Hayek o la economía de mercado

Francisco Cabrillo

Cuando el año 1947 un grupo de economistas y científicos sociales se reunió en una estación turística de la montaña suiza para estudiar cómo se podrían volver a levantar los principios del liberalismo en una Europa devastada por la guerra e inclinada hacia el colectivismo, muy poca gente creyó que su empresa podría llegar a tener algún éxito. El organizador de aquel encuentro, que sería el origen de la Mont Pelerin Society, era un economista austriaco, transplantado a Inglaterra, donde se había opuesto a la estrella ascendente del keynesianismo. Su nombre era Friedrich A. Hayek.

Hoy, 40 años más tarde

Sabemos que las ideas de aquellos visionarios -Mises, Knight, Röpke, Popper, Friedman, Robbins, Stigler y algunos otros- han obtenido triunfos importantes. El mundo académico, tras haber ignorado su obra durante décadas, les ha otorgado sus máximos reconocimientos. Y lo que es más importante, mientras el socialismo se derrumba en los países en los que había alcanzado el poder, los principios del liberalismo y la economía de mercado son aceptados hasta por aquéllos que habían hecho bandera de su negación. A sus 90 años, el profesor Hayek puede estar satisfecho de lo conseguido.

En un mundo caracterizado por la especialización creciente, es hoy Hayek uno de los pocos científicos sociales que representan la vieja tradición universalista europea. Nacido en la Viena imperial en 1899, estudió en su universidad derecho y ciencias políticas. De sus simpatías socialistas juveniles pasó pronto, por influencia de sus maestros y sobre todo de L. von Mises, a defender la economía de mercado y los principios de la libertad, a los que ha dedicado todas sus energías durante más de 60 años.

Invitado en 1931 por Lionel Robbins, Hayek dictó en Londres un famoso ciclo de conferencias que le abrieron las puertas de la universidad inglesa. Ya catedrático en el país que era entonces el centro de la ciencia económica mundial, el profesor austriaco comenzó una larga polémica con John M. Keynes y sus discípulos. En ella se enfrentaron dos formas muy distintas de entender la teoría económica y se dilucidó la primacía de una de estas escuelas.

Hayek ha contado muchas veces la siguiente anécdota. Parece que, al morir Keynes en 1946, el profesor vienés dijo a su mujer: «Ahora yo soy el economista más famoso del mundo». Pero se equivocó totalmente. La desaparición de su rival no significó la de sus ideas. Sucedió todo lo contrario. La doctrina keynesiana fue santificada hasta convertirse en una ortodoxia dominante durante largo tiempo, lo que supuso, naturalmente, la marginación de quienes disentían de sus ideas. Al otorgarse a Hayek, en 1974, el premio Nobel -cuya concesión se intentó «suavizar» cara a la opinión pública, haciéndole compartirlo con un socialista convencido como Gunnar Myrdal- se cerraba un largo periodo de olvido oficial de su obra.

No ha sido, sin embargo, la economía su única preocupación intelectual

A partir de 1940, sus investigaciones se orientaron hacia el estudio de las instituciones sociales, el derecho y la organización política. Camino de servidumbre, un gran éxito editorial, fue la primera de una serie de obras dedicadas al análisis de los principios que deben inspirar el desarrollo de una sociedad libre. Su último libro, La presunción fatal, publicado el año pasado, culmina y resume el trabajo de casi medio siglo.

El subtítulo de esta obra, Los errores del socialismo

Define muy bien lo que Hayek ha intentado explicar a lo largo de todo este tiempo: su idea de que el socialismo es un error intelectual. Este error consiste, en su opinión, en que los partidarios de un sistema socialista suponen que el Estado puede realizar con eficiencia muchas funciones para las que no está realmente capacitado, por ser imposible manejar, en forma centralizada, la complejísima información que la gestión de una economía moderna exigiría utilizar. Sólo el mercado -piensa el profesor austriaco- cumple adecuadamente la misión de coordinar a cuantos participan, como oferentes o demandantes, en la vida económica. El exceso de orgullo del racionalismo constructivista lleva a la sociedad a su perdición.

Ya muy anciano, retirado en su casa de Friburgo, Friedrich A. Hayek lanza así al mundo una llamada a la humildad, dirigida sobre todo a quienes, con mejor voluntad que comprensión de la realidad, siguen reclamando la intervención del Estado en la vida económica. Hace algún tiempo se acusaba, a menudo, a nuestro autor de pensar como un hombre del siglo XIX. Hoy, sin embargo, es Keynes quien nos parece una gran figura de un pasado ya desaparecido.