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Ver productosTítulo: «Notre ami le Roi».
Autor: Gilíes Perrault.
Editorial: Gallimard. París 1990. 367 páginas.
Precio: 110 francos.
La publicación del libro Nuestro amigo el rey del periodista y escritor francés Gilles Perrault ha desencadenado una verdadera tempestad en las «especiales» relaciones que unen a Marruecos con Francia. De modo que, por encima o por debajo del valor que el libro en sí mismo pueda tener (y adelanto que es reducido, mínimo incluso), el embrollo que ha provocado ya facilita no solamente su éxito popular sino también su notoriedad política.
Perrault ha intentado en este libro hacer un retrato en negro del rey Hassan II de Marruecos. Perrault no es, desde luego, un especialista en temas marroquíes y pese a su reciente dedicación a lo que sucede en el país magrebino, ignora muchas cosas y a veces, simplemente, se las inventa, lo que es peor. Su libro quiere ser una severa biografía del «jefe de los creyentes» y monarca alauita: el resultado es un panfleto desorbitado, irrespetuoso, pasional, seguramente bienintencionado pero decididamente mediocre.
Nada de cuanto narra Gilles Perrault en su libro es nuevo. No lo es el asesinato del líder marxista Ben Barka, la represión en el Rif, los complots de Sjirat y Kenitra, el «suicidio» de Ufkir y la persecución a que se sometió -y se somete- a sus hijos y viuda, la extraña mujer del general Dlimi, y otros asuntos igualmente turbios. El autor se ha limitado a recoger testimonios, de prensa o directos, para construir después un texto, sin duda brillante pero poco consistente, que apesta a naftalina y hemeroteca.
Porque no basta con acusar a Hassan II de todas las miserias y brutalidades producidas en Marruecos en los últimos venticinco años. Hay, además, que probarlo. Y Perrault no lo prueba: se limita a transcribir testimonios, algunos de ellos terribles pero no siempre fiables.
La tesis que se oculta tras este libro de escándalo es la de que los países democráticos y occidentales deben tener cuidado con los amigos y aliados que eligen, no vaya a ser que les ocurra como con Saddam Hussein, antaño cliente y amigo, hoy traidor y enemigo «satánico». Para Perrault, Hassan II es un Saddam Hussein en ciernes. O peor: un déspota sanguinario, ególatra y feroz, cuyos odios sólo se aplacan con la desaparición, la tortura o la sumisión perruna del adversario. La descripción que Perrault hace de la sociedad marroquí, de la clase política, de los empresarios y de los cortesanos que rodean a Hassan es tremenda, implacable. Y, seguramente, también… exagerada. Todo el mundo sabe que la llamada «democracia hasaniana» se parece poco a la británica o a la sueca.
Todo el mundo sabe también que el régimen social marroquí no es precisamente un ejemplo de igualdad y fraternidad. Y que los métodos del poder con los disidentes o los no entusiastas difieren bastante de los que utilizan las democracias occidentales. Pero a Hassan y a su régimen conviene situarlo donde está, no en el limbo. ¿Qué hay en los alrededores y vecindades del país magrebí? Pues dictaduras o semidictaduras de partido único o de capitanes corruptos donde los partidos políticos, los sindicatos, los medios de comunicación independientes simplemente no existen, donde los disidentes no están ni se les espera porque han huido al exilio o han sido eliminados y donde la miseria, la corrupción, el nepotismo se hallan a la orden del día. ¿Qué ocurre, en efecto, en Libia, en Mauritania, incluso en Túnez? ¿Qué ocurre en Argelia? ¿Por qué tanta severidad con Hassan II y tan poca con Gadafi, Chadli o el resto de los vecinos magrebinos?
Marruecos es un país fascinante, de contrastes y rupturas. Hassan es un gobernante polémico que ha sabido, sin embargo, conducir a su país por una ruta original hacia la modernidad. Lo ha hecho a veces con gestos severos, reprimiendo o controlando a quienes no aceptaban sus métodos. Ha habido, sigue habiendo ¡quién puede negarlo! situaciones en Marruecos que repugnan a cualquier conciencia mínimamente civilizada, pero ¿dónde no las hay? ¿Quién puede tirar la primera piedra?
Sorprende, por último, la inocencia política y la susceptibilidad de los dirigentes marroquíes y algún sector de la opinión pública de este país que ha reaccionado airadamente a la publicación del panfleto e incluso habló de una «conspiración internacional contra Marruecos» manejada por oscuros intereses.
Título: «El hombre mecánico. El futuro de la robótica y la inteligencia humana».
Autor: Hans Moravec.
Editorial: Temas de Hoy. Madrid, 1990.
Precio: 1.600 pesetas.
El autor, Hans Moravec, que es uno de los más reconocidos investigadores en robótica en Estados Unidos y que ha trabajado, especialmente, en los campos de la visión y la locomoción de los robots, presenta en este libro una serie de hechos y una serie de opiniones. Hace una pequeña historia del robot, con algunas referencias a los ordenadores. Describe los diversos intentos que se han llevado a cabo hasta el el presente para conseguir que las máquinas sean inteligentes.
Primeramente se intentó copiar los procesos mentales conscientes de los seres humanos. Este sistema tropieza con graves dificultades, puesto que los aspectos más poderosos del pensamiento parecen ser inaccesibles a la introspección mental. Otros cibernéticos construyeron modelos de sistemas nerviosos de animales desde el nivel neurológico. Este sistema es también muy complicado. Los sistemas nerviosos grandes tienen un número elevadísimo de células y resulta muy difícil conocer exactamente lo que hacen las neuronas individuales, cómo están interconectadas y cómo funcionan las redes nerviosas.
El autor se pronuncia por una tercera vía que consiste en «imitar la evolución de las mentes de los animales y, poco a poco, ir añadiendo capacidades a las máquinas, de forma que la secuencia resultante de comportamientos de la máquina se asemeje a las aptitudes de animales con sistemas nerviosos cada vez más complicados. Una de las características fundamentales de este enfoque es que se puede ajustar la complejidad de estos avances paulatinos para aprovechar mejor la capacidad de resolver problemas de los investigadores y de los ordenadores».
