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Ciencias, jergas y lenguaje

EI nuevo Vocabulario Científico y Técnico» representa todo un gesto por parte de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, un gesto a la vez de esperanza y de sano escepticismo. Permítaseme que explique por qué creo ver en este diccionario esa fecunda mezcla de ánimos y duda razonable.

Uno de los dichos populares más habituales es también uno de los más engañosos. Me refiero al latiguillo hablando se entiende la gente». El monstruoso optimismo que encierra tal máxima se ve desmentido a diario por la Historia con hache mayúscula y por mil menudas historias con hache minúscula: parejas que llevan años en un diálogo de sordos, naciones que llevan siglos de vecindad embrollada, religiones que llevan milenios de guirigay.

Y no sólo la experiencia cotidiana contradice el refrán, sino que ahí está el concepto científico de idiolecto, término con que la lingüística designa la lengua específica de cada individuo. La singularidad del idiolecto viene dada por el cúmulo de vivencias personales que condicionan el eco peculiar que las palabras, acentos y construcciones sintácticas tienen para cada uno de nosotros. Como no hay dos vidas iguales, el poso vital que se va sedimentando en el individuo colorea poderosamente su lenguaje personal. La palabra guerra no significa lo mismo para el que estuvo en el frente y para el que no estuvo; ni siquiera tiene la misma resonancia para el aviador que para el marino, pues han conocido distintos tipos de guerra, con sonidos, colores y hasta olores diferentes, por lo que la palabra evoca una quintaesencia singular de sensaciones y sentimientos en cada individuo.

Pero veamos un ejemplo clásico para observar el camino inevitable de lo general a lo particular, del símbolo universal a la incomunicación última. Recordemos el momento acaso más solemne de nuestra cultura. En la Última Cena, tal como la relata San Mateo, «Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos». Es sabido que los Evangelios, el libro más traducido del mundo, ofrecen graves dificultades a la hora de vertirlos a idiomas alejados de la cultura mediterránea, lenguas de hombres que desconocen por completo cosas tan frecuentes en las Sagradas Escrituras como el vino o la pesca. Se comprende, pues, el problema de hacer inteligible el versículo citado para quien nunca ha comido ni visto el pan, para un esquimal, por ejemplo, o un tuareg. Incluso se nos alcanza que el pan de hace dos mil años, en Jerusalén, podía no parecerse al de hoy. Mas si ahondamos en la cuestión y aclaro que no lo hago en sus aspectos teológicos, sino semánticos-veremos que aun entre los contemporáneos pertenecientes a la misma cultura el vocablo pan no suscita idéntica imagen automática. A la mente de unos vendrá el pan candeal, moreno a la de otros, con hechuras y tamaños de lo más variados, según las costumbres locales y el gusto de cada persona. Más todavía, en cada familia habrá preferencias que heredarán de forma desigual los hijos. Y en última instancia, ¿quién nos asegura que dos mendrugos del mismo pan saben igual en dos bocas distintas? A uno puede gustarle y a otro no, con lo que el reflejo condicionado se va formando de manera también distinta. A fin de cuentas la expresión «más bueno que el pan» puede parecer absurda a quien detesta dicho alimerito, como el antiguo lugar común poético «besos más dulces que el vino» parece hoy ilógico al lector medio, acostumbrado a vinos cada vez más secos, y en cambio sí suena apropiado a oídos del viejo aficionado al oloroso con pastas de media mañana.

No se trata de logomaquias bizantinas sino de un hecho muy real, de cuyas consecuencias nos percatamos a menudo aunque más o menos conscientemente. Cada vez que alguien nos dice «te quiero mucho» o «le pagaré pronto» o «el monte tal queda aquí cerca» comprendemos que no sabemos qué significa mucho, pronto o cerca. Ni siquiera sabemos qué significa para nuestro interlocutor el verbo querer. Nuestro interlocutor está hablando su idiolecto. Nosotros, naturalmente, también el nuestro propio, aunque creamos que es el verdadero patrón universal, paradigma de precisión objetiva. Pero el caso es que podemos conversar durante años sin llegar a saber a ciencia cierta lo que el otro quiere decir en su idiolecto. Hablando no se entiende la gente.

Ahora bien, como a veces es imprescindible reducir al mínimo el margen de error, el hombre ha inventado diversas jergas especializadas para al menos mitigar en cada una de las correspondientes actividades la confusión que engendra el subjetivismo. La terminología jurídica y en concreto la de la letra de cambio son un modelo de precisión objetiva comparadas con la expresión «le pagaré pronto». La descripción topográfica es un prodigio de exactitud frente a la frase «queda aquí cerca». Y sin embargo pleiteamos y nos extraviamos en la sierra, y no siempre por mala fe o por necedad. ¿Por qué entonces?

Si estamos de humor filosófico podemos atribuir el malentendido crónico en que vive el hombre al hecho evidente de que la realidad es inefable. Inefable, claro está, en el sentido estricto de la palabra: indecible, inexplicable, a veces enmudecedora. Las palabras no bastan para explicar el mundo. La lengua se inventó para comunicarse, para transmitir información, pero nunca cumple del todo su misión. Ni siquiera lo consigue con ayuda de otros lenguajes complementarios, bien sean arcaicos como la mueca, el gruñido, el gesto, bien sean modernos como la fórmula matemática o la fotografía. De puro vasta y compleja, la realidad es irreductible a unos cuantos sonidos o líneas, a pequeños símbolos. Ni Proust con varios millones de esos pequeños garabatos que llamamos letras explicó por completo los celos ni Einstein con cinco explicó el universo.

Si por el contrario estamos, más modestamente, de humor filológico cabe achacar el perpetuo malentendido de los hombres a la tensión insoluble entre llaneza y exactitud. La llaneza -virtud no chica cuando hay que comunicar algo se convierte en simpleza si pasa de ciertos límites. Esos límites los marca la información que se pretende transmitir: si es mucha y compleja, la única manera de transmitirla al interlocutor será con un lenguaje muy exacto. Ocurre, empero, que a su vez la exactitud no puede traspasar ciertos límites so pena de convertirse en enigma. Precisamente uno de los académicos redactores de este «Vocabulario científico y técnico», don José Javier Etayo, cuenta cómo al proponer una alternativa más rigurosa a alguna de las definiciones contenidas en este léxico siempre le replicaba algún compañero de fatigas: «Sí, ahora te ha quedado muy bien, pero ya no hay quien lo entienda». Y nuestro lexicógrafo concluye resignado: «Parece, pues, que la cosa se ventila entre la exactitud de una definición y su facilidad para entenderla».

Ahí está el quid. No siempre es posible avenir sencillez con precisión. Si por sencillez o llaneza en el lenguaje entendemos la capacidad de expresarse en palabras comunes y claras, habrá que reconocer que ciertas faenas complicadas como gobernar un barco, hacer taracea o calcular una órbita celeste imponen el abandono ocasional del lenguaje común por insuficiente y el recurso a una jerga complementaria. Por supuesto esta necesidad no afecta a políticos y periodistas, inventores de la única jerga inútil que conoce la Historia. Cuando uno dice «no se puede hipotizar un futurible» (en vez de «no se puede adivinar el porvenir») está enunciando una perogrullada con palabras inexistentes o rimbombantes. Ahí la llaneza le hubiera traído más cuenta. En cambio cuando un marino ordena «larga escota del trinquete; caza mayor al medio» es que no tiene otra manera de decirlo. Igual le pasa al médico si dice «la talasemia es una deficiencia en la producción de hemoglobina A». Ninguna de las tres frases citadas es llana; el hombre de la calle no las entendería. Pero las dos últimas son inevitables tecnicismos. Cualquier otra formulación en habla vulgar sería peligrosamente vaga. El tecnicismo es un mal menor. Peor es la ambigüedad. El ideal sería que cada uno de nosotros conociese todos los vocabularios especializados existentes en nuestra civilización. De hecho así ocurre en las sociedades primitivas, donde cualquiera puede dominar todas las terminologías peculiares pues pocas son las técnicas correspondientes, tan sólo caza y pastoreo, por ejemplo, y además son ejercidas por todos. Es la división del trabajo la que fragmenta el habla común en jergas, dejando únicamente un núcleo de lenguaje general.

En realidad, pues, llamamos tecnicismos al lenguaje de cualquier profesión que no sea la nuestra. Todos los oficios y todos los saberes tienen su jerga, por lo general tanto más hermosa cuanto más viejo y humilde es el menester. Esa jerga tiene mayoría de palabras desconocidas para los profanos. Piénsese en el habla de los toreros, de los carpinteros o de los músicos. Tan sólo entendemos una parte de su léxico especial, y es la parte que corresponde a los objetos o procedimientos tan extendidos que alcanzan al gran público, y entonces esas palabras pasan a engrosar el caudal del lenguaje general. No hace falta ser corchero para saber lo que es un alcornoque, pero quizá sí para saber lo que es el bornizo.

Igual ocurre con el vocabulario de las ciencias modernas y de las técnicas. Cada año necesitan acuñar docenas o centenares de términos nuevos para describir inventos o descubrimientos. Y algunos, pocos, se popularizan. Los tecnicismos se vuelven familiares cuando lo que describen -sea una enfermedad, una máquina o un concepto- afectan o interesan a la mayoría de la gente.

Al llegar a ese punto de absorción social, el público suele rebelarse contra el tecnicismo puro y duro -que por lo general es polisilábico, complicado y de origen griego- y lo simplifica de una de estas maneras:

  1. Hispanizándolo. Esto se hizo durante siglos con los tecnicismos jurídicos o eclesiásticos, romanceando los latinajos, pero el pueblo es hoy más tímido y no osa tomarse esas libertades con la lengua culta. Tan sólo la gente del campo se atreve a seguir haciéndolo. Por ejemplo, al eucalipto lo llaman, según las regiones, carlitos, calistro u ocálito e incluso, en la costa suramericana del Pacífico, ocal, y todo ello suena más español que el helenismo eucalipto, que por cierto no quiere decir sino bien tapado, en referencia a la forma capsular de su fruto.
  2. Acortando la palabra: cine (por cinematógrafo), foto (por fotografía), taxi (taxímetro), auto (automóvil), tele (televisión).
  3. Usando las siglas o un acrónimo: SIDA (por Síndrome de inmunodeficiencia adquirida), RADAR (en este caso las palabras originales se dejaron en el orden inglés: Radio detection and ranging) o LASER (Light amplification by stimulated emission of radiation).
  4. Inventando algo pintoresco, como autobús. Esta palabra viene de ómnibus. Omnibus quiere decir, en latín, para todos. Cuando se sustituyó la tracción animal por el automóvil, al pueblo -en este caso al pueblo francés primero, en 1907- se le ocurrió el híbrido autobús, usando el prefijo griego auto (propio) seguido del sufijo latino bus (que no es más que la desinencia del dativo y del ablativo, y equivale a la preposición española para). Total, un monstruo cómico.

Pero también los mismos científicos inventan a veces palabras simples y que suenan a castizo. Eso ocurrió en el siglo XVII con el vocablo gas, acuñado por un químico y médico flamenco, Van Helmont, inspirándose en la palabra latina chaos y en la palabra holandesa geest (espíritu). A España no llega hasta principios del siglo XIX este término, pero pronto se populariza hasta el punto de originar incluso frecuentes expresiones figuradas. Seguro que Juan Bautista van Helmont, descubridor además del jugo gástrico, nunca pensó que su neologismo tendría tanto gas.

Otro fenómeno curioso es el que se produce cuando el término comercial suena más fácil que el técnico: aspirina dice la gente, no ácido acetilsalicílico. No es la única marca registrada más popular que el tecnicismo correspondiente; pasa lo mismo con delco, klaxon o gramófono, voces tan usuales que casi ningún hablante sabe al emplearlas que está utilizando un nombre comercial.

Hemos empezado a ver, así pues, cómo en una extraña aplicación lingüística del ciclo del agua (evaporación, nubes, lluvia, arroyos, ríos, mar, evaporación y nubes de nuevo) los hombres intentan remediar su esencial incomunicación acuñando neologismos técnicos que aspiran a la precisión absoluta, y cómo el propio éxito de algunas de esas palabras las populariza y devuelve al caudal común del lenguaje, donde terminan perdiendo consistencia y concreción y provocan el nacimiento de nuevos términos supuestamente exactos, al igual que una gota de agua o un copo de nieve tienen una individualildad y una pureza iniciales que desaparecen al ir engrosando el grande y lento río del idioma. Por ello la lexicografía, al pretender fijar las definiciones de los vocablos, es labor heroica y semejante a la de Sísifo, que subía incansable una piedra a la montaña desde donde siempre volvía a caer. Ningún diccionario es definitivo, tan sólo provisional, y sus beneméritos redactores lo saben. Saben que las palabras y sus significados son meras, pálidas reproducciones de las actividades, saberes y sueños de los hombres; saben que éstos, en su patético frenesí, cambian cada vez más deprisa de fetiches verbales. No ignoran los lexicógrafos que ya no basta el diccionario-foto, imagen estática de un momento de la evolución de la lengua y por tanto anticuada al cabo de unos años, sino que hay que aspirar al diccionario-cine, imagen dinámica de un léxico cambiante conseguida mediante sucesivas ediciones periódicas de la obra. Ésa es la ardua empresa que la Real Academia de Ciencias continúa con esta nueva edición, muy ampliada y corregida, de su Vocabulario Científico y Técnico». Dos cosas dificultan y a la vez facilitan el empeño: la internacionalización del lenguaje científico y la lluvia de neologismos. Ambas son evidentes, pero también mal comprendidas.

Solemos creer que un neologismo es simplemente «una palabra nueva». No es eso, sin embargo, lo que dice la Real Academia de la Lengua. Su Diccionario define neologismo como «vocablo, acepción o giro nuevo en una lengua». Es decir que el neologismo puede ser también una palabra vieja con una nueva acepción o una palabra vieja en otra lengua y nueva en la nuestra. Por ejemplo, en el lenguaje juvenil contemporáneo existen incontables neologismos, pero ninguno, que yo sepa, es palabra demostrablemente nueva. Examinando uno al azar, chupa (en el sentido de chaquetón o cazadora), descubrimos que procede del árabe, pasó al castellano antiguo como aljuba, luego jubón, después entró en el francés y volvió al español en el siglo XVIII ya como chupa (chaquetilla). O veamos otra palabra de la jerga estudiantil, cate, suspenso en un examen. Cabría pensar que fue inventada hace dos o tres generaciones por algún mal estudiante ingenioso. Pero resulta que, como extensión de su significado de golpe, la palabra viene de la lengua gitana (donde caté quiere decir bastón) y ésta lo tiene del sánscrito, donde kastha significa madera. Otras tantas prosapias de rancio abolengo podríamos encontrar a las voces populares piropo, caco o mamotreto, que vienen todas bastante derechas del griego clásico. Así es que las palabras coloquiales nuevas rara o ninguna vez son tan nuevas como se cree.

