La URSS y America Latina. Una relación en vías de desarrollo

Eusebio Mujal-León

Los últimos 30 años han presenciado una lenta pero sostenida expansión de los intereses, presencia y en cierto modo también influencia de la Unión Soviética en América Latina. Desde los años 70 ha sido en Centroamérica y en la Cuenca del Caribe donde los acontecimientos han alimentado una intensa controversia y debate acerca de este proceso, pero tal como indican las aperturas diplomáticas y comerciales de la URSS con respecto a países tales como Argentina, Brasil y México, la amplitud y profundidad de estas iniciativas se han extendido a lo largo de todo el continente.

Es preciso notar que a la hora de elaborar su estrategia, calibrar el énfasis en el uso de distintos instrumentos, y elegir sus tácticas en América Latina, la Unión Soviética ha distinguido con bastante precisión entre distintas áreas y sub-regiones. En un extremo se ubica su estrecha relación con Cuba, país situado en una zona de importancia estratégica para su rival estadounidense, y cuyo líder siempre ha mantenido unas ambiciones de protagonismo, ya no continental sino global. Después de un período de fuertes tensiones durante los años 60, las relaciones soviético-cubanas se consolidaron entre 1970 y 1985, aumentando la convergencia entre sus políticas y convirtiéndose la isla en pleno miembro del bloque a través de su colaboración militar y participación en los esquemas del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME). Esta integración le permitió a Fidel Castro reclamar también una relación especial de seguridad con la Unión Soviética, recibir asistencia económica y subsidios masivos, y obtener un reconocimiento especial por sus actividades «internacionalistas» en África y el Cercano Oriente. Por otra parte, el proceso de acercamiento soviético-cubano durante este período también redujo el espacio de maniobra política de Cuba y pavimentó el camino para el ejercicio de una más activa influencia por parte de la URSS en las decisiones económicas cubanas y en aquellas relacionadas con su política exterior. Siendo innegable que la economía cubana está en casi permanente crisis y que no puede sobrevivir sin la masiva infusión de ayuda soviética, tampoco es sorprendente que Cuba se haya visto obligada a aceptar dentro del CAME un papel relegado de productor agrícola y exportador de bienes primarios, en particular de azúcar y níquel. La crónica incapacidad económica cubana a su vez ha afectado la política exterior de este país con respecto a Latinoamérica, contribuyendo a su mayor moderación en los años 80 y dándole impulso al esfuerzo de reestablecer relaciones diplomáticas y comerciales con un conjunto de países, cuyos líderes y gobiernos eran hasta hace poco vituperados.

Consciente del alto costo económico que le representa su apoyo a Cuba y deseosa de librarse de por lo menos una parte de esa carga, en los últimos años la URSS ha alentado a Fidel Castro a que adopte no solamente una línea más conciliadora de cara a Latinoamérica sino a que busque una cierta normalización de las relaciones con EE.UU., con objeto de paliar algunos de sus más acuciantes problemas económicos. Por otra parte, este último imperativo choca con la necesidad que tiene el régimen cubano de alentar el antiamericanismo para legitimarse y, a la vez, mantener la constante movilización política que ha servido como una pieza fundamental del proceso de «rectificación» durante los años 80. No obstante estas contradicciones y dentro de los límites impuestos por la tensión en el Caribe y Centroamérica, sí es cierto que el Gobierno cubano ha buscado en la última década una normalización -siempre «controlada» y ésa fue la lección del éxodo del Mariel en 1979- de sus relaciones con los Estados Unidos. Dentro de este esquema, pero también representando un claro esfuerzo por parte del Gobierno cubano de salir airoso ante cualquier posible información incriminatoria con respecto al narcotráfico que pudiera surgir de varios procesos judiciales en EE. UU. que ya estaban en curso, se ubica el proceso contra el general Arnaldo Ochoa y varios otros ex altos cargos del Gobierno y las Fuerzas Armadas cubanas por participación en el mismo narcotráfico. Fidel Castro ha pagado un alto precio político con estos procesos ya que, al margen de evidentes corrupciones, parece existir un claro ajuste de cuentas políticas, relacionadas a su vez con la ya vislumbrada era postcastrista.

