillos «Gitanes» y de atender las interrupciones continuas de unos redactores entusiastas y aguerridos como él.
ANTONIO FONTÁN. – Necesitamos tener su orientación y su visión del actual momento polaco, el momento de la gran esperanza de la recuperación de Polonia.
ADAM MICHNIK. – Entiendo que lo único interesante que ustedes quieren escuchar de mí es lo que tenga que decir sobre los peligros que existen para esta esperanza.
A.F. La esperanza la compartimos todos y los peligros probablemente no somos capaces de identificarlos. Mi primera impresión en esta nueva visita a Polonia es que en este país se vive un clima de libertad que antes no se advertía. No hay miedo y la gente se manifiesta con libertad. Esto es esperanzador. Parece difícil volver atrás en el caso de que los peligros vencieran al esfuerzo liberalizador, fruto de una lucha de años por parte de ustedes, en la que se juntan «Solidarnosc», intelectuales, cárcel, constancia y tenacidad de muchas personas. A diferencia de otros países vecinos, la recuperación de la libertad en Polonia no es una improvisación. Aquí se ha construido una estructura humana que es capaz de ocupar el Parlamento, entrar en el Gobierno, hacer los periódicos, estar en la televisión… Eso parece un gran motivo para la esperanza.
A.M. Hasta ahora los peligros de la democracia en Polonia se reducían al problema del ejército soviético. Esta vez las cosas han cambiado. El peligro principal está en la situación interna. La amenaza principal reside en la cuestión económica. En cuanto a la economía, hemos emprendido un camino que antes nadie había andado: pasar de la economía totalitaria a la economía de mercado. Nadie puede anticipar con seguridad las trampas que nos esperan en este camino, ni lo que va a venir primero, o bien el éxito palpable de esta política económica o, por el contrario, los elementos negativos de esta política. Nadie está en condiciones de responder a la pregunta de si el pueblo va a aguantar el proceso de estabilización, con las consecuencias de empobrecimiento notable que se van a producir. El primer peligro es este…
A.F. – Pero no es el único, al parecer…
A.M. El segundo peligro es que no están todavía creadas las estructuras de la vida pública. El antiguo sistema de instituciones de nuestra vida pública se ha venido a tierra, y el nuevo todavía no acaba de formarse. Y aún hay una tercera amenaza. Es todo el territorio geográfico, y no sólo la economía, lo que ha entrado en esta fase desestabilizadora. Nadie sabe lo que ocurrirá. O bien la destrucción de la estabilidad, o bien el derribo de todo el sistema comunista. Y dejo para el final la incógnita sobre los grandes vencidos del proceso: un grupo de personas frustradas, derrotadas, en peligro, amenazadas… y armadas.
Es como resolver la cuadratura del círculo. Habría que encontrar sustitutivos al hecho de tener que pedirle a la gente que se apriete el cinturón, y una recompensa para ello sería la revancha sobre los comunistas. Pero por el camino de la venganza rompemos el compromiso de la «mesa redonda», y entonces todo sería posible: desde la plaza de Tiennamen hasta la guerra civil. Estos son los dilemas que se nos presentan. Pero se puede decir lo que dijo un socialista francés después del nombramiento de León Blum como jefe del gobierno francés en 1936: «Los problemas y las dificultades por fin han llegado». Hasta ahora eran trampas, ahora son problemas verdaderos.
MIGUEL ÁNGEL GOZALO. – Pero ustedes ya sabían que esto iba a pasar, que vendrían estos problemas…
A.M. Sí, lo habíamos calculado, pero no lo habíamos podido prever todo… Ha habido sorpresas, y debo decir que, hasta ahora, más bien agradables. Pero cuando alguien está en la cárcel y quiere fugarse, lo primero que piensa es cómo fugarse, y no qué pantalón va a ponerse una vez que se haya largado. Hemos escapado de la cárcel, y ahora tenemos el problema de los zapatos, del dinero, del sombrero, del pantalón y de las armas.
A.F. Hay una serie de fuerzas que, o bien apoyan esta recuperación de la nación, o bien la toleran. La promueven los dirigentes, la apoyan los sindicatos y la población; el ejército la tolera, y los soviéticos la aceptan como una realidad contra la que aparentemente no pueden hacer nada. Estos son elementos muy consistentes de la nueva situación.
A.M. – Estoy de acuerdo. Se puede hablar también de una cierta diversidad dentro del campo de las fuerzas antitotalitarias, y es aquí donde pueden generarse conflictos, que van a desarrollarse en torno, más o menos, a dos problemas: el primero, la opción en favor del mercado, con las consecuencias sociales que ello va a acarrear, y esa división clásica entre ricos y pobres. El segundo conflicto podría entablarse entre lo que yo denominaría una orientación europea y una orientación nacionalista. Yo lo presento de una manera muy esquemática, pero éste es el otro de los dos grandes problemas que se plantean: decidir si rechazamos el comunismo por ser incompatible con el catálogo de valores democráticos europeos, o si lo rechazamos por incompatibilidad con los valores nacionales, por ser algo no arraigado en la tradición nacional. Las dos posiciones tienen sus caricaturas, y elementos racionales también. Pero la línea divisoria se ve: o queremos ser parte de la Europa democrática, o apostamos por un aislamiento nacionalista.
M.A.G. – ¿Es posible cuantificar ambas tendencias, saber cómo está repartida la opinión en torno a ellas?
A.M. No. En este momento es muy difícil contestar a eso. El fenómeno polaco es el fenómeno de «Solidarnosc», que ha sabido reunificar estas tendencias opuestas en su afán de resistencia antitotalitaria. Si no sus líderes, por lo menos sí el movimiento de masas. Pero hoy es muy difícil saber cómo se va a perfilar esto en un futuro.
M.A.G. – ¿Qué partidos pueden aparecer en ese futuro, y con qué líderes, en el supuesto de que Polonia se convierta en una democracia de corte occidental?
A.M. No serán partidos de tipo occidental, y las diferencias entre ellos tampoco serán de tipo europeo. Aquí se ha roto una continuidad. La diferencia entre España y Polonia es que, si bien tanto allí como aquí ha habido dictadura, en España la dictadura fue superpuesta a una estructura social distinta a ella. Por lo tanto, en España ha sido posible la restitución de un orden europeo. Aquí fue distinta la base de las relaciones económicas y sociales. Y no es que se trate de unos rasgos específicos de Polonia, pues hasta ahora en ninguno de los países postcomunistas ha tenido lugar la reinstauración del orden social anterior de tipo, digamos, europeo.
A.F. Porque lo que había existido, fue destruido.
M.A.G. En España, la dictadura resultaba anacrónica para una sociedad que ya era bastante moderna, y aquí no pasa eso…
A.M. Aquí el anacronismo es de otro género. Lo que se ha generado es un anacronismo de todo el sistema en relación con el resto de Europa.
A.F. – El cambio que ha supuesto el régimen comunista en todos los países de Europa ha sido un cambio social más profundo que el de la Revolución Francesa. La Revolución Francesa pudo cortar la cabeza a unos aristócratas que fueron sustituidos en su función social por una burguesía, mientras que en estos países las estructuras sociales precedentes han sido sustituidas por una estatalización anónima que no responde ante nadie más que ante la cúpula de su propia estructura.
A.M. Al mismo tiempo, esa estructura que usted describe es extremadamente ineficaz.
A.F. – Ha producido un empobrecimiento. No un reparto de la riqueza, sino de la pobreza.
A.M. – La redistribución de la riqueza también ocurrió. Al fin y al cabo, esa es la gran idea del comunismo, una idea que consiste en entregar a unos el dinero robado a otros… En un primer momento, a unos se les quitó para dárselo a otros, para después pasar a la fase de la producción. Pero esa fase ya no funcionó.