Lo mismo ocurre en el léxico científico: abundan los neologismos, mas no las palabras radicalmente nuevas. Podría pensarse que el ritmo acelerado de descubrimientos e inventos entraña un tropel paralelo de palabras absolutamente cuneras, incluseras, sin padres conocidos, venidas al mundo con el exclusivo fin de dar cuerpo lingüístico a los artefactos recién inventados. Habrá quien crea que el científico, agotado tras el esfuerzo inventor, se refresca con el entretenimiento de buscar un nombre nuevo consistente en una combinación más o menos eufónica de sílabas caprichosas. Pero la imaginación humana no es tan perversa. En su inmensa mayoría los vocablos técnicos modernos están pergeñados con otros vocablos mucho más antiguos, casi siempre griegos o latinos, que se combinan enteros o en sus raíces. El procedimiento resulta evidente en compuestos como teléfono (del griego tele, lejos, y fonein, hablar), termómetro (de zermos, caliente, y metron, medida) y otros miles de términos que, en irónica paradoja, acuden a una lengua muerta para dar vida a los nuevos artilugios o nociones. Incluso en el caso extremo de una palabra inventada ex profeso, como antes vimos en el caso de gas, su inventor tuvo presentes otras voces de vieja raigambre. El nombre de la partícula elemental hipotética, quark, que suena tan estrambótico, fue propuesto en 1961 por el físico Gell-Mann para designar unas partículas subatómicas inconcebibles hasta entonces, pero la palabreja la encontró en Finnegans Wake, obra escrita en 1939 por James Joyce en pleno arrebato de producción neologística a partir de viejos fonemas con alusiones cultas. Más aún, las propias palabras científicas más incluseras al parecer, las formadas con siglas como las antes citadas, pueden naturalmente ser reducidas a las etimologías de sus componentes, que en el mencionado ejemplo de SIDA son todas palabras de reconocida paternidad grecolatina. En puridad, el único neologismo auténtico sería el elaborado por un ordenador al que hubiésemos dado instrucciones de combinar al azar unas letras, por ejemplo tres consonantes y tres vocales, alternándose para que el engendro resultase pronunciable. Eso, hasta donde llegan mis noticias, no se ha hecho aún. Luego no existe el neologismo riguroso, quizá porque el ser humano rechazaría instintivamente cualquier habla que no fuese eco de algo: eco histórico, eco cultural, eco al menos onomatopéyico. El ser humano es bastante más tradicional de lo que han creído los intelectuales desde Rousseau en adelante.

En suma, nada revelaría a los científicos —acostumbrados a la idea de que la materia y la energía ni se crean ni se destruyen sino que tan sólo se transforman— si les dijese que el lenguaje tampoco se crea, se transforma. Se trata, por lo demás, de sopesar la importancia de los neologismos relativos, de los neologismos en el sentido amplio del término, en el lenguaje científico. Y está claro que dicha importancia es muy grande, como lo son sus repercusiones en la tarea lexicográfica.

Por un lado los neologismos, y más si son científicos, facilitan esta labor, puesto que dichas palabras nacen ya con un significado muy preciso, el correspondiente al nuevo objeto o idea que encarnan, y no adolecen de la vaguedad propia de muchas viejas palabras deshilachadas por el uso, las modas o las distintas acepciones regionales. Siempre será más fácil averiguar el significado unívoco del neologismo mercaptopurina que el equívoco sentido del añejo y vulgar vocablo borde. Pero no es lo mismo y ahí empiezan los inconvenientes de los neologismos- conocer el significado exacto de una palabra que saber definirla con claridad, precisión y brevedad. Para comprender el problema veamos primero el caso de una palabra nada nueva sino muy vetusta y que corresponde a algo de sobra conocido: azul. ¿Cómo definirlo? El Diccionario de la Real Academia Española sale gallardamente del paso así: «Azul. Del color del cielo sin nubes». No está nada mal. Se entiende. Covarrubias ya lo había definido casi igual hace cuatro siglos. La claridad de la definición es meridiana y sin nubes. Pero se comprende que a un científico le parezca deplorable imprecisión. Sin duda por eso, y un poco azarado, el Diccionario añade: «Es el quinto color del espectro solar». Error, histórico error. Porque una vez que se abandona el idioma llano y se entra en el científico hay que llegar hasta el final, y el final puede ser muy enrevesado, y además se aleja cada año, al compás de los adelantos científicos. Por eso este «Vocabulario Científico y Técnico» reza así: «Azul. Color que corresponde a la sensación producida por el estímulo de longitudes de onda alrededor de 475 nanómetros». Esta definición es más exacta, pero para entenderla hay que saber algo de física e incluso de las características psicofísicas de la luz. Para colmo habrá que modificarla cada vez que se descubran nuevas formas más precisas de medir o definir la realidad. Pues bien, si una de las palabras y cosas más antiguas hay que definirla con arreglo a criterios incomprensibles para muchos, piénsese lo que ocurre con los neologismos científicos, que por antonomasia responden a lo más novedoso de la ciencia. Supongo que el lexicólogo se angustiará al tener que escoger entre una definición lacónica pero críptica, casi oracular, y otra descriptiva no sólo del objeto definido sino de los mismos términos usados en la definición.

En cuanto a la internacionalización del lenguaje científico, se trata de otro fenómeno de capital importancia en el quehacer lexicográfico, y es también un fenómeno ambiguo: es nuevo pero menos, muy extendido pero no total, y bueno o malo según se mire. Sin remontarnos a la hegemonía del latín -que aún perdura- en el lenguaje jurídico y eclesiástico, hace ya muchos siglos que las artes y las ciencias empezaron su homogeneización terminológica, al menos en el mundo occidental. En algunos saberes y actividades el predominio de ciertas naciones era tal que casi toda su jerga tiene el mismo origen nacional: el lenguaje de la heráldica es francés como el de la música es italiano o el de los deportes es inglés, y las demás lenguas no hicieron sino adaptar con leves retoques ortográficos las palabras importadas. En estos casos hubo internacionalización del lenguaje especializado, pero por sumisión a una determinada lengua nacional. En otros casos la unificación internacional sobreviene de forma más paulatina y a través de la adopción general de palabras procedentes de idiomas diversos, no de uno solo.

Esto último fue lo ocurrido en las ciencias exactas, físicas y naturales, o al menos lo ocurrido hasta que hace unos pocos decenios la fuente neologística inglesa terminó secando casi por completo las demás. Durante siglos, a medida que nacía una verdadera comunidad científica internacional, se iban imponiendo por doquier términos de las más diversas procedencias. Al substrato etimológico grecolatino, común en todo Occidente, se fueron añadiendo elementos de origen árabe (sobre todo en matemáticas y astronomía), luego de las principales lenguas románicas y germánicas y por último de cunas más inesperadas, que a veces tan sólo contribuyen con un vocablo a la lingua franca, como la palabra robot, procedente del checo. El largo proceso de internacionalización del lenguaje científico estaba ya muy avanzado a mediados del siglo XVIII, cuando empezó a redactarse la Enciclopedia de Diderot. La extraordinaria difusión de esta obra lo impulsó más aún, con lo que al llegar el gran auge técnico y teórico del siglo XIX ya existían unas reglas generalmente admitidas para la elaboración de neologismos aceptables en todas las lenguas, por lo común formados a partir de raíces grecolatinas. Pero no siempre se aplicó el cosmopolitismo a ultranza. Por ejemplo, al descubrirse el oxígeno y el hidrógeno a finales del siglo XVIII, fueron nombrados en francés con raíces griegas que significan respectivamente productor de ácido y productor de agua. Estos neologismos pasaron tales cuales a casi todas las lenguas, con dos excepciones importantes: alemanes y rusos prefirieron lo que en filología se llama el calco y convirtieron las raíces griegas en raíces germánicas y eslavas, con lo que todavía hoy siguen diciendo Sauerstoff y Wasserstoff, y kislorod y vodorod. Mucho más tarde tampoco se impuso la unanimidad en torno a computadora (del inglés computer) sino que en algunas lenguas se prefiere ordenador (del francés ordinateur) en diversas versiones similares. Sin embargo por lo general los científicos fueron desde 1700 adoptando los neologismos casi sin diferencias nacionales, e incluso empezaron a sacrificar viejos vocablos vernáculos en aras de la universalidad. Así desapareció nuestro castizo azogue, desterrado por el menos antiguo pero más internacional mercurio, mientras ocurría lo mismo en Inglaterra con quicksilver y en Francia con vif-argent, y en cambio los alemanes conservaban su Quecksilber sin por eso dejar de ser los mejores químicos del mundo…

Otro influjo allanador de diferencias terminológicas nacionales fue la invención de neologismos a partir de nombres propios, por definición intraducibles. Obsérvese la pléyade de sabios eminentes, desde el niño prodigio Ampère hasta el Conde Volta, retratados en las unidades de medida eléctricas (amperio, vatio, ohmio, faradio, voltio) y se comprenderá cómo ni el más humilde electricista pudo escaparse del exotismo internacional y por qué nunca pudo crear, despacito, una jerga indígena como la de sus abuelos, acaso pastores. Pero, ¿era en verdad indígena y exclusivo el vocabulario ganadero? Tomemos al azar dos palabras corrientes, vaca y merina. La primera nos llegó del latín, como llegó en formas parecidas a otras lenguas europeas, y la segunda nos vino, con la oveja correspondiente, del bereber, y del español pasó a otras lenguas extranjeras. Así pues la novedad estriba más que en el principio de internacionalización que siempre estuvo presente- en su actual intensidad y en su rapidez. Claro que ésta última, la moderna celeridad de la exportación de neologismos y la prontitud de su adopción en todo el planeta, también constituye un fenómeno ambiguo: esa misma velocidad puede imponer una vida fugaz a la palabra. Valga un solo ejemplo. En la noche del 3 al 4 de octubre de 1957 nació con súbita fuerza una nueva palabra en casi todas las lenguas del mundo: sputnik. Un vocablo que horas antes nadie conocía fuera de Rusia se convirtió de pronto en universal sinónimo popular de satélite artificial tras el lanzamiento por la Unión Soviética del primero de estos ingenios. La gente de mi generación recuerda la palabra, pero ¿cuántos de nuestros hijos saben lo que es un sputnik? Sospecho que pocos. A veces la fama repentina es efímera, en el léxico como en todo lo demás.

En cualquier caso, la creciente unificación internacional del lenguaje científico es un hecho, y basta para comprobarlo con hojear este vocabulario y cotejarlo con cualquier glosario equivalente en otra lengua. Resulta, sin embargo, menos evidente el modus operandi. Antes hemos recordado el peso del griego y del latín en la terminología científica moderria. Pero a veces el filtro lingüístico es tan importante como el origen último. Señala don Valentín García Yebra cómo el paso por el francés se detecta en ciertas palabras españolas tomadas de las lenguas clásicas mas no directamente. Decimos, por ejemplo, estratega y pediatra, y no estratego y pediatro como deberíamos si hubiésemos tomado estos términos del griego. Hoy en su inmensa mayoría los neologismos científicos nos llegan del inglés, por muy grecolatinos que sean sus componentes, y ello porque la mayoría de los descubrimientos o inventos está hecha por anglosajones o publicada en inglés aunque sus autores tengan otra lengua materna. Según un reciente estudio del Economist, «más del 60% de los científicos de todo el mundo sabe leer en inglés, el 70% de la correspondencia mundial está escrita en inglés y el 80% de la información de todos los sistemas informáticos está recogido en inglés». La importancia del inglés es hoy de todo punto incomparable con la de ninguna otra lengua: no es que sea mayor, es que es de otro orden de magnitud. Eso puede gustarnos o no, pero es indiscutible. En cambio es muy discutible la trascendencia política de ese hecho. Cuando un idioma se convierte en lingua franca, en lengua de comunicación mundial, deja de ser propiedad exclusiva de un estado o incluso de una cultura. El latin siguió siendo la lengua culta de Occidente mucho después de desaparecer el poder político del Imperio romano e incluso el del papado; el francés siguió siendo la lengua de la diplomacia internacional entre el Congreso de Viena y el Tratado de Versalles, es decir tras el ocaso de la hegemonía francesa; el propio español parece perder y luego recuperar importancia a un ritmo ajeno a la fortuna política de nuestra nación. Ni siquiera está claro que la expansión global de un idioma sea siempre beneficiosa para la cultura correspondiente: los filólogos españoles ya no hablan casi del fantasma de la fragmentación lingüística del castellano, pero los estudiosos del inglés cada vez se refieren más al riesgo de pidyinización de su lengua o el peligro de reducirla a un basic English simplicísimo para que pueda cumplir con su papel mundial.

Cuanto antecede no hace sino reforzar la importancia de una correcta labor lexicográfica que permita evitar la aparición simultánea de diversas traducciones, adaptaciones y calcos más o menos caprichosos de los términos científicos, a razón de uno o varios por cada país de habla hispánica. Ese cometido de fijación, más la tarea en sí definitoria, constituyen un trabajo de sobra hercúleo. Requiere conocimientos profundos de las ciencias empíricas, de lenguas extranjeras y de filología española. Y exige, sobre todo, una laboriosidad y una paciencia de monjes. Por fortuna, al ser la lexicografía tanto una pasión como una ciencia, nunca le han faltado seguidores abnegados y de saberes varios. No sé por qué -tal vez por ese componente entusiástico, propio de coleccionistas- siempre ha existido una tradición de lexicógrafos procedentes de otras disciplinas. Algunos de los mejores diccionarios están hechos por personas sin especialización filológica estricta: por un familiar de la Inquisición como Covarrubias, un médico como Littré, un profesor de enseñanza media como Murray, un ingeniero industrial como Pompeyo Fabra, un militar como el teniente coronel inglés Le Mesurier o un astrofísico como John Sykes. No eran sin embargo meros aficionados, pues no puede llamarse aficionados a quienes se entregan en cuerpo y alma a una labor tan ardua y que jamás -que se sepa- ha enriquecido a nadie. Parece más bien una vocación ardiente, un deseo insaciable de acumular y clasificar, parecido al ansia taxonómica de Lineo. Esa pasión lexicográfica ha llevado muy lejos a más de uno. Cierto colaborador externo de Murray le había enviado decenas de miles de fichas con citas para el Oxford English Dictionary. Como Murray no lo conocía, fue un día a buscarlo a su dirección en el campo. Lo encontró en un manicomio, donde llevaba años encerrado con una buena biblioteca, y desde donde enviaba las fichas. Otro escribió un poema épico demostrando que Sisam, su jefe en la sección de diccionarios, era el Anticristo.