Cuando el autor aporta datos, tomamos conciencia de que nos encontramos en el umbral de una nueva época, dominada por la ciencia y por su inmediata consecuencia que es la técnica, cuyos últimos resultados nadie es capaz de prever. Por ejemplo, leemos que «la cantidad de potencia informática que puede comprar un dólar se ha visto multiplicada por mil cada dos décadas desde el comienzo de este siglo. En ochenta años, el precio de los costes de cálculo es un billón de veces menor».
Evidentemente, este gigantesco proceso de la cibernética y de la robótica va a tener, a nuestro juicio, con independencia de los resultados prácticos, una serie de consecuencias que podríamos calificar de filosóficas. Palabras como inteligencia o creatividad se impone definirlas con absoluta precisión. Pensamos que la vida humana es irreducible a la vida animal, y que ésta tampoco puede ser comparada con un artilugio, entre mecánico y electrónico, como puede ser el robot. En definitiva, como ya apuntó hace bastantes años Max Scheler, jamás una máquina podrá plantear un auténtico problema, porque jamás podrá tener angustia y, todavía menos, podrá hacer de su propia existencia un problema. A lo sumo, podrá plantear una cuestión. Así, el autor, Hans Moravec, cuando afirma que tiene «la absoluta seguridad de que los robots con inteligencia humana serán algo corriente dentro de cincuenta años» y que «las máquinas más perfectas de la actualidad serán como la mente de los insectos frente a la de los seres humanos», nos da la impresión de que ideas terriblemente primarias en un sentido pero enormemente complejas cuando se examinan con detenimiento, como pueden ser mente humana frente a mente animal o inteligencia, son usadas de una manera excesivamente ligera. Nos hubiese gustado que el autor reflexionase más en estas ideas.
El libro es, en consecuencia, una llamada a la finura intelectual, a la profundización en el pensamiento. Es también una llamada al optimismo, porque el progreso no debe ser jamás temido. Y es, finalmente, una llamada al temor, que despierta en todos nosotros la idea de un progreso que no sabemos si tendremos la capacidad intelectual y ética de canalizar, para que este progreso vaya en beneficio de todos.
Título: Sor Juana Inés de la Cruz
Autor: Agustín de Salazar y Torres
Editorial: Vuelta. México, D. F., 1990. 225 páginas.
En la introducción al volúmen VI de las Obras completas de Sor Juana (FCE), Alberto G. Salceda señalaba un diálogo pertenciente a Los empeños de una casa, en el cual, con ironía, Sor Juana se refiere a una Celestina «mestiza y acabada a retazos». Esta obra aquí insinuada se estrenó en México «para los años de la Reyna nuestra señora, año de 1676». Ramón de Mesonero Romanos, en la compilación Dramáticos posteriores a Lope de Vega, escribe refiriéndose a esta obra: «Esta comedia, compuesta al cumplimiento de años de la reina doña Mariana de Austria, es más conocida por el título de La segunda Celestina, y no fue publicada por éste ni concluida por su autor don Agustín de Salazar y Torres. En las obras líricas y cómicas de éste que dio a luz en 1694 su amigo don Juan de Vera Tassis y Villarroel insertó esta comedia», acabada por él mismo.
Salceda deduce que «esta conclusión de Sor Juana puede ser la que Mesonero cita como de autor anónimo, o puede ser otra de cuya publicación hasta ahora no hemos tenido noticias, o quizá, y desventuradamente, quedó sin ser publicada nunca. Pero esto nos da una pista para buscarla, y puede esperarse que alguien más afortunado dé con ella algún día». En una reciente edición crítica de Los empeños de una casa (Barcelona, 1989), Celsa Carmen Carcía Valdés se refiere también a esta obra concluida por Sor Juana «que hoy se da por perdida». Pues bien, ya se ha encontrado, y el autor afortunado del encuentro es el dramaturgo e investigador mexicano Guillermo Schmidhuber. Octavio Paz, en la presentación del libro señala: «Es indudable que fue el marqués de Mancera al que se le ocurrió enviar la comedia a sor Juana para que la terminase», aunque, por lo visto, la mano de la poetisa se encuentra, aquí y allá, en la totalidad de la obra.
Agustin de Salazar y Torres (1642-1675), destacado dramaturgo postecaIderoniano, nació en Almazán, Soria, y pasó a la Nueva España cuando apenas tenía cinco años, en compañía de su tío el futuro virrey Marcos de Torres y Rueda. Allí estudió humanidades en el Colegio de San Ildefonso y en la Universidad de México, regresando a España en 1661), donde murió quince años más tarde, dejando inacabada esta obra que mencionamos. En la segunda parte de la edición póstuma de sus obras (1694) aparece esta Celestina terminada por Juan de Vera Tassis y Villarroel. su compilador, que es la que se ha continuado imprimiendo.
Guillermo Schmidhuber nos da algunos datos en la introducción a este volumen que aclaran la otra versión, anterior, hecha en México. «La edición encontrada por mí (…) se titula: La gran comedia de la Segunda Celestina. Fiesta para los años de la Reyna nuestra señora, año de 1676, de Don Agustín de Salazar. Este cuarto suelto se encuentra en la biblioteca de la Universidad de Pennsylvania (fecha de adquisición: 1954), Forma parte de la colección de venticuatro volúmenes de Comedias varias que contiene sueltas de principios del siglo XVIII y que perteneció a los condes de Harrach (Viena) y. anteriormente, a la Biblioteca Viermensis de los Austrias (…). Además, he logrado localizar en la Biblioteca Nacional de Madrid otros dos cuartos sueltos con el mismo texto de la Segunda Celestina de 1676».
Hallazgo, pues, de gran importancia con el que concluyen las aventuras de esta obra-guadiana y que nos permite conocer un trabajo de juventud de la gran poetisa mexicana.
