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Ver productos1 Mar 1991 - 25min.
EI nuevo Vocabulario Científico y Técnico» representa todo un gesto por parte de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, un gesto a la vez de esperanza y de sano escepticismo. Permítaseme que explique por qué creo ver en este diccionario esa fecunda mezcla de ánimos y duda razonable.
Uno de los dichos populares más habituales es también uno de los más engañosos. Me refiero al latiguillo hablando se entiende la gente». El monstruoso optimismo que encierra tal máxima se ve desmentido a diario por la Historia con hache mayúscula y por mil menudas historias con hache minúscula: parejas que llevan años en un diálogo de sordos, naciones que llevan siglos de vecindad embrollada, religiones que llevan milenios de guirigay.
Y no sólo la experiencia cotidiana contradice el refrán, sino que ahí está el concepto científico de idiolecto, término con que la lingüística designa la lengua específica de cada individuo. La singularidad del idiolecto viene dada por el cúmulo de vivencias personales que condicionan el eco peculiar que las palabras, acentos y construcciones sintácticas tienen para cada uno de nosotros. Como no hay dos vidas iguales, el poso vital que se va sedimentando en el individuo colorea poderosamente su lenguaje personal. La palabra guerra no significa lo mismo para el que estuvo en el frente y para el que no estuvo; ni siquiera tiene la misma resonancia para el aviador que para el marino, pues han conocido distintos tipos de guerra, con sonidos, colores y hasta olores diferentes, por lo que la palabra evoca una quintaesencia singular de sensaciones y sentimientos en cada individuo.
Pero veamos un ejemplo clásico para observar el camino inevitable de lo general a lo particular, del símbolo universal a la incomunicación última. Recordemos el momento acaso más solemne de nuestra cultura. En la Última Cena, tal como la relata San Mateo, «Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos». Es sabido que los Evangelios, el libro más traducido del mundo, ofrecen graves dificultades a la hora de vertirlos a idiomas alejados de la cultura mediterránea, lenguas de hombres que desconocen por completo cosas tan frecuentes en las Sagradas Escrituras como el vino o la pesca. Se comprende, pues, el problema de hacer inteligible el versículo citado para quien nunca ha comido ni visto el pan, para un esquimal, por ejemplo, o un tuareg. Incluso se nos alcanza que el pan de hace dos mil años, en Jerusalén, podía no parecerse al de hoy. Mas si ahondamos en la cuestión y aclaro que no lo hago en sus aspectos teológicos, sino semánticos-veremos que aun entre los contemporáneos pertenecientes a la misma cultura el vocablo pan no suscita idéntica imagen automática. A la mente de unos vendrá el pan candeal, moreno a la de otros, con hechuras y tamaños de lo más variados, según las costumbres locales y el gusto de cada persona. Más todavía, en cada familia habrá preferencias que heredarán de forma desigual los hijos. Y en última instancia, ¿quién nos asegura que dos mendrugos del mismo pan saben igual en dos bocas distintas? A uno puede gustarle y a otro no, con lo que el reflejo condicionado se va formando de manera también distinta. A fin de cuentas la expresión «más bueno que el pan» puede parecer absurda a quien detesta dicho alimerito, como el antiguo lugar común poético «besos más dulces que el vino» parece hoy ilógico al lector medio, acostumbrado a vinos cada vez más secos, y en cambio sí suena apropiado a oídos del viejo aficionado al oloroso con pastas de media mañana.
No se trata de logomaquias bizantinas sino de un hecho muy real, de cuyas consecuencias nos percatamos a menudo aunque más o menos conscientemente. Cada vez que alguien nos dice «te quiero mucho» o «le pagaré pronto» o «el monte tal queda aquí cerca» comprendemos que no sabemos qué significa mucho, pronto o cerca. Ni siquiera sabemos qué significa para nuestro interlocutor el verbo querer. Nuestro interlocutor está hablando su idiolecto. Nosotros, naturalmente, también el nuestro propio, aunque creamos que es el verdadero patrón universal, paradigma de precisión objetiva. Pero el caso es que podemos conversar durante años sin llegar a saber a ciencia cierta lo que el otro quiere decir en su idiolecto. Hablando no se entiende la gente.