Reconforta, pues, comprobar que en las sesudas páginas de este «Vocabulario Científico y Técnico» no se ha deslizado ninguna alusión al Anticristo y sí muchas a la antimateria, a los anticuerpos y a los anticiclones. Se ha conseguido el equilibrio entre la devoción por los léxicos científicos y el sentido práctico, que impulsaba a elaborar un diccionario asequible al científico deseoso de saber el significado exacto de algún término perteneciente a una especialidad que no fuese la suya propia, pues para ésta se supone que tiene otras obras de consulta. En cuanto al profano, a juzgar por mí mismo creo que se sentirá rebasado por muchas de las definiciones. Pero si tiene cierta curiosidad científica, otras en cambio le parecerán más alcanzables. Encontrará respuesta práctica a muchas dudas terminológicas propias del hombre culto de a pie, como la diferencia entre la petroquímica, que se ocupa de la composición química de las rocas, y la petrolquímica o química industrial del petróleo. Incluso podrá sonreír comprobando el abismo semántico entre las acepciones vulgares y las científicas de ciertas expresiones como radical de un ideal y radical libre. Naturalmente no deberá tomar este diccionario por lo que no es: se trata de un vocabulario, como indica su nombre, y no de una enciclopedia, por lo que la obra se impone a sí misma las limitaciones propias de cualquier diccionario lingüístico. Son las fronteras de la palabra, que deja extramuros a la imagen. Hilaire Belloc reconocía bien, como escritor, los límites de su oficio: «¿Qué diccionario es capaz de explicar un nudo, un simple nudo, sin un dibujo?». Quizá definir y explicar no sean la misma cosa. Tocamos aquí la grandeza y servidumbre del logos. Y uso a conciencia el término griego, ya que un filósofo clásico no hubiera aceptado nunca la falsa distinción entre filosofía y ciencia. La idea de «las dos culturas» -la humanista y la científica- contra la que se rebeló Aldous Huxley ha hecho ya bastante daño a nuestra civilización. Así es que puede enorgullecerse la Academia de Ciencias de haber construido este puente entre la materia y el concepto usando la palabra. Es un gesto, como empecé diciendo, de fe en la inteligencia humana y de esperanza en la continuidad del esfuerzo.

Permítaseme terminar con una cita del Presidente de esa Casa. «La Ciencia es, ante todo, un problema lingüístico. No hay Ciencia ni método científico sin ideas precisas, ni ideas precisas sin palabras exactas. De este modo, la exactitud de las ciencias de la naturaleza se vincula a la precisión de su lenguaje. Frente a ello muchas ramas de la ciencia viven hoy una tragedia lingüística, tomando muchas veces, en el vaivén de las ideas y de los vocablos, las doctrinas por palabras y las palabras por doctrinas», dice el profesor Martín Municio. Pues bien, esa conciencia de la tragedia lingüística es lo que antes llamaba escepticismo. No es tanto la angustia, quizá sofística, de Aquiles intentando alcanzar a la tortuga, del nombre intentando alcanzar a la cosa. Es la sospecha de la insuficiencia humana para captar con signos fríos y objetivos, con letras y números, una realidad que cada progreso de la Ciencia nos revela más compleja y más enorme.

Pero el Hombre tan sólo tiene sentido si se propone lo que parece imposible. Este libro, y la ciencia en que se apoya, son un intento glorioso de medir lo inconmensurable y hablar de lo inefable.

Principios para la constitución europea

La cuestión, por lo tanto, es muy otra. No se trata tanto de saber si la Unión Europea de mañana ha de tener o no una Constitución, puesto que ya la tiene la propia CEE actual, ni cuál ha de ser el procedimiento para establecerla, sino más bien cuál puede y debe ser el fin de esa Constitución, su meta, lo que algún pedante llamó su «telos».

Y claro está que para llegar a cosa tan radical como el fin o meta es, resulta preciso barrer la hojarasca que los calificativos suelen acumular sobre los sustantivos, aventar las calificaciones jurídicas, tanto más peligrosas cuando las manejan malos juristas, y atender a los hechos. Y son los hechos quienes dan la respuesta. La futura Constitución de la Unión Europea debe organizar un espacio en expansión, puesto que la EFTA, el Este y los microestados mediterráneos se unirán a los doce más temprano que tarde. Un gran espacio -magnitud extensiva- donde viven magnitudes intensivas de tanta densidad como los Estados nacionales y donde va a insertarse el renacer universal de los nacionalismos, un fenómeno cuyo olvido o negación tan sólo sirve para acrecentar su eventual peligrosidad.

¿Cómo organizar ese espacio sin atender a las identidades estatales y nacionales que en él coexisten?

La respuesta ingenua es el federalismo.

El federalismo es una técnica conocida y depurada de integración política, que podrá gustar o no, pero que es la que es.

Dualidad de estructuras

En cualquier polémica con federalistas europeos, el que hace la propuesta federal rebate siempre los argumentos alegando que el federalismo ha de entenderse en sentido distinto o preguntando al objetante lo que él entiende por federalismo. Y sin embargo legiones de juristas en los últimos dos siglos y el balance constante del constitucionalismo moderno nos revelan que el federalismo significa siempre tres cosas: una superposición de estructuras estatales, las federadas y las federales; una distribución de competencias entre ambas estructuras, y una participación de las entidades federadas en el poder federal.

La dualidad de estructuras supone que a los actuales Estados se superpondría un superestado europeo, porque ¿qué otra cosa es una federación sino un Estado federal?

Esto es lo que distingue al federalismo moderno, el inaugurado por los Estados Unidos de América, y el viejo federalismo de las anfictionías o las Provincias Unidas que yuxtaponía en lugar de superponer. Pretender lo contrario supone dar a las palabras un sentido peculiar que las priva de su capacidad de objetivar, primero, para poder comunicar, después.

Aplicado a la Europa comunitaria, eso quiere decir que los actuales o futuros Estados miembros —España, Francia o Gran Bretaña— serían Estados federados, como lo es California en el seno de los Estados Unidos o Baviera en el de la República Federal Alemana o el Cantón de Ginebra en la Confederación Helvética. Así dicho puede resultar difícil de admitir, pero si se atiende a los proyectos federales europeos, por ejemplo los que se manejan en el Partido Popular, y se examinan las estructuras comunitarias y las competencias que para ellas se pretenden, es claro que se trata de construir un superestado y reducir los ahora existentes a una situación mediatizada.

Y cabe preguntarse ante situación semejante si las grandes entidades histórico-políticas e incluso nacionales que articulan los actuales Estados miembros de la Comunidad, llámense Cataluña, Euskadi o Sajonia, estarían llamadas a conservar su actual grado de autonomía. Porque es claro que sólo la experiencia soviética, nada feliz por cierto, conoce la federación de federaciones, esto es, la articulación de las competencias políticas en tres escalones. La regla general es la inversa. La transferencia de competencias a un nivel superior lleva a una centralización hacia el interior, y por ello en los länder alemanes se gestan ya resistencias al federalismo comunitario. Y que en España ocurra a la inversa resulta tanto más curioso cuando los adalides de la neocentralización española, a la vez que propugnaban la LOAPA, preconizaban la transferencia de competencias hacia la CEE como el principal instrumento de substracción de atribuciones a las Comunidades Autónomas entonces recientemente instauradas.

La subsidiariedad, tal como se cultiva en la CEE, aparece como el principio de «organización descentralizada de las responsabilidades», y así la definió Delors en su famoso discurso de Brujas de octubre de 1989. Pero precisamente la descentralización se encuentra en los antípodas de la subsidiariedad.

¿Acaso la participación «regional» en las instituciones federales resolvería estas antinomias? En modo alguno; porque la federación o es de Estados o es de regiones. La primera opción supone el protagonismo exclusivo de los actuales Estados nacionales, al menos en un plano decisor como sería el Consejo Europeo. La segunda opción implica la disolución de los actuales Estados en un sinfín de regiones autónomas, algo dificilmente concebible desde todos los puntos de vista. Ni los Estados lo admitirían, ni las nacionalidades sin Estado pueden aceptar ser disueltas en un magma autonómico donde Cataluña, Euskadi o Baviera se asimilaran a La Mancha o Provenza.

Por otra parte, la configuración de la comunidad como un superestado, es decir, dotado de competencias globales, supondría la absorción por las estructuras de Bruselas de numerosas instituciones europeas hoy dotadas de competencias sectoriales.

Así, en materias de seguridad, el único foro estrictamente europeo es la Unión Europea Occidental, y no se corresponde, en cuanto a sus miembros se refiere, con la Comunidad (Irlanda, Dinamarca y Grecia son miembros de ésta y no de aquélla). Pero, además, desde 1954 ha transferido sus competencias militares a la Alianza Atlántica, cuyos miembros, por su parte, exceden a los de la propia UEO y a los de la Comunidad.

En cuestiones políticas, pionero de la integración europea fue el Consejo de Europa, que comprende a todos los países democráticos de Europa central y occidental, del Norte tanto como del Mediterráneo, que acoge hasta Turquía, y está llamado a extenderse a las nuevas democracias continentales, como el reciente ejemplo húngaro demuestra.

A su vez, el Consejo de Europa pretende concretar e intensificar sus funciones y transformarse en Asamblea Parlamentaria de la CESCE, si ésta llega a institucionalizarse. Pero no debe olvidarse que, por definición, el Consejo de Europa es asimétrico con un espacio de cooperación y de seguridad que llega de una ribera del Estrecho de Behring a la otra, dando la vuelta al planeta.

Muchas de las citadas organizaciones, por no decir todas, tienen competencia sectorial efectiva, pero vocación global. Así, la UEO pretende la integración europea y la Alianza Atlántica la promoción de valores no muy diversos a los del Consejo de Europa.

Por su parte, la paulatina unificación de dichas instituciones presenta dificultades aún mayores. Hace años, el canciller Kohl proponía refundir la Asamblea Parlamentaria de la UEO con el Parlamento Europeo, y recientemente Andreotti y González propugnaban hacer de esta organización el brazo armado de la Comunidad. Pero ni los miembros de ambas son los mismos; ni la UEO es comprensible sin la presencia americana, tal como se concibió en la Plataforma de La Haya de 1987; ni ésta puede articularse con una institucionalización, a través de la CEE-UEO, del Pilar Europeo de la Alianza que supusiera la marginación de Turquía. Un país tan inestable como importante para la seguridad occidental, tanto ayer frente a la Unión Soviética como mañana ante eventuales responsabilidades fuera del área, y cuya integración en la CEE no parece fácilmente asumible, aunque sólo sea atendiendo a los problemas demográficos que ello plantearía.

Instituciones globales en sus fines y especializadas en sus medios; instituciones asimétricas en su extensión y frecuentemente solapadas en su función, y que, como toda organización, tienen una insuperable resistencia a desaparecer. Instituciones de las que sería insensato tanto prescindir como multiplicar. Pero en todo caso compatibles con el Estado Federal Europeo.

Distribución de competencias: La subsidiariedad

La distribución de competencias entre la federación, es decir, el Estado Federal Europeo y las unidades federadas, esto es, los miembros de la Comunidad, plantea graves problemas que la habilidad de los políticos ha tratado de diluir en las palabras. En este caso, el término comodin de subsidiariedad, unánimemente suscrito en Roma por los jefes de Gobierno comunitarios. Esa unanimidad que podría revelar un paso adelante en la construcción europea pero que resulta sospechosa cuando se refiere a algo que pocos o ninguno saben bien qué es.

En efecto, la subsidiariedad podría tener partidarios y detractores si significara algo concreto. Su gran ventaja, pero también su terrible inconveniente, es la equivocidad.

¿Qué es el principio de subsidiariedad? Aquél en cuya virtud las potestades públicas se atribuyen en la estricta medida en que la función para la cual han de ser ejercidas no puede ser realizada a un nivel más cercano a los propios gobernados.

Aplicado a las relaciones Estado y sociedad, la subsidiariedad supone que los poderes públicos sólo intervienen allí donde la sociedad no puede por sí misma cumplir la función en cuestión. Aplicado a la organización política, la subsidiariedad equivale a que los poderes se organizan de acuerdo con un sistema de federalismo universal, en cuya virtud los niveles superiores de gobierno no desempeñan más competencias que aquellas que no pueden serlo al nivel inmediatamente inferior.

Parece que el origen moderno del concepto se encuentra en la encíclica de Pío XI Quadragessimo Anno (1931), donde se afirma que sería injusto y perturbador «sustraer a las entidades inferiores las funciones que por sí mismas pueden desempeñar, para confiarlas a una comunidad más amplia». De ahí pasa al Informe Delors, presentado en Madrid en 1989, y como la noción no dejaba de resultar sumamente ambigua, Giscard d’Estaing le ha dedicado en el Parlamento Europeo todo un informe en el que el principio se entiende en términos muy semejantes a los de la Encíclica pontificia.

Ya en 1989 yo formulé en el Congreso de los Diputados, y después en la prensa, alguna reserva a la enfática utilización de la idea, pero la versión del presidente Giscard me alarma todavía más. Según dicho informe, es preciso distinguir la subsidiariedad vertical, esto es, la aplicación del mencionado principio entre las instituciones públicas, y la subsidiariedad horizontal, esto es, entre las instituciones políticas y la sociedad civil. De acuerdo con la primera dimensión, la Comunidad sería subsidiaria de los Estados, éstos de las autonomías regionales y éstas de las entidades locales. Y la aplicación sistemática del principio de subsidiariedad lleva a trastocar radicalmente todo nuestro sistema constitucional, tanto o más que el de otros Estados. En efecto, la vigente Constitución española de 1978 niega rotundamente el principio de subsidiariedad en todas sus formas. En las relaciones entre los poderes públicos y la sociedad (art. 9.1), en la organización de la economia (art. 128.2) y en la distribución territorial del poder (Titulo VIII).

En los dos primeros extremos no rige la subsidiariedad, sino la compatibilidad entre la iniciativa pública y privada, y se encomienda expresamente a la primera la promoción de valores que la segunda no es que resulte incapaz de alcanzar, sino que por su propia dinámica excluye.