A.F. – No existe ninguna razón ni económica ni histórica para que Polonia sea un país pobre respecto de otros de Europa. Polonia tiene recursos, agricultura, ganadería…, y también un nivel cultural comparable al de otros del continente. Pero el sistema ha hecho que esto no produzca ningún efecto beneficioso…
A.M. Podría aceptarse como una simplificación, sí. Y digo una simplificación, porque el pasado de Polonia, anterior a la última guerra, tampoco había sido de una tradición democrática consolidada, y un ethos del trabajo afianzado. Pero creo que el pasado de España es bastante similar en este aspecto…
A.F. Y sin embargo hemos podido resolver este problema…
A.M. Sí, ustedes han podido arreglarlo. Se puede decir que por primera vez en la Historia han tenido ustedes suerte.
M.A.G. – ¿Qué piensa de lo que está pasando en los demás países comunistas? ¿La aceleración del proceso de cambio de los vecinos no puede poner en peligro la situación polaca?
A.M. Sí, crea peligros. Pero la Historia es una señora desagradable que no sigue nuestros relojes. Es una sorpresa lo que está pasando. Nadie lo esperaba, ni que fuera a un ritmo tan acelerado. Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia… Es un año histórico, sin duda.
A.F. Usted ha estado recientemente en la Unión Soviética, cuyo idioma, cultura, tradiciones y literatura política oficial conoce bien. ¿Hay alguna esperanza o posibilidad de que un fenómeno como el de los países occidentales se produzca en la Unión Soviética? En este momento produce la impresión de que la dirección política de la Unión Soviética atraviesa una crisis de conciencia ideológica como consecuencia del fracaso político y económico del gobierno. Gorbachov habla de que los pueblos de Europa elijan su destino, pero la doctrina que él aprendió era que el Partido Comunista señalaría el destino de cada uno de los pueblos. La fuerza militar soviética está estrechamente articulada con el Partido: es más un ejército comunista que un ejército nacional. En este momento, si dejara de haber un gobierno comunista, una filosofía comunista, un ejército comunista, todo sería posible. Hasta Napoleón. ¿O no es posible Napoleón? Por otra parte, los acuerdos de la Unión Soviética con los Estados Unidos son difícilmente reversibles. Los comunistas han renunciado a salvar a la humanidad. Es como si los cristianos renunciaran a bautizar.
A.M. Quizá no tanto como si los cristianos renunciaran al bautismo, sino como si renunciaran a construir sociedades teocráticas. La pregunta sobre Napoleón habría que planteársela a los generales soviéticos Gromov o Rodionov, y sería interesante saber lo que dirían. Yo pienso que todas las analogías históricas pueden fallar y que el proceso que se está produciendo en la URSS es irreversible, en la medida en que no hay retorno posible a Breznev. En cambio, sí que advierto el peligro de una dictadura militar. Yo mismo he oído voces, en este sentido, del ala nacionalista de los soviéticos cuando he estado recientemente en Moscú.
A.F. Al dejar de ser internacionalistas, se convierten en nacionalistas.
A.M. – Estos de los que estoy hablando siempre han sido unos internacionalistas muy especiales… Fue un internacionalismo muy extraño, que, paradójicamente, destruía la cultura rusa, pero rusificaba a todas las demás.
M.A.G. – Eran unos internacionalistas colonialistas…
A.M. Es usted el que lo dice…
M.A.G. Pero ¿usted cree, como historiador, que el fenómeno del comunismo ha terminado?
A.M. En cuanto propuesta ideológica, sí. Como fe en la eficacia económica, también. Pero como fuerza física, no. Existe.
M.A.G. – El conflicto que estos días aparece entre los polacos y los alemanes, con escenas de xenofobia antipolaca en la República Democrática, ¿es un viejo problema que vuelve? ¿Cómo lo ve usted?
A.M. Este es el artículo que estoy escribiendo para mañana, en este preciso instante. Pero antes de anticipárselo, quiero decirles que yo, hablando de Rusia, procuro evitar ciertas palabras que para los rusos son inaceptables en los labios de un polaco. Y por tanto yo prefiero hablar de un orden anormal de relaciones internacionales, que de un colonialismo… Y volviendo al tema, además, todo ha cambiado, y cambia todos los días. Crece vertiginosamente la emoción antipolaca en la DDR. No sabemos decir si es un proceso transitorio o duradero, ni tampoco si en esta parte de Alemania, donde no ha habido desnazificación, han podido sobrevivir acaso tendencias revanchistas y chauvinistas. Desde nuestro punto de vista, Alemania es una cuestión que incumbe a todo el mundo y sólo puede ser discutida en el foro europeo.
A.F. – ¿Sin América, sin Rusia?
A.M. – Con América, con Rusia, y con toda Europa. De otra forma es imposible. Siempre he sido de la opinión, y lo he escrito, que los alemanes tienen que tener el derecho a disponer de un solo Estado. Pero debo añadir que los otros países de Europa tienen que tener el derecho de vivir en paz. Por dos veces, los alemanes han sido la causa de dos grandes guerras europeas. Esto no puede ser un estigma para los alemanes para todos los tiempos, pero el cambio sí impone un compromiso muy particular.
M.A.G. – Hablando de conflictos, y dado que su apellido es de origen judío, entre los demonios del pasado polaco figura el fenómeno del antisemitismo. ¿Usted cree que puede existir aquí todavía antisemitismo político?
A.M. El fenómeno singular del antisemitismo en Polonia consiste en que Polonia es un país sin judíos. Es digno de reflexión que haya antisemitismo en un país sin judíos. La mía es la siguiente: si en Polonia usted habla con alguien dos horas, y esta persona le dice cinco veces durante estas dos horas que no es antisemita, eso quiere decir que seguro que lo es. En cambio si el interlocutor le dice que todo lo malo en Polonia es por culpa de los judíos, y esta es la razón de que odie a los judíos profundamente, puede estar seguro de que no se refiere a los judíos, porque los judíos no existen. Yo tengo la hipótesis siguiente: la gente de una cierta formación es reconocible por alguna razón, por algún síntoma. Nos gustan las mismas canciones, los mismos poemas, las mismas cosas, los mismos libros, Byron, Cervantes… Y otras personas se reconocen por su antisemitismo. Yo creo que hay en la cultura europea una categoría humana de personas que se reconocen por su antisemitismo. Pero, por fortuna, son mala gente…
Dos científicos españoles – el autor y Javier Cacho Gómez, físico, especializado en temas atmosféricos- han regresado recientemente de la Antártida después de tres meses de estancia en la base argentina Vicecomodoro Marambio, que es una de las más importantes de la península antártica debido a su pista aérea, operable todo el año. Ambos pertenecen a un equipo de ocho personas que forman el Grupo Atmósfera en el Instituto Nacional de Técnica Aerospacial (INTA) en Torrejón de Ardoz. Dicho grupo lleva más de doce años estudiando el ozono y la atmósfera en general.
El mar es un espejo que refleja con nitidez los colores del cielo y las nubes. El hielo se reparte irregularmente por el agua: hasta el horizonte, grandes témpanos de color azul procedentes de los glaciares recortan sus descomunales perfiles haciéndose pequeños con la distancia. Más cerca, la superficie está cubierta de hielo marino fragmentado en pedacitos, formando un sustrato suficientemente firme para que algunos pingüinos caminen sobre él, zambulléndose aquí para reaparecer allá, con sus plumas blancas pectorales brillando con limpios reflejos.
En la playa caminan algunos individuos mientras otros, con esa seriedad que les confiere su elegante plumaje, observan inmóviles algún punto indeterminado cual si meditaran cuestiones muy importantes. Por detrás, las laderas escarpadas de la costa se muestran cubiertas de miles de pingüinos cuidando de sus nidos, amorosamente dispuestos con piedrecitas. Nosotros, con nuestros equipos fotográficos, nuestras ropas de abrigo y nuestra indefensión nos sentimos intrusos en aquel paraje y damos la vuelta para regresar a la base.