Ahora bien, como a veces es imprescindible reducir al mínimo el margen de error, el hombre ha inventado diversas jergas especializadas para al menos mitigar en cada una de las correspondientes actividades la confusión que engendra el subjetivismo. La terminología jurídica y en concreto la de la letra de cambio son un modelo de precisión objetiva comparadas con la expresión «le pagaré pronto». La descripción topográfica es un prodigio de exactitud frente a la frase «queda aquí cerca». Y sin embargo pleiteamos y nos extraviamos en la sierra, y no siempre por mala fe o por necedad. ¿Por qué entonces?
Si estamos de humor filosófico podemos atribuir el malentendido crónico en que vive el hombre al hecho evidente de que la realidad es inefable. Inefable, claro está, en el sentido estricto de la palabra: indecible, inexplicable, a veces enmudecedora. Las palabras no bastan para explicar el mundo. La lengua se inventó para comunicarse, para transmitir información, pero nunca cumple del todo su misión. Ni siquiera lo consigue con ayuda de otros lenguajes complementarios, bien sean arcaicos como la mueca, el gruñido, el gesto, bien sean modernos como la fórmula matemática o la fotografía. De puro vasta y compleja, la realidad es irreductible a unos cuantos sonidos o líneas, a pequeños símbolos. Ni Proust con varios millones de esos pequeños garabatos que llamamos letras explicó por completo los celos ni Einstein con cinco explicó el universo.
Si por el contrario estamos, más modestamente, de humor filológico cabe achacar el perpetuo malentendido de los hombres a la tensión insoluble entre llaneza y exactitud. La llaneza -virtud no chica cuando hay que comunicar algo se convierte en simpleza si pasa de ciertos límites. Esos límites los marca la información que se pretende transmitir: si es mucha y compleja, la única manera de transmitirla al interlocutor será con un lenguaje muy exacto. Ocurre, empero, que a su vez la exactitud no puede traspasar ciertos límites so pena de convertirse en enigma. Precisamente uno de los académicos redactores de este «Vocabulario científico y técnico», don José Javier Etayo, cuenta cómo al proponer una alternativa más rigurosa a alguna de las definiciones contenidas en este léxico siempre le replicaba algún compañero de fatigas: «Sí, ahora te ha quedado muy bien, pero ya no hay quien lo entienda». Y nuestro lexicógrafo concluye resignado: «Parece, pues, que la cosa se ventila entre la exactitud de una definición y su facilidad para entenderla».
Ahí está el quid. No siempre es posible avenir sencillez con precisión. Si por sencillez o llaneza en el lenguaje entendemos la capacidad de expresarse en palabras comunes y claras, habrá que reconocer que ciertas faenas complicadas como gobernar un barco, hacer taracea o calcular una órbita celeste imponen el abandono ocasional del lenguaje común por insuficiente y el recurso a una jerga complementaria. Por supuesto esta necesidad no afecta a políticos y periodistas, inventores de la única jerga inútil que conoce la Historia. Cuando uno dice «no se puede hipotizar un futurible» (en vez de «no se puede adivinar el porvenir») está enunciando una perogrullada con palabras inexistentes o rimbombantes. Ahí la llaneza le hubiera traído más cuenta. En cambio cuando un marino ordena «larga escota del trinquete; caza mayor al medio» es que no tiene otra manera de decirlo. Igual le pasa al médico si dice «la talasemia es una deficiencia en la producción de hemoglobina A». Ninguna de las tres frases citadas es llana; el hombre de la calle no las entendería. Pero las dos últimas son inevitables tecnicismos. Cualquier otra formulación en habla vulgar sería peligrosamente vaga. El tecnicismo es un mal menor. Peor es la ambigüedad. El ideal sería que cada uno de nosotros conociese todos los vocabularios especializados existentes en nuestra civilización. De hecho así ocurre en las sociedades primitivas, donde cualquiera puede dominar todas las terminologías peculiares pues pocas son las técnicas correspondientes, tan sólo caza y pastoreo, por ejemplo, y además son ejercidas por todos. Es la división del trabajo la que fragmenta el habla común en jergas, dejando únicamente un núcleo de lenguaje general.
