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Ver productos1 de febrero de 1990 - 3min.
El catálogo de las dificultades polacas no se limita a los problemas interiores, a las incómodas perspectivas económicas o a las contradicciones que crea la «cohabitación». Polonia era hasta ahora un satélite de la URSS y no tenía política exterior propia. Aliado obligatorio de los soviéticos, miembro del Pacto de Varsovia y del Comecón, Polonia se miraba resignada en el espejo de la historia, donde alternativamente se ha reflejado, por usar el título de una obra de Geremek, «la horca o la piedad». La mayoría de los polacos, ante la pregunta del historiador Norman Davies: «¿Por qué este país debe sufrir tales indignidades?», hacían suya la contestación del escritor inglés: «Sólo hay una respuesta posible, el interés de la Unión Soviética lo exige». Según Davies, «los polacos se ven obligados a asistir al desmantelamiento de su país sin la sombra de una razón verdadera, y a ver sus esperanzas destruidas sin pausas, y se preguntan si ellos son verdaderamente incompetentes, como sostienen los vecinos alemanes supereficaces».
El vecino alemán y el vecino ruso han sido siempre «el otro» en la historia polaca. El otro: el antagonista, el enemigo, el invasor de Polonia, cuya política, como ha descrito Gombrowicz, se ha visto «limitada al máximo por la situación de este pequeño país, colocado en el corazón de una Europa movida por toda clase de convulsiones».
Ahora, Polonia ha recuperado su voz. En política exterior, también los vecinos tienen ya voz propia, y uno de ellos, Alemania Oriental, socio de los polacos bajo la hegemonía soviética, no se siente obligado a guardar las formas ante la posibilidad de derribar definitivamente el Muro de Berlín y unirse a la poderosa República Federal. Los fantasmas del pasado nunca se van del todo.
Algunos de esos fantasmas fueron los que aparecieron cuando los polacos, que tradicionalmente se surten en la DDR de las mercancías que después revenden con todo desparpajo mundo adelante, vivieron en Berlín Este imprevistas escenas de xenofobia durante el pasado mes de diciembre: los eufóricos teutones no querían servir a estos polacos de alma fenicia. Mazowiecki envió una comisión a arreglar el problema, y amenazó con repatriar a los treinta mil compatriotas que trabajan, como «Gastarbeiter», en la Alemania comunista.
En la rueda de prensa que siguió a los incidentes, un periodista preguntó a la portavoz del Gobierno, que es el rostro amable de la nueva Polonia, si a la delegación polaca que había ido a negociar le habían servido de comer en Berlín, y Malgorzata Niezabitowska, sin perder la sonrisa, contestó: «No tenemos noticia de que estén hambrientos, pero si lo piden, les enviaremos comida…»
La crisis con Berlín Este y la negativa formal del canciller Kohl, que interrumpió su viaje a Polonia para ver con sus propios ojos la caída del Muro, a declarar inamovibles las fronteras de Yalta, han recordado a los polacos que, como dice el ministro de Asuntos Exteriores, el independiente Krzysztof Skubiszewski, «Polonia es soberana hacia el exterior e independiente en las cuestiones internas». Y en esa línea, además de decirles a los alemanes que las fronteras son intocables —cosa que respaldan todos los polacos, de Jaruzelski a Michnik— el ministro ha señalado que «hay que superar todo lo malo que se ha acumulado en las relaciones internacionales de la posguerra, desde la división en bloques militares a los nacionalismos exagerados».
Al otro vecino poderoso, la URSS, se le ha enviado un mensaje muy simple: el Pacto Ribbentrop-Molotov fue un crimen contra Polonia, y Katyn, donde fue asesinado por Stalin lo mejor del ejército polaco, algo por lo que hay que pedir perdón.