Después de unos meses de mediciones en la estación antártica argentina Vicecomodoro Marambio (isla Seymour) hemos aprendido que en Antártida la base es la vida.
Los instrumentos científicos funcionan a la perfección. Bajo el agujero de ozono, medimos dióxido de nitrógeno (NO2) y radiación ultravioleta. Creemos que hacemos algo importante pues los datos obtenidos servirán para que nuestro grupo y otros científicos de muchas nacionalidades elaboren y comprueben las teorías que expliquen un fenómeno que nos preocupa a todos:
El ozono estratosférico se destruye en Antártida debido a la contaminación humana.
El dióxido de nitrógeno y otros compuestos nitrogenados, en parte producidos por el hombre, inhiben unas veces y cooperan otras en la destrucción de ozono, en una dinámica química no del todo comprendida aún.
Por encima de la troposfera, que es la capa inferior de la atmósfera y es donde se producen los fenómenos meteorológicos, se encuentra la estratosfera, a partir de los 10-12 km de altura. Allí se alcanza un delicado equilibrio entre la radiación solar y las distintas especies químicas.
En los polos, durante la larga noche invernal, se registran temperaturas muy bajas (menos de 80° negativos) y algunas sustancias se congelan formando «nubes estratosféricas polares». Las condiciones dinámicas de la estratosfera antártica, influidas por la simetría en la distribución de tierras alrededor del polo, producen el aislamiento de una gran masa de aire que gira en sentido horario como una gigantesca borrasca.
A finales del invierno austral, después de una noche de seis meses, el sol comienza a incidir sobre las capas altas de la atmósfera. Estas condiciones permiten que el cloro libre y otras sustancias reaccionen de varias maneras destruyendo rápidamente el ozono. En el interior de la masa de aire aislado sobre el continente desaparece la mayoría de las moléculas de ozono, dejando el camino libre a la radiación ultravioleta solar, que en los días despejados alcanza la superficie con una intensidad extraordinaria.
El agujero que se forma, de tamaño similar al del continente, evoluciona cerca del polo siguiendo las corrientes de aire dominantes.
Estas condiciones se mantienen hasta la primavera en que se calienta la estratosfera y cambia el régimen de vientos en altura, deshaciéndose la borrasca o vórtice polar. El aire rico en ozono se mezcla con el aire empobrecido y se recuperan los valores normales de este gas antes de la destrucción masiva.
Desde hace varios años, este fenómeno se viene repitiendo año tras año con una tendencia creciente en cuanto a niveles de desaparición de ozono.
El cloro libre existente en la estratosfera proviene de la fotólisis de moléculas como los carburos de flúor y cloro (CFC) ampliamente utilizados en la actualidad. Estas sustancias se usan como propelentes en los aerosoles domésticos, como gas refrigerante en muchas máquinas de calor (frigoríficos, aire acondicionado…), como agente espumante, etcétera.
Es posible que aún estemos a tiempo de prevenir daños irreversibles en la capa de ozono. La opinión pública se ha hecho eco del llamamiento de los científicos induciendo al poder político a tomar medidas restrictivas en la emisión de algunos contaminantes.
Los países industrializados han firmado importantes acuerdos para reducir o eliminar el vertido de sustancias peligrosas para el ozono, pero eso sólo no basta. Es necesaria una cooperación internacional entre los países ricos y pobres para que los segundos puedan adecuar su desarrollo económico a las nuevas tecnologías más limpias pero normalmente más caras.
La protección de la atmósfera y del medio ambiente en general pasa de ser una cuestión ociosa para convertirse en un principio de economía.
Pero en Antártida, a finales de noviembre uno no se acuerda de estas cosas. La temperatura en la estratosfera está subiendo y la concentración de ozono crece hasta alcanzar sus valores habituales. La campaña de mediciones toca a su fin. Mañana, si la meteorología no lo impide, el Hércules C-130 de la Fuerza Aérea argentina nos llevará al continente americano.
Nos acercamos a la Antártida sintiéndonos grandes exploradores. Los trabajos han durado tres meses durante los cuales hemos experimentado los rigores del clima, la amistad, la convivencia, el aislamiento.
Nos vamos de Antártida viéndonos pequeños seres humanos.
La temperatura de la superficie de la Tierra ha aumentado en 33 °C; ciertamente, no se ha tratado de un cambio brusco, porque la Naturaleza se ha tomado diez millones de años para alcanzar ese incremento, desde los -18 °C de temperatura media hasta los 15 °C del momento actual. Esto equivale, dejando a un lado las oscilaciones habidas, a una pequeñísima fracción de grado por año y aun por siglo o a unas seis milésimas de grado a lo largo de nuestra era; visto de otra manera, el ritmo de calentamiento equivale al de 1 °C cada 300.000 años.
Sin embargo, en los últimos siglos la temperatura ha subido medio grado o un poquito más, es decir, lo que tendría que haber tardado 150.000 años. Este hecho se atribuye por muchos al menos en buena parte a la presencia en la atmósfera, en cantidades sin precedente y por causas no naturales, de determinados gases que poseen la propiedad de retener el calor: son los gases del llamado efecto invernadero, anhídrido carbónico, metano, clorofluocarbonados y óxidos de nitrógeno, principalmente, cuya presencia es cuantitativamente pequeña pero cualitativamente relevante, ya que son muy eficaces en la retención del calor y tanto más cuanto su presencia es menor.
Otros afirman, en cambio, que el aumento de temperatura constatado no excede los límites normales de variación natural, y que en todo caso, si el aumento prosiguiese, se darían procesos también naturales de corrección; por ejemplo, la nubosidad aumentaría con la temperatura, al ser mayor la evaporación, y ello se traduciría en reflejar en mayor proporción la luz solar incidente; las aguas de los océanos, más cálidas, y la misma vegetación, que crecería más, podrían actuar como sumideros del exceso de anhídrido carbónico. Pero aun así nada asegura que no puedan darse al mismo tiempo otros procesos naturales que actúen en sentido contrario, acelerando el aumento: ejemplo típico sería la liberación de metano que seguiría al calentamiento de la tundra helada, donde se contienen enormes cantidades de ese gas.
Por añadidura, si se mantiene la cantidad de emisiones a la atmósfera de gases causantes del efecto invernadero -unos 10.000 millones anuales de toneladas, sólo de anhídrido carbónico-, el aumento previsible de la temperatura para dentro de 50 ó 60 años podría situarse entre 1,5 °C y 4,5 °C, según los distintos escenarios contemplados por los modelos que dan lugar a estas predicciones.
Si cabe un cambio tan importante, y si cabe incluso la probabilidad de que el proceso se haya desencadenado ya, no parece prudente esperar a que se resuelvan las incertidumbres y correr el riesgo de que se produzcan los efectos catastróficos que el cambio traería consigo.
Entre estos riesgos, el más llamativo sería la subida del nivel del mar, que se cifra entre 25 ó 30 cm y 1,5 metros; si se alcanzase la subida de un metro, quedarían inundados centenares de miles de kilómetros cuadrados, muchos de ellos densamente poblados, e islas enteras; la historia de los Países Bajos tendría que repetirse en muchas zonas costeras y donde no fuera posible por razones técnicas o económicas la construcción de diques, la humanidad se encontraría de nuevo, como en los viejísimos tiempos, con la figura de los emigrantes o refugiados ambientales.
El cambio global del clima, definido por un incremento aparentemente modesto de un solo parámetro, la temperatura, iría probablemente acompañado de otras modificaciones: ese nuevo clima, levemente más cálido, sería más variable en otros aspectos, como la distribución de las precipitaciones, más irregular, huracanes y períodos de sequía más frecuentes y prolongados, que en cierto modo puede conjeturarse que han empezado ya.
