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Ver productos1 Dic 1990 - 4min.
Título: «Notre ami le Roi».
Autor: Gilíes Perrault.
Editorial: Gallimard. París 1990. 367 páginas.
Precio: 110 francos.
La publicación del libro Nuestro amigo el rey del periodista y escritor francés Gilles Perrault ha desencadenado una verdadera tempestad en las «especiales» relaciones que unen a Marruecos con Francia. De modo que, por encima o por debajo del valor que el libro en sí mismo pueda tener (y adelanto que es reducido, mínimo incluso), el embrollo que ha provocado ya facilita no solamente su éxito popular sino también su notoriedad política.
Perrault ha intentado en este libro hacer un retrato en negro del rey Hassan II de Marruecos. Perrault no es, desde luego, un especialista en temas marroquíes y pese a su reciente dedicación a lo que sucede en el país magrebino, ignora muchas cosas y a veces, simplemente, se las inventa, lo que es peor. Su libro quiere ser una severa biografía del «jefe de los creyentes» y monarca alauita: el resultado es un panfleto desorbitado, irrespetuoso, pasional, seguramente bienintencionado pero decididamente mediocre.
Nada de cuanto narra Gilles Perrault en su libro es nuevo. No lo es el asesinato del líder marxista Ben Barka, la represión en el Rif, los complots de Sjirat y Kenitra, el «suicidio» de Ufkir y la persecución a que se sometió -y se somete- a sus hijos y viuda, la extraña mujer del general Dlimi, y otros asuntos igualmente turbios. El autor se ha limitado a recoger testimonios, de prensa o directos, para construir después un texto, sin duda brillante pero poco consistente, que apesta a naftalina y hemeroteca.
Porque no basta con acusar a Hassan II de todas las miserias y brutalidades producidas en Marruecos en los últimos venticinco años. Hay, además, que probarlo. Y Perrault no lo prueba: se limita a transcribir testimonios, algunos de ellos terribles pero no siempre fiables.
La tesis que se oculta tras este libro de escándalo es la de que los países democráticos y occidentales deben tener cuidado con los amigos y aliados que eligen, no vaya a ser que les ocurra como con Saddam Hussein, antaño cliente y amigo, hoy traidor y enemigo «satánico». Para Perrault, Hassan II es un Saddam Hussein en ciernes. O peor: un déspota sanguinario, ególatra y feroz, cuyos odios sólo se aplacan con la desaparición, la tortura o la sumisión perruna del adversario. La descripción que Perrault hace de la sociedad marroquí, de la clase política, de los empresarios y de los cortesanos que rodean a Hassan es tremenda, implacable. Y, seguramente, también… exagerada. Todo el mundo sabe que la llamada «democracia hasaniana» se parece poco a la británica o a la sueca.
Todo el mundo sabe también que el régimen social marroquí no es precisamente un ejemplo de igualdad y fraternidad. Y que los métodos del poder con los disidentes o los no entusiastas difieren bastante de los que utilizan las democracias occidentales. Pero a Hassan y a su régimen conviene situarlo donde está, no en el limbo. ¿Qué hay en los alrededores y vecindades del país magrebí? Pues dictaduras o semidictaduras de partido único o de capitanes corruptos donde los partidos políticos, los sindicatos, los medios de comunicación independientes simplemente no existen, donde los disidentes no están ni se les espera porque han huido al exilio o han sido eliminados y donde la miseria, la corrupción, el nepotismo se hallan a la orden del día. ¿Qué ocurre, en efecto, en Libia, en Mauritania, incluso en Túnez? ¿Qué ocurre en Argelia? ¿Por qué tanta severidad con Hassan II y tan poca con Gadafi, Chadli o el resto de los vecinos magrebinos?
Marruecos es un país fascinante, de contrastes y rupturas. Hassan es un gobernante polémico que ha sabido, sin embargo, conducir a su país por una ruta original hacia la modernidad. Lo ha hecho a veces con gestos severos, reprimiendo o controlando a quienes no aceptaban sus métodos. Ha habido, sigue habiendo ¡quién puede negarlo! situaciones en Marruecos que repugnan a cualquier conciencia mínimamente civilizada, pero ¿dónde no las hay? ¿Quién puede tirar la primera piedra?
Sorprende, por último, la inocencia política y la susceptibilidad de los dirigentes marroquíes y algún sector de la opinión pública de este país que ha reaccionado airadamente a la publicación del panfleto e incluso habló de una «conspiración internacional contra Marruecos» manejada por oscuros intereses.