En realidad, pues, llamamos tecnicismos al lenguaje de cualquier profesión que no sea la nuestra. Todos los oficios y todos los saberes tienen su jerga, por lo general tanto más hermosa cuanto más viejo y humilde es el menester. Esa jerga tiene mayoría de palabras desconocidas para los profanos. Piénsese en el habla de los toreros, de los carpinteros o de los músicos. Tan sólo entendemos una parte de su léxico especial, y es la parte que corresponde a los objetos o procedimientos tan extendidos que alcanzan al gran público, y entonces esas palabras pasan a engrosar el caudal del lenguaje general. No hace falta ser corchero para saber lo que es un alcornoque, pero quizá sí para saber lo que es el bornizo.
Igual ocurre con el vocabulario de las ciencias modernas y de las técnicas. Cada año necesitan acuñar docenas o centenares de términos nuevos para describir inventos o descubrimientos. Y algunos, pocos, se popularizan. Los tecnicismos se vuelven familiares cuando lo que describen -sea una enfermedad, una máquina o un concepto- afectan o interesan a la mayoría de la gente.
Al llegar a ese punto de absorción social, el público suele rebelarse contra el tecnicismo puro y duro -que por lo general es polisilábico, complicado y de origen griego- y lo simplifica de una de estas maneras:
Pero también los mismos científicos inventan a veces palabras simples y que suenan a castizo. Eso ocurrió en el siglo XVII con el vocablo gas, acuñado por un químico y médico flamenco, Van Helmont, inspirándose en la palabra latina chaos y en la palabra holandesa geest (espíritu). A España no llega hasta principios del siglo XIX este término, pero pronto se populariza hasta el punto de originar incluso frecuentes expresiones figuradas. Seguro que Juan Bautista van Helmont, descubridor además del jugo gástrico, nunca pensó que su neologismo tendría tanto gas.
Otro fenómeno curioso es el que se produce cuando el término comercial suena más fácil que el técnico: aspirina dice la gente, no ácido acetilsalicílico. No es la única marca registrada más popular que el tecnicismo correspondiente; pasa lo mismo con delco, klaxon o gramófono, voces tan usuales que casi ningún hablante sabe al emplearlas que está utilizando un nombre comercial.
Hemos empezado a ver, así pues, cómo en una extraña aplicación lingüística del ciclo del agua (evaporación, nubes, lluvia, arroyos, ríos, mar, evaporación y nubes de nuevo) los hombres intentan remediar su esencial incomunicación acuñando neologismos técnicos que aspiran a la precisión absoluta, y cómo el propio éxito de algunas de esas palabras las populariza y devuelve al caudal común del lenguaje, donde terminan perdiendo consistencia y concreción y provocan el nacimiento de nuevos términos supuestamente exactos, al igual que una gota de agua o un copo de nieve tienen una individualildad y una pureza iniciales que desaparecen al ir engrosando el grande y lento río del idioma. Por ello la lexicografía, al pretender fijar las definiciones de los vocablos, es labor heroica y semejante a la de Sísifo, que subía incansable una piedra a la montaña desde donde siempre volvía a caer. Ningún diccionario es definitivo, tan sólo provisional, y sus beneméritos redactores lo saben. Saben que las palabras y sus significados son meras, pálidas reproducciones de las actividades, saberes y sueños de los hombres; saben que éstos, en su patético frenesí, cambian cada vez más deprisa de fetiches verbales. No ignoran los lexicógrafos que ya no basta el diccionario-foto, imagen estática de un momento de la evolución de la lengua y por tanto anticuada al cabo de unos años, sino que hay que aspirar al diccionario-cine, imagen dinámica de un léxico cambiante conseguida mediante sucesivas ediciones periódicas de la obra. Ésa es la ardua empresa que la Real Academia de Ciencias continúa con esta nueva edición, muy ampliada y corregida, de su Vocabulario Científico y Técnico». Dos cosas dificultan y a la vez facilitan el empeño: la internacionalización del lenguaje científico y la lluvia de neologismos. Ambas son evidentes, pero también mal comprendidas.