El aumento global de temperatura se daría de modo desigual; los cambios serían menores en las latitudes bajas, en los trópicos, y las consecuencias serían mayores en el paisaje de las latitudes medias y elevadas.
Las grandes extensiones de cultivos cerealistas habrían de desplazarse hacia el Norte, lo mismo que tratarían de hacer, previsiblemente con mucha mayor dificultad a causa de la velocidad del cambio climático y de las barreras establecidas por la acción humana, las formaciones vegetales naturales; pondrían así en aprieto a los bosques boreales, que hoy significan el 23 por ciento de la superficie total de bosques, para los que poco desplazamiento cabe en esa dirección. Con el calor se daría un cierto retorno a los últimos períodos del Terciario, con proliferación de helechos y plantas de hoja persistente.
Los animales tendrían también sus problemas a veces territoriales, a veces un tanto pintorescos. Las vías de escape a la amenaza térmica podrían bloquearse muchas veces por las mismas razones que para los vegetales; el oso polar no tendría donde ir; algunas especies, como los caimanes y las tortugas, verían comprometida su existencia por una curiosa circunstancia: el sexo de sus crías viene determinado por la temperatura de incubación de los huevos, de modo que éstos dan lugar a machos cuando la temperatura es más alta y a hembras cuando es más baja (caimanes) o al revés (tortugas); en consecuencia, el aumento de temperatura podría resultar en poblaciones desequilibradas en cuanto a la proporción de individuos de uno u otro sexo.
Las consecuencias económicas son aún más inciertas y difíciles de predecir. Sí que puede afirmarse que la necesidad de controlar las emisiones supondrá grandes problemas para la agricultura y la industria. Algunas cifras que se manejan son un 3 por ciento del producto global bruto, 20 dólares por cada tonelada de anhídrido carbónico no emitida, 250 dólares per cápita en el conjunto de países en desarrollo para independizar a la agricultura del cambio climático, 6.000 millones anuales de dólares para un plan de repoblación de 750 millones de hectáreas en 40 años…
Así las cosas, la respuesta ante el riesgo puede tomar dos formas. La primera sería intentar una limitación del cambio climático, atacando el problema en sus causas, es decir, buscando la reducción de las emisiones o maneras de «capturarlas», como el aumento de la biomasa vegetal, capaz de realizar esta operación de captura.
La segunda forma sería la adaptación, la orientación hacia la prevención de los efectos, desarrollando nuevos modos de agricultura y ganadería, de organización de las ciudades, de construcción de infraestructuras. Si, como muchos opinan, no será posible detener por completo el proceso de calentamiento, la adaptación resulta vital y debería comenzarse ya.
No sería la primera vez que los políticos desoyen las advertencias de los científicos. Las elecciones políticas se celebran cada pocos años, su período de recurrencia —expresión que se aplica, por ejemplo, al plazo en que se dará una lluvia intensa causante de grandes inundaciones— es bastante menor que el de muchos fenómenos naturales, y quizás sea mucho pedir a los electos que no imiten a Luis XIV y que se preocupen de eventos que podrían ocurrir dentro de 40 ó 50 años.
Afortunadamente, en este caso, el caso del medio ambiente, es posible que haya sido así, pero no está siendo así y, sobre todo, no va a ser así; posiblemente, porque la opinión pública retrotrae el problema al momento presente, o porque se formula en términos económicos, o también porque se capta su gravedad con sentido de responsabilidad.
En el mes de enero de 1988, se reunieron en París 75 Premios Nobel convocados por el presidente Mitterrand para reflexionar durante tres días sobre las grandes cuestiones que se plantean hoy al hombre; entre sus reflexiones publicadas se cuentan éstas: «La Humanidad vive en una interdependencia permanente y lo que ocurre a un grupo afecta a todos»; «Debe darse prioridad absoluta a las políticas ecológicas».
En julio de 1989 se reunieron, también en París, los presidentes de los siete países democráticos más industrializados; la «cumbre verde», como llegó a llamarse a esta reunión, no sólo abordaba por primera vez cuestiones ambientales, sino que definió como principales problemas o desafíos económicos con que enfrentarse la protección del medio ambiente y el desarrollo sostenido, junto con la integración de los países no industrializados en la economía mundial. Los Siete hicieron una llamada a la acción —punto no demasiado frecuente en las materias de medio ambiente, donde del dicho al hecho suele haber mucho más trecho de lo corriente— y precisamente a la acción conjunta de todos los países, conscientes de la envergadura de los problemas y conscientes también de que los países desarrollados no podrán resolverlos por sí solos. Aunque en el año 2000 el consumo per cápita de energía será todavía seis veces mayor en los países industrializados, el consumo total de los países en desarrollo habrá crecido para entonces un 76 por ciento y sus emisiones de anhídrido carbónico superarán a los de aquellos en cifras absolutas.
En el pasado mes de noviembre, más de 60 países estuvieron representados en la Conferencia Ministerial sobre contaminación atmosférica y cambio climático que se celebró en la localidad holandesa de Noordwijk, para poner en marcha una convención internacional sobre el cambio climático con el fin de despejar cuanto antes las incertidumbres y de buscar los procedimientos para estabilizar las emisiones en el futuro. Antes de terminar 1990, tendrá lugar una segunda Conferencia sobre la misma cuestión. También en noviembre, a finales de mes, el Consejo de Ministros responsables de Medio Ambiente, de la CEE, llegó a un acuerdo sobre la creación de la Agencia Europea de Medio Ambiente; parece ser que el oportuno Reglamento no llegó a aprobarse, no ya por diferencias relativas a cuestiones propiamente ambientales sino por diferencias, que quizás podrían verse como ecológicas lato sensu, sobre cuál es el país que se queda con la sede de la Agencia (España es uno de los candidatos).
Tal vez la probabilidad del cambio climático haya sido el determinante, pero parece que las posturas han cambiado antes que el clima. La conservación de la Naturaleza, la protección del medio ambiente, se conciben hoy como una garantía de seguridad vital para todas las gentes y en todo momento. Se contempla una gestión de los recursos que produzca el mayor y sostenido beneficio para las generaciones actuales y que mantenga su potencialidad para satisfacer las necesidades y aspiraciones de las generaciones futuras.
Estamos ante una alentadora superación del planteamiento desarrollo versus medio ambiente, una polaridad que históricamente, en la corta historia que ha vivido, ha dado lugar a no pocos conflictos y ha tenido pésimas consecuencias; frente a las mutuas acusaciones de obstruccionismo y cortedad de miras, emerge hoy un espíritu conciliador que rechaza la pretendida oposición radical de los dos polos y propugna que, lejos de constituir una antinomia, dependen el uno del otro.
