Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Novedades discográficas

«West Side Story»

Autor: Leonard Bernstein.
Título: «West Side Story» / Suite sinfónica del filme On the Waterfront.
Solistas: K. Te Kanawa, J. Carreras, T. Troyanos, K. Ollmann y M. Horne.
Orquesta: Orquesta y Coro.
Director: Leonard Bernstein.
DEUTSCHE GRAMMOPHON-415253-2. DDD.


Tras la reciente desaparición de Bernstein, uno de los más espectaculares y brillantes directores de orquesta de nuestro siglo al tiempo que controvertido compositor, el sello discográfico Deutsche Grammophon relanza al mercado español la ópera West Side Story.

La obra ha sido largamente criticada. Nacida para la escena de Broadway, no ha sido tomada en consideración por los músicos más serios, que veían en ella una obra demasiado ligera. Y, por otra parte, al público habitual de Broadway le sorprendió enormemente un argumento tan trágico, acostumbrado al género cómico o a argumentos de mayor intrascendencia. Lo cierto es que Bernstein y sus colaboradores pretendían precisamente eso: crear una obra que tuviera la magnitud y la fuerza de una ópera seria, pero con la técnica de la comedia musical americana.

La participación de cantantes de primera fila como es aquí el caso, con la colaboración de los estupendos Te Kanawa y Carreras, ha contribuido a enaltecer la obra y sacarla de los escenarios más populares para ser escuchada por públicos más exigentes.

Es cierto que la presencia de grandes cantantes se hace necesaria por la dificultad y por la extensión vocal que exigen algunas arias, pero también en una puesta en escena se necesitan actores con apariencia de jóvenes adolescentes y que además sepan algo más que unos simples pasos de baile, ya que a veces protagonizan escenas de baile de gran complejidad. Todo ello dificulta enormemente su puesta en escena.

Se trata de una versión moderna de Romeo y Julieta, una historia de amor apasionado entre dos jóvenes pertenecientes a bandas rivales que termina de forma trágica. Demasiada fuerza dramática y exceso de tragedia si lo comparamos con el repertorio habitual de Broadway, lo que sitúa a la obra a mitad de camino entre la escena seria y la comedia musical.

Sin duda, de todas las versiones conocidas de esta ópera, es la del propio compositor la que ofrece mayor atractivo, y con mayor motivo cuando intervienen solistas como en esta ocasión. La popular aria Maria resulta preciosa en la voz de Carreras, e igualmente el I feel pretty en la voz de Kiri Te Kanawa, o la escena de conjunto de America, muy popular y magníficamente interpretada.

«Sinfonía n.º 8 en Mi bemol Mayor»

Autor: Gustav Mahler.
Título: «Sinfonía n.º 8 en Mi bemol Mayor» («De los mil»).
Solistas: Sweet, Coburn, Quivar, Fassbaender, Leech, Nimsgern, Estés.
Orquesta: Orquesta Filarmónica de Viena. Coro de la Ópera del Estado de Viena, Coro Arnold Schoenberg, Coro de Niños de Viena.
Director: Lorin Maazel.
SONY CLASSICAL. S2K-45754-DDD.


Con este doble compacto se completa el ciclo integral de las sinfonías de Mahler que Lorin Maazel ha venido registrando desde 1987. Considerada por muchos y ante todo por el propio compositor como su obra más importante, es sin duda una obra verdaderamente ambiciosa. Para su montaje requiere tal número de intérpretes, entre cantantes e instrumentistas, que por ello es conocida como la «De los mil». De hecho, en su estreno, dirigido por el propio Mahler, intervinieron un total de 1.028 músicos.

En la misma línea de su Segunda Sinfonía, «Resurrección», Mahler se encaminaba hacia la Gesamtkunstwerk u obra de arte total, fundiendo en una misma obra el estilo sinfónico y el oratorio. El resultado es de gran espectacularidad, en especial en su primera parte, basada en el himno latino de Pentecostés Veni Creator Spiritus, que data del siglo IX, que en esta versión Maazel interpreta con gran sobrecogimiento. La segunda parte está inspirada en la última escena del Fausto de Goethe, a lo largo de la cual se afirma la necesidad del hombre de búsqueda del amor absoluto que en última instancia se transfigura en redención divina. Dos planos, el humano y el divino, de una misma cuestión existencial, el amor absoluto y la redención a través del amor, que ya antes que a Mahler había preocupado a los románticos, Wagner incluido.

No es fácil dar una interpretación unificada a dos partes tan incontrastadas, dado que es en su concepto filosófico donde el compositor establece la relación. Lorin Maazel, que ha logrado un gran triunfo artístico en la grabación integral de las sinfonías mahlerianas, consigue aquí una versión muy equilibrada, sin excesos de ninguna clase, con la colaboración de primeras figuras entre los solistas y un espléndido conjunto orquestal y vocal. Por último, debemos destacar como cualidad esencial de estos discos la alta calidad sonora conseguida a través de la más moderna tecnología digital que desde hace un año puso en marcha la casa Sony.

Apuntes sobre la infraestructura editorial catalana: Un sueño por definir

Durante los años de la primera transición, Cataluña dio, en todos los órdenes, pasos de gigante para rellenar, a menudo sin mejores armas que la intuición y la buena voluntad, el vacío irreparable que supuso para el país una interrupción de cuatro décadas en su libre evolución. Se arropó tal necesidad de actualización con un discurso sobre la «normalidad», aquella situación óptima que se presentaba como objetivo común. A quince años de 1975, se debe afirmar que, en lo que cabe, la realidad efectivamente se ha «normalizado». Así, en el ámbito de lo editorial, la producción anual se ha incrementado espectacularmente desde las cifras simbólicas de entre los años cincuenta y setenta hasta los más de 4.000 títulos por año del presente. Pero ¿en qué contexto son publicados estos títulos? Veamos algunos apuntes sobre las condiciones y los principales condicionantes del sector editorial catalán.

La política de apoyo estatal puede llegar a favorecer la pereza del sector privado a la hora de hacer frente con criterio e imaginación a la realidad del mercado.

Apunte primero: Unas consideraciones sobre la historia reciente

Puede parecer ocioso recordar que la realidad cultural catalana del presente, y la editorial en particular, nació y se formó durante el franquismo. Pero, por el contrario, es útil hacerlo por cuanto ello ayuda a comprender algunos desequilibrios o ciertos raquitismos actuales, y la pervivencia de dosis importantes de voluntarismo o y otros mecanismos de funcionamiento tal vez más propios de la resistencia. Todavía no es posible comprender el panorama actual haciendo abstracción de los años los años de dictadura.

Por ejemplo, responde a la inquietud política y social que tuvo que expresarse tangencialmente a través de manifestaciones culturales, la red de premios literarios hoy vigente, el alcance de cuya influencia -primero estrictamente literaria (¿cuántas obras no han sido escritas tan sólo por necesidad económica o por ansias de fama?), en segundo lugar para la evolución del sector editorial (publicar obras premiadas puede entrañar un riesgo mínimo cuando la entidad convocante se hace cargo de los costes) y también en la formación del público- aún debe ser analizado con rigor. Creados por editoriales, instituciones y administraciones de todo orden por un cierto espíritu de suplencia y de servicio -palpable todavía en los actos de proclamación, tradicionales fiestas literarias con cena de socierismo que están en la base de la infraestructura cultural catalana, por un lado, y la difícil competencia, en evidente inferioridad de condiciones, con la industria castellana, por el otro, ha sido la creación por parte de la Generalitat de toda una red de instrumentos de apoyo desde el llamado soporte genérico a la edición, que consiste en la compra de un máximo de 300 ejemplares de todos los libros que cumplan unos requisitos básicos, hasta la refundación de la Institució de les Lletres Catalanes, entidad para la protección y la difusión de los escritores catalanes y su obra; y también la creación, por su incidencia indirecta, demasiado indirecta, en la formación de hábitos culturales en catalán, de TV3.

Apunte segundo: Convivencia y competencia de dos realidades culturales

En primer lugar, se debe señalar que el mercado catalán es un mercado reducido, como pueden serlo el mercado holandés o danés, en relación con los mercados culturales inglés, francés o español. En segundo lugar, es preciso recordar que los productos culturales catalanes se dirigen a un público que es, en el mejor de los casos, igualmente consumidor de productos en castellano; a pesar de ello, los editores catalanes han sabido competir con dignidad ofreciendo unos precios similares aunque sea a costa del margen de beneficio, luchando porque las traducciones lleguen simultáneamente en ambas lenguas. En tercer lugar, tal doble oferta para un público único agrava la falta de hábito consumidor de productos culturales entre la población catalana, que a pesar de contarse entre los más altos del Estado es todavía inferior a la media europea.

Apunte tercero: El apoyo institucional

El intento más efectivo de contrarrestar, a conciencia o intuitivamente, los efectos negativos del resistencialismo y el voluntarismo, por un lado, y la difícil competencia, en evidente inferioridad de condiciones, con la industria castellana, por el otro, ha sido la creación por parte de la Generalitat de toda una red de instrumentos de apoyo desde el llamado soporte genérico a la edición, que consiste en la compra de un máximo de 300 ejemplares de todos los libros que cumplan unos requisitos básicos, hasta la refundación de la Institució de les Lletres Catalanes, entidad para la protección y la difusión de los escritores catalanes y su obra; y también la creación, por su incidencia indirecta, demasiado indirecta, en la formación de hábitos culturales en catalán, de TV3. Considerar que estos instrumentos puedan ser discriminatorios, cuando los recursos con los que cuentan de por sí la cultura y la edición en catalán son claramente deficitarios, no es más que una muestra de ignorancia o de mala fe. Por otro lado, cabe señalar que tal política de apoyo también entraña sus riesgos, ya que puede llegar a favorecer la pereza del sector privado a la hora de hacer frente con criterio e imaginación a la realidad del mercado; prueba que ello alguna vez ha sido así, el correctivo introducido en la normativa del soporte genérico, en un principio tan generosa que era factible llegar a sacar las cuentas de la edición de un título sin tener ni que ponerlo a la venta.