Solemos creer que un neologismo es simplemente «una palabra nueva». No es eso, sin embargo, lo que dice la Real Academia de la Lengua. Su Diccionario define neologismo como «vocablo, acepción o giro nuevo en una lengua». Es decir que el neologismo puede ser también una palabra vieja con una nueva acepción o una palabra vieja en otra lengua y nueva en la nuestra. Por ejemplo, en el lenguaje juvenil contemporáneo existen incontables neologismos, pero ninguno, que yo sepa, es palabra demostrablemente nueva. Examinando uno al azar, chupa (en el sentido de chaquetón o cazadora), descubrimos que procede del árabe, pasó al castellano antiguo como aljuba, luego jubón, después entró en el francés y volvió al español en el siglo XVIII ya como chupa (chaquetilla). O veamos otra palabra de la jerga estudiantil, cate, suspenso en un examen. Cabría pensar que fue inventada hace dos o tres generaciones por algún mal estudiante ingenioso. Pero resulta que, como extensión de su significado de golpe, la palabra viene de la lengua gitana (donde caté quiere decir bastón) y ésta lo tiene del sánscrito, donde kastha significa madera. Otras tantas prosapias de rancio abolengo podríamos encontrar a las voces populares piropo, caco o mamotreto, que vienen todas bastante derechas del griego clásico. Así es que las palabras coloquiales nuevas rara o ninguna vez son tan nuevas como se cree.
Lo mismo ocurre en el léxico científico: abundan los neologismos, mas no las palabras radicalmente nuevas. Podría pensarse que el ritmo acelerado de descubrimientos e inventos entraña un tropel paralelo de palabras absolutamente cuneras, incluseras, sin padres conocidos, venidas al mundo con el exclusivo fin de dar cuerpo lingüístico a los artefactos recién inventados. Habrá quien crea que el científico, agotado tras el esfuerzo inventor, se refresca con el entretenimiento de buscar un nombre nuevo consistente en una combinación más o menos eufónica de sílabas caprichosas. Pero la imaginación humana no es tan perversa. En su inmensa mayoría los vocablos técnicos modernos están pergeñados con otros vocablos mucho más antiguos, casi siempre griegos o latinos, que se combinan enteros o en sus raíces. El procedimiento resulta evidente en compuestos como teléfono (del griego tele, lejos, y fonein, hablar), termómetro (de zermos, caliente, y metron, medida) y otros miles de términos que, en irónica paradoja, acuden a una lengua muerta para dar vida a los nuevos artilugios o nociones. Incluso en el caso extremo de una palabra inventada ex profeso, como antes vimos en el caso de gas, su inventor tuvo presentes otras voces de vieja raigambre. El nombre de la partícula elemental hipotética, quark, que suena tan estrambótico, fue propuesto en 1961 por el físico Gell-Mann para designar unas partículas subatómicas inconcebibles hasta entonces, pero la palabreja la encontró en Finnegans Wake, obra escrita en 1939 por James Joyce en pleno arrebato de producción neologística a partir de viejos fonemas con alusiones cultas. Más aún, las propias palabras científicas más incluseras al parecer, las formadas con siglas como las antes citadas, pueden naturalmente ser reducidas a las etimologías de sus componentes, que en el mencionado ejemplo de SIDA son todas palabras de reconocida paternidad grecolatina. En puridad, el único neologismo auténtico sería el elaborado por un ordenador al que hubiésemos dado instrucciones de combinar al azar unas letras, por ejemplo tres consonantes y tres vocales, alternándose para que el engendro resultase pronunciable. Eso, hasta donde llegan mis noticias, no se ha hecho aún. Luego no existe el neologismo riguroso, quizá porque el ser humano rechazaría instintivamente cualquier habla que no fuese eco de algo: eco histórico, eco cultural, eco al menos onomatopéyico. El ser humano es bastante más tradicional de lo que han creído los intelectuales desde Rousseau en adelante.