— Cómo ve la popularidad de la primera ministra británica y hasta cuándo cree que podrá mantener su postura de rechazo hacia los temas europeos?
— Está claro que la postura adoptada por Mrs. Thatcher está avalada por el Partido Conservador, pero gran parte de los miembros del Partido Laborista están de acuerdo con sus tesis acerca de Europa. No es fácil caricaturizar el debate que existe ahora mismo en Gran Bretaña entre los partidarios y reacios a la unificación europea, pero la línea que divide a unos y a otros tiene una clara relación con la edad: la población británica que tiene más de 60 años está en contra de los temas comunitarios, cosa que no ocurre con los menores de 30 años, mucho más partidarios de la integración. Como consecuencia de esta división, la postura de Mrs. Thatcher, en cuanto a los temas de Europa, está avalada por aproximadamente un 40% de la población, en gran parte correspondiente a personas mayores de 60 años, sean votantes conservadores o no. Es incuestionable que ser miembro de la Comunidad beneficia a Gran Bretaña, y sería injusto decir que la primera ministra se ha opuesto a esta participación. Con lo que no está de acuerdo Mrs. Thatcher es con una particular extensión de la idea de Europa en áreas que no considera necesarias, como, por ejemplo, la Carta Social Europea. Sobre la popularidad de Mrs. Thatcher, en general, se respira un ambiente de insatisfacción reflejado en los últimos sondeos de opinión, por lo que hay numerosas razones para pensar que el Gobierno es impopular, entre otras cosas porque se cree que la primera ministra ahora mismo es una «molestia» en las relaciones con Europa.
— En España la opinión pública tiene la sensación de que el Gobierno británico es antieuropeo.
— Es erróneo pensar que el Gobierno británico siempre se opone a todo lo que tenga que ver con la unificación de Europa sólo porque en los temas que saltan a los titulares de los periódicos, como pueden ser unión monetaria, moneda única o unión política, está adoptando un punto de vista distinto al de la mayoría de los miembros de la Comunidad. Como prueba de que esta apreciación no es correcta, le diré que Gran Bretaña, a excepción de Dinamarca, es el país miembro que más rápidamente ha incorporado a su derecho interno la legislación comunitaria, cosa que no ha ocurrido de la misma manera en países con mucha más retórica europeísta, como los del sur de Europa.
— ¿Federación o Confederación para Europa?
— Pienso que va a haber gradualmente una cesión de soberanía en las áreas que es necesario, como se puede comprobar en el proceso hasta el 92. Francamente, no creo que se esté caminando hacia una Federación europea en sus términos más estrictos, ya que los Gobiernos no tienen la suficiente voluntad para ello. No veo la necesidad de ceder en cuestiones como por ejemplo la defensa; me parece que por el momento es impensable tener una política de defensa común, ya que existen demasiados intereses opuestos entre los países miembros de la CE: hay países neutrales y otros cuyas instituciones no permiten que sus fuerzas armadas actúen fuera de su territorio. ¿Qué hubiera pasado en 1982 cuando estalló la guerra de las Malvinas si hubiera habido una política de defensa común?
— Se habla de la posibilidad de una ampliación de la CE a otros países. ¿Considera que esta ampliación crearía muchos problemas a la consecución de políticas comunes como en defensa o exterior?
— Por supuesto que sí, precisamente ésta es la razón por la que Jacques Delors está en contra de la ampliación de la Comunidad, ya que comprende muy bien que no será posible alcanzar estas políticas comunes con más miembros, con distintas prioridades políticas. Sin embargo, en mi opinión, habría que abrir la Comunidad a estos países, siempre y cuando cumplan los dos requisitos que se exigen para ser mieembros de la CE: ser países democráticos y con economía de mercado. No me gusta la idea de Europa como un país de ricos mercaderes; prefiero que sea una agrupación de gente libre, ya que no creo que lo otro sea un objetivo noble para la CE. Sobre lo que habría que reflexionar es el porqué de la oposición a la entrada de húngaros, polacos, checos, porque nos preocupan los productos agrícolas o el coste de dar subsidios para desarrollo económico o porque nos preocupa que tengan prioridades diferentes en política exterior.
— ¿Cree que la crisis del Golfo influirá en el debate actual sobre la actuación de la OTAN fuera de la zona?
— El debate sobre el futuro de la OTAN es largo y controvertido; con la crisis del Golfo, lo que puede ocurrir es que se obtenga una especie de acuerdo de seguridad, con compromisos de no violar las fronteras o el de apoyarse unos a otros en el caso de que éstas sean violadas. Ahora bien, lo que no se sabe es si esto se producirá en el ámbito de las Naciones Unidas o si va a ser una decisión de los EE.UU.
— ¿Qué consecuencias económicas y políticas inmediatas se producirán si, finalmente, estalla la guerra en el Golfo?
— En cuanto al mercado, estamos viendo cómo cada día sube y baja, dependiendo de los rumores que corren. Eso es exactamente lo que ocurrirá si estalla la guerra, pero sólo si los altos precios del petróleo persisten durante largo tiempo habrá graves consecuencias en la actividad económica.
Si los aliados ganan muy rápido, creo que el precio del petróleo caerá espectacularmente y habrá una euforia general en los mercados internacionales.
La URSS, a diferencia de la que ocurre en la mayoría de los países del Este, no entiende lo que hace falta para tener una economía moderna, una economía de mercado.
— ¿Piensa que la «perestroika» sobrevivirá a la profunda crisis económica que padece la Unión Soviética?