En cuanto a las competencias político-administrativas, no se distribuyen escalonadamente, sino que las residuales competen al Estado (art. 149.3), y las Comunidades Autónomas se constituyen absorbiendo numerosas competencias que la experiencia demuestra pueden ser municipales y provinciales (art. 148). La Ley de Régimen Local de 1984 sacó las consecuencias de este planteamiento y laminó a las provincias entre unos municipios potenciados y unas Comunidades Autónomas difícilmente compatibles con poderosas Diputaciones Provinciales. La polémica catalana en torno a la inevitable provincia única, iniciada en 1914, continuada en los años treinta y proseguida en los ochenta, es ejemplo máximo de ello.

Sin embargo, lo que dice textualmente el Informe Delors y lo que reafirma el Informe Giscard es radicalmente lo contrario.

Cuando el Informe Delors afirma que «un elemento sustancial para definir la balanza de poder idónea en el seno de la Comunidad sería la adhesión al principio de subsidiariedad, de acuerdo con el cual las funciones de los niveles más altos de gobierno deberían limitarse tanto como fuera posible para ser subsidiarios de los niveles inferiores», no sólo se refiere a las relaciones entre el Estado y la Comunidad. Antes bien, hace expresa referencia a «todas las funciones públicas que puedan ser desempeñadas a niveles nacionales, regionales y locales».

El Parlamento Europeo, donde, dentro del esquema institucional comunitario, se cifran las aspiraciones democráticas, es incapaz de llevar al superestado federal legitimidad democrática y eficaz control democrático.

Cuando mis amigos nacionalistas de Cataluña invocan la subsidiariedad en beneficio de la Generalitat (cuyos títulos tienen mil años de legitimidad y no un principio abstracto) olvidan que tal idea erosiona las competencias de la Generalitat en favor no sólo de Tarragona, sino de Reus. Y cuando se hace otro tanto en Euskadi, se olvida que el principio de subsidiariedad tritura, en beneficio de los Territorios Históricos, primero, y de los municipios, después, todo el sistema del Estatuto de Guernica y de la LTH, retornando a un municipalismo tan genuino como lejano a la actual organización del País Vasco.

No son menos graves las consecuencias de la subsidiariedad horizontal, según la cual las instituciones públicas sólo podrían intervenir allí donde no pudiera hacerlo la iniciativa social. Porque eso supone abandonar la compatibilidad entre iniciativa pública y privada que caracteriza nuestro sistema constitucional (art. 128) y excluye instituciones tan importantes como el sistema de Seguridad Social pública afirmado en el artículo 41 de la propia Constitución. ¿Los forofos de la subsidiariedad comunitaria procedentes del socialismo o la democracia cristiana o de sectores intervencionistas del conservadurismo europeo que, desde Alemania a España, construyeron la Seguridad Social, saben lo que la subsidiariedad lleva consigo?

Yo no me pronuncio en estos momentos en pro o en contra del municipalismo o del liberalismo, gran defensor ahora de la subsidiariedad horizontal, pero me parece insensato coincidir en nociones tan plurívocas que, claro está, cada uno puede interpretar a su gusto, pero que precisamente por ello pueden volverse contra la conveniencia de todos.

Más aún, la subsidiariedad, tal como se cultiva en la CEE, aparece como el principio de «organización descentralizada de las responsabilidades», y así la definió Delors en su famoso discurso de Brujas de octubre de 1989. Pero precisamente la descentralización se encuentra en los antípodas de la subsidiariedad. Mientras ésta hace ascender lo indispensable, aquélla permite descender lo posible, y es a la última concepción a la que el presidente Delors se adhiere. Frente al llamado sistema de bottom up, de acuerdo con el cual las responsabilidades se transfieren de las entidades menores a las mayores según se agota la capacidad de las primeras, Delors propugna el top down, es decir, la integración por las cúspides para atribuir de arriba abajo las competencias según un principio de eficacia. Si se examina el Informe Giscard se podrá comprobar que las competencias estatales, no digamos las autonómicas, son bastante escasas.

De acuerdo con el principio de subsidiariedad, la futura Unión Política Europea se construye según un espíritu de geometría y de acuerdo con una estructura piramidal. Ahora bien, ¿dónde tienen cabida en esta maravillosa superposición de extensiones esas magnitudes intensivas que son las naciones? ¿Acaso no les corresponde de modo irrenunciable la raíz de toda competencia, sin perjuicio de coordinarse e integrarse después? ¿Es que son homogéneas entre sí y susceptibles de ser tratadas de acuerdo a la misma lógica geométrica, Badalona, municipio, Barcelona, provincia, y el hecho nacional de Cataluña? ¿Es que pueden incluirse en el mismo esquema España y sus provincias, Gran Bretaña y sus condados? Los ejemplos podrían multiplicarse, porque Europa no es un espacio homogéneo y continuo donde puedan distribuirse competencias con regla y compás como los constituyentes franceses trazaron departamentos.

Si esta operación de cirugía fue ya entonces dolorosa, resultó factible porque existía una conciencia nacional francesa. Pero, ¿existe acaso una conciencia nacional europea que haga homogéneas entre sí magnitudes tan distintas?

La participación federal

En cuanto a la participación como principio rector de una organización federal, significa que las unidades federadas integran, al menos parcialmente, la voluntad de la federación. A este fin sirven las segundas cámaras compuestas por representantes de los Estados, países o cantones como el Senado norteamericano o el Consejo Federal alemán. Más aún, como demostré hace bastantes años, la tendencia centralizadora propia de todas las federaciones tiende a convertir en secundaria esta segunda Cámara o a desfederalizarla por influencia de los partidos políticos, como ha ocurrido con el Senado norteamericano, y, como reacción, las fórmulas federales más respetuosas de los derechos de las entidades tienden a federalizar la representación en la asamblea de elección popular.

Pero todas estas vías parecen bloqueadas para la futura Unión Europea. El Parlamento elegido por sufragio universal directo (fórmula prematura cuyo error ya reconocen en privado los propios eurofanáticos) se basa en una representación no de los Estados, sino de la abstracción del inexistente pueblo de Europa, y su composición responde y responderá más en el futuro por presión alemana a criterios demográficos. Una segunda Cámara de origen en los Parlamentos nacionales estaría llamada a un conflicto estéril de competencias con el Parlamento Europeo. La Cámara de las regiones es, como antes apunté, cosa muy diferente. Y la conversión del Consejo Europeo en canal privilegiado de participación debilita sensiblemente a ésta. Su modelo más próximo sería el Reichsrat alemán de 1871 a 1919, para algunos comentaristas mixto de órgano de participación y de jefatura del Estado colectiva que, sin embargo, no pudo resistir la presión centralizadora del Reichstag elegido por sufragio universal.

Ahora bien, el Parlamento Europeo, donde, dentro del esquema institucional comunitario, se cifran las aspiraciones democráticas, es incapaz de llevar al superestado federal legitimidad democrática y eficaz control democrático. Como no existe un pueblo europeo, su representación es una falacia, y, por mucho que se amplíen las competencias de esta Asamblea, carecerá de legitimidad para controlar democráticamente a los eurócratas. ¿Se encontrarán los nueve millones de portugueses representados en los electos por ochenta millones de alemanes? Porque, insisto, unos y otros no forman, más allá de sus diferencias, un solo cuerpo político.

La democracia moderna es gobierno de la opinión pública y las instituciones representativas la reflejan. ¿Existe una opinión pública europea, o más bien opiniones públicas nacionales, incluso sobre los problemas europeos?

La alternativa

Por estas razones, no parece que la opción federal, si es que ha de darse al término un significado riguroso e inteligible, pueda servir a la meta constitucional propuesta. La organización de lo extenso sin mengua de lo intenso no necesita, antes al contrario, la erección de un superleviatán, cuando nuestra propia cultura política parece ahíta de los propios leviatanes domésticos. No se trata, pues, de multiplicar las instituciones ya existentes sumando gobiernos, superponiendo parlamentos, multiplicando tribunales. La novedad europea exige un entramado institucional también nuevo a cuya construcción podrían servir los siguientes principios.

Primero, antes que organizar instituciones, hacer de la CEE un espacio donde la Declaración Europea de Derechos del Hombre de 1950, tal como la viene interpretando el Tribunal de Estrasburgo, sea un derecho común europeo, aplicable directamente sin reservas ni distingos.

Segundo, al hilo de lo anterior, hacer de ese espacio un ámbito único de derechos y obligaciones civiles y mercantiles, paralelo a la libre circulación de personas, bienes o capitales. Nada mejor para ello que el derecho uniforme, una técnica legislativa de comprobada utilidad en el campo mercantil, mucho más simple que la complicada normativa comunitaria.

Tercero, intensificar al máximo en dicho espacio la cooperación judicial y policial.

Cuarto, oponer a la dualidad de estructuras estatales propia del federalismo, el desdoblamiento funcional, de manera que las autoridades estatales sean las únicas ejecutivas.

Quinto, oponer a la distribución de competencias en dos niveles, característica del federalismo, la concurrencia de competencias estatales bajo el principio de reconocimiento mutuo, encargando a la lógica del mercado -¿no hablamos todos los días de sus excelencias?- su paulatina homologación. La autoridad comunitaria no tendrá en consecuencia otras funciones que las de la mera regulación de esta libre concurrencia.

Sexto: en consecuencia, la Comisión, sus poderes y su enjambre de funcionarios podrán y deberán recortarse, sobre todo una vez terminada la tarea legislativa que el establecimiento del mercado único requiere.

Más aún, según se incremente la solidaridad entre los comunitarios menos relevante deberá ser la función política de la Comisión y de su presidente. Quienes aspiran a convertirlo en un Ejecutivo federal olvidan que para eso sirve un directorio de los propios gobernantes comunitarios, llámese Consejo Europeo, Consejo de Ministros de Asuntos Generales, o ya funcione de hecho. Los funcionarios y los eurócratas no son otra cosa, han tratado tradicionalmente de decidir sobre los asuntos que han de despachar y sólo lo han conseguido cuando los políticos, por una u otra razón, han sido incapaces de hacerlo. Por el contrario, ante políticos eficaces los funcionarios han vuelto a su lugar.

La dualidad de estructuras supone que a los actuales Estados se superpondría un superestado europeo, proque, ¿qué otra cosa es una federación sino un Estado federal?

Cuando en una institución colegiada la disparidad de criterios impide la acción, el secretario incrementa su poder. Tal fue el caso del de las Naciones Unidas, cuando el veto condenaba a la inactividad al Consejo de Seguridad. El consenso dinamizador de la acción convierte al secretario en un ejecutor. Tal debería ser la función de la Comisión Europea al incrementarse la solidaridad entre los comunitarios y el consenso entre los respectivos gobiernos estatales.

Séptimo: las competencias del Tribunal de Justicia han de ser cuidadosamente limitadas y en ningún caso convertirlo en un Tribunal Supremo europeo, dada la tendencia a la autoextensión de competencias de que todo este tipo de tribunales dan muestras. Si el gobierno de los jueces puede resultar incompatible con una democracia, el gobierno de unos jueces ajenos puede serlo aún más para varias decenas de democracias y su suave acomodación e integración más por vía de compromiso y de transacción que de sentencia. La experiencia del Tribunal de Derechos Humanos no es extensible.

Octavo: mantener al máximo el principio de la decisión por unanimidad, por la simple razón de que tal sistema no sólo favorece el consenso, sino que lo impone. Y el consenso es el único sistema capaz de acoplar los intereses divergentes de hoy doce, mañana más de veinte Estados. Sin duda tal fórmula resultará difícil de gestionar, pero la alternativa puede suponer la crisis, tal vez fatal para todo el proceso. Porque los Estados miembros siguen teniendo intereses vitales, a veces divergentes, y el consenso es la única vía para superar cuando no conllevar las ineludibles divergencias que la cultura, la economía o la geoestrategia, hoy por hoy, por un larguísimo hoy, imponen.

Noveno: oponer a la participación federal la gestión directa de los comunitarios, atribuyendo la máxima representación y autoridad en la Unión al Consejo que, cuando no se reuniera a nivel de jefes de Ejecutivo, se compusiera de vicepresidentes ad hoc de cada gobierno. De esta manera la coordinación de los asuntos comunitarios en cada Estado y su representación permanente en la Unión será garantizada por un vicepresidente del Gobierno, a efectos de asegurar ésta al máximo nivel.

Décimo: el déficit democrático emdémico en la CEE, esto es, la frecuente toma de decisiones políticas por burócratas sin el debido control parlamentario, no puede ser, por las razones antes expuestas, suplido por el Parlamento Europeo.

Por el contrario, los Parlamentos nacionales sí pueden y deben ejercer el control sobre las decisiones tomadas o avaladas por los respectivos ministros, vicepresidentes o jefes del ejecutivo en el Consejo de la Comunidad, fijando posiciones, autorizando compromisos y, sobre todo, exigiendo responsabilidades políticas.

Sin duda la toma de decisiones sería más lenta con un sistema así que en un superestado europeo calcado sobre el modelo napoleónico. Pero, ¿desde cuándo la celeridad es la primera de las virtudes políticas?

Europa ha sido desde sus orígenes hogar de la razón, la que desde Grecia voló a Roma primero y a todas nuestras capitales después. Pero la razón de veras es razón vital y razón histórica. Esa racionalidad más profunda que da cuenta de todo lo real y nada más real en nuestro tiempo que la voluntad de ser en que la conciencia nacional consiste, magnitud intensiva que no puede plegarse a lo extenso de unos espacios de integración económica o uniformidad normativa. Esa racionalidad que no puede reducirse a repetir los modelos ensayados con mayor o menor éxito en otras latitudes de tiempo y espacio, sino que está obligada a imaginar soluciones nuevas para nuevas situaciones. Por eso, a la hora de integrar Europa no basta con repetir lo que los americanos hicieron hace doscientos años en circunstancias muy diferentes y que si allí dio lugar a una unión indisoluble, epidermis de «nosotros, el pueblo de los Estados Unidos», aquí sería prótesis tan incómoda como ineficaz de pueblos llamados a cooperar sin mengua de su identidad y de ese algo, llámese como se llame, soberanía incluso, que a la identidad sirve de instrumento. Ni tampoco con el espíritu de geometría, por cómodo que éste resulte a los administradores y gestores; es preciso también la finura de espírutu.

No sé si Ortega o Pascal podrían calificarse como europeístas, pero desde luego eran buenos europeos, a los que convendría repensar a la hora de integrar Europa.

Entrevista on Samaranch

Nuestra experiencia olímpica señala repetidamente una considerable escasez de medallas, que marcan el nivel del atletismo español. ¿Piensa usted que en los próximos Juegos se obtendrán un mayor número de medallas?