En suma, nada revelaría a los científicos —acostumbrados a la idea de que la materia y la energía ni se crean ni se destruyen sino que tan sólo se transforman— si les dijese que el lenguaje tampoco se crea, se transforma. Se trata, por lo demás, de sopesar la importancia de los neologismos relativos, de los neologismos en el sentido amplio del término, en el lenguaje científico. Y está claro que dicha importancia es muy grande, como lo son sus repercusiones en la tarea lexicográfica.
Por un lado los neologismos, y más si son científicos, facilitan esta labor, puesto que dichas palabras nacen ya con un significado muy preciso, el correspondiente al nuevo objeto o idea que encarnan, y no adolecen de la vaguedad propia de muchas viejas palabras deshilachadas por el uso, las modas o las distintas acepciones regionales. Siempre será más fácil averiguar el significado unívoco del neologismo mercaptopurina que el equívoco sentido del añejo y vulgar vocablo borde. Pero no es lo mismo y ahí empiezan los inconvenientes de los neologismos- conocer el significado exacto de una palabra que saber definirla con claridad, precisión y brevedad. Para comprender el problema veamos primero el caso de una palabra nada nueva sino muy vetusta y que corresponde a algo de sobra conocido: azul. ¿Cómo definirlo? El Diccionario de la Real Academia Española sale gallardamente del paso así: «Azul. Del color del cielo sin nubes». No está nada mal. Se entiende. Covarrubias ya lo había definido casi igual hace cuatro siglos. La claridad de la definición es meridiana y sin nubes. Pero se comprende que a un científico le parezca deplorable imprecisión. Sin duda por eso, y un poco azarado, el Diccionario añade: «Es el quinto color del espectro solar». Error, histórico error. Porque una vez que se abandona el idioma llano y se entra en el científico hay que llegar hasta el final, y el final puede ser muy enrevesado, y además se aleja cada año, al compás de los adelantos científicos. Por eso este «Vocabulario Científico y Técnico» reza así: «Azul. Color que corresponde a la sensación producida por el estímulo de longitudes de onda alrededor de 475 nanómetros». Esta definición es más exacta, pero para entenderla hay que saber algo de física e incluso de las características psicofísicas de la luz. Para colmo habrá que modificarla cada vez que se descubran nuevas formas más precisas de medir o definir la realidad. Pues bien, si una de las palabras y cosas más antiguas hay que definirla con arreglo a criterios incomprensibles para muchos, piénsese lo que ocurre con los neologismos científicos, que por antonomasia responden a lo más novedoso de la ciencia. Supongo que el lexicólogo se angustiará al tener que escoger entre una definición lacónica pero críptica, casi oracular, y otra descriptiva no sólo del objeto definido sino de los mismos términos usados en la definición.
En cuanto a la internacionalización del lenguaje científico, se trata de otro fenómeno de capital importancia en el quehacer lexicográfico, y es también un fenómeno ambiguo: es nuevo pero menos, muy extendido pero no total, y bueno o malo según se mire. Sin remontarnos a la hegemonía del latín -que aún perdura- en el lenguaje jurídico y eclesiástico, hace ya muchos siglos que las artes y las ciencias empezaron su homogeneización terminológica, al menos en el mundo occidental. En algunos saberes y actividades el predominio de ciertas naciones era tal que casi toda su jerga tiene el mismo origen nacional: el lenguaje de la heráldica es francés como el de la música es italiano o el de los deportes es inglés, y las demás lenguas no hicieron sino adaptar con leves retoques ortográficos las palabras importadas. En estos casos hubo internacionalización del lenguaje especializado, pero por sumisión a una determinada lengua nacional. En otros casos la unificación internacional sobreviene de forma más paulatina y a través de la adopción general de palabras procedentes de idiomas diversos, no de uno solo.