En este contexto, editores e instituciones no acaban de conseguir la definición de un modelo cultural y editorial, y de una política eficaz para realizarlo. Los modelos practicados hasta hoy pecaban o bien de falta de definición y de contundencia por miedo a excluir, a incomodar o al fracaso, o bien de falta de contacto con la realidad porque han seguido haciendo planteamientos propios de los años de dictadura y catacumbismo o porque se supeditaban a utopías políticas románticas -tanto desde el punto de vista social como nacional-. Además, la pasividad en general del público ante cualquier oferta de consumo cultural, sobre todo si llega en forma de libro, fomenta falacias como la contraposición de la política comercial a la política cultural. Vender se convierte en una obsesión, y en nombre de la venta se llega a prescindir de la trascendencia cultural del papel del editor; a menudo el resultado no es un aumento de las ventas, sino que se acrece la desorientación.

Final: Carta de navegación

El peso de la historia reciente, la coexistencia con la industria castellana, el papel tutelar de las instituciones y la dificultad para definir y realizar un modelo son los cuatro vectores presentes, más allá de la realidad optimista del aumento esperanzador de títulos publicados por año, en el marasmo de la edición catalana. Pequeñas editoriales -ya sean empresas semejantes a lujos deportivos, o bien altamente especializadas, editoriales medianas en lucha por crecer o aliarse, o morir- y editoriales grandes -fundamentalmente dos, Edicions 62 y Enciclopèdia Catalana, ambas sostenidas por una importante división de venta a crédito, seguidas de lejos por el cuasi espejismo que es Columna, un fenómeno atípico para la década de los 80- ven, con mayor o menor pasividad, cómo el campo de la edición en catalán, que les estaba reservado, empieza a ser invadido por empresas castellanas y extranjeras con necesidad de expansión. Su interés, si es que no les mueve una simple cuestión de prestigio, debería hacer creer que para el futuro sólo cabe la esperanza. Pero mientras no se logre aumentar el número de lectores y de consumidores de papel impreso…

La unión económica europea tras la cumbre de Roma

La opinión pública ha recibido muy favorablemente los resultados de la última reunión del Consejo de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad Económica Europea, celebrada en Roma el pasado mes de diciembre. Los titulares de la prensa han sido expresivos. Se ha escrito, por ejemplo, que «Europa vive un momento histórico», que ha habido un «acuerdo unánime para impulsar la integración política y económica» e incluso que «Europa quedará unida el primero de enero de 1993». Por otra parte, se ha hablado mucho del talante conciliador del nuevo primer ministro británico. Y, de forma poco disimulada, se ha celebrado la desaparición de la escena de la Sra. Thatcher, quien, en su papel de institutriz que cree que hay que decir siempre la verdad, tenía la fea costumbre de poner el dedo en la llaga y recordar en voz alta a sus colegas muchos problemas cuya existencia los demás sólo reconocen en privado. Si alguna palabra se ha repetido tras esta cumbre, ha sido «avance».

No parece que todos ¡os socios de la CEE estén de acuerdo en las metas finales a conseguir. Mientras para unos hay que buscar un gran mercado integrado, otros no pueden imaginarse la unión europea sin que una sólida burocracia nos gobierne.

Ahora bien, ¿hacia dónde avanzamos? A la hora de contestar esta pregunta surgen muchas dudas. En primer lugar, no parece que todos los socios de la Comunidad estén de acuerdo ni siquiera en las metas finales a conseguir. Mientras para unos hay que buscar, ante todo, un gran mercado integrado, en el que las empresas y los consumidores puedan adoptar sus decisiones con el mínimo de controles y normas, otros, por el contrario, no pueden imaginarse la unión europea sin que una sólida burocracia nos gobierne desde Bruselas. Y resulta, además, que, pese al eurocentrismo de nuestros gobiernos, a nadie se le oculta que las futuras relaciones de Europa con el resto del mundo están muy lejos de haber sido definidas, y que mientras algunos piensan en un continente abierto al comercio mundial y a la competencia internacional, otros defienden, de una forma abierta o solapada, una «Europa fortaleza», protegida por barreras y aranceles de la competencia exterior.

Problemas

Un resultado esperanzador de la cumbre de Roma es el convencimiento de que, tras ella, continuará a buen ritmo la creación del gran mercado único que deberá funcionar plenamente a partir de 1993. Pero, junto a este progreso, por el que, sin duda, debemos felicitarnos, siguen existiendo en la Comunidad problemas muy importantes cuya solución no resulta clara.

El más actual, aunque seguramente no el principal, es el de la unión monetaria. El que parece triunfo definitivo de la idea de llegar a ella mediante un proceso de fijación de los tipos de cambio de las actuales monedas comunitarias y la creación no ha ido acompañado de un plan preciso de reforma. La idea de una Europa de dos velocidades no está, en absoluto, descartada, y los aplazamientos pedidos por algunos miembros, entre ellos España, esconden seguramente el temor de quedar fuera del núcleo dominante de la unión, cuyo centro será Alemania. Por otra parte, seguimos sin tener un mínimo de garantías sobre el grado de independencia del nuevo Banco Central y su comportamiento futuro con respecto a la estabilidad de los precios.

La política agraria tiene unos costes elevadisimos que soportan los ciudadanos comunitarios como consumidores, pagando precios altos.

Otra gran cuestión pendiente es la política agraria común. Las discusiones de los últimos años sobre la unión política y monetaria han oscurecido temporalmente este viejo problema que tanto la Comisión como los jefes de Estado y de Gobierno -con la excepción, sin duda, de la Sra Thatcher- han procurado siempre dejar en segundo plano. Se trata, sin embargo, de un tema crucial para Europa. La política agraria tiene unos costes elevadísimos que soportan los ciudadanos comunitarios como consumidores, pagando precios altos, y como contribuyentes, ya que la mayor parte del presupuesto de la CEE se gasta en ella. Y no son sólo los europeos quienes la sufren. Los países del Tercer Mundo son también sus víctimas. Y no puede olvidarse que el fracaso de la última reunión del GATT en lo que al libre comercio de productos agrarios se refiere es consecuencia directa de la política de la CEE.

Pero éste no es sino un aspecto particular de un problema más general: las relaciones económicas de la Comunidad con terceros países. Seguimos sin saber si vamos a orientarnos abiertamente hacia el librecambio o si vamos a preferir la protección selectiva para mantener en funcionamiento industrias poco competitivas. No está claro tampoco cómo serán las relaciones de la Comunidad con los países de la Europa del Este, que, más que ayudas, lo que desean es el comienzo de procesos de integración a los que deberíamos prestar apoyo. Y, como los políticos y los economistas de estos países señalan una y otra vez, hay grupos dentro de la Comunidad que parecen preferir centrarse en lo que hoy existe a buscar una apertura al resto del continente.

Dos visiones

Buena parte de esta falta de objetivos claros se debe al hecho de que en la CEE siguen coexistiendo dos visiones de Europa bastante diferentes. Una, la de quienes ven la unidad económica europea dentro del marco mucho más amplio del mercado mundial; la de quienes rechazan la idea de que la burocracia de Bruselas deba convertirse en un centro de regulación de las actividades económicas; la de quienes, por fin, quieren que sean las empresas y los consumidores, y no las administraciones públicas, los protagonistas de la futura Europa. Frente a ellos está, sin embargo, la visión estatista de la Comunidad. Es la de quienes quieren reproducir a escala continental las instituciones y formas de actuación de los Estados nacionales; la de quienes quieren abolir las fronteras internas, pero defienden el reforzamiento de las externas; la de quienes no entienden que el mercado puede funcionar sin la tutela constante del sector público.

No sabemos aún cómo será el futuro de la unión económica europea, pero sí podemos afirmar con seguridad que el triunfo de una u otra forma de entender tos objetivos de la Comunidad condicionará de manera muy distinta la vida de los ciudadanos europeos durante muchos años.

Cataluña 1991

En la oportunidad presente, el clima político que se impuso en la elaboración de la Constitución finalmente votada mayoritariamente el 6 de diciembre de 1978 elevó el consenso a la categoría de objetivo máximo. No se trató de conceder el régimen autonómico a las regiones dotadas de mayor espíritu económico, sino que en el Título VIII de la Constitución -sin duda el más defectuoso de la Carta Magna- se abría la puerta para que la autonomía fuese un objetivo para todos. Es bien cierto que se introdujeron modificaciones a las autonomías de vía rápida y de vía lenta. Pero un clamoroso referéndum en Andalucía reveló el rumbo de la voluntad popular, que veía en la autonomía algo bueno y deseable toda vez que se otorgaba a las nacionalidades más adelantadas de España.

Desde la aprobación del llamado Estatuto de Sau no ha dejado de alimentarse la idea de que Cataluña recibía un trato desfavorable si se comparaba con el recibido en 1932. De ahí las denuncias, las promesas de revisión del Estatuto y la sensación popular de que los costes de permanencia en España, en el Estado Español, eran muy elevados si se comparaba la cantidad de recursos pagados por los catalanes a la Hacienda pública con el volumen de inversiones que el sector público llevaba a cabo en Cataluña. Las discusiones en torno a la distribución del Fondo Interterritorial, por ejemplo, ofrecen nuevas oportunidades para que el Gobierno catalán dé a conocer su rechazo de una fórmula que inequívocamente interpretan como «café para todos».