— Soy bastante pesimista al respecto. Los soviéticos tienen que luchar contra la fragmentación nacional basada en las diferencias étnicas y con la impopularidad de Gorbachov, aderezado con el declive visible de la economía, y no veo, por ahora, que en la URSS, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países de Europa del Este, se entienda lo que hace falta para tener una economía moderna, una economía de mercado. Como ejemplo diré que desde que en 1985 el actual Gobierno ruso llegó al poder no se ha traducido un solo manual de economía occidental, por lo que en las universidades se sigue estudiando economía marxista; éste es el auténtico problema. Primero tienen que desmantelar todo el sistema anterior, y de momento no lo han hecho. Por el contrario, creo que el futuro de Checoslovaquia o de Hungría es mejor, ya que, aunque tienen numerosos problemas, ya han asumido el compromiso para establecer allí una auténtica economía de mercado.
— ¿Dónde está el poder en la Unión Soviética: en el KGB, en el partido o en el Ejército?
— Antes el partido era el que organizaba la sociedad, pero ahora cada vez tiene menos miembros, está más dividido y desmoralizado. En esta situación, quizá el Ejército sea la única institución que pueda dar un marco estable para la sociedad. El problema es saber si se trata de un ejército aferrado al pasado o si es un ejército de transición.
Podría producirse un golpe de Estado de dos tipos: dado por un grupo del Ejército que quisiera restablecer la disciplina, o dado por otro grupo que dijera al país: «Este país es un desastre, le vamos a dar un mínimo de estabilidad para que se puedan crear las estructuras necesarias para hacerlo funcionar, no tenemos ninguna ambición de mantenernos en el poder una vez que la transición se haya llevado a cabo», pero esto es muy difícil de saber.
— ¿Considera que los acontecimientos en el Golfo Pérsico y el previsible aumento de conflictos en el Sur aumentan el valor estratégico de España?
— La entrada de España en la OTAN fue muy importante por numerosas razones de sobra conocidas. Ahora bien, en este momento no creo que el valor estratégico de España vaya a aumentar mucho, aunque sí algo, debido a que la OTAN será una organización de mayor contenido político que en el pasado.
Robert Einhorn.— Permítanme hablar un poco sobre nuestra función dentro del Departamento de Estado. La Oficina donde trabajo, el staff de planificación política, fue creada por el general Marshall tras la II Guerra Mundial.
La URSS sigue siendo la fuerza militar más poderosa del continente.
Como tenía que confrontar un mundo muy diferente al al del tiempo de la guerra, Marshall quería tener una oficina específica para planificar a largo alcance. El primer encargado de la Oficina fue George Kennan, que fue el autor de muchas políticas de la posguerra de los Estados Unidos. Fue Kennan quien comenzó la política de contención. Ahora estamos en otra etapa de posguerra fría. La situación en el mundo está cambiando tan rápidamente como lo hacía tras la II Guerra Mundial, y la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado tiene una responsabilidad muy grande en la proyección de la política USA hacia el futuro.
Nuestro staff es un pequeño «think-tank» a las órdenes directas del secretario de Estado, James Baker. Y, modestia aparte, hemos jugado un papel muy importante en la actual concepción de los políticos del Gobierno americano. Una muestra de esto fue el procedimiento muy acertado de la reunificación de las dos Alemanias. Podrán recordar que algunos de los vecinos de Alemania estuvieron muy nerviosos durante el dearrollo de la reunificación. Teníamos otro temor: que iba a haber mucho desacuerdo entre los aliados de los Estados Unidos sobre la cuestión de la reunificación.
En términos de control de armamento no pienso que la situación del Golfo Pérsico vaya a tener un impacto adverso.
Este equipo ideó el mecanismo diplomático conocido como «2 + 4» para que Alemania pudiera entrar en Europa sin choque político, de manera suave. También jugamos un papel importante en la adaptación de la OTAN a las circunstancias nuevas; por ejemplo, la declaración de Londres de julio pasado.
Asimismo, hemos trabajado en el control de armamentos, tanto de armas convencionales como estratégicas. Sabíamos que la OTAN, en solitario, no era suficiente para hablar de estos asuntos. Había que incluir también a las nuevas democracias del Este en el proceso. Apoyamos el sistema propuesto bajo la CE para Europa. También participamos en la elaboración de nuevas pautas para la OTAN en el asunto de las armas convencionales y estratégicas.
Podemos discutirlo más, pero tenemos que cambiar mucho los niveles de respuesta convencional y respuesta flexible que han sido la base para la OTAN. También estamos considerando el papel del pilar europeo en la defensa del continente. Éstos son algunos ejemplos de las cuestiones que estamos tratando dentro de mi Oficina en el Departamento de Estado. Ahora contestaré gustosamente a sus preguntas o comentarios.
Sucre Alcalá.— En relación con las negociaciones sobre el desarme, ¿cuál es ahora la perspectiva a la luz de los acontecimientos del Golfo Pérsico, y, unido con esto, qué papel considera que puede desempeñar la OTAN en el futuro?
China va a tener un papel importante, pero dependerá mucho de las reformas internas, porque sin ellas no es creíble fuera de sus fronteras.
Robert Einhorn.— En términos de control de armamento no pienso que la situación del Golfo Pérsico vaya a tener un impacto adverso. Una cosa que se ha manifestado en la crisis del Golfo es que algunos de los armamentos, especialmente las armas estratégicas, no son totalmente aptos para utilizar en una situación como la que estamos confrontando en el Golfo. Esta crisis nos lleva a pensar que estamos determinados a tener niveles todavía más bajos de armamento y control de los problemas dentro del continente. Esto no quiere decir que podamos dejar de lado nuestros armamentos estratégicos, porque la URSS —aunque voluntariamente va a tener un papel importante, pero dependerá mucho de las reformas internas, porque sin ellas no es creíble fuera de sus fronteras mente está bajando sus niveles de armas convencionales— mantiene un gran arsenal de armas estratégicas. Después del acuerdo START, que los negociadores de ambas partes esperan firmar antes de fin de año, habrá otra ronda sobre armas estratégicas ofensivas. Hay que considerar también que las negociaciones sobre control de armamento funcionan muy bien cuando hay confianza por ambas partes, y que las relaciones bilaterales entre USA y la URSS son buenas. La cooperación con los soviéticos en la crisis del Golfo ha sido muy positiva, y esto ha favorecido las tareas en el área del control de armamentos. Respecto a la la segunda parte de la pregunta, ¿es sobre el papel de la OTAN fuera de Europa, no?