Esto último fue lo ocurrido en las ciencias exactas, físicas y naturales, o al menos lo ocurrido hasta que hace unos pocos decenios la fuente neologística inglesa terminó secando casi por completo las demás. Durante siglos, a medida que nacía una verdadera comunidad científica internacional, se iban imponiendo por doquier términos de las más diversas procedencias. Al substrato etimológico grecolatino, común en todo Occidente, se fueron añadiendo elementos de origen árabe (sobre todo en matemáticas y astronomía), luego de las principales lenguas románicas y germánicas y por último de cunas más inesperadas, que a veces tan sólo contribuyen con un vocablo a la lingua franca, como la palabra robot, procedente del checo. El largo proceso de internacionalización del lenguaje científico estaba ya muy avanzado a mediados del siglo XVIII, cuando empezó a redactarse la Enciclopedia de Diderot. La extraordinaria difusión de esta obra lo impulsó más aún, con lo que al llegar el gran auge técnico y teórico del siglo XIX ya existían unas reglas generalmente admitidas para la elaboración de neologismos aceptables en todas las lenguas, por lo común formados a partir de raíces grecolatinas. Pero no siempre se aplicó el cosmopolitismo a ultranza. Por ejemplo, al descubrirse el oxígeno y el hidrógeno a finales del siglo XVIII, fueron nombrados en francés con raíces griegas que significan respectivamente productor de ácido y productor de agua. Estos neologismos pasaron tales cuales a casi todas las lenguas, con dos excepciones importantes: alemanes y rusos prefirieron lo que en filología se llama el calco y convirtieron las raíces griegas en raíces germánicas y eslavas, con lo que todavía hoy siguen diciendo Sauerstoff y Wasserstoff, y kislorod y vodorod. Mucho más tarde tampoco se impuso la unanimidad en torno a computadora (del inglés computer) sino que en algunas lenguas se prefiere ordenador (del francés ordinateur) en diversas versiones similares. Sin embargo por lo general los científicos fueron desde 1700 adoptando los neologismos casi sin diferencias nacionales, e incluso empezaron a sacrificar viejos vocablos vernáculos en aras de la universalidad. Así desapareció nuestro castizo azogue, desterrado por el menos antiguo pero más internacional mercurio, mientras ocurría lo mismo en Inglaterra con quicksilver y en Francia con vif-argent, y en cambio los alemanes conservaban su Quecksilber sin por eso dejar de ser los mejores químicos del mundo…
Otro influjo allanador de diferencias terminológicas nacionales fue la invención de neologismos a partir de nombres propios, por definición intraducibles. Obsérvese la pléyade de sabios eminentes, desde el niño prodigio Ampère hasta el Conde Volta, retratados en las unidades de medida eléctricas (amperio, vatio, ohmio, faradio, voltio) y se comprenderá cómo ni el más humilde electricista pudo escaparse del exotismo internacional y por qué nunca pudo crear, despacito, una jerga indígena como la de sus abuelos, acaso pastores. Pero, ¿era en verdad indígena y exclusivo el vocabulario ganadero? Tomemos al azar dos palabras corrientes, vaca y merina. La primera nos llegó del latín, como llegó en formas parecidas a otras lenguas europeas, y la segunda nos vino, con la oveja correspondiente, del bereber, y del español pasó a otras lenguas extranjeras. Así pues la novedad estriba más que en el principio de internacionalización que siempre estuvo presente- en su actual intensidad y en su rapidez. Claro que ésta última, la moderna celeridad de la exportación de neologismos y la prontitud de su adopción en todo el planeta, también constituye un fenómeno ambiguo: esa misma velocidad puede imponer una vida fugaz a la palabra. Valga un solo ejemplo. En la noche del 3 al 4 de octubre de 1957 nació con súbita fuerza una nueva palabra en casi todas las lenguas del mundo: sputnik. Un vocablo que horas antes nadie conocía fuera de Rusia se convirtió de pronto en universal sinónimo popular de satélite artificial tras el lanzamiento por la Unión Soviética del primero de estos ingenios. La gente de mi generación recuerda la palabra, pero ¿cuántos de nuestros hijos saben lo que es un sputnik? Sospecho que pocos. A veces la fama repentina es efímera, en el léxico como en todo lo demás.