¿Cuál ha sido la evolución de la economía y de la sociedad catalanas en el período de diez años al que me he referido más arriba? La economía catalana ha registrado avances notorios, singularmente desde 1986. El tejido industrial, que sufrió enormes deterioros desde 1977 a 1986, se reveló sólido y prometedor cuando la fase alcista de la economía española puso fin a las duras medidas del ministro Miguel Boyer (1982-1985) y con la recuperación de los sectores más representativos de la realidad económica catalana se abrió paso un fenómeno que no ha dejado de producirse: la irrupción de capitales extranjeros en forma de inversiones directas, con la compra de activos o con la creación de equipos de nueva planta. Semejante circunstancia facilitó que en la década de los ochenta la tasa de paro -la gran lacra de la economía española- tuviera en Cataluña valores más soportables.

El Gobierno de la Generalitat, y singularmente su presidente Jordi Pujol, han hecho cuanto estaba en su mano para atraer capitales extranjeros, de los cuales no sólo se esperaban recursos complementarios del ahorro interior sino la transmisión del imprescindible know-how, y hoy es muy difícil encontrar un sector de la economía catalana que no presente la existencia de empresas extranjeras o participadas por socios extranjeros.

La sociedad catalana no ha permanecido constante durante los diez años de referencia. Han cerrado sus puertas centenares de empresas, pero ha surgido una nueva generación de empresarios cuya prueba de fuego reside en la exportación. Esto ha tenido lugar a pesar de que nuestra incorporación a la Comunidad Económica Europea el 1 de enero de 1986 ponía punto final a unas ayudas tan sensibles como lo era la desgravación fiscal a la exportación. La sociedad catalana ha vivido sin duda con mayor intensidad que en el resto de España el reto que supone la entrada en vigor del Acta Unica Europea el 1 de enero de 1993. Esto se ha traducido en una mayor apertura de la economía catalana hacia el resto del mundo y en una visión más certera de las dificultades que traerá consigo la libre circulación de personas, bienes y capitales.

Existe una mayor cohesión social, pero los grandes problemas heredados de un pasado no muy remoto siguen ahí. Un problema de gran magnitud se refiere a la lengua. Todo el mundo coincide en atribuir a la recuperación de la lengua catalana el movimiento político y cultural de la Renaixença. No en vano los dos períodos dictatoriales de recuerdo más inmediato (1923-1930 y 1939-1975) se caracterizaron, bajo el dominio de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco, por la persecución del capital espiritual que suponía la lengua catalana. Es comprensible, entonces, que al final de cada uno de los períodos represivos apareciera un nacionalismo a veces exacerbado que se fijaba como objetivo único la defensa del catalán y a veces la imposición del mismo.

El problema, como lo reconoce cualquier nacionalista dotado de sentido común, es que la comunidad catalana no es homogénea; conviven en el marco de los célebres seis millones de habitantes una mitad que son castellano-parlantes, y que por lo mismo están dispuestos a resistir campañas de «normalización» que olviden la cooficialidad del catalán y del castellano.

Una buena parte de la población catalano-parlante no ha olvidado, y ello es lógico, la época larga y dura en la que veían frustrados sus esfuerzos para hablar la lengua de Verdaguer con un chulesco «jhable usted en cristiano!». Son ofensas de este tipo las que han retrasado la aparición de una verdadera convivencia en un país que tiene en el bilingüismo una de sus características más constantes. Como puede comprenderse, los ataques no han procedido siempre del mismo lado. Una palabra célebre en Cataluña es la de «xarnego», que se utiliza para denigrar a los castellano-parlantes, singularmente cuando ocupan los estratos económicamente inferiores de la sociedad. Un libro merecidamente influyente, el de Francisco Candel Els altres catalans, sentó plaza de diagnóstico fiel de un conflicto siempre latente y siempre dispuesto para enturbiar las relaciones entre las dos comunidades separadas por la lengua.

La Generalitat de Cataluña ha emprendido, después de la recuperación de las competencias políticas, una campaña inicialmente meritoria para rehabilitar el catalán en el uso de las relaciones sociales normales. La campaña se cubre bajo el manto de la «normalización». Se han desenterrado viejos argumentos, algunos de los cuales fueron expuestos en el Congreso de los Diputados en tiempos de Francisco Cambó. La exigencia del conocimiento del catalán se aplicaba a los notarios que podían desempeñar su función en regiones de Cataluña en las cuales quien compraba o quien testaba sólo sabía expresarse en catalán. En la actualidad las exigencias se han ampliado en la misma medida en que las transferencias de poderes contempladas en el Estatuto daban nacimiento a una estructura burocrática no siempre capaz de hablar y a veces ni siquiera de entender el catalán. De ahí los conflictos que en tiempos de Aína Molí dieron lugar al célebre Manifiesto de los 2.000, que encabezaba el profesor Federico Jiménez Losantos, colaborador habitual de Abe.

Renacimiento

La solución del problema —porque el problema existe— depende en primer lugar de que se eviten los maximalismos de uno u otro signo. La literatura catalana ha renacido y despliega sus frutos en Cataluña, en España y en el extranjero. No cabe duda de que este nuevo renacimiento ha de apoyarse en una enseñanza del catalán desde la EGB. Y algo se ha hecho en este sentido. Pero no puede olvidarse el peso del 50 por 100 de los habitantes de Cataluña que siguen siendo castellano-parlantes. Tal vez la ausencia de matiz explique la recepción negativa que ha tenido una carta episcopal en la cual se recuerda a los inmigrados que el pago justo por el trabajo encontrado en las tierras de Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona estriba en aprender el catalán. No es ésa la cuestión, monseñores, sino la de brindar un futuro exento de crispaciones como las generadas por la admonición eclesial. La cuestión presenta caracteres positivos en la enseñanza universitaria, donde es el consenso el fundamento decisivo para emplear una de las dos lenguas. Tal vez por esta razón no ha calado con profundidad suficiente la petición de que en el Senado tengan el mismo rango de oficialidad las cuatro lenguas que se emplean en España: el castellano, el catalán, el vascuence y el gallego. En realidad, como decía un ex ministro socialista, salvaguardada la corriente vital que nutre las cuatro lenguas, parece por lo menos redundante que se deje de recurrir al esperanto que tenemos todos los españoles, y que es el castellano…

Cataluña se prepara, y lo he dicho más arriba, para las grandes tareas indispensables para hacer frente al reto de 1992. En dicho año, y en función de las iniciativas de Narcís Serra (a la sazón alcalde de Barcelona), de Pasqual Maragall, alcalde de la ciudad, y también de Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional, han de celebrarse en Barcelona los JJ.OO., tan esperados. No ha sido fácil la tarea de coordinar los esfuerzos de origen estatal, los de la Generalitat y los del Ayuntamiento de la ciudad. Con la mayor claridad ha de señalarse que la falta de diálogo y de comprensión entre la Generalitat y el Ayuntamiento han hecho peligrar el calendario de las múltiples inversiones necesarias para que el certamen deportivo no desmerezca de los celebrados en Los Angeles y Seúl, para poner ejemplos destacados.

Sin embargo, la cita de 1992, con ser muy importante, no permite olvidar el auténtico reto que supone el Acta Unica Europea. Las industrias catalanas han vivido desde 1986 un proceso de disminución progresiva de las barreras arancelarias que las protegían de la competencia de los once países que con España constituyen la Comunidad Económica Europea. Es difícil imaginar una situación de shock parecida a la que se avecina. En busca de un antecedente significativo deberíamos remontarnos al año 1959, con la entrada en vigor del Plan de Estabilización, y a 1960, con la entrada en vigor de los nuevos aranceles. Como sucede en toda gran convulsión económica, hubo víctimas, pero el tono muscular del país se mostró apto para batallar en las nuevas condiciones. En la actualidad, y a pesar de que las empresas catalanas viven, como también las españolas, la política de enfriamiento decretada desde el Ministerio de Economía y Hacienda, y ejecutada por el Banco de España, la fuerza subyacente no ha sido afectada, y en realidad están puestos los cimientos para abordar el Acta Unica Europea con medidas que articulen una verdadera política de rentas. En este sentido puede adelantarse que las perspectivas son mejores aquí que en el resto de España. Los sindicatos y la patronal cuentan con un caudal de experiencia valiosísimo a la hora de pactar los convenios colectivos.

Claro está que limitar el análisis de la situación de Cataluña en el contexto de la España de 1990, y cuando están a la vista las transformaciones que traerá consigo el Acta Unica Europea del 1 de enero de 1993, a los factores económicos y sociales, sería un imperdonable ejercicio de economicismo, en el mejor de los casos, y en el peor un ejercicio de reducción a los esquemas de la sociología del poder acuñados muchos años atrás por Max Weber. No se trata de investigar sobre los factores endógenos y exógenos que se proyectan sobre la realidad catalana. Es de esperar una reflexión más profunda que ponga en juego la dialéctica que puede observarse en la realidad de la Cataluña de 1990.

A este respecto, la mejor oferta que puede hacerse al lector es la de leer con el debido cuidado la importante obra del profesor Josep M. Colomer, Espanyolisme i Catalanisme. La idea de nació en el pensament polític català (1939-1979), Barcelona 1984. Y la recomendación está suficientemente respaldada por el talento del autor, que ha sabido analizar los factores en pugna dentro de la sociedad catalana, con la consideración de conflictos que se traducen en la vida política, económica y social en la Cataluñade los cruciales cuarenta años que van desde la conclusión de la Guerra Civil hasta la implantación de una versión concreta del régimen democrático, con todas sus características singulares, tales como el predominio de los partidos -partitocracia y sus consecuencias inevitables, de las cuales la más destacada se refiere a la consulta electoral en listas cerradas, las cuales traen consigo una hegemonía de las organizaciones de los partidos políticos, que, en el seno de las ejecutivas, deciden el nombre y el orden de los candidatos a las elecciones generales, autonómicas y municipales. El profesor Colomer ha disecado —ningún otro calificativo haría menos justicia a su trabajo las posturas— de los distintos partidos que han concurrido a las elecciones celebradas en el antiguo Principado.