No se puede dudar que la relación mantenida por la URSS con Cuba es muy distinta a la que ha tenido y tiene con cualquier otro país latinoamericano. En el caso de Nicaragua, país cuyos gobernantes sandinistas han recibido apoyos económicos y provisión de material bélico, que solamente en 1988 ascendieron a más de 500 millones de dólares, la URSS se ha cuidado de no buscarse un nuevo cliente, mostrándose reacio tanto a cualquier compromiso estratégico-militar como sería la firma de un tratado de amistad o defensa y negándose, a pesar de insistentes esfuerzos por parte de Managua, a la incorporación de Nicaragua en el CAME.

Desenlace de la crisis nicaragüense

Habiendo superado el desafío político y militar presentado por la administración Reagan, los sandinistas en Nicaragua se encuentran ante una importante disyuntiva, ya que tienen que darle respuesta a los problemas de una economía que se desmorona rápidamente y sufre tasas de inflación que superan los 20.000 por 100 al año. Es posible que la resolución de la crisis nicaragüense, a su vez ligada a negociaciones que llevan las dos superpotencias con respecto a varios conflictos regionales, vea su desenlace definitivo después de las elecciones de febrero de 1990.

Otro elemento clave de la política soviética hacia América Latina ha sido el intento de extender las relaciones diplomáticas y económicas inter-estatales con los países del hemisferio que tienen un cierto nivel de desarrollo capitalista y posibilidades comerciales tales como Argentina, Brasil, México, Venezuela y (en su momento) Perú. Estos son países cuyas estructuras políticas han demostrado ser relativamente estables, y en donde las posibilidades de evolución o revolución política se ven condicionados por la fragmentación y debilidad organizativa de la izquierda y por su endeble penetración en la sociedad. Estos países son o pueden ser «regional influentials»: es decir sus recursos y ambiciones regionales y subregionales pueden alimentar potenciales disputas con los EE. UU. y, además, sus opciones en política exterior podrían repercutir e impulsar parecidas iniciativas en países cercanos como serían, por ejemplo, Bolivia, Ecuador y Uruguay.

Una manifestación de esta voluntad de cambio ha sido la elaboración de una política exterior más dinámica y, en cierto modo, más impredecible. Su característica fundamental ha sido la primacía acordada a la modernización y al desarrollo económico de la URSS.

La expansión de las relaciones económicas con esos países más grandes ha ocupado un lugar prominente en la agenda soviética durante los años 80. Hasta el día de hoy, sin embargo, los intercambios no han estado a la altura de las expectativas o esperanzas, y la Unión Soviética ha tenido que soportar grandes déficits comerciales a fin de mantener una todavía endeble presencia económica. En una nota más positiva, ha sido con este tipo de países que el comercio soviético con América Latina -que de 1960 a 1987 creció de 60 millones a 2.500 millones de rublos- se ha concentrado y en caso de ciertos artículos y bienes hasta se ha ampliado.

Novoe myshlenie

Los actuales procesos que vive la URSS bajo Mijail Gorbachov pueden llevar a Moscú a profundizar sus lazos con América Latina. El alcance final de los cambios que se dan dentro de la URSS y sus implicaciones mundiales es todavía materia de debate y conjeturas. Algunos auguran, veremos si con razón, que la oposición interna finalmente de alguna manera acabará con Gorbachov. Sin embargo, a pesar de estas incertidumbres, existen pocas dudas de que el líder soviético, que asumió la Secretaría General en marzo de 1985, está dispuesto a modificar mucho de lo que hemos conocido como consustancial del comunismo soviético en las últimas siete décadas. Una manifestación de esta voluntad de cambio ha sido la elaboración de una política exterior más dinámica y, en cierto modo, más impredecible. Su característica fundamental ha sido la primacía acordada a la modernización y al desarrollo económico de la URSS. Ya en su momento Yuri Andropov (secretario general del PCUS entre 1982-84) se había referido abiertamente a las necesidades del desarrollo interno y a las limitaciones con que se enfrentaba la URSS para proveer ayuda para sus aliados y clientes. Pero sólo bajo Gorbachov ha sido el balance planteado sin ambigüedades («Los años de estancamiento (de la era Brezhnev) llevaron al país al borde de una crisis económica» declaraban las Tesis presentadas a la XIX Conferencia del PCUS en junio de 1988), (1), y la urgencia de reformas económicas ha sido claramente asociada a la necesidad de un enfoque de política exterior basado en «un tipo de relaciones internacionales sustancialmente diferentes». (2).