En cualquier caso, la creciente unificación internacional del lenguaje científico es un hecho, y basta para comprobarlo con hojear este vocabulario y cotejarlo con cualquier glosario equivalente en otra lengua. Resulta, sin embargo, menos evidente el modus operandi. Antes hemos recordado el peso del griego y del latín en la terminología científica moderria. Pero a veces el filtro lingüístico es tan importante como el origen último. Señala don Valentín García Yebra cómo el paso por el francés se detecta en ciertas palabras españolas tomadas de las lenguas clásicas mas no directamente. Decimos, por ejemplo, estratega y pediatra, y no estratego y pediatro como deberíamos si hubiésemos tomado estos términos del griego. Hoy en su inmensa mayoría los neologismos científicos nos llegan del inglés, por muy grecolatinos que sean sus componentes, y ello porque la mayoría de los descubrimientos o inventos está hecha por anglosajones o publicada en inglés aunque sus autores tengan otra lengua materna. Según un reciente estudio del Economist, «más del 60% de los científicos de todo el mundo sabe leer en inglés, el 70% de la correspondencia mundial está escrita en inglés y el 80% de la información de todos los sistemas informáticos está recogido en inglés». La importancia del inglés es hoy de todo punto incomparable con la de ninguna otra lengua: no es que sea mayor, es que es de otro orden de magnitud. Eso puede gustarnos o no, pero es indiscutible. En cambio es muy discutible la trascendencia política de ese hecho. Cuando un idioma se convierte en lingua franca, en lengua de comunicación mundial, deja de ser propiedad exclusiva de un estado o incluso de una cultura. El latin siguió siendo la lengua culta de Occidente mucho después de desaparecer el poder político del Imperio romano e incluso el del papado; el francés siguió siendo la lengua de la diplomacia internacional entre el Congreso de Viena y el Tratado de Versalles, es decir tras el ocaso de la hegemonía francesa; el propio español parece perder y luego recuperar importancia a un ritmo ajeno a la fortuna política de nuestra nación. Ni siquiera está claro que la expansión global de un idioma sea siempre beneficiosa para la cultura correspondiente: los filólogos españoles ya no hablan casi del fantasma de la fragmentación lingüística del castellano, pero los estudiosos del inglés cada vez se refieren más al riesgo de pidyinización de su lengua o el peligro de reducirla a un basic English simplicísimo para que pueda cumplir con su papel mundial.
Cuanto antecede no hace sino reforzar la importancia de una correcta labor lexicográfica que permita evitar la aparición simultánea de diversas traducciones, adaptaciones y calcos más o menos caprichosos de los términos científicos, a razón de uno o varios por cada país de habla hispánica. Ese cometido de fijación, más la tarea en sí definitoria, constituyen un trabajo de sobra hercúleo. Requiere conocimientos profundos de las ciencias empíricas, de lenguas extranjeras y de filología española. Y exige, sobre todo, una laboriosidad y una paciencia de monjes. Por fortuna, al ser la lexicografía tanto una pasión como una ciencia, nunca le han faltado seguidores abnegados y de saberes varios. No sé por qué -tal vez por ese componente entusiástico, propio de coleccionistas- siempre ha existido una tradición de lexicógrafos procedentes de otras disciplinas. Algunos de los mejores diccionarios están hechos por personas sin especialización filológica estricta: por un familiar de la Inquisición como Covarrubias, un médico como Littré, un profesor de enseñanza media como Murray, un ingeniero industrial como Pompeyo Fabra, un militar como el teniente coronel inglés Le Mesurier o un astrofísico como John Sykes. No eran sin embargo meros aficionados, pues no puede llamarse aficionados a quienes se entregan en cuerpo y alma a una labor tan ardua y que jamás -que se sepa- ha enriquecido a nadie. Parece más bien una vocación ardiente, un deseo insaciable de acumular y clasificar, parecido al ansia taxonómica de Lineo. Esa pasión lexicográfica ha llevado muy lejos a más de uno. Cierto colaborador externo de Murray le había enviado decenas de miles de fichas con citas para el Oxford English Dictionary. Como Murray no lo conocía, fue un día a buscarlo a su dirección en el campo. Lo encontró en un manicomio, donde llevaba años encerrado con una buena biblioteca, y desde donde enviaba las fichas. Otro escribió un poema épico demostrando que Sisam, su jefe en la sección de diccionarios, era el Anticristo.