Sucre Alcalá.— Sí, dada la distensión entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, y a su vez el surgimiento de un conflicto fuera de la zona de la OTAN, ¿conserva algún sentido la OTAN en esta nueva relación de amistad?, y ¿qué nueva perspectiva tiene cuando surgen conflictos como los de Irak, que mañana pueden estallar en otras zonas? De hecho, muchos medios y círculos influyentes en Europa han escrito y dicho que la ÖTAN carece ya de justificación.
Robert Einhorn.— La pregunta es muy amplia, y me tomaré algún tiempo para responder. Una de las cosas más interesantes de nuestro trabajo en el staff político del Departamento de Estado es comprobar los cambios radicales en el ámbito de la seguridad. La confrontación Este-Oeste está paulatinamente apagándose. Tenemos que reconocer que aun cuando el último soldado ruso salga del Este europeo, la URSS todavía será la fuerza militar más poderosa del continente. No creo que los actuales dirigentes soviéticos tengan ninguna intención contra Occidente porque tienen unas preocupaciones internas muy gordas. Pero, ¿quién será el líder máximo de la URSS dentro de diez años, o tendremos que tratar con una variedad de repúblicas en la Unión Soviética? Esto quiere decir que podemos limitar nuestra defensa, pero no debemos prescindir de ella.
Por otra parte, al tiempo que desaparece la amenaza tradicional Este-Oeste surgen algunas amenazas nuevas. Por ejemplo, las rivalidades étnicas y nacionales en el sureste de Europa, el problema entre los húngaros y los rumanos, la grave crisis de Yugoslavia y las reivindicaciones nacionalistas en las distintas repúblicas soviéticas. También hay litigios fronterizos entre países, y conflictos por razones económicas, como en el Golfo actualmente. Asimismo, existen inestabilidades producidas por el fanatismo religioso, además del peligro procedente de la proliferación de armas químicas y biológicas. También tenemos que pensar en los problemas de las poblaciones emigrantes que pueden derivarse de los otros problemas.
Todas estas cosas forman parte del nuevo panorama de la seguridad mundial, una nueva amenaza que tenemos que afrontar. ¿Cómo vamos a tratar estas cuestiones? ¿Qué papel tiene la OTAN en este ambiente? Pienso que la OTAN sigue teniendo un papel importante. A pesar de la disminución de la amenaza de la URSS, la OTAN tendrá que ser menos militar y más política, y éste es el proceso que comenzó con las declaraciones de Londres en julio. Las fuerzas convencionales serán reducidas y su estrategia convencional será cambiada. También habrá en las armas nucleares reducciones muy fuertes. Las armas nucleares serán armas de último recurso.
La OTAN, por supuesto, siempre ha tenido un papel político, pero será más importante en el futuro. La OTAN tendrá un papel en el fortalecimiento de las nuevas democracias del Este. La OTAN puede funcionar como un foro en el que los países puedan considerar amenazas externas a la OTAN. En Bruselas, por ejemplo, ya ha habido unas discusiones muy útiles sobre la situación en el Golfo. Y aunque la OTAN no ha funcionado como el mecanismo para la respuesta en el Golfo Pérsico, sí ha servido para coordinar los esfuerzos de los países.
Podemos limitar nuestra defensa, pero no debemos prescindir de ella.
Y no olvide que la OTAN está obligada a responder ante las amenazas a cualquiera de sus miembros. En este caso, Turquía, como es miembro de la OTAN, está directamente amenazada y los miembros de la OTAN le han expresado claramente su respaldo. Pero no insistimos en que la OTAN tenga necesariamente que ser el único lugar en el que se pueden discutir los problemas del área. Lo que es importante es que nuestros aliados reconocen que tienen responsabilidades como naciones prósperas, ante amenazas que tal vez vengan de fuera del área.
Es menos importante que la OTAN sea el mecanismo para coordinar la respuesta que el reconocimiento por parte de los países europeos de que tienen esa responsabilidad. Por ejemplo, la UEO tiene un papel importante en coordinar la respuesta de los países de la Unión en términos navales. En este sentido, hay sido muy importante y bien considerada por nuestro Gobierno la respuesta española al mandar tres buques de guerra, y el apoyo logístico que ha prestado a las fuerzas norteamericanas en el Golfo. Lo importante es que estos esfuerzos se hagan bajo alguna sigla, y no necesariamente al amparo de la OTAN. Lo importante es que funcionen. Pensamos que la OTAN tiene aún un papel muy importante que jugar, pero es un papel que va a cambiar.
No importa qué plan escojan, las dificultades económicas que tiene la URSS van a continuar.
Miguel Angel Cortés.— ¿Realmente piensa que el papel de la UEO ha sido tan importante? Si observamos lo que ha pasado… El Reino Unido ha estado operando en el Golfo por su relación privilegiada con los EE.UU., no por la UEO… La Marina británica estaba allí antes de la reunión de la UEO. España, por supuesto, mandó sus barcos tras la reunión de la UEO, pero todas las facilidades de escala, etc., en España fueron fruto del acuerdo bilateral con los EE.UU. E incluso el país europeo que teóricamente apoya con mayor vigor a la UEO, Francia, ha insistido en que no habrá un mando extranjero para la marina francesa. Así que no estoy tan seguro de que el papel de la UEO haya sido tan importante. Por otra parte, no sé si usted comparte esta opinión, que hay en Europa occidental dos sensibilidades diferentes en la política exterior. Ahora salen a la luz en este conflicto. Una es la de los países atlánticos en Europa: por supuesto, Gran Bretaña, Francia en ciertos aspectos, España, Italia y Portugal. La otra es la perspectiva de los países centroeuropeos. No sé si usted advierte de cara al futuro estos dos enfoques distintos en la política exterior europea.
