La audacia de Fujimori

Hace seis meses que Alberto Fujimori dirige los destinos políticos del Perú, sin duda uno de los países más pobres y conflictivos del continente latinoamericano. El presidente «nissei» (peruano de origen japonés) no ha perdido el tiempo y en un breve plazo ha dictado una serie de reformas económicas y políticas, algunas de ellas radicales, que han conmocionado todo el tejido social. Pese a ello, la popularidad del presidente Fujimori ha seguido creciendo. Hay quien habla ya del «fujimorismo» como nueva fórmula política para América Latina. Sea cual sea el futuro que le espera a este dirigente atípico, no cabe duda de que representa un proyecto distinto en una región donde la innovación y la audacia son deficitarias.

Alberto Míguez

Alberto Míguez, del Consejo Editorial de NUEVA REVISTA, dialogó durante varias horas con el presidente peruano en el Palacio de Pizarro de Lima, su residencia oficial. Ofrecemos a continuación algunos fragmentos de este diálogo.

AIberto Míguez.— El 10 de junio de 1990 usted ganó arrolladoramente (con más de un sesenta por ciento de los sufragios) la presidencia del Perú, derrotando así al escritor Mario Vargas Llosa ante la sorpresa de todo el mundo. Entonces era usted casi un desconocido, incluso en su propio país. Su origen japonés ha despertado la curiosidad internacional. ¿Cree que influyó algo este origen en su victoria electoral?

Alberto Fujimori.— Puede haber influido, pero no fue, desde luego, decisivo. Cuando inicié mi campaña era un completo desconocido. Pero eso tenía también ciertas ventajas. Nadie podía tacharme de nada; no había hecho política jamás, no estaba mezclado en la corrupción y el engaño. Además estaba, sí, mi origen japonés. En Perú al japonés se le identifica con el trabajo y la honradez. La gente sabe por experiencia que un japonés casi siempre es trabajador, que no vive del cuento.

A.M.— Sus padres nacieron en Japón, pero usted no. Es lo que se llama un «nissei», descendiente de japoneses en primera generación. ¿Por qué emigraron sus padres a Perú?

Fujimori.— Obviamente, por razones económicas. Mis padres eran campesinos en Japón. Vinieron aquí hace 60 años, con un contrato de cuatro años para trabajar en la agricultura. Eran pobres, naturalmente. Por eso vinieron, en busca de trabajo y de bienestar. En los años veinte y treinta hubo una importante corriente migratoria japonesa hacia el Perú. Mis padres formaron parte de esa riada de emigrantes. Se instalaron primero cerca de Lima, en Huacho, y después vinieron a la capital. A fuerza de mucho trabajo, consiguieron una posición social estable. Tuve una infancia normal, pude hacer estudios secundarios y universitarios, algo que no estaba ni está al alcance ni mucho menos de todos los peruanos.

A.M.— De niño, ¿tuvo problemas de integración? ¿Hay racismo en Perú?

Fujimori.— No, en absoluto. Yo me sentí desde el principio peruano, no tuve problemas de integración. Perú es una sociedad aparentemente abierta, donde no hay racismo. Pero en la práctica hubo y sigue habiendo una clara marginación de los indígenas de origen indio o mestizo que se nota, sobre todo, en el terreno económico y social.

A.M.— Pero usted no sufrió este tipo de marginación…

Fujimori.— No, al contrario. Pude estudiar en la Universidad de Lima, donde me gradué en Ingeniería Agrónoma y en Matemáticas. Después amplié estudios en Francia (Estrasburgo) y en Estados Unidos (Wisconsin). Posteriormente llegué a ser rector de la Facultad de Agronomía donde estudié, e incluso presidente de los Rectores del Perú.

A.M.— ¿Cuándo decidió «<entrar» en política?

Fujimori.— Hace algo más de dos años. En 1988 me ofrecieron un programa en televisión que yo titulé «Concertando». Se trataba de un coloquio con personalidades o expertos sobre temas de actualidad. Empecé con los problemas agrícolas. Tuve cierto éxito y entonces decidí presentarme a las elecciones como candidato al Senado. Pronto me di cuenta que como senador no podría hacer nada o casi nada, que si quería cambiar las cosas en Perú -y había que cambiarlas, la situación era catastrófica, no podía seguir así debería aspirar a la presidencia. Con un grupo de amigos empecé a recogir firmas y así nació «Cambio 90».

A.M.— ¿Cuándo decidió presentarse a la presidencia?