— No soy amigo de hacer pronósticos. Y menos en las competiciones deportivas. Lo que sí puede afirmarse es que la representación española alcanzará el mayor éxito en su historia olímpica, dilatada a lo largo de setenta años.

— En los últimos meses, los medios informativos han expresado su preocupación por lo que consideran falta de forma de los atletas españoles. ¿Considera que el Comité Olímpico Español ha puesto los medios suficientes para la preparación de nuestros atletas?

— Ésta es una cuestión que solamente puede contestarla el Comité Olímpico Español y las respectivas Federaciones españolas de los 25 deportes olímpicos. Es un problema exclusivamente técnico, y son los técnicos, o sea, el C.O.E. y las Federaciones, quienes pueden opinar. En todo caso, jamás el Comité Olímpico Español y las Federaciones españolas habían tenido tanta ayuda logística y económica como la que tienen ahora.

— ¿Considera que los Centros de Alto Rendimiento españoles son suficientes, tanto en calidad como en cantidad, para la adecuada preparación de los olímpicos españoles?

— En mi opinión, los Centros de Alto Rendimiento están desarrollando una labor muy eficaz.

— En general, parece percibirse un cierto descontento por parte de los deportistas españoles. Algunos se refieren a que los organizadores de los Juegos Olímpicos de Barcelona han cuidado más la imagen de Barcelona que el estado de los atletas españoles…

— Recuerdo que los organizadores de los Juegos no intervienen absolutamente en nada que se refiera à la preparación de los atletas olímpicos españoles. Eso es labor exclusiva del Consejo Superior de Deportes, del Comité Olímpico Español y de las respectivas Federaciones. La imagen de Barcelona la da la ciudad, y los Juegos son un factor importantísimo para mejorar dicha imagen. Y en ello sí que los organizadores de los Juegos tendrán una responsabilidad muy elevada.

— ¿Qué opina respecto a la posible decisión del C.I.O. de retirar el reconocimiento al Centro de Análisis de Control Antidoping de Madrid?

— El Comité Internacional Olímpico es muy estricto en el control de los Centros de Análisis de Control Antidoping. Por ello no es fácil obtener el «nihil obstat» de una pieza tan importante en el control de los atletas como son los Centros Antidoping.

— ¿Estaría dispuesto a proponer la revisión de la Carta Magna Olímpica, en el sentido de conceder el reconocimiento de los Comités Olímpicos Regionales?

— La Carta Olímpica, que ha sido modificada recientemente en la sesión del C.I.Ο. celebrada en Tokio en 1990, prevé el reconocimiento de nuevos Comités Olímpicos Nacionales, siempre que reúnan las condiciones que, desde hace muchos años, están previstas en aquel texto olímpico.

— En mayo de 1991 se celebrarán elecciones municipales y autonómicas. ¿Qué consecuencias tendría de cara a la preparación y posterior celebración de los JJ.OO. de Barcelona 92 un hipotético cambio en la alcaldía de Barcelona?

— Creo que no tendría consecuencias. Los dos partidos que, por el momento, aparecen como los de mayor predicamento en el país han manifestado que, sea cual fuere el resultado de las elecciones municipales, no habría ningún cambio ni repercusión en la organización de los Juegos.

— ¿Podría adelantarnos su opinión sobre algunas de las repercusiones que, a su juicio, tendrían los Juegos Olímpicos de Barcelona en el panorama económico español, con especial referencia a la economía catalana?

— Como en las últimas celebraciones de los Juegos Olímpicos, los de Barcelona significarán un impulso muy importante para la economía del país. Los Juegos, aparte de la imagen que proyectan, constituyen un incentivo singular para todas sus actividades. Los recientes ejemplos de Seúl y de Los Ángeles mostraron un importante aumento de la renta per cápita, un incremento de nuevas empresas, una actividad industrial que sorprendió. La sensibilidad cultural y la ilusión colectiva y popular que despertaron significan el mejor regalo que puede recibir una ciudad, un país y todos sus habitantes.

— ¿Considera que, después de los JJ.OO., el papel de Barcelona crecerá en importancia económica y prestigio respecto a otras capitales españolas?

— Aunque la sede olímpica sea Barcelona, no cabe duda de que será todo el país quien obtendrá beneficios del impulso que los Juegos significarán. En el ámbito deportivo, la Ciudad Condal disfrutará de forma inmediata un incremento espectacular, pero será a la larga todo el deporte español quien saldrá beneficiado.

— Con motivo de los Juegos, Barcelona puede convertirse en una de las ciudades europeas mejor equipadas de los próximos años. En este sentido, el resto del país está respondiendo de forma solidaria al esfuerzo común en favor de la sede olímpica. En su opinión, ¿piensa que esta solidaridad será correspondida?

— No debe olvidarse que el año 1992 será un año muy importante para toda España. Sevilla y su Expo 92, y Madrid, con sus manifestaciones culturales, actualizarán nuestro país complementando la imagen universal que Barcelona dará con sus Juegos Olímpicos. Respecto a su afirmación de que Barcelona será una de las ciudades mejor dotadas y más modernas de Europa, es algo que yo no puedo confirmar. Pero Barcelona ha sido siempre una ciudad solidaria.

— Teniendo en cuenta los conflictos y tensiones políticas existentes, ¿es posible que surjan problemas con determinadas representaciones olímpicas?

— Ninguna delegación olímpica va a plantear dificultades. Todos los equipos están formados por deportistas que buscan la paz a través del deporte. Lo que cada país que organiza una edición de los Juegos Olímpicos considera como riesgo son los terroristas, ajenos al movimiento olímpico, que son quienes pueden ocasionar algún disturbio. Pero soy optimista respecto a los Juegos de 1992.

— A la vista de los cambios operados en los países del Este y de los procesos democráticos que se registran en esos países, ¿de qué modo pueden influir en el descenso de su anterior capacidad y potencial olímpico?

— Es lógico que los cambios políticos registrados en el Este europeo hayan influido sobre algunos atletas. Aquellas variaciones en sus sistemas de gobierno lo han sido, asimismo, en las estructuras deportivas de cada país; y ello lo acusan los atletas. Pero la URSS y demás países del Este seguirán siendo potencias deportivas.

— Respecto a los actuales conflictos registrados en la URSS, con graves problemas como los de Lituania, Estonia y Letonia, ¿sería posible el reconocimiento olímpico de estos países de cara a los Juegos de Barcelona?

— El Comité Olímpico Internacional, en su sesión de 1990 en Tokio, acordó posponer el reconocimiento de nuevos Comités Olímpicos nacionales hasta después de los Juegos Olímpicos de 1992.

— Tras la unificación de las dos Alemanias, esta nación lleva camino de situarse entre las grandes potencias deportivas del mundo. ¿Qué repercusiones para el olimpismo internacional tendría este posible hecho?

— Felizmente, Alemania ha conseguido su reunificación. Y han sido las Federaciones deportivas y los Comités Olímpicos de las dos zonas quienes comenzaron aquel movimiento de unidad. Es indiscutible que el deporte alemán ha salido reforzado con esta unificación de sus antiguos Comités Olímpicos nacionales y de las Federaciones germanas.

— ¿Tiene el C.I.O. prevista y resuelta la traducción simultánea del catalán, como idioma oficial de las Olimpiadas de Barcelona 92, al inglés, francés, español, etc…?

— Sí. La Carta Olímpica establece que los dos idiomas oficiales del olimpismo, el francés y el inglés, deben ir acompañados del idioma oficial del país organizador. Y como en Barcelona existe la cooficialidad del castellano y del catalán, ambos son ya oficiales para los próximos Juegos.

— ¿Qué porcentaje de beneficios obtendrá el C.I.O. por la retransmisión mundial de los JJ.OO. a los 3.000 millones de espectadores calculados?

— Una tercera parte del 24% de los derechos de televisión que corresponde al movimiento olímpico es repartida entre los 167 Comités Olímpicos nacionales que figuran en el C.I.O., por una parte; otro tercio de aquel 24%, entre las Federaciones internacionales que rigen los 25 deportes olímpicos, y el último tercio que corresponde al Comité Internacional Olímpico sufraga su desarrollo administrativo y en todos los órdenes. Prácticamente es un ocho por ciento a cada uno de aquellos tres «partenaires».

— ¿Tiene intención de volver a la vida política cuando termine su actual mandato al frente del C.I.O.?

— El año 1993 es una fecha lejana para que ahora puedan hacerse planes. No es fácil que yo vuelva a la política cuando termine mi misión olímpica.

— ¿Cuál es su previsión sobre la presencia de España, y más concretamente de Cataluña, en el mundo, después de la cita olímpica del 92?

— No cabe duda que 1993 será una fecha clave en el desarrollo económico, industrial, financiero y en todos los órdenes para España. En ello, en el signo positivo o prudencial que nuestro país alcance, tendrán gran influencia la coyuntura europea de 1993, así como el éxito que se haya obtenido en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en la Exposición Internacional de Sevilla y en la capitalidad cultural que Madrid ostentará durante el próximo año.

— ¿Qué opina de la difusión de la cultura e idioma catalán después del 92?

— No cabe ninguna duda de que el catalán y la cultura de mi país están en plena progresión. La Generalitat está haciendo desde hace muchos años un esfuerzo enorme para que la cultura y el idioma catalán tengan su proyección en todas las esferas en que aquélla se manifiesta -tanto en las letras como en las ciencias médicas, químicas, electrónicas, urbanísticas y las demás que forman nuestro patrimonio cultural-. Es lógico que cuanto más y mejor se conozca España y Cataluña, mejor se comprenderá su realidad cultural y el idioma catalán. Para ello, es indudable que la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, y la presencia de los medios de comunicación de todo el mundo en Barcelona, ayudarán enormemente a que la realidad catalana sea conocida en mayor proporción de como lo es actualmente.

La audacia de Fujimori

Alberto Míguez, del Consejo Editorial de NUEVA REVISTA, dialogó durante varias horas con el presidente peruano en el Palacio de Pizarro de Lima, su residencia oficial. Ofrecemos a continuación algunos fragmentos de este diálogo.

AIberto Míguez.— El 10 de junio de 1990 usted ganó arrolladoramente (con más de un sesenta por ciento de los sufragios) la presidencia del Perú, derrotando así al escritor Mario Vargas Llosa ante la sorpresa de todo el mundo. Entonces era usted casi un desconocido, incluso en su propio país. Su origen japonés ha despertado la curiosidad internacional. ¿Cree que influyó algo este origen en su victoria electoral?

Alberto Fujimori.— Puede haber influido, pero no fue, desde luego, decisivo. Cuando inicié mi campaña era un completo desconocido. Pero eso tenía también ciertas ventajas. Nadie podía tacharme de nada; no había hecho política jamás, no estaba mezclado en la corrupción y el engaño. Además estaba, sí, mi origen japonés. En Perú al japonés se le identifica con el trabajo y la honradez. La gente sabe por experiencia que un japonés casi siempre es trabajador, que no vive del cuento.

A.M.— Sus padres nacieron en Japón, pero usted no. Es lo que se llama un «nissei», descendiente de japoneses en primera generación. ¿Por qué emigraron sus padres a Perú?

Fujimori.— Obviamente, por razones económicas. Mis padres eran campesinos en Japón. Vinieron aquí hace 60 años, con un contrato de cuatro años para trabajar en la agricultura. Eran pobres, naturalmente. Por eso vinieron, en busca de trabajo y de bienestar. En los años veinte y treinta hubo una importante corriente migratoria japonesa hacia el Perú. Mis padres formaron parte de esa riada de emigrantes. Se instalaron primero cerca de Lima, en Huacho, y después vinieron a la capital. A fuerza de mucho trabajo, consiguieron una posición social estable. Tuve una infancia normal, pude hacer estudios secundarios y universitarios, algo que no estaba ni está al alcance ni mucho menos de todos los peruanos.

A.M.— De niño, ¿tuvo problemas de integración? ¿Hay racismo en Perú?

Fujimori.— No, en absoluto. Yo me sentí desde el principio peruano, no tuve problemas de integración. Perú es una sociedad aparentemente abierta, donde no hay racismo. Pero en la práctica hubo y sigue habiendo una clara marginación de los indígenas de origen indio o mestizo que se nota, sobre todo, en el terreno económico y social.

A.M.— Pero usted no sufrió este tipo de marginación…

Fujimori.— No, al contrario. Pude estudiar en la Universidad de Lima, donde me gradué en Ingeniería Agrónoma y en Matemáticas. Después amplié estudios en Francia (Estrasburgo) y en Estados Unidos (Wisconsin). Posteriormente llegué a ser rector de la Facultad de Agronomía donde estudié, e incluso presidente de los Rectores del Perú.

A.M.— ¿Cuándo decidió «<entrar» en política?

Fujimori.— Hace algo más de dos años. En 1988 me ofrecieron un programa en televisión que yo titulé «Concertando». Se trataba de un coloquio con personalidades o expertos sobre temas de actualidad. Empecé con los problemas agrícolas. Tuve cierto éxito y entonces decidí presentarme a las elecciones como candidato al Senado. Pronto me di cuenta que como senador no podría hacer nada o casi nada, que si quería cambiar las cosas en Perú -y había que cambiarlas, la situación era catastrófica, no podía seguir así debería aspirar a la presidencia. Con un grupo de amigos empecé a recogir firmas y así nació «Cambio 90».

A.M.— ¿Cuándo decidió presentarse a la presidencia?

Fujimori.— Creo que desde el primer momento pensé en la presidencia, aunque no se lo dije a nadie, ni siquiera a mi mujer. Una vez que inscribí oficialmente «Cambio 90», hablé con dos personas que serían claves en nuestra victoria: Máximo San Román y Carlos García. El primero era el líder de los «informales» y el segundo contaba con el apoyo de los «evangelistas», una secta protestante que tiene gran arraigo popular. Yo sabía que serían los «informales y la gente del pueblo, los marginados, quienes podían votarme. Así fue. Los partidos políticos tradicionales no se habían dado cuenta de que los «informales» y toda esta economía más o menos subterránea que ha descrito Hernando de Soto constituían un nuevo país. Ésa fue mi base social.

La pobreza es el problema principal; el resto —violencia, narcotráfico, corrupción— son el resultado.

A.M.— Pero, ¿por qué decidió hace apenas dos años dedicarse a la política? ¿Por qué entonces?

Fujimori.— La situación nacional se había degradado hasta tal punto que rozábamos el abismo. A finales de 1989 llegué al convencimiento de que los métodos políticos aplicados hasta entonces eran precisamente la causa de la miseria, el desorden, la corrupción, la injusticia… Era necesario renovar y reformar todo el sistema político peruano.