Robert Einhorn.— Sí, entiendo su pregunta. Durante algún tiempo vamos a estar en un período de transición en cuanto a este problema. Tenemos una variedad de países y organizaciones con diferentes países miembros. Tomará algún tiempo reconciliar estos diferentes grupos, y tampoco quería sugerir que estamos dando mucho énfasis a la UEO. Si algunos Estados actualmente piensan que es más fácil, más factible, funcionar bajo la UEO, muy bien. Al mismo tiempo reconocemos que algunos de los países democráticos del Este tienen interés en unirse a las instituciones occidentales, pero ellos reconocen que es prematuro todavía para la integración. Mientras tanto, podemos utilizar las instituciones existentes de la mejor manera posible, reconociendo que habrá una evolución a otras formas en el futuro.
¿Cuáles son las cosas que van a durar, los principios más importantes para los USA en esa arquitectura de la seguridad? Uno es la participación sustancial por parte de los EE.UU. en los asuntos de seguridad europeos. Creemos que esto es importante no sólo por nuestros propios intereses, sino porque también nuestros aliados lo consideran así. Todos los Gobiernos de la OTAN— y tal vez pueda decir, sin miedo a que me contradigan, todos los Gobiernos de Europa— piensan que los EE.UU. pueden desempeñar un papel estabilizador en Europa. Y mientras que nuestros aliados en Europa piensen que podemos jugar este papel, estamos dispuestos dispuestos a jugarlo. A este respecto, la OTAN es la organización que permite desempeñar este papel, aunque la OTAN no existe sólo para dar un papel en Europa a los EE.UU., sino porque tiene un valor fundamental para los propios europeos.
Una segunda línea en nuestra política es el reconocimiento de que los europeos tienen que participar más activamente en su propia defensa. Tienen la capacidad para hacerlo, y parece que también tienen la voluntad para llevar a cabo esa política. Esto es lo que llamamos el pilar europeo. Este pilar puede adoptar muchas formas: puede ser la CEE, la UEO dentro de la CEE, puede ser la parte europea dentro de la OTAN. Lo importante es que los países europeos asuman este papel y que el pilar europeo esté dentro de una alianza atlántica.
Un tercer componente de nuestra política es asegurar la participación de los otros países de Europa en este proceso; los países de la Europa oriental deben pensar que no están siendo dejados de lado.
La CSCE es una institución adecuada para vincularlos al tener sus propias iniciativas en este campo. Todo ello debe hacerse sin que la URSS se sienta amenazada. Al revés, lo óptimo es que esté involucrada dentro del proceso de seguridad, y que no piensen que están aislados, para que no surja un sentimiento de xenofobia. Aunque hablamos en términos de arquitectura para Europa, en verdad lo que queremos hacer sólo es pensar en principios amplios y dejar que las instituciones y la arquitectura se desarrollen sobre la marcha.
La OTAN tendrá que ser menos militar y más política.
Guillermo Cid.— Quisiera hacerle unas preguntas, pero antes permítame unas consideraciones previas. Primero, es evidente que el comunismo ha fracasado por una serie de factores, pero si hay que personificarlos en algo yo diría que desde el plano de las ideas ha jugado un papel decisivo el actual Papa, y en el plano de la política el presidente Reagan.
¿Cuál creo yo que fue una de las razones del éxito de la política de Reagan? Fue no ceder en nada importante ante la URSS. Por ejemplo, lo que se conocía comúnmente como la «guerra de las galaxias». En mi opinión, esta y otras medidas, compatibles con las conversaciones de desarme, hicieron ver a los gobernantes de la URSS que no podían sostener la carrera de armamentos a la que les desafiaban los EE.UU. por una consideración fundamentalmente económica. En consecuencia, habría que asegurar siempre una superioridad militar muy clara de EE.UU. y la OTAN respecto a la URSS. ¿Por qué digo esto? Porque este método fue eficaz con Reagan y porque creo, con los datos que conozco, que la reforma económica de Gorbachov es prácticamente imposible que salga adelante. ¿Cuál es su opinión al respecto? La segunda cuestión es: ¿Qué piensan ustedes en todo este proceso de China y cómo lo encajan en la futura evolución de la OTAN y de las instituciones europeas?
Robert Einhorn.— El actual problema del Golfo es una buena muestra de la necesidad de que en un tiempo donde hay un único poder mun mundial, los Estados Unidos, que esta superpotencia asuma el liderazgo del mundo, no en términos de hegemonía sino porque no hay otra que pueda responder ante una crisis mundial, y, al mismo tiempo, lograr el consenso de los otros países sobre el problema de turno. Obviamente, China va a tener un papel importante, pero dependerá mucho de las reformas internas, porque sin ellas no es creíble fuera de sus fronteras.
Guillermo Cid.— ¿Qué piensa usted sobre la viabilidad de la reforma económica de Gorbachov?
Robert Einhorn.— No importa qué plan escojan, las dificultades económicas que tiene la URSS van a continuar. Repito, no importa el plan, si es el plan de Gorbachov, el de Rizhkov, etcétera.
Guillermo Cid.— Es verdad, pero hay una diferencia entre un plan y otro, y es la duración. Yo pienso que a una población se le puede pedir que pase hambre durante un año, pero no que pase «medio hambre» durante seis. Es un período demasiado largo que puede crear expectativas de estallidos sociales incontrolables por motivos económicos, religiosos o nacionalistas.
«Seguiré ejerciendo el poder. Para eso fui elegido. Y no me callaré: a mí no me silencia nadie». Con un susurro de voz, desgranando las palabras, Alberto Fujimori, presidente del Perú, conversó durante casi cuatro horas en el Palacio del Gobierno de Lima sin eludir ni una sola de mis preguntas. Fue un encuentro fácil, una conversación templada en la que los temas más crueles (el hambre de una parte de la población, la violencia terrorista, el narcotráfico, la amenaza de un golpe militar, el enfrentamiento con la Iglesia, etc.) pasaron sin dramatismos. Fujimori hizo gala de su temperamento oriental, sin inmutarse ni perder los estribos, consciente de que por ahora el viento sopla a favor de su extraña y original forma de gobernar.