El repaso de la evolución de la ideología nacionalista en Cataluña, contando con los factores adversos que derivaban del régimen vigente desde 1939 a 1975, muestra la preponderancia de las actuaciones pactistas y dispuestas a no cuestionar la existencia misma del Estado Español, de España en suma. No falta en su análisis la comprobación de que los nacionalistas exacerbados hayan desterrado el uso de la palabra «España», sustítuyéndola por la más aséptica de «Estado Español». La persistencia de semejante práctica, que podría referirse a un separatismo encubierto, ha dado lugar a expresiones que rayan en lo ridículo. La emisora de televisión subvencionada por la Generalitat, es decir, TV-3, ha llegado al extremo ridículo de presentar la predicción del tiempo diciendo: «Mañana lloverá en todo el Estado…»

Pero el análisis del profesor Colomer nos lleva a una identificación de las agrupaciones políticas que no tienen como postulado la independencia. Cuando se da esta circunstancia hemos de inferir —sin temor a errar— que estamos ante grupúsculos sin una incidencia política real. En la Cataluña de hoy predomina Convergència i Unió (CiU), que lleva tres elecciones autonómicas con mayoría absoluta. Una comprensión del fenómeno y una clara identificación de sus consecuencias lo tenemos a escala de España en las tres elecciones generales ganadas por el PSOE desde el 28 de octubre de 1982. Tenemos, pues, en Cataluña una coalición triunfante que a lo largo de diez años ha situado a Jordi Pujol en la cabecera de la Generalitat. El segundo partido en importancia electoral es el PSC-PSOE. Se trata de una alternativa de poder con mayores posibilidades que las registradas en España con respecto al Partido Popular.

En cualquier caso, y sean cuales sean los resultados de las próximas consultas electorales —la primera de las cuales versará sobre el Ayuntamiento de Barcelona—, no dejará de jugar en favor del partido de Jordi Pujol la dependencia de los socialistas catalanes con respecto a la casa madre situada en Madrid, y en la calle de Ferraz, para ser más exactos. En cada ocasión, oportune et importune, Jordi Pujol reclama para su partido su oposición frontal a la LOAPA, la ley que debía ordenar y armonizar los procesos autonómicos. El resultado de la contienda, en la cual el PSC-PSOE tuvo que ser fiel a las directrices emanadas del PSOE, fue negativo para los impulsores de la LOAPA, de un proyecto de ley que llegó al Tribunal Constitucional y que recortó las pretensiones «uniformadoras» de un proyecto de ley que perseguía el establecimiento de un tope a las reclamaciones autonómicas de las Comunidades que habían elegido la vía rápida y la vía lenta para alcanzar sus topes competenciales. El recuerdo permanece vivo, y la postura defensiva del PSC-PSOE está más que justificada.

La verdad estriba en afirmar que la convivencia política en Cataluña, dejando a un lado los grupúsculos independentistas, se dará tan sólo cuando la coalición en el Gobierno de la Generalitat, es decir, CiU, dé paso a un gobierno del PSC-PSOE. La alternancia de los dos partidos mayoritarios es una condición inexcusable para que Cataluña pueda liberarse de las secuelas de un partido único e irreemplazable.

Los pronósticos son difíciles, y en este caso más que en otros similares. Con todo, la próxima ampliación de la Comunidad Económica Europea, con una distribución distinta de los mecanismos de poder en sus partícipes, pueden ayudar a la construcción de una Cataluña más abierta y democrática.

La química europea de los años 90

Es bien sabido que constituyen la materia poco más de cien elementos diferentes, que originan, según los modos de combinarse entre sí, toda la variedad del universo conocido: el cuerpo de los seres vivos, la corteza terrestre, la atmósfera, las estrellas… Al proponerse el estudio de la obtención y las propiedades de todas las sustancias materiales elementos químicos y sus combinaciones, la ciencia química se plantea un objetivo muy ambicioso, porque el número de especies químicas conocidas es elevadísimo, y muy variadas sus propiedades. De aquí que la química y los químicos estén presentes hoy en tantos sectores de la actividad humana.

En esos sectores desempeñan los químicos al menos dos funciones: descubren y caracterizan los nuevos productos, y cuando éstos resultan interesantes a efectos prácticos, colaboran con los ingenieros químicos en su fabricación, para llevarlos al mercado. Los químicos colaboran también en el control de la pureza de los alimentos, de las aguas y del aire, de los productos farmacéuticos y de buen número de productos industriales. Existen por eso muy pocos artículos de consumo que lleguen al usuario sin alguna intervención de los químicos.

EI informe de la CE define las líneas de desarrollo que cabe prever, pero no es un ensayo de futurologia.

La industria química no se limita a desarrollar sus actividades propias, pues colabora estrechamente con otras industrias manufactureras. No sólo fabrica productos farmacéuticos, plásticos, pegamentos, caucho, pinturas, fertilizantes, materiales electrónicos, colorantes, tintas, detergentes… y productos fotográficos, sino que proporciona estos productos a buen número de otras industrias, como la de alimentos y bebidas, la papelera y la de artes gráficas, la de cosméticos, la textil, la del cuero y la automovilística. Del mismo modo abastece con sus productos a sectores como la agricultura, las telecomunicaciones, el tratamiento de residuos, la purificación de gases y el abastecimiento de aguas.

Las condiciones materiales de la vida humana en el mundo occidental mejoran más y más merced a las aplicaciones de sucesivos descubrimientos científicos que se verifican de ordinario en el ámbito de confluencia de la química con la biología, la biotecnología, la toxicología, la patología médica, la metalurgia y las ciencias físicas. Los avances interdisciplinares en las zonas de encuentro de la química básica y esas ciencias fundamentales aportarán nuevos conocimientos, y éstos serán la base de las nuevas tecnologías, que generarán más riqueza, un ambiente más limpio y condiciones de vida mejores y más saludables. Sin embargo, esos avances sólo podrán hacerse realidad si se dedica atención suficiente a la investigación química básica y a los ámbitos interdisciplinares mencionados.

Los químicos colaboran en el control de la pureza de los alimentos, de las aguas y del aire, de los productos farmacéuticos y de buen número de productos industriales.

Éste es precisamente el punto de vista adoptado hace unos meses por el Comité de Química de la Comunidad Europea en un informe¹ sobre el desarrollo previsible de la Química en los ámbitos científico y tecnológico durante el último decenio de este siglo. El informe comunitario tiene en cuenta documentos anteriores, especialmente el informe Pimentel² y el Amundsen³, elaborados en los Estados Unidos, y responde a una invitación dirigida al Comité de Química por la Dirección General XII de la Comunidad, que se ocupa de ciencia, investigación y desarrollo. En su elaboración han intervenido representantes de las universidades y de la industria de los países miembros, así como expertos designados por las sociedades de química de los mismos países. El primer borrador se presentó a la Comunidad en junio de 1989, se discutió cuatro meses más tarde en una reunión del Comité de Química de la Comunidad, en Perugia, y, de nuevo, en el mes de diciembre, con el presidente del Comité Científico de la Asociación de la Industria Química Europea.

El informe comunitario

El informe de la Comunidad define las líneas de desarrollo que cabe prever, pero no es un ensayo tampoco lo son estas líneas de futurología. Alguien aseguró, respecto a esta misma cuestión, que todas las predicciones tienen en común la constancia en el error, pues nadie dispone de la ecuación que liga el pasado con el futuro. Es evidente, y lo ha probado una y otra vez la historia reciente del desarrollo científico, que pueden producirse descubrimientos que alteren de modo llamativo lo que cabía prever poco antes. No obstante, en el informe Pimentel citado, cuya primera versión4 se publicó veinte años antes, se comparan las previsiones de entonces con el desarrollo real y, en lineas generales, el desacuerdo no es muy considerable. De otra parte, el informe de la Comunidad señala no sólo las lineas previsibles para el desarrollo de la química europea, sino también las deseables. Contiene por eso un capitulo de recomendaciones a la Comunidad que señala, con los objetivos prioritarios, las direcciones preferentes en las que habría que caminar.

Investigación básica

En primer término se recomienda la investigación básica o fundamental, que ahora se verifica en Europa preferentemente en institutos universitarios o en entidades semejantes al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ya que las compañías industriales realizan casi exclusivamente investigación aplicada, de premercado. Esto contrasta con lo que sucede en los otros dos grandes bloques económicos. En los Estados Unidos de América buen número de compañías privadas también atienden en cierta medida a la investigación fundamental, y, mucho más aún, en el caso del Japón.

De otra parte, en contraste con los recursos destinados por la Comunidad a varias tecnologías nuevas (por ejemplo, en el ámbito de los nuevos materiales) y a estimular la colaboración en investigación aplicada (como en los programas Brite, Euram, Step, Eureka, Sprint, Eclair), las subvenciones para química básica son actualmente irrisorias, del orden de 6 millones de ecus anuales. Esto es así porque los políticos suelen pensar que la ayuda a la investigación básica, o estratégica, supone costes importantes y, a la vez, cierto riesgo de no obtener siempre retorno del dinero que se invierte.

En conjunto, la atención que se presta actualmente en Europa a la investigación básica en ciencia y tecnología químicas es muy inferior a la que se otorga a esta actividad en los Estados Unidos y el Japón. No obstante, se empieza a tomar conciencia de que no cabe esperar desarrollos tecnológicos interesantes si en las disciplinas científicas no se producen avances que sólo cabe realizar mediante la investigación básica. Únicamente los descubrimientos en este ámbito de la ciencia y la tecnología en apariencia inútiles permiten no ya que progresen los saberes, sino diseñar nuevos procesos industriales y, a la larga, robustecer la economía.