Fujimori.— Creo que desde el primer momento pensé en la presidencia, aunque no se lo dije a nadie, ni siquiera a mi mujer. Una vez que inscribí oficialmente «Cambio 90», hablé con dos personas que serían claves en nuestra victoria: Máximo San Román y Carlos García. El primero era el líder de los «informales» y el segundo contaba con el apoyo de los «evangelistas», una secta protestante que tiene gran arraigo popular. Yo sabía que serían los «informales y la gente del pueblo, los marginados, quienes podían votarme. Así fue. Los partidos políticos tradicionales no se habían dado cuenta de que los «informales» y toda esta economía más o menos subterránea que ha descrito Hernando de Soto constituían un nuevo país. Ésa fue mi base social.

La pobreza es el problema principal; el resto —violencia, narcotráfico, corrupción— son el resultado.

A.M.— Pero, ¿por qué decidió hace apenas dos años dedicarse a la política? ¿Por qué entonces?

Fujimori.— La situación nacional se había degradado hasta tal punto que rozábamos el abismo. A finales de 1989 llegué al convencimiento de que los métodos políticos aplicados hasta entonces eran precisamente la causa de la miseria, el desorden, la corrupción, la injusticia… Era necesario renovar y reformar todo el sistema político peruano.

A.M.— Pero eso lo decía también Vargas Llosa…

Fujimori.— Probablemente, pero lo decía rodeado precisamente por quienes son en buena medida los responsables de la situación actual. La gente o una mayoría- no le creyó. Vargas, a quien respeto como escritor y como ciudadano, se equivocó en sus compañías.

A.M.— El 28 de julio de 1990 juró su cargo como presidente. Días después, el 8 de agosto, decide tomar una serie de medidas (de choque) que se resumen en un «plan de ajuste» económico o «programa de estabilización» mucho más severo de lo que anunció durante la campaña electoral y que se asemeja bastante a las medidas de saneamiento propuestas por su contrincante, Vargas Llosa. La situación que encontró al llegar al poder, ¿era peor que la esperada?

Fujimori.— Sinceramente, sí. Nunca creí que la situación fuese tan mala. El país estaba en virtual suspensión de pagos. Todavía hoy, a medida que intentamos resolver los problemas más urgentes, nos encontramos con sorpresas desagradables…

A.M.— ¿Por ejemplo?

Fujimori.— Empresas públicas que han sido saqueadas, corrupción y desorden por todas partes. Un ejemplo: hace unos días intentamos conocer cuál era la verdadera situación de una empresa nacionalizada, «Pescaperú», dedicada a la comercialización de harina de pescado. Descubrimos entonces que más del 80 por ciento del personal sobraba. Que la maquinaria en su inmensa mayoría es inservible. Que una buena parte de su futura producción había sido ya vendida por los antiguos gerentes a precios escandalosamente bajos, que las deudas eran tres o cuatro veces más importantes que todos los activos, etcétera. Al darnos cuenta de la verdadera situación del país, de la corrupción y el caos generalizado, debimos tomar medidas más duras que las revistas. Para moderar la dureza de estas medidas pusimos en marcha un «Plan de Emergencia Social», de modo que los más pobres puedan, al menos, comer…

A.M.— ¿Hay hambre hoy en Perú?

Fujimori.— Sí, hay muchos peruanos que pasan hambre y otros muchos que sufren una desnutrición crónica. Esto a veces es dificil de entender en el exterior, en Estados Unidos o en Europa. Mire, un 50 por ciento de los peruanos, alrededor de once millones, viven en una situación de extrema pobreza. No tenemos recursos suficientes para que puedan alimentarse adecuadamente.

A.M.— ¿Es la pobreza el problema prioritario del país?

Fujimori.— Lo es, sin ningún género de dudas. Los otros -la violencia, la deuda externa, la corrupción, el narcotráfico, etcétera- resultan inducidos por la pobreza, aunque no siempre sean consecuencia directa.

A.M.— Sus adversarios dicen que ha descuidado el problema de la violencia y el narcotráfico para volcarse en el saneamiento económico y financiero. Y que nunca el terrorismo había estado tan activo como ahora…

Fujimori.— El problema de la violencia es uno de los más difíciles y tal vez en estos doscientos primeros días de mi presencia no se hicieron esfuerzos suficientes para erradicarla. No hemos tomado medidas inmediatas, es verdad. Pero es que la clave de la violencia sea terrorista o relacionada con el narcotráfico está en la estructura de esta sociedad y de este Estado. Cualquier «tratamiento de choque» daría resultados muy escasos. Hay que acostumbrarse a convivir con esta violencia e ir reduciéndola poco a poco con medidas de todo tipo, económicas, sociales, policiales, incluso militares. Durante diez años los políticos que gobernaron este país tuvieron una actitud pasiva. No se nos puede pedir ahora a nosotros que arreglemos el problema en unos meses.

Si prohibiese las plantaciones de coca, al día siguiente tendríamos la subversión en Lima.