El novoe myshlenie (nuevo pensamiento) soviético en materia de política exterior tiene varios fundamentos. En lo económico implica un abandono de la autarquía, la modificación del esquema hasta ahora imperante de la autonomía y capacidad económica del modelo estado-nación, y la adopción como meta de una integración controlada por él al sistema económico internacional. El claro objetivo es modernizar el país a través de una infusión de capital y tecnología occidental, mientras se implementa simultáneamente una reorganización interna que disminuya el rol de la industria pesada y que propicie un cambio en el sistema de producción agrícola para que éste sea más eficiente y pueda cubrir las necesidades de la población. Estas medidas deberían traducirse en una mayor participación soviética (y de los países del CAME) en el comercio internacional (3). En este esquema las exportaciones de materia prima y de productos energéticos debiera presumiblemente formar el eje del comercio soviético con los países más desarrollados de Occidente (estos últimos deberían proveer, a su vez, créditos para el desarrollo y la modernización en la URSS y Europa Oriental), mientras que su intercambio con los países en desarrollo se centraría en la venta de maquinaria y equipos industriales.

Estrechamente ligado a este imperativo económico se encuentra un esfuerzo por rediseñar la estrategia política soviética a nivel global, lo cual implica a su vez una nueva orientación tanto hacia los EE. UU. y otros países industriales como también hacia el Tercer Mundo. El «nuevo estilo» de la política exterior soviética sería el de buscar un diálogo franco y productivo con Occidente a través del cual podría establecerse «un mínimo de confianza… entre representantes de sistemas sociales opuestos» y una «renuncia a la ideologización de las relaciones interestatales» (4). Parte importante de este esfuerzo, tal como se anunció en el Programa del PCUS en 1986, es el establecimiento de «relaciones normales y estables» con los Estados Unidos, las cuales podrían llevar a una «cooperación fructífera y mutuamente beneficiosa en varios campos».

«Medios políticos»

Una cara de la moneda entonces es el deseo de un mayor acomodamiento político y económico, lo cual representaría no solamente un reconocimiento, sino una voluntad clara de acomodación e integración al actual sistema internacional. Como han señalado ya varios autores, esta línea política tiene antecedentes históricos en la URSS, inspirándose hasta cierto punto tanto en las formulaciones khruschevianas y del XX Congreso del PCUS (1956) sobre la coexistencia pacífica como en su abandono de la tesis leninista, según la cual la expansión imperialista tenía que acabar en guerras entre los integrantes de ese campo. Pero ello no significa que haya desaparecido la perspectiva competitiva de las relaciones de la URSS con los EE. UU. y otros países occidentales. Como representantes principales de «valores de clase» (5) opuestos, la URSS y los EE. UU. no pueden librarse de una relación entre adversarios, cada cual rivalizando por obtener una posición más ventajosa en el escenario internacional. Sin embargo, en la era contemporánea, caracterizada por la paridad estratégica y por la emergencia de otros «centros de poder» capitalistas, tales conflictos (y otros también, claro está) pueden canalizarse a través de «medios políticos». Esta actitud a su vez está fundamentada en una visión que le otorga al concepto «seguridad» unas connotaciones más (o, por lo menos, tanto) políticas y económicas que estratégico-militares. Esto quizá no es noticia en Occidente, pero está claro que la perspectiva gorbachoviana es revolucionaria dentro del marco soviético-comunista.

En relación a estos puntos surge otro aspecto del novoe myshlenie soviético con el acento puesto en el carácter interdependiente del sistema internacional. Los dirigentes de la URSS siempre han reconocido e intentado aprovecharse de las rivalidades «intercapitalistas» e «interimperialistas». Basta referirse a la política soviética en Europa a partir de los años 20 y 30 para ilustrar este punto. Pero un aspecto novedoso del novoe myshlenie es el alejamiento consciente de una «estrategia de asalto» leninista, la cual estaba dirigida directamente contra los EE. UU. y tenía como propósito abrir brechas en la estrategia norteamericana de «contención». Ella fue puesta a prueba primero en Europa Occidental y posteriormente en el Tercer Mundo. El novoe myshlenie tiene características gramscianas, ya que incorpora a la estrategia soviética una importante dimensión político-cultural y está basada en un esquema que rechaza el ensimismamiento en el ghetto político e insiste en la necesidad de desarrollar una «presencia» activa a todos los niveles de la sociedad internacional. Por una parte, entonces, esta nueva estrategia busca la fórmula para salir del subdesarrollo económico. Por la otra, de no permitir que los EE. UU. y Occidente mantengan esa ventaja a nivel de discurso político-ideológico que les ha permitido durante todo el siglo XX arremeter contra la URSS y el bloque socialista por sus violaciones de derechos humanos, políticos y cívicos. Al fin y al cabo, la empresa gorbachoviana implica una renovación política interna -tal como la estamos viendo- cuyo objetivo es nada menos que relegitimar al PCUS ante el pueblo soviético y la sociedad internacional.

