Apuntes sobre la infraestructura editorial catalana: Un sueño por definir

Oriol Izquierdo

Durante los años de la primera transición, Cataluña dio, en todos los órdenes, pasos de gigante para rellenar, a menudo sin mejores armas que la intuición y la buena voluntad, el vacío irreparable que supuso para el país una interrupción de cuatro décadas en su libre evolución. Se arropó tal necesidad de actualización con un discurso sobre la «normalidad», aquella situación óptima que se presentaba como objetivo común. A quince años de 1975, se debe afirmar que, en lo que cabe, la realidad efectivamente se ha «normalizado». Así, en el ámbito de lo editorial, la producción anual se ha incrementado espectacularmente desde las cifras simbólicas de entre los años cincuenta y setenta hasta los más de 4.000 títulos por año del presente. Pero ¿en qué contexto son publicados estos títulos? Veamos algunos apuntes sobre las condiciones y los principales condicionantes del sector editorial catalán.

La política de apoyo estatal puede llegar a favorecer la pereza del sector privado a la hora de hacer frente con criterio e imaginación a la realidad del mercado.

Apunte primero: Unas consideraciones sobre la historia reciente

Puede parecer ocioso recordar que la realidad cultural catalana del presente, y la editorial en particular, nació y se formó durante el franquismo. Pero, por el contrario, es útil hacerlo por cuanto ello ayuda a comprender algunos desequilibrios o ciertos raquitismos actuales, y la pervivencia de dosis importantes de voluntarismo o y otros mecanismos de funcionamiento tal vez más propios de la resistencia. Todavía no es posible comprender el panorama actual haciendo abstracción de los años los años de dictadura.

Por ejemplo, responde a la inquietud política y social que tuvo que expresarse tangencialmente a través de manifestaciones culturales, la red de premios literarios hoy vigente, el alcance de cuya influencia -primero estrictamente literaria (¿cuántas obras no han sido escritas tan sólo por necesidad económica o por ansias de fama?), en segundo lugar para la evolución del sector editorial (publicar obras premiadas puede entrañar un riesgo mínimo cuando la entidad convocante se hace cargo de los costes) y también en la formación del público- aún debe ser analizado con rigor. Creados por editoriales, instituciones y administraciones de todo orden por un cierto espíritu de suplencia y de servicio -palpable todavía en los actos de proclamación, tradicionales fiestas literarias con cena de socierismo que están en la base de la infraestructura cultural catalana, por un lado, y la difícil competencia, en evidente inferioridad de condiciones, con la industria castellana, por el otro, ha sido la creación por parte de la Generalitat de toda una red de instrumentos de apoyo desde el llamado soporte genérico a la edición, que consiste en la compra de un máximo de 300 ejemplares de todos los libros que cumplan unos requisitos básicos, hasta la refundación de la Institució de les Lletres Catalanes, entidad para la protección y la difusión de los escritores catalanes y su obra; y también la creación, por su incidencia indirecta, demasiado indirecta, en la formación de hábitos culturales en catalán, de TV3.

Apunte segundo: Convivencia y competencia de dos realidades culturales

En primer lugar, se debe señalar que el mercado catalán es un mercado reducido, como pueden serlo el mercado holandés o danés, en relación con los mercados culturales inglés, francés o español. En segundo lugar, es preciso recordar que los productos culturales catalanes se dirigen a un público que es, en el mejor de los casos, igualmente consumidor de productos en castellano; a pesar de ello, los editores catalanes han sabido competir con dignidad ofreciendo unos precios similares aunque sea a costa del margen de beneficio, luchando porque las traducciones lleguen simultáneamente en ambas lenguas. En tercer lugar, tal doble oferta para un público único agrava la falta de hábito consumidor de productos culturales entre la población catalana, que a pesar de contarse entre los más altos del Estado es todavía inferior a la media europea.

Apunte tercero: El apoyo institucional

El intento más efectivo de contrarrestar, a conciencia o intuitivamente, los efectos negativos del resistencialismo y el voluntarismo, por un lado, y la difícil competencia, en evidente inferioridad de condiciones, con la industria castellana, por el otro, ha sido la creación por parte de la Generalitat de toda una red de instrumentos de apoyo desde el llamado soporte genérico a la edición, que consiste en la compra de un máximo de 300 ejemplares de todos los libros que cumplan unos requisitos básicos, hasta la refundación de la Institució de les Lletres Catalanes, entidad para la protección y la difusión de los escritores catalanes y su obra; y también la creación, por su incidencia indirecta, demasiado indirecta, en la formación de hábitos culturales en catalán, de TV3. Considerar que estos instrumentos puedan ser discriminatorios, cuando los recursos con los que cuentan de por sí la cultura y la edición en catalán son claramente deficitarios, no es más que una muestra de ignorancia o de mala fe. Por otro lado, cabe señalar que tal política de apoyo también entraña sus riesgos, ya que puede llegar a favorecer la pereza del sector privado a la hora de hacer frente con criterio e imaginación a la realidad del mercado; prueba que ello alguna vez ha sido así, el correctivo introducido en la normativa del soporte genérico, en un principio tan generosa que era factible llegar a sacar las cuentas de la edición de un título sin tener ni que ponerlo a la venta.

En este contexto, editores e instituciones no acaban de conseguir la definición de un modelo cultural y editorial, y de una política eficaz para realizarlo. Los modelos practicados hasta hoy pecaban o bien de falta de definición y de contundencia por miedo a excluir, a incomodar o al fracaso, o bien de falta de contacto con la realidad porque han seguido haciendo planteamientos propios de los años de dictadura y catacumbismo o porque se supeditaban a utopías políticas románticas -tanto desde el punto de vista social como nacional-. Además, la pasividad en general del público ante cualquier oferta de consumo cultural, sobre todo si llega en forma de libro, fomenta falacias como la contraposición de la política comercial a la política cultural. Vender se convierte en una obsesión, y en nombre de la venta se llega a prescindir de la trascendencia cultural del papel del editor; a menudo el resultado no es un aumento de las ventas, sino que se acrece la desorientación.

Final: Carta de navegación

El peso de la historia reciente, la coexistencia con la industria castellana, el papel tutelar de las instituciones y la dificultad para definir y realizar un modelo son los cuatro vectores presentes, más allá de la realidad optimista del aumento esperanzador de títulos publicados por año, en el marasmo de la edición catalana. Pequeñas editoriales -ya sean empresas semejantes a lujos deportivos, o bien altamente especializadas, editoriales medianas en lucha por crecer o aliarse, o morir- y editoriales grandes -fundamentalmente dos, Edicions 62 y Enciclopèdia Catalana, ambas sostenidas por una importante división de venta a crédito, seguidas de lejos por el cuasi espejismo que es Columna, un fenómeno atípico para la década de los 80- ven, con mayor o menor pasividad, cómo el campo de la edición en catalán, que les estaba reservado, empieza a ser invadido por empresas castellanas y extranjeras con necesidad de expansión. Su interés, si es que no les mueve una simple cuestión de prestigio, debería hacer creer que para el futuro sólo cabe la esperanza. Pero mientras no se logre aumentar el número de lectores y de consumidores de papel impreso…