La industria química

En el primer informe de la Comunidad sobre el estado de la química ciencia y tecnología en Europa, se reconocía en 1988 que «la industria química ha sido uno de los factores más importantes del desarrollo económico y del cambio social que se han producido en la Europa occidental durante los últimos treinta años» 5. La química y la tecnología química aportan una base esencial a la mayor parte de los sectores industriales. En muchos de estos sectores (alimentos, plásticos, pinturas, fibras textiles, instrumentos electrónicos, automóviles…) se transforman materias primas que de ordinario producen las industrias químicas. Y otras industrias (metalúrgica, maderera, del caucho, de los aceites y grasas…) emplean productos químicos para transformar productos naturales. En suma, la mayor parte de los materiales empleados en las industrias manufactureras se preparan por métodos químicos.

Las condiciones materiales de la vida humana en el mundo occidental mejoran merced a las aplicaciones de sucesivos descubrimientos científicos que w verifican en el ámbito de confluencia de la química con la biología, tosicología, metalurgia, ciencias físicas, etc.

Los ingresos que procura la industria química comunitaria son elevadísimos. Si se excluyen como productos químicos el carbón, el petróleo, el gas natural y el gas ciudad y otras industrias muy dependientes, aunque indirectamente, de la industria química, la cifra de negocios fue, durante 1988, de 311.000 millones de ecus, muy superior por tanto a las de Estados Unidos y Japón, 203.000 y 138.000 millones, respectivamente. La industria química europea emplea a dos millones de personas, invirtió en 1988 15.000 millones de ecus y tiene un balance comercial favorable con países ajenos a la Comunidad de unos 24.000 millones de ecus. Sin embargo, durante la década 1976-1986 la industria química europea tuvo un índice de aumento anual del 2,7 por 100, muy inferior al de los Estados Unidos, 4,6 por 100, y al de Japón, 3,7 por 100.

Se estima que aproximadamente el 70 por 100 de toda la producción industrial de los países de la Comunidad Europea depende de algún modo de la ciencia y la tecnología químicas. En un futuro próximo el crecimiento rápido de la alta tecnología planteará demandas crecientes a la industria química. Ésta se encuentra muy bien capacitada para la investigación aplicada y las tareas de desarrollo, pero tiene abandonada la investigación básica, como se ha apuntado, en instituciones como las universidades y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Esto no es bueno, pues la investigación básica continúa siendo el origen del que proceden en última instancia todas las innovaciones sociales e industriales.

El medio ambiente

Es preciso reconocer que, a pesar de los efectos muy positivos de la química sobre la sociedad a lo largo de lo que va de siglo, la industria química ha tenido también un efecto contrario. Los casos de contaminación ambiental debidos a errores, a ignorancia, o al afán delictivo por disminuir gastos empresariales, han conducido a una imagen impopular de la química, la tecnología química y los químicos. En conjunto y por término medio, la contaminación va descendiendo merced a las nuevas tecnologías, las leyes sobre el medio ambiente y los esfuerzos considerables de químicos e ingenieros químicos, pero aún quedan por resolver muchos problemas que deterioran la imagen de la química y constituyen un reto para todos los químicos.

El público no entiende bien los beneficios de la química y es propenso a ignorar que los químicos desempeñan un papel importante en la mejora de las condiciones sanitarias, del medio ambiente y de la seguridad tanto en el hogar como en el ámbito laboral. Es necesario explicarle mejor esos beneficios de la química. Como la opinión pública no suele hacer un balance ponderado de todos los pros y contras, reacciona todavía especialmente por los efectos negativos, importa que la industria química analice a fondo sus relaciones públicas.

En un futuro próximo el crecimiento rápido de la alta tecnología planteará demandas crecientes a la Industria química.

Medio ambiente, sanidad y seguridad serán temas claves de la opinión pública en la próxima década. Especialmente para evitar la contaminación, se precisan nuevos enfoques que exigirán más y más investigación. Si quienes gobiernan la Comunidad son conscientes de la importancia que tiene el papel de la química, le prestarán toda la ayuda que sea precisa para que se realice esa investigación. Así se logrará que la industria química europea mantenga su destacada posición en el mundo y goce, a pesar de la publicidad adversa, de mejor imagen.

Objetivos prioritarios

El informe de la Comisión de Química de la Comunidad acaba señalando cuatro grandes campos a los que habría que dirigir sus esfuerzos la misma Comunidad durante las próximas décadas: diseño de materiales con propiedades interesantes, un medio ambiente mejor, comunicaciones y transportes eficientes y alimentación junto con condiciones sanitarias. En cada uno de estos campos se sugiere investigación fundamental, que habría que favorecer.

En el ámbito de los nuevos materiales se precisan desde polímeros con propiedades especiales (muy ligeros, o en forma de fibras muy resistentes al calor, o para prótesis biocompatibles de implantación quirúrgica, por ejemplo), hasta nuevos materiales cerámicos con propiedades térmicas y mecánicas especiales para fabricar motores de combustión, o propiedades eléctricas y magnéticas peculiares como los óxidos superconductores de temperatura crítica elevada o materiales adecuados para su uso en odontología; desde sustancias muy aisladoras y materiales que mejoren las actuales fibras ópticas para la industria de telecomunicación, a los metales superplásticos o los hidruros metálicos para el almacenamiento de hidrógeno; desde pegamentos más elásticos y más resistentes al calor, a nuevos modos de recubrimiento de las superficies metálicas, útiles en la industria del automóvil…

De la importancia que pueda alcanzar la investigación en todos estos sectores da idea el esfuerzo que han dedicado Japón y los Estados Unidos al desarrollo de materiales moleculares y poliméricos con nuevas propiedades interesantes en el campo de la óptica y la electrónica: semiconductores, fotoconductores, fibras ópticas, superconductores de temperatura baja, baterías ligeras, ferroimanes moleculares, cristales líquidos y detectores de radiaciones y de gases nocivos. En la Europa Comunitaria hay en este momento un mercado de productos químicos para la industria electrónica de unos mil millones de ecus anuales, con un crecimiento previsible de un 15 por 100 anual. En los próximos años veremos importantes innovaciones en este campo tan atractivo para la industria, por el gran valor añadido de los materiales que comprende.

Urge desarrollar también nuevos productos, tecnologías y procesos que produzcan el mínimo impacto posible en el ambiente, siempre amenazado por la producción creciente de bienes de consumo. Esto no sólo exigirá establecer y asimilar nuevas ideas y conceptos durante los años venideros, sino también que los químicos jóvenes se formen para pensar en una tecnología limpia, favorable al medio ambiente, y adopten, por tanto, un nuevo punto de vista respecto a la investigación. La polución es ahora un problema que traspasa las fronteras nacionales. Por eso en el informe que estoy comentando se aconseja el apoyo de la Comunidad a la cooperación internacional en varios ámbitos de investigación como el desarrollo de métodos analíticos precisos para determinar el grado de polución del aire y del agua, los tratamientos de conversión de residuos en materiales reciclables, las fuentes alternativas de energía, la integración del control de la polución en el proceso productivo, el estudio de envases biocompatibles y biodegradables y la conservación de edificios y monumentos antiguos, así como de las construcciones de hormigón armado.

La industria química ha sido uno de los factores más importantes del desarrollo económico y del cambio social que se ha producido en la Europa Occidental durante los últimos 30 años.

Un sistema multinacional como la Comunidad Europea ha de poseer una red eficiente de comunicaciones y transportes. Tanto la movilidad de los saberes y de la tecnología como la de los productos y las personas será de importancia creciente. También aquí tiene su función la química para encontrar materiales más ligeros, dispositivos anticontaminantes, motores económicos, combustibles baratos y procesos de conversión y transporte de la energía suficientes y a la vez limpios.

Y, por último, la contribución que ha de prestar la química a los sectores de la alimentación y la sanidad, que no tendrán poca, sino mucha importancia en una sociedad opulenta como la Comunidad Económica del próximo siglo: la síntesis de aditivos y de sucedáneos de contenido energético bajo, el aislamiento y la obtención de moléculas biológicamente activas, el diseño molecular, los métodos de síntesis estereoselectivos y los nuevos fármacos para regulación de las funciones biológicas.

Recomendaciones

El informe del Comité de Química incluye unas recomendaciones a la Comisión, para que las tenga en cuenta al estimular nuevos programas de investigación o introducir modificaciones en los que están actualmente en vigor. Se indican a continuación de forma muy concisa:

  1. Se pide que la Comisión estimule la investigación básica, no la de premercado.
  2. Se sugiere que la Comisión anime a los países de la Comunidad para que apoyen la financiación de las áreas prioritarias señaladas.
  3. Se aplaude la iniciativa de la Comisión de destinar fondos que facilitan el uso de grandes instalaciones muy especializadas (haces de neutrones, radiación de sincrotrón…) a investigadores de países que no disponen de instalaciones de ese tipo.
  4. Se recomienda que la Comisión determine, con base en el informe, las prioridades para destinar sus fondos a proyectos que más lo merezcan desde el punto de vista europeo.
  5. Se recomienda subvencionar las reuniones comunitarias de especialistas al estilo de las Gordon Conferences americanas.
  6. Se recomienda también aumentar el número de becas del programa Erasmus, para intercambio de estudiantes universitarios y de escuelas técnicas.
  7. Se sugiere que la Comisión encargue el trabajo de evaluación de los proyectos del programa Science a un órgano que establezca el Comité de Química de la Comunidad.
  8. Se solicita que el Comité considere la oportunidad de establecer en Bruselas una secretaría permanente para todo lo relativo a evaluaciones y a las reuniones aludidas en la recomendación 5.
  9. Se recomienda la actualización periódica, cada dos o tres años, del informe, a ser posible de acuerdo con la Asociación de la Industria Química Europea.

BIBLIOGRAFÍA

  1. Chemical Science and Technology: European Needs for the 1990s, European Communities Chemistry Committee, 1990.
  2. Opportunities in Chemistry, National Academic Press, Washington D.C. 1985.
  3. Frontiers in Chemical Engineering: Research Needs and Opportunities, National Research Council, Washington D.C. 1987.
  4. Chemistry: Opportunities and Needs, National Research Council Report 1292, Washington D.C. 1965.
  5. First Report on the State of Science and Technology in Europe, EC Com (88), 647, p. 338.