Reconforta, pues, comprobar que en las sesudas páginas de este «Vocabulario Científico y Técnico» no se ha deslizado ninguna alusión al Anticristo y sí muchas a la antimateria, a los anticuerpos y a los anticiclones. Se ha conseguido el equilibrio entre la devoción por los léxicos científicos y el sentido práctico, que impulsaba a elaborar un diccionario asequible al científico deseoso de saber el significado exacto de algún término perteneciente a una especialidad que no fuese la suya propia, pues para ésta se supone que tiene otras obras de consulta. En cuanto al profano, a juzgar por mí mismo creo que se sentirá rebasado por muchas de las definiciones. Pero si tiene cierta curiosidad científica, otras en cambio le parecerán más alcanzables. Encontrará respuesta práctica a muchas dudas terminológicas propias del hombre culto de a pie, como la diferencia entre la petroquímica, que se ocupa de la composición química de las rocas, y la petrolquímica o química industrial del petróleo. Incluso podrá sonreír comprobando el abismo semántico entre las acepciones vulgares y las científicas de ciertas expresiones como radical de un ideal y radical libre. Naturalmente no deberá tomar este diccionario por lo que no es: se trata de un vocabulario, como indica su nombre, y no de una enciclopedia, por lo que la obra se impone a sí misma las limitaciones propias de cualquier diccionario lingüístico. Son las fronteras de la palabra, que deja extramuros a la imagen. Hilaire Belloc reconocía bien, como escritor, los límites de su oficio: «¿Qué diccionario es capaz de explicar un nudo, un simple nudo, sin un dibujo?». Quizá definir y explicar no sean la misma cosa. Tocamos aquí la grandeza y servidumbre del logos. Y uso a conciencia el término griego, ya que un filósofo clásico no hubiera aceptado nunca la falsa distinción entre filosofía y ciencia. La idea de «las dos culturas» -la humanista y la científica- contra la que se rebeló Aldous Huxley ha hecho ya bastante daño a nuestra civilización. Así es que puede enorgullecerse la Academia de Ciencias de haber construido este puente entre la materia y el concepto usando la palabra. Es un gesto, como empecé diciendo, de fe en la inteligencia humana y de esperanza en la continuidad del esfuerzo.
Permítaseme terminar con una cita del Presidente de esa Casa. «La Ciencia es, ante todo, un problema lingüístico. No hay Ciencia ni método científico sin ideas precisas, ni ideas precisas sin palabras exactas. De este modo, la exactitud de las ciencias de la naturaleza se vincula a la precisión de su lenguaje. Frente a ello muchas ramas de la ciencia viven hoy una tragedia lingüística, tomando muchas veces, en el vaivén de las ideas y de los vocablos, las doctrinas por palabras y las palabras por doctrinas», dice el profesor Martín Municio. Pues bien, esa conciencia de la tragedia lingüística es lo que antes llamaba escepticismo. No es tanto la angustia, quizá sofística, de Aquiles intentando alcanzar a la tortuga, del nombre intentando alcanzar a la cosa. Es la sospecha de la insuficiencia humana para captar con signos fríos y objetivos, con letras y números, una realidad que cada progreso de la Ciencia nos revela más compleja y más enorme.
Pero el Hombre tan sólo tiene sentido si se propone lo que parece imposible. Este libro, y la ciencia en que se apoya, son un intento glorioso de medir lo inconmensurable y hablar de lo inefable.