El éxito de este empeño no está en absoluto garantizado, y no solamente por oposición del aparato y otros sectores conservadores en la URSS. Hay que preguntar hasta qué punto se puede avanzar hacia la democracia y la consolidación de instituciones democráticas sin garantías muy claras respecto a la propiedad privada, ya que ésta no solamente permite un desarrollo económico y la creación de riqueza sino que también le proporciona al ciudadano un margen de autodefensa contra el Estado y los intereses colectivos.

Pero la cuestión no acaba en esto, porque la estrategia de Gorbachov tiene como objetivo nada menos que reelaborar el tablero de ajedrez internacional, aprovechándose de las múltiples dimensiones que existen en él y llevando a cabo una política mucho más activa y dinámica. Lo cual quiere decir que, mientras a un nivel se normalizan las relaciones entre Estados, también la URSS busca y buscará la manera de sacarle jugo a la competencia entre «los principales centros del capitalismo contemporáneo (6) (los EE. UU., Europa Occidental y Japón), incluyendo los «nuevos centros de rivalidad política y económica que (han emergido) especialmente en la Cuenca del Pacífico y en América Latina» (7). La clave de todo este esfuerzo es lograr una identificación de la política de la URSS con esos nuevos temas que están surgiendo al consolidarse ese nuevo mundo interdependiente (especie de «global village») que está más allá de la nación estado, el cual ha servido de base para la organización internacional durante los últimos siglos. Al ponerle renovado énfasis en los llamados temas globales que conciernan a la humanidad en su conjunto, al renunciar al uso de la fuerza, y al participar activamente en foros internacionales como las Naciones Unidas dentro de las cuales pudiesen generarse nuevas mayorías en torno a propuestas sobre desmilitarización o el medio ambiente (por tomar solamente dos ejemplos) esperan Gorbachov y otros en la dirección del PCUS darle la vuelta al aislamiento internacional de su país y abrir nuevas posibilidades de acción y presencia global a la URSS.

La URSS no solamente ha entablado discusiones con los Estados Unidos acerca de varios conflictos regionales (Afganistán, Africa del Sur y Centroamérica), sino que ha instado a sus aliados para que emprendan reformas económicas y políticas.

El novoe myshlenie también ha implicado una revaluación de la visión soviética del Tercer Mundo. La preocupación respecto al drenaje de recursos que le significan a la URSS sus clientes y aliados en el mundo en desarrollo (especialmente en el contexto de una economía propia que está en deterioro) fue puesto ya de manifiesto durante el breve período cuando Yuri Andropov fue secretario general del PCUS. Andropov se expresó casi con sarcasmo al referirse a aquellos países y movimientos del Tercer Mundo que pedían ayuda a la URSS: «Una cosa es proclamar el socialismo como objetivo y otra muy distinta es construirlo». Esta racionalidad se ha hecho aún más palpable bajo Gorbachov. El Programa del PCUS (1986) advirtió a los países del Tercer Mundo «orientados hacia el socialismo» que ellos deben de construir una nueva sociedad «principalmente por intermedio de (sus) propios esfuerzos, limitándose la Unión Soviética a ayudar en la medida de sus fuerzas» (8).

Para la URSS no es una cuestión solamente de transferencias directas de recursos, sino que su activismo militar-estratégico en el Tercer Mundo había sido utilizado por el Gobierno y las élites norteamericanas para frenar la distensión y, por consiguiente, impedir un mayor comercio con Occidente que pudiera permitir el desarrollo de la URSS.