Y acaso estemos asistiendo al inicio de otra gran revolución, la revolución ambiental, del mismo corte y proyección que la agricultura sedentaria y la revolución industrial.
| Gas | Presencia en la atmósfera (partes por millón) | Tasa de crecimiento | Eficacia en la retención del calor | Contribución al efecto invernadero (%) |
|---|---|---|---|---|
| Anhídrido carbónico | 350 | 0,4 | 1 | 50 |
| Metano | 1,7 | 1,2 | 70 | 15-20 |
| Clorofluocar-bonados | muy pequeña | 5 | 10.000 | 15-20 |
| Óxidos de nitrógeno | 0,3 | 8,2 | 250 | 6-10 |
Aumento de las temperaturas medias, para un supuesto aumento de 1º en la media global
| Latitudes | Verano | Invierno | Precipitaciones |
|---|---|---|---|
| Altas (60°-90°) | 0,5-0,7 | 2-2,4 | Mayores en invierno |
| Medias (30°-60°) | 0,8-1 | 1,2-1,4 | Reducción en verano |
| Bajas (0°-30°) | 0,7-0,9 | 0,7-0,9 | Mayores donde ya son fuertes |
Escenario que compara cifras de 1988 con predicciones para el año 2000. Se supone que las emisiones de los países industrializados se van a mantener en el nivel actual, y que los países en desarrollo continuarán con la tasa de crecimiento correspondiente a los últimos 15 años.
| 1988 | 2000 | |||||
| Países en desarrollo | Paises industria-lizados | TOTAL | Países en desarrollo | Paises industria-lizados | TOTAL | |
| Emisiones (millones de toneladas): % | 2.946 38 | 4.814 62 | 7.760 100 | 5.276 52 | 4.814 48 | 10.090 100 |
| Consumo (exajulios por año):% Incremento % | 102 27 | 277 73 | 379 100 | 179 37 76 | 301 63 9 | 480 100 27 |
| Población (miles de millones) | 3,85 | 1,25 | 5,1 | 4,75 | 1,35 | 6,1 |
| Consumo anual de energía per cápita | 26 | 222 | 74 | 37 | 222 | 78 |
Fuente: Environment Protection Agency, USA.
Después de varios años de un crecimiento económico alto y continuado, los nueve primeros meses de 1989 han visto cómo se prolongaban la tendencia alcista de los precios y el proceso de deterioro de las cuentas con el exterior, es decir, de las balanzas comercial y corriente, que se consolidó a lo largo de 1988. En 1989, las autoridades económicas han adoptado un conjunto de medidas, básicamente monetarias, entre las que merece la pena destacar dos elevaciones del coeficiente de caja de las entidades financieras, sucesivas elevaciones al alza del tipo de interés de los préstamos de regulación monetaria —hasta situarlos en el 14,5 por 100 desde el 10 por 100 a finales de 1988—, el establecimiento de depósitos previos sin remunerar en el Banco de España para los préstamos exteriores de las empresas españolas, etc. Al mismo tiempo, en el mes de julio, se elevaron hasta el 25 por 100 las retenciones de las rentas de capital mobiliario, se aumentaron los precios de los carburantes, se recortó el gasto público en 115.000 millones de pesetas y se adelantó el calendario de las recaudaciones a cuenta del Impuesto de Sociedades.
Estas últimas medidas de carácter fiscal merecen alguna matización. Por una parte, que esa reducción del gasto público no llegó a contrarrestar el incremento del mismo que había tenido lugar unos meses antes, con el fin de compensar a los sueldos y a las pensiones del exceso de inflación que se registró en 1988; y, por otra, que el impacto más eficaz se produce, de nuevo, por la vía del aumento o del adelantamiento de los ingresos fiscales. La incorporación de la peseta al SME limitó automáticamente la posibilidad de una elevación continuada de los tipos de interés, ya que el efecto apreciador sobre el tipo de cambio de la peseta que se derivaría de la misma amenazaba con que nuestro tipo de cambio excediese los límites de fluctuación a los que nos habíamos comprometido tras nuestro ingreso en el Sistema Monetario Europeo. Ante esta situación, las autoridades, una vez más, descargaron prácticamente todo el peso del ajuste económico sobre los responsables del Banco de España, es decir, sobre la política monetaria. Dadas las limitaciones citadas, al Banco emisor no le quedó más remedio que recurrir al tosco y primitivo sistema de racionar el crecimiento del crédito entidad por entidad, algo que el subgobernador, Angel Rojo, calificó como de la típica situación en la que «hay que hacer de la necesidad virtud».
¿Por qué se llegó a una situación como ésta? Básicamente, por las siguientes razones. En primer lugar, porque si ya la moderación salarial no fue muy ejemplar en 1988, todavía lo ha sido menos en el año que acaba de terminar. Por ello, la renta disponible de las familias —unida a los nuevos ingresos de los varios cientos de miles de puestos de trabajo netos creados— aumentó en una proporción excesiva, dando lugar a tasas muy elevadas en el crecimiento del consumo privado. Además de esto, el gasto público, como vino sucediendo año tras año a lo largo de la década actual, creció claramente por encima del PIB en términos nominales, incidiendo así expansivamente sobre la ya elevada tasa de crecimiento de la demanda interna. Finalmente, y sin ánimo de agotar las matizaciones, la estructura de un sistema fiscal que penaliza el ahorro, mediante una presión fiscal directa sobre las personas a todas luces elevada, no produjo otro efecto que el de incrementar la propensión al consumo. A ello se debería añadir que el comportamiento del sector público fue especialmente expansivo en la primera parte de 1989.
Todo esto sucede en un contexto en el que la tasa de inversión de la economía se mueve por tercer año consecutivo en unos porcentajes de aumento comprendidos entre el 12 y el 15 por 100; en el que la tasa de aumento del consumo privado oscila entre el 4 y el 6 por 100; en el que la correspondiente al consumo público no baja en ningún año del 5 por 100, expresando todos estos porcentajes variaciones en términos reales. Ello daba lugar a que en 1988 y en la primera parte del pasado año la demanda interna, es decir, el consumo más la inversión, registrase tasas de aumento, también en términos reales, comprendidas entre el 6 y el 8 por 100. Si se parte de la base sobradamente comprobada, cualquiera que sea la óptica que se elija, de que la oferta interna de bienes y servicios es claramente insuficiente para atender una demanda tan elevada, no tiene nada de extraño que terminasen por aparecer, a mediados de 1988, fuertes tensiones alcistas en los precios y que se acelerase notablemente el ritmo de deterioro del sector exterior; es decir, que se consolidase una tendencia aceleradamente creciente en la evolución de los déficit comercial y corriente.
La coyuntura económica actual hay que enmarcarla en una afirmación que puede parecer tajante pero que es cierta: en toda la década pasada siempre que ha habido necesidad de reducir los precios o de frenar un excesivo crecimiento de la demanda interna, el grueso de las medidas adoptadas fue de carácter monetario. Las medidas monetarias se vieron acompañadas hasta 1986 —especialmente desde 1984— por una política de moderación salarial muy eficaz; pero, como ya hemos dicho, esta moderación se esfuma en los dos últimos años. Por el contrario, en ninguno de los años comprendidos entre 1980 y hoy se contó con una política de moderación del gasto público. Al revés. Hasta el punto de que en algunos ejercicios fiscales el exceso de gasto realizado sobre el presupuestado llegó a rondar el billón de pesetas. Si desde 1985 ha sido posible que el déficit público descendiese desde el 7 por 100 del PIB hasta poco más del 2 por 100 en 1989, ello se debió exclusivamente a un crecimiento vertiginoso de la presión fiscal, en el marco de un sistema tributario claramente penalizador del ahorro de las personas físicas y con un paréntesis de signo incentivador para la inversión empresarial, a raíz del paquete de medidas de Boyer en la primavera de 1985.
Naturalmente, los efectos no se hicieron esperar. Después de conseguir que el IPC registrase una tasa de aumento anual ligeramente inferior al 4 por 100 en la primavera de 1988 —aunque el incremento de la inflación subyacente nunca descendió del 5 por 100—, en julio del mismo año tiene lugar un rebrote inflacionista del que todavía somos víctimas. Salta así por los aires la previsión de un aumento del IPC del 3 por 100 en ese año —se sobrepasa el 5 por 100— y, en el momento de escribir estas líneas, corremos el riesgo de que el incremento anual del pasado año se acerque al 8 por 100. Paralelamente, continúa el empeoramiento de los déficit exteriores y así pasamos de un pequeño superávit corriente en 1987 a un déficit equivalente al 1 por 100 del PIB en 1988 y rondaremos el 3 por 100 del PIB en 1989. En otras palabras, de un déficit de esta última balanza inferior a 2.000 millones de dólares en 1988, pasaremos a otro de 11.200 millones de dólares en el último año de la década que acaba de terminar. Incluso, según la Secretaria de Comercio, ese déficit podría elevarse a los 12.000 millones de dólares en términos de transacciones.