A.M.— Pero eso lo decía también Vargas Llosa…

Fujimori.— Probablemente, pero lo decía rodeado precisamente por quienes son en buena medida los responsables de la situación actual. La gente o una mayoría- no le creyó. Vargas, a quien respeto como escritor y como ciudadano, se equivocó en sus compañías.

A.M.— El 28 de julio de 1990 juró su cargo como presidente. Días después, el 8 de agosto, decide tomar una serie de medidas (de choque) que se resumen en un «plan de ajuste» económico o «programa de estabilización» mucho más severo de lo que anunció durante la campaña electoral y que se asemeja bastante a las medidas de saneamiento propuestas por su contrincante, Vargas Llosa. La situación que encontró al llegar al poder, ¿era peor que la esperada?

Fujimori.— Sinceramente, sí. Nunca creí que la situación fuese tan mala. El país estaba en virtual suspensión de pagos. Todavía hoy, a medida que intentamos resolver los problemas más urgentes, nos encontramos con sorpresas desagradables…

A.M.— ¿Por ejemplo?

Fujimori.— Empresas públicas que han sido saqueadas, corrupción y desorden por todas partes. Un ejemplo: hace unos días intentamos conocer cuál era la verdadera situación de una empresa nacionalizada, «Pescaperú», dedicada a la comercialización de harina de pescado. Descubrimos entonces que más del 80 por ciento del personal sobraba. Que la maquinaria en su inmensa mayoría es inservible. Que una buena parte de su futura producción había sido ya vendida por los antiguos gerentes a precios escandalosamente bajos, que las deudas eran tres o cuatro veces más importantes que todos los activos, etcétera. Al darnos cuenta de la verdadera situación del país, de la corrupción y el caos generalizado, debimos tomar medidas más duras que las revistas. Para moderar la dureza de estas medidas pusimos en marcha un «Plan de Emergencia Social», de modo que los más pobres puedan, al menos, comer…

A.M.— ¿Hay hambre hoy en Perú?

Fujimori.— Sí, hay muchos peruanos que pasan hambre y otros muchos que sufren una desnutrición crónica. Esto a veces es dificil de entender en el exterior, en Estados Unidos o en Europa. Mire, un 50 por ciento de los peruanos, alrededor de once millones, viven en una situación de extrema pobreza. No tenemos recursos suficientes para que puedan alimentarse adecuadamente.

A.M.— ¿Es la pobreza el problema prioritario del país?

Fujimori.— Lo es, sin ningún género de dudas. Los otros -la violencia, la deuda externa, la corrupción, el narcotráfico, etcétera- resultan inducidos por la pobreza, aunque no siempre sean consecuencia directa.

A.M.— Sus adversarios dicen que ha descuidado el problema de la violencia y el narcotráfico para volcarse en el saneamiento económico y financiero. Y que nunca el terrorismo había estado tan activo como ahora…

Fujimori.— El problema de la violencia es uno de los más difíciles y tal vez en estos doscientos primeros días de mi presencia no se hicieron esfuerzos suficientes para erradicarla. No hemos tomado medidas inmediatas, es verdad. Pero es que la clave de la violencia sea terrorista o relacionada con el narcotráfico está en la estructura de esta sociedad y de este Estado. Cualquier «tratamiento de choque» daría resultados muy escasos. Hay que acostumbrarse a convivir con esta violencia e ir reduciéndola poco a poco con medidas de todo tipo, económicas, sociales, policiales, incluso militares. Durante diez años los políticos que gobernaron este país tuvieron una actitud pasiva. No se nos puede pedir ahora a nosotros que arreglemos el problema en unos meses.

Si prohibiese las plantaciones de coca, al día siguiente tendríamos la subversión en Lima.

A.M.— ¿Deben ser las fuerzas armadas quienes se enfrenten al terrorismo de «Sendero Luminoso» y de otros grupos?

Fujimori.— Las fuerzas armadas deben participar en la represión de la violencia, pero no solamente ellas; también las fuerzas de seguridad y la sociedad entera. Sin una participación generalizada de todos, será imposible vencer a los violentos.

A.M.— Sus proyectos para acabar con el narcotráfico resultan un tanto heterodoxos. Se ha negado, por ejemplo, a firmar un acuerdo de asistencia militar con Estados Unidos cuyo objetivo era, precisamente, acabar con el cultivo de la hoja de coca…

Fujimori.— Vayamos por partes. En primer lugar me gustaría dejar claro que no concebimos la superación de nuestra crisis nacional sin acabar con la producción ilícita de hoja de coca. Como sabe, el Perú produce más del 60 por ciento de la hoja de coca a nivel mundial, más de doscientas mil familias campesinas (es decir, un millón de personas, seguramente más) viven de este cultivo. Esta economía ilegal transforma nuestra estructura económica y genera, en alianza con el terrorismo supuestamente «político», una violencia criminal que crece cada día. Pero la producción ilegal de hoja de coca no es un problema nacional solamente. La economía «cocalera» se ve estimulada formidablemente por la demanda de los países consumidores, que suelen ser los más industrializados (Estados Unidos y Europa, principalmente). Durante bastantes años los gobiernos que tuvo el Perú, pero también los países consumidores, han dejado que la situación alcanzase niveles de enorme gravedad. La situación no puede resolverse, tampoco, de golpe y con métodos expeditivos, simplemente militares.

A.M.— ¿Qué ocurriría si mañana, por ejemplo, las fuerzas armadas peruanas, con el apoyo de los «marines» americanos, acabaran con todas las plantaciones de hoja de coca que hay en zonas como el Alto Huallaga? ¿No representaría un golpe fatal contra el narcotráfico?

Fujimori.— Seguramente, no. Si hiciésemos eso, simplemente tendríamos al día siguiente la subversión en Lima, colocaríamos al país ante el caos total. Yo soy un convencido defensor de la economía de mercado, que permite, entre otras cosas, que la gente escoja su forma de vida y trabajo. Pero si, de repente, se acaba con los cultivos de coca, ¿qué ocurriría con las miles de familias que viven de eso y que no tienen otro modo de vida? Me niego a condenarlos al hambre o empujarlos a la subversión. Hay otros métodos para acabar con el narcotráfico.

A.M.— ¿Cuáles?

Fujimori.— Es imperativo acompañar la erradicación de la coca con la sustitución por otros cultivos. Lo que ha evitado hasta ahora precisamente la agudización de la pobreza e incluso una guerra civil ha sido precisamente la escasa eficacia de la represión. El hecho de que las fincas donde se produce la hoja estén dispersas en zonas que son a veces mayores que algún país europeo ha determinado que, como respuesta a la represión, los cultivadores se hayan trasladado a zonas más resguardadas y aumente así continuate que empezamos a recuperar la confianza de los países, de la banca privada y de los organismos internacionales de crédito. Hemos establecido un cronograma o proyecto en tres partes: la primera etapa comprende la normalización con los organismos internacionales de crédito. Hemos avanzado bastante en este terreno y han empezado a llegar ya las misiones del FMI, del Banco Interamente la extensión de los cultivos con irreversibles daños ecológicos para la selva andina y para la Amazonia. La mayoría de estas parcelas de cultivo son ilegales en dos sentidos: su producción es ilegal, pero también lo es la propiedad. Esto convierte a nuestros campesinos en «informales», casi en «delincuentes, y facilita la labor de los narcotraficantes que compran in situ la producción de hoja o la «pasta base». Lo primero que hemos hecho, pues, ha sido reconocer a estos campesinos su derecho legal a la propiedad de estas fincas, identificarlos, para diferenciarlos de los terroristas y de los traficantes. Es el primer paso para la sustitución de cultivos.

A.M.— Parece como si el Estado «legalizase» entonces el cultivo ilegal de la hoja de coca…

Fujimori.— No. A través del Registro de propiedades lo que hemos hecho es restablecer la presencia efectiva del Estado en estas zonas y arrebatarle la iniciativa a los terroristas (que actuaban de «protectores») y a los traficantes (que eran los principales inductores). A partir de ahora es cuando debemos iniciar el proceso de sustitución de cultivos. Y para ello necesitamos acabar con la inmensa burocracia que caracteriza al Estado peruano, promotor de un capitalismo nocompetitivo y predemocrático, basado en la corrupción y el favoritismo.

A.M.— Pero la sustitución de cultivos exigirá también apoyo externo importante, especialmente de Estados Unidos, como sucede con el problema de la deuda externa…

Fujimori.— Sí, pero hay voluntad de que este apoyo sea factible. Ahí está, por ejemplo, la «Iniciativa para las Américas» del Presidente Bush, el «Plan Brady» o la «Carta de Cartagena» (febrero de 1990), donde se promueven proyectos de cooperación que faciliten los programas sociales de emergencia y apoyen la balanza de pagos en los países productores.

A.M.— La deuda externa (20.000 millones de dólares) era también una de sus prioridades…

Fujimori.— Sí, hemos avanzado bastante en este terreno, aunque todavía queda mucho por hacer. Hasta ahora Perú era un país en quiebra, «inelegible» para cualquier tipo de crédito internacional. Creo modestamenMundial, La segunda etapa consistirá en renegociar una parte de la deuda con los países del «Club de París. Las perspectivas no son malas, pero dependerán, desde luego, del curso que siga nuestra economía en general. La tercera etapa será la negociación con la banca privada. También aquí hay mejor ambiente. Por ejemplo, un grupo de bancos acreedores está vendiendo una parte de la deuda. En general, creen que estamos actuando con seriedad. Hay el proyecto de constituir un «Grupo de Apoyo» de países para cubrir las cantidades que no pueden ser refinanciadas por los organismos internacionales y que representan aproximadamente unos 1.200 millones de dólares, cantidad tal vez pequeña para cualquier país pero inmensa para nosotros…

A.M.— Antes de tomar posesión como presidente, usted viajó a Japón para conseguir apoyo económico del país de sus padres. ¿Lo logró?

Fujimori.— Pues, sinceramente, no. Hay buenas perspectivas, desde luego, y han venido misiones económicas japonesas al Perú, pero hasta ahora las inversiones y los créditos no han llegado, lo que, por otra parte, me parece lógico. Antes de recuperar la confianza internacional debemos demostrar que estamos tomando medidas serias para controlar la inflación, reducir el déficit externo, promover el empleo, luchar contra la inestabilidad social…

A.M.— ¿Han logrado rebajar la tasa de inflación, que llegó a ser la más alta del mundo?

Fujimori.— Sí. Entre agosto y diciembre hemos pasado de un 40 por ciento de inflación mensual a un 9 por ciento, que todavía es enorme. Pero hay una mejoría evidente. Y hemos mantenido la cotización del dólar (1 dólar = 440.000 intis) sin que hasta ahora haya sufrido grandes variaciones. Son pequeños avances, tal vez insignificantes ante la enormidad de lo que nos espera, pero que tienen una significación evidente…

A.M.— Además de este plan de estabilización económica o de emergencia, usted ha tomado durante estos doscientos días de presidencia una serie de decisiones polémicas. Destituyó, por ejemplo, a los jefes de la Marina y de la Aviación…

La economía informal o subterránea ha creado un nuevo país. Los políticos profesionales lo ignoraban.

Fujimori.— Estaba dentro de mis atribuciones y por eso lo hice…

A.M.— Y días después destituyó a más de 100 oficiales de policía…

Fujimori.— Casi todos ellos relacionados con casos de corrupción o tortura…

A.M.— Llamó a ciertos jueces y magistrados «chacales>> y los acusó de corruptos…

Fujimori.— Hay, en efecto, jueces corruptos en el Perú, y debemos terminar con eso…

A.M.— Decidió también la liberación de los presos por delitos comunes que no hayan sido juzgados dos años después de ser detenidos…

Fujimori.— Esa situación afecta a un 60 por ciento de los presos que hay en el Perú, casi todos ellos preventivos. Las cárceles son escuelas de delincuencia y miseria.

A.M.— ¿No le parece, de todas formas, que se ha enfrentado usted en un tiempo récord a todos los poderes fácticos -Iglesia, fuerzas armadas, justicia, policía, al mismo tiempo que intenta cambiar la economía del país? ¿No son demasiados frentes?

Fujimori.— Tal vez en estos primeros tiempos hayamos ido demasiado deprisa, pero era inevitable. Creamos una serie de expectativas entre las clases populares y no podíamos defraudarlas. De hecho, además, así ha sido, porque, pese a las medidas de austeridad que hemos tomado (fijese que el consumo descendió en un momento dado un tercio del total a raíz de las medidas de estabilización de agosto), el apoyo social al presidente y al gobierno ha aumentado. Ninguna de las medidas tomadas o de cuanto he dicho o hecho era ilegítimo o anticonstitucional. No tengo la menor intención de renunciar al ejercicio de lo que considero atribuciones del cargo. Para eso estoy aquí.

Memoria personal de Ferrater Mora

Conocí a Ferrater en Nueva York a finales de los setenta, con motivo de la creación de una asociación que agrupara a los numerosos profesores españoles que trabajaban en los Estados Unidos (ALDEEU); me impresionó entonces el cariño y el respeto que todos le profesaban, y que se reserva a las figuras claramente excepcionales; tuve también la impagable oportunidad de hablar larga y tranquilamente con él, de contarle cosas de nuestro país, envuelto entonces en esa magnífica tensión de la recién nacida democracia, y de escuchar sus opiniones sobre casi todo lo divino y lo humano. Ferrater era generoso con su saber y practicaba una sinceridad sazonada con un humor inagotable, de ésas que no se olvidan. Para todos los filósofos españoles era ya entonces un mito viviente que no hizo sino crecer.

La obra de Ferrater reviste caracteres de enorme singularidad desde cualquier punto de vista; pero ese perfil se acrécienta al considerar lo excepcional de su figura en la endeble tradición de la filosofía española. Ferrater es sin duda el primer pensador español que posee a la vez la doble condición de creador original y de académico competente y riguroso. Su conocimiento de la filosofía contemporánea era inmenso, no tenía fronteras ni de lengua ni de estilo, pero no había en él simple erudición, con ser ésta sencillamente asombrosa, sino algo más raro y difícil: una comprensión plena de todo cuanto se ha pensado a ambas orillas del Atlántico. No es de extrañar que Pedro Salinas le considerase la persona más inteligente que había conocido.

A esa condición natural unía Ferrater una ingente capacidad de trabajo; sólo así se puede explicar el que una sola persona haya podido escribir un monumento como el «Diccionario de Filosofía» sin perecer en el empeño. Junto a esta referencia inesquivable hay que mencionar sus libros más originales, una obra amplia en al que repasó la mayor parte de las cuestiones filosóficas.