Escepticismo en torno a las perspectivas respecto de un cambio revolucionario, preocupación en relación a la reducción del comercio soviético con los países subdesarrollados, una evaluación más realista de los costos económicos y políticos que tales iniciativas llevan consigo, una menor confianza en los instrumentos militares y una mayor sofisticación en sus esfuerzos por convertirse en un «poder relevante» en las zonas de conflicto regional (9) son los fundamentos de la nueva política de Gorbachov hacia el Tercer Mundo. Una arena para las iniciativas que creo cobrará mayor importancia en los años venideros- ha sido provista por los países capitalistas económica y geopolíticamente más importantes del Tercer Mundo (Argentina, Brasil, India, Irán, México y Arabia Saudita), con quienes la Unión Soviética desea ampliar el comercio y profundizar sus relaciones políticas (10).

Clientes y aliados ya establecidos no han sido dejados de lado, pero, en lo que refleja un cambio estratégico importante, la URSS no solamente ha entablado discusiones con los EE. UU. acerca de varios conflictos regionales (Afganistán, Africa del Sur y Centroamérica) sino que ha instado a sus aliados -no siempre con éxito ya que la correa de transmisión no funciona como antes- para que emprendan reformas económicas y políticas.

Retos para la política exterior soviética en América Latina

¿Cuáles son las implicaciones del novoe myshlenie con respecto a las futuras relaciones soviéticas con América Latina? La respuesta a este interrogatorio se plantea a dos niveles. El primero insistiría que siempre habrá innovación dentro de un marco más bien amplio de continuidad en la política soviética, por una parte porque la región siempre tendrá relativamente menos relevancia para la URSS que otras partes del mundo, como serían Europa y el Cercano Oriente, y por otra porque esos posibles y futuros elementos de cambio ya tienen algunos claros antecedentes en la política elaborada por la URSS con respecto a los países más desarrollados e importantes de la región.

Con respecto a los cambios operados por Gorbachov hasta el momento en política exterior, podríamos decir que la temática latinoamericana no ha asumido especial relieve. Por ejemplo, con respecto a Cuba y más concretamente con Fidel Castro hay claras diferencias sobre la perestroika, y existen pocas dudas que éstas se harán más notorias en los años venideros, no solamente por motivos políticos, sino porque con toda probabilidad se recortarán de manera importante la ayuda económica y los subsidios soviéticos (hay indicios de que estos recortes han llegado al 20 por 100 en 1989). Por otra parte, si miramos a la política soviética con respecto a Nicaragua desde 1985, encontramos un alto grado de continuidad, manteniéndose no solamente los niveles de ayuda económica sino también empleándose subrogados (como Cuba o Alemania Oriental antes de los últimos cambios) para el entrenamiento y aprovisionamiento de las fuerzas armadas y de seguridad. Mirando hacia América del Sur, vemos que en este período (1985-89) también la URSS ha desplegado una gran actividad diplomática, intercambiándose visitas de cancilleres y recibiéndose a varios presidentes en Moscú, pero aparte de las bonitas frases y elogios mutuos, los resultados, tanto en ampliadas relaciones económicas como en lo político, han sido más bien pobres y limitados.

No es sorprendente -dadas las imperiosas necesidades económicas internas, los problemas planteados por la efervescencia en Europa Oriental y por los nacionalismos étnicos en la URSS, tanto como la importancia otorgada a los grandes temas de la reducción de fuerzas en Europa y las relaciones con Estados Unidos- que no haya habido hasta ahora grandes cambios o iniciativas con respecto a América Latina. A su vez, está claro que el futuro del novoe myshlenie en el Hemisferio Occidental está íntimamente ligado a las respuestas que Gorbachov y su equipo puedan darle a varios retos ligados a la realidad latinoamericana.