No se puede ocultar que existen síntomas de inflexión en la tendencia creciente tanto de la demanda interna como del crecimiento del PIB. En el análisis de la economía española durante 1989, efectuado por el Banco de España a finales de noviembre, se pone de manifiesto la eficacia de las medidas de racionamiento del crédito que dieron lugar a caídas muy fuertes tanto en las tasas de crecimiento del mismo como en las relativas al crecimiento de la cantidad de dinero —ALP— desde que entraron en vigor en agosto último. El informe señala también que los datos del tercer trimestre del pasado año apuntan hacia una desaceleración de la demanda interna; sin embargo, varios indicadores económicos señalan que esa desaceleración de la demanda no se había transmitido todavía en el mes de octubre a la actividad productiva interna. En ese sentido apuntaban los incrementos mensuales del IPC y, en parte, las elevadas cifras de importación registradas en los meses de octubre y de noviembre. De todas formas, aunque los aumentos de las compras en el exterior en esos dos meses fueron muy fuertes, todavía parece posible esperar una disminución de las tasas de aumento de las importaciones de bienes de equipo y de bienes de consumo, en relación con las registradas en el primer semestre de 1989.
Es indudable que, antes o después, una política de racionamiento crediticio tan dura como la que estamos viviendo terminará por enfriar la economía, reduciendo la demanda interna y, consecuentemente, la tasa de crecimiento del Producto Interior Bruto. Lógicamente, también debería terminar por frenar el proceso inflacionista y la acelerada tendencia al deterioro de las balanzas comercial y corriente. Pero lo difícil es saber cuándo va a suceder esto. En este momento, todavía se ignora en qué porcentaje va a crecer el gasto público en el año actual. Tampoco se puede conocer el efecto sobre el consumo privado de la mayor renta disponible de las familias, que se derivará de la revisión de los salarios, de los sueldos y de las pensiones, para adecuarlos a la tasa de inflación del pasado año, claramente superior a la prevista cuando esos ingresos se negociaron o se fijaron; se ignora también el efecto de los aumentos en convenio colectivo de los salarios para 1990; y, finalmente, tampoco se saben las repercusiones de los 250.000 millones de pesetas a que ascenderá, aproximadamente, la devolución de las declaraciones de renta de 1988 con cuotas negativas. Lo que está claro es que vamos a seguir con una política monetaria restrictiva y con tipos de interés elevados.
Sí se sabe, desgraciadamente, que vamos a seguir funcionando con un sistema fiscal de ingresos que penaliza el ahorro y fomenta el consumo; y con una política económica socialista obsesionada por mantener un sector público que sea capaz de atender en un porcentaje muy elevado —aunque nadie sabe cómo se van a poder financiar— los servicios de la Seguridad Social, tanto en el caso de las prestaciones sanitarias como en el de las económicas, y los de educación. Y todo ello ignorando el caso de los costes de matrículas universitarias —es paradigmático— lo que realmente cuestan esos servicios. En resumen, una política económica en la que por condicionamientos ideológicos continúa considerándose menor de edad a la sociedad civil. Para 1990 las únicas previsiones macroeconómicas cuantificadas son las que figuran en el cuadro adjunto, elaboradas por la Comisión de la CE, y, aunque no esté oficialmente confirmado, que pretende reducirse la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero a un porcentaje situado en torno al 9 por 100. Lo dicho, más restricción monetaria y, hasta donde lo permitan nuestras obligaciones de tipo de cambio en el SME, intereses elevados.
| * Tasa de variación real | |||||
| 1986 | 1987 | 1988 | 1989 (p) | 1990 (d) | |
| Consumo privado | 3,5 | 5,5 | 5,8 | 5,5 | 4,0 |
| Consumo público | 5,7 | 8,7 | 4,6 | 4,8 | — |
| Formación bruta de capital | 14,7 | 17,3 | 14,8 | 13,7 | 9,9 |
| Capital fijo | 10,0 | 14,6 | 14,2 | 13,2 | — |
| Construcción | 6,5 | 10,0 | 14,0 | 14,0 | — |
| Bienes de equipo | 15,8 | 24,2 | 15,0 | 12,0 | — |
| Otros | 16,2 | 6,4 | 10,0 | 12,0 | — |
| Variación de existencias (b) | 0,9 | 0,7 | 0,3 | 0,3 | — |
| Demanda nacional | 5,1 | 8,5 | 7,8 | 7,3 | 5,3 |
| Exportaciones de bienes y servicios | 1.3 | 5,9 | 7,2 | 4,6 | 5,4 |
| Demanda final | 5,3 | 8,0 | 7,5 | 8,9 | |
| Importaciones de bienes y servicios | 16.5 | 20,4 | 19,0 | 17,1 | 10,5 |
| Producto interior bruto | 3,3 | 5,5 | 5,3 | 4,8 | 4,0 |
| PRO MEMORIA: Deflactor de PIB | 10,9 | 6,0 | 6,1 | 6,4 | — |
| Indice de precios al consumo (c) | 8,8 | 5,3 | 4,8 | 6,5 | — |
| % saldo corriente/PIB | 1,7 | 0,1 | 1,1 | 3,0 | — |
| 88-11 | 89-1 | 89-11 | 1990 (b) | |
|---|---|---|---|---|
| 1. Consumo privado nacional | 5,0 | 6,8 | 4,0 | 5,5 4,0 |
| 2. Consumo público | 4,8 | 4,8 | 4.8 | 4,8 |
| 3. Construcción | 14,0 | 14,0 | 14,0 | 14,0 9,9 |
| 4. Bienes de equipo | 13,2 | 13,5 | 9,4 | 12,0 9,9 |
| 5. Variación de existencias (aport.) | (0,4) | (0.4) | (0,1) | (0,3) 9,9 |
| 6. DEMANDA NACIONAL | 7,1 | 8,4 | 5,9 | 7,3 5,3 |
| 7. Exportac. de bienes y servicios | 6,7 | 5.5 | 1,0 | 4,5 5,4 |
| 8. Importac. de bienes y servicios | 19.0 | 22.3 | 8,0 | 17,1 10,5 |
| 9. PRODUCTO INTERIOR BRUTO A PRECIOS DE MERCADO | 4,6 | 5,0 | 4,8 | 4,8 4,0 |
| 10. DEMANDA FINAL (67) | 7,0 | 7,9 | 5,3 | 6,9 |
Al iniciarse el decenio de los noventa cuenta Madrid con una veintena de teatros presuntamente comerciales. Si se compara esa relación con la cartelera de dos decenios antes, hay que lamentar alguna desaparición, como la del llorado teatro Beatriz. También hay novedades felices, pero no se trata de salas sometidas a un régimen estricto de competencia. Sin duda, el Centro Cultural de la Villa de Madrid y algunos otros escenarios que se sostienen gracias a la representación de compañías de teatro nacional, constituyen una interesante aportación a la vida teatral madrileña, pero su contribución a la formación de un ambiente integrado en las expectativas del público es discutible. En general, se trata de representaciones que sobreviven gracias a la subvención. En suma, combinadas ambas ofertas, la comercial y la oficial, la aglomeración urbana de Madrid no llega a reunir una treintena de salas teatrales, aproximadamente el mismo número que hace veinte años, aunque en la distribución de la oferta se observen algunas variaciones dignas de señalarse.