La edad de los árboles

La prolongación de la vida media del hombre de nuestro tiempo aunque no siempre de su calidad constituye un carácter propio de la sociedad en que vivimos, hecho al que no son ajenos un mayor control de las enfermedades y de la higiene corporal y una más equilibrada alimentación. En cualquier caso, se consideran excepción las personas que sobrepasan los 100 años, y, en una supuesta mejora de las condiciones en que pueda desarrollarse, no parece que, al decir de los gerontólogos, vaya a superarse el siglo y medio de vida.

En el mundo animal, aunque algunos especímenes, como ciertas tortugas, alcanzan esta última cifra, quedan muy rezagados de la misma otros que, tal vez por su tamaño y aspecto externo (el elefante, el rinoceronte) nos hacen ingenuamente creer que sean muy longevos.

Pero, ¿y los árboles? ¿En qué medida superan las cifras antes mencionadas? ¿Se da una gran variación entre las especies respecto a la edad máxima alcanzable? En caso afirmativo, ¿por qué se da y hasta qué grado? ¿Qué relación, si alguna, guarda la esperanza de vida con la tasa de crecimiento? ¿Qué repercusión tienen las condiciones del medio? ¿Cabe pensar que los mejor alimentados y mejor protegidos de los rigores climáticos prolongan más su existencia que aquellos otros que sufren situaciones más precarias? ¿O, por el contrario, sucede al revés? ¿En qué medida el tamaño va ligado a la longevidad? ¿Y qué entendemos en tal caso por tamaño? ¿Simplemente la altura? ¿O el grosor del tronco y volumen de copa? En un árbol cuya vida pueda prolongarse muchos siglos, ¿persisten en igual medida todos sus elementos estructurales y a todos los niveles de organización (órgano, tejido, célula) ¿O, por el contrario, se diferencian sustancialmente? Cabe también preguntarse sobre cuáles son las causas finales de la muerte de los árboles en un bosque y qué significación tiene ésta para el ecosistema del que forman parte.

Sin duda podría el lector agregar más preguntas a las antes formuladas, cuya respuesta conllevaría dificultades adicionales a las inherentes a aquéllas. Vamos, en lo que sigue, a reflexionar someramente sobre el tema.

El concepto de duración de vida media de una especie es estadístico, derivado del análisis de los datos de mortalidad de las poblaciones que la componen, y existe todo un amplio abanico, que va desde las 2-3 horas de vida de la fase adulta de las «moscas de mayo» o «efímeras» hasta los más de 4.500 años del Pinus longaeva. En todo caso, hay que distinguir entre la muerte causada por un factor externo, como un accidente, y la originada a consecuencia de un proceso de envejecimiento, controlado tanto ambiental como genéticamente. Obviamente, es esta acepción la que se tiene presente cuando se habla de duración de la vida, y en este sentido el envejecimiento supone para todo organismo «una mayor probabilidad de morir».

Curiosamente, los ar- bolea máa longevos viven en condiciones my duras.

En el reino animal los datos de longevidad corresponden a animales en cautividad, circunstancia en que al quedar alteradas -favorecidos en algunos casos y perjudicados en otros las condiciones naturales de vida de las especies, lo estarán también la tasa de «consumo de energía vital» de que disponen, y, en consecuencia, las cifras obtenidas pueden no corresponderse estrictamente con las que se den en la naturaleza. En cualquier caso, algunas tortugas (Testudo elephantopus) que alcanzan 180 años de vida se consideran los animales más longevos. Entre los mamíferos, el caballo y el elefante pueden superar el medio siglo, al igual que algún reptil (el aligator), algún pájaro (Aramacao), y, entre los peces, el esturión.

En el reino vegetal el concepto de duración de la vida es, en algunos casos, más complejo, ya que no siempre puede denominarse como tal al intervalo de tiempo que media entre el proceso reproductivo, que da lugar al individuo, y su muerte.

Si cortamos por la base del tronco un pino o un roble y contamos el número de anillos de crecimiento que configuran su madera, deduciremos con bastante fiabilidad su edad, coincidente con dicho número; pero si se trata de un Lupinus del Ártico, cuyas semillas pueden permanecer enterradas en el suelo helado muchos siglos, ¿qué vida, si nos atenemos estrictamente a la definición anterior, cabe asignarle a tal planta? Las comunes setas cuerpos fructíferos de hongos superiores apenas son visibles sobre el terreno unos pocos días, cuando el sol sucede a las lluvias; pero la red de filamentos ocultos en el suelo -micelio a partir del que aquéllas se forman, puede persistir hasta 400 años. ¿Cuál es entonces su edad y cuál su posible longevidad?

Simplificando el tema, si entendemos por duración de la vida el tiempo transcurrido entre la nascencia de una plántula, tras la germinación de la semilla, y la muerte «total» del individuo, los manuales de botánica nos hablan de especies anuales, bianuales y multianuales. Para éstas últimas, de condición leñosa, rige el criterio de contar los anillos de crecimiento para la determinación de su edad.

Los seres vivientes más longevos

¿Y qué nos dice ese conteo de anillos sobre la posible edad de los árboles? En primer lugar, cabe resaltar que no es necesario derribar un árbol para, sobre su tocón, contar los anillos de crecimiento, pues cabe utilizar una barrena especial, que, introducida en el tronco, permite obtener un delgado cilindro de la madera en el que se lleva fácilmente a cabo aquél. Pueden incluso compararse muestras de madera procedentes de árboles cortados en tiempos pasados, relacionar la anchura secuencial de dichos anillos con el clima, inferir variaciones de éste y llegar a establecer la datación de la madera utilizada, por ejemplo, en monumentos históricos construcciones civiles: estamos en el ámbito de la dendrocronología.

Pero volviendo a la pregunta inicial, cabe afirmar que el abanico de edades de las especies arbóreas es muy amplio y se extiende desde unas decenas de años hasta varios miles. Las coníferas incluyen las especies más longevas conocidas: en las Montañas Blancas de California, en su límite con Nevada, y también en el Humboldt National Park de Nevada, existen relictos de Pinus longaeva en que se han registrado pies con más de 4.600 años. Su capacidad de alcanzar tan vetusta edad no significa que presenten una gran altura, pues apenas sobrepasan los 10-12 m., aunque el tronco en su base supera en algunos casos los 20 m. de circunferencia. Sus condiciones de habitabilidad, a más de 3.000 m. de altura sobre el nivel del mar, con unas precipitaciones anuales que no llegan a los 150 mm., dispersos sobre un suelo de calizas dolomíticas, pobre y rocoso, no son, aparentemente, propicias a que alcancen tal longevidad. Sin embargo, precisamente dichas condiciones «limitantes» les hacen tener un crecimiento lento y «anárquico», con períodos de letargo prolongados, con gran capacidad de resistencia al fuego y a los cambios climáticos. Sometidos a la acción de agentes erosivos como el hielo y la arena, que dejan «cicatrices» de la misma en los ejemplares más añosos, presentan frecuentemente una copa grande e irregular, con abundantes ramas secas, y un tronco grueso, agrietado y revirado, parcialmente «fosilizado», dando la imagen de seres pertenecientes a tiempos remotos.

A otra conífera, la Fitzroya cupressoides, llamada alerce en Chile, su país de origen, se le atribuye una longevidad de 4.000 años. Para las sequoias gigantes californianas (Sequoiadendron giganteum y Sequoia supervirens) se han ratificado 2.000-2.300 años de vida, cifras del mismo orden de las asignadas a una frondosa africana, Ficus religiosa. En estos casos, y particularmente en el de las sequoias californianas, la longevidad va unida a un enorme desarrollo, con alturas cercanas a los 100 m., fustes rectos y copas recogidas al crecer en espesura, caracteres que contrastan con los antes mencionados para el Pinus longaeva.

En la flora europea, el enebro común, el pino cembro, el roble pedunculado y la picea común pueden sobrepasar los 1.000 años, edad que sin embargo no parece que alcanzan, al menos con datos verificados, especies tenidas por muy longevas como son el tejo, el olivo y el drago de Canarias. En este sentido, tampoco parecen confirmados los 6.000 años de edad asignados al ciprés calvo (Taxodium distichum) o árbol de Moctezuma, descrito por Hernán Cortés en Santa María de Tule (México), cuya majestuosa mole ha servido de marco fotográfico a tantos turistas.

Los árboles crecen y mantienen estructuras de edades diversas hasta su muerte

Mientras que en los animales superiores la edad del individuo lo es también de sus órganos, y éstos dejan de crecer, con lo que aquél alcanza su tamaño definitivo a edad relativamente temprana, por contra los árboles mantienen hasta su muerte la capacidad de desarrollarse y seguir creciendo. Ello merced a la existencia durante toda su vida de tejidos de naturaleza embriónica -los meristemos- cuyas células son capaces de seguir dividiéndose sine die. Dicha capacidad se ajusta al ritmo marcado por el paso de las estaciones que condicionan la alternancia de períodos de actividad (con bonanza térmica y humedad del suelo) y de reposo (temperaturas extremas y sequía edáfica). Este ritmo estacional, muy marcado en nuestras latitudes, permite diferenciar los anillos de crecimiento, pues las células de la madera formadas al final del período vegetativo se diferencian, incluso visualmente, de las formadas al año siguiente, lo que configura un límite preciso entre unas y otras. Este fenómeno no es tan aparente en especies de «crecimiento rápido», como los chopos o los eucaliptos, y tampoco lo es en las especies tropicales, dada la escasa variabilidad climática estacional en que habitan.

Los árboles muertos siguen siendo muy importantes para el ecosistema en que vivían.