Cuba

El primer reto está planteado por el caso Cuba y el dilema que se presenta al modificarse la estrategia soviética hacia el Tercer Mundo. El abandono por parte de la URSS del activismo político-militar en las zonas de conflictos regionales y la búsqueda de una distensión más profunda con EE.UU. y Occidente (la URSS, según un planteamiento de Gorbachov, «estaría dispuesta a asumir compromisos a nivel de iguales», (11), tendrá importantes implicaciones para Cuba. Fidel Castro, quien ha hecho del «internacionalismo» una causa casi religiosa y una verdadera raison d’être para su régimen, se encuentra con una dramáticamente restringida capacidad de acción en el cuadro internacional. Ya se nota esta tendencia en un plano metapolítico. Ante los planteamientos de la perestroika, Castro está a la defensiva. Se ha convertido en defensor de una ortodoxia de corte estalinista cada día más anquilosada e irreal. En América Latina, entre los intelectuales y la izquierda no leninista, está claro que, como dirían los anglosajones, «the bloom is off the rose». La crisis de la deuda externa pudo parecer en un momento que le daría un aliento nuevo, pero resulta que, aún en caso de que se pudiera crear un bloque de países deudores (cosa, por otra parte, bastante difícil e improbable), Cuba no está precisamente en buenas condiciones para dirigir esa lucha. Ella misma ha aceptado la disciplina del Grupo de París, y su propio endeudamiento con la URSS -los préstamos han llegado a 16.000 millones de dólares- es impresionante. Dada la actual situación económica de la Unión Soviética, no se puede suponer que perdone la deuda y siga cargando con el peso de una ayuda cuyo componente económico asciende a más de 5.000 millones de dólares por año. Aun teniendo los recursos, sería más bien improbable que la URSS mantuviera esos niveles de ayuda, ya que la política económica castrista va en una línea completamente opuesta a la liberalizadora de Gorbachov. En el plano político, los esfuerzos de Gorbachov por relegitimar al PCUS, darle voz a la sociedad civil soviética y democratizar la vida en la URSS también van en dirección contraria al radicalismo purificador y mesiánico impuesto por Castro con especial énfasis en esta década, (12). Hay otro problema que le plantea sin duda dificultades a la URSS en sus relaciones con Cuba. Se vislumbra ya la era post-castrista, y los líderes soviéticos, preocupados quizá por una crisis sucesoria y el mismo futuro del sistema socialista en Cuba, tendrán que optar entre el Escila de la inacción y el Caribdis de tomar partido.

Argentina, Brasil y México

El segundo reto para el novoe myshlenie soviético en relación a América Latina está planteado por Nicaragua y el modelo que este país ofrece a otros que desearían embarcarse en una transición hacia ese socialismo estatalizado que impera en el bloque soviético. Los análisis y previsiones soviéticos con respecto a Nicaragua y el resto de Centroamérica han cambiado en los últimos años, ya no exhalan la euforia del primer período. Pero no obstante una mayor cautela y alguna ambigüedad con respecto al proceso nicaragüense (13), el apoyo de la URSS al FSLN se ha mantenido y se ha felicitado a este partido por haber creado «un poder popular revolucionario democrático» (14).

Desde los años 70, al tratar con movimientos y partidos radicales del Tercer Mundo, la URSS ha insistido en que la creación de partidos de «vanguardia» es el sine qua non para el desarrollo de los lazos orgánicos, y dentro de este concepto ha habido amplios contactos e intercambios entre el FSLN y PCUS. Al mismo tiempo, la URSS insta a los sandinistas a mantener un equilibrio difícil ya que, por una parte, se admitiría la realidad inevitable de condicionantes económicos y políticos externos, mientras que, por otra, se pediría al FSLN que demuestre su capacidad como «vanguardia» al saber mantener la hegemonía política durante un largo periodo de transición. Es evidente que si tales consejos encajan bien con los imperativos del novoe myshlenie, por pura lógica serán más difíciles de implementar en caso de que la situación empeore, bien porque la crisis se agudice en los países de la zona, o porque Cuba no recorte los suministros de ayuda a los movimientos guerrilleros en Centroamérica.

El tercer reto que enfrenta la URSS con respecto a América Latina está relacionado con el intento de ampliar y profundizar las relaciones con los países de mayor peso económico y político. Tales esfuerzos son consecuentes, y hay claros signos de que se multiplicarán bajo el novoe myshlenie. Por su parte, muchas elites y gobiernos latinoamericanos ven la ampliación de tales contactos como algo altamente positivo, ya que aumentan su margen de maniobra, tanto a escala interna como en el exterior. Se puede ver en las más recientes iniciativas soviéticas un esfuerzo por buscar el apoyo de países tales como Argentina, Brasil y México sobre temas de perspectiva más bien global y en cierto modo desligados de una perspectiva abiertamente clasista, como serían las reducciones armamentísticas o la desnuclearización del Caribe y del Atlántico Sur (15). En este sentido, el conflicto angloargentino en torno a las islas Malvinas/Falklands y la relación siempre difícil, y algunas veces abiertamente competitiva, entre los EE. UU. y la Argentina han alentado a los analistas y políticos soviéticos para que vean paralelismos entre las posibilidades para las relaciones de la URSS con este país latinoamericano y lo que ha sido su afortunada política con respecto a la India.