De los veinte escenarios que aparentan afrontar el desafío comercial de competir con el cine, la televisión y la nueva industria del vídeo, sólo siete proponen al espectador local y al advenedizo —que según la tradición aprovecha la visita a la urbe para actualizar su curiosidad dramatúrgica— una obra de pretensiones literarias, entendiendo lo «literario» de manera amplia. Los otros dos tercios de la programación optan por la revista, la comedia erótica, el vodevil vulgar y otros sucedáneos entre los que cabe contar el teatro infantil. Tal es, a grandes rasgos, el tono de la temporada que abre el decenio de los noventa, en lo referente a las artes que hace tres milenios instituyeron Talia y Melpomene para complacencia intelectual y afianzamiento moral de los ciudadanos, en esta ciudad habitualmente considerada como la capital nacional del teatro.
Hay algún detalle más que precisar. De las siete obras que pueden considerarse de calidad literaria, sólo dos afrontaban al comenzar el año sin ayuda oficial del Ministerio de Cultura o de la Comunidad, la contingencia de exponerse al juicio del espectador. Las otras, a las que hay que añadir las totalmente patrocinadas por su condición de teatro municipal o de compañía nacional, reciben subvenciones de instituciones públicas en una u otra medida. Los precios de las entradas varían considerablemente. Mientras reírse con José Sazatornil en el Alcalá Palace en un «divertido vodevil», supone un desembolso de dos mil pesetas, contemplar el Peer Gynt de Ibsen puede costar en un teatro municipal la quinta parte. La diferencia de precios no quita que Sazatornil se mantenga con éxito mientras el clásico apenas consiga perdurar.
Sazatornil y Lina Morgan, en sus especiales concepciones del vodevil y del musical, son los únicos nombres que, por sí mismos, podrían asegurar por anticipado un éxito comercial. También veinte años antes Lina Morgan triunfaba en la Latina. Al comenzar el año 1990 únicamente Miguel Delibes con su obra ya clásica Cinco horas con Mario, en la que la actriz Lola Herrera realiza un alarde interpretativo, es capaz de doblegar el desamparo del mercado temporada tras temporada. Por lo demás, los otros autores de un teatro que podría responder al apelativo de «calidad», no ofrecían sorpresa alguna para un aficionado de hace veinte años. Hoy, como entonces, Antonio Gala, Juan José Alonso Millán, Antonio Buero Vallejo son los grandes nombres propios de la actualidad. Únicamente la comediógrafa Manuela María Reina puede considerarse una aportación en el inventario de valores surgido en los últimos veinte años.
Al iniciarse el nuevo decenio el teatro ofrece una fisonomía muy distinta de la que cabría esperar de las risueñas profecías y las aparentemente razonables excusas de quienes atribuyeron a la intervención de la censura la responsabilidad de que la oferta dramática fuera entonces limitada. Lo cierto es que pasados veinte años no aparecieron los genios ocultos capaces de deslumbrar a un público interesado y expectante. Incluso algunos de los que entonces tanteaban la fortuna dejaron de escribir. Valores ya consagrados como Lauro Olmo o Alfonso Sastre desistieron de sus citas con el espectador.
Con la desaparición de la censura no se ha producido el prometido resurgimiento del arte dramático. La descripción, veinte años después, conduce a concluir, lamentablemente, que el teatro languidece; como mucho sobrevive sobre los mismos nombres de antaño y, por desgracia, no ofrece síntomas de regeneración o de renovación. Habrá que rastrear motivos de diferentes especies para explicar esta pasividad. Uno, sin duda, es que la excusa de la censura no era cierta. Incluso cabría suponer lo contrario, que contra la censura había un teatro mejor que sin ella. Entonces, un estreno del Marat Sade de Peter Weiss, una obra actualmente en cartelera, era algo más que un acontecimiento cultural o una velada teatral, era un desafío, una forma alternativa de congregarse políticamente, de estimular la imaginación y de suspirar por la democratización; un estreno del Tartufo en versión de Marsillach, una provocación al gobierno de turno; una representación de Luces de Bohemia o de una obra de Buero Vallejo, una acusación en clave contra el régimen.
Algo se ha perdido, tal vez ese sentimiento de conciliábulo de deseo, y de crítica de anticipación democratizadora que el teatro, pero no sólo el teatro, también otras actividades intelectuales, entre ellas la aportada por la propia crítica periodística en rotativos cuya línea editorial exigía o anticipaba el tránsito a la democracia, representaban en el panorama cultural de hace veinte años. Pero junto a eso que tal vez se haya perdido también hay algo que no se ha sabido encontrar a pesar de haberse anunciado y prometido: la creatividad capaz de vitalizar a un público en estado de somnolencia, autores y dramaturgos que susciten la atención, que renueven la escena, que despierten la curiosidad intelectual y estimulen a la afición. Los dramaturgos de hoy no son más, ni siquiera distintos, de los dramaturgos de ayer. Pasados más de quince años es el público quien deambula en busca de los prometidos autores, hoy más renuentes a la cita que ayer.
Lo primero que me pregunto es hasta qué nivel de familiaridad, de cercanía, tiene el autor hacia su propia obra. En mi caso es lejano. Hace años pensé en dos peligros: uno el que asedia al desviar la atención del lector hacia otras zonas extranjeras al territorio de los poemas, lo que puede influir en su encuentro con ellos; el otro: que se tenga en cuenta que el poeta, en mi caso, no puede registrar, en la declaración de su creación, su experiencia única, sino a lo sumo una serie de abstracciones, de juicios y prejuicios más o menos próximos a ella. Porque si la poesía es, entre otras cosas, una búsqueda, una participación entre la realidad y su experiencia poética a través del lenguaje, claro está que cada poema se configura y se modifica, a la vez, junto a la presencia de las cosas, de la vida y de su expresión: la palabra humana que va excavando un cauce, por decirlo así, que puede llegar hasta el «oráculo del sueño» o hasta un intento de creación del ritmo de las cosas y del de la intimidad más inefable.
Cuando comencé a escribir, muy tempranamente, mis poemas manaron de la contemplación viva de la realidad de mi tierra, con la geografía y con el pulso de la gente castellana, zamorana. Estos poemas se realizaron con una ausencia de conocimiento, en su posible concreción o articulación. De aquí su evidente tono irracional. Grave problema que tan sólo sugiero: ¿la experiencia es concreta? o bien, ¿mi ignorancia era sabiduría?
No sabía entonces que la contemplación, que es pensamiento, entraña moralidad y que mis andanzas iban configurando y modificando al mismo tiempo mi visión de las cosas y la de mi propio vivir (historia o leyenda) hasta hoy. El soñar es sencillo pero no el contemplar. Después de este primer peldaño adolescente se impone la forma de la materia, de su actividad que se serena o late de manera fulminante, como un asalto que hay que conectar, tejer. Lo que el hombre ignora. Y es necesario que el volumen oscuro del devenir tenga una situación. Pero también se trata, sobre todo, de la aventura. La poesía es aventura, cultura, leyenda, como la vida misma. Fábula y signo. Y temple, repito, en vibración como fondo del misterio. Hasta llegar a mi último libro El vuelo de la celebración siempre existió en mi poesía y en toda poesía una tensión entre la objetividad y la subjetividad. Y, además, ¿podremos alcanzar tan sólo lo próximo, lo fascinante o lo que, mutilado, arrasado, condenado está ahí: lo tremendo? Este dualismo es, en el fondo, una identificación. Se celebra, se canta lo que se abre o lo que se cierra desde todas las posibilidades vitales: la figura de las cosas, el poderío de las sensaciones que pueden desembocar en feracidad y en sequía. Es como una «animación» que recrea, fugitivamente, lo que nos mejora. La celebración como posible conocimiento, como servidumbre, dando a esta palabra el significado más clarividente: el destino humano con todos sus adjetivos y consecuencias. Volviendo a la «mejora», según Fr. Luis de León. En efecto, se celebra, se escribe (aunque uno no sepa de modo consciente), y lo que estaba marchito se hace jugo.