Por otra parte, los diferentes órganos de un árbol presentan un amplio abanico de edades que da lugar a la coexistencia de órganos jóvenes (una raicilla de un ejemplar viejo de roble puede no superar el mes de vida, algunas porciones florales apenas viven más de una semana, las propias hojas de muchas frondosas no alcanzan el medio año) junto con otros extremadamente viejos como la médula del tronco en su base o la de la raíz principal.

También para un mismo órgano, la variación entre especies, incluso dentro del mismo género, es enorme: el citado pino longaeva mantiene sus acículas más de 20 años, frente a la mayoría de sus congéneres, en los que éstas no superan los 2 a 3 años. Si grandes son estas diferencias, mayores lo son las encontradas en la longevidad de las semillas de los árboles: mientras algunos sauces no son capaces de germinar transcurrida una semana de la maduración de las semillas, en otras especies éstas se mantienen vivas durante cientos de años. Aunque dicha longevidad no alcanza a la atribuida y no verificada científicamente a los cereales, cuyos granos acompañaban a las tumbas de los altos dignatarios egipcios en los tiempos faraónicos.

El abanico de edades en los seres vivos va desde 2-3 horas a 4.500 años.

Significación ecológica de la muerte de los árboles

La muerte de los árboles es un proceso gradual en el espacio -puede decirse que el árbol «se muere a trozos»- y en el tiempo, en el que intervienen factores bióticos (la edad, las enfermedades y plagas, la desnutrición, la competencia por el espacio vital, el desequilibrio mecánico de copa/fuste, la acción del hombre) y factores abióticos (el fuego, los rayos, la contaminación, la sequía, las inundaciones, etc.).

El árbol muerto continúa jugando papeles muy importantes en el ecosistema, conduciendo a cambios en el mismo, como son la alteración de la estructura de la comunidad a la que ha pertenecido, el cambio brusco de la biomasa en necromasa, la liberación de nutrientes y la entrada de luz que permiten el desarrollo de plantas situadas en estratos inferiores. Constituye, en suma, una fuente de recursos para el ecosistema, además de influenciar los procesos geomórficos y desarrollar, con su caída, un nada despreciable trabajo mecánico. Demuestra, por último, que la mayoría de los procesos ecológicos están dirigidos por mecanismos múltiples cuya importancia relativa cambia en el tiempo y en el espacio.

Modernismo catalán

Siegfried Giedion, el importante crítico suizo que es una verdadera autoridad en materia de historia de la arquitectura, ha llamado al art nouveau un interesante intermezzo entre el siglo XIX y el XX. Es evidente que este movimiento se instala cronológicamente justo en el gozne entre los dos siglos y casi con cierta simetría, pues ocupa, del primero y del segundo, años aproximadamente iguales. Si en la casa de la calle Turín de Víctor Horta, de 1893, está el movimiento ya granado, su efímera vida sólo le permite llegar debilitado a los albores de las catástrofes de 1914. Pero tampoco nos engañemos. Ni pensemos que esta condición de paréntesis que tiene el modernismo le resta interés, ni cualidades permanentes, ni influencia, en las etapas posteriores. Cada vez nos damos cuenta del papel que ha jugado el modernismo al alumbrar las fuentes del arte moderno en toda la extensión de la palabra y en qué medida ha servido de precedente a lo que hemos considerado más genuino del arte de nuestra época.

En literatura, Rimbaud, Lautréemont, Verlaine, preparan el nacimiento del simbolismo de Mallarmé y su escuela, que tanto influirá en la literatura modernista. Hombres como Rubén Darío pertenecen de lleno al modernismo, sin el cual no se comprendería la renovación de la lírica hispanoamericana contemporánea. Exceden del modernismo pero toman en él su punto de partida escritores como Marcel Proust y pintores como Gauguin, Munch, el mismo Van Gogh, Félix Vallotton o Toulouse Lautrec. Hasta el propio Picasso también hunde sus raíces en el clima modernista de Barcelona y en sus primeros pasos transita por cauces más próximos a este movimiento.

El modernismo en Europa tuvo tres capitales donde reinó incontestable: Bruselas, Viena y Barcelona. En Bruselas está representado admirablemente por Víctor Horta (1861-1947), que, sin ser tan genial como Gaudí, es acaso más representativo, el que mejor responde a la ornamentación lánguida y sinuosa, especialmente característica del art nouveau, que dio lugar a lo que se llamó el coup de fouet. Viena es otra de las capitales donde triunfa este arte con mayor fuerza y vigor. En este caso ya no es un hombre como Horta el que define casi completamente lo mejor del movimiento, sino tres arquitectos a cual más importante, que forman una especie de trilogía, como sucederá en Barcelona, según veremos a continuación. En esta trilogía sobresalen los arquitectos Otto Wagner, José María Olbrich y, por último, Joseph Hoffmann. Los tres son maestros importantes. Otto Wagner quizá es el más clasicista entre los premodernistas. Olbrich es el más original, temperamental y atrevido. Hoffman bascula ya hacia un racionalismo que anuncia el movimiento moderno precubista.

Gaudí

¿Qué pasa en Barcelona? Pues que también aquí nos encontramos con tres formidables representantes de un estilo que se va a convertir no sólo en un episodio del arte catalán, sino acaso, después de los siglos XIV y XV, lo más representativo del espíritu de Cataluña en las artes, y especialmente en la arquitectura. Aquí volvemos a encontrarnos con tres figuras relevantes, relevantísimas, que son: Antonio Gaudí, el primero; después, a continuación y también con dimensión extraordinaria, Domenech y Montaner y Puig i Cadafalch.

Son también tres maestros que representan la arquitectura modernista, cada uno a su modo, sin que su personalidad se difumine en un movimiento más colectivo. Todos ellos son realmente originalísimos creadores, aunque no lleguen a la talla de Gaudí. Yo mismo he repetido muchas veces que, en el arte español, entre Francisco de Goya y Pablo Picasso, la figura de mayor trascendencia, de mayor originalidad y espíritu creador, es, sin duda, Antonio Gaudí. Son muchos los artistas de toda esta época que rayan a gran altura, tanto pintores como escultores, pero sin embargo, para medirse con Goya y con Picasso, sólo hay una persona que es capaz: Gaudí.

Antonio Gaudí era hijo de un calderero de Reus y nació el año 1852; pronto ingresó en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, que dirigía Elías Rogent, el más importante de los arquitectos medievalistas catalanes, autor del edificio neorrománico de la Universidad de Barcelona. No vamos a detenernos en quiénes fueron, aparte de Rogent, sus maestros, pero sí diremos que le influyeron hombres como Oriol Mestres, Juan Martorell, autor de la iglesia de las Salesas de Barcelona y diferentes obras en Comillas, e, indirectamente, Viollet-le-Duc. Su actividad se desenvuelve especialmente cuando comienza su relación con don Eusebio Güel, que empezó a encargarle obras muy importantes, lo que hizo que creciera su mutua amistad. Gaudí es, entre otras cosas, un fenómeno social, como lo es la explosión del arte modernista catalán, fruto sin duda de una aristocracia mercantilista de la que don Eusebio, primer Conde de de Güell, emparentado con los Marqueses de Comillas, familia de financieros de origen santanderino, es uno de los más altos representantes. El auge del modernismo comenzó con la Exposición Universal de 1888, en la que Barcelona demostró la pujanza que había alcanzado su industria, especialmente la textil, y su floreciente comercio.

Después de muchos sabrosos prolegómenos, Gaudí construye y proyecta su primera casa en 1883: es la Casa Vicens, interesante ejemplo de interpretación modernista dentro del espíritu mudéjar. Luego, obra cumbre de esta época es el Palacio Güell, en la calle del Conde de Asalto en Barcelona, obra curiosísima que hubiera hecho las delicias de Ricardo Wagner, ídolo de la sociedad catalana finisecular.

Otras obras interesantes fueron el Colegio de las Teresas, de la calle Ganduxer, en San Gervasio, Barcelona; las Casa de Botines, en León; el Palacio Episcopal de Astorga, el Parque Güell y dos casas enormemente significativas en el Paseo de Gracia de Barcelona, la Casa Batlló y la Casa Milá, ambas construidas en torno a 1906.

La Sagrada Familia

Poco a poco, y esto es otra historia, se va interesando por la Sagrada Familia. Este templo tiene una historia curiosa. Surge a iniciativa de un devoto de San José, don José M.ª Bocabella y Verdaguer, que quería levantar en Barcelona un templo expiatorio a la Sagrada Familia. ¿Expiatorio por qué? Pues, sencillamente, porque Barcelona había vivido y estaba viviendo horas convulsas de revuelta social, donde no faltaban huelgas, agitación, atentados y ofensas a la religión. Entonces, como expiación de todas estas culpas, que parecían recaer sobre la Ciudad Condal, el librero Bocabella alimentó la idea de un templo para lavar todas estas culpas.

El primer arquitecto de la Sagrada Familia fue don Francisco del Villar, pero, pareciendo su proyecto falto de brío, Juan Martorell recomendó a Bocabella que encargara su obra al joven Gaudí, que se entregó a la Sagrada Familia con toda la pasión que anidaba en su alma. Hemos visto que en un momento era un arquitecto mundano, relacionado con la mejor sociedad barcelonesa, pero la Sagrada Familia lo convirtió en un anacoreta, en un ermitaño, en un hombre devorado por su propio ideal. Ya no tuvo otra misión en la vida que unirse a su templo y llevarlo a su fin; fin muy lejano, por cierto, pero para el que dejó innumerables dibujos, maquetas, detalles, con objeto de servir de guía para los que habían de sucederle.

De la Sagrada Familia podría hablarse interminablemente, pero en el corto espacio de un artículo de revista nos vemos obligados a reducirnos. Yo voy a tratar de algo que me parece primordial y a la larga contradictorio.