A.M.— ¿Deben ser las fuerzas armadas quienes se enfrenten al terrorismo de «Sendero Luminoso» y de otros grupos?

Fujimori.— Las fuerzas armadas deben participar en la represión de la violencia, pero no solamente ellas; también las fuerzas de seguridad y la sociedad entera. Sin una participación generalizada de todos, será imposible vencer a los violentos.

A.M.— Sus proyectos para acabar con el narcotráfico resultan un tanto heterodoxos. Se ha negado, por ejemplo, a firmar un acuerdo de asistencia militar con Estados Unidos cuyo objetivo era, precisamente, acabar con el cultivo de la hoja de coca…

Fujimori.— Vayamos por partes. En primer lugar me gustaría dejar claro que no concebimos la superación de nuestra crisis nacional sin acabar con la producción ilícita de hoja de coca. Como sabe, el Perú produce más del 60 por ciento de la hoja de coca a nivel mundial, más de doscientas mil familias campesinas (es decir, un millón de personas, seguramente más) viven de este cultivo. Esta economía ilegal transforma nuestra estructura económica y genera, en alianza con el terrorismo supuestamente «político», una violencia criminal que crece cada día. Pero la producción ilegal de hoja de coca no es un problema nacional solamente. La economía «cocalera» se ve estimulada formidablemente por la demanda de los países consumidores, que suelen ser los más industrializados (Estados Unidos y Europa, principalmente). Durante bastantes años los gobiernos que tuvo el Perú, pero también los países consumidores, han dejado que la situación alcanzase niveles de enorme gravedad. La situación no puede resolverse, tampoco, de golpe y con métodos expeditivos, simplemente militares.

A.M.— ¿Qué ocurriría si mañana, por ejemplo, las fuerzas armadas peruanas, con el apoyo de los «marines» americanos, acabaran con todas las plantaciones de hoja de coca que hay en zonas como el Alto Huallaga? ¿No representaría un golpe fatal contra el narcotráfico?

Fujimori.— Seguramente, no. Si hiciésemos eso, simplemente tendríamos al día siguiente la subversión en Lima, colocaríamos al país ante el caos total. Yo soy un convencido defensor de la economía de mercado, que permite, entre otras cosas, que la gente escoja su forma de vida y trabajo. Pero si, de repente, se acaba con los cultivos de coca, ¿qué ocurriría con las miles de familias que viven de eso y que no tienen otro modo de vida? Me niego a condenarlos al hambre o empujarlos a la subversión. Hay otros métodos para acabar con el narcotráfico.

A.M.— ¿Cuáles?

Fujimori.— Es imperativo acompañar la erradicación de la coca con la sustitución por otros cultivos. Lo que ha evitado hasta ahora precisamente la agudización de la pobreza e incluso una guerra civil ha sido precisamente la escasa eficacia de la represión. El hecho de que las fincas donde se produce la hoja estén dispersas en zonas que son a veces mayores que algún país europeo ha determinado que, como respuesta a la represión, los cultivadores se hayan trasladado a zonas más resguardadas y aumente así continuate que empezamos a recuperar la confianza de los países, de la banca privada y de los organismos internacionales de crédito. Hemos establecido un cronograma o proyecto en tres partes: la primera etapa comprende la normalización con los organismos internacionales de crédito. Hemos avanzado bastante en este terreno y han empezado a llegar ya las misiones del FMI, del Banco Interamente la extensión de los cultivos con irreversibles daños ecológicos para la selva andina y para la Amazonia. La mayoría de estas parcelas de cultivo son ilegales en dos sentidos: su producción es ilegal, pero también lo es la propiedad. Esto convierte a nuestros campesinos en «informales», casi en «delincuentes, y facilita la labor de los narcotraficantes que compran in situ la producción de hoja o la «pasta base». Lo primero que hemos hecho, pues, ha sido reconocer a estos campesinos su derecho legal a la propiedad de estas fincas, identificarlos, para diferenciarlos de los terroristas y de los traficantes. Es el primer paso para la sustitución de cultivos.

A.M.— Parece como si el Estado «legalizase» entonces el cultivo ilegal de la hoja de coca…

Fujimori.— No. A través del Registro de propiedades lo que hemos hecho es restablecer la presencia efectiva del Estado en estas zonas y arrebatarle la iniciativa a los terroristas (que actuaban de «protectores») y a los traficantes (que eran los principales inductores). A partir de ahora es cuando debemos iniciar el proceso de sustitución de cultivos. Y para ello necesitamos acabar con la inmensa burocracia que caracteriza al Estado peruano, promotor de un capitalismo nocompetitivo y predemocrático, basado en la corrupción y el favoritismo.