Esto no es cuestión del arte pero para mí, sí: al intuir, esencialmente, se apuntala, se aclara, la creación inconcreta hasta que se celebra, hasta que el hombre sabe y se mejora: se podría hablar de un estado emocional «mejor», que es independiente de sus consecuencias en cierto sentido. Largo sería comentar este tema.
Mi único intento, en fin, es que mi poesía sea natural (no directa, o realista, o simbólica, etc.) de acuerdo con lo que puedo hacer y con lo que estoy viviendo. ¿Para qué hablar de cómo un poema es amo y es servidumbre a la vez de uno? Sigo creyendo, como el primer día, en esta ebriedad armoniosa, en esta aventura, en este peligro riguroso que es fracaso y triunfo. Lo único verdadero que un poeta puede decir de sus poemas es que «quien lo probó lo sabe».
Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa,
aquella por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.
¿Por qué me está mirando
el aire? La mañana es clara.
Salgo de casa y siento
esta ternura musical del cielo
y la luz que se ofrece. Están las calles
muy inocentes, con llaneza, ayuda,
recién regadas. Pero,
¿por qué me está acusando
el aire?
¿Qué es lo que pido, qué es lo que he perdido,
qué es lo que gano ahora?
Tú cállate o habla
sin posible desvío,
entre la sombra generosa, entre
el bullicio o la gracia.
Y no te quejes. Hay clima templado,
cálido hoy;
crece el naranjo y la mostaza negra,
de semillas rojizas, en las viejas paredes
Tiza, aceite,
carbón en las paredes. ¿Y qué dicen
esas palabras como verdaderas,
mal escritas, ahí, en la cal?
Nunca me mires tú con la mirada baja,
con orejas,
rumorosa a mi engaño
lleno de ti, como está llena
la gota de agua, muy trémulamente,
de la fecundidad de su mentira
desnuda y plata.
Pero, ¿por qué me está mirando
el aire
si ahora estoy maldiciendo
su ilusión y su trampa?
Cállate, cállate.
No cuentes y no mientas.
Pero, ¿por qué me está mirando el aire
con vileza y sin fe?
Acaba de aparecer en librerías la primera edición íntegra del Manuscrit trouvé à Saragosse de Jean (o Jan) Potocki (pronúnciese Pototski), uno de los escritores más inquietantes del prerromanticismo europeo. Se ha hecho cargo de la edición René Radrizzani. El volumen cuenta con más de setecientas páginas y ha sido publicado por la librería José Corti de París.
La tarea de fijación textual llevada a cabo por Radrizzani resulta memorable. Basada en la totalidad de las fuentes accesibles (impresos, autógrafos y copias manuscritas de fragmentos, además de la traducción polaca de Chojecki), edita por vez primera el conjunto de la obra en francés, lengua en que originariamente fue escrita por el conde Potocki (1761-1815), quien comenzó la redacción de su novela en 1797, terminándola poco antes de su muerte.
La revelación del Manuscrit y su consagración como obra maestra, no llegaría hasta 1958, año en que Roger Caillois publicó una edición incompleta (aproximadamente una cuarta parte) de la novela. José Bianco tradujo al castellano la edición de Caillois y su prefacio a la misma (Buenos Aires, Minotauro, 1967). En España, José Luis Cano traduciría esa misma edición en 1970, esta vez con un prólogo, delicioso, de Julio Caro Baroja (Madrid, Alianza). El resto de la obra, hasta completar el material que acaba de editar críticamente Radrizzani, lo tradujo Rodrigo Escudero (¡del inglés!) en 1977, con el título de El nuevo decamerón y una introducción de Jaime Rest (Buenos Aires, Ediciones Librerías Fausto). En 1964, el director de cine polaco Wojciech J. Has filmó una extraordinaria película con el mismo título que la novela, Rekopis znaleziony w Saragossie y unos maravillosos decorados de Jerzy Skarzyński.
Los aficionados a las letras fantásticas están de enhorabuena. Sin duda, el Manuscrit trouvé à Saragosse es una de las cumbres del género fantástico. No en vano Tzvetan Todorov convirtió la novela en una de las claves de su Introduction à la littérature fantastique (1970), contribuyendo a prestigiar a Potocki y a situarlo en el lugar de excepción que le corresponde. Por fin podrá leerse con garantías el texto onírico más genial que conozco, y precisamente doscientos años después de que la Revolución Francesa hiciera posible aquella frase de Goya según la cual el sueño de la razón produce monstruos.
En 1829 se publicaron en París dos volúmenes que contenían una selección de las obras doctas del conde Potocki, al cuidado de un tal Klaproth, miembro de las sociedades asiáticas de París, Londres y Bombay. En la bibliografía potockiana que inaugura la obra, dice Klaproth del Manuscrit: «Además de sus obras doctas, el conde Jan Potocki escribió una novela muy interesante, de la que sólo algunas partes han sido publicadas. Su tema son las aventuras de un gentilhombre español descendiente de la casa de Gomélez y, en consecuencia, de extracción morisca. El autor describe perfectamente en esta obra las costumbres de los españoles, de los musulmanes y de los sicilianos y los caracteres están trazados en ella con gran veracidad; es, en suma, uno de los libros más atractivos que se hayan escrito nunca. Por desgracia, sólo existen de él algunas copias manuscritas. La que fue enviada a París, para ser allí publicada, ha quedado en manos de la persona encargada de revisarla antes de la impresión. Esperemos que alguna de las cinco copias que permanecen en Rusia y en Polonia salga a la luz tarde o temprano, porque, al igual que el Quijote y que Gil Blas, es un libro que no envejecerá jamás» (tomo I, página XVI).
De esas cinco copias sólo quedan hoy dos fragmentos: un Quatrième Décaméron (1809-1810), actualmente en Cracovia, y una copia de los dos primeros Decamerones actualmente en Poznan. De todas estas cuestiones textuales nos informa cumplidamente Radrizzani en su pulquérrima edición (págs. 659-675). La única versión íntegra de la que tenemos conocimiento (hasta esta que ahora saludamos) es la traducción polaca de Edmund Chojecki, publicada en Lipsk (Leipzig) en 1847 y en seis volúmenes. Se dice que Chojecki destruyó el manuscrito francés del que se había servido para su traslación.
La estructura del Manuscrit trouvé à Saragosse es la de las Mil y una Noches. El itinerario iniciático de Alfonso Van Worden es el motivo que enmarca una serie de historias (relatos dentro del relato-marco), que a su vez son el marco de otras historias, que a su vez lo son de otras, como esos receptáculos que al abrirse exhiben dentro de sí segundos recipientes, y éstos terceros, y así hasta siete u ocho, a la manera de las muñecas rusas. Y todas las historias resultan, a la postre, conectadas entre sí, produciendo en el lector una especie de grato repeluzno de admiración y de sorpresa (piénsese, por ejemplo, en Los tres impostores, la estupenda novela de Arthur Machen; recuérdense las New Arabian Nights de Robert Louis Stevenson).
Laberinto o caleidoscopio en que las historias y los destinos humanos se reflejan y se entrecruzan, el Manuscrit es, sobre todo, un relato fantástico, pero también una summa novelesca de todos los géneros: novela picaresca, historia de bandidos, novela negra, cuento maravilloso, novela libertina, cuento filosófico, historia de amor, etc. Todas las formas de narrativa se dan cita en sus páginas, entrelazándose en un ballet feérico exquisitamente pautado. El texto de la novela es el espejo de un universo de perspectivas múltiples en que coexisten sistemas de valores, concepciones religiosas y filosóficas, sentimientos del honor aparentemente incompatibles. Y en eso consiste la modernidad -la eternidad de una obra que, como Gulliver, el Quijote y las grandes novelas del siglo XX, trasciende por un lado su época y, por otro, el mismo género novelesco.