Yo pienso que la Sagrada Familia es el intento más atrevido que se ha llevado a cabo de hacer arquitectura sin arquitectura, de huir de la arquitectura lo más posible. Si Menéndez y Pelayo dijo de Juan de Herrera que era hombre de cartabón y plomada, como lo demuestra su geométrico monumento escurialense, Gaudí es el polo opuesto. Nada hay recto, rigurosamente simétrico, trazado con regla y compás en la Sagrada Familia. Esta obra es como una explosión controlada de un mundo naturalista y fantástico creado por un espíritu panteísta, que se complace en bucear en las formas naturales.

Naturalismo arquitectónico

La Sagrada Familia es la obra máxima del naturalismo arquitectónico. Si penetráramos en el interior del templo, ¡ay!, una vez acabado, no veríamos unas naves de iglesia con sus pilares y sus bóvedas; lo que veríamos es un bosque, los pilares serán como árboles inclinados por el viento, que en lo alto se ramifican en diversos tallos penetrando en bóvedas cueviformes. La fachada del Nacimiento, la que conservamos íntegramente gaudiana, es como la solidificación de una espelunca o gruta, con sus profundas concavidades, donde tuvo lugar la Natividad y la Epifanía. Espelunca que parece tallada en una montaña cuya morfología geológica recuerda la de Montserrat.

Para que todo sea de procedencia oscura e inopinada, las torres cónicas, como panes de azúcar, trasladadas al cielo de una ciudad industrial y moderna, vienen del soleado, árido y seco desierto que se extiende más allá de la cadena del Atlas africano.

En su viejo proyecto para un convento franciscano en Tánger, que parece un ribat o castillo marroquí, ya concibió torres así, cuya imagen no iba a abandonarle nunca.

Todo es nuevo, todo es insólito, todos es producto de visiones soñadas que en su cabeza de artista iban encadenándose con la misma forma con que se tejen los sueños.

Domenech y Puig

Junto a Gaudí, figuran en el modernismo catalán dos extraordinarios arquitectos, Luis Domenech y Montaner (1850-1923) y José Puig y Cadafalch (1867-1956). En realidad, nos encontramos aquí con algo así como la triada que hemos señalado en Viena. El primero de ellos, lo repetiremos hasta la saciedad, Gaudí; pero si Gaudí no hubiera existido, tanto Domenech como Puig y Cadafalch hubieran sido por sí mismos figuras trascendentes de este movimiento modernista y catalanista a la vez. Y es curioso: si bien Gaudí fue un artífice puro, sus dos acompañantes en esta aventura fueron, además de arquitectos, eruditos escritores, historiadores notables y hasta políticos de considerable envergadura.

Luis Domenech y Montaner nos dejó obras muy notables en la Exposición catalana de 1888. Allí construyó el Museo de Ciencias Naturales, que había sido previamente el gran restaurante de la Exposición y que se puede considerar uno de los edificios más originales del modernismo en todas sus fases. Con mayor superabundancia de medios y con mayor riqueza ornamental, otro edificio notable de Domenech es el Hospital de San Pablo de Barcelona, que aparte de su buen sentido como obra de arquitectura sanitaria, es una verdadera creación monumental y valiente, que siempre figurará entre los mejores ejemplos arquitectónicos de este período, y, por si fuera poco, nos dejó también el Palacio de la Música de Barcelona, un auditorio verdaderamente genial, representativo de un mundo muy vinculado a la sociedad de entonces, con una sala espléndidamente decorada, con unas fachadas originalísimas y con una contribución de la escultura verdaderamente espléndida en todos los aspectos, gracias a los maestros Blay y Gargallo, creadores de una atmósfera plenamente wagneriana, como lo demuestra la fogosa cabalgata de las walkirias en la embocadura del escenario.

Si esto es lo suficiente para llevar a Luis Domenech y Montaner a la zaga, pero a pocos pasos del maestro Gaudí, no es diferente, aunque con otro sentido, el caso de José Puig y Cadafalch, que, además de ser un arquitecto distinguido e inspiradísimo y un historiador notable, como acredita su obra monumental sobre el románico catalán, fue también una figura sobresaliente del regionalismo. Figuró en el movimiento de la Renaixença y en el grupo que fundó La Veu de Catalunya. Fue diputado a Cortes y miembro de la Mancomunidad Catalana, que presidió a la muerte de Prat de la Riva.

Por lo tanto, como digo, pertenece con Domenech a esos arquitectos barceloneses que tanto tuvieron que ver con la vida social de su ciudad. Sus obras son muchas y muy interesantes, distintas de las de Domenech. El autor del Palacio de la Música es exuberante, está lleno de intuiciones geniales, maneja unos estilos híbridos, pero llenos de fuerza; en cambio, Puig y Cadafalch es más refinado, más exquisito; su formación se debe mucho a lo que entonces se hacía en Europa. Viajó por todo el mundo, conoció la obra de Wagner, Olbricht, Hoffmann, Van de Velde y Horta, y de todo, sin abdicar de su manera propia, obtuvo elegantes sugerencias. No cabe duda que sus obras son más ponderadas, más equilibradas, que las de otros maestros del modernismo.

Siempre fue el más historicista de los modernistas y no se despegó demasiado de las sendas de un gótico vernacular. Sus obras más valiosas son la Casa Martí o de les Quatre Gats, en la calle Montesión; la Villa Garí, en Argentona; la Casa Amatller, en el Paseo de Gracia, justo medianera con la Casa Batlló de Gaudí y en competencia con ella; la Casa Terradas, o de Les Punxes, en la Diagonal, y otras que se intercalan en la urbanización de una Barcelona progresiva y llena de poderío y energía latentes.

No cabe duda que estos tres maestros, Gaudí, Domenech y Puig y Cadafalch, son las tres luminarias de un modernismo que posiblemente, y sin desdeñar lo que pasaba en Bruselas y sobre todo en Viena, rayó a una altura que el arte catalán no había alcanzado en muchos años.

Debate sobre la ilustración y la revolución

Título: «Anales de la Cátedra Francisco Suárez. Ilustración y Revolución».
Autores: Apel, Vattimo, Market, Barcellona, Marramao, Blanco, Elorza, López Calera.
Editorial: Universidad de Granada. Cátedra Francisco Suárez. Granada 1990, 160 páginas.


Entre las diversas revistas universitarias de carácter monográfico, los Anales de la Cátedra Francisco Suárez gozan de una consolidada tradición y un bien merecido prestigio, gracias al impulso del departamento de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada, y especialmente de su director, Nicolás López Calera. El último número de ésta, por tantas razones, prestigiosa publicación, reproduce las conferencias que sirvieron de base para el debate sobre «Ilustración y Revolución», título de un interesante seminario organizado por los departamentos de Filosofía y de Filosofía del Derecho en la universidad granadina con objeto de conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. A este seminario acudieron algunos conocidos intelectuales europeos, entre los que cabe destacar a Karl Apel y Gianni Vattimo.

Al cabo de 200 años, la intelectualidad europea puede considerarse de vuelta del optimismo ilustrado y la risueña esperanza revolucionaria. Mientras se celebraba este bicentenario caían las piedras del Muro de Berlín, y el último y más sobresaliente intento de edificar la ciudad divina con exclusivos materiales terrenos se deshacía vertiginosamente. El conflicto entre la esperanza mundana de diseñar una ciudad meramente terrenal y simultáneamente ideal y los espantosos resultados que produjeron estas iniciativas recorre las páginas de este interesante seminario, aunque los juicios de valor acerca de la viabilidad del empeño sean muy desiguales.

El pensador alemán Karl Apel, deudor o heredero de la Escuela de Francfort, insiste, en la línea de interpretación expuesta por Habermas, en la viabilidad del proyecto radical ilustrado de realizar una «crítica total de la razón» cuyo objeto sería producir una reflexión autosuficiente y total. Dicho de otra manera, el objetivo sería recuperar el proyecto de construir una ciencia humana que fuera a la vez guía de la razón práctica, o sea, una política racional, empeño en el que sin duda fracasó el marxismo, a causa, según Apel, de que toda la moderna filosofía de la conciencia no reflexionó sobre sus «presupuestos comunicativo-lingüísticos». En suma, Apel apuesta por el programa radical ilustrado de reducir a la propia conciencia o reflexión humana todos los fundamentos de la reflexión y de la ciencia, y todavía espera que la racionalidad humana pueda generar una reflexión omnicomprensiva y autosuficiente y concibe «el discurso argumentativo de la filosofía como un principio capaz de procurar el consenso».

Más escéptico y sutil se manifiesta Gianni Vattimo, quien parte del supuesto de que la razón instrumental, criticada por la izquierda de Francfort, acaba imponiéndose como razón «formal» en el Occidente ilustrado.

Otros trabajos de los Anales abordan el tema de la construcción de la «ciudad ideal terrena» a partir del proceso revolucionario desde un enfoque jurídico. De manera sutil analiza Pietro Barcellona los conceptos de «Estado de Derecho» e «igualdad formal», para concluir, citando paradójicamente a Tocqueville, que «la democracia» no «es el tiempo de la forma jurídica cristalizada en la igualdad en droit, sino el tiempo de la posibilidad incontestable de llegar a alcanzar el lugar del que decide», fórmula que enmascara la confianza en considerar la emancipación ilustrada como una exigencia moral y un programa político.

Importantes son los trabajos de Oswaldo Market, quien argumenta que el proyecto ilustrado fue una revolución del espíritu, no materialista, y el de Domingo Blanco, quien analiza las implicaciones pragmáticas del concepto de «democracia» y trata de resolver la paradoja kantiana acerca de si la aceptación de la regla de derecho como guía de la conducta es o no compatible con el «derecho de resistencia» del pueblo frente al mandato injusto del soberano. La solución de Blanco es aceptable, aunque, a mi entender, no desarrolla suficientemente las implicaciones contenidas en el concepto de «poder limitado».

Termina esta recopilación con un trabajo de Antonio Elorza más historiográfico que el resto de los ensayos reunidos.