Reorganización de la burocracia

Oportunidades económicas -posibles mercados para bienes manufacturados, acceso a cereales y carne, amplios recursos minerales y la oportunidad de adquirir tecnología occidental- también atraen a la URSS hacia América Latina. Pero la cuestión está en cómo realizar este potencial. La reorganización de la burocracia para el comercio exterior y el hecho de que algunas empresas estatales hayan recibido permisos para exportar directamente ayudarán a este respecto, pero aún falta mucho por hacer. Al buscar oportunidades para ampliar sus exportaciones, la URSS tiene que superar no sólo la pobre reputación (merecida o no) de sus productos y la falta de divisas provocadas por la deuda externa, sino también la concurrencia de potencias industriales como el Japón y la República Federal de Alemania (RFA), cuya atención está volcada hacia los más importantes países latinoamericanos y cuyos productos (y tecnología) son altamente valorados por éstos. Altos costes de transporte y la actual imposibilidad para que la Unión Soviética concurra ante proyectos financiados por el Banco Mundial constriñen aún más sus posibilidades. El uso imaginativo de arreglos counter-trade, de empresas mixtas (donde el equipamiento soviético se paga solamente al generarse ventas por la fábrica), y de acuerdos trilaterales (como han sido los acuerdos suscritos con Brasil para proyectos hidroeléctricos en Angola, Etiopía y Perú), pueden contribuir a la solución de estos problemas, pero aun así los obstáculos que pueden impedir una expansión de las relaciones comerciales no deben subestimarse.

El último reto para la URSS y el novoe myshlenie en América Latina surge de la estrategia de frente unido adoptada por los partidos comunistas en esta década. Iniciativas conjuntas entre comunistas y movimientos de izquierda radical, los cuales terminarían en frentes político-militares o en coaliciones electorales, se vieron por primera vez en Centroamérica durante los años 70. De ahí, el ejemplo se extendió a Chile -donde el PCCh, el MIR y el sector almeydista del PSCh colaboraron primero en las acciones armadas protagonizadas por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y, más recientemente, en la coalición más estrictamente política Izquierda Unida- y llegó más tarde a Argentina, Perú, Uruguay y México, entre otros. Comparados con los pobres resultados electorales de una izquierda fragmentada, los resultados de los varios experimentos de frente unido han sido impresionantes. Sin embargo, un repaso más cuidadoso revela que, donde han surgido tales frentes, la situación es sumamente compleja y altamente contradictoria. También es posible que la actividad de tales frentes desemboque en situaciones explosivas que involucren directamente a unos partidos comunistas que, por los propios cambios habidos en la URSS, ya no pueden ser dirigidos con tanta facilidad como antes. Una tal radicalización supondría un reto de primera importancia a la política acomodacionista de Gorbachov y le daría gran actualidad a una pregunta ya planteada en 1988 por el entonces secretario de Relaciones Internacionales del PCUS Anatoly Dobrynin: «¿Cómo pueden medidas retaliatorias y completamente justificables, que incluyen acciones armadas por fuerzas revolucionarias, mantenerse dentro de los ámbitos nacionales? ¿Qué se puede hacer para impedir que se convierta en un nuevo foco de tensión internacional?» (16). Ahí está el nudo de la cuestión para el novoe myshlenie.