El mes pasado se cumplieron los «cien primeros días» del presidente-nissei (descendiente de japoneses en primera generación), y fue entonces el momento de hacer un balance provisional de cuanto hizo hasta la fecha. Un balance ciertamente polémico y nada vulgar. Fujimori se ha enfrentado en estos meses con todos los poderes fácticos del país, ha impuesto un plan de austeridad tremendo, ha polemizado con la Administración norteamericana en un asunto tan delicado como el narcotráfico. Y todo ello sin mayoría parlamentaria y sin verdadero poder político. Pese a ello, su popularidad ha crecido. Y desde todas las trincheras políticas se le reconoce, aunque sea a regañadientes, que «el Chino» está haciendo lo que debe hacer, se ha rodeado de colaboradores competentes y no corruptos, ha recuperado parte del crédito internacional y está llevando adelante un plan de reformas administrativas ciertamente audaz.
¡Asombroso país y asombroso pueblo el peruano! La situación económica sigue siendo catastrófica, el terrorismo aumentó incluso en los últimos tres meses, el consumo está por los suelos, la mitad del país (11 millones) vive en estado de «extrema pobreza», los organismos financieros internacionales niegan cualquier ayuda y sin embargo se palpa la convicción generalizada de que «la cosa se está arreglando». Esta convicción se basa también en cifras reales: la inflación pasó del 40% (¡mensual!) al 9% en 60 días, el dólar mantiene su cotización (un dólar 450.000 «intis»!) desde hace varias semanas, y las primeras avanzadillas del FMI, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial están en Lima para ver «en directo» el milagro Fujimori.
El cauto presidente aprende a una velocidad de vértigo. No le importa, por ejemplo, reconocer que las medidas de austeridad tomadas fueron «mucho más duras que las anunciadas al principio» (y significativamente idénticas a las propuestas por su adversario a la presidencia, Mario Vargas Llosa) o que «la herencia recibida fue mucho peor que la que sospechaba». No tiene, tampoco, pelos en la lengua en sus juicios: calificó a los jueces y policías corrompidos de «chacales», a los parlamentarios de «charlatanes» y a los curas que se oponen a su tajante plan de control de la natalidad de «feudales». Y sin pensárselo un minuto ha descabezado a la cúpula militar sustituyéndola por militares favorables a su proyecto.
La pregunta que se hacen muchos dentro y fuera del Perú es si la «utopía asiática» de Fujimori va a funcionar a largo plazo y si el presidente no se ha enzarzado en demasiadas batallas simultáneas. Las primeras medidas económicas y políticas tomadas por el presidente y su primer ministro, Hurtado Miller, están funcionando, aunque el coste social sea altísimo. Lo que sí se percibe en el país es una sensación de cambio y cierta esperanza, algo totalmente nuevo y hasta revolucionario si se compara con el clima de desánimo de los últimos años. Aunque con esto no basta para «reordenar» la vida pública y privada de los 22 millones de habitantes.
Otro aspecto nada desdeñable para amagar un juicio provisional es que el enfrentamiento verbal del presidente contra jueces, policías, parlamentarios, militares y clérigos, lejos de haberle restado apoyo social, se lo ha sumado. Los peruanos están hartos de lo que en España se llama «poderes fácticos» y aplauden su cuestionamiento, aunque sea simplemente un ardid demagógico. Pero con palabras y calificativos no se gana tampoco la batalla al hambre, la violencia, la corrupción generalizada, el terrorismo, el narcotráfico o el golpismo castrense.
Fujimori está solo ante el peligro. Pero transmite una enorme tranquilidad que contrasta con la impaciencia gesticulante de su antecesor, Alan García, más conocido como «caballo loco». Su forma de gobernar, si triunfase, podría constituir un hito y hasta un modelo para la región. Claro que, parafraseando al tango, cien días no es nada…
Título: «Mitos y leyendas de la política fiscal».
Autor: Juan Francisco Corona Ramón.
Editorial: Del Drac, Barcelona, 1990, 182 páginas.
Precio: 850 pesetas.
Los ciudadanos españoles empiezan a tomar seria conciencia de que la voracidad recaudadora del Estado aumenta de forma constante, en crecimiento que parece no tener fin. Es algo más que una sensación, puesto que se traduce en cifras concretas y afecta a un considerable porcentaje de sus ingresos.
Sin embargo, los mensajes emanados de los poderes públicos encargados de la recaudación de los impuestos son tranquilizadores: no hay que alarmarse, hombres y mujeres de buena fe, puesto que en nuestra España feliz la presión fiscal es paja en comparación con la mayor parte de los países de la OCDE. Ante semejante hecho, que se ilustra con ejemplos y estadísticas abstrusas e incomprensibles para el sufrido ciudadano a quien se destina, sólo resta aceptar las cosas y darle gracias al cielo por la bondad generosa que muestran nuestros gobernantes al aplicar tan exigua «presión fiscal».
También cabe otra postura, naturalmente, más arriesgada y crítica, consistente en el análisis de la realidad impositiva española, para ver si es tan halagüeña y suave como nos dicen los señores del Gobierno, y en particular los responsables de la Hacienda Pública. Esta segunda postura es la adoptada por el profesor Corona Ramón en su libro, cuyo significativo título adelanta su alcance y contenido: Mitos y leyendas de la política fiscal. Uno de esos primeros mitos se refiere al verdadero sentido del término «presión fiscal», tan aireado para calmar los ánimos de los impacientes.
Según parece, en España la «presión fiscal» es baja si la comparamos con la de otros países de la Comunidad Europea. Cualquier ciudadano bienintencionado sacará en conclusión que en nuestro país se pagan menos impuestos que en la mayoría de la CE. Tal como lo demuestra el autor, tales afirmaciones no son exactas, lo cual es tanto como decir que son falsas. Porque determinar la presión fiscal exige tener en cuenta no sólo un momento dado o estático, sino el punto de que se parte y su evolución a través de los años.