No es éste el momento de bosquejar una interpretación de su filosofía personal, de ese integracionismo tan lleno de profundidad y buen sentido como ayuno de la pretensión de impresionar o de estar a cualquiera de las modas que se han ido sucediendo en este siglo.

Ferrater dedicó esclarecedores libros a nuestros dos pensadores más universales, Unamuno (1944) y Ortega y Gasset (1958); se las vio con las batallonas cuestiones de nuestra idiosincrasia en Las formas de la vida catalana y en Tres mundos: Cataluña, España, Europa; se ocupó de la filosofía de la historia, nos introdujo en la lógica matemática, nos dio la primera noticia sobre Wittgenstein y nos puso varias veces al tanto de las inflexiones que acontecían en el pensamiento contemporáneo; se ocupó, en fin, de la muerte, palabra mayor de toda filosofía responsable, y nos dejó en El ser y el sentido (1967) y en De la materia a la razón (1979) dos de los mejores tratados de metafísica que se hayan escrito nunca en castellano. Junto con su esposa, la filósofa americana Priscilla Cohn, publicó su última obra de reflexión, Ética aplicada (1981), un auténtico alegato contra la unilateralidad y a favor de la tolerancia.

El prestigio de Ferrater era todo menos el producto de una operación de relaciones públicas; su honestidad intelectual no le permitía dedicar a la fama el tiempo y las energías que eran menester para el estudio, y su insaciable curiosidad, mantenida hasta el último momento con un ardor tan juvenil que para cualquiera que le haya tratado hacía inverosímil su muerte. Sin embargo, el reconocimiento a su obra era universal: no hay otro modo de explicar que en 1990 hayan desfilado por la cátedra que se creó con su nombre nada menos que Ricoeur, Davidson y Quine.

Desde 1989 Ferrater honró con su presencia a la Universidad Complutense, participando en sus Cursos de Verano («Modelos de la mente», «Derechos de los animales») y dirigiendo el que se celebró el año pasado sobre «Filosofía y narrativa», ocasión en que seguramente se escuchó su última lección universitaria; su deslumbrante saber y su humor sin desfallecimiento fueron para quienes tuvimos el placer de acompañarle una lección indeleble. Estaba siempre a nuestra disposición, tanto para aclarar cualquier asunto como para darnos parte de su tiempo en gestiones que enriqueciesen el elenco de los profesores invitados (Rorty, Kolakowski, Gass McIntyre, etc.).

Su generosidad intelectual era modélica: lejos de aquellos que no dicen su canción sino a los que en su nave van, no tenía el menor empacho en reconocer una objeción bien fundada, ni en acoger la aportación que pudiera hacer el menos ilustre de los profesores. Como un clásico vico, únicamente tenía interés en lo verdadero y en lo razonable.

La actividad intelectual de Ferrater se desbordaba por aliviaderos complementarios a la filosofía estricta: el cine había sido siempre su gran pasión y la novela le ocupó intensamente en sus últimos años. Su obra literaria es de gran interés, aunque con la dificultad propia de seguir a una mirada tan penetrante: creo que aún no se han visto con nitidez todas las claves de su estimulante narrativa. A muchos nos producía estupor y envidia la energía con la que el maestro del pensamiento se lanzaba a ese otro menester, aparentemente menor en su obra, de novelista. Es evidente que tenía mucho que decir y que de su lectura saldrán aún muchas cosas.

¿Cabe pensar que los españoles seamos capaces de aprovechar su labor? ¿Habrá alguna institución que asuma la tarea de continuar su «Diccionario» у editar su obra completa, ahora, en buena parte, de difícil acceso?

La última vez que pude disfrutar de su compañía fue en una fría noche del pasado noviembre madrileño. Estaba preparando un curso sobre «Cine y Filosofía» con la ilusión de quien estrena la cátedra. Inevitablemente, acabamos hablando de las buenas películas que habíamos visto; le comenté lo mucho que me había gustado la más reciente de Scorsese (Uno de los nuestros), y que en ella había un plano-secuencia especialmente brillante. Con su característica picardía me preguntó a cuál me refería: coincidimos, y, con una sonrisa de cinéfilo cómplice, me recordó momentos similares de otras películas. En aquel momento tuve la impresión de que también podría haber escrito un «Diccionario de cine».

La muerte le sorprendió cuando acudía a Barcelona a presentar La señorita Goldie, su última novela publicada. Esta vez no pude hablar con él, aunque me había anunciado que lo haríamos a su vuelta. Por más que se medite, la muerte siempre nos sorprende y nos apena; más aún cuando se lleva por delante a quien, como dijo Priscilla Cohn, era la persona más viva que había conocido nunca. Ferrater fue, además de un sabio ejemplar, eso que nuestra lengua tan bien describe cuando hablamos de una bellísima persona.

Un año de TV privada

El año 1990 pasará a la historia como el año en que se rompió el monopolio de la televisión estatal. Después de 34 años, los españoles podían contemplar en sus hogares programas e informativos realizados por la iniciativa privada. La Ley que regulaba estas emisiones era de 1988. En el preámbulo de la mencionada ley se podía leer que «el Gobierno, de acuerdo con su programa de ampliar al máximo el disfrute y la pluralidad de los medios de comunicación y la difusión de la información que a través de ellos se canaliza, ha adoptado la decisión de regular la gestión indirecta de la televisión, de acuerdo con los principios señalados por el Tribunal Constitucional y los que se derivan necesariamente de su carácter de servicio público esencial». Probablemente todo esto no son nada más que bonitas palabras y el Gobierno cuando accedió a elaborar esta ley pensaba, sobre todo, en la próxima internacionalización de las comunicaciones, después de nuestra entrada en la Comunidad Europea, y en un cierto grado de presión social, que se proyectaba a través de los medios de comunicación, que en algunos casos aspiraban a poderse repartir el naciente pastel de las televisiones privadas.

En líneas generales, hasta este momento no puede afirmarse que las televisiones privadas hayan contribuído a que los españoles adquieran un mayor grado de cultura o de responsabilidad.

Al final, como es sabido, las tres concesiones que proclamaba la ley fueron concedidas a las tres cadenas privadas Antena 3, Telecinco y Canal Plus. En seguida empezó una guerra por la captación de audiencias. Algunos episodios de esta contienda fueron auténticamente lamentables. Pero a ellos no vamos a referirnos. Conviene tener presente que con las televisiones sucede lo mismo que con los periódicos o los partidos políticos. No por aumentar el número de éstos aumentan los lectores y los votantes. Este número permanece, en líneas generales, fijo. Sólo que se distribuye de otra forma. Inclusive, algunos estudiosos de estas materias llegan a afirmar que, cuando la pluralidad de canales aumenta en exceso, se contrae, aunque en pequeña cantidad, el número global de telespectadores.

También se entabló la guerra por la cobertura. La red, que hasta ahora había sido propiedad de Radiotelevisión Española, pasaba ahora a constituir una empresa pública que recibía el nombre de Retevisión. Antena 3 empezó sus emisiones regulares el 25 de enero de 1990, con una campaña publicitaria de lanzamiento que decía: «Aviso a la población: Se recomienda que el día 25 permanezcan en sus casas». En diciembre de 1990 cubrían, además de Madrid y Barcelona, otros importantes núcleos de población como Valencia, Sevilla, Bilbao, Vitoria, Valladolid y Zaragoza. Telecinco comenzó sus emisiones regulares el 3 de marzo del año pasado, y a finales de 1990 alcanzaba una cobertura que cubría el 55% de la población española. La campaña de lanzamiento estuvo basada, principalmente, en las dos frases siguientes: «El 3 de marzo su televisor cambiará» y «Telecinco, el espectáculo en casa». Esta segunda televisión comprendió que la audiencia se segmentaba y que se imponía encontrar el segmento propio, donde los demás no pudieran hacerle la competencia. Definió su target en un público de nivel medio-bajo, preferentemente juvenil, con edades comprendidas entre los 14 y los 30 años. Dieron muy poca importancia a los informativos, donde alcanzan el 2,6% de la programación, mientras Antena 3 supera el 15%. Su programación va dedicada preferentemente a la diversión, con un porcentaje que supera el 84%, en lo que coincide con Canal Plus. Este dedica al cine más del 61% de su programación. Si bien Antena 3 ha doblado la facturación y la audiencia de mayo a diciembre, también es cierto que los primeros meses constituyeron una etapa de balbuceo y que probablemente no ha encontrado todavía su definición precisa.

A pesar de todo, el gran gigante que es Televisión Española sigue dominando el panorama. Aunque perdió 3.000 millones de pesetas en el primer trimestre de 1990 en relación con el mismo período del 89, acapara el 70% de la inversión publicitaria total en las distintas cadenas.

La situación actual puede definirse con una sola palabra: confusión en las privadas y en las públicas, en las que incluimos las autonómicas. Además, las directrices de la Comunidad Europea exigen que la televisión estatal se financie o con publicidad o con subvenciones del Estado, pero nunca de una manera mixta. En líneas generales, hasta este momento no puede afirmarse que las televisiones privadas hayan contribuido a que los españoles adquieran un mayor grado de cultura o de responsabilidad. Antes bien, parece lo contrario. En multitud de ocasiones la zafiedad y la chabacanería han inundado la pequeña pantalla y han arrastrado a la televisión pública por este camino.

Observatorio. Marzo 1991

Investigación en vertederos

Un investigador americano, el profesor Rathje, dedicado a la arqueología, decidió hace 20 años aplicar las técnicas de su especialidad al estudio de vertederos, pensando que si aprendíamos algo de nuestros antepasados al estudiar restos arqueológicos, también podremos aprender algo de nosotros mismos viendo nuestros residuos.

Entre las muchas teorías curiosas que ha formulado figura su escepticismo ante la biodegradabilidad como solución al problema de los residuos. Apoya su tesis en varios centenares de periódicos que ha encontrado y que permanecen legibles después de 20 años en el vertedero, y en una zanahoria que se conserva bien sólo ligeramente ennegrecida tras otros 20 años de enterramiento.

Los derechos del hombre

El Protocolo adicional n.º 9 de la Convención Europea enmienda el artículo 5 del año 1950 en el sentido de incluir a las personas individuales en la lista de los que pueden apelar al Tribunal de los Derechos del Hombre.

Sin embargo, el hecho de reconocer a un individuo el derecho de apelación no implicará un derecho absoluto de comparecencia personal en el procedimiento ante el Tribunal (quienes estén en prisión podrán solamente hacerse representar).

Para los especialistas, esta reforma es un desarrollo lógico del sistema de control de la Convención. Desde 1974, el Tribunal había constatado que la «igualdad de fuerzas» no estaba garantizada.

El nuevo protocolo entrará en vigor cuando haya sido ratificado en la Convención al menos por 10 partes.

España en el objetivo

El gran artista Alberto Schommer, colaborador de NUEVA REVISTA, expone desde el mes de enero hasta mediados de marzo una selección de fotografías que, bajo el lema «Retratos 1969-1989», ofrecen en la galería de la Biblioteca Pública de Información del Centro Pompidou, de París, una visión de España a través de sus personajes más relevantes. Así, banqueros, artistas, políticos, deportistas, obispos y toreros, etcétera, tal como fueron captados por el objetivo de Alberto Schommer, muestran las diversas caras, actitudes y gestos representativos de un país que vivió desde 1969 a 1989 uno de los procesos más intentos y apasionantes de su historia.

Las fotografías se agrupan en secciones que facilitan la localización de los personajes y marcan distintas formas de interpretar la imagen y el enfoque, en función del significado que el artista quiere transmitir.

El primer apartado incluye la colección de «Retratos psicológicos» publicados en ABC desde 1969 a 1973. El segundo, con el nombre de «Descubrimientos», ofrece fotografías aparecidas en El País desde 1981 a 1989, cerrando la muestra dos series recientes tituladas «Caretas» y «Actitudes».

Schommer ha conseguido, a través de sus cámaras, recoger algo más que rostros y gestos, retratando el estilo personal, el espíritu que pretende pasar inadvertido bajo la aparente indiferencia del rostro.

Seminario sobre las fundaciones

La Fundación «Humanismo y Democracia» acaba de celebrar un seminario bajo el título «El desarrollo del derecho de Fundación», dirigido por Miguel Ángel Cortés, portavoz de Cultura del Partido Popular.

Entre los participantes en el acto se encontraban Eduardo García de Enterría, José Vidal Beneyto, Antonio Sáenz de Miera, José María de la Cuesta, Alfredo Pérez de Armiñán, José Luis Álvarez, Íñigo Cavero y Javier Tusell, director de la Fundación.

En las distintas ponencias se expuso la necesidad imperiosa de una ley de Fundaciones que, en desarrollo del artículo 34 de la Constitución, modifique la actitud de los poderes públicos frente a las fundaciones, pasando a ser una actitud de fomento, impulso e incentivo, en lugar de limitadora y controladora heredada de los momentos desamortizadores y desvinculadores del siglo pasado.

Entre las conclusiones de los exponentes se dijo que la necesidad de esta ley se debe no sólo a una experiencia constitucional de hacer real y efectivo un derecho allí reconocido, sino también a dar respuesta a un fenómeno social en auge, tanto en España como en Europa, en la mayoría de cuyos países encuentra un tratamiento mucho más favorable que en el nuestro. La libertad de movimientos que ya está en puertas en la Comunidad hará que cambie la situación en España; también las entidades filantrópicas conocerán climas más benévolos, se añadía en las conclusiones.

José María Aznar, en la clausura del seminario, anunció la presentación por su grupo de una Proposición de Ley sobre Fundaciones, calificando de piedra de toque de la actitud sobre la libertad y la sociedad la postura que se adopte en la toma en consideración de la misma.

50 aniversario de la muerte del Rey Alfonso XIII

Se cumplen en estos días los cincuenta años del fallecimiento del Rey D. Alfonso XIII en Roma, en el exilio.

¿Cómo era Don Alfonso? Salvador de Madariaga consideraba que el Rey «era un político de primer orden pero no un hombre de Estado». En realidad, las dificultades políticas del primer tercio del siglo XX fueron extraordinarias y ni el Rey ni sus hombres de confianza fueron capaces de consolidar un régimen político que conciliara las libertades civiles, el parlamentarismo y la moderna democracia. Hay que decir que, en los años treinta, en ausencia de Don Alfonso, tampoco los dirigentes republicanos fueron capaces de estabilizar un régimen democrático respetuoso de las libertades y derechos de todos los españoles. Y es que en toda Europa se planteó en aquellos años la transición del liberalismo decimonónico a las modernas democracias de masas y éste fue un proceso en el que lo excepcional fue obtener resultados positivos y de integración (como en Inglaterra), y lo normal que se produjera una profunda crisis social y política (como en Rusia, Alemania, Austria o Italia).