A.M.— Pero la sustitución de cultivos exigirá también apoyo externo importante, especialmente de Estados Unidos, como sucede con el problema de la deuda externa…

Fujimori.— Sí, pero hay voluntad de que este apoyo sea factible. Ahí está, por ejemplo, la «Iniciativa para las Américas» del Presidente Bush, el «Plan Brady» o la «Carta de Cartagena» (febrero de 1990), donde se promueven proyectos de cooperación que faciliten los programas sociales de emergencia y apoyen la balanza de pagos en los países productores.

A.M.— La deuda externa (20.000 millones de dólares) era también una de sus prioridades…

Fujimori.— Sí, hemos avanzado bastante en este terreno, aunque todavía queda mucho por hacer. Hasta ahora Perú era un país en quiebra, «inelegible» para cualquier tipo de crédito internacional. Creo modestamenMundial, La segunda etapa consistirá en renegociar una parte de la deuda con los países del «Club de París. Las perspectivas no son malas, pero dependerán, desde luego, del curso que siga nuestra economía en general. La tercera etapa será la negociación con la banca privada. También aquí hay mejor ambiente. Por ejemplo, un grupo de bancos acreedores está vendiendo una parte de la deuda. En general, creen que estamos actuando con seriedad. Hay el proyecto de constituir un «Grupo de Apoyo» de países para cubrir las cantidades que no pueden ser refinanciadas por los organismos internacionales y que representan aproximadamente unos 1.200 millones de dólares, cantidad tal vez pequeña para cualquier país pero inmensa para nosotros…

A.M.— Antes de tomar posesión como presidente, usted viajó a Japón para conseguir apoyo económico del país de sus padres. ¿Lo logró?

Fujimori.— Pues, sinceramente, no. Hay buenas perspectivas, desde luego, y han venido misiones económicas japonesas al Perú, pero hasta ahora las inversiones y los créditos no han llegado, lo que, por otra parte, me parece lógico. Antes de recuperar la confianza internacional debemos demostrar que estamos tomando medidas serias para controlar la inflación, reducir el déficit externo, promover el empleo, luchar contra la inestabilidad social…

A.M.— ¿Han logrado rebajar la tasa de inflación, que llegó a ser la más alta del mundo?

Fujimori.— Sí. Entre agosto y diciembre hemos pasado de un 40 por ciento de inflación mensual a un 9 por ciento, que todavía es enorme. Pero hay una mejoría evidente. Y hemos mantenido la cotización del dólar (1 dólar = 440.000 intis) sin que hasta ahora haya sufrido grandes variaciones. Son pequeños avances, tal vez insignificantes ante la enormidad de lo que nos espera, pero que tienen una significación evidente…

A.M.— Además de este plan de estabilización económica o de emergencia, usted ha tomado durante estos doscientos días de presidencia una serie de decisiones polémicas. Destituyó, por ejemplo, a los jefes de la Marina y de la Aviación…

La economía informal o subterránea ha creado un nuevo país. Los políticos profesionales lo ignoraban.

Fujimori.— Estaba dentro de mis atribuciones y por eso lo hice…

A.M.— Y días después destituyó a más de 100 oficiales de policía…

Fujimori.— Casi todos ellos relacionados con casos de corrupción o tortura…

A.M.— Llamó a ciertos jueces y magistrados «chacales>> y los acusó de corruptos…

Fujimori.— Hay, en efecto, jueces corruptos en el Perú, y debemos terminar con eso…

A.M.— Decidió también la liberación de los presos por delitos comunes que no hayan sido juzgados dos años después de ser detenidos…

Fujimori.— Esa situación afecta a un 60 por ciento de los presos que hay en el Perú, casi todos ellos preventivos. Las cárceles son escuelas de delincuencia y miseria.

A.M.— ¿No le parece, de todas formas, que se ha enfrentado usted en un tiempo récord a todos los poderes fácticos -Iglesia, fuerzas armadas, justicia, policía, al mismo tiempo que intenta cambiar la economía del país? ¿No son demasiados frentes?

Fujimori.— Tal vez en estos primeros tiempos hayamos ido demasiado deprisa, pero era inevitable. Creamos una serie de expectativas entre las clases populares y no podíamos defraudarlas. De hecho, además, así ha sido, porque, pese a las medidas de austeridad que hemos tomado (fijese que el consumo descendió en un momento dado un tercio del total a raíz de las medidas de estabilización de agosto), el apoyo social al presidente y al gobierno ha aumentado. Ninguna de las medidas tomadas o de cuanto he dicho o hecho era ilegítimo o anticonstitucional. No tengo la menor intención de renunciar al ejercicio de lo que considero atribuciones del cargo. Para eso estoy aquí.