Siguiendo tales precisiones, resultaría ser que si tomamos en España el período de tiempo que va desde 1979 a 1987, la presión fiscal se ha incrementado en 13,2 puntos, mientras que la media de la CE fue en este mismo período de 7,5 puntos. Ampliando estos datos, el autor considera que, en términos porcentuales, el incremento desde 1976 a 1982 ha sido de un 31,6%, y de un 27,1% de 1982 a 1987, mientras que las medias comunitarias señalan respectivamente el 10,6% y el 6,8%.
Si a estas cifras se les añaden las circunstancias de recesión económica de los años pasados, habríamos de concluir que los contribuyentes españoles hemos sufrido unas cargas impositivas superiores proporcionalmente a los aumentos que se producen durante épocas de expansión económica.
Otro factor a considerar a la hora de referirnos a la presión fiscal sería la renta per cápita, por lo que resulta necesario precisar el índice de esfuerzo fiscal. El profesor Corona Ramón procede a obtener este índice y concluye que en España el esfuerzo es un 39,8% superior al comunitario.
Una vez aclarado el mito de la «baja presión fiscal española», que no es tal, se trataría de analizar la índole de la gestión financiera que el Gobierno lleva a cabo con los fondos públicos logrados a través de los impuestos. En tal sentido, las páginas de esta obra son reveladoras. El modo de enjugar -o de ocultar- la verdadera naturaleza del déficit público a través de la Deuda pública supone una forma eficaz de confundir al contribuyente y trasladar hacia el futuro el problema de la financiación de este déficit. Así, las cuentas continúan sin estar claras y los resultados de la defectuosa gestión se disfrazan de mil ingeniosas formas.
Por otra parte, como señala el autor, la Administración genera una burocracia que, a más de costosa e ineficaz, tiende a aumentar su tamaño de modo imparable. Los principios y objetivos que guían la acción burocrática no son, como sería lógico, lograr la máxima eficiencia -productividad- en el desempeño de sus funciones. Por el contrario, el ideal del burócrata es el aumento de los créditos destinados anualmente a su departamento. Se produce de este modo una progresiva diferenciación entre los auténticos fines de la Administración, es decir, que preste servicios cada vez más eficaces con menor coste, y los mecanismos humano-profesionales de los burócratas, que identifican la idea del tamaño de sus departamentos y la cuantía de sus créditos con el índice del valor de esos servicios prestados.
Por otra parte, esta idea se refuerza desde el momento que el público percibe cómo la calidad de los servicios desciende, a pesar de que los impuestos se incrementan y la administración crece. Naturalmente, no trata el profesor Corona Ramón de incitar a nadie a la rebeldía fiscal ni anima a defraudar a la Hacienda, a pesar de las críticas respecto al modo como se efectúa el sistema impositivo en la realidad. Pero sí trata de llamar la atención, tanto de los políticos como de los votantes, de la importancia de un tema como el régimen fiscal, que incide tan decisivamente en la economía del país -activa y negativamente- y de cuya gestión, acertada o errónea, tantas consecuencias se derivan para todos los ciudadanos.
Poco sé de mi poesía, poco puedo aclarar sobre ese ser que nace casí siempre (solitario y rebelde hasta con su propio creador, de tal forma es humano) bajo la cruda lámpara en altas madrugadas, como en la noche oscura de los místicos o las lúgubres de los románticos. En mi largo aprendizaje, que continúa, no tengo ni creo en artes poéticas, esas reglas áureas que infaliblemente atraerían el don inspirador como el velador espiritista a las invocadas sombras. Hace tiempo dije que escribir es sufrir. A ciegas, a veces, percibimos una radiación, otras veces nada, y hay que apoyarse en esa sequedad, en esas «nadas», como decía el fraile carmelita. Experiencia, palabra, realidad, serán los báculos, y también con ellos erramos el camino cuando falta vida. Todo bastante complicado y ritual como para preferir el paseo junto al mar en una tarde, el callejeo de una ciudad amada, la charla intrascendente. Por eso escribo sólo cuando ya no tengo otra salida y sigo el consejo general de Vicente Aleixandre: «Vive y escribe tu poesía cuando te nazca». Aun así me avergüenzo de lo que me parece insuflada y cómica vanidad.
A Rafael León
Vivaldi vuela como un pájaro brillante sobre alamedas cortesanas
y sin embargo los violines suenan
con el recuerdo del humilde caserío abandonado
junto al arroyón crecido por el invierno,
Molino de los Ciegos
hundido en la estrecha garganta que lleva al Majano,
no lejos del profanado cementerio protestante.
Desde sus laudas rotas te llega un halo verdoso de ruina
y tu país es el de un grabado de novela victoriana
con el autillo siseante en la noche,
el coche iluminado por el camino,
los ocelos del pavón vigilando desde los olmos
y el ruido del agua,
las tendidas ramas flotando como flecos de una fúnebre colgadura. Por aquí pasó el caballero de la muerte
llevando en sus manos el vítreo reloj de arena goteante
y te quedaste solo, embalsamado por las yedras,
con la doncella viendo alejarse entre los cadejos del agua
la carta sin respuesta,
el agua mitigante y compasiva del tiempo.
Molino de los Ciegos
vivo aún en las láminas de veteados mapas húmedos,
con el laurente en el trajín de tinas y de resmas,
el canalillo y su red sobre la losa,
las manos de papel perchadas como aves aireándose en las ramas,
y el acre olor de los lenzuelos triturados.
Como el ciego que guía a otros ciegos
te hundiste en la sima de donde no se vuelve.
Y barrió el viento épocas y culpas;
apagado el fogón, por las puertas crujientes creció en unas la zarza,
te cubrió como duna movediza el cobre de los bosques
y los mendigos heredaron tu reino.
Junto a la empalizada
alza el lobo su largo aullido lancinante.
Termina «La Notte», de Vivaldi.