El balance final del reinado de Alfonso XIII fue muy positivo para nuestro país, con impresionantes avances en el sistema económico, en la vida cultural y en la convivencia política. En el «debe de su reinado está la aceptación del Rey de la Dictadura de Primo de Rivera entre 1923 y 1929, que si bien fue un régimen inicialmente bien recibido por parte de la opinión, al final arrastró consigo a la Monarquía y polarizó aún más la difícil convivencia de los españoles.

Nueva Revista en Barcelona

El pasado día once de febrero NUEVA REVISTA presentó ante los medios de comunicación de Cataluña su número 11, el de su primer aniversario, en que aparecían las Conversaciones con el Presidente Pujol y el Alcalde Maragall, y otros varios artículos e informaciones especialmente dedicados a la vida política, social y cultural catalanas. El acto tuvo lugar en el Hotel Ritz de la Ciudad Condal.

Nuevos productos de los 90

Indudablemente, al mismo tiempo que se ha ido haciendo más amplio el campo de los electrodomésticos, tanto de la línea blanca como de la línea marrón, es fácil anticipar que tendremos más y mucho más perfeccionados aparatos en este sector. Fue en la pasada década cuando se popularizaron muchos aparatos y utensilios para el hogar y la oficina, tal como por ejemplo los microondas y los vídeos, y también distintos modelos de fotocopiadoras, los ordenadores personales, los telefax y los procesadores de textos, que acabaron por hacerse indispensables. La climatización integral adquirió tal difusión que no es concebible un proyecto de edificación sin incluirla. Los sistemas de seguridad, los llamados edificios inteligentes, y en el campo de automoción la dirección asistida, los sistemas de antibloqueo, la informática aplicada al vehículo, se incluyen no sólo en los automóviles de lujo, sino ya en los de serie. El mando a distancia también se aplica con creciente difusión para accionar prácticamente todo.

En la década de los noventa se producirá además, y como consecuencia de la liberalización tanto política como económica y del avance tecnológico que supone, por un lado, la digitalización y, por otro, el empleo de satélites, una auténtica revolución en el campo de las telecomunicaciones. Los teléfonos de bolsillo serán de uso corriente y el entronque entre teléfono, ordenador y banco de datos pondrá a disposición del usuario un material informativo, educativo, de gestión y comunicación, inconcebible hace sólo unos pocos años. Así pues, tanto la informática como la robótica acercarán, si no físicamente sí funcionalmente, la oficina, los gabinetes de estudios, los laboratorios, los bancos de prueba y las líneas de producción. Son, sin duda, áreas de fuerte componente innovador.

El avance tecnológico que entraña la televisión de ata definición puede ser fundamental para la futura electrónica del consumo y de los servicios: un mercado de millones de dólares.

Probablemente aparecerá en el comercio con gran despliegue publicitario la televisión de alta definición (HDTV). Sorprende, ciertamente, en primera instancia, el revuelo por la televisión de alta definición. Parece como si los actuales televisores que existen en el mercado no fueran capaces de ofrecer imágenes muy nítidas y coloridos muy buenos, de modo que no sería necesario el capricho de cambiar los actuales modelos por los de alta definición sólo porque al tener cuatro veces más señales se mejora la calidad de las que obtenemos hoy día. Pero la razón es más compleja: la tecnología que requiere la televisión de alta definición puede ser aplicable a multitud de otros aparatos y procesos en el campo de la comunicación y de la información, permitiendo transmitir y reproducir las más variadas señales a grandes distancias. El avance tecnológico que entraña la TV de alta definición puede ser fundamental para la futura electrónica del consumo y de los servicios: un mercado de miles de millones de dólares. Ahora se comprende el creciente interés de los gobiernos por este sistema. Parece que Alemania y Francia han llegado a un acuerdo para su desarrollo. Estados Unidos es reticente a participar como gobierno. El Japón, en este campo como en otros, va por delante.

Los recientes acontecimientos políticos y bélicos del Golfo Pérsico han puesto de nuevo muy claramente de manifiesto dos cuestiones que quizá estaban un tanto olvidadas: la importancia de la energía en el mundo actual, hoy por hoy, y, como consecuencia de ello, la importancia del petróleo. Si el mundo consume 8.000 millones de toneladas equivalentes de fuel oil, unas 3.000, o sea, un 35%, son procedentes del petróleo.

Estudios energéticos y biogenéticos

No se pretende en este artículo esbozar un resumen de energías alternativas ni tampoco un juicio sobre la conveniencia o no de la opción nuclear, pero sí dejar constancia que por varios caminos, uno de ellos el del ahorro energético, otro la gasificación del carbón o la mejor combustión del fuel, sin olvidar el aprovechamiento hidráulico integral, y el reprocesamiento de residuos nucleares, nos iremos adentrando en la década, hasta que en el nuevo siglo la fusión sea una realidad. Se está avanzando mucho en este campo, y el proyecto JET (Joint European Tours), en donde participan todos los países de la CEE, además de Suecia y Suiza, ofrece resultados prometedores.

Ha quedado demostrado que la gran complejidad de la vida no es otra cosa que la complejidad de sus genes, y que cuanto sobre ellos se pueden obtener características biológicas predeterminadas.

No parece que el proyecto de los profesores Pons y Fleishmann sobre la fusión fría sea concluyente en este campo. Sí, en cambio, puede que se avance de forma notable en el campo de la superconductividad. Recordemos muy brevemente en qué consiste. Es conocida la propiedad de ciertos cuerpos en virtud de la cual su resistencia al paso de la corriente eléctrica se hace prácticamente nula al enfriarlos hasta, teóricamente, el cero absoluto (273 °C bajo cero). Una vez más nos hallamos ante un descubrimiento europeo, perfeccionado por los americanos y en el que han tomado la delantera los japoneses, verdaderos maestros en la puesta a punto de nuevos materiales. Ya consiguen superconductividad en compuestos cerámicos a 130 °K (por encima del cero absoluto).

Se vislumbra ya el día que obtengan aplicaciones prácticas en el campo de los electroimanes, motores, generadores, aunque parece que se comenzará la aplicación práctica de la superconductividad en la producción de microchips ultrarrápidos. Levitación magnética y transmisión energética quedarán para ver la luz el próximo siglo, y no olvidemos que la energía eléctrica, que, como consecuencia de la resistencia eléctrica, se transforma en calor y llega a alcanzar cifras muy altas, es una limitación grande en el área electromagnética, en el de la microelectrónica y, naturalmente, en el de la transmisión.

El primer campo de aplicación práctica de la biotecnología es casi tan antiguo como el hombre. Efectivamente, fue la agricultura donde los primeros hombres comprendieron que mediante riegos, roturación, empleo de abonos naturales al principio, químicos después, se obtenían mejores rendimientos en las cosechas. Posteriormente con los pesticidas y fungicidas y ciertos tipos de productos, se dio la voz de alarma por el efecto contaminante del empleo en forma masiva y descontrolada de ciertos compuestos químicos. La agricultura, con su componente fatalista, dependiente tanto de factores externos, es objeto de atención por parte del hombre para asegurar las cosechas, incrementarlas, protegerlas, y así en época relativamente reciente se masifican los cultivos protegidos, los riegos por aspersión y por gota a gota, los abonos selectivos, que veremos avanzar sin duda en la década de los noventa y siguientes.

En cuanto a la biogenética, tiene sin duda un iniciador en el famoso monje austriaco Jorge Manuel Mendel, quien descubrió en 1865 los genès y formuló sus famosas leyes, que, sin embargo, no fueron conocidas hasta principios de siglo. El siguiente paso decisivo en este campo lo dieron el biólogo norteamericano James Watson y el físico inglés Francis Griek, que compartieron el Premio Nobel en 1962 por el descubrimiento de la estructura de doble hélice del gene y su composición, ácido desoxirribonucleico (ADN), que tanta difusión posterior ha tenido. Fue la iniciación de todo un proceso que actualmente y en el futuro inmediato y a más largo plazo se denomina el proyecto «genoma». Ha quedado demostrado que la gran complejidad de la vida no es otra cosa que la complejidad de sus genes y que actuando sobre ellos se pueden obtener características biológicas predeterminadas. Fue en el año 1970 cuando el biólogo norteamericano Norman Borlang, también premio Nobel, cruzando diferentes tipos de trigo americano y japonés, consiguió una variedad, que llamó Sonora, de tallo corto y mucho grano, y con una notable capacidad de resistencia a la climatología adversa. Su contribución a la lucha contra el hambre de ciertas zonas del planeta ha sido muy grande. Por ejemplo, un país como la India cuenta hoy con stocks de trigo casi tan grandes como los de la Comunidad Económica Europea, y pueden hacer frente a las necesidades de harina de su creciente y necesitada población.

El investigador solitario, con escasos medios, el genio de otra época, está ahora integrado en un complejo científico y forma parte de un equipo de científicos que trabajan sobre un proyecto.

Veremos sin duda tomates y otras legumbres de gran tamaño y resistencia al almacenamiento, frutos de gran aguante ante las plagas, y así sucesivamente. No estamos aún absolutamente seguros de que los efectos secundarios de tales acciones puedan ser los deseados, y por ello se debe avanzar con toda cautela.

En cuanto al hombre, el estudio de su «genoma» constituye sin duda uno de los temas más apasionantes de la ciencia biológica actual. Su «genoma», que no es otra cosa que el libro de instrucciones de todos sus genes, alrededor de 100.000 (se conocen unos 5.000), se estudia en Europa, Estados Unidos y Japón sin descanso. La manipulación genética sin control puede dar verdadero miedo; recientemente hemos asistido en los Estados Unidos a las polémicas actuaciones de los Doctores Anderson, Rosenberg y Belaise al lanzarse con tratamientos biotecnológicos a la curación de la enfermedad de insuficiencia inmunológica que da lugar a los niños «burbuja». Todavía pertenece a la ciencia-ficción, lo que podíamos llamar seres humanos a la medida: de altura, color de ojos y pelo, memoria, inteligencia, carácter… El tema rebasa los límites de la medicina, que con encomiable esfuerzo pretende avanzar en el tratamiento de las enfermedades por vía de la genética. En todo caso, no cabe duda que las informaciones que se derivan del «genoma» humano deben quedar de forma absoluta y total como patrimonio de la intimidad personal de cada individuo.

Nuevos materiales

Una serie de nuevos materiales cada vez de mayor complejidad saldrá de los laboratorios y centros de experimentación para incorporarse a los nuevos productos. Por ejemplo, los compuestos de «gallio» (especialmente el arseniuro) compiten en muchos casos con el famoso «silicon» de los chips. El poder conductor de la electricidad, o, lo que es lo mismo, la menor resistencia al flujo de los electrones, los hace particularmente interesantes, también en la transmisión optoelectrónica.

Volviendo la vista hacia los materiales de uso actual, se puede predecir tiempos difíciles para ciertos plásticos, especialmente los más tradicionales y de consumo más extendido. Así, el PVC (cloruro de polivinilo) y aquellos en cuyo proceso de fabricación participen ácidos como el clorhídrico o compuestos clorofluorocarbonados se encuentran en la lista negra de todos los que están preocupados por la contaminación del medio ambiente. Su destrucción no está bien resuelta tampoco. La verdadera dificultad estriba en que para ciertos sectores, tal como la industria del embalaje, su sustitución por otros causaría un daño aún mayor al medio ambiente. Se están encontrando nuevas aplicaciones a los llamados plásticos de segunda generación, como los compuestos de fibra de carbono (Kevlar), por su ligereza, resistencia y durabilidad. Han logrado sustituir con ventaja en muchos casos al aluminio. En general, la tendencia es ir hacia los «composites», verdaderas amalgamas de metales con cerámica, fibras de carbono y vidrio, fibras metálicas con otros metales, y que dan lugar a materiales que tratan de reunir la ligereza, durabilidad y resistencia a las altas temperaturas. La industria electrónica, la aeroespacial y hasta la de la construcción, entre otras, contarán con nuevos materiales que, con menos peso o con más eficacia, sustituirán los materiales que podíamos llamar convencionales.

Investigación y desarrollo

De la misma forma que es inconcebible que la industria moderna pueda subsistir sin un empeño permanente de mejorar su productividad y su calidad, tampoco puede hacerlo sin un componente innovador y sin dedicar una parte importante de sus efectivos humanos y materiales a la investigación y desarrollo (I+D). También en este campo la evolución es muy notable. El investigador solitario, con escasos medios, el genio de otra época, está en el mundo moderno generalmente integrado en un complejo científico y forma parte de un equipo de científicos que trabajan sobre un proyecto. El maridaje universidad-empresa, tan corriente en los Estados Unidos, ha dado excelentes resultados. En otros casos, también en América y Japón las grandes empresas reciben apoyos estatales en forma de subvención o pedidos para la defensa ino agencias estatales como la NASA, DEAa, etc. Y sin embargo los grandes proyectos con cargo a los presupuestos nacionales en los Estados producen reacciones análogas a las que se manifiestan con las empresas públicas. Dan la sensación -con razón o sin ella- de cierto despilfarro producido por su grandiosidad burocrática. Tal es el caso del Telescopio Hubble -2.000 millones de dólares de inversión, o el del SSC (Superconducter Super Collider), de un presupuesto semejante, o del ya citado del Genoma Humano, en donde se dan cifras de 3.000 millones de dólares, por no citar más que tres ejemplos.

En la década de los noventa se producirá una auténtica revolución en el campo de las telecomunicaciones.

La Comunidad Económica Europea ha promocionado, entre otros, el programa ESPRIT (para el desarrollo de la información), el RACE (para el de las comunicaciones), BRITE (nuevas tecnologías en industrias tradicionales) y el ya mencionado JET. Es notable el avance en algunos de estos programas. Aparte de lo ya apuntado sobre el programa JET, en el programa ESPRIT (European Strategic Program for Research in Information Technology) la colaboración anglo-francesa y los alemanes por su lado han logrado combinar en un procesador memoria, comunicación y cálculo, en cantidad y a velocidades increibles, todo ello en espacios reducidísimos. Es la técnica llamada «proceso en paralelo» (en alternativa a la de «procesamiento en serie»). Por primera vez un gran avance en este campo no viene de los Estados Unidos o del Japón.

Así, se podrían citar otros logros y anticipar más y mejores productos y procesos que tienen en su origen la creatividad, espíritu innovador del hombre o del equipo humano.