NOTAS

  1. Pravda (Moscú), 27 de mayo de 1988.
  2. Discurso de Gorbachov ante el Comité Central en febrero de 1988, publicado en Pravda, 19 de febrero de 1988 y traducido en el Current Digest of the Soviet Press, vol. XL, no. 7, (1988), p. 10.
  3. O. Bogomolov, «El Mundo Socialista en el Camino de la Perestroika», Kommunist (Moscú), no. 17 (noviembre de 1987), pp. 92-102.
  4. Pravda, 19 de febrero de 1988.
  5. Pravda, 27 de mayo de 1988.
  6. Informe de Mijail Gorbachov al XXVII Congreso del PCUS en Pravda, 26 de febrero de 1988. Una elaboración de estos argumentos puede encontrarse en los escritos de Aleksandr Yakovlev, Evgenii Primakov y Karen Brutents. Con respecto a ellos, véanse los capítulos de David Albright y Elizabeth Valkenier en Eusebio Mujal-León (ed.), The USSR and Latin American -A Developing Relationship (Boston: Unwin and Hyman, 1989). Entre los numerosos artículos soviéticos que tratan este tema y el novoe myshlenie más en particular, referirse a A. Yakovlev, «Las Contradicciones Interimperialistas -El Contexto Moderno, «Kommunist, no. 17, noviembre de 1986, pp. 3-18; E. Primakov, «El Análisis Leninista sobre el Imperialismo», ibid., no. 9 (1986), pp. 102-114; E. Primakov, V. Martynov y G. Diligensky, «Algunos Problemas de la Mentalidad Nueva», Mirovaya ekonomika i mezdunarodnye otnosheniva (MEMO), no. 6 (1989), pp. 5-18; y V. Razmerov y Yu. Fedorov, «Dos Tendencias en las Relaciones Interimperialistas», ibid., no. 1.
  7. Pravda, 19 de febrero de 1988.
  8. Pravda, 27 de mayo de 1988.
  9. Al respecto, ver la entrevista a Evgeni Primakov con Al-Hawadith (Kuwait) (25 de septiembre de 1987), tal como fue traducido en FBIS SU, 1 de octubre de 1987, p. 29.
  10. Para un artículo que relaciona el éxito de la perestroika con el desarrollo del intercambio económico con estos países, véase L. Zevin, «Algunos problemas de la Cooperación Económica de la URRS con los Países en Desarrollo», MEMO, no. 3 (1988), pp. 41-52.
  11. Pravda, 27 de mayo de 1988.
  12. Entre muchos otros indicios del empeoramiento de las relaciones, véase el artículo de V. Chirkov, «Ascenso Difícil», Novoe Vremya (Tiempos Nuevos), no. 33 (1 de agosto de 1987), y la respuesta del Vice-Presidente del Consejo de Ministros, Carlos Rafael Rodriguez, en ibid, n.º 41 (19 de octubre de 1987), pp. 18-19. El lector también podría consultar los respectivos discursos de Castro y Gorbachov ante la Asamblea Nacional durante la visita del mandatario soviético a Cuba en abril de 1989. En esta ocasión y como una forma de refutar anticipadamente los planteamientos de Gorbachov, Castro presentó a su invitado con un mini-discurso que duró casi tanto tiempo como el del orador soviético. Aunque no fue directamente polémico, el discurso de Gorbachov podría interpretarse como un esfuerzo de dar voz a unos criterios reformistas que no se atreven a presentarse públicamente en el PC cubano.
  13. Al analizar los posibles senderos para el desarrollo político y económico en América Latina, V. Sheinis ha escrito: «Existe, claro está, el camino sobre el cual Cuba ha embarcado y sobre el cual, aparentemente, Nicaragua está entrando.» MEMO, no. 5 (1985), p. 121. Comentando con respecto al futuro de los movimientos revolucionarios en Centroamérica, V. Grishin ha notado que «el proceso no es rectilineo y dista mucho de ser irreversible a causa de factores internos y externos». América Latina, no. 9 (Septiembre 1987), p. 62.
  14. Yu. Koroliov, «Nicaragua: La Experiencia de un Período de Transición», América Latina, no. 9 (Septiembre 1984), p. 52. В. Merin y Y. Vizgunova, «Fase Actual de la Lucha Antiimperialista y Democrática», ibid., no. 6 (junio 1986) caracterizó al FSLN como «un movimiento revolucionario y democrático». (p. 32)
  15. A este respecto, véase I. Zorina y V. Sheinis, «Brasil y la Argentina en el Mundo Moderno», MEMO, no. 8 (1987), pp. 68-77; O.A. Zhirnov y N.M. Isakova, «El Atlántico del Sur Debe Convertirse en una Zona de Paz», América Latina, no. 8 (agosto 1987), pp. 27-34; y N. Zhdanov-Lutsenko, «América Latina-Parte del Pacífico», ibid., no. 2 (febrero 1988), pp. 19-26.
  16. Pravda, 13 de abril de 1988.